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Las 11 de la mañana del año 1940, sentí un escalofrío en la espalda baja cuando

recién perciba el estruendo del misil (aún más aterrador que los relámpagos) que había
caído, los muros de ladrillo de la oficina postal resplandecían y un polvo que cegaba
me había alcanzado antes de que pudiera reaccionar y escapar de las afiladas garras
de la muerte.
Por todas partes mucha gente, gritos, ruido, mucho ruido que consume mi conciencia,
cualquier sobreviviente que hubiese pasado por ahí, ni se inmutaría en tratar de sacar
mi pequeño y delgado cuerpo de los escombros y si quisieran hacerlo hubiera sido en
vano, me pareció ver mi pierna derecha, ¡mi propia pierna!, me hallaba inmóvil bajo lo
que quedaba de los muros y me encontraba mal herido, supongo que mi hombro
izquierdo estaba deshecho, de pronto lo tuve claro,moriría desangrado y nadie se
dignaría a ayudarme.
Las últimas personas que observé antes de morir lucían aterrorizadas, una madre
corría despavorida con su bebé en brazos, mientras una pareja de ancianos que
milagrosamente había resultado ilesa, aún podían acelerar el paso para huir de los
soldados despiadados, sin embargo les resultaría difícil, pues sus armas contenían
plomo combinado con el fuego del mismísimo infierno unido a la simple acción de
articular un dedo y dominar principios básicos de crueldad y de puntería.
Los ancianos no son útiles como mano de obra pero les resultaba entretenido
lapidarlos, humillarlos o quemarlos, tampoco los niños son útiles, yo mismo no era útil,
si los pesados ladrillos no me mantuvieran preso al suelo y pudiera tratar de luchar por
mi supervivencia no duraría mucho tiempo vivo, mi vida se terminaría a los 13 años de
edad.
Agonizaba de manera lenta y dolorosa, así que mientras mi sangre escapaba de mis
venas y coloreaba el suelo de rojo, un rojo más intenso que el del ladrillo, solo podía
mirar hacia arriba directo al sol, el cuál me quemaba los ojos, pero no más que las
cenizas que aún volaban por el aire y se introducían en mis ojos, aún con todo eso
pude ver volar frente a mis ojos todos los timbres para cartas que tenían en la oficina
postal, entre todos aquellos reconocí uno inmediatamente, se trataba de una pintura
que representa un beso entre un hombre y una tierna mujer.
¡Ah pobre de mí!, un muchacho como yo nunca experimentó el amor, de pronto, de
manera súbita, un recuerdo se introdujo a mis pensamientos, mientras reflexionaba
sobre la pintura en el timbre y mi propia vida. Me encontraba sobre la banqueta (me
sentía como si acabará de despertar de un largo sueño), vestido elegantemente y
resaltaba un colorido chaleco color verde, no era pobre y podía caminar por las calles
sin que alguien me dirigiera una mirada furtiva o me golpeara, ¡podía correr! y como
amaba hacerlo. Corrí hasta la galería de arte de Gustav Klimt, entre sus obras estaba
la pintura del timbre, sus colores cálidos resaltaban entre todas las demás obras y
podía ver a un montón de gente reunida alrededor de Klimt mientras el alardeaba junto
a su acompañante, era la mujer de la pintura, Klimt me llamo y me recibió con las
mejores atenciones mientras me dirigía a un banco y frente a el estaba un lienzo, mis
habilidades artísticas resultaron ser muy buenas y a todos parecían gustarles, todos
aplaudían a mi obra y resaltaban mi joven edad mientras Gustav y la chica de la pintura
se abrazaban y se disponían a contar la historia detrás de la pintura. Esto lo hacían
cada noche mientras yo pintaba realizaba mi trabajo como aprendiz de Klimt.
Precipitadamente el presente cambio y ahora estaba en un barco un lugar mucho
menos colorido que la galería de Klimt, ya no vestía de verde, ahora vestía harapos y el
lugar era hostil; toda la luz que emitía el precioso dorado de la pintura de Gustav había
sido sustituido por la voracidad del fuego que encendían las antorchas que alumbraban
el barco del capitán Walton, que acababa de rescatar a alguien que estaba atrapado en
el Ártico, se encontraba tiritando de frío y entre sus manos sostenía un brazo hecho de
tela, o al menos eso parecía de lejos, cuando finalmente subió me percate que parecía
un brazo en estado de descomposición, el sobreviviente acabo revelando que
descubrió como crear vida a partir de cadáveres, yo me paralicé y corrí hacia otro lado
del barco, el señor Walton me pidió que hiciera café y lo trajera, así lo hice para que a
continuación el hombre se dispusiera a contar su historia.
Después de una larga conversación con el señor Walton, me sentía cansado, así que
me fui a sentar al sillón e inmediatamente me quedé profundamente dormido.
A mitad de la noche, un enorme calor corporal me sofocaba, no podía abrir los ojos… y
después de esta sensación, me pareció ver a lo lejos una imagen de fuego que
consumía la habitación.
En la mañana siguiente, tuve la sensación de estar en otra parte… de nuevo comencé
a sentir miedo, no conocía ese sitio. Una vez que llegó la lucidez a mi cabeza, decidí
echar un vistazo al exterior… ¿Dónde estoy?
Me encontraba en Orán (Argelia), un lugar que parecía estar en una enorme crisis de
salud, dónde la muerte se estaba apoderando de todo aquel que estuviera a su paso.
Entre los habitantes sonaba el nombre del Doctor Richard Rieux, un hombre solidario,
humanista y también ateo. Al mirarle el rostro, pude notar que la preocupación
realmente le estaba dominando.
No sabía lo que estaba pasando, pero el ambiente era tenso y la gente comenzó a
hablar de una peste que se estaba extendiendo por todo Orán, la muerte parecía
comenzar una guerra.
La crisis sanitaria exigía cuarentena en este lugar y era evidente que las autoridades no
pretendía actuar.
Estaba tan asustado de estar en este lugar, me sentía identificado con esta sensación,
¿Acaso ya había estado aquí?
No encontraba la manera de escapar de este lugar tan agobiante. En este momento de
desesperación, me encontraba caminando por las calles y al mirar al otro lado de la
calle, pude reconocer al Dr. Castel, ¡Claro, fue él! (lo repetí varias veces), él fue quien
investigó y perfeccionó el suero que sirvió como vacuna contra la peste.
Ante este acontecimiento, solo pude pensar en lo efímeros que somos y que el miedo
es un gran depredador de la esperanza…¡Que solo me siento! Miro atrás con una
sonrisa... Con una sensación como de asombro. ¿Será posible que eso me haya
ocurrido a mí?
El día que empezó la guerra habíamos ido al circo. No sospechábamos nada... Nos
reíamos. Los monos bailaban y luego... Salimos a la calle: la gente tenía la cara llorosa
y gritaban "¡La guerra!" y los niños gritaban "¡Hurra, qué bien!" pensando que se
trataba de un juego, no se podía imaginar todo lo que ocurriría.
La guerra es mi propio manual de historia, mi soledad... Me he saltado la época de la
infancia, ha desaparecido de mi vida. El sonido que llegaba a la tierra era raro... Como
si alguien rasgara un hule o un lienzo... Yo no sabía entonces que así es como se oyen
de lejos las ráfagas de las ametralladoras. Los aviones caían y detrás de ellos se veían
largas colas rojas, de fuego y humo.
Unos días más tarde llegó la hermana de mi madre. Venía corriendo y estaba toda
negra, daba miedo mirarla. nos explicó que las tropas enemigas habían entrado a su
aldea, que habían reunido a todos los militantes del partido y los habían llevado fuera
del pueblo: allí los ametrallaron. Entre los fusilados estaba su hermano. Recuerdo
perfectamente las palabras de la tía: "Le partieron el cráneo, los sesos salieron
disparados, yo los recogí con las manos... Eran muy, muy blancos."
Estuvo con nosotros dos días y lo repetía sin parar. En esos dos días todo el pelo se le
volvió blanco. Mi madre abrazaba a la tía y lloraba también. Yo la abrazaba y acariciaba
su pelo. Tenía miedo. Temía que mamá se volviera toda blanca...
Esas imágenes son mi tesoro. Haber sobrevivido a eso es todo un lujo.

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