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La playa del fantasma R. L.

Stine

Jerry tiene unos enor mes deseos de explorar la oscura y te-

nebrosa cueva que ha descubierto en la playa. Unos ami-

gos le cuentan entonces que hay una historia sobre un fan-

tasma que vive dentro de la cueva. Un fantasma de hace

trescientos años que sólo se deja ver en las noches de luna

llena. El espectro merodea por la playa y va aterrorizando a

la gente. Tal vez se trate de una leyenda, o tal vez no.

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La playa del fantasma R. L. Stine

No recuerdo cómo llegamos al cementerio.

Lo que sí recuerdo es que oscurecía y que estábamos

allí.

A medida que caminábamos, mi her mana Terri y yo íba-

mos dejando atrás hileras de viejas lápidas, agrietadas y cu-

biertas de musgo. Aunque era verano, todo estaba envuel-

to por una niebla gris y húmeda. El aire resultaba escalo-

friante.

Sentí un estremecimiento y me puse la chaqueta.

—¡Espera, Terri! —dije.

Ella iba delante, como siempre. Los cementerios le

atraen mucho.

—¿Dónde estás? —grité.

Me esforcé en ver a través de la niebla. A lo lejos podía

distinguir la sombra de su figura, deteniéndose a cada ins-

tante para examinar alguna lápida.

En la que tenía a mis pies había grabada esta inscrip-

ción:

EN MEMORIA DE JOHN,

HIJO DE DANIEL Y SARAH KNAPP,

QUE MURIÓ EL 25 DE MARZO DE 1766

A LA EDAD DE 12 AÑOS Y 22 DÍAS.

«¡Qué extraño!», pensé. Aquel niño tenía más o menos

mi edad cuando murió. Yo cumplí doce años en febrero, y

Terri once en el mismo mes.

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La playa del fantasma R. L. Stine

Seguí caminando deprisa. De repente se levantó un

fuerte viento. Busqué a mi her mana entre las hileras de

tumbas. Había desaparecido entre la espesa niebla.

—¡Terri! ¿Dónde estás? —grité.

Me llegó su voz.

—Estoy aquí, Jerry.

—¿Dónde?

Me abrí paso entre la neblina y las hojas. El viento remo-

lineaba a mi alrededor.

Se oyó un débil y largo aullido, cerca.

—Debe de ser un perro —mur muré.

Los árboles agitaban sus hojas sobre mí. Me estremecí.

—Jeeeerryyy… —La voz de Terri sonó a kilómetros de

distancia.

Avancé unos pasos y me detuve un momento a descan-

sar, apoyándome en una alta lápida.

—¡Terri! ¡Espérame, no te vayas tan lejos!

Volví a oír otro largo aullido.

—¡Vas por otro camino! —gritó mi her mana—. Estoy

aquí.

—Estupendo, muchas gracias —dije en voz baja. ¿Por

qué no tendré una her mana a la que le guste el fútbol en

lugar de explorar cementerios?

El viento remolineó con un ruido profundo, levantando

una columna de hojas, polvo y tierra que me sacudió en la

cara. Cerré los ojos con fuerza.

Al abrirlos de nuevo, vi a Terri arrodillada ante una pe-

queña tumba.

—No te muevas —continué—. Ahora voy. Acorté ca-

mino entre las lápidas hasta llegar a ella. —Está oscurecien-

do —dije—. Larguémonos ya de aquí.

Me giré, pero al dar el primer paso algo me agarró por

el tobillo.

No conseguí liberar me porque me sujetaba con fuerza.

Era una mano que surgía de entre la tierra de la tumba.

Lancé un grito agudo.

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La playa del fantasma R. L. Stine

Terri también se asustó.

Pataleé con fuerza, luchando por escapar.

—¡Corre! —gritó Terri.

Pero yo ya estaba corriendo.

Caminábamos tambaleantes por encima de la hierba

húmeda, cuando de pronto unas manos verdes aparecieron

por todos lados y nos agarraron los tobillos.

Amagué hacia la izquierda e inmediatamente hice fuer-

za hacia la derecha.

—¡Corre, Terri! ¡Corre! —dije—. ¡Mueve las pier nas!

Podía oír sus pasos detrás de mí. Entonces ella lanzó un

grito de terror.

—¡Jerry! ¡Me han atrapado! Yo jadeaba profundamente.

Me giré y vi dos grandes manos que rodeaban sus tobillos.

Me quedé inmóvil, viéndola debatirse. —¡Ayúdame, Je-

rry! ¡No me va a soltar!— suplicó.

Cogí aliento y me lancé hacia ella. —Agárrate a mí— le

ordené, manteniendo fir memente mis brazos.

Di una patada con todas mis fuerzas a las manos que la

sujetaban, pero no la soltaron.

—¡No puedo mover me! —dijo entre sollozos.

El suelo empezó a temblar bajo mis pies. Bajé la vista y

vi más manos que brotaban de la tierra.

La cogí por la cintura y tiré de ella.

—¡Muévete! —le grité desesperado.

—¡No puedo!

—¡Sí que puedes! ¡Sigue intentándolo! —le exigí—. ¡No!

—Lancé un grito al sentir que manos me aprisionaban los

tobillos.

Ahora me habían agarrado a mí.

Los dos estábamos atrapados.

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La playa del fantasma R. L. Stine

—¿Qué te ocurre, Jerry? —me preguntó mi her mana.

Parpadeé. Terri estaba a mi lado, en una zona rocosa de

la playa. Miré fijamente el agua tranquila del océano y sa-

cudí la cabeza.

—¡Qué raro! —mur muré—. Me estaba acordando ahora

de una pesadilla que tuve hace unos meses.

Terri me miró, con el ceño fruncido.

—¿Por qué te acuerdas de eso ahora?

—Era sobre un cementerio —le expliqué. Me giré para

echar una ojeada al pequeño y viejo cementerio que aca-

bábamos de descubrir. Estaba situado al lado de un pinar

—. En mi sueño, unas manos verdes salían súbitamente del

suelo y nos agarraban por los tobillos.

—¡Qué sueño tan absurdo! —respondió Terri. Se apartó

el flequillo castaño de la cara. A pesar de que es un poco

más alta que yo, for mamos una pareja de her manos perfec-

ta. Tenemos el mismo pelo corto y castaño, las mismas pe-

cas en la nariz y los mismos ojos de color avellana.

Hay una diferencia: a Terri se le hacen hoyuelos en las

mejillas cuando ríe, pero a mí no. ¡Menos mal!

Durante unos minutos anduvimos por la costa. A lo lar-

go del camino que llevaba hacia el mar había unas grandes

rocas grises y pinos de diferentes tamaños.

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La playa del fantasma R. L. Stine

—Probablemente recordaste ese sueño porque estás

nervioso —dijo Terri, pensativa—. Ya sabes a lo que me re-

fiero, a estar lejos de casa durante un mes entero.

—Puede ser —le respondí—. Nunca hemos estado tan-

to tiempo lejos de casa. Pero ¿qué nos podría pasar? Brad

y Agatha son realmente estupendos.

Brad Sadler es nuestro primo lejano. Mejor dicho, nues-

tro viejo primo lejano. ¡Papá dijo que Brad y su mujer, Aga-

tha, eran ya mayores cuando él era un niño!

Pero a pesar de su edad son muy divertidos y vitales, así

que aceptamos muy a gusto cuando nos invitaron a pasar

con ellos el último mes del verano, en su vieja casa de la

playa de Nueva Inglaterra. Nos pareció genial, sobre todo

porque la otra posibilidad era quedar nos en nuestro estre-

cho y caluroso apartamento de Nueva Jersey, donde vivía-

mos.

Habíamos llegado en tren aquella mañana. Brad y Aga-

tha nos habían ido a buscar a la estación. Nos llevaron en

coche hasta la casa, atravesando el pinar.

Después de deshacer nuestro equipaje, comimos una

deliciosa sopa de pescado y marisco que nos había prepa-

rado Agatha.

—Niños, ¿por qué no vais a dar una vuelta para conocer

un poco los alrededores? —nos propuso—. Hay mucho por

ver.

Así que ahí estábamos, explorando el lugar. Terri me

agarró por el brazo.

—Oye, vamos a investigar en aquel pequeño cemente-

rio. —Sugirió con anhelo.

—No sé… —Mi espantoso sueño estaba todavía muy

presente en mi cabeza.

—Venga. No saldrán manos verdes de la tierra. Te lo

prometo. Seguro que podremos encontrar lápidas muy in-

teresantes para calcar.

A Terri le encanta explorar viejos cementerios. Le gusta

todo lo espeluznante. Lee montones de relatos de terror.

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La playa del fantasma R. L. Stine

Lo curioso es que siempre empieza por el último capítulo.

Ella tiene que resolver el misterio. No soporta desconocer

el desenlace.

A mi her mana le interesa un millón de cosas, pero calcar

lápidas es una de sus aficiones más extravagantes. Sujeta

un trozo de papel de arroz a la inscripción de la lápida con

cinta adhesiva, y después la calca en el papel con el canto

de un lápiz de cera especial para este tipo de cosas.

—¡Eh! Espera —le dije.

Pero Terri ya estaba encaminándose tranquilamente ha-

cia el cementerio.

—Vamos, Jerry —me dijo—. No seas gallina.

Me adentré en el bosque, dispuesto a seguirla. Se respi-

raba un aroma fresco a pino. El cementerio estaba justo en

el centro, rodeado por un muro de piedra que se estaba

desmoronando. Nos introdujimos a través de un estrecho

agujero que había en la pared.

Terri empezó a inspeccionar las tumbas.

—Algunas de estas inscripciones son realmente anti-

guas —dijo—. ¡Mira ésta!

Señaló una pequeña lápida. En la parte frontal había

grabada una calavera, y de cada lado sobresalían unas alas.

—Es la cabeza de la muerte —explicó mi her mana—. Es

un antiguo símbolo puritano. ¿A que es horripilante? «Aquí

yace el cuerpo del señor John Sadler, que murió el 18 de

marzo de 1642, a los treinta y ocho años de edad» —leyó.

—Sadler, como nosotros —apunté—. A lo mejor es al-

gún pariente nuestro. —Hice unos cálculos rápidos—. Si es

así, John Sadler es nuestro tatara-tatara-tatara algo. Murió

hace más de trescientos cincuenta años.

Terri ya se había dirigido hacia otro grupo de lápidas.

—Aquí hay una de 1647, y otra de 1652. Creo que no

tengo ningún calco tan antiguo. —Se deslizó por detrás de

otra lápida imponente.

A esas alturas yo ya sabía dónde iba a pasar el resto del

mes, pero por el momento ya estaba harto de cementerios.

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La playa del fantasma R. L. Stine

—Venga, vamos a explorar la playa. —Miré a ver si la

veía—. ¿Terri? ¿Dónde te has metido? —La busqué en la

parte trasera de la lápida, donde la había visto por última

vez.

No estaba allí.

—¿Terri? —La brisa del océano hacía susurrar las ramas

de los pinos—. Terri, ya está bien, ¿eh? —Di un par de pa-

sos más—. Ya sabes que esto no me gusta —le advertí.

La cabeza de Terri asomó inesperadamente detrás de

una tumba que estaba a unos tres metros.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo?—. No me gustó la sonrisita

que se dibujó en su rostro.

—¿Quién? ¿Yo? —le respondí—. ¡Nunca! Terri se puso

de pie.

—De acuerdo, gallina. Pero yo volveré mañana.

Salimos del cementerio en dirección hacia la playa roco-

sa.

—¿Qué habrá ahí abajo? —pregunté, mientras me diri-

gía hacia la orilla.

—¡Oh! ¡Fíjate en esto! —Terri se agachó para arrancar

una pequeña flor silvestre de tonalidades amarillas y blan-

cas que había brotado entre dos grandes rocas—. Huevos

revueltos —anunció—. Extraño nombre para una flor silves-

tre, ¿verdad?

—Desde luego —convine. Ésta es la afición número dos

de Terri Sadler: las flores silvestres. Le gusta cogerlas y de-

jarlas secar entre dos láminas de cartón.

Terri frunció el ceño.

—Y ahora, ¿qué te ocurre?

—Hemos vuelto a parar nos. Yo quiero ir a explorar. Aga-

tha dijo que hay una pequeña playa ahí abajo donde pode-

mos nadar.

—Vale, vale —respondió, poniendo los ojos en blanco.

Caminamos a paso lento hasta que llegamos a una pla-

ya.

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La playa del fantasma R. L. Stine

Realmente había más rocas que arena. Mientras miraba

el mar, vi un espigón de largas piedras que se adentraba

hacia el océano.

—Me pregunto qué función tendrá eso —dijo Terri.

—Hace que la playa se mantenga unida —le expliqué.

Estaba a punto de darle una lección sobre los efectos de la

erosión en las playas.

—¡Mira ahí arriba, Jerry! —gritó.

Señaló un montón de rocas que estaban situadas justa-

mente detrás del espigón, a lo largo de la costa. En la parte

superior de un ancho saliente, escondida en el interior de

las rocas, se vislumbraba una gran cueva oscura.

—¡Subamos a explorarla! —gritó Terri entusiasmada.

—¡No, espera! —Recordé lo que mamá y papá me ha-

bían dicho aquella misma mañana al subir al tren: «Vigila a

Terri y no dejes que vaya demasiado lejos en sus aventu-

ras»—. Puede ser peligroso —continué. Al fin y al cabo yo

soy el mayor. Y el más sensato.

Hizo una mueca de disconfor midad.

—¡Déjame en paz! —Terri continuó caminando a lo lar-

go de la playa, hacia la cueva—. Al menos, acerquémonos

un poco más para verla desde más cerca. Después pregun-

taremos a Brad y Agatha si es un lugar seguro o no.

Fui detrás de ella.

—Sí, claro. Como si la gente de noventa años saliera a

explorar cuevas.

Cuando nos aproximamos, tuve que admitir que se tra-

taba de una cueva impresionante. Era la primera vez que

veía una tan grande, salvo una fotografía que había visto en

una revista atrasada de Boy Scout.

—¿Tú crees que estará habitada por alguien, por algún

er mitaño? —Antes de que pudiera responder empezó a

gritar, haciendo bocina con las manos—. ¡Holaaaa!

A veces Terri puede ser un poco tonta. Quiero decir que

si vivieras dentro de esa cueva y oyeras a alguien gritar

«¡Holaaaa!», ¿responderías?

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La playa del fantasma R. L. Stine

—¡Holaaaa! —insistió mi her mana.

—Vámonos —la apremié.

En aquel instante se oyó un largo y grave silbido desde

el interior de la cueva.

Intercambiamos una mirada.

—¿Qué ha sido eso? —susurró Terri—. ¿Un búho?

—No creo. Los búhos sólo están despiertos por la no-

che —dije después de tragar saliva.

Lo volvimos a oír. Un largo silbido.

Volvimos a mirar nos. ¿Qué podía ser? ¿Un lobo? ¿Un

coyote?

—Seguro que Brad y Agatha se están preguntando dón-

de estamos —dijo Terri en voz baja—. Deberíamos ir nos.

—De acuerdo. —Di media vuelta pero me detuve cuan-

do oí un batir de alas que también procedía del interior de

la cueva. Cada vez sonaba más fuerte.

Me cubrí el rostro con las manos y miré hacia el cielo

con los ojos entrecerrados.

—¡No! —grité agarrando a Terri del brazo.

Una sombra pasó por encima de nuestras cabezas. Era

un enor me murciélago que se abalanzaba sobre nosotros.

Tenía unos centelleantes ojos rojos y unos dientes resplan-

decientes. Chillaba como si se dispusiera a atacar nos.

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La playa del fantasma R. L. Stine

El murciélago descendió en picado. Llegó tan bajo que

podía sentir el aire que levantaba al aletear.

Terri y yo nos tiramos al suelo. Me cubrí la cabeza con

las manos. Mi corazón latía con tanta fuerza que me impe-

día oír el ruido de sus alas.

—¿Eh, dónde ha ido? —oí que gritaba Terri.

Alcé ligeramente la cabeza. Observé que el murciélago

se elevaba en espiral hacia el cielo. Volvió a emitir un fuerte

silbido y seguidamente bajó a toda velocidad.

Unos segundos más tarde dio una vuelta y se estrelló

contra las rocas que estaban a nuestro lado. Pude ver una

de sus alas negras revoloteando a merced de la brisa.

Me incorporé lentamente sin dejar de sentir los latidos

del corazón.

—¿Cómo puede ser que haya caído a plomo? —pre-

gunté con voz temblorosa. Me dirigí hacia él.

Terri me retuvo.

—No te acerques. Los murciélagos pueden transmitir la

rabia.

—No me aproximaré demasiado —respondí.

Sólo quiero echar un vistazo. Nunca he visto un mur-

ciélago de verdad desde tan cerca.

Podría decirse que mi afición preferida es la ciencia. Me

fascina estudiar todo lo relacionado con cualquier tipo de

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La playa del fantasma R. L. Stine

animales.

—Aquí. Mira —dije mientras gateaba por encima de

aquellas grandes piedras grises y lisas.

—Ten cuidado, Jerry —me advirtió Terri—. Si coges la

rabia, me meterás en problemas.

—Gracias por preocuparte por mí —refunfuñé con iro-

nía.

Me detuve como a un metro del murciélago.

—¡Increíble! —grité.

Terri se empezó a dester nillar de risa.

No era un murciélago. Era una cometa.

La miré asombrado, sin dar crédito a lo que estaba vien-

do: ¡Los dos ojos rojos de aspecto tan amenazador estaban

dibujados en un papel! Al chocar contra las rocas, una de

las alas se había desgarrado en varios trozos.

Mi her mana y yo nos agachamos para examinar los res-

tos.

—¡Cuidado, que muerde! —oí detrás de nosotros.

Terri y yo dimos un salto hacia atrás. Me giré y vi a un

chico de nuestra edad, subido a una roca alta. Llevaba una

pelota de cuerda en la mano.

—Ja, ja. Muy divertido —dijo Terri con sarcasmo.

El muchacho esbozó una pequeña sonrisa pero no dijo

nada. Se acercó. Tenía pecas en la nariz, como yo, y el color

castaño de su pelo era de la misma tonalidad que el mío.

—¡Ya podéis salir! —gritó después de girarse hacia las

rocas.

Eran dos niños más: una chica también de nuestra edad,

y un niño de unos cinco años. Empezaron a subir gateando.

El más pequeño tenía el pelo rubio muy claro, ojos azules y

orejas salidas. El cabello de la chica era de un castaño roji-

zo y lo llevaba recogido en dos trenzas. Los tres tenían pe-

cas en la nariz.

—¿Sois parientes? —les preguntó Terri.

El muchacho más alto, el que había asomado primero,

dijo que sí con la cabeza.

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La playa del fantasma R. L. Stine

—Sí, todos somos Sadler, Yo me llamo Sam. Ella es Loui-

sa y él Nat.

—¡Qué casualidad! —respondí—. Nosotros también nos

apellidamos Sadler. —Hice las presentaciones.

Sam no pareció muy impresionado.

—Por aquí hay muchos Sadler —me dijo entre dientes.

Intercambiamos una mirada. No tenían aspecto de ser

muy amigables, pero entonces Sam me preguntó si quería-

mos ir a jugar con ellos a lanzar piedras al agua. Lo segui-

mos hasta la orilla.

—¿Vivís por aquí? —preguntó mi her mana.

Louisa dijo que sí con la cabeza.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —preguntó la chica. Sonó

un tanto sospechoso.

—Hemos venido a visitar a nuestros primos. Vamos a

quedar nos todo el mes —respondió Terri—. Ellos también

se llaman Sadler. Viven en la pequeña casa que hay más

allá del claro. ¿Los conocéis?

—Claro —aseguró Louisa sin sonreír—. Éste es un pue-

blo pequeño. Aquí nos conocemos todos.

Encontré una piedra lisa y suave y la lancé rozando el

agua. Dio tres botecitos. No estaba mal.

—¿Qué hacéis aquí para divertiros? —pregunté.

—Vamos a coger arándanos, jugamos, nos bañamos en

la playa… —dijo Louisa sin apartar la vista del agua.

—¿Por qué? ¿Qué habéis hecho hoy vosotros? —pre-

guntó girándose hacia mí.

—Todavía nada. Acabamos de llegar —respondí son-

riendo—. Bueno, hemos sido atacados por una cometa

murciélago.

Todos se echaron a reír.

—Yo voy a hacer calcos de las inscripciones de algunas

lápidas y a recoger flores silvestres —añadió Terri.

—Hay algunos prados en el bosque donde puedes en-

contrar bonitas flores —le dijo Louisa.

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La playa del fantasma R. L. Stine

Sam lanzó una piedra a la superficie del agua. Siete sal-

tos.

Con la práctica se consigue todo —dijo girándose hacia

mí, con una amplia sonrisa en la cara.

—Se hace difícil practicar dentro de un apartamento —

dije en voz baja.

—¿Qué? —me preguntó.

—Vivimos en Hoboken —le expliqué—. En Nueva Jer-

sey. En nuestro edificio no hay ningún estanque.

—¿Alguna vez vais a explorar por ahí? —preguntó Terri

señalando la cueva que se encontraba a nuestras espaldas.

A Nat se le dibujó una expresión de sorpresa en el ros-

tro, y los semblantes de Sam y Louisa se transfor maron en

el acto.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Louisa.

—Nunca nos acercamos —respondió Sam en voz baja,

mirando a su her mana.

—¿Nunca? —prosiguió Terri.

Los tres muchachos negaron con la cabeza.

—¿Por qué no? —preguntó mi her mana—. ¿Qué hay de

misterioso?

—Eso —insistí yo—. ¿Por qué no queréis acercaros a la

cueva?

—¿Creéis en los fantasmas? —preguntó Louisa, abrien-

do los ojos como platos.

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