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T3 Penal

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Tema 3: El concepto de delito

La Teoría General del Delito estudia las características comunes que debe tener
cualquier conducta (acción u omisión) para ser considerada delito.
Hay características que son comunes a todos los delitos y otras por las que se
diferencian los tipos penales unos de otros; un asesinato es distinto a una estafa o un hurto;
cada uno de estos hechos presenta particularidades diferentes y tiene conminadas, en
principio, penas de distinta gravedad. Sin embargo, tanto el asesinato, como el hurto o la
estafa tienen unas características que son comunes a todos los delitos y que constituyen la
esencia del concepto general de delito.

1. El concepto de delito.
La primera tarea a la que se enfrenta la Teoría General del Delito es la de dar un
concepto de delito que contenga todas las características comunes que debe tener un
hecho para ser considerado como delito y ser sancionado, en consecuencia, con una pena.
Para ello se debe partir del Derecho penal positivo.
Desde el punto de vista jurídico, delito es toda conducta que el legislador sanciona
con una pena. Esto es una consecuencia del principio de legalidad, que impide considerar
como delito toda conducta que no haya sido previamente determinada por una ley penal.
El concepto de delito como conducta castigada por la ley con una pena es, sin
embargo, un concepto puramente formal que nada dice sobre los elementos que debe tener
esa conducta para ser castigada con una pena.
El Código penal español de 1995 dice en su art. 10 que «son delitos las acciones y
omisiones dolosas o imprudentes penadas por la ley». Ciertamente no es una definición
puramente formal, ya que en ella se destaca que las acciones y omisiones penadas por la
ley (concepto formal) deben ser «dolosas o imprudentes», lo que implica ya unas
valoraciones materiales que van más allá de lo puramente formal. Pero para afirmar la
existencia de un delito y poder imponer una pena no basta con que haya una acción u
omisión dolosa o imprudente penada por la ley. Estas características son sólo una parte de
las características comunes a todos los delitos.
Corresponde al jurista elaborar ese concepto de delito en el que estén presentes las
características generales comunes a todos los delitos en particular. Para ello hay que partir
de lo que el Derecho penal positivo considera como delito; no sólo de la definición general
del mismo contenida en el Código penal, sino de todos los preceptos legales que se refieren
al delito, deduciendo las características generales comunes a todo delito (concepto
dogmático de delito).

2. Elementos y estructura del concepto de delito.


La Dogmática jurídico-penal ha llegado a la conclusión de que el concepto de delito
responde a una doble perspectiva que, por un lado, se presenta como un juicio de desvalor
que recae sobre la conducta; y, por otro, como un juicio de desvalor que se hace sobre el
autor de ese hecho.
Al primer juicio de desvalor se le llama ilicitud o antijuricidad. Al segundo,
culpabilidad o responsabilidad. Antijuricidad es la desaprobación del acto; mientras que la
culpabilidad es la atribución de dicho acto a su autor para hacerle responsable del mismo.

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En estas dos grandes categorías, antijuricidad y culpabilidad, se han ido


distribuyendo luego los diversos componentes o elementos del delito. En la primera se
incluyen la conducta, sea por acción u omisión, los medios y formas en que se realiza,
sus objetos y sujetos y la relación causal y psicológica con el resultado. En la segunda
se encuentran las facultades psíquicas del autor (la llamada imputabilidad o capacidad de
culpabilidad), el conocimiento por parte del autor del carácter prohibido de su acción u

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omisión y la exigibilidad de un comportamiento distinto.

Ambas categorías tienen también una vertiente negativa; así, por ejemplo, la
existencia de una fuerza física irresistible excluye la conducta (acción u omisión); la
absoluta imprevisibilidad elimina la relación psicológica con el resultado; las causas de
justificación (por ejemplo: la legítima defensa) autorizan la comisión del hecho prohibido; la
falta de facultades psíquicas en el autor (por ejemplo: el trastorno mental) excluye la
imputabilidad, etc.
Esta distinción sistemática tiene también un valor práctico importante. Para imponer,
por ejemplo, una medida de seguridad o corrección (internar en un centro psiquiátrico a una
persona con trastornos mentales que ha cometido un hecho considerado delito) es
suficiente con la comisión del hecho antijurídico, aunque su autor no sea culpable del
mismo; para imponer una pena es, sin embargo, necesario, además de que el hecho sea
antijurídico, que el autor que lo ha cometido sea culpable del mismo.
No hay culpabilidad sin antijuricidad, aunque sí hay antijuricidad sin culpabilidad.
Normalmente la presencia de un hecho antijurídico es el límite mínimo de cualquier reacción
jurídico-penal. Así, por ejemplo, la legítima defensa presupone una agresión antijurídica,
aunque el autor de la agresión no sea culpable. Sin embargo, frente a un acto lícito, y por
tanto no antijurídico, no cabe legítima defensa.
Igualmente la participación a título de inductor o de cómplice en el hecho cometido
por otro sólo es punible cuando este hecho es por lo menos antijurídico, aunque su autor no
sea culpable; por ejemplo, quien induce a un menor de 14 años de edad a cometer un delito
responde por inducción, aunque el menor de edad no sea responsable o culpable del hecho
cometido, por no tener la edad que requiere la responsabilidad penal.

Pero no todo hecho antijurídico realizado por un autor culpable es un delito. De toda
la gama de conductas antijurídicas que se cometen, el legislador ha seleccionado una parte
de ellas, normalmente las más graves e intolerables, y las ha conminado con una pena por
medio de su descripción en la ley penal.
A este proceso de selección en la ley de las conductas que el legislador quiere
sancionar penalmente se le llama tipicidad. La tipicidad es, pues, la adecuación de un
hecho cometido a la descripción que de ese hecho se hace en la ley penal. La tipicidad es
una consecuencia del principio de legalidad, ya que sólo por medio de la descripción de las
conductas prohibidas en tipos penales se cumple el principio nullum crimen sine lege; pero
también del principio de intervención mínima, por cuanto generalmente sólo se tipifican los
ataques verdaderamente graves a los bienes jurídicos más importantes.

La tipicidad, la antijuricidad y la culpabilidad son las características comunes a


todo hecho delictivo. El punto de partida es siempre la tipicidad, pues sólo la conducta
típica, es decir, la descrita en el tipo legal, puede servir de base a posteriores valoraciones.
Sigue después la indagación sobre la antijuricidad del hecho, es decir, la comprobación de
si la conducta típica cometida fue realizada o no conforme a Derecho. Una conducta típica

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(por ejemplo, A mata a B) puede no ser antijurídica si existe una causa de justificación que
la permita (por ejemplo, A mata a B en legítima defensa). Una vez comprobado que la
conducta es típica y antijurídica hay que ver si el autor es o no culpable, es decir, si posee
las condiciones mínimas indispensables para atribuirle ese hecho (por ejemplo, si está sano
mentalmente y si conoce y comprende la antijuricidad del hecho).

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Delito es la conducta (acción u omisión) típica, antijurídica, culpable y punible. Esta
definición tiene carácter secuencial, es decir, el peso de la imputación va aumentando a
medida que se pasa de una categoría a otra (de la tipicidad a la antijuricidad, de la
antijuricidad a la culpabilidad, etc.), teniendo, por tanto, que tratarse en cada categoría los
problemas que son propios de la misma. Si del examen de los hechos resulta, por
ejemplo, que la acción u omisión no es típica, ya no habrá que plantearse si es
antijurídica, y mucho menos si es culpable o punible.

3. Clasificación de los delitos.


Tradicionalmente el Código penal español clasificaba los hechos punibles en delitos
y faltas (clasificación bipartita). Ambos términos respondían a la misma estructura elemental
general. Es decir, tanto el delito como la falta eran hechos típicos, antijurídicos, culpables y
punibles. La distinción terminológica se hacía exclusivamente en función de la gravedad de
la pena que tenían prevista. El delito era castigado con pena grave y la falta con pena leve.

Esta distinción fue ya modificada en el Código penal de 1995, en cuyo art. 13 se


dividen a su vez los delitos en delitos graves y delitos menos graves, según se trate de
delitos castigados respectivamente con pena grave o con pena menos grave; pero seguían
manteniéndose las «faltas». Con ello se establecía en realidad una clasificación tripartita de
las infracciones penales que ha estado vigente hasta la reforma operada por la LO 1/2015,
de 30 de marzo, que ha suprimido las faltas.
Tras esta reforma, el art. 13 Cp ha quedado redactado con el siguiente contenido:
«1. Son delitos graves las infracciones que la Ley castiga con pena grave. 2. Son delitos
menos graves las infracciones que la Ley castiga con pena menos grave. 3. Son delitos
leves las infracciones que la Ley castiga con pena leve».
Es decir, la distinción depende del marco penal que abstractamente se asigne a la
infracción en cuestión en el correspondiente tipo penal. Luego, para ver lo que son penas
graves, penas menos graves y penas leves, hay que acudir al art. 33, que clasifica las
penas en función de su naturaleza y duración en graves, menos graves y leves.
El art. 13 sigue manteniendo, por tanto, una clasificación tripartita de las infracciones
penales, que ahora pasan a denominarse todas «delitos». Esta clasificación tiene efectos
principalmente de orden procesal, determinando una distinta competencia de los diferentes
órganos judiciales encargados de enjuiciar los delitos según su gravedad y el tipo de
procedimiento.

Para saber cuándo estamos ante un delito grave, menos grave o leve hay que ver,
por tanto, la pena que se asigna al hecho en cuestión y luego ver si esa pena se califica
conforme al art. 33 como pena grave, menos grave o leve (consideración abstracta). Esta
distinción es, por consiguiente, puramente cuantitativa. Así, por ejemplo, el mismo hecho,
un hurto, puede ser delito menos grave o leve según el valor de la cosa hurtado.

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Si la pena, por su extensión, puede incluirse a la vez en la categoría de grave y en la


de menos grave, establece el art 13.4 que entonces el delito se considerará «en todo caso»
como grave. Mientras que en el inciso segundo de este mismo apartado se establece que
«cuando la pena, por su extensión, pueda considerarse como leve y como menos grave, el
delito se considerará, en todo caso, como leve».

La reforma de 2015 ha modificado el art. 33,4, siendo ahora la multa de hasta tres
meses, pena leve (antes era leve la multa de hasta dos meses).
Este cambio, unido al último inciso del art. 13,4 (que considera la infracción delito leve
cuando la pena por su extensión es leve y menos grave) ha provocado que un amplio grupo
de delitos que tienen pena señalada de multa desde tres meses se conviertan, por un día,
de delitos menos graves a delitos leves.

Más discutible puede ser, sin embargo, la conversión de algunas de las faltas en
infracciones administrativas, en la medida en que con ello se refuerza el poder sancionatorio
de la Administración y se dificulta para el sancionado administrativamente, sin las garantías
de un proceso penal, el acceso a la tutela judicial efectiva, teniendo que recurrir finalmente,
si no está de acuerdo con la sanción administrativa, a la vía contencioso-administrativa,
mucho más lenta y costosa que la penal.

Desde el punto de vista terminológico, en la doctrina penal se suele emplear la


expresión delito, en general, como equivalente a la de infracción punible, comprendiendo los
delitos graves, menos graves y leves. Otras veces se emplean expresiones tales como
«acción punible», «hecho delictivo», «conducta criminal», etc. Estos términos son
equivalentes; pero es más común utilizar la expresión «delito». Por el contexto podrá
deducirse cuándo se emplea en uno u otro sentido.

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