El Último Día Del Creyente - Su Mejor Día
El Último Día Del Creyente - Su Mejor Día
del creyente:
Su mejor día
Contenido
Dedicatoria epistolar............................................................................3
1
Un sermón predicado en el funeral de la señora Martha Randall, en la Iglesia de
Cristo, Londres, 28 de junio de 1651.
El título original, A Believer’s Last Day Is His Best Day (El último día de un cre-
yente es su mejor día), apareció en 1651-52. Pasó por un gran número de ediciones
a lo largo de los diez años siguientes, aunque las diversas reimpresiones no se de-
signan en las portadas. A menudo se encuentra como apéndice de Heaven on Earth
(El cielo en la tierra). Tal vez nada compruebe mejor la popularidad de Brooks que
la gran circulación de mensajes como este y «Collar de perlas», ambos eran sermo-
nes fúnebres.
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2
EL ÚLTIMO DÍA DEL CREYENTE:
SU MEJOR DÍA
Me has guiado según tu consejo,
Y después me recibirás en gloria
(Salmo 73:24).
Dedicatoria epistolar
A mis respetables y amados amigos, John Russel y señora, y Thomas Ran-
dall: Toda la felicidad en este mundo y en el venidero. El siguiente sermón
fue predicado por causa de su insistencia. Ustedes saben que nada satisfaría
sus espíritus más que su impresión, lo que finalmente me movió, casi a
regañadientes, a conceder su deseo. No es que me deleite en negar sus de-
seos, ni porque lo apreciara, sino porque no lo consideré suficientemente
digno para ustedes ni para el peso que le adjudicaron, ya que es tan solo el
fruto de algunas breves meditaciones entrecortadas. Ahora he publicado
estas notas, que les presento con todo mi cariño. Alguna vez estuvieron en
sus oídos, ahora están ante sus ojos. ¡Que el Señor las guarde siempre en
sus corazones! Si algo en este sermón es digno de meditarse, no es mío,
sino del Señor, por medio de Su gracia…
Estimados amigos, bien saben que todos debemos morir en el desierto
de este mundo, ser reunidos con nuestros padres y no volver a ser vistos.
Abraham y Sara deben partir, Jacob y Raquel deben separarse, David y su
niño deben cortar lazos. Nuestros días están contados, nuestro tiempo ha
sido señalado y no podemos traspasar nuestras fronteras. «El que sacia de
bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila» (Sal 103:5). Por
tanto, no nos lamentemos como los que «no tienen esperanza», ni seamos
como Raquel que «no quiso ser consolada» (Mt 2:19). Con este propósito,
acepten estos consejos:
1. Mediten con profundidad en el dulce comportamiento de otros que
sufren la pérdida de seres cercanos y queridos. Cuando Dios dictó la sen-
tencia de muerte sobre el hijo de David, él «se levantó de la tierra, y se lavó
y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y adoró. Después
vino a su casa, y pidió, y le pusieron pan, y comió» (2S 12:20). Cuando sus
3
siervos cuestionaron esta acción, él respondió: «Mas ahora que ha muerto,
¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver?» (12:23).
De igual manera, cuando los hijos de Aarón fueron destruidos con
fuego por ofrecer fuego extraño,1 Aarón se quedó callado; dominó sus pa-
siones y se sometió dulce y silenciosamente a la justicia divina (Lv 10:22-
23). Del mismo modo, cuando se le dijo a Anaxágoras2 que sus dos hijos
(los únicos que tenía) habían muerto, no se aterrorizó por las tristes noti-
cias y respondió: «Sé que engendré criaturas mortales». El pueblo de Tracia
entierra a sus hijos con gran gozo, pero en su nacimiento se lamentan con
dolor al considerar las miserias que probablemente les acaecerán mientras
vivan.
2. En tiempo de cruces, pérdidas y miserias, es sabio que los creyentes
contemplen más la corona que la cruz; que mediten más en la gloria que
en la miseria; que miren más la serpiente de bronce, que fue levantada,
antes que la serpiente abrasadora que muerde y envenena (2Co 4:16-18;
Heb 10:34; 11:24-26, 35; 12:1-3).
Basilio3 habla de algunos mártires que fueron echados fuera desnudos
por la noche en medio del invierno y que luego fueron quemados al si-
guiente día, y de cómo se consolaban de esta manera: «El invierno es crudo,
pero el paraíso es dulce; aquí temblamos de frío, pero el seno de Abraham
lo compensará todo».
Galeno4 escribe acerca de un pez llamado uranoscopus que tiene un
solo ojo que, sin embargo, mira constantemente hacia el cielo. Un cristiano
bajo la cruz siempre debe tener un ojo mirando hacia el cielo, de manera
que su alma no desmaye y que pueda dar gloria a Dios en el día de la visi-
tación.
Se dice que a Lázaro, después de su resurrección de entre los muertos,
nunca se le vio reír de nuevo; sus pensamientos y afectos estaban tan fijos
en el cielo que, aunque su cuerpo estaba en esta tierra, no podía sino me-
nospreciar las cosas temporales, ya que su corazón estaba tan empeñado en
las cosas eternas.
1
fuego extraño: Fuego para el altar del tabernáculo que fue ofrecido por su propia iniciativa,
no según el santo mandamiento de Dios.
2
Anaxágoras (c. 510-c. 428 a. C.): Filósofo griego que formuló teorías sobre meteoros y planetas.
3
Basilio el Grande (c. 330-379 d. C.): Uno de los tres teólogos conocidos como los Padres Ca-
padocios; se le recuerda más por su contribución al desarrollo de la doctrina ortodoxa de
la Trinidad; se opuso al partido arriano, que negaba la deidad de Cristo.
4
Galeno (129-c. 200/216 d. C.): Ilustre médico, cirujano y filósofo griego del Imperio Romano.
4
«El hombre», dijo Crisóstomo,5 «que medita en la contemplación del
cielo estará reacio a salir de ahí». «Más aún», dice Agustín,6 «un hombre
podría pasar la vida contemplando el cielo y primero envejecer antes que
aburrirse».
3. Comparen sus misericordias junto con sus pérdidas y descubrirán
que sus misericordias sobrepasan de forma maravillosa sus pérdidas. Si han
perdido una misericordia, aún disfrutan de muchas más. ¿Qué es la pérdida
de una esposa, de un hijo o de cualquier otra misericordia temporal cuando
se la compara con el gozo del alma en el favor de Dios, con el perdón de
pecados, con la paz de conciencia, con la esperanza del cielo, entre otros?
Además, es posible que disfrutemos de tantas misericordias temporales que
muchos de los preciosos hijos de Sion no tuvieron.
4. Consideren seriamente las razones por las que Dios despoja a Su
pueblo de sus misericordias más cercanas y amadas. Estas son:
a. Para probar la fuerza y el poder de Su gracia. No toda cruz ni toda
pérdida pone a prueba la fuerza de las gracias del creyente. Job se sostuvo
con valentía ante tantas aflicciones por un tiempo, pero, cuando la tor-
menta lo había dejado empapado, actuó como un hombre carente de gracia
y no como uno que superaba a todos los demás en gracia.7
Cuando Dios quema el cobertizo, pero deja en pie el palacio; cuando se
lleva al siervo, pero guarda al hijo; cuando toma una flor aquí y allá de los
jardines del hombre, pero deja las flores que son el deleite de sus ojos y la
alegría de su corazón, este lo soporta con paciencia y dulzura. No obstante,
cuando Dios quema el palacio, se lleva al hijo y toma la flor más bella del
jardín, entonces usualmente demostramos que somos humanos, sí, huma-
nos débiles que claman con pasión: «¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío
Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío,
hijo mío!» (2S 18:33).
b. Dios dicta sentencia de muerte sobre las misericordias más estima-
das del hombre para que Él mismo sea más temido y para que Sus preciosos
siervos y su consejo puedan ser mejor atendidos y valorados. Los egipcios
no temblaron bajo diferentes juicios, ni hicieron caso a lo que Moisés y
5
Juan Crisóstomo (c. 347-407): Obispo de Constantinopla, un importante padre de la iglesia
primitiva. Es conocido por su elocuencia al predicar y por sus denuncias de los abusos de
autoridad, tanto de líderes eclesiásticos como políticos. (Gr.: «boca de oro»).
6
Aurelio Agustín (354-430): Obispo de Hipona, teólogo de la iglesia primitiva, conocido por
muchos como el padre de la teología ortodoxa. Nacido en Tagaste, África del Norte.
7
Dios probó al máximo la fuerza de la fe de Abraham, de la paciencia de Job, de la manse-
dumbre de Moisés, del celo de David y de la valentía de Pablo. Él no solo probará la ver-
dad, sino también, tarde o temprano, probará la fuerza de toda gracia en el creyente (Ex
12:27, 30-31). [Autor].
5
Aarón dijeron, hasta que Dios castigó a sus primogénitos; entonces sí tem-
blaron y los siervos del Señor y su consejo encontraron mejor recepción
que antes. Ah, ¡amigos míos! ¿Ha castigado ya el Señor a su primogénito
(en forma figurada)? Entonces, consideren: Aprecien el honor de Dios, el
avance del evangelio, la paz de sus propias conciencias, el cerrar de la boca
de los malvados y la alegría de aquellos corazones que Dios no desea entris-
tecer, de manera que Él sea más temido y que Sus siervos y Sus servicios
sean más aceptados, amados y valorados.
El pueblo de Dios y Sus ordenanzas son para Él como Su primogénito,
y a quienes tomen a la ligera al primogénito de Dios, Él tomará a la ligera
su primogénito. Estos egipcios habían dado muerte a Israel, el primogénito
de Dios y, por lo tanto, Dios da muerte a sus primogénitos. Mi anhelo y
oración será que Dios elimine y tome a cada primogénito, en forma figu-
rada, para hacer más espacio en el corazón para Dios, Cristo, los santos8 y
las ordenanzas, de manera que su gran pérdida pueda ser transformada en
la mayor ganancia. Y, ciertamente, si este remedio, esta pócima dada por
medio de una mano extendida desde el cielo, no produce esta ganancia, ¡la
siguiente será mucho más amarga (Jn 5:14)!
c. Dios dicta sentencia de muerte sobre las misericordias más cercanas
y amadas del hombre para poder atraerlos a una dependencia más completa
y plena en Él. El hombre es una criatura que tiende a sostenerse y a des-
cansar en apoyos terrenales. Dice el salmista: «Mira a mi diestra y observa,
pues no hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide
de mi vida» (Sal 142:4). Ahora, ¿qué hará cuando todos los apoyos le fallen?
Solo le queda descansar dulcemente en Dios: «Clamé a ti, oh, Jehová; Dije:
Tú eres mi esperanza, y mi porción en la tierra de los vivientes» (v 5).
Cinégiro, un capitán ateniense, mostró gran valentía en la guerra
persa.9 Él persiguió a sus enemigos cargados de abundantes botines toma-
dos de su país. Estaban listos para echar amarras y zarpar, pero él sostuvo
el barco con su mano derecha; cuando esta fue cortada, lo sostuvo con la
izquierda. Cuando esta también fue cortada, lo sostuvo con los muñones,
hasta que le cortaron sus brazos; luego, lo sostuvo con los dientes, hasta
que le cortaron la cabeza. Esta es precisamente la actitud de la mayoría de
los hombres y las mujeres en el mundo, que se sostienen de un apoyo y, si
Dios lo corta, se sostendrán de otro, y así sucesivamente hasta que Él corte
8
santos: Otros creyentes, como pueblo santo de Dios (1Co 1:2).
9
guerra persa (guerras médicas): Una serie de conflictos entre el Imperio aqueménida y las
ciudades Estado griegas que comenzó en el 499 a. C. y terminó en el 449 a. C., una coli-
sión entre el díscolo mundo político de los griegos y el enorme Imperio persa.
6
todos los apoyos; solo entonces, encuentran descanso, se enfocan en Dios
y exclaman: «Todas mis fuentes están en ti»10 (Sal 87:7).
d. Dios despoja a Su pueblo de las misericordias más estimadas para
que pueda trabajar en su corazón para lograr un examen más diligente de
su propio corazón y conducta, de manera que digan con la iglesia: «Escu-
driñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová» (Lam
3:40). La palabra hebrea traducida como «examinar» significa buscar como
para encontrar a una persona disfrazada. Cuando la mano y el cayado de
Dios están sobre nuestras espaldas, nuestras manos deben ir sobre nuestro
corazón y tenemos que clamar: «¡Qué maldad hemos hecho!».
Séneca11 afirma que Sexto se hacía tres preguntas todas las noches:
1) ¿Qué mal has sanado hoy?
2) ¿Contra qué vicio te has levantado hoy?
3) ¿De qué forma has hecho mejor este día?
Cuando la tormenta te golpea con fuerza es necesario que identifiques
al Jonás dormido en el fondo de tu alma, de manera que, al ser descubierto
y echado por la borda, tu alma pueda estar a salvo; pues la seguridad de tu
alma yace en ahogar tus pecados.
e. Dios despoja a Su pueblo de sus misericordias externas más apreciadas
para que puedan ser más compasivos con quienes están o estarán en su misma
condición. Hasta este día, los judíos, en sus fiestas y celebraciones nupciales,
quiebran una copa de vino en memoria de Jerusalén y dicen, mientras lo ha-
cen: «¡Así fue quebrada Jerusalén!». El vino que derraman lo reponen con lá-
grimas. ¿Acaso no es digno de vergüenza tener el mismo nombre, la misma fe,
el mismo Cristo, la misma profesión, etcétera, y desear siempre caminar sobre
rosas? ¿Acaso no es digno de vergüenza embarcarse en este gran barco del cris-
tianismo junto con tantos espíritus valientes y esconderse bajo la cubierta? Los
santos deberíamos ser como cuerdas de laúd bien afinadas unas con otras:
cuando una suena, la otra tiembla.
f. Dios despoja a Su pueblo de sus misericordias externas más estima-
das y cercanas para que puedan apreciar y probar mejor sus misericordias
espirituales y celestiales. Diógenes12 observó la necedad de los hombres de
su época: infravaloraban las mejores cosas, pero sobrevaloraban las peores.
¡Ah, cuánto quisiera que este no fuera el pecado y la vergüenza de los pro-
fesantes13 actuales!
10
fuentes: Manantiales de agua fresca y limpia que emanan de la tierra; fuentes de fortaleza.
11
Séneca (c. 4 a. C. - 65 d. C.): Filósofo estoico y estadista romano.
12
Diógenes (c. 412/404-323 a. C.): Filósofo griego y uno de los fundadores de la filosofía cí-
nica; nacido en Sinope, una colonia jonia en el mar Negro.
13
profesante: Uno que profesa creer en la fe cristiana, pero que no tiene un corazón renovado.
7
Dios se lleva las riquezas inciertas para que Su pueblo aprecie más las
riquezas certeras. Él se lleva la fuerza natural para que Su pueblo aprecie
más la fuerza espiritual. Dios se lleva a la criatura14 para que Su pueblo
aprecie más a su Salvador. Solo las cosas espirituales permanecerán con-
tigo en todos los cambios. Solo las cosas espirituales y celestiales pueden
satisfacer el alma. Las palabras que usa un espíritu de gracia son estas: ¡Ah,
Señor! ¡Así como lo que yo puedo ofrecerte no te agrada sin mí, tampoco
las cosas que recibo de Ti, aunque me den refrigerio, pueden satisfacerme
sin Ti! (Jn 14:8). «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti
nada deseo en la tierra» (Sal 73:25).
5. La última palabra de consejo que daré es esta: Consideren seriamente
y con frecuencia que, cuando Dios se lleva o remueve una misericordia, es
solo para dar espacio a otra misericordia, usualmente mejor. Dios le quitó a
David a Mical y le dio a la sabia Abigail. Él le quitó a Absalón, pero le dio al
sabio Salomón. Dios retiró la presencia corporal de Cristo de Sus discípulos,
pero les dio con más abundancia Su presencia espiritual, una elección mu-
cho mejor y una misericordia más dulce. «Pero yo os digo la verdad: Os con-
viene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a
vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré» (Jn 16:7). Dios siempre cumplirá Su
palabra: «No os dejaré huérfanos» (Jn 14:18). ¡No! Vendré y los consolaré a
diestra y siniestra y supliré todas sus necesidades y seré para ustedes mejor
que todas sus misericordias. «En vez de bronce traeré oro, y por hierro
plata», y así sucesivamente (Is 60:17).
Para terminar, «Por su maldad será lanzado el impío; mas el justo en su
muerte tiene esperanza» (Pr 14:32). ¡Debemos lamentarnos por el hombre o
la mujer que ha muerto y le espera el infierno, a quien el diablo devora y la
justicia divina atormenta! Sin embargo, los creyentes que han partido, a
quienes los ángeles acompañan y Cristo acoge con un abrazo, a quienes toda
la corte celestial sale a recibir, deben considerar la inmortalidad como una
misericordia y lamentarse de haber sido impedidos por tanto tiempo de dis-
frutar de la dulce compañía de Cristo. «Muera yo la muerte de los rectos, y
mi postrimería sea como la suya» (Nm 23:10). «Estimada es a los ojos de
Jehová la muerte de sus santos» (Sal 116:15).
En el amor y servicio de nuestro amado Señor,
Thomas Brooks
14
criatura: Una cosa o persona creada.
8
EL ÚLTIMO DÍA DEL CREYENTE:
SU MEJOR DÍA
Mejor es la buena fama que el buen ungüento;
y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento
(Eclesiastés 7:1).
A
mados, me presento aquí hoy para dirigir una palabra a los vivos, ya
que no me incumbe hablar nada acerca de los muertos. Por tanto,
tengan ustedes la bondad de buscar conmigo Eclesiastés 7:1: «Mejor
es la buena fama que el buen ungüento; y mejor el día de la muerte que el
día del nacimiento». Disertaré ahora sobre la segunda parte del versículo:
«El día de la muerte [es mejor] que el día del nacimiento».
Dicen los griegos que el inicio del nacimiento del hombre es la con-
cepción de su miseria. «El hombre nacido de mujer, corto de días, y has-
tiado de sinsabores» (Job 14:1). La palabra hebrea traducida «nacido» sig-
nifica también «generado» o «concebido», lo que nos señala que el hombre
es miserable tan pronto como se abriga dentro del vientre. Entra al mundo
llorando. Antes de que el niño hable, profetiza con lágrimas sus tristezas
futuras.
Esto hizo que Salomón prefiriera su ataúd antes que su corona, el día
de su disolución antes que el de su coronación. Ahora bien, no deseo pos-
tergar más mi intención principal, así que haré esta observación: El último
día del creyente es su mejor día. ¡El día de su muerte es mejor que el día
de su nacimiento! Esta será una verdad dulce y útil para todos los creyentes.
9
1. Un cambio de lugar
La muerte es un cambio de lugar. Cuando el creyente muere, lo único
que sucede es que cambia de lugar. De la tierra al cielo, del desierto a Ca-
naán, de Egipto a la tierra de Gosén, del muladar al palacio; como se dijo
de Judas: «para irse a su propio lugar» (Hch 1:25). El alma sin Cristo no
está donde le corresponde: su lugar es abajo.15 Así también, cuando el cre-
yente muere, va al lugar que le corresponde: el cielo, el seno de Cristo, es
su lugar. Y eso confirma la verdad afirmada: el día de la muerte del creyente
es su mejor día.
«Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y pre-
sentes al Señor» (2Co 5:8). En el presente, el creyente no está en el lugar
que le corresponde. Su alma sigue laborando y peleando, y no puede des-
cansar hasta que llegue a su destino en el seno de Cristo. Pablo entendió
bien esto cuando dijo: «teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual
es muchísimo mejor» (Fil 1:23); es decir, que con alegría levantaría anclas,
izaría las velas y zarparía hacia mi hogar. Y, en este sentido, las almas pre-
ciadas gimen pidiendo su liberación: «Y por esto también gemimos,
deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial» (2Co 5:2).
¿Cuál es la razón? Esta: «sabiendo que entre tanto que estamos en el
cuerpo, estamos ausentes del Señor» (5:6). No estamos en el lugar que nos
corresponde y, por tanto, gemimos por estar en casa; es decir, estar en el
cielo, en el seno de Cristo, el cual es nuestro lugar adecuado, nuestro hogar
más anhelado.
2. Un cambio de compañía
La segunda evidencia que demuestra la verdad afirmada es esta: la
muerte es un cambio de compañía. La mejor criatura que respira en este
mundo debe convivir con los malvados y conversar con ellos. Y esta es parte
de su miseria; es su infierno de este lado del cielo. Esta verdad estaba adhe-
rida al espíritu de David: «¡Ay de mí, que moro en Mesec, y habito entre las
tiendas de Cedar!» (Sal 120:5).16 Observemos también Jeremías 9:2: «¡Oh,
quién me diese en el desierto un albergue de caminantes, para que dejase
a mi pueblo, y de ellos me apartase! Porque todos ellos son adúlteros, con-
gregación de prevaricadores». Esto fue lo que afligió y atormentó el alma
justa de Lot: él «afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos
inicuos de ellos» (2P 2:7-8).
15
abajo: En el infierno.
16
He leído de una dama piadosa que, cerca ya de la muerte, exclamó: «Señor, ¡no me permitas
ir al infierno donde mora el malvado, pues sabes que nunca he disfrutado de su compañía
en vida!». [Autor].
10
Ah, la muerte es un cambio de compañía. La persona cambia de la com-
pañía de los profanos y viles a la compañía de ángeles; y de la compañía de
creyentes débiles a la compañía de justos que han sido perfeccionados. Este
es un pasaje notable:
Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo,
Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la
congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios
el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el
Mediador del nuevo pacto (Heb 12:22-24).
Este es un cambio en verdad. La muerte es un cambio de compañía, así
como de lugar. Y, si sopesamos bien esta verdad, debemos aceptar que el
día de la muerte del creyente es mejor que el de su nacimiento.
3. Un cambio de empleo
La muerte es un cambio de empleo. El alma del creyente, cuando
muere, cambia su labor y su empleo. La labor del creyente en este mundo
consiste en orar, gemir, suspirar, dolerse, luchar y pelear. Y vemos a lo
largo de la Escritura que los mejores santos, los que han tenido visiones
más magníficas de Dios, son los que han perfeccionado esta profesión. Han
dedicado su tiempo a orar, gemir, suspirar, dolerse, luchar y pelear. «Por-
que no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, con-
tra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra
huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Ef 6:12).17 La ver-
dad es que la vida misma del creyente es una guerra continua y su tarea es
siempre estar en el campo de batalla. Los creyentes deben lidiar con enemi-
gos sutiles, maliciosos, vigilantes e incansables. Deben lidiar con enemigos
sutiles, maliciosos, precavidos y atentos, como los que abatieron a Adán en
el paraíso, el hombre más inocente de la historia; y a Moisés, el hombre
más manso de la historia; y a Job, el hombre más paciente de la historia; y
a Josué, el hombre más valiente de la historia; y a Pablo, el mejor apóstol
de la historia. La vida del cristiano es una guerra. Job dice: «Todos los días
de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación» (Job 14:14). En efecto,
está diciendo: «¡Yo sigo luchando con lujurias y corrupciones dentro de mí
y con demonios y hombres fuera de mí!». Y en 2 Timoteo 4:7, Pablo dice:
«He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe». Y
en 2 Timoteo 2:4: «Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida,
a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado». La muerte es un cambio
de empleo. ¡Transforma este duro servicio, la labor de dolerse, luchar y pe-
17
El lema de un valiente emperador romano era: «¡Sin lucha, no hay paga!». Yo digo lo
mismo: «¡Sin lucha, no hay corona! ¡Sin lucha, no hay cielo!». [Autor].
11
lear, en regocijo y en cantos de aleluya al Todopoderoso! ¡Ya no más ora-
ciones, sino alabanzas! ¡Ya no más luchas y peleas, sino danzas y triunfos!
¿Puede el alma del creyente mirar este cambio glorioso y no decir: «Mejor
es el día de la muerte del creyente que el día de su nacimiento»? ¡La muerte
es el sudario que enjuga toda lágrima de los ojos del creyente (Ap 7:17)!
4. Un cambio de deleites
La muerte es un cambio de deleites, tanto como un cambio de empleo.
Lo expresaré en tres instancias considerables:
a. De oscuridad a dulzura
La muerte es un cambio de nuestro deleite más oscuro e incierto de
Dios a un deleite más transparente y dulce de Él. El mejor creyente que
respira en este mundo, aquel que ve y goza más de Dios y de Su gloria, no
disfruta aún de Dios con claridad plena porque sigue en tinieblas. El apóstol
Pablo fue un hombre con deleites profundos en Dios; sin embargo, mien-
tras estuvo en la carne, solo podía ver como por un espejo: «Ahora vemos
por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco
en parte; pero entonces conoceré como fui conocido» (1Co 13:12). Dios le
dijo a Moisés que no podría ver Su rostro y vivir. La verdad es que podemos
soportar apenas una pequeña parte de lo que puede ser descubierto de Dios,
ya que hay tanta majestad y gloria poderosas en todos los descubrimientos
espirituales de Él. Somos débiles y, por tanto, podemos asimilar solo un
poco de Dios. Solo tenemos una comprensión oscura de Él. Testificamos
de nuestras lágrimas, suspiros, gemidos y quejas porque avanzamos y re-
trocedemos. Nos volvemos a la derecha y luego a la izquierda (como dice
Job 23:8-9) y Dios se esconde de manera que no podemos verlo.
Plutarco18 nos habla de Eudoxo19, que estaba dispuesto a ser consu-
mido por el sol con tal de que le permitieran acercarse tan cerca como para
estudiar su naturaleza. Esto debe marcar el corazón del creyente: Señor,
permítenos ser consumidos, para que podamos verte más en todas Tus ma-
nifestaciones gloriosas; permítenos ser pobres, déjanos ser lo que sea, de
modo que podamos alcanzar un deleite más claro en Ti. Crisóstomo profesó
que la falta de disfrute en Dios sería para él un infierno mucho peor que la
sensación de cualquier castigo.
Pregunta a quienes tienen un deleite supremo en Dios: «¿Cuál es tu
carga más grande?». Te dirán: «Mi carga más grande es esta: ¡que mi com-
prensión de Dios deje de ser clara, que no pueda ver cara a cara a Aquel a
18
Plutarco (c. 46-120 d. C.): Historiador, biógrafo y ensayista griego y seguidor de Platón.
19
Eudoxo de Cnido (c. 390 – c. 337 a. C.): Astrónomo, matemático y erudito de la antigua
Grecia y estudiante de Arquitas y Platón (424-348 a. C.).
12
quien ama mi alma tan profundamente!». Ah, pero los santos en el cielo
tienen una visión clara de Dios: ¡ya no hay nubes ni neblinas en el cielo!
b. De la imperfección a la perfección
La muerte es un cambio de nuestros deleites imperfectos e incomple-
tos en Dios a un deleite más completo y perfecto en Él. Así como ningún
creyente puede ver a Dios con claridad aquí, tampoco puede verlo con ple-
nitud y perfección. «¡Y cuán leve es el susurro que hemos oído de él!» y, de
lo que oímos, ¡cuán leve es la palabra que entendemos (Job 26:14)!
Es una expresión excelente de Agustín: «Las glorias del cielo son tantas
que exceden en número; tan preciosas que exceden en valor; tan grandes
que exceden en medida». Bernardo20 dice: «Que Cristo estuviera con Pablo
era su mayor seguridad, pero ¡para Pablo estar con Cristo era su principal
felicidad!». Crisóstomo afirmó: «Si fuera posible que todos los sufrimientos
de los santos fueran derramados sobre un hombre, ¡no equivaldría a una
sola hora en el cielo!». Tal es la grandeza y la plenitud de esta gloria en las
alturas. El lema de los santos es: «¡Vayamos allá! ¡Vayamos allá!».
De la misma manera vemos en 1 Corintios 13:12: «Ahora conozco en
parte; pero entonces conoceré como fui conocido». El alma, mientras sigue
en este mundo presente, dice: «Disfruto algo de Dios y no me faltaría nada
por mil mundos y, sin embargo, mi disfrute no está completo». Si pregun-
táramos: «Alma, ¿para qué esperar en Dios en esta y aquella ordenanza?»,
esta respondería: «Para disfrutar de Dios más plenamente». Oh, ¡que sea-
mos llenos de la plenitud de Dios! No hay quejas en el cielo, porque ahí no
hay necesidades.
Cuando la muerte aseste su golpe fatal, habrá un intercambio de la tie-
rra por el cielo, de deleites imperfectos por deleites perfectos en Dios. En-
tonces, el alma será inundada por un deleite completo en Dios. Ni un solo
rincón de ella quedará vacío, sino que todo será lleno de la plenitud de Dios.
Aquí, en este mundo presente, el alma recibe gracia sobre gracia, pero en
el cielo, recibirá gloria sobre gloria. Dios guarda el mejor vino para el final;
lo mejor de Él, de Cristo y del cielo están más allá de este mundo presente.
Aquí, tenemos algunos destellos, algunas muestras de Dios; sin embargo,
Su plenitud está reservada para el estado de gloria. Aquel que percibe más
de Dios en esta tierra solo puede ver Su espalda, pero Su rostro es una joya
de tal esplendor y gloria que ningún ojo no puede contemplar si no ha sido
glorificado.
El mejor cristiano solo puede entender un poco de Dios. Su corazón es
como un vial de cristal que no se puede llenar con rapidez, aunque esté en
20
Bernardo de Claraval (1090-1153): Monje francés conocido por su devoción; el teólogo me-
jor conocido de su época.
13
el medio del mar, donde está toda la plenitud. Su corazón es como la vasija
de la viuda, que solo podía contener un poco de aceite (2R 4:2-7). El pecado,
el mundo y las criaturas ocupan tanto espacio en el mejor corazón que Dios
solo se revela de poco en poco, tal como los padres dan golosinas a los ni-
ños. Sin embargo, en el cielo, ¡Dios se comunicará por completo y de forma
inmediata al alma! Entonces, la gracia será absorbida por la gloria (2Co
5:4).
c. De la transitoriedad a la permanencia
La muerte es un cambio de un deleite de Dios inconstante y transitorio
a uno más constante y permanente. Aquí, en la tierra, el deleite de los san-
tos en Dios es inconstante. Un día, se deleitan en Dios y al siguiente, el alma
se estanca y se queja en angustia de espíritu. El que consuela mi alma pa-
rece «estás lejos» (Sal 10:1); mi copa se ha agotado, mi sol se ha ocultado,
y ¿qué puede compensar esta falta de sol? Así como la luz de una vela, de
una estrella o de una antorcha no puede compensar la falta de la luz del
sol, así también, cuando el Sol de justicia (Mal 4:2) esconde Su rostro, todos
los consuelos basados en las cosas creadas no pueden compensar esta au-
sencia de Su rostro.21
David podía decir en ocasiones que Dios era su porción, su salvación y
su torre fuerte (Sal 73:26; 18:2; 61:3) y otras cosas similares; sin embargo,
enseguida exclama: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de
mí?» (Sal 42:5). En un lugar, afirma: «No seré jamás conmovido»; no obs-
tante, en breve continúa: «Escondiste tu rostro, fui turbado» (Sal 30:6-7).
Este es el estado de un creyente en este mundo. Sin embargo, en el cielo
no se levantarán nubes entre el Señor y el corazón del creyente. Dios no
sonreirá un día y fruncirá el ceño al siguiente; no tomará un día el alma en
Sus manos para dejarla a Sus pies al siguiente. Así trata con Su pueblo aquí,
pero en el cielo solo habrá besos y abrazos, solo habrá un deleite perpetuo
de Dios. Cuando Dios toma un alma para Sí, esta nunca más experimenta
la noche, nunca más experimenta las tinieblas; en ese momento, toda lá-
grima será enjugada. Estas palabras son dulces: «Así estaremos siempre
con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras»
(1Ts 4:17-18). En el cielo hay ángeles y arcángeles, sí, pero estos no cons-
tituyen el cielo. ¡Cristo es el diamante más brillante del anillo de la gloria!
Ver a Cristo y estar con Él para siempre será suficiente cielo y felicidad para
nosotros.
21
En la muerte, los santos llegan a una eternidad fija e invariable. «Qué será esa vida (o más
bien, qué no será esa vida) ya que todo lo bueno se encuentra en ella: luz que el espacio
no puede limitar, música que el tiempo no puede desvanecer, fragancias que jamás pue-
den ser disipadas, un banquete que nunca se consume, una bendición que la eternidad
otorga. La eternidad nunca tendrá fin». —Agustín
14
Oh, ¡qué glorioso es este cambio! Estas cosas deberían hacer que anhe-
lemos el día de nuestra muerte y que consideremos esta vida presente como
una muerte continua.
5. Un cambio de transitoriedad
La muerte es un cambio que pone fin a todo cambio. ¿Qué es toda la
vida del hombre, sino una vida de cambios?
La muerte es un cambio que pone fin a todo cambio externo. Aquí, en
la tierra, a menudo cambiamos nuestro gozo por tristeza, nuestra salud por
enfermedad, nuestra fortaleza por debilidad, nuestra honra por deshonra,
nuestra abundancia por pobreza, nuestra belleza por deformidad, nuestros
amigos por enemigos, nuestra plata por bronce y nuestro oro por cobre.
Las comodidades del hombre ahora sonríen, mañana mueren. Todo lo tem-
poral es tan transitorio como un chubasco, un barco, un ave, una flecha o
un corredor que pasa de largo. El hombre mismo, rey de estas comodidades
externas, ¿no es simplemente nada? Es el sueño de un sueño, una sombra,
una burbuja, un destello, un estallido. La muerte pone fin a todo cambio
externo. Ahí, no habrá más enfermedad ni quejas ni necesidades, etcétera.22
La muerte también pone fin a todo cambio interno. El Señor sonríe al
alma y, en otro momento, frunce Su ceño. Él brinda ayuda para vencer el
pecado y, luego, después de poco, el hombre es llevado cautivo por su pe-
cado; en un momento es fortalecido contra la tentación y en poco tiempo
cae ante ella. Job se comportó de forma heroica en medio de las tormentas
y habló cual ángel, pero cuando su cuerpo fue afligido y las flechas del To-
dopoderoso lo golpearon y sus días se convirtieron en noche y su gozo en
lamento, entonces cualquiera lo hubiera considerado un demonio encar-
nado por las maldiciones que salieron de su boca. Sin embargo, la muerte
pone fin a todo cambio tanto interno como externo. Entonces el alma ya
no será tentada más, ya no fallará más, ya no pecará más. De manera que
podemos juzgar por esto que el día de la muerte del cristiano es su mejor
día.
La muerte es un segundo Moisés: libera a los creyentes de la esclavitud
y de la fabricación de ladrillos en Egipto. Es un día o año de jubileo para el
espíritu que ha recibido la gracia, el año en el que sale libre de los crueles
capataces que por tanto tiempo lo hicieron gemir (Lv 25:9-10). Los paganos
22
«No hay nada excelente que no sea perpetuo», dijo Gregorio Nacianceno (c. 330-389)
(cuarto arzobispo de Constantinopla, Padre Capadocio influyente en la redacción del
enunciado ortodoxo de la doctrina de la Trinidad). Los filósofos dirían que un hombre
que después podrá ser miserable no puede ser feliz. La eternidad es una existencia perpe-
tua. [Autor].
15
consideraban a la muerte el summum bonum del hombre, su bien su-
premo. Cuando uno de ellos edificó el templo en Delfos,23 pidió que Apolo24
lo recompensara con el mejor regalo posible. El oráculo le comunicó que
debía regresar a casa y que, dentro de tres días, lo recibiría… ¡y, al cabo de
ese tiempo, murió! Por tanto, hasta los paganos han comprendido esta ver-
dad, que el día de la muerte del hombre es su mejor día.
6. Un cambio de reposo
La muerte es un cambio que lleva al alma a un reposo eterno. Morir es
llevar el alma a dormir. La muerte es un descanso del trabajo, de las aflic-
ciones, de las persecuciones, de la tentación, del abandono, del pecado y de
la tristeza. Mientras estamos en este mundo presente, el alma está en agi-
tación continua. El hombre más piadoso en el mundo, cuyos deleites en
Dios son los más sublimes y los más claros, a menudo es como la paloma
de Noé, que no halló descanso (Gn 8:9). Le falta, ya sea una misericordia
temporal o una espiritual y así será ¡hasta que su alma quede sumergida en
los deleites eternos de Dios! ¡La muerte ofrece al hombre un descanso in-
mutable!
El Señor ordenó que se lo registrara como un don valioso e importante:
«Escribe: “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren
en el Señor”». ¿Por qué? «Descansarán de sus trabajos» (Ap 14:13). La
muerte ofrece al alma un descanso inamovible. «Perece el justo, y no hay
quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que
de delante de la aflicción es quitado el justo. Entrará en la paz; descansarán
en sus lechos todos los que andan delante de Dios» (Is 57:1-2). Oh, la
muerte es un cambio que da al alma un reposo inamovible; lleva al alma a
dormir. Esto es lo que hizo que Pablo tuviera «deseo de partir y estar con
Cristo» (Fil 1:23) y que los corintios gimieran por libertad (2Co 5:2).25 Una
frase notable de Cooper fue: «Muchos días he buscado la muerte con lágri-
mas. No por impaciencia ni por falta de fe, sino porque estoy cansado del
pecado y temo caer en él». Sabemos cómo los mártires abrazaron su ho-
guera y dieron la bienvenida a todo mensajero de la muerte26 y aplaudieron
23
Delfos: Isla en el mar Egeo; un importante sitio mitológico y arqueológico en Grecia. La
mitología griega del Olimpo la nombra el lugar de nacimiento del dios Apolo. El templo
de Apolo fue edificado en el siglo VI a. C.
24
Apolo: Antigua deidad pagana de los griegos y los romanos; dios de la luz, de la sanidad, de
la música y de la belleza masculina.
25
Laurence Saunders (1519-1555) besó la hoguera y dijo: «Bienvenida sea la cruz de Cristo y
bienvenida la vida eterna». (Mártir protestante inglés, educado en Eton y en Cambridge.
Advirtió a sus congregaciones de la religión papista de la reina María, fue arrestado, acu-
sado de herejía y quemado en la hoguera el 8 de febrero de 1555). Fanino, el mártir ita-
liano, besó a quien le informó de su ejecución. [Autor].
26
mensajero de la muerte: La llama de fuego mientras eran quemados en la hoguera por su fe
en Cristo. (Muchos protestantes fueron ejecutados en Inglaterra durante el siglo XVI).
16
en medio de las llamas. La muerte es el día de la coronación del creyente;
es el día de su boda. Es un reposo del pecado, de la tristeza, de las aflicciones
y de las tentaciones. Para el creyente, la muerte es la entrada al seno de
Abraham, al paraíso, a la nueva Jerusalén, al gozo de su Señor (Lc 16:23;
23:43; Ap 3:12; 21:2; Mt 25:21).
Esta, pues, fue la parte doctrinal. Vemos que estas seis cosas dejan claro
que el día de la muerte del creyente es su mejor día y mejor que el día de
su nacimiento. Podría demostrar esta verdad con muchos más argumentos,
pero estos son suficientes, pues no estoy dispuesto a retener por más
tiempo la aplicación práctica de esta lección, ya que la aplicación es la vida
de cualquier enseñanza.
17
Aplicación práctica
1. Hacer luto de forma moderada
El primer uso de esta doctrina será este: Nunca hacer luto de forma
excesiva por la muerte de un creyente, aun si fue el más excelente y útil
que haya vivido. La muerte es, para ellos, la ganancia suprema.27 Es una
gran demostración de nuestro egoísmo cuando estamos más absorbidos
por la ganancia y el beneficio que nos proporciona la vida de este creyente
que por la felicidad y la gloria que su muerte le otorga. En tiempos anti-
guos, cuando Dios dictaba sentencia de muerte sobre sus consuelos más
estimados, los cristianos se comportaban de manera mucho más sublime,
dulce y noble que ahora.
Recuerden esto: ¡la muerte logra para el hombre en un momento lo que
ninguna gracia, ni deber, ni ordenanza puede otorgarle en toda su vida! La
muerte lo libera de aquellas enfermedades, corrupciones y tentaciones, de
las que ningún deber, gracia o mandamiento pudo liberarlo. Cuando
Abraham fue a hacer duelo y a «llorar» por su fallecida Sara, lo hizo de forma
moderada (Gn 23:2),28 no porque fuera ella anciana y desgastada, sino porque
el día de la muerte fue su mejor día. Cuando Lutero,29 aquel renombrado
instrumento de Dios, enterró a su hija, no se lo vio derramar ni una lágrima.
De la misma manera, el señor Whately, reconocido en su época, predicó en
el funeral de su hijo un sermón titulado: «Hágase la voluntad del Señor». A
continuación, él y su esposa pusieron a su propio hijo en la tumba.30
Esta es la primera aplicación: No hagamos luto de forma excesiva por
la muerte de ningún creyente.
2. No temer a la muerte
La siguiente aplicación es: No temamos a la muerte. Equilibremos
nuestro ánimo. No digamos de la muerte lo que el malvado príncipe Acab
dijo al profeta: «¿Me has hallado, enemigo mío?» (1R 21:20). Más bien, an-
helémosla, no para deshacernos de los problemas, sino para que el alma
27
La muerte no es la muerte del hombre, sino de su pecado. [Autor].
28
La palabra en hebreo que se traduce «llorar» significa «llorar un poco».
29
Martín Lutero (1483-1546): Monje, teólogo y profesor universitario alemán cuyas ideas ins-
piraron la Reforma protestante, que alteró el curso de la civilización occidental.
30
Los habitantes de Tracia lloran y se lamentan grandemente con el nacimiento de sus hijos
por los dolores y dificultades que encontrarán después, pero se regocijan grandemente
con su muerte pues la consideran el funeral de todas sus tristezas. Un pagano pronunció
el siguiente dicho: «Toda la vida del hombre debería consistir en nada menos que una
meditación sobre la muerte» (ver Dt 32:29). Alejandro Magno preguntó a un filósofo de la
India cuánto tiempo debía vivir el hombre; él respondió: «Hasta que considere que es me-
jor morir que vivir». [Autor].
18
obtenga un disfrute más claro y pleno de Dios. ¡El día de tu muerte es tu
mejor día!
El buen Jacob murió con un ánimo dulce y ecuánime. Llamó a sus
hijos, los bendijo y los besó, recogió sus pies en la cama y murió (Gn 49:33).
Moisés, la mañana cuando el mensajero vino a él para informarle que debía
morir, subió al monte, vio la tierra de Canaán a la distancia y murió (Dt
34:1-5). José edificó su sepulcro en su propio jardín. Algunos filósofos te-
nían siempre abiertos sus sepulcros delante de su puerta, para que, al salir
y entrar, pudieran meditar constantemente en la muerte, pues considera-
ban que, en la vida, las comodidades son pocas, las cruces, frecuentes, los
placeres, momentáneos y los dolores, permanentes.
Creyentes, ¡el día de su muerte es su mejor día! Por tanto, no temamos
a la muerte. Y, como ayuda, recuerden que estar indispuestos a morir no
es tan trivial como algunos consideran. Cuando el creyente no está dis-
puesto a morir, arroja una sombra de reproche sobre Dios. Podemos hablar
mucho de Dios, del cielo y de la gloria y, sin embargo, cuando llega el mo-
mento de partir y de participar de esta gloria, nos encogemos de hombros
y clamamos: «¡Concédeme estar aquí un poco más de tiempo!». ¿Acaso no
es este un reproche contra el Dios de la gloria?
a. Cinco ayudas para no temer
Ahora bien, para obedecer a este consejo, es bueno recordar estas cinco
cosas:
1) La muerte de Cristo es una muerte meritoria. ¿Puede el creyente
considerar que la muerte de Cristo nos ofrece el mérito de la paz con Dios,
del perdón de pecados, de la justificación y de la glorificación y, aun así,
tener temor a la muerte? ¡¿Cómo?! La muerte de Cristo es tan meritoria y,
aun así, ¿no estamos dispuestos a partir?
2) ¿Acaso la muerte no es una espada en la mano de tu Padre? Es verdad
que una espada en la mano de un loco o en la de un enemigo puede hacer-
nos temblar, pero cuando la espada está en la mano de un padre, el hijo no
teme. Es cierto que la muerte es una espada, pero ¿por qué debe temer el
hijo cuando la espada está en la mano del Padre, que se asegurará de ma-
nejarla de tal manera que no lo hiera ni lo lastime?
3) Recuerda que la muerte de Cristo ha vencido a la muerte.31 Cristo
ha eliminado el aguijón de la muerte, de manera que no puede herirte más.
Su muerte ha santificado la muerte y la ha endulzado para nosotros.
31
El temor a la muerte es peor que el dolor de la muerte, porque el temor de la muerte nos
mata a menudo, mientras que la misma muerte solo puede hacerlo una vez. «Que tema a
la muerte el que se rehúsa a ir con Cristo», dijo Cipriano (c. 200-258 d. C.) [Obispo de
Cartago y notable escritor temprano].
«No tengo temor a la muerte, sino a la condena», dijo alguno.
19
La muerte es una caída que vino por la caída.32 Morir es dejar atrás la
infelicidad, si consideramos de forma correcta la muerte. «Oh», decimos,
«¡que podamos ver la muerte, no como fue antes, sino como Tú, Señor, la
has hecho ahora!». La muerte es el monarca más grande y el rey más anti-
guo del mundo. «No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés»,
dice Pablo (Ro 5:14). ¡Oh!, pero el Señor Jesús ha desarmado la muerte y
triunfado sobre ella. Ha quitado su aguijón, de manera que no puede ha-
cernos daño. Ahora, podemos jugar con ella y llevarla en el regazo, como
con una serpiente cuyos colmillos han sido extraídos. Al tomar esto en
cuenta, el apóstol reta a la muerte, la enfrenta con valentía y la desafía a
hacer su mejor esfuerzo: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh
sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder
del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por
medio de nuestro Señor Jesucristo» (1Co 15:55-57).
4) ¿Acaso no dejó Cristo de forma voluntaria la diestra del Padre por ti?
¿No murió voluntariamente por ti? ¿Acaso Cristo alegó [antes de Su encar-
nación]: «Estas ropas celestiales son demasiado hermosas como para des-
pojarme de ellas; esta corona es demasiado gloriosa para hacerla a un lado;
soy demasiado sublime para sufrir por un pueblo tal»? ¡No! Él deja sin re-
paros el seno del Padre, hace a un lado Su corona, se despoja de sus ropas
y sufre una muerte cruel y vergonzosa bajo maldición.
Ah, alma mía, deberías razonar así: «¿Murió Cristo por mí para que yo
pudiera vivir con Él? Por tanto, no anhelaré vivir por mucho tiempo lejos
de Él». Todos los hombres van de forma voluntaria a ver a la persona que
aman; entonces, ¿debería yo estar renuente a morir y, por tanto, a ver a
Aquel a quien ama mi alma? Cristo abandonó toda Su gloria y majestad y
se ofreció en matrimonio a una pobre alma que no contaba con porción ni
atractivo; y ¿estará esta alma renuente a ir a casa con este esposo? (Jer
31:32). ¡Meditemos en esto, oh, almas que no están dispuestas a morir!
La vida presente no es vida, sino el camino a la vida, pues cuando deja-
mos de ser hombres, comenzamos a ser como los ángeles. Aquellos que
solo se conforman con el presente son criaturas de naturaleza inferior. El
ser humano es una criatura del futuro. La mirada de su alma ve siempre
hacia adelante. El obrero se apresura del trabajo a su cama; el marinero
Lutero, hablando de la sangre de Cristo, dijo: «Una pequeña gota de ella es más valiosa que el
cielo y la tierra. Si las almas debajo del altar claman: “¿Hasta cuándo, oh, Señor?” (Ap
6:9-10), si gimen por el día del juicio, ¿por qué no he de gemir por el día de la muerte, ya
que este es solo la víspera del día del Señor?».
«No tengo temor, más que de la vejez», dijo Zenón (c. 334- c. 262 a. C.) [Filósofo helenista de
Citio, Chipre]. [Autor].
32
Caída: Cuando Adán se rebeló contra Dios y sometió al mundo a pecado, muerte y conde-
nación (Gn 2:17; 3:6-19).
20
rema con fuerza para llegar al puerto; el viajero se alegra cuando se acerca
al mesón; también los santos deberían hacerlo cuando están cerca de la
muerte, pues entonces están cerca del cielo, ¡cerca de su hogar eterno!
5) ¿Acaso no estás completo en Cristo?33 ¿Por qué habría de temer la
muerte un creyente, que delante de Dios está completo en la justicia del
Señor Jesús? Si tuviéramos que presentarnos en nuestra propia justicia, en
nuestras propias obras, sería terrible pensar en la muerte, pero los creyen-
tes estamos «completos en él» (Col 2:10). En Apocalipsis 14:4-5, se dice que
los creyentes están «sin mancha» delante del trono de Dios; y en Cantares
4:7: «Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha». Por tanto,
un creyente, cuando muere, se presenta delante de Dios en la justicia de
Cristo. Toda mancha y arruga del alma es cubierta con la justicia de Cristo,
que es una justicia inigualable, sin mancha y suprema. La esposa de Cristo
[la iglesia] tiene una belleza perfecta; es completamente «radiante», por
dentro y por fuera; es sin mancha e impecable; es la más hermosa de las
mujeres, de manera que sea hecha digna de Aquel que es «el más hermoso
de los hijos de los hombres» (Sal 45:2). Los santos son como el árbol del
paraíso (Gn 3:6): agradables a Su vista y a Su paladar. Los santos son como
Absalón, en quien ninguna imperfección había, desde la coronilla hasta los
pies. Medita en estas cosas para endulzar tus últimos cambios y para ha-
certe anhelar estar en el regazo de Cristo.
b. El día de la retribución del Señor
Consideremos que, para los santos, el día de su muerte es el día de la
retribución del Señor. En ese momento, toda oración suya será contestada;
toda hambre y sed será satisfecha y saciada; todo suspiro, gemido y lágrima
que ha caído de los ojos de los santos será recompensada.34 Entonces reci-
birán su paga y recompensa35 por todo el servicio público, familiar y pri-
vado.36 Entonces se les colocará una corona sobre sus cabezas y un vestido
glorioso en sus espaldas y un cetro de oro en su mano. El día de su muerte
es el día de la retribución del Señor y lo oirán decirles: «Bien, buen siervo
y fiel […]; entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25:23). En ese día, descubrirán
que Dios no es como fue Antíoco, que prometió mucho, pero cumplió poco.
¡No! En ese día, Dios cumplirá todas aquellas promesas doradas y gloriosas
que les ha hecho, en especial las de Apocalipsis 2:10; 3:4, 12, 22 y 7:16-17.
¡Ahora Dios les dará oro por bronce, plata por hierro, felicidad por miseria,
33
«Cristo será para ti mejor que todas las demás cosas, porque en Él se encuentra toda cosa
buena». —Agustín
34
¡No es la vida, sino la muerte la que une al moribundo con Cristo! No es la vida, sino la
muerte, la que separa al vivo de Cristo. [Autor].
35
recompensa: Compensación por un servicio, una pérdida o un mal.
36
servicio privado: Adoración personal a solas con el Señor.
21
abundancia por pobreza, honra por deshonra, libertad por cautividad, el
cielo por la tierra y una corona inmortal por una corona mortal!
c. La miseria conduce a la gloria
Consideremos lo siguiente: el camino a la gloria pasa por la miseria; el
camino a la vida pasa por la muerte. En este mundo, todos somos Benonis:
hijos de tristeza. El camino al cielo pasa por la Cruz de Lágrimas.37 La se-
mana de la pasión de Cristo vino antes del día de Su ascensión; no es posible
pasar al paraíso sin sentir antes el carbón encendido del serafín (Is 6:2, 4);
no podemos salir de Egipto más que por el Mar Rojo; los hijos de Israel
llegaron a Jerusalén por el valle de las lágrimas y cruzaron el caudaloso río
Jordán antes de llegar a las dulces aguas de Siloé.38 ¡No es posible entrar al
paraíso, a menos que sea bajo la espada de fuego de este ángel de la muerte!
No se puede llegar a la ciudad gloriosa en lo alto más que por este camino
difícil, oscuro y polvoriento de la muerte. No habrá lágrimas enjugadas sino
por el sudario,39 lo que debería hacernos ver a la muerte, no como un
enemigo, sino como un amigo; no como un extraño, sino con un invitado
largamente esperando. Esto debería hacer que recibiéramos la muerte
como una mayor bendición que el propio nacimiento.40 Cualquiera está
dispuesto a ir a casa, aunque el camino a ella esté oscuro, sucio o peligroso;
¿acaso entonces el creyente debe estar reacio a ir a su hogar, solo porque
es necesario entrar por una puerta oscura a la gloriosa, resplandeciente y
eterna mansión que Cristo ha preparado para él? ¡Claro que no!
d. Libertad
Consideremos que, mientras estemos en este mundo, nuestro cuerpo
débil, imperfecto y enfermizo nos restringe el alma con cadenas, cepos,
ataduras, limitaciones e impedimentos, de manera que no logramos reali-
zar muchos actos sublimes y nobles. En el cielo, el alma trabaja con más
claridad, entiende mejor, dialoga con más sabiduría, se regocija más inten-
samente, ama con más nobleza, anhela con más pureza y espera con más
fuerza que aquí.41
El alma está ahora encerrada en un cuerpo y, mientras esté en ese
cuerpo de barro, no puede actuar como realmente es. Es como un ave en-
jaulada, cuya naturaleza es volar y elevarse hacia el lugar de donde vino.
37
Cruz de Lágrimas: Lugar en Staffordshire, Inglaterra, llamado en inglés Weeping-cross. El
autor usa este nombre único para representar el sufrimiento que el creyente debe sopor-
tar en este mundo.
38
Ninguno dudaría en tomar un medicamento amargo para ganar la salud. El médico nos
ayuda con remedios dolorosos y, sin embargo, le pagamos por ello. [Autor].
39
sudario: Tela con la que se envuelve el cuerpo de un muerto para la sepultura.
40
Para el creyente, la muerte es la puerta al cielo, a la vida. Nos lleva por el desierto hacia Canaán;
nos saca del mar tempestuoso y nos introduce en un refugio de paz (Jn 14:1-3). [Autor].
41
Cuando Platón (424-348 a. C.) encontró a un hombre que complacía su cuerpo con dema-
siado alimento, le preguntó por qué razón fortalecía tanto su cárcel. [Autor].
22
Cuando el alma toma alas hacia el cielo, el cuerpo, cual plomada, la baja de
vuelta a la tierra.42
Ahora mismo, el alma no puede mirar a los ojos sin ser infectada, no puede
oír con las orejas sin ser distraída, ni oler por las narices y no ser contaminada,
ni gustar con la lengua y no ser seducida ni tocar con la mano y no ser corrom-
pida. Cada sentido y cada miembro está más que listo (en toda ocasión y ten-
tación) para traicionar al alma. Esto debería hacer que estemos dispuestos a
morir y que anhelemos el día en el que nuestro cuerpo será glorificado.
¡Ah, creyente! Falta poco para que este cuerpo tuyo, que ahora es como
una pintura sin marco o una casa desvencijada, que ahora está deformado
y enfermo, sea ágil y diestro, veloz y de movimientos fluidos. Para explicarlo
con más claridad y lucidez: será como el cuerpo transfigurado de Cristo (Mt
17:2). Será bueno y hermoso, será inmutable e inmortal. Aquí, nuestro
cuerpo sigue muriendo. Es más adecuado preguntar cuándo terminará de
morir que preguntar cuándo morirá. La muerte es un gusano que se ali-
menta constantemente de la raíz de nuestra vida. Esto debería hacer que la
muerte sea más deseable que la vida.
e. El ejemplo de los santos
Meditemos largamente en la presteza y la disposición de otros santos
ante la muerte. El anciano Simeón, que primero puso a Cristo en su corazón
y luego lo levantó en brazos, entonó: «Ahora, Señor, despides a tu siervo en
paz […] porque han visto mis ojos tu salvación» (Lc 2:28-30). [Después de la
muerte, uno diría:] He vivido suficiente, y ahora tengo vida [verdadera]; he
anhelado suficiente, y ahora tengo a mi amor [verdadero]; he visto suficiente,
y ahora tengo vista [verdadera]; he servido suficiente, y ahora he recibido mi
recompensa; he sufrido suficiente, y ahora tengo gozo.
De la misma manera, los creyentes corintios gemían con todo su cora-
zón por ser vestidos con su morada celestial; gemían porque la mortalidad
fuera absorbida por la vida; gemían por «estar ausentes del cuerpo y pre-
sentes al Señor» (2Co 5:4, 8). Así pues, Pablo anhela fervientemente «partir
y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor» (Fil 1:23). De la misma
forma, los santos esperan y apresuran «la venida del día de Dios» (2P 3:12).
Se dice que apresuran el día de Dios con respecto a sus fuertes anhelos y
preparaciones para él. Igualmente, los santos debajo del altar claman:
«¿Hasta cuándo, Señor […]?» (Ap 6:9-10).
Así también Paula, la noble mujer, cuando alguien le leyó Cantares
2:11-12: «Porque he aquí ha pasado el invierno […] se ha oído la voz de la
tórtola», replicó: «Sí, se oye la voz de la tórtola» y, cantando, partió al cielo.
42
Los griegos llamaban al cuerpo la cadena del alma, el sepulcro del alma. [Autor].
23
También el señor Jewel43 dijo: «Señor, permite ahora que tu siervo vaya en
paz; impide ya cualquier retraso; Señor, recibe mi espíritu». Agregó tam-
bién: «No he vivido de tal manera que me avergüence vivir más; tampoco
tengo miedo a la muerte, pues tengo un Señor misericordioso. Me será
puesta una corona de justicia; Cristo es mi justicia».
De la misma forma, los amigos de otra mujer, pensando que se hallaba
inconsciente al borde de la muerte, exclamaron: «¡Denle un refresco!»,
pero ella la rechazó y afirmó: «Yo tengo refrescos que ustedes no conocen».
Igualmente, el señor Pearing, un poco antes de su muerte, declaró: «En-
cuentro y siento tanto gozo en mi interior y consuelo en mi alma que, si
tuviera que elegir entre morir y vivir, elegiría mil veces la muerte antes que
la vida, con tal de presentarme ante la santa voluntad de Dios». De manera
similar, el señor Bolton (1572-1631), en su lecho de muerte, dijo: «Estoy,
por la maravillosa misericordia de Dios, tan lleno de consuelo que mi co-
razón rebosa y no siento nada en el alma más que a Cristo, con quien an-
helo ardientemente estar».44
¡Ah, creyente! Si la abundancia de presteza de los santos ante la muerte
no hace que estés dispuesto a morir, ¿qué lo hará?
f. La presencia del Señor
Consideremos lo siguiente: el Señor no nos abandonará, sino que es-
tará con nosotros en la hora de la muerte. «Aunque ande en valle de sombra
de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu
cayado me infundirán aliento» (Sal 23:4). De la misma forma, el apóstol
ordenó: «Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que te-
néis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré» (Heb 13:5). Hay
cinco negativas en el texto griego para asegurar al pueblo de Dios que Él
nunca los abandonará. Y cinco veces es renovada esta preciosa promesa en
la Escritura, a fin de que perseveremos hasta que hayamos extraído su dul-
zura. Aunque pueda parecer que Dios te ha abandonado, puedes estar con-
fiado en que nunca te desamparará. ¿Por qué debe entonces temer la
muerte el hombre, cuando puede estar siempre confiado en la presencia
del Señor de la vida?45
43
John Jewel (1522-1571): Obispo de Salisbury en la Iglesia Anglicana, uno de los líderes de
la Reforma en esta iglesia. Nació en Devonshire y fue educado en Oxford.
44
«Que todos los demonios del infierno me rodeen, que el ayuno macere mi cuerpo, que la tris-
teza oprima mi mente, que el dolor consuma mi carne, que las noches en vela me agobien o
el calor me sofoque o el frío me congele; estoy dispuesto a soportar todas estas cosas y cual-
quier otra que pudiera venir, con tal de poder disfrutar de mi Salvador». —Agustín
45
Maximiliano, el emperador, se sintió tan atraído por la frase: «Si Dios está por nosotros,
¿quién estará contra nosotros?» (Ro 8:31), que ordenó que se la escribiera en las paredes
de la mayoría de las habitaciones del palacio. [Autor].
24
3. Prepararse para la muerte
La siguiente aplicación es motivarlos para que estén preparados y aptos
para el día de su muerte. ¡Ah, cristianos! ¿Qué es toda la vida sino un día para
prepararse para la hora de la muerte? ¿Cuál es su labor en este mundo, sino
prepararse para el mundo eterno? Qué tristes palabras las de César Borgia46
que, en el lecho de muerte, dijo: «En vida, proveí para todo, ¡menos para la
muerte! Ahora, debo morir, y no me preparé para ello». ¡Ah, cristianos! Es
necesario orar todos los días junto con Moisés: «Enséñanos de tal modo a
contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Sal 90:12).
Sigamos el consejo del profeta Jeremías: «Dad gloria a Jehová Dios
vuestro, antes que haga venir tinieblas, y antes que vuestros pies tropiecen
en montes de oscuridad, y esperéis luz, y os la vuelva en sombra de muerte
y tinieblas» (Jer 13:16). La ancianidad es una oscura montaña que torna un
camino ancho en angosto y uno de planicie en uno rocoso. Es una prioridad
principal de la sabiduría celestial considerar nuestro fin último: «¡Ojalá
fueran sabios, que comprendieran esto, y se dieran cuenta del fin que les
espera!» (Dt 32:29). Jerusalén pagó caro el haber olvidado su fin. La inmun-
dicia de Jerusalén estaba en sus faldas, porque no recordó su fin, por tanto,
fue destruida de la manera más terrible.
Para prepararnos y alistarnos para el día de nuestra muerte, conside-
remos con seriedad lo siguiente:
a. La falta de preparación implica el riesgo de una gran pérdida
El que no se prepara para el día de su muerte corre el riesgo de perder su
alma inmortal. Aunque nunca es demasiado tarde para el verdadero arrepenti-
miento, el arrepentimiento tardío usualmente no es verdadero. Alguien dijo en
alguna ocasión: «El que no está listo para arrepentirse hoy lo estará menos
mañana; su entendimiento será más oscuro, su corazón más endurecido y su
voluntad más torcida; sus afectos serán más inestables y su conciencia estará
más insensible». Beda47 nos narra la historia de cierto hombre principal al que
le amonestaron en su enfermedad para que se arrepintiera, y él respondió que
no podía hacerlo en ese momento, pues, si se recuperaba, sus amigos se bur-
larían de él. Sin embargo, cuando empeoró más y más, les dijo que ahora era
demasiado tarde para arrepentirse: «Pues ahora», afirmó, «he sido juzgado y
condenado». La mayor sabiduría en este mundo es hacer todos los días lo que
haríamos el día de nuestra muerte y tener miedo vivir en tal estado como el
46
César Borgia (1475-1507): Noble, político y cardenal italiano cuya lucha por el poder fue
una fuente principal de inspiración para El príncipe de Maquiavelo. Fue hijo del Papa
Alejandro VI y la primera persona en renunciar al cargo de cardenal.
47
Beda (672-735): Un monje benedictino, autor, profesor y erudito en lo que ahora es Inglate-
rra. Escribió comentarios bíblicos, obras teológicas y la Historia eclesiástica del pueblo in-
glés. Nació cerca de la moderna Sunderland.
25
hombre que tendría temor de morir. ¡Oh, almas! Tienen temor de morir en tal
o cual pecado, ¿y no temen vivir en esos mismos pecados?
b. La certeza de la muerte
La certeza de la muerte debería ser un motivo para prepararnos cons-
tantemente para ella. Cuando afirmamos que algo es infaliblemente verda-
dero, decimos: «Tan seguro como la muerte». El apóstol dice: «Y de la ma-
nera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y des-
pués de esto el juicio» (Heb 9:27). «Está decretado» significa que es el des-
tino del hombre.48 «Una sola vez» implica dos cosas: 1) la certeza: así será;
2) y la singularidad: será solo una vez.
«¿Qué hombre podrá vivir y no verá muerte?», pregunta el salmista (Sal
89:48); es decir, que ningún hombre vive que no verá la muerte. En Job, la
tumba es llamada: «la casa determinada a todo viviente» (Job 30:23). El sabio
llamó a la muerte nuestra «morada eterna» (Ec 12:5), donde el hombre debe
habitar eternamente, hasta la resurrección. ¡Vivir sin temer la muerte es mo-
rir viviendo! Trabajar para no morir es trabajar en vano. El lema de la muerte
es: «¡No me rindo ante nadie!». Está decretado que todos debemos morir. El
día de la muerte de toda persona es el cumplimiento de su destino.
Los judíos tienen un dicho: «En el cementerio se encuentran cráneos
de todos los tamaños». La muerte llega a los jóvenes, así como a los ancia-
nos. El destino ha sido decretado49 sobre todos y, por tanto, todos deben
morir. Todos los hombres están hechos con un molde y un material: «Polvo
eres, y al polvo volverás» (Gn 3:19). «Por cuanto todos pecaron, y están
destituidos de la gloria de Dios» (Ro 3:23); por tanto, la muerte debe pasar
sobre todos.
c. La incertidumbre respecto al momento
La incertidumbre respecto al momento de la muerte debería ser la mejor
motivación para estar en constante vigilancia, preparados para la muerte.
Nadie sabe cuándo morirá, ni qué clase de muerte tendrá, si será natural o
violenta. Augusto50 murió con un cumplido, Tiberio murió en un engaño,
48
el destino del hombre: Las circunstancias prescritas por el gobierno soberano de Dios sobre
todas las cosas y personas.
49
el destino ha sido decretado: El decreto soberano de Dios que ciertamente sucederá.
50
César Augusto (63 a. C. – 14 d. C.): Primer emperador del Imperio romano desde el 27 a. C.
hasta su muerte en el 14 d. C.
Tiberio (42 a. C. – 37 d. C.): Emperador romano del 14 al 37 d. C.
Galba (3 a. C. – 69 d. C.): Emperador romano durante siete meses del 68 al 69 d. C., asesi-
nado por Otón cuando Galba pasó por alto su derecho de sucesión.
Vespasiano (9-79 d. C): Emperador romano del 69 al 79 d. C., cuarto en el Año de los Cua-
tro Emperadores. Subyugó Judea durante la rebelión judía del 66.
Zeuxis: General al servicio del rey seléucida Antíoco III el Grande al final del siglo III a. C.
Sófocles (c. 479/476-406/405 a. C.): Escritor griego de tragedias originario de Atenas, que
escribió más de ciento veinte obras de teatro.
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Galba murió con una sentencia y ¡Vespasiano murió con una broma! ¡Zeuxis
murió riendo del dibujo que había hecho de una anciana con sus propias
manos! ¡Sófocles se atragantó con una semilla de uva! ¡Diodoro, el lógico,
murió de vergüenza por no poder responder una pregunta banal propuesta
en la mesa! Juan Masio terminó de predicar sobre la resurrección del hijo de
la viuda de Naín (Lc 7:11-15), ¡y murió tres horas después! Félix, el conde de
Wurtemburgh, sentado a la mesa con muchos amigos durante la cena, se
lanzó a discursar sobre Lutero y sobre cómo el pueblo, en general, había re-
cibido su doctrina, tras lo cual juró con vehemencia que «antes de morir,
cabalgaría hasta los estribos en la sangre de los luteranos». Sin embargo, esa
misma noche, el Señor extendió Su mano contra él ¡y lo ahogó en su propia
sangre! Bíbulo, un general romano, cabalgaba en toda su gloria ¡cuando una
teja cayó de una casa vecina y le fracturó el cráneo!51
d. La solemnidad
Consideremos que morir es algo solemne. La muerte es la separación
solemne de dos amigos cercanos: el alma y el cuerpo. Recuerda que todas
las demás preparaciones son irrelevantes si uno no se prepara para la
muerte. ¿De qué le servirá al hombre preparar esto y aquello para sus hijos,
sus familiares o sus amigos, si no ha hecho preparaciones para su alma y
su bienestar eterno? Cuando pase la muerte, ¡el juicio te encontrará! Y
cuando el juicio te encuentre, ¡la eternidad te guardará! Si la muerte te
lleva antes de lo esperado, sin que estés preparado para ella, sería terrible
para ti. Tu rostro se transformará, tus pensamientos se turbarán, tus en-
trañas perderán el control y tus rodillas temblarán y chocarán entre sí.52
Oh, ¡qué infierno de horrores y terrores les espera a los que tienen aún su
obra más grande por realizar cuando los alcanza la muerte! Por tanto, si
aman sus almas y si desean ser felices al momento de morir y benditos por
la eternidad después de la muerte, ¡prepárense para morir!53
¡Asegúrense de no poner otro fundamento más que Cristo! Asegúrense
de tener un interés real en Cristo. Asegúrense de morir diariamente al pe-
cado, al mundo y a su justicia propia. Asegúrense de que su conciencia esté
siempre despierta, que siempre hable y sea sensible. Asegúrense de que
Cristo sea su Señor y Maestro. Asegúrense de que todas las cuentas estén
Diodoro Crono (murió c. 284 a. C.): Filósofo y dialéctico griego conectado con la escuela
megárica, notable por sus innovaciones en la lógica.
51
Marco Calpurnio Bíbulo (c. 102-48 a. C.): Político de la República romana que sirvió en varias
posiciones magisteriales con Julio César y cultivó una enemistad de por vida contra él.
52
El que prepara su cuerpo y sus amigos, pero ignora su alma, es como el que se prepara para
su esclavo, pero ignora a la esposa. [Autor].
53
Séneca el pagano dijo: «Cuando era joven, estudié el arte de vivir bien; cuando me alcanzó
la vejez, estudié el arte de morir bien». [Autor].
27
ajustadas entre el Señor y su alma. Asegúrense de ser fructíferos, fieles y vi-
gilantes y, entonces, el día de su muerte será como el día de la cosecha para
el agricultor, como el día de la liberación para el prisionero, como el día de
la coronación para el rey y como el día de la boda para la novia. ¡El día de su
muerte será un día de triunfo y de exaltación, de libertad y de consolación,
de reposo y de satisfacción! Entonces, el Señor Jesús será como miel en la
boca, ungüento en la nariz, música en los oídos y jubileo en el corazón.
4. El peor día para el malvado
La última aplicación es esta: Si, para el creyente, su último día es su
mejor día, entonces, según la regla de contrarios, el último día del malvado
debe ser su peor día, pues allí yacerá con54 todos los pecados de su vida. Un
hombre importante escribió esto un poco antes de morir: «Esperanza y
fortuna: adiós». La muerte pone fin a todos los beneficios y comodidades
que ahora disfruta el malvado. En ese momento, deberá decir: «Honores,
amigos, placeres, riquezas, honra: ¡adiós para siempre! ¡Nunca estaré feliz
de nuevo, ni por un momento! ¡Nunca reiré otra vez! Mi sol se ha puesto,
mi copa se ha vaciado, mis esperanzas están destruidas, mi corazón ha des-
fallecido. Toda oferta de gracia ha expirado, el Espíritu no me buscará de
nuevo, la gracia gratuita nunca más me moverá, la serpiente de bronce
nunca más estará delante de mí» (Nm 21:8-9). La muerte es la puerta al
juicio; sí, ¡a una eternidad de miseria!55
Lo que fue la voz de Dios para Adán tras comer del fruto prohibido; lo
que fue la llegada del diluvio para los hombres perversos del antiguo
mundo; lo que fueron las aguas del Mar Rojo para Faraón y su ejército; lo
que fue el fuego del cielo para los capitanes que salieron contra Elías; lo
que fue el horno ardiente para los que echaron a Sadrac, Mesac y Abed
Nego, lo mismo será el día de la muerte para las almas profanas y malvadas
(Gn 3:8; 7:23; Ex 14:23-28; 2 R 1:9-10; Dn 3:19-22).
¡Ah, pecadores! Mi oración por ustedes será que el Señor los despierte y
ponga una luz de decisión en sus almas, para que vean dónde están y lo que
son; que Él les conceda romper las cadenas del pecado con arrepentimiento
y les dé un interés salvador en Sí mismo, de manera que, para ustedes, el
vivir sea Cristo y el morir sea ganancia (Fil 1:21). [Mi oración por ustedes es]
que en la vida y en la muerte, Cristo pueda serles ganancia; que la muerte
sea el funeral de todo pecado y tristeza y la puerta de todo gozo y placer, ¡de
la bendición y la felicidad que se encuentran a la diestra de Dios!
54
yacerá con: Todos sus pecados lo condenarán el día del juicio.
55
Segismundo (1368-1437), Emperador del Sacro Imperio romano y Luis XI de Francia
(1423-1483) ordenaron estrictamente a todos sus siervos que no se atrevieran a pronun-
ciar aquella amarga palabra, muerte, cuando enfermaran, tan grande era el terror les cau-
saba cualquier pensamiento de la muerte. [Autor].
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