El viaje inesperado de Lina
Era una mañana clara y tranquila cuando Lina, una niña conocida por su valentía y curiosidad, se
preparaba para una misión especial. Su madre la llamó desde la cocina, entregándole una cesta
con pan y miel.
—Lina, por favor, lleva esto a tu abuela. No te distraigas en el camino y, sobre todo, evita el lado
oscuro del bosque —dijo su madre, mirándola con seriedad.
—Sí, mamá. ¡Prometo no tardar! —respondió Lina, ajustándose la capa roja que tanto le gustaba.
Con la promesa en mente, Lina salió de casa. El bosque que debía atravesar era misterioso, con
árboles tan altos que sus copas se perdían entre las nubes. Aunque su madre siempre le advertía
sobre los peligros del bosque, Lina sentía una irresistible atracción por él, especialmente por el
lado que su madre llamaba "oscuro", una zona densa de la que se contaban leyendas.
Caminaba alegremente cuando, de repente, un lobo gris apareció entre los arbustos. Sus ojos
brillaban con astucia.
—Buenos días, pequeña. ¿Hacia dónde te diriges tan apurada? —preguntó el lobo, con una voz
suave pero cargada de malicia.
Lina no confiaba en él, pero no quería ser grosera, así que le respondió con educación.
—Voy a casa de mi abuela, que vive al otro lado del bosque.
El lobo, con una sonrisa torcida, observó la cesta que llevaba Lina.
—Parece que llevas algo delicioso. ¿Qué te parece si caminamos juntos? Conozco un atajo muy
interesante por el que podrías llegar más rápido.
Lina recordó las palabras de su madre, pero algo en la propuesta del lobo despertó su curiosidad.
—Está bien, pero no quiero desviarme demasiado —dijo la niña con precaución.
El lobo la condujo por un sendero que no conocía. Mientras caminaban, Lina empezó a notar que
el bosque cambiaba. Los árboles eran más oscuros y el aire se volvía más pesado. Sentía que
alguien, o algo, los observaba desde las sombras. Aunque empezaba a inquietarse, no quiso
demostrarlo.
De pronto, el lobo se detuvo en seco.
—Sigue por este camino y llegarás antes que yo a casa de tu abuela —dijo el lobo con una extraña
sonrisa—. Yo tomaré otro atajo.
Y sin más, desapareció entre los árboles.
Lina continuó sola, pero algo no cuadraba. Sintió una extraña sensación en el estómago, como si
el bosque le advirtiera de un peligro inminente. Apresuró el paso y finalmente llegó a la pequeña
cabaña de su abuela, pero la puerta estaba entreabierta, algo que nunca había visto antes.
—¿Abuela? —llamó desde la puerta, sintiendo un escalofrío.
—Pasa, querida, estoy en la cama —respondió una voz que sonaba... diferente.
Lina entró lentamente. La habitación estaba oscura, pero podía ver la figura de su abuela acostada
bajo las sábanas. Se acercó al pie de la cama, pero algo en su "abuela" no estaba bien.
—Abuela, qué manos tan grandes tienes —dijo Lina, observando las garras que sobresalían de
la manta.
—Son para abrazarte mejor, querida —respondió el lobo, disfrazado.
Lina, ahora alerta, observó las orejas puntiagudas y los ojos brillantes que asomaban entre las
sombras.
—Abuela, qué orejas tan grandes tienes.
—Son para escucharte mejor —replicó el lobo, intentando mantener la farsa.
Finalmente, Lina dio un paso atrás, sus ojos se llenaron de comprensión y miedo.
—¡Abuela, qué dientes tan grandes tienes!
—¡Son para comerte mejor! —rugió el lobo, revelando su verdadera forma y saltando de la cama
para atrapar a Lina.
Pero Lina estaba preparada. En el bolsillo de su capa roja, había guardado una pequeña daga,
regalo de su abuelo, que le había enseñado a defenderse. Con un rápido movimiento, sacó la
daga y apuntó al lobo.
—¡No tan rápido! —exclamó Lina, enfrentando al lobo con valentía.
El lobo, sorprendido, retrocedió unos pasos, gruñendo con frustración.
En ese preciso momento, la puerta se abrió de golpe y la abuela, quien había logrado escapar del
lobo antes de que este pudiera atraparla, entró con un gran bastón en mano.
—¡Fuera de mi casa! —gritó la abuela, golpeando el suelo con fuerza.
El lobo, aterrorizado ante la unión de abuela y nieta, salió corriendo de la cabaña, sin atreverse a
mirar atrás.
Lina abrazó a su abuela con alivio.
—Sabía que algo estaba mal, abuela —dijo mientras las dos se sentaban junto al fuego—. Ese
lobo no nos volverá a molestar.
Desde ese día, Lina y su abuela decidieron que era mejor mantenerse alejadas del lado oscuro
del bosque. Pero Lina, aunque respetaba el consejo de su madre, siempre guardaba su daga,
lista para cualquier aventura que la vida le presentara.