144 96 PB
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24
2009
ANUARIO IEHS
24
2009
ISSN 0326-9671
Anuario IEHS. Revista del Instituto de Estudios Histórico Sociales «Prof. Juan Carlos
Grosso». Es una publicación dedicada a difundir los avances de las ciencias sociales
centrada en las problemáticas de la historia argentina y americana.
Para disponer de información adicional sobre el Anuario IEHS y otras publicaciones del
Instituto, puede consultarse: [Link]/anuarioiehs/
ANUARIO IEHS
CONSULTORES EXTERNOS:
Dr. Carlos Sempat Assadourian (El Colegio de México)
Prof. Susana Bianchi (Investigadora Honoraria del IEHS)
Dr. Marcello Carmagnani (El Colegio de México)
Dr. Mario Cerutti (Universidad Autónoma de Nuevo León, México)
Prof. José Carlos Chiaramonte (Instituto de Historia Argentina-Americana “Dr. Emilio Ravignani”)
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INDICE
Debates
Ana María Lorandi y Roxana Boixadós
Sobre clasificaciones y descalificaciones. Una revisión crítica de
Etnohistoria de los valles calchaquíes, veinte años después. 15
Artículos
Vanesa E. Teitelbaum
Hacia una política social. Higiene y trabajo en Tucumán del
entresiglo 41
Germán C. Friedmann
La cultura en el exilio alemán antinazi. El Freie Deutsche Bühne de
Buenos Aires, 1940-1948 69
Richard L. Kagan
Felipe II y el arte de la representación de paisajes urbanos 95
José I. Fortea Pérez
La ciudad y el fenómeno urbano en el Mundo Moderno: España en
su entorno europeo 111
Roberto López Vela
Ciudad, inquisición y limpieza de sangre: entre la exclusión y la
concesión del honor 143
Begoña Alonso Ruiz y Luis Sazatornil Ruiz
De San Sebastián a Cádiz: iconografía urbana de los puertos
atlánticos (siglos XVI-XIX) 169
5
Luis Miguel Glave
Por la palabra también se lucha. Domingo Sánchez Rebata y Manuel
Lorenzo de Vidaurre en la crisis colonial peruana 201
Beatriz Bragoni
Acerca de la conflictividad política en las Provincias Unidas de Sud
América: la trayectoria del chileno José Miguel Carrera y la
formación del “Ejército Restaurador” en Buenos Aires (1818-1820) 227
Gabriel Di Meglio
Un ciclo de participación política popular en la ciudad de Buenos
Aires, 1806-1842 253
Sara Emilia Mata de López
Guerra, militarización y poder. Ejército y milicias en Salta y Jujuy.
1810-1816 279
Roy Hora
Los grandes industriales de Buenos Aires: sus patrones de consumo
e inversión, y su lugar en el seno de las elites económicas argentinas,
1870-1914 307
Paula Bruno
La vida letrada porteña entre 1860 y el fin-de-siglo. Coordenadas para
un mapa de la elite intelectual 339
Paula Alonso
El Partido Autonomista Nacional y las elites políticas en la Argentina
de fin del siglo XIX 369
Gustavo L. Paz
El Roquismo en Jujuy: notas sobre elite y política, 1880-1910 389
Renée de la Torre
Los laicos en la historia de las relaciones Iglesia-Estado en México
durante el siglo XX 417
6
Daniel H. Levine
Violencias y religiones en América Latina 445
Michael Löwy
El Cristianismo de la Liberación y la Izquierda en Brasil 465
Claudia F. Touris
Profetismo, política y neo-clericalismo en el Movimiento de
Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) en Argentina 477
Reseñas 501
7
Hernán Otero, La guerra en la sangre. Los franco-argentinos ante la Primera
Guerra M undial, Buenos Aires, Sudamericana, 2009, 224 páginas. Por Federico
Lorenz. 533
Alexandra Pita González, La Unión Latino A mericana y el Boletín Renovación.
Redes intelectuales y revistas culturales en la década de 1920, M éxico, El Colegio
de México/Universidad de Colima, 2009, 386 páginas. Por Paula Bruno. 537
Leticia Prislei, Los orígenes del fascismo argentino, Buenos Aires, Edhasa, 2008,
188 páginas. Por Leonardo Fuentes. 541
Ann Twinam, Vidas públicas, secretos privados. Género, honor, sexualidad e
ilegitimidad en la H ispanoamérica colonial, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2009, 500 páginas. Por Paola Varela
543
Tesis de Doctorado defendidas en el año académico 2009 547
Canje / Suscripción 551
Pautas para la presentación de colaboraciones 552
8
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 9-12
OBITUARIO
CARLOS ALBERTO MAYO (1947-2009)
No puede haber tarea más penosa para un historiador que despedir a un colega
y amigo como lo fue Carlos Mayo. Más aún cuando los recuerdos de él se extienden a
lo largo de más de cuatro décadas, desde que a mediados de los sesenta comenzamos
a estudiar historia en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La
Plata hasta nuestros últimos encuentros en la Academia Nacional de la Historia, pocos
meses antes de su muerte. Por esa proximidad que mantuvimos durante tanto tiempo,
su partida, el 10 de mayo de 2009, a los 61 años, me llenó de un dolor que sé
compartido por todos sus compañeros de profesión y sus alumnos.
Desde que entró en la universidad, Mayo sabía y dejaba saber que quería ser
ante todo un historiador. Durante sus estudios prestó poca atención a la política
universitaria, a pesar de que era una época en la que difícilmente se podía permanecer
al margen de ella porque los problemas de nuestro país parecían requerir una respuesta
urgente de los estudiantes. Mayo, sin embargo, no fue arrastrado por las circunstancias.
Había llegado a la universidad munido de entonces raros principios democráticos,
herencia, quizás, de un abuelo que había sido diputado socialista en los años treinta.
Aunque no se dejó atraer por la militancia política, mantuvo esos principios,
silenciosamente, a lo largo de su vida y ellos inspiraron su trabajo en el campo de la
historia. Esto se manifestó de dos maneras: por un lado, en su desconfianza de las
explicaciones omnicomprensivas y su consecuente tolerancia del disenso; por otro, en
su creciente preocupación por la gente común, los actores ignotos de la historia social.
La primera manifestación de sus principios quedó expresada en su primer libro,
Diplomacia, política y petróleo, escrito en colaboración con Osvaldo Andino y
Fernando García Molina, en el que se lee: “hacer historia científica, esto es, con la
verdad como objetivo prioritario de la investigación, es empresa difícil, a menudo
dolorosa y ciertamente menos grata que la tentación de fabricarse un pasado a medida
de las propias convicciones”. Aunque los temas que lo atrajeron posteriormente no
produjeron seguramente un conflicto entre sus convicciones políticas y el resultado de
sus estudios, esa actitud revela la marca del historiador que fue: el que ajusta sus
explicaciones a la evidencia y no esta a sus prejuicios. Así, años más tarde, en sus
estudios sobre la política petrolera durante las presidencias de Uriburu y Justo,
realizados también con García Molina, ellos rechazaban las interpretaciones simplistas
dadas por los partidarios del gobierno caído en septiembre de 1930 y reclamaban al
mismo tiempo la autonomía de la política y de la historia política: “Los hombres del 30
–y no sólo ellos– hacían política también por razones políticas. Esto que era obvio antes
de Marx ha dejado de serlo desde entonces. La historia política argentina debe ser
revalorizada, pero a condición de abandonar de una vez, y acaso para siempre, su
obsesión por confinarse el mero relato de los hechos políticos, en el marco de un
paupérrimo encuadre que quiere ser interpretativo y que en realidad no ha pasado de ser,
9
Anuario IEHS 24 (2009)
10
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 9-12
rescatado como víctima de ella, de fuerzas y poderes que no controla pero con los cuales
se mide cotidianamente en su lucha por vivir y sobrevivir. Alguien podría decir que,
desde este punto de vista, no vale la pena demorarse en reconstruir vidas como la de
Patricio, pasajeras, ocultas e intrascendentes. El historiador que afirme esto [...] está
como diciéndonos que su propia vida, la única que tiene, carece de importancia”. Esta
es la declaración de principios de su madurez acerca de la historia y del oficio de
historiador: le importaban la vida de los individuos como tales, no los casos, ni los
agregados, ni las categorías.
A esa concepción se atuvo en sus posteriores esfuerzos, expresados en su último
libro, Porque la quiero tanto: historia del amor en la sociedad rioplatense (1750-1860),
publicado en 2004. Allí da un paso más en su preocupación por la historia de los
individuos: su interés ya no se concentra en los hechos de sus vidas sino exclusivamente
en sus sentimientos, “los pliegues del alma”. Quizás porque la historia de estos sea más
difícil de estudiar en lapsos cortos, en esta obra fue más allá de los límites del período
colonial tardío. Es posible que en el proyecto en que estaba trabajando, la historia del
desierto, también hubiese debido abandonar la periodización convencional: su visión
de la historia seguramente lo habría llevado a los mismos testimonios de gente común,
de individuos sin importancia particular, que fueron la fuente y también el sujeto de sus
últimos trabajos, para indagar los sentimientos de quienes estaban perdidos en la
inmensidad de la pampa mientras ella era domesticada. Pero más importante que esta
transgresión temporal es sin duda la segunda manifestación de sus principios: la
reafirmación de que los individuos, no las categorías analíticas creadas por los
estudiosos, son el actor central de la historia.
Carlos Mayo, que había nacido el 12 de julio de 1947, hizo sus estudios de
grado en historia en la Universidad Nacional de La Plata, obtuvo un master en Rutgers,
y dos doctorados en historia, en las universidades de La Plata y de California Los
Ángeles, con tesis dirigidas por Enrique M. Barba y James Lockhart. Su carrera docente
se desarrolló casi enteramente en la misma universidad en la que estudió, donde fue
profesor hasta su muerte y de la que solo se alejó por breves lapsos para enseñar en las
universidades de La Pampa y Mar del Plata y como profesor visitante en las de
Massachusetts y Brown. Su interés por los estudios comparativos lo llevó a establecer
estrechos vínculos con colegas extranjeros, especialmente canadienses y chilenos, a
través de asociaciones para promover los intercambios y de libros editados en común.
Supo transmitir el entusiasmo por los temas que lo apasionaron a sus alumnos, en
quienes tuvo una respuesta que se prolongó mucho más allá de la efímera relación del
aula y se concretó en muchos libros con sus trabajos que él compiló. Fue un gran
expositor que sabía, siguiendo también en esto el modelo de su maestro, Enrique M.
Barba, usar del humor y la ironía para atraer la atención de la audiencia. Sus alumnos
lo apreciaban por esto, pero más aun por sus conocimientos, por la atención que les
prestaba y por el impulso que les daba involucrándolos en sus investigaciones.
Durante toda su vida Mayo estuvo afectado por problemas de salud, que en los
últimos años se habían agravado hasta el punto de limitar sus movimientos y su
capacidad de expresión. Sobrellevó esas dificultades sin quejas, ignorándolas, como si
11
Anuario IEHS 24 (2009)
fuese completamente natural que le sucedieran. Quizás esa actitud digna y valiente se
haya debido a su carácter optimista, pero también a que ellas no le impidieron seguir
investigando sus temas, dirigir a sus discípulos y publicar sus trabajos. Nos ha dejado
una obra que siempre será leída con provecho; también una orientación historiográfica,
acorde con los principios que lo guiaron en su vida, que debe servirnos para la
reflexión; y, en lo que a mí concierne, el recuerdo de alguien que no dejó que sus
pasiones intelectuales afectaran nuestras relaciones personales y que podía saludar, por
lo tanto, como en la dedicatoria con que me ofreció uno de sus libros, “desde la
tranquera de enfrente”.
Samuel Amaral
Academia Nacional de la Historia
12
D EBATES
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
Introducción
1
Investigadora Superior de CONICET. Universidad de Buenos Aires. Entre Ríos 966 - 2º Piso, Dpto. E
(1080), Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Correo electrónico: anamarialorandi@[Link]
2
Investigadora Adjunta de CONICET. Universidad Nacional de Quilmes. Universidad de Buenos Aires.
Av. Directorio 1424. (1406) Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Correo electrónico: rboixados@[Link]
3
François Hartog, Régimes d´Historicité. Présentisme et Expériences du Temps, París, Éditions du Seuil,
2003, p. 86.
4
Ana María Lorandi y Roxana Boixadós, Runa, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad
de Buenos Aires, 1987-1988, XVII-XVIII, pp. 263-420.
15
Anuario IEHS 24 (2009)
Comenzamos por revisar este artículo ya que es el que ocupa la mayor atención
crítica por parte de Giudicelli. Fue elaborado durante dos años previos a su publicación
en la Revista Runa, números 17/18 (1987/1988); se trata de un texto que tiene 20 años
y este dato permite situarlo en varios contextos simultáneos de producción. A nivel
local, la etnohistoria en Argentina recién comenzaba a dar sus primeros pasos y los
pocos antecedentes consistían en los trabajos de los arqueólogos con marcada tendencia
a identificar similitudes culturales con unidades políticas y étnicas homogéneas. El
regreso de Ana María Lorandi desde Francia al país y sus estrechos vínculos
académicos con los principales referentes de la Etnohistoria Andina convergieron en
la creación de la Sección Etnohistoria en el Instituto de Ciencias Antropológicas de la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde comenzaron
a desarrollarse proyectos de investigación interdisciplinarios (antropólogos,
historiadores y arqueólogos) principalmente sobre las sociedades indígenas del
Noroeste (NOA) argentino y el sur de Charcas. Como el mismo Giudicelli advierte, los
primeros trabajos surgidos en ese contexto fueron tributarios de los estudios sobre
etnohistoria andina, si bien no es seguro que reconozca todas sus implicaciones.
16
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
5
Giudicelli nos atribuye un posicionamiento positivista en una misma línea de desarrollo intelectual de los
autores del siglo XIX, con todo lo que ello implica. Esto revela una profunda ignorancia de la producción
local y una sorprendente capacidad para homogeneizar posiciones y contextos muy diversos.
6
Jorge A. Guevara Gil & F. Salomón, “La visita personal de indios: ritual político y creación del “indio”
en los Andes coloniales”, Cuadernos de Investigación 1, PUCP, Instituto Riva Agüero, 1996; Nathan
Wachtel, “Nota sobre el problema de las identidades colectivas en los Andes meridionales”, en [Link]ón
Gabai, y J. Flores Espinoza (editores), Homenaje a María Rostwrowski, Instituto de Estudios Peruanos
y Banco Central de Reserva del Perú, Lima, 1997, pp. 677-690.
17
Anuario IEHS 24 (2009)
que Giudicelli desconozca la importancia de esta línea de trabajo para el área andina
con el declarado afán de descubrir un nuevo abordaje de estos temas.
Como demostraremos más adelante, esta forma de proceder en el análisis de las
fuentes pretende anunciar un cambio de perspectiva teórica y de posicionamiento
metodológico desde donde se formulan determinadas preguntas: se asume, desde la
producción de Giudicelli que las fuentes son una herramienta del poder hegemónico del
estado y que crean ficciones de la realidad según sus imperativos de dominar y
controlar. Desde esta posición es muy poco lo que se interroga y lo que se puede
responder acerca de las sociedades indígenas ya que ellas devienen meros sujetos de
colonización en lugar de ser interrogados como sujetos de acción históricamente
situados. Está claro que cierto tipo de fuentes –informes de gobernadores o virreyes,
cartas oficiales, etc.- responden a este modelo de análisis, como las visitas que fueron
producidas en contextos de dominio efectivo y que constituyen “instrumentos de la
hegemonía del estado colonial”.7 Pero pensamos que debemos ser extremadamente
prudentes al emplear este prisma en todo tipo de fuentes y en cualquier contexto
histórico, llámese conquista, situación de frontera o de formación de la sociedad
colonial. La uniformización del análisis de fuentes heterogéneas revierte en visiones
simplificadas pues pierden de vista los específicos contextos de producción de las
mismas (objetivos, autor, destinatario, intereses, situación contextual, etc.) y desvirtúan
las complejas dimensiones de sus contenidos de significación.
La perspectiva que Giudicelli aplica también se extiende de manera crítica
sobre el concepto de etnicidad y de grupo étnico. La noción que empleamos tenía una
importante vigencia en ese momento en los estudios andinos y en los antropológicos en
general. Por nuestra parte, sopesamos cuidadosamente la pertinencia de buscar apoyo
en Fredrik Barth, teniendo en cuenta que la información sólo podía ser analizada si
teníamos en claro que debía ser interpretada a través de las interacciones de los
indígenas con los españoles, ya que ellos fueron los “traductores” de su percepción de
la realidad. En la introducción del trabajo en Runa planteamos nuestro punto teórico de
partida, considerando los riesgos que deberíamos enfrentar. No procedimos a ciegas,
sabiendo que no disponíamos de antecedentes enfocados desde la etnohistoria
actualizada a 1980 para nuestra región, pues los escasos antecedentes (con algunas
excepciones como Aníbal Montes o Alberto Salas), provenían de los trabajos de los
arqueólogos que, como dijimos homogenizaban unidades políticas y étnicas. Para
ilustrar esto basta un solo ejemplo: la referencia a “un señor principal” era interpretada
directamente como el de un jefe que controlaba un amplio territorio o valle, caso de
Juan Calchaquí en el valle homónimo.
Dentro del marco de los estudios andinos, hay factores ligados de manera
intrínseca a la cuestión de la etnicidad: la ecología y la territorialidad por un lado y la
estructuración política por otro. El conocimiento ecológico y la ponderación de los
recursos resultan esenciales para comprender las bases materiales del desarrollo
histórico de las sociedades nativas del valle Calchaquí. La etnohistoria andina ha
7
Gevara Gil y Salomon, op. cit., p. 7.
18
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
demostrado hace muchos años que la relación con el medio ambiente resulta crucial
para comprender el acceso “salpicado” a los recursos y que el control simultáneo de
territorios dispersos constituía una estrategia exitosa de autosuficiencia económica. Y
además, que las estructuras políticas –jefaturas con variados niveles de complejidad-
articulaban el control de los recursos y el poder de acuerdo con la base demográfica que
las sustentaba. Desde esta perspectiva, lo que intentamos en el trabajo de Runa fue
situar territorialmente a los grupos del valle Calchaquí combinando las fuentes
históricas con la información arqueológica. El mapa adjuntado en el trabajo, lejos de
“congelar” a los grupos en territorios definidos, presentaba una localización tentativa
de las cabeceras políticas, de las zonas posibles que cada uno controlaba o usufructuaba
y de las franjas que articulaban territorios que respondían a dinámicas políticas
diferentes en el momento en que las fuentes coloniales allí los ubicaban. No los
congelamos ni nunca sugerimos que siempre hubieran estado en esos lugares ni que esa
organización hubiera persistido desde un vago ab initio como nos acusa Giudicelli.
Este esfuerzo por situar a los grupos étnicos del valle en relación con el medio
ambiente, la territorialidad y la dinámica política resultó clave para comprender a las
sociedades valliserranas de agricultores medios; algunos de ellos conformaban aldeas
de diverso tamaño, otros en cambio constituían pequeñas ciudadelas con estructuras
complejas –como Quilmes, Yocavil o Tolombón- que controlaban territorios y poblados
dispersos. Las fuentes fueron distinguiendo en distintos momentos la ubicación
territorial de estas sociedades, nombraron los asentamientos principales como “pueblos”
e identificaron a los jefes políticos con variado grado de precisión, pero siempre
connotaron diferentes capacidades de ejercicio de la autoridad a través de las
convocatorias de alianza para la guerra y el nivel de liderazgo de los jefes. En suma,
todas estas cuestiones fueron elaboradas sobre la base del análisis combinado de las
fuentes históricas y arqueológicas y en conjunto aportaron sustancia a la comprensión
de las sociedades nativas y a las modalidades de relación y transformación que
asumieron en dos momentos diferentes: la expansión incaica y la conquista española.
Este derrotero muestra que para nosotras era crucial tratar de comprender sobre
qué sociedades estábamos trabajando, muy al contrario de lo que propone Giudicelli
quien en su texto no da cuenta de ninguno de estos aspectos (o quizá, sin hacerlo
explícito, acepta nuestros aportes). Es más, en su perspectiva los grupos nativos parecen
parte del paisaje valliserrano que se va transformando al son del ejercicio clasificador
de los conquistadores.
Resta destacar la importancia que le otorgamos a la expansión del estado inca
en el NOA. Nuestro crítico afirma que la relación establecida entre estas sociedades y
el Tawantinsuyu responde a un burdo ejercicio evolucionista, desconociendo que en
aquel momento ya se discutían no sólo los alcances del dominio incaico sino las
modalidades de ejercicio de dominación que este estado había impuesto en diferentes
regiones.8 Los incas superpusieron su dominio sobre las poblaciones de la región y la
8
Giudicelli, al ignorar el contexto andino de producción, atribuye nuestras referencias al Tawantinsuyu
como evidencias de un modelo de pensamiento evolucionista, que nos era y es completamente ajeno. Tal
atribución revela replicaciones mecánicas de otros autores que comparten esta línea de trabajo y la
19
Anuario IEHS 24 (2009)
organización que se ha llamado estatal no fue un proceso autoproducido como una etapa
del desarrollo de la región. Esto incluye la problemática del sistema de movilización de
colonos o mitimaes (un aspecto cuya importancia es obvia y que Giudicelli minimiza
por evidente ignorancia)9 y en este sentido, los avances en la región bajo estudio se
cifraban como parte de una discusión mayor. Y en relación con esto, también era
importante –y aún lo es- discutir el problema desde la perspectiva provincial, es decir,
tomando en cuenta otras versiones que no fueran las cuzqueñas10, también asociadas a
la noción de frontera diferente a la de Giudicelli y que también habremos de discutir.
En suma, estas fueron las condiciones de producción de “Etnohistoria de los
valles Calchaquíes”, en el marco de los conocimientos disponibles a finales de la década
del ’80 y que Giudicelli ha ignorado y tampoco ha actualizado al momento de realizar
su crítica. Para reconstruir la etnohistoria como campo de investigación en Argentina
se apeló a los nuevos estudios sobre los Andes planteando preguntas antropológicas a
las fuentes históricas, tradicionalmente (y casi exclusivamente) estudiadas por
historiadores en su mayoría hispanistas –al menos este era el caso de Argentina–
situación que Guidicelli evidentemente desconoce. Más aún, estaba desprestigiada por
el enfoque cientificista de los arqueólogos.
Esta era la situación cuando iniciamos la investigación que dos años después
se publicaría en Runa; no sabíamos qué grupos habían poblado los valles Calchaquíes
ya que se los identificaba con datos confusos, mezclando lo general con lo particular.
Las categorías de clasificación no eran controladas ni discutidas. En esos casos también
el lenguaje era usado casi al azar. Ahora bien, a poco de andar nos dimos cuenta que las
categorías que estaban siendo utilizadas en los Andes no siempre podían ser aplicadas
en nuestra región. Un estudio cuantitativo del lenguaje usado en nuestro texto en Runa
podría revelar la reiteración abrumadora de palabras tales como “prudencia”, “con
precaución”, “no disponemos de suficiente información”, “suponemos o sugerimos pero
no lo podemos afirmar” y otras similares. Estábamos consientes de que había que
avanzar paso a paso, no aventurar hipótesis y si las hicimos fue dejando aclarado que
eran tan sólo hipótesis. Nuestra actitud como investigadoras fue –y es– opuesta a la de
Giudicelli en cuyo texto abundan afirmaciones y generalizaciones de todo tipo
derivadas de la imposición –sin lugar a dudas– de un modelo interpretativo de cuya
autoridad el autor no se permite dudar.
reproducción de discusiones ya perimidas en el campo de la antropología política, que forman parte de los
contenidos mínimos de la currícula de grado en antropología.
9
La cuestión de los mitimaes sigue siendo estudiada en la actualidad y sobre la base de distintos modelos.
Véase por ejemplo Ana María Lorandi y Lorena Rodríguez, “Yanas y mitimaes. Alteraciones incaicas en
el mapa étnico andino”, en A. M. Lorandi et al. (comp.), Homenaje a John Murra, Lima, Pontificia
Universidad Católica del Peru, 2003, pp. 129-170 y Jeremy Mumford, “Litigation as Etnography in
Sixteenth-Century Peru: Polo de Ondegardo and the Mitimaes”, Hispanic American Historical Review,
88:1, 2008.
10
Existe una amplia bibliografía arqueológica que enfoca el Tawantinsuyu desde la perspectiva provincial.
20
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11
Ana María Lorandi y Cora V. Bunster, “Reflexiones sobre las categorías semánticas de las fuentes del
Tucumán colonial. Los valles Calchaquíes”, Runa, 17-18, pp. 221-262, Buenos Aires, Facultad de Filosofía
y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1987-1988.
12
Nos referimos a los textos de Ana María Lorandi, "La frontera oriental del Tawantinsuyu: el Umasuyu
y el Tucumán", Relaciones de la S.A.A., 14 (1), pp. 147-165, Buenos Aires, 1980 (reeditado en Cuadernos
del INA, 9, pp. 77-95, Buenos Aires, 1983; “Los diaguitas y el Tawantinsuyu. Una hipótesis de conflicto",
Proceedings del 45 C.I.A., Bogotá 1985, B.A.R., pp. 235-259, London, 1988; “La resistencia a la
conquista y las rebeliones diaguito-calchaquí en los siglos XVI y XVII", Cuadernos de Historia, 8, pp.
99-122, Santiago de Chile, Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Chile, 1988; “El servicio
personal como agente de desestructuración del Tucumán colonial”, Revista Andina, 6 (1), pp.135-173,
Centro Bartolomé de Las Casas, Cusco, 1988.
13
Para una revisión de la producción más reciente, cfr. Judith Farberman & Roxana Boixadós, “Sociedades
indígenas y encomienda en el Tucumán colonial: un análisis comparado de la visita de Luján de Vargas”,
Revista de India, vol LXVI, nº 238, pp. 601-627, Madrid, 2006.
21
Anuario IEHS 24 (2009)
fortalecer sus propios intereses, procedimiento que desmerece el valor del ejercicio
crítico que se propuso realizar.
Por otra parte, los dos artículos publicados en Runa contienen un significativo
número de fuentes inéditas y editas, citadas y sistematizadas por primera vez, que
debieron constituir un buen punto de partida para llevar adelante una nueva
investigación. Esta fue emprendida por Giudicelli a partir del modelo interpretativo
propuesto por Jean Loup Amselle basado en la “lógica mestiza”, un concepto construido
sobre la base una vasta experiencia de trabajo antropológico en varias sociedades
contemporáneas africanas que atravesaron siglos de colonización francesa.14 Dentro de
una discusión más amplia que recorre parte del desarrollo de la teoría antropológica –i.e
las conocidas tensiones entre universalismo y relativismo- el autor enfatiza la idea de
un sincretismo originario al tiempo que asume que la noción de grupo étnico es una
creación que proviene del trabajo conjunto de los administradores coloniales y de
antropólogos a lo largo del siglo XX. Las ideas de Amselle fueron aplicadas –con
diverso grado de reformulación y adecuación- a los contextos coloniales
latinoamericanos de los siglos XVII y XVIII y también a sociedades de frontera del
siglo XIX que se enmarcaban en los procesos de formación de los estados-nación, a las
cuales Guillaume Boccara denominó “complejo fronterizo”.15 Este autor afirma que el
modelo de complejo fronterizo puede ser también empleado para comprender la
dinámica de todas las fronteras coloniales; en este punto disentimos con Boccara: las
fronteras hispano coloniales registran diversidades que no pueden soslayarse, lo cual
no implica que no puedan realizarse entre ellas estudios de carácter comparativo. La
misma concepción sobre la dinámica de la frontera ya había sido empleada por France
Marie Renard-Cassevits, Thierry Saignes y Christine Taylor tan temprano como 1986
para los sectores septentrional y central de los Antis y fue concebida como un espacio
de intermediación y configuración de mestizajes culturales sin que las poblaciones
marginales perdieran su autonomía política.16 Por lo tanto se trata de un concepto de
frontera que ya se estaba desarrollando en los estudios andinos desde la década del
ochenta pero que se aplicaba a las relaciones entabladas entre sociedades que tenían
diferentes patrones culturales.
El modelo de la lógica mestiza es usado por Giudicelli en el estudio de la
frontera norte del virreinato de Nueva España en el siglo XVII, donde habitaban
tepehuanes y tarahumaras, y trasladado luego al estudio de los valles Calchaquíes, en
la gobernación del Tucumán. El autor no lo explicita en estos términos pero una
14
Jean Loup Amselle, Logiques métisses. Anthropologie d l´identité en Afrique et ailleurs, Paris, Ed.
Payot, 1990.
15
Guillaume Boccara, “Colonización, resistencia y etnogénesis en las fronteras americanas”, en Guillaume
Boccara (ed), Colonización, resistencia y mestizaje en las Américas, siglo XVI y XX, Quito, IFEA/Abya-
Yala, 2002; y “Mundos Nuevos en las Fronteras del Nuevo Mundo” Nuevo Mundo Mundos Nuevos,
Debates, 2001, sitio: [Link]
16
France Marie Renard-Cassevits, Thierry Saignes y Christine Taylor, L´Inca, L´Espagnol et Les
Sauvages, Tomo I, Editions Recherches sur les Civilisations, Paris, 1986.
22
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
17
Christophe Giudiccelli, “El mestizaje en movimiento: guerra y creación identitaria en la guerra de los
tepehuanes (1616-1619)”, en Guillaume Boccara (ed), Colonización…, op. cit., 2002 y “Un cierre de
fronteras…taxonómico. Tepehuanes y tarahumara después de la guerra de los tepehuanes. (1616-1631)”,
Nuevo Mundo, Mundos Nuevos, 2008.
18
La disposición, orden, referencias a discusiones y conceptos contenidos en las críticas de Giudicelli a
nuestro trabajo pueden reconocerse en los textos aquí citados de Boccara y Amselle.
23
Anuario IEHS 24 (2009)
19
Gonzalo Lamana, Domination without dominance. Inca-Spanish Encounters in Early Colonial Peru,
Duke University Press, 2008.
20
Para las precauciones sobre análisis del discurso ver también Ricardo Forte, y Natalia Silva Prada,
Cultura Política en América. Variaciones Regionales y Temporales, Universidad Autónoma
Metropolitana, México.2006, p. 9.
24
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
21
Giudicelli resuelve de manera simplista la caracterización política de los grupos del valle recurriendo al
término “behetría” y a los diccionarios de autoridades para comprender su contenido de significación. Así
asume que tal significado era compartido por una comunidad homogénea de hablantes ya que al parecer el
empleo del término en circunstancias aparentemente semejantes –aunque se trata siempre de contextos
distintos- aseguraba que todos se referían a lo mismo. Sin embargo, el término fungía como una referencia
de traducción cultural más que como una definición y siempre se lo empleaba con connotación peyorativa,
en particular en las cartas de gobernadores al Rey, virrey o audiencias. Sabemos que en cada contexto su
contenido de significación varió de manera sustantiva; cfr. Thierry Saignes, “De la borrachera al retrato:
los caciques andinos entre dos legitimidades”, Revista Andina, año 5, nº 1, julio, 1987.
25
Anuario IEHS 24 (2009)
26
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
Calchaquí cuyo nombre terminó siendo utilizado para caracterizar a toda una región.
Esta generalización nos advirtió del peligro de la circularidad en la atribución de
identidades y de gentilicios, circularidad que podía conducir a serios errores.22
Muchos de estos temas fueron actualizados en la introducción del capítulo de
Lorandi et al. de 1997 en el volumen I de Tucumán Colonial y Charcas, donde queda
claro la forma en que se canalizó la experiencia de los años anteriores. Se expusieron
los distintos mecanismos de colonización en relación con las estructuras políticas
previas y las diferencias en las estrategias implementadas tanto sobre el eje temporal
como en el espacial, en todos los casos comparando con las investigaciones del propio
equipo y las de otros autores sobre las sociedades de los Andes Meridionales. Nada de
esto fue comentado ni considerado por Giudicelli, empeñado en imponer un nuevo
modelo interpretativo apriorísticamente elaborado, que no pudo –o no quiso– considerar
otras formas de análisis ni leer correctamente lo que habíamos escrito.
Consideramos que la documentación respondía a una triple realidad: la
estructura étnica y grado de cohesión o complejidad de la estratificación política; el tipo
de relaciones que los grupos étnicos mantuvieron con los incas y con los españoles, o
sea alianza, incorporación con escasa oposición, resistencia prolongada; también las
respectivas adaptaciones y/o transformaciones de acuerdo con las coyunturas históricas
que se sucedieron a lo largo del tiempo y para ello no sólo nos apoyábamos en los
documentos de archivo sino en la información arqueológica. Finalmente se ponderaron
los intereses europeos en cada subregión, sumados a las modalidades que adoptaron las
instituciones coloniales en relación con los tres puntos anteriores. En suma, intentamos
utilizar una metodología que se adecuara al tipo de información disponible cuyas
características estaban mediatizadas por la estructura social de la región. La
comparación con los Andes centrales y meridionales fue de enorme utilidad para este
ejercicio de adaptación metodológica. En todo momento “tratamos de descubrir las
voces de los indígenas detrás de la multisemia de las categorías empleadas en la
documentación y de las variadas capas de mediatizaciones de los sectores europeos que
son casi las únicas que nos ofrecen información”.23
La amplitud de los liderazgos y sus límites fue otro de los grandes temas
abordados en los dos trabajos sobre los valles Calchaquíes. Expresamos claramente que
estos “liderazgos no deben ser confundidos con la existencia de señores con poder
permanente en los territorios que lograban unificar bajo su mando militar”.24 Es
probable que para ilustrar este tema la semblanza sobre Juan Calchaquí presentada en
1997 haya trasmitido al lector una imagen idealizada del personaje.25 Sin embargo,
nunca perdimos de vista que su carisma para convocar a una rebelión general no podía
ser confundida con un poder señorial desde el cual simplemente ordenar. Por el
22
Lorandi y Boixadós, “Etnohistoria…”, pp., 267, 268- 271, 272 y 276.
23
Lorandi et. al., 1997, pp. 20-21. Para ilustrar estos criterios, confrontar los trabajos de Ana Schaposchnik
y de Roxana Boixadós reunidos en el mismo volumen I de la compilación de 1997.
24
Lorandi et. al., 1997, p. 34.
25
De manera específica, cfr. pp. 238-239 del texto citado en nota anterior.
27
Anuario IEHS 24 (2009)
contrario, este cacique como todos, sólo podía convocar, invitar y convencer; de su
habilidad dependía el éxito de su gestión.
A partir de la dinámica interna y de las prácticas que se desprendían de la
información recolectada organizamos la investigación original de 1987-1988 en tres
grandes sectores, Área norte o Pular; Área Calchaquí central y Área Calchaquí sur. Lo
pertinente al Área Pular lo comentaremos en el siguiente apartado.
Con respecto al Área Calchaquí en primer lugar identificamos Tolombón como
una de las posibles cabeceras de la provincia inca de Quiri-Quiri, si bien otros autores
sugerían a Londres (Shincal), fuera del valle como su cabecera. Siguiendo
cronológicamente la información observamos que esa designación fue reemplazada por
la de Calchaquí, que según el contexto discursivo hacía referencia a un amplio sector
de los valles (o a la totalidad), otras veces a la zona en torno a Tolombón cuyo cacique
en la década de 1560 era Juan Calchaquí. Asimismo, la conducta de cada grupo y cada
cacique durante la tardía invasión de Mercado y Villacorta nos ofrecía pautas para
sugerir (nunca afirmar) la existencia de alianzas o la relativa autonomía de cada grupo.
Nunca asumimos a ciegas las clasificaciones sino que trabajamos con las prácticas
concretas que se desprendían de la situación bélica de 1659. No se trató de aceptar los
adjetivos o epítetos usados por los españoles sino la actuación de los nativos frente al
ejército invasor. Por eso, no eran las cartas del gobernador la fuente principal del
análisis sino los partes de guerra que escribía todas las noches para dar cuenta del
progreso y/o de las dificultades de cada día.
De ese modo procedimos con suma prudencia, poniendo en la balanza cada uno
de los informes que pudimos consultar. “De la discusión de la polisemia de estos
conceptos dependerá la interpretación sobre problemas de identidad y diferenciación
étnica, límites y dificultades de establecer esa diferenciación o naturaleza de la
estructura (parcialidades semi-independientes con nombres diferentes que multiplican
falsamente los grupos étnicos en desmedro de las unidades mayores) entre otros”.26 Por
ejemplo, la estructuración política de la zona de Tolombón, con tres grupos que
aparecían vinculados, Tolombón, Colalao y Pacioca demandó un análisis
extremadamente minucioso.27 En la síntesis de 1997 aclaramos algunas de las dudas
planteadas en 1988 gracias a la información que nos sugería que los pacioca pudieron
ser descendientes de antiguos mitimaes originarios de Sicuani (o Chicoana) del sur del
Perú.
Para analizar la composición étnica del Área Sur se procedió de la misma
manera sin avanzar en temerarias afirmaciones. Comprobamos la existencia de alianzas
a partir de ataques coordinados de varios grupos reconocidos por las marcas en las
flechas; y también la traición de los ingamana. Discutimos las evidencias sobre los
límites de los territorios de los quilmes y anghinahao, así como la posibilidad de que los
Yocavil tuvieran un cacicato unificado.
26
Lorandi et. al, 1997, p. 216.
27
Ana María Lorandi y R. Boixadós, “Etnohistoria…”, p. 331. Entre las páginas 337 y 341 de esa
publicación invitamos al lector a revisar las citas y proponer su propia interpretación.
28
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
La cuestión Pular
28
Terence D´Altroy et al, “Inca Rule in the Northern Calchaqui Valley, Argentina”, Journal of Field
Archaeology, 27 (1), pp. 1-26, 2000; y T. D´Altroy, Verónica Williams y Ana María Lorandi, "The Inkas
en the Southlands”, en Richard Burger, Craig Morris and Ramiro Matos Mendieta, Variability in the
Expressions of Inka Power, Washington, D.C, Dumberton Oaks Recherch Library and Collection, 2007,
pp. 85-13.
29
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…”, 1987-1988, p. 404.
30
Chripstophe Giudicelli, “Encasillar la frontera…”, 2007, p. 190.
29
Anuario IEHS 24 (2009)
pseudo frontera, dividirlos, si todos eran igualmente belicosos en ese entonces según
las citas utilizadas por el mismo Giudicelli?;31 ¿implica esto suponer que los indígenas
no eran capaces de controlar los territorios que usufructuaban, que era lo mismo cultivar
o explotar cualquier parcela y que nadie se las disputaría?; ¿por qué estaban en guerra
con sus vecinos?; ¿por qué no pensar que eran límites políticos? En el artículo de Runa
decimos claramente que la condición de indios amigos de los españoles sólo se verifica
en las campañas de 1630, pero no en la de 1560.32 En 1659 primero colaboraron con
Pedro Bohorques y dieron la paz luego de la derrota en el combate del cerro San
Bernardo. En los Autos de Proceso a Bohorques se consignan ataques e incursiones al
encomendero de los pulares, Francisco Arias Velásquez,33 siendo este dato una prueba
más de la inestabilidad de la alianza con los españoles.
Giudicelli insiste más adelante en afirmar que la frontera fue trazada desde el
momento en que se comenzaron a repartir las encomiendas, si bien no aclara que
tardaron un siglo en hacerse efectivas. Ahora bien, si desde el comienzo los españoles
percibieron diferencias entre los pulares y el resto de los pobladores de los valles
Calchaquíes, ¿por qué creer que estas diferencias fueron arbitrarias?; ¿no será que
percibieron las diferencias y a partir de allí los clasificaron, y no a la inversa? Giudicelli
le resta importancia a la información arqueológica y por eso no percibe que los incas
pudieron intervenir en la división del territorio y sostiene que Atapsi era un límite
colonial derivado de sus relaciones con Salta. Sin embargo, Verónica Williams ha
localizado en sus proximidades un fuerte incaico, actualmente denominado La
Angostura, y sugiere que marcaba el límite entre Pulares y Calchaquíes34 o de las
provincias incas de Chicoana y Quiri-Quiri. Por nuestra parte, también consignamos que
los pulares cumplían servicios a los vecinos de Salta en forma irregular desde 1582; no
ignorábamos esa situación aunque, evidentemente, la evaluamos de otra manera.35
Las primeras encomiendas se daban por “noticias” y los españoles manejaban
información que circulaba en la región36 . ¿Cuál sería la necesidad en ese momento de
“inventar” gentilicios y trazar fronteras? Lo más probable es que estas designaciones
o clasificaciones respondieran a un interés mucho más primario, saber quién era quién
en una región. No importa que el objetivo de esta clasificación fuera para “asentar la
dominación española”, objetivo que nunca hemos negado. También es cierto que el
reparto de encomiendas produjo con frecuencia fusiones o fragmentaciones, o que se
31
“Durante la casi totalidad del siglo XVI, es fuerza admitir que los indios pulares siempre se habían
contado entre los indios de guerra, y las más veces en relación con sus vecinos” (p. 190).
32
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…”, 1987-1988, p. 282.
33
Lorandi et al., 1997, pp. 286-290.
34
V. Williams, Ponencia presentada en TANOA, Jujuy, 2009, p. 39. La fortaleza inca “se asienta sobre el
valle principal a diferencia de los que se ubican en los flancos occidentales del valle”.
35
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…”, 1987-1988, p. 283.
36
Son muchos los casos de litigios posteriores a la concesión de las primeras encomiendas “por noticia”
que muestran que los españoles conocían poco y mal a las poblaciones nativas donde asentaban sus
ciudades. Cfr. para el caso riojano, Juan Alfonso Carrizo, Cancionero popular de La Rioja, Tomo I,
Universidad Nacional de Tucumán, 1942.
30
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
37
La instalación de los chicoanas desnaturalizados después de 1659 en el valle de Lerma dio lugar a la
creación del pueblo de Chicoana que fue desplazado de su localización original en la rivera derecha del río
Calchaquí.
38
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…”, 1987-1988, p. 286-287.
39
Incluidas las intelectuales, en los que se “cuadricula” a los investigadores latinoamericanos bajo el
membrete de falta ingenio y capacidad, por oposición a los brillantes europeos.
40
Christophe Giudicelli, “Encasillar la frontera…”, 2007, p.191, cfr. cita 103 en esta página.
31
Anuario IEHS 24 (2009)
que sostiene las opiniones vertidas por las autoras de que el sector norte del valle
Calchaquí albergaba una población multiétnica. Pero lo que Giudicelli oculta es que
obligado a abandonar el fuerte, Abreu intenta instalarlo en la boca de la quebrada de
Escoipe y los indios de esa zona, o sea pulares, también lo expulsan de allí y la acción
se repite en el primer intento de fundar la ciudad de Salta.41 A su vez la nueva fundación
de Salta por el gobernador Lerma en 1582 también fue constantemente hostigada por
los comarcanos.42
En la página 193 Giudicelli se dedica a criticar nuestros comentarios acerca de
la información brindada por el cacique Calibay en 1586 ante el teniente de gobernador
de Salta. Calibay se presenta “como cacique principal del repartimiento de los pulares”,
y lo hace en nombre de otros caciques de la misma región. En opinión del autor, esta
función es colonial, al punto que “muy difícilmente se podría sacar conclusiones
terminantes en cuanto a un supuesto origen autónomo de su cargo. Lo que sí, este
documento aporta informaciones muy interesantes sobre las reivindicaciones
territoriales de su grupo, pero la sola división colonial repartimiento de los pulares no
proporciona ninguna indicación sobre los eventuales contornos de la –o las– entidades
que comprende [...]”. ¿Por qué necesariamente, por haber estado ya repartidos, su
cacicato no reflejaba una unidad política preexistente, aún cuando no fuera exactamente
la misma de tiempos prehispánicos o preincas y sin que esto implique suponer que
siempre usufructuaron el mismo territorio? ¿Por qué no podía ser un cacique legítimo?
Las frases de Giudicelli parecen sugerir una cierta ilegitimidad. En 1586, cuando apenas
se estaba consolidando la ocupación del territorio tucumano, cuando todavía no habían
sido fundadas ni la ciudad de La Rioja ni San Salvador de Jujuy, ¿estaban los españoles
en condiciones de provocar tantas modificaciones?, y si lo intentaron, ¿tuvieron el poder
de imponer nuevos caciques o manipular el reconocimiento de algunos de ellos? Nos
parece una proposición muy osada, digna de una fértil imaginación y de la imperiosa
necesidad de buscar originalidad a partir no ya de una revisión metodológicamente
correcta, sino de imponer nuevas interpretaciones a costa y sólo a costa de destruir
ferozmente todo lo que se hubiera propuesto o sugerido anteriormente, ya que nunca
sacamos “conclusiones terminantes”. Es más, las autoras sostienen que las opiniones
sobre el cacicato de Calibay se reconfirmaron con nueva documentación.43 Además,
Calibay era el cacique de los pulares de Escoipe, quebrada que vinculaba el valle
Calchaquí con el de Lerma (o valle de Salta en esa época). Pudieron estar repartidos
porque los vecinos de la ciudad de Salta (o ciudad de Lerma en ese entonces) tenían
más contactos directo con ellos y Calibay negociaba la supervivencia de sus sujetos.
Algunas líneas más abajo Giudicelli trae a colación una cita del nuevo
gobernador Juan Ramírez de Velasco (1587-1592). En ella se admite que aunque hacía
41
Carlos Reyes Gajardo, “Poblaciones indígenas del valle Calchaquí”, Revista del Instituto de
Antropología, VIII, 27, San Miguel de Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 1938, p. 35.
42
Roberto Levillier, La Gobernación de Tucumán. Probanzas de Méritos y Servicios de los
Conquistadores, Documentos del Archivo General de Indias, Vol. II, 1538-1602, Madrid, 1919-1920, II,
pp. 33-37.
43
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…” 1987-1988, pp. 288 y ss.
32
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
cinco años que se había poblado la ciudad de Salta, “no le sirve indio”. Si era así,
¿como podría haber manipulado los cacicatos, sus territorios y demografía su antecesor
en el gobierno de la provincia?; ¿cuál era el grado de conocimiento disponible en ese
momento? Además de esto, en la página 194, el autor refiere citas relativas a la entrada
del obispo Cortázar y no advierte que la visita se inicia por Escoipe y cae naturalmente
en territorio pular (y chicuana), desde donde pasó a Calchaquí. Una vez más cabe
preguntarse por qué insistir en que esta división era artificial, ya que las citas elegidas
por el autor confirman que la frontera étnica era previa a la llegada española al
Tucumán.
A continuación (p. 195) considera que la campaña de Ramírez de Velasco tuvo
éxito en lograr la pacificación de los calchaquíes y en palabras de Giudicelli, “aparece
por lo tanto como el evento que abre la cesura entre el sur y el norte de la zona
pacificada”. Pero, ¿no era que esa división había sido formada desde el principio de los
sucesivos intentos de conquista y que las prestaciones, cuando y si las cumplían, fueron
escasas e irregulares? Por supuesto que los contactos entre indios y españoles permiten
intercambios de información. Los indios comprenden perfectamente cuáles son las
intenciones y tácticas de los hispanos, por eso prometen la paz y luego no la cumplen.
Se refugian detrás de su “cajón” montañoso. Pero en la década de 1590 no estaban
realmente colonizados y no se puede ignorar que el “éxito” de la campaña de Ramírez
de Velasco fue efímero, ilusorio, aún cuando con el tiempo los pulares fueran
integrándose progresivamente al sistema de encomiendas y sirvieran en Salta, e incluso
durante las campañas de Felipe de Albornoz en 1631 (o sea 50 años después de la
entrada de Ramírez de Velasco) se constituyeran como “indios amigos”. Pero hay que
recordar que esta alianza se rompió rápidamente; si se olvida esto no se aborda el
problema en la larga duración. Además no todos los indios del valle de los pulares se
aliaron con los de Salta. En esa campaña Albornoz mantuvo un feroz combate contra
los de Luracatao encerrados en el fuerte de Elencot, y que un fuerte español fundado en
Atapsi fue rápidamente destruido, o sea siempre con la intervención de parcialidades
de los supuestamente “domesticados” pulares.44
Lo que más sorprende en estas consideraciones es que se crea que la relativa
inserción en el sistema colonial surge por obra y gracia del esfuerzo cuadriculador y
clasificatorio de los españoles. Giudicelli no les reconoce a los indígenas capacidad de
tomar decisiones; según la perspectiva desde la que escribe, fueron especies de
marionetas manipuladas por los agentes coloniales.
Tampoco parece muy pertinente el rol que el autor atribuye a los jesuitas, que
según la documentación que ellos mismos produjeron tuvieron escaso éxito en la misión
evangelizadora. Aunque en algunos momentos, y en el contexto discursivo de una carta
muy precisa, (cuando se trata de convencer a los vecinos de Catamarca de la
importancia de la presencia de Pedro Bohorques en el valle) los jesuitas se hayan
referido a los de Calchaquí como indos bárbaros, no todos sus informes reflejaban la
44
Antonio Larrouy, Documentos del Archivo de Indias para la Historia del Tucumán I: 1591-1700,
Buenos Aires Santuario de Nuestra Señora del Valle, vol. 3, 1923, pp.75-99.
33
Anuario IEHS 24 (2009)
45
Recordemos que los jesuitas le escriben al Provincial de la Orden y que deben justificar con muy buenas
razones los fracasos de las dos misiones de Calchaquí. Otras cartas contemporáneas ofrecen visiones
diferentes que se apartan del modelo de salvajismo, si es que se quiere reparar en ello. Cfr. “Carta Anna de
la Provincia del Paraguay, años 1653-1654”, Memoria Americana, 10, 2001, pp. 177-236. Es preciso
señalar que la actividad jesuita en el valle Calchaquí es mucho menos significativa que entre tepehuanes
y taraumaras estudiados por Giudicelli en los artículos citados. Una comparación entre ambos registros
requiere mayores precauciones.
46
Lamana contrasta con gran habilidad el discurso que llama “civilizatorio” de las crónicas españolas con
otros tipos de documentos. En las primeras se atribuye toda la agencia a los invasores pero en algunas
probanzas, por ejemplo, se refleja la acción decisiva de los indígenas en acciones y acontecimientos que
había sido ignorados o silenciados en las crónicas. Gonzalo Lamana, Domination without dominante…, op.
cit.
34
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
47
Pablo Pastells, Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay (Argentina, Paraguay,
Uruguay, Perú, Bolivia y Brasil) según los documentos originales del Archivo General de Indias,
Madrid, 1912.
48
Ana María Lorandi, “La frontera oriental…”, op. cit.
49
En esta línea de desaciertos, Giudicelli, afirma taxativamente que si alguien hablaba quechua era “señal
de un contacto regular con los españoles”, de lo cual puede inferirse que todos los españoles hablaban
quechua: se trata de un gran descubrimiento que debería ser patentado. Por suerte aclara que se refiere a los
españoles que estaban en las minas de Potosí, salvo que en esa zona predominaba el aymara. Pensamos que
esto requiere un análisis más detenido –Guidicelli reduce su complejidad de manera temeraria- en el que
debiera considerarse la presencia de mitimaes, de procesos de quechuización de las poblaciones locales
(¿por qué pensar que sólo los mitimaes hablaban quechua?) mucho más que en las intermitentes actividades
evangelizadoras durante la primera etapa y en el conocimiento que algunos españoles pudieron tener del
quechua.
35
Anuario IEHS 24 (2009)
Comentarios finales
50
El equipo binacional cuenta con una vasta producción fechada entre 1990 y 2007 que no podemos citar
por razones de espacio.
51
Williams, información personal, 2009.
52
La muestra de “apellidos” tomados al azar de padrones diversos –y épocas distintas– no confirma ni niega
las posibles diferencias culturales entre calchaquíes y pulares, ni predica respecto de los idiomas que los
nativos hablaban. El autor debería tener en cuenta que la antroponimia nativa no es un “dato de la realidad”
sino un conjunto de términos de clasificación creados para un mejor control de la población y que se
registraron al momento del bautismo y en los primeros padrones. Cfr. Ximena Medinacelli, “Nombres
personales: ¿un objeto o un instrumento de análisis?”, Revista de la Coordinadora de Historia, nº2, pp.
47-64, La Paz, 1998 y ¿Nombres o apellidos? El sistema nominativo aymara. Sacaca. Siglo XVII, La
Paz. Instituto de Estudios Bolivianos/IFEA, 2003; Roxana Boixadós, “Recreando un mundo perdido. Los
pueblos de indios del valle de Famatina a través de la visita de 1666”, Población & Sociedad, 14/15,
Fundación Yocavil, Universidad Nacional de Tucumán, 2008.
36
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38
diaguitas del sur, integrados a las jurisdicciones de La Rioja y Londres que habían sido
efectivamente dominados y sometidos al régimen de encomienda. Sin embargo, la
dinámica de esa particular frontera interna, en la que los grupos valliserranos se
encontraban acorralados no supuso una conexión o vínculo semejante al que la línea de
trabajo sobre la “lógica mestiza” ha delineado para las sociedades de otros contextos
fronterizos. Las sociedades del NOA tenían un estrecho vínculo con los territorios que
habitaban –lo que no significa que vivieran presos en ellos– y fue el control sobre esos
territorios lo que defendieron de manera tenaz y mediante muy diversas estrategias.
Nuestro enfoque estuvo próximo a lo que Stern brillantemente definió después como
procesos de “adaptación en resistencia”, marco en el que la etnicidad juega un rol
central que articula la agencia nativa con la implementación de estrategias en contextos
de contacto, conquista o dominación efectiva.53
Si tuviéramos que rehacer nuestro trabajo, posiblemente profundizaríamos
algunas interpretaciones y matizaríamos otras, pero no cambiaríamos el enfoque y la
postura política que asumimos frente al diseño de la investigación. Seguramente, nos
propondríamos objetivos de más corto alcance, fragmentando una investigación que
resultó demasiado abarcativa y ambiciosa (“pecado” a cuya tentación también ha
sucumbido Giudicelli). Pero es claro que no tomaríamos el modelo empleado por
Giudicelli, en el que las identidades se difuminan, la etnicidad es una mera atribución
de los españoles y los grupos nativos, a pesar del énfasis colocado en su agentividad,
terminan siendo manipulados, clasificados, encasillados por los conquistadores. Estos
a su vez son presentados como miembros de un bloque cultural e ideológicamente
homogéneo que operan del mismo modo en cualquier contexto (y etapa) y al que
responden de manera despersonalizada como agentes de un estado monolítico. Aunque
el modelo de lógica mestiza ha mostrado ser una herramienta útil para analizar distintos
contextos de colonización o de fronteras, pensamos que en este caso su efectividad aún
debe ser demostrada.54 Sostenemos que las identidades de los grupos valliserranos
fueron históricamente construidas y que en el marco de la formación de una frontera
interna los cambios fueron los que les permitieron contener el avance español, adaptarse
a algunas de sus imposiciones, resistiéndose a demandas coactivas que sabían ya habían
alcanzado a grupos vecinos.
Según Giudicelli, que nos atribuye una visión inmovilista sobre las identidades
nativas producto de una interpretación artera de nuestro texto, “no se puede sostener
seriamente que mantenían una identidad que no tuviera en cuenta las coordenadas
coloniales. Muy al contrario, la agresión occidental fue también para las sociedades
indígenas de la región un acervo de cambio –de renovación– cultural importante” (p.
172). Por supuesto, no podían estar ajenos a las presiones de los conquistadores, pero
53
Steve Stern, “Nuevas aproximaciones al estudio de la conciencia y las rebeliones campesinas: las
implicancias de la experiencia andina”, en S. Stern, Resistencia, Rebelión y Conciencia Campesina en
los Andes, Lima, IEP, 1987, pp. 25-44.
54
Son muchos los ejemplos; cfr. Judith Farberman y Silvia Ratto (comps), Historias mestizas.
Trayectorias de indios, criollos y españoles en el Tucumán colonial y las pampas, Buenos Aires, Biblos,
2009.
37
Anuario IEHS 24 (2009)
38
ARTÍCULOS
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68
Vanesa E. Teitelbaum1
Resumen
En consonancia con el incremento de la protesta obrera, los asuntos vinculados con las condiciones de vida
y de trabajo en Tucumán cobraron mayor relevancia en las discusiones de funcionarios del Estado, médicos
higienistas, dirigentes políticos, religiosos y gremiales que abogaban por elevar el nivel de vida de los
trabajadores. Dentro de estas propuestas ocupó un lugar destacado la prédica higienista que adquirió
relevancia hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX y fue considerada la voz autorizada para
diagnosticar y proponer iniciativas relativas a mejorar la salud de la población trabajadora, especialmente
de las mujeres y los niños. Esta preocupación se combinaba con el interés por atender aspectos relacionados
con las condiciones de higiene y salubridad de los obreros en los hogares, las fábricas y demás espacios
laborales, tema que concitó el interés no sólo de los higienistas sino también de otros actores destacados
en la época, como la prensa que proyectó y difundió una sostenida campaña a favor de la construcción de
casas “higiénicas” para trabajadores.
Abstract
In line with an increase in the number of protests by workers, matters related to living and working
conditions in Tucumán became increasingly more relevant in discussions by government officials, hygienist
doctors, political, religious, and union leaders who advocated to improve worker’s standards of living.
Among these proposals, the hygienist doctors’ discourse that became relevant towards the end of the XIX
century and the beginnings of the XX century took central stage and was considered to be the authorized
voice to diagnose and propose initiatives related to improving the health of the working population,
especially of women and children. This concern was combined with an interest in addressing issues related
to workers’ hygiene and healthiness in factories and other work areas, an issue that aroused the interest not
only of the hygienists but also of other prominent actors in the period, such as the Press, who portrayed and
spread a sustained campaign in favor of the construction of “hygienic” houses for workers.
Introducción
1
Instituto Superior de Estudios Sociales, CONICET-UNT. San Lorenzo 429, (4000) San Miguel de
Tucumán, Argentina. Correo electrónico: vteitel@[Link]
41
Anuario IEHS 24 (2009)
2
Los estudios sobre la cuestión social en Argentina demostraron su importancia como un campo de análisis
fértil y significativo para la comprensión de los procesos políticos y sociales a nivel nacional, regional y
local. En esa dirección, se destacan los trabajos de Juan Suriano, “Introducción: una aproximación a la
definición de la cuestión social en Argentina”, en Juan Suriano (comp.), La cuestión social en Argentina,
1870-1943, Buenos Aires, La Colmena, 2000; obra que reúne además otros artículos importantes sobre el
tema para distintas provincias argentinas. Aportes teóricos para el estudio de la cuestión social en Pierre
Rosanvallón, La nueva cuestión social. Repensar el Estado providencia, Buenos Aires, Manantial, 1995
y Robert Castel, La metamorfosis de la cuestión social, Buenos Aires, Paidós, 1997.
3
En tal sentido, el trabajo esencial es el de María Celia Bravo, “Liberales, Socialistas, Iglesia y Patrones
frente a la situación de los Trabajadores en Tucumán (1880-1910)”, en Juan Suriano (comp.), op. cit., pp.
31-61, en el cual la autora analiza el surgimiento de la cuestión social en Tucumán, estrechamente vinculada
con el desarrollo de la huelga azucarera de 1904, y explora las distintas respuestas asumidas por los sectores
reformistas que buscaban mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y disminuir la conflictividad
social.
4
Este desarrollo industrial desplazó actividades de corte artesanal, ganadero y agrícola hacia la producción
mayoritaria de un cultivo: la caña de azúcar. De acuerdo con la magnitud que adquirió la producción
azucarera en la provincia, sobre todo desde 1880, la mayoría de los trabajos sobre Tucumán se abocó al
análisis de esta agro-industria, dando lugar a un conjunto de investigaciones novedosas y relevantes. En
especial, Donna Guy, Política azucarera argentina: Tucumán y la generación del 80, Tucumán,
Fundación Banco Comercial del Norte, 1981; Noemí Girbal De Blacha, “Estado, modernización azucarera
y comportamiento empresario en la Argentina, 1876-1914”, en Daniel Campi (comp.), Estudios sobre la
historia de la industria azucarera argentina, Jujuy, UNT-UNJU, 1991; María Celia Bravo, Sectores
cañeros y política, Tesis doctoral inédita, Facultad de Filosofía y letras, Tucumán, 2001 y Daniel Campi,
Azúcar y trabajo. Coacción y mercado laboral. Tucumán, 1856-1896, tesis doctoral inédita, Universidad
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43
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moralizadora y liberal que los había mantenido distantes de estos tópicos,9 fue
abriéndose paso una mirada que clamaba por un papel más activo de las autoridades en
este terreno.10 Así, funcionarios del Estado, profesionales, como médicos higienistas,
dirigentes políticos, religiosos y gremiales discutieron y plantearon proyectos para
contrarrestar los problemas más acuciantes que enfrentaba la población y elevar el nivel
de vida de los trabajadores.
Dentro de estas propuestas formuladas con distinto grado de intensidad y desde
posiciones e intereses disímiles, procuraré en esta contribución analizar la prédica
higienista que adquirió relevancia hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX y fue
considerada la voz autorizada para diagnosticar y proponer iniciativas relativas a
mejorar la salud de la población trabajadora, especialmente de las mujeres y los niños.
Esta preocupación se combinaba con el interés por atender aspectos relacionados con
las condiciones de higiene y salubridad de los obreros en los hogares, las fábricas y
demás espacios laborales; tema que concitó el interés no sólo de los higienistas sino
también de otros actores destacados en la época, como los gobernantes y,
especialmente, la prensa que proyectó y difundió una sostenida campaña a favor de la
construcción de casas “higiénicas” para trabajadores.
Este trabajo me permitirá, entonces, explorar el papel que considero clave
desempeñado por el higienismo en la conformación de las primeras medidas de política
social en Tucumán en los años del tránsito entre dos siglos.11 Si bien se trata de una
problemática parcialmente transitada por la historiografía nacional y provincial, hasta
9
El predominio de la visión liberal que suponía la política social sin la participación del estado o que sólo
admitía su intervención mediante políticas de control y reglamentación, y la estructuración del mundo del
trabajo mediante un sistema de obligaciones y tutelas morales destinado a los trabajadores a través del
patronato filantrópico, en tanto éstos eran visualizados como menores de edad, individuos irresponsables
e incapaces de resolver sus problemas básicos de subsistencia en Juan Suriano, “La cuestión social y el
complejo proceso de construcción inicial de las políticas sociales en la Argentina moderna” en Ciclos en
la historia, la economía y la sociedad, Año XI, Vol. XI, N° 21, 1er. Semestre de 2001, Buenos Aires, pp.
127-128; las percepciones sobre los trabajadores en Tucumán en María Celia Bravo, 2000, op. cit.
10
La inflexión producida en el discurso social en Tucumán en ese periodo es explorada por Daniel Campi,
quien analiza las miradas de intelectuales que se pronunciaron, no sin contradicciones, por un papel más
activo del Estado en el terreno laboral. En tal sentido, sugiere el autor, comenzaron a vislumbrarse agudas
críticas a las condiciones de existencia de los trabajadores y propuestas que establecían un papel del Estado
muy diferente al de mero regimentador de los trabajadores que desempeñaba hasta entonces. Daniel Campi,
“Julio P. Ávila: Medios prácticos para mejorar la situación de las clases obreras, 1892”, Comentario,
Estudios del Trabajo, Nº 30, Julio-diciembre, 2005, pp. 123-146 y Daniel Campi, “Bialet-Massé y los
trabajadores tucumanos del azúcar” en Marcelo Lagos, María Silvia Fleitas y María Teresa Bovi (comps.),
A cien años del informe de Bialet Massé, Unidad de Investigación en Historia Regional, Universidad
Nacional de Jujuy, 2004.
11
Seguimos la definición de Suriano, quien con un propósito aproximativo, define las políticas sociales
como “mecanismos de integración” que abarcan desde las cuestiones concernientes al mundo del trabajo,
y la seguridad social, como aquellas que se refieren a temas vinculados a la educación, la salud pública y
el desarrollo y mejoramiento urbano. Juan Suriano, “Los historiadores y el proceso de construcción del
estado social”, en Julián Bertranou, Juan Manuel Palacio y Gerardo M. Serrano, En el país del no me
acuerdo (Des)memoria institucional e historia de la política social en la Argentina, Buenos Aires,
Prometeo, 2004, pp. 33-34.
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ahora no se han realizado estudios que aborden esta temática desde los dos vértices de
análisis enunciados: en primer lugar, la situación de las mujeres trabajadoras y sus hijos,
que llevó a los médicos higienistas a contemplar el problema de la maternidad en los
sectores populares y, en segundo término, los proyectos de vivienda obrera, en
particular de la prensa que alcanzó un lugar relevante como promotora de un discurso
que recogió y adaptó los postulados de la salud y la higiene para demandar respuestas
por parte del Estado para resolver el problema de las habitaciones populares.12 Pero
antes será necesario repasar, aunque sea muy brevemente, el ascenso del higienismo en
el escenario público nacional y provincial.
12
La importancia de la prensa en “la enunciación y puesta en locución de la cuestión social”, así como la
llamativa y prácticamente absoluta ausencia de trabajos históricos sobre el tema, ha sido señalada por Juan
Suriano, 2004, op. cit, pp. 43-44. Dentro de los escasos aportes que abordan esta problemática, nos
apoyamos especialmente en los de Agustina Prieto, “Rosario, 1904: cuestión social, política y multitudes
obreras”, Estudios Sociales, Año X, N° 19, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fé, 2000, pp. 105-110
y, de la misma autora, “Usos de la ‘cuestión obrera’. Rosario, 1901-1910”, en Juan Suriano (comp.), op.
cit, pp. 63-87.
13
Eduardo Zimmermann, Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina 1890-1916,
Sudamericana, Buenos Aires, Universidad de San Andrés, 1995 y María José Billorou, “Esta sociedad ha
llegado en un momento oportuno: nació aunando pensamiento y ejecución. La creación de la Sociedad de
Puericultura de Buenos Aires”, en Adriana Álvarez, Irene Molinari y Diego Reynoso (edit.), op. cit, pp.
187-207.
14
Gregorio Aráoz Alfaro, El libro de las madres. Manual práctico de higiene del niño, con indicaciones
sobre el embarazo, parto y tratamiento de los accidentes, Buenos Aires, Cabaut y Cia. Editores, 1929,
p. 11.
15
Véase al respecto los comentarios del diario El Orden, de Tucumán, que informaba, además, sobre las
actuaciones de este médico, especializado en “el estudio de las enfermedades de la infancia y el socorro de
la niñez desvalida” y estudioso también de los efectos de la tuberculosis en los niños; anunciaba sus visitas
a Tucumán, en donde impartía servicios profesionales desde su consultorio, y se sumaba a los elogios de
revistas bonaerenses, como “PBT” y “Caras y Caretas”, que lo retrataban como “uno de los primeros
hombres de ciencia del país, a la par que un filántropo digno del más sincero aplauso público. Algunos
ejemplos en, “La profilaxia”, El Orden, 22/06/1900 y “Dr. Gregorio Aráoz Alfaro”, El Orden, 19/12/1904.
45
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16
Marcela Nari, “Transición demográfica, prácticas contracepcionales y discurso médico. Buenos Aires,
1890-1940, V Jornadas Interescuelas/ Departamentos de Historia, Montevideo, 1995 y Vanesa
Teitelbaum, “La prédica higienista en la construcción de una imagen de la maternidad en Tucumán,
Argentina a fines del siglo XIX”, Papeles de Población, N° 16, 1998, pp. 185-200, México. Dentro de estas
influencias, Ricardo González Leandri señala que “el higienismo argentino adoptó gran parte de sus pautas
institucionales del modelo francés que asociaba el control higiénico con la figura del médico” y se
diferenció de otras experiencias nacionales, en especial las de Gran Bretaña y Estados Unidos, “en donde
el movimiento higienista y la higiene como disciplina e instrumentos de gobierno adquirieron un carácter
bastante independiente de la Medicina”. Como sostiene este autor, en tanto la higiene se definía vagamente
“como todas las acciones que se ejercían sobre la salud, una amplia gama de agentes sociales, filántropos,
políticos, periodistas, químicos, farmacéuticos y médicos opinaban sobre ella con igual grado de autoridad”,
pero desde una perspectiva a largo plazo se reveló la “estrecha ligazón de la ‘higiene’ con la figura del
médico o al menos de un sector de los médicos”. En esa dirección, explica sugerentemente cómo en
Argentina “el proceso de construcción histórica de “la higiene” fue paralelo al mismo proceso de
profesionalización médica” y muestra, a su vez, cómo el problema de las epidemias fue el detonante para
una mayor delimitación y posicionamiento del higienismo como tópico fundamental en la agenda del
Estado. Ricardo González Leandri, “Notas acerca de la profesionalización médica en Buenos aires durante
la segunda mitad del siglo XIX”, en Juan Suriano (comp.), op. cit., pp. 222-228.
17
Eduardo Zimmermann, op. cit. p. 102.
18
Véase al respecto, el discurso de Eduardo Wilde en 1877, citado en Diego Armus, “El descubrimiento
de la enfermedad como problema social”, en Mirta Lobato (dir.), Nueva Historia Argentina. El progreso,
la modernización y sus límites (1880-1916), Tomo V, Buenos Aires, Sudamericana, 2000, pp. 512-513.
19
Además, Armus explica cómo en consonancia con la conformación de la profesión médica y de algunas
agencias administrativas del Estado, la higiene quedó asociada fuertemente con los médicos, Diego Armus,
op. cit., pp. 512 y 516; sobre la estrecha relación entre higiene y medicina, véase también supra nota 16.
Por su parte, Susana Belmartino señala sugerentemente cómo a fines del siglo XIX y comienzos del XX,
los médicos gozaban “del prestigio y reconocimiento social que en la época se brindaba a los miembros de
las escasas profesiones reconocidas” y se “autoinstituyeron” como “las únicas voces autorizadas para
abordar los problemas relativos a la salud, la enfermedad, su prevención, su cura”, Susana Belmartino, La
46
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conformando una agenda de temas y áreas de incumbencia que varió con el tiempo, en
función de las transformaciones sociales, demográficas, culturales y políticas que se
desarrollaban en el país. En esa línea, el autor distingue dos grandes etapas: la primera,
durante las décadas de 1870 y 1880, signada por el afán de impulsar la construcción de
redes cloacales y de agua potable para combatir los brotes epidémicos; y la segunda,
hacia los años de 1920, cuando la prédica higienista se orientó a conformar un tejido de
instituciones de asistencia, prevención y contención social ante los desajustes
aparejados por el proyecto modernizador.20
Dentro de este marco general, y siguiendo a Armus, podemos decir que fue
durante los años del entresiglo, en el contexto del “acelerado crecimiento urbano del
litoral”, cuando la higiene se instaló con éxito en la sociedad argentina al identificarse
“con los avances de la bacteriología moderna, el desarrollo de la estadística como
disciplina, la consolidación de instituciones estatales con agendas específicamente
abocadas a las cuestiones de salud pública, la creciente presencia de la profesión médica
en la sociedad y el Estado y las conferencias internacionales empeñadas en dar una
respuesta coordinada frente a la rápida propagación de las epidemias”.21 Para el caso
específico de Tucumán, desde el último cuarto del siglo XIX se observa también el
desarrollo e implementación de medidas dirigidas a conseguir mayor salubridad e
higiene, y fue a mediados de la década de 1890 y al despuntar la siguiente, cuando se
evidenció más claramente la impronta del higienismo, en consonancia con los procesos
de profesionalización e institucionalización de la salud.22 En ese contexto, los médicos
atención médica argentina en el siglo XX. Instituciones y procesos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, pp.
45-46). Aunque excede al tema de este trabajo, es importante mencionar, por otro lado, el análisis de
Ricardo Salvatore de los criminólogos positivistas, quienes instalaron “en el centro de las visiones de clase
de la Argentina de principios de siglo, una forma de concebir los problemas sociales con resorte al léxico,
convenciones y ansiedades de las ciencias médicas”, Ricardo Salvatore, “Criminología positivista, reforma
de prisiones y la cuestión social/obrera en Argentina”, en Juan Suriano (comp.), op. cit., p. 157.
20
Como propone Armus, este desplazamiento en el foco de atención de los higienistas respondía en gran
medida a los avances logrados en el control de las epidemias con la construcción de obras de salubridad que
trajo aparejado la disminución en los índices de mortalidad. En ese contexto, la prédica de la higiene
destacó más el problema de los efectos de la industrialización y pauperización que alentaban la necesidad
de conformar redes de asistencia. Estos cambios de énfasis no fueron, como bien lo señala el autor,
privativos de Buenos Aires y las principales provincias del litoral; con distinta magnitud, se evidenciaron
también en las del interior, en donde el accionar de los higienistas en las dependencias del Estado fue clave
para modificar inercias y tomar medidas ante los asuntos de higiene pública, Diego Armus, “Consenso,
conflicto y liderazgo en la lucha contra la tuberculosis, Buenos Aires, 1870-1950”, en Juan Suriano (comp.),
op. cit., pp. 193-194.
21
Diego Armus, “El descubrimiento de la enfermedad como problema social”, en Mirta Lobato (dir.), op.
cit., p. 514.
22
En ese periodo, se crearon dos reparticiones claves: en 1900, se estableció el Consejo de Higiene, con
facultades más amplias, dirigidas a un mayor control de la profesión médica, reglamentación y
centralización de la salud (en comparación con el Consejo de Higiene Pública de 1887 al cual sustituyó)
y en 1902 se conformó la Administración Sanitaria y Asistencia Pública. A su vez, el apoyo estatal a través
de reglamentaciones específicas, la participación de los médicos en las instituciones de salud y en los
elencos gobernantes, la legitimación obtenida en las actuaciones ante las epidemias, la formación de una
asociación médica y la expresión de sus saberes en la prensa contribuyó a afianzar el poder médico. María
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Estela Fernández, 2005, op. cit y María Estela Fernández y María Paula Parolo, “Controles, manifestaciones
y límites del “arte de curar” en Tucumán durante el siglo XIX”,en Adrián Carbonetti y Ricardo González
Leandri (edits.), Historias de salud y enfermedad en América Latina, Universidad Nacional de Córdoba,
Centro de Estudios Avanzados, Córdoba, 2008, pp. 95-113.
23
En esa dirección, no está de más anotar los comentarios de Héctor Recalde, La higiene y el trabajo,
Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988, pp. 17-18 sobre cómo el de los higienistas fue el
primer reclamo en Argentina por la protección legal de las mujeres y niños empleados en la industria, tal
como se reflejó en las lecciones del Curso de Higiene Pública impartidas por Eduardo Wilde, en 1877. Las
distintas posturas que asumieron después los funcionarios del Estado, grupos políticos, gremiales y
religiosos, así como las diversas iniciativas legislativas propuestas en torno al tema del trabajo femenino
y de los menores son examinados por Matilde Mercado, La primera ley de trabajo femenino. “La mujer
obrera” (1890-1910), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988. Análisis recientes y
fundamentales sobre esta problemática, que abarcan, además, el papel de los médicos, ahondan en las
relaciones e implicancias de la maternidad en el desarrollo de las leyes laborales de la mujer y los niños y
examinan las discusiones que generó el problema del trabajo femenino y la crianza de los hijos son los de
Marcela Nari, “La mujer obrera entre la maternidad y el trabajo, Buenos Aires, 1890-1940”, Informe de
Avance de Beca Graduados Perfeccionamiento, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos
Aires, 1995 y Marcela Nari, Políticas de maternidad y maternalismo político, Buenos Aires, Biblos, 2004,
y los de Mirta Lobato “Entre la protección y la exclusión: Discurso maternal y protección de la mujer
obrera, Argentina 1890-1934”, en Juan Suriano (comp.), [Link]., pp. 245-275; Mirta Lobato, “El Estado y
el trabajo femenino: el Departamento Nacional del Trabajo”, en Juan Suriano y Daniel Lvovich (edits.), Las
políticas sociales en perspectiva histórica, Buenos Aires, Universidad Nacional de General Sarmiento,
Prometeo Libros, 2005, pp. 27-45 y Mirta Lobato, Historia de las trabajadoras en la Argentina (1896-
1960), Buenos Aires, Edhasa, 2007.
24
María Estela Fernández, 2004, op. cit.
25
Diego Armus, La ciudad impura. Salud, tuberculosis y cultura en Buenos Aires, 1870-1950, Buenos
Aires, Edhasa, 2007.
48
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26
De acuerdo con las teorías miasmáticas, los médicos higienistas insistían en la necesidad de purificar el
agua, Adriana Álvarez, “El reinado y el control de las endemias en la ciudad de Buenos Aires de fines del
siglo XIX y principios del siglo XX”, en Adriana Álvarez, Irene Molinari y Diego Reynoso (edit.), op. cit.,
pp. 15-46. Entendiendo que de la calidad y abundancia de las aguas limpias dependía la salubridad de la
población, se buscaba establecer el curso fácil y la limpieza de los sistemas de caños y albañales que
llevaran las sustancias orgánicas factibles de descomponerse y por lo tanto constituirse en foco de
infecciones por el desprendimiento de las miasmas. Marcela Dávalos, “La salud, el agua y los habitantes
de la ciudad de México. Fines del siglo XVIII y principios del XIX, pp. 279-302, en Regina Hernández
Franyuti (comp.), La ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX, tomo II, México, Instituto Dr.
José María Luis Mora, 1994, pp.282-300.
27
María Estela Fernández, 2004, op. cit.
28
Al comienzo de la sección anterior nos referimos a Aráoz Alfaro. Eliseo Cantón fue un médico y político
de destacada trayectoria: practicante menor en el Hospital español y activo dirigente de la Asociación
española; se desempeñó como profesor universitario e investigador -estudió y publicó obras sobre el
paludismo- y fue diputado provincial y nacional. Alejandra Landaburu, “Organizaciones de la sociedad civil
en Tucumán a fines del siglo XIX y comienzos del XX: las sociedades mutuales” en La Generación del
Centenario y su proyecto en el Noroeste Argentino (1900-1950). Actas de las VI Jornadas realizadas en
San Miguel de Tucumán, Fundación Miguel Lillo, Centro Cultural Alberto Rougés, Tucumán, 2006, pp.
279 y 285 y Fernández 2004, op. cit.
49
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del cuerpo y de la salud. Por lo tanto, instaban a las progenitoras a instruirse en los
preceptos de la ciencia moderna, en particular de la higiene y la puericultura, esgrimidas
como herramientas científicas claves para fomentar la educación y el crecimiento
saludable en los niños. A su vez, proponían la conformación de un tejido institucional
de leyes y ámbitos propicios para garantizar el cuidado de la prole en el caso de las
madres trabajadoras, labor que requería de la colaboración de las sociedades de
beneficencia, agrupaciones religiosas y el Estado.
Los médicos higienistas abogaron entonces por el establecimiento de medidas
protectoras del trabajo femenino, en particular, leyes de descanso antes y después del
parto, asistencia médica a madres e hijos y creación de instituciones como guarderías
y cantinas maternales.29 Estas últimas, según afirmaba uno de los principales exponentes
del higienismo argentino, Emilio Coni, cumplirían un importante rol en la sociedad al
fomentar una población sana, previniendo las enfermedades de los recién nacidos y sus
progenitoras con alimentos higiénicos.30 En especial, se buscaba difundir la lactancia
materna, que acompañada por “cuidados propios de la ternura materna”, podría
disminuir los porcentajes de mortalidad infantil en el primer año de vida, ayudaría al
desarrollo del amor maternal, alejando a las mujeres de conductas “inmorales” y
evitando además actos delictivos sumamente graves, como el abandono, el aborto y el
infanticidio. 1 3
Los médicos explicaban las causas que llevaban a las madres a abandonar a su
prole, o fomentaban el “aborto criminal” y el “parto prematuro” por la ignorancia, la
pobreza y el deseo de salvar al honor que, sostenían, afectaban principalmente a las
mujeres pobres y en especial solteras. Por esa vía, justificaban prácticas que
aparentemente cuestionaban el instinto maternal y las consideraban como “conductas
desviadas” o “males sociales”, productos de la miseria y el desamparo en que vivían las
progenitoras humildes. Con el propósito de revertir estos comportamientos negativos
en algunas mujeres y para contrarrestar los efectos de la mortalidad infantil que, según
los médicos, provenían en gran medida de la falta de conocimientos de las madres,
escribieron sus indicaciones en torno a los cuidados apropiados que se debía dispensar
al niño –dentro de los cuales ocupaba un lugar primordial la alimentación con leche
materna– y exhortaron a las autoridades a legislar y apoyar instituciones específicas
para la protección de la mujer y de sus hijos.
La preocupación por el crecimiento y educación de los niños, en tanto futuros
ciudadanos y trabajadores del Estado, estaba presente en estas consideraciones de los
médicos higienistas, quienes fundaban sus discursos en propósitos “humanitarios y
patrióticos”. En esa tónica, exhortaban a las madres a instruirse, dirigidas por el médico,
en todos los cuidados y reglas a seguir durante el embarazo y el parto y, de esa manera,
29
Eliseo Cantón, Protección a la madre y al hijo: puericultura intra y extra-uterina. Profilaxia del
aborto, parto prematuro, abandono e infanticidio. Maternidad –Refugio, Buenos Aires, 1913, pp. 36-38
y Aráoz Alfaro, op. cit., p. 11.
30
Emilio R. Coni, Asistencia y previsión social. Buenos Aires caritativo y previsor, Buenos Aires,
Imprenta de Emilio Spinelli Editor, 1918, pp. 251-252.
31
Eliseo Cantón, op. cit., pp. 65-66.
50
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poder cumplir su rol esencial y brindar los “gérmenes sanos y vivaces de que la escuela
y el Estado sacarán más tarde el hombre fuerte de físico, sano de alma, flexible y abierto
de inteligencia”. A su vez, los poderes públicos debían asumir la tarea de estimular el
“sentimiento maternal”, de acuerdo con las necesidades políticas de “formar una
población sana y robusta, capaz de labrar la grandeza de la nación”.32
Mejorar la moral de las mujeres, en su mayoría solteras y, por lo tanto
consideradas incapaces de ostentar conductas decentes, formó parte también de los
objetivos higienistas.33 Así, por ejemplo, para Cantón las maternidades-refugio
funcionarían al mismo tiempo como institutos de puericultura y como verdaderas
escuelas de moral y buenas costumbres, ya que permitirían la “regeneración” de
conductas viciosas, el estímulo de hábitos de trabajo e, incluso, alimentarían el ideal de
fomentar el matrimonio entre estas mujeres, garantizando de esa manera una maternidad
enmarcada en la legitimidad. De la misma postura fue Paulino Rodríguez Marquina,
quien defendía la creación de inclusas en Tucumán, al concebirlas como un canal
provisorio que permitiría a las madres en un futuro arrepentirse y luego de casarse
darles un apellido a sus hijos.34
Alarmado por los elevados índices de ilegitimidad y de mortalidad infantil en
la provincia, Rodríguez Marquina, un inmigrante español residente en Tucumán desde
1882, periodista, concejal municipal y, más tarde, director de la Oficina de Estadística
de la Provincia y de los famosos Anuarios, editados desde 1895 por esta repartición,35
escribió un conocido libro en la época: La mortalidad infantil en Tucumán.36 Allí,
32
Gregorio Aráoz Alfaro, op. cit. y Cantón, op. cit. Véase el trabajo de Alejandra Rodríguez de Anca,
“Apuntes para el análisis de las relaciones entre discurso médico y educación (1900-1930)”, en María Silvia
Di Lisia y Graciela Salto (eds.), Higienismo, educación y discurso en la Argentina (1870-1940), Santa
Rosa, La Pampa, Editorial de la Universidad Nacional de la Pampa, 2004, pp. 15-35, sobre la importancia
de los niños en tanto “futuros ciudadanos” y la concepción de la higiene como un “mandato” y, por lo tanto,
con fuertes connotaciones morales. Por otro lado, interesa apuntar que en la época bajo estudio hubo
también una gran preocupación por preservar el “espíritu nacional”, fomentando el patriotismo desde el
plano educativo. Al respecto, Ricardo Rojas, La Restauración Nacionalista, Buenos Aires, Talleres
Gráficos de la Penitenciaria Nacional, 1909.
33
Las connotaciones morales del higienismo no fueron de ningún modo un rasgo privativo de Argentina.
A modo de ejemplo, se puede consultar el estudio de Verena Radkau sobre la relación entre los médicos
y las mujeres, a partir de la prensa médica mexicana del siglo XIX, en donde la autora sostiene que los
primeros extendieron su campo de acción bastante más allá de la restitución de salud en un paciente,
convencidos de su misión social y del potencial disciplinario de sus métodos que podían desplegarse en
cuestiones morales, legales y políticas. Verena Radkau,, “Los médicos (se) crean una imagen: Mujeres y
médicos en la prensa médica mexicana del siglo XIX”, en Pilar Gonzalbo (ed.), Género, familia y
mentalidades en América Latina, Puerto Rico, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1997, p. 152.
34
Eliseo Cantón, op. cit., pp. 80-81 y Paulino Rodríguez Marquina, La mortalidad infantil en Tucumán,
Talleres de La Provincia, 1899. Combatir la ilegitimidad favoreciendo el matrimonio también fue una
medida contemplada por Coni en sus indicaciones sobre los deberes del Patronato de la Infancia, creado
por decreto municipal en 1890 en Buenos Aires, Emilio R. Coni, Memorias de un médico higienista,
Biblioteca Médica Argentina, tomo 1, Buenos Aires, Talleres Gráficos Floiban, 1918.
35
Irene Saltor, op. cit. y Daniel Campi, 2004, op. cit.
36
Como señala Daniel Campi, 2004, op. cit., esta obra sirvió de referencia para el famoso Informe realizado
por Bialet Massé sobre los trabajadores del interior de la república.
51
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recomendó a las madres instruirse en el cuidado de sus hijos según los beneficios de la
higiene y el método en la alimentación. Sin embargo, entendía que la ignorancia en los
nuevos preceptos de la higiene y la puericultura no era el único factor que originaba los
destacados números de mortalidad infantil –4.478 menores de un año fallecidos entre
1897 y 1898–; los compromisos laborales ocasionaban en las madres obstáculos
prácticamente insalvables debido a la ausencia de ámbitos apropiados para la guarda de
los niños. En tal sentido, sostenía que el Estado, junto con las sociedades filantrópicas
y las de caridad debían encarar conjuntamente el problema de las madres trabajadoras,
promoviendo la construcción de inclusas y salas cuna.37
Estas consideraciones se completaron con las denuncias que formuló en otros
trabajos suyos, en especial en los Anuarios Estadísticos, sobre la falta de asistencia
médica y de buenas parteras en la provincia, especialmente graves en las áreas rurales.38
Lo cual me lleva a proponer que el discurso higienista trascendió en Tucumán los
espacios estrictamente médicos, manifestándose en otras reparticiones estatales, como
la Oficina de Estadísticas de la Provincia, dirigida por Rodríguez Marquina, cuyos
escritos se enmarcaron dentro de los postulados de salud pública.39
A modo de síntesis, educación, higiene y pobreza fueron algunos de los tópicos
examinados en estos análisis de profesionales y funcionarios del Estado sobre las clases
trabajadoras. Los temas no eran nuevos, pero adquirían especial vigor a la luz de la
creciente preocupación por los efectos de la industrialización y el crecimiento urbano
en las condiciones de vida de la población y, en particular, en los sectores populares.
Focalizando su atención en estos grupos sociales, los médicos e higienistas se
preocuparon especialmente por la problemática planteada por el trabajo femenino. Sus
propuestas buscaban no sólo proteger la labor de las mujeres sino también y, sobre todo,
garantizar la función social más relevante otorgada a las mismas: la maternidad. En
función de los postulados ideológicos, biológicos y morales imperantes, el propósito de
los facultativos consistía en construir una idea de la maternidad que, si bien encontraba
37
Paulino Rodríguez Marquina, op. cit; María Celia Bravo y Vanesa Teitelbaum, “Entrega de niños e
infanticidios en la construcción de una imagen de la maternidad en Tucumán (segunda mitad del siglo
XIX)”, en Centro de Estudios Históricos Interdisciplinarios sobre las Mujeres y Departamento de Historia
de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán, Temas de Mujeres.
Perspectivas de Género, San Miguel de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, UNT, 1996, pp. 81-96.
38
Paulino Rodríguez Marquina, Anuario de Estadística de la Provincia de Tucumán, correspondiente
al año 1897, Buenos Aires, Editorial Sudamericana de Billetes de Banco, 1898 y Paulino Rodríguez
Marquina “La mortalidad infantil en Tucumán” en Boletín Laboratorio Bacteriología, 1909.
39
Esto se planteó en María Celia Bravo y Vanesa Teitelbaum, op. cit. Además, quisiera agregar que los
textos de Rodríguez Marquina, si bien no pueden ser equiparados a los de higienistas renombrados
recogían, sin embargo, algunas de sus influencias. Por ejemplo, La Mortalidad infantil… trataba temas
presentes en los libros de Coni, Cantón, Aráoz Alfaro, como la alimentación de los niños, la gimnasia, las
sociedades protectoras, e iniciaba con una carta de este último en donde afirmaba que Tucumán debía tener
“leyes y sociedades protectoras de la infancia que no se limiten a dar asilo al niño enfermo o huérfano, sino
que enseñen a los padres ignorantes a criarlos debidamente”, Paulino Rodríguez Marquina, 1899, op. cit..
Aunque es razonable suponer que el tono de este discurso pudo haber sido modificado por Rodríguez
Marquina, quien, a mi entender, mostraba un lenguaje muy diferente al de Aráoz Alfaro; los prejuicios y
descalificaciones recorrían los comentarios del primero.
52
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40
Interesa resaltar que fue en la Convención Constituyente en donde se propuso incluir un artículo que
obligaba a la legislatura a reglamentar el trabajo de la mujer y los menores en las fábricas y otros
establecimientos laborales, María Celia Bravo, 2000, op. cit.; lo cual era novedoso en el país, en la medida
que constituía la primera vez que un artículo de esta naturaleza se legislaba a nivel de la constitución
provincial. Compilación Ordenada de leyes, decretos y mensajes de la provincia de Tucumán.
Documentos seleccionados, ordenados y publicados por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral,
Tucumán, Edición Oficial. vol. XXX, 1907.
41
En 1908 se nombró una comisión de médicos para proyectar una ley de “Defensa Infantil” y para asesorar
sobre la mejor forma de proceder a la instalación en la capital de la provincia de los dispensarios de “Gotas
de leche”. Dicha comisión quedó integrada por el director del Departamento de Higiene, el Dr. Benigno E.
Vallejo, por el director de la Asistencia Pública, el Dr. Luis M. Poviña y por el director del Hospital de
Niños, el Dr. Manuel Cossio. Esta ley era resultado del informe elaborado por el Dr. Cayetano Sobrecasas,
con respecto a la misión encargada por el Poder Ejecutivo de la Provincia en marzo de 1907 para estudiar
el funcionamiento de los dispensarios de “Gotas de leche” en las distintas capitales europeas. Tras su estadía
en Europa, el Dr. Sobrecasas regresó a Tucumán y propuso la aplicación de la Ley llamada de Rousel,
vigente en Francia desde 1874; ley de defensa infantil que implicaba el establecimiento de medidas claves
para reducir la mortalidad infantil, como eran los dispensarios de “Gotas de leche” que él había visitado en
París. Compilación Ordenada de leyes, decretos y mensajes de la provincia de Tucumán, Documentos
seleccionados, ordenados y publicados por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral, Tucumán,
Edición Oficial, vol. XXXI, 1908 y vol. XXXIII, 1909. El Orden, 6/04/1908, 9/04/1908, 14/04/1908,
18/04/1908, 20/04/1908 y 21/04/1908.
53
Anuario IEHS 24 (2009)
42
Asegurando que “la higiene, en su más vasta acepción, abarca el más importante programa para los
gobiernos de nuestra provincia, donde las condiciones del clima y de su topografía y los hábitos de sus
habitantes encierran peligros gravísimos para el vigor y la salud de la raza”, el gobernador de la provincia
admitía las limitaciones en el terreno de la mortalidad infantil y la difusión de enfermedades, especialmente
extendidas entre las clases trabajadoras y prometía realizar todos los esfuerzos y sacrificios posibles para
reducir drásticamente lo que se definía como “factores retardatarios”. Compilación Ordenada de leyes,
decretos y mensajes de la provincia de Tucumán, Documentos seleccionados, ordenados y publicados
por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral, Tucumán, Edición Oficial, vol. XXXI, 1908, pp. 298-
300.
43
La asignación de recursos y la dirección de tareas administrativas y técnicas, fueron algunos de los
problemas que enfrentaron a las mujeres de la beneficencia y los profesionales de la salud que actuaban de
forma independiente o, por lo general, como funcionarios del Estado. A su vez, la prensa se hizo eco de
estos temas que traslucían las diferencias en cuanto a las percepciones y actitudes para llevar adelante las
tareas de atención a los problemas sociales. En tal sentido, no fueron escasas las ocasiones en que los
diarios, en particular “El Orden”, cuestionó al Consejo de Higiene, mientras elogiaba el accionar de la
Sociedad de Beneficencia, evidenciando por esta vía su franca oposición al gobierno de turno.
54
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68
trataba de un tema crucial que se debía atender y resolver en aras de evitar el contagio,
la inmoralidad y el desorden en una sociedad que pretendía enmarcarse en los cánones
del progreso, la civilización y la modernidad. El discurso basado en la higiene y la salud
adquiría un valor central en estas miradas que, no exentas de descalificaciones, miedos
y prejuicios sobre los grupos populares, proponían la edificación de casas para los
trabajadores. Y en esta campaña, como veremos, la prensa desempeñó un papel
protagónico.
Durante los primeros años del siglo XX, las páginas del principal periódico de
la provincia, se llenaron de alusiones a la cuestión social y obrera. La desocupación, la
extensión excesiva de la jornada laboral, los problemas generados por la inmigración,
la carestía de vida, el precio de los alquiles, el incremento de los artículos de consumo
y la explotación del trabajo en los ingenios se inscribieron en la agenda de problemas
reseñados por el diario El Orden que buscaba llamar la atención de la sociedad, los
políticos y gobernantes sobre la situación que afrontaban los trabajadores en aquellos
años de tránsito entre los dos siglos.44
Es importante situar estos discursos en un ambiente tensado por la enérgica
oposición al roquismo y a la política provincial de Lucas Córdoba, la cual tuvo su
expresión más álgida en los primeros años del novecientos con la fractura de esta fuerza
política hasta entonces hegemónica y la creación de un nuevo partido: la Unión Popular,
integrado por la mayoría de los industriales azucareros hostiles a Lucas Córdoba. La
creación de esta nueva fuerza política hacia 1902-03, contó con el apoyo de El Orden
que recrudeció sus críticas al “luquismo”,45 al tiempo que denunciaba las múltiples
manifestaciones de la cuestión social y se constituía en un actor destacado en los
itinerarios que reclamaban medidas oficiales para resolverla.
Sin embargo, las afiliaciones políticas no eran las únicas detonantes de las
quejas y reclamos de este diario que, incluso en los momentos de pacificación y
concordancia política, cuestionó el estado de la ciudad en materia de higiene y
salubridad. En efecto, hacia 1906, en un contexto que había variado sensiblemente al
44
Se examinaron todos los números de El Orden desde mediados de la década de 1890 a 1911. Este diario
fue sin duda el más importante durante la época bajo estudio. Fundado en 1883 por Ernesto Columbres, fue
el periódico de más larga vida en Tucumán (incluso aparecía en 1948, aunque muy disminuido); en sus
páginas colaboraron los más destacados periodistas tucumanos y en sus columnas se debatieron todos los
grandes problemas de la provincia. Manuel García Soriano, “El periodismo tucumano: 1817-1900. Ensayo
de investigación sobre un aspecto de la cultura de Tucumán durante el siglo XIX”, Cuadernos de
Humanitas, 38, Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, 1972, pp.
30-39.
45
Alusión directa a Lucas Córdoba, quien gobernó la provincia de 1895 a 1898 y de 1901 a 1904. Sobre
su gobierno y la ruptura del bloque hegemónico, María Celia Bravo, “Las leyes machete y la ruptura del
frente azucarero tucumano”, en Daniel Campi (comp.), op. cit. y María Celia Bravo, 2000, op. cit.
55
Anuario IEHS 24 (2009)
“El estado actual de las habitaciones de obreros produce los más tristes efectos en
cuádruple punto de vista higiénico, moral, económico y político. Todo lo que es
necesario para la vida, el aire, el sol, el espacio, falta a esos alojamientos; en cambio
poseen todo lo que es dañoso a la salud. Una atmósfera viciada por emanaciones tan
peligrosas como variadas […] Son nidos de dolor, de tisis, de tuberculosis […] las
epidemias nacen y se desarrollan como por encanto y estos miserables tugurios se
convierten en focos de infección que amenazan a la población entera. En Tucumán se
ha comprobado que la peste bubónica, el sarampión, las fiebres intestinales graves,
tienen su teatro familiar en unas cuantas manzanas del norte, donde está hacinada la
población obrera en conventillos indescriptibles. Una estadística del Dr. Bertillón
establece que los distritos de París que encierran los alojamientos más insalubres son
precisamente donde la mortalidad es más elevada. El obrero necesita más que nadie
aire puro para reparar sus fuerzas y mantener su salud lisiada, día a día, por un
trabajo largo y a veces penoso”.47
46
En esa época, y como sostiene María Celia Bravo, 2000, op. cit., p. 56, nuevos actores relacionados con
el reformismo liberal y el catolicismo social asumieron puestos de poder dentro del aparato provincial.
47
El Orden, 15/06/1906, p. 1.
56
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48
El Orden, 15/06/1906, p. 1.
49
Las condiciones insalubres, el hacinamiento y la promiscuidad en los conventillos y casas de inquilinato
son señaladas para Buenos Aires en los estudios de Leandro Gutiérrez, “Los trabajadores y sus luchas” y
Oscar Yujnovsky, “Del conventillo a la villa miseria”, en José Luis Romero y Luis Alberto Romero
(directs.), Buenos Aires; historia de cuatro siglos, tomo 2. Buenos Aires, Altamira, 2000, pp. 64-81 y 435-
447.
50
Tomo esta noción de Diego Armus, “El descubrimiento de la enfermedad como problema social”, en
Mirta Lobato (dir.), op. cit.
51
Héctor Recalde, La higiene y el trabajo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988, pp. 31-
36.
57
Anuario IEHS 24 (2009)
“Es necesario ir más allá; es preciso buscar al pobre en su alojamiento y mejorar las
condiciones higiénicas de su hogar, levantando así su vigor físico y moral, sin deprimir
su carácter y el de su familia humillándolos con la limosna. Hay muchas sociedades
filantrópicas que se ocupan de la construcción de casas para los trabajadores,
empleando cuantiosos capitales en ese objeto, asociando el espíritu filantrópico que
las guía, el aspecto comercial, en cuanto es compatible con su principal designio. [… ]
No nos lisonjeamos con la idea de que el remedio para el mal que estudiamos proceda
de la pura filantropía, ni del espíritu de asociación tan poco cultivado entre nosotros;
y nos creemos autorizados a señalar como factor principal para estos designios la
acción de la autoridad, ejercida en debida forma, a imitación de la Inglaterra y de lo
que otras naciones intentan con el mismo objeto”.52
52
Guillermo Rawson, Escritos científicos, Buenos Aires, El Ateneo, 1928.
53
Héctor Recalde, op. cit., pp.31-40.
54
Paulino Rodríguez Marquina, 1899, op. cit.
55
Emilio R. Coni, Memorias de un médico higienista, op. cit. Sobre el surgimiento de lo social, véase en
especial, Jacques Donzelot, La invención de lo social. Ensayo sobre la declinación de las pasiones
políticas, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 2007.
58
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68
56
El Orden, 27/03/1906, p. 1.
57
Al respecto, Diego Armus y Jorge Enrique Hardoy, “Conventillos, ranchos y casa propia en el mundo
urbano del novecientos”, en Diego Armus (comp.), Mundo urbano y cultura popular. Estudios de
Historia social argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, pp. 174, 182-183 y Diego Armus, 2007, op.
cit.
59
Anuario IEHS 24 (2009)
“Hemos dicho que la construcción de casas para obreros es algo que se ha hecho
necesario entre nosotros, pues si nuestra ciudad carece de grandes fábricas donde
trabajen millares de obreros, en cambio posee miles de jornaleros de todos los oficios
que, por el exiguo salario que ganan, no tienen una vivienda higiénica donde descansar
de sus tareas. Es esta una razón para que ningún capitalista en particular se interese
por la construcción de ese género de viviendas, desde que no tienen fábricas donde
trabajen centenares de obreros como en los ingenios”.58
58
El Orden, 14/04/1906, p. 1.
59
Sobre el tema de las viviendas obreras en los ingenios, véase, en particular, el trabajo de Daniel Campi,
“Los ingenios del norte; un mundo de contrastes”, en Fernando Devoto y Marta Madero, (directs.), Historia
de la vida privada en la Argentina, Tomo II, Taurus, 1999, pp. 189-221; algunas referencias para
Tucumán también en Jorge Francisco Liernur, “La construcción del país urbano”, en Mirta Lobato (dir.),
2000, op. cit., pp. 409-463.
60
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68
empresario interesado en construir 50 casas para obreros por el sistema Rossell Rius.
Este proyecto contemplaba la edificación en un primer momento y a modo de ensayo
de 10 casas. Unos meses después, la comisión respectiva de la cámara de diputados
despachó favorablemente el proyecto de ley relativo a la construcción de casas para
obreros.60
Interesa señalar que esta no era la primera vez que se presentaban desde el
gobierno propuestas en torno a la construcción de viviendas para trabajadores; ya en
1889 el entonces intendente de San Miguel de Tucumán, Padilla, había formulado su
interés en fomentar estudios para edificar casas de obreros de acuerdo con las
condiciones de higiene, aseo y comodidad necesarias y “facilitando al inquilino la
adquisición de la propiedad”. No obstante, poco se había avanzado en este terreno y,61
en tal sentido, el proyecto mencionado representaba una instancia de mayor concreción
en este aspecto. Claro está que de acuerdo con la magnitud de la urbe no podemos
exagerar su alcance real en la medida que la cantidad de viviendas no podía sin duda
cubrir el espectro de necesidades y carencias de la población trabajadora.
Mientras se proyectaban estas medidas oficiales, El Orden continuó su
“propaganda sobre la vivienda del obrero” y para ello se apoyó también en la opinión
calificada de algunos especialistas que visitaban la ciudad. Tal fue el caso, por ejemplo,
del reportaje que realizó al Dr. Barraquero, huésped de Tucumán en agosto de 1907,
quien consideraba prioritario resolver la higiene en los barrios obreros y el
abaratamiento de la vida, definidas como urgentes obras de salubridad.62 Mediante estos
discursos autorizados, recogidos en su campaña a favor de las casas para obreros, El
Orden buscaba, a mi entender, instalar el tema en la agenda de las decisiones políticas;
con ese fin, convocaba a los poderes públicos a ocuparse de “uno de los asuntos más
trascendentales” que debían llamar su atención e instaba a la sociedad en general a
interesarse y favorecer las iniciativas en materia de construcciones obreras. Siguiendo
el ejemplo de la capital del país y otras ciudades argentinas con gran población,
proponía crear casas populares que buscaban garantizar la “conservación social” y
respetar las normas de la higiene y “hasta cierto buen gusto”, sustituyendo cuanto antes
“los ranchos y los tugurios en que viven hoy hacinados millares de trabajadores [...] por
casitas modestas”. “Centenares de ranchos y de chozas ocupadas por familias que viven
en medio de la pobreza más exagerada” daban los tonos de un “espectáculo” negativo;
y este periódico se quejaba de la reticencia y lentitud de las autoridades, tanto
provinciales como municipales, para resolver el tema de la vivienda del obrero que
60
Compilación Ordenada de leyes, decretos y mensajes de la provincia de Tucumán. Documentos
seleccionados, ordenados y publicados por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral, Tucumán,
Edición Oficial, vol. XXVIII, 1906, p. 366; El Orden, 18/07/1907 y 19/11/1907.
61
Irene Saltor, op. cit. Diez años después, en 1899, se sancionó una ley por la cual se eximía del pago de
impuesto de contribución directa a las casas destinadas a obreros, las cuales debían construirse según las
normas previstas por el Departamento de Ingenieros. No obstante, ningún propietario se acogió a estos
beneficios previstos por la legislación. Boletín de la Oficina de Estadística y del Trabajo de la Provincia
de Tucumán, Nro 1, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, Buenos Aires, 1914, pp. 85-86.
62
El Orden, 12/08/1907, 13/08/1907 y 19/08/1907.
61
Anuario IEHS 24 (2009)
63
El Orden, 23/10/1907.
64
En tal sentido, resultaron esclarecedores los análisis de Suriano sobre cómo desde la misma conformación
del Estado nacional se fue gestando “el proceso de construcción del Estado social que fue horadando y
resquebrajando la concepción liberal clásica y desplazando lentamente el control de la acción social de lo
privado hacia lo público”. Con lo cual es valido afirmar -sostiene el autor- que la “ ‘democratización del
bienestar’ durante la experiencia peronista que llevó al Estado a asumir plenamente lo que hasta allí era un
espacio de tensión entre instituciones gubernamentales y privadas […] se asentó sobre un largo proceso en
el que se fue produciendo el descubrimiento paulatino de las funciones sociales que realizaban diversas
instituciones (políticas, económicas o jurídicas), y en el que se fueron implementando diversas políticas
sociales”. Juan Suriano, 2004, op. cit. p. 20.
62
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68
65
Alberto Nicolini, “Sobre la vida urbana en San Miguel de Tucumán según los datos del Censo de 1913”,
en Revista de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán, Año VIII, N° 5, Tucumán, 1993, pp. 199-
207.
66
Compilación Ordenada de leyes, decretos y mensajes de la provincia de Tucumán. Documentos
seleccionados, ordenados y publicados por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral, Tucumán,
Edición Oficial, 1908 y 1909. El Orden, 21/03/1909.
67
El Orden, 02/06/1909.
63
Anuario IEHS 24 (2009)
68
El Orden, 11/01/1910, 12/01/1910.
69
El Orden, 15/01/1910.
70
Como propone Suriano, cuando el conflicto obrero se convirtió en conflicto social al comenzar el siglo
XX, debido al incremento de los reclamos laborales y su consiguiente aumento en los niveles de
sindicalización, politización e ideologización, “la cuestión social se hizo plenamente visible y se transformó
en una cuestión de Estado y se impulsó su participación directa para hallar soluciones a los problemas
sociales”. Fue el estallido del conflicto social y, especialmente, “la perturbadora presencia del anarquismo”
el que aceleró el proceso de recurrir y convocar al estado para resolver los diversos aspectos de la cuestión
social. Juan Suriano, 2000, op. cit, pp. 5 y 19-20.
64
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68
71
El trabajo fundamental sobre esta huelga es el de María Celia Bravo, 2000, op. cit. El desarrollo y alcance
de este conflicto se puede seguir a través de la prensa; en particular: El Orden, 11/06/1904, 13/06/1904,
14/06/1904, 17/06/1904, 20/06/1904, 21/06/1904, 22/06/1904, 25/06/1904, 27/06/1904 y 28/06/1904.
72
María Celia Bravo, 2000, op. cit, pp. 31-61.
73
El examen de las problemáticas sociales enunciadas por la prensa, el análisis de las organizaciones,
protestas y demandas de los trabajadores y líderes obreros y su influencia en el desarrollo de la cuestión
social en Tucumán forman parte de una investigación mayor que llevo a cabo en la actualidad sobre el tema
de los “Reformadores sociales y el mundo del trabajo. Tucumán (1890-1925)”.
65
Anuario IEHS 24 (2009)
Consideraciones finales
66
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67
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68
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Resumen:
Este artículo describe la composición, funcionamiento y actividades del Freie Deutsche Bühne (Teatro Libre
Alemán), conformado en 1940 por algunos integrantes de Das Andere Deutschland (La Otra Alemania),
un grupo de germanoparlantes opositores al régimen nacionalsocialista. Entre ellos se encontraban políticos,
dirigentes sindicales, artistas e intelectuales, que constituyeron el ala alemana de un movimiento antifascista
que en la Argentina sirvió como el elemento aglutinante y dio cierta coherencia programática a un grupo
de personas que provenían de diversos sectores y abarcaban un amplio espectro político y cultural. Las
actividades de la compañía teatral, su naturaleza, y la realidad y el deber ser de su repertorio fueron objeto
de diversas interpretaciones por parte de distintos miembros del heterogéneo frente alemán antinazi, a través
de las cuales el presente trabajo se propone analizar las relaciones complejas y cambiantes entre el Freie
Deutsche Bühne y Das Andere Deutschland. La indagación nos permite además repasar las variables
apreciaciones que los exiliados antinazis tenían sobre los alemanes residentes en la Argentina y resaltar que,
más allá de su diversidad temática y de su calidad artística, las representaciones teatrales conformaron un
ámbito de socialización común a los exiliados del régimen nacionalsocialista y a los antiguos
germanoparlantes residentes en la Argentina, que influyó en la conformación de una identidad que era a la
vez antinazi y alemana.
Abstract:
This article describes the composition, workings and activities of the Freie Deutsche Bühne (Free German
Theatre), founded in 1940 by some members of Das Andere Deutschland (The Other Germany), a group
of German-speaking opposers to the National Socialist régime. Among them were politicians, union leaders,
artists and intellectuals, which made up the German wing of an anti-Fascist movement that in Argentina
served as a uniting factor and gave a certain programmatic coherence to a group of people that arose from
different sectors and covered a wide political and cultural range. The theatrical company’s activities, its
nature, and both its expected and actual repertoire were the subject of different interpretations by diverse
members of the heterogeneous anti-Nazi German front. Through these, this paper attempts to analize the
complex and changing relations between the Freie Deutsche Bühne and Das Andere Deutschland. The
search also allows us to go over the various opinions that anti-Nazi exiles had on German residents in
Argentina and remark that beyond their thematic diversity and artistic quality, theatrical representations
formed a social common ground to Nazi regime exiles and German speakers who had previously resided
in Argentina, and thus contributed to the formation of an identity that was both anti-Nazi and German.
1
Instituto Ravignani, Facultad de Filosofía y Letras, UBA; Centro de Estudios de Historia Política,
UNSAM; CONICET. Scalabrini Ortiz 3020 28 B, (1425) Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Correo
electrónico: gerfriedmann@[Link]
69
Anuario IEHS 24 (2009)
2
Para esta agrupación, véase Germán C. Friedmann, “Das Andere Deutschland. La Otra Alemania en la
Argentina. Germanoparlantes antinazis en Buenos Aires, 1937-1948.”, Tesis doctoral, Facultad de Filosofía
y Letras, UBA, 2007.
70
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 69-87
importancia las de orden cultural, que eran concebidas en la tradición política del
socialismo alemán –en la cual se habían formado gran cantidad de sus militantes– como
otras tantas dimensiones del trabajo más específicamente político.3
A mediados de 1938 algunos miembros de DAD conformaron un pequeño grupo
de teatro que se llamó Truppe 38, cuya estética estaba influida por el “arte de agitación
y propaganda”, estilo muy en boga en las agrupaciones culturales del movimiento
obrero alemán durante la república de Weimar. Dirigido por el artista gráfico Carl
Meffert/Clément Moreau, representó fundamentalmente escenas y diálogos de Kurt
Tucholsky y Bertolt Brecht con canciones de Kurt Eisler y de Kurt Weil. Con ayuda de
juegos, música y danza, la Truppe 38 intentó llegar a un público lo más extenso posible
con el propósito de ofrecer un trabajo cultural de esclarecimiento antinacionalsocialista
y mostrar de manera satírica las flaquezas de la época. Su elenco estaba integrado por
una docena de jóvenes inmigrantes que se desempeñaron como músicos, bailarines y
actores, muchos de los cuales a la postre se insertarían notablemente en el arte
argentino. Entre ellos se encontraban: el pianista Walter E. Rosenberg, el cantante
Hellmuth Jacoby, Ernesto Epstein, quien en 1946 sería uno de los fundadores del
Collegium Musicum, el director artístico Wolfgang Vacano, el oboísta Herrmann
Ehrenhaus, el coreógrafo vienés Otto Werberg y la bailarina Renate Schottelius, quien
se destacaría posteriormente como una de las pioneras de la danza contemporánea
nacional.4
La presentación de la Truppe 38 tuvo lugar en la asociación Vorwärts5 y fue
precedida por una gran campaña publicitaria emprendida por el Argentinisches
Tageblatt,6 diario que además brindó un muy elogioso comentario de su primera puesta
en escena.7 El dinero recaudado en sus presentaciones era destinado a subvencionar las
3
Véase Vernon L. Lidtke, The Alternative Culture. Socialist Labor in Imperial Germany, Oxford
University Press, New York, 1985.
4
Véase Pieter Siemsen, Erinnerungen eines Anderen Deutschen. Stationen eines politischen Lebens:
Weimarer Republik, NS-Deutschland, Argentinien, DDR und BRD, autobiografía inédita, p. 81.
5
La asociación Vorwärts fue fundada en 1882 por exiliados políticos alemanes que escaparon de las “leyes
antisocialistas” de Bismarck. Desde sus inicios tuvo un inmenso protagonismo en la actividad política
argentina. Durante las décadas de 1930 y 1940 diversos exiliados alemanes de izquierda se incorporaron
a su comisión directiva y se opusieron con éxito a la presión nacionalsocialista hacia la alineación. Para los
orígenes del Club Vorwärts, véase Jan Klima "La Asociación bonaerense Vorwärts en los años ochenta del
siglo pasado", Ibero-Americana Pragensia, a. VIII, Praga, 1974. Para un desarrollo más amplio, desde sus
comienzos hasta la década de 1980, véase Alfredo Bauer, La Asociación Vorwärts y la lucha democrática
en la Argentina, Buenos Aires, Legasa, 1989.
6
Establecido en 1889, el periódico tuvo una tendencia marcadamente liberal y republicana. Durante las
décadas de 1930 y 1940 adoptó una decidida orientación antinazi. Su director de entonces, Ernesto F.
Alemann, militaba activamente en diversas asociaciones antifascistas locales y mantenía estrechas relaciones
con destacadas personalidades de la política nacional. Véase Hendrik Groth, Das Argentinische Tageblatt.
Sprachrohr der demokratischen Deutschen und der deutsch-jüdischen Emigration, Hamburgo, LIT
Verlag, 1996; y Sebastian Schoepp, Das Argentinische Tageblatt 1933 bis 1945. Ein Forum
antinationalisozialistischen Emigranten, Berlín, Wissenschaftlicher Verlag, 1996.
7
Bárbara Hertzfelde, "Truppe 38- Vorwärts", en Argentinisches Tageblatt, 3 de julio de 1938, p. 10; y
"Truppe 38", en Argentinisches Tageblatt, 10 de julio de 1938, p. 11.
71
Anuario IEHS 24 (2009)
8
Durante su estadía en la Argentina, Jacob redactó alrededor de doscientos artículos en el Argentinisches
Tageblatt, Das Andere Deutschland, Jüdische Wochenschau y La Nación. Además escribió varios libros
y ensayos sobre teatro y música. Sobre la vida de Paul Walter Jacob, véase Uwe Naumann (ed.), Ein
Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, Hamburgo, Ernst Kabel Verlag, 1985; y Arnold Spitta, “Paul
Walter Jacob”, en Argentinisches Tageblatt, 29 de abril de 1985, p. 17.
9
Paul Walter Jacob, Theater. Sieben Jahre Freie Deutsche Bühne in Buenos Aires. Ein Brevier, Buenos
Aires, Júpiter, 1946, p. 8.
72
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10
“es sich zur Aufgabe machen wird, kulturell im Sinne jenes anderen Deutschlands zu wirken, das
gegenwärtig in Deutschland selber vervolgt, getreten und zerschunden wird […] (und) neben reinem
Unterhaltungstheater […] werden auch Gesinnungsstücke von erzieherischem und ideellem Wert zur
Aufführung kommen”. “Freie Deutsche Bühne”, en DAD, Nº 25, 15 de abril de 1940, p. 24.
11
Las funciones del Freie Deutsche Bühne tuvieron lugar en la Casa del Teatro, el Casal de Cataluña, el
Teatro Nacional, la asociación Unione e Benevolenza y el teatro Lasalle. Al finalizar la temporada porteña,
la compañía realizó, entre 1940 y 1943, presentaciones en la ciudad de Montevideo con el fin de
complementar sus entradas y extender su público.
12
Para una detallada descripción del repertorio del Freie Deutsche Bühne, véase Uwe Naumann (ed.), Ein
Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., pp. 122-143.
13
Paul Walter Jacob, “Wissenschaft-Kunst-Theater”, en 10 Jahre Aufbauarbeit in Südamerika 1933-
1943. 10 años de Obra Constructiva en América del Sud 1933-1943, editado por la Hilfsverein
deutschsprechender Juden / Asociación Filantrópica Israelita, Buenos Aires, 1943, p. 140.
73
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del público estaba constituida por argentinos que querían aprender alemán y
presenciaban las funciones del teatro porque era antifascista.14 Muchos fueron los
actores profesionales que integraron la compañía teatral. Entre ellos, el mismo Paul
Walter Jacob, quien aparte de dirigir cerca de sesenta puestas en escena, interpretó más
de ciento treinta papeles. Además del actor Ernst Wurmser, que contaba con una
vastísima experiencia en el teatro y en el cine europeos, se destacaron Liselott Reger-
Jacob,15 y los vieneses Hedwig Schlichter16 y Jacques Arndt,17 quienes tendrían
posteriormente una importante inserción en el ámbito teatral y cinematográfico
argentino.
Las presentaciones del Freie Deutsche Bühne tuvieron una gran repercusión y
fueron objeto de elogiosos comentarios en las principales publicaciones antifascistas
de Buenos Aires. El Argentinisches Tageblatt destacó que “desde hace muchos años que
en Buenos Aires no se veía una representación de tan alto nivel como la ofrecida por
los miembros del Freie Deutsche Bühne”.18 El Jüdische Wochenschau consideró al
teatro como “un ensemble en la verdadera acepción de esa palabra, con actores que se
complementan mutuamente de forma tal, que apenas puede resaltarse un rendimiento
más que otro”.19 También el periódico Volksblatt, editado desde 1941 en Buenos Aires
por los comunistas de habla alemana, realizó una crítica muy elogiosa de la agrupación
14
Véase Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., p. 120.
15
Liselott Reger-Jacob nació en Buenos Aires en 1899. Estudió teatro en Alemania. Trabajó en
Checoslovaquia, en el Stadtheater Teplitz-Schönau, donde conoció a Paul Walter Jacob, con quien se
casaría en marzo de 1939, poco después de arribar a la Argentina. Liselott Reger-Jacob se retiró de la
agrupación en 1944 –se separaría de Jacob dos años más tarde- para actuar en Montevideo como recitadora
y locutora de radio y, desde entonces, sólo tuvo apariciones especiales en el Freie Deutsche Bühne. Véase
Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., pp. 116-119.
16
Hedwig Schlichter (Hedy Crilla) nació en Viena en 1898 y tuvo una enorme actividad teatral en Europa.
Entre 1923 y 1932 filmó ocho películas en Alemania. En 1937 se dirigió a París donde, además de trabajar
en teatro, fue autora de programas infantiles para radio y continuó haciendo cine. Al llegar a la Argentina,
en 1940, se puso en contacto con Ernesto Alemann, quien la invitó a escribir una serie de artículos en el
Argentinisches Tageblatt y la contactó para integrarse al Freie Deutsche Bühne. Véase Cora Roca, Días de
Teatro/ Hedy Crilla, Buenos Aires, Alianza, 2000.
17
Jacques Arndt nació en Viena en 1914, y se desempeñó como actor aficionado en el teatro Komödie de
Luxemburgo, donde conoció a Paul Walter Jacob. Arribó a Montevideo en 1939, y allí trabajó como locutor
y director de radio. En 1941 llegó a Buenos Aires y se incorporó al teatro. También conformaron el elenco
Max Wächter, Hermann Geiger-Torel, Rudolf Baer, Oscar Beregi Jr, Siegmund Breslauer, Hanna Danszky,
Maria Hollman, Susy Mayer, Lilli Rones, Hansi Schottenfels, Lilly Wichter, Heinz Widetzky, Gerti
Hellmer-Wurmse. Desde 1946 se incorporaron: Lotte Clemens, Esther Lipsky, Edith Obersky. Véase Paul
Walter Jacob, Theater. Sieben Jahre Freie Deutsche Bühne in Buenos Aires. Ein Brevier, op. cit., pp. 279-
289; y Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., pp. 116-119.
18
"Seit recht vielen Jahren war in Buenos Aires keine Aufführung mit so hohen Niveau mehr zu sehen, wie
es von den Mitgliedern der Freien Deutschen Bühne geboten wird […]", Argentinisches Tageblatt, 21 de
abril de 1940.
19
“[...] ein Ensemble im eigentlichen Sinne dieses Wortes, von völlig aufeinander eingespielten
Schauspielern, sodas man kaum eine Leistung mehr als die andere hervorheben kann”, Jüdische
Wochenschau, 3 de mayo de 1940. Esta nota se refiere a la segunda presentación del Freie Deutsche Bühne,
la obra Sturm im Wasserglas de Bruno Frank.
74
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dirigida por Jacob, en la que apelaba a los jóvenes emigrantes a asistir porque el “Freie
Deutsche Bühne es nuestro teatro”.20 De esta manera los comunistas alemanes radicados
en Buenos Aires se transformaron en fervientes defensores del repertorio de un teatro
que, en opinión de su director, buscaba la conservación de una tradición de la cultura
teatral burguesa orientada hacia el republicanismo y el humanismo que se habría
encontrado en riesgo de desaparecer ante la amenaza del nacionalsocialismo.21
La aceptación no se limitó a las publicaciones en idioma alemán. La Nación,
Noticias Gráficas y el Buenos Aires Herald dedicaron un espacio considerable a críticas
siempre favorables de las obras representadas por la agrupación.22 Esto no es extraño
si se tiene en cuenta la presencia de importantes figuras de DAD en la prensa local así
como la militancia de muchos de sus miembros en diversas asociaciones antifascistas
argentinas.
A fines de la década de 1930 y principios de la de 1940 se constituyó una
amplia y heterogénea coalición que encontró un elemento aglutinante en el
antifascismo, en un contexto de enorme polarización del escenario político donde las
disputas internas eran vistas bajo la lente de los acontecimientos europeos
contemporáneos. En la Argentina de entonces el antifascismo actuó como un importante
organizador del espectro político, nucleando a un grupo de militantes e intelectuales
provenientes de diversos sectores políticos y culturales, y dando origen a varias
agrupaciones. Entre ellas se destacaron la Asociación de Intelectuales, Artistas,
Periodistas y Escritores, el Comité contra el Racismo y el Antisemitismo, y Acción
Argentina.23 En el seno de estas instituciones colaboraron exiliados germanoparlantes
antinazis que les aportaron la experiencia de quienes habían enfrentado directamente
a la “bestia nazifascista” y encontraron en ellas un importante espacio en el cual
continuar su lucha contra ella. Así, conformaron el ala alemana de un vasto movimiento
antifascista internacional, en cuyo surgimiento y desarrollo tuvieron entonces una
decisiva influencia el inicio de la Guerra Civil Española y la estrategia de la Tercera
Internacional, que a partir de 1935 impulsó la formación de frentes populares.
Los integrantes de DAD combatieron al “nazifascismo” de las más diversas
maneras, entre ellas alertando sobre la amenaza contra la integridad nacional no sólo
desde el punto de vista territorial sino también desde el “espiritual”. Una parte
20
Volksblatt, Nº 7, mayo de 1942.
21
Véase Uwe Naumann, Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., p. 123.
22
Paul Walter Jacob, Theater, sieben Jahre Freie Deutsche Bühne in Buenos Aires. Ein Brevier, op. cit.,
pp. 200-273.
23
Véase Ricardo Pasolini, "El nacimiento de una sensibilidad política. Cultura antifascista, comunismo y
nación en la Argentina: Entre la AIAPE y el Congreso Argentino de la Cultura, 1935-1955", en Desarrollo
Económico- Revista de Ciencias Sociales. IDES, Buenos Aires, vol. 45, Nº 179, octubre-diciembre 2005,
pp. 403-433; y James Cane, "Unity for the Defense of Culture: The AIAPE and the Cultural Politics of
Argentine Antifascism, 1935-1943", en The Hispanic American Historical Review, Vol. 77, Nº 3, agosto
de 1997, pp. 443-482. Sobre el Comité contra el racismo y el antisemitismo, Véase Leonardo Senkman,
Argentina, la segunda guerra mundial y los refugiados, Buenos Aires, GEL, 1991, pp. 140-149. Para
Acción Argentina, véase Andrés Bisso, Acción Argentina. Un antifascismo nacional en tiempos de
guerra mundial, Buenos Aires, Prometeo, 2005.
75
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24
Véase Germán C. Friedmann, “La política guerrera. La investigación de las Actividades Antiargentinas”,
en Lilia Ana Bertoni y Luciano De Privitellio (comps.), Conflictos en democracia. La política en la
Argentina, 1852-1943, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2009, pp. 191-212.
25
Véase Hendrik Groth, Das Argentinische Tageblatt…, op. cit., p. 113; y Martin Zingg, “Carl Meffert/
Clément Moreau. Ein Leben als Emigrant-Stationen zwischen Kaiserreich, Faschismus und Dritter Welt”,
en AA. VV., Clément Moreau. Carl Meffert. Grafik für den Mitmenschen. Deutschland-Schweiz-
Argentinien, Berlín, Neue Gesellschaft für bildende Kunst und Kunstamt Kreuzberg, 1978, pp. 8-23.
26
Entre otros, expresaron opiniones muy elogiosas sobre las actividades del teatro, los actores Delia Garcés,
Ángel Magaña y Enrique Muiño, el escritor y director del Teatro del Pueblo Leónidas Barletta, el cronista
cinematográfico Chas de la Cruz, el director Alberto de Zavalía, el periodista y autor teatral Eliseo
Montaine, y el novelista Ulises Petit de Murat, íbid., pp. 276-277.
27
La obra ya había sido presentada con gran éxito en Broadway. Sin embargo, mientras que aquella versión
norteamericana era una adaptación realizada por S. N. Behrman, la puesta en escena del Freie Deutsche
Bühne fue la primera representación teatral en el continente americano -y la tercera en el mundo entero,
después de Suiza y Suecia- que siguió el guión original escrito por Werfel. Véase Uwe Naumann, Ein
Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., p. 154.
76
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Aquella obra, la última escrita por Werfel, narra la historia de la común huída de un
emigrante judío y un coronel antisemita polaco que ambicionaban llegar al otro lado del
Atlántico en los días de la caída de París. El argumento de la pieza representada por el
Freie Deutsche Bühne no sólo facilitó la identificación del público alemán que para
arribar a las costas del Plata, había atravesado unas peripecias semejantes a las del
protagonista, sino que también habría servido como una advertencia al público
argentino acerca de lo que podría suceder en el caso de un triunfo del coronel. En el mes
de octubre, la compañía dirigida por Narciso Ibáñez Menta presentó en el Teatro El
Nacional una versión castellana de la obra, que fue protagonizada entre otros por
Santiago Gómez Cou, Francisco Álvarez y Silvana Roth.28 La revista norteamericana
Variety remarcó lo oportuno de la representación castellana de la obra de Werfel, la cual
habría mostrado al público local las similitudes entre la vida europea bajo la ocupación
nazi y la situación experimentada con la dictadura en la Argentina. Cuando la Gestapo
irrumpió en el escenario blandiendo las ametralladoras, señalaba la crítica de la
publicación neoyorkina, “los argentinos vieron una réplica exacta de su propia policía
federal”.29
Relaciones conflictivas
Se ha señalado que, desde sus inicios, el Freie Deutsche Bühne fue objeto de
elogiosos comentarios por parte numerosas publicaciones de Buenos Aires. Las críticas
realizadas por el conjunto de los periódicos autodefinidos como antifascistas a las
presentaciones del Freie Deutsche Bühne continuaron siendo favorables. Sin embargo,
dentro del amplio y variado espectro de habla alemana que no estaba alineado al
nacionalsocialismo, puede percibirse también la existencia de ciertas discrepancias con
respecto al papel del Freie Deutsche Bühne. Desde la fundación de la compañía teatral,
Paul Walter Jacob debió encontrar un compromiso entre las diversas exigencias de
distintas instituciones germanoparlantes.
Las relaciones entre Jacob y la asociación Vorwärts se deterioraron luego de
que éste abandonara la dirección de su coro masculino para organizar el Freie Deutsche
Bühne.30 No obstante las tensiones se fueron diluyendo. A mediados de mayo de 1941
el Freie Deutsche Bühne ofreció en la asociación Vorwärts una representación de la
28
También participaron en el reparto Gloria Ferrándiz, Diego Martínez, Amelia Senisterra, Enrique Chaico,
Olimpio Bobbio, Lalo Malcolm. Además, fue una de las primeras presentaciones del actor Iván Grondona.
Véase La Nación, 9 de noviembre de 1945.
29
“Jacobowsky and the Colonel”, en Variety, 21 de diciembre de 1945. Citado en Hans Chistof Wächter,
Theater im Exil. Sozialgeschichte des deutschen Exiltheaters 1933–1945, Múnich, Hanser, p. 210.
30
Jacob intentó apaciguar el conflicto por intermediación de Hans Lehmann, miembro del Vorwärts y de
DAD. Señalaba Jacob que el Vorwärts comprendía muy poco las necesidades de los comediantes
profesionales y que las críticas conducidas al repertorio eran injustas. Véase, carta de Paul Walter Jacob
a Hans Lehmann, del 11 de agosto de 1940. Citada en Fritz Pohle“Paul Walter Jacob am Rio de la Plata.
Rahmenbedingungen und Bestimmungsfaktoren eines exilpolitischen Engagements”, en Exil. 1933-1945.
Forschung Erkenntnisse Ergebnisse, Hamburgo, Cuaderno 1, 1987, p. 44.
77
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obra Menschen auf der Eisscholle (Gente a la deriva) de Vilem Werner en colaboración
con DAD, con el objetivo de apoyar a la acción emprendida por el Comité de socorro
para Gurs, que recaudaba fondos para enviar a los alemanes antifascistas internados en
aquel campo francés.31 Aquella puesta en escena fue la primera de una serie de
representaciones realizadas de manera conjunta por el teatro y DAD en el club
Vorwärts, y hacia 1943 Paul Walter Jacob se transformó oficialmente en miembro de
esta última asociación.
También los vínculos entre Paul Walter Jacob y el líder de DAD, August
Siemsen,32 atravesaron por diferentes etapas y no siempre fueron fáciles. Como Siemsen
apoyaba el establecimiento de un teatro puramente político, Jacob sostuvo varias
discusiones para que aquél terminara aceptando la fundación de una compañía que
comenzara por realizar obras de diversión para “introducir durante la marcha” piezas
comprometidas en el repertorio. El director del Freie Deutsche Bühne mantuvo además
largas negociaciones con los representantes de la Jüdische Kultur Gemeinschaft
(posteriormente Asociación Cultural Israelita) quienes finalizaron por aceptar que, en
un inicio, aquella agrupación comenzara como un teatro alemán, pero deseaban que en
un plazo no muy lejano deviniera en una compañía teatral que presentara sus obras en
idioma castellano o en hebreo, pero con una temática judía. Así, mientras que para DAD
las obras de entretenimiento debían constituir una fase transitoria hacia un claro
compromiso político con la izquierda alemana, en la concepción de la Jüdische Kultur
Gemeinschaft el “carácter alemán” era el momento transicional que constituía un mal
necesario para desembocar en una etapa superadora judaica. De esta manera, el Freie
Deutsche Bühne fue objeto de constantes tironeos por parte de quienes pretendían hacer
de su escenario un ámbito de socialización judía o alemana de izquierda.
El mismo tono adoptó la evolución de las críticas realizadas al Freie Deutsche
Bühne en el semanario Jüdiche Wochenschau. Desde sus páginas resultó constante la
demanda de más obras relacionadas con la vida judía y la consideración de que los
artistas judíos de la agrupación teatral debían incorporarse a instituciones israelitas. A
partir de estos reclamos, el teatro introdujo en sus presentaciones un cierto número de
obras que abordaban diversas temáticas relacionadas con el judaísmo, entre ellas, Das
Neue Ghetto (El nuevo Ghetto) de Theodor Herzl y Vater und Sohn (Padre e Hijo), una
obra escrita por el autor radicado en Montevideo, Hanan Ayalti. En noviembre de 1942,
la compañía organizó en la Casa del Teatro, conjuntamente con el Forum Sionista de
Buenos Aires, tres funciones especiales de In jener Nacht (Aquella noche) de Nathan
31
Sobre los centros de detención del sur de Francia, véase Jean-Michel Palmier, Weimar en Exil. Exil en
Europe. Exil en Amérique, París, Payot, 1990, pp. 638-653.
32
August Siemsen (1884-1958) fue un docente y periodista nacido en Westfalia. Luego de una dilatada
trayectoria política en la izquierda alemana, en 1930 fue elegido diputado en el Reichstag por el Partido
Socialdemócrata alemán (SPD). Tras el ascenso del nacionalsocialismo al poder estuvo exiliado en Suiza
y Francia. En 1936 se estableció en Buenos Aires, donde trabajó en la escuela Pestalozzi como profesor de
Alemán e Historia. Fue el líder de la agrupación Das Andere Deutschland y director de la revista
homónima.
78
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33
Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., p. 121.
34
Representada durante más de un año en Broadway, la puesta en escena de The Watch on the Rhine del
Freie Deutsche Bühne porteño fue la primera realizada en Sudamérica y la única, hasta entonces, en el
mundo entero en idioma alemán. En los Estados Unidos, The Watch on the Rhine fue llevada al cine en
1943 y estuvo protagonizada, entre otros, por Bette Davis, Paul Lukas, Geraldine Fitzgerald y Lucile
Watson. La película, dirigida por Herman Shumlin y Hal Mohr, fue una adaptación del guión original
realizada por Dashiell Hammett y la misma Lillian Hellman.
35
Argentinisches Tageblatt, 31 de agosto de 1942; y Buenos Aires Herald, 18 de septiembre de 1942.
36
Las relaciones entre DAD y la Jüdische Kultur Gemeinschaft fueron un tanto más cordiales. La afinidad
entre las dos instituciones pareció reforzarse aún más cuando en mayo de 1943 el mismo director del teatro,
Paul Walter Jacob, se transformó en miembro de aquella asociación cultural judía. Sin embargo, poco
después surgieron una serie de tensiones que finalizarían llevando a una ruptura definitiva. En agosto del
mismo año, Jacob envió una protesta formal a la dirección de la Jüdische Kultur Gemeinschaft quejándose
de las afirmaciones de algunos de sus miembros que caracterizaban al Freie Deutsche Bühne como un teatro
“antijudío”, señalando que había demasiados no judíos en sus filas y que las simpatías de Jacob y de su
mujer por DAD explicaban la falta de cooperación entre el teatro y la asociación israelita. Un año más tarde,
en el mes de julio de 1944, Paul Walter Jacob renunció a la Jüdische Kultur Gemeinschaft. Véase Fritz
Pohle, “Paul Walter Jacob am Rio de la Plata. Rahmenbedingungen und Bestimmungsfaktoren eines
exilpolitischen Engagements”, en Exil. 1933-1945. Forschung Erkenntnisse Ergebnisse, op. cit.
79
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“revolución” que extirpara “aquella fuerza bruta que hace diez años llegó al poder”,
podían crearse las condiciones necesarias para la “reconstrucción de lo que el mundo
conocía y admiraba como la verdadera cultura alemana”.37
Diversos representantes del exilio germano y organizaciones políticas de todo
el mundo enviaron sus palabras de adhesión a este acontecimiento. Muchas de estas
expresiones de apoyo fueron publicadas en la revista de la agrupación DAD que, no
obstante, no se limitó a divulgar solamente las referencias solidarias. Así, en una
sección titulada “Las voces de los enemigos” se reprodujeron extractos de notas y
comentarios realizados por diversos opositores al encuentro montevideano. Junto a una
declaración de Joseph Goebbels, que caracterizaba despectivamente al congreso de los
alemanes antinazis como una reunión de “emigrantes judeocomunistas”, DAD destacaba
entre “las voces enemigas” a un muy duro artículo publicado por el Jüdische
Wochenschau, el 5 de febrero de 1943, que expresaba:
37
Conferencia dictada el 29 de enero de 1943 en Montevideo y reproducida en “Zur Frage der Deutschen
Kultur/ La cultura alemana”, DAD, No. 60, febrero de 1943, pp. 28-29.
38
“In Montevideo tragt ein Kongress, der sich ‘Kongress der antifaschisten Deutschen’ nennt […]
Grüppchen mit dreissig jüdischen und zwei nichtjüdichen Mitgliedern gebärden sich da plötzlich als
Vertreter des wahren Deutschland […]Wer könnte einem Deutschen in die Augen sehen ohne den Verdacht,
dass auch er einer der Mörder ist? Dass er, wie alle anderen, jüdische Frauen im Angesicht ihrer Kinder und
ihere Männer schändete? […] Wer kann einem Deutschen noch die Hand geben ohne die Angst, dass unser
Blut an dieser Hand klebt? […]Mit diesem Menschen sollen wir noch einmal ein gemeinsamenes Leben
aufbauen? […] Wir raten ihnen (d.h. den jüdischen Teilnehmern des Kongresses): bleibt in Montevideo und
haltet dort so lange Reden, wie euch Spass macht. Lasst es euch aber nicht einfallen, etwa nach Europa
zurückzukehren […] Und vergesst nicht: auch wir deutschen Juden werden noch so weit kommen, unsere
Verträter so zu behandeln, wie sie es verdienen”, “Die Stimmen der Gegner”, DAD, No. 61, 20 de Marzo
de 1943, p. 15.
80
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(tal como lo señalara en reiteradas oportunidades el director del teatro con el doble
objetivo de hacer más heroico su esfuerzo y escudarse frente a posibles críticas a la
calidad de las puestas en escena).39 DAD también caracterizó al surgimiento del teatro
como una “victoria en el frente cultural” contra el Tercer Reich. No obstante, resaltó
que mientras el Freie Deutsche Bühne “no es mantenido por la totalidad de los
germanoparlantes de Buenos Aires, sino sólo por los más pobres y humildes [...]
nosotros, integrantes de la otra Alemania, percibimos a menudo con mucho pesar que
en el teatro existen tan pocos problemas y obras de opinión”.40
En los años siguientes se evidenciaría un creciente descontento con la dirección
del Freie Deutsche Bühne por la representación de títulos que no habrían mostrado
compromiso alguno con la actualidad política y social. Sin embargo, puede observarse
un paulatino desplazamiento en la responsabilidad asignada en la elección del
repertorio, pues para mantener sus bases financieras “un teatro con un círculo de
público restringido como el Freie Deutsche Bühne de Buenos Aires, que sólo puede
sustentarse en el estrato de espectadores germanoparlantes independientes, debe hacer
en su repertorio más de una concesión a las necesidades de distracción y
entretenimiento”.41 En este sentido es muy ilustrativo el marcado tono pesimista con el
que August Siemsen señalaba que “los alemanes del exterior tienen en gran parte las
características de la pequeña burguesía con sus restricciones intelectuales y sus
modestas pretensiones culturales”.42
La ausencia de mención alguna a las actividades desplegadas por el Freie
Deutsche Bühne que durante más de dos años mantuvo la revista de DAD generó una
tirante relación entre los directores de ambas agrupaciones. Esta situación se vio
reflejada claramente en un intercambio epistolar en el cual Paul Walter Jacob la
reclamaba al director de DAD por la falta de atención de su revista para con el teatro,
en tanto Siemsen anunciaba un próximo comentario referido a la celebración de las 500
representaciones del Freie Deutsche Bühne.43 En el prometido artículo, publicado en
39
Jacob resaltó que para sobrevivir la mayoría de los integrantes del teatro desempeñó una labor adicional
a la del Freie Deutsche Bühne, trabajando como vendedores, cadetes, serenos en fábricas alemanas o
negocios de emigrantes recientes, cocinando, cuidando chicos; o desempeñándose como traductores y
redactores de cartas o de artículos para algunos periódicos.
40
“nicht von der Gesamtheit der Deutschsprechenden in Buenos Aires unterhalten wird, sondern nur von
der kleineren und ärmeren […] wir vom Anderen Deutschland empfinden es oft schmerzlich, dass das
Theater so wenig Problem- und Gesinnungstheater ist”, “Ein Sieg auf der Kulturfront”, en DAD, No. 29,
15 de agosto de 1940, p. 14.
41
“ein Theater mit einem beschränkten Publikumskrei wie die Freie Deutsche Bühne in Buenos Aires, die
sich nur auf die Besucherschicht des unabhändigen detschsprachigen Publikums stützen kann, in ihrem
Spielplan mehr als eine Konzession an das Unterhaltungs- und Zerstreuungsbedürfnis der Theaterbesucher
machen muss”, “5 Jahre Freie Deutsche Bühne”, en DAD, No. 81, 25 de abril de 1944, p. 18.
42
"Das Auslandsdeutschtum trägt zum grösseren Teil die Charakterzüge des kleinen Kleinbürgentums mit
seiner geistigen Beschränktheil, und seiner kulturellen Anspruchlossigkeit", August Siemsen, "Die
antifaschistischen Deutschen in Südamerika", en DAD, No. 58, enero de 1943, p. 10.
43
Correspondencia entre August Siemsen y Paul Walter Jacob, Cartas del 25 de mayo de 1946; 31 de mayo
de 1946; 29 de junio de 1946; y 16 de junio de 1947.
81
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junio de 1946, Siemsen realizó una breve recapitulación en tono heroico de los
innumerables problemas a los que se sobrepusieron los actores y el director de la
compañía a “pesar de todas las inevitables concesiones al mediocre gusto del público”.44
Sin embargo, un mes más tarde DAD se lamentó de “que no se pueda ver al menos una
obra que se relacione más directamente con los problemas, las necesidades y la
revolución de nuestro tiempo”.45 El explícito reconocimiento de August Siemsen en
cargar con la responsabilidad en la elección del repertorio teatral a la actitud apolítica
de los espectadores no se diferenciaba mucho de la interpretación sostenida por Paul
Walter Jacob. El director del Freie Deutsche Bühne aseguraba que la agrupación
artística se había propuesto incluir en sus presentaciones tanto comedias y piezas
populares como obras antifascistas, pues consideraba que todo teatro debía tener entre
sus objetivos el de fortalecer internamente a las masas y proporcionarles nuevas fuerzas
que sirvan “a la lucha por las convicciones de nuestro tiempo”. Sin embargo, sostenía
Jacob que la falta de interés del público había incidido decisivamente en que los temas
específicos del exilio y los asuntos políticos fueran tratados en muy pocas
oportunidades, pues en última instancia “el sentido y objeto de nuestra profesión es la
interpretación ante los espectadores. Sin público el teatro pierde sus fundamentos. Los
espectadores deciden sobre la existencia y posibilidad de cada teatro”.46
De este modo, para el director del Freie Deutsche Bühne, la preponderancia de
obras ligeras y de entretenimiento habría representado una concesión al gusto, a las
necesidades y a la visión política de los espectadores, quienes habrían esperado que el
teatro fuera un centro de socialización libre de agitación política.47 La clara evidencia
de la implantación del mercado como institución rectora del repertorio teatral se reflejó
en un artículo de DAD que, ante la imposibilidad de superar una situación que
desbordaba la capacidad de los integrantes del Freie Deutsche Bühne, señalaba que “el
teatro forma parte inevitablemente de la crisis y decadencia de la totalidad de la cultura
burguesa, y que sólo en la sociedad socialista que se conseguirá luchando puede llegar
44
“trotz aller unvermeidlichen Konzessionen an den durchschnittlichen Publikumsgeschmack”, “Deutsches
Theater in Buenos Aires”, en DAD, Nº 120, 15 de junio 1946, p. 13.
45
"dass man nicht wenigstens ein Stück zu sehen bekam, das etwas mehr mit den Problemen, der Not und
der Revolution unserer Zeit zu tun hat”, “Theater in Buenos Aires”, en DAD, No. 121, 1 de julio 1946, p.
5.
46
“Sinn und Zweck unseres Berufes ist Spiel vor Zuschauern. Ohne Publikum verliert das Theater seine
Grudlage. Der Zuschauer entscheidet über existenz und Möglichkeit jeder Bühne”, Paul Walter Jacob
Theater. Sieben Jahre Frei Deutsche Bühne in Buenos Aires. Ein Brevier, op. cit., p. 27.
47
Ha señalado el mismo Jacob que para comprender la composición del repertorio debía tomarse en
consideración el hecho de que el Freie Deutsche Bühne se adecuaba a las características de un público que
no era políticamente comprometido. Véase Carta de Paul Walter Jacob a Paul Zech, fechada en Buenos
Aires, el 24 de diciembre de 1941. Citada en Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter
Jacob, op. cit., p. 149.
82
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a ser nuevamente una ‘institución moral’ en el sentido de Schiller y del antiguo teatro
griego”.48
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, DAD explicitó la continuidad de la
lucha contra el fascismo. Si bien aquella debía tener el mismo nivel de intensidad que
en el momento de la fundación de DAD, se nota no obstante un paulatino pero no por
ello menos relevante cambio en un elemento sustancial del discurso de la agrupación
con respecto a los alemanes residentes en la Argentina. Desde su origen DAD resaltó
que, pese a los múltiples intentos y a las diversas presiones ejercidas por los nazis
locales para ganar su adhesión, una parte importante de los alemanes se opuso
fervientemente al nacionalsocialismo. Sin embargo, hacia el final de la década de 1940
la visión pesimista que se evidenciaba en las descripciones de la Alemania ocupada se
extendió también en forma explícita hacia un número considerable de los
germanoparlantes locales.
A principios de 1948, un artículo de DAD titulado Vom Wiederaufleben des
Nationalismus in Südamerika (acerca del resurgimiento del nacionalismo en
Sudamérica) advirtió que los nazis continuaban vigentes, aunque se encontraban por
entonces “camuflados de antibolcheviques”.49 Hacia finales del mismo año, la
publicación realizó un destacado informe sobre el renacer de la opinión
nacionalsocialista entre los alemanes residentes en el exterior que, desde luego, incluía
el caso de la Argentina.50 Dos meses antes de su disolución,51 DAD publicó el último
comentario sobre el Freie Deutsche Bühne, contra el que volvió a cargar en forma
explícita. De manera coherente con la interpretación que compartían muchos de sus
miembros de relegar el fenómeno nacionalsocialista a la condición de agente del
capitalismo e instrumento de los intereses de los grandes negocios y de sus dirigentes,
la revista denunció la resurrección del nazismo entre los alemanes de Sudamérica a
partir del renovado intercambio comercial con las zonas del oeste alemán. En este
contexto, señaló sus insalvables diferencias con los integrantes del teatro, quienes
adherían a la conformación de una unidad cultural de los germanoparlantes del Río de
la Plata que habría cobijado a quienes fueron simpatizantes del nazismo: “nosotros no
queremos ninguna comunidad ‘independiente de cuestiones raciales o disputas
políticas’ con la gente que estuvo de parte de los criminales que torturaron y asesinaron
a nuestros amigos y camaradas, que arruinaron a Alemania y precipitaron al pueblo
alemán y a Europa a la más terrible desgracia”.52
48
“dass das Theater unauswiechlich an Krise und Verfall der gesmten bürgerlichen Kultur teilnimmt, und
dass es erst in der erkämpfenden sozialistischen Gesellschaft wieder eine ‘moralische Anstallt’ im Sinne
Schillers und des antikes griechischen Theaters werden kann”, “Neue Bücher”, en DAD, No. 140, 15 de
abril 1947, p. 13.
49
“Vom Wiederaufleben des Nationalismus in Südamerika”, en DAD, No. 158, 15 de enero de 1948, p. 9.
50
“Das Deutschtum in Südamerika”, en DAD, No. 172, 1 de octubre de 1948, p. 2.
51
El último número de la revista fue fechado el 1º de enero de 1949.
52
“Wir wollen keinerlei Gemeinschaft ‘Unabhängig von allen Rassenfragen und politischen Gegensätzen’
mit den Menschen, die auf der Seite der Verbrechen standen, die unsere Freunde und Genossen gefoltert
und ermordet und die Deutschland ruiniert und das deutsche Volk und Europa ins furchtbarste Unglück
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gestürzt haben”. “Das Deutschtum in Südamerika”, en DAD, No. 172, 1º de octubre de 1948, p. 1.
53
Véase Cora Roca, Días de Teatro/ Hedy Crilla, op. cit, p. 229.
54
En diciembre de 1949 Paul Walter Jacob se estableció en la República Federal de Alemania, donde
continuó ejerciendo su profesión de director teatral con un notable reconocimiento. Después de su partida,
la agrupación teatral por él fundada fue dirigida, por Sigmund Breslauer; luego por Jacques Arndt y
finalmente por Kurt Julius Schwarz. Cambió su nombre a Deutsches Theater (Teatro Alemán), y desde 1964
se denominó Deutscher Schauspielhaus in Buenos Aires (Teatro de Comedia Alemana de Buenos Aires).
Véase Wilhelm Lütge, Werner Hoffmann, Karl Körner y Karl Klingenfuss, Deutsche in Argentinien 1520-
1980, Buenos Aires, Alemann, 1981, p. 279.
55
Véase Michael Phillip, Nicht einmal einen Thespiskarren. Exiltheater in Shangai 1939-1947,
Hamburgo, 1996. Para el caso del exilio alemán en los Estados Unidos y Europa, véase Jean-Michel
Palmier, Weimar en Exil. Exil en Europe. Exil en Amérique, París, Payot, 1990.
84
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 69-87
56
Los miembros de DAD habrían integrado aquellos grupos descriptos por Michel De Certeau, que
cuestionan la asimilación de la “lectura” a la pasividad, entendiendo que al modificar aquella su objeto, el
lector estaría elaborando una producción propia del lector, pero que consideran sin embargo que ésta sería
sólo una actividad reservada legítimamente a la categoría de los intelectuales. Véase Michel de Certeau, La
invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer, México, Universidad Iberoamericana, 2000, p. 184.
57
Ni mucho menos el esclarecimiento de la clase obrera germana del exilio, lo que constituía, desde su
perspectiva, una condición necesaria para lo anterior.
85
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58
Sobre esta última publicación, véase Holger Meding, La ruta de los nazis en tiempos de Perón, Buenos
Aires, Emecé, 1999, pp. 341-363.
86
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59
Para la imagen de Goethe y Schiller en la Alemania nazi, véase Rosa Sala Rose, Diccionario crítico de
mitos y símbolos del nazismo, Barcelona, Acantilado, 2004, pp. 171-178; y 344-348.
60
Sobre los ex nazis que acudieron en la posguerra a las funciones del Freie Deutsche Bühne, véase Cora
Roca, Días de Teatro/ Hedy Crilla, op. cit., p. 229.
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L A CIUDAD EN EL MUNDO MODERNO
P RIMERA PARTE:
CIUDADES E IMAGINARIOS URBANOS
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 91-94
P RESENTACIÓN
Tomás A. Mantecón Movellán1
1
Grupo de Historia Moderna, Universidad de Cantabria, Av. Los Castros s/nº, 39.005, Santander, España.
Correo electrónico: mantecot@[Link]
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Los paisajes urbanos tanto los que adornaban los palacios de las familias
elitistas en la Italia del Renacimiento como los que trazó Wyngaerde para el monarca
español en cuyos dominios no llegaba a ponerse el Sol, expresaban también la
diversidad del fenómeno urbano y permitían jerarquizar las ciudades representadas tanto
por su morfología como por su peso económico, político, cultural o por su grandeza y
posición dentro de la Monarquía Hispánica elementos que dotaban de personalidad a
las ciudades a ambos lados del Atlántico. En este campo de investigación hay excelentes
perspectivas para una historia comparada de las dos riberas del Charco. La ciudad
portuaria atlántica se construyó en la Península Ibérica como un arquetipo a partir de
elementos como los descritos en la investigación de Begoña Alonso y Luis Sazatornil
que muestran cómo el arte logró expresarlos históricamente con toda nitidez en los
siglos de la Edad Moderna y durante la época del Romanticismo. Esta investigación
permiten identificar la existencia de configuraciones específicas participadas por las
ciudades del Atlántico europeo cuya morfología y caracterización aún requiere nutridas
investigaciones comparativas.
Parece probado que la ciudad se autoidentificaba y expresaba de múltiples
formas. También lo hacían sus élites. Ya se ha aludido a la presencia en rituales y
ceremoniales ciudadanos, generalmente mostrando bien visiblemente la jerarquía social.
Hay toda una historia por hacer sobre estas materias en encuadres y configuraciones
elitistas –no sólo cortesanas- variadas. Uno de los elementos más recurrentes como
pretexto para la integración y exclusión dentro de las élites fue el prejuicio de la
limpieza de sangre, que también se proyectó fuera de esos entornos elitistas
impregnando incluso los lenguajes literarios y acuñando el arquetipo de cristiano viejo.
Tanto en el mundo americano como en el peninsular hispánico de la Edad Moderna las
presunciones de sangre limpia o pura, “sin mancha”, es decir, no la razón étnica en sí
misma, sino los prejuicios en torno a la pureza de sangre –un producto más cultural que
otra cosa– se convirtieron en pretextos para reforzar ordenamientos sociales inspirados
por otros factores principalmente. Esto era algo realmente importante para las élites
ciudadanas. En España se puede decir que el Tribunal de Inquisición gozaba en la
segunda mitad del siglo XVIII de lo que podíamos sintetizar como una pésima buena
salud, puesto que se mantenía inquebrantable, a pesar de las aceradas críticas y las
reformas que se habían ido produciendo a iniciativa de los gobiernos ilustrados.
La investigación sobre el protagonismo creciente que al parecer tuvo el tribunal
de Inquisicion en su faceta de examen de la pureza de sangre a lo largo del siglo XVIII
fortaleció esta institución en esta etapa histórica llamada a hacerse eco de las críticas
contra el Santo Oficio. Fundamentalmente quedó reforzada la faceta de la Inquisición
para el reconocimiento de honor por vía de estatuto de limpieza de sangre o, por el
contrario, para enfatizar los mecanismos de exclusión dentro de las élites de la sociedad
urbana castellana. La vitalidad de esta actividad, según demuestra Roberto López Vela,
contribuyó a fortalecer a la institución paradójicamente en un contexto en que
formalmente se expresaban con más acento las críticas ilustradas. Si las élites urbanas
se veían y expresaban corporativamente por medio de valores como la pureza de sangre,
la ciudad también podía mostrarse en su esplendor y grandeza o cuando menos con su
personalidad a través de las representaciones globales de sus paisajes urbanos. Unos y
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Resumen
La ciudad en las sociedades de la Edad Moderna era, además de una realidad en sí misma, una realidad
representada, principalmente a través de la expresión peculiar de un paisaje ordenado con ciertos criterios.
Semejante expresión paisajística del fenómeno urbano llegó a despertar la curiosidad de los artistas que
también trataron de captar y representar la ciudad como un paisaje que ocupaba centralidad en las vistas
que se representaron en centros de decisión política, residencias de miembros de las élites de la sociedad
del Renacimiento –desde la Toscana italiana hasta la Corte del imperio español en Madrid, pasando por la
propia corte pontificia–. Felipe II no estuvo desconectado de estas preocupaciones que, en el fondo, daban
ocasión de mostrar en grabados, pinturas y tapices elementos de la variedad de sus dominios así como de
la civilidad con que se ordenaban bajo un mismo cetro. El análisis de las vistas urbanas de Anton Van den
Wyngaerde permite recomponer las referencias políticas que subyacían a la representación del lo urbano
como paisaje en los momentos dorados del imperio español.
Palabras clave: Paisaje urbano, Morfología urbana, Vistas de ciudades, Representación urbana, Felipe II,
Anton Van den Wyngaerde.
Abstract
In early modern societies the city was not only a fact itself but also a fact created and shown as a
representation of a material reality. These urban representations or artistically created cityscapes expressed
urban spaces morphologies ordered according to specific criteria. Several artists tried to get and represent
the city as a vista that concentrated institutions and buildings that expressed government and civilization;
the space where the social elite families had their main residences. In the ages of Renaissance, from the
Italian Toscana up to the Spanish empire court of Madrid and even in the Pope court of Rome there was
a great elite preoccupation about the art of showing cityscapes. Philip II took part of this cultural
environment that gave him the chance of showing –throughout engravings, drawing, paintings etc.– the
lands under the Crown rule and also the civility with which all those territories were ordered under the same
king. In this article the analysis of Anton Van den Wyngaerde cityscapes allows the author the explanation
of the political implications underneath the representation of urban features in those cityscapes in the golden
ages of the Spanish empire.
Key Words: Cityscape, Urban Morphology, City Representations, Philip II, Anton Van den Wyngaerde.
Tan mundanas como parecían ser, las vistas urbanas ocuparon un lugar
importante en el arte y la arquitectura del Renacimiento. El número y variedad de estas
1
Esta versión castellana es una ampliación y adaptación de la publicada en Journal of Interdisciplinary
History (XVII:I, 1986, pp 115-135), traducida por Tomás A. Mantecón con la autorización y revisión del
autor.
2
Departamento de Historia, John Hopkins University, Dell House 1501, 2850 N. Charles Street, Baltimore,
MD 21218. Correo electrónico: kagan@[Link]
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vistas se multiplicaron rápidamente durante la primera mitad del siglo XVI y a la altura
de 1550 las representaciones del paisaje urbano se habían desarrollado ya como un
género artístico independiente, reclamación de numerosos artistas para los que la
representación de ciudades era una especialidad particular. Poniendo énfasis en este
impulso se encontraba una creciente demanda de panorámicas de variados tipos.
Paisajes urbanos, incluso con mapas, llegaron a convertirse en una forma popular de
decoración mural; pontífices, monarcas, nobles y burgueses gustaban de encargar a los
artistas el adorno de sus residencias con pinturas de ciudades, individualizadas o
componiendo series. Existía también un mercado barato de este tipo de imágenes,
incluso más amplio que el anterior. Eran sencillos grabados de ciudades particulares.
También había otro para los atlas urbanos; los más ambiciosos de los cuales asumían
el reto no sólo de mostrar el aspecto de ciudades europeas, sino también de aquellas de
África, Asia y el Nuevo Mundo. A pesar de su importante número e interés, las vistas
de ciudades han despertado relativamente poca atención de los estudiosos. En general,
han sido consideradas como una respuesta cultural al desarrollo de las ciudades y villas
europeas a la vez que como una faceta del creciente interés por la geografía que
eclosionó con el descubrimiento de las Indias Occidentales. Del mismo modo han sido
interpretadas como una expresión del interés de los europeos por trazar el mapa del
mundo de la manera más fiel y precisa posible. En algunos casos también las vistas
urbanas sirvieron como expresiones de patriotismo local y orgullo regional; en otros,
fueron utilizadas como demostraciones de soberanía urbana, secular y espiritual. Sin
embargo, los usos personales y políticos de estas panorámicas han sido raramente
tenidos en cuenta y esta es la principal preocupación de este análisis, que se concentra
sobre una serie de comisiones ofrecidas por Felipe II de España (1556-1598) a Anton
Van den Wyngaerde (c. 1512-1571), un artista flamenco que se especializó en la
confección de vistas topográficas.3
Van den Wyngaerde ya era muy conocido por sus realistas representaciones de
varias ciudades holandesas, flamencas, francesas e italianas cuando, en 1557, ingresó
en el servicio de Felipe II, que entonces residía en Bruselas. El año siguiente el artista
viajó a Inglaterra donde preparó dibujos de lugares que Felipe II había visitado en el
tiempo en que estuvo casado con María Tudor, en 1555. Van Wyngaerde estaba
probablemente todavía en Inglaterra en 1561 cuando el soberano le reclamó en Madrid.
Pronto fue nombrado pintor de cámara, una importante posición que le procuraba
asiento en la corte, además de un estipendio importante. Como artista cortesano, las
preocupaciones de Van den Wyngaerde cambiaron considerablemente, no obstante,
parece haber empleado la mayor parte de su tiempo al arte que mejor conocía: las vistas
topográficas.4
3
Para informaciones biográficas del artista puede consultarse E. Haverkamp-Begemann, “The Spanish
views of Anton van den Wyngaerde”, Master Drawings, VII, 1969, pp. 375-399.
4
Algunas referencias sobre los salarios pagados a van den Wyngaerde en 1565-1566 pueden verse en
Archivo General de Simancas (de aquí en más AGS), Casas y Sitios Reales, leg. 82, nº 95 y leg. 275, pt.
2, f. 54.
96
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Ilustración 1. Vista de Cuenca (desde el Este), Anton van den Wyngaerde, 1565.
En el curso de estos viajes Van den Wyngaerde fue capaz de ejecutar vistas de
no menos de sesenta y dos ciudades y villas importantes, cada una de las cuales se basó
en apuntes tomados del natural, como el propio artista anotó en sus dibujos: facit ad
vivum. Esta colección compone un conjunto impresionante. Con la excepción del
prolífico Joris Hoefnagle, de ningún otro artista del siglo XVI se conoce haber
completado tantas vistas topográficas.6 Haverkamp-Begemann ha defendido que con
estas vistas el rey buscaba formar la base de un atlas urbano español, puesto que Felipe
II, justo después de la muerte de Van den Wyngaerde en 1571, planeó enviar los dibujos
a la imprenta de Plantin en Amberes, para componer grabados. Por alguna razón el atlas
5
E. Haverkamp-Begemann, “Spanish views…”, op. cit., p. 378.
6
Hoefnagle, sin embargo, no es conocido por la precisión de sus dibujos. La mayor parte de su trabajo fue
reproducido en G. Braun, y F. Hogenburg, Civitates Orbis Terrarum, Amberes, 1572-1617, 6 vols.
También ha conocido ulteriores ediciones. Para un listado de las vistas españolas de Hoefnagle ver la
edición facsimilar de Raleigh A. Skelton, Cleveland, 1966, I, Apéndice B.
97
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no fue nunca completado. En lugar de esto, las vistas urbanas españolas de Van den
Wyngaerde fueron dispersadas, posiblemente por los impresores belgas. La mayoría de
los dibujos recalaron en la corte de Praga y luego en la Biblioteca Nacional Austriaca
en Viena; el resto se abrió camino a Inglaterra donde se acabaron por custodiar en el
Ashmolean y el Victoria & Albert Museum. Aunque un número de dibujos han sido
publicados por separado en los últimos cien años, sólo ahora, unos cuatrocientos años
más tarde, el corpus de las vistas españolas de Van den Wyngaerde ha sido editado
como una colección completa.7
Aunque los dibujos de Van den Wyngaerde parece que no fueron ampliamente
difundidos, lo cierto es que su maestría artística pudo ser admirada de primera mano por
los visitantes de la corte de Felipe II. Testimonios contemporáneos indican que el rey
hizo decorar muros y corredores de varios palacios con pinturas de mapas y vistas
urbanas, algunas de las cuales podrían ser versiones a mayor escala de los dibujos que
el artista previamente había ejecutado fruto de sus diversos viajes por España y en otros
países europeos. En un libro editado en 1582, Argote de Molina escribe que El Pardo,
la residencia de caza que el rey construyó cerca de Madrid, tenía un corredor en que
podían verse “pintadas sobre lienzo, por la mano de Antonio de las Viñas, un notado
pintor flamenco, las principales islas y tierra de Zelanda, con sus ciudades, puertos, ríos,
riberas y diques, así como el mar prolongándose hacia el gran reino de Inglaterra”.8 En
1599, Cuelbis, un visitante alemán, dio cuenta de que en el salón de acceso al Alcázar
–el palacio real madrileño– se podían admirar, colgadas, vistas de Ámsterdam,
Dordrecht, Gante, Gravelines y Lisboa, además de otras de un buen número de ciudades
españolas. El propio Cuelbis relató que la sala grande de este palacio estaba decorada
con vistas de numerosas ciudades españolas, incluyendo Antequera, Barcelona, Burgos,
Córdoba, Granada, Lérida, Segovia, Sevilla, Toledo, Valencia y Zaragoza. Aunque el
visitante germánico no mencionó el nombre de ningún artista parece razonable pensar
que estas vistas, si no ejecutadas directamente por Van den Wyngaerde, al menos
reproducían en parte previos trabajos suyos. Un inventario de 1686 de los bienes del
Alcázar especifica que muchas de estas vistas todavía estaban allí, aunque en diferentes
partes del palacio aún a fines del siglo XVII. Sin embargo, aparentemente, fueron
destruidas, entre otros cuadros de la colección real española, en el devastador incendio
de 1734.9
Las razones por las que Felipe II comisionó a Van de Wyngaerde para pintar
las ciudades de España permanecen oscuras. ¿Sirvieron estos paisajes urbanos para
7
R. L. Kagan (ed.), Ciudades del siglo de oro: las vistas del Anton Van den Wyngaerde, Madrid,
Ediciones El Viso, 1986. Hay una edición corregida y revisada de esta obra en lengua española, publicada
por la misma editorial en el año 2008.
8
G. Artote de Molina, Libro de montería, Sevilla, 1582, cap. 47.
9
BN (Biblioteca Nacional de Madrid), Ms. 18.472. Y. Bottineau, “L’Alcázar de Madrid et l’inventaire de
1686”, Bulletin Hispanique, LX, 1958, pp. 456-481. Aunque el inventario no indica el artista que produjo
estas vistas alguna referencia para las que colgaban en el tránsito de las viviendas de los capellanes de La
Encarnación sugiere que algunas fueron manufactura de Van den Wyngaerde, ibid. p. 469. Como en el caso
del Alcázar, las vistas de Van den Wyngaerde que estuvieran en El Pardo habrían sido destruidas por el
fuego que consumió el palacio en 1603.
98
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La atracción que tenía Felipe II por la geografía parece haber sido estimulada
por su padre, el emperador Carlos V, que había recibido una instrucción en geografía,
astrología, astronomía y materias afines por algunos de los eruditos más notables de su
tiempo. Le había enseñado Petrus Apianus, un conocido matemático, y un pupilo de
Apianus, Gemma Frisius, un geógrafo ptolemaico, así como Gerard Mercator y
Hieronymous Cock, los famosos cartógrafos. La geografía también había sido un
entretenimiento para la madre de Felipe II, la emperatriz Isabela de Portugal. Hija de
Manuel I de Portugal, que asimismo estuvo fascinado por la geografía, la emperatriz
regularmente encargaba mapas y vistas del Nuevo Mundo, aparentemente sólo para su
puro entretenimiento privado.10 Con estas inclinaciones familiares no es extraño pensar
que Felipe II estuviera familiarizado con la geografía desde temprana edad. Sus
primeros contactos formales con la materia parecen, no obstante, haberse producido en
1545 cuando sus tutores seleccionaron varios libros convenientes para su educación,
entre los cuales se incluían los trabajos de dos influyentes geógrafos antiguos como eran
Claudius Ptolomeo y Pomponius Mela. Los intereses del príncipe en la geografía se
ensancharon durante un viaje realizado a Italia y los Países Bajos en 1548 y en otro a
Inglaterra y Flandes en 1555. Dos años después Federico Bodoaro, el embajador
veneciano, informó desde Bruselas que “Su Majestad ama aprender y lee historia;
también sabe mucho de geografía y algo de escultura y pintura”.11
Las inclinaciones del soberano por la geografía fueron manifestadas a través de
varios encargos importantes. El primero de ellos fue a Deventer, un cartógrafo
flamenco, a quien el rey pidió en 1558 una serie de planos detallados de las ciudades
de Flandes y Holanda, un proyecto ambicioso que requirió casi dos décadas para
completarse. A su retorno a España en 1559, Felipe otorgó protección a un equipo de
cartógrafos encabezado por Pedro Esquivel, que estuvo preparando un nuevo mapa de
la Península Ibérica basado en los últimos avances matemáticos y técnicos. Los
esfuerzos del grupo de Esquivel cuajaron en un conjunto de mapas, copia de alguno de
los cuales aún sobrevive en la biblioteca real de El Escorial.12
10
Más información sobre esta materia en R. L. Kagan: Spanish cities…, op. cit., cap. 2.
11
L. P. Gachard, Relations des ambassadeurs vénetiens sur Charles-Quint et Philippe II, Bruselas, 1856,
p. 40.
12
B. Ver Van ‘THoff, Jacob van Deventer, Gravenhage, 1953, p. 36; J. Deventer, Atlas des villes de la
Belgique aux XVIe siècle, Bruselas, 1884-1929, 2 vols. Biblioteca de El Escorial, Ms. K.I.i. Sobre el amparo
monárquico a este proyecto ver F. Picatoste y Rodríguez, Apuntes para una biblioteca científica española
del siglo XVI, Madrid, 1891, pp. 86-88.
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13
Para la historia de las Relaciones ver M. Miguelez, “Las relaciones histórico-geográficas de España”, en
Catálogo de los códices españoles de la biblioteca del Escorial. Relaciones históricas, Madrid, 1917, pp.
249-332. También, J.M. López Piñero, Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y
XCII, Madrid, 1979, pp. 216-219. Aunque las Relaciones nunca fueron completadas, están depositadas en
la biblioteca de El Escorial y disponibles para los estudiosos. Podrían haber sido utilizadas por Diego Pérez
de Mesa, que editó una revisión de la historia topográfica de Pedro de Medina en 1595. P. Medina, Primera
y segunda parte de las grandezas y cosas notables de España, Alcalá de Henares, 1595.
14
Sobre esta academia ver A. Ruiz de Arcuate, Juan de Herrera, Madrid, 1936, p. 98. J. L’Hermite, (ed.
Ch. Ruelens): Le Passetemps, Amberes, 1890, II, p. 68. Se dijo que las maquetas estaban ahí ya en 1571,
ver C. Justi, Velásquez y su siglo, Madrid, 1953, pp. 184-185.
100
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conocer las ciudades que debían someter.15 Cualquiera que fuese el impulso concreto,
en los inicios del siglo XVI la confección de mapas se convirtió en una industria al alza
en Alemania, los Países Bajos y Portugal. Paralelamente a los avances de la
trigonometría, de modo que la confección cartográfica, inicialmente un asunto de
artistas, crecientemente hacía preciso contar con una cualificación matemática y con el
uso de otros tipos de instrumentos técnicos. Los cartógrafos del siglo XVI cada vez más
debían emplear los recursos que inicialmente habían empeñado los peritos en trazar
portulanos y cartas de navegación, así como recurrir a la observación directa y las
proyecciones matemáticas. Un signo de los nuevos tiempos fue la desaparición de los
monstruos marinos, sirenas y detalles por el estilo, así como la aparición de precisas
escalas matemáticas para dar idea de las distancias. La cartografía se había convertido
en una ciencia y los mapas más valiosos eran aquellos que ofrecían al observador una
información más precisa y cuidada.
Algo similar a todo esto ocurrió por entonces con el arte de representar
ciudades. El profesor Schulz ha distinguido dos tradiciones artísticas que pueden
encajar bien tanto a la cartografía como a la representación de ciudades. De acuerdo con
sus planteamientos la primera y más antigua de las dos tradiciones es aquella en que
domina un enfoque encomiástico o emblemático. En esta tradición, la fidelidad
topográfica estaba subordinada a la intención de propiciar una más rica información que
la que debían comunicar las vistas urbanas. La época medieval ofrece buenos ejemplos
de este tipo, incluyendo la vista de Siena de Ambrosio Lorenzatti, de 1344, que aparece
en el centro de un hoy desaparecido mapamundi para el edificio del ayuntamiento de
la ciudad. El aparente propósito de la vista confeccionada por Lorenzetti era significar
la unidad de urbs y orbis y, así, expresar la universalidad de Siena.16 Otro ejemplo de
este enfoque emblemático es la imagen de Roma de Taddeo di Bartola (1413) que
también se ubicaba en el ayuntamiento de Siena. En este caso la vista de la Ciudad
Eterna, que formaba parte de un enorme ciclo mural centrado sobre las virtudes
esenciales para el justo gobierno, estaba exhortando a los gobernantes municipales de
Siena a seguir el ejemplo de la Roma antigua. La epítome de esta tradición es la
mayestática vista a ojo de pájaro de Venecia de Jacobo de Barberi, primeramente
publicada como grabado en 1500 con el propósito, en palabras de su impresor, Anton
Kolb, “principalmente para la gloria [fama] de esta ilustre ciudad”. Aunque su propósito
concreto permanece indefinido, el grabado aparentemente trataba de expresar Venecia
como un gran emporio marítimo.17
15
Un ejemplo de la relación entre objetivos militares y vistas urbanas es el libro de apuntes preparado por
Francisco de Holanda para el rey Juan III de Portugal. En 1536 el monarca envió a este hombre a Italia
“para ver y hacer algunos dibujos de las fortalezas y las cosas más notables y famosas del país”. Holanda
volvió en 1541 con una rica serie de vistas que enfatizaban el punto de las fortificaciones erigidas en las
ciudades italianas. Sobre este asunto ver J. Bury, “Francisco de Holanda: a little known source for the
history of fortification in the sixteenth century”, Arquivos do Centro Cultural Portugues, XIV, 1979, pp.
163-220.
16
J. Schulz, “Jacopo de’ Barberi’s view of Venice: map making, city views and moralizad geography befote
the year 1500”, Art Bulletin, LX, 1978, pp. 425-474.
17
Ibid, pp. 462 y 472.
101
Anuario IEHS 24 (2009)
La segunda tradición definida por Schulz emergió a principios del siglo XVI.
Esta tradición científica o topográfica, que premiaba la precisión y exactitud realista,
fue inspirada por el redescubrimiento de la cartografía ptolemaica, así como de la
geografía de Strabón y Pomponius Mela entre otros clásicos; por los avances en el arte
para la confección de portulanos y cartas basadas en la observación y por propósitos
humanistas de comprensión del mundo natural en términos racionales. Uno de estos
pioneros fue Leonardo da Vinci, quien ayudó a desarrollar la visión iconográfica según
la cual la representación de una ciudad está basada en múltiples reglas abstractas y
matemáticas. Esta tradición topográfica, sin embargo, es comúnmente relacionada con
la producción de artistas y cartógrafos del norte de los Alpes, especialmente,
germánicos y flamencos.18 Hay algunos argumentos a favor de considerar los orígenes
septentrionales de esta tradición. Por un lado, hay evidencias históricas para amparar
el argumento de que los Países Bajos contaban con impulsos para estimular el avance
topográfico de los que se carecía en Italia. Por otro lado, existían factores políticos en
la Europa del Norte que favorecían entonces este desarrollo. Los emperadores
Maximiliano I y Carlos V intentaron extender su autoridad e instituciones imperiales
a expensas de la autonomía y privilegios locales. Las ciudades flamencas y germánicas
resistían estas iniciativas y en el curso de esta tensión política muchas desarrollaron
nuevas proyecciones de ellas mismas como una communitas perfecta, cada una con una
historia, unas instituciones de gobierno y unas tradiciones consideradas propias y
únicas. El resultado fue la germinación de patriotismo local y de un renovado sentido
de orgullo cívico que encontraba expresión verbal en trabajos como Norimberga de
Konrad Celtis, un panegírico originalmente presentado al gobierno municipal de
Nuremberg en 1495, o el Tractatus de civitate ulmensi de Felix Fabri, publicado en
1488, parte de un nuevo género de historias topográficas locales. 9 1
Estas mismas ideas encontraban una expresión visual en los grabados de vistas
singulares de ciudades que estaban basadas en observaciones directas y personales. Sus
autores tomaron especial cuidado en reflejar la topografía local, los edificios singulares
y otros detalles tan fielmente como fuera posible. Ejemplos de este tipo de observación
topográfica van desde las vistas de Innsbruck y Trento de Durero (1495), la de Bruselas
de Cornelius Massy (1540), la vista a vuelo de pájaro de Ámsterdam de Cornelius
Antoniszoon (1544) o la vista de ojo de pez de Estrasburgo realizada por Conrad
Morant en 1548 hasta las de Ámsterdam (1544), Dorcrecht (1544) y Génova (1553)
propiamente realizadas por Van den Wyngaerde. Aunque esta particular tradición
pronto se difundió en el sur, la demanda de esta variedad de representación urbana se
desarrolló rápidamente en Flandes, la cuenca del Rhin y otras regiones de Alemania e
Italia. Consecuentemente, artistas de estas regiones septentrionales comenzaron a
especializarse en la producción de estas vistas en una época en que los artistas italianos
18
J.A. Pinto, “Origins and development of the ichnographic city plan”, Journal of the Society of
Architectural Historians, XXXV, 1976, pp. 35-50.
19
S. Alpers, The art of describing: Dutch art in the seventeenth century, Chicago, 1983, pp. 119-168.
G. Strauss, Sixteenth-century Germany, its topography and topographers, Madison, 1959. El libro de
Strauss es valioso para entender estos desarrollos.
102
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20
El comentario de Vasari sobre la vista pintada por Pinturicchio para el Papa Alejandro VI en el Belvedere
Vaticano en 1487 sugiere que las vistas urbanas “al estilo flamenco” habían hecho su aparición en Roma
antes de fines del siglo XV. G. Vasari (ed. por G. Milanesi): Opere, Florencia, 1973, III, p. 498. Para otros
ejemplos de vistas de ciudades italianas del siglo XV, sobre todo, las de Francesco Roselli, ver J. Schulz,
“Barberi’s view of Venice…”, op. cit., pp. 429-430. La cita de Van den Wyngaerde en Ibid, p. 472.
21
A. Lafréry, Tavole moderne di geographia de la maggior parte del mondo…, Roma, 1572?
103
Anuario IEHS 24 (2009)
plazas del todo, trata más profusamente los particulares de cada uno de ellos –incluso
al tratar de las más pequeñas localidades concebibles, como los puertos, granjas, aldeas,
riberas y puestos de este tipo”. Según Ptolomeo, además, “la corografía precisa de un
artista y ninguno otro le sirve igual”.22
La cualidad corográfica de las vistas urbanas de Van den Wyngaerde no precisa
demostración. Mantenía los embellecimientos particulares en un mínimo, esquivaba los
emblemas, las figuras alegóricas, las inscripciones y otras facetas que los artistas que
trabajaban dentro de la tradición encomiástica o emblemática usaban para otorgar a los
paisajes urbanos más profundos significados y, generalmente, limitadas inscripciones
para etiquetar los principales monumentos, emplazamientos importantes y rasgos
topográficos notables. Además, en lugar de las vistas perfiladas y enjuta topografía que
caracterizaba la mayor parte de las representaciones urbanas medievales, Van den
Wyngaerde o “Juan de las Viñas” usaba la perspectiva para dar sentido de profundidad
y mostrar la relación de la ciudad con el campo. También empleó una perspectiva
elevada, oblicua que simultáneamente posibilitaba mostrar las fachadas de los
principales monumentos a la vez que el trazado de las calles. El uso de esta perspectiva
oblicua es evidente en particular en su vista de Barcelona (Ilustración 2), presentada
desde un punto imaginario de observación en el mar, o su panorámica de Zaragoza vista
desde el Este de la ciudad.23
El compromiso de Van den Wyngaerde con la precisión se revela también por
su propio método de trabajo. Normalmente comenzaba con trazos sobre puntos
concretos y edificios singulares que más tarde incorporaría a la vista general ya acabada
de la ciudad. Su vista de Granada, por ejemplo, era el resultado final de no menos de
cuatro o cinco apuntes previos. Van den Wyngaerde, sin embargo, a menudo exageraba
el tamaño o proporción de los edificios más cercanos al punto de observación, una
práctica que es ineludible cuando se utiliza la perspectiva caballera. Tendía también a
incrementar la relevancia de las iglesias, posiblemente para llamar la atención de la
ciudad como civitas cristiana, una tradición que era ampliamente compartida dentro de
la Europa septentrional. Así, pues, los ajustes de escala y la distorsión de los edificios
tenían una dimensión semántica. Incluso la elección de las ciudades representadas
gráficamente parece haber tenido algún punto de aleatoriedad, a pesar de que la
selección pudiera haber sido dictada por el rey. Además de las vistas de las mayores
ciudades españolas, bajo el cetro regio directamente, Van den Wyngaerde también se
ocupó de ciudades señoriales como Alba de Tormes, Chinchilla y Sanlúcar de
Barrameda y, ocasionalmente, dibujó algunas pequeñas aldeas como Ojen, cerca de
Marbella. Si hubiera habido algún tipo de esquema o planteamiento previo en la
selección sería en todo caso en un intento de incluir ciudades representativas de cada
una de las grandes divisiones políticas relevantes dentro de la Monarquía Hispánica
22
E.L. Stevenson (trans.), Geograpy of Claudius Ptolemy, New York, 1932, pp. 26-27.
23
En sus primeras vistas de España cada edificio importante fue considerado individualmente, pero en
beneficio de la claridad, comenzando con las vistas realizadas en su viaje a Andalucía en 1567, Van den
Wyngaerde ofrecía una clave alfabética para que sirviera de guía a los más importantes monumentos y
emplazamientos relevantes.
104
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 95-110
–Aragón, las dos Castillas, Valencia, etc.– en un esfuerzo por compilar la coreografía
comprehensiva que Felipe II aparentemente había contemplado.24
Ilustración 2. Vista de Barcelona (desde el Este), Anton van den Wyngaerde, 1563.
24
Sin un inventario contemporáneo del trabajo de Van den Wyngaerde no hay modo de saber si realizó
vistas de otras ciudades distintas de las que están representadas en las colecciones de Viena, Londres y
Oxford. Para una lista de esas ciudades y un mapa trazando sus itinerarios a través de España ver, R.L.
Kagan, Spanish cities… op. cit.
25
La vista de Hoefnagle quedó publicada en la colección de Braun y Hogenberg (Civitates... op. cit., II, pl.
6).
105
Anuario IEHS 24 (2009)
Felipe y la posteridad
¿Fue la corografía lo único que tenía en mente Felipe II cuando invitó a Van
den Wyngaerde a su corte? Ya en 1560 Felipe de Guevara, uno de los cortesanos del rey
Felipe, advirtió al monarca que su apoyo al proyecto cartográfico de Esquivel podría
representar una gracia del rey a la erudición y una acción que añadiría gloria y fama
perpetua a su buen nombre e imagen como gobernante. Ya antes su propia educación
106
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 95-110
26
F. de Guevara, “Comentarios de la pintura”, en F. J. Sánchez Cantón (ed.), Fuentes literarias para la
historia de arte en España, Madrid, 1923, I, p. 174.
27
Más información sobre los tapices de Carlos V puede encontrarse en W. Eisler, “Arte y Estado bajo
Carlos V”, Fragmentos, III, 1984, pp. 21-39; A. Lafréry, Tavole... op. cit., ff. 93-97; J. Zarco Cuevas,
Pintores españoles en San Lorenzo el Real de El Escorial, Madrid, 1931, p. 231.
107
Anuario IEHS 24 (2009)
de este ciclo particular es aún controvertido, pero la logia parece haberse inspirado en
los salones del consejo urbano (camere della città) cuyo modelo posteriormente se fue
introduciendo en muchos de los palacios construidos en el Cinquecento, incluyendo la
Villa Farnesina, la Villa Giulia y la Villa Medici, además del palacio Farnese en
Caprarola. Algunas de estas cámaras palaciegas, en armonía con los propósitos
humanistas de vita contemplativa, podrían responder a una intención de recreo visual
e intelectual, pero la mayor parte eran expresión de la autoridad y poder económico de
la familia asociada a cada una de estas villas. Así ocurría en Caprarola en una logia que
incorporaba vistas de diez territorios bajo control de la familia Farnese -incluyendo
Caprarola- y se detenía especialmente en las panorámicas de Parma y Piacenza, dos
joyas bajo el control Farnese. Del mismo modo, en la villa Medici, las vistas decorando
las estancias ocupadas por el cardenal Alessandro de Medici en los años noventa del
siglo XVI expresaban el esplendor de las más notables ciudades de Toscana, el corazón
de los dominios mediceos.28
Motivaciones similares explican la incorporación a los palacios italianos de la
misma inspiración que latía en los salones urbanos (camere della città), como ocurría
en el Palacio Viejo de Florencia, donde el programa decorativo de las estancias de León
X construidas por Cosimo I de Medici incluía series de vistas urbanas que expresaban
los triunfos mediceos. Diseñadas por Vasari en los inicios de 1555, las vistas en
cuestión fueron finalmente ejecutadas por Hans von der Straat, originario de Brujas, que
bajo el nombre de Giovanni Stradano hizo de Florencia su ciudad adoptiva. Los frescos
de la Sala de Cosimo I incluían vistas de ciudades toscanas que habían sido fortificadas
por el propio Cosimo. Aunque se hallaban en la sala de Clemente VII honraban las
victorias militares de Cosimo. Vasari y Stradano también unieron esfuerzos para
decorar la sala de Gualdralda con series de vistas de Florencia, también dedicadas a
honrar a los Medici. El primer patio de este mismo palacio acogió también otras series
de vistas urbanas en 1565. Ejecutado por artistas del norte de Italia, la colección, que
representaba imágenes de ciudades imperiales alemanas, fue seleccionada para celebrar
el matrimonio de Francisco de Medici y Giovanna de Austria.29
28
Para una lectura política del ciclo representado por Pinturicchio ver S. Sandström, “The programme for
the decoration of the Belvedere of Innocent VIII”, Konsthistorisk Tidskrift, XXIX, 1960, pp. 35-60. Este
punto de vista es discutido en D.P. Coffin, The villa in the life of Renaissance Rome, Princeton, 1979, p.
75. Ver también J. Schulz, “Pinturicchio and the revival of antiquity”, Journal of the Warburg and
Courtauld Institutes, XXV, 1962, p. 36. Sobre el mantenimiento de estas cámaras palaciegas urbanas para
propósitos contemplativos insistió Paolo Cortese –autor de De Cardinaltu (1510)- quien específicamente
recomendaba “una imagen pintada del mundo o la representación de sus partes” como idóneas para la
decoración interior de habitaciones veraniegas de los palacios. Ver K. Weil-Garris, J.F. D’Amico, “The
Renaissance Cardinal’s ideal palace: a chapter from Cortese’s De Cardinalatu”, en H.A. Millon (ed.),
Studies in Italian art and architecture, fifteenth through eighteenth centuries, Roma, 1980, p. 95. D.P.
Coffin, The villa... op. cit., p. 294. G.M. Andres, The villa Medici in Rome, New York, 1976, I, p. 321.
29
Sobre la reconstrucción de la camera della città que Francisco II Gonzaga, Duque de Mantua, incluyó
en su villa de Gonzaga en la última década del siglo XV ver C.W. Brown, “Francesco Bonsignori: painter
to the Gonzaga court. New docments”, Academia Virgiliana di Mantova. Tai e Memorie, XLVII, 1979,
pp. 81-85. En opinión de Schulz (“Barberi’s view...”, op. cit., pp. 465-466) esta cámara, con sus alternantes
vistas de ciudades marítimas e interiores podría no tener un profundo sentido político. Sin embargo, la
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saletta della città que Gonzaga incorporó a su palacio de Mantua en la última década del siglo XV parece
haber contenido un programa iconográfico representando las glorias familiares. Ver G. Paccagnini, Il
palazzo dúchale di Mantova, Turín, 1969, pp. 152-156, figura 151. Detalladas descripciones de los varios
ciclos de las vistas urbanas que pueden verse en el Palacio Viejo en E. Allegri, A. Cecchi, Palazzo Vecchio
e i Medici. Guida storica, Florencia, 1980, pp. 143-149, 166-174, 208-212 y 277-281. La descripción de
Vasari (Opere, VIII, pp. 174-175) sobre cómo tuvo que subir varias colinas para obtener apuntes
panorámicos de la ciudad que sería posteriormente representada en las paredes de la sala de guardralda
respondería a lo que consideraba un “ragionamento primo”.
30
El otro único palacio con vistas urbanas que formaran parte de su ornato interior contemporáneamente
en España fue el del Marqués de Santa Cruz en El Viso, adornado también durante la década siguiente a
1570 con paisajes ciudadanos. Para el palacio de Melegnano ver G.B. Sannazzaro, “For a sutdy of some
woodcuts in the Cosmographia Universalis: comparison with Lombardy frescoes of the sixteenth century”,
Print Collector, XLIX,1979, pp. 10-29. Sobre la visita de Felipe II a este palacio ver J.C. Calvete de
Estrella, El felicísimo viaje del muy alto y muy poderoso príncipe don Felipe, Madrid, 1930, I, pp. 91-92;
V. Álvarez (ed. M.T. Dovillé), Relation du beau voyage que fit aux Pays-Bas, en 1548, le prince
Philippe d’Espagne, notre seigneur, Bruselas, 1964, p. 48. De acuerdo con Álvarez, Felipe II, durante su
estancia en Mantua visitó “una placentera mansión” perteneciente al duque de Mantua. Podría haber sido
el palacio Gonzaga en Marimolo, donde habría visto otra camera della città. S. Munster, Cosmographia
universalis, Basilea, 1544.
109
Anuario IEHS 24 (2009)
Felipe II parece haber tenido motivaciones diversas para invitar a Van den
Wyngaerde a España. Las inquietudes científicas en su caso confluían con una tradición
familiar y dinástica, además de los propósitos propagandísticos políticos. Todo esto
actuó en conjunción con el desarrollo de las técnicas topográficas en los artistas. El
resultado fueron estas vistas que subrayaban la intención de retratar el estado del siglo
XVI. Gracias a estos dibujos el aspecto de las ciudades españolas del siglo XVI pudo
conocerse y analizarse mejor de lo que nunca antes se había logrado. Las producciones
de vistas urbanas confeccionadas por Van den Wyngaerde, fruto del encargo del
monarca español, son de una considerable importancia histórica también porque
representaron la síntesis de dos grandes tradiciones artísticas en el campo de las vistas
de ciudades: la encomiástica y la topográfica. A mediados del siglo XVI esta fusión era
un producto relativamente novedoso y eso quizá fuera porque Felipe II era un
gobernante y patrono nada común. Como gobernante de ciudades ampliamente
dispersas –desde Nápoles y Bruselas hasta Madrid y Milán– estaba en una posición
extraordinaria, única, para combinar la italianizante perspectiva de representaciones
urbanas de la camera della città con el punto de vista topográfico característico de la
Europa del norte de los Alpes. La habilidad del monarca para fusionar estos dos géneros
en un solo proyecto no era accidental. En cierto modo, reflejaba a la perfección el buen
gusto y sofisticación de los paladares artísticos bien cultivados.
110
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Resumen:
Aún los debates historiográficos sobre las expresiones históricas de lo urbano evidencian la gran
heterogeneidad con que este fenómeno se ha manifestado en las sociedades del pasado. A las
caracterizaciones más formales, se sumaban en la España Moderna las jurídicas, económicas, sociales y
culturales. El peso de la ciudad y de lo urbano se expresaba por todas esas dimensiones y por la peculiar
combinación de los rasgos y funciones urbanas desarrolladas en cada núcleo y entorno, dando muestra de
la intensidad del fenómeno urbano. Se analizan aquí –además del vocabulario sobre ciudades y villas- estas
cuestiones participando en el debate sobre la definición de lo urbano en la España Moderna, dentro de su
entorno europeo de referencia; un fenómeno dinámico y afectado por factores de diversa naturaleza en el
tiempo histórico.
Palabras clave: Ciudad, Historia urbana, Funciones urbanas, Europa preindustrial, Red urbana.
Abstract:
Still, there is a great debate on the historical meaning and features of the city and urban worlds that prove
the great diversity of the phenomenon in past societies. Those definitions rooted on the basis of formal
characteristics frequently are insufficient. In early modern Spain demographical, economical, social,
juridical and cultural features built city as well as urban morphology and architecture. Every city was the
result of the specific combination of urban features and functions. These showed how intense the urban
presence was for the building of every city. All these points are analyzed in this article that also deals with
the historical lexicon on the matter to take part in the debates on the definition of the urban presence in early
modern Spain, but within the European context. This was at those times a dynamic phenomenon affected
by features different in nature and in the long run historical perspective.
Key Words: City, Urban History, Urban Functions, Preindustrial Spain and Europe, Urban Network.
1
Grupo de Historia Moderna, Universidad de Cantabria, Av. Los Castros s/nº, 39.005, Santander, España.
Correo electrónico: forteaj@[Link]
2
Tomo los datos del Censo de 1787 “Floridablanca”, Madrid, 1987-1991, 6 vols.
111
Anuario IEHS 24 (2009)
lugares y algo más de 6.000 entidades de población de otra naturaleza que también
pueden contabilizarse en el censo de Floridablanca. Por lo que respecta a su localización
110 de estas ciudades se emplazaban en la Corona de Castilla y 37 en la de Aragón. En
su mayor parte eran núcleos de realengo, hasta un total de 117, pero también podían
contarse otras 18 ciudades de señorío laico, 7 de señorío eclesiástico y 3 de Órdenes.
Las ciudades coronaban una jerarquía de comunidades compuesta también por villas y
lugares cuya distinción puede fundamentarse en una mezcla de criterios jurisdiccionales
y preeminenciales. Francisco Suárez señalaba a este respecto en su De Legibus la
existencia de tres tipos ciudades, que él llamaba máximas, mayores y menores. Las
primeras eran las sedes arzobispales y las segundas las episcopales. Las últimas, en
cambio, se caracterizaban por carecer de tribunales propios y, por lo tanto, por depender
jurisdiccionalmente de las anteriores. Parece claro, entonces, que para Suárez el criterio
que permitía distinguirlas era el jurisdiccional y que, en su opinión, sólo podían
considerarse propiamente ciudades a las sedes de los obispados y de los arzobispados.
No obstante, advertía también que "no es esencial a la ciudad, ni siquiera a la
propiamente dicha, que tenga obispo". "Las ciudades –continuaba afirmando– son más
antiguas que los obispos. Luego la existencia de obispo presupone la ciudad, no la
constituye. Es más, antiguamente, –concluía– en muchas ciudades no había obispos,
sino sólo en las más populosas".3
Las observaciones de Suárez son completamente pertinentes a los efectos que
ahora nos ocupan, pues, si bien es cierto que en España todas las sedes episcopales
tenían jurídicamente la condición de ciudad, no todas las ciudades eran sedes
episcopales. En 1787 había 63 poblaciones en las que se daban los dos supuestos. El
primero es, desde luego, el caso de las urbes más antiguas, en las que casi siempre es
difícil saber cuál de las dos situaciones a las que aludía Suárez precedió a la otra. Parece
ser que ambos procesos fueron a la par y así ocurrió durante las fases más expansivas
de la Reconquista. De hecho, 49 de los 63 núcleos de población en los que se daban esas
dos circunstancias en 1787 gozaban ya de ellas antes de 1300 y otras 5 lo consiguieron
en el transcurso de la Guerra de Granada. Lo normal fue entonces que los pontífices
procedieran a la restauración de antiguas sedes episcopales situadas en lugares que ya
habían sido civitates en el periodo tardorromano o visigodo, o que las crearon de nuevo
en otros emplazamientos que se convirtieron por ello mismo en ciudades.
Ahora bien, en torno a 1787 existían asimismo en España 84 ciudades que no
eran sedes episcopales y que, por lo tanto, surgieron como tales por la sola voluntad de
los soberanos ya fuera por necesidades defensivas, en recompensa a servicios prestados
o, simplemente, por precio. Unas pocas, en torno a la decena, aparecieron antes de
1400. Más –hasta 35– fueron las instituidas en el siglo XV, sobre todo en Castilla, de
la mano de monarcas como Juan II, Enrique IV o los Reyes Católicos y las demás se
irían incorporando con posterioridad, sobre todo, durante el reinado de Felipe IV. Los
Borbones no modificaron de forma significativa la jerarquía de comunidades sobre la
3
De Legibus, III, ix, 16, p. 125-126. En Italia, sin embargo, la conexión entre ambas variables parece más
estrecha. Vid. G. Chittolini, "‘Quasi-città’. Borghi e terre in area lombarda nel tardo medioevo". Società
e Storia, 47, 1990, p. 3-26.
112
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 111-142
que se estructuraba el Reino. A lo largo del siglo XVIII sólo 4 villas se convirtieron en
ciudades en la Corona de Castilla –10 en el conjunto de España–, mientras que el
número de lugares que pasaron a ser villas en ese mismo territorio se limitó a 48, de
entre las cuales 37 lo consiguieron en tan sólo un año: 1789.4 Los motivos de esa
promoción fueron muy variados. Santander e Ibiza la consiguieron en 1755 y 1782
respectivamente, después de que los pontífices las hubieran constituido en cabezas de
los respectivos obispados. Mataró, Cervera, Jijona, Fraga y Peñíscola, sin embargo, la
debieron a la fidelidad que mostraron a la causa de Felipe V durante la guerra de
Sucesión. Por su parte, San Roque, fundada por la población que huyó de Gibraltar
cuando la plaza fue tomada por los ingleses, recibió de manos del mismo monarca en
1708 todos sus honores y privilegios y, con ellos, el título de “muy noble y más leal
ciudad de San Roque, donde reside la de Gibraltar”. Algeciras, conquistada en 1344 y
abandonada veinticinco años después, volvería a poblarse en 1704, también con vecinos
procedentes de Gibraltar y como lugar dependiente de San Roque, hasta que se le
concedió en 1755 el título de ciudad. Almansa, finalmente, lo conseguiría en 1778 de
manos de Carlos III.
La conversión de una villa en ciudad no provocaba cambios sustanciales en su
condición jurídica fuera del ámbito eclesiástico. Es obvio, sin embargo, que las
poblaciones beneficiadas recibían con ello un honor muy particular. Así había ocurrido
siempre. Clemente VIII al convertir a Valladolid en nueva sede episcopal con su bula
Pro excellenti, emitida en 1595, decidió también que la villa fuera “ennoblecida con el
nombre de ciudad y su dicha iglesia colegiata con el título y honor de catedral”,5 lo que
forzó a Felipe II a concederle aquella misma distinción acto seguido. Siglo y medio
después se repetiría idéntica secuencia de acontecimientos. La bula Romanus Pontificex,
librada por orden de Benedicto XIV el 12 de diciembre de 1754, daba a Santander el
título de ciudad tras erigirla en cabeza de Obispado. Meses después, Fernando VI,
alegando que era “correspondiente y conforme a la práctica que el lugar destinado para
villa episcopal se distinga con el título de ciudad”, decidía “condecorar” con esa
preeminencia a la hasta entonces villa de Santander.6 Podríamos decir, por lo tanto, que
ser ciudad ennoblecía a la población que gozaba de semejante privilegio, por lo que la
presión que tantas comunidades mostraron desde fines del siglo XIV por conseguir ese
status podría equipararse, mutatis mutandis, al afán que la sociedad de la época
mostraba por diferenciar rangos en el seno de estamentos y corporaciones con el objeto
de escalar posiciones en las jerarquías del honor. Tanto esa así que las propias ciudades
trataban de diferenciarse entre sí. Desde luego, no era igual tener obispo que carecer de
4
H. Nader, Liberty in absolutist Spain. The Habsburg sale of towns, Baltimore, 1990 (Appendix A,
Group 4), p. 222. J.E. Gelabert, “Cities, towns and small towns in Castile, 1500-1800”, en P. Clark (ed.),
Small towns in Early Modern Europe, Cambridge, 1995, p. 272.
5
M. Sangrador Vitores, Historia de la muy noble y muy leal ciudad de Valladolid, desde su más remota
antigüedad hasta la muerte de Fernando VII, Valladolid, 1854, p.106.
6
J. Simón Cabarga, Santander, biografía de una ciudad, Santander, 1979 (4ª ed.), p. 421-422. J.E.
Gelabert, “Caesaris Caesari et Dei Deo. La concesión del título de ciudad a Santander por Benedicto XIV
(12, diciembre, 1754)”, en M.R. García Hurtado (ed.), Modernitas. Estudios en homenaje al profesor
Baudilio Barreiro Mallón, A Coruña, 2008, p. 329-349.
113
Anuario IEHS 24 (2009)
él, ser ciudad “cabeza de Reino” que no serlo, tener voto en Cortes que no disponer de
él, aunque a ellas pudieran acudir también villas, como de hecho lo hizo Valladolid, que
lo fue hasta 1595 y que, como Madrid, villa y Corte durante todo el periodo que
estamos analizando, tuvo siempre voto en el parlamento castellano. Es más, los
regimientos de las ciudades que eran metrópolis y cabeza de provincia tenían
reconocida autoridad de grande y como a tales les escribían los reyes dándoles cuenta
de los negocios “grandes y arduos” y ningún señor de título, que no fuera grande, podía
precederle en el asiento. Es más, Felipe II en su famosa pragmática de las cortesías de
1586 reservaba únicamente a las ciudades castellanas que fueran cabeza de Reino el
tratamiento de señoría, provocando con ello el descontento que cabe imaginar entre las
que no lo eran.7
Castillo de Bovadilla, cuando equiparaba en su conocida obra a las ciudades de
Castilla que eran “cabeças de Reyno” con las metrópolis y cabezas de provincia
mencionando expresamente a Burgos, León Granada, Sevilla, Murcia, Córdoba, Jaén,
y Toledo y situaba tras ellas a las demás de voto en Cortes8 , no hacía sino hacerse eco
de la existencia de una jerarquía urbana que estaba refrendada por la costumbre y por
cuya conservación o adquisición pugnaban todas ellas.9 Baste señalar, para recordarlo,
las querellas de precedencia que en cada apertura de Cortes enfrentaban entre sí a
Burgos y a Toledo, a las que se añadieron ocasionalmente León, Sevilla y Granada, que
se complicaría enormemente cuando se hizo espacio en las nuevas Cortes de los
Borbones a algunas ciudades de la Corona de Aragón. A las celebradas en 1724, por
ejemplo, acudieron dos del reino de Valencia –la propia capital y Peñíscola–, cinco del
de Aragón –Zaragoza, Tarazona, Calatayud, Borja y Fraga– y otras seis del principado
de Cataluña –Barcelona, Tarragona, Lérida, Gerona, Tortosa y Cervera–. A la lista se
añadiría Teruel en 1773, mientras que otras ciudades catalanas –Vic o Mataró–,
aragonesas –Huesca– y valencianas –Alicante– vieron frustradas sus pretensiones a este
respecto.10
Pues bien, la incorporación de las que lo consiguieron se produjo según un
orden preestablecido contra el que reclamarían todas, tanto las castellanas como las
aragonesas, las catalanas o las valencianas. Prueba adicional de esa tensión por la
precedencia es el hecho de que las ciudades de la Corona de Aragón pugnaran también
por conseguir una quinta plaza en la Comisión de Millones, que tras la desaparición de
la Diputación de las Alcabalas en 1694 había pasado a convertirse en el órgano de
7
J. Castillo de Bovadilla, Política para corregidores y señores de vasallos [Estudio preliminar por
Benjamín González Alonso], Madrid, 1978 (2 vols. Reprod. facs. de la ed. de Amberes de 1704), Vol. 2,
Lib. III, Cap. VIII, n. 20, p. 122. Vid. la “Premática en que se da la orden y forma que se ha de tener y
guardaren los tratamientos y cortesias... y en traer coroneles y ponellos en cualesquier partes y lugares”,
Madrid, Archivo Histórico Nacional, Biblioteca Auxiliar, 1464 (10), Fol. ms., 50-53, Actas de las Cortes
de Castilla, tomo. IX, petición LXII, pp. 457-58.
8
J. Castillo de Bovadilla, Política… op. cit., Vol. I, Lib. I, Cap. II, p. 15.
9
E. Benito Ruano, La prelación ciudadana. Las disputas de precedencia entre las ciudades de la
Corona de Castilla, Toledo, 1972.
10
P. Molas Ribalta, “Las Cortes de Castilla y de León en el siglo XVIII”, en Las Cortes de Castilla y León
en la Edad Moderna, Valladolid, 1989, p. 147.
114
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representación del Reino en el hueco de Cortes, esto es, en los periodos entre sesiones.
Cierto es que en la Corona de Aragón no se pagaban millones, pero sus ciudades
argumentaron que contribuían con otros servicios equivalentes, lo que les daba derecho,
en su opinión, a participar en la Comisión, lo que finalmente les fue concedido en 1712.
No era una mera cuestión protocolaria. Ocupar el primer puesto a la derecha del rey en
las solemnes aperturas de las Cortes, tener en ellas el primer voto, disponer de un
asiento fijo en las salas donde se celebraba sus sesiones o gozar en los grandes
acontecimientos y celebraciones oficiales de honores que se reconocían a los grandes
no eran, desde luego, cosas de menor importancia para la mentalidad de la época.11
El título de ciudad, en cualquier caso, encubría situaciones de muy diversa
naturaleza. Dejando de lado el caso de las poblaciones que se convertían en ciudades
por haber sido promovidas a la condición de sedes episcopales, parece claro que los
monarcas concedían semejante título sin prestar atención a consideraciones de otra
naturaleza, como la potencia demográfica o económica de la población beneficiada. Ser
ciudad era esencialmente un honor, por lo que su concesión se explicaba en principio
dentro de la lógica del intercambio de servicios por privilegios que era tan característica
de la mentalidad de la época. No puede sorprendernos, entonces, que hubiera ciudades
muy pequeñas –Osma tenía 712 habitantes en 1787, Alcudia 938 y Purchena 949– y
que, inversamente, pudiera haber villas muy grandes. Madrid, desde luego, era la
mayor, con los 190.000 habitantes que pudo llegar a tener, según Carbajo Isla, a fines
del siglo XVIII.12 Tampoco puede extrañar que el título de ciudad se concediera a
poblaciones que se acababan de fundar, como San Roque, o de refundar, como
Algeciras. El tamaño, en realidad, no tuvo originariamente demasiada importancia en
la reflexión sobre la ciudad, que se definía más bien por su antigüedad, por ser sede de
un obispado, por la nobleza de los linajes que la habitaban o por sus privilegios y que
se reconocía sobre todo por sus murallas, pero tener un cierto peso mínimo es
consustancial a toda ciudad. Determinar su nivel constituye, en cualquier caso, un
clásico tema de debate entre los científicos sociales. En su estudio sobre las ciudades
inglesas entre 1500 y 1700 Peter Clark o Paul Slack situaron el umbral de urbanización
en los 2.000 habitantes13 y lo mismo hizo Bernard Lepetit en sus trabajos sobre la
Francia urbana de fines del Antiguo Régimen, siguiendo en esto el criterio elegido por
las autoridades francesas cuando se confeccionó en ese país el censo de 1806 que le
sirvió de base para sus investigaciones.14 Los valores más utilizados oscilan, sin
embargo, entre los 5.000 y los 10.000 habitantes y a ellos nos atendremos.
Pues bien, aplicando este último criterio nos encontraríamos con que 94
poblaciones de las 147 que gozaban en España del título de ciudad en 1787 tenían más
de 5.000 habitantes, cifra ésta a la que habría que añadir otras 100 villas que también
11
P. Molas Ribalta, “Las Cortes ….”, op. cit., p. 149.
12
M. F. Carbajo Isla, La población de la villa de Madrid: desde finales del siglo XVI hasta mediados
del siglo XIX, Madrid, 1987, p. 227.
13
P. Clark, P. Slack, English Towns in transition 1500-1700, Londres, 1979.
14
B. Lepetit, “In search of the small town in early nineteenth-century France”, en P. Clark (ed.), Small
towns in Early Modern Europe, Cambridge, 1995, p. 50-76.
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15
Sobre la tasa de urbanización en el norte de España, vid. R. Lanza, “L’urbanisation du Nord de l’Espagne
à la fin de l’Ancien Régime, 1752-1857”, en G. Saupin (ed.), Villes Atlantiques dans l’Europe
Occidentale du Moyen Âge au XXe siècle, Rennes, 2004, pp. 101-120 y “Ciudades y villas de la cornisa
cantábrica en la época moderna”, en J.I. Fortea Pérez (ed.), Imágenes de la diversidad. El mundo urbano
en la Corona de Castilla (siglos XVI-XVIII), Santander, 1997, pp. 165-200. Vid. también del mismo
autor, “Auge y declive de las cuatro villas de la costa de la mar en la época de los Austrias”, en J.I. Fortea
Pérez (ed.), Transiciones. Castro Urdiales y las Cuatro villas de la Costa de la Mar en la Historia,
Santander, 2002, p. 93-138. Sobre las agro-ciudades, vid. E. Llopis Agelan, M. González Mariscal, “La tasa
de urbanización en España a finales del siglo XVIII: el problema de las agrociudades”, Asociación
Española de Historia Económica. Documentos de Trabajo, AEHE-DT 0602, Madrid, 2006
[[Link]
16
M. Weber, Economía y Sociedad. Esbozo de sociología comprensiva, México, II, p. 949 y 1014-1018.
17
En la Encyclopédie se comienza definiendo la ciudad –la ville- como “un assemblage de plusiers maisons
disposées par rues & fermées d’une clôture commune, qui est ordinairement de murs & de fossés. Mais pour
définir une ville plus exactement, c’est une enceinte fermée de murailles qui renferme plusiers quartiers,
des rues, des places publiques & d’autres édifices”. Así es como puede ser definida la ciudad en sus
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117
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21
Aristóteles, Política, Edición de Julián Marías y María Araujo, Madrid, 1983, Libro III, Caps. 1-5, p. 67
y ss. Repite casi literalmente estas ideas D. Pérez de Mesa, Política o razón de estado; edición crítica por
L. Pereña y C. Baciero y la colaboración de V. Abril, A. García y F. Maseda, Madrid, 1980, p. 40. Sabido
es que semejante concepto de ciudadano fue rechazado por Bodino. Para éste, el verdadero ciudadano es
“el súbdito libre que depende de la soberanía de otro”. A otro nivel se situaría el ciudadano entendido como
aquél habitante de la ciudad “que tiene derechos de cuerpo o de colegio u otros privilegios semejantes que
no comparte con los habitantes de los campos”. El concepto clave es el de soberanía. Todos los ciudadanos
son súbditos del soberano. De esta relación surgen obligaciones mutuas, obediencia y fidelidad en el caso
de los súbditos ciudadanos; “justicia, consejo, ayuda y protección” en el del soberano. Bodino establecía,
así, una dualidad en la concepción de ciudadano. Todos eran igualmente súbditos del soberano, pero cada
uno dependía de él diferentemente en razón del status de que gozara. Vid. J. Bodin, Los seis libros de la
República. Selección, traducción y estudio preliminar de Pedro Bravo Gala, Madrid, 2006 (especialmente
Cap. I, Libro I, p. 34 y ss.). Vid. también P. Costa, Civitas. Storia della cittadinanza in Europa. 1. Dalla
civiltá comunale al Settecento, Bari, 1999, p. 73-80.
22
D. Pérez de Mesa, Política… op. cit., p. 279.
23
S. Quesada, La idea de ciudad en la cultura hispana de la Edad Moderna, Barcelona, 1992.
24
G. Botero, Della ragion di stato e delle cause della grandezza delle città, Venecia, 1598 (Bolonia:
Arnaldo Forni, imp. 1990), p. 309 y ss.
118
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25
N. de Delamare, Traité de la police: ou l'on trouvera l'histoire de son établissement, les fonctions et
les prérogatives de ses magistrats, toutes les lois et tous les reglemens qui la concernent, on y a joint
une description historique et topographique de Paris ..., avec un recueil de tous les statuts et reglemens
des six corps des marchands ..., París, 1707. El último volumen apareció después de su muerte.
26
Ch.I. (abad de) Castel de Saint Pierre, Ouvrages de Politique, vol. 4, Amsterdam, 1733, pp. 102-164.
Cit. por M.G. de Molinari, L’Abbé de Saint Pierre. Sa vie et ses œuvres, París, 1857, p. 178.
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27
Cit. por P. Clark, Capital cities and their hinterlands in early modern Europe, Hants, 1996, p. 11.
28
B. Lepetit, “La noción de ciudad: su evolución (1650-1850) en los cuadros y descripciones geográficas
de Francia”, en ib., Las ciudades…, op. cit., p. 13-27.
29
Sobre la filiación intelectual de este planteamiento, que aplicaba al estudio de la sociedad el modelo de
las ciencias de la naturaleza y, en concreto, sobre la influencia de Bacon y Hartlib, vid. S. Reungoat,
William Petty, observateur des Îles Britanniques, París, 2004, p. 46 y ss.
30
P. Clark, P. Slack, English towns…, op. cit., p. 5.
31
F. Braudel, Civilisation matérielle, économie et capitalisme, XVe - XVIIIe siècles, París, 1979, 3 vols.,
T. 1: “Les structures du quotidien, le possible et l'impossible”, p. 423.
32
V. Pérez Moreda, D.S. Reher, “Hacia una definición de la demografía urbana: España, 1787”, Revista
de demografía histórica, XXI, I, 2003, segunda época, pp. 113-140.
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cosas estaban claras. La función última de la ciudad era conseguir el bien común de sus
habitantes. Por eso es por lo que aquélla era idealmente concebida según el modelo de
la comunidad perfecta, esto es, autosuficiente y, como tal, se la consideraba provista de
todo lo necesario para conseguir tan elevado fin. Se trata, como vemos, de un concepto
de ciudad bastante abstracto. Las cosas, sin embargo, podían ser planteadas de otra
manera. Carl Shorschke ha subrayado a este respecto que en el siglo XVIII se difundió
también por toda Europa la idea de la ciudad-virtud,33 concepto éste con el que el
historiador americano pretendía enfatizar, lejos de cualquier consideración moralizante,
la capacidad de civilización que, desde su punto de vista, los philosophes atribuían a las
ciudades. Voltaire, por ejemplo, destacaba de ellas tres elementos fundamentales: la
libertad, el comercio y la cultura. Ahora bien, no era el industrioso burgués el impulsor
de esos valores de cuya conjunción surgía la civilización, sino el aristócrata pródigo
que con sus refinados modos de vida daba trabajo a multitud de artesanos, favorecía el
comercio y difundía entre las clases inferiores unos ideales de vida que fomentaban el
gusto por el trabajo y la frugalidad como único medio con el que ascender socialmente
y poder disfrutar de los lujos de las clases superiores. De esta forma, la aristocracia
había hecho de la ciudad, de sus formas de vida y de sociabilidad, incluso de su propia
red viaria y del aspecto de sus edificios, una extensión de la cultura palaciega con la que
se identificaba.34 Había sido, en definitiva, el asentamiento de la aristocracia en la
ciudad –hecho éste indisolublemente unido, en la opinión de Voltaire, a la acción del
Estado, circunstancia que no podemos olvidar– lo que había convertido a la ciudad en
un espacio civilizador desde el que era posible difundir el dictado de la razón y los
refinamientos de la civilización.
Voltaire estaba haciendo, en realidad, un elogio del lujo, que los tratadistas del
siglo XVIII vinculaban a las ciudades y, en concreto, a las capitales.35 Obviamente, los
juicios que merecía tal asociación no eran siempre positivos. Los fisiócratas, por
ejemplo, mostraban muchas más reticencias hacia los efectos nocivos que para la
agricultura –el único sector de la economía que consideraban verdaderamente
productivo– podía tener el excesivo crecimiento de las capitales y la concentración en
ellas de los propietarios. Baste para comprobarlo con acercarse a la obra de Quesnay
o de Mirabeau.36 No obstante, a los efectos que ahora nos ocupan, compartían con
muchos de sus coetáneos la idea de que la aristocracia había tenido un papel
fundamental en los orígenes de toda ciudad. Cantillon, por ejemplo, señalaba hacia 1735
en su Ensayo sobre la naturaleza del comercio que “si un príncipe o un señor fija su
33
C. E. Schorske, “The idea of city in European thought”, en O. Handlin, J. Burchard (eds.), The Historian
and the City, The Massachusetts Institute of Technology and Harvard University, 1970, pp. 96-98. Se
inspira en obras como “Le Mondain”, publicadas en 1733.
34
C. E. Schorske, “The idea…”, op. cit., passim. Obviamente este planteamiento es el que retomará Norbert
Elias en su famosa obra, La sociedad cortesana (Madrid, 1993).
35
Vid. a este respecto las observaciones de W. Sombart, Lujo y Capitalismo, Madrid, 1979, pp. 41-44.
36
Vid. F. Quesnay, Questions interessantes sur la population, l’agriculture et le commerce proposées
aux Académies & autres Sociétés savantes des Provinces, en V. de Riquette (marqués de) Mirabeau,
L’ami des hommes ou traité de la Population, vol. 2, partie IV (Reimpresión de la edición de Avignon,
1756-1760), Scientia Verlag Aalen, Darmstadt, 1970, p. 67-72.
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lugar de residencia en algún lugar agradable y otros nobles deciden ir también a vivir
allí a visitarse con frecuencia y a gozar de una agradable sociedad, ese lugar se
convertirá en una ciudad [...] porque el servicio de esos señores precisará de panaderos,
carniceros, cerveceros, comerciantes de vino y de artesanos de todas las clases [...]”.
Había, además, un tipo de ciudad que experimentó un desarrollo extraordinario en los
siglos XVII y XVIII en el que este proceso adquirió, con peculiaridades propias, la
máxima intensidad. Me refiero una vez más a las capitales. El mismo Cantillon
subrayaba al respecto que
“una capital se forma de la misma manera que una ciudad de provincias, pero con una
diferencia: que los mayores terratenientes viven en la ciudad, que el rey y el gobierno
supremo residen allí y allí gastan todas las rentas del estado; que los tribunales
superiores de justicia también tienen allí su sede; que (la capital) es el centro de la
moda que sirve de modelo a todo el país, que los propietarios que viven en provincias
no dejan de acudir ocasionalmente a la capital a pasar una temporada y que allí
envían a sus hijos a que reciban una educación más esmerada, que todas las tierras del
reino contribuyen más o menos al mantenimiento de los que residen en la capital”.37
37
R. Cantillon, Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general (con un estudio de W.S. Jevons),
México, 1950 (1978 reimp.), p. 20-23.
38
La expresión es de M. Berengo, “La città di Antico Regime”, en A. Caracciolo, Dalla cittá preindustriale
alla cittá del capitalismo, Bolonia, cop. 1975, p. 25-54.
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Agulhon39 y Lepetit40 han podido analizar a este respecto la ubicuidad del fenómeno
urbano en la Baja Provenza en el primer caso, y en el conjunto de la Francia
mediterránea en el segundo, hasta fines del Antiguo Régimen. Será sólo a partir de
mediados del siglo XVIII –en Inglaterra aun antes– cuando los criterios cuantitativos
empiecen a cobrar mayor importancia y será, por tanto, desde entonces, cuando el
número y la intensidad de la función acaben por reemplazar a la visión cualitativa de
la ciudad que había predominado durante tanto tiempo.
No existe, a mi conocimiento, ningún trabajo que aplique a las ciudades de la
España Moderna con carácter general una metodología semejante. El debate en torno
al mundo urbano en nuestro país está en exceso polarizado en la consideración del
tamaño o de las funciones económicas desarrolladas por las ciudades, minusvalorando
las propiamente administrativas y culturales en el sentido que los antropólogos dan a
la palabra.41 Parece claro, sin embargo, que la consideración de variables como las
descritas introduciría matices de interés en la comprensión del fenómeno de las agro-
ciudades o ayudaría a replantear el debatido problema de la desurbanización de Castilla
en el siglo XVII, entendida a menudo como consecuencia directa de su coetánea
desindustrialización. Quiero decir con ello que el esquema smithiano de desarrollo
urbano en la España del Antiguo Régimen merece cierta revisión. Algunas sugerencias
a este respecto se van acumulando en los últimos años.42 Y es que, en definitiva, el
modelo de ciudad que surja como consecuencia de la revolución industrial –esa ciudad-
vicio que, por seguir utilizando la interpretación de Schorske, habría reemplazado en
la mentalidad de los contemporáneos y, entre ellos en la de Rousseau, a la ciudad-virtud
de los ilustrados– o los criterios que se utilicen para caracterizarlo, no deberían ser
aplicados sin reservas para definir el fenómeno urbano en sociedades perfiladas en
función de sus propios valores.
El siglo XVIII es, por tanto, un momento de transición que iba introduciendo
tensiones en un mundo urbano en proceso de transformación por todas partes. También
en España nuevas realidades se imponían sin por ello desplazar a las antiguas en un
mapa urbano que muestra signos de continuidad con respecto al pasado, pero en el que
también apuntan algunos elementos de cambio. Concretar esta imagen deja, sin
embargo, un amplio margen para la incertidumbre, pues es preciso para ello retomar
convenciones al uso sobre los umbrales de urbanización y transigir con muchas de las
deficiencias que muestran fuentes que a menudo son incompletas, que normalmente
39
M. Agulhon, “La notion de village en Basse Provence vers la fin de l’Ancien Régime”, Actes du 90e
Congrès national des Sociétés savantes (Nice, 1965), Section d’Histoire Moderne et Contemporaine,
vol. I, París, 1966, p. 277-301.
40
B. Lepetit, Les villes…, op. cit., p. 123-172.
41
R.G. Fox, Urban Anthropology. Cities in their cultural settings, New Jersey, 1977.
42
Vid. la reconsideración de sus propias interpretaciones hechas por D. Ringrose, “Historia urbana y
urbanización en la España Moderna”, Hispania, LVIII/2, 199 (1998), p. 489-512. Vid. también J.I. Fortea
“Les villes de la Couronne de Castille sous l’Ancien Régime: une histoire inachevée”, Revue d’Histoire
Moderne et Contemporaine, 41-42, p. 290-312 (1994) [Trad. esp. “Las ciudades de la Corona de Castilla
en el Antiguo Régimen: una revisión historiográfica” (1995), Boletín de la Asociación Española de
Demografía Histórica, XIII, 3, p. 19-59].
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resultan poco homogéneas y que están siempre demasiado distantes en el tiempo. Con
todo, merece la pena intentarlo, a condición, naturalmente, de renunciar a una exactitud
engañosa para centrar la atención más en las tendencias que sugieren las fuentes que en
los niveles que establecen. Se trataría, más bien, de contabilizar los puntos de
concentración de la población existentes entre las fechas extremas que hayamos elegido
y observar el sentido de su evolución. El resultado es claro. Hacia 1787 esos puntos de
concentración eran más numerosos que antaño o, dicho de otra forma, en España había
entonces más ciudades que en el siglo XVI y, en su conjunto, estaban más pobladas.
También parece que la población tendió a concentrarse en las poblaciones más grandes,
al menos en algunas regiones.43 Ahora bien, como la población total también había
crecido, la tasa de urbanización resultante se mantuvo aproximadamente estable y,
además, esos puntos de concentración demográfica no eran en 1787 los mismos que dos
siglos antes, ni tampoco se repartían uniformemente por todo el territorio.
En efecto, 55 ciudades de las 98 que superaban los 5.000 habitantes en 1591 en
la Corona de Castilla se situaban en 1787 por debajo de ese nivel. No obstante, otras 43
estaban más pobladas en la última de las fechas citadas y a ellas habría que añadir 55
más que superaron ese umbral en algún momento después de 1591, presumiblemente,
pero no siempre, en el transcurso del siglo XVIII. La población urbana total había
aumentado, por tanto, pero hubo lugares en donde este proceso no tuvo lugar. En
Castilla-León y en Extremadura disminuyó en términos absolutos y relativos. De entre
las ciudades castellanas sólo Burgos, Palencia y Salamanca estaban más pobladas en
1787 de lo que habían estado en 1591. Tres más superaron los 5.000 habitantes por
primera vez entre ambas fechas, pero otras ocho se habían despoblado, a veces de forma
notable.44 En Extremadura, las pérdidas de población afectaron a ocho ciudades y las
ganancias sólo a dos, no siendo más de otras tres las que aparecen por primera vez en
1787 con más de 5.000 habitantes. La población urbana creció en las demás regiones,
singularmente en Murcia y en la cornisa cantábrica, zona esta última donde a fines del
siglo XVIII podían situarse ya hasta ocho ciudades que superaban ese volumen de
población, cuando dos siglos antes no había ninguna. Resumiendo, la tasa de
urbanización había descendido en 1787 respecto a los niveles alcanzados en 1591 en
Castilla-León y en Extremadura, se había mantenido en Andalucía, había crecido de
forma moderada en Castilla-La