Estado y Mercado: Falsas Dicotomías
Estado y Mercado: Falsas Dicotomías
Víctor A. Beker**
Introducción
Si hay un tema que se constituyó en el más polémico del siglo que acaba de fenecer, sin
duda ése fue el relativo a los mecanismos de asignación de recursos. La opción Estado
versus mercado impregnó buena parte de las discusiones en la teoría y la política
económica, con marcadas oscilaciones en las preferencias a lo largo de la pasada
centuria1.
Por ejemplo, para Mayer (1993, 9) una importante razón por la que los economistas
discrepan en sus recomendaciones es precisamente su distinto juicio respecto a la
eficiencia del gobierno.
El siglo XX fue, sin duda, el siglo del apogeo del Estado en el ámbito económico. La
necesidad de movilizar los recursos nacionales en época de guerra puso al Estado al
comando de las economías de los países involucrados en la Primera Guerra Mundial.
Finalizada la contienda, este modelo fue adoptado y llevado hasta sus últimas
consecuencias en Rusia.
Es que en la guerra se pone de manifiesto el hecho que el Estado y su maquinara
administrativa se encuentran en capacidad de movilizar el conjunto de los recursos de la
nación en pos de un determinado objetivo. De aquí a pensar en el Estado como un
instrumento útil para promover el desarrollo hay un solo paso. Es que el Estado de los
países victoriosos en una contienda muestra su eficacia –su capacidad para el logro del
objetivo perseguido- aunque no necesariamente su eficiencia –esto es, su capacidad de
alcanzar los fines con el menor uso de medios posible.
La crisis de 1930 y la posterior Segunda Guerra Mundial dieron un nuevo impulso al rol
del aparato estatal en las economías desarrolladas. Concluida la misma, se verificó la
constitución del bloque de países socialistas a imagen y semejanza del modelo ruso. Por
otra parte, el proceso de descolonización dio lugar a lo que se llamaría el Tercer Mundo,
un conjunto heterogéneo de países que en mayor o menor medida asignaron al Estado un
rol decisivo en la promoción del desarrollo económico.
Cuando el mundo parecía encaminarse decidida y progresivamente hacia un papel cada
vez absorbente por parte del Estado en el manejo de los recursos económicos, la historia
experimentó un súbito viraje y en los últimos veinte años asistimos al desmantelamiento
de buena parte de las estructuras creada en los ochenta años precedentes. La caída del
Muro de Berlín pareció dar un dictamen decisivo a favor del mercado.
Popper y Marx podrían sentirse reivindicados, si bien por razones bastante diferentes. El
primero vería abonada su tesis de que no puede haber predicción del curso de la historia
humana. Para el segundo, el súbito derrumbe del sistema socialista confirmaría su
conocida aseveración que cuando las relaciones sociales se convierten en traba para el
desarrollo de las fuerzas productivas, aquellas inevitablemente saltan hechas añicos.
El estudio del tema resulta fascinante y admite un análisis desde diversas perspectivas.
*
El autor desea agradecer la invalorable colaboración prestada en la elaboración de este trabajo por la Lic.
Silvana Mateu como así también los comentarios recibidos de Guillermo Rozenwurcel.
**
Profesor Titular de la Universidad de Belgrano y de la Universidad de Buenos Aires. . Correo electrónico:
[email protected]
1
Ravi Kanbur cree, empero, que actualmente no existe tanto desacuerdo como hace veinte o aun diez años
atrás en el debate sobre “el mercado versus el Estado”. Véase Kanbur (2001, 359).
La histórica apunta a desentrañar cuáles fueron las fuerzas que determinaron la marcha
en cierta dirección y, luego, la súbita y espectacular contramarcha. Uno puede pensar la
historia como un conjunto de experimentos naturales algunos exitosos y otros fallidos y
extraer conclusiones de dichos resultados.
La económica se orienta a poner en claro las ventajas y desventajas de una y otra forma
de propiedad y asignación de los recursos desde el punto de vista de la generación y
distribución de los ingresos.
La política está dirigida a evidenciar cómo una y otra alternativa se articulan con distintas
formas de acumulación y distribución del poder en una sociedad.
La ideológica tiende a explicitar cómo el asignar mayor rol al mercado o al Estado se
inserta en distintas cosmovisiones de la sociedad.
En este estudio se comienza señalando que razones de equidad distributiva han llevado a
argumentar a favor de la intervención del Estado en la economía. Se puntualiza, sin
embargo, que la alternativa mercado versus Estado es una falsa dicotomía. Se analizan
las razones que han dado origen a la misma y algunas de sus consecuencias.
Se evalúa la experiencia del sector público en los países de economía socialista, se
postula la necesidad de un enfoque positivo del rol del Estado y, finalmente, se propone la
introducción de mecanismos competitivos en su seno como forma de evitar
comportamientos monopólicos.
Se concluye, pues, que más importante que determinar si una actividad es prestada por el
Estado o por una empresa privada es evitar que lo sea en condiciones monopólicas.
Equidad y eficiencia
Los procesos de integración vertical y horizontal por parte de las empresas han ido
limitando cada vez más el rol de los mercados. Una buena parte de las transacciones que
antes pasaban por los mercados hoy son transferencias internas de grandes empresas
que incluso trasponen las fronteras nacionales.
El concepto de mercado puede aún ser un instrumento pedagógico útil en los cursos de
Microeconomía pero cada día se hace más difícil encontrar ejemplos para ilustrar a los
alumnos respecto a su funcionamiento en la práctica.
Gran parte de las transacciones se realizan al interior de gigantescas corporaciones,
muchas de ellas de alcance trasnacional. Otra parte importante tiene lugar entre dichas
organizaciones a través de complejos contratos de largo plazo que especifican precios,
calidad y cantidades.
En Estados Unidos, por ejemplo, tan solo 150 empresas del sector manufacturero
generaban en 1997 el 37% del valor agregado del sector3.
Estas corporaciones actúan como fijadoras de precios. La concurrencia de precios es hoy
sólo una rara excepción. Las cantidades transadas se ajustan a los precios fijados y no a
la inversa. Los ajustes de cantidades son la norma; los ajustes de precios constituyen la
excepción. La única decisión que pueden adoptar los consumidores es qué cantidad
quieren o pueden adquirir a los precios fijados.
Ello no significa que no exista competencia sino que ésta se libra principalmente por
medio de la innovación tecnológica y de la publicidad. Precisamente, el poder de mercado
de que gozan las grandes empresas es el reaseguro que garantiza la rentabilidad de la
inversión que realizan en investigación y desarrollo.
En este mundo –que es el mundo económico actual- es escaso el papel que juegan los
mercados vis a vis las organizaciones. La organización ha desplazado al mercado del
centro de gravedad de la economía. El mercado juega un rol pero es un rol subordinado a
las organizaciones. Son los departamentos de investigación y desarrollo de las grandes
empresas los que diseñan qué van a poner en el mercado; el departamento de ventas
determina el precio y el consumidor sólo decide cuánto va a adquirir.
El mercado como instrumento para la asignación de recursos por medio de los precios es
cada vez más una reliquia del pasado.
En este sentido, en la realidad actual la opción principal no es entre mercado y Estado
sino entre tipos de organización. La alternativa real a la organización estatal no es hoy el
mercado sino otro tipo de organización: la organización privada.
Por supuesto que las empresas privadas producen para el mercado; pero también lo
hacen las empresas públicas. La influencia de los demandantes sobre los precios en uno
u otro mercado no es significativamente distinta.
2
Megginson y Netter (2001, 321).
3
White (2002, 144)
Por tanto, lo que está realmente en cuestión es la línea divisoria entre las actividades que
deben estar a cargo de la empresa privada y las que debe encarar el Estado. Ya
abordaremos este tema más adelante.
Ahora bien, ¿por qué razón se insiste en hablar de mercado en lugar de empresa u
organización privada?
Porque en el inconsciente de muchos economistas parece estar presente la necesidad de
mostrar las bondades de la economía capitalista. Y para ello creen necesario identificar tal
sistema con uno donde los mercados juegan un rol central, donde los bienes se transan
en mercados competitivos, donde la información es completa, las externalidades y los
mercados faltantes son cuestiones poco relevantes, condiciones bajo las cuales el primer
teorema del bienestar nos asegura que el equilibrio que se alcance será eficiente. El
sistema capitalista, concluyen, tiene como principal virtud ser un sistema eficiente.
Sin embargo, la realidad es que la mayoría de los mercados no son competitivos, que hay
innumerables mercados faltantes, que las externalidades juegan un papel destacado y
que la información es, en muchos casos, asimétrica. Por tanto, difícilmente pueda
sostenerse con algún rigor que el sistema cumple con las condiciones necesarias para
alcanzar una asignación eficiente.
Por otra parte, se ha demostrado que en condiciones de mercados incompletos, no
necesariamente las empresas que utilizan tecnologías eficientes son las que sobreviven4.
Más importante, aún en el caso que el sistema asegurara una asignación eficiente de los
recursos, no sería ella una virtud demasiado importante del régimen capitalista. Mucha
mayor relevancia tiene el hecho de constituir un régimen que ha posibilitado un
crecimiento económico sin paralelo en la historia de la humanidad.
Como acertadamente puntualiza Baumol (2002, 6), “las disparidades en la eficiencia
estática no determinan la realmente dramática diferencia entre las economías capitalistas
y los sistemas económicos precedentes, así como respecto a aquellos que hasta hace
poco estaban dispuestos a sustituirlos”. Esta dramática diferencia radica
fundamentalmente en el espectacular proceso de crecimiento experimentado por las (mal)
llamadas economías de mercado a lo largo del último siglo y medio.
Como agrega el propio Baumol (ibíd., 6), la eficiencia estática no se alcanzaba en la
China medieval ni en la difunta Unión Soviética pero tampoco contemporáneamente en
Estados Unidos, Japón o Alemania. Y aún cuando en estos tres países la asignación de
recursos se acercara un poco más a satisfacer tal criterio, la contribución resultante de
ello al nivel de vida de la población seguramente sería de segundo o de tercer orden en
comparación con la que resulta de su dinámica de crecimiento.
Este crecimiento tiene fundamentalmente que ver con el proceso de innovación
tecnológica que caracteriza a las economías capitalistas. Pero si alguna correlación existe
entre innovación y mercados competitivos, ésta es más bien inversa.
En efecto, en un mercado competitivo toda innovación será, más tarde o más temprano,
imitada. Al cabo de poco tiempo la ganancia extraordinaria del innovador desaparecerá.
Por tanto, es escaso el aliciente que el competidor perfecto puede tener para innovar.
Por el contrario, es en el oligopolio y en la competencia monopólica -como
perspicazmente destacara Schumpeter- donde las barreras a la entrada proveen a las
firmas de la garantía de que podrán gozar de los beneficios extraordinarios generados por
la innovación y recuperar con creces la inversión realizada en su desarrollo.
4
Beker, P. F. (2004).
Basta con echar una rápida mirada a la realidad para advertir que la innovación tiene
lugar en tal tipo de empresas. En cambio, en las firmas que más se aproximan al modelo
competitivo –como las explotaciones agropecuarias- la investigación brilla por su ausencia
y es el Estado o las firmas productoras de insumos –normalmente con fuerte poder de
mercado- las que han generado y generan el avance tecnológico en este sector.
En conclusión: ni las economías capitalistas son eficientes ni la eficiencia es una
característica a la que puedan atribuirse los éxitos del sistema.
Son las grandes organizaciones empresariales dotadas de poder de mercado –y, por
ende, ineficientes desde el punto de vista de la teoría neoclásica- las responsables de los
procesos de innovación y desarrollo que han motorizado el enorme crecimiento
experimentado por las economías avanzadas.
5
Véase La Porta et al. (1999) y las referencias bibliográficas contenidas en dicho trabajo.
Consecuencias de la falsa dicotomía
La corriente principal del análisis económico centra su análisis –como hemos visto- en el
concepto de eficiencia. Basándose en el primer teorema de la economía del bienestar,
argumenta en favor de la empresa privada la cual, bajo condiciones competitivas,
aseguraría un óptimo paretiano.
Según este punto de vista las razones que justifican la intervención del gobierno deberían
buscarse, entonces, exclusivamente en la existencia de fallas de mercado o en el
incumplimiento de algunos de los supuestos que aseguran un equilibrio competitivo. La
existencia de externalidades, la provisión de bienes públicos, la presencia de monopolios
naturales o de otra índole serían las causas que justificarían la intervención
gubernamental. Dicha intervención estará dirigida a asegurar un resultado eficiente.
Pero este punto de vista es marcadamente unilateral. La eficiencia no es el único objetivo
perseguido por una sociedad. Este supuesto, subyacente en los análisis de la economía
del bienestar, implica la adopción de un juicio de valor como ya hemos señalado en otra
ocasión.
En efecto, aún un concepto tan simple como el de una mejora en el sentido de Pareto no
está desprovisto de un juicio valorativo. Por ejemplo, supongamos una medida que mejore
la situación del 1% superior de la comunidad y deje iguales al resto. Es claramente una
6
Baumol y Beker (1998).
mejora paretiana. Sin embargo, esta alternativa más eficiente seguramente será
rechazada en más de una sociedad en nombre de la equidad. El concepto de mejora
paretiana tiene por detrás el supuesto que lo relevante es exclusivamente la eficiencia. Si
bien éste es un supuesto simplificador habitual en Microeconomía, ello no implica que las
sociedades, al valorar una determinada medida de política económica, se ajusten al
mismo. Todo depende de qué idea de equidad tiene la sociedad en cuestión. Como
señalara Sen(1970, 22) con referencia a una sociedad donde unos pocos poseen bienes
de lujo y otros se encuentran al borde de la inanición, “una sociedad o una economía
puede ser óptima en el sentido de Pareto y ser totalmente repugnante”.
Recordemos también que la discriminación perfecta de precios conduce a un resultado
eficiente en el que el monopolista se apropia de la totalidad del excedente económico.
En segundo lugar, corresponde a la sociedad y no a la teoría económica decidir qué peso
relativo asigna a la eficiencia y cuál a la equidad: se trata de un típico juicio de valor.
En tercer término, en la medida en que en la realidad normalmente no se cumplen todas
las condiciones que garantizan un óptimo paretiano, las soluciones eficientes no
necesariamente son las deseables, como surge de la teoría del segundo mejor de Lipsey
y Lancaster. Sin embargo, los economistas de la corriente tradicional dan por supuesto
que las soluciones eficientes deben tener prioridad per se.
La distribución entre suministro público y privado es diferente en cada país y suele variar
en un mismo país con el paso del tiempo.
Hay países donde el Estado ha tenido tradicionalmente una muy fuerte presencia y otros
donde siempre se ha tratado de minimizar su actividad.
Mientras que en la Edad Media, el feudo constituía simultáneamente una unidad
económica, administrativa y política, con el advenimiento del régimen capitalista se
produce una tajante separación entre la esfera de lo público y lo privado.
La empresa es típicamente una unidad de producción que se desentiende del resto de las
cuestiones que antes abordaba el feudo. En mayor o menor medida, el Estado se fue
haciendo cargo de algunas de ellas. Mientras el señor feudal no sólo era la cabeza de la
organización económica local sino también el encargado de velar por la protección y el
bienestar de sus súbditos, estos últimos aspectos no son de la incumbencia del
empresario. Mientras la empresa provee a la manutención de su personal, no es su
responsabilidad asistir a quienes interrumpen la relación laboral por razones de invalidez,
desempleo o edad. Se presentó en este aspecto un vacío que el Estado fue llenando. El
divorcio entre la esfera de la producción y la de la protección social llevó a que esta última
se convirtiera en atributo del Estado.
Un caso paradigmático en tal sentido es el de Alemania. La legislación bismarckiana, por
ejemplo, sentó las bases del primer estado del bienestar en el mundo. Su ejemplo fue
seguido en buena medida por el resto de los países de Europa continental donde la
participación del Estado en la esfera social y económica fue siempre concebida como
necesaria.
En el polo opuesto se encuentra Estados Unidos, donde la participación del Estado se ha
tratado de mantener siempre en el menor nivel posible.
La variación del equilibrio está también relacionada con el cambio tecnológico. Por
ejemplo, la televisión por cable permite cobrar más fácilmente por su uso que la televisión
de aire. Por tanto, la televisión por cable nació como emprendimiento privado. Las
computadoras han reducido los costos administrativos de muchos sistemas recaudatorios
permitiendo que ciertos servicios para los que el cobro por la prestación resultaba oneroso
puedan suministrarse ahora en forma privada.
Albert Hirschman8 ha sugerido que estos cambios son también consecuencia de las
variaciones de los gustos: la distribución entre suministro privado y público oscila
periódicamente. Cuando los consumidores se decepcionan o no quedan satisfechos con
lo que obtienen como bien privado recurren al servicio público y a la provisión publica de
bienes y servicios; cuando sus previsiones sobre el grado de satisfacción que pueden
obtener en la esfera pública no se cumplen totalmente, pueden sentirse decepcionados
de nuevo y vuelven a recurrir al mercado privado. Es así como observamos en varios
países (Gran Bretaña es un ejemplo) ciclos de estatizaciones, privatizaciones y
reestatizaciones de algunos servicios públicos.
7
Drucker (1990, 104)
8
Shifting Involvements", Princeton, N. Jersey, Princeton Univesity Press, 1981.
En algunos casos, estos cambios suelen estar asociados a las circunstancias generales
que atraviesa el país o la sociedad en cuestión.. Por ejemplo, los periodos de guerra o de
crisis económica profunda llevan a un acrecentamiento del rol del Estado.
Normalmente, las propuestas económicas vienen insertas en un sistema de ideas que les
sirve de soporte.
En nuestro caso, interesa ubicar las propuestas a favor o en contra de la intervención
estatal en el marco de las respectivas tendencias ideológicas. En muchos casos, ha sido
la adhesión despertada por estas últimas lo que explica la popularidad alcanzada por una
u otra propuesta.
La utopía estatista
La utopía liberal
La reacción frente a las primeras ideas estatistas no se hizo esperar y vino de la mano de
los fisiócratas, primero, y luego de los economistas clásicos.
El avance del Estado alarmaba a Tocqueville (1835): “Las dos clases más importantes de
la sociedad fomentan nuevas actividades estatales. Ciertamente, los empresarios
declaran que no desean la intervención del gobierno en la vida económica, pero cada
grupo de ellos desea poner de su parte la actividad del gobierno y aprovecharla,
fortaleciendo así el papel del jefe del Estado. La clase obrera, a su vez, tiene mayor
necesidad que las otras clases de reglamentación y protección. Se atribuyen así siempre
nuevas tareas y responsabilidades al poder del Estado. De esta manera, las naciones
cristianas pueden terminar en un despotismo sólo similar al de la sociedad oriental”.
Los fisiócratas popularizaron la fórmula del laissez faire, laissez passer en economía
como síntesis de su pensamiento respecto a la actividad del Estado en la materia. Adam
Smith le daría un sustento teórico en su conocida alusión a la mano invisible: cada
individuo, en la búsqueda de su propio beneficio, concluye promoviendo el de la sociedad
aún cuando ello no es normalmente su intención. En cambio, agregaba Smith, nunca he
sabido de nadie que actuando en nombre del bienestar público haya hecho mucho bien.
Digamos, de paso, que Smith se constituye así en el primer autor en esbozar la tesis de la
preterintencionalidad en Economía. Los resultados alcanzados pueden diferir
significativamente de los perseguidos por los agentes individuales. Este punto de vista
será retomado por la escuela austriaca que remarca que la acción de un individuo puede
poner en movimiento acciones de otros agentes, de modo que la resultante puede tener
poco que ver con la acción del agente inicial. Esta visión se encuentra en aguda
contraposición con el punto de vista neoclásico para el que el comportamiento del
individuo representativo permite conocer el del agregado.
El empresario de Smith, en la búsqueda de su ganancia, produce los bienes que la
sociedad requiere. Cree actuar en su propio beneficio; en realidad, contribuye al bienestar
general. Los teoremas del bienestar walrasianos establecieron con precisión las
condiciones bajo las cuales ello es así.
Si bien difícilmente tales condiciones se encuentren en una economía real, el
pensamiento liberal obvia este obstáculo argumentando que puede suponerse que la
economía real se comporta como si se dieran aquellas condiciones tan estrictas.
Estas ideas fueron complementadas por las del filósofo Herbert Spencer, que dio origen al
llamado “darwinismo social”. Sostenía Spencer que la competencia capitalista llevaba a la
supervivencia de los más aptos. Por ello condenaba toda intervención del Estado, cuya
acción sólo serviría para interferir en este proceso de selección natural.
Sin embargo, este credo sufrió un fuerte golpe cuando la crisis de 1930 mostró que los
mercados por sí solos eran impotentes para corregir los desequilibrios macroeconómicos
y que la selección natural implicaba la extinción por inanición de millones de
desocupados.
Las ideas keynesianas acerca del rol del sector público en la estabilización del ciclo
ganaron entonces rápida aceptación, especialmente en los países anglosajones. También
las propuestas –en la misma dirección- del nacionalsocialismo alemán, del fascismo
italiano y del franquismo en España. Del mismo modo, el auge de las doctrinas
nacionalistas en los países de menor desarrollo luego de la Segunda Guerra sustentó la
idea de que la propiedad estatal de las grandes empresas y de los prestadores de
servicios públicos era una alternativa deseable respecto a la propiedad extranjera sobre
las mismas. En este caso, la propiedad pública era defendida en base a argumentos de
soberanía y estrategia.
Como resultado, entre 1930 y 1970 se produjo un nuevo y notable avance de la influencia
del Estado en la economía.
El Estado monopolista
Para estudiar la lógica del funcionamiento del Estado nada mejor que analizar aquellos
casos en que su ámbito de actuación llegó a abarcar casi la totalidad de la actividad
económica. Tal fue el caso de la Unión Soviética y los países socialistas de su esfera de
influencia.
Los inspiradores del modelo veían un aspecto positivo y otro negativo en el capitalismo:
un alto grado de organización al interior de las empresas junto con una gran anarquía en
los mercados que interconectan a las firmas. Se trataba, pues, de capitalizar el primer
aspecto y eliminar el segundo.
Por tanto, el Estado, en lo económico, debía ser una suerte de gran empresa que
produjera de acuerdo a un plan central y no conforme a los caprichos del mercado. Ello
debería llevar a eliminar fenómenos propios de la anarquía capitalista como la
sobreproducción o el desempleo.
El sistema planificado logró algunos éxitos considerables: la industrialización a marchas
forzadas, la prestación de servicios de educación, salud y vivienda a grandes poblaciones,
una invulnerabilidad a la crisis económica mundial de los años 1930 y la transformación
de un país atrasado en una potencia militar que contribuyó a un equilibrio de fuerzas
mundial que hoy muchos echan de menos.
Sin embargo, el sistema terminó evidenciando sus limitaciones que lo llevaron a su
decadencia y caída.
Veamos cómo funcionó en la práctica la planificación estatal.
Las prioridades
Una primera dificultad con que se enfrentó la planificación centralizada fue el enorme
volumen de información que se requería manejar. La solución fue definir productos
prioritarios –los llamados “eslabones decisivos” del plan- que debían merecer una
especial atención. El cumplimiento de las metas de producción de dichos bienes debía
asegurarse por encima de todo.
Esto derivó en un sistema de asignación de recursos por el cual éstos iban dirigidos a los
sectores definidos como prioritarios mientras que los no prioritarios entraban recién en
una segunda ronda en función de lo que quedaba disponible una vez satisfechos los
requerimientos de aquellos.
Ello explica el notable éxito en algunos sectores –la industria pesada, la producción
bélica, la carrera espacial- junto al fracaso rotundo en otros –la producción de bienes de
consumo. Pese a la reiterada proclamación –desde fines de los sesenta en adelante- de
la necesidad de aumentar la producción de bienes de consumo, la Unión Soviética nunca
logró alcanzar las metas fijadas en este sector y muchos consideran este fracaso como
una de las causas principales de su derrumbe.
Cuando ya se reconocía el retraso en el desarrollo de la producción de bienes de
consumo se insistía, sin embargo, en descalificar a quienes “intentan demostrar que el
desarrollo de la industria pesada deja de ser, en cualquier etapa de la construcción
socialista, la tarea fundamental, y que la industria ligera puede y debe adelantarse a las
demás ramas de la industria. Es éste un razonamiento profundamente erróneo ajeno al
espíritu del marxismo-leninismo”9.
Es que las altas prioridades siempre fueron asignadas a la producción de bienes de
inversión y particularmente a la industria pesada10. Por razones estratégicas y de
seguridad este sector –incluyendo la producción bélica- recibió siempre las mayores
prioridades; la producción de bienes de consumo así como los servicios fueron siempre
sectores de baja prioridad. Por tanto, la crónica insuficiencia de recursos se resolvía
asignando una menor cantidad a estos sectores.
Muchos críticos del sistema socialista han señalado que en una economía de mercado las
señales de precios hubieran corregido tales anomalías: la escasez de bienes de consumo
hubiera llevado a incrementar sus precios y ello hubiera resultado en una mayor
asignación de recursos para esta actividad. La falta de tales señales sería el defecto de la
economía planificada.
9
Khruschov, N. S. (1955, 4).
10
“El eslabón fundamental de los planes de perspectivas son las ramas de la industria pesada” (Academia de
Ciencias de la URSS [1960, 481].
En realidad, no es exactamente así. La presencia de escasez, de colas, es una señal que
puede ser tan válida como el aumento de precio. No eran señales lo que faltaba. De lo
que se carecía era de un mecanismo apto para responder a dichas señales.
Y ello nos lleva al análisis de cómo funcionaba la maquinaria del Estado.
11
Estos dos mecanismos no son privativos de la administración estatal: son de difundida práctica en las
organizaciones privadas de las economías capitalistas.
12
Alexis Stajanov (1905-1971) fue un minero soviético que en 1935 inició un movimiento en pro del
acrecentamiento de la producción en base a la iniciativa de los propios trabajadores.
El rol de los precios
Formalmente las empresas debían cubrir con sus ingresos sus costos más el margen de
ganancia. Pero, ¿qué sucedía en caso de no hacerlo? Producido el desfasaje, se
entablaba una negociación entre la empresa y sus superiores. Finalmente, alguna forma
de subsidio abierto o encubierto permitía cubrir el desfasaje.
Las empresas pertenecientes a los sectores prioritarios generalmente tenían mayor
facilidad para negociar el reajuste.
En definitiva, la restricción presupuestaria era flexible: de aquí la expresión acuñada por
Kornai de restricción presupuestaria débil.
Por consiguiente, incurrir en pérdidas no era demasiado riesgoso; por otra parte, ya
hemos visto que tener ganancias en exceso podía ser contraproducente ya que la firma
13
Por otra parte, se consideraba indeseable que se produjeran alteraciones en los precios al consumidor. De
aquí que, frente a variaciones de costos, se optara por modificar los impuestos y subsidios de modo de dejar
inalterados los precios finales.
no se quedaba con dicho exceso y el mismo pasaba a ser parte del plan del año
siguiente.
El resultado es que costos e ingresos no eran variables demasiado relevantes para las
firmas. Desde el punto de vista macroeconómico, la política monetaria y fiscal se ajustaba
pasivamente a las necesidades financieras de las empresas.
En palabras del fundador del Estado soviético, “el capitalismo ha logrado una
productividad del trabajo sin precedente bajo el feudalismo” (Lenin, 1960, T. XXIX).
En el sistema capitalista, la búsqueda de incrementar la ganancia lleva al empresario a
innovar permanentemente tratando de anticiparse a sus competidores, generando nuevos
productos y bajando los costos de producción. No existía ningún mecanismo equivalente
bajo el socialismo.
Si bien Lenin (Ibíd..)sostenía que el “capitalismo puede ser y será definitivamente
derrotado porque el socialismo logra una productividad del trabajo nueva, muchísimo más
alta”, los hechos demostraron que ocurrió exactamente lo contrario.
La producción en los países socialistas creció en una primera etapa gracias a la
incorporación de sectores de la fuerza de trabajo que permanecían ociosos: la absorción
de los desocupados, la incorporación masiva de la mujer a la producción y la plena
utilización de la fuerza laboral agrícola que permanecía subocupada.
Pero agotada la fase de crecimiento extensivo, el crecimiento intensivo fue pobre. El
innovador recibía escasos beneficios y en muchos casos debía enfrentar la resistencia de
una burocracia para la que todo cambio implicaba asumir un riesgo y no modificar nada
no entrañaba ninguna penalidad.
Por un lado, la mayor parte de la investigación, no sólo la básica sino también la aplicada,
tenía lugar fuera de las empresas, en los laboratorios dependientes de las academias de
ciencias, universidades, ministerios y uniones de empresas. La circulación de la
información científica entre dichos laboratorios y las empresas estaba lejos de ser
satisfactoria.
Los laboratorios tenían escasos incentivos para que sus investigaciones fueran de utilidad
para las unidades productivas.
Por otro lado, las empresas tenían escaso o nulo interés en innovar. Como hemos dicho,
ello suponía perturbar la marcha normal de su producción exponiéndose a resultados
altamente aleatorios. Dada la seguridad en poder colocar toda su producción,
cualesquiera que fuera su calidad y su costo, ¿para qué asumir riesgos innecesarios?
Sólo en los sectores prioritarios –industria espacial, aviación supersónica, energía
nuclear, etcétera- la tecnología alcanzó importantes desarrollos.
Por el contrario, la innovación en materia de productos de consumo nunca fue
considerada ni necesaria ni deseable.
Un caso típico fue el de la industria automotriz. Mientras en los países de economía
capitalista, la competencia monopólica obliga a las empresas del sector a introducir
innovaciones año a año, el concepto socialista era que un auto es simplemente algo que
consta de cuatro ruedas con un motor. Así, el Moskvich en la Unión Soviética o el Trabant
en Alemania del Este se fabricaron sin introducir mayores cambios por espacio de más de
20 años. ¿Qué sentido tenía hacerlo cuando, de todas maneras, había clientes que
esperaban por 5 o 10 años para poder adquirir uno?
Este insuficiente desarrollo tecnológico terminaría ampliando la brecha económica con los
países occidentales y precipitando la caída del sistema cuando la misma se extendió
incluso a lo que constituía su órgano más sensible y mimado: el poderío militar. La
incapacidad de hacer frente al desafío que entrañó la Guerra de las Galaxias puso de
manifiesto el agotamiento del sistema.
El caso chino
Bienes públicos
En toda economía capitalista se acepta que los bienes privados –salvo raras excepciones-
son de suministro privado. Queda, entonces, por definir cuáles son los bienes de
suministro público.
Tradicionalmente se han considerado públicos aquellos bienes que son no rivales en el
consumo y no excluyentes por precios.
La no-rivalidad se origina en que son bienes de consumo conjunto, esto es que el
beneficio que recibe una persona que está consumiendo el bien no se ve disminuido si se
agrega una persona adicional en el consumo de dicho bien.
La no-exclusión por precio tiene como consecuencia que la empresa privada no puede
satisfacer la demanda de este tipo de bienes. La renuencia a pagar para adquirir estos
bienes está motivada por el hecho que no existe forma de excluir a nadie de los
beneficios. Para usar un ejemplo clásico, es imposible impedir a una persona que se
beneficie de un programa de defensa nacional. Esta es la razón por la que suele
financiarse su suministro mediante impuestos.
Un caso similar se presenta cuando la exclusión puede ser viable pero costosa. Tal puede
ser el caso del suministro de agua, cuando instalar medidores tiene un costo superior a
los beneficios.
La no-rivalidad sólo implica que el costo marginal de suministrar el bien a otra persona es
nulo. Sin embargo, esta condición no impide que una empresa privada pueda proveerlo.
Por ejemplo, puede cobrarse peaje por el uso de un puente y así financiarse su
construcción14. Este tipo de bienes fueron tradicionalmente incluidos dentro de los bienes
públicos porque el criterio de eficiencia indica que si el costo marginal es nulo, el
suministro debería ser libre.
No obstante, existe una tendencia a convertir en privados a algunos de estos bienes,
sacrificando el criterio de eficiencia en aras de aliviar el presupuesto público de este tipo
de inversión. Por ello se consideran bienes públicos “puros” sólo los no exclusivos.
14
Por otra parte, muchos de los bienes de la llamada “nueva economía” son no-rivales. Por ejemplo, la música
grabada digitalmente o los programas de computación.
Finalmente, nos encontramos con los llamados bienes preferentes o de mérito. Se refiere
a aquellos bienes cuyo suministro realiza el Estado porque su consumo se considera
deseable (educación, salud) independientemente de las preferencias de los individuos.
La literatura sobre las fallas del gobierno llama la atención sobre una cuestión no
desdeñable.
El análisis del papel del sector público que realiza la economía del bienestar es un
enfoque normativo y apunta a ofrecer fundamentos para identificar las situaciones en las
que debería intervenir el estado; por ejemplo, cuando existen fallas del mercado.
Sin embargo, deberían considerarse las consecuencias de dicha intervención teniendo en
cuenta la naturaleza del proceso político. Debe distinguirse entre el Estado ideal y los
gobiernos reales. Debe comprenderse cómo funciona la administración pública si se
quiere saber qué probabilidades tiene la intervención del Estado de cumplir con los
objetivos que se le asignan.
Los programas públicos en las democracias no son instituidos por gobiernos ideales ni por
déspotas benevolentes, sino por complicados procesos políticos. Aún cuando funcionarios
y políticos se comporten honradamente la naturaleza del propio estado puede ayudar a
explicar sus fallas.
Se ha argumentado que para explicar el desempeño de los organismos públicos debe
analizarse cuál es la función objetivo de los funcionarios públicos y no pensar que se trata
de benefactores públicos inspirados en una visión benthamiana de justicia social.
Así, se ha postulado que los funcionarios tratan de maximizar el tamaño de su organismo:
les preocupa su sueldo, las prerrogativas del cargo, su reputación ante la opinión publica,
el poder y todos estos factores están relacionados con el tamaño de su organismo. Según
esta teoría el funcionario intenta incrementar las actividades de su agencia de forma muy
parecida a como una empresa intenta aumentar su tamaño. Compite con otros
funcionarios por los fondos. La competencia burocrática reemplaza a la competencia del
mercado15. La ley de Parkinson regiría el crecimiento de las organizaciones públicas.
Por ello, la atención debería centrarse no en el análisis normativo –como hace la
economía del bienestar- sino en el positivo, describiendo las motivaciones y las
consecuencias de los programas públicos así como la naturaleza de los procesos
políticos16. Las políticas implementadas por el Estado se explican así como un resultado
endógeno determinado por el comportamiento de agentes que buscan maximizar su
función objetivo sujeta a restricciones determinadas por el entorno político, económico y
social.
Competencia y monopolio
Cuando se analizan las similitudes y diferencias entre una organización pública y una
privada surge que normalmente la organización pública brinda sus servicios con carácter
exclusivo, esto es actúa como monopolista. El usuario generalmente no tiene alternativa
frente al Estado como proveedor como sí la tiene usualmente en el caso de la empresa
privada.
15
Niskanen (1971).
16
Germán Coloma (1999, 42) subraya el escaso desarrollo alcanzado en la literatura sobre la empresa pública
por el enfoque positivo.
En realidad, muchas de las llamadas fallas del gobierno surgen de esta condición
monopolística en que aquél desarrolla sus actividades17.
La mayoría de las organizaciones públicas no reciben sus ingresos del público al que se
dirige su actividad sino del presupuesto general. Aquel se encuentra cautivo y su opinión,
por ende, puede ser ignorada. En todo caso la atención se centra en responder a las
demandas del poder político puesto que es ahí donde se decide la asignación de los
fondos públicos.
Visto desde esta perspectiva, el Estado aparece como un proveedor monopolista carente
de incentivos para mejorar sus servicios o innovar en su actividad.
En efecto, se trata de un monopolio que no tiene en la búsqueda del beneficio –como el
monopolista privado- un incentivo para la innovación. El statu quo y el inmovilismo
constituyen el mejor de los mundos para el monopolio público. La innovación, como todo
cambio, genera un riesgo y es instintivamente rechazada.
En última instancia la disyuntiva relevante, entonces, no sería siquiera organización
pública vs. organización privada sino competencia vs. monopolio, tanto en la esfera
pública como en la privada.
Mientras se considera indeseable el monopolio en la actividad privada, se tiende a pensar
que esa condición monopólica es, en cambio, propia, deseable e inevitable para la
actividad del Estado. Sin embargo, ello no es necesariamente así.
No hay razones para suponer que la actividad estatal debe ser, por naturaleza, no-
competitiva.
Hay muchos sectores de la actividad pública donde podría introducirse la competencia
entre las propias entidades gubernamentales18.
Por ejemplo, la asignación de fondos para las escuelas del Estado o para sus hospitales
podría realizarse en función del número de alumnos o del de pacientes que captan en
lugar de establecer una suma totalmente independiente de aquellas variables. Un
mecanismo como el mencionado llevaría a despertar una mayor preocupación por la
calidad del servicio, por la reputación del establecimiento y su capacidad de atraer
usuarios.
Por otra parte, ha habido cambios tecnológicos que hacen hoy posible la prestación
descentralizada de muchos servicios que anteriormente se consideraba que, por razones
de economías de escala y de alcance, debían prestarse centralizadamente. Esta
prestación descentralizada debería permitir organizar la competencia entre los distintos
organismos prestadores de un determinado servicio.
Si bien es cierto que hay algunas actividades –como la defensa nacional o la seguridad-
que por su naturaleza requieren una organización jerárquica y monocéntrica, ello no
implica que todo el resto de la actividad estatal deba estar organizada en base a ese
modelo, como ha ocurrido en la práctica. Particularmente, todo lo que constituye
prestación de servicios podría organizarse sobre bases competitivas.
Claro está que ello requiere un cambio cultural copernicano en la organización estatal.
Implica sustituir la racionalidad formal –adecuación a las normas- por la racionalidad
sustantiva –adecuación a los objetivos. Y ello requiere –y es fieramente resistido por ello-
de una delegación del poder de decisión.
17
Fallas que –como hemos visto- se vieron exacerbadas hasta el límite en el modelo adoptado por los países
de régimen socialista.
18
Este tipo de competencia difiere de la que señala Tirole (1996, 24) como propia de la administración
pública. Tirole se refiere a que la existencia de múltiples principales juega un rol similar al que fiscal y
defensor desempeñan en un juicio, cada uno aportando elementos parciales desde el punto de vista de su
misión específica. Claro está que el propio Tirole (1996, 27) reconoce que este sistema de controles y
equilibrios es una condición necesaria pero no suficiente para el buen gobierno y que, en determinadas
circunstancias, puede llevar al inmovilismo.
También demanda la eliminación de la llamada restricción presupuestaria débil. Si el
tesoro público termina cubriendo los defasajes presupuestarios, no existirá diferencia
entre las unidades que cumplen y las que incumplen con el presupuesto.
También necesita de regímenes de remuneración que premien el cumplimiento de las
metas, cualesquiera que éstas sean, así como que se les permita a las dependencias
conservar los fondos ahorrados. En este sentido, es absolutamente absurda e irracional la
carrera que se desata al fin de cada ejercicio fiscal en las oficinas públicas para tratar de
gastar todo lo autorizado puesto que la alternativa es que la dependencia pierda
definitivamente. los fondos ahorrados
El estimular la competencia interna en el Estado no es una propuesta meramente teórica.
Besley y Case (1995) han argumentado que la comparación de la carga impositiva entre
los distintos estados en Estados Unidos permite a los votantes calificar la gestión del
gobierno estadual y condiciona la reelección o no de los respectivos gobernadores. El
exitoso comportamiento de la economía china en las últimas décadas ha sido atribuido,
entre otras causas, a la introducción de mecanismos competitivos al interior del Estado19.
La reforma del sistema de empresas del Estado en China comenzó con la autorización a
las mismas a retener parte del aumento de ingresos. Más tarde el sistema fue
reemplazado por uno de contratos en el cual la empresa debía entregar al Estado
determinado monto y podía retener el resto.
Del mismo modo, cada provincia celebró una suerte de contrato fiscal con el gobierno
central por el cual se hacía cargo de la recaudación de impuestos en su jurisdicción y se
la autorizaba a retener para sí una alta proporción del ingreso marginal. Ello desató la
competencia entre las distintas jurisdicciones por atraer inversiones como forma de
incrementar sus recursos fiscales y aumentar el empleo local.
La falta de competencia entre las oficinas del Estado se ha considerado una virtud,
porque evita la duplicación de esfuerzos. Sin embargo, ello se hace al costo de que no
existan bases para cotejar los resultados de unas y otras.
La existencia de competencia al interior de las oficinas del Estado permitiría tener
elementos de comparación de su funcionamiento.
19
Walder (1997) y Bardhan (2002).
Claro está que el pueblo tiene no uno sino dos agentes: el gobierno y la oposición. En
principio la oposición tiene el interés de vigilar al gobierno y poner en conocimiento de los
votantes las falencias que detecte. Pero ello siempre que no resulten cooptados por el
propio gobierno.
¿Cómo evitar que los políticos se coaliguen para perseguir sus propios intereses en
desmedro de sus representados?
La competencia entre los sectores políticos parece ser la garantía para evitar tal
resultado. Pero la competencia requiere la existencia de bajos costos de entrada y salida
de la política. Precisamente la percepción generalizada de un creciente divorcio entre
representantes y representados en todo el mundo se ha desarrollado en paralelo con el
incremento en dichos costos. La posibilidad que un neófito incursione en la actividad
política se ha ido haciendo cada vez más dificultosa frente al desarrollo de los aparatos
partidarios, la profesionalización de la política y los cuantiosos recursos económicos
requeridos para el ejercicio de esta actividad.
Para convertir a la política en un mercado disputable20 se requeriría una baja sustancial
de las barreras a la entrada a dicho mercado.
El futuro de la democracia depende en gran medida de que ello se logre.
Conclusiones
El siglo XX fue, sin duda, el siglo del apogeo del Estado en el ámbito económico. La
intervención del Estado fue propugnada, en general, como un medio de atenuar los
efectos que sobre la distribución del ingreso tendría un orden económico librado
exclusivamente a las fuerzas del mercado.
Sin embargo, en los últimos veinte años asistimos al desmantelamiento de buena parte de
las estructuras estatales creadas en los ochenta años precedentes.
Por otra parte, las organizaciones han desplazado a los mercados. La dicotomía principal
ya no es Estado versus mercado sino organización privada versus organización pública.
Ahora bien, la diferencia principal, desde el punto de vista del consumidor, entre el
suministro público y el privado reside en el carácter monopólico que tiene la actividad
estatal. La verdadera alternativa, entonces, sería competencia vs. monopolio, tanto en la
esfera pública como en la privada.
En tal caso, más allá de la discusión acerca del rol del Estado, se requeriría un replanteo
de su forma de funcionamiento eliminando los elementos de monopolio de modo de
asegurar la mayor transparencia y competitividad posibles en las actividades que la
sociedad decide encomendar al poder público.
Por otra parte, en una época signada por el cambio, el imperio de una multiplicidad de
normas y reglamentos conspira contra la capacidad de innovación por parte del Estado,
haciendo notoria su incapacidad para dar respuestas en tiempo y forma a los
requerimientos sociales. La administración por objetivos debería reemplazar a una
administración cuyo principal objetivo es el cumplimiento de las normas de procedimiento.
La competencia entre los sectores políticos debería ser, a su vez, la garantía para los
ciudadanos de que el poder político no sea utilizado en su desmedro. Para ello, la reforma
política debería apuntar fundamentalmente a reducir las barreras de entrada a la actividad
política.
Al inicio del siglo XXI la sociedad se plantea el desafío de conciliar el crecimiento
económico con la equidad distributiva.
Una mayor competencia, tanto en la esfera privada como en la pública, tanto en la
economía como en la actividad política, parece ser la llave maestra que permitiría dar
20
En el sentido de Baumol.
respuesta a las demandas de la sociedad en los albores del siglo XXI, compatibilizando el
crecimiento económico con la equidad distributiva y la democracia política.
REFERENCIAS