Larga Vida Al Mal Sarah Rees Brennan
Larga Vida Al Mal Sarah Rees Brennan
ISBN: 978-84-10085-26-8
E-ISBN: 978-84-10365-35-3
RICARDO III
SHAKESPEARE
CAPÍTULO UNO
La villana se enfrenta a la muerte
La nuestra es una tierra de terribles milagros. Aquí, los muertos viven y
las mentiras se hacen realidad. Ten cuidado. Aquí cualquier fantasía es
posible.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
E
l Emperador se adentró en el salón del trono. En una mano sujetaba
su espada. En la otra, la cabeza de su enemigo. Sacudió la cabeza
con confianza, enredando sus dedos en el cabello ensangrentado y
enmarañado.
Un rastro escarlata sobre las baldosas de oro forjado marcaba el paso del
Emperador. Sus botas dejaban profundas pisadas carmesíes sobre el dorado.
Incluso el forro azul hielo de su capa goteaba sangre. Estaba ensangrentado
de pies a cabeza.
Llevaba puesta la máscara de la muerte coronada, aunque le faltaba la
joya que se suponía que debía adornar su ceño, así como una coraza de
bronce con estrellas fugaces de hierro forjado. Los dedos metálicos de sus
guanteletes, de un rojo resplandeciente, terminaban en unas afiladas garras.
Cuando se retiró la máscara, la furia y el dolor surcaban su rostro,
tallándole unas profundas y nuevas arrugas sobre su piel. Tras su larga
estancia en el lugar sin sol, su tez estaba tan pálida como la luz del invierno,
con un resplandor tan gélido que quemaba. Era una estatua con una mancha
sangrienta en la mejilla, como una flor rojiza sobre la piedra. Apenas le
reconoció.
Era el Emperador de Una Vez y Para Siempre, el Corrupto y Divino, el
príncipe de los Perdidos y Encontrados, el señor del Barranco del Miedo, el
general de los Vivos y los Muertos. Nadie podía detener su marcha de la
victoria.
No podía soportar verle sonreír, ni observar a los muertos que se
tambaleaban tras él. Su mirada se vio atraída por el brillo hambriento de su
espada. Deseó que siguiese rota.
La empuñadura de la espada de Eyam que había vuelto a forjar
representaba a una serpiente enroscada sobre sí misma. En la hoja había
grabado una inscripción, que brillaba y fluía como si la hubiese escrito
sobre el agua. La única palabra que se podía leer bajo toda aquella capa
resbaladiza de sangre era «Anhelo».
La muchacha de las manos de plata se estremeció, sola en el corazón del
palacio. El Emperador se acercó al trono y dijo…
Cuando se despertó había una mujer extraña sentada junto a su cama, con el
libro de Rae en las manos. La mujer no llevaba puesta una bata blanca de
médico o un uniforme de enfermera, sino unas mallas negras y una camiseta
blanca extragrande. Su cabello estaba recogido en un par de trenzas de raíz
que se alzaban por su cabeza hasta la coronilla, enroscándose hasta formar
un moño, y su mirada estaba posada sobre Rae, evaluándola con frialdad.
—¿Te has equivocado de habitación? —murmuró Rae, con la vista
todavía nublada por el sueño.
—Espero que no —respondió la mujer—. Escúchame atentamente,
Rachel Parilla. Hay muchas cosas que todavía no sabes. Hablemos primero
de la quimioterapia.
La sorpresa hizo que todo el sueño abandonase a Rae de golpe. Había una
palanca a un lado de la cama que servía para reclinarla. Rae empujó la
palanca para alzar el colchón y así poder observar a aquella extraña desde
un mejor ángulo.
—¿Qué es lo que crees que no sé?
Rae señaló con el brazo flexionado su cabeza. Había estado sudando
profusamente mientras dormía y sabía que se podía entrever el sudor que
impregnaba su frente y la raíz de su poco cabello gracias a la luz
fluorescente que iluminaba la habitación.
La mujer se recostó en la silla del hospital como si fuese el asiento más
cómodo del mundo. Recorrió la cubierta de Tiempo de hierro con un dedo,
el pintauñas dorado que llevaba contrastaba con fuerza contra su piel
marrón oscura y la sobrecubierta brillante del libro.
—Los tumores que tienes en los ganglios linfáticos se han vuelto mucho
más agresivos. Desde el principio has tenido un pronóstico sombrío, pero
aun así seguía habiendo un resquicio de esperanza. Los médicos van a venir
a decirte más pronto que tarde que esa esperanza se ha agotado.
A Rae le daba vueltas la cabeza, estaba mareada y sin aliento. Quería
deslizarse hasta el suelo, pero ya estaba tumbada sobre el colchón.
La mujer siguió hablando, implacable.
—El seguro no va a ser suficiente. Tu madre va a tener que volver a
hipotecarse. Perderá su trabajo. Tu familia terminará perdiendo su casa. Lo
perderán todo y se estarán sacrificando para nada. Vas a morir de todos
modos.
La respiración de Rae estaba agitada como una tormenta, sacudiendo su
cuerpo con violencia. Buscó a tientas en su interior cualquier emoción que
no fuese el miedo y se aferró a la ira. Tomó el vaso de agua que tenía en la
mesilla y se lo lanzó a la mujer a la cabeza. El cristal terminó estrellándose
contra el suelo, rompiéndose en miles de pequeñas esquirlas afiladas.
—¿Es que te divierte torturar a los pacientes de cáncer? ¡Largo de aquí!
La mujer no se movió ni un ápice, observándola impasible.
—Te voy a decir lo último que no sabes. ¿Elegirías salvarte, Rae?
¿Estarías dispuesta a ir a Eyam?
¿Es que se había escapado del ala de psiquiatría? Rae ni siquiera sabía si
el hospital tenía un ala de psiquiatría. Le dio al botón para llamar a las
enfermeras con todas sus fuerzas.
—Una muy buena pregunta. Ahora mismo compro un billete de avión a
un reino que no existe.
—¿Quién dice que Eyam no existe?
—Yo —repuso Rae—. Y las librerías que han colocado toda la saga de
Tiempo de hierro en las estanterías de «ficción».
Volvió a pulsar el botón de nuevo. ¡Venid a ver qué le ocurre a vuestra
paciente, enfermeras!
—Piénsalo de verdad. Cuando le dices «te quiero» a alguien a quien en
realidad no conoces. ¿Eso también es mentira?
Rae observó a la mujer con recelo.
—Sí.
Los ojos de la mujer estaban completamente en calma, por lo que a Rae
no le cabía ninguna duda de que había cientos de emociones escondiéndose
bajo esa superficie tranquila.
—Más tarde descubres cómo es en realidad la persona a la que has
mentido. Pero repites esas mismas palabras, y el «te quiero» se convierte en
la única e irrevocable verdad. ¿Pero la verdad está grabada en piedra o en
agua? Si suficientes personas recorren un mismo mundo en su imaginación,
al final termina formándose un camino. ¿Qué es la realidad sino algo que
nos afecta de verdad? Si suficientes personas creen en lo mismo, ¿no se
termina convirtiendo aquello en lo que creen en realidad?
—No —repuso Rae con rotundidad—. La realidad no es cuestión de fe.
Yo soy real porque sí, porque existo.
La mujer esbozó una sonrisa.
—A lo mejor alguien cree en ti.
Vaya, pues sí que le estaban dando a alguien las drogas buenas.
—Es una historia.
—Todo es una historia. ¿Qué es el mal? ¿Qué es el amor? La gente toma
sus propias decisiones, cada uno decide qué fragmentos creer y termina
uniendo todos los fragmentos que ha escogido. Se puede comprar una vida
con suficiente sangre y lágrimas. Se puede convertir algo en real si se tiene
la suficiente fe. La gente se inventa lo que es verdad y lo que no del mismo
modo en el que hacen todo lo demás: juntos.
Érase una vez en la que Rae era la capitana del equipo de animadoras.
Érase una vez en la que su familia trabajaba como un equipo unido, se
ayudaban entre sí, hasta que Rae ya no pudo seguir ayudando más. Érase
una vez había sido hacía mucho tiempo.
—¿Qué es lo que le da sentido a una historia? —insistió la mujer—. ¿Qué
es lo que le da sentido a la vida?
Nada. Esa era la insultante verdad de la muerte. Lo peor que le había
ocurrido a Rae no tenía importancia. No importaba lo mucho que luchase,
no conseguiría nada en absoluto. El mundo seguía adelante sin ella. Estos
días, la única amiga de Rae era la muerte.
Ese era el verdadero motivo por el que amaba al Emperador. El encontrar
un personaje favorito dentro de una historia era como poder descubrir un
alma gemela hecha a base de palabras y tinta. Él nunca se contenía ni se
rendía. Se permitía desatar toda su rabia. No amaba al Emperador a pesar de
sus pecados, lo amaba precisamente por sus pecados.
Al menos uno de los dos podía permitirse el lujo de luchar.
En las obras de teatro griegas, la catarsis tan solo se lograba cuando la
audiencia presenciaba una traición, un amor retorcido y un desastre. Se
purgaban a través de las tragedias por las que tenían que pasar hasta que sus
corazones quedaban limpios y puros. En una historia, se te permitía sentirte
atormentado por tener sentimientos demasiado terribles como para
soportarlos. Si Rae demostraba lo furiosa que se sentía, terminaría
perdiendo a los pocos que habían decidido quedarse a su lado. Ella estaba
impotente ante su realidad, en su mundo, pero el Emperador era capaz de
hacer caer las estrellas del cielo. Rae las hacía caer con él, desde los
confines de su estrecha cama de hospital. Él era su única compañía allí.
Rae se negaba a ser una ilusa esperanzada.
—No puedo ir a Eyam. Nadie puede.
Si el reino hubiese existido de verdad habría salido en algún mapa, quería
argumentar, pero entonces se acordó del mapa de Eyam que Alice tenía
colgado en una de las paredes de su dormitorio y que casi la llenaba por
completo. Rae se había fijado en los picos dentados y en las estrechas
curvas de los Acantilados de Hielo y Soledad, la extensión de la enorme
finca de la familia Valerius, así como en los intrincados pasadizos secretos
del palacio, el gran salón del trono y el invernadero.
Rae nunca había estado en Eyam. Pero tampoco había estado nunca en
Perú. Y aun así creía que Perú existía.
La mujer señaló hacia la puerta.
—Puedo abrirte la puerta.
—Esa puerta da al pasillo del hospital.
—¿Es la puerta la que da al pasillo o eres tú quien la abre hacia el pasillo?
Sal de esta habitación en este mismo instante y estarás en Eyam, en el
cuerpo de la persona que más se parezca a ti. Un cuerpo cuyo anterior
ocupante ya no quiera seguir usando. En Eyam, la flor de la vida y la
muerte solo florece una vez al año. Solo tienes una oportunidad. Descubre
cómo colarte en el invernadero imperial y roba la flor cuando florezca. En
cuanto tengas la flor, se te abrirá una nueva puerta. Hasta ese entonces, tu
cuerpo estará dormido, aguardando a que vuelvas a él. Si consigues la flor,
te despertarás totalmente curada. Si no consigues la flor, jamás volverás a
despertar.
—¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó Rae.
—Por amor. —Había cierto deje serio en la voz de la mujer.
—¿Cuánta gente ha aceptado tu oferta?
—Demasiados. —La mujer sonaba un tanto apenada.
—¿Cuántos se han despertado totalmente curados?
—Tal vez tú seas la primera.
Estaba claro que el botón para llamar a las enfermeras estaba roto. Rae
podría sacar la cabeza al pasillo y gritar pidiendo ayuda, o quedarse donde
estaba, escuchando todas aquellas locuras.
Rae eligió hacer algo.
Sacó las piernas de la cama y apoyó los pies en el suelo. Cuando una
estaba enferma, el tener que caminar por el mundo requería mucha
concentración. Cada paso que daba era una decisión que Rae tomaba,
sopesando todas sus posibilidades. Era como estar en lo alto de la pirámide
de las animadoras. Cada paso en falso que diese significaría una mala caída.
Entonces, la mujer volvió a hablar a su espalda.
—Cuando la historia te atrape y transforme, ¿suplicarás clemencia?
Un deseo agudo y rápido como una flecha ardiente la recorrió. ¿Y si la
oferta era verdad? Sus labios se curvaron hasta formar una mueca parecida
a una sonrisa al valorar la dulce y extraña idea de que fuese posible.
Imagina que una puerta pudiese abrirse como se abre un libro, adentrándote
de lleno en una historia. Imagina vivir una gran aventura, en lugar de
aguardar en una habitación de hospital, donde las paredes se cierran sobre ti
y la vida se te escapa lentamente entre los dedos. No es ser un escapista
porque sí, sino un escapista del arte, alguien capaz de huir hasta unas tierras
imaginarias.
Detrás de la puerta del baño, mientras Rae vomitaba bilis y sangre, había
escuchado la voz de uno de sus médicos diciéndole a su madre «ha llegado
el momento de dejarla marchar». Rae no se podía dejar marchar. Ella misma
era lo único que le quedaba.
Hubo un tiempo en el que creyó que su futuro sería una epopeya. Lo que
no había sabido es que lo único que podría vivir sería el prólogo de su
propia historia.
Ya no tenía una coleta alta, pero se volvió elegantemente hacia la mujer y
le guiñó el ojo por encima del hombro.
—Para cuando termine, la historia será la que me suplicará clemencia.
Rae tomó el aro que hacía de manillar. Empujó la puerta para abrirla con
todas las fuerzas que le quedaban.
La luz le golpeó los ojos como un cristal centelleante, seguida poco
después de una rápida oscuridad. Rae echó un vistazo a su espalda,
alarmada. El color del mundo se desvaneció a su alrededor, dejando la
habitación del hospital en blanco y negro, como la tinta sobre la página de
un libro.
Rae se tomó el tener que despertarse con calma. Aquellos días siempre se
mareaba si se levantaba demasiado rápido. Normalmente solía recobrar la
conciencia al observar el suelo de linóleo.
Ahora Rae se estaba ahogando con los pedazos de un mundo roto.
Fragmentos tan azules como la tierra vista desde el espacio, con pequeñas
franjas que atravesaban el azul como si alguien hubiese destrozado el
mundo para volver a encajar después las piezas.
Se levantó y clavó la mirada en el suelo. Unos mosaicos azules formaban
la imagen de un estanque resplandeciente sobre el que parecía flotar la cama
tapizada tan hermosa que se alzaba a su lado.
Rae contempló incrédula el azul profundo mientras los rubíes le guiñaban
sus ojos escarlata. Joyas rojo sangre que adornaban unas manos suaves y
redondeadas. Las manos de Rae se parecían mucho más a unas garras, eran
las manos de una anciana, con la piel tan fina como el pergamino y tensa
sobre sus huesos. Aquellas eran las manos de una mujer joven.
No eran las manos de Rae.
Ese no era el cuerpo de Rae. Se había acostumbrado a sufrir dolor
constantemente, tanto que, a esas alturas, dolor ya no era algo puntual para
ella, sino parte de su ser. Ahora el dolor había desaparecido. Extendió los
dedos frente a su rostro, que su muñeca rotase con tanta facilidad le pareció
una auténtica maravilla. Tenía una pulsera en forma de serpiente que se
enroscaba alrededor de su antebrazo, la luz rojiza incidía sobre las escamas
metálicas de la serpiente como si fuesen una visión ensangrentada.
A lo mejor alguien la había secuestrado, pero era imposible que hubiesen
transformado su cuerpo.
Dejó caer sus manos llenas de anillos de rubíes a sus costados y, por
primera vez, se fijó en la ropa que llevaba puesta. Su falda caía hasta el
suelo, blanca como la nieve, aunque el blanco se transformaba en un rojo
escarlata al llegar hasta el dobladillo. Como si alguien hubiese metido la
inmaculada tela blanca en un cubo de sangre. Era el mismo vestido que
Alice se había puesto para la convención, el disfraz que pensaba que la
transformaba en alguien mucho más valiente.
Rae salió corriendo del dormitorio hacia un estrecho pasillo. Las paredes
estaban hechas de mármol blanco y refulgían a su alrededor, como si
estuviese atrapada en el interior de una perla. Cuando trató de abrir la puerta
se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. A través de la única vidriera
vio cómo el sol se escondía tras unas nubes esponjosas y cómo la luna
comenzaba su reinado sobre la noche oscura. La luna estaba agrietada como
si fuese una especie de espejo, partiendo todo aquello que se reflejaba sobre
su superficie en dos, rota como la ventana de una casa en la que nunca se
podrá estar seguro.
Conocía ese cielo. Conocía esa escena. Conocía ese disfraz.
Una carcajada amarga se abrió paso desde la boca del estómago de Rae,
surgiendo a través de sus labios entreabiertos como un graznido. Sus
hermosas manos se morían de ganas de pelear.
Estaba en la tierra de Eyam, en el Palacio del Borde.
Era Lady Rahela, la Belleza Bañada en Sangre. Era la hermanastra
malvada de la heroína. Y la iban a ejecutar mañana.
CAPÍTULO DOS
Comienza la trama de la villana
Cuando Lady Rahela se adentró en el salón del trono, su nuevo guardia
le sostuvo la puerta. Tan orgullosa como hermosa, Rahela esbozó una
mueca asqueada.
Su mueca se transformó por completo en una mucho más dulce al ver
a su rey.
—Las pruebas demuestran que mi hermanastra es una traidora.
—¿Y cómo debería castigar a una traidora?
—A los traidores hay que condenarlos a muerte, ya sea en la fosa o
en la horca.
—Que la corte sea testigo —declaró el rey—. Lady Rahela merece
morir ahogada en la fosa, con zapatos de hierro en sus pies para que
no pueda nadar hasta la superficie.
—Se merece un final mucho peor que ese. —El guardia de Rahela la
sacó de entre las sombras, era un joven delgado con una sonrisa
hambrienta—. Permítame sugerirle un final aún más infeliz. Incluso los
plebeyos alaban el baile de la mujer de nieve y llamas.
El rey le prestó atención.
Introdujeron los zapatos de hierro en el interior de las llamas y el
metal se calentó tanto que refulgía al rojo vivo, como si fuesen dos
soles gemelos.
—Concédeme un último baile, querida —instó el rey.
El rostro de Lady Rahela se retorció de miedo, ya había dejado de ser
hermoso. Apartó la mirada de su rey, volviéndose hacia la gélida y
juiciosa mirada del Última Esperanza y después hacia la sonrisa
siniestra del guardia. Allí no había nadie dispuesto a ayudarla.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
U
na calma desesperada invadió a Rae. Tomó nota mental de todas
las tareas que tenía que hacer. Número uno: escapar con vida.
Número dos: ¡después ya veremos!
Se echó la ondulante falda roja y blanca sobre el brazo, regresó al
dormitorio y tomó un candelabro de oro ornamentado. Tenía una base
acampanada, con una serie de serpientes de oro elaboradamente talladas que
se enroscaban a su alrededor. Y, lo más importante de todo, pesaba mucho.
Aferrando el candelabro, Rae regresó sin hacer ruido al pasillo de mármol
abovedado. En su dormitorio no había ventanas, pero junto a la puerta
cerrada con llave había una pequeña ventana en forma de arco. Los
rescoldos del atardecer ardían tras el cristal, tiñéndolo todo de carmesí. Los
ópalos que había incrustados en la celosía refulgían como el blanco de unos
ojos observadores.
Rae alzó el candelabro y apuntó.
Y entonces la derribaron. Rae se quedó sin aliento al caer al suelo de
mármol.
Había un hombre tumbado sobre ella, un peso sólido y musculoso que la
aprisionaba sobre el suelo. El brazo de aquel desconocido, rodeado de cuero
y cuerdas enroscadas, estaba apoyado sobre su pecho. El miedo hizo que su
cuerpo se transformase en un puente de agujas plateadas, y los escalofríos
que la sacudieron formaron el arco. A Rae se le metió en los ojos un
mechón de cabello negro. El frío filo del acero que sostenía contra su cuello
dibujó una cálida franja en su garganta.
Alguien le había puesto una daga de verdad en el cuello.
Su cuerpo se estremeció bajo el de aquel hombre.
—Joder, Dios, Batman, ¡no me mates!
La tenue luz del atardecer teñía de rojo su mirada.
—¿Tengo algún motivo para matarte? —le preguntó. Un guante de cuero
ajado, áspero como la lengua de un gato, le raspó el cuello cuando desplazó
el agarre sobre la empuñadura de la daga—. Solo soy un guardia más de
palacio, no un asesino de palacio. A los asesinos les pagan más. —Hizo una
pausa—. O al menos eso espero.
El estar dentro de un libro estaba demostrando ser una experiencia de lo
más surrealista e intensa, pero también lo era el tener que aguantar que te
insertasen un tubo retorcido en las venas en un hospital como si fueses un
batido gigante. Durante los tres últimos años, Rae había aprendido que no
tenía que armar revuelo o gritar «esto no puede estar pasando». Si te
despertabas en medio de una pesadilla, seguías adelante como podías.
—Me has pillado. Soy la hermanastra malvada, en la habitación enrejada,
con un candelabro en la mano. Ahora déjame ponerme en pie.
—No puedo permitir que saltes por la ventana.
El tono cantarín del guardia se transformó en uno mucho más serio. Por
un momento, a Rae le resultó hasta conmovedor.
—¿Es que no te importa lo que le pase al resto? —añadió entonces el
guardia—. Me vas a meter en problemas si saltas por esa ventana durante
mi turno. Mejor tómate algún chupito de veneno de efecto rápido en tu
dormitorio.
Rae abrió los ojos como platos por la sorpresa. El guardia enarcó las
cejas, elevándolas tanto que parecían unas finas franjas dibujadas sobre su
piel, como si se estuviese encogiendo de hombros pero con la frente.
—Quiero vivir —susurró Rae.
—No es problema mío lo que quieras o no.
—Me conmueve profundamente tu preocupación —repuso Rae—. ¿Y si
te sobornase para que me ayudases a escapar por esa ventana?
El guardia se puso de pie y puso los ojos en blanco al mismo tiempo.
—¡Por fin, milady! Pensé que nunca intentarías sobornarme.
Abrió la ventana de un empujón con el codo. Rae salió corriendo hacia
allí y miró abajo. Y abajo. Bajo la ventana se alzaba un muro de piedra
plateada, escarpado como un acantilado. Más allá de ese acantilado, solo
había negrura y vacío que apenas se quebraban por el resplandor rojizo que
emanaba una hoguera enorme que ardía en las profundidades del Barranco
del Miedo.
Rae se había olvidado por completo del abismo insondable repleto de
muertos vivientes. Eyam era una isla rodeada por mar, salvo por uno de sus
costados, donde las llamas y los gemidos se alzaban hacia el cielo. Los
muertos eran sus únicos vecinos.
El Palacio del Borde era un nombre bastante literal para aquel edificio.
Por motivos religiosos, los antiguos reyes de Eyam habían construido aquel
palacio en el mismo borde del acantilado, con vistas al barranco.
—¿Te marchas ya, milady? ¿O has cambiado de opinión?
—¡Ya me lo has dejado todo lo bastante claro, el sarcasmo no era
necesario!
El guardia de palacio estaba entretenido, pasándose la daga de una mano
a la otra. Rae lo observó atentamente.
—Creía que los guardias debían hablarnos a las doncellas de la corte
como si fuésemos cisnes frágiles o estuviésemos talladas en cristal.
Las doncellas que vivían en la torre eran las damas de la corte que podían
convertirse en reinas en un futuro. Como nadie sabía qué doncella
terminaría escogiendo el rey de entre todas sus favoritas para convertir en
su reina, a todas se las trataba del mismo modo en el que tratarían a la
futura reina.
El guardia se encogió de hombros.
—Mis perdones, milady. Solo llevo doce horas siendo guardia de palacio.
—Qué raro.
El sistema de Eyam se basaba en cinco estratos. En la cima de la
pirámide, brillante como su corona, estaba el gobernante. Justo debajo
estaban las familias nobles que poseían tierras u objetos poderosos. Debajo
de los aristócratas estaban los sirvientes, a los que se solían referir
comúnmente como a los «nobles sirvientes», porque podían vivir en el
palacio y hacer uso de los artefactos mágicos, aunque jamás podrían
poseerlos. Por debajo de ellos estaban los que vivían en la ciudad, fuera de
los muros de palacio y a quienes de vez en cuando se les permitía el paso al
interior de sus murallas. En su mayoría eran mercaderes, básicamente
plebeyos que se atrevían a intentar conseguir su propio dinero aunque no
pudiesen tener ningún poder de verdad. Y al fondo de la pirámide estaban
los plebeyos de verdad, que se dedicaban a cultivar la comida y a limpiar la
basura de las calles. La sociedad terminaría colapsando de no ser por ellos,
así que los trataban como si fuesen inmundicia.
Un guardia de palacio pertenecía a la clase de los sirvientes nobles. Como
los aristócratas, sus cargos pasaban de padres a hijos. No podías conseguir
así porque sí un trabajo dentro del palacio. ¡A Rae le estaba costando
entender todas esas inconsistencias en el mundo de aquella historia!
—Milady, sí que te han explicado qué hago yo aquí.
El guardia le hablaba tan incrédulo como Alice cuando le tenía que
explicar alguno de los detalles de la trama. ¿Cómo se atrevía a sugerir que
estaba siempre en las nubes?
—Tenía muchas cosas en la cabeza cuando me lo contaron —espetó Rae.
Otra voz resonó desde el pasillo de mármol.
—Es nuevo en el palacio. Permítame que le informe sobre los nobles.
Somos el barro que se queda pegado en las suelas de sus zapatos, y a ellos
lo único que les gusta es que sus zapatos reluzcan. Lady Rahela no presta
atención a absolutamente nada que no le concierna a su rey o a su
excelentísima persona.
A cada lado del pasillo de mármol había una alcoba, de esas en las que
podías encontrar bustos de mármol de políticos o reyes muertos. En esas
alcobas en particular, cuyas paredes estaban cubiertas con cortinas de
cuentas, había gente. Su guardia debió de haber salido de su alcoba cuando
la vio junto a la ventana. Cada dama tenía su propio guardia particular y su
propia doncella.
Al otro lado de la habitación, la mano de una mujer descorrió las cortinas,
las cuentas blanquecinas reflejaron la tenue luz del atardecer como si fuesen
el interior de una concha, emitiendo un brillo iridiscente. El velo perlado se
abrió y dejó al descubierto un rostro gélido y una mirada ardiente. Cuando
la mujer se volvió hacia ellos, su mejilla izquierda quedó a la vista. Tenía
una marca sobre la piel blanquecina, del mismo tono y con la misma forma
irregular que la que dejaría una mancha de vino de Oporto al derramarse
sobre el suelo. Una chica que solía ir al colegio con Rae cuando era
pequeña tenía una marca de nacimiento. Pero un verano decidió quitársela.
Rae siempre había pensado que le daba cierto carácter, por lo que le apenó
que decidiese deshacerse de ella, pero no era el rostro de Rae ni decisión
suya.
Aquí no existía la cirugía láser para borrar una marca de nacimiento. La
gente solía decir que a Emer la habían marcado los dioses como castigo por
todos los pecados que cometería en un futuro.
Emer, la doncella de lady Rahela, se había criado con ella desde la cuna.
Emer, que siempre había hecho todo lo que Rahela le pedía.
—Solo para comprobar… —dijo Rae—. ¿Ya hemos pasado por esa gran
escena en la que te digo que solo te estaba utilizando?
El tono de la futura Doncella de Hierro era tan afilado como el filo de un
hacha.
—Lo ha dejado bastante claro antes, milady.
—¿Serviría de algo decir que no lo decía en serio?
—Puede decir lo que quiera. Normalmente lo hace.
Las manos de la doncella estaban apoyadas en su regazo y su voz no
denotaba ninguna emoción, era tan solo un enorme vacío donde antes había
habido sentimientos. No podías sonar tan desprovisto de sentimiento a
menos que alguna vez te hubiese importado mucho alguien.
A Rae siempre le habían gustado los comentarios indiferentes de la
Doncella de Hierro sobre los aristócratas, pero no le gustaba ni un pelo la
actitud de Emer en esos momentos. Estaba claro que Emer la odiaba
profundamente.
En este lugar, Rae no tenía por qué sentir ninguna clase de dolor. El odio
de Emer no importaba. Ni siquiera Emer importaba. No era real.
Lo que de verdad importaba era que hallase el modo de salir del profundo
agujero que la propia lady Rahela había cavado para sí misma y al que, por
lo tanto, había arrastrado a la propia Rae. Si de verdad estaba en Eyam, en
el corazón de cristal del Palacio del Borde se escondía una planta que
podría salvarla. Rae tenía que sobrevivir hasta que la flor de la vida y la
muerte floreciese. Lo que significaba que tendría que hallar el modo de
sobrevivir más allá del día de mañana.
El guardia de palacio tosió con fuerza. Estaba recostado en el alféizar,
observando el intercambio de miradas de Rae y Emer.
—Está claro que vosotras dos compartís una gran historia. Lo que me
resulta de lo más incómodo. Porque no os conozco.
No conocía a lady Rahela. Por lo que lo más probable es que todavía no
la odiase.
Rae tenía que hacerse amiga suya de inmediato.
—¿Cómo te llamas?
Ese le parecía el primer paso obvio para formar una amistad.
—Me llamo Key.
Un nombre que, si Rae recordaba correctamente, solo podía pertenecer a
un plebeyo. Las clases más bajas les ponían a sus hijos nombres de objetos
porque, en ese reino, los objetos tenían poder. Antes de aquel momento a
Rae no se le había ocurrido que esa tradición era de lo más extraña.
Salvo que no era la madre de Key la que le había puesto ese nombre,
¿verdad? El autor de las novelas debía de haber escogido el nombre de
«Key», llave en inglés, porque era un guardia, y los guardias eran quienes
poseían las llaves de los lugares que protegían.
—Milady —le espetó Emer a Key.
—No hace falta que te dirijas a mí como «milady» —dijo Key, el guardia
plebeyo—. De hecho, preferiría que no lo hicieras.
Emer soltó una risa burlona.
—¿Cómo es posible que seas un plebeyo? —Rae se arrepintió al
momento de haber formulado la pregunta. ¡No puedes ir por ahí
preguntando a la gente por qué son plebeyos!—. Eh, bueno, ¿cómo te
convertiste en guardia de palacio?
Emer, la sombría criada, parecía estar cansada de sus tonterías.
—El rey lo recompensó por su gran hazaña. La corte lo llama el Héroe
del Caldero.
Key, el irreverente guardia de palacio, no parecía el héroe de nada.
—Los títulos son solo para los nobles. ¿La Belleza Bañada en Sangre? —
Key le lanzó una mirada burlona a Rae—. Yo me habría puesto más bien
Key el Irresistible, pero estoy seguro de que la gente se las apañaría para
hacer bromas de lo más crueles.
Era alto, con el cabello oscuro y bastante apuesto, unas cuantas
cualidades que a Rae le resultaron de lo más sospechosas. Normalmente, si
los personajes ficticios eran apuestos, solían ser importantes a medida que
avanzaba la trama. ¿Era posible que los personajes secundarios también
fuesen apuestos?
Tal vez sí. El rostro de Key no sugería que fuese a formar parte de
ninguna trama dramática, tan solo que sería el personaje gracioso, el de la
sonrisa fácil, con sus cejas irónicas y sus pómulos tan angulosos que eran
casi hexagonales. Sus ojos eran grises y no de un verde esmeralda o del azul
del cielo de verano, como los de cualquier otro protagonista masculino, y su
nariz era demasiado larga como para encajar con el resto de sus facciones.
Aparentaba unos veinte años, la edad de Rae, y era unos cuantos años más
joven que Emer. Tenía el cabello negro, pero no una amenazadora melena
del color de la medianoche. Sus mechones estaban recortados de forma
desigual y surgían como púas de su cabeza, con las puntas cayendo hacia
abajo, como si fuese una especie de narciso gótico. Tenía la mirada estrecha
e inquieta, y el aura de alguien carismáticamente indigno de confianza. Rae
pensó que eso le serviría.
—¿Así que realizaste una gran hazaña? —señaló Rae.
El título del «Héroe del Caldero» le sonaba de algo, aunque no conseguía
recordar del todo de qué. Si el guardia tenía un título, debía tener también
un papel que desempeñar en la trama. Como Rae no recordaba ningún
detalle sobre su personaje, lo más probable es que no durase mucho. Solo
era un pobre personaje secundario. Rae estaba casi segura de que se
terminaría muriendo más pronto que tarde.
Key soltó una carcajada burlona.
—Un grupo de necrófagos logró arrastrarse fuera del barranco. Los
apuñalé a todos.
Los necrófagos eran los muertos vivientes que algún día pasarían a
formar parte del invencible ejército del Emperador. Rae no tuvo que fingir
que la había impresionado.
—¿Y le pediste al rey que te convirtiese en guardia de palacio como
recompensa?
A muchos de los personajes que salían en los libros de Tiempo de hierro
solo les importaba el deber. A lo mejor Key se sentiría obligado a servirla
por su honor.
—Le pedí al rey que me diese mil hojas de oro.
En Eyam, las monedas tenían cuatro formas distintas y estaban hechas de
cuatro metales distintos. Rae no lograba recordar cuáles eran las otras
formas y los otros metales, pero mil hojas de oro eran muchísimo dinero.
—¿Te alegraste cuando te convirtió en guardia? —le preguntó Rae,
todavía un tanto esperanzada.
—No —repuso Key—. Me habría alegrado si me hubiese dado mil hojas
de oro.
Así que a ese tipo solo le importaba el dinero. Un villano menor
mercenario, claro.
Emer suavizó un poco el tono, como si se compadeciese de Key.
—Has destacado por encima del resto, así que el rey debe honrarte en
proporción. Sin embargo, la aristocracia no quiere a un plebeyo profanando
los salones de palacio.
Rae comenzó a entenderlo todo.
—El rey y los nobles te nombraron guardia de palacio, y después te
asignaron como guardia personal de una doncella a la que iban a ejecutar
por la mañana.
Key no había perdido la sonrisa de labios cerrados en ningún momento.
—Todo un honor.
—Vaya —murmuró Rae—. Cómete a los ricos y todo eso.
El Héroe del Caldero ensanchó la sonrisa, dejando al descubierto toda su
dentadura.
—¿Crees que estarán buenos?
Su tono denotaba cierta amargura, como un caramelo recubierto de
veneno. A pesar de estar sonriendo, estaba claro que a Key no le hacía ni
pizca de gracia su situación actual. A Rae le estaba quedando cada vez más
claro que estaba encerrada en una habitación con dos personas de lo más
enfadadas.
Una migraña por estrés amenazaba asolarla de un momento a otro.
¿Cómo se las apañaba Lia para salir ilesa de situaciones cercanas a la
muerte? ¡Claro! La damisela suplicaba que alguien la ayudase en un susurro
que era capaz de llegar hasta el alma de los hombres.
—Has intentado detenerme para que no me lanzase por esa ventana. —La
voz de Rae parecía más un ronroneo que un susurro, pero alargó la mano
hacia Key de todos modos—. Prométeme que no vas a dejarme morir.
Key le tomó la mano. Rae notó un escalofrío que le recorrió todo el
brazo, como si la mano del joven hubiese sido una cerilla encendida y la
suya la mecha de una vela. Supuso que los rumores acerca del libertinaje de
Rahela eran ciertos, pero Rae tenía unas prioridades muy distintas. El
cuerpo de lady Rahela podía enfriarse un poco.
—Milady, si estás tratando de seducirme… —Key se inclinó hacia ella,
mirándola fijamente a los ojos—. Voy a seguir dejándote morir por la
mañana.
Rae apartó la mano de golpe.
—¡No estoy tratando de seducirte!
Key bajó su propia voz hasta un tono sensual.
—Entonces, ¿por qué has puesto esta voz?
Rae hizo una mueca de dolor.
—Maldita sea.
Debería haber sabido que tratar de actuar como la heroína de la historia
era una idea ridícula. Rahela y su hermanastra no estaban hechas de la
misma pasta. La malvada Rahela jamás podría conseguir los mismos
resultados que Lia. La propia Rae tampoco era la clase de persona de la que
alguien se enamoraría a primera vista. O a cualquier otra vista.
En su anterior vida, Rae había tenido el novio perfecto. Se había
enrollado con él en su cama cuando sus padres no estaban en casa, y le
había pedido consejo a su mejor amiga sobre cómo podría hacerle saber que
estaba lista para llevar su relación hasta la siguiente fase.
Pero entonces Rae se puso enferma. Su mejor amiga se quedó con su
posición en el equipo de animadoras y con su novio. Ellos dos tenían mucho
más en común. En general, ya nadie tenía mucho en común con Rae. Se
había alejado de sus amigos, navegando por un mar de dolor y extrañeza.
En el hospital, Rae solía hablar con las ancianas que también estaban
sometiéndose a quimioterapia. El marido de una de ellas siempre le traía el
desayuno a la cama y le llevaba la peluca a la peluquería.
—Algunas personas son especiales —le había dicho otra mujer a Rae—.
Algunas personas han nacido para ser amadas. —El marido de aquella
mujer la había abandonado el mismo día que la ingresaron en el hospital.
Solo la gente verdaderamente especial se salvaba. El resto tenían que
luchar por sobrevivir.
Al menos ahora Rae tenía una oportunidad para luchar.
—¿Por qué cree que la van a ejecutar por la mañana? —La voz de Emer
se alzó por el aire, tan afilada como un arma—. Dijo que iba a ser a lady Lia
a quien iban a ejecutar. ¿Qué ha cambiado?
Una excelente pregunta.
Por suerte, Rae recordó la escena de lo que había llevado a la gran muerte
de Rahela. Su cándida heroína le había dicho a Emer que estaba visitando
las chozas de los plebeyos para cuidar de los niños enfermos.
Habían encontrado un puñal ancestral en una de las humildes chozas de
esos mismos plebeyos. Después le prendieron fuego a la choza con ellos
dentro. Cualquier objeto de poder era una preciada posesión del rey o de los
nobles, custodiado y marcado con el sello de la familia a la que pertenecía.
Aquella daga era una reliquia de la familia Felice.
Solo Lia Felice y Rahela, la hermanastra de Lia, tenían acceso a las
reliquias de la familia. Las dos estaban confinadas en sus aposentos,
aguardando a que el rey tomase una decisión. Emer ya había informado de
la visita de Lia a la humilde choza. Lia podría haber sacado la daga
escondiéndola dentro de su cesta de medicinas. Era la sospechosa más
obvia.
Salvo que Lia trabajaba en las cocinas de palacio y les susurraba sus
trágicos secretos a las cenizas mientras limpiaba la lumbre. La lumbre
estaba conectada directamente con la chimenea que había en la biblioteca
del palacio, donde el Última Esperanza se pasaba los días envuelto en sus
afanes académicos. El Última Esperanza, el mejor amigo de la infancia del
rey y el hombre más incorruptible del país. Le contó al rey que Rahela
había robado la reliquia de la familia de Lia y que debía de haber sido ella
quien había dejado allí el puñal, como prueba incriminatoria. Las pruebas
del Última Esperanza habían desembocado en la muerte de Rahela.
Rahela no debería saber nada de eso. ¿Cómo podría Rae explicar lo que
sabía?
—¡Sé que me van a ejecutar por él! —Rae señaló como una loca a Key.
Él se señaló con un dedo hacia el corazón, o probablemente hacia su
jubón, y murmuró:
—¿Por mí? —Sus guantes sin dedos eran de cuero negro ajado, que no
combinaba en absoluto con el azul y el acero del uniforme de la guardia de
palacio. Era la primera vez que Rae veía un jubón en la vida real. Se parecía
mucho a un chaleco de cuero.
Rae se volvió hacia Emer, ansiosa porque le creyera.
—Asignaron a Key a vigilarme porque, cuando van a ejecutar a un noble,
se da por sentado que sus sirvientes más cercanos también son culpables y,
por lo tanto, se les ejecuta con él. El rey ama a Lia, no a mí. Si estuviese
pensando ejecutar a Lia, le habría asignado a Key a ella. Quieren librarse de
mí, quieren librarse de Key, y quieren librarse de ti porque me eres leal.
Tres pájaros de un tiro. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros.
Pensar de ese modo logró subirle un poco el ánimo a Rae. Por definición,
solo existía una doncella que pudiese ser la más bella del reino, pero para
los villanos todo era distinto. Este mundo estaba en su contra. Así que
debían aliarse.
—Siento tener que contradecirla, milady. —Emer no parecía lamentar en
absoluto lo que tenía que decir. Cuando alzó la barbilla, a Rae le quedó
claro que Emer era alta, con el cabello oscuro y preciosa también. Pero
actuaba como si desdeñase su propia belleza—. Aunque es tradición que a
los sirvientes se les ejecute con su señor, esa normativa puede pasarse por
alto si otro noble lo solicita. A nadie se le da tan bien peinar y seleccionar
vestidos como a mí. Tengo las habilidades necesarias para convertir a
cualquier dama en la favorita del rey. Puedo salir de esta yo sola. Todo lo
que posee se le confiscará si la ejecutan, así que no tiene nada con lo que
sobornarme. Es una mentirosa, así que no me creo ninguna de sus
promesas. ¿Por qué debería ayudarla?
Hace mucho tiempo, una de sus profesoras le había contado a Rae que las
historias las escribían los villanos. Sus deseos y maldades eran los que
hacían que la trama siguiese adelante, porque el héroe, en realidad, lo único
que hacía era tratar de detenerlos. Al menos al principio, los villanos eran
los que estaban al mando.
Hubo un tiempo en el que Rae tenía una lista de cincuenta universidades
en las que le gustaría estudiar, pero no sabía qué carrera cursar. Se había
apuntado a todas las actividades extracurriculares que había encontrado,
pero había terminado siendo la animadora jefe y la presidenta del consejo
estudiantil. Rae se había imaginado en varias ocasiones siendo una abogada
con instinto asesino que llevaba unos trajes igual de arrebatadores, o una
editora que lograba que todas las historias que publicaba encajasen a la
perfección, o una agente inmobiliaria de éxito, gestionando un imperio
inmobiliario con su madre. Nunca había sabido exactamente a qué quería
dedicarse, lo único que sabía era que quería estar al mando.
Ahora tenía que volver a hacerse con el control de todo y ejecutar su plan
lo más rápido posible. Tenía que hacerlo en el momento perfecto.
Rae, la animadora zorra jefe, esbozó una sonrisa malvada.
—Haré el juramento de sangre y oro.
La marca de nacimiento de Emer destacaba sobre su piel, que se había
quedado de repente cenicienta.
—Está prohibido.
—¿Y qué? —preguntó Rae—. Soy malvada.
Key parpadeó, bastante intrigado por este cambio de los acontecimientos.
—Soy un monstruo sin corazón con un carácter fuerte y una experta en
delinearme los ojos con precisión —continuó Rae, animada—, y tengo la
firme intención de salirme con la mía. ¿Y qué? ¿Por qué debería importaros
que me equivoque?
Key parecía impresionado por su perspicacia.
—Es cierto, no me importa.
Emer no apartó su mirada pétrea de su rostro. Rae se deslizó por el suelo
de mármol, con su falda extendiéndose a su espalda como una especie de
serpiente rojiza que la perseguía a cada paso que daba, y se puso a soltar su
monólogo de villana.
—Soy una perra traicionera, hambrienta de poder y, ¿sinceramente? Me
encanta. Esas historias que te animan a ser bueno, que te dicen que tienes
que brillar en un mundo lleno de inmundicia y aguantar con paciencia
cualquier tipo de sufrimiento son una auténtica basura. Que le den a tener
que sufrir. Es demasiado difícil ser buena. Vamos a hacer lo fácil. Vamos a
ser malos. Haceos con aquello que más deseéis con vuestras codiciosas
manos ensangrentadas.
A esas alturas los dos le estaban prestando atención. Nunca había dado un
discurso motivacional para hacer que alguien se uniese al lado oscuro, pero
estaba segura de que esos dos villanos opinarían como ella.
—La otra opción que tenéis es aceptar vuestro destino, pero yo me niego
a aceptar el mío. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano por hacerme con
el poder, porque me niego a no tener poder alguno. Sería capaz de destrozar
este mundo con tal de conseguir lo que deseo. Mucha gente muere sin llegar
a hacer nunca nada que les haga destacar o ser recordados. Si maldicen tu
nombre, al menos te aseguras de que te recordarán. ¿No soñáis nunca con lo
prohibido? Elegid lo incorrecto. Elegid el mal. Hagámoslo juntos.
Rae juntó sus manos enjoyadas en un lujoso aplauso.
—Villanos —anunció—. Unámonos.
Si con ese discurso no había convencido a sus secuaces, al menos se
había convencido a sí misma. Su propia determinación había ido cobrando
fuerza a medida que hablaba, su objetivo se había vuelto mucho más real
con cada palabra. Tal vez los héroes se mostrasen un tanto reticentes al
principio, antes de aceptar la llamada para emprender una buena aventura.
Pero los villanos siempre eran los primeros en interceptar esa llamada y
robarles el tesoro.
Como si estuviese en una misión, Rae se encaminó hacia su alcoba. La
Belleza Bañada en Sangre tenía un tocador de caoba repleto de frascos de
perfume de cerámica y cajones con incrustaciones de nácar.
Rae deseaba recrear esa escena en la que un personaje se miraba al espejo
y se le describía a la audiencia su aspecto. Por desgracia, los espejos de
Eyam estaban hechos de bronce. Los matices de los rasgos de Rahela se
perdían sobre aquel lago de bronce, pero logró distinguir un detalle que le
resultó de lo más sorprendente. Rae tenía un lunar justo sobre de la
comisura izquierda. A Rae siempre le había gustado ese lunar. Todo el
mundo les decía a los enfermos de cáncer que se tenían que preparar
mentalmente para perder todo el cabello que les crecía en la cabeza, pero
nadie hablaba nunca del resto del cuerpo. El no tener cejas te cambiaba el
rostro por completo y el perder las pestañas te hacía parecer una especie de
lagarto. Aquel lunar le hacía saber a Rae que, sin importar lo extraño que
fuese su reflejo, seguía siendo ella.
Lady Rahela también tenía ese mismo lunar.
Le resultaba desconcertante volver a ser ella misma, tener un peso que
hacía tiempo que había perdido sobre su cabeza y que algo le protegiese y
calentase los hombros y el cuello. Rae nunca había tenido el cabello tan
largo o tantísimas curvas. El reflejo en el espejo de bronce le mostraba a
una mujer seductora. Rae había experimentado muchas cosas a lo largo de
su vida, pero nunca había llegado a estar en el cuerpo de una mujer adulta
sana.
La edad adulta debía de ser muy distinta para la gente normal. Estaba
segura de que no todo el mundo tenía que pasarse sus días sintiéndose como
si le estuviesen arrancando a su niña interior y colocando en su lugar a una
anciana agotada.
Rae sacudió la cabeza, no estaba acostumbrada a tener que soportar tanto
peso en su nuca, y abrió el cajón superior de un tirón. No necesitaba
hallarse a sí misma en aquel reflejo. Necesitaba un cuchillo.
En las profundidades de aquel cajón había un cuchillo, así como una
serpiente que se despertaba de su sueño, lista para atacar. Rae soltó un grito.
Su doncella y su guardaespaldas se le acercaron corriendo. Cuando Emer
se fijó en lo que había sorprendido a Rae, se quedó helada.
—¿Por qué le sorprende ver a su propia mascota?
Rae buscó el reflejo de Key en el espejo. Estaba recostado contra el
marco arqueado de la puerta de sus aposentos, de brazos cruzados. Sin su
sonrisa de suficiencia, su rostro parecía muy distinto. Vacío, de un modo
que le resultaba inquietante, como si le faltase un rasgo crucial.
La mirada de Emer era una férrea trampa. Rae recordó lo cruel que había
sido la señora de Emer con ella, y todos los asesinatos a hachazos que
cometería la doncella en un futuro. Al otro lado de la habitación había un
armario donde estaban guardados los guanteletes encantados que Rahela le
había robado a su hermanastra. Con ellos puestos, tenía el poder de una
docena de guerreros.
Si Rae podía llegar hasta el armario lo bastante rápido, teóricamente,
podría matarlos a ambos fácilmente.
Lady Rahela estaba destinada a tener una muerte lenta y horrible. La
muerte de Rahela era el primer paso para que se cumpliese la profecía. Rae
se había zafado de su propio destino. Estaba segura de que podría escaparse
también del de otra persona. Pero ¿cómo?
Nadie estaba dispuesto a ayudarla. Aquí todos eran villanos.
—Milady. ¿Qué nos está ocultando? —preguntó Emer con su voz
implacable.
CAPÍTULO TRES
La dama hace magia negra
—El juramento de sangre es lo más solemne que existe entre el cielo y
el abismo —dijo el Última Esperanza—. Es la espada que jamás podrá
romperse, la promesa que jamás podrá retirarse. Es colocar tu alma
temblorosa en manos de otra persona y confiar que no te aplastará
bajo su puño. El juramento dice que durante todos mis días, tu vida
será mucho más valiosa que la mía, y si puedo serte fiel más allá de la
muerte, lo seré. Cualquiera que pronuncie este juramento a la ligera
está perdido.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
L
a señora de Emer había perdido por completo la cabeza.
Lo podía ver en cada una de sus palabras y sus gestos. Su señora
era la criatura más elegante de la corte, pero ahora estaba dando
pasos cortos y tambaleantes, como las niñas pequeñas cuando se ponían por
primera vez un vestido largo. Estaba haciendo giros extravagantes y
retorciendo el rostro hasta formar expresiones incautas, aunque una dama
jamás debe dejar entrever lo que siente en realidad o arriesgarse a que se le
formen arrugas prematuras en la piel.
Eso sin mencionar el carácter extremadamente promiscuo de Rahela.
Si le preguntabas a cualquier miembro de la corte, te diría que no era nada
nuevo. Incluso Emer lo sabía. Había oído hablar de las lecciones de cómo
ha de comportarse una dama que le había dado su madre a Rahela. No se
podía llegar muy lejos en este reino si decidías entregar tu virtud al primer
rostro apuesto que se te pusiese por delante. Puede que Rahela hablase con
voz grave y seductora, o contonease las caderas con provocación, como si
con ello te estuviese prometiendo pasar la mejor noche de tu vida, con ella
desnuda entre tus brazos, pero nunca había llegado a cumplir ninguna de
esas promesas. Solo las había cumplido entre las paredes de los aposentos
del rey.
Un plebeyo acababa de manosear a Rahela y encima ahora estaba dentro
de su alcoba. La señora de Emer debería haber gritado, haberse desmayado
y, al despertar, haber ordenado que azotasen al hombre en el salón del
Miedo y la Anticipación. La propia Emer tenía ganas de gritar.
Las damas tenían el privilegio de poder desmayarse. Las sirvientas no.
Al parecer las damas también tenían permitido perder por completo la
cabeza cuando las cosas se les ponían difíciles, lo que llevaba a que diesen
discursos melodramáticos y prometiesen realizar rituales prohibidos.
Rahela parecía genuinamente sorprendida de haberse encontrado en ese
cajón a su serpiente mascota, pero Emer acababa de descubrir ese mismo
día que no podía juzgar la sinceridad de su señora. ¿Y si solo estaba
actuando? ¿De qué le serviría engañar a sus sirvientes? Emer no podía
salvarla, no tenía ninguna clase de poder, pero siempre había centrado todos
sus esfuerzos en Rahela. Por lo menos, ahora, por fin, Rahela podía decirle
la verdad.
Rahela contuvo el aliento durante tanto rato que Emer se temió que
estuviese tratando de quedarse sin respiración para desmayarse.
Lady Rahela terminó soltando todo el aliento que había contenido en un
suspiro.
—¡Estoy tranquila! Puede que los otros hayan perdido de vista la trama,
pero yo la tengo controlada. La verdad es que… tengo amnesia.
—¿Que tiene qué? —soltó Emer.
Muchas veces le habían dicho que su tono era demasiado plano, pero
nunca le había parecido tan plano y seco como en ese momento. Ante la
afirmación de Rahela, el alma de Emer pareció perderse en el desierto.
—¡Sí, Emer! Amnesia —repitió Rahela, con confianza—. Estoy segura
de que has oído hablar de ello. Aquellos que han sufrido un golpe en la
cabeza o una sorpresa demasiado grande suelen olvidar todas sus vidas o
solo recordar algunos detalles interesantes de lo que han vivido.
—He oído hablar de ello —admitió Emer.
No se creía ni una sola palabra.
Rahela esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Emer solo la había visto dejar
tan al descubierto sus emociones cuando eran niñas.
A Emer le dolía la cabeza. Muchísimo, pero a los sirvientes no se les
permitía tener migrañas. Estaba acostumbrada a tener que apretar los
dientes con fuerza y a trabajar con dolor.
—¿Y qué es exactamente lo que te pasa? —preguntó Key del Caldero—.
¿Has olvidado toda tu vida o solo unos cuantos detalles?
Era un plebeyo sin modales, pero estaba claro que no era idiota.
Rahela se irguió con altivez, volviendo a comportarse como la dama que
Emer conocía.
—¿Cómo se supone que he de saber lo que he olvidado?
A lo largo de los años, Emer había aprendido que, en situaciones de
emergencia, era mucho más rápida a la hora de sacar conclusiones y saber
cómo salir de esas situaciones que lady Rahela o su madre. Los nobles no
estaban acostumbrados a que sus vidas fuesen mal. Cuando se les agotaba la
buena suerte, se comportaban de forma confusa e indignada.
Observar cómo Rahela respondía tan ágilmente a una situación desastrosa
le resultaba de lo más inquietante. Quizás la desesperación había hecho que
dejase de compadecerse de sí misma. Quizás.
Rahela se echó hacia delante, con un aire conspirador.
—Por eso os necesito a vosotros dos. Corregidme si cometo algún error.
Si veis que no sé algo, decídmelo.
Emer le lanzó al plebeyo una mirada venenosa. Rahela nunca había
necesitado la ayuda de nadie que no fuese Emer, hasta ese momento.
—Él no sabe nada, milady. ¡Viene de las cloacas!
Por si su situación no fuese lo bastante horrible, les habían asignado a un
rufián de las cloacas como el nuevo guardia personal de Rahela. El último
guardia había sido un señor mayor, al que le habían confiado la protección
de Rahela porque (al menos antes de que se cansase de ella) el rey quería
asegurarse de proteger el favor de Rahela. Este plebeyo era mucho más
joven que Emer, y venía del Caldero, así que decir que provenía de las
cloacas era ser muy generoso con él. Naturalmente, como Emer era una
mujer decente, jamás había pisado siquiera las calles del Caldero. Había
visitado el Mercado de Día, que estaba fuera de los muros de palacio, para
comprarle alguna prenda o joya de lujo a su señora y algunos productos de
primera necesidad que ella pudiese necesitar, pero no había ido más allá.
Las malas lenguas decían que el Caldero era el pozo de inmundicia más
oscuro de la ciudad.
El guardia de las cloacas le lanzó a Emer una mirada tan afilada y sucia
como la hoja de un asesino. A los hombres no les gustaba que les
insultasen. Emer lo sabía porque se dedicaba a insultarlos constantemente.
Tan vil como el pozo asqueroso del que había salido, Key le lanzó a Emer
un beso y después se volvió a observar atentamente a su señora, aunque no
como había estado haciendo hasta ese momento. En su ávido rostro no se
reflejaba un hambre mordaz por tener el estómago vacío, sino un ansia por
arruinarlo todo y a todos.
—No me importa de dónde venga —anunció orgullosa lady Rahela—. La
cuestión es que soy malvada, y mucho, y quiero que seáis mis secuaces
malvados.
—¡Yo no soy malvada! —espetó Emer. Rahela parecía poco convencida.
Una voz susurrante en su cabeza, tan dulce como la de lady Lia
murmurando secretos por la noche, le preguntó a Emer si estaba segura de
eso. Se negó a prestarle atención. No era culpa de Emer. Una doncella no
tiene más remedio que obedecer las órdenes que le da su señora.
Oh, pero había sabido que no estaba haciendo lo correcto al traicionar a
Lia. Lo había sabido desde el principio. Rahela tenía razón.
Key alzó la mano.
—Yo soy malo. Bueno, eso creo.
Rahela aplaudió.
—¡Genial!
La rata de cloaca parecía encantada.
—Asesino a gente constantemente.
La conciencia de Emer aullaba con fuerza, como los necrófagos del
abismo.
—¿Que asesinas a gente? ¿En serie? —Rahela parpadeó, como si
estuviese tratando de alejar cualquier rastro de razón que pudiese quedarle
con ese parpadeo, y después esbozó una sonrisa—. Genial. Puede que
necesitemos a alguien que asesine a una serie de personas.
—¡Milady!
Rahela hizo un gesto como si estuviese tratando de tranquilizarla, como si
Emer fuese una bebé y Rahela estuviese meciendo su cuna invisible.
—Piensa en esto como si fuese la historia de un libro. ¡Hay muchos
asesinos divertidos en la ficción! Todos estamos intentando sobrevivir. Él
mata a gente, tú cumples todo lo que te ordena tu malvada señora, yo voy
por ahí con mis vestidos reveladores inculpando a inocentes de mis propios
crímenes. Ha llegado el momento de pasar al siguiente nivel de maldad.
La señora de Emer volvió a centrarse en el cajón, donde su serpiente
estaba enroscada sobre la daga de la familia Domitia. La pequeña víbora era
una copia perfecta del brazalete de lady Rahela, de color verde ámbar
oscuro mientras que el brazalete era de oricalco, y las marcas en forma de
diamante de sus escamas eran de un marrón tan oscuro que parecían casi
negras. Sobre su cabeza plana, estriada por los lados, el patrón de diamantes
de sus escamas formaba un corazón negro.
Rahela le dio un suave beso en la cabeza a la víbora.
—Te voy a llamar Victoria Broccoli.
Al parecer, la señora de Emer había confundido a la víbora con un perrito
faldero.
Lentamente, la víbora se desenrolló, apartándose de la daga. Rahela
desenfundó la daga, sacándola de su funda de oro y perlas. El brillo del
hierro se tiñó de carmesí, como si Emer estuviese observándolo todo a
través de una neblina rojiza.
Aquel derecho de nacimiento estaba reservado tan solo a los nobles. Y
Rahela se lo estaba ofreciendo a ellos.
Emer soltó sus siguientes palabras en un susurro, tan suave como el que
producían las hojas al caerse de los árboles en invierno.
—Lo decís en serio.
—Has perdido por completo la cabeza —jadeó Key del Caldero. Su
sonrisa adquirió un brillo impío—. Me encanta.
En la antigüedad, los nobles solían jurarles lealtad a sus reyes y señores
haciendo un juramento de sangre. Los amantes aristócratas se juraban amor
eterno. Pero incluso los propios nobles habían dejado de hacer esa clase de
juramentos hacía siglos. Nadie se atrevía a hacer una promesa que jamás
podría romperse.
Nadie, hasta ahora.
—¿Qué decís? —La mirada de Rahela se paseó sobre ellos—. Juradme
sinceridad durante un año y un día. Si cumplís vuestro juramento, recibiréis
mi peso en oro.
—¿Cada uno? —Key sonaba hambriento.
—Cada uno —confirmó Rahela—. Y no estoy aparentando con este
vestido. Todo lo que dicen sobre los enormes… terrenos de Lady Rahela es
cierto.
A Emer la invadió la sorpresa lentamente, como si alguien estuviese
gritándole desde muy lejos. Pero lo que Emer tenía pegado a la piel, bien
cerca, como su ropa, era la codicia.
Emer llevaba sirviendo a su señora, sin poner ninguna objeción, toda su
vida. Aunque no le hubiese servido de nada.
Si servía a Rahela durante un año más, tendría oro suficiente como para
empezar esa vida nueva con la que tanto soñaba en su estrecha cama,
dejaría de sentirse encerrada en un armario como si fuese una pieza más de
la vajilla.
Tendría una cabaña. Una pareja que fuese su igual. Nunca tendría que
arrodillarse ante nadie ni volver a llamar «milady» a nadie. A lo mejor
podría criar cabras, aunque nunca había visto a una cabra de cerca. Cuando
le empezase a doler la cabeza por las migrañas, podría tumbarse en medio
de la relajante oscuridad y su pareja solo le pediría que descansase con un
dulce murmullo.
Emer no podía seguir siéndole leal a Rahela. Pero sí que podía ser leal a
sí misma.
Si se marchaba ahora, jamás volvería a tener la oportunidad de hacer
magia de verdad.
Rahela se llevó la daga hacia la piel nívea que quedaba al descubierto por
encima de su corpiño fruncido.
—¡Milady, no! —exclamó Emer, con un miedo nuevo y mucho más
fuerte.
El ser malvado era una cosa. Aquello era una cuestión de orgullo
profesional.
—Claro. —Rahela frunció los labios al darse cuenta de lo que había
estado a punto de hacer—. El rey no me querrá si tengo cicatrices a la vista.
Mejor dejo a las amigas intactas.
La mirada oscura de su señora se deslizó hacia el cristal y sus ojos se
abrieron como platos, como si le sorprendiese tanto su reflejo como le había
sorprendido la serpiente. Abrió un poco más los ojos al bajar la mirada por
su corpiño.
Sacudió la cabeza, maravillada.
—Podría acostumbrarme a esto. Llevo sintiéndome una extraña en mi
propio cuerpo desde hace mucho tiempo. Cuando todo a tu alrededor
cambia y tu cuerpo se transforma también, sabes que nunca estarás a salvo.
Que en cualquier momento el mundo puede volverse en tu contra.
«¿Su propio cuerpo?». Emer recordó lo disgustada que había estado
Rahela cuando le habían crecido tanto los pechos, muchos años antes que al
resto de las chicas. Rahela siempre estaba tratando de cubrírselos. Cuando
se dio cuenta de que no estaba funcionando, empezó a mostrar lo que los
dioses le habían dado.
El recuerdo le provocó algo parecido a la ternura y esa sensación se
entremezcló con algo parecido a la miseria. Emer se encogió de hombros,
zafándose de ambas emociones. Rahela se levantó del taburete y estuvo a
punto de caerse de lado. Key se movió tan rápido que Emer apenas pudo
seguir su figura con la vista, cuando salió corriendo a estabilizar a su
señora. Rahela le palmeó la mano para darle las gracias. Con la mano al
descubierto.
La señora de Emer esbozó una sonrisa.
—Lo siento, parezco una especie de cucurucho de helado gigante. ¿Por
dónde iba?
Key señaló con pereza la daga, como si la oferta que les había hecho para
cambiarles la vida no le hubiese afectado en absoluto. Observaba relajado y
curioso a Rahela, con ganas de saber qué haría a continuación.
El latido del corazón de Emer retumbaba en sus oídos, como la campana
que indicaba el final del turno de los sirvientes al atardecer.
Jamás lo haría. La señora de Emer era una criatura demasiado blanda y
consentida que nunca había tenido que sufrir malestar físico alguno.
De pie junto al arco de la puerta, Rahela se arremangó una de las mangas
de su vestido, dejando al descubierto su brazo redondeado. Se pasó la punta
de la daga por el brazo. La piel se abrió bajo el afilado acero. La mirada de
Key se iluminó al ver cómo la sangre se acumulaba bajo el filo.
La voz sensual de su señora era famosa en la capital. Cuando Rahela
decía «buenos días» los hombres interpretaban en sus palabras la promesa
de pasar una muy buena noche. En ese momento su voz ronca prometía
magia.
—El primer corte es por los dioses perdidos del cielo, el segundo por los
demonios del abismo.
Se hizo dos cortes en el interior de su brazo, muy cerca del codo. La
sangre se acumulaba sobre los pequeños cortes, como diminutos rubíes
refulgiendo en el interior de un hilo rosado. Se hizo otro corte, esta vez
mucho más largo y perpendicular a los otros dos. Formando así la
empuñadura de una espada.
—El tercer corte es por mí, Rahela Domitia.
—El cuarto es por ti, Key… —Rahela aguardó, expectante.
—Solo Key —repuso Key.
—¿Nada más?
Key tenía la mirada clavada en la sangre que se acumulaba sobre la piel
de Rahela, como si estuviese soñando.
—No tengo apellido, ni familia. No se puede tener una familia si estás
solo.
—Vale, solo Key. Como Madonna o Rihanna.
Key frunció el ceño.
—¿Quiénes?
—¡Da igual, no es importante! —dijo Rahela—. El primer corte es por ti,
Key, y por ti.
Observó expectante a Emer, y Emer no apartó la mirada en ningún
momento, aunque tampoco dijo nada.
Si mañana ejecutaban a lady Rahela, la madre de la propia Rahela la
liberaría de su juramento. La familia Domitia no era rica, pero sí que eran
famosos por sus excelentes dotes para conspirar. Las damas del clan
Domitia siempre conseguían lo que querían. Si hallaban la marca de un
juramento sin cumplir en el cuerpo de alguno de los suyos, lanzarían el
cadáver al abismo. Cualquier familia pagaría lo que hiciese falta para salvar
su apellido de la profanación. Era una oportunidad que Emer no podía dejar
pasar.
El deseo se sobrepuso a la cautela. Emer apretó los dientes con fuerza,
tratando de tragarse sus palabras.
—Emer ni Domitia.
Era patético que el apellido de Emer significase literalmente «pertenencia
de los Domitia». Pero era incluso más patético ser como Key, que no
pertenecía a nadie.
Rahela se hizo otro corte en el brazo, mucho más largo que el resto, por lo
que la empuñadura ahora tenía también una hoja. La marca de una espada,
hecha con magia y trazada con sangre.
—Lo siento —dijo Rahela—. ¿Os importaría recordarme cómo sigue el
juramento?
Emer y Key se la quedaron mirando anonadados. Ella se limitó a
encogerse de hombros.
—Es un momento de mucho estrés y soy una dama delicada. Se me han
olvidado las palabras exactas.
La mirada de Key permaneció clavada en la sangre que caía hasta el
blanco suelo de mármol, formando un charco rojizo. Entonces esbozó una
sonrisa, tan brillante como la luz del atardecer al incidir sobre una joya.
Hizo que Emer temiese la oscuridad que se avecinaba.
Sacó un extraño puñal con una rapidez desconcertante, y se cortó la piel
de su propio brazo con tan poco cuidado como un hombre cortando una
rodaja de pan. El cuchillo desapareció poco después como si fuese un truco
de magia.
—«Por la espada» —canturreó Key en tono burlón—. «Juro ser leal y
sincero, amar todo aquello que ames y odiar todo aquello que odies. No
sentirás ni una gota de lluvia porque yo seré tu refugio. Nunca tendrás
hambre o sed porque yo te daré la comida de mi plato y el vino de mi copa.
Cuando pronuncies mi nombre, siempre te responderé, y tu nombre será mi
llamado. Seré un escudo para tu espalda y todo lo que nos contemos será
cierto. Todo lo acordado, lo llevaré a cabo, pues tuya es la voluntad que he
elegido».
Rahela esbozó una sonrisa igual de malvada que la que surcaba el rostro
de Key. El alma de Emer se hundió hasta sus pies, por debajo del horizonte
rojizo, mientras su dama recitaba las mismas palabras del juramento que
había pronunciado aquel desconocido. Al sellar así su trato para cometer
pecados y sacrilegios juntos, ninguno de los dos perdió la sonrisa en ningún
momento, parecían un par de niños jugando a un juego inofensivo. Unos
niños malvados e irreverentes, que cometían pecados y sacrilegios sin
cuidado.
Las llamas que surgían del barranco iluminaron la vidriera, de un rojo tan
pálido como una gota de sangre al caer dentro de un vaso de agua. Entonces
fue como si la herida del brazo de Rahela se hubiese prendido con las
llamas, transformándose en una espada feroz. La ventana adquirió el
profundo tono rojizo del vino tinto.
Rahela le dio la mano a Key y su rostro ardió como las ventanas de su
alcoba. Los dos conspiradores permanecieron ahí de pie, con sus siluetas
iluminadas con un resplandor sobrenatural.
—Esta es nuestra primera reunión de equipo —declaró Rahela—. Mi
alcoba será nuestra guarida del mal y seremos como un nido de víboras. De
ahora en adelante, seremos malvados, juntos.
¿Es que ha estado consumiendo las hierbas especiales, milady?
—Lo que usted diga, milady —murmuró Emer.
—Es mejor que ser malvado yo solo —murmuró Key.
Se quedaron ahí de pie, formando un círculo, reflejándose sobre el espejo
de bronce. La señora de Emer, la víbora venenosa, la mujer de nieve y
llamas. Su guardia de las cloacas, con sus sonrisas mentirosas y sus guantes
de cuero ajados. Su criada, con su delantal almidonado, apartando la
mirada. Emer no quería ver la marca. Al haber crecido en el campo, todo el
mundo decía que Emer estaba manchada con la maldad. Al parecer, tenían
razón.
Rahela soltó una carcajada.
—¡Vamos, secuaces! Llevadme ante el rey.
—No podemos llevarla ante el rey —repuso Emer rotundamente—. Y no
nos llame secuaces.
Key chascó la lengua, como si discrepase. Parecía que le apetecía ser un
secuaz del mal. A lo mejor estaba desesperado por pertenecer a algún lado,
pero Emer era demasiado inteligente como para pensar así. Al traicionar a
la desesperación, invitas a la crueldad a tu vida.
Rahela tuvo el descaro de dedicarle una mirada acusatoria a Emer.
—¿Me juras o no lealtad?
No le había jurado nada. Pero no quería recalcar ese hecho.
—¡No he dicho que no quiera llevaros, es que no puedo! —protestó Emer
—. Y él tampoco.
La sonrisa de Key era como un puñal, apuntando directamente a Emer.
—Solo soy una rata de cloaca. No sé cómo he de comportarme.
—¡Un sirviente no puede exigir una audiencia con el rey!
El guardia de la cloaca se volvió hacia Rahela, observándola con una
mirada calculadora. Emer se dio cuenta con creciente indignación que la
estaba evaluando. Y no el valor de su carácter precisamente.
Debió de llegar a alguna conclusión.
—Por su peso en oro sería capaz de robar los ojos del dios perdido.
—Lo que acabas de decir es una blasfemia perversa, has hablado en el
idioma del mal —siseó Emer.
—Lo hablo con fluidez —repuso Key—. Sígueme, milady.
Se llevó la mano al ancho cinturón de cuero que llevaba puesto, grabado
con formas de coronas en azul aciano. De un lado del cinturón colgaba la
vaina de su espada, del otro un juego de llaves. Lady Rahela se dio la vuelta
alegremente al mismo tiempo que Key abría la puerta. Esta se abrió de par
en par, dejando ver tras de sí una escalera de piedra que se adentraba en la
más profunda oscuridad. Key descendió por la escalera de caracol. La
señora de Emer le lanzó una única mirada.
—¿Vienes?
Emer regresó rápidamente a su alcoba.
—Os van a ejecutar a los dos. Cuando os ejecuten, su familia vendrá a
concederme su peso en oro. Mientras tanto, sus cabezas terminarán
empaladas en lo alto de los muros de palacio.
—Eso es —la animó Rahela—. Hay que pensar en positivo.
El corazón traicionero de Emer se encogió como si alguien lo hubiese
aprisionado en un puño.
—Milady. No puede hacer esto.
—Presta atención. Este es el origen de mi historia de villana.
La señora de Emer le guiñó un ojo, se dio la vuelta, y se fue bailando
hacia la oscuridad, directa a su muerte.
CAPÍTULO CUATRO
La villana comete una blasfemia
Cuando a través de los sueños baile la de nieve y llamas.
Cuando el caballero de blanco corazón se entregue a las reinas
prohibidas.
Ya viene. Ya viene.
Cuando el abismo se abra, cuando los muertos se postren.
La maldición caerá sobre nosotros, y será cuando él su corona
reclame.
El barranco llama a su amo en lo alto.
Él les confesará a las almas perdidas que por amor pereció.
Ya viene. Ya viene.
Las palabras huyen, escapa si se puede.
La perla será suya o no pertenecerá a nadie.
Su espada es la ruina, sus ojos el fuego.
Todos los mundos son su imperio.
El hijo de los dioses ha muerto y crecido.
Ya viene, ya viene a por su trono.
R
ae y Key se perdieron en su camino para burlar a la muerte. La
torre en la que residían las doncellas estaba apartada del palacio
propiamente dicho, separados por un pequeño bosquecillo.
Recorrieron un sinuoso sendero ajardinado hasta una enorme puerta y
después, cuando ya estuvieron en el interior, tuvieron que recorrer los
laberínticos pasillos del palacio.
Los suelos de los pasillos estaban hechos de piedra gris y lisa, así como
de malaquita verdosa, lo que hacía que diese la sensación de estar
caminando por el interior de una red de ríos. Rae se sentía como si las
corrientes la estuviesen arrastrando consigo. Casi se dio de bruces con la
enorme vitrina donde guardaban las joyas de la corona.
—Es estupendo —dijo Rae en un susurro—. El collar maldito.
Las fauces hambrientas de dos serpientes talladas en oro formaban el
cierre. De la reluciente cadena, con elaboradas arandelas y unas líneas que
le daban la apariencia de una jaula, dispuesta a encerrar una frágil garganta
en su interior en un futuro, colgaba una enorme joya negra. Esta lanzaba
destellos rojizos desde sus marcadas aristas, como si fuese un fuego letal
despertándose de unas brasas muertas. La leyenda contaba que esta joya era
el ojo del dios perdido. La gente llamaba a aquella piedra preciosa el
Diamante Abandona Toda Esperanza.
—Parece caro —comentó su nuevo secuaz—. Pero difícil de empeñar.
—Un rey de Eyam mandó a cientos de sus hombres hasta las
profundidades del barranco para que le trajesen la joya para su esposa. Solo
uno regresó. La reina la llevó puesta todos los días durante un año hasta que
terminó muriendo joven. Los reyes le otorgan este diamante a sus reinas
para demostrar que las aman por encima de la corona y de sus reinos, para
demostrarles que sus vidas valen cien vidas y mil pecados.
—Así que definitivamente es difícil de empeñar —repuso Key. Rae soltó
una carcajada—. ¿Creías que el rey te lo daría a ti?
—No soy una ilusa. No es a mí a quien ama. —Rae sostuvo el brazo
herido en alto, mostrando su brazalete en forma de serpiente—. Este
brazalete deja claro que soy la favorita del rey. Pero no tengo lo que hay que
tener para ser reina.
Las historias se mofaban de las mujeres superficiales que solo se
preocupaban por las joyas, pero las mujeres solían atesorar las gemas
cuando no podían tener una cuenta bancaria. Las joyas eran para las
supervivientes. La madre de Rae le había entregado a Alice, y no a Rae, el
collar de perlas de su bisabuela. A Alice le quedaban mucho mejor. Alice
podría tener hijos a quienes dárselas algún día. La mitad del valor de las
joyas reside en su significado. Los verdaderos tesoros encierran una historia
en su interior, y las historias son para los héroes.
El rostro de Key estaba lleno de contradicciones, sus ojos estaban tan
vacíos como las cuencas de una calavera, sus labios carnosos se mostraban
despreocupados y serios a la vez. El brazalete de serpiente no era un objeto
tan importante como para que le prestase tanta atención.
—Al menos hiciste algo para ganártelo.
Rae enarcó una ceja.
—¿Qué quieres decir con eso?
Enarcó una ceja tan rápido como un relámpago y Key imitó el gesto.
—Tú misma lo has planeado para que así sea. Es mejor eso a que te
adoren mientras el resto del mundo se mancha las manos por ti.
Algún día el Emperador le colocaría ese colgante a Lia alrededor del
cuello, le diría que si la joya no la complacía, la lanzaría de vuelta al
abismo. El corazón del Emperador estaba lleno de oscuridad, pero no le
importaba el dinero.
Solo los villanos menores tenían pequeños defectos, como la codicia. Rae
le dedicó una mirada aprobatoria a su secuaz.
—Creo que vamos a ser buenos amigos.
Él ladeó la cabeza, como un científico observando un nuevo espécimen.
—Nunca he tenido uno de esos. Puede que sea interesante.
—Choca los cinco —propuso Rae.
Key ladeó la sonrisa.
—No tengo ni idea de qué quieres decir con eso.
Rae ya había alzado la mano.
—Dame un golpe en la mano.
—¿Con cuánta fuerza? —preguntó Key, complacido—. ¿Debería
rompértela?
Rae alejó la mano de golpe.
—¡Ni se te ocurra! Dame en la palma con tu palma. ¡Con cuidado! ¡Con
cuidado!
Key frunció el ceño como si el hacer algo con cuidado requiriese toda su
concentración. Rae lo observó atentamente mientras sus palmas chocaban,
tal y como le había explicado que debía hacer, la suave caricia del cuero
ajado rozándole la piel. Inesperadamente, aquel contacto hizo que una
corriente eléctrica le recorriese el brazo.
En un año y un día, Rae ya no estaría aquí para cumplir con el juramento
que les había hecho a Key y Emer de darles su peso en oro. Ni tampoco les
pensaba salvar de una ejecución segura. Lia se encargaría de suplicar
clemencia por el guardia y la sirviente de Rahela.
Un recuerdo le asaltó con mucha más fuerza que el golpe en la mano de
Key. Emer no había estado agradecida, pero Key sí. La belleza dorada de la
dama y su aún más dorado corazón habían impresionado enormemente al
humilde guardia de palacio. Como muchos de los personajes masculinos de
Tiempo de hierro, Key había acabado irremediablemente enamorado de Lia.
Ahora todo tenía sentido, incluyendo el aspecto de Key y por qué Rae no
le había recordado al principio. Lia estaba constantemente retorciéndose las
manos mientras decía: «¿Por qué los hombres apuestos no paran de
perseguirme para profesarme su amor?». Salvo el Emperador y el Última
Esperanza, el resto de sus pretendientes se confundían entre sí,
transformándose en una bruma cincelada. El perecer por amor a Lia era una
de las principales causas de muerte en Eyam, junto con ser devorado por
algún monstruo, destrozado por algún necrófago o la peste.
Era una noticia terrible. Key estaba condenado. Rae debía aprovecharse
de su secuaz mientras pudiese.
El recuerdo le sirvió como recordatorio de que todos eran personajes
ficticios. A Rae no debería importarle lo que sintiesen y, como villana, se
suponía que no debería importarle nadie en absoluto. Lo único que
importaba era su propia vida.
Key alargó la mano hacia ella.
—Bueno, mi maquiavélica dama. ¿Por dónde se va al salón del trono?
—No lo sé. Tengo amnesia, ¿recuerdas?
La forma en la que Key puso los ojos en blanco le hizo saber que no se
había tragado su genial historia.
—Bueno, pues yo llegué a palacio ayer.
Atravesaron el palacio y se cruzaron con unos cuantos guardias,
apostados a intervalos por los pasillos. En su mayoría eran hombres de
mediana edad, con el cabello rapado, de aspecto militar, que llevaban los
uniformes azules y plateados de palacio, mucho más pulcros que el de Key.
Todos les lanzaban miradas de reojo a su paso. Lady Rahela, con su nívea
vestimenta teñida de rojo, era una figura difícil de olvidar. El hecho de que
debiese estar encerrada en ese mismo momento probablemente también era
algo difícil de olvidar.
La mayoría se quedaba observando abiertamente a Rae, con aire
pensativo. «¿Una delincuente suelta, pero va acompañada de un guardia?
No me pagan por preocuparme por esto. Voy a hacer como que no lo he
visto».
Inevitablemente, un guardia sí que decidió preocuparse por ese pequeño
problema. Se deslizó junto a Key y este aprovechó la oportunidad para
pedirle que les indicase cómo llegar al salón del trono. Mientras el guardia
les indicaba cómo llegar, no paraba de observar de reojo inevitablemente a
Rae, lanzándole una mirada preocupada.
—¿Esa es lady Rahela?
—No —respondió Rae—. Soy su gemela malvada.
Ese vestido que llevaba era ideal para barrer el suelo con un gesto de
desdén.
—¿Eres su gemela malvada? —repitió Key.
Rae nunca se había dado cuenta de cuántos comentarios de cultura del
mundo pop metía en sus conversaciones del día a día. «En las telenovelas,
cuando se descubre que alguien tiene una gemela normalmente son gemelas
malvadas. En las películas de terror, si alguien encierra a su doble en el
ático, ¡normalmente es su doble malvado!».
—Hay muchas gemelas malvadas en los libros —murmuró.
Key la observó con contemplación.
—Las canciones dicen que lady Rahela no tiene corazón. Si las dos
gemelas son malvadas, es culpa de los padres.
Rae recordó vagamente que lady Rahela tenía la típica historia de una
hermanastra malvada.
—Mi padre y mi padrastro murieron demasiado jóvenes en circunstancias
extrañas. Y, aunque no tiene nada que ver con esto, mi madre es tan
hermosa como venenosa. Me parezco mucho a ella.
—¿Tu madre también cuenta chistes malos?
Rae le dio un suave empujón a Key, esbozando una sonrisa divertida, al
tiempo que se adentraban en un salón tan blanco como una página sin tinta
alguna. Reconoció el salón de inmediato. Era la Sala de los Recuerdos y los
Huesos. El suelo y los paneles pálidos y brillantes que recubrían las
paredes, la retorcida lámpara de araña y la pequeña mesilla blanca, todo
estaba hecho de porcelana. Todos los hombres debían morir y, a veces, se
usaban sus huesos para hacer mobiliario de porcelana. Rae solía enrabietar a
su hermana llamando a aquel salón la Sala de los Huesos.
Ver la sala en persona, aunque no en sus propias carnes, no le pareció tan
divertido. En el interior de una vitrina, como un insecto expuesto, estaba el
esqueleto de un niño pequeño, vestido con prendas azules y negras. El suelo
estaba tan liso como el último diente de una anciana. Aquel no era el salón
del trono, sino la sala que había al lado. Sin embargo, había un pálido trono
de piedra pegado a una de las paredes, con unas alas doradas talladas a su
espalda para una amada reina que había fallecido joven. A los monarcas,
cuando fallecían, se les colocaba allí, para que sus súbditos pudiesen
despedirse de ellos. Las despedidas duraban muchos días. Los cuerpos
terminaban descomponiéndose. Los brazos y el asiento del trono estaban
ligeramente manchados allí donde los fluidos de los monarcas en
descomposición se habían filtrado por las vetas de la piedra.
Rae tuvo que contener un escalofrío.
—Aquí no es. —Salieron de la cámara de la muerte blanca como los
huesos y se dirigieron hacia las puertas que daban acceso al salón del trono.
Las puertas tenían unos tres metros de altura, estaban hechas de oro
labrado que refulgía bajo la luz rojiza y una serie de columnas estriadas que
comenzaban y terminaban con unos tallados de flores de acanto las
flanqueaban a ambos lados. Había dos guardias apostados frente a las
puertas del salón del trono. Cada uno sostenía una larga lanza en las manos,
de madera de cerezo oscuro con las puntas de hierro talladas en formas de
hoja. Rae observó las lanzas de cerca ya que los guardias las cruzaron frente
a las puertas, impidiéndole el paso.
—El rey ya no acepta más peticiones por hoy. No puede entrar.
El guardia estaba recitando de memoria lo que le habían pedido que
dijese, con la mirada perdida a lo lejos. El otro guardia entrechocó
ligeramente su lanza con la de su compañero para llamar su atención. Los
ojos de los dos guardias se abrieron como platos al reconocer a lady Rahela.
Vio cómo se debatían entre permitirle entrar y arrestarla.
No quería que tomasen la decisión equivocada. Rae le lanzó a Key una
mirada de reojo, con la esperanza de que pudiese serle de ayuda.
—Os reto a un duelo —dijo Key alegremente.
Eso no solucionaría su problema. ¡Así lo único que iba a conseguir era
crear otro problema completamente distinto!
El rostro del guardia se oscureció al ver la sonrisa de Key.
—No pienso batirme a duelo con una escoria plebeya como tú.
La sonrisa alegre de Key no desapareció.
—Ya no soy una escoria plebeya. Ahora soy un guardia. Nuestro estatus
es el mismo, así que si te niegas a batirte a duelo conmigo es porque eres un
cobarde. Nos batimos hasta la primera sangre y el vencido debe retirarse.
¿Qué dices? ¿Eres un cobarde?
El guardia dejó caer su lanza solo unos centímetros.
Key le asestó un puñetazo en la nariz con la suficiente fuerza como para
hacer que se diese la vuelta y tuviese que agarrarse a uno de los pilares para
no caerse. La sangre manchó la superficie lisa y dorada de las puertas.
El otro guardia dejó su lanza a un lado y se acercó corriendo a su
compañero.
—Por todos los dioses perdidos, ¿estás bien?
—Permitidme destacar algo rápido. —Key echó hacia atrás su codo de
nuevo, preparándose para golpear, y después asestó otro golpe al guardia en
la boca, haciendo que sus dientes se clavasen sobre la piel blanda de sus
labios, y la sangre empezó a manar con fuerza tanto de su boca como de su
nariz.
El guardia soltó un aullido de dolor.
Key esbozó una sonrisa complacida.
—¡La primera sangre! Y la segunda. Adelante, milady.
Un charco de sangre se extendía a los pies de Rae. Las películas de terror
le habían hecho creer que la sangre era del mismo color brillante que la
sangre falsa, asombrosa y brillante. Pero esa sangre tenía el mismo brillo
apagado que la que le sacaban en el hospital, como si hubiesen diluido el
rojo en un líquido negruzco. La sangre de verdad era mucho más oscura de
lo que pensaba.
—Pensé que el rey estaría dispuesto a pasar por alto una refriega a las
puertas de su salón del trono, pero no un asesinato. ¿Puedo matarlos si es lo
que quieres? —comentó Key, con un tono sorprendentemente analítico.
Rae se apartó del charco de sangre.
—No.
El brillo de la sonrisa de Key se apagó de golpe. La observó
decepcionado, aunque no sorprendido.
—¿Es que no te ha gustado lo que he hecho, milady?
¡Un miembro de su equipo necesitaba un refuerzo positivo!
—Lo estás haciendo genial. Lo que pasa es que no me gusta ver sangre de
otra gente. Con la mía no hay problema, estoy acostumbrada a tener que ver
mi sangre.
Las dudas que habían surcado la expresión de Key desaparecieron al
momento y asintió, resuelto. Poco después, se colocó delante de Rae, lo
bastante cerca como para que uno de sus mechones rebeldes le rozase la
frente cuando se inclinó hacia ella y le pasó un brazo por la cintura.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró Rae.
—Permíteme ayudarte. —Las sombras que habían surcado su expresión
hacía unos segundos desaparecieron bajo el brillo afilado de su sonrisa—.
¿No era ese nuestro trato?
Cargó en sus brazos con facilidad el peso nada desdeñable de lady
Rahela, pasó con cuidado por encima del charco de sangre y atravesó las
puertas dobles de oro.
¡Rae pesaba como un tonel! Nadie tenía la fuerza suficiente como para
cargarla. Lo de la ficción era absurdo.
A pesar de lo ridícula que era aquella situación, Rae apreció el gesto.
—Gracias —le murmuró en el oído.
Key se detuvo de golpe, como si aquello le hubiese sorprendido. Después
volvió a dejar a Rae en el suelo.
—Agradécemelo hechizando al rey. Espero que tengas un plan.
El brazo de Rae seguía rodeándole el cuello.
—¿Qué dicen sobre mí en el Caldero? —preguntó.
—Que eres una bruja malvada —respondió Key en un susurro
conspiratorio.
Incluso en un mundo donde había magia por doquier, la gente actuaba
como si por ser atractiva hubieses sucumbido a la magia oscura. Eso le
podría ser útil.
—¿No crees que sería divertido ser una bruja e ir por ahí maldiciendo a la
gente? —ronroneó Rae.
—Sí —respondió Key, sin pararse a pensarlo.
Fue como si estuviese viendo un rostro retorcido a la luz del haz de una
linterna, un breve momento instintivo de iluminación con un mensaje claro:
«Eres horrible. Como yo».
Rae esbozó una sonrisa.
—Piénsalo. En realidad, cuando una bruja te maldice solo te está
desvelando el futuro que te espera y del que no quieres oír hablar.
Los cortesanos se volvieron hacia ellos como si fuesen flores, buscando
los rayos de un sol perverso. Rae respiró profundamente.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó Key.
—Bueno. Sí. Pero me muero de ganas de ver al rey.
Key la observó ligeramente sorprendido.
—¿No se supone que está a punto de ejecutarte?
—Lo amo aunque me condene a muerte. Es el hombre más apuesto del
mundo, es divertido, tiene una colección enorme…
Key esbozó una sonrisa traviesa.
—… Tiene una colección enorme de monstruos impresionantes —explicó
Rae—. Suele dar unos discursos épicos, gana batallas que parecen
imposibles de ganar, es leal incluso más allá de la muerte, y se siente solo.
—¿No nos sentimos todos solos? —murmuró Key.
El salón del trono parecía una cámara del tesoro abierta ante ella. Había
cortesanos apostados por todas las paredes, pero al estar tan emocionada,
Rae pensó por un momento que formaban parte del papel de pared dorado y
azul como los uniformes. Hasta ese momento, tan solo había conocido la
riqueza de Eyam gracias a las palabras, pero ahora era real.
Una tragedia divina había sucedido en este mundo. La mismísima tierra
era distinta, así como las extrañas joyas y metales que podían extraer de
ella. Los metales de Eyam se podían forjar hasta crear armas encantadas.
Aunque había pocos turistas que decidiesen viajar a Eyam, los mercaderes
siempre ofrecían unos precios fabulosos para lo que se conocía como el
acero de oricalco y la plata de oricalco. Los pilares del salón del trono,
como los que había al otro lado de las puertas dobles, estaban hechos de
rudo oro de oricalco. Las paredes y el techo abovedado estaban recubiertos
de cristales verdosos, con sus facetas teñidas de carmesí, y refulgían con
intensidad, como si estuviesen atrapados en el interior de un espejo roto. El
suelo estaba hecho de mosaicos de oro rojizo labrado y representaban a la
diosa perdida desapareciendo entre los rayos del sol.
El dueño de toda aquella riqueza estaba aguardando para conocerla.
Incluso el aire que los separaba y que llenaba aquel salón se cargó con una
extraña corriente eléctrica. Rae se preparó para deslumbrarse ante su
belleza.
Dijo una cita que pronunciaría el Emperador en el futuro.
—El amor es la canción que nos resucita. La muerte no puede detener mi
corazón.
Key la observó impresionado aunque dubitativo.
—¿El amor puede sobrevivir a una ejecución?
Rae recordó una cita que había leído en internet sobre por qué los villanos
eran mejores amantes.
—El amor haría arder el mundo hasta sus cimientos por solo un beso.
—¿Has dicho que haría arder el mundo hasta sus cimientos por placer?
—Shh, secuaz —murmuró Rae. Ahora solo tenía ojos para su Emperador.
El trono se alzaba sobre unas enormes garras de oro, que sostenían un par
de rubíes tan grandes como dos huevos de dinosaurio. Había un ministro
apostado a cada lado. Uno debía de ser el primer ministro y el otro el
comandante del ejército del rey, aunque Rae no sabía quién era quién. Tras
el trono se extendían las enormes alas de un cuervo, con plumas de
azabache y oro. El pico rapaz del ave estaba tallado con huesos humanos.
Había diamantes y rubíes incrustados en las alas como si fuesen las chispas
que caían en cascada sobre sus plumas desde un cielo de lapislázuli.
Contrastando contra todo aquel dorado y brillo, los ropajes oscuros del
rey le hacían destacar como si fuese un agujero negro abriéndose frente al
sol.
Rae le dio unos cuantos golpes a Key en el brazo, emocionada.
—¡Es él! ¡Lo amo!
—Eso dices todo el rato. —Key soltó una carcajada—. No me golpees,
suelo apuñalar a la gente cuando me sobresalto.
Ahí estaba. El hombre más poderoso y despiadado del mundo. El futuro
Emperador. El personaje favorito de Rae. El señor del Palacio del Borde y
de todo lo que guardaba en su interior, incluyendo la flor de la vida y la
muerte. El Emperador tenía poderes de curación, pero solo la flor podía
salvar a alguien que se encontraba a las puertas de la muerte. Cada año,
cuando la flor florecía, el ejército de muertos vivientes del Emperador
buscaba a alguien a quien salvar de la muerte y que se encontrase en los
barrios bajos de la ciudad, y el Emperador salía de su palacio a salvarlos.
Tal vez podría convencerlo de que la salvase a ella.
Un antihéroe solo era un villano con buena publicidad. Puede que el
Emperador se apiadase de Rae. Ella siempre había encontrado en él un alma
afín.
Rae se deleitó en el gran encuentro que estaba a punto de ocurrir, observó
sus altas botas de cuero como la medianoche pulida, sus ceñidas vestiduras
negras y la pesada capa negra con el forro azul oscuro. Su coraza de bronce
refulgía. Sus guanteletes acababan en unos brazaletes negros y de hierro,
con una serie de cordones entrecruzados que terminaban en elaboradas
lazadas. Los patrones forjados sobre el hierro y el cuero representaban a
unos pájaros con las alas extendidas y a unas serpientes que enseñaban sus
colmillos y que eran tal y como Rae se los había imaginado. Del ancho
cinturón del rey, adornado con una corona, colgaban un juego de llaves y
una espada. La empuñadura de la espada representaba a una serpiente de
plata enroscada sobre sí misma. Era Anhelo de Venganza, la espada
irrompible.
Su mirada siguió su épico recorrido hacia el rostro del rey.
Durante las ceremonias, los reyes de Eyam llevaban una máscara
coronada, una máscara de muerte en blanco que representaba a aquel que
vendría. Había un hueco en el centro de la corona allí donde debería haber
una joya oscura: la piedra gemela del Diamante Abandona Toda Esperanza.
En ese mismo instante estaba acabando la audiencia con el rey. Rae
observó, emocionada y expectante, cómo el rey se quitaba la máscara y
dejaba al descubierto sus ojos verde esmeralda, sus labios carnosos y su
preciosa cabellera, sedosa y oscura, que caía suavemente en su sitio. Era el
hombre más hermoso que Rae había visto jamás.
Tal y como había esperado. El poder ver al rey por primera vez fue como
si hubiese gritado el nombre de un conocido en la calle y, cuando este se
volvió, hubiese visto a un extraño en su lugar. Estaba sentado en el tono con
una postura regia, pero el Emperador siempre se estiraba sobre el trono con
una gracia despreocupada, pasando una pierna por encima del brazo del
trono con descuido.
La mayoría de los personajes tenían títulos descriptivos. El Emperador,
como señor supremo de todo, no necesitaba más presentaciones. Pero en ese
momento recordó que el Última Esperanza, cuando eran niños, solía llamar
a su futuro gobernante Octavian. Su nombre completo era Octavianus,
octavo monarca sucesor del Emperador.
Ese no era el personaje favorito de Rae. Al menos, no todavía.
Esa escena ocurría antes de que Octavian regresase de las puertas de la
muerte para reclamar su trono. Antes de que se convirtiese en alguien
irreconocible e inimaginable. Algún día, nadie volvería a llamarle por ese
nombre. Sus súbditos olvidarían que alguna vez había tenido un nombre.
Algún día, el Emperador se volvería tan aterrador como un eclipse.
—¿Dónde están los guardias? —exigió saber el rey Octavian en ese
momento.
En los libros, la voz del Emperador se describía tan profunda y oscura
como el propio barranco, rasposa como una enorme serpiente deslizándose
por la tierra. La voz del rey era profunda, por lo que Rae estaba segura de
que daría unos discursos increíbles, pero el deje rasposo como el de la tierra
removida de una tumba vendría después.
Key se volvió a echar un vistazo a su espalda.
—Los guardias se encuentran indispuestos en estos momentos, su
majestad.
Octavian los observó con los ojos entrecerrados.
—¿El Héroe del Caldero? Seas un héroe o no, no me gusta que me
interrumpan.
Lady Rahela dio un paso adelante.
—Discúlpeme, su majestad. Fui yo quien insistió en venir a verle.
Se oyó una risita que provenía de un lado del salón.
—¿Es que la Ramera de la Torre fue de lo más persuasiva?
Rae no sabía quién había dicho eso, pero todos los allí reunidos estallaron
en carcajadas. Los uniformes de los ministros, azules y dorados, le hacían
pensar que la corte estaba a punto de ahogarla, como un mar enrabietado.
Hasta que una voz lo bastante gélida como para congelar un océano
entero, se abrió paso entre las risas.
—Silencio —ordenó.
El corazón de Rae latía con fuerza, aporreando sus costillas como un
barco chocándose con un iceberg. Notó cómo algo en su interior se
quebraba, cómo el barco se hundía.
Al fondo del salón del trono había un estrato donde los testigos se subían
a testificar. Ahí estaba lord Marius Valerius, el Última Esperanza.
Invencible en la batalla, sin igual entre los hombres, el gélido modelo de
justicia que jamás mentiría o rompería una promesa. El caballero blanco, el
responsable de la ejecución de Rahela.
Rae había programado con sumo cuidado su llegada por varios motivos.
El primero era que no quería estar cerca del Última Esperanza, el
académico con el rostro tan bello como un dios y el corazón tan frío como
el filo de una espada. El único hombre al que el Emperador había temido
alguna vez.
Había pensado que lord Marius ya habría testificado y se habría marchado
a esas alturas. En cambio, ahí estaba, alzándose ante ella, e incluso el rey
enmudeció ante su voz.
La dura línea que formaban los labios apretados de Octavian y el aura
gélida que emanaba el Última Esperanza sugerían que lord Marius y el rey
habían estado discutiendo. No hacía falta preguntar el por qué. Lord Marius
había venido a enterrarla. Tenía motivos personales por los que querer
muerta a Rahela.
—Solo los dioses pueden juzgar a la gente —informó el Última
Esperanza a la multitud—. Y en el caso de lady Rahela estoy seguro de que
la juzgarán.
Su capa blanca ondeó a su espalda cuando se bajó del estrado, inundando
la vista de Rae como el cielo blanquecino después de una tormenta de
invierno. Los hombres más fuertes se acobardaron. Las mujeres, por
diversos motivos, se estremecieron. La línea ducal de los Valerius era
famosa por su belleza, sus habilidades en la batalla y su maldición ancestral.
Así es como aparecía de verdad un personaje principal en escena. Al
contrario que con el Emperador, lord Marius no necesitaba y tampoco
tendría ninguna clase de desarrollo como personaje. Era lo que era,
inflexible hasta el final.
Lord Marius no era una decepción. Era un descubrimiento horrible. El
hombre era tan alto como un árbol, con los hombros mucho más anchos que
la mayoría de las puertas. Su melena de rizos negros, salpicada de algunos
mechones blancos como el hielo, le llegaba casi hasta esos hombros anchos.
Ningún ser humano de verdad tenía mechones blancos que empezasen de la
mitad de su cabello para abajo. Su peluquero bien podría haber sido Jack
Escarcha. Cada uno de sus rasgos era una muestra de perfección severa y su
estatura resultaba aterradora. Aquel digno erudito había sido creado para la
brutalidad.
Rae se encogió contra Key, que la tomó del brazo como quien no quiere
la cosa para tranquilizarla. Observó a lord Marius con interés. Rae se
imaginó a su malvado guardaespaldas intentando romperle la nariz al
Última Esperanza y a este asesinándolo de inmediato. Negó lentamente con
la cabeza como advertencia.
Lord Marius tan solo les dirigió una mirada de reojo antes de volverse.
—Me marcho, su majestad.
Rae se sorprendió.
—¿Es que no quiere oír lo que tengo que decir?
Lord Marius era magnético, lo que significaba también que era tan frío
como convincente.
—Diga las mentiras que quiera. Nada va a poder salvarla.
—¿Y si no miento? —preguntó Rae, sin aliento por el miedo que la
invadía, desesperada porque alguien le creyese.
—Entonces espero que disfrute de esa nueva experiencia, señora. —La
voz del Última Esperanza era tan gélida que sus palabras cortaban como el
frío.
Rae esbozó una sonrisa cortante como respuesta.
—Siempre disfruto de todo lo que hago. Por algo el lema de mi familia
dice «Él vino, él vio, yo conquisté». Soy la única mujer capaz de hacer que
cualquier hombre se arrodille ante ella.
Lamentó haber dicho aquello de inmediato. Sabía, mejor que cualquier
otro personaje de la historia, lo que ese hombre era capaz de hacer.
El desprecio que le profesaba hizo que los perfectos labios de lord Marius
se curvasen hasta formar una mueca asqueada.
—Y yo soy el único hombre capaz de hacer que cualquier ejército se
arrodille ante él. Le sugiero que le pida clemencia al rey. Porque yo no
tengo piedad alguna.
Cuando lord Marius salió del salón del trono, el silencio reinó en la sala
hasta que se dejó de oír el eco de sus pisadas, alejándose por el pasillo.
—¿Es ahora cuando procedes a suplicar mi clemencia? —preguntó el rey
Octavian, con el ligero toque sarcástico por el que luego se conocería al
Emperador.
—Lady Rahela ha exigido veros e intentó lanzarse por una ventana —
respondió Key por ella—. Y como soy nuevo, no estaba seguro de qué se
suponía que debía hacer si una dama trataba de lanzarse por la ventana bajo
mi protección, ¿debería haber permitido que se lanzase?
—Como miembro de mi guardia, tu deber es someter con eficacia a los
delincuentes —espetó el rey.
Sus ojos esmeralda se deslizaron hasta Rae con tanta calidez como si
fuesen piedras preciosas de verdad. La poca esperanza que le quedaba a Rae
de poder ganarse el favor del rey murió en ese momento. Estaba claro que
ya se habían encargado de poner el corazón de Octavian en su contra.
El terrible peso de saber con certeza lo que estaba por ocurrir se cernió
sobre sus hombros. Sabía lo que ocurriría mañana si no lograba cambiar el
rumbo de su historia ahora.
La escena le había parecido dura pero justa cuando Alice se la había leído
en voz alta. Lady Rahela se encogía sobre sí misma, con su vestido de seda
extendido a su alrededor, como una mariposa a la que le acababan de cortar
las alas, y suplicaba por su vida. La corte se reía de ella. El rey se negaba a
ofrecerle clemencia, decretaba que era una mujer malvada y que, como tal,
debía sufrir un destino incluso peor que ponerle unos zapatos de hierro y
ahogarla en el mar. Y Rae recordó también, horrorizada, como quien baja
por unas escaleras a medianoche, completamente a oscuras y en vez de
encontrar suelo firme bajo sus pies se encuentra solo aire y cae rodando,
que un nuevo guardia de palacio había sugerido cómo debía castigarse a la
dama. Gracias a la sugerencia de Key, a lady Rahela la azotaban en la Sala
del Miedo y la Anticipación, mientras calentaban unos zapatos de hierro
sobre el fuego hasta que adquirían el tono rojizo de los rubíes ardientes. Los
látigos con los que la azotaban también tenían hambrientas púas de acero.
Rahela ya solo era un despojo sangriento cuando le colocaban los zapatos
ardientes en los pies y la obligaban a bailar con ellos puestos, aullando de
dolor al tiempo que su carne crepitaba y humeaba.
Era una forma horrible de morir.
Presa por la mirada esmeralda del rey, Rae por fin podía admitir que su
hermana había tenido parte de razón al decir que la muerte de lady Rahela
era extremadamente cruel. Al menos Key era un desconocido. No era él
quien había transformado algo que debería ser privado en algo brutal y
público. Al fin y al cabo, lady Rahela era la ex amante del rey.
Por supuesto, Rahela era la ex delincuente del rey. Los reyes deben dar
las órdenes que convierten a los cuerpos cálidos de sus anteriores amantes
en solo un gélido alimento para los cuervos. El Emperador había nacido
para ser imparable y despiadado.
El negar las pruebas no le serviría de nada. El suplicar clemencia
tampoco. Había llegado el momento de trazar un plan nuevo.
—¿Lady Rahela? —la llamó el rey Octavian—. ¿Qué era lo que no podía
esperar hasta mañana por la mañana?
Rae decidió hacer un anuncio.
—Soy culpable.
El rey se quedó helado, era una estatua de hielo sentada en un trono
enjoyado. A su lado, Key se puso a reevaluar en silencio todas las
decisiones que había tomado a lo largo de su vida y que le habían llevado
hasta ese momento.
Rae siguió con su discurso.
—Pero eso ya lo sabía. ¿No es así, su majestad? El Última Esperanza
acaba de testificar. Lo único que queda por hacer es que me sentencie y que
me observe suplicar clemencia aterrorizada. Si eso es lo que entiende por
diversión.
A pesar de que estaba claro que le había sorprendido la actitud inusual de
la prisionera, el rey mantuvo su fachada intacta.
—¿Estás sugiriendo que la corte no debería castigar a los traidores?
Rae esbozó una sonrisa.
—Está haciendo la pregunta equivocada. Pregúnteme cómo lo sé. Me he
pasado las últimas doce horas encerrada en mis aposentos.
Se hizo el silencio en la sala durante un momento.
—Cuéntamelo, rápido —ordenó el rey.
La madre de Rae siempre había dicho que una vendedora era una
cuentacuentos excelente. En cuanto la gente daba el primer paso y elegía
creerse lo que les estaban contando, solo era cuestión de tiempo que se
dejasen llevar por tu historia. El truco estaba en darles algo en lo que
quisiesen creer.
—Cuando me acosté en mi lecho, la culpa que sentía por mis malas
acciones se apoderó de mí y me hizo arrepentirme de inmediato de mis
pecados —declamó Rae, midiendo deliberadamente cada palabra. Octavian
tamborileó los dedos sobre los brazos dorados del trono, así que Rae se
apresuró a terminar de contar su historia—. Y entonces, me adentré en un
trance, ¡y los dioses vinieron a visitarme en sueños!
Extendió los brazos, cerró los ojos e intentó emitir un aura de luz sagrada.
Cuando Rae abrió los ojos, tanto el rey como Key la estaban observando
como si le hubiesen salido varias cabezas en un momento.
Bueno. Merecía la pena intentarlo.
—Para pagar por mis pecados, los dioses me convirtieron en la mensajera
de su profecía —siguió diciendo Rae, con firmeza.
Su mensaje caló igual que si les hubiese dicho que había visto a un
elefante volando en un globo de plomo.
Rae carraspeó para aclararse la garganta.
—Para vuestra información, chicos, antes estaba observando el mundo a
través de un cristal borroso, pero ahora puedo ver el dolor que he causado.
Me han bendecido y maldecido con la visión nítida para poder entrever los
secretos que se esconden en lo profundo de vuestros corazones, y para
desentrañar vuestro futuro.
Se volvió a hacer el silencio.
—Lady Rahela, ¿de verdad pensabas que iba a perdonarte la vida solo
porque fingieses un ataque de locura?
La mano del rey se alzó para llamar a los guardias. Rae no quería que
hiciese ese gesto.
—¡Espere! Permítame contarle qué le depara su futuro.
Octavian hizo el gesto para llamar a sus guardias.
—Ya basta de mentiras. ¡Guardias! Ejecútenla, ahora.
Antes de que los guardias pudiesen alcanzarla, Rae gritó:
—¡Es el hijo del dios! ¡Es el futuro Emperador! ¡Gobernará sobre el
mundo entero!
Aquello hizo que el rey vacilase, pero entonces hizo otro gesto. Los
guardias se detuvieron. Ahora sí que la estaba escuchando.
—Buenas noticias, la profecía habla de usted —continuó Rae—. Es el
elegido. «Su espada es la ruina, sus ojos el fuego, ¡tan, tan, tan!». Estoy
segura de que recuerda la siniestra profecía.
—Todo el mundo conoce la profecía, lady Rahela —soltó uno de los
ministros que flanqueaban el trono del rey—. ¡Esto es absurdo!
Rae lo ignoró.
—Toda su vida la gente ha estado especulando en susurros sobre las
extrañas circunstancias en las que se dio su nacimiento —declaró—. La
verdad es que no es el hijo del rey.
El salón del trono se quedó en completo silencio.
Rae había dejado de escuchar a su hermana mientras leía la escena en la
que Lia conocía a su amante predestinado, el tipo con la corona, pero tenía
el recuerdo vago de Alice relatándole los humildes orígenes del Emperador.
El «ser rey» por lo visto no era requisito suficiente. Tuvo que escarbar entre
sus recuerdos para desenterrar lo que sabía sobre sus orígenes exactos. En
cuanto lo hizo, recordó que aquel era un tema sensible para el rey.
Las doncellas de la nobleza debían permanecer vírgenes hasta el
matrimonio, por lo que un rey no debía acostarse jamás con aquellas
doncellas que podrían llegar a ser reinas algún día. Octavian había crecido
en el campo, su nacimiento no había sido proclamado a los cuatro vientos,
no le habían coronado como príncipe heredero hasta que cumplió los cuatro
años. Las malas lenguas decían que la reina lo había dado a luz demasiado
pronto, lo que demostraría que el rey había sido un tanto indiscreto con las
doncellas de su corte.
Alice le había contado a Rae que los lectores habían sacado cientos de
teorías al respecto, sobre si el rey actual se estaba acostando o no con las
doncellas de su corte. Pero Lia nunca hablaba de eso, no sería capaz de
especular sobre un tema así.
Pero nadie hablaba de si Octavian se estaba acostando o no con Rahela.
Estaba claro que sí.
Rae habló todo lo rápido que pudo, antes de que la ejecutasen por
insinuar esa clase de cosas sobre el rey.
—El misterio rodea su nacimiento porque nació del abismo. Se construyó
el palacio en el borde del Barranco del Miedo, a la espera de que llegase el
día en el que el hijo del dios renaciese. Hace dos décadas, el barranco abrió
sus fauces de par en par, una columna de humo ascendió desde su interior,
las llamas rugieron con fuerza y el cielo se transformó. Fue señal de los
dioses. Y ocurrió…
—El año en el que me coronaron príncipe heredero —dijo Octavian
lentamente.
Valiéndose del instante de vacilación del rey, Rae aprovechó su
oportunidad y alzó sus faldas ribeteadas de rojo, atreviéndose a acercarse a
los escalones que llevaban hasta el estrado del trono. Los guardias que
había apostados a los pies de aquella pequeña escalera se movieron de
inmediato para interceptarla. Key se deslizó entre ellos tan rápido como un
tiburón cazando en el mar.
Una batalla violenta estalló a su espalda cuando Rahela se arrodilló ante
el rey.
—Puedo ver el pasado con tanta claridad como el futuro —le susurró Rae
a Octavian—. Sé lo que ocurrió de verdad el día en el que murió tu padre, y
lo de la sangre sobre la piedra de su tumba. ¿Me crees ahora?
Esperaba que la creyese y que no le hiciese más preguntas. Estaba citando
lo mismo que decía el Oráculo en el tercer libro, y no sabía exactamente
qué significaba lo de su padre o lo de la tumba. Pero estaba claro que para
Octavian tenía sentido.
—Dices que seré el Emperador. —Sus labios se curvaron como la esquina
de un papel al prenderse—. ¿Por eso me has mirado de ese modo cuando
has entrado en el salón del trono? Nunca me habías mirado así.
La emoción que Rae había sentido antes, con la esperanza de conocer por
fin a su personaje favorito, la invadió de nuevo. Las comisuras de sus labios
replicaron la sonrisa del rey, y los dedos del monarca se curvaron alrededor
de los suyos.
—Por primera vez, he reconocido a mi Emperador.
Un rugido interrumpió su momento, su única oportunidad. Octavian
apartó la mano de golpe.
—Su majestad —tronó el ministro que estaba apostado al otro lado del
rey—. ¡Por los dientes del dios perdido, odio tener que decirlo, pero estoy
de acuerdo con el primer ministro! Esto es absurdo.
Un escalofrío recorrió la corte. Todo el mundo sabía que los dos
principales consejeros del rey nunca se ponían de acuerdo. El general
siempre era el primero en sucumbir a la ira y el primer ministro lento a la
hora de perdonar. El general era un hombre de familia, el primer ministro
un mujeriego empedernido. El general hacía la guerra, el primer ministro, la
paz. Lo más probable es que uno siempre dijese la verdad y el otro siempre
estuviese mintiendo.
El gritón con el cabello largo y canoso y aspecto de tejón enfadado debía
de ser el comandante general Nemeth. Lo que significaba que el hombre
con el elegante sombrero dorado y la barba delicadamente cuidada era el
primer ministro Pio. En cualquier otro momento, Rae se alegraría de poder
identificarlos por fin.
En ese momento, no era alegría justamente lo que estaba sintiendo.
—Durante siglos, aquellos que buscan halagar a los reyes han proclamado
que su monarca sería el augurado Emperador. —El primer ministro Pio
tenía la voz de un hombre que prefería el papeleo a dar discursos—. Y cada
uno de ellos demostró ser un falso profeta. Cada vez, le recordaron al
pueblo de Eyam que «ya viene»… pero todavía no.
Cierto. Todo el mundo esperaba que un rey de Eyam se terminase
convirtiendo en el Emperador. Rae tenía que demostrar que era ese rey que
tenía ella enfrente quien se convertiría en el Emperador, y era ahora o
nunca.
—El castigo para los falsos profetas es el mismo que el de los traidores
—intercedió el general Nemeth—. La muerte. ¿Quién cree la palabra de los
malvados?
La mirada del primer ministro se posó sobre los atractivos más
protuberantes de lady Rahela.
—¿Quién podría creer la palabra de la Ramera de la Torre?
La gente actuaba como si la primera experiencia sexual debiese
protegerse, para gastarla en el momento adecuado. La virginidad era como
las acciones de una empresa, preciada en un momento e inútil al siguiente.
En el mundo real, a Rae le daba vergüenza ser adulta y seguir siendo virgen.
En este mundo, se esperaba que Rahela siguiese casta y pura, y era ridículo.
Nadie sería capaz de saber nunca si lo era o no.
Deseó haber tenido la oportunidad de ser una ramera de verdad. Nunca
había llegado a acostarse con su antiguo novio, aunque había tenido
intención de hacerlo. El cáncer no solo había hecho que Rae no perdiese la
virtud, sino que había trastocado todos sus planes. Y ahora el primer
ministro la estaba llamando ramera. ¡Oh, no, hagas lo que hagas no me
acuses de ser genial y atractiva!
Rae esbozó una sonrisa traviesa.
—Mi boca de profetisa está aquí arriba. ¿Qué pasa, las elegidas de los
dioses no pueden tener unas tetas fantásticas?
Cuando se volvió de nuevo hacia Octavian, una mirada cómplice se había
hecho con el control de los ojos del rey. En concreto, una mirada que decía:
«Te conozco, Rahela, ya sé lo que estás intentando hacer».
En el futuro, el Emperador sería famoso por ser un cínico. Al parecer el
rey también lo era.
—Seré el Emperador y tú estarás siempre a mi lado, ¿supongo?
—Se me había olvidado mencionar ese pequeño detalle —dijo Rae con
calma—. Los dioses dicen que será mi hermanastra, Lia, tu amor verdadero.
Hizo una pausa, esta vez mucho más personal, para remarcar sus
palabras.
—Mañana, cuando me condenes a una muerte horrible, estarás dejando
claro que has malgastado demasiados años con una víbora con el corazón
helado, pero que por fin te has dado cuenta de la verdad. ¿No es así? No se
te ocurra mentirle a tu profetisa.
Octavian la miraba como si estuviese flotando en medio del mar, a la
deriva.
—¿Algo así?
Rae asintió lentamente.
—Morirías por Lia, estarías dispuesto a matar por ella o cometer un
asesinato o incluso un suicidio por ella. Aquellos a los que el destino ha
unido, ningún criminal podrá separar. ¡Es un final feliz! Ahora que los
dioses me han iluminado, me arrepiento de mis celos. Y de la traición. Y de
mis maquinaciones. —Rae acarició el brazo del rey—. Lo lamento todo.
Apoyo vuestro amor.
—¿Gracias…? —Octavian no parecía estar acostumbrado a decir esa
palabra y tampoco sonaba del todo como si la hubiese dicho en serio. Era
como si estuviese tratando de encontrarle la lógica al universo. Después de
un momento, respiró hondo. La dignidad propia de un rey le cubrió como
un manto—. No soy capaz de imaginarme a alguien con tu carácter rapaz
dedicándose a la pureza divina. Tienes un corazón frío como el hielo y eres
una víbora asesina y egoísta. No es que seas la candidata perfecta para una
profetisa sagrada que digamos.
Se volvió a hacer el silencio.
—Ah —repuso Key—. Este es uno de esos discursos que a la gente le
gustan tanto.
Rae le dio un codazo a Key, con ganas. El Emperador se ensañaba con
aquellos que se interponían en su camino. Era una cualidad que Rae
adoraba. En su experiencia, cuando la gente decidía hacerte daño, terminaba
haciéndote daño de verdad. Y se salían con la suya. La venganza era una
fantasía tan bonita como el amor verdadero.
Aun así, ni su personaje favorito tenía derecho a hablarle de ese modo.
—Su majestad. Declaras que una mujer es una víbora con el corazón tan
frío como el hielo, que cada palabra que pronuncia es una mentira. ¿Pero te
crees que te estaba siendo sincera cuando te dijo «Cariño, te deseo»?
—¿Qué?
Los ojos del rey se volvieron verdes como el veneno ante tal insulto. Rae
no tenía ganas de cambiar una «ejecución por traición» por una «ejecución
por insultar a su majestad». Aquel era el futuro Emperador. Podía
condenarla o salvarla.
Rae siempre había juzgado a las damas de la corte por cómo actuaban
para ganarse a la desesperada el favor del rey. Ahora se empezaba a dar
cuenta de que estaban sometidas a una increíble presión para ganarse el
favor del monarca. Era como estar dentro de un reality de televisión, con
docenas de chicas que querían que el único soltero del programa las
escogiese a ellas y no a otra. Salvo que el soltero en cuestión poseía el
poder de decidir sobre la vida y la muerte de sus súbditos.
¿Qué demonios había hecho Rahela que estaba tan mal?
Más allá de intentar inculpar a su hermanastra por traición.
Sorprendentemente, quien la terminó salvando fue el primer ministro.
—La Ramera no se atrevería a hablar tan libremente si lord Marius
estuviese aquí.
El rey era amigo del Última Esperanza. Cuando lord Marius se
convirtiese en su rival, al tratar de ganarse el amor de su amada, y Octavian
se alzase como el Emperador, eso cambiaría.
Rae pudo entrever en la expresión de Octavian la tensión que se escondía
tras su mirada y que más tarde se transformaría en odio.
—Lord Marius no es el rey —espetó.
Rae se aprovechó de la oportunidad que se acababa de presentar ante ella.
—Y tampoco será el Emperador. Tú sí. Cuando el peligro llegue a estas
tierras, bajarás al barranco por el bien de tu amada. Cualquier mortal habría
muerto ante esa hazaña, pero tú eres un ser divino. El abismo liberará tu
potencial y podrás controlar tanto a los vivos como a los muertos. En serio,
vas a tener un poder de la hostia.
El rey frunció el ceño.
—¿De la hostia?
—Divino —se apresuró a corregirse Rae—. Te he visto bajar por ese
empinado acantilado hacia el interior del abismo. Te he visto alzarte, con la
muerte a tu espalda, con tu sombra coronada extendiéndose sobre las
montañas para reclamar esa tierra y todas las tierras como propias. Podrás
arrancar el sol del cielo sin quemarte las manos, y solo quedará colgando la
fría luna como testigo de tu poder. Tu espada se romperá, pero se volverá a
forjar y se le dará un nombre nuevo, antes de que se clave en el corazón del
mundo. Serás invencible, irresistible e imperdonable. El futuro está claro. El
futuro es glorioso. —Rae se arriesgó a guiñarle el ojo.
Había decidido omitir la parte en la que Octavian tendría que luchar
contra el legendario guardián inmortal del abismo. Rechazaría la joya
oscura que le ofrecería el Primer Duque de Valerius, a pesar del poder
malvado que le prometía, todo por amor a Lia. Después, Lia y él se
reunirían cuando irrumpiese en el salón del trono con la cabeza del Primer
Duque en la mano, en una escena que a Rae le parecía increíblemente
romántica y a Alice terriblemente perturbadora. Mejor se lo guardaba, así se
llevaría una sorpresa.
Octavian se recostó contra las alas azabache y enjoyadas de su trono. En
su mirada no había fe alguna, pero un nuevo brillo de reconocimiento
refulgió en sus ojos verdosos. Al parecer, a los chicos les gustaba oír hablar
de toda la gloria que les esperaba en el futuro.
—Eso suena muy bien, lady Rahela, pero no tiene ninguna prueba que
demuestre esas proclamas tan increíblemente alocadas.
—Ah, ¿que quieres pruebas?
—¿Sí? —dijo el rey.
—¿Eso serviría para demostrar que puedo ver el futuro? —insistió Rae—.
Para que quede claro, una vez te entregue las pruebas irrefutables de que
puedo predecir los acontecimientos que sucederán en el futuro, ¿me
perdonarás la vida y me convertirás en tu profeta oficial?
Hacía mucho tiempo, un señor había matado a un Oráculo y había muerto
de inmediato. Si matabas a un profeta, los dioses se encargaban de
fulminarte al momento.
Si a Rae la declaraban una verdadera profeta, estaría a salvo.
El rey esbozó una sonrisa, un gesto que hizo que el resto de la corte
estallase en carcajadas. Su sonrisa se alimentaba de la respuesta de su corte,
tanto que se terminó transformando en una mueca.
—En ese caso, milady, te prometeré cualquier cosa.
—¡Genial! —dijo Rae.
Se volvió a hacer el silencio, esta vez expectante. Todo el mundo se había
acostumbrado a encontrar sus desvaríos de lo más divertidos.
Todo el mundo, salvo una persona.
—¿Por qué me hacéis esto? —murmuró Key, a medida que pasaban los
segundos.
En el salón del trono resonaban las voces. El susurro de Key no fue tan
discreto como podría haber sido.
—Me sorprende que arriesgases tu nuevo ascenso para ayudarla —señaló
Octavian—. ¿Qué te ha ofrecido a cambio?
—¡A mí me sorprende que nadie entienda que solo hago lo que hago por
el dinero! —espetó Key.
Si Key seguía así, lo azotarían en la Sala del Miedo y la Anticipación
junto a Rae.
—Estoy esperando el momento adecuado para hacer mi declaración
dramática —le informó Rae a Key en un susurro y después alzó un poco
más la voz—. Mi rey. A la cuenta de tres, un mensajero irrumpirá por las
puertas del salón del trono. Anunciará que, por primera vez desde hace cien
años, unos invitados reales han venido a visitarnos desde unas tierras
lejanas al otro lado del mar. Vienen de…
Mierda, se le había olvidado el nombre del otro país. En las novelas de
fantasía, los nombres solían ser una serie de sílabas aleatorias que el autor
había decidido juntar porque sí, era mucho más fácil escribirlos que
pronunciarlos en voz alta, y eran muy difíciles de recordar. Rae observó a
los miembros de la corte en busca de inspiración. Todos y cada uno de ellos
le devolvieron la mirada, cargada de hostilidad.
—Una tierra de hielo —decidió Rae al fin—. Vienen de una tierra de
hielo para solicitar aliarse con Eyam. Una princesa se unirá a las filas de las
damas de su corte. Se la conoce como Vasilisa la Sabia.
—Después de esta muestra de locura, el que viniese una mujer sabia a
presentarse ante mí sería algo maravilloso —murmuró Octavian.
Una serie de carcajadas se alzaron ante su ocurrencia.
Rae aguardó a que cesasen las risas.
—Recuerda, es absolutamente imposible que yo supiese esto que te acabo
de contar. Uno.
La corte se quedó en silencio, aguardando. Cada vez que el silencio se
extendía por la sala, alguien lo rompía con una risita nerviosa.
—Hay un comerciante que siempre ha dicho que nací para ser ahorcado
—murmuró Key—. Supongo que él también recibió demasiadas visiones
sagradas sobre el futuro.
—Ten fe —respondió Rae también en un murmullo, antes de gritar—.
¡Dos!
Key negó con la cabeza.
—Yo nunca tengo fe en nada.
Un alboroto que provenía del pasillo, de fuera del salón del trono, rompió
el silencio. La multitud se volvió hacia la puerta. Cuando no se produjo
ningún acontecimiento nuevo, el alboroto se transformó en una serie de
murmullos expectantes. Rae estaba bastante segura de que los ministros
estaban apostando sobre lo que le haría el rey a Rae en cuanto se
demostrase que era una blasfema además de una traidora.
No podía ser peor que lo de los zapatos de hierro al rojo vivo.
¿O sí?
—¡Tres! —gritó Rae, lo bastante alto como para ahogar su propio miedo.
El silencio reinó en la sala, tan sonoro como una campana y fiero como el
mar. El rey no se molestó en contener su sonrisa burlona. Rae supuso que
los reyes no solían contenerse con nada.
Había estado tan segura de que había sido el momento oportuno. Por eso
había hecho ese trato con Key y Emer, para llegar al salón del trono lo
bastante rápido. Se suponía que el mensajero tenía que llegar cuando el rey
y los ministros siguiesen reunidos, justo después de que el Último
Esperanza hubiese expuesto las pruebas que demostraban la inocencia de
Lia.
La gente decía que no había que «culpar al mensajero». ¡Pues si el
mensajero no quería que lo culpasen tendría que darse más prisa!
—Guardias —comenzó a decir Octavian.
Las puertas del salón del trono se abrieron de golpe.
—Anunciamos la llegada de un mensajero del norte —entonó un guardia.
El mensajero se adentró en el salón, con los ropajes y el cabello revueltos.
—Mi rey, traigo noticias. ¡Tenemos visitantes de una tierra al otro lado
del mar!
Si el mensajero estaba esperando causar sensación con sus palabras, lo
había conseguido. Si había estado esperando que todo el mundo estuviese
pendiente de lo que tenía que decir a continuación, se iba a llevar un
disgusto.
La corte se volvió hacia el rey y los ministros como si fuesen una sola
persona, todos a la vez, con un mismo cuello sobre el que girar. La corte del
rey Octavian centró toda su atención en la Belleza Bañada en Sangre, que
había confesado ser una traidora y había predicho el futuro. La observaron
boquiabiertos, con una incredulidad tan profunda que ya había empezado a
transformarse en una fe ciega. Todos, salvo Key, el guardia. Su expresión se
iluminó con una maldad incandescente, afilándose hasta convertirse en algo
tan malvado como hermoso y, por primera vez, parecía estar entregado a la
causa de verdad. Se quitó la sangre todavía húmeda de sus guantes de cuero
de un manotazo y le dedicó un único asentimiento de cabeza con
admiración.
Lady Rahela alzó el puño, triunfante.
—Toma —declaró Rae—. Una sagrada profecía.
CAPÍTULO CINCO
La dama y el tigre
—Nunca había tenido una amiga —susurró lady Lia—. ¿Tú tienes
muchos amigos?
Solo una. A Emer la habían abandonado de pequeña, pero la habían
recogido de inmediato, por capricho, y la habían colocado junto a
Rahela en su cuna. Desde entonces, siempre habían estado juntas.
Traicionar a Rahela sería traicionarse a sí misma.
—No —murmuró Emer, la malvada doncella de una malvada señora.
La vil mentira sabía a pura verdad en sus labios—. Nunca he tenido
ninguna amiga, hasta ahora.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
S
u malvada señora y el guardia de las cloacas seguían vivos. Emer no
se sentía aliviada. Tampoco decepcionada. Estaba demasiado
sorprendida para sentir nada más.
Cuando Emer fue a buscar agua caliente para el baño nocturno de su
señora, oyó a un guardia con la nariz rota decir que lady Rahela había
fingido ser profetisa. Afirmaba que Key había conseguido llevar a lady
Rahela hasta el salón del trono, ante su majestad. Eso no podía ser cierto,
pero el mero hecho de que se estuviese comentando demostraba lo increíble
que había sido el espectáculo que habían dado.
Cuando Emer regresó con la última jarra de agua con limón, se encontró a
Rahela cantando una extraña canción mientras chapoteaba en el interior de
la bañera. Parecía encantada de haber sumido a la corte en el caos.
Una vez salió de la bañera, los hombros de Rahela se relajaron cuando
Emer le pasó por el cabello húmedo un cepillo plateado aunque, desde esa
posición, podría haberla degollado tan fácilmente como quien unta
mantequilla en una tostada. Ajena a ello, la señora de Emer le apoyó la
barbilla en la mano. La víbora se deslizó sobre el tocador y se enroscó
alrededor de su brazo.
Key se dejó caer contra el marco de la puerta y observó a la señora de
Emer, empapada por haberse dado un baño y envuelta en su bata. Como
minúscula muestra de misericordia, aunque estaba claro que se había
percatado del indecoroso estado de desnudez de Rahela, su mirada no
estaba cargada de lujuria. No parecía saber que, al permitir que la observase
de esa guisa, lady Rahela estaba lanzando su virtud por los aires.
Por supuesto, su señora decía tener amnesia. A lo mejor tampoco lo sabía.
A lo mejor, al tener que enfrentarse a la muerte, la mente de la señora de
Emer se había quebrado para siempre. Quizás había sido cruel con Emer
porque se había vuelto loca.
«Dime que no era tu intención. Dime que tú jamás me habrías traicionado
de ese modo».
Si Rahela estaba diciendo la verdad sobre su amnesia, ni siquiera
recordaría lo que le había dicho.
No, Emer no volvería a permitir que nadie la engañase.
Una voz cínica y maleducada interrumpió sus pensamientos. Key se
dirigió a su señora.
—¿Cómo sabías que iba a venir ese mensajero?
Un sirviente jamás debía cuestionar a su señor, pero Emer también se
moría por saber la respuesta.
—No puedo desvelar mis fuentes —respondió Rahela, con un tono
misterioso y distante.
Emer perdió la paciencia.
—¿Qué fuentes? ¿Por qué ahora se está refiriendo a corrientes de agua?
¿Es que le hicieron llegar el mensaje por barco?
—Eh. No.
—¡Estáis hablando en un idioma de lo más extraño, milady!
Rahela soltó una carcajada.
—¿Es que eso importa? Lo único que os importa es el dinero. Todos
seremos malvados, viles y mercenarios, y nos saldremos con la nuestra.
¿Trato hecho?
Key se encogió de hombros.
—Yo ya he hecho tu juramento.
Emer apretó los labios con fuerza y guardó silencio mientras trenzaba el
cabello de Rahela. Ella no había recitado ningún juramento. Rahela, como
la imbécil arrogante que era, ni siquiera se había percatado de ese detalle.
—¿En qué problema tienes pensado meternos mañana, milady? —le
preguntó Key.
Su señora le estaba mintiendo a toda la corte tal y como le mentía siempre
a Emer. Pero, al contrario que Emer, el rey sí que tenía el poder necesario
para castigarla por sus mentiras. Lo único que Emer tenía que hacer era
permanecer callada y dejar que su señora trazase y crease una trama de lo
más elaborada que terminase siendo su ruina.
Rahela se estiró, tan indolente y satisfecha consigo misma como un gato.
—Me alegro de que me lo preguntes, mi querido secuaz. ¿Has oído hablar
del Cobra Dorada?
—Claro —repuso Key como quien no quiere la cosa—. Es famoso.
Emer dejó caer al suelo el cepillo y todas las cintas con las que estaba
atando el cabello de su señora.
—¡Es infame! Es el dueño del antro de pecado más caro de la ciudad.
Paga a sus espías. Contrata a actrices. Cualquier mujer decente no se
atrevería siquiera a hablar con él, jamás. Un solo instante en su compañía
trae la ruina. Es un villano asqueroso, libertino y sin remedio.
—¡Lo sé! —repuso Rahela alegremente—. Tenemos que convencerle de
que se una a nuestro equipo.
El malvado marqués de Popenjoy, el maestro del espionaje y el libertino
también conocido como el Cobra Dorada. El hombre más rico y corrupto
del reino.
La locura de su señora era mucho más grave de lo que Emer había
supuesto.
—No me mires así —le dijo Rahela a Emer—. Puede que ahora no
comprenda del todo esta realidad, pero me encanta esta fantasía. En cuanto
consigamos formar nuestra banda de villanos fabulosos, podremos
comenzar con nuestra aventura malvada de una vez por todas.
Emer oyó un suave repiqueteo que provenía de alguna parte,
probablemente del techo de la escalera de caracol que bajaba por la torre.
Debía de estar lloviendo a cántaros. Se avecinaba una buena tormenta.
Key las observó con la cabeza ladeada.
—Dulces pesadillas, milady. Espero que jamás recupere la razón. —Se
dirigió, no a su puesto en el pasillo, sino hacia la entrada de los aposentos.
Emer quería observarlo todo con los ojos entrecerrados. Pero los mantuvo
bien abiertos y en calma mientras instaba a su señora a que se tumbase,
quitándole la bata de seda que la envolvía.
—Sirva a su país durmiendo bien para mantener su belleza, eso era lo que
siempre decía su madre —la tranquilizó Emer, más por costumbre que por
delicadeza—. Mañana será un día más tranquilo.
Rahela se colocó de costado, apoyando la mejilla sobre la almohada, y
bostezó con ganas sobre el bordado rojo de flores y espinas.
—Estoy aquí para luchar —murmuró, antes de caer profundamente
dormida dentro de una maraña de seda.
En cuanto Emer oyó cómo la respiración de su señora se calmaba y se
volvía regular, fue a buscar al guardia de la cloaca. Key estaba en lo alto de
la escalera, recostado contra la pared curva de piedra, afilándose las uñas
con su daga. No era una de las armas reglamentarias que les entregaban a
los guardias de palacio. La hoja de aquella maldita arma estaba hecha de
veinte pequeñas hojas horizontales, con púas en los extremos; todo un
cuchillo con dientes. La mirada de Key estaba clavada en la ventana que
había en el techo de la cúpula, con un delicado patrón hecho con hierro
forjado sobre el cristal con una flor de hierro de cuatro pétalos en el centro.
A través de la ventana circular se filtraban los rayos de luz de luna que
iluminaban su rostro, tornándolo blanco, negro y gris al mismo tiempo,
como si fuese un cuadro de carbón y ceniza. Siempre estaba sonriendo, pero
a Emer no la engañaba con esa sonrisa. Las calaveras también estaban
siempre sonriendo. Y a nadie le parecían entrañables.
—No estoy interesada. —Emer debería alejarse de allí.
Los guardias y las doncellas solían terminar juntos con demasiada
frecuencia, todo para dar lugar a una nueva generación de doncellas, y los
hombres siempre esperaban que Emer les agradeciese que le prestasen
atención. Todos los hombres que la abordaban pensaban que eran los únicos
que estarían dispuestos a pasar por alto la marca de su rostro. Emer
esperaba que tuviesen razón. Si solo hubiese un hombre en el mundo
dispuesto a acostarse con ella, lo mataría.
Key soltó una carcajada.
—Mensaje captado. Preferirías morir a entregarme tu virtud.
—Preferiría matarte. Si intentas algo, te degollaré. He oído hablar de lo
que hacías en el Caldero, villano. Estoy segura de que podrías vencerme en
una pelea, pero necesitas descansar.
La rata de cloaca echó la cabeza hacia atrás y se carcajeó.
—Seamos amigos.
—¿Porque he estado hablando de degollar a gente?
—Me hace pensar que a lo mejor nos interesan las mismas cosas —
repuso Key—. Dejando a un lado a nuestra señora.
Las comisuras relucientes de la sonrisa de Key flaquearon, como un
destello en la superficie de unas aguas oscuras y profundas.
La doncella de una dama debe fijarse siempre en si una prenda tiene una
arruga o si un mechón está fuera de su sitio. Emer había entrenado su vista
para notar cuando las cosas iban mal, y Key del Caldero llevaba siendo un
muy mal augurio desde hace ya bastante rato.
—Permíteme que te haga una pregunta, amigo —dijo Emer—. Esa daga
es demasiado elegante para un golfo del Caldero. ¿De dónde la has sacado?
Key imitó la voz grave de Emer, entrenada a la perfección para agradar a
los oídos más aristocráticos.
—La conseguí gracias a un herrero encantador.
—¿Le debería contar a mi señora que eres un ladrón?
—Hazlo. Quiero que sepa que tengo muchos talentos. —Key se volvió
hacia la puerta cerrada de la alcoba de Rahela. Su sonrisa se volvió un poco
menos escalofriante—. No es como dice la gente.
La corte le debía de parecer un mundo completamente aparte. Y estaba
claro que no encajaba en él. Emer sospechaba que tampoco había logrado
encajar en el Caldero. En la capital vivían toda clase de personas, pero
nunca había visto a nadie con rasgos parecidos a los de Key. Es como si
fuese de todas partes y de ninguna. Estaba claro que su madre debía de
haber sido una dama de la noche y su padre lo más probable es que fuese un
sucio marinero.
—No se está comportando con normalidad. Debe de haber sido por la
sorpresa de que el rey la abandonase tan rápido.
—Ah, por él. —Key hizo una pausa—. Parece bastante encariñada con él.
¿Él le… hizo daño?
Por la forma en la que Key formuló la pregunta parecía estar queriendo
dar a entender que si el rey le había hecho más daño que solo romperle el
corazón.
—¿Por qué lo preguntas?
Aquellos ojos grises y amargos no dejaban entrever ninguna emoción.
—¿No es así como funciona el amor? Abres tu corazón, dispuesto a que
te claven un puñal. —Key se encogió de hombros—. En mi opinión, él no
la merece.
—Él es el monarca supremo de estas tierras, y ella es una bruja
traicionera que ha cometido tales pecados que los dioses la condenarían a
muerte por ellos.
Key asintió con la cabeza.
—Me cae bien. ¿Lo de la amnesia lo está fingiendo?
—Los nobles siempre están fingiendo. Cuanto más tiempo sobrevivas en
el palacio, más te darás cuenta de ello. Si sobrevives a la vida en palacio.
Aunque dudo que sobrevivas.
La ventana del techo se rompió en silencio, y una lluvia de esquirlas de
cristal cayó sobre sus cabezas. Key empujó a Emer hacia la entrada con la
mano con la que no sujetaba el puñal. Cuando el primer asesino se adentró
en los aposentos, saltando desde la ventana como un gato, en medio de las
sombras, Key acabó con él antes de que sus pies pudiesen tocar el suelo de
piedra. Las vísceras del hombre se desparramaron por todas partes,
formando un espeso charco rojizo sobre el suelo. Key lanzó el puñal
ensangrentado al aire y le guiñó un ojo a Emer.
—A lo mejor te sorprendo.
Emer se dio cuenta de que Key lo había sabido desde el principio. Había
oído ese repiqueteo que ella había confundido con las gotas de lluvia
estrellándose contra el techo y lo había sabido de inmediato.
Dos hombres más se dejaron caer a ambos lados de Key, enarbolando sus
armas. Key se agachó y giró, desenvainando su espada y un puñal. El puñal
impactó directamente con el arma de uno de los hombres y su espada con la
otra. Logró desarmar a uno de los asesinos, y después se lanzó al suelo y
atacó como si fuese una serpiente. Emer oyó un grito ahogado y angustiado.
Key había logrado maniatar a uno de los hombres sin problema alguno
antes de levantarse de un salto para enfrentarse al siguiente con la espada en
alto. El sonido de las espadas al entrechocar era intenso, abrupto y terminó
muy rápido. Key luchaba sucio, valiéndose de el entrenamiento para
aprender el manejo de la espada y combinándolo con las tácticas que había
aprendido en las calles.
No, no en las calles. Sino en las cloacas.
Key se subió encima del cadáver para acabar con el asesino que quedaba
con vida, que lloriqueaba y se arrastraba por el suelo, yendo hacia una de
las paredes del fondo. Tres hombres muertos en cuestión de segundos.
Cuando el cuarto asesino cayó desde la ventana del techo, Key lo agarró
del cuello y lo sostuvo contra la pared.
—¿Quién os envía?
El hombre volvió el rostro hacia la pared y soltó un gemido de dolor
contra la piedra. Fuera quien fuese, le daba mucho más miedo que la
muerte.
Key suspiró.
—Dile que la próxima vez mande a por mí a diez hombres al menos. Esto
es de lo más aburrido.
Dejó caer al hombre y este se tambaleó hacia las escaleras. Entonces Key
soltó un murmullo, como si estuviese valorando algo, se acercó al hombre,
se inclinó sobre su hombro como si fuese a darle un abrazo por la espalda y
lo degolló.
—Pensándolo mejor, un asesinato habla por sí solo. Esto servirá para
mandar el mensaje.
La facilidad con la que asesinaba le recordó a los guerreros de las
leyendas, a aquellos que habían vivido hacía siglos, cuyas manos eran tan
mágicas como si llevasen puestos unos guanteletes hechizados bajo la piel.
Eran personas que habían nacido para matar. Pero los berserkers de antaño
hacía tiempo que habían desaparecido. Esta escoria era un asesino con
talento, pero nada más.
Emer levantó los bajos de su vestido. La sangre de verdad no teñía las
telas de un escarlata precioso como el de las faldas de su señora. La sangre
de verdad, cuando se secaba, dejaba un tono marrón asqueroso.
—El degollar a alguien es la forma más sencilla de matarlo, pero ensucia
mucho. Llama a las limpiadoras —dijo Key—. A mi señora no le gusta ver
sangre.
Emer no se movió ni un ápice.
—Sabías que iban a venir.
Key se encogió de hombros.
—He visto la forma en la que la miraban los ministros en el salón del
trono. La querían muerta.
Eso tenía sentido.
—Si el rey de verdad cree que su consejera puede profetizar el futuro, la
balanza de poderes cambia.
Incluso si Rahela de verdad se había convertido en la voz de los dioses, a
nadie le importaría. Los dioses hacía tiempo que habían desaparecido. Pero
el poder no.
—A este lugar no se le llama el Palacio del Borde solo porque esté
construido al borde de un acantilado lleno de muertos vivientes —
reflexionó Key—. Aunque estoy seguro de que ese es uno de los motivos
principales.
Key parecía tranquilo, como si asesinar a alguien fuese su canción de
cuna particular. La oscuridad que los rodeaba estaba ribeteada de plata,
como si la propia noche estuviese cautiva con unas cadenas relucientes.
La sensación de miedo de Emer fue en aumento.
—¿Quién sabe que puedes luchar así de bien?
—Cientos de personas. —Key casi canturreó su respuesta—. Pero todos
están muertos.
—¿Alguien vivo?
—Solo yo.
Había dejado claro lo que quería decir. «Tú no». Lo que Emer acababa de
ver no era nada. Era capaz de algo mucho peor.
—Has hecho un juramento sagrado por el que prometes servir a mi
señora.
La sangre empapaba el cabello revuelto de Key, las gotas rojizas goteaban
sobre su rostro, cayendo por sus mejillas como lágrimas sangrientas.
—Para mí no existe nada sagrado.
—¿Entonces no piensas protegerla durante un año?
Él guardó silencio, como si estuviese considerando en serio aquella idea,
y después negó con la cabeza.
—Es poco probable que lo haga.
—¿Durante cuánto tiempo piensas mantener tu juramento?
Al sonreír, dejó al descubierto unos dientes manchados de carmesí. No
era un gato que le había robado el cuenco de leche a su amo, sino un tigre
que había devorado a un niño pequeño.
—Hasta que la dama deje de pagar, o hasta que me aburra. Dinero y oro.
¿Qué más se puede pedir?
Lo cínico y divertido que le resultaba aquella situación la protegía contra
el miedo que amenazaba con abrumarla. Key solo era otro traidor más. El
mundo estaba lleno de traidores. Ella misma era una.
—Creía que te gustaba mi señora.
La risa de Key fue un tañido alegre en medio de la oscuridad
ensangrentada.
—Tanto como puede gustarle a alguien como yo.
Su risa fue el último horror que persiguió a Emer desde la escalera. Se
alejó de él a la carrera, adentrándose en el pasillo de mármol blanco y
dejándose caer contra la puerta como si de ese modo pudiese mantener al
joven monstruo lejos de ella.
Su señora estaba condenada. La suspensión de su ejecución no duraría
mucho. La mitad del palacio la quería muerta. El rey estaba cansado de la
belleza y las manipulaciones de Rahela. Su nueva favorita tenía varios
motivos para odiarla como si fuese peor que un veneno.
Pensar en Lia era como tocar una estufa ardiente. Emer no pudo evitar
que su mente se alejase de allí.
Había sido sensata al no haber hecho el juramento de sangre. Pero ahora
debía estar lista para cuando las cosas se fuesen irremediablemente al traste.
Lady Rahela había hecho un trato con los villanos, pero se le había
olvidado considerar que los villanos nunca cumplían sus promesas. Emer la
había engañado. El guardia poco fiable podría destriparla tan solo para
echarse unas risas. Y aquellos idiotas que se aliaban con el perverso y
famoso Cobra Dorada no tenían futuro.
CAPÍTULO SEIS
El espía del Cobra
—¿Ve ese edificio, el que se alza sobre nuestra capital, tan brillante
como el sol que ilumina nuestras tierras? Ese es el Burdel Dorado. Lo
construyó mucho más alto que nuestros templos a los dioses perdidos.
Dejó por escrito en oro la verdad de su carácter en nuestro horizonte.
Manténgase alejada del Cobra. No confíe en sus dulces palabras o
cálidas miradas. Es el hombre más degenerado y malvado de todo
Eyam. Lo conozco —le dijo lord Marius a Lia—. Es mi mejor amigo.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
B
ien pasada la medianoche, el Cobra seguía sentado frente a su
piano. Garabateaba sin sentido sobre las gravillas de papel,
tironeando de vez en cuando de algunas de sus trenzas negras
como la tinta con distraída desesperación. Se había quitado todos los
adornos del pelo, dejando estrellas y serpientes doradas esparcidas sin
cuidado alguno sobre los fragmentos de su nueva obra. El Cobra decía que
todo el mundo tenía su propio proceso creativo. El suyo consistía en escribir
frenéticamente, como si estuviese persiguiendo el arte en vez de creándolo
él mismo.
Al final, el Cobra terminó haciendo un gesto dramático y barrió la mitad
de las partituras que tenía repartidas sobre el piano. Alargó la mano por
encima del resto de los papeles, tomó un vial de cristal tallado y de color
púrpura y se echó el aceite que contenía en las manos.
—No me acuerdo de las palabras adecuadas —declaró, entre risas
apenadas, más dirigiéndose a la superficie de madera del instrumento que a
Marius.
Como el piano era poco probable que le respondiese, Marius puso los
ojos en blanco.
—¿De veras merece la pena preocuparse tanto por esa historia?
El Cobra alzó la vista, como si le sorprendiese de verdad que Marius
estuviese allí, pero después esbozó una enorme sonrisa, como si pretendiese
darle la bienvenida con ella.
—¿Nunca te has parado a pensar que el arte nos concede lo imposible? El
arte es capaz de abrir una puerta a la imaginación de otra persona, y nos
permite cruzarla después. El arte es el escape soñado. El arte permite que
los muertos se comuniquen y que los vivos se rían. El arte aleja el dolor
cuando ninguna medicina puede salvarte. El arte es la primera y la última
palabra. El arte es el consuelo final.
Típico del Cobra, creer que va a poder seguir hablando más allá de la
muerte. Sus amigos y él siempre estaban hablando de filosofía y poesía, de
música y arte, pero nunca de nada real. Las mentiras componían el tejido de
su alma.
—¿Por qué sueñas con escapar?
El Cobra enarcó una ceja mientras se extendía el aceite por sus largas
trenzas.
—¿Por qué sueñas con vivir encarcelado?
Una vez se confundió el vial de aceite con el tintero y terminó lanzando
los dos por los aires. Cuando Marius intentó ayudarle, el Cobra le lanzó un
chorro de tinta y se carcajeó. «Mantente lejos de mí, Última Esperanza, o
atente a ser manchado».
Marius había nacido en las montañas del Oráculo. Sus huesos eran fríos
como la piedra y mucho más gélidos que la verdad, y las tonterías del Cobra
le resultaban intolerables.
—Invéntate algo y escríbelo. Si no te gusta, ya lo mejorarás luego.
—¿Es que crees que escribir una historia es tan sencillo? —El Cobra puso
mala cara y recogió la pluma que había tirado—. Puede que sea capaz de
imaginarme un puente que una dos escenas que en un principio no tienen
conexión alguna. Así es como los bardos contaban sus historias cuando no
había nada escrito y la memoria fallaba. Así es como las historias se
transforman.
De repente, Marius se hartó de hablar con el Cobra, tan luminoso, lleno
de oro e inspiración. El hombre malgastaba su mente y su tiempo.
—No me importan las historias. Alguien se está muriendo en estos
momentos.
—Siempre hay alguien muriéndose —repuso el Cobra, quitándole
importancia—. Las historias perduran.
Aquella conversación le estaba revolviendo el estómago a Marius.
Guardó silencio. El Cobra, que sabía cómo llenar todos los silencios,
empezó a cantar. Escribía al piano para poder tocarlo cuando le apeteciese.
Lo que el Cobra llamaba piano en realidad era un artilugio sobrenatural, una
perversión de un clavicordio. El instrumento estaba tallado y pintado con un
patrón de escamas verdosas y doradas, que centelleaban bajo la luz artificial
que el Cobra había insistido en instalar. Cada superficie estaba llena de
candelabros dorados, forjados en forma de serpiente, y la lámpara de araña
tenía la forma de un sol goteando cristales. Había prendido todas las
antorchas y llenaba la sala con una melodía caótica. El reflejo de las llamas
hacía que la ventana que había a su espalda pareciese un lago dorado.
El padre de Marius siempre había dicho que los mercaderes engañaban a
sus señores con oro falso. Puede que brille, pero jamás podría asemejarse al
oro de verdad. En otro tiempo, Marius tuvo un amigo que era capaz de
convencer incluso a los pájaros en libertad de que se encerrasen en una
jaula, tal y como hacía el Cobra, un hermano de armas a quien le confiaría
hasta su vida, pero Lucius estaba muerto. Ahora, lo único que le quedaba a
Marius era ese brillo ilusorio, como el oro de los tontos, que cubría una
estatua de madera hueca que hacía tiempo que había empezado a pudrirse
desde el interior. El Cobra ni siquiera parecía una persona de verdad.
Marius nunca lo había visto enfadado, afligido o demostrando tener
sentimiento alguno.
Era la compañía ideal. Las emociones eran algo peligroso para Marius.
El lago dorado de cristal se vio perturbado por un movimiento en la
oscuridad. Marius alzó la mano, indicando al Cobra que dejase de tocar y
después, cuando ya hubo llamado su atención, señaló hacia la ventana.
Tras el cristal acechaba una criatura que chorreaba sangre.
Mientras la observaban, introdujo la hoja de un cuchillo entre la ventana y
el alfeizar. La ventana de guillotina se abrió con un sonido parecido al
rechinar de unos dientes.
Marius observó la escena ligeramente interesado, hasta que vio cómo el
Cobra se estremecía.
Toda la corte sabía que el Cobra era un cobarde. El mismo Cobra lo había
admitido libremente. No tocaría ni un arma. Pero tampoco se estremecía
ante nada.
Un joven se adentró en la estancia, dejándose caer desde la ventana y
rodando sobre el suelo embaldosado, en silencio, como la luz iluminando la
hoja de su puñal. Un puñal que no podría salvarlo. Marius se levantó de un
salto del sofá del Cobra, elaboradamente tallado, y fue a por el intruso.
El trato que tenían era bastante turbio, pero Marius cumplió con su
palabra. No iba a permitir que nadie tocase al Cobra.
A diferencia de la mayoría cuando se tenían que enfrentar contra un
berserker, el joven ni vaciló ni retrocedió. Se quedó completamente quieto,
cauteloso como una fiera al acecho. Las bestias se reconocían entre sí, pero
no era lo mismo una bestia enjaulada, que pertenecía a un lugar en concreto,
que un perro callejero y hambriento que no pertenecía a ninguna parte.
Nadie en la corte era rival para Marius. Nadie le suponía un desafío.
El joven sacó otro puñal y giró sus armas gemelas. Una sonrisa salvaje se
dibujó en su rostro cuando saltó para atacar a Marius. Llevaba puesta la
casaca de un guardia real, aunque estaba saltándose todas las leyes del rey
al entrar ilegalmente en una propiedad privada. Había logrado asustar al
Cobra. A Marius no le hacía falta ningún arma para acabar con ese cachorro
insolente.
Justo en el último segundo antes de que comenzase el derramamiento de
sangre, se hizo la luz.
Una orden hizo estremecer a Marius, como si sus huesos fuesen unas
campanas repicando.
—Para.
Alguien colocó dos dedos sobre su hombro, ni siquiera una mano entera,
aunque no presionó en absoluto. El Cobra no necesitaba esforzarse.
—Nada de asesinatos en mi salón, chicos.
Cuando Marius retrocedió de mala gana, el Cobra se deslizó entre ellos.
—Gracias —murmuró el peor hombre del mundo, que había sido enviado
por los dioses para castigar a Marius por sus pecados. Aquel agradecimiento
era una especie de burla. Marius no tuvo otra opción más que obedecer.
Aunque la orden del Cobra era una auténtica estupidez. Estaban ante un
intruso armado, con una sonrisa espeluznante, y la bata que llevaba puesta
el Cobra dejaba claro que iba desarmado. En varias ocasiones Marius le
había dicho lo que opinaba sobre su atuendo, pero el Cobra había fingido
que Marius estaba bromeando.
La reluciente atención del Cobra se volvió hacia el criminal empapado en
sangre.
—Me ha encantado la entrada.
—Si estás aquí en una misión del rey o de tu señor podrías haber usado la
puerta —repuso Marius con frialdad.
—No estoy aquí por una misión del rey o de mi señora —comentó el
guardia, que tenía acento de baja cuna—. Estoy aquí por mis propios
asuntos.
El Cobra enarcó una ceja.
—No he tenido el dudoso placer de conocerte. Soy el marqués de
Popenjoy, el Cobra Dorada. Este es mi amigo, lord Marius Valerius, el
Última Esperanza.
El chico los observó con la cabeza ladeada, con la sangre fresca goteando
de su cabello con un corte desigual. A juzgar por las posiciones de las
salpicaduras, Marius calculó que debía de haber acabado hace poco con al
menos cuatro hombres.
—Lord Marius y yo ya nos hemos conocido antes en la corte.
—No recuerdo a todos los sirvientes con los que me encuentro —repuso
Marius.
Dudaba que el guardia hubiese estado empapado en sangre en ese
momento. Marius sí que solía acordarse de la sangre.
El Cobra le lanzó una mirada tranquilizadora. El Cobra, que una vez
había tarareado una melodía alegre mientras la ciudad ardía ante él, parecía
extrañamente desconfiado.
—Discúlpalo. El tener que estar rodeado de aristócratas le afecta al
cerebro —afirmó el hipócrita lord Popenjoy.
El encanto era un arma que Marius nunca había logrado dominar y de la
que el Cobra siempre había abusado. Y, sorprendentemente, en esos
momentos el Cobra estaba malgastando sus encantos con aquel vulgar
matón.
El guardia esbozó una sonrisa.
—¿Y tú? ¿Me conoces? He oído por ahí que tú lo sabes todo.
Había oído bien. El Cobra sabía cuándo un barco no iba a regresar a
puerto o dónde se iba a desencadenar un incendio. En ese momento su
mirada se tornó brillante, prestando atención a aquel desconocido, como si
sus ojos estuviesen reflejando unas llamas que ardían a lo lejos. Marius ya
conocía esa expresión gracias a todos los años de desprecio familiar que
compartían. El Cobra estaba observando a ese chico y anticipándose al
desastre.
—Eres Key. La gente te llama el Villano del Caldero.
Los dientes de una cobra eran demasiado afilados, y la sonrisa de aquel
chico se asemejaba a la de la serpiente, cargada de maldad.
—Hoy en día me llaman de otro modo. Aunque no creo que me pegue el
nuevo nombre.
—Yo tampoco lo creo —repuso el Cobra, casi divertido—. Dime a qué
has venido.
Incrédulo, Marius se volvió hacia su amigo.
—¡No puedes pretender contratar a un asesino traidor! Te lo prohíbo.
—¿En serio? Gracias. —Estaba claro que el Cobra se estaba divirtiendo
con esta situación—. Me encanta hacer justo lo que me prohíben.
—He oído decir que pagas a tus espías —comentó Key del Caldero, de
repente parecía de lo más joven y esperanzado.
La pregunta del villano pareció complacer al Cobra.
—Generosamente.
—Se trata de lady Rahela Domitia —prosiguió animado el guardia.
—Todo el mundo sabe que la dama va a morir. —La voz de Marius
sonaba cortante incluso en sus propios oídos.
El tener que testificar para exponer todos los delitos que había cometido
la dama había sido un asunto de lo más sombrío. Su rey estaba furioso por
su pérdida, y con razón, pero eso no significaba que debiesen enzarzarse
con su muerte. Cuando Marius había pedido que le diesen una muerte
rápida y misericordiosa, Octavian había dicho que no se merecía su piedad.
Marius no podía hablar con Octavian como cuando eran niños. Y todo era
culpa de Marius.
Solo quería que se hiciese justicia. Lo que no sabía era por qué la justicia
siempre era tan dolorosamente complicada.
Había testificado. La propia lady Rahela se había labrado su propio
destino. Odiaba a esa mujer, y odiaba aún más tener que pensar en la
horrible muerte que le esperaba. Aquella fría miseria había llevado a Marius
a casa del Cobra. Allí no había luz ni consuelo, pero Marius no tenía otro
lugar a dónde ir.
Key del Caldero esbozó una sonrisa enorme y malvada, como si supiese
un oscuro secreto que él desconociese.
—La dama no va a morir mañana. La han nombrado una verdadera
profeta.
Marius se quedó helado ante sus palabras, pero la risa del Cobra se alzó
por el aire como una lluvia de monedas de oro de los tontos, brillantes y
falsas como ninguna. Nunca había habido nadie tan radiante y vil como él.
—¡Menudo giro de los acontecimientos! —El Cobra Dorada aplaudió—.
Eso sí que me parece interesante.
CAPÍTULO SIETE
La villana, el maestro del espionaje
y el secreto
—Todo tiene un precio —dijo el Cobra Dorada—. Demuéstrame lo que
vales.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
N
o necesitaba abrir los ojos para saber que estaba en otro mundo.
El darse la vuelta en la cama siempre hacía que le diese un
ramalazo de dolor y arcadas. Aquí, los milagros como los
monstruos, la magia y una noche de sueño profundo eran posibles.
En el mundo real no estaría despierta. Alice estaría preocupada, pero se
alegraría muchísimo cuando Rae se despertase por fin y se encontrase bien.
Los primeros rayos de sol de la mañana incidían en el arco de mármol,
haciendo que los mosaicos azules refulgiesen, como si estuviesen llenos de
vida. Emer se acercó con una bandeja de plata en la que llevaba una
generosa taza de chocolate caliente y un surtido de platos de desayuno para
ella.
—Menudo lujo —suspiró Rae, tomándose el chocolate a sorbitos. Hacía
mucho tiempo que había perdido el apetito. El poder saborear la comida le
parecía un lujo descabellado.
En uno de los platos había lo que parecía una tortilla dulce con grosellas.
Estaba deliciosa, pero Rae no se fiaba mucho de la carne cubierta de frutas
aromáticas y especias.
—¿Qué es?
—¿También tiene amnesia en este caso y no recuerda su desayuno?
Emer parecía cansada. Rae tampoco era muy mañanera. Lo que
confirmaba que habían hecho bien dándole el personaje de la villana. A los
villanos nunca les gustaba madrugar. Tenían que permanecer despiertos
hasta bien entrada la noche para maquinar sus malvados planes.
Con aquel surtido de platos de desayuno frente a ella como si fuesen un
tesoro, Rae se podía permitir el lujo de elegir lo que quería y lo que no
quería comer. Apartó los platos que no reconocía por si no fuesen seguros.
—Si no se va a comer el erizo asado… —dijo Emer.
—Todo tuyo.
Rae se tomó la tostada con mantequilla, los huevos de faisán y las uvas
que brillaban en un bol como si fuesen piedras preciosas. El comerse una
tostada solía hacer que le sangrasen los labios y las encías, como si el pan
tostado fuese mucho más resistente que su propia carne.
Ahora Rae podía ganarle la batalla a la tostada. Mientras se la comía,
empezó a maquinar sus malvados planes.
Hacía seis años, el Cobra Dorada había salido de la nada y había logrado
encandilar a la corte con sus conocimientos de moda y por ser un patrón de
las artes. Tenía una amplia red de espías y ladrones, así como un tesoro a
base de información de un valor incalculable. También tenía riqueza, mucha
riqueza, y era el dueño del Burdel Dorado. A algunas personas les
encantaba el lujo. Y las prostitutas.
El Cobra sería el elemento clave que Rae necesitaba para hacerse con la
flor de la vida y la muerte. El truco estaba en hacerle creer a lord Popenjoy
que ella también podía serle útil.
El sumergirse en agua caliente solía hacer que todos los músculos que le
dolían al despertarse dejasen de dolerle, por lo que Rae solía darse baños
todos los días. No estaba acostumbrada a los baños de Eyam, en donde le
echaban agua de jazmín, naranja, limón y rosas por los pechos y la cabeza
con jarras de plata. No había agua corriente, ni caliente, ni fría, por lo que
Rae se tenía que conformar con agua templada mientras pensaba en lo que
se pondría ese día. El Cobra creía que el aspecto era lo más importante, por
lo que Rae había hecho que Emer le pusiese su mejor vestido de día. La
diferencia entre los vestidos de día y los de noche era que los vestidos de
noche dejaban al descubierto mucho más de sus atributos. Su mejor vestido
de día también mostraba bastante piel. Estaba hecho de un rígido satín
blanco, con rosas florecientes bordadas con hilo de color escarlata por toda
la falda, con sus espinas y tallos rodeándole la cintura.
Rae se sentía malvada y preciosa a la vez cuando salió de sus aposentos.
Key la estaba esperando en la escalera. Su rostro se iluminó cuando la vio y
esbozó una sonrisa, dejando al descubierto unos caninos demasiado
afilados. Su primer amigo en Eyam.
—Vamos a cazar una cobra —ronroneó Rae.
Emer los llevó hasta un patio con una enorme fuente de mármol. En el
centro se alzaba una estatua que representaba a una mujer con el rostro
escondido entre sus manos y a la que el agua de la fuente le caía alrededor
de la cabeza como si fuese su propio cabello plateado. Rae recordó que
habían asesinado a alguien en esa misma fuente, con tanta fuerza que
habían dejado una mancha de sangre sobre el mármol blanco que jamás se
conseguiría quitar.
Salvo que el mármol de aquella fuente refulgía blanquecino como una
capa de nieve recién caída. El asesinato todavía no debía de haber ocurrido.
Rae deseó recordar a quién habían asesinado.
Subieron un tramo de escaleras para llegar al paseo que rodeaba las
murallas de palacio. Rae tiró entusiasmada de la manga de Key y estiró el
cuello para contemplar Themesvar, la capital de Eyam. La ciudad de
muchos colores, situada entre el Abismo de la Desesperación y las
Montañas de la Verdad. La ciudad era preciosa en cualquier época del año,
al contrario de otras ciudades, que solo eran preciosas de vez en cuando. Al
visitar la ciudad y ver en persona un destello de aquello que te habías
imaginado, este se hacía realidad. O si vivías en la ciudad, siempre te
invadía una extraña sensación de asombro.
El palacio amurallado se alzaba en el interior de una ciudad amurallada,
como si fuesen dos anillos del tronco de un árbol. Los muros de palacio
estaban hechos de arenisca cálida, y las murallas de la ciudad y la
barbacana, que se alzaba un poco más allá, de piedra caliza gris. Más allá de
las murallas grisáceas y de las puertas de la ciudad, se extendía la profunda
herradura verde que formaba el bosque de los Olmos en Espera y la silueta
nevada de la cordillera. Esta tierra era como una muñeca rusa: anillos
dentro de anillos, ruedas dentro de ruedas y tramas dentro de tramas. El sol
iluminaba los edificios de Eyam, abriéndose paso entre las nubes,
reflejándose sobre las cúpulas de color bronce y verde menta, incidiendo
sobre los tejados a dos aguas de color rojo óxido, gris pizarra y bronce. Un
ancho camino pavimentado se abría paso desde las puertas del palacio hasta
la barbacana. Bordeada por las casas gremiales, la Cadena de Comercio
parecía una especie de collar de cuentas, interrumpido de vez en cuando por
algunas plazoletas como si fuesen los colgantes de la cadena. El río
Lágrimas de los Muertos recortaba la ciudad como el brillante filo de un
cuchillo, y el río de los Intrusos atravesaba las afueras de la ciudad como
una serpiente plateada. En medio de aquel derroche de color, un único
edificio dorado se alzaba como un león entre una manada de gatos.
—Vaya, cuesta mirar el Burdel Dorado sin llevar gafas de sol —soltó Rae
—. ¿De verdad era necesario construir un edificio de oro macizo para las
prostitutas?
—Las damas de verdad no dicen esa clase de palabras —replicó Emer
con voz gélida.
—¿Por qué importan más las palabras que la realidad? —Key parecía
genuinamente curioso.
—Las palabras tienen el poder de cambiar la realidad —espetó Emer—.
Cualquiera que la oiga no pensará que es una dama, y ella tampoco es que
sepa cómo ser otra cosa.
Key asintió, pensativo. Quizás el hecho de que Emer fuese más mayor y
sabia que Rae era el motivo por el que llevarse tan bien con Key le resultase
tan sencillo. O a lo mejor era porque Rahela nunca había traicionado a Key.
Un momento. Emer no era más mayor que lady Rahela.
—Oye, ¿cuántos años tengo? —preguntó Rae.
—Veinticuatro.
Fue como si Emer estuviese anunciando su funeral. Rahela tenía la misma
edad que lord Marius y que el rey; un hombre con esa edad todavía era
joven, pero una mujer era demasiado mayor para casarse.
Buenas noticias para Rae. Jamás había llegado a pensar que podría llegar
a los veinticuatro.
—Yo tengo diecinueve —añadió Key—. Contando desde el Día de la
Muerte.
El Día de la Muerte era la fecha en la que la leyenda decía que se había
creado el barranco. Contenta por haber adivinado correctamente la edad de
Key, Rae se dio cuenta de por qué le había resultado tan sencillo hacerse
amiga suya desde el principio. Key pensaba que Rae tenía unos veintitantos
años, por lo que lo más probable es que la viese como una figura de
autoridad. Se le había dado muy bien dirigir un equipo en el pasado, antes
de que su propio equipo la abandonase. Profetisa, zorra, traidora: este
mundo la estaba obligando a desempeñar una desconcertante variedad de
papeles, pero Rae sabía cómo cuidar de sus amigos.
—¡Eres un expósito del abismo! —murmuró Emer, como si acabasen de
confirmarse sus peores sospechas.
Solo Rae sabía lo que en realidad estaba ocultando tras ese tono de
desprecio. Emer también era una expósita del abismo, una hija a la que no
querían, a quien habían abandonado al borde del Barranco del Miedo. La
mayoría de los niños a los que abandonaban allí caían al abismo. Pocos se
salvaban. A ninguno lo querían.
La gente de Eyam solía decir que «las chispas se alzaban». Los niños que
abandonaban en el borde del barranco respiraban fuego, y la oscuridad
manchaba sus almas para siempre.
El mundo real no funcionaba del mismo modo, pero este se regía por unas
reglas muy distintas. Emer se convertiría en la asesina del hacha, la
Doncella de Hierro, algún día. Key ya había progresado bastante en su
carrera como asesino.
Emer paseaba con recato tras Rae, pero para cualquiera que los observase
podría dar la impresión de que la estaba acosando. Emer era un acantilado
imponente con una enorme señal de advertencia encima, y Key debería
llevar una placa en la que pusiese: «Volátil y poco fiable». Pero Rae se las
apañaría. Si tenía cuidado.
—Necesito un poquito de ayuda, secuaces. No me acuerdo de qué clase
de relación tengo con el Cobra Dorada.
Tanto Key como ella observaron a Emer expectantes, que después de un
rato soltó un suspiro con pesar.
—Apenas tenéis una. El Cobra no es amigo vuestro, y no os gusta la
gente que no os admira.
—Eso está a punto de cambiar —le dijo Rae—. ¡El mal vuelve a ganar!
—¿Cuándo fue la última vez que ganó el mal?
Key llevaba parte de razón. El mal no solía ganar en los libros.
Normalmente el bien era quien salía triunfante, pero eso también
significaba que, por estadística, le tocaba ganar a las fuerzas del mal de una
vez.
Rae barrió con un brazo el horizonte de Themesvar, con su brazalete de la
serpiente reflejando la luz del sol.
—Hagámonos con la ciudad. El mal por fin vencerá.
—Tú primero, milady. —Key había dejado a un lado parte de su cinismo,
como si no la creyese del todo pero no le quedase más remedio que
seguirla.
La casa del Cobra estaba construida con la misma piedra caliza que el
resto del palacio. No estaba permitido que se construyesen nuevos edificios
en el interior de las murallas de palacio, pero todos los miembros de la
aristocracia poseían pequeñas mansiones en el interior de sus muros. El
Cobra debía de haber adquirido la suya después de que algún noble cayese
en bancarrota.
La doncella que les abrió la puerta llevaba el mismo uniforme que los
sirvientes de palacio, aunque con el símbolo de una cobra bordado en el
pecho. La corte se oponía a que el Cobra les diese a sus sirvientes objetos
de valor, pero él había insistido en que su gente necesitaba portar enormes
insignias doradas para destacar por encima del resto, además de que les
pagaba unos salarios de lo más generosos. Entre los nobles, lord Popenjoy
se había granjeado muchos amigos, aunque también unos cuantos
enemigos, pero todos los miembros de su personal lo adoraban.
La doncella trató de cerrarles la puerta en la cara.
—Mi señor nunca se levanta antes del mediodía.
Rae esbozó una sonrisa con la que pretendía ganarse su confianza y la
doncella abrió los ojos como platos al verla. Al parecer, la sonrisa
«ganadora» de Rahela parecía más bien una sonrisa «seductora», aunque en
el mal sentido.
—¡Soy lady Rahela Domitia, portadora de las gloriosas profecías!
También tengo una gloriosa delantera, aunque eso no es relevante en este
caso. Deberían haberme ejecutado esta mañana y, sin embargo, aquí estoy,
como la profetisa del rey. Pregúntele a lord Popenjoy si le interesa saber lo
que tengo que decirle.
La doncella asintió lentamente. Rae permitió que cerrase la puerta.
Durante un rato, no ocurrió nada, salvo que Key se paseó de un lado a
otro por delante de la mansión. Al parecer, se ponía nervioso si tenía que
pasar diez minutos sin que se produjese algún acto violento. Rae se
preguntó si tendría TDAH como Alison, una compañera suya del instituto
que no era capaz de estarse quieta en su sitio. Aunque Alison jamás le
rompería la nariz a nadie solo por aburrimiento.
Rae tenía que permanecer sentada y quieta durante horas en
quimioterapia, y solo podía levantarse con su vía conectada cuando tenía
que ir al baño. La primera vez que ibas al baño durante el tratamiento de
quimioterapia orinabas rojo, del mismo color que la sangre en las películas
de terror. Tener que esperar en ese momento frente a la puerta no le parecía
un problema.
Al final, la puerta volvió a abrirse.
—Lord Popenjoy los recibirá ahora.
La doncella los llevó hacia unas escaleras y pasaron frente a un enorme
marco vacío en el que solo había un grafiti que rezaba: «IMAGÍNATE EL
RETRATO DE UN ANCESTRO».
En la casa del Cobra había cristal por todas partes. Los cristales se
quebraban con mucha más facilidad en Eyam y (si Rae había acertado con
la línea temporal) el gremio de los sopladores de vidrio había caído hace
poco por un incidente con los muertos vivientes, así que las ventanas del
Cobra eran mucho más caras y ostentosas que el propio oro. Todas las casas
de Themesvar poseían unos enormes balcones desde los que poder
contemplar el Barranco del Miedo. El balcón del Cobra estaba decorado con
vidrieras, que dejaban pasar una mezcla de haces anaranjados, amarillo
limón y rojo fresa, tiñendo toda la estancia de los colores del amanecer. La
doncella los llevó a través de un pasillo que daba a una estancia con unas
puertas dobles. Los pomos de las puertas tenían las sinuosas formas de unas
serpientes. De las antorchas de las paredes se alzaban unas lenguas rojizas
de fuego, que ardían con fuerza a ambos lados de las puertas. Las llamas
saltaron y las dos puertas se abrieron sin que nadie las rozase siquiera.
—Magia negra —murmuró Emer.
—¿O un sistema hidráulico? —susurró Rae, su voz ahogada bajo el
sonido de la música que provenía del interior.
Estos libros no estaban ambientados en un periodo histórico concreto,
teniendo en cuenta las armas encantadas y los muertos vivientes. Aun así, lo
que Rae no había esperado oír era una música que bien podría sonar en una
discoteca.
En este mundo nadie tenía instrumentos electrónicos u ordenadores, pero
había una banda que estaba tratando de crear el mismo efecto con un piano
de cola que más bien parecía un teclado, así como con unos cuantos bajos y
una batería que tocaban con ganas. Había dos mujeres vestidas de sirena
que cantaban casi a gritos para hacerse oír por encima de la melodía y el
velo de los amortiguadores, con un tapiz elaboradamente bordado como
telón de fondo. Toda la habitación estaba profusamente iluminada y cubierta
de tejidos que gritaban riqueza. Las paredes estaban desnudas, salvo por
una vitrina ornamentada. En el interior de la vitrina, casi metido a presión,
se encontraba un largo puñal de acero de oricalco.
Al otro lado de la sala se abrieron otro par de puertas de par en par.
—Guooo —canturreaban los cantantes. El ritmo de la melodía aumentó.
Un hombre joven se adentró en la sala y sus prendas refulgían de la
cabeza a los pies. Llevaba una hopalanda, una vestimenta que Alice había
tenido que buscar en internet cuando habían leído aquel término por
primera vez y que Rae se había muerto de ganas por ver alguna vez con sus
propios ojos. Era una especie de túnica larga, hecha con seda de color
ámbar y las mangas acampanadas. Los bordes festoneados de las mangas
eran gruesos y estaban hechos con hilo dorado. También tenía unos cuantos
hilos dorados enroscados entre los mechones que conformaban sus trenzas;
unas trenzas que se había recogido en lo alto de la cabeza en un moño y que
caían después formando tirabuzones de color azabache hasta un cinturón
lleno de relucientes eslabones de oro. Su cabello negro también estaba
decorado con una serie de adornos, tantos como flores salvajes en un campo
en plena primavera, llevaba tantas baratijas relucientes como estrellas
suspendidas a intervalos entre sus trenzas, que tintineaban al moverse como
campanillas de viento. Se había delineado los ojos con pintura dorada, que
resaltaba contra su piel marrón oscura y que trazaba delicadas figuras hasta
su mandíbula. Al caminar, se mecía al ritmo de la música, alzando los
brazos con despreocupación por encima de su cabeza. Sus mangas
acampanadas se transformaban en una cascada de brillante purpurina que
caía desde sus brazos, rodeados de brazaletes de oro tanto en los antebrazos
como en sus bíceps. Los hombres tenían prohibido llevar joyas en Eyam,
por lo que el Cobra estaba rebelándose al llevar aquellos brazaletes ocultos.
Recorrió la sala sin dejar de bailar, levantando los pies, y dejando al
descubierto las suelas rojas de sus zapatos.
Justo debajo de una lámpara de araña con cristales engarzados como si
fuesen cascabeles en las puntas de unas serpientes doradas, había un sofá de
terciopelo rojo donde sentarse a conversar. El hombre de oro se dejó caer
sobre el sofá de terciopelo rojo, cruzando una larga pierna sobre la otra,
antes de saludar a Rae con la mano.
—Bienvenidos a la Casa del Cobra.
—Eh —dijo Rae—. Hola. ¿Siempre recibe a todos sus invitados con tanto
estilo?
—Si quieres hacer una buena entrada, tienes que dejar tu alma en ella —
repuso el Cobra Dorada, con un tono teñido de diversión que la envolvió
como una manta de terciopelo bordada con hilo brillante.
Rae asintió.
—Bueno, he oído que tiene muchos espías.
Se oyó un chirrido cuando los músicos dejaron de tocar de golpe. Lord
Popenjoy ni siquiera pestañeó.
—Tengo una modesta red de espías. No es por presumir.
—Claro —repuso Rae—. Entre los que se encuentra Key, ¿verdad?
El Cobra se irguió un poco en su asiento.
La sonrisa de Key desapareció por un momento.
—¿Cómo lo has sabido?
Rae se encogió de hombros.
—Lo único que te importa es el dinero y el Cobra es el hombre más rico
de toda la ciudad. No estoy queriendo decir que seas un cazafortunas
pero… bueno, en realidad eso es justamente lo que estoy queriendo decir.
—Me complació enormemente descubrir gracias a Key que, cuando se
encuentra consternada, grita los nombres de sus amantes —comentó el
Cobra—. ¿Jesús y Batman?
Menudo sacrilegio de malentendido.
—¡No tengo ninguna relación romántica con ninguno de esos dos
individuos!
—¿Estás enfadada conmigo? —Key sonaba culpable y bastante
encantado por ello.
Rae le guiñó un ojo.
—Nah. Eres mi pequeño secuaz malvado, el ser un vil traidor forma parte
de los requisitos del trabajo. —Se volvió de nuevo hacia el Cobra—. ¿Ya
habrá oído lo que ocurrió anoche?
El Cobra bostezó.
—Siempre me entero de todo lo que ocurre la noche anterior a la mañana
siguiente. ¿Así que es una profetisa sagrada? Enhorabuena. ¿Ha venido a
revelarme mi fortuna? Por favor, dígame que una alta y oscura desconocida
se enamorará de mí. Dígame que es una pirata.
Lady Rahela avanzó hacia él con decisión. La fanfarronería era el primer
paso para aparentar confianza. Ya sabía perfectamente cómo debía caminar
una villana. La cabeza bien alta, el cuello largo y con una mirada que
gritase «muerte».
—Tengo información importante que le interesa. A cambio, quiero su
ayuda. ¿Está dispuesto a hacer un trato?
—Puede ser. He oído que le contó a su majestad una serie de relatos
fantásticos sobre su glorioso futuro. ¿Qué es lo que tiene para mí?
Los trazados de pintura dorada se bifurcaban alrededor de los ojos del
Cobra. Sonreía más con la mirada que con los labios, pero tenía una sonrisa
bonita en sus ojos.
A Rae iba a costarle convencerle, por lo que tendría que ser de lo más
convincente.
—¿Si alguien leyese su historia en el libro del destino y descubriese que
tiene un final triste, le gustaría que le contasen el cuento?
—Es una pregunta de lo más interesante —murmuró el Cobra.
—Alguien va a asesinarle —proclamó Rae—. ¿Quiere saber quién?
En los libros se hablaba mucho de la cobardía del Cobra. Se negaba a
participar en duelos y vivía con miedo al Emperador. Rae había estado
esperando una gran reacción por su parte.
El Cobra tironeó distraído de una de sus trenzas.
—Lo mejor será que continuemos con esta conversación en privado.
Emer soltó un gruñido antes de saltar para colocarse delante de ella.
—¡Cualquier dama que se quede a solas con el Cobra estará arruinada
para siempre!
El Cobra se volvió hacia la secuaz de Rae.
—He de insistir. No se ofendan, pero ustedes dos me aterran. Si me
pongo nervioso, me vuelvo tímido y callado.
Batió sus largas y brillantes pestañas, observando a Emer. Ella se quedó
quieta como un roble.
El Cobra soltó un suspiro.
—¿Y qué le parece si hacemos un trato? Todo el mundo sale de esta sala,
menos lady Rahela y yo. Dejo la puerta entreabierta. Le cuento un secreto
en un susurro. Y lady Rahela decide si quiere o no cerrar la puerta.
En las doce horas que llevaba en Eyam, había oído infinidad de
insinuaciones sobre el pasado de Rahela. El Cobra, con quien todo el
mundo sabía que la virtud de ninguna dama estaría a salvo, no había
mencionado nada en absoluto sobre su pasado. Cuando Emer sacó a relucir
el tema, él ni siquiera se había burlado de que a Rahela no le quedaba
ninguna reputación que proteger.
—De acuerdo —accedió Rae.
—Ya habéis oído a la dama. Tomaos un descanso —le dijo el Cobra a la
banda—. Sonáis genial, chicos.
La banda se dispersó. Una de las cantantes, la que llevaba el traje de
sirena morado, le pasó la mano en una suave caricia al Cobra sobre su
manga brillante antes de marcharse. El que su jefe se fuese a encerrar con
una mujer desconocida para conspirar parecía ser su pan de cada día.
Esa misma cantante también le guiñó el ojo a Key cuando se deslizó junto
a él. Key y Emer no se marcharon hasta que Rae asintió con la cabeza. E
incluso entonces, Emer dejó la puerta entreabierta tras marcharse.
El Cobra le pidió a Rae que se sentase junto a él en el sofá con un gesto
de la mano.
Un sillón de conversación consistía en dos asientos pegados en
direcciones opuestas, para poder susurrarle algo al oído a alguien sin tener
que inclinarse hacia la otra persona. La espina dorsal del sofá tenía forma de
serpiente y en la madera había tallado un diseño de escamas. El Cobra
apoyó los codos sobre el respaldo, posicionando una mano relajada sobre la
cabeza de caoba de la serpiente. También habían tallado una lengua bífida
que se colaba entre sus dedos. El Cobra observó a Rae atentamente mientras
esta tomaba asiento a su lado. Aquel hombre era todo brillo y resplandor,
salvo sus ojos oscuros y firmes.
Rae esperaba que le contase toda clase de cotilleos jugosos de la corte o
incluso del rey.
—Muchacha, ¿de dónde has salido? —le murmuró en cambio.
Rae hizo un gesto vago.
—¿De palacio?
El Cobra Dorada se inclinó hacia ella. Así de cerca, Rae podía ver los
pequeños dragones que habían pintado en dorado sobre sus mejillas, con sus
alas completamente extendidas y sus colas curvándose bajo sus pómulos
huecos.
—No te estoy preguntando de dónde has venido. ¿Dónde vivías, antes de
entrar en el libro? —El malvado marqués de Popenjoy bajó un poco más la
voz—. Yo soy de Nueva York.
Rae se levantó y cerró la puerta.
CAPÍTULO OCHO
La villana cierra un trato
La espada se clavó en su corazón, dándole una muerte mucho más
limpia de la que merecía. Todo terminó pronto, pero el recuerdo de su
expresión en aquel último momento perduraría para siempre, como un
fantasma obstinado. En ese instante solo era un joven al que habían
pillado desprevenido. El Cobra Dorada, que sabía los secretos de todo
el mundo, parecía muy sorprendido al morir.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
C
uando Rae se dio la vuelta, el Cobra la observaba con la mirada
brillante bajo la luz de la lámpara de araña después de haberle
soltado esa bomba.
—¡Estás de broma! ¿Tú también eres real?
El Cobra esbozó una enorme sonrisa, dejando todos sus dientes al
descubierto, lanzando la precaución por los aires ahora que estaban solos.
—Yo no lo diría de ese modo.
Ella hizo un gesto para desestimar sus palabras.
—¡Eres del mundo real! Yo soy de Oklahoma.
—Prometo no usarlo en tu contra. ¿Cuándo has llegado?
Rae le lanzó una mirada fulminante por haber insultado su Estado.
—Anoche.
Él soltó un silbido.
—Justo antes de la ejecución. Menuda sorpresa más horrible.
Hablaba con ligereza, pero Rae se fijó en su mirada preocupada. No
necesitaba comportarse como una dama de bien ante un chico de Nueva
York. Se dejó caer en el sillón de conversación, se llevó las rodillas al
pecho, con su falda carmesí cayéndole sobre las piernas y por el asiento, y
lo observó con fascinación.
—¿Hay más gente real aquí?
—Nunca he conocido a nadie como nosotros. Solo he oído hablar de uno.
Menudo alivio. Menos competición que fuese a por la flor.
—¿Cuándo te despertaste tú como el Cobra Dorada?
Su risa era cálida y burbujeante, como una fuente termal.
—Nunca. Yo me inventé al Cobra Dorada.
—Espera, ¿cómo puede ser?
Si Rae podía escapar de su propia ejecución, tenía sentido que otra
persona también pudiese cambiar la historia. Pero, aun así, ¿crear un
personaje completamente de cero? Había oído eso de un hombre que se hizo
a sí mismo, pero aquello era demasiado absurdo.
—Estaba al borde de la muerte. Una mujer desconocida me ofreció la
oportunidad de entrar en la historia y salvarme. ¿Supongo que a ti te pasó
algo parecido?
Rae asintió.
—Ojalá le hubiese preguntado su nombre. ¿Crees que es la autora de los
libros?
El autor de Tiempo de hierro siempre firmaba como «Anónimo» para
darle cierto aire de misterio a su figura y su obra, y probablemente porque a
todo el mundo le gustaban más los escritores que firmaban con sus iniciales
para ocultar su identidad. Rae siempre había supuesto que ese tal Anónimo
en realidad era una mujer que estaba intentando que no la encasillasen. A
veces se hablaba de las escritoras como si dirigiesen una especie de agencia
de citas vampíricas de ficción, mientras que estaba claro que los hombres
escribían sobre mujeres árbol de pechos verdes porque ardían de pura
inspiración literaria.
Muchas veces había oído cómo la gente les preguntaba a varios autores si
«metían a gente real en sus libros», pero jamás había valorado la posibilidad
de que lo hiciesen de una forma tan literal.
El Cobra se encogió de hombros.
—Nadie sabe quién escribió los libros. A lo mejor todos los escritores
tienen el poder de viajar a través de los universos. Ni siquiera tuve tiempo
de hacerle preguntas. Me encontraba muy mal a esas alturas y cuando me
desperté era un ladrón joven en una calle que nunca había visto nombrada
en el libro. —El Cobra puso mala cara—. Ya sabes cómo acaba esa historia.
Muerto de hambre y frío por la nieve, o ejecutado por haber robado algo
importante para el desarrollo de la trama a algún protagonista. No quería
ninguno de esos dos finales.
Así que se había escrito una historia distinta. Ahora el Cobra Dorada era
el personaje que más destacaba en medio de una sala iluminada por una
lámpara de araña hecha de cristales.
—¿Me estás queriendo decir que tú leíste un libro completamente distinto
al mío?
—Oh, no —soltó el Cobra—. Estoy seguro de que leímos básicamente la
misma historia, tal vez con algunos pequeños ajustes. El Emperador se alza,
encuentran a los dioses perdidos y todo el mundo adora a Lia, ¿no?
Rae asintió, aunque en realidad creía que el Cobra había hecho algo más
que solo unos «pequeños ajustes». ¡Estaba involucrado en partes principales
de la trama!
Entonces recordó un momento concreto de la historia.
—Todo el mundo se pregunta cómo es posible que sepas todo lo que
ocurre en palacio. No tienes la red de espías más extensa del reino. ¡Lo
leíste todo en los libros!
El Cobra la observó con un aire ligeramente avergonzado.
—En realidad, es por las dos cosas. Tenía que explicar de alguna manera
de dónde sacaba toda mi información, así que al principio mentí sobre mi
red de espías. Entonces aparecieron los espías de verdad y se me acercaron
pidiendo unirse a mí. ¿Qué se suponía que debía hacer? Rechazarles a sus
pequeñas caritas de espías esperanzadas me parecía demasiado cruel. Y una
pérdida de tiempo y oportunidades. Una cosa llevó a la otra y ahora sí que
tengo la red de espías más extensa del reino.
Sonaba un tanto avergonzado por ello, aunque también de lo más
orgulloso. Hasta ese momento, no había podido demostrar todo lo que había
conseguido. No le podía contar la verdad a nadie que proviniese de este
mundo.
Rae, una firme creyente del poder de los refuerzos positivos dentro de un
equipo, le dijo con sinceridad:
—Eres increíble.
El Cobra encogió ligeramente un hombro.
—Era todo o nada. No podía permitirme el no hacer nada, así que lo di
todo. ¿De verdad salgo ahora en el libro? ¿Les gusto a los lectores? —
preguntó esperanzado—. ¿Creen que mi nombre es genial? Se me ocurrió a
mí mismo. El plan era encajar con la historia y pasar desapercibido.
Rae pensó en la mansión del Cobra y en la música electrónica.
—¿Esto es lo que entiendes por pasar desapercibido?
El Cobra esbozó una sonrisa culpable, pero que dejaba claro que no se
arrepentía de nada en absoluto.
—De pequeño me encantaba actuar. ¿A ti también? Por lo que he oído,
has montado toda una escena para demostrar que eres la profetisa de los
dioses.
A juzgar por su tono, el Cobra pensaba que se había pasado de dramática.
Pero todavía no había visto nada.
—Soy animadora, así que supongo que también soy actriz, aunque solo
en parte. Pero escucha, tenía que librarme de la ejecución a la que me
habían condenado por unos delitos que no había cometido. Al contrario que
tú, yo no decidí ser una villana.
—Espera, ¿qué? —Los ojos del Cobra se abrieron de par en par, como si
fuesen dos lagos dorados—. ¿Soy un villano?
—Eres el propietario de un burdel.
—¿Es que tienes algo en contra de los burdeles? —preguntó el Cobra
lentamente.
—En contra de trabajar en uno, nada en absoluto. ¿Pero de ser propietario
de uno? Por favor, el edificio entero está hecho de oro macizo. ¿Es que me
intentas hacer creer que conseguiste todo ese oro siendo bueno?
El Cobra bajó la mirada hacia sus mangas acampanadas, como si
estuviese buscando algo que se escondía en su interior.
—No. No podría.
Empezó a tararear una melodía, como si necesitase tener música de fondo
para reorientar su personaje dentro de aquella narrativa. Rae recordó cómo
ella había intentado encontrarse a sí misma en su espejo de bronce.
—Tú y yo tenemos una canción de villanos juntos en el musical.
—¿Ahora hay un musical? —Una oleada de alegría iluminó el rostro del
Cobra, pero se apagó rápidamente—. No me puedo creer que sea un villano.
—Yo no me puedo creer que pensases que podías tener todo el mobiliario
de tu casa en forma de serpientes y pensar que podrías ser un héroe.
Era tan ingenuo. Al menos el setenta por ciento del arte de ser un villano
se basaba en la estética.
El Cobra alzó las manos en señal de protesta, lo que hizo que sus mangas
creasen un pequeño remolino dorado a su alrededor.
—Quería ser un «personaje secundario cómico». No quería cambiar la
trama.
—¿Por qué no? Alguien debería ocuparse de ordenar algunas cosas por
aquí, y ese alguien voy a ser yo. El aliarme con el Cobra Dorada era el
punto número uno en mi lista de tareas.
En vez de ofrecerle su ayuda, el Cobra le dirigió una mirada divertida.
—¿Así que eres de esas a las que le gusta tener todo controlado, eh?
¿Y qué si era así? Cuando los proyectos o los planes iban mal, Rae
siempre se las apañaba para arreglarlos. Hasta que algo no iba mal, no podía
arreglarlo. Cada uno de sus pensamientos se había transformado en una
papilla sin forma, pero sus ideas estaban claras. Se sentía tan bien que
estaba casi mareada, como si la hubiesen encerrado en una pequeña
habitación estanca durante muchos años y por fin hubiese logrado escapar.
Estaba mareada y borracha por la extensión de sus propias habilidades.
Había venido para conquistarlo todo.
Le lanzó una mirada de censura al Cobra.
—Esta actitud negligente que llevas es lo que te hizo convertirte por
accidente en uno de los villanos de la historia.
Él soltó una carcajada como si le acabasen de contar un chiste de lo más
gracioso.
—¿Qué puedo decir? Me gusta improvisar.
Alguien tenía que tomar las riendas de esta narrativa. El Cobra tenía
suerte de que Rae hubiese llegado cuando lo había hecho. Las cosas estaban
a punto de ponerse muy feas en su trama.
Rae se mordió el labio inferior.
—Perdona que sea tan directa pero, tengo que preguntártelo. ¿Estás liado
con el Última Esperanza? ¿Románticamente hablando?
El Cobra la observó anonadado.
Rae hizo un gesto delicado con ambas manos y las juntó. Las comisuras
de los labios del Cobra se elevaron. Replicó su mismo gesto, aunque esta
vez de forma mucho menos delicada, como si se estuviese quitando una
toalla invisible.
—¿O con Lia?
El Cobra le había prestado todas sus atenciones a Lia desde el mismo
momento en el que había llegado a la corte. Algunos lectores creían que sus
intenciones eran nefastas. Otros pensaban que estaba enamorado de ella.
Lia, al fin y al cabo, era irresistible.
—Francamente, querida —soltó el Cobra—. Me siento insultado. ¿Qué
he hecho que te ha dado la impresión de que soy el tipo de tonto que se
enamoraría de alguno de los protagonistas?
Rae parpadeó, sorprendida.
—Los protagonistas suelen ser de lo más apuestos.
El Cobra se tumbó todo lo largo que era sobre el sofá, tanto que casi se
puso totalmente horizontal.
—Por supuesto. Los solteros apuestos están en tu trama. Son tan monos…
pero muy dramáticos. Todos aquellos que mantienen alguna clase de
relación romántica con los protagonistas terminan muy mal.
Lo que decía tenía sentido. Rae mostró su acuerdo asintiendo con la
cabeza.
Él soltó un suspiro disgustado.
—Me gusta mucha gente, pero no los protagonistas. Ya sabes cómo
terminan aquellos que se enamoran de ellos. Persecuciones a alta velocidad,
discursos épicos, edificios derrumbándose, tormentos y traiciones.
Probablemente también algún dragón de por medio. ¡No, gracias! No me
apetece luchar contra un dragón.
Rae se sintió engañada por todas las ambigüedades de la historia.
—¿Por qué siempre estás con el Última Esperanza? ¡Hay gente haciendo
ilustraciones de vosotros dos juntos! ¡Incluso han escrito historietas sobre
vosotros!
—Eso no importa, seguro que también han escrito cosas sobre Marius y
sus amigos de la infancia. Internet está lleno de pervertidos que tienen
demasiado tiempo para pensar. Para que lo sepas, le hago compañía a
Marius hasta que él pueda estar con Lia, su amor verdadero.
El Cobra hablaba casi con timidez. Rae soltó una risa burlona. Se había
adentrado en un mundo completamente distinto al suyo para toparse con
alguien con los mismos gustos en parejas que su hermana.
El Cobra entrecerró los ojos.
—El Emperador es un asesino temible.
Rae soltó una carcajada burlona aún más alta.
—La gente a la que el Emperador asesina no es real. Lo que sí es real es
que yo creo que es increíble. ¿El Última Esperanza? No tanto.
—¡No pienso quedarme aquí sin decir nada mientras calumnias a Marius!
Es mi bizcochito y nunca ha hecho nada malo.
—Bueno, pues tu bizcochito es quien te mata —espetó Rae—. Ahí lo
llevas.
Se hizo un silencio tenso entre los dos, como si Rae acabase de hablar en
un idioma que el Cobra no entendía en absoluto. Rae había querido darle
aquella noticia con un poco más de tacto, pero al final no había sido posible.
—Mi Marius —dijo el Cobra por fin—. ¿Asesina a una persona inocente?
—Ejecuta a un villano —le corrigió Rae—. No te ofendas.
—Él jamás haría algo así.
—Los protagonistas ejecutan a villanos menores constantemente. Está
claro que, desde tu punto de vista, no es algo demasiado bueno y entiendo
por qué no te gusta esa parte de la trama pero…
—Yo no soy así —anunció el Cobra, con demasiada intensidad—. La
gente no piensa eso de mí. Te lo demostraré.
Para ser un tipo que podía relajarse por completo tan fácilmente, el Cobra
también se movía rápido. Dio tres golpes a la puerta medio abierta.
—Hazme un favor, Sinad. Hazle llegar un mensaje a lord Marius y pídele
que venga a verme de inmediato.
La doncella se marchó de allí antes de que Rae pudiese protestar siquiera.
Pero protestó igualmente.
—¡Por favor, piénsalo por un momento! Ese hombre viene de un largo
linaje de asesinos desenfrenados.
—Por eso juró convertirse en académico —replicó el Cobra—. A su edad,
su abuelo ya tenía los cadáveres de cinco novias en su cámara secreta. Sus
padres son básicamente Barba Azul y Miss Manners. Marius, de momento,
lo está haciendo todo bien.
—No pienso hacerle un desfile por no tener los cadáveres de unas cuantas
novias en su cámara secreta —expuso Rae—. Es una bomba de relojería.
—¡Es mi mejor amigo!
El Cobra era un fanático del Última Esperanza, como Alice, que jamás
aceptaría que nadie dijese nada en contra de su personaje favorito porque
«estaba claro que no era un personaje problemático». Rae había pensado
que, al contarle que ese mismo favorito sería el que se encargase de su
muerte, dejaría de lado esa actitud pero, por lo visto, el Cobra o estaba loco
de atar o tenía ganas de morir.
Rae negó lentamente con la cabeza.
—Salvo que no sois amigos de verdad, ¿no? Los dos sabemos lo que
hiciste.
Todos aquellos que vivían en palacio creían que el Cobra Dorada era un
noble menor con el que el Última Esperanza se había cruzado al volver de
estudiar de la Torre de Marfil. Aunque estaba claro que no tenían nada en
común, encajaban. Cuando el Cobra había llegado a la capital, el Última
Esperanza lo había presentado ante la corte como su amigo, el marqués de
Popenjoy, y eso había catapultado su notoria carrera. El Última Esperanza,
que condenaba con frialdad a hombres por mucho menos, toleraba todos sus
excesos. El Cobra era la única mancha en su prístina reputación.
Solo los lectores sabían que el Cobra conocía el secreto más escandaloso
del Última Esperanza, y el silencio del Cobra tenía un precio.
—Soy un personaje secundario —clamó el Cobra—. Estoy aquí para
ayudar a que su personaje se pueda desarrollar.
—¡Lo estás chantajeando!
—¡Pero para ayudarlo! —El Cobra desestimó la acusación de Rae con un
gesto de la mano—. ¡No soy un villano! Lo único es que mis pensamientos
y deseos no encajan con los de los protagonistas.
—Lo mismo es —resopló Rae.
El Cobra la observó con la mirada perdida y eso le tocó la fibra sensible.
Hasta ese momento, él había creído saber hacia dónde iba la historia y ahora
acababa de llegar a un callejón narrativo sin salida.
—Supuse que nuestros caminos se separarían después del chantaje —
murmuró el Cobra, con un tono apagado que no encajaba en absoluto con su
personaje—. Pero entonces Marius se quedó a mi lado y pensé que eso me
daría la oportunidad de formar parte del equipo de alguno de los
protagonistas. En el mundo real, si tienes suerte, la gente se comporta como
realmente es contigo. ¿Quién puede fingir ser alguien que no es y pasar a
formar parte de un mundo extraordinario? Nadie. Pero, tal vez lo he
entendido todo mal desde el principio. Su madre y su hermana pequeña
vinieron a la corte hace un par de años. Su madre me dio un puñal como
prueba de su amistad por haberles hecho de guía, pero la hermana de
Marius apenas me dirigió la palabra. Supuse que era porque era una niña
tímida. Quizás era porque me tenía miedo.
Para ser un afamado cobarde, parecía que al Cobra no le preocupaba en
absoluto que fuese su vida la que corría peligro. En cambio, había decidido
preocuparse en cuerpo y alma por los sentimientos de uno de los personajes
de la historia. Se suponía que éramos los lectores quienes consumíamos los
libros, no que los libros nos consumían a nosotros. El Cobra había perdido
el rumbo de sus prioridades.
Rae le siguió la corriente.
—Se arrepiente de matarte.
—Qué honor —murmuró el Cobra—. No, espera. Me mata igual.
—Cuando él muere… es una escena que se puede interpretar de varias
maneras, pero cuando la leí por primera vez entendí que lamentaba…
El Cobra se volvió a mirarme como un resorte, tan rápido que uno de los
adornos que decoraban su cabello, al chocar con la puerta, produjo un
sonido como el de una campana repicando.
—¿Que se muere?
—Sí —repuso Rae, desconcertada—. ¿Es que en tu versión no moría?
—No.
La voz del Cobra sonaba vacía y distante. Le sorprendió, de nuevo, lo a
pecho que se estaba tomando toda esta nueva información. Él seguía
absorto en un libro y en una historia que ya no existían.
—No lo entiendes. He cambiado la historia. Muere por mi culpa. ¿Y si al
volver a cambiar la historia empeoramos aún más las cosas?
Debería alegrarse de saber que era tan sencillo cambiar la trama. Podían
moldear la narrativa como ellos quisiesen.
Aun así, era como si su propia muerte tan solo le hubiese sorprendido,
mientras que descubrir que el Última Esperanza moría también le había
horrorizado. Puede que el Última Esperanza muriese porque el Cobra
hubiese cambiado la historia, pero el Cobra moría porque el Última
Esperanza lo apuñalaba con una espada. Lo de la causa y efecto era mucho
más directo en el caso de apuñalar a alguien con una espada.
—¿Por qué lo chantajeaste?
En los libros sus motivos quedaban claros. El Cobra era un tipo malo que
solo quería ascender en la escala social y que al final terminaba obteniendo
su merecido. La pura y simple verdad, en realidad, era pura y simple
maldad.
El Cobra la observó con impotencia, como un par de manos vacías.
—Para entrar en el palacio necesitas que un noble interceda por ti. Estaba
desesperado por conseguir la flor de la vida y la muerte.
Antes, Rae había estado viendo el tema del chantaje solo a través de los
ojos del Última Esperanza. Le resultaba de lo más incómodo pensar que, en
realidad, el que alguien fuese más o menos heroico dependía mucho del
punto de vista desde el que te estuviesen contando la historia. Como Rae, el
Cobra necesitaba hacerse con la flor. Estaba luchando por su vida.
Rae vaciló.
—¿Estabas enfermo en el mundo real?
—Tuve un accidente. Recuerda, siempre hay que mirar a ambos lados
antes de cruzar la calle. ¿Pero qué puedo decir? Soy idiota.
Esta vez, cuando esbozó una sonrisa, no le llegó a los ojos.
Ella también había esbozado muchas sonrisas fingidas. Pero al ver la del
Cobra, Rae decidió arriesgarse y confiar en otro villano.
—Tengo un plan para conseguir la flor de la vida y la muerte.
El Cobra la observó con la mirada brillante.
—Eso había supuesto.
A pesar de sus pésimas prioridades, Rae creía que el Cobra y ella podrían
ser buenos amigos.
—Este es mi malvado plan. Al principio pensé en acabar con todos los
esbirros que custodian el invernadero real.
—Y luego pensaste… ¿mejor no que eso es asesinato?
—No me importa asesinar a esbirros sin nombre —repuso Rae
pacientemente.
—¡Tienen nombres! Podrías preguntarles cómo se llaman.
El Cobra parecía nervioso.
—Estoy de acuerdo con que podría complicarlo todo demasiado —lo
tranquilizó Rae—. Por eso tracé un plan nuevo. El rey va a dar un baile para
celebrar la llegada de la princesa Vasilisa de… eh… de ese sitio al otro lado
del mar.
—¿Tagar? —dijo el Cobra.
—Vale, ese nombre sí que suena inventado.
—Todos los nombres son inventados —murmuró el Cobra.
Rae volvió a centrarse en su objetivo.
—La mayor parte del palacio queda completamente desprotegida cuando
necesitan que haya más sirvientes para las celebraciones oficiales. El baile
es nuestra mejor oportunidad.
—El baile también ocurre en mi versión del libro —repuso el Cobra
entusiasmado—. En ese baile, Octavian por fin nombra a Lia la doncella
principal de su corte, la principal candidata para convertirse en la futura
reina, y es también cuando Lia y Marius comparten su primer baile, ¿no?
¿Probablemente? Si hubiese un asesinato en el baile, Rae estaba segura de
que se acordaría mucho mejor de esa escena.
—Sin duda —dijo Rae.
—Me alegro muchísimo de no haberme cargado mi escena favorita.
¡Marius y Lia en el balcón romántico después de ese baile! ¡El destino
bañado a la luz de la luna!
Al parecer, cuando el Cobra no estaba pensando en su propia muerte, su
mirada relucía con mucha más fuerza. El tipo era un romántico
empedernido encubierto. Lo cual le resultaba de lo más sorprendente
porque, ¡era el dueño del Burdel Dorado!
Rae ignoró el comentario del destino bañado a la luz de la luna.
—Escúchame. El rey siempre lleva colgado un manojo de llaves en el
cinturón. Una de esas llaves abre el invernadero donde florece la flor de la
vida y la muerte. Tú tienes a unos cuantos ladrones entre tus filas. ¿Por qué
no pagamos a uno para que nos consiga las llaves durante el baile?
Aquel plan era infalible.
La voz del Cobra, que normalmente serpenteaba y hablaba con tanta
fluidez como la corriente de un río bajo el sol, se congeló de repente.
—Si descubren a algún plebeyo acercándose al rey, lo ejecutarán al
momento.
Imagina preocuparte tanto por los personajes de un libro. A Rae eso no le
pasaba. Ella tenía problemas de verdad.
—¿Tienes alguna otra idea?
—Yo me encargo —repuso el Cobra.
Rae creía que era una idea nefasta.
—¿Piensas robarle al rey? Yo no te describiría como alguien
especialmente discreto.
—Antes era un simple ladronzuelo. Puedo robarle la llave. Y después
haré una copia.
—¿Por qué?
El Cobra frunció el ceño con fuerza como si estuviese considerándolo de
verdad. Rae dio las gracias porque por fin se estuviese centrando en lo que
de verdad importaba.
—La flor de la vida y la muerte no florecerá hasta dentro de un mes. Si
tienes la copia de las llaves, podrás bajar al invernadero sin ser vista cuando
llegue el momento.
Un mes. Ahora Rae tenía una fecha por fin.
—Tiene sentido —admitió—. A veces se me olvidan los detalles.
—A mí no se me da muy bien pensar a lo grande —confesó el Cobra—.
Formamos el equipo perfecto. También me gustaría sugerir que
montásemos una escena en la fiesta. Si logras llamar la atención de todos
los invitados, nadie se parará a pensar que estás tramando algo.
—¿Alguna sugerencia, actorcillo?
—Unas cuantas, animadora.
Había venido aquí con la intención de manipular a un personaje de la
historia para que se uniese a su malvado bando. En cambio, había
encontrado un amigo. Rae esbozó una sonrisa de oreja a oreja y se fijó en
cómo la expresión de su nuevo amigo se enturbiaba. Él se volvió hacia la
puerta. Rae sabía en qué estaba pensando.
—Mi ayuda experta no es gratis.
Rae ya se había preparado mentalmente para ello. Se levantó del sofá y se
acercó a la ventana, alargando la mano hacia la manilla.
—Por supuesto. Podemos compartir la flor de la vida y la muerta.
Podemos salir los dos de la historia.
El Cobra negó con la cabeza.
—Tú te quedas con la flor.
—No… —vaciló Rae.
—¿Cuántos años tienes en el mundo real? —le preguntó el Cobra.
—Veinte —susurró Rae.
—Yo tenía catorce, me estaba muriendo desangrado en la calle —dijo el
Cobra, con un tono tan cálido como la brisa veraniega—. Y de repente,
cuando me volví a despertar, tenía dieciocho y me estaba muriendo de
hambre en otra calle distinta. Tenía que comer. Tenía que labrarme una
nueva identidad para acceder al palacio. Tenía que descubrir cómo entrar en
el invernadero sin que me descubriesen. Tardé bastante tiempo en lograrlo.
Alguien en quien confiaba me terminó teniendo miedo y fue solo a por la
flor. No terminó bien. Algunas historias no terminan bien. Perdí mi
oportunidad. Lo… lo intenté.
Fue como si alguien la hubiese agarrado con fuerza de la barbilla y
obligado a enfrentarse a algo que no quería ver. «En Eyam, la flor de la vida
y la muerte solo florece una vez al año. Solo tienes una oportunidad», eso
había dicho la mujer.
Cuando la flor floreciese dentro de un mes, si Rae no se hacía con ella, se
quedaría aquí atrapada.
De repente, fue como si el Cobra se encontrase a kilómetros de distancia.
Rae tardó un momento en darse cuenta de que se había acercado a él. Había
alargado la mano hacia él, pero ahora tenía las dos manos extendidas a los
lados, tratando de mantener el equilibrio.
La pintura dorada de su rostro había perdido su lustre. Lo único que Rae
podía ver eran sus ojos, oscuros y tristes, aunque no llenos autocompasión.
El Cobra estaba tranquilo.
—Para mí ya es demasiado tarde. Lleva siendo demasiado tarde desde
hace años.
Una vecina se había llevado a Rae a un lado cuando la noticia de que la
habían diagnosticado cáncer se supo por el vecindario, y la aconsejó que se
llevase una manta a su primera cita. Rae no había entendido el por qué hasta
que no estuvo sentada en aquella silla inclinada, con la vía de la
quimioterapia conectada a su brazo, cuando todos los órganos de su cuerpo
se convirtieron en uvas congeladas. En ese momento se había aferrado a su
manta como si fuese el último resquicio de calor que le quedase al mundo.
Cuando volvió a casa, se dio un baño de agua ardiendo, pero cuando uno
descubría que esa clase de frío existía, era imposible volver a entrar en
calor.
Rae se estremeció como aquel día en el hospital al comprenderlo todo.
Fue como si le hubiesen quitado la manta de encima, como si le hubiesen
despojado de las ilusiones a las que hasta ese momento se había aferrado.
El Cobra lo perdió todo cuando solo era un niño. Ese mismo niño era el
que había decidido chantajear al Última Esperanza y se había abierto
camino hacia el interior de la corte. Se había labrado una nueva identidad,
la del Cobra Dorada, un personaje con un tesoro reluciente y oscuros
secretos. Se había esforzado tanto…
Y aun así no había funcionado. No se había vuelto a despertar. Había un
término para describir a aquellos que cerraban los ojos una vez y nunca más
despertaban.
La desesperación tiñó la voz de Rae.
—¿Qué quieres a cambio de ayudarme?
¿Es que los muertos podían querer algo acaso?
Al parecer, sí. El Cobra se inclinó hacia ella con intención.
—Deja que te cuente lo que pienso. Este mundo es tan real como el
nuestro, pero aquellos que nos adentramos en la historia tenemos cierta
ventaja porque ya nos sabemos las reglas.
—En el mundo real no hay reglas que valgan.
El Cobra soltó una risa burlona.
—¿Alguna vez te ha dado la impresión de que una persona tiene las
claves para hacer que todo le salga bien en la vida? Nuestro mundo también
tiene reglas. Lo que ocurre es que las desconocemos. ¡Aquí nos sabemos el
manual completo! Mi manual ya está desfasado. Ayúdame a arreglar la
historia que rompí. Cuéntame qué ocurre en el libro, para saber qué hice
mal.
No la tomaría en serio si le confesaba que en realidad tan solo le habían
leído el primer libro en voz alta, que ni siquiera había sido ella quien lo
había leído, y que no siempre le había prestado atención a la persona que se
lo leyó.
Rae vaciló.
—No me acuerdo del primer libro.
Lord Popenjoy se alejó de un salto de la ventana.
—¿Qué quieres decir?
—No lo he leído… entero.
Se hizo el silencio entre los dos.
—Eso no son buenas noticias —dijo el Cobra lentamente poco después
—. ¿Qué partes has leído?
Rae trató de desviar la pregunta con una carcajada.
—No seas la clase de fan que le pide a la gente una contraseña secreta
para aceptar que les gusta la historia de verdad. Deja que la gente disfrute.
El mármol reflejó sus movimientos como un brillo inquieto.
—Claro. ¡Salvo en esta situación en concreto, porque nuestras vidas
dependen de que te acuerdes de los detalles clave!
No hacía falta que se lo dijese. Su vida dependía de que se acordase de
esos detalles. Pero no podía.
La insistencia del Cobra le recordó a Rae la de los amigos que había
tenido con diecisiete años. A su equipo. Solían burlarse de ella cuando
empezó a olvidarse de las cosas. Al principio eran bromas cariñosas.
Después fue cuando empezaron a molestarse de verdad. Ella había
intentado disimular sus debilidades contando chistes y haciendo bromas
sobre el tema, pero había llegado un punto en el que la gente había dejado
de reírse. Rae se había empezado a desesperar de verdad, porque era
consciente de que se le estaban olvidando hechos, fechas, historias, incluso
su familia y sus amigos. Se estaba olvidando de sí misma.
—Estaba muy enferma. —Las palabras le salieron como si alguien le
estuviese clavando un cuchillo dentado en la herida. Cerró la boca de golpe
y se puso una venda en la herida de nuevo para no ver el mal aspecto que
tenía en realidad.
Era cierto que no le había prestado atención a Alice cuando le leyó el
primer libro, porque creía que ya sabía lo que iba a pasar a continuación.
Aun así, su cerebro debería haber retenido más información. Lo cierto era
que, a menos que se concentrase con todas sus ganas, su cerebro siempre
acababa fallándole al resto de su cuerpo. Su memoria tenía unos vacíos
horribles, agujeros en la trama que ahora podrían volverse en su contra. En
su mente, la historia era un caballo salvaje al que ella estaba tratando de
devolver al redil. En cualquier momento se le escaparían las riendas de las
manos.
El Cobra dejó de pasear inquieto de un lado a otro y se detuvo a su lado.
Rae notó la calidez de una caricia fantasma. La mano del Cobra se cernía
sobre su codo, como si fuese a ofrecerle su apoyo en cualquier momento.
Rae se apartó. Podía mantenerse de pie por sí sola.
El Cobra observaba a Rae con contemplación. En el libro se describía al
Cobra como un personaje ingenioso. Que era la forma de decir que era un
villano inteligente.
—No voy a confundirte más contándote lo que ocurría en mi versión.
Cuéntame qué es lo que recuerdas.
Aliviada porque el Cobra hubiese aceptado su brillante plan, Rae sintió
que tenía que demostrarle que había tomado la decisión correcta al unirse a
su equipo. El tener que recuperar recuerdos perdidos era como echar la vista
atrás y encontrarte con que todo estaba nublado y no veías el paisaje que se
extendía frente a ti. Puede que recuperase algunos de los detalles, pero
muchos otros permanecerían para siempre perdidos en la niebla. Aun así,
Rae se concentró en recordar el segundo y el tercer libro, porque en ellos
seguía los pasos de un personaje que adoraba y veía el mundo a través de
sus ojos. Por eso recordaba algunos detalles que la ayudaron a reconstruir la
historia.
—Lia llega al palacio y se gana los corazones del Emperador y del Última
Esperanza.
El Cobra asintió, animándola a continuar.
—A eso le sigue mucho drama —supuso Rae—. Entre lo que se incluye
mi ejecución, hasta que se abre el abismo al final del primer libro. La
princesa extranjera se enamora del rey, pero él prefiere a Lia, así que eso
tampoco termina bien. En la batalla final, un grupo de invasores del hielo se
hacen con el control de la ciudad para vengar a su princesa. Para salvar la
ciudad, el amor verdadero de nuestra heroína se adentra en el barranco y
acaba con el guardián divino del barranco, el Primer Duque. Octavian
descubre su poder, cumpliendo así la profecía y convirtiéndose en el
Emperador. Ese es el primer libro.
—¿Perdón? ¿Quién hace qué? ¿Estás segura de que la historia es así?
Ella volvió a asentir.
—Recuerdo los siguientes libros con mucho más detalle. Lo del poder
para controlar a los vivos y a los muertos que desequilibra la mente del
Emperador y convierte al Última Esperanza en su enemigo mortal, aunque
luego tienen que unirse cuando se desencadena la guerra de verdad. ¡La
princesa se convierte en la Reina del Hielo y comanda todo un ejército de
invasores, y los trae hasta aquí para destruir Eyam! Es más o menos para
ese momento cuando el Última Esperanza te asesina.
El Cobra puso una mueca triste.
—Lia le consuela. Cuando los invasores del hielo atacan, el Última
Esperanza hace un juramento de sangre en el que promete protegerla.
La mirada del Cobra volvió a iluminarse.
—¡Y entonces sucede la escena del beso!
—Eh, no. Nunca llegan a besarse. —Estaba segura de que Alice lo habría
mencionado si hubiese sido así—. ¿No era que el Última Esperanza había
hecho un voto de castidad?
—Es sensual porque está prohibido —explicó el Cobra.
Eso tenía sentido. A Rae le habrían gustado mucho más Lia y Marius si
su relación hubiese estado prohibida y les hubiese dado igual. Las
relaciones sin errores y sin obstáculos por el camino no tenían tanto
encanto. El tener que leer esa clase de relaciones era como tener que
comerte una ensalada pasada en todas las comidas y decir que era porque te
gustaba comer sano.
Por desgracia, Lia era demasiado pura como para verse involucrada en
alguna situación mal vista con cualquiera de sus amigos varones. Había
otros personajes que, cuando tenían una escena de sexo, esta se describía
con todo lujo de detalles y, en cambio, aunque Lia al final se terminaba
casando, su noche de bodas era un fundido en negro.
Rae se encogió de hombros, quitándole importancia a la idea de un amor
prohibido.
—El Última Esperanza se enfrenta a cientos de invasores del hielo para
proteger a Lia, los vence pero le hieren mortalmente y termina pereciendo
bajo un árbol. Es una victoria vacía, porque no sirve de nada. A Lia termina
asesinándola por la espalda una cortesana en la que confiaba. Y tras la
muerte de Lia, el Emperador se dedica en cuerpo y alma a destruir el mundo
entero.
El relato había ido fluyendo mientras hablaba, los vacíos en la historia se
habían ido llenando a medida que la contaba. A Rae le pareció que todo
aquello encajaba bastante bien, por lo que se tomó unos segundos para
sentirse orgullosa de sí misma.
El Cobra la observaba repugnado.
—No es posible que yo haya desencadenado todo ese circo. ¿Que Lia
qué? ¿Que Octavian qué? ¿Mi personaje favorito muere solo y sin que nadie
lo haya besado, y además debajo de un maldito árbol? ¡Odio la naturaleza!
La gente debería dejar de comprar estos libros.
Rae recordó lo desolada que se había sentido al seguir leyendo y ver que
el Cobra estaba muerto. Ahora esa sensación era mucho peor porque lo
había conocido.
El Cobra siguió dando su reseña descontenta del libro.
—Una tragedia implacable es como un porno de mierda. La historia
perfecta es la que empieza siendo emocionante, luego tiene una parte
angustiosa pero todo acaba con un final feliz.
—Estoy de acuerdo —repuso Rae—. ¿Entonces quieres que liemos a
Marius y a Lia?
—¡No! —gritó el Cobra—. Quiero que vivan.
Su voz estaba cargada de una angustia muy real, y él mismo era una
persona real. Era muy bonito que le importasen tanto esos personajes, pero
no le serviría para nada. Si los personajes de ficción debían morir para que
Rae pudiese volver a casa, que así fuera. Puede que él no estuviese listo
para ser un villano de verdad. Pero ella sí.
Rae tenía claro lo que debía decir para persuadirlo.
—Nadie tendrá un final feliz a menos que robemos uno para ellos.
Podemos hacerlo. Somos villanos. Yo me encargaré de arreglar esta
historia. ¿Trato hecho?
Se quedaron allí de pie, enmarcados por la ventana por la que se filtraban
los muchos colores de la ciudad. Le tendió la mano, con la luz del sol
haciendo que sus anillos de rubí refulgiesen en sus dedos, tiñéndolo todo de
rojo sangre. Cuando le tomó la mano, la pintura dorada del rostro del Cobra
refulgió bajo la luz como los rayos del sol iluminando la corriente de un río.
—Trato hecho. —Soltó un suspiro con pesar—. Salvemos a Marius y a
Lia. Y a ti.
Rae le dio un suave codazo en el costado.
—No te enfades. Lo que les pase a los personajes en realidad no importa.
No son reales.
El Cobra le dirigió una mirada que podría haber hecho estremecer al sol.
—Cuando mueren sí que parecen reales.
El Cobra Dorada estaba de pie junto a la ventana. Un haz de luz digno de
cuento iluminaba los adornos dorados de su cabello y su mirada oscura y
lejana.
Era el chico que quería un final feliz pero que no conseguiría uno.
Si Rae hubiese sido una buena persona, le habría preguntado por su
nombre de verdad y le habría dicho que ella sería su amiga. No lo hizo. El
hospital le había enseñado una cruel verdad. El dolor es el único sitio en el
que estamos solos. Desearíamos no estarlo. Pero siempre lo estamos.
Rae no podía salvarlo. Solo podía salvarse a sí misma.
El sonido de unos pasos hizo temblar las ventanas, como si una tormenta
se estuviese cerniendo sobre ellos, y Rae recordó que la futura víctima
había llamado a su propio asesino para que viniese a reunirse con él. En el
libro, el Última Esperanza era el tipo bueno aunque hiciese cosas malas. En
el fondo su personaje era un asesino, pero el lector podía labrarse su propia
opinión sobre él.
Ahora Rae era plenamente consciente de que no tenían con qué
defenderse, el Última Esperanza era peligroso e iba a por ellos. Y peor aún,
la madre de lady Rahela había seducido a lord Marius cuando solo tenía
diecisiete años. Él le había contado secretos de Estado. Era esa misma
vergüenza, esa mancha en la vida de lord Marius, la que el Cobra había
usado para chantajearle.
El ver al Cobra con Rahela juntos en ese momento desataría su furia
asesina.
—Solo para asegurarme. ¿En todas las versiones de esta historia Marius
es un descendiente de los dioses y tiene un poder divino al que ningún
humano puede enfrentarse? —Cuando el Cobra asintió, Rae murmuró—:
Oh, cielos.
El eco de sus pasos era como el retumbar de un trueno. Rae sabía cosas
de lord Marius que ni él sabía de sí mismo. Conocía la verdad de sus
orígenes y el terrible alcance de su poder. Debería huir.
La doncella del Cobra abrió la puerta y entonces ya era demasiado tarde.
—Lord Marius ha llegado.
Enmarcado en el interior de la enorme puerta estaba lord Marius Valerius,
el descendiente del Primer Duque, el académico, la última esperanza de su
familia, y el hombre que los quería muertos a los dos.
Lord Marius convirtió la brillante habitación en un oscuro telón de fondo
con su llegada. Parecía una estatua hecha por un escultor que sabía que, si
su obra tenía algún defecto, le castigarían con la muerte. El único signo de
vida estaba en sus ojos, azules y con una palidez nívea. Eran los ojos de un
lobo al acecho.
Cuando Rae leía a su personaje en el libro, el Última Esperanza le parecía
muy noble por ser capaz de resistirse a actuar con violencia. Pero en
realidad estar en la misma habitación que Marius Valerius era como estar a
los pies de una montaña nevada, temiendo que en cualquier momento
pudiese haber una avalancha. El ambiente sabía a escarcha y acero.
—Lo sé —murmuró el Cobra—. En las fiestas es peor aún. Nadie se fija
en mí.
Rae enarcó las cejas.
—Pero si eres tan bonito como un árbol de navidad.
—No todos nos despertamos con un disfraz puesto. ¡Me estoy esforzando
por parecer despampanante!
Rae fingió sacarle una foto.
—Lo estás haciendo genial.
Su sonrisa tensa desapareció en cuanto lord Marius se acercó a ellos, se
sentía como si se hubiese quedado atrapada en el interior de la mansión con
una tormenta de nieve dentro. El uniforme sencillo y blanco de los
académicos de la Torre de Marfil tenía unas mangas largas que lord Marius
llevaba anudadas con fuerza alrededor de sus brazos musculosos, como si
estuviese tratando de contenerse de ese modo. Lo único que llevaba de
decoración era un cinturón de cuero negro con una vaina vacía donde
debería llevar su espada. Su hoja ancestral que en ese momento colgaba
sobre la chimenea de la biblioteca. Había jurado no volver a portar jamás
esa gran espada, pero pronto rompería ese juramento.
Rae alargó la mano hacia la manga del Cobra.
—Estamos ante una máquina de matar que está a punto de perder el
control. Actúa con tacto y precaución.
El Cobra se zafó de su agarre como si fuese una serpiente.
—Marius, bastardo. Lady Rahela dice que me vas a matar.
—Joder. —Rae regresó en silencio al sofá.
El Última Esperanza siguió acercándose. Rae solía pensar que el hospital
la había preparado para cualquier cosa. Había entrado en ascensores con
cadáveres dentro, tapados solo con una fina sábana, que iban de camino a la
morgue. Una vez tuvo que presenciar cómo a un hombre le daba un infarto.
En ese momento había descubierto de dónde venía la expresión de «se
apagó la luz de sus ojos». Era la mente de cada uno la que hacía que nuestra
mirada reluciese. Cuando estábamos animados, nuestros ojos refulgían. Rae
vio como la luz abandonaba poco a poco la mirada de un desconocido al
morir, dejando tras de sí tan solo dos pozos oscuros y vacíos, y supo que lo
que había perdido no era solo la luz, sino la vida.
Nunca había tenido que presenciar una muerte violenta. Toda su vida la
había aislado de aquello, hasta ese momento, que se fijó en la promesa que
había escrita en la manera en la que el Última Esperanza se movía. Era
como el agua helada, calándola hasta los huesos, y a Rae le pareció estar
viendo el futuro. Y este era rojo como la sangre.
El Cobra ni siquiera se estremeció. Rae observó cómo el chico muerto
miraba animado al hombre que estaba destinado a matarle.
—No me tientes —repuso el Última Esperanza, tan silencioso como el
sonido de una avalancha lejana.
CAPÍTULO NUEVE
El corazón malvado del Cobra
El fuego iluminaba la noche. La batalla se libraba más allá de las
ventanas de palacio, pero en la biblioteca reinaba el silencio. Hacía
muchos años, lord Marius había colgado su espada ancestral en la
pared de aquella misma sala. Sed de Sangre era el nombre de la
espada, y llevaba mucho tiempo sin beber ni una gota de sangre. Desde
que el heredero había decidido abandonar su entrenamiento como
guerrero y se había arrodillado en el hielo que había a los pies de la
Torre de Marfil, jurando que a partir de ese mismo instante sería un
académico.
En ese momento, estaba de pie frente a la chimenea, escuchando
cómo el caos y la muerte se desencadenaban en el exterior,
observándolo todo impasible. La luz de la luna y la del fuego se
entremezclaban hasta formar unos tirabuzones brillantes, rojizos y
plateados sobre la hoja desnuda de la espada.
Y entonces, por fin, el Última Esperanza rompió su juramento y tomó
la espada.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
E
ra demasiado temprano para sucumbir al libertinaje. El Cobra
nunca se despertaba antes de las doce, por lo que todas las escenas
espeluznantes de las que era el protagonista solían ocurrir después
de la oración del mediodía de Marius. Sin embargo, esta mañana Marius se
había tenido que encontrar al Cobra Dorada en una situación de lo más
escandalosa: a solas con una mujer que llevaba un vestido provocador.
Como era habitual, el Cobra iba vestido como si el cofre del tesoro de un
pirata le hubiese vomitado encima. Popenjoy se inclinó hacia la mujer para
susurrarle algo al oído, con los adornos de su cabello rozándole la mejilla.
Los dos observaron a Marius de reojo y soltaron una risita cómplice, lo más
probable es que estuviesen burlándose de él. Aunque a Marius eso no le
importaba. Los Valerius tenían los sentidos mejorados. Si Marius hubiese
querido saber qué estaban diciendo, lo habría hecho.
Pero eligió no saber. Marius no se podía creer que Popenjoy y su
arrogancia le hubiesen interrumpido su mañana de estudio. Otra vez.
—No me ha gustado que me hayas hecho llamar —dijo con voz gélida—.
No soy tu perrito faldero.
Popenjoy lo observaba con una sonrisa extraña y delgada. Estaba seguro
de que se estaba regodeando.
—Y, aun así, has venido. No tenías por qué.
¿Qué otra elección tenía? Marius soltó una carcajada amarga. ¿Qué otra
elección tenía nunca, gracias al Cobra?
La frustración le recorrió el cuerpo, haciendo estremecer sus huesos como
las barras de metal de una jaula, una emoción tan intensa que casi se
entremezclaba con la ira. Marius no se había permitido sentirse furioso
desde los diecisiete.
—Hablo en serio —insistió el Cobra.
—No creo que eso sea posible —murmuró Marius.
La sonrisa del Cobra se ensanchó, llegándole a los ojos, pero después se
apagó igual de rápido.
—No te hagas el graciosillo —le pidió, aunque era una petición absurda.
Marius nunca contaba ningún chiste—. Estoy enfadado contigo.
Marius clavó la mirada en un punto detrás del Cobra, en la ventana
mirador. Más allá de las murallas de la ciudad y de las montañas neblinosas
del Oráculo se encontraba el estado ducal. La gran casa de los Valerius,
rodeada por todas sus tierras de labranza y antiguos campos de batalla,
donde había pasado toda su infancia. Antes de que decidiese marcharse al
Palacio del Borde o a la Torre de Marfil.
—No termino de comprender por qué me has hecho llamar para decirme
que estás loco. Eso ya lo sabía.
—Por favor, cálmese, lord Marius —le pidió una voz grave y seductora.
La mujer que estaba sentada en el sillón de conversación se inclinó hacia
delante, casi como si estuviese tratando de zafarse de su vestido. Marius
volvió la mirada hacia la lámpara de araña.
Aunque no antes de haberla reconocido. Para sorpresa de Marius, aunque
no de las buenas, el Cobra estaba con lady Rahela Domitia. El guardia
traidor que merodeaba ante la puerta de la casa del Cobra había dicho la
verdad. A lady Rahela la habían perdonado y la habían nombrado profeta
sagrada. Para Marius, eso significaba que era tan blasfema como traidora.
Al parecer, el Cobra encontraba irresistible a la traidora blasfema.
Eran tal para cual, pero el Cobra siempre había evitado a lady Rahela.
Siempre murmuraba «zapatos» cuando se encontraba con ella. Al parecer,
tenía unos estándares muy altos para el calzado de sus amigas. A Marius le
gustaría que tuviese esos mismos estándares con el carácter de sus amigas.
El Cobra podría tener a quien quisiese. Las damas no paraban de lanzarse a
los brazos de lord Popenjoy en cualquier evento social, mientras Marius se
escondía detrás de sus mangas doradas y deseaba estar en la biblioteca en
vez de allí. O muerto.
—Marius, sé que ya te has enterado de que lady Rahela está en contacto
directo con los dioses gracias a sus visiones.
Lo único que estaba a punto de «visionar» eran los enormes atributos de
la dama si seguía inclinándose hacia delante.
Marius puso una mueca disgustada.
—Por favor, no me digas que la crees. Eres muchas cosas, pero nunca
había pensado que fueses estúpido.
Solo había sido estúpido en una única ocasión. El Cobra había decidido
chantajear a Marius, cuando cualquiera que viviese en aquel reino sabía que
incitar la ira de un Valerius era como firmar tu propia sentencia de muerte.
Hacía mucho tiempo, aquellas tierras habían estado asoladas por la
muerte. Hasta que el primer rey de Eyam subió al trono, nombrado por el
Primer Duque, un hombre con una fuerza sobrenatural y una furia capaz de
acabar con un solo barrido de su espada con un ejército entero. Los hijos del
Primer Duque, y los hijos de sus hijos, heredaron una parte de su enorme
poder, así como de su enorme rabia. Durante generaciones, todos los
ejércitos que habían logrado ganar alguna batalla contra los muertos
vivientes habían estado comandados por un Valerius. El resto de los nobles
necesitaban armas encantadas para luchar, pero todos los Valerius eran sus
propias armas mortales.
Hasta que habían derrotado al enemigo para siempre. Cuando
consiguieron desterrar a los muertos vivientes y descerebrados al fondo del
barranco. Los berserkers habían logrado traer la paz a Eyam, para después
descubrir que no habían sido creados para mantener la paz. Los duques
fingieron que su antigua rabia había ido disminuyendo con el nacimiento de
cada nueva generación. Pero seguía habiendo ciertos… incidentes. Los
incendios que asolaron sus casas. Las sirvientas a las que habían seducido y
después maltratado con brutalidad. Las novias asesinadas. Aquella larga
noche de gritos y puertas cerradas a cal y canto, en la que Marius había
regresado pronto a casa tras el entrenamiento militar y se había marchado
también temprano de allí para no volver.
Marius había jurado ser el último descendiente de los Valerius. En una
época más civilizada, la magia bruta no tenía cabida. Las mujeres escondían
a sus hijos tras ellas cuando Marius pasaba a su lado. Todo el mundo sabía
que su corazón era un monstruo que debía mantenerse encadenado. En
cualquier momento, el control de Marius podría quebrarse, como el hielo
negro en los Acantilados de Hielo y Soledad, desatando así una rabia más
insaciable que cualquier muerto del abismo.
Y el Cobra siempre estaba poniendo el control de Marius a prueba. Pero
no era estúpido. Lo que pasaba es que era un loco malvado y perverso.
—Di lo que piensas de verdad —instó el Cobra a Marius—. ¿Qué soy?
¿Me merezco morir por ello?
—Deja de provocarlo —le advirtió lady Rahela—. Solo quiero que
estemos en paz, lord Marius. Una paz hermosa y sin violencia.
—Ya conozco la definición de paz, señora.
Su tono grosero animó a la dama a ser aún más indecente si cabía. Esta se
levantó del sofá, donde había estado posando como la ilustración de un
libro de lo más obsceno.
—Me arrepiento de mi pasado. ¡He visto la luz!
—¿A qué luz se refiere? —le preguntó Marius cortante.
¿Es que estaba hablando de la lámpara de araña? Todos podían ver esa
lámpara de araña. Era enorme y ostentosa. El Cobra tenía un gusto terrible.
—Milord —ronroneó lady Rahela—. Lo que quiero decir es que espero
que podamos ser amigos.
La forma en la que aquella delincuente observaba a Marius le ponía los
pelos de punta. Su mirada estaba cargada de interés, pero no de
compromiso, como si estuviese presenciando una de las obras de teatro del
Cobra. Marius la fulminó con una mirada mordaz y observó cómo se
estremecía.
Rápidamente, el Cobra se acercó a ella y acarició el hombro de lady
Rahela a su paso, como si estuviese actuando de escudo entre ellos.
El Cobra era una persona deliberadamente cruel. Algo bastante
característico de él era que su crueldad siempre era deliberada. Tenía que
concentrarse para ser cruel, aunque a veces se comportase con amabilidad
sin pensar. La mayoría de la gente solía comportarse justo al revés. Era
como si, en el pasado, en algún punto de su vida, hubiese sido un hombre
bueno, y parte de ese instinto bueno y amable que había regido antaño su
comportamiento jamás lo hubiese abandonado.
Marius hacía tiempo que había dejado de esperar a que ese hombre bueno
reapareciese.
—No uses esa voz, lady Rahela. —La pintura que rodeaba los ojos de
Popenjoy se cuarteó—. Lo estás asustando.
Su sonrisa genuina lo inquietaba. ¿Es que al Cobra de verdad le caía bien
esta mujer?
Marius se sentía asqueado. Sabía que los rumores de que el rey había
deshonrado a lady Rahela debían de ser falsos. Aun así, lady Rahela había
conseguido tentar a Octavian para que hiciese más de una cosa sin pensar.
Era horrible tener que pensarlo siquiera, pero el rey y lady Rahela habían
tenido algunos encuentros completamente a solas, sin carabina alguna.
Rahela ahora estaba reunida con el Cobra sin carabina alguna.
—Si ya de manera natural sueno como una teleoperadora de una línea
sexual —protestó lady Rahela—, he decidido aceptar mi destino.
¡Y tanto que lo había aceptado! Marius le lanzó una mirada gélida y
observó cómo su piel perdía cualquier rastro de color. Por primera vez, se
alegró de inspirar miedo.
—Ponte erguida —le susurró el Cobra con dulzura al oído.
—Es más difícil de lo que imaginas. Estas tetas no son anatómicamente
factibles. No paro de perder el equilibro constantemente.
Las palabras de lady Rahela no tenían mucho sentido, pero no paraba de
bajar la mirada hacia sus propios atributos, invitando al Cobra a que les
echase un vistazo descarado también.
A Marius no le daban miedo las mujeres. Esta le daba asco y tampoco
estaba acostumbrado a tratar con mujeres en general. Gracias a su madre y a
su hermana pequeña sabía que las mujeres también tenían sus propios
sentimientos y pensamientos, pero no tenía forma de descubrir cómo era en
realidad la vida de las mujeres de la corte. Su experiencia con la madre de
lady Rahela tampoco le había incitado a que siguiese intentando conocer a
más damas.
Solo había habido una ocasión en la que Marius hubiese podido entrever
lo que se escondía de verdad en el corazón de una mujer.
La mente de Marius regresó a la tarde en la que la había oído sollozar. La
lumbre que había ardido con fuerza en la chimenea hacía varias horas se
había ido apagando mientras estudiaba, lo que le permitió distinguir una voz
afligida que provenía de la cocina y que subía por la chimenea. La voz de
lady Lia era como un río, que llevaba a Marius de vuelta al día en el que
había dejado de ser un niño. Su voz le recordaba a la de su hermana
pequeña, que suplicaba piedad en un mundo sin ella.
Jamás habría soñado que compadecerse de una chica a la que jamás había
visto tendría unas consecuencias tan terribles. Ahora había blasfemos con
vestidos de lo más escandalosos sueltos y el Cobra los acunaba contra su
pecho.
Un momento. Lady Rahela casi no podía tenerse en pie y estaba hablando
en un idioma de lo más extraño, el mismo que hablaba Popenjoy. De
repente, todo le quedó de lo más claro.
Estaban borrachos como cubas.
—Espabilaos. Me voy. —Marius se dio la vuelta, dándole la espalda a
aquel espectáculo y encaminándose hacia la puerta.
La voz del Cobra le detuvo, venenosa como la serpiente que le daba
nombre.
—Tú no te vas a ninguna parte.
Contra las puertas blancas y doradas, la imaginación de Marius se inventó
una escena llena de rojo. Solo tres pasos le separaban del Cobra.
Se volvió hacia él como un resorte.
Fuera lo que fuese que lady Rahela viese dibujado en el rostro de Marius,
le asustó, porque levantó las manos sobre su cabeza en señal de rendición.
Apartó al Cobra y retrocedió hasta que sus piernas se chocaron con el sillón
de conversación, y después se dejó caer con gracia sobre él. Por su rostro,
Marius supuso que a lo mejor terminaba escondiéndose tras el sofá.
Marius pensó que la dama estaba siendo sensata.
El Cobra, un hombre inteligente que no sabía el verdadero significado de
la palabra sabiduría, se acercó a él.
—¿Es que vas a matarme?
Un deje afilado rompió la suave voz del Cobra. Poco a poco, Marius se
dio cuenta de lo que le estaba queriendo decir en realidad con su pregunta.
Era increíble, el Cobra estaba enfadado con él.
—¿Quién te crees que eres? —exigió saber Marius—. No eres nadie.
Dejé mi espada hace siete años. Hice un juramento sagrado. ¿Cómo puedes
pensar que traicionaría a mis dioses y mi honor tan solo por acabar con un
gusano egoísta como tú?
Incluso la dura lady Rahela hizo una mueca de dolor. El Cobra seguía
tranquilo, observando como quien no quiere la cosa a un criminal
desnortado, tratándolo con familiaridad.
El Cobra enarcó una ceja, indiferente.
—Jamás pensé que fueses a hacerlo. Pero has dicho que no te tentase.
Ya le habían tentado muchas veces. Ahora estaba tentado. El Cobra estaba
demasiado cerca. Marius tragó con fuerza, silenciando así la llamada a la
violencia que clamaba su sangre.
—Deja de atormentarme y estarás a salvo.
Popenjoy tuvo el descaro de mirarlo sorprendido.
—¿Cómo se supone que te estoy atormentando?
—¡Permíteme que haga el recuento! Insistes en tratarme con una
familiaridad detestable al llamarme por mi nombre de pila cuando tú nunca
me has dicho el tuyo.
—¿Es que quieres saber cómo me llamo, Marius? —preguntó el Cobra,
con voz grave.
—¡Deja de usar mi nombre!
El deje burlón de las palabras del Cobra se le clavó como si fuesen unas
cadenas en la piel. No quería saber su nombre. Quería echarle en cara todo
el mal que le había hecho.
—Me has separado de mi rey.
—¡Es un imbécil! —Marius se quedó sin palabras. El Cobra se encogió
de hombros—. ¿Sabes qué?, haz lo que te dé la gana, por favor.
A menudo, cuando los cortesanos se acercaban al Cobra para pedirle
algún favor, él los barría de arriba abajo con la mirada una única vez y
después se daba la vuelta. Los medía y después se olvidaba de ellos para
siempre.
Marius se negaba a que hiciese lo mismo con él.
—Manipulas a todo el mundo para obtener lo que quieres. Me obligaste a
votar lo que tú querías en las asambleas de ministros.
—¡Perdóname por apoyar las artes!
—¿Así es como llamas a estar enredado con esa cantante de ópera? —le
preguntó Marius con frialdad—. ¡O con toda esa compañía de teatro el año
pasado!
La compañía de teatro había estado formada solo por mujeres. El primer
ministro había dejado caer que todas esas actrices eran unas pecadoras, a lo
que el Cobra había respondido: «¿Lo promete?».
Desde el sillón de conversación, lady Rahela soltó un gritito sorprendido.
A pesar de todos sus pecados, seguía siendo una dama soltera.
Marius inclinó levemente la cabeza.
—Lamento mucho tener que mencionar este tema en su presencia.
—Cuéntamelo todo —murmuró lady Rahela.
Ah, sí, estaba borracha.
El Cobra abrió la boca de par en par. Parecía una especie de pez al que
alguien hubiese pintado con pintura dorada.
—¿Crees que me acosté con toda una compañía de teatro? Vaya…
gracias.
—¿Qué clase de hombre dice «Gracias por pensar que soy peor de lo que
en realidad soy»? —preguntó Marius con desprecio.
El Cobra se señaló con un gesto de la mano.
—Este hombre. Pero recapitulemos. Te llamo por tu nombre y preservé
tus ilusiones sobre tu amigo de la infancia. ¿Qué más?
La pregunta parecía genuina, como si el Cobra se hubiese olvidado de
todos sus pecados.
—Juegas con la gente como si fuesen marionetas y después los rompes.
Vi cómo arruinabas a un joven noble. Le despojaste de toda su fortuna. No
tuvo otra salida para la deshonra que la soga.
Toda la corte se había estremecido ante la crueldad del Cobra. Incluso en
ese momento, Marius vio cómo lady Rahela se estremecía ante aquello.
—Me había olvidado de esa parte —susurró Rahela.
El Cobra soltó una risa burlona.
—A mí me gustó esa parte. ¿Ese es mi mayor pecado? Devuélvemelo,
entonces.
Esa falsedad era lo que más odiaba Marius de él. Popenjoy era todo risas
en la superficie, aunque en su interior se regodeaba de la maldad. Lady
Rahela era la mujer más malvada de la corte, pero ella también lo observó
como si aquel comportamiento la hiciese estremecer.
—Le dejaste sin nada.
—Seguía vivo —repuso el Cobra sin piedad—. Tenía su libertad. Muchos
no tienen ni eso.
—Como yo —espetó Marius—. Nunca me dejaste elección. ¡Esta es mi
vida!
Lady Rahela se puso de pie, estaba claro que quería marcharse de allí
cuanto antes. El Cobra le hizo un gesto para que volviese a sentarse.
—No parece que le sorprenda nada de esto —la acusó Marius. Cuando
lady Rahela abrió los ojos como platos, consumida por la culpa, él se volvió
como un resorte hacia el Cobra—. Le has contado a una desconocida mis
secretos después de estar con ella tan solo cinco minutos.
—Ostras —murmuró Rahela—. ¡Supongo que no hay otra explicación!
En cualquier momento, una mujer dispuesta a traicionar tanto a sus dioses
como a su rey podría utilizar la más absoluta vergüenza de Marius en su
contra. No podía culpar a lady Rahela de la indiscreción del Cobra, o del
antiguo engaño de su madre. Cada uno debía asumir la culpa de sus propias
acciones.
Esto era culpa del Cobra.
El Cobra vivía como si su vida fuese una obra de teatro. Lo que no
entendía era que, al mantener esta conversación ante una desconocida,
estaba arrancándole las entrañas a Marius y mostrándolas en medio de la
plaza del pueblo. Y Marius, que había hecho del autocontrol su religión,
estaba demasiado enfadado como para controlarse en ese momento.
Esto era peligroso.
Él era peligroso. El corazón de Marius se encogió como si fuese el mango
de una espada y alguien lo estuviese rodeando con fuerza. Cada día, desde
el día en el que se había marchado de casa, rezaba la misma oración en
susurros. «Líbrame del monstruo que podría ser. Ayúdame, sálvame. Dioses
perdidos, encontradme».
El Cobra estaba jugando con fuego, tal y como jugaba con todo. Había
bajado la mirada hacia sus mangas y estaba jugueteando distraído con los
bordados.
—¿Estás pensando en matarme?
Marius perdió cualquier rastro de autocontrol y se lanzó hacia él.
Popenjoy alzó la mirada de golpe, con sus cejas imperiosas enarcadas, sus
ojos claros e impávidos, su mirada cargada de fuerza. Era una burla a los
dioses que alguien tan corrupto y vacío como él pudiese tener este aspecto.
Marius suspiró.
—Pienso en matarte constantemente.
—Debería ir a buscar a Key —comentó lady Rahela bruscamente.
—¡Lo último que necesitamos es otro asesino en la sala!
Asesino. Se esforzaba tanto por no serlo. Marius no se permitió inmutarse
ante aquella acusación. Las palabras imprudentes y sin importancia del
Cobra no significaban nada.
—¿Sabes luchar? —le preguntó Rahela al Cobra.
—Toda la corte sabe que es un cobarde —soltó Marius.
—¿Para qué entrenar con armas? No, no me hace falta aprender ninguna
clase de ritual intrincado para rozar la piel de los hombres. —Se carcajeó el
Cobra—. Prefiero bailar. No hay por qué involucrar al Villano del Caldero
en todo esto. Solo tengo que hacerle una pregunta más a Marius. Puede que
mate a gente, pero no miente.
—¡Lo que me preocupa es la parte de que mate a gente! —siseó lady
Rahela.
—Estáis hablando de mí como si yo no estuviese presente —repuso
Marius.
Estaban hablando de él como su fuese un objeto peligroso, una espada
colgada en la pared o el atrezo de una obra de teatro, como si en realidad no
estuviese allí.
El Cobra se volvió a mirarlo. La voz grave de Popenjoy hizo repicar los
cristales de la lámpara de araña.
—¿Alguna vez hemos sido amigos?
Habían pasado seis años desde que se habían conocido y siempre
terminaban de este mismo modo. El Cobra, de pie ante él, con otra pregunta
imposible. Marius tenía que fingir que era el mejor amigo del Cobra. Ese
era el trato que habían hecho.
Un soldado debía elegir el mejor curso de acción, y rápido, porque si no
sus hombres morirían.
—Nunca fuimos amigos. Cada minuto era mentira. Cada minuto era un
horror.
Se sentía vacío y mareado por haber dicho por fin la verdad en voz alta.
Al fin el Cobra dejaría de burlarse de él.
—Muy bien —suspiró Popenjoy, se llevó dos dedos a las cejas e hizo un
gesto desdeñoso—. Considérate liberado del horror.
—¡No te creo! —gruñó Marius, a solo un palmo de distancia del rostro
del Cobra—. Todo lo que dices es mentira. ¡No sabía el por qué! No sabía
qué me ibas a pedir que hiciese. No sabía que estabas confabulando para
destruir mi país o a mi rey. Me has mentido y te has reído en mi cara, y he
tenido que ver cómo engañabas a todo el mundo. Desde hace años.
El honor de Marius, mucho más importante que su propia vida, solo había
sido una marioneta entre las manos de Popenjoy. Una palabra imprudente
que saliese de aquellos labios siempre imprudentes era capaz de destrozar el
orgullo de su madre, las perspectivas de matrimonio de su hermana
pequeña, e incluso su buen nombre. Solo había una manera de detenerlo.
Marius se había pasado la vida alejado de todo y de todos, pero decidió
que había llegado el momento de dar un último paso adelante. Los ojos del
Cobra se oscurecieron. La verdad hizo que el ambiente cobrase un brillo
dorado.
—Te mereces la muerte —susurró Marius.
Para ser un hombre al que acababan de amenazar con asesinarlo, el Cobra
Dorada estaba demasiado tranquilo. Le lanzó una mirada de reojo a lady
Rahela.
—Tenías razón. Soy un villano.
La sorpresa le invadió de repente, como un puño estampándose contra
una puerta y astillando la madera. Marius ya lo había sabido, pero no
esperaba que Popenjoy estuviese de acuerdo con él.
—Me he pasado todo este tiempo actuando como si fuese la única
persona que importase de verdad en este mundo. Así es como actúa un
villano. Lo siento, Mari… milord. Dejaré de actuar así.
Le resultaba casi imposible no creerle con esa voz, pero era
completamente imposible fiarse de nada de lo que dijese este hombre.
La furia le invadió, como si fuese un animal asustado.
—¿Te pasas años chantajeándome sin arrepentirte en ningún momento y
esperas que crea que ahora has tenido una crisis de conciencia?
—Cierto… —murmuró Popenjoy—. Tiene sentido.
En la sala, se hizo el mismo silencio que Marius conocía gracias a las
asambleas reales. De vez en cuando, el Cobra se quedaba callado y
pensativo, a ese instante siempre le seguía un desastre. Como aquella vez
con el tesoro real, o… que los dioses perdidos lo perdonen… con el abrigo
de piel de la condesa. Esta era la calma antes de una tormenta dorada.
Si alguien tenía un arma, se podía advertir a la gente de que podría ser
peligroso. Pero nadie te escuchaba si gritabas «¡A cubierto! ¡No le dejéis
pensar!».
El Cobra alzó un dedo junto a su rostro, como si estuviese dirigiendo su
propia orquesta personal llena de lunáticos en su cabeza.
—Escucha. Soy un gusano egoísta, ¿no? Pues ahí tienes tu respuesta.
Hasta que conoció al malvado marqués jamás había caído en que se podía
tender una trampa con palabras en vez de con una red o con acero.
Marius negó con la cabeza, desesperado.
—¿Cómo esperas que confíe en ti?
El Cobra se acercó un poco más a Marius, adentrándose en su espacio
personal. Una de las trenzas le caía sobre el hombro, con sus estúpidas
decoraciones resonando al ritmo de la verdad.
—Porque soy el villano que crees que soy. Mi magnifico egoísmo nos
salvará a todos. Todo el mundo sabe que soy un cobarde. Si nuestra relación
va a llevarme a la muerte, está claro que me gustaría terminar con esto
cuanto antes.
Todo el mundo le tenía miedo a Marius, pero el Cobra nunca le había
temido.
Ahora sí que le observaba asustado. Le resultaba desconcertante verlo
enfadado. Las emociones solían eludir el rostro del Cobra, deslizándose por
su superficie como la luz del sol sobre el agua. Ahora estaba tenso como la
cuerda de un arco y su mirada ardía de miedo. Todos los impulsos oscuros
de Marius se cernieron sobre él, como una manada de bestias salvajes
atraídas por un fuego solitario en medio del desierto.
—Cree en mi naturaleza malvada con la misma fe inquebrantable que le
profesas a tus dioses perdidos. Pero en esto, solo en esto, puedes confiar en
mí —murmuró el Cobra.
No paraba de gesticular, como si estuviese tan emocionado con aquella
conversación que necesitase hablar no solo con la boca sino también con las
manos.
El gesto que acababa de hacer le recordaba específicamente a aquel que
haría un cazador en un coto de caza al soltar a su halcón.
—Confía en mi malvado corazón, milord. Eres libre.
Marius, enzarzado en una silenciosa lucha interna con su propia rabia, no
se movió de allí. Nunca había visto al Cobra rendirse, pero en ese momento
se estaba rindiendo. Estaba encaminándose hacia aquella mujer. Marius
podría partirle el cuello con más facilidad que si chascase los dedos, y
también podría tomarse su tiempo para acabar con el Cobra.
—Quiero a Key aquí —susurró lady Rahela. Demasiado bajo como para
que nadie más que Marius pudiese escucharla.
Las puertas del salón se abrieron de par en par. La doncella y el guardia
de lady Rahela se adentraron en la estancia, como si estuviesen
respondiendo a una llamada que no era posible que hubiesen escuchado.
Los sirvientes no podrían detenerle. Nada podría detenerle.
El Cobra enarboló sus siguientes palabras como si fuese un arma.
—Decoro, milord.
La sangre caliente le bajó por la garganta cuando Marius se mordió el
labio inferior y se marchó hecho una furia. Nunca se había marchado tan
rápido de casa del Cobra.
Se apoyó en la entrada de su mansión, inspirando a la desesperada
bocanadas de aire con sabor a sangre. Llevaba años deseando poder escapar.
Pero lo que no había esperado era sentirse tan a la deriva cuando obtuviese
esa libertad.
Aquel intenso malestar debía de ser una señal. Marius provenía de una
extensa familia de soldados para los que saber la diferencia entre un animal
que solo está pasando frente a ellos o un enemigo que se acerca con sigilo,
era saber la diferencia entre la vida y la muerte. Su instinto estaba dando la
señal de alarma.
Las miradas conspiratorias que habían compartido lady Rahela y el
Cobra, así como su lenguaje en clave, resonaban en su cabeza con tanta
fuerza como los tambores de guerra. Si combinaban sus fuerzas del mal
podrían hacer caer cualquier reino.
«Soy el villano que crees que soy», había dicho el Cobra. Marius sabía
que el Cobra era un mentiroso.
Por eso tenía que averiguar qué estaban tramando esos dos villanos y
detenerlos.
CAPÍTULO DIEZ
La villana, la heroína
y la competición
Todos aquellos que conocían a lady Lia sabían que estaba marcada por
la grandeza. Su cuerpo esbelto era un canto a la gracia, su rostro, un
poema. Además, su madre había muerto. Esa también era una clara
señal.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
A
hora que Rae y el Cobra ya habían ultimado los detalles de su
malvado plan, el siguiente paso era conseguir una invitación para
el baile. Rae se pasó varios días preparándose con el Cobra para
su gran escena en el salón de baile, y aguardando con paciencia a que
llegase el momento justo. El torneo de tiro con arco de las damas debería
ser pan comido. Se acordaba de que Alice lo había mencionado de pasada.
Era una competición estúpida entre las damas de la corte que era tan
anodina que ni siquiera la habían descrito en el libro. Era el escenario
perfecto para encontrarse con la heroína.
Rae tenía que arreglar todo el tema de la incriminación con la invitada de
honor del próximo baile. No esperaba encontrarse ningún problema. Lia era
muy fácil de convencer.
Los varones tenían prohibido el acceso al Patio de Aire y Gracia, había
guardias apostados en las almenas que rodeaban el patio cerrado. Rae se
sorprendió al darse cuenta de lo mucho que echaba de menos la compañía
de Key y su tendencia reconfortante a recurrir primero a la violencia
extrema para enfrentarse a sus enemigos. Emer sí que se quedó a su lado,
pero Emer seguía odiando a Rae.
Como todo el mundo.
Había damas de la corte por todo el patio, preciosas como una flor, pero
con la mirada tan gélida como el hielo. Era como haberse metido en un
tanque de tiburones, solo que en este caso los tiburones llevaban vestidos
mullidos. A algunas de aquellas damas sí que se las mencionaba en el libro,
pero Rae no había memorizado ninguno de los nombres de las amantes del
rey. Sí que logró identificar a dos de las chicas que iban a la cabeza, porque
eran idénticas. Lady Hortensia y lady Horatia Nemeth tenían el cabello
rubio y claro, como la piel de un limón, y sus palabras eran igual de ácidas
que el jugo de aquella fruta. Rae solo lograba diferenciarlas porque
Hortensia, la mayor de las gemelas, llevaba puestos los guanteletes mágicos
de su familia. Las hijas del comandante general Nemeth eran unos
personajes secundarios sin protagonismo alguno que representaban el papel
de las chicas malas de la corte, y que se pasaban sus días atormentando a
Lia, envidiosas porque el rey la amaba. Pero parecía que ahora tenían ganas
de acosar a Rahela.
Qué monas. Que lo intentasen si querían.
—Ramera traidora de la muerte —dijo Hortensia, con su voz nasal—. Me
sorprende que hayas decidido dar la cara. ¿Verdad, querida?
Horatia soltó una risita burlona.
—Yo sí que esperaba que diese la cara, querida. Que su cabeza siga unida
a su cuerpo es lo que de veras me sorprende.
—¿De verdad tenemos que pelearnos como gatas, señoritas? —ronroneó
Rae. Su voz solo tenía tres niveles: seductor, burlón y burlonamente
seductor. Ninguno era apropiado. Pero bueno, qué se le iba a hacer.
Los labios de Hortensia formaban una figura demasiado delicada como
para decir que estaba haciendo una mueca. Rae creía que en realidad el
gesto que estaba poniendo era un mohín.
—Siempre que las peores personas que conocemos caen bajo, esperan
que todo el mundo sea mejor que ellos y que no se regodeen en sus
desgracias. ¿Por qué deberíamos ser mejores personas que ellos?
—No me habéis entendido —repuso Rae encantada—. Si nos peleamos
como gatas, saldréis perdiendo. Y eso sería de lo más vergonzoso, para
vosotras, claro.
Hortensia desestimó sus palabras con un gesto de su mano enguantada. El
susurrante parterre de mujeres, vestidas de rojo amapola, amarillo narciso y
lila… lila, se abrió como un mar de pétalos brillantes. En la pared del fondo
habían colocado unas cuantas dianas para el tiro con arco, con sus
estructuras de arpillera blanca y unos círculos dibujados en rojo en su
interior. Hortensia apuntó y disparó, con la magia de su guantelete enviando
ondas rojizas alrededor de su brazo. Su flecha se clavó en el tercer anillo
interior.
—Empiezan los tiros. Literalmente —le susurró Rae a Emer, que tenía la
mirada clavada al frente como si no pudiese oír nada.
Rae esperaba que en el mundo de Eyam jugasen al póker, porque Emer
sería buenísima. Mejor que Rae con el tiro con arco, eso seguro, pero Rae
se había hecho una coleta alta y práctica, se había puesto sus guanteletes y
estaba lista para lo que fuera. Todo era gracias al brillo prestado de la sangre
derramada. Los guanteletes en realidad, legítimamente, le pertenecían a Lia,
y la de Lia era una familia de sangre azul y de magia grandiosa. Como
buena villana, Rae esperaba que los siniestros y encantados instrumentos
para matar que había robado le diesen una injusta ventaja.
Las gemelas aguardaron, con sus arcos curvados y sus cejas enarcadas, a
que Rae disparase. El momento se vio interrumpido por el ruido de las
puertas del patio al abrirse, rozando con el suelo de guijarros, y la voz de un
guardia.
—¡La princesa Vasilisa!
En escena nos encontrábamos a las chicas malas, las perdedoras, y ahora
también se unía la princesa. La única que faltaba era la heroína.
La princesa Vasilisa se adentró en el patio, portando un vestido de satín
azul y una tiara con gemas incrustadas.
—Oh, querida —le susurró Hortensia a Horatia.
Entre todo ese satín y esos diamantes se encontraba el rostro de Vasilisa.
Tenía el cabello apagado, la tez plomiza y la mandíbula roma. Muchas
mujeres preciosas conseguían que esas facciones resultasen atractivas. No
era el caso de Vasilisa. Si hubiese sido plebeya, no habría sido nada del otro
mundo, pero era una princesa. Los encantos de algunas personas lograban
acentuarse dependiendo de las prendas elaboradas que llevasen o de los
peinados que se hiciesen. En el caso de Vasilisa, que sus ropajes
contrastasen tanto con su apariencia le daban incluso peor aspecto.
Vasilisa no dio señales de haber oído las risitas que recorrieron el patio
interior. Fue haciendo leves reverencias de vez en cuando, con actitud
puntillosa, estaba claro que sus modales eran tan rígidos como su vestido.
Había una mujer a la derecha de la princesa, vestida con una túnica y
unos calzones hechos del mismo material oscuro. Tenía la piel tan pálida
como Vasilisa, y llevaba el cabello rojizo recogido en una trenza que le
rodeaba la cabeza como una corona. Al contrario que Vasilisa, ella sí era
guapa.
—¿La doncella de una princesa llevando calzones? —preguntó Horatia en
cuanto terminaron de hacer las presentaciones pertinentes—. ¡Qué novedad!
Por su tono quedaba claro que opinaba que la doncella había elegido mal
su vestimenta.
—Esta es mi guardia, Karine —repuso Vasilisa, en tono serio—. ¿Es que
todos sus guardias son hombres? Qué incómodo.
Rae observó a Karine con interés, aunque Karine la observó con recelo.
Vasilisa tendría a una guardia con el cabello rojo como el fuego y a otra con
el pelo del color de la medianoche a cada lado de su trono cuando se
convirtiese en la reina de su propio reino helado. Pero jamás sería la reina
de Eyam, sin importar lo desesperadamente que amase a su rey.
Horatia ajustó el agarre de su arco.
—A una le gusta sentirse protegida.
—Por supuesto. Yo siempre me siento protegida —repuso Vasilisa.
Rae hizo una mueca de dolor. La princesa no se estaba haciendo querer
por las damas de la corte. Vasilisa daba la impresión de creerse mejor que
ellas. Como princesa, técnicamente, era cierto.
Dado que había previsto usar la llegada de Vasilisa a la historia para sus
propios fines, Rae sintió una vaga sensación de obligación. Le dedicó una
enorme sonrisa a Vasilisa.
La princesa Vasilisa le devolvió la sonrisa.
—Lady Rahela. He oído por ahí que es capaz de adivinar el futuro.
—De adivinar el futuro, de traición —murmuró Hortensia—. Es capaz de
cualquier cosa.
Rae no perdió la paciencia. Había decidido bajar un poco sus propios
humos, ya los recobraría más tarde.
—Como dama de la corte, la verdadera traición sería responder a la
llamada de otro hombre que no fuese mi rey, ¿no cree? Los dioses me
dijeron que una de las gemelas quería casarse con el primer ministro. Pero
¿qué gemela?
Las gemelas palidecieron al momento. Lo mejor sería que dejase a un
lado ese tema antes de que alguien le pidiese más detalles al respecto.
Porque lo cierto era que Rae no recordaba los detalles.
—No termino de entender todos los entresijos de su corte —anunció
Vasilisa—. ¿Creía que ser una dama de la corte del rey era todo un honor?
Una serie de voces aflautadas se alzaron hasta formar un coro unánime,
asegurándole que así era.
Rae se encogió de hombros.
—Todo el mundo dice que lo es.
Solo a los héroes les importaba de verdad el honor. Los villanos tenían
permitido ser más prácticos.
—No tiene por qué escuchar su traicionera opinión llorica, su alteza —
intervino una de las gemelas ligeramente malvadas.
Los ojos de Vasilisa eran de un color turbio, entre el gris y el marrón,
bastante llamativos en un mundo ficticio en el que los ojos del resto de
personajes eran casi siempre de tonos de lo más impresionantes. Observó a
Rae abiertamente.
—Explíquese.
—La suerte está en nuestra contra. Un rey, más de veinte damas de la
corte. Hasta que el rey elija a su reina, ninguna podemos casarnos, y el
matrimonio es el único objetivo que debe cumplir una dama noble en su
vida. Para cuando el rey por fin escoja, ya se nos habrá pasado el arroz. Que
hayamos formado parte de las damas del rey elevará nuestro estatus en la
corte, pero lo más probable es que otros caballeros se pregunten cómo nos
ha honrado el rey exactamente. Debemos mantenernos castas pero también
complacer los deseos del rey, así que está claro que existe cierto conflicto
de intereses. Todo este escenario fomenta una violenta competición, hasta el
punto de que algunas, y no voy a nombrar a nadie porque estoy hablando
solo de lo que yo opino, se ven envueltas en conspiraciones asesinas para
acabar con la competencia. Aun así, si el rey os lo pide, ¿qué otra opción
tenéis?
Tampoco importaba tanto. Tenían más opciones de convertirse algún día
en reina que de ganar la lotería, y aun así la gente compraba boletos de
lotería todos los días, pero el escenario en el que se desarrollaba la acción
era lo que de verdad cabreaba a Rae. El llamar a aquello «un honor» era ser
demasiado falso y generoso. Se suponía que los hombres tenían que salvar
primero a las mujeres y a los niños si estaban en un barco que se hundía.
Pero estadísticamente, nunca era así. Las promesas de lealtad y sacrificio no
eran más que engaños. Al final, todo el mundo se salvaba primero a sí
mismo.
Ni siquiera el ruido de las faldas de las damas al caminar rompió el
silencio. El horror de Emer irradiaba de su cuerpo como el frío saliendo de
un congelador abierto. Con gran consternación, Rae se dio cuenta de que
había dado a entender con sus palabras que se estaba acostando con el rey.
Por suerte, un guardia anunció una nueva llegada, y aquello le salvó de
tener que decir nada más.
—Lady Lia.
Por supuesto, la heroína tenía que hacer una entrada dramática.
Rae se puso a aplaudir.
—Mirad, todo el mundo, que viene Lia. ¡Toma, es Lia!
—¿Sois buenas amigas? —preguntó Vasilisa.
—En realidad no, le tendí una trampa para que la ejecutasen la semana
pasada.
—Ah —susurró la princesa.
Las puertas se abrieron. Lia se adentró en el patio, con el sol brillando
con fuerza a su espalda.
Por un momento no fue más que una esbelta silueta que contrastaba con
un fondo de suave resplandor. A lo mejor era por el curso natural de la
trayectoria del sol o por las nubes que se deslizaban por el cielo. O quizás
todo fuese porque, al fin y al cabo, era la heroína de la historia.
Cuando la Perla del Mundo cruzó el umbral y se adentró en el Patio de
Aire y Gracia, una brisa acarició su figura, como si la adorase. El cabello y
el vestido de Lia se mecieron como las banderas que ondeaban sobre sus
cabezas. El vestido de Lia, de algodón blanco con el reborde en azul, era
mucho más simple que los vestidos que portaban las otras damas, pero la
belleza de Lia era propia de un tesoro, como si Midas la hubiese
transformado en una de sus preciosas estatuas de oro macizo.
La belleza de Lia encajaba en aquel mundo de palacios y magia. Sus ojos,
de algún modo, parecían del mismo azul que las joyas y que el cielo. Sus
tirabuzones dorados hacían que el cabello teñido de las gemelas pareciese,
en contraste, una paja blanqueada. La moralidad se basaba en los pequeños
matices: en un reino con antagonistas rubias y mezquinas, las heroínas
debían tener un brillo dorado. Ni rastro de maquillaje que profanase su
rostro. ¿Por qué querría alguien con unos labios del color del capullo de una
rosa usar maquillaje?
Rae puso los ojos en blanco, después esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
Lia tenía el mismo aspecto que Rae había imaginado que tendría. Fue su
propia reacción lo que de veras la sorprendió. El hecho irrefutable y
sobrecogedor de que Lia le recordaba a Alice por su belleza, pero Rae
echaba de menos a su hermana. Y ver a Lia la hizo sonreír.
—Me disculpo por mi tardanza. —La voz dulce de Lia se deslizó por el
aire—. No estoy del todo familiarizada con las costumbres de las altas
damas de la corte.
Porque Rahela jamás había invitado a Lia a ninguno de los eventos de
palacio, algo que Lia era demasiado buena como para reprocharle. Las
gemelas intercambiaron un par de miradas cómplices y lo dijeron por ella.
Lia parecía incluso más molesta por no haberlo dicho ella misma en voz
alta.
Inmediatamente después de que Lia hablase, sonaron las cornetas y los
estandartes ondearon sobre sus cabezas. Probablemente solo era una
coincidencia.
Hortensia se volvió hacia las almenas.
—Lady Lia, permítame explicarle el problema al que nos estamos
teniendo que enfrentar.
En el libro, las gemelas descargaban todo su rencor contra la hermana de
Rahela. Con Rahela todavía con vida, al parecer, Lia recibía tan solo su
amabilidad condescendiente.
—La ganadora del torneo de tiro con arco de las damas normalmente
suele ser recompensada con la mano del rey para el primer baile pero, por
supuesto, su majestad abrirá el gran baile, en esta ocasión, con la princesa
Vasilisa. O quizás baile con usted, ya que la invitará oficialmente a unirse a
las damas de su corte esa misma noche. —La invitación era una mera
formalidad. El rey ya la había instalado en la torre de sus damas el mismo
día que la había visto por primera vez—. ¿Qué deberíamos jugarnos en su
lugar?
Lia les lanzó una mirada recatada a las dianas.
—En el campo nunca jugábamos para ganar un premio. En cambio, la
perdedora tenía que perder algo.
Lia no se había vuelto a mirar directamente a Rae en ningún momento,
pero Rae estaba segura de que era plenamente consciente de su presencia.
Hortensia le dio una suave palmada a Lia en el brazo, un gesto
característico de una hermana mayor que le pareció de lo más extraño,
sobre todo porque Hortensia llevaba puesto un guantelete mágico. Observó
a Lia con la mirada acaramelada. De repente, Rae creyó que tenía diabetes.
—Una idea encantadora. ¿Y si nos jugamos que la perdedora tendrá que
abandonar el palacio?
Si a Rae la exiliaban del palacio, estaría perdida.
Rae se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
—Como la antigua favorita del rey, lady Rahela, ¿por qué no empieza
usted?
—Por supuesto, lady Hortensia.
Filas y filas de mujeres observaron a Rae abrirse paso, con su vestido con
el escote en V más pronunciado de todas las damas en ese patio. Cada una
de las damas la sonreía con suficiencia, embutidas en sus vestidos de
colores pastel. Una morena de violeta se parecía a una amiga que la había
traicionado hacía mucho tiempo. Rae se esforzó por contonearse con ganas
a su paso.
Rae se detuvo, a cierta distancia de la posición que le había indicado
Hortensia.
—Está demasiado lejos de la diana.
—Ah, no me importa.
—Por favor, no me gustaría que nadie pudiese decir que el torneo ha sido
injusto.
Rae señaló una losa que había un poco más adelante.
—Tan solo para comprobar. ¿Quiere que me coloque allí?
Hortensia esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—Precisamente.
—¿Justo sobre la piedra que anulará el encantamiento de mis guanteletes?
Mmm. No.
Las risitas cesaron al momento. Los estandartes se hundieron.
Rae acababa de frustrar el plan de las gemelas, pero todavía le quedaba
disparar a la diana. Sus guanteletes no podrían hacer todo el trabajo sucio
por ella. Su pecho se hinchó cuando tiró de la cuerda del arco. Teniendo en
cuenta el estado actual de su pecho, cualquier clase de expansión resultaba
alarmante. A Rae le preocupaba la posibilidad de rasgar sus vestiduras de
improviso.
Cuando alzó el arco, su poder la recorrió, tal y como había sucedido
cuando pronunció el juramento de sangre. En ese momento estaba
transformando el cuerpo de Rae, colocando sus músculos, dándoles más
fuerza a sus brazos. No era su propia fuerza, pero después de tantos años
sintiéndose impotente, le invadió una emoción innegable. El aire que
respiraba estaba mucho más limpio. Su visión mucho más despejada. Era
fuerte.
Rae disparó.
Diana.
Lady Rahela observó al resto de las damas con una sonrisa de suficiencia
dibujada en su rostro.
—Espejito, espejito, ¿quién podrá hacer que su enemiga se arrastre hasta
ella?
Hubo un tiempo en el que nadie se atrevía a interponerse en su camino, a
burlarse de su hermana o a desestabilizar a su equipo. Tras tantos años
sintiéndose impotente, la zorra estaba de vuelta.
Rae asintió en dirección a Horatia. Solo unas cuantas damas con suerte
tenían guanteletes hechizados. Horatia llevaba puestos unos guantes de
encaje.
—Ven a por la abeja reina, será mejor que no falles —le aconsejó Rae a la
gemela menor—. No puedes ganarme. ¿Podrás vencer a tu hermana?
—¡Horatia, ven aquí! —Con un resoplido, lady Hortensia se quitó los
guanteletes—. Tómalos prestados, querida.
El asombro seguido de cerca por una enorme alegría recorrió el rostro
pálido de Horatia, volviéndola una dama de lo más bella por unos segundos.
Era evidente que estaba decidida a no ser ella la desterrada. Sus manos
enguantadas se aferraron al arco, tensando la cuerda y centrándose en su
objetivo.
—Horatia —gimió la voz de su hermana, haciendo que un escalofrío
inquieto recorriese la espalda de Rae.
Horatia se volvió hacia su hermana, molesta.
—Ahora mismo no puedo, querida. ¿Por qué me has llamado?
Hortensia tenía la mirada clavada en las almenas, su rostro había
adquirido el mismo color que la leche congelada.
—Yo no te he llamado —repuso lentamente.
En lo alto, la sombra de un guardia vaciló contra el muro, antes de caer al
patio. Su descenso fue una caída lenta, el miedo hizo que el tiempo
pareciese alargarse insondablemente. Cuando el cuerpo aterrizó sobre el
terreno, cayó sobre una de las dianas. El borde de madera hendió el cráneo
del guardia. La diana se desplomó de costado, con una mancha de sangre
fresca salpicando los aros. La flecha de Rae seguía clavada en el blanco.
El guardia no había muerto por la caída. Le habían arrancado el corazón.
Más allá de las murallas de palacio estaba el Barranco del Miedo.
Las damas de la corte de su majestad alzaron las miradas hacia las
almenas y vieron a los guardias de palacio abrumados por una creciente
marea de muertos vivientes y hambrientos que se cernían sobre el palacio.
CAPÍTULO ONCE
La villana, la heroína y la horda de los
muertos vivientes
Los necrófagos son los muertos sin amor que descansan enterrados sin que una
lápida encantada los proteja. Aquellos que murieron sin que nadie los llorase,
que el mundo permitió que se pudriesen en las cunetas o a los que lanzaron al
interior del barranco. En sus corazones muertos no existe piedad alguna, pero
los ecos perduran en el silencio sepulcral que reina en sus mentes. Escuchan y
repiten como loros todo lo que oyen.
Puede que llegue un momento en el que estés arropado en tu cama, calentito
y a salvo. Pero al otro lado de tu puerta cerrada con llave, una medianoche
solitaria, una voz amada podría llamarte por tu nombre. No respondas a esa
llamada, querida, jamás.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
U
na docena de labios contuvieron el aliento cuando las criaturas
comenzaron a bajar al patio, arrastrándose por la pared. Sus dedos
marchitos se clavaron en la superficie de piedra, dejando manchas
viscosas a su paso. Sus miembros muertos se movían en bruscas sacudidas, como si
los necrófagos fuesen arañas a las que estuviesen electrocutando constantemente. El
sonido que producían sus músculos al desgarrarse y sus huesos al quebrarse se
alzaba por el aire putrefacto. Los necrófagos ya no sabían cómo debían moverse
para no romper sus cuerpos. Ya no sentían dolor.
Rae estaba indignada.
Los muertos vivientes no asaltaban el palacio hasta el final del primer libro. ¡No
se podía creer que la historia se hubiese descontrolado tanto!
Pero no pensaba acobardarse cuando llegase la muerte. Ya se había acobardado
bastante ante ella en el mundo real.
—¡A ver, todas, escuchadme! Tenemos que salir de aquí.
—¿Por qué deberíamos hacerte caso? —preguntó Hortensia.
—Porque soy una ramera traidora de la muerte. ¿Te acuerdas? —Rae le guiñó el
ojo.
Sus palabras parecieron conseguir romper el trance colectivo. Unas cuantas de las
damas se echaron a llorar, pero la pelirroja Karine le dedicó a Rae una sonrisa
repentina y sorprendentemente dulce. Al parecer, a Karine le gustaban las rameras
traidoras de la muerte.
La guardia de la princesa desenvainó su espada curva y cargó contra los muertos
soltando un grito de guerra.
—¡Mil años, mil años de hielo!
—¡Apunta a sus cabezas! —le gritó Rae a Karine—. Me lo han dicho los dioses.
Sonaba mucho más creíble que decir «eso es lo que hacen en todas las películas
de zombis». En las historias se referían a los muertos vivientes de muchas formas,
solo porque algunos autores se creían demasiado buenos como para llamarlos
simplemente «zombis», pero solían coincidir en su forma de actuar y en cómo
acabar con ellos. Los necrófagos comían y desgarraban carne humana. Eran
cadáveres poseídos con el único propósito de destruirlo todo. Así que sí, eran
zombis.
Con solo un barrido plateado, Karine le cortó la cabeza al primer necrófago,
después dio una vuelta y volvió a blandir su espada. La mirada de Rae se desvió
hacia las almenas. Los muertos estaban bajando por las murallas como si fuesen
hormigas cubriendo por completo un pastel que alguien ha dejado bajo el sol. La
ayuda no iba a llegar.
Una de las chicas se alejó del grupo aterrorizado que habían formado todas las
damas de la corte y echó a correr hacia las puertas del patio. Uno de los necrófagos
se lanzó hacia ella. Desde el otro lado del patio, Rae oyó cómo sus piernas muertas
se quebraban por el impacto de la caída. El necrófago y la chica rodaron por el
suelo, en una maraña de miembros y gritos.
Rae decidió ignorar el agudo grito de agonía de la joven y los sonidos sangrientos
y ahogados del necrófago. Nada de aquello era real. No tenía por qué importarle lo
que pasase.
Solo necesitaba que una persona sobreviviese.
Rae encontró a Lia cerca de la muralla llena de muertos vivientes. Lia estaba
observando la estampa que se abría ante ella con los ojos entrecerrados,
completamente congelada, como si acabase de deslumbrarle un coche fuera de
control que iba directo y a toda velocidad hacia ella mientras la audiencia le gritaba
que se apartase de allí. Antes de que llegase la escena dramática en la que el héroe
la salva en el último momento.
Salvo que… ¿dónde demonios estaba el héroe? ¿Dónde estaba ese segundo
integrante del triángulo amoroso? ¡En ninguna parte porque ese evento era solo para
las damas!
Lia estaba más delgada que la rama de un sauce, lo que facilitó que Rae pudiese
alzarla y echársela a la espalda a la carrera.
Las chispas rojizas se reflejaban sobre los eslabones de metal mientras Rae
apretaba los puños con fuerza. Un necrófago se abalanzó sobre ellas. Tenía el
cabello largo y lacio, completamente adherido a sus mejillas hundidas. Olía peor
que un gato muerto abandonado en una alcantarilla abierta.
—Rahela… —murmuró el necrófago, a través de sus dientes sueltos, que
chasqueaban en sus encías podridas.
—Lo siento, pero la antigua Rahela no puede ponerse al teléfono ahora mismo. —
Rae saltó y golpeó al necrófago en la cara.
La piel y los huesos de su rostro se hundieron bajo su puño, como si acabase de
asestarle un puñetazo a un melón que ya estaba completamente podrido. Su fuerza
robada logró lanzar a la criatura volando por los aires. El cuerpo del necrófago se
estrelló contra el muro de piedra, produciendo el mismo sonido que la ropa mojada
al golpearla contra la piedra de lavado.
Lia por fin estaba mirando a Rae, con los ojos tan abiertos que podrían abarcar el
cielo entero. No era Rae la que se suponía que tenía que rescatar a la damisela en
apuros. Quería tener unas palabras con el jefe de esta historia. De momento, agarró
con fuerza el brazo tan frágil como las alas de un pajarillo de Lia, tirando de ella
para llevársela junto al resto de damas aterradas.
—La guardia de Vasilisa no puede contenerlos a todos. Aquellas que tengan
poderes tienen que ayudar a proteger al resto hasta que llegue la ayuda.
La princesa Vasilisa se acercó a ella.
—¡Juntaos! ¡Formad una barricada!
Vasilisa no era muy elegante, pero sí que sabía cómo dominar el arte del mando
real. Señaló con un gesto de la mano los arcos y la mitad de las damas se lanzaron a
por ellos, después parecieron sorprendidas por lo que acababan de hacer. Rae les
lanzó una mirada cargada de significado a las damas que seguían rezagadas. En esta
situación de emergencia, se olvidaron de la caída en desgracia de Rae y obedecieron
sin rechistar. Las damas se pusieron a arrastrar las dianas de madera para formar una
barricada, aunque puede que eso no bastase para salvarles la vida.
Las doncellas de las damas hacían la mayor parte del trabajo.
Pero la doncella de Rae no. Rae se dio cuenta de que Emer ya no estaba tras ella,
sino que estaba yendo directa hacia el camino de los muertos vivientes.
Lia soltó un grito ahogado.
Karine soltó un grito mucho más alto y exasperado.
—¡Que se aparten los civiles del camino!
Emer se dio la vuelta hacia Karine como un resorte, como si fuese una doncella
que portaba una bandeja de plata, pero después se volvió hacia el cuerpo de uno de
los guardias muertos. Un necrófago pisoteó el cadáver hasta convertirlo en una
papilla sangrienta al dirigirse hacia Emer, con los labios entreabiertos al pronunciar
su nombre.
Emer desenvainó la espada del guardia y la enarboló hacia las piernas del
necrófago. Cuando este se tambaleó hacia un costado, Emer, con eficiencia, le cortó
la cabeza, trazando un arco limpio y directo a su cuello. Después se volvió a erguir y
se limpió la sangre que le había salpicado a la cara con la manga de su vestido. El
gesto solo consiguió extender la mancha de sangre por su frente, sus mejillas y su
barbilla. Su delantal, allí donde se había apoyado al arrodillarse sobre el cadáver,
estaba teñido de escarlata por la sangre.
Solo Rae se dio cuenta de que en ese mismo momento estaba observando a la
Doncella de Hierro. Aun así, se hizo el silencio en el patio.
—Discúlpeme, milady. —Emer regresó con el grupo tranquilamente, enarbolando
la espada—. Quería conseguir un arma para poder ser de ayuda.
Rae enarcó una ceja.
—¿No era que nunca te fiarías de que una noble pudiese protegerte?
—Jamás diría algo así.
Emer se unió al círculo de mujeres que formaban la primera línea de defensa, el
resto llevaban guanteletes o, en el caso de una de las chicas, un puñal que había
sacado de su ropa interior. Bien pensado. Rae debería empezar a llevar uno también
escondido debajo del vestido.
—¿Por qué hay tan pocas mujeres armadas con las armas hechizadas de Eyam?
—preguntó la princesa Vasilisa—. ¿Es que esta tierra no valora a sus hijas?
En los libros, siempre eran los chicos quienes se llevaban las armas mágicas, el
rey verdadero el que sacaba la espada mágica de la piedra o el que heredaba el sable
láser.
—Padre solo deja que Hortensia lleve los guanteletes porque nuestro hermano
mayor se negó a quedárselos, y nuestro hermano pequeño es todavía demasiado
joven —respondió Horatia, tensa.
Horatia todavía llevaba puestos los guanteletes de su hermana. No estaba en
forma para luchar, sus delgadas manos, envueltas por el acero encantado, temblaban
demasiado como para sostener un arma. Cuando uno de los necrófagos logró sortear
a Karine, Horatia se estremeció y retrocedió. Rae agarró el hombro del necrófago
con su mano enguantada y lo sostuvo para que Emer le cortase la cabeza.
Vasilisa se volvió hacia Emer y le lanzó una mirada aprobatoria.
—¿Tu familia entrena a sus doncellas en combate?
A Emer le sorprendió haber llamado la atención de la princesa.
—El carnicero de la finca de los Felice me enseñó a usar un machete.
Rae se sentía increíblemente agradecida de que Emer fuese una villana. Las
doncellas inocentes del resto de damas eran todas unas inútiles, y la secuaz malvada
de Rae la hacía sentirse orgullosa.
Karine se estaba enfrentando a tres necrófagos a la vez. Eso dejaba solo a seis
necrófagos en los terrenos del patio, que no se estaban lanzando hacia las mujeres
armadas, sino hacia las barricadas improvisadas que habían montado. Rae hizo una
mueca de dolor cuando los vio estamparse contra las dianas. El ruido sordo de la
carne podrida y el agudo crujido de la madera al astillarse rebotaba en los altos
muros. Las barricadas se estaban desmoronando.
Rae agarró a Lia del brazo.
—¡Quédate cerca de mí!
—Hortensia —canturreó un necrófago.
En medio del alboroto se oyó un grito terrible. Todas se dieron la vuelta para ver
el cabello rubio claro de Hortensia desaparecer entre los muertos vivientes, uno de
los necrófagos había logrado atraparla y la estaba arrastrando por el suelo.
Las mujeres pasaron corriendo junto a Rae, huyendo de los restos destrozados de
las barricadas. Solo una decidió nadar contracorriente. Lady Horatia se abrió camino
para llegar a su hermana y se lanzó directa hacia el necrófago que la tenía atrapada.
Su falda rosa giró vertiginosamente cuando se subió al cuerpo del necrófago como
si fuese una vaquera y él un toro salvaje. Manteniendo el equilibrio con dificultad,
Horatia se irguió, alzó los puños enguantados y le aplastó la cabeza entre sus manos.
Lanzó el cuerpo destrozado a un lado y cayó de rodillas junto a su gemela.
—Querida, querida, háblame.
Hortensia yacía boca abajo en un charco de sangre. Horatia sollozó al darle la
vuelta y la luz se reflejó en los ojos cerrados de Hortensia.
Pero entonces los abrió de golpe.
—No pienso volver a prestarte mis guanteletes —dijo Hortensia débilmente. Su
mirada pasó por encima del hombro de su gemela, hacia la masa sangrienta que
había sido el necrófago—. Pensándolo bien, querida, supongo que tampoco ha ido
tan mal.
Era posible que Rae hubiese subestimado a las damas.
Mientras Horatia abrazaba con fuerza a su hermana con un brazo y golpeaba el
cráneo del necrófago con la otra, Rae se deslizó por el patio hacia donde habían
dejado los arcos. Emer se quedó atrás, guardándole las espaldas. Cuando Rae
encontró un segundo arco, se lo puso a Lia en las manos.
Una sola lágrima brotó de cada uno de los ojos de Lia, eran como las gotas de
rocío sobre los pétalos de los acianos. Aceptó el arco con las manos temblorosas y
logró disparar una flecha que se clavó directamente en el suelo.
—No puedo.
—Agh, ¿por qué siempre eres así?
Lia soltó un gemido de impotencia. Típico.
—Deberíamos abrirnos paso hasta las puertas luchando —dijo Emer.
—Habrán colocado barricadas en las puertas —susurró Lia.
Sorprendentemente, Lia tenía razón. Unos cuantos necrófagos lograban escapar
de vez en cuando del barranco. Todas las puertas de este reino podían bloquearse
desde fuera o desde dentro, ya fuese para mantener a los muertos vivientes fuera del
palacio o contener una amenaza en el interior. Al ver a los necrófagos en las
almenas, los guardias habrían seguido el protocolo y lo más probable es que
hubiesen atrancado las puertas antes de unirse a la batalla. A juzgar por el estado de
las almenas, esos mismos guardias estaban ahora muertos.
Rae observó a los necrófagos.
—Cuento menos de veinte. Alguien acabará abriendo las puertas. Tendremos que
sobrevivir hasta ese momento.
Su grupo se acercó poco a poco a las puertas. Rae disparó otra flecha y acabó con
un necrófago que estaba luchando con Karine, cuyas trenzas pelirrojas se habían
deshecho con la batalla y le caían como una cascada por la espalda. Le dio las
gracias a Rae alzando el pulgar, se apartó los mechones pelirrojos del rostro y siguió
luchando. Su espada curva y ella formaban un lazo carmesí y plateado que protegía
a la princesa.
—Lia…
Un necrófago se lanzó hacia ellas desde la izquierda de Rae. Rae lo golpeó con
fuerza, pero no logró darle con su guantelete. El necrófago retrocedió, pero no se
rindió.
—¡Rahela!
Esa no era la voz de un necrófago. Era la de Lia, que había gritado su nombre
para advertirla del peligro, aunque demasiado tarde.
El dolor le recorrió todo el brazo cuando un necrófago hundió sus negros dientes
en él, llegando hasta el hueso. La oscuridad se cernió sobre ella como una cortina,
pero Rae había aprendido a soportar el dolor.
Usó su brazo libre para empujar a Lia hacia Emer.
—¡Protégela!
Rae se dio la vuelta y golpeó al necrófago. Su golpe torpe apenas logró nada.
Cuando todavía no había recuperado el equilibrio del todo, otro necrófago se lanzó
hacia ella, y Rae cayó al suelo con las fauces del primer necrófago todavía clavadas
en su brazo. Incapaz de frenar su caída, aterrizó en el suelo con fuerza. Rae respiró
con dificultad, hinchando sus pulmones comprimidos, y golpeó al segundo
necrófago con desesperación. Notó cómo su cráneo se astillaba bajo su puño y
observó cómo la criatura se desplomaba. De repente, tenía un peso muerto
inmovilizándole las piernas.
Los dientes del primer necrófago se vieron sustituidos por unos dedos helados,
con la carne podrida y desgastada, tanto que los huesos se abrían paso hasta el
exterior, rasgando la piel. La cosa muerta se arrastró sobre el cuerpo de Rae como si
fuese un enorme gusano viscoso.
El aliento del necrófago se adentró en la boca de Rae. Estaba tan cerca que podría
incluso besarla.
—Rahela —susurró.
Los dedos de sus huesos, afilados hasta formar unas garras retorcidas con las que
había escalado las murallas, se le clavaron en la piel como si fuesen diez agujas. Los
fluidos que salían de los ojos de aquella criatura eran una especie de lágrimas
apestosas. Las gotas de ese líquido asqueroso golpearon las mejillas de Rae al
mismo tiempo que ella cerraba la boca con fuerza.
Un estandarte ondeaba entre las nubes grises. El hilo plateado refulgía sobre la
seda azul, y la corona bordada reflejaba la lejana luz del sol. No podía acabar así,
bajo el peso de la muerte, con la historia describiendo su final entre gritos. No
moriría indefensa bajo la bandera de una tierra lejana. Quería morir luchando.
El trueno que retumbaba en los oídos de Rae se vio remplazado por el sonido de
una tela al rasgarse. Las garras del necrófago perdieron su fuerza.
La espada de Key atravesó su cuerpo muerto, por lo que la punta de su espada
rozó el corpiño de Rae. Había tomado el estandarte y lo había arrancado de la
almena, para apuñalar a cualquiera de aquellos monstruos con su caída. El
estandarte se había rasgado, la corona bordada ahora era solo un trapo en manos de
Key. Lanzó la tela rasgada sin cuidado alguno a un lado y le tendió la mano a Rae.
—¿Se les puede matar apuñalándolos o cortándoles la cabeza? —preguntó Rae.
Key le quitó a los dos necrófagos de encima sin esfuerzo alguno.
—Apunta al corazón, a la cabeza o quémalos vivos con una flecha ardiente. La
vida en la corte es de lo más emocionante.
Había chicas muertas que yacían en el suelo y cuyos nombres Rae nunca se había
molestado en aprender. Su sangre y su carne estaba derramada por todo el patio,
como una tela llena de lazos sangrientos.
Rae se apoyó en un codo para levantarse y vomitó todo lo que tenía en el
estómago.
Cuando alzó la mirada, limpiándose la boca, Key la estaba observando. Los ojos
de Lia eran tan azules como el cielo de verano, pero los de Key se parecían mucho
más a un cielo en el que no había salido jamás el sol. Cuando estaba preocupado,
sus ojos gris oscuro y fríos se volvían casi negros, pasando de una nube sin más a un
nube de tormenta.
—¿Es que no te ha gustado lo que he hecho? —le preguntó, inseguro.
No tenía ni idea de por qué pensaría algo así, o de qué hacer en esos momentos en
los que lo único que quería era que lo animasen y dijesen que lo había hecho bien.
Rae sostuvo una mano en alto, pidiéndole que se callase, hasta que se le pasaron las
náuseas.
—Sí que me ha gustado. Estoy muy orgullosa de ti, mi secuaz.
Él asintió y después se colocó deliberadamente frente a ella, por lo que ella
quedaba de espaldas al muro y tenía a un asesino como escudo humano. Se llevó las
rodillas al pecho y escondió la cabeza entre ellas, acurrucándose sobre el suelo
ensangrentado mientras la batalla se libraba a su alrededor. Protegida por su propio
maníaco con sed de sangre, Rae se hizo con un momento de quietud en el que no
tenía miedo.
Notó un suave golpecito en su espalda encorvada. Aunque no le habían dado con
la mano.
—¿¡Me acabas de dar con un puñal!?
—Llevo una espada en la otra mano —explicó Key.
Rae esbozó una sonrisa enorme, como si estuviese ondeando una bandera que
dijese: «¡Aquí nadie le tiene miedo a nada», y alzó la mirada. Puede que aquello
pareciese real, que incluso se sintiese real, que oliese real, pero no lo era. Solo era la
historia de un libro, y ella podría seguir adelante.
—Lo siento. Qué desastre. La famosa Belleza Bañada en Sangre, cubierta de
sudor. Espera, se supone que las damas no sudan, así que supongo que estoy
cubierta de brillo.
Una dama no tenía permitido ser una persona de verdad.
—¿Si no se puede llamar sudor a lo que las mujeres sudan, cómo se llama
entonces a lo que las mujeres vomitan? —preguntó Key, mientras apuñalaba
distraídamente a uno de los necrófagos.
—A nadie se le ha ocurrido todavía un eufemismo para eso.
Las heroínas siempre estaban perfectas, sin esfuerzo alguno, pero Rae se había
pasado días enteros tirada sobre el gélido suelo de un baño, con la cabeza metida en
la taza del váter, vomitando bilis. Se había pasado años enteros retorciéndose de
agonía, como un animal herido y calvo. Era una mujer a la que habían convertido en
un gusano retorcido. Eso no les ocurría a las heroínas. Solo los villanos se volvían
seres marchitos y retorcidos, el destino se aseguraba de que su imagen encajase con
la maldad que llevaban dentro. Si sufrías un destino desagradable, las historias
decían que era justo lo que te merecías.
Key se llevó la mano hacia el interior de su librea y sacó una petaca de plata con
un grabado en una de las caras.
—Toma.
Rae le dio un buen trago y tosió con fuerza cuando el líquido le ardió al bajarle
por la garganta. Un regusto fuerte le abrió las fosas nasales y le impregnó la boca,
aliviando sus náuseas.
—Bonita petaca.
—Se la he birlado a uno de los cadáveres en las almenas.
—Pues claro que sí, no me cabía ninguna duda.
Se levantó y se fijó en que le habían tomado de la mano. Key tiró de ella, se
arrodilló a su lado y pegó sus labios a la herida que el necrófago le había hecho en
el interior del brazo. Rae se quedó mirando embelesada su coronilla. Los
tirabuzones negros de Key habían pasado de estar enredados a directamente
rebelarse contra cualquier tipo de orden. Y sus labios estaban cálidos contra su piel.
La quimioterapia era un veneno que se suponía que debía acabar con tu
enfermedad antes de que ella acabase contigo. Cuando te inyectaban ese veneno en
las venas estaba frío, como si estuviesen filtrando tu sangre a través de una máquina
de granizados. La sangre helada se deslizaba lentamente por tus venas, impregnando
todo tu sistema. Nunca nadie había tratado de salvar a Rae de ser envenenada. Y no
había sabido hasta ese momento lo mucho que había deseado que alguien lo hubiese
hecho.
Cuando Key alzó la cabeza, Rae echó de menos la calidez de sus labios.
—Gracias por rescatarme —dijo Rae, cohibida.
Key escupió el veneno sobre las losas llenas de sangre del patio y después esbozó
una sonrisa traviesa, con sus dientes que antes habían sido blancos ahora cubiertos
de rojo por su sangre.
—Ha sido un placer.
—Eres muy raro. —Rae le acarició la cabeza como si estuviese acariciando a un
perro—. Me caes bien y todo eso pero… vaya.
Por un momento le preocupó estar siendo demasiado condescendiente con su
caricia, pero entonces Key ladeó la cabeza, buscando su contacto, y se quedó ahí,
arrodillado, a pesar de la violenta batalla que se libraba a su alrededor, por lo que no
le debía de importar demasiado. Rae le mesó el cabello revuelto de nuevo y le
animó a que se lo peinase de vez en cuando. La sombra fugaz de sus pestañas
ocultaba sus ojos. Su sonrisa pasó del regocijo al placer.
—En realidad, he leído que el chupar el veneno de una herida no sirve para nada.
El veneno anega el sistema demasiado rápido como para que sirva para algo. —Rae
hizo una pausa cuando se le ocurrió una idea—. ¿Aquí funciona?
—¿Con los mordiscos de los necrófagos? Ya lo he hecho antes. Funciona si eres
lo bastante rápido.
Rae sospechaba que, a la mayoría de la gente, el tono airoso de Key les parecería
tremendamente inquietante. A ella la reconfortaba. Él tampoco se tomaba nada en
serio.
—Fascinante. ¿La gente muere por tener el corazón roto?
—La gente muere cuando los necrófagos se los comen. Céntrate, milady.
Key sacó un puñal de su bota y giró como un resorte al levantarse. Otro necrófago
cayó con el puñal de Key enterrado hasta la empuñadura en la cuenca hundida de su
ojo.
—Deja de decir «milady» con ese tono tan sarcástico.
—Es mi tono de voz habitual. ¿Es que prefieres que te llame de otra manera?
—«Jefa» —decidió Rae—. ¿Cuántos puñales llevas encima?
—No puedo hacer cálculos matemáticos complejos y acabar con necrófagos al
mismo tiempo.
Demasiados puñales como para contarlos todos, entonces. Aunque, por otra parte,
a lo mejor el número de puñales que estaba bien visto dependía de la situación en la
que te encontrases.
Key se dio la vuelta con un puñal nuevo en la mano, que repiqueteó contra el
suelo de piedra al caer. Desde que había conocido a Key, Rae jamás le había visto
hacer ni un solo movimiento torpe. Mientras Rae lo observaba alarmada, el brillo de
su piel se desvaneció poco a poco y adquirió el mismo tono ceniciento que sus ojos.
Rae alejó a Key de la piedra que anulaba todos los encantamientos y disparó a un
necrófago que se les acercaba a la carrera al mismo tiempo que intentaba discernir
qué estaba pasando. ¿Es que Key tenía poderes? Rae recordaba las historias de los
orígenes de algunos personajes que le habían parecido de lo más misteriosas, pero
no estaba del todo segura de cuál era la suya. Tal vez era un Valerius nacido fuera
del matrimonio. Había un Valerius bastardo por ahí pululando, eso creía recordar
Rae. Pero lo único que recordaba sobre la trama de ese hijo bastardo era que no
terminaba bien.
Alargó la mano para tomar otra flecha más. Key estaba ahí, frente a ella, y el color
había regresado a su rostro. Le dio un suave beso a la punta de la flecha con sus
labios ensangrentados y después se la volvió a colocar en la mano, con el guante de
cuero desgastado rozándole la palma.
—Gracias por rescatarme, jefa.
Rae no tuvo que esbozar una sonrisa falsa. Le resultaba muy fácil sonreír cuando
estaba con Key.
—Un placer.
Al otro lado del patio, Rae vio a Emer y a Lia arrinconadas en una esquina. Emer
estaba protegiendo a Lia con su propio cuerpo, mientras se enfrentaba a una horda
de necrófagos.
—Oye, Emer lo está haciendo muy bien. —Key parecía alegrarse de haber
encontrado un rostro amigo entre el gentío—. Pero no será suficiente.
—¡Tenemos que rescatarlas!
Key lo consideró y negó con la cabeza.
—Nah. Hay demasiados necrófagos. Una pena, siempre las lloraremos, jamás las
olvidaremos. Vamos, tenemos que escalar las murallas.
El Cobra le había prometido que la ayudaría en su misión si ella, a cambio,
arreglaba la historia, no si conseguía que acabasen con Lia antes de tiempo. Rae no
podía gritar: «¡Esa de ahí es la heroína, es vital que sobreviva para el desarrollo de
la trama!». A lo mejor tenía que contarle a Key que estaba destinado a enamorarse
de Lia. Rae observó su expresión alegre y amoral, y se preguntó cómo se lo tomaría
si se lo dijese.
—Lia… —murmuraron tres necrófagos a la vez, formando un coro sibilante.
Lia gritó, y aquel fue el primer sonido poco elegante que Rae la había oído hacer,
agudo y aterrado y joven.
—¡Esa de ahí es mi hermana! —gritó Rae—. Key, por favor.
Rae se encaminó hacia allí. Key la agarró del codo, justo encima de donde
terminaba el guantelete.
—¿Para que conste? Lo que estás haciendo es una estupidez.
Y entonces su lado violento volvió a salir a pelear. Ningún otro término podría
describir cómo saltó sobre las cabezas de dos necrófagos, lanzando un puñal y
sacando otro en el mismo movimiento. Aterrizó en cuclillas y acabó con dos
necrófagos más antes de levantarse de nuevo. Una joven vestida con un vestido de
organdí verde menta empujó a Rae cuando pasó a su lado. Rae se tambaleó antes de
recobrar el equilibrio. Key agarró el cabello de la joven, envolviendo sus
tirabuzones y los lazos que llevaba anudados en los mechones alrededor de sus
dedos.
Ella soltó un grito agudo, en parte por el dolor y en parte por el miedo.
—El Villano del Caldero.
Key lanzó a la doncella a un lado, tirando de su cabello, hacia uno de los
necrófagos.
—Culpable.
Acabó con dos necrófagos más y después se valió del resbaladizo revoltijo de
sesos y sangre que impregnaba el suelo de piedra para deslizarse hacia atrás y
apuñalar a un último necrófago, centrándose tan solo en acabar con él.
El torbellino de puñales y sangre duró unos cuantos minutos más. Incluso los
necrófagos parecieron vacilar y retroceder, con sus bocas arrugadas soltando unos
cuantos sonidos pastosos que sonaban como un «ah, ah, ah», como si acabasen de
recordar cómo suplicar clemencia.
Key le tendió una mano a Rae en un gesto cortés. La sangre se acumulaba en la
curva de la palma de su mano, recubierta por sus guantes de cuero.
—A lo mejor deberías quitarte esos guantes.
—Nunca me los quito —respondió Key, distraído.
Rae salió corriendo hacia Emer y Lia, que seguían arrinconadas en una esquina
del patio.
—Gracias por proteger a Lia por mí —le dijo a Emer, que enarcó una ceja al oírla,
como solía hacer. Rae hizo un gesto con la cabeza para señalar a Vasilisa y a su
incansable guardaespaldas—. Volvamos con la princesa.
Las víboras se dirigieron hacia Vasilisa, con Rae abriendo la comitiva.
No se dio cuenta de que no debería haber perdido de vista a la heroína hasta que
oyó el grito débil de Lia. A Rae se le revolvió el estómago cuando se dio la vuelta
hacia ella. Un necrófago se había lanzado a por Lia y ella se había resbalado con un
charco de sangre.
La heroína siempre era de lo más adorable y torpe.
Nadie podría haberse movido tan rápido como para salvarla. Salvo Key, que surcó
el aire tan rápido que creó su propia brisa personal. Sus rizos negros y desordenados
y el cabello dorado de Lia se entremezclaron en el interior de la corriente. El puñal
de Key se clavó directamente en el corazón del necrófago al mismo tiempo que él
cubría el cuerpo de la indefensa belleza con el suyo. Lia apoyó la cabeza en su
pecho, era un tesoro radiante que merecía la pena salvar. Su rostro era una perla.
—Gracias —susurraron ambas hermanas. Rae dudaba que Key la hubiese oído.
Él había dejado de sonreír, lo que era muy extraño viniendo de Key. Rae notó
como la sonrisa de alivio que había esbozado antes se disolvía como la espuma del
mar.
Ya sabía cómo iba esta historia. Polilla, aquí tienes tu luz. Brújula, aquí tienes tu
norte verdadero. Pelo de gato, aquí tienes tu jersey caro. Algunas chicas habían
nacido para ser amadas.
Pero Key era solo un guardia de palacio, jamás podría estar con alguien como Lia.
Al menos, no románticamente, ya que Lia nunca se interesaba por nadie al ser tan
pura. Ni siquiera para tener una escena romántica más larga con alguien. El ser un
personaje secundario enamorado de la heroína de la historia debía de ser una
mierda.
En ese momento, Rae se acordó de su mejor amiga y de su reciente exnovio, junto
a su cama de hospital, dados de la mano. Mirándose como si ella no estuviese
presente, como si ya se hubiese muerto. Diciéndole que estaban hechos el uno para
el otro. Los amigos de Rae siempre habían dicho que querían ser neutrales en ese
asunto, aunque lo que en realidad querían decir era que querían mirar a otro lado
para no ver lo mucho que Rae estaba sufriendo con ello. Rae supuso que era normal
que quisiesen conservar a los amigos con los que podían divertirse, los que iban a
seguir viviendo. Una chica que formaba parte del equipo de animadoras de Rae
llegó incluso a decirle que no debería enfadarse por ello, como si el estar
constantemente enfadada por todo fuese un pecado y no una consecuencia directa de
lo mal que la estaban tratando sus supuestos amigos. Al parecer, el que Rae
estuviese enfadada hacía que ella fuese más culpable de aquello que le estaba
pasando que los que habían decidido deliberadamente hacerle daño. Alice tenía
razón: Rae se dejaba engañar por las apariencias. Había creído que, porque llevaban
el mismo uniforme, estaban en el mismo equipo.
—Dijiste cosas hirientes —había anunciado su amiga con tristeza, ignorando por
completo que habían sido ellos quienes le habían hecho daño a Rae primero—.
Piensa en cómo se sentirán cuando… estás siendo un poco egoísta.
—Entonces supongo que moriré siendo una zorra egoísta —había respondido
Rae.
Todo el mundo quería pertenecer al bando vencedor. Si era culpa de la víctima,
nadie tendría que defenderla. Nadie tenía por qué tenerle miedo a sufrir una
situación horrible si pertenecía al bando vencedor. Era mucho más fácil dejar que la
víctima sufriese el destino que se había buscado.
Por lo que Rae le haría un favor a todo el mundo y se ganaría el destino que le
esperaba.
Ignoró el dolor, como si alguien estuviese presionando un hematoma. Los demás
personajes no eran más que parte de la maquinaria para crear una gran historia de
amor.
Key dejó caer a Lia en el suelo.
—¡Oye! —gritó Lia.
—Necesito tener las manos libres para apuñalar —repuso Key—. Aprende a
caminar.
Emer ayudó a Lia a levantarse. De alguna manera, Lia se las había apañado para
no caer en medio del charco de sangre. Solo tenía unas cuantas ligeras manchas
estropeando sus preciosos rasgos. Rae supuso que Lia y Key iban a compartir una
relación romántica basada en constantes discusiones triviales. A Rae le parecía bien,
eso significaba muchos menos suspiros por amor. Los personajes se solían volver
unos auténticos inútiles cuando empezaban a suspirar por otro personaje.
Desde el otro lado de las puertas enrejadas del patio, se escucharon unas cornetas.
—¡El rey! —La voz de lady Hortensia que antes había sido estridente ahora
estaba de lo más débil, pero llena de alegría.
Horatia había defendido a su hermana caída, con los guanteletes cubriendo sus
puños. La princesa estaba de pie, a salvo en medio de un anillo de cadáveres que
había dejado su guardaespaldas. Los necrófagos las rodeaban y gruñían sus
nombres, pero el rey no tardaría mucho en llegar.
El Emperador estaba cerca. La sangre de Rae cantaba la profecía. «Ya viene».
La pelirroja Karine esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—Ah, el apuesto su majestad. Qué buena noticia.
—Con todas las damas de la torre del rey y los muertos vivientes… —murmuró
Vasilisa—, a lo mejor debería haberme quedado en casa y casado con un conde.
Aquel comentario sorprendió a Rae, pero claro que una princesa podía elegir con
quién contraer matrimonio. Salvo que a lo mejor no todas sus opciones eran igual de
buenas.
—¿El conde es viejo y horrible?
—¡No! —respondió Karine—. Es muy apuesto.
Rae se preguntó si ese conde sería un personaje importante en el futuro.
La princesa se había armado. Enarboló un trozo de madera que había rescatado de
las barricadas rotas.
—Al conde solo le interesan las guerras y los burdeles. Esperaba que el rey fuese
distinto.
Rae se dio cuenta con una punzada de ternura que estaba esperando casarse con
un héroe. Y había encontrado lo que estaba buscando, salvo que eso que tanto
esperaba solo terminaba bien si eras la heroína de la historia.
—Esconda ese objeto antes de que el rey lo vea y piense que no puedo protegerla.
Mi familia se avergonzará de mí si se entera —regañó Karine a Vasilisa.
—Sí, me has avergonzado mucho el día de hoy —se burló Vasilisa—. Tanto que,
cuando volvamos a casa, pienso pasarme toda tu vida invitándote a copas.
Karine soltó una sonora carcajada.
—No sea tan tacaña, su alteza. Después de lo que he hecho hoy, sus hijos reales
deberían invitar a mis hijos a unas cuantas copas.
Cuando las dos sonreían, no importaba que Karine fuese más guapa que la
princesa. Nunca había importado. Mientras que las damas de la corte habían
juzgado a la princesa por tener a su lado a alguien que no la hacía parecer más
hermosa de lo que en realidad era, a Vasilisa la Sabia eso no le importaba, porque
siempre tenía a su hermana a su lado.
El rechinar de la madera al deslizarse sobre la piedra reverberó por el patio
cuando los guardias empujaron las enormes puertas sobre las losas del suelo. Rae
vislumbró los ropajes negros del rey, que contrastaban con el fondo azul que
formaban las prendas de los ministros, una sombra oscura en medio de un mar azul.
Rae se dio la vuelta para compartir su alegría con Key, pero su sonrisa se quedó
helada cuando vio que todavía estaba enarbolando su espada. Le dio un fuerte
manotazo en la muñeca. La espada se le cayó de las manos.
Rápido como un látigo, Key se acercó a ella enfadado y la estampó contra la
pared.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Rae señaló con un gesto frenético hacia las puertas abiertas del patio. El rey
Octavian y su séquito se detuvieron en el umbral. El primer ministro se quedó
boquiabierto. El Última Esperanza se asomó desde detrás de la multitud. El guardia
que estaba junto a Octavian, que había jurado acabar con cualquiera que
desenvainara siquiera un arma en presencia del rey, apuntó con su ballesta a la
guardaespaldas de la princesa.
—¡Cuidado! —gritó Rae.
Karine esquivó la flecha y lanzó su espada. Aunque no al guardia, sino al
necrófago que se abalanzaba justo en ese momento sobre la princesa, ahora
indefensa. Karine quedó vulnerable a un ataque solo durante un instante.
Pero el instante duró demasiado. La garra moteada y retorcida de uno de los
necrófagos la atravesó, y sus dedos de hueso afilados como cuchillos le arrancaron
el corazón del pecho. Un bulto sanguinolento cayó sobre el suelo mugriento. El
necrófago, todavía con su garra clavada en el pecho vacío de Karine, alzó su cuerpo.
—¡Karine! —chilló con su voz muerta, en lo que parecía un grito triunfal.
Pero el aullido de dolor de Vasilisa ahogó el del necrófago.
—¡Karine!
La historia había tomado un giro violento de nuevo. Karine debería haber vivido
para estar junto al trono de la Reina del Hielo, era la guardiana de cabellos de color
del fuego que siempre respondía a la llamada de su reina.
Su princesa la estaba llamando, pero ella no podría responderle. Su cabeza del
color de las llamas se balanceaba de un lado a otro, y sus miembros se sacudían con
violencia, ya no era una joven, sino una marioneta de carne y hueso.
CAPÍTULO DOCE
El Cobra y el rey
La princesa Vasilisa conoció al rey Octavian en el baile. El palacio
refulgía, el joven rey estaba magnífico, y la princesa no era digna de
aquella acogida. Al oír los susurros de la corte, el corazón de Vasilisa
se hundió. Por un momento, deseó que su barco hubiese hecho lo
mismo.
Octavian conocía su deber. La proclamó una de las damas de su
corte y su pareja para el baile.
Vasilisa se enamoró de él a primera vista y para siempre.
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
Q
ue hubiesen corrido las rejas en las puertas del patio, al principio,
tampoco le preocupó. En Eyam, las puertas tenían barrotes por
muchas razones. Cuando descorrieron las rejas y abrieron las
puertas, Marius se preparó mentalmente para encontrarse con otro evento
social más. El escudo real de una corona plateada sobre una cordillera
nevada ondearía sobre los estandartes azules, sobrevolando las filas
ordenadas de dianas. Un grupo de bellezas estaría compitiendo por obtener
las atenciones del rey.
La realidad destrozó sus expectativas como si le hubiese asestado un
puñetazo a un espejo.
El patio estaba plagado de necrófagos y cadáveres. Las dianas estaban tan
destrozadas que bien podrían haber sido los restos de un naufragio en el
fondo del mar. Las losas estaban cubiertas de una espesa pasta sangrienta,
de mugre y de los fluidos que manaban de los cadáveres. La princesa
extranjera blandía un instrumento contundente, y una de las doncellas
estaba tratando de ocultar una espada bajo su delantal. Algún vándalo había
rasgado el estandarte real, de modo que sus harapos ondeaban
desamparados, como el fantasma de un mendigo. Una joven rubia vestida
de rosa tenía el vestido salpicado de sangre, como si fuese una tigresa
defendiendo a su cachorro. Sin embargo, la mirada del rey de Marius
parecía irresistiblemente atraída por el peor espectáculo de todos: la traidora
y gélida Belleza Bañada en Sangre, que de repente se había convertido más
bien en la Belleza Empapada en Sangre. Los brazos de lady Rahela estaban
cubiertos de sangre espesa hasta los codos. No quedaba ni rastro de la
anterior blancura nívea en su vestido, que se había teñido por completo de
rojo.
El tenso cuadro solo se vio interrumpido por el rugido del general
Nemeth, que se abrió paso entre los necrófagos para acudir junto a sus hijas.
Las llamó por su nombre y profirió el grito de guerra de su casa, blandiendo
en alto su hacha de doble filo. Dejó a los guardias sin su líder y al rey sin
protección alguna.
Marius se abrió paso entre los cortesanos como si solo fuesen un campo
de maíz y él fuese una guadaña, y le colocó una mano a Octavian en el
hombro.
—¡No podéis entrar!
—Estoy de acuerdo, su majestad —dijo el primer ministro, buscando a su
sobrina con la mirada—. Todavía no ha concebido heredero alguno. Piense
en el bien del reino.
Alguien debía gobernar. Marius deseó tener a sus hombres aquí, pero
Octavian había dicho que las fuerzas a las que Marius había entrenado
personalmente solo eran unos aguafiestas demasiado disciplinados.
—Hagan llamar al capitán Diarmat. —Marius señaló a dos guardias—.
Quedaos y proteged a vuestro rey. El resto, seguidme. Los necrófagos están
escalando las murallas. Vamos a cortarles el paso.
No esperó a que le respondiesen. Nadie se atrevería a desobedecerle.
Colocó la bota contra una de las barras de la puerta, se agarró al estandarte
y escaló hasta las almenas. Por algún motivo inexplicable, los guardias
decidieron subir por la estrecha escalinata empotrada que había en la
muralla y que estaba atestada de cadáveres. Marius acabó con dos
necrófagos más antes de que llegasen arriba.
La mayoría de los guardias sabían que debían seguir, temer y jamás
cuestionar las órdenes de un Valerius. Pero siempre había un guardia que se
oponía abiertamente a seguir al resto. Este se quedó junto a Marius, pálido
como la luna y aterrado, con la mirada clavada en los monstruos voraces
que rodeaban las almenas.
—Milord, es imposible que…
Marius se echó el cabello hacia atrás con el viento caliente que subía
desde las profundidades del barranco, escudriñó las paredes en busca de
algún objeto que les pudiese ser de utilidad y encontró una robusta cadena
enrollada en el parapeto. Arrancó la cadena de acero de la superficie de
piedra. Al tirar, notó que pesaba demasiado, tenía algo en el otro extremo,
¿el qué?, no lo sabía, y en ese momento no le dio importancia. Lo que
Marius necesitaba era la cadena de acero. Enroscó los eslabones alrededor
de su antebrazo al alzar y balancear el enorme látigo de metal que había
conseguido. Blandió la cadena y atacó con ella, lanzando a los asquerosos
muertos vivientes de vuelta al abismo del que habían salido. La sangre de
Marius rugía el grito de guerra de su propia casa. «¡Muerte en mis manos,
honor en mi corazón, Valerius!».
Abatió cinco necrófagos más y el camino quedó completamente
despejado.
—¿Soldado? —Marius asintió con frialdad—. Yo me encargo de abrir
camino cuando es imposible.
El nuevo recluta le ofreció tanto su espada como su lanza a Marius, como
si le estuviese entregando un ramo letal.
—No puedo tocar un arma. Hice un juramento.
«Ni arma, ni amada, ni sangre derramada por mis manos. Vivo para las
palabras escritas en una página. Vivo para la diosa». Ese era el juramento
que se pronunciaba en la Torre de Marfil. No era normal que un Valerius
hiciese esa clase de juramentos.
Marius esperaba que ese recluta no se dejase engañar por la admiración
que sentía hacia su destreza en la batalla, que no le siguiese hasta que ese
asombro se transformase en terror. Se sentía avergonzado cuando eso
ocurría.
A los pies de las murallas, el general Nemeth ya había llegado junto a sus
hijas. Había dejado caer su hacha para acunar a lady Hortensia contra su
pecho. La joven dama estaba gravemente herida, eso estaba claro. La nueva
princesa estaba arrodillada en el suelo del patio, abrazada a uno de los
muchos cadáveres.
Lady Rahela estaba rodeada por una banda de villanos, intacta.
—Ballestas —ordenó Marius—. Protejan al general.
Observó la masacre que llenaba el patio. Los muertos vivientes estaban
sueltos. Nadie se atrevía a adentrarse en aquel umbral sangriento.
Nadie salvo el Cobra. Lord Popenjoy se abrió camino junto a la comitiva
real a la carrera, con la hopalanda de color crema ondeando tras él como
unas alas brillantes. Hizo a un lado al soberano del reino sin cuidado
alguno.
—¡Popenjoy! —Octavian parecía asombrado por su descaro—. ¡Tienes
algo que decirme!
El Cobra no se detuvo.
—Muévete.
No podía luchar, no podía esperar sobrevivir a aquello, pero el Cobra se
abrió paso por el campo de batalla en el que se había convertido el Patio de
Aire y Gracia.
Un necrófago cargó contra él, con sus labios muertos y húmedos
buscando un nombre que murmurar. El Cobra lo esquivó, echándose hacia
atrás, casi doblando su cuerpo a la mitad, y giró con agilidad para zafarse de
las garras de la criatura, como si aquella batalla fuese solo un baile más.
Agarró las manos de hueso y podredumbre negra de la criatura y la empujó
hacia una estaca improvisada en la pared, de la que el estandarte había
salido volando.
—No tenemos tanta confianza como para que me llames por mi nombre
de pila —le dijo al muerto viviente. Barrió el patio con la mirada hasta que
encontró a lady Rahela.
Podría haber llegado hasta ella fácilmente si no hubiese sido por su
hopalanda. Un necrófago yacía en el suelo, silencioso como una bestia entre
la maleza, hasta que agarró con fuerza al Cobra. Sus dedos grises se
cerraron entorno al dobladillo dorado de su hopalanda y el Cobra quedó
atrapado bajo su agarre.
Marius tomó otro de los estandartes que seguía anclado al muro de piedra,
rompió el palo y lanzó el fragmento roto hacia la criatura como si fuese una
jabalina. El monstruo no muerto se estremeció y tensó, empalado como una
mariposa en una tabla.
—¡Cobra! —rugió Marius, con el pulso acelerado como un caballo
aterrado. Estaba absolutamente furioso—. ¡Sal de ahí!
—Métete en tus asuntos, milord.
El Cobra ni siquiera se volvió a mirar a Marius o al necrófago que podría
haberlo matado. Salió corriendo como una flecha hacia Rahela, alargando
los brazos hacia ella. El guardia de Rahela se preparó para atacar, pero
Rahela lo detuvo alzando un guantelete ensangrentado, y el Cobra
retrocedió al instante.
Gracias a todos los dioses perdidos la dama no había perdido toda noción
de modestia.
—Lo lamento —dijo el Cobra, como si fuese un caballero.
—Estoy cubierta de sangre —explicó Rahela, arrugando la nariz en un
gesto asqueado.
El Cobra suavizó el tono.
—No importa. Siempre que tú estés bien.
Ella asintió y dejó que la abrazase, el brazo dorado del Cobra pasó sobre
sus hombros desnudos. Marius retiró las gracias que les había dado a los
dioses hacía un segundo.
—Por todos los dioses, ¿están casados? —susurró el nuevo recluta, que se
había quedado junto a Marius.
—No están casados, son un par de degenerados locos —espetó Marius.
El recluta se volvió a mirarlo. Marius no había querido decirlo en voz
alta. Retorció el brazo de un necrófago con una fuerza innecesaria y lanzó a
la criatura de vuelta al fondo del barranco de una patada en el pecho.
—Marius —siseó otra voz muerta.
Unas manos muertas se lanzaron hacia él, con sus fauces podridas
abiertas de par en par. El recluta se escondió tras él cuando el muerto se les
acercó. Marius dejó salir toda su rabia, tanto que le nubló la vista. Cuando
su mente volvió a aclararse, tenía el rostro salpicado de sangre y no había
ningún necrófago por las almenas. El nuevo recluta se alejó de Marius,
aterrorizado.
Desde abajo le llegaba el sonido de las pisadas de los soldados y los tajos
de las espadas, en formación incluso al enfrentarse con los muertos
vivientes. El capitán Diarmat y sus hombres habían llegado.
Era de lo más inusual que alguien de la clase baja consiguiese obtener el
rango de capitán, pero Marius se había fijado en su dedicación a la
disciplina en el campo de entrenamiento y le había preguntado: «¿Eres
leal?». A lo que Diarmat había respondido: «Hasta la muerte, milord».
Marius había seleccionado personalmente cada uno de los miembros del
batallón que comandaba Diarmat. No tolerarían que nadie amenazase a su
rey.
El Cobra estaba a salvo. El guardia de Rahela y, sorprendentemente,
también su doncella, estaban defendiendo su nido de víboras. En cuanto los
hombres de Diarmat acabaron con los muertos vivientes, el patio se quedó
en completo silencio.
El Cobra no tenía ningún motivo para seguir abrazado a la dama de nieve
y llamas. Lady Rahela había tomado la sorprendente y escandalosa decisión
de recogerse el pelo, por lo que su cuello quedaba al descubierto. Sin duda,
el Cobra podía verle toda la nuca al susurrarle al oído. Marius agudizó sus
sentidos para oír lo que le estaba diciendo.
—¿Esto ocurre en tu versión?
—Créeme, si hubiese sabido que me iba a quedar encerrada en una
trampa llena de muertos vivientes sedientos de sangre, jamás habría venido
al torneo de tiro con arco.
Marius no sabía de qué estaban hablando, pero sabía que los abrazos en
medio del campo de batalla eran indecorosos. El guardia de lady Rahela le
lanzó una mirada venenosa al Cobra. Marius se alegraba de que alguien en
esa banda de miserables todavía conservase cierto sentido de la modestia,
aunque fuese esa rata de las cloacas. La mirada astuta del Cobra recorrió
todo el caos que había a su alrededor, observando algo que estaba claro que
Marius no podía ver.
Marius les ordenó a los hombres de Diarmat que reuniesen a todos los
muertos y que recorriesen el parapeto para examinar a los caídos.
—¡Alguien ha estado saqueando estos cuerpos! —bramó desde las
almenas poco después.
El guardia traicionero de lady Rahela ladeó su cabeza llena de rizos
negros como la brea, con los ojos bien abiertos con fingida inocencia.
—¡No puede ser! ¿Quién le haría algo así a mis compañeros caídos?
Se puso a silbotear. A Marius le dieron ganas de arrancarle esa mirada
lasciva de la cara.
Fuera de los muros de palacio, se oyó el grito de una mujer.
Lo primero que pensó Marius fue que había necrófagos sueltos por el
palacio. Se bajó de un salto de las almenas y se precipitó sin control alguno
por las aspilleras, hasta que llegó al final de la muralla que cercaba el Patio
de Aire y Gracia.
Más allá del patio había un jardín, lleno de arbustos en flor y senderos
serpenteantes rodeados de altos muros dorados. En uno de ellos había unas
escaleras. Si subías por ellas y te detenías en el ancho borde de piedra,
podías observar directamente las profundidades del abismo.
En lo alto de aquel muro estaba la princesa Vasilisa, retenida por los
guardias de palacio, luchando por zafarse de su agarre.
—¡Alto! —gritó Vasilisa—. ¡Os lo ordeno!
Había dos guardias de pie en el borde de piedra del muro que se alzaba
sobre el barranco, sosteniendo entre sus brazos un fardo envuelto en tela.
Una trenza de cabello rojizo se escapaba del interior de la sábana, un
pequeño destello de color entre tanta blancura. Los guardias lanzaron el
cuerpo envuelto al interior del barranco. Marius hizo una mueca de dolor al
oír cómo la carne golpeaba los escarpados muros del acantilado. Un
murmullo hambriento surgió desde las profundidades.
El murmullo era más bien un rugido, que surgía de las miles de bocas
hambrientas que se escondían en el interior del abismo, a mucha
profundidad.
La pena por blandir una espada en presencia del rey sin su permiso era ser
arrojado al interior del barranco. Vivo o muerto. Eso era lo que dictaba la
justicia.
La princesa extranjera no lo sabía. Se quedó en silencio, tan
precipitadamente como había caído el cuerpo al abismo. Marius hizo un
gesto para dar la orden de que soltasen a la princesa. Los guardias que la
sostenían, al darse cuenta de que ya no estaban reteniendo con fuerza a una
mujer histérica sino a una princesa, la soltaron.
La princesa Vasilisa bajó las escaleras de la muralla, recorrió el
serpenteante sendero entre las flores a la carrera y abofeteó al rey en su real
rostro.
Incluso el Cobra y sus nuevos amigos, que paseaban por el patio lleno de
vísceras como quien da un paseo matutino, se sorprendieron.
—Joder —soltó el Cobra en un susurro.
La marca rojiza que le había dejado a Octavian en el rostro el bofetón
destacaba como una única mancha sobre un jarrón reluciente.
—¿Cómo te atreves? —dijo su majestad, marcando cada palabra.
La princesa había cometido un terrible error. Octavian podía perdonar lo
que fuese, salvo una injuria a su orgullo.
Pero la princesa todavía no había terminado de cometer errores.
—¿Cómo te atreves tú? Karine no era súbdita tuya, era una de mis
mejores amigas. Se ha sacrificado para protegerme. Y ahora ni siquiera voy
a poder llevar su cuerpo de vuelta a mi reino para darle el entierro que se
merecía. ¡Tú te has encargado de tirarla al barranco como si fuese una
basura de la calle!
El hermoso rostro de Octavian estaba contraído por la furia.
—Me has puesto una mano encima. Eso es un sacrilegio.
Sus ministros más jóvenes murmuraron su acuerdo. Sus voces hicieron
que Marius recordase el lejano rugido de los necrófagos muertos de hambre.
El primer ministro Pio soltó una tos aguda y alarmada.
—¡Permítame recordarle que la princesa es nuestra estimada
representante de Tagar!
Hacía unos días, en la reunión del gabinete de gobierno, los ministros más
ancianos habían insistido en que el rey debía incorporar a la princesa
Vasilisa a las filas de sus damas de la corte, a pesar de que todos los
informes decían que la dama no era nada bella. El hermano de la dama era
un rey que tenía la reputación de ser de lo más inteligente y despiadado,
cuyos invasores del hielo superaban ampliamente en número al ejército de
Eyam. Necesitaban que esos invasores fuesen sus aliados, no sus enemigos.
Ese fue el primer gabinete del gobierno al que el Cobra no había asistido.
Al parecer, estaba demasiado ocupado estando a solas con lady Rahela. Los
sirvientes no paraban de cuchichear sobre los extraños ruidos que habían
oído tras sus puertas cerradas.
—Relaciones diplomáticas, ¿es que no ha oído hablar de ellas? —le
siseaba en ese momento el Cobra a su rey.
Octavian parecía estar demasiado enfadado como para prestarle atención.
—Nuestro país se ha valido por sí mismo durante siglos. Nuestro poder
nos protege. Soy el rey y no toleraré ningún insulto.
Cuando Marius era joven, creía que podría vencer la maldición de su
familia. Sus ancestros no eran asesinos descontrolados. Eran generales. Se
unió a las filas del ejército y a sus entrenamientos en el Palacio del Borde
con un único propósito: esperar que el futuro rey fuese alguien en quien
pudiese creer y confiar.
En su primer día como soldados, Octavian se había quedado pegado a las
hoscas paredes del patio de entrenamiento, sin querer arriesgarse a
decepcionar a su padre, el rey. A Marius entrenar le parecía sencillo, pero
hablar con la gente no tanto. Quizás jamás se habrían hecho amigos de no
haber sido por lord Lucius, con su cabello de fuego, como el pelaje de un
zorro, y su lengua afilada. Lucius había hecho que todo fuese mucho más
fácil, incluso el hablar con alguien. Marius nunca se olvidaría del momento
en el que los ojos verdes de Octavian se iluminaron al comprender que
Marius estaba allí para servir y no para tratar de eclipsarle. Después de
aquel entonces se convirtieron en un encantador grupito de tres. Para
cuando estaban terminando el entrenamiento inicial, Marius ya había
decidido que haría un juramento de sangre para prometer obedecer a su rey
hasta la muerte. Podría desatar su furia asesina. Sus impulsos oscuros
tendrían un propósito brillante. Era un arma, así que se pondría en manos de
alguien con quien siempre estaría a salvo.
Marius nunca llegó a terminar su entrenamiento ni a hacer el juramento
de sangre, pero conocía a Octavian lo suficiente como para saber que era
mucho mejor que la persona que tenía delante en ese momento.
—Eres un rey demasiado bueno y sabio como para ofenderte por las
palabras de una mujer que está claramente atormentada por el dolor —le
susurró a Octavian al oído.
Era Lucius quien siempre sabía lo que tenía que decir para convencerle,
pero Lucius estaba muerto. Marius no estaba seguro de que Octavian fuese
a hacerle caso. El alivio lo invadió cuando Octavian se volvió hacia él,
buscando algo en su mirada y con los ojos brillantes al fijarse en la fe que le
profesaba Marius. Lo único que Octavian necesitaba era a alguien que
creyese en él.
—Pues claro, tienes razón, viejo amigo.
El rey se acercó a la princesa Vasilisa, cuya furia debía haberse aplacado
un poco. Observó a Octavian con cautela, en vez de volver a gritarle y
abofetearle. Llevaba la mano herida apoyada en su pecho, que no paraba de
subir y bajar con su respiración agitada, pero cuando Octavian le agarró de
la muñeca, Vasilisa le permitió llevarse su mano a los labios.
—Princesa. Acepte mis disculpas. No he tenido en cuenta que nuestras
invitadas no conocían nuestras costumbres. De ahora en adelante, prometo
encargarme yo mismo de enseñárselas.
La voz de su rey transmitía seguridad y tranquilidad. Su mirada verde
sobre Vasilisa lo deslumbraba todo, eran un par de esmeraldas que
reflejaban la luz del sol. Octavian y Lucius solían competir por ver quién
era capaz de cortejar a más mujeres. Marius nunca había visto a ninguno de
los dos fracasar.
La princesa se irguió, estirándose todo lo alta que era. No tenía encanto,
pero sí estaba claramente entrenada para la vida en la corte.
—Acepte mis disculpas por comportarme de una manera tan impropia
para mi posición.
Octavian asintió.
—Demos este asunto por zanjado.
La princesa Vasilisa asintió, aceptándolo, antes de darse la vuelta y
alejarse del rey y de sus ministros, completamente sola.
Octavian soltó una risa burlona.
—¿Vasilisa la Sabia? Yo la llamaría más bien Vasilisa la Bella.
Los ministros se carcajearon ante la broma del rey. Era bien sabido que
Marius no tenía sentido del humor alguno, por lo que no tenía por qué reírse
de los chistes de su rey. La banda de lady Rahela estaba reunida a un lado,
observando la escena con frialdad, siendo más espectadores que
participantes.
—Octavian tendrá que esforzarse en el baile para ganarse el corazón de
Vasilisa —murmuró Rahela—. Menos mal que es guapo. A las mujeres
siempre les resulta irresistible el Emperador.
—Si tú lo dices. —El Cobra no estaba para nada convencido.
¿Por qué querría Rahela que Octavian encandilase a la princesa? ¿Es que
lo que estaban tramando tenía algo que ver con los invasores del hielo?
Marius no tenía ni idea. No se había fijado en que la mirada de Octavian
estaba clavada en el brazo del Cobra, que seguía rodeando los hombros de
Rahela. Hacía años desde la última vez que Octavian había mostrado alguna
clase de interés en ella.
Era un movimiento de lo más inteligente por parte de lady Rahela. Muy
bien hecho. Pero debería dejar al Cobra fuera de sus malvados planes.
—Ven aquí —le dijo Marius al Cobra, en una suave orden—. Tengo que
hablar un momento contigo.
Sobre su repentino deseo de alimentar con su propio cuerpo a los
necrófagos, entre otras cosas.
El Cobra enarcó una ceja.
—Entonces vamos a tener un problema, lord Marius. Porque yo no quiero
tener nada más que ver contigo.
Todos los miembros de la corte les estaban prestando atención. Nadie
había oído al Cobra hablar así a Marius nunca. Marius les lanzó una mirada
a los cortesanos para hacerles saber que no debían prestarle más atención a
este tema, que no era nada importante.
—¿Así que ya has encontrado otra fuente de entretenimiento? —le dijo
Octavian al Cobra, con la voz tan afilada como un cuchillo pasando sobre
una piedra de afilar—. Creía que ya conocías todas las habladurías de la
corte. ¿No has oído que lady Rahela es una bruja despiadada que arrastra a
los hombres hasta la desesperación y la desgracia?
Octavian estaba diciendo esa clase de cosas porque le era leal a Marius,
pero si hubiese quedado algún hombre con vida en la familia de Rahela, se
habría visto obligado a vengar su honor a causa de aquellas palabras.
Marius hizo una mueca de dolor.
El Cobra le guiñó un ojo al rey.
—¡Mejor para mí!
Rahela ignoró el insulto del rey y se fijó tan solo en una joven de cabello
rubio que estaba de espaldas a Marius.
—Como te he salvado la vida, ¿supongo que estaré invitada al baile en tu
honor? —preguntó Rahela, esbozando una sonrisa tan brillante y afilada
como un puñado de esquirlas de cristal.
Si Marius no la hubiese conocido mejor, podría haber pensado que la
indiferencia que parecía profesarle Rahela al rey era real y no solo una
fachada.
—¿Eso es lo que esperabas conseguir al protegerme?
La joven poseía una voz preciosa. Marius se preguntó dónde la había oído
antes.
—¿Cómo puedes hablar de bailes cuando hay gente que ha muerto? —
siguió diciendo aquella preciosa voz—. ¿Cómo puedes sonreír?
La sonrisa de Rahela vaciló, como las alas de una polilla asustada.
—Se apresura a usar un desastre como este para sus propios fines, lady
Rahela —comentó Marius—. Quizás esta tragedia os resulte especialmente
conveniente.
Se escuchó un murmullo de sospecha entre los presentes.
—Todo el mundo culpa siempre a la hermanastra malvada —gruñó
Rahela—. Solo porque he cometido unos cuantos delitos en el pasado.
—No es posible que esto sea obra suya. Nadie salvo el Emperador puede
controlar a los necrófagos —señaló el Cobra.
Aquello proporcionó a Marius lo que el Cobra solía llamar «su señal». Se
acercó a los soldados de las almenas y tomó la cadena que le lanzaron, la
cadena que había tomado para luchar contra los necrófagos. Marius arrastró
el artilugio que había colgado en un extremo de la cadena por los muros.
Aterrizó con un sonoro repiqueteo en el suelo de piedra ante el rey.
Su descubrimiento tenía barrotes de hierro. Era una jaula lo que había
anclado a la cadena. La jaula tenía un cadáver en su interior, apaleado hasta
el punto de que era imposible reconocerlo tras los barrotes.
Marius alzó la voz para que todos pudiesen oírle alto y claro.
—Nadie controlaba a los necrófagos. Alguien bajó esta jaula al Barranco
del Miedo y atrajo a los necrófagos para que escalasen hasta ella. ¡Alguien
los soltó en el interior de un patio con las puertas enrejadas!
El único sonido que siguió a su acusación fue el eco del acero al
repiquetear.
La joven con el cabello rubio y la voz hermosa se apartó de Rahela,
tropezó y se cayó al suelo. Octavian se apresuró a ayudarla a ponerse de pie
y la estrechó entre sus brazos, siendo la viva imagen de la caballerosidad.
—Ah, un romance propio de un cuento de hadas —murmuró Rahela. La
víbora parecía estar burlándose de que la chica se hubiese caído.
Su guardia soltó una risita por lo bajo.
—Es una inútil.
—¿Es que creéis que quiero ser una inútil? —El susurro de la chica
sonaba tan débil y solitario como el de un niño abandonado—. ¿Qué otra
opción tengo? Me han robado todas mis opciones.
Al oír su voz afligida, Marius la reconoció por fin. Debía de ser lady Lia.
Había oído decir que la dama era hermosa y que Octavian se había
encaprichado de ella, pero lo único que podía ver era su falda bordeada de
azul y su cabello dorado alborotado. Octavian le acarició ese mismo
cabello, en una caricia suave y protectora.
El Cobra le lanzó una mirada a Marius e hizo una mueca.
—¿Es que tú no sabes cómo atrapar a la gente o qué? ¿Para qué sirven
esos brazos?
Marius se quedó helado, como una estalactita, por la indignación.
—¡Hay un asesino en palacio que está usando a los muertos vivientes
para masacrar a las mujeres!
El Cobra puso los ojos en blanco.
—Ya me he fijado en eso también. Me fijo en muchas cosas. Solo era una
pregunta, milord. No me mate.
Alguien terminaría matando al Cobra algún día. Era demasiado petulante
como para seguir viviendo.
El primer ministro Pio, observando fijamente la jaula por donde habían
subido los necrófagos, dijo:
—Está claro quién es el culpable. Solo una de las damas de la corte ha
demostrado en más de una ocasión que quiere a sus rivales muertas.
Incluso la pose descarada de lady Rahela pareció flaquear bajo una
docena de miradas acusadoras. El Cobra la abrazó con más fuerza.
—He salvado a Lia. —El ronroneo característico de Rahela vaciló.
—Para conseguir una invitación al baile —dijo Octavian—. Ya la hemos
oído.
Octavian se irguió y encaró a la banda de villanos con la belleza
indefensa todavía entre sus brazos. Aquel sí era el rey en el que Marius
siempre había sabido que se convertiría. Enfrentada al juicio real, Rahela no
tenía nada que decir.
Por desgracia, el Cobra siempre tenía algo que decir. Se agachó para
susurrarle algo a Rahela al oído.
—¿Es que ni siquiera piensa negarlo? —le preguntó el primer ministro
Pio.
—¿Quién cree la palabra de los malvados? —replicó lady Rahela. Agarró
sus faldas ensangrentadas y se marchó del patio con el Cobra a su lado.
Este se cruzó de brazos y no hizo ni una reverencia para despedirse, como
si estuviese desafiando al rey y a toda su corte. En ese momento, todos los
miembros de la corte descubrieron algo que Marius ya había sabido: el
Cobra era mucho más alto y musculoso que el rey.
Hubo un tiempo en el que Marius había criticado el ridículo volumen de
las mangas que siempre llevaba el Cobra, porque le serían incómodas a la
hora de blandir un arma. «¿Para qué son?», le había preguntado un día, a lo
que el Cobra había respondido: «Para engañar a la gente». Su frívolo disfraz
estaba hecho así para engañar al ojo humano. Pero podía quitarse la
máscara cuando quisiese.
Ante la mirada desafiante del Cobra, la sorpresa hizo que las comisuras
de los labios de Octavian se deslizasen hacia abajo, formando una mueca.
—Baja la mirada, lord Popenjoy. O le daré al cobarde de la corte algo que
temer.
Aquel comentario debió de parecerle de lo más divertido al Cobra.
—Denle a un hombre un trozo de metal que ponerse en la cabeza y se
creerá que es un rey. Siempre le he considerado alguien que no se merece
mi atención, su majestad. Deje a la dama en paz, o empezaré a prestarle
atención.
—¿Eso es una amenaza? —gruñó Octavian.
Se oyó un susurro metálico reverberando por las paredes del patio cuando
los soldados de Diarmat, como si fuesen solo uno, desenvainaron sus
espadas. Marius hizo la jaula a un lado, para abrir un camino entre el Cobra
y su rey, y el acero chirrió al deslizarse por el suelo de piedra.
Popenjoy soltó una carcajada seca y burlona.
—¿Viniendo de un cobarde como yo? Jamás. He entablado amistad con
lady Rahela, así que me preocupo por ella. Ella también se quedó atrapada
en ese patio. Me parece algo inverosímil sugerir que planearía su propia
muerte.
Octavian se sonrojó, sus mejillas adquirieron un tono rojo oscuro y
furioso.
—¿Y quién podría haberlo hecho salvo lady Rahela?
—Todos deberíamos hacernos esa misma pregunta —murmuró el Cobra,
haciéndose oír por encima de los murmullos de la corte.
Su intención estaba clara. Si todo el mundo sospechaba de Rahela, el
culpable, el que había hecho que los necrófagos atacasen a las damas de la
corte, podría librarse de su castigo. El villano sin nombre podría volver a
matar con impunidad.
—Quizás fuiste tú quien lo hizo —sugirió Octavian.
Marius conocía al Cobra lo suficiente como para darse cuenta de que
Popenjoy estaba desviando deliberadamente la atención de lady Rahela para
que la corte empezase a prestarle atención a él. Objetivo conseguido. Aquel
al que Marius había escogido como su líder y aquel traidor al que Marius
había llamado su amigo desde hacía seis años, se estaban enfrentando en
ese mismo momento como si fuesen dos bandos enemigos en un campo de
batalla.
El Cobra soltó una carcajada alegre y malvada.
—Tal vez fui yo.
CAPÍTULO TRECE
La villana se acerca a la tumba
—El honor me exige que respete a las damas de mi corte.
Las manos del joven rey permanecen, como si estuviesen allí
ancladas por un hechizo, sobre las sendas curvas de su cintura. Aunque
por su edad todavía era solo una niña, su cuerpo era el de una mujer.
El lazo rojo que mantiene cerrado el corpiño de Rahela se desenrolla
como una serpiente.
¿Quién se puede resistir a los malvados?
Tiempo de hierro, ANÓNIMO
¡S al,sangre
maldita mancha! ¿Es que nunca podría tener las manos limpias? La
seca era muy difícil de quitar de debajo de las uñas.
Como buena villana banal y superficial, Rae disfrutaba de los lujosos
baños que se daba en la bañera de cobre tras una mampara pintada. Esta
tarde, el agua tibia en la que se había sumergido había adquirido un tenue
color rosáceo. Casi había logrado deshacerse de toda la sangre que le
impregnaba la piel cuando le llegó una citación de su majestad, exigiendo
una audiencia con lady Rahela.
El mal nunca tenía descanso. Ni tampoco derecho a darse baños
relajantes. Sin duda, su majestad querría volver a acusarla de asesinato.
Cuando llegó al salón del trono, con Key a su espalda, se la encontró
vacía. Las antorchas que había colgadas en las paredes ardían débilmente,
como el sol poniéndose por el horizonte, mientras esperaban. Incluso el
suelo dorado terminó volviéndose gris.
Cuando Octavian llegó por fin, lo hizo con el semblante alterado.
—¿Por qué has venido aquí?
Rae parpadeó, anonadada.
—¿Porque me ha hecho llamar?
—Siempre vas a mis aposentos cuando te hago llamar.
Ah. Al parecer el rey no quería hablar sobre el complot de asesinato.
Rae respiró hondo, lo que podría haber sido un error estratégico. El peso
de los granates que decoraban el dobladillo de su vestido había deformado
la tela ligeramente. La gasa que le cubría la zona del cuello creaba preciosas
sombras sobre su piel. A lo mejor debería haberse puesto otra cosa, pero un
vestido de cuello alto haría que los evidentes atractivos de Rahela quedasen
eclipsados. No estaba hecha para ser modesta.
En realidad, su modestia no era el problema en este caso. No se había
preparado para esto.
El rey Octavian no llevaba puesta la máscara coronada. Se acercó a
Rahela, tanto que dejaron de parecer un rey y su súbdita, solo eran un
hombre y una mujer. Su mirada era cálida, como la hierba bañada por el sol
de verano. Aquel momento podría convertirse muy fácilmente en una
escena romántica.
Qué raro.
—¿Deberíamos pedirle a tu guardia que se marche?
—No —respondió Rae, demasiado rápido.
Las costumbres de palacio le resultaban muy distintas cuando tenían que
ver con ella. Nadie se atrevería a desobedecer una orden del rey. Si
Octavian le ordenaba a Key que se marchase, él tendría que dejarla allí.
A solas. Con un hombre al que debía obedecer sin rechistar.
Con un hombre que esperaba que esa dama que tenía enfrente supiese lo
que tenía que hacer en la cama.
A través de la ventana hexagonal que había sobre el trono alado, Rae
observó cómo ascendían unas delgadas columnas de humo desde el abismo,
hasta ocultar la luna rota y prácticamente hacer desaparecer el sol. El
horizonte que se alzaba sobre el barranco ardía con fuerza. Un día de estos,
los ojos de Octavian se volverían tan rojos como el sol del atardecer, y su
silueta coronada se dibujaría en las nubes del color de la sangre. Ya tenía el
poder de condenarla a muerte o permitir que siguiese viviendo.
Rae no se había dado cuenta de que había estado retrocediendo hasta que
sintió la calidez del cuerpo de Key a su espalda. Echó un vistazo a su
alrededor y sus miradas se encontraron. Él parecía sorprendido, como si
nadie, jamás, le hubiese considerado alguien con quien sentirse a salvo.
Se volvió de nuevo hacia Octavian y le vio asentir, aceptando su negativa.
Rae le ordenó a su corazón acelerado que dejase de echarle una carrera a su
cabeza. Conocía al Emperador. Trataba a Lia como si fuese una estatua
sagrada a la que no se atreviese siquiera a tocar. A Octavian, el acostarse
con Lia no parecía importarle. Lo único que quería era estar con alguien que
se preocupase por él. El Emperador no se enfrentaba a nadie que no le
hubiese atacado a él primero. Era un depredador, pero no se cebaba con los
indefensos.
Rae recordó lo mucho que le gustaría este personaje y esbozó una sonrisa.
Octavian se acercó un poco más a ella, como si su sonrisa fuese un imán.
A Rae se le había roto el corazón innumerables veces al pensar en el
Emperador, solo en su trono, el señor del cielo oscuro y del abismo
ardiente. A lo mejor a Octavian sí que le importaban las damas de su corte
que habían muerto asesinadas aquel día y solo estaba buscando algo de
consuelo. Al leer los libros, Rae había pensado que el Emperador debía de
ser el hombre más solitario del mundo. Lo habría dado todo por poder
consolarlo.
—Oye —dijo Rae, animada—. ¿Por qué no hablamos de lo del asesinato?
Tras ella, Key tuvo que contener una risa. Octavian parecía no estar
prestándole ninguna atención a su guardia.
—Muy bien —accedió el rey—. Me preguntaba si había algo que
quisieses contarme. ¿Puedes ver el futuro y, aun así, caíste directa en una
trampa llena de necrófagos? Cualquiera sospecharía que te inventaste una
profecía para poder salirte con la tuya.
El Emperador siempre era rápido a la hora de contratacar. A Rae le
gustaba eso de él, aunque en ese momento le resultaba un tanto incómodo.
Octavian le tendió la mano. No llevaba puestos los guanteletes con garras
que Rae sabía que el Emperador odiaba quitarse, y su palma al descubierto
era casi una invitación. Los ojos de Octavian bailaban como un par de
pendientes de aro centelleantes con esmeraldas incrustadas. No parecía
enfadado porque Rae le hubiese mentido. Rae podría confesarle que en
realidad no era ninguna profetisa.
Y solo se esperaría que volviese a ser la amante del rey.
Quizás tampoco estaría tan mal. Los libros solían describir los besos
como algo «abrasador», lo que a Rae siempre le terminaba recordando a un
plato de salmón a la brasa, pero a los personajes parecían gustarles esos
besos abrasadores de salmón. Podría disfrutar de la experiencia que nunca
había llegado a tener. En los libros, los orgasmos siempre estaban
asegurados, no como en la realidad. A Rae podría venirle bien esa práctica
extra para mejorar y, de ese modo, volverse toda una rebelde cuando por fin
fuese a la universidad. Aquel no era su cuerpo, en realidad no, así que
tampoco contaría. Octavian era increíblemente apuesto, como solo podía
serlo un hombre ficticio, y después de que su personaje cambiase un poco
más adelante en la trama, se convertiría en su novio literario favorito. Rae
solo tenía dos opciones: seguir con su engaño blasfemo, o acostarse con el
hombre más apuesto y poderoso del mundo.
Su brazalete de la serpiente tintineó cuando alzó la mano. Después la
cerró en un puño.
—Pues claro que puedo ver el futuro —mintió Rae—. Pero el futuro
puede cambiar de un momento a otro, de pequeñas e impredecibles formas,
como con el ataque de hoy. Solo los grandes momentos están tallados en
piedra. Como tu futura gloria cuando te conviertas en el Emperador.
A juzgar por lo que el Cobra le había contado, los cimientos de la historia
siempre eran los mismos. El Última Esperanza y el Emperador se
enamoraban perdidamente de Lia. El Emperador siempre terminaba
convirtiéndose en el gobernante supremo. La heroína conseguía a su
enamorado, el héroe conseguía el poder que tanto ansiaba y a los villanos se
les cortaba el cuello.
El mencionar su destino hizo que Octavian esbozase una sonrisa de oreja
a oreja y que su mirada brillase de emoción. Rae pestañeó coqueta y
animada.
«¡Todo gira en torno a ti, cariño!», le quería decir Rae con ese gesto. «Vas
a ser el Emperador, amor».
—El ataque en el Patio de Aire y Gracia no ocurría en el futuro que había
visto. Puede que alguien quiera matarme para que no sea capaz de ayudarte
en el futuro —añadió, inspirada—. No se dan cuenta de que nada podrá
detenerte.
El rey bajó la voz, como si estuviese bajando para bailar el limbo.
—Crees en mí de verdad.
—Así es. Y creo en el amor que le profesas a mi hermana.
Ante la mención de la heroína, la expresión de Octavian se tornó en una
de admiración.
—Lady Lia tiene el corazón más puro de todo el palacio.
Las otras mujeres solo existían para perder cuando se las comparaba con
la heroína.
A Rae le dolía el labio de tanto mordérselo.
—Yo no tengo nada puro en mi interior. Será mejor que me marche.
Si se hubiese acostado con su exnovio, Rae habría esperado que la tratase
con respeto a la mañana siguiente y todas las mañanas después de aquello.
Era cierto que Lia jamás podría ofrecerle al rey la clase de consuelo que
este había ido a buscar en Rahela, pero el ser una adolescente virgen
tampoco le duraría para siempre, ni a Lia ni a nadie. Por algún motivo,
Octavian pensaba que la reputación de Rae ya estaba bastante manchada,
pero la suya no, la suciedad solo se le pegaba a ella, por