0% encontró este documento útil (0 votos)
46 vistas27 páginas

Erich Fromm Etica y Psicoanalisis Cap2.

Cargado por

a22301
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
46 vistas27 páginas

Erich Fromm Etica y Psicoanalisis Cap2.

Cargado por

a22301
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Etica y Psicoanálisis

por ERICH FROMM

S3
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
MÉXICO
III. LA NATURALEZA HUMANA
Y EL CARÁCTER
El que yo sea un hombre,
eso lo comparto con otros hombres.
El que vea y oiga y
el que coma y beba
es lo que por igual hacen todos los animales.
Pero el que yo sea yo, es mío exclusivamente,
y me pertenece,
y a nadie más;
a ningún otro hombre,
ni a un ángel ni a Dios;
excepto en cuanto
yo soy uno con Él.
Maestro Eckhart
Fragmentos

1. LA SITUACIÓN HUMANA

Un individuo representa a la raza humana. Es un ejem­


plo específico de la especie humana. Él es "él" y es
"todos"; es un individuo con sus peculiaridades y, en
ese sentido, único y, al mismo tiempo, es representante
de todas las características de la raza humana. Su per­
sonalidad individual se determina por las peculiaridades
de la existencia humana comunes a todos los hombres.
De aquí que el análisis de la situación humana debe
preceder al de la personalidad.

A. La debilidad biológica del hombre


El primer elemento que diferencia a la existencia hu­
mana de la animal es de carácter negativo: la ausencia
51
52 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
relativa en el hombre de una regulación instintiva en
el proceso de adaptación al mundo exterior. El modo
de adaptación del animal a su mundo permanece siem­
pre inalterable; si su equipo instintivo no es, en un
momento dado, apto para hacer frente con éxito a los
cambios del ambiente, la especie se extingue. El ani­
mal puede adaptarse a condiciones cambiantes, cam­
biando él mismo (autoplásticamente), pero no cambian­
do las condiciones ambientales (aloplásticamente). De
este modo vive armónicamente, no en el sentido de
la ausencia de lucha, sino en el sentido de que su
equipo heredado lo hace ser parte fija e invariable
de su mundo: su alternativa es adaptarse o morir.
Cuanto menos acabado y estable es el equipo ins­
tintivo del animal, tanto más desarrollado está el ce­
rebro y, por consiguiente, la capacidad de aprender.
Puede considerarse que la aparición del hombre ocurre
en aquella fase del proceso de la evolución en que la
adaptación instintiva ha alcanzado su mínimo. Pero
el nombre surge dotado de nuevas cualidades que lo
diferencian del animal: la advertencia de sí mismo
como una entidad separada; su capacidad para recordar
el pasado, vislumbrar el futuro, y denotar objetos y ac­
ciones por medio de símbolos; su razón para concebir
y comprender al mundo, y su imaginación a través
de la cual llega más allá del alcance de sus sentidos.
El hombre es el más desamparado de todos los ani­
males, pero esta misma debilidad biológica constituye
la base de su fuerza, la causa primera del desarrollo
de sus cualidades específicamente humanas.

B. Las dicotomías existenciales e históricas


en el hombre

Advertencia de sí mismo, razón e imaginación han roto


la "armonía" que caracteriza a la existencia del animal.
Su emergencia ha hecho del hombre una anomalía, la
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 53
extravagancia del universo. Es parte de la naturaleza,
sujeto a sus leyes físicas e incapaz de modificarlas y,
sin embargo, trasciende al resto de la naturaleza. Está
separado, siendo a la vez una parte; carece de hogar
y a l mismo tiempo está encadenado a la morada que
comparte con todas las criaturas. Lanzado a este mun­
do en un lugar y tiempo accidentales, está obligado a
salir de él, también accidentalmente. Captándose a sí
mismo, se da cuenta de su impotencia y de las limita­
ciones de su existencia. Vislumbra su propio fin: la
muerte. Nunca está libre de la dicotomía de su existen­
cia: no puede librarse de su mente, aunque quisiera;
no puede desembarazarse de su cuerpo mientras viva,
y su cuerpo le hace querer estar vivo.
La razón, la bendición del hombre, es a la vez su
maldición. Ella le obliga a enfrentar sempiternamente
la tarea de resolver una dicotomía insoluble. La exis­
tencia humana, en este respecto, es diferente a la de
todos los otros organismos: se encuentra en un estado
de constante e inevitable desequilibrio. La vida del
hombre no puede "ser vivida'' repitiendo los patrones
de su especie; él debe vivir. El hombre es el único ani­
mal que puede estar fastidiado, que puede estar dis-
gustado, que puede sentirse expulsado del Paraíso.
El hombre es el único animal para quien su propia
existencia constituye un problema que debe resolver y
del cual no puede evadirse. No puede retornar al es­
tado prehumano de armonía con la naturaleza; debe
proceder a desarrollar su razón hasta llegar a ser el
amo de la naturaleza y de sí mismo.
La emergencia de la razón ha creado una dicotomía
en el hombre, la cual le obliga a esforzarse permanen­
temente en la búsqueda de nuevas soluciones. El dina­
mismo de su historia es intrínseco a la existencia de
la razón, la cual lo fuerza a desarrollar y a crear me­
diante ella un mundo propio en el que pueda sentirse
como en su hogar, consigo mismo y con sus semejan-
54 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
tes. Cada etapa que alcanza lo deja inconforme y
perplejo, y esta misma perplejidad lo apremia a encon­
trar soluciones nuevas. No existe ningún "impulso de
progreso" innato en el hombre; es la contradicción \
inherente a su existencia la que lo hace seguir adelan- ¡
te. Habiendo perdido el Paraíso —la unidad con la í
naturaleza— se ha convertido en el eterno peregrino j
(Ulises, Edipo, Abraham, Fausto); está compelido a 3
proseguir y, con esfuerzo constante, hacer a lo desco­
nocido conocido, llenando con respuestas las lagunas
de su conocimiento. Debe dar cuenta a sí mismo, de
sí mismo y del significado de su existencia. Se ve em­
pujado a superar esta división interna, atormentado
por una sed de "absoluto", con una nueva armonía
que logre levantar la maldición que lo separó de la I
naturaleza, de sus semejantes y de sí mismo.
Esta división en la naturaleza del hombre conduce
a las dicotomías que yo llamo existenciales * porque se
hallan arraigadas en la existencia misma del hombre.
Tales dicotomías son contradicciones que el hombre |
no puede anular, pero sí puede reaccionar ante ellas \
de varias maneras según su carácter y su cultura.
La más fundamental dicotomía existencial es la de
la vida y la muerte. El hecho de que tenemos que mo­
rir es inalterable para el hombre. El hombre tiene con­
ciencia de este hecho, la cual influye profundamente ,
en su vida. La muerte, sin embargo, es lo diametral-
mente opuesto a la vida y resulta ajena e incompatible
con la experiencia de vivir. Todo el conocimiento acer- |
ca de la muerte no altera el hecho de que ésta no

1
He empleado este término sin referirme a la terminología del
Existencialismo. Durante la revisión del manuscrito, me familiaricé
con Las moscas de Jean-Paul Sartre y con su ¿El existencialismo
es un humanismo? No creo que sea necesaria ninguna clase de
modificación o agregado. Aunque existen algunos puntos en común,
no me es dado juzgar el grado de concordancia puesto que no I
he tenido aún acceso a la principal obra filosófica de Sartre.
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 55
es una parte significativa de la vida y que no nos resta
más que aceptar el hecho de la muerte; o sea, en lo que
concierne a nuestra vida, la derrota. "Todo aquello
que el hombre posee lo dará por su vida [y] el hom­
bre sabio —como dice Spinoza— no piensa en la
muerte, sino en la vida." El hombre ha tratado de
negar esta dicotomía por medio de las ideologías, v. gr.:
el concepto de la inmortalidad en el cristianismo, el
cual, al postular un alma inmortal, niega el hecho trá­
gico de que la vida del hombre concluye con la muerte.
El que el hombre sea mortal da lugar a otra dico­
tomía: cada ser humano es portador de todas las po­
tencias humanas, pero el breve lapso de su vida no
permite la plena realización de ellas, ni siquiera en las
circunstancias más favorables. Sólo si el lapso existen­
dal del individuo fuere idéntico al de la humanidad,
le sería posible participar en el desarrollo humano que
ocurre en el proceso histórico. La vida del hombre,
comenzando y concluyendo en un punto accidental del
proceso evolutivo de la raza, entra en conflicto trágico
con la exigencia del individuo de lograr la plena rea­
lización de sus potencialidades. De esta contradicción
entre lo que podría realizar y lo que realmente realiza,
tiene por lo menos una vaga percepción. También en
esto las ideologías tienden a reconciliar o a negar la
contradicción, sosteniendo que el cumplimiento pleno
de la vida tiene lugar después de la muerte o que el
periodo histórico en que uno vive representa el logro
definitivo y cimero de la humanidad. Otras aún sos­
tienen que el sentido de la vida no debe buscarse en el
desarrollo máximo de ésta, sino en el servicio y en los
deberes sociales; que el desarrollo, la libertad y la feli­
cidad del individuo están subordinados al bienestar del
Estado, de la comunidad o de cualquier otra cosa que
pueda simbolizar poder eterno, que trascienden al in­
dividuo; e incluso que éste es insignificante en com­
paración con dicho bienestar.
56 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
El hombre está solo y, al mismo tiempo, en rela­
ción. Está solo en tanto cuanto es una entidad única,
no idéntica a nadie más y consciente de su yo como
una entidad separada. Tiene que estar solo cuando
juzga o toma decisiones solamente por el poder de su
razón. Y, sin embargo, no puede soportar estar solo,
estar desvinculado de sus semejantes. Su felicidad de­
pende de la solidaridad que siente con sus semejantes,
con las generaciones pasadas y futuras.
Radicalmente distintas de las dicotomías existencia-
Íes son las numerosas contradicciones históricas en la
vida individual y social, las cuales no constituyen una
parte necesaria de la existencia humana, sino que son
obra del hombre, susceptibles de ser resueltas ya sea
al tiempo en que ocurren o bien en un periodo pos­
terior de la historia humana. La contradicción contem­
poránea entre la abundancia de medios técnicos para
la satisfacción material y la incapacidad para utilizarlos
exclusivamente para la paz y el bienestar de los pue­
blos, es resoluble; no es una contradicción necesaria,
sino debida a la falta de valor y sabiduría del hombre.
La institución de la esclavitud en la antigua Grecia
puede citarse como ejemplo de una contradicción re­
lativamente insoluble, cuya solución sólo pudo lograrse
en un periodo posterior de la historia, cuando las ba­
ses materiales para la igualdad del hombre fueron esta­
blecidas.
La distinción entre dicotomías existenciales y dico­
tomías históricas es importante porque su confusión
tiene implicaciones de trascendencia. Aquellos que han
estado interesados en perpetuar las contradicciones his­
tóricas quisieron probar en su momento que se trataba
de dicotomías existenciales y, por consiguiente, inalte­
rables. Trataron de convencer al hombre de que "lo
que no debe ser no puede ser" y que tenía que resig­
narse a aceptar su destino trágico. Pero esta tentativa
de confundir estos dos tipos de contradicciones no fue
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 57
suficiente para que el hombre desistiera de su intento
por resolverlas. Una de las cualidades peculiares de la
mente humana es que, al enfrentarse con una contra­
dicción, no puede permanecer pasiva, sino que entra
en acción a fin de resolverla. Todo progreso humano
se debe a este hecho. Si se ha de impedir al hombre
que reaccione con la acción frente a las contradicciones,
deberá negarse la existencia misma de éstas. Armoni­
zar y, por consiguiente, negar las contradicciones es la
función de las racionalizaciones en la vida individual
y de las ideologías (racionalizaciones socialmente mo­
deladas) en la vida social. Sin embargo, si la mente
del hombre pudiera satisfacerse solamente con respues­
tas racionales, con la verdad, quedarían sin efecto estas
ideologías. Pero es también una de sus peculiaridades
aceptar como verdad los pensamientos que comparten
la mayoría de los miembros de su cultura o que son
postulados por autoridades poderosas. Si las ideologías
armonizantes están respaldadas por el consenso gene­
ral o por la autoridad, la mente del hombre es apaci­
guada aunque él mismo no quede completamente con­
vencido.
El hombre puede reaccionar a las contradicciones
históricas anulándolas por medio de su acción, pero
no puede anular las dicotomías existenciales, aunque sí
puede reaccionar a ellas de diferentes maneras. Puede
apaciguar su mente por medio de ideologías armoni­
zantes y suavizadoras. Puede tratar de escapar de su in­
quietud interior por medio de una actividad incesante
en los placeres o en los negocios. Puede tratar de abolir
su libertad y transformarse en instrumento de poderes
externos, sumergiendo su propio ser en ellos. Pero per­
manece insatisfecho, ansioso e inquieto. Existe sola­
mente una solución a su problema: enfrentarse con la
verdad, admitir su soledad fundamental en medio de
un universo indiferente a su destino, reconocer que
no existe ningún poder que lo trascienda que sea capaz
58 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
de resolverle su problema. El hombre debe aceptar la
responsabilidad para consigo mismo y también el he­
cho de que solamente usando sus propios poderes pue­
de dar significado a su vida. Pero tener significado no
implica certeza; en verdad, la exigencia de certeza obs­
taculiza la búsqueda del significado de la vida. La in-
certidumbre es la condición misma que impulsa al
hombre a desplegar sus poderes. Si se enfrenta con
la verdad, sin pánico, reconocerá que no existe otro
significado de la vida, excepto el que el hombre da a
su vida al desplegar sus poderes, al vivir productiva­
mente; y que sólo una constante vigilancia, actividad y
esfuerzo pueden evitar que fracasemos en la única ta­
rea importante: el pleno desarrollo de nuestros poderes
dentro de las limitaciones impuestas por las leyes de
nuestra existencia. El hombre no cesará jamás de asom­
brarse, de quedar perplejo y plantearse nuevos proble­
mas. Solamente reconociendo la situación humana, las
dicotomías inherentes a su existencia y su capacidad
de desplegar sus poderes, será capaz de tener éxito en
su tarea: ser él mismo y para sí mismo y alcanzar la
felicidad por medio de la realización plena de aquellas
facultades que son peculiarmente suyas: la razón, el
amor y el trabajo productivo.
Después de haber considerado las dicotomías exis-
tenciales inherentes a la existencia humana, podemos
retornar a la aseveración que emitimos al comenzar
este capítulo: que el análisis de la situación humana
debe preceder al de la personalidad. El significado más
preciso de esta aseveración puede, no obstante, hacerse
evidente estableciendo que la psicología debe basarse en
un concepto antropológico-filosófico de la existencia
humana.
El rasgo más notable de la conducta humana es la
tremenda intensidad de las pasiones y de los esfuerzos
que despliega el hombre. Freud —más que ningún
otro— reconoció este hecho e intentó su explicación
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 59
en los términos del pensamiento mecanicista y natu­
ralista de su tiempo. Sostuvo que aquellas pasiones
que no son expresiones evidentes del instinto de auto-
conservación y del instinto sexual (o, como posterior­
mente lo formuló, de Eros y del instinto de Muerte)
son, no obstante, sólo manifestaciones más indirectas
y complicadas de estas pulsiones biológico-instuitivas.
Pero por brillantes que sean sus suposiciones, no lo­
gran convencernos al negar el hecho de que gran parte
de los impulsos pasionales del hombre no pueden ser
explicados por la fuerza de sus instintos. Aun cuando
el hambre, la sed y el apetito sexual del hombre estén
completamente satisfechos, "él" nó^estg satisfecho. Sus
problemas más apremiantes, en contraste con el ani­
mal, no quedan resueltos con eso, sino que entonces
apenas comienzan. El hombre lucha por el poder, el
amor o la destrucción; arriesga su vida por la religión
o por ideales políticos o humanitarios, y estos esfuer­
zos son los que constituyen y caracterizan la peculia­
ridad de la vida humana. En verdad, "no sólo de pan
vive el hombre".
En contraste con la explicación mecánico-naturalista
de Freud, este aserto ha sido interpretado en el sen­
tido de que el hombre posee una intrínseca necesidad
religiosa, que no puede ser explicada por su existencia
natural, pero que debe explicarse por medio de algo
que lo trasciende y que deriva de poderes sobrenatu­
rales. Sin embargo, la última conjetura es innecesaria,
puesto que este fenómeno puede explicarse compren­
diendo en todo su alcance a la situación humana.
La desarmonía de la existencia del hombre engendra
necesidades que en mucho trascienden las necesidades
derivadas de su origen animal. Estas necesidades pro­
ducen una tendencia imperativa de restaurar un estado
de equilibrio y de unidad entre él mismo y el resto de
la naturaleza. Hace el intento de restaurar tal unidad
y equilibrio, en primer lugar, con el pensamiento, cons-
60 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
truyendo un cuadro mental totalmente inclusivo del
mundo que le sirva como un marco de referencia,
del cual pueda derivar una respuesta al problema de
dónde está y qué es lo que debe hacer. Pero tales
sistemas de pensamiento no son suficientes. Si el hom­
bre fuere tan sólo una inteligencia despojada de car­
ne y hueso, alcanzaría su meta por medio de un ex­
tenso sistema intelectual. Pero como es un ente dotado
tanto de cuerpo como de mente, tiene que reaccionar
ante la dicotomía de su existencia no solamente pen­
sando, sino también con el proceso de vivir, con sus
sentimientos y acciones. Tiene que luchar por la ex­
periencia de unidad en todas las esferas de su exis­
tencia a fin de lograr un nuevo equilibrio. De aquí
que todo sistema de orientación satisfactorio no se
integre únicamente con elementos intelectuales, sino
también con elementos sentimentales y sensoriales rea­
lizables en la acción en todos los terrenos de la acti­
vidad humana. La devoción a una meta o una idea
o a un poder que trascienda al hombre, tal como Dios,
es una expresión de esta necesidad de plenitud en el
proceso de vivir.
Las respuestas dadas a la necesidad del hombre de
una orientación y de devoción, difieren ampliamente
tanto en su forma como en su contenido. Hay siste­
mas primitivos tales como el animismo y el totemis­
mo, en los cuales los objetos naturales o los ancestros
representan respuestas a esta búsqueda humana de
significado. Hay sistemas no teístas, como el Budismo,
que usualmente son llamados religiones, aunque en su
forma original no postulan el concepto de Dios. Tam­
bién hay sistemas filosóficos, como el Estoicismo, y
sistemas religiosos monoteístas que brindan una res­
puesta a dicha búsqueda del hombre de significado en
referencia al concepto de Dios. Al discutir estos dis­
tintos sistemas, tropezamos con una dificultad en cuan­
to a la terminología. Podríamos denominar religiosos
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 61
a todos estos sistemas si no fuera por el hecho de
que por razones históricas la palabra "religioso" se
identifica con un sistema teísta —un sistema que tiene
por centro a Dios—, y sencillamente no disponemos
de un término en nuestro lenguaje para designar aque­
llo que es común tanto a los sistemas ateos como a
los teístas, es decir, a todos los sistemas de pensa­
miento que tratan de dar una respuesta a la necesidad
del hombre de encontrar significado y a su intento de
'dar sentido a su propia existencia. Por carecer de un
término mejor, denomino a tales sistemas "marcos de
orientación y devoción".
El punto que, sin embargo, quiero enfatizar es que
hay muchos otros esfuerzos del hombre en este sen­
tido, a los que se considera enteramente seculares, no
obstante que tienen su origen en la misma necesidad de
la cual surgen los sistemas filosóficos y religiosos. Re­
flexionemos sobre lo que observamos en nuestro tiem­
po: en nuestra propia cultura vemos cómo millones de
individuos se consagran a obtener prestigio y éxito.
Hemos presenciado y seguimos presenciando aún cómo
en otras culturas partidarios fervorosos manifiestan una
devoción fanática hacia sistemas dictatoriales cuyos
fines son la conquista y el dominio. Nos asombra la
intensidad de esas pasiones que muchas veces es ma­
yor aún que el instinto de autoconservación. Somos
fácilmente engañados por el contenido secular de esos
fines y los explicamos como consecuencias de nuestros
instintos sexuales u otras tendencias de carácter cuasi-
biológico. Pero ¿no es acaso evidente que la intensidad
y el fanatismo con que se persiguen estos fines secu­
lares son los mismos que encontramos en las religio­
nes; que todos estos sistemas seculares de orientación
y devoción difieren en su contenido pero no en la
necesidad básica a la cual tratan de dar respuesta? En
nuestra cultura el cuadro es tan particularmente en­
gañoso porque la mayoría de la gente "cree" en el
62 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
monoteísmo, mientras que su verdadera devoción per­
tenece a sistemas que, en verdad, están más cerca del *
totemismo y el culto a los ídolos que de cualquier j
forma de Cristianismo. *
Pero debemos ir un paso adelante. La comprensión
de la naturaleza "religiosa" de estos empeños seculares
culturalmente moldeados es la clave de la comprensión
de la neurosis y de los esfuerzos irracionales. Debemos
considerar a estos últimos como respuestas —respues­
tas individuales— a la necesidad del hombre de orien­
tación y devoción. Una persona cuya experiencia es
determinada por "su fijación a la familia", que es in­
capaz de actuar independientemente, es, en efecto, un
adorador de un primitivo culto ancestral, y la única
diferencia entre él y millones de adoradores de sus
ancestros es que su sistema es privado y no cultural­
mente acuñado. Freud reconoció la conexión entre las
religiones y las neurosis, y explicó la religión como
una forma de neurosis, mientras que nosotros llegamos
a la conclusión de que una neurosis puede ser expli­
cada como una forma particular de religión que difiere
principalmente por sus características individuales, li­
bres de moldes. La conclusión a la que llegamos en
relación con el problema general de la motivación hu­
mana es que a la par que la necesidad de un sistema
de orientación y devoción es común a todos los hom­
bres, los contenidos particulares de los sistemas que
satisfacen esa necesidad difieren ampliamente. Estas
diferencias son diferencias de valor. La persona ma­
dura, productiva y razonable elegirá un sistema que
le permitirá ser madura, productiva y racional. En
cambio, aquella que haya sido obstaculizada en su des­
arrollo retornará a los sistemas primitivos e irracionales,
los cuales, a su vez, prolongan y acrecientan su depen­
dencia e irracionalidad. Permanecerá a un nivel que la
humanidad por medio de sus representantes más ilus­
tres ha superado hace ya miles de años.
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 63
Dado que la necesidad de un sistema de orientación
y devoción forma parte intrínseca de la existencia hu­
mana, podemos comprender la intensidad de esa nece­
sidad. Ciertamente, no existe en el hombre otra fuen­
te de energía más poderosa. El hombre no es libre
de elegir entre tener o no tener "ideales", pero lo es para
elegir entre diferentes clases de ideales, entre consagrarse
al culto del poder y la destrucción o al de la razón
y el amor. Todos los hombres son "idealistas" y luchan
por algo que está más allá de la obtención de satis­
facciones físicas. Difieren en cuanto a la clase de idea­
les en que creen. Tanto las manifestaciones más nobles
de la mente del hombre como las más satánicas son no
expresiones de su carne, sino de este "idealismo" de su
espíritu. Por consiguiente, el punto de vista relativista,
que sostiene que el tener algún ideal o algún senti­
miento religioso es valioso en sí mismo, es peligroso y
erróneo. Debemos entender todos los ideales, incluyen­
do aquellos que aparecen en las ideologías seculares,
como expresiones de la misma necesidad humana y
debemos juzgarlos de acuerdo con su verdad, es decir,
de acuerdo con el grado en que conducen al desplie­
gue de los poderes del hombre y en que constituyen
una respuesta real a la necesidad del hombre de lograr
equilibrio y armonía en el mundo. Repetimos, enton­
ces, que la comprensión de la motivación humana debe
partir de la comprensión de la situación humana.

2. LA PERSONALIDAD

Los hombres son semejantes porque comparten la si­


tuación humana y las dicotomías existenciales que le
son inherentes; y son únicos por el modo específico con
que resuelven su problema humano. La infinita diver­
sidad de las personalidades es en sí misma una carac­
terística de la existencia humana.
64 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
Entiendo por personalidad la totalidad de las cuali­
dades psíquicas heredadas y adquiridas que son caracte­
rísticas de un individuo y que hacen al individuo úni­
co. La diferencia entre las cualidades heredadas y las
adquiridas es en general sinónima de la diferencia entre
temperamento, dotes y todas las cualidades psíquicas
constitucionales, por una parte, y el carácter, por la
otra. Mientras que las diferencias en el temperamento
no tienen significado ético, las diferencias en el carác­
ter constituyen el verdadero problema de la ética; ellas
son la expresión del grado en que un individuo ha te­
nido éxito en el arte del vivir. A fin de evitar la con­
fusión que prevalece en el empleo de los términos
"temperamento" y "carácter", comenzaremos con un
breve análisis del temperamento.

A. El temperamento

Hipócrates distinguió cuatro temperamentos: el colé­


rico, el sanguíneo, el melancólico y el flemático. El tem­
peramento sanguíneo y el colérico son modos de re­
acción que se caracterizan por una excitabilidad fácil
y una rápida alternancia del interés, siendo los inte­
reses débiles en el primero e intensos en el último.
El temperamento flemático y el melancólico, al con­
trario, se caracterizan por una persistente pero lenta
excitabilidad del interés, siendo éste débil en el fle­
mático e intenso en el melancólico.2 Estos diferentes
modos de reaccionar, según Hipócrates, están conecta­
dos con diferentes fuentes somáticas. (Es interesante
observar que en el uso popular sólo se recuerdan los
aspectos negativos de estos temperamentos: hoy en
2
Los cuatro temperamentos fueron simbolizados por los cuatro
elementos: colérico = fuego = caliente y seco, rápido y fuerte;
sanguíneo = aire = caliente y húmedo, rápido y débil; flemático
= agua = frío y húmedo, lento y débil; melancólico = tierra —
frío y seco, lento y fuerte.
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 65
día, colérico significa fácilmente irascible; melancólico
significa deprimido; sanguíneo, ser un super-optimista,
y flemático ser demasiado lento.) Estas categorías fue­
ron usadas por la mayor parte de los estudiosos del
temperamento hasta la época de Wundt. Los concep­
tos modernos más importantes de tipos de tempera­
mento son los propuestos por Jung, Kretschmer y
Sheldon.3
No puede dudarse de la importancia que tiene este
campo de estudio para ulteriores investigaciones, espe­
cialmente en lo referente a la correlación del tem­
peramento con los procesos somáticos, pero será antes
necesario distinguir con precisión entre carácter y
temperamento, debido a que la confusión de ambos con­
ceptos ha obstaculizado tanto el progreso de la Ca­
racterología como el del estudio del temperamento.
El temperamento se refiere al modo de reacción y
es algo constitucional e inmodificable; el carácter se
forma esencialmente por las experiencias de la persona
y, en especial, por las de su infancia y es modificable
hasta cierto punto por el conocimiento de uno mismo
y por nuevas experiencias. Si una persona, por ejem­
plo, tiene un temperamento colérico, su modo de reac­
cionar es "rápido y fuerte". Pero aquello ante lo cual
reacciona rápida y violentamente depende de su
carácter. Si es una persona productiva, justiciera y
amante reaccionará rápida y violentamente cuando ame,
cuando se sienta irritada por una injusticia o impre­
sionada por una nueva idea. Si es de carácter des­
tructivo o sádico reaccionará también en forma rápida
y fuerte en su destructividad y en su crueldad.
La confusión entre temperamento y carácter ha
tenido serias consecuencias para la teoría ética. Las
preferencias con respecto a las diferencias tempera-
8
Cf. también la aplicación que de los tipos de temperamento
hace a las entidades culturales Charles Williams Morris en su obra:
Paths of Life (Nueva York: Harper & Brothers, 1942).
66 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS I
mentals son meras cuestiones de gusto subjetivo, pero
las diferencias en el carácter son de importancia ética
fundamental. Un ejemplo tal vez ayudará a aclarar
este punto. Goering y Himmler fueron hombres de
distinto temperamento: ciclotímico el primero y es-
quizotímico el segundo. Así, desde el punto de vista
de las preferencias subjetivas, a un individuo que se
siente atraído por el temperamento ciclotímico le "gus­
tará " más Goering que Himmler, y viceversa. Pero des­
de d punto de vista del carácter los dos tenían una
cualidad en común: fueron sádicos ambiciosos. Por
tanto, desde un punto de vista ético, igualmente malos.
También entre los caracteres productivos se podría pre­
ferir subjetivamente un temperamento colérico a uno
sanguíneo; pero tales juicios no lo serían acerca del
valox respectivo de ambas personas.4
4
Üm indicación de la confusión entre temperamento y carácter
es el hecho de que Kretschmer, aunque generalmente congruente en
el empleo del concepto de temperamento, tituló a su obra Cuerpo
y carácter en vez de Temperamento y cuerpo. Sheldon, cuyo libro
lleva por título Las variedades del temperamento se confunde, no
obstante, en la aplicación clínica de su concepto de temperamen-
to. Sus "temperamentos" contienen rasgos puros de temperamento
mezclados con rasgos de carácter, tal como aparecen en personas
de un determinado temperamento. Si la mayoría de los sujetos no!
ha alcanzado la plena madurez emocional, ciertos tipos temperamen-
tales entre ellos presentarán ciertos rasgos de carácter que tienen
una afinidad con este temperamento. Un caso ilustrativo es el
rasgo de sociabilidad no discriminativa, al cual registra Sheldon
como uno de los rasgos del temperamento viscerotónico. Sin em-j
bargo, úni c a m e n t e el viscerotónico no maduro e improductivo tiene
una sociabilidad no discriminativa; el viscerotónico productivo, en
cambio, tendrá una sociabilidad discriminativa. El rasgo señalado
por Sheldon no es un rasgo de temperamento, sino de carácter,
que suele aparecer frecuentemente asociado a determinado tem-
peramento y estructura corporal, siempre y cuando la mayoría de
los sujetos correspondan al mismo nivel de madurez. El error
de Sheldon fue difícil de evitar, ya que el suyo es un método
que descansa enteramente en la correlación estadística de los "ras-
gos con e i tipo físico^ s ¡ n intentar un análisis teórico del síndro-
me al cual pertenece el rasgo.
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 67
En la aplicación de los conceptos de temperamento
de C. G. Jung, es decir, el del "introvertido" y el
"extrovertido", encontramos con frecuencia la misma
confusión. Aquellos que prefieren al extravertido tien­
den a describir al introvertido como un individuo in­
hibido y neurótico; y los que prefieren al introvertido
describen al extravertido como superficial y carente
de perseverancia y profundidad. La falacia consiste
en comparar a una persona "buena" de un tempera­
mento con una persona "mala" de otro temperamento,
y en atribuir la diferencia en el valor a la diferencia en
el temperamento.
Pienso que es evidente que esta confusión entre
temperamento y carácter ha afectado a la ética. Pues
así como ha conducido a la proscripción de razas
enteras cuyos temperamentos predominantes difieren
del nuestro, también ha respaldado al relativismo, al
asumir que las diferencias relativas al carácter son en
igual grado diferencias en preferencias, como en el caso
de los temperamentos.
Con el propósito de analizar la teoría de la ética,
debemos retornar al concepto del carácter, que es tanto
el objeto del juicio ético como el objeto del desarrollo
ético del hombre. También aquí debemos desembara­
zar el campo de las confusiones tradicionales que, en
este caso, giran en derredor de las diferencias entre el
concepto dinámico y el concepto conductista del ca­
rácter.

B. El carácter

1) EL CONCEPTO DINÁMICO DEL CARÁCTER. LOS rasgos


de carácter fueron y siguen siendo considerados por
los psicólogos conductistas como sinónimos de rasgos de
conducta. Con este criterio se define al carácter como
"el patrón de conducta característico de un individuo
68 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS 1
dado",6 mientras que otros autores, como William M e ]
Dougall, R. G. Gordon y Kretschmer, insistieron más i
en el elemento dinámico e impulsivo de los rasgos de ■
carácter.
Freud no solamente desarrolló la primera, sino tam­
bién la más consistente y penetrante teoría del ca­
rácter, como un sistema de impulsos subyacentes a la
conducta, pero no idénticos a ella. A fin de poder apre­
ciar el concepto dinámico del carácter enunciado por
Freud, será de utilidad establecer una comparación en­
tre los rasgos de conducta y los rasgos de carácter. Se
considera a los rasgos de conducta como acciones
observables por una tercera persona. Así, por ejemplo,
el rasgo de conducta "ser valiente" puede definirse
como la conducta dirigida a lograr una meta determi­
nada sin que el arriesgar la propia comodidad, la li­
bertad o la propia vida sea impedimento para ello; o
puede definirse al ahorro como la conducta encaminada
a economizar dinero u otros objetos materiales. Sin
embargo, si investigamos la motivación y particular­
mente la motivación inconsciente de tales rasgos de
conducta, encontraremos que el rasgo de la conducta i
encierra numerosos y completamente diferentes ras-1
gos de carácter. La conducta valiente puede ser moti-j
vada por la ambición, de tal manera que la personal
arriesgará su vida en ciertas situaciones a fin de sa-'j
tisfacer su necesidad de ser admirada; puede ser mo-l
tivada por impulsos de suicidio que inducen a una j
persona a buscar el peligro porque, consciente o incons-1
cientemente, no valora su vida y desea aniquilarse;
puede ser motivada por pura falta de imaginación, de
tal manera que la persona obra valientemente porque
no se da cuenta del peligro que le aguarda; finalmen­
te, puede ser determinada por una genuina devoción

5
Leland E. Hinsie y Jacob Shatzky, Psychiatric Dictionary (Nue-
va York: Oxford University Press, 1940).
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 69
a u n a idea o un fin, por los cuales la persona actúa,
una motivación que convencionalmente se considera
corno la base del valor. La conducta es en todos estos
casos superficialmente la misma, a pesar de las dis­
tintas motivaciones. Digo "superficialmente", porque
si uno está en posición de observar minuciosamente
tal conducta, se encuentra con que la diferencia en la
motivación produce también sutiles diferencias en
la conducta. Un oficial en batalla, por ejemplo, se
conducirá de manera completamente diversa en dife­
rentes situaciones si su valor es motivado por su de­
voción a una idea más que por la ambición. En el
primer caso, no atacará en ciertas situaciones si los
riesgos son desproporcionados a las posibles ganancias
tácticas. Si, en cambio, es impulsado'por la vanidad,
su pasión lo hará ciego al peligro que le amenaza tanto
a él como a sus soldados. Su rasgo de conducta "valor",
en este último caso, es evidentemente una cualidad
muy dudosa. Otro ejemplo ilustrativo es el ahorro:
una persona puede ser ahorrativa porque las circuns­
tancias económicas así lo requieren; o bien porque
tiene un carácter mezquino, que hace del economizar
una nieta por sí misma independientemente de la ne­
cesidad real. También aquí la motivación origina al­
guna diferencia con respecto a la conducta misma.
E n el primer caso, la persona será muy capaz de
discernir entre una situación en que es prudente econo­
mizar dinero, de otra en que es más prudente gastarlo.
E n el último caso, economizará sin tener en cuenta
la necesidad objetiva. Otro factor que se determina
por la diferencia en la motivación es el que se refiere
al pronóstico de la conducta. En el caso de un sol­
dado "valiente" motivado por la ambición, podemos
pronosticar que se comportará con valentía única­
m e n t e si su valor puede ser premiado. En el caso del
soldado que es valiente por su devoción a su causa,
podemos predecir que la posibilidad de que su valor
70 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
sea o no recompensado, no ejercerá mucha influencia
en su conducta.
El concepto de la motivación inconsciente de Freud
se encuentra muy relacionado con su teoría de la
naturaleza conativa de los rasgos de carácter. Freud
reconoció algo que los grandes novelistas y drama­
turgos siempre supieron: que —como lo señaló Bal-
zao— el estudio del carácter trata de "las fuerzas que
motivan al hombre"; que el modo de obrar, de sentir
y de pensar de una persona lo determina en gran
parte la especificidad de su carácter y no es ni apro­
ximadamente el resultado de respuestas racionales a
situaciones reales; que "el destino del hombre es su
carácter". Freud reconoció la cualidad dinámica de
los rasgos de carácter, y sostuvo que la estructura
del carácter de una persona representa una forma par­
ticular en la cual la energía está encauzada en el
proceso de vivir.
Freud trató de explicar esta naturaleza dinámica
de los rasgos de carácter combinando su caracterología
con su teoría de la libido. En concordancia con el
tipo de pensamiento materialista predominante en
las ciencias naturales durante las postrimerías del
siglo xix, que supone que la energía en los fenómenos
naturales y psíquicos es una entidad sustancial y no
relacional, Freud creyó que el impulso sexual es la
fuente de energía del carácter. Con una cantidad
de complicadas y brillantes conjeturas explicó los di­
ferentes rasgos de carácter como "sublimaciones" de
las varias formas de impulso sexual, o como "forma­
ciones de reacción" contra ellas. Interpretó la natura­
leza dinámica de los rasgos de carácter como una ex­
presión de su fuente libidinosa.
El progreso de la teoría psicoanalítica, paralelamente
con el progreso de las ciencias naturales y sociales,
condujo a un nuevo concepto que no se basó en la
idea de un individuo primariamente aislado, sino en
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 71
la relación del hombre con sus semejantes, con la
naturaleza y consigo mismo. Se sostiene que esta sola
relación gobierna y regula la energía manifiesta en los
impulsos pasionales del hombre. H. S. Sullivan, uno
de los iniciadores de esta nueva opinión, definió, en
consecuencia, al psicoanálisis como un "estudio de las
relaciones interpersonales".
La teoría expuesta en las páginas siguientes sigue a
la caracterología de Freud en algunos puntos esencia­
les: en el concepto de que los rasgos de carácter son
subyacentes a la conducta y deben deducirse de ésta;
que constituyen fuerzas de las que, a pesar de ser po­
derosas, la persona puede estar completamente incons­
ciente. Sigue a Freud, asimismo, en el concepto de
que la entidad fundamental en el carácter no es el sim­
ple rasgo, sino la organización total del carácter, de la
cual deriva una cantidad de rasgos de carácter singulares.
Estos rasgos de carácter deben interpretarse como un
síndrome que resulta de una organización particular o,
como yo lo expreso, de una orientación del carácter.
Me ocuparé solamente de un número muy limitado
de rasgos de carácter que derivan inmediatamente de
la orientación subyacente. Gran número de otros ras­
gos de carácter podrían ser estudiados en forma similar,
y podría mostrarse que también ellos son el resultado
directo de orientaciones básicas o bien mezcladas de
tales rasgos primarios de carácter con otros de tempe­
ramento. Sin embargo, gran cantidad de otros rasgos,
convencionalmente registrados como rasgos de carác­
ter, resultarían no ser rasgos de carácter en nuestro
sentido, sino rasgos puros de temperamento o simples
rasgos de conducta.
La principal diferencia entre la teoría del carácter
aquí propuesta y la de Freud es que no se considera
como base fundamental del carácter a los varios tipos
de organización de la libido, sino a los modos especí­
ficos de relación de la persona con el mundo. En el
72 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
proceso de su vida, el hombre se relaciona con el mun­
do: J) adquiriendo y asimilando objetos, y 2) relacio­
nándose con otras personas (y consigo mismo). Lla­
maré al primero el proceso de asimilación; al segundo
el proceso de socialización. Ambas formas de relación
son "abiertas" y no, como en el caso del animal, ins­
tintivamente determinadas. El hombre puede adquirir
objetos recibiéndolos o tomándolos de una fuente exte­
rior, o produciéndolos por medio de su propio esfuerzo.
Pero debe adquirirlos y asimilarlos de algún modo a
fin de satisfacer sus necesidades. Del mismo modo, el
hombre no puede vivir solo y desvinculado de los de­
más. Debe asociarse con otros para su defensa, el tra­
bajo, la satisfacción sexual, el juego, la crianza de los
hijos, la trasmisión del conocimiento y las posesiones
materiales. Pero no sólo es necesario para él estar rela­
cionado con otros, debe ser uno de ellos, parte de un
grupo. El aislamiento completo es insoportable e in­
compatible con la salud mental. El hombre se relaciona
con otros de varias maneras: puede amar u odiar, pue­
de competir o cooperar; puede edificar un sistema social
basado en la igualdad o en la autoridad, en la libertad
o en la opresión, pero debe estar relacionado de alguna
manera y la forma particular en que lo hace es expre­
sión de su carácter.
Estas orientaciones por las cuales el individuo se
relaciona con el mundo constituyen la médula de su ca­
rácter; puede definirse al carácter como la forma (rela­
tivamente pernianente) en la que h energía humana
es canalizada en los procesos de asimilación y sociali-
zación. Esta "canalización" de la energía psíquica tiene
una función biológica muy importante. Puesto que las
acciones del hombre no se determinan por patrones
instintivos, innatos, la vida sería precaria, en verdad, si
el hombre tuviera que tomar una decisión deliberada
cada vez que actúa, cada vez que da un paso. Por el
contrario, numerosas acciones deben ejecutarse con
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 73
mucha mayor rapidez de la que permite una delibera­
ción consciente. Además de eso, si toda conducta deriva­
se de una decisión deliberada, en la acción ocurriría un
número mucho mayor de incongruencias de las que son
compatibles con un funcionamiento adecuado. El hom­
bre, de acuerdo con el pensamiento conductista, apren­
de a reaccionar de un modo semiautomático desarro­
llando hábitos de acción y de pensamiento que pueden
entenderse como reflejos condicionados. Si bien esta
opinión es correcta hasta cierto punto, ignora, en cam­
bio, el hecho de que los hábitos y opiniones más pro­
fundamente arraigados, que son característicos de una
persona y resistentes a ser modificados, nacen de su
estructura caracterológica: expresan la forma particular
en que la energía ha sido canalizada en la estructura
del carácter.
Puede considerarse al sistema caracterológico como
el sustituto humano del aparato instintivo del ani­
mal. Una vez que la energía ha sido encauzada de
cierta manera, la acción se produce como "fiel ex­
presión del carácter*'. Un determinado carácter pue­
de ser indeseable desde el punto de vista ético, pero
al menos permite a la persona actuar con relativa
consistencia y la releva de la penosa tarea de tener
que tomar cada vez una decisión nueva y deliberada.
Puede acomodar su vida de una manera que esté ajus­
tada a su carácter, creando así un cierto grado de
compatibilidad entre la situación interna y la extema.
El carácter tiene, además, una función selectiva con
respecto a las ideas y los valores de la persona. Puesto
que a la mayoría de la gente le parece que sus ideas
son independientes de sus emociones y deseos, y que son
el resultado de deducciones lógicas, siente que su ac­
titud hacia el mundo es confirmada por sus ideales y
sus juicios, cuando, en realidad, esas ideas y esos jui­
cios son el resultado de su carácter, tanto como lo son
sus acciones. Esta confirmación, a su vez, tiende a
74 ÉTICA Y PSICOANÁLISIS
estabilizar su estructura caracterológica, ya que permite
que estas últimas parezcan justas y sensatas.
No sólo tiene el carácter la función de permitir al
individuo obrar consistente y "razonablemente"; es
también la base para su ajuste a la sociedad. El carác­
ter del niño es modelado por el carácter de sus padres,
en respuesta al cual se desarrolla. Los padres y sus
métodos de disciplina son determinados, a su vez, por
la estructura social de su cultura. La familia término
medio es la "agencia psíquica" de la sociedad y al
adaptarse el niño a su familia adquiere el carácter que
después lo adaptará a las tareas que debe ejecutar en
la vida social. El niño adquiere aquel carácter que le
hace desear hacer lo que debe hacer, y cuyo núcleo
comparte con la mayoría de los miembros de la misma
cultura o clase social. El hecho de que la mayoría de
los miembros de una clase social o de una cultura
compartan elementos significativos del carácter y que
pueda hablarse de un "carácter social", representativo
del núcleo de la estructura caracterológica común a
la mayoría de los individuos de una cultura dada, de­
muestra hasta qué grado los patrones sociales y cultu­
rales forman al carácter. Pero debemos distinguir del
carácter social, el carácter individual, en el cual una
persona se diferencia de otras dentro de la misma cul­
tura. Estas diferencias se deben en parte a las dife­
rencias en la personalidad de los padres y a las diferen­
cias psíquicas y materiales del ambiente social especí­
fico en el cual se desarrolla el niño. Pero también son
debidas a las diferencias constitucionales de cada indi­
viduo, particularmente las del temperamento. Genéti­
camente, la formación del carácter individual se deter­
mina por el efecto de las experiencias vitales —las
del individuo y aquellas que derivan de la cultura—
sobre el temperamento y la constitución física. El am­
biente jamás es el mismo para dos individuos, pues la
diferencia en la constitución física les hace experimen-
LA NATURALEZA HUMANA Y EL CARÁCTER 75
tar el mismo ambiente de una manera más o menos
diferente. Los simples hábitos de acción y de pensa­
miento que se desarrollan como resultado de la con­
formación del individuo con el patrón de la cultura
y que no radican en su carácter, son fácilmente modi-
ficables bajo la influencia de nuevos patrones sociales.
Si, por otra parte, la conducta de una persona radica
en su carácter, está cargada de energía y solamente se
modifica si se produce un cambio fundamental en el
carácter de la persona.
En el análisis siguiente se diferencian las orientacio­
nes improductivas de la orientación productiva.^ Debe
tomarse en cuenta que estos conceptos constituyen
"tipos ideales" y no descripciones del carácter de un
individuo en particular. Más aún, en tanto que por
razones didácticas se las presenta por separado, el ca­
rácter de una persona dada es generalmente una com­
binación de todas o algunas de estas orientaciones,
aunque una es siempre la que predomina. Por último,
quiero aclarar que en la descripción de las orientaciones
improductivas sólo se comentan los aspectos negativos
de las mismas, siendo sus aspectos positivos objeto de
una breve discusión en este mismo capítulo.'^

2) TIPOS DE CARÁCTER: LAS ORIENTACIONES IMPRODUC­


TIVAS: a) La orientación receptiva. En la orientación
receptiva, la persona siente que "la fuente de todo
bien" se halla en el exterior y cree que la única manera
de lograr lo que desea —ya sea algo material, sea
afecto, amor, conocimiento o placer— es recibiéndolo

® Si el lector prefiere comenzar con un cuadro completo de


todos los tipos puede ver el diagrama de la página 125.
^ Ver pp. 126 ss. La siguiente descripción de las orientaciones
improductivas —excepto la de la orientación mercantilista— se
ajusta al cuadro clínico del carácter pregenital presentado por Freud
y otros. La diferencia teórica se manifiesta al analizar el carácter
acumulativo.

También podría gustarte