Adam Smith: El padre de la economía política
En 1776, Adam Smith (Escocia, Reino Unido, 1723 - 1790) publica “Investigación sobre la naturaleza
y causas de la riqueza de las naciones”, obra que pasa a constituir el núcleo del pensamiento clásico
y a sentar las bases de la economía política.
Ante el gran incremento en la producción de bienes que experimenta Inglaterra en la segunda mitad
del siglo XVIII como resultado de la Revolución Industrial, Smith se pregunta, como los mercantilistas
y los fisiócratas, acerca del origen de la riqueza de una nación. Su respuesta se construye a partir de
dos conceptos claves:
1-la división del trabajo como fuente de productividad y
2-el papel del mercado.
La división del trabajo
Para Smith, a mayor división del trabajo, mayor productividad. Es decir que, si las diversas tareas
son distribuidas entre especialistas, se elevará la capacidad de producir cierta cantidad de bienes
con un conjunto de recursos dados (mano de obra, máquinas, tiempo). Cada trabajador que se
especializa en una determinada función (p. ej., en una fábrica de alfileres: corte del alambre,
estiramiento, afilado, etc.), pasa a conocerla en detalle, pudiendo realizarla más rápido y mejor, sin
perder tiempo con cambios de actividad.
Smith sostiene que esta idea de división técnica del trabajo, aplicable en una fábrica mediante la
especialización, puede ser trasladada al conjunto de la economía nacional, logrando la división
social del trabajo.
Así, si en una comunidad cada individuo se ocupa particularmente de la producción de un
determinado bien (ropa, pan, carne, viviendas, etc.) e interactúa con los demás, habrá un ahorro de
tiempo y, por ende, más y mejores bienes. Por el contrario, si cada miembro debe procurarse todos
los bienes necesarios, sin interactuar con otros, la calidad de los mismos será seguramente baja y
se desperdiciará mucho tiempo.
Por otro lado, Smith considera que el trabajo tiene un precio nominal y uno real.
El precio real está determinado por la subsistencia del trabajador, y es el que mide si este está bien
o mal remunerado. Su precio nominal corresponde al dinero pagado por el trabajo, es decir, el
salario; por lo tanto, el empresario trata de pagar el mínimo de salario para obtener el máximo
beneficio.
El mercado
En una comunidad con división del trabajo entre sastres, panaderos, carniceros, constructores, etc.,
resta un problema: cómo distribuir los bienes entre todos.
Para Smith, ello debe lograrse mediante el intercambio de mercado. Él señala que el ser humano, a
diferencia de otros seres, tiene una tendencia natural a hacerlo, contando con «la razón y el habla»
necesarios.
Los individuos que producen los bienes en los que se especializaron se los ceden a otros no por
caridad, sino por interés, a la espera de conseguir un beneficio. Gracias a esos intercambios, la
sociedad sale beneficiada.
El mercado es, pues, el lugar donde los sujetos intercambian los bienes y donde consiguen aquello
que efectivamente necesitan para su consumo personal.
La esencia de la economía de mercado es que en ella todo se convierte en mercancías con un
precio y que la oferta de estas mercancías es sensible a los cambios de precio.
La mano invisible
Smith explica que el mercado posee una “mano invisible” que no solo asigna las tareas, sino que
también dirige a las personas en la elección de su ocupación y hace que se tengan en cuenta las
necesidades de la sociedad. Del mismo modo, el mercado determina qué mercancías han de
producirse.
Cada individuo trata de obtener para sí, egoístamente, el máximo beneficio del intercambio. A tal fin,
intenta producir los mejores bienes al menor costo posible, para ganarles a sus competidores. Como
los demás sujetos harán lo mismo, el conjunto de bienes aumentará al máximo y, sin que nadie lo
decida centralmente, a partir de un sinnúmero de decisiones individuales, se obtendrá un máximo u
óptimo social.
Por ende, Smith defiende el “laissez faire”, esto es, la no intervención del gobierno en los asuntos
económicos, considerando a aquel como ineficaz. Para promover el bienestar, en su opinión, la
mejor vía es el estímulo del propio interés y el desarrollo de la competencia.
La acumulación de beneficios
Los asalariados, a juicio de Smith, no podían acumular ningún excedente sobre sus necesidades,
pero sí podían hacerlo los terratenientes y, especialmente, los capitalistas.
Para Smith, el capital es generador de más capital, es decir, el capitalista invierte un capital en la
producción, le paga el salario al obrero, paga la renta y esta inversión de capital genera más capital
en el mercado, ya que cuando vende el producto obtiene de él un mayor capital a través del
beneficio que surge del mercado.
El autor ve en la acumulación (ahorro) de los beneficios de los empresarios el motor para el
mejoramiento de la sociedad, pues tales fondos se reinvierten luego en maquinaria, lo que brinda
mayores posibilidades de división del trabajo, aumento de producción y, en consecuencia, mayor
riqueza.
La renta
Para Smith la renta es la paga al terrateniente por el uso su tierra. La renta es absoluta (se mantiene
constante), es un factor inamovible establecido como un precio de monopolio (sólo lo determinan los
terratenientes), por ser de esta característica, no es determinante dentro del precio como sí lo son el
salario y el beneficio -ya que el precio es la sumatoria de renta, beneficio y salario.
El valor
Para Smith hay dos tipos diferentes de valor, el valor de uso, que representa la utilidad de un objeto;
y un valor de cambio, que representa por lo que se puede cambiar ese objeto.
La medida real del valor de cambio (el precio real) es el esfuerzo que cuesta adquirir ese bien. La
cantidad de dinero que se da por ese bien constituye el precio nominal. A su vez, los productos
tienen un precio natural, cuando éste refleja la tasa media entre salario, beneficio y renta (los tres
componentes del precio); y un precio de mercado que puede ser mayor o menor al precio natural, y
está determinado por el comportamiento del mismo. Por lo general los objetos que tienen un gran
valor de cambio, tienen poco valor de uso; y viceversa. Es lo que sucede con el agua, que tiene un
gran valor de uso y no tiene valor de cambio.