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Terro de Mansion

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"El Secreto de la Mansión Holloway"

Isabel llegó a la mansión Holloway al anochecer. Era una construcción antigua,


rodeada de niebla y sombras, y se decía que nadie había vivido allí en casi un siglo.
La herencia de su tía abuela la había sorprendido; no sabía que la familia tenía una
propiedad tan grande ni entendía por qué se la habían dejado a ella, quien apenas
conoció a su tía en vida.

La mansión estaba rodeada de árboles enormes, y la niebla se deslizaba como dedos


fríos alrededor de las columnas de piedra. Isabel sintió un escalofrío al mirar las
ventanas oscuras, que parecían ojos de vidrio observándola en silencio. Se preguntó si
no habría sido mejor llegar de día, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.

Al abrir la puerta principal, la madera crujió y el eco resonó en la entrada. Encendió


una linterna y comenzó a explorar las habitaciones, que aún conservaban los muebles
antiguos cubiertos por sábanas. El aire olía a humedad y a polvo, como si todo allí
hubiera estado detenido en el tiempo.

Pronto encontró la biblioteca, un cuarto amplio con estanterías que cubrían las
paredes desde el suelo hasta el techo. Había libros de toda clase: novelas,
enciclopedias, diarios y volúmenes de aspecto muy antiguo. Entre ellos, encontró un
libro sin título, de tapas oscuras y gastadas, y al abrirlo, notó que las páginas estaban
en blanco.

Confundida, pasó las hojas, pero no había nada escrito en ellas. Sin embargo, justo
cuando iba a cerrarlo, apareció una palabra, escrita con tinta negra: "Bienvenida".
Isabel se quedó sin aliento. Las letras parecían haberse formado en ese mismo
momento, justo frente a sus ojos. Nerviosa, cerró el libro y lo dejó en la mesa.

Decidió seguir explorando, tratando de alejarse de la inquietud que la invadía. Pero


cuanto más caminaba, más extraña se volvía la mansión. A medida que avanzaba,
cada habitación parecía tener un ambiente más oscuro, como si la luz de su linterna
perdiera fuerza. Los cuadros colgados en las paredes mostraban rostros serios, pero en
la penumbra parecían mirarla, como si los ojos siguieran sus movimientos.

Finalmente, llegó al salón principal. En el centro de la sala había una gran mesa, y
sobre ella, un candelabro cubierto de telarañas. Las velas parecían recién apagadas, y
una silla estaba girada, como si alguien acabara de dejarla. Isabel sintió que no estaba
sola. Escuchó un susurro que venía desde algún lugar detrás de ella, y al girarse, no
vio nada… excepto su reflejo en un gran espejo antiguo.

Pero no estaba sola en el reflejo.

Detrás de ella, se distinguía una figura borrosa, una silueta alta y oscura que parecía
observarla en silencio. El miedo paralizó a Isabel, y cuando se dio la vuelta, no había
nadie allí. Sin embargo, en el espejo, la figura seguía en su lugar, ahora más cerca.

Decidida a escapar de aquella pesadilla, Isabel corrió hacia la salida. Pero en cada
pasillo parecía que la mansión se alargaba, que los corredores no terminaban y que las
puertas se desvanecían al acercarse.
Desesperada, recordó el extraño libro que había encontrado en la biblioteca. Sentía
que había algo oculto en él, algo que debía comprender para salir. Volvió corriendo,
buscando el libro, que aún estaba abierto en la mesa. Las páginas ahora mostraban
palabras que aparecían y desaparecían rápidamente, como si alguien estuviera
escribiendo y borrando al mismo tiempo.

Con una mezcla de miedo y desesperación, Isabel comenzó a leer:

"Quien posea este libro, poseerá también la maldición de


Holloway. Aquí habitan las almas atrapadas, las que no
lograron salir. Para escapar, debes encontrar el nombre
del espíritu que custodia la mansión."

Con manos temblorosas, siguió pasando las páginas, buscando el nombre, hasta que al
final, en una letra temblorosa, apareció escrito "Amelia Holloway".

Recordó vagamente a su tía abuela, la última en vivir en aquella mansión. Isabel


pronunció el nombre en voz baja y una ráfaga de viento helado apagó su linterna. En
la oscuridad, oyó una risa tenue y, poco a poco, el aire comenzó a llenarse de un olor
pútrido.

De repente, una figura apareció a su lado. Era una mujer de cabello largo, pálida, con
los ojos vacíos y la boca torcida en una sonrisa macabra.

—Gracias por recordarme, Isabel —dijo con voz ronca—. Ahora que mi nombre ha
sido dicho, tu lugar está sellado.

Antes de que Isabel pudiera reaccionar, sintió cómo el suelo se desmoronaba bajo sus
pies. Todo a su alrededor se desvaneció en una oscuridad profunda y helada.

Epílogo

A la mañana siguiente, la mansión Holloway se encontraba en completo silencio.


Cuando la familia llegó a verificar el estado de la propiedad, encontraron el viejo libro
sobre la mesa, abierto, con una nueva inscripción que no estaba allí antes:

"Aquí yace Isabel, prisionera eterna de Holloway."

Las páginas volaron solas, y la figura de una joven apareció brevemente en el espejo
del salón, con los ojos vacíos y una sonrisa torcida, destinada a observar y custodiar la
mansión... para siempre.

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