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TEMA 1: La revolución industrial.

1. Introducción
2. La revolución del algodón
3. Ciencia y técnica
4. La máquina de vapor
5. La siderurgia
6. La industria química
7. Conclusión

1. Introducción

La Revolución Industrial es un concepto utilizado de manera común en el ámbito académico


y entre el público general. No obstante, algunos historiadores, como Rondo Cameron,
argumentan que los cambios económicos, sociales y tecnológicos que tuvieron lugar
principalmente en Inglaterra entre mediados del siglo XVIII y XIX no fueron una revolución
en el sentido estricto, sino una aceleración de procesos que ya habían comenzado siglos
antes, desde la Baja Edad Media, como el desarrollo técnico, la disolución de estructuras
feudales y el crecimiento de la economía de mercado.

El crecimiento económico de los siglos XVIII y XIX es visto como una continuación de este
largo proceso, aunque con una aceleración tan significativa que, en algunos sectores como
el tecnológico, sí podría hablarse de una verdadera "revolución". Las innovaciones más
emblemáticas de esta era ocurrieron en la industria textil, la energía (particularmente la
máquina de vapor) y la siderurgia, aunque también se observaron avances importantes en
otros sectores, como el químico, los transportes, la agricultura y las finanzas.

Si bien Gran Bretaña fue el epicentro de la Revolución Industrial, otros países europeos
también desempeñaron un papel relevante, lo que convirtió el fenómeno en algo de alcance
continental. Sin embargo, dos de las invenciones más notables de la época, la máquina de
hilar y tejer algodón, y la máquina de vapor, fueron de origen exclusivamente británico.

2. La revolución del algodón

La Revolución del algodón marcó un antes y un después en la historia de la producción


textil, siendo uno de los motores principales de la Revolución Industrial en Inglaterra durante
el siglo XVIII. Tradicionalmente, el hilado del algodón y de otras fibras textiles se hacía a
mano, pero la invención de nuevas máquinas en el siglo XVIII permitió sustituir este trabajo
manual por procesos mecánicos, aumentando exponencialmente la productividad.

La primera máquina de hilado significativa fue la spinning jenny o "Juanita hilandera",


inventada por James Hargreaves en 1767. Esta máquina, operada manualmente con una
manivela, permitía que un solo trabajador manejara varias docenas de husos al mismo
tiempo, multiplicando así la productividad del hilado. En lugar de hilar a mano una sola
hebra de algodón, una persona podía producir varias docenas de hilos simultáneamente.
Solo dos años después, en 1769, Richard Arkwright patentó la water frame, una máquina de
hilado más avanzada que podía ser acoplada a una rueda hidráulica, aumentando aún más
la eficiencia, ya que varias de estas máquinas podían trabajar al mismo tiempo bajo la
supervisión de un solo operario. En 1779, Samuel Crompton perfeccionó el proceso con la
invención de la mula, una máquina híbrida que combinaba las mejores características de la
spinning jenny y la water frame. Lo más notable de la mula es que podía conectarse a una
máquina de vapor, lo que permitía una producción continua y a gran escala. La
productividad de un hilandero o tejedor aumentó así más de cien veces. Posteriormente, en
1825, Richard Roberts patentó la selfactina, una versión aún más avanzada y automatizada,
fabricada completamente de metal, que desplazó casi por completo al sistema artesanal en
la industria algodonera.

Mientras tanto, el proceso de tejeduría también se mecanizó. En 1733, John Kay introdujo la
lanzadera volante (flying shuttle), que se movía automáticamente de un lado al otro de la
urdimbre. Esto permitió tejer con mayor rapidez y precisión, exigiendo menos concentración
del tejedor. Aunque este invento fue revolucionario, la mecanización completa del tejido
llegó más tarde, en 1785, con el telar automático de Edmund Cartwright, que también podía
ser conectado a una fuente de energía inanimada. Sin embargo, la adopción del telar
automático fue más lenta debido a su fragilidad inicial y su propensión a averías. Con el
tiempo, y tras ser perfeccionado, se volvió completamente operativo a partir del final de las
Guerras Napoleónicas (1815). Los inventores franceses Jacques de Vaucanson y
Joseph-Marie Jacquard también contribuyeron al avance tecnológico del tejido,
especialmente con la invención del telar de Jacquard, que utilizaba un sistema de fichas
perforadas para gobernar los patrones de los tejidos, un sistema precursor de las tarjetas
perforadas utilizadas más tarde en las máquinas de cálculo y los primeros ordenadores.

Estos avances técnicos en la industria algodonera no solo transformaron el proceso de


producción, sino que también tuvieron un impacto profundo en la economía y la sociedad. El
resultado más visible fue el enorme abaratamiento de los productos textiles, especialmente
de aquellos destinados al consumo ordinario, como camisas, ropa interior y sábanas. El
algodón, que anteriormente era un tejido caro y de lujo en Europa, se convirtió en un
producto accesible para la gran mayoría de la población. (En general, muchos bienes de
lujo se convirtieron en productos al alcance de todos).

Un aspecto curioso y relevante de este proceso es lo que algunos historiadores llaman la


"paradoja del algodón". El algodón, una planta que no se cultivaba en Inglaterra (el algodón
hilado en las fábricas británicas era importado de países como la India, Egipto, Malta o
Estados Unidos), fue la fibra que lideró la mecanización y revolución en la industria textil. La
industria lanera, por el contrario, que tenía una larga tradición en Inglaterra y utilizaba
materia prima local, quedó relegada. A pesar de que la lana había sido una de las
principales exportaciones inglesas desde la Edad Media, su mecanización fue más lenta, en
parte debido a las características físicas de la fibra (más rizada y difícil de hilar
mecánicamente) y a la existencia de gremios y regulaciones que limitaban la innovación.

El auge del algodón se debió a varios factores. Durante el siglo XVII, la expansión comercial
inglesa permitió la importación de tejidos de algodón de la India, conocidos como calicós o
indianas, que eran muy valorados por su suavidad, frescura y facilidad para lavarse. Estos
tejidos exóticos se convirtieron en productos muy demandados en la Inglaterra opulenta del
siglo XVII, lo que puso en peligro a la industria lanera local. Los fabricantes de lana lograron
que el gobierno promulgara leyes que restringían la importación de tejidos de algodón para
proteger el mercado local. Sin embargo, esta prohibición no logró frenar el crecimiento del
algodón, sino que impulsó la producción local de calicós a partir de algodón importado en
rama. Los empresarios más dinámicos comenzaron a producir ellos mismos estos tejidos, lo
que, junto con la mecanización, llevó a una explosión de productividad en la industria
algodonera.

Este fenómeno muestra cómo las políticas proteccionistas pueden tener efectos
inesperados, como fue el caso en Inglaterra, donde las restricciones a la importación de
tejidos de algodón incentivaron la innovación y el crecimiento de la industria textil local. La
clave de este crecimiento fue la capacidad de innovación de los empresarios y trabajadores
ingleses, un factor que destacó el economista Joseph Schumpeter como esencial para el
crecimiento económico.

En resumen, la Revolución del algodón no solo transformó la industria textil, sino que
también marcó un cambio en la forma en que se producían y consumían los bienes en la
sociedad. La mecanización del algodón permitió que productos que antes eran exclusivos
de las clases altas se volvieran accesibles para la mayoría de la población, simbolizando
uno de los grandes cambios sociales y económicos de la Revolución Industrial.

3. Ciencia y técnica

¿Por qué la sociedad inglesa del siglo XVIII fue tan creativa tecnológicamente? Inglaterra
había demostrado, durante los dos siglos anteriores, una notable creatividad política,
desarrollando la monarquía constitucional y el sistema parlamentario antes de sus grandes
innovaciones tecnológicas. Se ha de tener en cuenta que la sociedad inglesa del siglo XVIII
también disfrutaba de una mayor libertad política y económica en comparación con otros
países, lo que facilitaba la innovación (Hobbes: el hombre es el lobo para el hombre, se
impuso una amplia tolerancia, a pesar de no ser total: los catolicos estaban privados de
derechos politicos hasta el [Link]). Aunque el mercantilismo inglés era criticado (Adam
Smith), era menos restrictivo que el de otras naciones, lo que ayudó a debilitar el poder de
los gremios y permitió un mayor margen para la innovación en sectores nuevos. (Es
después de la Revolución Industrial en el siglo XIX que triunfa el librecambio)

A pesar de la libertad económica y la demanda de nuevos productos, el dinamismo


tecnológico no puede explicarse únicamente por incentivos económicos. Aunque algunos
estudios afirman que la estructura de precios en Inglaterra (altos salarios y bajo precio del
carbón) fomentó las innovaciones, las crisis económicas y escaseces han existido en otros
lugares y momentos históricos sin generar una respuesta tecnológica similar. Por lo tanto,
es necesario buscar una explicación desde el lado de la oferta.

Se ha sugerido que la sociedad británica tenía un nivel científico y cultural más alto que
otros países. Sin embargo, este argumento también es debatible, ya que muchos
inventores, como los de la industria textil, no eran científicos formados (el propio James
Watt no lo era, se consideraba un sabio práctico). Aunque hubo algunos avances científicos
en Inglaterra, especialmente en la química, muchos de los descubrimientos clave fueron
realizados en Europa continental. Aún así, los ingleses fueron eficaces al aplicar y
perfeccionar esos avances en innovaciones prácticas.
El nivel educativo tampoco parece ser un factor decisivo, ya que la alfabetización en
Inglaterra, aunque muy superior que en los países católicos, era menor que en algunos
países nórdicos como Suecia. El nivel de alfabetización se veía deprimido por la gran
cantidad de inmigrantes (irlandeses). Además, la educación en Inglaterra estaba en manos
privadas hasta finales del siglo XIX, mientras que en países como Alemania y Francia el
Estado intervino más activamente en promover la educación y la investigación científica.

A pesar de las limitaciones en la relación directa entre ciencia e invenciones, la Revolución


Científica influyó en la mentalidad de la época. Como señala Rostow, aunque no todos los
pioneros científicos fueron inventores, la confianza en el conocimiento de la naturaleza
alentó la búsqueda de soluciones técnicas que más tarde darían lugar a la Revolución
Industrial.

4. La máquina de vapor

La máquina de vapor es un símbolo clave de la Revolución Industrial, aunque James Watt


no fue su primer inventor. Antes de su intervención, existían máquinas de vapor
rudimentarias en Inglaterra, basadas en el principio de la presión atmosférica, descubierto
por Otto von Guericke. Thomas Savery creó la primera bomba de vapor en 1698, utilizada
para extraer agua de las minas, y en 1714, Thomas Newcomen patentó una versión más
avanzada, que ya convertía calor en movimiento mecánico, pero era lenta e ineficiente
(siendo útil solo en minas con acceso barato al carbón).

James Watt, en 1764, perfeccionó la máquina de Newcomen al añadir un condensador


separado, lo que mejoró su eficiencia. Este avance permitió que el cilindro principal no
tuviera que calentarse y enfriarse repetidamente, lo que aceleraba el movimiento del pistón.
A pesar de las mejoras, Watt evitó el uso de alta presión por motivos de seguridad, por lo
que sus máquinas seguían siendo grandes y robustas. Inicialmente utilizadas para bombear
agua, sus máquinas de vapor pronto comenzaron a mover maquinaria en fábricas, lo que
favoreció la creación de sistemas fabriles más eficientes.

La asociación de Watt con el metalúrgico Matthew Boulton les permitió comercializar con
éxito sus máquinas, impulsando la industrialización. Con el tiempo, las mejoras en el diseño
y la metalurgia permitieron miniaturizar la máquina de vapor, lo que facilitó su uso en
locomotoras y barcos. Aunque la locomotora a vapor y el ferrocarril surgieron a finales del
siglo XVIII, su éxito comercial no llegó hasta la década de 1830 con el ferrocarril de
Liverpool a Manchester. Paralelamente, la máquina de vapor también se implementó en
barcos de metal, aunque con ruedas de paletas, antes de la invención de la hélice en el
siglo XIX.

5. La siderurgia

La producción masiva de hierro fue esencial para la Revolución Industrial, ya que permitió
avances como la máquina de vapor, el ferrocarril y la maquinaria textil. Dos innovaciones
clave en la producción de hierro fueron el coque y el pudelado. El coque es un carbón
artificial obtenido al calcinar hulla, lo que permitía eliminar impurezas que antes hacían
inadecuado el uso de la hulla en la siderurgia. Antes del coque, el hierro se producía
utilizando carbón vegetal, un proceso costoso y dependiente de la madera, que se volvía
cada vez más escasa.

El proceso de pudelado, inventado por Henry Cort y Peter Onions en 1784, permitía refinar
el hierro recalentándolo y removiéndolo, eliminando más impurezas y produciendo un hierro
de mejor calidad, a veces incluso acero de mediana calidad. Este proceso utilizaba
máquinas de vapor para mover martillos y rodillos, lo que mejoraba la eficiencia.

Estas innovaciones redujeron significativamente el costo del hierro, lo que impulsó su


demanda para la fabricación de maquinaria, armas, aperos agrícolas, y más tarde, raíles
para el ferrocarril. Sin embargo, el acero de alta calidad seguía siendo costoso y difícil de
producir, utilizando procesos artesanales como la forja y el método de crisol para controlar
la cantidad de carbono en el metal.

6. La industria química

En la Primera Revolución Industrial, la ciencia desempeñó un papel limitado en sectores


como el textil, pero fue crucial en la industria química. A finales del siglo XVIII, se
establecieron las bases de la química moderna y nació una industria química estrechamente
vinculada a la ciencia. Científicos como Robert Boyle, Joseph Priestley, Antoine Lavoisier y
Carl W. Scheele realizaron descubrimientos fundamentales como el oxígeno y la
composición del aire y el agua.

Uno de los mayores avances químicos estuvo relacionado con la industria textil. Claude
Berthollet descubrió el cloro y lo aplicó en el blanqueado de fibras textiles, demostrando una
clara conexión entre ciencia e industria. En la química textil, antes del siglo XVIII, los
decolorantes y colorantes se obtenían de fuentes naturales como plantas y minerales. La
química moderna permitió producir estos productos de forma más eficiente. Nicolas
Leblanc, por ejemplo, patentó un método en 1787 para obtener sosa a partir de sal común y
ácido sulfúrico, lo que revolucionó su producción.

A pesar de sus contribuciones, muchos pioneros de la química industrial enfrentaron


destinos trágicos, como Lavoisier, guillotinado durante la Revolución Francesa, y Leblanc,
quien se suicidó en 1806 tras arruinarse. No obstante, sus descubrimientos tuvieron un
impacto duradero en la industria, aunque más tarde fueron superados por nuevos métodos,
como el de Ernest Solvay, quien en 1861 desarrolló un proceso para obtener sosa a partir
de amoniaco.

7. Conclusión

En este capítulo se aborda la Revolución Industrial, centrándose en los grandes inventos del
siglo XVIII y principios del XIX, pero también se destacan innovaciones en el transporte que
fueron fundamentales para este cambio. Antes de la llegada del ferrocarril, Inglaterra vivió
una revolución en la construcción de carreteras y, especialmente, en el desarrollo de una
extensa red de canales, conocida como la "manía de los canales". Esta red permitió el
transporte económico de mercancías pesadas, como carbón y minerales, mediante
gabarras tiradas por animales.
El primer canal, inaugurado en 1760, conectaba Manchester con una mina de carbón
cercana y su éxito impulsó la creación de más canales. Para el siglo XIX, Inglaterra contaba
con unos 6,500 kilómetros de canales navegables, facilitando el tráfico de mercancías entre
sus principales ciudades.

Paralelamente, se desarrolló una red de carreteras mejoradas gracias a ingenieros


escoceses como John MacAdam, John Metcalf y Thomas Telford, quienes introdujeron
firmes artificiales que hicieron el transporte de pasajeros más cómodo y eficiente. Estas
nuevas carreteras eran de peaje y gestionadas por empresas constructoras.

Además de las innovaciones en el transporte, también se produjeron avances en la


agricultura y en la construcción, lo que contribuyó a un desarrollo equilibrado en la sociedad
inglesa, facilitando así la Revolución Industrial. En capítulos posteriores, se explorarán las
consecuencias de estos cambios.

TEMA 2: La revolución mundial.

1. La revolución atlántica
2. La revolución norteamericana
3. La revolución europea
4. La revolución iberoamericana
5. Conclusión

1. La revolución atlántica

La revolución francesa no vino sola, se discute que fuera parte de un fenómeno de escala
mundial. La Revolución Francesa puede enmarcarse dentro de un contexto más amplio de
movimientos revolucionarios que ocurrieron en el Hemisferio Occidental. Estos movimientos
compartieron características y objetivos comunes, como la oposición al Antiguo Régimen,
caracterizado por el absolutismo en Europa y el colonialismo en América.

Cronológicamente, la Revolución Francesa fue precedida por la Revolución Americana de


1776 y seguida por las revoluciones hispanoamericanas de 1808. Además, no fue un hecho
aislado en Europa, ya que se dieron conatos revolucionarios en los Países Bajos, Suiza y
Polonia, y sus ideas y reformas resonaron en países como España, Italia y Prusia. Incluso
en España, mientras se rechazaba la ocupación francesa, surgieron movimientos
afrancesados que defendían ideas de reforma inspiradas en la Revolución Francesa. (las
Cortes de Cádiz proclamaron en 1812 la primera constitución española y una batería de
medidas como unaa reforma agraria y la proclamación legal de principios)

Estos movimientos compartían un objetivo común: derribar el Antiguo Régimen y el


feudalismo. Los revolucionarios buscaban crear una sociedad donde todos los ciudadanos
fueran iguales ante la ley, sin privilegios de nacimiento, salvo los económicos. En cuanto a
la igualdad económica, hubo discrepancias. Aunque prevaleció la defensa de la propiedad
privada y la libertad de heredar, en Francia surgió una corriente significativa, representada
por Gracchus Babeuf, que defendía la intervención del Estado para promover la igualdad.
Las sociedades del siglo XVIII y principios del XIX aún conservaban rasgos feudales, como
divisiones estamentales y privilegios, que los revolucionarios querían abolir.

Los revolucionarios de ambos lados del Atlántico compartían un ideario común basado en
las doctrinas de los filósofos de la Ilustración, como Montesquieu, Rousseau, Locke y
Hume. Este ideario estaba inspirado en la Revolución Inglesa del siglo XVII, la primera gran
revolución moderna que mostró el camino hacia una sociedad representativa y moderna,
rompiendo con el Antiguo Régimen absolutista. La Revolución Inglesa, con la ejecución de
Carlos I, el gobierno de Cromwell y la instauración de un monarca constitucional, demostró
que el orden social podía cambiar según la voluntad de la sociedad, lo que sentó las bases
para la idea del "contrato social", desarrollada más tarde por pensadores como Hobbes y
Rousseau.

La Revolución Holandesa, iniciada en 1566 contra el absolutismo de Felipe II, fue un


precursor clave de la Revolución Inglesa. Aunque ambas revoluciones compartieron ideales,
la holandesa no produjo un modelo político y económico tan estable como el inglés. La
rebelión neerlandesa fue impulsada por tres factores principales: la lucha por la tolerancia
religiosa, la resistencia a los impuestos excesivos impuestos por la corona española, y la
defensa de su sistema de gobierno descentralizado y representativo. Así, la revolución en
los Países Bajos no fue solo una guerra de independencia, sino una lucha contra el
absolutismo en Europa.

El poder y la originalidad social de los Países Bajos estaban estrechamente ligados a su


economía avanzada, resultado de su entorno geográfico particular. Ubicados en el delta del
Rin, la región era mayormente baja y pantanosa, lo que dificultó el establecimiento del
feudalismo. Su riqueza se basaba en el comercio con el Báltico, Inglaterra y la península
Ibérica, además del desarrollo temprano de la industria. Las características geográficas
también impulsaron la construcción de diques y polders para ganar tierra al mar, lo que
permitió expandir las áreas cultivables a medida que crecía la población.

Todo esto tuvo considerables consecuencias económicas y sociales. La construcción de


diques, una actividad constante desde la Edad Media, fomentó el desarrollo de un espíritu
de cooperación y organización entre los diferentes pueblos de la región. A nivel económico,
la agricultura neerlandesa introdujo técnicas innovadoras, como la rotación de cultivos y la
combinación de ganadería y agricultura, que aumentaron significativamente la productividad
y fueron más tarde adoptadas en otros países europeos, contribuyendo a la Revolución
Agrícola.

Además, la escasez de tierras cultivables impulsó el desarrollo de actividades industriales


en zonas rurales, destacando la industria de la turba, textil y alimentaria, que se
expandieron considerablemente. Esto, junto con un auge en la navegación y el comercio,
convirtió a los puertos holandeses en importantes centros comerciales que conectaban el
Báltico con otras regiones europeas, como Inglaterra, Francia, España, y el Mediterráneo.

El desarrollo económico y social de los Países Bajos durante su revolución dio lugar a una
sociedad poco estratificada, donde los ricos comerciantes e industriales tenían un poder
similar al de la nobleza terrateniente. Mientras los gobiernos urbanos estaban dominados
por burgueses, las zonas rurales permanecían en manos de la nobleza, pero con relaciones
fluidas entre ambos grupos. Estas élites compartían actitudes liberales en política,
economía y religión. La incomprensión del monarca español, Felipe II, desató la chispa que
condujo a la Guerra de los Ochenta Años, lo que culminó con la independencia de los
Países Bajos y una revolución social en la naciente República de las Provincias Unidas.

Sin embargo, esta revolución política fue incompleta, ya que la nueva república mantuvo
elementos monárquicos. Durante la guerra de independencia, el poder se concentró en
Guillermo de Orange, quien, aunque no tenía título real, actuaba como un rey en la práctica,
lo que llevó a una primacía casi monárquica de su dinastía. A lo largo del siglo XVII, los
descendientes de Guillermo se enfrentaron a las oligarquías provinciales en disputas por el
poder. Esta tensión política, junto con la coronación de Guillermo III de Orange como rey de
Inglaterra en 1688, contribuyó a la decadencia económica y social de Holanda en el siglo
XVIII.

Finalmente, tras la ocupación napoleónica, Holanda adoptó en el siglo XIX una monarquía
constitucional similar a la de Inglaterra, Francia y Bélgica. Mientras tanto, la Revolución
Inglesa, que siguió a la holandesa, estableció un sistema de monarquía constitucional con
predominio parlamentario que perduró y evolucionó con el tiempo.

Las revoluciones holandesa e inglesa, aunque con diferentes grados de éxito, fueron
precursoras de la Gran Revolución Atlántica del siglo XVIII y XIX. Tanto Holanda como
Inglaterra habían alcanzado un nivel de desarrollo económico y social superior al de otros
países europeos en ese momento, y el absolutismo se convirtió en un obstáculo para su
crecimiento.

En primer lugar, los monarcas absolutistas imponían exacciones arbitrarias que afectaban la
seguridad jurídica, crucial para el funcionamiento de los mercados y las inversiones. En
segundo lugar, los intereses de la burguesía chocaban con los de los gobiernos absolutos,
que carecían de conocimientos en política económica. La igualdad ante la ley y la
independencia judicial también eran esenciales para la seguridad jurídica, que el
absolutismo no garantizaba.

Además, los gobiernos del Antiguo Régimen solían representar los intereses de la
aristocracia terrateniente, en contradicción con los de las clases urbanas. La estructura de
la propiedad, especialmente la eclesiástica y la nobiliaria, limitaba el acceso al mercado,
bloqueando la movilidad económica. También el mercado laboral estaba restringido por las
estructuras gremiales y estamentales. Estas razones económicas y políticas coincidieron
para impulsar los cambios revolucionarios en ambos países.

2. La revolución norteamericana

La Revolución Norteamericana, al igual que la holandesa, surgió en el contexto de una


lucha por la independencia, pero en este caso contra Inglaterra. Una pregunta clave es por
qué los colonos se rebelaron contra el sistema representativo inglés, cuando Inglaterra era
el único país en el mundo con poderes limitados del rey y un Parlamento que representaba,
aunque imperfectamente, al pueblo.
Además, desde un punto de vista económico, los habitantes de las trece colonias gozaban
de un nivel de vida relativamente alto, incluso superior al de muchos europeos, con una
mejor distribución de la riqueza. La carga económica impuesta por el sistema mercantilista
inglés tampoco era agobiante, representando solo entre un 2 y un 3% de la renta per cápita,
según estimaciones. A esto se sumaba la protección de las fuerzas armadas británicas y los
servicios administrativos coloniales. Por lo tanto, las razones para la rebelión no parecían
estar principalmente en la opresión económica o en un sistema político abiertamente
tiránico.

La Revolución Norteamericana se originó en un contexto de crecimiento y expansión de las


colonias. Aunque Inglaterra tenía una estructura política avanzada, el Parlamento inglés
estaba dominado por las clases ricas y los terratenientes, sin representación para los
colonos. Muchos de los colonos norteamericanos eran descendientes de emigrantes
descontentos con el régimen inglés, lo que fomentaba una actitud crítica hacia las
instituciones británicas.

La victoria de Inglaterra sobre Francia en la guerra de los Siete Años eliminó la amenaza
francesa en Canadá, lo que redujo la percepción de la tutela británica como necesaria para
los colonos. A su vez, el costo de la guerra llevó al Parlamento a imponer una serie de leyes
mercantilistas y aranceles, sin que las colonias tuvieran representación en el Parlamento.
Esto desató el lema de "no taxation without representation" y avivó el descontento,
especialmente en las ciudades como Boston y Filadelfia, donde el comercio estaba más
desarrollado.

Además de la carga fiscal, las leyes mercantilistas obstaculizaban el crecimiento comercial y


la naciente industria colonial. Asimismo, existía una disputa sobre las tierras del valle del
Mississippi, donde los colonos buscaban expandirse, pero Inglaterra quería limitar su
asentamiento en la costa para intensificar el comercio y evitar conflictos con España, que
controlaba tierras al oeste del Mississippi. Estas tensiones entre las colonias y la metrópoli
fueron factores clave que llevaron a la Revolución Norteamericana.

Había importantes diferencias políticas y económicas entre los colonos norteamericanos y


Gran Bretaña. A pesar de que Inglaterra era la mayor potencia mundial, las trece colonias
habían experimentado un crecimiento espectacular en el siglo anterior, con una población
que se decuplicó, lo que las convirtió en una de las regiones de mayor crecimiento del
mundo. La calidad de vida más alta atrajo a muchos inmigrantes, en su mayoría ingleses
inconformes con el sistema británico.

A pesar de este desarrollo económico favorable, las colonias también habían progresado
políticamente, con instituciones representativas más avanzadas que las inglesas. Sin
embargo, el descontento de los colonos no surgió inicialmente de un deseo de
independencia, sino de la falta de reconocimiento de sus derechos dentro del Imperio
Británico, específicamente en asuntos fiscales y comerciales. Los colonos pedían una
cosoberanía en estas áreas, pero la negativa del Parlamento y del rey Jorge III, quien
declaró que las colonias debían "someterse o triunfar", llevó al conflicto. Esta rigidez
británica fue similar a la que dos siglos antes desencadenó la independencia de los Países
Bajos.
Mientras que el modelo político inglés era admirado por los filósofos de la Ilustración, su
colonia más avanzada, Estados Unidos, se rebelaba contra el estancamiento de ese mismo
sistema. Esta rigidez también fue notada por una parte de la opinión pública inglesa, que
apoyaba la causa norteamericana, considerándola parte de la lucha por una mayor
representatividad y democratización en Inglaterra.

Tras varios años de tensiones, las hostilidades entre los colonos y las tropas británicas
comenzaron en abril de 1775. Después de un año de enfrentamientos y fallidas
negociaciones, se proclamó la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. La
guerra se extendió por varios años más, pero finalmente, con la ayuda de Francia, España y
voluntarios europeos, los norteamericanos obtuvieron la victoria. En 1783, con la firma de la
Paz de París, se reconoció la independencia de Estados Unidos y se reorganizó el equilibrio
entre las potencias europeas, con España recuperando Menorca pero perdiendo Gibraltar.

3. La revolución europea

La Revolución Francesa presenta numerosos paralelismos con la Revolución Inglesa.


Ambas surgieron de una crisis fiscal que obligó al monarca a convocar un parlamento: los
Estados Generales en Francia y el Parlamento en Inglaterra. En ambos casos, el
Parlamento impuso condiciones políticas antes de discutir los impuestos, lo que generó
tensiones con la monarquía y llevó a una guerra. En Inglaterra, fue una guerra civil con una
dimensión insular, mientras que en Francia, tuvo un carácter internacional.

Tanto en Inglaterra como en Francia, los reyes fueron acusados de colaborar con el
enemigo, condenados a muerte y ejecutados. Tras la ejecución, el caos político dio paso a
dictaduras militares: Oliver Cromwell en Inglaterra y Napoleón Bonaparte en Francia. Los
intentos de ambos de establecer una dinastía fracasaron, y sus dictaduras fueron seguidas
de restauraciones monárquicas que reinstauraron a la familia real: el hijo del rey en
Inglaterra y el hermano en Francia. Sin embargo, estos intentos reaccionarios no lograron
restablecer el antiguo orden, y las tensiones derivaron en nuevas revoluciones menos
violentas, que terminaron con la coronación de nuevas dinastías emparentadas con las
anteriores: Guillermo de Orange y María Estuardo en Inglaterra, y Luis Felipe de Orleans en
Francia. Ambos aceptaron el papel de soberanos constitucionales.

La Revolución Francesa se prolonga hasta 1830 según algunas interpretaciones, aunque


convencionalmente se considera que finaliza en 1799 o 1815. Este análisis establece
paralelismos entre los eventos revolucionarios de Inglaterra (1640-1688) y Francia
(1789-1830), sugiriendo una secuencia lógica de acontecimientos a pesar de las diferencias
cronológicas y geográficas.

Autores como Crane Brinton, en su "Anatomía de la Revolución", han destacado similitudes


entre las revoluciones inglesa, francesa, norteamericana y rusa. Sin embargo, existen
diferencias económicas e institucionales clave entre Inglaterra y Francia. En Inglaterra, la
fragmentación religiosa (protestantismo) y la redistribución de tierras tras la ruptura con
Roma fortalecieron al Parlamento y dieron lugar a la gentry, una clase social importante en
la revolución. En Francia, en cambio, la estructura de propiedad de la tierra y la influencia
de la Iglesia católica se mantuvieron intactas hasta la Revolución de 1789, cuando se
promulgó un decreto que redistribuyó las tierras de la Iglesia.
A pesar de estas diferencias, ambos países experimentaron un crecimiento económico e
industrial, aunque con un progreso técnico limitado. Francia, en particular, aumentó su
población a más de 25 millones antes de la revolución, siendo el país más poblado de
Europa después de Rusia.

La agricultura francesa experimentó un desarrollo significativo, junto con una cierta


redistribución de la propiedad gracias a la inversión de comerciantes e industriales, lo que
los historiadores han denominado "la traición de la burguesía". No obstante, el sector que
más prosperó fue el comercio, tanto interno como exterior, que creció más rápidamente que
en Inglaterra durante el siglo XVIII, fortaleciendo las relaciones con otros países europeos y
aumentando el comercio intercontinental.

Este crecimiento económico llevó a un aumento de las tensiones sociales, especialmente en


el campo. El crecimiento de la población, sin avances técnicos importantes, generó
tendencias inflacionarias en los precios de los alimentos. Los grandes terratenientes, que
arrendaban sus tierras, buscaban aumentar las rentas feudales o contractuales en un
contexto de precios crecientes. Aunque los campesinos ya no eran considerados siervos,
frecuentemente estaban sujetos a rentas y una variedad de impuestos feudales, lo que les
ponía en una situación precaria.

A lo largo del siglo XVIII, la presión de los propietarios sobre los campesinos se intensificó,
lo que llevó a revueltas, como la "grande peur" del verano de 1789, donde se produjeron
asaltos e incendios de propiedades nobles. La rigidez en la oferta y demanda agrícola
también exacerbó las tensiones, ya que la sucesión de buenas cosechas en la década de
1770 arruinó a muchos agricultores al bajar los precios, mientras que en la década de 1780,
las malas cosechas generaron hambrunas y carestías, especialmente durante la cosecha
de 1788-1789, lo que provocó desabastecimiento en las ciudades y un clima de
incertidumbre económica.

La agricultura francesa enfrentó graves problemas, exacerbados por la insuficiencia crónica


del sistema fiscal del Antiguo Régimen. Este sistema se caracterizaba por la rigidez en los
ingresos y un reparto desigual de la carga tributaria, donde los más ricos, como la Iglesia y
la nobleza, contribuían proporcionalmente muy poco. El déficit fiscal era común en tiempos
de guerra, especialmente debido a los altos gastos militares, lo que complicaba aún más la
situación financiera del Estado, que no distinguía entre sus finanzas privadas y públicas.

Francia había acumulado deudas significativas tras ayudar a los rebeldes norteamericanos,
y enfrentaba dificultades para cumplir con sus compromisos. La rigidez del sistema
impositivo y la crisis agrícola limitaron la capacidad del Estado para aumentar la
recaudación, dado que la agricultura era la principal fuente de ingresos públicos.
Tradicionalmente, una solución a los problemas fiscales había sido repudiar deudas, pero a
finales del siglo XVIII esto ya no era viable. Los acreedores se habían vuelto demasiado
poderosos y numerosos, y la situación era más complicada en la Europa de la Ilustración,
donde un tratamiento benevolente hacia los acreedores era necesario, especialmente bajo
el reinado del monarca Luis XVI, quien se mostraba respetuoso con los principios ilustrados.
Durante los años ochenta, varios responsables de Hacienda en Francia intentaron reformar
el sistema fiscal, reconociendo la necesidad de aumentar la recaudación de manera más
equitativa, lo que implicaba una mayor contribución de la Iglesia y la nobleza. Sin embargo,
cualquier reforma radical requería la convocatoria de los Estados Generales, lo cual era
temido por el gobierno y el rey, ya que representaba un desafío a los privilegios
tradicionales de las clases más poderosas.

La convocatoria de los Estados Generales se convirtió en inevitable, dado que una reforma
de tal magnitud necesitaba el respaldo del cuerpo más representativo de la nación. Aunque
se han escrito extensamente sobre las consecuencias de esta convocatoria, es importante
señalar que la deuda pública de Francia no era tan abrumadora en comparación con la
renta nacional. De hecho, la deuda per cápita en Inglaterra era mayor, y su carga fiscal
también. Esto se debía a que la Hacienda inglesa había surgido de la Revolución con una
organización mucho más eficiente que la complicada y caótica deuda francesa. La
Revolución Inglesa introdujo un sistema ordenado en la Hacienda Pública, resultado de un
sistema parlamentario que controlaba la actividad fiscal del Estado.

Las consecuencias económicas y sociales de la Revolución Francesa han sido objeto de


intenso debate, con posturas que varían desde considerarla un desastre total hasta un
episodio glorioso. En el corto y medio plazo, la Revolución causó serios perjuicios a la
economía francesa debido al desorden interno, las guerras, y la financiación inflacionaria de
la Hacienda Pública. A pesar de que surgió del deseo de resolver problemas fiscales, la
Revolución terminó generando inflación galopante y mayor inseguridad jurídica.

Los desórdenes de 1789 llevaron a reformas radicales, pero también a que las clases
modestas dejaran de pagar impuestos. Para hacer frente a la crisis fiscal, la Asamblea
Constituyente confiscó bienes de la Iglesia y de la nobleza que había abandonado el país,
con el fin de saldar la deuda pública mediante su venta. Sin embargo, a pesar de la cuantía
de estos bienes, la desorganización y el gasto militar asociado a las guerras llevaron a que
el déficit persistiera y aumentara.

Para financiarse, el Estado emitió títulos de deuda conocidos como "assignats", que fueron
utilizados como papel moneda. La creciente emisión de estos títulos, en un contexto de
caída de ingresos fiscales, provocó una fuerte inflación, lo que perjudicó a los vendedores y
benefició a los compradores, generando así un descontento creciente entre quienes
inicialmente habían apoyado la Revolución.

En los años noventa, el caos y la radicalización política en Francia culminaron en la


ejecución del rey en enero de 1793. Durante este periodo, el Estado aumentó su
intervención en la economía mediante intentos de racionamiento, controles de precios y
prohibiciones comerciales, lo que dio paso a la represión y al "Terror". Este clima de
corrupción se vio reflejado en la venta de bienes nacionales y en la vida cotidiana, donde la
especulación y el acaparamiento se generalizaron. Mientras algunos se beneficiaron,
muchos se empobrecieron en medio de la inflación y la violencia.

Tras año y medio de "Terror", Robespierre, una de las figuras más influyentes, fue
derrocado durante el periodo conocido como Thermidor, que trajo un moderado reflujo
político, aunque los problemas económicos y la corrupción continuaron. Este contexto
desembocó en regímenes cada vez más autoritarios y conservadores, culminando en el
golpe de Estado que llevó al poder a Napoleón el 18 de Brumario (noviembre de 1799). Los
assignats, que habían sido utilizados como moneda durante el "Terror", fueron retirados en
1796, y poco a poco se abandonó la intervención estatal, permitiendo que la economía se
recuperara lentamente, alcanzando hacia finales de siglo los niveles de producción previos
a la Revolución de 1789.

Aunque los efectos económicos inmediatos de la Revolución Francesa fueron desastrosos,


sus consecuencias a largo plazo resultaron beneficiosas. La Revolución logró abolir
instituciones arcaicas que impedían el adecuado funcionamiento de los mercados y el
desarrollo económico. Entre las medidas más importantes, se destaca la eliminación del
feudalismo, que incluyó la supresión de la propiedad feudal de la tierra, las rentas señoriales
y la servidumbre personal, estableciendo el principio de igualdad ante la ley.

Estas reformas ampliaron significativamente los mercados de tierras y trabajo,


fundamentales para la economía preindustrial. La confiscación y venta de propiedades de la
Iglesia y la nobleza ayudaron a establecer un mercado de tierras más dinámico, mientras
que la ley Chapelier de 1791 abolió gremios y prohibió asociaciones de trabajadores y
empresarios, fomentando así un mercado de trabajo libre.

Además, se eliminaron aduanas y barreras interiores al comercio, unificando el espacio


económico nacional, lo que facilitó el comercio interior. Sin embargo, la política comercial
exterior de la Francia revolucionaria fue más proteccionista, especialmente bajo Napoleón,
quien impuso el famoso "bloqueo continental" contra Inglaterra. También se abolieron las
compañías monopolísticas que limitaban el comercio. En conjunto, estas medidas sentaron
las bases para un desarrollo económico más eficiente y competitivo en Francia.

La Revolución Francesa impulsó una liberalización y racionalización económica que incluyó


la introducción del sistema métrico decimal, unificando pesos y medidas en Francia y,
posteriormente, en toda Europa continental. Esta unificación facilitó el comercio al eliminar
barreras sutiles, a diferencia de los países anglosajones que mantuvieron sus unidades de
medida tradicionales, lo que perjudicó su comercio internacional. Con el tiempo, países
como Inglaterra y Estados Unidos también adoptaron el sistema métrico para facilitar sus
exportaciones.

Además, se crearon nuevas divisiones territoriales, los departamentos, que reemplazaron la


confusa organización del Antiguo Régimen, mejorando la administración y la proximidad
entre administrados y administradores. Aunque el régimen napoleónico congeló ciertos
aspectos de la Revolución, también llevó a cabo reformas significativas, como la
codificación de leyes civiles, penales y mercantiles. Esta codificación, comparable solo a la
de Justiniano en el siglo VI, estableció las bases jurídicas del Estado moderno y fue
adoptada en toda Europa y América Latina. Sus efectos económicos fueron positivos,
favoreciendo la seguridad y uniformidad jurídica, así como definiendo aspectos clave como
la propiedad, la herencia igualitaria y la regulación de la quiebra.

El régimen napoleónico tuvo un impacto significativo en el ámbito hacendístico y monetario,


marcando un cambio histórico al establecer el Banco de Francia en 1800 y el franco de
plata en 1803, que se convirtió en la unidad monetaria de referencia hasta la llegada del
euro en 2002. Además, reorganizó el sistema impositivo, enfocándose en impuestos
indirectos y logrando equilibrar el presupuesto durante periodos de paz, aunque dejó una
considerable deuda y caos financiero al abdicar. A pesar de esto, estableció las bases para
una Hacienda Pública moderna.

La Revolución y el Imperio también impulsaron el desarrollo de la ciencia y la educación en


Francia. Antes de la Revolución, ya existía una tradición de apoyo estatal a la investigación
científica, pero fue la creación de la comisión que midió el meridiano terrestre, que condujo
al sistema métrico decimal, la que destacó el interés revolucionario por la ciencia y sus
aplicaciones prácticas. Se fundaron instituciones como la Escuela de Artes y Oficios, la
Escuela Politécnica y el Instituto de Ciencias y Artes, reflejando la voluntad de los
revolucionarios y sus sucesores de fomentar la ciencia. Este impulso contribuyó
significativamente a las innovaciones científicas y técnicas durante la Revolución Industrial.

La Revolución Francesa no solo tuvo repercusiones en Francia, sino que fue un fenómeno
europeo que reflejó las tensiones existentes en varios países. A finales del siglo XVIII,
existían situaciones revolucionarias en los Países Bajos, Suiza y Polonia, donde también se
produjeron intentos de revolución que fueron reprimidos por intervenciones extranjeras.
Francia, como el país más grande de Europa occidental, experimentó una resistencia más
significativa a la intervención, lo que permitió que sus convulsiones revolucionarias se
desarrollaran con mayor libertad.

En los Países Bajos, había conflictos entre los partidarios del estatúder y los demócratas
inspirados en la Revolución Norteamericana. En Suiza, las desigualdades entre cantones
llevaron a revueltas sociales, aunque también fueron sofocadas con intervención francesa.
Por su parte, Polonia enfrentaba tensiones entre la nobleza, la corona y una clase media
liberal, y en 1791 adoptó una constitución inspirada en la francesa, que fue derogada tras
una invasión rusa.

A pesar de que estos movimientos fueron aplastados, sentaron las bases para futuros
resurgimientos democráticos. La intervención extranjera, en particular de Austria y Rusia,
desempeñó un papel crucial en la represión de estas revoluciones, aunque la influencia de
la Revolución Francesa siguió resonando en toda Europa, evidenciando un contexto
revolucionario más amplio y las contradicciones sociales de la época.

La chispa de la Revolución Europea no se encendió inicialmente en Francia, pero debido a


su tamaño y poder, una vez que la Revolución comenzó allí, fue más difícil de controlar por
las potencias conservadoras. Mientras que en otros países como los Países Bajos, Suiza y
Polonia, las revueltas fueron sofocadas rápidamente, en Francia el proceso revolucionario
tomó tiempo y generó un impacto duradero.

La influencia de la Revolución Francesa se extendió más allá de sus fronteras, dando lugar
a una serie de estados satélites que reflejaban sus principios. Tras la derrota de Napoleón,
el Congreso de Viena de 1815 intentó restaurar el statu quo anterior a la revolución, pero
este esfuerzo fracasó a largo plazo. A medida que avanzaba el siglo XIX, las ideas y
reformas políticas y económicas revolucionarias ganaron terreno en diversos países
europeos, llevando a la abolición de la propiedad feudal y a la consolidación de gobiernos
parlamentarios y del Estado de Derecho hacia 1850.
4. La revolución iberoamericana

Las revoluciones hispanoamericanas fueron menos espontáneas que la norteamericana o la


franco-europea, reflejando y respondiendo a estas revoluciones precedentes. En primer
lugar, las noticias sobre los acontecimientos en las trece colonias británicas y en Francia
inspiraron a los criollos suramericanos a buscar cambios similares. En segundo lugar, las
guerras europeas crearon un ambiente propicio para que se manifestaran los deseos de
emancipación. Sin embargo, la caída de la monarquía española en 1808 fue crucial; sin este
colapso, es incierto si la independencia se habría producido en el momento y forma en que
ocurrió, dado que el desarrollo económico y social en Iberoamérica era aún muy incipiente.

A pesar de que existían anhelos de independencia, las divisiones entre los grupos sociales
y económicos hacían difícil que, sin la crisis de la metrópoli, los americanos encontraran la
unidad y la fuerza necesarias para derrotar a las fuerzas realistas. Es más probable que, en
ausencia de los traumas europeos, la independencia de la América hispánica hubiera sido
un proceso gradual y pactado, similar al de Brasil. A pesar de ello, la independencia de la
América española se dio en un contexto de crecimiento demográfico y económico tras una
depresión en el siglo XVII, en un periodo donde la monarquía española intentaba recuperar
su control administrativo y económico. Este crecimiento, no obstante, intensificó las
contradicciones de intereses entre las sociedades de ambos lados del Atlántico.

La principal contradicción de intereses en la América española surgía entre los criollos


(blancos nacidos en América de clase media o alta) y los peninsulares (nacidos en España).
España ejercía un estricto control sobre el comercio exterior americano, que estuvo
centralizado en la Casa de Contratación de Sevilla durante los siglos XVI y XVII. Aunque el
monopolio sevillano comenzó a relajarse en el siglo XVIII, permitiendo el aumento de
puertos españoles y americanos autorizados para comerciar, España seguía siendo la única
fuente del comercio ultramarino.

Las exportaciones de Suramérica, que incluían metales preciosos y materias primas, eran
reexportadas al resto del mundo desde España, mientras que la mayoría de las
importaciones (principalmente bienes industriales) provenían de Europa y llegaban a
América desde puertos españoles. Este monopolio generaba beneficios para los
comerciantes peninsulares, pero resultaba en precios más bajos para las exportaciones y
más altos para las importaciones en comparación con lo que hubiera ocurrido con libertad
comercial. Los criollos resentían este sistema, ya que deseaban mejores precios y acceso a
las ventajas comerciales.

Otro agravio importante era que los criollos estaban gobernados por peninsulares y eran
tratados como subordinados. Era poco común que los cargos importantes en las colonias
fueran ocupados por nativos, ni siquiera de primera generación, lo que exacerbaba el
sentimiento de exclusión y desigualdad entre los criollos.

El dominio español en América, aunque rígido y corrupto, tenía contrapartidas positivas,


como el mantenimiento del orden y el funcionamiento de la administración. Sin embargo, la
sociedad era profundamente desigual, con los criollos constituyendo una minoría
privilegiada en una estructura social jerárquica basada en raza y economía. Desde Nueva
España (México) hasta Río de la Plata (Argentina), la población indígena superaba a la
criolla, y había también grandes grupos afrodescendientes y de castas (mestizos, mulatos y
zambos).

Las barreras raciales y económicas eran significativas, creando tensiones sociales


considerables. A pesar de las desigualdades, el miedo a una posible revolución de los
sectores más pobres y oprimidos mantenía leales a muchos criollos a la corona española,
incluso a aquellos que criticaban el absolutismo y la corrupción del sistema peninsular.

La lucha por la independencia en América Latina se inició en el Virreinato del Río de la


Plata, especialmente en Buenos Aires, donde la presencia de indígenas y castas era menos
notable y los intereses comerciales eran más relevantes. Sin embargo, las causas de este
movimiento de independencia provenían de Europa, influenciadas por las revoluciones
Norteamericana y Francesa.

La intervención francesa en la Revolución Norteamericana y la posterior participación de


España llevaron a una crisis fiscal en la península ibérica, interrumpiendo los flujos
comerciales y afectando la importación de metales preciosos. Para enfrentar esta crisis,
España emitió los "vales reales", que se asemejaban a los assignats franceses, y fundó el
Banco Nacional de San Carlos. Sin embargo, estos esfuerzos no lograron evitar el riesgo de
bancarrota, lo que llevó a una mayor presión fiscal sobre América.

Las interrupciones del comercio, exacerbadas por las guerras con Inglaterra, afectaron a los
comerciantes y exportadores americanos, haciendo que su dependencia de España
aumentara. La derrota hispanofrancesa en Trafalgar confirmó el dominio marítimo de
Inglaterra, que, junto a Estados Unidos, se convirtió en el principal proveedor de las
colonias, lo que facilitó el comercio directo y evidenció las ventajas de liberarse del yugo
colonial español.

Los ecos de las guerras en Europa impactaron fuertemente en Río de la Plata, con dos
invasiones inglesas en 1806 y 1807 que dejaron a Buenos Aires con un gobierno autónomo
de facto, dado que la metrópoli no pudo responder. Este contexto de resistencia sentó las
bases para la independencia, que recibió un impulso decisivo con la caída de la monarquía
española ante la invasión napoleónica en 1808, dejando a las colonias sin su metrópoli.

La independencia total de Hispanoamérica continental costó dieciocho años de guerra,


reflejando el equilibrio de fuerzas existente. Aunque las campañas militares llevaron a la
victoria final en la batalla de Ayacucho en 1824, fueron los criollos quienes lideraron la
rebelión contra España. Figuras como José San Martín, Simón Bolívar y otros caudillos
criollos jugaron un papel crucial, mientras que el papel de las castas fue ambiguo, a menudo
apoyando a los realistas. Esta lucha también tuvo elementos de guerra civil, donde las
tensiones entre criollos y grupos sociales inferiores se intensificaron, como en el caso de los
llaneros en Venezuela, quienes se enfrentaron a Bolívar en diferentes momentos, tanto en
defensa de la Corona como en apoyo a la independencia.

La independencia de Nueva España se desarrolló de manera distinta a la de América del


Sur, marcando un proceso más revolucionario y con menos apoyo de los criollos.
Encabezado por los sacerdotes Miguel Hidalgo y José María Morelos, el movimiento se
basó en las clases más pobres, especialmente indígenas, y promovió una agenda de
revolución social que incluía reforma agraria, igualdad sin distinciones económicas ni
raciales, y la expulsión de los españoles. La violencia y el enfoque radical del movimiento
generaron rechazo entre los criollos, quienes se aliaron con la administración virreinal para
derrotar a Hidalgo y Morelos.

Tras la sofocación de la revolución en 1815, Nueva España se reintegró pacíficamente al


Imperio Español bajo Fernando VII. Sin embargo, cuando el ejército español en Cádiz se
pronunció a favor del régimen constitucional a principios de 1820, los criollos mexicanos
desconfiaron de las reformas liberales provenientes de España, lo que los llevó a buscar la
independencia. Bajo el liderazgo del general Agustín de Iturbide, quien había combatido
previamente a Hidalgo y Morelos, los criollos lograron la independencia, pero el movimiento
fue conservador, culminando en la proclamación de Iturbide como emperador. Su régimen,
al igual que otros gobiernos revolucionarios en la América española, resultó efímero.

El caso de la independencia mexicana ilustra un rasgo clave de las revoluciones


hispanoamericanas: fueron lideradas por criollos que buscaban preservar sus propios
beneficios, reflejando la máxima de que se "cambia todo para que todo siga igual". Al igual
que en Estados Unidos, el problema racial fue ignorado, permitiendo que la estructura social
colonial se mantuviera prácticamente intacta.

Mientras las colonias luchaban contra la metrópoli, España enfrentaba su propia guerra de
independencia contra la invasión francesa, con resultados similares en ambos contextos. La
guerra en España no provocó cambios significativos, ya que la estructura social y
económica se mantuvo arcaica, resultando en la restauración del absolutismo en 1814 y un
prolongado conflicto por las ideas liberales.

Las esperanzas de los reformadores se frustraron, y aunque la semilla del liberalismo


germinó, se dio en un contexto de inestabilidad política y económica. Las constituciones y
sistemas políticos cambiaban, pero la economía y la sociedad avanzaron lentamente
durante el siglo XIX, tanto en la península ibérica como en las nuevas repúblicas
americanas. Según el historiador Lynch, la independencia política era solo el principio;
América Latina continuaba esperando cambios significativos, y los efectos de la revolución
fueron incompletos en comparación con los cambios más profundos y duraderos
observados en el norte.

5. Conclusión

Las revoluciones atlánticas, que coinciden cronológicamente con el inicio de la Revolución


Industrial, en realidad tuvieron poco que ver con esta última. La expresión "Revolución
Industrial" se desarrolló como contraste con la "Revolución Francesa", destacando que,
mientras Francia vivía una revolución política, Inglaterra experimentaba una transformación
industrial. Sin embargo, solo Inglaterra mostraba una industria significativa al final del siglo
XVIII, siendo su principal opositora a las revoluciones en el continente europeo.

La "revolución burguesa" que se extendió por Holanda e Inglaterra en los siglos XVI y XVII y
que se generalizó entre 1775 y 1815, fue impulsada por comerciantes y ciudadanos en
oposición a un absolutismo que representaba los sistemas agrarios tradicionales,
dominados por la aristocracia terrateniente. Estas revoluciones se iniciaron en ciudades
comerciales como Boston, Filadelfia, París, Burdeos, Buenos Aires y Caracas, similares a
las que tuvieron lugar en Amberes, Ámsterdam y Londres en el siglo XVII.

Aunque estas revoluciones aspiraban a establecer estados regidos por la ley, no eran
democráticas en el sentido moderno. Buscaban crear gobiernos en los que la soberanía
residiera en un Parlamento elegido, pero no de manera democrática, ya que la elección se
limitaba a un censo de ciudadanos que cumplían ciertos requisitos fiscales. Se esperaba
que el Estado respetara el funcionamiento autónomo de los mercados en estos nuevos
estados emergentes.

Durante el siglo XVIII, los filósofos políticos desarrollaron la teoría del Estado parlamentario,
mientras que economistas, particularmente de la escuela fisiocrática francesa, promovieron
la teoría económica del liberalismo, conocida como laissez-faire. Ambos conjuntos de ideas
fueron fundamentales para los revolucionarios, pero la implementación de la doctrina del
liberalismo económico encontró una resistencia considerable y se impuso gradualmente a lo
largo del siglo XIX.

Las clases que apoyaron la revolución política, como comerciantes, profesionales y


artesanos, a menudo también respaldaron el liberalismo económico. Sin embargo,
poderosos grupos opositores al libre comercio, como los grandes terratenientes y la nobleza
tradicional, mantuvieron su influencia. A pesar de la caída de la monarquía absoluta, los
nuevos parlamentos, como el inglés y el francés, seguían teniendo una representación
desproporcionada de nobles, debido al sistema electoral censitario.

Un campo importante de la lucha política del siglo XIX fue el sistema de representación
parlamentaria, donde, a través de diversos movimientos y revoluciones (1830, 1848), se
buscó ampliar el censo electoral y la representatividad, avanzando hacia la democracia y el
sufragio universal. Este aumento en la representatividad parlamentaria resultó en una
disminución de la influencia de la aristocracia y un incremento en la representación de
distritos urbanos, incluyendo comerciantes, profesionales, artesanos e industriales.

Con esta nueva composición, los parlamentos se volvieron más favorables al libre comercio
y al liberalismo económico, llevando a la derogación de aranceles proteccionistas y leyes
intervencionistas en la economía.

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