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Fides Et Ratio Resencion

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FIDES ET RATIO RESENCION

FE Y RAZÓN
JUAN PABLO ll
CARTA ENCICLICA
SOBRE LAS RELACIONES ENTRE FE Y RAZÓN

La Fe y la razón son como las dos alas con las que él ser humano se eleva hacia
la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo
por conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y
amándolo, pueda alcanzar la verdad de sí mismo.
CONOCETE A TI MISMO
Es posible distinguir un campo que, a lo largo de los siglos ha llevado al encuentro
progresivo con la verdad y su confrontación.
La exhortación “Conócete a ti mismo” esculpida sobre el dintel del templo de
Delfos, testimoniaba una verdad fundamental que debe de ser asumida como la
regla mínima para todo hombre deseoso de distinguirse, en medio de toda la
creación, calificándose como “hombre” precisamente en cuanto “conocedor de sí
mismo”.
Las preguntas que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿Quién
soy?, De donde vengo y a dónde voy?, ¿Por qué existe el mal?, ¿Qué hay
después de la vida? Son aquellas mismas preguntas que encontramos en los
escritos sagrados de Israel, pero también en los Veda y en los Avesta; las
encontramos en los escritos de Confucio y Lao- Tze y en la predicación de
Tirthankara y Buda; asi como en otros escritos y tratados pues son preguntas que
se encuentran en el origen de la necesidad de sentido.
La iglesia por su parte no es ajena ni puede serlo, a este camino de búsqueda.
Desde que, en el Misterio Pascual, ha recibido como don la verdad ultima de la
vida del hombre.

LA REVELACION DE LA SABIDURIA DE DIOS


En la base de toda reflexión que la iglesia lleva a cabo esta la conciencia de ser
depositaria de un mensaje que tiene su origen en Dios mismo. El conocimiento
que ella propone al hombre no proviene de su propia especulación, aunque fuese
la mas alta, si no del echo de haber acogido en la fe la palabra de Dios
<<Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a si mismo y manifestar el
misterio de su voluntad>>
La revelación de Dios se inserta, pues, en el tiempo y la historia, mas aun, la
encarnacion de Jesucristo, tiene lugar en la plenitud de los tiempos.
En el Concilio Vaticano ll los padres, dirigiendo su mirada a Jesus revelador, han
ilustrado el carácter salvífico de la revelación de Dios en la historia y han
expresado su naturaleza del modo siguiente:<< En esta revelación, Dios invisible,
movido de amor, habla a los hombres como amigos>>
La verdad que Dios ha comunicado al hombre sobre sí mismo y sobre su vida se
inserta, pues, en el tiempo y en la historia. Es verdad que ha sido pronunciada de
una vez para siempre en el misterio de Jesús de Nazaret. Lo dice con palabras
elocuentes la Constitución Dei Verbum: « Dios habló a nuestros padres en
distintas ocasiones y de muchas maneras por los profetas. « Ahora en esta etapa
final nos ha hablado por el Hijo » (Hb 1, 1-2). Pues envió a su Hijo, la Palabra
eterna, que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les
contara la intimidad de Dios (cf. Jn 1, 1-18). Jesucristo, Palabra hecha carne, «
hombre enviado a los hombres », habla las palabras de Dios (Jn 3, 34) y realiza la
obra de la salvación que el Padre le encargó (cf. Jn 5, 36; 17, 4). Por eso, quien ve
a Jesucristo, ve al Padre (cf. Jn 14, 9); él, con su presencia y manifestación, con
sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa
resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la
revelación »
LA RAZÓN ANTE EL MISTERIO
El Concilio enseña que « cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con
la fe ».Con esta afirmación breve pero densa, se indica una verdad fundamental
del cristianismo. Se dice, ante todo, que la fe es la respuesta de obediencia a
Dios. Ello conlleva reconocerle en su divinidad, trascendencia y libertad suprema.
El Dios, que se da a conocer desde la autoridad de su absoluta trascendencia,
lleva consigo la credibilidad de aquello que revela. Desde la fe el hombre da
su asentimiento a ese testimonio divino. Ello quiere decir que reconoce plena e
integralmente la verdad de lo revelado, porque Dios mismo es su garante. Esta
verdad, ofrecida al hombre y que él no puede exigir, se inserta en el horizonte de
la comunicación interpersonal e impulsa a la razón a abrirse a la misma y a acoger
su sentido profundo. Por esto el acto con el que uno confía en Dios siempre ha
sido considerado por la Iglesia como un momento de elección fundamental, en la
cual está implicada toda la persona. Inteligencia y voluntad desarrollan al máximo
su naturaleza espiritual para permitir que el sujeto cumpla un acto en el cual la
libertad personal se vive de modo pleno. En la fe, pues, la libertad no sólo está
presente, sino que es necesaria. Más aún, la fe es la que permite a cada uno
expresar mejor la propia libertad. Dicho con otras palabras, la libertad no se realiza
en las opciones contra Dios. En efecto, ¿cómo podría considerarse un uso
auténtico de la libertad la negación a abrirse hacia lo que permite la realización de
sí mismo? La persona al creer lleva a cabo el acto más significativo de la propia
existencia; en él, en efecto, la libertad alcanza la certeza de la verdad y decide
vivir en la misma.
Para ayudar a la razón, que busca la comprensión del misterio, están también los
signos contenidos en la Revelación. Estos sirven para profundizar más la
búsqueda de la verdad y permitir que la mente pueda indagar de forma autónoma
incluso dentro del misterio. Estos signos si por una parte dan mayor fuerza a la
razón, porque le permiten investigar en el misterio con sus propios medios, de los
cuales está justamente celosa, por otra parte la empujan a ir más allá de su misma
realidad de signos, para descubrir el significado ulterior del cual son portadores.
En ellos, por lo tanto, está presente una verdad escondida a la que la mente debe
dirigirse y de la cual no puede prescindir sin destruir el signo mismo que se le
propone.
CREDO UT INTELLEGAM

« La sabiduría todo lo sabe y entiende » (Sb 9, 11)

La Sagrada Escritura nos presenta con sorprendente claridad el vínculo tan


profundo que hay entre el conocimiento de fe y el de la razón. Lo atestiguan sobre
todo los Libros sapienciales. Lo que llama la atención en la lectura, hecha sin
prejuicios, de estas páginas de la Escritura, es el hecho de que en estos textos se
contenga no solamente la fe de Israel, sino también la riqueza de civilizaciones y
culturas ya desaparecidas. Casi por un designio particular, Egipto y Mesopotamia
hacen oír de nuevo su voz y algunos rasgos comunes de las culturas del antiguo
Oriente reviven en estas páginas ricas de intuiciones muy profundas.
Como se puede ver, para el autor inspirado el deseo de conocer es una
característica común a todos los hombres. Gracias a la inteligencia se da a todos,
tanto creyentes como no creyentes, la posibilidad de alcanzar el « agua profunda »
(cf. Pr 20, 5). Es verdad que en el antiguo Israel el conocimiento del mundo y de
sus fenómenos no se alcanzaba por el camino de la abstracción, como para el
filósofo jónico o el sabio egipcio. Menos aún, el buen israelita concebía el
conocimiento con los parámetros propios de la época moderna, orientada
principalmente a la división del saber. Sin embargo, el mundo bíblico ha hecho
desembocar en el gran mar de la teoría del conocimiento su aportación original.
¿Cuál es ésta? La peculiaridad que distingue el texto bíblico consiste en la
convicción de que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de
la razón y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en él, como también la
historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver,
analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe sea extraña
en este proceso. Ésta no interviene para menospreciar la autonomía de la razón o
para limitar su espacio de acción, sino sólo para hacer comprender al hombre que
el Dios de Israel se hace visible y actúa en estos acontecimientos. Así mismo,
conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin
confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos. La fe agudiza la mirada
interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los
acontecimientos, la presencia operante de la Providencia. Una expresión del libro
de los Proverbios es significativa a este respecto: « El corazón del hombre medita
su camino, pero es el Señor quien asegura sus pasos » (16, 9). Es decir, el
hombre con la luz de la razón sabe reconocer su camino, pero lo puede recorrer
de forma libre, sin obstáculos y hasta el final, si con ánimo sincero fija su
búsqueda en el horizonte de la fe. La razón y la fe, por tanto, no se pueden
separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo
adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios.
No hay, pues, motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está
dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización.
En esta perspectiva la razón es valorizada, pero no sobrevalorada. En efecto, lo
que ella alcanza puede ser verdadero, pero adquiere significado pleno solamente
si su contenido se sitúa en un horizonte más amplio, que es el de la fe: « Del
Señor dependen los pasos del hombre: ¿cómo puede el hombre conocer su
camino? » (Pr 20, 24).
« Adquiere la sabiduría, adquiere la inteligencia » (Pr 4, 5)
San Pablo, en el primer capítulo de su Carta a los Romanos nos ayuda a apreciar
mejor lo incisiva que es la reflexión de los Libros Sapienciales. Desarrollando una
argumentación filosófica con lenguaje popular, el Apóstol expresa una profunda
verdad: a través de la creación los « ojos de la mente » pueden llegar a conocer a
Dios. En efecto, mediante las criaturas Él hace que la razón intuya su « potencia »
y su « divinidad » (cf. Rm 1, 20). Así pues, se reconoce a la razón del hombre una
capacidad que parece superar casi sus mismos límites naturales: no sólo no está
limitada al conocimiento sensorial, desde el momento que puede reflexionar
críticamente sobre ello, sino que argumentando sobre los datos de los sentidos
puede incluso alcanzar la causa que da lugar a toda realidad sensible. Con
terminología filosófica podríamos decir que en este importante texto paulino se
afirma la capacidad metafísica del hombre.
La relación del cristiano con la filosofía, pues, requiere un discernimiento radical.
En el Nuevo Testamento, especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un dato
que sobresale con mucha claridad: la contraposición entre « la sabiduría de este
mundo » y la de Dios revelada en Jesucristo. La profundidad de la sabiduría
revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexión, que no son capaces
de expresarla de manera adecuada.
INTELLEGO UT CREDAM

Caminando en busca de la verdad

De diferentes modos y en diversos tiempos el hombre ha demostrado que sabe


expresar este deseo íntimo. La literatura, la música, la pintura, la escultura, la
arquitectura y cualquier otro fruto de su inteligencia creadora se convierten en
cauces a través de los cuales puede manifestar su afán de búsqueda. La filosofía
ha asumido de manera peculiar este movimiento y ha expresado, con sus medios
y según sus propias modalidades científicas, este deseo universal del hombre.

« Todos los hombres desean saber » y la verdad es el objeto propio de este


deseo. Incluso la vida diaria muestra cuán interesado está cada uno en descubrir,
más allá de lo conocido de oídas, cómo están verdaderamente las cosas. El
hombre es el único ser en toda la creación visible que no sólo es capaz de saber,
sino que sabe también que sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que
se le presenta. Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de
su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su
verdad, se siente satisfecho. Es la lección de san Agustín cuando escribe: « He
encontrado muchos que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse
engañar ».Con razón se considera que una persona ha alcanzado la edad adulta
cuando puede discernir, con los propios medios, entre lo que es verdadero y lo
que es falso, formándose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las cosas.
Este es el motivo de tantas investigaciones, particularmente en el campo de las
ciencias, que han llevado en los últimos siglos a resultados tan significativos,
favoreciendo un auténtico progreso de toda la humanidad.

Los filósofos, a lo largo de los siglos, han tratado de descubrir y expresar esta
verdad, dando vida a un sistema o una escuela de pensamiento. Más allá de los
sistemas filosóficos, sin embargo, hay otras expresiones en las cuales el hombre
busca dar forma a una propia « filosofía ». Se trata de convicciones o experiencias
personales, de tradiciones familiares o culturales o de itinerarios existenciales en
los cuales se confía en la autoridad de un maestro. En cada una de estas
manifestaciones lo que permanece es el deseo de alcanzar la certeza de la verdad
y de su valor absoluto.

Diversas facetas de la verdad en el hombre

Es necesario reconocer que no siempre la búsqueda de la verdad se presenta con


esa trasparencia ni de manera consecuente. El límite originario de la razón y la
inconstancia del corazón oscurecen a menudo y desvían la búsqueda personal.
Otros intereses de diverso orden pueden condicionar la verdad. Más aún, el
hombre también la evita a veces en cuanto comienza a divisarla, porque teme sus
exigencias. Pero, a pesar de esto, incluso cuando la evita, siempre es la verdad la
que influencia su existencia; en efecto, él nunca podría fundar la propia vida sobre
la duda, la incertidumbre o la mentira; tal existencia estaría continuamente
amenazada por el miedo y la angustia. Se puede definir, pues, al hombre
como aquél que busca la verdad.

Esto mismo es válido también para la investigación de la verdad en el ámbito de


las cuestiones últimas. La sed de verdad está tan radicada en el corazón del
hombre que tener que prescindir de ella comprometería la existencia. Es
suficiente, en definitiva, observar la vida cotidiana para constatar cómo cada uno
de nosotros lleva en sí mismo la urgencia de algunas preguntas esenciales y a la
vez abriga en su interior al menos un atisbo de las correspondientes respuestas.
Son respuestas de cuya verdad se está convencido, incluso porque se
experimenta que, en sustancia, no se diferencian de las respuestas a las que han
llegado otros muchos. Es cierto que no toda verdad alcanzada posee el mismo
valor. Del conjunto de los resultados logrados, sin embargo, se confirma la
capacidad que el ser humano tiene de llegar, en línea de máxima, a la verdad.
Esto mismo es válido también para la investigación de la verdad en el ámbito de
las cuestiones últimas. La sed de verdad está tan radicada en el corazón del
hombre que tener que prescindir de ella comprometería la existencia. Es
suficiente, en definitiva, observar la vida cotidiana para constatar cómo cada uno
de nosotros lleva en sí mismo la urgencia de algunas preguntas esenciales y a la
vez abriga en su interior al menos un atisbo de las correspondientes respuestas.
Son respuestas de cuya verdad se está convencido, incluso porque se
experimenta que, en sustancia, no se diferencian de las respuestas a las que han
llegado otros muchos. Es cierto que no toda verdad alcanzada posee el mismo
valor. Del conjunto de los resultados logrados, sin embargo, se confirma la
capacidad que el ser humano tiene de llegar, en línea de máxima, a la verdad.

RELACIÓN ENTRE LA FE Y LA RAZÓN

Etapas más significativas en el encuentro entre la fe y la razón

En efecto, uno de los mayores esfuerzos realizados por los filósofos del
pensamiento clásico fue purificar de formas mitológicas la concepción que los
hombres tenían de Dios. Como sabemos, también la religión griega, al igual que
gran parte de las religiones cósmicas, era politeísta, llegando incluso a divinizar
objetos y fenómenos de la naturaleza. Los intentos del hombre por comprender el
origen de los dioses y, en ellos, del universo encontraron su primera expresión en
la poesía. Las teogonías permanecen hasta hoy como el primer testimonio de esta
búsqueda del hombre. Fue tarea de los padres de la filosofía mostrar el vínculo
entre la razón y la religión. Dirigiendo la mirada hacia los principios universales, no
se contentaron con los mitos antiguos, sino que quisieron dar fundamento racional
a su creencia en la divinidad. Se inició así un camino que, abandonando las
tradiciones antiguas particulares, se abría a un proceso más conforme a las
exigencias de la razón universal. El objetivo que dicho proceso buscaba era la
conciencia crítica de aquello en lo que se creía. El concepto de la divinidad fue el
primero que se benefició de este camino. Las supersticiones fueron reconocidas
como tales y la religión se purificó, al menos en parte, mediante el análisis
racional. Sobre esta base los Padres de la Iglesia comenzaron un diálogo fecundo
con los filósofos antiguos, abriendo el camino al anuncio y a la comprensión del
Dios de Jesucristo.

El encuentro del cristianismo con la filosofía no fue pues inmediato ni fácil. La


práctica de la filosofía y la asistencia a sus escuelas eran para los primeros
cristianos más un inconveniente que una ayuda. Para ellos, la primera y más
urgente tarea era el anuncio de Cristo resucitado mediante un encuentro personal
capaz de llevar al interlocutor a la conversión del corazón y a la petición del
Bautismo. Sin embargo, esto no quiere decir que ignorasen el deber de
profundizar la comprensión de la fe y sus motivaciones. Todo lo contrario. Resulta
injusta e infundada la crítica de Celso, que acusa a los cristianos de ser gente «
iletrada y ruda ».31 La explicación de su desinterés inicial hay que buscarla en otra
parte. En realidad, el encuentro con el Evangelio ofrecía una respuesta tan
satisfactoria a la cuestión, hasta entonces no resulta, sobre el sentido de la vida,
que el seguimiento de los filósofos les parecía como algo lejano y, en ciertos
aspectos, superado.

Un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filosófico, aunque bajo el


signo de un cauto discernimiento, fue san Justino, quien, conservando después de
la conversión una gran estima por la filosofía griega, afirmaba con fuerza y
claridad que en el cristianismo había encontrado « la única filosofía segura y
provechosa ».De modo parecido, Clemente de Alejandría llamaba al Evangelio «
la verdadera filosofía », e interpretaba la filosofía en analogía con la ley mosaica
como una instrucción propedéutica a la fe cristiana y una preparación para el
Evangelio. Puesto que « esta es la sabiduría que desea la filosofía; la rectitud del
alma, la de la razón y la pureza de la vida. La filosofía está en una actitud de amor
ardoroso a la sabiduría y no perdona esfuerzo por obtenerla. Entre nosotros se
llaman filósofos los que aman la sabiduría del Creador y Maestro universal, es
decir, el conocimiento del Hijo de Dios » La filosofía griega, para este autor, no
tiene como primer objetivo completar o reforzar la verdad cristiana; su cometido
es, más bien, la defensa de la fe: « La enseñanza del Salvador es perfecta y nada
le falta, por que es fuerza y sabiduría de Dios; en cambio, la filosofía griega con su
tributo no hace más sólida la verdad; pero haciendo impotente el ataque de la
sofística e impidiendo las emboscadas fraudulentas de la verdad, se dice que es
con propiedad empalizada y muro de la viña ».

Novedad perenne del pensamiento de santo Tomás de Aquino

Un puesto singular en este largo camino corresponde a santo Tomás, no sólo por
el contenido de su doctrina, sino también por la relación dialogal que supo
establecer con el pensamiento árabe y hebreo de su tiempo. En una época en la
que los pensadores cristianos descubrieron los tesoros de la filosofía antigua, y
más concretamente aristotélica, tuvo el gran mérito de destacar la armonía que
existe entre la razón y la fe. Argumentaba que la luz de la razón y la luz de la fe
proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí.44

Más radicalmente, Tomás reconoce que la naturaleza, objeto propio de la filosofía,


puede contribuir a la comprensión de la revelación divina. La fe, por tanto, no teme
la razón, sino que la busca y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y
la perfecciona, así la fe supone y perfecciona la razón. Esta última, iluminada por
la fe, es liberada de la fragilidad y de los límites que derivan de la desobediencia
del pecado y encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del
misterio de Dios Uno y Trino. Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural
de la fe, el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter racional; sino
que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún
modo « ejercicio del pensamiento »; la razón del hombre no queda anulada ni se
envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se
alcanzan mediante una opción libre y consciente.46

Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás


como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología. En
este contexto, deseo recordar lo que escribió mi predecesor, el siervo de Dios
Pablo VI, con ocasión del séptimo centenario de la muerte del Doctor Angélico: «
No cabe duda que santo Tomás poseyó en grado eximio audacia para la
búsqueda de la verdad, libertad de espíritu para afrontar problemas nuevos y la
honradez intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se
contamine con la filosofía pagana, sin embargo no rechaza a priori esta filosofía.
Por eso ha pasado a la historia del pensamiento cristiano como precursor del
nuevo rumbo de la filosofía y de la cultura universal. El punto capital y como el
meollo de la solución casi profética a la nueva confrontación entre la razón y la fe,
consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del
Evangelio, sustrayéndose así a la tendencia innatural de despreciar el mundo y
sus valores, pero sin eludir las exigencias supremas e inflexibles del orden
sobrenatural ».

El drama de la separación entre fe y razón

Las radicalizaciones más influyentes son conocidas y bien visibles, sobre todo en
la historia de Occidente. No es exagerado afirmar que buena parte del
pensamiento filosófico moderno se ha desarrollado alejándose progresivamente
de la Revelación cristiana, hasta llegar a contraposiciones explícitas. En el siglo
pasado, este movimiento alcanzó su culmen. Algunos representantes del
idealismo intentaron de diversos modos transformar la fe y sus contenidos, incluso
el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, en estructuras dialécticas
concebibles racionalmente. A este pensamiento se opusieron diferentes formas de
humanismo ateo, elaboradas filosóficamente, que presentaron la fe como nociva y
alienante para el desarrollo de la plena racionalidad. No tuvieron reparo en
presentarse como nuevas religiones creando la base de proyectos que, en el
plano político y social, desembocaron en sistemas totalitarios traumáticos para la
humanidad.

Desde mi primera Encíclica he señalado el peligro de absolutizar este camino, al


afirmar: « El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce,
es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su
entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta múltiple
actividad del hombre se traducen muy pronto y de manera a veces imprevisible en
objeto de “alienación”, es decir, son pura y simplemente arrebatados a quien los
ha producido; pero, al menos parcialmente, en la línea indirecta de sus efectos,
esos frutos se vuelven contra el mismo hombre; ellos están dirigidos o pueden ser
dirigidos contra él. En esto parece consistir el capítulo principal del drama de la
existencia humana contemporánea en su dimensión más amplia y universal. El
hombre por tanto vive cada vez más en el miedo. Teme que sus productos,
naturalmente no todos y no la mayor parte, sino algunos y precisamente los que
contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser
dirigidos de manera radical contra él mismo ».

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