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Leyenda del Tigre del Paraná

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Tigre del Paraná

Su rostro estaba pálido. La obscuridad del monte era total. El río se encontraba
cerca. Si se internaba por el sendero a la veda del barranco podría llegar hasta la
ruta y volvér hasta su casa, del otro lado. Tuvo que descartar la bicicleta cerca de
las parrillas que dan a la cancha de basquet del club. Si tenía suerte, tal ves por la
mañana la volvería a encontrar. Era una bici hermosa, con cambios y frenos a
disco. Por esta le darían un buen bille y tal vez pudiera invitarla al baile a la
Rebeca y despues al Boungalou a ponerla toda la noche, o por lo menós, lo que
dura un turno o lo dura que le durara.
Se acostó debajo de un Paraíso y se durmió. Pasado un momento, que bajo el
influjo del sueño, fue eterno, despertó al escuchar crujidos de ramas. Una luz le
enseguesió. Tratando de agarrarce de un brote fresco, se levantó deprísa y
corriendo se dirigío, sin saberlo, hacia el lado del río. “Va por allá” gritaron unas
voces. “La puta que los parió” atinó a decír mientras corriá por el sendero del
pescador, esquivando ramas y raices que salian de la tierra como tentaculos.
Siempre habia vivido corriendo. Corriendo para salvar a su hermanito de
alguna paliza en la canchita. Corriendo para ver qué se había enganchado de la
caña de algún pescador vecino. Corriendo para saltar del barranco hacia el agua.
Corriendo, cuando lo descubrian en el supermercado con una mortadela debajo de
la campera Adidas. Le hubiese gustado sambullirce y mutar en un Dorado y entre
las fuertes correntadas deborar Sábalos y Mojarras, y que todos los habitantes de la
cuenca lo respeten y digan: “Ahí viene el gran Dorado”. Y no correr más, solo
nadar. Aunque hoy ya no es como ayer, y si de verdad tuviera el poder de
transmutar en un Dorado, se encontraría bastante solo y con poca comida. El Río
ya no daba tanto alimento para todos, ni siquiera para los mismos peces.
“Dale que lo tenemos, dale, dale!” gritaban los persecutores. Cada vez lo tenian
mas acorralado. Al llegar al puente que une la ruta con el pueblo vecino, el monte
le cerraba el paso. Se detuvo. No le quedaba otra alternativa mas que enfrentarce
a dos, o tal vez más personas que les seguían, o tirarce al río y cruzar hasta el
otro lado y correr hasta el “camino de las brujas”. Antes de ayer había llovido y
la correntada era [Link] el río, casi que habia nacido en él cuando su
madre y su padre disfrutaban de un caluroso día de Febrero en el agua
chocolatosa, cuando a German le llego el momento de dejar el confortable mundo
de tripas y líquido amniótico para conocer una realidad que con los años no sería
tan agradable y placentera. Cientos de veces él había contemplato sus margenes
lodosas, sus barrancos de arcilla.
Cuantas veces había metido los dedos en las cuevas para cazar anguilas y
llevarcelas corriendo a su madre para que las decapite, las limpie y las enmarine
para que ésta vez, naden en aceite hirviendo. Cuantas veces había cruzado a nado
con su hermano hasta la margen izquierda, donde muchos años despues, besaría
por primera vez a Rebeca, como había hecho el indio de cabellos negros que
cuenta la leyenda del río. Cuantas veces habia ido hasta allí cuando se ratiaba de
la escuela con el Omar y se fumaban los Lemans que éste les había robado a su
abuela Estela y hablaban de como sería besar a la profesota de ingles o de que
hermosa sensacion sentirian si pudiran tocarles las tetas a la de historia. El habia
participado del treatlón que festeja el pueblo para su aniversario. Nada podía salír
mal, la cuenca no era tan profunda y su ancho era de muy pocos metros, no más
de diez. Cruzaría. Llegaría a su casa, sin la bicicleta pero a salvo de sus
perseguidores.
Se tiró de cabeza y desapareció bajo las aguas color chocolate. No lo vierón
nunca más. Tal vez alla logrado transmutar en un gran Dorado y ahora esté
escondido entre algunas algas en busca de algún cardumen por Arrecifes o San
Pedro. Tal vez con esta historia se narre una nueva leyenda. La leyenda de un
chico que por amor prometío cruzar aquel cause correntoso para demostrar su
valentia. Pero en el trayecto, un Dorado lo vio nadar y se enamoro de él y su
pasión fue tan fuerte que le pidió al Dios del río que lo transformara en un pez
para que lo acompañe siempre por las aguas chocolate y coronados de brillantes y
doradas escamas, naveguen hacia nuevas corrientes, mientras que en el margen
izquierdo del río, ella aún lo espera llorando manantiales.

Vania Valvianov 22-04-18

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