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CARLITOS E L CIRUJA Y SU HISTORIA
DEL GATO MONTES
Era la época de las tizas locas, de la remarcación.
M i s viejos se pusieron nerviosos porque no les
il< .11 izaba la plata y estaban intratables, así que prefe-
11 [Link] a la calle para despabilarme un poco.
En la esquina de la Juanita me crucé con Leti-
« i.i y el Moncho, dos amigos de los Grupos Juveni-
les del Sagrado Corazón que tenían más o menos
l.i misma edad que yo, diecisiete, dieciocho años.
N o s sentamos en la vereda y nos pusimos a charlar.
I i.i sábado tipo diez de la noche. Corría mayo de
1989.
En la terraza de Boris Karloff había un muñeco
• Ir |.irdín con cara de maldito, al que todos llamaban
"El enano de Ugarte". Estaba pegado en la cornisa
[Link] hacia la calle. Esta vez le devolvíamos la
[Link].I con un poco de miedo, supersticiosos por las
historias que contaban otros pibes del barrio, que
de< i ni que a veces, cuando pasaban, no lo veían, que
ICguro el enano cobraba vida y se soltaba de la pared.
Nosotros nos cagábamos de la risa pero por adentro
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nos agarraba chucho. Como esta vez que no parába- — M i nombre es Carlos, pero me dicen Carlitos,
mos de mirarlo, desconfiados de él o directamente y ojo que no tengo nada que ver con el que ganó las
hipnotizados. Alrededor, la cuadra parecía correr la elecciones. ¿Cómo se llaman ustedes?
misma suerte, porque no volaba ni una mosca. —Leticia, Moncho y Juan Diego.
De pronto, empezamos a oír una cosa rara — U n gusto, pibes.
aumentando su volumen. Era una voz que no —Igualmente. ¿De dónde viene?
conocíamos, gruesa, que llegaba de la vuelta de la —Ahora, de ninguna parte en especial, siempre
esquina. Mtoy dando vueltas, pero en realidad yo soy de La
El frío nos tenía acurrucados a los tres contra el Sudoeste. ¿Conocen?
paredón del almacén, con los ojos a medio abrir y las —No —contestaron mis amigos—, ¿adonde
piernas casi dormidas, así que ninguno mostró queda?
intención de pararse para ver de qué se trataba el —Cruzando el arroyo de Don Bosco, por atrás
asunto. Nos limitamos a esperar, pacientemente, que J d Mercado Central. Es un barrio medio inaccesi-
la voz llegara hasta nosotros. ble, pero esto es a propósito. Lo construyó la CGT.
—¿La CGT?
Oye, bajo las ruinas de mis pasiones, —Sí, y por encargo de la señora, Dios la tenga en
en el fondo de esta alma que ya no alegras, 11 clona. Antes de morirse mandó a construir un
entre polvo de ensueños y de ilusiones, m o n t ó n de barrios secretos, para refugiados políti-
brotan entumecidas mis flores negras. • 01 Es que ella ya sabía la que se venía. Algunos
• li' e n que los hizo el marido,pero nada que ver, él ni
Enseguida asomó el cantante. Era un hombre • i i b a enterado, fue ella.
flaco y barbudo. Tendría unos cincuenta años, capaz —¿Y dónde están los otros barrios? —preguntó
un poco más. Estaba todo despeinado y venía mal Moncho.
vestido, como un ciruja. Los dobladillos de los pan- -Es difícil de explicar. Además, yo sólo estuve
talones se le habían descosido y por eso al caminar se < ti algunos.Y dudo que alguien los conozca a todos,
pisaba pedazos de la tela. Los zapatos, atados con poique están muy escondidos.
cordones de zapatillas, estaban embarrados. En la Yo sí conozco La Sudoeste —dije—. Me lie—
mano traía una petaca. Lo acompañaba un gato Virón illa cuando era chico, para curarme una
grande, manchado en todo el cuerpo. « ulrhrilla.
—¡Buenas! —nos dijo—. ¿Les molesta si me Ah, entonces conoces a la Chola —comen-
siento con ustedes? i • Esa mujer es propiamente una santa, curó a
—No, para nada. Siéntese —le contestamos. n u i l lia gente. ¿Juan te llamabas vos?
—Juan Diego. [Link] instrumentos entre varias personas, para que
Carlitos se quedó un rato mirándome. los tocasen escondidos, y los demás los tenían que
—¿Y cómo se llama su gato? —preguntó Leticia, buscar en la oscuridad, con linternas. El último en
rompiendo el silencio. i i descubierto, ganaba como premio una canasta
— N o tiene nombre, porque él no es un animal [Link].
doméstico, es un gato salvaje, un gato montes. Pasó un buen rato y todavía seguía en el juego. El
—¿Pero qué edad tiene el gato? n i \ i i umento que me tocó era una armónica, chiqui-
—¿Este? Es más grande que yo. Es un tipo de i i. pero de sonido fuerte. Debe ser por eso que los
gato muy longevo. Nos hicimos amigos hace buscadores ya estaban a punto de encontrarme. Me
muchos años. ¿Quieren que les cuente la historia? i mi. iban rondando. Yo me había escondido en una
—Por favor —nos entusiasmamos. lnmdonada donde crecía un árbol de copa muy
Carlitos se puso cómodo, apoyándose contra la l ipesa, que cubría todo el pozo. Estaba al lado de
pared, destapó la petaca y nos convidó.Todos bebi- u n í calle muerta, cerca del barrio. Era bueno el
mos, para no despreciar. Uno por uno fuimos pro- I li " M i l i t e , pero no quedaba otra que mudarme rápi-
bando la bebida, muy fuerte, con un poco de gusto a do, antes de que me encontraran, así que guardé mis
limón. Después, él le pegó un sorbo largo, la tapó y osas en una bolsa y salí al descampado.
la dejó en el piso. En todo Celina no se escuchaba Iba cuerpo a tierra. Por todos lados, se veían los
otra cosa que no fueran nuestros pequeños ruidos. El ' lyos de las linternas, se oían voces. De repente,
gato nos miraba fijo y Carlitos miraba la nada, cuan- ' npczaron a gritar:
do comenzó. —¡Ahí va uno! ¡Ahí va uno por el pasto!
Me quedé duro como una piedra. Me descubrie-
, pensé. Pero no era conmigo la cosa. Habían aga-
* * * M ido i otro, a veinte metros mío.
I'or favor —pedía el tipo—, denme una segun-
' ! i " i ' o i tunidad, por favor.
Era 17 de octubre. Estábamos todos los vecinos No, ya estás capturado —le decían los busca-
de La Sudoeste en la fiesta por el Día de la Lealtad. ilon v se reían—, ahora tenes que venir con no-
Cuando se hizo de noche, salimos al campito para tónos.
jugar al Grillo, un juego nocturno que se practica- I useguida se lo llevaron dos vecinos, desapare-
ba allá por mis pagos y que a todos les gustaba, una do en la oscuridad, en dirección a Camino de
fiesta popular, como la Fogarata de San Pedro y San « niilira. Después, los buscadores que quedaban
Pablo o la Adoración de los Reyes Magos. Se repar- empezaron a decir:
—Hay que rastrillar la zona, por si hay más ( 'rucé terrenos baldíos y basurales, siempre aleja-
escondidos. J o de las autopistas, los barrios y los rancheríos,
Justo en ese momento, ¡qué mala suerte!, rompí líguiendo la línea de la Cruz del Sur, bien adentro
sin querer una ramita tirada en el piso, y el ruido los .1.- I .1 Matanza. Los cazadores de grillos, de a poco,
alertó. fueron quedando atrás. El gato me seguía, cada vez
—¡Por ahí! —dijeron, y se me venían encima. m i ' . crea. Era agradable sentir su compañía, porque
(
Final del juego, pensé, hasta acá llegué. i veces, al avanzar, el conurbano se vuelve tan rural
Pero no estaba todo dicho en esa oscuridad. De la |0n M I S descampados, que pareciera que uno hubie-
nada, apareció el gato, que pegó un salto bárbaro, K dejado los cordones industriales para perderse en
hasta ponerse adelante mío. A propósito se mostraba • I interior de la provincia, donde casi todo es pampa
para que lo viesen. Iba y venía a m i alrededor, que . 11 soledad te angustia.
seguía tirado boca abajo, quieto y tapado por el No sé cuánto tiempo habremos caminado pero
pasto. K notaba que eran altas horas de la noche. Serían,
— N o pasa nada —dijeron los buscadores—, es I i r m í o s , las dos o tres de la mañana, cuando de
un gato — y se fueron. golpe n o s chocamos con un paredón. ¡Qué raro! Era
Una vez que se alejaron, me levanté despacio. El II p i uñera vez que pasaba por ahí. Era largo y todo
gato estaba parado a unos metros, mirándome. i ipado de enredaderas. Por curiosidad, me trepé,
—Gracias —le dije. lira ver qué había del otro lado. El gato también se
Yo sabía que él podía entenderme. Saqué de la ni >io Al asomarme, me encontré con un barrio, uno
bolsa unas galletitas y se las tiré. A partir de ese I o conocía. Seguro era otro de los barrios secre-
momento, empezó a seguirme. to* ele la señora. En el medio tenía una plaza: estaba
Encaré hacia la parte más oscura de los potreros, llena de gente. Por todos lados se veían pasacalles,
para que la negrura me protegiera de los [Link] • I• i< decían:
nunca había ganado uno de aquellos juegos y ese
año estaba decidido a lograrlo. El propio concejal 25 DE MAYO DE 1810
coronaría al campeón, junto a la reina elegida. Era
un gran honor. Además, la canasta era suculenta. Me sentí confundido. ¿Qué hacían todas esas
Traía vinos, quesos, fiambres y latas de atún, entre pi nonas lestejando el 2 5 de mayo si estábamos en
otras cosas. Para mí, que nunca me gustó trabajar y ist'ttibre? ¿O estábamos en mayo? Ya no sabía qué
que siempre estoy dando vueltas, me venía como i - [Link] Quizás tantas vueltas en el campito me
anillo al dedo, pues la libertad que disfruto, muchas li i l ' i n i mareado la memoria y el sentido de la orien-
veces la tengo que pagar con privaciones. i ii ion Me puse paranoico y empecé a dudar, ya no
sólo del tiempo, sino de las cosas que veía en ese lindera, y que si volvía hacia La Sudoeste y seguía
momento. ¿Eran ciertas esas casas o me las había .1. Iirgo hasta el final, iba a ser obvio que, ya en los
inventado de las piedras y las montañas de basura? | M m i n o s calores de diciembre, la gente estaría cele-
¿Realmente existía esa gente o eran cañaverales y ln m . l o el día de La Inmaculada Concepción.
arbolitos? Supuse que me había vuelto loco. ¿Pero I irimismado, dudaba si quedarme o seguir mi
cómo iba a estar loco y a pensar que estaba loco? No . muño hacia algún otro feriado, cuando de pronto
era lógico. Claro, era una locura, me reí solo, y me una voz que me gritaba:
sentí más loco. ¿Y ese gato de ojos colorados? ¿Por I h , usted, qué anda haciendo ahí?
qué me perseguía? Empecé a transpirar y el corazón Mué para un lado y para el otro y descubrí, a
me latía con fuerza. Traté de calmarme. Cerré los I is metros, a un señor muy alto. Me miraba fijo.
ojos, esperé un rato y después los abrí de nuevo, para i i i barrendero o algo así. Empujaba un carrito y lle-
ver si cambiaba algo. Pero nada cambiaba. Yo seguía .1 i u n uniforme que decía: MUNICIPALIDAD. Ya
trepado al mismo paredón y, del otro lado, un mon- i i i pense, me agarraron en esta.
tón de gente insistía en festejar el 25 de [Link] Nada —contesté—, sólo estaba mirando.
el mundo andaba con escarapelas y en las casas fla- , Y ese gato?
meaban banderas argentinas. Pensando y pensando, Viene conmigo.
recordé los cuentos que nos contaban allá en La Ah, bueno —contestó, con cara de desconfia-
Sudoeste, e imaginé, no sé si por acordarme de Ve uga, hombre, no sea tímido, acerqúese, que
aquellas historias o porque se me acababa de ocurrir t i l a por empezar el acto.
a mí, que algunos barrios del campito seguían calen- \ln me di cuenta que ese tipo no sabía nada del
darios diferentes, que probablemente eran doce * .i til... así que me tranquilicé.
barrios, uno por cada mes, y que si en La Sudoeste Venga, venga —insistía.
corría octubre, era lógico que allí fuera mayo y, Bueno, gracias, cómo no —le dije, y bajé del
obviamente, en otras localidades vecinas junio, o p n i .Ion
agosto, o diciembre. ¿Era aquella jornada, además, M i r e , vaya bordeando las casas, por esa calle
día feriado en cada barrio? Era lo más justo, pensé. me indicó—, que termina en la plaza.
No sería equitativo que algunos trabajadores disfru- I mpe< e a caminar, dándome vuelta dos o tres
taran del descanso, mientras otros compatriotas, a • , para saludarlo. Ahora, el gato iba casi pegado a
pocos kilómetros, se vieran obligados a trabajar, así un Le di una galletita más. La agarró de mi mano,
que me convencí de que si caminaba más allá, bor- liui) respetuoso. Poco a poco, nos mezclamos entre
deando el campito, seguro me toparía con un barrio 11 p-ule, que salía de todas partes. Parecía un hormi-
adonde los vecinos estarían festejando el Día de la Mirio I o s negocios ofrecían mercadería en las veré-
das, hasta los vecinos habían puesto mesas en las hasta llenarse la panza, pero más que nada tomaba,
puertas de las casas, para vender empanadas, pizzas y sin parar, todo lo que se servía: vino, cerveza, licores.
sandwiches. N o se hablaba del Grillo, se ve que no Pasada la medianoche, ya estaban todos entonados,
estaban enterados, así que nadie se metía conmigo, menos yo, que seguía sobrio. Lo bien que hice.
aunque muchos lo miraban raro al gato, como que En un momento, un hombre grandote, que esta-
no les caía bien. ba cerca de la mesa de los platos dulces, empezó a
Cuando llegamos a la plaza, nos encontramos señalar para el lado donde estaba yo, y los llamaba a
con una peña. La gente bailaba al compás de una los otros. Se juntaron varios. De golpe, se pusieron a
orquesta folclórica, que tocaba sobre un escenario. gritar como locos:
Todo el mundo comía y bebía. Una señora me ofre- —¡Agárrenlo! ¡Agárrenlo! — y se vinieron
ció un vaso de vino, pero no sé por qué yo andaba encima.
medio porfiado de todo el asunto, así que preferí no En menos de un suspiro, los tenía a todos alre-
tomar. Había guirnaldas, globos y adornos. Después dedor.
de un rato, la música se paró, y un señor agarró el —¿Qué pasa? —pregunté.
micrófono: Pero nadie me escuchaba, ni siquiera me mira-
—Ahora vamos a dar inicio al acto conmemora- ban, porque no era a mí al que querían, era al gato,
tivo. pobrecito, y ¡zas!, le tiraron un lazo que le emboca-
Enseguida, unos chicos disfrazados, acompañados ron justo en el cogote.
por las maestras, subieron al escenario y empezaron —¡Agárrenlo fuerte! —gritaban, mientras el gato
con el número: se revolvía furioso.
El resto de la gente, alertada, dejó lo que estaba
Gente que sale a la calle haciendo y se acercó.
Ríe y se pone a cantar... —¿Por qué le hacen eso? —me metí—. ¿Qué
Son mil mujeres y hombres mal les hizo este pobre animal? El viene conmigo.
Bailando el candombe Entonces el grandote, que lideraba el grupo, me
De la libertad. encaró y me dijo:
Ya lo ves —Señor, usted no sabe con quién está cami-
Es 25 de Mayo nando.
de 1810. —Pero por qué me dice eso —contesté—, si es
un gato bueno.
Los números eran uno más lindo que el otro. —Está equivocado, señor, él no es un gato, es un
Hubo obras de teatro, bailes y coros. La gente comía hombre gato.
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Me quedé mudo. cuatro de la mañana, los vecinos ya se estaban sin-
—Es un hombre gato —me repetía el grandote. tiendo mal, de tanto que habían chupado y mezcla-
—¿Pero qué está diciendo? do. Algunos empezaban a irse, y ya no le prestaban
—Señor, escúcheme —me dijo, mientras me aga- mucha atención al gato. Pero todavía tenía que
rraba de los brazos—, esta es una criatura diabólica, esperar un poco más, hasta que llegara la cuarta
hace mucho que viene rondando alrededor de nues- fase, que es la fase del oso, cuando el borracho se
tro barrio, espantando a la gente. queda dormido.
—Pero no puede ser —le dije. Clareaba. Los que habían quedado en la plaza
— S e ñ o r — e l grandote me empezaba a zaran- estaban tirados, roncando. El gato lloraba, pero nadie
dear—, ¿conoce la historia de los Hombres Lobos? lo escuchaba, salvo yo, que era el único despierto.
—Sí, por supuesto. Con cuidado, me acerqué, esquivando los cuerpos,
—Entonces sabrá que cuando viene la luna llena hasta que por fin llegué al poste de luz. Le desaté los
esos hombres se convierten en animales. Bueno, con nudos y enseguida nos fuimos, despacio. Cuando
los hombres gatos es al revés, ellos son gatos, y cuan- casi habíamos dejado la plaza, reconocí al grandote
do se completa la luna se convierten en hombres, en que había agarrado al gato. Estaba tirado encima de
hombres feroces, criminales. otro. ¡Qué julepe! Porque de golpe abrió los ojos y
Los vecinos enlazaron al gato con varias cuerdas me miró fijo. Pensé que el rescate iba a fracasar, pero
y de a poco lo fueron llevando al medio de la plaza, tuvimos suerte, porque el grandote no atinó a nada,
donde lo ataron, contra un poste de luz. En un sólo nos miró hipnotizado durante un rato, con los
momento, empezaron a tirarle piedrazos, y a escu- ojos quebrados por las venas rojas del cansancio.
pirlo. Yo pedía que lo trataran bien, pero no me Después, los párpados se le fueron bajando.
daban bola, estaban todos pasados de vino, muy bra- Seguimos adelante, haciendo el menor ruido
vos, así que me a fui a un costado, por atrás de un posible, caminando entre la gente dormida, las mesas
árbol. De ahí veía todo. Tenía que esperar el todavía servidas en las veredas y las casas con las
momento justo, para ayudarlo, no lo podía dejar así. puertas entreabiertas. Todo el lugar había caído en
Entonces me acordé de las cuatro fases del borracho. un sueño profundo. Por fin, llegamos al paredón y lo
El borracho empieza siempre con la fase del trepamos de nuevo. El barrendero ya no estaba más,
mono, que en este caso fue cuando la gente bailaba aunque podía verse su carrito a pocos metros, esta-
y cantaba, después sigue la fase del león, entonces cionado junto a un árbol. Antes de saltar al otro lado,
el borracho se pone malo. Ahí fue que lo agarraron miré por última vez ese barrio: el viento arrastraba
a él y lo maltrataron. Después de un rato, llega la todo, papeles, vasitos de plástico, la ropa. Después,
fase del chancho, y vienen los vómitos. A eso de las nos metimos otra vez en el campito, ¡estábamos sal-
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vados!, aunque igual avanzamos con cuidado, porque nado por la historia y por lo bien que se había
a lo lejos, allá en la zona de octubre y de noviembre, expresado ese hombre. Miré alrededor. Villa Celina
parecían brillar los rayos de las linternas, yendo y se veía a medias, apenas iluminada por los viejos
viniendo, en busca de los grillos. faroles del alumbrado. En un momento, me puse a
No sé, a ciencia cierta, cuánto tiempo pasó hasta pensar cuál sería el mes que le tocaría en suerte, si
que volví a La Sudoeste, si horas, si días, si meses. distribuyeran el calendario entre las localidades que
Cuando llegué, fui directo a la Municipalidad a conocía. Primero imaginé que podría ser diciembre,
reclamar el premio, porque estaba seguro de que yo por los colores y los olores especiales que tenía el
era el ganador, pero el muchacho que me atendió, barrio cuando llegaban las fiestas; después creí que
un secretario bastante atareado y quizás por eso de enero la representaba mejor, con sus largas siestas del
pocas palabras, me comunicó, luego de revisar entre infierno, de asfalto y alquitrán derritiéndose por el
los archivos, que yo había sido descalificado por no calor.
haberme presentado en término. Me di por vencido Carlitos se puso de pie.
y salí de ahí. —Bueno, me voy yendo.
En el barrio, la gente había retomado sus activi- —¿Ya se va?
dades cotidianas, los grandes trabajaban, los chicos —Sí, pibes, fue un gusto.
estudiaban Este panorama me produjo una gran —Igualmente —contestamos los tres—, y nos
angustia y, casi por inercia, caminé de nuevo hacia las paramos. ¿Va a volver?
afueras. —Sí, un día de estos.
En la última esquina, me despedí de La Sudoeste —Cuando quiera. ¡Muchas gracias por la histo-
en silencio, de sus calles, de sus potreros, de mi vieja ria!
casa, y salí otra vez al campito, sin rumbo, a ver qué — N o hay de qué —dijo, y se fue junto al gato,
me deparaba el destino. A mi lado caminaba el gato en dirección al Mercado Central.
montes, que iba a ser, en los tiempos que se avecina- En silencio, los vimos durante un rato, achicán-
ban, mi primer compañero de aventuras. dose en el horizonte de la calle Martín Ugarte, con-
tra un cielo negro, interrumpido por la luna
creciente que parecía caerse, allá, en el final.
* * *
Carlitos guardó silencio y cerró los ojos. Moncho
y Leticia tampoco dijeron [Link] estaba impresio-