Pueblos Originarios, Educación y Derechos Humanos
Por Damián Ferrari
Suplemento Digital de la revista La Educación en nuestras manos N° 24, octubre de
2005
La escuela, pensada como avanzada "civilizatoria" sobre la "barbarie" (el pueblo
criollo, inmigrante y originario) ocultó la historia viva y popular. Abordar a los
Pueblos Originarios desde una perspectiva histórica no es suficiente, ¡están vivos y
luchan por sus derechos! ¿Somos capaces de reconocer no sólo las huellas de su
herencia cultural, sino su existencia como pueblo, con sus propios modos culturales
y su diferente organización política?
Escuela y pueblos originarios
Quisiera ilustrar con una pequeña "anécdota" el abordaje tradicional que la escuela
ha tenido (¿y a veces tiene?) sobre los sujetos populares y los pueblos originarios,
entre ellos. Una señora de unos 60 años, originaria de Santiago del Estero y que
ahora vive en Buenos Aires, primera generación de "escolarizados" por la escuela
primaria en su familia, contaba que era capaz de entender el quechua pero no
podía hablarlo. ¿Por qué razón, siendo esa comunidad bilingüe, no podía expresarse
en esta lengua? Contaba "en la escuela nos tenían prohibido hablar en quechua".
De esta manera, la escuela, formadora de subjetividad, negando normativamente
impuso una lengua única, o lo que es lo mismo, la lengua "oficial". [1]
Esta escuela [2], pensada como avanzada "civilizatoria" sobre la "barbarie" (el
pueblo criollo, inmigrante y originario), arrasó con la diversidad lingüística, y ocultó
la historia viva y popular construyendo una historia oficial cuyo eje es la epopeya de
líderes militares que "forjan" la nación primero contra las fuerzas españolas
(ocultando también la constitución de los ejércitos integrados por afroamericanos,
indígenas y criollos) y luego contra la "barbarie" que impide a la Nación acercarse al
modelo ideológico occidental, cuya "epopeya" paradigmática fue la "conquista del
desierto" (SIC).
Una mirada histórica
Cada vez que se acerca el 12 de Octubre, el acto, la efeméride nos compele a una
definición. De qué hablamos: ¿"Descubrimiento", "encubrimiento", "des-
cubrimiento", "encuentro de culturas", "choque de culturas"? Este posicionamiento
no es menor, ya que la llegada de los españoles a este continente cambiará la
fisonomía cultural de lo que hoy llamamos "América" (una denominación, por cierto,
europea de este continente), friccionando tradiciones culturales distintas como la
europea, la originaria americana y la que proviene de los pueblos africanos. Es
imprescindible, entonces, entender a América como una realidad compleja cuyo
entramado cultural entreteje de hecho estas distintas tradiciones [3]
Una mirada histórica [4] nos permite una perspectiva sobre el pasado y sobre el
presente, sobre nuestra identidad cultural colectiva, compleja y cambiante como
todo lo vivo. Pero quedarnos en una perspectiva histórica no es suficiente,
caeríamos aún con las mejores intenciones en la trampa que nos tienden la mayoría
de los libros de texto para escolares: hablar en pasado.
¡Los pueblos originarios están vivos y luchan por sus
derechos!
Reconocemos su pre-existencia en este suelo. ¿Pero reconocemos su existencia
actual en América Latina y específicamente en Argentina? ¿Somos capaces de
reconocer no sólo las diferencias fisonómicas americanas, o las huellas de su
herencia cultural, sino su existencia como pueblo, con sus propios modos culturales
y su diferente organización política?
Si bien la lucha por el reconocimiento y el derecho a la identidad y autogobierno de
los pueblos originarios no cesaron desde la conquista española a nuestros días, se
puede observar un creciente proceso de organización y visibilidad pública de sus
reclamos.
En nuestro país, puede señalarse como un hito importante la reforma de la
Constitución Nacional de 1994, en donde los pueblos originarios logran introducir en
el art. 75 un inciso que dice:
"(Corresponde al Congreso) 17. Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los
pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a
una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus
comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que
tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el
desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de
gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus
recursos naturales y los demás intereses que los afecten. Las provincias pueden
ejercer concurrentemente estas atribuciones." [5]
Sin embargo, en las conclusiones del "1er. Encuentro Nacional de Educación e
Identidades: Los Pueblos Originarios y la Escuela", realizado el 26 y 27 de
Septiembre de 2003, organizado por la Confederación de Trabajadores de la
Educación de la República Argentina (CTERA), el Departamento de Educación de la
Universidad Nacional de Luján (UNLu), y la Mesa de Trabajo de los Pueblos
Originarios, podemos leer:
"(...) en nuestro país no se garantizan los derechos indígenas contemplados en la
Constitución Nacional y en el Convenio Internacional Nº 169 de la O.I.T. ratificado
por la argentina... ... (se planteó) la necesidad de modificar el lugar que ocupa la
Educación Intercultural Bilingüe, ya no como política compensatoria sino como real
política de Estado. Se señalaron una serie de dificultades: ...falta de continuidad en
los ciclos superiores de experiencias de EIB que efectivamente se implementan (y
con resultados positivos) en el primer ciclo... Qué son escasas las experiencias
desarrolladas que abordan cuestiones formativas que trascienden lo estrictamente
curricular, siendo éste un punto central en el abordaje de la diversidad." [6]
¿Cómo abordar la diferencia?
Si bien la noción de identidad es un concepto complejo de abordar teóricamente, si
nos resulta cotidiano identificar quien es el "otro" en contraposición al "nosotros". El
"otro", tomado individual o colectivamente, me plantea la necesidad de "suspender"
la cotidianeidad para pensarlo. Hay frases del sentido común que nos indican esta
necesidad, por ejemplo, cuando decimos que para entender una situación "hay que
ponerse en los zapatos del otro", o "todo es según el lugar desde donde se mire",
etc.
Hay una larga tradición que atraviesa culturas y tiempos que piensa al "otro" como
amenaza. Esta abordaje puede rastrearse desde la antigüedad griega (por poner
sólo un ejemplo) en que se pensaba al extranjero como "bárbaro", es decir, carente
de cultura, hasta la actualidad, con la sofisticada ingeniería de argumentación que
sostiene a las políticas de "seguridad" represivas en nombre de la propiedad, el
orden democrático, las tradiciones culturales, etc., etc.
El espanto que produjo la Segunda Guerra Mundial y el conocimiento de un
genocidio planificado y ejecutado racionalmente sentó las bases laicas de una
visión de las personas desde el concepto de la igualdad universal del género
humano. Dice la Declaración Universal de Derechos Humanos en su artículo 1:
"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados
como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con
los otros."
Una declaración no cambia el mundo, pero puede servir para sentar las bases de
una nueva racionalidad que permita una fundamentación igualitaria en la búsqueda
del consenso y el diálogo: el derecho de todo ser humano a ser reconocido como
igual y no como inferior por el sólo hecho de ser "diferente".
¿Cómo abordar el tema de los pueblos originarios desde un
concepto de Derechos Humanos?
Un concepto básico es que la discriminación es un atentado contra la igualdad
elemental de todas las personas postulado en el artículo N° 1 de la Declaración....
Observemos que nos dice sobre este punto, la Convención Internacional sobre la
Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (incorporada en nuestra
Constitución Nacional, art. 75, inc. 22).
Art.1: En la presente Convención la expresión "discriminación racial" denotará toda
distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color,
linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto o por resultado anular o
menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los
derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica,
social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública. (...)
Art.4: Los Estados partes condenan toda la propaganda y todas las organizaciones
que se inspiren en ideas o teorías basadas en la superioridad de una raza o de un
grupo de personas de un determinado color u origen étnico, o que pretendan
justificar o promover el odio racial y la discriminación racial, cualquiera que sea su
forma, y se comprometen a tomar medidas inmediatas y positivas destinadas a
eliminar toda incitación a tal discriminación o actos de tal discriminación (...)
La Convención... indica claramente cuando estamos ante un hecho de
discriminación. Cuando un grupo se arroga "superioridad" sobre otro diferente. No
necesariamente, entonces, hay discriminación sólo cuando hay una agresión física o
verbal sino que el hecho de arrogar "superioridad" ya es una postura
discriminatoria.
Este concepto amplio de discriminación permite identificar como tal no sólo al
desprecio a partir de características físicas, como el color de la piel, sino también de
características culturales.
¿Seremos capaces como docentes de abordar también los "contenidos" desde una
perspectiva de diferencia cultural e igualdad valorativa? O para decirlo de otra
forma: ¿seremos capaces de abandonar la idea de la superioridad del conocimiento
científico occidental en aras de ver las concepciones culturales de los pueblos
originarios como igualmente válidas? ¿Seguiremos viendo a los mitos como una
expresión de inferioridad racional frente a la racionalidad científica? Dejo entonces
la inquietud de pensar que tan discriminatorios pueden ser los conocimientos que
brindamos en la escuela.
Derechos Colectivos de los Pueblos Originarios
La Declaración..., fruto de un momento histórico y de una cultura hegemónica, en
su formulación indica la igualdad fundamental de todas las personas, siendo el
individuo el eje sobre el que se explicitan sus derechos. Otras normativas
internacionales empezarán a delinear una visión más global sobre las personas, los
pueblos, las "minorías", etc. indicando complementariamente el carácter indivisible
e integral de todos los derechos. [8]
Según un informe de la Internacional de la Educación [9]:
"Existen alrededor de 5,000 pueblos indígenas y tribales diferentes en el mundo,
sumando un total de aproximadamente 300 millones de individuos que viven en
más de 70 países. Se calcula que cerca de 4,000 a 5,000 de un total de más de
6,000 idiomas en el mundo son hablados por pueblos indígenas. A nivel mundial, las
Naciones Unidas cuentan con dos organismos que se dirigen a los pueblos
indígenas directamente (el Grupo de Trabajo sobre Población Indígena y el Grupo de
Trabajo Inter-sesiones Abierto de la Comisión de Derechos Humanos para Elaborar
un Borrador de Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas). La
Declaración aún no ha sido adoptada por la Asamblea General de las Naciones
Unidas.
El único instrumento legal vinculante que se refiere a los pueblos indígenas son las
Convenciones 169 y 187 de la OIT. Sin embargo, sigue siendo poco claro cuáles son
los mecanismos para la participación directa de los pueblos indígenas. El
establecimiento del Foro Permanente sobre Asuntos Indígenas (2001) dentro del
Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (ECOSOC), que incluye a ocho
representantes indígenas entre sus 16 miembros, es el organismo indígena más
alto dentro de la estructura de la ONU. Todos estos avances no se podrían haber
alcanzado sin el esfuerzo y perseverancia de las organizaciones indígenas y sus
aliados desde que los indígenas norteamericanos se acercaron a la Liga de
Naciones en 1920. Sin embargo, queda mucho por hacer hacia fines de la Década
Indígena de las Naciones Unidas (1994-2004)."
La preocupación de la IE también se plasmó en una resolución de 1998, en donde
podemos leer:
a) Las condiciones sociales, culturales y económicas que distinguen a los pueblos
indígenas de otros segmentos de la comunidad nacional, y que su condición se rige
total o parcialmente por sus propias costumbres o tradiciones o por leyes, normas
especiales o tratados.
b) Que son considerados indígenas aquella descendientes de los pueblos que
habitaban ancestralmente el país o región geográfica a la que pertenecía el país en
los tiempos de la conquista o colonización o del establecimiento de los actuales
límites del estado, y quienes, al margen de su condición legal, mantienen todas o
parte de sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas.
(...) [10]
En el ámbito de la normativa internacional el Convenio 169 llamado "sobre los
pueblos indígenas y tribales" (1989) dice:
Art.1:
El presente Convenio se aplica, a los pueblos tribales en países independientes,
cuyas condiciones sociales, culturales y económicas les distingan de otros sectores
de la colectividad nacional, y que estén regidos total o parcialmente por sus propias
costumbres o tradiciones o por una legislación especial. Y a los pueblos en países
independientes, considerados indígenas por el hecho de descender de poblaciones
que habitaban en el país o en una región geográfica a la que pertenece el país en la
época de la conquista o la colonización o del establecimiento de las actuales
fronteras estatales y que, cualquiera que sea su situación jurídica, conservan todas
sus propias instituciones sociales, económicas, culturales.
Art.2:
Los gobiernos deberán asumir la responsabilidad de desarrollar, con la participación
de los pueblos interesados, una acción coordinada y sistemática con miras a
proteger los derechos de esos pueblos y a garantizar el respeto de su integridad.
Los Pueblos Originarios están de pié
Si se cumplió el objetivo de este artículo deberíamos estar concluyendo:
Que una mirada enfocada en el 12 de Octubre de 1492 es insuficiente para
abordar tanto a los pueblos originarios como a nuestra identidad americana.
Que la presencia de voces en el lenguaje común, a través de palabras
incorporadas a nuestro léxico, y la presencia del bilingüismo aún en poblaciones
que no se consideran a sí mismas como "Pueblos Originarios", son una marca
permanente y un aporte de nuestros "originarios" que hay tener en cuenta también
en materia educativa con nuestros alumnos.
Que debemos reconocer su pre-existencia, pero también y fundamentalmente, su
existencia organizada y autoconsciente, capaz de luchar por el reconocimiento de
sus derechos.
Que la existencia de legislación nacional e internacional que garantice sus
derechos es importante, pero que hay que verificar y luchar junto a los Pueblos
Originarios para que se cumpla plenamente.
Que pensar a los Pueblos Originarios desde la perspectiva de la igualdad también
significa la consideración de igualdad valorativa de sus concepciones del mundo y
de su cultura;
Que aunque no constituyan una "Nación" en los términos en que los entiende las
Naciones Unidas, los estados nacionales deben respetar el autogobierno de estas
comunidades "por sus propias costumbres o tradiciones o por leyes, normas
especiales o tratados"
Los Pueblos Originarios luchan por:
La propiedad comunitaria y la tenencia de la tierra ancestral.
La protección de los recursos naturales.
El derecho al territorio y a la doble nacionalidad.
El derecho a la identidad de la cultura de los Pueblos Originarios.
El derecho a utilizar la propia lengua.
El derecho a la consulta en la toma de decisiones que afecten a los Pueblos
Originarios.
El derecho de los Pueblos Originarios a tener su propio derecho y la cohabitación de
dos sistemas jurídicos: el Derecho Positivo y el Derecho Consuetudinario.
Pensar juntos
Por Juan José Ross
Se habla y se escribe bastante sobre los derechos de los pueblos originarios o
aborígenes, pero desde hace cinco siglos se los considera ‘marginales’ o, peor
aún, como si fueran extranjeros en su propia tierra. En consecuencia, no se
respetan sus derechos, a lo sumo se los considera ‘objeto’ de civilización y
conversión desde un paternalismo y asistencialismo humillantes.
Ante esa realidad se impone un cambio substancial de la percepción y accionar
de la sociedad y del poder político que teóricamente representa a la población
de la Argentina y también cambio del enfoque del sistema educativo, en
especial de la historiografía.
Ahora bien, un cambio profundo de la mentalidad y de los presupuestos
filosóficos con los que nos relacionamos a los pueblos aborígenes –o de origen
anterior a la invasión del siglo XVV– de la Argentina y del continente implica,
ante todo, reformular los contenidos de la enseñanza, sus métodos de
investigación y de transferencia de esos contenidos a través de nuestras
acciones educativas y actitudes concretas en la relación con el devenir de la
historia milenaria continental y con el sector de la población de origen pre-
invasión que, a pesar de la enorme presión de que fueron objeto durante siglos,
aún vive y defiende su identidad y milenario mundo cultural. Sólo esta
persistencia –que generalmente pasa desapercibida a nuestros ojos a no ser por
acontecimientos puntuales reflejados en la prensa– es asombrosa y merece
nuestra atención si pretendemos ser respetuosos de todos sus derechos.
Para lo cual es imprescindible que el sistema educativo en general y las
universidades en particular superen ciertos prejuicios ingresados con la cultura
invasora del siglo XV y asuman una mirada distinta de la historia y cultura
continental testimoniada –más allá de un lógico mestizaje de las mismas– por
los pueblos originarios.
Así como en el sistema educativo se concede un amplísimo espacio curricular a
la historia, filosofía y mitología europea y oriental, sería necesario incorporar
una o más disciplinas que contemplen el proceso y contenido de la historia y
cultura remota y contemporánea de los Pueblos Originarios (de raíz pre-
invasión) de América y Argentina. La implementación de un proyecto de esas
características nos llevaría a un progresivo conocimiento y aprecio de nuestro
auténtico patrimonio histórico-cultural y a un mayor respeto por los legítimos
derechos de los pueblos originarios o emergentes en esta tierra a lo largo de los
milenios.
La problemática
Se habla y se escribe bastante sobre los derechos de los pueblos originarios o
aborígenes, pero desde hace cinco siglos se los considera ‘marginales’ o, peor aún,
como si fueran extranjeros en su propia tierra. En consecuencia, no se respetan sus
derechos. A lo sumo se los considera “objeto” de civilización y conversión desde un
paternalismo y asistencialismo humillantes.
Ante esa realidad se impone un cambio substancial de la percepción y accionar de
la sociedad y del poder político que teóricamente representa a toda la población
argentina.
Ahora bien, un cambio profundo de la mentalidad y de los presupuestos filosóficos
con los que nos relacionamos a los pueblos aborígenes de la Argentina y América
implica, ante todo, reformular los contenidos de la enseñanza, sus métodos de
investigación y de la transferencia de esos contenidos a través de nuestras
acciones educativas y de nuestras actitudes concretas en la relación con el sector
de la población de origen pre-invasión que, a pesar de la enorme presión de que
fueron objeto durante cinco siglos, aún viven y defienden su identidad y milenario
mundo cultural.
Sólo esta persistencia –que generalmente pasa desapercibida a nuestros ojos a no
ser por acontecimientos puntuales reflejados en la prensa– es asombrosa y merece
nuestra atención.
Superar los prejuicios del sistema y de la sociedad
Podemos referirnos –y de hecho lo hacemos cada vez más– a los ‘derechos
humanos’ de los aborígenes. ¿Pero en qué sentido y con qué óptica? Y diría que en
la Argentina está de moda.
Sin entrar en prolongadas disquisiciones puede decirse que la única manera de
referirnos legítimamente a sus derechos es partiendo del presupuesto filosófico
existencial básico de que ‘ellos y nosotros’ –aborígenes y no-aborígenes– somos tan
hombres unos como otros y que, en consecuencia, detentamos los mismos
derechos de sobrevivencia digna en todos los órdenes y de autodeterminación en el
contexto de la propia cultura. Por otra parte, tratándose de los pueblos de origen
pre invasión podríamos decir que aún gozan de más derechos que cualquier otro
‘nativo’ (nacido aquí) por su condición de emergentes de esta tierra mucho antes
de que se produjera la cruel y devastadora invasión occidental.
Es imposible conocer el mundo nativo de origen prehispánico de nuestra Argentina
si nos acercamos a él con criterios pre-formados o con parámetros filosóficos y
morales pertenecientes a otra cultura, por más estructurada y poderosa que ésta
sea. Difícil valorar su realidad si la analizamos con sentimientos de culpa por
haberla “supuestamente” destruido nosotros, o con complejos de inferioridad frente
a otras culturas de América consideradas “superiores” (Tiawanacota, Inca, Azteca o
Maya) a las de nuestra Nación (Diaguita, Tehuelche, Huarpe, etc.)
Si recorriéramos con rápida mirada a la Argentina y al continente pre-hispánico,
detectaríamos en sus culturas nativas diferencias remarcables tan ricas y distantes
entre sí como pueden apreciarse, por ejemplo, entre indios de la India y chinos.
Diferencias y logros estimulantes, sin lugar a dudas. Nos encontraríamos con
dimensiones dispares y procesos desiguales que arbitrariamente o por ignorancia
se los suele adjetivar todavía como “inferiores”, “salvajes”, “semi-salvajes”,
“primitivos” o, por el contrario “más civilizados” e “imperialistas” (caso inca). Esta
clasificación de gabinete suele provocar en nosotros dos reacciones clásicas
incorporadas a la mentalidad de los argentinos por influencia del sistema educativo.
Nos avergonzamos de algunas culturas y resolvemos que “son cosa de indios” o, si
las consideramos asombrosas —caso Azteca— las vituperamos o descalificamos
como “caníbales” o “imperialistas” desde una posición de “cultura democrática
superior”.
Con frecuencia la literatura filosófica, antropológica e histórica y los docentes, aun
admirando algunos de sus logros, se refieren despectivamente a incas y aztecas
porque los consideran ‘imperialistas’; a los caribe y tupí guaraní ‘antropófagos’; a
los charrúa, querandí y tehuelche ‘nómades’. En general con recelo hacia todos los
“indios” porque se hacían la guerra y resistían la cruzada civilizatoria de los
europeos.
La realidad es que, más allá de lo que piensan y escriben los intelectuales del viejo
mundo y discípulos repetidores de nuestro continente, no existen altas y bajas
culturas, como tampoco personas superiores e inferiores, ni naciones desarrolladas
o subdesarrolladas culturalmente. Son categorías fundadas en sofismas utilitarios y
económicos para vivir a costa de los demás y eficaces para justificar algún tipo de
dominación.
Para entender las manifestaciones culturales de nuestro continente, cualquiera sea,
es necesario dejar de lado los prejuicios.
No hablar ni escribir “desde fuera” al modo de los cronistas y misioneros que lo
hicieron con absoluta irresponsabilidad sin compenetrarse y sin tratar de captar el
fondo de lo que, muchos de ellos, ni siquiera vieron con sus propios ojos.
Una mirada distinta de la Historia y Cultura continental
Otro presupuesto a tener en cuenta en cualquier reforma educativa, en nuestra
investigación personal y en su transferencia a terceros (hijos, alumnos, amigos,
libros, cine, teatro, periodismo, sociedad en general) es la necesidad de conocer la
realidad desde parámetros surgidos de la cosmovisión y pensamiento nativo que,
sin lugar a dudas, era y es distinto de los demás continentes del planeta.
Inversamente, éstas eran y son distintas a la nativa de América. En ningún caso se
está habilitado a destruir o menospreciar culturas como hicieron los europeos –y
quienes se creen sus descendientes– con las de América. A esta altura de los
acontecimientos, reconocer y valorar la historia del continente desde los propios
parámetros culturales no es sencillo porque en general se los ignora o se los supone
inexistentes. Pero es posible y condición sine qua non para enderezar el eje curvado
de nuestra historia americana y referirnos con fundamento al tema de los derechos
humanos en la óptica que se le pretende dar en la actualidad.
Con relación a la estructura básica del pensamiento americano téngase presente,
como premisa genérica, su visión global del cosmos y su simbología significante.
Para el nativo, anterior a la influencia coercitiva occidental-bíblico-judeo-greco-
cristiana, existen tres niveles o mundos que configuran su universo en una perfecta
e indisoluble unidad: el de arriba, significado generalmente por el cóndor, águila o
copa de un gran árbol; el de la superficie, por el jaguar y el hombre y el de abajo
por los reptiles, especialmente la serpiente y batracios. Tres mundos involucrados.
Saliendo uno de otro y abrazados iconográficamente por las alas del cóndor en un
círculo perfecto que da sentido armónico a la vida.
Al menos una coherencia simbólica y gráfica frente a una realidad compleja y difícil
de entender, tan difícil e insondable como es la nuestra en la actualidad a pesar de
indiscutibles adelantos científicos y tecnológicos.
Esta visión del universo fundamentó y fundamenta los lazos solidarios de la gente
entre sí y con todos los componentes de la naturaleza, “uno” de los cuales es el
hombre. Su estructura simple puede parecer ingenua, y en algún sentido lo es, pero
no sin consistencia. En la práctica simplifica y cohesiona la vida del grupo, unifica
los elementos que componen la realidad y neutraliza, en parte, las angustias
subjetivas frente a lo desconocido, las enfermedades y la muerte. Función, esta
última, que intentan, con relativo éxito, filósofos, sacerdotes, pastores,
psicoanalistas y psicólogos de la sociedad antigua y contemporánea.
Puede contribuir a una mejor comprensión de este núcleo filosófico americano
contraponerlo a la filosofía típicamente greco-judeo-cristiana-occidental que, tal
cual llegó a nosotros no deja de ser una melange que ubica al hombre en el centro
como “rey de la creación” con poder absoluto para dominarla. Gran parte de esta
perspectiva se apoya y fundamenta en la praxis de la cultura invasora, hoy
generalizada en América, sobre todo en varios textos de la Biblia hebrea retomada
al pie de la letra por el cristianismo desde hace dos mil años e impuesta con
absoluto dogmatismo (con censuras, inquisición y el recientemente desaparecido
“Index”) primero en Europa y más tarde en América.
América milenaria tuvo y tiene su propio estilo de vida y filosofía que, no por
desconocida, es inexistente.
Uno de los manifiestos más conocido en el mundo occidental-cristiano y en América
es, precisamente, el contenido de la carta que un jefe Seattle de aquel territorio
envió al presidente Franklin Pierce (1855) quien había propuesto “comprar” las
tierras al grupo nativo Suwamish del noroeste del actual [Link]. Como toda
respuesta el jefe aborigen dictó, para ser transcripta en inglés porque el presidente
desconocía el idioma nativo, la memorable carta en la que argumentaba
pacíficamente en contra del proyecto colonialista.
Una síntesis perfecta del contenido es uno de sus párrafos que, a su vez, expresa el
pensamiento contundente del nativo de América y sus actitudes cotidianas que
aseguran el equilibrio del medio ambiente: “La tierra no pertenece al hombre, sino
que el hombre pertenece a la tierra”.
El jefe Seattle reflexionó proféticamente:
“Sabemos que el hombre blanco —término que no hace referencia al color de la piel
sino a la filosofía y comportamiento de los invasores sean éstos ingleses,
holandeses, hindúes, egipcios o tunecinos— no comprende nuestra manera de ser.
Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro, porque es un extraño que llega en
la noche a sacar lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo.
Cuando la ha conquistado, la abandona, y sigue su camino. Deja tras de sí las
sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que
le importe. Olvida la sepultura de sus padres y los derechos de sus hijos. Trata a su
madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como si fuesen cosas que se pueden
comprar, saquear y vender, como si fuesen cuentas de vidrio. Su insaciable apetito
devorará la tierra y dejará tras de sí sólo un desierto”.
La filosofía de América -no la de América invadida y obsecuente, sino la de siempre,
la profunda, la milenaria, la que “escondieron” los invasores- apunta lejos sin
demasiados discursos “democráticos”: organizar lo existente, todo aquello que
configura la realidad, y respetar los elementos de la naturaleza utilizándolos a partir
de una estrategia basada en mitologías fascinantes que tienen como protagonistas
a sus ancestros “de otros tiempos” transformados en sol, luna, estrellas, montañas,
viento, nieve, árboles, ríos, animales… La América milenaria personifica a los
elementos al punto de convertirlos en sus inspiradores de principios ético-morales
y, por qué no, en censores de sus actos estratégicos de sobrevivencia y progreso
tecnológico con el fin de salvaguardar el equilibrio de este cada vez más frágil
planeta.
El hombre de la América profunda y antigua, de la sometida a pesar suyo desde
hace cinco siglos, tiene su propia filosofía, sus parámetros originales para explicar y
vivir la realidad. Por tal motivo aún hoy los nativos ofrecen su tributo a la Madre
Tierra: cada vez que accionan sobre ella ‘piden permiso’ a los ‘dioses’ o ‘dueños’ de
animales y vegetales en función de la sobrevivencia.
En última instancia se trata de una sabiduría que todos deberíamos adoptar más
allá o al margen del factor “religioso” institucional oriental-europeo al que cada uno
pueda sentirse adscrito. No se trata de cambiar de religión o apellido sino de asumir
actitudes concretas frente a la realidad y a la tierra en que hemos nacido para no
sucumbir a corto o mediano plazo bajo los efectos de la energía atómica liberada, la
contaminación, depredación o voracidad de empresas multinacionales y nacionales.
Estas, por el hecho de concentrar el poder económico internacional o local —
también el político— a veces se sienten inmortales y dueñas del planeta.
El hombre originario de toda América pre-invadida pensaba y actuaba –piensa y
actúa– sin “disquisiciones filosóficas” –lo cual no es lo mismo que carecer de
filosofía–, desde la simple convicción de que todo está involucrado en una única
realidad coherente, a pesar de ciertos fenómenos inexplicables o contradictorios
que ellos resuelven con ricas y funcionales mitologías, hasta el respeto por la
naturaleza de la que somos parte y no dueños. Fenómenos que, todavía hoy,
muchos siguen siendo enigmáticos, como por ejemplo el origen de la vida y
sincronización, aparentemente sin límites, del universo.
Mayas, olmecas, mixtecas, aztecas, aymaras, quechuas, incas y otros, a ese
pensamiento o visión de la vida inclusive lo tenían “escrito” en sus maravillosos
códices, quipus; en monumentos, pinturas rupestres, grabados, estelas líticas y
esculturas que representaban fuerzas creadoras, organizadoras y sustentadoras de
la realidad. Pero los escritos europeos de raíz indo-greco-latino-céltico y anglo-
sajona explicarían a esas manifestaciones como simples representaciones
supersticiosas de sus dioses.
Término, este último, que cronistas y misioneros estratégicamente impusieron a los
nativos para quienes toda “deidad” o “ser superior” encerraba un sentido distinto al
bíblico oriental y/o mitológico de las vertientes griego-asiática.
Todo ello para explicar de algún modo y coherentemente lo que acontece en la
realidad. Es obvio que la mitología, religiones –en cuanto ritualización e
institucionalización de cosmovisiones y mitos de una u otra cultura– y principios
resultantes de esta manera de pensar de los pueblos americanos no son ni
pretenden ser “la verdad”. Constituyen parte de la estrategia de vida de esos
grupos que se va enriqueciendo o modificando en el tiempo –y a veces
desapareciendo– por la convergencia de distintas tradiciones y diferentes “genios”
emergentes. Tradiciones sólidas, pero permeables en función de la sobrevivencia
digna y de la cohesión socio-política.
Sin comparaciones
En cuanto a cómo investigar, transferir y respetar la presencia de las culturas
“aborígenes“
en el proceso de humanización de los habitantes de nuestro territorio hasta el
presente, resta una última precisión simple y fundamental: se debe asumir la
compleja realidad de los pueblos originarios –por el momento marginal y
desencajada del eje de “nuestra historia” impuesto por el invasor– sin
comparaciones o, si se prefiere, más allá de las mismas.
En lo que llevamos de historia humana algunas culturas pudieron aparecer como
inferiores y otras como superiores a las nuestras. Mejores o más avanzadas en
ciertos aspectos, pero siempre hay otros en los que realmente no lo son. Algo
similar sucede entre las personas. Estas no solo deben estar satisfechas consigo
mismas sino que además tienen derecho a que se las respete tal cual son, como
entidad intransferible. Este presupuesto no implica que todos los hombres somos
iguales. Cada uno es como puede y quiere en el medio que elige o le toca vivir. Con
las culturas acontece otro tanto a no ser que determinados grupos, pueblos o
instituciones, padezcan de etnocentrismo agudo. Enfermedad ésta que, en su
proceso, degenera invariablemente en imperialismo y colonialismo material y
espiritual –en el sentido de religioso –que generalmente no tiene nada de espiritual
sino que se trata de estrategia invasora.
En esta perspectiva es posible y necesario lograr un auténtico respeto por las
culturas y derechos humanos de los pueblos originarios, sin eufemismos ni
rebuscadas discusiones o proyectos asistencialistas que finalmente dejan todo
como está.
La investigación y transferencia educativa debería estar orientadas a una
aproximación respetuosa que valorice todas las dimensiones de sus culturas, es
decir, no sólo el derecho a la autodeterminación en el contexto político nacional
sino cada uno de los derechos que les asisten en tanto hombres como cualquiera de
nosotros: hábitat propio (tierra), sobrevivencia digna, idioma, educación acorde a su
cultura, etcétera.
Aproximación respetuosa o etnografía
El enunciado de este subtítulo parece obvio, es decir, el “estudio” de las etnias o
pueblos de la humanidad y su inter relación en la historia. Teóricamente así lo
entienden todos los antropólogos, etnógrafos e historiadores de la actualidad. Sin
embargo cabe preguntarse ¿estudio de qué pueblo? ¿Qué estudio? ¿Para qué?
La Etnografía, tal cual se implementa en el mundo de las ciencias humanísticas
resulta ser más un vicio que una ciencia, si entendemos por ciencia el conocimiento
de la realidad, respuestas a interrogantes del hombre y un servicio a la humanidad
como tal. Desde el siglo XV –de la era cristiana europea– innumerables cronistas de
los estados invasores, súbditos de la iglesia católica y protestante, aventureros,
espías del territorio, exploradores, antropólogos, arqueólogos e historiadores,
escribieron desde Europa miles de volúmenes sobre distintos pueblos o etnias de
nuestra América, también de la Argentina y, por supuesto, de las ‘variedades’ de
negros africanos y “mestizos”.
Ante esa voluminosa producción académica, política, económica, diplomática y
frecuentemente novelesca debemos preguntarnos: ¿Desde qué parámetros y
filosofía se produjeron esas obras? ¿Para qué y para quiénes?
La respuesta parece simple, pero no lo es. Con relación al sujeto estudiado argüirán
que lo hicieron y hacen para que el estudiado se auto valore y, en función de los
“investigadores” (los escribientes), para conocer mejor a ciertos pueblos y sentir el
placer “académico” del descubrimiento de algo diferente, cuando en realidad, de
hecho, es una herramienta político-económico-cultural para manejarlos a su antojo
y conveniencia a partir de sus propios criterios y pautas culturales de investigación.
Por supuesto, nos estamos refiriendo al estudio de pueblos del Tercer Mundo,
marginales, endógenos o raros (según la jerga “académica”).
Curiosamente nunca al estudio de etnias detentadoras del poder. Estas últimas son
las que estudian, los demás somos los estudiados. Tal perspectiva, sutilmente
perversa, no invalida ciertos trabajos de etnógrafos y antropólogos conscientes de
su función que, en este momento, inclusive se atreven a analizar el etnocentrismo
de etnias europeas y norteamericanas que desde sus fabulosas universidades se
aplican a estudiar, comparar, clasificar y dar a conocer diferentes culturas exóticas
–para ellos–, distantes –con relación al predio de su universidad– en peligro de
extinción o de derrumbe por causa del sistema económico internacional que traba
su propio estilo de producción y sobrevivencia y por la globalización de la cultura
que impone el andamiaje de un sistema económico perverso al que los pueblos y
regiones se obligadas a adherirse o perderse para siempre.
Científicos y académicos que justifican las partidas presupuestarias de sus grandes
universidades y sacian su sed de curiosidades y de control desde su torre de marfil.
Científicos que finalmente, lo sepan o no –y es lamentable que no lo sepan
pretendiéndose tales– hacen el juego a núcleos etnocéntricos, imperiales y
soberbios de sus propias sociedades. A veces, científicos emergentes de los mismos
pueblos elegidos para ser estudiados, pero totalmente estructurados y formados en
el “primer mundo” de la ciencia, a su servicio. Se aplican al estudio de pueblos
marginales, “endógenos” o “exóticos”, con parámetros resultantes del proceso de
una cultura que nada tiene que ver con el proceso y parámetros de los pueblos
estudiados. Pero como se trata de científicos y académicos del primer mundo, todo
vale.
Hubo, en este sentido, una gran producción etnográfica, a veces brillante. Sin
embargo, el tobogán de las culturas y pueblos nativos del “Tercer Mundo” y sus
derechos siguen en picada, más allá de las intenciones nobles de uno u otro
etnógrafo e historiador.
Si de etnias “aborígenes” se trata –curiosamente son sindicados por estos genios
del primer mundo y sus obsecuentes admiradores del tercero como “aborígenes” o
“indígenas”, no como habitantes con su propia cultura, a veces milenaria, que no es
rara, sino la suya propia— en cualquier continente, su estudio hasta ahora se utiliza
para dominarlas, explotarlas, cercarlas mejor o, a lo sumo, almacenar datos con
fines ‘científicos’ en bien de la humanidad futura, como sucede en la actualidad con
la extracción de muestras de sangre a grupos genéticamente endógenos en
Colombia, Panamá, en el Gran Chaco, Neuquén, etc. Proyecto este último anglo-
norteamericano cuyos resultados, tal como acontece con toda la tecnología y
ciencia de punta, alcanzará a unos pocos, a los que dominan el mundo, a los que
tienen sobreabundancia mientras gran parte de la humanidad padece hambre y
violencia, humillación y guerras bacteriológicas o nucleares.
Para referirnos a Derechos Humanos de los pueblos y personas denominadas en la
literatura actual como “aborígenes”, sin duda es importante ‘conocerlos’, pero
mucho más lo es respetarlos como son y quieren seguir siendo, poniéndose el resto,
los que no se consideran tales y el sistema en sí, en pie de igualdad con ellos.
El estudio de la esencia y características de los pueblos nativos de origen pre-
Invasión occidental tendría sentido si se orientara a estimular el respeto de las
diferencias, a resolver problemas concretos y reforzar la identidad de la gente para
contrarrestar el embate de quienes se consideran superiores. En tal sentido,
inclusive obras puramente enciclopédicas o teóricas realizadas por curiosidad o
para obtener una licenciatura o doctorado, pueden ser correctamente utilizadas por
quienes están motivados, sean docentes, periodistas o políticos, con la perspectiva
de recuperar toda la Historia y Cultura de nuestro territorio e incorporarlas
activamente al contenido de nuestro patrimonio e identidad.
Felizmente los etnógrafos y arqueólogos –se consideren o no dentro del sector o
ghetto académico– están perdiendo aquel halo misterioso que los rodeaba por el
hecho de investigar culturas antiguas como la egipcia, babilónica, tiawanakota,
maya o inca. Ahora se los conoce sin el uniforme de explorador cinematográfico con
multitud de escoltas nativos cargando sus bultos y advirtiéndoles sobre maldiciones
contra profanadores. Se los considera cada vez más como investigadores de la
presencia humana en todo el planeta. Presencia tan humana en África, Asia,
Oceanía y Europa como en el más recóndito rincón de América.
Desenterrar científicamente el pasado y presente del hombre es, sin duda, tarea del
arqueólogo, etnógrafo, historiador y filósofo con ayuda de ciencias auxiliares. Tarea
del educador, escritor, comunicadores y habitantes en general es incorporar sus
resultados a la conciencia colectiva y al patrimonio cultural del presente para hacer
realidad el tan ansiado respeto de los derechos humanos, en este caso de los
pueblos nativos que, en su momento, fueron invadidos y masacrados.
Por tales razones, sintéticamente enunciadas, sería pertinente, como mínimo,
implementar una disciplina específica en el sistema educativo como tal
(Universidades, institutos de formación, escuelas y colegios) para encarar un
estudio profundo –histórico y etnográfico– del proceso cultural americano y
argentino de los últimos milenios, en sí mismo y en la relación que surge con la
cultura invasora desde el siglo XV occidental. El título de dicha disciplina podría ser
“Historia, perfil y contenido de la cultura nativa de América y de Argentina”,
entendiendo por “cultura nativa” toda aquella emergente en esta tierra y creada
por el hombre nacido en ella en cualquier época y espacio.
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