Signos Filosóficos
ISSN: 1665-1324
sifi@[Link]
Universidad Autónoma Metropolitana Unidad
Iztapalapa
México
MIÉ, FABIÁN
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
Signos Filosóficos, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009, pp. 9-42
Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa
Distrito Federal, México
Disponible en: [Link]
Cómo citar el artículo
Número completo
Sistema de Información Científica
Más información del artículo Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal
Página de la revista en [Link] Proyecto académico sin fines de lucro, desarrollado bajo la iniciativa de acceso abierto
DIALÉCTICA
Signos Filosóficos , vol.
Y CIENCIA XI, núm. 21, enero-junio, 2009, pp. 9-42
EN ARISTÓTELES
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES*
FABIÁN MIÉ* *
Resumen: La interpretación de la metodología científica de Aristóteles, desarro-
llada en las últimas décadas, introdujo algunas modificaciones importantes en la
imagen fundacionista-axiomática que tradicionalmente se le había adjudicado a la
epistemología del estagirita. Sin embargo, tales modificaciones condujeron a otor-
garle a la dialéctica un rol predominante en la práctica científica, por el cual la
base de la ciencia perdía el contenido empírico requerido. En este artículo aspi-
ro a realizar, primero, una presentación de algunos problemas en la interpretación
actualmente predominante de la epistemología aristotélica, desde el punto de
vista de la dialéctica. Luego, trataré de resolver algunos de esos problemas, de-
terminando la contribución epistemológica de las creencias a la configuración
conceptual de la base empírica de la ciencia.
*
Las ideas del presente ensayo fueron expuestas sucesivamente en distintos congresos y
encuentros; en particular, en las “XVIII Jornadas de Epistemología e Historia de la Ciencia”,
Universidad Nacional de Córdoba, octubre de 2007; en una conferencia ofrecida en el
Departamento de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, en junio de 2008, por
invitación de Graciela Marcos; y en un seminario de doctorado dictado en la Facultad de
Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, entre agosto y diciembre
de 2008. Agradezco las diversas observaciones de mis colegas en esas instancias y,
especialmente, las formuladas en la evaluación dispuesta por los editores de esta
publicación. Este artículo forma parte, asimismo, del proyecto PIP 112-200801-02100,
subsidiado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Argentina).
**
Universidad Nacional de Córdoba/Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y
Técnicas, fabiangustavomie@[Link]
RECEPCIÓN: 23/01/09 S9IGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio,
ACEPTACIÓN2009:
: 02/04/09
9-42
FABIÁN MIÉ
PALABRAS CLAVE: ARISTÓTELES, CIENCIA, DIALÉCTICA, PRINCIPIOS
Abstract: Since the last decades the interpretation of Aristotle’s methodology
introduced several important changes in the foundationalism which had been
traditionally credit to aristotelian epistemology. As a consequence of these changes,
however, dialectic assumed a prevailing role in scientific practice, which deprived
science from the required empirical content in its own basis. Focusing on the role of
dialectic, I am aiming here to present, firstly, an approach to some difficulties which
arise from the present prevailing interpretation of aristotelian epistemology. Secondly,
I am trying to solve some of these difficulties determining the actual epistemological
contribution of beliefs to the conceptual configuration of the empirical basis of science.
KEY WORDS: ARISTOTLE, SCIENCE, DIALECTIC, PRINCIPLES
ALGUNOS PROBLEMAS RELATIVOS A LA DIALÉCTICA EN INTERPRETACIONES
ESTÁNDAR DE LA CIENCIA ARISTOTÉLICA
E
l rol asignado a la dialéctica en las diversas interpretaciones de la
metodología aristotélica y, particularmente, del aporte al conoci-
miento científico que el mismo Aristóteles asigna a la dialéctica en
Tópicos I 21 y en otros textos, como Refutaciones Sofísticas 11, guarda es-
trecha relación con la imagen que se tiene de la teoría de la ciencia del
estagirita. En la lectura moderna tradicional, la dialéctica se segrega de la
metodología científica en virtud de que la teoría de la ciencia de Aristóteles
se entiende en términos fuertemente antifalibilistas, fundacionistas y
axiomáticos. Dentro de esa visión, por axiomas se entiende un grupo nu-
méricamente reducido de principios que representan verdades inde-
mostrables a partir de las cuales se infieren los enunciados restantes de
una determinada teoría.2 Además, esa lectura presupone que la normati-
1
Cito el texto de Aristóteles según las ediciones de Oxford Classical Texts; para Top., tengo
especialmente en cuenta la edición de Jacques Brunschwig, 1967.
2
Cabe advertir que Aristóteles no usa axíoma en este sentido. Lo que digo en el texto
corresponde a lo que él llama principios primeros verdaderos propios de cada ciencia
(APo. I 9-11; 10, 76a31-32, a38, a40, 76b3-6). Entre los puntos de partida inmediatos
del silogismo demostrativo, Aristóteles llama axíoma a aquello que se necesita conocer
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 10-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
va epistemológica de los Analíticos Segundos conlleva un modelo de de-
mostraciones estrictamente axiomatizadas para valer como tales. Desde
ese modelo epistemológico, la dialéctica no parecería hallarse en condi-
ciones de ofrecer ninguna colaboración relevante en ambos órdenes, in-
ducción de principios y deducciones con fuerza demostrativa.
Puede resultar de alguna utilidad presentar aquí de manera breve al-
gunas de las principales tesis de la interpretación tradicional, que des-
cansa especialmente en la lectura de textos como APo. I 33; II 1-11; II 19.
Recordemos que esta interpretación rige la recepción de la epistemología aris-
totélica desde los trabajos de Friedrich Überweg (192512), Eduard Zeller
(1921), Friedrich Solmsen (1929) y William David Ross (1949), hasta los
juicios críticos de autores provenientes de la filosofía de la ciencia con-
temporánea, como Karl Popper e Imre Lakatos, pasando por la nítida
representación axiomática que ofreciera Heinrich Scholz (1930: 261 y
s.) en su clásico estudio sobre la axiomática de los antiguos; y es la mis-
ma que encontró amplia cabida en la presentación estándar que más
recientemente transmitiera W. K. C. Guthrie (1981: 183-185). Curiosa-
mente, los elementos principales de esta lectura fundacionista-axiomática
se mantienen en las interpretaciones planteadas con la aspiración de
aportar alternativas parciales a algunos problemas de aquella interpre-
tación estándar, y que se encuentran en distintos trabajos de Jonathan
Barnes y Terence Irwin. Los componentes de aquella lectura que se pre-
servan en las obras de Barnes (1969 y 1981) e Irwin (1992: cap. 6, sobre el
fundacionismo, véanse en especial 130 y ss.) atañen al ideal axiomático
para aprender y probar cualquier cosa (I 2, 72a16-17). Los axiómata son los principios
comunes (koiná) (e.g. el de los restos iguales, 10, 76a41; el de no contradicción, 11,
77a10, 77a30-31) a partir de los cuales (ex hôn, 10, 76b22; 11, 77a26-28), como prime-
ros, se demuestra (76b14), y cuya validez es analógica en los distintos géneros cuya
existencia se supone (títhetai) (76b12). A su vez, estos géneros diversos se delimitan a
través de los principios particulares de cada ciencia, i.e. las definiciones (e.g. de la línea
y de lo recto, 76a38-39) y las hipótesis de existencia (76b27-39; I 2, 72a14-24). Por otro
lado, un axíoma no se prueba ni se requiere presuponerlo explícitamente en una
demostración (77a10-11), ya que toda demostración se ejecuta utilizándolos (77a27-
28), es decir, opera necesariamente siendo regulada por tales principios comunes en
cuanto a la relación que deben mantener entre sí las proposiciones que la integran.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 11-42
FABIÁN MIÉ
y a la naturaleza antifalibilista de los principios y del edificio de una epistéme
aristotélica, en general. Esta segunda ortodoxia, que estableció la línea
de interpretación a la que, a su manera, pertenecen los dos últimos au-
tores mencionados, pone de manifiesto sus propios límites, dicho sea de
paso, en cuanto deja casi intacta la misma teoría de la ciencia del esta-
girita, limitándose a rectificar las pretensiones de dicha teoría. Para Barnes,
ejemplarmente, ésta no se hallaría ya dirigida a establecer lineamientos
de la investigación, sino, en cambio, de la exposición de un cuerpo de
conocimientos científicos previamente adquirido con independencia de esa
teoría. Esta última, a su vez, gozaría de un estatus científico gracias a vir-
tudes epistemológicas como la completud y el carácter definitivo de los
principios y teoremas derivados.
Según la imagen general que acabo de presentar, y que es común a
ambas ortodoxias, la ciencia aristotélica consiste en (A) un conjunto limi-
tado de proposiciones básicas (axiomas, hipótesis y definiciones), restrin-
gidas por su pertenencia al mismo género, y articuladas en principios y
teoremas demostrados, los cuales se componen de conceptos organizados
en un orden de dependencia unidireccional y no reversible, desde los su-
periores y primeros hasta los inferiores y derivados. Pero lo más relevante
para el tema que pretendo plantear aquí concierne a la naturaleza de los
principios propios, esto es, aquello en lo que se convierten las definiciones
dentro de un armazón deductivo. (B) Estos principios deben cumplir con
condiciones como la de ser verdaderos, auto-evidentes, inmediatos, pri-
meros y hallarse vinculados con propiedades esenciales y necesarias del
sujeto; además, ellos deben resultar suficientes para la demostración de
los teoremas, de manera tal que para construir con los mismos deduccio-
nes demostrativas sólo es menester añadir las reglas silogísticas. (C) Además,
tales principios pueden comprimirse en un número limitado de premisas
que resume el conjunto de estructuras causales de la realidad. (D) En
cuanto a la obtención de los principios, su fuente se halla en la inducción
a partir de casos particulares. Sin embargo, la certeza definitiva con que
se reviste la justificación de los principios en esta interpretación proviene
de la aprehensión intuitiva (noûs) de los mismos. El noûs es la única facul-
tad que puede prometer el escape seguro y necesario de las aporías del
regreso infinito, la circularidad o la suposición hipotética de cierto princi-
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 12-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
pio,3 en las que nos encerraría la vía inferencial para establecer principios.
Así como también es dicha facultad la única que puede convertir en nece-
saria a una demostración, evitando el rasgo hipotético que fatalmente
afectaría a esta última si no pudiéramos saber con certeza que tales y
cuales principios son verdaderos. (E) Por último, los principios son
indemostrables y primeros o básicos tanto interna como externamente
respecto al conjunto de proposiciones de la ciencia que ellos fundamen-
tan. El intento de recurrir a principios de otros géneros para demostrar
ciertos principios aceptados incurre en el error de la transposición de gé-
neros y estructuras, y es una confusión reiteradamente denunciada por
el estagirita cuando critica a los platónicos.4
Como consecuencia de esta lectura, la significativa presencia de pro-
cedimientos dialécticos en distintos tratados del estagirita sólo pudo ex-
plicarse modificando de manera drástica la factura demostrativa y
axiomática de tales tratados. Una modificación de ese tipo es la que dio
lugar a la segunda ortodoxia en la solución de este problema. Así, Barnes
(1981) siguió manteniendo un aspecto de la imagen dogmática de la
teoría de la ciencia, aquel que se refiere a que el silogismo demostrativo
debe cumplir ciertas condiciones muy estrictas, que lo distinguen de de-
ducciones e inferencias y lo convierten en el vehículo idóneo de la epistéme.
3
Cfr., el trilema de la fundamentación en APo. I 3.
4
APo. I 7; I 9; I 32. Detel, 1993: 266 y ss. Cassini, 1988, le atribuye a Aristóteles una posición
fundacionista, pero no intuicionista. Para este autor, la verdad de los principios, a pesar
de que su descubrimiento inductivo es falible, poseería rasgos absolutos de definitividad
y completabilidad. Éstos lo conducen a rechazar como hipotética toda justificación basada
en la apelación al grado de evidencia de las verdades obtenidas por medio de la inducción.
Sin embargo, creo que habría que mantener disociado allí el ideal —cuando realmente
hemos alcanzado los principios— respecto de la posibilidad efectiva (APo. I 9, 76a26)
de cumplir con aquellos parámetros epistemológicos. Esto no convierte al estagirita en
un defensor de la sistematización hipotético-deductiva, ya que él acepta que podemos
justificar los principios. La apelación de Cassini (1988: 85 y 90) a una justificación
dialéctica es un pensamiento algo confuso que precisamente tiene que ver con cierta
versión empirista-fenomenista del concepto de hecho, que aquí trataré de corregir
mediante una explicación del rol que desempeñan las creencias en la heurística de los
principios.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 13-42
FABIÁN MIÉ
Apoyándose en esto, se llegó a sostener que el resto de los tratados donde
se pone en práctica la epistéme no refleja en sus contenidos las regla-
mentaciones de la teoría. La solución propuesta por Barnes consistió en
explicar ese des-acople entre teoría y práctica buscando mostrar que los
tratados en que Aristóteles está haciendo ciencia no han alcanzado to-
davía el estado de elaboración completa y definitiva concerniente al des-
cubrimiento de los principios, como para que ese material ya adquirido
pueda disponerse ex-positivamente a través de demostraciones silogísticas.
Esta compleja solución se construye, obviamente, sobre una larga e
intrincada serie de interpretaciones puntuales relativa a distintos aspectos
detallados de la teoría de la ciencia. Por ejemplo, una interpretación del
rol modélico que desempeña la geometría, y de la adecuación o no de la
silogística a la reconstrucción de teoremas geométricos. Otras presuposi-
ciones conciernen estrictamente a las condiciones que debe cumplir un
argumento silogístico, cuestión que involucra la controvertida relación entre
los Analíticos Primeros y Segundos.5 Además, existen cuestiones relativas
al desarrollo y la datación de estas doctrinas del estagirita. La discusión
de todos estos serios problemas requeriría, ciertamente, un planteo dife-
rente del que me propongo hacer aquí. Pues lo que intentaré ahora es
examinar una de las consecuencias innovadoras que se extraen de la solu-
ción propuesta por la nueva ortodoxia; una consecuencia que considero
implausible y cuya corrección implica reconstruir de otra manera la meto-
dología científica de Aristóteles y rechazar buena parte tanto de la lectura
pedagógica como también de la fundacionista-axiomática. Pero aquí y en
orden a ese objetivo general, aunque más restringidamente, pretendo cri-
ticar la suposición según la cual los tratados del estagirita utilizarían ma-
sivamente la dialéctica, en lugar de la apodíctica, puesto que la primera
constituiría el método adecuado y quizá también suficiente para descubrir
los principios.6
5
Para una discusión de la relación entre los dos Analíticos, cfr., Smith, 1982.
6
Dos de los más representativos y sólidos trabajos en esta dirección son los de Barnes,
1969 y 1981. Otras interpretaciones, desarrolladas a partir de la década de 1960, que
inauguraron esta segunda ortodoxia, se hallan en los trabajos de Wieland, 19923; Owen,
19802; Nussbaum, 1995, entre otros.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 14-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
En distintos pasajes, Aristóteles sostiene que los principios de una cien-
cia no pueden ser demostrados dentro de esa misma ciencia ni por me-
dio de otra, a excepción del caso de las ciencias subordinadas, como lo es
la armónica respecto a la aritmética, y la mecánica y la óptica respecto a la
geometría (APo. I 7, 75b8-17; I 9, 76a9-10, 76a11-13, 76a16-25). Como
consecuencia de ello, algunos intérpretes aceptaron que la dialéctica de-
bería permitirnos descubrir los principios a partir del examen de opinio-
nes aceptadas por los expertos, a pesar de lo que expresan textos como
APo. I 6, 74b24, donde se lee: “Pues lo que es una opinión plausible para
nosotros no constituye un principio”. Uno de los principales supuestos de
esta línea de interpretación reside en que la exposición demostrativa del
conocimiento previamente adquirido, que da lugar a un modelo de cien-
cia axiomático-deductiva, no forma parte del proceso de elaboración de
conocimiento, propiamente dicho, que tiene lugar mediante el descubri-
miento de las causas explicativas de hechos previamente conocidos a
través de la percepción directa y de descripciones cargadas de opiniones,
como, por ejemplo, las correspondientes al trueno y al eclipse lunar. Así,
el proceso de análisis se segrega aquí del proceso de investigación de los
principios, y, como he señalado sucede ejemplarmente en la interpreta-
ción pedagógica de Barnes, la axiomatización es vista como el ideal de
exposición didáctica de los conocimientos previamente adquiridos. Esto ex-
plicaría que lo que se llama en la jerga contemporánea método de descu-
brimiento desempeñara un rol subordinado dentro de la teoría de los
Analíticos Segundos, pues la teoría aristotélica de la ciencia sería sola-
mente una sugerencia normativa acerca de cómo debe organizarse y
presentarse didácticamente el conocimiento adquirido; y, así, un método
de prueba. De esta manera se cree poder dar una solución a algo que
impresionó a los comentadores modernos: la aparente ausencia de
silogismos demostrativos en los tratados científicos de Aristóteles.7
Pues, en efecto, tales tratados no representan exposiciones de una cien-
cia concluida, que está lista para ser axiomatizada, sino que exponen,
7
Los nuevos enfoques sobre el denominado problema de la demostración y la axiomatización,
que considero van en la dirección correcta, se proponen explícitamente como alternativas
a estas interpretaciones. Entre otros, cfr., Bolton, 1987; Detel, 1993: 158-188, 289-334
y 1997; Gotthelf, 1987.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 15-42
FABIÁN MIÉ
mayormente, distintos estadios en la conformación de un saber especia-
lizado, buscando establecer principios propios, resolver problemas, con-
frontar las propias con otras soluciones alternativas, etcétera. Uno de
los resultados más notorios de este enfoque didáctico reside en que el
proceso de investigación de los principios no incluye deducciones demos-
trativas, sino inducciones a partir de percepciones y creencias amplia-
mente aceptadas. De manera evidente, esta interpretación pone en tela
de juicio los motes de realismo y empirismo que tradicionalmente habían
caído sobre la ciencia aristotélica, a la vez que recluye las demostracio-
nes al lugar de la mera presentación pedagógica de los conocimientos de
la disciplina ya desarrollada, dando una amplia cabida, necesariamente,
a la dialéctica en la instancia de descubrimiento de los principios. Un
punto ulterior que esta nueva interpretación revisa es el de la certeza y pre-
cisión con que se conocen los principios.
En una posición algo extrema de esta variante interpretativa, como la
que puede encarnar Martha Nussbaum, los principios no son más que
aquellas creencias que se hallan más fuertemente afirmadas en nuestra
ideología, y la justificación que a aquéllos corresponde no se afinca más
que en la forma de vida que los acepta. Se elimina, así, toda clase de
certeza intelectual absoluta de los principios, que era algo que la interpre-
tación tradicional pretendía mantener. Pero, a la vez, también se debilita
allí el carácter empírico de la ciencia, en cuanto el vínculo entre nuestro
esquema conceptual rector y la observación —pues se afirma que no pue-
de pretenderse que ésta se ejecute directamente y con prescindencia de
aquel esquema— resulta ser, entonces, un vínculo que Nussbaum inter-
preta de manera tal que no es factible determinar cuáles de nuestros enun-
ciados expresan un contenido ligado a la experiencia. En esta variante
antiempirista, la red de conceptos y creencias adquiere una cierta auto-
nomía, por la cual pierde contenido empírico. Por ende, la justificación de un
teorema o de cualquier proposición perteneciente a nuestra red de creencias
llega a hacerse, necesariamente, por recurrencia a su vínculo de consis-
tencia con dicha red; una red cuyo anclaje en la experiencia perceptiva
ha llegado, en esta versión, a desdibujarse. Pero un aspecto característi-
co de esta posición reside en que ella induce a pensar que interrogarse
incluso por el grado de contenido empírico de nuestras creencias debería
revelarse como un planteo erróneo. El mensaje de esta revelación desmi-
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 16-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
tificaría el prejuicio empirista según el cual la experiencia, especialmente a
través de su implementación perceptiva, nos transmitiría en su contenido la
realidad pura, que, por esa vía, se nos daría. Esta revelación desmitificadora
consistiría, entonces, en curarnos de la obstinación que nos conduce a inte-
rrogarnos por el contenido empírico de nuestras creencias y enunciados de
experiencia como criterios del conocimiento verdadero. Para aplicar tal te-
rapia comienza por argüirse que el escudriñamiento del contenido empírico
de nuestras creencias presupone ya la admisión de algo externo dado, y
que, además, eso y sólo eso se asume como lo real.
Evidentemente, una alternativa coherentista y antiempirista a este pro-
blema —que se conoce bajo el apelativo sellarsiano del mito de lo dado—
sólo puede creer que es factible alcanzar una solución satisfactoria al mis-
mo apelando a la vaga generalidad según la cual no hay nunca nada dado
fuera de un marco de creencias que no tiene un origen externo e indepen-
diente, en virtud de que esa misma alternativa introduce un concepto de
contenido empírico desde el modelo de lo dado, que es tan radical y extre-
mo que suscita una fuerte aversión teórica. Como resultado de haber in-
terpretado el contenido empírico de esa manera, el coherentismo, que
desvincula la validez de las creencias de una verificación de las mismas en
referencia, precisamente, a su contenido empírico, llega a una especie de
equiparación epistémica de todas las creencias, arguyendo que nada de lo
que creemos puede salirse del marco ideológico dentro del que formula-
mos nuestras creencias y aprehendemos perceptivamente la realidad. Creo
que si el conocimiento funcionara de esta manera, todas nuestras opinio-
nes se hallarían en un estado de paridad epistémica y su corrección impli-
caría meros reajustes en el mantenimiento de la gran red de creencias.
Hay que notar, además, que, dentro de esta concepción coherentista, las
creencias y los conceptos no son habilidades epistémicas que nos condu-
cen a la experiencia. Con ésta, nuestros conceptos guardarían una extraña
relación, que algunos defensores de esta posición convierten en un miste-
rio al hablar de una causalidad ajena al espacio de las razones y las elabo-
raciones comprensivas. Creencias y conceptos nos llevan, siempre dentro
de esa teoría, sólo a más creencias y conceptos, que se hallan infectados por
una falencia empírica o referencial de tenor similar a sus antecedentes.
La que acabo de perfilar muy generalmente constituye una alternativa
epistemológica de sistematización y elaboración de conocimiento mucho
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 17-42
FABIÁN MIÉ
más compleja, ciertamente, de lo que refleja esta breve exposición. Sin
embargo, a mi juicio, además de serios problemas teóricos intrínsecos,8 ella
desenfoca la posición aristotélica en varios aspectos que más adelante inten-
taré ponderar parcialmente en su importancia en relación con la dialéctica.
Al examinar y tratar de corregir algunos de esos errores pretendo contribuir a
formular una plausible alternativa realista que rescata el rol epistémico de la
experiencia, reformulando el rol que desempeña el examen dialéctico de las
creencias dentro de la metodología empírica de Aristóteles.
Con estas fragmentarias observaciones preliminares acerca de dos de-
sarrollos directrices en el estado actual de la cuestión concerniente a la
dialéctica y a la ciencia aristotélicas, he perseguido indicar sólo algunos
pocos de los serios problemas filosóficos que no pueden minusvalorarse
en cualquier intento de solución alternativa. Aquí no me propongo abor-
dar las tesis medulares que sustentan a la lectura pedagógica de Barnes,
mismas que conciernen al rol de las demostraciones en el análisis que
conduce al establecimiento de principios. En su lugar, trataré de examinar
algunas dificultades que plantea la interpretación antiempirista, que de
aquella lectura pedagógica depende en cuanto esta última le permite a
dicha interpretación coherentista segregar el análisis silogístico del proce-
so de explicación, y dar amplia cabida, así, a la dialéctica en la elabora-
ción de explicaciones. Pues considero que en controversia con estas
posiciones, como también con su contrincante teórico, el que le adjudica
al estagirita un empirismo y realismo ingenuos (Irwin), hay que formular
actualmente una interpretación más solvente y filosóficamente más inte-
resante sobre el rol de las creencias en la epistemología de Aristóteles. En
este trabajo emprenderé, entonces, una exploración acotada del vasto te-
rreno que ocupan en común la dialéctica y la ciencia aristotélicas. Para
ello, consideraré algunos elementos técnicos de la dialéctica que no per-
miten suscribir que ella sea suficiente para la obtención de los principios.
Haciéndolo, trataré de sustentar la interpretación según la que ni un
coherentismo ni un empirismo ingenuo ayudan a reconstruir adecuada-
mente la tesis de Aristóteles. Mi objetivo aquí será más bien negativo,
pues procuraré identificar cuáles son algunos de aquellos problemas a los
que hice alusión; y aunque no alcance a formular una solución alternativa
8
Aludo a algunos de los problemas del coherentismo que McDowell, 1996, ha criticado.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 18-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
completa a las numerosas cuestiones candentes —lo que requeriría un
trabajo de mayor envergadura y extensión que el presente—, propondré
algunos lineamientos principales de un enfoque diferente acerca de la
contribución específica que le corresponde a la examinación dialéctica
de las creencias, que no busca con éstas sustituir la historíe, pero tampoco
ubica a las creencias fuera del entramado de la base empírica de la epistéme.
Asimismo, trataré de explicar por qué el procedimiento dialéctico, sin su-
plir, entonces, el trabajo empírico-inductivo destinado al descubrimiento
de principios, resulta una metodología conducente y necesaria para la
ciencia. Con esto, intentaré legitimar la utilidad científica de la dialécti-
ca, dando una idea del rol que puede caber a la examinación (exetastiké)
y a la prueba (peirastiké) de los principios de las ciencias particulares.9
Con el fin de evitar posibles confusiones, me parece preciso formular,
previamente, una breve advertencia acerca de aquello a lo que me refiero
con el uso de la dialéctica en las ciencias particulares. A lo que apunto con
esta advertencia es a desvincular dicho uso, al menos de manera provisio-
nal, de la incorporación de la dialéctica al proyecto de filosofía primera,
incorporación que sólo tiene lugar a partir de Metaph. IV. Del papel que la
dialéctica puede cumplir demostrando universalmente y a su manera los
axiomas, tal como se dice en APo. I 11, 77a29-30, hay una muestra en la
discusión dialéctica del Principio de no contradicción y del tercero exclui-
do, en Metaph. IV 3-8 (Berti, 1975). Pero, como anticipé, en este trabajo
no aspiro a discutir esa clase de demostración dialéctica de principios co-
munes, sino a formular un planteo sobre el vínculo posible de la dialéctica
con el establecimiento y descubrimiento de los principios propios de las
ciencias particulares. Es cierto que Aristóteles llegó a la consideración de
que la filosofía primera debe ocuparse de los primeros principios (Metaph.
I 1-2; IV 1, 1003a21-28). El mismo libro III de la Metafísica examina una
9
El eventual aporte de la dialéctica a la obtención de los principios de las ciencias particulares
es una cuestión que, en su aspecto estrictamente filosófico, puede manejarse de manera
relativamente independiente de la datación de los Top.; particularmente teniendo en
cuenta que los libros primero y octavo de esta obra se consideran algo posteriores en su
concepción y escritura respecto a los centrales (II-VII), aunque el tratado en su conjunto
se ubica en los primeros años de la producción filosófica del estagirita (ca. 360). Para las
cuestiones de datación, véase Brunschwig, 1967: LXXXIII y ss.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 19-42
FABIÁN MIÉ
serie de aporías, vinculadas con los principios, que se presentan a la filoso-
fía primera. En general, allí se aplica el método diaporemático al análisis
de principios comunes, como el Principio de no-contradicción (PNC),10 pero
también a otros que no tienen el estatus universal del PNC y conciernen,
por ende, no sólo a una especulación general, como la que parece propia
de la filosofía primera, sino también a las ciencias particulares.11 Una
muestra del tipo de consideración que hace la metafísica acerca de los
principios de las ciencias particulares la hallamos en el tratamiento de
las hipótesis matemáticas en Metaph. XIII 3, donde se aclara si las entida-
des matemáticas existen y de qué manera lo hacen. Este tipo de conside-
ración puede ser visto como un tratamiento, por así decir, externo a las
hipótesis de existencia (de los números y las magnitudes) que son pro-
pias de una determinada ciencia, hipótesis de las que esa ciencia parte.
Sin embargo, el rol científico que los Tópicos reservan a la dialéctica creo
que debe explicarse independientemente de la dialéctica incorporada al
proyecto de filosofía primera en la Metafísica, pues mi hipótesis al res-
pecto mantiene que si bien se trata de uno y el mismo uso científico de la
dialéctica en ambos casos, su aplicación a principios de diferente tipo
requiere un tratamiento separado de dicho uso.
UN NUEVO ABORDAJE DE LA METODOLOGÍA ARISTOTÉLICA
Una interpretación detallada de la contribución que ofrece la dialéctica
al descubrimiento de los principios propios, que básicamente atañe a la pro-
puesta programática que acerca del uso científico de la dialéctica for-
mula Tópicos I 2, 101a34-b4, es una tarea que ha sido largamente pasada
10
La aporía II (Metaph. III 1, 995b6-10) vincula la filosofía primera con los principios comunes.
El desarrollo de esta aporía (2, 996b26-997a15) es interesante para el planteo que
pretendo hacer aquí, ya que en ese texto se habla de principios de la demostración que, en
virtud de que son comunes, no pueden ser considerados por una ciencia particular,
debido a que las mismas investigan los principios propios.
11
Por ejemplo, la aporía XIV (Metaph. III 5) incumbe a la filosofía primera (inmovilidad,
separación, unidad de los números, etcétera), aunque también a la matemática; lo que
vale, asimismo, para el desarrollo de esa aporía en los posteriores libros XIII y XIV.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 20-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
por alto por los comentadores. Robert Bolton (1999) es uno de los pocos
autores que ha planteado algunas aclaraciones detalladas y de conjunto
que, a mi juicio, avanzan fundamentalmente en la dirección correcta,
dando lugar a un genuino nuevo enfoque sobre la epistemología del
estagirita; un enfoque que, además, la exhibe como una propuesta filo-
sófica fructífera en el contexto de algunas refinadas discusiones con-
temporáneas. Desde trabajos seminales, como los de J. M. Le Blond,
Wolfgang Wieland y G. E. L. Owen, los intérpretes modernos que co-
menzaron a tomar seriamente en consideración la metodología aris-
totélica y, en particular, la dialéctica, debatieron acerca del aporte efectivo
y concreto de esta última, teniendo en cuenta especialmente aquello que
promete Aristóteles en Tópicos I 2. La interpretación de este texto, formu-
lada en términos de una fundamentación, por recurso a opiniones plausi-
bles (éndoxa), de los principios particulares de las ciencias, es algo que,
sin embargo, resulta muy difícil de sostener; en especial, si se acepta la
tradicional asociación de los principios a la capacidad intuitiva atribui-
da al noûs o intelección de los principios (APo. II 19, 100b7-17). Si bien
éste no es el único problema que existe para alcanzar una explicación
aceptable de un rol que a la dialéctica no parece atribuírsele, en absolu-
to, en la teoría de la ciencia de los Analíticos Segundos —donde aparente-
mente no se tiene en cuenta a la dialéctica, al menos en los aspectos
procesales sobre los que abundan los Tópicos—, dicho problema, que en
definitiva no es más que una versión de la vieja antinomia entre la certeza
apodíctica de la epistéme e intuitiva del noûs, por un lado, y un abigarra-
do amasijo de meras opiniones que no se hallan sistematizadas demos-
trativamente, por el otro, puede afirmarse que conforma el núcleo de la
oposición tradicional entre ciencia y dialéctica en Aristóteles.
Un punto que motiva a revisar las interpretaciones existentes sobre la
dialéctica reside en el hecho de que, a mi juicio, el vínculo entre creen-
cias y principios no se presenta dentro de aquel texto programático de Tópicos
en términos de alguna clase de fundamentación desde arriba, en el sentido
de que las éndoxa operaran como principios comunes a partir de los cua-
les se derivarían los propios, correspondientes a las ciencias particulares. Para
una interpretación de ese tipo existen conocidos problemas, asociados a la
recién mencionada contraposición que tradicionalmente se establece
entre la certeza intelectual de la aprehensión noética de los principios y
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 21-42
FABIÁN MIÉ
el rasgo epistémico provisorio y no demostrativo de las opiniones. Sin
embargo, puesto que, para Aristóteles, cada ciencia particular parte de
principios que ella misma presupone, y que no está dentro de sus compe-
tencias demostrar, o sea, obtenerlos como conclusión por medio de de-
ducciones apodícticas a partir de otros principios (Top. I 2,101a37-39;
APo. II 19, 100b10-11, 100a13-14), parecería promisorio, con el fin de
disolver posibles dudas escépticas, contar con un método que, si no alcan-
za, estrictamente, a demostrar los principios, pueda, cuando menos, pro-
barlos de alguna manera en referencia a opiniones reconocidas. Y en
esta dirección han buscado, efectivamente, el aporte de la dialéctica al-
gunos intérpretes (Rapp, 20042: 110 y s., 140 y s.).
Ciertamente, tal procedimiento plantearía notorias dificultades, ya por
el mismo hecho de que una de las principales tesis epistemológicas de
Aristóteles delimita el concepto de saber (epístasthai, eidénai) genuino
como el que se elabora a través de demostraciones (APo. I 2, 71b9-12,
71b17, passim). Y no resultaría, por tanto, nada satisfactorio hacer des-
cansar sobre contingentes opiniones difundidas el edificio necesario de
las demostraciones científicas. Sobre todo, esta versión fundacionista de
abordaje del problema se enfrenta ante la alternativa, difícilmente resolu-
ble, de proveer a ciertas opiniones de virtudes epistémicas que Aristóteles
le reconoce exclusivamente a los principios (verdad, necesidad, prioridad
explicativa, etcétera; cfr., APo. I 2) o bien degradar el estatus epistémico
de los principios, convirtiéndolos en meros contenidos de la opinión —una
tesis que no debe equipararse directamente con la posible atribución de
falibilismo epistemológico al estagirita.
Esta contraposición entre la capacidad epistémica de las creencias y el
estatus evidente atribuido a los principios genera una de las mayores difi-
cultades para el planteo del tema que aquí me propongo abordar, y por
eso quisiera hacer algunas consideraciones al respecto.
Problemas para el rol fundacionista de la dialéctica
Cualquier interpretación del breve pasaje de Top. I 2 —donde Aristóteles
se refiere a la contribución que realizaría la dialéctica a la adquisición de
los principios de las ciencias por recurso a opiniones comunes— que se
formule en términos de alguna clase de fundamentación de los principios
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 22-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
mediante tales opiniones, arrojará, de seguro, un diagnóstico negativo sobre
la efectiva incidencia de la dialéctica en el periodo en que Aristóteles
plantea, en su teoría de la ciencia, que los principios científicos son pro-
pios y genéricamente unívocos respecto al sujeto acerca del cual se de-
muestran ciertos atributos. A las dificultades que para una lectura de
ese tipo entraña el anterior requisito, hay que añadir el rasgo que APo. II
19 atribuye a los principios y a su aprehensión, tal es, el de la imposibili-
dad de que el conocimiento de los principios por vía de la intelección
(noûs) sea falso y menos exacto que otro conocimiento de proposiciones
y hechos derivados a partir de los principios. El diagnóstico forzosamen-
te negativo sobre el aporte científico de la dialéctica depende, en este
caso, de la interpretación del conocimiento de los principios en términos
de evidencia inmediata provista por una facultad intelectual que no de-
pende de la labor demostrativa y que, por ello mismo, se halla exenta de
la corregibilidad intrínseca a la tarea de buscar las causas apropiadas y
suficientes para explicar cierto hecho. En efecto, esta búsqueda se lleva a
cabo mediante generalizaciones que dan como resultado la postulación
de ciertas proposiciones como principios cuya fuerza y alcance explicati-
vos hay que poner a prueba y justificar, posteriormente, mediante la for-
mulación de deducciones demostrativas. En APo. II 19, sin embargo,
Aristóteles establece una diferencia genérica entre el conocimiento de
las conclusiones obtenidas mediante demostración y la héxis o capaci-
dad específica que ciertos animales están en condiciones de desarrollar,
alcanzando, mediante esta última, un saber de los principios inmediatos
(99b23-26). Apoyándose en esta distinción, la lectura infalibilista de la
teoría aristotélica de la aprehensión de los principios deprecia el carácter
empírico e inductivo (100b3-5) con que el estagirita reviste todo el pro-
ceso de producción epistémica de conceptos (lógos, 100a2); proceso que
encuentra en la capacidad más elemental y primitiva de la sensación su
base previa y necesaria (100a10-11). Esta base nos provee un conjunto
indistinto o indiferenciado (adiaphóron 100a16) a partir de cuya diferen-
ciación (diaphorá, 100a1) producimos los conceptos universales (kathólou,
100a16) hasta llegar a conceptos ya no más divisibles, o sea, que son los
últimos en el análisis del conjunto indiferenciado inicialmente accesible.
Aristóteles califica tales conceptos como universales indivisibles (100b2),
y ellos representan los principios en su epistemología.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 23-42
FABIÁN MIÉ
Como se puede apreciar, hay una fuerte tensión entre la interpretación
ortodoxa del noûs como facultad intelectual de la evidencia intuitiva, por
un lado, y la fuente empírica a partir de la cual se elaboran los principios
mediante generalización inductiva, por el otro. Esta tensión repercute en
la explicación del rol que puede atribuírsele a la dialéctica en el descubri-
miento o la justificación de los principios. Si el examen dialéctico de las
creencias desempeña efectivamente el rol de conducir hacia los princi-
pios, como promete, sin mayores aclaraciones, Tópicos I 2, 101b3-4, me
parece imprescindible reinterpretar la elaboración de conocimiento, en ge-
neral, y el descubrimiento de principios, en particular, aclarando la contri-
bución de las éndoxa al despliegue del proceso inductivo de generalización.
Analíticos Segundos II 19 presenta, empero, dificultades especiales que
aquí no puedo tratar con detenimiento. La última sección del capítulo
(100b5-17) parecería ofrecer algún sustento a la lectura fundacionista-
intuicionista. Pues lo que allí se dice parecería volver superflua toda la
anterior base empírica y la naturaleza inductiva del proceso de elabora-
ción de principios, al requerirse una facultad especial, infalible y diversa
de la opinión y el razonamiento. Sólo la ciencia y la intelección, por ser
siempre verdaderas, se consideran como candidatos adecuados a apre-
hender los principios; pero de ambas, la intelección es la elegida para
aprehender los principios, ya que no hay nada más exacto que ella (100b5-
9). En 100b10-14, se declara que la epistéme va siempre acompañada de
razonamiento (metà lógou, 100b10); y, si es así, no habría ciencia de los
principios (100b10-11). La lectura infalibilista lo interpreta como si
Aristóteles estuviera sosteniendo que la aprehensión de los principios ex-
cluye la deducción demostrativa.12 Pero, como consecuencia de ello, se hace
del noûs un género de saber disociado del proceso inductivo que se halla
a su base; aunque, justamente en virtud de tal separación, no se explica
por qué motivo Aristóteles expone un proceso gradual, es decir, una ge-
neralización paulatina que tiene su punto de partida y base en la percep-
12
Interpretaciones más recientes mantienen, en cambio, que la base inductiva hace que de
la aprehensión noética de los principios no se elimine la falibilidad. Cfr., Bäck, 1999;
Detel, 1993: 297-302. Sobre la falibilidad de la percepción, véase de An. III 3, 428a11-15,
b19-30; APo. II 7, 92a37-b1 (la inducción, como heurística, sólo alcanza a hacer plausible
provisoriamente la postulación de cierto principio); Top. II 3, 110a32-36.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 24-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
ción, cuya integración y rendimiento dentro de la generalización se ve
garantizada por el hecho de que, no obstante lo que percibimos es siem-
pre un particular, lo que en él capta la percepción misma es algo univer-
sal (100a17). La tesis central del estagirita acerca de la inmediatez de los
principios es una tesis acerca de su indemostrabilidad, y mantiene que,
por recurso a un conjunto de proposiciones que se demuestran a partir
de ciertos principios, no pueden demostrarse esos principios (100b13-
14). Pero ello no implica que el modo de saber que aprehende los princi-
pios sea independiente o que incluso no se alcance a partir del mismo
proceso de generalización empírica ni elaborando demostrativamente los
contenidos epistémicos que se obtienen en los grados inferiores.
Ahora bien, acerca de la misma imposibilidad de tratar científicamen-
te, o sea, demostrativamente los principios propios de una ciencia particu-
lar, parece hablar también Top. I 2, 101a37-38; y justamente a través de
un aporte que se califica allí como lo más peculiar de la examinación dia-
léctica (dialektiké [...] exetastiké 101b2-3), se destaca que las creencias
comunes constituyen un medio para discurrir (dieltheîn, 101b2) acerca de
todos los principios (101a39-b1). Lo que me interesa ahora subrayar son
las dificultades que evidentemente existen para compatibilizar los dos
pasajes centrales que he resumido antes, contra el trasfondo de una lectu-
ra fundacionista e infalibilista de la teoría de la ciencia aristotélica.
Por otro lado, si se priva a las creencias de contenido empírico, diso-
ciándolas de la percepción, y no se encuentra para ellas rol alguno en la
configuración de la base empírica del conocimiento científico, la dialécti-
ca, restringida al tratamiento de opiniones antitéticas, poco o nada podrá
aportar a la ciencia. Por eso, el concepto y el rol epistemológico de las
éndoxa, y no tanto el método en su variante diaporemática, aplicado en
distintos contextos, es lo que me propongo considerar a continuación.
Pero es menester considerar también otra cuestión que se refiere a
componentes técnicos del silogismo. Pues las premisas del silogismo de-
mostrativo deben incluir la causa de lo aseverado en la conclusión y ser
verdaderas; mientras que el silogismo dialéctico no apunta a la demostra-
ción ni, por ende, incluye causas y sus premisas son meramente plausi-
bles u opiniones comúnmente aceptadas. En Top. I 1, 100a27-b23 —uno de
los pasajes más conspicuos donde se lee esta contraposición—, Aristóteles
enfatiza que la diferencia entre las premisas de uno y otro silogismo reside
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 25-42
FABIÁN MIÉ
en que la veracidad de las premisas demostrativas no depende de, ni se
justifica por, la aceptación mayoritaria de que ellas puedan gozar. Esto
explica, a su vez, que los principios científicos sean confiables (pístis) por
sí mismos, no por una razón ajena a su propio contenido (100b18-21),
como evidentemente sería el acuerdo mayoritario acerca de su validez.
Además, el calificativo de confiables, aplicado a los principios silogísticos,
quizá sirve también para descartar que ellos reciban su valor epistemológico
de lo demostrado a partir de ellos. Ésta es una calificación estándar de
los principios, que está contenida, por ejemplo, en la lista de condiciones ca-
nónicas de APo. I 2 bajo los apelativos de primero e inmediato. Lo que
quiere decir que una proposición expresa un principio en cuanto que no
hay otra anterior a ella en el orden de la demostración respectiva (oikeíon,
72a6, a7-8). En lo atinente a las opiniones que mantenemos acerca de los
principios, hay que subrayar que ellas no son lo que legitima el estatus
demostrativo de aquéllos, en cuanto la fuerza explicativa y la verdad de
los principios no provienen ni dependen de la aceptación que ellos han lo-
grado en la comunidad que comparte tales creencias. Top. I 1 fija la fuente
diversa de legitimación de los principios, sin que esto conlleve la expul-
sión de las creencias de aquella instancia de elaboración de conocimien-
to científico que en ese mismo texto se insinúa como fuente de aporías, o
sea, el descubrimiento de los principios.
Una cuestión particular que podría suscitarse aquí atañe a si las creen-
cias pueden incluirse dentro de lo más próximo y conocido para nosotros,
de que habla APo. I 2, 71b29-72a5. Si así fuera, las creencias ocuparían
finalmente un lugar en la base epistemológica a partir de la cual, confor-
me a nuestro equipamiento cognitivo natural, elaboramos generalizacio-
nes y principios explicativos. Ese texto describe la base epistemológica de
la ciencia como ocupada por la aprehensión sensorial de las cosas particu-
lares. Esto suscita una cuestión que pretendo perseguir aquí. Pues la rela-
ción entre creencias y percepción en la configuración de la mencionada
base epistemológica podría devolverle a la dialéctica su rol en el descubri-
miento de los principios, a la vez que dotaría a las creencias de un lugar
para hacer su contribución específica en la configuración del contenido
complejo de nuestro conocimiento, reforzando la matriz empírica del pro-
ceso sin sacrificar la prioridad explicativa de los principios alcanzados. A
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 26-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
la vez, como es evidente, se torna necesario encontrar tal peculiaridad
de las creencias, ya que la anterioridad de las mismas no puede residir en
ese acceso a las cosas particulares que nos pone a disposición, en cam-
bio, la percepción. Una de las tareas principales en la interpretación de
la relación entre dialéctica y ciencia consiste, por ende, en devolver a las
creencias su anterioridad peculiar en relación con nuestra manera
específicamente humana de elaborar conocimiento partiendo siempre de
lo que nos resulta más conocido.
La interpretación que, a mi juicio, puede resolver estos problemas es
aquella que aclare la incidencia peculiar de las creencias en la configura-
ción conceptual de los datos perceptivos que se hallan en la base empírica
de la ciencia. Entre creencias y percepciones debe existir una imbricación
que arraiga en la manera en que humanamente procesamos de manera
comprensiva los hechos. Una de las cosas que deberíamos explicar es qué
quiere decir exactamente que una creencia plausible acerca de tales y cua-
les principios explicativos nos resulta accesible de inmediato y configura
nuestra propia posibilidad de acceder comprensivamente a ciertos fenó-
menos dentro de un marco histórico-conceptual determinado.
EL ALCANCE DE LA DIALÉCTICA
Una interpretación alternativa de la contribución que presta la dialéctica
a la elaboración de la base empírica de las ciencias no puede pasar por
alto las limitaciones técnicas de su mismo procedimiento, al que nos he-
mos acercado en el apartado anterior. Pues la dialéctica procede, general-
mente, a través de un intercambio de preguntas y respuestas, que apunta
a someter a examen una tesis problemática a partir de creencias plausi-
bles (éndoxa).13 Su propósito general, a diferencia del correspondiente a
las ciencias, no reside en formular silogismos demostrativos, ya que en las
premisas del silogismo dialéctico se recogen meramente opiniones rele-
vantes (katà dóxan, Top. I 1, 100a27-b23; I 14, 105b30-31; VIII 11, 161b19
13
Acerca de las premisas, los problemas y la tesis en la dialéctica, véase Top. I 10-11; 13,
105a22-25; 14, 105a35-105b13; VIII 2, 157b32-33, 158a15.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 27-42
FABIÁN MIÉ
y ss.),14 sin que la universalidad con que se aceptan esas opiniones pueda
considerarse un índice definitivo de que se trata de opiniones verdaderas
o explicativamente relevantes y primeras por naturaleza, ya que no tene-
mos que ver aquí con la universalidad propia de los principios científicos
(APo. I 2, 71b20-22), sino, más bien, con la que característicamente halla-
mos en el ideal del consensus omnium. En uno de los muchos pasajes que
limitan el alcance científico del acuerdo, Aristóteles señala (GA III 10,
760b27-33) que las creencias arraigadas en la tradición no son siempre
verdaderas ni pueden pretender imponerse en contra de los resultados
de la observación y la explicación científicas. Entonces, otra cuestión que
tenemos que plantearnos se refiere a la manera en que hay que interpre-
tar la incidencia que, sin embargo, el mismo estagirita le asigna a la dia-
léctica dentro de pasajes como el siguiente:
Como en los demás casos, es necesario, habiendo establecido los fenómenos
(tithéntas tà phainómena) y habiendo pasado revista, anteriormente, a las difi-
cultades (kaì prôton diaporêsantas), probar (deiknýnai), principalmente, todas
las opiniones plausibles (málista mèn pánta tà éndoxa) acerca de estas pasiones;
y si esto no es posible, la mayoría de ellas (tà pleîsta) y las más importantes
(kyriótata); pues si se resuelven las dificultades (lýetaí te tà dyscherê) y las opi-
niones plausibles quedan firmes, resultará suficientemente probado este asunto
(dedeigménon àn eíe hikanôs). (EN VII 1, 1145b3-8)15
¿De qué manera podrían colaborar ciertas creencias a probar los princi-
pios de una ciencia determinada, siendo que creencias y principios tienen
un estatus epistemológico muy dispar? Como vimos, agudizan esta duda
textos en los que se habla de la adquisición del conocimiento de los princi-
pios por vía del noûs, como APo. I 3, 72b 19-23, donde se reafirma la condi-
ción de primariedad e inmediatez de los principios que ya se estableciera
14
APo. I 19, 81b18-20: “para quienes razonan según la opinión (katà dóxan), esto es, sólo
dialécticamente, es evidente que hay que investigar únicamente esto: si el razonamiento
se genera a partir de lo que es más creíble posible (ex hôn endéchetai endoxotáton)”. APo.
II 2, 90a6-7: un silogismo dialéctico no expresa necesariamente las relaciones explicativas
entre las cosas incluidas en el silogismo demostrativo.
15
Cfr., también, Ph. IV 4, 211a7-11; EE I 6, 1216b26-35.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 28-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
en I 2, 71b26-29. Asimismo, APo. II 19, 100b5-15 y EN VI 6, 1140b31-
1141a8, se toman como documentos que adjudican a la intelección, ex-
clusivamente, la capacidad de aprehender los principios.
Examinemos ahora el documento principal sobre la utilidad científica
de la dialéctica. Allí se sostiene que la dialéctica es útil:
En relación con los conocimientos filosóficos, porque seremos capaces, al haber
desarrollado en ambos sentidos un problema (pròs amphotéra diaporêsai), de
llegar a ver distintamente y más fácil lo verdadero y lo falso en cada cosa; y,
además, en relación con las cosas primeras (tà prôta) de cada ciencia. Pues a
partir de los principios propios (tôn oikeíon [...] archôn) de una ciencia dada
resulta imposible decir algo sobre ellos mismos, ya que los principios son pri-
mero respecto a todas las cosas (prôtai hai archaì), y a través de las opiniones
plausibles acerca de todas ellas resulta necesario discurrir (dieltheîn) sobre los
mismos. Pero esto es privativo o máximamente propio de la dialéctica; en efec-
to, siendo ella examinadora, en relación con los principios de todos los méto-
dos dispone de un procedimiento (exetastikè gàr oûsa pròs tàs hapasôn tôn
methódon archàs hodòn échei). (Top. I 2, 101a34-b4)
Es importante notar que aquí no se habla de dos aspectos del uso cien-
tífico de la dialéctica, sino que el examen dialéctico (exetastiké), mencio-
nado escuetamente al final del texto, puede especificarse si se considera
que se realiza diaporemáticamente, a lo cual aluden las dos primeras
líneas del fragmento citado. Así, la cláusula que comienza con “y, ade-
más” (Top. I 2, 101a36), no introduce un aporte nuevo y distinto que
proveería la dialéctica para conocer los principios; más bien habría que
entender esa cláusula como una aclaración relativa a la concernencia
del procedimiento diaporemático (101a35), regularmente aplicado al co-
mienzo de distintos tratados (e.g., EN I; VII 1, 1145b3-8; Metaph. I, 2-9; III
1, 995a24-995b3; VII; Ph. I).
En relación con la cuestión que fuera suscitada por Alejandro de
Afrodisia, Brunschwig (1967: 116 y s.) piensa que en Top. I 2, 101a36,
comienza una aportación científica diferente, la cual atañe a los principios
y no equivale al tratamiento diaporemático. Una primera dificultad para
esta interpretación, reside en que esta cuarta utilidad no está incluida
en el programa de tres utilidades inicialmente anunciado en este capítulo
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 29-42
FABIÁN MIÉ
(101a26-28). Pero, además, las dos razones que alega Brunschwig están
lejos de ser convincentes. En primer lugar, no hay oposición entre tàs
katà philosophían epistémas (101a34) y tôn perì hekásten epistémen
(101a37), pues lo relevante es, en ambos casos, la relación de la dialécti-
ca con el conocimiento científico, al que se alude claramente en dichas
expresiones. En definitiva, la lectura de Brunschwig depende de haber
disociado injustificadamente, a mi juicio, el método diaporemático y la
examinación, dando por supuesto que el primero corresponde a un proce-
dimiento menos específico que lo sugerido por la segunda. Esto se halla en
contradicción, evidentemente, con el uso específico de la diaporemática
en discusiones como las alistadas al final del párrafo anterior, todas refe-
ridas al establecimiento de principios. Hay que señalar que el examen de
las consecuencias que se derivan de las tesis opuestas y su visión de con-
junto, en lo que consiste el procedimiento diaporemático, es un órgano
dialéctico dirigido a la adquisición de conocimiento científico, tal como
lo afirma Top. VIII 14, 163b9-12.
El material al que se aplica el método16 diaporemático son las opinio-
nes con mejores credenciales acerca de aquellas cosas que los principios
de las ciencias están llamados a explicar; es decir, las éndoxa deben con-
cernir a la existencia de atributos que pertenecen por sí a un sujeto (APo.
I 7, 75a40-41; I 10, 76a33-36, 76b6-11). Por ende, las opiniones diapo-
remáticamente examinadas deben dar cauce a un procedimiento máxi-
mamente peculiar de la dialéctica, en cuanto ésta se aboca a creencias
plausibles acerca de los hechos cuyos principios la ciencia debe descubrir.
Estas opiniones no son directamente principios, sino factores que configu-
ran los hechos17 a partir de cuya investigación, a la que se ordena la reco-
16
El propósito general de la Top., que incluye los distintos usos, es el de ofrecer un méthodos
(I 1, 100a18); cfr., también, SE 11, 172a34-36 (la ejercitación, técnicamente conducida,
de la práctica natural de la refutación distingue al idóneo en el arte de poner a prueba).
Sobre la peirastiké, entendida como un examen, ejecutado por recurso a éndoxa, de la
posición de quien pretende conocer, cfr., SE 2, 165b4-6; 11, 171b4-7.
17
Brunschwig, 1967: 4, traduce, en cambio, tôn perì hékaston endóxon (Top. I 2, 101b1)
como “d’ idées admises à propos de chacune des ces notions”, en alusión a “les notions
premières de chaque science”, que es su versión de pròs tà prôta tôn perì hekásten epistémen
(101a36-37). Con ello, este comentador no advierte que las éndoxa conciernen a las
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 30-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
lección de información empírica que provee la historíe, pero a la que
contribuye también conceptualmente el examen dialéctico de las creen-
cias, podrán descubrirse los principios.
Así, se trata de un método que consiste en discurrir diaporemáticamente,
o sea, examinando las creencias más plausibles acerca de ciertos hechos,
como el trueno —creencias como estrépito en las nubes, que constituyen la
definición nominal de trueno—, para descubrir, aunque ya no con los
medios exclusivos de la dialéctica, cuáles son los principios —como la de-
finición real “estrépito en las nubes causado por la extinción del fuego”—
que permiten probar la pertenencia por sí de ciertos atributos (un cierto
estrépito) a un determinado sujeto (nube). El papel de las creencias se
ubica en la configuración conceptual de ese hecho que se aclarará, por
medio de una demostración, como un atributo por sí. Pero una demostra-
ción es sólo posible partiendo de una comprensión primera necesariamente
conceptual, del significado de ese atributo, que en una demostración se
supone (APo. I 10, 76b7). Es decir, se parte de una cierta comprensión de qué
es ese hecho, que se halla contenida en una opinión sobre él, y que evi-
dentemente no constituye aún una explicación, ya que no es una defini-
ción causal (dià tí, dióti, aitía) del mismo, como se exige en APo. II 1-10.
Las definiciones reales representan los principios propios (APo. I 3, 72b23-
25; I 8, 75b31; II 3, 80b24, 80b27); son las definiciones que introducen la
causa (extinción del fuego, para el caso del trueno; interposición de un cuer-
po opaco, para el del eclipse) y operan como término medio en un silogis-
mo demostrativo, como lo muestran los silogismos de APo. II 8-10. Por
cosas derivadas de los principios, esto es, los hechos. Es cierto que hechos y principios, en
un sentido, no se excluyen, como lo deja entrever la formulación de un hecho mediante
una definición nominal, y el análisis de ésta a través de una real que añade la causa
explicativa. Pero, precisamente en virtud de este último factor ambas definiciones guardan
un estatus epistemológico que se halla en los extremos opuestos de una determinada
ciencia. Lo científicamente relevante es el lugar y el papel concreto que ocupan las
creencias plausibles, claramente asociadas con las definiciones nominales. Para esta
importante relación, véase Bolton, 1976. Textualmente, hay apoyo para mi lectura. Pues
el neutro plural de perì hékasta, en 101b1, tiene como antecedente hapánton, en 101a39,
y no el femenino hai archaì, que también aparece en 101a39. Esta última expresión es
antecedente, en cambio, de perì autôn, en 101b1.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 31-42
FABIÁN MIÉ
consiguiente, en otro sentido, y sin contradicción, el establecimiento de
los hechos permitirá descubrir los principios. Esto es así porque los he-
chos se hallan conceptualmente configurados en términos comprensi-
vos concernientes al qué es (APo. I 2, 71b32-33). En tal caso se anticipa,
a través de la fijación de la referencia al objeto, lo que se descubre en
una explicación del por qué. De allí que sea sobre los principios que a
través del examen de las opiniones plausibles puede alcanzarse algún
resultado (Top. I 2, 101b1, b4).
Ésta es la misma doctrina que mantiene el siguiente texto metodológico
central:
Propios de cada ciencia es la mayoría <de los principios>. Por eso los princi-
pios de cada ciencia son provistos por la experiencia; aludo, por ejemplo, a la
experiencia astronómica de la ciencia astronómica. En efecto, una vez que han
sido aprehendidos suficientemente los fenómenos (lephthénton [...] tôn
phainoménon, APr. I 30, 46a20), de esta manera se encontraron las demostra-
ciones astronómicas. E igualmente sucede con cualquier otro arte y ciencia. Con-
secuentemente, una vez que se hayan aprehendido los hechos (lephthêi tà
hypárchonta, 46a23) acerca de cada una, ya es nuestra tarea poner de manifies-
to adecuadamente las demostraciones. Si, pues, en la observación (historían) no
se ha dejado de aprehender (paraleiphtheíe) nada de los hechos que verdadera-
mente se dan en las cosas (tôn alethôs hyparchónton toîs prágmasin, 46a25),
estaremos en condiciones, acerca de todo aquello de lo cual hay demostración,
de encontrar ésta y haber llegado a demostrar; y de aquello de lo cual no hay natu-
ralmente demostración, hacerlo manifiesto (phanerón). (APr. I 30, 46a17-27)18
La tesis de este texto coincide con lo que, desde su punto de vista,
enfocado al rendimiento de la dialéctica, sostiene el pasaje de los Tópicos.
Allí se arguye que a través de opiniones plausibles acerca de los hechos
(dià dè tôn perì hékasta endóxon, Top. I 2, 101b1) —que por el tratamiento
científico a ellos aplicados pueden adquirir el estatus de cosas derivadas
explicativamente a partir de sus principios propios (prôtai hai archaì
hapánton, 101a39)— resulta necesario descubrir los principios. La dialé-
ctica, en su realización examinadora a través del método diaporemático,
18
PA I 1, 639b6-11; I 5, 645b1-3; HA I 6, 491a10-14.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 32-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
constituye un procedimiento metódico (hódon, 101b4) adecuado para
descubrir los principios, pues los hechos, que conforman la base empíri-
ca de las ciencias, se hallan conceptualmente configurados ya en cuanto se
aprehenden y entran a funcionar en un contexto investigativo como da-
tos observacionales. Tales conceptos son provistos por las opiniones más
firmemente establecidas acerca del tema. Esto no puede realizarlo la
ciencia mediante sus deducciones, pues las mismas se implementan sobre
una base empírica y a partir de resultados del análisis aplicado a dicha
base, lo que da lugar al descubrimiento de principios. Por eso es que la
dialéctica no presta una ayuda aleatoria, sino que representa un método
necesario (anágke, 101b1), integrado a la investigación científica de los
principios, al nivel de la historíe, o sea, de la observación y recolección de
datos (cfr., Lloyd, 1999: cap. 3; Detel, 1993: 244-247).
Quisiera avanzar en la explicación del aporte científico de la dialéctica,
así entendido, suscitando dos ulteriores cuestiones que retoman algunas
de las que he planteado en los apartados anteriores. Por un lado, (a) ¿qué
razón hay para que algunas opiniones comunes deban formar parte de una
teoría científica, a pesar de que Aristóteles reconoce perfectamente que
las opiniones plausibles, que conforman las premisas del silogismo dia-
léctico (katà dóxan, Top. VIII 11, 161b19 y ss.), no pueden reemplazar
a los fenómenos perceptivos que dan la base empírica necesaria de una
ciencia?19 Por otro lado, (b) ¿cuáles son las creencias acreditadas (éndoxa)
que, eventualmente, tienen que tomar en consideración las ciencias?
La función conceptual de las creencias en la base empírica de la ciencia
Las apariencias dialécticas son aquellas creencias que nos permiten cons-
tituir el entramado conceptual de nuestra experiencia y en ello tienen la
19
APr. I 30, 46a17-27; GA III 10, 760b27-33; GC I 2, 316a5-13; HA I 6, 491a7 ss.; de An.
I 1, 402b21 ss. La base de datos de la ciencia no se restringe a las éndoxa, que constituyen,
en cambio, la única base de la dialéctica (Top. I 1, 100a30). Esto explica que haya
muchos resultados científicos que entran en conflicto con las opiniones reputadas sobre
cierto tema, en la medida en que tales opiniones no han sido fijadas apoyándose en una
descripción empíricamente adecuada de los hechos relevantes (cfr., e.g., GA III 10,
760b27-33).
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 33-42
FABIÁN MIÉ
función de demarcar —en el sentido tanto de dar el marco conceptual
básico y estructural que hace posible nuestra comprensión, como tam-
bién de delinear los límites de la misma— la razonabilidad de nuestra
comprensión del mundo. La integración de nuevas observaciones y re-
sultados científicos a ese marco comprensivo general se hace factible
sólo a través de la flexibilidad de nuestra experiencia comprensiva y con-
tando con aquel marco doxástico de conceptos establecidos. La dialécti-
ca, en su uso científico, permite examinar la red dinámica de creencias
que están en la base de nuestro conocimiento, y que, por su propio ca-
rácter de marco de verosimilitud (Rh. I 1, 1355a15-18), predetermina,
guía y posibilita el despliegue organizado del conocimiento, que tiene
lugar en la investigación científica. Dialéctica y ciencia comparten par-
cialmente la base epistemológica, no recogen información de diferentes
mundos inconexos. Entre ellas persiste, empero, una distinción metodo-
lógica y de objetivos, aunque no una disociación desde el punto de vista
de la intención común que Aristóteles asigna al conocimiento ordinario,
al científico y a la dialéctica, tal es la de alcanzar conocimiento del mun-
do con capacidad explicativa real incorporada a formulaciones univer-
sales y legaliformes, y conformar un entramado de creencias consistente
y verdadero. La dialéctica y la ciencia comparten su base epistemológica
por el hecho de que ambas toman sus puntos de partida de aquello que es
primeramente más inteligible para nosotros: por un lado, las creencias acre-
ditadas, que aceptamos y compartimos en tanto que miembros de una
comunidad histórica y hablantes de un lenguaje natural; y, por el otro, los
fenómenos perceptivos, que dan cuenta de la influencia causal que el mun-
do tiene sobre nosotros vía la percepción sensorial y su elaboración a
través de habilidades cognitivas superiores. Al lego y al científico, en la
medida en que comparten el mundo común de la experiencia humana,
les interesa la consistencia de los resultados especiales de la ciencia respec-
to a las creencias más firmemente establecidas y verosímiles; y es ese inte-
rés racional general el que explica que, para Aristóteles, exista una prueba de
consistencia que valide dialécticamente cierta teoría científica.
Sin embargo, esto no significa renunciar al control externo de nuestras
creencias, reduciendo su justificación a su aceptación. Una posición de
este tipo redunda en la tesis que afirma que nada puede justificar una creencia
que no sea ello mismo una creencia. Con esto, se excluye de todo papel jus-
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 34-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
tificatorio a la experiencia misma, pues se la entiende como una infor-
mación de algo que sólo puede interactuar con el sujeto epistémico en
un orden físico-causal radicalmente diferente del espacio de las razones
y los conceptos. Así, llega a ser contradictorio pretender que la experien-
cia pueda representar una razón para justificar nuestras creencias.
Para Aristóteles, la prueba de un teorema no se efectúa a través del
mero análisis de las relaciones conceptuales entre sus términos. No me
parece que ésta sea la tesis sobre la justificación y el rol de las creencias
que promueve Aristóteles. Pues, para él, los conceptos que resultan del
examen dialéctico de las opiniones mayoritariamente aceptadas son aquello
dentro de cuya esfera se enmarca nuestra comprensión de los fenómenos
del mundo concernidos por tales creencias. Pero esas creencias están abier-
tas a la experiencia, a través de la cual el mundo ejerce su influjo causal y
coacción racional sobre nuestro pensamiento; por eso, la realidad no de-
pende de nuestras creencias y nuestras posibilidades de explicación no
están encerradas en la esfera de nuestras creencias iniciales. Por el contra-
rio, por su misma naturaleza y función, en tanto que ellas son sólo lo que
es inicialmente más conocido para nosotros, pero no lo más conocido
por sí,20 nuestras creencias se hallan sometidas a examen racional median-
te la investigación científica, que, sin embargo, se elabora a partir de la base
que configuran conceptualmente las éndoxa. El ideal de justificación que
vimos expresado en textos como el de EN VI 1 no conlleva una restricción
que ordene admitir en el universo científico únicamente resultados consis-
tentes con las creencias vulgares, ni prohíbe que el conocimiento de los
expertos permee nuestra ideología general e, incluso, se imponga gra-
dualmente sobre algunas de las más firmes opiniones preexistentes.21 Las
20
Sobre esta distinción, véase Ph. I 1, 184a16-18; Metaph. VII 3, 1029b3-12; de An. II 2,
413a11-13; APo. I 2, 71b33-72a5.
21
Correcciones de éndoxa se hallan en HA V 5, 541a12 y ss.; GA III 5, 755b1 ss. Un pasaje
que puede servir de ejemplo tanto de la posición no conservadora sobre el veto a teorías
de expertos, como también de las características que hacen a una teoría implausible, es
Cael. III 4, 303a20-23, donde, en contra de una opinión con credenciales (la teoría atomista)
acerca del lugar físico, Aristóteles afirma: “A estas dificultades se añade que es necesario
combatir las ciencias matemáticas al sostener que hay cuerpos indivisibles, y también
eliminar muchas de las creencias y de los fenómenos perceptivos (phainomémon katà tèn
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 35-42
FABIÁN MIÉ
opiniones de expertos que Aristóteles rechaza son aquellas realmente
exóticas,22 que entran masivamente en conflicto o contradicción con lo que
todos o la mayoría acepta. Por otro lado, una posición proteccionista de la
ideología establecida iría en contra de ese precepto que involucra la acep-
tación de innovaciones en el orden de las creencias. Me refiero a textos
como Ph. I 1, 184a16-b14 y, sobre todo, Metaph. VII 3, 1029b3-12. La
adquisición de conocimiento está por debajo de sus propias posibilidades
naturales y de realizar su propio bien como fin (Metaph. I 1; EN I 2, 1094a
18-23; X 7) cuando, partiendo de lo más conocido para nosotros, no llega-
mos a dotar de una similar cualificación a lo que es más conocido en sí.
Para concluir, ofreceré una breve defensa de la solución que propon-
go, mostrando que a ella responde el conocido pasaje metodológico con
que se abre la Física.
El avance epistemológico que entraña dar la definición de algo y ela-
borar el conocimiento de elementos cuya capacidad de explicar la fija-
ción de la referencia del nombre de una cosa los cualifica como más
cognoscibles por sí mismos y los dota del estatus epistemológico de prin-
cipios, delimita el tema general de la consideración metodológica que
Aristóteles colocó al comienzo de la Física (I 1, 184a14-16). Aristóteles
aclara la obtención de principios explicativos de la ciencia y el conoci-
miento, en general (tò eidénai kaì tò epístasthai), mediante un interesan-
te ejemplo acerca de la relación entre nombre y definición. La palabra
círculo (184b2) tiene un significado preciso que se halla fijado mediante
su función como nombre de objetos ejemplares, de los cuales tenemos
una experiencia epistemológicamente suficiente en un orden, pero que
revela información indeterminada (adiorístos, 184b2), en otro orden.
En efecto, un nombre no expresa la articulación de partes o componen-
tes (tà kath’hékasta, 184b3) estructurales del objeto que, por ello mismo,
el nombre denota como un conjunto o todo (hólon, 184b2). Un nombre
es, en comparación con la definición del objeto, algo más conocido para
aísthesin), acerca de lo cual se habló antes en los tratados sobre el tiempo y el movimiento”.
Cfr., también, Ph. I 8, 191b30-31: la tesis eléata plantea aporías porque elimina
necesariamente algunas de las cosas que plausiblemente se afirman (tà eireména).
22
Las de eléatas acerca de las entidades físicas, en Ph. I 2-3; las de protagóreos y heraclíteos,
en Metaph. IV, 4-8.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 36-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
nosotros, en la medida en que somos hablantes competentes de un len-
guaje natural. Pero el tipo de conocimiento que él entraña sólo aporta la
base epistemológica de un proceso natural (péphyke, 184a16) —en cuanto
se genera a partir de capacidades epistémicas específicamente huma-
nas— de elaboración de conocimiento, cuyo resultado acabado es el co-
nocimiento científico, que tiene que comenzar por hallar una definición
del círculo, que introduzca en el definiens los constitutivos esenciales de
esa figura. En comparación con la credibilidad que ostenta el uso regu-
lar de nombres para identificar objetos, una definición divide (diaireîn,
184b3) los componentes estructurales del complejo que es un objeto,
efectuando, con ello, una articulación de sus partes conceptuales. Parti-
mos, entonces, de creencias aceptadas, que gozan del estatus epistemo-
lógico de lo que del mundo resulta más conocido para nosotros. Mediante
ellas, adquirimos conceptos que carecen aún de una articulación preci-
sa, pero que nos permiten encuadrar comprensivamente nuestro con-
tacto perceptivo con el mundo. De allí que lo que percibimos sea siempre
algo de un cierto tipo, lo que se explica por la configuración doxástica de
nuestro acceso perceptivo al mundo.
La estructura de los conceptos y los objetos a que accedemos en ese
estadio epistémico no nos resulta conocida con la sola posesión de creen-
cias. Esto guarda una correspondencia con el hecho de que tales ítems
anteriores en relación con nuestra capacidad epistémica no son simples; o
sea, en nuestra experiencia perceptiva nunca accedemos meramente a
datos puros de la sensación. Aristóteles describe aquí los objetos inmedia-
tamente conocidos por nosotros como compuestos (tò kathólou, 184a23-
24, 26) que se revelan a la percepción mezclados (ésti d’hemîn tò prôton
sygkechyménon mâllon, 184a21-22; tò gàr hólon katà tèn aísthesin
gnorimóteron, tò de kathólou hólon tí esti, 184a24-25). El descubrimien-
to de los principios y causas se produce sólo con posterioridad (hýsteron,
184a22, b14), pues lo primero conocido para nosotros no es lo más co-
nocido en sí (184a18). En ese contexto explicativo desempeñan su rol
específico las definiciones, en cuanto a través de ellas podemos conocer
la estructura de la cosa inicialmente nombrada y sensorialmente apre-
hendida (184a22-23) como un todo indistinto (hólon gàr ti kaì adiorístos
semaínei, 184b11, a24-25). Las partes del todo inicialmente aprehendido
(184a26) sólo aparecen una vez que éste es sometido al análisis, reve-
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 37-42
FABIÁN MIÉ
lándose como partes esenciales de la cosa que se introducen en el definiens.
Aristóteles los compara con los elementos (stoicheía, 184a23, a11, a14)
en que dividimos algo complejo para analizar su composición y conocer-
lo a través de su estructura.
Como lo pone en evidencia la ilustración del nombre y la definición,
pero también la del uso de un nombre (padre) como grilla por medio de la
cual los infantes, en un período de su desarrollo cognitivo, clasifican el
conjunto de los varones mayores para posteriormente corregir la referen-
cia restringiéndola al único individuo correcto, la elaboración de los prin-
cipios explicativos parte de la información perceptiva y de creencias que
hacen comprensible inicialmente la complejidad de los fenómenos. Es
importante remarcar que lo primero para nosotros no equivale a un ámbi-
to de los objetos puramente sensibles, y definitivamente no coincide con
la supuesta prioridad de los datos sensoriales en cierta concepción empi-
rista del conocimiento, y fenomenista de la percepción, que busca afirmar
su anclaje en el mundo mediante la supuesta aprehensión directa de datos
observacionales puros. En la concepción de Aristóteles, los objetos sensi-
bles no son epistémicamente anteriores por el hecho de que su aprehen-
sión transmite información sensorial transparente acerca del mundo,
incontaminada de conceptos. La prioridad de tales objetos es relativa a las
capacidades epistémicas de nuestra mente para establecer contacto con el
mundo. Sin embargo, la aprehensión inmediata de esos objetos y el mane-
jo de nombres no contiene información que ofrezca ya conocimiento en el
sentido epistemológicamente cualificado en que Aristóteles habla de
epistéme en este pasaje y en referencia a principios explicativos (184b2-3).
La distinción entre conocido para nosotros/conocido por sí corresponde,
entonces, a la diferencia entre dialéctica y ciencia. Y la base epistemológica
que el primer miembro del par anterior establece en relación con el se-
gundo —pues, como anticipé, la tesis central de Aristóteles en este capí-
tulo es, precisamente, que el avance en el conocimiento consiste en partir
de lo que nos resulta a nosotros más conocido hasta apropiarse de lo que
es más conocido por sí mismo (184a16-21, a23-24)— corresponde, igual-
mente, a la contribución que hace la dialéctica a la configuración de la
base empírica de la ciencia.
En conclusión, los conceptos que se fraguan históricamente en la di-
námica interna de la formación de creencias parten de observaciones y
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 38-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
componen el encuadre conceptual del arsenal de experiencias sólida-
mente establecidas al que recurrimos en nuestra comprensión, tanto en
la vulgar como en la especializada. Tales conceptos son el medio mismo
y el resultado natural de nuestra elaboración comprensiva, específi-
camente humana, de nuestro acceso perceptivo al mundo. Por ello, las
creencias poseen contenido empírico, en la medida en que su fuente de
elaboración coincide con el proceso descrito en APo. II 19 y Metaph. I 1,
donde se trata la metodología con la que se elabora el conocimiento cien-
tífico de principios universales explicativos mediante inducción a partir
de la percepción, la memoria y la experiencia. En esos capítulos, Aris-
tóteles señala que partimos del conocimiento desarticulado de un con-
junto mezclado o confuso, lo que en otros textos (APo. I 13; II 8) está
representado por la percepción de hechos, como el eclipse lunar. Pero la per-
cepción del hecho no constituye una base puramente sensorial que diera
cauce a un proceso de inducción que sólo en un estadio posterior recibiría
una carga conceptual originalmente ajena a la aprehensión del fenómeno.
Las nociones que Aristóteles utiliza en Ph. I para analizar el cambio
surgen de la discusión y el examen dialécticos de las opiniones de sus
predecesores. En esto consiste un rendimiento específico de la dialéctica
utilizada científicamente, lo que se conoce como método diaporemático.
Los conceptos obtenidos por la aplicación de ese método al examen de las
creencias más plausiblemente expuestas por los predecesores —concep-
tos como materia, forma y privación (I 5-7)— no se hallan desprovistos de
contenido empírico. Al contrario, Aristóteles los examina allí a título de
opiniones de expertos acerca de ciertos hechos que los principios busca-
dos deberán estar en condiciones de explicar. Además, dado ese carácter
empírico de las mismas creencias, Aristóteles las pone a prueba en rela-
ción con la base inductivo-empírica que las sostiene o debe conducir, por
el contrario, a rechazarlas. Igualmente, es legítimo examinarlas tenien-
do en cuenta su consistencia con otras creencias dentro de teorías de las
que unas y otras forman parte. El científico natural acepta hipótesis —su
hipótesis principal es que la naturaleza es móvil— sólo si puede exhibirse
como sostén de las mismas una base inductiva, si ellas pueden hacerse
evidentes por inducción (dêlon d’ ek tês epagogês, I 2, 185a4-15).
Si Ph. I 1 es un texto representativo sobre la naturaleza y función de los
principios científicos en general, entonces, parece poder concluirse que,
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 39-42
FABIÁN MIÉ
para Aristóteles, los principios no carecen de base inductiva y contenido
empírico. Pero además, esa base inductiva, que parte de la percepción de
hechos, constituye una aprehensión comprensiva de un conjunto confuso
que, sin embargo, contiene en sí las causas de su explicación, similarmente
a como en la definición nominal de círculo se halla contenido el por qué, el
cual, sin embargo, sólo la definición real y su introducción como uno de
los términos del silogismo respectivo, llega a articular. Las creencias po-
seen contenido empírico porque se desarrollan al nivel de la experiencia,
aunque, en su propio aporte epistémico, no se confunden con las aparien-
cias perceptivas. La percepción de hechos, a su vez, tiene una característi-
ca específicamente comprensiva, ya que forma parte de un proceso
ejecutado dentro de un cierto marco conceptual doxástico, siendo siem-
pre, así, una percepción interpretada en el marco de creencias aceptadas
en virtud de su eficacia referencial.
BIBLIOGRAFÍA
Aristóteles:*
(19932), Aristotle, Posterior Analytics, traducción y comentarios de Jonathan Barnes, Nueva York,
Estados Unidos, Oxford University Press.
(1967), Aristote, Topiques (Livres I-IV), texto establecido y traducido por Jacques Brunschwig, París,
Francia, Les Belles Lettres.
(1949), Aristotle’s Prior and Posterior Analytics, texto revisado, introducción y comentarios de William
David Ross, Oxford, Reino Unido, Oxford University Press.
*
Las abreviaturas que se usan respecto de la obra de Aristóteles son las siguientes —unas
llevan punto final, otras no, según el Lexicon de Liddle/Scott/Jones, los nombres en
español se toman de las traducciones publicadas por Gredos:
APo. = Analíticos Segundos EE = Ética Eudemia
APr. = Analíticos Primeros SE = Refutaciones Sofísticas
Top. = Tópicos PA = Acerca de las partes de los animales
Metaph. = Metafísica HA = Historia de los animales
de An. = Acerca del alma Rh. = Retórica
GA = Acerca de la generación de los animales GC = Acerca de la generación y la corrupción
EN = Ética Nicomáquea Cael. = Acerca del cielo.
Ph. = Física
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 40-42
DIALÉCTICA Y CIENCIA EN ARISTÓTELES
Bibliografía secundaria :
Barnes, Jonathan (1981), “Proof and the syllogism”, en Enrico Berti (ed.), Aristotle’s On Science. The
“Posterior Analytics”, Padua, Italia, Antenore, pp. 17-59.
Barnes, Jonathan (1969), “Aristotle’s theory of demonstration”, Phronesis, vol. XIV, pp. 123-154.
Bäck, Allan (1999), “Aristotle’s discovery of first principles”, en May Sim (ed.), From Puzzles to Principles?
Essays on Aristotle’s Dialectic, Lanham, Estados Unidos, Lexington Books, pp. 163-181.
Berti, Enrico (1995), “L’ uso ‘scientifico’ della dialettica in Aristotele”, Giornale di Metafisica (N.S.),
vol. XVII, pp. 169-190.
Berti, Enrico (1975), “La dialettica in Aristotele”, en Studi aristotelici, L’Aquila, Italia, Japadre, pp.
109-133.
Bolton, Robert (1999), “The epistemological basis of aristotelian dialectic”, en May Sim (ed.), From
Puzzles to Principles? Essays on Aristotle’s Dialectic, Lanham, Estados Unidos, Lexington
Books, pp. 57-105.
Bolton, Robert (1995), “Aristotle’s method in natural science: Physics I”, en Lindsay Judson (ed.),
Aristotle’s Physics. A Collection of Essays, Nueva York, Estados Unidos, Oxford University
Press, pp. 1-29.
Bolton, Robert (1987), “Definition and scientific method in Aristotle’s Posterior Analytics and Generation
of Animals”, en Allan Gotthelf y James Lennox (eds.), Philosophical Issues in Aristotle’s Biology,
Cambridge, Estados Unidos, Cambridge University Press, pp. 120-166.
Bolton, Robert (1976), “Essentialism and semantic theory in Aristotle: Posterior Analytics, II, 7-10”,
The Philosophical Review, vol. LXXXV, núm. 4, pp. 514-544.
Burnyeat, Myles (1981), “Aristotle on understanding knowledge”, en Enrico Berti (ed.), Aristotle’s On
Science. The “Posterior Analytics”, Padua, Italia, Antenore, pp. 97-140.
Cassini, Alejandro (1988), “El fundacionismo de la epistemología aristotélica”, Crítica, vol. XX, núm.
58, pp. 67-95.
Detel, Wolfgang (1997), “Why all animals have a stomach. Demonstration and axiomatization in
Aristotle’s Parts of Animals”, en Wolfgang Kullmann y Sabine Föllinger (eds.), Aristotelische
Biologie. Intentionen, Methoden, Ergebnisse, Stuttgart, Alemania, Steiner, pp. 63-84.
Detel, Wolfgang (1993), Aristoteles, Analytica Posteriora, Berlín, Alemania, Akademie Verlag.
Gotthelf, Allan (1987), “First principles in Aristotle’s Parts of Animals”, en Allan Gotthelf y James
Lennox (eds.), Philosophical Issues in Aristotle’s Biology, Cambridge, Estados Unidos,
Cambridge University Press, pp. 167-198.
Guthrie, W. K. C. (1981), A History of Greek Philosophy, vol. VI: Aristotle. An Encounter, Cambridge,
Reino Unido, Cambridge University Press.
Irwin, Terence (1992) (= 1988), Aristotle’s First Principles, Nueva York, Estados Unidos, Oxford University
Press.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 41-42
FABIÁN MIÉ
Le Blond, J. M. (19702) (= 1939), Logique et Méthode chez Aristote. Étude sur la recherche des
principes dans la physique aristotélicienne, París, Francia, Vrin.
Lloyd, G. E. R. (1999) (= 1979), Magic, Reason and Experience. Studies in the Origins and Development
of Greek Science, Londres/Indianapolis, Reino Unido/Estados Unidos, Duckworth/Hackett.
McDowell, John (1996), Mind and World, Cambridge, Estados Unidos, Harvard University Press.
Nussbaum, Martha Craven (1995), La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía
griega, Madrid, España, Visor.
Owen, G. E. L. (19802), “Tithénai tà phainómena”, en Suzanne Mansion (ed.), Aristote et les problèmes
de méthode, París, Francia, Éditions de l’Institut Superieure de Philosophie, pp. 83-103.
Rapp, Christof (20042), Aristoteles zur Einführung, Hamburgo, Alemania, Junius.
Scholz, Heinrich, (1930), “Die Axiomatik der Alten”, Blätter für deutsche Philosophie, vol. 4, pp. 259-
278.
Smith, Robin (1982), “The relationship of Aristotle’s Two Analytics”, The Classical Quarterly, vol. 32,
pp. 327-335.
Solmsen, Friedrich (1929), Die Entwicklung der aristotelischen Logik und Rhetorik, Berlín, Alemania,
Weidmannsche Buchhandlung.
Überweg, Friedrich (192512), Grundriss der Geschichte der Philosophie, Erster Band, Die Philosophie
des Altertums, Halle, Alemania.
Wieland, Wolfgang, (19923), Die aristotelische Physik. Untersuchungen über die Grundlegung der
Naturwissenschaft und die sprachlichen Bedingungen der Prinzipienforschung bei Aristoteles,
Göttingen, Alemania, Vandenhoeck & Ruprecht.
Zeller, Eduard, (19635) (= 1921), Die Philosophie der Griechen in ihrer geschichtlichen Entwicklung,
Zweiter Teil, zweite Abteilung: Aristoteles und die alten Peripatetiker, Darmstadt, Alemania,
Wissenschaftliche Buchgesellschaft.
Fabián Mié es doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, Ar-
gentina e investigador adjunto del CONICET (Argentina). Fue becario del DAAD en
las Universidades de Tübingen y Frankfurt (Alemania). Es profesor adjunto en las
cátedras de Filosofía Antigua de la Universidad Nacional de Córdoba y la del Lito-
ral (Argentina). Libros publicados: Dialéctica, predicación y metafísica en Platón
(2004, Córdoba, El Copista); Lenguaje, conocimiento y realidad en la teoría de las
ideas de Platón (2004, Córdoba, El Copista). Ha publicado diversos artículos sobre
la filosofía teórica de Aristóteles.
D. R. © Fabián Mié, México D.F., enero-junio, 2009.
SIGNOS FILOSÓFICOS, vol. XI, núm. 21, enero-junio, 2009: 42-42