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Capítulo 29

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CAPÍTULO 29

En el desierto no solamente abundan las serpientes, por lo que el veneno no sólo proviene de
sus colmillos aperlados sino también de aguijones e incluso de látigos y espadas.
—Vahar atká, mir bebi, bekjana inaan tujē.
«Pórtate bien, cariño mío, porque no deseo verte sangrar.»
Esas palabras provenían de la boca de mi madre, no de Rhea; porque la sultana jamás
durmió en un lecho de piedra ni tenía los ojos hundidos a causa de la desnutrición. Mi
madre, la que me dio a luz en una mina de sal a la medianoche y que evitó gritar para que
los capataces no mataran de un golpe a su niño, era la que rogaba por mi bienestar.
Antes del alba, durante cada día, me apegaba a su huesudo pecho y repetía oraciones en
hindari que yo no podía pronunciar. Mi madre, de la cual no recuerdo su nombre, estaba
muy débil y tosía sangre a causa de todos los años que pasó expuesta al polvo y a la arena
de las minas. No podía levantarse y tampoco quería luchar con las cadenas que rodeaban a
sus tobillos.
Se hacía un ovillo en lo que era nuestro cuarto: Una recámara hecha de piedra, con paja
como almohadas, mantas roídas que olían a sudor y orín, madera podrida cubriendo a la
única ventana y una cortina con tela que se caía a pedazos. Ese era nuestro mundo, al igual
que el resto de los esclavos.
Nunca iba a decírmelo, pero, aunque me quería, se arrepentía de traerme al mundo.
Cualquier padre sensato se odia cuando no puede darle lo suficiente a sus hijos y ella ni
siquiera pudo enseñarme a hablar. A los cuatro años, yo seguía comunicándome como si
fuese un animal.
—Hósila ladake subkaláh jaqsi, hé tama bebi.
«Por favor, prométeme que serás un buen niño.»
Y cada día con sus propias lágrimas untaba mi frente, sus brazos huesudos me abrazaban y
a veces imagino que recuerdo el sonido de su voz. No pasaba mucho tiempo con ella, porque
desde que un esclavo aprende a caminar se vuelve útil para su amo y creían que yo era un
excelente animal de carga.
Por eso Rhea nunca preguntó sobre mis cicatrices cuando me rescató, años después de la
muerte de mi madre, bien sabía lo que habían hecho conmigo y cómo me había comportado
yo.
Una fiera encerrada es más salvaje que las que andan en total libertad.
Debido a las pesadillas, que en realidad son recuerdos de mi temprana infancia, no he logrado
conciliar el sueño desde la madrugada. Tengo la mente llena de pensamientos que vienen y
van.
El asunto con la reina Cassyra ha empeorado y yo no puedo darme el lujo de romper
relaciones diplomáticas con Borealis. Si una guerra contra Solasta comienza, ellos son mis
aliados más cercanos y podrían volverse en contra de Antares.
Sekmet gruñe y yo le acaricio la cabeza, distraído con los planos que realicé hace un par de
semanas atrás.
No entiendo en qué me estoy equivocando. ¿Qué es lo que quiere Cassyra si ya hasta le estoy
regalando una ruta de comercio?
La tigresa vuelve a gruñir por alguna razón, su cuerpo se apega al mío y yo me muevo para
darle a entender que no estoy para juegos.
—Tranquila —digo luego de acariciar su pelaje de nuevo.
A punto de trazar una nueva línea, ella vuelve a arremeter contra mí y esta vez muerde al
costado de mi muslo derecho.
—¡Sekmet! —regaño una vez que sus colmillos dejan de aferrarse a mi muslo—. ¡No, eso no
se hace!
Estoy a nada de unir la correa a su collar, pero freno en seco al percatarme de que su tazón se
encuentra vacío y es cuando por fin capto que ya es su hora de cenar. Por supuesto, estaba tan
enfrascado con este asunto que me olvidé del resto de mis deberes.
Sobo a mi rostro con una sola mano, hastiado de tantas operaciones trazadas y con un
resultado mal encaminado.
—Lo siento, hoy no ha sido un buen día —murmuro mientras le lanzo un filete a la vez, así
evito que se atragante con la carne que mastique.
Como es de esperar, ella no me responde. Se dedica a tomar el filete con sus dos garras y lo
lambe para asegurarse de que el sabor sea fresco, Sekmet es caprichosa y no como nada que
tenga un sabor diferente al que está acostumbrada. La he consentido demasiado, pero no me
arrepiento.
Siento que ella se parece un poco a mí, pues ambos perdimos bastante: A ella la cazaron y
estuvieron a punto de usar a su piel como un abrigo, yo crecí como un esclavo y, cuando mi
destino cambió, me obligaron a ver cómo es que mi familia terminaba muerta en cuestión de
segundos.
—Tal vez debería de entregarte a mi gabinete para que los destroces —musito mientras la
veo comer, amargado con la vida—. Sé que mi abuelo no quiere presionarme, pero yo no me
daré por vencido. Quiero que todos cierren la boca y me dejen ser, de por sí, el carácter de
todos empeoró luego del anuncio del Catálogo de Selección.
Me pierdo en mis pensamientos al rememorar el escándalo ocurrido durante una de las
reuniones, varios estuvieron en contra de la propuesta de Sherazade y ni siquiera mi abuelo
pudo calmarlos. Pese a que mi argumento más sólido fue el de obtener parte de las regiones
de Ettelhal a cambio de un matrimonio, se resistieron con la excusa de que una plebeya
arruinaría al imperio.
—Te comerás a la indigente una vez que llegue aquí ¿No? —le digo a Sekmet, fastidiado por
el mero pensamiento de imaginarme casado—. Yo sé que me amas y como no quieres que yo
sea una amargado, entonces te comerás a la extraña que venga.
En realidad, no pienso hacerle nada a la pobre chica que venga a parar aquí. Prometí cuidar
de Ettelhal y supongo que eso incluye a mi prometida, además que no creo que ella resulte ser
un problema para mí. Podremos fingir una relación ante los medios para que el Catálogo sea
de la alegría de todos y, tras seis años, podré divorciarme.
—¿Por qué hablas solo? —La voz de Nesrin casi me hace dar un respingo y yergo a mi
postura como parte de un reflejo causado por el espanto.
—Eso no es asunto tuyo, entrométete en tus propios problemas —le digo con fastidio.
—Yo no tengo problemas mentales. En cambio, me parece que tú sí que escuchas voces.
—¿Quién me crees? ¿Un loco de la plaza?
—No te falta mucho para parecerte a uno.
Mi expresión se torna a desagrado puro.
—Si no fueses la sobrina de mi abuelo, ten por seguro que esa lengua tan filosa habría
desaparecido para ahora. —Entorno mi mirada, rencoroso a raíz de las burlas de mi prima.
Nesrin cruza las manos detrás de su espalda, al igual que otros días viste con un vaporoso
pantalón y una delgada blusa corta de la cual se desprende una ligera capa de gasa que se une
en sus mangas y va a juego con el ligero velo que se encarga de cubrir a la parte inferior de su
rostro.
Se recarga contra uno de los pilares de piedra, acariciando a Sekmet con una mano cuando la
tigresa se acerca en busca de momentáneo cariño.
—Si no tuviera lengua, entonces no podría revelarte todo lo sé. ¿Has escuchado el dicho de
las paredes que escuchan? Bueno, yo soy esas paredes. —Me mira a mí y luego a sus uñas,
rebosante de serenidad—. Y un parajito me contó que sufres a causa de la reina Cassyra y
luego escuché a una ratita hablar con una rata mayor, ambas se burlaron de ti ¿Puedes
creerlo? Dijeron: "¡Pobre e iluso emperador, sufre a causa nuestra y eso nos deleita!"
De inmediato, mi cuello se mueve como si fuese un resorte y pronto toda mi atención se
centra en Nesrin. Mi prima sonríe con suficiencia, sé que no miente debido a que hay un
brillo malicioso en su mirada: Ella de verdad está al tanto de un asunto desconocido para mí.
—¿Qué quieres a cambio? —interrogo fríamente, sé que sus conocimientos tendrán un
premio para mí.
Se encoge de hombros y niega con la cabeza de manera despreocupada.
—Soy una Dorada, descendiente de grandes duques ¿Qué acaso no lo tengo todo? Vestidos,
joyas, una gran habitación, comida deliciosa, libros antiguos y regalos costosos.
No se equivoca, como parte de la familia imperial dispone de cualquier cosa que le plazca y
nadie se atrevería a negar sus peticiones. Me frustra que Nesrin no sea tan fácil de manipular,
¿Qué le costaba ser más infantil? No le haría daño ser una niña ingenua y engreída.
—¿Qué tal si te concedo un permiso de viaje? Siempre has querido visitar Céfiro, te
nombraré una de mis diplomáticas e irás a negociar con la familia de Poniente.
Soy meticuloso al escoger mis palabras, puedo comprobar que di en el blanco al reconocer el
brillo en sus ojos y sé que estoy a nada de conseguir lo que quiero. El abuelo suele protegerla
demasiado, pero Nesrin quiere devorarse al mundo; no tiene miedo de nada, sabe lo que
quiere y sé que con esa ambición pronto aprenderán a respetarla.
—Esa será mi segunda condición —contesta tras reflexionar en silencio—, pero la primera es
la que quiero que cumplas al pie de la letra.
—¿Y qué se te ofrece?
—Que le des una oportunidad al Catálogo de Selección.
La indignación me golpea de repente, una mueca regresa a mis labios y antes de que pueda
actuar con sabiduría ya me estoy dejando llevar por mi enojo.
—Nesrin, por favor. ¿Por qué insistir con el mismo tema? Mi prometida podrá llegar a ser mi
amiga, pero no habrá más.
Los ojos de Nesrin se abren de par en par, no logra creer lo que acaba de escuchar y cuando
comprende lo que he dicho ya está dándole puñetazos a mi abdomen con la intención de
hacerme daño. No siento ni cosquillas, pero sé que merezco esto, así que no la aparto.
—¡Maldito egoísta! —brama más que enfurecida—. ¡Ojalá que tu lengua se pudra a causa de
tus palabras!
Debo de admitir que llega a herir a mi orgullo, porque esa frase sólo se les repite a los
prisioneros que son condenados a muerte.
Nesrin reparte manotazos hasta cansarse y yo pongo a mi mente en blanco para no pensar en
nada que me traiga más problemas.
—De acuerdo, me retracto —cedo al fin y le doy un empujón para apartarla.
Poco convencida, me barre con la mirada.
—No te creo nada, mentiroso de pacotilla.
—Nesrin…
—¡No hables conmigo, porque justo ahora deseo que todo aquel que te juró fidelidad te
traicione!
Pasmado, repito lo que dijo dentro de mi mente y mi cerebro no tarda en unir cada punto de
este misterio.
—¿Quiénes?
Se cruza de brazos, negándose a ofrecerme una respuesta.
—No, no te diré nada.
—Por amor a los dioses, Nesrin.
—¡Que no, no hablaré, no diré nada!
Exasperado, maldigo internamente y me doy por vencido. Me conviene dejar de ser tan terco,
necesito dejar de resistirme por esta vez.
—¡Aceptaré de buena gana al Catálogo de Selección! —grito y apenas si me percato de mi
respiración exaltada—. Ya, lo dije ¿¡Contenta!?
Mi prima me escudriña como si estuviera en presencia de un vagabundo.
—Prometo ante los santos mártires que yo misma iré a tu habitación a clavarte un puñal en el
pecho como me entere de que tu prometida sufre a causa de ti ¿Entiendes? —puntualiza cada
palabra con molestia, impaciente.
Me cuesta demasiado el no contestar con una majadería, debo de abstenerme y ser bueno por
esta vez.
—Entiendo —digo de manera solemne.
Por fin consigo satisfacer a Nesrin, quien ya ha dejado de permanecer de brazos cruzados.
Vuelve a recargarse contra el pilar de mármol mientras Sekmet regresa a ella por más mimos.
—Pues ¿Recuerdas la vez en que enviaste varias cartas en las que pusiste a tu bello y
recatado sello imperial? —habla con una gran sonrisa.
Ni me molesto en asentir, resulta tedioso tener que aguantar su burla.
—Cómo olvidarlo —replico desganado.
—Tal parece que eso enfureció a una ratita y a la rata mayor, así que a escondidas de ti
fueron y esparcieron todo tipo de rumores que pronto llegaron a los oídos de Cassyra. —Con
los dedos finge recorrer un largo camino y exagera sus gestos al actuar la escena.
Dejo de sentirme consciente. Mi corazón comienza a bombear con rapidez, me veo incapaz
de pensar con claridad porque el instinto lucha por dominar a mi moral. Pienso en muerte,
pienso en el momento en que me humillé frente a Cassyra, pienso en todas las noches en las
que no dormí a causa de esos imbéciles que actuaron a mis espaldas.
—No están de acuerdo contigo en muchas cosas, la idea del Catálogo no les gusta porque
creen que terminarías casado con alguna dama noble. —Mi prima se encoje de hombros,
contando la historia con lujo de detalle—. ¡Un golpe de estado, proclamaron! ¡El emperador
no es apto para ser nuestro monarca si decide escuchar a madame Sherazade antes que a su
pueblo!
Me siento como un estúpido. Un completo estúpido.
¿Acaso me consideran débil por ser joven? Intenté ser benevolente al igual que mi abuelo,
apoyé otros proyectos en lugar de darle un seguimiento al ejército con tal de no ser
considerado un sanguinario como mi padre y... ¿Todo para qué? ¿¡Para ser avergonzado de
esta forma!?
—¿El abuelo sabe de esto? —murmuro, a punto de perder los estribos de mi carácter.
Nesrin deja que Sekmet se acurruque su pecho, sé bien que disfruta de confesarme todo al
igual que una espía.
—No, no hay necesidad. Ya se enterará luego, pero tienes que actuar pronto antes de que la
rata mayor decida traicionar a nuestro pobre abuelito.
—¿Y quién es?
—Uno de los miembros más influyentes en la corte, Badr. La mente maestra detrás de todo
este embrollo.
Asqueroso hijo de perra. Le sirvió a mi familia durante generaciones, se le consideró un
hombre de confianza ¿Y así es como paga el cariño del quien solía ser sultán? Quiero verlo
muerto. Voy a asesinarlo con mis propias manos.
—¿Y quién es la ratita?
—Pues, básicamente, gran parte de la corte. Ninguno está de acuerdo con el Catálogo,
prefieren verte morir a que estés casado con una plebeya de Ettelhal.
¿Así que todo es culpa de la maldita indigente? ¡Con un demonio! Ahora ya tengo una razón
más para despreciar a la mujer que se convertirá en mi compañera. Más vale que posea
buenas cualidades o tendrá que abstenerse a ser tratada al igual que una pared.
—Tú —llamo a un sirviente que pasa por ahí y acaba azorado ante mi presencia—. Todo
aquel que sea miembro influyente de la corte, llévalo hacia la sala de reuniones.
—Pero majestad...ellos ya no se encuentran dentro del palacio.
—¿Acaso titubeé? ¡Tráelos y no protestes!
—Sí, majestad imperial.
Se marcha tras una rápida reverencia y Nesrin ríe a mis espaldas.
—Esa faceta tuya sí que da miedo —comenta con suavidad.
Sobo mi rostro, ella de verdad me ha ayudado y sé que tengo que cumplir con lo prometido.
—Te agradezco, pero vete a descansar. No quiero que presencies lo que haré.
—Nunca me gustaron las ejecuciones, así que iré a dormir tranquila.
Sé que dice la verdad, pero la conozco y puedo afirmar que Nesrin no es piadosa. De ser así,
jamás me habría contado de los actos cometidos por uno de los hombres que mantiene una
“honorable” reputación con los demás. Bien sabía que yo mataría a cualquier culpable y
nunca vi arrepentimiento cuando habló conmigo.
En el fondo, sé muy bien que mi prima es tan Escarlata como lo soy yo o como lo era mi
padre.
Me despido de ella en un intento por sonreír y le hago una seña a Sekmet para que me
acompañe. Daré todo un espectáculo, pasé noches en vela y ya es momento de que vuelva a
divertirme.
Además, la tigresa todavía tiene hambre; necesita de una buena cena.
No tengo que esperar mucho una vez que arribo a la sala de reuniones. El ocaso arriba pronto,
al igual que los hombres que dicen servir a la corona y se extrañan al verme sentado a la
cabeza. No voy a darles un monólogo para aterrarlos, mi saliva no se gastará con sujetos que
ni vale la pena nombrar.
En cuanto Badr llega a la sala, le sobran segundos para admirar a sus compañeros y ver mi
rostro antes de que le haga una seña a Sekmet para que se abalance sobre él. La tigresa
obedece de inmediato, provocando que la sala se llene de alaridos y mis ojos no tardan en ver
a un hombre que lucha por su vida.
Sangre, vísceras y dientes que se encajan gustosos sobre la carne. Los huesos crujen y
Sekmet saborea a su presa con el hocico cubierto en sangre. Se deleita con el forcejeo de
Badr y, con ayuda de sus garras, le desfigura la boca para que deje de gritar.
—¿Qué sería más sencillo, arrancarles el corazón o pedirles que sean destituidos de su
puesto? —Mi voz es severa e indiferente—. Tomen la decisión correcta, no quisieran acabar
como su amigo de por allá ¿O sí?
Con la cabeza señalo hacia Badr, cuyo brazo ya fue arrancado por Sekmet. Me compadezco
de él, todavía se mantiene despierto y ya perdió demasiada sangre debido a las mordidas y
rasguños.
¿En cuánto tiempo morirá? Quizás en unos diez minutos, tal vez en menos.
—Somos inocentes —musita atemorizado uno de ellos.
Alzo una de mis cejas. Vaya, no pensé que fuesen a confesar tan rápido.
—Yo no he dicho nada ¿Por qué se delatan entre ustedes?
—¡Fue Badr el quien nos convenció!
—Y ustedes no tienen cerebro propio para pensar por su cuenta —adivino aburrido—, una
lástima, porque ahora su líder va a morirse y yo necesito que Borealis vuelva a ser mi aliado.
La reina Cassyra es una mujer exigente, si quieren vivir, quiero que en menos de una hora
traigan un tratado donde se espete que ella acepta renovar las relaciones de comercio.
—¡Pero majestad!
Mi corazón retumba dentro de mi pecho. Cuánto me gustaría gritarles, no obstante, debo
aprender a controlar a mis propias ansias. Yo no soy un cualquiera del que puedan burlarse.
Miro a Sekmet, quien permanece contenta tras haberle desgarrado la piel a Badr. Ya le ha
roto varias costillas de un zarpaso y disfruta de su postre tras que este dejara de resistirse.
—La tigresa aún tiene hambre, a mí no me importa entregarlos como bocadillos y mi
paciencia se acaba. Tomen la decisión que gusten, pero no se quejen una vez que paguen las
consecuencias. —Imito el gesto de Nesrin y miro a mis uñas, sin prestarle atención a los
patéticos rostros que permanecen delante de mí—. A partir de ahora, serán Marrones. Nunca
más volverán a poner un pie en el palacio, mucho menos trabajar para mí o para mi abuelo
¿Escucharon?
Silencio absoluto, como los cobardes que son, ahora se niegan a hablar.
El anillo hecho de piedra constelación que llevo en mi dedo se transforma en una espada
doble que cargo con orgullo. En cada extremo del arma, ambos filos resplandecen bajo la luz
de las dos lunas, lo que le otorga un aspecto aún más amenazante.
—¡Que si me escucharon! —vocifero como un maniático.
Veo que un par de ellos se arrodillan, abrumados por la función que acabo de ofrecer. Sé que
yo tendré que pagar el precio de mis acciones, pero en este instante de lo único que me
arrepiento es el de no haber traído a Sekmet a mis reuniones anteriores.
—Por supuesto, majestad imperial.
—Lárguense.
Dudan en darme la espalda, sin embargo, desisten de su temor al notar que yo no me muevo
de mi sitio. Les hago creer que saldrán sanos y salvos de aquí, pero mi plan incluye cortar a la
podredumbre desde la raíz y para ello debo de aniquilar a cada amenaza que venga a ofender
a mi mandato.
Con movimientos rápidos, le atravieso el pecho al primero tomándolo desprevenido.
La sangre salpica y los huesos crujen.
Repito el mismo movimiento una y otra vez: La espada apuñala sus cuerpos, los órganos
acaban cayendo al piso. Les arranco el corazón a cada uno, saciando mi sed de venganza
cuando los cadáveres acaban regados por el piso.
Esto es lo que significa ser un soberano, ser parte de la familia del Norte.
No permitiré que nadie interfiera con mis ideales.
Aprenderán a tenerle miedo a mí y a mi apellido.
—Majestad imperial. —Un Violeta saluda al reverenciarse, sin atreverse a mirar la escena—.
Lo busca una de las asistentes de madame Sherazade.
Sin duda alguna, sé que se trata del Catálogo de Selección, Sherazade ha ido y venido durante
meses con asuntos que a este punto se ha vuelto demasiado tediosos. Mi problema no es que
haya hablado sobre la existencia del vínculo, porque Rhea también me contaba historias sobre
esa conexión única, sino que se encuentra demasiado ansiosa y desea celebrar las bodas
cuanto antes.
Al cruzar el umbral, me envuelve el aroma a incienso y especias del desierto. Las paredes
están revestidas de estuco dorado y el suelo de mármol pulido refleja la luz del sol que se
cuela por las ventanas altas, cada loseta incrustada con patrones geométricos en tonos de azul
y oro.
En el centro de la sala, una fuente de mármol blanco burbujea suavemente y alrededor,
cojines de seda en colores vivos se disponen en círculos. Las columnas que sostienen el techo
abovedado están decoradas con relieves de flores y vides, y en cada intersección cuelgan
lámparas de cristal llenas de aceites perfumados, sus luces danzando con cada brisa.
Han traído una mesa, hecha también de cedro, donde descansa un maletín que pertenece a
una mujer joven con un peinado de un moño alto.
El tono de su cabello es oscuro, al igual que sus ojos, y no puedo notar ningún defecto. Ni
siquiera soy capaz de saber qué emoción es la que hay en su rostro. Ella hace una reverencia,
presentándose como es debido y hasta su tono suave carece de naturalidad.
Bien dicen que los Blancos no son de fiar.
—Mi nombre es Remora, majestad imperial. He venido aquí para ayudarle con la prueba de
compatibilidad, como verá, ya todo ha sido preparado. —Se hace un lado y veo que en la
mesa ya instaló varios instrumentos pertenecientes a un laboratorio.
Lo que llama mi atención es un cristal redondo, en cual un par de gotas han sido
impregnadas. Al lado hay una carpeta, muy delgada, y dentro del maletín lo único que queda
es un frasco ovalado que contiene a una sustancia transparente. Remora trabaja en silencio,
cada gesto es una instrucción y pronto sostiene a mi dedo índice tras preparar una aguja que
inserta hasta lo profundo de mi piel.
Duele poco, pero si trato de mover el dedo la sensación se vuelve más desagradable.
—Es necesario obtener una muestra de la sangre que viaja rumbo a su corazón —explica
Remora al ver que no me hallo tan a gusto—. Estoy segura de que usted debe de conocer al
Ideality.
Sí, un aparato que tiene forma de cronómetro.
—Por supuesto, en el santuario lo usamos para saber qué macho es compatible con qué
hembra. Aunque nosotros utilizamos una muestra de saliva, no de sangre —contesto mientras
observo a esa gota carmín caer donde se encuentra la laminilla circular.
Sé que el vínculo consta de perfección; amor, sexo y también compatibilidad reproductiva. A
fin de cuentas, también nosotros somos animales.
—Entonces...sabe que significa este resultado ¿verdad? —pregunta y, tras colocar la tira
reactiva dentro del Ideality un gran porcentaje aparece dentro de la pantalla circular.
100%. Un número que ni siquiera había observado con los animales del santuario. ¿Es una
medición correcta? Estuve atento a cada segundo del proceso, así que soy testigo de que
Remora no hizo nada para alterar el porcentaje.
¿Es posible? De ser así, el lazo del vínculo tiene más fuerza de lo que imaginé.
—Compatibles, tal y como la madame Sherazade lo teorizó —dice Remora y vuelve a
guardar al Ideality en uno de los compartimientos del maletín.
—¿Eso es todo?
—No, aún falta la esencia. Su preparación tardará poco, basta con mezclar algunos químicos
para destilar el aroma que contiene la sangre de su vínculo —cuenta sin mostrarse
entusiasmada o aburrida, justo como lo haría un androide.
Vuelve a preparar cada paso en silencio y yo me limito a observar con curiosidad. Podría
largarme de la sala y maldecir a Sherazade, pero la verdad es que es interesante cuando las
leyendas pasan a ser una realidad y yo no quiero perder una oportunidad como esta.
Cuando termina de mezclar otra gota de sangre con varias sustancias, me entrega al frasquito
con todo el cuidado del mundo y acerca la carpeta a mí. Remora permanece en silencio,
mientras recoge a cada material e instrumento que quedó regado por la mesa.
Sé cómo funciona la esencia también, aunque me da miedo probarla. Tardo un buen rato en
ceder hasta que Remora se marcha y yo por fin me encuentro en soledad. Los dedos me
tiemblan al destapar el frasquito, el estremecimiento es más notable cuando derramo tres
gotas sobre el interior de mi muñeca.
Esto es una verdadera locura, pero cierro los ojos e inhalo suavemente.
Un perfume embriagador, exótico, somete a mi voluntad y enciende a mi instinto.
Mango y jazmines.
Jazmines y mango.
Con cada respiración un cosquilleo cálido recorre mi cuerpo, comenzando desde mis fosas
nasales y descendiendo lentamente por mi garganta hasta llegar a mis pulmones.
Siento una leve presión en el pecho, una mezcla de placer y anticipación. Mis músculos se
relajan, y un calor agradable se extiende por mi abdomen, bajando hasta mis piernas. Es
como si una corriente eléctrica suave y constante viajara por mis venas, despertando cada
célula de mi piel.
Mi cabeza se siente un poco más liviana, como si estuviera en un estado de ensoñación.
Mis sentidos se agudizan; cada sonido, cada sensación forma parte de un trance irreal.
Es un anhelo que se mezcla con la euforia.
Mi corazón late con más fuerza, pero no de manera frenética, sino rítmica, marcando el
compás de mi creciente obsesión. Mis labios se humedecen instintivamente, y siento un
hormigueo en la punta de mi lengua, como si pudiera saborear el perfume en el aire.
No conozco a la mujer a la que pertenece este aroma, ni siquiera la he visto. Sin embargo, la
siento presente, como si su esencia me envolviera, como si estuviera a mi lado.
Mi respiración se vuelve más lenta, más profunda, y con cada exhalación, siento una paz que
contrasta con la urgencia de mi deseo. Es un equilibrio precario entre la calma y la excitación,
una danza entre el deseo y la satisfacción.
Decido abrir la carpeta, aprovechando que el efecto de la esencia sigue vívido en mí. Su
fotografía es un golpe fatal, la peor de las debilidades.
Su belleza se despliega como una escena de ensueño, vibrante y cautivadora.
Sus ojos son gemas que hipnotizan, brillantes y llenos de vida. Las mejillas sonrosadas, como
pétalos de cerezo en flor, irradian una calidez natural, un rubor que sugiere vitalidad y
juventud. Con suavidad, su piel evocando la pureza de la nieve recién caída. Y el cabello cae
en cascadas de oro, enmarcando su rostro con mechones que parecen haber sido besados por
el sol.
Siento una necesidad imperiosa de conocerla. Es como si un interruptor se activara dentro de
mi mente.
Mi mente, antes clara, se llena de pensamientos de ella, una figura etérea creada por mi
imaginación, pero tan real en ese momento que puedo casi sentir su presencia.
La intensidad del deseo es inmediata y consume cada parte de mi ser. Es como si mi alma
hubiera encontrado una mitad perdida, una pieza que encaja perfectamente y que ahora
anhelo con todo mi ser.
Los detalles de su posible apariencia, su voz, su toque, se dibujan en mi mente con una
claridad sorprendente.
Es un deseo tan poderoso y repentino que me deja sin aliento, me envuelve completamente y
me sumerge en un océano de anhelo.
Cada pensamiento, cada latido de mi corazón, está impregnado de un deseo incontrolable de
tenerla cerca.
Quiero que sea mía, completamente mía.
Y no puedo pensar en nada más, porque no quiero nada más que no sea a ella entre mis
brazos.
Me cuesta volver a respirar, lo hago a través de un jadeo y reacciono al ver los documentos
que se encuentran debajo de la fotografía. No soy capaz de dar ni un paso, mis rodillas se
encuentran débiles y temo caer al suelo.
—¿Qué es esto? ¿Una especie de droga? —pregunto con burla, sin animarme a tomar el
bolígrafo para firmar.
Remora se limita a sonreír.
—No, sultán. Es su instinto y el lazo con su vínculo, así es justo como debía de ocurrir —
explica con un tono de voz que me causa escalofríos.
Ahí es cuando decido leer al documento, en un intento por concentrarme.
“Como sultán de Antares, juro que cumpliré con mi palabra y prometo respetar a cada parte
del acuerdo pactado. Prometo perseguir y masacrar a cualquiera que lastime a las Elegidas
de la familia del Norte, prometo y juro que no habrá tregua para quien amenace a la futura
sultana de Antares.
Estoy a favor de lo establecido, doy mi palabra como Escarlata y haré que la dinastía
Titanos sea fiel parte de estas causas.”
Todo esto tiene que ser una maldita broma y, a pesar de mis creencias, firmo el condenado
documento mientras me río por pena hacía mí mismo.
Es imposible que el vínculo sea así de poderoso, porque sigo sin poder sacármela de la
cabeza y es insufrible la sensación de que algo me falta, algo muy importante.
Con un demonio, ahora resulta que voy a enamorarme en contra de mi voluntad.

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