De tal manera amó Dios al mundo - Juan 3:16-
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(Jn 3:16-21) "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a
su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda,
mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para
condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en
él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado,
porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es
la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más
las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo
aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que
sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a
la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios."
Introducción
En nuestro pasaje anterior consideramos la conversación que Jesús
mantuvo con Nicodemo, un principal entre los judíos. Al terminar
vimos que el Señor le dijo que era necesario que el Hijo del Hombre
muriera en la cruz para que de esa manera los hombres pudieran
nacer de nuevo.
Ahora comenzamos preguntándonos por qué razón querría el Hijo del
Hombre ser colgado en un madero de la misma manera en que lo fue
la serpiente en la antigüedad (Jn 3:14). Y a lo largo de los próximos
versículos se nos revela que esta iniciativa surgió de Dios como
resultado de su amor por este mundo. Esto queda hermosamente
resumido en el versículo 16, que con toda razón ha llegado a ser el
más famoso de todas las Escrituras y es conocido como "el evangelio
en miniatura".
(Jn 3:16) "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su
Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más
tenga vida eterna."
"Porque de tal manera amó Dios al mundo"
Debemos observar cuidadosamente cada una de las expresiones que
encontramos en este versículo, porque todas ellas contienen detalles
de gran valor. Por ejemplo, cuando dice que "de tal manera amó Dios
al mundo" debemos apreciar el énfasis que el evangelista hace en la
grandeza y la clase de este amor. Él no puede ocultar su asombro
cuando se va acercando a considerar el amor de Dios hacia este
mundo hostil. Su admiración es similar a la que expresa en su primera
carta cuando dice:
(1 Jn 3:1) "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos
llamados hijos de Dios..."
Somos exhortados a considerar el grado tan infinito y la forma tan
gloriosa en la que Dios nos ha amado. Esto nos ha de llevar
necesariamente a adorarle con todo nuestro corazón.
Y también a recordar que si en alguna pobre medida nosotros amamos
a Dios, debemos reconocer que esto se debe a que él nos amó a
nosotros primero. Nunca olvidemos que es su amor el que hace
posible el nuestro.
(1 Jn 4:10) "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos
amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en
propiciación por nuestros pecados."
Otro detalle que debemos notar es que el objeto del amor de Dios fue
el "mundo". Esto subraya la grandeza de este amor, que es capaz de
abrazar al mundo entero, es decir, a la totalidad de la raza humana.
No hay persona que quede fuera del alcance del amor de Dios por más
bajo que haya caído. Es cierto que somos indignos de un amor así,
pero Dios abre la puerta de la salvación a todos los hombres por igual.
Este amor no hace distinción de personas; "porque no hay acepción de
personas para con Dios" (Ro 2:11). Toda la humanidad sin distinción
está incluida en este amor. Por ejemplo Nicodemo no estaba más
cerca por ser judío, ni los samaritanos o gentiles estaban más lejos por
causa del pueblo al que pertenecían. Este amor de Dios ha derribado
la pared de separación entre judíos y gentiles, de modo que todo el
mundo tiene acceso por igual.
Por esta razón no podemos estar de acuerdo con algunos teólogos
evangélicos que afirman que Dios sólo amó a un grupo de elegidos. La
Biblia afirma que Dios amó "al mundo" y entregó a su Hijo para que
todos los hombres pudieran ser salvos (2 Co 5:19) (1 Ti 2:3-4) (1 Jn
2:2). Desgraciadamente, no todos se benefician de su muerte, sino
sólo los que creen en él, pero potencialmente hay poder en él para la
salvación de todos los hombres.
Tampoco podemos aceptar la teología católica que le atribuye a María
un amor más tierno que el del mismo Hijo de Dios, llegando al punto
de afirmar que es por sus súplicas y por la intercesión que ella realiza
en virtud de su maternidad, que el Hijo y el Padre son movidos a
compasión. Creemos que todo esto es un grave error, puesto que tal
como estamos viendo en este pasaje, es de Dios de donde surge este
amor hacia la humanidad perdida. No debemos olvidar que María era
también una mujer pecadora, como el resto de la humanidad caída, y
que necesitó del amor y la gracia de Dios para su salvación, algo que
ella misma no tuvo ningún inconveniente en reconocer y que por
supuesto agradeció (Lc 1:46-48).
"Que ha dado a su Hijo unigénito"
El amor sólo puede ser conocido en base a las acciones que produce.
El amor que sólo consiste en palabras, no es verdadero amor (1 Jn
3:18). Pero aquí vemos que "Dios amó" y "Dios dio".
La grandeza del amor de Dios se puede apreciar en que ha entregado
lo más valioso que tenía, a su propio Hijo unigénito. El término
"unigénito" subraya el carácter único de la relación eterna del Hijo con
el Padre. Observemos que siempre que la Palabra habla de la relación
entre el Padre y el Hijo lo hace en los mismos términos: (Col 1:13) "Su
amado Hijo", (Ro 8:32) "Su propio Hijo", (2 P 1:17) "Mi Hijo amado en
el cual tengo complacencia", (Mt 12:18) "Mi Amado, en quien se
agrada mi alma", y aquí en (Jn 3:16) "Su Hijo Unigénito". Dios
solamente tenía un Hijo que llevara su perfecta semejanza, y fue
precisamente a este Hijo unigénito con quien desde la eternidad
mantenía una relación de amor y solaz a quien entregó por los
pecadores. El Padre nos entregó lo que más quería, a su propio Hijo.
Sin duda no puede existir un don más grande.
Abraham entendió bien lo que este amor significaba cuando Dios le
pidió que sacrificara a Isaac, su único hijo:
(Gn 22:2) "Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y
vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los
montes que yo te diré."
Debemos notar también que la salvación y la liberación de la
condenación era algo que sólo el unigénito Hijo de Dios podía llevar a
cabo. Esta es la razón por la que no servía el hijo de Abraham y por lo
que se le ordenó detenerse. Fue necesario que Dios mismo viniera a
morir por los pecadores, ninguna otra vida tendría el valor suficiente
para redimirnos de la muerte eterna. Así que Dios mismo se implicó
personalmente en nuestra salvación.
Y por supuesto, no había dos voluntades diferentes; por un lado la del
Padre y por otra la del Hijo. Como el apóstol Pablo también escribió, el
Padre "no escatimó ni a su propio Hijo, sino que entregó por todos
nosotros" (Ro 8:32), pero por otro lado, "Cristo nos amó, y se entregó
a sí mismo por nosotros" (Ef 5:2).
Queda fuera de toda duda que se trata de un amor genuino porque
sólo le impulsaba el interés hacia los otros, sin ningún pensamiento
para sí mismo. Es un amor dispuesto a entregarlo todo por el bien de
la persona amada, sin calcular el precio de lo que se entrega.
Y por último, Dios entregó a su Hijo amado para salvar a sus
enemigos, aquellos hijos desobedientes que habíamos abandonado el
hogar paterno en rebeldía y que con toda justicia merecíamos el
castigo eterno. Por supuesto ningún hombre en esta tierra haría algo
parecido por aquellos que le odian, pero Dios es diferente a todos
nosotros.
(Ro 5:7-8) "Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo,
pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su
amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores Cristo murió por
nosotros."
Todo esto nos debe llevar a reflexionar sobre la gravedad del pecado
de los hombres. Tanto es así que Dios tuvo que dar a su propio Hijo
para salvarnos.
"Para que todo aquel que en él cree no se pierda"
El amor de Dios también se puede apreciar en la grandeza de su
propósito: que ningún hombre se pierda eternamente, sino que tenga
vida eterna.
Aunque el amor de Dios es tan inmensamente grande, no servirá de
nada a aquellos que no creen en él. Esta verdad se subraya por tres
veces en estos versículos: (Jn 3:15, 16, 18). No debemos olvidar que
esta corriente de vida no fluye automáticamente, sino que se pone a
la disposición de todo aquel que cree, dejando todo esfuerzo propio,
sin pretender mérito alguno, para descansar como un niño en el Hijo.
La única condición que Dios pone es la fe. Esto está suficientemente
claro y explícito. Sin embargo, mucha gente no lo quiere tener en
cuenta e insiste en añadir sus "buenas obras" y méritos personales.
Pero todo esto no sirve de nada. Es un hecho que no merecemos la
salvación, sino que se nos ofrece en virtud de la gracia divina como un
favor no merecido.
Ahora bien, aunque el hombre no puede hacer lo que Dios ha hecho,
esto es, proveer la salvación, al mismo tiempo Dios no puede hacer
por el hombre lo que éste tiene que hacer por sí mismo, esto es,
aceptar la salvación por la fe.
Debemos aclarar que esta fe que nos permite entrar a disfrutar
plenamente del amor de Dios no tiene nada de meritorio. En ocasiones
se ha comparado con la mano extendida del hombre que pide auxilio a
Dios. ¡Qué mérito puede haber en reconocer nuestra necesidad y
clamar pidiendo socorro!
En cualquier caso, el amor de Dios es tan grande y generoso que no se
le impone a nadie por la fuerza o contra su voluntad. De esta manera,
aquellos que rehusan creer se encierran en su propia condenación,
mientras que los que depositan su fe en él tendrán la vida eterna.
Todos los hombres tienen ahora la posibilidad de elegir entre la vida y
la muerte.
Ahora bien, esta muerte no significa simplemente el fin de la
existencia física aquí en la tierra, ni tampoco la aniquilación del alma y
el espíritu. La perdición de la que se habla aquí tiene que ver con la
condenación divina, completa y eterna, de forma que el condenado
quedará expulsado de la presencia del Dios de amor y morará
eternamente separado de él. Y aunque en realidad este estado de
perdición empieza ahora aquí, sin embargo, no alcanzará su completa
y terrible culminación hasta el día de la gran consumación.
Pero Dios no desea que "ninguno perezca sino que todos procedan al
arrepentimiento" (2 P 3:9). Por esta razón ha enviado a su Hijo al
mundo para que por medio de la fe en él todo el mundo pueda tener
abierta la puerta de la salvación. Dios no ha dejado a la humanidad
abandonada, y no hay necesidad de que nadie perezca.
La promesa que se encierra en las palabras "no perecerán", es
inexplicablemente gloriosa. Significa desprenderse definitivamente del
pecado y tener una buena conciencia sin caer ya nunca más bajo la
ley que castiga el pecado.
Dios quiere que todos los hombres se salven y tengan "vida eterna".
La vida eterna sólo existe en Dios y en su Hijo. Puesto que el hombre
es creado por Dios, su existencia depende de su relación con él. El
hombre pecador que se separa de Dios se destruye a sí mismo. Su
orgullo pecaminoso le hacen creer que puede vivir
independientemente, y esto es lo que le lleva a la destrucción. Sólo en
Dios está la vida.
(Jn 17:3) "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios
verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado."
Este tipo de vida que Dios promete a los que creen en él, es eterna
porque nunca se termina, pero también será diferente en cuanto a la
calidad de la vida que caracteriza a esta era presente. Sin lugar a
dudas, no hay una posesión que se pueda igualar a ésta.
"Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para
condenarlo"
Si Dios hubiese actuado como el hombre lo hace habitualmente,
habría enviado a su Hijo para juzgar al mundo. Esto sería lo lógico
viendo la forma en que las criaturas ofenden e ignoran a su Creador.
Pero el propósito de Dios al enviar a su Hijo al mundo no era conducir
a los hombres al juicio sino a la salvación. El corazón de Dios está lleno
de ternura para con el hombre, y ha ido hasta el último extremo para
poder salvar a los hombres.
Sin embargo, el juicio es inevitable y es el hombre el que lo trae sobre
sí cuando se niega a aceptar el regalo de Dios. De hecho, el Hijo ya ha
recibido toda la autoridad para hacer juicio (Jn 5:27), aunque éste no
fue el propósito de su primera venida, que tenía como objetivo dar su
vida por los pecadores para que fueran salvados.
"El que no cree, ya ha sido condenado"
La fe en Cristo es la única manera en la que el pecador puede ser
salvado de la condenación eterna. Esto es así porque él pagó la pena
de los pecados de todos los que ponen su causa en sus manos. Por
esta razón el creyente en Cristo no viene a juicio, porque de hecho ya
ha sido juzgado y condenado, aunque ha sido Cristo quien ha pagado
por él. Esta es la razón por la que el auténtico creyente puede tener la
seguridad eterna de su salvación.