Ruiz Torres - Trauma-Posmemoria
Ruiz Torres - Trauma-Posmemoria
ISSN 2499-8729
L’inconscio.
Rivista Italiana di Filosofia e Psicoanalisi
N. 8 – Sogno e Trauma come materiale storiografico
Dicembre 2019
Direttore
Fabrizio Palombi
Comitato Scientifico
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Caporedattore
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Segretario di Redazione
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Redazione
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Editoriale
L’inconscio: il doppio ruolo di una rivista
Fabrizio Palombi p. 8
Inconsci
Das Unheimliche, un secolo dopo
Sergio Benvenuto p. 250
Poétiques du genre chez Rabindranath Tagore. Genre
romanesque, réinvention du féminin et subjectivité post-
coloniale
Livio Boni p. 274
La ripetizione in Jacques Lacan. Dal ritorno significante al
ritorno di godimento
Angela Coppola p. 298
Eternal sunshine of the (un)spotless mind. Memoria e processo
di individuazione: una prospettiva etica
Aldo Pisano p. 321
Atelier
Dalla merce al brand. Nuovi feticismi
Arianna Salatino p. 343
Note critiche
Strutturalismo ed epistemologia nel Seminario XVI. Da un
Altro all’altro di Jacques Lacan
Claudio D’Aurizio p. 362
Curare gli umani: a partire dal Neurone bugiardo di Walter
Procaccio
5
Stefano Oliva p. 374
“ladonna” e il “desiderio a vuoto”. Una riflessione sul concetto
di chiaroscuro
Viviana Vozzo p. 380
6
L’inconscio. Rivista Italiana di Filosofia e Psicoanalisi
N. 8 – Sogno e Trauma come materiale storiografico – dicembre 2019
DOI: 10.19226/130
Trauma y posmemoria
en el análisis histórico
Pedro Ruiz Torres
202
En la historiografía convencional los seres humanos, sus
múltiples y diversas experiencias, comportamientos, acciones y
creaciones en ámbitos como, por ejemplo, el de la organización
social, la economía o la política, se sitúan en un modo de
concebir el tiempo -o los tiempos de cada uno de esos
fenómenos, con sus desajustes y discordancias- que distingue
entre el pasado histórico (objeto de la historiografía) y el
presente de los historiadores. En las últimas décadas, por el
contrario, el pasado histórico y el tiempo presente suelen
quedar unidos en un mismo objeto de estudio. Con frecuencia
el calificativo « traumático » sirve para caracterizar un tipo de
hechos o de experiencias en el pasado y sus efectos en el
presente que abarca ambos tiempos, no en vano se asocia a la
idea de que han dejado una profunda herida o huella psíquica y
social que llega hasta nuestros días. Así el presente contiene un
pasado traumático que no acaba de pasar y los historiadores
convierten ese pasado presente en objeto preferente de sus
estudios. De común acuerdo con el éxito en el espacio público
de fórmulas tales como «el deber de memoria» o «la
recuperación de la memoria histórica», el pasado presente, el
pasado que no acaba de pasar, se convierte en materia de
estudio de una historiografía que ha cambiado mucho en las
últimas décadas.
No sólo ha aparecido un nuevo objeto de investigación, el
pasado presente, también un nuevo campo disciplinar, que
recibe el nombre de historia del tiempo presente. Como afirma
María Inés Mudrovcic:
203
reemplazado por un ajuste retroactivo del pasado. Ni pasado,
ni futuro, el presente omnipresente del régimen de
historicidad presentista se ve reflejado en una historia del
presente que no puede, ya, concebirse ni objetiva ni
distanciada del pasado. (Mudrovcic, 2013, p. 29).
204
superviviente del exterminio nazi) o la represión colectiva de los
recuerdos (como sucede en la nueva sociedad alemana tras la
caída del Tercer Reich). Por último, la noción de trauma se
desarrolla y transforma, no sólo por su transferencia del terreno
médico-quirúrgico al psicológico, asimismo al extenderse por el
campo jurídico, en las ciencias sociales (en torno sobre todo a
la memoria colectiva) y en la historia del pasado reciente. En las
últimas décadas se ha convertido en un lugar común en muy
diversas disciplinas, en el debate político y en la creación
artística.
A resultas de ello, trauma se utiliza hoy en relación con
fenómenos de muy distinto carácter, que afectan a los seres
humanos al perturbar su capacidad de recordar, pensar,
simbolizar y verbalizar, de transmitir el recuerdo de la
experiencia y de vivir en una misma sociedad con otros.
Situaciones tan dispares y contrapuestas, como el retorno de lo
reprimido y la reiteración literal del trauma, la amnesia y la
memoria traumática, la incapacidad de verbalizar y el silencio
por el miedo o el sentimiento de culpa, la represión que anula
la conciencia y el deber de memoria que la mantiene
continuamente activa, se consideran efectos traumáticos de
cierto tipo de acontecimientos o de experiencias. Una extensión
semejante, por no hablar de la banalización de la noción de
trauma, plantea la duda de si tiene o no interés en el análisis
histórico el uso de la palabra trauma.
En mi opinión, asociar un cierto tipo de hechos con cualquiera
de los conceptos de trauma tiene poco sentido si lo que nos
proponemos es una explicación / comprensión de esos hechos,
saber por qué ocurrieron así y no de otra manera. Podríamos
calificar de traumáticos los efectos de ciertas experiencias
unidas a esos hechos, pero entonces habría que concretar de
qué estamos hablando. No basta con considerar, como viene
sucediendo, que el acontecimiento ha provocado una ruptura
brusca que trastocó la vida de grupos sociales o comunidades
enteras, ni tampoco que se trata de experiencias intensas y
compartidas por muchas personas que conmocionaron y
205
dejaron una profunda huella social o tuvieron un impacto
profundo y duradero, tanto en la vida de un individuo, como en
un determinado medio social. Ello llevaría a definir también
como traumático cualquier fenómeno de cierta entidad por sus
efectos sociales a lo largo de la historia humana, como ocurre
con las revoluciones, los conflictos bélicos, las distintas formas
de violencia política, las catástrofes naturales o provocadas por
el hombre, los grandes movimientos migratorios, etc. Tampoco
añade mucho hablar de trauma en el sentido en que lo hace
LaCapra, para referirse a unos acontecimientos límite o
extremadamente transgresores que superan la capacidad de
concebirlos o anticiparlos, incluso después de lo ocurrido y
también por quienes no los experimentaron directamente
(LaCapra, 2004, p. 181). De nuevo chocamos con lo dicho
anteriormente sobre cualquier acontecimiento histórico de
cierta envergadura, además de plantear el problema de por qué
para otros individuos esos acontecimientos o esas experiencias
no tuvieron un carácter traumático, como reconoce el propio
LaCapra.
¿A qué nos debería llevar entonces el uso en el análisis
histórico de la noción de trauma? Como sabemos, Freud
elaboró distintos conceptos de trauma, pero mantuvo en todos
ellos que el trauma no dependía de las condiciones objetivas de
la situación, ni de las particularidades del individuo
traumatizado, sino «de una relación de incompatibilidad entre
un elemento y una organización» (Sanfelippo, 2018, pp. 325-
326). Tal incompatibilidad, en el fundador del psicoanálisis,
entre un acontecimiento externo y la psiquis del individuo,
entre una representación y las representaciones que constituyen
el yo, entre una circunstancia actual y la huella mnémica de una
vivencia sexual infantil o por una cantidad de excitación que el
aparato psíquico de una persona es incapaz de tramitar, aleja
cualquier posibilidad de darle al acontecimiento el calificativo
de traumático, como tantas veces se hace en la historiografía y
en general en las ciencias sociales. Sin embargo, existe un modo
muy diferente del de Freud de concebir el trauma, que
206
enlazaría con los trabajos de Charcot y de Janet, reconsiderados
cien años después por Bessel van de Kolk y Ono van de Hart,
aun cuando tampoco lo identifique con el acontecimiento ni
con la experiencia, sino ahora con un tipo de memoria. Ciertas
“experiencias abrumadoras del pasado” habrían dejado una
profunda impresión grabada en el cerebro de algunas personas,
una huella fija en la memoria procedimental implícita (distinta
de la memoria explícita, que produce recuerdos conscientes y
se convierte en una memoria “verbalmente accesible”). A ese
otro tipo de memoria se le ha dado el nombre de memoria
traumática (Levine, 2015, pp. 23-68, véase también Id., 1997).
En consecuencia, el asunto cambia por completo si el
fenómeno objeto de estudio no nos lleva a los hechos o a las
experiencias que tuvieron lugar en un determinado momento,
sino a los efectos de esos hechos o de esas experiencias sobre la
memoria y sus consecuencias sobre la cohesión y la identidad
del individuo, del grupo o de la comunidad. Entonces algunas
nociones de trauma pueden relacionarse en el análisis histórico
con un conjunto de problemas sobre la memoria y la
articulación de distintos tipos de olvidos y de recuerdos. A ello
se enfrentaron en el terreno psicológico, por primera vez y de
distinta manera, Janet y Freud a finales del siglo XIX. Para los
historiadores, se trataría entonces de problemas en torno a
ciertos fenómenos que en las últimas décadas han salido a
relucir a propósito de la memoria colectiva, de la memoria
traumática o del trauma histórico. Dado que, como hemos
visto, existen distintos conceptos de trauma, es preciso saber
cuál de ellos hace más inteligible el mencionado fenómeno de
memoria o ausencia de memoria, olvido y elaboración
posterior. En definitiva, trauma y traumático son palabras que
cuando describen ciertos acontecimientos históricos o ciertas
experiencias (lo que no es lo mismo, véase Carr, 2014), tienen
poco sentido. Apenas contribuyen a proporcionar
conocimientos nuevos sobre esos acontecimientos y
experiencias en su pasado histórico. Por el contrario, trauma y
traumático pueden ser útiles si vamos a estudiar el efecto dispar
207
de cierto tipo de experiencias en el recuerdo explícito o en la
falta de memoria consciente de las personas. En ese sentido,
resulta imprescindible aclarar qué concepto o conceptos de
trauma utilizaremos en el análisis histórico.
El uso de la noción de trauma ha dado pie en los últimos años
a una controversia que sigue viva en el seno de los llamados
estudios culturales sobre la memoria colectiva (un completo
estado de la cuestión sobre este campo multidisciplinar, que sin
embargo apenas entra en la cuestión del trauma, puede verse
en Erll, 2012). En un principio, quienes estaban a favor o en
contra centraron su distinto y a veces opuesto punto de vista en
un concepto de trauma supuestamente tomado en préstamo del
psicoanálisis y en particular de la obra de Freud. Desde
semejante perspectiva, el debate giró en torno al problema de si
era o no legítimo trasladar conceptos de la psicología del
individuo al ámbito social. No tardaron en hacerse propuestas
afirmativas en las que el acento estuvo puesto, bien en la
condición social del individuo, bien en el uso metafórico o por
analogía, pero más tarde se han dado reelaboraciones del
concepto de trauma que se alejan bastante de las que
encontramos en el psicoanálisis e incluso, de un modo más
amplio, en la psicología. Autores como Cathy Caruth, LaCapra,
Kai Erikson, Jeffrey Alexander o Neil Smelser, por citar sólo a
unos pocos, se pronuncian a favor de la noción trauma en las
ciencias sociales, pero no de la misma manera. Para algunos de
ellos, resulta un modo metafórico de hablar que hace referencia
a un trastorno de carácter colectivo en un proceso cultural o
que afecta al tejido básico de la vida social. Otros entienden que
el trauma en el medio social es un género particular de
memoria colectiva que recibe el nombre unas veces de trauma
cultural y otras de memoria traumática (Loriga, 2017). Por el
contrario, Wulf Kansteiner y Harald Welzer piensan que la
amplia gama de métodos y percepciones de tipo neurológico,
psicológico y psicoanalítico, que tienen por objeto las memorias
individuales, no es adecuada para el análisis de los fenómenos
relacionados con la memoria colectiva. Según estos últimos, las
208
disfunciones psicológicas no se parecen a las que apreciamos a
una escala colectiva. Las naciones y otros colectivos pueden
reprimir con impunidad psicológica, su memoria colectiva
puede ser modificada sin un retorno de lo reprimido y el olvido
social se explica por factores sociales, políticos y culturales en
acción, al margen de las categorías psicológicas o
psicoanalíticas. El concepto de trauma, así como el de
represión, según Kansteiner, ni capta ni esclarece las fuerzas
que contribuyen a la construcción y descomposición de las
memorias colectivas. Así, por ejemplo, el retraso en la aparición
de debates públicos sobre el significado de pasados negativos,
como en el caso del Holocausto o de Vietnam, según
Kansteiner, tendría más relación con intereses y oportunidades
políticos que con la persistencia de un trauma o con cualquier
escape del inconsciente colectivo (Kansteiner, 2007, pp. 35-36).
Las dos posturas anteriores se manifiestan también en la
historiografía, con notables variaciones incluso en la obra de un
mismo autor. Henry Rousso, en Le síndrome de Vichy de 1944
à nos jours (1987), tomaba en préstamo del psicoanálisis la idea
de neurosis y la utilizaba de un modo metafórico para hablar
del conjunto de síntomas, de manifestaciones, en particular en
la vida política, social y cultural, que revelaban la existencia del
traumatismo engendrado por la Ocupación en Francia y la
fractura interna provocada por el mismo. Semejante
traumatismo se mantuvo, en su opinión, y a veces se desarrolló
tras el final del acontecimiento. A una fase de duelo, entre 1944
y 1954, en la que se afrontó directamente el problema de las
secuelas de la guerra civil, la depuración y la amnistía, siguió
otra, de 1954 a 1971, en la que el recuerdo de Vichy se hizo
menos conflictivo y los franceses reprimieron esta guerra civil
con la ayuda del mito de la resistencia. Entre 1971 y 1974 todo
ello saltó por tierra y comenzó así una cuarta fase, de la que
todavía no se habría salido, caracterizada por una obsesión y
marcada, de una parte, por el despertar de la memoria judía y,
de otra, por la importancia de las reminiscencias de la
Ocupación en el debate político interno (Rousso, 1987, pp. 18-
209
19). La analogía entre el inconsciente en la teoría freudiana y la
memoria dicha colectiva, por la que Rousso en esta obra se
pronunciaba, fue objeto de diversas críticas.
El planteamiento de Rousso ha dejado paso, más
recientemente, a una elaboración que no menciona el
psicoanálisis. En Face au passés. Essai sur la mémoire
contemporaine (2016) Rousso mantiene y generaliza al
conjunto de Europa, con un gran desajuste entre el Oeste y el
Este, la periodización en cuatro fases de lo que él ahora
denomina la memoria pública de la Segunda Guerra Mundial:
una primera fase de construcción de una memoria conflictiva;
una segunda de «silencios oficiales» u «olvidos» en el espacio
público; una tercera de brusco cambio de perspectiva, con la
aparición de frecuentes debates, controversias, escándalos sobre
el pasado desvelado de tal o cual personalidad política; y una
cuarta fase de anamnesis, que se interroga sobre el pasado nazi
o fascista, la colaboración entre ocupantes y ocupados y el
antisemitismo autóctono en los países ocupados o que hicieron
causa común con el Tercer Reich. Esta cuarta fase, el periodo
de anamnesis, añade Rousso, duraría mucho más que las
anteriores, dos generaciones contra una, y para dar cuenta de
ello el citado historiador importa de la psicología la expresión
memoria negativa, que en su opinión permite establecer una
distinción entre «buenos recuerdos» (asociados a emociones
positivas) y «malos recuerdos» (asociados a emociones negativas
como el miedo o el dolor). Para él, la memoria negativa se
inscribe en el movimiento más amplio del traumatismo cultural,
una noción que sirve para caracterizar las sociedades
contemporáneas y que Smelser, en el libro Cultural Trauma
and Collective Identity (2004) del que es autor junto con Jeffrey
Alexander, Berhard Giesen y otros, ha definido de la siguiente
manera. La memoria negativa sería una memoria aceptada,
públicamente acreditada por un grupo pertinente de miembros
y que se refiere a un acontecimiento o a una situación que se
fundamenta en un afecto negativo, representado como
indeleble y considerado como amenazante de la existencia de la
210
sociedad o que viola ciertos presupuestos culturales básicos
(Rousso, 2016, pp. 249-253).
Por el contrario, en su estudio de 1999 sobre por qué el
Holocausto tenía tanta presencia en la vida cultural
estadounidense cincuenta años después de haber ocurrido y a
miles de kilómetros de su escenario histórico, Peter Novick
rechazó la importación de la palabra trauma del psicoanálisis al
lenguaje del historiador. «Existe – nos dice – otra forma de
abordar la evolución de la conciencia del Holocausto en
Estados Unidos que no recurre a entidades tan dudosas como
el “inconsciente social”». Novick menciona lo que en la década
de 1920 el sociólogo Maurice Halbwachs denominó memoria
colectiva para proponerlo como alternativa. En su opinión,
Halbwachs buscaba indagar de qué manera las preocupaciones
del presente determinan qué parte del pasado recordamos y
cómo lo hacemos (Novick, 1999, pp. 15-16). Sin embargo, a
diferencia de lo que afirma Novick, resulta cuestionable que esa
haya sido la intención del autor de Les cadres sociaux de la
mémoire y de La mémoire collective (cfr. Halbwachs, 1925;
1950). La elaboración y transmisión de la memoria colectiva, el
flujo continuo, uniforme y a largo plazo de las distintas
memorias de grupos sociales al que constantemente hizo
referencia Halbwachs en el periodo de entreguerras, no da
cuenta del cambio drástico que llegó después, sobre todo en la
segunda mitad del siglo XX. Las formaciones relativamente
estables de las memorias sociales y de grupo, todavía en cierto
modo muy presentes en gran parte de Europa y de América
antes de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra
Mundial, dejaron paso luego a numerosos procesos
simultáneos o consecutivos con «acontecimientos límites o
extraordinariamente transgresores», experiencias que pueden
considerarse disruptivas y que conmocionan, desgarros sociales
y rupturas entre generaciones, desapariciones de memorias
colectivas y elaboraciones posteriores a la consiguiente ruptura,
etc. Puede o no calificarse de traumático o con efectos
traumatizantes el resultado de ese proceso en el campo de la
211
memoria individual y colectiva, pero en cualquier caso su
análisis- en tanto que fenómeno histórico más reciente- obliga a
ir más allá del enfoque de Halbwachs.
Por no verlo así, Marie-Claire Lavabre considera que la
expresión memoria histórica, tan utilizada actualmente en
España, hace referencia al «proceso por el cual los conflictos y
los intereses del presente operan sobre la historia», a «los usos
del pasado y de la historia, tal como se la apropian grupos
sociales, partidos, iglesias, naciones o Estados» (Lavabre, 2006,
p. 43). En mi opinión, por el contrario, como argumenté en
otro lugar (Ruiz Torres, 2007), esos discursos son
manifestaciones de un fenómeno social y cultural de las últimas
décadas, como sucede también en Francia con la fórmula deber
de memoria (Ledoux, 2016). Por eso me hacía eco de una idea
de Andreas Huyssen al afirmar lo siguiente. A falta de una
memoria que mantenga individual y socialmente vivos los
recuerdos del pasado (en la familia o en otros grupos, a través
de la escuela y por medio de la «historia memoria» oficial), los
nuevos medios de comunicación, los avances técnicos y las
nuevas formas de creación artística producen en nuestros días
una abundante memoria virtual en sociedades cada vez con
menos memoria individual y colectiva. Tras haber dado cuenta
de la fragmentación creciente de las políticas de la memoria de
los respectivos grupos sociales y étnicos en conflicto, Huyssen
se preguntaba si aún eran posibles las formas consensuadas de
la memoria colectiva y mostraba su escepticismo respecto de la
capacidad de la memoria pública mediática de llenar ese vacío,
por más que hubiera adquirido una enorme influencia como
vehículo de toda forma de memoria. Para dicho autor, las
estructuras mismas de la memoria pública mediática hacían
comprensible que la cultura secular de nuestros días estuviera
obsesionada por la memoria y poseída por el miedo, el terror
incluso, al olvido. Después de todo, el giro hacia la memoria
recibiría un enorme impulso del deseo de anclarnos en un
mundo caracterizado por una creciente inestabilidad del tiempo
212
y por la fracturación del espacio en que vivimos (Huyssen,
2002, pp. 13-40).
2. Trauma y posmemoria
213
intergeneracional sino transgeneracional, no se encontraría
mediada por una experiencia individual, sino por sistemas
simbólicos, y se institucionalizaría a muy largo plazo (Assmann,
2002). La posmemoria, según Hirsch, es distinta de ambas
porque ha surgido después de «las rupturas específicas
implícitas en el trauma histórico colectivo de la guerra, el
Holocausto, el exilio y la condición de refugiado». Aunque es
cierto, añade, que la experiencia traumática puede afectar a la
memoria comunicativa y/o a la cultural cuando están
seriamente dañadas por el trauma y la supresión de la
información en los regímenes totalitarios, en el caso de la
posmemoria ocurre de otra manera. La estructura de la
posmemoria, nos dice Hirsch, explica cómo «las múltiples
rupturas y fisuras radicales propias del trauma y la catástrofe»
modulan el legado intergeneracional y transgeneracional y lo
hacen de dos modos. En primer lugar, dicha estructura
«fractura y problematiza» la conexión del sujeto de la
posmemoria con la familia, el grupo social y el archivo histórico
institucionalizado, al haber desaparecido «las relaciones
individualizadas que forjan la comunidad y la sociedad». En
segundo lugar, la labor que se propone la posmemoria es
«reactivar e individualizar de nuevo», por medio de nuevas
formas de expresión estética y de mediación familiar,
«estructuras memoriales políticas y culturales más distantes». El
auge de la cultura de la memoria – afirma Hirsch – bien podría
ser un síntoma de la necesidad de incluirnos individual y
colectivamente bajo una membrana colectiva formada por un
legado común de múltiples historias traumáticas. Asimismo
respondería a la responsabilidad individual y social que
sentimos respecto a un pasado traumático y persistente»
(Hirsch, 2012, pp. 57-58).
El término posmemoria, para Hirsch, describe «la relación de
la “generación de después” con el trauma personal, colectivo y
cultural de la generación anterior, es decir, su relación con las
experiencias que “recuerdan” a través de los relatos, imágenes y
comportamientos en medio de los que crecieron». La
214
transmisión habría sido tan profunda y con tacto afecto que
esos relatos, imágenes y comportamientos pasan por
«verdaderos» recuerdos. Sin embargo, la posmemoria no se
relaciona con el pasado por medio sólo de la rememoración,
sino a través de un proceso que reactiva e individualiza de
nuevo estructuras memoriales políticas y culturales más
distantes, «re-invistiéndolas» con formas de expresión estética y
de mediación familiar enriquecedoras. De esa manera, «los
menos directamente afectados» conectan con la «generación de
la posmemoria» y hacen posible que esta pueda perdurar
«incluso después de que hayan muerto todas las víctimas y sus
descendientes». A medida que «la generación de
supervivientes» deja de estar entre nosotros, muchos consideran
(por motivos o no de filiación) que es preciso mantener vivo y
perpetuar el sentido de una conexión que simultáneamente se
va erosionando con el transcurso del tiempo (ivi, pp. 13-21).
Las críticas al concepto de posmemoria de Hirsch, como
algunas de las que se hicieron en el seminario internacional
«Transferencia de memoria / posmemoria» que hace poco tuvo
lugar en Valencia (Ruiz Torres, ed., 2018; Soriano, Souto, ed.,
2019), suelen hacer referencia a lo que Hans Lauge Hansen ha
considerado que es una «interpretación fuerte y literal del
concepto de trauma psíquico individual», por cuanto «insiste en
la posibilidad del traslado de los efectos mismos del trauma
entre generaciones». Dicho concepto de posmemoria, según el
citado autor, sería inaplicable a la «novela de memoria
española» sobre la Guerra Civil, escrita por la generación de los
nietos (nacidos entre 1950 y 1980), porque «no sigue el patrón
narrativo del trauma», ni «tampoco la mayoría de los autores
dedican su escritura a la recuperación de la memoria de sus
propios familiares» y «hasta cierto punto los nietos de los
vencedores también se empeñan en recuperar la memoria de
los vencidos» (Hansen, 2018). Por ello Hansen opta, en este
caso, por el concepto de novela afiliativa de Sebastiaan Faber,
que se correspondería con «algunos usos figurativos del
concepto de trauma que se refieren a los procesos que toman
215
como punto de partida la misma derrota y la posición de la
víctima para la construcción de las identidades culturales». En
ese sentido, Hansen también menciona al sociólogo americano
Jeffrey Alexander y al sociólogo alemán Berhard Giesen, y cita
al psiquiatra turco-chipriota Vamik Volkan y su concepto de
trauma elegido. En mi opinión, el trauma elegido se acerca a lo
que LaCapra distingue del «trauma histórico o dimensión
histórica del trauma» y denomina «trauma estructural o
transhistórico. Este último estaría relacionado con el
sufrimiento y con la tendencia a experimentar la ausencia como
pérdida –como una «pérdida fantaseada»-, por parte de quienes
no han vivido los acontecimientos reales y de tal modo se
identifican con las víctimas que incluso llegan a convertirse en
«sobrevivientes ‘voluntarios’ o imaginarios » (LaCapra, 2004,
pp. 159-161).
No voy a poner en duda la utilidad del uso «figurativo» del
concepto de trauma, como lo califica Hansen, o si se prefiere el
uso metafórico o por analogía con el fin de dar cuenta de
ciertas experiencias que han amenazado la existencia de grupos
o comunidades sociales, han traído dolorosas pérdidas en vidas
de seres humanos o en bienes materiales, con sus
correspondientes efectos sobre una identidad colectiva, y han
dejado una herida psíquica compartida, profunda y persistente.
El trauma histórico en América fue descrito en 1995 (Borda,
Carrillo, Garzón, Ramírez, Rodríguez, 2015) como una herida
profunda de las comunidades de nativos americanos que se
perpetuaba a través de las generaciones y era el resultado de
eventos perturbadores experimentados colectivamente (el
genocidio y la pérdida de tierras a las que estaban atados
emocionalmente los indígenas). Más tarde se habría extendido
a las «experiencias traumáticas» de otras comunidades, como
afroamericanos, judíos, víctimas de la posguerra en El Salvador,
racismo, hambrunas, masacres frecuentes, desplazamiento de
las tierras de origen, etc. Por dicho motivo, algunos autores
destacan las notables diferencias entre el enfoque psicoanalítico
y los usos habituales de la noción de trauma en los discursos
216
sobre la memoria contemporánea o la posmemoria. En estos
últimos, el trauma histórico suele concebirse, a diferencia de lo
que se entiende en el psicoanálisis y de un modo más próximo
a Janet y sus seguidores, como el efecto directo de un
acontecimiento totalmente externo a un sujeto plenamente
pasivo y ajeno al mismo, al que se le considera una víctima. En
esa misma línea, pero con algunas diferencias, Hugo Vezzetti
proporciona otra manera metafórica de concebir el trauma
histórico. En tanto que indicador de una perturbación aplicada
a la experiencia colectiva, trauma histórico no lleva
simplemente a identificarse con una ruptura externa a la
comunidad política, sino que se convierte en «un outil, ou une
fiction, disponible pour l’analyse des fantôme de la violence et
de l’antagonisme présents et actifs dans la société» (Vezzetti,
2017).
No obstante, la opción por el uso metafórico de la noción de
trauma no invalida otros conceptos de trauma en el análisis de
ciertos fenómenos colectivos. En este caso no sería por analogía
con el traumatismo del individuo, sino a partir de una
consideración social del individuo que permita dar cuenta de
cómo, en el mundo real, se dan fenómenos de socialización y
transmisión inter y transgeneracional del trauma por la vía tanto
de la filiación familiar como de la afiliación electiva. Esto es
precisamente lo que presupone el concepto de posmemoria de
Hirsch. Ella habla, como hemos visto, de ruptura en la
posmemoria, de ruptura que habría obligado a restablecer más
tarde la conexión con las víctimas de distintas maneras.
Podemos desde luego hacer un amplio catálogo de formas de
restablecimiento de la conexión interrumpida: por medio de la
indagación, de la escritura, de la imagen, del arte, de la política,
de la justicia, de las leyes memoriales, de la excavaciones de
fosas comunes etc.), pero ¿en qué consiste dicha ruptura? Para
Hirsch sería una consecuencia del «trauma» y de la «catástrofe»,
pero estas dos palabras no llevan a un mismo tipo de
fenómenos, como hemos señalado antes. Un «acontecimiento
límite o extraordinariamente perturbador», como la Guerra
217
Civil española, las dos guerras mundiales e incluso el genocidio
judío por los nazis y sus colaboradores, pudo dar o no origen a
experiencias traumatizantes. Además, muchas de esas
«catástrofes» sociales ni siquiera dejaron una huella que más
tarde se convirtiera en síntoma o manifestación del efecto de un
trauma. Al menos hasta que a partir de la década de 1980 se
generalizó el uso de dicha palabra, para calificar
retroactivamente de traumáticos unos acontecimientos que
antes no habían sido considerados de esa manera.
También sabemos que no existe una única noción de trauma
en los trabajos de Freud o en el campo del psicoanálisis, y
menos todavía en la psicopatología o en general en la
psicología. A propósito de la noción de trauma en la obra de
LaCapra y de Caruth, Sanfelippo critica que ambos autores
presupongan una noción freudiana de trauma en singular,
como si se tratara de un objeto invariable y de una categoría
unívoca, en lugar de abordarlo a partir de sus distintas
conceptualizaciones que recortan diferentes problemas o
experiencias (Sanfelippo, 2013). La utilización así de la noción
de trauma, según el citado autor, corre el riesgo de reducir
todos los casos singulares a una misma grilla interpretativa, que
en cada experiencia histórica calificada de traumática
encontraría, bien el retorno de lo reprimido (LaCapra), bien la
reiteración de lo literal (Caruth). En mi opinión, lo mismo
puede decirse de la noción de trauma en la obra de Hirsch y en
quienes, de un modo u otro, han hecho suya su propuesta. Por
último, una de las características del trauma, y no sólo desde el
punto de vista psicoanalítico, no es que provoque una ruptura,
sino más bien «la ausencia de diferenciación temporal que
conduce a una confusión o superposición simple entre pasado y
presente» (Sanfelippo, 2012, p. 30). Esto mismo sale también a
relucir a propósito de lo que Peter A. Levine entiende por
memoria traumática, que sitúa el trauma en la memoria
procedimental para poner énfasis en «la tiranía del pasado»
(Levine, 2015, pp. 23-27).
218
Sin embargo, por más que el término posmemoria lleve
consigo la idea de la transmisión intergeneracional del trauma
(LaCapra, 2004, p. 149) y que en ello insista Hirsch, lo cierto es
que muchas veces parece algo distinto. Hirsch considera que la
transmisión intergeneracional del traumatismo no sólo
sobrepasa los límites del individuo y de la familia, también que
a la generación de después se le ha transmitido tan
profundamente y con tanto afecto los acontecimientos
traumatizantes que estos «pasan por verdaderos recuerdos». La
transmisión dependería, según ella, de múltiples y complejos
actos de transmisión encarnados en una persona, afectivos y
simbólicos (Hirsch, 2017, p. 44), «a través de los relatos,
imágenes y comportamientos en los que crecieron» quienes
forman parte de la generación de la posmemoria (Hirsch, 2012,
p. 19). Además, Hirsch entiende que la posmemoria no se
relaciona con el pasado (únicamente) por el recuerdo, sino por
«un investissement imaginaire, une projection et une création»
(Hirsch, 2017, p. 44). En mi opinión, de esa manera, aquello
que se transmitiría de una generación a otra no es el trauma; no
se trata del acting-out en el que hace implosión el tiempo por
unos u otros motivos: por el retorno de lo reprimido en la
conciencia o del evento contra la voluntad del individuo, por
estar en una configuración centrada en la temporalidad
nachträglich, desde una «perspectiva económica» o bien por las
huellas (engramas) de esas experiencias que se fijan en la
memoria procedimental. No podríamos hablar propiamente de
trauma, ni en sentido psicoanalítico ni en el de Janet y sus
seguidores, a la hora de referirnos a lo que transmite la
«estructura de la posmemoria y su proceso de construcción», si
estamos ante «una estructura de transmisión generacional
inserta en varias formas de mediación» (Hirsch, 2012, pp. 19 y
61) con el propósito de contrarrestar y reparar una pérdida. La
pérdida, para empezar, puede deberse a unas rupturas
relacionadas o no con el trauma porque, en palabras de Hirchs,
sería la consecuencia «de la interrupción traumática, del exilio y
la diáspora», del vínculo directo del archivo con el pasado, «al
219
desaparecer las relaciones individualizadas que forjan la
comunidad y la sociedad», y ello obligaría a «reactivar e
individualizar de nuevo estructuras memoriales políticas y
culturales más distantes» (ivi, p. 58). Además, si esa pérdida se
debe sobre todo a una interrupción traumática, «la estructura
de la posmemoria y su proceso de construcción», tal como se
nos presenta en la propuesta teórica de Hirsch y en varios de
los casos que estudia (por ejemplo en Maus de Art Spiegelman
o en Austerlitz de G.W. Sebald etc.), más bien nos lleva a la
elaboración del trauma mucho tiempo después de lo sucedido,
por parte de la generación posterior, y no a la transmisión del
trauma.
En todo caso, la posibilidad de que la «generación de la
posmemoria» de Hirsch establezca una conexión con la
experiencia de los traumatizados por medio de «relatos
estéticos» – y no por «les marques épigénétiques», como ella
misma puntualiza –, en tanto que «estructura intergeneracional
y transgeneracional del retorno del conocimiento traumático y
de la experiencia física del cuerpo» (Hirsch, 2017, p. 20), se
aleja por completo del psicoanálisis. También lo hace de la
manera de concebir el trauma que presupone una «memoria
traumática» -diferente de la «memoria narrativa»- con capacidad
de reproducir la experiencia traumática de un forma
inasimilable a las cadenas asociativas de significado, por decirlo
a la manera de Caty Caruth, es decir, de una forma
inconsciente e irrepresentable de un modo narrativo (Caruth,
1996). Por ello la crítica a la noción de trauma en la
posmemoria de Marianne Hirsch al menos tiene dos motivos.
De un lado, resulta contradictorio que la transmisión del
trauma se de en una «estructura de transmisión generacional»
que, como hemos visto antes, busca contrarrestar «una pérdida»
por medio de «relatos estéticos». Del otro, Hirsch muestra de
un modo simbólico la persistencia del trauma -en el tatuaje
como forma de huella en la piel, en las esculturas de Alina
Szapocznikow o en el frecuente uso de las fotografías de
familia- como un acto completamente voluntario, por razones
220
de tipo familiar, ético o político (Hirsch, 2017, pp. 46-59.),
mientras que para la generación de los traumatizados las
manifestaciones del trauma eran completamente involuntarias,
es decir, justo lo contrario
Con independencia de lo que entendamos por trauma desde la
perspectiva de un grupo, de una sociedad o de una «estructura
de transmisión generacional», como sería la posmemoria, y aun
teniendo en cuenta que existen formas distintas de concebir el
trauma (véase, por ejemplo, Loriga, Ullerns, ed., 2017; Ruiz
Torres, ed., 2018; Soriano, Souto, ed., 2019), muchos de los
asuntos que englobamos en lo que Rousso denomina la
memoria contemporánea ni mucho menos caben dentro de
alguna de las diversas nociones a que hemos hecho referencia.
Así sucede con la ruptura intencionada con el pasado debida al
olvido voluntario, al silencio, al ocultamiento posterior, hasta el
momento en que se invoca la necesidad de desvelarlo, de
proponer relatos alternativos a los discursos dominantes, de
expresar el punto de vista de «los olvidados», de los «sin voz»,
de los marginados y reestablecer una conexión con ellos que
antes había quedado interrumpida. No pocos de esos objetivos
(Rousso, 2016) movilizan a la gente para denunciar lo que se ha
callado, ocultado u olvidado y la retórica de los respectivos
discursos va acompañada de una postura moral y normativa
que se traduce en mandatos políticos y éticos
(Vergangenheitsbewältigung, devoir de mémoire, recuperación
de la memoria histórica). A veces incluso entrañan
disposiciones legislativas de un nuevo género (las «leyes de
memoria») que establecen una distinción tajante entre «buena»
y «mala» relación con el pasado. La idea de una sucesión de
memorias propias de las diferentes generaciones -la memoria
de los testigos o contemporáneos de los hechos, la memoria de
los hijos, la memoria de los nietos-, que suele ser habitual en la
historiografía, no resulta en mi opinión un buen punto de
apoyo. Quizás habría que concebir la transmisión colectiva de
los recuerdos y de los olvidos como un proceso con rupturas
inter y trans-generacionales por motivos o no relacionados con
221
alguna de las nociones de trauma que hemos visto antes. A
veces no aparece trauma alguno cuando se contrapone la
lucidez de los más jóvenes al cegamiento imputado a los
antiguos, cuando no a la complicidad y más tarde al silencio
que agravó su pasividad. En otras ocasiones, por el contrario, el
discurso en torno al «deber de memoria» o a la «recuperación
de la memoria histórica», y las correspondientes «políticas de
memoria» de nuevo cuño, nos llevan al deseo manifiesto de
restablecer o reactivar el vínculo sentimental, ético o político
con las víctimas «del trauma o la catástrofe».
En definitiva, la conexión que hace posible la transmisión de la
memoria de un hecho o una experiencia dentro de un grupo o
de una comunidad puede haber quedado interrumpida por
distintos motivos, pero algunos no son imputables a los efectos
de un trauma. No faltan factores de tipo social ajenos al mismo,
como la desarticulación de los «marcos sociales de la memoria»
y de los grupos sociales de que nos hablaba Halbwachs, ni
tampoco de carácter político. Sin dejar otra vez de mencionar,
para ir terminando, la ausencia de anclajes sólidos, tanto en la
memoria comunicativa de los distintos grupos sociales, como
en la memoria cultural institucionalizada desde los poderes
políticos. Después de todo, estamos en un mundo en el que la
aceleración del tiempo (Rosa, 2010) y la globalización del
espacio hacen que los vínculos de grupo o comunitarios se
encuentren continuamente amenazados de deshacerse con
extrema rapidez.
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debats-lexperience-argentine
Abstract
Trauma and post-memory in historical analysis
The first part of this article focuses on the problem of the
different notions of trauma in historical analysis. It also explores
if any of such notions may be useful to study specific
phenomena related to collective memory. Related to the
disruption and later elaboration of several collective memories,
the second part of this paper deals with the concept of post-
memory. In particular, it evaluates if such disruptions may or
225
may not be associated with the transmission of traumas to the
generations who came after.
226