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LEYENDAS

de
Gustavo Adolfo Béquer
ÍNDICE

El Monte de las Ánimas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2

El rayo de luna . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 8

Maese Pérez el organista . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 16

El Miserere . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 26

Los ojos verdes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33

El beso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39

El Cristo de la Calavera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49

1
“El Monte de las Ánimas”
(LEYENDA SORIANA)

La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido


monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que
se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en
efecto lo hice.
A las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará
mucho efecto a los lectores de El Contemporáneo. Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la
he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi
balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.
I
-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos
la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las
Ánimas.
-¡Tan pronto!
-A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del
Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la
oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la
capilla del monte.
-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que
has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras
dure el camino te contaré esa historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel
montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que
precedían la comitiva a bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
-Ese monte que hoy llaman de las ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves
allí, a la margen del río. Los templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los
árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente,
haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla
como solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la
ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado
ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus
placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas
prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundió la voz del reto,

2
y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de
estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la
tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una
cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se
quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte,
maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada
en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la
capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una
cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos
aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las
huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las
Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del
puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual,
después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de
Soria.

II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los
condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros
que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios
de las ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz
seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el
reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los
espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria
doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-;
pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres
toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar
varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella
desdeñosa contracción de sus delgados labios.
-Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido -se apresuró a
añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos,

3
quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a
Dios por haberte devuelto la salud que vinistes a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la
pluma de mi gorra cautivó tu atencion. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura
cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella
lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país una prenda recibida compromete
una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo...
que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que
después de serenarse dijo con tristeza:
-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de
ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir
una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las
viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las
ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el
mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él clavando una
mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
-¿Por qué no? -exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar
alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con
una infantil expresión de sentimiento, añadió:
-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de
su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
-Sí.
-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
-¡Se ha perdido!, ¿y dónde? -preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una
indescriptible expresión de temor y esperanza.
-No sé.... en el monte acaso.
-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-; en el
Monte de las ánimas! - luego prosiguió con voz entrecortada y sorda-: -Tú lo sabes, porque lo
habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No
habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta
diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza.
La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus
guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en
batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa

4
banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche.... esta noche. ¿A qué
ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del
Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las
malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del
más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera
como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que
cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar,
donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una
noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos
de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano
por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con
voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar
entreteniéndose en revolver el fuego:
-Adiós Beatriz, adiós... Hasta pronto.
-¡Alonso! ¡Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer
detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa,
con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a
aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en
los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
III
Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar, y Beatriz se
retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo
hecho.
-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a
su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia
consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se
durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la
campana, lentas, sordas; tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas
pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en
los vidrios de la ventana.

5
-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su
corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre
sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su
habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento
largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la
medianoche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces
confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran,
suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos
involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no
obstante en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un
momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada,
silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían
en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras
impenetrables.
-¡Bah! -exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul
del lecho-; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una
armadura, al oír una conseja de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma.
Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las
colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban
sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a
su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió
el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la
ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor
eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas
de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los
difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz.
Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz.
Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día!
Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando
de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró
sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en
el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

6
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de
Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de
las ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de
ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los
miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de
difuntos sin poder salir del Monte de las ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo
que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos
templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la
oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una
fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y
arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

7
“El rayo de luna”

Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que
puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré
uno de los últimos en aprovecharme, dadas mis condiciones de imaginación.

Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta
leyenda que, a los que nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.

Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de
guerra no le hubiera hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro
pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.

Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde
los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se
entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.

-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas veces su madre.

-No sabemos -respondían sus servidores:- acaso estará en el claustro del monasterio de la
Peña, sentado al borde de una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la
conversación de los muertos; o en el puente, mirando correr unas tras otras las olas del río por
debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y entretenido en contar las estrellas
del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que cruzan como
exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el
mundo.

En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera
deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.

Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo
fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto,
que nunca le habían satisfecho las formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los
había encerrado al escribirlos.

Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que
corrían como insectos de oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa
ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y se pasaba las horas muertas sentado en un escabel
junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la lumbre.

Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores
del lago, vivían unas mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y
suspiros, o cantaban y se reían en el monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio
intentando traducirlo.
8
En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba
percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras
ininteligibles que no podía comprender.

¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un
instante: a ésta porque era rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se
cimbreaba al andar como un junco.

Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la
luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como
los cambiantes de las piedras preciosas. En aquellas largas noches de poético insomnio,
exclamaba: -Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de
luz sean mundos; si es verdad que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan
gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres de esas regiones luminosas, y yo no podré
verlas, y yo no podré amarlas!... ¿Cómo será su hermosura?... ¿Cómo será su amor?...

Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo
suficiente para hablar y gesticular a solas, que es por donde se empieza.

II

Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de
Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas
posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río.

En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus
históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros,
aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos
arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba
el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.

En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de
los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que
la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían
encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las sombrías calles de álamos, cuyas copas
se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos silvestres y las
ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a
desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas
blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos,
pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina.

Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y
con una luna blanca y serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.

9
Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente,
desde donde contempló un momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo
de algunas nubes blanquecinas y ligeras arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas
ruinas de los Templarios.

La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba
ya en lo más alto del cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido
claustro a la margen del Duero, Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de
sorpresa, de temor y de júbilo.

En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento
y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el
sendero y se ocultaba entre el follaje, en el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o
imposibles penetraba en los jardines.

-¡Una mujer desconocida!... ¡En este sitio!..., ¡A estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco
-exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.

III

Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer
misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los
cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma blanca que se movía.

-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su
busca, separando con las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en
otros álamos. Llegó rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas hasta una especie de
rellano que iluminaba la claridad del cielo... ¡Nadie! -¡Ah!, por aquí, por aquí va -exclamó entonces-.
Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza en
los arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía. -Pero siguen sonando
sus pisadas -murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El viento que
suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que
ha dicho; pero no hay duda, va por ahí, ha hablado... ha hablado... ¿En qué idioma? No sé, pero es
una lengua extranjera... Y tornó a correr en su seguimiento, unas veces creyendo verla, otras
pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había desaparecido, se movían; ya
imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente persuadido de
que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que
se burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!

Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya
deslizándose con las mayores precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y
desesperada.

10
Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó
al fin al pie de las rocas sobre que se eleva la ermita de San Saturio. -Tal vez, desde esta altura
podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto -exclamó trepando
de peña en peña con la ayuda de su daga.

Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero
que se retuerce a sus pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas
márgenes que lo encarcelan.

Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y
fijarla al cabo en un punto, no pudo contener una blasfemia.

La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se
dirigía a todo remo a la orilla opuesta.

En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la
mujer que había visto en los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas
esperanzas. Se descolgó de las peñas con la agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya
redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y desnudándose del ancho capotillo de
terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.

Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura!
Cuando Manrique llegó jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el
Duero por la parte de San Saturio, entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel
tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas aguas se retrataban sus pardas almenas.

IV

Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San
Saturio, no por eso nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija
en su mente esta idea, penetró en la población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan,
comenzó a vagar por sus calles a la ventura.

Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio
profundo reinaba en ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el
rumor de una puerta al cerrarse, ora el relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena
que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.

Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los
pasos de alguna persona que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras,
voces confusas de gentes que hablaban a sus espaldas y que a cada momento esperaba ver a su
lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.

Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse


brillaron sus ojos con una indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales

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de aquel que pudiéramos llamar palacio, se veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a
través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se reflejaba en el negruzco y grieteado
paredón de la casa de enfrente.

-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto
sus ojos de la ventana gótica;- aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio... por el postigo de
San Saturio se viene a este barrio... en este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún
hay gente en vela... ¿En vela? ¿Quién sino ella, que vuelve de sus nocturnas excursiones, puede
estarlo a estas horas?... No hay más; ésta es su casa.

En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas


imaginaciones, esperó el alba frente a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni
él separó la vista un momento.

Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya
clave se veían esculpidos los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un
chirrido prolongado y agudo. Un escudero reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la
mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja de dientes capaces de dar envidia
a un cocodrilo.

Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.

-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria?
¿Tiene esposo? Responde, responde, animal. -Ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo
violentamente, dirigió al pobre escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con
ojos espantados y estúpidos, le contestó con voz entrecortada por la sorpresa:

En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro
señor el rey, que herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de
sus fatigas.

-Pero ¿y su hija? -interrumpió el joven impaciente;- ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo


que sea?

-No tiene ninguna mujer consigo.

-¡No tiene ninguna!... Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto
arder una luz?

-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su
lámpara hasta que amanece.

Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le
causaron estas palabras.

12
V

-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de


conocerla... ¿En qué?... Eso es lo que no podré decir... pero he de conocerla. El eco de sus pisadas
o una sola palabra suya que vuelva a oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver,
me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos
pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí dentro, dentro de la
cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué
dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso... pero aún sin saberlo la encontraré... la
encontraré; me lo da el corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido
inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de
una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer charlar a dueñas y escuderos;
que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en su manto de
anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido
como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de
mi desconocida; pero no importa... yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá
seguramente al trabajo de buscarla.

¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche;
me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan... Sí... no hay duda;
azules deben de ser, azules son, seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para
que floten... Me parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros... no me
engaño, no; eran negros.

¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta,
flotante y oscura, a una mujer alta... porque... ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las
portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las
sombras de sus doseles de granito!

¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los
álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de una música.

Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que
piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu
humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al
encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con todas las fuerzas de mi
vida, con todas las facultades de mi alma?

Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto... ¿Quién sabe si,
caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se
complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio de la noche?

13
Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos
desengañó al iluso Manrique; dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo
en el aire, que la realidad desvanecía con un soplo; dos meses, durante los cuales había buscado
en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus
aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atrevesar absorto en estas ideas el puente
que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus
jardines.

VI

La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo,
y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.

Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas
columnas de sus arcadas... Estaba desierto.

Salió de él encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no
había penetrado en ella, cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.

Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la
mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.

Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene,
fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus
miembros, un temblor que va creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera
convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada, una carcajada sonora, estridente, horrible.

Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a
sus pies un instante, no más que un instante.

Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de
los árboles cuando el viento movía sus ramas.

Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de
su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba
atención ni a las caricias de su madre, ni a los consuelos de sus servidores.

-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por
qué no buscas una mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?

-¡El amor!... El amor es un rayo de luna -murmuraba el joven.

-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro
de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la
guerra: en la guerra se encuentra la gloria.

-¡La gloria!... La gloria es un rayo de luna.

14
-¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador
provenzal?

-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial;- no quiero nada... es decir, sí
quiero... quiero que me dejéis solo... Cantigas... mujeres... glorias... felicidad... mentiras todo,
fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos
y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me
figuraba que lo que había hecho era recuperar el juicio.

15
“Maese Pérez el organista”

En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la Misa del
Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia,
ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que
los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la Misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:
—¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
—¡Toma! —me contestó la vieja—, en que ese no es el suyo.
—¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
—Se cayó a pedazos de puro viejo, hace una porción de años.
—¿Y el alma del organista?
—No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora les sustituye.
Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta, después de leer
esta historia, ya sabe el por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
I
—¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su
justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquél que baja en este momento de su litera para dar
la mano a esa otra señora que, después de dejar la suya, se adelanta hacia aquí, precedida de
cuatro pajes con hachas? Pues ese es el Marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de
Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama, había pedido en matrimonio a la
hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco
avaro... Pero, ¡calle!, en hablando del ruin de Roma, cátale aquí que asoma. ¿Veis aquél que viene
por debajo del arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa oscura, y precedido de un solo
criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo. ¿Reparasteis, al desembozarse para saludar
a la imagen, la encomienda que brilla en su pecho? A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le
creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ese es el padre en cuestión; mirad cómo la gente
del pueblo le abre paso y le saluda. Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. El sólo tiene más
ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey Don Felipe; y con sus
galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco…
“Mirad, mirad ese grupo de señores graves: esos son los caballeros veinticuatros. ¡Hola,
hola! También está el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la
cruz verde, merced a su influjo con los magnates de Madrid... éste, no viene a la iglesia más que a
oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se
puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pero
Botero… ¡Ay vecina! Malo... malo... presumo que vamos a tener jarana; yo me refugio en la iglesia;
pues por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los Paternóster. —Mirad,

16
Mirad; las gentes del duque de Alcalá doblan. la esquina de la Plaza de San Pedro, y por el callejón
de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medinasidonia. ¿No os lo dije?
“Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... los grupos se
disuelven... los ministriles, a quienes en— estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran...
hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... y luego dicen que hay justicia.
Para los pobres… Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del
Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes...; ¡vecina! ¡vecina!, aquí... antes que cierren las
puertas. Pero ¡calle! ¿Qué es eso? Aún no han comenzado cuando lo dejan. ¿Qué resplandor es
aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo.
“La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae
en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga las
candelillas que le enciendo los sábados!... Vedlo, qué hermosote está con sus hábitos morados y su
birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para mí. Si no fuera
por él, media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los
hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen
y le acompañan, confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan
amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... es decir, ¡ellos... ellos!...
Líbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de sí, peleando en algunas ocasiones
contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad, que si se buscaran... y si se buscaran
con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en
las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su
servidumbre.
“Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia, antes que se ponga de bote en bote... que algunas
noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen
las monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De
las otras comunidades, puedo decir que le han hecho a Maese Pérez proposiciones magníficas;
verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por
llevarle a la catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito...
¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón;
pobre, sí, pero limosnero cual no otro... Sin más parientes que su hija ni más amigo que su órgano,
pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una: y componer los registros del otro...
¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues nada, él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo, que suena
que es una maravilla... Como le conoce de tal modo, que a tientas... porque no sé si os lo he dicho,
pero el pobre señor es ciego de nacimiento... Y ¡con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le
preguntan que cuánto daría por ver, responde: Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo
esperanzas. —¿Esperanzas de ver? —Sí, y muy pronto —añade sonriéndose como un ángel—; ya
cuento setenta y seis años; por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios”.

“¡Pobrecito! Y sí lo verá... porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar

17
de todo el mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar
lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada; como que echó los dientes en el
oficio... Su padre tenía la misma profesión que él; yo no le conocí, pero mi señora madre, que santa
gloria haya, dice que le llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego, el
muchacho mostró tales disposiciones que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el
cargo... ¡Y qué manos tiene! Dios se las bendiga. Merecía que se las llevaran a la calle de
Chicarreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre, pero en semejante noche
como ésta es un prodigio... él tiene una gran devoción por esta ceremonia de la Misa del Gallo, y
cuando levantan la Sagrada Forma al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo
Nuestro Señor Jesucristo... las voces de su órgano son voces de ángeles…
“En fin, ¿para qué tengo de ponderarle lo que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo
demás florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para
escucharle: y no se crea que sólo la gente sabida y a la que se le alcanza esto de la solfa conocen
su mérito, sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas
entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las
zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando
pone maese Pérez las manos en el órgano... y cuando alzan... cuando alzan no se siente una
mosca... de todos los ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un suspiro inmenso,
que no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la música...
Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la Misa, vamos
adentro… Para todo el mundo es esta noche Nochebuena, pero para nadie mejor que para
nosotros.
Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina, atravesó el atrio
del convento de Santa Inés, y codazo en éste, empujón en aquél, se internó en el templo,
perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.
II
La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se
desprendía de los altares para llenar sus ámbitos, chispeaba en los ricos joyeles de las damas que,
arrodillándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones
de manos de las dueñas, vinieron a formar un brillante círculo alrededor de la verja del presbiterio.
Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando
entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas
plumas besaban los tapices, la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo
del cincelado puñal, los caballeros veinticuatros, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana,
parecían formar un muro, destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la
plebe. ésta, que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar cuando se
alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las
sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar
mayor bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al

18
pueblo.
Era la hora de que comenzase la Misa. Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin
que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse, demostrando su impaciencia; los
caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía a
uno de sus familiares a inquirir el por qué no comenzaba la ceremonia.
—Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista esta noche a la
Misa de media noche.
Ésta fue la respuesta del familiar.
La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable
que causó en todo el mundo, sería cosa imposible; baste decir que comenzó a notarse tal bullicio
en el templo, que el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron a imponer silencio,
confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.
En aquel momento, un hombre mal trazado, seco huesudo y bisojo por añadidura, se
adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.
—Maese Pérez está enfermo —dijo—; la ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo
tocaré el órgano en su ausencia; que ni maese Pérez, es el primer organista del mundo, ni a su
muerte dejará de usarse este instrumento por falta de inteligentes.
El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que
conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés,
comenzaban a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un
ruido espantoso.
—¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...
A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la cara.
Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba en efecto en la iglesia, conducido en un sillón,
que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.
Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle
en el lecho.
—No —había dicho—; ésta es la última, lo conozco, lo conozco, y no quiero morir sin visitar
mi órgano, y esta noche sobre todo, la Noche—Buena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la
iglesia.
Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes le subieron en brazos a la tribuna, y
comenzó la Misa. En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral.
Pasó el introito y el Evangelio y el ofertorio, y llegó el instante solemne en que el sacerdote,
después de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y
comienza a elevarla.
Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia;
las campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre
las teclas del órgano.
Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado,

19
que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió
otro lejano y suave que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora
armonía. Era la voz de los ángeles que atravesando los espacios, llegaba al mundo.
Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de
serafines; mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, era no más
el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de misteriosos
ecos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.
Luego fueron perdiéndose unos cantos, después otros; la combinación se simplificaba. Ya
no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada,
sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclinó la frente, y por encima de
su cabeza cana y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso, apareció la
Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante la nota que maese Pérez sostenía trinando, se
abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos
zumbaba el aire comprimido, y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.
De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde, se desarrolló un tema; y
unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las
brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban cada cual en su
idioma un himno al nacimiento del Salvador.
La multitud escuchaba atónica y suspendida. En todos los ojos había una lágrima, en todos
los espíritus un profundo recogimiento.
El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que levantaba en ellas,
Aquél a quien saludaban hombres y arcángeles era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto
abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.
El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz
que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la
tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.
El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo.
La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis
religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.
—¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? —se decían unos a otros, y nadie sabía responder, y
todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba a subir de punto,
amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.
—¿Qué ha sido eso? —preguntaban las damas al asistente, que precedido de los
ministriles, fue uno de los primeros a subir a la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo
pesar, se dirigía al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la
causa de aquel desorden.
—¿Qué hay?
—Que maese Pérez acaba de morir.

20
En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la
tribuna, vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún
vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y
sollozos.
III
—Buenas noches, mi señora doña Baltasara, ¿también usarced viene esta noche a la Misa
del Gallo? Por mi parte tenía hecha intención de irla a oír a la parroquia; pero lo que sucede...
¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió
maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés...
¡Pobrecito! ¡Era un Santo!... Yo de mí sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una
reliquia, y lo merece..., pues, en Dios y en mi ánima, que si el señor arzobispo tomara mano en ello,
es seguro que nuestros nietos le verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos,
no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe nada
de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia, y de la
iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o déjase de decir...; sólo que yo, así... al
vuelo... una palabra de acá, otra de acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al
corriente de algunas novedades....
Pues, sí, señor; parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo, que
siempre está echando pestes de los otros organistas; perdulariote, que más parece jifero de la
puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar esta Noche—Buena en lugar de Maese Pérez.
Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie
quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y después de la muerte de su
padre entró en el convento de novicia.
Y era natural: acostumbrados a oír aquellas maravillas, cualquiera otra cosa había de
parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad
había decidido que, en honor del difunto y como muestra de respeto a su memoria, permanecería
callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre, diciendo que él se
atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya,
sino de los que le consienten esta profanación...; pero así va el mundo... y digo... no es cosa la
gente que acude... cualquiera diría que nada ha cambiado desde un año a otro. Los mismos
personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la
misma multitud en el templo... ¡Ay si levantara la cabeza el muerto! Se volvía a morir por no oír su
órgano tocado por manos semejantes.
Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una
buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una
algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no hay más que oír... Pero, ¡calle!, ya entra en la
iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aire de
personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo, y va a comenzar la Misa...;
vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.

21
Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus ex abruptos de
locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre un camino entre la multitud a
fuerza de empellones y codazos.
Ya se había dado principio a la ceremonia. El templo estaba tan brillante como el año
anterior.
El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las
naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba unos tras otros
los registros del órgano, con una gravedad tan afectada como ridícula.
Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y
confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en
dejarse sentir.
—Es un truhán, que por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas —decían los unos.
—Es un ignorantón que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una
carraca, viene a profanar el de maese Pérez —decían los otros.
Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su
pandero, y aquél apercibía sus sonajas, y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo
alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y
pendantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del
difunto maese Pérez.
Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de
inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas
repicaron, semejando su repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las diáfanas ondas de
incienso, y sonó el órgano.
Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su
primer acorde.
Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus
discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos a la
vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto.
El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún brotando de los tubos de
metal del órgano, como una cascada de armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis; cantos que
percibe el espíritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una melodía lejana, que suenan a
intervalos traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un
murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores
como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de
una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la
imaginación comprende; himnos alados, que parecían remontarse al trono del Señor como una
tromba de luz y de sonidos... todo lo expresaban las cien voces del órgano, con más pujanza, con
más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca.

22
Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue
tanta y tanto su afán por verle y admirarle, que el asistente, temiendo, no sin razón, que le
ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran
abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.
—Ya veis —le dijo este último cuando le trajeron a su presencia; vengo desde mi palacio
aquí sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el
viaje, tocando la Nochebuena en la Misa de la Catedral?
—El año que viene —respondió el organista—, prometo daros gusto, pues por todo el oro de
la tierra no volvería a tocar este órgano.
—¿Y por qué? —interrumpió el prelado.
—Porque... —añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la
palidez de su rostro— porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que se quiere.
El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores
fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se
disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones; y ya la demandadera se disponía a
cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres que, después de
persignarse y murmurar una oración ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino,
internándose en el callejón de las Dueñas.
—¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? —decía la una—, yo soy de este genial.
Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo...
Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en
San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el señor cura por malo, y era
cosa de taparse los oídos con algodones... Y luego, si no hay más que mirarle al rostro, que según
dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo
de la cara de maese Pérez, cuando en semejante noche como ésta bajaba de la tribuna, después
de haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan
animado!... Era viejo y parecía un ángel... no que éste ha bajado las escaleras a trompicones, como
si le ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos mi señora doña
Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras... yo sospecho que aquí hay busilis…
Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y
desaparecían.
Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.
IV
Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese
Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón
llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio,
silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía un puesto
en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente que
comenzara la Misa del Gallo.

23
—Ya lo veis —decía la superiora—, vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el
templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano y tocadle sin
desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que
cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?
—Tengo... miedo —exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.
—¡Miedo! ¿De qué?
—No sé... de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais
empeño en que tocase el órgano en la Misa, y ufana con esta distinción pensé arreglar sus
registros y templarle, al fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola... abrí la puerta que
conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora... no sé cuál...
Pero las campanas eran tristísimas y muchas... muchas... estuvieron sonando todo el tiempo que
yo permanecí como clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareció un siglo.
La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba como una estrella
perdida en el cielo de la noche una luz moribunda... la luz de la lámpara que arde en el altar
mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror
de las sombras, vi... le vi, madre, no lo dudéis, vi a un hombre que en silencio y vuelto de espaldas
hacia el sitio en que yo estaba recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la
otra sus registros... y el órgano sonaba; pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de
sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido
en su hueco, y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.
Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo
las teclas. Yo oía hasta su respiración.
El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial y en
mis sienes fuego... Entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me
había mirado.., digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!
¡Bah!, hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las
imaginaciones débiles... Rezad un Paternóster y un Avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las
milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario
tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a
ocupar la tribuna del órgano; la Misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles...
Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que daros sustos, bajará a inspirar a su hija en
esta ceremonia solemne, para el objeto de tan especial devoción.
La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la Comunidad. La hija de maese
Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y
comenzó la Misa.
Comenzó la Misa y prosiguió sin que ocurriese nada de notable hasta que llegó la
consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano un grito de la
hija de maese Pérez. La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna.
¡Miradle! ¡Miradle! —decía la joven fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde

24
se había levantado asombrada para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.
Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y no obstante, el
órgano seguía sonando... sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo en sus raptos de
místico alborozo.
—¡No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara, no os lo dije yo!... ¡Aquí hay
busilis! Oídlo; ¡qué!, ¿no estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que
pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho y con razón una
furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés; no haber podido presenciar el portento... y ¿para qué?,
para oír una cencerrada; porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista
de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa... —Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado
el bisojo, mentira... aquí hay busilis.
Y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.

25
“El Miserere” (LEYENDA RELIGIOSA)

Hace algunos meses que, visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver
algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres
cuadernos de música bastante antiguos cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los
ratones.

Era un Miserere.

Yo no sé la música, pero la tengo tanta afición que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la
partitura de una ópera y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de
notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras
que llaman claves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.

Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue
que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la
verdad era que el Miserere no estaba terminado porque la música no alcanzaba sino hasta el
décimo versículo.

Esto fue, sin duda, lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco
en las hojas de música me chocó más aún el observar que, en vez de esas palabras italianas que
ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, più vivo, a piacere, había unos renglones
escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan
difíciles de hacer como esta: Crujen..., crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que
salen los alaridos, o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por
eso suena todo y no se confunde nada, y todo es la humanidad que solloza y gime, o la más
original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos
cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía...; ¡fuerza!..., fuerza y dulzura.

-¿Sabéis qué es esto? -pregunté a un viejecito que me acompañaba al acabar de medio


traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.

El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.

Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y obscura, llegó a la puerta claustral de esta
abadía un romero y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que
satisfacer su hambre y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del
sol su camino.

Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar puso el hermano a quien se hizo
esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio,
interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.

-Yo soy músico -respondió el interpelado-, he nacido muy lejos de aquí y en mi patria gocé un

26
día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción y encendí
con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades
que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.

Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano
lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por ésta, continuara en sus
preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:

-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios
misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento cuando un día
se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro y en una de sus páginas
encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza Miserere
mei, Deus! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una
forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del
Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que
oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso que no
hayan oído otro semejante los nacidos, tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los
arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡Misericordia!, y el
Señor la tendrá de su pobre criatura.

El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante, y después, exhalando
un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la
abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le
escuchaban en un profundo silencio.

-Después -continuó- de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país clásico
para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme; ni uno, ni uno; y he
oído tantos que puedo decir que los he oído todos.

-¿Todos? -dijo entonces, interrumpiéndole, uno de los rabadanes-. ¿A qué no habéis oído el
Miserere de la Montaña?

-¡El Miserere de la Montaña! -exclamó el músico con aire de extrañeza-. ¿Qué Miserere es
ése?

-¿No dije? -murmuró el campesino, y luego prosiguió con una entonación misteriosa-. Ese
Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre
breñas y peñascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al
parecer increíble.

Es el caso que en lo más fragoso de esas cordilleras de montañas que limitan el horizonte del
valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo, hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!,
muchos siglos, un monasterio famoso, monasterio que, a lo que parece, edificó un señor con los
bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir en pena de sus maldades.
27
Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo que, por lo que se verá más adelante,
debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes
estaban en poder de los religiosos y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a
unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar
la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y
en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al
monasterio, saquearon la iglesia, y a éste quiero a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida.

Después de esta atrocidad se marcharon los bandidos y su instigador con ellos adonde no se
sabe, a los profundos tal vez.

Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas
sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada que, después de estrellarse de peña en peña,
forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.

-Pero -interrumpió impaciente el músico- ¿y el Miserere?

-Aguardaos -continuó con gran sorna el rabadán-, que todo irá por partes.

Dicho lo cual siguió así su historia:

-Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen; de padres a hijos y de hijos a
nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su
memoria es que todos los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a través
de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y unos cantos
lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire.

Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el
tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia
cantando el Miserere.

Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que
parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la
había referido:

-¿Y decís que ese portento se repite aún?

-Dentro de tres horas comenzarán, sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de
Jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.

-¿A qué distancia se encuentra el monasterio?

-A una legua y media escasa...; pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta?
¡Estáis dejado de la mano de Dios! -exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su
escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.

-¿Adónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el
28
Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos y saben lo que es morir en el pecado.

Y esto diciendo desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos
pastores.

El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por
arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de
cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde
ellas se descubría.

Pasado el primer momento de estupor exclamó el lego:

-¡Está loco!

-¡Está loco! -repitieron los pastores, y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del
hogar.

II

Después de una o dos horas de camino el misterioso personaje que calificaron de loco en la
abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto
en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.

La lluvia había cesado; las nubes flotaban en obscuras bandas, por entre cuyos jirones se
deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y
extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada
sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche
sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había
arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.

Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las
losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que
graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el
ruido de los reptiles, que, despiertos de su letargo por la tempestad, sacaban sus disformes
cabezas de los agujeros donde duermen o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales
que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento
de la iglesia; todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche
llegaban perceptibles al oído del romero, que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba,
aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.

Transcurrió tiempo y tiempo y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían
sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.

-¡Si me habrá engañado! -pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un
ruido inexplicable en aquel lugar: como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la
hora; ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente

29
y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres...,
hasta once.

En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni torre ya siquiera.

Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se


escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las
esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos
del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento,
las bóvedas, la iglesia entera comenzó a iluminarse espontáneamente, sin que se viese una
antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.

Parecía como un esqueleto de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que
brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.

Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte
contracciones que parodian la vida; movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del
cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos
rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en
ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los
rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose
caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.

Un vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el
zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves que parecía salir del seno de
la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.

El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo
por todo lo desusado y maravilloso, y, alentado por él, dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó
al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose en un trueno
incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las
cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las obscuras cavidades
de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil
de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de
sus manos de hueso a las grietas de las peñas trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con
voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo
de David:

-Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!1

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo se ordenaron en dos hileras y penetrando en

1
“Apiádate de mí, Dios, de acuerdo con tu gran misericordia”. Versículo 3 del salmo 50 de la Vulgata (versión latina de la
Biblia).
30
él fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando
los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces; aquella música era el rumor
distante del trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire
que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada, que caía sobre las
rocas, y la gota de agua que se filtraba y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música y
algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse; algo más que parecía como el eco de un
órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del Rey Salmista, con notas
y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.

Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del
mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas
extrañas y fenomenales.

Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades
de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fortísima; sus dientes chocaron,
agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta la médula de los huesos.

Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:

-In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.2

Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó
un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la
conciencia de sus maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de
todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto
monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.

Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube
obscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo,
hasta que, merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las
osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus
frentes; se rompió la cúpula y a través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la
mirada de los justos.

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y todas las jerarquías acompañaban con un himno
de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como
una gigantesca espiral de sonoro incienso:

-Auditui meo dabis gaudium et lætitiam: et exultabunt ossa humiliata.3

En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero; sus sienes latieron con

2
“En maldad fui concebido, y en pecado me concibió mi madre”. (Vulgata, salmo 50, versículo 7)
3
“Hazme oír el gozo y la alegría, y se alegrarán los huesos humillados”. (Vulgata, salmo 50, versículo 10)
31
violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra y nada más oyó.

III

Al día siguiente los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había
dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como
fuera de sí, al desconocido romero.

-¿Oísteis al cabo el Miserere? -le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a
hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.

-Sí -respondió el músico.

-¿Y qué tal os ha parecido?

-Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa -prosiguió, dirigiéndose al abad-, un asilo y
pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis
culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.

Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el abad, por
compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y el músico, instalado ya en el monasterio,
comenzó su obra.

Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba y parecía como
escuchar algo que sonaba en su imaginación y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento y
exclamaba: «¡Eso es; así, así; no hay duda..., así!» Y proseguía escribiendo notas con una rapidez
febril que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.

Escribió los primeros versículos y los siguientes y hasta la mitad del Salmo; pero al llegar al
último, que había oído en la montaña, le fue imposible proseguir.

Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella
música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de
su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa
extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.

Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia no pude menos de volver otra vez los
ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las
mesas.

In peccatis concepit me mater mea

Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista y que parecía mofarse de mí
con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.

Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.

¿Quién sabe si no será una locura?

32
“Los ojos verdes”

Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se
me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego
he dejado a capricho volar la pluma.

Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en
sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos,
transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después
de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para
hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

–Herido va el ciervo..., herido va... no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del
monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza
por donde otros acaban... En cuarenta años de montero no he visto mejor golpe... Pero, ¡por San
Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas
trompas hasta echar los hígados, y hundid a los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis
que se dirige hacia la fuente de los Álamos y si la salva antes de morir podemos darlo por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría
desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de
hombres, caballos y perros, se dirigió al punto que Íñigo, el montero mayor de los marqueses de
Almenar, señalara como el más a propósito para cortarle el paso a la res.

Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas, jadeante y
cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo
brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía a la fuente.

–¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! –gritó Íñigo entonces–. Estaba de Dios que había de marcharse.

Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la


pista a la voz de los cazadores.

En aquel momento, se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el


primogénito de Almenar.

–¿Qué haces? –exclamó, dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en


sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos–. ¿Qué haces, imbécil? Ves que la pieza está herida,
que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a
morir en el fondo del bosque. ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?

–Señor –murmuró Íñigo entre dientes–, es imposible pasar de este punto.

33
–¡Imposible! ¿Y por qué?

–Porque esa trocha –prosiguió el montero– conduce a la fuente de los Alamos: la fuente de los
Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente paga caro su
atrevimiento. Ya la res, habrá salvado sus márgenes. ¿Cómo la salvaréis vos sin atraer sobre
vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes
que pagan un tributo. Fiera que se refugia en esta fuente misteriosa, pieza perdida.

–¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en
manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la
primicia de mis excursiones de cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos
desde aquí; las piernas le fallan, su carrera se acorta; déjame..., déjame; suelta esa brida o te
revuelvo en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al
diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus, Relámpago!; ¡sus, caballo mío! Si lo alcanzas,
mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán. Íñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron
en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y
consternados.

El montero exclamó al fin:

–Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por
detenerlo. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el
montero con su ballesta; de aquí en adelante, que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

II

–Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío. ¿Qué os sucede? Desde el día, que yo
siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los Alamos, en pos de la res herida,
diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Ya no vais a los montes precedido
de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas
cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros a la
espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis
pálido y fatigado al castillo, en valde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa
tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Íñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su
escaño de ébano con un cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalar sobre la
pulimentada madera, el joven exclamó, dirigiéndose a su servidor, como si no hubiera escuchado
una sola de sus palabras:

34
–Íñigo, tú que eres viejo, tú que conoces las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas
persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez a su
cumbre, dime: ¿has encontrado, por acaso, una mujer que vive entre sus rocas?

–¡Una mujer! –exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

–Sí –dijo el joven–, es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña... Creí poder guardar
ese secreto eternamente, pero ya no es posible; rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante.
Voy, pues, a revelártelo... Tú me ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura
que, al parecer, sólo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede dame razón de
ella.

El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarse junto al escaño de su
señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos... Este, después de coordinar sus ideas,
prosiguió así:

–Desde el día en que, a pesar de sus funestas predicciones, llegué a la fuente de los Alamos, y,
atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi
alma del deseo de soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira: la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae,
resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde
de su cuna. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las
notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido
semejante al de las abejas que zumban en torno a las flores, se alejan por entre las arenas y
forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí
mismas, saltan, y huyen, y corren, unas veces, con risas; otras, con suspiros, hasta caer en un
lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé
lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies
saltan las aguas de la fuente misteriosa, Para estancarse en una balsa profunda cuya inmóvil
superficie apenas riza el viento de la tarde.

Todo allí es grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y
embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos
de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la
Naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca
para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a
buscar en sus ondas... no sé qué, ¡una locura! El día en que saltó sobre ella mi Relámpago, creí
haber visto brillar en su fondo una cosa extraña.., muy extraña..: los ojos de una mujer.

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Tal vez sería un rayo de sol que serpenteó fugitivo entre su espuma; tal vez sería una de esas
flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos cálices parecen esmeraldas...; no sé; yo creí
ver una mirada que se clavó en la mía, una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo,
irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos. En su busca fui un día y otro
a aquel sitio.

Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es verdad; le he hablado ya
muchas veces como te hablo a ti ahora...; una tarde encontré sentada en mi puesto, vestida con
unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda
ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las
pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto..., sí, porque los ojos de aquella mujer
eran los ojos que yo tenía clavados en la mente, unos ojos de un color imposible, unos ojos...

–¡Verdes! –exclamó Íñigo con un acento de profundo terror e incorporándose de un golpe en su


asiento.

Fernando lo miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó
con una mezcla de ansiedad y de alegría:

–¿La conoces?

–¡Oh, no! –dijo el montero–. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar
hasta estos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio o mujer que habita en sus
aguas tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro por lo que más améis en la tierra a no volver a la
fuente de los álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza y expiaréis, muriendo, el delito de
haber encenagado sus ondas.

–¡Por lo que más amo! –murmuró el joven con una triste sonrisa.

–Sí –prosiguió el anciano–; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que
el Cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor, que os ha visto nacer.

–¿Sabes tú lo que más amo en el mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los
besos de la que me dio la vida y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra?
Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¡Mira cómo podré dejar yo de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de
Íñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío:

–¡Cúmplase la voluntad del Cielo!

36
III

–¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y
ni veo el corcel que te trae a estos lugares ni a los servidores que conducen tu litera. Rompe de una
vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o
villana, seré tuyo, tuyo siempre.

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su falda;
la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco a poco de la superficie
del lago, comenzaba a envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre la que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las
aguas, en cuya superficie se retrataba, temblando, el primogénito Almenar, de rodillas a los pies de
su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Y uno de sus rizos caía
sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las
nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en
una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas
palabras; pero exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que
empuja una brisa al morir entre los juncos.

–¡No me respondes! –exclamó Fernando al ver burlada su esperanza–. ¿Querrás que dé crédito
a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si
puedo amarte, si eres una mujer...

–O un demonio... ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al
fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi,
exclamó en un arrebato de amor:

–Si lo fueses.:., te amaría..., te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta
más allá de esta vida, si hay algo más de ella.

–Fernando –dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una música–, yo te amo más
aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal siendo un espíritu puro. No soy una mujer
como las que existen en la Tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás
hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas, incorpórea como ellas, fugaz y transparente: hablo
con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro;
antes lo premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un
amante capaz de comprender mi caso extraño y misterioso.

37
Mientras ella hablaba así, el joven absorto en la contemplación de su fantástica hermosura,
atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca.

La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

–¿Ves, ves el límpido fondo de este lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se
agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales..., y yo..., yo te daré una
felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte
nadie... Ven; la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino...; las ondas
nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre los álamos sus himnos de
amor; ven..., ven.

La noche comenzaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la superficie del lago; la niebla
se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos
que corren sobre el haz de las aguas infectas... Ven, ven... Estas palabras zumbaban en los oídos
de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa lo llamaba al borde del abismo donde
estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso..., un beso...

Fernando dio un paso hacía ella..., otro..., y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban
a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve..., y vaciló..., y perdió
pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata
fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las orillas.

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“El beso” (LEYENDA TOLEDANA)

Cuando una parte del ejército francés se apoderó a principios de este siglo de la histórica
Toledo, sus jefes, que ignoraban el peligro a que se exponían en las poblaciones españolas
diseminándose en alojamientos separados, comenzaron por habilitar para cuarteles los más
grandes y mejores edificios de la ciudad.
Después de ocupado el suntuoso alcázar de Carlos V, echóse mano de la Casa de
Consejos: y cuando ésta no pudo contener más gente, comenzaron a invadir el asilo de las
comunidades religiosas, acabando a la postre por transformar en cuadras hasta las iglesias
consagradas al culto. En esta conformidad se encontraban las cosas en la población donde tuvo
lugar el suceso que voy a referir, cuando una noche, ya a hora bastante avanzada, envueltos en
sus oscuros capotes de guerra y ensordeciendo las estrechas y solitarias calles que conducen
desde la Puerta del Sol de Zocodover, con el choque de sus armas y el ruidoso golpear de los
cascos de sus corceles, que sacaban chispas de los pedernales, entraron en la ciudad hasta unos
cien dragones de aquellos altos, arrogantes y fornidos de que todavía nos hablan con admiración
nuestras abuelas.
Mandaba la fuerza un oficial bastante joven, el cual iba como a distancia de unos treinta
pasos de su gente, hablando a media voz con otro, también militar, a lo que podía colegirse por su
traje. Éste, que caminaba a pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un farolillo, parecía
servirle de guía por entre aquel laberinto de calles oscuras, enmarañadas y revueltas.
- Con verdad - decía el jinete a su acompañante- , que si el alojamiento que se nos prepara
es tal y como me lo pintas, casi sería preferible arrancharnos en el campo o en medio de una plaza.
- ¿Y qué queréis mi capitán? - contestóle el guía que efectivamente era un sargento
aposentador- . En el alcázar no cabe ya un gramo de trigo, cuando más un hombre; San Juan de
los Reyes no digamos, porque hay celda de fraile en la que duermen quince húsares. el convento
adonde voy a conduciros no era mal local, pero hará cosa de tres o cuatro días nos cayó aquí como
de las nubes una de las columnas volantes que recorren la provincia, y gracias que hemos podido
conseguir que se amontonen por los claustros y dejen libre la iglesia.
- En fin - exclamó el oficial- , después de un corto silencio y como resignándose con el
extraño alojamiento que la casualidad le deparaba; más vale incómodo que ninguno. De todas
maneras, si llueve, que no será difícil según se agrupan las nubes, estaremos a cubierto y algo es
algo.
Interrumpida la conversación en este punto, los jinetes, precedidos del guía., siguieron en
silencio el camino adelante hasta llegar a una plazuela, en cuyo fondo se destacaba la negra silueta
del convento con su torre morisca, su campanario de espadaña, su cúpula ojival y sus tejados
desiguales y oscuros.

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- He aquí vuestro alojamiento - exclamó el aposentador al divisarle y dirigiéndose al capitán,
que después que hubo mandado hacer algo a la tropa, echó pie a tierra, tornó al farolillo de manos
del guía y se dirigió hacia el punto que éste le señalaba.
Como quiera que la iglesia del convento estaba completamente desmantelada, los soldados
que ocupaban el resto del edificio habían creído que las puertas le eran ya poco menos que inútiles,
y un tablero hoy, otro mañana, habían ido arrancándolas pedazo a pedazo para hacer hogueras con
que calentarse por las noches.
Nuestro joven oficial no tuvo, pues, que torcer llaves ni descorrer cerrojos para penetrar en
el interior del templo.
A la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se perdía entre las espesas sombras de las naves
y dibujaba con gigantescas proporciones sobre el muro la fantástica sombra del sargento
aposentador, que iba precediéndole, recorrió la iglesia de arriba abajo, y escudriñó una por una
todas sus desiertas capillas, hasta que una vez hecho cargo del local mandó echar pie a tierra a su
gente, y hombres y caballos revueltos, fue acomodándola como mejor pudo.
Según dejamos dicho, la iglesia estaba completamente desmantelada; en el altar mayor
pendían aún de las altas cornisas los rotos jirones del velo con que le habían cubierto los religiosos
al abandonar aquel recinto; diseminados por las naves veíanse algunos retablos adosados al muro,
sin imágenes en las hornacinas; en el coro se dibujaban con un ribete de luz los extraños perfiles
de la oscura sillería de alerce; en el pavimento, destrozado en varios puntos, distinguíanse aún
anchas losas sepulcrales llenas de timbres, escudos y largas inscripciones góticas; y allá a lo lejos,
en el fondo de las silenciosas capillas y a lo largo del crucero, se destacaban confusamente entre la
oscuridad, semejantes a blancos e inmóviles fantasmas, las estatuas de piedra, que, unas tendidas,
otras de hinojos sobre el mármol de sus tumbas, parecían ser los únicos habitantes del ruinoso
edificio.
A cualquier otro menos molido que el oficial de dragones, el cual traía una jornada de
catorce leguas en el cuerpo, o menos acostumbrado a ver estos sacrilegios como la cosa más
natural del mundo, hubiéranle bastado dos adarmes de imaginación para no pegar los ojos en toda
la noche en aquel oscuro e imponente recinto, donde las blasfemias de los soldados que se
quejaban en voz alta del improvisado cuartel, el metálico golpe de las espuelas, que resonaban
sobre las anchas losas sepulcrales del pavimento, el ruido de los caballos que piafaban
impacientes, cabeceando y haciendo sonar las cadenas con que estaban sujetos a los pilares,
formaban un rumor extraño y temeroso que se dilataba por todo el ámbito de la iglesia y se
reproducía cada vez más confuso, repetido de eco en eco en sus altas bóvedas.
Pero nuestro héroe, aunque joven, estaba ya tan familiarizado con estas peripecias de la
vida de campaña, que apenas hubo acomodado a su gente, mandó colocar un saco de forraje al pie
de la grada del presbiterio, y arrebujándose como mejor pudo en su capote y echando la cabeza en
el escalón, a los cinco minutos roncaba con más tranquilidad que el mismo rey José en su palacio
de Madrid.

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Los soldados, haciéndose almohadas de las monturas, imitaron su ejemplo , y poco a poco
fue apagándose el murmullo de sus voces.
A la media hora sólo se oían los ahogados gemidos del aire que entraba por las rotas
vidrieras de las ojivas del templo, el atolondrado revolotear de las aves nocturnas que tenían sus
nidos en el dosel de piedra de las esculturas de los muros, y el alternado rumor de los pasos del
vigilante que se paseaba envuelto en los anchos pliegues de su capote, a lo largo del pórtico.
II
En la época a que se remonta la relación de esta historia, tan verídica como extraordinaria,
lo mismo que al presente, para los que no sabían apreciar los tesoros de arte que encierran sus
muros, la ciudad de Toledo no era más que un poblachón destartalado, antiguo, ruinoso e insufrible.
Los oficiales del ejército francés, que a juzgar por los actos de vandalismo con que dejaron
en ella triste y perdurable memoria de su ocupación, de todo tenían menos de artistas o
arqueólogos; no hay para qué decir que se fastidiaban soberanamente en la vetusta ciudad de los
Césares.
En esta situación de ánimo, la más insignificante novedad que viniese a romper la monótona
quietud de aquellos días eternos e iguales era acogida con avidez entre los ociosos; así es que
promoción al grado inmediato de uno de sus camaradas, la noticia del movimiento estratégico de
una columna volante, la salida de un correo de gabinete o la llegada de una fuerza cualquiera a la
ciudad, convertíanse en tema fecundo de conversación y objeto de toda clase de comentarios,
hasta tanto que otro incidente venía a sustituirle, sirviendo de base a nuevas quejas, críticas y
suposiciones.
Como era de esperar, entre los oficiales que, según tenían costumbre, acudieron al día
siguiente a tomar el sol y a charlar un rato en el Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que de la
llegada de los dragones, cuyo jefe dejamos en el anterior capítulo durmiendo a pierna suelta y
descansando de las fatigas de su viaje. Cerca de un hora hacía que la conversación giraba
alrededor de este asunto, y ya comenzaba a interpretarse de diversos modos la ausencia del recién
venido, a quien uno de los presentes, antiguo compañero suyo del colegio, había citado para el
Zocodover, cuando en una de las bocacalles de la plaza apareció al fin nuestro bizarro capitán,
despojado de su ancho capotón de guerra, luciendo un gran casco de metal con penacho de
plumas blancas, una casaca azul turquí con vueltas rojas y un magnífico mandoble con vaina de
acero, que resonaban arrastrándose al compás de sus marciales pasos y del golpe seco y agudo
de sus espuelas de oro.
Apenas le avistó su camarada, salió a su encuentro para saludarle, y con él se adelantaron
casi todos los que a la sazón se encontraban en el corrillo, en quienes había despertado la
curiosidad y la gana de conocerle, los pormenores que ya habían oído referir acerca de su carácter
original y extraño.
Después de los estrechos abrazos de costumbre y de las exclamaciones, plácemes y
preguntas de rigor en estas entrevistas; después de hablar largo y tendido sobre las novedades que
andaban por Madrid, la varia fortuna de la guerra y los amigotes muertos o ausentes, rodando de

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uno en otro asunto la conversación vino a para el tema obligado, esto es, las penalidades del
servicio, la falta de distracciones de la ciudad y el inconveniente de los alojamientos.
Al llegar a este punto, uno de los de la reunión que por lo visto, tenía noticia del mal talante
con que el joven oficial se había resignado a acomodar su gente en la abandonada iglesia, le dijo
con aire de zumba:
- Y a propósito del alojamiento, ¿qué tal se ha pasado la noche en el que ocupáis?
- Ha habido de todo - contestó el interpelado- , pues si bien es verdad que no he dormido
gran cosa, el origen de mi vigilia merece la pena de la velada. El insomnio junto a una mujer bonita
no es seguramente el peor de los males.
- ¡Una mujer! - repitió su interlocutor, como admirándose de la buena fortuna del recién
venido- . Eso es lo que se llama llegar y besar el santo.
- Será tal vez algún antiguo amor de la corte que le sigue a Toledo para hacerle más
soportable el ostracismo - añadió otro de los del grupo.
- ¡Oh, no! - dijo entonces el capitán- , nada menos que eso. Juro, a fe de quien soy, que no
la conocía y que nunca creí hallar tan bella patrona en tan incómodo alojamiento. Es todo lo que se
llama una verdadera aventura.
- ¡Contadla! ¡Contadla! - exclamaron en coro los oficiales que rodeaban al capitán, y como
éste se dispusiera a hacerlo así, todos prestaron la mayor atención a sus palabras, mientras él
comenzó la historia en estos términos.
- Dormía esta noche pasada como duerme un hombre que trae en el cuerpo trece leguas de
camino, cuando he aquí que en lo mejor del sueño me hizo despertar sobresaltado e incorporarme
sobre el codo un estruendo horrible, un estruendo tal que me ensordeció un instante para dejarme
después los oídos zumbando cerca de un minuto, como si un moscardón me cantase a la oreja.
Como os habréis figurado, la causa de mi susto era el primer golpe que oía de esa
endiablada campana gorda, especie de sochantre de bronce, que los canónigos de Toledo han
colgado en su catedral con el laudable propósito de matar a disgustos a los necesitados de reposo.
Renegando entre los dientes de la campana y del campanero que toca, disponíame, una
vez apagado aquel insólito y temeroso rumor, a seguir nuevamente el hilo del interrumpido sueño,
cuando vino a herir mi imaginación y a ofrecerse ante mis ojos una cosa extraordinaria. A la dudosa
luz de la luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez del muro de la capilla mayor, vi una
mujer arrodillada junto al altar.
Los oficiales se miraron entre sí con expresión entre asombrada e incrédula; el capitán, sin
atender al efecto que su narración producía continuó de este modo:
- No podéis figuraros nada semejante a aquella nocturna y fantástica visión que se dibujaba
confusamente en la penumbra de la capilla, como esas vírgenes pintadas en los vidrios de colores
que habréis visto alguna vez destacarse a lo lejos, blancas y luminosas, sobre el oscuro fondo de
las catedrales.
Su rostro, ovalado, en donde se veía impreso el sello de una leve y espiritual demacración;
sus armoniosas facciones llenas de una suave y melancólica dulzura; su intensa palidez, las

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purísimas líneas de su contorno esbelto, su ademán reposado y noble, su traje blanco y flotante,
me traían a la memoria esas mujeres que yo soñaba cuando era casi un niño. ¡Castañas y celestes
imágenes, quimérico objeto del vago amor de la adolescencia! Yo me creía juguete de una
adulación, y sin quitarle un punto los ojos ni aun osaba respirar, temiendo que un soplo
desvaneciese el encanto. Ella permanecía inmóvil.
Antojábaseme al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura terrenal, sino un
espíritu que, revistiendo por un instante la forma humana, había descendido en el rayo de la luna,
dejando en el aire y en por de si la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba verticalmente
hasta el pie del opuesto muro, rompiéndose la oscura sombra de aquel recinto lóbrego y misterioso.
- Pero... - exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que comenzando por echar a
broma la historia, había concluido interesándose con su relato- . ¿Cómo estaba allí aquella mujer?
¿No le dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel sitio?
- No me determiné a hablarle, porque estaba seguro de que no había de constestarme, ni
verme, ni oírme.
- ¿Era sorda?, ¿era ciega?, ¿era muda? - exclamaron a un tiempo tres o cuatro de los que
escuchaban la relación.
- Lo era todo a la vez, exclamó al fin el capitán después de un momento de pausa, porque
era... de mármol.
Al oír el estupendo desenlace de tan extraña aventura cuando había en el corro
prorrumpieron a una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos dijo al narrador de la peregrina
historia, que era el única que permanecía callado y en una grave actitud:
- ¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese género, tengo yo más de un millar, un
verdadero serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que desde ahora pongo a vuestra
disposición, ya que a lo que parece, tanto os da de una mujer de carne como de piedra.
- ¡Oh no! - continuó el capitán, sin alterarse en lo más mínimo por las carcajadas de sus
compañeros- : estoy seguro de que no pueden ser como la mía. La mía es una verdadera dama
castellana que por un milagro de la escultura parece que no la han enterrado en un sepulcro, sino
que aún permanece en cuerpo y alma de hinojos sobre la losa que la cubre, inmóvil, con las manos
juntas en ademán suplicante, sumergida en un éxtasis de místico amor.
- De tal modo te explicas, que acabarás por probarnos la verosimilitud de la fábula de
Galatea.
- Por mi parte, puedo deciros que siempre la creí una locura, mas desde anoche comienzo a
comprender la pasión del escultor griego.
- Dadas las especiales condiciones de tu nueva dama, creo que no tendrás inconveniente
en presentarnos a ella. De mí sé decir que ya no vivo hasta ver esa maravilla. Pero... ¿qué diantre
te pasa?... diríase que esquivas la presentación, ¡ja, ja! bonito fuera que ya te tuviéramos hasta
celoso.
- Celoso - se apresuró a decir el capitán- , celoso de los hombres, no... mas ved, sin
embargo, hasta dónde llega mi extravagancia. Junto a la imagen de esa mujer, también de mármol,

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grave y al parecer con vida como ella, hay un guerrero..., su marido sin duda... Pues bien lo voy a
decir todo, aunque os moféis de mi necedad... si no hubiera temido que me tratasen de loco, creo
que ya lo habría hecho cien veces pedazos.
Una nueva y aún más ruidosa carcajada de los oficiales saludó esta original revelación del
estrambótico enamorado de la dama de piedra.
- Nada, nada, es preciso que la veamos - decían los unos.
- Sí sí, es preciso saber si el objeto corresponde a tan alta pasión - añadian los otros.
- ¿Cuándo nos reuniremos para echar un trago en la iglesias en que os alojáis? -
exclamaron los demás.
- Cuando mejor os parezca, esta misma noche si queréis - respondió el joven capitán,
recobrando su habitual sonrisa, disipada un instante por aquel relámpago de celos- . A propósito,
con los bagajes he traído hasta un par de docenas de botellas de champagne, verdadero
champagne, restos de un regalo hecho a nuestro general de brigada, que, como sabéis, es algo
pariente.
- ¡Bravo, bravo! - exclamaron los oficiales a una voz prorrumpiendo en alegres
exclamaciones.
- ¡Se beberá vino del país!
- ¡Y cantaremos una canción de Ronsard!
- Y hablaremos de mujeres, a propósito de la dama del anfitrión.
- Conque... hasta la noche.
- Hasta la noche.
III
Ya hacía un largo rato que los pacíficos habitantes de Toledo habían cerrado con llave y
cerrojo las pesadas puertas de sus antiguos caserones; la campana gorda de la catedral anunciaba
la hora de la queda, y en lo alto del alcázar, convertido en cuartel, se oía el último toque de silencio
de los clarines, cuando diez o doce oficiales que poco a poco habían ido reuniéndose en el
Zacodover tomaron el camino que conduce desde aquel punto al convento en que se alojaba el
capitán, animados más con la esperanza de apurar las comprometidas botellas que con el deseo de
conocer la maravillosa escultura.
La noche había cerrado sombría y amenazadora; el cielo estaba cubierto de nubes de color
de plomo; el aire, que zumbaba encarcelado en las estrechas y retorcidas calles, agitaba la
moribunda luz del farolillo de los retablos, o hacía girar con un chirrido apagado las veletas de
hierro de las torres.
Apenas los oficiales dieron vista a la plaza en que se hallaba situado el alojamiento de su
nuevo amigo, éste que les aguardaba impaciente, salió a encontrarles, y después de cambiar
algunas palabras a media voz, todos penetraron juntos en la iglesia, en cuyo lóbrego recinto la
escasa claridad de una linterna luchaba trabajosamente con las oscuras y espesísimas sombras.
- ¡Por quien soy - exclamó uno de los convidados tendiendo a su alrededor la vista- , que el
local es de lo menos a propósito del mundo para una fiesta!

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- Efectivamente - dijo otro- , nos traes a conocer a una dama, y apenas si con mucha
dificultad se ven los dedos de la mano.
- Y con todo, hace un frío que no parece sino que estamos en la Siberia - añadió un tercero,
arrebujándose en el capote.
- Calma, señores, calma - interrumpió el anfitrión- ; calma, que a todo se proveerá. ¡Eh,
muchacho! - prosiguió dirigiéndose a uno de sus asistentes- , busca por ahí un poco de leña, y
enciéndenos una buena fogata en la capilla mayor.
El asistente, obedeciendo las órdenes de su capitán, comenzó a descargar golpes en la
sillería del coro, y después que hubo reunido una gran cantidad de leña, que fue apilando al pie de
las gradas del presbiterio, tomó la linterna y se dispuso a hacer un auto de fe con aquellos
fragmentos tallados de riquísimas labores, entre los que se veían, por aquí, parte de una columnilla
salomónica, por allá, la imagen de un santo abad, al torso de una mujer o la disconforme cabeza de
un grifo asomado entre hojarasca.
A los pocos minutos, una gran claridad que de improvisto se derramó por todo el ámbito de
la iglesia, anunció a los oficiales que había llegado la hora de comenzar el festín.
El capitán que hacía los honores de su alojamiento con la misma ceremonia que hubiera
hecho los de su casa, exclamó, dirigiéndose a los convidados:
- Si gustáis, pasaremos al buffet.
Sus camaradas, afectando la mayor gravedad, respondieron a la invitación con un cómico
saludo, y se encaminaron a la capilla mayor precedidos del héroe de la fiesta, que al llegar a la
escalinata se detuvo un instante, y extendiendo la mano en dirección al sitio que ocupaba la tumba,
les dijo con la finura más exquisita:
- Tengo el placer de presentaros a la dama de mis pensamientos. Creo que convendréis
conmigo en que no he exagerado su belleza.
Los oficiales volvieron los ojos al punto que les señalaba su amigo, y una exclamación de
asombro se escapó involuntariamente de todos los labios.
En el fondo de una arco sepulcral revestido de mármoles negros, arrodillada delante de un
reclinatorio con las manos juntas y la cara vuelta hacia el altar, vieron, en efecto, la imagen de una
mujer tan bella que jamás salió otra igual de manos de un escultor, ni el deseo pudo pintarla en la
fantasía más soberanamente hermosa.
- ¡En verdad que es un ángel! - exclamó uno de ellos.
- ¡Lástima que sea de mármol! - añadió otro.
- No hay duda que aunque no sea más que la ilusión de hallarse junto a una mujer de este
calibre, es lo suficiente para no pegar los ojos en toda la noche.
- ¿Y no sabéis quién es ella? - preguntaron algunos de los que contemplaban la estatua al
capitán, que sonreía satisfecho de su triunfo.
- Recordando un poco del latín que en mi niñez supe, he conseguido, a duras penas,
descifrar la inscripción de la tumba, contestó el interpelado; a lo que he podido colegir, pertenece a

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un título de Castilla, famoso guerrero que hizo la campaña con el Gran Capitán. Su nombre lo he
olvidado; mas su esposa, que es la que veis, se llama doña Elvira de Castañeda, y por mi fe que si
la copia se parece al original, debió ser la mujer más notable de su siglo.
Después de estas breves explicaciones, los convidados, que no perdían de vista al principal
objeto de la reunión, procedieron a destapar algunas de las botellas, y sentándose alrededor de la
lumbre, empezó a andar el vino a la ronda.
A medida que las liberaciones se hacían más numerosas y frecuentes, y el vapor del
espumoso champagne comenzaba a trastornar las cabezas, crecían la animación, el ruido y la
algazara de los jóvenes, de los cuales éstos arrojaban a los monjes de granito adosados en los
pilares los cascos de las botellas vacías, y aquéllos cantaban a toda voz canciones báquicas y
escandalosas, mientras los de más allá prorrumpían en carcajadas, batían las palmas en señal de
aplausos o disputaban entre sí con blasfemias y juramentos.
El capitán bebía en silencio como un desesperado y sin apartar los ojos de la estatua de
doña Elvira.
Iluminada por el rojizo resplandor de la hoguera y a través del confuso velo que la
embriaguez había puesto delante de su vista, parecíale que la marmórea imagen se transformaba a
veces en una mujer real; parecíale que entreabría los labios como murmurando una oración; que se
alzaba su pecho como oprimido y sollozante; que cruzaba las manos con más fuerza; que sus
mejillas se coloreaban, en fin como si se ruborizase ante aquel sacrílego y repugnante espectáculo.
Los oficiales que advirtieron la taciturna tristeza de su camarada, le sacaron del éxtasis en
que se encontraba sumergido, y presentándole una copa, exclamaron en coro:
- ¡Vamos brindad vos, que sois el único que no lo ha hecho en toda la noche!
El joven tomó la copa, y poniéndose en pie y alzándola en alto, dijo encarándose con la
estatua del guerrero arrodillado junto a doña Elvira.
- ¡Brindo por el emperador, y brindo por la fortuna de sus armas, merced a las cuales hemos
podido venir hasta el fondo de Castilla a cortejarle su mujer, en su misma tumba, a un vencedor de
Ceriñola!
Los militares acogieron el brindis con una salva de aplausos, y el capitán, balanceándose,
dio algunos pesos hacía el sepulcro.
- No... - prosiguió dirigiéndose siempre a la estatua del guerrero, y con esa sonrisa estúpida
de la embriaguez- , no creas que te tengo rencor alguno porque vea en ti un rival... al contrario, te
admiro como un marido paciente, ejemplo de longanimidad y mansedumbre, y a mi vez quiero
también ser generoso. Tú serías bebedor a fuer de soldado... no se ha de decir que te he dejado
morir de sed, viéndonos vaciar veinte botellas... ¡toma!
Y esto diciéndole, llevóle la copa a los labios, y después de humedecérselos con el licor que
contenía le arrojó el resto a la cara, prorrumpiendo en una carcajada estrepitosa al ver cómo caía el
vino sobre la tumba goteando de las barbas de piedra del inmóvil guerrero.
- ¡Capitán! - exclamó en aquel punto uno de sus camaradas en tono de zumba- , cuidado
con lo que hacéis mirad que esas bromas con la gente de piedra suelen costar caras... Acordaos de

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lo que aconteció a los húsares del 5 en el monasterio de Poblet... Los guerreros del claustro dicen
que pusieron mano una noche a sus espadas de granito y dieron que hacer a los que se
entretenían en pintarles bigotes con carbón.
Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas esta ocurrencia: pero el capitán, sin hacer
caso de sus risas, continuó siempre fijo en la misma idea:
- ¿Crees que yo le hubiera dado el vino, a no saber que se tragaba al menos el que le
cayese en la boca...? ¡Oh...! ¡no! yo no creo, como vosotros, que estas estatuas son un pedazo de
mármol tan inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente, el artista,
que es casi un dios, da a su obra un soplo de vida que no logra hacer que ande y se mueva, pero
que le infunde una vida incomprensible y extraña, vida que yo no me explico bien, pero que la
siento, sobre todo cuando bebo un poco.
- ¡Magnífico! - exclamaron sus camaradas- , bebe y prosigue.
El oficial bebió, y fijando los ojos en la imagen de doña Elvira, prosiguió con la exaltación
creciente:
- ¡Miradla...! ¡Miradla...! ¿No veis esos cambiantes rojos de sus carnes mórbidas y
transparentes?... ¿No parece que por debajo de esa ligera epidermis azulada y suave de alabastro
circula un fluido de luz color de rosa?... ¿Queréis más realidad?...
- ¡Oh, sí, seguramente! - dijo uno de los que le escuchaban- , quisiéramos que fuese de
carne y hueso.
- ¡Carne y hueso...! ¡Miseria, podredumbre!... - exclamó el capitán- . Yo he sentido en orgía
arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido este fuego que corre por las venas hirvientes como la
lava de un volcán, cuyos vapores caliginosos turban y trastornan el cerebro y hacen ver visiones
extrañas. Entonces el beso de esas mujeres materiales me quemaba como un hierro candente, y
las apartaba de mí con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora,
necesitaba un soplo de brisa del mar para mi mente calurosa, beber hielo y besar nieve... ; nieve
teñida de suave luz, nieve coloreada por un dorado rayo de sol...; una mujer blanca, hermosa y fría,
como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que parece que oscila
al compás de la llama, y me provoca entreabriendo sus labios y ofreciéndome un tesoro de amor...
¡Oh... sí!... Un beso..., sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume.
- ¡Capitán...! - exclamaron algunos de los oficiales al verle dirigirse hacia la estatua como
fuera de sí, extraviada la vista y con pasos inseguros-, ¿qué locura vais a hacer?, ¡basta de
bromas, y dejad en paz a los muertos!
El joven ni oyó siquiera las palabras de sus amigos, y tambaleando y como pudo llegó a la
tumba y aproximóse a la estatua, pero al tenderle los brazos resonó un grito de horror en el templo.
Arrojando sangre por ojos, boca, y nariz, había caído desplomado y con la cara deshecha al pie del
sepulcro.
Los oficiales, mudos y espantados, ni se atrevían a dar un paso para prestarle socorro.

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En el momento en que su camarada intentó acercar sus labios ardientes a los de doña
Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la mano y derribarle con una espantosa bofetada de
su guante de piedra.

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“El Cristo de la calavera” (LEYENDA TOLEDANA)
I
El rey de Castilla marchaba a la guerra de moros, y para combatir con los enemigos de la
religión había apelado en son de guerra a todo lo más florido de la nobleza de sus reinos. Las
silenciosas calles de Toledo resonaban noche y día con el marcial rumor de los atabales y los
clarines, y ya en la morisca puerta de Visagra, ya en la de Valmardón o en la embocadura del
antiguo puente de San Martín, no pasaba hora sin que se oyese el ronco grito de los centinelas
anunciando la llegada de algún caballero que, precedido de su pendón señorial y seguido de jinetes
y peones, venía a reunirse al grueso del ejército castellano.
El tiempo que faltaba para emprender el camino de la frontera y concluir de ordenar las
huestes reales discurría en medio de fiestas públicas, lujosos convites y lucidos torneos, hasta que,
llegada, al fin, la víspera del día señalado de antemano por su alteza para la salida del ejército, se
dispuso un postrer sarao, con el que debieran terminar los regocijos.
La noche del sarao, el alcázar de los reyes ofrecía un aspecto singular. En los anchurosos
patios, alrededor de inmensas hogueras y diseminados sin orden ni concierto, se veía una
abigarrada multitud de pajes, soldados, ballesteros y gente menuda, que éstos aderezando sus
corceles y sus armas y disponiéndolos para el combate; aquéllos saludando con gritos o blasfemias
las inesperadas vueltas de la fortuna, personificada en los dados del cubilete; los otros repitiendo
en coro el refrán de un romance de guerra que entonaba un juglar, acompañado de la guzla; los de
más allá comprando a un romero conchas, cruces y cintas tocadas en el sepulcro de Santiago, o
riendo con locas carcajadas de los chistes de un bufón, o ensayando en los clarines el aire bélico
para entrar en la pelea, propio de sus señores, o refiriendo antiguas historias de caballerías o
aventuras de amor, o milagros recientemente acaecidos, formaban un infernal y atronador conjunto,
imposible de pintar con palabras.
Sobre aquel revuelto océano de cantares de guerra, rumor de martillos que golpeaban los
yunques, chirridos de limas que mordían el acero, piafar de corceles, voces descompuestas, risas
inextinguibles, gritos desaforados, notas destempladas, juramentos y sonidos extraños y discordes,
flotaban a intervalos, como un soplo de brisa armoniosa, los lejanos acordes de la música del
sarao.
Éste, que tenía lugar en los salones que formaban el segundo cuerpo del alcázar, ofrecía, a
su vez, un cuadro, si no tan fantástico y caprichoso, más deslumbrador y magnífico.
Por las extensas galerías que se prolongaban a lo lejos, formando un intrincado laberinto de
pilastras esbeltas y ojivas caladas y ligeras como el encaje; por los espaciosos salones vestidos de
tapices, donde la seda y el oro habían representado con mil colores diversos, escenas de amor, de
caza y de guerra, y adornados con trofeos de armas y escudos, sobre los cuales vertían un mar de
chispeante luz un sinnúmero de lámparas y de candelabros de bronce, palta y oro, colgadas
aquéllas de las altísimas bóvedas y enclavados éstos en los gruesos sillares de los muros; por
todas partes adonde se volvían los ojos se veían oscilar y agitarse en distintas direcciones una
nube de damas hermosas con ricas vestiduras chapadas en oro, redes de perlas aprisionando sus

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rizos, joyas de rubíes llameando sobre su seno, plumas sujetas en vaporoso cerco a un mango de
marfil, colgadas del puño, y rostrillos de blancos encajes que acariciaban sus mejillas, o alegres
turbas de galanes con talabartes de terciopelo, justillos de brocado y calzas de seda, borceguíes de
tafilete, capotillos de mangas perdidas y caperuza, puñales con pomo de filigrana y estoques de
corte, bruñidos, delgados y ligeros.
Pero entre esta juventud brillante y deslumbradora, que los ancianos miraban desfilar con
una sonrisa de gozo, sentados en los altos sitiales de alerce que rodeaban el estrado real, llamaba
la atención por su belleza incomparable una mujer, aclamada reina de la hermosura en todos los
torneos y las cortes de amor de la época, cuyos colores habían adoptado por empresa los
caballeros más valientes, cuyos encantos eran asunto de las coplas de los trovadores más
versados en la ciencia del gran saber, a la que se volvían con asombro todas las miradas, por la
que suspiraban en secreto todos los corazones; alrededor de la cual se veían agruparse con afán,
como vasallos humildes en torno de su señora, los más ilustres vástagos de la nobleza toledana,
reunida en el sarao de aquella noche.
Los que asistían de continuo a formar el séquito de presuntos galanes de doña Inés de
Tordesillas, que tal era el nombre de esta celebrada hermosura, a pesar de su carácter altivo y
desdeñoso, no desmayaban jamás en sus pretensiones; y éste animado con una sonrisa que había
creído adivinar en sus labios, aquél con una mirada benévola que juzgaba haber sorprendido en
sus ojos; el otro, con una palabra lisonjera, un ligerísimo favor o una promesa remota, cada cual
esperaba en silencio ser el preferido. Sin embargo, entre todos ellos había dos que más
particularmente se distinguían por su asiduidad y rendimiento, dos, que, al parecer, si no los
predilectos de la hermosa, podrían calificarse de los más adelantados en el camino de su corazón.
Estos dos caballeros, iguales en cuna, valor y nobles prendas, servidores de un mismo rey y
pretendientes de una misma dama, llamábanse Alonso de Carrillo, el uno, y el otro, Lope de
Sandoval.
Ambos habían nacido en Toledo; juntos habían hecho sus primeras armas, y en un mismo
día, al encontrarse sus ojos con los de doña Inés, se sintieron poseídos de un secreto y ardiente
amor por ella, amor que germinó algún tiempo retraído y silencioso, pero que al cabo comenzaba a
descubrirse y a dar involuntarias señales de existencia en sus acciones y discursos.
En los torneos de Zocodover, en los juegos florales de la corte, siempre que se les había
presentado coyuntura para rivalizar entre sí en gallardía o donaire, se habían aprovechado con afán
ambos caballeros, ansiosos de distinguirse a los ojos de su dama; y aquella noche, impelidos, sin
duda, por un mismo afán, trocando los hierros por las plumas y las mallas por los brocados y la
seda, de pie junto al sitial donde ella se reclinó un instante después de haber dado una vuelta por
los salones, comenzaron una elegante lucha de frases enamoradas e ingeniosas, epigramas
embozados y agudos.
Los astros menores de esta brillante constelación, formando un dorado semicírculo en torno
de ambos galanes, reían y esforzaban las delicadas burlas; y la hermosa objeto de aquel torneo de
palabras aprobaba con una imperceptible sonrisa los conceptos escogidos o llenos de intención que

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ora salían de los labios de sus adoradores como una ligera onda de perfume que halgaba su
vanidad, ora partían como una saeta aguda que iba a buscar, para clavarse en él, el punto más
vulnerable del contrario: su amor propio.
Ya el cortesano combate de ingenio y galanura comenzaba a hacerse de cada vez más
crudo; las frases eran aún corteses en la forma, pero breves, secas, y al pronunciarlas, si bien las
acompañaba una ligera dilatación de los labios, semejante a una sonrisa, los ligeros relámpagos de
los ojos imposibles de ocultar, demostraban que la cólera hervía comprimida en el seno de ambos
rivales.
La situación era insostenible. La dama lo comprendió así, y levantándose del sitial se
disponía a volver a los salones, cuando un nuevo incidente vino a romper la valla del respetuoso
comedimiento en que se contenían los dos jóvenes enamorados. Tal vez con intención, acaso por
descuido, doña Inés había dejado sobre su falda uno de los perfumados guantes, cuyos botones de
oro se entretenía en arrancar uno a uno mientras duró la conversación. Al ponerse de pie, el guante
resbaló por entre los anchos pliegues de seda y cayó en la alfombra. Al verlo caer, todos los
caballeros que formaban su brillante comitiva se inclinaron presurosos a recogerlo, disputándose el
honor de alcanzar un leve movimiento de cabeza en premio de su galantería.
Al notar la precipitación con que todos hicieron el ademán de inclinarse, una impecable
sonrisa de vanidad satisfecha asomó a los labios de la orgullosa doña Inés, que después de hacer
un saludo general a los galanes que tanto empeño mostraban en servirla, sin mirar apenas y con la
mirada alta y desdeñosa, tendió la mano para recoger el guante en la dirección en que se
encontraban Lope y Alonso, los primeros que parecían haber llegado al sitio en que cayera.
En efecto, ambos jóvenes habían visto caer el guante cerca de sus pies; ambos se habían
inclinado con igual presteza a recogerle, y al incorporarse, cada cual lo tenía asido por un extremo.
Al verlos inmóviles, desafiándose en silencio con la mirada y decididos ambos a no abandonar el
guante que acababan de levantar del suelo, la dama dejó escapar un grito leve e involuntario, que
ahogó el murmullo de los asombrados espectadores, los cuales presentían una escena borrascosa
que en el alcázar, y en presencia del rey, podría calificarse de un horrible desacato.
No obstante, Lope y Alonso permanecían impasibles, mudos, midiéndose con los ojos, de la
cabeza a los pies, sin que la tempestad de sus almas se revelase más que por un ligero temblor
nervioso que agitaba sus miembros como si se hallasen acometidos de una repentina fiebre.
Los murmullos y las exclamaciones iban subiendo de punto; la gente comenzaba a
agruparse en torno de los actores de escena; doña Inés, o aturdida o complaciéndose en
prolongarla, daba vueltas de un lado a otro, como buscando dónde refugiarse y evitar las miradas
de la gente, que cada vez acudía en mayor número. La catástrofe era ya segura; los dos jóvenes
habían ya cambiado algunas palabras en voz sorda, y mientras que con la una mano sujetaban el
guante con una fuerza convulsiva, parecían ya buscar instintivamente con la otra el puño de oro de
sus dagas, cuando se entreabrió respetuosamente el grupo que formaban los espectadores y
apareció el rey.
Su frente estaba serena; ni había indignación en su rostro ni cólera en su ademán.

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Tendió una mirada alrededor, y esta sola mirada fue bastante para darle a conocer lo que
pasaba. Con toda la galantería del doncel más cumplido, tomó el guante de las manos de los
caballeros, que, como movidas por un resorte, se abrieron si dificultad al sentir en contacto de la del
monarca y volviéndose a doña Inés de Tordesillas, que apoyada en el brazo de una dueña parecía
próxima a desmayarse, exclamó, presentándolo, con acento, aunque templado, firme:
- Tomad, señora, y cuidad de no dejarlo caer en otra ocasión donde al devolvéroslo, os lo
devuelvan manchado en sangre.
Cuando el rey terminó de decir estas palabras, doña Inés, no acertaremos a decir si a
impulsos de la emoción o por salir más airosa del paso, se había desvanecido en brazos de los que
la rodeaban.
Alonso y Lope, el uno estrujando en silencio entre sus manos el birrete de terciopelo, cuya
pluma arrastraba por la alfombra, y el otro mordiéndose los labios hasta hacerse brotar la sangre,
se clavaron una mirada tenaz e intensa.
Una mirada en aquel lance equivalía a un bofetón, a un guante arrojado al rostro, aun
desafío a muerte.
II
Al llegar la medianoche, los reyes se retiraron a su cámara. Terminó el sarao, y los curiosos
de la plebe, que aguardaban con impaciencia este momento formando grupos y corrillos en las
avenidas de palacio, corrieron a estacionarse en la cuesta del alcázar, los Miradores y el
Zocodover.
Durante una o dos horas, en las calles inmediatas a estos puntos reinó un bullicio, una
animación y un movimiento indescriptibles. Por todas partes se veían cruzar escuderos
caracoleando en sus corceles ricamente enjaezados, reyes de armas con lujosas casullas llenas de
escudos y blasones, timbaleros vestidos de colores vistosos, soldados cubiertos de armaduras
resplandecientes, pajes con capotillos de terciopelo y birretes coronados de plumas, y servidores de
a pie que precedían las lujosas literas y las andas cubiertas e ricos paños, llevando en sus manos
grandes hachas encendidas, a cuyo rojizo resplandor podía verse a la multitud que, con cara
atónita, labios entreabiertos y ojos espantados, miraba desfilar con asombro a todo lo mejor de la
nobleza castellana, rodeada en aquella ocasión de un fausto y un esplendor fabulosos.
Luego, poco a poco fue cesando el ruido y la animación; los vidrios de colores de las altas
ojivas del palacio dejaron brillar; atravesó entre los apiñados grupos la última cabalgata; la gente
del pueblo, a su vez, comenzó a dispersarse en todas direcciones, perdiéndose entre las sombras
del enmarañado laberinto de calles oscuras, estrechas y torcidas, y ya no turbaba el profundo
silencio de la noche más que el grito lejano de vela de algún guerrero, el rumor de los pasos de
algún curioso que se retiraba el último o el ruido que producían las albadas de algunas puertas al
cerrarse, cuando en lo alto de la escalinata que conducía a la plataforma del palacio apareció un
caballero, el cual, después de tender la vista por todos los lados, como buscando a alguien que
debía esperarlo, descendió lentamente hacia la cuesta del alcázar, por la que se dirigió hacia el
Zocodover.

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Al llegar a la plaza de este nombre se detuvo un momento y volvió a pasear la mirada a su
alrededor. La noche estaba oscura; no brillaba una sola estrella en el cielo, ni en toda la plaza se
veía una sola luz, no obstante, allá a lo lejos, y en la misma dirección en que comenzó a percibirse
un ligero ruido como de pasos que iban aproximándose, creyó distinguir el bulto de un hombre: sin
duda, el mismo a quien parecía aguardaba con tanta impaciencia.
El caballero que acababa de abandonar el alcázar para dirigirse a Zocodover era Alonso
Carrillo, que, en razón al puesto de honor que desempeñaba cerca de la persona del rey, había
tenido que acompañarle en su cámara hasta aquellas horas. El que, saliendo de entre las sombras
de los arcos que rodeaban la plaza, vino a reunírsele, Lope de Sandoval. Cuando los dos
caballeros se hubieron reunido cambiaron algunas frases en voz baja.
- Presumí que me aguardabas - dijo el uno.
- Esperaba que lo presumirías - contestó el otro.
- ¿Y adónde iremos?
- A cualquier parte donde se puedan hallar cuatro palmos de terreno donde revolverse y un
rayo de claridad que nos alumbre.
Terminado este brevísimo diálogo, los dos jóvenes se internaron por una de las estrechas
calles que desembocan en el Zocodover, desapareciendo en la oscuridad como esos fantasmas de
la noche que, después de aterrar un instante al que los ve, se deshacen en átomos de niebla y se
confunden en el seno de las sombras.
Largo rato anduvieron dando vueltas a través de las calles de Toledo, buscando un lugar a
propósito para terminar sus diferencias; pero la oscuridad de la noche era tan profunda, que el
duelo parecía imposible. No obstante, ambos deseaban batirse, y batirse antes que rayase el alba,
pues al amanecer debían partir las huestes reales, y Alonso con ellas.
Prosiguieron, pues, cruzando al azar plazas desiertas, pasadizos sombríos, callejones
estrechos y tenebrosos, hasta que, por último, vieron brillar a lo lejos una luz, una luz pequeña y
moribunda, en torno a la cual la niebla formaba un cerco de claridad fantástica y dudosa.
Habían llegado a la calle del Cristo, y la luz que se divisaba en uno de sus extremos parecía
ser la del farolillo que alumbraba en aquella época, y alumbra aún, a la imagen que le da su
nombre.
Al verla, ambos dejaron escapar una exclamación de júbilo y, apresurando el paso en su
dirección, no tardaron mucho en encontrarse junto al retablo en que ardía.
Un arco rehundido en el muro, en el fondo del cual se veía la imagen del Redentor
enclavado en la cruz y con una calavera al pie; un tosco cobertizo de tablas que lo defendía de la
intemperie, y el pequeño farolillo colgado de una cuerda, que lo iluminaba débilmente, vacilando al
impulso del aire, formaban todo el retablo, alrededor del cual colgaban algunos festones de yedra
que habían crecido entre los oscuros y rotos sillares, formando una especie de pabellón de verdura.
Los caballeros, después de saludar respetuosamente a la imagen de Cristo quitándose los
birretes y murmurando en voz baja una corta oración, reconocieron el terreno con una ojeada,
echaron a tierra sus mantos, y apercibiéndose mutuamente para el combate y dándose la señal con

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un leve movimiento de cabeza, cruzaron los estoques. Pero apenas se habían tocado los aceros, y
antes que ninguno de los combatientes hubiese podido dar un solo paso o intentar un golpe, la luz
se apagó de repente y la calle quedó sumida en la oscuridad más profunda. Como guiados de un
mismo pensamiento, y al verse rodeados de repentinas tinieblas, los dos combatientes dieron un
paso atrás, bajaron la suelo las puntas de sus espadas y levantaron los ojos hacia el farolillo, cuya
luz, momentos antes apagada, volvió a brillar de nuevo al punto en que hicieron ademán de
suspender la pelea.
- Será alguna ráfaga de aire que ha abatido la llama al pasar - exclamó Carrillo, volviendo a
ponerse en guardia y previniendo con una voz a Lope, que parecía preocupado.
Lope dio un paso adelante para recuperar el terreno perdido, tendió el brazo y los aceros se
tocaron otra vez; mas, al tocarse, la luz se tornó a apagar por sí misma, permaneciendo así
mientras no se separaron los estoques.
- En verdad que esto es extraño - murmuró Lope, mirando al farolillo, que espontáneamente
había vuelto a encenderse y se mecía con lentitud en el aire, derramando una claridad trémula y
extraña sobre el amarillo cráneo de la calavera colocada a los pies del Cristo.
- ¡Bah! - dijo Alonso- . Será la beata encargada de cuidar del farol del retablo sisa a los
devotos y escasea el aceite, por la cual la luz, próxima la morir, luce y se oscurece a intervalos en
señal de agonía.
Y dichas estas palabras, el impetuoso joven tornó a colocarse en actitud de defensa. Su
contrario le imitó; pero esta vez no tan solo volvió a rodearlos una sombra espesísima e
impenetrable, sino que la mismo tiempo hirió sus oídos el eco profundo de una voz misteriosa,
semejante a esos largos gemidos del vendaval, que parece que se queja y articula palabras al
correr aprisionado por las torcidas, estrechas y tenebrosas calles de Toledo.
Qué dijo aquella voz medrosa y sobrehumana, nunca pudo saberse; pero al oírla ambos
jóvenes se sintieron poseídos de tan profundo terror, que las espadas se escaparon de sus manos,
el cabello se les erizó y por sus cuerpos, que estremecía un temblor involuntario, y por sus frentes,
pálidas y descompuestas, comenzó a correr un sudor frío como el de la muerte.
La luz, por tercera vez apagada, por tercera vez volvió a resucitar, y las tinieblas se
disiparon.
- Ah! - exclamó Lope al ver a su contrario entonces, y en otros días su mejor amigo,
asombrado como él, como él pálido e inmóvil- . Dios no quiere permitir este combate, porque es
una lucha fratricida, porque un combate entre nosotros ofende al cielo ante el cual nos hemos
jurado cien veces una amistad eterna.
Y esto diciendo, se arrojó en los brazos de Alonso, que le estrechó entre los suyos con una
fuerza y una efusión indecibles.
Pasados algunos minutos, durante los cuales ambos jóvenes se dieron toda clase de
muestras de amistad y cariño, Alonso tomó la palabra, y con acento conmovido aún por la escena
que acabamos de referir, exclamó, dirigiéndose a su amigo:
- Lope, yo sé que amas a doña Inés; ignoro si tanto como yo, pero la amas. Puesto que un

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duelo entre nosotros es imposible, resolvámonos a encomendar nuestra suerte en sus manos.
Vamos en su busca: que ella decida con libre albedrío cuál ha de ser el dichoso, cuál el infeliz. Su
decisión será respetada por ambos, y el que no merezca sus favores, mañana saldrá con el rey de
Toledo, e irá a buscar el consuelo del olvido en la agitación de la guerra.
- Pues que tú lo quieres, sea - contestó Lope.
Y el uno apoyado en el brazo del otro, los dos amigos se dirigieron hacia la catedral, en
cuya plaza, y en un palacio del que ya no quedan ni aun los restos, habitaba doña Inés de
Tordesillas.
Estaba a punto de rayar el alba, y como algunos de los deudos de doña Inés, sus hermanos
entre ellos, marchaban al otro día con el ejército real, no era imposible que en las primeras horas de
la mañana pudiesen penetrar en su palacio.
Animados con esta esperanza, llegaron, en fin, al pie de la gótica torre del templo; mas al
llegar a aquel punto un ruido particular llamó su atención, y deteniéndose en uno de los ángulos,
ocultos entre la sombra de los altos machones que flaquean los muros, vieron, no sin grande
asombro, abrirse el balcón del palacio de su dama, aparecer en él un hombre que se deslizó hasta
el suelo, al parecer con la ayuda de una cuerda, y, por último, una forma blanca, doña Inés, sin
duda, que, inclinándose sobre el calado antepecho, cambió algunas tiernas frases de despedida
con su misterioso galán.
El primer movimiento de los dos jóvenes fue llevar las manos al puño de sus espadas; pero,
deteniéndose como heridos de una idea súbita, volvieron los ojos a mirarse, y se hubieron de
encontrar con una cara de asombro, tan cómica, que ambos prorrumpieron en una ruidosa
carcajada, carcajada que, repitiéndose de eco en eco en el silencio de la noche, resonó en toda la
plaza y llegó hasta el palacio.
Al oírla, la forma blanca desapareció del balcón, se escuchó el ruido de las puertas, que se
cerraron con violencia, y todo volvió a quedar en silencio.
III
Al día siguiente, la reina, colocada en un estrado lujosísimo, veía desfilar las huestes que
marchaban a la guerra de moros, teniendo a su lado a las damas más principales de Toledo. Entre
ellas estaba doña Inés de Tordesillas, en la que aquel día, como siempre, se fijaban todos los ojos;
pero, según a ella le parecía advertir, con diversa expresión de la costumbre. Diríase que en todas
las curiosas miradas que a ella se volvían retozaba una sonrisa burlona.
Este descubrimiento no dejaba de inquietarla algo, sobre todo teniendo en cuenta las
ruidosas carcajadas que la noche anterior había creído percibir a lo lejos y en uno de los ángulos de
la plaza, cuando cerraba el balcón y despedía a su amante; pero al mirar aparecer entre las filas de
los combatientes, que pasaban por debajo del estrado lanzando chispas de fuego de sus brillantes
armaduras y envueltos en una nube de polvo los pendones reunidos de las casas de Carrillo y
Sandoval; al ver la significativa sonrisa que la saludar a la reina le dirigieron los dos antiguos
rivales, que cabalgaban juntos, todo lo adivinó, y la púrpura de la vergüenza enrojeció su frente y
brilló en sus ojos una lágrima de despecho.

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