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Quintiliano: Maestro de la Retórica

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Temas abordados

  • Argumentación,
  • Reflexiones didácticas,
  • Técnicas retóricas,
  • Atención individual,
  • Ejercicios de declamación,
  • Recursos oratorios,
  • Estilo oratorio,
  • Naturalismo psicopedagógico,
  • Memoria mnemotécnica,
  • Diversidad de ideas
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  • Ejercicios de declamación,
  • Recursos oratorios,
  • Estilo oratorio,
  • Naturalismo psicopedagógico,
  • Memoria mnemotécnica,
  • Diversidad de ideas

QUINTILIANO

Marco Fabio Quintiliano nació en Hispania, en Calahorra, alrededor del año 35. Desarrolló una brillante carrera primero
como abogado y luego como profesor de Retórica en Roma, llegando a ser considerado el mejor profesor de retórica del
mundo antiguo durante casi 20 años de docencia. Fueron discípulos suyos Plinio el Joven, Juvenal, Suetonio y Tácito. En
la enseñanza de la Retórica, encuadró todo un compendio de ideas sobre la actividad educativa.

La fama de Quintiliano proviene de su Institutio oratoria, una obra enciclopédica que recoge todo cuanto es necesario
para formar a un orador. A la vez, en su narración, se fueron deslizando nociones pedagógicas que, reunidas y
ordenadas, constituyen una síntesis de lo que fue la filosofía de la educación en la Antigüedad.

Desde un absoluto respeto y comprensión de la infancia, abogó por la educación temprana del niño, aunque haciendo la
salvedad de que la enseñanza debía graduarse, los conocimientos proporcionados se ofrecerían paulatinamente.
Preconizaba la adaptación a la edad tanto en el procedimiento como en la actitud y de ahí, el valor vital y pedagógico
que otorgaba al juego infantil. Decía que la enseñanza en los primeros años “ha de ser como cosa de juego”.

Defendía también un naturalismo psicopedagógico estableciendo como punto de partida de todo acto o proceso
educativo la naturaleza del educando y recomendando el respeto a las actitudes personales del niño. Aquí resaltaba dos
ideas: “no ponerse a aquello que no puede lograrse y no apartarse de aquello en lo que puede ser sobresaliente para
aplicarse a otra cosa ante lo que no se siente inclinado”. Recomendaba equilibrar tanto la memoria y el aprendizaje
memorístico como la elaboración propia de conocimientos y el aprendizaje por los sentidos ya que el niño es un ser que
imita y un ser que juega.

En cuanto al rol del maestro, para Quintiliano era fundamentar trabajar con método y tener un conocimiento amplio de
la materia, para poder adaptarse así con más facilidad a las capacidades infantiles. Enemigo de los castigos, insiste en la
importancia del uso de recursos como la alabanza mesurada, la atención al aprovechamiento individual o fomento de la
confianza en sí mismos. Es decir, daba un papel principal a la motivación del alumno. Creía en la disciplina, pero una
disciplina blanda, humana, sin detrimento de la autoridad del maestro.

Frente a Plutarco, que era más partidario de una educación doméstica, Quintiliano se erige como firme defensor de una
educación pública. Considera este sistema más beneficioso para el alumno pues constituye una fuente de relaciones
sociales para él y de un bienestar social más grande y también para el maestro, que ve una trascendencia mayor de su
trabajo que la que le proporciona la enseñanza individualizada de carácter privado.

La actualidad de todas estas ideas constituye la razón de ser de la publicación de Sergio Mira Jordán, Quintiliano, el
pedagogo Nueva ventana Enlace externo, se abre en ventana nueva. En palabras de su autor “no solo es un resumen de
las ideas de Quintiliano, sino también un compendio de propuestas didácticas, reflexiones, y actividades que podemos
llevar al aula”. Publicado en 2021, este título reivindica las teorías de un pedagogo clásico para mostrar que las
herramientas necesarias para transmitir conocimiento son más inalterables de lo que creíamos y solo tenemos que
prestarles atención. Ante la reivindicación de un conocimiento más utilitarista y técnico, la enseñanza debe ser un reflejo
del mundo, con su variedad de ideas y disciplinas, ya que según Quintiliano no hay rama del conocimiento que nos
podamos permitir descartar.

Los doce libros de la Institutio Oratoria, de carácter teórico y didáctico, tratan de las siguientes cuestiones: el Libro I,
repleto de consideraciones pedagógicas, presenta las nociones preliminares que sirven de fundamento a todo el
desarrollo posterior de la Retórica; Quintiliano, como Cicerón, se refiere a la amplia formación enciclopédica que debe
recibir el candidato a un curso de Retórica. A partir de principios psicológicos, Quintiliano ofrece orientaciones para la
formación, desde la infancia, del orador: la elección de las personas que se han de ocupar de él en los primeros años,
desde el allá al preceptor (examinando pros y contras de la instrucción doméstica de carácter privado y de la escuela
pública), la atención a las condiciones naturales del niño, los métodos de aprendizaje gramatical, las nociones de cultura
general, la pronunciación y los gestos.
Quintiliano defiende que la fórmula más eficaz de enseñanza debe apoyarse en la lectura y en el comentario de textos
de oradores e historiadores, en la práctica de la redacción y en el hábito de la autocorrección. Aconseja los ejercicios de
memorización y de declamación.

Es partidario de una preparación cualitativa del orador, que, como hemos dicho anteriormente, ya fue esbozada por los
retóricos anteriores. A partir de la definición de Marcus Cato: vir bonus dicendi peritus, Quintiliano insistió en que,
además de estar dotado intelectualmente y preparado técnicamente en Leyes, Historia, Matemáticas, Música, Literatura
y, sobre todo, en Filosofía, el orador debía ser educado en profundas convicciones morales. También exige flexibilidad
para acomodarse a las características del tema y capacidad psicológica para adaptarse a la condición del auditorio.

Quintiliano, tras criticar varias definiciones de Retórica -Córax, Isócrates, Gorgias, Aristóteles...- propone la siguiente:
bene dicendi scientia. Su objeto es todo asunto humano. Afirma que los tres fines de la Retórica -enseñar, mover y
deleitar- han de converger en un fin ético. Defiende, además, que la Retórica es un «arte» ya que ha de usar la técnica y
procede de una manera metódica y ordenada.

Aunque Quintiliano rechaza el uso indiscriminado de pruebas falsas, admite, sin embargo, con los sofistas que, en
determinadas situaciones, el empleo de la mentira puede ser lícito, y acepta que el juez utilice argumentos falsos en
beneficio de un reo inocente.

El libro II trata de los rudimentos que se enseñan en la escuela de Retórica y en él describe sistemáticamente todo el
contenido de la disciplina: define su naturaleza, fija su objeto, delimita el ámbito de estudio y establece las clases de
Retórica y su división.

El libro III, tras una detallada historia del nacimiento de la disciplina y una breve biografía de sus cultivadores principales,
trata sobre los géneros y sobre las partes de la causa: son los elementos del procedimiento civil y penal cuya exposición
prosigue en los cuatro libros siguientes.

Quintiliano concibe la Retórica -conjunto de reglas- como un instrumento técnico al servicio del uso pragmático de la
lengua, y asume la mayoría de las nociones y una amplia cantidad de los preceptos de la doctrina aristotélica. Su

Acepta también la división aristotélica de los géneros -deliberativo, judicial y epidíctico- aunque no está de acuerdo en
aportación fundamental consiste en haber elaborado una sistematización de elementos hasta entonces dispersos.

que la utilidad, la justicia y la honestidad, respectivamente, constituyan los fines exclusivos de cada uno de ellos.

Los libros IV, V y VI tratan de la inventio -quid dicamus- según las partes del discurso persuasivo (exordio, narración,
argumentación, etc.). Presta especial atención a las especies y usos de pruebas y a los diferentes tipos de razonamiento.

Repite también las cinco etapas del proceso retórico: la «invención» cuyo objeto es la res, la materia o ideas de la que
trata el discurso, la investigación y el estudio de los materiales que han de manejarse, y también el conocimiento de los
instrumentos que para ello se usan.

El libro VII examina la dispositio -sed etiam quo loco- o plan organizativo del discurso. Los libros VIII y IX, los más
utilizados en el ámbito de la teoría y de la crítica literarias, están dedicados a la elocutio -quo modo dicamus-. Explican
detalladamente los medios y los procedimientos del estilo: los tropos, las figuras y la compositio. Quintiliano ofrece una
amplia gama de reglas técnicas y un extenso muestrario de tropos y de figuras. Las principales cualidades del estilo
oratorio son, según él, la claridad, el orden y la precisión terminológica. Aconseja el uso moderado de las sentencias o
máximas, y muestra sus preferencias por la sobriedad del estilo ático. Según David Pujante, las generalizaciones sobre lo
ornamental como plus que aparece en el nivel elocutivo jamás se dan en la obra de Quintiliano. Casos como el de la
mecánica compleja del «simil», enraizado en varios niveles, lo confirman (VV. AA., 1993: 120; vid. también Pujante, 1996
y 1999).
El libro X contiene una relación antológica de poetas y de prosistas griegos y latinos. Sobre cada uno de ellos Quintiliano
emite juicios sintéticos que resultan interesantes, no sólo por su importancia objetiva, sino también porque revelan la
mentalidad y la formación cultural del autor. Describe las cualidades cognitivo-prácticas que deben adornar al buen
orador y muestra la importancia del «punto de vista retórico» en la valoración de los autores y en la crítica de los textos
literarios (Grube, 1965).

adaptación improvisada. La actio -apte dicere- la estudia en todos sus aspectos: pronunciación, recitación, presencia,
El libro XI trata de la memoria y de la actio. La memoria o mnemotécnica, depositaria del tesoro retórico, permite la

ademanes y gestos. Formula también las tres finalidades del discurso -docere, movere, placere- y caracteriza los rasgos
de sus respectivos estilos. A partir de Quintiliano la Retórica, concebida como el arte del bien (pulchre) decir, empieza a
privilegiar los procedimientos estéticos y ornamentales del discurso sobre los recursos persuasivos y argumentativos.

Quintiliano dedica especial atención a la Psicagogia, al estudio de los aspectos emotivos del discurso. Distingue entre las
emociones «imaginativas» y las «humorísticas». Entre las «imaginativas» separa la «patética», afección o pasión, y la
propiamente «ética» o moral. La «patética» es vehemente y arrolladora, aunque momentánea; la «ética» es lenta e
invasora, pero permanente.

El orador, según Quintiliano, debe ser capaz de «imaginarse» a sí mismo en la situación del oyente, de «simpatizar» con
él. No puede conformarse con tratar de convencerle con argumentos racionales sino que, además, ha de emplear los
recursos que exciten las emociones del oyente y lo muevan a adoptar una determinada actitud y a efectuar un
coherente comportamiento. Reinterpreta la distinción aristotélica entre éthos y páthos: el primer concepto requiere un
estilo sobrio y el segundo un afecto vehemente.

Trata también de la risa -de su esencia, origen, efectos y aplicación oratoria- (Isabel Paraíso, en Tomás Albaladejo y
otros, 1998, I: 101-124). La presenta como un desequilibrio más o menos momentáneo, y advierte de la dificultad que
supone y de los riesgos que entraña su uso excesivo.

Describe los principales cambios fonéticos griegos y latinos, a partir del principio de la economía y de la eficacia
lingüísticas, y esboza unas nociones de la «acción oratoria», la recitación, la presencia y el ademán. Presenta unos
ejercicios basados en la imitación de los modelos; se trata, sin embargo, de una imitación activa que, entrando en
competencia con sus antecesores más ilustres, aspira a superarlos mediante la emulación.

Quintiliano esboza en el último libro el modelo del vir bonus como perfecto orador cuyo fundamento deben ser las
cualidades morales y, en concreto, la firmeza y la presencia de ánimo. Recomienda el estudio de los buenos actores,
siempre que se imite de ellos lo que corresponde a la expresión oratoria, y no la caracterización de anomalías cómicas o
de sublimidades trágicas como son la senilidad, la embriaguez, el gemido, etc. Los buenos actores ayudan a corregir los
gestos inoportunos y los movimientos incontrolados del rostro.

Como ha señalado P. A. Meador, la contribución más original de Quintiliano a la teoría de la educación retórica es su
doctrina acerca del «hombre bueno», su teoría de la integridad moral como condición de la «credibilidad» y como
fundamento de toda la oratoria: En resumen, el sistema de educación retórica que defiende Quintiliano tiene como
meta la creación del orador romano ideal: un hombre virtuoso, eficiente, animoso y elocuente (en Murphy, ed., 1988:
176). L. Conte Marín afirma que las ideas pedagógicas que orientan la educación del niño en las Institutiones de
Quintiliano, sobre todo en sus dos primeros libros, han sido recogidas en la reforma de la enseñanza actual española, y
coinciden plenamente, incluso, con la metodología didáctica de la Educación Física (VV. AA. 1993: 31).
RESUMEN: Marco Fabio Quintiliano nació en Hispania, en Calahorra, alrededor del año 35. Desarrolló una brillante
carrera primero como abogado y luego como profesor de Retórica en Roma, llegando a ser considerado el mejor
profesor de retórica del mundo antiguo durante casi 20 años de docencia. Decía que la enseñanza en los primeros años
“ha de ser como cosa de juego”. Defendía también un naturalismo psicopedagógico estableciendo como punto de
partida de todo acto o proceso educativo la naturaleza del educando y recomendando el respeto a las actitudes
personales del niño. Aquí resaltaba dos ideas: “no ponerse a aquello que no puede lograrse y no apartarse de aquello en
lo que puede ser sobresaliente para aplicarse a otra cosa ante lo que no se siente inclinado”. Quintiliano dedica especial
atención a la Psicagogia, al estudio de los aspectos emotivos del discurso. Distingue entre las emociones «imaginativas»
y las «humorísticas».

OPINION: Mi opinión sobre Quintiliano es que su obra fue fundamental para el desarrollo de la retórica y la pedagogía.
Su enfoque integral que abarcan desde la educación temprana del niño hasta la formación profesional del orador,
influencio profundamente la enseñanza en Roma antigua y más tarde en el Renacimiento

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