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MESSI ÍNTIMO

Senosiain, Ariel

Messi íntimo/ Ariel Senosiain. - 1a ed -


Ciudad Autónoma de Buenos Aires: El Ateneo, 2024.

192 p.; 23 x 16 cm.

ISBN 978-950-02-1562-6

1. Biografías. 2. Fútbol. 3. Argentina. I. Título.

CDD 796.334092

Messi íntimo 1ª edición: noviembre de 2024


© Ariel Senosiain, 2024
ISBN 978-950-02-1562-6
Derechos mundiales para
Impreso en Printing Books,
todas las lenguas
Mario Bravo 835, Avellaneda,
© Grupo ILHSA S.A. para su
provincia de Buenos Aires,
sello Editorial El Ateneo, 2024
en noviembre de 2024.
Patagones 2463 – (C1282ACA) Tirada: 5.000 ejemplares
Buenos Aires – Argentina
Queda hecho el depósito
Tel.: (54 11) 4943 8200 que establece la ley 11.723.

[email protected] Libro de edición argentina.


www.editorialelateneo.com.ar

Dirección editorial: Marcela Luza


Coordinación editorial: Carolina Genovese
Edición: Camila D’Angelo
Producción: Pablo Gauna
Coordinación de diseño: Marianela Acuña
Diseño: Olifant · Valeria Miguel Villar
Fotografía de tapa: Gareth Cattermole - FIFA vía Getty Images

Los consejos dados por el autor en este libro son recomendaciones abiertas y generalizadas. De ningún
modo reemplazan o pretenden reemplazar el asesoramiento o consejo profesional especializado
y personalizado en la materia. Consulte con su profesional especializado y personalizado antes de
poner en práctica cualquier sugerencia y/o consejo que el autor pueda indicar en el presente libro.
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ARIEL
SENOSIAIN
MESSI ÍNTIMOLa otra cara del ídolo argentino
4
INTRODUCCIÓN
A muchos no solo nos cuesta la rutina, sino también sus de-
rivados. Si repetir una tarea aburre, también puede suceder
lo mismo con algo que se le parezca. Encarar un segundo li-
bro sobre Lionel Messi todavía requería convencimiento. Pero
desde Editorial El Ateneo supieron tocar la tecla justa.
—No hay mucho para profundizar en él. Todos lo vemos
como Superman, pero él está cómodo siendo Clark Kent —quise
explicar.
—Bien, ahí está el libro.
Si aquella primera obra, publicada en 2021 bajo el título El
genio incompleto y luego actualizada como El genio completo, se
había basado en la montaña rusa que fue el recorrido de Messi en
la selección, lo interesante ahora podía apuntar a desentrañar
a Lionel, a ese jugador del que todo el mundo habla, para saber
más de ese hombre casado con la novia de la infancia, que formó
una familia que parece de otra época y que se tatuó a Jesucristo,
es decir, para conocer a esa persona común de la que todavía hay
mucho por contar. También podía existir literatura a partir de
una persona históricamente centrada. Es más, significaba un
desafío interesante, porque los desbordes se cuentan solos.
El fútbol atraviesa toda su vida, claro. Fue lo que Messi siem-
pre amó, su desvelo, su manera de saltar las vallas. Su talento

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MESSI ÍNTIMO

resultó ser, con los años, lo que lo hizo universalmente querido.


Pero hay algo más en esa aceptación mundial. Por eso había que
escuchar, preguntar y responder: ¿cómo nunca se mareó estando
tan alto? ¿Quién fue su abuela, además de nada menos que la
descubridora de su potencial? ¿Cómo se explica tanto talento?
Supongo que no se puede escribir sobre alguien que solo
despierta indiferencia. Debe haber, por lo menos para el impul-
so inicial, motivos que unan. Con Messi me surgen, como para
empezar, un par de motivos de admiración: el obvio, su mezcla
de efectividad y estética dentro de las canchas, y el que se trans-
formó en un lugar común poético, que recuerda que de ninguna
manera podemos esperar que nuestros hijos sean tan talentosos
como él en algún área, pero sí podemos pedirles que traten de
copiar su constancia.
Ya que estamos con ese vínculo, también existe un lazo de
gratitud: Leo sirvió, durante años y años, como un puente más en
la relación con mi hijo, que podía despertarme a las 8 de la mañana
de un sábado para ver juntos un Barcelona-Alavés. Y, en mi inves-
tigación sobre los orígenes de su admiración, descubrí también
un motivo de representación: todo aquel que tuvo familiares mi-
grantes es consciente de que nunca se sabe cuánto tiempo faltará
para volver a ver a los seres queridos, y no saberlo angustia. Messi
encaró su vida deportiva con esa carga, convencido siempre de
que hay que esforzarse por hacer lo que uno ama.
Todo esto ha debido de influir para que el país se hermanara
esperando, primero, que pudiera obtener la Copa América en
(y contra) Brasil y, luego, que ganara el bendito Mundial esquivo
en Qatar. Nadie recoge unanimidad, ni Dios ni el Diablo. Pero en
aquel 2022 hubo un futbolista que rompió con esa máxima. Si
al principio algunos le pedían otro carácter, con el tiempo mu-
chos entendieron que cada época tiene su ídolo y cada ídolo, su

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ARIEL SENOSIAIN
personalidad. También fue esa manera de ser la razón por la que
el pueblo quiso que Messi ganara.
Siempre será mejor verlo en la cancha, pero ahora que co-
mienza a apagarse la llama del mejor futbolista que vieron por
lo menos dos generaciones, toca meternos más en su persona.
Antes bastaba con el jugador, hoy ya empezamos a explorarlo en-
tero. Comienza la historia de Lionel Messi. La conocida historia del
ser humano más famoso del mundo, aunque con anécdotas que
probablemente no conozcan. En veinte años de popularidad, alre-
dedor de diecisiete de estrellato, se escribió mucho, muchísimo,
sobre Messi. Si no podemos parar el tiempo en esta última recta
de su carrera para seguir viéndolo jugar por muchos años más,
al menos contemplemos, reflexionemos, entendamos. Pensemos
en Lionel.

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PARTE I
Lionel antes de Messi
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1

EL
ABANDERADO
Salvador Aparicio había hecho mal la cuenta. Pensó que
el equipo de siete jugadores de la categoría 86 del club
Abanderado Grandoli estaba completo. Pero no, faltaba
uno. Mientras buscaba al séptimo jugador con la camiseta
naranja restante en la mano, vio a un pequeño que patea-
ba la pelota contra una pared. Todo tiene una historia real
y una historia comentada. Tal vez valga la pena dejarlo así. Tal
vez no tenga sentido luchar contra los molinos de las historias
deseadas y baste con exponer las versiones. Elijan ustedes, enton-
ces, la primera gran aventura de Lionel Andrés Messi.
En las pocas entrevistas que concedió, Salvador aseguró que
le pidió a la madre del chico que lo dejara jugar. Que lo notó menor
(y lo era: tenía 4 años, el resto 5 o 6), pero que lo necesitaba. Y que,
ante la negativa de la madre, la abuela intercedió para convencerla.
A Leo siempre le contaron una historia diferente. En su familia
se dice que su abuela le propuso a Aparicio que lo hiciera jugar.
Que ya vería sus condiciones. Y que, al día siguiente, después de ha-
ber sorprendido a todos, le pidió que le comprara un par de botines
porque ella lo llevaría todas las semanas.
Más allá de cómo se haya dado su ingreso, sí coinciden en
dónde jugó. La primera vez que Messi se enfrentó a rivales lo
hizo volcado a la derecha, costado desde el cual haría el mismo

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MESSI ÍNTIMO

gol cientos de veces. Pero esa posición no escondió una razón


táctica ni la idea de que enganchara hacia el medio para que se
perfilara mejor de cara al remate. “Lo puse en la derecha para que
quedara cerca de su mamá: si se largaba a llorar, ella lo sacaría”,
contó Aparicio en esas pocas declaraciones públicas que hizo
en algunos canales españoles. Lionel no lloró. Simplemente dejó
pasar la primera pelota. En la siguiente, corrió hacia delante. Y
no paró.
El club le debe el nombre al barrio. Y el barrio se lo debe a Cleto
Grandoli, el soldado rosarino que luchó en la guerra de la Triple
Alianza y que, al momento de su muerte, portaba la bandera,
de ahí: Abanderado Grandoli. Necesario en la vida de todo club
amateur, Salvador Aparicio recorría las calles del barrio para in-
vitar a los chicos a que se unieran; frecuentaba más precisamente
la zona común de los edificios lindantes: los Fonavi, conocidos
así por estar construidos con el Fondo Nacional de la Vivienda.
El Fonavi de Grandoli es el más poblado de la Argentina. Pero los
Messi no vivían allí, sino a quince cuadras. Esa mañana de 1992,
como muchas otras, estaban en el club porque luego jugaría
Rodrigo, el segundo de los cuatro hermanos.
En 2009 falleció Aparicio. En 2005 le había contado a Jorge
Topo López, periodista del diario Olé y uno de los que más conoció
a Leo, que la última vez que se habían visto se le había colgado
del cuello. No hubo entrevista en la que no lagrimeara. Decía que
también lloraba cuando lo veía jugar. “Lo empecé a poner siempre.
Primero en una categoría más grande y luego en la suya. Hacía
seis o siete goles por partido”, juraba. El fútbol suele otorgar el
título de descubridor de un jugador a más de una persona, por-
que ¿quién descubre el talento? ¿El primero que lo ve? ¿El que
recomienda su contratación? ¿El que lo cambia de posición?
Salvador se sacaba méritos: “Yo fui simplemente el primero que

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ARIEL SENOSIAIN
lo puso en una cancha”. No importa el ámbito ni las condiciones:
cualquiera necesita una chance. La calidad debe ser probada.
David Treves tiene mucho que contar. Conoce el club
Abanderado Grandoli como quien acude a un lugar durante 32
años. En ese afán de colaborar que tienen las familias habitués de
una institución de ese tipo, fue entrenador de una categoría desde
los 17 años. En 2007 decidió ser presidente y sigue siéndolo. Pero
también tiene mucho que contar sobre el producto más famoso del
club, así que acepta el hablar por teléfono y empieza a describir a
Leo: “Era introvertido, pero entraba en confianza y parecía otro.
Con mi papá había hecho buena relación. Lo recuerdo diciéndole
desde una tribuna: ‘Treves, ¿me comprás unas papitas?’”. También
tiene imágenes de ese Lionel de la cancha: “Es imposible olvidarse
de ese enano pintando nuestras canchas. Lo que ustedes vivieron
en su adultez, nosotros lo vivimos cuando tenía 5, 6 años”. Pintaba
la cancha: poesía.
Hay más:

Gente que no tenía nada que ver con los chicos se acercaba a
aquellos partidos. Hacía lo mismo que haría después. Pasaba
al equipo rival completo. La cancha era de siete jugadores,
él jugaba en el medio. Pero bajaba, le sacaba la pelota de la
mano al arquero, que era su primo Emanuel Biancucchi, y se
lanzaba.

A esas edades no se juega en canchas de once jugadores. Ya


llegaría ese momento. Todavía era la época de la diversión. La
previa de los sueños.
Grandoli fue, en definitiva, la apertura del show. El lugar
donde comenzó a reunir público. Algo así como el garaje donde
empiezan a ensayar los aspirantes a músicos, pero con público.

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MESSI ÍNTIMO

En Grandoli hoy se expone un mural con su imagen, aunque


Messi nunca ha regresado. Treves reconoce esa ambigüedad:

Nos hubiera encantado que alguna vez volviera. Sabemos que


es difícil, que las instalaciones se colapsarían. Y que los papás
se fueron mal del club por un malentendido. Pero sería muy
lindo que colaborara de alguna forma. Aun así, lo amamos. Nos
representa de la mejor manera.

Al final, las historias se repiten. El comienzo de la carrera de


Lionel Andrés Messi, ese primer paso cuyas estadísticas no están
documentadas, sucedió de la misma forma que el de tantos otros
futbolistas. Un club dedicado a la clase laburante, canchas don-
de no abundaba el pasto, el amateurismo a flor de piel. Un club de
barrio. Antes del camino más extraordinario, el comienzo típico.
El lujo en la vulgaridad. Como un reflejo de lo que vendría y de lo
que sería: el más especial de los hombres comunes.
Sus hermanos luego pasaron a jugar en Newell’s Old Boys.
Su padre, años antes, también había jugado ahí hasta que tuvo
que enrolarse en el servicio militar. Suficientes antecedentes
para que Leo dejara Grandoli y comenzara en ese club que, en
aquella época, todavía era una referencia en divisiones juveniles.
Sumado el sentimiento.
Un comentario que Gerardo Grighini, un antiguo compañero,
le hizo a Guillem Balagué, uno de los biógrafos de Messi, sobre su
supuesta simpatía por River, generó entusiasmo entre los hin-
chas de este club. A esto se sumó que el primer futbolista que
admiró, Pablo Aimar, jugaba en River (había sido, a los 10 años
de Messi, uno de los más destacados en un seleccionado juvenil
campeón del mundo). Pero no hay conocido de Leo de aquella
época que no asegure que sus colores eran el rojo y el negro. En

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ARIEL SENOSIAIN
varias notas, además, él mismo comentó anécdotas de su época
de hincha. Incluso en un video de su viaje de egresados de la pri-
maria, se lo escucha gritar: “¡Aguante El Aguante! ¡Y aguante
Newell’s!”. El Aguante remite a una expresión de la época: así se
llamaba un programa del canal TyC Sports sobre las hinchadas
y sus canciones, en tiempos en los que lo común era que en un
estadio coincidieran (no siempre en paz, desde ya) hinchas de
los dos equipos. Hay fotos, también, que quedan inmortalizadas.
Por ejemplo, esa en la que aparece Lionel levantando la pelota
para hacer jueguitos, vestido con una réplica de la camiseta que
usaba Newell’s en ese momento; conseguir la verdadera era tan
dificultoso como oneroso.
Y hay otra foto que tiene una historia particular. La imagen
fue tomada en el estadio de Newell’s, que todavía no se conocía
como el Coloso. Un Messi adolescente, sentado en la platea, acce-
dió a lo que sería una costumbre en su vida: sacarse una foto con
un desconocido. El periodista Federico Cristofanelli recreó la his-
toria en el sitio Infobae tras conocer a Alejandro Foglia, el actor
secundario. “Mi hermano me preguntó si quería sacarme una foto
con un jugador de Barcelona. Y me lo marcó”, contó Alejandro.
Ese 29 de mayo de 2005, el local enfrentaría a San Lorenzo; allí
estaba el pibe que un año antes había debutado en el Barcelona
y en ese momento disfrutaba de una licencia previa al Mundial
sub-20, que lo tendría como figura absoluta. “Messi llevaba pues-
ta una campera de jean. Antes de la foto se la sacó y le pidió a mi
hermano su camiseta. Así salió. Y así quedó para toda la vida”.
Entonces era imposible imaginar que esa instantánea se haría
viral y se mostraría cada vez que se lo relacionara con su equipo.
Estábamos en su época de niño y de preadolescente, la eta-
pa, ahora sí, del desarrollo de los sueños. Y de la personalidad.
Enrique Domínguez, uno de los entrenadores que lo dirigió en

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MESSI ÍNTIMO

Newell’s, lo definió en una especie de carta abierta, también para


Infobae, en 2023:

Yo conocí al hombre, pero a los 11 años. (…) Nunca se enojaba


cuando algo no salía bien, y metía la pelota bajo el brazo y
arengaba, marchando adelante de todos: “¡¡Vamos, vaaamos!!”,
sin levantar la voz, poniendo el pecho, el mismo que invencibles
mal calificaron alguna vez. Con el código de justicia bajo el
brazo, invitaba a sus compañeros a la vendetta. Un pase, una
pared, una doble, un sombrero, un caño y a las duchas.

Después de dos años en Grandoli, el 30 de marzo de 1994


Lionel Messi fue habilitado en la Asociación Rosarina de Fútbol
como jugador de Newell’s. Diez días después, jugó su primer par-
tido: en la goleada 6-0 al club Pablo VI, Messi hizo cuatro goles. En
cada uno de los seis años que permaneció en Newell’s, convirtió
siempre más de un gol de promedio por partido. En 1999, su último
año completo, salió a jugar 29 veces y festejó 55 goles propios.
“Los padres de los compañeros se miraban y se preguntaban
cómo podía ser posible”, recordó Domínguez. “Más allá de que esa
categoría era sensacional. Tenía muy buenos jugadores. Claro, él
era distinto”. Domínguez es el padre de Sebastián, exfutbolista
de Newell’s, Vélez y otros clubes importantes de Sudamérica. El
fútbol amateur saca tiempo, absorbe a quienes trabajan allí y
cobran sueldos más bajos que en el profesionalismo. Sebastián
lo definió en la revista El Gráfico:

Para mi viejo, los jugadores eran sus hijos. Vivía para el fútbol.
Llevaba palos de escoba para usar de estacas, armaba conos
con capas y capas de papel maché. Nosotros, sus hijos, a veces
le reclamábamos el cariño que les daba a los jugadores.

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ARIEL SENOSIAIN
Enrique Domínguez y sus hijos apostaban a quién sería el
crack que llegaría más lejos entre las tres categorías sucesivas de
Newell’s: Mauro Formica, nacido en 1988; Messi, del 87, y Gustavo
Rodas, del 86. Formica logró una muy meritoria carrera que lo lle-
vó al fútbol inglés. Rodas fue campeón con el seleccionado sub-17
en un Sudamericano, pero luego no trascendió más que en insti-
tuciones como León Huánuco, de Perú, y Jorge Wilstermann, de
Bolivia. El fútbol encierra demasiados condicionantes que impiden
expresar el potencial, ninguno tanto como la falta de constancia.
El ámbito en el que se desarrollan las promesas ayuda o retrasa,
potencia o impide.
Leo hizo la primaria completa en la Escuela N.o 66 General
Las Heras y había empezado la secundaria en la Juan Mantovani
hasta que se fue a vivir a España. De los meses en esta última se
desprende una versión a la que nadie le pone nombre. Habría sido
una preceptora quien entonces le habría pedido que reconside-
rara sus prioridades: “Nene, dejá de patear y ponete a estudiar,
que así no vas a llegar a nada”. Su obsesión era la pelota: tanto en
los entrenamientos y en los partidos, como en los recreos y en las
tardes libres; en una cancha o en la vereda. El fútbol se aprendía
a todas horas, era el entretenimiento por excelencia. Algo que la
sociedad ya no ofrece. El fútbol callejero, desprovisto de temores,
es una imagen que al país le cuesta devolver.
Si bien con los años regresaría a la escuela primaria para
saludar a sus viejas maestras, los amigos que conserva de sus
años en Rosario son los del club. Los de la categoría 87. Los que, si
les llevaban cinco goles de diferencia a los rivales, desaceleraban
porque en esas divisiones existía un pacto para no generar un
resultado que bajoneara anímicamente a los chicos derrotados.
El grupo en el que él se destacó incluso entre sus compañeros,
que alguna vez le pidieron que hiciera jueguitos en una esquina

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MESSI ÍNTIMO

para tratar de recaudar unas monedas. Con los que actualmente


comparte grupo de WhatsApp, pero no lo invaden nunca y le va-
loran la simpleza.
Por pedido de su padre, Sebastián Domínguez le llevó a
Messi, cuando coincidieron en una convocatoria de la selec-
ción argentina, una foto de la formación de aquellos tiempos en
Newell’s. “No te acordás de esta foto, ¿no?”, lo apuró. Leo le res-
pondió con los nombres de cada uno y, también, con el equipo
en el que jugaban o a qué se dedicaban varios de ellos. Y le en-
rostró una anécdota que lo vinculaba: “El día de esa foto, arma-
mos un torneo de penales y vos jugaste. Ya estabas en primera.
Apostamos una Coca. Gané y me la tuviste que comprar”.
De la misma forma que en el seleccionado comenzaría a ser
capitán más allá de su introversión, en 1999 llevaba el brazalete
en Newell’s. O una especie de brazalete. Así se lo contó un testigo
privilegiado a Infobae en 2017. Su nombre es Mario Pereyra y jugaba
en General Paz Juniors, un equipo de Córdoba que participó en un
torneo en El Trébol, provincia de Santa Fe. La anécdota vale la pena:

Perdimos 4-0 en la fase inicial con cuatro goles de Messi. Pero


nos clasificamos los dos. Nuestra categoría 87 era la mejor de
Córdoba y se decía que la de ellos era la mejor del país. Llegamos
a la final. Nuestro técnico me pidió que siguiera al 10 hasta si
salía a tomar agua. Mis compañeros le sacaban tres cabezas y
el vago los hacía pasar como quería. Después del primer tiempo
me felicitaron por cómo lo marqué. En el segundo tiempo, se
gambeteó a todos. Palo y adentro. Ganaron con ese gol. Los
padres de los dos equipos habían arreglado que cambiáramos
la camiseta. La cambié con él. Llegué a Córdoba y le saqué una
cinta marrón de embalar que hacía de cinta de capitán. Con el
tiempo supe quién había sido.

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ARIEL SENOSIAIN
A finales de 1999, con 12 años, Lionel Messi ya había jugado
176 partidos y había convertido 234 goles en Newell’s. En seis
temporadas, su equipo había perdido apenas seis encuentros.
El boca a boca hacía que mucha gente quisiera verlo en acción.
Aunque nadie podía asegurar hasta dónde llegaría, las divisio-
nes juveniles de Newell’s paseaban orgullosas a su promesa. Sin
embargo, el futuro le cambiaría los colores. A veces, una decisión
puede resultar muy cara. Lo que no se invierte a tiempo puede
transformarse en un gasto para toda la vida.

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