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El Oriente Romano

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MAURICE SARTRE

EL ORIENTE
ROMANO
PROVINCIAS Y SOCIEDADES PROVINCIALES DEL MEDITERRÁNEO
ORIENTAL, DE AUGUSTO A LOS SEVEROS (31 a. C/235 d. C.)

■-sksl-
v.\UIH it
¿Y si el apogeo de la ciudad griega se situara bajo el reina­
do de Adriano o de Séptimo Severo? Tras esta sugerencia,
que podría resultar algo provocadora, se oculta sin embar­
go una realidad: nunca el mundo antiguo pudo contar tal nú­
mero de ciudades griegas como lo hizo en la época del im­
perio romano; lejos de buscar el imponer sus modelos, el
Imperio ha ofrecido al helenismo, durante casi tres siglos,
unas condiciones excepcionales para asegurar no sólo su
supervivencia sino también su triunfo. De las bocas del
Danubio hasta el valle del Nilo, de las montañas de Epiro a
las de Arabia, las ciudades se multiplican y constituyen la
verdadera patria de todo hombre civilizado, mientras que,
más allá de las ciudades, se conserva en el campo esa ca­
si infinita variedad de culturas que confirman la trama de un
Imperio abigarrado y extenso.
Tan cuidadoso en el estudio de los hombres como de las es­
tructuras por ellos creadas, el libro nos describe la vida co­
tidiana de los provinciales en una amplia zona del Imperio
que la bibliografía occidental suele descuidar, haciendo par­
ticipar a los lectores de las preocupaciones generales de los
ricos ciudadanos del Asia Menor, así como de las aspiracio­
nes del pueblo, las penurias y sufrimientos de los campesi­
nos egipcios, la ira de los judíos o la gloria de los atletas.
Nacido en 1944 en Lyon, Maurice Sartre, antiguo becario
del Instituto francés de arqueología de Beiruth (1973-1974)
es profesor de Historia antigua en la Universidad Frangois
Rabelais de Tours desde 1979. Autor de una tesis doctoral
sobre Bostra y la Arabia romana, desde hace veinte años
explora sistemáticamente todas las ciudades de la Siria
meridional, a fin de reunir los elementos de un corpus ge­
neral sobre las inscripciones de la región indicada.

-atoll-
Maqueta: RAG
Título original: ¿'O rient Romain
Ilustración de portada: 61 Fayum, retrato de
dos herm anos, s. II. (El Cairo, M useo Egipcio).

Ouvrage, publié avec l'aide du M inistére Frangais chargé de la culture

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en


el art. 534-bis,a), del Código Penal, podrán ser castigados con penas
de m ulta y privación de libertad quienes reproduzcan o plagien,
en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada
en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

© Editions du Seuil, 1991


© Ediciones Akal, 1994,
Para todos los países de habla hispana
Los Berrocales del Jaram a
Apdo. 400 - Torrejón de Ardoz
Tels.: (9 1 )6 5 6 56 11 -6 5 6 51 57
Fax: (9 1 )6 5 6 49 11
M adrid - España
ISBN: 84-460-0412-7
Depósito legal: M. 33.948-1994
Impreso en Anzos, S. A.
Fuenlabrada-M adrid
MAURICE SARTRE

EL ORIENTE ROMANO
PROVINCIAS Y SOCIEDADES
PROVINCIALES DEL MEDITERRÁNEO
ORIENTAL, DE AUGUSTO
A LOS SEVEROS
(31 a. de C .-235 d. deC.)

Traducción de
Marco Y. García Quíntela y Marie-Pierre Bouyssou

-dial-
AGRADECIMIENTOS

El esfuerzo solitario y tenaz que ha necesitado la redacción de este


trabajo habría tenido pocas oportunidades de llegar a buen puerto si el
autor no hubiese encontrado durante estos últimos años la amistosa cola­
boración de numerosos colegas a los que tengo el placer de dar ahora las
gracias. Concebido para responder a la demanda de estudiantes que no
disponían de ninguna síntesis sobre las provincias orientales, este libro ha
nacido de un curso preparatorio para las oposiciones de cátedras de insti­
tuto impartido en Tours en los cursos académicos 1985-1986 y 1986-
1987. Mi agradecimiento se dirige en primer lugar a los estudiantes que
sufrieron con paciencia las largas sesiones en las que se elaboraba poco a
poco la materia de este libro. Exponer semana tras semana y ante un
auditorio exigente lo que me parecía esencial de un mundo provincial que
muchos de ellos descubrían en ese momento, me ha obligado a precisar, a
afinar, a profundizar en muchos aspectos que, solo ante mi pantalla,
habría dejado de lado. Si en la lectura del trabajo se resiente su origen
universitario ello se debe en buena medida a esta primera redacción de la
que obviamente no quiero renegar.
Muchos colegas me han ayudado en esta empresa. Entre ellos debo
dar las gracias en primer lugar a Pierre Cabanes, que redactó conmigo
la pregunta del programa de oposiciones a cátedras y apoyó esta elec­
ción. Muchos otros me animaron seguidamente a editar lo que entonces
sólo eran clases preparadas; Elisabeth Deniaux, Yvette Duval, Denis
Feissel, Nancy Gauthier, Patrick Le Roux, Alain Tranoy, y muchos
otros, han sufrido mis reflexiones en voz alta, mis inquietudes y mis
entusiasmos. Cada uno a su modo me ha ayudado a poner en orden una
materia confusa.
Pero el proyecto nunca habría culminado si no hubiese podido disfru­
tar de una invitación formulada desde hacía tiempo por Glen W. Bower­
sock. Gracias a un semestre sabático durante el cual mis colegas del
departamento de historia de Tours aseguraron de buen grado el cumpli­

5
miento de mis tareas universitarias, he podido viajar al Institute for
Advanced Study de Princeton entre septiembre de 1988 y comienzos de
abril de 1989. Allí encontré no sólo la mejor acogida y unas condiciones
materiales excepcionalmente favorables, sino también y sobre todo el
bien más preciado puesto que es el más raro, el tiempo. Sin contar con
que este viaje me ha ofrecido la suerte de discutir algunos puntos de este
libro con especialistas de la talla de William E. Metcalf para la numismá­
tica, de Lawrence Keppie para el ejército, de Henry I. Macadam para la
Arabia romana. Que Glen W. Bowersock, que está en el origen de este
viaje y de estos encuentros, los profesores de la School of Historical Stu­
dies, en particular Christian Habicht, y todo el personal del Institute for
Advanced Study encuentren aquí la expresión de mi más profunda grati­
tud.
Tours 2 de abril de 1990

6
INTRODUCCIÓN

Uno, doble y múltiple: cada uno de estos términos se aplica al Impe­


rio romano dependiendo del punto de vista escogido. Esta situación
compleja, pero no contradictoria, obliga al historiador a elecciones que
corren el riesgo de falsear, a la larga, la percepción de un fenómeno glo­
bal. Pero al privilegiar lo que conforma la unidad del Imperio, ¿no corre­
mos el riesgo de enmascarar la diversidad de las culturas y las socieda­
des indígenas? Por el contrario, con la multiplicación de las monografías
locales o regionales, ¿no se llegaría a olvidar que se imponen a todos
algunas normas jurídicas o algunas obligaciones comunes? La hiperes-
pecialización que invade los estudios históricos, sin duda inevitable dada
la complejidad de los problemas abordados y la inmensidad creciente de
la documentación, desvía a las mejores mentes del intento de síntesis.
Ahora bien, sin síntesis, la historia terminará por morir carente de lecto­
res. En este sentido apenas creo realizable el programa que Michelet
fijaba para la Historia y que consistía en la “restauración íntegra del
pasado”, pero si cada cual se atrinchera en el dominio en el que está más
capacitado, todos terminarán por olvidar que cada cual sólo trata la parte
de un todo que nunca estuvo aislada del conjunto en otro lugar que en
los libros.
El estudio del “uno” apenas permite poner de relieve la riqueza del
“doble” y la originalidad del “múltiple”. Cierto que lo que constituye la
unidad del Imperio, la administración imperial, el ejército, algunas prácti­
cas del derecho y de la legislación y, sobre todo, la propia persona del ¿
emperador, reviste una importancia de primer orden. De ellos depende la
existencia durante más de dos siglos de un espacio bastante seguro que se
extiende desde el sur de Escocia hasta el mar Rojo, desde el Atlas al Cáu-
caso, espacio en el que dioses, hombres, mercancías, ideas y modas cir­
culan sin demasiadas trabas. Esta situación excepcional, sin parangón en
toda la historia de los países situados en el cuadrilátero formado por el
eje Rin-Danubio, el Eúfrates, el Sáhara y el Atlántico, permitió la emer­

7
gencia de una civilización basada en la doble herencia de Grecia y Roma
y que merece, más de lo que a veces se piensa, el calificativo de greco-
romana.
Pues el uno ha engendrado el doble. Si bien el imperio es romano,
no es latino. El griego - y la cultura por él vehiculada- no es un idioma
indígena entre tantos, es la otra lengua del Imperio. La creación de una
doble cancillería latina y griega durante el reinado de Claudio concreta
esta realidad -pues se trata más de una realidad admitida que de una
elección. Si las élites de Occidente están muchas veces impregnadas de
cultura griega, la reciprocidad está lejos de imponerse y, al mismo tiem­
po, la cultura del vencedor permite el desarrollo de la herencia helénica
en el amplio dominio en el que se había elaborado, a veces desde hacía
más de un milenio y con más frecuencia desde la conquista de Alejan­
dro. Es más, en los lugares en donde los reinos helenísticos apenas habí­
an ejercido su influencia, Roma propagó por sí misma las formas de
organización (la polis), la lengua y los modos de vida griegos. “Romani­
zar” no está en el orden del día ni tan siquiera cuando el historiador per­
cibe múltiples signos de una penetración de fenómenos propios del
mundo romano occidental.
Agrupar en un solo estudio las provincias que participan de la misma
cultura me ha parecido una elección todavía más justificada en la medida
en que apenas se las ha estudiado como tales en su conjunto. Pero, una
vez adoptada esta postura, no había que olvidar que en el Mediterráneo
oriental, como en Occidente, lo doble recubre también lo múltiple. La
cultura dominante atrajo a los notables, sedujo a los artistas y a los crea­
dores. Pero que el griego se haya convertido en muchos lugares en la
única lengua escrita, que el modo de vida a la griega se haya impuesto en
todas las urbes, ciudades griegas o urbes indígenas, que los propios dio­
ses y sus santuarios hayan adoptado aspectos griegos no puede ocultar el
mantenimiento de vigorosas tradiciones locales ajenas al helenismo.
Desde Tracia hasta Arabia, desde el Cáucaso hasta Egipto, ¡cuántas dife­
rencias en la organización de las comunidades indígenas, en las concep­
ciones religiosas y en las realizaciones artísticas! La pars graeca, como
la otra, parece un mosaico de pueblos tan extraños los unos para los otros
que nos preguntamos qué puede pretender recubrir el término “oriental”
empleado para designarlos, a menos que nos atengamos a una simple
definición geográfica.

Sin olvidar la descripción de los medios por los que el Imperio dejó
su huella sobre las provincias de lengua griega, sin minimizar el papel de
la hegemonía ton Rhomaión, he prestado mayor dedicación a los provin­
ciales que a quienes los gobernaban. Si bien he intentado aislar lo que
podía haber de común en la historia de estas provincias, especialmente en
la elaboración de cierto tipo de sociedad urbana, he intentado sobre todo
mostrar la diversidad y la originalidad de estas provincias, o de los gran­
des conjuntos que forman. Ello explica que no se encuentre aquí una His­
toria del Oriente Romano, con todo lo que implica de relato de las reía-
ciones romano-partas o romano-armenias. Todo aquello que se podría
integrar en la historia general del Imperio (historia diplomática, militar o
administrativa) y que está bien expuesto en muchos buenos manuales se
ha descartado o señalado rápidamente sólo en la medida que interesaba
directamente a las provincias orientales. Mi propósito consistía más bien
en poner a disposición de mis lectores - y he pensado ante todo en los
estudiantes- los materiales previos para un estudio más profundizado de
estas provincias. Es por ellos que he multiplicado las descripciones de
instituciones o de mecanismos económicos bien conocidos por los espe­
cialistas pero difíciles de encontrar para los demás. Un trabajo de estas
características corre el riesgo de ser demasiado difícil para muchos,
demasiado general para algunos y, tal vez, demasiado superficial para los
especialistas en cada uno de los temas abordados. He intentado mantener
una vía intermedia no sin prever las críticas que ello provocaría.
Sin embargo algunas lagunas podrán sorprender. Una de ellas ape­
nas será percibida por algunos especialistas: ¿por qué la Cirenaica no ha
encontrado su lugar en uno de los capítulos regionales? Sin ignorarla
-se verá por el índice que ha proporcionado muchos ejemplos- no he
querido a pesar de todo ceder al hábito discutible de tratarla como un
anexo de Egipto (que no lo es), ni de englobarla en un conjunto geográ­
fico sin coherencia que se habría extendido desde Macedonia al golfo de
Sirte. Esta última solución habría sido preferible pero artificial. Sobre
todo la publicación a fines de 1988 de una síntesis de André Laronde en
el Aufstieg und Niedergang der romischen Welt, que sigue a sus estu­
pendas Historial Libykai y a la publicación de las actas de un coloquio
dedicado a este tem a', me han disuadido de redactar una exposición que
estaba mejor hecha en otra parte. Asumo de buen grado esta pereza
repentina.
Se me perdonará con menos facilidad haber desdeñado el cristianis­
mo, que sólo aparece a través de algunas menciones accesorias. ¿Quiere
esto decir que lo considero marginal? ¿No sería que, denunciando en
otras partes los desaguisados de la especialización, me encontraba ahora
obligado a retroceder ante una cuestión de dificultad temible? La temeri­
dad que algunos me reprocharán en temas al menos igualmente difíciles
encajaría mal con esta renuncia. Se trata, en definitiva, de una laguna
voluntaria que merece una explicación.
Por una parte, entre los fenómenos que marcan la historia del Oriente
romano, el cristianismo no es ciertamente el más abandonado por los his­
toriadores. El estudio de los orígenes cristianos se ha conformado como
una ciencia autónoma que alimenta una bibliografía gigantesca de la que
no es demasiado difícil entresacar algunos grandes manuales de consulta
cómoda y bien hechos. ¿Qué habría podido añadir por mi parte a tantos
buenos autores cuando una exposición sistemática no tendría ni tan
siquiera la excusa de la comodidad para el lector?

1 Cf. bibliografía, p. 561.

9
Por otra parte confieso que no creo que la difusión del cristianismo
haya marcado de un modo notable a las sociedades provinciales con ante­
rioridad al siglo ill, incluso en Oriente. Que no se me interprete mal: no
' minimizo ni los éxitos de la misión cristiana ni la importancia de los
siglos I y II en la elaboración de la doctrina y en el establecimiento insti­
tucional. Que hay cristianos por todas partes, a veces incluso numerosos,
y que ocasionalmente son víctimas de persecuciones es más importante
para el futuro que en el presente. A diferencia de los judíos, que alteraron
el orden de modo violento en varias ocasiones y hacia los cuales existía
una política imperial, favorable o represiva según las épocas, los cristia­
nos todavía pasan relativamente desapercibidos. Las dificultades con las
que se encuentran son pasajeras y siempre muy localizadas. Se quiera o
no, aunque su influjo crece notablemente bajo los Severos, incluso en los
grupos dirigentes, su inserción en la sociedad de la época apenas plantea
problemas y no me incitó a tratarlos como un grupo aparte.
Estas lagunas, estas tomas de posición no significan nada a mis ojos
ante la cantidad de elecciones, de silencios, a veces sin duda de errores de
perspectiva o de apreciación que impone una documentación repartida de
modo muy desigual. Sectores enteros permanecen en la sombra: cómo
viven los aldeanos del Ponto y de Capadocia, con qué tipo de hábitats son
comparables las aldeas del Peloponeso y del Epiro. Los textos de los
autores antiguos sólo aclaran, con la mayor frecuencia, aquello que ya
conocíamos mejor, es decir el mundo egeo de las ciudades. Por mi parte
he utilizado lo que estaba disponible, tanto las inscripciones griegas
como las monedas, tanto los papiros como las descripciones de los auto­
res antiguos sin olvidar la arqueología. A falta de síntesis que tratasen el
conjunto al menos disponía de una multitud de estudios eruditos, de
monografías sobre ciudades o regiones, de informes de excavaciones y de
colecciones de inscripciones. De entre la multitud de los que he podido
consultar, he destacado en las notas a pie de página o en la bibliografía lo
que me parecía más útil. Pero también ahí se trata de una elección nece­
sariamente subjetiva. Sobre todo me habría gustado proporcionar al lector
la lectura de textos con mayor asiduidad, los de los retores más hábiles o
los de los dedicantes aldeanos más modestos, que, en conjunto, describen
mejor que un largo discurso la realidad del mundo en el que viven. Para
hacer esto habría sido necesario añadir todavía algunos centenares de
páginas a un libro ya demasiado voluminoso. Si al menos este ensayo
proporciona a algunos el estímulo para acudir a las fuentes y sugerirles
algunas pistas de investigación, me sentiría feliz de haber hecho compar­
tir un entusiasmo que nunca me ha abandonado durante estos años de tra­
bajo.

10
CAPÍTULO I

EL ORIENTE DE AUGUSTO

El día 2 de septiembre del año 31 a. de C., a la altura del golfo de


Ambracia, la flota de Octavio derrotó a la de Marco Antonio. Ni Antonio
ni Cleopatra murieron: refugiados en Alejandría, no tardaron en reem­
prender su vida alegre aunque tuvieron que reemplazar la asociación de
“la vida inimitable” por la de “la espera de la muerte en común” (syna-
pothanoumenoi), especie de club de los muertos con prórroga2. Su desti­
no apenas nos interesaría si tras Antonio y Cleopatra no estuviese en rea­
lidad todo el Oriente.
Desde hacía cerca de diez años, pero sobre todo desde el 37,
Antonio había reorganizado la totalidad del Oriente romano o empla­
zado bajo la tutela romana. De hecho su autoridad se ejercía no sólo
sobre las escasas provincias rom anas (M acedonia, Asia, B itinia,
Siria), sino también sobre una multitud de príncipes clientes de mayor
o menor importancia. Así pues, no eran únicamente el rival de Octa­
vio y la reina de Egipto los derrotados en la batalla de Accio, sino la
totalidad del Oriente. Aunque antes o durante el enfrentamiento ya
hubo algunas defecciones (Cleón de Gordiokome, el rey Filadelfo de
Paflagonia, Amintas de Galacia), en conjunto Oriente había cerrado
filas tras Antonio contra Octavio3, del mismo modo que había soste­
nido a Pompeyo contra César. Por segunda vez en la guerra civil
rom ana que arrasaba sus territorios, Oriente se encontraba en el
bando de los perdedores.
De todos modos no es necesario exagerar la gravedad de esta
derrota pues los orientales se acordaban de que César no había destrui­
do la obra de su predecesor, al igual que tampoco lo hizo Antonio

2 Plutarco, Antonio, 28.2 y 71.2-4, con los comentarios de C.B.R. Pelling, The L ife o f
Antony, Plutarch, Cambridge, University Press, 1988, p. 195 y 295.
3 Cf. la lista de los principes que estuvieron en A ccio o que suministraron tropas: Plu­
tarco, Antonio, 61.

11
cuando le llegó su turno. Los príncipes clientes, las ciudades, los
gobernadores y los notables podían confiar en la clemencia del vence­
dor; llegada la ocasión sabrían recordarle la mansedumbre de su padre
divino.

I. L a o r g a n iz a c ió n d e O r ie n t e

1. Octavio en Samos: los principes clientes

La victoria de Accio abría a Octavio la puerta de todo el Oriente. En


efecto, en ninguna parte subsistían trazas de resistencia de los amigos o
aliados de Antonio con la excepción del propio Egipto. Octavio se diri­
gió enseguida a Samos en donde residió desde el final del otoño del 31
hasta los primeros días de enero del 30. Tras una estancia de algunos
meses en Egipto (de enero a junio o julio del 30), regresó a Samos en
donde permaneció hasta finales de agosto del mismo año. Durante estas
dos estancias samias recibió a los príncipes clientes y fijó la organiza­
ción del Oriente romano para los años sucesivos.
A pesar de lo que dice Dion Casio4 los elementos de continuidad
prevalecen con mucho sobre los de cambio. La víspera de Accio sólo
quedaban cuatro provincias romanas en Oriente: Macedonia, Asia, Biti­
nia y Siria. Antonio había cedido una parte Cilicia a Tolomeo, hijo suyo
y de Cleopatra5, y el resto lo había anexionado a Siria; había devuelto
Chipre al dominio de Cleopatra, así como la ciudad de Itanos, en el este
de Creta, y había cedido la Cirenaica a su hija Cleopatra Selene6. La ori­
lla este del Ponto, separada de Bitinia, había recuperado el rango de
reino bajo la autoridad de príncipes clientes. Ante este panorama Octa­
vio, aunque privó a la reina de Egipto y a sus hijos de las donaciones de
Antonio, no pretendió el regreso de esas antiguas provincias al régimen
de administración directa.
La organización antoniana (y octaviana) de Oriente sorprende por
la diversidad de los estatutos y de los modos de control. Dejando
aparte la administración provincial directa nos encontramos con rei­
nos (como los de Galacia, Capadocia, Judea o Nabatea), principados
clientes de pequeño tamaño, incluso microscópico (los principados de
Amanus, Emesa, Iturea y las numerosas tetrarquías sirias), santuarios
autónomos (principalmente en Anatolia), ciudades libres y aliadas
(Rodas, Cícico), ciudades gobernadas por medio de un tirano (Cos),
estados federales (Licia). A nadie se le ocurrió uniformizar esta diver­
sidad que es, más allá de la herencia de Antonio, la herencia de toda la
historia helenística.

4 D ion Casio, 51.2.1: “Privó a todos los reyes y príncipes de las tierras que habían
recibido de Antonio, excepto Amintas y A rquelao” .
5 Plutarco, A ntonio, 54.7, con el com entario de C.B.R. Pelling, p. 217-218.
6 D ion Casio, 49.41.

12
Dejando de lado por el momento las provincias propiamente dichas7,
hay que describir los principados clientes que al final del año 31 pasan a
situarse bajo el gobierno de Octavio, en los Balcanes, en Asia y en Siria-
Palestina.
En Europa, Tracia, aunque estaba parcialmente helenizada desde hacía
mucho tiempo, nunca se había anexado al imperio. Esto se debió al carácter
tribal de su organización y a la casi ausencia de ciudades8. Los tracios,
especialmente los odrisas, combatieron al lado de Antonio, algunos bajo la
dirección del príncipe asteano Sadalas9, otros con el rey sapeano Roimetal-
kes I que, tras el final de la batalla, acudió enseguida a rendir pleitesía al
vencedor10. Octavio mantuvo a Roimetalkes en su lugar. Ignoramos la
suerte de Sadalas, pero poco después, quizás a partir del año 29, sabemos
que su hermano Cotis V reina sobre una parte de los odrisas como aliado de
Roma11. Pero estos dos príncipes clientes no controlan la totalidad de Tra­
cia, ni mucho menos, pues las regiones montañosas del sur (Ródope) y del
centro (Haimos) escapan de su dominio. En el mismo sentido, la llanura del
Danubio queda sometida a los asaltos de los bárbaros que vienen del norte.
En Asia la situación es mucho más compleja. Seguiremos un orden
aproximadamente geográfico comenzando por los dos grandes reinos
situados en el corazón del dispositivo. Galacia estaba dirigida por el rey
Amintas, instalado a la cabeza del reino por Antonio,2. Su territorio esta­
ba formado por el agrupamiento de los territorios ocupados por los tres
“pueblos” gálatas tradicionales: tectosagos (Ancira), traemos (Tavium) y
tolistoages (Pesinonte). El reino se encontraba en el centro de la meseta
de Anatolia controlando las rutas oeste-este más fáciles de transitar.
Amintas había abandonado el partido de Antonio antes de Accio13 y por
ello se vio recompensado no sólo con su mantenimiento en el poderl4,
sino también con un engrandecimiento de su reino. Octavio le añadió
Licaonia15 al sur; además le autorizó a atacar y anexionarse en caso de
éxito el principado de Derbé y Laranda en Isauria16, proporcionando de
este modo a su reino una extensión considerable hacia el sur. El reino

7 Cf. infra, p. 18-22; en prim er lugar Octavio se ocupó de los príncipes clientes y en el
año 27 de la organización provincial.
8 Cf. capítulo VI, p. 255-274.
5 Plutarco, Antonio, 61; cf. R.D. Sullivan, “Thrace in the Eastern Dynastic N etw ork”,
ANRW , II.7.1, p. 191-192 : seria Sadalas III.
10 Plutarco, A pophthegm ata Caesaris Augusti (2), 207A; cf. R.D. Sullivan, ibid., p.
197-200.
11 Cf. infra, p. 22.
12 Dion Casio, 49.32.3.
13 Plutarco, Antonio, 63.5.
14 Dion Casio, 51.2.1-2.
15 D ion Casio, 49.32.3, pretende que Licaonia y algunos sectores de Panfilia le fueron
dados por Antonio ya en el año 36.
16 Estrabón, XII, 6, 3 menciona únicamente Derbé y las dos Isauria, pero Laranda per­
tenecía tam bién a A ntipatro D erbetes, el tirano de Derbé expulsado po r Am intas poco
antes de morir.

13
incluso obtuvo una salida al Mediterráneo puesto que Octavio donó a
Amintas la parte costera de la Cilicia Traquea que había quitado a Tolo-
meo, hijo de Cleopatra n .
Más al este, Capadocia, todavía menos urbanizada y helenizada que
Galacia, ocupa la meseta anatolia más allá del río Halis. Se trataba de un
territorio dirigido por una dinastía irania desde el final del imperio persa,
pero en el año 36, Antonio la destituyó para beneficiar a Arquelao18, uno
de sus clientes. Y aunque éste se mostró fiel a Antonio, Octavio lo man­
tuvo en sus funciones19.
Tanto al norte como al sur de estos dos grandes reinos, otros estados
menos extensos ocupan los bordes montañosos y marítimos. Al norte de
Galacia Paflagonia (capital en Gangra) ocupa las montañas que separan
la meseta anatolia del mar Negro (la costa pertenece a Bitinia). Su rey,
Deyotaro Filadelfo, cambió de bando la víspera de Accio20 y Octavio le
permite conservar su reino.
Más al este el Ponto representa lo que subsiste del antiguo reino de
Mitrídates VI Eupator21. La antigua dinastía irania se ha reemplazado
por una familia griega de Asia Menor. En el 37 Antonio había confiado
el reino a Polemón, hijo del retor Zenón de Laodicea del Licos (Caria).
Para castigarlo Octavio se contenta con hacerle esperar hasta el 26 para
confirmar su autoridad sobre el reino. En esa fecha se le declara final­
mente “amigo y aliado del pueblo romano” 22. Además se le quita Arme­
nia Menor para confiársela a otro cliente, el rey Media Atropatena,
Artavasdes23.
Al sur la situación está un poco más embrollada. Antonio había dado
Cilicia a Tolomeo24, el segundo de los hijos que había tenido de Cleopa­
tra. Octavio revoca la donación y une la Cilicia Llana (Pedias) a la pro­
vincia de Siria. La parte montañosa situada al oeste y denominada Cili­
cia Traquea se confía a Amintas de Galacia25, salvo el distrito situado en
tomo a Olba, tradicionalmente dirigido por el gran sacerdote del santua­
rio de Zeus26.
Al este Comagena es un reino de tipo helenístico dirigido por una
dinastía irania o iranizada. Octavio mantiene en el poder a su rey Mitrí­
dates II.
Así pues, Octavio confirmó a todos los reyes en el poder. Si ejer­
ció represalias contra los partidarios de Antonio, sólo lo hizo, y en

17 Estrabón, XIV, 5, 6.
18 Dion Casio, 49.32.3-4.
19 D ion Casio, 51.2.1-2.
20 Plutarco, Antonio, 63.5; D ion Casio, 50.13.5-6.
21 E n cam bio el Ponto occidental pertenece a la provincia de Bitinia-Ponto.
22 D ion Casio, 53,25.1.
23 D ion Casio 54.9.2.
24 Plutarco, Antonio, 54.7.
25 Estrabón, XIV, 5, 6.
26 Cf. infra, p. 41.

14
escasa medida, sobre pequeños príncipes o grandes sacerdotes jefes de
estados sacerdotales. Con todo no es seguro que la expulsión de algu­
nos de ellos se relacione con su fidelidad al partido de Antonio. Su
incapacidad o su hostilidad a Roma pudieron ser buenas razones para
destituirlos.
En este sentido Octavio sustituye a Licomedes27, gran sacerdote de
Comana del Ponto desde época de César, por Cleón de Gordiokome28 y
después, tras la muerte de éste menos de un mes más tarde, por Diteutos29,
hijo del jefe gálata Adiatorix. También hace ejecutar al mismo Adiatorix,
gobernador de Heraclea del Ponto, por haber hecho masacrar a unos
romanos30. Al mismo tiempo elimina a diversos tiranos locales como
Estratón de Amisos31, Nicias de Cos32, o el poeta Boetos de Tarso33.
Poco tiempo después de la muerte del rey Tarcondimotos, que remaba en
Amanus, en los límites de Siria, Cilicia y Comagena, su hijo Filopátor I
ve su reino34 confiscado e integrado en Cilicia. En este caso es culpable de
no haber mostrado mucho celo en la detención de las bandas de gladiado­
res al servicio de Antonio que intentaban reunirse con él en Egipto35.
Octavio toca lo menos posible la organización que encuentra vigen­
te. En este sentido Licia conserva una organización federal, como un
agregado de ciudades libres que disponían de instituciones comunes.
También permite la subsistencia de varios dinastas que sólo ostentaban
su autoridad sobre dominios muy pequeños. Este es el caso de los gran­
des sacerdotes de Comana de Capadocia, de la dinastía de los Teucri-
das de Olba en Cilicia Traquea, del dominio de Cleón de Gordiokome,
“jefe de bandidos convertido en dinasta” de acuerdo con Estrabón 36, que
recibe el sacerdocio de Zeus Abretenos en Misia, y después y durante
poco tiempo el de Comana del Ponto, del jefe gálata Ateporix en Cara-
nítide (Ponto)37, de los dinastas anónimos de Amasia del Ponto38. Sin
hablar de las ciudades libres o de aquellas a las que Octavio concede la
libertad (Amisos).
La situación no es menos original en Siria. La provincia del mismo
nombre no ocupa más que el norte y centro de Siria, es decir, las regio­
nes más urbanizadas y helenizadas desde hace más tiempo. Pero ni tan

27 Dion Casio, 51.2.2.


28 Estrabón, XII, 8, 9.
29 Estrabón, XII, 3, 35; Dion Casio, 51.2.2, le da el nom bre de M edeios y explica que
se le recom pensó por haber separado a los misios de Antonio antes de Accio.
30 Estrabón, XII, 3, 6.
31 Estrabón, XII, 3, 8.
32 Estrabón, XIV, 2, 19.
33 Estrabón, XIV , 5, 14, expulsado y reem plazado por su com patriota Atenodoros,
m aestro de Octavio.
34 Dion Casio, 51.2.2.
35 Dion Casio, 51.7.2-7.
36 Estrabón, XII, 8, 9.
37 Estrabón, XII, 3, 37.
38 Estrabón, XII, 3 , 3 9 ; se trata quizás sólo de Polemón I, rey del Ponto.

15
siquiera en estas regiones el gobernador administra directamente la tota­
lidad del país. De hecho subsisten numerosos principados clientes
muchas veces minúsculos39, especialmente en las regiones montañosas o
semidesérticas40.
Al este y al sur de Siria (entendida ahora en el sentido más amplio),
el recurso a príncipes clientes es la regla. El más importante de estos
estados es Judea, confiado a Herodes desde el año 41. Amigo de Anto­
nio a pesar de su enconada enemistad con Cleopatra, Herodes había
conseguido no estar presente en Accio41 y combatió activamente contra
las bandas de gladiadores que Tarcondimotos de Amanus había dejado
pasar y que intentaban alcanzar Egipto atravesando y asolando Asia y
Siria. Recibido por Octavio en R odas42 en el año 30, supo defender
admirablemente su causa y mostrar la esencia de la clientela: ser cliente
consiste en ser fiel a un patrono. Siendo fiel a Antonio lo era a Roma;
insiste en la calidad de su fidelidad exclamando: “ ¡Considera qué amigo
era, y no de quién!. Octavio le concedió su reino al mismo tiempo que
la diadema que Herodes había depositado espectacularmente a sus pies.
El particularismo judío había hecho fracasar las tentativas de adminis­
tración directa en los años 50-40 a. de C. y Herodes había mostrado su
capacidad para mantener el orden en el interior y la seguridad en el
exterior.
Al este del Jordán se extendía, desde el sur de la actual Siria hasta
Hejaz (Hegra), el reino de Nabatea que existía desde la época de domi­
nio persa. Consiguió mantener su independencia ante los Lágidas y des­
pués ante los Seléucidas y no dejó de reforzarse y de ampliarse desde
hacía un siglo, llegando incluso a englobar Damasco durante algunos
años (hacia el 84-72 a. de C.). Desde la creación de la provincia romana
de Siria en el año 64, Nabatea figura sin embargo como estado cliente. A
pesar de que los reyes de Petra nunca fueron vencidos militarmente por
los romanos (pese a varias tentativas contra Petra)43 y de que su reino no
era en absoluto una creación romana (a diferencia de la Judea de Hero­
des), los sucesores de Aretas III actuaron como leales aliados de Roma.
En concreto Maliko I 44 ayudó a César en la guerra de Alejandría del año
47 45. En el 31-30 ignoramos si Maliko I vive todavía o ya ha sido reem­
plazado por Obodas II. Pero nada autoriza a situar este cambio de sobe­
rano en relación con Accio. Como Herodes, Maliko I había sido uno de

39 Cf. Plinio, HN, VI, 81-82, que m enciona algunos de ellos y habla de otros diecisiete
dem asiado pequeños para nombrarlos.
40 Para el detalle, cf. más adelante, p. 341.
41 Entonces una guerra contra sus vecinos árabes lo retiene; Fl. Josefo, AJ, X V , 189.
42 Fl. Josefo, AJ, X V , 187-193; Fl. Josefo, BJ, I, 387.
43 M. Sartre, “Rom e et les N abatéens” , REA, 1979, p. 37-53.
44 R einó desde los años 63-62 com o lo dem uestra un hallazgo reciente: R.N. Jones,
P.C. Ham m ond, D.J. Johnson y Z.T. Fiema, “A Second N abataean Inscription from Tell
esh-Shuqafiya, Egypt”, BASO R, 269, 1988, p. 47-57.
45 Guerra de Alejandría, 1.

16
los declarados adversarios de Cleopatra -que tenía ambiciones sobre su
reino- al tiempo que era cliente de Antonio. En cuanto supo la derrota de
la reina hizo quemar las naves que ella poseía en el mar Rojo46. Sin
embargo es dudoso que el ascenso de un nuevo rey en el año 30 o lo más
tarde en el 29-28 se pudiese hacer sin el acuerdo de Octavio.
En Siria central un principado árabe ocupa la meseta del Laja (Tra-
cóntida) y una paite del Antilibano y de la Beqaa. Está formado por los
itureanos de Zenodoro de Calcis, más bandido que dinasta. Octavio le
quita su capital, Calcis del Líbano, pero le cede Abila (llamada de Lisai-
nias, al oeste de Damasco) y le deja la Tracóntida (hasta el 27 a. de C.).
Otro principado árabe existía desde hacía tiempo en tomo a Emesa y
Aretusa47. La víspera de Accio, Antonio había hecho ejecutar al emir
Jámblico por temor a que le traicionase48. Ahora bien, Octavio decide
destituir a su hermano y sucesor, Alejandro49, e incorporar el principado
a la provincia de Siria. Pero, al igual que en el caso del reino de Amanus,
a partir del 20 a. de C. devolvió el poder a la dinastía destituida diez
años antes en la persona de Jámblico, hijo del mismo al que Antonio
había hecho ejecutar, al que además concede la ciudadanía romana50.
Con este rápido examen constatamos que tras la primera estancia de
Octavio en Oriente ni los hombres ni las estructuras son nuevos, salvo en
unos pocos detalles. Todos los dinastas y los reyes importantes conti­
núan en sus puestos. El cambio más importante consiste sin duda en el
considerable engrandecimiento del reino de Galacia. Sin embargo es el
aspecto menos duradero de la obra de Octavio ya que a partir del año 25
este reino deja de existir.

2. El control de Egipto

La deiTota de Antonio no abría automáticamente las puertas de Egip­


to para Octavio. Pero le proporcionaba un excelente motivo para interve­
nir contra Cleopatra, su esposa y principal aliada.
Al día siguiente de Accio parece que Antonio quiso negociar el dere­
cho a vivir en Egipto como un simple particular. Pero en la primavera

46 Plutarco, Antonio, 69.5, indica que hacía pasar la flota lágida al m ar Rojo, pero es
probable que las naves incendiadas por los nabateos estaban allí ya; cf. com entario de
C.B.R. Pelling, p. 290. Dion Casio, 51.7.1 estim a que los árabes actúan por instigación del
gobernador de Siria Q. Didio.
47 Cf. C. Chad, L es dynastes d ’E m ése, Beirut, 1965; H. Seyrig, “Caracteres de l ’histoi-
re d ’Em ése”, Syria, 36, 1959, p. 184-192 ( A ntiquítés syriennes, VI, p. 64-72, especial­
mente p. 66-69).
48 D ion Casio, 50.13.7, habla solam ente de Jám blico com o del “rey de una tribu
árabe”; pero, en 51.2.2, se nos dice que es el herm ano de Alejandro de Emesa.
49 Las razones son oscuras a pesar de Dion Casio, 51.2.2-3, que señala que recibió la
sucesión de su herm ano como com pensación por haber acusado a Octavio delante de A nto­
nio. Octavio lo arrastró durante su triunfo y lo hizo ejecutar.
50 Dion Casio, 54.9.2.

17
del 30 Octavio asedió Alejandría de la que se apoderó. Intentó hacer pri­
sionera a Cleopatra para que figurase en su triunfo mientras que ella tra­
taba de conservar el trono para sus hijos51.
El doble suicidio de Antonio y de Cleopatra arregla la cuestión:
Octavio incorpora Egipto al Imperio de Roma (son sus propias palabras
en las Res gestae). Para gobernarlo nombra enseguida a un prefecto de
rango ecuestre, C. Comelio G alo52, cuya primera misión consistió en
reprimir las revueltas que acababan de estallar en el Delta (Heroónpolis)
y sobre todo en Tebaida. La reaparición de una autoridad fuerte en Ale­
jandría devolvió rápidamente a la burocracia local una eficacia que había
perdido. Al mismo tiempo, las exigencias fiscales de las autoridades fue­
ron mal aceptadas por poblaciones que se habían acostumbrado a pres­
cindir de la tutela de Alejandría53. Además, la desaparición de la dinastía
griega podía proporcionar la ocasión a los medios nacionalistas, muy
activos, de sustituirla por una dinastía indígena. La Tebaida ya había
sido teatro de secesiones de este tipo bajo los Lágidas54; aunque es cierto
que nuestra mejor fuente, Estrabón, sólo habla de razones fiscales.
Dejando a un lado estas reacciones muy localizadas y enseguida
dominadas, la toma de posesión de Egipto por Octavio parece haberse
desarrollado sin lucha55. La presencia de tres legiones en el país desa­
consejaba todo intento de resistencia.

3. El reparto provincial del 27

El 13 de enero del 27, Octavio devolvió al Senado y al pueblo roma­


nos el poder que detentaba al estimar que había terminado su tarea de
restauración del estado. Sabemos que sólo se trataba de una maniobra o
al menos una escenografía bien montada para permitir a quien se convir­
tió en Augusto el 16 de enero del 27 asentar su autoridad sobre funda-
• mentos legales.
Fue entonces cuando el Senado le cedió el gobierno de numerosas
provincias llamadas “imperiales” mientras que conservaba algunas para sí
mismo. El criterio del reparto no es tan simple como se ha creído durante

51 Plutarco, A ntonio, 51.6-15.


52 A cerca de este p ersonaje, político y p oeta, cf. J.-P. B oucher, C aius C ornelius
Gallus, París, Les Belles Lettres, 1966.
53 D ion Casio, 51.17.4, habla sólo de resistencia de los indígenas, pero Estrabón,
XV II, 1, 53, quien visitó Egipto con su am igo Elio Galo, sucesor de C. Com elio Galo,
m enciona explícitam ente razones fiscales.
54 M. Alliot, “La Théba'ide en lutte contre les rois d ’A -lexandrie sous Philopator et
Epiphane (216-184)”, RBPhH , 29, 1951, p. 421-443; P.W . Pestman, “Harmachis et Anch-
machis, deux rois indigenes au temps des Ptolém ées” , CE, 40, 1965, p. 157-170; pero C.
Préaux, E l Mundo Helenístico, Barcelona, Labor, estim a que las razones son m ás de carác­
ter económ ico que religiosas o nacionalistas.
55 D ion Casio, 51.16.3-17.5.

18
mucho tiempo (al Senado corresponderían las provincias inermes, a
Augusto las demás), pues el Senado se vio confiar al menos tres grandes
provincias con tropas, Africa, llírico, Macedonia. Con todo, es cierto que
Augusto se reserva prioritariamente las provincias con fuertes contingen­
tes y de conquista reciente, mientras que el Senado recibe las provincias
que habían entrado en el Imperio de Roma desde hacía más de un siglo.
Entonces existían en Oriente seis provincias pues a Macedonia, Asia,
Bitinia y Siria se habían añadido en el 30 Egipto y Cirenaica-Creta, creadas
sobre los restos del reino lágida. Augusto modifica un poco este cuadro.
Acaya, capital Corinto, se desgajó de Macedonia y se convirtió en
una provincia senatorial confiada a un gobernador de rango pretoriano56.
Esta situación se mantuvo sin cambios durante tres siglos con pocas
excepciones. Por una parte, entre los años 15 y 44 d. de C., estuvo nue­
vamente unida a Macedonia y ambas se vieron confiadas al legado de
Mesia para hacer frente a las amenazas bárbaras57. En el 44 la provincia
recuperó su autonomía administrativa, pero en el 67 dejó de existir cuan­
do Nerón proclamó la libertad de todas las ciudades que la formaban58.
Esta provincia de Acaya se extiende por Grecia propiamente dicha
incluyendo el sur de Epiro y Tesalia59 así como las islas del Egeo (Espó-
radas del Norte y Cicladas) y del mar Jonio. No sabemos con exactitud
cuando se separaron Epiro y Tesalia. Parece que Epiro formó una pro­
vincia autónoma lo más tarde bajo Domiciano si Sexto Pompeyo Sabino,
documentado como procurador bajo los Flavios, es efectivamente el
gobernador de la provincia y no un simple procurador financiero60. En
cuanto a Tesalia, Claudio Tolomeo la registra como una región de la
provincia de Macedonia61 como muy tarde bajo Antonino Pío. Pero

56 Q uizá no sea inútil recordar aquí que el título de procónsul atribuido a todos los
gobernadores de provincias senatoriales no debe llevar a engaño: sólo los procónsules de
Asia y Africa son de hecho antiguos cónsules. Del mismo m odo, todos los gobernadores de
provincias im periales (excepto Egipto) llevan el título de legatus A ugusti pro p ra e to re,
legado im perial propretor, ya sean antiguos pretores (como en Arabia) o antiguos cónsules
(como en Siria). Todos poseen la m ism a autoridad en su provincia y reciben las instruccio­
nes del príncipe: c. F. Millar, “The Emperor, the Senate and the Provinces” , JRS, 56, 1966,
p. 156-166.
57 Esta nueva distribución fue quizás debida también a una cierta agitación en Grecia
que podía necesitar el envío de tropas a esta provincia inerme; lo atestiguaría una revuelta
de Atenas en el últim o año del reinado de Augusto: Orosio, Historias, VI, 22.2; cf. G.W.
Bowersock, Augustus a nd the G reek World, Oxford, Clarendon Press, 1965, p. 107; Id.,
“The Mechanics o f Subversion” , en Opposition et Resistances a I'Em pire d'Auguste a Tra­
ja n , V an d o eu v res-G in eb ra, F o n d atio n H ardt, “ E n tretien s sur l ’A n tiq u ité classiq u e,
XX X III”, 1987, p. 292.
58 Acerca de N erón y los griegos, cf. infra, p. 43.
59 Estrabón, X VII, 3.25, cuyo sentido exacto ha sido dem ostrado por G.W. B ow er­
sock, “Z ur Geschichte der rom ischen Thessaliens”, RM , 108, 1965, p. 283-285.
60 B. Thom asson, Laterculi Praesidum , Góteborg, Radius, 1984, col. 203; ya H.G.
Pflaum, Les curtieres procuratoriennes équestres sous le Haut-Empire, I, París, Geuthner,
1960, p. 123, no 53.
61 Claudio Tolomeo, Geografla, III, 13.44 sq.; el límite entre Tesalia y Acaya pasa por
el fondo del golfo M aliaco, atravesando las gargantas del Gorgopótam os: W.J. Cherf, “The
Rom an Borders between Achaia and M acedonia”, Chiron, 17, 1987, p. 135-142.

19
ignoramos desde cuándo está vigente esta situación62. La solución más
simple consiste tal vez en admitir, como sugiere G.W. Bowersock63 que,
cuando desapareció Acaya en el 67, el Epiro se configuró como provin­
cia y Tesalia se vio unida a Macedonia. Ninguna de las dos regiones
estaba afectada por la liberación de los griegos decretada por Nerón y
era necesario continuar administrándolas.
Macedonia, con su capital en Tesalónica, se extiende por el norte de
Grecia desde la costa de Epiro hasta el Elelesponto, pero la frontera, que
está fijada bastante al norte en la parte occidental, transcurre por el sur
del Ródope más al este. Se trata de una provincia senatorial al igual que
Acaya. A pesar de su posición fronteriza en contacto con los bárbaros
está poco armada. Sin duda Augusto confiaba en los príncipes clientes
tracios para defender la provincia. Al igual que Acaya estuvo confiada al
legado de Mesia entre los años 15 y 44 d. de C. y, probablemente desde
el 67, se incorporó a Tesalia.
Bitinia, legada a Roma por su último rey, Nicomedes IV, en el 74
a. de C., se extiende por el noroeste de Asia Menor, controla una parte
de la orilla sur de la Propóntide (mar de Mármara) y la orilla asiática
del Bosforo. Además se prolonga bastante lejos hacia el este, bordean­
do el Ponto Euxino hasta Amisos. En realidad el gobernador está ofi­
cialmente a cargo de Bitinia y del Ponto, provincia doble en cierto
modo. Esta dualidad de la provincia está marcada por la existencia de
dos capitales, Nicomedia para Bitinia y Amastris para el Ponto, inclu­
so si el gobierno reside habitualmente en la primera. Bitinia-Ponto se
confió al Senado y esta situación permanece sin cambios hasta el rei­
nado de Marco Aurelio. Sin embargo, en diversas ocasiones bajo los
reinados de Claudio, Nerón, Trajano y Adriano, el emperador se vio
obligado a nombrar un legado imperial de los que el más célebre fue
Plinio el Joven.
Asia es la más antigua y la más rica de las provincias asiáticas de
Roma, y tam bién se cuenta entre las más prestigiosas de todo el
Im perio64. Augusto la confía al Senado que nombra procónsul a un
antiguo cónsul; este puesto sigue siendo uno de los más elevados de
la carrera senatorial. Extendiéndose desde Propóntide hasta Caria,
Asia engloba todas las regiones helenizadas desde más antiguo en
A sia Menor: Misia, Jonia, Lidia, Caria, Frigia, islas costeras. Se
extiende además hasta bastante lejos por el interior, hasta los límites
de la meseta anatolia. Protegida de las invasiones por los estados

62 La inscripción D essau 1067 no dem uestra en absoluto que T esalia pertenecía a


Acaya en el año 138: G.W. Bowersock, op. cit., p. 285-286.
63 G.W. Bowersock, op. cit., p. 288; contra·. J.H. Oliver, “Imperial Com misioners in
Achaia” , GRBS, 14, 1973, p. 389, que considera, basándose en Estrabón, XVII, 3.25, que
Tesalia perteneció a M acedonia a partir del año 27 a. de C.; esto es entender de forma erró­
nea a Estrabón: cf. supra, n. 59.
64 Cf. de nuevo V. Chapot, L a province p ro c o n su la te d'A-sie, París, 1904, y sobre
todo D. M agie, Roman Rule, in A sia M inor, Princeton U niversity Press, 1951.

20
clientes de Anatolia central, sólo dispone de unas pocas tropas. El
procónsul reside sobre todo en Efeso.
Siria, engrandecida con Cilicia Llana65, sólo ocupa de hecho el Norte
y Centro de la gran Siria (en sentido antiguo), puesto que en el sur están
los reinos de Judea (Palestina) y de Nabatea (Transjordania). Ella misma
está conformada por una constelación de microestados que ocupan su
territorio. El gobernador, que reside en Antioquía, gobierna de hecho
sobre la Siria de las ciudades66. Como provincia fronteriza limita con el
territorio de los partos, lo que explica la presencia de tres o cuatro legio­
nes en su territorio. Augusto conserva el mando de la provincia para sí
mismo y nombra a un legado de rango consular. Siria permanece ininte­
rrumpidamente como uno de los más importantes gobiernos provinciales.
Cirenaica y Creta forman una provincia bicéfala, con una capital en
Cirene y otra en Gortina. Ambas habían pertenecido a Roma con anterio­
ridad, pero Antonio había dado la primera a Cleopatra y liberado la
segunda67. Recreada tras la ocupación de Egipto, la provincia apenas
tiene que luchar contra peligros exteriores, con la excepción de las tribus
nómadas de Cirenaica. Augusto la dejó al Senado68 pero intervino cuan­
do le pareció necesario69.
Chipre había sido ocupada por M. Porcio Catón el 59 a. de C. y des­
pués reducida a provincia en el 56 anexionándose a Cilicia. Antonio la
había dado a Cleopatra cuando ésta intentaba reconstruir la integridad
del reino de sus antepasados. Augusto la convirtió de nuevo en una pro­
vincia romana que confió en primer lugar a un prolegado para después
ceder su administración al Senado en el año 22 a. de C .70.
Egipto por último conserva un estatuto particular. Forma parte del
Imperio, pero Augusto se considera a sí mismo y se comporta como un
sucesor de los reyes Lágidas y asume la monarquía faraónica tradicional.
El gobernador es su representante personal. Fue siempre un caballero
con el título de prefecto. El acceso a la provincia estaba prohibido a los
miembros del orden senatorial y a los caballeros de rango importante,
salvo si contaban con la autorización personal del príncipe71. En efecto,
era conveniente no dejar que nadie pudiese movilizar los recursos de
Egipto (considerados fabulosos, con o sin razón) contra el poder de
Roma, es decir, de Augusto.
De las ocho provincias con que cuenta desde ahora el Oriente roma­
no, Augusto confía seis al Senado y sólo conserva para sí Siria y Egipto.

65 Cf. supra, p. 14.


66 Acerca del detalle de la organización territorial, cf. capítulo VIII.
67 Cf. I.F. Sanders, Rom an Crete, W arminster, 1982, p. 5; Itanos había sido dada a la
reina lagida: Dion Casio, 49. 32.4-5.
68 Sólo se declararon libres las ciudades de Cidonia y de Lampe (Lappa): Dion Casio,
51.2.3.
69 Cf. los célebres edictos de Cirene: cf. infra p. 67.
70 D ion Casio, 54.4.1; H.-G. Pflaum , Corrieres, I, p. 10-11; M. Christol, “Proconsuls
de Chypre” , Chiron, 16, 1986, p. 1-14.
71 Dion Casio, 51.17.1.

21
Esta situación aparentemente desequilibrada se justifica por el hecho que
en el 27 a. de C. las regiones poco seguras, aquellas en las que la presen­
cia de legiones romanas sería necesaria, todavía estaban en su casi totali­
dad confiadas a clientes. Pero desde el año 26-25 la situación se modifi­
ca rápida y profundamente.

II. R e o rg a n iz a c io n e s y a n e x io n e s

1. La defensa de los Balcanes y la reorganización de Tracia72

Hasta la muerte de Augusto Tracia y la frontera del Danubio consti­


tuyeron un permanente foco de agitación, ya sea por las revueltas de los
tracios instalados al sur del río, ya por las razzias provenientes del norte.
A partir del año 29 los bastamos73 atravesaron el Danubio junto con sus
aliados dacios y saquearon el país de los tribalos y de los dardanos, des­
pués amenazaron el reino tracio de Silas, aliado de Roma, en el valle del
Estrimón74. El gobernador de Macedonia M. Licinio Craso se dirigió a
su encuentro y los rechazó hasta la otra orilla del Danubio (29-28). Es
posible que a partir de esta época consiguiese integrar en la alianza con
Roma al rey geta Cotisón, vencido militarmente y encargado de proteger
la navegación en el curso bajo del Danubio y en las ciudades griegas de
la orilla oeste del Ponto75. Otro rey geta llamado Roles hace lo mismo en
Dobruja76.
Pero durante su campaña se tuvo que enfrentar con la hostilidad de
tribus tracias consideradas aliadas, especialmente las de los medos y los
serdos77. Situación que aprovecha para someterlos y llevar la guerra con­
tra los besos en los montes Ródope. Toda la campaña, desarrollada en
condiciones muy difíciles, ha mostrado que en Tracia Roma sólo podía
contar verdaderamente con la alianza del pueblo odrisa, que ocupa el
sureste del país. Pero éstos se encuentran debilitados por la rivalidad que
enfrenta las dinastías de los Astéanos (Cotis V) y de los Sapeanos (Roi-
metalkes I).
La campaña de M. Licinio Craso no puso fin a la agitación. En los
años que siguieron los ejércitos romanos intervinieron en Tracia en diver­
sas ocasiones. La campaña de M. Primo contra los odrisas en el año 22 tal

11 Se encontrará un relato continuo en Chr.M. Danov, ANRW , II.7.1, p. 123-145, hasta


el año 46 d. de C.
73 A grupación de germ anos y celtas: R.F. H oddinott, The Thracians, N ueva York,
1975, p. 138-139.
74 Dion Casio, 51.23-24.
75 Suetonio, Augusto, 63; A. M ocsy “D er V ertuschte D akerkríeg des M . L ucinius
C rassus”, Historia, 15, 1966, p. 511-514.
76 D ion Casio, 51.24.6-7; cf. E. Condurachi, “Les conditions politiques du BasDanube
et l ’organisation du lim es rom ain”, Roman F rontier Studies 1967, Tel Aviv, 1971, p. 157-
158.
77 D ion Casio, 51.25.4.

22
vez sólo se emprendió por el interés en hacerse con botín sin grandes ries­
gos y sin el acuerdo de A ugusto78. Sin embargo, hacia el 17-16, M.
Lolio79 y después L. Tario Rufo80 tuvieron que intervenir para ayudar a
sus aliados tracios contra las empresas de los besos. En 16 una expedición
de los escordiscos y de los denteletes alcanzó Macedonia81, pero se vie­
ron rechazados y sometidos con bastante rapidez porque en el año 12 a.
de C. combatieron como aliados de Roma contra los breucos82.
En el 13 a. de C. estalla una revuelta general de los besos bajo la
dirección de Vologaisos, gran sacerdote del santuario de Dionisio en el
Haimo83, que consiguieron expulsar a Roimetalkes (refugiado en Quer­
soneso de Tracia), hicieron desaparecer al rey Rescuporis II, hijo de
Cotis V, y amenazaron Macedonia84. Entonces L. Calpurnio Pisón, nom­
brado gobernador de M acedonia85 y venido desde Panfilia con unas
fuerzas considerables, necesitó tres años para terminar con esa revuelta.
Roimetalkes, desembarazado de su rival asteano, se convirtió en el rey
de toda la Tracia aliada de Rom a86. Durante veinticinco años el país
estuvo tranquilo.

2. La cuestión armenia

Las relaciones romano-partas están continuamente envenenadas por


la cuestión armenia87. Aquí sólo nos interesan de manera accesoria en la
medida que provocan operaciones militares, llevan a la instalación tem­
poral o definitiva de fuerzas y, sobre todo, explican en parte la organiza­
ción de las regiones más orientales de la Anatolia romana.
Tras el desastre de Carre en el 53 a. de C. los romanos temen a
los partos. Se ha mostrado desde hace mucho tiempo 88 que estos

78 D ion Casio, 54.3.


79 D ion Casio, 54.20.3; es después de la m uerte de Cotis V en el afto 18, ya q
recibe ayuda por parte de Roim etalkes I, entonces tutor de los hijos de Cotis V.
80 R. Syme, Danubian Papers, Bucarest, E ditara Academiei, 1971, p. 67-68.
81 Dion Casio, 54.20.3.
82 Dion Casio, 54.31.3; R. Syme, Danubian Papers, p. 45.
83 Dion Casio 54.34; Tito Livio, Per., 140; Veleyo, II, 98;localización en el
Scholia in Eurip., Hec. 1267, ed. Schwartz. Cf. S.L. Dyson, “Native Revolt Patterns in the
Rom an Em pire”, ANRW , II.3, p. 169. Acerca de las campañas de Cn. Cornelio Lentulo a lo
largo del Danubio que m uchos autores fechan de la misma época, cf. p. 28.
84 Obras de defensa atestiguadas en Filipos: cf. P. Collart, Philippes, ville de M acédoi­
ne, París, De Boccard, 1937, p. 249-250.
85 Cf. Th. Chr. Sarikakis, “L, Calpurnius Piso Pontifex: a Disputed Governor o f M ace­
donia”, en H.J. D ell (ed.), A ncient M acedonian Studies in H onor o f Charles F. Edson,
Salónica, Institute for B alkan Studies, 1981, p. 307-314, que reúne cómodamente todas las
fuentes disponibles.
86 Tácito, Anales, II, 64.
87 Exposición cóm oda de M.L. Chaumont, “L ’Arménie entre R om e et les Parthes. I.
De l ’avénem ent d ’Auguste á l’avénem ent de D ioclétien”, A NRW , II.9.1, Nueva York-Ber-
lín, 1976, p. 71-194.
88 J. Dobias, “Les prem iers rapports des Rom ains avec les Parthes et Γ occupation de
la Syrie”, Archiv Orientalni, 3, 1931, p. 215-256.

23
temores eran recientes (no van más allá de la derrota de 53) y no
estaban en absoluto justificados. El reino parto es presa de conflictos
palaciegos casi constantes y el rey tiene que asegurarse siempre el
apoyo de los grandes (en particular de los gobernadores provinciales)
por medio de concesiones políticas o de alianzas matrimoniales. En sí
mismo el Imperio parto no representó por tanto una amenaza militar
para Roma. Por otra parte, la frontera se ha fijado en el Eúfrates
desde Pompeyo y nunca fue cuestionada hasta que Roma tomó la ini­
ciativa en los años 115-117.
Pero los dos imperios se enfrentan permanentemente por Armenia
Mayor, pues ambos consideran, correcta o incorrectamente, que su con­
trol es indispensable para su defensa y quieren situar en su trono a un
rey que sea cliente suyo. Para los partos Armenia aparecía como una
prolongación natural hacia el norte, y las relaciones con ese país eran
antiguas y estrechas. Desde un punto de vista estratégico Armenia es el
escudo de Mesopotamia contra las tribus del Cáucaso o venidas a través
del Cáucaso de Ucrania y más allá. La presencia de un príncipe cliente
romano en Artaxata se siente en Ctesifón como una verdadera maniobra
de cerco.
Para Roma las razones son menos evidentes. Ciertamente existe la
preocupación de proteger Anatolia y Siria contra las mismas amenazas.
Pero el recuerdo de Mitrídates y de Tigrana tiene mucho peso, de hecho,
a ojos de los romanos Annenia representa una posible potencia militar
de primer orden. Parecía indispensable situar un estado cliente como
tampón entre Roma y los partos.
Estas voluntades contradictorias explican en parte el enfrentamiento
constante que opone a Roma y los partos durante dos siglos y medio. La
política de Augusto, que excluye prácticamente el recurso a la fuerza89,
tiende a imponer en Armenia a un rey designado por Roma. Pero pese a
algunos éxitos que proporcionan prestigio90, la política armenia de
Augusto, frecuentemente llevada al más alto nivel (lo que muestra la
importancia que se le concede91), se salda con un fracaso claro. En efec­
to, ninguno de los príncipes impuestos a los armenios pudo mantenerse
en el poder y la inestabilidad del poder en el reino obligó a Roma a
negociar con los partos incesantemente.

3. Expediciones en Arabia y en Etiopía

Dejando a un lado las expediciones armenias, Augusto promovió


dos expediciones fuera del Imperio al comienzo de su reinado en Ara­

89 A unque las tropas rom anas penetraron en A rm enia, nunca hubo enfrentam iento
directo con los ejércitos partos bajo Augusto.
90 Así, en el año 20 a. de C., Tiberio recuperó los estandartes y a los supervivientes del
desastre de Carre, Suetonio, A ugusto, 21.7.
91 D espués de Tiberio, en el año 20, es Gayo César quien negoció, en el año 1 d. de C.,
con Fraates V, rey de los partos, en una isla del Eúfrates: Veleyo Paterculo, II, 101.

24
bia y en Etiopía. Es posible que estas dos expediciones se hayan pro­
yectado en el 27 y estén relacionadas entre s í92, pero ignoramos las
causas reales y los objetivos planteados. La lucha contra el bandidismo
y las razzias de los nómadas podrían justificar la expedición contra
Etiopía, pero no la que se lanzó contra la Arabia Feliz. Por el contrario,
la preocupación por controlar las fuentes de aprovisionamiento en pro­
ductos costosos es plausible en el segundo caso pero más difícil en el
primero. En todo caso el hecho que las dos se confíen al prefecto de
Egipto podría favorecer una explicación más económica que estricta­
mente estratégica pues el objetivo podría consistir en desviar hacia Ale­
jandría los productos valiosos encaminados a Roma que seguían otras
vías hasta ese momento.
Después de que el primer prefecto de Egipto, C. Cornelio Galo, fue
destituido y condenado por crimen de lesa majestad (se suicidó)93, al
nuevo prefecto, Elio Galo (nombrado a fines del 27), se le encomendó la
misión de llevar a cabo las expediciones decididas por Augusto durante
su estancia en Hispania.
El primer objetivo considerado fue la Arabia Félix94, el Yemen, que
se contaba alcanzar con ayuda de los nabateos, que controlaban la ruta
hasta Elegra. El ministro nabateo Silayos se comprometió a ayudar a los
romanos y a reunir los medios materiales indispensables. De hecho,
desde el principio hasta el fin, la expedición choca con dificultades
imprevistas. Una fatigosa travesía del mar Rojo desde Egipto hasta
Leuke Kome (no localizada)9S, se vio seguida por una marcha extenuan­
te hasta el Yemen. Los romanos llegaron de hecho hasta Mariaba
(Marib)96, la capital de la Arabia Félix, pero fueron incapaces de explo­
tar la victoria lograda bajo los muros de la ciudad. Parece que sintieron
una terrible frustración ante un país que no se parecía en nada a lo que
imaginaron. Constataron con amargura que los productos valiosos ve­
nían de más lejos todavía, de la India o de la costa oriental de Africa. El
regreso se parece más a la retirada de un ejército vencido que a la mar­
cha de los vencedores del Yemen. Se acusa a Silayos de traición, lo que
para Galo era un medio cómodo de explicar su fracaso. En realidad el
fracaso de Galo no tenía importancia, pues los nabateos ya encaminaban
una parte de los productos de Arabia hacia Egipto97. El resultado más

92 S. Jam eson. “Chronology o f the Campaigns o f A elius Gallus and C. P etronius”,


JRS, 58, 1968, p. 71-84.
93 D ion Casio, 53.23.5-7; cf. el estudio com pleto de J.P. B oucher, Cains Cornelius
Gallus, Paris, Les Belles Lettres, 1966.
94 Dion Casio, 52.29.3-8, y sobre todo Estrabón, XVI, 4, 22-24, am igo de Elio Galo.
Acerca de la situación del país entonces, cf. H. von W issmann, “Die Geschichte des Sabae-
rreichs und das Feldzug von A elius Gallus”, A NRW , II.9.1, p. 308-544.
95 Cf. el análisis de P.L. Gatier y J.F. Salles, “A ux frontiéres m éridionales du dom aine
nabatéen”, en J.F. Salles, L ’A rabie e t ses mers bordiéres, I, Lyón, M aison de Γ Orient,
1988, p. 186-187; pero la localización meridional que proponen dista m ucho de ser segura.
96 Cf. H. von W issm ann, op. cit. p. 426.
97 Estrabón, XVI, 4, 24, e infra, capítulo VIII, p. 378.

25
interesante fue tal vez el de mostrar a los romanos la inmensidad del
desierto que era necesario controlar para dominar toda Arabia.
A fines del 25 Galo fue reemplazado por C. Petronio que tuvo que
hacer frente a un ataque (¿preventivo?) de los etíopes contra el Alto
Egipto. Gracias a un vigoroso contraataque Petronio recuperó las zonas
ocupadas por la reina Candace en las regiones de Siena y Elefantina, y
continuó la campaña hasta la altura de la cuarta catarata, hacia Napata,
capital de Candace. Un poco más tarde un contraataque etíope obligó a
Roma a evacuar las posiciones más avanzadas, pero de la expedición de
Petronio quedó, por una parte, que el reino de Napata se consideró desde
entonces como un estado cliente y, por otra parte, que el Dodecasqueno,
de Filae a Hierasicaminos, permaneció ocupado98.

4. Anexiones y vacilaciones entre el 26-25 y la muerte de Augusto

Si Augusto conservó en una muy alta medida la organización de


Antonio en Oriente esto no significa que la considerase inmutable o que
sólo ofreciese ventajas. Por el contrario, el mantenimiento de los estados
clientes privaba a Roma de ingresos sin que por ello se garantizase el
menor coste de la seguridad de las fronteras, como se vio en Tracia a
partir del 29. Pero Augusto no tiene una política bien definida en el
tema. En él como en sus sucesores se impone el pragmatismo. ¿Pensaba
que a más o menos largo plazo todo estado cliente acabaría por conver­
tirse en provincia? Tal vez, pero hay que decir que el historiador no tiene
medios de asegurarlo. Por el contrario se pueden señalar dos reglas sim­
ples que parecen haberse aplicado con una gran constancia. Por una
parte las anexiones raramente tuvieron lugar de manera brutal. Se espe­
raba la muerte de un príncipe cliente para reducir su reino a provincia o
para anexionarlo a una provincia vecina. La provincialización aparece
pocas veces como una medida punitiva ante un príncipe incompetente.
En segundo lugar, las anexiones conciernen a regiones en donde no se
plantean problemas graves en materia de seguridad interior o exterior, y
en donde hay élites capaces de asumir las tareas de gestión esenciales.
Por lo demás Augusto no vacila en rectificar sus decisiones cuando se
equivoca. Emesa y el reino del Amanus, anexionados en el 30, se devol­
vieron en el 20 a. de C. a los dinastas indígenas. Salvo excepciones la
provincialización sanciona por tanto los progresos de la pacificación y,
en una menor medida, los de la urbanización. Las raras excepciones
encuentran una explicación en la situación política local con bastante
facilidad.
En esto se encuentra probablemente uno de los ejes de la política
oriental de Roma desde Augusto hasta Trajano, con la única excepción
del reinado de Caligula. Roma reconocía sus deudas hacia sus clientes y
se preocupaba de tratarlos bien o incluso de premiarlos. Esto puede

98 D ion Casio, 54.5.4-6.

26
explicar algunas medidas de desprovincialización o de regalos de nue­
vos territorios a un príncipe cliente eficaz. En resumen, la gran fidelidad
de los aliados de Roma a sus intereses no tiene otro equivalente que la
permanente preocupación de los emperadores por honrar y recompensar
a estos aliados99 en la medida en que respetan las reglas implícitas del
sistema.
La situación particular de Oriente, en donde en total hay más reyes
que gobernadores provinciales explica también la preocupación del prín­
cipe por enviar en misión extraordinaria a personajes de su familia
investidos de una autoridad superior a la de los gobernadores y que po­
dían reemplazar dignamente al princeps. Es muy difícil explicar de otro
modo las misiones de Agripa en el 23-20 y después en el 16-12, la de
Gayo César entre el 1 a. de C. y el 4 d. de C., al igual que más tarde la de
Germánico en el 17-19. El balance político y militar de estas visitas
resulta a menudo irrisorio y no podemos dejar de pensar que un buen
gobernador hubiese logrado lo mismo, por no decir más. Pero el presti­
gio relacionado con la familia imperial tiene sin duda mucho que ver en
el estrechamiento de las alianzas y la reafirmación de las fidelidades.
Estas se expresan especialmente por medio de las muy numerosas mani­
festaciones de culto hacia los parientes del príncipe. En este aspecto nin­
gún gobernador podía sustituirlos.
Las medidas adoptadas por Augusto en Oriente entre el 26-25 y su
muerte se explican sin dificultad si tenemos presentes estas considera­
ciones de conjunto. Las situaciones locales pueden justificar algunos
matices, algunas variantes de la política general, pero se observan muy
pocas excepciones. Sin examinar en detalle las medidas adoptadas por
Augusto en un orden cronológico exacto, se pueden considerar sucesiva­
mente los tres grandes sectores geográficos en donde se ponen en fun­
cionamiento las disposiciones que acabamos de indicar.
En Anatolia la política de Augusto está marcada por la anexión de
Galacia, la restauración de los estados clientes anexionados en el 30 y la
necesidad de consolidar a Arquelao de Capadocia. En el 25 el rey Amin­
tas de Galacia murió en un combate contra las tribus insumisas de Licao­
nia 10°. Su reino se vio inmediatamente convertido en provincia romana.
El país estaba poco urbanizado (salvo en Pisidia), pero hacía mucho
tiempo que los gálatas se habían pacificado. Por otra parte las considera­
ciones estratégicas pudieron desempeñar algún papel: el país establece la
relación entre Asia y Siria (aunque Capadocia actúe todavía en parte
como pantalla).
En el 6 a. de C. la provincia se agrandó con la anexión de Paflagonia
a la muerte de su rey Deyotaro Filadelfo. En el 3 a. de C. fueron los dis­
tritos del Ponto Galático (Amasia, Sebastópolis, Sebasteia) que se le aña­

99 Acerca del sistem a de estados clientes, cf. capítulo 3, p. 60.


100 Estrabón, XII, 6, 4-5.

27
dieron. Se trataba de otros tantos estados clientes que desaparecían, fun­
didos en una gran provincia que ocupaba todo el centro de Anatolia.
Estos incrementos hacia el norte se acompañaban, es cierto, de
amputaciones hacia el sur. Licaonia y Cilicia Traquea que habían per­
tenecido a Amintas se dieron a Arquelao de Capadocia en el 20 a. de
C. ¿Se trataba de dar seguridades a este cliente al que la suerte del
reino de Amintas podía inquietar? En todo caso ese mismo año Filopá-
tor I recuperó el reino que su padre Tarcondimotos había poseído en
Amanus hasta el año 3 0 101. En la misma época la sucesión de Mitrída-
tes II de Comagena se desarrolla sin dificultad en beneficio de su hijo
Mitrídates III.
La anexión de Galacia no resolvía todos los problemas, especialmen­
te el del bandidismo en Licaonia que había costado la vida a Amintas.
Tras el 12 a. de C .102, P. Sulpicio Quirino, que había dado pruebas de
eficacia anteriormente luchando contra los garamantes y los marmáridas
en Libia, fue nombrado legado imperial en Galacia Panfilia. Allí dirigió
la guerra llamada “homonadeana”, nombre derivado del de la tribu prin­
cipal de Licaonia contra la que tuvo que luchar, los Homonadeis103. El
éxito fue completo y se siguió con la fundación de cinco colonias en
Pisidia y en Licaonia que se añadieron a Antioquía de Pisidia, refundada
como colonia romana en el 19 a. de C .104. En la misma época se empren­
de la construcción de una red de rutas estratégicas, las viae Sebastae.
En el año 6 d. de C., una nueva revuelta estalló en Isauria, pero esta
fue la última que tuvo alguna envergadura, a pesar de que Estrabón seña­
la la presencia de tribus salvajes muy repartidas por toda Anatolia105. Es
necesario creer que las autoridades provinciales consiguieron controlar­
las suficientemente.
En Tracia el dominio romano progresa hacia el norte. Tras las cam­
pañas de M. Licinio Craso del 29-28 a. de C., Roma no tiene apenas alia­
dos en el bajo Danubio con la excepción de reyezuelos indígenas como
Cotisón y Roles. La permanente agitación en Tracia impedía desarrollar
campañas de gran envergadura más allá del río.
Tras la pacificación de Tracia (11 a. de C.) y el fin de la guerra en
Panonia (9 a. de C.), Augusto se preocupó de reforzar la defensa del
Danubio. Probablemente es entre el 1 y el 4 d. de C .106 cuando debemos
emplazar las campañas de Cn. Cornelio Léntulo contra los dacios, los

101 D ion Casio, 54.9.2; el hijo lleva el nom bre dinástico de Tarcondim otos com o su
padre y el sobrenombre de Filopátor.
102 Fecha m uy aleatoria, pues se ignora todo acerca de Quirino entre su consulado y su
presencia en Roma com o rector de Gayo César en el año 1 a. de C. (Tácito, Anales, III,
48.2); el que D ion Casio no diga nada de estas operaciones podría llevar la fecha hasta los
años 6-1 a. de C., para los cuales el texto conservado de Dion tiene m uchas lagunas.
103 Estrabón, XII, 6, 5.
104 B. Levick, Roman Colonies in Southern A sia M enor, Oxford, C larendon Press,
1967.
105 Estrabón, XII, 6.3-5; 8.8.
106 Para los años 6 a. de C.-4 d. de C. falta la parte esencial del relato de Dion Casio;
debem os contentarnos con fragm entos, o con indicaciones contusas de Floro, II, 28, o alu­

28
sármatas, los bastamos y los getas que condujeron a la creación de la
provincia de M esia107. Se creó una red fortificada de praesidia108 y, para
llenar los vacíos ocasionados por las razzias incesantes se instaló a
50.000 getas en la orilla sur del Danubio109.
Esto no bastó para restablecer el orden porque expediciones de
dacios y de sármatas contra Mesia se pueden fechar quizás a partir del
6 -7 110 y porque A. Cecina Severo tuvo que combatirles en el 11 m ,
mientras que en el 12 se apoderaron de Aigisos112 y en el 15 o 16 de
Troesmis113. Pero al menos Roma disponía desde entonces de una fuer­
za militar permanente en la región, formada por tres legiones y a partir
del 9 d. de C. por d o s114.
En Tracia propiamente dicha la paz reinaba desde el 11 a. de C. A la
muerte de Roimetalkes I el 13 d. de C., Augusto prefirió dividir su reino
entre su hermano Rescuporis III, que hereda los “parajes incultos, salva­
jes, vecinos de naciones enemigas”, y su hijo Cotis VIII a quien corres­
pondieron “las tierras cultivables, las ciudades y las comarcas vecinas a
los griegos” 115. Rescuporis no manifiesto su descontento inmediatamen­
te, pero tras el anuncio de la muerte de Augusto Tracia fue de nuevo
pasada a sangre y fuego116.
El caso de Tracia muestra bien los límites del gobierno por medio de
clientes. Apenas es posible prescindir de ellos en una región de acceso
difícil, tanto más cuando las tropas romanas eran poco numerosas y que
Augusto seguía disminuyendo efectivos. Pero, al mismo tiempo, tampo­
co es posible contar con príncipes que son presa de rivalidades internas.

sivas de Tácito, Anales, IV, 44.2. El estudio fundam ental es el de R. Syme, “Lentulus and
the O rig in o f M o esia” , JR S , 24, 1934, reproducido con com plem entos en D anubian
P apers, p. 40-72. E n contra de la opinión de C. Patsch, “Beitrage zur V olkerunde von
Südosteuropa”, SB Wien, 214, 1932, que da com o fecha los años 14-13 a. de C., R. Syme
opone dos argum entos mayores: es imposible que Léntulo hiciera cam paña a lo largo del
bajo Danubio, incluso al norte del río, mientras toda Tracia estaba sublevada contra Roma;
es sorprendente que Dion Casio, que relata detalladam ente acontecim ientos menores ocu­
rridos en los años 20-10, no diga nada de Léntulo. La m ejor explicación a su silencio es
que el relato de las proezas de Léntulo se encontraba en la parte de su obra que se perdió.
107 Léntulo actúa todavía como legado de Ilirico: R. Syme, Danubian Papers, p. 57-
58, pero tras su partida, A. Cecina Severo es legado de Mesia.
108 Floro, II, 28.
109 Fue obra del procónsul de M acedonia Elio Cato en los años 2-3 d. de C.: Estrabón,
VII, 3, 10.
110 Eusebio, Chron., p. 170, m enciona un triunfo de Tiberio sobre los sárm atas ese
año.
>" Dion Casio, 55.29.3.
112 Ovidio, Ponticas, I, 8, 11 sq.; cf. J.J. W ilkes, “Rom ans, Dacians and Sarm atians”,
en B. Hartley y J.S. W acher (ed.), Rom e and her Nothern Provinces, Gloucester, A lan Sut­
ton, 1983, p. 265.
113 Ovidio, Ponticas, IV, 9, 75 sq.; cf. R. Syme, Danubian Papers, p. 66-67.
114 Veleyo, II, 112.4 y 113.1; Tácito, Anales, II, 46; Suetonio, Tiberio, 16; cf. infra
p. 72.
115 Tácito, Anales, II, 64.
1,6 Cf. infra, p. 37.

29
En Siria, Augusto procede a modificaciones menores y sometidas a
revisión. En el 20 a. de C. reestablece el principado de Emesa a beneficio
de un descendiente de la dinastía destituida en el 30, Jámblico m . Ignora­
mos la razón y la ocasión de esta medida.
Es al sur, en Nabatea y sobre todo en Judea, en donde se planteaban
los problemas de resolución más urgente. En Nabatea, Obodas II murió
en el 9 a. de C. y se vio reemplazado enseguida por un tal Eneas que
tomó el nombre dinástico de Aretas (IV). Este no pide la confirmación de
Augusto, sin duda porque las tradiciones locales lo designaban como
heredero. Desde el punto de vista romano se trataba de un ataque a la
regla según la cual ningún cliente era rey más que por la voluntad de
Roma m . Esta fue tal vez la causa de una anexión temporal del reino
entre el 3 y el 1 a. dé C. Esta hipótesis, emitida por Glen W. Bower­
sock119, se basa en la ausencia de toda emisión monetaria de Aretas IV
durante esos años y sobre la afirmación de Estrabón de que los nabateos
“hoy, al igual que los sirios, están sometidos a los romanos” 120. La hipó­
tesis es seductora incluso si cabe sorprendernos de que Augusto haya
reaccionado con varios años de retraso. En todo caso, si la anexión tuvo
realmente lugar, sólo fue pasajera, pues en el 1 d. de C. como más tarde,
Aretas IV reemprende sus emisiones m onetarias121. En este país casi
completamente desértico, en donde los nómadas son los amos, Roma
renuncia rápidamente a la administración directa. Además esa provincia
habría estado prácticamente cortada del resto del Imperio por estados
clientes vecinos ya que sólo tenía fronteras directas con Egipto por el
Sinaí122.
En Judea Herodes el Grande murió en el 4 a. de C. dejando tres hijos.
Augusto, tras muchas vacilaciones (que tal vez se explican también por
los proyectos que entonces alimentaba con respecto a Nabatea), decidió
dividir el reino entre los tres hijos sin concederles el título real, aunque
Herodes había previsto dejar lo esencial del reino y el título real a Arque-
lao. Mientras que sus herederos disputaban entre sí en Roma, el goberna­
dor de Siria, P. Quintilio Varo, intervenía para sofocar los motines que
habían estallado en Jerusalén, Galilea y Perea123. Podemos ver a partir de
la muerte del gran rey en donde estaba realmente la autoridad.

111 Dion Casio, 54.9.2.


118 Cf. para esta cuestión el texto de una inscripción de Cícico en honor de Antonia
Trifaina y sus hijos (Syll.3, 145) en la cual aparece claram ente que es más herm oso ser rey
por la voluntad de un príncipe que por herencia ancestral; sería erróneo ver sólo lisonja o
los efectos del abuso de la retórica en esta pVoclama.
119 G.W . Bowersock, R om an A rabia, C am bridge (M ass.) H arvard U niversity Press,
1983, p. 54-56.
120 Estrabón, XVI, 4, 21.
121 El reino pudo ser establecido por Gayo César en su expeditio A rabica, que lo llevó
hasta Aila: G.W. Bowersock, Roman A rabia, p. 56.
122 Este tipo de situación no im pedía crear una provincia: Gaza depende de la provin­
cia de Siria a partir del año 4 a. de C. aunque está separada de ella por los principados de
Herodes y sus descendientes.
123 Cf. p. 401.

30
Augusto mantuvo sin embargo lo esencial del testamento de Herodes.
Arquelao recibió Judea, Samaria, Idumea, pero las ciudades griegas de
Gaza, Gadara e Hipos se unieron a Siria. Podía ostentar el título de etnar-
ca que subrayaba su rango de soberano del pueblo judío. Herodes Anti-,
pas recibió Galilea y Perea, es decir, las regiones más recientemente
judaizadas en las que había muy fuertes minorías paganas, y recibió el
título de tetrarca. En cuanto a Filipo (o Herodes Filipo), debió confor­
marse con territorios en el sur de Siria: Batanea, Traconíntida y Auraníti-
da. Se trataba de un estado tampón entre la provincia de Siria al norte y
el reino de Nabatea al sur. También él llevaba el título de tetrarca. Final­
mente su hermana Salomé recibió Yamnia, Azotos y Faselis, un palacio
en Ascalón y una fuerte suma de dinero: era una especie de pensión que
ella regaló a Libia cuando murió en el 10 d. de C .124.
En el 6 d. de C. Arquelao125 fue destituido tras un reinado brutal que
había escandalizado a los judíos de todas las formas posibles. Una emba-
jada judía en Roma había acumulado tales quejas en su contra que
Augusto ordenó su exilio a Viena y decidió anexionar su estado. El
gobernador de Siria hizo administrar Judea, Samaria e Idumea por medio
de un prefecto residente en Cesarea126.
Los otros estados emanados del desmembramiento del reino de Hero­
des se mantuvieron durante más tiempo. El de Herodes Filipo127 quedó
en manos de su titular hasta su muerte en el 33-34, fecha en que se ane­
xionó a Siria durante un corto período, desde el 33-34 al 37. El de Anti­
pas se prolongó todavía más, hasta que Caligula depuso a su detentador
en el 39 y lo hizo exiliarse a L yón128.
La misma política de división de un estado cliente demasiado pode­
roso se había desarrollado en los años precedentes en Líbano. El antiguo
“reino” itureano129, que se extendía desde el sur de la Beqaa hasta el
norte del monte Líbano y, al este, hasta las cercanías de Damasco, había
sido compartimentado desde los inicios del principado. En el año 23 a. de
C. Zenodoro130, tetrarca y gran sacerdote, poseía el sur de la Beqaa, Ulata
y Panias. A su muerte en el año 20, Augusto donó ese territorio a Hero­
des el Grande131 y después, a la muerte de Herodes, a su hijo Filipo132.

124 Fl. Josefo, A J, XVIII, 31.


125 E. Sehürer, H istory o f the Jew ish People in the A ge o f Jesus Christ, I, Edimburgo,
T & T Clarck, p. 353-357.
126 Cf. infra, p. 389.
127 E. Sehürer, I, p. 336-340.
128 E. Sehürer, I, p. 340-353.
129 Sus jefes, Tolom eo hijo de M ennaios en la época de Pompeyo y su hijo Lisanias,
no llevan nunca el título real, sino sólo el de tetrarca y gran sacerdote: B J, I, 440; Fl. Jose­
fo, A J, XV, 92; D ion Casio, 49.32.5.
130 Quizá el nieto de Lisanias, muerto en 37-36 a. de C.; el principado probablemente
se dio a Cleopatra: Porfirio, FGrHist, 260 F 2.17 (que lo llam a Lisím aco en vez de L isa­
nias, pero sólo se transm ite p o r una versión arm enia de Eusebio, lo que puede explicar la
confusión). Debió de ser revocado a partir de 30, pero Zenodoro aparece sólo en 23.
131 Fl. Josefo, A J, XV , 359-360.
132 Fl. Josefo, A J, XVII, 319; Fl. Josefo, BJ, I, I 95.

31
Durante ese tiempo el distrito situado sobre la falda oriental del Antiliba­
no, en tomo a Abila (moderno Suq wadi Barada), estuvo confiado a un
tal Lisanias133 que todavía lo poseía el 29-30 d. de C .134. Debió de morir
antes del 37 porque en esa fecha Agripa I, el nieto de Herodes, recibió a
la vez la tetrarquía de Filipo y la de Lisanias135. Este sector volvió a la
provincia de Siria entre el 44 y el 53 antes de ser entregado a Agripa II.
Una tercera tetrarquía, recortada en el mismo antiguo “reino”, existía
muy al norte, en tomo a Arca-Cesarea del Líbano. No sabemos su desti­
no bajo Augusto (tal vez se vio simplemente unida a la provincia de
Siria), pero en el 38 Caligula la donó a Suhaimos136, príncipe árabe de la
dinastía de Emesa. A su muerte en el 49, el territorio fue anexionado a
Siria salvo, quizás, un pequeño sector dejado a su hijo Uaros (o Noa-
ros)137. En el 53 el conjunto se entregó a Agripa II.
Finalmente, el centro de los estados itureanos en los alrededores de
Calcis, en la Beqaa central, formaba un cuarto distrito. Se ignora qué fue
de él antes de que Claudio lo donase en el 41 a un Herodes, nieto de
Herodes el Grande y hermano de Agripa I. A su muerte en el año 48 su
sobrino Agripa II lo heredó138 para devolverlo a Roma en el 53, cuando
Claudio le confió los otros tres sectores así como otros muchos territorios
del sur de SiriaI39.
A la muerte de Augusto, Oriente cuenta con cinco provincias más
que la víspera de Accio. Pero este incremento no debe engañar. Una de
ellas (Acaya) proviene de un desdoblamiento, otras dos (Cireanica-Creta
y Chipre) son antiguas provincias restauradas tras su supresión por Anto­
nio. Las únicas verdaderas adquisiciones son Egipto en el año 30 y Gala­
cia en el 25. El sistema de los reinos clientes permanece muy activo en
Tracia, Anatolia oriental y Siria, a pesar de los sinsabores que ha produ­
cido aquí y allá. La fidelidad al sistema y a los hombres establecidos por
Antonio domina claramente.
Pero lo más importante está en otro lugar. El retorno de la paz (a
pesar de las razzias aisladas o de las revueltas) permite que sólo queden
tropas en Egipto (3 legiones), en Siria (4 legiones), en Galacia (2 legio­
nes) y en Mesia (2 legiones). Las ventajas de semejante situación apare­
cieron enseguida a los ojos de todos.

133 IG R III, 1086.


134 Lucas, 3, 1.
135 Fl. Josefo, AJ, XVIII, 237.
136 Dion Casio, 59.12.2.
137 Fl. Josefo, BJ, II, 481; la filiación entre los dos está asegurada por Fl. Josefo, Vida,
52.
138 Fl. Josefo, A J, XX , 104; Fl. Josefo, B J, II, 221.
139 Cf. Capítulo VII. No se sabe si la tetrarquía de Calcis se m antuvo después del año
53: un tal A ristóbulo es rey de una Calcis bajo Vespasiano (Fl. Josefo, BJ, VII, 226) que
puede ser tanto la Calcis sita en Libano com o la situada en Belos en el norte de Siria;
Herodes de Calcis tenía un hijo llam ado A ristóbulo, nom brado rey en A rm enia M enor por
N erón en el año 54, lo que no le im pide conservar su tetrarquía de Calcis; cf. infra, p. 41.

32
CAPÍTULO II

PROVINCIALIZACIÓN Y EXTENSIÓN DEL IMPERIO


DESDE TIBERIO HASTA EL FIN DE LOS SEVEROS

Hemos insistido en el capítulo anterior en la organización de Oriente


en la época de Augusto para mostrar con claridad la originalidad de las
soluciones aportadas desde hacía ya mucho tiempo al gobierno de estas
regiones. Accio no supuso ninguna ruptura en este sentido. Además, era
necesario conocer de modo preciso el reparto de las provincias y de los
estados clientes antes de seguir la evolución de una geografía política y
administrativa compleja. Tras haber señalado las líneas de fuerza de la
política romana en Oriente podremos en adelante atenernos a lo esencial
en materia de provincialización, anexiones y reordenamientos internos
en las provincias.
Se pueden señalar dos grandes períodos que corresponden por una
parte al siglo I y, por otra, al siglo II e inicios del III. Hasta el principio
del siglo II la frontera exterior del Im perio1 permanece fijada en el
Danubio y en el Eúfrates. Los sucesores de Augusto prosiguieron su
política empírica durante todo este período sin intentar anexionar siste­
máticamente los estados clientes. En realidad la política romana sufre
variaciones según los emperadores. Así Tiberio y Claudio apostaron más
fuertemente por la administración directa y consecuentemente por la
provincialización (Capadocia, Licia, Tracia, Judea), mientras que Calí-
gula define nítidamente una detención en este aspecto con relación a
Tiberio: restaura los estados clientes suprimidos por su predecesor y
favorece a hombres en los que tiene total confianza. Pero no hay que
radicalizar esta oposición que tal vez sólo se debe a las circunstancias;
también encontramos durante el reinado de Claudio excepciones a la
política de provincialización. El reinado de Nerón es más difícil de ana­

1 Designo así la frontera que abarca tanto las provincias como los estados clientes.

33
lizar ya que es contradictorio en sus efectos: la anexión del Ponto podría
oponerse a la liberación de Acaya.
Bajo los Flavios la provincialización de los estados clientes se acele­
ra y ya no se vuelve sobre las medidas adoptadas en este sentido. Al
mismo tiempo, las redistribuciones de territorios entre las provincias
facilitan la administración del país. En este ámbito se adoptan soluciones
variadas dictadas por la experiencia. Al tiempo que se procede a la unifi­
cación de Galacia y Capadocia, se divide Mesia, se separan Cilicia y
Judea de Siria. Con el ascenso de Trajano en el año 98 apenas quedan
estados clientes en Oriente: el reino nabateo, el de Edesa, algunos leja­
nos estados caucásicos y la ilusoria Armenia. A pesar de las intermiten­
cias, la integración progresiva de los estados clientes en el sistema pro­
vincial está más o menos terminada.
Desde los inicios del siglo II, sin que podamos hablar de ruptura en
la política romana, la expansión se reanudó más allá de lo que había
constituido la frontera del Imperio desde hacía más de un siglo. La ane­
xión de Nabatea en el 106 se podría considerar como el último acto de la
política de integración. Por el contrario Trajano inaugura una política
nueva cuando se anexa territorios exteriores para resolver los problemas
de seguridad con los que se encuentra. Es así que las legiones atraviesan
el Danubio en primer lugar (guerra dacia), y a continuación el Eúfrates
(guerra pártica), no para castigar a un enemigo y retirarse a continua­
ción, sino para anexionar nuevos territorios. En el dominio oriental que
nos ocupa aquí, esto lleva a la creación de nuevas y efímeras provincias
más allá del Eúfrates. El repliegue llevado a cabo por Adriano subraya la
fragilidad de estas conquistas.
La reanudación de la guerra pártica en el 162 (expedición de Lucio
Vero), más adelante bajo los Severos, llevó a una nueva extensión del
Imperio más allá del Eúfrates, a pesar de que se asistió ocasionalmente a
repliegues importantes y precipitados; sin embargo continúa una ocupa­
ción prolongada de Dura Europos y de la Alta Mesopotamia (provincias
de Osroena y de Mesopotamia).
La sustitución de la dinastía de los partos Arsácidas por los Persas
Sasánidas (hacia el 224-226), cambia radicalmente los datos militares.
Desde ahora la ofensiva pasa al campo contrario y a partir del 230 Siria
se ve invadida. Ya no se trataría nunca más para Roma de conquistar
para protegerse sino de conservar las adquisiciones.

I. L a p r o v in c ia l iz a c ió n d e s d e T ib e r io h a sta D o m ic ia n o

1. Las anexiones del reinado de Tiberio

La política de Tiberio en Oriente está definida por un esfuerzo de


búsqueda de orden y una preocupación por la buena gestión administrati­
va. En las provincias, además del cuestionamiento de los privilegios abu­

34
sivos2, se preocupa por la calidad de los gobernadores y no duda en
hacer permanecer a los mismos hombres en sus cargos durante mucho
tiempo3. Los autores antiguos vieron en esto signos de indecisión o de
negligencia4, pero también pudo ser un medio para permitir a los gober­
nadores obtener un conocimiento profundo de su provincia y así poder
emprender políticas a largo plazo5. En lo referente a los príncipes clien­
tes Tiberio procedió a la anexión de amplios territorios si la medida le
parecía beneficiosa para Roma.
En el año 15 Arquelao de Capadocia, que reinaba desde el año 36 a.
de C., es decir, desde hacía más de medio siglo, se encontraba en Roma
para responder ante Tiberio de acusaciones cuyo contenido desconoce­
mos. Tácito6, poco favorable a Tiberio, ve en esto las consecuencias del
rencor del romano: Arquelao habría ignorado a Tiberio cuando estuvo
exiliado en Rodas7. Lo cierto es que Arquelao muere (de muerte natural,
pues es muy anciano, o suicidado)8 y poco después Tiberio anexiona su
reino y nombra un procurador para gobernarlo. De todos modos deja a
su hijo Arquelao II la Cilicia Traquea9 con Derbe y Laranda. Esta ane­
xión del segundo gran reino anatolio muestra bastante bien los límites
del sistema clientelar. En efecto, Roma se anexiona lo que le parecía
vital para su seguridad pero deja subsistir de buen grado a estados clien­
tes en las áreas marginales o montañosas.
En esa misma época murieron en un corto intervalo Antíoco III de
Comagena y Filopátor de Amanus. A petición de los grandes de estos
dos reinos10, Tiberio decidió anexionarlos y los unió a la provincia de
Siria cuyo centro de gravedad se desplazaba de este modo hacia el norte.
Desde ahora Siria compartiría con la nueva provincia de Capadocia la
guarda de la frontera del Eúfrates.
La política de anexión prosiguió con la tutela ejercida sobre el
reino del Ponto. A la muerte de la reina Pitodoris, probablemente en

2 Cf. infra, p. 56.


3 Entre otros muchos m encionem os a los prefectos de Judea Valerio Grato (15-26) y
Poncio Pilatos (26-36), al legado de M esia, M acedonia y A caya Popeo Sabino (14-34), al
prefecto de Egipto C. Galerio (16-31); esta política afecta incluso a provincias senatoriales
donde el proconsulado de un año debería ser la norm a: C. V ibio Postum o, M. A em ilio
Lepido y P. Petronio (29-35) perm anecieron varios años al frente de la provincia de Asia.
4 Suetonio, Tiberio , 41; Tácito, Anales, I, 80, 2-4; Dion Casio, 58.23.6; Fl. Josefo, AJ,
XVIII, 170 da como explicación la falta de personal disponible después de la ejecución de
muchos senadores.
5 Cf. W. Orth, Die Provinzialpolitik des Tiberius, Munich, C.H. Beck, 1970, p. 71-81.
6 Tácito, Anales, II, 42.
7 Si es verdad, el episodio revelaría que un cliente que no había olvidado el tiem po de
las guerras civiles seguía com portándose a la antigua usanza: si Arquelao ignoró a Tiberio,
es probablem ente porque entonces estaba mal considerado y porque el heredero era Gayo
César. Arquelao no quería equivocarse de amigo, com o en el 31, pero se equivocó.
8 Tácito, Anales, II, 42, no se pronuncia.
9 Cf. infra, p. 37.
10 Tácito, Anales, II, 42.8.

35
el 33 u , un procurador se encargó del gobierno del re in o 12. Al igual
que en Capadocia, podía tratarse de una medida conservadora y tal vez
se dejó planear la esperanza de una restauración de la dinastía local. En
todo caso, en la práctica, a partir de ese momento, toda la frontera
oriental de Roma, desde el mar Negro hasta el codo del Eúfrates y el
desierto sirio, estuvo bajo la administración directa de Roma. Sólo
quedaban estados clientes en el interior (Tracia, Cilicia, Traquea,
Palestina), con la excepción de Nabatea que no está situada en el lugar
más expuesto de la frontera.
Pero es precisamente en estas regiones del interior en donde se si­
túan los principales focos de problemas. En Tracia, la división del reino
de Roimetalkes I en el año 13 entre su hermano Rescuporis III y su hijo
Cotis VIII había molestado mucho al primero, cuyo reino era más pobre
y estaba más expuesto a las razzias venidas del norte. Comienza a mos­
trar su descontento incluso antes de la muerte de Augusto, pero hasta
después del 14 no se rebela abiertamente. Con el pretexto de prevenir un
ataque de los bárbaros, refuerza los efectivos de su ejército13 y después
emprende la conquista del reino de Cotis. Tras una intervención diplo­
mática de Roma y una reconciliación aparente, se apodera por sorpresa
de Cotis y lo hace asesinar (año 19) al mismo tiempo que el propretor de
Mesia, Latino Paudusa, viene a traerle una convocatoria para compare­
cer en Roma ante Tiberio. El precedente de Arquelao podía hacerle
temer lo peor14.
La reacción de Roma fue rápida: se atrajo a Rescuporis III a una
trampa, se le detuvo, se le envió a Roma, se le exilió y asesinó. Seguida­
mente se repartió Tracia entre su hijo Roimetalkes II y los hijos menores
de edad de Cotis VIII, para los que se nombró como tutor a un buen
conocedor de los asuntos del país, el propretor Trebeleno R ufo15. Roma
dirigía de forma directa, bajo la forma de esta tutela, el antiguo reino de
Cotis. Paralelamente, sin duda a partir del 13, las ciudades griegas de la
costa occidental del Ponto se emplazaron bajo la autoridad de un prae­
fectus orae m aritim ae16 y sin duda se integraron en la provincia de
M esia17.

11 H.H. Schmitt, RE, s.v. «Pythodóris», col. 581-586, consideraba que su rastro desapa­
recía por completo después de 18-19 (Estrabón, XII, 3, 29), pero H.R. Baldus, «Die D aten
von M ünzpragung und Tod der Kónigin Pythodoris von Pontus», Chiron, 13, 1983, p. 537-
543, dem uestra que el cóm puto de los años de reinado de su hija Trifaina em pieza cinco
años antes que el de Polem ón II, es decir en 33, lo que debe corresponder con la m uerte de
su madre.
12 A. A. Barrett,«Polem o II o f Pontos and M. Antonius Polem o», Historia, 1978,p. 489,
escribe que se ignora todo sobre el Ponto entre la m uerte de Pitodoris (cuya fecha conside­
ra desconocida) y el ascenso al trono de P olem ón II en 38; para que Caligula pudiese
devolver el reino a Polem ón, debió ser confiscado durante algún tiempo o confiado a otra
persona.
13 Tácito, Anales, II, 65.
14 Tácito, Anales, II, 66.
15 Tácito, Alíales, II, 67; III, 38.4.
16 Cf. E Condurachi, Roman Frontiers Studies 1967, Tel Aviv, 1971, p. 159.
17 Cf. infra, p. 271.

36
Con todo, la paz no estaba garantizada. En el 21 una revuelta de los
celatetes, los odrisas y los dienos (besos) ponía a Roimetalkes II en una
postura comprometida: sitiado en Filipópolis lo salvó el ejército romano
de P. Vellaeus18. En el 26 una nueva revuelta estuvo provocada por las
levas de soldados consideradas excesivas (lo que deja plantear dudas
sobre la calidad del voluntariado)19. Una difícil campaña del legado de
Mesia Popeo Sabino restableció el orden20.
Desde el año 15 el legado de Mesia había recibido autoridad sobre
toda la península balcánica, incluidas las provincias senatoriales de
Acaya y de Macedonia, con el fin de garantizar la defensa del conjunto.
Esto indica hasta qué punto la amenaza exterior era vista con seriedad en
Roma y lo poco que se contaba con los príncipes clientes de la región
para hacerle frente. A pesar de los resentimientos que engendra la amar­
gura del exilio, el cuadro terrible que presenta Ovidio (muerto en Tomis
en el año 17) del entorno bárbaro de la orilla oeste del Ponto tiene sin
duda alguna relación con toda esta agitación.
En Cilicia Traquea la situación, sin ser tan dramática, no era de
calma total para los ejércitos romanos. El país estaba repartido entre
varios príncipes clientes21 sin que estemos en condiciones de poder fijar
con precisión los límites de sus estados. En el año 17 Arquelao II de
Capadocia había recibido el poder sobre una parte del país, especialmen­
te la zona de residencia de los kietai, no lejos de Olba. Todavía reinaba
en el año 36, como pretendía someter a los kietai a un censo para esta­
blecer impuestos provocó su revuelta. Incapaz de vencerlos pidió auxilio
al gobernador de Siria, L. Vitelio, que envió un contingente mandado
por Marco Trebelio22.
El santuario de Olba, situado en las alturas de Cilicia Traquea, tam­
bién formaba un estado cliente dirigido desde hacía mucho tiempo por
una dinastía de grandes sacerdotes que se remontaba al legendario héroe
Ayax, hijo de Teucro23. A comienzos del siglo I, entre los años 12-13 y
16-17, un gran sacerdote y toparca reinaba sobre los pueblos vecinos de
los Kennatai y de los Lalasseis24. Le sucede inmediatamente, sin duda
en el 17 en el marco de los reordenamientos que siguen a la anexión de
Capadocia, M. Antonio Polemón, probablemente uno de los hijos de la
reina Pitodoris del Ponto25. Pero tal vez antes del 36, el estado sacerdo­

18 Tácito, Anales, III, 39.


19 Tácito, Anales, IV, 46.
20 Tácito, Anales, IV, 47-51.
21 Tácito, Anales, II, 80.2, m enciona a los reguli de los cilicios que suministraron tropas
a Pisón cuando éste tom ó m edidas de precaución tras la m uerte de Germ ánico en 19.
22 Tácito, Anales, VI, 47.
23 E strabón, XIV, 5.10: los grandes sacerdotes llevan estos nom bres de m anera alter­
nativa.
24 M oneda de Ayax, hijo de T eucro: B M C Lycaonia, p. LII-L V y 119-123; Head, H is­
toria N um m orum , p. 726-727; G.F. H ill, NC, 1899, p. 181-207. Las m onedas acuñadas
po r los K ennatai ka i Lalasseis, «bajo el gran sacerdote Aias hijo de T eucro, toparca».
25 Lleva, como su antecesor, el título de gran sacerdote, pero tam bién dice que es dinasta

37
tal desapareció para ser sustituido por un simple koinón de estos dos
pueblos26.

2. La nueva política de Caligula

La subida de Caligula al trono señala un brusco giro en la política de


integración desarrollada por Tiberio, como se puede juzgar a partir de las
medidas adoptadas a partir del 37-38. Caligula restituye entonces el
reino de Comagena a Antíoco IV y además le cede la Cilicia Traquea,
cuyo titular, Arquelao II, acababa de morir27. Esta restitución tuvo corta
vida, poco después se privó de nuevo de su reino a Antíoco IV sin que
sepamos por qué28.
En esa misma época Caligula intentó instalar en el poder a los tres
hijos de Antonia Trifaina y del rey Cotis VIII de Tracia que se había
educado con él en R om a29. El mayor, Roimetalkes III, recuperó la
herencia paterna en Tracia30. A su hermano Cotis IX 31 se le envió a
Armenia Menor32 y recibió poco después territorios suplementarios, tal
vez en Sofena33. El Ponto se le dio a Polemón II34 al mismo tiempo que
el Bosforo cimerio, región en donde nunca reinó de manera efectiva35.

de O lba la sagrada, de los K ennatai y de los Lalasseis; cf. B M C L ycaonia, p. 123-124;


Head, HN, p. 727. Su identidad hizo correr m ucha tinta, pero es probable que sea hijo de
Pitodoris (del cual Estrabón, XII, 3, 39, dice que ayuda a la reina a dirigir el reino hacia los
años 18-19 - Polem ón I m urió en el año 8 a. de C.) y por lo tanto hermano del rey de A rm e­
nia Zenón y tío de Polem ón II: cf. A.A. Barrett, «Polemo II o f Pontos and M. Antonius
Polem o», Historia, 27, 1978, p. 437-448, cuyas conclusiones sobre esta cuestión parecen
inatacables.
26 Sus únicas m onedas se fechan en los años 27-29 si no nos equivocamos cuando situa­
m os hacia el año 17 la era que usan. M ás tarde se encuentran (en 36, durante la revuelta de
los Kietai, según A.A. Barrett, op. cit.) m onedas en nombre del koinón de los Kennetai y de
los Lalasseis, sin referencia a un rey o un dinasta: B M C Lycaonia, p. LIV.
21 Dion Casio, 59.8.2; su dom inio se extiende sobre la costa de Elaioussa en la frontera
con Panfilia y probablem ente incluye en el interior las ciudades de Licaonia de D erbé y
Laranda que pertenecieron a A m intas de Galacia y luego a A rquelao de Capadocia; el nom ­
bre de estrategia antioquiana que lleva la región en Claudio Tolemeo conserva sin duda el
recuerdo de esta soberanía del rey de Comagena; A.A. Barrett, «Sohaemus, King o f Em esa
and Sophene», AJPlt, 98, 1977, p. 157.
28 D ion Casio, 60.8.1. ’
25 Syll?, 798.
30 R.D. Sullivan, ANRW , II.7.1, p. 209-211.
31 R.D. Sullivan, A N R W, II.7.1, p. 207-209.
32 Dion Casio, 59.12.2; Fl. Josefo, A J, XIX, 338; Tácito, Anales, XI, 9.
33 Dion Casio, 59.12.2, indica que recibió «una parte de A rabia un poco más tarde», lo
que puede designar cualquier región donde viven árabes o simplemente nómadas; debe de
ser Sofena, pues, a la m uerte de Cotis IX en 54, N erón nom bró al mismo tiem po a nuevos
reyes en Arm enia M enor y en Sofena; Tácito, Anales, XIII, 7.1.
34 Fl. Josefo, A J, XIX, 338; Dion Casio, 59.12.2,lo hace erróneamente hijo de Polem ón
I; en realidad es su nieto; cf. stem m a en R.D. Sullivan, ANRW , Π.7.1, cara p.192; cf. tam ­
bién A.A. Barrett, «Polemo II o f Pontos and M. Antonius Polem o», H istoria, 27, 1978, p.
437-448 que recusa, con toda razón, cualquier identificación entre el nuevo rey del Ponto y
el dinasta de Olba de 27-29.
35 D. Braund, Rom e and the Friendly King, Londres-Canberra, Saint Martin, 1983, p. 42.

38
Pero la obra de restauración de príncipes clientes emprendida por
Caligula no se limita a recompensar a los príncipes tracios. Concede a
Agripa I, nieto de Herodes, el principado itureano de Lisanias al mismo
tiempo que el principado de su tío Filipo, con el título real que ningún
miembro de la familia había llevado tras la muerte de Herodes el Gran­
de. A partir del año 39 añade a su reino Galilea y Perea, confiscadas a
Herodes Antipas condenado al exilio por haber reclamado para sí el títu­
lo real36. En la misma región un tal Suhaimos, seguramente emparentado
con la dinastía de Emesa, recibía el norte de Iturea en tomo a Arca37.
El cuadro estará casi completo si añadimos que en Grecia C. Julio
Laco, heredero de C. Julio Euricles, fue restablecido en Esparta como
tirano.
Esta política de restauración innova poco puesto que se apoya en los
clientes tradicionales de Roma, las familias de Tracia, del Ponto, de
Comagena, de Emesa y de Judea, todas aliadas por medio de matrimo­
nios 38. En todas partes nos encontramos a los descendientes de familias
amigas y aliadas de Roma desde Augusto y más atrás.
Se pueden encontrar las razones de esta política en la preocupación
de Caligula por confiar a los príncipes que conocía bien los principados
que Roma se había anexionado recientemente, pero que gestionaba con
dificultades o sin gran provecho inmediato a causa de su particularismo
o de su lejanía. Si consideramos bien el conjunto, las medidas de restau­
ración emprendidas por Caligula sólo concernían un poco a los márgenes
del Imperio y a regiones administradas directamente desde hacía poco
tiempo.

3. Claudio y la creación de nuevas provincias

El reinado de Claudio continúa la política de Tiberio pero de un


modo más irregular. Dos anexiones importantes completan el dispositivo
de Tiberio, pero el recurso a los príncipes clientes nunca se excluye.
En el año 43 Licia, instituida desde la época helenística como una
liga (koinón) de ciudades independientes, se anexionó con el pretexto de
que se había asesinado a unos romanos. Entonces se la unió a Panfilia
(retirada del control del gobernador de Galacia) para formar una nueva
provincia imperial de rango pretoriano. Licia conservó intactas sus insti­
tuciones federales anteriores pero desde entonces situadas bajo la vigi­
lancia del gobernador y de los funcionarios romanos. Estos, por lo
demás, no habían estado completamente ausentes del país antes de esa
fecha, pues encontramos varias veces a magistrados romanos honrados
en Licia, prueba de que ejercían alguna autoridad.

36 Cf. supra, p. 31.


37 Cf. supra, p. 31, y Schürer, I, p. 569-570.
38 El artículo de R. Sullivan, A NRW , II.7.1, stemma, cara p. 192, presenta una tabla
m uy elocuente de los lazos fam iliares que unen entre sí a la m ayor parte de las fam ilias de
principes clientes.

39
Como complemento a la anexión de Licia y aunque el asunto no
tenía en apariencia relación con el anterior, se debe señalar la anexión de
Rodas, que había permanecido hasta entonces como una ciudad libre
«amiga y aliada» del pueblo romano. Sin embargo, a partir del año 53
Rodas recupera su libertad gracias a un eficaz alegato del joven Nerón
(sólo tiene dieciséis años) 39 ante el emperador.
En el año 46 Roma se anexionó los reinos tracios confiándolos a un
procurador. Dada la ausencia de una red de ciudades sobre la que pudie­
se apoyarse la administración romana, el país permaneció dividido en
estrategias situadas bajo la autoridad de notables tracios helenizados y
con frecuencia ciudadanos romanos40. Esta anexión era la culminación
lógica de medio siglo de manifiesta ineficacia de los príncipes clientes.
Un procurador ya había gestionado el reino de Cotis VIII durante la
minoría de edad de sus hijos entre los años 19 y 38. Podemos preguntar­
nos si el envío de un procurador en el 46 no dejaba abierta la posibilidad
de una posible restauración.
En Judea el dispositivo de Claudio fue mucho más complejo. Lejos
de replantear las donaciones hechas por Caligula a Agripa I, Claudio
confirma a éste en sus funciones y reconstituye en beneficio suyo el
reino de Herodes en el año 41, suprimiendo por completo la administra­
ción directa establecida en Judea propiamente dicha a partir del 6 d. de
C .41 y en otros distritos a medida que lo reclamaban las circunstancias.
Paralelamente concede a Herodes, hermano de Agripa I, el principado
itureano de Calcis42.
Sin embargo a la muerte de Agripa en el año 44, se anexionó de
nuevo a Siria la totalidad del reino. Se podría creer que Claudio se deci­
día a poner en marcha en Judea la misma política de provincialización
que ya practicaba en otros lugares (Licia) en la misma época. No se trata
de eso: a partir del año 50 concedió a Agripa II, hijo de Agripa I, el prin­
cipado de Herodes de Calcis, su tío, que había muerto en el 48, como
primer núcleo de un nuevo principado herodiano en el sur de Siria. En
los años sucesivos lo engrandeció con varios sectores importantes en el
Haurán (Batanea, Tracóntida, Auranítida).
Por último en una fecha imprecisa, Antíoco IV de Comagena recupe­
ró el reino del que le había privado Caligula43. Conservó también,sus
territorios cilicios pues fue él quien se enfrentó contra la revuelta de los
kietai de Troxobor en el 52 y la sofocó44.

39 Tácito, Anales, XII, 58.


40 Acerca de las estrategias en Tracia, [Link], p. 258-259.
41 Dion Casio, 60.8.2. A m enudo el uso del térm ino «Judea» es ambiguo, pues designa
bien la totalidad del reino de Herodes el Grande (en Estrabón, Judea se extiende del Libano
a Egipto), bien la región de Jerusalén, es decir Judea en el sentido estricto en oposición a
Galilea y Samaría. A quí se refiere al prim er sentido.
42 D ion Casio, 60.8.3.
43 D ion Casio, 60.8.1.
44 Tácito, Anales, XII, 51.

40
El estado cilicio de Olba se restauró en el 41 como muy tarde. Según
Dion Casio el territorio se habría confiado a Polemón II en el año 41
para indemnizarle por el Bosforo45, pero no es seguro que Dion Casio no
confunda a Polemón II con el hijo del antiguo dinasta M. Antonio Pole­
m ón46. En todo caso, un príncipe póntico reina sobre un distrito de Cili­
cia hasta el tiempo de Galba.
La política de Claudio es al menos matizada. Tal vez escogió la ane­
xión de las regiones fuertemente helenizadas, como Licia, cuyos nota­
bles al menos estaban masivamente helenizados. Por el contrario, allí en
donde la masa indígena permanecía extraña o incluso hostil al helenis­
mo, Claudio prefirió mantener un sistema de administración que, a poco
que estuviese en manos de hombres competentes, podía dar buenos
resultados. Ninguno de los clientes en cuestión había mostrado carecer
de méritos.

4. El remado de Nerón

El ascenso de Nerón al trono no supone convulsión alguna en la


organización de Oriente. Sin embargo asistimos a la reanudación de una

45 Dion Casio, 60.8.2.


46 Una moneda de la época de Galba (abril 68) atestigua la existencia del rey M. A nto­
nio Polemón: E. Babelon, Inventaire de la collection Waddington, París, 1897, n° 4427, y
Head, HN, p. 727, que no puede ser el dinasta de los años 27-29 (si es el hijo de Polem ón I
muerto en el año 8 a. de C.), pero que debe de ser idéntico al gran rey Polem ón, esposo de
la reina Julia M am aia (seguram ente una princesa de Emesa), conocido po r una m oneda sin
fechar del museo de Beirut: H. Seyrig, M onnaies hellénistiques, RN, 11, 1969, p. 45-47.
A.A Barrett, Historia, 27, 1978, p. 445-448, lo identifica con el rey Polemón II del Ponto
que, de esta m anera, habría conservado sus posesiones cilicias después de la anexión del
reino del Ponto en 63-64. No es imposible, pero nos podem os preguntar por qué el rey
Polem ón siente de repente la necesidad de hacer aparecer sus tria nomina en sus títulos
reales (es verdad que existen tam bién m onedas del koinón de los Kenatai y Lalaseis acuña­
das bajo u n rey Polem ón desprovisto de los tria nomina: B M C Lycaonia, p. LIV; Head,
HN, p. 727, que podría ser Polem ón II). Además, se puede objetar que el rey del Ponto es
conocido com o Iulius Polem o según un docum ento copiado tardíam ente (194) pero cuyo
original se rem onta a Claudio (rescripto del año 47): P. Lond., 1178; si pertenece a la gens
Antonia por su m adre, ha debido de tom ar el gentilicio de su padre, que es Iulius como
todos los otros príncipes tracios (atestiguado con certeza para Roim etalkes III, su herm a­
no). Luego nos podem os preguntar si este rey M. Antonio Polem ón no es más bien el hijo
del antiguo dinasta de los años 27-30 con el mismo nombre, que habría recuperado el esta­
do paterno en el 41 (Dion Casio lo habría confundido con su primo el rey del Ponto, lo que
no seria de extrañar ya que hace de Polem ón II el hijo de Polem ón I, cuando es su nieto).
Si aceptam os esta solución, el rey de Cilicia m encionado por Fl. Josefo, A J, XX, 145-146,
esposo de la princesa ju d ía Berenice entre el 48 y el 54, y rápidam ente divorciado, no sería
el rey del Ponto Polem ón II, sino su primo el rey de Cilicia Traquea: Josefo lo denomina
rey de Cilicia y nunca rey del Ponto, lo que es doblemente extraño: ¿por qué m encionar su
m inúsculo principado cilicio y no el prestigioso reino del Ponto, cuando, por otra parte, en
la reunión de los príncipes clientes en Tiberíades, Josefo menciona explícitamente a Pole­
m ón, rey del Ponto ; Fl. Josefo, A J, XIX, 338? Es difícil de aceptar la argum entación de
R.D. Sullivan, «Royal Coins and Rom e», The Nickle Numismatic Papers, W aterloo (O nta­
rio), W ilfred Laurier University Press, 1984, p. 151, que identifica al gran rey Polem ón con
Polem ón II del Ponto, pretendiendo que el último debía el título de gran rey al hecho de
poseer una parte de Armenia.

41
política activa en Armenia que culminó con la restauración por Corbulón
de un príncipe cliente en Artaxata, cosa que Claudio no había consegui­
do47. Al mismo tiempo Nerón no dudó en enviar las legiones al norte del
Danubio para hacer disminuir la presión de los bárbaros. Esta es la polí­
tica de seguridad que hemos podido observar desde Augusto, pero reali­
zada con energia y sin escatimar medios.
El reinado de Nerón estuvo marcado por una casi total estabilidad de
la organización del Oriente romano. Los principales estados clientes sub­
sistieron, a veces con sus territorios incrementados. Así Agripa II recibió
en el 54 una parte de Galilea con Tiberíades y Tariquea así como la
Perea más allá del Jordán en tomo a Julias4S. Los príncipes de Emesa y
Malikho II de Nabatea conservaron sus dominios. En Anatolia hubo
algunos cambios de personas. Para suceder a Cotis IX, muerto en el 54,
el árabe Suhaimos, que acababa de heredar el principado de su hermano
Azizos en Emesa, recibió además Sofena49, mientras que Aristóbulo,
hijo de Herodes de Calcis, bisnieto de Herodes, era enviado a Armenia
M enor50. Antes del 60 Suhaimos tuvo que contentarse con su principado
de Emesa, pues en esa fecha no figura en la lista de los príncipes vecinos
de Armenia encargados de sostener al nuevo rey de este país, Tigrane:
ahora bien, Sofena es una región vecina del reino caucásico51.
Estos cambios de destino ilustran bien la función de los príncipes
clientes. Escogidos en el seno de familias vinculadas a Roma desde hace
mucho tiempo, se les puede desplazar conforme a las necesidades como
a cualquier funcionario romano. Su pertenencia al pueblo que tenían a su
cargo, que originalmente era una de las justificaciones del sistema, ya no
tiene importancia: ¡el judío Aristóbulo sucede al tracio Cotis en el
gobierno de Armenia Menor!
Dos modificaciones de importancia tuvieron lugar durante el reinado
de Nerón. En el 64 se anexionó definitivamente el Ponto al Imperio y se
le integró en la provincia de Galacia52. De suerte que el gobernador resi­
dente en Ancira se hizo responsable de la seguridad de una parte de la

47M.-L. C h a u m o n t,^ W ? r,II.9 .1 ,p . 101-123.


48 Fl. Josefo, A J, XX, 159-159; Fl. Josefo, B J, II, 252.
49 Fl. Josefo, A J, XX , 158; pudo muy bien conservar estos dos principados al m is m o '
tiempo: A A . Barrett, »Sohaem us K ing o f Em ese and Sophene», AJPh, 98, 1977, p. 153-
159. E n cambio, no se lo debe confundir con el Souhaimos que recibió Iturea del norte y
que m urió en el 48 (Tácito, Anales, XII, 23).
50 Tácito, Anales, X III,7.1. Sabemos que el principado de su padre se dio a su prim o
A gripa II en el 50, pero podem os preguntarnos si no lo recuperó en el 53 (cf. infra, p. ),
pues, durante la invasión de C om agena en el 72, el legado de Siria recibió ayuda de
Souhaimos de Emesa y de un tal A ristóbulo, rey de Calcídica: Fl. Josefo, BJ, VII, 26; pudo
muy bien detentar estos dos principados a la vez com o Souhaim os o como Antiocos IV de
Comagena.
51 Tácito, Anales, XIV, 26, pero se trata de un pasaje corrupto.
52 L a anexión se habría realizado con el acuerdo de Polem ón II: Suetonio, Nerón, 18.
No se sabe qué fue del rey destituido (cf. supra, p 39-40, n. 46). Del mismo modo, no sabe­
mos cóm o interpretar la sublevación del liberto real Aniceto que reunió fuerzas suficientes
para asediar Trapezonte a fines del año 69: Tácito, Historias, III, 47-48.

42
frontera oriental en las orillas del mar Negro. Poco después, en el 68, se
desvinculó el territorio de Panfilia de Licia y se la unió nuevamente a
Galacia. Esta provincia se extendía desde ahora desde el mar Negro al
Mediterráneo.
Por otra parte en el año 67, al terminar una espectacular gira por
Grecia, Nerón proclamó la libertad de las ciudades griegas de la provin­
cia de Acaya, con ocasión de una gran asamblea que había convocado en
Corinto53. Esto supuso la supresión de la provincia de Acaya puesto que
estaba integramente formada por ciudades. Estas recuperaban su plena
independencia y la administración romana se desdibujaba; de hecho no
conocemos a ningún gobernador de Acaya hasta el 72. Esta medida pare­
ce extravagante. Sin embargo no privaba a Nerón de ningún recurso por­
que Acaya pertenecía al Senado. Por lo tanto es el Senado que debió
prescindir en adelante de los ingresos obtenidos en esta provincia54. Por
otra parte esta liberación tenía precedentes: Cícico, Rodas, Samos se
habían liberado (a veces durante poco tiempo). Por otra parte la «despro-
vincialización» en beneficio de príncipes clientes era una medida del
mismo orden que se practicaba comúnmente. Lo que debió sorprender a
los contemporáneos es más el número de los beneficiarios que la propia
naturaleza de la medida55.

5. Anexiones y ajustes durante los Flavios

Con la llegada de Vespasiano al poder la preocupación por la buena


gestión y la puesta en orden aparece como una preocupación esencial.
Los estados clientes se vieron sistemáticamente anexionados cuando la
ocasión se presentaba, con frecuencia a la muerte del soberano en fun­
ciones. Podemos contentamos con un rápido inventario cronológico de
las medidas más importantes.
En el 72, el gobernador de Siria L. Junio Cesenio Peto acusó a An­
tíoco IV de Comagena de conspirar con los partos: se invadió su reino y
se le unió a la provincia de Siria56. Se regresaba a la situación que había
prevalecido durante algunos años bajo el reinado de Tiberio y al final del
reinado de Caligula. El mismo año se anexionó Armenia Menor a la pro­
vincia de Capadocia57.

53 Se conoce su discurso gracias a una inscripción de Beocia: M. Holleaux, E tudes


d'épigraphie et d ’histoire grecques, I, París, D e Boccard, 1938, p. 165-185; cf. tam bién
Suetonio, Nerón, 24; Plutarco, Flam inino, 12.13.
54 En parte sólo ya que al mismo tiempo se anexionó Tesalia a la provincia de M acedo­
nia: cf. supra, p. 19.
55 Cf. P.A. Gallivan, «N ero’s Liberation o f Greece», Hermes, 101, 1973,p. 230-234.
56 Fl. Josefo, BJ, VII, 219-243; en lo referente a su dominio cilicio, cf. infra; pero Doli-
que, al sur del reino, se había anexionado a Siria antes del 57-58 ; SEG XXXII, 1386,
57 F. Cumont, «L ’annexion de la Petite-A rm énie et du Pont Polém oniaque», áimftUítin
Studies W.M. Ramsay, M anchester, 1923, p. 109-119.

43
En una fecha desconocida, pero en todo caso antes del 78, el princi­
pado de Emesa se integró a la provincia de Siria. Es probable que en esta
época apenas subsistiesen las tetrarquías que pululaban en el interior de
Siria en tiempos de Augusto. Sin embargo, algunas se mantuvieron
durante bastante tiempo: en el año 92 una ciudad de Calcis (¿del Belos al
sur de Alepo o Calcis del Líbano?) inaugura una nueva era58 que coinci­
de con la desaparición de su último dinasta (seguramente Aristóbulo, el
antiguo rey de Armenia Menor si se trata de Calcis del Líbano)59.
En el año 92-93 desapareció el último principado herodiano. A la
muerte de Agripa II sus estados en el sur de Siria se situaron bajo la
autoridad del gobernador de Siria60. Sólo quedaba un estado cliente en la
región. Se trata de Nabatea en donde Rabel II sucedió sin dificultad a
Malikho II en el 7161.
La política de integración iba acompañada por numerosas reorgani­
zaciones internas. En el 70 Judea se convirtió en su totalidad en una pro­
vincia imperial pretoriana con una legión de guarnición permanente (la
X Fretensis)62. Mientras tanto, al gobernador de Siria, que hasta enton­
ces supervisaba la administración de los prefectos y procuradores, se le
anuló esta tarea en el momento en que su provincia se incrementó con
Comagena.
En Anatolia Vespasiano creó una sola provincia reuniendo Galacia y
Capadocia (con todos sus anexos: Ponto, Pisidia, Paflagonia, Armenia
Menor, Licaonia, Isauria)63 y la confió a un legado imperial proconsular.
Todo el interior de Anatolia estaba bajo la autoridad de un hombre que
se repartía con el legado de Siria la vigilancia de la frontera parta y
armenia. Paralelamente Panfilia se anexó a Licia64.
En el 72-7365 Cilicia se separó de Siria y se unió con Cilicia Traquea
para formar una nueva provincia confiada a un legado imperial propretor.

58 Cf. SNG von Aulock, n° 65-66: Flavia Chalcis.


59 Su longevidad no tiene nada de excepcional, pues debe de ser aproxim adam ente de
la edad de su primo A gripa II que m uere en el 92-93: cf. infra.
60 Cf. M.-Th. Frankfort, «La principauté d ’Agrippa II et son incorporation á l’Empire
rom ain par Domitien», M élanges Grenier, B niselas, Latomus, 1962, t. II, p. 659-672.
61 Esta m ansedum bre hacia N abatea puede explicarse de varias maneras. Señalem os
únicam ente que, a la muerte de M alikho II en 71, la revuelta judía no había term in a d o ^
que Roma, que ignoraba cuáles serían las reacciones de la aristocracia nabatea a una ane­
xión, no tenía interés en crearse nuevos problem as en la región.
62 Su prim er gobernador fue Sex. V ettulenus Cerialis: Fl. Josefo, BJ, VII, 163; W. Eck,
Chiron, 12, 1982, p. 287.
63 Es ocasión de recordar que el nom bre que damos a las provincias romanas es sólo
una versión abreviada de su nom bre oficial. Así, la provincia de Galacia se designa oficial­
m ente en las inscripciones como provincia de Galacia, Paflagonia, Panfilia, Ponto (en 68)
o Galacia, Frigia, Pisidia, Licaonia, Paflagonia (bajo Adriano), es decir que todos los com ­
ponentes del momento se mencionan. Se podría dar otros ejemplos de provincias com pues­
tas con Capadocia o Siria.
64 Sin duda en el 74 si se pudiera asegurar que la fecha exacta del gobierno de Cn. A vi­
dio Céler como legado de Licia es 73-74 (W. Eck, Chiron, 12, 1982, p. 293) y el de L.
L uscius Ocrea, legado de Licia y Panfilia, 74-75 (W. Eck, ibid. , p. 295); pero quizás haga
falta restar uno o dos años a estas fechas.
65 AE, 1966, 486; cf. W. Eck, Chiron, 12, 1982, p. 291-292.

44
Los microestados de Cilicia Traquea tuvieron que desaparecer en la
aventura. El de Antíoco IV de Comagena y de su hermana-esposa Yóta­
pe VI se co n fiscó in m ediatam ente después de la anexión de
Comagena66. El estado en el que reinaba el «gran rey» M. Antonio Pole­
món y la reina Julia Mamaya desapareció no sabemos cuando y Olba,
que era tal vez su centro, se repartió entre la nueva ciudad de Diocesarea
y el santuario de Zeus que quedó en su lugar.
En el año 86 Mesia se dividió en dos provincias después de que una
expedición dacia (en el 85) mostrase la necesidad de fraccionar el mando
a lo largo de esta inmensa frontera y de aumentar los efectivos destina­
dos a su vigilancia. La nueva provincia de Mesia inferior se extendía al
sur del Danubio, río abajo desde las Puertas de Hierro hasta el delta67.
A la muerte de Domiciano Oriente presentaba una organización bien
diferente a la que observábamos un siglo antes. El número de las provin­
cias se había incrementado y éstas cubrían ahora la casi totalidad de las
regiones efectivamente sometidas a Roma. Sólo subsistía un estado
cliente al oeste del Eúfrates, el reino de Nabatea.

II. Los ESFUERZOS DE EXPANSIÓN HACIA EL ESTE DESDE


TRAJANO HASTA EL FIN DE LOS SEVEROS

1. Una nueva política de seguridad

El reinado de Trajano introduce una innovación importante en la


política oriental de Roma: la provincialización de los territorios situados
más allá del Danubio y del Eúfrates, es decir, la inmediata reducción al
estado de provincia de tierras que antes nunca habían estado confiadas a
clientes de Roma68.
La fecha del 106 marca simbólicamente este cambio de política
puesto que contemplamos al mismo tiempo la última medida adoptada
en línea con la política de los Flavios y la primera guerra exterior que
llevó a la creación de nuevas provincias. Ese año el legado de Siria reci­
bió el encargo de tomar posesión del reino nabateo, sin duda a la muerte
de Rabel II. La operación se efectuó sin dificultad y no parece haber
supuesto reacciones de hostilidad por parte de las poblaciones locales.

66 Antíoco IV intentó refugiarse allí, pero se le detuvo en Tarso y se le envió a Roma;


sus hijos, que esperaban resistir, lo siguieron pronto: Fl. Josefo, BJ, VII, 234-243.
61 Cf. J.J. W ilkes, «Rom ans, Dacians and Sarm atians in the First and Early Second
Centuries», en B. H artley y J.S. W acher (ed.), Rom e and her Northern Provinces, G louces­
ter, A lan Sutton, 1983, p. 268-270.
68 Evidentemente se podría discutir esta afirmación, pues existen, m ás allá de los dos
ríos, jefes de tribus (reguli) que hicieron más o m enos juram ento de fidelidad: cf. el epita­
fio de Tiberio Plautio Silvano Eliano en Tíbur (Dessau 986), gobernador de Mesia en los
años 60-67, que se felicita por haber obligado a reyes hostiles o desconocidos a venir hasta
el Danubio para hom ar los estandartes romanos. Pero estos reyes bárbaros están fuera del
sistema de estados clientes descrito hasta ahora.

45
Tropas romanas se instalaron en Petra, Bostra (que se convirtió en la
nueva capital provincial) y hasta el extremo sur, en Hegra. Roma, que
por primera vez en Oriente tenía que administrar un inmenso territorio
desértico, adoptó los métodos nabateos de control de puntos estratégicos
a lo largo de los ejes principales. A partir del 111-115 una nueva ruta
(vía Nova) se construyó «desde los límites de Siria hasta el mar Rojo»,
tal como indican los miliarios. Así se reducía al estatuto de provincia
romana al último estado cliente situado más acá del Eúfrates, lo que cul­
minaba la política de integración de los Flavios69.
Pero ese mismo año Trajano se lanzó a la conquista de Dacia, inau­
gurando la política de provincialización de territorios que nunca habían
pertenecido a príncipes clientes. Como consecuencia Mesia inferior
dejaba de estar en primera línea.
Entre los años 107 y 113 Trajano separó de nuevo Galacia y Capado­
cia cuyo gobierno tal vez resultaba demasiado duro para un solo hombre.
Capadocia y Armenia Menor por una parte y Galacia y sus anexos de
Paflagonia, Pisidia, Licaonia, Isauria y el Ponto por otra parte, se confia­
ron a dos legados imperiales.
A partir del año 113 Trajano emprendió grandes campañas en Orien­
te. El resurgimiento de la cuestión armenia (arreglada desde el año 66) le
llevó a intervenir contra los partos70. El rey de Armenia reconocido por
Roma, Tiridates, fue depuesto entonces por el nuevo rey parto, Osroes, y
reemplazado por un principe parto llamado Axidares. El rey destituido
pidió ayuda a Roma y Trajano decidió intervenir7’.
El emperador dejó Roma en octubre del 113 y llegó a Antioquía al
final del mismo año. En su camino había recibido en Atenas una embaja­
da parta que le anunciaba que el candidato de los partos al trono de
Armenia había sido destituido y que, deseosos de conservar la paz, los
partos le proponían reconocer en su lugar a su hermano Partamasiris.
Trajano había rechazado todas las proposiciones en bloque, al mismo
tiempo que los regalos diplomáticos72. La guerra no se podía evitar.
En la primavera del 114 Trajano se encaminó hacia Armenia a través
de Melitene y Satala, en donde recibió a los príncipes clientes de más

69 G.W . Bow ersock, Rom an A rabia, Cam bridge (M ass.), H arvard U niversity Press,
1983, p. 76-89; M. Sartre, Bostra, París, Geuthner, 1985, p. 61-72.
70 M.-L. Chaumont, Á NRW , II.9.1,p. 130-143; M.G. Angeli Bertinelli, «1 Rom ani oltre
l’Eufrate», ANRW, II.9.1, p. 5-22.
71 Cf. J. Guey, Essai sur la guerreparthique de Trajan (114-117), Bucarest, Bibliothéque·
d ’Istros, 1937; F.A. Lepper, Trajan's Parthian War, Oxford, OUP, 1948, que siguen siendo
esenciales. Relato cómodo de A.D.H. Bivar, Cambridge History o f Iran, III/l, Cambridge,
University Press, 1983, p. 86-92. Las fuentes, que tienen lagunas o son tardías: Arriano, Párti­
ca, en Focio, Biblioteca, códice 58 (y F. Jacoby, FGrHist, 156); Dion Casio, Epitome, 68.17-
33; Malalas, Cronografía, p. 269-274 (ed. Bonn) o m ejor en A. Schenk von Stauffenberg, Die
romische Kaisergeschichte bei Malalas, Stuttgart, Kohlhammer, 1931, p. 42-46 (texto) y 260-
288 (comentario); traducción inglesa de E. Jeffreys, M. Jeffreys y R. Scott, The Chronicle o f
John Malalas, Melbourne, Australian Association for Byzantine Studies, 1986, p. 143-145.
72 D ion Casio, 68.17.2-3.

46
allá del Eúfrates73. El nuevo rey de Armenia Partamasiris sólo se presen­
tó más tarde en Elegeya: depositó las insignias reales a los pies de Traja-
no sin dudar que éste acogería con benevolencia el gesto de sumisión y
le devolvería su trono. Pero en vez de esto Trajano lo hizo arrestar inme­
diatamente y lo hizo exiliar; enseguida se le asesinó en el camino74. Su
reino se anexionó a la provincia de Capadocia mientras que un procura­
dor se ocupaba de la administración fiscal del nuevo distrito75. Al termi­
nar el 114 la guerra parecía por tanto finalizada y Trajano había aprove­
chado para someter a los albanos en el Caúcaso y a los mardos al este
del lago Van. Sin contar con que el principado de Edesa había hecho
acto formal de sumisión al paso de Trajano en su camino de regreso76.
Sin embargo, en la primavera del 115 el emperador estaba en campa­
ña al sur del Antitauro, en la región de Nisibe y de Singara, es decir, en
el interior del imperio parto. En ese sector creó una provincia de Meso­
potamia que se extendía entre el Tigris y el Eúfrates en la Alta Mesopo­
tamia (Al Jazirah actual)77, en donde emprendió enseguida la construc­
ción de vías. Dejando a un lado las reacciones de algunos jefes locales
(especialmente en Adiabena)7S, no encontró ninguna resistencia de parte
de los partos paralizados por la guerra civil79.
Tras haber hibernado en Antioquía en el 115-11680, Trajano lanzó
una doble expedición contra Adiabena por una parte y la Baja Mesopota­
mia por otra. Los dos ejércitos se reunieron bajo los muros de la capital
parta, Ctesifón81. Tras la captura de la ciudad, Trajano siguió hasta el
extremo sur, en donde el rey de Mesene (Atambelos V) se sometió de
buen grado. Por esta razón se le mantuvo en el poder en calidad de prín­
cipe cliente82, mientras que la parte mesopotámica del reino parto se
transformaba en una nueva provincia, Asiría83. Trajano había empujado
la frontera del Imperio hasta las primeras estribaciones del Zagros84 y
hasta el golfo Pérsico en donde Dion Casio nos lo presenta meditando
sobre la aventura de Alejandro85.

73 Eutropo, A brégé, 8.3; Festo, 20.2.


74 Dion Casio, 68.19.20.
75 Eutropo, A brégé, 8, 3; Festo, 14 y 20; la creación de la provincia se celebra con
monedas: M attingly-Sydenham , Roman Im perial Coinage, II, p. 289, n° 642, entre otros;
cf. M .-L. C haum ont, A N R W , II.9.1, p. 138-139. P rocurador financiero: Dessau, 1058,
1338.
76 D ion Casio, 68.21; cf. M.-L. Chaumont, ANRW , II.9.1, p. 139.
77 Eutropo, Abrégé, 8,3; Festo, 14 y 20; m onedas: H. M attingly, Coins o f the Roman
Empire, III, Londres, British M useum , 1936,p. 221, n° 1033-1040.
78 Dion Casio, 68.22.2.
79 CHIran, III/l, p. 88.
80 Dion Casio, 68.24-25.
81 Dion Casio, 68.26.
82 D ion Casio, 68.28.3-4.
83 Cf. A. M aricq, «La province d ’»Assyrie» créée par Trajan», Syria, 36, 1959, p. 254-
263 (= Classica et Orientalia, Paris, Geuthner, 1965, p. 103-111).
84 Jefes de tribus de la región vienen hacer acto de sum isión: E utropo, 8.3; cf. A.
M aricq, op. cit., p. 110.
85 D ion Casio, 68.29.

47
No obstante los partos reaccionaron finalmente al norte del reino,
es decir, sobre las retaguardias de los ejércitos rom anos86. Recupera­
ron Adiabena y todas las regiones del norte se rebelaron contra Roma
m ientras que los ju d ío s se a g ita b a n 87. Trajano dejó B abilonia y
reconquistó sistemáticamente el norte del país: Nisibe y Edesa caye­
ro n 88, pero Hatra resistió89. Las provincias de A rm enia90 y Mesopo­
tamia se conservaron, pero al sur Trajano renunció a toda la nueva
provincia de Asiría. Se contentó con restablecer un reino parto cuyo
rey P artam aspates, nom brado por él, se convirtió en cliente de
R om a91. Esta era la situación cuando Trajano murió en Cilicia el 9 de
agosto del año 117.
La política de Trajano no debe engañamos. Las nuevas provincias no
estaban más sometidas a Roma que lo que pudiese estarlo un estado
cliente tradicional. Se trataba de posesiones lejanas que habría habido
que proteger con importantes efectivos militares. Adriano fue plenamen­
te consciente de ello. Inmediatamente después de subir al trono hizo eva­
cuar las provincias creadas por Trajano y proporcionó un rey a Arme­
nia92. La paz estaba asegurada de nuevo durante medio siglo, pero Roma
recuperaba su frontera del Eúfrates.

2. Las guerras párticas de Lucio Vero

En el año 162 los partos intentaron imponer de nuevo al rey de su


elección en Armenia y lanzaron expediciones contra el Imperio y sus
aliados. En Armenia destruyeron un ejército romano en Elegeia93 mien­
tras que Edesa, en donde reinaba un príncipe amigo de Roma, Maanu,
cayó en sus manos e instalaron en el poder a un cliente llamado Wael bar
Sahru. También invadieron Siria obligando a huir al gobierno94. Esta
ofensiva necesitaba una respuesta.

86 Dion Casio, 68.30; M alalas, p. 269-274 (ed. Bonn).


87 Cf. J. Neusner, «The Jews East o f the Euphrates and the Rom an Empire. I. l s,-3rli
Centuries AD», ANRW , II.9.1, p. 57-59. Es cuando los judíos de Cirene, de Egipto y de
Chipre se rebelan contra Roma: cf. p. 436-437.
88 D ion Casio, 68.30.2.
89 D ion Casio, 68.31; cf. H.J.W . Drijvers, «Hatra, Palmyra und Edessa», A N R W, II.8, p.
803-837.
90 Sin embargo una parte se dio a Vologesio, hijo de Sanatruq: Dion Casio, 68.8.6.
91 D ion Casio, 68.30.3; cf. las m onedas con la m ención rex Parthis datus: H. M at­
tingly, Coins o f the Roman Empire, III, p. 223, n° 1045-1049.
92 Eutropo, Abrégé, 8.6; Festo, 14 y 20. En cam bio, Caracenia (o Mesenia) siguió sien­
do cliente de Roma hasta que los partos la conquistaron en 150-151, como lo muestra una
inscripción nueva: G.W. Bowersock, «La M éséne (M aisan) Antonine», en T. Fahd (ed.), L ’
A rabie préislam ique, Leiden, Brill, 1989, p. 159-168; D. T. Potts, «Arabia and the K ing­
dom o f Characene», en D.T. Potts (ed.), A raby the Blest, Copenhague, 1988, p. 137-167.
93 D ion Casio, 71.2.1; cf. M.-L. Chaumont, ANRW , II.9.1, p. 147; M.G. A ngeli Bertine-
lli, ANRW , 11.9.1, p. 23-31.
94 D ion Casio, 71.2.1-2; cf. M.-L. Chaumont, ibid., p. 148.

48
Marco Aurelio envió a Lucio Vero para hacer valer los derechos de
Roma. Este se tomó su tiempo porque, aunque dejó Roma en la primavera
del 162, no llegó a Antioquía hasta un año más tarde. La razón es sin duda
que las legiones sirias, inactivas desde hacía demasiado tiempo, necesita­
ban una vigorosa puesta a punto, tarea a la que se dedicaron varios legados
de legiones, entre los cuales destacaba el muy activo Avidio Casio95.
Durante cuatro años los ejércitos romanos realizaron campañas más
allá del Eúfrates96. En el 163, M. Estacio Prisco penetró en Armenia y se
apoderó de Artaxata. Colocó en el trono a un Suhaimos que, senador y
cónsul, debía ser un descendiente de la dinastía de Emesa97. El año 164
se empleó en pacificar el país.
También se desarrolló una campaña en Osroena y en la Alta Meso­
potamia el año 165. El principado de Edesa se entregó a Maanu VIII
Filoromaios mientras que más al este se capturaba Nisibe. Durante este
tiempo Avidio Casio desarrollaba una campaña a lo largo del Eúfrates
contra los partos. En concreto se apoderó de Dura-Europos, Seleucia del
Tigris,y Ctesifón98. En el año 166 las tropas romanas llegaron todavía
más lejos puesto que nos las encontramos en Media; en las mismas
fechas o poco después se organizaron expediciones contra los árabes, sin
duda aliados de los partos". Se sometió la totalidad de Mesopotamia y
los partos se vieron rechazados hasta la meseta irania: los ejércitos roma­
nos habían renovado el éxito de Trajano.
Pero desde finales del 165 la peste se difundió por Oriente100. Los
romanos diezmados por la enfermedad evacuaron Mesopotamia101. El
balance de las campañas de Lucio Vero no era sin embargo completa­
mente negativo. En Armenia y Edesa gobernaban de nuevo príncipes
clientes seguros que protegían Capadocia y Siria. Además los ejércitos
romanos ocupaban las orillas del Eúfrates hasta Dura-Europos que pasa­
ba a formar parte del Imperio por un período de casi un siglo. Esta fue la
única anexión realizada102, pero podía ser un buen medio para prevenir
ataques sorpresa venidos del desierto.

95 Cf. M.L. Astarita, Avidio Cassio, Roma, Edizioni di Storia e Lettere, 1983.
96 L ucio V ero sigue los asuntos de lejos y en realidad son hom bres experim entados
com o A vidio C asio y el legado de C apadocia M. E stacio Prisco quienes dirigen los
ejércitos.
91 Dion Casio, 71.3.1; Jám blico en Focio, cod 94 (75b) indica sus títulos pero afirma
que es también descendiente de los Arsácidas y de los Aqueménidas; el nombre asegura su
ascendencia emesia; cf. M .-L Chaumont, ANRW , II.9.1, p. 149-150; G. Alfoldy, Konsulal
und Senatorenstand unter den Antoninen, Bonn, Habelt, 1977, p. 195; H. Halfm ann, Die
Senatoren cuts dem ostlichen Teii des Im perium Rom anum , Gottingen, Vandenhoeck &
Ruprecht, 1979, p. 175, n° 96; M.L. Astarita, Avidio Cassio, p. 42.
98 Dion Casio, 71.2.3-4; M.L. Astarita, A vidio Cassio, p. 43-45.
99 D ion Casio, 71.25.2 m enciona una guerra «arábiga» al m ism o tiem po que una guerra
«Pártica»; cf. M.L. Astarita, Avidio Cassio, p. 49-52.
“ D ionC asio, 71.3.1.
101 Dion Casio, 71.2.4.; la epidem ia se extendió hasta Galia.
102 Es por error que A.D.H. Bivar, CHIran, III/l, p. 95, sitúa a partir de esta época la
frontera de Rom a sobre el Khabür y en el jabal Sinjar.

49
Con todo este éxito oriental era frágil. El nuevo rey de Armenia per­
dió el trono en el 172 y hubo que restaurarlo por la fuerza103. Por otra
parte, Oriente tuvo que plantar cara en los años siguientes a unas nuevas
dificultades de un calibre que no había conocido desde hacía dos siglos:
una presión incrementada de los bárbaros que lanzaban expediciones
hasta el interior del Imperio y de las usurpaciones que reavivaban el
espectro de la guerra civil.

3. Invasiones bárbaras y problemas interiores

La amenaza que suponían los bárbaros nunca se había eliminado por


completo. En la época de Adriano, hacia el 135, se señalaron raides de
los alanos en Capadocia104, pero las medidas adoptadas por Arriano
detuvieron su avance10s. Más grave fue la irrupción de los costoboques
en los Balcanes en el 170.
Expulsados de sus tierras106 por los astingues107 y aprovechándose
quizás de que dos de las tres legiones de Mesia inferior, la I Italica y la
V Macedonica, se habían enviado a Oriente para combatir a los partos,
atravesaron el Danubio hacia Durostorum y Trofeo Trajano. Desde allí
una banda se dirigió hacia la costa póntica y destruyó Apolonia. Otro
grupo se dirigió hacia el suroeste, saqueó Nicópolis del Istro y Serida
antes de descender hacia Macedonia y Grecia por el valle del Estri­
m ón108. Desde allí se dirigieron a todas partes llevando la destrucción
hasta las cercanías de Atenas (Eleusis)109.
La creciente importancia del ejército de Oriente daba un gran presti­
gio a los generales vencedores. Tras las brillantes campañas de Lucio
Vero se consideró a Avidio Casio como uno de los principales protago-

103 D ion Casio, 71.2.3; M.-L. Chaum ont, A NRW , II.9.1, p. 151.
104 Dion Casio, 69.15.3; SHA, Had., 13, 9-10. Y a habían penetrado en territorio parto
en el 72; Fl. Josefo, BJ, VII, 244-251; Suetonio, Domiciano, 2.2. Cf. H. Halfm ann, «Die
A lan en u n d die rom ische O stpolitik unter Vespasian», Epigr. A nat., 8, 1986, p. 39-51.
105 A rriano, gobernador de Capadocia entre el 131 y el 137, escribió un tratado acerca
de E l orden de batalla contra los A la n o s; cf. A .B. Bosworth, «A rrian and the A lani», -
HSCP, 81, 1977, p. 217-253.
106 Habitualm ente residen en los Cárpatos; cf. I.I Russu, «Les Costoboces», D acia, 3,
1959, p. 343-352, y sobre todo p. 349-352.
107 D ion Casio, 72.12.
108 B. Gerov, «Die K risis in den Ostbalkanlandern w ahrend der A lleinregierung des
M arcus Aurelius», AAntHung, 16, 1968, p. 325-338.
109 A lusión de Elio Aristides, D iscurso 23, 13, 2, 31; tres inscripciones métricas alaban
al hierofante Julio Heráclidas por haber escondido el tesoro: S. Follet, Athénes aux IP et
III‘ siécles, París, Les Belles Lettres, 1976, p. 258. En Beocia, un olim piónico organiza la
resistencia en Elatea: Pausanias, 10.34.4. En cambio, una leva de voluntarios en Tespias sé
interpretó de diversas maneras: A. Plassart, «Une levée de volontaires thespiens», M élan-
ges G. Glotz, París, 1932, [Link], p. 731-738, la pone en relación con la invasión de los costo-
boques, pero C.P. Jones, «The L evy at Thespiae under Marcus Aurelius», GBRS, 12, 1971,
p. 45-48, la sitúa en el 169 y estim a que se trata sólo de m andar reíuerzos a M arco Aurelio
en el Danubio.

50
nistas del éxito110. Gobernador de Siria en el año 166, se le invistió en el
169 de un imperium m aius111 en virtud del cual disfrutaba de un derecho
de supervisión sobre la administración de todas las provincias de la
región. Entre el 169 y el 172 se le llamó a Egipto para reprimir la suble­
vación de los Boukoloi en el D elta112 y consiguió un inmenso éxitoll3.
Ahora bien, en el año 175, tras el falso anuncio de la muerte de
Marco Aurelio, Avidio Casio se proclamó emperador114 y se le recono­
ció como tal en las provincias situadas al sur del Tauro115. Oriente veía
reaparecer el espectro de la guerra civil. Avidio Casio murió después de
tres meses de reinado (de marzo-abril a junio del 175) y el peligro de
guerra desapareció116. Pero se había constatado que un usurpador podía
encontrar apoyo en las ciudades de la región y contar con las tropas de
las provincias. Marco Aurelio experimentó la necesidad de una larga
gira por Oriente para consolidar la fidelidad de las tropas y de los ciuda­
danos notables para con la dinastía117.
El acontecimiento más grave tuvo lugar en la primavera del 193. El
gobernador de Siria, Pescenio Nigro, se proclamó emperador para res­
ponder a la usurpación de Séptimo Severo, aclamado como emperador
por las tropas del Rin y del Danubio. Se le reconoció enseguida en Egip­
to y en Palestina, y el gobernador de Bitinia ocupó Bizancio por cuenta
suya118 con el fin de controlar uno de los puntos de paso entre Asia y
Europa. La guerra civil surgía de nuevo con el riesgo de enfrentar una
vez más a Oriente y Occidente.
Un mes después de haber asegurado su poder en Roma, Séptimo
Severo marchaba contra Nigro. Los dos ejércitos se enfrentaron una pri­
mera vez en C ícico119 y poco después (fin del 193, inicios del 194),
cerca de N icea120. Las dos veces quedaron derrotadas las tropas de Nigro
lo que supuso la defección de algunos gobernadores provinciales121. El
ejército Nigro se retiró hasta Cilicia (con las destracciones que esto

110 A cerca de este sirio de Cirro, hijo de un antiguo secretario ab epistulis graecis de
Adriano y antiguo prefecto de Egipto, disponemos ahora del estudio de M.L. A starita, A vi­
dio Cassio, Roma, Edizioni di Storia e Lettere, 1983; acerca de sus orígenes y su familia,
p. 16-10; no es im posible que sea un descendiente de Antíoco IV de Comagena: p. 19-20.
111 Dion Casio, 72.1.
112 Dion Casio, 71.3.5; acerca de esta revuelta, cf. capítulo X.
113 M.L. Astarita, Avidio Cassio, p. 78-79.
114 Dion Casio, 71.22.3-23.1-3.
115 Se conoce un edicto del prefecto de Egipto: P.J. Sijpenstein, «Edict o f C. Calvisius
Statianus», ZPE, 8, 1971, p. 186-192; cf. A.R. Birley, M arcus Aurelius, N ew Haven, Yale
U niversity Press, 1987, p. 184-189.
116 Largo y m inucioso análisis de esta crisis en M.L. Astarita, Avidio Cassio, p. 91-148.
117 A.R. Birley, M arcus Aurelius, p. 189-195.
U8Herodiano, III, 1.4-6.
119 Herodiano, III, 2.2.
120 Herodiano, III, 2.9-10.
121 El prefecto de Egipto desertó en febrero del año 194, el legado de A rabia poco des­
pués, cuando algunas ciudades tom aron partido por Severo (Tiro, L aodicea del M ar,
Emesa): cf. A. Birley, Septim ius Severus, Garden City (NY), Doubleday, 1971, p. 176-177.

51
podía ocasionar)122 antes de sufrir una nueva derrota en Isos, a la entrada
de Siria123. Las tropas del vencedor llegaron a saquear Antioquía que se
había decantado por el gobernador de Siria. El propio Nigro fue captura­
do y muerto en el momento en que intentaba ir a buscar la ayuda de los
príncipes clientes más allá del Eúfrates (abril del 194). En los meses que
siguieron Severo se ocupó del castigo de los que habían tomado partido
por Nigro, pero con moderaciónl24, y también recompensó a los otros125.

4. Séptimo Severo más allá del Eufrates

Séptimo Severo no se contentó con la eliminación de su rival y en la


primavera del 195 emprendió una campaña más allá del Eufrates, con el
pretexto de someter a los príncipes clientes que se habían declarado par­
tidarios de N igro126 y de socorrer Nisibe, aliada de Roma, que estaba
siendo atacada por los vecinos127. Nos lo encontramos sucesivamente en
Osroena, que se reduce a provincia con la excepción de la propia ciudad
de Edesa, de la que queda como señor Abgar VIII el Grande12s, y des­
pués en Nisibe y en Adiabena. Durante este tiempo una parte de sus tro­
pas asediaba Bizancio que cayó en el transcurso del año 195 129.
Después de un regreso a Occidente para romper las pretensiones de
otro usurpador, Clodio Albino (al que derrotó definitivamente en la bata­
lla de Lyón en febrero del 197)130, Severo volvió a Oriente131. A partir
del final del 197 estaba en campaña en la Alta Mesopotamia en tomo a
Nisibe132, después descendió hacia el sur y se apoderó de Seleucia del
Tigris y de Babilonia, abandonadas por los partos, y luego de Ctesifón
(enero del 198)133. Por el contrario en el 198 y de nuevo en el 199 fraca­
só ante Hatra,34. Con estas conquistas formó una nueva provincia, Meso-

122 Herodiano, III, 2.10-3.5.


123 Dion Casio, 74.7.1-8; H erodiano, 3.4.1-5.
124 A. Birley, Septimius Severus, p. 179-180.
125 Herodiano, III, 6.8-9.
126 Herodiano, III, 1,2-3; 5.1; se recuperaba en aquella ocasión una conducta que se
creía olvidada desde Accio: tanto los clientes com o las ciudades no tienen más solución
que sostener al com petidor que dispone de la fuerza rom ana in situ.
127 A. Birley, Septim ius Severus, p. 181-184; M .G. Angeli Bertinelli, A NRW , II.9.1, p.
32-41.
128 Cf. J. W agner, «Provincia O srhonae. N ew A rchaeological Finds Illustrating the
O rganisation under the Severan Dynasty», en S. M itchell (ed.), A rm ies and Frontiers in
R om an a nd Byzantine Anatolia, Oxford, BAR, 1983, p. 103-129; se encontró un coto fijan­
do el límite entre la nueva provincia y el territorio de la ciudad de Edesa.
129 Dion Casio, 74.14.2.
130 A. Birley, Septimius Severus, p. 189-200.
131 Herodiano, III, 9; A. Birley, Septim ius Severus, p. 201-205.
132 D ion Casio, 75.9.1-3.
133 D ion Casio, 75.9.3-4.
134 Es imposible conciliar los testim onios de Dion Casio 75.10.1-3 y 75.11.1-12.5, por
una parte, y los de Herodiano, 3,9.1-12, por otra, lo que nos impide conocer la cronología
exacta de la cam paña e incluso el núm ero de sitios de Hatra (uno o dos); sólo el fracaso

52
potamia, que confió al gobierno de un prefecto ecuestre de un rango
equivalente al del prefecto de Egipto. Se trataba de mostrar la importan­
cia que concedía a la salvaguarda de este último avance de Roma más
allá del Eufrates.

5. El Oriente de los Severos

Séptimo Severo no se conformó con conquistar sino que también se


ocupó de reorganizar. Las usurpaciones de Avidio Casio y de Pescenio
Nigro habían mostrado el calibre del poder del que disponía el goberna­
dor de Siria, señor de cuatro legiones y de una de las más ricas provincias
del Imperio. Así pues Séptimo Severo decidió dividir Siria en dos: la
Syria Coele al norte, con Laodicea del Mar como capital135, quedaba
como provincia consular, mientras que Siria-Fenicia al sur, con Tiro
como capital, estaba confiada a un antiguo pretor. Al mismo tiempo
separó de Siria las regiones más meridionales (Traconítida, Auraníntida)
para unirlas a Arabia, lo que disminuía todavía más la importancia de
Siria136. El conjunto del Haurán, étnica y culturalmente homogéneo, se
encontraba en su totalidad situado bajo la administración del gobernador
de Arabia.
Tras la última campaña de Séptimo Severo, las empresas de sus suce­
sores no se saldaron con ningún resultado concreto. Así, la gran expedi­
ción de Caracalla entre los años 213-217137, preparada por grandes traba­
jos de reparación de la red viaria (cosa que fue apreciable para los pro­
vinciales), no condujo a otra cosa que a desencadenar una vigorosa ofen­
siva parta. Los únicos éxitos logrados habían sido anteriores a la campa­
ña: Abgar VIII el Grande, que continuaba reinando en Edesa, fue invita­
do a acudir a Roma en donde se le destituyó13S. Seguidamente la ciudad
se constituyó como colonia romana en el transcurso del año 213 139. El

romano es cierto; cf. A. Birley, Septimius Severus, p. 203-205. Este fracaso no impidió que
Hatra figurase entre las ciudades sometidas representadas en el arco de Séptimo Severo en
Roma: Z. Rabin, «Dio, Herodian and Severus’ Second Parthian War», Chiron, 5, 1975, p.
419-441. De hecho, en lo sucesivo Hatra aparece como aliada de Roma: A. Maricq, «Les
derniéres années de Hatra: l ’alliance romaine», Syria, 34, 1957, p. 288-296 (= Classica et
Orientalia, p: 17-26); D,L, K ennedy, «A Lost Latín Inscription from the Banks o f the
Tigris», ZPE, 73, 1988, p. 101-103.
135 Asi se castigaba a Antioquía por haber sostenido a Nigro; recuperó su rango en el
200 .
136 M. Sartre, Trois études su r l 'Arabie rom aine et byzantine, B ruxelles, L atom us,
1982, p. 54-64.
1237 Cf. A. M aricq, «L a chronologie des derniéres années de C aracalla», Syria, 34,
1957, p. 297-305 (= Classica et Orientalia, p. 27-32).
138 Dion Casio, 78.12.1.
139 J.B. Segal, Edessa, a Blessed City, Oxford, 1970, adopta sin razón la fecha de 214;
documentos encontrados recientem ente en el valle del Eúfrates y de los cuales sólo algunos
elementos se han publicado, obligan a revisar la cronología; cf. J. Teixidor, «Les dem iers
rois d ’E desse d ’aprés de nouveaux docum ents syriaques», ZPE, 76, 1989, p. 219-222,
somero; sobre el conjunto de los hallazgos: D. Feissel y J. Gascou, «Documents d ’archives
romains inédits du M oyen-Euphrate (IIIe siécle ap. J.-C.)», CRAI, 1989, p. 535-561.

53
rey de Armenia, cayó en la misma trampa poco después y también vio
anexionado su reino140. La campaña militar propiamente dicha, entre los
años 215 y 216, se desarrolló en Babilonia y después en Adiabena.
Durante la marcha, Caracalla dejó que sus tropas destruyesen las tumbas
reales partas en Arbelas141. En abril del 217 se le asesinó entre Edesa y
Carre, en Osroena142.
Una vez proclamado emperador, Macrino tuvo que hacer frente a una
contraofensiva parta que le obligó a abandonar la totalidad de la Alta
Mesopotamia. El fracaso de las primeras negociaciones en las que los
partos planteaban condiciones humillantes (sin duda para vengarse del
saqueo de la necrópolis de Arbelas) le obligó a dar una batalla ante Nisi­
be 143. Vencido, compró por 50 millones de denarios la retirada parta de
toda la provincia de Mesopotamia144.
Los partos no tuvieron ocasión de explotar esta última victoria.
Desde el año 224 los persas sasánidas se sublevaron contra ellos y, en el
año 226-227, Ardashir mató con sus propias manos a Artabán IV, el últi­
mo A rsácida145. La instalación de los sasánidas en Mesopotamia va
acompañada casi inmediatamente por una ofensiva contra Roma: en el
230 atacaron simultáneamente en Armenia, Mesopotamia (Nisibe) y en
Siria146. Severo Alejandro respondió (campañas de 231 a 234)147, pero
las ciudades del norte de Siria conocieron por primera vez desde hacía
dos siglos y medio una invasión extranjera. La ofensiva había cambiado
de campo con claridad.

140 D ion Casio, 78.12.1-2.


141 D ion Casio, 79.1.1-3.
142 D ion Casio, 79.5.4; H erodiano, IV, 13.3-6.
143 D ion Casio, 79.26.2-6; Herodiano, IV, 14.3-15.9.
144 Dion Casio, 79.27.1-3.
145 L a cronología es incierta; se ha propuesto el 223 o el 226; cf. R.N. Frye, CHIran,
III/l, p. 118-119.
146 D ion Casio, 80.3-4; R.N. Frye, CHIran, I II/l, p. 124.
147 Herodiano, VI, 2-5.

54
CAPÍTULO III

HEGEMONÍA TON RHOMAIÓN

Administrar, juzgar, controlar, explotar: los objetivos de la domina­


ción romana en Oriente no se pueden resumir con una sola palabra. Pero
la preocupación por alimentar a Roma, por abastecer a las poblaciones
italianas con productos baratos y a las elites con bienes lujosos, por
encontrar tierras para los veteranos, por incrementar el tesoro del prínci­
pe y el del Senado están en primer lugar: las provincias se conciben ante
todo como posesiones útiles a Italia *.
A partir del reinado de Augusto se abandona la política de brutal
explotación que había caracterizado al período republicano, especialmen­
te a partir del final del siglo II a. de C. Ya Sila, Lúculo y todavía más
César, habían luchado contra los abusos. La supresión del arriendo del
diezmo de Asia, definitiva desde el 49 a. de C., era un logro inestimable
para los provinciales. Pero seguía siendo evidente que los romanos consi­
deraban el Oriente como una fuente de ingresos inmediatos e ilimitados.
Sin hablar de los publicanos o de los hombres de negocios (negotiatores)
que sólo estaban allí para enriquecerse, Oriente había proporcionado a
los hombres políticos los medios para satisfacer sus ambiciones en la
propia Roma.
Bajo el principado, explotar siguió siendo un objetivo esencial (aun­
que sólo fuese bajo la forma del tributo y de las diversas tasas), pero la
preocupación por administrar, por hacer justicia, por mantener el orden,
por asegurar la prosperidad de la mayor parte, prosperidad que es la con­
dición del enriquecimiento del príncipe, desempeñó un papel importante
en la organización de las provincias, la elección de los hombres y las
tareas que se les confió. Esta nueva concepción del papel de Roma no
escapó a los provinciales, al menos a los más destacados de entre ellos

1 Cf. Elio Aristides, Elogio de Rom a (D iscurso, XXVI), 10-13, en el que el retor descri­
be la abundancia de las riquezas que llegan a Roma, en especial las de Oriente.

55
que, asociados al poder, pasaron a desear «la eternidad de la hegemonía
de los romanos»2.

I. Los HOMBRES DEL PODER

1. Del promagistrado alfuncionario: los gobernadores provinciales

Los cambios acaecidos a partir de los inicios del principado en el


reclutamiento de los gobernadores contribuyeron sin duda a mejorar la
condición de los provinciales. Pero estas mejoras tienen límites.
Los gobernadores fueron nombrados por el emperador desde enton­
ces. Este era obligatoriamente el caso para todos aquellos que ejercían
funciones en las provincias llamadas imperiales, cualquiera que fuese su
rango. En las provincias senatoriales, en donde se mantenían las reglas
de la época republicana (anualidad de la función, sorteo entre los magis­
trados que habían dejado sus funciones hacía cinco años), el emperador
pudo actuar separando del sorteo a sus adversarios o a los individuos
notoriamente incompetentes. Ya no había lugar a tratar de conseguir el
gobierno de una provincia rica por medio de intrigas o corrupción3.
Además los gobernadores y los funcionarios imperiales recibían en
adelante un salario4 de acuerdo con su rango (1 millón de sestercios para
el procónsul de Asia, por ejemplo). Ya no era indispensable vivir a costa
de los provinciales5.
Los gobernadores permanecían en su cargo un tiempo más largo.
Entre tres y cinco años con mucha frecuencia, a veces m ás6. Esto tam­
bién iba en el sentido de la mejora de la administración. El gobernador
tenía tiempo para conocer mejor su provincia, para comprender sus difi­
cultades y su conplejidad, para emprender eventualmente una acción en
profundidad para aportar los remedios necesarios7.

2 IGR IV, 661 (Acmonia): decreto para desear el dominio eterno de los rom anos; tanto
en Tiartira (IGR IV, 1195) como en D ionisias de Siria (W .-H. W addington, ISyrie, París,
1870, n.° 2306), se elevan dedicatorias en honor del em perador y de la hegem onía de los
romanos. Finalmente, el santuario de Zeus de Panam ara y de Hécate de Lagina en Caria
logra la asilía «por los m ilagros evidentes que realizaron en beneficio de la eterna dom ina­
ción de nuestros señores los romanos»: L. Robert, Etudes anatoliennes, París, De Boccard,
1937, p. 519.
3 Lo que no excluye a los poderes corruptos: cf. infra, p. 58.
4 Cf. H.-G. Pflaum, «Les salaires des fonctionnaires sous le Haut-Empire», en Les déva-
luations a Rome, I, Roma, Ecole franpaise de Rome, 1978, p. 311-315; cf., acerca de los
procuradores ecuestres, id., Les procúratelas équestres sous le H aut-Empire, París, Geuth­
ner, 1950, p. 149-151.
5 Recuérdese que Cicerón logró sacar 1.000.000 de sestercios a la pobre Cilicia (J.M.
Bertrand, en Nicolet, Rom e, p. 823).
6 Este fue el caso incluso en las provincias senatoriales en las cuales la anualidad hubie­
ra debido ser respetada, como en Asia bajo Tiberio; cf. supra, p. 34; es cierto que los coéta-
nos consideran que este fenómeno es anorm al
7 Cf. los com entarios del procónsul de A sia Fabio Pérsico: H. W ankel, IEphesos, la,
Bonn, Habelt, 1979, p. 91-121, n“ 17-19.

56
Los emperadores no vacilaron en recurrir con mucha frecuencia a
especialistas del Oriente griego. Es sorprendente el constatar que se apeló
a los hombres que consiguieron resolver tal o cual tipo de problema en su
provincia para que hiciesen lo mismo en otras provincias que pasaban
por idénticas dificultades. En este sentido se recurrió a P. Sulpicio Quiri­
no, vencedor de los marmárides de Cirenaica, para combatir contra los
homonadeanos de Licaonia. Augusto llamó con frecuencia a integrantes
de las familias cuyos lazos con Oriente eran estrechos y antiguos y de las
que varios de sus miembros ya habían participado en su administración.
Este es el caso de los Sulpicii Galbae, los Valerii Messalae, los Calpurnii
Pisones, la familia del caballero L. Vinicio que proporciona tres procón­
sules de Asia sólo bajo el principado de Augusto8, o también los Vehilli
en Chipre9. El cursus de los gobernadores de las grandes provincias asiá­
ticas muestra que son numerosos los que gestionaron sucesivamente dos
o tres provincias orientales, o incluso los que hicieron toda su carrera en
Oriente. En esto existe una evidente preocupación por utilizar a los hom­
bres más competentes (aunque sólo fuese porque eran los que hablaban
griego) y más al corriente de las realidades de Oriente.
A partir de la mitad del siglo I, los orientales accedieron a las más
altas funciones en Oriente. Se trata esencialmente en primer lugar de los
miembros de las familias senatoriales de Asia Menor (provenientes de
Pérgamo, Esmima, pero también de Licia y de Panfilia) que descendían
de veteranos instalados en Asia desde hacía mucho tiempo, pero tam­
bién provenientes de antiguas familias reales o principescas, menos fre­
cuentes eran los griegos de las ciudades. A lo largo del siglo π los sirios
y los capadocios alcanzaron los mismos puestos y destacaron a la cabeza
de las más importantes provincias asiáticas10. Entre los más ilustres
podemos citar a C. Antio A. Julio Cuadrado, de Pérgamo, eos. 94, eos.
II 105, gobernador de Siria en 100-104, procónsul de Asia en 109-110;
C. Julio Cuadrado Baso, del mismo origen, gobernador de Capacocia-
Galacia en los años 107-110, de Siria entre el 115 y el 117, de Dacia en
el 117 ; TÍ. Julio Celso Polemaiano, de Sardes, procónsul de Asia en el
105-106; L. Flavio Arriano, de Nicomedia, legado de Capadocia en el
131-137, y tal vez gobernador de Siria un poco más tarde; M. Arruntio
Claudiano, de Xantos, procónsul de Macedonia bajo Trajano; Avidio
Casio, de Cirro en el norte de Siria, gobernador de Siria entre los años
169-175 (tal vez desde el 166) y su padre, Avidio Heliodoro, prefecto de
Egipto tras haber sido el jefe de la cancillería griega (ab epistulis grae-
cis) de Adriano11. Se podrían añadir muchos nombres a la lista de fun­
cionarios de menor rango.

8 Cf. las listas establecidas por R. Szramkiewisz, Les gouverneurs de provinces a l 'épo-
qtte augustéenne, París, Lanore, p. 152-221.
9 Cf. M. Christol, «Proconsuls de Chypre», Chiron, 16, 1986, p. 6-14.
10 Se encontrará una lista exhaustiva y reciente de los senadores originarios de las pro­
vincias de Oriente en el coloquio Epigrafía e ordine senatorio, Roma, 1982 (Tituli, 4-5) y,
entre ellos, todos los que accedieron a gobiernos provinciales.
11 Cf. H.-G. Pflaum, Corrieres, I, p. 251-253.

57
La elección del príncipe, la competencia no bastaron para evitar com­
pletamente los abusos, las extorsiones, los honores obtenidos de forma
abusiva. La mejor prueba está en el gran número de procesos a goberna­
dores durante el Alto Imperio n . Entre Augusto y Trajano, siete procón­
sules de Bitinia, cinco de Asia o otros tantos de Creta-Cirenaica, dos pre­
fectos de Egipto, un gobernador de Licia, uno de Siria y uno de Judea, es
decir un total de veintidós gobernadores provinciales ñieron perseguidos
(pero no todos fueron condenados). La antigua ley contra la corrupción
(lex Iulia de repetundis) permanecía vigente. Los procesos tenían lugar
ante el Senado si bien el príncipe participaba en esta ocasión. Las accio­
nes descansaban siempre sobre las mismas acusaciones: extorsión de fon­
dos bajo la forma de regalos obligatorios o requisas abusivas. A esto el
príncipe podía añadir, si lo consideraba oportuno, el crimen de lesa
m ajestad (maiestas) si el gobernador se había hecho conceder, a sí
mismo o a sus familiares, honores indebidos.
Es de la mayor importancia el que los provinciales tuviesen la impresión
de poder hacerse oír. Esto no siempre era fácil, pues el gobernador servía
habitualmente de pantalla entre el príncipe y sus administrados. Era él quien
autorizaba a las ciudades o al consejo provincial (koinón) a enviar una emba­
jada. Pero, ciudades o koinón consiguieron generalmente hacerse oír en
Roma gracias a la influencia de los notables mejor introducidos en la corte.
Este es uno de los aspectos del evergetismo: hacer que la ciudad o provincia
del evergeta se aproveche de sus relaciones en el entorno imperial.
A los gobernadores no se les condenaba siempre, aunque la culpabilidad
de la mayoría no ofrecía dudas. El suicidio de algunos de ellos incluso antes
del proceso (C. Cornelio Galo, Cn. Calpurnio Pisón) está provocado más fre­
cuentemente por la acusación de maiestas (lesa majestad) que por la de repe­
tundae (corrupción). Además el Senado era juez y parte pues juzgaba a sus
pares: los gobernadores procesados fueron procónsules de provincias senato­
riales en 18 de los 22 casos. Sin embargo, algunas condenas pudieron dar
satisfacción a los provinciales y atemorizar a los que estuviesen tentados de
aprovecharse de las ventajas de'sus funciones. Los procesos fueron particular­
mente numerosos bajo los reinados de Tiberio (8), Claudio (5) y Nerón (6).
La autoridad del gobernador sólo estaba limitada por su dependen­
cia con respecto al em perador13. Pero nos sorprendemos por la varie­
dad de las situaciones. Por una parte observamos a gobernadores que
toman iniciativas a veces audaces, aunque adivinamos que han recibi­
do el aval del príncipe. Los numerosos edictos de los gobernadores de
Asia, de Siria, de Galacia, sin hablar de los de los prefectos de Egipto,
muestran que los gobernadores provinciales podían hacer propuestas
en dominios muy variados: nuevo calendario de la provincia de Asia y

12 Cf. P.A. Brunt, «Charges o f Provincial M aladm inistration under the Early Principa-
te», Historia, 10, 1961, p. 189-227.
13 Cf. F. M illar, «The Emperor, the Senate and the Provinces», JRS, 56, 1966, p. 156-
166, que explica m uy bien la autoridad sin lím ite del em perador sobre todas las provincias,
incluso las que dependían del Senado.

58
organización de las elecciones en las ciudades14, aprovisionamiento15,
requisas para el cursus publicus16, tarifa aduanera17, finanzas públi­
cas 18. Por el contrario la actitud de Plinio el Joven ante Trajano parece
pusilánime ya que no deja de consultarle sobre detalles o sobre cues­
tiones que aparentemente están reguladas por textos precisos19.
De un modo general los hombres que tuvieron que ejercer la autori­
dad en Oriente durante el Alto Imperio fueron capaces y hábiles. Sin
duda encontramos gobernadores codiciosos, algunos militares incompe­
tentes (como el gobernador de Capadocia Julio Peligno) o imprudentes
(como el gobernador de Siria Cestio Galo en el 66). Pero en conjunto
hubo pocos gobernadores desastrosos o infieles. Dejando a un lado a
Avidio Casio ninguno usurpó la púrpura20; y aún así éste tal vez creía
sinceramente que la sucesión estaba abierta21.
La mejora del gobierno provincial se hace como contrapartida de un
relativo incremento del peso de la burocracia. Las oficinas (officia) de los
gobernadores se nutren con numerosos procuradores y, sobre todo, con
agentes de rango inferior que pueden ser otros tantos obstáculos suple­
mentarios entre el príncipe y sus súbditos. Imaginamos mal que en los
siglos II o III los provinciales puedan llevar ante el emperador el juicio
sobre un trivial asunto de vecindad, tal como hicieron los cnidios durante
el reinado de A ugusto22. Sin embargo, en conjunto, las cargas eran
soportables e incluso tal vez no es abusivo hablar de subadministración.
Se ha podido calcular23 que durante el Alto Imperio había un administra-

14 R.K. Sherk, Rom e and the Greek E ast, Cambridge, University Press, 1984, p. 124-
1 2 7 ,n ” 101.
15 G. Charles-Picard y J. R ougé,' Textes et documents relatifs a la vie économique et
sociale dans ¡’Empire romain, Paris, Sedes, 1969, p. 130-131, n° XXXVIII.
16 Cf. M itchell, «Requisitionned Transport in the Rom an Empire. A N ew Inscription
from Pisidia», JRS, 66, 1976, p. 106-131.
17 La tarifa de Palmira, cuyo texto conocido es del siglo II, recuerda la intervención del
gobernador de Siria en el siglo I: cf. J. Teixidor, Un p o rt romain du désert. Palmyre. París,
Adrien-M aisonneuve, 1984, p. 59.
18 Cf. el edicto de Fabio Pérsico para Efeso (H. W ankel, IEphesos, la, n.° 17-19) o el de
Tiberio Julio Alejandro en Egipto (G. Chalón, L 'édit de Tiberius Ilius Alexander. Etude his-
torique et exégétique. Lausana-Olten, Urs Graf, 1964, p. 35-39).
19 Cf. L. Vidm an, E tude sur la correspondance de Pline le Jeune avec Trajan. Praga,
Académie tchécoslovaque des sciences, 1960, y A.N. Sherwin-W hite, The Letters o f Pliny.
A H istorical and Social Commentary, Oxford, OUP, 1966.
20 El caso de Prescenio N igro, gobernador de Siria en el 193, es diferente ya que se lim i­
ta a replicar a la usurpación de un general que no tiene más derecho que él a este honor,
Séptimo Severo.
21 Cf. M .L. A starita, A vidio Cassio, Roma, E dizioni di Storia e Lettere, 1983, p. 153
y las dudas de A .R. B irley, M arcus A urelius, N ew Haven, Y ale U niversity Press, 1987,
p. 184-185.
22 S yll?, 780; cf. sin em bargo las m inutas del ju icio presidido por C aracalla en el 216
para la gente de Goharia, al noreste de Damasco: es cierto que el em perador está entonces
de paso hacia A ntioquía y ejerce la autoridad judicial que suele estar en m anos del leg a­
do: P. R oussel y F. De V isscher, «Inscriptions du tem ple de Dm eir», Syria, 23, 1942-
1943, p. 173-194.
23 K. Hopkins, «Trade and Taxes in the Rom an Empire», JRS, 70, 1980, p. 121.

59
dor de alto rango (senador o caballero) por unos 350.000 ó 400.000 habi­
tantes. Es cierto que una gran parte de la administración cotidiana se ges­
tionaba de hecho en las ciudades o las otras colectividades locales. La
complejidad administrativa que muestran los archivos egipcios no debe
llevar a sobrestimar el papel de las oficinas, que se limitan a conservar
huellas de lo que no marcha y por tanto tienen tendencia a hinchar la
importancia de la burocracia.

2. Príncipes clientes

El gobierno de vastas regiones del Imperio por medio de príncipes


clientes caracteriza el Oriente romano durante el siglo I24. Por tanto es
necesario cuestionarse sobre el lugar de esos príncipes en el sistema de
gobierno y sobre las razones de su mantenimiento en el poder o de su
desaparición.
El calificativo de «cliente» unido al nombre de príncipes y reyes de
Oriente es una invención moderna (sería mejor decir «rey amigo y alia­
do»), pero está perfectamente justificada por la práctica antigua. A partir
de la época republicana nos encontramos con los antecedentes del siste­
ma: el rex socius es oficialmente un aliado, pero en realidad sólo un
cliente de Roma. Oriente proporciona numerosos ejemplos de esta situa­
ción y no es casualidad o un simple capricho el que Atalo III de Pérga­
mo, Nicomedes IV de Bitinia o Tolomeo Apión de Cirene hayan legado
sus estados a Roma. Así pues los reyes de Oriente -griegos o n o - entra­
ron en el sistema de la clientela que caracterizaba a la vida política roma­
na del final de la República25.
Se ha sugerido en algunas ocasiones que Augusto captó en provecho
propio a la clientela extranjera (y especialmente la formada por reyes)
que anteriormente era cliente de Roma en su totalidad. En realidad los
lazos que existían en el siglo I a. de C. siempre vinculaban a un príncipe
y a Roma por medio de un imperator. Podemos preguntarnos sobre la
naturaleza jurídica de la relación y considerar que el rey era cliente de
Roma más que del imperator. Pero en ello hay una concepción moderna
de un juridicismo excesivo que deja de lado el hecho de que la clientela
descansaba sobre una relación personal de hombre a hombre, no sobre
una simple relación diplomática. Por otra parte Herodes el Grande recor­
dó a Octavio, con ocasión de su entrevista en Rodas26, no que él había
sido amigo de Roma, sino precisamente de Antonio.
Por lo tanto Augusto recuperó en realidad la clientela de Antonio que
sumó a la suya propia. La novedad, con respecto a la situación anterior,
es que ya no podría haber otro patrono que no fuese el príncipe, al menos

24 La única excepción notable en O ccidente es la de Juba II de M auritania que es medio


oriental p o r su madre; y aún habría que añadirle Cotio, en los Alpes.
25 Cf. E. Badian, Foreign Clientelae 264-70 BC, Oxford, OUP, 1958.
26 Fl. Josefo, BJ, I, 385-400.

60
al nivel más elevado (esto no prohibe el patronazgo que pudieran ejercer
los gobernadores sobre las ciudades, las colonias27 u otras colectividades
o asociaciones). Además la clientela pasaba automáticamente de un
emperador a otro. Salvo en caso de usurpación los habitantes de Oriente
nunca tuvieron problemas de conciencia para conocer al imperator que
debían seguir.
La cohabitación en el Imperio de un amo soberano que intentaba con­
servar las apariencias de la República con reyes de tradición helenística
no dejaba de plantear problemas; ¿acaso no existía el riesgo de ver a los
reyes de Oriente sustraerse a la tutela de un hombre que sólo pretendía
ser el primero en el Senado? Sin meternos en este debate complejo, no
deja de ser necesario destacar que el nombre de Augustus confería al
princeps un carácter sagrado que lo emparentaba con los reyes de Orien­
te. Al menos es así como podían entenderlo los orientales. En el mismo
sentido cabe recordar que la «traducción» de imperator al griego con el
término autocrator acentuaba fuertemente el carácter monárquico y
soberano del emperador ante los ojos de sus súbditos de habla griega.
Por el contrario, todo contribuía a rebajar al soberano cliente y a
poner en evidencia su dependencia con respecto al emperador, a quien le
debía hasta su propio título28, Además en esa época ya numerosos prínci­
pes clientes se habían educado en Roma29 en donde, en calidad de rehe­
nes-cortesanos, recibían más una instrucción política que una verdadera
educación romana. Fue en la propia Roma en donde los hijos y los nietos
de Herodes, al mismo tiem po que los de los príncipes p a rto s30 y
tracios31, aprendieron a conocer los mecanismos del poder romano. Para­
lelamente también fue allí que esos jóvenes establecieron redes de amis­
tades y relaciones de la mayor utilidad: es a esta educación romana que
se remontaba la amistad de Caligula con Agripa I, Antíoco IV de Coma­
gena y los hijos de Cotis VIII de Tracia.
La educación también tenía como objetivo integrar al futuro príncipe
cliente en el universo mental y cultural propio de los dirigentes del Impe­
rio, el de la ciudadanía romana. Parece que todos los príncipes clientes
recibieron la ciudadanía romana desde muy pronto. Los herodianos fue­
ron lulii (Cayo o Marco), el rey del Ponto Polemón I y sus hijos fueron
M. Antonii, Antíoco IV de Comagena fue un C. Iulius, al igual que los

27 U n ejemplo: G. Charles-Picard y J. Rouge, Textes et documents, n.° XXXVIII.


28 IG R IV, 145: «Considerando que el nuevo Helios, Gayo César A ugusto Germ ánico
ha querido que los reyes, tam bién guardianes de su dom inación (hegemonía), hagan brillar
sus propios rayos con los suyos con el fin que la grandeza de su inm ortalidad sea m ás
m ajestuosa tam bién en esto, los reyes, aunque piensan en ello sin cesar, incapaces de encon­
trar en agradecimiento de un dios tan poderoso regalos iguales a los que él les hizo...».
29 Cf. D. B raund, R om e a nd the F riendship K in g , Londres-C anberra, Saint-M artin,
1984, p. 9-21.
30 Los hijos de Fraates V: Res gestae, 32.2 y Estrabón, XVI, 1.28; cf. Braund, op. cit.,
p. 12-13.
31 Los hijos de Cotis VIII: IG R IV, 145, les llama hoi syntrophoi kai hetairoi de C aligu­
la («los que se alim entaron con él y sus compañeros»); cf. D. Braund, op. cit., p. 16.

61
Sampsigeramos de Emesa y los tiranos de Esparta. Más tarde los reyes de
Edesa y los príncipes de Palmira fueron Septimii.
Si la ciudadanía podía ser una marca honorífica también era una
marca de igualdad. El rey-ciudadano romano aparecía sobre todo despo­
jado de su aura a ojos de los romanos, sus conciudadanos. Pero esta pro­
moción le permitía también considerarse superior a la multitud de sus
súbditos, simples peregrinos.
Lo que contribuyó más a la reducción del prestigio real en Oriente
fue que el rey cliente era un rex datus. El rex datus, por definición, debe
su trono a Roma, ya sea un individuo cualquiera al que se promueve al
rango real o sea el heredero de una larga dinastía real. De un modo u otro
todos los reyes clientes fueron reges dati, incluso si no lo fueron todos
ellos del mismo modo. Algunos eran creaciones romanas puras y simples
como Herodes y sus descendientes, especialmente Agripa I y Agripa II,
que sólo tenían su título y su reino por una donación romana. También
los reyes del Ponto eran una creación ex nihilo. Polemón I era el hijo de
Zenón de Laodicea del Licos y su esposa Pitodoris tenía como antepasa­
do a Pitodoros, rico notable griego de Tralles32.
Otros más recibieron un reino que ya había pertenecido a sus antepasa­
dos, pero que se había suprimido. Así los reyes de Amanus, de Comagena,
de Tracia, los príncipes de Emesa poseían sus reinos antes de ninguna
intervención romana en Oriente y cada uno podía considerarse heredero de
una larga dinastía. Pero estos reinos fueron suprimidos por Roma. Amanus
y Emesa en el 30 a. de C., Comagena en el 17 d. de C.; Tracia quedó some­
tida a tutela bajo Tiberio. La restauración dinástica aparecía por tanto como
un gesto gratuito del emperador. El nuevo rey ya no debía su poder a sus
antepasados, sino al emperador que había recreado el reino33.
Por último, otros no existían más que porque el emperador quería
reconocer su legitimidad. Ningún rey pudo suceder a su padre sin el
acuerdo del emperador34. Así pues la legitimidad dinástica contaba poco
cuando la validación de la sucesión por parte del emperador era indispen­
sable. Lo hemos visto bien en Nabatea, país que Roma jamás había con­
quistado o anexionado: Aretas IV provocó la ira de Augusto en el año 9
a. de C. por haber sucedido a Obodas II sin haber pedido la conformidad

32 Estrabón, XII, 8, 16 (Zenón), y 3, 29 (Pitodoros).


33 IG R IV, 145, acerca de los tres hijos de Cotis VIII: «Roimetalkes, Polem ón y Cotis
(...) en los reinos que eran suyos como herederos de su padre y de sus antepasados (...) son
m ás grandes que los reyes del pasado, pues éstos tenían la sucesión de sus padres mientras
que aquéllos han llegado a ser reyes por la voluntad de Gayo César». Puede ser el caso de
los partos después de que Trajano suprimiese su reino transform ándolo en 1a provincia de
A siría y restableciese al rey Partam aspates (Dion Casio, 68, 30.3). Pero es evidente que es
pura ficción y que la cerem onia de la coronación del rey parto por Trajano es sólo un m odo
hábil de enm ascarar el abandono de esta conquista reciente; cf. p. 48.
34 Fl. Josefo, BJ, II, 2; A rquelao anuncia después de los fiinerales de Herodes que se
abstendrá de ejercer la autoridad e incluso de llevar los títulos de la realeza hasta que el
em perador haya ratificado su derecho de sucesión. Esto no impidió que se le acusase en
R om a de haber asumido el poder antes de que A ugusto le diese su autorización: Fl. Josefo,
B J, II, 26-28.

62
del emperador y esto quizás bastó para justificar una anexión temporal
del reino entre el 3 y el 1 a. de C .3S. Por el contrario, los herederos de
Herodes corrieron a Roma para defender o atacar el testamento del rey
difunto, pues sabían que quedaría sin efecto hasta que Augusto no le
diese su acuerdo. Del mismo modo, la coronación de Tirítades IV de
Armenia por Nerón puede parecer como una compensación irrisoria en
relación con el fracaso militar de Roma; pero se trataba de una señal
esencial - y quizá suficiente- de la tutela de Roma sobre el nuevo rey y el
signo de un éxito diplomático real.
El lazo de dependencia existente entre el emperador y los reyes era
reconocido por los propios reyes. La fuerza de Herodes estaba en que
conocía con la mayor precisión los límites de su poder y no dejaba
pasar una sola ocasión de manifestarlo. Le pregunta a Augusto sobre la
pena que debía aplicar a su hijo, consulta al gobernador de Siria y lo
asocia a sus decisiones36, visita a Augusto cuando éste viaja por Orien­
te, se presenta ante el emperador o los príncipes de la familia y los reci­
be suntuosamente. Sabe que se le puede revocar sin aviso previo y que
nada le asegura que transmitirá su reino a sus hijos. Además el título
real no acompaña automáticamente la concesión de una autoridad.
Augusto no se lo concedió a los hijos de Herodes y sólo prometió dár­
selo más tarde a Arquelao «si se mostraba digno por su virtud»37. La
promoción a un título más glorioso era también un medio de controlar a
los clientes de Roma.
Todo ocurre como si el emperador no considerase a los principes
clientes más que como gobernadores ordinarios. Por lo demás Suetonio
recuerda 38 que los príncipes venían con frecuencia a Roma u otros luga­
res a rendirle homenaje, «vistiendo la toga, sin sus insignias reales, como
simples clientes». Sin embargo no debemos engañarnos. Esta humildad
voluntaria de los príncipes no excluía el fasto 39 y todavía menos un rigu­
roso absolutismo sobre sus súbditos. El culto al rey se mantuvo en Coma­
gena y en Nabatea (aunque sólo para los reyes muertos en este último
caso), lo que situaba al rey en pie de igualdad con respecto al emperador,
al menos a ojos de sus súbditos.
Una vez reconocido el príncipe o el rey como «amigo y aliado del
pueblo romano», inscritos sus privilegios sobre una placa de bronce
depositada en el Capitolio40, ratificada su adhesión por medio de un
sacrificio ofrecido en el Capitolio en su nombre, tenía que realizar su

35 Si la hipótesis de G.W. Bowersock es exacta, el rey de Petra se encontraría, después


de la restauración del año 1 a. de C., en la m ism a situación que sus colegas de Comagena o
Emesa; cf. p. 30-31.
36 Fl. Josefo, BJ, I, 534-543.
37 Fl. Josefo, BJ, II, 93-94.
38 Suetonio, Augusto, 60.
39 Cf. Su evergetismo a m enudo suntuoso hacia las ciudades griegas, p. 370.
40 J.-P. R ey-C oquais, « Inscriptions grecques d ’A pam ée», A nnales archéol. arabes
syriennes, 23, 1973, p. 39-84.

63
tarea de administración de una provincia 41 del Imperio. ¿En qué se dife­
renciaba su función de la de un gobernador ordinario?
En primer lugar el estado cliente conservaba intacta su estructura
administrativa y fiscal. Así se conservó el sistema de las estrategias tra-
cias y capadocias, y el de las toparquías de Judea. Todo lo más podemos
notar en el vocabulario administrativo de algunos reinos ciertos présta­
mos romanos (como el «centurión» indígena que dirigía el puesto de
aduana nabateo de Leuke Kome sobre el mar Rojo)42. Roma no se ocupa
de gestionar el escalón inferior, lo que podía llegar a ser muy delicado en
un país muy poco helenizado como Capadocia, Comagena o Nabatea,
por no hablar de Judea, en donde el particularismo religioso quedaba
como un poderoso factor de originalidad.
Por otra parte el ejército y la policía locales permanecían en sus
funciones y aseguraban la defensa de las fronteras (en caso de necesi­
dad) y la seguridad interior43. Así hemos visto a los príncipes hero-
dianos luchar vigorosamente contra el bandidismo endémico en Gali­
lea, sur de Siria y el Antilibano. Herodes fundó para ello una colonia
m ilitar (B atira)44, levó tropas y estableció guarniciones en lugares
estratégicos45. Los nabateos también tuvieron que contener a las tri­
bus nómadas del desierto que todavía no habían entrado en la alianza
de Roma.
La administración de justicia quedaba en manos del rey cliente, salvo'
en lo que concernía a ciertos asuntos graves (asuntos políticos y de modo
general todos los asuntos que podían conllevar la pena de muerte). Es
evidente que a los ciudadanos romanos nunca se les podía llevar ante la
justicia local, pero esto también ocurría en las provincias.
Con algunos matices el rey cliente aparecía como soberano en su
reino. Sin embargo tenía límites rigurosos al ejercicio de su soberanía. En
prim er lugar estaba excluido que el rey llevase a cabo una política
extranjera autónoma. Incluso las relaciones que mantenía con otros clien­
tes parecían sospechosas. En el año 42 Agripa I reunió en Tiberíades a
varios de sus colegas (Antíoco IV de Comagena, Sampsigeramos de
Emesa, Cotis IX de Armenia Menor, Polemón II del Ponto, Herodes de
Calcis)46. En cuanto tuvo conocimiento de la reunión el gobernador de
Siria, Marso, intervino enseguida para disolverla porque «no juzgaba útil

41 E n la m edida en que la provincia designaba un gobierno antes que un espacio geográ­


fico o una estructura adm inistrativa, no me parece contradictorio emplear este término para
designar a veces un estado cliente.
42 Periplo del mar Eritreo, 19. N o hay razones para situar en este puerto nabateo a un
perceptor y a un centurión romanos; este últim o término, transcrito en nabateo, está atesti­
guado en el ejercito real nabateo: M. Sartre, Bostra, París, Geuthner, 1985, p. 70, n. 50.
43 Así Rescuporis III refuerza su ejército con el pretexto de im pedir una posible invasión
bárbara: Tácito, Anales, II, 65. Acerca del ejército de los descendientes de Herodes, cf.
M .H. Gracey, «The Arm y o f the Herods», en P. Freem an y D. Kennedy (ed.), The Defence
o f the Roman and Byzantine East, Oxford, BAR, 1986, p. 311-323.
44 Fl. Josefo, AJ, XVII, 26; Vida, 54.
45 Cf. Capítulo VIII, p. 343.
46 Fl. Josefo, A J, XIX, 338-342.

64
para los romanos el acuerdo entre tantos príncipes»47. ¡No se puede ser
más claro!
Este episodio recuerda que el gobernador de la provincia vecina ejer­
cía siempre una especie de tutela sobre los clientes cercanos. Sin duda los
más poderosos de los clientes, como Herodes el Grande, Amintas o
Arquelao, parecen escaparse de esta situación. Pero este no era el caso
para la mayor parte de los restantes. Los sucesores de Herodes estaban
constantemente sometidos a las presiones y a las intervenciones de los
gobernadores de Siria. Incluso Herodes, en los asuntos graves, solicitaba
la opinión de este poderoso vecino.
El pago de un tributo a Roma era el símbolo del sometimiento que
les correspondía como clientes. Este tributo no era necesariamente
pesado, pero prohibía al cliente el aprovecharse plenam ente de la
riqueza de su reino. Por otra parte, las obligaciones del estado cliente
no se limitaban siempre a esta presión fiscal, también tenía que pro­
porcionar hombres para el ejército48. Es lamentable nuestro elevado
grado de ignorancia sobre el sistema fiscal de los estados clientes,
pues podríamos apreciar mejor cuáles eran las consecuencias prácticas
de esta doble fiscalidad, real e imperial49. Es probable que los reyes
imitasen parcialmente las prácticas romanas en la materia. Así Arque­
lao II provocó una sublevación de sus súbditos cilicios al querer llevar
a cabo un censo en el que ellos vieron enseguida claras implicaciones
fiscales50.
Por último es necesario que nos preguntemos sobre la utilidad de este
sistema de gobierno. Desgraciadamente carecemos de información deta­
llada para apreciar sus resultados en muchos estados. La anexión precoz
de Galacia y después de Capadocia nos impide comprobar la eficacia de
sus reyes durante largo tiempo. El único caso analizable que nos queda es
el de los principados herodianos.
La justificación del mantenimiento de los príncipes indígenas parece
triple en un principio. El particularismo religioso de los judíos (aunque
no toda la población del reino era judía), la débil helenización (en los
campos y sobre todo en los sectores libanés y hauranés del reino), la
débil urbanización (con exclusión de la costa y la Decápolis). El rey
cliente tenía la misión de modificar estas realidades para hacer posible la
administración directa. Para ser sinceros, las ventajas del rey cliente eran
tan poco claras que Roma recurrió de modo intermitente al gobierno a
través de procuradores. Los reyes estaban lejos de haber conseguido
resolver todos los problemas. En particular la agitación popular y el ban­
didismo -que sólo era un aspecto de la anterior- continuaron en la propia

47 Fl. Josefo, A J, XIX, 341.


48 Es el increm ento del peso del reclutam iento en provecho de Roma que provoca la
revuelta general de Tracia en el 26 d. de C.: Tácito, Anales, IV, 46.
49 Cf. sin embargo E. Gabba, «Le finanze del re Erode», Clio, 1979, p. 5-15.
50 Tácito, Anales, VI, 47.

65
Palestina, es decir, en el corazón del reino, hasta el 66 , fecha en que se
produjo la explosión que conocemos51.
El balance se muestra positivo, sin embargo, en dos dominios. En
primer lugar la urbanización se desarrolló en la propia Palestina (Cesarea
Marítima, Sebaste, Tiberíades) y más allá (Cesarea de Filipo-Panias,
Cesarea Eita). Sólo faltó tiempo para apreciar la solidez de las nuevas
implantaciones. La pacificación progresó mucho en el sur de Siria. Lo
observamos con precisión en Traconítida, principal nido de bandidos al
final del siglo í a. de C. A la muerte de Agripa II, hacia el 92-93, la mese­
ta de Tracón aparece como el sector más helenizado de todo el Haurán,
allí en donde la vida aldeana era más floreciente. También podemos
señalar en el mismo sentido la desaparición del bandidismo en el interior
del Líbano, pero en este caso es difícil distinguir entre lo que es obra de
los clientes (herodianos, itureanos o emesios) 52 y lo que corresponde al
influjo de la colonia de Heliópolis-Baalbek.
Paradójicamente la progresiva desaparición de los estados clientes en
el último tercio del siglo I se debió, en parte, a su éxito. Habían realizado
la tarea que se les había asignado tácitamente que consistía en preparar el
régimen de la administración directa. Allí en donde el fracaso era mani­
fiesto no había razones para mantener por más tiempo a príncipes que
habían dado pruebas de su incompetencia.

II. D e re c h o s , ju s tic ia , e s t a t u t o s in d iv id u a le s

Las provincias orientales, caídas bajo la dominación romana median­


te la conquista o la herencia, eran jurídicamente propiedad del pueblo
romano. Los provinciales eran, por lo tanto, peregrinos, a veces dediti­
cios, sin que sea siempre posible distinguir en la realidad entre las dos
categorías. Pero el mantenimiento de los derechos locales y el reconoci­
miento de las ciudadanías griegas dejaban subsistir otras diferencias,
otras jerarquías, independientes de las que se conocían en Roma. La dife­
rencia de estatuto entre el campesino dependiente y el ciudadano de una
ciudad griega, entre el fellah del valle del Nilo, el ciudadano de una
metrópolis de nomo y el ciudadano de Alejandría, permanecía como un
hecho reconocido en la organización del Oriente. En la medida en que la
administración de las provincias orientales descansaba en el manteni­
miento de las estructuras existentes, especialmente las de las ciudades
griegas, esta política era de hecho indispensable. Ciudadanía griega y
ciudadanía romana eran independientes la una de la otra53.

51 N o se puede im putar la gran revuelta judía de los años 66-70 a las insuficiencias de
los príncipes clientes ya que aquélla tuvo lugar después de un largo período de adm inistra­
ción directa.
52 Cf. supra, p. 31-33.
53 Salvo en Alejandría: ningún egipcio podía obtener la ciudadanía rom ana si no había
obtenido previam ente la de Alejandría: cf. Plinio el Joven, Cartas, X , 5-7, 10.

66
El derecho local era aplicable a los indígenas en todas partes en todos
los asuntos que les concernían, a pesar de que todo habitante del Imperio
tenía la posibilidad de pedir la aplicación del derecho romano. El respeto
por los derechos indígenas imponía el mantenimiento de jurisdicciones
múltiples. En el Egipto lágida, los laocritas impartían justicia de acuerdo
con el derecho egipcio y los chrematistai itinerantes de acuerdo con el
derecho griego; pero cada demandante podía elegir el tribunal que le iba
mejor y se admitía que, cuando el proceso se refería a un contrato escrito,
la lengua en la que estaba redactado el contrato decidía qué derecho apli­
car. Este sistema se abolió en el curso del siglo I y únicamente subsistió
la jurisdicción griega 54 que, de hecho, aplicó en adelante un derecho
mixto formado a la vez por tradiciones indígenas e innovaciones helenís­
ticas. Estrategos y epistrategos fueron los responsables de la administra­
ción de justicia, pero el recurso al prefecto fue posible en todos los casos.
En Judea, bajo el gobierno de prefectos y procuradores, las autorida­
des locales (sanedrín) impartían justicia en los asuntos que concernían a
los judíos exclusivamente, salvo en los casos que podían llevar aparejada
la pena de muerte. En Cirene sólo se podía designar como jueces a los
ciudadanos romanos ricos antes de que Augusto restableciese el equili­
brio creando tribunales mixtos o, incluso, completamente griegos para
los asuntos que concernían a los griegos en exclusiva55. Por lo demás, ya
se tratase de juzgar según el derecho romano, ya fuese el caso en que se
examinaban delitos que suponían penas que la justicia indígena no podía
aplicar, el ejercicio de la justicia era competencia del gobernador y sus
adjuntos, ayudados por jueces provinciales, romanos o griegos. En Asia,
la provincia estaba dividida en distritos o conventus (primero 9 y más
adelante 11) a los que el gobernador (o su legado) iba con regularidad56.
En las demás provincias debió existir una organización parecida, aunque
no conocemos otro ejemplo preciso en estos distritos. Observamos, sin
embargo, que los gobernadores se desplazaban de una a otra ciudad para
impartir justicia. Así en Arabia los gobernadores residían a menudo en
Petra y en Gerasa57; en Egipto el prefecto llevaba a cabo una gira anual
que le permitía promulgar sentencias en Menfis, Arsinoe, Coptos y sin
duda en otros lugares58.

54 N. Lewis, La m émoire des sables, París, Arm and Colín, 1988, p. 182 (Life in E gypt
under the Roman Rule, Oxford, 1983, p. 186-187).
55 F. De Visseher, Les édits d ’A uguste trouvés ά Cyréne, Lovaina, Université, 1940, p.
31-33, edicto n°4; tribunales mixtos: edicto n.° 1.
56 G.P. Burton, «Proconsuls, Assizes and the A dm inistration o f Justice under the E m pi­
re», JRS, 65, 1975, p. 92-106; Chr. Habicht, «New Evidence on the Province o f Asia», JRS,
65, 1975, p. 64-91, publica una lista de época flavia que atestigua que el reparto en conven­
tus tiene otros usos que el m ero ejercicio de la justicia. Legados del procónsul pueden resi­
dir en las capitales de conventus: el de Apam ea de Frigia se encarga de un asunto local: Th.
Drew-Bear, Nouvelles inscriptions de P hiygie, Zutphen, Terra Publ., 1978, p. 21.
57 M. Sartre, Bostra, París, Geuthner, 1985, p. 74-76.
58 N. Lewis, La mémoire des sables, p. 181-182; estudio detallado de G. Foti Talaman-
ca, Ricerche sui processo n e ll’ Egitto greco-romano L. L'organizzazione del «conventus»
de! «praefectus Aegypti», Milán, Giuffré, 1974.

67
El mantenimiento de los derechos indígenas provocó en todo el
imperio un solapamiento de derechos y procedimientos, puesto que cada
individuo se relacionaba con tal o cual derecho no en virtud de lugar en
el que se encontraba, sino de acuerdo con su origen (en el caso de los
peregrinos) o su estatuto personal (en el caso de los ciudadanos roma­
nos). Esto exigía el recurso a las competencias de numerosos especialis­
tas (pragmatikoi, nomikoi, iuridici) encargados de indicar el derecho y el
procedimiento a seguir.
Sin embargo existían tendencias a la uniformización. En primer
lugar, el emperador dictaba leyes para todo el Imperio. Sus decisiones
llevaban a modificar insensiblemente los derechos locales, influidos por
las decisiones imperiales59. Al mismo tiempo los gobernadores adopta­
ban en sus provincias edictos que fijaban reglas aplicables por todos60.
Más importante, la autoridad romana dominó cada vez mejor los procedi­
mientos a aplicar61: procedimiento formular, posibilidad de recurso. Esta
posibilidad que tenía un indígena de recurrir a Roma favorecía la unifica­
ción del derecho convirtiendo en común el recurso al derecho romano. A
esto se añade que, paralelamente, el aumento del número de ciudadanos
romanos en las provincias sea a título individual (recompensa concedida
a los notables, pero sobre todo libertos, legionarios y veteranos), sea a
título colectivo (creación de colonias), contribuía a difundir por Oriente
el uso del derecho romano puesto que los ciudadanos sólo podían ser juz:
gados de acuerdo con este procedimiento.
La concesión de la ciudadanía romana a todos los peregrinos en
el año 212 no señala un cambio radical. Ya había por todas partes
muchos ciudadanos; además, los nuevos ciudadanos conservaron el
uso de los derechos indígenas en sus ciudades o sus pueblos (así los
judíos y los egipcios) al mismo tiempo que permanecían sometidos
al conjunto de sus obligaciones fiscales, comprendidas aquellas de
las que estaban exentos los ciudadanos romanos (la laographía en
Egipto, por ejemplo). La constitutio antoniniana uniform izaba el
estatuto de todos ante el príncipe: ciudadanos y peregrinos eran
todos igualmente súbditos y ya no era necesario m antener unas dife­
rencias jurídicas carentes de sentido. Pero no uniformizaba los dere­

59 Sin hablar de la abundante legislación imperial sobre el funcionam iento de las institu­
ciones cívicas: F. Millar, «Empire and City, Augustus to Julian: Obligations, Excuses and
Status», JR S, 73, 1983, p. 77.
60 Cf. R. K atzoff, «Sources o f L aw in the R om an Egypt: the R ole o f the Prefect»,
A N RW , 11.13, p. 807-844.
61 Lo ilustran bien los docum entos conocidos como archivos de Babata, encontrados en
1961 en las cuevas del desierto de Judea: N. Lewis, Y. Y adin y J.C. Greenfield, The D ocu­
m ents fro m the B ar Kokhba P eriod in the Cave o f Letters. Greek Papyri, Jerusalén, Israel
Exploration Society, 1989. Entre los estudios m ás importantes, cf. M. Lemosse, «Le procés
de Babatha», The Irish Jurish, 3, 1968, p. 363-376; E. Seidl, «Ein Papyrusfund zum klassis-
chen Prozessrecht», Studi G. Gross, t. II, Turin, Giapichelli, 1968, p. 345-361; N. Lewis,
«Two G reek Docum ents from Provincia Arabia», Illinois Classical Studies, 3, 1978, p. 100-
114; H.J. W olff, «Romisches Provinzialrecht in der Provinz Arabia», ANRW , 11.13, p. 763-
806.

68
chos vigentes en las provincias, salvo en m ateria fiscal. Tal vez es
ahí en donde se encuentra la razón profunda del edicto de Caracalla
si hemos de creer a Dion Casio: hacer pagar a todos la vigésim a
parte de las herencias que debían pagar únicamente los ciudadanos
rom anos62.

III. E l e jé rc ito y l a d e fe n sa

En relación con las provincias germ ánicas y danubianas 63 en


Oriente hay poco ejército de guarnición permanente. Siria, la provin­
cia más fuertemente «militarizada» de todas, nunca tuvo más de cua­
tro legiones sobre su territorio en tiempos de paz, mientras que las
Germanias contaban hasta ocho. Es cierto que en este caso Roma
tenía que asegurar la defensa de una frontera menos larga, en una
región montañosa al norte y al noreste, en las que las vías de paso
eran escasas y fáciles de proteger, y desértica al este y al sur. Un ejér­
cito reducido podía bastar para plantar cara a las amenazas exteriores
e interiores64.

1. Las misiones del ejército

Oriente estuvo en general poco armado durante todo el Alto Imperio.


La presencia de estados clientes podría, al menos durante el siglo I, expli­
car parcialmente esta situación porque sus ejércitos, situados en primera
línea, constituían la principal muralla contra la que chocaría una ofensiva
exterior65. La existencia en Armenia y en el Cáucaso de reinos amigos
permitía a Roma el considerar que ningún peligro inmediato amenazaba
a las provincias de Anatolia y Siria.
En realidad Roma contaba poco con sus clientes para asegurar la
defensa exterior y los confinó a misiones de mantenimiento del orden
en el interior de sus estados. Todo lo más se pretendía de ellos el
envío de refuerzos y de tropas especializadas en las expediciones
decididas por Roma. Pero también es frecuente que la propia Roma
proporcioné tropas a los estados clientes que no pueden encargarse de
su propia defensa. Es por ello que tropas romanas se estacionaron

62 Dion Casio, 77.9.4; cf. los estudios de C. Sasse, Die Constitutio Antoniniana, W ies­
baden, Harassowitz, 1958; H. W olff, D ie Constitution Antoniniana und Papyrus Gissensis
40 1, Diss. Colonia, 1976.
63 M esia inferior, incluida en este libro con las restantes provincias del M editerráneo
oriental, pertenece, desde u n punto de vista estrictamente militar, a las provincias danubia­
nas; los comentarios que siguen no son válidos, pues, para ella.
64 Excelente estudio general de la situación de D.L. Kennedy, en J. W acher, The Roman
World, Londres-N ueva York, Routledge and Keagan Paul, 1987, p. 266-325.
65 Cf. D. Braund, R om e and the F riendly King, p. 91-103.

69
durante el siglo i en Armenia y en el Bosforo Cimerio o intervinieron
en Judea66.
Con todo, la frontera del Eúfrates fue una de las más tranquilas del
Imperio. Considerando las cosas con detalle, la iniciativa de los comba­
tes casi nunca estuvo, a lo largo de dos siglos, en el lado de los adversa­
rios partos sino que fue siempre romana, con la excepción de una
demostración de füerza de Vologesio sobre la frontera en el año 6 2 67 y
de razzias contra las ciudades del norte de Siria en el 161. El ejército
romano de Oriente no está destinado tanto a defender al Imperio como a
atacar a los partos68. La debilidad de la red fortificada instalada entre el
mar Negro y el mar Rojo proporciona la prueba de ello. En lo referente a
las zonas desérticas situadas al sur del Eúfrates se puede comprender
fácilmente que carezcán de tal infraestructura hasta los Severos69. Roma
disponía en esta zona de otros medios de control gracias a las amistades
que mantenía con las tribus árabes 70 y podía contar también con las
fuerzas de Palmira. Pero la exploración del limes en Comagena y Capa­
docia, a pesar de algunos descubrimientos recientes71, atestigua la debi­
lidad de los medios específicamente defensivos72, al menos en los dos
primeros siglos de nuestra era. Esto puede explicarse por el hecho de
que hay pocas vías de paso este-oeste y que bastaba con controlar algu­
nos puntos estratégicos.

66 Cf. D.B. Saddington, The D evelopm ent o f the Roman A uxiliary F orces fro m Caesar
to Vespasian (49 BC-AD 79), Harare, University o f Zim babw e Press, 1982, p. 181-182.
61 Pero las tropas rom anas em prendieron expediciones contra A rm enia a partir del
año 58.
68 Cf.B. Isaac, «Reflexions on the Rom an Arm y in the East», en Ph. Freem an y D. K en­
nedy (ed.), The Defence o f the Roman and Byzantine E ast, Oxford, BAR, 1986, p. 386.
69 Cf. S. Thom as Parker, R om ans and Saracens: A H istory o f the A rabian Frontier,
Filadelfia, Am erican School o f Oriental Research, «Dissertation Series, 6», 1986, para la
parte transjordana; cf. tam b ién J. L ander, R om an Stone F ortification s, O xford, BAR,
«[Link], 206», 1984, p. 15-20, que nota que sólo tres o cuatro fortines de Oriente datan de
la época anterior a Antonino Pío, mientras que existen varios centenares de ellos en O cci­
dente; acerca del desarollo en la época de los Severos, ibid., p. 132-149.
70 Cf. M. Sartre, Trois études sur l 'Arabie rom aine et byzantine, Bruselas, Latomus,
1982, p. 122-132.
71 Cf. H. Hellenkemper, «Der Limes am Nordsyrischen Euphrat. Bericht zu einer archao­
logischen Landesaufhahme», en D. Haupt y H.G. H orn (ed.), Studien zu den M ilitargrenzen
Roms, II, Bonn, Habeit, 1977, p. 461-471; T.B. M itford, «Cappadocia and A rm enia Minor;
Historical Setting o f the Limes», ANRW , II.7.2, p. 1169-1228; E. Dabrowa, «Le limes anato-
lien et la frontiére caucasienne au temps des Flaviens», Klio, 62, 1980, p. 379-388 y «Quel­
ques remarques sur le lim es romain en A natolie et en Syrie á l’époque du Haut-Empire»,
Folia Orientalia, 21, 1980, p. 245-252; J.G. Crow y D. H. French, «New Research on the
Euphrates Frontier in Turkey», en W.S. Hanson y L J.F . Keppie (ed.), Roman Frontier Stu­
dies, XII, Oxford, BAR, 1980, p. 903-912; D.H. French, «New Research on the Euphrates
Frontier: supplementary notes 1 and 2», en S. M itchell (ed.), A rm ies and Frontiers in Roman
and Byzantine Anatolia, Oxford, BAR, 1983, p. 79-101.
11 Cf. los comentarios de J. Crow, «A Review o f the Physical Remains o f the Frontier o f
Cappadocia», en Ph. Freem an y D. Kennedy (ed.), The Defence o f the Roman and Byzanti­
ne East, p. 77-91, en particular p. 87-88; el fortalecim iento de la defensa bajo Vespasiano
no consiste en la construcción de una red de fortificaciones; cf. E. Dabrowa, «The Frontier
in Syria in the 1st Century AD», ibid., p. 93-108.

70
En todo caso, es completamente incorrecto hablar de limes·, la fronte­
ra oriental no formaba bajo ningún concepto, en esta época, un distrito
particular que se distinguía del resto de la provincia por unas defensas
reforzadas y una administración militar especial73. Se podría añadir que
hasta los Flavios, que crearon los campamentos de Satala en Armenia
Menor, de Melitene en Capadocia y de Samosata en Comagena, los cam­
pamentos legionarios estaban retirados de la línea fronteriza (con la
excepción de Zeugma), y en ocasiones muy lejos, lo que diferenciaba la
frontera del Eúfrates de la del Rin o el Danubio.
Es necesario sacar la conclusión de que el ejército de Oriente no tenía
como única misión la de cerrar la frontera oriental. Es cierto que se le
emplea también para lanzar ofensivas hacia el este para las que se recurre
también a refuerzos provenientes de la Europa danubiana. Pero una parte de
las tropas se ocupa de controlar las provincias en las que están acantonadas.
¿Cómo explicar de otra forma el hecho de que varios campamentos legiona­
rios estén situados en los arrabales de las ciudades, y no siempre sobre las
fronteras?. Si bien es cierto que en Samosata y Zeugma se encuentran en la
proximidad de la frontera parta, y si Cirro está poco alejado de ella, en Bos­
tra, Jerusalén, Alejandría, los soldados se establecen sobre las murallas de
las ciudades. En una sociedad en donde el elemento urbano es de la mayor
importancia, era necesario controlar con cuidado las ciudades74, principal
foco de agitación potencial. Las afirmaciones de Elio Aristides75 sobre la
discreción de las tropas romanas si son válidas, parcialmente, en el caso de
Asia Menor, apenas son admisibles en el caso de Siria.
Las fuerzas auxiliares, abundantes y dispersas por las ciudades de
menor importancia y en el medio rural, desempeñaban el mismo papel de

73 G.W. B ow ersock, R om an A rabia, C am bridge (M ass.), H arvard U niversity Press,


1983, p. 103-104, llamó la atención sobre lo incorrecto del concepto de limes arabicus estu­
diado por S.T. Parker; en el mismo sentido, B. Isaac, «Reflexions», p. 384, y sobre todo,
«The M eaning o f the Term s Lim es and Limitanei», JRS, 78, 1988, p. 125-147, que me pare­
ce definitivo. La idea ilusoria de una defensa fuertem ente apoyada en una red de fortifica­
ciones deriva en gran parte de las obras de A. Poidebard, La trace de Rom e dans le désert
de Syrie, París, Geuthner, 1934 y de A. Poidebard y R. M outerde, Le Lim es de Chalcis,
París, Geuthner, 1945; a estas obras de precursores, que siguen teniendo un gran interés
arqueológico, les faltan sobre todo indicaciones cronológicas, ya que a las observaciones
aéreas no siguieron, salvo excepción, estudios en el terreno y excavaciones. Si se superpo­
nen todas las estructuras de defensa inscritas en el desierto de Siria, se logra inevitablem en­
te poner en evidencia una red m uy densa; pero, cuando se devuelve a cada época lo que le
pertenece, como lo hizo S.T. Parker en Jordania, se obtiene una imagen totalmente diferen­
te: no queda casi nada que sea anterior a los Severos.
74 Cf. B. Isaac, «Reflexions», p. 389.
75 Elio Aristides, Elogio de Rom a, 67: «Así las ciudades pueden quedarse libres de guar­
nición. Simples destacam entos de caballería e infantería bastan para proteger a todo el país;
sus acuartelam ientos no se encuentran en las ciudades de cada pueblo, sino que están espar­
cidos por el campo en grupos reducidos si se com paran con el resto de la población. Por
ello, muchos pueblos no saben dónde se encuentran sus guardianes del momento». El texto
es bastante oscuro en el detalle, pero su sentido general es claro; cf. los comentarios de J.H.
Oliver, The R uling Power, Filadelfia, Am erican Philosophical Society, 1953, p. 931-932 y
C.A. Behr en su traducción de las obras com pletas de Elio Aristides, t. II, Leiden, Brill,
1981, p. 87 y p. 376, η. 73.

71
vigilancia y protección, al menos en Siria. Pues el bandidismo no desapa­
reció jamás por completo, incluso en los períodos más prósperos del Alto
Imperio76. Una vigilancia regular sobre el país 77 permitía al ejército man­
tener a los bandidos alejados de las aldeas. Unidades pequeñas mantenían
puestos de guardia, castella, praesidia, stationes o simples burgi, que
servían también de abrigo a los viajeros sorprendidos por la noche o los
bandidos78. Se recurre además al ejército para recaudar los impuestos en
las regiones alejadas en las que ninguna autoridad local puede hacerlo, o
cuando los contribuyentes dan prueba de mala voluntad79.

2. Los efectivos militares

A pesar de la multiplicación de los estudios, todavía desconocemos


muchas cosas sobre los movimientos de tropas, como tampoco conoce­
mos la importancia de los auxilia en cada provincia80. Todavía es prácti­
camente imposible hacer el inventario exacto de las fuerzas armadas de
una provincia dada en un momento preciso. Por tanto nos contentaremos
con indicar a grandes rasgos cuáles fueron las fuerzas legionarias y auxi­
liares acantonadas en las diferentes provincias, sin entrar en el detalle de,
los movimientos de tropas. Es evidente que dejaremos de lado la cuestión
de los ejércitos de paso que vinieron a participar en operaciones exterio­
res (Armenia, Partía) o interiores (Judea).
En Europa únicamente M esia 81 albergaba legiones: dos en tiempos
de Tiberio y poco después cuatro, antes de que se rebajase la cifra a tres
bajo Séptimo Severo como muy tarde. Los campamentos estaban insta­
lados a lo largo del Danubio en Oescus, Novae, Durostorum (Silistría)
y Troesmis cerca del Delta, así como en Nicópolis del Istro, situada a
alguna distancia del río. Con unos efectivos de alrededor de 5.500 hom­
bres por legión permanece en unos niveles modestos para un sector
peligroso82.

76 Cf. B Isaac, «Bandits in Judaea and Arabia», H SCP, 1984, p. 171-203, para unas
regiones que sufrieron particularm ente en el siglo I; para Asia M enor, cf. infra, capítulo
VII, p. 310.
77 Así las guarniciones repartidas alrededor de la m eseta del Ladja; cf. capítulo VIII,
p. 343.
78 A cerca del papel de los burgi, cf. B. Isaac, «Reflexions», p. 390; una inscripción iné­
dita del Haurán, un poco tardía, m enciona la construcción de una torre sobre la carretera
entre D am asco y Dionisias «para la seguridad de los viajeros».
79 Cf. infra, p. 92.
80 Cf. en adelante Y. Le Bohec, L 'armée rom aine sous le Haut-Empire, París, A. et J.
Picard, 1989, con una bibliografía elemental.
81 Recordem os que sólo M esia inferior está incluida en este libro; con anterioridad al
afio 86 se tom a en cuenta sólo la parte de M esia que a partir de esta fecha será M esia
inferior.
82 Estudio reciente y bien docum entado de M . Biém acka-Lubanska, The R om an and
E arly Byzantine Fortifications o f Low er M oesia and Northern Thrace, Varsovia, A cadémíe
polonaise des sciences, 1982.

72
Para proteger el conjunto de Anatolia y de Siria, Augusto dejó en
Siria al menos dos legiones en el primer momento83, pero sabemos que
su numero es de tres en el 4 a. de C . 84 como más tarde, y tal vez hubo
cuatro desde comienzos de su reinado; también debió haber dos legiones
en Galacia85. Hasta comienzos del reino de Tiberio no detectamos con
seguridad las cuatro legiones sirias que fueron probablemente desde el
primer momento la VI Ferrata instalada cerca de Laodicea del Mar, la X
Fretensis en Cirro, la XII Fulminata, tal vez instalada desde el principio
en Rafanea en donde está atestiguada en tiempos de Nerón86, y la III
Gallica tal vez acantonada en Zeugma pues sabemos que la ciudad alber­
ga una legión 87 desde tiempos de Tiberio.
Con ocasión de las expediciones armenias de los años 58-66 tras la
guerra judía del 66-70, varias legiones cambiaron de guarnición. Por una
parte la legión X Fretensis deja el norte de Siria para instalar sus cuarte­
les permanentes en Jerusalén, formando así la guarnición legionaria de la
nueva provincia de Judea. Al norte, la anexión de Comagena y la defensa
de Capadocia necesitaban el despliegue de tropas a lo largo del Eúfrates.
Una legión se estableció en Samosata, la antigua capital real de Comage­
n a 88. En Zeugma, sobre la frontera sur del reino, la IV Scythica reempla­
zó a la legión allí acantonada desde Tiberio, tal vez la III Gallica. Esta
ocupó en Rafanea el lugar de la XII Fulminata enviada a Melitene en
Capadocia exiliada por sus fracasos repetidos89. En la misma época,
Capadocia recibió una segunda legión en Satala. Se pensó durante mucho
tiempo que se trataba de la XVI Flavia Firma, creada en esta época por
Vespasiano90, pero una inscripción publicada recientemente prueba que

83 Cf. L. Keppies, «Legions in the East from Augustus to Trajan», en Ph. Freem an y D.
Kennedy (ed.), The D efence o f the Roman and Byzantine East, Oxford, BAR, 1986, p. 411-
429, que presenta una síntesis con m ucha precaución; se piensa en la V M acedonica y en la
VIII Augusta cuyos veteranos se instalaron en Beritos y Heliópolis.
84 Fl. Josefo, AJ, XVII, 251, 286; B J, II, 40.
85 M.P. Speidel, Rom an A rm y Studies, I, Am sterdam , J.C. Gieben, 1984, p. 276; L.
Keppie, «Legions», p. 412; podría tratarse de la V Gallica y de la VII legión, es decir las
que proporcionaron los veteranos de las colonias de Pisidia; cf. Mitchell, «Legio V II and
the Garrison o f Augustan Galatia», CQ, 26, 1976, p. 298-308.
86 Fl. Josefo, BJ, VII, 18; cf. L. Keppie, The M aking o f the Roman A rm y, Londres, Bats-
ford, 1984, p. 193.
87 Tácito, A nales, XII? 12; cf. 3. W agner, «Legio III Scythica in Zeugm a am Euphrat»,
en D. H aupt y H.G. H orn (ed.), Studien zu den M ilitárgrenzen Roms, II, Bonn, H abelt,
1977, p. 461-485.
88 Fue quizás la III Gallica, pero las pruebas de su presencia en Comagena provienen en
realidad de A yani, a m edio cam ino entre Sam osata y Zeugm a: cf. Μ. P. Speidel, «The
Rom an Arm y in Asia M inor», en Roman Army Studies, I, Am sterdam, 1984, p. 274; tam ­
bién se podría tratar de la XVI Flavia Firm a que está atestiguada allí más tarde.
89 Acerca del cam pamento de M elitene, J. Crow, «A Review o f the Physical Rem ains of
the Frontier o f Cappadocia», en P. Freem an y D. Kennedy (ed.), The D efence o f the R om an
a nd Byzantine East, Oxford, BAR, 1986, p. 84-86.
90 E. Dabrowa, «Sur la creation de la légion X V I F lavia Firma», Latom us, 41, 1982,
p. 614-619.

73
ésta todavía formaba parte del ejército de Siria en el 7591. Como su pre­
sencia en Satala a inicios del siglo II se apoya en un único epitafio 92 es
mejor admitir que no sabemos cual era la legión allí acuartelada93. Así
pues, hasta tener pruebas de lo contrario, debemos sostener que la XVI
Flavia Firma permaneció en Siria, de modo que esta provincia conservó
cuatro legiones a pesar del desplazamiento de la X Fretensis.
En el transcurso del siglo II la situación se modifica un poco.
En la época de Trajano com o m uy tarde, la XVI F lavia Firm a
reemplaza a la III Gallica en Samosata a no ser que ya se encontra­
se allí desde los años 70. La legión desconocida de Capadocia fue
relevada en Satala por la XV Apollinaris. Arabia, cuando se creó
como provincia en el 106, recibió la VI Ferrata, reemplazada en el
123 como más tarde, por la III Cirenaica, transferida de Egipto
hasta Bostra. La VI Ferrata ocupó sus nuevos cuarteles en Galilea,
en el campamento de Caparcotna. Judea se encontró desde entonces
guardada por dos legiones94, Siria sólo conservaba tres, Capadocia
dos y Arabia u n a 95.
En tiempos de los Severos la presencia legionaria en Siria se refuerza
con la creación de las tres legiones Parthicae de las que dos se instalaron
en Oriente. La I Parthica en Singara, la III Parthica tal vez en Resaina,
en donde las encontramos atestiguadas bajo Alejandro Severo, tras haber"
estado acantonadas ambas cerca de Nisibe en el momento de su creación.
Pero este refuerzo se limitaba a responder a la extensión del Imperio más
allá del Eúfrates. Aún así Osroena carecía de legión.
Finalmente en Egipto se estacionaron tres legiones en tiempos de
Augusto96: la III Cyrenaica, la XXII Deioteriana y una legión cuyo nombre
desconocemos97. Una acampaba en Nicópolis en los arrabales de Alejan­
dría, otra en Babilone, en la cabeza del Delta, y la tercera probablemente en
Tebas 98 sin que sepamos cómo repartir las tres legiones entre estos campa­
mentos. A partir del reinado de Tiberio la legión desconocida dejó Egipto 99
y las dos restantes se instalaron en Nicópolis. Trajano les añadió la II Traia-
na, pero en el 106 contingentes de la III Cyrenaica se enviaron a Arabia en
tomo a Petra seguidos por la totalidad de la legión trasladada como muy

91 Cf. M. V an Berchem, «Une inscription flavienne d ’Antioche», M H, 40, 1983, p. 185-


196; Id. «Le port de Séleucie de Piérie et 1’infrastructure logistique des guerres parthiques»,
Bonner Jahr., 185, 1985, p. 85-87.
92 AE, 1971,465.
93 A sí J. Crow, «A Review», p. 84.
94 La II Traiana precedió a la VI Ferrata durante dos o tres años antes de volver a Egip­
to, de donde procedía.
95 A veces se atribuye una tercera legión (la IX Hispana) a Capadocia a partir de A nto­
nino Pío, pero sin pruebas decisivas: cf. M.P. Speidel, Roman A rm y Studies, I, p. 276-277.
96 Estrabón, XVII, 1.12; 1.30.
97 Podría ser la XII Fulm inata según L. Keppie, The M aking o f the R om an A rm y, p.
157-158.
98 Cf. M.P. Speidel, «A ugustus’ Deploym ent o f the Legions in Egypt», CE, 57, 1982, p.
120-124 (= Roman Arm y Studies, I, p. 317-321), para la guarnición de Tebas.
99 Se trata con certeza de la XII Fulm inata, pasó por Siria.

74
tarde en el 123 a los alrededores de Bostra. Hacia el 135 la XXII Deioteria-
na fue disuelta100 con lo que en Egipto quedó una sola legión.
Las guarniciones legionarias no eran las únicas encargadas de asegurar
la defensa de las provincias. Los auxilia constituían una fuerza importante
aunque sea extremadamente difícil apreciar su composición precisa101.
Alas y cohortes auxiliares demasiadas veces sólo están atestiguadas de
forma episódica y en ocasiones tenemos algunas dificultades para identifi­
carlas. Las indicaciones suministradas por los diplomas militares 102 tam­
bién deben usarse con precaución, pues no podemos estar seguros que se
refieran a la totalidad de las fuerzas auxiliares de la provincia en cuestión;
algunas incoherencias entre diplomas de la misma fecha o de fechas muy
cercanas inducen a sospechar sobre el conjunto103. Con todo, bajo la condi­
ción de admitir estas informaciones con reservas y carentes de nada mejor,
observamos que las unidades auxiliares son importantes en varias provin­
cias y tienen tendencia a aumentar104. Así en Mesia inferior se pasa de 3
alas y 5 ó 7 cohortes bajo Adriano a 5 alas y 11 cohortes hacia el año 157.
En Siria, si la cifra de 8 alas y 19 cohortes obtenida de la combinación de
las cifras de dos diplomas del 88 es exacta, el total de las tropas auxiliares
se situaría en tomo a los 14.500 hombres10S. En Capadocia tenemos para el
año 135 una cifra segura gracias a Amano, que era gobernador en esa
época106: disponía entonces de 4 alas y 10 cohortes. Así a los entre 10.000
y 11.000 hombres de las legiones se añadían unos 8.000 hombres de las
tropas auxiliares. En Egipto, según Estrabón107, había 3 alas y 9 cohortes
en tiempos de Augusto, estacionadas especialmente en Siena y en Cop­
tos 108. Los diplomas mencionan todavía 3 alas y 7 cohortes en los años 83
y 105. En Arabia, para la que no disponemos de ningún diploma, podemos
estimar que el número de unidades auxiliares se elevaba a la docena, de las
que varias estaban montadas (caballeros y meharistas)109, o sea unos 5.000
hombres, cifra que volvemos a encontrar en Palestina.

100 Se supone que fue diezm ada durante la revuelta de Bar K okhba1. cf. infra, capítulo 9,
p. 416.
101 D. Kennedy, en J. W acher, The Roman World, p. 277.
102 Cf. M.M . R oxan, R om an M ilitary D iplom as, 1954-1977, Londres, U niversity o f
London, Institute o f Archaeology, 1978; Ead., Roman M ilitary Diplomas, 1978-1984, Lon­
dres, U niversity o f London, Institute o f Archaeology, «Occasional Papers, 9», 1985 (versio­
nes resum idas RMD, I y II; los diplomas están num erados de forma continua en los dos
volúmenes).
103 Cf. infra, p. 92.
104 Cf. los cuadros de P.A. H older, Studies in the A uxilia o f the R om an Arm y fro m
Augustus to Trajan, Oxford, BAR, 1980, p. 189-191 y 199-209.
105 Dos diplomas del afto 88 (CIL XVI, 35 y M. Roxan, RM D , 3) indican para Siria, uno
3 alas y 17 cohortes, otro 5 alas y 2 cohortes; cf. E. Dabrowa, «Les troupes auxiliaires de
l ’armées rom aine en Syrie au Ier siécle de notre ere», DHA, 5, 1979, p. 233-254.
106 Arriano, Ektasis, in F. Jacoby, FGrHist, 156 F 12.
107 Estrabón, XVII, 1.12; 1.30.
108 Cf. M.P. Speidel, «The Eastern Desert Garrisons under Augustus and Tiberius», Stu­
dien zu r den M ilitargrenzen Rom s, II, p. 511-514 (= Roman A rm y Studies, I, p. 323-327).
105 M.P. Speidel, «The Rom an Arm y in Arabia», ANRW , II.8, p. 687-730, especialmente
p. 699-717 (= Rom an A rm y Studies, I, p. 241-259).

75
Por último, contrariamente a lo que podrían hacer creer las aprecia­
ciones de T ácito 110 y de Flavio Josefo111, las provincias del interior,
especialmente las provincias senatoriales de Grecia y de Asia Menor, no
estaban desarmadas. Todas ellas disponían de algunas tropas, destaca­
mentos legionarios o regimientos de auxilia U2. Había al menos una
cohorte en A sia113, en Bitinia-Pontol14, en Licia-Panfilia115, en Galacia,
en Tracia116, en Macedonia m ; en Cilicia sólo está asegurada la presencia
de un ala118. Por el momento sólo Acaya, Epiro, Chipre y Creta-Cirenai-
ca no han proporcionado pruebas de una presencia militar.
También es necesario mencionar las flotas regionales 119 que garanti­
zaban la seguridad de los mares y los ríos: la classis Augusta Alexandri­
na en Alejandría, la classis Syriaca en Seleucia del Pieria120, la classis
Pontica en Trapezonte desde el 64, y la classis Moesica en el Danubio,
especialmente en Noviodunum.

3. Reclutamiento y romanización

Las provincias de habla griega no han proporcionado al Imperio unos


contingentes militares tan importantes como los de la Europa danubiana.
Sin embargo un reclutamiento importante tuvo lugar en Tracia y en las
provincias sirias.
Es necesario distinguir tres tipos de reclutamiento. El reclutamiento
legionario es el más difícil de discernir, pues casi siempre desconocemos
el origen de los soldados. La adquisición previa 121 de la ciudadanía roma­

110 Tácito, Historias, I, 11.


111 Fl. Josefo, B J , II, 364-387.
112 Cf. R.K. Sherk, «The «Inerm es Provinciae» o f A sia M inor», AJPh, 76, 1955, p.
400-413; M.P. Speidel, «The Rom an A rm y in A sia Minor. Recent E pigraphical Discove­
ries and Research», en S. M itchell (ed.), A rm ies and F rontiers, p. 7-34 (= Roman A rm y
Studies, I, p. 273-300).
113 Cf. B. Overbeck, «Das erste M ilitardiplom aus der Provinz Asia», Chiron, 11, 1981,
p. 265-276 (Cohors I Raetorum) (cf, RM D , II, 100); hubo tam bién durante un tiem po desta­
cam entos de la IV legión Flavia cerca de Apam ea de Frigia: AE, 1976, 666; y destacam en­
tos en Eumeneía bajo Adriano: M. Christol y Th. Drew-Bear, Un Castellum romain p ré s
d A p a m ée de Phrygie, Viena, Ósterr. Akad. der W issensch., «Tituli Asiae M inoris. Erg. Bd,
XII», 1987, p. 37 y p. 53, n. 191.
114 M.P. Speidel, Rom an A rm y Studies, I, p. 279-280.
115 Bajo M arco Aurelio está atestiguada la cohors I Flavia N um idarum : R M D , I, 67.
116 Dos cohortes en el año 114: RM D, I, 14
117 CIL XVI, 67 m enciona a una cohorte en el 120.
118 Tácito, Anales, 11.68.
119 Cf. ahora M. Reddé, M are nostrum. Les infrastructures, le dispositif e t 1’histoire de
la marine militaire sous I'Em pire romain, París, De Boccard, 1986.
120 D. Van Berchem, «Le port de Séleucie de Piérie et Γ infrastructure des guerres part-
hiques», Bonner Jahrb., 185, 1985, p.47-87.
121 El alistamiento en la legión estaba reservado a los ciudadanos rom anos, se concedía
previam ente la ciudadanía a quienes no la poseían y que, sin embargo, se deseaba reclutar.

76
na oculta su origen preciso que sólo subsiste de forma aproximada en su
cognomen. Sin embargo, con la excepción de los egipcios122, que nunca
tuvieron derecho a entrar en las legiones, los orientales sirvieron en ellas y
en las cohortes pretorianas tanto en Oriente como en Occidente. Ya en su
momento Th. Mommsen 123 estimará que el reclutamiento era básicamente
local y que los orientales servían en Oriente más que Occidente. Las cuen­
tas sistemáticas efectuadas por J.C. M ann 124 confirman esta apreciación,
pero matizándola. Por una parte los tracios, bastante numerosos, sirven en
Germania 125 y son casi los únicos orientales que sirven en Occidente,
mientras que los occidentales nunca son numerosos en Oriente126. Por otra
parte, seguramente no debemos entender con la expresión «reclutamiento
local» que los legionarios sirven en su provincia de origen. Se observa
que hay numerosos soldados procedentes de Asia Menor en Tracia, nume­
rosos tracios en Siria y en Egipto, sirios en Egipto, etc. Por tanto asistimos
a un proceso de amalgama interna en Oriente que relativiza la idea de un
reclutamiento «local» de las legiones.
El reclutamiento de los auxilia tradicionales (alas y cohortes), aunque
originalmente se llevó a cabo de modo homogéneo, fue relativamente
más importante en Tracia 127 y en Siria128: cohors Thracum, Ituraeorum,
Petraeorum, Apamenorum, Cilicum m , Commagenorum, Palmyreno­
rum 13°, ala Antiochiensium, Phrygum, etc.131. Los pueblos poco urbani­
zados y poco helenizados como los tracios, los árabes, los comagenios,
se utilizan por sus competencias técnicas particulares como arqueros132,

122 Lo que designa a los cam pesinos, y no a los habitantes de las m etrópolis de los
nomos; cf. Lesquier, L 'Armée rom aine d ’E gypte, El Cairo, 1918, p. 215-216.
123 Th. M ommsen, Ges. Schriften, VI, p. 20-117.
m J.C. M ann, L egionary Recruitm ent and Veteran Settlem ent during the Principóte,
Oxford, BAR, 1983; para Oriente, cf. en particular p. 36-39 y 41-48, con los cuadros de las
p. 131-141 y 144-156.
125 J.C. Mann, Legionary Recruitment, p. 95.
126 Cf. AE, 1955, 238: en el año 157, entre los veteranos de la II Traiana hay 107 occi­
dentales y 25 orientales, pero según las cuentas efectuadas por J. Lesquier, L ’armée rom ai­
ne d ’Egypte, p. 203-216, es una situación excepcional; en el siglo I como en el II, los orien­
tales son de lejos los m ás num erosos y, a lo largo del siglo II, el reclutam iento local tiende a
increm entarse’. Las listas de J. Lesquier se pueden com pletar con R. Cavenaille, «Prosopo-
graphie de l’armée rom aine d ’Egypte d ’Auguste á Dioclétien», Aegyptus, 50, 1970, p. 213-
320, y N. C reniti, «Supplem ento alia prosopografia d e ll’esercito rom ano d ’E gitto da
A ugusto a Diocleziano», A egyptus, 53, 1973, p. 93-158.
127 Cf. M.G. Jarrett, «Thracian Units in the Rom an Army», IEJ, 19, 1969, p. 215-224.
128 N o he podido consultar la tesis de D.L. Kennedy, The Auxilia and Numeri R aised in
the Roman Province o f Syria, D Phil. Oxford, 1980.
129 Cf. H. Devijver, «Cohortes Cilicum in the Service o f Rome», ZPE, 47, 1982, p. 173-183.
130 Cf. D.L. Kennedy, «Cohors X X Palmyrenorum», ZPE, 53, 1983, p. 214-216.
131 Cf. Las listas de P.A. Holder, Studies in the Auxilia, p. 227-233; si algunas unidades
no se encuentran varias veces bajo nombres diferentes, cuento 37 reclutadas en Tracia y
otras tantas en Siria, contra 53 en Bélgica y en las Germanias, 74 en las Galias, una treinte­
na en las Panonias, y m ás de 60 en España. Las contribuciones de las otras provincias asiá­
ticas son insignificantes.
132 Se conocen cohortes de arqueros calcidios, cretenses, com agenios, tracios y tirios.

77
arqueros montados 133 o meharistas134. Pero también quedamos sorprendi­
dos por el número de alas o cohortes aportado por las ciudades (Petra,
Canata, Calcis, Antioquía, Apamea, Damasco, Ascalón, Sebaste, Cirro,
Hama, Tiro, Cesarea), fenómeno específico de Siria, pues no parece
haber otro ejemplo en Oriente. Nos gustaría saber si estaban formadas
por ciudadanos de estas ciudades o por indígenas reclutados por esas ciu­
dades con ocasión de la leva.
Algunos batallones podían ser herederos, originariamente, de los
ejércitos indígenas suprimidos tras la anexión de un estado cliente, pero
equipados a la romana. Así la legión XXII Deioteriana no era otra cosa
que el ejército gálata enrolado en el ejército romano tras el 25 a. de C .135.
Los auxilia indígenas sólo se emplearon en su zona de reclutamiento
raramente, al menos hasta la mitad del siglo II. Así los palmiranos, eme-
sios y osroenos se instalaron en Numidia136, los hamanos e itureanos en
Mauritania Tingitana, mientras que los gétulos originarios de Numidia y
los tracios se estacionaban en Arabia y en Siria137. Se podrían encontrar
otros ejemplos de estos intercambios entre Oriente y Occidente pero,
como en el caso de los legionarios, nos apercibimos que los auxilia reclu­
tados en Oriente servían a menudo en su zona pero en una provincia dife­
rente a la suya de nacimiento. Así, cohortes de tirios, Calcedonios, coma-
genios, cilicios y sirios estaban acantonadas en Mesia inferior, petreos,
itureanos y cirenaicos en Capadocia, petreos y damascenos en Judea, itu­
reanos, cilicios y apameos en Egipto, ascalonitas y tracios en Siria138.
En lo que concierne a las unidades reclutadas entre gentes aliadas y
destinadas a misiones específicas (numeri), que se multiplicaron a partir
del siglo II, Oriente contribuye con un cuerpo proveniente de Siria y que
encontramos en Panonia y sobre todo con cuerpos de arqueros palmira­
nos estacionados en Dacia bajo el reinado de Adriano139. Sin embargo, se

133 Los sum inistran los petreos, los itureos y los cireneos.
134 Desgraciadamente, las alae drom adariorum no llevan epítetos de etnia, pero sólo se
podían reclutar en Africa del Norte o en Siria-Arabia.
135 L. Keppie, The M aking o f the Roman Arm y, p. 141; «The History and D isappearance
o f the Legion XXII Deiotariana», Cathedra, 50, 1988, p. 49-57 (en hebreo, pero, am able­
mente, L. Keppie me dió su texto original en inglés, por lo que le doy las gracias).
136 Cf. J. Carcopino, «Le Lim es de N um idie et sa garde syrienne», Syria, 6, 1925, p. 30-
57 y 118-149.
137 Acerca de la guarnición gétula instalada en la frontera sur de la provincia de Arabia,
en el Hedjaz, cf. M. Sartre, Trois études, p. 29-35; acerca de las unidades tracias, cf. M.P.
Speidel, «The Rom an A rm y in Arabia», ANRW , ΊΙ.8, p. 710-711.
138 Este inventario dista mucho de ser exhaustivo; cf. P. A. Holder, Studies in the A uxi­
lia o f the Rom an Arm y fro m Augustus to Trajan, Oxford, BAR, 1980.
139 Cf. M.P. Speidel, «The Rise o f Ethnic Units in the Rom an Army», ANRW , II.3, p.
202-231 (= Roman Arm y Studies, I, p. 117-148), y sobre todo P. Le Roux, «Les diplomes
militaires et Involution de l ’armée rom aine de Claude á Septime Sévére: auxilia, numeri et
nationes’, en W. Eck y H. W olff, H eer undIntegrationpolitik. Die romischen M ilitardiplo-
me als historische Quelle, Colonia-Viena, Bohlau, «Passauer Historische Forschungen, 2»,
1986, p. 357-374, en el que se encontrarán los textos y una discusión en profundidad que
aclara singularm ente el sentido de numerus, concebido como una unidad operacional.

78
podrían asimilar a los anteriores las unidades de nómadas safaitas emple­
adas en el límite desértico del Haurán140.
A partir del siglo II asistimos a un claro refuerzo del reclutamiento
local. La guarnición de Dura-Europos, en la primera mitad del siglo m,
está constituida por una muy fuerte proporción de semitas y, por tanto, de
indígenas141.
La presencia de soldados en una provincia, el hecho que los veteranos
(indígenas o no) se instalen en ella, plantea el difícil problema que consis­
te en comprender su influencia sobre la evolución económica, social y
cultural de la provincia en cuestión. Ningún estudio preciso se ha hecho
por el momento respecto a este tema siguiendo el modelo de lo que cono­
cemos para Hispania142. Por el instante es imposible atribuir al ejército
una influencia de ningún tipo sobre el desarrollo económico de las ciuda­
des 143, a no ser que nos limitemos a generalidades, o incluso a banalida­
des, como el hecho de que el ejército asegura la paz favorable para el
desarrollo, o que consume y, por tanto, compra144. Es cierto, el soldado,
bien pagado145, es un hombre que puede gastar. Partiendo de esto E. Gren
ha podido llevar a cabo cálculos que muestran cómo la presencia de una
legión representaba una suma de entre 2 y 2,5 millones de denarios a gas­
tar 14s. ¿Pero cómo evaluar la parte de lo ahorrado y qué suma representa
esa cantidad en relación con la riqueza global de una provincia?
El único punto un poco documentado es que el ejército constituye un
medio esencial de acceso a la ciudadanía romana para los orientales147,

140 Cf. M. Sartre, Trois études, p. 122-126.


141 Cf. J.F. Gilliam, Dura F inal Report. V: Parchments and Papyri, N ew Haven, Yale
University Press, 1959, p. 24-36.
142 Estudio fundam ental que debería servir de m odelo de P. Le Roux, L 'armée romaine
et ¡ ’organisation des provinces ibériques d'Auguste ά ¡ ’invasion de 409, París, De Boccard,
«Publications du Centre Pierre-Paris, VIII», 1982, en especial p. 319-356. Los comentarios
m uy generales de J.F. Gillian, «Romanization in the Greek East. The R ole o f the Arm y»,
BASP, 2, 1965, p. 65-73, dan la m edida de lo que queda por hacer. El único otro estudio
regional im portante sigue siendo la de J. Lesquier, L ’armée rom aine d ’Egypte d ’A uguste ά
Dioclétien, El Cairo, 1918.
143 L as consideraciones optim istas de E. Gren, Kleinasien und der Ostbaikan in der
wirtschaftlichen Entw icklung der romischen Kaiserzeit, Uppsala, Lundqvist, 1941, p. 109-
111 en especial, y m ás en general p. 89-158, m e parecen rechazadas con razón p o r D.
French, «Cappadocia and the Eastern Limes: Aspects o f Rom anisation at Amaseia o f Cap­
padocia», en Ph. Freem an y D. Kennedy (ed.), The Defence o f the Roman East, p. 277-285.
Y a en el mismo sentido, R. M acm ullen, Soldier and Civilian in the L ater Roman E m pire,
Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 1963, p. 89-90. Para Egipto, balance igual­
m ente negativo hecho por J.-M . Carrié, «Le role économ ique de P arm ée dans l’E gypte
romaine», en Arm ées et fisca lité dans le monde antique, París, CNRS, 1977, p. 373-393.
144 No he podido consultar J.P. Adams, Logistics o f the Roman Imperia! Army. M ajor
Campaigns on the Eastern F ront in the F irst Three Centuries AD , PhD Yale, 1976.
145 Cf. J.B. Campbell, The Em peror and the Roman A rm y (31 BC- A D 235), Oxford,
OUP, 1984, p. 161-198, en especial p. 176-181.
146 E. Gren, Kleinasien und der Ostbaikan, p. 135-138.
141 N o sé cómo J.F. Gilliam, «Rom anisation in the Greek East. The Role o f the Army»,
BASP, 2, 1965, p. 66, calculó que 600.000 orientales habrían recibido de este modo la ciu­
dadanía rom ana entre A ugusto y el año 212.

79
sobre todo en los medios poco o nada helenizados14S, puesto que se llega
a ser automáticamente ciudadano cuando se obtiene la licencia de los
auxilia a partir del reinado de Claudio149, o bien al entrar en la legión.
Paradójicamente, antes del 212, en Siria como en Arabia, son los elemen­
tos indígenas menos helenizados quienes adquieren más fácilmente la
ciudadanía romana por esta vía. Pero la adquisición de un estatuto jurídi­
co favorable no supone ipso facto la asimilación de una cultura.
Las fundaciones de colonias de veteranos crearon en Grecia (Patrás,
Dirraquio, Filipos) y Anatolia (Antioquía de Pisidia y las colonias veci­
nas), y accesoriamente en Siria (Beritos, Heliópolis, Tolemais y, más
tarde, Elia Capitolina), focos de romanización en tomo a ciudades pobla­
das por ciudadanos romanos150. En todo caso los efectos culturales son
de lo más limitado pues observamos en todas partes que el griego suplan­
ta al latín a partir del reinado de Adriano. Nada testimonia tampoco una
difusión de los cultos romanos, dejando aparte los cultos militares pro­
piamente dichos que no salen de los círculos de soldados y veteranos151.
A partir del siglo II apenas hay nuevas fundaciones de colonias de
veteranos. Tal vez hubo atribuciones viritanas (lotes concedidos indivi­
dualmente a soldados) a pesar de que no tengamos ningún testimonio
seguro; pero sobre todo la libre instalación de los veteranos gracias a su
prima de licénciamiento (que reemplaza cada vez con más frecuencia la
primitiva concesión de un lote de tierra) dispersó por ciudades y campos
a veteranos, ciudadanos romanos que actuaron, en las aldeas, como nota­
bles. Esto contribuyó a difundir si no una cultura en sentido institucional,
al menos un tipo de vida «greco-romano» allí en donde los indígenas
apenas habían tenido ocasión de observarlo.

4. Defensa y red viaria

Una de las aportaciones más visibles y beneficiosas de Roma fue la


formación de una red viaria bien construida en todas las provincias. Sería
absurdo relacionar esta red únicamente con las necesidades de la defensa,
pues es evidente que servía para cualquier uso.
Sin embargo, los imperativos defensivos fueron el motivo de la
construcción de muchas carreteras y de su mantenimiento regular.

148 Cf. J.P.V.D . Balsdon, R om ans and A liens, Londres, D uckw orth, 1979, p. 90-96;
D.H. Saddington, The D evelopm ent o f the Roman A uxiliary Forces, p. 189-192; F. V itting-
hof, «M ilitardiplom e, rom ische Burgerrechts- und Integrations-politik der H ohen Kaiser­
zeit», en W. Eck y H. W olff (ed.), Fleer und Integrationspolitik, p. 535-555.
149 Cf. E. Birley, «Before the D iplom as and the Claudian Reform », en W. Eck y H.
W olff, Fleer und Integrationspolitik, p. 249-257. A partir de A ntonino Pío, los hijos ya no
la consiguieron autom áticam ente, salvo los de marineros: J.P. V.D. Balsdon, Romans and
Aliens, p. 92; J.B. Campbell, The Em peror and the Roman A rm y, p. 439-445.
150 Cf. J.C. Mann, Legionary Recruitm ent and Veteran Settlem ent during the Principóte,
Oxford, BAR, 1983.
151 Observem os que estos cultos de soldados son a menudo orientales como los de M ith­
ra y Júpiter Doliqueno.

80
Esto resulta especialm ente evidente en A natolia con las viae Sebas-
tae desarrolladas a partir de A ugusto y hasta el siglo n, y extendidas
hacia el este a m edida que avanzaban las anexiones. El desarrollo de
redes en estrella en torno a A pam ea de Frigia, de A ncira, de Cesarea
de Capadocia, de Sebasteia del Ponto, perm itía intervenir con rapi­
dez en toda A n a to lia 152. Vías directas y rápidas unían a los cam pa­
m entos de la frontera entre sí y con la retaguardia, pero tam bién se
desarrollaron las vías de com unicación entre la Europa balcánica y
Siria a través de la m eseta a n a to lia 153. E sta red se desarrolló con el
progreso de la conquista, a veces tan pronto com o Rom a ponía el pie
en el país. En este sentido un m iliario de Trajano m uestra que a p ar­
tir del 115 ya se em prendió la construcción de una carretera a través
del jab al S in ja r154.
Esta red también era densa en Siria, así como en Judea y en Arabia. En
estas dos últimas provincias la relación entre carreteras y ejército aparece
muy claramente. Entre el 111 y el 115, es decir, poco después de la anexión
de Arabia, se construyó la via Nova entre la frontera Siria y Aila en la costa
del mar Rojo (los miliarios lo explicitan diciendo a finibus Syriae usque ad
Mare Rubrum), especialmente gracias al trabajo de los soldados de la legión
III Cyrenaica155. La nueva carretera (que sigue de hecho el itinerario de la
antigua «ruta de los reyes» por las mesetas de Moab y de Edom) unía entre
sí a las principales ciudades de la provincia y permitía un rápido desplaza­
miento de las tropas de Arabia evitando el desierto. En Judea, en donde
existía una densa red de rutas romanas, en el siglo n, la encrucijada principal
se encontraba exactamente en Caparcotna, en Galilea, en las cercanías del
campamento de la legión VI Ferrata, que de este modo podía intervenir
rápidamente en Escitópolis, Tiberiades, Tolemais o Cesarea156.
La presencia de esta red viaria rápida permitió asegurar una defensa
eficaz y proteger y facilitar los intercam bios. Las sólidas carreteras
construidas por Rom a perm itían el transporte en todas las épocas por
todo el Oriente. N o hay que exagerar su importancia para el comercio a
larga distancia (que prefiere siempre el transporte por vía acuática cuan­
do es posible), pero a escala local, los transportes se vieron facilitados
entre las ciudades, entre las aldeas y sus ciudades vecinas. Sin embargo

152 Cf. D.H. French, «The R om an Road System o f A sia M inor», ANRW , II.7.2, p. 698-
729; Ε. Dabrowa, «Les voies romaines d ’Asie M ineure depuis M. A quilius ju sq u ’á Marc
Auréle», Etudes et Travaia, 9, 1976, p. 130-141.
153 Cf. D.H. French, Roman Roads and M ilestones o f A sia Minor, I. The Pilgrim 's Road,
Oxford, BAR, 1981, construida de Bizancio hasta Antioquia bajo D om iciano en lo esencial.
154 D. Oates, Studies in the A ncient History o f Northern Iraq, N ew York, Oxford Uni­
versity Press, 1968, p. 71. M ás al este, cf. W .C. Brice, «The Rom an Roads through the Anti
Taurus and the Tigris Bridge at H asan Keyf», en J. Tischler (ed.), Serta Indogermánica.
M élanges G. Neumann, Innsbruck, Sprachwiss. Institut, 1982, p. 19-33.
155 Cf. M. Sartre, Trots études, p. 22-23 y 79-80.
156 Cf. B. Isaac y I. Roll, R om an Roads in Judaea, I, The Legio-Scythopoiis Road,
Oxford, BAR, 1982.

81
debemos cuidamos de insistir en la incidencia de estas construcciones
sobre el desarrollo de los intercambios. Estas rutas sólo se pueden usar
para los transportes con carros, pues los animales de carga temen estas
vías empedradas.
La presencia simultánea de soldados y carreteras fue uno de los
medios más seguros para luchar contra el bandidismo, verdadera peste
del Oriente Próximo, tanto en Siria (Galilea, Iturea, Traconítida) 157 como
en Anatolia (Cilicia, Misia, Isauria). Se observa en efecto que la seguri­
dad se incrementó rápidamente con el desarrollo de la red viaria. A los
bandidos no les quedó más remedio que refugiarse en el desierto inacce­
sible, tal como lo indican las inscripciones safaíticas encontradas en el
desierto al este de Damasco y del jabal Druso en donde vemos cómo ban­
didos y fuera de la ley buscan refugio158.

IV. F is c a lid a d y m o n e d a

A. La Fiscalidad

La documentación disponible, de origen egipcio en lo esencial, impi­


de trazar un cuadro completo de los ingresos que Roma obtiene de las
provincias orientales159. Además toda extrapolación a partir de los cono­
cimientos adquiridos para una provincia es imposible pues, en este domi­
nio como en muchos otros, Roma no intentó uniformizar. Heredera de la
fiscalidad de los reinos y las ciudades helenísticas, no tenía ninguna
razón para suprimir las tasas existentes con el pretexto de que no pertene­

157 La relación entre bandidismo y red de carreteras aparece con nitidez cuando se reco­
rre la vía rom ana que atraviesa en línea recta la m eseta basáltica del Ladja (Traconítida),
creada sin que hubiera ninguna necesidad económica; hizo falta un notable empeño para
trazar una v ía en medio de un caos de bloques donde los caballos no pueden caminar. A lo
largo de la carretera hay torres bien conservadas, cada una acom pañada de un depósito de
agua; cf. el estudio antiguo de M. D unand, «La voie rom aine du Ledja», M ém oires de
l ’A cadém ie des inscriptions et belles-lettres, París, 1930, a la espera de una nueva publica­
ción de Th. Bauzou.
158 Cf. CIS V, 66, 1713, 3721, 3776, 3787-3788, 4438.
159 Debem os rem itirnos al estudio fundam ental de Lutz Neesen, Untersuchungen zu den
direkten Staatsabgaben der romischen Kaiserzeit (27 v. Chr.-284 n. Chr.), Bonn, Habelt,
1980, con la recensión crítica de P.A. Brunt, «The Revenues o f Rom e», J R S , 71, 1981, p.
161-172. Se en co n trarán ind icaciones útiles en A .H .M . Jones, The R om an Econom y,
Oxford, OUP, 1974, capítulo VIII: «Taxation in Antiquity», p. 164-186 (artículo postumo
editado por P.A. Brunt que subraya algunos de sus desacuerdos); cf. tam bién M. Corbier,
«L ’im pót dans l ’Empire rom ain: resistances et refus (Ier-IIIe siécle)», en Toru Yuge y Masa-
oki Doi, F orm s o f Control a nd Subordination in Antiquity, Leiden, Brill, 1988, p. 259-274.
Acerca de Judea, el artículo de M. Hadas-Lebel, «La fiscalité romaine dans la littérature
rabbinique ju sq u ’a la fin du IIP siécle», REJ, 143, 1984, p. 3-29, nos da más información
sobre las reacciones de los provinciales ante los im puestos que sobre la fiscalidad rom ana
en esta provincia especial. Finalm ente, R. Cagnat, E tude historique sur les impóts indirects
chez les Romains, París, 1882 (reimpresión, 1966), sigue siendo útil.

82
cían a su propio sistema fiscal. Por el contrario, los ingresos extraídos de
las provincias garantizaban al menos la inmunidad fiscal de Roma y de
Italia, así como de algunas comunidades privilegiadas en las provincias
por añadidura. Por lo tanto era importante que esos ingresos fuesen lo
más elevados que era posible y para ello conservar todos los impuestos y
tasas en vigor era una buena política.
La pobreza de la documentación, con la excepción de Egipto, sólo
nos permite entrever que existían tasas diferentes 160 entre las distintas
provincias161. Además la misma palabra podía designar realidades fis­
cales cuyas bases tributarias o tasas variaban. Por último, no siempre
es fácil saber si un impuesto se recaudaba a beneficio del fisco impe­
rial o de las autoridades locales. Por lo tanto nos contentaremos con
presentar a grandes rasgos las principales retenciones efectuadas por
Roma.

1. La fiscalidad directa

Lo que nosotros denominaríamos fiscalidad directa incluye dos


impuestos, el tributum soli y el tributum capitis, es decir, en principio, un
impuesto sobre los bienes inmuebles y otro sobre las personas. La reali­
dad es, evidentemente, más compleja.
El tributum soli es un impuesto catastral pagado por toda tierra pere­
grina, de tal modo que incluso las colonias están sometidas a él cuando
están situadas fuera de Italia, a menos que hubiesen obtenido el ius itali-
cum que asimila jurídicamente su territorio al suelo italiano162. Según los
lugares puede asentarse sobre el valor de la producción agrícola, sobre el
valor intrínseco del bien raíz o, más ampliamente, sobre el valor global
de la propiedad, incluyendo los útiles, los animales, los edificios agríco­
las, los medios de transporte, las reservas, en una palabra el instrumen­
tum fundi. Es por pura hipótesis que se estima generalmente que la pro­
piedad inmueble urbana no está sometida a este impuesto163.
El tributum capitis es el impuesto personal por excelencia, calculado
por cabeza. Pero según las provincias no es exactamente idéntico. Así en

160 Así, existía en Jerusalén un impuesto sobre las casas, abolido por Agripa II: Fl. Jose­
fo, AJ, XIX, 299. El hecho de que se tratase de un impuesto retenido en beneficio de Roma
(Neesen, p. 59) o del Tem plo tiene poca importancia; se trata seguram ente de un invento
local. Cf. tam bién el impuesto sobre los clavos en la provincia de Asia atestiguado reciente­
mente por un texto de A frodisia; J. Reynolds, A phrodisias and Rome, Londres, London
Society for the Prom otion o f Rom an Studies, «Journal o f Roman Studies M onographs, 1»,
1982, texto n° 15, que sólo puede ser un impuesto imperial ya que Adriano declara exentos
de pagarlo a los de Afrodisia.
161 Aunque no existen pruebas de que una tasa atestiguada una vez en una ciudad o una
región no haya sido recaudada en otra parte sin que tengamos noticia de ello.
162 Cf. F.T. Hinrichs, H istoire des institutions grom atiques, París, Geuthner, 1989, p.
155-165.
163 Cf. P.A. Brunt, «Revenues», p. 166.

83
Egipto todos los individuos varones entre los 14 y los 60 años, incluidos
los esclavos, deben pagarlo. En Siria los hombres son imponibles entre
los 14 y los 65 años, las mujeres entre los 12 y los 65 164. El amo paga por
sus esclavos (así como por las mujeres de su familia), lo que equivale a
establecer un impuesto indirecto sobre los propietarios de tierras y los
empresarios de todo tipo que utilicen esclavos no sólo para su comodi­
dad, sino como fuerza de producción. Además, a juzgar por las declara­
ciones exigidas a los individuos en el momento del censo, podemos pre­
guntamos si el tributum capitis no engloba en realidad la totalidad de
todos los bienes aparte de los raíces; cada cual debe declarar no sólo a
sus esclavos, sino también a sus arrendatarios eventuales, sus deudas, sus
joyas, sus vestidos valiosos165. En estas condiciones el tributum capitis
se impondría sobre el conjunto de los bienes no inmuebles de una familia
considerada como unidad fiscal166.
A estos dos impuestos regulares habría que añadir el oro coronario,
herencia de la época en la que los griegos ofrecían coronas de oro a los
soberanos a los que querían honrar y dar las gracias. Desde hacía
mucho tiempo, las coronas se habían convertido en un impuesto obli­
gatorio, pero pagado de modo irregular. El emperador lo exige en el
momento de su ascenso al trono, con ocasión de un acontecimiento
feliz o notorio o, simplemente, cada vez que tiene necesidad de dinero.
Que un emperador renuncie a este oro coronario cuando todo el mundo
espera tener que hacer el desembolso se considera como un favor
insigne167.
La percepción del tributo exigía un conocimiento preciso a la vez de
los bienes y de las personas, que se obtenía por la periódica realización
de censos y por la elaboración de un catastro. En Egipto, la tradición de
la apographé, es decir, de la declaración casa por casa de los bienes y de
las personas se mantuvo. Un censo general tenía lugar cada catorce
años 168 con el fin de establecer la base imponible de la tasa por cabeza, la
laographía m .
En las demás provincias están atestiguados los censos de acuerdo
con los procedim ientos vigentes en Roma 170, especialm ente en el

164 Ulpiano, D e censibus, II, en D isgesto, 50.15.3.


165 Esto está atestiguado en Roma, pero la form ula censualis en vigor en las provincias,
salvo en Egipto, parece ser la misma: P.A. Brunt, «Revenues», p. 166-167.
166 P.A. Brunt, «Revenues», p. 168.
167 A sí Alejandro Severo renunció al oro coronario que le era debido por su ascenso al
trono: A.K. Bowman, «The Crown-tax in the Rom an Egypt», BASP, 4, 1964, p. 59-74; pero
no suprim ió el impuesto en sí mismo, com o se dijo.
168 M . H om bert y C. Préaux, Recherches sur le recensem ent dans l 'Egypte romaine,
Leiden, Brill, «Papyrologica Lugduno-Batava, V», 1952.
169 El térm ino designa el recuento de los individuos, pero ha llegado a designar el
im puesto en sí mismo ya que el censo tenía sólo una utilidad fiscal; del m ism o modo se
encuentra kensos em pleado para indicar el impuesto por persona en los Evangelios: Mateo,
22.17; M arcos, 12.14; Lucas, 20.22 (contra: M. H adas-Lebel, op. cit.).
170 Cf. lista completa con referencias en P.A. Brunt, «Revenues», p. 171-172.

84
momento de la anexión de una nueva provincia m . Eran regulares pero
de periodicidad variable según las provincias: cada doce años en Siria,
cada quince o treinta años en Tracia172. Funcionarios romanos estaban
encargados de supervisar las operaciones, incluso de realizarlas ellos
mismos en algunas regiones apartadas, pero la mayor parte de las veces
la responsabilidad del censo descansaba en las comunidades locales173.
Las declaraciones falsas se castigaban con severidad 174 así como la
negligencia de los empleados subalternos en el establecimiento de los
registros175.
Finalmente, el catastro no se contentaba con registrar los nombres de
los propietarios y los límites de las propiedades sino que también anotaba
la calidad de las tierras (más o menos inundables en Egipto, situadas en
alturas o llanuras en Siria) y el uso que de ellas podía hacerse (tierras
para trigo, pastos, olivos),76.

2. La fiscalidad indirecta

Todavía más que la fiscalidad directa, el impuesto indirecto varía de


una provincia a otra. Egipto, por ejemplo, ha conservado casi sin cam­
bios la fiscalidad lágida que parece tanto más pesada cuanto se la conoce
infinitamente mejor que la de las demás provincias177. Pero es poco pro­
bable que ocurriese lo mismo en otras partes. Sólo podemos, por tanto,

171 En Capadocia en el afto 17: Tácito, Anales, VI, 41.1; en Judea en el año 6 d. de C.:
cf. la síntesis en E. Schürer, H istory o f the Jew ish People in the P' Century, I, p. 399-427
(hay trad. esp. ver biblio.).
172 M. Leglay, «Les censitores provinciae Thraciae», ZPE, 43, 1981, p. 175-184; sin
embargo dudo que cada treinta años sea posible, pues sería extraño que los individuos no
fueran som etidos a la capitación antes de esta edad.
173 Cf. les m astreiai de M esena en el Peloponeso: /G V, 1, 1432-1433, entre el 35 y el
44 d. de C. (fecha establecida con certeza por A. Giovannini, Rom e et la circulation moné-
taire en Gréce, Basilea, Reinhardt, «Schweizer Beitrage zur Altertumwissenschaft, XV»,
1978, p. 115-122).
174 U n edicto de Séptimo Severo asimila la falsa declaración al crimen de maiestas y al
adulterio: CJ, IX, 41.1; Digesto, V, 1, 53; en Egipto, se confiscan a los esclavos no declarados
y la cuarta parte de los bienes inmuebles en caso de fraude: Gnomon d e l ’ldiologue, 44, 58-63.
175 Cf. el edicto de M. Metió Rufo, prefecto de Egipto en el 89, acerca del correcto registro
del catastro: Select Papyri, II, n° 219. Esta preocupación se manifiesta también en la vigilancia
de los archivos públicos de las ciudades que podían tener consecuencias sobre la retención fis­
cal romana: cf. una advertencia muy severa del gobernador de Licia a la ciudad de Mira acerca
de este tema: M. W orrle, en J. Borchhardt, Myra. Eine lyldsche M etropole in antiker und
byzantinischer Zeit, Berlin, Gebr. Mann, «Istanbuler Forsclnmgen, XXX», 1975, p. 254-286.
176 Cf. A. Deléage, La capitation au Bas-Empire, M acon, Protat, 1945, p. 168-169 (Asia
M enor), p. 159 (Siria). Para Siria el censo se deduce de las Leges Saeculares, transmitidas
en traducción siriaca y que se rem ontan al Bajo Imperio: texto en latín en FIRA, II, p. 795-
796, pár. 121; pero no existen pruebas de que el texto se aplique sólo a Siria, ni que atesti­
güe los usos antes de la tetrarquía; acerca de la fo rm a censualis, Ulpiano, De censibus, II,
en Digesto, 50. 15.4; cf. F.T. Hinrichs, Histoire des institutions grom atiques, p.125-128.
177 Cf. S.L. W allace, Taxation in E gypt from Augustus to D iocletian, Princeton, U niver­
sity Press, 1938.

85
tomar en consideración aquí los impuestos y tasas que encontramos en
todas partes.
Los impuestos más numerosos gravan la actividad económica. Los
portoria son los derechos aduaneros calculados sobre el valor de las
mercancías ™, pero sus tasas varían de un lugar a otro 179; encontramos
sobre todo gravámenes del 1 al 5%, con una preferencia por el 2,5%
(iquadragesima portuum Asiae..., Quadragesima Bithyniae), pero la
tasa puede subir hasta el 25% en los puertos del mar Rojo o a la entra­
da en Siria 180. Los portoria se cobran no sólo en las fronteras del
Im perio181, sino también en su interior 182 y gravan del mismo modo
las mercancías importadas y exportadas 183. Además una multitud de
tasas y sobretasas se añaden con el paso del tiempo a la tasa principal,
lo que incrementa el gravamen; algunos recibos aduaneros muestran
que los mercaderes pagaban hasta diez o quince sobretasas diferentes
que alcanzaban hasta el 70% del montante del portorium propiamente
dicho 184.
La vicesima quinta venalium manciporum grava con una retención
del vigésimo quinto (4%) todas las ventas de esclavos185, mientras que
otra tasa del 1% grava todas las ventas indistintamente186. A esto se aña­
dían según los lugares las tasas pagadas por los artesanos (cheironaxiai),
los derechos de mercado 187 y, en Egipto especialmente, los derechos de
co n cesió n de los m ú ltip les m onopolios (pesca, fab ricació n de
cerveza)188. Finalmente, las scriptura gravan el ganado o, con más exac­
titud, los pastos.

178 No es cierto que sea siempre una tasa ad valorem·. P.J. Sijpesteijn, Customs D uties in
Graeco-Roman Egypt, Zutphen, Terra Publ., 1987, p. 80-82, m uestra que los docum entos
egipcios no perm iten zanjar esta cuestión.
179 Ei estudio fundam ental sigue siendo el de S.J. de Laet, Portorium, Brujas, De Tem ­
pel, 1949; para Egipto, se debe añadir ahora P.J. Sijpesteijn, Customs Duties in Graeco-
Roman Egypt, Zuphten, Terra Publ., 1987.
180 S.J. De Laet, Portorium, p. 306-311 (Egipto) y p. 335-336 (Siria).
181 A si el vectigal M aris R ubri vuelto a organizar por Claudio (Plinio, H N, V I, 84)
recaudado en los puertos del m ar Rojo: S. J. De Laet, Portorium, p. 306-311.
182 E n Egipto se conocen tales aduanas entre A lejandría y el resto del país, pero también
entre epiestrategías, a la entrada de algunos nomos (3% a la entrada y a la salida de Arsinoí­
ta), en Coptos en donde convergen las principales vías procedentes del mar Rojo (pero la
fam osa Tarifa de Coptos, IG R, I, 1183, no es una tarifa aduanera; es un barem o de peaje
por el uso de la carretera entre Coptos y el m ar Rojo), así com o a la entrada de algunas
aldeas: P.J. Sijpesteijn, Customs Duties, p. 16-26.
183 La tasa excepcional del 25% cobrada en Siria y en los puertos del mar Rojo se aplica
sin duda sólo a las m ercancías importadas: S. J. De Laet, Portorium, p. 310.
184 Cf. S.J. De Laet, Portorium, p. 318-319.
185 A.H.M . Jones, The Roman Economy, p. 166.
186 Id., ibid., p. 166.
187 Así en Siria en el santuario de Baitokeke: IG L S VII, 4028, con el comentario im por­
tante de A. B aro n i, «I terren i e i p riv ile g i del T em pio di Z eus a B a itokeke», S tu d i
ellenistici, I, Pisa, Giardini, 1984, p. 161-162 (para las tasas).
188 Se debería m encionar la centesima rerum venalium, tasa del 1% sobre las subastas,
pero existió quizás sólo en Italia y parece haber desaparecido después del 38 d. de C. Por
tanto se puede omitir aquí. A lim entaba el aerariun militare.

86
La vicesima libertatis consiste en una tasa de un vigésimo del precio
de las liberaciones de esclavos. Caracalla 189 dobló su monto, pero Macri­
no eliminó esa medida en cuanto ascendió al trono190. Por último, la vicé­
sima hereditatium era un impuesto de un vigésimo (5%) sobre las heren­
cias (pero los herederos directos estaban exentos, asi como las fortunas
modestas), sólo la pagaban los ciudadanos romanos. Así pues supuso una
aportación creciente con el paso del tiempo y se generalizó ipso facto en
el 212 cuando todos los habitantes del Imperio adquirieron la ciudadanía
romana191. Su monto se ingresaba en el aerarium militare. Como en el
caso de la vicesima libertatis, Caracalla dobló la tasa de imposición, pero
Macrino la devolvió a su nivel anterior.

3. Percepción y peso de la fiscalidad

Los agentes imperiales o las autoridades locales recaudaban directa­


mente los impuestos directos. Esto terminaba con la práctica de época
republicana en la que la recaudación estaba arrendada a sociedades de
publicanos, lo que había dejado un doloroso recuerdo entre los provincia­
les. Ya César había abolido el arriendo del diezmo de Asia con el alivio
general192. En todos los lugares en los que había ciudades o comunidades
indígenas organizadas, éstas eran las encargadas de la recaudación del
impuesto en su territorio193, lo que suponía ventajas para el estado y para
la ciudad o comunidad. El estado no tenía que mantener funcionarios
especializados en esta tarea, lo que bajaba los costes de percepción194. La
ciudad, por su parte, además de poder negociar el monto global del tributo
195, lo que no era planteable para los individuos aislados, podía repartir a
su modo la cantidad entre sus ciudadanos y, en caso de excedentes de per­
cepción, tal vez conservarlos196. Cuando excepcionalmente se perdonaba

185 Dion Casio, 77.9.4.


150 Dion Casio, 78.12.2.
151 Dion Casio consideraba que el objetivo de Caracalla, cuando prom ulgó la constitutio
antoniniana, era hacer pagar este impuesto a todos; quizás esto no sea inexacto, pero segu­
ram ente es insuficiente como explicación.
192 Cf. C. Nicolet, Rom e et la conquéte du m onde méditeiranéen, París, PUF, 1977, p.
251-252 (trad. csp.).
193 Recaudadores judíos en Judea: M. Hadas-Lebel, REJ, 143, 1984, p. 24-25; más gene­
ralmente, cf. F. Grelle, Stipendium vel tributum, Nápoles, Giovene, 1963, p. 49-51.
194 Sin embargo se recurría a libertos imperiales (exactores) para recuperar los atrasos:
F. Grelle, Stipendium, p. 51-56.
195 Es el papel del legatus ad census accipiendos que está al servicio de una ciudad;
debe de ser el em bajador encargado de negociar el tributo, y no de establecerlo (P.A. Brunt,
«Revenues», p. 169), si no no estaría al servicio de la ciudad.
196 N o sé si esta sugerencia de P.A. Brunt, «Revenues», p. 169, está fundada, pues sería
adm itir que la ciudad podía recaudar de m anera habitual más de lo im puesto por Rom a;
ahora bien, hizo falta una carta expresa de A ntonino Pío para autorizar a una ciudad de
M acedonia a recaudar, para su uso, un denario más a todos los que estaban sometidos a tri­
buto: J.H. Oliver, «A N ew Letter o f Antoninus Pius», AJPh, 79, 1958, p. 52-60.

87
el impuesto durante uno o varios años197, la ciudad continuaba gravando a
los individuos sólo que destinaba el producto a sus propias necesidades.
Las tasas indirectas continuaron siendo recaudadas por publicanos
durante el siglo I d. de C .19S, es decir, estaban en manos de particulares
que arrendaban el derecho de recaudar un impuesto particular. Pero estu­
vieron estrechamente vigilados por los procuradores responsables de los
distritos de recaudación que no siempre coincidían con los límites pro­
vinciales 199.
A partir de Trajano el vigésimo de las herencias pasa a la gestión
directa y Adriano creó los distritos de recaudación. Esta reforma se había
hecho tal vez necesaria por el incremento del número de los ciudadanos y
su dispersión en el conjunto de las provincias orientales. En el mismo
sentido, Trajano también transfirió a una gestión directa, es decir a las
administraciones provinciales, la percepción de la mayor parte de los res­
tantes impuestos indirectos, con la excepción de las aduanas 200. Estas se
confiaron a particulares ricos (conductores) responsables con sus bienes
de las sumas debidas al tesoro. Bajo Marco Aurelio los portoria también
pasaron al régimen de la percepción directa, salvo en Egipto, Siria y
Judea en donde continuaron siendo arrendados a sociedades de publíca­
nos pero, a diferencia de lo que había prevalecido en otros lugares, se tra­
taba siempre de pequeñas sociedades arrendatarias que arrendaban única­
mente una oficina perceptora o un grupo pequeño de puestos aduane­
ros201. Algunos otros impuestos específicos, en Egipto (y tal vez en otros
lugares, pero no lo sabemos), permanecieron arrendados.
El paso del arriendo a la gestión directa favorecía a los contribuyen­
tes. Los agentes imperiales, en tanto que asalariados, no tenían las mis­
mas razones para ser ávidos de ganancias que los arrendadores. Pero
este cambio de sistema no se debió a la mera benevolencia de los empe­
radores, traducía sobre todo la dificultad, para el estado, de encontrar
personas lo suficientemente ricas para arriesgarse a la aventura del
arriendo, prueba indirecta que los impuestos se recaudaban mal 202. La
crisis que se inició bajo el reinado de Marco Aurelio va acompañada de
un endurecimiento fiscal no en el peso de los impuestos, sino en la exi­
gencia de su pago.

197 Fue el caso para varias ciudades de A sia que habían sufrido terremotos bajo Augusto
y Tiberio: cf. infra, p. 322.
198 Así los publícanos judíos a los que m encionan los Evangelios, m uy m al vistos por
sus conciudadanos, recaudan impuestos indirectos: J. Donahue, «Tax Collectors and Sin­
ners, an A ttem pt o f Identification», The Catholic B iblical Quarterly, 33, 1971, p. 39-61.
199 Así existe un procurador del portorium para M esia Inferior y las tres Dacias, o un
procurador del 5% de las herencias para Asia, Licia, Panfilia, Frigia, Galacia y las Cicladas.
Se puede seguir el detalle de las listas de H.G. Pflaum , L es corrieres procuratoriennes
équestres sous le Haut-Empire, París, Geuthner, 1960-1961, especialm ente vol. 3.
200 M. Corbier, «D évaluation et fiscalité (161-235), en L es dévaluations a R om e, I,
Rom a, Ecole franchise de Rome, p. 297-298, sitúa en tiempos de M arco Aurelio y Cómodo
el paso a la percepción directa de la vigésim a parte de las manumisiones.
201 S.J. D e Laet, P ortorium , p. 297.
202 M. Corbier, «Dévaluation et fiscalité», p. 298.

88
Los signos de esa crisis habían aparecido desde hacía tiempo. En
Egipto desde la época de Trajano las faltas en la recaudación se repar­
tieron por aldea entre todos los contribuyentes presentes (merismoi),
con el fin de llenar los déficit causados ya por la huida de campesinos,
ya por su incapacidad para pagar203. En otros lugares la recaudación de
los impuestos se convirtió en una liturgia entre otras, no necesariamen­
te la más ruinosa, aunque los que podían verse obligados a asumirla
buscasen el evitarla204. A partir de la primera mitad del siglo II en Asia
Menor, y después en Egipto a partir de la época de los Severos, la res­
ponsabilidad de la recaudación descansa financieramente sobre los
dekaprótoi («diez primeros») de las ciudades (a veces los eikosaprótoi
como en Licia), notables ricos a los que se consideraba por su fortuna
garantes del ingreso regular de los impuestos 205. Su papel al servicio
del fisco imperial no está asegurado en Asia Menor, aunque conocemos
su responsabilidad financiera a escala local 206, pero en Egipto era su
único cometido207. Se recuperaba de este modo, a través de una liturgia,
la responsabilidad de los funcionarios del Egipto lágida aplicada a los
notables de las ciudades y con los mismos riesgos para los más pobres:
que los garantes financieros de la recaudación de impuestos opriman
excesivamente a los contribuyentes para estar seguros de no tener que
pagar de su bolsillo.
Estos nuevos procedim ientos, cualquiera que fuese su eficacia
desde el punto de vista del fisco imperial, corrían el riesgo de exprimir
financieramente a los más ricos, o a los menos pobres, o a los que ha­
bían quedado, en una palabra, a los que, en un mismo momento, sopor­
taban la carga cada vez más pesada de los muñera cívicos 208. La única
alternativa para ellos, dejando aparte la exención parcamente concedida
209, consistía en oprimir a los contribuyentes. Un signo seguro de estas
dificultades: Séptimo Severo prohibió la creación de nuevos impuestos
municipales sin su autorización 210 con el fin de evitar una sobrecarga
del contribuyente que podría hacer peligrar los ingresos del tesoro
imperial.

203 R. Rémoildon, Annales du Seivice des antiquités de l 'E gypte, 51, 1951, p. 221 -245.
204 Así parece que Elio Aristides obtuvo este privilegio: Discurso 50, 96-99.
205 Cf. G relle, Stipendium vel tributum , p. 56-63, pero el térm ino aparece en G erasa
desde el año 66 (C.B. W elles, en C.H. Kraeling, Gerasa, N ew Haven, A m erican School
o f Oriental Research, 1938, n ” 45-46), sin que se pueda afirm ar que se trate de la m ism a
función.
206 Cf. M. W orrle, Stadt und Fest, M unich, C.H. Beck, 1988, p. 6, línea 28.
207 E.G. Turner, «Egypt and the Rom an Empire: the dékaprótoi», JEA, 22, 1936, p. 7-19.
208 Cf. infra, capítulo 4, p. 152-153.
209 Quizás los veteranos estuviesen exentos de la dekaprótía a partir de los Severos:
Digesto, 49.18.5; CJ, X, 43.1; con esto se ve que basta con tener una fortuna m uy m odesta
para pertenecer al grupo de los ricos.
210 CJ, IV, 62, 1-2. L a práctica que consistía en inventar nuevos impuestos no es propia
de los colectivos de base si se da por cierto el edicto de Tiberio Julio Alejandro que, desde
el año 68, prohibe que se hagan pagar los impuestos que no existían cinco años antes.

89
Los pagos se hacían en dinero o en especie (trigo en Egipto, silphium
en Cirenaica) 211 sin que podamos saber si los pagos en especie se evalua­
ban en dinero, en cuyo caso los provinciales podían verse favorecidos en
caso de alza de precios212.
Es difícil evaluar tanto el monto de los ingresos fiscales como su
peso real para los provinciales. Filóstrato afirm a 213 que en tiempos de
Adriano 500 ciudades de Asia pagaban un tributo de 7 millones de
denarios; esta cifra parece claram ente distorsionada a la baja si la
ponemos en relación con los 1.050 talentos, o sea 6,3 millones de
dracmas que el rey Herodes recaudaba en Judea214. Por otra parte Plu­
tarco 215 estimaba en 50 millones de denarios los ingresos aportados a
Roma por la provincia de Asia en la mitad del siglo i a. de C., tras un
largo período de guerras y desgracias. Diversos cálculos216, basados en
la población estimada del Imperio y en una evaluación a priori del
porcentaje retenido llegan a cifras análogas: 72,5 millones de denarios
para el conjunto de las provincias anatolias y sirias, de los que unos 49
millones corresponden a las provincias anatolias. Para Egipto, West y
Johnson estimaban en 100 millones de dracmas egipcias, o sea 25
millones de denarios, los ingresos que la provincia procuraba a Roma
cada año217. Por el contrario los salarios de los funcionarios y el coste
del ejército en esta provincia durante el siglo I no sobrepasarían apenas
los entre 17 y 20 millones de dracmas egipcias o sea, menos de un
quinto de su producto fiscal. Pero este puede ser un caso excepcional,
pues ocurre que Egipto está a la vez muy densamente poblado y muy
poco armado218. La proporción debía ser muy diferente en una provin­
cia poderosamente armada y básicam ente despoblada como Mesia
inferior.
Estos cálculos no tienen en cuenta ni las modificaciones que pudie­
ron ocurrir por el aumento o disminución global de las tasas, ni las varia­
ciones impuestas por las situaciones económicas locales. Es cierto que en
este dominio reina una oscuridad casi absoluta. Todo lo más sabemos
que Vespasiano 219 incrementó fuertemente el monto del tributo. Observa-

211 Tácito, Anales, IV, 6, 4; en el Ponto, Arriano, Périple, 11, m enciona a los Sannoi
cuyo tributo se calcula en cera de abeja y que se niegan a pagarlo.
212 Cf. M . Corbier, «D évaluations et fiscalité», en Les D evaluations, I, Roma, 1978,
p. 288.
213 Filóstrato, Vida de los sofistas, II, 1, 548.
214 E. Gabba, «Le finanze del re Erode», Clio, 15, 1979, p. 6.
215 Plutarco, Pompeyo, 45.
216 Cf. A. Gara, «II mondo greco-orientale», en M.H. Crawford, L 'impero romano e le
strutture economiche e sociale d elleprovince, Como, N ew Press, 1986, p. 91-92.
217 L.C. W est y A.C. Johnson, Currency in Roman and B yzantine Egypt, Princeton, U ni­
versity Press, 1944, p. 87-88; es lo m ínim o según J.-M. Carrié, «Le role économ ique de
l’année dans l ’Egypte rom aine», en A im é e s et fiscalité, París, CNRS, 1977, p. 383-384.
218 Cf. J.-M. Carrié, «Le role économique de l ’armée», p. 385.
219 Suetonio, Vespasiano, 16; cf. F.T. Hinrichs, Histoire des institutions gromatiques,
p. 135-154.

90
mos, en sentido inverso, una baja en Tesalia bajo Séptimo Severo 220,
pero desconocemos la causa, que pudo ser puramente local221.
Con una apreciación general K. Hopkins 222 estima que la presión
fiscal es débil 223 y representa aproximadamente 15 sestercios (3 3/4
denarios) por persona y año (para una población estimada en 54 millo­
nes de habitantes para todo el Imperio), de los que una parte regresa a
las provincias gracias a los salarios de los funcionarios, las pagas de los
soldados y las compras de productos agrícolas para alimentar a Italia y
Roma.
Cualesquiera que sean el interés y la pertinencia de estos cálculos,
ocultan de hecho la diversidad de las situaciones particulares. No
importa que la carga global per capita sea débil si, en realidad, la gran
mayoría de los campesinos se siente aplastada por unos impuestos que
devoran sus escasos excedentes productivos. La desigualdad ante el
impuesto deriva ya de la diversidad de los estatutos, especialmente en
Egipto. En este sentido, los ciudadanos romanos y los griegos de las
ciudades de Egipto están exentos del pago de la laographía; los habi­
tantes de las metrópolis de nomos pagan tasas reducidas que varían de
una ciudad a otra: 20 dracmas en Arsinoíta, 12 en Oxirrinquita, 8 en
Hermopolita. En cuanto a los no privilegiados, es decir la gran mayo­
ría, pagan sumas superiores pero también diversas: en Tebas, según los
barrios, va de 10 a 24 dracmas. Los judíos pagan en todas partes una
capitación superior pues además deben entregar la didracma a partir de
Vespasiano224. Por el contrario, en [Link] de la revuelta, como
probablemente en toda Siria, la capitación sube a un denario para
todos (o sea 4 dracmas egipcias) 225, tasa mucho más débil que en
Egipto.
Las distorsiones observadas para el impuesto personal también son
m anifiestas en el caso del impuesto catastral. Sin duda a veces se
explican por la calidad de las tierras y, por tanto, de su rendimiento.
Pero las variaciones parecen demasiado importantes para que esto lo
justifique todo. En Egipto el impuesto sobre las tierras privadas varía

220 A E, 1949, 241.


221 M. Corbier, D évahiations, I, p. 291-292, sugiere una sim ple reorganización de la fis-
calidad provincial.
222 K. Hopkins, «Trade and Taxes in the Rom an Empire 200 BC- AD 400», JR S, 70,
1980, p. 101-125, en especial p. 116-120; conclusión análoga sólo para Egipto: J.M. Carrié,
«Le role économique de l’armée», p. 384-385.
223 Sería netam ente inferior a lo que conocieron Francia e Inglaterra a principios del
siglo XVIII.
224 Cf. infra, p. 407. Apiano, Siriaca, 50, indica que los judíos pagan m ás que los otros
sin aludir a la didracma; M . Hadas-Lebel, REJ, 143, 1984, p. 8-10, sugiere que a partir de
N erva ésta estaba sencillam ente com prendida en la capitación, lo que explicaría que la
supresión de la didracma por este emperador a la que se refieren algunas monedas: H.B.
Mattingly, Coins o f the Roman Empire, III, Londres, British Museum, 1936, p. 15, n° 88,
p. 17, n° 98, p. 1 9 ,n “ 105.
225 Mateo, 22.15-22.

91
de menos de un artabo de trigo por aroura a más de 2 artabos226. En
Cilicia y en Siria, la tasa del tributum soli sería, desde Vespasiano, del
1% del valor de la propiedad227, de ello deducía A.H.M. Jones 228 una
tasa impositiva equivalente al 10% de la producción. Se llega a esta
cifra suponiendo un rendimiento de la tierra del 10 %, lo que está lejos
de estar probado e incluso de ser probable, salvo en el caso de tierras
muy buenas. Un rendimiento medio del suelo del 5%, más cercano a la
realidad, basta para hacer subir la tasa de imposición al 2 0 % de las
cosechas en un año normal, cifra que es mucho menos soportable229.
La búsqueda de exenciones por parte de los más ricos deja que las
cargas caigan sobre los más débiles y los más pobres. Como observa
P.A. B runt230, en caso de una mala cosecha, el rico compensa lo que
deja de ganar con el alza de los precios mientras que el pobre come las
reservas para sobrevivir y se endeuda para sembrar. Ante el impuesto
el pobre tiene que encontrar el dinero necesario para pagar en numera­
rio, y por tanto vender a cualquier precio sus pequeños excedentes,
cuando los tiene. Sin duda una parte del impuesto se paga en especie,
pero ciertas tasas seguramente se pagan exclusivamente en dinero231.
En estas condiciones, el impuesto se ingresa mal y es necesario el
envío de recaudadores especializados (exactores) para exigir los retra­
sos232. A veces es necesario recurrir al ejército 233 y los provinciales se
sienten hartos. ¿No se acusa a Roma de no construir puentes más que
para hacer pagar los peajes234? Por otra parte algunos rabinos, nacionalis­
tas ciertamente, no vacilan en afirmar que no hay pecado en mentir a los
funcionarios del fisco235.
El estado renuncia a veces por propia iniciativa a recuperar los atra­
sos. Adriano 236 y después Marco Aurelio 237 perdonaron los impuestos
atrasados a cambio de m ostrarse menos generosos con el ejércita.
Marco Aurelio supo de este modo rehusar los donativa reclamados por

226 La recaudación puede alcanzar excepcionalm ente más de 14 artabos sobre las tierras
públicas, pero entonces incluye el arrendam iento de la tierra.
227 Apiano, Syriaca, 50.
228 A.H.M . Jones, The Roman E conom y, p. 178.
229 P.A. Brunt, en A.H.M . Jones, op. cit., p. 184.
230 Ibid., p. 170.
231 Se observa que en Egipto varias tasas se calculaban en múltiplos de cuatro, es decir
en equivalentes-denarios, luego debían de pagarse en tetradracmas de dinero local.
232 F. Grelle, Stipendium, p. 51-56 (ejemplo en Nacoleia).
233 No sé si es una situación norm al la que describe un pasaje de Lev. R., 30, 6, p. 702,
m encionado por M . H adas-L ebel, R EJ, 143, 1984, p. 12: «Un día pasa un m ilitar para
recaudar los demosia (im puestos en dinero) de esta ciudad»; cf. tam bién B. Isaac, «Refle­
xions on the Rom an Arm y in the East», en Ph. Freem an y D. Kennedy (ed.), The D efence o f
the Roman and B yzantine East, Oxford, BAR, 1986, p. 383.
234 M. Hadas-Lebel, op. cit., p. 17-18.
235 M. H adas-Lebel, op. cit., p. 27-28; esta actitud desaparece poco después de la segun­
da revuelta.
236 D ion Casio, 69.8.12,
237 D ion Casio, 71.32.2.

92
los soldados haciéndoles ver que para recaudar tal cantidad haría falta
«chupar la sangre de vu estro s p ropios p arien tes y de vu estro s
allegados23S».

4. Requisas y corveas

Corveas y requisas también forman parte de la fiscalidad. Sin embar­


go se las puede clasificar a parte en la medida que presentan un carácter
más irregular -en principio- y que sólo se ingresan en especie. Además
su producto es directamente consumido por aquéllos que son sus benefi­
ciarios (soldados, funcionarios, senadores o emperadores de paso).
La variedad de las obligaciones está bien reflejada en los documen­
tos egipcios así como por una serie de inscripciones de Anatolia, Tracia
y Siria239. Se las puede clasificar en varios grandes sectores. El aloja­
miento de los funcionarios de paso y sobre todo de los soldados era
especialmente temido por los aldeanos. Pues había que alimentar a los
animales (suministro de forraje), además de a los hombres, así como
entregar diversas provisiones para el ejército cuando pasaba. La escolta
de los personajes importantes de visita exigía el mismo trato. En el peor
de los casos una ciudad o una aldea pueden verse obligadas a mantener a
la guarnición que reside permanentemente en su territorio o en las cerca­
nías 240.
El mantenimiento de las rutas se realizaba gracias a las corveas
impuestas a los campesinos. Que también tenían que proveer los medios
de transporte para los funcionarios, los soldados y sobre todo el cursus
publicus, el correo oficial241.
Cada visita imperial, cada desplazamiento de un alto funcionario o de
una unidad militar se convertía en una prueba temible para los provin-

238 Dion Casio, 71.3.3 (= X iphilin, 259.13).


239 Buen estudio, con lista de los principales textos sobre el m ism o lema, en S. M itchell,
«Requisitionned Transport in the Rom an Empire. A New Inscription from Pisidia», JR S,
66, 1976, p. 106-131. A dem ás del edicto del gobernador de G alacia Sexto Sotidio Estrabón
Libuscidiano publicado por S. Mitchell, cf. IG LS V, 1998 y IG R III, 1119 para Siria; A.S.
Hunt y C.C. Edgar, S elect P apyri, II, n° 248, para Egipto; IG Bulg., 1690 y 2236 para T ra­
cia; I. Stoian, «Du nouveau sur la plainte des paysans d ’Histria», D acia, 3, 1959, p. 369-
390, para M esia Inferior.
240 Tácito, Historia, I, 67 (En Helvecia); es tam bién lo que se deduce de las quejas de
los campesinos de Tracia y de M esia en los tres textos muy semejantes de Histria, de Pizos
(IG B ulg., 1690, línea 70) y de Esdcaptopara (IG Bulg., 2236, líneas 31-33); en cada caso, los
campesinos se quejan de m antener a los soldados en guarnición en las cercanías y amenazan
con huir si no se dism inuye la carga; en Dobrouja, los pueblos se crearon para asegurar este
m antenimiento: cf. A.G. Poulter, «Rural Comm unities (vici and komai) and their Role in
the Organisation o f the Lim es o f M oesia Inferior», Roman F rontier Studies XII, Oxford,
BAR, 1980, p. 729-744.
241 Cf. el estudio fundam ental de H.-G. Pflaum , E tude su r le cursus publicus, París,
1940; el abastecimiento de animales para el correo es el prim er sentido de la palabra anga­
ria, derivado del persa angari, que llegó a designar el conjunto de las corveas; D. Sperber,
«Angaria in Rabbinis Literature», A C , 38, 1969, p. 164-168.

93
cíales 242. Comprendemos que el edicto de Germánico, que prohibía la
utilización del pretexto de su visita a Egipto para despojar a los indíge­
nas, le haya granjeado una gran popularidad 243. Los emperadores no
dejaron de reglamentar las corveas para evitar los abusos, prueba de que
su lucha es inútil en este dominio. En este sentido se fijan las tarifas de
arriendo para evitar las requisas gratuitas (menos seguramente para evitar
que los provinciales abusen de la situación) y se define estrictamente
quiénes tienen derecho. Nada de esto se hizo y las instrucciones imperia­
les se repiten con una significativa constancia.

B. La moneda

A diferencia de lo que ocurrió en Occidente, en donde todas las acu­


ñaciones locales desaparecieron muy rápidamente (bajo Caligula como
muy tarde)244, Oriente conserva hasta la mitad del siglo III un pluralismo
en los instrumentos monetarios que correspondía a las tradiciones de las
provincias y a las necesidades locales. Distinguimos habitualmente entre
tres tipos de monedas: la moneda imperial, las emisiones provinciales y
las llamadas «imperiales griegas»245. Pero en realidad, cualesquiera que
sean los nombres dados a estas diferentes emisiones, sólo existe la mone­
da del príncipe 246 puesto que ninguna moneda se puede acuñar sin su
acuerdo. El puede por su voluntad privar a una ciudad del derecho de acu­
ñar moneda 247 y las ciudades no dejan de recordar la ocasión en la que
obtuvieron ese derecho del emperador248. Los orígenes diversos de las
em isiones no alteran en absoluto el privilegio im perial sobre la
moneda249.

242 U n asno prestado para el transporte público se considera perdido en los textos talm ú­
dicos; cf. tam bién Apuleyo, M etam orfosis, IX, 39; Epicteto, Conversaciones, IV, 1, 79.
243 A.S. Hunt y C.C. Edgar, Select Papyri, II, n° 211.
244 Cf. A. Burnett, Coinage in the Roman World, Londres, Seaby, 1987, p. 55-58.
245 T.B. Jones, «A Num ism atic Riddle. The So-Called Greek Im perials», Proc. Amer.
Philos. Soc,, 107, 1963, p. 308-347; cf. D.R. Sear, G reek Im perial Coins, Londres, Seaby,
1982, donde se encontrarán abundantes ilustraciones clasificadas.
246 Cf. C.H.V. Sutherland, The E m peror and the Coinage, Londres, Spink, 1976, p. 30.
247 D ion Casio, 52.30.9, lo hace recordar por M ecenas en un discurso famoso; Séptimo
Severo hizo uso de este derecho para castigar a A tenas (SHA Sept. Severi, III, 7; cf. J. Day,
An Economic H istoiy o f A thens under Rom an Domination, Nueva York, Columbia Univer­
sity Press, 1942, p. 200-202 y J.H. Rroll, «The Eleusis Hoard o f Athenian Im perial Coins»,
Hesperia, 42, 1973, p. 323) y Antioquía.
248 Cf. las fórmulas indulgentia A ugusti moneta impetrata en Patrás y perm issu Impera­
toris en Corinto: C.J. Howgego, The Greek Im perial Countermarks, Londres, Num ism atic
Society, «Special Publications, 17», 1985, p. 88; en las ciudades griegas: L. Robert, M on-
naies grecques, Ginebra-París, Droz, 1967, p. 53-54; Id., «Aistésaménos sur les monnaies»,
H ellenica, XI-XII, París, Adrien-M aisonneuve, 1960, p. 56-62.
249 Se deben poner a parte las emisiones de los príncipes clientes que circulan libremen­
te en el Imperio, pero que se emiten independientemente de las autoridades romanas, aun­
que a m enudo ostentan símbolos imperiales; R.D. Sullivan, «Royal Coins and Rome», en
W. Heckel y R. Sullivan, The Nickle Num ism atic Papers, W aterloo (Ontario), The W ilfred
L aurier University Press, 1984, p. 143-158.

94
La moneda impeiial es de oro (aurei) -metal del que tiene el monopo­
lio-, plata (denarii, quinarii, después antoniniani a partir de Caracalla) y
bronce (sestertius, dupondius, as, semis, quadrans). Todas estas denomina­
ciones se acuñan en Roma (salvo el período en el que únicamente la ceca de
Lyón acuñó moneda) 250 así como en las «sucursales» de la Fábrica de
Moneda de Roma en Oriente. Las emisiones de estas cecas no se distinguen
en nada de las provenientes de Roma251 y es únicamente a partir de conjetu­
ras, salvo en los casos de mención textual expresa252, que pensamos que
funcionaron cecas en época de Augusto en Pérgamo 253 y en Cirene (durante
muy poco tiempo entre el 31 y el 30 a. de C.), quizás en Samos254 y en Gre­
cia propiamente dicha en una ceca situada tal vez en Olimpia y, finalmente,
en Antioquía255. Más tarde, según las épocas256, hubo emisiones en Bizan-
cio, Amisos, Efeso, Pérgamo, Tarso, Cesarea de Capadocia, Antioquía,
Tiro, Alejandría257, en Licia, en Arabia258. Algunas cecas acuñaban con
regularidad mientras que otras funcionaban durante períodos muy cortos259.
El bronce, a menudo destinado a pagar las tropas260, se acuñó en las cecas
orientales de modo intermitente pero en gran cantidad desde Augusto hasta
el reinado de Filipo el Arabe (244-249)261. En la época de Augusto, las
series que llevaban el monograma CA provenían de Pérgamo 262 mientras

250 Una acuñación im portante tuvo tam bién lugar en Hispania en Emerita bajo Augusto.
251 C.H.V. Sutherland, op. cit., p. 34-39; sin embargo existe una excepción: las em isio­
nes de Vespasiano para las cuales las cecas se identifican por una letra: W .E. Metcalf, «The
Flavians and the East», en T. H ackens y R. W eiller (ed.), A ctes du IXe Congrés internatio­
nal de numismatique, Berne, 1979, Lovaina la Nueva-Luxem burgo, Association Internatio­
nale des numismates professionnels, 1982, p. 323.
252 A sí Tácito, Historias, 11.82, m enciona una ceca en Antioquía bajo los Flavios; cf.
W.E. M etcalf, «The Flavians», p. 324-325.
253 Emisiones á e A u r e iy de denarios: C.H.V. Sutherland, op. cit., p. 54-55.
254 C.H.V. Sutherland, op. cit., p. 58, pero la atribución es extrem adam ente dudosa.
255 Acuñación del bronce sólo bajo Augusto: C.H.V. Sutherland, op. cit., p. 55
256 Acerca de las em isiones flavias, cf. W.E. Metcalf, «The Flavians», p. 321-339 (A le­
jandría, Antioquía, Efeso).
257 C.H.V. Sutherland, op. cit., p. 59; cf. A. Burnett, Coinage, p. 42-46.
258 W.E. Metcalf, «The Tell K alak Hoard and T rajan’s A rabian M int», ANS.M N, 20,
1975, p. 39-108; la ceca podría estar en Bostra (p. 103).
259 Así una ceca en Bitinia funcionó sólo entre los años 80 y 82: H. Cahn, «An Imperial
M int in Bithynia», INJ, 8, 1984-1985, p. 14-26.
260 Cf. C.J. Howgego, «Coinage and M ilitary Finance: the Imperial Bronze Coinage of
the Augustan East», NC, 142, 1982, p. 1-20; también se podría relacionar algunas acuñacio­
nes de plata (de cualquier categoría) con expediciones militares: D.R. W alker, M etrology o f
Roman Siver Coinage, Oxford, BAR, 1978, t. Ill, p. 110-117, puso en evidencia la abun­
dancia de las acuñaciones de Polemón II del Ponto, de las cecas de Cesarea de Capadocia y
de Siria en los años que precedieron las expediciones armenias del reinado de Nerón, y tam ­
bién las de la ceca de Tiro en los años 67-70; T.B. Jones, «A Num ismatic Riddle», m ostró
que el m apa de las cecas que acuñaban moneda bajo Caracalla coincidía ampliamente con el
de los viajes del emperador.
261 C.J. Howgego, Countermarks, p. 23-24.
262 C.H.V. Sutherland, The Em peror and the coinage, p. 55-57, contra M. Grant, From
Imperium to Auctoritas, Cambridge, University Press, 1946 y The Six M ain A es Coinages
o f Augustus, Edimburgo, University Press, 1953, que defiende la m ultiplicidad de las cecas;
la sigla CA debe interpretarse C(ommune) A(siae).

95
que otras, más abundantes y marcadas con la sigla SC 263 se acuñaron en
Antioquía y, eventualmente, en Asia Menor264. Tras la muerte de Augusto
las emisiones de Antioquía prosiguieron265, pero otras cecas también acuña­
ban esporádicamente266; las acuñaciones más regulares procedían de Cesa-
rea de Capadocia267, en la proximidad del limes oriental. Observamos en
todo caso que los bronces acuñados en Occidente sólo circulan muy débil­
mente en las provincias del Mediterráneo oriental (1,5% de los bronces
encontrados en Afrodisias; únicamente Corinto, colonia romana, aparece
como excepción).
Las acuñaciones provinciales se emiten bajo la responsabilidad de la
administración romana y a menudo salen de las mismas cecas que la
moneda imperial. Pero se distinguen de esta última en que utilizan deno­
minaciones y patrones griegos. Estas son monedas de plata que imitan a
las monedas reales helenísticas268 pero que llevan los símbolos de Roma.
Las más características y tal vez las únicas emisiones que merecen real­
mente este nombre son las emisiones de bronce y de plata 269 de la ceca
de Alejandría 270 así como los cistóforos 271 acuñados en Efeso y Pérgamo

263 A pesar de la m ención ex senatus consulto, estas m onedas se acuñaban bajo la auto­
ridad del emperador: C.H.V. Sutherland, op. cit., p. 13-22.
264 C.H.V. Sutherland, op. cit., p. 58-59; Antioquía sería el único lugar de procedencia
según C.J. Howgego, Countermarks, p. 23.
245 M uy interesante análisis quím ico de las acuñaciones de A ugusto a T rajano: G.F.
C arter, «Chem ical C om positions o f C opper-B ased R om an Coins. V III. B ronze C oins
M inted in A ntioch», IN J, 6-7, 1982-1983, p. 22-38; parece que los bronces m uy puros
acuñados bajo A ugusto y T iberio (90% de cobre y 10% de estaño) em piezan a d eva­
luarse bajo D om iciano p o r pérdida de peso y aum ento de la cantidad de plom o; bajo
D om iciano, la parte de em isiones obtenidas po r reacuñación es particularm ente im por­
tante.
266 Así Cesarea de Palestina después de la revuelta judía: I. Carradice, «Coinage in
Judaea in the Flavian Period AD 70-96», IN J, 6-7, 1982-1983, p. 14-21.
267 Cf. E. Sydenham, The Coinage o f Cesarea o f Cappadocia, Londres, Spink, 1933, p.
12-16; C.J. Howgego, Countermarks, p. 23-24, pero las monedas siguen estando m uy m al
clasificadas; aparecerá pronto un estudio exhaustivo de W illiam E. M etcalf al que conven­
drá referirse en adelante.
268 Al principio de la historia de la provincia de Siria, se seguía acuñando moneda con
el nom bre del rey seleucida Filipo II Filadelfo: cf. C.M . Kraay, «Notes on the Early Im pe­
rial Tetradrachm s o f Syria», RN, 1966, p. 58-68; D.R. W alker, M etrology, I, p. 59.
269 E n A lejandría se procedió tam bién a una im portante acuñación de cobre cuyo uso
era tradicional en Egipto.
270 J. V ogt, Die Alexandrinischen M iinzen, Stuttgart, Kohlhamm er, 1924; J.G. M ilne,
Catalogue o f Alexandrian Coitis, Oxford, OUP, 1933; cf. tam bién J. Schwartz, «Les mon-
naies de nomes en Egypte romaine», Bull. So [Link]. égyptologie, 15, 1954, p. 1929; A. Geis-
sen, Katalog Alexandrinischer Kaisermiinzen der Sam m hm g des Instituís fü r Altertumskunde
der Universitát zu Koln, Opladen, W estdt. Verlag, 1978; D.R. W alker y C.E. King,»»Ptole-
m aic and Augustan Silven>: The Evolution o f the Tetradrachm o f Rom an Egypt», en D.R.
Walker, M etrology, I, p. 139-159; E. Christiansen, «The Roman Coins o f Alexandria (30 BC
to A D 296). A n Inventory o f H oards», Coins H oards, 7, L ondres, 1985, p. 77-140; G.
Forschner, D ie Miinzen der romischen Kaiser in Alexandrien, Francfort, M elsungen V erlag
Gutenberg, 1987.
271 Estas m onedas deben su nom bre al hecho que generalm ente llevaban el el ángulo
derecho u n cesto.

96
en tiempo de Augusto272, Claudio, Tito, Domiciano y Trajano27·1, y más
adelante en una veintena de cecas de la provincia de Asia así como en
Nicomedia en tiempos de Adriano 274. Pero también podemos clasificar
en esta categoría las tetradracmas de Siria-Fenicia 275 acuñadas sobre todo
en Antioquía y subsidiariamente en Tiro y en Laodicea276, las acuñacio­
nes de Cesarea de Capadocia277 y las tetradracmas de Chipre 278 que, acu­
ñadas a nombre de una ciudad o de un koinón, sirven no obstante para
toda una provincia y están estrechamente vigiladas por las autoridades
provinciales 279.
Finalmente nos encontramos con las acuñaciones locales general­
mente cívicas o coloniales, pero a veces situadas bajo la autoridad de un
koinón 28°, se emitieron en todas las provincias de habla griega con
excepción de Egipto281. Estas monedas, generalmente de bronce pero a
veces de plata, se denominan «imperiales griegas», lo que indica a la vez
su origen (el mundo griego) y la autoridad en nombre de la cual se emi­
ten (el emperador). A pesar de una probable tentativa de Vespasiano para
instaurar un sistema monetario único en donde las «imperiales griegas»
no tendrían cabida282, Roma no obligó a abandonar este privilegio real.
Por una parte, había una considerable masa de monedas de todo tipo en
circulación y sería muy difícil y costoso retirarlas para su reacuñación;
por otra parte, al respetar ese «privilegio» de las ciudades, Roma hacía

272 C.H .V . S utherland, The C istophori o f A ugustus, L ondres, L ondon N um ism atic
Society, 1970.
273 Los cistóforos em itidos entre Augusto y Adriano están estudiados por D.R. W alker,
M etrology o f the Roman Silver Coinage, I, O xford, BA R , 1976, p. 26-36 y p. 122; II,
Oxford, BAR, 1977, p. 61-64.
274 W .E. M etcalf, The C istophori o f H adrian, N ueva Y ork, A m erican N um ism atic
Society, 1980, con «A corrigendum to the Cistophori o f Hadrian», A NS.M N, 26, 1981, p.
185-186 (suprime la ceca de Nisa), una últim a em isión poco abundante habría tenido lugar
en tiempos de Séptimo Severo: cf. D.R. Walker, M etrology, III, p. 72-73; pero W.E. M et­
calf, «The Severan Cistophori», RIN, 100, 1988, p. 155-156, m ostró que no era cierto.
275 Cf. W. Wriick, D ie syrische Provinzialpragung, von A ugustus bis Traian, Stuttgart,
Kohlhammer, 1931, con la recensión crítica de H. Seyirig, Syria, 1932, p. 391-392.
276 La acuñación de estas tetradracm as en veintisiete cecas de Siria en tiempos de Cara-
calla y M acrino no tuvo continuidad: A.R. Bellinger, The Syrian Tetradrachms o f Caraca­
lla and M acrinus, N ueva York, Am erican Num ismatic Society, 1940; R.G. M cAlee, «The
Severan Tetradrachm s o f Laodicea», ANS.M N, 29, 1984, p. 43-60.
277 E. Sydenham, The Coinage o f Caesarea in Cappadocia, Londres, Spink, 1933, ree­
ditado con un suplemento de A.G. M alloy, Nueva York, 1978.
278 Cf. B. Helly, «M onnaies de V espasien frappées á Chypre: essai d ’étude statistique»,
PACT, 5, 1981, p. 106-121.
279 A.H.M . Jones, The Roman Economy, Oxford, OUP, 1974, p. 67.
280 E m isiones de koina están atestiguadas en M acedonia (bajo C laudio y N erón), en
Tesalia (bajo Augusto y Nerón), en Chipre (Augusto, Tiberio, Claudio), en Galacia (Nerón),
Creta y Bitinia.
281 A. Burnett, Coinage, p. 58-63.
282 Es la conclusión de W.E. M etcalf, «The Flavians in the East», p. 335, quien observa
que al principio de los años 70 la interrupción de las acuñaciones en varias cecas im portan­
tes de Oriente (Tiro, Cesarea de Capadocia) se com pensó con im portantes acuñaciones de
m onedas «imperiales» (en especial denarios); conclusión próxim a de B. Helly, «M onnaies
de Vespasien frappées á Chypre: essai d ’étude statistique», PAC T, 5, 1981, p. 120-121.

97
soportar a los griegos los costes de las emisiones283. Esta moneda presen­
ta modificaciones en relación con la época helenística. En primer lugar se
emite con el nombre y la efigie de los emperadores en el anverso, reser­
vándose la ciudad el reverso, en donde hace figurar su nombre, sus
emblemas y sus títulos. Excepcionalmente una ciudad puede evitar la
representación de la efigie y el nombre del emperador; entonces emite
una moneda llamada «casi autónoma», lo que no implica en absoluto que
la ciudad se beneficie de un estatuto jurídico diferente a las demás284. En
segundo lugar, estas monedas son sobre todo de bronce, lo que implica
que se destinan a un uso local. Su importancia económica se debe sobre
todo a la importante masa de metal acuñado. Se acuña plata pocas veces.
Bajo los Julio-Claudios encontramos esas emisiones en Estratonicea de
Caria bajo Augusto, en Bizancio bajo Claudio, en Laodicea bajo Augus­
to, Tiberio, Nerón, etc. Las series más importantes provienen de Antio­
quía, de las ciudades de Asia Menor y de Creta. En tiempo de los Flavios
se añaden a las anteriores las emisiones de Tiro, Tarso, y del koinón de
Chipre. Toda ciudad de alguna importancia podía recibir la autorización
(¿o invitación?) de acuñar moneda de plata. Así por ejemplo realizaron
emisiones de plata Bostra en tiempos de Trajano, Gaza, Gadara, Cesarea
de Palestina, Neápolis (Nablús) en época de Caracalla.
Estas series locales, lejos de desaparecer, tendieron, por el contrario,
a multiplicarse. Numerosas ciudades que jamás habían acuñado moneda,
especialmente en Siria y Palestina, inician sus acuñaciones bajo los Fla­
vios, los Antoninos o los Severos285. El cuadro siguiente que muestra la
progresión en el número de cecas es bastante revelador286.

283 El saber si la acuñación es una carga o una ventaja es una cuestión controvertida;
M .H. Crawford, «Finance, Coinage and M oney from the Severans to Constantine», A N R W,
II.2, p. 572 y «The M onetary System o f the R om an Em pire», en M .H. C raw ford (ed.),
L ’I m pero rom ano e le struture econom iche e sociale delle province, Como, N ew Press,
1986, p. 61-69, insiste en la carga financiera que esto representa para las ciudades; al con­
trario, C.J. Howgego, G reek Im perial Countermarks, p. 88-90, subraya que éste es un privi­
legio solicitado y deduce de ello que no podía ser percibido como una carga. Se trata de una
discusión vacua: si es cierto que las ciudades que em iten las m onedas sum inistran el metal y
cargan con el coste de la acuñación, lo es tam bién que las más ricas y las m ás importantes
entre ellas persiguen un privilegio que les perm ite disponer de un estupendo instrum ento de
propaganda.
284 Cf. A Johnston, «The So-Called «Pseudo-Autonomous» Greek Im perials», A NS.M N,
30, 1985, p. 89-112.
285 El fenómeno es m uy claro en tiempos de los Severos sin que se explique de manera sufi­
ciente; así, en el Peloponeso, treinta y ocho cecas acuñan moneda entre los años 196 y 208, por
cinco o seis de Adriano a Cómodo, y uno solo antes de Adriano: S. Grunauervon Hoerschel-
mann, «The Severan Emissions o f the Peloponesus», INJ, 6-7, 1982-1983, p. 39-46.
286 A lgunos reinados muy breves registran una caída brutal del número de cecas: todas
no em itieron durante los pocos m eses del reinado de M acrino o bien no se encontraron
todas las emisiones (muy reducidas) de este reinado. Este recuento, tomado de J.-P. Callu,
La politique monétaire des empereurs de 238 a 311, París, De Boccard, 1969, p. 14, es indi­
cativo y parece derivar de los cuadros de T.B. Jones, «A N um ism atic Riddle», p. 309; A.
Johnston, «G reek Im perial Statistics: a C om m entary», RN, 1984, p. 250, da, para Asia
M enor, cifras ligeram ente inferiores a las de W . L eschhom , «Le m onnayage im périal
d ’A sie M ineure et la statistique», PAC T, 5, 1981, p. 254. Cf. tam bién la réplica de W .

98
Número de cecas emisoras de «imperiales griegas» en Oriente.
Augusto 148 Antonino 242
Tiberio 83 Marco Aurelio 295
Caligula 46 Cómodo 244
Claudio 90 S. Severo 363
Nerón 131 Caracalla 295
Flavios 158 Macrino 106
Trajano 192 Heliogábalo 187
Adriano 218 S. Alejandro 209

A pesar de la multiplicación de las monografías regionales 287 estas


amonedaciones, tanto de bronce como de plata, siguen estando mal estu­
diadas. Allí en donde se ha podido proponer una clasificación segura,
observamos que las emisiones son discontinuas. La explicación es simple
para las emisiones de ciudades pequeñas que podrían tener dificultades
para conseguir el metal necesario para una emisión y se contentaban, la
mayor parte del tiempo, con utilizar las monedas de las ciudades vecinas
o de la provincia. El fenómeno parece más sorprendente cuando acaece
en ciudades importantes que debían (o habrían debido) poder aprovisio­
narse con regularidad de los metales y que tenían los medios financieros
para hacerlo. Ahora bien, aún en estos casos se observan intervalos a

Leschhom , «Die kaiserzeitliche M ünzen Kleinasiens: zu den M oglichkeiten und Schwierig-


keiten ihrer statistischen Erfassung», R N , 1985, p. 200-216. L a tendencia general de aum en­
to del número de las cecas en funcionam iento no se cuestiona.
287 Entre las más recientes, cf. I. Touratsoglou, D ie M ünzstátte von Thessaloniki in der
romischen K aiserzeit (32-31 v. Chr. bis 268 n. Chr.), N ueva Y ork-Berlin, W. De Gruyter,
1987; A. Rrzyzanow ska, M onnaies coloniales d'A ntioche de P isidie, Varsovia, Editions
scientifiques de Pologne, 1970; S. Grunauervon H oerschelm ann, D ie M iinzpragung der
Lakedaim onier, B erlín, W. D e G ruyter, 1978; A. Johnston, «H ierápolis revisited», JVC,
1984, p. 52-80; E. Levante, «Coinage o f Adana in Cilicia», NC, 1984, p. 81-94; S. Schultz,
D ie M iinzpragung von M agnesia am M eander in der rom ischen Kaiserzeit, Diss. H alle,
Berlin, Akadem ie Verlag, 1975; G.M. Staffieri, L a monetazione di Olba nella Cilicia Tra­
chea, Lugano, Arti graftche Gaggini-Bizzozero, 1978; G.M. Staffieri, L a monetazione di
D iocesarea in Cilicia, Lugano, A rti grafiche Gaggini-Bizzozero, 1985; N. Baydur, «Die
M ünzen von Attaleia in Pamphylien», JNG, 1975, p. 33-72 y 1976, p. 37-78; L. Kadman,
Coins o f A elia Capitolina, Jerusalén, Israel N um ism atic Society, 1956; L. Kadman, Coins
o f C a esa rea M a rítim a , Je ru sa lé n , Isra e l N u m ism atic S o ciety , 1956; D. K lo se, D ie
M iinzpragung von Smyrna in der Kaiserzeit, Berlin, De Gruyter, 1987; Y. Meshorer, «The
Coins o f Caesarea Maritima, INJ, 8, 1984-1985, p. 37-58; E. Schonert-Geiss, Die M iinzpra­
gung von Perinthos, Berlin, A kadem ie Verlag, 1965; E. Schonert-Geiss, D ie M iinzpragung
von Byzantium, Berlin, Akadem ie Verlag, 1972; H. von Aulock, M ünzen und Stadte Pisi-
diens, 2 vol., Tiibingen, E. W asmuth, 1977-1979; H. von Aulock, M ünzen und Stadte P hiy-
giens, I, Tübingen, E. W asmuth, 1980; A. Spijkerman, Coins o f the Decápolis and the P ro­
vincia Arabia, Jerusalén, Studium Biblicum Franciscanum, 1978; A. Kindler, The Coinage
o f Bostra, W arm inster, Aris and Phillips, 1985. Haría falta recordar tam bién los trabajos de
K. Regling sobre los Balcanes, de M avrogordatos sobre Quíos, de H. von Fritze sobre Pér­
gamo, de A.R. Bellinger sobre Troya; bibliografía reciente sobre Cilicia de Schultz, «Lite-
ratürüberblick der griechischen N um ism atik: Kilikien», Chiron, 18, 1988, p. 91-170; b iblio­
grafía detallada de M. Alfoldy, A ntike Numismatik, Maguncia, Philipp von Zabern, 1978.

99
veces muy largos entre estas acuñaciones 288. En estas condiciones,
muchas ciudades renunciaron a mantener una ceca permanente y se ha
podido demostrar que los mismos grabadores actuaban en las ciudades
vecinas; en tiempo de los Severos, en Asia Menor, unas pocas grandes
cecas trabajaban para numerosas ciudades 289.
En realidad, la decisión de acuñar no parece tener ninguna relación
con las necesidades de la economía. Una ciudad acuña moneda con oca­
sión de una fiesta, de un aniversario o de una visita imperial o de cual­
quier acontecimiento excepcional, ya tenga un eco universal290 o simple­
mente local. La conclusión de un acuerdo con una ciudad vecina 291 y,
sobre todo, la adquisición de nuevos títulos honoríficos (neocoría, liber­
tad, asilía) están ampliamente anunciados por las emisiones moneta­
rias 292. Estas constituyen por tanto un formidable medio de propaganda y
de glorificación para las ciudades que pusieron este uso por delante de
cualquier consideración de utilidad económica293. La irregularidad de las
acuñaciones sería inexplicable si se hubiese tenido la preocupación de
alimentar el mercado monetario local.
Las tres categ o rías m onetarias no se rigen por los m ism os
patrones 294, lo que nos obliga a interrogarnos sobre las relaciones de
cambio entre unas y otras. Monedas provinciales e «imperiales griegas»
de plata se acuñan siguiendo tres patrones que se pueden definir en rela­
ción con el denario romano, que se utiliza como moneda de referencia. El

288 A sí Sardes no acuña ninguna m oneda entre los años 175-176 y 195-196: cf. A.
Johnston, «Die Sharing in Asia Minor: the View from Sardis», INJ, 6-7, 1982-1983, p. 59-
78; igualm ente, en Hierápolis de Frigia, las emisiones se suceden cada veinte años de Traja-
no a Caracalla: A. Johnston, «Hierápolis Revisited», NC , 1984, p. 52-80.
289 Cf. el trabajo de precursor de K. Kraft, D as System der kaiserzeitlichen M ünzpra-
gun g in Kleinasien. M aterialen und Entwürfe, Berlín, Gebr. Mann, 1972; estudio parcial de
A. Johnston, «Die Sharing in Asia Minor: the View from Sardis», INJ, 6-7, 1982-1983, p.
59-78.
290 Cf. las m onedas conm em orativas de la m uerte de Antinoo: G. Blum, «Num ism atique
d ’A ntinoos», JIAN, 16, 1914, p. 33-70.
291 Cf. la lista de las m onedas que celebran la homonoia en J.-P. Callu, La politique
m onétaire des empereurs rom ains de 238 á 311, París, De Boccard, 1969, p. 29-33; cf.
ahora el estudio de R. Pera, Homonoia suile monete da Augusto agli Antonini, Genova, II
melangolo, 1984.
292 Cf., entre otros, A. Johnston, «Hierápolis Revisited», NC , 1984, p. 52-80; A. Kind-
ler, «The Status o f Cities in the Syro-Palestinian Area as Reflected by their Coins», INJ, 6-
7, 1982-1983, p. 79-87; más en general, cf. el estudio de K.W. Harl mencionado en la nota
siguiente.
293 Entre m uchos ejemplos, cf. L. R obert «La rivalité de Nicée et de Nicomédie: la Gloi-
re et la H aine», H SC P , 81, 1977, p. 1-39; m ás generales, P.R. Franke, K leinasien zu r
Romerzeit. Griechisches Leben im Spiegel der M iinzen, Munich, C.H. Beck, 1968, y K.W.
Harl, Civic Coins and Civic Politics in the Roman East, 180-275 A D , Berkeley, University
o f California Press, 1987.
294 Las obras generales y antiguas de L.C. W est, G old and Silver Standards in the
Rom an Empire, N ueva York, Am erican Num ism atic Society, 1941, y de S. Bolin, State and
Currency in the Roman Empire, Estocolmo, Alm qvist & W iksell, 1958, siguen siendo úti­
les, pero se les debe añadir los análisis recientes de D.R. W alker, M etrology o f the Roman
Silver Coinage, 3 vol., Oxford, BAR, 1976-1978, al m enos en lo que se refiere a la plata.

100
patrón ático (o tirio) se basa en una draema de unos 3,60 gramos, del que
se admite que de hecho equivalía al denario. Este sistema es el más
extendido en Grecia, Siria y, para las emisiones cívicas, en Asia Menor.
Un patrón rodio (o sirio) se utiliza también en Asia Menor y en Siiia.
Se basa en una draema ligera que supone un cambio de 4 dracmas (1
tetradracma) por 3 denarios. Lo encontramos usado en Antioquía hasta el
año 57-5829S, en Licia, Rodas y, en Asia Menor, para los cistóforos. Este
sistema de una tetradracma equivalente a tres denarios debió aparecer
como una anomalía en un mundo que se había habituado rápidamente a
la equivalencia dracma-denario296.
Finalmente Egipto conserva un patrón particular basado en una drac-
ma ligera para la que se establece una equivalencia entre una tetradracma
y un denario. Además Egipto conserva un sistema cerrado, las monedas
acuñadas en el exterior no circulan y tienen que cambiarse al entrar en la
provincia297.
En lo referente al bronce, lo más notorio es sin duda la influencia
preponderante de las denominaciones romanas. La división tradicional,
en el mundo griego, de la draema en 6 óbolos y 48 calcos subsiste como
moneda de cuenta, pero las monedas acuñadas se evalúan en as (assaria
en griego). Para evitar las confusiones, se indica además sobre las piezas
su valor en assaria, cosa que jamás se hace para las monedas de plata298.
Unicamente algunas ciudades (Atenas, Quíos, Rodas) acuñan bronces
según la denominación griega (como las dracmas o las didracmas de
bronce), tal vez para dar testimonio de su libertad299. En todos los demás
lugares, y a veces antes de Accio 300, las denominaciones romanas se
impusieron en las monedas de bronce301.
Las piezas de todos los orígenes circulan libremente (salvo en Egipto).
En realidad se observa que la difusión de las monedas se hace en la mayor

295 Cf. D.R. W alker, M etrology, I, p. 67-73.


296 Los textos antiguos hacen un uso indiscriminado de los dos términos, cualquiera que
sea la denom inación m onetaria realm ente empleada. La ceca de Cesarea de Capadocia, que
utiliza el patrón ático, emitió en tiempos de N erón monedas con un valor equivalente a 3/4
o 1 1/2 denario, lo que podía facilitar el cambio con los cistóforos; cuatro o dos de estas
m onedas se cam biaban por un cistóforo: cf. E. Sydenham, The Coinage o f Caesarea o f
Cappadocia, p. 6; C.J. Howgego, Greek Imperia! Countermarks, p. 52-53.
297 Es una herencia evidente de la época lágida; cf. L.C. W est y A.C. Johnson, Currency
in Roman and Byzantine Egypt, Princeton, University Press, 1944; M.H. Crawford, «M one­
tary System», p. 63, y L a moneta in Grecia e a Roma, Bari, Laterza, 1982, p. 121-125.
298 Cf. C.J. Howgego, Countermarks, p. 60-61.
299 Cf. C.J. Howgego, Countermarks, p. 57-58.
300 Así en Cirene: T. Buttrey, «Rom an Coinage o f the Cyrenaica, I s1Century BC to 1st
Century AD», en C. Brooke, B. Stewart, J. Pollard y T. Volk (ed.), Studies in Numismatic
M ethod P resented to P hilip G rierson, C am bridge, U niversity Press, 1983, p. 23-46; en
Creta: M. Price, «Crete, Cyrene and Dio LII.30.9», INJ, 6-7, 1982-1983, p. 121.
301 IG R IV, 915 establece que una draema rodia equivale a 10 ases, en el 74 d. de C.;
podríam os esperar que equivaliese a 12 ases, esta diferencia no se explica; pero lo único
que importa aquí es que la draema esté dividida en ases; en Palmira, a partir del año 19 d.
de C., la tarifa se fija en assaria: OGIS, 629, líneas 153-155.

101
parte de los casos en un radio bastante limitado alrededor de su lugar de emi­
sión302. Así los cistóforos de Adriano no se encuentran en ningún tesoro
fuera de la provincia de Asia, con la excepción de Antioquía de Pisidia, muy
próxima303. En el mismo sentido observamos como en Corinto, de las 621
monedas encontradas, 420 son de la misma Corinto y 107 de Acaya (de las
que 50 proceden de Argos); si dejamos aparte los 78 bronces imperiales cuya
presencia se explica por el hecho de que Corinto es una colonia y sobre todo
la capital provincial, quedan sólo 16 monedas procedentes del resto del
Oriente griego, o sea en torno al 2,5% del conjunto. En una plaza comercial
de la importancia de Corinto esta proporción es irrisoria. Se podrían multipli­
car los ejemplos304. Sin embargo, algunas denominaciones, como las drac­
mas de Licia o de Amiso, conocieron una difusión más amplia305.
En lo referente a los bronces su vocación es precisamente la circula­
ción local y es su circulación a larga distancia lo que se debe explicar más
que el fenómeno inverso306. Para la plata este fenómeno se explica princi­
palmente por el hecho que las «imperiales griegas» de plata están proba­
blemente sobrevaloradas. En efecto, si consideramos únicamente el peso
teórico de la moneda de plata, obtendríamos las equivalencias siguientes:

denario dracma ática dracma rodia


antes del 64 3,90 g. 3,60 g. 3,10 g.
después del 64 3,41 g. 3,60 g. 3,10 g.

Un cambio establecido sobre la base de la equivalencia entre la drac­


ma ática y el denario beneficiaría claramente por lo tanto a los poseedo­
res de dracmas antes del 64 y los penalizaría ligeramente a continuación.
Por el contrario, los poseedores de cistóforos (12,40 gramos teóricos)
perderían en todos los casos al recibir 3 denarios por cistóforo; la pérdida
sería grave a partir del 64.
La realidad es totalmente diferente si consideramos a la vez el peso
medio real de las piezas y su contenido en plata fina. Sin asumir el con­
junto de los análisis de D.R. Walker307, podemos comparar en diferentes

302 Cf. los cuadros establecidos a partir de los tesoros, de la m onedas de las excavacio­
nes y de los hallazgos ocasionales por T.B. Jones, «A N um ism atic Riddle», Proc. Amer.
Philos. Soc., 107, 1963, p. 314-324.
303 W.E. Metcalf, The Cistophori o f Hadrian, p. 110-111. ,
304 Los contrasellos estudiados por C. J. H owgego, Greek Im perial Countermarks, L on­
dres, N um ism atic Society, 1985, ilustran bien este fenómeno, pues las m onedas contrasella­
das en una ciudad proceden m uy raram ente de lejos.
305 Indicación oral de W illiam Metcalf.
306 La afluencia de bronces del Peloponeso y del Ponto a Siria en tiempos de Caracalla
puede estar relacionada con la llegada de contingentes m ilitares para la expedición pártica
de éste, pero esto no está probado: T.B. Jones, «A Num ism atic Riddle», p. 333.
307 D.R. W alker, The M etrology o f the Roman Silver Coinage, 3 vol., Oxford, BAR,
1976-1978; sin embargo, W illiam M etcalf me hace notar que algunos análisis se fundamen­
tan en bases frágiles por el número reducido de monedas de las que se disponen para hacer
el análisis, especialmente en lo relativo a Cesarea de Capadocia y Licia.

102
épocas el peso de contenido de metal fino por una parte en el denario,
por otra parte en la draema de Cesarea de Capadocia y en la de Siria30S.

Draema
Denario de Cesarea de Siria
Augusto 3.43 (Samos) — 2.89
3.51/3.64 — —

Tiberio 3.64 2.99/3.14 2.37


Caligula 3.59 3.15/3.28 2.45
Claudio 3.59 3.16 2.57/2.80
Nerón a. 64 3.47 3.11/3.24 2.90
d. 64 2.97 2.80/3.00 2.23/2.79
Vespasiano 2.82/2.94 2.14/2.17 2.88
Tito 2.82/2.94 2.50
Domiciano309 3.02/3.26 2.26 2.94
Nerva 2.97/3.01 2.32 3.28
Trajano 2.84/3.05 2.09/2.32 2.26/2.31
Adriano 2.80/2.89 (Roma) 1.87/1.91 2.42
2.37 (Antioquía) — —

2.87 (Asia) — —

Antonino 2.57/2.87 2.17/2.38 —

Marco Aurelio 2.53/2.71 1.75/2.11 2.53


Cómodo 2.10/2.43 1.41 ó 1.88 —

Para los cistóforos obtenemos el cuadro siguiente:

Plata fina (gramos) contenida


en 3 denarios en 1 cistóforo
Augusto 10.53/10.92 10.32
Claudio 10.77 9.86
Tito 8.46/8.82 9.05
Domiciano 9.06/9.78 9.05
Nerva 8.91/9.03 9.00
Trajano 8.52/9.15 8.70
Adriano 8.617310 9.29311

308 Para Siria, se trata de una draem a teórica, pues se acuñan esencialmente tetradrac­
mas; en cambio, Cesarea emite dracmas y didracmas en grandes cantidades.
309 Se trata sólo de las emisiones de denarios reformados después de los años 83-84, de
más peso que los antiguos; cf. I. Carradice, Coinage and Finance in the Reign o f Domitian
A D 81-96, Oxford, BAR, 1983.
310 Hemos tornado aquí el peso medio de los denarios acuñados en las cecas de Asia,
que tenían m ás posibilidades de ser com parados con las m onedas cívicas de la m ism a
región.
311 Según W.E. Metcalf, The Cistophori o f Hadrian, Nueva York, American Numismatic
Society, 1980, el peso medio bruto se establece en 10,25 gramos, contra 10,03 gramos para
Walker; es, pues, posible que le peso final medio sea ligeramente superior a 9,29 gramos.

103
Finalmente, para las tetradraemas de Alejandría, podemos establecer
el cuadro siguiente312:

Peso de fino Peso total

Tolomeo XIII año 2-9 12.46 13.62


año 14-28 11.46 13.52
Cleopatra VII año 8-22 5.76 12.66
Tiberio año 8-22 4.01 13.13
Claudio año 1-6 2.97 13.04
Nerón año 3 3.05 13.19
año 5-13 2.19 13.22

Así pues, el cambio de un denario por una dracma ática se haría


constantemente en detrimento del denario. Tanto las tetradraemas de
Siria como las emisiones de Capadocia están sobrevaloradas, a veces en
proporciones importantes: 26% para las tetradraemas de Siria con la
Tyché en tiempos de Augusto o las de la águila en época de Nerón hacia
el 59-63. La devaluación neroniana, parcialmente imitada por las cecas
de Oriente, redujo la diferencia sin eliminarla; las tetradraemas con el
águila todavía están sobrevaloradas en un 7,5% después del 64313. Bajo
los Flavios, la dracma de Cesarea está sobrevalorada en un 16% como
media, al igual que en tiempos de los Julio-Claudios314, pero la diferencia
puede llegar al 35% después de la reforma monetaria de Domiciano. Esta
sobrevaloración considerable se prolongó durante todo el siglo n 315. Los
valores sólo se aproximan muy ocasionalmente (la dracma Siria bajo
Vespasiano o Marco Aurelio), o incluso se invierten (la dracma siria bajo
Nerva).
La situación del cistóforo es menos clara. Sobrevalorado en un 6 %
bajo Augusto y en un 11% bajo Claudio316, aparece ligeramente infrava­
lorado en relación con el denario de Tito y durante los primeros años del
reinado de Domiciano. Deja de acuñarse después del 84, es decir, en un
momento en el que el denario aumenta su valor. La reanudación de las
emisiones bajo Nerva y Trajano se hace en unas condiciones de equiva­
lencia aceptables. Por el contrario, los cistóforos de Adriano están clara­
mente infravalorados en tres denarios por un cistóforo. Esta constatación
lleva a D.R. Walker a sugerir 317 que el cambio debió de hacerse en ade­
lante por 4 denarios, lo que implicaría una sobrevaloración del cistóforo
de un 19%, situación más habitual que la inversa; en favor de esta hípó-

312 Sacado de D.R. W alker y C.E. King, en D.R. W alker, M etrology, I, p. 139-159; no
hubo acuñación de plata en tiem pos de A ugusto ni de Caligula.
313 D .R W alker, M etrology, I, p. 74.
314 D .R W alker, M etrology, I, p. 129.
3,5 D .R W alker, M etrology, II, p. 81-85.
316 D .R Walker, M etrology, I, p. 35.
317 D .R W alker, M etrology, II, p. 62-64.

104
tesis aduce la reacuñación de antiguos cistóforos318. Este cambio queda
por demostrar, pero, si se continuó cambiando cistóforos que contienen
9,29 gramos de plata fina contra 3 denarios que sólo contienen 8,5 gra­
mos, los cistóforos debieron ocultarse y desaparecer de la circulación.
Finalmente, en lo referente a la tetradracma de Alejandría, su equiva­
lencia con el denario no se pudo establecer antes del reinado de Clau­
dio 319 puesto que antes contenía claramente más plata fina que el dena­
rio. En la época de Claudio, por el contrario, la tetradracma está clara­
mente sobrevalorada. Tras la devaluación de Nerón la diferencia se estre­
cha, pero la tetradracma cambiada por un denario permanece sobrevalo­
rada320. Pasamos de este modo de una tasa de sobrevaloración de la tetra­
dracma de Alejandría de un 23% bajo Claudio, al 67% en los primeros
años del reinado de Nerón para regresar al 37% tras la reforma del 64. A
continuación la estabilidad en el peso de metal fino de la tetradracma de
Alejandría hasta el reinado de Marco Aurelio conlleva una aproximación
al denario pues éste lleva cada vez menos plata: la sobrevaloración de la
tetradracma sólo es del 23% en el año 107, del 19% en el 148. Una deva­
luación de la tetradracma de Alejandría bajo Marco Aurelio y después
bajo Cómodo hizo que recuperase su tasa de sobrevaloración a más del
40 y después a más del 60%321.
Las variaciones de peso del denario lo convertían en una moneda
parcialmente fiduciaria, al igual que las monedas provinciales o las
imperiales griegas. Habría sido difícilmente practicable la realización
de cambios teniendo en cuenta cada vez el peso en plata fina y por lo
tanto el valor real de la moneda. Pero, si sólo se trataba de transaccio­
nes comerciales privadas, podríamos concebirlo. En el exterior del
Imperio cada moneda debía ser recibida por lo que valía realmente.
Todo esto era importante para los provinciales que utilizaban las dife­
rentes piezas en circulación en sus provincias y que debían poder reco­
nocer su valor. Sobre todo, tenían que hacer frente a los impuestos
romanos cuyo montante estaba establecido en denarios, única moneda
de referencia. Después de Augusto toda la fiscalidad romana en Oriente
se evalúa de este modo 322. Por lo tanto era todavía más importante para
el estado la fijación de una tasa de cambio estable que permitiese el cál­
culo en moneda local del monto de los impuestos debidos por los pro­
vinciales 323. Era necesario evidentemente que esta tasa de cambio ofi­
cial, de uso prioritariamente fiscal, pusiese a los banqueros, e indirecta­

318 Explicación contestada p o r W.E. Metcalf, Cistophori o f Hadrian, p. 120.


319 Está atestiguada por un texto sólo en época flavia por un ostracón d ’Edfou (CPJ, II,
112), pero es muy probable antes.
320 Los análisis de D.R. W alker y C.E. King confirm an globalmente las conclusiones de
J. Schwartz, «Réflexions sur les tétradrachmes d ’Alexandrie au 1er siécle p. C.», CE, 41,
1966, p. 317-379.
321 D .R W alker, M etrology, II, p. 114-116.
322 A. Gara, Prosdiagraphomena e circolazione monetaria, Milán, Cisalpino-La G oliar­
dica, 1976, p. 135-136.
323 A. Gara, Prosdiagraphomena, p. 144.

105
mente al fisco imperial 324 al abrigo de las fluctuaciones metálicas y
ponderales de las monedas griegas. Estaba excluida la posibilidad de
que el cambio llevase a una sobrevaloración de hecho de las monedas
griegas.
En lo referente a la moneda divisionaria de bronce, que no entra en
juego directamente para pagar los impuestos romanos, el cambio con­
lleva un agio de un as por denario o dracma. Es esto que explica que se
indique a veces que hacen falta 17 ó 10 assaria de bronce para comprar
un denario mientras que la equivalencia legal está fijada constantemen­
te en un denario por 16 ases 325. De ello no hay que deducir que el dena­
rio «vale» 17 ó 10 ases, pues la parte que supera el curso legal de 16
ases únicamente representa el beneficio del cambista326. En el mismo
sentido en Egipto se cuentan 28 ó 29 óbolos de cobre por una tetradrac-
ma alejandrina mientras que la equivalencia normal es de 24 327.
En Egipto, con fines puramente fiscales, se creó en época de Augus­
to una sobretasa uniforme del 6,5% (los prosdiagraphomena) destinada
a compensar la falta de ganancia sufrida por el estado cuando el contri­
buyente pagaba en bronce un impuesto cuyo monto estaba fijado en
plata (denario)328. Aunque esta disposición perdió utilidad con la reanu­
dación de la acuñación de monedas de plata en Alejandría en tiempos de
Tiberio, los prosdiagraphomena se conservaron y su tasa, en la segunda
mitad del siglo II, variaba según la importancia del impuesto debido 329.
¡La prima de cambio se transformó así en un nuevo impuesto regular!
Para las restantes monedas de plata el estado impuso un cambio uni­
forme de 3 denarios por una tetradracma ática o un cistóforo330. Hemos
visto más arriba lo que este cambio implicaba para el cistóforo. Para la
dracma de peso ático emitida en Siria o en Cesarea, para volver sobre los
mismos ejemplos que más arriba, esto daría el cuadro siguiente en peso
de metal fino:

324 El fisco imperial no cobra en m onedas griegas; luego tanto las ciudades como los
ciudadanos tenían que cam biar sus m onedas por denarios m ediante el servicio de los ban­
queros. Si el cambio oficial hubiera obligado a los banqueros a cobrar las monedas griegas
a un curso superior al de su valor real, éstos habrían rápidamente renunciado a sus tareas.
325 Cf. el rescripto de Adriano para Pérgamo, OGIS, 484, en el que el problem a del agio
está en el quid de la cuestión: cf. R. Bogaert, Banques et banquiers dans les cités grecques,
L eiden, Sijthof, 1968, p. 231-234, y A. M acro, «Im perial Provisions for Pergam um »,
GRBS, 17, 1976, p. 169-179.
326 D em ostración lum inosa de J. M elville-Jones, «Denarii, A sses and A ssa ria 'in the
Early Rom an Empire», BICS, 18, 1971, p. 99-105, que no ha convencido a A.S. W alker,
«16 or 18 Assaria, Drachmai and Denarii in M id Second Century AD Athens?», INJ, 6-7,
1982-1983, p. 142-147.
327 A.H.M . Jones, The Rom an Economy, Oxford, 1974, p. 77.
328 A. Gara, Prosdiagraphom ena, p. 78; Id., «Fiscalité et circulation m onétaire dans
1’Egypte rom aine», en H. Van Effenterre (ed.), Points de vite sur la fiscalité antique, Paris,
Public. Université de Paris I, 1977, p. 43-55.
325 A. Gara, Prosdiagraphomena, p. 91.
33° Q f Th M ommsen, H istoire de la monnaie, reed. Bolonia, 1 9 6 8 ,1, p. 99; III, p. 305;
J.P. Callu, L a p o litiq u e m on[etaire des em pereurs rom ains de 238 a 311, p. 147-148,
169-175.

106
3 denarios tetradracma
Cesarea Siria

Tiberio 10.92 11.96/12.56 9.48


Claudio 10.77 12.64 10.28/11.20
Nerón d. 64 8.91 11.20/12 8.92/11.16
Nerva 8.91/9.03 9.28 13.12
Trajano 8.52/9.15 8.36/9.28 9.04/13.24
Adriano (Asia) 8.61 7.48/7.64 9.68
Antonino 7.71/8.61 8.68/9.52
Marco Aurelio 7.59/8.13 7/8.44 10.12

La draema de peso ático se encuentra generalmente infravalorada


pero, salvo excepciones, la diferencia no es tan grande que parezca inso­
portable a los provinciales. Si éste hubiese sido el caso habríamos visto
a estas monedas desaparecer de la circulación. Pero nada de esto ocurre,
sin duda porque los provinciales no tenían otro medio para pagar sus
impuestos que cambiando en los bancos locales331 las monedas de las
que disponían. Tratándose por lo tanto de una moneda fiduciaria, la tasa
de cambio fija tenía la ventaja, para todos, de permitir el cambio de
cualquier moneda a una tasa reconocida. Esta era de hecho la condición
de la supervivencia de las emisiones orientales, irregulares en peso
y contenido. Su mantenimiento tenía como contrapartida una tasa de
conversión en relación con el denario, tasa de la que el estado era el
único amo.
El cambio de 3 denarios por una tetradracma o un cistóforo, destina­
do a establecer un valor fiscal de la moneda provincial332, habría podido
tener sólo este fin y banqueros y mercaderes habrían podido utilizar para
las transacciones comerciales las tasas fundadas en el valor metálico real
de las especies en circulación. Pero no parece que éste haya sido el caso
y la tasa fiscal se impone finalmente en todas parte dentro de los límites
del Imperio. Lo que quiere decir que todo el mundo veía en ello más ven­
tajas que inconvenientes.

331 Acerca de los bancos, generalm ente arrendados por la ciudad, cf. Bogaert, B anques
et banquiers, p. 231-234 y 265-268, con los ejemplos de M ilasa (OGIS, 515) y de Pérgamo
(OGIS, 484). La presencia de un banquero en Palm ira (un judío que posee una tumba en la
necrópolis galilea de Beth Shéarim: M. Schwabe y B. Lifshitz, Beth Shearim, II: The Greek
Inscriptions, Jerusalén, M assad Press Ltd, 1967, p. 33, n° 92) se explica sin duda más po r la
necesidad de sum inistrar a todos los denarios necesarios para pagar las tasas del 25% sobre
las mercancías importadas (cf. S.J. De Laet, Portorium, p. 335-336) que por el fin de obte­
ner m onedas extranjeras.
332 A. Gara, Prosciictgraphomena,p. 144.

107
V. E l CULTO IMPERIAL

El culto imperial es una invención griega que ocupa un lugar ambiguo


en el conjunto de los instrumentos al servicio de la dominación romana333.
No podemos olvidar que Roma nunca lo impuso, al menos en un primer
momento, y, por lo tanto, no podemos reducirlo a un simple medio de
gobierno destinado a provocar manifestaciones públicas de lealtad hacia
el emperador. Para eso había otros medios como eran los juramentos de
fidelidad 334 prestados en el momento de la entronización de un nuevo
César o en el de la anexión de una nueva provincia. Este fue el caso de los
paflagonios y residentes romanos en Gangra en el 3 a. de C .335, el de
los chipriotas bajo Tiberio336, el de los habitantes de Asos en la Tróade
bajo Caligula 337 que afirmaron de ese modo su sumisión al emperador.
Estos juramentos insistían por lo demás en el carácter divino de los
emperadores 338 y se les debe incluir de algún modo en el marco del culto
imperial.
Pero cualquiera que sea la importancia de los temas políticos subya­
centes al culto, para el emperador y para las ciudades, el culto a los
emperadores pertenece tanto a la vida religiosa como a la esfera política
de las provincias del Mediterráneo oriental, en la medida que esta separa­
ción de los campos de actividad tenga algún sentido en la antigüedad. En
todo caso no podemos esquivar la cuestión de saber qué tipo de dioses
fueron los emperadores, de qué naturaleza era el culto que se les dirigía,
qué concepción de su divinidad tenían los provinciales. Teniendo en
cuenta esto, el estudio del culto imperial podría muy bien ocupar su lugar
en un capítulo relativo a la vida religiosa en el Oriente romano.
Si, pese a ello, emprendemos su estudio aquí, no es para negar o
minimizar sus implicaciones religiosas. Pero ocurre que más allá del
fenómeno religioso el culto imperial, como elemento esencial de la cul­
tura griega de ese tiempo 339, nos informa sobre una particularidad de las
relaciones entre el mundo provincial y el emperador. No sólo es la

333 U n libro dom ina toda la bibliografía sobre este tema: S.R.F. Price, R ituals and
Power. The Im perial Cult in A sia M inor, Cambridge, U niversity Press, 1984; para Occiden­
te, la obra de D. Fishwick, The Im perial Cult in the Latin West, Leiden, Brill, 1987, p erm iti
interesantes com paraciones y en cuestiones de fondo adopta conclusiones de S. Price.
Bibliografía muy desarollada de P. Herz, «Bibliographie zum romischen Kaiserkult (1955-
\915)y>, ANRW , II. 16.2, p. 833-910.
334 Cf. J. Le Gall, «Le serm ent á l ’empereur: une base méconnue de la tyrannie impéria-
le sous le Haut-Empire ?», Latomus, 44, 1985, p. 767-783.
335 IG R III, 137; R.K. Sherk, Rom e and the G reek East, Cambridge, University Press,
1984, p. 105-106.
336 V. Ehrenberg y A.H.M . Jones, D ocum ents Illustrating the Reigns o f Augustus and
Tiberius, Oxford, OUP, 1976, n° 105.
337 Syll?, 797. Se podría añadir que los judíos pretenden haber sido los prim eros en
haberlo aclamado como emperador: Filón, Legatio, 289, sin que se sepa si esto se acompaña
con un juram ento solemne.
338 Cf. el texto del juram ento de Assos: Syll.3, 797.
339 Cf. S. Price, p. 98-100.

108
expresión de una lealtad politica sino también la ocasión de dones recí­
procos que aglutinan a las comunidades provinciales en torno al poder
imperial.
Lejos de ser específico del Oriente griego, el culto imperial reviste en
la zona un carácter particular en razón de las ya antiguas tradiciones
locales de culto a los soberanos. No es inútil recordar, al menos breve­
mente, cuál es la situación en este tema en el momento en que nace el
culto imperial en Asia Menor.

1. Los orígenes helenísticos

El culto a los soberanos es una creación helenística que encuentra sus


raíces en la heroización y en los cultos funerarios griegos340. Se le ha bus­
cado en vano orígenes «orientales», es decir egipcios, semíticos o persas,
pero todo el mundo está de acuerdo en la actualidad en que el culto grie­
go a los soberanos no debe nada a las costumbres de los pueblos del Pró-'f
ximo Oriente341,
Enseguida apareció en los países de idiom a griego un culto a
Roma 342, único modo que tenían los griegos de honrar a un soberano
cuya encarnación (los cónsules) cambiaban cada año 343. El culto se
difundió rápidamente en el siglo ll a. de C. y se levantaron santuarios
para la nueva diosa al mismo tiempo que se instituían en su honor los
juegos llamados Rhómaia, exactamente del mismo modo que en el caso
de los demás soberanos helenísticos. Paralelamente, a partir de fines del
siglo m e inicios del II, los procónsules y magistrados romanos se benefi­
ciaron de honores divinos. Así ocurrió a C. Marcelo en Siracusa en el
212; a T. Quinto Flaminino en Grecia hacia el 190344. El fenómeno se

340 El estudio fundam ental sobre el culto de los soberanos en época helenística sigue
siendo el de Chr. Habicht, Gottmenschentum und griechische Stádte, Munich, C.H. Beck,
1956; cf. tam bién C. Préaux, Le M onde hellénistique, París, PUF, 1978, p. 238-271 (trad,
esp. ver bibliogr.) y S. Price, p. 47-49.
341 Hace m ucho tiempo que ello habría debido ser reconocido ya que, salvo en Egipto
(donde sin embargo el hecho se discute), nunca se diviniza a los soberanos orientales. Pero
es difícil hacer desaparecer del todo la quimera según la cual toda innovación religiosa tiene
que proceder de M esopotam ia o Siria.
342 El p rim e r ejem p lo se en cu en tra en E sm irna en el año 189 a. de C.; cf. R.
M e llo r, THEA R H O M E . The W orship o f the G oddess R om a in th e G reek W orld,
G otinga, V an d en h o eck & R uprecht, 1975; C. F ayer, II culto della D ea Roma. O rigine
e d iffu sio n e n elV im pero, P escara, T rim estre, 1976; R. M ellor, «The G oddess R om a»,
A N RW , I I .17.2, p. 950-1030; D. F ishw ick, The Im p eria l C u lt in the L atin West, p. 48-
51. E n el m ism o espíritu , cf. M. L e G lay, «Le culte de R om e et de Salus á P ergam e
ou l ’annonce du cuite im périal», F estsch rift F.K. D orner, II, L eiden, Brill, 1978, p.
546-564; en cam bio, las m en ciones de un culto al Senado rom ano ( H ieros S ynkletos)
que se creían h ab er e n co n trad o en época h ele n ístic a son todas de época im p erial:
P rice, p. 42.
343 Cf. Price, p. 40-47.
344 Se encuentra una lista im portante de los personajes honrados así en L. Cerfaux y J.
Tondriau, Le cuite des souverains, Tournai, Desclée, 1957, p. 279-285, obra indispensable
pero que se debe utilizar ahora sólo com o una fuente de referencias.

109
hizo común en el transcurso del siglo II y en el siglo i a. de C., al mismo
tiempo que los honores divinos se concedían también a los evergetas en
las ciudades griegas 345. Muy pocos magistrados romanos resistieron la
tentación de recibir tales honores (Cicerón fue uno de ellos)346. Marco
J Antonio, autoproclamándose Neos Dionysos, superó a sus antecesores y
actuó más como soberano helenístico que como imperator romano. Cho­
cante en relación con las tradiciones romanas, esa autoproclamación no
tenía nada de raro a ojos de los griegos.
El culto real helenístico había sabido de este modo adaptarse a las
condiciones políticas nuevas creadas por la reducción de una parte del
^Oriente griego a provincias romanas. Pero en todas partes conservaba un
carácter estrictamente cívico, es decir, que cada ciudad quedaba libre de
tomar o no la iniciativa dé un culto y conservaba el dominio de los hono­
res concedidos, de las fiestas instituidas, de los títulos y epítetos divinos
concedidos a cada cual. Todavía no existía ningún culto oficial a escala
provincial.

2. Cultos cívicos a los emperadores

Los cultos cívicos de Octavio Augusto y después de sus sucesores se


situaban en la tradición directa de las prácticas helenísticas. Antes de la
batalla de Accio Octavio no recibía ningún tipo de culto en las ciudades
griegas puesto que todas ellas seguían a su rival Antonio. Pero desde el
momento mismo de su victoria nos lo encontramos honrado en algunas
ciudades de Grecia y de Asia. En Tespias se le saludó en el año 30 como
Sóter y Evergetes 347 y en Alejandría se le dedicó el templo que Cleopatra
destinaba a Antonio34S. Otras ciudades siguieron enseguida esa vía, así
Epidauro en el 2 7 349 y Mitilene poco después 350.
En todos los casos la iniciativa venía de las ciudades aunque un cier­
to grado de emulación entre ellas pudo empujar a algunas a votar disposi­
ciones en las que no habían pensado en absoluto en un primer momento.
Esta práctica continuó durante todo el Alto Imperio: todos los sucesores
de Augusto recibieron en múltiples ciudades honores que variaban según
la libre voluntad de cada una. Pero, aunque cada ciudad conservaba
intacta su capacidad de iniciativa en este asunto, intervenciones más 9

345 Cf. Ph. Gautier, Les cités grecques et le w s bienfaiteurs, París, De Boccard, 1985, p.
60-66, ha puesto de relieve que se trataba de un fenómeno propio de la baja época helenísti­
ca (salvo en el caso del ateniense Diógenes, honrado con honores divinos desde los años
220). Esta relación entre evergetismo y divinización explica que E. Bickerm an recordase
varias veces que según él no hubo nunca en el mundo griego un culto de soberanos, sino
vf solamente un culto a benefactores, reyes o simples particulares.
346 Cicerón, A d Quintum fr„ 1, 1,26; Acl Atticum, 5 ,2 1 ,7 .
341 IG VII, 1836.
348 Tácito, Anales, IV.52.
349 IG IV, 1431.
350 OGIS, 456; IGR IV, 44, con IG XII, Suppl. p. 13.

110
menos discretas pudieron facilitar el proceso o incluso provocarlo. El
ejemplo de Caligula cuando exigió a los judíos que instalasen su estatua
en Jerusalén podría parecer una provocación y una medida punitiva de
cara a súbditos díscolos 351 si ese mismo emperador no hubiese empleado
idéntico procedimiento cuando exigió un culto en Mileto 352. Adriano,
más discreto en lo concerniente a él mismo 353, creó un culto a Antinoo en
Mantinea de Arcadia354, iniciativa imitada rápidamente por numerosas
ciudades. En el mismo sentido los gobernadores pudieron sugerir de
modo insistente la creación de un culto imperial en una ciudad o en una
comunidad. En este sentido los gobernadores de Arabia fueron claramen­
te quienes indujeron a los tamudeos para que fundasen un santuario dedi­
cado a Marco Aurelio y a Lucio Vero en su lugar de reunión de Ruwwa-
fa, en el Hejaz355. Arriano, gobernador de Capadocia del 131 al 137, se
ocupó de que el culto ofrendado al emperador fuese digno de él y con ese
m otivo hizo reem plazar las estatuas que consideraba dem asiado
toscas 356. En un nivel más modesto, S. Price indicó que en las aldeas, en
Asia Menor, el culto estaba frecuentemente patrocinado o dirigido por
soldados o funcionarios imperiales 357.
A pesar de estas presiones todas las ciudades fueron siempre libres
de honrar á cada emperador como a un dios y de otorgarle los títulos que
consideraban apropiados. Sin embargo, la instauración del principado
limitó el margen de libertad de las ciudades en este dominio. En primer
lugar, desde entonces el culto se limitó de forma exclusiva al emperador
y a los miembros de su familia (en sentido amplio). Es cierto que sobre­
vivieron los cultos existentes en honor de antiguos magistrados o de par­
ticulares358. Así todavía se honraba a Flaminino en Calcis en época de
Plutarco359. Entre los últimos particulares que recibieron un culto divino
estaban Artemidoro de Cnido, el amigo de César360, Barlcayo de Cirene
hacia el 16-15 a. de C .361, los procónsules de Asia C. Marcio Censorino
en el 2 d. de C. 362 y C. Vibio Postumo entre el 6 y el 9 d. de C .363. Pero
parece que no siempre es fácil la distinción entre el culto divino y los

351 Cf. el relato com pleto del suceso en Filón, Legatio ad Caium.
352 Se trata de un culto provincial ya que los diversos conventus de la provincia de Asia
están representados en él: cf. L. R obert, «Le cuite de C aligula á M ilet et la province
d ’Asie», H ellenica, VII, París, Adrien-M aisonneuve, 1949, p. 206-238; cf. Price, p. 68-69.
353 SHA Hadriani, 13.6, pretende sin embargo que instituyó su propio culto en Atenas.
354 Dion Casio, 69.13.4; Pausanias, VIII.9.7.
355 M. Sartre, Trois éttides, p. 27-29 y 130.
356 Arriano, Periplo, 1; hace reem plazar las estatuas de Adriano en Trapezonte. -
357 S. Price, p. 86.
358 N o eran una m olestia ya que todos habían muerto.
359 Plutarco, Flam ininus, 16.5-7.
360 Inscriptions o f the British M useum, IV, 1, 787; cf. S. Price, p. 48-49 y Ph. Gauthier,
Bienfaiteurs, p. 62.
361 S E G IX, 4 con la fecha propuesta por L. Robert, Rph., 1939, p. 156-163.
362 W. Bliimel, IM ylasa, Bonn, Habelt, 1987, n° 410 (creación de las Censorinea), y
n° 341 (sacerdote de su culto).
363 S. Price, p. 51.

111
honores propios de la heroizaeión. En algunos casos como el de Virgilio
Capito en Mileto 364, T. Claudio Baibilo en Efeso365, C. Julio Xenón en
Tiatira 366 y algunos otros 367, parece que sólo se otorgaron honores heroi­
cos. Fue así como se honró en Cos, su patria, al médico de Claudio,
Jenofonte, casi como a un dios, pero se tuvo buen cuidado de concederle
el título de héroe, inscrito con todas sus letras en la inscripción 368.
Labeo, un simple particular de Cumas de Eolia comprendió, por su
parte, que debía rechazar los honores que le convertían en un isothéos,
es decir un igual del emperador369. Al prohibir los decretos honoríficos
en favor de los gobernadores y otros magistrados romanos durante la
duración de sus servicios en su provincia y durante los sesenta días
siguientes 370, Augusto impidió toda posibilidad de culto en su favor. De
este modo el príncipe se reservaba si no el monopolio del culto, al
menos el privilegio de designar a sus beneficiarios. Germánico, que sin
embargo era miembro de la familia imperial, se dio cuenta de que se
podría originar un conflicto grave con Tiberio y recordó a quienes le
querían otorgar honores divinos, cuando pasó por Alejandría en el 19 d.
de C., que esos se reservaban al emperador371. En todo caso la esposa,
los hijos y otros parientes del príncipe se le asociaban frecuentemente en
los cultos. En un decreto de Giteion372, se proponía el honrar conjunta-
m nte a Augusto, Tiberio, Livia, Druso y Germánico. En Atenas se
honró a Julia Domna como Atenea Polias 373. Pero esto no sería posible
sin el acuerdo expreso del emperador, tanto en lo referente a los miem­
bros de la familia imperial como a los particulares. En este sentido sólo
se divinizó a Antinoo cuando el propio Adriano proclamó la divinidad

364 A. Rehme, D idym a II: D ie Inschriften, Berlín, M ann, 1958, n° 149.


365 D atos reunidos por D. Magie, R om an Ride, Princeton, U niversity Press, 1951, p.,
1398-1400.
366 IG R IV, 1276.
367 Cf. S. Price, p. 50, pero me tem o que la distinción no sea siempre acertada; en Tes-
pias, L. M oretti, «Iscrizioni di Tespie della prim a etá im periale’, Athenaeum, 1981, p. 74-
77, sugiere que Théos Tauros honrado en un santuario de la ciudad es probablem ente el
evergeta T. Estatilio Tauro; ahora bien, el título de Théos despeja toda duda acerca de los
honores que recibió. ,
368 Cf. W.R. Patón y E.L. Hicks, The Inscriptions o f Cos, Oxford, 1891, n°93; ¿pero no.
se trata sólo de una heroizaeión funeraria?
369 H. Engelmann, IKyme, Bonn, Habelt, 1976, n° 19. Acerca de isothéos, cf. infra, p. 122·.
370 Dion Casio, 56.25.6.
371 F. Preisigke, Sammeibuch, I, Berlín, D e Gruyter, 1913-1915, n° 3924; cf. J.H. O li­
ver, «On the Edict o f G erm anicus Declining Divine Acclam ation», Riv. Stor, delVAntich., 1,
1971, p. 229-230. Germ ánico, en cambio, recibió honores divinos postum os im portantes,,
especialm ente en Oriente; Tácito, Anales, 11.83, m enciona un bosque sagrado que le estaba
Consagrado en el Amanus, lo que confirm a la tabula Siarensis, descubierta recientem ente en
Bética: AE, 1984, 508, fr. I, pár. 3, que indica que en aquel bosque sagrado se debía levantar
un arco ; cf. tam bién un sacerdote de G erm ánico en Patara: ΤΑΜ 11, 2, 420.
372 V. Ehrenberg y A.H.M . Jones, D ocum ents Illustrating the Reigns o f A ugustus and
Tiberius, p. 87-89.
373 J.H. Oliver, «Julia Dom na as A thena Polias», Athenian Studies in H onor o f F ergu­
son, Cam bridge (Mass.), H arvard University Press, 1940, p. 521; Id., «Greek Inscriptions»,
Hesperia, 1941, p. 84-85, n° 36.

112
de su favorito muerto ahogado 374. El favorito de Séptimo Severo, Fulvio
Plautiano, sólo recibió estatuas y un culto en las ciudades a partir del
momento en que su amo lo quiso 375. Una iniciativa carente del acuerdo
imperial es un crimen de lesa majestad. Así Apolonio de Tiana, con oca­
sión de su proceso ficticio ante Domiciano, fue acusado de haber recibi­
do honores divinos entre los griegos 376.
Por otra parte, al menos bajo los Julio-Claudios -pero la práctica
se perpetuó tal vez hasta más tarde sin que lo sepamos-, las ciudades
tuvieron que pedir al príncipe permiso para levantarle un templo o
dedicarle estatuas, para instaurar fiestas en su honor o dar su nombre
a un mes o a una trib u 377. Los emperadores parecieron deseosos, al
menos hasta Claudio, de syitar unos excesos que, conocidos en Roma,
habrían podido chocar o ser objeto de críticas o ironías. Dos textos
nos muestran a Tiberio y a Claudio muy reticentes ante unas excesi­
vas m anifestaciones de devoción. Como respuesta al decreto de
Giteion (Laconia), Tiberio rehusó los honores divinos para sí mismo
pero dejó a Livia libre de aceptarlos o no 378. Claudio, en una carta a
los alejandrinos 379, aceptó con reticencias los honores votados pero
rechazó por completo el servicio de un gran sacerdote y que se le
levantasen templos, considerando que únicamente Augusto tenía dere­
cho a semejantes manifestaciones de piedad. Por el contrario Caligula
buscó los honores divinos, incluso entre los judíos, en donde no tenía
ninguna posibilidad de obtenerlos 380. Pero no debemos singularizar
demasiado a Caligula en este aspecto, pues el propio Tiberio aceptó
un templo en unión con el Senado en Esm irna381. Después del reinado
de Claudio no volvemos a encontrar huellas de reticencias imperiales
y pafece que las ciudades concedieron títulos sin limitaciones y orga­
nizaron a su modo el culto imperial bajo la vigilancia de las autorida­
des provinciales.

3. La organización de un culto provincial

Los cultos cívicos sólo comprometían a las ciudades, incluso cuando


los organizaban con la aprobación de las autoridades provinciales y del
propio emperador. Pero estaban de algún modo sometidos a la libre
voluntad de cada ciudad. La organización de un culto provincial adquirió
una dimensión política de importancia muy diferente.

™ SHA Hadriani, 14.7; Dion Casio, 69.13.4; Pausanias, VIII, 9-7; cf. S. Price, p. 68.
375 Dion Casio, 76.14.6-7.
376 Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, VII, 20, 21; VIII, 5, 7.7 y 15.
377 S. Price, p. 71-73.
378 V. Ehrenberg y A.H.M . Jones, Documents Illustrating the Reigns o f Augustus and
Tiberius, p. 87-89.
379 P. Lond., 1912; Select Papyri, II, n° 212.
380 Cf. supra, p. 110.
381 Tácito, Anales, IV, 15; cf. IV, 55-56.

113
Es difícil decidir a quién correspondía realmente la iniciativa de
esta creación: ¿al emperador, a un gobernador, a las ciudades? Oficial­
mente fueron las ciudades que decidieron honrar a Octavio colectiva­
mente. En el 29 a. de C., a requerimiento suyo, Augusto autorizó a las
ciudades de Asia y de Bitinia para que le dedicasen un santuario en
común con la diosa Roma en Pérgamo, para las primeras, y en Nicome­
dia, para las seglindas 382. Cada uno de estos santuarios tenía que reunir
para un culto solemne a los representantes de toda la provincia 383. A
partir de Claudio el culto de Roma y del dios Augusto se convirtió
generalmente en un culto & Roma y a los Augustos o incluso a los
Augustos exclusivamente.
Este sistema fue rápidamente imitado en la mayor parte de las pro­
vincias. En Siria a partir del reinado de Augusto384, en Chipre antes del
12 a. de C., fecha en la que se reformó el calendario en honor a Augus­
to 385, en Cirene tal vez antes del 17-16 a. de C .386, en Galacia 387 y sin
duda en otros lugares, aunque no todas las provincias han ofrecido toda­
vía pruebas de tal organización388. Sin embargo puede pasar un período
de tiempo bastante largo entre la creación de la provincia y la puesta en
marcha de un culto provincial. El culto provincial de Acaya no se organi­
zó antes de Nerón 389 y en Mesia inferior, creada como provincia inde­
pendiente en el 85-86, hubo φιε esperar hasta Trajano390.
A medida qué se iban creando las ¡nuevas provincias, el culto impe­
rial se instaló siguiendo el mismo modelo391. Unicamente Egipto perma­
neció aparte: hubo un culto municipal en Alejandría y tal vez en las otras
tres ciudades. Pero en el resto de Egipto, el emperador sucedió directa­

382 Dion Casio, 51.20.6-9.


383 Paralelam ente un culto de Rom a y del divino Iulius se creó en Efeso y en N icea para
los ciudadanos romanos. N o se debe concluir de esto que el culto imperial les estaba prohi­
bido: todos los notables que dirigieron el culto provincial fueron, bastante pronto, ciudada­
nos romanos. Se trata m ás bien de crear un culto que sea aceptable para los ciudadanos
rom anos originarios de Rom a y O ccidente ya que podían encontrar chocante la divinización
de Octavio al m odo griego.
384 El prim er gran sacerdote fue el tetrarca D exandros, im portante notable apam eo,
antepasado de L. Julio A gripa: J.-P. R ey-C oquais, «Inscriptions grecques d ’A pam ée»,
AAAS, 23, 1973, p. 39-84.
385 CF. RE, Suppi. IV, s.v. «Kaiserkult», col. 825.
386 U n sacerdote, que puede ser provincial, está atestiguado en esta fecha: AE, 1927,
p. 384, n° 143.
387 D. K rencker y M. Schede, D er Tempel im A nkara, Berlín-Leipzig, W. De Gruyter,
1936, p. 52-54.
388 Así en Licaonia, el koinón no está atestiguado hasta el reinado de Antonino Pío,
pero es poco probable que el culto imperial haya existido antes.
389 B. Puech, «Grands-prétres et helladarques d ’Acha'ie», REA, 85, 1983, p. 15-43.
390 D. Fishwick, The Im perial Cult in the Latin West, p. 302,; m ás bien que Troesm is el
centro fue Oescus.
391 A ún no se tiene ninguna docum entación acerca de este tem a para Arabia, con la
excepción del templo levantado por los tam udeos hacia los años 165-169 (cf. supra, p. 110)
y de un fragm ento de arquitrabe de Bostra que lleva la m ención de un sacerdote de Roma y
A ugusto (IG L S X III/1, 9143), que sólo puede ser un sacerdote m unicipal. Sin em bargo,
dudo que A rabia perm aneciese m ucho tiem po sin culto provincial.

114
mente al faraón y recibió el culto tradicional reservado al rey del país, no
el culto griego al soberano.
A pesar de algunos matices, la organización fue casi en todas partes
idéntica. En primer lugar se procede al nombramiento de un gran sacerdo­
te que lleva el simple título de archiereus392. A veces se le nombraba de
por vida (Acaya), pero normalmente el koinón lo designaba por un año,
como a los magistrados cívicos y a los otros sacerdotes de las ciudades.
Este gran sacerdote siempre pertenecía, por lo demás, a una familia de
grandes notables provinciales393. Así, en Acaya, el primer gran sacerdote
fue C. Julio Espartiatico, descendiente de C. Julio Euricles, tirano de
Esparta bajo Augusto. En Siria, fue Dexandros, cuya familia cuenta con
numerosos tetrarcas. En Galacia, los grandes sacerdotes del templo de
Augusto y de Tiberio pertenecen a las familias reales y aristocráticas gála­
tas. Un stemma de una familia de Licia puede dar una buena idea de la
importancia de estas funciones y del carácter casi hereditario de los cargos
de gran sacerdote y de jefe del koinón que se le asocia frecuentemente.

Cayo Licinio Museo, de Oinoanda


gran sacerdote de Augusto, liciarca
(época de Nerón)

Un hijo

una hija, casada con C. Licinio Longo, casa con