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San Pablo de

Tarso
(Saulo de Tarso, también llamado San Pablo Apóstol; Tarso,
Cilicia, h. 4/15 - Roma?, h. 64/68) Apóstol del cristianismo.
Tras haber destacado como furibundo fustigador de la
secta cristiana en su juventud, una milagrosa aparición de
Jesús convirtió a San Pablo en el más ardiente
propagandista del cristianismo, que extendió con sus
predicaciones más allá del pueblo judío, entre los gentiles:
viajó como misionero por Grecia, Asia Menor, Siria y
Palestina y escribió misivas (las Epístolas) a diversos
pueblos del entorno mediterráneo.
Los esfuerzos de San Pablo para llevar a buen fin su visión
de una iglesia mundial fueron decisivos en la rápida
difusión del cristianismo y en su posterior consolidación
como una religión universal. Ninguno de los seguidores de
Jesucristo contribuyó tanto como él a establecer los
fundamentos de la doctrina y la práctica cristianas.

La
conversión
Los jefes de los sacerdotes de Israel le confiaron la misión
de buscar y hacer detener a los partidarios de Jesús en
Damasco. Pero de camino a esta ciudad, Saulo fue objeto
de un modo inesperado de una manifestación prodigiosa
del poder divino: deslumbrado por una misteriosa luz,
arrojado a tierra y cegado, se volvió a levantar convertido
ya a la fe de Jesucristo (36 d. C.). Según el relato de
los Hechos de los Apóstoles y de varias de las epístolas del
propio Pablo, el mismo Jesús se le apareció, le reprochó su
conducta y lo llamó a convertirse en el apóstol de los
gentiles (es decir, de los no judíos) y a predicar entre ellos
su palabra. Tras una estancia en Damasco (donde, después
de haber recuperado la vista, se puso en contacto con el
pequeño núcleo de seguidores de la nueva religión), se
retiró algunos meses al desierto (no se sabe exactamente
adónde), haciendo así más firmes y profundos, en el
silencio y la soledad, los cimientos de su creencia. Vuelto a
Damasco, y violentamente atacado por los judíos fanáticos,
en el año 39 hubo de abandonar clandestinamente la
ciudad descolgándose en un gran cesto desde lo alto de
sus murallas.

Aprovechó la ocasión para marchar a Jerusalén y ponerse


en contacto con los jefes de la Iglesia, San Pedro y los
demás apóstoles, no sin dificultades, porque estaba
todavía muy vivo en la Ciudad Santa el recuerdo de sus
actividades como perseguidor. Le avaló en el seno de la
comunidad cristiana San Bernabé, que lo conocía bien y
quizá era pariente suyo. Regresó después a su ciudad natal
de Tarso, en cuya región residió y predicó hasta que hacia
el año 43 vino a buscarlo Bernabé. A consecuencia de una
carestía que atacó duramente a Palestina, Pablo y Bernabé
fueron enviados a Antioquía (Siria), ciudad cosmopolita
donde eran numerosos los seguidores de Jesús (allí se les
había dado por primera vez el sobrenombre de
"cristianos"), para llevar la ayuda fraternal de la
comunidad de Antioquía a la de Jerusalén.

Últimos años
Sin embargo, los hechos se desarrollaron de un modo
distinto. Habiéndose dirigido Pablo a Jerusalén para
entregar una cuantiosa colecta a aquella pobre iglesia, fue
encarcelado por el quiliarca Lisia, quien lo envió al
procónsul romano Félix de Cesarea. Allí pasó el apóstol dos
años bajo custodia militar. Decidieron embarcarlo,
fuertemente custodiado, con destino a Roma, donde los
tribunales de Nerón decidirían sobre él. El viaje marítimo
fue, por otra parte, fecundo en episodios pintorescos
(como el del naufragio y la salvación milagrosa), y durante
el mismo el prestigio del apóstol se impuso al fin a sus
guardianes (invierno de 60-61).

De los años 61 a 63 vivió San Pablo en Roma, parte en


prisión y parte en una especie de libertad condicional y
vigilada, en una casa particular. En el transcurso de este
primer cautiverio romano escribió por lo menos tres de sus
cartas: la Epístola a los efesios, la Epístola a los colosenses
y la Epístola a Filemón.

San Pablo escribiendo sus epístolas (óleo atribuido a


Valentin de Boulogne, c. 1619)

Puesto en libertad, ya que los tribunales imperiales no


habían considerado consistente ninguna de las
acusaciones hechas contra él, reanudó su ministerio; pero
a partir de este momento la historia no es tan precisa.
Falta para este período la ayuda preciosa de los Hechos de
los Apóstoles, que se interrumpen con su llegada a Roma.
San Pablo anduvo por Creta, Iliria y Acaya; con mucha
probabilidad estuvo también en España. De este período
datarían dos cartas de discutida atribución, la primera
Epístola a Timoteo y la Epístola a Tito; también por
entonces habría compuesto la Epístola a los hebreos. Se
percibe en ellas una intensa actividad organizadora de la
Iglesia.

En el año 66, cuando se encontraba probablemente en la


Tréade, San Pablo fue nuevamente detenido por denuncia
de un falso hermano. Desde Roma escribió la más
conmovedora de sus cartas, la segunda Epístola a Timoteo,
en la que expresa su único deseo: sufrir por Cristo y dar
junto a Él su vida por la Iglesia. Encerrado en horrenda
cárcel, vivió los últimos meses de su existencia iluminado
solamente por esta esperanza sobrenatural. Se sintió
humanamente abandonado por todos. En circunstancias
que han quedado bastante oscuras, fue condenado a
muerte; según la tradición, como era ciudadano romano,
fue decapitado con la espada. Ello ocurrió probablemente
en el año 67 d. C., no lejos de la carretera que conduce de
Roma a Ostia. Según una tradición atendible, la abadía de
las Tres Fontanas ocupa exactamente el lugar de la
decapitación.

El apóstol de los
gentiles
En compañía de San Bernabé, San Pablo inició desde
Antioquía el primero de sus viajes misioneros, que lo llevó
en el año 46 a Chipre y luego a diversas localidades del
Asia Menor. En Chipre, donde obtuvieron los primeros
frutos de su trabajo, abandonó Saulo definitivamente su
nombre hebreo para adoptar el cognomen latino de Paulus,
que llevaba probablemente desde niño como segundo
apellido. Su romanidad podía parecer oportuna para el
desarrollo de la misión que el apóstol se proponía llevar a
cabo en los ambientes gentiles. En adelante, sería él quien
llevaría la palabra del Evangelio al mundo pagano; con
Pablo, el mensaje de Jesús saldría del marco judaico,
palestiniano, para convertirse en universal.

A lo largo de su predicación, San Pablo iba presentándose


sucesivamente en las sinagogas de las diversas
comunidades judaicas; pero esta presentación terminaba
casi siempre en un fracaso. Bien pocos fueron los hebreos
que abrazaron el cristianismo por obra suya. Mucho más
eficaz caía su palabra entre los gentiles y entre los
indiferentes que nada sabían de la religión monoteísta
hebraica. En este primer viaje recorrió, además de Chipre,
algunas regiones apartadas del Asia Menor. Creó centros
cristianos en Perge (Panfília), en Antioquía de Pysidia, en
Listra, Iconio y Derbe de Licaonia. El éxito fue notable; pero
también fueron numerosas las dificultades. En Listra
escapó de la muerte sólo porque sus lapidadores creyeron
erróneamente que ya había muerto.

Entre el primer y el segundo viaje, San Pablo residió algún


tiempo en Antioquía (49-50 d. C.), desde donde marchó a
Jerusalén para asistir al llamado "Concilio de los
Apóstoles". Las cuestiones que iban a tratarse en el
concilio eran de una gravedad difícilmente concebible en
nuestros días. Había que dilucidar la licitud de bautizar a
los paganos (algunos judeo-cristianos se oponían aún a tal
iniciativa), y, sobre todo, establecer o rechazar la
obligatoriedad de los preceptos judíos para los conversos
que procedían del paganismo. El éxito de su labor
evangelizadora permitió a San Pablo imponer la tesis de
que los cristianos gentiles debían tener la misma
consideración que los judíos; profundo expositor del valor
de la Ley mosaica y de su importancia histórica, San Pablo
defendió que la redención operada por Cristo marcaba el
definitivo ocaso de dicha ley y rechazó la obligatoriedad de
numerosas prácticas judaicas.

San Pablo curando a un lisiado en Listra (óleo de Karel


Dujardin, 1663)
El segundo viaje evangélico (50-53) comprendió la visita a
las comunidades cristianas de Anatolia, fundadas unos
años antes; luego fue recorriendo parte de la Galatia
propiamente dicha, visitó algunas ciudades del Asia
proconsular y marchó después a Macedonia y Acaya. La
evangelización se hizo particularmente patente en Filippos,
Tesalónica, Berea y Corinto. También Atenas fue visitada
por San Pablo, quien pronunció allí el famoso discurso del
Areópago, en el que combatió la filosofía estoica. El
resultado, desde el punto de vista evangelizador, fue más
bien exiguo. Durante su estancia en Corinto, donde estuvo
en contacto con el gobernador de la provincia, Gallón
(hermano de Séneca), inició al parecer San Pablo su
actividad como escritor, enviando la primera y segunda
Epístola a los tesalonicenses, en las que ilustra a los fieles
acerca de la parusía o segunda venida de Cristo y de la
resurrección de la carne.

El tercer viaje (53-54-58) se inició con la visita a las


comunidades del Asia Menor y continuó también por
Macedonia y Acaya, donde San Pablo Apóstol estuvo tres
meses. Pero como centro principal fue escogida la gran
ciudad de Éfeso. Allí permaneció durante casi tres años,
trabajando con un grupo de colaboradores en la ciudad y
su región, especialmente en las localidades del valle del
Lico. Fue un apostolado muy provechoso, pero también
lleno de fatigas para San Pablo: culminaron éstas con el
tumulto de Éfeso, provocado por Demetrio, representante
de los numerosos comerciantes que explotaban la venta de
las estatuillas-recuerdo de Artemisa. San Pablo,
refiriéndose a un episodio anterior, habla de una lucha con
las fieras; es casi seguro que la expresión es metafórica,
pero convergen muchos indicios en favor de la hipótesis de
una auténtica prisión.

San Pablo Apóstol (detalle de un retrato de Rubens, c.


1611)

Desde Éfeso escribió la primera Epístola a los corintios, en


la que se transparentan muy bien las dificultades
encontradas por el cristianismo en un ambiente licencioso
y frívolo como era el de la ciudad del Istmo. Probablemente
se sitúa en la misma ciudad la redacción de la Epístola a
los gálatas y la Epístola a los filipenses, en tanto que la
segunda Epístola a los corintios fue escrita poco después
en Macedonia. Desde Corinto envió el apóstol la
importante Epístola a los romanos, en la que trata a fondo
la relación entre la fe y las obras respecto a la salvación.
Con ello pretendía preparar su próxima visita a la capital
del imperio.

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