Clasificación y Patologías Infanto-Juveniles
Clasificación y Patologías Infanto-Juveniles
La autora busca plantear algo del orden de las “patologías de fin de siglo” en relación a una
ilusión de universalidad. Bleichmar plantea la ruptura de la idea de universalidad, de una
homogeneidad y universalización de patologías, porque cree que se sustenta en la ilusión de
que la globalización nos uniforma.
La globalización lo único que homogeneiza es la crisis y la independencia de los
países, y establece una regla, que es venderle a cada uno lo que consume. No hay que
confundir globalización con uniformidad, ya que la particularidad se sigue sosteniendo incluso a
nivel de la producción de patologías.
1. Hay una enorme cantidad de niños que están quedando fuera de la historia.
Hay niños del tercer mundo que ya no van a adquirir el nivel simbólico que poseen los niños
del primer mundo, y por “primer mundo” no hace referencia a los países desarrollados, sino a
los niños que sí tienen acceso a la cultura, y a una alimentación planeada bajo normas
nutricionales. Sin embargo, aun estos últimos están siendo víctimas del “despojo o fin de la
infancia”.
Muchos pensaran a aquellos niños, con acceso a comida, educación y recreación, como niños
ricos, privilegiados; y es por eso que no se habla de ellos. Pero son estos los que vemos en los
consultorios, y no a los marginales de las villas. En este sentido, el concepto de despojo de
infancia abarca tanto a aquellos que no pueden acceder ni a la comida ni a la cultura, como a
aquellos que, por acceder, son despojados precozmente de los tiempos de moratoria.
Otro hecho que no podemos ignorar es el dolor que los padres sienten, y la depresión que los
atraviesa por no poder ofrecer mejores metas a sus hijos, en tanto víctimas, ellos también de la
situación.
La concepción dominante parte de una premisa falsa de que la realidad es siempre mejor que
la fantasía. Cuando verdaderamente la fantasía es en muchos casos mejor, cuando la realidad
se vuelve insoportable. Un caso de ej.: un niño es confrontado a una consulta odontológica con
espejito en mano, siendo obligado a mirar como le perforan los dientes, como si la fobia fuera
producto de una fantasía sobre esa perforación y fuera a despejarse en una confrontación con
la realidad. Esa psicoprofilaxis general, en la cual se le explica al sujeto lo que va a ocurrir,
demostró no solo sus límites sino sus excesos, ya que el darle al niño más información de la
que requiere, tiene efectos traumáticos muy severos → el exceso de información es
angustiante si no hay respondientes simbólicos para metabolizarla.
Naiman → la verdadera psicoprofilaxis consiste en que los equipos médicos puedan discutir
realmente qué necesita cada familia, más allá de la información general que el profesional se
siente inclinado a dar.
Cierta regularidad que se presenta en las consultas → la dificultad de los niños para hacer
síntomas en el sentido clásico que se formuló en psicoanálisis, es decir, formaciones de
compromiso en las cuales la defensa está operando y cuyo producto puede ser develado. Se
observan, por el contrario, procesos de desmantelamiento psíquico o descomposición de las
estructuras simbólicas con pasaje al acto. Ahí se suma un nuevo traumatismo: se ubica
aquella manifestación de malestar psíquico como algo de orden biológico o peor aún, genético
-con la irreversibilidad que dicho diagnóstico asume-. De este modo, los niños que no pueden
contener la excitación por la imposibilidad de metabolizar el exceso de estímulos, son
diagnosticados con hiperkinesis (enfermedad que recorre el imaginario colectivo) y
consecuentemente medicados, disminuyendo así todas sus posibilidades productivas.
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Tomemos, por ejemplo, la cuestión de la cirugía y sus alcances traumáticos. Lo
traumático no es solo la cirugía, ni solo la enfermedad como riesgo en sí, sino el conjunto de
encadenamientos de fantasías y acciones que remiten a la situación previa o posterior y
que pone en juego decisiones tanto del paciente como del entorno. Para un niño en el cual aún
no se ha constituido la angustia de muerte, puede ser mucho más traumático separarse de los
padres, que la cirugía en sí.
El traumatismo no pasa sólo por la enfermedad sino también por estas separaciones,
por el verse arrancado de la vida cotidiana (escuela, amigos), por los padecimientos que los
tratamientos imponen: pinchazos, cortes, inmovilidad. Incluso la visión del sufrimiento de otros
niños internados y de la impotencia de los padres, produce una caída precoz de la confianza
ilimitada en la sabiduría y protección omnipotente de los adultos.
Lo que quedó anticuado es determinar a priori las fantasías universales ya que los
fenómenos se presentan en la subjetividad humana con singularidad. Es la singularidad
con la cual los seres humanos se representan la enfermedad y la muerte, lo que deviene
traumático en el encuentro con ciertas circunstancias.
Para todo eso es necesario escuchar, tanto a los padres, como a los profesores, y
principalmente al niño quien dirá, como pueda, lo que le sucede. Psicoanalizar niños supone
internarse en la lógica de cada uno y ayudarlo a pasar del grito, acto y movimiento
desordenado, al dibujo, el juego y la palabra. A veces, con los niños es necesario realizar
intervenciones estructurantes: aquellas que posibiliten movimientos constitutivos del
psiquismo → construir tramas, “coser” agujeros representacionales, posibilitar nuevas
identificaciones.
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Gran parte de las consultas se realizan por funcionamientos que no pueden considerarse
estrictamente “síntomas” neuróticos, entendiendo por esto al conflicto entre las instancias
psíquicas (el deseo punitivo y la prohibición superyoica). Son más bien síntomas, en el sentido
general del término, es decir como aquello que aparece. Las dificultades con las que nos
encontramos son efectos, pero ya no de la pelea entre deseos y prohibiciones, sino efectos de
conflictos que involucran a varios sujetos y en los que las defensas en juego son anteriores a la
estabilización de la represión primaria. Diferenciamos entonces:
Distintos autores han planteado las diferencias entre sintomas, como transaccion entre el
retorno de lo reprimido y la represión, y otro tipo de trastornos en los que el mecanismo de
produccion es diferente.
Dolto afirma: en la primera infancia, casi siempre los trastornos son de reacción frente a
dificultades de los padres, a trastornos de los hermanos o al clima interrelacional.
Bleichmar plantea que la diferencia entre trastorno y síntoma está marcada por el
establecimiento de la represión primaria: “antes de que se produzca la represión originaria,
no hay síntomas en sentido estricto, sino trastornos. Los síntomas son formaciones de
compromiso, efecto de la existencia y relación de ambos sistemas, por ende no pueden ser
pensados antes de la fijación del inconsciente. (en el síntoma hay una barrera de la represión
que obliga al yo al rehusamiento de una satisfacción pulsional; la negociación/transacción entre
ambas es el síntoma).
Janin, desarrolló que entre los trastornos de la estructuración psíquica nos
encontramos con:
Una de las primeras tareas del aparato psíquico es diferenciar interno y externo, pulsión y
estímulo. Sin embargo, diversos avatares pueden impedir aquella diferenciación. Lo que
determina la diferencia es que la pulsión es constante, y de ella no se puede huir (ej.: hambre).
Mientras que el estímulo es intermitente, y es posible la fuga (ej.: cerrar los ojos frente a la luz
fuerte).
Pero esto no es siempre así: el estímulo puede transformarse en algo permanente,
del que no hay huida posible (ej.: si la persona que cuida al niño grita sin parar). De esa
manera, se pierde entonces la diferencia y el niño queda subsumido en un mundo en el que los
límites de lo interno-externo se borran. Esto lleva a algunos niños a moverse de forma
indiscriminada frente a exigencias internas, como sed o hambre, confundiéndolas con
estímulos que vienen del mundo y de los que se podría escapar.
Es necesario la construcción de una protección anti-estimulo, un filtro que proteja de
quedar a la merced de todo lo que llega del mundo. En los primeros tiempos, ese filtro es
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ejercido por la madre, que protege al niño del contexto y lo ayuda a metabolizar lo que siente.
Es decir, no solo protege de los estímulos del mundo, sino también de los desbordes internos.
La madre, entonces, crea espacios que permiten ir definiendo un adentro y un afuera. El
problema aparece cuando la misma usa al niño como lugar de proyección de sus propios
contenidos intolerables; si ella estalla y se desborda, el niño no puede constituirse como
alguien diferenciado. Los propios límites no pueden ser reconocidos, y las pulsiones y el
mundo externo se confunden, en tanto desde afuera irrumpe un estímulo tan constante e
insoslayable como el pulsional.
Entonces, la ruptura de la barrera protectora contra estímulos puede estar determinado,
tanto por la intrusión pasional o agresiva incestuosa (madre desbordada que proyecta en su
hijo), o por el retraimiento libidinal materno (abandono, falta de sostén) que lo deja a merced
de sus propias pulsiones; pulsiones que insisten en un devenir mortífero, de pura descarga,
frente a las carencias por parte del niño de recursos para tramitarlas.
❖ Trastorno de la erogeneización.
Un niño puede ser visto como un cuerpo a ser alimentado, cuidado, sin que se ponga en
juego el erotismo (ej.: los casos de hospitalismo). Niño-cosa con el que no se juegan los
deseos ni se constituyen historias.
Puede ser también erotizado sin ternura, en un movimiento en que la caricia misma
llega a ser lacerante, al no estar mediatizada por la represión materna. Si el niño queda sujeto
a una sexualización excesiva, si se lo toma como “juguete erotico” (por ejemplo si la madre le
da el pecho para sentir placer, sin tener en cuenta las necesidades del niño), queda a merced
de la sumatoria de la excitación materna y la propia, indiferenciadas. Debemos tener en cuenta
que Freud afirma que siempre habrá un “exceso” en la erotización y en la prohibición, pero a
veces la erotización se transforma en excitación desmedida, estimulación excesiva en la que
el otro es tomado como parte del propio cuerpo o como vía de satisfacción erótica, y no como
sujeto diferente, con requerimientos propios.
“Cuando lo angustio lo llevo a mi cama” → modo de la erotización que presupone
tomar al otro como objeto erótico y a la vez calmante de angustias, cuerpo a abrazar para
sostenerse. Erotización signada por una urgencia que duele, imposible de ser tramitada con
los propios recursos, y por una utilización del niño como sostén, sin registrarlo como un ser con
deseos.
Si se transgrede la ley de la prohibición del incesto por desesperacion, ¿Cómo
constituirá ese nino sus propias normas internas? ¿Cómo diferenciarse de esa madre si los
deseos de ella irrumpen en él de forma avasalladora? ¿Cómo registrar las propias sensaciones
y deseos?
El otro que contiene y calma (acunando, hablando, acariciando) permite ligar lo insoportable a
otras representaciones. Es quien soporta los estallidos pasionales del niño y se ofrece como
pantalla de proyección y como metabolizador, posibilitando que, en lugar de una tendencia
expulsiva del menor (que intenta echar fuera de sí todo lo displacentero), se abran nuevos
recorridos; que se arme una trama representacional compleja (que servirá de contención frente
a futuros dolores).
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Pero sí frente al grito, al movimiento descontrolado, el otro funciona como un espejo, si
es él el que estalla y se desborda y no puede contener su propia angustia, difícilmente el niño
pueda tejer la trama. Por el contrario, el movimiento expulsivo, desinscriptor se reforzará y nos
encontramos con estados tempranos de terror no tramitados. Si en el adulto lo que prima es
la identificación especular, el niño se enfrentará a un espejo que le devuelve la propia
desesperación, lo que derivará en más terror.
*El niño puede expulsar tanto: el aparato para pensar los pensamientos, como la posibilidad de
registrar sentimientos, apareciendo entonces un vacío de ideas o de afectos que se manifiesta
como “no siento” “no pienso”.
Frente a la necesidad o el dolor, el bebé grita o llora, y la madre le otorga a esa descarga el
sentido de un llamado. Si no se le otorga un sentido, si no es escuchado como un llamado,
esto interfiere en las posibilidades del niño de ir armando su capacidad de comunicar, de
decir.
Pero si el sentido que se le otorga implica una violencia secundaria, si es pura
proyección de los deseos o temores maternos, y no hay lugar para la duda o los interrogantes
acerca de lo que el niño desea, el intercambio será enloquecedor. Cuando aquel que ejerce la
función de significar las manifestaciones del niño le otorga sentidos delirantes y/o
autorreferenciales a su accionar (ej.: “grita porque me quiere volver loca”; “me mordió cuando le
puse el pecho porque me odia”; “se hace pis porque quiere que sea su esclava), lo que hace es
ejercer violencia; a veces devastadora.
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Si no prevalece la ternura, si el hijo no ocupa un lugar de ser amado desde el
narcisismo materno, no podrá constituir el propio yo como yo de placer, ligando las
diferentes sensaciones.
Nos encontramos a veces con niños que tienen dificultades en la constitución de la propia
imagen, que no se sostienen como unificados frente a los diferentes avatares, como si
hubiesen carecido de un espejo estable, garante del propio ser. Otras veces vemos niños que
se han unificado en una representación negativa. El “soy malo” o “soy tonto” pueden ser
imagenes de si totalizadoras, que permiten “ser” alguien entero, pero que impiden el
crecimiento.
A veces los padres pueden devolver una imagen unificada del niño incompatible con
el deseo de ser amado y valorado (ej.: cuando sostienen que el niño es “absolutamente”
insoportable, malo, inutil; cuando queda en el lugar de resto, de desecho). O también puede
ocurrir que se lo ubique como unificado sólo cuando coincide con las aspiraciones de los
otros.
Si la constitución narcisista se ha dado, pero el niño queda atrapado en ser “el mejor del
mundo”, no necesitará caminar, hablar, aprender pues ya lo es todo. Se aferra a una posición
imposible porque todo movimiento de búsqueda del objeto, de apertura a los otros, resulta
doloroso y la decepción es intolerable. Si son los deseos, las pasiones humanas las que nos
traccionan hacia una búsqueda permanente, el deseo de no deseo, el no buscar nada, el
suponer que ya se es todo, está abrochado a la imposibilidad de salida del narcisismo primario.
También puede haber un exceso de narcisización y una imposibilidad de los padres de
ubicar a su hijo en relación con las leyes de la cultura, en tanto tolerar la caída de “su
majestad el bebé” supone soportar las propias fracturas narcisistas.
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Ej. caso: Juan (6) comienza el primario sabiendo, según sus padres, leer y escribir. Sin
embargo, a lo largo de los años los padres son citados porque el niño no responde, no escribe
en el cuaderno, no lee ni reconoce los números. Los padres sostienen: “el puede con todo” “es
un niño maravilloso”; el padre le hace creer al niño que él decide todo. ¿Cómo puede Juan
comprender que él tiene que aprender, escuchar a otro y formar parte de un grupo? Admitir que
no sabe, condición imprescindible para poder aprender, se torna dolorosísimo. Implica una
herida terrorífica en tanto él tendría que responder a esa imagen de niño maravilloso,
omnipotente. Exigencia que lo deja sumido en la impotencia absoluta.
El devenir temporal mismo va mostrando las posibilidades y las carencias de un niño, y a la vez
los logros y fracasos maternos, el ser “ya” el “niño soñado” va a ser reemplazado por: “cuando
sea grande…” “algun dia…” “cuando vaya a la escuela”; se va a renunciar a un lugar, se va a
desidealizar al propio yo y al otro perfecto ideal. Esto solo es posible si los padres renuncian
a ser padres perfectos de un hijo perfecto. Cuando esto no ocurre, se apela a la desmentida
y el sostén de la idealización.
Todo niño se constituye como sujeto a partir de identificaciones, “siendo” otro. Pero cuando uno
de los padres ubica al niño en una serie representacional en la que ambos son equivalentes
(“es igual a mi, yo se que miente porque yo he sido siempre un mentiroso”), se generan
certezas que marcan un camino como único a transitar. Ya está todo escrito, el niño solo
puede ser una reedición de una vida ajena.
Puede haber dificultades en la estructuración del superyó. La ética de los padres opera como
estructurante, ya que en su transmisión se le otorgan al niño vías transformadas de meta
pulsionales. Si lo que se le exige al niño es el sometimiento a la voluntad de otro, la renuncia a
sí mismo, no se posibilita una búsqueda creativa, sino una anulación de la propia
subjetividad.
La transmisión de una ética de vida implicaría una limitación en el efecto de la pulsión
de muerte. La transgresión de la ética implica un triunfo de la desligadura.
Cuando una madre erotiza a su bebé, no solo sus deseos están en juego, sino que el
Ello, Yo y Superyó están operando (normas e ideales) y guían los modos de la erotización.
Aquello que se considere correcto e incorrecto, así como las posibilidades sublimatorias,
determinarán los modos del cuidado. Si el adulto se supone Dios (no hay normas ni ideales
“válidos” por fuera de los suyos), o si se siente confundido, o renuncia de antemano a toda
posibilidad de cumplimiento de ideales, la transmisión se verá complicada.
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Los ideales del “yo ideal” están ligados a la perfección; se debe “ser” de tal o cual manera y
el cumplimiento es inmediato, en el aquí y ahora. Los ideales del “ideal del yo” implican
rasgos, son móviles y, en tanto inalcanzables, marcan caminos a futuro.
- El yo ideal permanecerá como subestructura inconsciente, marcando metas e ideales
totalizadores, intentos de volver a ocupar el lugar añorado.
- El ideal del yo, efecto de la “muerte” del padre (en tanto desidealización), exige el
cumplimiento de mandatos. Las representaciones del Ideal del yo suponen haber sido
ubicado en una línea sucesoria, en un devenir temporal, es una época determinada.
Suponen el reconocimiento de una génesis y de un futuro.
Pero para que se puedan constituir los ideales del Ideal del yo, para que haya un
sistema representacional heredero de los deseos incestuosos y a la vez transmisor de los
valores culturales, para que los ideales sociales se inscriban en el aparato psíquico, es
imprescindible que el yo haya caído como ideal, que el presente deje margen a un proyecto
en un futuro.
En la clínica con niños es habitual encontrarnos con esta paradoja: si el niño es reconocido
como igual, pasa a ser idéntico y no se le registra; si se lo reconoce como diferente, esto
presupone una expulsión de un universo representacional: ya no es humano, es un monstruo,
con el que la identificación es imposible.
Caso de ej.: papá de un niño de siete años, quien recuerda que su propio padre le decía
“vos no le ganas a nadie”, dice: “es un desastre, cada vez que lo miro pienso que no va a
cambiar nunca”. Allí los ideales no son posibilitadores, sino terroríficos. Lo que se pone en
cuestión no es un “llegar a ser”, sino un “ser”, en tanto lo que está en juego es algo que ya fue
desde el padre mismo.
Todo niño implica una puesta en juego de proyectos, pero es muy diferente cuando los ideales
que se ponen en juego son los ideales del yo-ideal, los de la perfección, omnipotencia,
grandeza, en un “ya” que marca la insistencia de la muerte, del no-tiempo, del no-futuro. Por el
contrario, los ideales del Ideal del yo son tensionantes porque marcan una distancia con el yo;
motorizan hacia un futuro.
¿Cuántas veces los padres le exigen a un niño que sea, ya, la octava maravilla, para
tapar así los propios agujeros? ¿Cuántas veces se supone que es el niño, el que siendo “su
majestad el bebé”, le otorga a los padres un lugar en el mundo? Situación que, al dejarlo
confinado al cumplimiento de un mandato imposible, puede eternizarlo en “no poder” o en “ser
un desastre”.
Desde el padre, el hijo es vivido como un sucesor. Este ocupará un lugar semejante al suyo,
en un tiempo futuro, tal como él lo ha hecho con su propio padre. Pero esto signa una relación
ambivalente, porque toda idea de sucesión supone la muerte, a la vez que la lucha contra ella.
Aulagnier dice: “En la relación padre-hijo la muerte estará doblemente presente: el padre del
padre (aquel que en una época lejana se ha querido matar), y el hijo propio, aquel que deseará
la muerte de uno”.
El hijo puede asumir el legado paterno, ubicándose en la cadena generacional. Pero
también puede someterse a un padre vivido como terrible, inalcanzable e inmortal. O
puede inhibir los deseos hostiles frente a un padre débil, ya caído, al que vence sin
luchar.
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Extra:
Es habitual que el niño escuche historias, relatos de padres y abuelos, sagas familiares que le
permiten tejer leyendas acerca de su origen y de los avatares de sus predecesores. Historias
que él mismo transmitirá a sus hijos y nietos; historias que sufrirán deformaciones sucesivas,
recortes y agregados. Este armado de historias es fundamental para ubicarse en una familia
y en una genealogía.
Sin embargo, a veces lo transmitido no son relatos sino silencios, frases a medio
decir, sin que el niño pueda discernir de qué se trata. Estas transmisiones dejarán marcas;
marcas de lo no dicho, de lo sabido-no sabido; de lo que es imposible apropiarse y
transformar.
En una primera generación, aquello que se oculta queda como indecible, pero se sabe
el contenido → el acontecimiento en cuestión está presente psíquicamente en aquel (o
aquellos) que lo ha/n vivido, pero de tal manera que este no puede hablar de ello”.
En la segunda generación, ese secreto se torna innombrable; el niño percibe que hay
un secreto, pero no sabe cuál es. "Sus contenidos son ignorados y su existencia es sólo
presentida e interrogada. Los hijos de los padres portadores de traumatismos no elaborados,
pueden desarrollar dificultades de pensamiento, de aprendizaje o temores inmotivados,
fóbicos y obsesivos”.
Y en la tercera generación, ya se torna impensable, en tanto lo único que queda es el
vacío de pensamiento. "Aquí se ignora la existencia misma de un secreto. El niño, luego el
adulto que llega a ser, puede percibir en sí mismo sensaciones, emociones, imágenes o
potencialidades de acciones que le parecen bizarras y que no se explican por su propia vida
psíquica o por su vida familiar”.
Es decir, hay contenidos que se transmiten silenciosamente, que pueden tomar forma de
fantasma y que generan dificultades, dejando agujeros en el psiquismo, que pueden llevar a
repeticiones textuales y compulsivas de lo vivido por otros.
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❖ La repetición a través de las generaciones.
Los padres tienden a repetir con los hijos las marcas que sus propios padres dejaron en ellos.
En algunos casos, lo que se repite es lo esperado: ideales, proyectos inconclusos; que el
niño sea aquel que cumpla lo que los padres no pudieron. Pero también están aquellos que
suponen una repetición permanentemente de lo idéntico y esperan del hijo el cumplimiento
del fracaso (“profetizado”). En estos casos prevalece un tipo de pensamiento pesimista
(“siempre va a ser igual, no tiene cura'') que deja al niño en una red de profecías mortíferas, sin
salida, y lo arroja a una disyuntiva difícil de resolver: o confirma con su fracaso la palabra
paterna, o lucha por tener un destino propio, suponiendo que en ese recorrido mata al padre.
La repetición de padres a hijos puede ser pensada como el modo en que reaparece en los hijos
lo desestimado, lo desmentido y lo reprimido de los padres. Lo reprimido retorna, desde el
niño, en forma de sintoma o en funcionamientos que esbozan el armado de un sintoma.
- Cuando predomina la represión, se transmiten las representaciones reprimidas, pero
también las normas y prohibiciones. Este tipo de repetición posibilita la construcción de
fantasías.
- Cuando lo que se presentifica en el niño es algo del orden de lo desmentido en los
padres, esto aparece como una defensa a ultranza del narcisismo y entonces lo que
hace es repetir ciegamente un mecanismo que lo lleva a actuaciones permanentes.
- Si lo que predomina en los padres es la desestimación, el niño pasará a ser la
presentificación de lo rechazado, y llenará agujeros representacionales de los otros, lo
que deja sin pensamiento propio. El niño queda como representante de aquello
desestimado, como lo siniestro.
- A veces se produce la repetición del vacío, como en algunos casos de trastorno de
atención, cuando el problema no es que el niño inviste otros aspectos del mundo de
aquellos que el contexto le exige, sino que “se borra” y “borra” el mundo.
Bion habla (en su obra “la transmisión de la vida psíquica entre generaciones”) sobre la
transmisión de objetos transformables y la transmisión de objetos no-transformables. Los
objetos transformables suponen que el que los recibe puede modificarlos. Implican el
predominio de la represión en aquel que transmite y la posibilidad de ser reincorporados por el
psiquismo infantil.
Cuando lo que se transmite es algo que no puede ser modificado, las posibilidades de
armar una historia que permita salir de la repetición se tornan más complicadas. Muchas
veces predomina el intento de “sacarse de encima”, de expulsar aquello que molesta sin tener
nombre ni haber sido vivenciado por el sujeto. Otras, queda una sensación de “agujero”, de
algo que perturba e insiste, sin que el niño pueda ubicarlo en algún lugar, impidiendo el
despliegue creativo.
Entonces, lo qué está encriptado también se transmite y marca un tipo de repetición en
la que no hay transformación alguna ni traducción: queda una marca que insiste en una
repetición siempre idéntica a sí misma. Lo no metabolizado de los padres suele transmitirse en
forma “bruta”. En estos casos el psiquismo parece vacío, pero en realidad está “lleno” de una
historia que corresponde a otro.
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También, cuando alguno de los progenitores es portador de una certeza, que es incorporada
por el niño como una frase definitoria de su “ser”, puede llegar a sostener concepciones
delirantes sobre su cuerpo o su pensamiento (del estilo “el aire me hace mal”; “si no tomo agua
a cada rato me puedo morir”).
Diagnosticar no es catalogar.
Una de las dificultades actuales para la comprensión de la psicopatología infantil es la invasión
de diagnósticos que no son más que conjunto de enunciados descriptivos que se terminan
transformando en enunciados identificatorios. Así, el niño termina siendo catalogado por los
síntomas que presenta, perdiendo su identidad. Hay una pasión por denominar y ubicar el
bullicio de la vida en cuadros. En los últimos años se ha generalizado el uso del DSM IV,
inclusive en el ámbito escolar. Se está patologizando y medicalizando la infancia.
Cuando se toma la singularidad del sujeto y se puede soportar que sea un “otro”, se puede
comenzar a pensar acerca de las causas que hacen que ese niño se presente de ese modo.
Cuando lo que interesa es, rápidamente, hacer un diagnóstico, clasificarlo, se dejan de lado las
diferencias y se piensa solo en las conductas, en lo observable; pasándose por alto el
sufrimiento del niño. El privilegiar la conducta nos remite a la idea de que hay alguien que “se
porta bien”.
Cuando un niño no responde a las expectativas, cuando un funcionamiento infantil nos
perturba, podemos generar movimientos de deshumanización, de descualificación, de
no-reconocimiento.
Otro elemento en juego es que se pasa de una descripción de síntomas a determinar una
patología. Esto desmiente la historia del niño y anula el futuro como diferencia.
El psiquismo es una estructura abierta, en el sentido de que un sujeto no puede ser pensable
sin vínculos con otros, y que la realidad es parte del aparato psíquico. Es insoslayable, en el
caso de las patologías tempranas, el tema del entorno. En el caso de ADHD hay que tener en
cuenta el estado psíquico de los adultos, quienes no pueden tolerar el movimiento habitual del
niño y a la vez son ellos quienes lo promueven.
El que los adultos soporten o no la “inquietud” infantil depende en gran medida del
estado psíquico que predomine en ellos. Así, cuando están muy angustiados, se sienten
sobrepasados o están deprimidos, no pueden contener a un niño que demanda atención.
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Los modos de implicación del entorno familiar, escolar y social no son ubicados más que
como respuestas a las manifestaciones del niño (nunca como implicados en su producción).
Diagnosticar es otra cosa a rotular. Para llegar a un diagnóstico (imposible de cerrar con una
sola palabra) hay que escuchar, observar, analizar, a través de todos los elementos que
tengamos a nuestro alcance, para así poder ubicar:
- Cuáles son los conflictos predominantes.
- Si los conflictos son intrapsíquicos e intersubjetivos.
- Como se da la repetición en ellos.
- Que deseos y de quienes son los deseos que están en juego
- Que defensas predominan.
Muchas veces, el que un niño pase a ser un interlocutor válido para los adultos que lo rodean,
es fundamental para modificar el modo en que ese niño se ve a sí mismo. Cuando el adulto
ubica a un niño como ser humano, se producen modificaciones, se abren caminos.
Desde el psicoanálisis, la atención se define como “un estado en el cual la tensión interior está
dirigida hacia un objeto exterior”. Es un mecanismo importante en el funcionamiento mental de
un individuo, que le permite no quedar sometido pasivamente a las incitaciones del contexto.
Permite al sistema nervioso no ser sobrepasado por el número de informaciones sensoriales
que le llegan a cada instante.
La atención también se puede definir en relación a la conciencia, como la selección de
un acontecimiento, o de un pensamiento, y su mantenimiento en la conciencia.
Tenemos que considerar que la atención es un proceso activo, que protege del caos del
mundo externo y de las propias sensaciones, permitiendo privilegiar un elemento sobre otros.
- Fijación al polo exhibicionista. Niños en los que predomina el deseo de ser mirados.
Están atentos pero únicamente a la mirada del otro. Suelen ser hiperactivos porque toda
su actividad está al servicio de capturar la mirada del otro. Cuando no la consiguen,
repiten el intento generando una actividad cada vez más desorganizada. El niño busca
ser protagonista de una escena y así evitar la “anulación-exclusión” por parte del otro. El
control que el otro ejerce frente al movimiento desorganizado del niño suele suscitar
mayor movimiento y a la vez, sensación de pérdida de dominio del propio cuerpo
(porque el niño quedaría a merced de los deseos del otro).
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LA HIPERACTIVIDAD O UN NIÑO QUE SE MUEVE SIN METAS.
La hiperactividad sólo puede tomarse como síntoma cuando es un movimiento desorganizado,
con el que el niño puede dañarse y que, generalmente, está acompañado de torpeza motriz.
De esta manera → niño que se mueve mucho porque desarrolla muchas actividades pero no
“salta” de una a la otra, NO es síntoma; niño que se opone a las normas pero mantiene una
excelente motricidad → NO es síntoma.
La autora menciona diferentes determinaciones de un movimiento sin rumbo y de respuestas
inmediatas, sin frenos. Perturbaciones involucradas en la “hiperactividad” infantil.
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estos casos se constituye como sustituto fallido de la actividad ligadora de las
representaciones.
● El tema de la muerte.
La hiperactividad como defensa maníaca contra la depresión. 3 casos:
a) Niños que asocian muerte y quietud. De ese modo, cuando el adulto presiona a estar
quieto, el niño suele suponer que lo quiere eliminar. La quietud se vive como un deseo
de muerte del otro y promueven un intento (siempre fallido) de mostrarse vivo a pesar de
todo.
a) En otros casos, no soportan sus propios deseos de muerte hacia sus progenitores.
b) Niños que intentan despertar a adultos deprimidos. Se mueven alocadamente para
mantener vivo al progenitor.
+ SOBRE EL DIAGNÓSTICO.
- Escucharlos.
- Qué conflictos están en juego y cómo se defiende el niño de ellos.
- Debemos DESCUBRIR problemáticas, no acallar un síntoma.
El diagnóstico desde el psicoanálisis no sigue las mismas pautas que desde el modelo médico,
psiquiatría o psicología clínica. La gran diferencia está en el uso que se hace de:
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Hoy, frente a la enfermedad mental, se tiende a una clasificación multiaxial → la información
clínica se recoge en diferentes ejes, donde cada uno es una dimensión diagnóstica que permite
la codificación de todos los elementos teniendo así una valoración global del funcionamiento
del sujeto. Las 3 nosografías que más se emplean para el diagnóstico y clasificación de los
trastornos son:
PERSPECTIVA PSICOANALÍTICA
El psicoanálisis es una clínica de la escucha, se le da valor a las palabras del paciente, a lo que
éste relata de su malestar, porque aquello pone de manifiesto sus significantes. El diagnóstico,
entonces, se sirve de la palabra y la escucha. En la clínica con niños, es importante el dibujo
y el juego para acceder a los significantes y, en algunas ocasiones también es posible servirse
de pruebas proyectivas.
Todas estas herramientas nos permiten averiguar sobre el inconsciente. Sin embargo,
antes de poder establecer un diagnóstico (que en el caso de niños y adolescentes nunca debe
ser cerrado porque son sujetos en construcción), es conveniente asegurar la posición del
sujeto en relación al deseo y a lo pulsional.
Se debe promover en los padres la subjetivización del hijo y ver su propia implicación
inconsciente en lo que ocurre. Orientarlos a comprender aquello que no funciona, y conseguir
el establecimiento de la transferencia. La interpretación del analista debe ir de la mano de la
transferencia, ya que es allí donde tiene lugar la repetición; y la repetición es el material que el
analista debe interpretar siempre (Silvestre).
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Neurosis, Psicosis y Perversión.
Para establecer un diagnóstico no podemos basarnos únicamente en los síntomas que trae el
paciente porque las manifestaciones sintomáticas no nos dicen nada de la estructura de
aquél, ya que un mismo síntoma puede estar en varias estructuras (ej.: angustia). Hay que
atender a las 3 estructuras clínicas que tienen asociadas un mecanismo de defensa, una
relación distinta con la ley (su inscripción) y con el deseo materno. El diagnóstico en
psicoanálisis vendrá determinado por cómo se ubique el sujeto en relación a estos criterios.
Psicosis Forclusión No hay inscripción del El niño como objeto del fantasma de la
significante del madre. El niño queda fijado como
nombre-del-padre. No se ha objeto de goce de la madre.
inscrito la ley simbólica. La
realidad no se sustituye, el
psicótico crea un mundo
interno. En lugar de creencia
hay certeza.
Perversión Renegación El sujeto sabe dónde está la El niño como falo de la madre. El niño
o ley y se la salta. Hay un se hace el instrumento del goce del
desmentido primer reconocimiento de lo Otro.
simbólico, de la ley y luego
una negación.
Tener en cuenta: no hay una continuidad de una estructura a otra: no se pasa de neurosis a
psicosis con el tiempo. No podemos hablar en términos de ‘“curar” una psicosis (el psicótico, el
neurótico, lo son siempre), pero sí en términos de estabilización sintomática (ej.: podemos
encontrar sujetos neuróticos muy graves y sujetos psicóticos estables).
❖ Neurosis (cuadro).
❖ Psicosis.
Para Freud, los psicóticos eran pacientes no aptos para el psicoanálisis ya que tienen
dificultad en establecer la transferencia, verdadero motor de la cura. Para él, la psicosis era
incurable y se centró en la cura de la neurosis. Sin embargo, privilegió el concepto de
paranoia (componente principal de la psicosis) y el de proyección. Pero Lacan sí hizo
hallazgos.
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Los sujetos psicóticos no han inscrito la ley. No hay nada en el lugar de lo reprimido porque
no se inscribió el significante del nombre del padre. Al faltar este significante hay un
agujero. Un significante forcluido → no remite a nada, solo está en lo real, no ligado a otro
significante en la cadena simbólica.
El psicótico no sustituye la realidad sino que “se crea” un mundo interno. En lugar de una
creencia, hay una certeza respecto a lo que deviene de forma intrusiva y la significación que
esto tiene para el sujeto.
En la psicosis, se habla del niño como niño identificado con el objeto del fantasma de la
madre. Sustituye ese objeto del fantasma materno, quedando fijado como objeto de goce de
ella. La función del padre, de separar al niño de su Otro materno, fracasa en la psicosis. Al no
tener éxito la separación, el sujeto cree que no puede escapar de aquél.
❖ Perversión.
Hay gran variedad en cuanto a protocolos e instrumentos diagnósticos. Los más utilizados:
entrevistas, pruebas psicométricas y técnicas proyectivas.
Al usar todos los ejes, el clínico obtiene un perfil diagnóstico del niño en la temprana infancia
y una comprensión holística dentro de su contexto familiar y social.
Conclusiones.
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