Había una vez en un bosque escondido y lleno de magia, un lugar secreto que solo
algunas criaturas conocían: el Valle de las Libélulas. Allí, las libélulas no eran
simples insectos, sino seres especiales con un brillo en sus alas que reflejaba los
colores del arcoíris. Este brillo no era solo hermoso, sino que tenía un propósito: cada
libélula llevaba en sus alas una pizca de sueños y recuerdos olvidados de los humanos,
que solían perderse entre el tiempo y la memoria.
Una de las libélulas más curiosas de todas se llamaba Lilia. Era más pequeña que las
demás y su brillo era particularmente intenso, pero lo que más la caracterizaba era su
anhelo por entender el misterio de los sueños que llevaba en sus alas. Cada vez que
batía sus pequeñas alas, sentía un eco de esos recuerdos y soñaba con comprender de
dónde provenían y por qué ella y sus hermanas los guardaban.
Una noche, mientras el valle dormía bajo una luna plateada, Lilia se acercó a la
anciana libélula Sage, la más sabia de todas. Sage tenía alas que ya no brillaban tanto,
pero poseía una serenidad que llenaba de calma a cualquiera que se le acercara.
—Sage —dijo Lilia con una vocecita suave—, ¿por qué llevamos recuerdos en
nuestras alas? ¿Por qué no podemos conocer los sueños que guardamos?
La anciana libélula sonrió con dulzura y sus ojos relucieron bajo la luz de la luna.
—Oh, pequeña Lilia —respondió Sage—, llevamos esos recuerdos y sueños para
darles vida, para que no se pierdan en el olvido. Cada vez que volamos sobre el
bosque y los ríos, esparcimos esos destellos de sueños y le recordamos al mundo que
los humanos también soñaron, que rieron, que amaron. Pero el destino de esos
recuerdos no es que los comprendamos. Nosotros somos guardianes, nada más.
Sin embargo, la curiosidad de Lilia era más fuerte que cualquier explicación. Esa
misma noche, mientras el bosque dormía y las estrellas titilaban en el cielo, decidió
hacer algo impensable: dejar el valle y volar hacia el mundo de los humanos. Quería
verlos, entender sus sueños y encontrar por qué ella y sus hermanas cargaban esos
recuerdos.
Viajó por horas, volando entre bosques y campos hasta llegar a una pequeña aldea.
Allí, en una ventana iluminada por la tenue luz de una vela, vio a una niña dormida,
que parecía llorar en sueños. Al acercarse, un pequeño destello de las alas de Lilia
cayó suavemente sobre la frente de la niña, quien de inmediato dejó de llorar y sonrió
con dulzura.
Lilia entendió entonces el poder de los recuerdos. Sin saberlo, había dejado que una
chispa de sus alas calmara el dolor de un sueño triste. Comprendió que los sueños
guardaban la esencia de la vida humana, y que a veces, aquellos recuerdos olvidados
eran los que ayudaban a sanar.
La pequeña libélula regresó al Valle de las Libélulas llena de paz. Ahora sabía que,
aunque no entendiera cada sueño que llevaba en sus alas, su misión era importante. Y
desde entonces, Lilia volaba más feliz que nunca, sabiendo que cada chispa que
dejaba en su camino ayudaba a que el mundo humano nunca olvidara que en cada
sueño guardado, había una historia esperando ser recordada.
Y así, el Valle de las Libélulas siguió vibrando bajo el sol y la luna, lleno de destellos
de recuerdos, protegido por las libélulas que, como Lilia, volaban en un misterioso,
bello y eterno vuelo.