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L Bendita

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Luna bendecida

Capítulo 1

―Somos compañeros... ¡Carson! ¡Somos compañeros! ¿Cómo pudiste hacerme esto?

Las lágrimas corrían por el rostro de Abigail mientras miraba a su compañero. Su padre y su
madre estaban furiosos; su padre, Michael, guerrero de la manada Oru, no podía dejar de gruñir..

―Lo siento, Abby, ha sido un error… ―murmuró Carson, sin querer especificar que elloseran el
error.

―¡Estamos apareados, y solo me marcaste hace unas pocas semanas! Lo sentí todo Carson...
Lo sentí todo después de eso.

Abigail se frotó el pecho, con el estómago revuelto por los recuerdos de haber sido marcada.
Habían estado esperando a que se fueran a vivir juntos después de que celebraran la ceremonia
final.

¿Cómo podía estar pasándoles esto? Se suponía que, como pareja apareada, estarían juntos
para siempre. Se había imaginado teniendo cachorros con Carson, estando a su lado en todo lo
que la vida les deparara.

Y él la había traicionado.

Estaban en la sala de reuniones y el padre de Abigail gruñó de nuevo.

―¡Retírate, Michael! Entiendo que no estés contento. Yo tampoco lo estoy. ―Alfa Edward
proyectó una advertencia suave pero firme a su guerrero más feroz.

―¿Dónde está Luna Hazel? ―preguntó Fiona, la madre de Abigail, con la cabeza bien alta y
orgullosa.

Era una guerrera feroz por derecho propio. Sus ojos pasaron de los humanos a los lobos. Quería
proteger a su cachorra, que había sido destrozada por la traición de su compañero.

―Estará aquí enseguida. ―Edward no parecía estar nervioso. Hazel traería a la mujer con la que
su hijo se había acostado. Los padres de la chica también estarían.

Abigail olfateó el aire. Su loba olió a la loba con la que había estado su compañero; sabía que
estaba acercándose. Gruñó cuando sus padres se acercaron a ella.

Podía sentir su preocupación, pero su propio dolor y su enfado eran demasiado grandes para
contener a su loba un segundo más.

―Abigail, detén a tu loba inmediatamente ―ordenó Edward.


Michael se puso más tenso, mostrando los dientes, cuando se abrió la puerta. En cuanto vio al
Beta de la manada, a su compañera y a su cachorra, Michael se puso en posición de combate.

Edward rugió en señal de advertencia. No podía permitir que su Beta y su mejor guerrero se
pelearan.

Hazel se colocó a la izquierda de su Alfa y juntó las manos. Estaba devastada. Había estado
entrenando a Abby desde que tenía catorce años, cuando todos se dieron cuenta de que era la
pareja de Carson. Siete años entrenando a la chica para que fuera una Luna, para que ocupara el
lugar de Hazel cuando ella y Edward se jubilaran.

Hazel quería llorar, pero tenía que mantenerse fuerte por su familia y por su manada; sabía que
todo estaba a punto de implosionar. En cuanto a su hijo, apenas podía mirarlo. Había traído
demasiado vergüenza a su manada.

―Beta Jacob, Tabitha. ―Edward no se dirigió a su cachorra, Taylor―. Gracias por venir.

El Beta y su compañera se inclinaron, mostrando el cuello en señal de respeto. Lo mismo hizo


Taylor, que mantuvo los ojos en el suelo.

―Alfa, Luna y Carson. ―dijo Jacob―. Guerreros Michael y Fiona, Abigail. ―Inclinó la cabeza
forzosamente. Era una situación tensa para todos.

El Alfa olfateó profundamente el aire, frunciendo el ceño. De repente sus ojos empezaron a
brillar y todos los presentes bajaron la cabeza.

―Vuestra cachorra está embarazada ―anunció Edward.

¿Embarazada?

Un rugido salió de la garganta de Abigail cuando perdió el control y empezó a transformarse. La


rabia era tan grande que sintió que iba a matar a quien se le pusiera enfrente.

Pegó un salto y el Alfa la agarró por el cuello, deteniéndola en el aire. Abigail solo pudo moverse
un poco e intentó luchar contra su agarre. Un brillo apareció en sus ojos verde oscuro y su
hocico se alargó, goteándole saliva al chasquear la mandíbula.

―¡Carson, llévate a Taylor y a vuestro cachorro nonato! ¡Ahora! ―rugió Edward.

Carson sintió que la sangre Alfa con la que había nacido brotaba en él en ese mismo momento.
Sabía que estaba haciendo daño a Abby, pero tenía que proteger a su cachorro.

Cogió a Taylor en brazos y salieron corriendo en dirección a la casa de su familia, al otro lado de
la llanura.

Jacob estaba agachado, y el padre y la madre de Abigail estaban en posición de guerreros.


Abigail estaba tratando de deshacerse del agarre del Alfa.
―¡Retiraros todos! ―Edward proyectó su poder a todos los presentes.

Dejó a Abby en el suelo y ella se hizo un ovillo. Toda la manada sintió sus sollozos y su dolor.
Aullidos de luto recorrieron las vastas tierras de la manada. Su propio pecho ardía y podía sentir
el dolor de Hazel.

―Abigail... Mis más profundas disculpas, cariño. He pensado en ti como si fueras mi propia hija.
―Todos sintieron la pena del Alfa―. Guerreros Michael y Fiona, mis más profundas disculpas.

Inclinó la cabeza hacia ellos, una rara señal de máximo respeto. Los Alfas no se inclinaban ante
los demás.

―Tengo derecho a desafiar a tu cachorro. Ha ido en contra de las leyes de la Diosa de la Luna y
de la manada ―gruñó Michael.

―Es mi hijo, Michael, y está esperando un cachorro. No puedo permitirlo. ―Edward apoyó las
manos en la mesa mientras se giraba hacia el Beta y su compañera.

―Beta Jacob, Tabby... Estoy seguro de que podéis entender lo devastador que es esto. Asumo
que vuestra cachorra sabía que Carson estaba apareado y marcado ―Mostró los dientes
mientras ambos inclinaban la cabeza.

―Sí, Alfa ―respondió Jacob.

―¿No la criasteis con los valores de la manada?

El Beta y su compañera se pusieron tensos ante la crítica a su gestión como padres.

―Tal vez sea tu hijo quien deba responder algunas preguntas. Lleva un año viéndola. Nos
informó tanto a mí como a mi compañera de que iba a rechazar a Abigail cuando llegara el
momento de la ceremonia de la Luna ―dijo Jacob.

―¿Que él qué? ―La ira del Alfa se disparó a través de toda la manada.

Aunque no estaban en el mismo espacio, los miembros más mayores retrocedieron y varios
cachorros más jóvenes empezaron a llorar.

―No deseo causar más daño a Abigail repitiendo sus palabras ―Jacob lo fulminó con la
mirada; su lobo estaba enfadado tanto con el joven Alfa como con el mayor. Su cachorra había
sido deshonrada, pero juró que ella no cargaría con toda la culpa.

―Alfa Edward, me llevo a mi hija a casa. No quiero que se hable más de esta abominación en su
presencia. ―Fiona no esperó a tener permiso.

Ayudó a Abigail a levantarse y se fue con ella de vuelta a su casa. Las siguieron aullidos de
dolor. La manada perdía a su futura Luna.
―¡Habla ahora! ―El poder y la ira que irradiaba el Alfa hicieron que los adultos restantes se
inclinaran y gimotearan.

La voz de Jacob estaba llena de ira.

―Aunque estaba emparejado con Abigail, no sentía nada por ella. Ha sentido algo por Taylor
durante muchas lunas. Estaba tratando de hacer lo correcto por la Diosa de la Luna, pero sabía
en su corazón que no amaba a Abby como ama a Taylor.

Edward se sentó bruscamente en su silla. Nunca había oído hablar de algo así. Hazel y Tabitha
se quedaron boquiabiertas, cada una sorprendida por razones diferentes.

―Edward, debemos hacer algo. ―Hazel sostuvo la mirada de su marido―. Carson debe
rechazarla, por su propia cordura y la de él.

―¡No me preocupa la cordura de tu asqueroso cachorro! ―rugió Michael―. ¡Mihija... mi cachorra


está destrozada por culpa de tu hijo! ¿Le enseñaste los valores de la manada? ¿Le enseñaste el
valor de un vínculo de pareja?

―Mi hija le quiere desde antes de saber que iban a ser compañeros. Todos lo vimos. Sabíamos
que estaban emparejados antes que ellos.

―No lo entiendo, amigo mío ―Edward puso la cara entre las manos―. Lo siento de verdad,
hermano.

Michael se dejó caer en una silla.

―Mi cachorra, Edward, la futura Luna de esta manada… Se está muriendo de angustia.

Aunque Edward obligara a Carson a vivir con Abigail y a cumplir los votos que había hecho al
marcarla, su hijo nunca podría deshacer su traición. La vergüenza que había traído a la manada
nunca desaparecería.

Y luego estaba el cachorro. Tenía sangre Alfa y acabaría haciéndose cargo de la Manada Oru,
incluso si su madre nunca acababa siendo Luna. Todo esto era un desastre, y todo era culpa de
Carson.

―Necesita rechazarlo, y él necesita rechazarla ―dijo el Alfa.

―Va a matarla, Edward... Y su celo está empezando. No podrá hacerlo hasta que se acabe.

―Lo siento, Michael. Tener una loba rechazada en celo causará una guerra en la manada para
los machos no apareados. Tenemos que ponerla en una celda. Los sedaremos a ambos durante
su celo.

―¡Pero tiene un compañero! ¡No debería tener que pasar por algo así! ―Michael golpeó la mesa
con los puños―. ¿No ha tenido suficiente con todo lo que le ha hecho tu hijo?
Edward gruñó ante el tono irrespetuoso de su guerrero.

―¡No hay nada más que hablar!

Michael enseñó los dientes.

―Si no hay nada más que hablar, por lo menos quiero que esté encerrado pero plenamente
consciente. Se merece sentir cada segundo de dolor por lo que le ha hecho a nuestra hija.

―¡Edward! ―Hazel jadeó―. No puedes hacerle eso... ¡Sería un auténtico desastre y todo por
querer llegar hasta ella!

Capítulo 2

MÁS TARDE ESA MISMA NOCHE

Abigail gritó y se retorció de dolor. Le ardía el cuerpo y las hierbas no ayudaban. Nada ayudaba.

Después de la traición que había sufrido, nada podría hacerlo.

Trajeron al médico de la manada para darle un sedante. Eso podría ayudar a su cuerpo, pero
nada podría ayudar a su corazón.

Como Alfa de la manada, Edward era más que un padre para su hijo. Tenía una responsabilidad
con toda la manada para mantenerlos a salvo. Para mantenerlos en orden.

La traición de su hijo a su compañera fue una gran vergüenza, pero no impidió que Edward
cumpliera con su deber hacia la manada.

Encerró a Carson en una celda en el otro extremo de las tierras de la manada y ordenó a los
guerreros que montaran guardia.

Carson se había estado transformando, había estado fuera de control una y otra vez, mientras
luchaba por llegar a Abigail. Puede que no la amara, pero seguía siendo su compañera y estaba
en celo.

Fue un duro castigo. Había ido en contra de todos y lastimado a su compañera de la peor
manera posible.
La creciente ira de Carson lo estaba consumiendo. No podía oponerse al deseo de llegar hasta
su compañera y además quería ver a la mujer que realmente amaba.

Negarle la cercanía de su amor y de su cachorro nonato era un castigo adicional que


amenazaba con destrozarle.

Edward aún intentaba decidir si debía impedir que su hijo fuera a ver a Taylor mientras durara el
embarazo. El acto de Carson no solo había perjudicado a Abigail, sino a toda la manada.

Corrientes subterráneas de dolor se filtraron a través de todos ellos. La vergüenza, la confusión


y la desconfianza pueden impactar gravemente a una manada. Si no podían confiar en su Alfa,
la manada se desmoronaría.

La loba de Hazel no estaba contenta y le había gritado varias veces. Ella quería proteger a su
propio cachorro independientemente de cuál fuera su edad, pero Edward sabía que tenía que
tener en cuenta a toda la manada y no solo a su pareja y a su cachorro.

Edward llamó a Michael y a Jacob para tener una reunión privada.

Un fuerte golpe sonó en la puerta.

―Guerrero Michael, puedes entrar.

El guerrero inclinó la cabeza por respeto al líder, no al hombre.

―Siéntate ―Edward refunfuñó y sacó una botella de licor ámbar. Llenó tres vasos.

Olfateó a su Beta acercándose a la puerta.

―Beta Jacob, puedes entrar.

Jacob estaba tenso. Entró e inclinó la cabeza.

―Siéntate. ―El Alfa señaló la silla vacía.

Jacob cogió el vaso que Edward deslizó hacia él a través del enorme escritorio. Michael hizo lo
mismo.

―Caballeros... ―Edward dio un sorbo al fino licor y se recostó en su silla―. ¡Malditos cachorros!

Bajó el puño de golpe.

―Estoy en una posición imposible.

Los hombres estaban callados. Esta noche estaban aquí como padres, aunque en bandos
opuestos.
―Carson solo se hace más fuerte a medida que su lobo se vuelve más ansioso. Quiere estar
con su pareja para su celo, quiere estar con su cachorro nonato, y anhela a la joven por la que
no teníamos ni idea de que sentía algo.

Edward suspiró y dio un sorbo a su bebida.

―Sabéis tan bien como yo que una futura Luna marcada, apareada y ahora rechazada será
además rechazada por todos. Y no solo por los nuestros, sino por todas las manadas.
Considerada indigna por su compañero Alfa, llevará siempre esa mancha.

La voz de Michael rechinaba de cansancio.

―Siento, hermano, el dolor de tu familia. ―Jacob extendió la mano hasta el antebrazo de


Michael, en señal de respeto.

―¿Cuánto tiempo llevan Carson y Taylor? ―La realidad era que Edward y Hazel nunca habían
olido a nadie más que a Abigail en su hijo.

―Muchas, muchas lunas. No vivir con Abigail le dio tiempo para que el olor de Taylor se
desprendiera de él.

―¿Por qué no viniste a hablarme de esto? ―Edward estaba enfadado porque su Beta no
acudiera a él por algo tan serio.

Jacob suspiró y dio un trago a su bebida.

―Dijo que sus intenciones eran decírtelo después de que él y Taylor consumaran. Yo no quería
sobrepasarme con un futuro Alfa, pero le dije que si no lo hacía, que forzaría la situación.

»Por eso me pidió que nos convocara a todos esta mañana. ―Edward cerró los ojos y suspiró.

El lobo de Michael, en lo más profundo de su ser, se enfureció.

―¡Abigail está sufriendo! Por culpa de tu hijo, un chaval que incluso consideraba mío. Ellaes la
única que sufre en todo esto. Sin embargo, Carson ni siquiera perderá su título.

»Tendrá a su cachorro y a la mujer que ama. Y la pobre Abigail lo perderá todo. ¡Nuestra propia
manada la rechazará por instinto!

―Eso es culpa mía. Le dije que no se acercara a ella. Quería que la situación se calmara.
Supongo que no sabías que Taylor estaba con el cachorro hasta esta mañana ―Edward miró a
su Beta.

―Olí el cambio en su olor esta mañana, y creo que el futuro Alfa también ―Su pecho se infló. Su
lobo iba a tener un nieto. Protegería a su hija embarazada.

―Espero que sea marcada y oficialmente apareada. No cargará con la vergüenza ―declaró
Jacob.
―¿Pero la mía lo hará? ¿La mía llevará la vergüenza de tu hija? ¡Ella es inocente en esto, y tendrá
que cargar con esto de por vida! ¡Ella no hizo nada malo! ―Michael estaba rojo del enfado.

Los aullidos se elevaron sobre la tierra de la manada. Carson estaba fuera de control y estaba
rompiendo sus cadenas. Todos podían sentir su necesidad de escapar.

―¡Mierda! ―Los ojos de Edward brillaron―. Tengo que ocuparme de Carson. Haré lo que pueda
para ayudar a Abby. Ve a protegerla. Si se suelta, vendrá a por ella.

Todos sabían lo que pasaría si Carson era capaz de llegar a su compañera. Ya había habido
suficiente destrucción a manos de su hijo. Edward no podía permitir que hubiera más.

―No me retiraré si viene a por ella ―Los ojos de Michael brillaron, y un gruñido de su propio
poder reverberó en la habitación.

―Lo mantendré alejado. Debo irme. Jacob, he perdido la confianza en ti como mi Beta.
Discutiremos esto más tarde.

Edward se transformó con rapidez y corrió hacia la celda donde tenían a Carson.

Los aullidos del interior se habían convertido en chillidos desesperados. Todos los guerreros a
los que Edward había ordenado vigilar la celda se habían transformado y caminaban con los
pelos de punta.

Su lealtad a su Alfa normalmente se extendería a su hijo, su futuro Alfa. Pedirles que atacaran al
lobo de Carson era difícil para ellos, pero lo harían si fuera necesario.

Michael y un grupo de guerreros custodiaban la celda de Abigail. Fiona y un grupo de guerreras


atendían a su hija. El médico de la manada había venido y le había dado un sedante a Abigail.

Había estado gritando que necesitaba a Carson, arañando las paredes para escaparse y poder
estar junto a él. Incluso los guerreros podían oler al Alfa en el viento, y sin duda, como
compañeros que eran, ella también.

Carson había sido inmovilizado con cadenas y esposas, pero éstas no iban a retenerlo mucho
más tiempo. Hazel se había transformado en su magnífica forma de loba. Gruñó y dio
manotazos a los guerreros de la manada que sujetaban a su cachorro.

Aunque Edward se sintiera orgulloso de su increíble y feroz compañera, no podía permitir que
interfiriera en el cautiverio de su hijo.

―¡Te ordeno que te vayas a casa, Luna! ¡Ahora! Edward vio cómo su compañera se iba
corriendo. Se volvió hacia la puerta abierta de la celda y vio a su hijo luchar contra las ataduras
que lo mantenían dentro.
―¡Este es tu castigo, Carson! Has cometido graves errores que expiarás de la mano de la Diosa
de la Luna. Mi atención se centra en la compañera que vas a rechazar, para ayudarla lo mejor
que pueda.

»¡Has arruinado su vida! ¡Egoísta de mierda! ¡No eres apto para ser Alfa, y no habrá ceremonia!

Carson cambió a su forma lobuna y dejó escapar un nivel de poder Alfa que Edward nunca
había visto en él. Una mezcla de orgullo y vergüenza se generó en el interior de Edward.

El comportamiento de su hijo había sido tan vergonzoso que tuvo que negarle el estatus de Alfa,
pero estaba claro que Carson estaba hecho para ese papel. Edward tenía que tomar la mejor
decisión para la manada, por mucho que le hiriera personalmente.

―Si no te controlas, te mantendré alejado de tu cachorro hasta que nazca. ¡Has sido muy
egoísta! No has tenido en cuenta lo que implica esto para el resto de su vida. Lo que significa
para una futura Luna apareada, marcada y rechazada lo que has hecho.

»Toda su vida,Carson. Será rechazada por todas las manadas y vista como despreciable. Su
propia pareja, un Alfa, no la quiso después de marcarla. La has puesto en un infierno sin pareja,
una nómada sin manada. Morirá por tu culpa.

El lobo de Carson luchó por mantener el control, pero al oír las palabras de su padre, volvió a su
forma humana. Sus ojos se abrieron de par en par.

―¿Qué? ―Tenía la voz ronca y soltó un grito de dolor―. ¿Qué quieres decir con nómada?

―¡Fue entrenada para ser una Luna, apareada con un Alfa! Está marcada, apareada... Lo único
que faltaba era la ceremonia y la consumación. Básicamente es como si fuera rechazada en el
altar ―gritó Edward.

La ceremonia final era necesaria para completar el vínculo. Carson había pospuesto la
ceremonia a propósito hasta el último momento. Todo el mundo se había estado preguntando
por qué Abby y él no vivían todavía juntos.

―Todos la considerarán indigna, igual que tú. Rechazaste a uno de los miembros de tu propia
manada incluso antes de tener el título. ¿Qué clase de líder crees que me demuestras ser a mí y
a esta manada?

Carson se desplomó sobre sus ataduras, con el pecho agitado. Sacudió la cabeza y dejó
escapar un gemido bajo. El labio de su padre se curvó.

―¿Por qué te escandalizas? Esto ha estado en los libros que has estado leyendo. Lo que pasa
cuando un compañero es rechazado, da igual que seas un Alfa o un Omega. ¿No has estado
estudiando?

Edward esperó la respuesta que ya sabía.


―¿Cuánto tiempo has estado acostándote con la hija del Beta Jacob?

―Más de un año.

―Te voy a dar una lección, Carson, y va a ser dolorosa.

Capítulo 3

El celo de Abby estaba por las nubes. Su loba estaba desesperada por eliminar la amenaza a su
compañero, a sí misma y a su título. Se retorcía de dolor mientras su cuerpo reaccionaba al saber
que su compañero había conseguido otra loba y que esperaban cachorro.

Las hierbas y los sedantes hicieron poco por ayudarla. Estaba ardiendo, su mente y su corazón la
confundían mientras su cuerpo luchaba contra la agonía física de estar en celo pero separada de
su pareja.

Carson nunca había estado enamorado de Abby, ni siquiera cuando descubrieron que eran
compañeros. No tuvo elección, no si quería ser el Alfa de la manada, y siempre había odiado que
le obligaran a unirse a alguien a quien no amaba.

Cuando estaba con Taylor, era como si alguien hubiera abierto un frasco de rayos dentro de su
cuerpo. No podía luchar contra lo que sentía, aunque sabía que estaba mal.

Sus padres y la manada esperaban que se avergonzara de haber herido a Abby, pero no podía
negar su corazón. Amaba a Taylor y a su futuro cachorro. Apareado con otra o no, iba a estar con
ella y sería el padre de su cachorro.

El agotamiento se apoderó de él. Llevaba días luchando contra sus ataduras. Su dolor no debía
ser nada comparado con el que estaba sufriendo Abby.

Su padre llevaba tres días sin aparecer. Su madre le había visitado y le había permitido hacer
una videollamada con Taylor. Su corazón se había hinchado de amor al ver su vientre plano que
pronto se agrandaría con su cachorro.

Poder verla le tranquilizaba, pero no lo suficiente. La agonía de Abby le destrozaba a través del
vínculo de la manada. Si Abigail moría, lo sentiría como si fuera él mismo.

Cansado, Carson apoyó la cabeza contra la pared de la celda.

―Mamá, ¿alguien está ayudando a Abby?

―Sí, el médico de la manada le está dando sedantes. Las hierbas no funcionaban.

―¿Cuánto tiempo más le dolerá?

―Por el calor... Unos días más. Por el daño que se le ha hecho... El resto de su vida.
―Estoy enamorado de Taylor ―dijo Carson―. Todo el mundo puede decir que está mal, pero
siento cosas que nunca sentí con Abby. Sé que estoy emparejado con ella, pero no era feliz.

―¿Por qué no acudiste a nosotros? ―Los ojos de su madre se llenaron de lágrimas.

―Porque no lo sabía hasta que un día rocé a Taylor por accidente. Sentí el cosquilleo que Abby
habló de tener conmigo. Pensé que era diferente porque soy un Alfa, pero de verdad
somosdiferentes.

Hazel abrió mucho los ojos y se llevó una mano a la boca.

―¡Diosa de la Luna! Nunca había oído algo así. ¡Los compañeros están destinados a desearse
únicamente el uno al otro!

―Lo sé. ―La voz ronca de Carson tembló―. Pero no quiero estar con ella. No puedo amar a otra
persona y estar unido a Abby. Mientras ella sufra, yo también lo haré. ¿Qué podemos hacer?
¿Cómo detenemos el dolor?

―Tendréis que rechazaros ―Su madre le miró fijamente a los ojos―. Ella te rechazará primero
para que tú te lleves la peor parte.

Carson asintió.

―¿Hay algo más que pueda hacer?

―No lo sé. Acepta tu castigo. Tu padre se toma muy en serio lo de mantenerte lejos de tu
cachorro nonato y de Taylor.

Esta vez, Carson enseñó los dientes y tiró de las esposas que lo sujetaban a la pared. Su poder
Alfa que yacía en su interior se elevó.

―No me alejará de mi futura compañera ni de mi cachorro. Mi lobo está surgiendo ―Respiró


hondo para calmarse―. No puedo controlarlo mucho más.

―Tendrás que controlarlo, o te desterrarán. Hago lo que puedo para protegerte, pero has hecho
un daño importante. ―Su madre negó con la cabeza y parecía tan triste que Carson quería llorar
con ella.

Nunca se perdonaría a sí mismo haber herido a su familia y a la manada de esta manera.


Tampoco sería capaz de perdonarse a sí mismo si no seguía su corazón y estaba con Taylor. No
parecía haber ninguna buena manera de resolver esto.

Carson bajó la cabeza y observó a su madre alejarse. Podía oler el calor de Abby en la brisa, y su
lobo luchó por acercarse a reclamar a su pareja. Pero era la pareja equivocada.

No entendía cómo había podido ocurrir nada de esto. Sabía que Abby sería una buena
compañera y una buena pareja, una Luna perfecta para su Alfa. Habría estado satisfecho, pero
no eufórico como lo estaba con Taylor.

Ahora ambos estaban condenados a sufrir.


***

Se había ordenado a la manada que permaneciera en sus casas mientras Edward averiguaba
cómo manejar todo esto. Les explicaría la situación, pero tenía que ocuparse de este asunto
declarado de alto nivel antes de convocar una reunión con toda la manada.

Mientras tanto, ordenó que se mostrara todo el respeto a los guerreros Michael y Fiona y a su
hija.

Todos conocían y querían a Abigail. Ella era la futura Luna. La manada no quería rechazarla;
querían rechazar a Carson. No solo había herido a su compañera, sino que no se había tomado
en serio su entrenamiento como Alfa.

Tampoco tenían a Taylor en alta estima. Ella había estado voluntariamente con Carson incluso
sabiendo que estaba apareado y marcado. Por ello, tendría que cargar con la vergüenza.

Incluso después de unos días, cuando Edward levantó las restricciones, Carson seguía bajo
custodia. Su lobo estaba más cerca de tomar el control que nunca, e iba a luchar para liberarse
costase lo que costase.

Estaba harto de estar lejos de su cachorro. Quería olfatearlo a él y a su chica, para asegurarse de
que estuvieran bien. Necesitaba a Taylor, pero ella iba a tener que esperar y mantenerse alejada
hasta que esto se resolviera.

Edward convocó una reunión privada con Hazel y los padres de Abigail.

El celo de Abigail había terminado, pero la traición de Carson la había dejado con un gran dolor
físico. Su loba tuvo que ser sedada para que no matara a Taylor y al cachorro nonato.

Edward y Hazel esperaron en silencio mientras sus guerreros más feroces y leales se acercaban a
la puerta. Tanto el Alfa como la Luna hicieron una ligera inclinación de cabeza.

―Sentaros, por favor ―Edward se levantó y señaló las sillas―. Tengo noticias.

―Esperó a que todos estuvieran sentados y sirvió una copa―. Me pesa el corazón. Como padre,
como Alfa... Como compañero y amigo.

―A nosotros también nos pesa el corazón. Estoy enfadado, Edward ―dijo Michael―. No se trata
de su título. Se trata del dolor que siente. Se trata de la vida a la que ha sido condenada por culpa
de tu hijo y su... Lo que sea.

―Lo entiendo. Estoy trabajando en un castigo para él. No se ha tomado nada de esto en serio. Ni
su vínculo, ni su pareja, ni sus deberes como futuro Alfa. ―Edward sonaba severo.

―Será castigado, y será doloroso. Puede que tenga sangre Alfa, pero no se ha ganado el título.

Michael inclinó la cabeza, pero le tembló la voz.

―No podría servirle.


―Te pido que no tomes ninguna decisión ahora que estamos todos enfadados.

―Sí, Alfa. ―El guerrero fue brusco pero respetó el deseo de su Alfa.

Las mujeres permanecieron calladas. Ambas estaban allí para apoyar a sus compañeros,
devastados por las mismas y diferentes razones.

―He contactado con los Alfas de todo el país y les he pedido que busquen en sus archivos
cualquier cosa relacionada con esto. Llevará algún tiempo. ―La voz de Edward resonó en la
mesa.

―Gracias ―dijo Michael todavía tenso.

―He estado hablando largo y tendido con un Alfa del norte.

Michael levantó la cabeza y gruñó por lo bajo.

Edward levantó la mano.

―Alfa Roman de la manada Luko.

El gruñido de Michael se calmó.

―Tiene fama de ser despiadado. No permitiré que mi cachorra corra más peligro.

Edward se tomó un momento para mirarlos a cada uno, necesitando estar seguro de que todos lo
entenderían.

―Perdió a su pareja y a su cachorro nonato hace cinco años ―dijo bruscamente.

El grupo guardó silencio mientras presentaban sus respetos. Ese tipo de pérdida mataría a un
lobo normal.

Edward aceptó su atención y continuó.

―Tiene una reputación, pero no todo es lo que parece. Es un Alfa justo y protege a su manada a
toda costa.

»Su manada no es lo que consideraríamos una manada normal. La mayoría de ellos ya han
sufrido algún tipo de pérdida.

―¿Qué quieres decir? Nadie sabe mucho de la manada Luko ―preguntó Michael.

―Su manada está formada por familias, pero también por nómadas y por aquellos que han
perdido a sus compañeros o a sus cachorros. La manada Luko ve la vida de una forma un poco
diferente.

»Tener un Alfa que sufrió una gran pérdida les ha permitido entender que las pérdidas ocurren.
Los compañeros que ahora están solos no deben ser rechazados, sino aceptados.
La mirada de Edward se encontró con la de Michael. Sabía que su guerrero tenía derecho a
enfadarse por la humillación de su cachorra, pero como Alfa, también sabía que le obedecería en
esto, como en todo.

Aun así, quería que Michael entendiera su elección. No solo que la aceptara, sino que confiara en
ella.

―Abby y Carson se rechazarán mutuamente ―dijo Edward―, y después de eso, vuestra cachorra
irá a la manada Luko.

Capítulo 4

―Yo, Abigail Canaver, verdadera compañera del Alfa Carson Oru, te rechazo a ti y a nuestro
vínculo de apareamiento. Te ordeno que me quites tu marca inmediatamente.

El fuego que había sustituido a su sangre intentaba ponerla de rodillas, pero ella se negó. No
sintió nada al ver a su verdadero compañero caer de rodillas.

Carson cayó de rodillas ante ella. Su cuerpo se inundó de ardiente agonía. Su Luna le estaba
rechazando, y se lo merecía.

Le tendió la mano y ella se apartó de él. Su expresión de asco era casi tan terrible como el
horrible dolor que lo desgarraba.

―Carson, levántate. ―Edward emitió una poderosa energía Alfa.

Abigail agradeció que sus padres estuvieran a su lado, orgullosos de ella. Lo estaba llevando
mucho mejor que la patética excusa de futuro Alfa. Había elegido que le arrancaran la marca en
lugar de que se la mordiera.

No quería que la boca o los dientes de Carson volvieran a acercarse a ella.

Sintió una punzada en el pecho y un calor al extenderse por todo su cuerpo; estuvo tentada de
mirar, pero mantuvo los ojos en el chico que una vez había amado.

Se quedó allí de pie sin emitir sonido alguno mientras Carson le acercaba la cuchilla. Empezó a
sangrar al igual que a llorar mientras él deslizaba la cuchilla alrededor de la marca de su cuello.

Sintió una punzada en el pecho mientras todo esto sucedía. Sintió su fría mirada en lo más
profundo de su alma. Cuando la tocó, sintió como si se hubiera estrellado contra una pared de
ladrillos. Jadeó.

Sintió lo mismo y cerró los ojos, ignorándolo.


―¿Qué? ―Edward y Michael se pusieron en pie, gruñendo ante la tensión procedente del futuro
Alfa.

―Sentí como si me lanzaran contra una pared de ladrillos. Abby, he cometido un grave error.

―Sí, Carson, lo has hecho. ―Ella mantuvo los ojos cerrados, sintiendo la devastación más
profunda.

Dejó caer la cuchilla al suelo.

―Termina esto ―Edward cogió la cuchilla y la puso en la mano de su hijo.

―Yo... No puedo.

―¡Lo harás!

―No puedo... No puedo... Lo veo, lo siento. ¡No entiendo lo que está pasando!

―¡Te echaré del territorio, Carson! Ya la has hecho sufrir bastante ―soltó Edward.

Carson levantó la cabeza y miró a Abby. Sabía que tenía que acabar con su sufrimiento. Se
odiaba a sí mismo. No sabía por qué no había sentido estas cosas hasta el final.

Deslizó el cuchillo de plata a través de lo que quedaba de su carne y se tambaleó. Vomitó al


perder el vínculo parcial que les quedaba y por poco no se desmayó.

Su padre tuvo que volver a ponerlo en pie. La vergüenza y la desesperación desgarraron a


Carson mientras luchaba por mantener el control, pero no podía.

Consiguió encontrar su voz, áspera y ronca.

―Yo, Carson Oru, verdadero compañero de Abigail Canaver, te rechazo a ti y a nuestro vínculo
de apareamiento. Te pido que quites tu marca de mi carne. No merezco llevarla.

»Lo siento, y agradezco el castigo que la Diosa de la Luna me está dando por no reconocer
nuestro vínculo de pareja cuando me fue regalado.

Lo menos que podía hacer era asumir la responsabilidad y aceptar el castigo. No se estremeció
cuando ella le atravesó el hombro con el cuchillo de plata.

Su piel ya se estaba cicatrizando cuando ella terminó. Sintió frío y vacío cuando Abigail arrojó el
trozo de su marca al suelo, a sus pies. Ni siquiera le dio consuelo pensar en su cachorro y futura
pareja.

Aunque lo estaba perdiendo todo, Abigail se mantenía orgullosa y erguida, Luna hasta la
médula. Llevaba sangre guerrera en las venas. Era más fuerte de lo que ella creía.
―Carson, hablaré contigo más tarde. Debes volver a tu celda. Los guerreros están afuera para
escoltarte ―Edward vio cómo su hijo se inclinaba ante la familia guerrera y su ex compañera
ensangrentada.

Hazel había cogido una toalla húmeda para limpiar a Abby, que se la quitó de las manos para
hacérselo ella misma. Frunció el ceño, pensando en que su hijo pudiera sentir algo en el último
momento.

Después de limpiarse la sangre lo mejor que pudo, Abby se miró el pecho. En su piel había
grabada una media Luna, lo que significaba que estaba incompleta. La marca del rechazo.

Un mensaje de la Diosa Luna para que todo el mundo lo supiera.

Pero esto no iba a definirla. No iba a dejar que nadie le quitara nada más. En el fondo, sabía que
Carson había sentido algo al final.

Aquello le removió por dentro, aunque ya habían roto parcialmente el vínculo.

Edward se acercó a ella.

―Alfa Roman y su Beta estarán aquí mañana para escoltarte hasta el norte.

―Sí, Alfa ―Inclinó la cabeza.

―No estás siendo desterrada. Esta manada no te rechaza. Te he adorado como si fueras mía,
Abby. Esto nos ha dolido a Luna Hazel y a mí más de lo que nunca entenderás. También
sabemos que esto te ha dolido a niveles que no podemos comprender.

―Sí, Alfa ―Ella mantuvo la cabeza baja.

―Abby... Por favor, mírame. ―Se le rompió el corazón al ver a la niña que había visto crecer de
pie, con lágrimas en los ojos y la cabeza alta.

―Siento un gran respeto y honor por ti. Siempre te daremos la bienvenida aquí. Tus padres han
optado por quedarse aquí para darte algo de espacio para que te adaptes a tu nueva manada.

»Si después de doce lunas aún anhelan estar contigo, ya he llegado a un acuerdo con Alfa
Roman para que se unan contigo a la manada Luko. Le honraría tener un par de guerreros tan
estimados con ellos.

―Sí, Alfa, gracias. Estoy segura de que entiendes que aunque ya no estoy apareada con Carson,
mi loba quiere venganza. Quiere sangre, y no quiero ser responsable de cualquier daño que
pudiera ocurrir. ―Por fin, se encontró con su mirada.

―Puedo asegurar que dada la oportunidad, mi loba buscaría a la... Y la eliminaría. Que me vaya
es realmente lo mejor para el bienestar de la manada.

―Mereces ser Luna, Abby. Esto es una gran injusticia para esta manada y para la Diosa Luna.
―Sí, Alfa. Sé que sintió algo al final, y creo que tendrá un gran ajuste de cuentas con la Diosa de
la Luna. Gracias por encontrarme una manada que me acepte.

―Estaremos allí mañana para despedirte.

―Gracias, Alfa. ¿Me disculpas? Me gustaría tener algo de tiempo a solas y terminar de preparar
mis cosas.

―Por supuesto. Ven aquí. ―Le tendió los brazos y sintió los silenciosos sollozos sacudir su
cuerpo mientras la abrazaba.

Su pecho retumbó en un intento de reconfortarla y la besó en la coronilla.

―Estoy perdiendo una hija y un miembro de la manada. Siento una gran vergüenza por lo que ha
hecho mi hijo. ―La apretó una vez más y le dijo que se fuera.

Los guerreros la escoltarían, no por su seguridad, sino por la de todos.

El resto del día fue tranquilo en las tierras de la manada. Ni siquiera los cachorros salieron a
jugar. Era un momento de luto y rabia que se extendía por todas partes.

El hijo del Alfa, el futuro Alfa, había ido en contra de las reglas de la manada. Nunca aceptarían
a la loba que llevaba a su heredero como su Luna.

Edward volvió a sentarse en la silla de su despacho, mucho después de que los guerreros se
hubieran marchado. Hazel estaba sentada frente a él bebiéndose un té.

―No permitiré que Taylor sea Luna de esta manada. No es apta ―declaró Edward.

Hazel dejó su taza de té, tratando de no derramarla.

―No puede dirigir esta manada sin su Luna.

―Debería habérselo pensado dos veces. Le permitiré un segundo Beta. Pero ella nunca será la
Luna de esta manada, nunca. Rompió las reglas, rompió una pareja apareada, y no tiene idea de
lo que significa ser una Luna.

―¡Edward, por favor!

―¡Tiene suerte de que no lo mantenga en una celda mientras dure su embarazo! Retírate, Hazel.
Estoy muy cerca de desterrarlo. ―gruñó Edward.

―De hecho, no estoy seguro de que aún no lo haga.

Capítulo 5
―Alfa Roman, llegaremos en un momento ―dijo Beta Logan en voz baja.

―Gracias, Logan.

Roman había estado callado durante los dos días de viaje. Había repasado una y otra vez los
detalles de lo que el futuro Alfa de mierda le había hecho a su compañera y apenas podía
controlar su rabia.

Roman habría dado cualquier cosa por recuperar a su cachorro nonato y a su pareja, y saber
que alguien había roto un vínculo de apareamiento con tan poco cuidado le enfurecía.

Estiró sus largas y poderosas piernas, ansioso por llegar. Empezó a oler las marcas del territorio
Oru, y un profundo gruñido salió de él.

―Alfa Edward carga con una gran vergüenza. Esto es por el futuro Alfa, Carson. No estoy seguro
de si estará allí para conocerte o no. Tenemos entendido que lo encerraron en una celda lejos
de su cachorro nonato y de la mujer con la que rompió su vínculo.

―No deseo conocer a un cachorro que escupe en el ojo de la Diosa de la Luna. No mantendré
una alianza de manada con él una vez que ocupe el lugar de su padre.

―Entendido ―dijo Logan.

Sabía que el Alfa no estaba contento; había sentido gran simpatía por la Luna que había sido
traicionada. Había oído hablar muy bien de ella y de su entrenamiento. Tenía sangre guerrera y
el corazón de una verdadera Luna.

Otras manadas habían estado dispuestas a acogerla, pero varias Lunas se sintieron
amenazadas a pesar de que ella no había hecho nada malo.

El Alfa gruñó. Su lobo empezó a sentir el poder del Alfa Edward mientras se acercaban hacia la
gran casa de la manada Oru.

Logan observó que se había arriado la bandera de la manada y se había añadido una bandera
lisa negra, que indicaba el tiempo de luto.

―La manada siente su pérdida ―observó Logan.

―Como deberían. No tienen ni idea de lo que ha hecho ese cachorro. Ella es una Luna bendita.
Él no habría sentido el amor del vínculo hasta que lo hubieran consumado.

»Sin embargo, ella sintió ese sentimiento de amor puro siendo mucho más joven, mucho más
intensamente, cuando la Diosa Luna la bendijo con el poder de Luna y de guerrera. Carson tiró
todo eso por la borda.

Logan se sobresaltó y miró a su Alfa. Abrió la boca para hablar y la cerró cuando el gran hombre
levantó la mano.
―No, no se lo he dicho. Pensé en darles la noticia en persona.

―Esto los sacudirá, Alfa.

―Así es. Y espero que vengan tiempos difíciles para la manada Oru.

El gran todoterreno y la caravana de guerreros se detuvieron frente a la manada Oru. Se


quedaron sentados mientras contemplaban la sombría fila de recepción.

Roman se dio cuenta de que el Beta estaba de pie detrás del Alfa. La orgullosa y feroz pareja de
guerreros estaba a su derecha, y la Luna de Edward a su izquierda. Todos vestidos de negro,
con el escudo de Oru.

Roman abrió su propia puerta, sin esperar a que nadie lo hiciera. Tomó desprevenido al resto de
lobos, impresionados por lo que acababa de hacer. Todos bajaron la cabeza excepto Edward,
que extendió la mano y el antebrazo en señal de respeto.

Se estrecharon rápidamente las manos y asintieron. Roman era más alto que el Alfa Edward;
medía dos metros y medio. Sabía que su tamaño por sí solo intimidaba, y lo utilizaba a su favor.
Su pelo oscuro y sus ojos negros como el carbón aumentaban el miedo que infundía.

―Alfa Edward.

―Alfa Roman. ¿Puedo presentarte a los guerreros Michael y Fiona Canaver, padres de Abigail?

Roman extendió la mano y el antebrazo a Michael, que la agarró e inclinó la cabeza.

―Gracias, Alfa.

Hizo lo mismo con Fiona, que se inclinó y dio las gracias. Podía sentir su dolor y su rabia y sintió
admiración por ellos al ver cómo mantenían sus emociones.

Roman miró al Beta, que permanecía orgulloso con la cabeza ligeramente inclinada. Le pareció
curioso. No había nada de lo que él o su hija pudieran sentirse orgullosos.

Olfateó el aire mientras daba largas zancadas para seguir al grupo de lobos. Podía oler la
tristeza y algo más que no podía definir.

Hazel se mantuvo callada tal y como Edward le había ordenado. No era el momento de hacer de
anfitriona ni de montar una fiesta. La visita de Alfa Roman y su Beta no implicaba ningún tipo de
alegría y la manada no podía fingir lo contrario.

Lo único que podía hacer Hazel era ofrecer apoyo y nada más. Su cachorro había hecho un gran
daño, e iba a ser criticada por fallar como madre y Luna.

Edward les enseñó un ala de visitantes utilizada para descansar y reponerse tras largos viajes.
Allí les esperaban bebidas y aperitivos, además de duchas y baños.
Roman y su grupo se tomaron su tiempo, haciendo esperar a su anfitrión. Era una señal de falta
de respeto, y Edward se lo aceptó en silencio pero con desagrado. Su lobo estaba refunfuñando
cuando oyó unas pesadas botas pisando fuerte en la casa de la manada.

―Gracias por la hospitalidad. Estoy seguro de que comprenderás que dos días de viaje
requieren algo más que un simple enjuague. ―A Roman le brillaban los ojos como una llama
dorada en un mar de negro.

―Espero que te hayas refrescado ―dijo Edward mientras ofrecía asiento al otro Alfa y tomaba el
suyo.

Roman echó un vistazo a la sala y se recostó en la silla.

―Así es, junto con mi equipo.

Mantuvo la mirada fija en el incómodo Alfa.

―Dime, ¿cuándo podré conocer a la bendita Luna? Como sabes, muy pocos tienen el privilegio
de ser bendecidos y protegidos por la mismísima Diosa de la Luna.

Edward jadeó y salió disparado de su silla.

―¿Qué?Ella noestá bendecida. Es imposible.

Varios gruñidos estallaron en la sala, y Edward pidió a todos que mantuvieran la calma. La
pareja de guerreros se levantó de sus sillas y ambos Alfas gruñeron en señal de advertencia.

Roman esperó mientras todos se volvían a acomodar.

―Por sus venas corre la sangre de una guerrera feroz. Fue apareada con un Alfa que proviene
de una manada muy poderosa.

»Antes de su primera transformación, su primer celo, ya estaba siendo protegida por la Diosa de
la Luna; solo faltaba esperar hasta su primera consumación. El poder de tu hijo junto con el de
ella habría generado algo completamente diferente a todo lo que hemos visto.

Edward guardó silencio. Desde hacía mucho tiempo ya no se oía hablar de Lunas benditas.

―¿Cómo no sintió nada de todo esto?

―Claramente no se tomó en serio su entrenamiento Alfa ni su papel. No se centró en su futura


Luna. Si hubiera empezado a aprovechar su verdadero poder Alfa, la habría reconocido
inmediatamente.

―Pero sintió algo por Taylor.

―Es un cachorro hormonal con una dosis añadida de hormonas Alfa. Habría sentido eso con
cualquiera. Se habían mantenido separados hasta la ceremonia de Luna, ¿correcto?
Michael gruñó, mostrando su desaprobación de discutir acerca de la integridad de su hija.

―Mis disculpas, guerreros. No pretendo haceros daño ni faltaros el respeto. Si hubieran


completado el vínculo, hubieran sentido el poder inmediatamente. ―Roman inclinó la cabeza en
un gesto de respeto.

El grupo se quedó atónito y en silencio. Jacob bajó la cabeza derrotado. Su hija estaba
destinada a una vida de vergüenza.

―¿Y la joven que lleva a su cachorro, mi nieto? ―Edward apenas podía hablar.

―Debo decir ahora, Alfa Edward Oru, que no tengo ningún deseo de mantener alianzas con
manadas que no valoran el vínculo de pareja. No la reconoceremos como Luna, y no estoy
predispuesto a reconocerlo como Alfa.

―¿Cómo llegaste a saber que Abigail era una Luna bendita? ―Edward estaba en estado de
shock.

―Lo intuí en cuanto la vi.

No era verdad, pero era todo lo que les diría.

No contaría el hecho de que tenía una Profetisa en su manada. En su momento, ella había sido
rechazada por ir en contra de un Alfa que quería instigar una guerra con acusaciones
infundadas. Ella alertó a las otras manadas de que él quería atacar.

No debería haber sido rechazada por hacer lo correcto. Pero lo fue y ahora por fin había
encontrado un hogar y el respeto que merecía en la manada de Luko, y él la protegería.

Roman se inclinó hacia delante y sostuvo la mirada de la pareja de guerreros.

―Sé que debe ser difícil de creer, pero estoy seguro de que vuestra hija es una Luna bendita.

Fiona asintió.

―Había oído hablar del término, pero creía que eran más un mito que otra cosa. Pero no me
sorprende. Abigail siempre ha sido especial.

―Una Luna bendita… ―dijo Michael lentamente―. Tenemos que decírselo.

―No ―discrepó Roman rápidamente―. No hasta que me asegure de que está a salvo. Ya visteis
cómo Carson intentó llegar hasta ella. Hay que protegerla de cualquiera… ―Le dirigió a Edward
una mirada severa―. A cualquiera que intente utilizar sus dones en su propio beneficio.

―Estaba destinada a aparearse con mi hijo. Eso significa que sus dones eran para él ―protestó
Edward.
―Y él la rechazó ―dijo Roman sin un ápice de piedad―. Perdió todo derecho a lo que ella
pudiera haberle ofrecido.

Se volvió hacia los guerreros.

―Guerrera Fiona. Guerrero Michael. Juro proteger a vuestra hija. Es un honor tenerla en mi
manada, y será tratada con el mayor respeto y reverencia. Lamento que no haya recibido eso
aquí.

Al lobo de Edward no le hizo ninguna gracia la acusación de que Abigail no había sido atendida,
pero sabía que era la verdad.

―Si lo hubiéramos sabido...

Los ojos de Roman brillaron cuando su mirada se encontró con la de Edward.

―Tu hijo eligió su camino, y ahora tiene que recorrerlo.

Ambos se tensaron, pero ninguno se echó atrás. Finalmente, Roman inclinó ligeramente la
cabeza. Edward aceptó en señal de respeto.

Aún tenía que lidiar con el lío que había montado su hijo, y para eso no había una respuesta
fácil. Descubrir que ella era una Luna sagrada había cambiado las cosas.

Significaba que tanto su hijo como su manada hubieran adquirido un poder incomparable. Por
ello, se las había arreglado para enviarla lejos antes de que el resto de la manada se enterara de
esto.

Ese poder estaba destinado a pertenecer a su hijo y a la manada Oru, y Edward no quería que
nadie más se beneficiara.

Capítulo 6

Abigail no estaba nerviosa. No estaba disgustada, ni siquiera enfadada; simplemente se sentía


vacía. No había llorado. La última vez que derramó una lágrima fue en los brazos del Alfa
Edward.

No iba a mostrar a su manada nada más que serenidad, aunque se estuviera muriendo por
dentro.

Había terminado de hacer la maleta y se había tomado su tiempo para maquillarse y peinarse.
Su brillante pelo negro azabache se rizaba a la perfección en ondas sueltas, y se había aplicado
con maestría delineador y máscara de pestañas para realzar sus ojos color esmeralda.
Su atuendo consistía en un top negro con los hombros al descubierto, que mostraba la cicatriz
de su rechazo y la parte superior de la luna creciente impresa entre sus pechos. Unos vaqueros
ajustados y unas botas negras de ante hasta el muslo completaban su look.

Los guerreros la escoltaron a través de la propiedad de la manada. Controló a su loba mientras


percibía el olor de Taylor y el cachorro nonato. También pudo oler a Carson, a quien iban a dejar
salir de su confinamiento una vez que ella estuviera fuera del territorio de la manada.

Mantuvo la cabeza alta y recibió muchos buenos deseos y cuellos descubiertos al pasar junto a
los miembros de la manada. El evidente respeto y amor que la manada sentía por ella la hizo
sentirse mejor, pero sabía que no podia quedarse.

Acabarían rechazándola. Era instintivo, independientemente de lo que hubiera provocado el


rechazo.

Sintió y olió el poder Alfa procedente de la casa de la manada. Una larga fila de todoterrenos
oscuros estaban aparcados frente a ella. La brisa otoñal le hacía percibir con más intensidad
los olores y sintió uno en particular que era diferente.

Le pareció peculiar y no pudo ubicarlo. El ligero olor desapareció en cuanto se calmó la brisa.

La manada empezó a aullar mientras ella se dirigía a la casa de la manada. Un aullido se


escuchó por encima del resto. Era profundo y triste.

Carson.

Roman salió disparado de su silla; su lobo estaba gruñendo profundamente. Se agarró a la


mesa para evitar que su lobo se enfureciera. Los aullidos de luto les estaban afectaban a
ambos.

Sintió un dolor desgarrador por el nuevo miembro de la manada. Quería consolarla como había
hecho en otras ocasiones con otras mujeres. Pero Abigail no se parecía a nadie que él hubiera
conocido.

Traer a una Luna sagrada que había sido rechazada era algo nuevo, y no tenía ni idea de qué
esperar. La Profetisa había sido capaz de ver mucho más allá de lo que había visto. Era
necesario que Abigail estuviera en su tierra y que tuviera una imagen más clara.
Por eso había podido convencer a sus padres y a Edward de que no le contaran la verdad a
Abigail todavía. Cuando supiera que era una Luna sagrada, necesitaría el consuelo y la
orientación de alguien que supiera lo que eso implicaba.

Tendría que esperar a reunirse con la Profetisa para que alguien pudiera contarle lo que la Diosa
de la Luna había planeado para ella, y aún no sabían qué era.

Todo esto era un desastre. Al pensarlo, se puso tan furioso que alteró a todos los presentes.
Incluso por un momento dominó a Edward, el cual retrocedió, y Roman se volvió contra él.

-¿Era tu cachorro aullando? ¡Qué atrevimiento! ¿No le has enseñado a tener vergüenza? Roman
lo miró disgustado

-Sintió algo antes de quitarse la marca-murmuró Edward.

-¡Qué! ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Permitiste que aun así siguiera quitándole la marca?
¿Permitiste que continuará el rechazo? Tú sabes que muy pocos tienen el privilegio de ser
protegidos por la mismísima Diosa de la Luna, y dejaste que algo así sucediera.

Su enfado no hizo más que crecer mientras pensaba en Abigail. Ser sagrada significaba que
estaba personalmente dotada y protegida por la Diosa y esta manada no había hecho más que
avergonzar a Abigail.

Había avergonzado a la Diosa de la Luna. Los había avergonzado a todos.

Más que nunca, Roman estaba desesperado por sacar a Abigail de ahí y llevarla de vuelta a
casa, donde la Profetisa podría ayudarla.

- ¡Carson ya había hecho suficiente daño! Además, ella sentía que su loba, dada la oportunidad,
masacraría a Taylor y al cachorro nonato. ¿Por qué iba a sentir algo diferente por Abby en el
último momento? -soltó Edward en su defensa.

-No me corresponde a mí adivinar lo que pretendía la Diosa de la Luna, pero si hubiera hecho su
entrenamiento adecuado, ¡no tendríamos que adivinar nada en absoluto! -Roman no iba a tolerar
el tono de Edward mucho más tiempo.

Se quedaron en un incómodo silencio hasta que se oyó el débil ruido de unos tacones en el piso
de abajo. Roman olfateó y frunció el ceño. Le llegaba un olor que no podía definir; un olor que se
acercaba cada vez más.
Su lobo gruñó y se agitó en su interior, luchando por liberarse. Roman cerró rápidamente el
enlace. Si se transformaba aquí, la escena sería un baño de sangre. No sabía por qué su lobo
estaba actuando así, pero tendría que dejarlo correr pronto.

Se irguió cuando escuchó un golpe. Los demás tardaron un momento en levantarse.

Edward se aclaró la garganta; el shock era todavía evidente en su rostro por lo que el Alfa de la
manada Luko le había dicho.

-Por favor, entra, Abigail.

Llevaba una escolta guerrera. Tenía la cabeza inclinada, pero su ropa dejaba al descubierto su
cicatriz como recordatorio para todos. El orgullo se hinchó en su interior al ver a la nueva
miembro de su manada bajar la cabeza ante un hombre que no merecía su respeto.

Captó el gruñido en su garganta y lo acalló.

Su madre y su padre la envolvieron en un abrazo. Ambos la olfatearon y le apretaron la nariz y


las mejillas contra la cara.

Llegarían a la manada de Luko en doce ciclos lunares. Observó cómo sus padres permanecían
a su lado, orgullosos. Se desataría el caos en la manada Oru cuando el joven Alfa comprendiera
por fin que había rechazado a una Luna sagrada.

-Abigail. Me gustaría presentarte a tu nuevo Alfa. Alfa Roman Luko de la manada Luko.

Sostuvo la mirada antes de inclinar la cabeza.

- Alfa Luko.

-Llevabas contigo una escolta de guerreros. ¿Es porque te consideraban un peligro, o era por
respeto?

- Yo misma mehe considerado un peligro. Mi loba busca venganza. No quiero que haya
derramamiento de sangre en mi nombre, de mis manos o de mi loba.

-La ley de los hombres lobo te autoriza a buscar un castigo contra quienes te han agraviado.
Roman podía sentir su angustia, pero su aplomo le impresionó.
-Habrá un castigo a su tiempo. No me corresponde a mí, sino a la Diosa de la Luna - Ella bajó la
mirada una vez que le respondió.

No se sabía mucho del Alfa Roman, así que no estaba segura de si se tomaría el contacto visual
directo como un desafío o no. Sus padres y Edward observaban nerviosos al gigantón, pero él
se dirigió a ella en voz baja y con amabilidad.

No le quedaba más remedio que irse con él, pero ¿era posible que realmente fuera a estar a
salvo en su manada?

-Será un honor tenerte en mi manada, Abigail. Habrá mucho que discutir una vez que
regresemos a mi territorio. Tu nuevo hogar estará listo cuando lleguemos.

Nunca había previsto que una Luna sagrada fuera a unirse a la manada Luko, fuera rechazada o
no. Cuando supo que iría, contrató más ayuda para preparar su llegada.

-Gracias, Alfa Luko -dijo.

-Sentaros todos. Abigail, por favor-Edward señaló hacia un asiento.

Abigail tomó asiento mientras una tímida calma se apoderaba de la habitación.

Un estruendo estalló en el otro extremo de la mesa. El lobo de Roman estaba reconociendo su


poder y la falta de respeto que le estaban mostrando.

Le llegó el olor de un Alfa enfurecido, y sus oídos captaron unos débiles gruñidos que se
hicieron cada vez más fuertes.

Edward se puso en pie y los guerreros se pusieron nerviosos. Jacob estaba observando toda la
situación desde un rincón; su propio lobo se puso tenso.

-Carson se ha escapado anunció Edward.

-¡Mantenlo alejado! -Michael estaba de pie junto con Fiona, ambos con rabia mientras se
acercaban a Abigail.

Edward abrió la puerta de un tirón y se abalanzó sobre su hijo mientras Carson apartaba a los
guerreros de su camino. Gruñidos y chasquidos llenaron el aire mientras padre e hijo se
atacaban mutuamente.
Hazel y Jacob estaban en el pasillo, Jacob intentó intervenir. Logan, el Beta de Roman, estaba
con Michael y Fiona,

Hazel y Jacob estaban en el pasillo, Jacob intentó intervenir. Logan, el Beta de Roman, estaba
con Michael y Fiona, dispuesto a proteger a Abigail.

A pesar del caos, Abigail permanecía quieta y en silencio. Roman pudo ver cómo cerraba los
ojos mientras vibraba en su silla con los labios moviéndose sin pronunciar palabra. Su dedo
trazó la punta de su luna creciente.

Respiró hondo y abrió los ojos, encontrándose con su mirada.

El compañero que la había rechazado venía a por ella.

Roman y su lobo sintieron rabia cuando lo miraron a los ojos. Sus garras y mandíbula se
extendieron. Su propio poder Alfa surgió cuando se puso de pie y sujetó la mesa de madera que
empezó a romperse bajo su agarre.

La llama tras sus ojos era un infierno dorado.

Su lobo venía a por todos.

Capítulo 7

-Logan, protégela-soltó. Sin piedad.

-Abby, ve a la esquina más alejada-gruñó Fiona mientras maniobraba. Transfórmate si Carson


entra por la puerta. Pase lo que pase, protégete primero.

Los gritos de Hazel venían del pasillo. El olor a sangre flotaba en el aire y los gruñidos y
chasquidos se oían al otro lado de la puerta.

Roman oyó el ruido sordo de los cuerpos al ser zarandeados. El hedor de la testosterona lo
inundaba todo.

Michael se colocó frente a su compañera y Roman. Su instinto guerrero se puso en marcha para
protegerlos. Sus garras se habían extendido y sus mandíbulas se habían alargado.
Carson aulló. Abigail se estremeció cuando sintió que aquel sonido le desgarró el alma. Habían
sido compañeros, pero el rechazo de él hacia ella significaba que ahora no eran nada el uno
para el otro. Sin embargo, la desesperación en él llamaba su atención.

Ella le había amado, pero ahora ya no sabía lo que sentía por él.

Roman soltó un rugido tan feroz que incluso los guerreros encorvaron sus hombros. Se lanzó
sobre ellos, abriendo la puerta de golpe. Agarró por el cuello al joven y futuro Alfa fuera de
control, lo arrastró escaleras abajo y lo arrojó por la puerta de golpe. Agarró por el cuello al
joven y futuro Alfa fuera de control, lo arrastró escaleras abajo y lo arrojó fuera de la casa de la
manada.

El Alfa era enorme y estaba cubierto de un espeso pelaje negro como el carbón. Estaba
jadeando y sus ojos tenían un brillo dorado.

Carson no era un tipo pequeño, pero su lobo no estaba en forma para enfrentarse al enorme
Alfa que tenía delante. Aún así, no podía ser desafiado en su propia tierra y retroceder,
especialmente ahora. No importaba lo grande que fuera el lobo que tuviera frente a él.

-Carson, transfórmate ahora. O perderás tu vida.

-No puedo, papá, todavía la siento.

-Transfórmate. ¡Ahora!

Carson aulló cuando el poder Alfa de su padre se proyectó sobre él. Se había desatado un caos
total y sabía que su padre estaba intentando controlar a todo el mundo.

-¡Alfa Roman! -Edward probó su poder Alfa, pero no consiguió nada. Será castigado.

El lobo gigante de Roman se agachó y gruñó a Carson, que había vuelto a su forma humana.
Roman gruñó mie. avanzaba lentamente hacia é[Link] recuerdo de los ojos verdes y brillantes de
Abigail estaba avivando a su lobo, y Roman tenía que luchar contra él para conseguir
controlarse. Se aquietó en cuanto consiguió que su lobo se calmara. Logan se unió a él.

-Ella está segura con nuestros guerreros de la manada.

Roman volvió a su forma humana en cuestión de segundos, desnudo y muy enfadado. Uno de
sus guerreros apareció con unos calzoncillos; todos observaron cómo se llevaban a Carson a
rastras.
-Tienes que controlar a ese cachorro ya. La próxima vez le daré una lección -gruñó Roman.

-Todavía puede sentirla-murmuró Edward.

-Entonces tiene un maldito problema, porque la rechazó. ¡No se rechaza a una Luna sagrada!
¿Qué coño te pasa? -Roman avanzó hacia el Alfa que tenía delante.

-¡No se ha documentado una Luna sagrada en ciento doce ciclos lunares!

-¡Eso no significa que no existan! ¡Has tenido pruebas en tu propia puta manada delante de tus
narices!

-Esta ha sido una situación exacerbada para todos. Entiendo que seas protector con tu nuevo
miembro de la manada pero no puedo permitir que vayas a por mi hijo.

-Ya no es suya, y si vuelve a por ella, no tendré piedad. Tú y tu manada descubriréis


exactamente por qué me he ganado la reputación de ser despiadado. Protejo a mi manada a
toda costa.

Escupió al Alfa que tenía delante.

-Alfa Luko, no quiero esta tensión entre nuestras manadas. Te debo mucha gratitud por
ayudarme.

-Lo hice por ella, no por ti. No tienes ni idea de lo que has hecho ni de lo que es perder una
pareja. Te sugiero que te eduques. Me actualizaré de cómo van los hechos en un ciclo lunar,
según lo acordado. Nos vamos inmediatamente.

Tenía que alejarse o iba a matar al Alfa que tenía delante. Dejó atrás la ira y se encontró a los
padres de Abigail paseándose delante de su todoterreno.

- Guerreros Michael, Fiona dijo y sus ojos se dirigieron hacia él.

Agacharon la cabeza cuando llegó hasta ellos.

-Pido disculpas - Se puso la camisa que le entregó uno de sus guerreros.

-Gracias por protegerla, Alfa Luko.


-Llamadme Alfa Roman. Tenemos mucho que discutir. Le dije al Alfa Edward que lo pondría al
tanto. Os llamaré cuando lleguemos a mi territorio. Carson todavía la siente. Esto va a ser duro.

-Nos transferirán en doce lunas.

Michael y Fiona ya lo habían discutido. La manada iba a implosionar, y ellos no querían ser parte
de ello. Querían estar con su hija.

Se agarraron los antebrazos con fuerza. En silencio, entendieron lo que el Alfa les estaba
diciendo.

-Esperaba que dijeras eso. El joven Alfa es un problema. No ha hecho su entrenamiento como
es debido y no entiende su poder. Su lobo está tomando el control.

-Me han encargado que controle a su lobo -Michael escupió al suelo.

Roman había aceptado acoger a la Luna rechazada de la manada Oru como había acogido a
muchos que, de otro modo, habrían sufrido el rechazo sin tener culpa de ello.

Habría estado de acuerdo sin importar cuál hubiera sido su educación familiar, pero se alegró
de ver que sus padres eran buenos guerreros. Fuertes, con sentido de la justicia. Estaría
orgulloso de que se unieran a su manada cuando estuvieran listos.

-Esto la ayudará, aunque ahora sea difícil verlo. Utilizad esto como motivación. Cuanto más
control sea capaz de mantener, más probable es que mantenga algo de sentido común y no se
vea obligado a ir a por ella.

Roman hizo una pausa para mirar a Michael a los ojos.

-Ahora que sabéis que es una deidad, puede que hayan cambiado de opinión sobre mandarla

lejos.

-¿Crees que van a tratar de mantenerla? ¡Pero se rechazaron el uno al otro! ¡Le arrancaron sus

marcas! -gritó Michael.

-El poder corrompe-dijo Roman en voz baja.


Roman respiró hondo y vio que Logan quería decirle algo.

-El cachorro es salvaje. Están teniendo problemas para contenerlo. Logan se enlazó

mentalmente con él.

- Tenemos que irnos. Se va a escapar otra vez, así que prepararos. Por favor, despediros.

-No dejaré que se acerque a mi hija -juró Michael.

Cuando todos habían salido de la sala, Abigail se quedó atrás. Una parte de ella esperaba que

Alfa Luko destruyera a Carson, pero tampoco quería verlo si lo hacía.

Sus padres se acercaron a Abigail y le dijeron que era hora de irse.

-Te queremos, Abby. Estarás a salvo. Ya le dijimos a Alfa Roman nuestras intenciones.

Estaremos allí en doce lunas.

-Te quiero, papá - Ella lo agarró y lo abrazó mientras lloraba.

-Te quiero, mi niña feroz, y estoy muy orgullosa de ti. Se necesita tiempo para sanar.

Abrazó y besó a su madre.

Un aullido de rabia retumbó en el aire y Abigail se estremeció. Roman la agarró y la metió en el

todoterreno mientras sus padres cerraban la puerta. Ambos se agacharon en posición de

combate.

A lo lejos, Carson corría en su dirección. Abigail observó a través de la ventanilla del todoterreno

cómo el primer grupo de guerreros lo empujaba hacia atrás. Vio cómo luchaba contra ellos

salvajemente.
Su fuerza no debería haber sido un problema para todos los guerreros que lo detenían, y sin

embargo no pudieron derribarlo.

Su corazón latía con fuerza mientras veía al hombre al que una vez había amado luchar por

llegar hasta ella. Su rechazo mutuo debería haber roto su vínculo, pero algo iba mal.

Cuando se abrió paso entre los guerreros que lo flanqueaban, el médico de la manada le

disparó un tranquiliza

Vio cómo Carson trataba de forcejear y luego caía al suelo. Sabía que lo llevarían al hospital y

se asegurarían de que lo atendieran, pero ese ya no era asunto suyo.

-Vamos-ordenó Roman, y el todoterreno arrancó.

Roman y su lobo estaban nerviosos. Sus ojos estaban fijos en la línea de árboles, buscando

cualquier señal del cachorro fuera de control que venía a buscar a la compañera que había

rechazado.

Observó a Abigail mientras conducían. Ella miraba por la ventanilla sin hablar, hasta que por fin

cerró los ojos y apoyó la cabeza en el brazo enroscado.

Confiaba en él lo suficiente como para quedarse dormida. Eso era una buena señal. Él había

estado un poco preocupado de que ella se resistiera a unirse a la manada Luko, pero sabía que

sería capaz de integrarse.

Sabía lo duro que era perder todo lo que habías esperado tener durante toda tu vida.

Por fin, unas horas más tarde se relajó y enlazó mentalmente con su Beta.

-Está dormida, Logan.


-¿Quieres parar o seguimos?

-Necesitamos parar a por comida.

-Nos acercamos a un territorio neutral. Podemos parar allí.

-Gracias, Logan.

-El placer es mío, Alfa.

Roman aprovechó para mirar a la joven que tenía a su lado. Su impresionante belleza

significaba que iba a llamar mucho la atención del resto de la manada, pero era su fuerza lo que

realmente le impresionaba.

Ella se agitó un poco mientras él la observaba. Sus ojos se abrieron brevemente para dejarle

entrever sus ojos color verde esmeralda antes de volver a cerrarlos. Ya no brillaban.

Sus lágrimas, al menos por ahora, habían desaparecido. Roman haría lo que fuera necesario

para asegurarse de que no volvieran. Ahora pertenecía a la manada Luko.

Ella le pertenecía a él.

Capítulo 8

-Abigail... -dijo Roman con suavidad para despertarla. Vio cómo suspiraba y se estiraba.

-Te pido disculpas, Alfa Luko. No he dormido bien. Dejó al descubierto el cuello en señal de

respeto.
-Lo comprendo. Me alegro de que hayas descansado un poco. Estamos parando para comer, y

necesito estirarme. Por favor, llámame Alfa Roman.

-Sí, Alfa, gracias - Ella mantuvo la cabeza baja.

-¿Prefieres Abigail o Abby? Roman la miró.

-Cualquiera está bien, Alfa.

-Puedes mirarme. Sé cuándo me desafían y cuándo es un contacto visual amistoso. La

diferencia entre un verdadero Alfa y un cachorro. Su pecho se infló mientras su lobo se quejaba

en señal de aprobación.

-Gracias, señor - Miró hacia el aparcamiento en el que habían aparcado.

- Este es un territorio neutral. Paramos aqui de vez en cuando en nuestros viajes. Es tranquilo.

Su tripulación era normalmente un grupo gregario. Varios de ellos habían sufrido pérdidas o

rechazos. Por respeto a su rechazo, guardarían silencio, observando su duelo.

El hecho de que fuera una Luna sagrada era otra incógnita. La tratarían con respeto por el don y

la protección personal que la Diosa Luna le había otorgado.

-¿Es apropiado presentarme? Me gustaría darles las gracias por protegerme -preguntó Abigail.

-Me ocuparé de eso enseguida -Salió y cerró la puerta.

Se dio cuenta de que el grupo se había puesto en fila antes de que se abriera su puerta. Una

gran mano se extendió hacia ella y la agarró. Era cálida, y pudo sentir a su lobo a través de su

contacto.
-Pido disculpas. Hay mucho de qué hablar. Hay cosas que no sabes y eso me obliga a ser más

formal de lo normal -murmuró Roman.

La presentó a Logan, que le ofreció la mano y el antebrazo en señal de respeto, algo poco

habitual con las mujeres. Con elegancia, dio las gracias a cada uno, dirigiéndose a ellos por sus

nombres y les miró brevemente a los ojos.

Roman estaba impresionado con sus modales. Se mostró respetuosa con todos ellos,

apareados o no.

Los hizo pasar al restaurante, donde pidió una mesa privada. El encargado los puso en un

comedor privado.

Reconoció a Alfa Luko e inmediatamente corrió la voz a través de la manada de que estaba en

su territorio.

-Solo estoy de paso para comer-avisó Roman al asustadizo hombre que tenía delante.

-Gracias, Alfa Luko. Es un placer tenerte aquí - Miró a la mujer que estaba junto al notorio Alfa, y

sus ojos se abrieron de par en par al ver la cicatriz.

Roman rugió una advertencia para que dejara de mirar. Proyectó una ráfaga de poder Alfa, y el

hombre le enseñó el cuello con una reverencia.

-Mis disculpas, Alfa Se alejó mirando al suelo.

-Envía a alguien inmediatamente le espetó Roman, que saltó y salió corriendo.

Algunos miembros de la manada fueron a utilizar las instalaciones mientras Roman se

cambiaba de ropa.
Logan acompañó a Abigail a un baño privado y esperó al final del pasillo, donde impidió que

nadie entrara. Podía oírla llorar y quería que tuviera algo de intimidad.

Abigail cerró la puerta tras de sí y dejó escapar un suspiro y un sollozo. Podía sentir cómo

Carson intentaba atravesar el muro mental que los separaba para comunicarse, pero no

entendía cómo era posible. Su vínculo debería haberse roto.

Un dolor sordo comenzó a sonar en la base de su cráneo, y tuvo que forzarse las sienes.

Estaba lavándose las manos cuando una sensación peculiar la golpeó con fuerza. Dio un grito

ahogado al abrir la puerta del baño y tropezó, agarrándose a la pared cuando la sensación se

hizo más fuerte.

Logan se giró al oír el ruido y se dirigió hacia ella.

-Abigail, ¿estás bien?

Roman oyó la pregunta de su Beta y se movió a la velocidad del rayo, viendo cómo ella se

agarraba a la pared.

-Carson... -Jadeó cuando el rugido de Carson invadió su cabeza. Se llevó las manos a la cabeza

cuando el sonido invadió su mente, haciendo que se pusiera de rodillas.

El Alfa estaba de rodillas frente a ella, con las manos cubriendo las suyas.

-Ciérralo Abby... tienes que cerrarlo. Encuentra a tu guerrera.

Dejó escapar un grito primitivo mezclado con el aullido de su loba. El ruido se detuvo

bruscamente en su cabeza
Todos en el restaurante, incluidos los guerreros, sintieron ese emanar de ella. Roman vio cómo

las rodillas de Logan se doblaban ligeramente antes de enderezarse.

-Respira-le ordenó Roman y vio cómo su pecho empezaba a subir y bajar.

Su piel se sonrojó y cerró los ojos con fuerza. Tardó unos minutos en serenarse lo suficiente

como para quitarse las manos de las orejas. Soltó un sollozo que le estrujó el alma cuando él la

agarró.

-¡Necesitamos ponernos en camino ahora! ¡Coged la comida! -Roman la levantó y la sacó fuera.

- Diosa de la Luna... ¿Qué demonios fue eso? dijo un guerrero.

- Es una loba muy poderosa que no es consciente de su poder-espetó Logan.

Alfa Roman la abrazó mientras sollozaba. La ayudó a subir a la parte trasera de su vehículo. La

mente de Abigail daba vueltas con lo que acababa de ocurrir. Cuando Roman empezó a

conducirlos, la caravana los siguió.

Una y otra vez, bloqueó los intentos de Carson de inmiscuirse en su mente y establecer su

vínculo. Una y otra vez, forzó ese muro entre ellos.

Pero una y otra vez, la fuerza de su voluntad volvía a golpearla hasta que caía en un sueño

exhausto.

-Abby.

Se incorporó y parpadeó; su loba gruñó. Por un momento no supo dónde estaba. Sus recuerdos
volvieron a ella y soltó un sollozo ahogado.

No había sido una pesadilla.


El lobo de Roman ronroneó, tratando de consolarla.

-Mis disculpas, Alfa Roman - Agachó la cabeza.

Roman trató de calmar a su loba, sintiendo finalmente que se relajaba.

-No pasa nada, te he asustado. ¿Tienes hambre?

-No, señor.

-¿Cómo está tu cabeza? - Le preocupaba la intrusión que había tratado de tener el joven Alfa.
Sabía que el cachorro trataría de venir a por ella, pero Roman no había vivido nunca algo así.

-Ligero dolor de cabeza. No entiendo... ¿Cómo es posible?

-Sé que no tienes hambre, pero necesitas reponer esa energía que expulsaste antes.

Ella le miró. El brillo de sus ojos verdes estaba apagado y bajo ellos se formaban unas grandes
ojeras.

-Sí, Alfa.

Frunció el ceño ante su respuesta automática y gruñó.

-Nos queda otro día de viaje. He pensado que lo mejor será no parar de nuevo. Más espacio
entre los dos ayudará.

-El vínculo está roto. Esto no debería ocurrir.

-Tengo una teoría, pero necesito hablar con alguien primero. Eres una loba muy especial, Abby, y
Carson es muy poderoso. La combinación de vosotros dos juntos habría dado pie a un nuevo
tipo de liderazgo.

>>Vuestro vínculo es más profundo que el de las almas gemelas. Creo que no se ha roto del
todo, ya que vuestro rechazo va en contra del destino que la Diosa de la Luna tenía para
vosotros dos.

-Ya no llevo su marca-Abigail negó con la cabeza, con la confusión claramente reflejada en su
rostro.
-Su lobo vislumbró lo que la Diosa de la Luna quería que viera. Lo que habría sido su futuro, y lo
que perdió. Su lobo no lo acepta.

La observó, tratando de ver detrás de las sombras de sus ojos.

-Vamos a parar en un hotel solo unas horas. Nos ducharemos, nos cambiaremos y
descansaremos un poco. Mis guerreros necesitan correr y cazar.

-Sí, Alfa.

-Siento que esto haya sucedido, Abigail.

- Gracias, Alfa, pero creo que estoy siendo castigada por no ser digna de un compañero. Agachó
la cabeza mientras su tatuaje ardía en su pecho.

Al oír el gruñido del Alfa, levantó la vista. Por primera vez se dio cuenta de lo oscuros que eran
sus ojos, aunque ahora tenían un brillo dorado.

Su labio se curvó. Era fácil ver su poder de lobo, incluso en su forma humana. Un escalofrío
recorrió su espina dorsal.

-Nunca digas eso la reprendió su nuevo Alfa-. Tú no tienes la culpa. No permitiré que te
destroces por los errores de otro. Ese tonto cachorro no tenía ni idea de los estragos que ha
estado causando.

Volvió a inclinar la cabeza ante él. El tono feroz de su voz le provocó otro escalofrío, pero estaba
lejos de tener frío.

Al oir sus palabras, sintió un ligero calor en su interior. Este hombre y su lobo la protegerían de
todas las formas en que un Alfa debe proteger a su manada.

Pero, ¿qué significaría eso para ella, si no pudiera liberarse de su antiguo compañero y de la vida
que estaban destinados a compartir?

Capítulo 9
En el hotel, Roman y Logan esperaron a que Abigail estuviera en la ducha antes de hablar en voz
baja. Ambos estaban preocupados por lo que estaba ocurriendo.
-Señor, hizo que se me doblaran las rodillas. Nunca había experimentado algo así viniendo de
una hembra-Logan mantuvo su tono de voz bajo.

-La Profetisa dijo que no sabía que tenía eso dentro. Nadie sabe qué esperar. Tenemos que
hacer que coma. Necesita recargar energía. Quiero ir a correr, y ella necesita sacar a su loba.
Roman se estiró, con los músculos doloridos por haber pasado tantas horas encerrado en el
coche. Se crujió el cuello y movió los hombros.

-Estaremos mucho más seguros en territorio de la manada - señaló Logan.

-Entiendo. Será de máxima prioridad cuando lleguemos a la línea territorial. Ella y yo podemos
correr con un grupo de guerreros. Alerta a los guardias del territorio con antelación.

Logan llamó al Gamma Rye para informarle de lo que estaba pasando.

El lobo de Roman gruñó un par de veces y su pecho retumbó. Su lobo reconoció a la poderosa
hembra que estaba con ellos, pero no estaba seguro de qué hacer. Quería verla.

Sus oídos se agudizaron cuando la oyó gemir al meterse bajo el agua caliente. Se dio la vuelta
para enlazar mentalmente con los primeros guerreros que habían salido a correr, diciéndoles
que tuvieran cuidado de permanecer en los límites neutrales.

-Me estoy metiendo en la ducha. Vigila al grupo de guerreros. Si le vuelve a doler la cabeza, ven
a buscarme - ordenó Roman.

-Sí, señor.

Roman se duchó rápidamente y se vistió con vaqueros y una camiseta térmica que le ceñía el
pecho. Sus botas le daban otro centímetro, con lo que medía 1,80.

En cuanto abrió la puerta, sintió el leve aroma que había percibido en la manada de Oru. Aún no
podía distinguir de dónde venía... Hasta que la vio.

Abigail estaba de espaldas a él, pero se volvió inmediatamente e inclinó la cabeza cuando él
entró en la habitación. Llevaba una taza de té en la mano.

-Relájatele animó Roman.

Logan había aprovechado para ir al baño, así que estaban solos.

-¿Puedo ofrecerte una taza de café o té? preguntó Abigail.


Le habían inculcado el respeto a los Alfas, sin importar la manada ni la reputación.

-Café, por favor. Solo.

Roman rugió en señal de agradecimiento. Su lobo observó con curiosidad cómo le servía una
taza grande y se la acercaba.

Llevaba unos leggings negros y un suave jersey del mismo color que sus ojos. Le caía por los
hombros, resaltando su cicatriz.

Tomó un sorbo y la observó regresar al otro extremo de la habitación.

-No necesitas mostrar tu cicatriz a nadie.

-Según la ley de los lobos, debo mostrar mi vergüenza.

-No en mi presencia, ni en mi territorio.

Gruñó y vio cómo ella bajaba la cabeza. Le hubiera gustado que lo mirara a él.

-No deberías avergonzarte. Esto no fue tu culpa. Esa manada es vergonzosa y no te ayudó ni a ti
ni a ese cachorro de Alfa.

-Gracias, Alfa Se cambió el jersey para que ocultara su cicatriz.

Con movimientos rápidos y elegantes, se ató su gloriosa melena negra en un moño


desordenado. Se movía sin cohibirse, pero también sin ningún atisbo de coquetería.

¿Podría ser tan inconsciente de lo hermosa que era?

Su lobo se incorporó y se alegró. Un ronroneo salió de él antes de que pudiera detenerlo. Ambos
apreciaban a la bonita hembra que tenían delante y necesitaban recordarse a sí mismos sus
modales.

De repente, un golpe en la puerta le sobresaltó, y gruñó al verse sorprendido. Olfateó el aire. La


[Link] salió del baño mientras se la entregaban.

Abigail puso la mesa, colocando al Alfa en la cabecera y al Beta a su derecha. Se colocó en el


extremo opuesto a Roman.
Sabía lo que hacía, eso estaba claro. Estaba bien entrenada y habría sido una buena Luna. Una
pequeña oleada de ira palpitó en el pecho de Roman al pensar en las indignidades a las que se
había enfrentado.

Todos se sirvieron rápidamente. Roman se aseguró de que Abigail tomara algo. Necesitaba
reponer fuerzas. Satisfecho con sus raciones, se sentó.

Ella bebió un sorbo de té. Después de comer unos bocados, apartó el plato. Los hombres se
comieron todo lo que tenían a la vista, y sus lobos también se alimentaron.

-Gamma Centeno ha alertado a otras manadas de la situación, según tu petición, Alfa Roman.
Logan habló con firmeza, sin ocultar sus palabras a Abigail que estaba al otro lado de la mesa.

La noticia de que una Luna bendecida no sólo había sido descubierta, sino también rechazada
por su pareja Alfa, llegaría a todas partes.

Posiblemente, otros Alfas de la manada las querrían para ellos mismos, pero ninguno de ellos la
trataría con el respeto que Roman sabía que se merecía. Si tenía que luchar para protegerla, lo
haría.

Roman había ido forjando en silencio una manada de cinco mil miembros a lo largo de los años.
Su territorio era enorme, más de lo que nadie sabía. Estaba recluido por una razón.

Era el protector de los rechazados. Muchos de ellos no tenían la culpa, y muchos habían pagado
la injusta penitencia por la que habían sido rechazados.

Su manada prosperaba a pesar de sus orígenes, y Abigail iba a ser bienvenida allí. Más que eso,
sería celebraba y Protegida. Tal vez incluso amada.

El lobo de Roman se revolvió mientras Roman se sentaba más erguido en la mesa, sacudiendo
la cabeza para despejar aquellos extraños pensamientos. Miró a Abigail al otro extremo de la
mesa.

Se dijo a sí mismo que era por su poder. Porque era una Luna sagrada. Nada más que eso.

-Gracias, Abigail, por poner la mesa - Logan asintió con la cabeza.

-De nada. Lo siento si me excedí, hay ciertos hábitos que debo superar…

-Deberíamos aprender un par de cosas de tus buenos modales - Roman le sonrió.


-Gracias. Yo... Fui entrenada. No sé qué se supone que debo hacer ahora-Cerró los ojos,
tratando de controlar sus emociones.

Le dolía la cabeza, pero ya no sentía que Carson intentara gritarle en su interior.

-Respira, Abby-Roman se levantó de su asiento y se puso frente a ella.

Ella le miró fijamente a los ojos, profundos y oscuros, e hizo lo que le dijo.

-Primero vamos a meterte en nuestro territorio. Sé que tienes muchas preguntas. Vamos a parar
en la frontera. Sacaremos a tu loba y la dejaremos correr.

>>Te prometo que hay mucho más de lo que crees. Tengo a alguien que puede responder a tus
preguntas.
Pero primero tenemos que estar en casa.

Sus ojos verdes se encontraron con los de él y asintió levemente con la cabeza.

-Sí, Alfa.

Logan la observaba con interés. Estaba notando cambios sutiles en Roman. Su poder Alfa
irradiaba constantemente cuando estaba con ella. Podía sentir al lobo Alfa tratando de surgir.

Ahora tenía sentido que el Alfa quisiera parar en la frontera y huir. Su lobo necesitaba salir
pronto.

-Sé que esto da miedo, pero yo protejo a mi manada. Somos enormes, más grandes de lo que
las otras manadas creen, y somos muy capaces. Sintió que su lobo quería salir y cómo, de
repente sus ojos brillaban. No sabía de dónde venía esto.

Empezó a ronronear para intentar calmarla. Lo hacía con muy pocos, pero en este momento era
casi involuntario. Tanto él como su lobo se sentían atraídos por esta mujer de un modo que
Roman no podía entender.

Le mantuvo la mirada y dejó que la vibración de su ronroneo recorriera su cuerpo. Su loba gimió
y se relajó, sintiendo al Alfa y la protección que desprendía de él. Sintió que sus ojos
parpadeaban y los cerró, no quería que él malinterpretara su agradecimiento como una ofensa.

-Tranquila, relájate-Ronroneó más fuerte, y pudo sentir cómo los guerreros también se relajaban
mientras se dirigían a sus habitaciones.
Lo que les transmitía ahora era algo a lo que no estaban acostumbrados a recibir por su parte.
Sintió que se calmaba, y ni siquiera la estaba tocando. El poder de Abigail estaba allí, y el lobo
de Roman podía sentirlo. Miró a Logan, que tenía la boca ligeramente abierta.

-Puedo sentirla, Alfa.

-Mi lobo también puede, es su poder.

-Y tu poder también, Alfa. Debes reconocer tus cambios.

-Lo hago. Tenemos que volver a casa.

-Creo que deberías ir a tumbarte un rato. El ronroneo de Roman era fuerte, constante, y la
envolvió en consuelo.

Suspiró, sin querer cambiar ese momento.

Supo inmediatamente por qué no se movía.

-Estaré aquí.

-Sí, Alfa, gracias -Se levantó y entró en el dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.

Se sentó y miró a Logan. Su ronroneo era bajo y constante, y no podía detenerlo. Intentó
ponerse en contacto con su lobo, pero su bestia no lo aceptaba.

Estaba demasiado concentrado en el poder que sentía de la hembra. Roman puso los ojos en
blanco y se restregó la cara.

-¿Estás bien?

-Sí. No entiendo qué está pasando.

-Mi primera suposición es que sois dos lobos poderosos reconociéndonos el uno al otro Logan
pensó que pasaba mucho más que eso, pero no le correspondía decir nada.
Roman tendría que arreglárselas solo.

Capítulo 10
El resto del viaje duró unas horas. Abby mantuvo los ojos cerrados, con la esperanza de poder
dormir, pero en realidad solo se avergonzaba de haber permitido que el ronroneo del Alfa la
reconfortara.

Según la ley de los lobos, ella no se merecía nada más allá de las necesidades básicas.

Definitivamente no debería tratarla tan bien.

No entendía esta nueva manada y sus reglas. El olor de la frontera la hizo incorporarse,
sobresaltando al Alfa.

-Mis disculpas, Alfa Ella puso al descubierto su cuello hacia él. Olí la manada.

La caravana se detuvo. Podía oír los aullidos a lo lejos. El Alfa estaba en casa y se lo estaba
anunciando a la manada. Miró a Roman.

-¿Puedo preguntar sobre las reglas acerca de la discreción y el cambio de ropa para las
mujeres?

-Tenemos contenedores en el bosque provistos de artículos básicos para hombres y mujeres.


Abriré las puertas para que puedas cambiarte. Habrá una hembra con ropa para ti cuando nos
acerquemos. ¿Cómo funcionaba en tu manada?

-No había reglas para los guerreros. Pero te aseguro que cumpliré todas las reglas de la
manada.

- Eso en realidad tiene sentido. Logan, habla con Rye sobre esto. Podemos hacer algunos
cambios. Aprecio que preguntes por nuestras costumbres, gracias-dijo con una sonrisa en
señal de agradecimiento. Te veré en el bosque.

Salió del todoterreno, contento de salir del espacio cerrado. Se adentró en el bosque hasta
perderse de vista, donde se desnudó y se cambió de ropa, dejando sus cosas para que Logan
las recogiera.

Su enorme lobo observó cómo Abigail salía y se quitaba la ropa, doblándola ordenadamente.

Su lobo pataleó y sacudió su pelaje mientras la veía correr y moverse en el aire. Era hermosa y
elegante. Parecía una guerrera, y lo sabía.

Sacudió su pelaje negro como la tinta y estiró las patas. Puso la nariz en el aire y olfateó,
moviendo la cabeza de un lado a otro mientras establecia la frontera de la manada.
Varios de los otros machos se transformaron detrás de ella, y ella metió la cola hacia dentro y
saltó hacia delante a causa de los ruidos que la pillaron desprevenida. Gruñó involuntariamente
e inmediatamente después parloteó, demostrando que no quería hacer daño.

El Alfa salió de entre los árboles y ella lo saludó, poniéndose boca abajo en señal de sumisión
mientras él se acercaba.

Su lobo era el doble de grande que los demás. Todo en él era enorme. Sus mandíbulas, su
pecho y sus patas. El oro se arremolinaba en la capa inferior de su pelaje negro. Sus ojos
brillaban mientras la mordía en la oreja, mostrando su dominio.

Su cola se agitó y gimió en señal de reconocimiento. La empujó suavemente con el hocico y ella
se levantó.

Echó a correr y se alegró por ella, que no tardó en llegar a su lado. El resto permaneció en
formación a los lados y detrás de ellos.

Su lobo estaba impresionado con su velocidad. Se mantuvo detrás de él, pero sabía que podía
hacer más. Le ladró y ella retrocedió.

Ella salió disparada, y él pudo oírla gruñir por lo bajo. Tenía la cabeza baja y corría a toda
velocidad.
Se vinculó mentalmente con Gamma Rye.

-Rye, cronométrala la próxima vez que entrenemos.

-Es impresionante, la he estado observando desde la colina. Ve por ella, muchachote.

El lobo de Roman se puso en modo persecución y no tardó en correr hacia ella. Sus poderosas
patas removían la tierra mientras corría. Pronto estuvo detrás de ella mientras ambos corrían
por la hierba.

Le mordió la cola, y ella chilló y gruñó ligeramente, reconociendo que estaba jugando. Se puso
en marcha delante de ella y ella salió tras él, mordiéndole también la cola.

Corrieron hasta que él aminoró la marcha y ella se puso a su altura. Se acercaban a las tierras
de la manada, y ella podía sentir a más lobos.
Redujeron la velocidad al trote y finalmente se detuvieron. Rye salió del bosque en forma
humana, con ropa para el Alfa, y le siguió una mujer, su compañera, con ropa para Abby. Logan
estaba en la casa de la manada esperándolos.
Abby gimoteó y apretó la barriga contra el suelo, esperando a que Roman le dijera que se
transformara.

Se adentró en el bosque y volvió a salir vestido. Se sorprendió al ver que ella no se había
transformado y vestido. Frunció el ceño.

-Tu loba es preciosa. Gracias por correr conmigo.

Movió la cola y soltó una bocanada de aire por el hocico.

-¡Mierda! No me di cuenta de que estabas esperando permiso... Lo siento. Ve al bosque y


transfórmate. Bell es la compañera de Rye. Ella tiene tu ropa.

Dio las gracias asintiendo con la cabeza antes de trotar hacia el bosque, donde la mujer la
esperaba. Abby se transformó rápidamente, echando de menos sus sentidos de loba.

Como loba, podía correr, cazar y liberarse de los recuerdos de haber sido traicionada. En su
forma humana, le dolía el corazón.

-Gracias-dijo en voz baja a la mujer que sostenía su ropa.

Bell le dedicó una sonrisa solemne y asintió con la cabeza.

-Bienvenida a la manada Luko.

Ahora, Abigail y su loba eran miembros de la manada. Eso significaba familia. Abby esperaba
que la Diosa de la Luna velara por ella y la ayudara a adaptarse a esta nueva vida.

- Te daré unos minutos para que termines-dijo Bell y la dejó allí.

Rye saludó a su compañera cuando se acercó a ellas, y luego se volvió hacia Roman. -Señor...
-Sí, Rye.

-¿Es una hembra Alfa?

Roman hizo una pausa antes de responder.

-No, ¿por qué?

-Puedo sentir... No sé, un poder en su loba.

-Lo sé. Necesitamos tener una reunión de manada después de que vea a la Profetisa.
-Alfa Roman, bienvenido a casa dijo Bell.

-Gracias, Bell. Aprecio tu ayuda para poner en orden su residencia.

-Es un placer. El tuyo también está listo. ¿Me permites decirte algo?
- Dime, Bell.

- Yo también siento su poder. También creo que tiene la atención de una buena parte de tus
guerreros. - Tan pronto como Bell vio a Abigail, supo que era diferente.

Iba a llamar la atención. Ver cómo el Alfa había jugado con la nueva miembro de la manada
también le llamó la atención.

Roman se giró para ver numerosos pares de ojos puestos en la mujer, de pie a un lado, mirando
las tierras de la manada y las casas que salpicaban la ladera. Les advirtió con un gruñido que
dejaran de mirar y la manada empezó a dispersarse.

Vestida con la ropa que Bell le había dado, Abby salió del bosque. Se había recogido el pelo en
lo alto de la cabeza dejando algunos rizos oscuros sueltos para enmarcarle la cara.

La carrera la había hecho sentirse más ligera, pero tardaría mucho tiempo en recuperarse de lo
que Carson le había hecho.

Roman la llamó.

-Abby, ven a conocer a mi Gamma y a su compañera.

Ella inclinó la cabeza.

- Sí, Alfa.

El aplomo y el respeto de Abby hacia Roman eran tan evidentes que tanto Rye como Bell
enarcaron las cejas. Roman sospechaba que todos esperaban menos de una compañera
rechazada.

-La entrenaron para ser Luna durante siete años.

-¿Cuántos años tiene? -preguntó Rye.

- Veintiuno.
-Diosa... -murmuró Bell mientras Abby se acercaba. ¿Y fue rechazada?
-Mucho más que eso. Román se irguió.

Su formalidad sorprendió a Bell. Tanto ella como Rye se enderezaron, siguiendo el ejemplo del
Alfa.
-Abby, este es mi Gamma, Rye, y su compañera, Bell.

-Sí, Alfa. Los saludó con un breve contacto visual y repitió sus nombres. Dio un paso atrás y bajó
la cabeza.

-Abby... Relájate.

-Sí, Alfa.

-Los coches están listos para llevarnos el resto del camino a casa. Vamos a instalarte.

-Sí, Alfa.

Mientras iban hasta el coche, de nuevo la presión hizo eco en la base de su cráneo. Fue tan
rápido y tan fuerte que se tambaleó. Una oleada de rabia la invadió y cayó de rodillas.

-¡REGRESA, ABIGAIL!

Jadeó mientras Carson rugía en su cabeza.

Los guerreros se pusieron en formación protectora mientras Roman soltaba un gruñido. Rye
empujó a Bell detrás de él y soltó su propio gruñido grave.

El Alfa se puso de rodillas, con la cabeza de ella entre las manos.

-Respira, Abby, bloquéalo. Lleva a tu guerrera hacia adelante. Déjalo ir, como hiciste en el
restaurante.

Ella agitó la cabeza entre sus manos, incapaz de rechazar a Carson.

-Puedes hacerlo. Libera a tu guerrera.

Él desprendió su poder Alfa sobre ella, y ella se estremeció. Un estallido más fuerte salió de ella,
y una oleada de poder que derribó a varios guerreros y a Bell.

El lobo de Roman respondió con una baja advertencia.


-No te muevas, Abby. Tú controlas esto, no él.

Chasqueó la mandíbula y extendió sus garras mientras agarraba la tierra... Pero no terminó de
transformarse.

La voz de Carson volvió a atravesar su cabeza. La habían educado para amar a su ex


compañero. Para honrarlo y obedecerlo. Habían estado unidos, y parte de ese vínculo
permanecía en ella, por mucho que ella luchara contra él.

Logan gruñó mientras se acercaba.

-¿Sentiste eso? Madre Tierra, ¿qué coño ha sido eso? Y él... ¿Puedes sentirlo? Rye miraba,
inseguro de si debía transformarse o no.

La nueva miembro de la manada se retorció en el abrazo de Roman. Él le murmuró algo


reconfortante en el oído.

-Tenemos que hablar de algunas cosas-dijo Logan en voz baja.

Rye y Logan compartieron una mirada. Su Alfa era compasivo y fuerte, y había cuidado de todos
ellos. Pero nunca lo habían visto comportarse así. Se avecinaban grandes cambios en la
manada Luko.

¿Quién era esa mujer y qué significaba todo aquello?

Capítulo 11
De repente, todo estaba en silencio. Abby no oía nada, pero podía sentir el profundo estruendo
que provenía del gran hombre que le sujetaba la cabeza. Con él empezó a relajarse.

Suspiró y cerró los ojos mientras se elevaba en el aire. No tenía fuerzas para abrir los ojos ni
para protestar.

No sintió el mordisco que le había dado Roman en la muñeca ni oyó nada de lo que le decían.
Se acurrucó con su loba y se durmió en los poderosos brazos que la sujetaban.

Roman y los demás la llevaron corriendo a la Profetisa. Roman dio órdenes para que llevaran al
médico de la manada a la casa de la Profetisa.

Ella ya les estaba esperando cuando llegaron.


-Ponla en la cama de la habitación de invitados. Su tono de voz grave llegó hasta ellos. Olfateó
el aire y sus ojos brillaron mientras observaba al Alfa-. Ya le has mordido la muñeca, bien. Habla
con ella a través del enlace.

-La mordí sin permiso -Roman refunfuñó a nadie en particular.

-Tenías que establecer el vínculo. Ella lo entenderá. Esto era para ayudarla. La anciana le hizo un
gesto para que se fuera.

Colocó a Abby con cuidado en la cama. Ella no se movió ni abrió los ojos. Su ronroneo hizo
vibrar las ventanas.

-Controla a tu lobo, Roman.

-Lo intento. Es curioso, y sabe que ella está sufriendo. Ese cachorro Alfa, su conexión... No lo
entiendo.

La profetisa observó cómo Roman se paseaba por el pasillo, justo fuera de la habitación de
Abby. Tenía los ojos cerrados y respiraba profundamente, una y otra vez.

Logan y Rye le observaron con curiosidad.

-Su lobo vio un atisbo. No la va a dejar ir así como así. Eran dos lobos muy poderosos que se
habían marcado mutuamente. Al ser bendecida, sentirá todo mucho más que una Luna normal.

- Es la peor parte de ser bendecida con su nivel de poder. Sus lazos pueden estar cortados con
esa otra manada, pero su conexión permanece. Está rota, pero sigue ahí.

-¿Es una Luna sagrada? -El tono de Rye era de sorpresa.

Roman gruñó en señal de advertencia.

-Sí, y ella no lo sabe dijo la Profetisa, y el grupo se quedó en silencio.

-¿Cómo cortamos el enlace por completo? -preguntó Roman-. No debería ser capaz de llegar a
ella nunca más.

-Ahora está vinculada a la manada Luko, y esperemos que el nuevo vínculo de la manada
excluya cualquier otra cosa. Tenemos que esperar hasta que despierte. Habla con ella a través
del nuevo enlace. Sé gentil. Su loba la protegerá.
Roman dejó de pasearse y se sentó frente a la puerta de la habitación de invitados. Su
corpulento cuerpo ocupó todo el espacio.

Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos, respirando hondo varias veces. Su ronroneo se
había calmado, pero el poder Alfa se había duplicado en cuestión de minutos.

Cortó el enlace con el resto de la manada y lentamente se acercó a Abby. Ella suspiró en
silencio y su ronroneo aumentó. Se restregó la cara con las manos y miró a la Profetisa, que lo
observaba con las cejas ligeramente levantadas.

Su visión le había mostrado muchas cosas. A Roman le esperaba una gran batalla, una guerra
de muchos bandos. Era fuerte, y la joven Luna sagrada ya le estaba haciendo ser más fuerte,
igual que él hacía con ella.

-Habla con ella, Roman. ¿Sientes eso?

-Sí, Profetisa... Todo mi cuerpo lo siente. Y mi lobo también -Sus ojos seguían cerrados.

Volvió a tenderle la mano a Abby. De su alma brotó una energía cálida e irradiante. Sin previo
aviso, le golpeó tan fuerte que retrocedió. La energía y su reacción fueron de tal magnitud que
se golpeó contra la pared y la rompió.

Logan y Rye se levantaron y gruñeron.

La Profetisa levantó la mano, haciéndoles callar.

- Él está bien.

Roman tiró de ella hacia sí. Una calma se apoderó del vasto territorio y todos se sintieron en
paz.
Abby suspiró y su loba se acurrucó. Roman exhaló un suspiro purificador. Abrió el eslabón de la
manada y dejó que fluyera el calor.

Nadie había experimentado algo así antes. Lo que había provocado Abby hizo que algunos se
arrodillaran. Otros estaban eufóricos y se reían. Algunos lloraban, mientras que otros se
sentaban en silencio, asombrados.

La Profetisa se apretó el pecho.

-Ciérralo, Roman. Ahora.


Gruñó en respuesta. Se sentía bien, mejor de lo que se había sentido en años. Podía sentir a su
manada. Algunos sentían una paz que no habían experimentado en toda su vida.

Bell lloró. Se había sentido vacía desde que ella y Rye habían perdido a sus cachorros gemelos
hacía muchas lunas. Por primera vez, se sentía llena, pero más ligera.

Rye la consoló. Podía sentir su alivio a través de su vínculo. Su compañera estaba feliz por
primera vez desde su pérdida.

-¡Ciérralo, Roman! -ordenó la Profetisa.

Sus ojos se abrieron de golpe para encontrarse con los de ella, y emitió un gruñido de
advertencia.

La Profetisa respetaba a su Alfa, pero no la intimidaba.

-Necesita curarse y descansar. Esto la agotará. Su don es consolar, y querrá consolar a su nueva
manada aunque no lo sepa ni lo entienda.

Siguió gruñéndola mientras ella se acercaba.

-Lo sé... Lo sé, tienes paz... Te dije que necesitarías paciencia. Estará bien, lo prometo.

Las lágrimas que Roman no había llegado a soltar hacían que le ardieran los ojos. Su lobo
intentaba protegerla y no quería irse: no entendía de dónde venía esto. y volvió a gruñir. No iba a
dejar a su nueva miembro de la manada.

Rye, Logan y sus lobos se pusieron en posición de alerta al oírlo gruñir.

Un estallido de energía del Alfa salió de lo más profundo de él y todos los presentes enseñaron
sus cuellos. Lanzó otro gruñido, más profundo, y chasqueó los dientes.

Cerró los ojos e inspiró al sentir a Abby en el enlace mental. Ella emitió un suspiro y la calma se
apoderó de la casa.

-¡Alfa Roman Luko! Rompe el enlace. La Profetisa le dirigió una mirada amenazante y él se
sobresaltó.

Entonces, unos ojos profundos y brillantes se encontraron con los de la Profetisa. Roman salió
disparado de donde estaba sentado, lo que llamó la atención de todos los lobos a su alrededor.
Enseñando sus dientes, salió de la casa.
La Profetisa le siguió.

-Profetisa... Apenas podía hablar.

-Lo entiendo, Alfa. Yo también sentí mi propia paz. Te prometo que ella estará bien, pero
necesita descansar. El joven Alfa no la molestará por un tiempo, y lo sentirás cuando lo haga.

-Avísame en cuanto despierte.

-Lo sentirás antes que yo. Paciencia, Roman.

--¿Cómo puedo ayudarla? Su voz transmitía mucha emoción.

La Profetisa le sonrió amablemente.

-Ya lo estás haciendo, Alfa. Ahora vete. Tu manada tiene preguntas.

Él le gruñó por lo bajo, y ella puso los ojos en blanco, mirándolo caminar con el liderazgo que lo
caracterizaba hacia su manada.

Bell se quedó para ayudar a la Profetisa. Se había estado formando para ser sanadora antes de
que Rye y ella descubrieran que eran compañeros.

Ella y la Profetisa guardaron silencio mientras la anciana les preparaba una taza de té de
hierbas. Bell se sentía mejor de lo que se había sentido en años. Seguía asombrada, pero
esperaba que la sensación desapareciera.

-No se irá, y menos ahora que está aquí y unida a nosotros. La Profetisa podía sentir las
preguntas.
-¿Cómo pudo dejarla ir su manada? El corazón de Bell se rompió al pensar en Abigail.

-Es una manada perezosa, ebria de poder... Egoísta. Solo se centran en enseñar las nuevas
formas, no las antiguas.

-Necesita un compañero, de lo contrario, al ser una Luna sagrada, morirá - Bell observó a la
mujer mayor.
-Necesita un compañero, de lo contrario, al ser una Luna sagrada, morirá - Bell observó a la
mujer mayor.

-Sí-La respuesta de una sola palabra de la Profetisa indicaba que había terminado de hablar, y
Bell lo respetó.
Su afirmación, que era más una pregunta silenciosa, quedó sin respuesta.

Solo un hombre podría aceptar a la Luna sagrada como su compañera.

¿Lo haría Alfa Roman?

Capítulo 12

Roman estaba agotado después de haber estado hablando con la manada durante horas. Tenía
hambre y quería ver a Abby. La manada estaba asombrada con la noticia de su nuevo miembro.
Las ofertas para ayudarla de cualquier manera habían llovido.

Bell había recibido más ayuda de la que esperaba con la preparación de la pequeña casa para la
nueva miembro. La casa estaba lista, hasta la ropa de cama estaba limpia.

Roman era un Alfa orgulloso, y les hizo saber a través del enlace mental que estaba contento y
les dio a todos las gracias. Esto era lo que representaba una verdadera manada: cuidar de los
suyos. Para él, la familia no siempre significaba generaciones de sangre en las mismas tierras
de la manada.

El médico de la manada había dicho que no había cambios en Abby, así que decidió salir a
correr. Logan fue con él y sus lobos corriendo a toda velocidad. La carrera lo refrescó, y para
cuando llegaron a la casa de la manada sentía que estaba muerto de hambre.

Renovados tras haberse desahogado con la carrera, él y Logan se transformaron y comieron


como salvajes. Lleno de comida, Roman se metió en la ducha. Los últimos días habían sido
estresantes, y agradeció la oportunidad de un poco de silencio bajo una ducha de agua caliente.

Al salir de la ducha, Abby apareció a través del enlace mental, probando a ver si funcionaba.

Todavía abrochándose su camisa, salió corriendo por la puerta. Su lobo se agitó, desesperado
por tomar el control para poder correr más rápido pero Roman le dijo a su lobo que parara.
Cuando llegó, la Profetisa abrió la puerta antes de que él alcanzara el pomo.

-Abby.

Ella le sonrió al darse cuenta de que el vínculo se había activado.

-Es mucho más fuerte de lo que pensaba. Aún no está despierta, pero lo estará en un par de
días.
Pasó junto a ella y avanzó por el pasillo, abriendo la puerta de la habitación de invitados de la
Profetisa. Abby estaba acurrucada en la cama.

Ella suspiró mientras él desprendía su poder Alfa por toda la habitación. Su lobo ronroneó y ella
empezó a estirarse en respuesta.

-Puedo sentirla, pero está débil-Roman miró a la mujer mayor.

-Necesita que le asegures que estás aquí. Ella estará bien. Buscó consuelo. Ella y su loba están
luchando.

¿Qué hago?

-Ve con ella. Avisaré a Bell y os daremos algo de privacidad.


-No entiendo, Profetisa…

-Porque no estás destinado a entenderlo en este momento. Estás destinado a ir con ella afirmó
con rotundidad la mujer mayor.

Él refunfuñó y esperó a que contactase con Bell. Su lobo se paseaba, observando a Abby.

Se quító la camisa, las botas y los pantalones antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Se acurrucó alrededor de ella y los cubrió con mantas. La calentó. La consoló. Puede que no
estuviera entendiendo lo que estaba pasando, pero esto le parecía un gesto natural.

La manada pareció relajarse, y la vida en el territorio quedó en calma. Ambos sintieron la oleada
de poder y calor entre ellos. Su ronroneo hizo vibrar el suelo, y ella suspiró profundamente, con
su propio ronroneo débil pero constante.

La Profetisa tenía la puerta abierta y se encontró con Logan en su patio.

-Profetisa-Inclinó la cabeza en señal de respeto.

-Beta Logan, te esperaba antes, pero me alegro de que te hayas tomado tu tiempo.

-Mis disculpas. Mi compañera quería hablar -Sonrió, y sus ojos brillaron de un naranja intenso.

-Lo sé. Ahora estará mejor.

- Estoy posicionando a los guerreros fuera de la casa. Sé que normalmente te damos tu espacio,
pero el Alfa está aquí.
>>>Dormirá durante dos días. Cuando despierte, estará confundido y atacará. Debemos estar
preparados para sus diversas guerras.
-¿Y la Luna sagrada?
-Sagrada.
Su única respuesta significaba que la conversación había terminado.
-Gracias, Profetisa, por tu servicio.
-Beta Logan, es un honor.

Se inclinó y vio cómo él se volvía hacia su casa, donde su compañera le esperaba con la cena.
Era la primera vez que cocinaba desde el ataque, cinco años atrás, del canalla que le había
arrancado la marca de apareamiento con los dientes.

El mismo ataque se había llevado a la compañera del Alfa y a su cachorro nonato.

Se avecinaban muchos cambios, y ella cerró los ojos, repitiendo los flashes que la Diosa de la
Luna le estaba dando. Tenía que prepararse para el despertar del Alfa dentro de dos días.

El poder que irradiaba la casa era increíble. Los dos lobos juntos desprendían una gran fuerza,
pero los dos humanos juntos eran otro nivel.

El Alfa iba a tener que lidiar primero con su mente, y ella iba a descansar mientras pudiera. La
Profetisa había estado preparando documentación desde que fue bendecida con el
conocimiento de que Abigail era una Luna sagrada.

Se acurrucó en su cama y la Diosa de la Luna la bendijo con otra visión. Una que tendría que
guardarse para sí misma hasta que llegara el momento de revelarla.

Capítulo 13
DOS DÍAS DESPUÉS

Roman se estiró, acercándose a la fuente de calor y pegó la nariz a la base del cálido cuello. El
suave vello le hizo cosquillas en la nariz y acurrucó más su cara en él.

Su lobo se estiró y gimió, acurrucándose de nuevo. Ambos se estaban quedando dormidos


cuando Roman sintió el fuerte ronroneo procedente del calor al que se aferraba.

«Cuello. Cabello. Calor. Abby».

Salió volando de la cama emitiendo un gruñido feroz y Abby se revolvió con los ojos muy
abiertos. La cabeza le daba vueltas y los ojos le brillaban.
Ella bajó la mirada y le enseñó el cuello. No sabía dónde estaba ni por qué estaba en una
habitación con un Alfa medio desnudo y cabreado. Cerró los ojos y empezó a temblar; su loba
dejó escapar un gemido bajo.

―Lo siento, Alfa. No sé lo que está pasando ―susurró.

Le rugió y abrió la puerta de un tirón. Los guerreros estaban alerta, junto con el resto de la
manada. Roman salió por la puerta pasando por delante de la Profetisa y se transformó en el
aire.

Sus calzoncillos destrozados eran lo único que quedaba en su jardín. Se fue, adentrándose en el
bosque.

Logan y Rye tuvieron problemas para alcanzarle hasta que se dieron cuenta de a dónde iba.

A los cementerios.

Se retiraron y se unieron a los guerreros, diciéndoles que dejaran espacio al Alfa. Logan aseguró
a la manada que el Alfa estaba bien y que no había nada que reprocharle.

La manada comprendía el dolor y los recuerdos. Despertar junto a la Luna sagrada sin duda
despertaba sentimientos enterrados hacía mucho tiempo.

El lobo de Roman corrió, con sus grandes patas amortiguando la tierra. El poder de su bestia
aumentó mientras se dirigía al cementerio; en estos momentos era tan feroz que Roman
necesitó varias órdenes para volver a su forma humana.

Jadeando, arrancó un puñado de flores silvestres del suelo mientras se dirigía, desnudo y
sudoroso, hacia las tumbas donde estaban enterrados su compañera y su cachorro.

Se arrodilló frente a ellos y dejó caer las flores. Golpeó la tierra con los puños y levantó la cara
hacia el cielo.

Tanto él como su lobo aullaron su pena y culpa. Era la primera vez desde la muerte de Remi que
compartía lecho con otra hembra, y la pena lo destrozaba. Sentía que estaba traicionando a
Remi y a su bebé.

¿Qué le estaba pasando?

La Profetisa le había dicho que no le correspondía a él entenderlo, no todavía, pero tenía que
hacerlo. No podía seguir así, queriendo proteger a Abby y al mismo tiempo honrando los
recuerdos de su compañera y cachorro asesinados.

Soltó otro aullido. Una y otra vez, Roman golpeó la tierra hasta que le dolieron los nudillos. Su
lobo exigía control, y él luchaba contra él. Necesitaba controlarse a sí mismo.

Se quedaron hasta que se puso el sol. El enlace mental había estado tranquilo. Agradeció el
respeto de su manada ya que todos le permitieron guardar luto.

―Gracias, Logan, mis más profundas disculpas.


―No es necesario, Alfa.

―¿Abby?

―Nerviosa pero seguro.

Una nueva oleada de culpa le asaltó con tanta fuerza que les llegó a todos a través del enlace. No
era culpa de Abby que se hubiera metido en la cama con ella. Había sido incapaz de contenerse.

Necesitaba ver a la Profetisa pero no podía volver a su casa ahora mismo. Llevaba dos días
durmiendo y necesitaba ver cómo estaba la manada.

Logan lo estaba esperando con una muda de ropa, y Roman asintió agradeciéndoselo a su Beta
mientras la cogía. Logan también había traído agua y Roman se la bebió. Se vistió rápidamente,
con el estómago revuelto por el hambre.

Su mente por fin se había calmado, pero la culpa se había instalado en lo más profundo de sus
huesos.

―Necesito entrenar. ―La voz de Roman era ronca.

―Sí, señor, mañana por la mañana. Vamos a conseguirte algo de comida.

Roman agarró el hombro de su Beta.

―No sé lo que se viene, Logan, pero tenemos que estar preparados.

Capítulo 14
Abby no podía olvidar el calor del Alfa. Despertarse con él acurrucado a su alrededor le había
hecho darle vueltas a la cabeza. Nada de aquello para lo que había sido entrenada tenía
sentido.

Según la ley de los lobos, debería haber sido abandonada. Rechazada. Sola. Sin embargo, esta
manada parecía no solo acogerla, sino hacerla parte de ella.

Bell, la Profetisa y varios guerreros habían escoltado a Abby hasta la pequeña casa que iba a
ser suya. En cuanto la vio le encantó. Era luminosa y alegre, con una preciosa vista del bosque y
las montañas a lo lejos.

―No merezco esta belleza ni esta comodidad. No entiendo las costumbres de tu manada
―murmuró mientras se pasaba la mano por la cicatriz―. Ni siquiera sé lo que merezco.

Las lágrimas hicieron que se le nublara la vista; entonces, de forma distorsionada vio los ojos
brillantes y compasivos de dos mujeres.

―Tienes que instalarte. Te ayudaremos, pero mientras tanto, haz de este tu hogar ―dijo la
Profetisa con suavidad.

―Gracias, Profetisa.
―El Alfa dijo que te gustaba el té. Fui curandera y conozco las propiedades de las hierbas.
Tengo té normal para ti, pero también tengo un poco del mío. Está etiquetado ―Bell le sonrió.

―¿De verdad? Gracias. Una taza de té suena bien. ¿Os gustaría acompañarme?

―Debo atender unos asuntos en mi casa. Gracias, Abigail, hasta pronto. ―La Profetisa se
inclinó, y Abby le devolvió la reverencia.

―Gracias, Profetisa.

―Es un honor para mí.

―No me importaría una taza de té ―dijo Bell mientras veían a la anciana marcharse.

Las dos entablaron una conversación fácil y Abby sintió que encontraba aquí a su primera
amiga. Tenía preguntas sobre el té y Bell le dijo que la próxima vez que lo preparara, podría estar
presente.

Abby tenía algunas preguntas sobre la manada Luko y el Alfa Roman, pero antes de que pudiera
hacer ninguna, llamaron a su puerta.

Se puso rígida y olfateó el aire.

―Creo que es tu compañero, Gamma Rye ―dijo Abby antes de abrir la puerta. En cuanto lo vio le
sonrió e inclinó la cabeza mientras se apartaba para dejarlo pasar.

―Me disculpo por venir sin avisar. Echaba de menos a mi compañera y quería ver cómo estaba.

―No es necesario disculparse. Lo comprendo.

―¿Te gusta el lugar?

―Mucho más de lo que merezco. Estoy agradecida a la manada y al Alfa. ―Empezó a sentir
cómo la luna en forma de media luna le ardía, y se la frotó; sería un recordatorio que tendría
siempre presente.

―La invité a tomar el té conmigo ―Bell le sonrió.

―¡Oh, Diosa de la Luna, ayúdanos a todos! Huye mientras puedas.

La risa melódica de Abby hizo sentir una sensación particular a Bell, como si el sol flotara
dentro de su cuerpo. Se frotó la cicatriz que tenía en la muñeca y compartió una mirada con
Rye. Se dio cuenta de que él sentía lo mismo.

Ante la mirada curiosa de Abby, Bell se quiso explicar.

―El Alfa te mordió para poder vincularte a la manada. Normalmente se necesita permiso, pero
en este caso era una emergencia.

―Gracias. ¿Podrías darle las gracias al Alfa de mi parte? Lo haré personalmente más tarde, pero
creo que no es apropiado en este momento.
A Rye le pareció interesante la vacilación de Abby. Estaba protegiendo al Alfa y reconociendo su
necesidad de espacio.

―Por supuesto ―Le dedicó una leve inclinación de cabeza.

―¿Puedo ofrecerte una taza de té?

―Diosa, ¡no gracias! Esa es mi señal para irme.

La risa y el calor que desprendía Abby volvieron a rebotar en su interior.

―Tengo que ir a dar de comer a este hombre antes de que se desvanezca ―le dijo Bell con una
amplia sonrisa―. Gracias por compartir tu día conmigo. Por favor, llámame si necesitas algo.

―Gracias a los dos. Aprecio todo lo que habéis hecho por mí.

Abby cerró la puerta cuando Bell y Rye salieron y encendió las luces de su pequeño hogar.
Estaba sola.

Un sollozo le golpeó la garganta. Cerró las cortinas y dejó correr las lágrimas. Cerró el vínculo
mental para que los demás no la sintieran.

Su alma lloraba por su familia y por la vida que se le había escapado de las manos. Se tumbó en
la cama y se acurrucó, dejándose llevar por el sueño mientras se acercaba el amanecer.

En su propia casa, las emociones de Roman iban y venían con todo lo que Abby sentía. Ella
podía desconectarse del resto de la manada, pero no de él, y él no estaba seguro de si ella lo
sabía o se daba cuenta. La protegió a través del enlace para que pudiera dormir.

Había convocado una reunión en el campo de entrenamiento con el grupo de guerreros de élite,
así como con Rye y Logan. Se puso una camiseta de tirantes negra y unos pantalones cargo,
metiéndoselos por dentro de las botas de combate, y llegó allí antes que nadie.

Ya había terminado de estirarse antes de que apareciera el resto. El Alfa hizo que todos
trabajaran extensos estiramientos, señal de que les iba a patear el culo. Estaba en modo
agresivo, y sabía que ellos podían sentirlo.

A través de su enlace con Abby, podía sentir su agitación. No sabía si ella había reabierto el
vínculo con la manada. Volvió a concentrarse en los guerreros que esperaban frente a él.

Rye trabajó con ellos en una serie de maniobras, gritándoles que cambiaran de postura y
atacaran. En cuanto empezó a salir el sol y los guerreros empezaron a quitarse las camisas
empapadas de sudor.

Hicieron una pausa para beber agua y el grupo estaba recuperando el aliento cuando vieron que
el Alfa reaccionó de forma extraña.

Un calor se extendió por su pecho. Oyó un suave suspiro a través del enlace y sonrió mientras
se inclinaba hacia el sol.

«Agua. Piel. Caliente. Suspiro. Pierna. Suave. Jabón. Zumbido. Ducha. Abby. Desnuda. Burbujas.
DUCHA. ABBY. DUCHA. ABBY~».~
Emociones que no podía identificar le desgarraron por dentro, casi haciéndole tambalear.

Sus ojos se abrieron de par en par. El enlace estaba abierto y, como mínimo, el grupo de
hombres que tenía delante era muy consciente de lo que sentía.

Tanto su lobo como su ira se desbordaron y un gruñido de advertencia salió de su pecho.

Todos inclinaron la cabeza y él cerró el enlace. Sin mediar palabra, Roman abandonó el campo
de entrenamiento en dirección a la casa de Abby.

Detrás de él, Logan ordenó a todos que volvieran al entrenamiento. Llamó a la Profetisa desde
su teléfono.

Por fin suspiró cuando le contó todo lo que había pasado.

―Soy consciente. Voy de camino a su casa.

―Gracias, Profetisa.

Dejando a los guerreros entrenando bajo la atenta mirada de Rye, Logan salió corriendo hacia la
casa de Abby. Antes de llegar al claro, pudo oír los gritos de Roman.

―¡No puedes hacer eso! ―El gran Alfa estaba gritándole a Abby, que iba vestida con ropa de
entrenamiento.

Abby se acobardó.

―Lo siento Alfa, no sé lo que hice.

―¡No puedes ducharte! Y no puedes... ¡No puedes tocarte así! ―Roman iba caminando de un
lado a otro mientras extendía los brazos a los lados.

No había hecho nada más que darse una ducha normal y lavarse con jabón. Aún así, había sido
entrenada para obedecer a su Alfa y solo tenía una respuesta. «Sí, Alfa».

Logan nunca había visto a su Alfa en semejante estado. Se acercó a la Profetisa, que observaba
la escena con los ojos entrecerrados. Se volvió hacia él.

―Se estaba lavando, eso es todo ―dijo la Profetisa.

Logan sacudió la cabeza, confuso.

―¿No quiere que se lave?

La Profetisa soltó una carcajada. Logan seguía sin entender qué estaba pasando.

―¡Y tarareaste! ―El Alfa gruñó desde lo profundo de su pecho.

―Sí, Alfa ―Mantuvo la cabeza baja y el cuello al descubierto. Abigail pensó que debería revisar
las reglas de la manada de nuevo. No recordaba haber visto nada sobre no poder tararear o
ducharse. ¿Por qué estaba tan enfadado?

Logan miró a la Profetisa.


―¿Tengo que ir a por él?

―No. Se irá por su cuenta. ―La Profetisa hizo una pausa y miró a Logan―. Esta es su primera
batalla: su mente.

Roman soltó un rugido antes de darse la vuelta y empezar a dirigirse hacia ellos. Podían ver el
destello de sus ojos incluso desde la distancia.

Logan mantuvo la voz baja.

―¿Qué...?

―Ve con él de vuelta al campo de entrenamiento ―le cortó la Profetisa―. Yo iré con ella.

Sabía que no debía discutir con ella. Logan inclinó la cabeza en señal de respeto.

―Sí, Profetisa. Como desees.

El Alfa se les acercó pisando fuerte, con una evidente expresión de furia en todo el rostro.
Logan y la Profetisa agacharon la cabeza, pero Logan miró de reojo. Los ojos de Roman
parecían arder y sus grandes puños se cerraron mientras levantaba las manos.

―¡Sus piernas!

Fue todo lo que dijo. Logan no podía ver nada malo en las piernas de Abby, pero seguramente
algo había puesto nervioso al Alfa. Con una última mirada sobre su hombro a la miembro más
nueva de la manada, salió corriendo detrás de Roman.

Por alguna razón, la Profetisa se estaba riendo.

Capítulo 15
―¿Hay alguna regla sobre bañarse... o tararear? Me he leído el libro de leyes de la manada dos
veces.

Abby estaba sentada en el porche con una taza de té en la mano. Estaba nerviosa. Se estaba
preparando para ir a la casa de la manada cuando el Alfa aporreó la puerta y le gritó.

Aún no estaba segura de qué había hecho mal, solo de que debía de ser algo grave. Se había
marchado corriendo sin dar explicaciones.

La Profetisa había instado a Abby a prepararse una taza de té e instalarse juntas en el porche,
pero Abby seguía sin calmarse.

―Estaba tan enfadado conmigo… ―susurró Abby―. ¿Qué hice mal?


―Nada. Tiene muchos frentes abiertos, muchas guerras internas, y ha eclosionado. Su primera
guerra es con su mente.

Abby intentó digerir esta información, pero seguía sin tener sentido para ella. Estaba claro que
se había puesto furioso con ella. Ni siquiera había sido capaz de mirarla a los ojos.

No importaba que la Profetisa le dijera que ella no había hecho nada malo, claramente algo en
Abby lo había puesto en ese estado.

Su presencia o sus acciones le habían herido o enfadado. Culpa suya o no, ella sentía que tenía
algo que ver.

―¿Qué puedo hacer para ayudarlo? ―Sorbió el té, ahora frío, con una mueca y dejó la taza.

La Profetisa ladeó la cabeza y le dedicó a Abby una pequeña y serena sonrisa.

―Sigue haciendo lo que estás haciendo. Esta es suguerra.

―Sin embargo, yo soy el objetivo ―señaló Abby.

―Indirectamente, sí, pero no tiene mala intención.

Abby pensó en lo que le acababa de decir. Para ella era obvio que el Alfa había permanecido
conectado a ella, a pesar de que había hecho todo lo posible por cerrar el vínculo.

―No le abrí el enlace. Lo cerré anoche para tener algo de privacidad. Pero aun así me sintió
―Abby miró a los ojos de la mujer―. ¿Cómo es posible?

La Profetisa no iba a intervenir en eso. Le correspondía al Alfa iluminar a la joven, y tendría que
descubrirlo por sí mismo antes de poder hacerlo.

El teléfono de la casa de Abby sonó y ella se levantó para contestar.

―Estoy aquí si me necesitas. ―La Profetisa hizo una reverencia y se marchó en silencio.

Abby cogió el teléfono antes de que sonara el último tono. Esperaba que fuera Roman, aunque
en el fondo temía que lo fuera.

―¿Diga?

―Hola, Abby. Soy Bell.

Sintió un profundo alivio junto con cierta curiosidad. ¿Sabía Bell lo que había pasado esta
mañana? ¿Lo sabían todos?

―¿Una mañana agitada? ―preguntó Bell con un toque de humor en la voz.

Eso respondía a la pregunta. Abby resopló suavemente.

―Sí. Por lo visto no puedo bañarme ni tararear. ¿Puedes decirme en qué página está eso en el
libro de reglas?

Tanto la Profetisa como Bell se rieron al escuchar a Abby.


―¿Te gustaría venir a la casa de la manada? El grupo de élite vendrá a desayunar y nos vendría
bien algo de ayuda.

Abby quería formar parte de la manada, y eso significaba ayudar donde la necesitaran.

―Voy para allá.

Colgó y se estiró. La manada no estaba lejos, pero una carrera le vendría bien. Cuando salió de
nuevo al porche, vio a un grupo de guerreros que se dirigían a la manada.

Abby se armó de valor para acercarse a ellos. Durante toda su vida había formado parte de la
misma manada y nunca se había imaginado necesitando hacer nuevos amigos. Una nueva
familia.

Respiró hondo.

―Buenos días, guerreros. Bell me pidió que ayudara con el desayuno y planeaba ir hasta allí en
mi forma humana. ¿Alguno de vosotros quiere acompañarme?

El líder sonrió y asintió.

―Venga. Te echo una carrera. Son unos 800 metros, ligeramente cuesta arriba. ¿Estás
dispuesta?

Abby le devolvió la sonrisa y miró al resto del grupo. Percibió su interés por ella y sintió lo
mismo por ellos. Oyó algunas voces que hablaban de hacer apuestas sobre quién llegaría
primero a la manada.

―Los rumores dicen que eres rápida ―dijo el guerrero Tory.

La sonrisa de Abby se ensanchó.

―Los rumores empiezan por algún sitio.

Tory se colocó en posición con Abby a su lado. Uno de los otros guerreros se colocó delante,
con las manos en alto, listo para soltarlas e iniciar la carrera. Dejó escapar un silbido que pudo
oírse hasta en el campo de entrenamiento.

Abby desapareció antes de que Tory diera su primer paso. Los brazos y las piernas de Abby
bombeaban a un ritmo sincronizado. Sus manos eran capaces de cortar el aire como cuchillos.

Llegó a la cresta de la colina y aceleró el paso, pasando entre varios lobos que habían salido a
ver qué ocurría.

La alegría la invadía a cada paso. El viento le apartaba el pelo de la cara mientras sus pies
golpeaban con fuerza. Corrió aún más rápido, sin mirar atrás para ver si Tory estaba cerca.

El entrenamiento se había detenido, y Roman percibió jaleo y saltó en lo alto de una estructura
de madera para ver mejor. Abby había ganado a uno de sus guerreros maestros más rápidos.
Uno que pronto se graduaría en el grupo de élite.

―¿Alfa? ―Rye levantó la vista.


―Abby le ha dado una paliza a Tory ―Sonrió, orgulloso de la Luna sagrada.

Abby estaba sonriendo cuando se detuvo en la parte trasera de la manada. Varias mujeres la
aplaudían, al igual que la guerrera que estaba allí para proclamar a la ganadora. Tory se acercó
unos segundos después detrás de ella, con la cara roja.

―Madre Tierra y cielos arriba ―Jadeó.

―Mis disculpas, guerrero Tory, decidí darlo todo. Me sentí bien soltándome un poco.

―¿Un poco? ¿Llamas a eso «un poco»? ―Todavía estaba agachado, recuperando el aliento
mientras Abby sonreía.

―Intenta entrenar con nosotros alguna vez y verás si te ríes.

―Me gustaría. ―Abby había echado de menos las sesiones de entrenamiento de las que había
formado parte en la manada Oru. Había sido criada como una guerrera, pero cuando comenzó
su entrenamiento Lunar, había pasado más tiempo centrada en ese papel.

Le hizo un gesto para que se fuera y ella se acercó a la casa de la manada.

Bebió el agua que le dio Bell, se lavó las manos y se puso a ayudar con el desayuno. No quería
pasarse, pero hizo algunas pequeñas sugerencias para que los preparativos fueran más rápidos
y sencillos.

Cuando le dieron las gracias, Abby agachó la cabeza, contenta de que el entrenamiento que
había recibido de su antigua manada le hubiera servido de algo. Su grado de agradecimiento era
tal que se sonrojó. No había hecho nada especial, o eso creía.

Cuando Roman y los guerreros de élite que habían estado entrenando llegaron a la casa de la
manada, encontraron la mesa puesta y la comida lista para ellos, para su sorpresa.

El desayuno en la manada solía ser un circo, y tenían suerte si algo estaba realmente caliente.

Roman mostró su satisfacción y dio las gracias a las mujeres. Buscó a Abby y la encontró fuera
de su campo visual, sentada en una silla lo más lejos posible de él.

Cortó la mirada con el ceño fruncido y llenó su plato, indicando al resto que podían seguir.

¿Le tenía miedo? Su manada a veces podía sentirse intimidada por él, pero nunca quiso que
ninguno de ellos le temiera de verdad.

El desayuno era un asunto ruidoso. A Abby le gustaba. En su antigua manada, tenían que ser
silenciosos. Al Alfa Edward no le gustaba mucho el ruido. Éste era uno de los muchos cambios
que estaba notando entre ambas manadas.

―Alfa, ¿puedo? ―dijo Bell cuando todos estaban terminando. Abby había empezado a recoger
los platos de los demás, separando los utensilios.

―Puedes hacerlo.

Abby hizo una pausa, esforzándose por fingir que no estaba escuchando la conversación.
―Como jefa de cocina, me gustaría preguntar si Abby puede ser asignada en la cocina. Ella ha
sido fundamental para ayudarme esta mañana. Y estoy segura de que todos valoráis un plato
de comida caliente.

Una carcajada colectiva llenó el gran comedor.

―Abigail, ¿qué te gustaría hacer? ―La miró desde la mesa.

―Lo que te plazca a ti, Alfa. ―Abby se aseguró de comportarse con el máximo respeto.

Estaba decidida a asegurarse de no darle ningún motivo para volver a perder los nervios con
ella.

Roman miró a Logan, que se estaba yendo del comedor. Cuando todos los demás se
marcharon, se acercó y le habló en voz baja y tranquila.

―Relájate y mírame.

Sus ojos verdes se encontraron con los de él, y su lobo se revolvió.

―Sí, Alfa.

―Siento haber perdido los nervios contigo antes.

―Sí, Alfa.

Cerró los ojos y sintió que lo abrazaba en silencio. Su lobo se pronunció un poco más. No podía
detenerlo.

No quería hacerlo.

―Parece que te gusta trabajar en la cocina. ¿Es ahí donde te gustaría ser asignada?

Ella vaciló, sin mirarle a los ojos. A Roman le dio un vuelco el corazón al ver lo sumisa que se
estaba comportando. La había traído aquí para protegerla, pero era evidente que se sentía
amenazada.

Y había sido culpa suya.

Siempre se había enorgullecido de dirigir su manada con compasión y predicando con el


ejemplo. Intentaba ser firme pero justo. Su manada sabía que él tenía la última palabra, pero
también comprendían que podían confiar en que cuidaría de todos ellos.

Tendría que esforzarse más para demostrarle a Abby lo mismo.

―Me gustó ayudar aquí ―dijo Abby con voz suave. Mantenía la mirada baja, pero su voz era
firme―. Pero fui criada como una guerrera. Esta mañana he corrido con los guerreros. Me
gustaría entrenar.

Roman hizo una pausa para reflexionar. Sus padres eran grandes guerreros, y Abby era rápida y
fuerte gracias a ellos, pero más que eso, por ser una Luna sagrada. Sin embargo, no había
guerreras en la manada.
Él se levantó y ella encorvó ligeramente el cuello cuando él se acercó. Se sentó un poco más
cerca de ella.

―Estoy más que encantado con un desayuno caliente, y sé que el equipo de cocina agradecería
tu ayuda. Está claro que habéis marcado la diferencia esta mañana.

Sus ojos desprendieron un gran brillo al escuchar los elogios de su Alfa.

―Podría ayudarles a preparar algo que se pudiera hacer con antelación y hornear después, lo
que aún me permitirá entrenar. Pero iré donde me necesiten, Alfa.

―¿Te haría feliz que te permitiera entrenar con mis guerreros?

Ella asintió, y sus ojos se encontraron con los de él.

―Sí, Alfa.

No era como él llevaba las cosas aquí, pero Roman asintió con la cabeza.

―Mañana por la mañana. Veremos cómo va.

―Gracias, Alfa.

La siguiente pregunta se le escapó antes de que pudiera contenerla.

―¿Y si te dijera que necesito ayuda con los asuntos de la manada?

―Me encantaría ayudar.

Cerró los ojos de golpe. Le invadió el recuerdo de Remi sentada a su lado en el despacho.

Se levantó bruscamente y dejó a Abby allí sentada. Golpeó su taza de café contra el fregadero,
donde se hizo añicos.

No podía hacerlo. No estaba bien. Tenía que proteger a esta Luna sagrada, pero tenía que ser
fiel a la memoria de su compañera.

Con un gruñido bajo y furioso, Roman salió cabreado de la cocina.

Al oír cómo se rompía la taza, Abby se levantó y se quedó boquiabierta, con los ojos llenos de
lágrimas. Mientras el Alfa volvía a salir furioso de la casa de la manada, Logan entró al comedor
con Bell y Rye siguiéndole por detrás.

―Está bien ―dijo Logan.

Vio cómo le temblaban las manos. Una ola de ira y tristeza se pronunció a través del enlace
mental con el Alfa. Logan sentía empatía por su Alfa, pero ahora estaba demasiado confundido.

Roman nunca se había comportado así. Tenía algo que ver con Abby, pero Logan no estaba
seguro de lo que pasaba. Solo sabía que tenía que ayudar a su Alfa.

―¿Qué ha pasado? ―le preguntó.

Ella negó con la cabeza.


―Está muy enfadado conmigo, y no sé por qué. Yo... No puedo bañarme ni tararear... No puedo
ofrecerme a ayudar donde se me necesite.

»Me temo que mi presencia está molestando al Alfa, y es lo último que quiero. No sé qué hacer.
Creo que debería considerar convertirme en nómada.

De repente, el poder y la ira surgieron a través del enlace del Alfa, llegándole a todos.

―Abigail, a la casa de la Profetisa. ¡Ahora!

―Sí, Alfa.―Logan, escoltadla. ¡Que no se vaya!

―Sí, Alfa.

El enlace se cerró. Logan y Abby se miraron fijamente a los ojos. Abby cerró los ojos y respiró
hondo un par de veces.

―Bell, ¿puedo llamarte más tarde?

―Sí, por favor. Gracias por tu ayuda esta mañana. ―Bell frotó el brazo de Abby al pasar, tratando
de reconfortar a la joven.

Todos habían sentido las furiosas emociones del Alfa a través del enlace, pero solo Abby iba a
tener que enfrentarse a él y averiguar por qué estaba tan lleno de furia.

Capítulo 16
Cuando llegaron a la casa de la Profetisa, Abby había conseguido prepararse para otro posible
cabreo de Roman. Al menos eso creía hasta que lo vio dirigirse hacia ellas.

―Roman, la joven Luna no te está entendiendo. ―La Profetisa le habló en un tono suave, pero al
Alfa no le importó.

―¡Y yo tampoco lo entiendo! ―Rugió con todas sus fuerzas.

Abby se estremeció ante la profundidad de su rabia. Había algo más, una profunda
desesperación que podía percibir pero no interpretar. Lo único que sabía era que ella era la
causa.
Respiró hondo varias veces y se concentró en los latidos de su corazón. De su interior irradiaba
calor, y la expresión de Logan le demostró que él también podía sentirlo.

Él también parecía estar tan confundido como lo estaba ella; ninguno entendía los cambios
emocionales del Alfa.

―Novas a dejaresta manada ―le gruñó Roman.

Logan se dirigió hacia la Profetisa, que observaba cómo Roman rodeaba a Abby.

―La oyó decir que iba a convertirse en nómada ―dijo la Profetisa en voz baja.

Logan asintió. Que alguien de la manada los abandonara era el peor de los insultos, la mayor
falta de respeto, aunque era algo que ya había sucedido. Algunos simplemente no estaban
hechos para formar parte de una manada.

―Pero eso no está bien para ella ―murmuró mientras él y la Profetisael Oráculo observaban
cómo Roman cogía a Abby en brazos.

―Es consciente.

―Lo siento, Abigail. No estoy bien y lo estoy pagando contigo.

El ronroneo de su lobo zumbó en su interior, y el deseo de su propia bestia de consolarla hizo


que Roman se sintiera aún más gilipollas. ¿Por qué su lobo encontraba la forma de aceptar
esos sentimientos cuando él no podía?

La giró de forma que se vio obligada a mirarle.

―No irás a ninguna parte. No puedo protegerte si te vas.

―Pero hago que te enfades estando aquí. Ni siquiera puedo tararear porque eso te enfada.

Ni siquiera iba a mencionar que estuvieron juntos en la cama. Despertarse con él le había
proporcionado un consuelo que sabía que no merecía.

Suspiró cuando su lobo se apresuró a consolarla. Se dejó llevar y se relajó contra ella.

―Tú no tienes la culpa. Estoy tratando de equilibrar algunas cosas, y yo mismo no estoy seguro
de por qué mis reacciones hacia ti son tan... ―Luchó y no encontró las palabras adecuadas―.
Fuertes. He acudido a la Profetisa en busca de orientación. ¿Vendrás conmigo a hablar con
ella?

―Sí, Alfa.

Era la única respuesta que podía darle. Él era su Alfa, y ella le obedecería aunque él no quisiera
reconocer lo que estaba pasando: ella le pertenecía.
Abigail sintió un fuerte escalofrío. Pertenecía a Roman Luko.

Un torrente de emociones que no reconocía la recorrió. Se debatió en su abrazo, sin saber por
qué quería luchar contra él. Estaba segura de que no podría.

―Abby, mírame, por favor. ―Supo que sus ojos eran de color oro cuando los verdes y acuosos
de Abigail se encontraron con los suyos. Lentamente, la acercó de nuevo a él, esperando a que
se disiparan los pequeños temblores que sentía en ella.

La culpa le abofeteó de nuevo. Lo estaba estropeando todo. Acompasó su respiración a la de


ella, esperando hasta que la sintió calmarse.

―Lo siento, intentaré no arremeter contra ti.

―Sí, Alfa.

Ella rodeó lentamente su cintura con los brazos y apoyó la mejilla en su pecho. Una calidez los
envolvió y el vínculo se abrió.

La manada estaba en calma y todos estaban por fin relajados.

La Profetisa se dirigió a Logan.

―Acaba de perder su primera batalla.

Logan resopló, pero guardó silencio. Entendía lo que quería decir.

―¿Y la siguiente?

―Corazón.

Su respuesta de una sola palabra cerró la conversación. Al ver que la pareja se separaba,
vislumbró la manta dorada con la que la Diosa de la Luna los envolvía, una señal de consuelo y
calma. La Profetisa pensó cómo sería todo si Roman la aceptara.

Roman murmuró algo a Abby, que asintió al cabo de un momento. Los dos entraron en la casa
de la Profetisa. Ella no los siguió de inmediato, sino que se abrió a la Diosa de la Luna y a
cualquier visión o ayuda que pudiera proporcionarle.

El Oráculo podía sentir que el alma de Abigail empezaba a debilitarse ligeramente. Cada vez que
Roman arremetía contra ella y ella tenía que defenderse de él, más crecía esa debilidad.

Él había levantado un muro a su alrededor que no dejaba entrar a Abby. Ninguno de los dos se
había dado cuenta todavía, pero tendrían que hacerlo, y pronto.

Si Abigail se debilitaba, sería más fácil para Carson romper de nuevo el vínculo agrietado. Peor
que eso, la Luna sagrada podría morir sin una pareja.
―Ayúdame, Diosa de la Luna ―suplicó el Oráculo―. Muéstrame cómo ayudarlos a ambos.

Al no recibir respuesta, el Oráculo entró en casa. Roman se sentó junto a Abby en el gran sofá;
tan solo les separaba, unos pocos centímetros. El Oráculo los examinó a los dos.

―Deja de luchar contra lo que sabes que es inevitable, Roman. Se está debilitando.

Abby miró a la anciana.

―¿Qué quieres decir?

―Roman, ¿me entiendes?

―¡No!

―¡Dejad de pelear! ―El Oráculo golpeó un pesado libro sobre la mesa.

Él gruñó a la anciana y le dirigió la mirada de advertencia. Ella le devolvió el gruñido y le mostró


sus dientes. Abby los miró con sus ojos verdes muy abiertos y los labios ligeramente
entreabiertos.

El Oráculo se volvió hacia ella.

―Abigail, ¿sientes un calor interior?

―Sí, Profetisa.

―¿Sientes tu poder?

―Sí, Profetisa ―dijo Abby tras una pausa.

―¿Reconoces tu velocidad y tu agilidad?

―Sí, Profetisa.

―Eres una Luna sagrada. Esos son solo algunos de tus dones.

Roman observó la cara de Abby mientras recibía la información.

La voz del Oráculo se volvió sombría.

―Te estás muriendo.

Abigail se levantó tan rápido del sofá que hizo que Roman y su lobo se sobresaltaran,
haciéndole gruñir antes de darse cuenta de lo que acababa de decir el Oráculo.

―¿Qué?

―Se está muriendo lentamente. Cuanto más te encabezonas, más se debilita. Deja de luchar,
Roman, y acepta.
―Carson no solo me condenó a tener una vida infernal; también me condenó a morir. ―Abby se
dejó caer de nuevo en el sofá y suspiró.

―Me rechazó. No tengo pareja.

Miró directamente a los del Oráculo.

―Una Luna sagrada morirá sin su pareja… ―susurró Abby.

―¡No! ―Roman se levantó y empezó a pasearse, apretando y soltando los puños. Un poder
palpable lo envolvía, reforzado por sus extremas emociones―. ¡De ninguna manera!

Sin mirarle, Abby se puso en pie. Sintió que le temblaba la voz y se aclaró la garganta.

―No quieres una loba moribunda en tu territorio, Alfa. Será duro para la manada. Necesito irme,
y necesito ver a mis padres.

Roman se interpuso entre ella y la puerta, aunque ella no se había movido todavía. Se acercó a
ella, pero se contuvo. «Deja de luchar», le había ordenado el Oráculo, pero ¿cómo podía hacerlo?

Se volvió hacia el Oráculo.

―¡Profetisa! ¡No! Por favor, ¿cómo podemos parar esto?

―Debes librar tu próxima batalla.

―¿Cuándo... Contra quién?

―Ahora. Debes luchar contra tu propio corazón.

―Estás poniendo a prueba mi paciencia, vieja.

―No estás escuchando, Roman. ¡Deja de luchar! La Diosa de la Luna te está pidiendoque dejes
de luchar contra ella.

―¿Luchar contra qué? ―Le rugió en la cara mientras sus dientes y uñas se alargaban.

El Oráculo inclinó la cabeza.

―Contra el regalo que intenta daros a ambos.

Roman desprendió tal ráfaga de poder Alfa que hizo que Abby cayera de rodillas.

Salió de la casa a toda velocidad y se arrancó la ropa dejándola hecha jirones por todas partes.
Los guerreros salieron tras él.

El Oráculo llamó a Bell y a Rye para que acompañaran a Abby a casa. Apenas podía mantenerse
en pie. El Oráculo no le había querido dar más información. Estaba confusa, y le perturbaba
pensar que se estaba muriendo.
Era cierto que hasta ahora se había sentido muy tranquila y muy cansada, pero no le había
parecido alarmante hasta ahora.

―Me muero... ―Su loba aulló.

El profundo y triste aullido del Alfa resonó por todo el territorio. Todos lo sintieron a través del
enlace de la manada.

Era una mezcla de ira, tristeza, pérdida y confusión. Pero él lloraba, y la manada lloraba con él.

Rye y Bell bajaron la cabeza y Bell tuvo que contener las lágrimas. El resto del camino
transcurrió en un silencio inquietante mientras ayudaban a Abby a volver a su casa.

En su habitación, Abby fue directa a la cama, donde se metió bajo las mantas y sollozó por la
vida que le habían robado, por haber recibido un castigo inmerecido, por no haber hecho nada
malo y tener que morir.

―¿Qué puedo hacer por ella? ―preguntó Bell a su compañera, pero Rye solo negó con la cabeza
y la abrazó.

Logan siguió a su furioso Alfa por todo el territorio hasta llegar al cementerio. Se quedó bajo
unos árboles cercanos y esperó.

Vio cómo el Alfa se transformaba y se arrodillaba ante la tumba de su compañera muerta. Una
vez más, el vínculo entre la manada y el Alfa transmitió la tristeza y el vacío que éste sentía.

Logan casi se desestabiliza al sentirlo.

Roman estaba de rodillas frente a la tumba. Le dolía la pérdida de su compañera y su cachorro.


Le dolía ser consciente de la vida que había perdido cuando ellos murieron.

Gritó al viento, dejando que se llevara su dolor por toda la tierra. Gritó a la Diosa de la Luna por
confundirlo, por dejar que Abby muriera lentamente. Gritó pidiendo ayuda, necesitando entender
el don de Abigail.

Gritó a la Madre Tierra, pidiendo ayuda a quien quisiera escucharle. Acurrucado en la hierba por
el cansancio, empezó a caer en la oscuridad del sueño.

Logan llamó a los guerreros para que lo vigilaran durante toda la noche y les ordenó que le
avisaran inmediatamente si Roman se transformaba. Logan corrió de vuelta a casa, junto con
su compañera, Mara, y la abrazó, agradecido de seguir teniéndola.

En toda la manada, los compañeros se acercaron y abrazaron a sus compañeras. Padres y


madres se aferraban a sus cachorros. La pérdida del Alfa resonó en todos ellos.

Roman estaba sumido en la oscuridad cuando una figura iluminada se acercó a él. Alargó la
mano hacia la luz, palpando a su compañera muerta.
―Roman... Debes dejar de pelearte contigo mismo.

―Remi... Te he echado de menos.

―Es hora de que abras tu corazón.

―Mi corazón se cerró cuando tú y nuestro cachorro moristeis.

―Ella se está muriendo. Necesita a su pareja para sobrevivir.

―¡Pero su pareja la rechazó!

―Su pareja aún no la ha aceptado, Roman. Tú ~debes aceptarla.~

―¡No puedo!

―Puedes si quieres que viva.

―No puedo reemplazarte.

―Y no lo harás. Siempre estaré contigo. Abre tus ojos y tu corazón. Es la hora. Salva a Abby, y ella
te salvará a ti.

―¡Te amo, Remi!

―Y yo a ti, tanto que quiero que tomes el regalo que la Diosa Luna te está dando...

Sintió sus labios sobre los suyos y se despertó sobresaltado, agarrando puñados de hierba
entre las manos.

Estaba solo.

Capítulo 17
Abby se arrastró fuera de la cama y se lavó la cara. No sabía si debía ducharse y no
quería volver a enfadar al Alfa.

Sus padres aún no le habían devuelto el mensaje de la noche anterior. Se le encogió


el corazón. Necesitaba hablar con ellos. ¿Sabían que era una Luna sagrada? ¿Por
qué no se lo habían dicho?
Se aseguró de no hacer ruido mientras se preparaba el té, con cuidado de no
tararear. Tampoco se atrevió a abrir el enlace mental. Su ansiedad era casi
paralizante.

«No hagas esto».

«No hagas aquello».

«No respires».«No vivas».

Un golpe en la puerta la sobresaltó.

―Guerrero Tory, buenos días. ―Ella inclinó la cabeza y sonrió.

―Mueve el culo. ¡Tenemos entrenamiento!

―No creo que deba. El Alfa está enfadado conmigo.

―¡Es exactamente por lo que deberías hacerlo! Además, tengo que recuperar mi
dignidad ―Le dedicó una sonrisa arrogante que ella no pudo evitar devolverle.

Cuando Abigail sonrió, un rayo de sol rebotó dentro del cuerpo de Tory. Le dio calor,
aunque no identificaba de dónde venía. La miró con curiosidad. Abigail era alguien
especial, sin duda.

―Deja que me cambie ―dijo.

Cogió su camiseta que era como una segunda piel y unos pantalones tácticos y se
calzó unas botas. Acabó en cuestión de minutos, se recogió el pelo en una coleta
alta y se miró al espejo.

Era una Luna sagrada.

Y se estaba muriendo.

Pero aún no estaba muerta, se dijo a sí misma con firmeza.

De vuelta al exterior, empezó con una sesión de estiramientos junto con Tory.

―¿Sabes dónde está el campo de entrenamiento? ―Tory entrecerró los ojos.

―Sí.

―A la de tres.
Alguien gritó tres. Una vez más, él no estaba preparado y ella desapareció. El grupo
fue rápidamente tras ella, y Tory empezó a correr con todas sus fuerzas.

Abby cruzó los brazos y bajó la cabeza, corriendo delante de él.

Logan, Rye y Roman vieron cómo llegaba a la cima de la colina.

―Es rápida ―dijo Logan con admiración.

Era más que rápida. Era gloriosa. Hermosa, fuerte y poderosa.

Tory empezó a ganarle en velocidad cuando llegaron al terreno llano; entonces ella
aceleró el paso. Su sangre guerrera brotó y su loba afloró a la superficie, ansiosa por
salir.

Usando el enlace mental, Roman le pidió que hiciera un cambio de ruta.

―Corre hacia el poste que está al final del terreno.

Sin dudarlo un segundo, Abby cambió de rumbo. Sus brazos se movieron tan rápido
que ninguno de los hombres pudo ver nada más que una pequeña mancha
corriendo. Tory la siguió mientras se agarraba al poste telefónico, giraba y se reunía
con los otros guerreros en el frente.

Le ganó por pocos segundos. Empezó a jadear, con la sangre bombeándole con
fuerza. Se sentía viva y encantada con lo que acababa de hacer. Ambos salieron
caminando, intentando recuperar el aliento.

―Cuarenta y dos millas por hora ―calculó Rye en voz alta.

―¿Y Tory? ―preguntó Logan.

―Cuarenta y cinco.

―Impresionantes los dos ―Roman asintió a ambos.

―Abby, pensé que habíamos hablado de esto en casa ―Tory sonrió.

―Lo hicimos. Por eso perdiste. Estabas demasiado ocupado abriendo la boca y no
escuchando ―Ella sonrió y se rio mientras él se dejaba caer de espaldas sobre la
hierba.

De nuevo, el poder que irradiaba Abby se filtró a través de ellos con aquel cálido y
espectacular rayo de luz. Parecía imposible que alguno de ellos pudiera sentir dolor,
miedo o pena cuando Abby se reía. Contentos, los guerreros se activaron y se
distrajeron hasta que Roman gruñó para calmarlos.

―Maestros guerreros, demos la bienvenida a Abigail al entrenamiento de las


mañanas. Ella es la hija de los estimados guerreros Canaver, de la manada Oru. Su
velocidad y habilidades son naturales. Se entrenó como guerrera desde los ocho
años hasta ahora, y como Luna desde los catorce.

Roman estaba explicando quién era Abigail con orgullo, y el grupo lo notó.

―Enseñémosle lo que es ser un guerrero de la manada Luko ―ordenó Roman, y los


guerreros se pusieron manos a la obra.

Abby se acopló fácilmente al ritmo del grupo y pronto superó a la mayoría de los
guerreros, si no a todos. Oyó gruñidos, pero nada importante.

Era bueno para ellos tener algo de competencia. Roman y Logan observaron
mientras Rye instruía al grupo en su siguiente serie de ejercicios.

―Su velocidad es increíble ―observó Logan.

―Es rápida, sí ―aceptó Roman―. Ser sagrada mejora todas sus habilidades. Creo
que, con suficiente espacio, podría ir más rápido.

―Tal vez ―Logan estaba realmente asombrado con sus habilidades―. Tal vez ella
debería entrenarlos.

―Quiero que trabaje con el grupo de élite ―Roman observó cómo se movía; la gracia
con la que lo hacía.

Logan se detuvo sorprendido.

―Alfa... mis disculpas por excederme, pero aún es muy nueva en la manada. Y es
una hembra. ¿Estás seguro...?

Roman soltó un gruñido de advertencia que reprimió casi de inmediato. Sabía que
Logan solo estaba haciendo su trabajo como Beta.

―El Oráculo dijo algo anoche y tuve un sueño ―dijo.

La expresión de Logan permaneció neutra.

―¿Te gustaría hablar de ello en privado más tarde?


El Alfa gruñó y le hizo un gesto seco con la cabeza. Bajó de la plataforma dando un
salto y caminó hacia Rye.

―Quiero verla entrenar.

Rye asintió. Lo que el Alfa quería, lo conseguía. Ordenó a los guerreros que se
hidrataran y se tomaran cinco minutos.

―¡Abigail! El Alfaalfa quiere verte entrenar. Elige un compañero.

―¡Tory! ―gritó Abby.

El otro guerrero hizo una mueca y retrocedió.

―¡No! De ninguna manera. No voy a arriesgar mi puesto en el equipo de élite porque


me de una paliza. Ventaja injusta.

El grupo estalló en carcajadas y el alfa gruñó.

―¡Tory! Mete tu culo al ring.

―¡Maldita sea, Abby! ―Tory refunfuñó mientras se quitaba la camiseta.

Sonriendo, Abby se despojó de su camiseta, quedándose en sujetador deportivo.

Todos los guerreros se acercaron un poco más para observar. Roman podía sentir la
expectación y entusiasmo. Sin embargo, él contuvo sus propios sentimientos y se
negó a mostrar nada más que un rostro inexpresivo.

Abby escuchó las normas y asintió con la cabeza. Se apretó la coleta. Ella y Tory
chocaron los puños y se enderezaron.

―No voy a ser fácil ―Gruñó Tory.

Uno de los guerreros hizo sonar el silbato y Tory cayó de espaldas en cuestión de
segundos. Abby se inclinó sobre él preocupada mientras el resto del grupo
permanecía en silencio.

―¿Estás bien?

Tory gruñó y cogió la mano que ella le ofrecía. Volvieron a chocar los puños y se
enderezaron.

―Te dejé esa ―Gruñó.


Sonó el silbato y volvió a caer de espaldas. De inmediato se puso en pie, con los
labios curvados mientras murmuraba.

―Hablas demasiado. Te pierdes lo importante cuando no escuchas ―Gruñó Abby


mientras se rodeaban.

Roman no podía dejar de mirarla. El brillo de su pelo negro casi le cegaba cuando le
daba el sol. Su sujetador deportivo dejaba ver su media luna y también las curvas de
sus pechos.

Se movía como la depredadora que era, con los músculos definidos y tensos. Cada
paso que daba, cada golpe que lanzaba, era claramente calculado, preciso... Y
mortal. Nunca había visto a una mujer moverse así.

Tory se abalanzó descuidadamente sobre ella, y Abby giró con elegancia a un lado
antes de agarrarle por la nuca, obligándole a caer al suelo.

Ella le soltó mientras se levantaba con el ceño fruncido y le respondió gruñendo,


incitándola a un pulso de poder. El grupo lo sintió, y el alfa entrecerró los ojos,
fascinado por ella.

Elegancia, fuerza, bondad. Hasta ahora, Abby había mostrado todas esas cualidades
y más, propias tanto de una Luna como de una guerrera. Ella era única, y en esta
lucha con Tory estaba mostrando sus verdaderas habilidades.

―¿Quieres jugar, Abby? ―Tory sonrió y dobló ligeramente las rodillas.

Roman percibió un cambio en Abby que nadie más pareció notar.

Unos elegantes mechones de pelo oscuro que se habían soltado de su coleta se


agitaron alrededor de su cara. Su sonrisa se volvió oscura, feroz y definitivamente
peligrosa.

―Creí que nunca me lo pedirías ―Se agachó sobre las puntas de los dedos y las
plantas de los pies, pegada al suelo y con las piernas extendidas. Un gruñido salió
de su garganta.

Tory retrocedió, sorprendido por su postura. Se le escapó un gruñido de advertencia,


pero Abby ya estaba en el aire y sobre él antes de que Tory pudiera hacer nada.

Lo agarró por los brazos y lo elevó sobre su cabeza.


Se levantó de un salto mientras ella se agachaba en la misma posición que Roman
había visto en sus padres. Estaba en modo ataque, y Tory no estaba preparado para
ello.

Roman se dirigió hacia ellos instintivamente, dispuesto a intervenir. Los demás


guerreros aullaban y gritaban, algunos animando a Tory y otros a Abby. El ambiente
era electrizante, cargado de expectación.

Un gruñido salió de la garganta de Tory, que se levantó de un salto. Ella corrió a toda
velocidad hacia él y se deslizó por debajo de su cuerpo, le agarró los pies e hizo que
se estampara de bruces contra el suelo.

La loba de Abby estaba saliendo, sus garras estaban listas para acabar con Tory.

Roman le ordenó a gritos que se detuviera, pero estaba claro que ella no le oía. Toda
su atención se había centrado en Tory, que ahora luchaba por levantarse del suelo
antes de que ella lo hiciera pedazos delante de todos.

Si Roman no llamaba su atención a tiempo, Abby iba a matarlo.

Capítulo 18
Segundos antes de que Abby le abriera la garganta, Tory dio una vuelta sobre su
espalda. Su ventaja no duró mucho. Abby se movió rápido y le golpeó duro.

Volvió a ponerlo boca arriba, con las piernas enganchadas sobre sus brazos en una
posición dominante y algo sexual. Lo soltó y se echó hacia atrás, emitiendo un
gruñido de advertencia y un pulso de poder mucho más fuerte.

Esta vez no era un cálido rayo de sol. Ahora desprendía rabia e ira. Lo rodeó
mientras él luchaba por ponerse en pie.

Los dos se enfrentaron durante no más de un par de segundos, y luego ambos


rasgaron el suelo corriendo el uno hacia el otro a toda velocidad.

―Lo va a matar ―Rye miró a Roman.

Se golpearon tan fuerte que el enlace de la manada vibró. Todos lo sintieron. La


rabia de Abby onduló a través de todos ellos.
Tenía la mandíbula alrededor del cuello de Tory y él estaba muy aturdido.

Esto había ido demasiado lejos.

―¡Abigail! ¡Atrás! ―Roman fue hacia ella, pero Abby no obedecía.

Ella emitió una advertencia en voz baja. Aumentó la presión sobre el cuello de Tory.

―Tory, quédate quieto ―ordenó Roman.

El resto de los guerreros observaban, sin saber qué hacer. Lo que había empezado
como una competición feroz pero amistosa se había convertido en algo mucho más
oscuro. Podían sentir la furia de Abby y su traición. También su miedo.

Roman se dirigió a ella con calma.

―Estás bien, Abby. Te retó y le pateaste el culo.

Todo su cuerpo se estremeció. Volvió a lanzar un gruñido de advertencia.

―Eres hermosa y una bestia de guerrera. Necesito que sueltes a Tory. Conozco tu
rabia, y él no merece sufrirla ―Roman se agachó frente a ella y abrió el enlace.

―Estás bien, Abby.

―Morir.

―No dejaré que eso suceda, Luna.

―Morir.

―Vas a estar bien.

El lobo de Roman se adelantó y sintió un destello en sus ojos y empezó a ronronear.


Abby soltó a Tory con suavidad y se recompuso. Retrocedió con una reverencia y
tendió la mano al guerrero, que ahora se encontraba aturdido en el suelo.

Abby y Tory recibieron un fuerte aplauso. Se inclinaron en señal de respeto y Tory la


abrazó.

―Entonces... ¿Quieres entrenar mañana? ―Sonrió.

El grupo estalló en carcajadas y ella sonrió.

―¿Estás seguro de que necesito entrenar?


Estaba orgullosa de haber luchado tan bien, pero también sabía que casi había
pasado de ser un combate amigable a algo más.

Agradecida de que Tory no pareciera reprochárselo, aceptó una botella de agua. Un


dolor le atravesó el estómago, convirtiéndose en una sensación agónica mezclado
con un intenso placer que la obligó a arrodillarse.

Oleadas de éxtasis, seguidas de una angustia abrasadora invadieron su cuerpo y la


hicieron retorcerse. No podía oír nada y arqueó la espalda mientras gritaba.

Abby dejó de gritar cuando se desmayó. Roman la cogió en brazos y se dirigieron al


hospital de la manada. La tumbó suavemente en una camilla mientras el médico de
la manada le hacía preguntas.

El Oráculo entró en la habitación mientras Roman le intentaba explicar lo que había


pasado.

―Algo la está lastimando, pero también hay placer…

»El compañero que la rechazó se está apareando con otra ―La Profetisa pasó las
páginas del pesado libro que había golpeado contra la mesa―. Su loba necesita tu
fuerza. Está agotada por la carrera y el combate. Aquello la ha dejado débil y
expuesta.

Roman estaba rabioso y empezó a dar vueltas.

―A mi habitación.

Levantó a Abby de la cama y la llevó a su habitación personal del hospital, equipada


con una cama lo bastante grande para que cupiera su metro ochenta y cinco.

La colocó suavemente y se encaró con el médico, que los había seguido con una
aguja.

―No ―Gruñó Roman.

―Alfa, tengo que ayudarla.

Roman iba a contestarle, pero dio un paso atrás para que el médico pudiera
inyectarle un sedante. Rápidamente, Roman se quitó la ropa y se metió en la cama
con ella. Empezó a ronronear cuando la atrajo hacia sí y se acurrucó a su alrededor.
El Oráculo cerró las persianas y las cortinas, oscureciendo la habitación mientras el
médico terminaba de conectarla a los monitores. Esperaron a que el médico
terminara y se marchara antes de hablar.

―Tuviste una visión de Remi ―dijo el Oráculo.

―Fue un sueño ―dijo en voz baja mientras Abby gemía en sueños.

―Roman, fue una visión. De lo contrario yo lo sabría. Deja de pelear.

―Ella dijo lo mismo.

El Oráculo había comenzado a documentar todo en El Libro de los Lobos para las
generaciones futuras.

―Dime lo que sientes con ella.

―Cada vez que la toco siento un calor, como la luz del sol, y una oleada de energía
increíble.

―Es el vínculo de pareja de segunda oportunidad que intenta formarse.

―Su alma me llamó aquel día. Cuando dormimos durante dos días.

―Lo sé. Yo también lo sentí.

―Es una Luna sagrada ―La voz de Roman rechinó―. Profetisa, ¿por qué yo?

―Tú eres el alfa que ella necesita, y ella es la Luna que tú necesitas ―El Oráculo
tranquilamente.

Se acercó un paso más.

―La Diosa de la Luna reconoce lo bien que has cuidado de todos sus hijos. Roman,
¿reconoces todo el bien que has hecho por aquellos que han sido abandonados,
evitados y rechazados?

―Y Abigail... Ella es puro amor y luz. Ella también merece una segunda oportunidad.
¿Ves que tanto tú como la manada estáis siendo dotados de algo maravilloso? La
manada ya ha sufrido bastante y se merece la luz y la vida que trae Abby.

»Todos están más ligeros y se sienten mejor. Ella ha traído alegría y paz a muchas
almas tristes. Pero te esperan más batallas, Roman. Debes saber cuáles librar.
―Quiero salvarla, Profetisa.

―Ahora, duerme.

La anciana regresó a su casa con sus escoltas. Roman acababa de perder su


segunda batalla, y ella sonrió. Abigail le había ganado a su mente y su corazón. La
siguiente batalla sería más dura.

Cerró los ojos. La tercera batalla sería la más dura.

La calma se apoderó de la manada. El alfa había cerrado el enlace. Todos sabían


dónde estaba si lo necesitaban.

La mente del alfa iba a toda velocidad. Necesitaba hablar con Logan, pero no podía
dejarla ahora mismo.

―¡Logan!

―¿Sí, Alfa?

―Ven al hospital mañana por la mañana, por favor. No puedo dejarla mucho tiempo.

―Por supuesto, Alfa. Por favor, descansa.

―Gracias, Logan.

Abby no se había movido, salvo para respirar hondo de vez en cuando. Tampoco
sentía a su loba, y eso lo ponía nervioso. Apretándola contra sí todo lo que pudo,
meditó sobre su sueño con Remi y lo que dijo el Oráculo.

Era alucinante pensar que no solo se le estaba dando una segunda oportunidad a él,
sino también a la manada y a Abby. El vínculo de pareja estaba tratando de
formarse.

Por eso podía sentirla en la ducha. Su alma le llamaba. Sus sentimientos de


protección se estaban intensificando, y constantemente podía sentir a su lobo
tratando de tomar el control.

Le rozó el brazo con los dedos y sintió un leve estremecimiento. Irradiaba calor, pero
estaba débil. Le acarició el pelo y cerró los ojos, haciendo que se relajara y
sintiéndola.
No podía creer que hubiera dormido con ella durante dos días; era la primera hembra
a la que se acercaba en cinco años. La primera desde que perdió a Remi y al
cachorro. En el fondo, podía sentir dónde encajaba ella en su vida y en la manada.

Había espacio tanto para ella como para la memoria de Remi. Ahora lo entendía, y
pensaba dejar de luchar contra ello.

Se durmió acurrucado alrededor de Abby. Feliz. Su lobo empezó a ronronear al sentir


su aceptación, y se alegró de que ambos estuvieran recibiendo una segunda
oportunidad como pareja.

Abby gimió suavemente y Roman murmuró contra ella, tratando de consolarla. Su


vínculo roto aún la unía al compañero que la había rechazado, y saber que ella sentía
un solo momento de placer de ese vínculo lo enfurecía.

Haría lo que fuera necesario para liberarla de esa vida pasada y ayudarla a crear una
nueva... Aunque eso significara ir a la guerra.

Capítulo 19
Un ligero golpe en la puerta del hospital hizo que Roman gruñera por lo bajo. Sus
ojos se encontraron con los de su Beta. Podía oler a café y a comida.

―Alfa, ¿te desperté? ―preguntó Logan.

―No, está bien. No capté tu olor. Los productos de limpieza de aquí se distorsionan.
Saldré en un segundo. ―Roman esperó hasta que Logan cerrara la puerta y se
levantó de la cama.

Se puso los pantalones del pijama y una camiseta de manga larga para protegerse
del frío. Volvió a arropar a Abby y le rozó la mejilla con los nudillos. No se había
movido mucho durante toda la noche.

Tanto ella como su loba estaban profundamente dormidas, ayudadas por un


sedante. Roman se escabulló por la puerta y acercó una silla para sentarse frente a
ella. Sintió que sus guerreros estaban fuera, pendientes de todo, y les dio las gracias
a través del enlace.
―Toma. Pensé que tendrías hambre ―Logan le entregó una enorme taza de café y
varios sándwiches como desayuno.

―¿Mara? ―Roman dio un mordisco y gimió de placer, arrasando con el primer


sándwich.

Enorgullecido, Logan sonrió.

―Sí, Alfa. Está mejor desde que llegó nuestra Luna.

―Muchos lo están ―Roman se comió su segundo sándwich y sorbió su café―. El


Oráculo dijo que me habían regalado una pareja de segunda oportunidad, y a la
manada también.

―Me he estado preguntando qué estaba pasando. ¿Nos la ha traído la Diosa de la


Luna?

―Sí. Es una locura, Logan. La Diosa de la Luna quiere bendecirme por haber cuidado
de sus hijos rechazados. Nunca lo vi así. Fui un alfa sin manada después de la
guerra. Los perdidos y los rechazados se convirtieron en míos.

―La Profetisa dijo que la Diosa le dijo que la manada merece tener la luz que trae
Abby.

―¿Y Abby?

―Somos compañeros de segunda oportunidad ―Roman no pudo evitar la sonrisa en


su cara ni el brillo en sus ojos.

―¿Y qué pasó en el campo de entrenamiento?

―Todavía está ligeramente conectada a un vínculo con su ex compañero. Está


agrietado pero no completamente roto. Ella lo sintió y yo lo sentí ligeramente, pero
no estaba prestando la suficiente atención ya que estaba observándola a ella y a
Tory.

―Va a ser un problema. Está forzando el vínculo para llegar a ella.

―Le daré una lección a ese cachorro.

Una enfermera que trabajaba en el mostrador inclinó la cabeza y dejó su cuello al


descubierto.
―¿Cómo evitamos que esto suceda? ¿Cómo evitamos que muera? Si el
entrenamiento va a provocarle esto, no quiero dañar a tu compañera de segunda
oportunidad, Alfa.

―Remi me dijo que Abby se estaba muriendo porque su compañero no la había


aceptado.

Remi era su pasado y ahora Abigail era su futuro, un futuro que él quería.

―Su pareja desegunda oportunidad ―aclaró Roman―, no la ha aceptado.

Roman vio cómo los ojos de Logan brillaban de un color naranja mientras sonreía.

―¿Y eso por qué? ―Logan sonrió.

―Es un idiota.

Cada uno de sus hombres soltó una risa discreta. Roman sintió cómo se abría el
enlace y el ligero codazo de Abby.

―Ya voy, compañero.

―Tengo que volver. Acaba de darme un codazo a través del enlace.

El corazón le latía a mil por hora al pensar en Abby como su compañera y en toda
aquella locura. Ya había vivido muchas cosas, pero estaba deseando tener un futuro
con su compañera de segunda oportunidad.

―Por supuesto, Alfa, por favor ve a consolar a tu compañera. Haré que Mara se
encargue de tus comidas. Es bueno para ella tener algo que hacer ―Logan le sonrió.

―Por favor, dale a Mara mi más profundo agradecimiento. No quiero abrir el enlace
por un tiempo. Por favor, haz saber a la manada que todo va bien.

―Lo haré, Alfa. Ve, consuélala.

Roman volvió a la habitación y se quitó la ropa en silencio antes de meterse de


nuevo en la cama con Abby. La estrechó contra su piel desnuda y cálida. Ella
suspiró, relajándose.

Cuando despertara, tendrían que hablar de lo que le había dicho el Oráculo. Lo que el
propio Roman había aceptado finalmente. Había tanto de lo que hablar, pero por
ahora, ella necesitaba descansar.
Estaba quedándose dormido cuando olió que alguien se acercaba y empezó a gruñir
de advertencia cuando el médico asomó la cabeza.

―Mis disculpas, Alfa. Quería ver cómo estaban sus signos vitales esta mañana.

Roman saltó de la cama y siguió gruñendo mientras el médico se acercaba a ella. Se


había puesto muy tenso, incluso llegó a enseñarle los dientes.

―No toques a mi compañera. ―Fue lo que le salió decirle mientras su lobo exigía ser
liberado.

―Alfa, necesito tocarla para comprobar sus constantes vitales. Solo me llevará unos
minutos.

El gruñido de Roman hizo que Abby se retorciera en la cama. Prácticamente había


dejado que su lobo tomara el control, aunque intentara controlarlo.

La saliva se acumuló en su boca mientras sus caninos se alargaban.

―Notoques a mi compañera ―le espetó Roman.

De manera feroz, arrinconó al médico. El médico se inclinó, mostrando el cuello,


mientras una enfermera llamaba a Logan.

Nadie podía tocarla. Él la protegería.

―Alfa, por favor. No estoy aquí para dañar a tu compañera.

Roman miró de reojo la aguja que sostenía el médico. Sabía que le haría daño. No
pudo detener a su lobo y gruñó mientras seguía enseñando los dientes. Avanzó
hacia el médico que estaba encogido en un rincón de la habitación.

Logan dejó escapar una ráfaga de su olor al entrar en la habitación del hospital junto
con el Oráculo. Quería avisar al alfa de su presencia sin sobresaltarlo. Los lobos de
las inmediaciones gimieron y dejaron al descubierto sus cuellos.

―¡Logan! ―Rugió Roman.

Abby gimió ligeramente y él giró la cabeza para asegurarse de que estuviera bien.
Vio a su Beta en la puerta y se puso a cuatro patas. Le crujieron los huesos cuando
empezó a transformarse.
―¡Alfa, sal de la habitación ahora! ―ordenó Logan, también enseñando los dientes,
desafiándolo para poder sacarlo de la habitación.

―Roman, vete ahora ―El Oráculo en voz baja―. El doctor no va a hacerle daño.

Abby volvió a gemir. Roman volvió a lanzarse contra el médico.

―Él no es quien le ha hecho daño, Roman. Está reaccionando ante ti ―La anciana le
miró y le fulminó con la mirada.

De repente, Roman cambió por completo. Su lobo tiró al médico hacia atrás y se
volvió a transformar. El pobre chico se había ido al suelo.

Logan ordenó a todos que cerraran las puertas de las habitaciones, haciendo
retroceder a la Profetisa. Sintió que empezaba a transformarse en respuesta al
furioso alfa. Rye había abierto las puertas dobles más cercanas a ellos.

―¡Alfa, fuera! ¡Ahora! ―El Oráculo mostró su propio poder, uno que usaba raramente,
y observó cómo el gran lobo salía de la habitación.

Logan y Rye volvieron a transformarse.

―Doctor, hágalo rápido ―espetó―. No lo contendrán mucho tiempo.

Al médico le temblaban las manos mientras realizaba rápidamente sus


comprobaciones. Las constantes vitales de Abby eran buenas y pensó que
despertaría pronto.

Le puso una inyección para acelerar el proceso y le sacó sangre para no tener que
volver en un rato. Fue a limpiarle la gotita de sangre del interior del brazo cuando el
Oráculo le dijo que se detuviera.

―No la toques. Si huele su sangre en ti, te matará.

―Si vela sangre, me matará ―respondió nervioso el médico.

―Yo la limpiaré. Debes irte. Ahora. Está volviendo y está muy cabreado.

El Oráculo sonrió cuando el médico salió corriendo de la habitación para esconderse


en su despacho. Limpió la pequeña gota de sangre de Abby y frotó la camisa de
Roman sobre la herida. Tiró del pañuelo y se lavó las manos con un jabón sin
perfume.
Se estaba secando las manos cuando el alfa desnudo irrumpió por la puerta.

Capítulo 20
Roman se había asalvajado. Sus ojos seguían brillando. Su cuerpo estaba
manchado de suciedad y sudor. El poder y el olor alfa estaban maduros en el aire.

No se molestó en ponerse la ropa hasta que miró a Abby; quería asegurarse de que
estuviera bien. La sintió darle un codazo a través del enlace, su voz era débil pero allí
estaba.

―¿Compañero?

―Estoy aquí, Luna.

Abigail inspiró larga y profundamente y empezó a ronronear. Volvió a acurrucarse y


él se relajó visiblemente.

―Roman, ve a lavarte. ―La Pitonisa se mantuvo de espaldas a él mientras


observaba a través de las ventanas, los árboles del exterior.

Él le gruñó.

―No empieces conmigo. Asustaste a todos. Pronto despertará.

Gruñó de nuevo mientras entraba en el baño y abría el grifo. Podía oler a Logan
preparando la comida. Se apresuró a lavarse y de vez en cuando olfateaba el aire en
busca de Abby y Logan.

El Oráculo seguía allí cuando salió del baño. Roman se puso unos pantalones de
algodón y una camiseta de tirantes. Olfateando el aire y, asegurándose de que todo
estuviera bien, dejó que su lobo empezara a calmarse.

―Gracias, Profetisa.

―Eres un excelente compañero, Roman. Estoy orgullosa de ti ―La anciana le sonrió


y se inclinó, sus ojos brillaban con calidez al gran alfa―. Pronto despertará. Sé
amable. Ahora debéis permanecer juntos.

―¿Me querrá?
―Roman, ¿no te ha estado buscando?

―Sí...

―Entonces tienes tu respuesta.

―¿Ya es hora de marcarla?

―Pronto.

La Profetisa abandonó la habitación en silencio, mostrando su respeto al Beta que


se paseaba por la recepción.

―Está bien. Será extraordinariamente protector con ella, y tenemos que permitírselo.

Logan frunció el ceño.

―Creía que se estaba muriendo. La Diosa de la Luna no le daría otra compañera


para que se diera la vuelta y se la llevara, ¿verdad?

―La Diosa de la Luna es de fiar.

―¿Son realmente compañeros de segunda oportunidad?

―Sí.

Logan observó cómo la mística mujer abandonaba el hospital. Su lobo captó el olor
de su compañera, Mara, y rugió. Su olor era cada vez más fuerte..

Mara caminó por un sendero hacia el hospital. Era la primera vez que salía a algún
sitio; tanto él había olvidado los ciclos. Ella le sonrió y él empezó a ronronear.

―Pensé que tú y el alfa podríais tener hambre ―Le entregó una cesta llena de
comida.

―Muertos de hambre. Tuvimos una buena discusión ―Le mostró los brazos y el
pecho. Estaban casi curados.

―¿Está bien el alfa?

―Sí, malhumorado, pero está bien.

―Estoy deseando conocerla.


―Ella es... Diferente. Pronto verás lo que quiero decir. Gracias por la comida. El alfa
también te lo agradece. No estoy seguro de quererlo cerca de la habitación. Es muy
protector y casi hiere al doctor.

Sus ojos desprendieron un brillo de excitación al fijarse en sus ajustados vaqueros.

―Estás muy guapa, Mara.

―Gracias, Beta ―Ella sonrió, coqueteando con él.

Él la agarró, y ella se rio mientras le metía la nariz detrás de la oreja, mordiéndole la


mandíbula.

―Coqueta ―Le dio una palmada en el culo y le quitó la cesta mientras ella seguía
riéndose.

La vio volver por donde había venido. Su lobo ronroneó. Su compañera era feliz.

El alfa empezó a gruñir cuando Logan se acercó a la puerta.

―Alfa, soy Logan ―Lentamente, abrió la puerta; se encontró con unos ojos dorados
y brillantes.

Roman estaba en una silla, bloqueando la vista de Abby con su gigantesco cuerpo.
Logan tuvo que evitar sonreírle y poner los ojos en blanco. Inclinando la cabeza,
sintió los poderosos impulsos que provenían de su líder.

―¿Tus heridas, Logan?

―Curado, Alfa. ¿Y las tuyas?

―Bien.

―¿Tienes hambre?

―Sí.

Logan no estaba seguro de qué hacer. El lado más salvaje del lobo de Roman estaba
saliendo a la luz. Entendía que quisiera proteger a su pareja, especialmente a una
recién reconocida. Pero esto era otro nivel.

Se preguntaba si tenía que ver con su posible muerte o si era porque era una Luna
sagrada.
―¿Quieres que me quede o que me vaya?

―Quiero que te quedes. Mi lobo quiere que te vayas ―Roman llevaba intentando
retener a su lobo durante la última hora.

―Vamos a apaciguar a tu lobo. Come, eso te ayudará. Enlázame si me necesitas,


Alfa.

Logan deslizó la cesta por el suelo, sin querer entrar. Cerró la puerta y dejó al alfa a
solas con su compañera de segunda oportunidad.

Roman sintió que su lobo por fin se relajaba y le dejaba retomar el control por
completo. Estaba hambriento y se comió todo lo que había en la cesta.

Abby le dio un codazo más fuerte a través del enlace y él se apresuró a quitarse la
ropa y a meterse en la cama. La acercó más a él y empezó a ronronear. Abby emitía
un calor mucho más intenso. Su ronroneo era constante, y él podía sentir que su
loba empezaba a recuperarse.

Se despertó cuando ella se estiró contra él. Un rayo de sol lo llenó, y sintió que su
pecho se dilataba involuntariamente. Era su poder y su alma dándole las gracias.

Esta vez se sentía diferente. Más grande, más poderoso. Su lobo era más fuerte y
todos sus sentidos se habían agudizado.

Abby se sintió tranquila y reconfortada. El alfa estaba con ella aunque todavía no
hubiera podido despertarse. Al estirarse, sintió cómo una cálida presión la envolvía y
la refrescaba.

Respiró hondo varias veces e inhaló la fuerza masculina que se percibía en el aire.
Olió a limones y a algo parecido a la hierba. Se preguntó de dónde procedería.

Abrió los ojos y se encontró con los ojos dorados y brillantes de Roman; estaba
mirándola.

El lobo de Roman se encendió. Retumbó con fuerza y ronroneó cuando se dio


cuenta de que estaba oliendo a su compañera.

―Hueles a la lluvia en otoño y a algodón calentado por el sol ―susurró.

―Hueles a poder masculino, limón y hierba ―susurró ella.

―¿Cómo te sientes? ―Roman le dedicó una suave sonrisa.


―Confundida, pero bien. Tengo muchas preguntas.

―Yo también. ―Su lobo estuvo de acuerdo.

―¿Cómo te sientes? ―Abigail le sonrió.

―Como tú. Nunca contemplé tener una pareja de segunda oportunidad, y me siento
afortunado de que la Diosa de la Luna me haya bendecido a mí y a la manada.

―Nunca quise restarle importancia, Alfa. No estaba segura de si querías hablar de


ello.

―No entendía por qué me sentía tan fuera de control. Lo siento, Abby.

Le tocó la mejilla y la miró a los ojos.

―Tenemos la oportunidad de empezar de nuevo. Pero, ¿significa esto que ya no me


estoy muriendo?

―Tenemos que preguntarle a la Profetisa cómo funciona todo esto. Una Luna
sagrada no es cualquier cosa. Tú, Abby, no eres cualquier cosa.

Él olió la sangre que subía por sus mejillas mientras se sonrojaba. Ella agachó la
cabeza brevemente antes de volver a mirarle a los ojos. Su sonrisa le hizo sentir el
calor del sol en todo su ser.

―Me alegro de tener una segunda oportunidad ―dijo en voz baja.

Roman olió la llegada del médico y empezó a gruñir mientras se incorporaba fuera
de la cama. El médico llamó y abrió la puerta de un tirón, sobresaltando al hombre.

―Alfa… ―El médico mostró su respeto.

―No la toques ―Gruñó Roman. La enfermera se agachó detrás del escritorio.

―Alfa... ―dijo Abby―. Por favor, deja entrar al doctor.

Roman gruñó en señal de advertencia mientras se apartaba para dejar entrar al


médico; se quedó de pie, junto al hombre nervioso que comprobaba las máquinas.

―Alfa, necesita mirarme y le estás agobiando ―Abby le sonrió y dejó escapar un


cálido ronroneo, calmándolo hasta que retrocedió.

―Voy a revisar sus ojos, Alfa.


Roman gruñó pero se mantuvo quieto mientras observaba a Abby. El médico le dijo
lo que estaba haciendo antes de que lo hiciera, intentando calmar al agraviado alfa.

―Creo que podemos darte el alta. Alfa, debería tomárselo con calma, al menos
durante un par de días.

Roman la abrazó en cuanto el médico la desenganchó de las máquinas. Tenía que


sacarla de ahí cuanto antes.

Necesitaba llevarla a casa.

Capítulo 21
Abby no protestó cuando Roman la llevó a su casa en lugar de a la suya. Necesitaban hablar, y
si realmente eran compañeros de segunda oportunidad, él iba a ser protector.
Ella se relajó en sus brazos aunque él era como un muro de ladrillos andante. La escolta
guerrera se mantuvo en silencio mientras protegían la residencia privada del alfa.
La dejó suavemente en el sofá y olfateó el aire, comprobando que no hubiera nadie cerca.
―¿Qué te pongo? ―Roman estaba nervioso y necesitaba hacer algo.
―Té, por favor.
―¿El té calmante de Bell suena bien?
―Gracias, Alfa ―Ella le sonrió, y su loba empezó a ronronear.
Puso a calentar el agua y se giró hacia ella.
―Compañera.
No pudo evitar llamarla de esa manera y le dedicó una sonrisa mientras ella se sonrojaba.
―Compañero ―Ella le observó cómo sonreía y se sonrojaba.
¡El alfa se había sonrojado!
El vínculo se abrió, y el calor y la felicidad se extendieron por toda la manada. Los aullidos
resonaron en las inmediaciones: era un canto de agradecimiento a la Luna sagrada.
Roman solo se separó de ella para prepararle el té. Una vez preparado, cogió una cerveza y se
sentó frente a ella en su gran sillón.
―El Oráculo dice que debemos confiar en la Diosa de la Luna.
―Sí, Alfa.
Le gruñó.
―Quiero decir, Roman ―Se rio suavemente, añadiendo―: Compañero.
―¿Cómo te sientes acerca de todo esto, Abby? La Diosa de la Luna nos ha juntado, pero tienes
una opción.
―Eres un buen hombre, un buen alfa, fuerte... Protector de tu manada. Has sido amable
conmigo. Cariñoso. Eres un hombre hermoso, y no negaré que eres atractivo.
Sonrió cuando oyó a su lobo ronronear.
―Estaría orgullosa de tenerte como compañero.
―El Oráculo puede ser críptica y me costó un poco entenderla. Te estabas muriendo porque tu
pareja no te había aceptado. Ahora lo entiendo, yo soy el compañero... El compañero que
necesitaba aceptarte.
―Tú también puedes elegir, Roman.
―Elijo aceptarte. Siento haberte gritado porque te ducharas o tararearas. Tenemos una
conexión, incluso cuando el vínculo está cerrado. Te mordí en la muñeca como todo el mundo,
pero este vínculo va más allá.
―¿Puedes oírme, incluso cuando lo apago?
―Sí. He oído y sentido tu pena. Lo siento. ―No se estaba disculpando por escucharla, se estaba
disculpando por su dolor.
―No quiero que me aceptes porque sientas pena por mí.
―Aceptarte como mi compañera te salvará la vida, pero esa no es la única razón por la que te
quiero. Eres fuerte. Preciosa. Te he visto luchar, y he visto lo capaz que eras ayudando a Bell en
la cocina.
»Hacía mucho tiempo que nuestra manada no funcionaba tan eficientemente. Serás una Luna
perfecta. Fui un estúpido al no verlo de inmediato. Estaba demasiado atrapado en el pasado.
Se le quebró la voz, pero siguió adelante, esforzándose por hacerle entender todo.
―Lo siento por ti porque me importas. No me gusta ver a nadie de mi manada herido.
Especialmente no quiero ver a mi compañera herida. Si crees que soy como ese joven cachorro
arrogante que no pudo ver el regalo que tenía delante, entonces tendremos que hablar, porque
no voy a renunciar a ti.
Abby asintió, pero frunció el ceño
―No sabemos nada el uno del otro, Roman. Ni siquiera sabemos si nos gustamos.
―Tenemos mucho tiempo para aprender todo eso, ya que te mudas aquí..
―¿Cómo? Yo no… ―Abby entrecerró los ojos.
―Te mudas aquí, y eso es definitivo.
Ella le gruñó.
―Quiero mi propia habitación.
―No. Te necesito cerca de mí.
Hizo una pausa, consciente de lo duro que había sonado.
―Mi protección aumenta porque eres mi compañera de segunda oportunidad y una Luna
sagrada. Creemos que he sido más intenso de lo normal debido a tu salud.
―No tenemos que vivir juntos para conocernos más, Roman.
―En cualquier otra circunstancia, diría que podríamos tomarnos todo el tiempo que
necesitáramos para conocernos, pero no tenemos tanto tiempo ―le dijo―. Eres una Luna
sagrada, y necesitas aparearte o morirás.
La voz de Roman se convirtió en un gruñido gutural.
―No te encontré para perderte tan pronto.
Si Abby sabía que él estaba pensando en Remi y su cachorro, no lo dijo. Asintió después de un
momento.
―Soy pura, Roman... Y deseo seguir siéndolo. Nunca he vivido con un hombre.
Su ronroneo fue fuerte. Se alegró de oírla decir eso y sonrió cuando ella se ruborizó.
―Me alegro.
―¡Roman!
Su sonrisa se volvió solemne.
―Quiero que te sientas cómoda aquí. Quiero que mi casa sea tu casa. Si queremos construir
una vida juntos, tenemos que empezar ahora. Además ―dijo con un guiño―, ¿de qué otra forma
se supone que voy a conseguir gustarte lo suficiente como para que me dejes que te bese?
Él quería tiempo para cortejarla, pero la salud de ella los obligaba a comprometerse como
pareja de inmediato.
―¡Ayudaría si no fueras un imbécil prepotente!
Él le gruñó y ella le devolvió el gruñido. Los guerreros se transformaron al oír el gruñido de la
Luna.
―¿Cenarías conmigo esta noche?
Iba a rechistar y abrió y cerró la boca, pero su loba la empujaba a aceptar. Dejó escapar un
suspiro exasperado.
―Sí, Alfa, gracias.
Roman olfateó el aire y gruñó; se abalanzó hacia la puerta cuando escuchó el sonido de un
golpe.
―Alfa, somos Rye y Bell. Trajimos las cosas de Abby tal y como pediste.
―¿Hiciste qué? ¡Roman! ¿Hiciste que recogieran mis cosas antes de preguntarme? ―Abby se
levantó y gruñó.
―Sí. ―Él también gruñó y expresó su poder alfa sobre ella a través del enlace mental.
Tuvo el efecto contrario al deseado. No se inclinó ni dejó al descubierto su cuello. En lugar de
eso, gruñó más fuerte y lo miró fijamente a los ojos.
―Alfa... Abby... Respirad hondo. Abigail, tienes que entender que el alfa te está protegiendo
―dijo Rye con toda la calma que pudo.
―Los alfa, incluidos los maestros guerreros, vieron que soy muy capaz de protegerme a mí
misma ―espetó Abby.
―Hasta que no pudiste y te tuvieron que llevar al hospital ―le recordó suavemente Rye.
Recapituló lo sucedido e inclinó la cabeza.
―Gracias.
Roman la agarró y tiró de ella hacia él.
―Perdí a mi compañera y a mi cachorro nonato. No voy a disculparme por querer protegerte,
por querer proteger a mi segunda oportunidad... A mi regalo. Eres mi compañera, Abigail.
Empezó a ronronear cuando ella le miró.
―Gracias, Bell y Gamma Rye. ―Abby habló en voz baja mientras miraba los ojos de Roman.
―De nada. Llamadnos si necesitáis algo.
Los dos se cogieron de la mano y sonrieron, caminando de vuelta por el sendero.
Roman cogió sus cosas y las colocó en su enorme habitación. Ella puso los ojos en blanco,
pero no dijo nada. La mitad de su armario estaba vacío, junto con el segundo lavabo del baño.
Solo vivía con la mitad.
El tatuaje de la media luna en el centro de su pecho así lo indicaba.
Le enseñó los cajones que podía utilizar y se sentó en el escritorio de su habitación mientras
ella deshacía el equipaje. Ronroneó mientras ella se arreglaba en el baño y se ponía cómoda.
Abigail abrió su última maleta y él vio una pieza de encaje. Sintió cómo se le resecaba la
garganta. La calidez y la felicidad fluyeron a través del vínculo mientras él seguía observándola.
El tirante de un sujetador rosa pálido se deslizó por el lateral de la maleta. Se puso en pie de un
salto y se cernió sobre ella. Sus dedos tocaron el tirante. Empezó a ronronear tan fuerte que las
ventanas retumbaron. Sonrió al ver cómo se le ponía roja la nuca.
Un trozo de encaje negro le llamó la atención y su brazo salió disparado para cogerlo. Tuvo que
evitar que su lobo olisqueara las delicadas bragas de encaje.
―Roman... ―Abby dejó al descubierto su cuello, y él comenzó a olerla.
―Me gusta.
―Me doy cuenta.
Tirando suavemente del tirante rosa pálido, descubrió un sencillo sujetador de algodón. Gruñó
aún más fuerte.
―Esto también me gusta.
―No lo habría adivinado.
Ella observó cómo sacaba una pieza interior tras otra. Cada una se ganaba su aprobación y el
brillo de sus ojos. Sintió un revoloteo en el estómago y un calor se extendió por su cuerpo bajo
su mirada.
Esta era su pareja. Su segunda oportunidad. Su salvador.
Sualfa.
Sintió calores por todo su cuerpo al ver sus grandes manos acariciando su ropa interior. No
había metido nada en la maleta imaginando que alguien las vería. Incluso parecían gustarle las
bragas de algodón que llevaba para hacer ejercicio.
Se giró hacia ella, con un intenso brillo en la mirada. Su olor la inundó. Se quedó sin aliento
llegando a jadear un poco.
Ella percibió un indicio de su excitación y su loba se activó. Abby se tensó y Roman dio un paso
atrás. Se dio cuenta de que seguía protegiéndola. Quiso respetar su petición de permanecer
pura.
Un escalofrío le recorrió la espalda al imaginar cómo sería besarlo. Tocarlo. Ser marcada como
suya.
―Ve a ducharte. Yo empezaré a preparar la cena ―dijo Roman.
―¿Estás seguro, Alfa? Tendré que usar jabón. ―Su tono de voz era grave y carrasposa mientras
lo provocaba.
―Abigail…
Salió de la habitación y siguió escuchando su risa.
Mientras tanto, Abigail se tomó su tiempo en la ducha, consciente del vínculo que aún los unía
mientras se pasaba las manos enjabonadas por la piel desnuda y húmeda. Con cada roce,
sentía que él la percibía.
Deliberadamente, movió las yemas de los dedos sobre su vientre y bajó un poco más, entre las
piernas. Entonces, oyó cómo rugía desde la cocina, Abby soltó una risita que acabó
convirtiéndose en un grito ahogado cuando sintió su poder recorriéndola por dentro.
Su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Capítulo 22
Habían pasado varios días en los que Roman gruñía a Abby cada vez que ella
intentaba separarse de él. Incluso si quería ir a la cocina a prepararle un café o té, él
se ponía como un lobo.

Después de tres días sin que saliera de casa, Abigail no pudo soportarlo ni un
segundo más. Abrió el enlace y les pidió a Logan y a Rye que fueran a buscarlo.
Roman refunfuñó mientras se vestía.

―Alfa ―dijo suavemente―, estoy bien. Por favor, ve a correr y deja salir a tu lobo, o
mira cómo entrenan los grupos de guerreros. He disfrutado mi tiempo contigo los
últimos días pero es bueno incluso para los compañeros pasar tiempo separados.

Se alegró de que ella hubiera disfrutado de su tiempo juntos, pero no le gustaba


saber que ella tenía razón.

―Ven al campo de entrenamiento conmigo. Puedes sentarte y observar al grupo de


élite, tal vez ofrecer algún conocimiento.

―Voy a ir a ayudar en la cocina.

Roman gruñó.

―¿Quieres otro desayuno caliente con los guerreros de élite?

―No ―espetó.

Abigail soltó una carcajada, y Roman se sintió muy bien gracias a la energía que ella
desprendía.

―¿Estás seguro de eso, Alfa? Panqueques calientes, café cargado... ¿Eso no suena
nada bien?
Gruñó cuando ella se acercó a él; sus ojos no pudieron evitar brillar cuando la vio
acercarse.

―Quizá un poco de bacon... Y sirope caliente ―Ella le acarició suavemente, y ambos


sintieron el ardor extenderse a través de ellos y del vínculo.

Él la atrajo hacia sí, pegando su cuerpo al suyo. Compartieron un pulso de


electricidad. Sus ojos brillaron al sentir el vínculo de pareja que se estaba formando.

Se inclinó y la besó suavemente Sus poderes se combinaron cuando sus almas


empezaron a encontrarse en la punta de sus dedos.

Le acercó suavemente la cara y la besó con más fuerza, mordiéndole el labio


inferior.

Abigail respondió a la electricidad que había entre ellos y tiró de él para acercarse
más. Le rodeó el cuello con los brazos y aceptó su beso.

Sus lobos estaban contentos. La levantó y la llevó al sofá para que pudiera sentarse
a horcajadas sobre él, haciendo más compatible su diferencia de altura. El ardor
entre ellos crecía y sus cuerpos respondían instintivamente al momento que
estaban compartiendo.

Le cogió la cara y sus ojos se iluminaron. Su lobo se encendió cuando un golpe en la


puerta la sobresaltó.

Roman la apartó suavemente mientras su cabreo se intensificaba. No estaba


contento con la interrupción de su Beta y Gamma.

―Ve con ellos ―le dijo ella―. Voy a cambiarme de ropa.

Abby se rio desde el dormitorio cuando Roman abrió la puerta. Él olfateó el aire,
preguntándose si se estaría poniendo las bragas negras de encaje que tanto le
habían gustado. También pudo oler la humedad entre sus piernas.

Era evidente de que acababan de tener un sesión de besos y no pudo evitar gruñir a
los dos hombres que estaban en el porche y que hacían todo lo posible por no
reírse.

―Alfa, buenos días ―Logan se inclinó. Fue recibido con un gruñido.

―Alfa, ¿debemos suponer que será un mal día para las élites? ―Sonrió Rye
Abby salió del dormitorio, recogiéndose el pelo en lo alto de la cabeza.

―Buenos días, Beta Logan y Gamma Rye. Gracias por venir a buscarlo.

Ella sonrió dulcemente, y ambos le devolvieron la sonrisa, lo que provocó que


Roman se abalanzara sobre ellos.

―Caballeros, ¿nos disculpáis por favor?

Sonrieron y se alejaron para hablar con el grupo de guerreros que estaba por ahí
cerca.

―Roman… ―susurró y oyó su ronroneo―. Te acompaño al campo de entrenamiento.

―Gracias ―Le rozó el cuello con la nariz y sonrió. La cogió de la mano y tiró de ella
hacia fuera.

―Te estás preguntando qué bragas llevo puestas.

La levantó y las risas de ambos se oyeron a través del enlace. Todos sonrieron.
Diferentes aullidos surgieron del bosque. Una vez más aquello era una auténtica
canción de agradecimiento. Su alfa estaba feliz.

Llegaron al lugar donde esperaban las élites y él la dejó en el suelo con cuidado.

Inhalando profundamente, percibió el aroma del algodón y de ella. Cerrando los ojos,
se preguntó por el color, esperando que fuera el rosa pálido que hacía juego con el
sujetador, su otra nueva prenda de ropa favorita. Retumbó cuando ella le dio un
codazo a través del enlace.

―Tienes público.

Abrió los ojos de golpe y vio al numeroso grupo de élites con una sonrisa en la cara.
Gruñó, y echaron a correr mientras Rye y Logan se partían de la risa. Su gruñido les
hizo correr tras los otros guerreros.

Abby soltó una risita mientras veía al grupo de guerreros hacer sus ejercicios de
calentamiento.

―Tengo que ir a la cocina.

―No. Me gusta que estés aquí conmigo ―Cruzó los brazos e hinchó el pecho.
―Lo comprendo, Alfa, pero a mí me encantaría que te tomaras un desayuno caliente
esta mañana.

Refunfuñó.

―Guerrera sucia….

―Ya no. Usé jabón... Gracias, Alfa.

La agarró y le dio un mordisco en la mandíbula mientras ella se reía.

―¿Sirope caliente?

―Sí, Alfa.

Bajó la cabeza y la besó. Le pasó la lengua por el labio inferior y se lo chupó. Ella le
rodeó el cuello con los brazos y el calor y las chispas estallaron entre ellos.

La empujó contra el árbol bajo el que se encontraban y volvió a besarla. Ninguno de


los dos sabía cuándo ni cómo, pero el vínculo se había abierto y todos recibían
flashes de ambos.

―Piernas, jabón, encaje negro, labios, sujetador rosa, músculos, piel, tatuajes, ojos
brillantes, masculino, poder…

Sonó un fuerte silbido de Logan, que agitaba las manos mientras corría hacia ellos.

―¡Alfa! ¡Cierra el enlace! ¡Ya!

Roman gruñó y cerró el enlace mental con la manada. Los guerreros intentaban no
reírse, pero era inevitable. Cerró los ojos y carraspeó.

Abby se mordía los labios para no reírse ella también. Ambos se habían puesto
rojos. Se puso la mano en la cadera y le indicó que se fuera.

―Creo que es seguro decir que estáis empezando a aceptaros el uno al otro... ―dijo
Logan tosiendo por lo bajo.

Abby aprovechó la oportunidad para escaparse, riéndose mientras se marchaba.

―Alfa, si sigues así, podríamos tener un boom de cachorros ―Logan se rio y esquivó
su golpe.
El alfa saltó a la plataforma de observación y vio cómo Abby cruzaba la colina con
los guerreros siguiéndole por detrás. Abrió el enlace y le dio un codazo.

―Compañera.~

―¿Sí, Alfa?

―Sirope caliente.

―Sí, Alfa.

Pudo sentir el calor que se extendía a través del enlace, y todo gracias a ella. Sabía
que estaba sonriendo.

―¿Qué llevas debajo de esa bonita falda?

―¡Alfa!

Sabía que estaba roja.

―Espero que sea rosa.

―Tal vez.

―¿Puedo besarte otra vez?

―Sí, Alfa.

Estaba sonriendo junto con la mitad de la manada que había escuchado su


conversación privada. Miró a los brillantes ojos naranjas de su Beta.

―¿Qué?

―¿Rosa qué?

Roman le gruñó.

―¿Qué?

―¿Esperas que algo sea rosa?

Roman gruñó y se lanzó a por su Beta, que arrancó a correr a toda velocidad. Salió
disparado hacia la zona de entrenamiento donde esperaban los guerreros.

―Tienes que aprender a cerrar ese enlace, Alfa ―le gritó por encima del hombro.
―¡No puedo evitarlo, joder!

―¡Será mejor que aprendas rápido por la forma en que están progresando las cosas!
―Logan empezó a dar vueltas alrededor del ring, provocando a su alfa para que
atacara.

Roman se transformó y se enfrentaron. Los demás guerreros observaron la técnica


y disfrutaron con la provocación del Beta a su enorme alfa.

―¿Qué te pasa con el sirope caliente? ―Logan sonrió, jadeando mientras apenas se
mantenía fuera del alcance de Roman.

El grupo estalló en carcajadas. El alfa gruñó y les dijo a todos que hicieran sprints.
Logan se quedó atrás un momento.

―Es especial ―le dijo a Roman, que sonrió de oreja a oreja.

―Eso no va a impedir que te patee el culo ―dijo saliendo tras él.

Capítulo 23
―Abigail, ¿te gustaría dar una vuelta conmigo y ver algo del territorio? ―preguntó Roman
mientras el grupo comía.

―Me encantaría. Gracias, Alfa ―Abby sonrió desde donde estaba sentada en la mesa larga del
comedor.

Mantuvieron el contacto visual durante unos instantes y se alegró en silencio. Se alegró de que
quisiera pasar tiempo con él.

―El desayuno estaba bueno. Gracias a todos.

Abby ayudó con la limpieza mientras Roman le pedía a Bell que saliera con él. Abby estaba
ocupada mirando el menú de la semana siguiente.

―Bell, me gustaría llevar a Abby de picnic esta tarde cuando nos vayamos a ver parte del
territorio. ¿Te importaría preparar el almuerzo para los dos?

Bell sonrió ampliamente al gran alfa.

―Será un placer, Alfa.


Inclinó la cabeza y apretó los labios para no soltar una risita. Estaba muy emocionada por lo
que estaba surgiendo entre Abby y su Alfa.

―Gracias. Volveré en un par de horas ―Sacudió la cabeza y se rio. Él pudo escuchar su risita
interna.

―Te oigo.

―Lo siento, Alfa ―Sonrió y se metió de nuevo en la cocina.

El día avanzó rápidamente. Abby ayudó en la casa de la manada, organizando y limpiando.


Aunque había sido entrenada como Luna para una manada diferente, todavía era capaz de
utilizar sus habilidades para hacer algunos cambios positivos.

Al principio, no estaba segura de que sus sugerencias fueran aceptadas por los miembros
veteranos de la manada, pero todos gravitaron hacia ella como si siempre hubiera estado allí.
Se sentía como en casa.

Estaba fuera asignando tareas a un grupo de lobos adolescentes cuando Roman llegó en su
camioneta. Apagó el motor y se bajó de un salto.

―Alfa ―Abby inclinó la cabeza, y los adolescentes se pusieron en fila, haciendo lo mismo.

―¿Va todo bien? ―Miró a los lobos jóvenes que estaban con la cabeza gacha; se preguntó si
estarían en apuros.

―Sí, Alfa, gracias. Estoy repasando las tareas asignadas. Hay que mostrar un poco más de
orgullo ―Ella le guiñó un ojo.

Los adolescentes se movieron arrastrando los pies, cada uno con una bolsa y con guantes.

―Poneos a ello ―soltó Roman, y el grupo se puso en marcha.

―Alfa ―reprendió Abby―. Eso no era necesario.

―Lo era. No podías oír lo que pensaban los mierdecillas ―Él le sonrió, y ella empezó a reírse―.
¿Estás preparada para ese paseo?

―Sí, Alfa. Solo necesito refrescarme.

Ambos entraron en la casa de la manada mientras Abby iba al baño. Roman se fijó en varios
grupos que hacían todo tipo de actividades. Una casa de la manada bien gestionada era una
ventaja para cualquier manada, y él se enorgullecía de tener una.

Había habido algunos cambios, y se preguntó si Abby estaría detrás de ellos. Como por
ejemplo, el desayuno caliente; dentro de él pensó en lo bien que su compañera se estaba
integrando en la manada.
Cuando volvió a salir, se cruzó con Bell. Ella había colocado la cesta de comida en una caja en el
maletero de su camión. Sonrió, pasándose un dedo por los labios, prometiendo guardar su
secreto.

―Estoy lista ―Abby sonrió mientras salía.

La subió al camión y subió tras ella. El rugido del motor sacudió las ventanas de la casa. Varios
cachorros pequeños se asomaron por las ventanas y Abby los saludó con la mano.

Roman sonrió cuando los pequeños le devolvieron el saludo y levantó la mano. Oyó sus
chillidos mientras se agachaban.

―Les has asustado ―le regañó Abby, pero su sonrisa le decía que estaba bromeando.

―Has sido productiva ―Roman la miró mientras conducía hacia la entrada principal del
territorio de la manada.

―Lo estoy intentando. Tenemos la despensa ordenada y una hoja de suministros en marcha
ahora.

Miró por la ventana a una manada de guerreros en forma de lobo que los seguían en la
arboleda.

―Sobresaliente, gracias. Ya te estás adaptando a tu papel de Luna. ¿Alguien te ha dado algún


problema? ―La cogió de la mano y tiró suavemente de ella hacia él.

―De nada, y no. Todos han sido muy acogedores ―Acurrucándose a su lado, sintió que su loba
estaba contenta.

Las ondulantes colinas se asomaron entre los árboles cuando aminoró la marcha.

―Esta es la entrada este a las tierras de la manada ―Guió el camión a través de una puerta
fuertemente custodiada. Podía ver a los lobos en la hierba entre los guardias con forma
humana.

―Esto limita con territorio neutral por ahora, aunque la propiedad del mismo está surgiendo
cada vez más en las conversaciones. Estamos atentos a nómadas, canallas y exploradores de
otras manadas.

―¿Has pensado en entrenar a las mujeres para luchar? ―Se había dado cuenta de que nunca
entrenaban.

―No, en absoluto.

―¿Puedo preguntar por qué?

―Tienen que dejar que los hombres se ocupen de eso. Su trabajo es cuidar de la casa de la
manada, la comida, los cachorros... Dejar que los hombres se preocupen de la lucha.
Abigail se echó hacia atrás y le miró, con la boca entreabierta.

―Entonces, ¿las mujercitas se mantienen se aguantan y se quedan preñadas mientras los


hombres hacen lo que tienen que hacer?

Enarcando las cejas, esperó a que respondiera.

Roman gruñó. Su lobo le dio un codazo para que aceptara.

―Sí, exactamente.

Pensó en Abby embarazada y sonrió.

―¡Roman! ¿Hablas en serio? ―Se deslizó hacia atrás en el asiento para poder verle mejor y dejar
espacio por si tenía que morderle.

El alfa la miró a la cara y se dio cuenta de que se había equivocado. Vio el pequeño claro al que
quería llevarla y siguió avanzando hasta detenerse. Los guerreros que los escoltaban se
separaron para darles algo de privacidad.

Se alegró. Estaba seguro de que le iba a echar la bronca.

―Abby, me gustaría almorzar y tal vez discutir esto un poco más. No quise decir eso.

―Me encantaría almorzar y discutir esto contigo también.

Ella le dedicó una sonrisa reprimió un gruñido observando cómo saltaba del camión y cogía
algo de la parte trasera. Llegó a su lado con una cesta y una manta bajo el brazo.

Ella le cogió la mano libre y saltó. Siguieron cogidos de la mano hasta que él buscó un sitio a la
sombra y extendió la manta.

Roman colocó la cesta sobre la manta entre ellos mientras ambos se sentaban.

―Le pedí a Bell que nos preparara el almuerzo.

―Porque es lo que hacen las mujeres ―Abby levantó la barbilla y se encontró con su mirada.

―Vale, dámelo ―Suspiró y se sentó.

―¡Roman! ¿Cómo puedes dejar que se defiendan sin ninguna habilidad? ¿Y si a ti y a la guardia
os necesitan hasta aquí, en la frontera oriental? ¿Y si los guerreros se dispersan? ¿Qué pasará
entonces? ―El tono de voz de Abby se alzó.

―Puedo proteger a mi manada ―Gruñó por lo bajo ante su insinuación de que no podía.

Sacudió la cabeza.
―No dije que no pudieras proteger a tu manada. Quería saber cómo se defenderían las mujeres
si estuvieras disperso.

―¿Qué sugieres?

―Entrénalas. Empecemos con guerreras de ocho años, tanto hombres como mujeres. No estoy
sugiriendo a todos, pero las que son capaces deben ser entrenadas.

―No todo el mundo tiene la sangre guerrera que llevas tú ―Le sostuvo la mirada.

―Pero todos tienen un corazón guerrero, especialmente cuando se trata de defender a su


manada.

Sus ojos brillaban y su lobo empezó a ronronear. Le gustó su respuesta.

―Tomo nota. Hablaré con Logan y Rye. Asumo que estarías interesada en entrenarlas.

―No, Alfa, estaré demasiado ocupada haciendo tortitas y sirope caliente ―Apretó los labios
entre los dientes y resopló.

Roman gruñó y apartó la cesta del camino.

―Listilla. Ven aquí.

Abby se rio y se inclinó hacia él, su ronroneo se hizo más fuerte a medida que se acercaba.
Metió la cara en su cuello e inhaló.

―Hueles bien, compañera ―La puso boca arriba y le acarició el cuello.

Ella le rodeó el cuello con los brazos y una suave calma se extendió sobre ellos. Ella le devolvió
el abrazo y él dejó escapar un profundo rugido.

―Gracias. Tú también hueles bien. ―Le gustaba la forma en que su colonia se mezclaba con su
propio olor.

La besó suavemente, le pasó la mano por el pelo y le quitó el sujeta coletas. Compartieron un
momento tranquilo a la sombra, disfrutando de la compañía del otro. Ninguno de los dos quería
dejar de besarse.

Por fin, Roman se apartó. Sacó un bocadillo de la cesta, pero en lugar de morderlo, se lo tendió
a Abby. Aunque parecía un simple acto, demostraba que la veía como su Luna.

A Abby se le hinchó el corazón. ¿Cómo era posible que poco antes estuvieran enfrentados y
ahora él le ofreciera el mayor de los respetos que un alfa puede dar?

Ella, a su vez, le dio de comer de su bocadillo y él ronroneó, feliz por la atención que le estaba
prestando. Se quedaron observando cómo el sol empezaba a bajar, envueltos el uno en el otro.
Roman le mordisqueó el cuello, ronroneando cuando ella se lo expuso.
―¿Cómo te sientes? ―Le rozó la mandíbula con la nariz.

―Me siento muy bien, gracias.

―Me gustaría tener permiso para marcarte ―le dijo al oído, poniéndole la piel de gallina.

Abby cerró los ojos ante las sensaciones que la invadían. Ya había sido marcada y apareada, y
Carson la había traicionado. Básicamente, la había condenado a muerte.

Roman la había salvado.

Pero, ¿y si volvía a pasar algo? ¿Y si decidía que no la quería como su compañera, su Luna, su
segunda oportunidad?

Si lo rechazaba, moriría. Pero, ¿qué pasaría si ella aceptaba y él la rechazaba como lo había
hecho Carson?

Eso la mataría.

Capítulo 24
Abby se apartó de Roman, preocupada.

―Me gustaría hablar con el Oráculo. No sé qué esperar de una pareja de segunda oportunidad y
de marcarse mutuamente. ¿Y si no funciona?

Frunce el ceño.

―¿Qué quieres decir?

―¿Y si todavía… puedo morir? ―Le temblaba la voz―. ¿Y si ser rechazada como Luna sagrada
significa que no tengo realmente una segunda oportunidad?

Roman la subió a su regazo y la abrazó.

―El Oráculo puede decírnoslo. Ella puede interpretar lo que dice la Diosa de la Luna.

Ella se acercó aún más a su pecho y él le acarició el pelo. Odiaba el sonido de su llanto. Quería
ahuyentar cualquier miedo que ella tuviera.

―¿Y si cambias de opinión sobre ser compañeros?

Le dolía ver cómo se sentía y por la traición a la que se había tenido que enfrentar.

―Te prometo que eso no sucederá. Te protegeré, Abby. Te seré leal.


Cuando ella se apartó para mirarle a los ojos, él vio que allí brillaba la esperanza. Le rozó los
labios con un suave beso. El beso se hizo más profundo hasta que Abby volvió a separarse con
una tímida sonrisa.

―Sí, Alfa. Me gustaría que nos marcáramos mutuamente.

Le invadió la alegría de saber que ella no solo quería que la marcara, sino que también quería
marcarlo a él.

―¿Quieres soltar a tu loba y así podemos volver corriendo a nuestra casa? ―Roman le acarició
el cuello.

―Me encantaría.

Se levantó de un salto, impresionándola con su velocidad. Silbó para que uno de los guardias
les trajera las cosas del picnic y su camioneta. También recogerían su ropa y la de Abby para
llevársela.

Le tendió una manta mientras ella se desnudaba y se cambiaba de ropa. Ella se sacudió el
pelaje y se estiró mientras él se desvestía y se cambiaba de ropa. Sus huesos crujieron y
estallaron con fuerza.

Se sacudió el pelaje y se alegró al ver a Abby. Ella trotó hacia él y se tumbó boca abajo.

Su lobo le dio un mordisco en la oreja y echaron a correr. Los guardias se mantuvieron a


distancia mientras los dos jugaban y se perseguían hasta la casa de Roman. Cuando volvieron
estaban exhaustos y felices.

Primero se echó hacia atrás y cogió una toalla de una papelera del porche. Abby se sentó de
espaldas a él, dándole intimidad. Le tendió una toalla grande para que pudiera volver a su forma
humana.

Mostró los dientes a los guardias, que tuvieron la sensatez de darle la espalda cuando ella
empezó a cambiarse de ropa. La envolvió suavemente en la toalla cuando terminó.

Juntos, entraron en la casa.

―¿Tienes hambre?

―Sí. ¿Y tú?

―Muero de hambre. ―Le gustó verla envuelta en nada más que una toalla y dejó que empezara
su ronroneo.

―¿Puedo prepararte algo de comer, Alfa?

Igualó su sonrisa.
―Me gustaría ―Roman era mucho más alto que ella y ella tuvo que ponerse de rodillas para
darle otro beso. Esta vez más despacio. Al cabo de unos segundos, de mala gana, se apartó.

―Necesito una ducha.

―Te permitiré usar jabón. ―Abby empezó a reírse cuando él gruñó y la agarró.

―Mujer descarada ―La besó bajo la mandíbula―. Saldré en unos minutos.

Abby observó su gigantesco cuerpo mientras entraba en el cuarto de baño. Abrió el grifo y sacó
pantalones y camisetas limpias para los dos.

Miró el móvil y frunció el ceño al darse cuenta de que aún no tenía noticias de sus padres.
Volvió a enviarles un mensaje rápido y se llevó el teléfono a la cocina. Encontró unos filetes en
la nevera y se puso a prepararlos.

Buscó en la cocina unas patatas y las metió en el horno mientras terminaba de preparar los
filetes. Volvió a mirar el teléfono. Seguían sin contestar.

Se le retorció el corazón. ¿La estaban ignorando o, peor aún, les había ocurrido algo? ¿Era cosa
del Alfa Edward que les estaba obligando a que no respondieran?

Roman se vistió con la ropa que Abby le había tendido. Al ver la ropa interior de encaje negro
que asomaba bajo su propio montón de ropa, sonrió. Cuanto antes vieran a la Profetisa, mejor.

Desde la habitación podía oler a carne cruda, y su estómago rugió. En cuanto llegó a la cocina y
la vio aún envuelta en una toalla, soltó un silbido bajo.

―Me gusta tu idea del delantal ―Le dedicó una sonrisa sexy.

Hacía muchos años que no se permitía siquiera mirar a otra mujer. Sintió que la sangre le corría
por todas partes. Sus ojos la miraron y ella se ruborizó. Podía oler el aroma de su excitación,
estimulada por la de él.

―¡Alfa! ―le regañó Abby mientras el calor se le subía a sus mejillas. Que la valorara de esa
manera la excitaba pero también le daba vergüenza.

Ser compañeros significaba que compartirían algo más que unos cuantos besos, y no podía
dejar de imaginarse aquel cuerpo grande y desnudo apretado contra el suyo.

―Estoy apreciando mucho la vista, y no voy a negarlo. ―Se apoyó en los armarios de la
despensa y se cruzó de brazos―. Gracias por preparar mi ropa.

Abby se mordió el labio, intentando contener su risa nerviosa.

―De nada. Voy a darme una ducha rápida.


Roman dio un paso hacia ella y ella saltó, bailando alrededor de la isla y fuera de su alcance. Lo
oyó reírse mientras cerraba la puerta del baño.

Pensando en las otras veces que había estado en la ducha, consideró la posibilidad de
provocarlo un poco más. Luego recordó el brillo apasionado de su mirada y decidió no hacerlo.

Provocar al alfa solo le traería problemas, y aunque fueran de los buenos, no estaba preparada
para eso. Sintió otro escalofrío cuando él le dio un codazo a través del enlace mental,
intentando conectar con ella.

Él era capaz de sentir su deseo y su nerviosismo. Una vez que ella terminó, salió de la ducha.

Lo encontró con una cerveza en la mano, hablando por teléfono. La miró y le guiñó un ojo,
olfateando el aire para ver si se había puesto el encaje negro.

Él la miró y retumbó de felicidad por lo roja que se había puesto al darse cuenta de lo que
estaba pensando.

―Gracias, Profetisa, nos vemos en un rato ―Roman terminó la llamada.

―¿Todo bien? ―Abby trasteaba en la cocina con los cubiertos.

―Le pregunté si podíamos verla después de cenar.

―Bien. Estoy un poco nerviosa por lo que tenga que decir ―Miró su teléfono―. Alfa, no he
sabido nada de mis padres. ¿Podrías intentar llamarlos?

Roman frunció el ceño.

―Desde luego. Llamémosles ahora.

Su padre respondió al primer tono.

―¡Alfa Luko! ¿Va todo bien? No hemos podido contactar con Abby. ―Michael sonaba frenético.

―Está aquí. Te pondré en el altavoz.

Abby corrió hacia Roman, secándose las manos.

―¡Papá! ¿Mamá y tú estáis bien? He estado preocupada.

Roman refunfuñó. No se había dado cuenta de que Abby había estado preocupada. Extendió la
mano y la atrajo hacia sí.

―Estamos bien pero preocupados por ti. Tu número decía que no aceptaba llamadas.

Abby miró su teléfono.

―Os he estado mandando mensajes a ti y a mamá desde que llegué.


Michael gruñó.

―Me pregunto si habrán bloqueado tu número en los teléfonos de la manada. Alfa Edward
puede hacerlo.

Roman estaba cabreado.

―Por favor, no dudéis en llamarme a mí. Le daré a Abby un nuevo número para que podáis
poneros en contacto directamente con ella. Os daré también las líneas telefónicas de la casa de
la manada y de mi oficina también.

»Mis disculpas, guerrero Michael, debería haberme dado cuenta de que algo iba mal.

―No es necesario disculparse. Tenemos mucho de qué hablar. Pero en privado.

Esto despertó el interés de Roman.

―Planeemos hablar después de que terminemos. Quiero que Abby te visite primero, y luego me
gustaría hablar contigo y con Fiona.

―Sí, Alfa.

Roman le besó el costado de la cabeza y salió a encender la parrilla para los filetes, dejándole
algo de intimidad. No tardó en llegar a las puertas correderas de cristal y le hizo señas para que
entrara.

Deslizó los gruesos trozos de carne en una bandeja y los llevó al interior.

―Realmente me gusta estar aquí. Las tierras son preciosas. Te encantará estar aquí ―La oyó
decir al teléfono―. Tengo a Alfa Roman aquí ahora.

Le entregó el teléfono y volvió a ocuparse de poner la mesa y el resto de la comida.

―Guerreros Fiona y Michael, yo, Alfa Roman Luko, solicito formalmente vuestra bendición y
permiso para marcar a Abigail y tomarla como mi pareja de segunda oportunidad.

Al oír sus palabras, Abby dio un grito ahogado. El plato que tenía en las manos cayó al suelo
estrepitosamente. Abrió mucho los ojos.

Parecía que iba a desmayarse.

Capítulo 25
Abby se avergonzó al instante de su reacción. No esperaba que fuera a
preguntárselo a sus padres ni que fuera tan formal. Se tapó la boca con una mano
para contener otra risita nerviosa.
Rápidamente, recogió el plato que se le había caído, agradecida de que no se
hubiera roto. Roman la miró. Cada vez que la miraba, su corazón daba un vuelco y la
electricidad del aire crepitaba entre ellos.

―¿Va todo bien? ―preguntó Michael, que seguía al teléfono.

―Se me cayó un plato, papá. No pasa nada. Solo me sorprendí.

―Alfa Luko, si puedo ser honesto, yo también estoy un poco sorprendido. ¿Cómo
sucedió todo esto?

―Hay mucho de lo que hablar ―Roman les contó cómo sintió algo la primera vez
que tocó a Abigail en las tierras de la manada. No compartió cómo había perdido los
estribos con ella hasta que descubrió por qué se sentían tan atraídos el uno por el
otro.

―Todo esto es muy repentino ―dijo el padre de Abby―. Estoy seguro de que
entenderás que la madre de Abby y yo tendremos que pensar en esto antes de darte
nuestra respuesta.

―Guerreros Michael y Fiona, hay otro asunto que debemos discutir.

―¿Va todo bien? ―Michael sonaba cauteloso.

―No quiero alarmarte, pero tenemos poco tiempo para marcar a Abigail.

―¿Qué está pasando, Alfa? ―Michael gruñó a través del teléfono.

―Abigail se está muriendo.

Su padre gruñó a través del teléfono y su madre soltó un grito ahogado.

―Dejad que os explique lo que está pasando―. Roman esperó a que sus padres se
calmaran.

Abby se paseó por la cocina, nerviosa. Roman le hizo un gesto para que se acercara
a él. La consoló con un abrazo antes de volver a hablar con sus padres por teléfono.

―Tengo una profetisa aquí, en mi manada.

―¿Qué?Hace años que han dado señales ―dijo Fiona sorprendida a través del
altavoz.
―Ella está bajo mi protección. Gracias a ella supe que Abigail es una Luna sagrada.
Tuvo una visión. Si una Luna sagrada no se aparea, pierde su propósito de traer
poder y curación. Cuando la pareja de Abby la rechazó, puso en marcha su muerte.

―Diosa mía, ¿cómo paramos esto? ―Resopló Fiona. Se notaba que estaba
conteniendo sus lágrimas.

―Abby y yo nos hemos aceptado como compañeros de segunda oportunidad.


Tenemos una reunión con el Oráculo después de cenar para ver qué podemos
esperar una vez nos hayamos marcado. Será diferente a lo normal. Por eso quería
pediros permiso.

―Mamá, papá... Todo va a ir bien ―Abby rodeó la cintura de Roman con los brazos
mientras hablaba por teléfono―. Me alegro tanto de que hayamos podido hablar. Os
echo tanto de menos.

Sus padres guardaron silencio mientras asimilaban la noticia.

―Abigail, ¿cómo te sientes con todo esto? ―La suave voz de Fiona llegó a través del
teléfono.

―Soy feliz, mamá. El Alfa Roman es más de lo que podría desear en un compañero.
La Diosa de la Luna nos ha bendecido a los dos y a la manada Luko ―Levantó la
cara para mirarle.

El brillo de los ojos de Roman hizo que cada parte de ella se llenara de afecto.

―¿Nos llamarás en cuanto sepas lo que os ha dicho laice el Oráculo? ―preguntó


Fiona.

Roman apretó suavemente a Abby.

―Absolutamente.

La voz de su padre retumbó en el altavoz.

―Acordamos enviarte allí, sabiendo que Alfa Luko te protegería. Me alegra saber
que cumple su promesa. Pero tenemos algunos problemas con Carson que discutiré
con el Alfa en privado.

―Todavía estoy conectada a la manada. Yo misma he tenido algunos percances.


Alfa Roman puede hablar contigo y con mamá sobre ello.
―Alfa Roman, estamos en deuda contigo. Gracias por ponernos en contacto con
Abby. Estaremos esperando vuestra llamada. Fiona y yo necesitamos hablar con el
Alfa Edward. Roman gruñó al mencionar el nombre del alfa―. Te queremos, Abby, y
te echamos de menos.

―Me gustaría que considerarais la posibilidad de no hablar con Alfa Edward sobre
esto y que mantengáis el teléfono bloqueado ―dijo Roman.

―Me gustaría no dar demasiada información hasta que sepamos a qué nos
enfrentamos con respecto a Abigail y su salud. Me preocupa que intente cortar la
comunicación. Os llamaré a las nueve.

―Gracias, Alfa, esperaremos tu llamada. Cuida de nuestra chica.

―Sí, señor ―Roman le guiñó un ojo a Abby y cortó la llamada.

―Disfrutemos de la cena y del alivio de haber hablado con tus padres.

Aunque la comida olía deliciosa, Abby no tenía apetito. Solo probó unos pocos
bocados antes de apartar el plato. Roman se comió el resto de la cena aunque
estaba inquieto.

―Confiamos en la Diosa de la Luna, ¿de acuerdo? Yo también estoy nerviosa, pero


recuerda que estamos juntos en esto ―Roman se limpió la boca y dejó la servilleta,
extendiendo la mano hacia ella.

En el momento en que ella puso su pequeña mano en la de él, una intensa conexión
crepitó entre los dos.

Abby cerró los ojos mientras crecía un cálido sentimiento entre ellos. Los latidos de
sus corazones eran tan fuertes que las luces de la casa se apagaban y volvían a
encenderse.

La tierra de la manada dio un gran suspiro y exhaló una ráfaga de energía.

―¿Sentiste eso? ―susurró mientras lo miraba a los ojos.

―Fue intenso. No lo viste, pero las luces se atenuaron ―susurró―. Tenemos que ver
el Oráculo.

―Tengo miedo.

La acercó a él de nuevo, respirando lo que ahora reconocía como su olor.


―El Oráculo es intimidante, pero también es amable. Cuidará de nosotros.

―El Oráculo es encantadora. No es por ella ―Hizo una pausa y respiró hondo―. No
sé cómo ser una compañera. Fracasé con Carson. No quiero fallarte a ti.

La ira se apoderó de él al pensar en lo que el insolente cachorro alfa había hecho.

―Túno fallaste con ese cachorro. Toda la manada te falló, excepto tus padres.

»Esa Luna es una perra egoísta, y el alfa es otro imbécil egoísta. Ambos fracasaron
como líderes de manada y como padres.

Sintió que se encendía y tuvo que contenerse. Respiró hondo antes de continuar.

―Ahora, en cuanto a ser una compañera, no veo cómo podrías pensar que fallarías.
Eres increíble, Abby. Me haces reír. Eres amable y apasionada.

»Llevas dentro una guerrera feroz, una fuerza admirable. Tu paciencia y protección
son un don. Hueles bien y me dejas besarte. Y, estás espectacular con la toalla,
realmente te queda bien.

Él sonrió y vio cómo se le acumulaban las lágrimas.

No podría estar más orgulloso de llamarte mi compañera, Abby.

Ella lo abrazó, apretando la cara contra su pecho. Roman cerró los ojos,
permitiéndose sentir cada hebra de emoción que se entretejía entre ellos.

Abby hizo todo lo posible por mantenerse fuerte ante las oleadas de incertidumbre
que la invadían. Los brazos de Roman alrededor de ella eran sólidos como una roca.
Su pecho una pared de ladrillo. Con él abrazándola, era imposible que se cayera.

Le besó la parte superior de la cabeza y le puso un dedo bajo la barbilla para


levantarle la cara. Roman le rozó los labios con un delicado beso, pero les afectó a
los dos como un rayo.

Abby sintió como si la llenaran unas chispas de luz, y Roman se sorprendió. Cada
uno dio un paso atrás, solo para volver a acercarse a la vez. Se aferraron el uno al
otro, respirando agitadamente.

―Estamos destinados a estar juntos, Abby. ¿No puedes sentirlo? ¿Cómo puedes
tener miedo de esto cuando se siente tan bien?
El vértigo se apoderó de ella y una ligera risa brotó de su interior. Se puso de
puntillas para besarle.

―Tenemos que oír lo que el Oráculo tiene que decirnos. Estoy deseando que me
marques.

Roman frunció el ceño y miró los restos de su comida, casi sin tocar.

―No has comido lo suficiente. Irradias una enorme cantidad de energía, es


importante que te alimentes constantemente. Das tanto que necesitas reponerte.

―El filete estaba bueno, pero no tenía mucho apetito… ―Se acarició la barriga―.
Estoy nerviosa por lo que nos va a decir el Oráculo.

―Entonces no esperaremos ni un minuto más.

Capítulo 26
Abby cogió una rebeca mientras Roman les decía a los guerreros que iban a la casa
de la anciana al otro lado del prado. Dejaron intimidad a Alfa y a la Luna mientras
caminaban de la mano. Otros miembros de la manada saludaron a la pareja.

Las tierras de la manada se iluminaron hasta donde alcanzaba la vista. Roman se


relajó mientras un rayo de sol lo iluminaba por dentro. El enlace estaba abierto y
sabía que la manada podía sentir la misma luz procedente de Abby.

Aunque estaba nerviosa, seguía reconfortando a la manada. Se preguntó si ella se


daba cuenta. Roman arrancó una flor silvestre y ella sonrió cuando se la metió en el
pelo.

El Oráculo saludó al alfa y a su sagrada Luna con una profunda reverencia. Ella, junto
con el resto de la manada, había sentido su poder vital.

Mara la había llamado. Había empezado su menstruación por primera vez en cinco
años, poco después de que las luces parpadearan. Estaba eufórica, y Logan estaba
tan emocionado que tuvo que salir para serenarse.

Otros también habían llamado a la Profetisa para contarle sus reacciones e


impresiones ante la oleada de poder que se había extendido por la manada.
―Has causado un gran revuelo en la manada ―La anciana sonrió.

―Cuando las luces se atenuaron. ¿Todos lo sintieron? ―Roman se sentó en el sofá


con Abby a su lado.

La rodeó con su brazo y la arropó a su lado. Con ella a su lado, no pudo evitar que el
ronroneo retumbara en su interior. La taza de té del Oráculo vibró por la fuerza que
transmitían.

―Sí, ¿sabéis lo que era? ―Miró a la pareja increíblemente poderosa.

―Nuestras almas intentan unirse ―Roman apretó suavemente el hombro de Abby.

―En parte. Esa ola estaba llena de un poder vital. Vosotros dos juntos sois
increíblemente fuertes.

La Profetisa los miró con los ojos entrecerrados. Dio un sorbo a su té y miró a lo
lejos. Sus ojos se nublaron momentáneamente y volvió a mirar a la pareja.

―El joven Alfa Carson habría sido un alfa estricto. Él habría gobernado por pura
fuerza, una fuerza que habría hecho un daño significativo. Abigail habría estado
indefensa.

Abby se quedó callada, escuchando.

El Oráculo continuó.

―Lo que ambos sentís es un poder omnímodo, un poder interior. El poder de alfa
que tenías antes se ha amplificado. Tu fuerza, agilidad, capacidad de protección…
Todo ha mejorado por tu conexión con la Luna sagrada.

Roman asintió.

―Últimamente me siento como una pared de ladrillos, y todos mis sentidos están
agudizados.

―Sí, y lo mismo pasa con Abby. Su forma de correr, su fuerza física… Su habilidad
para curar está mucho más allá de un curandero normal. Los poderes de Luna van
más allá de los de cualquier Alfa tus poderes lunares de los poderes alfa de Roman
―El Oráculo asintió y miró a Abby y a Roman.
―Vuestra unión es tan poderosa que no puede contenerse. Es una bendición. Y de
todo esto la manada se beneficia. Así es como la Diosa de la Luna bendice a la
manada. A través de vosotros.

»Quiere a todos sus hijos, pero la manada Luko en su conjunto es especialmente


especial para ella.

Abby sentía que las cosas estaban más claras ahora. Empezaba a entender lo que
sentía y por qué. Ayudaba que el Oráculo no hablara con medias palabras.

El Oráculo soltó una carcajada y Abby dio un respingo.

―Entiendo, Luna. Aprenderás mis métodos con el tiempo.

Abby se sonrojó y sonrió a la mujer mayor, mientras Roman se reía y negaba con la
cabeza. Ni siquiera se había inmutado, pero era difícil coger a un alfa por sorpresa.
La sonrisa de la mujer mayor se suavizó.

―Tenéis preguntas sobre marcaros el uno al otro.

―Sí, Profetisa ―Abby miró a Roman.

―Todo será más intenso. El dolor, el poder, la conexión será a nivel astral. No
tengáis miedo, es una bendición, y la Diosa Luna está esperando pacientemente
vuestra unión.

»Abigail, te sentirás diferente, pero no puedo asegurar cómo. Creo que te sentirás
reenergizada y más ligera.

―Gracias, Profetisa, me siento mucho más en paz.

―Tienes otras preguntas.

Abby las tenía, pero a nivel personal, de mujer a mujer.

―Ahora no.

Roman frunció el ceño.

―Si tienes preocupaciones, tienes que expresarlas.

La Profetisa dio un sorbo a su té, ocultando la sonrisa. Una vez había sido una mujer
joven, con el mismo tipo de preguntas que percibía en Abby. No podía obligarla a
hacerlas. Solo podía esperar que Abby se sintiera lo bastante cómoda para hacerlo.
Abby no quería hablar de su celo delante del alfa. Le sonrió.

―De verdad, estoy bien.

Roman podía sentir que ella estaba ocultando algo. Le hizo un gesto de advertencia
y entrecerró los ojos.

―Puedo sentir que no estás mintiendo, pero estás omitiendo algo.

Se sonrojó, sintiéndose atrapada. Abrió y cerró la boca varias veces. No era capaz
de decir nada.

El Oráculo observó a la pareja.

―Su calor será intenso.

Roman enarcó las cejas, sosteniendo la mirada avergonzada de Abby. Le interesaba


mucho lo que tuviera que decir el Oráculo.

Abby puso la cara entre las manos, muerta de vergüenza. No quería hablar de sexo
delante del alfa. Le besó la coronilla y se levantó.

―Voy a hablar con los guerreros ―Le guiñó un ojo a Abby y sonrió cuando ella soltó
una risita nerviosa.

El Oráculo no pudo evitar soltar una carcajada. Ver al alfa coqueteando era
reconfortante. Era obvio que estaba creciendo un afecto entre los dos. Cuando la
puerta se cerró, le hizo un gesto con la cabeza y se giró hacia Abby.

―Tu primer celo fue terrible.

A Abby no le sorprendió que lo supiera. Al fin y al cabo, era una profetisa.

―¿Dolerá de la misma forma?

―Tendrás al alfa, que será más que capaz de atender tus necesidades. Será intenso,
pero no será tortuoso.

―Tengo un poco de miedo. No tengo experiencia. El alfa tuvo una compañera, es


mayor y... No sé si se siente atraído por mí de esa manera o si...

Un gruñido sonó desde fuera, interrumpiéndola. Puso la cara entre las manos.

―Quiero asegurarme de que mi compañero es feliz.


Jadeó cuando sintió que Roman abría el enlace mental de una patada.

―Mía.

Abby se tapó la boca con la mano, conteniendo su risa. Toda la manada había oído
la declaración del alfa. El Oráculo sonrió.

―Creo que tienes tu respuesta, Abigail.

Abigail podía oír al alfa en el teléfono. Comprobó la hora y se sorprendió al ver que
había pasado tanto tiempo. Estaba al teléfono con su padre.

―Confía en la Diosa de la Luna.

―Gracias. ―La energía la vació, y Abby se hundió de nuevo en los cojines del sofá.
La voz le temblaba un poco―. ¿Todavía voy a morir?

―Todos pasamos de esta vida a la siguiente ―le dijo el Oráculo con una sonrisa
amable―. Pero ahora que tu pareja te ha aceptado, Luna sagrada, viviréis la vida que
estáis destinados a tener. Sin embargo, debéis marcaros el uno al otro tan pronto
como podáis.

―Me gustaría mucho que mis padres estuvieran aquí.

―Eso debería estar bien, siempre que puedan estar aquí en los próximos días ―El
Oráculo asintió.

Abby apoyó la cabeza en los cojines y cerró los ojos. Sentía los brazos y las piernas
pesas. Dio un codazo a Roman a través del enlace, con la esperanza de que pudiera
llevarla a casa.

Roman terminó la llamada con Michael. Los padres guerreros de Abby se sentían
mejor después de escuchar lo que el Oráculo les había dicho y al saber que Abby
estaría bien. Roman quería marcarla pronto y organizarían una celebración con el
resto de la manada.

Abby apenas podía moverse. Roman la cogió en brazos para llevarla de vuelta a
casa. Estaba preocupado y miró a la Profetisa.

―Ha cargado con muchas preocupaciones y debe descansar.

Roman asintió con la cabeza.


―Gracias, Profetisa.

Se apresuró a llevar a Abby a casa. Estaba acurrucada en sus brazos con la cabeza
apoyada en su hombro.

―Necesitas comer ―le dijo. Aunque el Oráculo les había asegurado que se pondría
bien, le preocupaba verla tan agotada.

―Sí, Alfa ―Cerró los ojos y respiró hondo, abriéndolos cuando él subió los escalones
bajos.

Roman la dejó en el sofá y la tapó con una manta. Calentó un recipiente de sopa y
cuando estuvo lista, se la sirvió en un cuenco con una caja de galletas.

Abby le dio las gracias y comió mientras él la observaba. Soltó un suspiro al


terminar, se limpió delicadamente la boca y se recostó.

Roman llevó sus cosas a la cocina y las puso en el fregadero. Cogió una botella de
whisky y un vaso y volvió a su lado. Le dio un trago.

Intentó averiguar cómo decirle que se sentía atraído por ella. Ella era pura, y eso lo
hacía todo un poco más delicado. Le agarró la mano, haciendo que se sobresaltara.

―Sé que no tenemos una historia, o no llevamos mucho tiempo. Ni siquiera tenemos
una fecha. Pero no te equivoques, me sientoatraído por ti. Me gustaría pensar que tú
también te sientes atraída por mí.

Abby se puso roja.

―Lo estoy.

―¿Pero estás nerviosa?

Ella asintió, avergonzada por su falta de experiencia. Agradecía que Carson nunca la
hubiera empujado a la intimidad física, sobre todo después de enterarse de que se
había acostado con otra.

―Has tenido una compañera ―dijo suavemente―. Pero yo nunca...

Roman la hizo callar y la subió a su regazo.

―Nunca tendrás que avergonzarte delante de mí. Nunca tendrás que preocuparte de
que no me atraigas.
La apretó más contra él y la besó hasta que ambos se quedaron sin aliento.

Roman la agarró por las caderas y la empujó con más fuerza contra él. Su voz ronca
estaba llena de deseo.

―Siente lo que me haces.

Lo hizo, y su cuerpo se estremeció de excitación. Esta vez, lo besó. Su sabor llenó


sus sentidos. Cada parte de ella estaba sensibilizada.

―Te deseo ―susurró Abby―. Ahora.

Capítulo 27

Roman le dio un último beso y se apartó ligeramente.

―Me tendrás. Ahora, sé una buena chica hasta que te marque.

Con un gemido de frustración, Abby se bajó de su regazo y le dio un manotazo.

―Bromista. Espera a que llegue la hora de ducharme...

Chilló cuando él gruñó, pero no se asustó. Con él se sentía más segura que nunca.

***

Como el Oráculo había dicho que tenían tiempo suficiente para que los padres de
Abby pudieran estar ahí para la fiesta previa al marcado, Abby y Roman habían fijado
la fecha para el final de la semana.

Los días pasaban volando mientras el sentimiento de festividad llenaba el aire. Todo
el mundo estaba entusiasmado.
Roman viajó para comprobar que todos los rincones de las tierras de la manada
estaban seguros, mientras que Abby trabajaba con Bell y Mara para preparar la
comida de los cinco mil miembros de la manada que celebrarían a su nueva Luna.

Por fin llegaron los padres de Abby. Le contaron que Alfa Edward no estaba
contento, pero eso no los detuvo. Sabían que se las vería con Alfa Luko si intentaba
cualquier cosa.

Había intentado cortar la comunicación, pero Roman se había asegurado de que


pudieran estar en contacto con ella. El padre de Abby les contó que Carson estaba
enfadado porque no le habían devuelto a Abby.

Ahora que se había enterado de que los poderes de ella habrían potenciado los
suyos, quería que volviera a ser su compañera. Estaba causando muchos problemas
en la manada Oru, y el Alfa Edward tenía algunos problemas de salud que le hacían
difícil ir en contra de su hijo.

Roman los recibió, junto con los líderes de su manada y Abby. Los abrazó con fuerza
cuando salieron del vehículo. Ambos se inclinaron y mostraron su respeto al alfa y al
resto de la manada.

Fueron recibidos de inmediato y acompañados a la antigua cabaña de Abby, donde


se cambiarían antes de ir a la casa del alfa donde tendrían una cena sencilla.

Abby llevaba horas cocinando y limpiando. Quería que sus padres vieran el hermoso
hogar que Roman le había proporcionado. Quería que se alegraran y se sintieran
orgullosos de ella.

Había marinado los filetes y preparado una gran cazuela de patatas gratinadas que
tenía en el horno. Tuvo que esconder el pastel que le había preparado Mara.

Abby no sabía cocinar, y Mara prometió enseñarle cuando las cosas se calmaran.
Roman olfateó el aire mientras Michael y Fiona se acercaban. Un golpe en la puerta
anunció su llegada.

―Michael, Fiona, pasad, por favor ―Roman estrechó las manos de ambos y se hizo
a un lado.

―Tienes una casa preciosa, Alfa Roman.

―Gracias, pero no puedo llevarme todo el mérito. Todo es gracias a Abigail.

―Gracias por recibirnos, Alfa Roman. Estamos felices de estar aquí ―Michael le hizo
un gesto con la cabeza.

―Guerrero Michael, ¿por qué no salimos y tomamos una cerveza? Necesito


encender la parrilla.

Fiona le guiñó un ojo a Abby, que sonrió mientras veía salir a su padre y a su
compañero. Roman le dio un codazo a través del enlace y ella se lo devolvió.

Fiona vio cómo Abby echaba un vistazo al exterior y se sonrojaba.

―Estás radiante, mi niña.

―Estoy contenta ―Sonrió a su madre mientras revisaba las patatas.

Fiona bajó el tono de voz.

―¿Carson ha intentado contactar contigo de nuevo?

Abby frunció el ceño y sacudió la cabeza. Cerró la puerta del horno.

―No. Roman me contó que le dijisteis que Carson estaba enfadado contigo y con
papá por no haber accedido a traerme a casa. Pero él no me quería.

La traición de Carson aún dolía como el filo de una navaja.


―Puede estar todo lo enfadado que quiera. Ahora estás aquí, con un compañero que
te quiere y te tratará como te mereces ―dijo la madre de Abby con voz dura,
revelando exactamente lo que sentía por Carson.

―Odio que intente crearos problemas a ti y a papá.

―Tu padre va a hablar con el alfaprevisto.

​―¿De verdad? ¿Lo permitirá Alfa Edward? ―Abigail estaba encantada con la idea de
que sus padres estuvieran cerca.

―No tiene elección ―Fiona gruñó en voz baja―. Háblame de la ceremonia.

―Vamos a marcarnos en privado mañana. No estamos seguros de qué esperar, ya


que el Oráculo indicó que todo sería muy intenso. Tendremos la ceremonia al
crepúsculo del día siguiente y un banquete después.

Roman entró para coger los filetes y otra cerveza para él y Michael. Cerró la puerta
tras de sí y le entregó al guerrero la botella de cristal fría.

―Abigail parece mucho más feliz aquí ―Michael miró a su hija y a su pareja, ambas
estaban riéndose.

―Espero que así sea. Todo esto ha sido muy inesperado, y soy un hombre
afortunado. No solo por ser bendecido por la Diosa de la Luna, sino también
bendecido con Abigail como mi compañera y Luna ―Roman dejó los filetes.

―Me siento humilde y seguiré viviendo y sirviendo a mi manada, a mi Luna y a la


Diosa de la Luna. Nunca daré por sentado a Abigail, mi regalo, mi compañera de
segunda oportunidad.

―Su madre y yo no hemos podido encontrar mucha información sobre Lunas


sagradas. No tenemos ni idea de cómo ocurrió. No somos de sangre alfa, ni
estamos directamente bendecidos. El alfa Edward y Luna Hazel no están al tanto de
este tema. ―Michael estaba más que frustrado.

―El Oráculo vendrá mañana por la mañana para aconsejarnos. Sería un honor si tú y
Fiona estuvierais presentes. Ella puede ayudar a responder preguntas.

―Gracias, te lo agradecemos, Alfa ―Michael le ofreció su mano.

―Os agradezco que hayáis venido. Sé que no estamos haciendo esto de la manera
tradicional. No tengo ningún deseo de hacer desfilar a Abigail como si fuera un pony
de premio.

»No haremos encuentros con alfas y Lunas por toda la nación. Yo protejo a mi
manada, y cuanto menos sepa la nación del lobo, mejor para nosotros.

Michael sonrió.

―Tienes una reputación letal, pero también de ser un alfa justo.

―Nunca me disculparé por proteger a mi manada. Me he ganado esa reputación con


justicia ―Los ojos de Roman brillaron―. Estoy orgulloso de ello.

Michael levantó su cerveza y miró hacia dentro, observando a su compañera y a su


cachorra.

―Lo respeto, Alfa. Y gracias por salvar la vida de mi hija. Primero cuando aceptaste
adoptarla en la manada Luko, pero ahora al aceptarla como tu compañera.

―No sé tú, pero yo me muero de hambre y Abby no me dejó probar las patatas
―Roman refunfuñó mientras apilaba los gigantescos trozos de carne en una
bandeja.

Michael no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa en la cara y ambos se echaron
a reír. ―Los guerreros son buenos defendiendo su territorio. Su madre le enseñó
bien.
Abby y Fiona se giraron al oír las risas de los hombres. La alegría de Roman se filtró
en Abby a través del enlace.

―Parece que tenemos algunos hombres hambrientos a los que alimentar ―Fiona
sonrió a su hija―. Será mejor que pongas la comida en la mesa antes de que se
amontonen.

Rápidamente, todos colaboraron para preparar la comida y se sentaron a la mesa.


Roman sirvió vino para todos. Se sirvieron rápidamente la deliciosa comida mientras
charlaban y se conocían.

―¿Cuándo os uniréis a nuestra manada? ―Roman se echó hacia atrás después de


limpiar su plato.

​―Nos gustaría venir lo antes posible. Sé que separarnos de la manada Oru no será
agradable. El alfa Edward no ha estado receptivo para hablar de ello ―Michael
frunció el ceño.

Abby miró a Roman. Sabía que él notaba sus nervios cuando alargó la mano y se la
cogió con suavidad. Empezó a ronronear, ofreciéndole consuelo.

―Os escoltaré, junto con mi grupo de guerreros de élite. Me avisas cuando estéis
listos.

―Gracias, Alfa, tu generosidad es apreciada. No queremos causar más conflictos


entre la manada Oru y la manada Luko ―dijo Michael.

Roman percibió su inquietud.

​―Me gustaría invitaros a ambos a entrenar con la élite mañana por la mañana.

Fiona sonrió a su compañero.

―Sería un gran honor.


―Cómo no. Gracias, Alfa ―Michael le guiñó un ojo a Fiona.

Roman asintió rápidamente y frunció el ceño cuando Abby le soltó la mano.

―Tengo postre ―Sonrió con dulzura―. Mara hizo un pastel.

―Es imposible que haya pastel en esta casa ―Roman sonrió. Su lobo estaba feliz,
su compañera era juguetona.

―Oh, sí, lo hay ―Abby le guiñó un ojo a su madre―. ¿Quizá tu sentido del olfato no
es tan bueno como crees? ―Se rio mientras se levantaba.

―¿Dónde demonios escondes un pastel? ―Avanzó hacia ella con las manos en las
caderas. ―¿Uno de los pasteles de Mara? ¿Es de chocolate?

―No puedo decírtelo, o perderé mi escondite. Sí, uno de los pasteles de Mara y sí,
Alfa, es de chocolate.

Olfateó el aire mientras los padres de Abby los observaban. Se miraron asombrados
por la relación entre su hija y el famoso alfa.

―Es imposible que tengas un pastel de chocolate escondido aquí ―Empezó a


olfatear el aire.

―Alfa, ¿podrías ir a buscar mi abrigo?

Entrecerró los ojos y negó con la cabeza.

​―Sé lo que es esto.

―Gracias, Alfa ―Vio cómo salía de la cocina y corría hacia el armario de los abrigos,
donde había escondido el pastel en un recipiente hermético.

Cuando volvió, ya tenía la tarta en la encimera. Cuando él se sentó, sus padres


estaban callados pero sonrientes.
―¡Conspiración familiar en mi propia casa! ―Soltó una carcajada―. Voy a resolver
esto, Luna.

―Hasta entonces, disfrutemos de este rico pastel de chocolate con ganache ―Dejó
su abrigo a un lado y le sonrió mientras él se burlaba de ella.

―No lo necesitabas, ¿verdad?

―No, Alfa ―Ella cruzó las manos sobre su regazo y reprimió su sonrisa.

―Quiero un trozo grande ―refunfuñó y le agarró la mano, besándola.

El estallido de energía vital atenuó las luces momentáneamente, y los padres de


Abby se sentaron e inhalaron profundamente. Tanto Michael como Fiona sintieron
como si una brisa recorriera sus cuerpos. Se sintieron renovados y vigorizados.

―¡Diosa de la Luna! ¿Es eso de lo que nos hablabas? ―Fiona miró a Roman.

―Sí, es indescriptible. Ahora es más frecuente, pero ninguno de los dos sabe cuándo
va a ocurrir. No sabemos qué esperar de mañana por la noche.

Sonó el teléfono de Roman y lo sacó del bolsillo.

​―Rye, ¿va todo bien?

―Alfa... Yo... Necesito que mires algo. Sé que tienes contigo a los padres de Abigail,
pero... Yo... ¿Puedes salir? ―tartamudeó Rye.

―Ya voy ―Roman salió disparado de su silla tan rápido que Michael y Fiona
enseñaron los dientes y le siguieron, dispuestos a luchar.

Colgó el teléfono.

​No tengo ni idea de lo que está pasando. Quédate aquí con tus padres.
Roman abrió la puerta de un tirón y se encontró a Rye acercándose rápidamente con
Bell.

―Mis disculpas, Alfa... ¡Mira! ―Señaló el lugar en el cuello de Bell donde su marca
había sido arrancada por un canalla.

―Ha desaparecido... ¡Esa enorme cicatriz ha desaparecido!

Bell permaneció en silencio con el cuello al descubierto. Su hombro ya no estaba


dañado.

―¿Puedo, Bell? ―El alfa le tocó suavemente el hombro.

―Sentí mucho calor durante un segundo, cuando las luces se atenuaron, y luego...
desapareció.

Capítulo 28

Abby se quedó mirando cómo Roman observaba a Bell.

―¿Te sientes bien, cariño? ―Fiona rozó el hombro de Abby.

―Estoy cansada, pero es normal. Estoy preocupada por Bell.

Roman le hizo una señal para que saliera mientras le daba un codazo a través del enlace.

―Compañera~, trae a tus padres.~

―Mamá, papá, Roman quiere que salgamos.

Todos salieron al porche mientras la Profetisa llegaba con Logan y Mara.

Fiona y Michael estaban asombrados de ver a una Profetisa. Cada uno se arrodilló y se cruzó un
brazo sobre el pecho, bajando la cabeza en señal de respeto.
Roman se dio cuenta de que los padres de Abby estaban arrodillados ante la Profetisa. Hizo un
gesto e hizo que Logan y Rye se pusieran formalmente de pie con él. Sonriendo, Bell y Mara se
colocaron a un lado. Abby se colocó junto a sus padres.

La Profetisa puso las manos en la frente de los guerreros arrodillados.

―Guerreros Canaver. ―Sus ojos se empañaron mientras todos permanecían en silencio―. Ya


veo de dónde saca Luna Abigail su sangre guerrera. ―La anciana se apartó mientras se ponían
en pie.

―Profetisa, es un honor ―dijo Michael primero.

Fiona parecía un poco desconcertada.

―Profetisa, me siento muy afortunada.

Mantuvieron la cabeza inclinada hasta que Roman se aclaró la garganta.

―¿Queréis entrar todos a tomar un café?

El grupo asintió. Fiona y Michael no dejaban de mirar a la Profetisa.

―Vuestras líneas de sangre están bendecidas. Ambos descendéis directamente de guerreros


originales ―Les sonrió al pasar, dejándolos a ambos boquiabiertos.

―Creo que necesitaré algo más fuerte ―murmuró Michael, y Roman se echó a reír.

―Yo también, Alfa ―Logan sonrió.

―Yo también, Alfa ―Rye intervino y apretó la mano de Bell.

La Profetisa ocupó su lugar en el extremo opuesto al de Roman. Abby preparó café mientras
Mara cortaba y servía la tarta. Todos se sentaron a la mesa.

Cuando todos tenían delante tarta, café o whisky, la Profetisa empezó a hablar.

―A medida que nos acercamos al momento de la marca, estos pulsos se harán más frecuentes.
Es la Diosa Luna curando a Abby y utilizándola para curar a la manada. El Alfa está añadiendo a
ese poder su fuerza, por lo que la proyección es mucho más potente.
Mara lloró mientras Logan ronroneaba en silencio.

―Lo siento. Son lágrimas de felicidad. No he tenido una hemorragia en cinco años.

―Mi cicatriz ha desaparecido. Ha desaparecido por completo ―Bell volvió a enseñar su cuello,
mientras Rye le agarraba la mano con fuerza.

―Todo proviene de Abigail y su fuerza mejorada.

―Parece que ocurre al azar ―afirmó Roman.

La Profetisa se rio.

―No es aleatorio. Es la conexión, la construcción del vínculo. A medida que Abigail y tú os


acercáis, se hace más fuerte. Cuando os unáis físicamente, los resultados podrían ser
explosivos.

Roman le dio un codazo a Abby a través del enlace mental.

―Físicamente unidos. Explosivo.

Las mejillas de Abby se encendieron e irradió felicidad a través de todos los comensales. Su
madre y su padre se cogieron de la mano y se apretaron.

―¿Deberíamos preocuparnos por lo que pueda pasarle? ―preguntó Fiona vacilante. ―Sin ánimo
de ofender, Alfa Roman. Sabemos que pretendes proteger a nuestra hija.

―Pero esto es territorio desconocido ―añadió Michael.

La Profetisa miró a los ojos de todos.

―No ha habido una Luna sagrada en tantos años, que no tengo ni idea de lo que puede pasar
exactamente. Solo sé que la Diosa de la Luna tiene a Abigail en sus amorosas manos, y
tenemos que confiar en ella.

―Gracias, Profetisa ―Roman se despidió con una inclinación de cabeza.

―Es un placer servirte, Alfa.


Devoraron la tarta y se sirvieron más bebidas. Todos estuvieron conversando y Logan y Rye
estaban especialmente interesados en los nuevos guerreros que venían a entrenar.

Se enzarzaron en una animada discusión sobre técnicas. Fiona se mantuvo en su sitio mientras
hablaba de una técnica que Abby había utilizado durante el entrenamiento.

Esa misma tarde, después de la comida, la Profetisa observó al grupo. Este sería un nuevo
liderazgo en la nación de los lobos, uno que el joven Alfa Carson nunca habría apoyado.
Verdaderamente, la Diosa de la Luna estaba cuidando a Abby y a la manada Luko.

Al final, Roman vio que a Abby se le cerraban los ojos y sintió que su energía se agotaba. Los
impulsos que les había estado enviando a todos le estaban pasando factura. Se puso de pie.

―Gracias por venir a compartir vuestras alegres noticias. Todos somos bendecidos.

Le tendió la mano a Abby. Su poca energía hizo brillar el sol a través de todos ellos, y el grupo
respiró al unísono. También lo hizo la tierra de la manada. Abby se tambaleó sobre sus pies.

―Tenemos que llevarte a la cama ―le dijo Roman.

El grupo se marchó, con la promesa de reunirse por la mañana. Acompañaron a la Profetisa a


casa después de estar con los padres de Abigail. Abrazaron y besaron a Abigail y se inclinaron
ante Roman. Éste observó cómo escoltaban a todos a casa y se cambiaban los guardias. Se dio
por satisfecho y cerró la casa.

Abigail se vistió para meterse en la cama con unos pantalones cortos y una camiseta para
dormir. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Le dio un codazo a Roman a través del enlace
mental para que fuera también a la cama. Cuando sintió que conectó con él, se acurrucó de
lado y esperó a que se uniera a ella.

Poco después, Roman se metió en la cama y la abrazó. Tanto él como su lobo se maravillaron
de lo afortunados que eran. El pelo de su compañera estaba recogido en un moño en la parte
superior de su cabeza, dejando al descubierto su cuello. Su piel era cremosa y suave.

Abrazarla era la mejor sensación del mundo. Hacía muchas lunas que no sentía el tacto de una
mujer, el consuelo de una mujer. Agradeció a la Diosa de la Luna todas sus bendiciones y se
quedó dormido abrazado a Abigail.
Abby suspiró tranquilamente mientras se relajaba. Roman y ella estaban tan conectados que
eran capaces de percibir sus sueños. Ella percibió el de Roman y entonces... Sintió algo más.

O mejor dicho, a alguienmás.

―Ya voy, Abigail.

Capítulo 29

Abby chilló cuando Carson consiguió abrir de una patada el eslabón agrietado con tal fuerza
suficiente que la derribó de la cama haciendo que luchara contra una fuerza invisible. Cayó al
suelo y gritó de dolor. Roman saltó de la cama, con los ojos llenos de rabia.

Ella intentó enlazar con Roman y decirle que estaba bien, pero la voz de Carson la golpeaba una
y otra vez. Cada palabra era como un cuchillo apuñalando su mente. Su corazón.

Gritando, Abby trató de luchar por cerrar el viejo vínculo. Yacía jadeante en la cama mientras
Roman lanzaba ráfagas de rabia Alfa.

Fuera, los guardias guerreros se paseaban de un lado a otro y aullaban. Rye y Logan habían sido
alertados y estaban de camino a la casa. Abby intentó comunicarse con ellos a través del
enlace mental de la manada, pero la furia de Roman cubrió sus intentos.

El gruñido de Roman se intensificó cuando olió a Rye y Logan en el aire. Sus uñas y dientes se
habían alargado, y sus articulaciones estallaron.

Volvió a oler el aire. Sonó un golpe rápido en la puerta y ambos pudieron oír a Logan.

―¡Alfa!

Roman rugió mientras acechaba por la casa, moviendo la cabeza de un lado a otro. El sol y la
luna cambiaban de lugar y aún estaba oscuro. Abrió la puerta de un tirón y se encontró a los
padres de Abby corriendo por el camino.
Abby olió a sus padres, pero Roman le advirtió con firmeza que no se moviera. Volvió a meterse
en la cama y acercó la almohada de Roman a su pecho. Su corazón por fin se estaba calmando
y ya no sentía nada más de Carson. Esperó en silencio mientras el grupo entraba en la casa.

Roman volvió a cruzar la puerta. Sus ojos brillaban y sus dientes seguían alargados. Un Alfa era
más peligroso cuando vacilaba entre el hombre y el lobo.

Recorrió la habitación bañada por una suave luz y vio que Abby seguía en la cama, con la
almohada pegada al pecho. Llegó a su lado y se agachó, metiéndole la nariz en el cuello, sin
dejar de rugir. Acercó la nariz a su mejilla, empujó suavemente e inhaló.

―Compañera ―gruñó.

―Estoy bien, Alfa. ―Ella dejó al descubierto su cuello y cerró los ojos, dejando ronronear a su
loba―. Se ha ido.

Mientras lo decía, sintió presión en el viejo eslabón; seguía intentando conectarse. La obligó a
cerrarlo y se sentó en la cama. Roman había cambiado completamente a su forma humana y la
acercó a él.

Abby permaneció quieta hasta que el Alfa y su lobo se cercioraron de que estaba bien. Él le
gruñía cada vez que se movía, y ella tenía que tener paciencia.

Comprendió que estuviera preocupado y fuera protector, aunque se excediera un poco.

Se negó a perderla de vista y se metió en el vestidor, donde ella se puso unos vaqueros. Cogió
una de sus sudaderas y se la dio. Sin preguntar, se la puso, sabiendo que él quería que ella
tuviera su olor.

Entraron en la cocina y encontraron al grupo preocupado hablando en voz baja. Abigail saludó a
sus padres, que apretaron la nariz contra sus mejillas, controlándola mientras Roman acechaba
por la cocina.

―Lo sentimos. Nos despertó ―Michael se pasó las manos por la cara.

―Sentí al Alfa a través del enlace de la manada y avisé a Rye ―dijo Logan.

Abby se quedó callada mientras preparaba una cafetera bien cargada.


―Era como si me hablara al oído. Era muy fuerte. Me las arreglé para cerrar el enlace, pero creo
que va a ser capaz de conseguirlo a través de nuevo.

―¿Esto es lo que te ha estado haciendo, Abigail? ―Michael se quedó con los brazos cruzados.

―Sí, pero llevaba un rato callado. Pensé que tal vez había terminado de atormentarme.

Roman dejó escapar un gruñido sordo. Estaba a punto de dejarse llevar por la ira. Abby respiró
hondo y soltó el aire, acercándose al furioso Alfa. La calma que se instaló cuando se
conectaron se sintió a través del vínculo.

Tal vez el humor ayudaría. Abby sonrió al grupo mientras bebían su café.

―¡Qué manera tan interesante de empezar nuestro Día de la Marca! ¡Pensé que tal vez tendría
un día de spa o el desayuno en la cama, pero no, tengo que tener un ex cabreado gritando en mi
cabeza y todo antes del amanecer! ¿No hay mimosas?

Abby levantó las manos y empezó a reírse al ver las caras de todos.

Logan fue el primero en empezar a reírse, sintiendo el cálido rayo de sol que penetraba a su
alrededor mientras ella se reía. Los padres de Rye y Abby no tardaron en seguirle.

―Mimosas… ―Roman la miró con una ceja levantada.

Sus ojos se desviaron hacia Logan, que le hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza. Le
dio un codazo a Mara para que trajera la cesta que habían guardado para el Alfa. Había pasado
unas horas en la ciudad comprando algunas cosas especiales para Abby.

Logan estaba en la puerta para recibir a su compañera antes de que llamara. Rye había captado
la atención de Michael y Fiona y tiró de ellos hacia la entrada, haciéndoles saber que el Alfa
tenía algo para Abigail.

Acordaron ir al campo de entrenamiento y dejar que el Alfa y su Luna tuvieran algo de tiempo a
solas antes de que empezara su gran día.

La cesta que trajo Mara contenía rosas rosadas, botellas de champán, delicadas copas de
cristal en las que se leía Luna y ~Alfa~, y también algunas bombas de baño, velas y la mezcla
especial del té relajante que tanto le gustaba a Bell.
Se la dio a Logan, que la deslizó dentro de la puerta mientras todos se escapaban
sigilosamente.

Abby estaba enjuagando las tazas de café cuando Roman entró en la cocina con una gran cesta
atada con una cinta. Ella se secó rápidamente las manos, dedicándole una sonrisa. ―¿Roman?

Su lobo estaba muy presente y alerta, compartiendo espacio con su humana. Haberse
despertado de un sueño profundo con el sonido de los gritos de quien fue su compañero le
había puesto nervioso. Se negaba a dejar que esa lamentable excusa de Alfa arruinara su día.

―Tampoco es así como me imaginaba que empezaría nuestro Día de la Marca ―dijo Roman―.
Hablaremos de lo ocurrido más tarde. Me gustaría empezar nuestro día de nuevo. Por favor, ve
a ponerte el pijama y vuelve a la cama.

―Sí, Alfa.

Le sonrió por encima del hombro y sintió cómo se relajaba a través del enlace. El tono de su
rugido cambió y empezó a ronronear.

Roman se tomó unos instantes para centrarse. Podía sentir a Carson rondando en el fondo,
intentando entrar en el enlace. Esto se iba a poner feo muy pronto.

Descorchó el champán frío y sirvió un poco de zumo de naranja natural, coronándolo con
champán y una fresa en el borde. Sacó una rosa del ramo y se llevó las copas.

Abigail podía sentirlo acechando por la casa. Había estado intentando animar el ambiente
hablando de mimosas, pero cuando oyó saltar el corcho del champán, la pilló desprevenida. El
gran Alfa la había sorprendido.

Se alegró de haber podido escaparse a una joyería de las tierras de la manada.

El lobo de Roman empezó a calmarse cuando vio a Abigail en la cama y ella sonrió cuando él se
sentó en el borde de la cama. Respiró hondo y se aclaró la garganta.

―Buenos días, compañera. ―Le dio una copa de champagne, dejando la rosa en su mesilla de
noche.

―Buenos días, compañero.


Brindaron y bebieron.

―Qué agradable sorpresa ―Olió la rosa―. Gracias, Alfa.

―Tengo otras cosas para ti. ―El cuerpo de Roman cantaba de nervios. Hacía tanto tiempo que
no sentía emociones así.

―Gracias, Alfa, las copas son preciosas. ―Mirándolas un poco más de cerca, vio que los fustes
estaban llenos de pequeñas lunas y estrellas doradas. Su dedo trazó el grabado Luna.

―Qué detalle ―Sus ojos se encontraron con los de él y alargó la mano para acariciarle la cara.

El pulso de luz y energía fue el mayor que había tenido nunca. Abby se balanceó hacia atrás,
derramando el champagne, cuando sintió la quemadura en el hombro. Se lo tocó soltando un
grito sordo, y Roman empezó a retumbar.

Inmediatamente supo que su cicatriz de rechazo había desaparecido. La quemadura se había


disipado rápidamente y movió su mano para mirar. Soltó un grito de sorpresa.

Los ojos de Roman se agrandaron al verla desabrocharse unos botones de la camisa de dormir
y desnudarse el hombro. Sus ojos se cerraron y se le escaparon algunas lágrimas. Su alivio se
podía sentir a través de la manada.

―Está bien, Luna. Eres sagrada. Ella te está preparando.

Abigail abrió los ojos llorosos.

―Pensé que siempre tendría que llevar la marca de la vergüenza, incluso aunque llevara tu
marca.

Se secó las lágrimas y miró hacia el techo.

―Gracias, Diosa de la Luna.

Ella le besó suavemente. El calor que desprendían los dos juntos era inmesurable; entonces se
separaron del beso.

―Gracias, Alfa, llevaré tu marca con aún más orgullo.


Mientras se besaban, la excitación recorrió la manada. Ladeó la cabeza para sentir a la manada
y se rio al oír aullidos a lo lejos.

―¿Alfa? ―Abby no pudo contener la risa al conectar también con el entusiasmo de la manada.

―Parece que la manada quiere celebrarlo con nosotros ―Se levantó y bebió de su copa.
Llamaron a la puerta.

―Creo que es para ti.

Cogió su bata y se la puso mientras corría hacia la puerta. Varias mujeres, entre ellas Mara, Bell
y su madre, esperaban al otro lado.

Roman se cambió de ropa después de que Logan le mandara un mensaje para que saliera.
Rumiaba feliz al salir del dormitorio cuando se encontró la casa llena de mujeres charlando y
bebiendo.

―Señoritas. ―Su voz profunda sonó por encima de la multitud de mujeres felices en su cocina.

El grupo se dirigió a él al unísono.

―Alfa.

Sus ojos brillaron cuando encontró a Abigail con una corona de flores silvestres en la cabeza y
una copa en la mano.

―Luna. ―Le hizo una profunda reverencia, sin apartar sus ojos de los de ella.

―Alfa ―respondió, dirigiéndose a él con la cabeza ligeramente inclinada; lo miró profundamente


a los ojos.

Un fuerte grupo de aullidos sonó desde el exterior, y el Alfa se puso de pie. ―Señoras, disfrutad.

Le guiñó un ojo a Abigail, que se sonrojó, y salió rápidamente hacia el grupo de lobos que le
esperaban.
Capítulo 30

Abigail pasó la mañana con el grupo de mujeres, disfrutando de un almuerzo ligero y


charlando. Abrió algunos regalos, entre ellos un vestido nuevo de su madre que le
ayudaría a lucir la marca del Alfa. Era de un precioso vestido de color verde
esmeralda que hacía juego con sus ojos.

Varias mujeres se habían reunido y habían tejido una manta con la forma de una
luna. A Abigail le encantó y pensó que quedaría preciosa en la cama del Alfa. Se lo
agradeció profusamente a todas.

Todas derramaron lágrimas de alegría cuando mostró que su cicatriz había


desaparecido. Varias mujeres hablaron de la curación física que habían
experimentado. Su gratitud la hizo llorar.

El miedo y el dolor del ataque que había sufrido por la mañana fueron
desapareciendo de la mente de Abby a medida que su nueva manada la acogía y la
hacía sentir parte de ella.

Fiona observaba, escuchando el impacto que su hija había causado en la manada.


Siempre había estado orgullosa de Abby. La manada Luko era muy diferente de la
manada Oru.

Se oyó una fuerte ovación en la brisa.

―Ya es la hora ―Sonrió Mara.

―¿Para qué? ―Abigail le devolvió la sonrisa, sin saber por qué.

―Para que te escoltemos al campo de entrenamiento donde el Alfa hará todo lo


posible por impresionarte.
Abigail sonrió. Todo esto era muy diferente de lo que había experimentado con
Carson.

―Bueno entonces, no lo hagamos esperar.

Se oyó otra fuerte ovación y el sonido de diversos pies pisando fuerte. A lo lejos se
oían varios aullidos. Corrió a la habitación y se vistió con una camisa de botones
rosa del mismo color que su sujetador, que las bragas y las rosas, sabiendo que al
Alfa le gustaba el color.

Sus vaqueros se ajustaban perfectamente a ella y se sentía guapa. Llevaba los pies
descalzos, se recogió el pelo en un moño y se ajustó la corona de flores silvestres.
Con un poco de maquillaje, se sentía presentable.

El grupo de mujeres caminaba por el prado, riendo y charlando. El sonido de los


hombres era cada vez más fuerte y la testosterona flotaba en el aire. Habían llegado
y también había muchos más miembros de todas las tierras de la manada.

Se estaban colocando las mesas y Abigail sonrió y saludó a la gente. Había grupos
de lobos patrullando todo el espacio. Era obvio que Roman tenía más guerreros
vigilando el resto de las tierras de la manada.

Se quedó asombrada cuando llegaron a la pequeña colina que dominaba el campo


de entrenamiento. Habían preparado pruebas de fuerza, agilidad y habilidad. Roman
tenía una gran jarra de cerveza en la mano de la que iba bebiendo.

No llevaba camiseta y tenía los pies desnudos. Dejó la jarra en el suelo y se oyó un
fuerte aplauso. Olfateó el aire y movió la cabeza en su dirección.

Roman olfateó a Abigail al entrar en el campo de entrenamiento. Habían colocado


varias sombrillas para que las mujeres se sentaran bajo ellas. Se alegró de que
vistiera su nuevo color favorito. Con las flores en el pelo, le pareció que estaba
preciosa.
―Preciosa.~

Abigail se puso del mismo color que las rosas. Se sonrojó con la palabra que el Alfa
le envió a través del enlace de la manada y era obvio que la manada también lo
había escuchado; no podían dejar de sonreír.

―Alfa.

Sonrió, preparado para la siguiente demostración de fuerza. Iban a voltear postes


telefónicos de madera de un extremo a otro. Roman y varios más se alinearon frente
a sus respectivos postes. Sonó un silbato y Roman fue el primero en voltear el suyo,
luego Logan seguido de Michael, Rye y Tory.

Los golpes de las pértigas al aterrizar fueron sonoros. Roman se sintió vivo y volvió
a lanzar su pértiga. Estaba tres vueltas por delante del resto y llegó al final del
terreno. Los demás no tardaron en seguirle, y Tory llegó el último. Rye era cuarto,
Michael tercero y Logan segundo.

Se oyó una fuerte ovación y el Alfa levantó el puño. Miró a Abigail, que le vitoreaba.

Los juegos continuaron. Desde combates hasta carreras de relevos. Era la hora de
comer cuando sonó un silbato. Las mesas estaban repletas de comida. Roman se
acercó a Abigail con el pecho hinchado y un pavoneo lleno de poder masculino en
estado puro. Llamaba la atención por sus músculos y su pelo largo y oscuro.

―Luna, ¿quieres comer algo?

―Me encantaría, Alfa, gracias ―Ella sonrió y caminó con él.

Había una fuente ornamentada especial dispuesta para el Alfa y su Luna.

Caminaron a lo largo de la mesa mientras él apilaba la bandeja con comida. Para


cuando terminaron de elegir, les habían preparado una sombrilla con una bonita
manta.
Él le dio de comer primero, mientras la multitud se callaba. Ya le había dado de
comer una vez, en privado, cuando hablaban de marcarse el uno al otro, pero su
público comprendió lo importante que era aquello.

Le dio un bocado y él le mordisqueó la punta de los dedos, lo que la hizo jadear y


sonreír. El gran picnic y el ambiente festivo ayudaron a que se olvidaran por un
momento de los acontecimientos de esa misma mañana con Carson.

Roman observaba a la manada. Vio cómo un nuevo grupo venía a por comida.
Estaba contento y orgulloso.

―¿Te estás divirtiendo?

Abigail se emocionó y se tomó un minuto para contestar.

―Lo estoy, mucho. ¿Y tú?

―Mucho. ¿Cómo te sientes después de esta mañana?

―Estoy preocupada, pero no asustada. No he dejado que los pensamientos sobre él


ensucien este día. Casi me siento un poco culpable por no haber tenido una
ceremonia de marcado.

―Lo entiendo… Y estoy deseando pasar tiempo contigo, a solas. Me gustaría


relajarme. ¿Te apetece una copa en la hoguera?

Más grupos iban y venían mientras el sol se arrastraba por el cielo.

―Me encantaría ―Una sonrisa nerviosa se dibujó en su rostro. Le vendría bien un


baño y estaba deseando probar las bombas de baño que le había regalado―. Tengo
ganas de bañarme.

El Alfa y su lobo retumbaron con la idea de su compañera en un baño.

―Creo que deberíamos ir a casa ahora.


Abigail se echó a reír y volvió a sonrojarse cuando vio cómo la miraba.

―Me gusta ese color en ti, compañera ―Olfateó el aire y captó el olor a algodón y su
ronroneo se activó―. Realmenteme gusta ese color.

Le guiñó un ojo y se levantó, y Abigail le siguió. Se despidieron de sus padres, que


abrazaron y besaron a Abby y al Alfa, cogiendo desprevenido al hombretón.

Luego se dirigieron fuera del campo de entrenamiento, dando las gracias a los
grupos que se encontraban dispersos. Ambos se tomaron su tiempo para dar las
gracias personalmente a Mara y Logan, así como a Rye y Bell, que habían sido
fundamentales en la planificación.

Tardaron una hora en terminar de darles las gracias a todos. Roman se comunicó a
través del enlace mental y dio de nuevo las gracias a la manada, disculpándose por
los que no habían podido estar. El orgullo que sentía por su manada se filtró a través
de todos.

A medida que anochecía, el ambiente que se respiraba en todo el territorio de la


manada era vibrante. Se encendieron linternas y antorchas. Estaban preparando una
pequeña plataforma donde el Alfa y la Luna intercambiarían un antiguo pacto de
pareja.

Todos esperaban con impaciencia la ceremonia y la celebración oficial que tendría


lugar la noche siguiente.

Llegaron a la casa del Alfa justo cuando llegaban la Profetisa y sus escoltas. La
anciana pasó un rato con la futura Luna y el Alfa, asegurándose de que estuvieran
tranquilos y preparados para aceptarse de verdad como pareja.

Asegurándoles que estaría disponible si la necesitaban, puso las manos sobre sus
cabezas y los bendijo. Un manto de oro se posó sobre ellos mientras ella retrocedía
con una sonrisa.
Y entonces, por fin, se quedaron solos.

Ya era hora.

Capítulo 31

El Alfa se dio una larga ducha caliente mientras Abigail arreglaba la casa. Escribió
una lista de los miembros de la manada que recibirían una nota personal de
agradecimiento por sus regalos.

Se había enterado de que su Alfa tenía una especial predilección por el chocolate.
Abby le había pedido a Bell que la ayudara a comprar una torre de cajas en la
chocolatería artesanal de la ciudad. Una vez que él estuvo en la ducha, ella recuperó
todos sus regalos.

Roman salió de la ducha y puso especial cuidado en afeitarse, echarse colonia y


estar presentable. Perfumó el ambiente y descubrió que Abby había encendido las
velas que le había regalado. Le gustaron los olores que se mezclaban, incluido el
chocolate.

Tuvo que contenerse para no correr desnudo a la cocina. Se puso un pantalón de


pijama negro de tiro bajo y fue a buscar a Abigail.

―Compañera ―Olfateó el aire―. Huelo chocolate.

―Sí, así es, compañero, yo también tengo algunas cosas para ti. Me gustaría
dártelas una vez que esté más presentable. Hay un tentempié para ti en la mesa.

Ella le sonrió e hizo un gesto con la cabeza hacia un plato lleno de carne. También le
esperaban un puro y una botella de whisky caro.

Abigail corrió a la habitación y cerró la puerta, dándose un baño mientras buscaba


su nuevo pijama. Era de seda negra y permitiría al Alfa acceder a su hombro, donde
la marcaría.
Lanzó una bomba de baño al agua e inhaló la ligera fragancia mientras se sumergía
en el calor. Captó el sonido de Roman olfateando la torre de chocolate y sonrió.

Tomándose su tiempo y disfrutando de su baño, siguió su propia rutina,


asegurándose de que su piel estuviera suave. Le oyó sacudir la caja y decidió que
era mejor salir.

Se vistió con una ropa interior y un sujetador de encaje negro que el Alfa aún no
había visto y luego se puso el pijama de seda. Llevaba la cara despejada y el pelo
recogido en un moño en lo alto de la cabeza. Se sentía guapa y no podía evitar
sonreír.

Roman estaba exactamente donde ella pensaba que estaría, de pie delante del
chocolate.

―Alfa... ¿En serio?

Sus ojos brillaron en agradecimiento.

―¿Cómo demonios has estado ocultándome el chocolate?

―Es un secreto.

―Podría ordenarte que me lo dijeras.

―Podrías, pero ¿dónde estaría la diversión si lo hicieras? Además, te perderías la


sorpresa. No le quitarías la diversión a tu compañera, ¿verdad?

―Guerrera mala… ―Sonrió, tendiéndole la mano.

―Cuando sea necesario ―Ella cogió su mano y una fuerte energía vibró a través de
ellos.

―Por favor, Alfa, siéntate. Me gustaría darte unas cosas.

Estaba nerviosa por el regalo que le iba a dar. Él no le había hablado mucho sobre
Remi y su cachorro nonato.

Le acercó la silla que estaba a su derecha, lo que significaba que era su posición
lunar. Ella le dio las gracias y esperó a que él se sentara. Primero le puso delante
una cajita cuadrada.
Lo miró y luego a ella antes de arrancar el lazo que la envolvía. Abrió la caja para
admirar el broche con forma de cabeza de lobo.

Su pulgar recorrió la superficie lisa y pulida. Era masculino, incluso con el elaborado
diseño de la melena de lobo.

―Es una pieza preciosa. Me gusta mucho, gracias ―Le apretó la mano. No tenía
palabras. Estaba muy sorprendido y no se lo esperaba.

Abigail estaba nerviosa por el siguiente regalo. Se contuvo y le dijo que abriera el
chocolate.

Roman estaba encantado de que hubiera todo tipo de chocolates. Ronroneaba tan
fuerte que las ventanas temblaban.

―Parece que has descubierto mi secreto.

Ella le sonrió y se encogió de hombros.

―Puede que haya tenido algo de ayuda.

El Alfa se rio.

―Tenemos una manada maravillosa. Estoy muy orgulloso de ellos.

―Son increíbles, y yo también estoy orgullosa de ellos. Nunca, nunca esperé lo de


hoy ―Respiró hondo y soltó el aire, deslizando la última caja hacia él.

Roman percibió su nerviosismo.

―Dime.

―Yo... ―Se aclaró la garganta―. Quería honrarte.

Sus cejas se fruncieron y dudó en abrir la larga caja rectangular. Finalmente, quitó el
lazo que también envolvía la caja y tiró de la tapa.

Dentro había una luna creciente tallada con adornos, del mismo color que su alfiler
de cabeza de lobo. La cogió y la sostuvo al trasluz. Al examinarla más
detenidamente, encontró dos pequeñas estrellas doradas en un lado y una sola en el
otro.

Cogió el alfiler de la cabeza de lobo y se dio cuenta de que los ojos eran dorados, a
juego con los suyos.
Volvió a mirar a la luna y a ella. Su pulgar frotó las estrellas doradas, y de pronto
comprendió. Remi y el cachorro estaban a un lado, y Abigail al otro.

Cerró los ojos e inspiró. Al soltarlo, volvió a abrir los ojos y se encontró con unos
ojos verdes y brillantes que lo miraban.

Asintió lentamente con la cabeza y sonrió, apretándolo en la mano. Cerró el puño, se


lo llevó a los labios y lo besó, acercando el puño cerrado a su corazón, donde lo
sostuvo en silencio. Su ronroneo era bajo y constante.

―Gracias, Abigail. No solo por pensar en ellos, sino por incluirlos. Guardaré esto
para siempre.

―De nada ―Se relajó y sonrió―. Me gustaría oír hablar de ella algún día, cuando
estés preparado.

―Lo harás. Me costó un poco entender y ver que había sitio para su recuerdo y para
ti. Nunca imaginé ni me permití pensar en la posibilidad de tener otra pareja. Jamás.
Y ahora, no me veo sin ti como compañera.

Roman le cogió la mano.

―Todo esto ha sido muy acelerado. Nos hemos perdido las citas y el noviazgo, pero
no me arrepiento de nada de esto. Que seamos compañeros, elegidos por la Diosa
de la Luna, no significa que no vaya a trabajar para ganarme tu afecto.

―Yo también quiero ganarme tu afecto, Roman. Es importante para mí que


tengamos fe y honestidad entre nosotros. Debo confiar en ti, como tú debes confiar
en mí. Quiero una comunicación abierta. Nada más.

―No habrá otros. No toleraré eso, Abigail. Tú eres mía y yo soy tuyo.

Ella le tendió la mano y la energía que se creó hizo retroceder sus sillas. Se
sonrieron y empezaron a reírse.

―Bueno, supongo que nos hemos acercado emocionalmente. ―Abigail dejó escapar
una ligera carcajada.

―¿Todavía te apetece tomar algo junto a la hoguera?

―Absolutamente. ¿Viste tu cigarro y tu whisky?


―Lo hice, gracias. Los estoy guardando para mañana por la noche cuando sea
oficialmente un Alfa marcado y apareado.

Abigail se sonrojó bajo su mirada. Roman la acercó y dejó que sus labios rozaran los
suyos.

―¿Estás lista?

Capítulo 32

El corazón de Abigail latía con fuerza cuando Roman la colocó entre sus piernas en
la gran tumbona. El fuego crepitaba y las estrellas salpicaban el claro cielo
nocturno. La luna estaba alta.

La dulce expectativa de que se marcaran el uno al otro podía sentirse a su alrededor.


Los guerreros les habían dado intimidad y se habían adentrado en la arboleda detrás
de la casa del Alfa.

Su ronroneo era grave y reconfortante mientras ella se recostaba y se relajaba en su


abrazo.

―Disfruté mi bomba de baño, gracias.

―De nada. Me gusta cómo hueles. Es suave. Tanto a mí como a mi lobo nos gustó
el olor.

―Elegiste bien, Alfa, yo también lo habría elegido.

Sorbieron sus bebidas en silencio, relajándose el uno contra el otro. El calor que
irradiaba entre ellos crecía mientras reflexionaban sobre el día.

―¿Puedo quitarte la camisa? ―susurró Roman en su oído.

Estaba listo para marcarla, y obviamente excitado por la idea de hacerlo. Le acarició
la nuca con la nariz. Quería que fuera placentero, una experiencia diferente a la
primera.
―Sí, Alfa. ―Abigail estaba ardiendo cuando él movió suavemente sus manos a la
parte delantera de su camisa.

Desabrochó lentamente los siete botones. Cuando terminó, ella ronroneaba sin
poder evitarlo. Sus dedos le dejaron la piel de gallina al deslizar la camisa por sus
brazos.

Ella se recostó contra él y respiró hondo. Le pasó los dedos por los brazos y juró
haber visto chispas un par de veces. Metió la nariz en su pelo y respiró hondo.

Sus ronroneos combinados eran lentos y constantes, un signo de felicidad de sus


lobos. Deslizó suavemente el delicado tirante de su sujetador por su hombro,
desnudándose para él.

Al besarla, la sintió estremecerse ligeramente y sonrió contra su piel. Sus caninos se


alargaron hasta convertirse en puntas afiladas.

―Te tomo a ti, Abigail Canavero, como mi compañera.

Le clavó los dientes en el hombro. Los mantuvo allí mientras la rodeaba con sus
brazos. Fue todo lo gentil que pudo ser.

Ella se relajó contra él mientras él saboreaba su sangre. La soltó y retiró los caninos.
Pasó la lengua por su piel y volvió a saborear su sangre.

El intenso ardor desapareció en cuanto el Alfa selló su marca con la lengua. Cerró
los ojos e inspiró profundamente. Volviéndose hacia él y apoyando la cabeza en su
pecho, escuchó el latido de su corazón.

Se tomó un momento para serenarse y disfrutó del sentimiento de tranquilidad con


él.

Era su turno y se colocó lentamente a horcajadas sobre él. Él ronroneaba de placer y


la agarró por las caderas, ayudándola a que se acomodara. No le daba vergüenza
enseñar el aprecio que sentía por la mujer que tenía en su regazo, su compañera.

Sus ojos brillaban con un dorado intenso mientras la observaba.

Abigail se tomó su tiempo para observar a Roman. Era fuego y poder, sexo y fuerza.
El calor le recorrió el cuerpo y le puso la mano en el hombro.

―Te tomo a ti, Alfa Roman Luko, como mi compañero.


Sus caninos se alargaron mientras frotaba la nariz contra su piel. Sus dedos se
clavaron en sus caderas mientras ella se acercaba; primero lo besó en el hombro
desnudo, en el mismo sitio que llevaba las marcas descoloridas de Remi.

Hundió sus dientes. Saboreó su sangre, su poder, y éste recorrió su cuerpo. Cuando
los retiró, comenzó la lluvia dorada y una bola de luz estalló entre los dos.

Roman la estrechó contra sí. La sensación de euforia era indescriptible. La luna


brillaba con intensidad, bañando las tierras. Cada una de sus marcas era cálida al
tacto, pero no desagradable. La lluvia dorada continuaba mientras permanecían
abrazados.

Abigail sintió la diferencia de inmediato. Permaneciendo anclada al Alfa, sintió cómo


cada gota de oro golpeaba su piel, dándole vida. Quería reír y llorar al mismo tiempo.
Se le curvaron los dedos de los pies y no pudo acercarse más a Roman.

Inclinándose hacia atrás y extendiendo los brazos, inclinó la cara hacia el cielo.

Los guerreros se habían acercado, inseguros de lo que ocurría.

La Diosa de la Luna había bendecido su unión. Con el tiempo, el resplandor se disipó


y las tierras quedaron tranquilas y serenas.

―Luna, ¿cómo te sientes? ―Roman la observó brillar, sintiendo en ella una fuerza
que no había sentido antes.

―Asombrosa. ¿Cómo te sientes tú, Alfa?

―Debo admitir que me siento increíble.

―Me muero de hambre.

―Entonces, vamos a darte de comer, Luna. A mí también me vendría bien un


tentempié.

Se sintió vigorizado y pensó en salir a correr, pero no quería separarse de ella. La


abrazó contra su pecho mientras se levantaba y los llevaba a los dos al interior. La
sentó en la isla de la cocina y abrió la nevera.

Dispuso varios recipientes y fuentes. Abigail cogió un muslo de pavo y se lo tendió.


Él le dio un bocado enorme mientras ella seguía sosteniéndolo, dándole de comer.
Terminó en cuestión de segundos, relamiéndose los labios. Él hizo lo mismo y le
ofreció una costilla. Ella gimió cuando la salsa le llegó a la lengua.

No pudo evitar el subidón de testosterona y el estallido de feromonas cuando la oyó


gemir. Estaba muy concentrado en alimentar a su Luna. Disfrutó de ella mientras se
lamía los labios, su lengua imitando la de ella.

Arrancó un trozo de carne y puso los ojos en blanco cuando la salsa picante volvió a
golpearle la lengua.

―¡Esto está buenísimo! El sabor es increíble. ―Cada papila gustativa se afianzaba


en su boca. Le agarró la mano, tirando del hueso cubierto de carne hacia ella con un
gruñido bajo.

Arrancó otro trozo, sin importarle que tuviera la boca manchada de salsa. Su
hambre se intensificó mientras masticaba.

Roman probó un bocado, masticando despacio. Un millón de pensamientos le


rondaban por la cabeza sobre lo que podría hacer con parte de la salsa y el cuerpo
de Abigail.

Ella le quitó la costilla de la mano, arrancó el resto de la carne y la tiró a un lado. Él


no estaba seguro de lo que estaba pasando, pero podía sentir su euforia y su
hambre.

Se preguntó si esto formaba parte de su curación, si necesitaba reponer lo que


había perdido.

―Luna, ¿estás bien? ―Sonrió, increíblemente concentrado en lamerle la salsa de la


cara.

Abigail rozó con la nariz al Alfa. Inhaló profundamente, ronroneó y le acarició el


hombro con la cara.

Echándose hacia atrás, sonrió.

―Más que bien, Alfa ―Le lamió la mancha de salsa del hombro.

Roman se sacudió donde estaba e inhaló bruscamente, tratando de controlarse. Su


lobo estaba inquieto y sentía que necesitaba correr y sacar algo de energía de otra
forma que no fuera explorando el cuerpo de su compañera.
Quería esperar hasta que al menos intercambiaran el pacto de apareamiento,
haciéndolo oficial. Esperaba que a ella le gustara el anillo que había elegido. Era una
sorpresa.

―Te deseo tanto… ―susurró.

Capítulo 33

Estaban tan conectados que los latidos de sus corazones estaban sincronizados y ella sabía
que él la deseaba tanto como ella a él. También sintió que él quería esperar para hacer el amor.
La tensión entre ellos se intensificó.

Dio un paso atrás con una tímida sonrisa.

―Ve. Corre. Puedo sentir a tu lobo. Y si no lo haces, no podré controlarme.

Roman se rio y la acercó para darle un beso que los dejó a ambos jadeando.

―Quiero que todo sea perfecto ―dijo en voz baja.

Ella asintió.

―Yo también. Ve a correr.

Qué bendición tener una compañera que le entendía. Extendió la mano a través del enlace para
ver si alguien quería correr. Rye y Logan respondieron de inmediato junto con algunos otros.

La besó en su marca.

―Gracias, compañera.

Se escabulló por la puerta trasera sin ropa, corriendo mientras se transformaba. Logan y Rye
aullaron al acercarse. Roman corrió como una flecha.
Abigail sintió una oleada de consuelo que le permitió quedarse dormida plácidamente. Su
último pensamiento fue para Carson y lo feliz que estaba de no estar más en la manada Oru o
con él.

Apartó de su mente la idea de él y cerró de golpe una puerta mental.

***

Carson salió disparado de la cama, haciendo que Taylor se sobresaltara. Sintió algo, y no estaba
seguro de lo que era. Sus ojos brillaron en la oscuridad mientras olfateaba el aire.

―¿Car? ―dijo Taylor en voz baja.

Gruñendo, Carson la ignoró mientras merodeaba por la casa. Sintió un fuerte empujón a través
del vínculo de la manada, sin saber de dónde venía.

Siguió gruñendo en respuesta, empujando su poder indomable en una demostración de fuerza.


Se había hecho más grande y más fuerte con el entrenamiento.

El padre de Abigail había estado trabajando con él. Sabía que el guerrero odiaba pasar tiempo
con él. A fin de cuentas, había algo personal. Michael lo derribaba cada vez que podía con
maniobras que Carson no conocía.

Carson había discutido violentamente con su padre sobre permitir que los padres de Abigail
fueran a verla. Pensó que si se iban, no volverían.

Su padre no estaba de acuerdo, porque estaban unidos a la manada Oru y a él. Sonó el teléfono
de Carson y se dirigió a su despacho.

―Alfa ―le dijo a su padre por teléfono.

―Carson, ¿sentiste eso? A los dos nos han despertado con un fuerte empujón a través del
enlace. ¿Fuiste tú?

―No ―espetó.

Volvió a olfatear el aire, sin encontrar nada inusual. Sus fosas nasales se encendieron al oler de
nuevo, inhalando profundamente.
―Ven a tomar café a nuestra casa dentro de unas horas, cuando salga el sol. Ya lo
resolveremos ―le dijo su padre.

―Sí, Alfa ―Carson puso los ojos en blanco y colgó el teléfono.

Fue al lado de Taylor, en la cama, y se arrodilló, acercó su nariz a su estómago.

―¿Fuiste tú, cachorro?

Se dirigió a su vientre ligeramente redondeado, sintiendo un codazo contra su cara.

Taylor estaba nerviosa y Carson estaba cada vez más nervioso. La quería controlar
constantemente. Estaba cabreado la mayor parte del tiempo. Las cosas no iban tan bien como
ella esperaba.

El cachorro era lo único que le mantenía tranquilo. Su lobo estaba constantemente al límite.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó Taylor en voz baja.

Carson frunció el ceño.

―No sé. ¿Necesitas algo?

―Gracias, Alfa. No me importaría un poco de agua ―Ella le sonrió, esperando que esto fuera
una señal de que se estaba calmando.

Carson se tomó su tiempo para traerle un vaso de agua. Observó cómo una patrulla atravesaba
el bosque. Volvió a olfatear el aire, incapaz de deshacerse de la sensación de inquietud.

Le dio el agua a Taylor pero no se quedó con ella.

―Voy a correr. Quédate en la cama ―le gruñó a Taylor.

Contuvo la respiración hasta que él se fue. Estaba muy nerviosa y cansada. El embarazo y el
odio constante que se proyectaba sobre ella le estaban afectando mucho.

Lloró en silencio cuando sintió que Carson cerraba el enlace. Se sentía miserable y nunca se
había arrepentido tanto de sus decisiones como en aquel momento.
Carson se transformó y se reunió con su grupo de guerreros. Le habían sido asignados y le
seguirían durante el resto de su educación y entrenamiento para ser un Alfa. Se escuchaban
aullidos sonar a lo lejos mientras corrían y perseguían a diversos animales salvajes.

Atacó a un gran ciervo, arrancándole la garganta en el proceso. La sangre cubrió su hocico y su


pecho. Gruñó mientras sus guerreros esperaban su turno. Cuando se sació retrocedió.

El sol estaba saliendo cuando el grupo emprendió el camino de vuelta a casa. Se transformó y
entró en casa, sucio y cubierto de sangre. Quería meterse en la ducha antes de asustar a Taylor.
No quería que se enfadara y le hiciera daño al cachorro.

Su respiración profunda le decía que estaba dormida. Él no podía sentirla, excepto a través del
vínculo de la manada. No la había marcado y nunca lo haría, ni siquiera después de que tuviera
a su cachorro.

Sería su consorte solo hasta que pudiera recuperar a Abigail del salvaje Alfa de la manada Luko.

Se metió en la ducha caliente, se frotó y se enjuagó. Su cuerpo había ido cambiando. Ahora era
mucho más corpulento: tenía los músculos más definidos, el pelo más largo y se sentía más
fuerte que nunca. Luchaba constantemente contra su lobo para evitar que se apoderara de él.

Irónicamente, fueron los padres de Abigail quienes le enseñaron a defenderse eficazmente. Su


lobo finalmente se estaba asentando después de correr y cazar. Carson estaba ansioso por
entrenar y quería que sus padres volvieran a la tierra de la manada inmediatamente.

Estaba amaneciendo cuando dejó a Taylor aún dormida y corrió con sus guerreros hacia la casa
del Alfa. Edward esperaba fuera con su propio grupo de guerreros.

―Carson.

Se agarraba los antebrazos.

―Alfa ―Agarró el brazo de su padre un poco más fuerte y luego lo soltó―. ¿Descubriste lo que
era?

―No.

―¿Podría haber sido el cachorro?


―No lo sé. Deberíamos preguntarle a tu madre. Ven a tomar café y a desayunar.

―Buenos días, Carson, ¿cómo está Taylor? ―Su madre le sonrió. Estaba nerviosa y trataba de
ocultárselo a los dos Alfas.

―Dormida ―Se dejó caer en la silla frente a su padre.

―Haré algo que puedas llevarle. ―Se dio la vuelta y continuó respirando de manera uniforme.

―¿Podría esa extraña descarga de energía de anoche haber sido el cachorro? ―Carson no iba a
andarse con rodeos.

―No lo creo, pero podemos investigar un poco ―Hazel respondió en voz baja.

Carson entrecerró los ojos hacia su padre.

―Alfa, ¿qué crees que fue?

―No lo sé. Podría haber sido una casualidad.

Carson cogió el plato que su madre le ponía delante.

―No lo creo. Quiero a los padres de Abigail aquí. Ahora.

―Me temo que eso va a ser un problema. ―Edward no esperaba el enfrentamiento que se
avecinaba con su hijo.

―¿Y eso por qué?

―Los guerreros Canaver solicitaron una transferencia inmediata a la manada Luko.

―¡Espero que les hayas dicho que no! ―gruñó Carson.

Edward se echó hacia atrás, sosteniendo la mirada roja y ardiente de su hijo.

―Les he pedido que vuelvan para completar el papeleo. A partir de ahí evaluaremos y los
retendremos por la fuerza si es necesario.
Capítulo 34

Abigail se despertó sobresaltada y gruñendo cuando escuchó un gran alboroto en el


exterior. Se relajó de inmediato cuando sintió a Roman.

―Compañero.

Se puso el pijama de la noche anterior y se abrochó la camisa, entró en la cocina y


olió a Roman, alcohol y salsa barbacoa. Sonriendo, abrió la puerta trasera y salió a la
terraza.

Él apareció por el lateral de la casa con unos pantalones cortos deportivos


manchados de barro y sangre de animal, y con olor a alcohol. Con una botella de
salsa barbacoa en la mano y una sonrisa en la cara.

Abigail no pudo contener la risa.

―Alfa, buenos días.

Saludó con la mano a Rye y Logan, que saludaron tímidamente y avanzaron a


trompicones por el sendero.

Roman gruñó, buscando su marca. Frunció el ceño al ver que no la mostraba.

Al principio, Abigail no entendió lo que buscaba. Cuando se dio cuenta de que


buscaba su marca, se desabrochó lentamente la blusa y dejó al descubierto su
hombro.

Se la quitaría por completo cuando volvieran a entrar. No llevaba sujetador y había


guerreros por allí.

―Mis disculpas, Alfa.

Se relajó al ver la marca. Inhalando, rugió alegremente.

―Compañera.

Abigail lo observó balancearse ligeramente y frunció los labios.

―Compañero, ¿te apetece desayunar? ¿Quizá un café?


―¡Salsa! Hablé con Walter, le dije lo mucho que te gustaba la salsa, le prometí algo
que ya no recuerdo y me dijo que podía quedarme con toda la salsa. Te gustó... Me
lamiste entero.

Sus ojos brillaron, recordando cómo ella lo lamió.

Abigail soltó una carcajada, parte de nervios y parte de auténtica felicidad.

―Gracias, Alfa. Probablemente deberíamos averiguar dentro de un rato lo que le


prometiste a Walter ―Se lamió los labios y se sonrojó antes de hablar―. Y sí, Alfa,
pensé que eras bastante sabroso.

Ella le guiñó un ojo y se dio la vuelta, dejándole allí de pie balanceándose con una
sonrisa en la cara.

Tropezó ligeramente al entrar. Su mente iba a mil por hora pensando en salsa
barbacoa. Sonó el teléfono. Abigail lo cogió e inmediatamente se echó a reír.

―Sí, el Alfa está igual que antes. Voy a ponerle las pilas. ¿Necesitas ayuda con Rye?

Bell se echó a reír.

―No, solo me preguntaba si necesitó ayuda para emborracharse así o no. ¿Alfa
Roman vino a casa con salsa barbacoa?

―Sí, ahora es una especie de broma interna ―Abigail trató de mantener cierta
privacidad.

―¡Rye tenía salsa en la cara y en la camisa! ―Bell seguía riéndose, viendo a su


compañero perder su silla y aterrizar en el suelo―. Apuesto a que también liaron al
pobre Walter.

―Oh, ¿es eso lo que está pasando? ―Abigail oyó la ducha―. Oí que la luz de luna era
una de las pocas cosas que realmente podía emborrachar a los chicos.

―Estarán así por un tiempo. Aliméntalos y dales agua cuando sea necesario. Creo
que han estado en una especie de despedida de soltero.

―Yo también lo creo. Buena suerte con Rye. Llámame si necesitas algo. Te veré al
anochecer. ―A Abigail le encantó que Bell no preguntara por lo de anoche. Hablarían
de ello después de la ceremonia con la manada.
Abigail trasteaba por la cocina mientras Roman limpiaba el hedor. Volvió a reírse al
ver la botella de salsa que él había traído a casa y la puso sobre la encimera
mientras ella empezaba a preparar un gran desayuno.

Roman gimió cuando se sumergió en el agua. Estaba asqueroso. Habían ido de


caza y habían abatido un gran alce. Se dieron un festín en grupo, aullando y
cantando una canción de triunfo.

Había querido conseguir un poco de la salsa de Walter para Abigail. Estuvieron


hablando de tonterías, bebiendo y riéndose toda la noche, celebrando que había
unos nuevos compañeros .

Roman estaba oficialmente fuera del mercado aunque realmente nunca había
estado en el mercado.

Se rio cuando recordó vagamente que había algo relacionado con Walter, que
necesitaba ayuda para construir un nuevo cobertizo de almacenamiento que era
más bien un granero de dos pisos. Tuvo que reconocerlo. Era astuto y valía la pena.

El deseo de ver a su compañera le hizo apresurarse en su higiene matutina, pero


tuvo cuidado de no mancharse con más sangre. La luna que colgaba de su cuello le
llamó la atención. Se la llevó a los labios antes de dejarla caer.

Abigail se había puesto una camiseta de tirantes finos. Arreglado, Roman entró
pavoneándose en la cocina y la agarró gruñendo por lo bajo. La apretó contra él. Le
brillaban los ojos.

―¿Has dormido? ―Besó su marca, y un pulso se abrió paso entre ellos.

―Un poco. ¿Tienes hambre?

―Me muero de hambre. ¿Y tú?

―También me muero de hambre. No tengo ni idea de dónde viene este apetito. Creo
que puede ser mi cuerpo sanando.

―Podemos hablar con la Profetisa si quieres ―Roman le preparó un plato y luego


otro a él; gimió al dar un mordisco a los huevos.

Abigail se unió a él cuando probó las patatas. Eran lo mejor que había comido
nunca. Los sabores estallaban en su boca.

―Todo está mucho más rico. ¿Lo notas?


Roman pensó que necesitaría salir a correr de nuevo y posiblemente entrenar un
poco antes de que acabara el día. Dio un sorbo a su café y lo tragó, dándose un
minuto para tranquilizarse.

―Mis sentidos están definitivamente agudizados en este momento, pero no al grado


que creo que estás experimentando.

Abigail no pudo evitar sonrojarse.

―Lo siento. Tal vez debería llamar a la Profetisa.

―No te disculpes. Te estabas muriendo de hambre. Me imagino que esto es normal


al sentir que la vida se repone. Estoy disfrutando mucho viéndote experimentarlo.
Podemos llamar a la Profetisa si quieres, pero creo que deberías aceptarlo. Estoy
seguro de que es eso.

―Gracias, Alfa. ―Tomando otro bocado, reprimió otro gemido―. Así que... Salsa
barbacoa, ¿eh?

Ella se echó a reír cuando él se puso rojo.

Roman refunfuñó en voz baja.

―Sí.

No podía mirarla. Tenía que cerrar el enlace antes de que todo el mundo supiera
exactamente lo que pensaba de su compañera y de la marca que llevaba con tanto
orgullo en el hombro.

―Estoy deseando otro tentempié de medianoche ―Le cogió de la mano. ―¿Te


sientes un poco más tú mismo ahora?

―Sí, gracias por el desayuno ―Se levantó y la ayudó a recoger. Estaba cansado,
lleno, contento y más que curioso por saber si ella volvería a meterse en la cama
con él para echarse una siesta.

―Me gustaría mucho echarme una siesta. ―A Abigail le gustó la idea de volver un
rato a la cama.

Roman resopló y sacudió la cabeza.

―¿Puedes oírme, incluso cuando lo tengo cerrado?


―Más bien... Puedo sentir tus pensamientos. Cuando abres el enlace, puedo oírte.
Pero cuando está cerrado, te siento. No puedo describirlo.

―Me gustaría que durmieras conmigo, Luna. ―Sus ojos brillaron y comenzó su
ronroneo.

Logan le había animado a hacer saber a la nueva Luna lo que quería y necesitaba de
ella.

Se estremeció ante el brillo de sus ojos. Sintió un hormigueo en cada parte de su


cuerpo cuando se besaron. Respiró suavemente cuando la cogió por las caderas y la
atrajo contra su cuerpo.

Ya habían dormido juntos muchas veces, pero su mirada le decía que había algo
más. Roman le apartó un mechón de pelo de la cara y le levantó la barbilla con un
dedo. La besó ligeramente.

―Estoy ardiendo por ti, compañera.

Capítulo 35

Aunque ambos ansiaban consumar su marcaje físico, Roman y Abby habían acordado esperar.
Dormir a su lado era una dulce tortura, pero al estar abrazada tan estrechamente a él, nunca se
había sentido mejor.

La pareja se despertó cuando el sol empezó a ponerse. A Abigail le gustaba despertarse


rodeada por un hombre tan corpulento. Tenía la barbilla apoyada sobre su cabeza.

Se estiró al sentirla y empezó a ronronear, listo para su ceremonia y celebración. Sobre todo,
estaba listo para instalarse en una vida con ella. Observando cómo ella se arreglaba con un
precioso vestido verde, empezó a ronronear.

―Alfa, tengo que empezar a prepararme. Bell va a venir. ―Abigail se había dado un largo baño,
disfrutando de otra de sus bombas de jabón.

―Voy a quedarme.

Su calor le llegó a través del enlace. Ella sonrió.


―¿Para ver cómo me rizan el pelo?

―Sí, me gusta mirarte. ―Su Luna era una mujer joven y hermosa.

Abigail sonrió y se sonrojó.

―No negaré que me gusta que me mires. Esperaba presentarme ante ti como es debido.

Roman se sentó, pasándose la lengua por los dientes.

―Me gustó cómo te presentaste anoche. Me pareció muy correcto.

―¿En pijama? ―Abigail se puso rosa.

Roman pensó en su marca, en su hombro desnudo y el comienzo de la inclinación de su pecho.


Vio la ropa interior de encaje negro que llevaba y no pudo quitarse esa imágen de la cabeza.

Le brillaron los ojos y se frotó la cara.

―Sí, en pijama.

Tragó saliva y se movió en la silla.

No necesitaba estar unida a él para entender lo que pasaba por su cabeza. Su mirada
depredadora y sus ojos profundos y brillantes lo decían todo.

Él no se iba a ir y ella no iba a obligarle a que se fuera. De ninguna manera iba a negárselo si a él
le gustaba ver cómo la maquillaban y la peinaban.

Sonó un golpe en la puerta y él gruñó, muy descontento por haber sido interrumpido mientras
observaba a su compañera.

―Alfa, ese debe de ser Bell. No sabía que querías quedarte y tener este momento privado
conmigo.

Reprimió una sonrisa al ver que se mosqueaba. Rápidamente se ciñó la bata, dejando a la vista
solo una parte de su marca, y se preparó para abrirle la puerta a Bell.

Oyó a Logan y a Rye y sonrió al oír a Roman refunfuñar y luego dar pisotones hacia el
dormitorio.

―Me obligan a irme. ―Entró en la habitación dando pisotones.

―¿Quieres que vaya a morderles y les diga que no, que te quedas?

El gran Alfa se detuvo y la miró. Se puso delante de ella casi de inmediato.

―Gracias, Luna, pero no.


Abigail decidió divertirse un poco.

―¿Estás seguro, Alfa?

Podía sentir su alegría.

―Bueno... Tal vez.

En ese momento, Abigail se dio cuenta de que el hombre que tenía delante le había salvado la
vida. Se llevó la mano al pecho al pensar en su segunda oportunidad que había tenido en la vida
y en tener un compañero, un buen compañero que fuera así de amable.

El torrente de emociones que Abigail estaba sintiendo inundó su enlace. Sacudió la cabeza y
parpadeó, aclarando sus ojos llorosos. Incapaz de encontrar las palabras para expresar lo que
sentía, se quedó callada.

Roman podía sentir todo lo que ella sentía hasta en los dedos de los pies. Su gratitud, su
timidez, su excitación, su hambre, sus deseos y sus anhelos. Era una sensación intensa y
aquello le producía un cosquilleo en todo el cuerpo.

Le acarició la cara con suavidad y de su tacto brotaron chispas doradas. Se miraron en silencio.

―Lo sé, y de nada. ―Su ronroneo era bajo y reconfortante mientras observaba cómo se le
llenaban los ojos de lágrimas―. Puedo esperar. Estás bien, y podemos tomarnos nuestro
tiempo.

Ella asintió levemente con la cabeza mientras le sostenía la mirada, dedicándole una sonrisa de
agradecimiento. Él la besó con una pasión feroz tan poderosa, que toda la manada lo sintió
físicamente.

De repente escucharon un silbido bajo procedente del salón, rompiendo el momento.

―Quizá deberíairme ―Le dedicó una sonrisa lobuna y se rio cuando ella le devolvió la misma
sonrisa.

―Dame un codazo si necesitas que vaya a morder a alguien ―Le guiñó un ojo, sintiendo el calor
en las mejillas.

Su gruñido era profundo y sexy mientras la miraba. Le gustaba la idea de que ella lo mordiera
suavemente en el cuello o en la cadera, tal vez con un poco de salsa barbacoa alrededor.

Una tos sonó en la otra habitación, sacando al Alfa de su momento no tan privado. Con los
labios fruncidos para ocultar su sonrisa, dejó a Abigail.

El Alfa acudió a una reunión. Los guerreros y demás miembros masculinos de la manada
estaban con él, mientras que sus respectivas compañeras se quedaban con la nueva Luna.
Recibió palmadas en la espalda mientras se abría paso entre la multitud hasta llegar a la
plataforma que habían construido y decorado con flores del prado.

El mar de gente se separó cuando la Profetisa acudió a la plataforma. Muchas cabezas se


inclinaron en señal de respeto.

Después de perder a su pareja, ella había sido una guía muy potente para el Alfa. Evitó que él y
muchos otros se adentraran en el vasto desierto que los rodeaba.

Los padres de Abigail inclinaron la cabeza y cruzaron un brazo sobre el pecho. Ella los saludó
con una inclinación de cabeza y una sonrisa, colocando las manos sobre sus cabezas.

―Este es un momento feliz, guerreros Canaver. Voy a dirigirme a la manada junto con el Alfa
con respecto a lo de anoche.

Los padres de Abigail no se habían asustado al ver llover oro del cielo, pero sentían curiosidad,
al igual que el resto de la manada.

Los que habían estado fuera cuando ocurrió, habían experimentado desde euforia hasta una
profunda decepción que les limpió el alma. Los que habían estado durmiendo, habían oído
hablar de la lluvia dorada.

Roman observó cómo su manada se acomodaba encima de las mantas o se sentaban en las
sillas. Incluso los cachorros se callaron cuando él subió a la plataforma. Era un Alfa orgulloso:
orgulloso de su manada y de lo que habían conseguido. Orgulloso de su talentosa compañera y
orgulloso de tener lo mejor de todo.

La manada sonrió al sentir su orgullo y él negó con la cabeza. Levantó la mano y proyectó su
voz sobre la silenciosa multitud.

La Profetisa se sentó en una silla junto a los padres de Abigail mientras Roman empezó a
hablar.

―Soy un Alfa orgulloso. Gracias, manada Luko. Gracias por acoger a Abigail, mi talentosa
compañera, y por apoyarnos. Los juegos de manada y la celebración fueron más que perfectos.

»Esto fue algo inesperado, y nos hemos unido, como lo hace una familia. Esto es una manada.
Esto es lo que protegemos.

Sonó un atronador aplauso. Abigail lo sintió en lo más profundo de su alma y la emocionó.

―¿Estás bien, Luna? ―Bell terminó de rizarle el pelo.

―Sí, gracias. Es una mezcla de emociones. Estoy asustada, pero emocionada. Estoy viva. No
me estoy muriendo, y el Alfa, me ha salvado.

Bell sonrió, un poco emocionada. Mara se quedó callada, secándose las lágrimas de felicidad.
Abigail sintió un calor y un empujón del Alfa.

―Compañera.

Bell y Mara suspiraron dulcemente.

―Creo que está listo ―Mara sonrió a su nueva Luna.

―Tiene que aprender a apagar eso ―Abigail se levantó y cogió el vestido que sostenía Mara.

Lo sostuvo frente a su reflejo, abrumada por una oleada de alegría teñida de un poco de miedo.
No había duda de que Roman estaba listo.

¿Pero ella lo estaba?

Capítulo 36

Roman no podía sentarse, y no pudo evitar igualar las sonrisas en los rostros de los padres de
Abigail. Sintiendo las olas de la emoción de Abby a través de su marcado vínculo, se acercó a
ella.

Más que preparado para ella, sintió que su calor volvía a él. Las caras de los presentes se
llenaron de sonrisas y él sacudió la cabeza, dándose la vuelta mientras contenía una carcajada.

La Profetisa pidió la atención de todos. En silencio, todos oían los saltamontes y las cigarras.

Levantó los brazos y su larga túnica fluyó alrededor de su pequeño cuerpo. Las baratijas
entretejidas en sus largas trenzas resonaban con la brisa nocturna.

―Manada Luko.

―Profetisa ―respondió toda la manada.

―Muchos de vosotros habéis sentido el increíble don que la Diosa Luna ha otorgado a la
manada. El don de la curación ―Ella escuchó cómo la emoción se extendía a través de la
manada.

―La lluvia dorada de anoche fue la Diosa Luna bendiciendo a nuestra Luna Abigail, y dándole
curación inmediata mientras ella y el Alfa se marcaban mutuamente.
»Como muchos de vosotros sabéis, nuestra nueva Luna se estaba muriendo. Los hilos que
cubrían las tierras están empezando a coserse de nuevo. Seguiréis viendo esto durante un
tiempo. No tengáis miedo.

La manada compartió sus emociones a través del enlace. Alegría, alivio, nerviosismo y
aceptación. La Profetisa vio a Abigail llegar al borde de la pradera. Mara y Bell estaban con ella.

Sonrió a la joven y sus ojos violetas brillaron mientras la observaba. Retrocedió mientras Roman
saltaba de la plataforma para reunirse con su compañera.

Abigail vio cómo Roman se dirigía hacia ella. El alfiler que le había regalado lucía orgulloso en
su chaleco oscuro. Su collar de luna brillaba a la luz de las antorchas.

Unos vaqueros oscuros abrazaban sus musculosas piernas, y las botas añadían un centímetro
de más a su ya alta estatura. Llevaba la camisa arremangada hasta los codos, dejando ver sus
tatuajes.

―Estás preciosa, Luna.

Su vestido era impresionante. Era del mismo verde intenso que sus ojos, con un brazo
remangado y el otro desnudo, dejando ver su marca. Llevaba los pies desnudos, mostrando los
dedos recién pintados de color rosa pálido.

Tenía el pelo recogido en suaves rizos y él quiso tocarlos, pero se abstuvo.

―Estás muy guapo, Alfa.

Le brillaban los ojos. Le agarró la mano y un pulso de luz salió despedido hacia el exterior.
Varios de los miembros de la manada más cercanos jadearon.

Todos se asombraron y se quedaron en silencio cuando el Alfa acompañó a su Luna descalza a


la plataforma decorada. La Profetisa levantó las manos sobre la sonriente pareja.

―Manada Luko, es hora del pacto de pareja de nuestro Alfa y la nueva Luna.

Los ojos de la Profetisa brillaron con un intenso color violeta. ―Comenzad.

Roman se irguió y miró a Abigail a los ojos.

―Yo, Alfa Roman Luko, doy gracias a la Diosa de la Luna por haberme regalado a mi compañera
―repitió las palabras del pacto mientras sonreía a Abigail.

―De la Madre Tierra abajo a la Diosa Luna arriba,

»Como brillan las estrellas,

»Como sopla el viento,


»Mientras crece la hierba,

»Te tomo como compañero.

»Te respetaré,

»Te aceptaré,

»Yo te protegeré,

»Como compañero.

»Me respetarás,

»Me aceptarás,

»Tú me protegerás,

»Como brillan las estrellas,

»Como sopla el viento,

»Como crece la hierba.

La Profetisa le colocó suavemente un anillo en la palma de la mano. Deslizó una delicada banda
de diamantes en el dedo de Abigail, seguida de una esmeralda del mismo tono que sus ojos y
otra banda ornamentada de diamantes.

Una ola de conmoción y excitación se apoderó de ella mientras la cogía de la mano. Roman
sonrió cuando ella le dio un codazo a través de su enlace mental privado.

Los ojos verdes de Abigail brillaron y la manada sintió su profunda respiración a través del
enlace. El aire estaba cargado de expectación.

―Yo, Abigail Canaver, agradezco a la Diosa de la Luna mi segunda oportunidad en la vida y a mi


dotado compañero ―repitió el mismo pacto mientras cogía las manos de Roman.

»De la Madre Tierra abajo a la Diosa Luna arriba,

»Como brillan las estrellas,

»Como sopla el viento,

»Mientras crece la hierba,

»Te tomo como compañero.

»Te respetaré,

»Te aceptaré,
»Yo te protegeré,

»Como compañero.

»Me respetarás,

»Me aceptarás,

»Tú me protegerás,

»Como brillan las estrellas,

»Como sopla el viento,

»Como crece la hierba.

La Profetisa le dio un anillo a Abigail. Los ojos de Roman se agrandaron cuando se dio cuenta
de que Abigail le estaba poniendo un anillo en el dedo. Él no lo había previsto, y ella pudo sentir
la sorpresa, el honor y el orgullo a través de su vínculo privado.

Una lluvia de oro cayó del cielo, seguida rápidamente por hilos de oro que parecían oropel.
Cuando sellaron su unión con un beso, una poderosa ola brotó de la pareja.

La manada sintió una gran fuerza sobre ellos. El cielo se iluminó sobre las tierras y todo brilló
momentáneamente.

Un fuerte rugido de la manada sonó mientras llovía oro. Los aplausos se oyeron a kilómetros de
distancia.

La Diosa de la Luna y la Madre Tierra ofrecieron un espectáculo sin precedentes. La Profetisa


observó, memorizando los acontecimientos de la noche que registraría en el Libro de los Lobos.

Fue un momento histórico del que hablarían las generaciones venideras. Cada olor, sensación y
visión se documentaría con todo detalle.

Roman y Abigail asimilaron el poder que desprendían mientras llovía oro sobre ellos;
absorbieron cada momento de lo que estaba ocurriendo. Él le cogió la cara y miró sus brillantes
ojos verdes, que hacían juego con su anillo.

―Compañera ―murmuró en voz baja, mirándola como si solo existiera ella.

―Compañero ―Exhaló Abigail mientras le sostenía la mirada.

Otro cálido murmullo se extendió entre ellos mientras compartían un momento de intimidad.

Mirando su regalo, Roman se sintió vivo por primera vez en muchas lunas. Tanto que había
olvidado cuánto tiempo había pasado.

―¿Cómo te sientes?
La calidez la rodeaba.

―Increíble. No me sueltes o flotaré hasta las estrellas.

―Nunca te soltaré ―le susurró Roman mientras la manada celebraba su unión.

La euforia de ambos les envolvió mientras permanecían en su propia burbuja dorada. Roman la
envolvió en sus brazos.

―¿Cómo te sientes? ―Abigail observó el remolino de oro en sus ojos. Su lobo estaba muy cerca
de la superficie.

―Indescriptible. ―Nunca había sentido algo tan fuerte.

La fuerza bruta que fluía a través de él no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.
Como Alfa, esto era un nivel diferente de poder.

Se sentía extremadamente protector con ella y con la manada, y su lobo se sentía más fuerte.
La necesitaba para mantener los pies en la tierra.

Abigail lo comprendió, sintiendo lo que él no podía describir. Esto había supuesto un cambio en
el mundo de los lobos y podía sentirse en toda la manada.

―Estoy aquí, Alfa.

La celebración del pacto de pareja duró hasta que empezó a salir el sol. La luz de la luna de
Walter salió, y los cachorros se acostaron mientras que los guerreros vigilaban las casas.

Risas y aullidos se mezclaron en la fresca y brumosa mañana. Se organizó una última carrera
antes de poner fin a la celebración.

―¿Estás lista, Luna? ―Roman le sonrió.

―Nací preparada, Alfa ―Abigail le devolvió la sonrisa.

Ambos se desnudaron en la arboleda al igual que los demás. El enorme lobo de Roman se
paseó con la cabeza alta mientras esperaba a Abigail. Vio sus ojos verdes antes de ver a su
loba emerger de la arboleda.

Soltó un gruñido bajo cuando ella se acercó. Su pelaje negro como el carbón brillaba al
amanecer. Su lobo le dio un codazo con su enorme cabeza. Las vetas doradas de su pelaje
brillaron.

Salieron con la manada, corriendo libres.

Edward y Carson estaban reunidos cuando el cielo nocturno se iluminó con un resplandor
dorado hasta donde alcanzaba la vista, seguido de una lluvia de estrellas y meteoritos. Ambos
gruñeron, sintiendo un cambio en la naturaleza y una oleada de amenazas.
Los guerreros gruñeron por lo bajo, observando el cielo nocturno. Algunos gimieron, inseguros
de lo que percibían.

Carson se levantó de un salto de la mesa mientras se le erizaba el vello del cuerpo.

―¿Qué es eso?

Capítulo 37

El móvil de Edward sonó, inquietándole tanto a él como a Carson. Ambos salieron al exterior de
la casa. Los guerreros volvieron a su forma humana y se vistieron con el equipo de combate.
Una sensación de peligro y de amenaza desconocida les invadió a todos, y tomaron
precauciones.
―Alfa Edward Oru ―dijo mientras contestaba al teléfono, sin reconocer el número.
―Alfa, soy Ronald Harbo de la Región Neutral Dos. Pido disculpas por la llamada tardía, pero
estamos presenciando aquí algo que nunca hemos visto antes. Dudo si declararlo una
emergencia, pero no estamos seguros de lo que está pasando.
En alguna ocasión, Edward había aconsejado al lobo que regentaba el restaurante situado en
medio del territorio neutral entre las manadas Oru y Luko. Supo inmediatamente por qué se
llamaba el lobo pasivo.
―Estamos al tanto y lo estamos vigilando ahora.
―Está todo muy sereno. ¿Lo sientes? ―preguntó Ronald.
Ronald pudo sentir la irritación del Alfa. Habían aumentado los rumores de que la manada Oru
se estaba desmoronando. Algunos pensaban que el Alfa Edward era codicioso, hipócrita y
siempre tenía un motivo oculto. Intentaban no consultar las cosas con él a menos que fuera
necesario.
Pero Alfa Luko asustaba a todo el mundo. Así que siempre era el último recurso.
―Serenidad no es precisamente lo que estamos captando. No tienes los sentidos que tiene un
Alfa, pero hay un cambio de naturaleza. Voy a llamar a Alfa Luko a ver si él ha captado algo
―dijo Edward, poniendo al líder de la Región Neutral en su sitio.
―Creemos que viene de las tierras de su manada.
Carson y Edward intercambiaron miradas.
―Te volveré a llamar, Ronald.
Carson abrió la boca cuando la primera oleada de algo inidentificable le golpeó; entrecerró los
ojos.
Los guerreros empezaron a moverse, inquietos, y Edward sintió un ligero atisbo de amenaza a
través de su vínculo compartido.
―¡Carson! ―Gruñó Edward, sus uñas y caninos se extendieron en respuesta a lo que acababa de
sentir.
Carson estaba en el suelo, con las garras agarrando la tierra mientras arqueaba la espalda. Un
feroz rugido salió de su pecho, acompañado de un estallido de energía Alfa. Varios guerreros
fueron derribados. La inquietud se apoderó de la manada.
Hazel miró alarmada cómo su marido y su hijo se transformaban con el resto de los guardias.
Había una amenaza en el aire, y lo que estaba sucediendo en el cielo era todo un espectáculo.
Una sensación de pavor los inundó hasta los huesos cuando sonó el teléfono en la casa.
―Soy Luna Hazel.
―Luna, soy Taylor. Siento molestarte, pero estoy preocupada.
―Quédate dentro. Cierra la casa. Nadie sabe lo que está pasando, pero tanto el Alfa como
Carson están transformándose ―Hazel salió corriendo―. Iré contigo tan pronto como pueda.
Colgó y vio cómo los dos lobos gigantes empezaban a correr con un gran grupo de guerreros. El
enlace de la manada estaba bloqueado; no se permitía ninguna comunicación. La sensación de
pánico se apagó bruscamente, junto con todo lo demás.
Hazel metió unas cuantas cosas en el bolso y pidió a su grupo de acompañantes que la llevaran
a casa de Carson. Sabiendo que Carson no querría que Taylor se marchara, Hazel pensó que lo
mejor era ir a verla.
El viaje fue rápido y las tierras de la manada estaban tranquilas. Todos estaban encerrados en
sus casas, asegurados por puertas reforzadas y grandes muros. Las ventanas estaban
reforzadas con cristales más gruesos y barrotes que se podían cerrar desde dentro.
Hazel y Taylor se sintieron mucho más seguras una vez juntas.
Hazel colocó seguridad adicional en la puerta cuando el último de los lobos que las protegían
salió a vigilar el exterior. Ambas mujeres soltaron un suspiro y se sentaron, cada una en sus
propios pensamientos.
―¿Por qué no nos preparo algo de comer? Relájate, estamos a salvo. ―Hazel no estaba segura
de a quién estaba tratando de convencer más, si a sí misma o a Taylor. Trató de darle un codazo
a Edward a través de su enlace privado, pero estaba bloqueado.
Edward, Carson y un grupo con sus mejores guerreros corrieron hacia la frontera, sin perder de
vista el espectáculo del cielo. Jacob llevó a un grupo más pequeño por la zona fronteriza en una
pequeña misión de exploración que duraría horas.
Llegaron grandes camiones equipados con tiendas y provisiones. Se repartieron ropa a medida
que los guerreros se transformaban, y tanto el Alfa más joven como el más viejo se vistieron
justo cuando salió el sol.
―¿Qué te parece? ―preguntó Carson a su padre.
―Creo que tenemos un maldito problema. Esa es definitivamente la tierra de Luko. La falta de
contacto con los guerreros Canaver es un gran indicio de que algo está pasando.
Carson había estado estudiando las Lunas sagradas en secreto, preparándose para el regreso
de Abigail. Ahora sabía qué debía ser ese brillo dorado y ese potente poder.
Debía de haber una ceremonia de algún tipo, pero no recordaba cuál podría ser. La Diosa de la
Luna bañaba las tierras con una luz dorada cuando una Luna sagrada hacía algo.
Su lobo estaba cabreado. Estaba empezando a tomar el control. La necesidad de atrapar a
Abigail era abrumadora, y empezó a transformarse.
―¡Carson! ¡Controla a tu lobo, ahora! ―Edward se irguió y emitió un gruñido de advertencia.
Carson estaba a cuatro patas y no se había transformado todavía, pero estaba a punto. Pasaron
varios minutos antes de que pudiera volver a ponerse de pie, logrando dominar a su lobo y no al
revés.
―Trae a Michael y a Fiona aquí, ahora.
―Les daré un plazo, treinta días. Tengo que jugar limpio. Una vez que los tengamos aquí,
podremos encerrarlos. ―Edward no iba a ceder antes las exigencias de su hijo y empezar a
exigir.
―Llámalos o lo haré yo ―espetó Carson.
Edward sacó su teléfono. Saltó el buzón de voz.
―Michael, Fiona. Espero que estéis disfrutando de vuestro tiempo con Abigail. Me gustaría
pediros que regreséis en el próximo ciclo lunar para que Carson no retroceda con su
entrenamiento. Solicito formalmente que me devolváis la llamada.
Desconectó la llamada y respiró hondo.
―Quiero quedarme aquí un par de días y enviar un grupo de exploración a la región neutral que
linda con el territorio de la manada Luko en el lado oeste. ―Carson desafió a su padre.
Edward se sintió orgulloso de su hijo en ese momento.
―Eso es pensar como un Alfa. Creo que es una buena idea. Hablemos de lo que está pasando y
cuéntame lo que piensas.
―Esa luz proviene de la Diosa Luna, es una bendición para una Luna sagrada. Algo ha sucedido,
una ceremonia de algún tipo.
―¿Cómo lo sabes? ―En el fondo, Edward sabía que estaba habiendo un cambio en el mundo de
los lobos y que su manada no contaba con el favor de la Diosa de la Luna.
―He estado estudiando ―Carson le dedicó una sonrisa malvada con dientes de tiburón―. Tal y
como me pediste.
Su única misión ahora era conseguir a Abigail, su verdadera compañera. Ella le pertenecía, y
nada iba a impedirle recuperarla.
Ni aunque hiciera falta llegar a una guerra.

Capítulo 38

Roman tenía problemas para dormir. Su lobo estaba ansioso. Algo se avecinaba y no estaba
seguro de qué era.
Le molestaba tanto que decidió pedir consejo a la Profetisa. Dudó si dejar a Abby mientras
dormía, pero necesitaba hablar con ella. Le dio un beso en la coronilla y salió del dormitorio en
silencio.

Le pidió a los guerreros que se retiraran; iba a ver a la Profetisa.

La anciana ya le estaba esperando, con la puerta abierta y farolillos encendidos en el porche.

―Te esperaba antes.

Roman resopló mientras daba los pasos.

―No quería dejar a Abby.

La mujer mayor soltó una carcajada.

―Su calor está llegando.

―Me lo preguntaba. Mi lobo ha estado de los nervios.

―Tu lobo se está preparando para una batalla, Roman.

Roman gruñó.

―Viene a por ella.

―Sí. Debes empezar a entrenarlos a todos.

―Lo sentí, la noche de nuestra ceremonia. Pude sentir el cambio. ―Roman necesitaba hablar
con los padres de Abigail inmediatamente.

―Al igual que la nación.

―¿Puedes ver algo?

―Veo muchas cosas, Roman. La Diosa de la Luna protegerá a sus hijos.

Sabía que no iba a sacar mucha más información de ella. No era adivina ni vidente. Su don era
fugaz y solo mostraba instantáneas. Sabiendo que ella solo podía interpretar lo que veía, él no
podía presionarla.

―Su calor... Ya siento una conexión muy intensa con ella.

La Profetisa notó sus nervios y sonrió.

―Todo irá bien. Una Luna sagrada es más vulnerable cuando está en celo. La Diosa de la Luna
os protegerá a los dos.

―Gracias, Profetisa ―Roman se levantó. Necesitaba dejar salir a su lobo.


―Corre. ―La Profetisa inclinó la cabeza ante el Alfa mientras se marchaba.

Roman le dijo a los guerreros que iba a transformarse y a salir a correr. Pidió a un grupo que le
acompañara. Iba a correr hacia la frontera occidental.

Pasaron horas antes de que regresara a casa. Acababa de poner un pie en los escalones de la
cubierta trasera cuando empezó a salir el sol. Al anochecer tendría allí exploradores para vigilar.
Carson vendría en esa dirección.

Abigail sintió a Roman cuando volvió de correr. No le sorprendió que se hubiera ido. Había
estado inquieto.

Ella, en cambio, había estado tranquila, casi serena. Tenía mucho apetito. Su cuerpo se estaba
preparando para algo, probablemente el entrenamiento que iban a empezar con sus padres.

Olfateando el aire cuando él se acercaba, le sirvió una taza de café y dio la vuelta a las grandes
tortitas que estaba preparando.

Roman olió a desayuno y café fuerte cuando abrió la puerta. Estaba hambriento y sucio por
haber salido a correr.

―Qué bien huele, Luna.

―Alfa, ve a ducharte. Estará todo listo cuando salgas ―dijo Abigail sonriéndole.

―Saldré en un momento ―Se dirigió a su dormitorio, inhalando profundamente mientras


avanzaba.

Había algo en el aire. No podía definirlo. Su lobo le urgía a darse prisa, no quería estar mucho
tiempo lejos de Abigail.

Se enjabonó el cuerpo y se lavó el pelo, dejando que el agua caliente lo limpiara. Sintió una
oleada de deseo a través de su vínculo con ella.

Abigail había estado pensando en Roman en la ducha, y se había puesto roja por pensar en su
cuerpo desnudo bajo el agua.

Apretó los muslos hasta que pasó el momento, esperando que él no lo hubiera notado. Le
temblaron las manos al dejar la bandeja de tortitas en la mesa.

Roman observó a Abigail mientras se daba la vuelta.

―¿Estás bien?

―Sí, Alfa. Solo tengo hambre. ―Tuvo que morderse el labio para no sonreír como una tonta.
Los nervios de Roman se encendieron cuando se sentó en su silla. Le rozó el brazo con la mano,
y chispas doradas cayeron como lluvia del brazo de ella y de la mano de él. Un profundo pulso
de placer los golpeó a ambos en el bajo vientre.

Se tomó un momento para serenarse, se aclaró la garganta y miró a una sonrojada Abigail que
lo miraba boquiabierta.

―Bueno... Eso fue inesperado. ―Roman no sabía qué decir. Se estaba agitando y necesitaba
concentrarse.

Abigail se sentó en silencio y asintió con la cabeza. Ambos se quedaron sin palabras. Toda esta
nueva situación era intensa y nada parecido a algo que hubieran experimentado antes.

Ella sirvió primero a Roman, que le refunfuñó. Él prefería prepararle el plato a ella. Era su función
como Alfa la que se lo pedía.

Roman engulló todo lo que tenía en el plato y volvió a llenarlo. Atribuyó su enorme apetito a la
carrera.

―Me gustaría invitarte a salir esta noche, a una cita.

No estaba seguro de cómo equilibrar la guerra que se avecinaba y cortejarla antes de su celo.
No quería aparearse con ella por aparearse, quería tomarse su tiempo y hacerlo bien.

―Me gustaría, gracias ―Abigail sonrió. Sintió un gran deseo hacia él y un hormigueo como si
hubiera puesto el dedo en un enchufe de luz.

Roman le sostuvo la mirada. Su mano salió disparada y la agarró, atrayéndola hacia él. Un
intenso estallido brotó de ellos mientras la acomodaba a horcajadas sobre su regazo.

Le pasó la mano por el pelo y atrapó sus labios con los suyos. Sus cuerpos se fundieron el uno
en el otro mientras se perdían en la pasión.

Su deseo se extendió en cascada por las tierras de la manada, y no había forma de contenerlo.
Le temblaron las manos cuando se apartaron para recuperar el aliento.

Tardaron varios minutos en quedarse quietos, frente con frente, hasta que se calmaron. Abby no
tenía ninguna duda de que el Alfa podía sentir su humedad tanto como no podía ocultar su
excitación mientras ella se sentaba a horcajadas sobre él.

―Tenemos que reunirnos con tus padres en el campo de entrenamiento. ―Tenía que contarle lo
que estaba pasando.

Abby sintió el cambio en él inmediatamente.

―¿Qué pasa?
―Podemos tener un problema con Carson. Tenemos que estar preparados. ―No quería
alarmarla, pero tenía que saber la verdad.

Sintió que le ocultaba algo. En lugar de interrogarle, decidió no hacerlo y hacer lo que le pedía.
Al captar los sonidos del viento, pudo oír que había reunido a una gran multitud.

―Déjame limpiar el desayuno y me vestiré.

Roman la atrajo hacia él antes de que pudiera moverse.

―Te contaré más cosas cuando lleguen, tenemos tiempo. Me gustaría que tuviéramos una cena
temprana. Te llevaré a la ciudad para el postre.

Cuando la besó en los labios, una nueva sensación los invadió, y ambos se sorprendieron.

Media hora más tarde, alcanzaron la cima de la pequeña colina que coronaba el campo de
entrenamiento, sorprendidos por el espectáculo que les aguardaba.

Capítulo 39

Había grupos de jóvenes y mayores que hacían de todo, desde pruebas de fuerza hasta carreras
de velocidad.

Logan, Rye y los padres de Abigail estaban instruyendo a los miembros de la manada. Era un
espectáculo para la vista. Tory saludó al Alfa mientras sometía a un grupo de jóvenes lobos
machos a una serie de maniobras.

Roman abrió el enlace, haciendo saber a todos lo orgulloso que estaba de ellos. Cogió a Abby
de la mano y la guió hasta donde se había reunido el gran grupo. Pasaron las siguientes horas
entrenando con la manada.

Abigail y Roman estaban agotados cuando terminaron de entrenar. Ella había estado con su
madre, ayudando a entrenar a las hembras.

Bell y Mara habían aparecido y eran tan fieras como cualquiera de los hombres, algo que pilló a
todos desprevenidos, incluso a sus compañeros. Abigail, por su parte, no se sorprendió de la
fuerza y determinación de aquellas mujeres.

Estaba cansada y Roman la llevó a cuestas los últimos doscientos metros hasta su casa.
Le rodeó el cuello con los brazos y le besó bajo la fuerte mandíbula. Chispas de oro y plata
empezaron a caer mientras caminaban. Volvió a sentir un hormigueo de pies a cabeza mientras
él la llevaba escaleras arriba.

Un calor chispeó en su bajo vientre, y Roman la apretó más contra su pecho con un ronroneo
que sintió en los dedos de los pies.

Roman podía sentirla en lo más profundo de sus entrañas; sabía que pronto llegaría su celo.
Llevándola dentro de casa, no quería bajarla.

De hecho, no quería estar lejos de ella. Todavía se desprendía de ellos una ligera polvareda de
oro y plata cuando dejó que se bajara de su regazo.

―Necesito ducharme.

El deseo de tocarlo era increíble.

Pensar en ella desnuda en el agua le ponía nervioso y lo excitaba a la vez. No pudo evitar que
los sentimientos fluyeran a través del enlace.

Esperaba que ella quisiera jugar. La idea de perseguirla por toda la casa le resultaba muy
atractiva. Su cuerpo empezaba a hormiguear de pies a cabeza mientras estaba allí de pie.

Abby pudo saborear sus intenciones y retrocedió otro paso. Su cuerpo palpitó cuando el gran
Alfa dio un paso lento hacia ella. Su excitación era evidente, y su lobo empezaba a
remolonearse.

Al ver cómo se pasaba las manos por el pelo y se lo recogía en una media coleta, empezó a
ronronear. Era sexy con el pelo así, un auténtico guerrero, y eso la puso a cien. Sus ojos
recorrieron su cuerpo, observando sus músculos y su marca.

―¿Ves algo que te guste, Abigail? ―Él se inclinó hacia ella, y ella se rio, corriendo hacia el
dormitorio.

―Lo veo. ¿Ves algo que te guste, Roman? ―Ella se apartó cuando él intentó agarrarla, las yemas
de sus dedos apenas rozaron su hombro.

El calor que desprendían era embriagador.

―Sí, desde luego. ―Se acercó a la cama y la agarró, inmovilizándola contra la pared.

Se inclinó para besarla, y ella se deslizó bajo él con una carcajada.

Roman estaba más que feliz de perseguirla y sonrió.

―Abigail... ―La vio desaparecer por la puerta y doblar la esquina. Se tomó su tiempo mientras
salía de la habitación, olfateando el aire.
―Roman... ―Abby estaba disfrutando de su juego del gato y el ratón. Se quitó la camiseta de
entrenamiento, dejando visible su marca.

Los ojos de Roman brillaron cuando se posaron en ella.

Su rubor le embriagó. El olor de su humedad, junto con su propia necesidad, era algo
abrumador. Una oleada de deseo se desprendió de él con tanta fuerza que era más que visible.

La necesidad de besarla dominó cada uno de sus pensamientos mientras la alcanzaba,


envolviéndola en sus grandes brazos. Le brillaban los ojos.

Posó los labios sobre la marca que adornaba su hombro y pasó la lengua por ella. El vello de su
cuerpo se erizó.

Entonces, Roman le metió la mano en el pelo y tiró de su cabeza hacia atrás.

Otra oleada de calor recorrió su cuerpo cuando él le mordió el hombro y el cuello. El deseo la
invadió por todas partes y empezó a temblar. Todo un torbellino de emociones la golpeó.

Miedo, necesidad, hambre, deseo, todo al mismo tiempo. Sabía que Roman podía sentir aquello.

Esto no se parecía a nada que hubiera experimentado antes, y sabía en lo más profundo de su
ser, que Abigail era su verdadera pareja. No solo de segunda oportunidad, sino su
verdaderapareja. Lo aceptó.

―Siento tu hambre. Vamos a comer. Tenemos poco tiempo. ―Él se inclinó para besarla, pero
ella le cogió desprevenido, tirando de él hacia abajo aún más, pellizcándole el hombro donde
estaba su marca.

Se le escapó un gemido bajo mientras cerraba los ojos.

―Lo admito, me muero de hambre ―Abigail besó su hombro una vez más.

Los dos cocinaron juntos rápidamente, haciendo una cena fácil de sándwiches llenos de carnes
ahumadas y quesos. El pan fresco era de un miembro de la manada y ambos gimieron al darle
el primer mordisco.

―Tu madre y tu padre parecen encajar bien. Ya son de aquí ―Roman se sentó después de
engullir su cena. Iba a necesitar más y procedió a saquear la nevera, comiéndose todo lo que
acababan de guardar.

―Les encanta estar aquí. Tienen un propósito. Aunque creo que la Profetisa aún les deja un
poco sin habla ―Abby se rio.

―Edward les ha avisado de que tienen que volver. Hoy me he negado cortésmente en su
nombre. Trajeron todo con ellos cuando vinieron para la ceremonia.
»No hay motivo para que vuelvan y tengo razones para creer que, si lo hacen, no se les permitirá
regresar.

Roman se sintió mejor contándole un poco más de lo que había hablado con Michael.

―¿Crees que esto es parte de lo que Carson puede estar planeando? ¿Viene a por ellos?
―Abigail podía sentir que había cosas que él no le estaba diciendo.

―Creo que debemos estar preparados para varias cosas. Tengo guerreros y patrullas
preparándose en la frontera oeste, la línea con el territorio neutral. Seguiremos entrenando y
empezaremos a fortificarnos según sea necesario. ―Roman comprobó su reacción.

―Primero hay que proteger la guardería y el colegio. Están en el centro, así que será más fácil
meter a los cachorros en esos edificios ―Mordiéndose el labio, pensó en su entrenamiento
guerrero―. Tenemos que asegurarnos de que tienen guerreros dentro con ellos, no fuera.

A Roman le gustaba que ella pensara y se implicara. Eran compañeros en todos los sentidos.

―Podemos hacerlo. La casa de la manada tiene el sótano con una puerta de acero instalada.
También podemos echarle un vistazo. Hemos mantenido la seguridad y hacemos simulacros
cada dos meses. Deberíamos hacer una comprobación en los próximos días.

La comida le había llenado la barriga, pero aún no estaba del todo satisfecho. Demasiadas
cosas estaban pasando. La amenaza de la otra manada, el próximo celo de Abigail…

―Confío en que nos mantendrás a salvo, y sé que la manada también ―dijo Abby cuando
percibió la inquietud de su compañero.

Roman tiró de ella hasta que se sentó a horcajadas sobre su regazo. Abby le acercó la cara y
rozó sus labios con los de él. Se respiraron mutuamente.

―Viene a por ti. Quiere alejarte de mí.

Ella asintió, con las emociones retorciéndose en su interior. En algún momento había amado a
Carson, pero no era nada parecido a lo que sentía por Roman.

―Lo sé. Pero no se lo permitirás.

―No ―dijo Roman―. Y voy a matarlo cuando lo intente.

Capítulo 40
Habían pasado dos tercios de un ciclo lunar. Roman había estado ocupado entrenando y
patrullando las fronteras con los guerreros. Había habido un breve olor que captaron en el aire,
pero tan pronto como vino se fue.

Estaban en alerta máxima y se les ordenó capturar a cualquiera que se acercara al límite de un
kilómetro y medio antes de la frontera real.

Esta mañana se despertó temprano con una oleada de placer en el estómago. Estaba tumbado
en la cama, estirado, con una sensación de opresión en los bajos. No era incómodo, era
placentero.

Cerró los ojos, inhaló profundamente y sintió la energía de Abigail asentarse sobre su cuerpo.
Sintió que ella lo tocaba por todas partes, pero seguía dormida.

Ella se movió en sueños, y otra profunda oleada de placer onduló justo por encima de su pubis.
Casi le hizo reír, y su ronroneo se activó de inmediato. Sus ojos se abrieron de golpe cuando
empezó a ponerse rígido.

Su calor había llegado.

Se deslizó fuera de la cama, necesitando calmarse. Tardó unos minutos. Su cuerpo empezó a
reaccionar a la energía de ella e intentaba controlarse.

Preparó una cafetera bien cargada. Casi se le caen los posos al suelo. Notó cómo un leve latido
se pronunció entre sus piernas y sacudió la cabeza. Se sentía como un adolescente
hormonado.

Se había asegurado de que la pequeña cabaña en la que pasarían el calor estuviera lista. Había
pasado parte de la semana terminándola. Estaba totalmente equipada con todo lo que podían
desear o necesitar.

Le habían puesto otra inyección para evitar embarazos, la primera justo después de que él la
marcara. Ambos querían cachorros, pero no inmediatamente. Necesitaban tiempo para
vincularse y superar los nuevos cambios que se avecinaban.

Su lobo estaba inquieto y empezaba a pronunciarse. Quería a su pareja. Un poder insano inundó
el cuerpo de Roman. Respiró profundamente. Cuando abrió los ojos, Abigail estaba frente a él,
resplandeciente.

La loba de Abby ronroneó y él la instó a envolverse en él. No pudo contenerse. Olía mejor que
nunca.

Pegando la cara a su pecho, inhaló y se sintió eufórica, como si se hubiera comido las setas
silvestres que crecían en los troncos de los árboles.

Agarrada a Roman, sintió que iba a salir flotando y sonrió. Frotó la cara contra el pecho de
Roman, absorta en el tacto de su piel.
Roman tenía que detenerla. No podían estar tan cerca de la manada con ella en celo. Esto no se
parecía a nada de lo que había experimentado con anterioridad y sabía que tenía que sacarlos
de allí inmediatamente.

―Abigail... ―Un sentimiento de posesividad lo golpeó, y la apretó más contra él. Su lobo estaba
empezando a gruñir ante la idea de que ella estuviera fuera de su vista―. Creo que es hora de
que vayamos a la cabaña.

Ella seguía frotando su cara en el pecho de él, disfrutando del tacto de su piel.

―Me gusta cómo te sientes.

―La sensación de tu piel contra la mía es increíble.

Roman echó la cabeza hacia atrás cuando las manos de ella empezaron a recorrer su pecho.
Respiraba entrecortadamente. Un ligero mordisco en el pezón le hizo jadear.

―Me gusta cómo te sientes, cariño, pero creo que tenemos que hacer las maletas y salir.

―No. ―Sus brazos se apoyaron a ambos lados del Alfa, bloqueando su gran cuerpo.

Roman sonrió.

―Lo sé, cariño, pero vámonos. Te prometo que recogeremos esto en menos de media hora.

Ella le devolvió el empujón en silencio. Esta ligera agresividad le cogió desprevenido, pero
estaba más que dispuesto a enfrentarse a ella.

Su lobo no iba a permitir que lo dominara. Roman la levantó como si no pesara nada. Su gruñido
le hizo reír.

―Lo sé... Te prometo que, por la mismísima Diosa de la Luna, continuaremos con esto.

Abigail estaba que ardía mientras hacía la maleta. Su loba refunfuñaba mientras Roman se
ponía al día con los guerreros y la Profetisa. Su última llamada fue a Michael y Fiona,
haciéndoles saber que se iban por unos días.

Todos comprendieron lo que ocurría y dieron su espacio a la pareja. Un grupo de guerreros iba
con ellos y estaban en posición de firmes cuando salieron.

Llevarían vehículos y remolcarían material de acampada, alternándose entre lobos y humanos


durante los turnos.

La Profetisa se pronunció a través del enlace.

―Está empezando, Roman. Un apareamiento de Luna sagrada es un ritual en sí mismo, un


acontecimiento astral que trae un choque de lunas y almas.
Había comenzado un eclipse inesperado.

―La Diosa de la Luna se está preparando.

―Me lo preguntaba, gracias Profetisa.

―Un placer, Alfa. Tú y tu Luna seréis uno.

Roman cerró el enlace de la manada y mantuvo abierto el privado con Abby, que lo miraba
fijamente, con los ojos brillantes y una mezcla de irritación y deseo. Le acarició el muslo.

―Ven aquí ―le ordenó con un tono de voz grave. Podía oír su acelerada respiración. El aire
estaba cargado de deseo e intenciones.

Abigail vio cómo saltaban chispas de su pierna por las caricias de Roman. Un latido largo y
grave la golpeó entre el pubis y el ombligo. Echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una risa
nerviosa.

Sus uñas se alargaron cuanto más sentía a Roman y su propio calor corporal.

La ropa empezó a molestarle. Tenía miedo de abrir la boca. Sus caninos empezaron a alargarse.

Roman detuvo bruscamente la camioneta delante de una cabaña de madera con un pequeño
porche.

―No te muevas. ¿Me entiendes?

Abigail jadeó cuando él abrió la puerta y saltó de la camioneta. Se la echó al hombro. El cielo se
había oscurecido en pleno día, dando un aspecto sereno a la tierra. Comenzó a formarse una
bruma.

Los guerreros se pusieron en modo alerta.

Roman buscó las llaves. Abrió la puerta y soltó un suspiro, sintiendo que la calma se apoderaba
de los dos. La dejó en el suelo. Sus uñas habían vuelto a la normalidad y sus caninos ya no
asomaban bajo su labio.

―Luna. ―Roman pudo sentir cómo sus ojos se iluminaban con el brillo de su loba.

Los ojos de Abigail brillaban con un tono esmeralda que él no había visto antes. Se acercó a
ella. Cuando las yemas de sus dedos se tocaron, comenzó el enhebramiento de sus seres.

El oro y la plata llovieron bajo su contacto.

―Alfa... Siento... Todo.

Una ráfaga de intenso poder brotó de ella, acompañada de una ondulación plateada. No hubo
forma de impedir que atravesara el enlace.
Roman lo sintió mientras abría de una patada cada puerta entre él y la manada. Todos los lobos
sintieron serenidad, calidez y calma. La euforia fluía por las tierras mientras la luna tapaba el sol
preparándose para su calor.

Capítulo 41

Edward y Carson observaron cómo la luna empezaba a moverse por delante del sol. El
calendario lunar no había indicado que se fuera a producir un eclipse.

El inconfundible olor a lobo flotó a través de la frontera. Sin duda eran exploradores de la
manada Luko patrullando.

En las últimas dos horas había sentido algo en el bajo vientre varias veces. El dolor había
empezado al mismo tiempo que el eclipse.

Edward podía sentir que algo iba mal.

―¿Qué pasa?

Una combinación de placer y dolor golpeó a Carson en las tripas. Se dobló y vomitó bilis negra
en el suelo, frente a él. Otro dolor le golpeó, mucho más fuerte, como si le hubieran clavado un
cuchillo bajo el ombligo.

Estaba tan seguro de que algo le había cortado que se levantó la camisa y se pasó la mano por
el estómago. Escupió de nuevo bilis mientras miraba su mano limpia; juraría que había
vomitado sangre.

Edward y los guerreros se alarmaron. De forma brusca, abrió el enlace con Hazel.

―¿Dónde está Taylor?

Hazel dio un grito ahogado y derramó el té cuando Edward abrió el enlace de una patada. Dejó
la taza sobre la mesa. Taylor se levantó y se acercó al lavabo para coger una toalla.

―Estoy con ella en casa de Carson. Estamos tomando el té.

Taylor sintió un malestar a través del enlace de la manada que se cerró bruscamente cuando
miró a Hazel. El cachorro pateó salvajemente en su estómago, sin duda sintiendo lo que todos
estaban sintiendo.
En el suelo, una quemadura blanca desgarró el abdomen de Carson. Derramó más bilis negra y
sin control mientras los ojos se le ponían en blanco y se hacía un ovillo.

De repente, se le entumeció el cuerpo, cosa que agradeció ya que era incapaz de controlar su
propio cuerpo. Lo último que oyó fue a su padre gritar su nombre. Lo último que vio fue una
niebla que se arrastraba entre los árboles y venía hacia ellos.

***

Abby había cerrado los ojos y respiraba profundamente. La niebla había llegado hasta las
ventanas, y sintió que una calma inundaba el enlace de la manada.

Le palpitaba todo el cuerpo, como si el corazón le latiera en los huesos. Se quitó la camisa.

Abigail abrió los ojos y observó cómo Roman se desnudaba. Su olor estaba por todas partes y
la hizo entrar en calor de nuevo.

Una oleada de su poder Alfa se estrelló contra ella. Ella se acercó a él y él retrocedió, emitiendo
un rugido juguetón.

―¿Quieres cambiarte? ―Roman la observó olfatear el aire, sin apartar los ojos de él.

―Sí ―Ronroneó y pasó junto a él, con los dedos apenas rozándole el pecho.

Necesitaba un minuto para intentar centrarse. Tenía los nervios a flor de piel. Hacía años que no
tocaba a una mujer. En el fondo, sabía que esto iba a cambiar su vida con Abigail.

Al seguirla, la encontró de pie con un bonito camisón que le caía hasta las rodillas. Los
pequeños tirantes abrazaban sus hombros y dejaban ver su marca.

―Dijiste... ―Abigail quería tocarlo.

Él sabía de qué estaba hablando.

―Lo sabía.

La atrajo hacia sí, rodeándole la cintura con las piernas. Tenía la cara apoyada en el cuello, y su
cálido aliento y su ronroneo le ponían la piel de gallina. A ella se le escapó un suspiro de
satisfacción.

El fuego se encendió en su cuerpo. Estaban en la pequeña cocina. En pocos pasos, ella acercó
la cara a su pecho.

―Mejor.

Cerró los ojos y movió la nariz lentamente de un lado a otro. La risa brotó de ella al sentirlo todo
de pies a cabeza. Unas ganas de comer intensas la golpearon y la necesidad que él tuvo de
alimentar su cuerpo fue casi abrumadora.
Se apartó y miró a su compañero. La humedad se acumuló entre sus piernas y lo mordió,
incapaz de contenerse.

Cuando Abigail le mordió, se sintió impotente, como si fuera a perder el control. Un estallido de
energía surgió de ella, lleno de hambre, tanto carnal como convencional.

Volvió a sentir los latidos de su corazón en sus huesos. Su erección palpitaba, necesitándola.
No lo ocultaba, no se avergonzaba y, desde luego, no iba a intentar calmarse nunca más.

―Puedo sentir tu hambre, y necesitarás tu energía, cariño.

Se sonrojó ante sus palabras. Sus palabras se metieron bajo su piel hipersensibilizada. Incapaz
de separarse de él, se abrazó a su cuerpo mientras él se acercaba a la nevera.

Le entró un hambre voraz y se abalanzó sobre un gran plato de costillas.

La dejó sobre la encimera mientras ella agarraba el plato de costillas. La rodeó y sacó una
botella de alcohol y un par de vasos.

Su nariz rozó su marca y ella jadeó. Tenía los pezones rígidos. Él podía verlos a través de su
camisón amarillo pálido.

―¿Vas a compartir?

Estaba a otro nivel de deseo. Sus pulmones la necesitaban como el aire. Sus huesos la
necesitaban como la fuerza, su cuerpo la deseaba como el sol.

La empujó hacia los armarios contra los que estaba apoyada su espalda, enseñando los dientes
con un gruñido bajo.

Abigail empezó a retorcerse cuando salió la parte lobuna del Alfa.

―Aliméntame ahora, Luna.

Le rodeó la cintura con las piernas y tiró de ella hacia él, sosteniendo una costilla carnosa y
salseada. Él la desgarró.

Podía oler su sexo. Sus feromonas estaban por las nubes. Sus ganas de comer aumentaban
mientras comía, su cuerpo se llenó de combustible para igualar la energía de ella. Un gruñido
bajo de su lobo brotó de su pecho, cogiéndolos a ambos desprevenidos.

Roman la mordió suavemente en su marca, y llovió plata por el hombro. Siguió comiendo,
compartiendo el hueso cubierto de carne.

Devoraron el costillar como si nada, saciando momentáneamente su hambre. Una oleada de


nervios floreció entre ellos, ambos sintiendo al otro.
―Tomemos una copa, para relajarnos unos minutos ―le susurró Roman al oído, con su
ronroneo haciendo vibrar su pecho contra el cuerpo de ella.

―Vale... ¿Pero puedes quitarme primero las bragas con los dientes?

Capítulo 42

Al instante, Roman se puso de rodillas. Abigail se retorció y sus risitas se mezclaron con
gemidos bajos. Las manos de Roman pasaron por debajo de sus rodillas. Ambos sintieron sus
propios latidos.

Su nariz golpeó el interior de su rodilla y subió por el interior de su muslo. El suave camisón se
arrugó mientras él se movía lentamente.

El cuerpo de Abigail dominaba su mente. Inclinó la pelvis hacia la cara de Roman mientras él se
movía contra ella. Le encantaba sentir su aliento caliente. Su piel estaba supersensibilizada.

La niebla había alcanzado la parte superior de las ventanas, aislándoles del mundo exterior. Una
calma envolvía las tierras, protegiéndola a ella y a Roman. La Diosa de la Luna se aseguraba de
que nada los perturbara, protegiendo a Abigail en su momento más vulnerable.

La nariz de Roman le rozó el pubis y su cálido aliento sopló sobre el suave algodón que la
cubría. Un gruñido sordo salió de él cuando sus dientes agarraron la banda superior de sus
bragas. Se rasgaron cuando se las quitó.

Los tiró a un lado, sin importarle dónde cayeran. Volvió a pegar la nariz a su pubis, inhalando
profundamente antes de besarla. El oscuro vello púbico le hizo cosquillas en la nariz.

―¿Así está mejor?

Una oleada de energía hizo que su cuerpo se flexionara.

Abigail suspiró, contenta.

―Mucho mejor, gracias.

Tenía las piernas abiertas y las cerró con fuerza, apretando los muslos. Admirando al hombre
que tenía delante, dejó que sus ojos recorrieran su ancho y musculoso pecho.

Una poderosa atracción surgió entre ellos. Ella apretó los muslos al ver cómo los músculos de
él se flexionaban. Se acercó a él.
La sensación de ser atraído hacia ella le hizo sacudirse. Se paró en su sitio, empujando hacia
atrás.

―¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte, Abigail?

Respiró hondo y sus músculos se hincharon. Le devolvió su poder Alfa y ella echó la cabeza
hacia atrás y se echó a reír.

―¡Qué bien sienta! ―Abigail sintió que la tocaba por todas partes, pero no era así.

―Ven aquí. Ahora. ―La erección de Roman palpitaba. Su deseo y necesidad de ella eran
abrumadores. No estaba preparado para el nivel de intensidad que estaba sintiendo.

El cuerpo de Abigail dejaba un rastro de purpurina plateada en el suelo donde tocaban las
puntas de sus pies. Su cara se apretó inmediatamente contra el duro pecho de Roman.

El ronroneo de ella se mezcló con el de él, aumentando el pulso entre ellos. Jadeó cuando él la
levantó. Su cuerpo ardió cuando se tocaron.

Roman podía sentir el calor, la expectación y sus deseos. El nerviosismo había desaparecido,
sustituido por la calma. La niebla bailaba bajo el sol cubierto. Se sintió en paz y una ráfaga de
luz llenó su cuerpo.

Miró a Abigail mientras la tumbaba en la cama. Ella brillaba intensamente.

―Estás preciosa, Abigail ―Se puso encima de ella, empujándola contra la cama.

Sus brazos y piernas rodearon el cuerpo de Roman, acercándolo más a ella. Podía sentirlo todo
a través del vínculo que compartían. La posesión, el deseo y el amor la invadieron. Su beso
áspero y apasionado los dejó sin aliento.

Ella le había quitado los pantalones sin que él supiera que le había tocado. Una ráfaga de luz
brotó de sus manos cuando él las entrelazó. Sus labios se rozaron con delicadeza.

Roman vibró cuando sus labios recorrieron su mandíbula y su cuello hasta llegar a su marca.

Abigail se bajó de la cama cuando él la besó. Momentos después, estaban desnudos.

Sus dedos recorrieron los brazos de él mientras se inclinaba hacia atrás. Su cuerpo se
encendió.

Roman le separó las piernas, apoderándose de ella. Estaba lista para él.

La tocó suavemente y ella empezó a jadear de inmediato. Abrió las piernas y lo agarró, tirando
de él hacia su centro.

―Respira hondo y déjalo salir lentamente.


Sus labios estaban en su oreja antes de besar su marca. Cuando ella dejó escapar el aliento, él
empujó dentro de ella, rompiendo su barrera. Ella inhaló bruscamente. Él pudo sentir su dolor
antes de que ella se relajara a su alrededor.

Sus movimientos eran fluidos. Sentía que cada fibra de su ser se enhebraba con la de ella. No
dejaban de mirarse mientras él entraba y salía de ella.

El calor creció entre ellos, y Roman se sintió más unido a ella de lo que nunca creyó posible. La
Luna sagrada lo sostenía en cuerpo, mente y alma.

Roman apoyó suavemente su frente en la de ella. Ambos inhalaron el aliento del otro, un efecto
embriagador.

Sus sentimientos compartidos eran abrumadores mientras él empujaba más profundamente


dentro de ella. Se estaban convirtiendo en uno y la vida estaba cambiando. Él le dio la
bienvenida, la abrazó y la atrajo hacia sí.

Sus cuerpos se fundieron el uno en el otro cuando comenzó el profundo estrechamiento. El


latido era intenso mientras Abigail se aferraba a él.

Abigail sintió como si hubiera alcanzado la cima de la montaña más alta cuando las manos de
Roman agarraron las suyas.

―Te quiero, Abigail ―susurró Roman y balanceó las caderas, derramándose dentro de ella.

Cuando Roman le susurró eso al oído, sintió un apretón y una profunda liberación. Sintió su
amor, sus palabras y sus sentimientos mientras él permanecía dentro de ella. La plata se
enhebró entre ellos. Ahora eran uno.

Sin principio ni fin, solo un bucle infinito entre sus almas. Su liberación fue intensa y un calor
eufórico inundó su cuerpo.

Sus labios estaban junto a su oreja y sus uñas se deslizaban suavemente por su espalda. La
felicidad y el amor brotaban de ella en oleadas abrumadoras. No se escondía ni se contenía
mientras se dejaba sentir todo lo que sentía.

Él la había salvado, su vida y su propósito. No conocía otra forma de agradecérselo que


entregándose por completo a él.

―Yo también te quiero ―susurró Abigail.

Se desplomó sobre ella. Sus pechos se tocaron y sintieron un ardor. Roman se apartó y miró
hacia abajo. Una luna llena se posaba sobre la luna creciente de ella, igual que otra luna llena se
posaba sobre la media luna de él. Estaban completos, sus almas se entrelazaban mientras
intercambiaban sonrisas. La Diosa de la Luna los marcó con una ligera quemadura, como hizo
con sus otras lunas.
El eclipse mantuvo el sol bloqueado, y la niebla cubrió las tierras y los bosques con una calma y
una paz que permitieron a los Alfa y a las Lunas relajarse y conectar sin perturbaciones.

Los días y las noches no eran más que pura felicidad; eran incapaces de separarse el uno del
otro, y no querían hacerlo.

Por el momento, el mundo solo existía para ellos.

Pero eso no iba a durar.

Capítulo 43

DOS NOCHES DESPUÉS

El olor llegó con el viento en la segunda noche después del calor de Abigail. Roman podía olerlo,
también los guerreros. Reunió a los líderes de la manada y a los grupos de guerreros de élite y
maestros.

Michael y Fiona se sentaron a un lado con la Profetisa. Abigail estaba junto a Roman, que no la
perdía de vista.

―Nos hemos estado preparando y se acerca el momento. Lo huelo en el viento, como estoy
seguro de que lo huele el resto de vosotros ―Roman se dirigió al campo de entrenamiento.

―Sé que cuando os conté a todos lo que vio la Profetisa, esperaba que este joven cachorro
cambiara de opinión y no pensara en venir tras mi compañera. No tendrá lo que es mío.

Cogió la mano de Abigail e hizo un gesto de asentimiento. Estaban unidos, y su vínculo no iba a
romperse.

Se oyeron fuertes gritos. La adrenalina maduró en el aire. Cientos de ojos observaban a su Alfa.
―Quiero que los cachorros sean trasladados a la zona más segura en los próximos treinta
minutos. Todos los que puedan fortificar sus casas deben hacerlo inmediatamente. Quiero que
estemos tranquilos, sin pánico, pero debemos movernos rápidamente.

»Atacará al amanecer. Es para lo que ha sido entrenado. Guerreros, decidnos qué más podemos
esperar.

Michael y Fiona se pusieron delante del grupo, exponiendo el entrenamiento que había recibido
Carson. Edward era más lento debido a problemas de cadera que nadie conocía. Su lobo era
más lento de lo que solía ser.

Carson era más grande, solo unos centímetros más bajo que Roman, y mucho más rápido de lo
que solía ser. Era sigiloso, su lobo era tranquilo pero arrogante, lo que en realidad era una
debilidad. Rara vez terminaba lo que empezaba, dejando que sus guerreros se llevaran la peor
parte.

Ya era bien entrada la noche cuando se cerró la manada. Los grupos se habían reunido en
silencio en la frontera, ocultando su olor todo lo que pudieron.

Los que tenían compañeras pasaban un rato tranquilo con ellas. Todos iban vestidos con
equipo de combate, listos para luchar.

Se distribuyeron lanzas y garrotes a los que acababan de empezar el adiestramiento. Los lobos
más viejos se colocaron dentro de la guardería y la casa de la manada.

Abigail estaba sentada en medio del prado, respirando la luna. Hilos de oro y plata salían de sus
dedos y caían al suelo. Una onda de poder brotó de ella y atravesó el eslabón de la manada.

Su fuerza infundió a la manada, un grito guerrero de sus antepasados y una energía de la Diosa
de la Luna. Roman la agarró por los hombros mientras un poder demencial inundaba su cuerpo.

Roman envió el aviso a la manada cuando estaba amaneciendo. Carson y un grupo numeroso
de guerreros aparecieron en la frontera. La manada sintió el cambio en el aire y se llenó de
protección.

Abigail y él se cogieron de la mano mientras él la levantaba del suelo. Se miraron fijamente a los
ojos.

―No dejaré que te pase nada. Te amo con cada fibra de mi ser, Abigail. Eres mía.

―Yo también te quiero y me niego a que te pase nada. Eres mi mundo, eres mío

―La besó y la rodeó con los brazos.

Roman sintió que podría haber destrozado una casa con sus propias manos. Besó la luna que
colgaba de su cuello y pidió a la Diosa de la Luna que mantuviera a salvo a Abigail y a la
manada.
Carson observó una luz que brillaba en la distancia; era Carson con los suyos corriendo por el
kilómetro y medio de frontera. Tomó el mando de la manada y les dijo a todos que se
transformaran. De repente solo se escuchaba cómo se desgarraban sus ropas.

La rabia de Carson había empezado a crecer. Quería a Abigail y el poder que ella le daría. No
había otra opción.

Debían llevarse a cualquiera y a todos. Cachorros, viejos, jóvenes, no importaba. Abigail debía
ser capturada viva a toda costa. El poder de una Luna sagrada hacía a un Alfa más fuerte, más
grande, más letal.

Y él se lo merecía. ¡Se lo debía!

Había vislumbrado la poderosa luz que portaba cuando cortó su marca de su hombro. Había
leído todo lo que tenía a mano sobre una Luna sagrada y sus poderes.

Ella debería pertenecerle a él.

Logan y Rye se precipitaron sobre la colina, corriendo a toda velocidad hacia Roman y Abigail.
Roman se ancló frente a Abigail. Un gruñido le arrancó las tripas. El olor se hizo más fuerte.

Roman y la manada Luko pudieron sentir a la manada Oru cuando entraron en las tierras de la
manada.

―Han traspasado la frontera. Llegarán pronto ―Logan salió corriendo.

Mara y Bell estaban en la casa de la manada, armadas con lanzas bañadas en acónito. Ambas
estaban a punto de transformarse. Roman estaba ondulando entre lobo y humano.

Michael y Fiona corrían a toda velocidad hacia ellos. Después de que él y Abigail regresaran de
la cabaña, Roman les había mordido las muñecas para vincularlos con la manada. Una vez que
la niebla se había instalado, el vínculo con la manada Oru se había cortado. Ni sus padres ni
Abigail habían sentido nada desde entonces.

El primer grupo de guerreros maestros de la manada Luko contuvo al primer grupo de guerreros
de la manada Oru. Gruñidos y aullidos atravesaban los árboles, mezclados con aullidos.

El nerviosismo asaltó a la manada. La loba de Abigail estaba nerviosa y movía la cabeza de un


lado a otro, percibiendo el olor a sangre en el aire.

―Tory está herido ―Gruñó Rye, moviéndose mientras corría hacia un grupo de guerreros de
Carson.

Michael y Fiona acabaron con varios de sus compañeros de la manada Oru. A pesar de sus
heridas, Tory acorraló a Jacob y le arrancó la pata delantera después de abrirle el costado.
Jacob se arrastró hasta la línea de árboles para morir.
Carson vio a Abigail en lo alto de una colina y aceleró el paso, abriéndose paso entre un grupo
de lobos que luchaban. Edward se había transformado y corría con una ligera cojera.

Aún no estaba listo para transformarse cuando atravesó la arboleda. Abriéndose paso entre un
grupo de lobos que cambiaban a humanos, agarró a un lobo que sangraba por el costado
izquierdo. Una herida abierta iba desde el hombro hasta el flanco.

Rye se transformó en el aire y pasó volando junto al grupo de guerreros desnudos que corrían
con Tory. Se acercó al Alfa, más lento y cojeando.

Superó al cachorro Alfa, Carson, y fue directo hacia Edward, haciéndole rodar por el suelo varias
veces. El anciano chilló mientras el dolor le sacudía la mitad posterior de su cuerpo.

Rye atravesó la pradera después de matar a Edward. Se unió a Logan. Había un malestar
procedente de la manada.

―Rye acabó con Edward. ¡Viene Carson! ―Logan se transformó en su enorme lobo.

Los padres de Abigail no tardaron en seguirles, formando una fila delante de Abigail y Roman.
Roman sintió el triunfo de Rye cuando apretó sus mandíbulas alrededor del cuello del otro Alfa,
sacudiéndolo hasta que su cuello se quebró y quedó inerte.

Carson tropezó cuando sintió morir a su padre. No tuvo tiempo de lamentarse y se lanzó hacia
delante. Vio a los padres de Abigail junto con el Beta de Roman y Abigail. Salió disparado hacia
un lado, dejando que sus guerreros chocaran con el grupo.

Se transformó y se lanzó desde un lado de los árboles directamente hacia Abigail. Su lobo se
transformó en el aire justo antes de llegar al claro.

Roman había apartado a un lobo a un lado, distraído por la pelea. Abigail se había girado al oír el
sonido que venía de detrás de ella y Roman la empujó hacia atrás, creando la distancia
suficiente para que Carson tomara ventaja.

Carson dio un manotazo a la marca en el hombro de Abigail, fallando por poco. Sintió una
fuerza como nunca antes había sentido saliendo disparada; aquello le golpeó en el pecho,
haciéndole volar varios cientos de metros hacia la arboleda.

Roman agarró a Abigail, con las garras y los caninos afilados como cuchillas. Olfateó a su
víctima para asegurarse de que estuviera bien.

―Estoy bien... Estoy bien.

―Siempre te protegeré. Te quiero. Eres mi luz, mi oscuridad... Mi todo ―Él la besó, acallando
sus palabras.

―Cuando acabe esto, ya me contarás.


Carson irrumpió entre los árboles. Estaba desnudo, cubierto de tierra y sangre.

―¡Te dije que venía!

Le dedicó una sonrisa mortal antes de ponerse de cuclillas.

Capítulo 44

Carson y Roman, medio transformados en sus lobos, chocaron con tal fuerza que aquello
sacudió todo el prado. Abigail se agachó en posición de guerrera, moviendo la cabeza de un
lado a otro. Sus padres la rodeaban, intentando que se alejara de los Alfas que ahora iban a
luchar.

No podía dejar a Roman, ni lo haría. Agarró la tierra, su poder fluyó de las puntas de sus dedos,
corriendo por la hierba hacia Roman. El rodeó a Carson, alejándolo de ella.

―Perderás la vida, cachorro. ―La amenaza de Roman iba acompañada de una promesa con
sangre y dolor.

Carson le ignoró. Sus ojos estaban fijos en Abigail, que estaba lista para lanzarse.

―Te dije que vendría. ¡Eres mía, Abigail! ―Carson rugió y se puso de pie.

Una rabia inmensa invadió a Roman cuando oyó que Carson reclamaba a Abigail.

Abigail dejó crecer sus caninos.

―Entonces ven a buscarme.

Su voz era fuerte, estaba llena de energía. Una rabia increíble inundó su cuerpo. Venía de
Roman.

Carson se lanzó al aire, cambiando a su forma de lobo. Roman corrió a toda velocidad hacia él,
humano y lobo chocaron en el aire. Dientes y garras afiladas como cuchillas chasquearon y se
cortaron.
El olor a sangre flotaba en el aire. Roman se transformó completamente, atrapando a Carson en
el cuarto trasero con sus garras. Los sonidos que provenían de ellos eran profundos,
desagradables y llenos de odio.

Abigail chilló y se clavó en la tierra cuando Carson mordió a Roman en la espalda. Sus padres
luchaban contra varios guerreros que habían entrenado. Numerosos cadáveres de hombres y
lobos empezaban a ensuciar el territorio.

La manada Luko había sufrido heridas, pero ninguna baja todavía. La manada Oru había sufrido
bajas, un gran número, incluidos a su Alfa y su Beta. Un grupo de reserva extrajo sus cuerpos y
los llevó de vuelta a la frontera, donde habían acampado.

El lobo de Roman quería sangre, y la iba a conseguir. Se lanzó contra Carson, que venía hacia él,
y sus mandíbulas se cerraron al chocar. Carson pateó a Roman en el estómago y se le abrieron
varias heridas profundas. Aquello no hizo más que cabrearle. No sintió dolor, solo rabia de que
alguien quisiera a su compañera.

Abigail nunca había sentido tanta rabia, ni siquiera cuando descubrió que Carson se había
acostado con otra. La sangre pesaba en el aire. Podía saborearla, sentirla en sus venas.

Era de Roman, y un estallido de furia salió de lo más profundo de ella mientras se transformaba.
Varios lobos se dejaron caer por el poder que había emitido. Se lanzó contra Roman y Carson.

El lobo de Roman extrajo de ella una ráfaga de poder y su fuerza se amplificó. Sacudió al lobo
de Carson a un lado mientras Abigail corría hacia ellos. Se unió a ella.

―Podemos hacerlo.

―Debemos hacerlo.

El lobo de Carson se sacudió el aturdimiento que le produjo chocar contra un árbol.

El lobo de Roman se lanzó contra Carson; Abigail iba justo detrás de él. Ella se deslizó por
debajo de Roman mientras él se lanzaba a por Carson, que iba demasiado lento.

Abigail agarró una de sus patas traseras con sus poderosas mandíbulas, tirándolo del aire y al
suelo, igual que había hecho con Tory en su sesión de combate.
Su pata trasera libre la pateó mientras se retorcía. Ella se agarró a ella.

Carson sabía que se acercaba el final. Su lobo nunca iba a renunciar a tener el control total.
Quería el poder de Abigail a toda costa. Élnunca se rendiría.

Los recuerdos de su cachorro le invadieron cuando sintió que la sangre empezaba a salir por el
agujero de su garganta. Abrió el enlace con su madre.

―Me estoy muriendo… Mi cachorro… Taylor.

Roman cogió a Carson de la garganta y lo zarandeó de un lado a otro hasta que se la arrancó,
acabando con el aullido del cachorro Alfa. Abigail no lo había soltado, habiendo sentido lo que
el lobo de Roman iba a hacer. Rompió la pierna de Carson mientras se desangraba lentamente.

La manada Oru estaba nerviosa. Tanto Hazel como Taylor sabían que algo iba mal.

Hazel sintió que el vínculo con su único hijo se activaba. No podía sentir a Edward y empezó a
gritar. La voz de Carson era débil. Se estaba muriendo.

Taylor lo sintió inmediatamente. En su vientre, el cachorro estaba asalvajado y no podía sentir a


Edward a través del vínculo de la manada. Su teléfono sonó justo cuando se dio cuenta de que
tampoco podía sentir a su padre a través del vínculo familiar.

Su madre gritaba al teléfono. Su padre había muerto. Taylor cayó de rodillas, mareada, mientras
las noticias corrían por el enlace.

Edward y Carson habían muerto, junto con el Beta y muchos otros. Los otros guerreros que se
habían quedado se marchaban, no querían ser parte de la venganza que Alfa Luko iba a
descargar sobre ellos.

Hazel apenas podía respirar. Una quemadura partía de la mitad de su pecho. Se había tatuado
una media luna, señal de que ahora solo era una mitad. Era una Luna sin pareja ni manada.

Tendría que irse o arriesgarse a ser asesinada, y Taylor también. La culparían de que Carson
dejara a su compañera, una Luna sagrada.

―Haz las maletas con lo que puedas. Tendremos que irnos pronto. No estamos seguras aquí
―Hazel se secó los ojos y observó el caos que estallaba fuera.
Taylor se levantó con pies temblorosos. Su cuerpo apenas podía moverse. Agarrándose a la
pared mientras se dirigía a la habitación que compartía con Carson, sacó ropa y cosas de bebé,
amontonándolas en la cama para envolverse en una manta.

No había tiempo para hacer unas maletas decentes. Ellas serían las siguientes, aunque no
hubieran estado involucradas. Ella y Hazel habían sospechado que Carson y Edward iban a
hacer algo para recuperar a Abigail, pero no lo sabían con certeza.

Hazel ayudó a Taylor a coger lo que pudo, incluida una cesta para el bebé, y las metió dentro del
gran todoterreno que pertenecía a Carson. Taylor sintió a su madre a través de su vínculo
familiar y se agarró el estómago mientras Hazel arrancaba el vehículo.

―Abandona la tierra.

―Lo siento, mamá.

―Cuida del cachorro.

―Te quiero, mamá.

―No puedo vivir sin tu padre.

Taylor lloró cuando se cortó la conexión con su madre. Se acurrucó en el asiento delantero
mientras Hazel salía disparada por la puerta principal de sus tierras y se adentraba en la
carretera desierta.

Grupos de lobos corrían hacia el bosque, dispersándose.

La Profetisa vio la vida nómada a la que Hazel y Taylor estaban destinadas a ir. El mismo
destino que le habían dado a Abigail. Ella documentaría esto en El Libro de los Lobospara las
generaciones futuras.

La historia se contaría durante milenios, mucho después de que sus cenizas se barriesen de la
Tierra. Recibió el visto bueno a través del enlace. El Alfa estaba con Abigail en la linde del
bosque.
Roman observó cómo empezó a reunirse su manada. Abigail se puso una camiseta y unos
pantalones cortos sobre su cuerpo desnudo. Él había hecho lo mismo, asegurándose de que
todos estaban bien mientras llegaba a través del enlace compartido.

Su mano se entrelazó con la de él y él la miró, con un brillo en los ojos. Ella le acarició la cara y
sus ojos brillaron con un color verde intenso.

―Yo también te quiero. Eres mi luz, mi oscuridad y mi todo ―Abigail repitió las palabras que él le
había dicho antes de que empezara la guerra.

Le sonrió y le apretó la mano antes de que salieran al prado.

Capítulo 45
Abigail y Roman fueron a visitar diariamente a los miembros de la manada heridos en el
hospital. Tory había estado atrapado mitad en forma de lobo, mitad en forma humana.

La herida de su costado era profunda. En un momento dado, se le habían visto las costillas. El
médico había hecho todo lo posible por ayudarlo a recuperarse, pero el calor curativo de Abigail
había sido la clave.

Con su ayuda, Tory se había transformado completamente en humana.

La Profetisa había documentado las ondas de luz que se producían cuando Abigail tocaba a
Tory. Roman había estado de pie junto a ella.

Llovía oro dentro de la habitación.

Siguieron visitándole todos los días, aunque estaba inconsciente. Abigail le hablaba y le cogía la
mano. Roman le dijo que habría una ceremonia por la valentía de la manada y una gran fiesta,
pero no hasta que Tory pudiera unirse.

La risa, la luz y el amor de Abigail eran tan curativos como el día en que se unió a la manada,
todo ello amplificado con el poder Alfa de Roman. Su bucle infinito se había creado cuando se
conectaron como uno solo durante su celo.
Después de su visita habitual al hospital, se cogieron de la mano mientras caminaban hacia
casa. El sol se puso y la brisa soplaba entre las flores silvestres. Se respiraba paz y los
corazones de ambos latían al unísono mientras caminaban.

Roman abrió el enlace de la manada y dejó que fluyera. Abigail sonrió y se abrió paso,
agraciando a todos con su felicidad y calma. Al pasar por delante de la casa de la Profetisa, la
vieron en el porche.

Se inclinó sobre un gran libro en una mesa alta. Las linternas brillaban y el sonido de las
baratijas de su pelo repicaban con la brisa. Sus ojos brillaban mientras observaba cómo se
acercaban.

―Alfa, Luna. ―La anciana se inclinó ante la pareja.

―Buenas noches, Profetisa ―saludó Abigail.

Ella y la Profetisa se habían unido después de la guerra fallida. Habían pasado horas hablando
largo y tendido sobre su calor y aprendiendo el poder de la niebla que se había asentado sobre
las tierras de la manada.

Una oleada de consuelo y algo más profundo fluyó entre ella y Abigail. La Profetisa empezaba a
ralentizarse. Era de esperar a su edad; tenía casi 120 años.

―Buenas noches, Profetisa. Veo que sigues documentándote. ―Roman se fijó en su


ornamentado garabato esparcido por las páginas abiertas.

―Lo estoy haciendo. He hablado con Abigail, pero no contigo. ―La Profetisa miró al Alfa.

―¿Qué es lo que quieres saber?

―Hazel y Taylor han estado huyendo. Ella dará a luz cuando las hojas de los árboles caigan.
―La Profetisa lo había visto el día de la guerra fallida: en una destartalada cabaña de una sola
habitación, lejos en el bosque, cerca de la frontera con Canadá.

―Ese es el destino que la Diosa de la Luna les ha dado. Tienen suerte de seguir vivas.

―Abigail guardó silencio. Había hecho las paces con aquel día. Roman seguía enfadado porque
Carson había intentado reclamarla.
Un pulso brillante sopló entre ellos, alborotando las páginas del libro en el que estaba
garabateando la Profetisa.

―Esto continuará de por vida. ―La Profetisa cacareó, observando sus caras.

El cálido rayo de luz se sintió en toda la manada cuando el Alfa y Luna empezaron a reírse. Se
oían aullidos, un canto de agradecimiento por la curación que la risa aportaba a la manada.

Roman negó con la cabeza y besó la mano de Abigail. Hablaría con la Profetisa más tarde sobre
el odio y la rabia que llenaban su cuerpo cuando Carson quiso arrebatarle a Abigail.

―Profetisa, ¿podemos continuar esto en otro momento? Me gustaría llevar a mi compañera a


casa.

―Por supuesto, Alfa. Es un honor para mí contar con vuestro tiempo. ―Se inclinó ante la pareja.

Michael y Fiona subían se acercaban; venían a ver a la Profetisa mientras Abigail y Roman se
marchaban. Todos intercambiaron abrazos y prometieron verse pronto.

Abigail sintió su felicidad, algo que no había sentido de ellos en mucho tiempo. La manada Oru
había sido destructiva a muchos niveles, incluida la moral. No siempre había sido así, pero la
traición de Carson los había destruido a todos.

Se había corrido la voz de que el Alfa Luko había diezmado a la manada Oru. Habían venido a
llevarse a la compañera del Alfa, una Luna sagrada. Roman se había apoderado de los
territorios neutrales que flanqueaban las tierras de su manada. No había nadie dispuesto a
luchar por ellos.

Abigail había pasado muchas horas hablando con la Profetisa sobre el papel que había
desempeñado en aquella destrucción. La Profetisa le había asegurado que nada era culpa suya.
Pasaría mucho tiempo antes de que lo superara.

Aun así, no podía arrepentirse de lo que había pasado. Si Carson no le hubiera sido desleal,
nunca habría acabado aquí, con el hombre y el lobo que amaba.

En el lugar al que pertenecía.

―¿Tienes algo en particular en mente para la cena, Alfa? ―Abigail le sonrió. Podía sentir sus
intenciones.
La profunda risa de Roman sonó mientras caminaban hacia su casa. Se encogió de hombros,
intentando ocultar que quería una ducha con su compañera.

―Me vendría bien una ducha, Alfa, pero tendré que usar jabón. ―Abigail se echó a reír cuando él
la levantó.

La llevó el resto del camino a casa, feliz y contento.

La llevó al cuarto de baño, donde la acostó con suavidad.

―Supervisaré tu uso del jabón.

Cruzó los brazos sobre su enorme pecho y le dedicó una sonrisa lobuna.

Cuando la risa de Abigail sonó en el cuarto de baño, Roman cerró inmediatamente el enlace de
la manada. Por fin había aprendido la lección.

Se quitó la camiseta y la dejó caer al suelo.

―Gracias, Alfa. ¿Te gustaría ayudar, o solo mirar?

Ansiosos, se ayudaron mutuamente a quitarse la ropa.

La idea de que Carson intentara arrebatársela le encendió la sangre. Sus ojos brillaron un
instante y atrajo su cuerpo desnudo contra el suyo. Mirándola, sintió que lo abrazaba con
comodidad.

―Eres mía, y agradezco a la Diosa de la Luna su bendición cada mañana cuando el sol la
sustituye en el cielo.

Abigail se dejó llevar por las emociones de Roman. Su rabia era profunda, pero ella sabía que él
nunca dejaría que le pasara nada, y que eran más fuertes juntos que solos. La Profetisa le había
dicho que gobernarían el reino de los lobos, algo que ella no tomaba a la ligera.

Sonriendo mientras miraba sus arremolinados ojos dorados, dio las gracias a la Diosa de la
Luna por su verdadero propósito y por ponerla en el camino de la vida.

―Y tú eres mío. Yo también le doy las gracias cuando sustituye al sol en el cielo nocturno.
Abigail se puso de puntillas y le besó en la marca que le había hecho en el hombro. El contacto
de sus labios con su piel hizo que lloviera oro.

La felicidad de Roman fue un consuelo que no sabía que estaba buscando. Sus palabras
calmaron parte de su rabia.

Habían tenido muchas conversaciones sobre su futuro, el futuro de la manada y de la nación de


los lobos. Él estaba deseando tener cachorros y crear una familia con ella, algo que ella también
deseaba.

Se negó a dejar que ningún otro pensamiento sobre Carson arruinara su noche. Agachó la
cabeza y le besó su marca, haciendo llover plata de ella.

Permanecieron abrazados mientras cada parte de su amor inundaba sus cuerpos y sus mentes.
Su conexión duraría toda la vida y más allá. Se habían ganado un lugar entre las estrellas.

Estarían con la Luna en el cielo nocturno, velando por las generaciones futuras.

Capítulo 46: Epilogo

El calor se había instalado antes del desayuno. Los lagos y las piscinas de los territorios
neutrales serían muy útiles. Miles y miles de hectáreas habían sido exploradas y colonizadas a
lo largo de los años.

Logan y Mara se habían reasentado hacia el este. Un mes después de la guerra fallida, habían
descubierto que ella tenía cachorros, tres. Logan estaba extasiado. Mara estaba en estado de
shock.

Les encantaba pasar juntos cada minuto. Roman estaba convencido de que había más de tres,
y nunca podría distinguirlos.

Rye y Bell se habían asentado en el oeste. También habían sido bendecidos unos años después
de la guerra fallida.
Su hijo había nacido durante una tormenta y se había ganado el nombre de Thor, por el Dios del
Trueno. La niña había nacido durante la primera luna de primavera. Aún estaba envuelta en una
manta y pegada al pecho de su madre.

No creían que pudieran ser más felices, sus vidas estaban llenas de amor.

No creían que pudieran ser más felices, sus vidas estaban llenas de amor.

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Tu perfil

La camioneta rebotó mientras los pensamientos de Abigail seguían vagando; míró por el espejo
retrovisor, asegurándose de que las grandes tarrinas de helado no se hubieran abierto. La última
vez que había hecho una carrera de helados, había sido un desastre.

El Sr. Graves le había asegurado que las tapas no se volverían a soltar. Le había entregado
repuestos, toda una hazaña, ya que Roman le daba un miedo de muerte. Ella sonrió y negó con
la cabeza, riéndose mientras conducía.

-¡Mamá! -Mason grító desde el asiento trasero ¿Qué es tan gracioso?

Abigail sonrió a su hijo.

-Sólo pensaba en la última vez que fuimos a por helado para la manada y explotó en la parte de
atrás del camión de tu padre.

Maisie se echó a reír con su hermano.

-Mami, grecuerdas a papi tratando de comérselo todavía?

El trío soltó una carcajada cuando ella giró hacia la nueva entrada de las tierras de la manada.
Saludó a Tory, estaba con un grupo de guerreros. Corrió hacia la camioneta cuando ella redujo
la velocidad.

-¡Sí! [Helado! -Olfateő los grandes contenedores del camión-. Veo que tienes el favorito del Alfa.

-Seguro que sí. Te guardaré un poco-Abigail sonrió y saludó, rodando lentamente por el carril
recién pavimentado hacia su casa.

Roman bajaba las escaleras a su encuentro cuando ella se detuvo.

Mason salió corriendo de la parte trasera del camión.

-¡Papá! Tuve que salvar a mamá. Roman gruñó en cuanto oyó a su hijo.

-¿De qué?
Sus ojos se iluminaron al ver a Abigail ayudando a Maisie a salir del camión.

-¡El Sr. Graves estaba sonriendo y riéndose de mamá, y la tocó!

Roman le enseñó los dientes a Abby.

-¿Qué acaba de decir tu hijo?

-No te preocupes, papá. Le gruñí y le dije que le arrancarías los brazos si volvía a tocar a mi
mamá-Mason cruzó los brazos sobre su pequeño pecho, imitando la postura de su padre.

Abigail resopló y puso los ojos en blanco.

-Mason, deja de intentar enfadar a tu padre.

-¡Te tocó, mami! -Los pequeños caninos de Mason asomaron por debajo de sus labios.

-¡Mason, le dio la mano a mamá! Maisie ya estaba harta de que su gemelo intentara ser más
grande que él. Eso es ser educado, ¿verdad, mami?

Abigail sonrió a sus gemelos.

-Sí, eso se llama ser educado.

Roman retumbó mientras cogía a Abigail y la atraía hacia sí. Su nariz se apoyó en su mejilla y
bajó lentamente por su cuello hasta su marca.

-Educado, ¿eh? le susurró al oído, y la piel se le puso de gallina.

-Si, Alfa. Estaba siendo educado-Abigail le rodeó el cuello con los brazos y su ronroneo
sustituyó rápidamente a su estruendo.

-Tu calor está llegando. Podía sentir el profundo murmullo de placer que brotaba de ella. Un
ligero halo plateado había aparecido a su alrededor la noche anterior.

Abigail lo había notado al despertarse por la mañana.

-¿Te sientes educada?

Roman se echó a reír e inclinó la cabeza, besándola apasionadamente.

-Ewwww-dijeron los niños al unisono al ver a sus padres besarse. Se fueron corriendo a decirles
a los otros cachorros que había helado.

Roman y Abigail se echaron a reir. En aquel momento, su vida juntos nunca había sido tan
plena. El nacimiento de sus gemelos cinco años antes había sido un regalo. Permanecieron
abrazados, sintiendo la oleada de emoción de una golosina fría en un día caluroso.
-Guarda un poco de ese chocolate triple para la cabaña-Roman le guiñó un ojo. Vamos a estar
invadidos de cachorros gritando por helado en unos minutos.

Podía sentir la emoción a través del enlace.

Abigail se echó a reír mientras una profunda punzada la golpeaba.

-¿Crees que cuando estés lamiendo ese helado de mi pierna podremos hablar de otro cachorro
o dos?

Roman sonrió malvadamente. Había estado pensando en lamerle el helado en el interior del
muslo. Sacudió la cabeza, incapaz de contener la risa que se le escapaba.

-¿Estás tratando de sobornarme con helado, Abigail?

Ella se encogió de hombros, mostrándole sus ojos verdes.

-¿Funcionó?

Roman la miró con sus ojos dorados.

-Asi fue.

Los dos se abrazaron, besándose, antes de que el sonido de una pequeña estampida llegara de
la colina. Mason encabezaba el grupo y Maisie saltaba, arrancando flores, mientras un grupo de
cachorros corría hacia sus padres, gritando por un helado.

Roman y Abigail sonrieron al ver a los cachorros reunirse a su alrededor. Su energía y


entusiasmo eran contagiosos. Roman atrajo a Abby a su lado, y ambos se tomaron un
momento para disfrutar, observando a su manada.

Roman la míró con sus ojos dorados.

-Así fue.

Los dos se abrazaron, besándose, antes de que el sonido de una pequeña estampida llegara de
la colina. Mason encabezaba el grupo y Maisie saltaba, arrancando flores, mientras un grupo de
cachorros corría hacia sus padres, gritando por un helado.

Roman y Abigail sonrieron al ver a los cachorros reunirse a su alrededor. Su energía y


entusiasmo eran contagiosos. Roman atrajo a Abby a su lado, y ambos se tomaron un
momento para disfrutar, observando a su manada. El amor y el orgullo fluían por las tierras de la
manada Luko.

Esto era una familia.

Y así era la vida.


Fin

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