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Conflicto familiar por herencia en Buenos Aires

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“Las herederas”.

Relator:- La escena, el gran salón de una mansión en la provincia de Buenos Aires. Entra
Pancho, el mayordomo con su plumero debajo de una axila. Comienza a limpiar, acomoda un
cofre y se detiene a mirar una foto del porta retratos que está junto al cofre.

Pancho: (al portarretratos) Ay patrón!.... qué mala pasada le jugó la peste a Ud! Se lo llevó
nomás!... por un lado... mejor! (dicho con picardía, asorna) en fin! Veremos cómo sigue la
vida....

Relator:- Pancho continúa limpiando, hasta detenerse, pensativo, ante el escritorio de Don
Efraín, su patrón. Se sienta y comienza a escribir una carta.

Pancho:- “Compadre: ¿Cómo anda ud? Se extraña la familia… En esta ciudad la fiebre amarilla
está haciendo desastres, mata sin mirar a quién. Como a mi patrón también le tocó, se van
terminando mis días por aquí. Ni pensar en quedarme, no vendrá nadie como don Efraín.
(pensando en voz alta y sin escribir).. “casi” un padre para mí. Y por esto, va siendo hora de
volver al pago. Dígame: ¿voy a poder contar con su hpitalidad y ver después, estando allí qué
suerte puedo correr….?

Relator:- Desde fuera de la casa llega el sonido de la campana de un carro y de los cascos de
los caballos.

Pamela: (en off) -Pancho! Pancho! ¡Volví!

Relator:- Pancho, apresurado, guarda la carta en el bolsillo y sale a recibir a la visita. Vuelve
trayendo la maleta de Pamela, quien viene detrás de él lagrimeando sin demasiada convicción.

Pamela:- Ay, Pancho, no te imaginás lo que es para mí volver a esta casa! Y pensar que la
última vez no pude despedirme del abuelo porque el médico no quiso que entrara. ¿Te
acordás? “Vea que es muy peligroso” – me dijo – “Piense que usted tiene criaturas y se pueden
contagiar”. Pero, de haber sabido lo que iba a pasar…

Pancho:- Sí, niña. Me hago cargo. También su prima Delfina está desolada.

(Pancho trae a colación lo de Delfina, porque su táctica será alimentar la discordia que,
históricamente, hay entre ambas)

Pamela:- ¿Mi prima Delfina estuvo aquí?

Pancho:- Según dijo ella, su abuelo, mi señor Efraín, prometió dejarle la mansión en su
testamento.

Pamela:- Pero qué desvergonzada! Todo el mundo sabe que el abuelo me la destinó desde el
mismo día en que nací.

Pancho:- No sé, niña. Eso fue lo que dijo ella.

(Pausa)

Relator:- Pamela recorre la habitación.


Pamela:- ¿No había una naturaleza muerta en aquella pared…?

Pancho:- No niña. Usted se confunde con la habitación del señor Efraín.

Pamela: - Es cierto. Es que pasé tanto tiempo allí… (Mira un baúl) ¿Quién tiene la llave de ese
baúl?

Pancho:- Yo no, niña.

Pamela:- ¿Y quién?

Pancho:- No sé.

Pamela:- Está bien, yo voy a averiguar.

Relator:- Desde fuera de la casa llega, nuevamente, el sonido de la campana de un carro y de


los cascos de los caballos.

Pancho:- Me parece que allí llegó un coche. Pero si es su prima Delfina. ¡Qué casualidad! Voy a
ver si me necesita con el equipaje. (Sale)

Relator:- Pamela se queda sola en la habitación y va hacia el gran ventanal.

Pamela: (Viéndola venir por un ventanal)- Ah, vino nomás esa lagarta. Ahora vamos a poner las
cosas en su lugar. Yo le voy a dar casa.

Relator:- Entra Delfina seguida por Pancho.

Delfina: (Por Pamela)- Ah, ya estás acá, Pamela. ¿Cómo te va?

Pamela:- Mirá, Delfina, ahorrate las falluterías de siempre porque el horno no está para bollos.

Delfina:- Ya lo creo. Y no sabés vos lo caldeado que está.

Pamela:- Lo sé perfectamente. Y antes que nada te digo que si te hiciste la ilusión de quedarte
con esta casa, te la podés ir sacando de la cabeza.

Delfina:- Y vos también. Vengo de lo del escribano.

Pamela:- El escribano no es quien para…

Delfina:- Dejame hablar y no gastes saliva de más. El abuelo cambió el testamento.

Pamela:- No me digas que hizo otro…

Delfina:- Sí, para desheredarnos. Le dejó todo al asilo de huérfanos que hizo fundar ese padre
O’Gorman, el párroco de San Nicolás de Bari.

Relator:- Mientras Delfina cuenta esto, Pancho huye de la habitación, en puntas de pié, por una
puerta lateral. Pamela se deja caer en el sillón, fingiendo un principio de desmayo. Delfina toma un
vaso que se encuentra sobre una mesa, le pone dentro agua de un florero y se lo da a Pamela, quien
bebe, sin haber visto de dónde sacó Delfina el agua.
Pamela: (Reponiéndose)- Gracias, querida… Lo que no me explico es cómo consiguieron que
ese viejo amarrete que no comía chauchas por no tirar los hilos, donara todo así porque sí.
Aquí tuvo que haber una matufia. A mí no me la pegan.

Delfina:- Cuando uno está a punto de reventar, mi’jita, regala hasta el alma, con tal de hacerse
perdonar los chanchullos. Te lo digo porque vos sabés cómo es mi vida…

Pamela:- No están los tiempos para que andés dando lástima. (Cambio) Ah, pero yo algo
tengo que hacer. Aunque sea le prendo fuego a la casa, pero ésta no me la trago. Ya vas a ver.

Delfina:-Vos porque no estás acostumbrada a trabajar, querida.

Pamela:- ¿Y cuándo trabajaste vos?

Delfina:- Nunca. Y es mi orgullo. Pero no me podés negar que el abuelo te pagó siempre todos
los gastos y los gustos y que marcó grandes diferencias entre vos y yo.

Pamela:- ¡Vos me envidiás porque yo conseguí casarme!

Delfina:- ¡Sí! Con un muerto de hambre que está atrás de la herencia del viejo tanto como vos.
(Cambiando de actitud) Vos sabrás, pero no tenés derecho a hacerte la mosquita muerta.
Sabés que faltan las joyas del abuelo. El escribano me dijo que la puede saber algo de eso es
Eulalia.

Pamela:- ¿Mi criada?

Delfina:- Tu criada. La que dejaste al viejo para que lo cuidara; seguramente con instrucciones
muy precisas sobre lo que debía hacer.

Pamela:- Me extraña, Delfina. ¿Cómo pensás eso de mí?

Delfina:- Porque cualquier miembro de nuestra familia lo habría hecho, de haber podido.

Pamela:- Vos estás loca. Simplemente la dejé aquí porque no me la podía llevar. ¿Y dónde está,
ahora, Eulalia?

Delfina:- Estoy esperando que vos me lo digas.

Pamela:- Yo no la volví a ver, che. Si yo recién llego.

Delfina:- Mirá, Pamela, a mí no me vengas a hacer un trabajito de estos porque te veo venir a
20 leguas. Apenas murió el viejo desaparecieron las joyas y desapareció tu criada (Ve una
maleta)… ¿Esta maleta es tuya?

Pamela:- Sí, y la dejás donde está.

Delfina:- No me digas. Ya entiendo: Eulalia las escondió dentro de la casa y vos viniste a
buscarlas.

Pamela:- En esa maleta hay ropa, nada más. Y te prohíbo que la toques.

Delfina:- ¡Ahora mismo me vas a decir dónde están las joyas, ladrona!
Relator:- Delfina toma del cabello a Pamela…

Pamela:- ¡Soltame, desgraciada!

Delfina:- ¡Te voy a arrancar los pelos uno por uno, hasta que digas dónde están!

Pamela:- ¡Yo no sé nada, no sé nada, soltame!

Delfina:- ¿Dónde las escondiste?

Pamela:- ¡Soltame! ¡Pancho!

Delfina:- ¡Te voy a matar!

Pamela:- ¡Pancho! ¡Soltame, loca!

Relator:- Entra el criado corriendo y trata de separarlas.

Pancho:- ¿Pero qué hacen niñas? ¿Se han vuelto locas?

Delfina:- Y a vos quién te dio vela en este entierro, estúpido! Pero esperá un poco… Vos
estuviste aquí todo el tiempo, ¿no? Decime una cosa, Pancho: ¿Qué sabés vos de las joyas?
¿Dónde fueron a parar? Y no me digas que no sabés de lo que estoy hablando.

Pancho:- Sí, niña. Claro que sé. Esas joyas se las regaló su señor abuelo, don Efraín, a Eulalia, la
criada que trajo la señora Pamela.

Pamela:- ¿Se las regaló? ¿Dónde está Eulalia ahora?

Pancho:- ¿Eulalia? Creí que ya lo sabía, señora. La pobre murió de un día para el otro. Para mí
que de puro cansada que estaba.

Delfina:- ¿Y las joyas?

Pancho:- Se las llevó con ella.

Pamela:- ¿Adónde?

Pancho:- A la tumba. Pues murió un día antes que el señor, y como las llevaba puestas… Fue un
antojo que tuvo antes de morir, y él dijo que la enterraran tal como estaba, que las merecía y
que, de todos modos, las aves de rapiña iban a venir después a reclamarlas. Y perdonen, niñas,
pero fue lo que él dijo.

Pamela:- Pero esto es algo nunca visto. Ese viejo se volvió loco del todo.

Delfina:- Esperá, me parece que todavía podemos salvar algo…

Pamela:- ¿Qué es lo que todavía podemos salvar? ¿Vas a ir a desenterrarla para ver?

Delfina:- Yo no. Pero sé de gente que se encarga de eso. Hay familias que hacen desenterrar a
sus muertos en la Chacarita para llevárselos a la Recoleta.

Pamela:- ¿Y se puede hacer eso?


Delfina:- Claro que no lo hacen de contrabando. Por supuesto que se hacen pagar muy bien.
Pero las joyas del abuelo valen una fortuna.

Pamela:- Sí, sí. Esperá que junto mis cosas…

Pancho:- Perdón, niñas, pero les aviso que cuando la Eulalia murió no se había abierto el
cementerio de la Chacarita.

Pamela:- ¿Y dónde está?

Pancho:- En el cementerio del Sur.

Delfina:- Y bueno, lo mismo da. Que la vayan a buscar allí.

Pancho:- Es que el cementerio del Sur fue clausurado hace tiempo.

Delfina:- Eso es lo de menos. Esa gente no necesitó que le abrieran la puerta para entrar.

Pancho:- Pero es que cuando lo clausuraron, el gobierno mandó a tirar abajo los muros, la
administración, las lápidas y las cruces. Cubrió todo con cal, después con tierra y arriba
plantaron árboles. Lo único que van a ver allí los que vengan después de nosotros va a ser un
hermoso parque.

Pamela:- ¿Querés decir que…?

Pancho:- Que va a ser un poco difícil que puedan encontrar a Eulalia y a los miles de difuntos
que quedaron allí abajo.

Pamela:- No puede ser, no puede ser.

Delfina:- ¡Hasta te saliste con la tuya, viejo apestoso! ¡Ojalá estés pudriéndote en el infierno,
miserable, roñoso!

Pancho:- Por favor, niña Delfina. Más respeto que está muerto.

Delfina:- ¡Qué respeto ni respeto! Lo único que quisiera es tenerlo delante de mío para
escupirle la cara por cabrón y sinvergüenza. Ni comido por los gusanos va a dejar de hacer
daño ese viejo hipócrita.

Relator:- Delfina sale furiosa.

Pamela:- Yo me quiero morir… Quién aguanta a mi marido ahora…

Relator:- Pamela sale, también furiosa.

(Sube luz a proscenio)

Relator:- Pancho, ya a solas, va hacia el ventanal y se asegura de que Pamela y Delfina se hayan
ido. Acto seguido, saca, del bolsillo de su chaleco, una llave y abre el candado del cofre.

Pancho:- Y llegaron, nomás, las aves de rapiña, señor, como usted lo esperaba. Pero creo que
cumplí bien su encargo, ¿verdad? Se fueron rabiosas.
Pancho:- De todas maneras fue un trabajo muy fácil, para lo que gané por él.

Relator:- Pancho comienza a sacar, del interior del cofre, una cantidad de joyas y lo hace con
gran placer.

Pancho:- Vendiendo todo esto me instalo un bolichito, me caso y nunca más vuelvo a ser
criado de nadie. Ni siquiera de un patrón tan macanudo como usted, patrón. (Vuelve a cerrar
el cofre, mientras exclama con satisfacción) Quién te ha visto y quién te ve: Pancho heredando,
nada menos que a don Efraín Mendez Arrieta. Já! (Sale)

(Apagón final)

FIN de “Las herederas”.

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