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Con Sabor A Miel - Alejandra Kimella

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Claire desea ser una chef mundialmente reconocida, pero Killian

Collingwood, el nuevo CEO de la línea de hoteles donde trabaja, no se lo


pondrá fácil.
***
Claire ha aprendido dos cosas la noche de Navidad:
1• Cómo salvar la vida de un ciervo.
2• Cómo arruinar la suya.
Después de haberle confesado los secretos de su vida y trabajo a un
guapo desconocido, el mundo de Claire se detiene y es que Killian
Collingwood no solo es el nuevo novio de su prima estrella, ahora
también es su nuevo jefe.
Y ella le ha confesado todo.
¡Todo!
Ojalá nada cambie en la cocina del trabajo de Claire... Porque Killian es
muy profesional y puede separar su vida privada de su vida laboral...
¿Verdad?
¡¿verdad?!
Capitulo UNO
Un rugido en el cielo me sobresaltó recordándome que, por
desgracia, echar raíces dentro del auto no era una opción válida, no
cuando afuera caía una lluvia torrencial y yo no llevaba más que un
abrigo viejo y desgastado, unos vaqueros de segunda mano y un par
de zapatos fríos.
Limpié el vapor que me empañaba la visión del cristal en la ventana,
con el dorso de la mano. El mundo afuera lucía aterrador. De pronto,
la idea de echar raíces no pareció tan descabellada, incluso
comenzaba a sonar como el mejor maldito plan que tuve en la vida.
Estaba perdida, varada en medio de la nada con un auto atascado en
una pileta de barro improvisada. Ya me había pasado antes. Para mi
desgraciada fortuna, tenía un pequeño y nada escandaloso (de
acuerdo, tal vez solo un poco) historial arroyando (¡por accidente!),
algunos seres vivos y objetos inanimados. Aunque en mi defensa
debo añadir que todos esos animales sobrevivieron... Y yo pagué sus
tratamientos. ¡Era una ciudadana responsable! No merecía tanto mal
karma.
Al menos en esa ocasión no tendría que preocuparme por las cuentas
del hospital veterinario. Esa vez logré girar a tiempo, lo cual me
enorgullece bastante, porque significa que los tutoriales de Aly en
YouTube, sobre: «Cómo avivar tus reflejos naturales en cinco
sencillos pasos», no son tan inútiles después de todo.
Como el auto permaneció atascado y mis suplicas sobre encontrar
algún alienígena que levitara mi chatarra fuera del barro un par de
segundos no fueron escuchadas, mi única opción era volver a la
carretera a pedir ayuda. Aunque con el frío de la noche lo último que
me apetecía era plantarme a levantar el pulgar en una avenida
desértica, sopesé mis opciones sin encontrar otra salida; no tenía
señal, GPS o un mapa y, a esas alturas, tampoco un solo gramo de
dignidad.
Así que, después de varios intentos por mover el auto como una
persona civilizada (y no molerlo a palos como en realidad deseaba
hacer), entendí que no tenía más opción que pedir ayuda a la antigua.
Conté dos mil trecientos Misisipis hasta que un auto apareció a la
distancia. Contar en Misisipis era un arma de doble filo, a veces me
relajaba, otras, me ponía impaciente, por lo general eso sucedía
cuando superaba los cien Misisipis o cuando el viento hacía que la
lluvia me golpeara de lleno la cara.
Como estaba pasando esa noche.
A la distancia, las resplandecientes luces de un auto avivaron mis
esperanzas. A orillas de la carretera, di un par de saltos con el pulgar
en alto para no pasar inadvertida, pero al cruzarse por mi camino el
auto se limitó a arrojar un montón de agua sucia, empapándome de
pies a cabeza.
Un Misisipi, dos Misisipis, tres Misisipis... Inhala, Clay. Cuatro
Misisipis, cinco Misisipis... Exhala. Seis Misisipis, siete Misisipis...
Esperé unos minutos más hasta que, después de ciento cincuenta
Misisipis más, un auto surgió del horizonte. Esta vez me aseguré de
tener la precaución y alejarme lo suficiente para ser vista, pero no
arrollada ni mojada.
Cuando el auto se detuvo, mi sorpresa fue evidente.
¡Excelente! ¿Y ahora qué? ¿Qué si resultaba ser un narcotraficante o
un asesino? ¿O un narcotraficante asesino? ¿Y qué si me encuentro
con un comentarista de revistas de moda?, ¿o un diseñador
obsesionado con los fucsias? La última vez que me topé con uno en
una cena de negocios, no me fue nada bien. No paró de contar las
calorías que consumía de una sola sentada y señalar la talla de mi
vestido... ¿Y si era un diseñador comentarista de programas de
chismes?
¡Por favor, Jesús, que sea un narcotraficante!
Por mero instinto, protegí mi cuerpo cruzando los brazos sobre el
pecho.
—Parece que necesitas ayuda —sugirió una voz masculina
proveniente de un cuerpo impresionante que, apenas abandonó la
comodidad de su elegante auto, me hizo trastabillar al intentar
acercarme a él.
Las tiras de cabellos en café cobrizo no demoraron en pegarse a su
frente a causa de la imparable tormenta. Su camisa blanca no tardó
en seguir el mismo camino, venciendo la tensión superficial entre
aire y el agua para amoldarse a su esculpido cuerpo de inmediato.
—¿Asesino serial? —probé con la verdad.
Porque muy guapo y lo que sea, pero Ted Bundy era apuesto y
terminó con una lista infinita de víctimas. Ese es un riesgo que yo no
estoy dispuesta a correr ni por el mismísimo Zac Efron.
El hombre sonrió con un brillo divertido en la mirada. Ese gesto fue
suficiente para conseguir perderme unos segundos en esos enormes
iris azules que contrastaban a la perfección con esa piel nívea. La
sonrisa cálida le llegó hasta los ojos de una forma tan encantadora
que estuvo a punto de contagiarme también, pero mi día ya era una
mierda y ninguna sonrisa de comercial iba a cambiar mi fatídica
situación. Llegó demasiado tarde con toda su luz.
—No.
—¿Narcotraficante?
Su sonrisa se amplió.
—Siento decepcionarte.
—¿Diseñador de modas?, ¿comentarista de revistas de chismes?
Tenía la boca abierta, listo para negarlo todo cuán experto criminal,
pero, después de pensarlo mejor y fruncir el ceño, cuestionándose
con qué clase de loca se había ido a topar y qué pecados de otras
vidas estaría expiando, respondió:
—No
Asentí y me encogí de frío abrazando mi cuerpo con más fuerza. No
era que le creyera del todo o que las alarmas dentro de mi cabeza se
silenciaran por el puro efecto de su palabra, pero al menos ya había
entablado una conversación para definir si mi rescatista parecía un
amigo o enemigo. De momento, le daríamos la clasificación de
«amigo a prueba». Ya tendría suficiente con las críticas y burlas que
recibiría al llegar a casa, no tenía intención alguna de ponerme el
saco de boxeo antes de tiempo. Además, créeme cuando te digo que
yo sé de estas cosas. Después de olfatear la maldad de mis tías
durante años, sé bien cómo identificar a un villano. Digo, vivo con
ellos.
—¿Puedes ayudarme?
Tal vez, para cualquier ser humano común, esa sería la pregunta del
punto de partida y no la gama de opciones anteriores, pero no
conmigo. Quisiera poder decir que el frío de la noche me atrofió el
cerebro o algo por el estilo, pero la verdad es que solo no tengo un
departamento de control de calidad integrado en la cabeza como el
resto de las personas con un rango de interacción social
mundanamente aceptable. Es como una maldición.
—Y de ser un comentarista o diseñador en mi tiempo libre, ¿no
habría podido hacerlo? —cuestionó él con una chispa de diversión,
cruzando los brazos sobre el pecho y clavándome la mirada
entrecerrada por el repiqueteo constante de la lluvia a nuestro
alrededor.
El cielo rugió con violencia y la tormenta se intensificó como en
alguna especie de película post apocalíptica. Necesitaba volver a casa
cuanto antes o, además de pescar un buen resfriado, iba a tener que
rendirle cuentas a toda la familia. Entre más tiempo perdía bajo este
torrencial, más miembros del árbol genealógico se aparecían en la
sala de la casa de mis padres. Lo último que me apetecía en un día
como ese era presentarme empapada y repleta de barro bajo el marco
de la puerta frente a toda la familia.
Aunque ya era un poco tarde para evitar parecer una cochinilla
zarandeada, si lograba acudir a tiempo todavía podía evadir a
quienes llegaran con retraso, en especial a la tía Maddie.
—Tal vez. —Me encogí de hombros—. Después de haberme hecho la
lista de la dieta y una cita con el nutriólogo. No he tenido muy
buenas experiencias con ninguno.
Él negó con la cabeza y sonrió antes de ponerse en marcha.
—Se ha quedado atascado —explicó, siguiéndole el paso de camino al
auto.
Su ceño fruncido en dirección al volvo me anunció que estaba a punto
de cuestionar justo lo que esperaba que pudiera pasar por alto.
—¿Cómo llegó aquí?
Odiaba esa clase de preguntas: ¿Cómo llegó aquí?, ¿cómo es posible
que lo hayas olvidado?, ¿cómo la rompiste?, ¿cómo que el perro se
comió tu tarea?, ¿cuántos años te faltan para terminar la carrera?,
¿quién ha metido el tenedor al microondas? Y, sobre todo: ¿quién se
ha cambiado el acondicionador por la mayonesa?
No hay nada más incómodo que las preguntas incriminatorias... O el
abuelo cuando le pegaban las crisis de demencia, se desnudaba a
mitad de la sala y se escapaba de la casa, pero esa es otra historia.
—Un ciervo. No quería arrollarlo —me limité a responder
esforzándome por no rodar los ojos.
Tal como imaginé, detuvo su andar y me miró ceñudo. Ajá, así como
me veía la mayoría de la población aledaña. No es una menuda
novedad, pero tampoco me he hecho a la idea de ser el tonto
patentado de mis congéneres.
Mis brazos cruzados y mi ceja arqueada le dejaron claro que no
pensaba revelar nada más. Así que se limitó a sonreír con
amabilidad, antes de ponerse en cuclillas para revisar la llanta de
cerca, llenándose las manos y el pantalón de barro sin rechistar. Al
hacerlo, mostró la dureza de unos músculos bien trabajados y mi
imaginación voló por todo lo alto.
—¿Y el ciervo? —preguntó el guapo desconocido, sacándome de mi
ensoñación.
Chasqueé la lengua.
—Sabes, por extraño que parezca, no se detuvo a darme las gracias.
Creo que de la emoción salió corriendo.
Él proyectó una agradable risa musical al sacudir las manos y
ponerse de pie, para darme el diagnóstico de mi desventura.
—No hay gran daño, al parecer solo está atascada. ¿Tienes la llave? —
Me tendió la mano.
¡Pero que pregunta! ¡Por supuesto que tenía la llave! Era mi auto.
Duh.
Palpé los bolsillos de mi pantalón... Nada.
Palpé los bolsillos en mi abrigo... Nada.
Me acerqué al auto y eché un vistazo al interior.
Las llaves estaban adentro.
—No, no, no —gruñí dándome de topes contra el cristal de la ventana.
—Oye, estás...
—¿No crees que ya fue suficiente? —recriminé con la mirada vuelta al
cielo—. Soy una buena persona, sigo las leyes de tránsito, enciendo la
direccional siempre, bebo leche deslactosada, compro productos que
ayudan al medio ambiente, sigo a Greenpeace desde que tenía quince
y dono libros a la biblioteca central. ¿Qué más necesito? ¿Donar un
riñón?
Y luego recordé que no estaba sola.
El hombre junto a mí me contemplaba con un gesto divertido. Asintió
con la cabeza como si de verdad estuviera de acuerdo con todas mis
demandas al Señor.
—¿Necesitan que les dé unos minutos? —propuso señalando a las
estrellas.
En ese momento, una idea brillante cruzó por mi mente.
—Suerte que traigo mi llave maestra —repliqué con amargura hacia
nada en específico. Algunas veces lo pesada me brotaba de los poros.
—¿De verdad? ¿Dónde es...?
Mi codo golpeó contra el cristal del auto haciéndolo pedazos sin
previo aviso. Reprimí un alarido cuando el entumecimiento me pegó
de lleno en el nervio del antebrazo, haciéndome encoger dolorida. No
tenía tiempo de sobra y sacrificaría mi brazo si eso me ayudaba a
poder evadir las preguntas del resto de mi familia en casa.
Prioridades claras.
El hombre se acercó a mí con la velocidad de un rayo y examinó mi
codo con precaución, antes de exclamar exaltado:
—¡¿Estás loca?!
—Es curioso, es la cuarta vez que me lo preguntan en el día. La otra
opción era llamar a una grúa, pero tango una cita con el menosprecio
en dos horas y no puedo llegar tarde.
Él señaló mi mano sin apartar la mirada de ella. Parecía entrar en
algún tipo de trance o estado de shock. Ya no tenía claro si era yo
quien debía empezar a preocuparse por él.
—Tal vez es mejor que...
—Estaré bien. He hecho esto tantas veces que estoy pensando en
sacar el máster.
El hombre, pálido como la luna, negó con la cabeza y abrió la puerta
del auto sin protestar más.
Fue él quien encendió el auto e intentó sacarlo del atasco, pero cada
esfuerzo nuevo era incluso más inútil que el anterior. Ya iba
aceptando que no existiría poder humano que consiguiera liberar a
mi auto a tiempo y sin ayuda de una grúa.
—No creo que se pueda hacer nada mientras siga lloviendo de esta
manera —admitió cuando su orgullo de hombre desapareció después
del duodécimo intento. Cerró los ojos con frustración y echó la
cabeza sobre el respaldo del asiento con un gesto que no podía
expresar nada más que profundo agotamiento.
No parecía ser de la clase de hombre que se rinden con facilidad, así
que entendí que, si él no lograba sacarme de allí, nadie lo haría. Ya lo
sabía, en el fondo siempre lo supe, pero intenté que mi esperanza,
como mis pollitos de colores, no muriera tan joven.
—Tengo que llegar a casa de mis padres a la cena de Navidad o van a
matarme. ¿De verdad no hay nada que podamos hacer para liberarlo?
—No con esta lluvia —aseguró con una expresión perdida—. Te diré
algo: Te acerco a la ciudad y llamo a una grúa. Tú llegas a esa
maravillosa cena, aunque tengo el presentimiento de que en realidad
no es tan maravillosa, y yo llego a tiempo a mi reunión de esta noche.
Sopesé las opciones que tenía delante. No eran muchas ni eran
debatibles. Quedé deshidratada dentro de este mar de posibilidades.
Dejé escapar un suspiro derrotado. Estaba perdida.
—Gracias —acepté—. Te sigo.
Si mi madre hubiese visto la facilidad con la que acepté, seguro me
reinscribe a los cursos infantiles sobre «peligros extraños», en el
que, básicamente, te enseñan a tenerle miedo a cualquier cosa que no
sean tus padres. Tardé meses en volver a tomar el control de la
televisión sin pensar en los gérmenes o salir a la calle sin buscar
armas en los bolsillos traseros de los hombres.
El castaño abrió la puerta del copiloto y me ayudó a entrar al auto.
Parecía un completo caballero que quizá me hubiera puesto a
hiperventilar, si en mi cabeza cupiera algo más que la ansiedad de
una noche familiar en pocos minutos.
Bien mirado, lo que sí debía estar haciendo —más que hiperventilar a
causa de su virilidad— era pensar en mil planes evasivos por si las
cosas se salían de control y en verdad resultaba ser un psicópata en
potencia disfrazado de un buen ciudadano.
Cielos, Claire, tienes que ordenar tus prioridades, pensé en un intento
por recuperar el control.
Al entrar al auto, el hombre de los ojos de zafiro me ofreció la mano
otra vez, en esta ocasión para presentarse con cordialidad.
—Soy Killian.
—Claire —respondí haciendo lo propio.
—Bien, Claire. Es mejor que nos demos prisa, no queremos llegar
tarde a nuestras reuniones.
Mi resoplido se perdió con el rugido de su auto volviendo a la vida.
—Habla por ti mismo.
No, no quería llegar tarde, en realidad lo que quería era no llegar
jamás, pero me costaría un montón de reproches con los que no
estaba dispuesta a lidiar. Era como si todo mi cuerpo estuviera
sumergido en una lucha de poderes: el corazón me quería de regreso
en mi habitación, y la cabeza me recordaba que, si quería contar con
el pequeño aporte económico de mi familia para costear el
tratamiento de mi hermano Zac, debía parecer que en serio hacía un
esfuerzo por convivir con ellos.
Me miró por el rabillo del ojo, con intriga y confusión.
—¿No quieres ver a tu familia?
—Sí quiero, pero el día de hoy no tengo mucho ánimo para lidiar con
el «ambiente familiar» —confesé haciendo énfasis con los dedos en
comillas.
—¿Qué tan mala puede ser una cena navideña?
Ah, no, no hizo la pregunta.
El repiqueteo de la lluvia resonaba sobre el travesaño, el crujir y la
iluminación del cielo me hacían agradecer estar a salvo dentro de un
auto con calefacción y aroma a canela. La calidez del ambiente me
permitió usar a mi nuevo conductor como medio de catarsis. No
encontré problema alguno, no volvería a verlo jamás, ¿cierto? Pensé
en que, tal vez, gritarle a alguien las marañas de sentimientos
aglomerados en el núcleo de mi alma podía servirme para llegar
limpia a la cena de hoy. Como en una reunión grupal de los
Alcohólicos Anónimos... pero sin ser grupal... y sin alcohol... y sin ser
tan anónimo. ¡Lo que sea! Creo que puede funcionar para
desintoxicar mi alma y luego regresar a casa mentalmente limpia.
—Veamos —comencé—: Mi hermano acaba de volver de Londres,
terminó su maestría en historia y no parará de hablar sobre reyes
muertos; su esposa nos ha concedido el honor de acompañarnos con
sus bellos, adorables e incomparables demonios petite; mi tío Ted
intenta de meterme mano cuando cree que nadie lo ve; su esposa no
para de hablar sobre lo maravilloso que era mi exnovio, quien no solo
se acostó con mi profesora de italiano, también robó la mitad de mi
tesis, y mi lóbrego futuro. Pero la peor es mi prima, sé que no dejará
de alardear sobre su nuevo empleo, su casa nueva y, ahora, su novio
nuevo. Seguro que el pobre tipo ni siquiera sabe que cada año cambia
de novio, tuvo ladillas y además finge ser vegetariana pro vida, pero
come carne cuando cree que nadie la ve y odia todo lo que tenga pelo,
a menos que esté muerto y le haga mangas...
Killian soltó de golpe el aire contenido en sus mejillas.
—Bueno, tú ganas, en definitiva, tu noche será peor que la mía.
—Ninguna noche podría competir con esta. No me malentiendas, amo
a mi familia, pero el día de hoy no ha sido mi día.
—¿Por qué no le dices la verdad a todos? Como lo de tu tío el raro. Es
obvio que estás frustrada con ellos. No deberías estar estancada, eres
joven... No tendrías por qué ir a esa cena ahora mismo, para
empezar. Estamos a tiempo de dar media vuelta.
Bueno, sí, era fácil para cualquiera decirlo, pero hacerlo requería
más valor y dinero del que poseía. No podía darme el lujo de perder a
mi familia cuando una vida ajena ya dependía de mi estabilidad
económica y que, dicho sea de paso, no estaba en su mejor momento.
—Nadie creería lo del tío Ted, es un exmilitar, no hay un hombre más
honorable en la familia. Y luego está mi prima. Es el pan de Lucifer,
fue hecha en su horno. Estoy segura de que otra vez hará las
presentaciones y fingirá olvidar a Theo, se sentará en mi silla verde y
salpicará su veneno durante toda la cena.
Killian rio por lo bajo, enviando una oleada de vibraciones a través
de mi piel. Tenía una risa gruesa, tan musical que no pude evitar
sentir el apremio que me otorgaba el interés de seguir hablando con
él, de volver a escucharlo reír.
—Vamos, no puede ser tan mala —justificó mirándome como si fuera
absurda.
Clavé la vista en la ventana de al lado y noté que ya entrabamos a la
ciudad. Las personas corrían de un lugar a otro resguardándose de la
lluvia. La mayoría de los aparadores permanecían fuera de servicio y
cada vez encontraba menos autos transitando.
—¡Lo es! Cuando solo tenía cinco años me arrojó hacia un lago sucio y
profundo... ¡Y yo no sabía nadar! Fue una suerte que el tío Ted
saltara a tiempo. Como esa, tengo una enorme lista de razones, cada
una con una cicatriz, créeme, no me alcanzaría la noche. Seguro que
no tarda en preguntarme la diferencia entre un software y un
hardware.
—¿No sabes cuál es la diferencia entre un software y un hardware? —
cuestionó con incredulidad.
—¡Genial, otro sabelotodo!
—Bueno, no hace falta ser un genio para conocer la diferencia. Todo
el mundo tiene una computadora hoy en día.
—Sí, bueno, yo solo las manejo después del encendido.
Está bien, sí, lo he investigado en más de una ocasión, pero en mi
memoria ya solo hay lugar para postres y recetas, sufro de un severo
caso de sobresaturación en el sistema. Ya no me cabe nada que me
importe tan poco como las fechas de cumpleaños, los nombres de
nuevos conocidos y, desde luego, el modus operandi de los sistemas
computacionales.
Killian rio por lo bajo. Logro conseguido. Nuevo nivel: desbloqueado.
—Te propongo algo: Puedo darte un poco de información básica sobre
computadoras durante el camino, para que puedas responderle algo
inteligente a esa bruja que tienes por prima.
—¡¿De verdad lo harías?!
Casi me voy de espaldas. Esa era, por mucho, la mejor oferta que me
hicieron en todo el día.
Asintió sin ningún problema.
—Pero continúa, tengo la sensación de que estás a punto de estallar.
Bueno, no iba a pedirlo dos veces. Había encontrado a mi nuevo
psicoterapeuta sin gastar un solo céntimo y no planeaba
desaprovechar la oportunidad que la vida me daba para conseguir,
por fin, servicios gratuitos.
Me fui como hilo de media.
—La mitad de la culpa también reside en mi trabajo. En dos días
volveré a la cocina con el peor jefe del mundo. El hombre se la pasa
gritándonos en la cara, literalmente: en-la-cara. ¡Por favor, el tipo
fuma en la cocina! Es asqueroso e ilegal, ¿qué no se supone que algo
puede explotar? Usamos tanques pequeños de gas ahí dentro. En fin,
al menos me queda el consuelo de saber que, como venganza, Simón
le escupe siempre a la asquerosa salsa de tomate que usa para comer
a cucharadas soperas; a veces incluso se hace algo de tiempo para
tirarle dos o tres pelos y créeme, amigo, no quieres saber de dónde
provienen esos ingredientes. ¡Quita esa cara! Los clientes son un caso
aparte, los amamos, pero cuando son groseros en extremo solo
sonreímos y asentimos pacientes.
—Eso no es...
—Y luego escupimos en su sopa —agregué, ya que le tomé confianza y
cogí carrilla—, porque Cinthia dice que los sentimientos no se deben
reprimir o enferman tu cuerpo. La verdad es que yo solo lo he hecho
dos veces: la primera fue a la vieja esposa de dueño del hotel, una
bruja maléfica estirada con porte de doncella que no hacía más que
gritarnos en francés, ¡yo ni siquiera sé francés! Aunque lo puse en mi
curriculum con dominancia al ochenta por ciento, la verdad es que te
va bastante bien si aparentas seguridad y de vez en cuando sueltas
algún «oui», «c'est parfait», de todas formas, nadie en la cocina
entiende un pimiento, salvo el jefe, claro, pero no merece ninguna
gloria porque a veces nos hace usar ingredientes vencidos, porque es
lo que hay. ¡Dios! A veces quisiera tomar el control y desmantelar
todo el lugar con mis propias manos.
—Vaya... Eso suena como un muy mal empleo.
Estoy segura de que lo que en realidad quiere decir es: «Eso suena
como una vida de mierda», pero tiene la pinta de ser cortés y
guardarse esa clase de comentarios para sí mismo. Es probable que,
bajo cualquier otra circunstancia, haberle lanzado toda la tensión
mental que rondaba en mi cabeza, me habría hecho hacerme un
ovillo y pedir disculpas por confesarme de una forma tan deliberada,
pero no he tenido un día sencillo y liberar el estrés acumulado me
hace sentir como un náufrago que encuentra un rico pavo para
hornear..., y un horno..., y electricidad..., porque nadie puede cocinar
un pavo decente sin un horno y ningún horno enciende sin
electricidad... Aunque no creo que a un náufrago le importe
demasiado si el pavo se cuece en un horno o en una fogata
improvisada... ¡Oye, tú sabes de lo que hablo! Me siento como un
bebé con caramelos.
—Lo es. —Me encogí de hombros con aparente indiferencia—. Pero es
lo que hay.
—Espero que encuentres uno mejor.
Bufé.
—Mataré a mi jefe antes de hacerlo.
Killian sonrió con cortesía y señaló el enorme letrero de la avenida
Steel.
—A partir de aquí, tú me guías.
—Me quedaré en el Starbucks de la avenida treinta y dos. Necesito
cafeína y un poco de tiempo para preparar a mi cabeza para esta
cena.
El guapo desconocido no hizo ningún intento por retenerme, aunque,
considerando la bomba que le acababa de estallar en la cara, lo que
me sorprendía era que no me estuviera bajando a palos de su auto.
Capitulo dos
Entré a casa dando un portazo. Todas las miradas se volvieron hacia
la chica mojada con restos de hojas secas y barro en el cabello. Todas
las miradas se volvieron hacia mí.
—¡Santo Dios, Claire! —exclamó mi madre, llevándose las manos al
pecho.
—Estoy bien, solo tuve un pequeño accidente. ¿Puedo darme un baño
antes de que lleguen los demás?
Mi madre se acercó a palpar mis brazos en busca de alguna fractura,
me recorrió con la mirada marrón que extrañaba cada noche en mi
apartamento compartido y asintió cuando comprobó que no me
faltaba ningún miembro.
—Si con los demás te refieres a Lagardianna: hazlo antes de que te
humillé con anticipación —permitió Theo, rodando los ojos como le
enseñé semanas atrás.
Theo era el único hijo de mi hermano mayor. El niño era el único que
de verdad podía ver cómo era Adrianna en realidad. Lagardianna era
una palabra secreta-no-tan-secreta que usábamos para hablar sobre
la extraña especie híbrida entre humano y lagarto que era Adrianna.
A sus seis años ya era un chico apuesto e inteligente, amaba los
dinosaurios y podía recitar trabalenguas de corrido a la perfección.
Era mi orgullo.
Mi madre lo reprendió con una mirada y, echando los cabellos rojos
sobre sus hombros, asintió permisiva en mi dirección.
Me disculpé con la pequeña parte de la familia que llegó a tiempo,
antes de correr al baño a quitar todo el barro y las hojas con el agua
de la regadera. Era una verdadera suerte que mi madre aún
conservara parte de mi ropa en mi antigua habitación porque no
sabría qué hacer de otra forma.
Cuando el agua comenzó a caer limpia a la tina blanca, me apresuré a
terminar para poder recoger mi cabello en un moño decente... Pero
todo falló.
Con una toalla enredada al cuerpo, maldije entre dientes cuando al
salir corriendo del baño, golpeé mi dedo pequeño del pie contra la
pared, luego maldije entre dientes cuando encontré toda mi ropa
apilada dentro de una caja de beneficencia, y maldije de nuevo
cuando la ropa que encontré estaba unos veinte centímetros más
pequeña.
—Claire, ¿qué es todo ese ruido? —cuestionó mamá, antes de irrumpir
en mi habitación acompañada de una bonita caja de regalo con papel
de renos, Santa y un pino esferado.
—Mi ropa es... pequeña —le mostré con una mueca contenida.
—Oh, cariño, tu ropa siempre ha sido pequeña —bromeó.
Al parecer mi tamaño compacto todavía era el foco de las bromas en
la familia. En mi opinión un metro sesenta y cinco no era para
mofarse, pero esa era una pelea que no iba a ganar jamás.
—Qué graciosa.
El suspiro cansino que lanzó al aire antes de sentarse al borde de mi
cama, me advirtió que no se avecinaba nada agradable.
—Cariño, ese fue un accidente. Adrianna quiso lavar tu ropa la última
vez que vino a casa y... se encogió... ¡Pero ella se veía muy apenada!
Hasta se ofreció a comprarte una nueva.
—Seguro que sí —mascullé entre dientes, arrojando la ropa de
regreso a la caja—. Ahora saldré en toalla de baño.
Que sus dioses tibetanos le creyeran el cuento del accidente. Ya podía
ver la escena reproduciéndose en mi cabeza: sus labios carmesíes
curvándose en una fina línea de maldad adiestrada, sus largas uñas
rojas rasgando la bolsa de jabón, su horrible ceja gruesa arqueada
con condescendencia, su llanto falso y su mirada inocente
explicándole a mi madre la obra de caridad fallida.
—Oh, no Clairewinkie, por suerte tu padre y yo pesamos en que te
vendría bien un vestido de reunión, ya sabes, para situaciones
familiares especiales ¡cómo esta!
De un salto me entregó la caja de regalo con un entusiasmo que no le
veía desde mi último cumpleaños, cuando le dije que no saldría más
con nuestro vecino de al lado.
—Ábrelo, ábrelo, ábrelo —apremió como una niña.
Sonreí. Cuando se trataba de obsequios mamá retrocedía treinta años
en el tiempo.
Abrí el regalo y descubrí un bonito vestido blanco con encaje en el
pecho y mangas. Era pequeño, pulcro y sedoso, pero, sobre todo: era
mío.
Mis padres nuca me regalaron un vestido. Por lo general los heredaba
de Adrianna, ella era quien estrenaba y me iba pasando lo que ya no
le quedaba cuando crecía, siempre con alguna rasgadura o manchas
de pintura que, estaba segura, no tenían dos días antes de que ella
me los entregara. Y aunque nunca me quejé, la punzada de injusticia
jamás se fue. Toda mi infancia me sentí terriblemente mal por desear
ser la primera al menos una vez. Sabía que mis padres hacían un
gran esfuerzo por mantener a tres hijos y a una sobrina huérfana, y
la única manera de conseguirlo era comprando ropa para el más
grande e irla pasando de uno en uno, pero las razones nunca son
suficientes para un niño.
—¡Mamá, es hermoso! —salté a envolverla en un abrazo— ¡Gracias!
—No es nada —silenció dando palmaditas a mi espalda—. Theo lo ha
elegido esta mañana.
—Le daré las gracias a Theo —aseguré sin poder apartar la mirada del
bonito vestido.
—Tu padre también te compró unos botines bastante lindos...
Mi cabeza ladeada y mi ceja arqueada debieron ser en indicativo
necesario para que mi madre dijera la verdad, porque lo escupió todo
al instante:
—Está bien, me pillaste. ¡Tu padre ni siquiera conoce la diferencia
entre zapatillas y sandalias!, pero él las pagó, así que dale algo de
crédito.
Reí por lo bajo y tomé los botines rojos dándoles el visto bueno. ¡Eran
hermosos!
—Son muy bonitos, mamá.
—Qué bueno que te hayan gustado. —Sonrió—. Ahora vístete rápido
que Adrianna va a traer a un invitado hoy.
Eché la cabeza para atrás y solté un gruñido gutural.
—¿Un novio?
Ya lo sabía, pero en el fondo aún conservaba la esperanza de que se
retractara.
Mamá se encogió de hombros como si no fuera tan importante.
—Bueno, ella nunca había traído a uno oficialmente así que, supongo
que este es el bueno.
Asentí con obediencia y, cuando mi madre atravesó la puerta, me
dejé caer sobre la almohada de mi cama sofocando un grito que
proyecté con todas mis fuerzas.
Ya podía predecir el rumbo que tomaría la conversación. Sería algo
como:
—¿Qué hay de ti Claire?, ¿has logrado un ascenso?
—Pues la verdad es que no me quejo...
—Adrianna consiguió uno tres días después de su primer día y tú
llevas tres años en la misma escuela de cocina.
Yo masticaría mis boneless con furia y fingiría una sonrisa amable.
—¿Y cómo está Nick, Claire? Parecía prometedor —insistiría la tía
Maddie.
El muy maldito se acostó con mi profesora de inglés el día de acción
de gracias mientras yo preparaba una cena sorpresa por nuestro
aniversario y ordenaba su apartamento. ¿Cómo me enteré? Cámaras
de seguridad. Por fortuna (o quizá no tanto), alguien se había metido
a robar al apartamento de al lado y pudimos ver las cintas... Sí, todo
el edificio vio las cintas. Tranquila tía Maddie, estoy bien, después de
unas semanas de helado, siete noches de películas de amor, poniendo
a Adele en volumen treinta y ocho, zambulléndome en una piscina de
dolor y bebiendo tragos amargos de miseria... Si, después de todo
creo que lo he sobrellevado bastante bien.
—En un viaje de negocios —respondería para no romper en llanto por
una relación que, claramente no había sobrellevado nada bien.
Pero no esa noche.
Ya no iba a dejárselos tan fácil.
Me puse de pie de inmediato y comencé a poner manos a la obra.
Empecé con el vestido. Adrianna y la tía Maddie siempre alardeaban
de su bajo, bien. Apreté el listón que rodeaba la cintura lo suficiente
para advertir que, en efecto, con mi peso también se podía tener una;
cerré la cremallera y me sonreí frente al espejo. Perfecto. Siempre
estuve feliz con mi talla, no era tan delgada como Adrianna, pero
desde luego no estaba pasada, solo era difícil vivir siendo su sombra
todo el tiempo.
Continué con la melena rebelde. Mi madre siempre decía que, si mis
cabellos fueran mis hijos, serían unos mimados malcriados. Algunos
días eran un desastre tan grande, que terminaba limitándome a
enredarlo en una coleta completa, a medias o solo me rendía y lo
liberaba.
Esa noche fue diferente, tenía toda la intención de no dejarme
apagar. Apliqué la laca y usé las pinzas para darle un rizado más
específico a mi ondulada cabellera.
Mis labios, por otro lado, nunca fueron un problema, adoraba
pintarlos de rojo en las reuniones importantes y de un tono natural el
resto de a días. Además, a diferencia de Adrianna, los míos eran
carnosos... Lo cual también era un problema que ella siempre se
encargaba de echarme en cara, puesto que solían resecarse con
facilidad y se partían si no usaba bálsamo todas las noches. Sin falta.
Y la noche anterior no lo usé.
De fábula.
Aun así, lo intenté. Hice mi mayor esfuerzo ocultando con rojo
algunas de las partiduras y funcionó..., un poco.
Me di un último repaso frente al espejo. Mis ojos recorrieron cada
parte de mi cuerpo hasta detenerse en sí mismos.
Odiaba estar comparándome con ella casi todo el tiempo, pero era
imposible no entrar en pánico cuando sabía lo que se avecinaba. Un
parte de mí quería hacerse a la idea de que nada de lo que hiciera
podía aminorar la tensión que me envolvía en esas reuniones, pero la
otra parte de mí, un halo llamado esperanza, todavía creía que podía
ganarse su aprobación.
Siempre busqué su aprobación.
Mis ojos grises siempre le resultaron vacíos y faltos de personalidad;
mis gruesas pestañas le parecieron demasiado exuberantes y mi piel
nívea muy simplona.
Y yo le creí, siempre lo hice.
Toda mi adolescencia viví creyendo que era gorda, vacía, poco
agraciada y con folículos descontrolados.
Pero no más.
—¡Clairewinkie, baja ahora, creo que Adrianna ha llegado!
Suspiré un par de veces antes de ponerme en marcha y bajar hacia el
comedor principal, dispuesta a saludar a mi familia con decencia.
—Siento no haber corrido a ti abuelo —dije dándole un abrazo—.
Estaba mojada y sé cuánto odias el agua en el cuerpo.
Desde la muerte de la abuela tres años atrás en un accidente de auto
dentro de un taxi en un día lluvioso, el abuelo entraba en pánico
cuando el agua caía sobre su cuerpo. Con el paso del tiempo logró
aminorar ese pesar, pero aun así aquello no dejaba de alterarlo
jamás, para él, la hora del baño era una tortura.
—Debes tener cuidado Clay, las lluvias son muy peligrosas y moriría
si te pasara algo a ti también —advirtió apartándose para mirarme de
frente.
—Abuelo, estoy bien —aseguré—, mi auto solo se pinchó.
Después de rodear la mesa y saludar a todos, e incluso sacudirme el
muy apretado y sudoroso abrazo del tío Ted, pude repasarlos a todos
con la mirada.
Malvados rostros y buenas auras se expandían por toda la habitación.
Supuse que era normal, en todas las familias había alguna que otra
imperfección. Todos cargaban sus pros y sus contras, pero supuse
que debía ser parte de lo que formaba una familia. No tenía ni idea.
Pronto, unas risas llegaron desde la puerta principal y el barullo
creció cada vez más.
Mi madre apareció detrás de una mujer alta, con unas zapatillas rojas
de muerte, un vestido del mismo tono entallado y el cabello negro
más brillante y sedoso que hubiese visto jamás... Bien, tal vez estaba
exagerando, claro que lo había visto antes... en las revistas.
Pero todo mi mundo fue opacado por el hombre al que cogía del bazo.
«Seguro que el pobre tipo ni siquiera sabe que cada año cambia de
novio, tuvo ladillas y además fije ser vegetariana provida, pero come
carne cuando cree que nadie le ve».
Capitulo Tres
«Seguro que el pobre tipo ni siquiera sabe que cada año cambia de
novio, tuvo ladillas y además finge ser vegetariana provida, pero come
carne cuando cree que nadie la ve».
Las últimas líneas que le dije a Killian en un ataque de honestidad,
creyendo que era un completo desconocido al que no volvería a ver
jamás, resonaron en mi cabeza como cascabeles de Navidad.
Los ojos zafiro del nuevo novio de Adrianna, se posaron sobre mí y el
brillo de reconocimiento que iluminó su mirada me hizo encoger,
pero él se recuperó con rapidez, saludó a la familia con una cordial
inclinación de la cabeza y soltó un generalizado: «Buenas noches».
—Buenas noches —respondieron todos a coro.
Mi pie derecho a que mamá les había leído las reglas de etiqueta
antes de que yo llegara.
—Claire, te has quedado de piedra —señaló mi prima con una sonrisa
congelada..., con su sonrisa usual.
Debía dar una terrible impresión, era probable que Lagardrianna
pensara que ya me estaba saboreando a su nueva presa, pero nada
podía estar más lejos de la verdad... Está bien, aquello tampoco
estaba tan lejos de la realidad, pero, de momento, mis
preocupaciones eran otras.
«Odia todo lo que tenga pelo, a menos que esté muerto y le haga
mangas».
—Lo siento, yo...
—Sentimos la tardanza —se disculpó Adrianna—. Killian se detuvo a
medio camino a ayudar a una loca en medio de la carretera.
Los miré mal antes de dar la vuelta y comenzar a recoger todos los
dinosaurios de felpa de los gemelos Chase y Chris, quienes tenían la
mala costumbre de apilarlos en la esquina de los arcos de concreto.
—Me disculpo por el retraso, tuve que llegar a buscar otro traje —se
excusó el hombre.
—Oh, es muy considerado de tu parte —concedió mamá enternecida.
—Pero quizá no deberías detenerte en medio de la calle. Si era una
loca de verdad, pudo hacerte daño —advirtió el abuelo destacando
con la ronquera habitual de su voz.
—Parecía bastante inofensiva —declaró el visitante, clavando las
pupilas en mí.
—Oh, no te dejes guiar por las apariencias —pidió el abuelo—. Mira a
Claire: ella también parece inofensiva, pero la corrieron de su trabajo
anterior por tirarse a golpear a un cliente.
—No lo golpeé, solo lo sometí y no lo tiré, lo arrojé contra la barra de
jugos —me defendí sin mucho éxito, al parecer.
La sala quedó sumergida en un silencio incómodo y sepulcral, uno
que no fue revertido hasta que Adrianna lo rompió con su suave y
aterciopelada voz.
—¡Oh, pero que grosera! No les he presentado formalmente a Killian.
Killian, ellos son: la tía Maddie y el tío Ted; mi primo Sam, hermano
de Claire; su encantadora esposa Andrea; sus hijos: los gemelos Chris
y Chase; el abuelo Phill y, por último, la pareja que me acogió
durante tantos años después de la muerte de mis padres: la tía Pam y
el Tío Wedden.
Mi madre se llevó una mano al pecho al escuchar aquello, y papá le
sonrió.
«Hará las presentaciones y fingirá olvidar a Theo».
—Oh, y casi lo olvido: Theo. Es el hijo menor del mayor de los
Kinsella, él está de viaje, es el militar reconocido del que te hablé. Y
familia, él es Killian Collingwood...
Dentro de esos pocos minutos me perdí en el mar de pensamientos
que se aglomeraban en mi cabeza: Yo era una tonta, una tonta
galardonada con estrellas en el paseo de la fama de idiotilandia;
hacía falta ser nacido en el mar muerto para tener mi suerte, Murphy
se quedaría corto y, de solo verme, mis antepasados habrían vuelto a
morir.
Toda la familia soltó un suspiro de admiración en su dirección,
incluso Andrea dejó el biberón de pequeño Chris para mirarlo con
atención.
Me había perdido de algo, estaba segura, pero no importaba
demasiado, era muy probable que durante la cena Adrianna lo
repitiera unas cinco veces hasta asegurarse de que tuviera pesadillas
con ello.
Entonces Theo mandó mi autocontrol al diablo cuando, en un acto de
rebeldía, se metió el dedo a la boca en señal de aburrimiento mortal.
Y a mí se me escapó una risita.
—Un gerente general es un dueño oficial, un mayoritario —explicó
Adrianna con una sonrisa deslumbrante y una mirada envenenada.
Venga ya, que no era tan tonta. No necesitaba una explicación
personal sobre gerencias y acciones.
«Es el pan de lucifer, fue hecha en su horno».
—Sé lo que es un gerente general —repliqué.
Adriana parpadeó con inocencia.
—Lo siento, no pretendía ofenderte, es solo que en la cena de acción
de gracias no conocías la diferencia entre un software y un hardware
—recordó, provocando un par de risitas alrededor de la mesa.
«Y no perderá oportunidad para humillarme preguntando cosas como
la diferencia entre un software y un hardware».
—¿Sí? Pues la reconozco ahora —encaré sintiendo cómo el rojo me
subía a la cara.
—¿Ah, sí? ¿Cuál es?
Su rostro parecía amable, todo en su postura angelical irradiaba
bondad, lo cual solo servía para expandir mi ira.
Pero estaba confiada, Killian me dio una clase rápida de computación
para tontos mientras esperaba el taxi, así que conocía la respuesta.
Pero parece que tardé demasiado en responder, pues apenas abrí la
boca, Theo saltó a mi rescate.
—Un software es un sistema computacional que integra programas
que le permiten a la computadora realizar sus actividades.
Todos lo miramos con asombro, incluso yo tuve que girar para
comprobar que mi sobrino de seis años estaba halando sobre
sistemas computacionales.
—Bien dicho, Theo —felicitó Adrianna—. Quizá puedas acompañar a
Claire a su próxima entrevista de trabajo.
La consiguiente ola de risas encendió mi cara como una sirena en un
auto de bomberos.
Solo Theo y Killian permanecían en silencio. Nuestro visitante se
dedicó a lanzarle una mirada de fastidio al enorme reloj en la pared,
tal vez, cansado de estar en la misma habitación que una posesa
ignorante que, a pesar de haber sido instruida e el tema hace solo un
par de horas, no tenía idea de cómo responder al ataque.
—Vamos, Clay, es solo un chiste —silenció mi padre llamándonos al
orden—. ¿Por qué no dejamos de reírnos a costillas de mi princesa y
servimos la cena?
El resto de la familia aceptó el trato de buena gana cuando mi padre
nos invitó a tomar asiento.
En seguida, todos se acercaron a la mesa y me dejaron sola a varios
metros de distancia con Theo, junto a las escaleras.
—Oye, si sigues apretando fuerte lo vas a romper —advirtió el
pequeño, sin alejar la mirada del dinosaurio azul que estrangulaba
entre con mis manos.
Por mero instinto, lo arrojé al sofá.
—Oye, ¿lo hice bien? —preguntó con los ojos más brillantes y
expectantes.
No, la verdad es que lo tenía todo bajo control y le habríamos cerrado
la boca a Adrianna si me hubiera dado dos segundos.
Pero, después de todo, la intención era lo que contaba y Theo solo
intentó ayudar con la mejor actitud.
Así qué me incliné para alcanzar su frente y, abrazándolo, le aseguré:
—¡Me salvaste la vida! ¡Otra vez eres mi héroe favorito!
Acto seguido: una lluvia de besos reclamó la mitad izquierda de su
cara, mientras reía y luchaba por apartarme.
Cuando me alejé de él y corrió hacia la mesa, me crucé con una
mirada firme y penetrante de otro lado de la sala. Los ojos zafiro de
Killian Collingwood me examinaban con detenimiento.
Carraspeé y perdí la sonrisa de golpe, antes de dirigirme hacia mi
lado de la mesa, justo frente a la feliz pareja.
El lugar de Adrianna siempre había sido junto a mí, pero un aire de
sospecha me hizo pensar que solo quería que tomara nota de su
perfecta vida amorosa, para que me hiciera una idea clara cada vez
que se regodeara con mamá por teléfono y luego ella me lo contara a
mí. Aunque siempre quedaba libre la idea de la paranoia.
Al final, nos sentamos alrededor de la mesa ovoide. Mi madre y la tía
Maddie comenzaron a servir la comida en la vajilla especial mientras
el resto de la familia se ponía al día en conversaciones cortas.
A mi izquierda, frente a Adrianna, Theo jugaba con la cuchara y el
puré; a mi derecha, el tío Ted se fue a sentar, apartándole la silla de
al lado a la tía Maddie y, frente a mí, Killian Collingwood examinaba
curiosidad el rostro del tío Ted.
«Mi tío Ted intenta meterme mano cuando cree que nadie le ve».
Estaba a punto de darme de topes contra la mesa por causa de la
flojedad de mi boca, cuando una mano fría apretó mi muslo por
debajo del mantel blanco.
Di un pequeño brinco de sobresalto. Iba a arrojarle la mano a un lado
cuando me percaté del ceño fruncido del novio de mi prima,
penetrando con la mirada el borde de la mesa, como si por rayos
láser pudiera ver la mano del tío Ted sobre mi piel.
Un Misisipi, dos Misisipis, tres Misisipis... ¡Al diablo Misisipi!
Aparté su agarre de un manotazo y fingí necesitar un bollo del centro
de la mesa, estirándome sobre Theo para marcar distancia.
—¿Usted es Ted, cierto? —preguntó Killian volviendo la mirada
cordial hacia el rostro de mi tío.
El tío Ted sonrió con aparente felicidad y asintió en su dirección una
sola vez.
—Seguro que Adri no ha parado de hablar de mí.
—Se podría decir que, por ahora, tengo la información necesaria
sobre usted —dijo con la misma cordialidad, antes de sonreír y volver
la vista hacia mi madre, quien le entregaba el plato con pavo, pierna,
el puré de elote especial del abuelo y la pasta de crema en salsa
verde—. Gracias.
—Seguro Adrianna te ha hablado muy bien de todos nosotros —dijo
mi madre, volviendo a su sitio junto a mi padre, a la cabeza de la
mesa.
—No ha dejado de hacerlo.
Adrianna sonrió complacida en su dirección y tomó con cariño su
mano sobre la mesa.
Todos miraron a la pareja con ensoñación y alegría. Pronto, el salón
se convirtió en un eco del repiqueteo continuo de platos contra
cubiertos.
—¿Y cómo ha ido la universidad, Claire? —preguntó Adrianna,
cortando con elegancia un trozo de lechuga—. ¿Has conseguido un
nuevo empleo?
Me encogí de hombros restándole importancia a mi vida académica.
Hiciera lo que hiciera, nuca iba a poder superar los miles de viajes y
experiencias asombrosas que la licenciada en turismo logró,
sacándome tan solo dos años.
—En seis meses voy a terminar la carrera y no, no he conseguido un
nuevo empleo.
Ni de chiste iba a decirle a la señorita «cobro en euros» que
trabajaba medio tiempo como becaria en la cocina de un hotel, frente
a toda la familia.
—Oh, es una pena —dijo la tía Maddie, llevándose una mano al pecho
con falso pesar—. Adrianna lo hizo durante toda su carrera, tal vez
ella pueda darte algunos consejos sobre cómo conservar un empleo
por más de seis meses.
Sí, pero aquello era porque, probablemente, a Adrianna no habían
intentado robarle los capuchinos, sus jefes le tenían miedo y cuando
estaba en peligro, se ponía tiesa como un palo, yo, por otro lado,
balbuceaba sandeces hasta que alguien me golpeaba la cara con la
palma bien abierta.
—Me encantaría hacerlo —respondió radiante, como si la propuesta
fuera la mejor oferta de trabajo que pudo recibir en todo el año.
—No creo que Clay necesite tu ayuda —defendió el pequeño Theo con
el ceño fruncido en su dirección—. Ella puede sola.
—Hay mucho que hacer —aseveró Adriana al mirarme de frente—. Lo
primero que hay que hacer es preocuparse por la imagen personal.
—Comenzando por dejar de comer esos bollos —reprendió la tía
Maddie, quitándome el bollo de ajo de la mano.
Sentí cómo mis mejillas volvían a arder de ira, aunque no entendía
por qué, pues ya debía estar preparada para aquello; veintitrés
Navidades y todavía me sentía esperanzada.
No iba a impresionar a nadie, así que me rendí.
Entonces, crucé la mirada con Killian y me avergoncé aún más ante
su firme escrutinio. Por instinto de supervivencia, volví la vista a mi
puré de papa y fingí que mi plato era la cosa más interesante sobre el
planeta.
—Bueno, tampoco es tan importante ser estable. Uno tiene que
probar de todo para saber qué es lo que quiere hacer por siempre. A
mí me corrieron de dieciocho trabajos cuando era más joven —
comentó como de pasada.
—¿De verdad? —La mirada esperanzada de mi madre logró que
nuestro invitado riera con simpatía.
—Sí, nadie apreciaba mis ideas —juró—, aunque debo admitir que la
mayoría de ellas eran una porquería, incluso mis padres dejaron de
apostarme.
Lo miré agradecida, pues ahora la conversación giraba en torno a él y
no alrededor de mis fracasos, como Adrianna dirigió en un inicio.
Y justo cuando estaba por volver la atención a mi zumo, pude
percibir un pequeño guiño juguetón en nuestro invitado, uno que
podía hacer que cualquiera hiperventilara donde sea. En serio, estuve
a punto de ser esa mujer.
El movimiento fue tan rápido que no pude asegurar si lo vi o solo lo
imaginé.
Aun así, volví la vista al puré y dejé de escuchar el resto de la vida
del imponente hombre al frente.
¿Qué haría si todo el mundo se enterrara de que fui becada por la
universidad para trabajar medio tiempo en un hotel de cinco estrellas
cuyo nombre todavía no lograba escribir en una pizarra, a cargo de
Rikan, el mejor chef francés del mundo, cuyo aliento a ajo me volaba
los cabellos de la frente cada vez que me gritaba lo estúpido que era
agregar dos cucharadas de sal y cómo es que una rata tuerta y manca
podía hacer una pizza mejor que yo, para luego rematar con que,
además de recibir un sueldo miserable, debía pagar por mis errores?
A fin de mes, Aly, Lizzy, Simón y yo, terminábamos invirtiendo el
dinero en pagar las deudas que se nos iban del mes.
El trabajo de mis sueños.
Y sí, yo también le he escupido antes a la salsa de Rikan; mejor chef
del mundo y todo, pero hacerme bañar a su perro el fin de semana
fue muy bajo, incluso para él.
Mientras todos hablaban sobre las aburridas acciones de un hotel,
con números y estrategias, mi mirada vagó por la calle a través de la
ventana, donde unas luces de auto comenzaron a acercarse hasta
aparcar justo al frente.
Miré a mi alrededor, pero todo el mundo estaba absorto en el nuevo
novio de mi prima, por lo que me limité a seguir con la vista clavada
al frente.
Cuando el timbre sonó nadie pudo ignorarlo. Todas las miradas se
volvieron a la puerta, donde, sin esperar una respuesta, un cuerpo
grande y fornido cruzó el umbral dejándonos a todos helados.
Mi boca cayó abierta.
Mi hermano Daniel estaba de pie frente nosotros, con una sonrisa de
oreja a oreja y una tarta entre las manos.
Su cabello oscuro lucía igual de desordenado que siempre, sus firmes
ojos castaños nos examinaban con detenimiento y las ojeras debajo
de ellos testificaban los desvelos de lo que tanto nos contó por chat.
—¡No puede ser! —grité antes de empujar con fuerza la silla hacia
atrás y correr a echarle los brazos al cuello a mi hermano mayor.
Dan rio con simpatía y respondió a mi abrazo. Apenas consiguió
mantener el equilibrio con el trastabillar que mi agarre le provocó.
No quería soltarlo jamás, tenía la sensación de que, al hacerlo, se
esfumaría con el viento.
—Ok, princesa, este abrazo ya ha durado más de cuatro Misisipis.
Raya en lo incómodo.
Reí bajito, con nostalgia y alegría, pero no me moví. Ese abrazo por
mí podía durar un billón de Misisipis.
Sí, quien me enseñó a contar en Misispis fue ese hombre.
—Si te dejo, te irás.
Pero, depositando un beso cálido en mi cabeza, aseguró:
—No esta noche, lo prometo.
Y cuando Dan hacía una promesa, no descansaba hasta cumplirla. Así
que, con seguridad y confianza, me aparté para mirarlo a la cara
—No nos dijiste que vendidas —acusó mi madre con lágrimas en los
ojos, acercándose a envolverlo en un fuerte abrazo que, según mis
cálculos, duró siete Misisipis.
—Cobré unos favores y alguien tomó mi guardia.
Cuando Dan nos dio la noticia de que su ingreso a la facultad de
Medicina en Londres, todos nos emocionamos mucho... Nadie pensó
que aquel era el principio de un sin número de ausencias.
—Bueno, espero que me hayan dejado algo de cenar. Tengo tanta
hambre que podría comerme a hasta la comida del conejo. —Señaló
Dan, clavando la mirada en los platillos de Andrea y Sam.
Cuando le informé que se trataba de la dieta vegana que nuestro
hermano comenzó con su familia, pareció realmente apenado, pero
una parte de mí (la que lo conocía sobremanera), ya sabía que lo
hacía para fastidiar.
Todos volvimos a nuestros asientos con alegría recargada. Cuando
Dan llegó junto a mí, clavó la mirada asesina en el hombro del tío
Ted y tomó una silla que no tardó en colocar entre los dos.
—Espero que no les moleste si me siento aquí —dijo en su dirección.
—Para nada.
Nunca me atreví a decirle a nadie sobre las manos de pulpo que se
cargaba el tío Ted, ni siquiera a Dan, pero siempre creí que lo
sospechaba. En todo caso, era extraordinariamente reconfortante
sentir que mi hermano mayor estaba cerca. Era como si nadie
pudiera herirme, como un chaleco antibalas de carne y hueso.
—Oh, Dan, no te hemos presentado al novio de Adrianna —señaló
mamá con energía renovada—. Killian, él es Daniel Kinsella, es el
tercero de mis hijos, el que sigue después de Sam.
Vivir con tres hermanos y una prima siempre fue difícil, algunas
veces me quedaba sin compañero de juegos porque Adrianna no
quería participar en nuestras actividades al aire libre y Daniel de
pequeño creía deberle lealtad a su género. Era solitario la mayor
parte del tiempo.
Me perdí el resto de las presentaciones intentando ayudar a Theo a
cortar la carne y colocar la servilleta de forma adecuada sobre sus
piernas.
Capitulo Cuatro
La conversación en la mesa fluyó con normalidad... o eso parecía. Yo
me limité, la mayor parte del tiempo, a escuchar fascinada cada
palabra de la boca de mi hermano. En algún momento la
conversación del resto de la familia se volvió un tema aparte en el
que ni Daniel ni yo teníamos voz de mando.
Así que, una vez más, el mundo se había reducido a los «terribles
Kinsella», como solían llamarnos en el vecindario.
Dan aseguró que Londres no era tan interesante como se veía en
internet, pero tenía la impresión de que lo decía solo porque sabía
que me moría de ganas por poner un pie en ese lugar.
—¿Cómo van las cosas con tu ex?
—La última vez que lo vi, lo arrollé contra un árbol.
Que quede claro que los animales no son lo único que puedo arrollar,
aunque mis razones para arrollar a mi ex fueron diferentes.
—¡¿Qué hiciste qué?! —exclamó antes de sostener su estómago con
ambas manos y echarse a reír.
Reí a causa de su risa melódica y asentí sin poder decir demasiado.
—Me sentí terrible. Sobrevivió, quiero decir: es un tipo grande, pero
tuve que llevarlo a urgencias, lo cual fue bastante difícil
considerando que él en serio pensó que quería asesinarlo, no creyó
que fuera un accidente. Ahora cada vez que me ve le da por analizar
sus alrededores como si necesitara escapar de alguien.
La risa de Dan atrajo la atención de todos otra vez. Lo cual me
sentaba horrible, pues si había algo más aterrador que tener todas
las miradas sobre mí, era, sin duda, tener toda la atención de mi
familia.
Aunque ahora que Dan estaba cerca, seguro que nadie se atrevería a
volver a tomarme como su burla.
Era una carga menos.
—Clairewinkie —llamó mamá retomando el orden—, no nos dijiste
por qué llegaste tan mojada. Llegaste con tanta prisa.
Ah, sí, eso.
Oh, por Dios.
Por instinto, clavé la mirada en el novio de mi prima, quien ya me
observaba con suma curiosidad. Casi podría jurar que comenzaba a
disfrutarlo.
Pues no, al parecer no iba a ayudarme.
—Yo... Hum... Mi auto...
—Se ponchó —recordó el abuelo, horrorizado desde el otro extremo
de la mesa.
—¡Sí, eso! Fue terrible yo... Esto... Tomé un taxi.
Lo cual era medio cierto: del Starbucks más cercano a casa sí que
tomé un taxi... Eso debía darme puntos, ¿no?
—¿Y cómo es que terminaste mojada? —preguntó mi padre con
curiosidad, despertando el interés de toda la familia.
—Yo... Pues yo... —Dios, por qué tenía que balbucear siempre que
mentía, era como una maldición—. El taxi se ponchó a un par de
cuadras antes de llegar a casa así que caminé el resto bajo la lluvia.
Pero lo peor venía siempre después de balbucear, que era cuando mi
boca exteriorizaba la verdad sin filtrarlo por un colador de
pensamientos, que buena falta me hacía.
—¿Estás diciendo... que tu auto se ponchó y el taxi en el que venías de
camino a casa... también lo hizo? —preguntó papá para rectificar mis
idioteces.
Bien, visto de ese modo sonaba increíble. Pero uno no puede dejar un
barco de mentiras que ya ha zarpado. Si mi madre se enterara de que
dejé las llaves en el auto, arrollé a un ser vivo y pedí ayuda a un
desconocido en medio de la noche una vez más... Bueno, ya podía ir
diciéndole adiós a mi departamento independiente con Aly y Lizzy.
—Así es —aseguré con convicción, evitando cruzar la mirada con la
expresión curiosa de Killian.
Los labios de Dan se curvaron hacia abajo en un asentimiento seguro.
—Suena como algo que le pasaría a ella —concordó.
El resto de la familia pareció pensarlo un par de segundos antes de
asentir con la cabeza y responder con desentonados: «Sí».
Estuve a nada de mostrarme teatralmente ofendida, pero el sonido de
un cristal rompiéndose llamó la atención de todos en la mesa.
Una copa de vino cayó sobre la pierna del abuelo.
Toda la sala quedó en silencio mientras el rostro del abuelo se
comenzaba a transformar, sus manos se aferraron con fuerza a su
silla de ruedas, pude ver en cada latido de sus hinchadas venas en la
sien y el esfuerzo que hacía por no gritar y echarse a llorar.
Mi cuerpo se movió en automático hacia el abuelo. Arrodillándome a
su lado, tomé su cara entre mis manos e intenté tranquilizarlo
mientras mi madre limpiaba la pierna de su pantalón con una
servilleta.
—Abuelo, mírame —pedí al dirigir la mirada a los ojos cerrados frente
a mí—, abuelo, estoy aquí... Mírame —supliqué de nuevo, esta vez,
logrando mi cometido—. Estás bien, ¿entiendes? No va a pasarte
nada, estoy aquí, todos estamos contigo, ¿ves? Mamá está aquí
también y les ha servido a la familia un poco de tu puré especial.
Una lágrima rodó por la mejilla de mi abuelo, pero podía ver como
luchaba por contenerse, cuando mi madre tocó su mano, su pulso
disminuyó poco a poco.
—Gracias, cariño —dijo mamá tomando el mando de la silla de
ruedas—, yo me encargo ahora.
Apreté su mano a modo de apoyo y despedida, mientras mi madre se
llevaba al abuelo a su habitación.
Me quedé un par de segundos arrodillada, contemplando la puerta de
caoba cerrarse detrás de mi madre, y luché contra el nudo opresor
que se formaba en mi garganta. La muerte de mi abuela fue un duro
golpe para él y, a pesar de que con el paso del tiempo lo iba
superando, yo todavía no podía hacerme a la idea de verlo en ese
estado cada vez que el agua cubría su cuerpo.
Mi padre retomó la conversación cuando volví a mi sitio junto a Dan,
y pronto todo giró en torno a la educación de Chris y Chase. Al
parecer los niños que tocaban cuatro notas del piano a los tres años
debían ser considerados prodigios en toda la extensión de la palabra.
Prodigios dignos de Juilliard, universidad para la que sus padres ya
habían comenzado a ahorrar.
Dios quiera que no se les ocurra inclinarse por la ciencia o la
gastronomía, porque sus padres ya tenían medio pie en Juilliard.
Algunas veces me preguntaba qué extraña semilla había germinado
dentro de la mente de mi hermano mayor después del matrimonio...
Luego recordaba que en realidad él siempre fue el más recluido, el
único que prefería hojear enciclopedias de botánica en lugar de salir
a marcarnos las peleas en el lodo o pasarnos las maderas para
fabricar la casa del árbol.
Bueno, no lo culpaba, todos teníamos aficiones en la vida... O en la de
sus hijos.
Cuando mi madre volvió a la mesa con un nuevo cambio de ropa para
el abuelo, la conversación continuó fluyendo con normalidad.
Excepto por mí. Mi apetito desapareció por completo, mi mirada se
clavó en el abuelo y la opresión en mi pecho apenas disminuía.
—¿Por qué no abrimos los regalos? —propuso mamá al percatarse de
mi mirada, logrando que todos asintieran con alegría digna del
espíritu navideño.
Regalos. Genial.
Seguí a grupo como oveja enferma.
Abrir los regalos de Navidad con mi familia, me hacía la misma
ilusión que zambullirme en una tina de pirañas o dormir con bikini
en Alaska.
Pero mis opciones eran limitadas... En realidad, acatar la orden era
mi única opción. Aunque ahora mi consuelo era estar junto a Dan y
confiar en que al menos la tía Maddie se reprimiría un poco con sus
bromas.
Theo, Chris y Chase corrieron hacia el árbol a tomar sus regalos y,
sin esperar a nadie, comenzaron a abrirlos.
Ese era el rito familiar, niños y adultos aparte.
Suspire.
Odiaba pertenecer al club de los adultos.
Mi madre fue la primera adulta en abrir un obsequio. Era de
Adrianna: un viaje a Islandia.
—Es un viaje para dos —aseguró mi prima con una sonrisa angelical.
Al comprenderlo mi madre soltó un suspiro ensoñador y tomó
cariñosamente la mano de mi padre. Todos en la pequeña sala
sonrieron con ternura a la feliz pareja, incluso nuestro visitante
inesperado.
Todos excepto yo.
Y aunque odiaba ser la nube de su pícnic, alguien tenía que plantear
la pregunta que, al parecer, todo el mundo planeaba pasar por alto.
—¿Qué pasará con Theo?
Pronto el silencio reino con bandera de victoria en toda la sala.
—Bueno..., yo... lo olvidé —balbuceó Adrianna con timidez.
Y yo no podía entender cómo era que nadie notaba la falsedad de su
mirada. Adrianna nunca balbuceaba. La señorita camina-con-la-
frente-en-alto, jamás dejaba un solo cabo suelto en alguno de sus
planes.
—Bien, supongo que tú puedes...
—Sabes que no puedo cuidarlo —susurré molesta, vigilando mis
alrededores para que el pequeño no escuchara, hacerlo sentir una
carga pesada no era mi objetivo.
—Bueno, seguro que nosotros podemos —se ofreció la tía Maddie.
—¡Tía Maddie, es un gesto maravilloso! —felicitó Adrianna con la
mano en el pecho—. Por desgracia creo que... —Extendió una caja
forrada en papel rojo antes de continuar con su plan maquiavélico—:
También les compré uno.
¡Será bruja!
¡Ella lo sabía! ¡Sabía que mi libertad estaba arruinada!
—Lo siento, yo... no tenía idea —se disculpó, contemplándome con
pena.
Pero yo conocía la profundidad de esa mirada, yo comprendía sus
orígenes, y podía ver detrás de esa máscara de bondad.
Ahora tenía sobre la mesa dos opciones: Aceptar y solicitar dos
semanas libres para cuidar a un niño y luego ser despedía por
atreverme a pedir tal cosa, claro está; o negarme y ser la bruja que
arruinaba los regalos de cumpleaños de la familia.
—Yo puedo llevarlo conmigo a Londres —sugirió Dan, mientras un
duelo de miradas se desarrollaba entre nosotras.
Era absurdo por donde se viera. Todos sabíamos que un estudiante
como Dan apenas podía cuidar de sí mismo. Ni siquiera tenía tiempo
para llamarnos por teléfono algún fin de semana, jamás nos
atreveríamos a dejar a Theo a su cuidado. Y lo digo yo, que no cuido
ni a una rana.
—Yo lo haré —anuncié sin apartar la mirada de mi prima estrella.
Ante ellos no había razón para negarme. No contaba con un empleo,
mi única ocupación era estudiar gastronomía y, como a conciencia de
mis padres aquella ni siquiera era una carrera real, debía mantener
millones de horas libres.
Ojalá pudiera decirles que tenía un empleo como becaria en uno de
los mejores hoteles de la ciudad, trabajando para el mejor chef del
mundo; que contaba con un sueldo miserable al que además le
rebajaban los errores, pero ¡hey!, ¡esto va a mi expediente! Además,
miles de personas pagarían por ver trabajar al Gran Chef Rikan
Fitzgerald... Aunque, pensándolo mejor, yo tampoco lo vi trabajar
jamás; se limitaba a gritar órdenes y escupir cuando se aparecía por
la cocina.
Pero ese era otro cuento.
No podía revelar la verdad de mi empleo o mis padres iban a dejar de
enviarme dinero.
Y sin su dinero estaba hundida en la ruina.
—Claire, no tienes...
—Está bien Daniel. Yo lo haré.
El ambiente se tornó tenso para todos, pero sentí más pena por el
pobre Killian, quien parecía a nada de echarse a correr de pura
incomodidad.
—¡Oye Theo! ¿Te gusta la idea de pasar unas vacaciones conmigo?
Theo, desde el otro lado de la sala donde jugaba con sus regalos
nuevos, no tardó en sonreír y correr hacia mí con los brazos abiertos
y tres tractores de plástico en las manos.
Lo atrapé y besé su mejilla, sentándolo en mi regazo mientras él
comenzaba a parlotear sobre sus regalos nuevos.
Fingía escuchar con atención cada palabra que salía de su boca, pero
mi mente divagaba en el futuro tortuoso que me esperaba dentro de
poco. ¿Rikan iba a querer darme dos semanas de descanso? ¡Por
supuesto que no, nos descontaba dos días de sueldo cada vez que
tardábamos más de quince minutos en el baño! Iba a despedirme, iba
a despedirme y jamás volvería a trabajar junto al mejor chef del
mundo..., aunque solo sirviera para ponerlo en el currículum.
O podía llevar al niño al trabajo y ocultarlo dentro del horno ¡Sí, eso!
Solo tenía que cuidar que nadie lo encendiera o, además de perder mi
empleo y pagar un funeral, iba a ir a la cárcel... ¿Demasiado
arriesgado? Tal vez, pero era mi única opción.
—¡Claire! —gritó mamá, sobresaltándome.
—¡¿Qué?! Digo... —carraspeé—. ¿Perdón?
—Tu obsequio —señaló con la mirada forzada hacia la pequeña caja
forrada en verde, que mi prima sostenía entre manos.
Sentí náuseas.
Casi esperaba que saltara un payaso terrorífico del interior de la caja
a arrojarme una tarta a la cara o algo por el estilo. En cambio,
apareció un libro con una cubierta de lo más maja que predicaba:
«Modales para principiantes: Si puedes soñarlo, puedes lograrlo».
Abrí la boca sin saber muy bien que decir al respecto.
¿Sería muy grosero arrogárselo a la cabeza?
—Vaya, es justo lo que necesitaba... Estaba deseándolo desde hace...
como...
—¿Quince segundos? —sugirió Theo con inocencia, arrancándole una
risa tenue a Killian.
¡Dios, pero qué sonido!
Al parecer, los nervios que traía cuando mi auto se descompuso no
me dejaron percatarme con justicia del timbre de su voz.
Era una verdadera lástima que aquello fuera a parar justo con
Adrianna.
—¡Gracias!
—¡Espero que te haya gustado! —exclamó emocionada.
Bien, al menos ahora ya sabría qué hacer cuando se me terminara el
papel higiénico.
¡Un hurra por Adrianna!
—El abuelo también les trajo un regalo —advirtió mamá, pasándonos
a las dos unas bonitas cajas forradas en papel periódico.
Tomé la mía y comencé a romper todo como un animal. A simple
vista parecía solo una manta de tejido a gancho, pero cuando la
sostuve entre mis manos supe que era la mejor bufanda de ganchillo
en la historia del ganchillo, acompañada de los mejores guantes de
ganchillo.
Conocía ese tejido, esos colores y esa esencia. Eran las telas que la
abuela había tejido para nosotras y quedaron inconclusas después de
su accidente.
Parece ser que el abuelo tardó tres años en aprender la técnica y
terminarlos para nosotras.
Mi mirada comenzó a tornarse borrosa y no pude hacer más que
echarle los brazos al cuello al abuelo.
—¡Es hermoso abuelo! ¡Me ha encantado!
Tuve que callarme o iba a romper a llorar sobre el hombro de mi
pobre abuelo y mojarle la espalda con mis lágrimas no era la forma
en la que quería agradecerle el detalle.
Una mirada penetrante atrajo la mía desde la distancia.
Killian Collingwood me inspeccionaba con ímpetu, como si deseara
descubrir algún secreto ininteligible ante sus ojos, pero no me
importó, probablemente jamás lo entendería. Me perdí la mayor
parte de la conversación inicial por divagar en un mar de
pensamientos, pero, por lo que recordaba, el tipo por dinero no
paraba y las personas que tenían dinero para aventar para arriba
nunca entendían por qué uno usaba bufandas de ganchillo, flores de
tejido en la cabeza o botas con leotardos en verano.
A veces teníamos que hacer cosas que no queríamos hacer por puro
amor... En ocasiones también por interés. Como yo masajeando a
perro de Rikan. Era muy probable que aquellos sacrificios no fueran
tangibles en su mundo.
Cuando me aparté del abuelo, pude encontrar una lágrima rodando
por su mejilla. Lágrima que no tardé en limpiar con mi pulgar y
sonreír esperando poder expresarle todo mi apoyo y en una sola
mirada.
Entonces toda la atención volvió a Adrianna, quien desenvolvía un
suéter de ganchillo unas tres tallas más grade.
—Vaya abuelo, esto es... —parecía debatirse en la búsqueda de las
palabras adecuadas—. Es muy grande, ¿seguro que no es para Claire?
—bromeó con una sonrisa, despertando un par de risitas simpáticas
alrededor—. Me encanta, es muy bonito.
Coloqué una mano sobre la mano de Dan para evitar que mi hermano
abriera la boca y soltara alguno de sus comentarios sarcásticos frente
al abuelo.
Y, al parecer, la noche apenas comenzaba.
Capitulo Cinco
Cuando todos terminaron de abrir sus regalos, la sala se convirtió en
un verdadero campo de batallas verbales. Se formaron grupos de
exclusión y cada uno hablaba sobre sus propios temas.
No me malentiendas, así era mucho mejor para mí, pero se fue todo
al chasco cuando Theo decidió expresar la duda que nunca faltaba en
ninguna maldita reunión:
—Lag... Adrianna —llamó con timidez el niño junto a mí,
inspeccionando de arriba a abajo la nueva computadora que Dan le
había regalado—. ¿Qué significa Intel?
Adrianna parpadeó con inocencia en mi dirección.
—Que te lo diga tu tía.
¡Será bruja!
¿Todavía queda alguna duda de su maldad? Nadie sabía mejor que
ella cuánto odiaba la informática y los temas sobre sistemas
computacionales.
Por suerte ya estaba preparada y todo gracias a su guapo novio, que
de camino me dio lecciones rápidas sobre temas básicos.
—Es el procesador —dije en automático, sin apartar la mirada de
ella—. Para computadoras portátiles creo que es bastante bueno.
Aunque para computadoras de escritorio yo preferiría AMD.
Aparentemente, la tuya siendo i7 funciona con cuatro núcleos que
simulan ocho, es un procesador de gama alta.
Vaya, ni siquiera yo podía creer que se me hubiera pegado algo de las
lecciones exprés de Killian.
Crucé los dedos detrás de la espalda, esperando haberlo recordado
todo a la perfección y rogué porque no me preguntaran para qué
demonios eran los núcleos en un procesador o qué significaba a que
fuera de gama alta.
Adrianna arqueó una ceja en mi dirección y, con un simple y discreto
asentimiento, me cedió la jugada.
Killian imitó su gesto y se llevó una copa de vino a los labios sin
apartar la mirada de mí.
Seguro estaba dándose de topes por haberme cedido la jugada.
Bueno, si le servía de algo: su novia seguía conservando la delantera.
Seguro que ella se encargaría de aclarárselo más tarde, después de
lustrar sus diplomas enmarcados en su oficina de Taiwán.
—Necesito tomar un poco de aire —aclaré cuando me percaté que
toda la familia me miraba con la boca abierta.
Otra vez era el centro de atención.
Dios santo. Iba a vomitar.
Me puse de pie de inmediato y me disculpé para salir a tomar un
poco de aire.
La brisa de Navidad era fresca. Nunca tuvimos unas festividades sin
nieve, mucho menos una Navidad con lluvia, pero mi madre
aseguraba que pronto tendríamos incluso una Navidad con más de
20°C, porque el cambio climático era un tema de no tomarse a la
ligera.
Me perdí un par de minutos contemplando el cielo ennegrecido. Las
estrellas se arremolinaban unas junto a otras. Recordé la teoría de la
velocidad de la luz y su explicación sobre cómo podríamos estar
contemplando la luz proyectada de estrellas que murieron hace años.
La teoría era triste, pero siempre me fascinó, en especial después de
saber que si alguna vez se apagara el sol, los seres humanos
tendríamos al menos ocho minutos más de luz, justo el tiempo que
tardaría la luz en dejar de proyectarse.
—¿En qué estás pensando? —preguntó una voz varonil, mezclándose
con la de mi subconsciente.
—En la velocidad de la luz y las proyecciones de los astros.
—¿No es un poco difícil para ti?
Cuando me convencí de que la voz era real y no una mala jugarreta
de mi hiperactiva imaginación, me giré.
Ahí estaba.
Killian Collingwood me observaba con condescendencia sosteniendo
una copa de vino en la mano derecha.
—Probablemente eso crees. Siendo el novio de Adrianna, hasta debes
creer que ni siquiera sé abrocharme las agujetas —dije antes de darle
la espalda y volver a reposar los antebrazos sobre la barra en los
arcos de ladrillo.
No tardó nada en unirse a mí.
—¿Y sí sabes?
—¡Por supuesto que lo sé! —exploté—. También sé masticar chicle y
caminar al mismo tiempo, odio los números, pero sé dividir sin
calculadora; también conozco la diferencia entre el freno y el
acelerador y, por extraño que parezca, también conozco a la
perfección la palanca de cambios, la definición de polea, el
significado de la palabra «inefable» y «serendipia», y sé que los
cinturones no van en el cuello.
Agotada, cogí una bocanada de aire.
La sombra de una sonrisa se proyectó en un hoyuelo contenido en la
mejilla derecha del mono de mi prima.
—¿Serendipia?
Rodé los ojos.
—Es un hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando
estás buscando una cosa distinta.
Sin poder evitarlo, dejó escapar una bonita risa bien entonada.
Para mi mala pata, mi subconsciente la comparó en automático con la
risa de Nick, mi exnovio, cuya risa era lo más parecido a una morsa
hambrienta que había encontrado en internet después de pasar horas
intentando describírsela a Aly.
—Qué gusto que seas una persona tan culta —respondió con
sarcasmo, bebiendo un poco de vino.
—¿Qué haces aquí? —espeté sin mucho ánimo de ser la burla de un
extraño. Con mi familia, mis amigos, mi jefe y mis vecinos, me
bastaba.
—Necesitaba un poco de aire fresco también, tu familia es
demasiado... peculiar.
Eso sí que no.
Con mi maltrecha, disfuncional y liosa familia no iba a meterse.
Abrí la boca, dispuesta a darle un par de consejos sobre lo que podía
venir haciendo con su peculiaridad, cuando me interrumpió con otra
pregunta que me tomó con la guardia baja:
—¿Por qué no le dijiste la verdad sobre el accidente del ciervo a tu
familia?
—¿Por qué no dijiste tú la verdad sobre la loca de la carretera?
Killian me dedicó una media sonrisa antes de volver la mirada al
frente y fijarla sobre los árboles secos.
—No sé cómo soportas todo esto.
Mi teléfono vibró en la pequeña bolsa de mi chaqueta, obligándome a
darle una respuesta vaga mientras luchaba por encontrar el móvil.
—Te acostumbras.
«Gordon rompió conmigo. ¿Puedes venir por mí? Estoy en el barecito
York y me he quedado sin efectivo».
Aly.
—Mierda.
Maldita sea. ¿Qué clase de novio te corta en Navidad? Probablemente
la misma clase de novio que te corta el día de acción de gracias.
Tenían que ser hermanos.
—¿Perdón?
—Nada... Hum... Lo siento. Tengo que irme.
Sin esperar una respuesta, caminé directo hacia la entrada. Lo último
que escuché de ese hombre fue un resoplido y un susurro
despreocupado:
—Debiste irte hace dos horas.
Me habría detenido a soltarle algún comentario mordaz, pero una de
mis dos mejores amigas estaba en peligro depresivo en un bar de
mala muerte... divertido, pero de mala muerte.
—Mamá —la llamé alejándola del grupo cuando se acercó lo
suficiente—. Aly se ha quedado sin llaves, tengo que ir a abrir el
departamento o va a dormir en la calle.
—¿Y Lizzy?
—Está ebria en casa de sus padres —supuse.
Porque, siendo sincera, de nosotras tres, la más valiente en las
bebidas siempre había sido Lizzy. A veces, cuando no queríamos
beber en alguna reunión importante, le pasábamos las copas por
debajo la mesa y luego aparentábamos tener una tolerancia máxima
al alcohol.
—Pero que irresponsabilidad por parte de sus padres. Nadie debería
permitir que sus hijos bebieran de esa manera, es un acto de total...
—Má, me encantaría quedarme contigo a discutir sobre la educación
americana de los hijos, pero mi amiga está muriendo de frío.
Mi madre me miró con compasión y, acariciando mi mejilla, recordó
con nostalgia:
—Recuerdo cuando tenía tu edad. La lealtad de la amistad...
Gruñí.
—Mamá.
—Está bien, está bien. —Mostró las palmas—. Prométeme que vas a
cuidarte.
—Estaré bien, mamá. Confía en mí soy una adulta responsable, tengo
veintitrés y jamás te he dado problemas graves. Además, ¿qué tanto
caos podríamos armar dos chicas de nuestro tamaño?
Mi madre sonrió y depositó un sonoro beso en mi frente.
—Tienes razón. Le diré a Dan que te lleve.
—¡No!
Mamá frenó de golpe a inspeccionar mi rostro con detenimiento.
—Quiero decir: No quiero arruinarles la velada, Dan no viene todos
los días, seguro lo extrañas un montón. Tomaré un taxi...
—Sabes lo que opina tu abuelo sobe los taxis.
—Bien, dile que me fui en mi escoba mágica —propuse un poco
cortada.
—Claire...
—Estaré bien mamá. Soy una persona adulta y responsable —recordé.
—Está bien, está bien, pero deja el móvil encendido.
—¡Gracias, mamá! Eres la mejor. —Me despedí dándole un abrazo—.
No le digas a nadie que me he ido, no quiero arruinarles la noche.
—Recuerda, Claire: adulta y responsable.
Le regalé un guiño cómplice.
—Adulta y responsable, esa soy yo.
Cuando por fin cerré la puerta detrás de mí, corrí a toda velocidad
por la acera en busca de un taxi que me llevara con mi amiga
sumergida en una tormenta de depresión masiva.
Y me mentalicé para ser la adulta responsable que Aly necesitaba de
momento.

****

—I DON'T WANNA GIVE YOU UP, I DON'T WANNA LET YOU LOVE
SOMEBODY ELSE BUT ME —bramó Aly, aplaudiendo con ritmo junto
a mí, pisando fuerte sobre la tarima de madera vieja.
—¿SO WHAT'S IT GONNA BE? ¿SO WHAT'S IT GONNA BE? I DON'T
WANNA GIVE YOU UP, I DON'T WANNA MAKE IT LOOK LIKE IT'S
NOT BIG DEAL ¿SO WHAT'S IT GONNA BE? —canturreamos
tambaleándonos sobre la plataforma en la que la letra del karaoke
nos indicaba seguir.
Nada de eso estaba en mis planes. Lo juro. Pero Aly aseguró que,
después de dos horas de tutoriales en internet sobre cómo aumentar
tu tolerancia al alcohol, podíamos beber como adictas y no
enfrentarnos a los efectos secundarios... Y bueno, henos aquí.
En mi defensa debo decir que los tutoriales de Aly resultaron muy
fidedignos en el pasado.
Además, ni siquiera debía estar tan mal si conocía el significado de la
palabra «fidedigno».
Cuando mi pie resbaló y las manos de un mesero me sostuvieron por
la cintura, supe que me había estado mintiendo todo el tiempo. Sí, mi
conciencia estaba perdida.
—Él me dejó y yo quería hacerlo, maldita sea, esa soy yo, la que
aguanta patanes, por ser tan buena —comenzó Aly, con un corazón
despechado.
—Por un rato quiero estar soltera —cantamos antes de brincar hacia
abajo de la tarima y comenzar a cantar entre las mesas como en un
viejo y vergonzoso musical callejero, ni siquiera uno de Broadway,
no, uno callejero.
—¡Mis amigos me regañan porque me enamoro de cualquiera!
»Y apareciste tú para cambiar mi suerte, ya me está encantando
conocerte. Dime todo, nada en ti me aburre ya quiero quererte...
Después de tantos giros y bailes improvisados con cualquier persona
que se nos cruzara en el camino, caímos rendidas sobre la tarima.
Pero, muy de contra e lo que deseaba, la noche de karaoke no
terminaba en ese bar. No cuando era Yuridia quien tomaba la corona
otra vez.
Sin pensarlo demasiado, me puse de pie y tomé el micrófono
intentando retener las lágrimas al reconocer la melodía.
—«Ya es muy tarde, para la cordura, para decirte no, espérame no
estoy segura, ya es muy tarde para ser más madura, no quiero nada
de ti...».
Pero me fue imposible seguir la letra sin derramar el corazón en el
escenario. En mi mente se evaporaban todos los momentos que Nick
y yo pasamos juntos durante esos años; todas las veces que tuve que
fingir que amaba la literatura clásica por amor; cuando fingí que la
mermelada me encantaba solo porque Nick no entendía a la gente
que no; todas las veces que escuché rap de camino a la escuela,
porque Nick lo amaba y creía que mi música era extraña, aunque la
suya me daba jaqueca.
Cuando la canción terminó, una mano fuerte tiró de mi cintura con
suavidad hacia abajo. Al principio creí que era Aly y me dejé llevar,
pero luego recordé que Aly no tenía las manos tan gruesas y me solté.
Cuando giré hacia el hombre de la mano, encontré a mi peor
pesadilla... después de Adrianna, claro. Y si había algo peor que
Adrianna, era, en definitiva, el novio de Adrianna.
—Ya fue suficiente —cortó con delicadeza, como si temiera que las
palabras me fueran a romper todavía más.
Asentí con la cabeza, consciente de que estaba haciendo el ridículo y
era hora de irnos.
Y había fallado a mi promesa.
—No puedo irme sin Aly.
—¿La otra loca que hacía malabares contigo?
—¡No hacíamos malabares, bailábamos entre las mesas!
Killian murmuró algo ininteligible antes de ordenarme que no me
moviera porque iría a buscar a Aly.
La vibración en mi chaqueta tomo mi atención una vez más.
«¡¿En qué demonios estás pensando?! Ese no es un sitio para ti.
Llegaré en quince minutos, estoy cerca. No te muevas».
Revisé los mensajes anteriores y descubrí que yo le envié uno apenas
una hora atrás.
Bueno, que para emergencias el tipo no servía, no era ninguna
novedad. Una vez se me atascó la mano en la tostadora y no leyó mi
mensaje ni respondió mis llamadas hasta dos horas después, cuando
Rikan se hartó de escucharme lloriquear y llamó a un taxi... Y luego
me lo descontó de mi monto final, incluyendo mis dos horas en el
hospital, porque al parecer los dedos prensados dentro de una
tostadora son emergencias de segundo plano.
Aun así, ni siquiera la ira podía superar la vergüenza del mensaje
anterior.
«No te necesito para divertirme. El barecito York puede darme toda
la inversión que tú no pudiste darme en dos años imbécil».
Maldición.
¡¿En qué rayos estaba pensando?!
Capitulo Seis

A la distancia, pude ver a mi mejor amiga caminando del brazo de


otro hombre junto a Killian. Se trataba de un tipo alto, le sacaba dos
cabezas a Aly, parecía tener la tez nívea y desde la distancia no podía
ver la tonalidad de su mirada, pero podría jurar que era una de esas
dobladoras de rodillas, ladronas de suspiros.
De pronto, Aly se soltó del agarre del amigo de Killian y corrió a
verter los residuos de la cena de Navidad en casa de Gordon, sobre
una bonita palmera.
—¡Eso es todo lo que me quedaba de ti, imbécil! —le gritó al vómito,
con más odio del que uno esperaría encontrar en alguien que se
dirige a los desechos de su propia digestión.
Sin poder reprimirlo, el amigo de Killian y yo reímos de golpe.
—Ezra —reprendió Killian.
—Lo siento —se disculpó tomando a Aly por el brazo—. Perdona,
guapa, pero me temo que tendré que cargarte.
Aly lo miró como a su vómito.
—¿Y tú quién eres?
—Soy el hombre de tus sueños, cariño —proclamó con un guiño y una
sonrisa encantadora.
Yo habría suspirado si solo hubiera sonreído, pero todo el mundo
cargaba defectos y el suyo, al parecer, tenía que ver con el ego y las
palabras.
—Ezra —repitió Killian como advertencia.
Mi amiga, en cambio, le dedicó una mirada asqueada.
—Puaj.
Ezra la miró confundido, pero no insistió en tomarla del brazo; se
limitó, con inteligencia, a seguirle el paso de cerca.
Me habría echado a reír ahí mismo si uno de mis peores fantasmas
no se hubiera materializado a pocos metros de la acera.
Nick.
—Mierda —soltamos Aly y yo, quedándonos de piedra ante la imagen
del hombre rubio frente a nosotras.
—¿Cuáles son las probabilidades de que sea una aparición producto
de nuestra etílica imaginación? —sugerí incapaz de apartar la mirada
de Nick.
—Considerando que bailamos sobre las mesas hace un rato... Yo creo
que 50-50.
Asentí.
—Correré el riesgo.
Me acerqué a él dispuesta a soltarle todas las palabras que se
quedaron atacadas dentro de mí desde la última vez que lo vi.
La vez que lo descubrí metiéndole la mano a nuestra profesora de
Inglés.
Apenas abrí la boca y la mano fuerte de Nick se ciñó sobre mi brazo,
obligándome a seguirle por la acera.
Su agarre firme cortaba mi circulación, sus piernas se movían con
una velocidad que superaba mi capacidad y estaba a nada de
arrastrarme por el suelo.
—Oye, oye, oye, ¿tú quién eres? —preguntó Ezra detrás de mí, justo al
tiempo en el que Killian apartaba su agarre de mi mano con
brusquedad y lo fulminaba con una mirada escalofriante.
—Miren, no sé qué les haya dicho, ¿bien?, pero ella no está
disponible, soy su novio y...
Mi puño tenía vida propia.
Mi puño era un ente pensante cuyo único deseo era chocar contra la
bonita y afeitada mandíbula de mi exnovio.
Mi puño era mi héroe.
No le digan a Theo.
—¡Eres un imbécil! —solté mientras se tambaleaba aturdido por el
golpe.
—¡¿Qué?!
—¡Y no soy un baño público para estar «disponible»!
Y por primera vez en toda la noche, la risa estruendosa de Killian
Collingwood resonó hasta dentro de mi cabeza.
Ojalá no estuviera tan pasada y pudiera recordar esa risa por
siempre.
Por el rabillo del ojo pude ver cómo Ezra y Aly colgaban la quijada
con escepticismo. Todavía observaban atónitos al rubio golpeado.
—Te odio —juré—. Te odio a ti y a tu estúpida profesora de Inglés... ¿Y
sabes que más odio? —Para este punto, mi estrés ya me hacía
caminar de un lado a otro—. Tu música de rap, Kanye West me da
jaqueca, sus letras son una mierda y Nicki Minaj casi hace que te deje
tres veces. No soporto el aromatizante en forma de pino que tienes
en el auto. Creo que es patético que tu madre aún te lave la ropa.
Odio a tu perro Steve, cuando te ibas no dejaba de llenar su tazón con
cloro. Nunca leí los libros de Paulo Coelho que me regalaste en
Navidad, porque ¡adivina qué! ¡No me gusta la literatura apacible! A
menos que sea Dickens, me gustan las tramas complicadas y amo a
Shakespeare porque siempre mata a todo el mundo. Nunca entendí
«Cumbres borrascosas», pero te dije que lo hice porque era el Día del
Libro y me invitaste a tu apestoso club de lectura, por cierto, Merry
Allen se ha forrado todos los de Anna Todd de clásicos porque, ¿qué
crees? ¡Odia los clásicos! ¿Y cómo culparla si la han puesto a leer en
voz alta a Jane Austen todo el mes? Y ya que estamos de paso,
tampoco me gusta Jane Austen, odio que repitas sus películas una y
otra vez, ¡ya me las sé de memoria! ¡Y no creas que no veía como le
mirabas el pecho a Keira Knightley cuando la hacía de Lizzy Bennet!
Y no, no creo que Austen tenga una trama tan interesante, lo dije solo
porque tenía el micro en mano, cincuenta miradas sobre mí, los
zapatos me mataban y tu estúpido puré verde me había dado
indigestión. Creo que hay cosas más importantes sobre las que
pensar que buscar un marido y no culpo a la gente que ama a Austen,
pero, para ser honesta, prefiero la profundidad de Antonie de Saint-
Exupéry y no puedo creer que ni siquiera pudieras aguantar la
película.
Tomé aire.
—Odio los masajes que me das en los hombros, en serio ¿estás
incitando al placer o amasando la harina de la rosca? Y te mentí: no
es gracioso que te pintes caras en los pies y hagas hablar a tus dedos,
es estúpido y perturbador. La tapa del baño se baja con un simple
empujón por efecto de gravedad, no es un sistema tan complejo.
Cuando besas no debes pasar la lengua sobre la fila de dientes, es
asqueroso, como una ida al dentista. No sabes controlar tu fuerza, a
veces chocas los cinco como si fuera alguno de tus compañeros del
polo. Aly y yo comparamos tu risa con la de una morsa hambrienta.
En verano te huelen los pies y no me gusta cómo te dejas la barba,
mentí. Cuando te digo que Aly o Lizzy se han dejado las llaves
también es mentira, lo hago para poder ver una comedia romántica
sin escuchar tus constantes pujidos de disgusto; amo las películas
infantiles y también las veo sola para no escucharte roncar sobre mis
piernas. No me gustan las películas de acción, lo dije porque invitaste
a tus hermanos pequeños y ya la tenían en las manos. Odio cuando
me besas y tiras de mi cintura hacia el frente con fuerza, ¡me dejas
sin aire idiota! Y mentí al decir que no había problema con recoger la
ropa de tu madre en la lavandería, odio a tu madre, de hecho ¡todo el
mundo la odia!, y creo que mandar la ropa a la lavandería es una
tontería.
» Odio los videojuegos, no me gusta perder, y si pudiera elegir un
superpoder, no elegiría el poder de robar tu corazón, ¡qué tontería!
Lo dije porque eran las tres de la mañana y estaba exhausta, tampoco
era para que lo susurraras a mi oído todo el mes. Odio que tomes una
fotografía de cada comida del día, ¡¿a quién le importa que vas a
digerir?! Eres egoísta, solo escuchas lo que quieres. Nunca me dejaste
elegir la comida en nuestras citas y yo lo acepté porque te quería. Te
ríes de mí cuando te digo que no sé dividir fracciones, pero tú no
sabes cuál es la diferencia entre lana y seda. Odio el rosa, el fútbol y
las mariposas; y si me hubieras propuesto matrimonio te habría
dicho que no.
Iba a continuar, pero el aire ya no me alcanzaba.
Cuando giré hacia Nick, lo encontré mirándome perplejo, sentado
sobre una barra de concreto custodiado por Killian, quien me
contemplaba con una mezcla de admiración y asombro, —mi mente
asociaba sus facciones a las de mis padres cuando me graduaba de
cualquier nivel escolar—. Ezra, en cambio, parecía más bien divertido
con el espectáculo gratuito.
—Se quiso ir y lo obligaron a quedarse —explicó Aly, señalando con el
índice las manos de Killian y Ezra sobre los hombros de Nick.
—Qué detalle —murmuré con voz rasposa y tres piletas de sarcasmo.
Para ser honesta habría preferido no tener que enfrentarlo y
desahogarme al aire.
¡Ahí tenía mi castigo divino! ¡Me había quedado sin habla!
—¿Eso es lo que piensas ahora? —preguntó Nick.
—No. Eso es lo que he pensado siempre.
—¡Bien! —dijo intentando ponerse de pie, pero no pudo hacer
demasiado, pues Killian y Ezra lo detuvieron por los hombros—.
¿Sabes qué? Estoy feliz de haberte dejado, ya no tendré que lidiar con
tus accidentes, tus ataques de mala suerte, tu comida chatarra, ni tu
destrucción sobre todo lo que tocas ¡Y qué crees! ¡Voy a ahorrarme
más de seiscientos dólares en electrónicos! —continuó—: Además, la
profesora Tabatha no se sonroja cada vez que le hablo, es patético,
tampoco se muerde los labios como una maniática ni canta en cada
calle; sabe apreciar los clásicos y, sobre todo: ¡no hace un escándalo
cada vez que le meto la mano debajo del pantalón!
¡Dios mío!
Lo dijo.
Estaba segura de que mis mejillas ya ardían de ira y vergüenza.
La camisa de Nick se arrugó a la derecha. Pronto su cuerpo se
encontraba justo frente al de Killian, con su mano vuelta un puño
entre la tela de su camisa.
La que le regalé por su cumpleaños.
—¡Está bien! ¡Vete con ella! No voy a detenerte.
Nick arqueó una ceja retadora en torno a Killian.
—Escúchame bien, imbécil...
—¡Killian, déjalo! —grité.
—No, Kill, golpéalo. Si no lo haces tú, lo haré yo —advirtió Ezra, con
una mirada de odio clavada en Nick.
—Deja que se vaya —le pedí a la espalda—. No quiero seguir viéndolo.
Killian tardó un par de segundos en soltar el cuello de su camisa y
girar hacia mí. En sus ojos podía ver litros de ira que salían a
raudales.
Asentí una sola vez como muestra de agradecimiento.
Pero, al parecer, él solo quería tomar impulso.
Su puño fue a chocar con la —ya de por sí— maltrecha quijada de
Nick.
Aly brincó hacia atrás, cubriéndose la boca con ambas manos. Ezra la
sostuvo por la cintura y soltó una escandalosa carcajada con la
mirada fija en Nick. Y yo... Yo no podía dar crédito a lo que veía.
Nadie dijo más. Todos observamos en silencio cómo Nick se ponía de
pie, nos fulminaba a cada uno con la mirada tomando un tiempo
especial en mí, y se montaba en su bonito Chevrolet.
Cundo caí en cuenta de que el hombre se iba y aún tenía muchas
cosas que gritarle a la cara, caminé hacia el frente y vociferé:
—¡Espera, aún tengo algo para ti! —carraspeé para entonar mejor a
Christina Aguilera—: ¡Pero me acuerdo de ti, y otra vez pierdo la
calma...!
Killian gruñó resignado y se apresuró a tomarme por el brazo y
conducirme hasta un bonito auto gris.
—¡Pero qué monada! ¿Qué modelo es? ¿A quién se lo robaste? ¡Pero
me acuerdo de ti, y se me desgarra el alma! —canté sobre su hombro,
intentando hacerme escuchar hasta el auto de Nick.
Killian masculló algo ininteligible antes de obligarme entrar a su
auto.
Pronto, un muy animado Ezra y una nostálgica Aly, se tumbaron en la
parte trasera.
Las lágrimas de Aly llenaron el pecho del pobre Ezra. En respuesta,
las facciones del castaño cambiaron de alegría a pesar; por el
retrovisor podía ver sus ojos aceitunados recorrer con pena el
pequeño cuerpo de mi amiga.
Por desgracia, a mí me tomó por sorpresa un ataque de risa. Ajá. De
esos que te pone la cara roja y te sacan las lágrimas en menos de un
minuto, pero mi felicidad no duró demasiado; pronto volvieron los
recuerdos de Nick cocinando para mí en el departamento que
compartía con Aly y Lizzy. Aquello fue el incentivo suficiente para
activar a la fuente humana que echaba lágrimas en regadera.
Mi situación era lamentable.
—¿Qué vas a hacer ahora Kill? —cuestionó Ezra.
—Vamos al departamento.
—¡¿Vas a llevarlas contigo?!
—¿Tienes una mejor idea? —retó mirándolo por el espejo retrovisor.
—¿No dijiste que conocías a su familia?
—Hasta donde escuché ella era una adulta sensata y responsable
antes de cruzar la puerta. Y, no sé tú, pero yo ya tuve muchas peleas
por hoy. No quiero inmiscuirme en una riña familiar.
Ezra negó con la cabeza y volvió la vista a lo oscuro de la noche.
Casi al instante, Aly comenzó a reír con histeria.
—¡Debimos cantar "You Need Me, I Don't Need You"! —sugirió con
ánimo renovado.
No necesitaba más. Aquel silencio fue el incentivo necesario para
comenzar a rapear a lo Ed Sheeran.
No podía pasar por alto la mirada confundida de Killian o la
expresión divertida y asombrada de Ezra, pero no quería detenerme
por su confusión. El chiste pierde la gracia cuando se explica a
detalle.
—Qué dominio —felicitó Ezra entre aplausos.
—Es un talento natural. Una semilla de Dios que germinó en nuestros
pulmones —desvelé muy segura de que a la mañana siguiente iba a
arrepentirme de haber dicho semejante tontería.
—Así es —apoyó Aly—. ¿Quieres saber cómo desarrollamos nuestro
talento, Killian?
—La verdad no, pero tengo la impresión de que me lo vas a decir de
todos modos —respondió sin carisma.
—Trabajo: horas y horas de trabajo robado. Solo tenemos que
deshacernos de nuestro jefe y convertir el horario laboral en clases
de entonación.
—Sssh —silencié—. Podría decirle a nuestro jefe.
—Tranquila Clay, Killian y Ethan son confiables.
—Mi nombre es Ezra —señaló.
—Lo que sea.
El sueño me venció a los pocos minutos. No volví a recuperar la
conciencia total, periodos intermitentes me mostraban unas bonitas
escaleras, una sala de iluminación ambientada y unas sabanas de
seda.

****

Estiré los bazos sobre la cama más cómoda que disfruté en la vida.
Entonces recordé que yo no tenía una cama tan confortable.
Abrí los ojos de golpe y encontré un techo blanco y lustre, no quedaba
rastro de la gotera agrietada que se tiñó de amarillo en la esquina del
techo en mi habitación. Entonces noté que las sábanas no eran
verdes, sino blancas. Abrí los ojos de golpe y encontré una enorme
pantalla en la pared del frente... y yo jamás tuve una televisión frente
a la cama, de hecho, jamás tuve una televisión propia.
Al ponerme de pie el mundo entero comenzó a dar vueltas. Una
señora jaqueca estaba tomando posesión de mí mientras intentaba
volver a la cama y poner orden a mis recuerdos.
Hacía frío. Entramos al bar a resguardarnos de él. Hablamos. Tamos
una copa. Aly dijo que conocía un método para beber sin perder el
juicio, lo vimos en tutoriales un montón de veces. Los recuerdos de
Nick me atormentaron. Acepté.
Cabello negro azabache, ojos color zafiro, tez nívea... Killian tirando
de mi brazo bajo la tarima. Un hombre de ojos aceitunados y cabello
café cobrizo con una arrogancia imperdonable. ¿Erick? ¿Eduardo?
¿Qué más daba? No es como si fuera a volver a verlo en la vida.
Negué con la cabeza, arrepintiéndome al instante en el que un mareo
hizo mella en la boca de mi estómago.
Me puse de pie y salí de la habitación. Tenía que localizar a Aly para
volver a casa cuanto antes.
Mi asombró creció cuando la encontré hablando tranquilamente con
el hombre de ojos aceitunados.
Vamos Claire, recuerda... ¿Elliot? ¿Ernest? ¿Eulalio? Bueno, basta.
Está bien, ni tienes que hablarle.
—Aly.
—Clay, ¡qué bueno que has despertado! —dijo dando un brinco que le
costó un mareo profesional. Se habría ido de frente si el hombre de
ojos aceitunados no la hubiese detenido.
—¿Qué pasó?
—Soy Ezra —se presentó el hombre después de asegurarse de que Aly
pudiera mantenerse en pie—. Nos conocimos ayer en el bar York.
Parece ser que coincidimos, y Killian y yo las trajimos aquí.
Lo recordaba, esos recuerdos los tenía intactos. Lo que no recordaba
era una sola palabra de lo que pude haber dicho esa noche.
—¿Y Killian?
—Tenía que encargarse de unos negocios, pero volverá por la tarde...
Si quieren esperar.
—Ni hablar —dije—. Gracias por todo, pero tenemos ir a trabajar.
—Puedo llevarlas...
—Gracias, pero tomaremos un taxi.
—Pero no es ningún...
—Estaremos bien, gracias —corté avergonzada. Podía sentir el rubor
subirme a la cara.
No sabía qué tanto había hablado la noche anterior, no confiaba en lo
que pude haber hecho esa noche.
—Está bien... Llamaré un taxi.
Mentí. En realidad, todos los empleados del hotel Collingwood
teníamos el día libre. El día de Navidad era el único día en todo el
año en el que podíamos descansar de verdad.
Mentí para poder librarme de Ezra y, sobre todo, de Killian.
El resto del día de Navidad lo pasamos vertiendo en estómago en el
escusado. Fue una suerte que Lizzy aún no hubiera llegado a casa o
una enorme reprimenda nos habría corrido todo el mes.
Capitulo Siete

Mi cabeza seguía punzando, mis piernas aún flaqueaban y mi voz no


estaba del todo recuperada. No recordaba lo que había dicho la noche
anterior, pero debió ser bastante y con mucha intensidad para sacar
de la jugada a mi voz por tanto tiempo.
Sin pensarlo demasiado, tomé mi uniforme de trabajo y salí de la
casa.
Encontré a mi pequeño volvo aparcado frente a la acera. El día
anterior alguien había enviado el auto desde el atasco a casa, supuse
que sería el novio de mi prima, pero como no tenía intención alguna
de volver a verlo, decidí guardarme el agradecimiento para alguien
con quien no me hubiera humillado tanto.
Camino al hotel forcé un poco más la garganta con "Blank Space".
Sabía que no debía hacerlo si deseaba que mi voz volviera a la
normalidad, pero no podía conducir en silencio o no seguir una letra
conocida cuando la escuchaba. Era algo que me salía en automático,
como un reflejo.
Ya que llegaba quince minutos tarde, me tomé la libertad de saltarme
cuatro rojos y un amarillo, pero juro que tuve mucha precaución.
Entré volando a la cocina, intentando ponerme el resto del uniforme
de camino. Al entrar a ella, encontré a mis compañeros formados de
lado frente a un muy nervioso chef Rikan.
Ver a Rikan retorcerse las manos no era algo normal, por lo general
lo hacía cuando la señora Collingwood venía de visita o algún crítico
a lo Jean-Pierre se aparecía. Rikan cuidaba a sus tres estrellas
Michelín con su vida entera y cuando una de ellas estaba en peligro,
lanzaba la alerta «Michelín», que, en resumen, significaba que había
encontrado a algún crítico entre los comensales y debíamos ser
excelentes si queríamos conservar el empleo. Ese era el momento en
el que los becarios nos hacíamos a un lado y dejábamos que los
profesionales hicieran lo suyo.
Si he de ser sincera: todos deseábamos poder participar en la alerta
Michelín algún día.
Y tal vez ese era el gran día. La esperanza muere al último, ¿no?
Me formé al centro, entre Aly y Simón, y crucé los dedos detrás de la
espalda pidiendo que no notara la diferencia.
—Te van a matar —murmuró Simón inclinándose ligeramente hacia
mí.
—Quince minutos —justifiqué.
—Quince minutos son tres días en la cocina de Rikan —advirtió mi
amigo, citando al mejor chef del mundo.
Todos nos erguimos aún más cuando Rikan giró y comenzó a caminar
de un lado a otro con un sudor frío recorriéndole la frente.
—Los enviaría a la universidad otra vez, pero, por desgracia, la
señora Collingwood desea apoyar a los estudiantes en todas las
áreas: administración, informática, gastronomía, mecatrónica... Si
me lo preguntan a mí, es una pérdida de tiempo —Rikan se detuvo
frente a mí, frunció el ceño y me recorrió con la mirada desconfiada—
. Llegas tarde.
Ok, Claire, no puedes intentar jugar con su mente una vez más.
—He estado aquí todo el tiempo.
Casi me muerdo la lengua. Con Rikan el miedo me dominaba y,
aunque manipular mentes era sencillo porque uno solo tenía que
parecer convencido, funcionaba con todo el mundo... excepto con
Rikan.
Rikan entrecerró los ojos en mi dirección y acercó su barriga un par
de centímetros más. Tuve que hacer un enorme esfuerzo por no
apartar la mirada aterrorizada de los penetrantes ojos oscuros de
Rikan.
—¿Becario uno? —demandó nuestro jefe, sin desviar la mirada de mí.
Esa era una flor más en el jardín de costumbres Rikan: nunca
llamaba a los becarios por sus nombres, según él, ni siquiera valía la
pena recordarlos y no lo hacía hasta que lo merecieras o murieras y
él se viera forzado a dar unas palabras de apoyo en el funeral.
Abrí la boca para confesar mi error, pues no quería que el pobre
Simón resultara malherido por mi culpa, pero mi amigo fue más
veloz.
Simón carraspeó y aseguró con una confianza envidiable:
—Así es, estaba detrás de la barra buscando su red.
Rikan sonrió y se alejó de mí para mirar con condescendencia al
pobre hombre cuyo único pecado fue mi amistad. Acto seguido: giró
hacia Jane, una profesional de su confianza, y arqueó una ceja.
Solo eso, no tuvo que hacer más para que Jane abriera la boca.
—Acaba de llegar. Quince minutos tarde.
Rikan se alejó y su silencio fue su obsequio un par de segundos
mientras se marinaba nuestro cerebro entre los pensamientos
autodestructivos que implicaban hacer enfadar al Gran Chef.
Entonces, caminando de un lado a otro con las manos cruzadas sobre
la espalda, aseguro:
—Los despediría a los dos, saben que lo haría gustoso. Pero ustedes
cuatro son los únicos becarios que me quedan... ¡De treinta y dos! —
explicó, perdiendo la paciencia como siempre—. En unas horas
ustedes cuatro serán los representantes de los treinta y dos becarios
de gastronomía.
—Pero faltan veintiocho.
—¡Ya sé que faltan veintiocho! —gritó Rikan, haciendo que su pálida
tez se coloreara a rojo.
Lizzy bajó la mirada avergonzada y esperó.
—Yo mismo los despedí, ¡y no me arrepiento de haberlo hecho! Esos
monstruos eran un fracaso para la cocina, no merecían poner un pie
en mi santuario y me niego a tenerles lástima. No conseguimos tres
estrellas Michelín por compasión.
La tensión era asfixiante. Aun así, nadie se movía, nadie se atrevía a
decir una sola palabra.
—Jane, explícale a la becaria dos la importancia que tiene este mes
para nosotros.
Y aunque no pareció una pregunta, la rubia respondió:
—Por supuesto, chef: El hijo mayor del fundador de la cadena de
hoteles Collingwood vendrá este mes. Como espero que ya estés
documentada, este fue el primer hotel de la línea Collingwood. Es
muy importante para la familia Collingwood y nuestra cocina es,
además, la única de la línea con tres estrellas Michelín. Lo sabrías si
hubieras llegado a tiempo.
—No creo que el señor Collingwood se interese especialmente por la
cocina, así que limítense a hacer su trabajo, no tienen que aprender
un protocolo de comportamiento, solo quiero sus manos haciendo
magia, ¿entendido?
Todos asentimos con sumisión.
—¿Cuándo llega?
Rikan soltó una carcajada estruendosa y todo se tornó aterrador
cundo una lágrima salió del rostro enrojecido el jefe.
—¡Él llegó ayer! —gritó demasiado cerca de su cara, proyectando en
ese grito todo el estrés que precia estar controlando hasta el
momento.
Para ser honesta no entendía por qué tanto alboroto. Era el jefe, sí,
¿y qué? No es como si fuera a entrevistarnos a todos o planeara hacer
tiempo de su apretada agenda para venir a pasar el índice sobre las
superficies y detectar el polvo, o abrir la nevera y sacar las salsas
vencidas.
—Como sea. Espero que hagan un trabajo excepcional.
Todos asentimos una sola vez con el compromiso grabado en las
facciones.
De pronto, la puerta principal se abrió de par en par y dos hombres
entraron acompañados de una mujer uniformada.
El color rojo ira y deseos de asesinato en la cara de Rikan cambió a
pálido asombro. Su mirada se abrió con temor a los hombres frente a
nosotros y sus manos se retorcieron con manía.
—Buenos días —saludaron ambos.
El hombre de la derecha vestía un traje completo, tenía un aspecto
amable que se acentuaba con el dorado de sus cabellos y el chocolate
en su mirada. El hombre de la izquierda no usaba vestimenta formal,
parecía un poco más relajado y me resultaba demasiado familiar.
Cabello oscuro, ojos azul zafiro, tez nívea.
Ay, no. Adrianna.
Killian.
Maldición. ¿Por qué lo primero que tenía que saltarme a la cabeza era
el nombre de mi prima? Y, sobre todo: ¡¿Cómo demonios es que no
me di cuenta antes?! Quiero decir: ¡Collingwood! Aunque, siendo
sincera, después de seis meses trabajando en ese lugar yo todavía ni
siquiera sabía bien cómo escribirlo.
—Insistieron en conocer todas las áreas, en especial su cocina más
importante —explicó la mujer.
—La única con tres estrellas Michelín —concedió el hombre de traje,
golpeando con los nudillos el centro de una de ellas.
Todos abrimos los ojos sorprendidos. Casi podíamos ver un futuro
lóbrego, uno donde Rikan lo sacaba de la cocina con palo y machete
en mano, sin embargo, eso nunca sucedió.
Rikan lo fulminaba con la mirada, pero sonreía apacible.
Si alguno de nosotros hubiese siquiera pasado demasiado cerca,
bueno, la historia sería otra.
—Es un verdadero honor —respondió Rikan.
Killian comenzó a inspeccionar la cocina con curiosidad mientras yo
me reprendía por no haber prestado atención a la charla de Navidad
sobre Killian. Seguramente ahí habló de sus planes del próximo mes
o, mejor aún: mencionó que era el hijo mayor del fundador de los
Hoteles Collingwood. Al menos habría estado preparada.
Por el rabillo del ojo pude ver cómo se detenía frente a la barra
central y fruncía el ceño en mi dirección.
Hice un esfuerzo por avanzar un poco para ocultarme en el hombro
de Simón. Si quedaba fuera de su campo de visión tal vez se fuera y
no volviera a poner un pie en esa cocina, yo podría seguir trabajando
de incógnito y no me avergonzaría cada vez que entrara a ese hotel.
Pero Killian se aproximaba paso a paso, inspeccionando ahora a los
chefs.
Cuando volví a estar cerca de su capo de visión horizontal, retrocedí
un poco para ocultarme de nuevo.
No funcionó por mucho tiempo.
Pronto Killian Collingwood se plantó frente a mí.
—Ellos cuatro están aquí en representación de los treinta y dos
becarios que el programa de su madre mantiene como practicantes —
explicó Rikan
Sentí el rubor cubrir mis mejillas.
Recordaba bien cómo la noche de Navidad le dije a mi familia que no
tenía un trabajo y que me dedicaba exclusivamente a la universidad.
Los ojos de Killian se entrecerraron en mi dirección.
¡Bien había mentido! ¡¿Y qué?! ¡Todo el mundo lo hacía de vez en
cuando! Era una reacción de supervivencia nata.
—Ya veo —Se apartó de pronto y caminó en dirección opuesta, de
regreso hacia la barra.
Entonces recordé que la mentira a mi familia no era lo peor.
«Volveré a ver a Rikan, el peor jefe del mundo. Se la pasa gritándonos
y a veces incluso fuma dentro de la cocina, es asqueroso».
Killian se detuvo a observar la salsa de tomate que Simón preparaba
cada mañana para Rikan.
—Dígame Rikan, ¿le gusta la salsa de tomate? —indagó
inspeccionándola de cerca.
«Simón incluso, le escupe todas las mañanas a la asquerosa salsa de
tomate que Rikan usa para comer a cucharadas soperas, a veces,
también le tira dos o tres pelos».
Reprimí el impulso de gruñir y cubrir mi cara con ambas manos. En
cambio, me mantuve erguida y con la mirada al frente sin titubear.
—Me encanta la salsa de tomate, me aseguro de tener una lista cada
mañana. Es como una adicción —respondió feliz de que alguien lo
hubiera notado.
Lo cual era irónico, ya que no había un solo lugar en América y
Europa donde no se conociera y admirara al chef Rikan Fitzgerald.
—¿Y es su única adicción? —consultó como de pasada, inspeccionando
con los dedos un poco de ceniza de tabaco.
Los colores en la cara de Rikan volvieron a cambiar.
—Le aseguro que encontraré al culpable y será despedido cuanto
antes.
Me habría echado a reír ahí mismo si mi situación no fuera peor.
—No hace falta. Estoy seguro de que el culpable ha contribuido a
mantener esas tres estrellas —aceptó volviendo a la fila—. Solo
asegúrese de que lo haga afuera de ahora en adelante, porque no voy
a arriesgar este hotel a la clausura.
Rikan asintió como un pelele.
—Así será señor Collingwood.
—Y dígame, señorita... —Killian se detuvo frente a mí una vez más,
aparentando curiosidad en espera de una respuesta a su pregunta no
formulada.
—Kinsella —mascullé a la fuerza.
—¿Perdón? —demandó él, inclinándose hacia el frente para
escucharme mejor, impregnando mi aire del aroma de su cara loción.
—Kinsella —repliqué con más fuerza.
Me arrepentí de haberlo hecho al instante en el que la mirada
sombría de Rikan me atravesó.
Un simpático hoyuelo apareció en el semblante duro de Killian
Collingwood.
—Bien, señorita Kinsella, dígame: ¿Cómo es su ambiente laboral?
Mi turno de palidecer.
—¿Perdón?
—¿Cómo desarrolla usted y sus compañeros su trabajo? Debe ser una
labor bastante dura, considerando que conviven todos en un área tan
cerrada.
—Nuestra misión en la cocina es brindarles a los comensales un
ambiente acogedor, supliendo las demandas de un paladar exigente.
—Es bueno saber que trabajan duro para mantener esas tres estrellas
Michelín —apoyó.
Exhalé aliviada, pero al parecer lo hice demasiado pronto, pues al
instante contraatacó:
—Señorita Kinsella, ¿usted podría decirme cómo lidian con los
clientes especiales?
«Le escupimos a su sopa, porque Cinthia dice que los sentimientos no
se deben reprimir o enferman tu cuerpo. La verdad es que yo solo lo
he hecho dos veces: la primera fue a la vieja esposa de dueño del
hotel, una bruja maléfica estirada con porte de doncella que no hacía
más que gritarnos en francés».
Ok, que no cunda el pánico, tal vez ni siquiera lo recuerda.
Ahora era mi turno de hacerme la tonta.
—¿Perdón?
Collingwood me dedicó una media sonrisa y se acercó un poco más a
mi sitio.
—Clientes quisquillosos, quejumbrosos, difíciles de complacer, por
ejemplo: mi madre. ¿Cómo la trataría usted en un mal día?
Vale, lo recordada a la perfección. Pero si él podía interpretar de
perlas el papel de un hombre meramente curioso y no el de un
vengador desquiciado, yo podía interpretar el de la empleada
ejemplar. Total, la experiencia sobraba, todos mentíamos siempre
que Rikan aparecía.
Le dediqué mi sonrisa más encantadora y, ladeando la cabeza con
inocencia, respondí:
—La atención excepcional al comensal es nuestra prioridad en la
cocina de los hoteles Collingwood, sin afección a terceros.
Por fortuna, aplicar la dosis necesaria de sarcasmo me permitió
liberar aquella afirmación con evidente naturalidad.
—Es esperanzador saber que los empleados en una de las mejores
cocinas del mundo están tan dedicados a su trabajo —alabó tiñendo el
aire con la misma mezcla de sarcasmo que yo.
—Le aseguro que en esta cocina solo permitimos la entrada a los
mejores chefs, revisamos meticulosamente cada uno de sus
expedientes —intervino Rikan, quizá más confundido de que un CEO
como Killian estuviera hablándole a la becaria dos, en lugar de girar
hacia sus chefs estrella.
—Me imagino —concedió Killian girando nuevo hacia mí—. ¿Qué dice
del francés, señorita Kinsella?, ¿ha sido un requisito útil en la cocina?
«¡Yo ni siquiera sé francés! Aunque lo puse en mi curriculum con
dominancia al ochenta por ciento, la verdad es que te va bastante
bien si aparentas seguridad y de vez en cuando sueltas algún «oui»,
«c'est parfait», de todas formas, nadie en la cocina entiende un
pimiento».
¿Quién necesitaba el francés cuando podía gritarle a su compañero:
«¡Hey, tú, pásame la maldita salsa roja de la tapa verde!», sin
necesidad de buscar otro idioma.
De vez en cuando solíamos soltar un «Merde» si se nos caía la
comida, para que luego no se dijera que no hablábamos francés.
—Oui, c'est parfait. Todo el tempo. Aunque prefiero el criollo
haitiano, si me lo pregunta —respondí sin renunciar al mismo tono y
me mordí la lengua casi al instante. Aquel no era el momento, el
lugar o el hombre con el que podía bromear con libertad.
Rikan iba a matarme.
Para mi grata sorpresa, Killian Collingwood soltó una sonora
carcajada que silenció las miradas de odio que me lanzaban los
profesionales.
Incluso tuvieron que sonreírme por cortesía, cosa que nunca hacían.
Jamás. En absoluto. Cero. Aunque debo admitir que la sonrisa de Jane
se ganó toda la atención. La «Reina del hielo» mostró los dientes.
¡Qué locura!
—Siento no estar a su nivel, señorita Kinsella, el criollo haitiano no es
un idioma que domine por ahora —respondió con amabilidad.
Asentí una sola vez, jurándome no volver a abrir la boca de esa
manera frente a ese hombre una vez más.
—Una última pregunta: ¿Cuál es el trato que recibe en esta cocina?
¿Cómo se siente trabajando con sus compañeros, junto al chef Rikan?
Merde.
Miré la sonrisa que me dedicaba Rikan del otro lado de la cocina,
acompañada de un comprensivo «adelante», formulado por los
gestos de sus labios.
—El chef Rikan es... —Carraspeé y aflojé un poco el cuello de mi
uniforme de puro estrés—. Es el mejor jefe del mundo. —De acuerdo,
tal vez estaba exagerando un poco—. No hay un hombre más amable,
atento y comprensivo que el chef Rikan. —Bien, bien, quizá exageré
demasiado, pero mi carrera pendía de un hilo—. Me siento honrada
de poder trabajar bajo la tutela del mejor chef de mundo.
De pronto me entraron unas terribles ganas de estallar a carcajadas
ahí mismo, pues estaba describiendo con precisión al antagónico de
Rikan.
Al ver la mirada divertida de Killian descubrí que estaba a punto de
echarse a reír también.
Por desgracia, las consecuencias serían muy distintas para ambos, así
que me contuve.
—Excelente. No veo que haya ningún desperfecto —indicó de camino
a la salida—. No les quitaré más su tiempo.
—Oh, no, espere —llamó Rikan obligándolo a frenar en seco—. Podría
entrevistar a los chefs profesionales, seguro ellos tienen mucha
información que proporcionarle sobre nuestra cocina.
—Muchas gracias —declinó—, pero creo que ya tengo la información
que necesitaba. Gracias por su honestidad, señorita Kinsella.
Un brillo de diversión iluminó su mirada y enrojecí.
¿Por qué tenía que pasarme eso a mí?
Capitulo Ocho

—¡Criollo haitiano! —gritó Rikan, tirándose de los pelos que le


quedaban a los lados. Aly, Lizzy y yo manteníamos la teoría de que
así había perdido el del centro—. ¡¿Criollo haitiano?! ¡¿Ese siquiera es
un idioma?! ¡¿O es una de esas revistas de chicas que lees cuando
crees que nadie te ve?!
¿Qué clase de revista se cargaría ese nombre? Siendo honesta ya era
bastante clasista clasificar a un idioma de esa manera.
Y de todas formas tampoco era como si aquello fuera un secreto de
estado.
Rodé los ojos y respondí con soltura:
—En realidad es una de esas palabras clave que usamos en mi logia
supersecreta para tener sexo después del trabajo —se me escapó.
Al instante, cerré los ojos arrepentida de haberle soltado aquello al
Gran Chef.
¡¿Qué demonios pasaba conmigo?! Ese hombre no era uno de mis
amigos, ¡era Rikan! El único hombre que nació sin caja de la risa.
A Simón se le escapó una risita que le costó una mirada fulminante
de Rikan.
Me apresuré a intervenir para minimizar los daños:
—Rikan, lo siento. Es un idioma poco conocido. No sé por qué lo dije,
solo salió, pero puedo pedirle disculpas personalmente, si crees que
es necesario...
—¡Primero pierdo una estrella Michelín antes de dejarte hablar una
vez más con Killian Collingwood! ¡¿Escuchaste?!
Tenía tantas ganas de gritarle a la cara que en realidad no necesitaba
su autorización para hablar con el novio de mi prima, pero preferí,
por mero instinto de supervivencia, dejarlo pasar.
—¡Y ahora todos vuelvan a sus puestos! —gritó poniéndonos en acción
de inmediato.
Comencé a trabajar en una pasta italiana para eliminar el estrés y la
tensión que los gritos de Rikan. La cocina era el mejor medio de
escape para alguien como yo, así que no demoré en perderme dentro
del mar de condimentos en mi misión.
Pocos minutos después, una mujer uniformada me llamó afuera.
—¿Qué sucede?
—El señor Collingwood quiere verte en la sala de juntas —explicó por
lo bajo—. Dijo que te asegures de ser discreta.
—¡¿A mí?!
La mujer me fulminó con la mirada y me recorrió la cara sin gracia.
—¿Eres Claire Kinsella?
Asentí.
—¿Entonces que haces aquí? ¡Muévete! Es un hombre ocupado —
ordenó aplaudiendo al aire, demostrando el estrés al que todos en ese
hotel estábamos sometidos.
—Espera, ¿a dónde se supone que tengo que ir? —pregunté
siguiéndole el paso—. ¡Ni siquiera sabía que teníamos oficinas!
Giró un poco, solo lo suficiente para mirarme como si fuera
retrasada.
—Es en el último piso, obviamente.
—¡Son muchas escaleras!
—¡Usa el elevador!
—¡El elevador está prohibido para los empleados!
—¡Esta es una emergencia! ¡El dueño de todo esto necesita hablar
contigo! ¡Deja de buscar excusas y ve de una vez!
Entonces desapareció en los departamentos de administración y
turismo, uno de los muchos departamentos que el señor Collingwood
había implantado en todos sus hoteles.
Genial.
Volví a la cocina a decirle a Lizzy que necesitaba salir unos minutos
con urgencia. Cuando ella aseguró que me cubriría, caminé con más
confianza hacia la oficina de Killian Collingwood.
A mi lado, en el elevador, una mujer de cabellos rojos pulcros y
ordenados, que gritaban laca cara por todos lados, me miró de arriba
a abajo horrorizada.
Había olvidado quitarme el uniforme.
Me deshice de la red para el cabello, del delantal negro y me limité a
quedarme con los pantalones y la filipina, en especial porque de
camino decidí que con el calor que podía hacer dentro de la cocina,
era mejor no llevar nada debajo. De todas formas, no era como si
alguien fuera a husmear bajo mi ropa. En mi opinión: había tomado
la decisión correcta.
Cuando llegué a la cima del hotel, alisé por costumbre mi pantalón
oscuro antes de salir, y llamé a la secretaria cuando lo hice.
—Disculpe...
—¿Señorita Kinsella? —reconoció la mujer de inmediato—. El señor
Collingwood la espera.
Me quedé de piedra. Hasta el momento no había caído en cuenta.
¿Iba a despedirme? ¡Dios! Sabe que le escupí a la sopa de su madre,
sabe que no hablo francés, que tiramos pelos en la salsa de tomate de
Rikan, que odio a mi jefe y a los profesionales y vete a saber qué
otras cosas le dije la noche del bar sobre Nick.
Estaba pedida.
O tal vez no.
Si quería despedirme podría haberlo hecho enviando a alguno de sus
lacayos, ¿no? No tenía que verme para hacerlo.
Tal vez un sentimiento de lástima nació entró de él y ahora deseaba
darme un aumento o una plaza fija.
Aunque por eso también podía enviar a cualquier lacayo.
Un carraspeo me despertó de mi debate interno. La secretaria me
apremiaba con una seña con la cabeza.
—Lo siento.
Me armé de valor y entré a la oficina de Killian con kilos y kilos de
actitud, fuerza y decisión perdidos en el limbo.
—Buenos días —saludé entrando a la oficina y clavando la mirada en
el hombre que leía despreocupado el periódico del día sobre una silla
al fondo de un largo escritorio ovalado.
—Buenos días, señorita Kinsella —respondió dejando el periódico a
un lado, permitiéndome ver así, sus cabellos despeinados y el intenso
azul de su mirada contrastada dentro de una habitación gris, donde
pude comprobar que a solas era mucho más intimidante—. ¿Qué tal
su día de trabajo?
—Bien.
Su mirada penetrante me escudriñó con detenimiento y cuando por
fin pareció decidirse por hacer a un lado las formalidades rompió el
silencio.
—Claire, toma asiento por favor —indicó con un gesto.
Me senté sintiendo cómo el miedo daba rienda suelta a mi boca una
vez más. Era como un vómito verbal.
—Mira...
—¡Es injusto! —salté inclinándome un poco hacia el frente.
—¿Perdón? —preguntó confundido, luego de cerrar la boca dos veces
sin saber muy bien cómo responder.
—No puedes despedirme solo porque escupí sobre la sopa de tu
madre —solté—, eso es tan poco profesional y mezquino...
—¿Mezquino? —cortó con inquietud—. ¿No te parece que escupir en la
sopa de un cliente, quien quiera que este sea, es mucho más
mezquino?
—¡No se supone que deberías de saberlo! ¡Es una violación directa a
mi privacidad!
—Yo no te pedí que me contaras nada, a ti se te soltó la lengua justo
como ahora.
—¡A mí no...!
Me silenció con el simple gesto de levantar la mano. Como un
hipnotista profesional.
—No te he llamado para discutir sobre las comidas de mi madre...
—¿Es por lo de los pelos en la salsa de Rikan? Mira, lo siento, ¿sí?,
pero veces simplemente es un ogro y...
—No te llamé para hablar sobre tu tirano jefe ni sobre sus extraños
métodos de venganza y antes de que lo menciones —me cortó—,
tampoco me interesa que nadie en la cocina parlé francé.
—Eso no es justo —defendí provocando que su ceja arqueada hiciera
la pregunta que sus labios no exteriorizaron—. Si hablamos francés.
—¿De verdad? —preguntó con falso interés.
—Sí, de hecho podemos insultarnos en seis idiomas.
Al instante me arrepentí de haber saltado más confesiones sin pensar
un solo segundo.
Arqueó ambas cejas sin más expresión.
—Es un gusto que sepan pasar el rato. Ahora, si no te importa, tengo
asuntos importantes que atender y, nunca creí tener que pedir esto
en la vida, pero te agradecería que me escucharas unos minutos.
—Bien, yo también tengo cosas importantes en la cocina.
¿Qué se creía que era el único ocupado? Yo estaba haciendo una
deliciosa pasta italiana cargada de ira algunos minutos atrás.
—Tranquila, las sopas y las salsas pueden superar a los escupitajos.
—¡No le escupimos a todas las sopas! —defendí.
Solo a las de tu madre y su círculo social.
—Como sea. Necesito que no menciones a nadie que tengo una
relación con tu prima.
Vaaayaa.
Bueno, la verdad es que, en su lugar, yo también estaría avergonzada
de salir con Adrianna.
—¿Por qué?
—No queremos hacerlo público todavía. Ni ella ni yo estamos listos
para lidiar con la prensa —explicó.
Lo pensé un par de segundos ante de contraatacar.
—Bien, no hay problema.
—Excelente...
—Pero, tengo una condición.
La expresión de Killian cambió a una fachada de completo
desconcierto.
—No tienes una condición, tú tienes que obedecer, es tu trabajo,
ahora vuelve a la cocina a batir pimientos o lo que sea que hagas
cuando no le escupes a la comida.
La sangre comenzó a descender hasta mis piernas.
Odiaba eso. Odiaba que las personas desprestigiaran el trabajo en la
cocina. Como si cocinar no fuera complicado.
¡Y los pimientos no se baten!
Me puse de pie y choqué las palmas contra la mesa. Dolió, pero no
podía demostrar debilidad, mi siguiente afirmación perdería el efecto
deseado.
—Tengo una condición y puedes despedirme ahora, pero espero que
estés listo para lidiar con las cámaras con esta nota. Y desde ya te
digo que no van a tardar en darse cuenta de que Adrianna tiene de
vegana lo que yo tengo de Química industrial con doctorado en
aeronáutica y procesos en facturación. Espero que estés listo para
lidiar con sus berridos, que son mortales los primeros días de cada
mes.
Silencio.
Duelo de miradas.
Aparta la mirada, por favor, aparta la mirada... Voy a perder, Dios,
voy a perder. Fue bueno trabajar aquí... Bueno, en realidad no, pero
me habría servido para el currículum. Vamos, aparta la mirada.
—Esa ni siquiera es una carrera —dijo al final, aunque sin partir la
mirada.
—Exacto, ese es el objeto.
—Bien, te escucho.
Abrí los ojos a su máximo poder.
¿De verdad funcionó?
—Am... Bueno, ahora son dos cosas... La primera es que no me
despidas por esto.
—Lo imaginé.
—La segunda es que no le digas a Adrianna... ni a ningún miembro de
mi familia, que trabajo como becaria en este lugar.
—¿Por qué?
Negué con la cabeza.
—No es relevante.
—Yo te di una explicación y créeme, Claire, yo no doy explicaciones ni
acepto tratos sin contrato, así que habla.
—No lo entenderías, son... cosas del corazón y no te ofendas, pero no
pareces la clase de chico que escribe poemas en su libreta a
medianoche.
—Tal vez no lo soy, pero no necesito serlo para entenderlo. Tengo una
maestría en finanzas y tres doctorados.
—Esto va más allá de los números.
—Ponme a prueba.
Suspiré.
Una parte de mí lanzaba advertencias desesperadas a mi cerebro.
Con la voz de mi hermano me pedía que guardara el secreto, porque
no podía correr el riesgo de confiar en la persona equivocada.
—Tengo un hermano.
Killian arqueó una ceja con indiferencia.
—Qué envidia.
—Quiero decir, un hermano que no..., no conoces. No hablaron de él
en la cena familiar.... No hablan de él nunca.
Parece que aquello fue capaz de despertar sus sentidos, pues al
instante, su expresión cansada desapareció abriéndole paso a la
curiosidad.
—Él se fue por mucho tiempo —continué—, pero ahora volvió... Solo
para mí y necesita mi ayuda.
—¿Qué clase de ayuda? —preguntó interesado.
—Económica. Mis padres prometieron ayudarme a pagar la
universidad hasta que consiguiera un empleo. Si pierdo ese dinero no
podré ayudarlo más.
—¿Y no trabaja?
—Es complicado. Ya te he dicho demasiado, tendrás que quedarte con
eso.
Su mirada escrutadora me estudió un par de segundos antes de
acceder.
—Bien, de acuerdo. Es un trato.
Asentí y di media vuelta dispuesta a volver a la cocina a terminar la
pasta italiana. Entonces recordé que aún le debía algo a Killian.
—Kill...ian —llamé con tres tazas de temor y nada de seguridad.
Killian tomó el periódico y examinó la primera plana con curiosidad.
—Dime —cedió taciturno.
—Respecto a... la noche en el barecirto... Lo que dije... Yo...
—¿Quieres recordarlo?
—¡No! —salté horrorizada—. ¡Por supuesto que no!
Sabe Dios que habré dicho en ese lugar y en ese estado. Mi vergüenza
ya había alcanzado niveles exorbitantes basada únicamente en
corazonadas, lo último que necesitaba era confirmarlas.
—Bien, está olvidado —aseguró sin despegar la mirada del periódico
que tenía entre manos.
—Gracias —me despedí sintiéndome aliviada.
Pero al dar la media vuelta algo cambió. La curiosidad y el miedo me
mataban. Nunca fui de las que huían de sus problemas, si había algún
monstruo en frente sabía que tenía que enfrentarlo, de otro modo
volvería tarde o temprano.
Giré de vuelta hacia él.
—Lo llamé, ¿verdad? —tanteé mordiéndome el labio con nerviosismo.
Él despegó los ojos del periódico y me miró directo, con una mezcla
de curiosidad y pena.
—¿Te haría sentir mejor si te dijera que no?
—Sí.
Killian sonrió con inocencia y ladeando la cabeza aseguró:
—Sí, lo llamaste y luego lo golpeaste. ¿Dónde aprendiste a golpear
así?
—¡¿Qué hice qué?! —gruñí antes de dejar caer la cara entre las
manos.
—Y le dijiste que odiabas cómo te besaba, la música de rap, a su
madre, su aromatizante para el carro...
—¡Eso no es verdad!
—¿Y yo cómo iba a saber que tiene un aromatizante en forma de pino
dentro del carro?, ¿o qué le toma fotos a su comida, o que da unos
masajes terribles, que llenabas el tazón de su perro con cloro?
Gruñí y dejé caer la cabeza sobre la mesa.
Estaba perdida.
—Espera, tengo una mejor: Si pudieras tener un superpoder no sería
el poder de robar su corazón.
Gruñí más fuerte y levanté la cabeza enfadada.
—¿Qué más le dije?
Tenía que estar preparada para disculparme cuando le viera.
—Le gritaste que odiabas los libros de Coelho que te regalaba, que no
entendías Cumbres borrascosas y que Jane Austen estaba
sobrevalorada.
—¡Dios santo! ¡¿Cómo pude hacer algo así?!
Él tomó el periódico y volvió a la importante tarea de examinarlo.
—No te preocupes, te metí al auto antes de que terminaras de cantar
las de Christina Aguilera. —Al fin despego los ojos de periódico y me
miró sobre el borde superior de las páginas—. De nada.
Me quedé sin palabras.
Era un monstruo. Un monstruo insensible que soltó todas sus cargas
e inseguridades sobre un pobre hombre que solo respondió a mi
llamada. A fin de cuentas, pudo haberme dejado tirada a mi suerte en
el bar.
—Tengo... Tengo que disculparme.
—No lo hagas, no lo llames —advirtió, dejando el periódico sobre el
escritorio para regalarme toda su atención.
—¡Merece una disculpa!
—No merece nada.
—¡¿Escuchaste lo que dije en ese bar?!
—Sí, y también escuché lo que él te dijo a ti.
Al instante pareció arrepentirse de haber soltado un cabo con tanta
facilidad.
Ahí fue cuando comencé a sentir el verdadero pánico y vergüenza
sobre mí misma.
—¿Qué fue lo que me dijo? —vacilé.
—Eso ya no importa. —Negó y retomó su periódico, huyendo de mi
mirada—. Solo olvídalo.
—¿Qué fue lo que me dijo?
—Solo olvídalo. Ni siquiera merece que pierdas tu tiempo pensando
en él.
—Él es importante para mí...
—Pues no debería serlo. Lo superarás —aseguró frunciendo el ceño en
torno al periódico.
—Dime qué fue lo que me dijo, por favor..., ¿por Adrianna? —probé.
Sonrió de lado sin mirarme.
—Buen intento.
—¡Lo sabré de todos modos!
Extendió el periódico sobre el escritorio de cristal y me miró con
atención.
—Bien, pero no será de mi boca. Yo no voy a repetir las palabras de
ese imbécil y no creo que ningún hombre que se considere un
caballero repita algo así. Así que solo olvídalo. Alejarte de él es la
mejor decisión que has tomado.
—¡Bien! ¡Lo descubriré de todos modos!
Los labios de Killian se curvaron hacia abajo en un gesto de total
indiferencia.
—Como quieras.
—Gracias —espeté molesta.
—Por nada —respondió en torno al periódico.
—Sí gracias —repetí.
Killian frunció el ceño antes de repetir:
—Sí, de nada.
Y de un gruñido, cerré la puerta detrás de mí.
Capitulo Nueve
Volví a la tarea de preparar la pasta italiana con violencia. En mi
mente se proyectaban imágenes taciturnas de la noche de Navidad.
Un golpe, sangre, dolor en mi mano, mi garganta lastimada. Todo lo
que Killian dijo debió ser cierto.
Tenía que disculparme con Nick.
—¿Estás tratando de añadir un nuevo ingrediente a la pasta? —
cuestionó Lizzy, observando sobre mi hombro los cortes que
realizaba a tres filas de zanahorias—. Algo así como dedos, ¿tal vez?
Afiné el corte de mis zanahorias con efusión. De inmediato, una mano
a la derecha me arrebató el cuchillo con brusquedad.
—Oye, te vas a lastimar —advirtió Simón, con la misma mirada dura
que usaba para advertirnos que la carne ya tenía suficiente sal.
—Sé cortar zanahorias...
—Y yo sé llamar al cirujano. Déjenla vivir —soltó Jane, del equipo de
los profesionales, trasladando una olla de aluminio detrás de
nosotros—. Rikan quiere una pileta de sushi. Una embajadora de
Japón vendrá hoy a hablar con el señor Collingwood y los quiere
apilados en montaña.
—¿Sabes si vio mi proyecto de investigación? —pregunté
esperanzada.
Había trabajado tanto en ese proyecto, que pensé que valía la pena
presentarlo a un restaurante real, donde tuviera la oportunidad de
ver la luz y no se quedara en el olvido de un archivador en la
universidad con un simple sobresaliente.
—Ah, el proyecto de nombre... Exótico. Sí, dijo que es una basura
igual que todo lo que sale de esta cocina y que si veía otra cosa como
esa se regresaba a París —dijo antes de dar media vuelta y
desaparecer en la cocina de los profesionales.
—Bruja maldita —murmuró Aly, clavando las dagas de su mirada en
la puerta que dividía la cocina de los profesionales y la de los
becarios, que a veces también era la de los profesionales castigados.
—Lo ha inventado todo —aseguró Lizzy, vertiendo sal y especias
sobre la pasta.
—¿En serio? Porque a mí me suena como algo que Rikan diría —me
encogí de hombros.
Simón se acercó y me miró con compasión.
—Rikan es un imbécil que se cree superior a todo el mundo y no
escucha a nadie más —aseguró con firmeza antes de volverse a Lizzy
detrás de mí—. Oye es suficiente sal.
—Simón tiene razón —tranquilizó Aly—. Además, a mí me pareció un
proyecto grandioso, puedes llevarlo lejos sin ayuda de Rikan.
—Cierto, algún día tal vez hasta te pida trabajo en tu propio
restaurante de tres estrellas Michelín —propuso Lizzy.
Simón y Aly degustaron la idea.
—Cierto. Entonces podrás enviarlo a la cocina más fea y fumar sobre
su hombro —sugirió Simón ates de quitarle el brócoli a Lizzy—. Esto
no debería llevar verduras.
—¡Deja mi pasta!
—Técnicamente, es la pasta de Claire.
—Se las regalo —solté en un suspiro.
—¿Lo ves? Me la regaló, ahora puedo ponerle verduras...
—¿Qué te hace pensar que te la regaló a ti?
—Ella dijo que...
Dejé de escuchar cuando mis codos reposaron sobre la barra de
cortes, sosteniendo mi cabeza.
Probablemente ni siquiera abrió el folder con el proyecto. Aunque,
siendo sincera no entendía muy bien lo que esperaba. Rikan era un
hombre ocupado, duro y difícil, estaba claro que no iba a perder su
tiempo con absurdos proyectos de universidad.
Un estruendo en la puerta principal nos sobresaltó. Rikan hizo su
entrada acostumbrada, azotando ambas puestas de par en par.
Por instinto, todos nos erguimos y acercamos a su disposición. Así
funcionaban las cosas en la cocina de Rikan, todos estábamos para
servirle.
—Becaria dos y tres. Serán meseras esta tarde en la sala de juntas.
Nuestras principales fueron despedidas y se les cedió el honor —
anunció Rikan arrojando dos uniformes negros hacia nosotras—.
Entran en treinta minutos.
—¿Meseras? —pregunté sin poder ocultar demasiado el enojo e mi
voz.
—Pero...
—¿Pero? ¡Ustedes no tienen derecho a poner objeciones! Ustedes no
conocen la palabra «pero», ¿entienden? —replicó—. Bórrenla de su
cabeza. Las espero en la oficina en treinta.
Dicho lo anterior, salió pitando con furia. La verdad es que no había
mucha diferencia entre sus salidas previas y su salida actual.
Aly y yo intercambiamos una mirada abatida.
—¿Siquiera tenemos oficinas?
Sonreí sin ánimo.

****

La junta era increíblemente aburrida. Nuestra tarea consistía en


servir la mesa y esperar detrás por si alguien necesitaba algo. Pero
nadie necesitaba nada.
—Yo creo que la idea de las mentas en el baño es buena —secundó el
gerente de administración.
—¿Cómo es que poniendo mentas en los baños vamos a aumentar el
número de reservaciones? —exigió Rikan con incredulidad.
De acuerdo, el tipo era el ser más insensible y despreciable del
mundo entero, pero debía admitir que tenía razón. Uno no va a un
hotel por las mentas del baño.
El proyecto Food Porn. Seguro funcionaría si le dieran la
oportunidad. Era una pena que yo no tuviera voz ni voto en ese
comité.
—Puede funcionar —secundó el gerente de los hoteles del norte—, yo
me estoy quedando en el Betmont y están saturados.
—Espera, ¿trabajas para los hoteles Collingwood y te hospedas en el
Betmont? —preguntó ofendida la jefa de recepcionistas.
—Bueno tienen mentas —se excusó con obviedad.
Claro, mentas. Duh.
Su argumento era tan absurdo que me entró la risa. Para reprimirla
tuve que morderme el labio y bajar la mirada pensando en cosas
tristes como imaginar a mi proyecto Food Porn en la trituradora de la
oficina de Rikan. Listo, ya no existían las ganas de reír.
Por el rabillo del ojo pude percibir la mirada escrutadora de Killian
Collingwood sobre mí.
—¿Qué piensa sobre eso, señor Collingwood?
Todas las miradas se volvieron a Killian, quien ahora los observaba a
todos con el mentón sobre los pulgares, los índices en extensión
sobre la nariz y la mirada irritada más indiferente que había visto
jamás.
—¿Es todo lo que tienen?
La sala entera quedó sumergida en un profundo silencio.
—Aún falta la propuesta gourmet —tranquilizó Rikan, a quien le falló
la voz de pura emoción.
Killian suspiró con fastidio y mirando el reloj en la pared, le indicó a
Rikan con un gesto que prosiguiera.
Rikan tomó el mando de la reunión con una bonita presentación
sobre la comida y la historia de cómo ganó sus tres estrellas
Michelín.
—¿Eso es todo lo que tiene? —preguntó Killian con fastidio.
—Es la historia y la importancia que tiene la cocina en los hoteles
Collingwood.
—Señor Fitzgerald, nunca he puesto en tela de juicio la importancia
que tiene su cocina en esta cadena de hoteles —aseguró Killan,
perdiendo un poco la paciencia—. Sin embargo, los he llamado para
desvelar propuestas, proyectos que regresen a los hoteles
Collingwood a la vida, si hubiera querido conocer la historia le habría
pedido uno de los folletos que repartió arduamente el año pasado.
La cara de Rikan cambió de piel a rojo. Estaba a punto de explotar.
Los recuerdos de los folletos nos trajeron escalofríos a Aly y a mí. El
año pasado Rikan se encargó de que todo el hotel se enterara de sus
tres estrellas Michelín. Y, para ser honesta, aquellos momentos
fueron un bloque bastante perturbador.
—Bueno, mi trabajo es asegurarme de que la cocina funcione a la
perfección, no estoy aquí para simplificarle la vida —respondió mi
jefe sin tentarse el corazón.
La sala cayó en un nuevo silencio sepulcral, esta vez más cargado de
miedo, sorpresa y expectación que el anterior.
Collingwood sonrió e inclinándose un poco hacia el frente, preguntó:
—Déjeme ver si entendí. Fue llamado como representante de todos
los restaurantes de esta línea de hoteles a una junta de consejo y se
presenta sin un consejo.
—Mi trabajo...
—Su trabajo aquí es acatar órdenes...
—¡Ya llegó el proyecto! —exclamó Aly, corriendo hacia Rikan, con una
memoria USB en alto.
—¿De qué proyecto hablas? —reclamó Rikan todavía con la cara roja.
—¡Food Porn! —reveló ella con alegría mientras enlazaba la
computadora al proyector otra vez.
—¡¿Food Porn?! —saltamos Rikan y yo con el mismo espanto grabado
en la mirada.
—Es un proyecto que la señorita Kinsella presentó un mes atrás —
explicó hacia Killian—. No recibió respuesta, seguramente porque el
señor Fitzgerald estaba buscando las palabras adecuadas para decirle
que su proyecto era maravilloso sin sonar como un efusivo acosador,
¿cierto, señor Fitzgerald?
—No... ¡No! —se apresuró a responder—. Ese trabajo es terrible, es un
título vulgar, las ideas no tienen sentido. ¡Yo no lo apruebo!
Vale, si creía que su cara no se podía poner más atomatada era
porque no había mencionado el proyecto Food Porn frente al señor
Collingwood.
—Bueno, usted no tiene un proyecto para presentar. Ella sí. Siéntese
y deje que nos muestren el suyo.
—Por supuesto que no...
—Ah, señor Collingwood —llamé atrayendo todas las miradas—, no
creo que sea una buena idea, no es un proyecto profesional. Me temo
que mi amiga es muy optimista.
Esperaba una reprimenda, esperaba que me dijera que dejara de
jugar con su tiempo y que no me atreviera a presentar un proyecto de
universidad una vez más ni de chiste.
En cambio, entrecerró los ojos en mi dirección y preguntó con
curiosidad:
—¿No debería de estar en la cocina?
—Es un honor que me cedieron el día de hoy —mentí mostrando una
sonrisa fingida.
—Ya veo, su alegría es tangible —respondió de igual forma, con un
brillo divertido en la mirada.
—¿Qué puedo decir? Estar aquí parada, ocupando un puesto para el
que no he practicado toda mi vida me hace tan feliz. En especial
cuando no podría estar haciendo nada mejor —reproché con una falsa
sonrisa.
Un hoyuelo simpático apareció en la mejilla de Killian, opacado por el
resto de su semblante serio y taciturno.
Por fortuna, Rikan no era un genio en materia de sarcasmo, así que el
comentario le pasó de largo.
—Muy bien, señorita Kinsella, ilústrenos —indicó Killian dejándose
caer en el respaldo de la silla.
—Señor Collingwood, yo... no creo que este sea material para...
—Señorita Kinsella, es una orden. Además, yo tampoco tengo nada
mejor que hacer —contraatacó.
Carraspeé buscando valor dentro de mí, encontrando solo retazos de
la valentía desgarrada que me había sido robada de pequeña, cuando
todos los niños eran valientes.
Sentí ganas de vomitar, pero no podía dejar que el miedo me
paralizara, así que respiré profundo y comencé a parlotear sobre
todo lo que escribí en mi proyecto.
Básicamente, el proyecto hablaba sobre la importancia psicológica en
el mundo del marketing, incentivándolos a colocar palabras que las
personas encontraban incómodas o prohibidas en las campañas de
publicidad, acompañadas de colores que llamaran la atención del
espectador según su personalidad.
—La mayoría de los logotipos en industrias de comida utilizan el
color rojo como perceptivo principal. En la psicología del marketing,
el rojo se asocia al deseo, al poder, a la vitalidad y a la energía.
También se ha usado como tratamiento para la depresión estacional,
parte de este tratamiento es exponer a las personas a vestimenta y
ambientes específicos en rojo.
El rojo agudiza los sentidos del olfato y el gusto. Evolutivamente,
despierta en nosotros el interés, la preocupación y alerta. Nuestros
antepasados asociaban el rojo a la sangre, la sangre a heridas, las
heridas a la muerte. Es por esto que nuestro interés hacia el rojo es
casi instintivo, el cerebro lo asocia con algo importante, algo que
merece atención.
—No entiendo a qué quiere llegar con todo esto —espetó el gerente de
sistemas.
—No más cartas blancas. Cambiemos en menú. Pongamos la carta en
rojo y las letras en dorado, despertemos los sentidos de los
comensales, tenemos que hacer que deseen conocer el contenido...
—¿Disculpa, eres líder de marketing? Eso no te concierne —reprochó
la jefa de recepción.
—¿Tenemos un líder de marketing? —preguntó Killian recorriendo la
mesa con la mirada.
—Sí, pero tuvo una emergencia y no pudo llegar —avisó un hombre al
fondo.
—Entonces tiene suerte de que alguien haya venido a hacer su
trabajo. Señorita Kinsella, continúe —indicó con un gesto de la mano.
Resistí el predominante impulso de sacarle la lengua a la jefa de
recepción y, en cambio, continué.
—Pero no podemos simplemente cambiar la carta. Tenemos que
cambiar el menú, al menos agregar platillos nuevos o innovar los que
ya están...
—¡Es una tontería! —descartó Rikan traicionando de rojo a verde en
un tiempo récord.
—No lo haríamos con todos los...
—¡Mi respuesta es no! —saltó Rikan, inclinándose hacia el frente.
Ignorando el golpe seco de la palma de Rikan contra la mesa,
continué con la presentación mostrando los platillos que tenía como
propuesta.
Sushi de colores, hamburguesas de pan de chocolate, hot dogs de
canela, pizzas de fresa, kiwi, plátano... Tantas ideas, tantas
posibilidades.
—De esto se trata el proyecto Food Porn, de seducir al comensal con
innovación.
—¡Me niego a cambiar la carta! ¡No conseguimos tres estrellas
Michelín coloreando comida o mezclando sabores!
—Pero ni siquiera lo ha intentado —chillé agudizada,
arrepintiéndome al instante de sonar como una niña pequeña.
Tenía la esperanza de que mi tono hubiese pasado por alto, pero la
sonrisa de la jefa de recepción me avisó que no había sido así.
—¡Porque es una tontería!
—Pero...
—Señorita Kinsella, gracias —silenció Killian—. Rikan, adelante.
—Es un proyecto de universidad, ni siquiera es algo profesional.
—Bueno, yo diseñé la aplicación Crackface para un proyecto de
universidad —argumentó Killian como si hablara del clima.
Y yo no pude ocultar mi sorpresa.
—¡¿Crackface?! ¡¿Tú diseñaste...? ¿Usted diseñó Crackface?!
La mejor red social creada hasta el momento. No existía nadie en el
mundo que no tuviera perfil en Crackface. Yo amaba Crackface, de
hecho, un test en Cosmopolitan arrojó resultados alarmantes sobre
mi nivel de adicción a la aplicación, me catalogaron como «adicta de
alto riesgo». Lo mejor es que, junto al resultado, venía el teléfono de
un buen psicólogo al que, en definitiva, iba llamar... algún día,
cuando ejercitara mi fuerza de voluntad un poco más.
—Sí, lo dije cuando... —se cortó a media oración, quizá dándose
cuenta de que estaba por revelar información que no debía ser
expuesta en una junta de trabajo como aquella, y rectificó—, cuando
llegué al hotel.
«Lo dije en la cena de Navidad, tonta despistada», era lo que quería
decir.
—¡Ni siquiera sabe para quién trabaja! —señaló Rikan.
—Ese proyecto es una basura —aseguró el hombre de las mentas en el
baño.
—Tal vez —concedió Killian—. La presentación es deficiente, las bases
no son nada confiables, la señorita Kinsella no tiene la experiencia
laboral que demanda el puesto de liderazgo que está ocupando hoy y
ni siquiera parece tener una vaga idea del rumbo de este hotel fuera
de la cocina —dijo sin apartar la mirada de mí.
Vaya, pues gracias.
De todas formas, la idea de presentar el proyecto Food Porn fue una
auténtica pérdida de tiempo desde antes de que abriera la boca.
Rikan iba a matarnos, iba a romper nuestras extremidades y a trozar
sus partes. Tal vez incluso los usaría de pisapapeles.
—Pero la idea es buena —continuó—, creo que podría funcionar.
—¿Qué está diciendo? —reprochó Rikan—. No estará confiando en...
—Señor Fitzgerald, con todo respeto, lo único que tenemos hora es
Food Porn, la propuesta de la señorita Romannoli sobre regalar
paraguas en las lluvias y la propuesta del señor Feerink sobre las
mentas en el baño. Hasta ahora la propuesta de la señorita Kinsella
es la mejor basura que he escuchado.
—Hum... ¿Gracias?
—Ella no tiene sentido de la responsabilidad, no le importará
fallarnos y dejar el proyecto tirado, después de todo es una becaria,
¿qué puede perder?
Killian arqueó una ceja en mi dirección. Sé que esperaba una
respuesta, pero yo no sabía bien como debía responder en un
momento así. Me tomaron con la guardia baja.
—Hum... Yo... Tengo un promedio excelente, me gané esta beca... ¡Y
vamos!, he soportado los gritos de Rikan durante seis meses, a estas
alturas muchos ya se han ido.
Me arrepentí al instante de haber soltado aquello sin pensar, pero lo
dicho estaba dicho.
Rikan me miró mal y Killian curvó los labios hacia abajo antes de
asentir.
—¿Puedes traer una carta de consentimiento, una carta de aprobación
del director y una copia de tu historial académico firmada por el
mismo?
—Sí.
—Perfecto. Está a cargo del proyecto. Rikan, usted va a supervisarlo
—concluyó Killian—. Señorita Kinsella, quiero esos documentos junto
a un proyecto de planeación mucho mejor que la deficiente
presentación que acabamos de ver, con el resto de los documentos
académicos. Son para ayer.
—¿Para ayer?
—Que te estás tardando. Hazlo cuanto antes —explicó una mujer
exasperada.
—¿Va a escuchar a una becaria antes que a nosotros? —protestó el
hombre de las mentas.
—¿Sabe qué? ¿Quiere poner mentas en los baños? Bien, ponga mentas
en los baños —concedió—, ¿y usted quiere regalar paraguas, bien,
regale los paraguas. Esta junta terminó.
Capitulo Diez

—¡No puedo creer que lo hayas hecho! —recriminé a Aly en la cocina.


Vociferaba hiperventilando. El resultado de aquella junta era una
locura, una completa locura por donde se viera.
—¡Ni siquiera yo puedo creer que lo haya hecho! —declaró
cubriéndose la cara con ambas manos—. ¡Lo siento! Solo creí que te
habías esforzado demasiado con ese proyecto y era injusto que nunca
viera la luz y yo... ¡Dios, Rikan va a despedirme!
Cuando vi el abatimiento en la fachada de mi amiga, todo el enojo se
derritió y escurrió por mi cuerpo. Ella tenía más problemas que yo
ahora.
—¿Qué pasa?, ¿de qué están hablando? —inquirió Simón batiendo
uvas y crema en una cacerola, con Lizzy detrás de él.
—Aly mostró mi proyecto en la junta de hoy y fue seleccionado por el
mismo Killian Collingwood. Rikan está echando chispas. Se quedó
con el señor Collingwood después de la junta a intentar convencerlo
de que es una idea estúpida —expliqué con las manos en la cintura y
la mirada en el suelo de mármol.
—¡¿Qué ella hizo qué?! —preguntaron al unísono con una mezcla de
asombro, admiración y miedo.
No los culpaba, yo tenía los mismos sentimientos encontrados. Una
parte de mí quería brincar a la espalda de Aly para golpearla en
repetidas ocasiones, y la otra solo quería abrazarla hasta que mi
amor la hiciera explotar.
—Rikan te va a matar —aseguró nuestra compañera de departamento.
—¿Cómo te atreviste siquiera a mencionarlo? —reprochó Simón.
—¡Becaria dos y tres! —llamó Rikan a gritos, entrando a la cocina con
violencia—. ¡Un paso al frente!
Aly y yo dimos un paso al frente en automático, mientras el resto
fingía volver a sus labores.
—¡Una cosa! ¡Solo le pido a los becarios que hagan una cosa! Y lo
echan a perder ¡¿De quién fue la idea?! —gritó la pregunta muy cerca
de nuestros rostros.
—Fue mía —respondimos las dos.
—De ambas —corregí.
Aunque no había estado en mis planes hacer algo así, pienso que, de
manera indirecta, mi fracaso hizo mella en el pobre, sensible y
atolondrado corazón de Aly orillándola a tomar esa aventurada
decisión.
—Bien, pues estás despedida —le dijo a Aly con dureza.
—¿Qué? ¿Por qué ella?
—Porque, por desgracia, el idiota de Collingwood cree que tu
proyecto tiene futuro y no puedo despedirte... Aún.
—Tampoco a Aly —me apresuré a asegurar—. Ella es... la... co-
diseñadora de... gourmet. La necesito en este proyecto.
¿Co-diseñadora de gourmet?, ¿en serio?, ¿eso siquiera existía?
—¿Eso siquiera existe? —cuestionó Janne apareciendo de la nada
detrás de Rikan.
La mirada de Rikan se endureció en mi dirección. Estaba perdida, de
eso no cabía la menor duda.
—Bien, háganlo, solo les diré una cosa: espero que disfruten de este
juego porque cuando terminen de presentar el proyecto se van, ¡y no
esperen una carta de recomendación de mi parte!, de hecho, si fuera
ustedes no mencionaría que trabaje aquí jamás.
Dicho lo anterior, cerró la puerta de golpe al salir hecho una furia.
Janne rodó los ojos.
—Tenían una oportunidad y la dejaron ir. Solo tenían que obedecer,
¿es tan difícil hacerlo?
Luego ella le siguió.
—Bueno, al menos conservamos nuestros trabajos —consolé.
—Por ahora —recordó Aly.
—¡Hey! Alégrense, el proyecto vio la luz —animó Lizzy acercándose
con cautela,
Bien, al menos algo bueno salió de todo aquello. Si no se tenía en
cuenta que aquella fue la causa del problema, la perspectiva era
mucho mejor.
—Tranquilas, si el proyecto funciona tendrán el trabajo seguro —
aseguró Simón.
—¿Pero si falla?
Sí, así es, no confiaba en mí misma y menos cuando el empleo de mi
amiga dependía de eso.
—Pues... Probablemente hayan perdido la oportunidad de usar el
nombre de Rikan y este restaurante en su currículum —admitió con
pesar—. Pero creo que el proyecto es bueno, tiene posibilidades,
deberían de estar felices, no cualquier becario logra llevar su
proyecto a la práctica antes de titularse.
Después de procesarlo mejor, llegue a la conclusión de que tenía
razón. Mi proyecto iba a ser utilizado por una de las cadenas de
hoteles más grandes del mundo. Y no solo eso, Rikan Fitzgerald iba a
supervisarlo.
¡Mi proyecto!

****

La mejor forma de celebrar en la cocina de los becarios era


preparando una buena tarta de crema de cereza, eso y una dosis
musical siempre podían levantarnos el ánimo.
I'm in love with the shape of you
We push and pull like a magnet do
Although my heart is falling too
I'm in love with your body
And last night you were in my room
And now my bedsheets smell like you
Every day discovering something brand new
I'm in love with your body
Oh-I-oh-I-oh-I-oh-I
—I'm in love with your body —canté revolviendo la crema con el jugo
de cereza y, ¿por qué no? Llevándome de paso una cereza a la boca.
De pronto, un carraspeo nos sacó de nuestra zona de paz.
Al girar y descubrir la expresión horrorizada de Simón junto a la
expresión divertida en el rostro de Killian, mi equilibrio falló,
llevándome a caer de sentón con el cazo de crema.
El grito que se me escapó al caer, no me hizo sentir ni un poco
orgullosa.
Aly, por otro lado, se limitó a sostenerse con fuerza del horno para
no ir a dar al piso como yo. Ella sí tenía reflejos.
Pronto, una mano se extendió frente a mí y la expresión divertida de
Killian Collingwood me dio la bienvenida. Me miraba expectante.
Acepté su mano como impulso para ponerme de pie, levantando
conmigo los pocos retazos de dignidad que todavía conservaba
después de aquel baile.
—¡¿Qué haces aquí?! —me chilló la voz.
Killian seguía mirándome con diversión y Simón apagó la grabadora
cuando «Nancy Mulligan» comenzó a sonar.
Dentro de mí, le agradecí con el corazón.
—Solo pasaba a felicitarlas por el proyecto. Rikan me contó que será
un trabajo compartido, por lo que necesito los mismos documentos
para ti... ¿Sandy?
—Aly —corrigió ella con el rubor adornándole el rostro—, y no hay
problema. Podemos conseguir esos documentos.
La mirada de ella se posó sobre el suelo marmoleado. Ella siempre
odió esos mosaicos y evitaba a toda costa mirarlos fijo. Al parecer,
aquella era una ocasión especial. No la culpaba, yo me sentía igual de
avergonzada.
Simón carraspeó logrando que ambas despegáramos la vista de los
mosaicos y nos volviéramos a él.
—Bueno, tenemos mucho trabajo en la cocina —anunció, colocando la
pileta de platos sucios sobre el lavatrastos, intentando salvarnos.
Sí, nosotros lavábamos los trastos sucios. Era parte de nuestras
tareas de becarios. Aquello, sin duda, sería vergonzoso para mi
familia. Si mis padres supieran que estaban pagando la colegiatura
de una de las mejores universidades del país para que su hija
(desempleada) trabajara lavando platos... ¡Qué escándalo! La tía
Maddie no dejaría de hablar de eso en todo el mes, pensándolo bien,
creo que no dejaría de hablar de eso jamás; si pudiera, leería mi
fracaso en su discurso sobre mi lápida, sería su mantra.
Además, limpiar mis utensilios no era tan malo, yo disfrutaba en
secreto de esos minutos de paz.
—¿Ustedes... lavan... esto? —repelió Killian, señalando la enorme
pileta de trastos.
Levanté la barbilla a la defensiva.
Bien, quizás no era el mejor trabajo del mundo, pero tampoco estaba
tan mal. Además, era bastante divertido cuando los profesionales
estaban en su cocina y ese pequeño paraíso solo nos pertenecía a Aly,
Lizzy, Simón, Spotify y a mí, por supuesto.
—Es parte de nuestro trabajo.
—Ok Claire, admito que no sé mucho sobre cocina, pero casi puedo
jurar que limpiar platos no va con la licenciatura —aseguró haciendo
una mueca.
—Lo hace en la cocina de Rikan —informé—. Y no es todo lo que
hacemos, también vamos a encargarnos de la planificación de la
fiesta de aniversario.
¡Toma eso Collingwood! Toda la magia detrás de aquella fiesta seria
por nuestras manos...
Está bien, solo una pequeña parte de ella, Rikan ni muerto iba a
dejarnos el control de una cosa como aquella, pero eso Killian no
tenía que saberlo... A menos que fuera un fracaso, entonces le diría
que era una culpa compartida.
—¿Qué no se supone que ustedes asistan a esa fiesta de aniversario?
—Arqueó una ceja.
A Simón se le escapó un resoplido.
Le lancé a mi mejor amigo una mirada acusadora y me volví a Killian
con la mayor indiferencia que pude reclutar en esos tres segundos.
—Preferimos quedarnos en la cocina. Nunca se sabe cuándo se puede
aprender algo nuevo.
Bien, ahí lo tenía. No estaba hablando con una posesa tonta, sino con
una mujer profesional y responsable. Eso que me moría por ir a esa
condenada fiesta de aniversario, pero ni mil rabietas habrían logrado
sacarle a Rikan la imagen de los becarios incendiando el podium.
—Según entiendo, a la fiesta están invitados todos los trabajadores,
incluyendo a los becarios.
—Por supuesto que lo están —espetó Simón, carente de filtro—,
necesitan a alguien que les sirva las bebidas.
—¡Simón! —reprendió Aly escandalizada.
—¡No van a creer esto! —exclamó Lizzy, cruzando de espaldas las
puertas de vaivén, sosteniendo de frente una pileta más de trastos
sucios—. ¡Encontré nuestras invitaciones en el escritorio de Rikan!
¡Sabía que no nos permitiría poner un pie ahí, pero esto es
demasiado! —se chivó depositando la pileta sobre la barra, ignorando
las señales de advertencia que le hacía Aly detrás de un muy
interesado Killian—. ¡Ni siquiera se ha tomado la molestia de...! Oh.
Cuando se percató de la presencia de Killian, frenó en seco.
—Señor Kevinwood...
—Collingwood —advertí en un susurro.
—Collingwood —corrigió la morena al instante—, qué... sorpresa.
Killian inclinó la cabeza a modo de saludo y dirigió su mirada hacia el
reloj de pared con las manecillas de cucharas.
—En realidad solo venía de paso —dijo cada vez más taciturno—. Nos
vemos luego, señorita Kinsella, señorita...
—Rommening —presentó Aly, ofreciéndole la mano, gesto al que
Killian respondió con cordialidad.
—Bien. Felicidades una vez más, espero que su dedicación cumpla con
las expectativas del proyecto. Se les asignará una cuenta bancaria en
la que se depositarán los pagos semanales en automático, una vez
que hayan presentado la documentación.
¿Pago? ¿Dinero?
Un minuto... ¡Es cierto! ¡Compraron mi proyecto! ¡Dios! ¡Compraron
mi proyecto! Y pensar que lo escribí a las tres de la mañana un
sábado de flojera.
—Los tendrá mañana mismo sobre la mesa, señor Collingwood —
aseguró Aly con convicción. Parecía mucho más animada que yo.
Killian asintió con la cabeza una sola vez y, disculpándose, se retiró
de la cocina de los becarios.
Si Rikan se enteraba alguna vez que Killian Collingwood volvió a
pisar su peor cocina, sin duda, tendríamos una charla interesante.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, todos nos encorvamos
dejando salir el aire atascado.
—Eso fue vergonzoso y aterrador —admití con la mirada perdida en el
limbo.
—Sobre todo vergonzoso —concordó Aly.
—¿Qué fue vergonzoso? —Lizzy corría la mirada de un lado a otro.
—Qué bueno que llegaste a tiempo —agradeció Aly en dirección a
Simón—. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?
—Parecía que tenía bastante —admitió Simón mientras tallaba los
platos—. Pero no puedo culparlo, hasta yo tuve que quedarme a
sopesarlo durante un minuto entero. No podía creer lo que estaba
viendo.
—Siempre cantamos en la cocina —recordé resignada, tomando los
guantes amarillos de goma para el lavado.
—Sí, pero hoy estaban... Inusualmente felices.
—Al menos nos detuvo antes de «Nancy Mulligan», tenía preparados
unos pasos escoceses de miedo —se culpó Aly fingiendo un escalofrío
preocupante.
—¡¿Alguien quiere explicarme qué demonios está pasando?!
Después de intercambiar una mirada fugaz, Aly y yo decidimos, por
telepatía, que era hora de que nuestros mejores amigos supieran la
verdad... Desde el comienzo, incluyendo al ciervo casi arrollado.

****

Crucé los brazos sobre el pecho y me aferré a la mochila de ganchillo


roja que mi abuela me había tejido antes de morir. Tenía que admitir
que odiaba el ganchillo, pero llevarla conmigo era como llevar una
parte de ella a ese infierno que era la universidad.
O al menos eso parecía los últimos días.
Hace unos días, el mundo se enteró de alguna fuente anónima, que
me había negado a tener sexo con Nick. Aquello parecía ser la noticia
del año. Todo el mundo me miraba por los pasillos, y yo sentía la
imperiosa necesidad de cubrir mi cara con una caja de cartón con dos
hoyitos.
En cambio, me limitaba a levantar la barbilla y caminar con decisión
por el pasillo principal.
—Escucha, Claire, sé que esto se ve mal —calmó Simón,
alcanzándome a la vuelta, con la mochila sobre los hombros—, pero
no tienes que escuchar a esos imbéciles, solo son chicos aburridos,
necesitan inventar historias y...
—Está bien. —Me encogí de hombros—. Ya no me molesta que todos
sepan que no quise meterme con Nick.
Me daba igual.
—Ah... Es que... Claire... —Simón me dedicó una mirada preocupada—.
¿No has escuchado los nuevos rumores?
El alma se me fue a los pies y la sangre se me congeló en ellos. Chicos
aburridos, Dios sabe lo que podían inventar.
—¿Qué...?
—¡Oye, Clay! —llamó uno de los chicos—. Tengo el sábado libre en la
casa de mis padres... Te invitaría, pero no me quiero decepcionar.
—¡Oye, Claire! —llamó uno de los chicos—. Llamó Nick Palmer, dice
que le devuelvas su piel.
Una oleada de risas se extendió por todo el pasillo.
—También dijo que olvidaste tu dentadura en su pantalón.
Cerré los ojos y giré furiosa hacia Simón.
—¿Cuál es el nuevo rumor?
—Claire, no creo que sea...
—¿Cuál es el maldito rumor? —demandé conteniendo la ira en la voz.
Abrí los ojos y me encontré con la mirada compasiva de Simón. A
través de sus gafas parecía decepcionado.
—Mira, yo creo...
Esquivé su cuerpo y caminé a paso decidido hacía mi casillero,
donde, introduciendo el código tomé mi tableta y entré a [Link]
el blog improvisado de Yordi, un geek de las computadoras.
«... Es una bestia. Ni siquiera podía respirar», «...cuando llegó a mi
pantalón intenté apartarla, pero no funcionó, su boca me atrapo tan
rápido que ni siquiera tuve tiempo de quitarme los zapatos para la
gran...».
Cubrí mi boca con una mano tratando de que la ira y la decepción no
me orillaran a romper en un llanto de furor ahí mismo.
«... Fue tan desagradable, esa es una zona delicada y ella me mordió,
usa los dientes, cree que es algo sexy y excitante, pero no lo es...».
Dios santo.
«... No lo niego, Yordi, ella conoce bien sobre el tema, se ha leído
todos los libros que puede encontrar en la tienda de revistas...».
«... A pesar de todo, no es ni siquiera un poco buena. Tiende a
rasgarte la espalda, es como vivir dentro de una película porno... Yo
quiero más que solo sexo... Quizá una chica con buenos
sentimientos...».
No pude continuar con el enorme y explicito articulo basura del
[Link], porque mi mirada se nubló de inmediato.
—Claire —llamó Simón poniéndome una mano titubeante sobre el
hombro.
Cuando pude apartar la mirada de la tableta mis ojos se posaron al
frente, sobre un pequeño grupo de tres chicos sonrientes y un
hombre ancho y taciturno.
Cuando mi mirada se cruzó con la de Nick, sentí el odio crecer en mi
interior, casi al instante en el que él apartó la mirada.
Mis piernas se movieron en automático hacia Nick. No había un
mundo a mi alrededor, ya no podía escuchar las risas o los susurros
de las personas codeándose en los pasillos, ya no veía a la ola de
estudiantes que se abrían paso frente a mí como las aguas del mar
rojo.
Solo lo veía a él.
—Eres un imbécil —reproché de inmediato cuando estuve cerca.
Mi cuerpo se abalanzó contra él, dejando fluir la furia sin correa,
pero Pett, uno de sus amigos más cercanos, me detuvo antes de que
pudiera hacerle daño.
—Ni te atrevas a tocarla —advirtió Simón arrojando, de un solo golpe,
las manos de Pett lejos de mis hombros.
—Entonces ponle una correa a tu perra —espetó Pett.
De inmediato, el puño de Simón se alzó sobre su cabeza, logrando
que su oponente se encogiera en su sitio, por fortuna, Robert lo
detuvo a tiempo.
—Vas a meterte en problemas —intentó razonar Rob.
—Ya lo sé —respondió Simón sin apartar la mirada asesina de Pett.
—Tienes una pasantía en el Collingwood —escuché que explicaba Rob,
pero mi atención estaba enfocada otra vez en Nick. Confiaba en que
Rob pudiera detener a mi mejor amigo.
—¿Es por la pasantía, cierto? —repliqué en su dirección—. No lo has
olvidado.
—¡Por supuesto que no...!
—Nunca toleraste que lo hiciera mejor —acusé con rabia—. Nunca
soportaste que me dieran la pasantía en ese hotel mientras tú
conseguías una en el café de la estación...
—Eso no tiene nada que ver. Con...
—¡¿Con qué?! ¡¿Con el hecho de que estás metiéndote con tu maes...?!
—¿Sabes qué pienso? ¡Estás molesta! Es natural, pero creo que
podemos hablarlo en privado...
—No tengo nada qué hablar contigo —solté con más veneno en la voz
del que creía poder transmitir.
—Podemos resolverlo pacíficamente...
Aquello fue suficiente.
Aquella palabra fue la bomba que dio rienda suelta a mi ira.
«Pacífica».
¡Y un cuerno con la paz!
Lancé un golpe firme con toda la fuerza de mi puño sobre su
mandíbula.
Capitulo Once

Lancé un golpe firme con toda la fuerza de mi puño sobre su


mandíbula.
Cuando su cuerpo se arqueó hacia atrás y un suspiro generalizado le
siguió a la corriente de sangre que emanaba de algún punto sobre su
mandíbula, me sentí mucho mejor. Un poco más tranquila, en todo
caso.
—¡Kinsella, Palmer! ¡A la oficina del director en este instante! —
ordenó furiosa la secretaría del director Bernard, antes de dar la
media vuelta y regresar a su caverna.
Sin esperar más, giré hacia la oficina, dispuesta a contar toda la
verdad, desde la relación de Nick con la profesora de Inglés, hasta las
difamaciones que habían hecho en esa página de imbéciles a nombre
de Nick.
Yo ya no tenía nada que perder.
—Espera —rogó Nick, tirando de mi brazo para obligarme a volver la
vista hacia el pasillo, donde un enorme grupo de espectadores nos
contemplaba con cuidado—. No puedes hablar.
Reí seco.
—Claro que puedo hablar, podría hacerlo ahora mismo —dije sin
ningún disimulo. A esas alturas, ya poco me podía importar qué más
se pudiera añadir a la página de Wallace.
Pero Nick no iba a darse por vencido con tanta facilidad. Tiró de mi
brazo al frente, hacia la sala de espera de la oficina del director.
Al entrar a la pequeña sala, recibimos instrucciones sobre guardar
silencio y esperar a que el director terminara de hacer lo que sea que
estuviera haciendo.
—No vas a decir nada —aseguró Nick con la mirada de odio clavada
hacia el frente.
Por supuesto, el colmo de todo aquello era que ahora él estuviera
molesto... Así funcionaba Nick.
Suspiré.
La oficina del director era pequeña, pero elegante, acogedora en todo
su esplendor. La recepción era el sitio en el que esperábamos bajo el
escrutinio de una enfadada secretaria y un horrible cactus.
—Por supuesto que lo haré...
—No, no lo harás —susurró volviéndose hacia mí para mirarme a los
ojos—, porque si lo haces le diré a toda tu familia que tu hermano Zac
ha vuelto.
De inmediato mis manos se volvieron puños a mis costados.
Le di todo, le cedí el poder de manipularme de esa manera, le confié
a mi hermano... Y él confiaba en Nick también.
Mis manos se volvieron puños una vez más, pero en esta ocasión
Nick logró detener mi agarre antes de que se moviera del
reposabrazos.
—Yo no haría eso si fuera tú —advirtió lanzándole una mirada a la
secretaria que respondía llamadas con prisa—. Fue un accidente,
diremos que solo fue un ensayo para la obra de San Valentín y que
salió mal.
—Por supuesto...
—Voy a corregirlo, ¿bien? —cortó mirándome a los ojos—. Yo no
quería hablarle de ti a Yordi en esa entrevista.
—¿Entonces por qué lo hiciste? —gruñí y conseguí que la secretaria
me lanzara una mirada de advertencia con el teléfono pegado a la
mejilla.
Nick se llevó las manos a la nuca y negó con la cabeza.
—Fue... un error...
—¿Qué error?
Él me miró con aparente sinceridad, era tan manipulador que incluso
creí que comenzaba a desbordar su corazón como antes. Sus ojos
marrones volvieron a hacer que todo mi mundo pareciera un bonito
día de primavera, solo que ahora no estaba comiendo sándwiches
debajo de un árbol de manzanas, con las risas de los niños coreando
los alrededores, ni olía a césped recién podado. En cambio, muy en el
fondo estaba matando gatitos y usando sus vísceras de bufanda en el
cuello de Nick Palmer. Pero aún no era primavera, lo que significaba
que un paso en falso me haría volver a él con los brazos abiertos. Era
demasiado tonta, demasiado crédula.
Obligué a mi corazón a endurecerse ante su nostalgia.
Después de un par de segundos de debate interno, Nick pareció darse
por vencido y comenzó a hablar.
—Cuando entré a los vestidores después de la práctica del equipo...
Yo no sabía que... tenía..., ya sabes..., marcas.
¿Marcas?
Pues iba a tener que ser más explícito si confiaba en que pudiéramos
llegar a un acuerdo.
Lo miré sin expresión alguna y esperé a que entendiera el mensaje y
como, a pesar de todo, me conocía bien, no tardó en rodar los ojos y
explicar:
—Marcas en la espalda, Claire. Marcas de uñas...
Oh.
Uñas.
Vaya...
Puaj.
Siempre supe que el gusano de sacapuntas de Tabatha Bloom era una
mujer con trastornos de personalidad. Se la pasaba gritándonos en
clase de inglés para que limpiáramos los pupitres y luego nos
contemplaba apacible desde detrás de su escritorio.
Podía imaginarme la gritándole violenta al pobre de Nick, con una
mirada fulminante y el cabello alborotado, para luego, una vez que
hubiese cumplido su mandato, verlo con ternura y felicitarlo por lo
que sea que hubiese hecho. Era como uno de esos conejitos adorables
que salían en televisión y podían transformarse en demonios con el
estímulo mínimo.
Se me escapó una sonrisa.
Nick frunció el ceño.
Mierda.
Esperaba que no pensara que le había perdonado tan fácilmente.
—¿Y qué tengo que ver yo en todo esto?
Una vez más Nick se llevó la mano a la nuca.
—No podía decirles que estoy..., ya sabes..., en una relación
complicada.
—Sí, tirarte a la maestra es una situación complicada...
—¡¿Quieres callarte?! —reprendió en un susurro—. Si alguien se
entera ella podría perder su empleo y yo podría ser expulsado.
—Y a mí me importa un rayo —añadí con apatía.
Nick tensó la mandíbula como hacia cada vez que se molestaba con
su madre y continuó:
—Les dije que tú intentaste volver conmigo... Y bueno, ya sabes...
—¡¿Por qué hiciste eso?! —salté, logrando que la secretaria despegara
la mirada de la computadora y se pusiera de pie con furia.
Cuando Nick le sonrió y negó con la cabeza yo me aplaqué
irguiéndome en mi silla como una profesional. Pronto la mujer tomó
asiento nuevamente.
—No lo sé... Entré en pánico...
—Tú y yo nunca hicimos nada de eso y todo el mundo ahora cree que
soy una...
—¡Lo sé! Déjame arreglarlo —pidió—, puedo hablar con Wallace...
—Creo que ya hiciste suficiente...
—¡Yo no le dije todo eso! —juró—. Claire, sé que no lo parece, pero te
quiero... Si no fuera así, no habría ido a ti cuando me llamaste en el
bar la noche de Navidad.
Intenté encontrar en su mirada algún rastro que me advirtiera su
engaño, pero no pude ver ninguno.
Incluso así, logré tomar fuerzas de flaqueza y apartar la mirada hacia
el cactus gigante que descansaba junto a mi silla.
—Si es así, ¿por qué...?
—Porque amo a Pamela —explicó resignado—, eso no significa que
dejes de ser importante para mí, Clay.
Pude sentir aquel depósito de traición cayendo sobre mis hombros
una vez más.
La primera vez fue difícil, en especial porque pasaron solo dos meses
desde que nos mudamos juntos.
Esta segunda vez era como darle una otra bofetada con el periódico
en rollo a un perro desentendido.
—Soy tan importante que decidiste...
—Wallace lo inventó todo...
—¡Sí, pero tú no lo has desmentido! —reproché apartando la vista del
cactus para poder transmitirle mi ira en una mirada violenta.
—Lo haré ahora...
—Ya es demasiado tarde. Toda la universidad lo sabe ahora, todos
escuchan al imbécil de Wallace.
—Haré que escriba otro artículo —propuso— y diré en los pasillos que
son solo tonterías.
Lo pensé manteniendo la mirada enojada en su dirección.
Tenía la opción clara y atractiva de decirle toda la verdad al director,
sin rodeos. Habría sido una opción viable si no conociera el
temperamento de Nick Palmer y supiera que no tardaría en ir a casa
de mis padres a confesar que Zac estaba en contacto conmigo.
Yo perdería el apoyo de mi familia y mi hermano perdería esa parte
del sustento económico que necesitaba para su tratamiento.
Era una situación complicada.
—Tienes el resto del día para deshacerte de ese artículo en el Wallace,
si mañana sigue en línea consigue un buen abogado porque tu novia
se va.
—Es todo lo que necesito —aceptó con una de sus enormes y
maravillosas sonrisas radiantes.
Sin más, colocó su mano sobre la mía con fingido agradecimiento.
Furiosa, la aparté de su alcance con brusquedad. Lo último que
necesitaba en una situación así era recordar la calidez de su tacto.
Por desgracia, nunca fui una persona muy hábil.
La fuerza propulsora de mi mano me llevó a parar el dorso justo en el
maldito cactus.
—¡Aaagggh!
Solté un grito de dolor al momento en el que la puerta principal de la
sala de espera se abría, dejando entrar una ráfaga de viento frío.
—¡¿Pero qué demonios...?! —masculló Nick, acercándose a la planta.
Lo aparté con una mano. Si antes estaba molesta con él, ahora echaba
chispas del infierno con las pupilas.
Mi día era una mierda y todo por su culpa. No había más que saber.
—Déjame ayudar —pidió con los ojos clavados en mi mano pegada al
cactus.
—No te acerques —advertí reprimiendo una mueca de dolor.
Pronto, una mirada penetrante detrás de Nick llamó a la mía con
apremio.
Killian Collingwood.
Conocería esos ojos azules donde los viera.
Y yo que creía que mi suerte no podía ser peor.
—Yo quitaría la mano ahora —sugirió con el ceño fruncido en torno al
cactus.
Lo miré mal.
Como si ni fuera una idea que hubiese sopesado antes.
La verdad es que quitar la mano me daba pánico, porque moverla un
poco me ocasionaba un dolor increíble, era como meter la extremidad
en un tarro con agujas.
—Señor Palmer, su turno —anunció la secretaria, recuperando la
luminosidad de la cara al encontrar a Killian Collingwood frente a
ella—. Señor Collingwood, si gusta puede pasar...
—No gracias, prefiero esperar —dijo con la mirada fría clavada en
Nick—. Imagino que el director Rodd debe tener un asunto
importante...
—No más importante que usted, esto es solo una... —Nos miró con
desprecio, sopesando las descripciones que podría emplear con
nosotros, antes de continuar—: Pelea de adolescentes.
Killian arqueó una ceja a modo de respuesta previo a retomar la
expresión neutral, negar amable con la cabeza y afirmar:
—Gracias, pero esperaré.
La secretaria entendió que Killian era un caso perdido, así que le
indicó a Nick que entrara con un gesto de la mano.
Mi ex caminó hacia la puerta, manteniendo en cada paso la mirada
fulminante sobre Collingwood, por un minuto creí que se dirigía
hacia él y por su expresión desafiante incluso pensé que iba a
golpearle, pero no fue así. Al llegar junto a él, Nick dio la vuelta y
continuó su camino hacia la oficina del director Rodd. Mientras
tanto, Killian ni siquiera se inmutó, su mirada seguía clavada en mí.
Tal vez significaba que estaba comprobando todas las teorías de
Adrianna sobre el fracaso personificado que era y la falta de intuición
que siempre me metía en problemas.
Pues que se entere.
Killian se acercó y arrodilló, señalando mi mano y preguntó:
—¿No piensas quitarla nunca?
—No —respondí con honestidad.
Ya me veía en el baile de graduación bailando con el cactus, en mi
boda y en las cenas de Navidad.
No, ni loca iba a mover la mano de...
—¡Auuuuh! —aullé cuando mi mano fue arrancada con violencia del
maldito cactus—. ¡¿Qué demonios pasa contigo?! ¡Mierda!
—¡Señorita Kinsella! —reprendió la secretaria muy alterada.
Aunque a esas alturas poco me importaba el protocolo.
—De nada —dijo Killian poniéndose de pie y caminando directo hacia
el mueble de las revistas.
—¡No te daba las gracias!
Estaba a punto de relajarme contando en Misisipis, no necesitaba su
ayuda de ningún modo y su intervención deliberada no hizo más que
causarme dolor.
—Pues deberías —comentó como de pasada—, no podías quedarte...
Se cortó cuando, al mirarme de reojo, encontró el pequeño camino de
sangre que las espinas habían provocado.
¡Qué bien! Esperaba que le doliera en la conciencia.
Se acercó y tomó mi mano para examinarla. No duró mucho
sosteniéndola, se apartó cuando una de mis espinas se le clavó en la
palma.
¡Un hurra por Murphy y sus inesperados golpes de suerte
inversamente proporcionales! ¡Y un hurra más por lo que sea que eso
signifique!
La secretaria del director Rodd no tardó en darse cuenta de la
situación. De inmediato, se acercó a nosotros con unas pinzas de las
cejas y un par de toallitas húmedas.
—Estoy bien, ya lo arreglé —aseguró Killian al inspeccionar su mano
ahora libre de la espina—. Puede ayudarla a ella.
La mirada que la secretaria me dirigió me hizo entender que aquello
no le hacía ninguna gracia y que, al parecer, prefería beberse la
sangre coagulada de sus hijos antes de darme los primeros auxilios.
Iba a decirle que se limitara a dejar las pinzas de las cejas en la mesa
y me permitiera encargarme de ello, pero, después de pensarlo
mejor, llegué a la conclusión de que si podía cabrearla un poco no iba
a perder la oportunidad.
La secretaria comenzó a sacar las espinas con nula empatía.
Reprimí las quejas y apreté los dientes. No contaba con su venganza,
pero echarme atrás ya no era una opción.
—Señor Collingwood —saludó con sorpresa el director, apareciendo
de pronto detrás de Nick—. No sabía que estaba aquí.
Killian dejó de masajear su dolorida muñeca y se puso de pie para
recibir al director.
—Acabo de llegar.
—Bien, entre entonces, adelante —apremió Rodd respondiendo al
gesto cordial de Killian.
—Creí que era su turno —comentó mi nuevo jefe girando hacia mí.
Bueno, ya debía estar acostumbrado a saltarse todas las reglas, pasar
sobre un par de estudiantes tampoco sería una novedad.
—Ah, no se preocupe, ya escuché la historia. Tendrán el mismo
castigo: una hora de servicio comunitario en la cafetería durante los
almuerzos.
Genial.
Iba a usar una red en el almuerzo también... Iba a repartir un puré
que parecía vómito de perro y a fingir que todos merecíamos un
abrazo en una sonrisa amable.
—¿Ni siquiera va a escuchar su historia? —curioseó Killian.
—Fue un accidente —interferí—, solo ensayábamos para... la obra de
la escuela. Si esa fue la historia que Nick le contó no tiene sentido
perder el tiempo con...
—Ah, qué bueno que habla sobre perder el tiempo, señorita Kinsella,
porque será mejor que se olvide de esa carta de recomendación y
toda la documentación solicitada por correo electrónico —avisó Rodd.
—¡¿Qué?! ¡Usted no puede retener mi información académica!
Si no conseguía esos documentos y el proyecto Food Porn no se podía
llevar a cabo. Rikan iba a despedirnos sin más preámbulos.
Justo cuando estaba por comenzar a lagrimear en uso de mi última
táctica de convencimiento, Killian Collingwood se apresuró a
intervenir.
—En realidad eso es un poco de lo que quería hablarle. El programa
de becarios que mantiene mi madre con esta universidad.
No tuvo que decir más para que Rodd se ajustara el apretado de la
corbata y asintiera un par de veces cediéndole el paso a su oficina.
—Nos vemos luego, señorita Kinsella —se despidió Killian caminando
hacia la oficina de Rodd.
No esperaba aquello, así que me tomó varios segundos procesar las
palabras.
—Adiós —respondí justo cuando la puerta se cerraba detrás del
director Rodd.
Nick me dirigió una mirada inquisitiva a la que solo respondí
poniendo los ojos en blanco y saliendo de la oficina dando un
portazo.
No iba a darle ninguna explicación, precisamente a él.
Capitulo Doce

Los estudiantes entraban al centro deportivo a empujones. Las


miradas de todos se posaban sobre mí, era probable que solo
significara que leían el [Link] y que no me veían como algo
más que un caso postruptura lamentable. Era una forma elegante de
decir que ahora toda la escuela me veía como una zorra arrastrada.
Por puro instinto, apreté las libretas contra mi pecho y bajé la
mirada para continuar el camino hacia las gradas.
—No tienes nada de que avergonzarte. —Lizzy arrojó con soltura uno
de sus lacios mechones negros sobre el hombro—. Todo el mundo
sabe que son solo rumores.
Pero su intento por tranquilizante apenas duró unos segundos.
—Oye, Clay, tengo la casa sola esta noche, si necesitas...
Barret no terminó de ofrecerme nada porque Simón le lanzó una
mirada asesina desde la distancia.
Arqueé una ceja en torno a Lizzy.
—Bueno, solo un idiota lo creería y Barret está por debajo de las
expectativas.
Continuamos nuestro camino abriéndonos paso entre codazos y
empujones, hasta que encontramos a Aly sentada en las gradas, con
tres mochilas dispersas a su alrededor.
Sabía que sería una buena idea que uno de nosotros se adelantara.
Le habríamos agradecido, pero al acercarnos, ni siquiera nos notó.
—¿Hola? —llamó Simón sentándose al frente y barriendo la mano
frente a su mirada perdida en el móvil.
Estaba como hipnotizada.
—Oh, lo siento. Tenía que ver un par de tutoriales sobre las juntas de
consejo —explicó guardando el móvil en la bolsa de la chaqueta—.
Necesitamos saber cómo hablar con propiedad. Incluso encontré
tutoriales de etiqueta. No cruces la pierna en cuatro —reprendió
golpeándole el hombro a Simón.
Si no la conociera mejor creería que estaba a medio paso de un
colapso nervioso, pero, después de tantos años, uno se acostumbra al
temperamento extremista de las personas, incluidos los deseos
enfermos de hacer las cosas perfectas todo el tiempo.
—Deberías de ver tutoriales sobre «cómo dejar mi adicción a los
tutoriales» —sugirió Lizzy con la mirada perdida en la lustrosa
cancha de básquetbol.
—De fábula —felicité al tomar una de las papas fritas que Simón
había sacado de su mochila azul.
—¡De qué hablas! ¡No soy adicta a los tutoriales! —se defendió
cruzando los brazos sobre el pecho, como si nunca en la vida hubiera
recibido un insulto más lastimero.
Todos intercambiamos una mirada significativa y volvimos la mirada
hacia el frente.
—Mira ahí está el director Rodd —señaló Lizzy con renovada actitud.
Aly frunció el ceño.
—¿Desde cuándo te alegra ver al director Rodd?
—Desde que es la excusa perfecta para no hablar de tu adicción —
explicó Simón, estirando el cuello para ver mejor.
En el pequeño podio improvisado sobre la cancha, el director Rodd se
agrupaba con algunos miembros del consejo estudiantil, profesores
veteranos y otras caras que jamás había visto en la universidad.
Aunque no fue aquello lo que llamó mi atención.
La señora Collingwood, una mujer a mediados de los cuarenta con el
cabello negro natural más intenso que había visto en la vida, se
erguía frente a su hijo, quien parecía un manojo de formalidad y bien
podría pasar por parte de la escenografía o la decoración de la
cancha con esa actitud taciturna.
La mujer elevaba la barbilla de tanto en tanto, mientras el director
Rodd hacía un par de anuncios. Su traje rojo a juego era tan elegante
que le dotaban de una apariencia imponente imposible de ignorar.
Viéndola así, no podía creer cómo es que me atreví a escupirle a su
sopa en algún momento de la vida.
—¿Puedes creer que ese sea el mismo hombre que entró a nuestra
cocina hace apenas unos días? —consultó Lizzy con fascinación,
inclinándose ligeramente hacia mí, desde el lado derecho.
—Me parece más increíble que sea el hombre que nos encontró en el
barecito York y nos sacó a salvo —afirmó Aly dentro del mismo
susurro desde el lado izquierdo.
Porque sí, le confesamos a Simón y a Lizzy la forma en la que
conocimos a nuestro nuevo jefe. Uno no puede ocultarle esa clase de
secretos a sus amigos, por más promesas que haya hecho con el jefe.
—Lo que no puedo creer es que sea el mismo novio trofeo de
Lagardianna —susurré sin apartar la vista de él.
Bien, de acuerdo, quizá me pasé un poco y se me soltó la lengua.
Rompí la promesa de silencio que acordé con Killian Collingwood,
pero amigos son amigos. Además, necesitaba sus consejos, yo sola no
habría sabido como manejar la situación en ningún momento.
Y, de todas formas, Killian no se enteraría. Todo estaba bajo control.
Además, en mi defensa debo decir que yo siempre fui un libro
abierto, apenas podía guardar un par de secretos sin explotar
sacando todos los trapos después. Al parecer el día que hablamos con
Simón y Lizzy mi límite había llegado al tope cuando el camarero del
bar al que fuimos a charlar derramó el café sobre mi pierna y me
pidió que no se lo contara al gerente.
—Tienes razón —cedió Lizzy—, tú ganas. Eso no podría ser peor ni
aunque te esforzaras.
—Sí podría ser peor —corrigió Aly por lo bajo—, podría darse cuenta
de que nos contó lo de Adrianna y el accidente del ciervo.
—Sí, pero eso no va a pasar —advertí con una mirada pausada en
cada uno de sus rostros.
Cuando el director Rodd dejó de hablar le cedió el lugar a la críptica
señora Collingwood, quién, sin titubear y con una firmeza de miedo,
tomó el micrófono y comenzó a despotricar en un discurso bien
entrenado.
—Dios, cuando sea anciana quiero ser como ella —susurró Lizzy
estirando el cuello para verla mejor—. ¡Pero qué estilo!
No podía contradecir a Lizzy, la mujer imponía demasiado y no
existía nadie en las gradas que no estuviera escuchando con
atención... Nadie excepto yo, que ya me había perdido la mitad del
discurso observando sus gafas y zapatillas Prada, su abrigo de
cachemir y su bolsa Gucci. Perfecto, aunque yo habría combinado los
zapatos con otro tono de abrigo y...
Un minuto.
¿Cuándo comenzó a hablar Killian? ¿Cuánto tiempo pude perder
contemplando el collar de brillantes de Tiffany en el cuello de la
señora Collingwood? Tenía mis dudas, pero juraría que era de
Tiffany, había pasado un verano entero trabajando en una tienda
departamental, viendo cómo cada día, hombres y mujeres salían con
hermosos collares de brillantes, anillos de compromiso caros o tiaras
ceremoniales que costaban varios miles. No podía dejar de ver esos
brillantes, incluso se podría decir que aquella era la razón por la que
no me importaba saltarme el desayuno para llegar a tiempo a
«Tiffany & Co.». En secreto, me preguntaba cuándo sería el día en el
que pudiera usar uno de esos.
¡Mierda!
El resto del discurso.
Comencé a aplaudir siguiendo al grupo como oveja enferma, y le
dediqué una mirada curiosa a Aly, pero estaba tan contenta que ni
siquiera me dio un vistazo. Lizzy era un caso aparte lucía tan
eufórica que ni me atreví a interrumpir cuando comenzó a silbar
apoyándose de las manos, iniciando con ello un tránsito imparable de
silbidos y aplausos resonantes.
Bien, confiaba en el buen juicio de mis amigas, así que comencé a
aplaudir con mayor euforia añadiendo una sonrisa de satisfacción al
frente.
Nadie tenía porque enterarse de que yo no tenía ni idea de lo que
estaba ocurriendo a mi alrededor.
—¡Vamos! —apremió Lizzy, bajando las gradas con euforia.
La seguí sin saber muy bien cuál era el siguiente movimiento.
Entre empujones comenzamos a abrirnos paso entre el gentío hacia
la tarima en la cancha.
Mi paso era firme hasta que la mirada de Killian se cruzó con la mía.
Entonces pude entender cómo era que a Adrianna le daba tanto
orgullo colgarse de su brazo en la cena de Navidad. Era imposible no
notarlo.
Era casi tan imponente como su madre.
Casi.
Cuando su mirada se desvió a algo sobre mi hombro giré presa del
miedo y la ira, esperando encontrar algún cartel con la entrada del
Wallace de hoy. Sin exagerar.
Después de que llenaran los baños con las fotografías de Fanny
Gómez y el profesor de deportes después de clases, ya nada podía
sorprenderme en el Wallace.
En cambio, encontré junto a mí a uno de los chicos del equipo de
fútbol, compañero de Nick. El hombre que miraba mi bufanda de
ganchillo con el ceño fruncido me parecía conocido.
—¿Qué? —espeté sin ningún tacto.
—¿Has pensado en usar un poco más de... escote? —Empezó haciendo
una mueca de desagrado, tirando con agilidad de la bufanda hacia
abajo, consiguiendo liberarla de mi cuello.
De inmediato, la arrebaté de entre sus manos y lo fulminé con la
mirada. Podía meterse con toda mi ropa, incluso con mis botas
Chanel de segunda mano, pero nadie tocaba el ganchillo de mis
abuelos.
—¿Has pensado en usar un poco más de cerebro? —repliqué, pero él
sonrió con sorna.
—He pensado en tantas cosas desde que leí el Wallace hoy —comenzó
a tontear con el acetato de mi abrigo—. Mira preciosa, tengo la casa
libre, mis padres se fueron todo el verano y si quieres, el fin de
semana tú y yo podríamos...
Rodé los ojos y di la vuelta con rapidez. No estaba dispuesta a seguir
tolerando ese chisme. Iba a buscar a Wallace y a arreglarlo yo misma.
Cuando una mano tiró fuerte de mi brazo me volví molesta.
El chico era insistente.
—Solo piénsalo, Clary...
—Es Claire —corregí solo para ser olímpicamente ignorada por un
hombre con el cerebro en los pantalones.
—Toma mi número.
Pronto, una nota en una hoja mal doblada se arrugó en mis manos
mientras que, con un guiño soez, el chico se despedía desapareciendo
en la multitud.
Entre tantas personas pude encontrar la expresión lastimera de Nick
fijarse a la mía.
Me volví hacia los Collingwood y descubrí a Killian girado frente a un
hombre que hablaba sin parar a tomar aliento un segundo, mirando
ocasionalmente en nuestra dirección por el rabillo del ojo.
Genial.
Lo único que podía hacer que aquella tarde empeorara era permitir
que Killian Collingwood, nada más que Killian Collingwood, se
enterara de la publicación del Wallace.
No es la clase de fama que esperas ganarte en el trabajo y, bien
mirado, no es la clase de fama que alguien espera ganarse en
cualquier lado. Mucho menos cuando corre el riesgo de ir a parar a
oídos de tu prima estrella.
Aly siempre decía que el mejor plan cuando no se tenía un plan era
negarlo todo, fingir demencia, que no se tenía ni idea del tema
tratado, todo hasta que te encontraran con los «pelos de la burra en
la mano», como decía su abuela.
Me acerqué a Wallace, pero en cuanto me vio se echó a correr en
dirección a los vestidores, quise seguirle, permitiéndome darle
rienda suelta a mi ira, pero Lizzy enganchó su brazo al mío y tiró de
él hacia atrás.
—Nos están esperando —refunfuñó.
—¿Quién? —pregunté desorientada.
—Los Collingwood —respondió como si fuera lo más obvio. Quizá lo
era, pero mi falta de interés no me había dejado escuchar ni una
palabra del discurso.
Nos acercamos a un grupo pequeño de estudiantes reunidos en
círculo en torno a ambos Collingwood.
Cuando la mirada de la señora Collingwood se detuvo en mí, sentí el
sudor frío descender por mi espalda.
Mierda, mierda, mierda...
Mejor dicho: Merde.
Para que no se diga que no se aplica el francés en los becarios.
Bueno, que no cunda el pánico. Tal vez ni siquiera me recordaba,
quizá no sabía que formaba parte del programa de becarios. ¿Aún
estaría a tiempo de inclinar la cabeza y disculparme argumentando
que creía que aquello era una de las reuniones semanales del club de
costura? Bueno, lo importante es participar, así que...
—¿Acabas de hacer una reverencia? —Killian frunció el ceño en mi
dirección con una expresión de lo más entretenida.
Me recordaba a la cara tiesa de Adrianna cada vez que derramaba el
jugo en la mesa al desayuno.
Para i desgracia, todas las miradas se posaron sobre mí.
—Ah... No... Bueno, sí... Es que yo... No pretendía... —Vamos, por aquí
debe haber un cable que conecte la lengua con el cerebro—. Yo iba a
retirarme, creo que me he equivo...
—¡Oh, ya te recuerdo! —exclamó la señora Collingwood, sonriendo
con amabilidad—. ¡Eres la chef del hotel!
¿Hola? ¿Agencia de idiotas? ¡Creo que me han dejado atrás! ¡Necesito
volver a mi hábitat, con la gente de mi especie! Por favor...
Bien, siguiente paso: fingir demencia.
—Oh, creo que me está confundiendo, no sé de qué...
—Oh, no, claro que te recuerdo. Una cara como la tuya no es fácil de
olvidar, tienes una mirada preciosa —aseguró tomando mi mano
entre las suyas.
Ahora sí estaba patidifusa.
Primero que nada: ¿quién era esa mujer y qué le hizo a la víbora
insaciable que había llegado a la cocina a gritarnos órdenes de mala
pata la semana pasada? Segundo: ¿Se podía quedar para siempre?
—Oh, gracias, pero yo iba a...
—Siento mucho haber sido tan grosera contigo la semana pasada —
susurró inclinándose al frente a modo confidencial—. Estaba teniendo
un mal día y una sopa fría no iba a mejorarlo, ¿cierto?
Iba a responderle que una sarta de palabrerías en francés y
manotazos al aire tampoco iban a hacerlo, pero su sonrisa radiante
me impidió hacerlo, eso y la luz roja encendiéndose y apagándose
dentro de mi cabeza, advirtiendo que esa mujer tenía en su poder mi
estabilidad económica presente y futura. Así que solo sonreí y asentí
con falsa elegancia.
—Bien, ahora vámonos —ordenó con euforia, sin perder la fachada
profesional.
El resto de los becarios a quienes había logrado ver un par de veces
por los pasillos del hotel, comenzaron a aplaudir con renovada
actitud.
Caminamos hacia la puerta a paso decidido. Por desgracia, el idioma
predilecto de la señora Collingwood era el francés... Y nadie hablaba
francés.
—Le programme de bourses est très important. —Alzó la barbilla y
emprendió la marcha hacia la salida sin mirar atrás—. Je tiens à
soutenir de nouveaux talents, talents, bien sûr, me montrer digne.
J'espère que vous comprenez I'importance de cette occasion.
Dicho lo anterior (que Dios sabrá qué haya sido), dio la vuelta y nos
miró cortada.
Esperaba una respuesta.
Lizzy abrió los ojos como platos, para luego escudarse con disimulo
detrás del imponente torso de Simón.
—¿Qu'en penses-tu? —intentó, arqueando una ceja y mirándonos a
todos de uno en uno.
Killian nos observaba divertido desde su sitio recargado junto a un
bonito auto negro, con las manos en los bolsillos y una sonrisa
abierta.
Sin duda era la mugre de la uña de Adrianna, tenían la misma mirada
fantoche incluso a la distancia.
Sentí crecer la imperiosa necesidad de silenciarle la sonrisa burlona
con una buena frase en francés, una frase que lo dejara de pocas
pulgas... Lamentablemente, mi repertorio de lenguas estaba bastante
limitado.
—¿C'est parfait? —intenté con una voz muy bajita.
«Lo importante es participar», me repetí en el interior.
Killian Collingwood soltó una risotada tan repentina, que hizo que
todos volviéramos la vista hacia él, la mayoría confundidos, yo:
furiosa.
Parecía que aquella había sido la gota que derramó el vaso.
Sin borrar la sonrisa divertida, se acercó a su madre y le dijo algo en
francés:
—Merè, je ne pense pas que ce soit un bon moment pour parler
affaires, est un repas decontractè, laissez le plaisir.
Sea lo que sea que hubiese dicho lo agradecería toda mi vida, pues al
instante la señora Collingwood cambió la expresión de consternada a
eufórica. Era como una caja de chocolatinas en la que no sabes cuál
va a guardar la nuez podrida.
Por cierto, siempre me salía a mí.
—Es cierto, vamos a divertirnos, es un buen día y aún tenemos que ir
por el resto de los becarios —celebró girando con elegancia sobre sus
talones para caminar hacia el enorme auto.
Cuando la mitad de los chicos estaban dentro del auto, Killian se
despidió por formalidad, en la fachada neutra se veía que le daba
igual que cualquiera de nosotros escuchara una palabra. De hecho,
con la mirada clavada en el vacío, bien podría pensarse que se
despedía del viento.
—Fue un placer conocerlos —recitó sin mucho esfuerzo—, espero que
se diviertan.
Eso era todo.
Mi madre me habría soltado un manotazo si me hubiese atrevido a
salir de casa de mis tíos sin darles un beso en la mejilla como era
costumbre, ya ni hablar de despedirse de alguien sin mirar en su
dirección.
—Mi hijo tiene que atender unos negocios —explicó la señora
Collingwood colocando con finura una mano sobre el hombro de su
hijo—, está muy apenado por tener que dejarnos este día, pero no
tiene opción.
Todos asintieron con la cabeza fingiendo comprensión total. La
verdad es que nos importaba un pimiento quién nos hiciera compañía
ese día.
Yo lo miré.
Ojalá pudiera huir como él.
—Diviértete con el francés. Estoy ansioso por escuchar cómo fue la
comida —susurró mientras pasaba junto a mí.
Capitulo Trece

Aún en contra de todo pronóstico, la comida con la señora


Collingwood no fue un rotundo fracaso. No intentó hablar en francés
una vez más, ni mencionó nada sobre el hotel Collingwood. Se limitó
a observarnos comer y soltar algunos comentarios sobre nuestra
estancia en los hoteles Collingwood.
Vale, fue bastante incómodo, pero sobrevivimos, conservamos
nuestras pasantías y nuestros secretos seguían ocultos en el bolsillo
de nuestro subconsciente.
Todo marchaba de maravilla.
Hasta que nos invitó formalmente a la fiesta anual de los hoteles
Collingwood.
Para ser honesta no entendía por qué se tomaba tantas atenciones
con un grupo de becarios. Podía enviar la carta por correo
electrónico, paquetería o no invitarnos, seguro que nadie lo notaría,
pero la señora Collingwood decidió ser amable.
Sospechoso.
Investigué entre los profesionales que habían logrado conservar el
puesto después de la pasantía, pero ninguno fue invitado jamás, al
parecer era una nueva faceta en la vida de la señora Collingwood.
—No puedo creer que estemos aquí —chilló Lizzy sobre nuestros
hombros.
De pie frente a la puerta, esperábamos a que llegara nuestro turno.
Después de tres horas en la sala del departamento que compartía con
Aly y Lizzy, logramos llegar al hotel. Es increíble la cantidad de
tiempo que puede tardar alguien aplicándose el delineador. Pero era
todavía más increíble la capacidad que tenían algunas personas de
mezclar pilas y pilas de maquillaje sin parecer unas marionetas.
Era un talento con el que yo no había sido bendecida.
El negro de la noche permitía que la luna brillara sobre nuestras
cabezas. La luz que proyectaba en la fuente en la entrada principal
era asombrosa, si uno se le quedaba mirando fijo y lograba apagar el
ruido alrededor, incluso podía sentirse en un lago de safari.
El viento fresco me helaba las piernas, hacía que mi piel se sintiera
como de gallina. No pude evitar contemplar con odio reprimido a los
pantalones de Simón. ¡Qué injusto! Si a mí se me hubiera ocurrido
aparecerme en pantalón a una fiesta formal como aquella, ni siquiera
me habrían permitido entrar.
Cuando el guardia abrió la puerta y, comprobando nuestros nombres
en las listas nos dejó pasar, alucinamos.
El lugar lucía completamente transformado, la recepción seguía
atendiendo clientes a lo lejos, pero una elegante puerta de cristal
dividía el mundo de los negocios, del mundo nocturno que nos
regalaban en aquella enorme sala.
Siempre supe que los hoteles Collingwood albergaban muchas
habitaciones, incluso algunos rumores decían que tenían algunos
pasadizos secretos en los ductos del baño. Por desgracia, tuve que
comprobar a la mala que aquella historia era falsa, pero ese es
cuento para otro día.
No fue sino hasta ese momento, que pude comprobar que era verdad,
los hoteles Collingwood eran enormes. Eran tantas personas en una
sola sala que pensar en quedarme parada en la inmensidad de la
pista central me revolvía el estómago.
—Iré por una copa —aseguró Lizzy dándonos una palmada en el
hombro a Aly y a mí antes de marcharse sin mirar atrás.
Lizzy era, entre nosotras, la más confiada. Su vitalidad y carácter le
permitía destacar entre el montón la mayor parte del tiempo. Con
aquel vestido rojo amoldado a su figura, era imposible de ignorar.
—Yo tengo que ir a retocarme el maquillaje —se disculpó Aly una vez
que Lizzy se perdió entre el gentío.
—¡Pero si lo acabas de retocar! —protestó Simón con incredulidad.
—Hombres —gruñó mi amiga, meneando la cabeza antes de inclinarse
hacia mí y susurrar—: no saben nada de maquillaje.
Pues yo estaba bien segura de ser mujer y aún no entendía cómo es
que uno podía necesitar ir al baño a retocar su maquillaje tantas
veces. Quizá padecía algún desorden médico o mi aspecto físico ya no
tenía ningún remedio. Mejor que me diera por vencida de una vez.
—¡Becario uno! ¡Ayúdame con esto! —gritó Rikan desde la barra al
fondo.
Simón me dedicó una mirada de fastidio y yo a él una de asombro. No
entendía cómo era que había logrado identificarnos entre todo el
gentío. Peor aún: no comprendía cómo era que podía saltarse las
órdenes de la señora Collingwood con tanto descaro.
Durante la comida que tuvimos con la señora Collingwood, se le
ordenó a Rikan y a todos los responsables de los becarios, que se nos
permitiera tomar la noche libre; yo habría preferido quedarme en
casa a ver películas de chick-lit, pero la condición era llegar a la
fiesta, lo cual estaba bien por mí; iría, me dejaría ver un poco y
regresaría a casa antes de las diez, encendería la televisión e iniciaría
un maratón de Jennifer Lawrence o Sandra Bullock, la que apareciera
primero.
Simón soltó un suspiro resignado y se acomodó los lentes sobre el
puente de la nariz.
—Tengo que ir.
—Vamos...
—No —cortó—, si te ve ahí con esa cara de añoranza que pones cada
vez que lo ves, creerá que estamos aquí para trabajar...
—Pero la señora Collingwood...
—Clay, ¿en serio crees que a Rikan le importe lo que la señora
Collingwood haya ordenado?
Lo pensé.
Estábamos hablando del mismo hombre que enviaba postales de
cerdos muertos y bañados en gravy para Navidad al lado de la
leyenda: «33 platillos a las 5:30 cuando regreses. No te aparezcas sin
ellos»; hablábamos del mismo hombre que apagaba las colillas de sus
puros en nuestras lechugas y luego nos obligaba a volver a preparar
la ensalada.
—Tienes razón. Te veo en la barra de dulces... ¡Suerte!
Simón hizo una pequeña y animada reverencia logrando hacerme reír
antes de marcharse. Alunas veces podía ser tan teatral como
encantador.
Al menos los tenía conmigo en el trabajo. No lograba imaginar la
cocina de Rikan sin ellos a mi lado.
Caminé hacia la barra de dulces, donde una enorme y preciosa fuente
de chocolate se rodeaba de brochetas con bombones, fresas, cerezas,
plátano y demás. Comencé a moverme por mera inercia, era como un
efecto de hipnosis preponderante.
Tomé una brocheta que se esfumó en mi boca tan rápido que ni
siquiera podía contar como una, fui por la segunda e incluso por una
tercera. Estaba saboreando el cielo en el paladar cuando unos
toquecitos en mi hombro llamaron por detrás.
Tal vez si lo ignoraba se hartara y me dejara en compañía de mi
soledad una vez más.
Un Misisipi, dos Misisipis, tres Misispis, cuatro Misisipis, cinco
Misisipis...
Nuevo toque.
Bien, no funcionó lo de los Misisipis.
Giré y encontré a un hombre pelirrojo a mediados de los veinte,
observándome con una sonrisa radiante.
—Claire Stephanie Kinsella —recitó recorriéndome con la mirada,
abriendo los brazos al aire—, estás tan... diferente.
¿Has sentido alguna vez que has visto a alguien, pero no recuerdas en
dónde? Bien, ese no era mi caso. No tenía ni perdida idea de dónde
había salido ese sujeto.
—¡Y tú tan... grande! —intenté.
«Lo importante es participar».
—¡Lo sé! He estado tomando algunas vitaminas especiales —explicó
irguiéndose un poco más.
Bueno, que tampoco estaba tan alto, un metro setenta y algo no era
para alardear demasiado. Además, junto a mí cualquiera podía verse
alto.
—Qué... ¿alegría?
—¡Lo sé! —Sonrió satisfecho—. Oye, podríamos ir por una copa,
escuché que hay barra libre en este lugar.
Genial. Un extraño que te invita una copa no puede traer más que
problemas, lo sabía por las múltiples anécdotas que Lizzy nos
contaba cada verano. Ser inteligente es saber aprender de las
experiencias ajenas, en especial de las que vienen de los más
cercanos.
—Oh, me encantaría, pero... —¿Pero? ¿Pero qué?—. Vengo con amigos.
—Vamos, no creo que se molesten si te robo unos minutos...
—Oh, no es eso. Mi amiga acaba de terminar con su novio y ahora
mismo debe estar vertiendo las cataratas en el baño.
Frunció el ceño. Era un gesto dedicado que ya se estaba volviendo
costumbre en los hombres a mi alrededor.
—¿Y el resto de tus amigos?
Esa era la peor parte de soltar una mentira: Tener que mantenerla.
Sostenerla sin una coartada previa no era la opción más viable, pero
a mí parecía no quedarme del todo claro.
—Mi amiga Lizzy es una alcohólica recuperada —mentí—, prometí que
la cuidaría esta noche. Cuando se excede es... —Chasqueé la lengua
para añadir naturalidad a mi engaño.
Venga ya, que tampoco era tan falso. Acá entre nos, Lizzy era quien
tenía más tolerancia al alcohol de entre nosotras, y dicen por ahí que
la práctica hace al maestro.
Pero no era una alcohólica.
Aunque sí era intimidante.
Iba a matarme si se enteraba de ello.
El pelirrojo rio y asintió con la cabeza una vez, antes de llamar al
camarero con un gesto de la mano.
—Dos copas, por favor —pidió tomando de inmediato dos bonitas y
elegantes copas de champán.
Cuando depositó una de las copas en mi mano lo contemplé
sorprendida.
La última vez que bebí terminé haciendo vete a saber qué cosas en un
barecito de mala muerte, en el que no solo llamé a mi exnovio,
también hice el ridículo frente al novio de mi prima estrella quien,
además, también resultó ser mi nuevo —o quizá no tanto— jefe.
Ya había tenido mucho alcohol por el resto del año.
—Ah, es que yo no bebo...
—¿Tienes planes para el sábado? —preguntó al llevarse la copa de
vino a los labios. Ignorándome por completo—. Porque el bar «City»
está de aniversario y si quieres puedo pasar por ti a las...
—¡Oh, el sábado! —Me estampé una mano en la frente para añadir
dramatismo. Mi madre siempre decía que entre más expresiones se
pudieran incluir en la actuación, mejor—. Este sábado estoy ocupada.
Ya, sabía que solo tenía que decir que «no», justo después de
preguntarle quién demonios era antes de continuar con la
conversación, pero no estaba en mi sistema central hacer algo que
hiriera a las personas. No hay nada más vergonzoso que saludar a
alguien con alegría y que este solo se limite a disculparse diciéndote
que no tiene ni mierda idea de por qué diablos has cruzado palabra
con él. Y decir «no» tampoco era una tarea fácil para mí. De hecho,
según había leído era como una enfermedad, había miles de personas
en el mundo que la padecían, creo que hasta debería considerarse
una especie de síndrome, de hecho, ya estaba planteándome
seriamente la idea de enviar mi petición al CDC.
—¿En serio? ¿Qué tienes que hacer? —averiguó con curiosidad,
ladeando la cabeza como hacía yo siempre que fingía no saber algo.
—Ah, esto... Yo... tengo una... una...
—¡Ah, ahí estás! —exclamó un muy animado Killian Collingwood,
apareciendo detrás de mí y haciéndome sobresaltar de la impresión—
. Solo quería confirmar la cena del sábado.
¿Cena del sábado? ¿Cuál cena del sábado? ¿De dónde salió y por qué
apareció de repente entre la multitud?
Lo miré confundida.
Al parecer, ambos hombres esperaban una respuesta inmediata,
porque sus silencios solo fueron adornados con las miradas
expectantes que me dedicaron después.
Bueno, nada que no pudiera usar a mi favor. Quizá era una bendición
del cielo, una respuesta a mis plegarias todavía no formuladas.
—La cena... Sí... Justo estaba hablándole a...
No cabía duda: yo salía de una para meterme en otra. Cuando me
liberaban de la soga en el cuello yo me arrojaba a la guillotina.
—Charlie —recordó el pelirrojo—, el hijo de Ágata Fields.
¡Ah! Ya decía yo que no lo había visto jamás. De pequeña solía
eliminar los recuerdos desastrosos e hirientes de mi vida con una
facilidad envidiable.
Y Ágata Fields era la misma mujer que había logrado quitarle el
empleo a mi madre en la televisora de México. Además, Charlie
siempre escupía lechuga cuando comía, su madre nunca le dejaba
comer chatarra y tenía granos a los siete.
—A Charlie, sobre nuestra cena de... cena de...
—Cena de gases —sugirió Killian con convicción.
Estaba tan perdida que ni siquiera reparé en la idea
—Sí, una cena de gases... ¡¿Cena de gases?! —giré el rostro hacia él y
con una mirada fulminante le transmití todo el odio que le profesaba
desde hace unos días.
Aunque, si le afecto en algún momento mi mirada soez, no pareció
hacer mella en su expresión divertida.
Pero al menos alguien se la estaba pasando de maravilla con mis
tontos.
—¿Cena de gases? —preguntó Charlie con interés.
Bien, no quedaba más que seguir con la mentira hasta el final.
—Sí, una cena de gases es... Es cuando... —Bueno, si pensaba que
Killian Collingwood había caído del cielo como una bendición a
liberarme de mi tortura, ya no me quedaba duda de la clase de
purgatorio que debía estar pisando para pagar en tierra por mis
males—... Cuando tú... ¡Es un experimento!
Mentir siempre era como una cadena, como un hilo de medias que se
descose si tiras de el y estropea el resto del trabajo.
Una vez que comienzas no puedes parar.
—¿Un experimento?
Ambos hombres me miraban con curiosidad, el segundo con más
diversión que el primero.
Ahora sí que estaba en un aprieto. Improvisar no era mi fuerte.
—Sí, es un experimento en el que... tomas... Hum... comes... Es una
máscara de oxígeno —se me ocurrió.
—¿Una máscara de oxígeno? —preguntó Charlie con renuencia.
—¡Sí! Es... la nueva forma de comer, necesitas colocarla sobre tu boca
y el gas comienza a salir en automático... Tiene... sensores de calor y
tú eliges el sabor... Es para... Ya sabes, evitar el... síndrome de
intestino irritable.
—¿El síndrome de intestino irritable?
¡Pero bueno! ¿Qué había comido, exámenes?
—Sí, ya sabes... El gas hace que tu estómago crea que estás lleno y el
sabor engaña a tus papilas gustativas, así las personas no tienen que
comer alimentos que irritan sus mucosas.
Ni me lo digas, tengo bien claro que mi experimento tiene más sesgos
que usar confeti para curar el cáncer, pero cuando estoy en un
aprieto me pongo..., bueno, así de irracional.
—Ya, pero eso no arregla el problema de la desnutrición.
Me abofeteé en la mente. Por supuesto, las mentiras siempre tenían
imperfectos y yo ya no podía decirle que era un invento que prometía
salvar a la humanidad.
—Sí, bueno, todavía tiene lagunas.
Por el rabillo del ojo pude ver a Killian recargando la barbilla en los
dedos, una sonrisa de oreja a oreja y un brillo en la mirada que solo
podía denotar completa diversión.
Charlie lo vio inquisitivo, pero de Killian no obtuvo más que un
encogimiento de hombros.
—Oh, bien —dudó—. Entonces quizá podríamos salir otro día.
Venga, pero no se podía ser más insistente.
—Sí, me encantaría, pero...
—¿Pero?
—No creo que a mí... novio le agrade la idea.
Decir «no» nunca fue tan esencial como en ese momento... De
acuerdo, tal vez estaba exagerando un poco, fue más esencial decirlo
la vez que me pidieron suplir al chef en la pescadería y termine
encerrada dentro del cuarto frío por dos largas horas y una
hipotermia de primer grado. Aun así, en ese momento me habría
evitado el bochorno siguiente.
—¿En serio? No sabía que estabas saliendo con alguien...
—Sí él está... muy cerca...
—¿Sí? ¿En dónde?
—Él está... —Estiré el cuello, buscando a Simón en la barra junto a
Rikan, pero no lo encontré. Mi coartada había desaparecido—. Está —
entonces una nueva idea destiló en mi cabeza—: está justo aquí.
Al señalar a Killian el mundo se detuvo.
Cuando la diversión desapareció de su rostro y su mirada se tornó
amenazante supe que aquella no había sido una buena decisión.
Capitulo catorce

—No creo que a mi... novio le agrade la idea.


Decir «no» nunca fue tan esencial como en ese momento... De
acuerdo, tal vez estaba exagerando un poco, fue más esencial decirlo
la vez que me pidieron suplir al chef en la pescadería y termine
encerrada dentro del cuarto frío por dos largas horas y una
hipotermia de primer grado. Aun así, en ese momento me habría
evitado el bochorno siguiente.
—¿En serio? No sabía que estabas saliendo con alguien...
—Sí, él está... muy cerca...
—¿Sí? ¿En dónde?
—Él está... —Estiré el cuello buscando a Simón en la barra junto a
Rikan, pero no lo encontré. Mi coartada había desaparecido—. Está...
—entonces una nueva idea destiló en mi cabeza—. Está justo aquí.
Al señalar a Killian, el mundo se detuvo.
Cuando la diversión desapareció de su rostro y su mirada se tornó
amenazante, supe que aquella no había sido una buena decisión.
Así que me apresuré a girar hacia Charlie antes de que la mirada de
Killian me desmembrara.
Pero la expresión de Charlie cambió de curiosidad, a horror total y de
inmediato se disculpó:
—Lo siento, no sabía que...
—Tranquilo, yo tampoco —replicó, lanzando una mirada cansada al
gentío de al lado.
Charlie frunció el ceño con justificada incomprensión. Así que hice lo
único que podía salvar la situación: palmeé el hombro de Killian y
comencé a reír como si aquel fuera el chiste del año.
—Es un bromista de primera —le aseguré con soltura.
Charlie arqueó una ceja en su dirección, gesto ante el cual Killian se
llevó la copa de vino a los labios sin decir nada más.
Al menos agradecía que no me hubiese contradicho abiertamente.
—Bien, entonces yo... me retiro.
—Fue un gusto volver a verte Charlie —mentí con una enorme
sonrisa.
Que de algo sirvieran las horas eternas tras bambalinas del set de las
telenovelas en México.
—¡Lo siento! —gruñí cuando Charlie desapareció del camino—. Yo...
Entré en pánico y..., bueno...
—¿Por qué no solo decir «no»?
Genial, era igual de pedante que Adrianna. Como diría mi madre:
Dios los hace y ellos se juntan.
—No es tan fácil con nonofobia.
—¿Nonofobia?
—Miedo a decir que no —expliqué—, está a nada de ser una
enfermedad oficial.
—¿Siquiera lo conocías?
—¡Sí! —salté a la defensiva, provocando que arqueara una ceja con
incredulidad y mi histeria se activara como una bomba atómica en un
campo minado—. ¡Por supuesto que lo conozco! Es el... hijo de la...
antigua compañera de trabajo de mi madre...
—¿Qué tan antigua?
—Hace... algunos años —respondí muy digna.
—Entonces bebías con un desconocido —concluyó.
¡Pero bueno! ¿Qué acaso era el día de las preguntas insistentes y yo
de eso nada sabía? ¿Será que el mundo se confabuló para sacarme de
mis cabales a pico y pala?
—¡No estaba bebiendo!
Killian repitió el gesto de arquear una ceja en torno a la copa de
champán que sostenía con fuerza en una mano.
—¡Esto no es mío! —aseguré a la defensiva, entendiendo. al instante,
que eso es justo lo que diría un adicto o un criminal después del
atraco.
Killian se encogió de hombros.
—No es de mi interés, pero si vas a beber hazlo con personas que
conozcas. La última vez no te fue muy bien.
Bueno, al menos ya no me cabía la menor duda: Killian tenía una
memoria fotográfica. No había forma de que olvidara ese pequeño
desliz en el barecito.
Cerré los ojos y negué con la cabeza reprendiéndome al instante por
cederle el paso libre a mis pensamientos.
—Oye, gracias por... lo de la cena, yo... estaba en un aprieto.
¡Dios! ¿Por qué no podía dejar de balbucear de una vez? El peligro
había pasado, no tenía ningún motivo para sentirme oprimida.
—Sí, eso noté —concordó volviendo a su sitio.
—Te debo una.
—Me debes más de una —corrigió sin gracia.
Aunque al parecer esa era la forma en la que un Collingwood
bromeaba, pero con la expresión seria y la mirada penetrante era
bastante complicado diferir entre la broma y la verdad.
Así que solo sonreí.
Killian estaba a medio paso de retirarse, cuando una mujer alta,
rubia y delgada, con los tacones más altos que había visto en la vida
se acercó hacia él con alegría.
—¡Killian Collingwood! —saludó extendiendo la copa en su dirección—
. ¡Tanto tiempo sin verte!
Él sonrió con amabilidad y buscó en las paredes algo con la mirada.
—Te vi la semana pasada, Sofía.
—Es Sophie.
Killian sonrió y asintió con la cabeza una sola vez, mostrando con
ello el más descortés mínimo interés.
—Fue muy amable de tu parte disculparte enviando ese ramo de rosas
aquel verano —aseguró la mujer, jugando con uno de los hilachos de
decoración en su vestido rojo—. Nunca tuve la oportunidad de
agradecerte el gesto.
—Siento no haber podido ir a esa cena con tus padres —se disculpó
sin mucho interés.
—Tranquilo, sé que tenías negocios importantes.
El silencio incómodo que le siguió fue llenado solo con mi tos después
de beber un poco del champán de la copa.
Que no estaba acostumbrada al alcohol no era precisamente una
novedad.
Ambos arquearon una ceja en mi dirección.
Con todo el esfuerzo del mundo cubrí mi garganta y mascullé un
grueso:
—Lo siento.
—Y como nunca tuve la oportunidad de agradecerte —continuó,
ignorándome—, quisiera invitarte a la cena de gala en el Notre Dom
este sábado.
Killian abrió la boca para responder, pero después de pensárselo
mejor decidió tomar otro camino girando en mi dirección.
—De hecho, no creo que a mi prometida le guste la idea. —Señaló con
la copa en la mano.
La mirada que Sophie posó en mí me habría hecho trastabillar si no
hubiese desviado la atención sorprendida hacia Killian Collingwood.
Killian me miró con total naturalidad, su expresión bien podría
transmitir la seriedad de la que tanto alardeaba Adrianna cada vez
que cotilleaba al teléfono con mi mamá, pero su mirada era
desafiante.
Yo le debía una.
Él lo sabía.
Giré hacia Sophie y sonreí con convicción.
—Oh, yo... No sabía que estabas comprometido —la mujer me miró de
arriba a abajo como a un maniquí de escaparate—. De hecho, creo que
nadie más lo sabía.
Ya no nos estaba creyendo nada, la sentencia estaba escrita en su
sonrisa torcida.
Bien, que sirvan de algo las horas recluida en miles de sets
mexicanos.
—Oh, es que todo ha sido tan reciente —expliqué barriendo una vez la
mano al aire frente a mi cara—. De hecho, me ha propuesto
matrimonio ayer.
¡Ja! A ver qué hacía con eso. Era la coartada perfecta. Con eso no
había motivos para que nadie desconfiara de nuestra mentira. No es
algo que uno publicaría en internet o algo así, hay cosas que se
disfrutan en silencio. El matrimonio, quizá, sea una de ellas.
—¿En serio? —preguntó arqueando una ceja una vez más.
Era oficial: odiaba esa ceja—. ¿Y dónde está tu anillo de compromiso?
Bien, quizá no era la coartada perfecta, si algo podía aprender de las
mentiras y las actuaciones en las televisoras en las que trabajaba mi
madre, era que todos los engaños tienen siempre una laguna. La
cuestión era saber desviar la atención de ella.
Y yo había fallado.
Pero era la hija de Pam Maldonado, se necesitaba mucho más que una
pregunta para hacerme caer.
Así que comencé a lagrimear. Pronto logré que el lagrimeo se
convirtiera en sollozo, y el sollozo en un berrido que daba salida libre
a las lágrimas.
Mi madre siempre dijo que yo había nacido con un don para la
actuación, y es que solo hacía falta bostezar para que las lágrimas se
me saltaran sin poder evitarlo. Estaba en mi fisiología y la verdad es
que era un don bastante útil cuando deseaba salirme con la mía.
Siempre que aquello no implicara a Adrianna, claro, su actuación era
mucho mejor que la mía, ella no tenía que bostezar para llorar, solo
debía presionar las mejillas hacia arriba, evocar sentimiento con
fuerza y el llanto le salía natural.
Como sea, la verdad es que funcionó. Incluso Killian me observó con
evidente preocupación.
—Yo... ¿Pasa algo? —preguntó intrigada la rubia Sophie.
—Es que... yo... perdí mi anillo de compromiso —balbuceé logrado
que ella se llevara una mano al pecho con sumo pesar—. En realidad,
me lo robaron, fue un asalto esta mañana. Me siento tan culpable con
Killian, porque ese era el anillo de su abuela.
La mirada de pena y preocupación me hizo entender que mi
actuación había llegado a su límite si no me detenía ella iba a
ponerse a llorar conmigo y a como pintaban las cosas, terminaría
cargando su cuerpo etílico hacia un taxi que, por supuesto, tendría
que pagar yo.
Así que me detuve.
—¡Oh, es tan triste! ¡Cuánto lo siento!
Sophie sacó un pañuelo de su bolso y me lo ofreció con pesar.
—Seguramente no tanto como su abuela.
—Killian, debes sentirte terrible —supuso la mujer, girándose hacia
él.
Killian se recobró el estado de confusión en el que se encontraba y
asintió bajando la mirada.
—Estoy deshecho. No sé cómo he podido venir a este lugar cuando
todo lo que quiero es llorar la perdida de lo único que me quedaba de
mi abuela.
Vamos, que era un pésimo actor. Solo un idiota podría creerle
—¡Pobrecito! —se lamentó Sophie cubriéndose la boca con una mano.
Por supuesto.
Reprimí el impulso de rodar los ojos y resoplar al aire.
—¡Yo los puedo ayudar a buscar el anillo! —brincó emocionada de
repente.
—Oh, no es necesario...
—No creo que sea lo que su abuela hubiera querido...
—No tengo tiempo...
—Los objetos van y vienen...
—No aceptaré un «no» por respuesta —aseguró con euforia—.
Ustedes solo tienen que enviarme una fotografía del anillo por correo
y yo me encargaré de poner en marcha a toda la ciudad.
Sonreí.
No hablaba en serio con lo de poner en marcha a toda la ciudad...
—Hablo en serio —me aseguró como si leyera mis pensamientos.
Mostré las palmas en señal de rendición y pronto, la responsabilidad
cayó sobre Killian.
—Te lo agradezco Sonia...
—Sophie —corregí por lo bajo.
—Sophie —corrigió de inmediato—, te enviaré las fotografías esta
noche.
Con eso Sophie se dio por enterada y satisfecha se marchó arrojando
un fino mechón rubio sobre su hombro en un movimiento elegante.
—¡Wow! —exclamé—. Pero que novias te consigues, podría haberle
dicho que tu abuela vino a tirarme las sábanas a medianoche y me
habría creído.
—Dale algo de crédito, es muy inocente.
Ya, mientras inocente fuera sinónimo de «ilusa», todo bien.
—¿Y qué actuación fue esa? —preguntó recobrando el ánimo.
—Fue excelente y lo sabes —acusé, señalándolo con la mano que
sostenía la copa.
—Tengo que admitir que las lágrimas me impresionaron.
Me encogí de hombros.
—Mi madre era actriz en México, pasé la mayor parte de mi infancia
en Monterrey.
Él arqueó una ceja con asombro.
—Nací en San Antonio. Mi padre es de Florida y mi madre de
Monterrey, he pasado toda mi vida en los dos sitios.
Él me miró con sorpresa, sin dar crédito a lo que escuchaba.
—¿Laga... Adrianna no te lo dijo? —pregunté creyendo entender un
poco su silencio.
Solo esperaba que no le hubiera salido con el cuento chino de
Finlandia. En la secundaria era una pasada, pero en el mundo de los
adultos era diferente.
—Supongo que olvidó mencionarlo —respondió, desviando la mirada
con aburrimiento.
Claro, olvidó mencionarlo. No es como si olvidara mostrarle la lista
del súper, las deudas de la casa, o su edad. Uno no olvida esas cosas,
las oculta.
Será bruja la lagartija.
Me encogí de hombros respetando su silencio.
—Mientras no te haya dicho lo de Finlandia...
Cuando su expresión cambio de indiferencia a total asombro, un foco
rojo en mi cabeza se encendió.
Y una risa entrecortada se me escapó.
Y yo que creía que la rubia era ilusa.
—No es finlandesa, ¿verdad?
—No, es de San Antonio también —aseguré—. Aunque de pequeña se
la pasaba visitando la boutique «Finlandia» a dos manzanas de la
casa. Seguro se refería a eso —bromeé sin poder evitar que la risa se
me escapara atascada.
¡Dios! Algunas veces Adrianna era una pasada.
Killian Collingwood me miró mal y abrió la boca, listo para proferir
una probable amenaza a favor de su araña finlandesa, pero fue
cortado por una presencia detrás de mí.
Giré un poco la cabeza hacia atrás y encontré a la rubia Sophie
caminando en nuestra dirección a paso decidido, con una mirada
seria e indiferente.
Qué poco le había costado descubrir la verdad.
—Vámonos —ordenó Killian tirando de mi brazo hacia la pista de
baile.
Era una mala idea. Lo supe cuando tiró de mi brazo y ocasionó que la
copa que traía entre manos se me resbalara chocando con el suelo en
un ruido estruendoso.
—¿Qué tienen las mujeres en los genes que las hacen ser tan
insistentes? —preguntó con fastidio, tomando mi cintura con una
mano iniciando un baile lento en una pista atestada de humanidad
frígida.
¡Pero bueno! Y yo que creí todo este tiempo que sentiría lástima por
el pobre imbécil que tuviera que lidiar con la lagartija de mi prima.
—¿Qué tiene los hombres en los genes que los hacen ser tan
estúpidos? —contraataqué.
—Solo digo que es bastante sencillo darte cuenta de que a alguien no
le importas... —se cortó de golpe cuando comprendió la magnitud de
sus palabras.
Nick.
Bueno, algunas veces no es que las mujeres no nos diéramos cuenta
de que a alguien no le interesábamos. En el fondo lo sabíamos;
sabíamos que no éramos más que un buen rato, una buena noche de
sábado, un plan de medio día, pero más en el fondo, esperábamos
que eso cambiara, teníamos tanta confianza en nosotras mismas que
creíamos que al final el chico se daría cuenta de lo que tenía y
cambiaría.
Yo aún esperaba, en secreto, que Nick recobrara los últimos dos años
de relación mandando al diablo a la profesora de inglés y corriera
hacía mi con lágrimas en las mejillas.
Killian carraspeó mostrando incomodidad por primera vez en el corto
tiempo que tenía de conocerle.
Le pisé el pie.
—¡Auh!
—Y no fue un accidente —aseguré sin pena. Jefe o no se las daba de
merecido.
Él abrió la boca una vez más, pero pareció pensarlo mejor, la cerró.
Fue una decisión inteligente.
—En serio, ¿qué tiene Collin que no te deja superarlo? ¿Es tan difícil
dejar atrás a un hombre? —preguntó con curiosidad. Un aura de
incredulidad cubría sus facciones. No podía entender cómo es que
alguien podía aferrarse tanto a una persona.
Me encogí de hombros.
—Supongo que nunca te has enamorado... Y su nombre es Nick.
—Aun así. No necesitas todo esto —aseguró haciéndome girar sin
previo aviso.
Una parte de mí creía que con esa mirada de zafiro penetrante podía
leer mi espíritu, que podía ver todas las noches que pasé en vela
vertiendo lágrimas sobre mi almohada o viendo películas de guerra,
comiendo helado y palomitas con Aly, Lizzy y Simón a medianoche.
Después de algunos días creí que lo estaba superando. Pero el hablar
de él con un extraño me hizo entender que no era así, solo había
aprendido a ignorarlo guardando su recuerdo en un baúl al fondo de
mi subconsciente.
—¿Y si es todo lo que puedo conseguir? —pregunté bajando la mirada
cuando el picor detrás de los ojos me advertía las cascadas reales—.
¿Y si él era lo mejor que podía encontrar?
Killian resopló, sorprendiéndome con el gesto y obligándome a
levantar la mirada para verle mejor.
No sabía que los Collingwood resoplaran.
—créeme, Claire, puedes encontrar algo mejor que Erick. Te
menosprecias demasiado.
—Su nombre es Nick.
—Mira, solo digo que no necesitas esperar por nadie, mucho menos
por un imbécil que compra aromatizantes de pino para el auto.
—¡Tienen un olor excelente! —mentí a la defensiva. La verdad es que
la mezcla de pino con las calcetas deportivas de Nick era todo menos
agradable, ya ni hablar de ser excelente.
—¿En serio? Porque no es lo que dijiste fuera del barecito York.
—¡Estaba perdida! No era yo, no deberías creerles a todas las mujeres
que beben de más y se paran a cantar las de Christina Aguilera.
La consiguiente carcajada musical me tomó por sorpresa. Me habría
parecido de lo más bonita si no fuera porque se burlaba de mis
memorias.
—¡¿Y qué me dices de ti?! ¿Es tan divertido ir de falda en falda? —reté
con la barbilla en alto mientras Christina Perri hacia su aparición en
los altavoces.
—No voy de falda en falda —aseguró retomando la expresión seria,
pero sin perder la mirada divertida—, algunas mujeres también usan
pantalón.
—Ja-ja. Pues debe ser muy divertido...
—La verdad es que lo es...
—¿Y hasta cuándo? —corté mirándolo a los ojos. Aunque en ese
momento me estuviera sintiendo más cohibida que valiente—. ¿Hasta
cuándo va a durar la diversión? ¿Cuándo vas a dejar de tomar la
mano de mujeres Prada que dicen vivir en Finlandia y toman un latte
frente a ti antes de zambullirse tres expresos en su alcoba? O peor
aún: alguien que te dice ser vegetariana y no lo es...
—Esto es personal. No estás siendo objetiva —acusó mostrando
desinterés y desviando la mirada hacia algún punto sobre mi hombro.
Genial. Pocos días con él y ya podía entender que desviar la mirada
era como su barrera. Después de contemplar sus ojos zafiro tanto
tiempo me había percatado de que eran el único atisbo de verdad en
su expresión. Aquellas pupilas eran lo único que podía delatarle.
—¡Pero es verdad! ¡Y los sabes! —acusé—. Mira, quizá yo termine sola
con un montón de gatos, apretando mi bastón al aire cada vez que
mis sobrinos pisen mi césped, pero tú terminaras casado con una
mujer delgada, rubia, de piernas largas, con botas Channel y
directora de Prada. Una mujer que ordenara ensalada de tofu cada
cena familiar y hablara de spinning, moda y manicura. Te pondrá el
cuerno con su entrenador de pilates, terminara embarazada, te dirá
que su hijo es tuyo y te sacara todo el dinero en un divorcio de cinco
años, porque tampoco es tonta. Terminarás calvo, solo, deprimido, y
con la mitad de tu dinero desperdiciado en un niño mimado y una
madre adúltera que solo piensa en los collares de Tiffany en París.
Terminarás optando por el suicidio, todos lo sabemos. —Me encogí de
hombros—. Pero a nadie le importará, porque tus padres estarán
muertos y la única persona a la que le interesarás en el mundo será a
la mujer que hace la limpieza y lo hará solo porque le recuerdas al
hijo que perdió en un accidente automovilístico de un viernes en la
noche.
El silencio que prosiguió fue llenado solo con su mirada reflexiva.
—¿Por qué son relevantes las botas Channel y el trabajo en Prada? —
preguntó al fin.
Rodé los ojos.
—Es una traidora. No puedes trabajar en Prada y comprar Channel,
es como trabajar en Green Peace y comprar juguetes Mattel, o como
ser surcoreano y saludar a la bandera a de Corea del Norte o como
ser un gato y lamerle las orejas a un perro, o como si el líder de la
OMS creara un nuevo virus, o como si...
Killian me cortó con una mano al frente.
—Vale, ya entendí... Creo.
Tomé aire.
—Es... una metáfora, No puedes apuntar a ambos bandos.
Capitulo quince

Todo parecía normal. Cuando terminó la canción caminamos de


regreso a la barra más enorme que había visto en la vida, donde el
olor a champán se distinguía a varios metros de distancia. Al rededor
de la barra, los becarios se arremolinaban entre risas y sonrisas
alegres en busca de más bebidas.
Nunca en la vida sentí pena por un barman, creo que hasta pude
envidiarlos en algún punto depresivo de mi existencia.
Cuando llegamos a la barra reconocí al hombre que se acercaba hacia
nosotros con un porte diferente, había algo inusual en él, algo que no
tenía nada que ver con el verde de sus ojos o la palidez de su tez o el
bonito (y costosísimo) traje de gala.
Era el amigo de Killian, el hombre que nos recibió después de...
Bueno, después de la noche en el barecito.
¿Cuál era su nombre?
De acuerdo, que no cunda el pánico. Si no lo menciono ni siquiera se
dará cuenta.
—¡Claire Kinsella! —exclamó abriendo los brazos a los costados, en
espera de un abrazo.
Elevé la palma de la mano en su dirección y oculté medio cuerpo
detrás de Killian.
Sabe Dios que le habré dicho a ese hombre en el estado en el que me
encontró. Había visto demasiados vídeos en internet sobre
adolescentes con copas de más y ninguno de ellos era ni un poquito
bueno.
Killian rio por lo bajo.
—Quizá no te recuerda —planteó—. Claire, este es Ezra
Rommensward, el hombre que me ayudó a arrastrarte a ti y a tu
amiga al auto después de... lo del bar.
No recordaba nada de lo que había pasado en el barecito, pero tenía
demasiado miedo para preguntar. El simple hecho de que hasta
Killian Collingwood prefiriera no mencionarlo era suficiente para
encender la alarma mental que me decía que eran terrenos que no
debía pisar ni de broma.
—Está bien —concordó Ezra con una sonrisa encantadora—.
¿Empezamos de nuevo? —propuso extendiendo su mano al frente.
¡Dios, pero que sonrisa!
Necesitaba conseguir una de esas.
Le tendí la mano haciendo lo propio.
—Claire Kinsella.
—Tiene una mirada encantadora —puntualizó con la mirada clavada
en Killian, como si el cumplido fuera para él.
Quería protestar, pero el calor que arropó mis mejillas fue épico. Ya
no sabía si lo que me apenaba era Ezra o el simple hecho de tener
vasos sanguíneos en la cara.
—¡Y se sonroja! —exclamó como si aquello fuera el equivalente a
descubrir una nueva isla—. Creí que ya nadie lo hacía...
—Muy bien, Romeo. —silenció Killian palmeando su hombro. En
secreto, estaba agradecida con él—. Así que decidiste venir.
Ezra se encogió de hombros con desinterés y le sonrió.
—Bueno, créelo o no, los hoteles Collingwood son muy aburridos —
aseguró fingiendo una expresión seria—. ¡Y, por favor! ¡¿Mentas en el
baño?! ¡¿En serio?!
Killian rodó los ojos y suplicó un frustrado:
—Ni lo digas.
—¿Cuándo vas a dejar de perder el tiempo en esto? —preguntó su
amigo con fastidio, mostrando por primera vez un gesto de
desprecio.
Poco a poco sentía como me iba volvieron do parte de la escenografía
inmóvil. De ese humo que se disuelve hasta ser invisible.
La historia de mi vida.
Aunque siendo honesta era mucho más sencillo para mí escuchar que
entablar una conversación con un extraño. Así que, por mí, perfecto.
—Cuando Max cumpla la mayoría de edad regreso a Crackface —
respondió Killian antes de tomar de la barra una copa de vino.
Crackface. Casi olvidaba que me encontraba frente al creador de la
red social más grande (y más adictiva) a nivel mundial. Recordaba
con exactitud las noticias en televisión sobre el genio que desarrolló
los algoritmos para el diseño y la estratificación de la red.
Era sorprendente, bueno, lo era para mí, aunque supongo que
viniendo de la chica que no podía diferenciar un hardware de un
software perdía toda la gracia.
—¿Quién es Max?
—Su hermano —me respondió Ezra, sin apartar la mirada firme de su
amigo, casi desafiante.
—Ezra —advirtió Killian con una expresión que podía ser todo menos
agradable.
No me habría sorprendido si de pronto el pobre Ezra comenzaba a
dar brincos de retortijón en su sitio con las dagas de las pupilas de su
amigo.
Sin embargo, nuestro acompañante parecía ser inmune a su
expresión congelada, rodó los ojos y clavó la mirada de regreso en
mí.
Merdé.
—Dime, linda, ¿cómo está tu amiga la del vómito?
—Ezra.
—Juro que si vuelvo a escuchar mi nombre como advertencia quemo
este lugar —señaló irritado.
—Yo te ayudo —ofrecí sin ánimo
La verdad es que ir a esa fiesta tampoco me apetecía en lo absoluto,
pero la señora Collingwood fue muy clara con las invitaciones: si
alguien no quería ir, tendría que trabajar.
Y nadie quería trabajar.
Los labios de Ezra se curvaron hacia abajo y me señaló con el índice.
—Ahí lo tienes Collingwood. Tú decides.
Ahora fue el turno de Killian para rodar los ojos.
—Y dime, linda, ¿cómo sigue la gruñona de tu amiga? ¿Cuál era su
nombre? ¿Heidi?
—Aly —corregí de inmediato, sintiéndome cohibida por la intensidad
de su mirada, ofreciendo una respuesta rápida para que desviara la
vista hacia otro lado—. De hecho, ella vino hoy.
Gran error. Su interés se intensificó.
—¿En serio?
—Sí, trabaja aquí, está... —Me levanté de puntillas para buscar a mi
amiga con la mirada y lograr deshacerme de Ezra—. ¡Ahí está!
Nada en contra de él, en realidad parecía un sujeto amable y
compasivo, pero su atractivo podía doblarle las piernas a cualquiera
y yo ya tenía suficiente con el novio de mi prima al lado.
Cuando Ezra giró hacia ella, comencé a hacerle señas con la mano a
mi amiga para que se nos uniera, pero seguía sin percatarse de mi
existencia.
Ezra me silenció con un gesto de la mano y anunció:
—Déjalo, iré yo mismo con Heidi.
—¡Su nombre es Aly! —grité al aire mientras se alejaba—. ¿Crees que
lo recuerde?
Killian se encogió de hombros con la indiferencia que le
caracterizaba.
—Puede ser.
El silencio que le prosiguió se tornó tan incómodo que me limité a
clavar la vista en el vacío, pensando en cómo iba a manejar la
pérdida de los papeles que el director Rodd no me había cedido.
Trabajar en el proyecto Food Porn era una noticia gorda. Mi familia
se quedaría de piedra y con la quijada al suelo si se enterara de que
mi proyecto como becaria sería una realidad a nivel mundial. Por
desgracia, para hacerlo necesitaba los papeles que el director Rodd
me negó por haberle pegado un merecido puñetazo a Nick en los
pasillos de la universidad.
Hasta que Ed Sheeran resonó en mi cabeza en mi línea favorita.
—And if you hurt me that's okay baby, only words bleed inside these
pages you just hold me. And I won't ever let you go —canté cerrando
los ojos y echando la cabeza hacia atrás, recargando mis codos sobre
la barra como si en lugar de estar en una fiesta de hotel estuviera en
el caribe tomando el sol con una rica piña colada con todo y sombrilla
de regalo.
—¿Qué estás haciendo?
¡Aggghh!
Adiós, proyección mental del Caribe; hola, horrible fiesta nocturna en
una barra de bebidas.
—¿Qué parece que estoy haciendo? —espeté cerrando los ojos una vez
más, volviendo a echar la cabeza hacia atrás e intentando volver al
Caribe—. Es mi parte favorita.
Un resoplido estalló a mi lado, seguido de un decadente reproche:
—Por supuesto, seguro que lo es.
Bien, adiós, Caribe.
—¿Y eso qué quiere decir? —Abrí un ojo y lo miré cansada.
—¡Por favor! ¿Y si me lastimas está bien, solo son palabras escritas
en páginas que sangran dentro de este papel, y si me sostienes nunca
más me sentiré solo? ¿En serio?
Giré hacia él y, reclinando mi cabeza sobre la palma de mi mano
apoyada en la barra, me encogí de hombros.
No sabía de qué venía todo aquello.
—Es masoquista, psicológicamente te estás haciendo a la idea de que
está bien si alguien te hace daño, está bien. Si es amor, tiene que
doler ¿no?
—Bueno, nadie tiene un final feliz sin un par de rasguños —defendí.
En mi opinión era una canción maravillosa sobre un hombre que
había amado demasiado. Era obvio que le hacía falta escuchar el
principio de la canción. Toda ella hablaba por si sola.
—Lo que te hicieron no fue un simple rasguño.
—¡¿Y tú cómo...?! Ah, no —supliqué al cielo enterrando la frente en la
palma de mi mano—, ¿te lo dije todo, no es cierto?
Killian se encogió de hombros y se sentó junto a mí.
—Dios, aleja esto de mí —pedí haciendo a un lado la copa de champán
que el barman me había dejado recién.
Por extraño que pareciera, ya no quería tener nada que ver con el
alcohol. La experiencia de Navidad fue suficiente.
—Es la idea más brillante que he escuchado toda la noche —celebró
buscando algo en la pared. Tal vez un reloj.
Ese aire de condescendencia me recordaba tanto al de Adrianna, que
me daban ganas de vomitar... sobre su cara... la de ambos.
—¡Por favor! ¿Tú me hablas de masoquismo cuando sales con
Adrianna? —reproché—. Harías mejor en quedarte callado.
—¿Qué tiene eso de masoquista?
—Oh, nada, supongo que nada viniendo de ti, es como si salieras
contigo mismo, Adrianna es la versión masculina de ti, son tal para
cual. —Levante las manos en señal de rendición y me puse de pie—.
Fue mi error.
Cuando di media vuelta y comencé a caminar hacia el otro extremo
del salón, la voz de Killian me frenó en seco.
—¡¿Por qué la odias tanto?! —gritó para hacerse escuchar sobre todo
el barullo de aglomerados.
Cuando un par de miradas se volvieron a mí, el color me subió a la
cara y la acusación tampoco me ponía de un humor especial.
Giré con violencia sobre mis talones y caminé hacia él con convicción
renovada.
—Yo no la odio a ella —dije acercándome poco a poco—, ella me odia a
mí...
—Ella no te odia...
—¿Ah, en serio? ¿Eso te dijo? —encaré.
—Sí, lo hizo.
—¡Pues te mintió! ¡Otra vez! —exploté—. Ella no nació en Finlandia,
tampoco es vegetariana, nunca fue modelo de Chanel y tampoco
trabajaba y estudiaba al mismo tiempo, en realidad se enteró de un
servicio de ahorros que tenían sus padres y que le dejaron hasta
cumplir la mayoría de edad, pero le dijo a todo el mundo que
trabajaba solo para no compartirlo con nadie y de paso quedar como
una mártir, es su especialidad; tampoco es alérgica al cacahuate, ni
al chocolate, la realidad es que evita ambos porque le sacan granos
en la punta de la nariz; no ama la ópera, la he pillado escuchando rap
y country; odia las matemáticas y a los cachorros de razas pequeñas;
se tiñe el cabello de rubio y no habla Japonés, tampoco fue integrante
de PETA, ni maestra voluntaria en campamentos de verano.
Tomé aire.
Killian me miraba con atención. Tardó un par de segundos
analizándome antes de lanzar su ataque:
—¿Y tú hablas francés?
Maldita sea.
—Bueno... no, pero...
—¿Qué me dices de Rikan? ¿En realidad es un buen jefe? ¿Los trata
tan bien como dijiste? ¿Cómo es el trato en la cocina, Claire? ¿Suelen
tratar bien a los clientes difíciles? ¿Siquiera hablas criollo haitiano?
No, mejor respóndeme: ¿siquiera sabes dónde queda Haití?
¡Dios, pero que hombre tan exasperante! ¡Era como traerme a
Adrianna al trabajo! ¡Solo ella podría tratarme como a una niña
estúpida sin expresar emoción alguna! Bueno, al parecer solo ella y
Killian.
—¡Por supuesto que sé dónde queda Haití! —defendí dando media
vuelta, dispuesta a marcharme.
Pero entonces recordé que aún me faltaba una cosa más.
—Y el tatuaje que tiene Adrianna sobre el hombro no es una lechuga
en honor a su nueva vida de vegana, es una horrible mancha que usó
para cubrir el nombre de su exnovio Alex, porque resulta que sale
más barato tatuarte encima que borrar el primero, aunque eso no lo
sepas jamás porque debes limpiarte el trasero con billetes de veinte
—solté molesta.
Killian frunció el ceño.
—Eso no sería lo más cómodo.
Rodé los ojos y di media vuelta enfadada..., de nuevo.
Caminé a paso decidido hacia cualquier sitio que me llevara lejos del
novio de mi prima. Y ese sitio era junto a Simón.
Al fin estaba cerca.
—¿Dónde has estado? —reprendió—. Rikan nos quiere a todos en la
cocina ahora.
No sé por qué ese «a todos» me olía a «los becarios», pero tenía mis
sospechas.
—¿Y todos somos...?
—Becarios del uno al cuatro —respondió a mis pensamientos con
agilidad.
El poder de entendimiento que poseíamos Simón y yo era
sobrenatural, una especie de don divino que nos ayudaba a sobrevivir
en la cocina de Rikan... Y en el mundo en general, pero solía ser más
importante en la cocina de Rikan.
—¿Nadie le dijo que era nuestro día libre? —gruñí caminando hacia la
cocina junto a Simón.
—¿Nadie te dijo a ti quién es Rikan? —rebotó.
Touché.
Al entrar a la cocina encontramos a una muy pasmada Aly y una
aburrida Lizzy.
Al centro, una chica pequeña y menuda permanecía de pie,
mirándonos con expectación y algo de admiración. Su piel morena,
sus ojos cafés chocolate, sus cabellos oscuros.
Me recordaba a la gente de México. A todas esas personas amables
que sonreían al cruzar la calle, que regalaban las bolsas de frituras
cuando te habías quedado sin cambio, aquellas personas que sonreían
en las salas de espera en cualquier sitio, los que servían con una
sonrisa en la cara. Demasiado amable, muy humana.
Iba a morir.
—Ya era hora becarios uno y dos —reprochó Rikan apareciendo de la
nada con esa habilidad que solo él poseía—. Les presento a la becaria
cinco, es nueva, tiene veintidós, es experta en comida mexicana, no
habla francés, pero habla español e inglés y la verdad es que está
aquí porque la señora Collingwood ha comenzado a sospechar que no
tenemos tantos becarios en la cocina. Si fuera por mí ninguno de
ustedes estaría aquí.
Bueno, se le podía vituperar de todo a ese hombre, pero la honestidad
era una característica de su ego que no se pondría en tela de juicio.
—Hum... ¿Hola? -intentó Aly.
—No los he llamado para que socializaran con ella, los he llamado
para que le muestren este santuario. Díganle cuáles son sus nuevos
instrumentos de trabajo, no quiero accidentes estúpidos en mi
cocina, ¿quedó claro? —Todos asentimos—. Mañana esta chica tiene
que ser una experta en mi cocina, mañana no puede tener dudas,
¿entienden lo que les digo? —Asentimos otra vez—. Un error sencillo
y todo el peso caerá sobre sus cabezas. ¡Becaria cuatro! —llamó,
logrando que Lizzy se sobresaltara y se acercara a paso titubeante—.
Consíguele un uniforme, las reglas de vestir están a tu cargo.
—Así lo haré.
—Bien, cuando terminen de enseñarle algo útil pueden volver a
payasear a esa estúpida fiesta —gruñó antes de salir dando uno de
sus característicos portazos.
Y como a Rikan no le gustaba que le diéramos la espalda jamás,
nosotros habíamos tenido que torcernos hasta perderlo de vista.
—¿A caso no es un amor? —pregunté girando de regreso hacia la
chica nueva. Era quizás un poco más pequeña que yo.
¡Al fin!
—¿Cuál es tu nombre, becaria cinco? —preguntó Simón inspeccionado
un trapo sucio en la barra de amasar.
—Carolina, pero pueden llamarme Carol, eso hacen mis amigos —
ofreció con una voz tenue.
¡Dios mío! ¡Era adorable! Desde ya podía ver como la hacía pedazos
el insensible de Rikan. Teníamos que trabajar muy bien con ella.
Parecía humana.
Y nadie en la cocina de Rikan puede ser humano, no si espera
sobrevivir. En la cocina de Rikan se debe ser un robot sin
sentimientos, uno capaz de soportar gritos, insultos, más gritos,
castigos, turnos extras, más gritos y renunciar a su nombre para
tomar el de «becario tal».
A través de mis ojos, se veía como una pequeña ardillita en medio de
una manada de hienas hambrientas.
—Sin duda será una larga noche.
Capitulo
dieciseis
—... Balance de sabores... Olla de guisos... Los boneless de
mantequilla son una especialidad de los hoteles Collingwood...
Vinagre de manzana... Nunca entres a la cocina sin red... «Un minuto
es un día perdido en la cocina de Rikan...». Estrellas Michelín... Los
profesionales... Señora Collingwood... Huevos por la mañana...
Mucha actitud... Demasiada paciencia... Profesionales... Desprecio...
Baja autoestima... Confianza total... Amigos todos...
Lizzy se esforzaba por resumir todo lo que intentamos enseñarle a la
pobre Carolina. Mi cabeza iba a estallar, teníamos tres horas
hablando sin cesar sobre las reglas de uso de cada instrumento en la
cocina de Rikan. Jamás me di cuenta de cuantas cosas utilizábamos
en ese lugar hasta que tuve que nombrarlas todas y dar una
demostración de su uso.
La mirada temerosa de Carol confirmaba nuestras sospechas: iba a
tener un inicio duro. Parecía la clase de personas que dicen «por
favor» y «gracias», de las que limpian su lado de la mesa después de
comer y ayudan a las tiernas ancianitas a cruzar la calle.
Era como una apetitosa ardilla dentro de un círculo de hienas
hambrientas y despiadadas.
Suspiré y le lancé una mirada cansada a Simón, que se limitó a
encogerse de hombros, antes de volver a explicarle el proceso de
preparación de la salsa de tomate.
—Se la van a comer —aseguró Lizzy al acercarse detrás de mí,
observando como Simón y Aly se esforzaban por explicarle el proceso
de la salsa al mismo tiempo que los horarios de trabajo.
—A veces tenemos una hora de descanso, es tu momento para tomar
aire, trabajas en la cocina así que no necesitas comer fuera, pero con
Rikan cerca seguro querrás salir a caminar un poco —explicó Aly
acomodando los cubiertos en un cilindro de lavado—. El cilindro se
enciende en el rojo y se apaga en el verde, es una trampa de
iniciación, no lo escuchaste de mí, si alguien te pregunta, di que
tienes una así en casa.
—Puedes agregar un poco de pimienta, pero solo un poco —explicó
Simón al mismo tiempo—. Los movimientos deben ser suaves, a
Rikan no le gusta su salsa tan líquida, quiere una mezcla de espesor
moderado...
—No puedes cocinar picante y luego pasar a los platillos dulces, debes
lavarte antes y esperar un par de minutos, Rikan dice que se
impregna el sabor. Ni me preguntes —cortó Aly mostrando las
palmas—, yo tampoco sé cómo funciona.
—¿Ya le explicaron el funcionamiento del cuarto frío?
—No, hazlo rápido —pidió Simón—, estoy a punto de decirle el
ingrediente secreto.
—Simón —advertí.
La única respuesta que recibí de él fue un guiño fugaz.
Escupirle a la salsa de Rikan era una tradición de Simón, pero aún no
podíamos confiar en la pequeña y adorable criatura frente a
nosotros. Si nos delataba y Rikan se enteraba de que tenía parte del
ADN del becario uno en su sistema... Adiós referencia profesional en
el currículum.
—El tablero de controles a la izquierda se encarga de regular la
temperatura del interior, en verano solemos bajarla cinco grados más
—explicó—. Ni te preocupes, si tienes suerte jamás tendrás que entrar
a este sitio.
—Abrimos a las seis, pero tienes que estar aquí a las cinco de la
mañana, excepto en días festivos, en esos tiempos entramos un poco
más tarde...
—El pescado se sirve sin escamas...
—La campana indica que sale una orden...
—No se permiten plantas dentro, a menos que sean para cocinar...
—No puedes atravesar las puertas grandes, esa es la cocina de los
profesionales...
—Las reglas...
—Rikan...
—Lavado de manos...
—¡Ya basta! —exploté poniéndome de pie de un salto, consiguiendo
que la cocina entera cayera en un enorme silencio—. Ya fue
suficiente.
Tomé la maní de la chica, le quité el delantal, la red y comencé a
caminar hacia el exterior.
—¡¿Qué estás haciendo, Claire?! —gritó Simón detrás de mí.
—La llevo a la fiesta...
—¡¿Estás loca?!
—¡¿Has perdido la razón?!
—¡¿Quieres volver a las prácticas en el aeropuerto?!
Giré sobre mis talones y les hice frente.
—Chicos, honestamente, ¿quién de nosotros entendió una sola
palabra el primer día? —reté.
La cocina quedó en un silencio absoluto.
Todos recordábamos nuestro primer día de trabajo después de un
inútil día entero de inducción en manos de otros becarios que no
tenían mucho interés en ayudarnos.
Nadie podría olvidar jamás la vez que Simón se quedó atrapado pro
dos horas dentro del cuarto frío, la vez que quebró la vajilla que la
madre de Rikan le regaló en Navidad o la vez que explotó su salsa de
tomate en toda la cocina. Tampoco podríamos olvidar la vez que Aly
agregó dos litros extras a la sopa de queso y, por accidente, fue
llevada a la mesa de un duro crítico, la vez que se le cayó el brazalete
en la ensalada o la vez que se tropezó con un cubito de hielo e inundó
el piso con la mostaza de la cubeta que cargaba. A Lizzy le fue mejor,
ella se limitó a quedar de la manga prensada al horno automático, a
perder las llaves de su auto dentro de la mezcla de harina en un
pastel que tuvimos que deshacer a manotazos y a descubrir su alergia
al surimi en un mismo día. Yo era un caso aparte, me habían arrojado
salsa de tomate hirviendo en el delantal por «accidente» al entrar a
la cocina de los profesionales; había llegado tarde por creer en el
sarcasmo de Rikan cuando me decía que podía tomarme media hora
de la mañana para prepararme; nadie me dijo que su perro dormía
debajo de su escritorio y había terminado con las pantorrillas
mordisqueadas por un chihuahua bien entrenado, además de todo eso
yo también quedé atrapada en el cuarto frío tres horas.
Todos estábamos destinados a fracasar el primer día porque nadie
salía intacto de la cocina de Rikan. No existía alguien a quien Rikan
no hubiese insultado jamás.
—De todas formas, va a sufrir —concordó Lizzy arrojando la red del
cabello sobre la barra.
La nueva soltó un suspiro exagerado y abrió los ojos en torno a la
red.
—Te diré un secreto, linda: sí Rikan no lo ve, no existe. —Guiñó un
ojo antes de arrojar su larga cabellera hacia atrás y salir de la cocina
a paso decidido.
—Solo tenemos que evitar a Rikan —propuse.
Simón y Aly parecieron dudarlo un par de segundos antes de asentir
en conjunto y seguir mis pasos hacia la fiesta una vez más.
No es que me apeteciera volver a ese lugar, pero era mejor que estar
un minuto más en la cocina de Rikan. Ya había tenido demasiado de
él y no quería tener que relacionarme con su aura en mi día libre.
—Ven, nueva, te presentaré a otros becarios —invitó Simón guiándola
del brazo.
—Voy a la barra —anuncié señalando hacia el otro extremo del
salón—. Necesito un croissant de mantequilla o voy a volverme loca.
No había nada mejor que un croissant de mantequilla para derrotar
el estrés de la cocina de Rikan.
—Un croissant, por favor —pedí al hombre de la barra que conservaba
con celo los croissants detrás de él.
No podía engañarme. Conocía bien ese truco de ocultar la comida
para quedarte con las sobras al final del día.
El hombre me miró mal y me entregó a regañadientes un pequeño
croissant.
Y cuando hablaba de pequeño, realmente me refería a algo pequeño.
Suspiré y tomé mi croissant para volver a mis amigos, cuando al
girar y avanzar un par de pasos, una mirada dura de zafiro me
atravesó desde el otro lado de la habitación.
—Mierda —gruñí girando sobre mis talones de regreso a la barra.
Cuando llegué de nuevo hacia ella le pedí una copa al cascarrabias
que tenía aquel hotel por barman.
—Una de tinto, por favor, necesito ocultarme de un imbécil —indiqué
señalando con el pulgar detrás de mí.
Lo único que quería era pasar un buen rato, no necesitaba una cita,
un baile y, en definitiva, no al novio de Adrianna o mi jefe. Solo
quería pasar una buena noche, unos minutos antes de volver al
departamento a ver series de televisión con una cubeta de helado
napolitano, vertiendo las pocas lágrimas que aún tenían las huellas
de Nick.
De inmediato, la copa de vino tinto fue depositada sobre la barra sin
mucha delicadeza.
Mi intención no era beber, de hecho, planeaba llevarle la copa a
Lizzy, era seguro que ella no la despreciaría. Solo tenía que buscar un
pretexto para evadir esa mirada y la copa de vino sobre la barra era
la escusa perfecta.
—Y un gin tónic para cuando el imbécil llegue —ordenó la voz de
Killian detrás de mí.
El sobresalto me hizo derramar el vino sobre mi vestido y parte del
traje de algún hombre junto a mí. Cuando el hombre misterioso giró
y cruzó mirada conmigo, lo que quedaba de la copa saltó hacia atrás
con mi nuevo sobresalto.
El hombre era Rikan Fitzgerald.
Maldije a Murphy.
Lo que quedaba de la copa cayó sobre el traje del señor Collongwood.
Y así es como se arruinan dos trajes de Gucci y un vestido en menos
de un minuto, señoras y señores.
—¡¿Qué estás haciendo aquí?! ¡Deberías estar en la cocina! —
reprendió Rikan, dejando que la esclerótica se le pusiera roja de pura
ira.
—Hum... yo...
Estaba a punto de echarle la culpa a mi recién inventado ataque de
alzheimer, pero la voz de Killian me interrumpió con curiosidad.
—¿No es hoy el día libre de todos los becarios?
La cara de Rikan cambió a asombro total, y luego brincó de asombro
a autocontrol.
El gran chef comenzó a tallar su pantalón negro con el puño, pero la
mancha solo se esparcía más. Rikan endureció la mandíbula y me
fulminó con la mirada.
—Así es. Le pedí a ella que buscara una red en el cuarto frío —
masculló con la mirada de advertencia clavada en mí.
Me retaba a contradecirle frente a Killian Collingwood.
—Es cierto —mentí—, yo me ofrecí. Necesitaba alejarme de todo esto.
Tampoco era una mentira al cien por cien, en realidad, si necesitaba
alejarme de esa fiesta, del ambiente tan pesado, de los vestidos de
diseñador despampanantes y, sobre todo, necesitaba alejarme de él.
Nunca creí que podría respirar con un poco de tranquilidad en la
cocina.
Aunque la verdad sigo sin creérmelo demasiado.
Killian asintió sin mucho interés antes de pedirme hablar conmigo en
privado.
Al principio creí que estaba de broma, pero su expresión seria,
carente de diversión o de esos hoyuelos encantadores, me hacía caer
en cuenta de la realidad: no era ninguna broma.
Rikan lucía casi tan sorprendido como yo, no daba crédito a lo que
veía, parecía querer sacarse los ojos y lustrarlos para ver mejor de
qué se trataba o traspasarme con la mano para ver si yo no era una
alucinación.
Con todo y todo, hice lo único que se me ocurría que podía hacer para
evadir una situación así:
—Gracias, pero me he torcido el tobillo —respingué depositando la
copa sobre la barra con violencia.
Bueno, me había servido en la secundaria cuando Peter Kravitz me
invitó al baile de graduación. Seguro que se podía reciclar en una
situación similar.
Pero mi camino de infortunios no me dio mucho tiempo para
pensarlo mejor antes de soltar aquella estupidez.
Como era de esperarse: Killian y Rikan fruncieron el ceño en mi
dirección.
—No te he invitado a un baile, te he dicho que necesitamos hablar.
—Y yo te he dicho que me he torcido el tobillo —me mantuve firme.
Con la mentira hasta el final, si no había de otra.
Aunque fuera una tan decadente y ridícula como aquella.
Los ojos de Killian se entrecerraron en mi dirección antes de
descifrar con agilidad:
—No te has torcido el tobillo y no veo porque esa sea una razón para
no hablar sobre el proyecto de gastronomía...
—Tu madre dijo que hoy no existía el trabajo —recordé retrocediendo
suavemente para alejarme de él en un vago intento por recuperar mi
libertad.
Por desgracia, la suerte no estaba de mi lado esa noche.
Ni ninguna otra, al parecer.
Un cuerpo fuerte chocó contra el mío, haciéndome perder el
equilibrio y caer de frente sobre el piso de fino mármol.
Algo crujió en mi pierna.
—¡Auh! —grité cuando una mano intentó tomarme de la cintura para
ponerme en pie.
Un dolor agudo se extendió desde mi tobillo hasta mi rodilla. No era
un dolor de muerte, pero sin duda tampoco era ni un poco agradable.
—¿Qué te duele? —preguntó Killian sosteniéndome con delicadeza,
sin insistir más en el levantamiento de mi torpe persona.
—El tobillo —admití con pena, sintiendo como el color me subía a la
cara.
Gajes del oficio, ¿verdad?
Mi lengua era mi maldición. Después de eso iba a intentar gritar al
cielo que acababa de recibir un millón de dólares, a ver si eso
también se me cumplía.
Cuando el cuerpo de Killian vibró debajo de su tacto al producirse
una tenue risa socarrona, mi sistema dilató aún más la vasculatura
de mis mejillas, pasándome de rosa a rojo en un tiempo récord.
Me dejó libre para inspeccionar mi tobillo con sumo cuidado,
mientras yo veía cómo poco a poco las personas giraban en nuestra
dirección con una mirada avergonzada.
Y eso que no eran ellos quienes estaban de trasero al suelo con el
tobillo lastimado.
—No está roto. Sostente de mi hombro, tiraré de tu cintura hacia
arriba, pero puede doler un poco —indicó una vez que terminó de
inspeccionarme el pie.
Acabé accediendo a regañadientes. Más que nada porque en serio no
me apetecía quedarme ahí tirada a merced de las miradas de todos
los invitados, becarios, profesionales, amigos importantes de la
señora Collingwood. No, gracias.
Killian hizo ademán de cargarme en brazos, pero me rehusé, pues lo
último que me apetecía era ser la pobre moribunda que salía del
salón con el hijo de la anfitriona.
Me apoyé en su hombro y me erguí como pude, reprimiendo las
muecas de dolor que me surgían del alma.
Giramos hacia un pequeño pasillo que dividía la recepción del hotel y
el centro de convenciones. Las luces eran más fuertes que las del
salón, los alrededores desprendían un olor a lavanda embriagador
que atenuaba el dolor en mi tobillo. La tranquilidad y el silencio en el
lugar, me producía paz.
Llegamos a un sofá rojo elegante y nos sentamos con cuidado sobre
el.
—La próxima vez puedes decir que te cortaste con un papel o que
olvidaste apagar la llama de la estufa —sugirió Killian soltando una
tenue risa.
Capitulo
diecisiete

—La próxima vez puedes decir que te cortaste con un papel o que
olvidaste apagar la llama de la estufa —sugirió Killian soltando una
tenue risa.
Quería dedicarle la mirada más molesta que pudiera expresar alguna
vez, pero el tobillo comenzaba a punzarme y no pude hacer más que
morderme el labio para no explotar en llanto de pura ira.
Nada estaba saliéndome bien desde el accidente con el ciervo en la
cena de Navidad, de ahí en adelante parecía que mi suerte caía en
picada.
—Qué inefable, me sorprende que conozcas una estufa. La gente como
tú solo ordena su caviar —solté con veneno, esperando que mis
palabras golpearan, aunque fuese solo un poco, su ego.
Pero no fue así.
El ego golpeado fue el mío.
—Me sorprende que conozcas el significado de la palabra «inefable»
—comentó como de pasada mientras inspeccionaba mi tobillo con
precaución.
Mis manos se volvieron puños a mis costados.
No cabía la menor duda: Adrianna lo había domesticado a su antojo
en menos de seis meses. No me sorprendería si de pronto le
descubría un tatuaje en el hombro con el nombre de lagardianna.
Abrí la boca para responderle alguna estupidez, pero (gracias a Dios)
Killian se apresuró a tranquilizarme.
—No está rota —aseguró—, solo un poco inflamada, quizá necesites ir
a casa a descansar.
¡Al fin! La vida me pedía perdón de rodillas dándome como ofrenda
de paz la oportunidad de volver a casa disfrazada detrás de una
buena (y dolorosa) excusa.
—Estoy de acuerdo contigo.
Me puse de pie con dificultad, ignorando la ligera punzada de dolor
que se extendía desde mi tobillo hasta mi rodilla. Quizá si lo ignoraba
lo suficiente el dolor terminaría apagándose en un rato.
Apenas me puse en pie, recordé que mi pequeña bolsa de mano quedó
olvidada en la cocina de Rikan y, aunque no me apetecía en lo más
mínimo volver a poner un pie en ese lugar, giré resignada y caminé
en esa dirección.
—¿Qué estás haciendo? ¿Tampoco conoces el significado de la palabra
«descansar»?
Giré la cabeza con ira hacia él y lo encaré.
—¿Y tú conoces el significado de la palabra «amabilidad» o «respeto»
o «golpiza»? Porque eso último es lo que te vas a ganar si vuelves a
insultarme, ¿oiste?
Su expresión divertida solo me hacía odiarlo cada segundo un poco
más.
—No puedes golpear a tu jefe —aseguró con confianza, siguiéndome
el paso y tomándome del brazo a tiempo, antes de que fuera a caerme
de bruces una vez más.
Culpaba al tobillo, al mal karma y a Murphy.
—No sería la primera vez —dije soltándome de un tirón.
Que fuera mi jefe y que me diera la oportunidad de trabajar con
Rikan tampoco le daba ningún derecho a tratarme de esa manera.
Tener que soportarlo en casa era suficiente, escuchar esa
condescendencia hacia mi maltrecha persona a en el trabajo también,
ya era inconcebible.
—Mira, solo quería decirte que tengo los documentos que el director
te negó, ahora solo necesito el proyecto en mi escritorio para mañana
en la mañana —explicó retomando la actitud profesional al instante.
—¡¿Mañana?! ¡Pero si son las once de la noche!
De verdad no esperaba que entregara un proyecto profesional en diez
horas, ¿verdad?
—Lo sé. Tienes todavía diez horas, tiempo suficiente...
—No puedo terminar un proyecto de ese tamaño en diez horas —
expliqué borrando de mi expresión cualquier rastro de ira. Toda yo
era una enorme masa de preocupación.
—Pues tendrás que hacerlo porque tiene que estar mañana en mi
escritorio para cuando llegue —ordenó sin una chispa de compasión—
. El proyecto comienza a ponerse en marcha la primera semana de
enero.
¡¿Cuándo?!
—¡¿Tan rápido?!
Su respuesta se limitaba a una mirada inexpresiva.
—¡¿Por qué tanta prisa?! ¡Eres joven, lo que te sobra es tiempo!
—Y lo que me falta es paciencia —cortó con apatía—. Quiero ese
informe mañana por la mañana sobre mi escritorio.
No pude evitar mirarle como el ogro que era. No cabía más duda
sobre lo que le había atraído de Adrianna. Ambos estaban cortados
con la misma tijera incompasiva y carente de humanidad.
Entonces se me escapó todo el sarcasmo que llevaba guardado en
algún cajón de mi subconsciente.
Ladeé la cabeza e hice una ligera reverencia inglesa.
Killian entrecerró los ojos en mi dirección y agradecí que solo se
limitara a eso y no optara por ponerme de patitas en la calle de una
buena vez.
«Irreverente» me diría mi madre en ese momento; «tonta» me
llamarían mis hermanos, «limpiarás el jardín», me gritaría mi padre.
Retomé mi marcha de regreso a la cocina antes de que aquel hombre
decidiera romper el silencio con mi carta de renuncia.
Abrí las puertas de la cocina de los becarios como si fueran las
mismas puertas del paraíso. Nada me hacía más ilusión que alejarme
de Killian Collingwood de una vez y, ya de paso, poner unas grandes
puertas de metal de por medio.
Para mi mala fortuna, me apresuré cuando dije que la vida estaba
pidiéndome disculpas.
Lo que encontré dentro me dejó sin palabras.
Y sin aire.
Nick Palmer manoseaba con total libertad a la profesora Tabatha.
No entendía qué hacían ellos en mi cocina, pero los quería fuera de
mi santuario. Por primera vez sentí un poco de respeto por Rikan y
entendí el respeto que tenía por ese lugar.
No quería verlos un segundo más en mi área de trabajo.
—¡¿Qué demonios están haciendo?! —grité con ira contenida.
Al instante, ambos ciempiés se despegaron y de un salto se
apartaron.
Tabatha me veía con alivio e indiferencia (a esas alturas ya ni
siquiera merecía el título de profesora de inglés), y Nick parecía
desear que se lo tragara la tierra.
Una lástima que aquella expresión solo fuera una ilusión.
—Claire... Creí... Creí que era tu día libre —balbuceó Nick—.
Nosotros...
Se silenció de golpe cuando las puertas de metal se abrieron detrás
de mí.
No me giré. A esas alturas no me importaba ya quién pudiera verlos,
no me interesaba nada más que la fuerte opresión que sentía en el
pecho.
Venga, que olvidar a alguien con quien has estado dos años enteros
solo es sencillo de dientes para afuera. Existían muchas cosas que me
podían desagradar de ese hombre rubio, pero también otras tantas
que no conseguía dejar de echar de menos cada día. Saber que quizá
todas esas virtudes yacían en manos de alguien que no supiera
apreciarlas me estaba matando.
Pero aquella no era mi decisión. Era suya.
—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó Killian con tranquilidad
detrás de mí.
Nick y Tabatha intercambiaron una mirada, hasta que Nick se atrevió
a responder:
—Fuimos solicitados como sustitutos. Al parecer la señora
Collingwood quiere ampliar el fondo de ayuda y nos ha dado una
plaza como sustitutos cuando se necesite.
Era absurdo. Ella ni siquiera estudiaba gastronomía, ¡venga!, que, ya
puestos en el tema, ni siquiera sabía encender un tostador.
Quería decirlo, quería hablar, gritar, pero las palabras no salían de
mi boca, mi mirada se quedó clavada en la tira del sostén que se le
escapaba del hombro a Frida.
—Bien, retírense, su turno terminó —ordenó el hombre detrás de mí
sin un poco de amabilidad en la voz.
—Y parece que el mío también.
Dicho lo anterior, tomé mi bolsa y me retiré de la cocina dando
grandes zancadas llenas de ira y humillación, una humillación que se
proyectaba en forma de calor en las mejillas, sensación de moqueo y
ardor en los ojos.
—Nuestro turno termina en dos horas —alcancé a escuchar a Nick
reprochar.
Tenía tantas ganas de estampar el puño en la pared que de pura
adrenalina olvidé que mi tobillo no estaba del todo bien y al cruzar la
puerta principal del hotel, se torció una vez más. Por fortuna, logré
detenerme a tiempo... Para mi mala suerte, lo hice de un rosal
enorme y hermoso... Con espinas grandes e imponentes que se
clavaron en mi palma sin mucho esfuerzo.
De golpe caí sentada sobre el borde de mármol en el jardín que
custodiaba las rosas, pero no me dejé vencer. Me puse de pie de
inmediato y, mientras examinaba mi mano herida, comencé a pedir
un taxi por el móvil.
—¿Qué tienes con las espinas? —inquirió Killian, sentándose junto a
mí en el borde de una fuente de agua en concreto.
—No son las espinas, son... las plantas en general —expliqué
frotándome la palma en el vestido de noche.
—¿Qué tienes contra las pobres plantas?
—No lo sé, no fui hecha para cuidar de otra vida —logré proferir
cuando en realidad lo que más deseaba era volver a zambullirme en
mi miseria como Dios manda, en total soledad.
Killian soltó un suspiro cansino y retomó la conversación que venía
evadiendo:
—Mira, sé que debes de tener un montón de cosas en la cabeza, como
el imbécil de Nathan, el monstruo de Rikan y la cena de Año Nuevo
en casa de tus padres, pero no puedo darte ninguna preferencia por
ser familia de Adrianna —explicó con tanto profesionalismo que no
me habría sorprendido descubrirle ensayándolo por la mañana—.
Necesito ese proyecto mañana a primera hora.
Mi mente era un torbellino de emociones. Amor, ira, desesperanza,
dolor, asesinato. Bueno, esa última no era una emoción, era un deseo
con predominio diez de diez, pero valía también por el mero
desasosiego.
Poco después caí en cuenta de algo mayor. La última gota que
necesitaba el vaso de mis emociones para venirse abajo.
—¿Dijiste algo sobre la cena de Año Nuevo?
Killian me miró tan inexpresivo como siempre y asintió con simpleza.
—¿La cena de Año Nuevo será en casa de mis padres? ¿Cómo lo
sabes?
Esta vez no se pudo mantener firme. Su ceja se arqueó y su cabeza se
ladeó.
—¿No lo sabías? Adrianna me lo dijo hace una semana.
¡Auch!
¿Mi propia familia me excluyó de la cena de Año Nuevo? Yo creía que
sería en casa del tío Ted, pero siempre la organizaba con mamá y la
tía Grace.
No podía dar crédito a lo que estaba escuchando.
Quizá me dejaron una nota en el buzón, quizá tenía mensajes en el
móvil que se me pasaron, tal vez tenía mensajes en Crackface sin
leer. Sabía que las probabilidades eran pocas, ya que, si algo odiaba
en el mundo más que la leche agria, era tener la bandeja de mensajes
con un estúpido punto rojo, pero la esperanza era lo último que
moría, ¿no?
—¡Claro que lo sabía! —mentí—. Solo quería... saber cómo es que tú lo
sabías...
No, cuando me ganaban las emociones no podía actuar ni la mitad de
bien.
—¿En serio? —preguntó con repentino interés.
Asentí.
—Entonces dime: ¿qué opinas de la idea de los cangrejos y los
sombreros? ¿Crees que deberían incluirla?
¿Cangrejos y sombreros? ¡Qué carajos! ¿Quién unía esos objetos en
una misma oración? ¿Y por qué hablarían de cangrejos y sombreros
en la cena de Año Nuevo?
Bien, con la mentira hasta el final si ya me había subido al barco.
—Es una idea estupenda, pero me quedo solo con los sombreros —
intenté cruzando los dedos en una súplica silenciosa al universo.
Una enorme sonrisa apareció quebrando la expresión seria y
profesional de Killian Collingwood, en cuestión de segundos.
—No tenías ni idea de la cena de Año Nuevo, ¿verdad?
Sentí al instante el calor subirme a las mejillas.
—No hay ningún tema sobre cangrejos o sombreros en la cena, Claire
—explicó riendo levemente.
Vaya, ¿de verdad era tan fácil tomarme el pelo?
No quería ni saber.
—Bueno, seguro que han dejado algún mensaje por ahí. Solo lo he
pasado —aseguré con la frente en alto, tratando de salvaguardar los
pequeños rastros de ni fragmentada dignidad.
Sonrió con amabilidad y asintió.
—Tienes razón, quizá sea eso.
—Lo es —aseguré a la defensiva.
Seguramente solo fue un descuido. Repetía eso en mi cabeza tantas
veces, que terminé creyéndolo en pocos segundos.
—Bien, mi taxi ha llegado —señalé una vez que el taxi aparcó frente a
nosotros.
Killian asintió y, poniéndose de pie me abrió la puerta del taxi para
mí con amabilidad.
Iba a decirle que esa era la clase de cosas que uno no veía todos los
días en alguien como él, pero decidí quedármelo. Entre más rápido
pudiera llegar a casa a ahogarme en mi soledad, mejor.
Pero no se limitó a dejarme ir.
—Claire —llamó deteniendo la puerta con una mano e inclinándose
hacia adelante—. De verdad creo que puedes conseguir algo mejor —
aseguró sonriendo ligero antes de cerrar la puerta del taxi en mi
cara.
Habría sido un gesto lindo si no hubiera estado a punto de romperme
la nariz con la puerta.
Capitulo
dieciocho
Tomé el proyecto Food Porn y lo apreté contra mi pecho en un vago
intento por protegerme.
Seguramente era terrible. De ninguna manera podría estar a la altura
de una cadena de restaurantes en una línea de hoteles tan importante
como los Collingwood.
Pero no me iba a rendir, no sería yo quien lo dejara, si alguien iba a
sacarme de esto iban a ser ellos, no mi presagio al fracaso.
Así que, tomando un respiro profundo, emprendí la marcha hacia la
oficina de Killian Collingwood, repitiéndome una y otra vez que nada
podía ser peor que ser dejada por una profesora, torcerte el tobillo en
tu día libre y ser excluida por tu propia familia de la cena de Año
Nuevo.
No había mensajes. Al llegar a casa registré cada uno de los mensajes
en el móvil, en el contestador, en Crackface, pero no había nada. Mi
familia había olvidado invitarme.
Sentía que aquello valía como una daga al corazón. Si uno ni tiene a
su familia, ¿qué le queda entonces? Seguro existían algunas cosas
rescatables, pero la familia era algo esencial en mi vida.
Al llegar al piso de las recién descubiertas oficinas, me reporté con la
secretaria de Killian.
—Hola... Vengo a entregar un proyecto.
La pelirroja levantó la mirada y apartó un enorme mechón de sus
alborotados risos naturales para mirarme mejor.
—¿Carmie Komella?
Fruncí el ceño.
—Claire Kinsella.
—¡Oh, sí, eso! —Chasqueó la lengua—. Se supone que debías estar
aquí hace como —miró su reloj de mano— una hora.
—Lo siento, necesitaba editar un poco el proyecto.
La mujer soltó un suspiro y elevando el índice me indicó que
esperara mientras llamaba a Killian.
—La señorita Kinsella está aquí... Sí, se lo dije... No... Bueno, tiene un
paquete... Claro que sí.
Esperé atenta a que terminara de hacer un par de anotación es en
una libreta amarilla.
—Adelante —indicó al fin.
Ya no estaba tan segura de querer entrar a esa enorme oficina. Hace
apenas unos días ni siquiera sabía que los hoteles Collingwood tenían
áreas de oficinas o un departamento de marketing en el mismo piso
de la cocina.
Menos mal que me decidí por la cocina o habría sido una periodista
fracasada.
Abrí la puerta y me esforcé en mantener la boca cerrada.
Era un lugar enorme. El inmenso ventanal detrás del escritorio
mostraba una hermosa vista panorámica de la ciudad. Todos los
estantes eran negros, pulcros y ordenados con libros que tenían la
apariencia de no haberse leído jamás o, en otro caso, haberse leído
con guantes. Al centro descansaba un bonito y elegante escritorio
gris y detrás de el se encontraba firmando documentos en carpetas
negras el novio de mi prima.
—¿No piensas entrar? No tengo todo el día —reprochó Killian.
Me despabilé y me acerqué al escritorio a paso firme para depositar
el proyecto frente a él.
Por favor que no lo lea delante de mí, por favor que no lo lea delante
de mí...
Killian tomó la carpeta amarilla y comenzó a leer el proyecto. Yo
lancé una mirada fulminante al cielo.
—Creí que haber sido claro cuando dije que este documento tenía que
estar en mi oficina a primera hora —comentó mientras hojeaba el
proyecto.
—No creí que hablaras en serio cuando dijiste que el proyecto debía
llegar una hora antes que tú.
¿Qué clase de enfermo mental (además de Rikan) hacía llegar a sus
empleados una hora antes?
—Yo no juego con mi trabajo, Claire —dijo con seriedad, mirándome
un par de segundos antes de volver la vista hacia el proyecto.
Tragué saliva.
—Te preguntaré algo: ¿Cuánto tiempo tardaste escribiendo esta
propuesta? —indagó con la misma expresión neutral que se cargaba
todo el día.
—Toda la noche —respondí sin dudar.
—Dime la verdad —ordenó.
Parecía otra persona. No quedaba rastro alguno del hombre trajeado
de la noche anterior.
—¡Estoy diciendo la verdad!
Killian soltó un suspiro resignado y llamó a «Diana», su secretaria
por el teléfono local.
—Dígame, señor Collingwood —se presentó la pelirroja sin pecas que
me recibió minutos antes.
Killian le tendió mi proyecto antes de comenzar a pisotear mi
maltrecha confianza laboral.
—Es basura, no podría presentar un proyecto así a ningún
inversionista ni aunque buscara hacerlos reír —diagnosticó—.
Arréglelo, haga que parezca un proyecto profesional y no un chiste de
secundaria.
Diana tomó el documento entre sus manos y asintió bajando la
mirada un poco avergonzada. Era una vergüenza ajena, de esas que
hace alguien más y se pegan por los sentidos.
No podía creer que hubiese pisoteado mi trabajo con tanto descaro.
Quiero decir, estaba consciente de que era un asco, pero existía algo
que se llamaba «respeto» y «amabilidad», y algo de empatía no le
vendría mal tampoco.
—¿Te mataría ser un poco más amable? —reproché sin pensarlo
demasiado.
Al instante me arrepentí de haber exteriorizado aquella ira con tanta
prontitud.
Ya podía ver cómo los guardias de seguridad me sacaban de ahí a
tirones con una camisa de fuerza.
Killian ni se inmutó, a diferencia de Diana, quien abrió los ojos como
platos en mi dirección.
—Llévela con usted —ordenó—, muéstrele cómo se hace una
propuesta profesional, no se moverá de aquí hasta que no presente
un trabajo decente. Tienen el resto del día. No más.
Ya estaba decidido, no creía en el purgatorio, pero en el caso
hipotético de que existiera alguno, me iba a pasar de largo porque ya
estaba pagando mis pecados en tierra con la presencia de ese
malhumorado hombre.

****

Llegó el sushi.
Mi estómago comenzó a protestar después de cinco horas editando el
proyecto en el enorme cubículo de Diana, frente a la oficina de
Killian.
Era demasiado tétrico. Sentía que las paredes tenían pequeñas fibras
de poliéster que facilitaban la acústica al interior de su oficina. Como
si pudiera escuchar a través de ella cada respiración.
—¿No quieres un poco? —ofrecí señalando el platillo.
Pedí uno para dos y no creía que pudiera terminar con todo yo sola.
Diana se limitó a sonreír y a teclear un par de veces para modificar el
archivo.
—Veamos, ¿qué fue lo que dijiste del color rojo?
—¿Qué despierta el deseo? —pregunté luchando por pasarme la masa
de arroz y surimi.
—Aviva los sentidos —modificó tecleando.
Bueno, seguro eso sonaba mucho mejor.
—Deberías descansar un poco —sugerí—, puedo continuar con el resto
yo sola. Me has explicado bien.
Diana sonrió con amabilidad y negó con la cabeza.
—Cuando un Collingwood da una orden espera que se cumpla a la
brevedad.
—Y se cumplirá —aseguré—, solo tomará unos minutos.
Diana pareció pensarlo un par de segundos, hasta que decidió que era
confiable. Arrojó un mechón de risos rebeldes detrás de su oreja y
asintió clavando la mirada en el sushi frito.
Tragó.
Empujé el platillo hacia ella, quien no tardó ni un poco en comenzar a
comer.
Santo Dios... ¡Killian Collingwood era un monstruo! Mira que matar
de hambre a sus empleados...
—¿Cuánto tiempo tienes trabajando para los Collingwood? —pregunté
mientras cambiaba una «v» por una «b» en el archivo.
No podía creer que algo así se me hubiera pasado.
—Para este hotel un año.
—Nunca te había visto aquí.
Se encogió de hombros.
—Bueno, nunca abandono mi puesto y supongo que tú tampoco dejas
el tuyo.
El color me subía a la cara. Si pudiera averiguar cuantas veces me
salí de la cocina de Rikan, fingiendo dolor estomacal para cotillear en
el baño con Aly y Lizzy...
—¿Siempre es así de... críptico?
Porque cambiar el tema siempre era una buena opción cuando no se
quería mentir.
—No, en realidad es un hombre muy amable. —Mi ceja arqueada la
hizo reír—. Solo es profesional, no le gustan los errores en el trabajo,
puede pasar por alto algunos, pero en ocasiones no está tan
accesible.
—Pues no parece alguien accesible en ningún momento.
—Pero lo es. Tranquila, ya te acostumbrarás. Mira, siendo sincera el
proyecto que presentaste era horrible —declaró.
—Bueno, lo sé, pero no tenía que ser tan grosero.
Ella se encogió de hombros.
—A veces se sincera demasiado, pero nunca lo hace sin una razón.
Estás aprendiendo, está bien. No tienes que sentirte mal.
Suspiré y comencé a borrar una línea entera en la que hablaba de
manera impersonal sobre las patatas de arcoíris.
—Ojalá él pensara lo mismo.
—Lo hace, créeme, él sabe que no eres una profesional, ha tenido
mucha tolerancia contigo hoy. Supongo que es por eso.
—¿Porque no soy profesional? ¿Y eso es ser tolerante?
—En el mundo de los Collingwood es ser bueno como una virgen —
soltó una risita—. Su madre o su hermano ni siquiera te habrían
recibido el proyecto.
Dejé de teclear y la miré con fastidio.
No era su culpa, pero no podía entender cómo es que se podía ser tan
condescendiente con las personas, yo jamás me habría atrevido a
tratar así a nadie. De hecho, además de Rikan, no conocía a nadie que
pudiera patearle el trasero a alguien de aquella manera.
—¿Cuál es su problema?
Diana me miró, se limpió la boca y dejó de lado el platillo con, ahora,
solo dos rollos de sushi.
—He visto cómo se comportan algunas personas en este... mundo
laboral —explicó en un susurro, inclinándose hacia el frente a modo
confidencial—. En ocasiones tienes que ser muy duro, frío, no puedes
confiar en cualquiera porque todo el mundo está buscando, aunque
sea solo un poco más de dinero, aunque eso implique llevarte a la
ruina en el proceso.
Parpadeé un par de veces tratando de procesar la información.
—¿Alguien ha... intentado...?
Asintió.
—Más de una vez. Uno lo logró.
Mi expresión iracunda le dio rienda suelta al cotilleo que traía
guardado dentro.
—Logan, era su mejor amigo. Ambos eran socios de Crackface, pero
Logran intentó quedarse con la empresa —explicó emocionada—, el
problema era que Logan solo había aportado el dinero, todos los
algoritmos, el diseño, el ingenio, eran de Killian, así que ganó la
demanda, pero...
—¿Pero...?
—Tuvo que cederle el 25% de la empresa a Logan. Ahora él ha creado
su propia empresa colgándose del nombre de Crackface.
¡Pero que novela! Si alguien trasmitiera esos cotilleos por TV no me
los perdería por nada. Seguro que hasta un Óscar se ganaban.
Casi como si pudiera escucharnos, Killian llamó por el teléfono de
Diana preguntando como iba nuestro avance.
Sentí escalofríos.

****

—¡¿El proyecto tiene tres errores?! ¡¿Y cuáles son esos tres errores?!
—gruñí cubriéndome la cara con ambas manos.
Tenía todo el día metida en el cubículo de Diana. Ambas trabajamos
duro en mejorar el proyecto, pero nada parecía ser suficiente para
Killian.
—Bueno, Killian nunca te pone el trabajo fácil —explicó igual de
cansada—, jamás me ha señalado ningún error, solo dice que está
mal. Supongo que espera que seas competente.
—Pues me va a oír.
Me puse de pie y rodeé el escritorio de Diana.
—No tientes a la suerte —pidió deteniéndome del brazo.
Estaba molesta, no: estaba furiosa, pero Diana tenía razón, no podía
plantarme en su oficina a decirle el folclore mexicano de palabras
insultantes que guardaba para él dentro de mi cabeza. No si quería
conservar el trabajo y apoyar a mi hermano.
Suspiré y me senté de regreso junto a Diana.
Solo le había dicho a Diana por el teléfono que el proyecto tenía tres
errores. Tres errores.
Vete a saber cuáles eran esos malditos tres errores.
Pero no podíamos hacer más que comenzar de nuevo con la edición
del proyecto.

****

Killian hojeaba el proyecto por tercera vez. Ahí de pie, recargado en


el librero detrás de su escritorio lucía más imponente que de
costumbre. Revisaba meticulosamente cada detalle en el proyecto.
Cruzaba los dedos porque esta vez no encontrara ningún error.
Nuestro plazo se terminó, el sol se ocultó por completo y no quería
tener una falta en la universidad por nada.
—Llame a Rikan —le ordenó a Diana, arrojando el proyecto sobre el
escritorio.
Ella asintió con la cabeza una sola vez y desapareció por la puerta,
dejándome a merced del tirano de su jefe.
Killian se sentó en su bonita silla giratoria detrás del escritorio.
Parecía tan imponente que me entraban las ganas de encogerme ahí
de pie.
Así que opté por algo menos escandaloso: me senté en una de las dos
sillas frente a su escritorio.
—¿Quién te dijo que puedes sentarte? —Con la mano debajo del
mentón, la mirada perdida en unos documentos que sostenía con la
mano libre y una expresión seria, me cuestionó.
Me erguí como un resorte que pierde el punto de presión.
—Lo siento.
El color me subió a las mejillas tan rápido me levanté.
—Era una broma, Claire.
Lo miré pasmada.
Su expresión era toda seriedad, sus gestos no cambiaron ni un poco,
el único rastro de diversión era la pequeña sombra de un hoyuelo en
su mejilla, detrás del pulgar de la mano con la que sostenía su
mentón al analizar el documento.
Qué diversión.
Me preguntaba cómo hacían los Collingwood para expresar sus
emociones o, ya puestos en el tema, cómo hacían para tentarse el
modo y saber cómo actuar con alguien más en la familia.
Seguro que también lloraban para adentro.
En respuesta a mi silencio, Killian miró sobre el borde de las hojas.
Sus ojos brillaban con diversión, pero el resto de su cuerpo era todo
de mármol.
Desvié la vista hacia el ventanal de cara a la ciudad. No me pareció
una broma especialmente divertida y tampoco me hacía ilusión
ponerme a payasear con el hombre que me amarró a un cubículo de
oficina todo el día.
Esperé contemplando el resto de la ciudad. Las luces, el cielo
oscurecido, ¡Dios, qué daría por poder ver las estrellas! Odiaba la
contaminación casi tanto como a las sales de baño de Adrianna.
Poco después, la puerta se abrió sin que alguien llamara con
anterioridad.
—Lo siento, le dije que tenía que esperar —se disculpó Diana
entrando detrás de Rikan Fitzgerald.
Killian la silenció con un gesto despreocupado y le señaló a Rikan el
asiento del frente.
Diana se retiró al instante con la cortesía que le caracterizaba.
—¿Nos acompaña, señorita Kinsella? —preguntó Killian señalando la
otra silla cuando Rikan se sentó.
Entendía que con público teníamos que mantener las formalidades,
pero todavía era bastante raro escuchar al hombre que me había
recogido en medio de la lluvia y presenciado mi humillante cena
familiar, llamándome como a una empleada. No era molesto, solo
extraño.
Como era una pregunta retórica me limité a sentarme frente a él.
—¿Qué necesitas? —replicó Rikan directo al grano.
Killian deslizó con una mano sobre el ordenado escritorio el
documento que revisaba antes con tanto ímpetu.
Rikan la tomó de mala gana y se apresuró a comérsela con los ojos.
Pocos minutos después, el gran Chef cambió de tonalidad a rojo furia
y arrojó la carpeta con violencia sobre el escritorio para estallar.
—¡¿Es una broma?! ¡Tiene que ser una maldita broma!
Me sobresalté al escuchar a Rikan explotando de esa manera, con un
tono que solo usaba con los becarios y, en definitiva, no era la forma
con el que alguien le habla a su jefe y sobrevive.
—¿Alguna vez he bromeado con el trabajo?
—¡No pienso responsabilizarme por una becaria! —espetó—. ¡Esta no
es mi idea!
—Pero es tu trabajo —señaló Killian sin perder la paz. De hecho,
incluso parecía divertido, si no ocultara sus emociones detrás de la
fachada empresarial, podría verlo con claridad.
—¡Mi trabajo no es un juego!
—Rikan...
—¡La respuesta es no!
Dicho lo anterior, se giró hacia mí y amenazó:
—Y tú —Me fulminó con los ojos inyectados en sangre—. Olvida tu fin
de semana, porque pasarás el día recuperando las horas que perdiste
hoy jugando a la empresaria. Si fuera por mí, te despediría ya mismo,
pero parece que ese chiste al que llamas proyecto te hace inmune.
Pues bien, espero que lo disfrutes porque cuando esto termine tú y
tus amigos becarios se van.
Así fue como hizo su salida magistral. De hecho, sí lo envidié un poco
por eso, ya que yo no podía salir con la frente en alto caminando más
de dos metros sin tropezarme con mis propios pies.
—¿No es dulce? En las cenas de Navidad era igual de elocuente, en
especial cuando nos escupía la lasaña en la cocina.
Fruncí el ceño en torno a Killian, ajena al rumbo que tomaba la
conversación.
¿Me perdí de algo?
—¿Has pasado... una Navidad con Rikan?
Killian se dejó caer en el reposo de la silla y comenzó a jugar con un
bolígrafo entre sus dedos.
—He pasado muchas Navidades con él.
Al parecer mi expresión pudo transmitir todo mi desconcierto,
porque Killian no tardó en explicar:
—Es mi tío.
¡Santo rey de las verduras!
Mis ojos se abrieron de golpe y, sin poder evitarlo, mi cuerpo se
inclinó hacia el frente y escupió un:
—¡¿Qué dices?! ¡¿Es tu tío?!
Killian me miró con la misma neutralidad que tan bien se le daba.
—¿Por qué otra razón crees que sigue trabajando aquí? ¿Crees que
permitiría que alguien me hablara así?
¡Pero qué ego!
Cerré la boca.
—Bueno, tiene sentido.
—Ahora solo firma el contrato para que podamos iniciar con el
proyecto la próxima semana.
—¡¿La próxima semana?!
—¿Voy a tener que repetirlo todo siempre que hable contigo? —
preguntó interesado.
Lo miré mal y volví la vista al contrato.
—Me parece precipitado. Además, este contrato requiere la firma de
un responsable en el área. Rikan jamás va a firmarlo.
—Déjamelo a mí.
Capitulo
diecinueve

—Mamá, te digo que estoy segura, no sabía nada, no lo olvidé.


Llevaba ya dos horas al teléfono tratando de explicarle a mi mamá
que no había decidido ignorar su llamado a la cena de Año Nuevo,
simplemente no recibí ninguna llamada. Tres horas, sin exagerar.
—Quizá tus amigas lo borraron del teléfono y olvidaron decírtelo —
sugirió por enésima vez.
Rodé los ojos también por enésima vez.
—Mamá, ya te lo dije, ellas no harían algo así, ellas no borrarían un
mensaje que no es suyo.
Para mí el tema estaba claro dos horas atrás.
Mi madre dijo que Adrianna se ofreció a llamarme para avisarme
sobre la cena familiar, y no solo eso, también tuvo la maravillosa
idea de dejar descansar a todos y formar equipo conmigo para
organizar toda, repito: «TODA» la cena de Año Nuevo.
El problema era que mi madre llamó el fin de semana, justo cuando
Rikan decidió convertirme en su fámula de la cocina y mis amigos
optaron por quedarse conmigo a ayudar. Mi respuesta llegó hasta que
llamé a casa con el corazón en la mano, esperando a que el teléfono
se hubiese descompuesto, o a que a mis padres les diera una crisis
transitoria de laguna mental y olvidaran llamarme, pero no fue así.
No fue así porque esa llamada nunca llego. Adrianna no llamó.
La peor parte de toda la historia era que me había armado de valor
para llamar tan solo un día antes de la cena de Año Nuevo. Cuando
todo el mundo creía que había botado a Adrianna y la había dejado
sola con el trabajo de la organización de la cena.
—Ya es demasiado tarde, cariño —dijo mamá cuando me ofrecí a
ayudar—, Adrianna se ha hecho cargo de todo ahora, es muy hábil,
incluso logró conseguir una receta del mismísimo Rikan Fitzgerald,
¿puedes creerlo?
¡¿Rikan?! ¡¿Mi Rikan?!... Bueno, quiero decir: el Gran Rikan.
—¿Rikan Fitzgerald?
Ni de chiste.
Rikan se cortaría un brazo y luego se lo daría de cenar a un crítico de
Michelín antes de liberar alguna de sus recetas fuera de su cocina. Ni
siquiera a nosotros los becarios nos dejaba conocer sus secretos, si
teníamos suerte nos soltaba alguno de vez en cuando.
—Sí, dice que es un chef muy importante, al parecer es familia de
Killian Collingwood —chilló al teléfono—. ¿Puedes creerlo?
No, la verdad era que no podía creerlo, pero bien mirado, tenía
bastante sentido. Quizá Killian había logrado mover un par de cables
en el cerebro retorcido de su críptico tío.
—Vaya, es... impresionante.
Casi se me cae la lengua de solo tener que emitir aquel elogio.
—¡Lo sé! ¡Al fin tendremos una cena decente!
—Grandioso —mascullé sin poder fingir ni un poquito de alegría.
El silencio que se produjo del otro lado de la línea fue más que
incómodo.
—Mira, cariño, puedes... ayudarnos con las plantas —sugirió ella,
rompiendo el silencio.
—¿Con las plantas? ¿Es una broma? Mamá, sabes que siempre que
trato de alimentar a algún ser vivo no humano termina herido... o
muerto... o demente. Olvídalo.
—Bien, entonces preparamos un rico postre de manzana.
—Seguro queda opacado por el maravilloso banquete de Adrianna.
Apenas las palabras abandonaron mis labios me arrepentí de
haberlas proferido.
Mi madre suspiró.
—Adrianna solo trata de ayudar, Claire, pero está bien, dime qué
quieres hacer, le diré que lo deje libre en el itinerario.
Esta vez fue mi turno de suspirar.
—Lo siento. A veces soy..., ya sabes, muy...
—¿Impulsiva?
—Sí. Mira, está bien, llevaré el postre, es una idea excelente.
De todas formas, ya sabía que la cena iba a ser un caos para mí, con o
sin postre de manzana. Al menos intentaría minimizar los daños.
—¿Estás segura?
—Sí, de hecho, ya comencé a prepararlo —engañé tomando una
chocolatina para abrirla frente al auricular como muestra.
—Bien... Está bien... Le diré a Adrianna que el postre será tuyo.
—Gracias mamá.
—Mañana a las ocho, ¿está bien?
—Mañana a las ocho. No te preocupes.

****

Eran las nueve.


Bueno, una hora de retraso no era tanto, ¿verdad? Quiero decir, no
estábamos hablando de la cocina de Rikan, podía tomarme un poco
de tiempo sin que me cortaran la cabeza. Eran mi familia.
—Te voy a cortar la cabeza —aseguró Adrianna al abrir la puerta
principal.
O tal vez no.
—Adri —advirtió papá desde el interior.
—Llegas tarde —dijo tomando los dos moldes de postres de mis
manos, llevándoselos lejos hacia la cocina.
Le seguí el paso.
Ni loca me iba a arriesgar a que les inyectara polvo picapica para
hacerme quedar en ridículo.
Y no era una exageración. Con Adrianna más valía andarse con
cuidado.
—Primero me dejas la cena tirada, no respondes mis llamadas, me
bloqueas de Crackface y ahora llegas tarde. ¿Quieres matarme? —
reprendió depositando con violencia el postre sobre la mesa.
—¡Oye, cuidado, es un molde de cristal!
—¡Niñas, por favor, dejen de pelear! —pidió papá entrando a la cocina
con una cobija enredada al cuello.
Fruncí el ceño en su dirección y, liberando uno de mis brazos
cruzados, le señalé con un cuestionamiento implícito.
—Oh, es idea de Theo, quería jugar al superhéroe.
Mis labios formaron una «O» antes de asentir y volver al modo
«furia» con Adrianna.
—¿De qué estás hablando? Yo no te bloqueé, no te he dejado tirada y
no he recibido ninguna llamada.
—Ah, claro, así que yo olvidé llamarte, ¿no? —ridiculizó.
—¡Pues sí! ¡No me llamaste, mentiste, eso es justo lo que hiciste!
—¡Ya fue suficiente! —gritó papá.
—Pero...
—¡Claire, basta!
Me silencié de inmediato. Nunca era necesario que papá gritara tres
veces, tenía ese don, el don de hacer sus gritos silenciaran a toda una
multitud en cualquier parte del mundo.
—¿Podemos, por favor, tener una cena tranquila?
Adrianna echó uno de sus largos mechones rojos sobre su hombro y
desvió la vista con indiferencia.
Yo asentí.
—Está bien.
Mi padre suspiró y volvió a la sala, indicándole a mi madre y a la tía
Maddie que era hora de salir y dejarnos en la cocina a arreglar
nuestras diferencias.
Aunque eso nunca sucediera.
La cocina quedó en un profundo silencio, uno en el que ambas
acordamos ocuparnos de nuestros asuntos por separado.
Ella jamás admitiría que me había dejado fuera de esto y yo nunca
iba a admitir que esas zapatillas de Channel eran estupendas.
—Rikan Fitzgerald me ha dado la receta del gravy —anunció como de
pasada mientras colocaba cerezas sobre la carne.
Yo me di a la tarea de bañar un poco de la pierna de pavo con jugo de
piña.
—Oh.
—¿Siquiera tienes una vaga idea de quien es Rikan Fitzgerald? —Bufo
con condescendencia.
Pero mi padre tenía razón, no era un buen día para pelear. Así que
me limité a encogerme de hombros con indiferencia.
—Es el tío de Killian y uno de los más grandes chefs a nivel mundial.
Creí que lo sabrías, estás estudiando gastronomía, ¿no?
Entendía lo que estaba intentando, pero no iba a funcionar. No iba a
caer en la provocación.
—No, la verdad es que no lo sabía, prima, pero siempre es bueno
llenarse de conocimientos, en especial si ese conocimiento tan
brillante proviene de ti —expresé con fingida admiración—. Muero
por saber qué otras cosas tan maravillosas saldrán de tu boca hoy.
Cuando me llevé la mano al pecho supe que mi actuación había
quedado sobrevalorada.
Adrianna lo notó.
—Bien, búrlate todo lo que quieras, seguro no necesitarás que le
hable bien de ti al mejor chef del mundo, es obvio que no necesitas
un empleo con una oportunidad de oro y seguro no quieres pedirme
disculpas —fantaseó clavando las cerezas en la carne con más
brusquedad.
Mis labios formaron una «U» inversa y encogiéndome de hombros,
aseguré:
—No, la verdad es que no. Me va bastante bien en la bahía del
fracaso.
Quería escupirle a la cara toda la verdad, decirle a ella y a toda mi
familia que en realidad tenía un trabajo, un trabajo real en una línea
de hoteles importante; quería decirles que, incluso sin graduarme, mi
proyecto ya fue comprado y yo estaba a cargo... con ayuda de Rikan,
claro, pero eso bien lo podíamos omitir. Necesitaba decirles que no
requería que alguien me «ayudara» con Rikan porque ya había
ganado una beca por mi cuenta y hasta trabajaba en su cocina.
Pero no podía hacerlo, no si quería que mis padres siguieran
aportando dinero a mi cuenta y, en conjunto con el pequeño pago en
la cocina de Rikan pudiera usarla para ayudar a mi hermano.
Adrianna puso los ojos en blanco con fastidio y dejó las cerezas en su
sitio.
—Como quieras, pero esa actitud tan egocéntrica solo va a llevarte al
fracaso. Tienes que saber admitir cuando necesitas ayuda.
Iba a responderle que debía asegurarse de limpiarse la sangre que le
escurría de la lengua mordida, pero mi madre entró a tiempo.
—¡Adri, Killian está aquí!
¡¿Ki-quién?!
—¡Al fin llegó! —saltó emocionada dirigiéndose a la puerta.
La detuve del brazo tratando de menguar mi preocupación.
—Killian... ¿Collingwood?
—Claro que sí, ¿conoces a otro Killian? —Su mirada bajó hasta la
mano que sostenía la suya.
—¿Y qué hace aquí?
—Yo lo invité, ¿no es obvio? Es mi novio...
—¿Qué no tiene familia?
—¡Claire! —reprendió mamá—. ¿Qué te pasa el día de hoy?
—Su familia está en Francia —respondió Adrianna antes de tirar con
fuerza de su brazo, liberándose de mi agarre—, y es bienvenido aquí,
¿cierto, tía Pam?
—Por supuesto que sí, los Kinsella siempre tenemos las puertas
abiertas.
—Excepto para Zac, ¿verdad?
Otra vez me mordí la lengua para mis adentros.
Necesitaba conseguir un frenillo para la boca, uno que filtrara los
pensamientos inapropiados y los desechara de regreso a mi cerebro.
—Claire, no es un buen momento —silenció mi madre adoptando la
expresión seria que se le venía cada vez que mencionaba a mi
hermano menor.
Al soltarse, Adrianna se dirigió a la puerta como una niña que entra a
una fábrica de caramelos.
Mi madre le siguió el paso no sin antes lanzarme una mirada de
advertencia. Cuando ambas desaparecieron por el pasillo, me dediqué
a la tarea de acomodar las cerezas sobre la pierna de pavo. Adrianna
las clavó con tanta fuerza que algunas se rompieron por la mitad.
En la cocina de Rikan pocas veces usábamos productos enlatados, por
lo general, los proveedores eran hombres de campo que accedían a
vender sus productos sin conservadores para que la comida pudiera
preservar el sabor natural que le caracterizaba. Cuando una lata
llegaba a la cocina, se olvidaba tanto que terminaba encontrándola
abollada en un rincón olvidado.
Aunque siendo completamente honesta, algunas veces Rikan aplicaba
por sí mismo los conservadores para ahorrar un poco de dinero y
gastarlo en su famoso bote pesquero (su sueño frustrado) en una
mansión de Florida.
Fruncí el ceño en torno a la cereza y la juzgué con detenimiento. La
deposité sobre la pierna de pavo y examiné la lata. Todo perfecto, sin
abolladuras, sin lesiones, sin fecha de caducidad pasada.
Miré la carne al terminar de colocar todas las cerezas y suspiré.
Adrianna hizo un buen trabajo, debía admitirlo, porque cocinar pavo,
pierna, puré, ensalada, un rico curry, gravy y espagueti a la boloñesa
no era una tarea fácil. Lo sabía yo que cocinaba más de treinta
platillos al día en el hotel y esa misma mañana me había encargado
también de cocinar un banquete parecido.
Bien, ya me encargaría de agradecerle el esfuerzo por preparar una
cena tan apetitosa.
Caminé hacía el refrigerador para guardar las cerezas y poder
bañarlas en chocolate al terminar la cena para crear brochetas de
cereza cuando una duda asaltó mi mente.
Adrianna nunca fue muy buena en la cocina, nunca mostró el más
mínimo interés por diferenciar la sal de la pimienta... Entonces...
Me volví hacia la barra y pellizqué una orilla de la pierna de pavo.
Tuve que hacer un esfuerzo por no cerrar los ojos y derretirme ahí
mismo de puro placer.
¡Estaba delicioso!
Parecía salido de la mismísima cocina de Rikan.
Bien, quizá era hora de relajarme, no había nada raro en esa comida,
no era una trampa y Adrianna definitivamente no estaba tratando de
envenenarnos.
Sentí todo el peso de la culpa caer sobre mí. Quizá Killian tenía razón
y estaba obsesionándome con mi prima, tal vez la juzgué mal y en su
interior en serio se ocultaba un ser lleno de luz y amor, con muchas
sorpresas para darnos... Tal vez la mala del cuento si era yo después
de todo.
Si no lo era, con lo anterior sí que podía probar que era la reina del
drama.
¡Dios, de dónde me salían tantas tonterías!
Me acerqué al lavatrastos y limpié las yemas de mis dedos para
eliminar la evidencia del crimen. Si mi madre descubría que le había
hincado el diente a la cena antes que todos me iba a arrancar la
cabeza sin ayuda de mi prima.
Estaba lista para salir y enfrentar al resto de mi familia en la cena de
Año Nuevo cuando, de pronto, una papeleta blanca muy larga llamó
mi atención en la esquina del tostador.
La tomé de inmediato y al descubrir su contenido no pude evitar
llevarme una mano a la boca.
¡Ser de luz y amor! ¡Y un cuerno con eso! ¡Bruja embustera!
¡No planeó nada!
Yo no le había dejado el trabajo tirado porque su plan magistral se
reducía a comprar toda la cena en los hoteles Collingwood esta
noche. Ella solo se limitó a fingir profesionalismo, clavando cerezas
en las piernas de un pobre pavo que tuvo la mala fortuna de caer en
su poder.
Pronto todo cobró sentido. La llamada de Rikan que había recibido
esa mañana, donde nos ordenaba a Candi, Lizzy y a mí a mover
nuestros flojos y aguados traseros (sus palabras, no mías) de regreso
a su cocina porque teníamos un pedido importante.
No pregunté porque en algunas ocasiones Rikan recibía pedidos de
gente importante, una vez cocinamos un banquete vegetariano para
los Cyrus, sí, los de Miley. Estábamos tan emocionados que
terminamos tomándonos una fotografía con las pastas, razón por la
cual no estaba muy orgullosa porque, ya viéndolo en retrospectiva,
era ridículo.
Sentí la rabia en un sabor amargo de la boca. Como el veneno de las
víboras que se queda en su lengua.
Y así era siempre: Adrianna tenía un plan perfecto y yo quedaba
como una holgazana, irresponsable o una desinteresada.
¡Y yo que iba a agradecerle la cena!
Tuve que tomarme un par de segundos de respiración profunda antes
de alisar mi sencillo vestido carmesí y salir a la sala con una
expresión neutral.
No podía armar una bronca en la cena de Año Nuevo, mis padres me
matarían antes de que dieran las doce, así que no me quedaba más
remedio que limitarme a fingir que la cena de Adrianna había sido
maravillosa.
—¡Claire! —gritó Theo corriendo hacia mí.
Lo envolví en un fuerte abrazo esperando que pudiera transmitirle
todo lo que le había echado de menos esa semana.
Pronto me di a la tarea de saludar a cada miembro de la familia pues
a mi llegada fue de lo más informal por mi interés en cuidar el postre
que se llevaba Adrianna a la cocina. De todas formas, ellos ya sabían
que yo nunca saludaba por llegada, sino hasta que estaba lista, lo
cual era unos quince o veinte minutos después de llegar.
El abuelo, el tío Ted, la tía Maddie, Sam, Andrea y los gemelos Chase
y Chris. Al llegar Killian, Adrianna se apresuró con las
presentaciones.
—¿Killian, recuerdas a mi prima Claire? —señaló colgada de su
brazo—. Estudia gastronomía y bueno, no hay mucho que decir, quizá
la recuerdes mejor como «la chica que se fue antes» de la cena de
Navidad.
Resistí el deseo de imitar la fatídica voz irritante de mi prima con
gestos absurdos y quisquillosos, pero los arrojé de regreso a mi
subconsciente. Si la gente supiera cuantas cosas guardaba en ese
lugar seguro me arrestaban con camisa de fuerza y todo.
—Sí, la recuerdo.
—Claire...
—Sí, yo también lo recuerdo.
Por desgracia.
Suspiré.
En definitiva, aquella iba a ser una noche aún más larga.
Capitulo veinte

Nos sentamos a la mesa familiar frente a la sala de cachemire de


mamá.
Frente a mí se encontraba, una vez más, Killian Collingwood; junto a
él, como siempre: Adrianna, la lagartija de la familia en su forma
humana, el reptiliano maldito al que todos (excepto la tía Maddie y
mis padres, claro) le temíamos. A mi lado, Theo insistió en sentarse
con su T-rex de goma verde; del otro lado, el tío Ted cortaba la
pierna de pavo junto a la tía Maddie, sin cruzar mirada con nadie. En
la cabeza de la mesa, mi padre sostenía una copa de sidra, a su lado
derecho mi madre tomaba un poco de puré con el gravy que
preparamos Lizzy y yo esa mañana de último minuto.
—Todo esto se ve maravilloso, Adrianna —alabó la tía Maddie,
cortando un poco del pavo en su plato.
—Gracias, tía Maddie, no fue nada.
—Seguro que no —murmuré entre dientes.
No era mi culpa, era culpa de mi naturaleza sincera. Mi profesor de
ciencias siempre decía que el ser humano no estaba hecho para
mentir, una muestra de ello son los niños, los niños no mienten. Las
mentiras sin habilidades que adquirimos con la práctica, con el paso
del tiempo y al observar a nuestros padres hacerlo.
Pero yo me olvidaba de esa evolución en algunas ocasiones, cuando
perdía el control de mi lengua soltando la verdad de un solo golpe y
no había más que fingir demencia o inventar una mentira.
En este caso solo fingiría demencia.
Pero no tuve que hacerlo, porque Killian se encargó de desviar la
atención a su repentina tos de dos segundos.
—Disculpen —se excusó como de pasada.
La tía Maddie me miró molesta y abrió la boca para soltarme algún
comentario mordaz, pero la fingida (y poco creíble) tos de Killian le
distrajo.
—¿Estás bien hijo? —preguntó la tía Maddie con fingida
preocupación.
Apostaba los riñones de Adrianna a que la lagartija ya le había
contado todo sobre Killian a la tía Maddie y ahora, frente a ella, ni
veía más que un bonito banco repleto de verdes con un mar de
posibilidades abriéndose delante.
—Zopilotes —murmuró Theo con la mirada clavada en la tía Maddie,
adivinando mis pensamientos.
Reí por lo bajo y despeiné su castaña cabellera con una mano,
logrando que el niño riera y me apartara con su T-rex.
—Sí, no es nada.
Bien, ya se lo agradecería más tarde.
Comencé a cortar la pierna de pavo para pasar a la tarea de rociar el
gravy sobre el puré, cuando Andrea, la esposa de Sam, el único de
mis hermanos que se encontraba presente, comenzó a farfullar sobre
sus hijos, incentivada por mi madre.
—¿Cómo están los niños, Andy? —indagó mamá antes de llevarse un
trozo de carne a la boca.
Los ojos verdes de Andrea brillaron tanto como su larga melena
rubia. Andrea nunca hablaba u opinaba sobre la mesa, hacia un
trabajo excelente siendo el maniquí de las reuniones, excepto cuando
hablaban de sus hijos o su esposo, entonces no había quien pudiera
cerrarle la boca.
—Chris está mejorando en sus clases de violín, y Chase ha optado por
el piano —presumió elevando el mentón con orgullo.
¡Oh, vamos! Nadie podía creerse eso. Los niños tenían apenas un año,
¡un año! Sería una suerte si aprendieran a decir: «vete a la mierda»
antes de cumplir los dos.
Miré a mi madre.
Estaba encantada.
Miré a mi padre.
Estaba embelesado.
Rodé los ojos.
No podía ser verdad, no podían creerles.
—¿Y cómo lo supieron? —pregunté sin poder ocultar mi
incredulidad—. ¿Les dieron los juguetes y el que babearan más era el
indicado?
—Claire —reprendió papá... otra vez.
Rodé los ojos y comencé a desparramar el gravy en mi puré.
Cuanta falta me hacía Dan. De haber estado ahí, seguro habría
soltado algún consejo para hacerlos bailar entes de cumplir los dos o
sugerido los récords gines por mera mofa.
—¿Y Theo en qué invierte su tiempo? —tentó Sam.
Mi hermano era el mejor peleador en la familia, él podía herir sin
hacerlo en realidad, era bastante sutil y profundo, como una bala en
la cabeza que no te da tiempo de doler, pero te mata.
—Es un niño —aun así, intenté defenderlo—, no tiene que invertir
nada.
En lo que a mí concernía la única responsabilidad de un niño era
comer, jugar, fastidiar a sus padres y dormir. La buena vida. Ya
tendrían tiempo después para preocuparse y llenarse del estrés del
mundo de los adultos.
—Bueno, si no lo hace ya, seguro terminará como tú —predijo el
imbécil de Sam.
—Sam —advirtió mi padre volviendo sus manos en puños que
sostenían los cubiertos con fuerza.
—¿Cómo yo?
—Ya sabes, la única persona completamente dependiente de sus
padres en esta familia —disparó sin piedad—, venga Claire, hasta
Theo tiene su fondo de ahorros.
De eso estaba hablando. La bala que mataba rápido y sabía bien
dónde pegar.
Cada segundo que transcurría en casa de mis padres, desde que
conseguí el trabajo en el hotel Collingwood, sentía la inmensa
necesidad de gritarles a todos que en realidad tenía un buen empleo,
mi jefe era un ogro, sí, pero el trabajo era excelente.
Entonces pensaba en mi hermano Zac, y todo volvía a ponerse en
perspectiva.
Mi enojo se canalizó en el apretado de mis puños bajo la mesa.
—¡Claro que tengo un talento! —se defendió Theo, frunciendo el
entrecejo de una manera adorable.
—¿En serio? —tentó la tía Maddie—. Porque sacarle el dinero de la
carrera a tu tío Ted cuando lo abrazas no es un talento, aunque Claire
te haya dicho lo contrario.
Sacarle dinero al tío Ted infraganti era un clásico de los Kinsella...
Excepto de Adrianna y Sam, claro.
Tuve que guardarme la sonrisa maliciosa para después.
—¡Pues no, no hablo de eso!
La carita de Theo se había tornado roja, iba a decirle que lo ignorara,
pero mi padre se adelantó.
—Theo, basta...
—¡Puedo eructar en tres idiomas! —presumió como si en realidad
estuviera modelando con la copa de la Champions Leage.
Dicho lo anterior, Theo procedió a eructar en neerlandés.
«Bedankt», decía su gas estomacal.
Esta vez no pude contener la risa entrecortada. Fue vergonzoso,
había salido como una motosierra atascada, pero eso ya poco
importaba.
—Voor niets —respondí orgullosa, chocando los cinco con el artista.
A ver qué hacían Chris y Chase con eso.
—¡Claire! ¡Theo! —reprendió mamá más asustada por lo que pudiera
pensar su invitado especial que cualquier otra cosa.
Miré a Killian por el rabillo del ojo y detecté la sombra sencilla de un
hoyuelo proyectado apenas visible.
No podía culpar a mi madre, era imposible descifrarle sin conocerla.
Theo rio tanto que tuvo que sostenerse el estómago con ambas
manos, su risa contagió a los gemelos Chris y Chase y pronto Andrea
se les unió.
Cuando la mesa cayó en un silencio sepulcral me entregué a la tarea
de rociar más gravy sobre el puré de Theo.
Comenzaba a creer que tenía un severo problema con los nervios, el
miedo familiar y el gravy, pero ya me preocuparía por ello después.
—Por favor, discúlpalos, Killian, ellos no suelen comportarse de esa
manera —se excusó mamá con pena—, ¿verdad, Claire?
—Sí, hoy estamos siendo educados —se me escapó.
Ya estaba decidido: iba a comprarle un vuelo a Europa a mi lengua
suelta, quizá solo necesitaba relajarse en una bonita playa española.
Me limpié la boca con una servilleta y me disculpé antes de salir
pitando de ese lugar.
Mi madre abrió la boca para reprenderme una vez más, pero mi
padre nos silenció a todos con un gesto de la mano.
Llegué a la cocina y me recargué de frente sobre el lavatrastos.
Mi madre tenía razón, algo me ocurría, pero ni yo misma sabía que
era. Tal vez era el recibimiento de Lagardianna, tal vez el hecho de
que hubiese comprado toda la cena (y que yo la hubiera preparado en
la cocina de Rikan) y luego se hubiese quedado con todo el crédito,
tal vez era el hecho de que mi exasperante y críptico jefe estuviera
cenando junto a mí; tal vez tenía algo que ver con que nadie hubiese
llamado antes y creyeran a ciegas en la promesa de mi prima o
quizás era un conjunto de todas ellas en un mismo día.
Tomé el frasco de cerezas y comencé a comerlas con violencia.
Ojalá pudiera triturar entre mis dientes todas las palabras de la tía
Maddie y la reptiliana que tenía por prima. Por desgracia, aquello era
solo retórico y, en caso de que fuese tangible, sería ilegal.
Acuñado a eso, después de un par de minutos decidí volver.
Nada cambió, todos parecían igual de aburridos, Andrea tenía
marcada en la mirada, la súplica de una muerte rápida, Sam había
comenzado a parlotear sobre la historia de México y el importante
papel que jugo la Malinche al lado del imbécil de Hernán Cortés.
Odiaba a Hernán Cortés casi tanto como odiaba a la madre de Nick, la
sal libre de sodio (menuda estupidez) o a la física cuántica. Así que
me limité a sentarme con discreción y terminar la deliciosa pierna de
pavo que Aly había ahumado.
Fueron los treinta minutos más largos de mi vida. Conocía la historia
de la conquista de México porque: a) Mi hermano era profesor de
historia y al parecer era imperdonable que al menos no supiera un
poco de América del norte, b) la historia de la Malinche siempre me
pareció de lo más interesante. De pequeña soñaba con una historia
parecida, pero de final diferente, una en la que no hubiera un
cobarde avergonzado de su esposa, uno en la que ella no fuera
regalada como una taza de azúcar a cualquier español, uno donde
Cortés deja de lado su maquiavélico plan y acepta que está
enamorado de ella.
Cuando terminamos la cena pude suspirar aliviada al notar el cambio
de tema.
—Claire, cariño, ¿pasa algo? —se preocupó mamá, estirándose para
colocar una mano sobre la mía—. Te noto un poco absorta y con
ataraxia, y eso no es normal en ti, ¿necesitas algo?
—Además de un diccionario —sugirió Adrianna con la simpatía que le
caracterizaba.
Simpatía que para mí era nula, pero para todo el mundo parecía ser
como un cofre del tesoro en una isla desierta.
Tal vez suspiré demasiado pronto.
El resto de la familia rio por lo bajo. Odiaba que mi familia riera a
mis costillas, casi prefería volver a hablar de los pies de Cuauhtémoc.
—Estoy bien, gracias —respondí limpiando la mejilla llena de puré de
Theo.
Iba a sugerirles que en realidad si necesitaba algo, y ese algo era un
bozal para mi prima, pero sé que me habrían echado a patadas por
iniciar una pelea.
Y es que el talento que tenían Adrianna y la tía Maddie era que
podían insultarte y hacerte pedazos con sus palabras sin que al resto
le parecieran del todo hirientes. Yo no tenía ese don, a mí las
palabras me salían con la misma claridad que tenían, sin filtros, sin
máscaras... secas.
—Adri, esta cena ha quedado estupenda —festejó la tía Maddie con
fervor.
—Muchas gracias, tía Maddie —dijo Adrianna llevándose una mano al
pecho—, fue un poco precipitado, pero ha ido todo bien.
—Ni que lo digas —respondió mi tía dedicándome una mirada
fulminante.
—Oh, Claire también ayudó —anunció Adrianna—, ella hizo el postre
de manzana.
Y la pierna de pavo, el pavo mismo, el puré, el gravy, la ensalada y la
pasta... Nada más.
—Bueno, pues algo tenía que hacer, ¿no?
—Maddeline —silenció papá.
El sabor de la ira me carcomió la lengua, pero no podía hacer más
por salvaguardar mi maltrecha dignidad.
—Tienes razón —respondió la tía Maddie—, Discúlpame, Claire, será
mejor desviar el tema y que Adrianna nos dé algunos consejos sobre
cómo cocinar tan bien.
¡Já! ¡Perdonada!
Eso sí no me lo perdía por nada del mundo.
Adrianna carraspeó.
—Bueno, en realidad... la receta es de Rikan, yo solo seguía
indicaciones.
—Oh, vamos Adri, no seas tímida, debes recordar algo de la
preparación —animó la tía Maddie.
No tenía ni idea de dónde estaba metiendo a su sobrina.
—Bueno, usé sal, un poco de pimienta, papas, pero lo más difícil fue
la cocción —comentó muy segura de sí misma.
Bueno, ya que la noche había ido como la mierda para mí, podía
divertirme un poco.
—¿Cuánto tiempo duró la cocción, Adri? —cuestioné pestañeado en su
dirección con inocencia, de la misma manera en la que ella hacia
cada vez que formulaba una pregunta que sabía de antemano que yo
no podía responder.
Solo un segundo, solo un segundo la fachada se le vino abajo, para mi
mala fortuna, se recuperó demasiado rápido y nadie pudo disfrutarlo.
—Treinta minutos.
—¡¿Treinta minutos?! —pregunté con incredulidad empujando mi
cuerpo hacia el frente—. ¡Pero qué horno más asombroso! ¿Es nuevo?
—Sí —respondió con seguridad—, uno muy nuevo.
Pues sí que debía ser nuevísimo porque en la cocina de Rikan siempre
teníamos lo mejor de lo mejor y jamás había llegado un horno que
cociera un pavo con tanta rapidez.
¡Que le crea la más vieja de la casa!
—¡Estoy sorprendida! —exclamó Maddie con admiración.
Por supuesto.
Rodé los ojos e ignoré el resto de la charla como solía hacer siempre
que..., bueno, siempre.
Gracias al cielo, la conversación giró en otra dirección.
—¿Tu familia no celebra Año Nuevo, hijo? —preguntó mi madre
mirando fijo a Killian.
—Tía...
—No, está bien —tranquilizó Killian—. Mi familia está Francia este
año. Tenían que resolver algunos asuntos.
—¿Todos ellos?
—Así es.
Francia. Interesante. Pero aún más interesante seria saber por qué
Rikan y él no celebraban estas festividades juntos. Seguro que, si en
mi familia solo quedaran dos, esos dos harían su propio banquete.
Cuando la cena por fin terminó, la familia entera se trasladó hacia la
sala, donde una maratón de películas de Año Nuevo y un poco de
karaoke esperaban a los miembros.
La fiesta se animó aún más cuando los Dunne llegaron a unirse a la
celebración.
Los Dunne eran vecinos de mis padres de toda la vida y solían venir a
las fiestas desde siempre, seguro llegaron también a la de Navidad,
había sido una suerte que no me hubiera quedado para después.
—¡Claire Kinsella! —saludó Andrew Dunne poniéndose de pie frente
al sofá en el que trataba de digerir toda la comida.
No quería presumir, pero a mis amigos y a mí, nos había quedado
delicioso.
—Andrew Dunne —saludé sin mucho ánimo—. ¡Qué sorpresa!
Frente a mí, Adrianna me dedicaba una sonrisa burlona junto a un
aburrido Killian. Pero no podía culparlo, con Adrianna hasta un
payaso se habría matado de pura desesperación.
Y con sorpresa quería decir que en realidad era algo muy, muy
esperado.
Y temido.
—Te tengo un regalo —anunció al tiempo lo que su madre me
abrazaba con fuerza.
Después de que ella terminó de manosearme las mejillas, Andrew me
entregó una bonita caja de regalo verde.
—Gracias, no debiste molestarte.
Al abrirla descubrí un extraño portarretratos hecho con sopa de
letras cruda. La fotografía era de su fiesta de cumpleaños número
tres. En ella nos encontrábamos Andrew y yo des usos frente a la
piscina.
—En serio, no debiste —murmuré para mí misma.
—¿Perdón? —preguntó con una sonrisa deslumbrante.
—Dije que es muy... artístico —mentí después de segundos intentando
buscar las palabras adecuadas.
Un resoplido llego desde delante y no pude saber si se trataba de
Killian o de Adrianna.
—Lo hicimos los dos... Cuando teníamos seis —recordó sin perder la
alegría de la mirada.
A ello le siguió un abrazo de más de cinco Misisipis. Un abrazo
efusivo e incómodo.
—Ah... Está demasiado frío, creo que debería ir... por... esto... por...
—Por un suéter —sugirió Killian observando con atención el borde de
un vaso de cristal entre sus manos.
Creía que escuchaba con atención lo que fuera que Adrianna
estuviera despotricando, tal vez podía escuchar dos conversaciones al
mismo tiempo... Bueno era eso o en serio ignoraba a Adrianna y la
verdad es que con ese vestido era muy difícil de creer en la segunda
opción.
—Sí, un suéter, justo eso necesito —concordé poniéndome de pie—.
Voy a poner esto en agua... —Mostré el marco— quiero decir, en...
una... en un...
—En un buró —aportó una vez más haciendo que Adrianna cortara lo
que sea que estuviera diciendo.
—Gracias
Me puse de pie y caminé hacia la estancia secundaria, ignorando la
sonrisa abierta que me dedicaban mis padres y todos los Dunne.
Nunca conseguí librarme de esas sonrisas, nunca pude hacerles
entender que en realidad no estaba interesada en nuestro vecino, lo
había intentado, pero nada funcionaba, ellos seguían imaginándome
en el altar con el rubio.
Llegué a la habitación y encontré la cuna de los gemelos Chris y
Chase. Ambos niños jugaban con dos juguetes de goma.
Genial. La distracción que necesitaba.
Me acerqué al borde de la cuneta y me incliné hacia adelante y
comencé a enseñarles algo verdaderamente útil a los pequeños.
—V-e-t-e a l-a m-i-e-r-d-a —enseñé cruzando los dedos para que lo
intentaran—. V-e-t-e a l-a m-i-e-r-d-a.
Bufé y bajé la cabeza cuando lo único que recibí fue una burbuja de
baba del prodigio de Chase.
—M-i-e-r-d-a —intenté de nuevo—. Vamos Chase, puedes hacerlo
mejor. M-i-e-r-d-a.
—¿Qué estás haciendo?
Giré sobresaltada, con una mano en el corazón y la otra en la cabeza.
No pude suspirar de alivio hasta que encontré a Killian recargado
sobre la puerta.
—Estaba... Yo...
—¿Enseñandoles a hablar? —sugirió nuevamente.
Lo miré mal y me crucé de brazos.
—¿Y tú?
Él se encogió de hombros.
—Necesitaba un respiro.
—Sí, bueno, con Adrianna todos necesitan un respiro.
No respondió, ni siquiera se inmutó, solo me miró.
—¿Por qué no les dijiste a todos de quién era esa cena? —curioseó sin
andarse por las ramas.
—No sé de qué hablas —respondí girando nuevamente hacia Chase.
—Por favor, Claire, conozco a Rikan de toda la vida. Esa no era su
receta y, odio admitirlo, pero Adrianna no habría podido ni encender
el horno.
Nos estudiamos con la mirada un par de segundos antes de entender
que no valía la pena seguir fingiendo.
Me encogí de hombros.
—En lo que a mí concierne nunca he visto a Rikan Fitzgerald. —Me
incliné hacia los gemelos nuevamente—. M-i-e-r-d-a.
—Deja de hacer eso. ¿Qué esperas? ¿Hacer que esa sea su primera
palabra?
Bueno, la verdad es que no lo había pensado, pero la idea ahora
sembrada era realmente tentadora.
—M-i-e-r-d-a —continué con nuevas esperanzas.
Después de un par de intentos fallidos, Killian continuó.
—Ese de allá, Adam.
—Es Andrew.
—Lo que sea. ¿Es tu nuevo novio?
—Andrew no es mi nuevo novio..., solo esta... confundido.
Kilian resopló como si aquello fuera verdaderamente absurdo.
—¿Sorprendido? —reté girándome hacia él con los brazos cruzados—.
Sabes por extraño que parezca no todo el mundo babea por tu novia,
algunas personas incluso le tienen miedo —escupí señalando hacia la
puerta, haciendo alución al pobre Andrew—. Aunque sea difícil de
creer.
Andrew sólo me quería porque Adrianna le había amenazado con
romperle la nariz (y le había roto la nariz) cuando teníamos quince.
Adrianna siempre iba primero. Adrianna era la primera opción yo
siempre era la chica amable que siempre caminaba detrás de la
guapa.
—No me parece difícil de creer —afirmó inspeccionando de lado una
pieza del tablero de ajedrez de mi padre.
Abrí la boca para preguntar qué rayos significaba eso, pero mi madre
llamó.
Y entonces el pequeño receso terminó.
Capitulo
veintiuno
Me mordía las uñas con frenesí. Después de terminar sangrando del
pulgar me di a la tarea de arreglar mi cabello en el espejo frente al
cubículo de Diana.
Killian aguardaba en el interior de la sala de juntas tratando de
convencer a los inversionistas de aplicar el proyecto en ese hotel.
Los Collingwood eran los dueños mayoritarios, pero tenían acciones
compartidas que no le pertenecían del todo y por ello debían rendirle
cuentas a un par de adultos demasiado viejos para apreciar una
hamburguesa de chocolate, tacos de arcoíris, o mi favorito: el sushi
de fresa con chocolate.
Cruzaba los dedos ensangrentados porque no tiraran el proyecto por
la borda. Y teniendo en cuenta que era Rikan uno de los inversores,
también cruzaba los dedos porque le diera un calambre en la lengua y
no pudiera proferir palabra alguna en mi contra dentro de aquella
junta. Total, ya había pasado un par de veces.
—Tranquila, todo saldrá bien, Killian puede ser muy convincente y
está de tu lado —apaciguó Diana con una sonrisa amable—. Con eso
ya tienes el medio camino ganado.
Yo no estaba tan segura. Rikan también solía ser bastante
convincente cuando se lo proponía, solo teníamos que ver las tres
estrellas Michelín en la pared y luego girar la cabeza a la mierda de
cocina que se cargaba, dejando los platos sucios y las latas
caducadas. Si eso no es saber mantener todo el desorden en perfecto
orden, entonces había perdido la esperanza de encontrarlo algún día.
Cuando Killian apareció por el pasillo principal el alma se me fue a
los pies.
Su cabello oscuro lucía un poco desordenado, como si en realidad
viniera de darse una buena ducha y no de una junta de más de tres
horas con un grupo de ancianos aristócratas. Sus ojos zafiro no
expresaban ni un poquito más que su dura fachada. Era imponente,
pero imposible de descifrar. Tal vez era el traje el que le daba ese
porte de autoridad, tal vez sin el no era más que un niñato jugando al
hombre de negocios, pero entre sí y no, no quedaba más que
someterse y esperar.
—¿Qué fue lo que...?
—Señorita Kinsella, a mi oficina en este instante —ordenó pasándome
de largo y cortándome en el acto.
La sangre se me fue a los pies, mi cordura amenazaba con volar a
París en cualquier momento dejándome varada en aquel ambiente
gris de las oficinas de los hoteles Collingwood.
Si no conseguía que el proyecto se llevara a cabo mi carrera
terminaba, sin exagerar, la oportunidad de mi vida se habría
esfumado por un desliz. Sería despedida, no podría usar el nombre de
Rikan como referencia, no presentaría mi proyecto como tesis y,
sobre todo, no podría seguir ayudando a Zac.
Le dediqué una última mirada a Diana, quien parecía mucho más
optimista que yo. Ella mostró los pulgares hacia arriba acompañados
de una radiante sonrisa.
Forcé una sonrisa para Diana y entré a la oficina de Killian con el
ánimo por los suelos.
Killian se mantenía de pie mirándome con expresión neutral.
De pronto se me ocurrió un mejor proyecto que el Food Porn y se
trataba de vender caras y gestos a los Collingwood en unos frasquitos
con formaldehído. Seguro me compraban más de tres. Pues yo les
regalaba otras tres si así lograba entenderles mejor.
Me planté frente a él y tomando fuerzas de flaqueza me obligué a
mantenerme firme, incluso le imité e intenté no mostrar expresión
alguna.
—El proyecto comienza mañana mismo, comenzaremos con este
hotel. Si funciona bien dentro de una semana lo llevaremos al resto
de los hoteles en el país, no puedo asegurar que llegue más lejos,
pero...
—¿Qué dices? —susurré pasmada.
—¿Perdón? —preguntó Killian inclinándose hacia el frente.
—¿Qué dices?
Pareció entender con claridad en la segunda ronda. Sonrió levemente
y, asintiendo, anunció:
—Aceptaron tu proyecto, Claire. No por unanimidad, pero...
No le dejé terminar, era mi turno de cortarle a medias.
Incapaz de contenerme, solté un grito de alegría y le eché los brazos
al cuello. Estaba tan agradecida que apenas pude reprimir mi baile de
la victoria, después de algunos años había aprendido que ese baile,
además de causar pesadillas, solo debía hacerlo con mi familia.
Killian rio y evitó que del salto me fuera de cara al piso,
sosteniéndome fuerte de la cintura. Una razón más para estarle
agradecida.
Cuando me aparté entendí que mi euforia no debía sobrepasar ciertos
límites y esos límites implicaban, además de no echarle los brazos al
cuello al novio de mi prima, no soltar a la loca psicópata que llevaba
dentro frente al hijo mayor de los Collingwood, quien, dicho sea de
paso, también era mi jefe.
Carraspeé alisando mi uniforme de botones.
—Lo siento.
—Tranquila, ya he notado que algunas veces eres muy... impulsiva.
Vaya, gracias
—En fin. Vas a tener que esforzarte mucho, Claire, como te dije no
fue un resultado de unanimidad, varios ojos molestos ya están
puestos sobre ti, así que...
—Lo haré lo mejor que pueda —aseguré incapaz de contener mi
alegría.
Entonces ocurrió algo increíble. Los astros se alinearon y lograron
que Killian Collingwood sonriera sin razón aparente.
Ahora mi esfuerzo se centraba en no doblegarme y tratar de dirigir
mis pensamientos a cualquier cosa que no fuera lo increíblemente
atractivo que se veía cuando sonreía.
Carraspeé una vez más.
—Bien, si eso es todo...
Di media vuelta dispuesta a volver a la cocina para contarle entre
gritos de euforia a Aly, Simón y Lizzy, que el proyecto Food Porn al
fin tenía vida.
—Claire —llamó Killian—, es probable que encuentres a un muy
malhumorado Rikan. Prepárate.
Lo imaginaba. Estaba segura de que era el presidente de la línea
opositora.
Me esperaba un día interesante en la cocina ese día.

****

Contarles la noticia a mis amigos fue la mejor parte. Al principio,


tuvimos que gritar por dentro, ya que Rikan estaba gruñendo en su
oficina cerca de la cocina y lo último que necesitábamos era que nos
enviara a freír espárragos todo el día... o a limpiar los azulejos de la
alacena. Así que cuando llegó nuestro descanso corrimos a la
cafetería del hotel de al lado (sí, con la competencia) y pedimos unos
cafés y pastel de chocolate para celebrar.
Excepto Lizzy, ella pidió una botella de champán que término
dejando de lado después de dos copas.
—¿Por qué ese hombre las mira demasiado? —Lizzy señaló con la
cabeza hacia el frente.
Aly y yo seguimos la dirección de la mirada de Lizzy y encontramos,
dos filas por delante, la cabellera oscura de Ezra, acompañada de su
mirada verde frívola y penetrante.
Al menos ahora sabía por qué era amigo de Killian.
—Ezra —murmuramos sin ánimo las dos.
—¿Ezra? ¿Quién es Ezra? —preguntó Lizzy bailando la mirada de un
lugar a otro—. ¿De dónde lo conocen? ¡Se está acercando! —chilló.
—Es el amigo de Killian Collingwood —explicó Aly en un susurro—,
ambos nos encontraron la noche de Navidad fuera del bar.
Los labios de Lizzy se abrieron de golpe y un silbido agudo escapó de
la boca de Simón.
—Claire y Aly —saludó Ezra, plantándose junto a nuestra mesa—, no
esperaba verlas aquí. Esto es traición.
—Hola.
Pero fui ignorada por la respuesta de Aly.
—Lo mismo podríamos decir de ti, ¿tu amigo sabe que estás aquí? -
retó.
Ezra soltó una risotada echando con gracia la cabeza hacia atrás.
—Touché, guapa.
—No me llames guapa —advirtió mi amiga, pero también fue
ignorada por el guapo francés.
—Te propongo un trato —continuó mientras ella aún hablaba—, yo no
le digo a mi mejor amigo que sus empleados le apuñalan por la
espalda, si tú no le dices que he estado aquí porque el café de los
hoteles Hamilton es mucho mejor.
—¡Oye! —se quejó Simón.
—No voy a hacer tratos con...
—Hecho —aceptó Lizzy por ella—, pero solo si aceptas salir esta noche
a celebrar con nosotros el lanzamiento del proyecto Food Porn.
—¡¿Qué?! —explotamos los tres.
Bien, en primer lugar; yo ni siquiera sabía que íbamos a celebrar en
la noche, según mi entendimiento ese café traidor era la mismísima
celebración, en segundo lugar; esperaba que estuviera de broma
porque Aly en ningún momento iba a aceptar algo así.
—Perfecto —acordó de inmediato, sin darnos oportunidad de
rechistar—. Paso por ustedes a las ocho.
—Pero...
—Adiós.
Dicho lo anterior, se marchó.
Los tres fulminamos a Lizzy con la mirada. Aly y yo no pudimos
reprimir un violento golpe en el hombro a la chica en medio.

****

—¡No puedo creer que lo hayas invitado! —explotó Alylanzando


manotazos al aire.
Bajé la mirada enfocándome en la acera de la calle para no tropezar
con mis propios pies como era costumbre cuando no lo hacía y esperé
lo mejor de todo aquello. Tal vez Ezra no se presentara, tal vez le
cogiera una indigestión endemoniada y terminara retorciéndose la
panza en su lujoso departamento.
—¡Tendrías que ver cómo te miraba, Aly! —defendió Lizzy
manoteando al aire en público también—. ¡Es tu oportunidad!
—¡¿Y quién te dijo que quiero una oportunidad con él?!
—¡Tú y todos tus gatos en casa de tu madre!
Cerré los ojos y apresuré el paso. Tal vez si no las veía las personas
no me relacionarían con las dos locas que gritaban por la acera en
plena mañana.
Giré la cabeza y descubrí a Simón caminando apresurado detrás de
mí.
—No es una actividad que me guste compartir —explicó señalando a
las chicas con la cabeza.
Sonreí y abrí la boca para responder, pero frente a mí se detuvo un
hermoso auto negro que gritaba «nuevo» por todos lados.
Más pronto que tarde, una mujer de cabello corto, rubio y bien lacado
se bajó con un estilo envidiable.
Botas Channel, traje Prada, lentes de sol Gucci y joyería Tiffany.
Gritaba riqueza y glamur en cada poro.
Y yo lo sabía porque Adrianna nunca tiraba sus revistas. Cuando
éramos pequeñas solíamos ver todas las revistas de moda y
elegíamos los atuendos que nos irían mejor. A veces no era tan bruja
después de todo.
—Ustedes son parte del programa de becarios, ¿cierto? —interrogó la
señora Collingwood, despojándose de los lentes con delicadeza,
mostrando los mismos enormes y brillosos ojos zafiro que tenía su
hijo.
De inmediato Aly y Lizzy frenaron en seco junto a nosotros.
Al final asentimos todos a la par.
—Y estaban saliendo de la cafetería del hotel Hamilton —señaló con
una expresión endurecida.
Dios, el sabor de la traición era desagradable cuando te pillaban con
las manos en la masa. Solo esperaba que la señora Collingwood no le
diera tanta importancia a un simple café. A fin de cuentas, no era
como si lleváramos un vaivén de información entre uno y otro hotel.
Tal vez estaba exagerando un poco.
—Suelo tomarle mucha importancia a estos detalles —declaró la
mujer—, me hace pensar que son parte de un vaivén de información.
O tal vez no.
Tragué.
—No es lo que parece —aseguré.
—Bien, explíquenlo —nos ordenó, cruzándose de brazos al tiempo que
lo hacían sus dos guardaespaldas junto al auto.
—Claro que lo haremos —aseguré—, Simón —señalé hacia la señora
Collingwood, logrando que mi mejor amigo me fulminará con la
mirada.
Pero lo intentó. Sabía que podía confiar en él, sabía que si alguien
podía dar la cara por nuestras estupideces era Simón.
Bien,
—Venimos a entregar un paquete que llegó por accidente a nuestra
cocina —explicó con mucha convicción.
—Claro —respondió la señora Collingwood sin un pelo de tonta—. ¿Y
ese pastel de chocolate?
Nuestras miradas cayeron en el pastel de chocolate que yo sostenía
en las manos.
Fue el producto de un momento de debilidad. Ese pastel estaba
delicioso y no merecía quedarse medio mordisqueando en una mesa
solitaria. Quería guardarlo para después, no consideré que aquello
fuera un crimen en los hoteles Collingwood.
—¿A caso creen que soy tonta? —Dio dos pasos al frente y
obligándonos a retroceder otros dos por mero instinto de
supervivencia—. ¿Creen que no me doy cuenta de lo que hacen?
—Merdé —murmuró Lizzy por lo bajo.
—Nosotros jamás creeríamos algo así de usted su majes... señora
Collingwood —corrigió Aly entre titubeos.
Los tres fruncimos el ceño en dirección a la pobre y asustada Aly,
pero no duró mucho, pues la señora Collingwood de apresuró a
intervenir.
—No soy ninguna tonta. Sé bien lo que hacían.
—¿Ah sí?
—Por favor —resopló—, resulta obvio que intentaban conseguir
información de la competencia, buscaban mejorar los aperitivos de
los hoteles Collingwood, brindándole a los comensales una
experiencia única, algo que no puedan conseguir en Hamilton.
—¿Ah sí? —repitió Lizzy patidifusa.
Le golpeé el brazo con el codo para silenciarla.
—Sí, sí, eso es justo lo que hacíamos —mentí invocando los dotes de
actuación de mi madre—. Demonios, nos atrapó. Queríamos que fuera
una sorpresa.
La señora Collingwood arqueó una ceja y la comisura de su labio se
elevó ligeramente.
—Bueno, aprecio su esfuerzo. Estoy encantada de poder confirmar
que las especulaciones de mi hermano sobre sus estancias son falsas
—volvió a colocar los lentes en su sitio—. Nos vemos luego.
—Adiós —respondimos al unísono, como robots bien entrenados.
Una vez que entró al auto recobramos el aliento y una vez que el auto
se alejó pudimos respirar con tranquilidad.
—¡Esa mujer tiene dos neuronas! —señaló Lizzy con ambos brazos
extendidos en la dirección que había tomado el flamante auto negro.
—¿Su majestad? ¿En serio? —recriminó Simón con incredulidad.
—¡Lo siento! ¡Entré en pánico!
Todos nos echamos a reír ahí mismo. Y a partir de entonces,
llamábamos a la señora Collingwood «su majestad» como un chiste
local bien arraigado.

****

Me puse las zapatillas de Lizzy y me di una última mirada al espejo.


No podía creer que de verdad me convencieran de ir a un bar
nocturno cuando siempre era Lizzy la que terminaba yéndose con su
otro grupo de amigas, mientras Aly y yo nos dedicábamos a ver
películas de medianoche.
Bueno, mi reflejo no estaba nada mal, pero mis nervios crecían y no
entendía por qué. Quizá el miedo de Aly era contagioso y no tenía
nada que ver conmigo.
—¡Ya llegó! —chilló Lizzy desde la sala.
Simón rodó los ojos y la acompañó a abrir la puerta; Aly, por otro
lado, optó por limitarse a existir entre los vivos del bar, así que de
camino se dedicó a responder con monosílabos a las inexistentes
preguntas de Ezra, y de vez en cuando le soltaba algún comentario
mordaz, aunque pareciera que eso motivaba aún más a Ezra.
Al llegar al bar las cosas no cambiaron demasiado. Los esfuerzos de
Ezra se iban al inodoro cada vez que le ofrecía una copa y Aly repetía
con exasperación que prefería no beber, para luego admitir que
estaba en ese lugar porque creía que sus amigas necesitaban un poco
de distracción.
Sí, claro.
Sus amigas.
Bueno, al menos no era la única con una copa de limonada.
—Un Martini —pidió al barman.
Aly arqueó una ceja en su dirección y, sin poder contenerse más,
reprochó:
—¿No te has cansado de beber? ¿Planeas que te llevemos de regreso a
rastras?
Ezra sonrió complacido de obtener más de dos palabras de ella y
soltó con seguridad:
—No es para mí, pronto llegará mi amigo y me he adelantado un poco
—explicó—. Y para tu información sé controlarme. Nunca tendrías
que llevarme a tirones, a menos que...
—¡Aaghh! Ni siquiera lo pienses —silenció mi amiga con el índice en
extensión.
Miré a Simón suspirar junto a mí y me uní a su pesar.
Un minuto.
Miré a Aly: tenía una expresión fastidiada. Miré a Simón: parecía
aburrido. Me miré a mí frente al espejo de la pared detrás de la
barra: estaba cansada.
¡¿Entonces a qué diablos fuimos?!
Yo estaba ahí tratando de no arruinar una buena noche, Simón
accedió unicamente por no dejarnos solas, Aly aceptó porque creía
que todos queríamos ir y no quería ser la aguafiestas una vez más.
Pero si nadie quería estar en ese lugar...
—La casa invita —dijo el barman depositando una copa pequeña de
gintonic frente a mí.
Iba a decirle que no planeaba beber... nunca más, pero Simón se
adelantó tomando la copa de inmediato.
—Gracias, estuvo deliciosa.
—Era para ella —El barman lo asesinaba con la mirada.
—Una pena, venimos en paquete de tres —señaló excluyendo a Ezra,
quien de inmediato protesto con un gesto ofendido—. Bien, de cuatro
—entonces Lizzy volvió de bailar y se colgó de nuestros hombros
preguntando de qué paquetes hablábamos—. Bien, de cinco. ¡¿Alguien
más quiere bebidas gratis?! —gritó al aire para nuestro grupo.
Por desgracia la música paró y el resto del bar lo escuchó. Al
instante, todos elevaron sus copas al aire y gritaron con euforia.
Simón abrió los brazos al aire, señalando a la multitud.
Y así era como jamás conseguía una cita con mis amigos cerca.
Capitulo
veintidos

A pesar de los esfuerzos de Simón, el barman continuó hablándome.


—¿Así que tienes...?
—Dieciocho —mentí.
Nadie odiaba algo más que las mentiras, si era evidente con ellas
quizá volvería a su labor en la barra y yo volvería a sentirme
miserable junto a Simón.
—¡Pero qué joven! ¡Y te ves de quince!
Resistí el repentino impulso de rodar los ojos con fastidio y, a
cambio, le dediqué una sonrisa forzada.
Después de un rato de preguntas largas y respuestas en monosílabos,
Simón se percató de que aquella situación en serio empezaba a
fastidiarme, así decidió entrar en acción con la artillería pesada.
—Deberías de aceptar una copa, Clay —sugirió, logrando que lo
fulminará con la mirada por no ayudar en lo absoluto.
—No, gracias —mascullé molesta.
El barman (cuyo nombre era Greg, pero aquello poco o nada me
importaba), miró sorprendido a mi mejor amigo. No lo culpaba,
durante los últimos treinta minutos se había dedicado a bufar,
resoplar, poner los ojos en blanco y a reír ocasionalmente.
—Bueno, solo decía. Necesitarás toda la ayuda posible si esperas
sobrevivir esa demanda de divorcio. El juicio es mañana y no sé tú,
pero yo como tu abogado, beberé dos Martinis antes de que tu
brillante esposo te deje en la ruina.
Lo miré sin entender una sola palabra de lo que dijo. Estaba a punto
de tocarle la frente con el dorso de la mano y preguntarle si se había
fumado algo mientras yo no veía, pero al tiempo caí en cuenta de su
plan y agradecí al cielo por tener un mejor amigo tan brillante.
Hice un gesto desdeñoso con la mano.
—Descuida, cuando le presente al juez los exámenes médicos sabrá
que digo la verdad sobre el herpes y ese idiota tendrá que darme una
indemnización.
Simón asintió convencido.
—A ti y a tus siete hijos.
¡¿Siete hijos?!
¡Bien, eso ya era demasiado!
Tuve que hacer un enorme esfuerzo por no estamparle el bolso en el
hombro.
—¡¿Siete hijos?! —preguntó el barman con asombro.
Me encogí de hombros con indiferencia.
—Bueno, no me cogió el herpes por nada —codeé a Simón y ambos
soltamos una risa conjugada de viejos camaradas.
—Por cierto, ¿conoces a algún pobre idiota que quiera pasar una
buena noche con mi amiga? —ofreció Simón, inclinándose hacia el
frente de la barra en actitud confidencial—. Necesitamos que alguien
se haga cargo del hijo que está esperando, porque no sabemos quién
es el padre, así que... —Se encogió de hombros dejando el contexto al
aire.
El hombre se puso tan pálido, que por un instante consideré la idea
de decirle que todo era mentira, que respirara y que simplemente no
me interesaba conocer a un hombre más en esa vida. Pero como vino
se fue.
—Esto... Yo... Hum... Tengo que trabajar.
Dicho lo anterior, se esfumó como polvo de hadas en un infierno
terrenal.
Simón y yo tuvimos que contener la risa cuando, del miedo y en la
huida, se tropezó con una botella de Vodka en el piso del bar.
—Eres terrible —aseguré tomando mi limonada.
—Embarazada, siete hijos a los dieciocho, con herpes, una demanda y
en busca de un hombre para embarcarlo. —Negó con la cabeza—.
Llámame como quieras, pero ese tipo era un idiota.
No pude contradecirle.
Al poco tiempo, el gruñido de Aly llamó nuestra atención detrás de
Simón.
La pobre mujer estaba tratando de ignorar los esfuerzos de Ezra por
explicarle que los bailes no estaban tan sobrevalorados como ella
aseguraba.
La verdad, bailar en bares, por muy elegantes que estos fueran,
tampoco me apetecía en lo absoluto, así que no podía culparla o
tacharla de aguafiestas porque teníamos tantas cosas en común que
sería una bala que atravesaría su pecho y me daría a mí.
Y si mi familia ya me disparaba a quemarropa, no iba a machacarme
aún más. Había algo llamado «amor propio», no solía vestirme con
ello muy a menudo, pero tampoco se me olvidaba que existía.
—Aquí está Julián, el amigo del que les hablé —señaló Ezra,
sacándome de mis cavilaciones.
Frente a nosotros apareció un hombre de mediana estatura, con el
cabello rojo más adorable del bar (hablaría de todo el mundo, pero el
cabello rizado de Diana, la secretaria de Killian, no tenía
comparación), los ojos aceitunados y pecas arremolinadas en unas
mejillas sonrosadas.
—¡¿Has pensado en responder el móvil de vez en cuando, idiota?! —
reprendió Julián, tirándole un golpe amistoso al hombro.
Ezra le dedicó una sonrisa deslumbrante y yo tuve que hacer un
enorme esfuerzo por mirar hacia otra parte.
—Lo siento, hermano, estaba ocupado.
Los labios de Julián formaron una «O» y asintió en su dirección con
aprobación. Iba a echarme a reír ahí mismo con completo descaro,
cuando la mirada de Julián se clavó sobre mí. La sonrisa que me
dedico hizo que aquello perdiera toda la gracia.
Advertía problemas.
—Hola, preciosa —saludó acercándose con una pose de macho bien
entrenada.
Me preguntaba si ese día había despertado con un cartel de
«Desesperada» pegado a la frente. Por puro instinto me llevé una
mano a ella. Todo libre.
Simón gruñó detrás de mí y, mostrando las palmas al aire, se
deslindó de toda responsabilidad.
—Me rindo —anunció.
Lo miré mal.
El descuido me costó un poco de baba en el dorso de la mano por
parte de Julián.
A cualquier otra persona le habría atestado la mano en la cara, pero
el hombre tenía algo de carisma. Como decía mi madre cuando veía a
sus hijos actuar: «tenía la chispa».
—Ángel, desde ya puedo ver que serás mi tortura —aseguró
mirándome a los ojos.
Sonreí con amabilidad y miré a Ezra, pidiéndole un poco de ayuda.
Él rio y negó con la cabeza.
—Julián, ya habíamos hablado de esto.
—Lo siento, me será difícil apartar los ojos de mi nuevo ángel —
aseguró escrutándome.
—Julián, has tenido quince ángeles esta semana. Ya déjalo —pidió
Ezra con fastidio.
Pero Julián lo ignoró con descaro, tomando de nuevo mi mano entre
las suyas y recitando:
—Quisiera poder bajarte la luna, ángel, pero por ahora, puedo
invitarte una copa que te lleve a las estrellas, ¿qué dices?
No iba a reírme, juro que no iba a hacerlo, pero la risa de motosierra
entrecortada que escapó de los labios de Simón fue el incentivo que
necesitaba para explotar de la misma manera. Al instante Ezra y Aly
se nos unieron.
—Lo siento, esto no es gracioso, de verdad —mentí con un poco de
preocupación hacia su ego.
—Es muy gracioso y lo sabes —señaló Simón llevándose una copa a
los labios.
Julián nos miró dolido y una parte de mí se sintió realmente mal. No
sabía que me pasaba con ese hombre, pero no quería verlo herido y
estaba segura de que era algo personal.
—Julián, ¿qué te parece si me invitas un baile? —propuse a sabiendas
de que iba a arrepentirme al instante.
Los ojos de Julián se abrieron tanto que, por un segundo, creí que le
había cogido una parálisis transitoria.
No era para menos. El resto de los presentes me dedicaron la misma
expresión.
Me encogí de no hombros a modos de respuesta cuando la mano de
Julián se extendió en mi dirección.
La tomé sin titubear y me armé de valor para seguirle por la pista.
Por fortuna, habían pasado de bachata a balada en cuanto pisamos el
lugar.
Las manos de Julián se posaron con agilidad sobre mis caderas, se
movía con profesionalismo, como si hubiera nacido para estar en una
pista. No podía hacerle competencia, pero lo intenté. Le di un par de
pistones, pero no pareció importarle, cuando me disculpaba apenada
él sonreía como si en realidad le hubiese arrojado confeti en la cara.
Ojalá todos los hombres fueran así de agradables.
—Hueles muy bien —comentó.
Hum... ¿Gracias?
—Y tú hueles... ¿a hollín?—Olfateé al aire.
Me arrepentí al instante de haberlo dicho. Uno no responde un
cumplido asegurando que el receptor huele a hollín, al menos no es lo
que debería hacerse.
Contrario a lo que creí, Julián rio.
—Puede ser. Soy veterinario y hoy me ha tocado cambiarles el aserrín
a los hámsteres.
—¿Veterinario?
Se encogió de hombros.
—Eso depende, ¿te gustan los veterinarios? Porque por ti, ángel,
puedo ser Robin Hood.
Solté una risotada magistral. El chico tenía ingenio, pero aún me
parecía demasiado joven.
—Un veterinario. Interesante.
—¿Qué puedo decir? Así de asombroso puedo ser —me guiñó.
Lo escudriñé con la mirada un par de segundos, tentando el terreno
antes de exteriorizar la pregunta que me atacaba desde que le había
visto besarme la mano.
—¿Cuántos años tienes, Julián?
—Veintidós —respondió con orgullo.
Reí leve.
—¡Qué pena! No salgo con niños, tengo veinticuatro.
La expresión en su rostro cambió de un segundo a otro.
—No es mucha diferencia. Aparento treinta y dos —aseguró con
premura.
Reí echando la cabeza hacia atrás y negué con la cabeza. Era
imposible que alguien se tragara aquello.
—No, creéme, no los aparentas —le juré.
—Bueno, soy muy maduro —respondió haciendo un enorme esfuerzo
por sobre guardar su orgullo de hombre.
—No lo dudo, pero sigo sin salir con niños. —Le palmeé el hombro y
cuando la canción terminó volvimos a la barra.
Aly ya no se mostraba a la defensiva, contrario a como la deje antes
del baile con Julian.
Ella reía y tocaba su cabello con nerviosismo mientras Ezra hablaba y
sonreía a modo de reflejo siempre que ella lo hacía.
También sonreí en automático.
—¿Le ha puesto algo en la bebida? —pregunté volviendo junto a
Simón.
—Me he estado preguntado eso durante los últimos tres minutos —
anunció negando con la cabeza—, pero juro que no le he quitado la
vista de encima y no ha tomado más que su limonada.
Bueno, bien mirado tampoco era tan increíble. Con esa sonrisa Ezra
podía detener una guerra en medio campo.
Pronto, Lizzy volvió de la mano de un chico moreno de cabellos
rizados tomado de la mano.
—¡Este lugar es genial! —festejó la morena antes de dar media vuelta
y volver a la pista.
—Yo cuido al chico y tu la cuidas a ella —le señalé a Simón girando
hacia la pista—. Hoy somos los adultos responsables.
Simón asintió con la cabeza y me dedicó un saludo militar.
—Adultos responsables —repitió.
—Adultos responsables —Concordé.

****

Hey, I just met you and this is crazy


But here's my number, so call me maybe
It's hard to look right at you baby
But here's my number, so call me maybe
Hey I just met you and this is crazy
But here's my number, so call me maybe
And all the other boys try to chase me
But here's my number, so call me maybe.
Cuando Simón subió a quitarme el micro y Lizzy se le unió a "Royals"
de Lorde, decidí bajar con dignidad y unirme al coro de ecos que eran
Aly, Ezra y Julian
—¡Es hora de irnos! —hipó Ezra tomando el móvil con una mano—. ¿A
quién debería llamar?
—¡Llama a un taxi! —gritó Aly con el puño al aire.
—Llama un Uber —sugirió Juliano entre risas, cargándose de mi
hombro.
—¡Llama a Ed Sheeran! —propuse con el puño en alto.
Lizzy me apoyó desde el micro y mi nueva tarea se centró en
suplicarle a Ezra, tirando de su gabardina como una niñata, que
llamara a Ed Sheeran.
—¡No tengo el teléfono de Ed Sheeran! —se disculpó retrocediendo
tambaleante.
Estaba a punto de echarme a llorar cuando Aly se acercó a Ezra y,
tirando de su gabardina, le suplicó con una mirada anonadada que
llamara a Ed.
Ezra tragó y asintió sin rechistar.
¡Pero qué poder!
Me crucé de brazos ligeramente ofendida. Pero mientras llamara a Ed
Sheeran bien podía perdonarlo.
—¡Hermano! —vociferó Ezra al teléfono, mientras Lizzy y Simón
hacían un coro de Royals, que habría hecho que Lorde se pusiera a
llorar y Kenye West les hubiese quitado el micro como a Taylor
Swift—... ¿Qué iba a hacer?
—¡Ed Sheeran! —vociferamos Aly y yo palmeando con violencia el
hombro del pobre Ezra.
—¡Auh! —chilló cuando estuvo a punto de perder el equilibrio—.
Recuerdas cuando le dije a tu madre que habías sufrido un asalto en
la secundaria, cuando te gastaste medio millón en comprar ese
establo estúpido... ¿Ah? ¿No eras tú? —Se rascó la nuca—. ¿Y qué me
dices de la vez que pague tu multa en la prisión de Standford?... ¿Era
Goldman? Ah... Bueno, seguro me debes algún favor —reclamó entre
risas histéricas cuando a Aly se le escapó un hipido—. ¿Tienes el
número de Ed Sheeran?... ¡El cantante! —Cubrió el teléfono con una
mano y nos susurró, rodando los ojos—: No sabe quién Ed Sheeran.
Rodé los ojos.
Qué tipo tan anticuado. Quiero decir: ¡¿Quién no conoce a Ed
Sheeran?! ¿Un alíen? ¿Un mono? ¿Un mono alienígena?
—¡Bueno, seguro tienes alguna forma de conseguirlo! ... ¡No mientas!
¡Tienes contactos en todo el mundo!... ¡Estoy bien! —Ezra soltó una
carcajada—. ¡¿Y tú dónde crees?
Cuando Shape Of You comenzó a sonar, casi como una señal del cielo,
Aly y yo gritamos uniendo nuestras manos y brincando como
porristas adolescentes. No, no estaba orgullosa de eso.
Eran las bebidas. Cambiaban a todo el mundo.
—¡No tengo ni idea! —vociferó Ezra al móvil—. ¡Solo te he pedido un
número! ¡Bien!
Cuando colgó nos quedó claro que no conoceríamos a Ed Sheeran esa
noche, pero con su Karaoke estábamos satisfechas.
Lizzy dirigía a la multitud, entre el grupo de gente, Ezra reía
mientras Aly, Julián y yo coreábamos con euforia.
Ese era nuestro momento. Nada podía arruinarlo. Ed Sheeran,
Karaoke, amigos, unidad... Nada podía terminar con eso.
Nada excepto...
—¡Malibú! —gritó Simón antes de arrojarme el micro a corta
distancia.
—Oh, no, yo ya he cantado demasiado...
—¡Nadie imita la voz ebria de Miley Cyrus mejor que tú! —animó mi
mejor amigo—. ¡Vamos! ¡Claire, Claire, Claire!
Pronto, más de la mitad del enorme bar coreaba mi nombre. Creí que
sería descortés negarme, así que
Había fallas en el sonido, así que estuve un par de minutos de pie
tratando de sentir la música con el corazón.
Cuando era pequeña, mi padre decidió que era buena idea
inscribirme a clases de canto. Adrianna, en cambio, optó por las artes
marciales. Incluso en eso era mejor, mi voz no iba a salvarme de
ningún aprieto jamás, pero seguro las artes marciales serían de gran
ayuda en cualquier situación.
Cuando la canción comenzó, me esforcé en olvidar a mi perfecta
prima y me enfoqué en interpretar a Miley Cyrus y no a Hannah
Montana. Eso si hubiese sido vergonzoso.
Mi esfuerzo dio frutos, el público aplaudía con euforia y mis amigos
silbaban debajo de la plataforma improvisada en la que se había
convertido la barra.
Poco después, el DJ creyó que sería buena idea confundir a mi
cerebro haciéndome cantar "The Climb". Negué con la cabeza e hice
ademán de bajarme, pero apenas puse un pie en la escalera, mis
amigos comenzaron a manotear para que volviera al escenario.
Los fulminé con la mirada.
Mi garganta dolía, pero comencé a hacerlo. Tenía que verle el lado
bueno, podrían haberme obligado a cantar algo peor.
Tenía que agradecerle a Dios por la vida de Miley.
Cuando terminé de interpretar el tema, le cedi el micrófono