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ANUARIO IEHS

24
2009
ANUARIO IEHS

24
2009

Universidad Nacional del Centro


de la Provincia de Buenos Aires

ISSN 0326-9671
Anuario IEHS. Revista del Instituto de Estudios Histórico Sociales «Prof. Juan Carlos
Grosso». Es una publicación dedicada a difundir los avances de las ciencias sociales
centrada en las problemáticas de la historia argentina y americana.
Para disponer de información adicional sobre el Anuario IEHS y otras publicaciones del
Instituto, puede consultarse: [Link]/anuarioiehs/

Anuario IEHS. It is a yearbook published by the Instituto de Estudios Histórico Sociales


«Prof. Juan Carlos Grosso». The publication intends to spread the advances of social
sciences centered in the problematic of Argentine and American history. In order to have
additional information about Anuario IEHS and other publications of the Institute, it can be
consulted: [Link]/anuarioiehs/

Anuario IEHS – Instituto de Estudios Histórico-Sociales “Prof. Juan Carlos Grosso”

RECTOR DE LA UNCPBA: Contador Roberto Tassara

DECANA DE LA FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS: Lic. Alicia Spinello

DIRECTORA DEL IEHS: Dra. María Estela Spinelli

ANUARIO IEHS

DIRECTOR: Dr. Hernán Otero (UNCPBA-CONICET)

SECRETARIA DE REDACCIÓN: Dra. Olga Echeverría (UNCPBA-CONICET)

COMITÉ EDITORIAL: Dr. Daniel Dicósimo (UNCPBA)


Dr. Marcelino Irianni (UNCPBA-CONICET)
Dra. Lucía Lionetti (UNCPBA)
Dr. Julio C. Melón Pirro (UNCPBA-UNMdP)
Dr. Eduardo Míguez (UNCPBA)
Dra. Sara Ortelli (UNCPBA-CONICET)
[Link] Pasolini (UNCPBA-CONICET)

CONSULTORES EXTERNOS:
Dr. Carlos Sempat Assadourian (El Colegio de México)
Prof. Susana Bianchi (Investigadora Honoraria del IEHS)
Dr. Marcello Carmagnani (El Colegio de México)
Dr. Mario Cerutti (Universidad Autónoma de Nuevo León, México)
Prof. José Carlos Chiaramonte (Instituto de Historia Argentina-Americana “Dr. Emilio Ravignani”)
Dr. Juan Carlos Garavaglia (École des Hautes Etudes en Sciences Sociales)
Dr. Tulio Halperin Donghi (University of Berkeley)
Dr. Herbert Klein (Columbia University)
Dra. Asunción Lavrin (Arizona State University)
Dr. John Manuel Monteiro (Universidade Estadual de Campinas)
Dr. Zacarías Moutoukias (Université de Paris VII)
Dra. Reyna Pastor (Consejo Superior de Investigaciones Científicas – Madrid)
Dr. Nicolás Sánchez Albornoz (New York University)
Dr. Nathan Wachtel (École des Hautes Etudes en Sciences Sociales)
Dr. François Weil (École des Hautes Etudes en Sciences Sociales)

Copyright IEHS/TANDIL ISSN 0326-9671 Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
Pinto 399 B7000GHG Tandil, Argentina Dirección Nacional de Derecho de Autor, exp. en trámite
INDICE

Obituario Carlos Alberto Mayo (1947-2009), por Samuel Amaral 9

Debates
Ana María Lorandi y Roxana Boixadós
Sobre clasificaciones y descalificaciones. Una revisión crítica de
Etnohistoria de los valles calchaquíes, veinte años después. 15

Artículos

Vanesa E. Teitelbaum
Hacia una política social. Higiene y trabajo en Tucumán del
entresiglo 41
Germán C. Friedmann
La cultura en el exilio alemán antinazi. El Freie Deutsche Bühne de
Buenos Aires, 1940-1948 69

La ciudad en el Mundo Moderno.


Primera parte: Ciudades e imaginarios urbanos
Presentación: Las formas de ciudad y ciudadanía en el Antiguo Régimen,
Tomás A. Mantecón Movellán 89

Richard L. Kagan
Felipe II y el arte de la representación de paisajes urbanos 95
José I. Fortea Pérez
La ciudad y el fenómeno urbano en el Mundo Moderno: España en
su entorno europeo 111
Roberto López Vela
Ciudad, inquisición y limpieza de sangre: entre la exclusión y la
concesión del honor 143
Begoña Alonso Ruiz y Luis Sazatornil Ruiz
De San Sebastián a Cádiz: iconografía urbana de los puertos
atlánticos (siglos XVI-XIX) 169

Revolución, Insurgencia y Guerra de Independencia en América del Sur


Presentación: Sara Emilia Mata de López 193

5
Luis Miguel Glave
Por la palabra también se lucha. Domingo Sánchez Rebata y Manuel
Lorenzo de Vidaurre en la crisis colonial peruana 201
Beatriz Bragoni
Acerca de la conflictividad política en las Provincias Unidas de Sud
América: la trayectoria del chileno José Miguel Carrera y la
formación del “Ejército Restaurador” en Buenos Aires (1818-1820) 227
Gabriel Di Meglio
Un ciclo de participación política popular en la ciudad de Buenos
Aires, 1806-1842 253
Sara Emilia Mata de López
Guerra, militarización y poder. Ejército y milicias en Salta y Jujuy.
1810-1816 279

Elites en la Argentina Moderna (de mediados del siglo XIX al Centenario)


Presentación: Leandro Losada 299

Roy Hora
Los grandes industriales de Buenos Aires: sus patrones de consumo
e inversión, y su lugar en el seno de las elites económicas argentinas,
1870-1914 307
Paula Bruno
La vida letrada porteña entre 1860 y el fin-de-siglo. Coordenadas para
un mapa de la elite intelectual 339
Paula Alonso
El Partido Autonomista Nacional y las elites políticas en la Argentina
de fin del siglo XIX 369
Gustavo L. Paz
El Roquismo en Jujuy: notas sobre elite y política, 1880-1910 389

Catolicismo y Cultura Política en América Latina contemporánea


Presentación: Claudia F. Touris 411

Renée de la Torre
Los laicos en la historia de las relaciones Iglesia-Estado en México
durante el siglo XX 417

6
Daniel H. Levine
Violencias y religiones en América Latina 445
Michael Löwy
El Cristianismo de la Liberación y la Izquierda en Brasil 465
Claudia F. Touris
Profetismo, política y neo-clericalismo en el Movimiento de
Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) en Argentina 477

Reseñas 501

Ezequiel Adamovsky, Historia de la clase media argentina. Apogeo y decadencia


de una ilusión, 1919–2003, Buenos Aires, Planeta, 2009, 600 páginas. Por Paola
Gallo. 503
José Pedro Barrán, Intimidad, divorcio y nueva moral en el Uruguay del
Novecientos, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2008, 383 páginas. Por
Paola Varela. 507
Paula Canelo, El Proceso en su laberinto. La interna militar de Videla a Bignone,
IDAES, UNSAM, Prometeo, Buenos Aires, 2008, 245 páginas. Por Mario Germán
Acosta. 510
Enrique N. Cruz y Carlos D. Paz (Comps.), Resistencia y rebelión: de la Puna
Argentina al Atlántico (período colonial), Anuario 4 CEIC, Jujuy, Purmamarka
Ediciones, 2008, 288 páginas. Por Romina Casali. 514
Ángel Duarte, El otoño de un ideal. El republicanismo histórico español y su
declive en el exilio de 1939, Madrid, Alianza Editorial, 2008, 407 páginas. Por Ana
Leonor Romero. 518
Antoinette Fauve-Chamoux and Emiko Ochiai (eds.), The Stem Family in Eurasian
Perspective. Revisiting House Societies, 17th–20th centuries, Population, Family
and Society, Population, famille et société, vol.10, Bern, Peter Lang, 2009, 558
páginas. Por Claudia Contente. 521
Sandra Gayol, Honor y duelo en la Argentina M oderna, Buenos Aires, Siglo XXI,
2008, 288 páginas. Por Olga Echeverría. 524
Julio César M elón Pirro, El peronismo después del peronismo: resistencia,
sindicalismo y política luego del 55, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2009,
288 páginas. Por Valeria Bruschi. 526
María Matilde Ollier, Golpe o revolución. La violencia legitimada, Argentina
1966/1973, Buenos Aires, Editorial de la Universidad de Tres de Febrero, 2006, 349
páginas; y De la revolución a la democracia. Cambios privados, públicos y
políticos de la izquierda argentina, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2009, 304
páginas. Por M aría Estela Spinelli. 529

7
Hernán Otero, La guerra en la sangre. Los franco-argentinos ante la Primera
Guerra M undial, Buenos Aires, Sudamericana, 2009, 224 páginas. Por Federico
Lorenz. 533
Alexandra Pita González, La Unión Latino A mericana y el Boletín Renovación.
Redes intelectuales y revistas culturales en la década de 1920, M éxico, El Colegio
de México/Universidad de Colima, 2009, 386 páginas. Por Paula Bruno. 537
Leticia Prislei, Los orígenes del fascismo argentino, Buenos Aires, Edhasa, 2008,
188 páginas. Por Leonardo Fuentes. 541
Ann Twinam, Vidas públicas, secretos privados. Género, honor, sexualidad e
ilegitimidad en la H ispanoamérica colonial, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2009, 500 páginas. Por Paola Varela
543
Tesis de Doctorado defendidas en el año académico 2009 547
Canje / Suscripción 551
Pautas para la presentación de colaboraciones 552

8
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 9-12

OBITUARIO
CARLOS ALBERTO MAYO (1947-2009)

No puede haber tarea más penosa para un historiador que despedir a un colega
y amigo como lo fue Carlos Mayo. Más aún cuando los recuerdos de él se extienden a
lo largo de más de cuatro décadas, desde que a mediados de los sesenta comenzamos
a estudiar historia en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La
Plata hasta nuestros últimos encuentros en la Academia Nacional de la Historia, pocos
meses antes de su muerte. Por esa proximidad que mantuvimos durante tanto tiempo,
su partida, el 10 de mayo de 2009, a los 61 años, me llenó de un dolor que sé
compartido por todos sus compañeros de profesión y sus alumnos.
Desde que entró en la universidad, Mayo sabía y dejaba saber que quería ser
ante todo un historiador. Durante sus estudios prestó poca atención a la política
universitaria, a pesar de que era una época en la que difícilmente se podía permanecer
al margen de ella porque los problemas de nuestro país parecían requerir una respuesta
urgente de los estudiantes. Mayo, sin embargo, no fue arrastrado por las circunstancias.
Había llegado a la universidad munido de entonces raros principios democráticos,
herencia, quizás, de un abuelo que había sido diputado socialista en los años treinta.
Aunque no se dejó atraer por la militancia política, mantuvo esos principios,
silenciosamente, a lo largo de su vida y ellos inspiraron su trabajo en el campo de la
historia. Esto se manifestó de dos maneras: por un lado, en su desconfianza de las
explicaciones omnicomprensivas y su consecuente tolerancia del disenso; por otro, en
su creciente preocupación por la gente común, los actores ignotos de la historia social.
La primera manifestación de sus principios quedó expresada en su primer libro,
Diplomacia, política y petróleo, escrito en colaboración con Osvaldo Andino y
Fernando García Molina, en el que se lee: “hacer historia científica, esto es, con la
verdad como objetivo prioritario de la investigación, es empresa difícil, a menudo
dolorosa y ciertamente menos grata que la tentación de fabricarse un pasado a medida
de las propias convicciones”. Aunque los temas que lo atrajeron posteriormente no
produjeron seguramente un conflicto entre sus convicciones políticas y el resultado de
sus estudios, esa actitud revela la marca del historiador que fue: el que ajusta sus
explicaciones a la evidencia y no esta a sus prejuicios. Así, años más tarde, en sus
estudios sobre la política petrolera durante las presidencias de Uriburu y Justo,
realizados también con García Molina, ellos rechazaban las interpretaciones simplistas
dadas por los partidarios del gobierno caído en septiembre de 1930 y reclamaban al
mismo tiempo la autonomía de la política y de la historia política: “Los hombres del 30
–y no sólo ellos– hacían política también por razones políticas. Esto que era obvio antes
de Marx ha dejado de serlo desde entonces. La historia política argentina debe ser
revalorizada, pero a condición de abandonar de una vez, y acaso para siempre, su
obsesión por confinarse el mero relato de los hechos políticos, en el marco de un
paupérrimo encuadre que quiere ser interpretativo y que en realidad no ha pasado de ser,

9
Anuario IEHS 24 (2009)

en muchos casos, un simple despliegue de juicios de valor o un mero ejercicio de


militancia retrospectiva”. Esta afirmación podía hacer pensar en más contribuciones en
esa misma línea desmitificadora de una historia política subordinada a las posiciones
militantes, pero Mayo prefirió otro tema como eje de sus estudios.
La sociedad pampeana a fines de la época colonial fue el tema que concentró
sus mayores esfuerzos. En él confluían los dos marcados intereses suyos: el primero,
como lo había puesto de manifiesto en su primer libro, por hacer una historia basada en
documentos, no en ideas preconcebidas; el segundo, por hacer una historia que
excediera el marco regional. Sus trabajos estuvieron basados principalmente en la
documentación que él recogió en los archivos, cuyo análisis hizo siempre en el marco
de la historia colonial americana. Así lo señala Tulio Halperín Donghi en el prólogo a
Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820), donde también expresa que la decisión
del Anuario IEHS al invitar a Mayo a abrir y cerrar la polémica sobre “Gauchos,
campesinos y fuerza de trabajo en la campaña rioplatense colonial” (publicada en el
número 2, en 1987) era un reconocimiento a su prelación en esa exploración y que
quienes lo seguimos en ella hicimos de su aporte “un ineludible término de referencia
para articular” nuestras propias “preguntas y curiosidades”. Con igual acierto apunta la
peculiaridad de la aproximación de Mayo: los otros lo hacíamos desde la perspectiva
de la producción; él, desde la de la sociedad. Esta era, sin duda, la clave: aun cuando
en su primer acercamiento a su gran tema había rozado la historia económica, su interés,
sus preguntas, siempre se ubicaron en la historia social.
Estancia y sociedad en la pampa, libro del que Mayo dijo que era “un intento
de dibujar una suerte de historia social de la ganadería colonial porteña”, es no
solamente uno de sus más importantes aportes historiográficos sino también un punto
de inflexión en su tarea de historiador. Él mismo lo advierte en la introducción: “El
lector atento descubrirá una oculta tensión en las páginas que siguen entre una manera
de hacer historia social con la que me siento ahora menos cómodo y que a pesar de ello
domina el libro y una incipiente apertura hacia una historia más narrativa, más vitalista,
que buscar entretener, que se regodea en el detalle, en la descripción de la cotidianidad,
en la rutina exterior pero también en los pliegues del alma de sus protagonistas”. Esta
nueva manera de encarar su trabajo se nota en los dos últimos capítulos del libro, sobre
la mujer y sobre el amor y la sexualidad en el mundo rural pampeano y, de manera
mucho más marcada, en uno de los nuevos capítulos que agregó luego a la segunda
edición de ese libro, “Patricio de Belén: nada menos que un capataz”. En el final de este
capítulo, antes publicado en Hispanic American Historical Review, refina su nueva
visión: “es precisamente su vida la que hemos querido rescatar en un intento por
recuperar una dimensión hasta hace poco extraviada de la historia: la dimensión
individual. La vida de personas de carne y hueso, más aún, de gente común, ordinaria,
anónima, se ha vuelto una vez más un objeto de estudio digno de interés [...] Pero no
se trata de ver en una historia individual el reflejo de tendencias y regularidades más
vastas, no se trata solo de acumular casos, se trata también de recuperar esa vida en lo
que tiene de existencial, de propia, de intransferible [...] El individuo no es, como creían
los historiadores románticos, el demiurgo de la historia, pero aun así puede ser

10
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 9-12

rescatado como víctima de ella, de fuerzas y poderes que no controla pero con los cuales
se mide cotidianamente en su lucha por vivir y sobrevivir. Alguien podría decir que,
desde este punto de vista, no vale la pena demorarse en reconstruir vidas como la de
Patricio, pasajeras, ocultas e intrascendentes. El historiador que afirme esto [...] está
como diciéndonos que su propia vida, la única que tiene, carece de importancia”. Esta
es la declaración de principios de su madurez acerca de la historia y del oficio de
historiador: le importaban la vida de los individuos como tales, no los casos, ni los
agregados, ni las categorías.
A esa concepción se atuvo en sus posteriores esfuerzos, expresados en su último
libro, Porque la quiero tanto: historia del amor en la sociedad rioplatense (1750-1860),
publicado en 2004. Allí da un paso más en su preocupación por la historia de los
individuos: su interés ya no se concentra en los hechos de sus vidas sino exclusivamente
en sus sentimientos, “los pliegues del alma”. Quizás porque la historia de estos sea más
difícil de estudiar en lapsos cortos, en esta obra fue más allá de los límites del período
colonial tardío. Es posible que en el proyecto en que estaba trabajando, la historia del
desierto, también hubiese debido abandonar la periodización convencional: su visión
de la historia seguramente lo habría llevado a los mismos testimonios de gente común,
de individuos sin importancia particular, que fueron la fuente y también el sujeto de sus
últimos trabajos, para indagar los sentimientos de quienes estaban perdidos en la
inmensidad de la pampa mientras ella era domesticada. Pero más importante que esta
transgresión temporal es sin duda la segunda manifestación de sus principios: la
reafirmación de que los individuos, no las categorías analíticas creadas por los
estudiosos, son el actor central de la historia.
Carlos Mayo, que había nacido el 12 de julio de 1947, hizo sus estudios de
grado en historia en la Universidad Nacional de La Plata, obtuvo un master en Rutgers,
y dos doctorados en historia, en las universidades de La Plata y de California Los
Ángeles, con tesis dirigidas por Enrique M. Barba y James Lockhart. Su carrera docente
se desarrolló casi enteramente en la misma universidad en la que estudió, donde fue
profesor hasta su muerte y de la que solo se alejó por breves lapsos para enseñar en las
universidades de La Pampa y Mar del Plata y como profesor visitante en las de
Massachusetts y Brown. Su interés por los estudios comparativos lo llevó a establecer
estrechos vínculos con colegas extranjeros, especialmente canadienses y chilenos, a
través de asociaciones para promover los intercambios y de libros editados en común.
Supo transmitir el entusiasmo por los temas que lo apasionaron a sus alumnos, en
quienes tuvo una respuesta que se prolongó mucho más allá de la efímera relación del
aula y se concretó en muchos libros con sus trabajos que él compiló. Fue un gran
expositor que sabía, siguiendo también en esto el modelo de su maestro, Enrique M.
Barba, usar del humor y la ironía para atraer la atención de la audiencia. Sus alumnos
lo apreciaban por esto, pero más aun por sus conocimientos, por la atención que les
prestaba y por el impulso que les daba involucrándolos en sus investigaciones.
Durante toda su vida Mayo estuvo afectado por problemas de salud, que en los
últimos años se habían agravado hasta el punto de limitar sus movimientos y su
capacidad de expresión. Sobrellevó esas dificultades sin quejas, ignorándolas, como si

11
Anuario IEHS 24 (2009)

fuese completamente natural que le sucedieran. Quizás esa actitud digna y valiente se
haya debido a su carácter optimista, pero también a que ellas no le impidieron seguir
investigando sus temas, dirigir a sus discípulos y publicar sus trabajos. Nos ha dejado
una obra que siempre será leída con provecho; también una orientación historiográfica,
acorde con los principios que lo guiaron en su vida, que debe servirnos para la
reflexión; y, en lo que a mí concierne, el recuerdo de alguien que no dejó que sus
pasiones intelectuales afectaran nuestras relaciones personales y que podía saludar, por
lo tanto, como en la dedicatoria con que me ofreció uno de sus libros, “desde la
tranquera de enfrente”.

Samuel Amaral
Academia Nacional de la Historia

12
D EBATES
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38

S OBRE CLASIFICACIONES Y DESCALIFICACIONES.


UNA REVISIÓN CRÍTICA DE Etnohistoria de los valles
Calchaquíes, VEINTE AÑOS DESPUÉS
Ana María Lorandi1 y Roxana Boixadós2

“Le passé parle, à condition de savoir l´interroger”


François Hartog3

Introducción

Las reflexiones desarrolladas en este trabajo parten de la lectura del artículo de


Christophe Giudicelli, titulado “Encasillar la frontera. Clasificaciones coloniales y
disciplinamiento del espacio en el área diaguito-calchaquí, siglos XVI-XVII”, publicado
en el Anuario IEHS, número 22 de 2007. Siempre es muy interesante ver cómo, a lo
largo de los años, nuevos conceptos y nuevas formas de analizar las fuentes mediante
una historización más ajustada de los discursos coloniales pueden renovar la
comprensión del proceso de conquista europea y de las modalidades asumidas a causa
de los contactos hispano-indígenas. No obstante, la pregunta que trasciende es si para
posicionarse en el mundo académico local con propuestas alternativas de interpretación
es preciso descalificar a quienes han producido antes sobre la misma problemática.
Estamos de acuerdo en que es necesario historizar y rehistorizar el contenido de las
fuentes como lo sugiere la cita de Bourdieu en el texto de Giudicelli (p. 149), pero esto
mismo debe ser aplicado a la producción bibliográfica referida al tema que deseamos
investigar, la que debe ser comprendida dentro de los contextos específicos que le
dieron origen. Lo contrario puede conducir a una lectura equivocada de los antecedentes
y, lo que es peor, a una ponderación errónea de aquello que se consideran como aportes
decisivos al tema tratado.
El artículo “Etnohistoria de los valles Calchaquíes, siglos XVI y XVII”4 , ha
sido objeto de duras críticas por parte de Giudicelli, motivándonos a aclarar algunas
cuestiones ante el público académico. Si bien las interpretaciones sobre cualquier

1
Investigadora Superior de CONICET. Universidad de Buenos Aires. Entre Ríos 966 - 2º Piso, Dpto. E
(1080), Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Correo electrónico: anamarialorandi@[Link]
2
Investigadora Adjunta de CONICET. Universidad Nacional de Quilmes. Universidad de Buenos Aires.
Av. Directorio 1424. (1406) Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Correo electrónico: rboixados@[Link]
3
François Hartog, Régimes d´Historicité. Présentisme et Expériences du Temps, París, Éditions du Seuil,
2003, p. 86.
4
Ana María Lorandi y Roxana Boixadós, Runa, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad
de Buenos Aires, 1987-1988, XVII-XVIII, pp. 263-420.

15
Anuario IEHS 24 (2009)

problema de investigación deben ser discutidas tanto en términos teóricos como en


relación con el material empírico –lo que enriquece y actualiza la producción de
conocimientos en nuestras disciplinas– las críticas son sólo aceptables si provienen de
una elaboración intelectual honesta, que respete la producción ajena. Hace décadas que
se cuestiona la imposición de modelos creados a partir del análisis de otras realidades
en un afán por renovar o refundar campos de investigación bajo la autoridad emanada
de un saber más novedoso, que al tiempo que afirma su interpretación como la única
opción válida desprecia otras sin ponderarlas de manera adecuada. El tono irónico y
despectivo impregnado en ciertos párrafos nos alerta sobre la vigencia de un estilo que
evoca viejas marcas de la producción colonial bajo el autoritario formato de la
intelectualidad posmoderna.
En las páginas que siguen nos proponemos recuperar la significación y los
aportes que consideramos que el artículo de Runa contiene y señalar aquellas cuestiones
que fueron a nuestro juicio mal evaluadas por Giudicelli. La idea que nos anima no es
la de ejercer una mera defensa de aquello que escribimos hace 20 años, sino más bien
denunciar procedimientos intelectuales que no contribuyen al diálogo ni aportan de
manera sustantiva a la producción de conocimientos. En suma, la relectura crítica de
nuestro artículo y su contrastación con el de Giudicelli nos permitirá situar en sus
respectivos contextos teóricos y metodológicos ambas producciones, discutir la
construcción de los datos, el análisis de las fuentes, reconocer las debilidades y
contradicciones de las argumentaciones sostenidas y evaluar los aportes. El lector
interesado podrá remitirse a los textos originales para tomar conocimiento de sus
contenidos en forma completa y realizar su propia evaluación de lo que aquí se discute.

Sobre el contexto de producción de Etnohistoria de los valles Calchaquíes

Comenzamos por revisar este artículo ya que es el que ocupa la mayor atención
crítica por parte de Giudicelli. Fue elaborado durante dos años previos a su publicación
en la Revista Runa, números 17/18 (1987/1988); se trata de un texto que tiene 20 años
y este dato permite situarlo en varios contextos simultáneos de producción. A nivel
local, la etnohistoria en Argentina recién comenzaba a dar sus primeros pasos y los
pocos antecedentes consistían en los trabajos de los arqueólogos con marcada tendencia
a identificar similitudes culturales con unidades políticas y étnicas homogéneas. El
regreso de Ana María Lorandi desde Francia al país y sus estrechos vínculos
académicos con los principales referentes de la Etnohistoria Andina convergieron en
la creación de la Sección Etnohistoria en el Instituto de Ciencias Antropológicas de la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde comenzaron
a desarrollarse proyectos de investigación interdisciplinarios (antropólogos,
historiadores y arqueólogos) principalmente sobre las sociedades indígenas del
Noroeste (NOA) argentino y el sur de Charcas. Como el mismo Giudicelli advierte, los
primeros trabajos surgidos en ese contexto fueron tributarios de los estudios sobre
etnohistoria andina, si bien no es seguro que reconozca todas sus implicaciones.

16
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38

En esa época autores como Murra, Rostworowski, Wachtel, Pease, Duviols, y


otros situaron el análisis de la etapa de conquista y colonización española desde “la
visión de los vencidos” o bien desde “el punto de vista de los nativos”. Esto significa
que la atención estuvo puesta en reconstruir, conocer y comprender las características
de organización social, las estructuras políticas y económicas y la dimensión simbólica
de las sociedades andinas, en recuperar su agencia activa en los procesos de
incorporación al Tawantinsuyu y de formación de la sociedad colonial. Para esta
empresa se contaba con fuentes documentales, en su inmensa mayoría producidas por
españoles, que permitían acceder al mundo nativo. Aunque según algunos autores esta
perspectiva pudiera derivar en una suerte de “realismo documental”, asumiendo que las
fuentes “reflejan” una realidad en rápida transformación –como dirán los modelos
críticos de los ’90- es preciso reconocer que los grandes referentes de la etnohistoria
andina, desde Murra en adelante, enfatizaron la necesidad de criticar minuciosamente
las fuentes y sus contenidos de significación por lo que ninguno de ellos puede ser
sindicado de asumir un “realismo documental”. Trabajos de estas características fueron
una guía metodológica para analizar las fuentes relativas al valle Calchaquí, por lo que
es difícil acordar con Giudicelli quien sostiene que hemos considerado a las fuentes de
manera ingenua y acrítica. Nunca afirmamos que las fuentes reproducían la realidad –no
se encontrará en el texto ninguna expresión de este tipo-, más aún, la exposición
sistemática de los procedimientos de análisis de cada fuente, las discusiones y las
interpretaciones que cada opción generaba demuestran que estuvimos –y estamos- muy
lejos de posiciones positivistas. 5
En sus apreciaciones generales es indudable que Giudicelli desconoce las
investigaciones de la década del 90 en la antropología y la historia andina señalando la
necesidad de sofisticar aún más el análisis de las fuentes. Los ya clásicos trabajos de
Guevara Gil y Salomon sobre la función de las visitas coloniales como instrumentos de
“creación” de grupos étnicos y el posterior de Wachtel sobre la construcción y
reconstrucción de identidades en Bolivia han advertido sobre la necesidad de revisar
cuidadosamente y bajo otros parámetros las clasificaciones coloniales reconociendo el
carácter performático de la acción colonial en la creación de alteridades e identidades. 6
También apuntaron a que la etnohistoria de los ’70 y los ’80 había descuidado el
análisis del estado colonial y de sus agentes como partícipes de complejos procesos de
simbolización política y de creación de sentidos hegemónicos. Todas estas
consideraciones no estaban formuladas cuando escribimos nuestro artículo y sorprende

5
Giudicelli nos atribuye un posicionamiento positivista en una misma línea de desarrollo intelectual de los
autores del siglo XIX, con todo lo que ello implica. Esto revela una profunda ignorancia de la producción
local y una sorprendente capacidad para homogeneizar posiciones y contextos muy diversos.
6
Jorge A. Guevara Gil & F. Salomón, “La visita personal de indios: ritual político y creación del “indio”
en los Andes coloniales”, Cuadernos de Investigación 1, PUCP, Instituto Riva Agüero, 1996; Nathan
Wachtel, “Nota sobre el problema de las identidades colectivas en los Andes meridionales”, en [Link]ón
Gabai, y J. Flores Espinoza (editores), Homenaje a María Rostwrowski, Instituto de Estudios Peruanos
y Banco Central de Reserva del Perú, Lima, 1997, pp. 677-690.

17
Anuario IEHS 24 (2009)

que Giudicelli desconozca la importancia de esta línea de trabajo para el área andina
con el declarado afán de descubrir un nuevo abordaje de estos temas.
Como demostraremos más adelante, esta forma de proceder en el análisis de las
fuentes pretende anunciar un cambio de perspectiva teórica y de posicionamiento
metodológico desde donde se formulan determinadas preguntas: se asume, desde la
producción de Giudicelli que las fuentes son una herramienta del poder hegemónico del
estado y que crean ficciones de la realidad según sus imperativos de dominar y
controlar. Desde esta posición es muy poco lo que se interroga y lo que se puede
responder acerca de las sociedades indígenas ya que ellas devienen meros sujetos de
colonización en lugar de ser interrogados como sujetos de acción históricamente
situados. Está claro que cierto tipo de fuentes –informes de gobernadores o virreyes,
cartas oficiales, etc.- responden a este modelo de análisis, como las visitas que fueron
producidas en contextos de dominio efectivo y que constituyen “instrumentos de la
hegemonía del estado colonial”.7 Pero pensamos que debemos ser extremadamente
prudentes al emplear este prisma en todo tipo de fuentes y en cualquier contexto
histórico, llámese conquista, situación de frontera o de formación de la sociedad
colonial. La uniformización del análisis de fuentes heterogéneas revierte en visiones
simplificadas pues pierden de vista los específicos contextos de producción de las
mismas (objetivos, autor, destinatario, intereses, situación contextual, etc.) y desvirtúan
las complejas dimensiones de sus contenidos de significación.
La perspectiva que Giudicelli aplica también se extiende de manera crítica
sobre el concepto de etnicidad y de grupo étnico. La noción que empleamos tenía una
importante vigencia en ese momento en los estudios andinos y en los antropológicos en
general. Por nuestra parte, sopesamos cuidadosamente la pertinencia de buscar apoyo
en Fredrik Barth, teniendo en cuenta que la información sólo podía ser analizada si
teníamos en claro que debía ser interpretada a través de las interacciones de los
indígenas con los españoles, ya que ellos fueron los “traductores” de su percepción de
la realidad. En la introducción del trabajo en Runa planteamos nuestro punto teórico de
partida, considerando los riesgos que deberíamos enfrentar. No procedimos a ciegas,
sabiendo que no disponíamos de antecedentes enfocados desde la etnohistoria
actualizada a 1980 para nuestra región, pues los escasos antecedentes (con algunas
excepciones como Aníbal Montes o Alberto Salas), provenían de los trabajos de los
arqueólogos que, como dijimos homogenizaban unidades políticas y étnicas. Para
ilustrar esto basta un solo ejemplo: la referencia a “un señor principal” era interpretada
directamente como el de un jefe que controlaba un amplio territorio o valle, caso de
Juan Calchaquí en el valle homónimo.
Dentro del marco de los estudios andinos, hay factores ligados de manera
intrínseca a la cuestión de la etnicidad: la ecología y la territorialidad por un lado y la
estructuración política por otro. El conocimiento ecológico y la ponderación de los
recursos resultan esenciales para comprender las bases materiales del desarrollo
histórico de las sociedades nativas del valle Calchaquí. La etnohistoria andina ha

7
Gevara Gil y Salomon, op. cit., p. 7.

18
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38

demostrado hace muchos años que la relación con el medio ambiente resulta crucial
para comprender el acceso “salpicado” a los recursos y que el control simultáneo de
territorios dispersos constituía una estrategia exitosa de autosuficiencia económica. Y
además, que las estructuras políticas –jefaturas con variados niveles de complejidad-
articulaban el control de los recursos y el poder de acuerdo con la base demográfica que
las sustentaba. Desde esta perspectiva, lo que intentamos en el trabajo de Runa fue
situar territorialmente a los grupos del valle Calchaquí combinando las fuentes
históricas con la información arqueológica. El mapa adjuntado en el trabajo, lejos de
“congelar” a los grupos en territorios definidos, presentaba una localización tentativa
de las cabeceras políticas, de las zonas posibles que cada uno controlaba o usufructuaba
y de las franjas que articulaban territorios que respondían a dinámicas políticas
diferentes en el momento en que las fuentes coloniales allí los ubicaban. No los
congelamos ni nunca sugerimos que siempre hubieran estado en esos lugares ni que esa
organización hubiera persistido desde un vago ab initio como nos acusa Giudicelli.
Este esfuerzo por situar a los grupos étnicos del valle en relación con el medio
ambiente, la territorialidad y la dinámica política resultó clave para comprender a las
sociedades valliserranas de agricultores medios; algunos de ellos conformaban aldeas
de diverso tamaño, otros en cambio constituían pequeñas ciudadelas con estructuras
complejas –como Quilmes, Yocavil o Tolombón- que controlaban territorios y poblados
dispersos. Las fuentes fueron distinguiendo en distintos momentos la ubicación
territorial de estas sociedades, nombraron los asentamientos principales como “pueblos”
e identificaron a los jefes políticos con variado grado de precisión, pero siempre
connotaron diferentes capacidades de ejercicio de la autoridad a través de las
convocatorias de alianza para la guerra y el nivel de liderazgo de los jefes. En suma,
todas estas cuestiones fueron elaboradas sobre la base del análisis combinado de las
fuentes históricas y arqueológicas y en conjunto aportaron sustancia a la comprensión
de las sociedades nativas y a las modalidades de relación y transformación que
asumieron en dos momentos diferentes: la expansión incaica y la conquista española.
Este derrotero muestra que para nosotras era crucial tratar de comprender sobre
qué sociedades estábamos trabajando, muy al contrario de lo que propone Giudicelli
quien en su texto no da cuenta de ninguno de estos aspectos (o quizá, sin hacerlo
explícito, acepta nuestros aportes). Es más, en su perspectiva los grupos nativos parecen
parte del paisaje valliserrano que se va transformando al son del ejercicio clasificador
de los conquistadores.
Resta destacar la importancia que le otorgamos a la expansión del estado inca
en el NOA. Nuestro crítico afirma que la relación establecida entre estas sociedades y
el Tawantinsuyu responde a un burdo ejercicio evolucionista, desconociendo que en
aquel momento ya se discutían no sólo los alcances del dominio incaico sino las
modalidades de ejercicio de dominación que este estado había impuesto en diferentes
regiones.8 Los incas superpusieron su dominio sobre las poblaciones de la región y la

8
Giudicelli, al ignorar el contexto andino de producción, atribuye nuestras referencias al Tawantinsuyu
como evidencias de un modelo de pensamiento evolucionista, que nos era y es completamente ajeno. Tal
atribución revela replicaciones mecánicas de otros autores que comparten esta línea de trabajo y la

19
Anuario IEHS 24 (2009)

organización que se ha llamado estatal no fue un proceso autoproducido como una etapa
del desarrollo de la región. Esto incluye la problemática del sistema de movilización de
colonos o mitimaes (un aspecto cuya importancia es obvia y que Giudicelli minimiza
por evidente ignorancia)9 y en este sentido, los avances en la región bajo estudio se
cifraban como parte de una discusión mayor. Y en relación con esto, también era
importante –y aún lo es- discutir el problema desde la perspectiva provincial, es decir,
tomando en cuenta otras versiones que no fueran las cuzqueñas10, también asociadas a
la noción de frontera diferente a la de Giudicelli y que también habremos de discutir.
En suma, estas fueron las condiciones de producción de “Etnohistoria de los
valles Calchaquíes”, en el marco de los conocimientos disponibles a finales de la década
del ’80 y que Giudicelli ha ignorado y tampoco ha actualizado al momento de realizar
su crítica. Para reconstruir la etnohistoria como campo de investigación en Argentina
se apeló a los nuevos estudios sobre los Andes planteando preguntas antropológicas a
las fuentes históricas, tradicionalmente (y casi exclusivamente) estudiadas por
historiadores en su mayoría hispanistas –al menos este era el caso de Argentina–
situación que Guidicelli evidentemente desconoce. Más aún, estaba desprestigiada por
el enfoque cientificista de los arqueólogos.
Esta era la situación cuando iniciamos la investigación que dos años después
se publicaría en Runa; no sabíamos qué grupos habían poblado los valles Calchaquíes
ya que se los identificaba con datos confusos, mezclando lo general con lo particular.
Las categorías de clasificación no eran controladas ni discutidas. En esos casos también
el lenguaje era usado casi al azar. Ahora bien, a poco de andar nos dimos cuenta que las
categorías que estaban siendo utilizadas en los Andes no siempre podían ser aplicadas
en nuestra región. Un estudio cuantitativo del lenguaje usado en nuestro texto en Runa
podría revelar la reiteración abrumadora de palabras tales como “prudencia”, “con
precaución”, “no disponemos de suficiente información”, “suponemos o sugerimos pero
no lo podemos afirmar” y otras similares. Estábamos consientes de que había que
avanzar paso a paso, no aventurar hipótesis y si las hicimos fue dejando aclarado que
eran tan sólo hipótesis. Nuestra actitud como investigadoras fue –y es– opuesta a la de
Giudicelli en cuyo texto abundan afirmaciones y generalizaciones de todo tipo
derivadas de la imposición –sin lugar a dudas– de un modelo interpretativo de cuya
autoridad el autor no se permite dudar.

reproducción de discusiones ya perimidas en el campo de la antropología política, que forman parte de los
contenidos mínimos de la currícula de grado en antropología.
9
La cuestión de los mitimaes sigue siendo estudiada en la actualidad y sobre la base de distintos modelos.
Véase por ejemplo Ana María Lorandi y Lorena Rodríguez, “Yanas y mitimaes. Alteraciones incaicas en
el mapa étnico andino”, en A. M. Lorandi et al. (comp.), Homenaje a John Murra, Lima, Pontificia
Universidad Católica del Peru, 2003, pp. 129-170 y Jeremy Mumford, “Litigation as Etnography in
Sixteenth-Century Peru: Polo de Ondegardo and the Mitimaes”, Hispanic American Historical Review,
88:1, 2008.
10
Existe una amplia bibliografía arqueológica que enfoca el Tawantinsuyu desde la perspectiva provincial.

20
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Sobre procedimientos y modelos

Las páginas precedentes situaron el contexto histórico y académico de


producción del trabajo de Runa y los aportes del mismo deben ser comprendidos bajo
estos términos. Si bien Giudicelli dedica buena parte de sus críticas a este trabajo,
también las extiende sobre un trabajo posterior, de síntesis, publicado en 1997,
seleccionando de ambos aquellos fragmentos que le fueron útiles para sostener su
posición. Este procedimiento, que simplifica argumentos más complejos y opciones de
interpretación mucho más diversas, resulta arbitrario. Por empezar, el autor no tomó en
cuenta el artículo de Lorandi y Bunster que precede al de Lorandi y Boixadós en Runa11
y tratan la misma zona, el mismo período y parcialmente la misma problemática. La
lectura atenta de ese artículo habría advertido a Giudicelli sobre el compromiso crítico
de las autoras en relación con el tratamiento de las fuentes y habría prevenido sus
calificaciones de “ingenuidad” o “falta de crítica”.
Pero además, hay otros textos importantes que el autor eligió no tomar en
cuenta y que fueron producidos en la misma época e incluso en el período posterior y
que están estrechamente vinculados al tema como se verá. Por ejemplo ignoró tres
artículos de Lorandi contemporáneos a los de Runa, que abordaron la noción de frontera
en la etapa incaica, los procesos de resistencia y rebelión de los grupos diaguito-
calchaquíes y la etapa inicial de formación de la sociedad del Tucumán colonial en
relación con el problema de las encomiendas y el servicio personal.12 Su lectura habría
permitido al autor calibrar los aportes de cada uno y ponderar que una región estaba
siendo problematizada a partir de distintas temáticas y considerando múltiples factores.
Asimismo, eludió considerar la sustantiva producción posterior a estos trabajos –salvo
dos excepciones– que discutieron, comprobaron, relativizaron y avanzaron sobre los
aportes producidos por Lorandi en la etapa anterior.13
Lo correcto habría sido evaluar la producción de conjunto si el objetivo era
realizar una crítica concienzuda y no basarla en un solo artículo escrito hace 20 años y
en una síntesis producida en el año 1997. El autor eligió el camino más fácil para

11
Ana María Lorandi y Cora V. Bunster, “Reflexiones sobre las categorías semánticas de las fuentes del
Tucumán colonial. Los valles Calchaquíes”, Runa, 17-18, pp. 221-262, Buenos Aires, Facultad de Filosofía
y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1987-1988.
12
Nos referimos a los textos de Ana María Lorandi, "La frontera oriental del Tawantinsuyu: el Umasuyu
y el Tucumán", Relaciones de la S.A.A., 14 (1), pp. 147-165, Buenos Aires, 1980 (reeditado en Cuadernos
del INA, 9, pp. 77-95, Buenos Aires, 1983; “Los diaguitas y el Tawantinsuyu. Una hipótesis de conflicto",
Proceedings del 45 C.I.A., Bogotá 1985, B.A.R., pp. 235-259, London, 1988; “La resistencia a la
conquista y las rebeliones diaguito-calchaquí en los siglos XVI y XVII", Cuadernos de Historia, 8, pp.
99-122, Santiago de Chile, Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Chile, 1988; “El servicio
personal como agente de desestructuración del Tucumán colonial”, Revista Andina, 6 (1), pp.135-173,
Centro Bartolomé de Las Casas, Cusco, 1988.
13
Para una revisión de la producción más reciente, cfr. Judith Farberman & Roxana Boixadós, “Sociedades
indígenas y encomienda en el Tucumán colonial: un análisis comparado de la visita de Luján de Vargas”,
Revista de India, vol LXVI, nº 238, pp. 601-627, Madrid, 2006.

21
Anuario IEHS 24 (2009)

fortalecer sus propios intereses, procedimiento que desmerece el valor del ejercicio
crítico que se propuso realizar.
Por otra parte, los dos artículos publicados en Runa contienen un significativo
número de fuentes inéditas y editas, citadas y sistematizadas por primera vez, que
debieron constituir un buen punto de partida para llevar adelante una nueva
investigación. Esta fue emprendida por Giudicelli a partir del modelo interpretativo
propuesto por Jean Loup Amselle basado en la “lógica mestiza”, un concepto construido
sobre la base una vasta experiencia de trabajo antropológico en varias sociedades
contemporáneas africanas que atravesaron siglos de colonización francesa.14 Dentro de
una discusión más amplia que recorre parte del desarrollo de la teoría antropológica –i.e
las conocidas tensiones entre universalismo y relativismo- el autor enfatiza la idea de
un sincretismo originario al tiempo que asume que la noción de grupo étnico es una
creación que proviene del trabajo conjunto de los administradores coloniales y de
antropólogos a lo largo del siglo XX. Las ideas de Amselle fueron aplicadas –con
diverso grado de reformulación y adecuación- a los contextos coloniales
latinoamericanos de los siglos XVII y XVIII y también a sociedades de frontera del
siglo XIX que se enmarcaban en los procesos de formación de los estados-nación, a las
cuales Guillaume Boccara denominó “complejo fronterizo”.15 Este autor afirma que el
modelo de complejo fronterizo puede ser también empleado para comprender la
dinámica de todas las fronteras coloniales; en este punto disentimos con Boccara: las
fronteras hispano coloniales registran diversidades que no pueden soslayarse, lo cual
no implica que no puedan realizarse entre ellas estudios de carácter comparativo. La
misma concepción sobre la dinámica de la frontera ya había sido empleada por France
Marie Renard-Cassevits, Thierry Saignes y Christine Taylor tan temprano como 1986
para los sectores septentrional y central de los Antis y fue concebida como un espacio
de intermediación y configuración de mestizajes culturales sin que las poblaciones
marginales perdieran su autonomía política.16 Por lo tanto se trata de un concepto de
frontera que ya se estaba desarrollando en los estudios andinos desde la década del
ochenta pero que se aplicaba a las relaciones entabladas entre sociedades que tenían
diferentes patrones culturales.
El modelo de la lógica mestiza es usado por Giudicelli en el estudio de la
frontera norte del virreinato de Nueva España en el siglo XVII, donde habitaban
tepehuanes y tarahumaras, y trasladado luego al estudio de los valles Calchaquíes, en
la gobernación del Tucumán. El autor no lo explicita en estos términos pero una

14
Jean Loup Amselle, Logiques métisses. Anthropologie d l´identité en Afrique et ailleurs, Paris, Ed.
Payot, 1990.
15
Guillaume Boccara, “Colonización, resistencia y etnogénesis en las fronteras americanas”, en Guillaume
Boccara (ed), Colonización, resistencia y mestizaje en las Américas, siglo XVI y XX, Quito, IFEA/Abya-
Yala, 2002; y “Mundos Nuevos en las Fronteras del Nuevo Mundo” Nuevo Mundo Mundos Nuevos,
Debates, 2001, sitio: [Link]
16
France Marie Renard-Cassevits, Thierry Saignes y Christine Taylor, L´Inca, L´Espagnol et Les
Sauvages, Tomo I, Editions Recherches sur les Civilisations, Paris, 1986.

22
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revisión parcial a su producción lo pone en evidencia.17 En efecto, Giudicelli emplea el


marco teórico que se está utilizando actualmente para analizar la situación de fronteras
que soportaron un largo proceso de interrelaciones con los colonizadores españoles
primero y con republicanos después.18 Aunque en muchos casos esos pueblos tardaron
en ser colonizados mantuvieron durante siglos relaciones de intercambio, alternando
períodos de guerra y de paz más o menos negociadas. Tanto en el hemisferio norte como
en el sur esos estudios se ocupan de poblaciones de cazadores recolectores con una
dinámica propia; aplicar a los valles Calchaquíes los mismos criterios significa
desconocer el grado de complejidad de la estructura social de sus habitantes, reflejado
sobre todo a partir de los grandes establecimientos urbanos, extensas andenerías de
cultivo, control de diversos pisos ecológicos, desarrollo tecnológico y cosmogonía
sofisticada, sin que existiera una verdadera frontera cultural entre las poblaciones
ubicadas allende las cadenas montañosas que los circundaban. La prolongada
resistencia que ofrecieron a la colonización no permite equipararlos con los cazadores
recolectores y tampoco a las sociedades de horticultores semi sedentarios. Es más, en
América del Sur los valles calchaquíes son la única frontera interna con alto nivel de
desarrollo que logra conservar su autonomía hasta bien avanzado el siglo XVII.
Las diferencias etnográficas entre ambos complejos culturales y los
mecanismos de colonización utilizados no son homologables. Los valles Calchaquíes
albergaban una población multiétnica y desde mediados del siglo XIV habían sido
incorporados al Tawantinsuyu, con el consiguiente traslado de mitimaes, negociaciones
y guerras. Desde el Cuzco, por la resistencia que tuvo que vencer, la región fue
parcialmente percibida como una frontera interna y a su vez utilizada para construir otra
frontera externa en defensa de los ataques de las poblaciones de las llanuras orientales.
Se trata de una doble frontera: una interna sin grandes diferencias culturales, en tanto
todos compartían un patrón andino y otra externa que interactuaba con “salvajes”
orientales como Lorandi los ha desarrollado en los trabajos citados en la nota 11.
Sobre esta compleja situación de doble frontera, los españoles avanzaron en su
conquista colonizando primero las tierras bajas, donde fundaron las ciudades de
Santiago del Estero, Tucumán (el antiguo “Reino de Tucma”), para pasar después a
instalarse en el sector sur y norte de la gobernación (fundaciones varias en el sector sur:
Londres, La Rioja, Catamarca; en el norte, Salta y Jujuy). Justamente, las zonas en las
cuales no pudieron ejercer control directo ni efectuar ninguna fundación duradera fue
en el valle Calchaquí, cuyos habitantes sostuvieron una fuerte resistencia a la
intromisión de los españoles en sus tierras. No cabe duda de que la resistencia no se
mantuvo durante más de cien años sobre la base del aislamiento absoluto; hubo etapas
de interacción controlada a partir de negociaciones, de acciones de guerra y de tensas

17
Christophe Giudiccelli, “El mestizaje en movimiento: guerra y creación identitaria en la guerra de los
tepehuanes (1616-1619)”, en Guillaume Boccara (ed), Colonización…, op. cit., 2002 y “Un cierre de
fronteras…taxonómico. Tepehuanes y tarahumara después de la guerra de los tepehuanes. (1616-1631)”,
Nuevo Mundo, Mundos Nuevos, 2008.
18
La disposición, orden, referencias a discusiones y conceptos contenidos en las críticas de Giudicelli a
nuestro trabajo pueden reconocerse en los textos aquí citados de Boccara y Amselle.

23
Anuario IEHS 24 (2009)

esperas. Sin embargo, estos vaivenes en la interacción no responden –a nuestro parecer-


a una “lógica mestiza” sino a una estrategia planificada de resistencia que procuraba
preservar su autonomía política y evitar el dominio colonial y la explotación por la que
estaban atravesando los vecinos que los rodeaban allende las montañas que “defendían”
sus territorios. No parece casual que las desnaturalizaciones masivas del siglo XVII
hayan sido el corolario de este proceso histórico.
En su afán por someter a los valles Calchaquíes al modelo constructivista que
sostiene que la colonización española creó las fronteras con su presencia, implantó las
polarizaciones salvajes-civilizados para operacionalizar mecanismos de dominio, e
inventó a su gusto y criterio (por cierto que es siempre uno solo y marcadamente
homogéneo a lo largo del tiempo) las identidades de sus habitantes a través de
clasificaciones taxonómicas, Giudicelli procedió con poca cautela al analizar fuentes
provenientes de los primeros momentos de contacto con el mismo criterio que las
producidas en etapas y contextos en los que la colonización se hace realmente efectiva.
Como bien puntualiza Lamana, en el momento de contacto o del “encuentro” no se
puede asumir ni consenso ni hegemonía; en la transición entre el contacto y la
dominación las configuraciones de sentido y de poder son frágiles. Se trata de un
momento de interpelaciones mutuas, donde cada uno de los partenaires intenta conocer
quién es y qué pretende el otro. En estos casos el invasor debe intentar controlar una
realidad inestable y frágil. 91
Si se toman sin crítica situacional los relatos oficiales de los conquistadores es
claro que revelan el esfuerzo por subalternizar al nativo, única manera de justificar su
intento de dominación que se generaliza desde el siglo XVI donde se manifiesta el
esfuerzo por restar capacidad de agencia a los Otros. Lamana -que reconoce la deuda
de los estudios sobre fronteras en sus propias investigaciones- no deja de señalar que
no pueden ser aplicados a cualquier realidad, menos aún a las fases de transición entre
el encuentro y la dominación.
Muchas de las observaciones de Giudicelli, derivadas de su perspectiva teórica
parecen enmarcarse en el concepto o creencia de que la única utilidad del lenguaje es
el de vigilar o dominar, asumiendo “la realidad como un fenómeno constituido por y en
el lenguaje”.20 No se tiene en cuenta que en el momento de interpelar a una nueva
sociedad es necesario identificar lo que se ve, comprender, conocer al que se desea
controlar y para transmitir esos conocimientos los invasores utilizaron el bagaje
conceptual disponible en su universo cultural personal, sin dejar de lado, por supuesto,
la intencionalidad de ensalzar la epopeya de la conquista remarcando la inferioridad de
los conquistados. No negamos que el primer objetivo de la conquista era dominar; esto
es obvio. Pero de allí a que toda palabra, todo concepto descriptivo tenga per se la carga
de la justificación del poder es un exceso que es necesario controlar.

19
Gonzalo Lamana, Domination without dominance. Inca-Spanish Encounters in Early Colonial Peru,
Duke University Press, 2008.
20
Para las precauciones sobre análisis del discurso ver también Ricardo Forte, y Natalia Silva Prada,
Cultura Política en América. Variaciones Regionales y Temporales, Universidad Autónoma
Metropolitana, México.2006, p. 9.

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Es imposible ignorar que tanto la conquista como la colonización de los


indígenas americanos se realizaron mediante un proceso de adaptación a las condiciones
preexistentes. Esta se produjo mediante un mecanismo de mimesis que en forma directa
o indirecta tomaba elementos que permitían hacer viable el control de las poblaciones.
Las categorías socio-ecológicas de los aymaras por ejemplo fueron adoptadas por los
primeros conquistadores del Tucumán adonde llegaban guiados por las referencias de
los indígenas que los acompañaban en sus entradas. La segmentación conceptual trataba
de responder, sobre todo en los primeros momentos de contacto, a las segmentaciones
existentes. Algo tan simple como saber quiénes eran, que estructuración política tenían,
que territorios controlaban. Se trató de una relación dialéctica, con estímulos y
reacciones de ambos lados. No parece correcto repetir el mito de la superioridad
occidental frente a indios impotentes. Y esa es la imagen que ofrece el artículo de
Giudicelli.

Sobre aportes, críticas y relecturas

Como dijimos los artículos de Lorandi y Bunster y Lorandi y Boixadós (1987-


1988) publicados en Runa formaban una unidad metodológica y conceptual. En el
artículo de Lorandi, Boixadós, Bunster y Palermo (1997) se realizó una síntesis de los
dos trabajos previos y del de Boixadós y Palermo quienes estudiaron documentación
relativa a los quilmes trasladados a las proximidades de la ciudad de Buenos Aires.
Lorandi y Bunster se esforzaron en plantear los principios generales de la
metodología de interpretación de las fuentes y fue un primer intento de controlar los
sentidos del lenguaje utilizado en la documentación colonial para lo cual carecíamos de
bases previas sólidas para la región. Las categorías que se tomaron de las fuentes fueron
organizadas en series cada una con su propia historicidad y de acuerdo con la
importancia de la información que contenían. Estas fuentes, a su vez, fueron
contrastadas con la información –en general de segunda mano– de los cronistas andinos,
que en muchos casos utilizaron las categorías trasmitidas por sus informantes incas y
aymaras que reflejan también la refundación del espacio durante el Tawantinsuyu.
Para el período temprano de la conquista se discutió si se podían utilizar las
categorías de feudalismo o de behetrías21 y los límites que imponían aplicar en estas
regiones las utilizadas en los Andes Centrales. En el trabajo se recurrió a las nuevas
tendencias en el análisis del discurso que prestan atención a los silencios, a la sorpresa,
a la necesidad de entender con qué o quienes se estaba interactuando (no sólo por

21
Giudicelli resuelve de manera simplista la caracterización política de los grupos del valle recurriendo al
término “behetría” y a los diccionarios de autoridades para comprender su contenido de significación. Así
asume que tal significado era compartido por una comunidad homogénea de hablantes ya que al parecer el
empleo del término en circunstancias aparentemente semejantes –aunque se trata siempre de contextos
distintos- aseguraba que todos se referían a lo mismo. Sin embargo, el término fungía como una referencia
de traducción cultural más que como una definición y siempre se lo empleaba con connotación peyorativa,
en particular en las cartas de gobernadores al Rey, virrey o audiencias. Sabemos que en cada contexto su
contenido de significación varió de manera sustantiva; cfr. Thierry Saignes, “De la borrachera al retrato:
los caciques andinos entre dos legitimidades”, Revista Andina, año 5, nº 1, julio, 1987.

25
Anuario IEHS 24 (2009)

necesidad de dominar), todas operaciones intelectuales que se expresan mediante el


lenguaje disponible por el trasmisor de esas experiencias, cada uno de ellos con su
propia historia personal. Se seleccionaron tres grandes grupos de fuentes con
características discursivas diferentes, a saber: probanzas de méritos y servicios, cartas
de distintas fechas y los Autos del Proceso a Pedro Bohorques (1659), cada una con sus
características propias prestando atención a la intencionalidad de los emisores y al
contexto político del receptor. Se puede consultar el trabajo para observar las
diferencias que marcamos y que se puntualizarán al tratar cada tema. Subrayamos desde
ya la importancia de los partes de guerra de la campaña del gobernador Mercado y
Villacorta e igualmente el tratamiento otorgado a la categoría de parcialidad que
Giudicelli desarrolla como una novedad, sin citar nuestro trabajo y los antecedentes
para el caso andino.
El artículo de Lorandi y Boixadós en el mismo volumen de Runa se ocupa
específicamente de los valles Calchaquíes. En la introducción se plantearon con toda
claridad los principios teóricos a los que adheríamos y los recaudos metodológicos que
debían tomarse para avanzar en el conocimiento de la estructura social de la región.
Partimos señalando la idea de que tradición y cambio eran variables insoslayables en
una investigación sobre estas sociedades (p. 264). Aclaramos que no disponíamos de
antecedentes actualizados sobre estos temas y que por el contrario había que desmontar
generalizaciones construidas por los arqueólogos que identificaban unidad cultural con
unidad socio política (p. 265) por lo cual era necesario evaluar en cada documento
cualquier información que nos permitiera distinguir entre los cambios producidos por
la intervención incaica y la española ya que ambas constituían hitos cronológicos
precisos. No se trataba, como nos acusa Giudicelli, de un enfoque evolucionista, ni de
buscar la “pura” o “prístina” organización anterior, sino que, conscientes de que ambas
invasiones provocaron cambios, éstos debían ser detectados para una mejor
interpretación de los mecanismos identitarios y políticos puestos en juego por los
nativos en la región en los siglos XVI y XVII.
El problema más serio que planteaba el ejercicio de interpretación era la
naturaleza de las fuentes. Salvo excepciones los indígenas no dejaron información
escrita y sus prácticas y representaciones debían ser inducidas a partir del discurso de
los españoles. Sólo podíamos penetrar en las características sociales y políticas nativas
a través de la interacción con los españoles. Para ello la pertinencia del concepto
elaborado por Fredrick Barth, que nos permitía analizar las negociaciones de sentido
puestas en obra por ambos participantes de esa relación, aclarando que aún así, sólo
reconstruíamos hebras de la realidad. Esta perspectiva nos permitió disponer de cierta
base para identificar a los grupos étnicos, poniendo en la balanza los límites de la
autoadscripción en primer lugar focalizada en la pertenencia a un pueblo como lugar de
interacción inmediata, luego extendiéndola al territorio como lugar de usufructo más
amplio. Simultáneamente se consideraron las identificaciones de los otros: a veces
vagas, otras falsas, en ocasiones muy precisas. Los españoles tendían a identificar a los
grupos a partir de aquellos que percibían como los más dominantes o por el nombre del
cacique con mayor prestigio en un determinado momento: el ejemplo es el de Juan

26
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38

Calchaquí cuyo nombre terminó siendo utilizado para caracterizar a toda una región.
Esta generalización nos advirtió del peligro de la circularidad en la atribución de
identidades y de gentilicios, circularidad que podía conducir a serios errores.22
Muchos de estos temas fueron actualizados en la introducción del capítulo de
Lorandi et al. de 1997 en el volumen I de Tucumán Colonial y Charcas, donde queda
claro la forma en que se canalizó la experiencia de los años anteriores. Se expusieron
los distintos mecanismos de colonización en relación con las estructuras políticas
previas y las diferencias en las estrategias implementadas tanto sobre el eje temporal
como en el espacial, en todos los casos comparando con las investigaciones del propio
equipo y las de otros autores sobre las sociedades de los Andes Meridionales. Nada de
esto fue comentado ni considerado por Giudicelli, empeñado en imponer un nuevo
modelo interpretativo apriorísticamente elaborado, que no pudo –o no quiso– considerar
otras formas de análisis ni leer correctamente lo que habíamos escrito.
Consideramos que la documentación respondía a una triple realidad: la
estructura étnica y grado de cohesión o complejidad de la estratificación política; el tipo
de relaciones que los grupos étnicos mantuvieron con los incas y con los españoles, o
sea alianza, incorporación con escasa oposición, resistencia prolongada; también las
respectivas adaptaciones y/o transformaciones de acuerdo con las coyunturas históricas
que se sucedieron a lo largo del tiempo y para ello no sólo nos apoyábamos en los
documentos de archivo sino en la información arqueológica. Finalmente se ponderaron
los intereses europeos en cada subregión, sumados a las modalidades que adoptaron las
instituciones coloniales en relación con los tres puntos anteriores. En suma, intentamos
utilizar una metodología que se adecuara al tipo de información disponible cuyas
características estaban mediatizadas por la estructura social de la región. La
comparación con los Andes centrales y meridionales fue de enorme utilidad para este
ejercicio de adaptación metodológica. En todo momento “tratamos de descubrir las
voces de los indígenas detrás de la multisemia de las categorías empleadas en la
documentación y de las variadas capas de mediatizaciones de los sectores europeos que
son casi las únicas que nos ofrecen información”.23
La amplitud de los liderazgos y sus límites fue otro de los grandes temas
abordados en los dos trabajos sobre los valles Calchaquíes. Expresamos claramente que
estos “liderazgos no deben ser confundidos con la existencia de señores con poder
permanente en los territorios que lograban unificar bajo su mando militar”.24 Es
probable que para ilustrar este tema la semblanza sobre Juan Calchaquí presentada en
1997 haya trasmitido al lector una imagen idealizada del personaje.25 Sin embargo,
nunca perdimos de vista que su carisma para convocar a una rebelión general no podía
ser confundida con un poder señorial desde el cual simplemente ordenar. Por el

22
Lorandi y Boixadós, “Etnohistoria…”, pp., 267, 268- 271, 272 y 276.
23
Lorandi et. al., 1997, pp. 20-21. Para ilustrar estos criterios, confrontar los trabajos de Ana Schaposchnik
y de Roxana Boixadós reunidos en el mismo volumen I de la compilación de 1997.
24
Lorandi et. al., 1997, p. 34.
25
De manera específica, cfr. pp. 238-239 del texto citado en nota anterior.

27
Anuario IEHS 24 (2009)

contrario, este cacique como todos, sólo podía convocar, invitar y convencer; de su
habilidad dependía el éxito de su gestión.
A partir de la dinámica interna y de las prácticas que se desprendían de la
información recolectada organizamos la investigación original de 1987-1988 en tres
grandes sectores, Área norte o Pular; Área Calchaquí central y Área Calchaquí sur. Lo
pertinente al Área Pular lo comentaremos en el siguiente apartado.
Con respecto al Área Calchaquí en primer lugar identificamos Tolombón como
una de las posibles cabeceras de la provincia inca de Quiri-Quiri, si bien otros autores
sugerían a Londres (Shincal), fuera del valle como su cabecera. Siguiendo
cronológicamente la información observamos que esa designación fue reemplazada por
la de Calchaquí, que según el contexto discursivo hacía referencia a un amplio sector
de los valles (o a la totalidad), otras veces a la zona en torno a Tolombón cuyo cacique
en la década de 1560 era Juan Calchaquí. Asimismo, la conducta de cada grupo y cada
cacique durante la tardía invasión de Mercado y Villacorta nos ofrecía pautas para
sugerir (nunca afirmar) la existencia de alianzas o la relativa autonomía de cada grupo.
Nunca asumimos a ciegas las clasificaciones sino que trabajamos con las prácticas
concretas que se desprendían de la situación bélica de 1659. No se trató de aceptar los
adjetivos o epítetos usados por los españoles sino la actuación de los nativos frente al
ejército invasor. Por eso, no eran las cartas del gobernador la fuente principal del
análisis sino los partes de guerra que escribía todas las noches para dar cuenta del
progreso y/o de las dificultades de cada día.
De ese modo procedimos con suma prudencia, poniendo en la balanza cada uno
de los informes que pudimos consultar. “De la discusión de la polisemia de estos
conceptos dependerá la interpretación sobre problemas de identidad y diferenciación
étnica, límites y dificultades de establecer esa diferenciación o naturaleza de la
estructura (parcialidades semi-independientes con nombres diferentes que multiplican
falsamente los grupos étnicos en desmedro de las unidades mayores) entre otros”.26 Por
ejemplo, la estructuración política de la zona de Tolombón, con tres grupos que
aparecían vinculados, Tolombón, Colalao y Pacioca demandó un análisis
extremadamente minucioso.27 En la síntesis de 1997 aclaramos algunas de las dudas
planteadas en 1988 gracias a la información que nos sugería que los pacioca pudieron
ser descendientes de antiguos mitimaes originarios de Sicuani (o Chicoana) del sur del
Perú.
Para analizar la composición étnica del Área Sur se procedió de la misma
manera sin avanzar en temerarias afirmaciones. Comprobamos la existencia de alianzas
a partir de ataques coordinados de varios grupos reconocidos por las marcas en las
flechas; y también la traición de los ingamana. Discutimos las evidencias sobre los
límites de los territorios de los quilmes y anghinahao, así como la posibilidad de que los
Yocavil tuvieran un cacicato unificado.

26
Lorandi et. al, 1997, p. 216.
27
Ana María Lorandi y R. Boixadós, “Etnohistoria…”, p. 331. Entre las páginas 337 y 341 de esa
publicación invitamos al lector a revisar las citas y proponer su propia interpretación.

28
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38

En el apartado sobre las relaciones interétnicas se presenta un intento de


reconstruir las diversas estrategias ante la presión colonial. En el caso del área Pular se
consideraron las tempranas alianzas con los pobladores de Salta, en base a dos
variables: la ubicación de sus poblaciones sobre las dos vertientes de la sierra del
Obispo, y el fuerte impacto de la ocupación inca. En el artículo de 1997 y gracias a los
datos aportados por el proyecto arqueológico binacional en Payogasta, pudimos
constatar la amplitud de esa ocupación reforzando nuestra opinión de que las relaciones
entre los pueblos locales con el Tawantisuyu aportaron una experiencia que explicaba
la mayor permeabilidad de los pulares para entrar en negociaciones con los españoles.28
En las áreas central y sur de los valles, se encontraban distintos pueblos, a veces
con vínculos entre sí, otras en conflicto. Cada evidencia fue analizada partiendo de
diversas fuentes y siempre sugiriendo hipótesis y dejando abiertas las respuestas. En los
comentarios finales decimos textualmente: “En este estado de nuestros conocimientos
sería ocioso tratar de internarnos en una discusión teórica sobre si estamos frente a
sociedades segmentarias, cacicatos incipientes o pequeños señoríos. Por el momento
nos parece más prudente ofrecer la información empírica que hemos podido analizar y
dejar abiertos los interrogantes que surgen de la discusión”.29 A diferencia del sector
pular, Giudicelli no hace ningún comentario sobre nuestros aportes a estos sectores del
valle; es más, la información que consigna no se diferencia de lo que hemos dicho; más
bien casi no los considera.

La cuestión Pular

La frontera entre el área pular (incluyendo en él a otros posibles grupos) y el


de los calchaquíes ha sido uno de los temas que más nos ha criticado Giudicelli.
“Grande sería la tentación, para quien se dedique a aislar unidades étnicas discretas, de
concluir que esta línea divisoria revela una diferencia fundamental, de tipo cultural y/o
político [… esta frontera] es indisociable de la fundación de una ciudad – Salta, [...]”.30
El autor sostiene que es un límite artificial de origen colonial y responde a la necesidad
de los españoles de trazar “pseudo-fronteras”, y una de las tantas maneras de separar a
los “domésticos” (o ¿domesticados?) pulares de las poblaciones belicosas del resto de
los valles Calchaquíes.
¿Por qué debía ser arbitraria esta frontera, o sea responder a las necesidades
coloniales? Por un lado está claro que en 1659 Mercado (a quien el autor cita en este
párrafo) no podía atacar a quienes ya había “dado la paz”. Pero lo más importante ¿por
qué necesitaron los pobladores de Salta, en la época de la fundación en 1582, crear una

28
Terence D´Altroy et al, “Inca Rule in the Northern Calchaqui Valley, Argentina”, Journal of Field
Archaeology, 27 (1), pp. 1-26, 2000; y T. D´Altroy, Verónica Williams y Ana María Lorandi, "The Inkas
en the Southlands”, en Richard Burger, Craig Morris and Ramiro Matos Mendieta, Variability in the
Expressions of Inka Power, Washington, D.C, Dumberton Oaks Recherch Library and Collection, 2007,
pp. 85-13.
29
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…”, 1987-1988, p. 404.
30
Chripstophe Giudicelli, “Encasillar la frontera…”, 2007, p. 190.

29
Anuario IEHS 24 (2009)

pseudo frontera, dividirlos, si todos eran igualmente belicosos en ese entonces según
las citas utilizadas por el mismo Giudicelli?;31 ¿implica esto suponer que los indígenas
no eran capaces de controlar los territorios que usufructuaban, que era lo mismo cultivar
o explotar cualquier parcela y que nadie se las disputaría?; ¿por qué estaban en guerra
con sus vecinos?; ¿por qué no pensar que eran límites políticos? En el artículo de Runa
decimos claramente que la condición de indios amigos de los españoles sólo se verifica
en las campañas de 1630, pero no en la de 1560.32 En 1659 primero colaboraron con
Pedro Bohorques y dieron la paz luego de la derrota en el combate del cerro San
Bernardo. En los Autos de Proceso a Bohorques se consignan ataques e incursiones al
encomendero de los pulares, Francisco Arias Velásquez,33 siendo este dato una prueba
más de la inestabilidad de la alianza con los españoles.
Giudicelli insiste más adelante en afirmar que la frontera fue trazada desde el
momento en que se comenzaron a repartir las encomiendas, si bien no aclara que
tardaron un siglo en hacerse efectivas. Ahora bien, si desde el comienzo los españoles
percibieron diferencias entre los pulares y el resto de los pobladores de los valles
Calchaquíes, ¿por qué creer que estas diferencias fueron arbitrarias?; ¿no será que
percibieron las diferencias y a partir de allí los clasificaron, y no a la inversa? Giudicelli
le resta importancia a la información arqueológica y por eso no percibe que los incas
pudieron intervenir en la división del territorio y sostiene que Atapsi era un límite
colonial derivado de sus relaciones con Salta. Sin embargo, Verónica Williams ha
localizado en sus proximidades un fuerte incaico, actualmente denominado La
Angostura, y sugiere que marcaba el límite entre Pulares y Calchaquíes34 o de las
provincias incas de Chicoana y Quiri-Quiri. Por nuestra parte, también consignamos que
los pulares cumplían servicios a los vecinos de Salta en forma irregular desde 1582; no
ignorábamos esa situación aunque, evidentemente, la evaluamos de otra manera.35
Las primeras encomiendas se daban por “noticias” y los españoles manejaban
información que circulaba en la región36 . ¿Cuál sería la necesidad en ese momento de
“inventar” gentilicios y trazar fronteras? Lo más probable es que estas designaciones
o clasificaciones respondieran a un interés mucho más primario, saber quién era quién
en una región. No importa que el objetivo de esta clasificación fuera para “asentar la
dominación española”, objetivo que nunca hemos negado. También es cierto que el
reparto de encomiendas produjo con frecuencia fusiones o fragmentaciones, o que se

31
“Durante la casi totalidad del siglo XVI, es fuerza admitir que los indios pulares siempre se habían
contado entre los indios de guerra, y las más veces en relación con sus vecinos” (p. 190).
32
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…”, 1987-1988, p. 282.
33
Lorandi et al., 1997, pp. 286-290.
34
V. Williams, Ponencia presentada en TANOA, Jujuy, 2009, p. 39. La fortaleza inca “se asienta sobre el
valle principal a diferencia de los que se ubican en los flancos occidentales del valle”.
35
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…”, 1987-1988, p. 283.
36
Son muchos los casos de litigios posteriores a la concesión de las primeras encomiendas “por noticia”
que muestran que los españoles conocían poco y mal a las poblaciones nativas donde asentaban sus
ciudades. Cfr. para el caso riojano, Juan Alfonso Carrizo, Cancionero popular de La Rioja, Tomo I,
Universidad Nacional de Tucumán, 1942.

30
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38

atribuyeron gentilicios que luego fueron olvidados o reemplazados, pero en el caso


pular, el gentilicio se conservó y ninguna fuente revela que hubiese habido
contradicciones o dudas. En todo caso las dudas surgen a partir de la denominación de
Chicoana, nombre asignado a la región, como provincia de Chicoana, propia de la
“cuadriculación” operada por los incas. Pero además, el uso de chicoana como
gentilicio de un grupo de pobladores de ese sector del valle pudo (subrayamos el
condicional) estar vinculado a la gran cantidad de mitimaes que fueron instalados en las
zonas que rodean la localidad de Chicoana, actualmente La Paya.37 Las autoras se
ocuparon en detalle de identificar a los diferentes grupos mencionados en las fuentes,
llegando a la conclusión que el sector albergaba una población multiétnica y los
originarios pulares podrían ser principalmente los de Escoipe.38 La dificultad de
identificación y/o autoidentificación del resto de las poblaciones pudo estar vinculada
a causa de su condición de gente instalada en Chicoana o en Payogasta. Además las
autoras nunca “lamentaron” que el Tawantinsuyo hubiera ocupado la región, ni lo
consideraron un hecho “cruel”, sino que constataron que, tanto como lo hicieron los
representantes de la corona española, el Tawantinsuyu produjo alteraciones, procesos
propios de todas las colonizaciones.39
Pero aún hay todavía una contradicción mayor o mejor dicho una falla
metodológica. Giudicelli en esos párrafos está hablando de las encomiendas tempranas,
otorgadas solo en los papeles (y menos mal que lo reconoce) por Núñez de Prado en
torno a 1550 a partir de lo cual se toma la liberad de afirmar que la atribución de
gentilicios y la “cuadriculación” se produjo muy temprano, pero la cita con la que
sostiene estas contundentes afirmaciones proviene de una carta del gobernador Alonso
de Mercado y Villacorta fechada 1659!!!, carta dirigida al virrey a quien le debe ofrecer
una visión global y sintética de la situación. Lo mismo ocurre al momento de evaluar
la información respecto de Chicoana, sobre el que afirma: “Ahora, durante todo este
período, el valle de Chicoana es considerado parte del Valle de Calchaquí”. ¿No era que
desde el inicio habían segmentado el valle? Lorandi y Boixadós consideraron siempre
que el valle era una unidad orográfica y social.40
Las contradicciones no se detienen en estos párrafos. En la misma página 191
donde consigna la siguiente cita: “[…] me pareció este asiento de çamalamao el mas
cómodo y aparejado del valle por estar junto a la fuerza de los naturales de un cabo
calchaqui chunbicha y otros y chiquana pulares y otros muchos de la otra”. Giudicelli
utiliza una cita del gobernador Abreu quien en 1577 pretende que el fuerte de San
Clemente fue ubicado en un lugar equidistante de ambos sectores. Pero hay algo más
y muy sugestivo en esta cita: la presencia de chicoanas, pulares y otros muchos, dato

37
La instalación de los chicoanas desnaturalizados después de 1659 en el valle de Lerma dio lugar a la
creación del pueblo de Chicoana que fue desplazado de su localización original en la rivera derecha del río
Calchaquí.
38
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…”, 1987-1988, p. 286-287.
39
Incluidas las intelectuales, en los que se “cuadricula” a los investigadores latinoamericanos bajo el
membrete de falta ingenio y capacidad, por oposición a los brillantes europeos.
40
Christophe Giudicelli, “Encasillar la frontera…”, 2007, p.191, cfr. cita 103 en esta página.

31
Anuario IEHS 24 (2009)

que sostiene las opiniones vertidas por las autoras de que el sector norte del valle
Calchaquí albergaba una población multiétnica. Pero lo que Giudicelli oculta es que
obligado a abandonar el fuerte, Abreu intenta instalarlo en la boca de la quebrada de
Escoipe y los indios de esa zona, o sea pulares, también lo expulsan de allí y la acción
se repite en el primer intento de fundar la ciudad de Salta.41 A su vez la nueva fundación
de Salta por el gobernador Lerma en 1582 también fue constantemente hostigada por
los comarcanos.42
En la página 193 Giudicelli se dedica a criticar nuestros comentarios acerca de
la información brindada por el cacique Calibay en 1586 ante el teniente de gobernador
de Salta. Calibay se presenta “como cacique principal del repartimiento de los pulares”,
y lo hace en nombre de otros caciques de la misma región. En opinión del autor, esta
función es colonial, al punto que “muy difícilmente se podría sacar conclusiones
terminantes en cuanto a un supuesto origen autónomo de su cargo. Lo que sí, este
documento aporta informaciones muy interesantes sobre las reivindicaciones
territoriales de su grupo, pero la sola división colonial repartimiento de los pulares no
proporciona ninguna indicación sobre los eventuales contornos de la –o las– entidades
que comprende [...]”. ¿Por qué necesariamente, por haber estado ya repartidos, su
cacicato no reflejaba una unidad política preexistente, aún cuando no fuera exactamente
la misma de tiempos prehispánicos o preincas y sin que esto implique suponer que
siempre usufructuaron el mismo territorio? ¿Por qué no podía ser un cacique legítimo?
Las frases de Giudicelli parecen sugerir una cierta ilegitimidad. En 1586, cuando apenas
se estaba consolidando la ocupación del territorio tucumano, cuando todavía no habían
sido fundadas ni la ciudad de La Rioja ni San Salvador de Jujuy, ¿estaban los españoles
en condiciones de provocar tantas modificaciones?, y si lo intentaron, ¿tuvieron el poder
de imponer nuevos caciques o manipular el reconocimiento de algunos de ellos? Nos
parece una proposición muy osada, digna de una fértil imaginación y de la imperiosa
necesidad de buscar originalidad a partir no ya de una revisión metodológicamente
correcta, sino de imponer nuevas interpretaciones a costa y sólo a costa de destruir
ferozmente todo lo que se hubiera propuesto o sugerido anteriormente, ya que nunca
sacamos “conclusiones terminantes”. Es más, las autoras sostienen que las opiniones
sobre el cacicato de Calibay se reconfirmaron con nueva documentación.43 Además,
Calibay era el cacique de los pulares de Escoipe, quebrada que vinculaba el valle
Calchaquí con el de Lerma (o valle de Salta en esa época). Pudieron estar repartidos
porque los vecinos de la ciudad de Salta (o ciudad de Lerma en ese entonces) tenían
más contactos directo con ellos y Calibay negociaba la supervivencia de sus sujetos.
Algunas líneas más abajo Giudicelli trae a colación una cita del nuevo
gobernador Juan Ramírez de Velasco (1587-1592). En ella se admite que aunque hacía

41
Carlos Reyes Gajardo, “Poblaciones indígenas del valle Calchaquí”, Revista del Instituto de
Antropología, VIII, 27, San Miguel de Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 1938, p. 35.
42
Roberto Levillier, La Gobernación de Tucumán. Probanzas de Méritos y Servicios de los
Conquistadores, Documentos del Archivo General de Indias, Vol. II, 1538-1602, Madrid, 1919-1920, II,
pp. 33-37.
43
Ana María Lorandi & R. Boixadós, “Etnohistoria…” 1987-1988, pp. 288 y ss.

32
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38

cinco años que se había poblado la ciudad de Salta, “no le sirve indio”. Si era así,
¿como podría haber manipulado los cacicatos, sus territorios y demografía su antecesor
en el gobierno de la provincia?; ¿cuál era el grado de conocimiento disponible en ese
momento? Además de esto, en la página 194, el autor refiere citas relativas a la entrada
del obispo Cortázar y no advierte que la visita se inicia por Escoipe y cae naturalmente
en territorio pular (y chicuana), desde donde pasó a Calchaquí. Una vez más cabe
preguntarse por qué insistir en que esta división era artificial, ya que las citas elegidas
por el autor confirman que la frontera étnica era previa a la llegada española al
Tucumán.
A continuación (p. 195) considera que la campaña de Ramírez de Velasco tuvo
éxito en lograr la pacificación de los calchaquíes y en palabras de Giudicelli, “aparece
por lo tanto como el evento que abre la cesura entre el sur y el norte de la zona
pacificada”. Pero, ¿no era que esa división había sido formada desde el principio de los
sucesivos intentos de conquista y que las prestaciones, cuando y si las cumplían, fueron
escasas e irregulares? Por supuesto que los contactos entre indios y españoles permiten
intercambios de información. Los indios comprenden perfectamente cuáles son las
intenciones y tácticas de los hispanos, por eso prometen la paz y luego no la cumplen.
Se refugian detrás de su “cajón” montañoso. Pero en la década de 1590 no estaban
realmente colonizados y no se puede ignorar que el “éxito” de la campaña de Ramírez
de Velasco fue efímero, ilusorio, aún cuando con el tiempo los pulares fueran
integrándose progresivamente al sistema de encomiendas y sirvieran en Salta, e incluso
durante las campañas de Felipe de Albornoz en 1631 (o sea 50 años después de la
entrada de Ramírez de Velasco) se constituyeran como “indios amigos”. Pero hay que
recordar que esta alianza se rompió rápidamente; si se olvida esto no se aborda el
problema en la larga duración. Además no todos los indios del valle de los pulares se
aliaron con los de Salta. En esa campaña Albornoz mantuvo un feroz combate contra
los de Luracatao encerrados en el fuerte de Elencot, y que un fuerte español fundado en
Atapsi fue rápidamente destruido, o sea siempre con la intervención de parcialidades
de los supuestamente “domesticados” pulares.44
Lo que más sorprende en estas consideraciones es que se crea que la relativa
inserción en el sistema colonial surge por obra y gracia del esfuerzo cuadriculador y
clasificatorio de los españoles. Giudicelli no les reconoce a los indígenas capacidad de
tomar decisiones; según la perspectiva desde la que escribe, fueron especies de
marionetas manipuladas por los agentes coloniales.
Tampoco parece muy pertinente el rol que el autor atribuye a los jesuitas, que
según la documentación que ellos mismos produjeron tuvieron escaso éxito en la misión
evangelizadora. Aunque en algunos momentos, y en el contexto discursivo de una carta
muy precisa, (cuando se trata de convencer a los vecinos de Catamarca de la
importancia de la presencia de Pedro Bohorques en el valle) los jesuitas se hayan
referido a los de Calchaquí como indos bárbaros, no todos sus informes reflejaban la

44
Antonio Larrouy, Documentos del Archivo de Indias para la Historia del Tucumán I: 1591-1700,
Buenos Aires Santuario de Nuestra Señora del Valle, vol. 3, 1923, pp.75-99.

33
Anuario IEHS 24 (2009)

misma imagen discriminatoria.45 Aquí se pone en evidencia otra de las falencias


metodológicas en las que incurre nuestro crítico. Si hubiese leído el artículo de Lorandi
y Bunster, hubiera advertido que la interpretación del contenido de una carta exige
precauciones especiales. Por lo tanto, no se debe contrastar información que procede
de distintos tipos de documentos sin considerar el contexto de producción de cada uno
de ellos.46
El otro gran tema que Giudicelli aborda para sostener sus afirmaciones (nunca
sus hipótesis) ronda en torno al tema del quechua, lengua que en su opinión se expande
en el área pular por el contacto con el español. Sin mencionarnos el autor supone que
hemos sacado las siguientes conclusiones de este tipo de contraste y de conflictos entre
los grupos: a) que los diaguitas son bárbaros (y los pulares no); b) que los pulares no
son diaguitas; c) que por eso hablaban quechua. Nos acusa de retomar “sin verdadera
crítica” que los pulares no eran considerados diaguitas, entre otras cosas porque
hablaban quechua. Según Giudicelli afirmamos esto en base a documentos mucho más
tardíos, cuando los indígenas pudieron aprender el quechua por influencia de los
jesuitas que lo habían generalizado como lingua franca.
En este tema debemos hacer algunas aclaraciones. En el artículo de Runa
decimos textualmente en las páginas 279 y 292 que en la zona pular se hablaba quechua
“aparentemente en mayor proporción que en otras poblaciones autóctonas del valle”,
probablemente porque en los centros administrativos incas se concentró un mayor
número de hablantes de esa lengua. La prudencia que volcamos en el artículo de Runa,
en parte se contradice cuando, en la síntesis presentada en el Tomo I de Tucumán
Colonial y Charcas, afirmamos que los pulares hablaban quechua. Reconocemos que
en esa ocasión abandonamos nuestra acostumbrada prudencia, pues en el afán de ofrecer
una síntesis eludimos discutir algunas de las evidencias con mayor detalle. Giudicelli
se basa en esto, una vez más sin considerar el contexto de producción de ese capítulo,
para acusarnos con toda crudeza. En nuestro descargo debemos aclarar que no habíamos
continuado con la investigación sobre los valles Calchaquíes durante los diez años que
transcurrieron entre una y otra publicación y que en los dos volúmenes del libro citado
pretendimos reeditar las investigaciones que el equipo había realizado desde 1984 en
adelante. Los dos artículos publicados en Runa eran excesivamente extensos para
incluirlos en esos volúmenes. En el esfuerzo por vincularlos en una sola presentación,

45
Recordemos que los jesuitas le escriben al Provincial de la Orden y que deben justificar con muy buenas
razones los fracasos de las dos misiones de Calchaquí. Otras cartas contemporáneas ofrecen visiones
diferentes que se apartan del modelo de salvajismo, si es que se quiere reparar en ello. Cfr. “Carta Anna de
la Provincia del Paraguay, años 1653-1654”, Memoria Americana, 10, 2001, pp. 177-236. Es preciso
señalar que la actividad jesuita en el valle Calchaquí es mucho menos significativa que entre tepehuanes
y taraumaras estudiados por Giudicelli en los artículos citados. Una comparación entre ambos registros
requiere mayores precauciones.
46
Lamana contrasta con gran habilidad el discurso que llama “civilizatorio” de las crónicas españolas con
otros tipos de documentos. En las primeras se atribuye toda la agencia a los invasores pero en algunas
probanzas, por ejemplo, se refleja la acción decisiva de los indígenas en acciones y acontecimientos que
había sido ignorados o silenciados en las crónicas. Gonzalo Lamana, Domination without dominante…, op.
cit.

34
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38

evidentemente cometimos el desliz de transformar algunas de nuestras suposiciones en


afirmaciones.
Hecha esta salvedad nos interesa discutir las –afirmaciones– de Giudicelli
respecto al tema. En una de las “pruebas” utilizadas para sostener que el quechua se
hablaba por influencia jesuita cita el trabajo de Rodolfo Cruz en el volumen I de
Tucumán Colonial y Charcas, quien comenta que los tafíes manejaban el quechua. En
primer lugar hay que considerar que los jesuitas intentaron generalizar una lengua en
los casos que hubiera un número considerable de hablantes. Es difícil imaginarlos
enseñando primero una lengua desconocida y luego intentar predicar con ella,
previamente ignorada por los neófitos. El padre Bárzana en 1585 es claro en este punto:
cuando visitaba los pueblos de Santiago del Estero pasaba tres o cuatro días en cada
pueblo y predicaba en quechua o en tonocoté.47 Esto lo podía hacer porque había y hay
todavía una isla lingüística quechua en la esa zona, o bien era un mago que en tres días
enseñaba una nueva lengua para tratar de imponer una nueva religión. En cambio
también es claro que cuando va con Ramírez de Velasco al área diaguita elabora un
vocabulario kakano, lamentablemente perdido. Segundo, los tafíes hablaban quechua
porque tenían dos asientos, uno en lo alto del Aconquija, próximo a los amaichas, y otro
en el pie de la sierra, en la llanura, ya quechuizada probablemente desde tiempos incas,
o incluso desde épocas muy anteriores.48 Giudicelli no se da cuenta que la referencia
contenida en la cita 128, de la página 197, se refiere a indios que servían en San Miguel
de Tucumán y que provenían de las llanuras circundantes.
Tampoco comprendió que los amaichas no participaron de la rebelión
calchaquí, aunque estaban en su territorio. La prescindencia les valió el apoyo de su
encomendero según lo expone en detalle el mismo Cruz. La siguiente contradicción la
comete al referirse a la visita del padre Garnica de 1685, diciendo que los
desnaturalizados del valle Calchaquí no hablaban quichua, a diferencia de los de las
llanuras; la causa es la misma y como la desconoce repite el error.49
Nos parece pertinente aclarar que en el sector de Payogasta (cuenca tributaria
del Calchaquí) las excavaciones realizadas en 1990 por un equipo binacional mostraron
la intensidad de la ocupación incaica, que se prolongaba hasta el gran sitio arqueológico
de Tastil, destacando la amplitud del área con andenes de cultivo y sobre todo la

47
Pablo Pastells, Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay (Argentina, Paraguay,
Uruguay, Perú, Bolivia y Brasil) según los documentos originales del Archivo General de Indias,
Madrid, 1912.
48
Ana María Lorandi, “La frontera oriental…”, op. cit.
49
En esta línea de desaciertos, Giudicelli, afirma taxativamente que si alguien hablaba quechua era “señal
de un contacto regular con los españoles”, de lo cual puede inferirse que todos los españoles hablaban
quechua: se trata de un gran descubrimiento que debería ser patentado. Por suerte aclara que se refiere a los
españoles que estaban en las minas de Potosí, salvo que en esa zona predominaba el aymara. Pensamos que
esto requiere un análisis más detenido –Guidicelli reduce su complejidad de manera temeraria- en el que
debiera considerarse la presencia de mitimaes, de procesos de quechuización de las poblaciones locales
(¿por qué pensar que sólo los mitimaes hablaban quechua?) mucho más que en las intermitentes actividades
evangelizadoras durante la primera etapa y en el conocimiento que algunos españoles pudieron tener del
quechua.

35
Anuario IEHS 24 (2009)

presencia de un importantísimo centro urbano estatal.50 En recientes excavaciones


efectuadas por Verónica Williams se confirma la presencia de varios sitios incas en el
pequeño valle de Hualfín tributario del de Calchaquí y en su boca sobre el fondo del
valle como el de La Angostura.51 En la ribera opuesta del río Calchaquí los
asentamientos en La Paya y Quitián también fueron construidos total o parcialmente por
los incas. No hay un sitio inca semejante a Payogasta en el sector de Tolombón, aún
cuando hubieran instalado allí algún contingente de mitimaes. Por lo tanto, no sorprende
que los de Tolombón no hablaran quichua, pues pudo haber albergado a un grupo de
mitimaes que se integraron con los originarios y convivieron con ellos por más de 130
años olvidando la lengua original.52
Finalmente en la página 204 de su artículo Giudicelli nos acusa de haber
señalado diferencias “radicales” entre el sector norte y el resto de las poblaciones de los
valles, algo que nunca planteamos en esos términos, ni en el artículo de Runa ni en el
de Tucumán Colonial y Charcas. Continuamos pensando que la “raya” de los pulares
en Atapsi existía antes de que los españoles pisaran el territorio y puede ser atribuida
a la ocupación incaica o ser original del propio grupo. Por lo tanto no es un dispositivo
heterónomo.

Comentarios finales

La perspectiva teórica que empleamos para elaborar el trabajo hace más de 20


años nos permitió avanzar sobre el conocimiento de la organización política de los
grupos del valle Calchaquí y de la dinámica que caracterizó las relaciones interétnicas.
No caben dudas de que nuestra mirada puso el acento en los procesos de resistencia ya
que buscábamos dar cuenta de los factores que hicieron posible el mantenimiento de la
autonomía política durante más de un siglo. En este marco, la formación de una frontera
interna delineada a partir de los avances de los españoles –i.e. fundación de ciudades
creando un cerco en torno a los grupos del valle desde donde desplegaron sus políticas
de atenazado control– acompasó la resistencia con un proceso de conquista lento, pero
progresivo. Esto no implica que hayamos desconocido un creciente grado de contacto
con los españoles, sobre todo evidente para el caso pular, y más aún en los grupos

50
El equipo binacional cuenta con una vasta producción fechada entre 1990 y 2007 que no podemos citar
por razones de espacio.
51
Williams, información personal, 2009.
52
La muestra de “apellidos” tomados al azar de padrones diversos –y épocas distintas– no confirma ni niega
las posibles diferencias culturales entre calchaquíes y pulares, ni predica respecto de los idiomas que los
nativos hablaban. El autor debería tener en cuenta que la antroponimia nativa no es un “dato de la realidad”
sino un conjunto de términos de clasificación creados para un mejor control de la población y que se
registraron al momento del bautismo y en los primeros padrones. Cfr. Ximena Medinacelli, “Nombres
personales: ¿un objeto o un instrumento de análisis?”, Revista de la Coordinadora de Historia, nº2, pp.
47-64, La Paz, 1998 y ¿Nombres o apellidos? El sistema nominativo aymara. Sacaca. Siglo XVII, La
Paz. Instituto de Estudios Bolivianos/IFEA, 2003; Roxana Boixadós, “Recreando un mundo perdido. Los
pueblos de indios del valle de Famatina a través de la visita de 1666”, Población & Sociedad, 14/15,
Fundación Yocavil, Universidad Nacional de Tucumán, 2008.

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Anuario IEHS 24 (2009), pp. 15-38

diaguitas del sur, integrados a las jurisdicciones de La Rioja y Londres que habían sido
efectivamente dominados y sometidos al régimen de encomienda. Sin embargo, la
dinámica de esa particular frontera interna, en la que los grupos valliserranos se
encontraban acorralados no supuso una conexión o vínculo semejante al que la línea de
trabajo sobre la “lógica mestiza” ha delineado para las sociedades de otros contextos
fronterizos. Las sociedades del NOA tenían un estrecho vínculo con los territorios que
habitaban –lo que no significa que vivieran presos en ellos– y fue el control sobre esos
territorios lo que defendieron de manera tenaz y mediante muy diversas estrategias.
Nuestro enfoque estuvo próximo a lo que Stern brillantemente definió después como
procesos de “adaptación en resistencia”, marco en el que la etnicidad juega un rol
central que articula la agencia nativa con la implementación de estrategias en contextos
de contacto, conquista o dominación efectiva.53
Si tuviéramos que rehacer nuestro trabajo, posiblemente profundizaríamos
algunas interpretaciones y matizaríamos otras, pero no cambiaríamos el enfoque y la
postura política que asumimos frente al diseño de la investigación. Seguramente, nos
propondríamos objetivos de más corto alcance, fragmentando una investigación que
resultó demasiado abarcativa y ambiciosa (“pecado” a cuya tentación también ha
sucumbido Giudicelli). Pero es claro que no tomaríamos el modelo empleado por
Giudicelli, en el que las identidades se difuminan, la etnicidad es una mera atribución
de los españoles y los grupos nativos, a pesar del énfasis colocado en su agentividad,
terminan siendo manipulados, clasificados, encasillados por los conquistadores. Estos
a su vez son presentados como miembros de un bloque cultural e ideológicamente
homogéneo que operan del mismo modo en cualquier contexto (y etapa) y al que
responden de manera despersonalizada como agentes de un estado monolítico. Aunque
el modelo de lógica mestiza ha mostrado ser una herramienta útil para analizar distintos
contextos de colonización o de fronteras, pensamos que en este caso su efectividad aún
debe ser demostrada.54 Sostenemos que las identidades de los grupos valliserranos
fueron históricamente construidas y que en el marco de la formación de una frontera
interna los cambios fueron los que les permitieron contener el avance español, adaptarse
a algunas de sus imposiciones, resistiéndose a demandas coactivas que sabían ya habían
alcanzado a grupos vecinos.
Según Giudicelli, que nos atribuye una visión inmovilista sobre las identidades
nativas producto de una interpretación artera de nuestro texto, “no se puede sostener
seriamente que mantenían una identidad que no tuviera en cuenta las coordenadas
coloniales. Muy al contrario, la agresión occidental fue también para las sociedades
indígenas de la región un acervo de cambio –de renovación– cultural importante” (p.
172). Por supuesto, no podían estar ajenos a las presiones de los conquistadores, pero

53
Steve Stern, “Nuevas aproximaciones al estudio de la conciencia y las rebeliones campesinas: las
implicancias de la experiencia andina”, en S. Stern, Resistencia, Rebelión y Conciencia Campesina en
los Andes, Lima, IEP, 1987, pp. 25-44.
54
Son muchos los ejemplos; cfr. Judith Farberman y Silvia Ratto (comps), Historias mestizas.
Trayectorias de indios, criollos y españoles en el Tucumán colonial y las pampas, Buenos Aires, Biblos,
2009.

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Anuario IEHS 24 (2009)

tampoco podemos suponer que estaban agradecidos por la oportunidad de renovar su


“acervo cultural” y recrear sus identidades. Lo que sí está fuera de duda es que los
cambios en todas sus dimensiones fueron drásticos a partir de la derrota y las
desnaturalizaciones de finales del siglo XVII y que las identidades se resignificaron en
contextos coloniales de dominación en los casos de los grupos que fueron reasentados
en comunidades o reducciones, pero estos procesos fueron dramáticamente más difíciles
cuando la población fue dispersada, además de desnaturalizada. Y no olvidemos que la
baja demográfica también actuó como telón de fondo minando la resistencia nativa.
Finalmente, ¿podemos pensar que una mirada de conjunto podría sintetizar lo
que cada modelo tiene para aportar al conocimiento de nuestro tema? ¿Es posible
complementar un modelo que parece adecuarse a una mirada historiográfica –que se
sitúa desde la perspectiva del estado conquistador y sus agentes– y otro que fue
construido desde la óptica etnohistórica, hoy llamada antropología histórica? Aspiramos
a que investigaciones futuras den respuestas positivas a un diálogo que debe sentarse
en el respeto y en la colaboración interdisciplinaria.

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ARTÍCULOS
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68

H ACIA UNA POLÍTICA SOCIAL


HIGIENE Y TRABAJO EN TUCUMÁN
DEL ENTRESIGLO

Vanesa E. Teitelbaum1

Resumen

En consonancia con el incremento de la protesta obrera, los asuntos vinculados con las condiciones de vida
y de trabajo en Tucumán cobraron mayor relevancia en las discusiones de funcionarios del Estado, médicos
higienistas, dirigentes políticos, religiosos y gremiales que abogaban por elevar el nivel de vida de los
trabajadores. Dentro de estas propuestas ocupó un lugar destacado la prédica higienista que adquirió
relevancia hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX y fue considerada la voz autorizada para
diagnosticar y proponer iniciativas relativas a mejorar la salud de la población trabajadora, especialmente
de las mujeres y los niños. Esta preocupación se combinaba con el interés por atender aspectos relacionados
con las condiciones de higiene y salubridad de los obreros en los hogares, las fábricas y demás espacios
laborales, tema que concitó el interés no sólo de los higienistas sino también de otros actores destacados
en la época, como la prensa que proyectó y difundió una sostenida campaña a favor de la construcción de
casas “higiénicas” para trabajadores.

Palabras claves: Higienistas, Trabajo, Vivienda, Políticas sociales.

Abstract

In line with an increase in the number of protests by workers, matters related to living and working
conditions in Tucumán became increasingly more relevant in discussions by government officials, hygienist
doctors, political, religious, and union leaders who advocated to improve worker’s standards of living.
Among these proposals, the hygienist doctors’ discourse that became relevant towards the end of the XIX
century and the beginnings of the XX century took central stage and was considered to be the authorized
voice to diagnose and propose initiatives related to improving the health of the working population,
especially of women and children. This concern was combined with an interest in addressing issues related
to workers’ hygiene and healthiness in factories and other work areas, an issue that aroused the interest not
only of the hygienists but also of other prominent actors in the period, such as the Press, who portrayed and
spread a sustained campaign in favor of the construction of “hygienic” houses for workers.

Key words: Hygienists, Work, Housing, Social policies.

Introducción

Hacia finales del siglo XIX y especialmente al despuntar la nueva centuria, en


consonancia con el incremento de la protesta obrera en las principales ciudades de
Argentina, estrechamente vinculadas con el desarrollo económico agro-exportador y el

1
Instituto Superior de Estudios Sociales, CONICET-UNT. San Lorenzo 429, (4000) San Miguel de
Tucumán, Argentina. Correo electrónico: vteitel@[Link]

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Anuario IEHS 24 (2009)

avance registrado en materia de industrialización, los debates sobre la cuestión social


adquirieron mayor influencia.2 Con distinta magnitud a la organización y crecimiento
de la protesta social desplegada especialmente en el litoral y el área pampeana, pero
tampoco con la debilidad o prescindencia adjudicada en general por la historiografía
tradicional, esta conflictividad se manifestó también en otras regiones del país, como
el norte argentino y particularmente en Tucumán, en donde un amplio abanico de temas,
tales como la vivienda popular, el régimen laboral en la industria, las manufacturas y
el comercio, la situación de las mujeres trabajadoras y el problema del trabajo infantil
generaron proyectos, discursos y alternativas que devenían de diferentes ámbitos
profesionales y coordenadas ideológicas y políticas pero que tenían en común la
problemática de los trabajadores y sus condiciones de vida. Aunque estas
preocupaciones no eran nuevas, cobraron singular importancia entre mediados de la
década de 1890 y los primeros años de la siguiente, debido al incremento de las
tensiones y protestas sociales y a la influencia de corrientes reformistas en la escena
pública provincial, en un contexto signado por profundas transformaciones derivadas
de la industrialización azucarera.3
En efecto, desde la segunda mitad del siglo XIX y, en especial, hacia 1880,
durante el periodo conocido como “auge y consolidación” de la industria azucarera, el
incremento de mano de obra empleada en las diversas tareas de la zafra y la recolección
de la caña alentaron la formación de nuevos pueblos que modificaron el paisaje agrario,
impactaron en el medio urbano y otorgaron su particular fisonomía a la provincia, cuya
actividad productiva central giró en torno del azúcar.4 Este desarrollo económico basado

2
Los estudios sobre la cuestión social en Argentina demostraron su importancia como un campo de análisis
fértil y significativo para la comprensión de los procesos políticos y sociales a nivel nacional, regional y
local. En esa dirección, se destacan los trabajos de Juan Suriano, “Introducción: una aproximación a la
definición de la cuestión social en Argentina”, en Juan Suriano (comp.), La cuestión social en Argentina,
1870-1943, Buenos Aires, La Colmena, 2000; obra que reúne además otros artículos importantes sobre el
tema para distintas provincias argentinas. Aportes teóricos para el estudio de la cuestión social en Pierre
Rosanvallón, La nueva cuestión social. Repensar el Estado providencia, Buenos Aires, Manantial, 1995
y Robert Castel, La metamorfosis de la cuestión social, Buenos Aires, Paidós, 1997.
3
En tal sentido, el trabajo esencial es el de María Celia Bravo, “Liberales, Socialistas, Iglesia y Patrones
frente a la situación de los Trabajadores en Tucumán (1880-1910)”, en Juan Suriano (comp.), op. cit., pp.
31-61, en el cual la autora analiza el surgimiento de la cuestión social en Tucumán, estrechamente vinculada
con el desarrollo de la huelga azucarera de 1904, y explora las distintas respuestas asumidas por los sectores
reformistas que buscaban mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y disminuir la conflictividad
social.
4
Este desarrollo industrial desplazó actividades de corte artesanal, ganadero y agrícola hacia la producción
mayoritaria de un cultivo: la caña de azúcar. De acuerdo con la magnitud que adquirió la producción
azucarera en la provincia, sobre todo desde 1880, la mayoría de los trabajos sobre Tucumán se abocó al
análisis de esta agro-industria, dando lugar a un conjunto de investigaciones novedosas y relevantes. En
especial, Donna Guy, Política azucarera argentina: Tucumán y la generación del 80, Tucumán,
Fundación Banco Comercial del Norte, 1981; Noemí Girbal De Blacha, “Estado, modernización azucarera
y comportamiento empresario en la Argentina, 1876-1914”, en Daniel Campi (comp.), Estudios sobre la
historia de la industria azucarera argentina, Jujuy, UNT-UNJU, 1991; María Celia Bravo, Sectores
cañeros y política, Tesis doctoral inédita, Facultad de Filosofía y letras, Tucumán, 2001 y Daniel Campi,
Azúcar y trabajo. Coacción y mercado laboral. Tucumán, 1856-1896, tesis doctoral inédita, Universidad

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en la industrialización azucarera tuvo su correlato en el incremento de la población, el


“despertar urbano” y la modernización.5 La población de Tucumán se duplicó, pasando
de 108.953 habitantes contabilizados en el Primer Censo Nacional de 1869 a 215.742
registrados en el Segundo Censo Nacional de 1895, avanzaron las reformas y mejoras
edilicias y se introdujeron algunas innovaciones claves del “progreso” y la
“modernidad”.6 Estas transformaciones se hicieron más evidentes en la ciudad de San
Miguel de Tucumán, capital y centro administrativo y comercial de la provincia, en
donde se manifestaron los principales avances tecnológicos y hubo un crecimiento
notable del número de sus habitantes que aumentaron un 96% entre los dos censos
nacionales: de 17.438 en el primero a 34.306 en el segundo.7
Sin embargo, las condiciones de vida, de trabajo y de higiene evidenciaban
serias deficiencias, especialmente graves en algunas zonas de la urbe, habitadas
mayoritariamente por las clases populares. La precariedad de las viviendas, la ausencia
y/o insuficiencia de servicios públicos e infraestructura sanitaria agudizaban las
dificultades materiales para satisfacer las necesidades básicas en estos sectores sociales,
que enfrentaban, a su vez, duras condiciones laborales –exiguos salarios, extensas
jornadas de trabajo, inestabilidad, accidentes frecuentes.8
Fue en ese contexto, sugiero, cuando comenzaron a modificarse las
percepciones de algunos sectores influyentes sobre el papel que debía asumir el Estado
ante los problemas sociales; sin abandonar completamente la impronta paternalista,

Complutense de Madrid, 2002.


5
Parte de este “despertar urbano provocado por la industria azucarera y los capitales que ella generaba”
fueron el surgimiento de nuevas casas de depósito y emisiones de dinero, la introducción de diversos
medios de comunicación, como el telégrafo en 1873 y la empresa de teléfonos en 1880 y el más importante:
el ferrocarril en 1876, que cambió la fisonomía de la ciudad y creó nuevos centros urbanos alrededor de las
estaciones ferroviarias. Breves Contribuciones del Instituto de Estudios Geográficos, Monografía I,
Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, 1988.
6
Dentro de las acciones encaminadas al “progreso” y “modernidad”, fueron claves las emprendidas durante
la intendencia de Padilla en la década de 1880: construcción de bulevares, apertura de todas las calles del
radio urbano, inauguración del alumbrado eléctrico y el impulso a los estudios sobre aguas corrientes. En
1889, se reemplazó el alumbrado público a kerosén por la luz eléctrica y en 1898, el gobierno de Lucas
Córdoba implementó el sistema de agua corriente en la ciudad. María Elena Curia de Villeco y Víctor Hugo
Bolognini, Inmigración en Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras,
Instituto de Historia y Pensamiento Argentino, 1992; Irene Saltor, “Aspectos de la Modernidad. Tucumán,
1880-1890”, Revista de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán, Año VIII, N 5, 1993 y María Estela
Fernández, “Salud y condiciones de vida. Iniciativas estatales y privadas, Tucumán fines del siglo XIX y
comienzos del XX” en Adriana Álvarez, Irene Molinari y Diego Reynoso (edit.), Historia de
enfermedades, salud y medicina en la Argentina de los siglos XIX y XX, Universidad Nacional de Mar
del Plata, 2004.
7
Breves Contribuciones del Instituto de Estudios Geográficos, op. cit; María Elena Curia de Villeco y
Víctor Hugo Bolognini, op. cit y María Estela Fernández, op. cit.
8
María Estela Fernández, “Las políticas de salud: el caso de los hospitales en Tucumán a fines del siglo
XIX”, X Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia, Rosario, 20 al 23 de septiembre, 2005. Para
un panorama general de la situación que enfrentaban los trabajadores argentinos, Juan Suriano, “El largo
camino hacia la ciudadanía social”, en Susana Torrado (comp.), Población y bienestar en la Argentina
del primero al segundo Centenario. Una historia social del siglo XX, Tomo I, Edhasa, 2007, pp. 67-95.

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Anuario IEHS 24 (2009)

moralizadora y liberal que los había mantenido distantes de estos tópicos,9 fue
abriéndose paso una mirada que clamaba por un papel más activo de las autoridades en
este terreno.10 Así, funcionarios del Estado, profesionales, como médicos higienistas,
dirigentes políticos, religiosos y gremiales discutieron y plantearon proyectos para
contrarrestar los problemas más acuciantes que enfrentaba la población y elevar el nivel
de vida de los trabajadores.
Dentro de estas propuestas formuladas con distinto grado de intensidad y desde
posiciones e intereses disímiles, procuraré en esta contribución analizar la prédica
higienista que adquirió relevancia hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX y fue
considerada la voz autorizada para diagnosticar y proponer iniciativas relativas a
mejorar la salud de la población trabajadora, especialmente de las mujeres y los niños.
Esta preocupación se combinaba con el interés por atender aspectos relacionados con
las condiciones de higiene y salubridad de los obreros en los hogares, las fábricas y
demás espacios laborales; tema que concitó el interés no sólo de los higienistas sino
también de otros actores destacados en la época, como los gobernantes y,
especialmente, la prensa que proyectó y difundió una sostenida campaña a favor de la
construcción de casas “higiénicas” para trabajadores.
Este trabajo me permitirá, entonces, explorar el papel que considero clave
desempeñado por el higienismo en la conformación de las primeras medidas de política
social en Tucumán en los años del tránsito entre dos siglos.11 Si bien se trata de una
problemática parcialmente transitada por la historiografía nacional y provincial, hasta

9
El predominio de la visión liberal que suponía la política social sin la participación del estado o que sólo
admitía su intervención mediante políticas de control y reglamentación, y la estructuración del mundo del
trabajo mediante un sistema de obligaciones y tutelas morales destinado a los trabajadores a través del
patronato filantrópico, en tanto éstos eran visualizados como menores de edad, individuos irresponsables
e incapaces de resolver sus problemas básicos de subsistencia en Juan Suriano, “La cuestión social y el
complejo proceso de construcción inicial de las políticas sociales en la Argentina moderna” en Ciclos en
la historia, la economía y la sociedad, Año XI, Vol. XI, N° 21, 1er. Semestre de 2001, Buenos Aires, pp.
127-128; las percepciones sobre los trabajadores en Tucumán en María Celia Bravo, 2000, op. cit.
10
La inflexión producida en el discurso social en Tucumán en ese periodo es explorada por Daniel Campi,
quien analiza las miradas de intelectuales que se pronunciaron, no sin contradicciones, por un papel más
activo del Estado en el terreno laboral. En tal sentido, sugiere el autor, comenzaron a vislumbrarse agudas
críticas a las condiciones de existencia de los trabajadores y propuestas que establecían un papel del Estado
muy diferente al de mero regimentador de los trabajadores que desempeñaba hasta entonces. Daniel Campi,
“Julio P. Ávila: Medios prácticos para mejorar la situación de las clases obreras, 1892”, Comentario,
Estudios del Trabajo, Nº 30, Julio-diciembre, 2005, pp. 123-146 y Daniel Campi, “Bialet-Massé y los
trabajadores tucumanos del azúcar” en Marcelo Lagos, María Silvia Fleitas y María Teresa Bovi (comps.),
A cien años del informe de Bialet Massé, Unidad de Investigación en Historia Regional, Universidad
Nacional de Jujuy, 2004.
11
Seguimos la definición de Suriano, quien con un propósito aproximativo, define las políticas sociales
como “mecanismos de integración” que abarcan desde las cuestiones concernientes al mundo del trabajo,
y la seguridad social, como aquellas que se refieren a temas vinculados a la educación, la salud pública y
el desarrollo y mejoramiento urbano. Juan Suriano, “Los historiadores y el proceso de construcción del
estado social”, en Julián Bertranou, Juan Manuel Palacio y Gerardo M. Serrano, En el país del no me
acuerdo (Des)memoria institucional e historia de la política social en la Argentina, Buenos Aires,
Prometeo, 2004, pp. 33-34.

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Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68

ahora no se han realizado estudios que aborden esta temática desde los dos vértices de
análisis enunciados: en primer lugar, la situación de las mujeres trabajadoras y sus hijos,
que llevó a los médicos higienistas a contemplar el problema de la maternidad en los
sectores populares y, en segundo término, los proyectos de vivienda obrera, en
particular de la prensa que alcanzó un lugar relevante como promotora de un discurso
que recogió y adaptó los postulados de la salud y la higiene para demandar respuestas
por parte del Estado para resolver el problema de las habitaciones populares.12 Pero
antes será necesario repasar, aunque sea muy brevemente, el ascenso del higienismo en
el escenario público nacional y provincial.

La higiene como una tribuna legítima

En 1899, Gregorio Aráoz Alfaro, un eminente pediatra e higienista,13


consideraba a la higiene como “la rama más importante de las ciencias médicas”, la cual
había establecido hechos y preceptos que servían “a la humanidad más eficazmente que
todos los progresos médicos en su lucha contra la enfermedad y la muerte”.14 Esta
valoración vertida en el prefacio a la primera edición de El Libro de las madres, un
trabajo suyo difundido ampliamente en la época,15 se inscribía en el contexto de la
creciente influencia de la prédica higienista, en consonancia con los desarrollos
alcanzados en otras latitudes, como Francia, Inglaterra o Estados Unidos, en donde las
actuaciones higienistas se constituyeron en referentes para los profesionales de

12
La importancia de la prensa en “la enunciación y puesta en locución de la cuestión social”, así como la
llamativa y prácticamente absoluta ausencia de trabajos históricos sobre el tema, ha sido señalada por Juan
Suriano, 2004, op. cit, pp. 43-44. Dentro de los escasos aportes que abordan esta problemática, nos
apoyamos especialmente en los de Agustina Prieto, “Rosario, 1904: cuestión social, política y multitudes
obreras”, Estudios Sociales, Año X, N° 19, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fé, 2000, pp. 105-110
y, de la misma autora, “Usos de la ‘cuestión obrera’. Rosario, 1901-1910”, en Juan Suriano (comp.), op.
cit, pp. 63-87.
13
Eduardo Zimmermann, Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina 1890-1916,
Sudamericana, Buenos Aires, Universidad de San Andrés, 1995 y María José Billorou, “Esta sociedad ha
llegado en un momento oportuno: nació aunando pensamiento y ejecución. La creación de la Sociedad de
Puericultura de Buenos Aires”, en Adriana Álvarez, Irene Molinari y Diego Reynoso (edit.), op. cit, pp.
187-207.
14
Gregorio Aráoz Alfaro, El libro de las madres. Manual práctico de higiene del niño, con indicaciones
sobre el embarazo, parto y tratamiento de los accidentes, Buenos Aires, Cabaut y Cia. Editores, 1929,
p. 11.
15
Véase al respecto los comentarios del diario El Orden, de Tucumán, que informaba, además, sobre las
actuaciones de este médico, especializado en “el estudio de las enfermedades de la infancia y el socorro de
la niñez desvalida” y estudioso también de los efectos de la tuberculosis en los niños; anunciaba sus visitas
a Tucumán, en donde impartía servicios profesionales desde su consultorio, y se sumaba a los elogios de
revistas bonaerenses, como “PBT” y “Caras y Caretas”, que lo retrataban como “uno de los primeros
hombres de ciencia del país, a la par que un filántropo digno del más sincero aplauso público. Algunos
ejemplos en, “La profilaxia”, El Orden, 22/06/1900 y “Dr. Gregorio Aráoz Alfaro”, El Orden, 19/12/1904.

45
Anuario IEHS 24 (2009)

Argentina, México y otros estados latinoamericanos, el accionar de los higienistas ante


las epidemias y los procesos de profesionalización médica.16
La importancia de la prevención de las enfermedades por sobre la cura se erigía
como un postulado fundamental del higienismo, que desde el último cuarto del siglo
XIX adquirió mayor protagonismo en la agenda del Estado y de las decisiones públicas.
La expansión estatal en materia de higiene y salud pública había comenzado en 1852
con la conformación del Consejo de Higiene Pública, que luego se llamó Departamento
Nacional de Higiene en 1880; en 1883, se creó la Asistencia Pública de Buenos Aires,
y progresivamente estas instituciones extendieron sus facultades de inspección y control
“en temas relacionados con la salud pública, particularmente tras las epidemias de
fiebre amarilla de 1871 y de cólera en 1867-8 y 1886-7”.
A partir de sus actuaciones como funcionarios públicos, y desde el campo
académico, en donde la higiene pública había hecho también notables avances, los
higienistas argumentaron “a favor de una expansión de las facultades del Estado en
materia de salud pública”.17 De acuerdo con una definición amplia de esta noción, que
incluía “instrucción, moralidad, buena alimentación, buen aire, precauciones sanitarias,
asistencia pública, beneficencia pública, trabajo y hasta diversiones gratuitas”,18 los
higienistas, médicos en su mayoría, –como sostiene Diego Armus–19 fueron

16
Marcela Nari, “Transición demográfica, prácticas contracepcionales y discurso médico. Buenos Aires,
1890-1940, V Jornadas Interescuelas/ Departamentos de Historia, Montevideo, 1995 y Vanesa
Teitelbaum, “La prédica higienista en la construcción de una imagen de la maternidad en Tucumán,
Argentina a fines del siglo XIX”, Papeles de Población, N° 16, 1998, pp. 185-200, México. Dentro de estas
influencias, Ricardo González Leandri señala que “el higienismo argentino adoptó gran parte de sus pautas
institucionales del modelo francés que asociaba el control higiénico con la figura del médico” y se
diferenció de otras experiencias nacionales, en especial las de Gran Bretaña y Estados Unidos, “en donde
el movimiento higienista y la higiene como disciplina e instrumentos de gobierno adquirieron un carácter
bastante independiente de la Medicina”. Como sostiene este autor, en tanto la higiene se definía vagamente
“como todas las acciones que se ejercían sobre la salud, una amplia gama de agentes sociales, filántropos,
políticos, periodistas, químicos, farmacéuticos y médicos opinaban sobre ella con igual grado de autoridad”,
pero desde una perspectiva a largo plazo se reveló la “estrecha ligazón de la ‘higiene’ con la figura del
médico o al menos de un sector de los médicos”. En esa dirección, explica sugerentemente cómo en
Argentina “el proceso de construcción histórica de “la higiene” fue paralelo al mismo proceso de
profesionalización médica” y muestra, a su vez, cómo el problema de las epidemias fue el detonante para
una mayor delimitación y posicionamiento del higienismo como tópico fundamental en la agenda del
Estado. Ricardo González Leandri, “Notas acerca de la profesionalización médica en Buenos aires durante
la segunda mitad del siglo XIX”, en Juan Suriano (comp.), op. cit., pp. 222-228.
17
Eduardo Zimmermann, op. cit. p. 102.
18
Véase al respecto, el discurso de Eduardo Wilde en 1877, citado en Diego Armus, “El descubrimiento
de la enfermedad como problema social”, en Mirta Lobato (dir.), Nueva Historia Argentina. El progreso,
la modernización y sus límites (1880-1916), Tomo V, Buenos Aires, Sudamericana, 2000, pp. 512-513.
19
Además, Armus explica cómo en consonancia con la conformación de la profesión médica y de algunas
agencias administrativas del Estado, la higiene quedó asociada fuertemente con los médicos, Diego Armus,
op. cit., pp. 512 y 516; sobre la estrecha relación entre higiene y medicina, véase también supra nota 16.
Por su parte, Susana Belmartino señala sugerentemente cómo a fines del siglo XIX y comienzos del XX,
los médicos gozaban “del prestigio y reconocimiento social que en la época se brindaba a los miembros de
las escasas profesiones reconocidas” y se “autoinstituyeron” como “las únicas voces autorizadas para
abordar los problemas relativos a la salud, la enfermedad, su prevención, su cura”, Susana Belmartino, La

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Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68

conformando una agenda de temas y áreas de incumbencia que varió con el tiempo, en
función de las transformaciones sociales, demográficas, culturales y políticas que se
desarrollaban en el país. En esa línea, el autor distingue dos grandes etapas: la primera,
durante las décadas de 1870 y 1880, signada por el afán de impulsar la construcción de
redes cloacales y de agua potable para combatir los brotes epidémicos; y la segunda,
hacia los años de 1920, cuando la prédica higienista se orientó a conformar un tejido de
instituciones de asistencia, prevención y contención social ante los desajustes
aparejados por el proyecto modernizador.20
Dentro de este marco general, y siguiendo a Armus, podemos decir que fue
durante los años del entresiglo, en el contexto del “acelerado crecimiento urbano del
litoral”, cuando la higiene se instaló con éxito en la sociedad argentina al identificarse
“con los avances de la bacteriología moderna, el desarrollo de la estadística como
disciplina, la consolidación de instituciones estatales con agendas específicamente
abocadas a las cuestiones de salud pública, la creciente presencia de la profesión médica
en la sociedad y el Estado y las conferencias internacionales empeñadas en dar una
respuesta coordinada frente a la rápida propagación de las epidemias”.21 Para el caso
específico de Tucumán, desde el último cuarto del siglo XIX se observa también el
desarrollo e implementación de medidas dirigidas a conseguir mayor salubridad e
higiene, y fue a mediados de la década de 1890 y al despuntar la siguiente, cuando se
evidenció más claramente la impronta del higienismo, en consonancia con los procesos
de profesionalización e institucionalización de la salud.22 En ese contexto, los médicos

atención médica argentina en el siglo XX. Instituciones y procesos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, pp.
45-46). Aunque excede al tema de este trabajo, es importante mencionar, por otro lado, el análisis de
Ricardo Salvatore de los criminólogos positivistas, quienes instalaron “en el centro de las visiones de clase
de la Argentina de principios de siglo, una forma de concebir los problemas sociales con resorte al léxico,
convenciones y ansiedades de las ciencias médicas”, Ricardo Salvatore, “Criminología positivista, reforma
de prisiones y la cuestión social/obrera en Argentina”, en Juan Suriano (comp.), op. cit., p. 157.
20
Como propone Armus, este desplazamiento en el foco de atención de los higienistas respondía en gran
medida a los avances logrados en el control de las epidemias con la construcción de obras de salubridad que
trajo aparejado la disminución en los índices de mortalidad. En ese contexto, la prédica de la higiene
destacó más el problema de los efectos de la industrialización y pauperización que alentaban la necesidad
de conformar redes de asistencia. Estos cambios de énfasis no fueron, como bien lo señala el autor,
privativos de Buenos Aires y las principales provincias del litoral; con distinta magnitud, se evidenciaron
también en las del interior, en donde el accionar de los higienistas en las dependencias del Estado fue clave
para modificar inercias y tomar medidas ante los asuntos de higiene pública, Diego Armus, “Consenso,
conflicto y liderazgo en la lucha contra la tuberculosis, Buenos Aires, 1870-1950”, en Juan Suriano (comp.),
op. cit., pp. 193-194.
21
Diego Armus, “El descubrimiento de la enfermedad como problema social”, en Mirta Lobato (dir.), op.
cit., p. 514.
22
En ese periodo, se crearon dos reparticiones claves: en 1900, se estableció el Consejo de Higiene, con
facultades más amplias, dirigidas a un mayor control de la profesión médica, reglamentación y
centralización de la salud (en comparación con el Consejo de Higiene Pública de 1887 al cual sustituyó)
y en 1902 se conformó la Administración Sanitaria y Asistencia Pública. A su vez, el apoyo estatal a través
de reglamentaciones específicas, la participación de los médicos en las instituciones de salud y en los
elencos gobernantes, la legitimación obtenida en las actuaciones ante las epidemias, la formación de una
asociación médica y la expresión de sus saberes en la prensa contribuyó a afianzar el poder médico. María

47
Anuario IEHS 24 (2009)

e higienistas abordaron la situación de las clases trabajadoras, contemplando en especial


el problema del trabajo femenino y la maternidad. A partir del tratamiento prioritario
que dieron a este tópico, sus discursos desempeñaron, sugiero, un lugar destacado en
los itinerarios que reclamaban al Estado respuestas destinadas a resolver la cuestión
social y alcanzaron un rol fundamental en la concreción posterior de las principales
reformas laborales en la provincia.23

Mortalidad infantil y protección al trabajo femenino

Tal como sucedía en otras ciudades argentinas, las epidemias y sus


consecuencias en la mortandad y salud de la población continuaban desvelando a las
autoridades y reformadores sociales en el Tucumán del entresiglo. La falta de hospitales
y médicos permanentes y, en general, un estado sanitario deficiente en la provincia
actuaba en detrimento de la atención y resolución de los cuadros endémicos y la rápida
propagación de las enfermedades infecto-contagiosas.24 En ese marco, y de acuerdo con
las teorías ambientalistas en boga y los principios del sanitarismo que proclamaba la
responsabilidad del Estado en la salud pública,25 los higienistas proclamaban la
importancia de mejorar el estado de salubridad de la ciudad y sus habitantes,

Estela Fernández, 2005, op. cit y María Estela Fernández y María Paula Parolo, “Controles, manifestaciones
y límites del “arte de curar” en Tucumán durante el siglo XIX”,en Adrián Carbonetti y Ricardo González
Leandri (edits.), Historias de salud y enfermedad en América Latina, Universidad Nacional de Córdoba,
Centro de Estudios Avanzados, Córdoba, 2008, pp. 95-113.
23
En esa dirección, no está de más anotar los comentarios de Héctor Recalde, La higiene y el trabajo,
Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988, pp. 17-18 sobre cómo el de los higienistas fue el
primer reclamo en Argentina por la protección legal de las mujeres y niños empleados en la industria, tal
como se reflejó en las lecciones del Curso de Higiene Pública impartidas por Eduardo Wilde, en 1877. Las
distintas posturas que asumieron después los funcionarios del Estado, grupos políticos, gremiales y
religiosos, así como las diversas iniciativas legislativas propuestas en torno al tema del trabajo femenino
y de los menores son examinados por Matilde Mercado, La primera ley de trabajo femenino. “La mujer
obrera” (1890-1910), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988. Análisis recientes y
fundamentales sobre esta problemática, que abarcan, además, el papel de los médicos, ahondan en las
relaciones e implicancias de la maternidad en el desarrollo de las leyes laborales de la mujer y los niños y
examinan las discusiones que generó el problema del trabajo femenino y la crianza de los hijos son los de
Marcela Nari, “La mujer obrera entre la maternidad y el trabajo, Buenos Aires, 1890-1940”, Informe de
Avance de Beca Graduados Perfeccionamiento, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos
Aires, 1995 y Marcela Nari, Políticas de maternidad y maternalismo político, Buenos Aires, Biblos, 2004,
y los de Mirta Lobato “Entre la protección y la exclusión: Discurso maternal y protección de la mujer
obrera, Argentina 1890-1934”, en Juan Suriano (comp.), [Link]., pp. 245-275; Mirta Lobato, “El Estado y
el trabajo femenino: el Departamento Nacional del Trabajo”, en Juan Suriano y Daniel Lvovich (edits.), Las
políticas sociales en perspectiva histórica, Buenos Aires, Universidad Nacional de General Sarmiento,
Prometeo Libros, 2005, pp. 27-45 y Mirta Lobato, Historia de las trabajadoras en la Argentina (1896-
1960), Buenos Aires, Edhasa, 2007.
24
María Estela Fernández, 2004, op. cit.
25
Diego Armus, La ciudad impura. Salud, tuberculosis y cultura en Buenos Aires, 1870-1950, Buenos
Aires, Edhasa, 2007.

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resolviendo el problema del estancamiento de las aguas, considerado uno de los


principales factores que alentaban los brotes epidémicos.26 Se entendía, además, que en
la propagación de enfermedades infecto-contagiosas intervenía un amplio abanico de
causas originadas mayoritariamente en las condiciones de vida desfavorables de la
población, en especial la de menores recursos económicos, que enfrentaba el
hacinamiento habitacional o vivía en hogares precarios e insalubres. La mala
alimentación, la insuficiencia de los salarios y los duros regímenes de trabajo
agudizaban aún más la situación de las clases populares que de esa manera carecían de
los resortes indispensables para alcanzar su eficaz desarrollo.27 En especial, las mujeres
y los niños se vislumbraban como los sujetos más débiles y expuestos a contraer todo
tipo de enfermedades, particularmente graves en tanto, se afirmaba, en las primeras
afectaban su función de reproducción y en el caso de los infantes dañaban su
constitución y obstaculizaban su óptimo crecimiento. Las ideas acerca de la
degeneración de la raza y la transmisión hereditaria de vicios y enfermedades estaban
presentes en estas miradas de los médicos e higienistas, quienes contemplaron
especialmente el problema del trabajo en las mujeres de clases bajas, analizando y
prescribiendo códigos de conducta para fomentar una maternidad ajustada a los
principios científicos, morales e ideológicos que ellos suscribían y proyectaban.
Al despuntar la nueva centuria, reconocidos profesionales en el campo de la
higiene pública, como Gregorio Aráoz Alfaro y Eliseo Cantón,28 preocupados por la
pobreza y sus efectos en las condiciones de vida de los sectores populares, dirigieron
su atención hacia el problema de la mortalidad infantil que presentaba índices
alarmantes en Argentina y, particularmente graves, en las provincias del norte. En la
concepción de estos médicos, las muertes de los recién nacidos e infantes derivaban de
las condiciones socioeconómicas imperantes, pero también de la ignorancia y
desconocimiento de las madres en los principios elementales de la higiene y del cuidado

26
De acuerdo con las teorías miasmáticas, los médicos higienistas insistían en la necesidad de purificar el
agua, Adriana Álvarez, “El reinado y el control de las endemias en la ciudad de Buenos Aires de fines del
siglo XIX y principios del siglo XX”, en Adriana Álvarez, Irene Molinari y Diego Reynoso (edit.), op. cit.,
pp. 15-46. Entendiendo que de la calidad y abundancia de las aguas limpias dependía la salubridad de la
población, se buscaba establecer el curso fácil y la limpieza de los sistemas de caños y albañales que
llevaran las sustancias orgánicas factibles de descomponerse y por lo tanto constituirse en foco de
infecciones por el desprendimiento de las miasmas. Marcela Dávalos, “La salud, el agua y los habitantes
de la ciudad de México. Fines del siglo XVIII y principios del XIX, pp. 279-302, en Regina Hernández
Franyuti (comp.), La ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX, tomo II, México, Instituto Dr.
José María Luis Mora, 1994, pp.282-300.
27
María Estela Fernández, 2004, op. cit.
28
Al comienzo de la sección anterior nos referimos a Aráoz Alfaro. Eliseo Cantón fue un médico y político
de destacada trayectoria: practicante menor en el Hospital español y activo dirigente de la Asociación
española; se desempeñó como profesor universitario e investigador -estudió y publicó obras sobre el
paludismo- y fue diputado provincial y nacional. Alejandra Landaburu, “Organizaciones de la sociedad civil
en Tucumán a fines del siglo XIX y comienzos del XX: las sociedades mutuales” en La Generación del
Centenario y su proyecto en el Noroeste Argentino (1900-1950). Actas de las VI Jornadas realizadas en
San Miguel de Tucumán, Fundación Miguel Lillo, Centro Cultural Alberto Rougés, Tucumán, 2006, pp.
279 y 285 y Fernández 2004, op. cit.

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del cuerpo y de la salud. Por lo tanto, instaban a las progenitoras a instruirse en los
preceptos de la ciencia moderna, en particular de la higiene y la puericultura, esgrimidas
como herramientas científicas claves para fomentar la educación y el crecimiento
saludable en los niños. A su vez, proponían la conformación de un tejido institucional
de leyes y ámbitos propicios para garantizar el cuidado de la prole en el caso de las
madres trabajadoras, labor que requería de la colaboración de las sociedades de
beneficencia, agrupaciones religiosas y el Estado.
Los médicos higienistas abogaron entonces por el establecimiento de medidas
protectoras del trabajo femenino, en particular, leyes de descanso antes y después del
parto, asistencia médica a madres e hijos y creación de instituciones como guarderías
y cantinas maternales.29 Estas últimas, según afirmaba uno de los principales exponentes
del higienismo argentino, Emilio Coni, cumplirían un importante rol en la sociedad al
fomentar una población sana, previniendo las enfermedades de los recién nacidos y sus
progenitoras con alimentos higiénicos.30 En especial, se buscaba difundir la lactancia
materna, que acompañada por “cuidados propios de la ternura materna”, podría
disminuir los porcentajes de mortalidad infantil en el primer año de vida, ayudaría al
desarrollo del amor maternal, alejando a las mujeres de conductas “inmorales” y
evitando además actos delictivos sumamente graves, como el abandono, el aborto y el
infanticidio. 1 3
Los médicos explicaban las causas que llevaban a las madres a abandonar a su
prole, o fomentaban el “aborto criminal” y el “parto prematuro” por la ignorancia, la
pobreza y el deseo de salvar al honor que, sostenían, afectaban principalmente a las
mujeres pobres y en especial solteras. Por esa vía, justificaban prácticas que
aparentemente cuestionaban el instinto maternal y las consideraban como “conductas
desviadas” o “males sociales”, productos de la miseria y el desamparo en que vivían las
progenitoras humildes. Con el propósito de revertir estos comportamientos negativos
en algunas mujeres y para contrarrestar los efectos de la mortalidad infantil que, según
los médicos, provenían en gran medida de la falta de conocimientos de las madres,
escribieron sus indicaciones en torno a los cuidados apropiados que se debía dispensar
al niño –dentro de los cuales ocupaba un lugar primordial la alimentación con leche
materna– y exhortaron a las autoridades a legislar y apoyar instituciones específicas
para la protección de la mujer y de sus hijos.
La preocupación por el crecimiento y educación de los niños, en tanto futuros
ciudadanos y trabajadores del Estado, estaba presente en estas consideraciones de los
médicos higienistas, quienes fundaban sus discursos en propósitos “humanitarios y
patrióticos”. En esa tónica, exhortaban a las madres a instruirse, dirigidas por el médico,
en todos los cuidados y reglas a seguir durante el embarazo y el parto y, de esa manera,

29
Eliseo Cantón, Protección a la madre y al hijo: puericultura intra y extra-uterina. Profilaxia del
aborto, parto prematuro, abandono e infanticidio. Maternidad –Refugio, Buenos Aires, 1913, pp. 36-38
y Aráoz Alfaro, op. cit., p. 11.
30
Emilio R. Coni, Asistencia y previsión social. Buenos Aires caritativo y previsor, Buenos Aires,
Imprenta de Emilio Spinelli Editor, 1918, pp. 251-252.
31
Eliseo Cantón, op. cit., pp. 65-66.

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poder cumplir su rol esencial y brindar los “gérmenes sanos y vivaces de que la escuela
y el Estado sacarán más tarde el hombre fuerte de físico, sano de alma, flexible y abierto
de inteligencia”. A su vez, los poderes públicos debían asumir la tarea de estimular el
“sentimiento maternal”, de acuerdo con las necesidades políticas de “formar una
población sana y robusta, capaz de labrar la grandeza de la nación”.32
Mejorar la moral de las mujeres, en su mayoría solteras y, por lo tanto
consideradas incapaces de ostentar conductas decentes, formó parte también de los
objetivos higienistas.33 Así, por ejemplo, para Cantón las maternidades-refugio
funcionarían al mismo tiempo como institutos de puericultura y como verdaderas
escuelas de moral y buenas costumbres, ya que permitirían la “regeneración” de
conductas viciosas, el estímulo de hábitos de trabajo e, incluso, alimentarían el ideal de
fomentar el matrimonio entre estas mujeres, garantizando de esa manera una maternidad
enmarcada en la legitimidad. De la misma postura fue Paulino Rodríguez Marquina,
quien defendía la creación de inclusas en Tucumán, al concebirlas como un canal
provisorio que permitiría a las madres en un futuro arrepentirse y luego de casarse
darles un apellido a sus hijos.34
Alarmado por los elevados índices de ilegitimidad y de mortalidad infantil en
la provincia, Rodríguez Marquina, un inmigrante español residente en Tucumán desde
1882, periodista, concejal municipal y, más tarde, director de la Oficina de Estadística
de la Provincia y de los famosos Anuarios, editados desde 1895 por esta repartición,35
escribió un conocido libro en la época: La mortalidad infantil en Tucumán.36 Allí,

32
Gregorio Aráoz Alfaro, op. cit. y Cantón, op. cit. Véase el trabajo de Alejandra Rodríguez de Anca,
“Apuntes para el análisis de las relaciones entre discurso médico y educación (1900-1930)”, en María Silvia
Di Lisia y Graciela Salto (eds.), Higienismo, educación y discurso en la Argentina (1870-1940), Santa
Rosa, La Pampa, Editorial de la Universidad Nacional de la Pampa, 2004, pp. 15-35, sobre la importancia
de los niños en tanto “futuros ciudadanos” y la concepción de la higiene como un “mandato” y, por lo tanto,
con fuertes connotaciones morales. Por otro lado, interesa apuntar que en la época bajo estudio hubo
también una gran preocupación por preservar el “espíritu nacional”, fomentando el patriotismo desde el
plano educativo. Al respecto, Ricardo Rojas, La Restauración Nacionalista, Buenos Aires, Talleres
Gráficos de la Penitenciaria Nacional, 1909.
33
Las connotaciones morales del higienismo no fueron de ningún modo un rasgo privativo de Argentina.
A modo de ejemplo, se puede consultar el estudio de Verena Radkau sobre la relación entre los médicos
y las mujeres, a partir de la prensa médica mexicana del siglo XIX, en donde la autora sostiene que los
primeros extendieron su campo de acción bastante más allá de la restitución de salud en un paciente,
convencidos de su misión social y del potencial disciplinario de sus métodos que podían desplegarse en
cuestiones morales, legales y políticas. Verena Radkau,, “Los médicos (se) crean una imagen: Mujeres y
médicos en la prensa médica mexicana del siglo XIX”, en Pilar Gonzalbo (ed.), Género, familia y
mentalidades en América Latina, Puerto Rico, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1997, p. 152.
34
Eliseo Cantón, op. cit., pp. 80-81 y Paulino Rodríguez Marquina, La mortalidad infantil en Tucumán,
Talleres de La Provincia, 1899. Combatir la ilegitimidad favoreciendo el matrimonio también fue una
medida contemplada por Coni en sus indicaciones sobre los deberes del Patronato de la Infancia, creado
por decreto municipal en 1890 en Buenos Aires, Emilio R. Coni, Memorias de un médico higienista,
Biblioteca Médica Argentina, tomo 1, Buenos Aires, Talleres Gráficos Floiban, 1918.
35
Irene Saltor, op. cit. y Daniel Campi, 2004, op. cit.
36
Como señala Daniel Campi, 2004, op. cit., esta obra sirvió de referencia para el famoso Informe realizado
por Bialet Massé sobre los trabajadores del interior de la república.

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recomendó a las madres instruirse en el cuidado de sus hijos según los beneficios de la
higiene y el método en la alimentación. Sin embargo, entendía que la ignorancia en los
nuevos preceptos de la higiene y la puericultura no era el único factor que originaba los
destacados números de mortalidad infantil –4.478 menores de un año fallecidos entre
1897 y 1898–; los compromisos laborales ocasionaban en las madres obstáculos
prácticamente insalvables debido a la ausencia de ámbitos apropiados para la guarda de
los niños. En tal sentido, sostenía que el Estado, junto con las sociedades filantrópicas
y las de caridad debían encarar conjuntamente el problema de las madres trabajadoras,
promoviendo la construcción de inclusas y salas cuna.37
Estas consideraciones se completaron con las denuncias que formuló en otros
trabajos suyos, en especial en los Anuarios Estadísticos, sobre la falta de asistencia
médica y de buenas parteras en la provincia, especialmente graves en las áreas rurales.38
Lo cual me lleva a proponer que el discurso higienista trascendió en Tucumán los
espacios estrictamente médicos, manifestándose en otras reparticiones estatales, como
la Oficina de Estadísticas de la Provincia, dirigida por Rodríguez Marquina, cuyos
escritos se enmarcaron dentro de los postulados de salud pública.39
A modo de síntesis, educación, higiene y pobreza fueron algunos de los tópicos
examinados en estos análisis de profesionales y funcionarios del Estado sobre las clases
trabajadoras. Los temas no eran nuevos, pero adquirían especial vigor a la luz de la
creciente preocupación por los efectos de la industrialización y el crecimiento urbano
en las condiciones de vida de la población y, en particular, en los sectores populares.
Focalizando su atención en estos grupos sociales, los médicos e higienistas se
preocuparon especialmente por la problemática planteada por el trabajo femenino. Sus
propuestas buscaban no sólo proteger la labor de las mujeres sino también y, sobre todo,
garantizar la función social más relevante otorgada a las mismas: la maternidad. En
función de los postulados ideológicos, biológicos y morales imperantes, el propósito de
los facultativos consistía en construir una idea de la maternidad que, si bien encontraba

37
Paulino Rodríguez Marquina, op. cit; María Celia Bravo y Vanesa Teitelbaum, “Entrega de niños e
infanticidios en la construcción de una imagen de la maternidad en Tucumán (segunda mitad del siglo
XIX)”, en Centro de Estudios Históricos Interdisciplinarios sobre las Mujeres y Departamento de Historia
de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán, Temas de Mujeres.
Perspectivas de Género, San Miguel de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, UNT, 1996, pp. 81-96.
38
Paulino Rodríguez Marquina, Anuario de Estadística de la Provincia de Tucumán, correspondiente
al año 1897, Buenos Aires, Editorial Sudamericana de Billetes de Banco, 1898 y Paulino Rodríguez
Marquina “La mortalidad infantil en Tucumán” en Boletín Laboratorio Bacteriología, 1909.
39
Esto se planteó en María Celia Bravo y Vanesa Teitelbaum, op. cit. Además, quisiera agregar que los
textos de Rodríguez Marquina, si bien no pueden ser equiparados a los de higienistas renombrados
recogían, sin embargo, algunas de sus influencias. Por ejemplo, La Mortalidad infantil… trataba temas
presentes en los libros de Coni, Cantón, Aráoz Alfaro, como la alimentación de los niños, la gimnasia, las
sociedades protectoras, e iniciaba con una carta de este último en donde afirmaba que Tucumán debía tener
“leyes y sociedades protectoras de la infancia que no se limiten a dar asilo al niño enfermo o huérfano, sino
que enseñen a los padres ignorantes a criarlos debidamente”, Paulino Rodríguez Marquina, 1899, op. cit..
Aunque es razonable suponer que el tono de este discurso pudo haber sido modificado por Rodríguez
Marquina, quien, a mi entender, mostraba un lenguaje muy diferente al de Aráoz Alfaro; los prejuicios y
descalificaciones recorrían los comentarios del primero.

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sus fundamentos primordiales en la naturaleza femenina, no obstante, debía inscribirse


en los principios de la ciencia moderna. En otras palabras, las mujeres en tanto madres
actuales o futuras debían aprehender los hábitos, nociones y valores pautados por la
higiene y la medicina, dejando atrás o bien adaptando y refuncionalizando sus saberes
y normas tradicionales, considerados por los médicos como factores de atraso,
ignorancia y muerte. Tal era la prédica planteada por los higienistas, quienes se
presentaban como los especialistas legítimos para liderar los proyectos institucionales
tendientes a mejorar los conocimientos y las prácticas de las madres y, en tal sentido,
no resulta sorprendente que hayan ocupado los puestos de dirección en dispensarios,
hospitales, asilos, etc. A su vez, desde diferentes escritos –informes, artículos, libros–
indicaban la responsabilidad del Estado en la protección y formación de ciudadanos
“sanos”, “laboriosos” y “patrióticos” y por lo tanto exhortaban a los poderes públicos
a intervenir en esta tarea mediante el respaldo económico y el marco legal necesario.
Estos reclamos obtuvieron una respuesta parcial por parte de las autoridades
que hacia 1907 proyectaron las primeras leyes para reglamentar “el trabajo y la
salubridad en las fábricas y especialmente el trabajo de las mujeres y los niños”,40 e
implementaron al año siguiente algunas de las medidas propuestas por los médicos,
tales como el servicio de Gota de Leche en los hospitales y salas cunas.41 No obstante,
hubo que esperar hasta finales de la década de 1920 para que se manifestaran en la
sociedad tucumana el desarrollo y concreción de instituciones sociales específicamente
abocadas al cuidado y la salud de las madres y sus hijos, en consonancia con los
procesos de consolidación e institucionalización del discurso médico en el marco de la
política de sanidad e higiene impulsada por el Estado.
Para concluir, y aunque serían necesarios más estudios específicos para evaluar
los resultados concretos obtenidos por las propuestas higienistas en Tucumán, con los

40
Interesa resaltar que fue en la Convención Constituyente en donde se propuso incluir un artículo que
obligaba a la legislatura a reglamentar el trabajo de la mujer y los menores en las fábricas y otros
establecimientos laborales, María Celia Bravo, 2000, op. cit.; lo cual era novedoso en el país, en la medida
que constituía la primera vez que un artículo de esta naturaleza se legislaba a nivel de la constitución
provincial. Compilación Ordenada de leyes, decretos y mensajes de la provincia de Tucumán.
Documentos seleccionados, ordenados y publicados por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral,
Tucumán, Edición Oficial. vol. XXX, 1907.
41
En 1908 se nombró una comisión de médicos para proyectar una ley de “Defensa Infantil” y para asesorar
sobre la mejor forma de proceder a la instalación en la capital de la provincia de los dispensarios de “Gotas
de leche”. Dicha comisión quedó integrada por el director del Departamento de Higiene, el Dr. Benigno E.
Vallejo, por el director de la Asistencia Pública, el Dr. Luis M. Poviña y por el director del Hospital de
Niños, el Dr. Manuel Cossio. Esta ley era resultado del informe elaborado por el Dr. Cayetano Sobrecasas,
con respecto a la misión encargada por el Poder Ejecutivo de la Provincia en marzo de 1907 para estudiar
el funcionamiento de los dispensarios de “Gotas de leche” en las distintas capitales europeas. Tras su estadía
en Europa, el Dr. Sobrecasas regresó a Tucumán y propuso la aplicación de la Ley llamada de Rousel,
vigente en Francia desde 1874; ley de defensa infantil que implicaba el establecimiento de medidas claves
para reducir la mortalidad infantil, como eran los dispensarios de “Gotas de leche” que él había visitado en
París. Compilación Ordenada de leyes, decretos y mensajes de la provincia de Tucumán, Documentos
seleccionados, ordenados y publicados por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral, Tucumán,
Edición Oficial, vol. XXXI, 1908 y vol. XXXIII, 1909. El Orden, 6/04/1908, 9/04/1908, 14/04/1908,
18/04/1908, 20/04/1908 y 21/04/1908.

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datos disponibles es posible avanzar algunas consideraciones. En primer lugar, interesa


anotar que durante el periodo que abarca este trabajo, el problema de la mortalidad
infantil, de elevados índices en la provincia, junto con las enfermedades que, se
entendía, afectaban a la población trabajadora eran reconocidos por las propias
autoridades de gobierno, tal como se reflejó, por ejemplo, en el informe de 1908 rendido
por el gobernador a la legislatura.42 En esa tónica, es importante añadir que las elevadas
tasas de mortandad en los recién nacidos registradas en Tucumán se conservaron
durante varios años más e, incluso, se proyectaron en tiempos recientes. En segundo
lugar, y estrechamente relacionado con las preocupaciones por la mortalidad infantil y
los efectos perjudiciales del aborto, el abandono y el infanticidio que se suponía
afectaban primordialmente a las madres trabajadoras, los reclamos y propuestas
higienistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX alcanzaron un relativo impacto
en las políticas públicas y estuvieron en la vanguardia de la organización y creación de
instituciones abocadas a la atención de mujeres y niños. El desarrollo institucional y la
puesta en marcha de acciones concretas en favor de la reducción de las enfermedades
y el control de la higiene y la salud no estuvieron, sin embargo, exentos de constantes
impugnaciones por parte de los actores involucrados en la dirección y administración
de los establecimientos, en particular, entre los médicos e higienistas y las mujeres
integrantes de la sociedad de beneficencia que tenían a su cargo importantes espacios
de asistencia y atención a la población a través de asilos y hospitales.43
A continuación, nos detendremos en otra preocupación central de los higienistas
durante la época estudiada: la vivienda. Tal como procuraré exponer, este tema concitó
el interés de diferentes voces que encontraban en las habitaciones obreras una de las
aristas más críticas y evidentes de las condiciones de vida deficientes en la población,
en especial de las familias pobres.
Insalubres, sucios y precarios, los hogares de los sectores populares
concentraban todos los peligros y perjuicios capaces de atraer y fomentar enfermedades,
vicios e incluso delitos. Según esta consideración, compartida en gran medida por
reformadores sociales de diversa extracción, empresarios, médicos e higienistas, se

42
Asegurando que “la higiene, en su más vasta acepción, abarca el más importante programa para los
gobiernos de nuestra provincia, donde las condiciones del clima y de su topografía y los hábitos de sus
habitantes encierran peligros gravísimos para el vigor y la salud de la raza”, el gobernador de la provincia
admitía las limitaciones en el terreno de la mortalidad infantil y la difusión de enfermedades, especialmente
extendidas entre las clases trabajadoras y prometía realizar todos los esfuerzos y sacrificios posibles para
reducir drásticamente lo que se definía como “factores retardatarios”. Compilación Ordenada de leyes,
decretos y mensajes de la provincia de Tucumán, Documentos seleccionados, ordenados y publicados
por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral, Tucumán, Edición Oficial, vol. XXXI, 1908, pp. 298-
300.
43
La asignación de recursos y la dirección de tareas administrativas y técnicas, fueron algunos de los
problemas que enfrentaron a las mujeres de la beneficencia y los profesionales de la salud que actuaban de
forma independiente o, por lo general, como funcionarios del Estado. A su vez, la prensa se hizo eco de
estos temas que traslucían las diferencias en cuanto a las percepciones y actitudes para llevar adelante las
tareas de atención a los problemas sociales. En tal sentido, no fueron escasas las ocasiones en que los
diarios, en particular “El Orden”, cuestionó al Consejo de Higiene, mientras elogiaba el accionar de la
Sociedad de Beneficencia, evidenciando por esta vía su franca oposición al gobierno de turno.

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trataba de un tema crucial que se debía atender y resolver en aras de evitar el contagio,
la inmoralidad y el desorden en una sociedad que pretendía enmarcarse en los cánones
del progreso, la civilización y la modernidad. El discurso basado en la higiene y la salud
adquiría un valor central en estas miradas que, no exentas de descalificaciones, miedos
y prejuicios sobre los grupos populares, proponían la edificación de casas para los
trabajadores. Y en esta campaña, como veremos, la prensa desempeñó un papel
protagónico.

Casas “higiénicas” para trabajadores

Durante los primeros años del siglo XX, las páginas del principal periódico de
la provincia, se llenaron de alusiones a la cuestión social y obrera. La desocupación, la
extensión excesiva de la jornada laboral, los problemas generados por la inmigración,
la carestía de vida, el precio de los alquiles, el incremento de los artículos de consumo
y la explotación del trabajo en los ingenios se inscribieron en la agenda de problemas
reseñados por el diario El Orden que buscaba llamar la atención de la sociedad, los
políticos y gobernantes sobre la situación que afrontaban los trabajadores en aquellos
años de tránsito entre los dos siglos.44
Es importante situar estos discursos en un ambiente tensado por la enérgica
oposición al roquismo y a la política provincial de Lucas Córdoba, la cual tuvo su
expresión más álgida en los primeros años del novecientos con la fractura de esta fuerza
política hasta entonces hegemónica y la creación de un nuevo partido: la Unión Popular,
integrado por la mayoría de los industriales azucareros hostiles a Lucas Córdoba. La
creación de esta nueva fuerza política hacia 1902-03, contó con el apoyo de El Orden
que recrudeció sus críticas al “luquismo”,45 al tiempo que denunciaba las múltiples
manifestaciones de la cuestión social y se constituía en un actor destacado en los
itinerarios que reclamaban medidas oficiales para resolverla.
Sin embargo, las afiliaciones políticas no eran las únicas detonantes de las
quejas y reclamos de este diario que, incluso en los momentos de pacificación y
concordancia política, cuestionó el estado de la ciudad en materia de higiene y
salubridad. En efecto, hacia 1906, en un contexto que había variado sensiblemente al

44
Se examinaron todos los números de El Orden desde mediados de la década de 1890 a 1911. Este diario
fue sin duda el más importante durante la época bajo estudio. Fundado en 1883 por Ernesto Columbres, fue
el periódico de más larga vida en Tucumán (incluso aparecía en 1948, aunque muy disminuido); en sus
páginas colaboraron los más destacados periodistas tucumanos y en sus columnas se debatieron todos los
grandes problemas de la provincia. Manuel García Soriano, “El periodismo tucumano: 1817-1900. Ensayo
de investigación sobre un aspecto de la cultura de Tucumán durante el siglo XIX”, Cuadernos de
Humanitas, 38, Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, 1972, pp.
30-39.
45
Alusión directa a Lucas Córdoba, quien gobernó la provincia de 1895 a 1898 y de 1901 a 1904. Sobre
su gobierno y la ruptura del bloque hegemónico, María Celia Bravo, “Las leyes machete y la ruptura del
frente azucarero tucumano”, en Daniel Campi (comp.), op. cit. y María Celia Bravo, 2000, op. cit.

55
Anuario IEHS 24 (2009)

renovarse parcialmente la dirigencia política en la provincia,46 continuó demandando


soluciones para atender los múltiples obstáculos que denostaba la urbe en el terreno de
la salud, la higiene y el desarrollo urbano, haciendo especial hincapié en las condiciones
de vida desfavorables de la población trabajadora. En consonancia con los postulados
científicos e ideológicos en boga, la prédica de corte higienista alcanzó una influencia
considerable en sus escritos dirigidos a posicionar en la discusión pública, denunciar
y demandar la atención y solución de diversos aspectos concernientes a la cuestión
social y obrera. Guiado en especial por el temor a los brotes epidémicos, este periódico
subrayaba la importancia de prevenir y evitar el contagio de enfermedades infecciosas
en la población, llevando adelante obras de salubridad e higiene. Estas exhortaciones
se combinaban a su vez con preocupaciones de orden moral y objetivos económicos que
insistían en la necesidad de controlar y corregir las costumbres y hábitos de la
población, en especial de las clases populares, sobre las cuales pesaba un
enjuiciamiento a su capacidad para observar conductas decentes, autónomas y
racionales. Así, desde una perspectiva nutrida por consideraciones basadas en los
parámetros de la ciencia, pero también prejuicios y miedos; intereses económicos e
ideas morales, se fue conformando un imaginario en torno a lo que debía ser un
trabajador en la Argentina moderna y pujante de la época y sobre el papel que le
correspondía al Estado en estos procesos. Mediante leyes e instituciones debía
contribuir a la educación y avance de su población, garantizándole servicios y derechos
centrales, tales como el acceso a una vivienda enmarcada en los parámetros de la
higiene, la moralidad y el progreso. En ese marco, podemos situar las distintas
iniciativas que se presentaron en el periodo para construir casas de obreros que debían
reemplazar:

“El estado actual de las habitaciones de obreros produce los más tristes efectos en
cuádruple punto de vista higiénico, moral, económico y político. Todo lo que es
necesario para la vida, el aire, el sol, el espacio, falta a esos alojamientos; en cambio
poseen todo lo que es dañoso a la salud. Una atmósfera viciada por emanaciones tan
peligrosas como variadas […] Son nidos de dolor, de tisis, de tuberculosis […] las
epidemias nacen y se desarrollan como por encanto y estos miserables tugurios se
convierten en focos de infección que amenazan a la población entera. En Tucumán se
ha comprobado que la peste bubónica, el sarampión, las fiebres intestinales graves,
tienen su teatro familiar en unas cuantas manzanas del norte, donde está hacinada la
población obrera en conventillos indescriptibles. Una estadística del Dr. Bertillón
establece que los distritos de París que encierran los alojamientos más insalubres son
precisamente donde la mortalidad es más elevada. El obrero necesita más que nadie
aire puro para reparar sus fuerzas y mantener su salud lisiada, día a día, por un
trabajo largo y a veces penoso”.47

46
En esa época, y como sostiene María Celia Bravo, 2000, op. cit., p. 56, nuevos actores relacionados con
el reformismo liberal y el catolicismo social asumieron puestos de poder dentro del aparato provincial.
47
El Orden, 15/06/1906, p. 1.

56
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68

Las consideraciones higiénicas se articulaban con los intentos por apuntalar un


ordenamiento social regido por la moral y el desarrollo económico. De esta forma,
además del hacinamiento habitacional, la insalubridad e incomodidad que signaba la
vida en los conventillos, el diario completaba su denuncia sobre los perjuicios de las
viviendas existentes mencionando los efectos dañinos de la promiscuidad que atentaba
contra “las leyes más elementales de la decencia y el pudor”, el alcoholismo y la miseria
que, afirmaba, se extendían entre la clase obrera.48 Por supuesto, estaban presentes en
esta mirada no sólo las descripciones sobre el estado evidentemente precario, incómodo
y carente de servicios públicos que signaban las viviendas de los sectores populares,49
sino también las imágenes negativas que sobre estos sujetos sociales tenían los
representantes del “reformismo higienista”.50 Médicos, pero también aquellos que se
expresaban en la prensa y difundían un discurso basado en los principios de la salud
pública sin ser necesariamente especialistas, compartían esta valoración desfavorable
que reiteradamente impugnaba la capacidad de los grupos populares para enmarcar sus
conductas en los parámetros de la moralidad, la decencia y el progreso que se
pretendían fomentar. Como parte de un clima de ideas en la época, hombres que
provenían de diferentes ámbitos profesionales y adherían a distintas tendencias políticas
e ideológicas, compartían y alimentaban una percepción del mundo del trabajo y los
trabajadores en la cual de forma continua se criticaba la ignorancia, indecencia e
insalubridad en las clases populares que debían ser instruidas en los nuevos valores de
la ciencia y la modernidad. En ese contexto, y aunque con matices e intereses disímiles,
políticos de distinto signo, intelectuales, periodistas, médicos higienistas, dirigentes
gremiales y religiosos, se refirieron a la vivienda obrera.
No es mi intención reconstruir aquí todas las propuestas del higienismo sobre
la vivienda popular. Existen ya trabajos que se ocuparon de examinar el tema y, por lo
tanto, me limitaré a indicar que ésta fue una preocupación central de los higienistas,
quienes describieron las deficiencias sanitarias de las habitaciones populares en Buenos
Aires y reclamaron la intervención de las autoridades para resolverlas. En especial
–como señala Héctor Recalde– Guillermo Rawson otorgó un énfasis notable a este
problema y en su estudio sobre las casas de inquilinato en Buenos Aires propuso la
pronta “erradicación de los inquilinatos, sustituyéndolos por viviendas modestas pero
apropiadas”. En esta labor, reclamaba el papel de las autoridades, sobre todo
municipales, para reglamentar y vigilar las construcciones:51

48
El Orden, 15/06/1906, p. 1.
49
Las condiciones insalubres, el hacinamiento y la promiscuidad en los conventillos y casas de inquilinato
son señaladas para Buenos Aires en los estudios de Leandro Gutiérrez, “Los trabajadores y sus luchas” y
Oscar Yujnovsky, “Del conventillo a la villa miseria”, en José Luis Romero y Luis Alberto Romero
(directs.), Buenos Aires; historia de cuatro siglos, tomo 2. Buenos Aires, Altamira, 2000, pp. 64-81 y 435-
447.
50
Tomo esta noción de Diego Armus, “El descubrimiento de la enfermedad como problema social”, en
Mirta Lobato (dir.), op. cit.
51
Héctor Recalde, La higiene y el trabajo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988, pp. 31-
36.

57
Anuario IEHS 24 (2009)

“Es necesario ir más allá; es preciso buscar al pobre en su alojamiento y mejorar las
condiciones higiénicas de su hogar, levantando así su vigor físico y moral, sin deprimir
su carácter y el de su familia humillándolos con la limosna. Hay muchas sociedades
filantrópicas que se ocupan de la construcción de casas para los trabajadores,
empleando cuantiosos capitales en ese objeto, asociando el espíritu filantrópico que
las guía, el aspecto comercial, en cuanto es compatible con su principal designio. [… ]
No nos lisonjeamos con la idea de que el remedio para el mal que estudiamos proceda
de la pura filantropía, ni del espíritu de asociación tan poco cultivado entre nosotros;
y nos creemos autorizados a señalar como factor principal para estos designios la
acción de la autoridad, ejercida en debida forma, a imitación de la Inglaterra y de lo
que otras naciones intentan con el mismo objeto”.52

Esta afirmación, sugiero, se situaba en el contexto más amplio de convencer e


instalar en el debate público la relevancia de suplantar la caridad, la limosna y las
acciones tradicionales de ayuda al pobre y de socorro a la mendicidad por la
intervención profesional, por la acción del médico y por la participación de las
autoridades políticas correspondientes. Dicha consideración, compartida con otros
higienistas prestigiosos, tales como Eduardo Wilde, se debatía en la época con una
noción de corte más liberal que propugnaba únicamente la importancia de atenuar las
deficiencias sanitarias más notorias de las habitaciones populares sin necesariamente
fomentar y favorecer las casas para obreros, postura que se reflejó, por ejemplo, en
Eugenio F. Ramírez, a cargo de la dirección de la Asistencia Pública hasta 1891, tal
como sostiene Recalde.53 En una concepción semejante podemos situar en Tucumán a
Rodríguez Marquina, quien se refirió a los problemas de falta de higiene en los
conventillos, asegurando que hacia allí debía dirigirse “la acción del Consejo de
Higiene, de la mano progresista de la municipalidad, ahí la caridad, ahí en fin el rigor
de las leyes sanitarias”.54
Con el tiempo, propongo, fue ganando terreno la primera alternativa. En sus
Memorias de un médico higienista, de 1918, Coni escribió sobre el tema de las casas
de obreros y lentamente avanzaron las propuestas en ese sentido a medida que afloraba
la convicción de que el Estado debía asumir una mayor responsabilidad en el terreno
de “lo social”.55 En esos itinerarios complejos, no exentos de contradicciones,
resistencias y reticencias de diversa naturaleza, desempeñó un lugar destacado la prensa
que a través de sus páginas contribuyó notablemente al debate y difusión de
problemáticas sociales y a la construcción de un papel más activo del Estado en estos
temas. En particular, exaltaba la importancia de edificar casas higiénicas, en donde los

52
Guillermo Rawson, Escritos científicos, Buenos Aires, El Ateneo, 1928.
53
Héctor Recalde, op. cit., pp.31-40.
54
Paulino Rodríguez Marquina, 1899, op. cit.
55
Emilio R. Coni, Memorias de un médico higienista, op. cit. Sobre el surgimiento de lo social, véase en
especial, Jacques Donzelot, La invención de lo social. Ensayo sobre la declinación de las pasiones
políticas, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 2007.

58
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68

obreros y sus familias aprendieran los hábitos de moralidad necesaria y contribuyeran


al progreso con todo su potencial. Así, desde comienzos de 1906 y a lo largo de todo
el año, El Orden publicó diversas notas que pretendían llamar la atención de las
autoridades y los grupos de poder económico sobre el valor que revestía este proyecto
de construcción de casas para los trabajadores, las cuales podían combinar exitosamente
las premisas de la higiene y la salud con las consideraciones de índole estética y los
intereses económicos. Tal como aseguraba este diario, eran los empresarios quienes
debían asumir, con el apoyo del gobierno, la construcción de estos emprendimientos
pensados en un primer momento como “barrios para obreros”:

“Tucumán necesita una edificación especial, destinada a la gente trabajadora, y sería


necesario que los que están en condiciones de hacerlo, trataran de subsanar en lo
posible esta deficiencia. Pero no se trata, naturalmente, de construir esos detestables
conventillos con que la sordidez israelita de ciertos capitalistas sin conciencia parece
que se propusiera dar pasto a los hospitales, sino de edificios modestos, pero
relativamente cómodos y, sobre todo, ventilados. Nuestros obreros se ven obligados a
tener por habitaciones verdaderas pocilgas, cuando no a vivir casi a la intemperie, en
cuartujos de lata que en el verano son estufas y en el invierno heladeras. [...] las
enfermedades podrían disminuir en más de un 80% si la gente pobre gozara, no
diremos de las comodidades, pero por lo menos de la higiene a que tiene derecho todo
ser humano”.56

Es indudable la riqueza de este discurso como reflejo de un conjunto de ideas


y representaciones sobre las condiciones de vida en Tucumán del entresiglo. Sin la
pretensión de agotar el tema en estas páginas, pero sí mostrar algunas facetas hasta
ahora poco exploradas, quisiera subrayar dos aspectos, estrechamente relacionados
entre si, que se desprenden de la nota citada. El primero, el rechazo a los “detestables
conventillos” como forma de habitación popular y, el segundo, la propuesta de construir
edificios “modestos” pero “relativamente cómodos y sobre todo ventilados” con el
objetivo de disminuir las enfermedades y garantizar la higiene percibida como un
derecho humano. Ya ha subrayado Armus la recurrencia de esta imagen negativa del
conventillo en la literatura popular, médica, social y reformista de distinto signo.
Aunque sólo llegó a albergar a un porcentaje mínimo de la población, este tipo de
vivienda formó parte del imaginario del periodo que constantemente situaba las escenas
de cotidianeidad de las clases populares en estos espacios, caracterizados además por
la presencia de promiscuidad, hacinamiento, difusión de vicios y conductas
desarregladas.57 Un recorrido rápido por los diarios y crónicas del periodo muestra la
influencia de esta valoración sobre las prácticas de sociabilidad, los vínculos familiares,
laborales y de vecindad que se desarrollaban en los conventillos tucumanos, en donde,

56
El Orden, 27/03/1906, p. 1.
57
Al respecto, Diego Armus y Jorge Enrique Hardoy, “Conventillos, ranchos y casa propia en el mundo
urbano del novecientos”, en Diego Armus (comp.), Mundo urbano y cultura popular. Estudios de
Historia social argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, pp. 174, 182-183 y Diego Armus, 2007, op.
cit.

59
Anuario IEHS 24 (2009)

se suponía, los sectores populares habitaban en completa oposición a las normas de


higiene, moral y progreso, principios que de acuerdo con los médicos higienistas, la
prensa y otros sectores de la elite interesados en fomentar el adelanto y moralización
de los trabajadores, debían reinar en la sociedad.
Al no poder afrontar un alquiler mensual elevado, en comparación a sus
ingresos, para vivir en una casa “mas o menos habitable”, ranchos “miserables de los
arrabales de la ciudad” o “cuartujos” oscuros de un conventillo albergaban al obrero
tucumano. Dichas habitaciones –reclamaba El Orden– atentaban contra la moral y la
higiene y debían ser reemplazadas por casas higiénicas, sencillas y económicas;
reglamentada su construcción por ordenanzas municipales y costeadas por particulares:

“Hemos dicho que la construcción de casas para obreros es algo que se ha hecho
necesario entre nosotros, pues si nuestra ciudad carece de grandes fábricas donde
trabajen millares de obreros, en cambio posee miles de jornaleros de todos los oficios
que, por el exiguo salario que ganan, no tienen una vivienda higiénica donde descansar
de sus tareas. Es esta una razón para que ningún capitalista en particular se interese
por la construcción de ese género de viviendas, desde que no tienen fábricas donde
trabajen centenares de obreros como en los ingenios”.58

No estaba equivocado el diario cuando contrastaba la realidad de la ciudad con


el ámbito rural. En efecto, allí se localizaban la mayoría de los ingenios azucareros y
algunos propietarios de las empresas dedicadas a la agro-industria del azúcar habían
construido habitaciones para sus trabajadores.59 Aunque la situación de estas viviendas
dejaba mucho que desear en cuanto a salubridad, comodidad e higiene, no cabe duda
de que el objetivo de El Orden era llamar la atención sobre la falta de motivación de los
empresarios por edificar hogares para obreros en San Miguel de Tucumán, en donde no
existían fábricas que emplearan contingentes tan numerosos de trabajadores como los
que laboraban en los ingenios.
En todo caso, lo cierto es también que las exhortaciones de la prensa parecieron
de alguna manera recibir una respuesta favorable por parte del gobernador de la
provincia, Luis F. Nougués, que en su mensaje de 1906 a la legislatura, hizo referencia
a la partida sancionada por los legisladores para fomentar la edificación obrera. Sobre
esta base y la exención de impuestos por el término de diez años que había estipulado
una ley anterior, se pensaba satisfacer en una de sus facetas “más prácticas” las
necesidades de las clases trabajadoras, para lo cual se tomaba el ejemplo de algunas
ciudades europeas, sobre todo en Bélgica que demostraban los “resultados
inapreciables” obtenidos en materia de salubridad, cultura y paz social. De acuerdo con
esta normativa, a mediados de 1907, el gobierno provincial aceptó la propuesta de un

58
El Orden, 14/04/1906, p. 1.
59
Sobre el tema de las viviendas obreras en los ingenios, véase, en particular, el trabajo de Daniel Campi,
“Los ingenios del norte; un mundo de contrastes”, en Fernando Devoto y Marta Madero, (directs.), Historia
de la vida privada en la Argentina, Tomo II, Taurus, 1999, pp. 189-221; algunas referencias para
Tucumán también en Jorge Francisco Liernur, “La construcción del país urbano”, en Mirta Lobato (dir.),
2000, op. cit., pp. 409-463.

60
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68

empresario interesado en construir 50 casas para obreros por el sistema Rossell Rius.
Este proyecto contemplaba la edificación en un primer momento y a modo de ensayo
de 10 casas. Unos meses después, la comisión respectiva de la cámara de diputados
despachó favorablemente el proyecto de ley relativo a la construcción de casas para
obreros.60
Interesa señalar que esta no era la primera vez que se presentaban desde el
gobierno propuestas en torno a la construcción de viviendas para trabajadores; ya en
1889 el entonces intendente de San Miguel de Tucumán, Padilla, había formulado su
interés en fomentar estudios para edificar casas de obreros de acuerdo con las
condiciones de higiene, aseo y comodidad necesarias y “facilitando al inquilino la
adquisición de la propiedad”. No obstante, poco se había avanzado en este terreno y,61
en tal sentido, el proyecto mencionado representaba una instancia de mayor concreción
en este aspecto. Claro está que de acuerdo con la magnitud de la urbe no podemos
exagerar su alcance real en la medida que la cantidad de viviendas no podía sin duda
cubrir el espectro de necesidades y carencias de la población trabajadora.
Mientras se proyectaban estas medidas oficiales, El Orden continuó su
“propaganda sobre la vivienda del obrero” y para ello se apoyó también en la opinión
calificada de algunos especialistas que visitaban la ciudad. Tal fue el caso, por ejemplo,
del reportaje que realizó al Dr. Barraquero, huésped de Tucumán en agosto de 1907,
quien consideraba prioritario resolver la higiene en los barrios obreros y el
abaratamiento de la vida, definidas como urgentes obras de salubridad.62 Mediante estos
discursos autorizados, recogidos en su campaña a favor de las casas para obreros, El
Orden buscaba, a mi entender, instalar el tema en la agenda de las decisiones políticas;
con ese fin, convocaba a los poderes públicos a ocuparse de “uno de los asuntos más
trascendentales” que debían llamar su atención e instaba a la sociedad en general a
interesarse y favorecer las iniciativas en materia de construcciones obreras. Siguiendo
el ejemplo de la capital del país y otras ciudades argentinas con gran población,
proponía crear casas populares que buscaban garantizar la “conservación social” y
respetar las normas de la higiene y “hasta cierto buen gusto”, sustituyendo cuanto antes
“los ranchos y los tugurios en que viven hoy hacinados millares de trabajadores [...] por
casitas modestas”. “Centenares de ranchos y de chozas ocupadas por familias que viven
en medio de la pobreza más exagerada” daban los tonos de un “espectáculo” negativo;
y este periódico se quejaba de la reticencia y lentitud de las autoridades, tanto
provinciales como municipales, para resolver el tema de la vivienda del obrero que

60
Compilación Ordenada de leyes, decretos y mensajes de la provincia de Tucumán. Documentos
seleccionados, ordenados y publicados por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral, Tucumán,
Edición Oficial, vol. XXVIII, 1906, p. 366; El Orden, 18/07/1907 y 19/11/1907.
61
Irene Saltor, op. cit. Diez años después, en 1899, se sancionó una ley por la cual se eximía del pago de
impuesto de contribución directa a las casas destinadas a obreros, las cuales debían construirse según las
normas previstas por el Departamento de Ingenieros. No obstante, ningún propietario se acogió a estos
beneficios previstos por la legislación. Boletín de la Oficina de Estadística y del Trabajo de la Provincia
de Tucumán, Nro 1, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, Buenos Aires, 1914, pp. 85-86.
62
El Orden, 12/08/1907, 13/08/1907 y 19/08/1907.

61
Anuario IEHS 24 (2009)

adquiría proporciones alarmantes en consonancia con el crecimiento constante de la


población. 3 6
Ahora bien, es cierto, que las autoridades no asumían de forma contundente y
como una función del Estado la construcción de hogares para trabajadores. Sin
embargo, esta actitud debería situarse en el contexto más amplio de la época signado
por la relativa ausencia del poder político en el encabezamiento y concreción de
proyectos tendientes a asumir y resolver los problemas sociales de la población. En tal
sentido, no cabe duda de que existían varias asignaturas pendientes en la de por si
esquiva agenda de los gobernantes en este terreno. El establecimiento de la jornada de
laboral de 8 horas y la sanción del descanso dominical eran, por ejemplo, algunos de los
reclamos que más se hacían sentir en el escenario provincial, las medidas emprendidas
para atenderlos reconocían marchas y contramarchas, y numerosos testimonios dan
cuenta del itinerario complejo y resistido que implicaba su desarrollo y concreción. En
ese marco, la edificación de viviendas populares, sugiero, no fue el asunto más
postergado. Aunque tuvieron que pasar varios meses para que las propuestas se
materializaran en la realidad tucumana y comenzaran a edificarse las primeras casas
para obreros, en comparación con otros problemas sociales, este tópico fue contemplado
en el debate público con relativa rapidez y eficacia.
Es probable que la puesta en marcha de planes de construcción de viviendas
populares respondiera a la conjunción de intereses económicos que guiaban las
prácticas edilicias, a la influencia del discurso higienista que enfatizaba la relevancia
de sanear y mejorar los espacios de habitabilidad y los distintos ámbitos de la vida
urbana en función del valor otorgado al medio ambiente en la conservación de la salud
y el desarrollo de la población, y a la aceptación de los sectores influyentes a tales
iniciativas, en contraste con la resistencia y oposición que promovían en algunos de
estos grupos los proyectos de legislación y derechos laborales. En todo caso, las
propuestas de casas para trabajadores del periodo en estudio revelan una concepción de
los deberes del gobierno y del papel de la sociedad que evidentemente estaban lejos de
las nociones de un Estado social de bienestar, tal como el que se desarrolló durante el
gobierno peronista, pero insinuaban las responsabilidades de las autoridades políticas
en la atención y resolución de cuestiones claves, como el tema de la vivienda en las
familias pobres.64
Para terminar, el asunto de la vivienda obrera continuó discutiéndose. A nivel
municipal, en 1908 se desarrollaron los “primeros proyectos del Departamento de Obras

63
El Orden, 23/10/1907.
64
En tal sentido, resultaron esclarecedores los análisis de Suriano sobre cómo desde la misma conformación
del Estado nacional se fue gestando “el proceso de construcción del Estado social que fue horadando y
resquebrajando la concepción liberal clásica y desplazando lentamente el control de la acción social de lo
privado hacia lo público”. Con lo cual es valido afirmar -sostiene el autor- que la “ ‘democratización del
bienestar’ durante la experiencia peronista que llevó al Estado a asumir plenamente lo que hasta allí era un
espacio de tensión entre instituciones gubernamentales y privadas […] se asentó sobre un largo proceso en
el que se fue produciendo el descubrimiento paulatino de las funciones sociales que realizaban diversas
instituciones (políticas, económicas o jurídicas), y en el que se fueron implementando diversas políticas
sociales”. Juan Suriano, 2004, op. cit. p. 20.

62
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68

Públicas de la Municipalidad para viviendas destinadas a obreros y empleados; se


diseñaron varios modelos con 2, 3 ó 4 habitaciones principales y exigencias mínimas
de higiene”.65 En esa fecha, además, el gobernador de la provincia aseguraba que ante
el crecimiento de la población era necesario fortalecer y extender los medios defensivos
de la salud. Para eso, su gobierno había impulsado diversas obras de salubridad, dentro
de las cuales ocupaba un lugar importante la construcción de “casas higiénicas para
obreros”. Más adelante, en febrero de 1909, se aprobó el convenio entre el
Departamento de Obras Públicas y la empresa A. Bachini y Cía., contratista de las casas
para obreros, y al mes siguiente se inauguraron las primeras viviendas ubicadas en la
plaza Belgrano.66
Pero tales avances no significaron el abandono de la propaganda por la
edificación de casas para obreros. En una nota de mediados de ese mismo año de 1909,
El Orden aseguraba que “la gente pobre ya no gana para la vivienda [y] causa verdadera
lastima ver la manera que viven nuestras clases trabajadoras”. En ese sentido, describía
el peligro para la salud pública causado por la propagación de enfermedades infecto-
contagiosas debido especialmente al estado antihigiénico de las habitaciones y alertaba,
además, sobre el problema del paludismo, asociado a los pantanos que se formaban
sobre todo en las zonas de los suburbios donde vivían las familias con menores recursos
económicos.67

Salud, vivienda y protesta

A comienzos de 1910, los discursos en torno a la higiene de las habitaciones


obreras se vincularon estrechamente con los intereses del Estado por encauzar y
controlar el nivel de protesta y conflictividad social que recorría la nación argentina y
alarmaba a las autoridades y amplios sectores de la sociedad, preocupados por la
difusión del socialismo y sobre todo, del anarquismo, en las principales provincias del
país. En ese contexto, tensado por la creciente conflictividad obrera, de la cual se temía
pudiera afectar los festejos del Centenario de la Independencia y la imagen de progreso,
modernidad y civilidad que se buscaba demostrar a los ciudadanos de la nación y de
otros países que asistieran a las celebraciones nacionales, el Sub asesor del
Departamento Nacional de Trabajo, el Dr. Federico Figueroa, arribó a Tucumán para
recabar datos y elaborar un informe acerca de la situación de los obreros, en especial
de los dedicados a las tareas de la zafra en los ingenios azucareros. Su estudio debía
servir para disponer de mejores herramientas provenientes de la información precisa y
el acercamiento a los actores sociales que se consideraban más proclives a la agitación

65
Alberto Nicolini, “Sobre la vida urbana en San Miguel de Tucumán según los datos del Censo de 1913”,
en Revista de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán, Año VIII, N° 5, Tucumán, 1993, pp. 199-
207.
66
Compilación Ordenada de leyes, decretos y mensajes de la provincia de Tucumán. Documentos
seleccionados, ordenados y publicados por Horacio Sánchez Loria y Ernesto M. Del Moral, Tucumán,
Edición Oficial, 1908 y 1909. El Orden, 21/03/1909.
67
El Orden, 02/06/1909.

63
Anuario IEHS 24 (2009)

y la protesta. En esa dirección, se instruía al funcionario para elaborar una descripción


detallada sobre los trabajadores de la industria azucarera, en la cual debía señalar, por
ejemplo, el número de obreros ocupados, los salarios que percibían, la duración de la
jornada laboral, el cumplimiento de la ley 5.291 sobre el trabajo de las mujeres y los
menores, la higiene y seguridad del trabajo, las huelgas del año anterior y sus
antecedentes y la organización proletaria: asociaciones patronales y obreras.68
Estudioso de las huelgas en Argentina, Figueroa combatía la difundida visión
sobre la importación de los conflictos que consideraba a los movimientos huelguísticos
como fruto del sectarismo sociológico importado de ultramar. Por el contrario, afirmaba
que las protestas eran el resultado del desequilibrio económico y social reinante que
agravaba drásticamente la vida del obrero. De acuerdo con esos parámetros, y para
recopilar los datos solicitados, este profesional y funcionario nacional se propuso visitar
personalmente los centros industriales y las viviendas de los trabajadores y “cambiar
ideas con los presidentes de los diversos círculos obreros”. Luego de recorrer varios
ingenios, concluyó que una de las primeras necesidades era crear una caja de pensiones
y retiros formada por todos los establecimientos azucareros para proteger a los
trabajadores. Una segunda observación era acerca de la conveniencia de reglamentar
una mayor higiene en las habitaciones obreras.69
Si bien las motivaciones altruistas o filantrópicas y el afán de estimular la
productividad, el comercio y la industria guiaban estas preocupaciones destinadas a
mejorar las condiciones de vida y de trabajo, también, me atrevo a sugerir -tal como ya
lo habían señalado estudiosos sobre el tema- que el temor a las ideologías más
contestatarias y confrontativas, tales como el anarquismo, de gran influencia en la
organización de paros, huelgas, boicots y atentados, desempeñaba un rol clave en estas
políticas dirigidas a resolver la denominada cuestión social y obrera.70 En el caso de
Tucumán, la huelga de 1904 desarrollada en la mayoría de los ingenios azucareros
actuaba, sin duda, como un referente primordial en estas preocupaciones
gubernamentales y de las cuales participaban también sectores propietarios,
representados por los industriales y empresarios del azúcar. La intervención de
conocidos líderes gremiales, puntualmente del socialismo, tales como Adrián Patroni,
quien realizó numerosos viajes a la provincia para encabezar las tareas de difusión y
organización de las protestas, la extensión de la agitación obrera, sobre todo en los
“Centros Cosmopolitas” de Cruz Alta, principal área azucarera de la provincia, y el

68
El Orden, 11/01/1910, 12/01/1910.
69
El Orden, 15/01/1910.
70
Como propone Suriano, cuando el conflicto obrero se convirtió en conflicto social al comenzar el siglo
XX, debido al incremento de los reclamos laborales y su consiguiente aumento en los niveles de
sindicalización, politización e ideologización, “la cuestión social se hizo plenamente visible y se transformó
en una cuestión de Estado y se impulsó su participación directa para hallar soluciones a los problemas
sociales”. Fue el estallido del conflicto social y, especialmente, “la perturbadora presencia del anarquismo”
el que aceleró el proceso de recurrir y convocar al estado para resolver los diversos aspectos de la cuestión
social. Juan Suriano, 2000, op. cit, pp. 5 y 19-20.

64
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68

temor a una paralización general de la industria azucarera delinearon los contornos de


este conflicto obrero, el primero de gran envergadura entre los peones azucareros.71
Como resultado de la lucha obrera y en el contexto del ascenso de los
representantes del reformismo social a posiciones legislativas, se sancionaron hacia
1907 las leyes de descanso dominical, la ley que declaraba exento del pago de
contribuciones a las pequeñas y medianas propiedades y la ley de jubilaciones y
pensiones.72 Sin embargo, no fueron los reclamos de los peones azucareros y los
esfuerzos de los legisladores reformistas los únicos actores que contribuyeron a la
construcción y desarrollo de las primeras medidas de legislación y políticas sociales y
laborales. También la prensa periódica desempeñó un lugar clave al instalar en el debate
público un extenso abanico de temas sociales, como la falta de trabajo, las duras
condiciones laborales en los ingenios, los efectos de la inmigración, el incremento de
los alquileres y de los bienes de consumo y el hacinamiento, precariedad y pobreza de
las habitaciones populares, tópicos que si bien no eran novedosos, adquirieron, como
ya se dijo, mayor influencia debido a la conflictividad obrera creciente a partir de los
primeros años del novecientos. Desde su estrecha vinculación con el mundo asociativo
de los trabajadores, que encontraron en sus páginas el principal medio de expresión, su
participación en las luchas partidarias y su relación con determinados intereses
sectoriales, la prensa reclamó respuestas por parte del Estado para resolver estos
aspectos que formaban parte de la denominada cuestión social, entendida cada vez más
como cuestión obrera. Finalmente, y aunque este tema excede ya los propósitos del
presente trabajo, en los itinerarios de conformación de las políticas sociales en
Tucumán, no exentos, por otra parte, de retrocesos y resistencias de distinta naturaleza,
las asociaciones gremiales y las sociedades de resistencia de los trabajadores en la
ciudad de San Miguel de Tucumán ocuparon un lugar no menos importante.
Recurriendo a un repertorio amplio de prácticas de movilización y demanda e
interviniendo en ocasiones en la arena política, los trabajadores urbanos cobraron un
protagonismo inusual hasta entonces y lograron articular movimientos de protesta,
expresión y participación que tuvieron un impacto insoslayable en las preocupaciones
y debates en torno a la cuestión obrera y en las diferentes medidas implementadas al
respecto. Pero esto forma ya parte de otra historia.73

71
El trabajo fundamental sobre esta huelga es el de María Celia Bravo, 2000, op. cit. El desarrollo y alcance
de este conflicto se puede seguir a través de la prensa; en particular: El Orden, 11/06/1904, 13/06/1904,
14/06/1904, 17/06/1904, 20/06/1904, 21/06/1904, 22/06/1904, 25/06/1904, 27/06/1904 y 28/06/1904.
72
María Celia Bravo, 2000, op. cit, pp. 31-61.
73
El examen de las problemáticas sociales enunciadas por la prensa, el análisis de las organizaciones,
protestas y demandas de los trabajadores y líderes obreros y su influencia en el desarrollo de la cuestión
social en Tucumán forman parte de una investigación mayor que llevo a cabo en la actualidad sobre el tema
de los “Reformadores sociales y el mundo del trabajo. Tucumán (1890-1925)”.

65
Anuario IEHS 24 (2009)

Consideraciones finales

Al calor de las transformaciones sociales y económicas que conllevaron los


procesos de desarrollo agro-industrial en Tucumán, se modificó la fisonomía y el
paisaje de la provincia, orientada cada vez más a la producción y comercialización del
azúcar. En ese contexto, creció notablemente la población y la urbanización, avanzaron
las obras de infraestructura, los adelantos tecnológicos y los medios de comunicación
que fueron delineando los rasgos de un progreso y una modernidad hasta entonces
desconocida. En especial, su capital, la ciudad de San Miguel de Tucumán, fue el
ámbito en el cual estos cambios se evidenciaron con mayor vigor.
Pero tales avances no opacaron y, en algunos casos, incluso propiciaron
condiciones de vida deficientes, especialmente agudas en los sectores populares.
Además, el establecimiento de medidas dirigidas a conseguir mayor salubridad e
higiene y el impulso a la construcción de obras de infraestructura y de servicios
públicos no se extendía de forma igualitaria en la urbe y mucho menos alcanzaba a
cubrir el espacio rural de la provincia. La mayoría de los trabajadores enfrentaba duras
condiciones de vida –reflejadas, por ejemplo, en el hacinamiento habitacional, las
viviendas precarias e insalubres– y, a su vez, estaba expuesta a duros regímenes de
trabajo, que incluían largas jornadas, magros salarios e inestabilidad laboral.
En ese contexto, un conjunto heterogéneo de políticos de distinto signo,
profesionales, periodistas y funcionarios del Estado buscaron fomentar el adelanto y
bienestar de los trabajadores. En estos procesos, ocuparon un lugar destacado las
propuestas de médicos e higienistas, quienes a partir de sus actuaciones profesionales
independientes y, sobre todo, desde las reparticiones del Estado, reclamaron medidas
oficiales encaminadas a resolver algunos de los principales problemas de salubridad e
higiene que afectaban a la provincia. Esta preocupación los llevó a indagar en las
formas de vida de los trabajadores proponiendo diversas iniciativas para mejorar sus
condiciones de vida y de trabajo. De acuerdo con las ideas imperantes en la época,
focalizaron su interés en fomentar el cuidado de la salubridad e higiene en las
habitaciones obreras y en los establecimientos laborales y prestaron especial atención
a la situación de la mujer y los niños en el trabajo.
A partir del prestigio médico y los procesos de profesionalización e
institucionalización de la salud, desarrollados desde el último cuarto del siglo XIX y,
especialmente, hacia finales de esa centuria, la corriente del higienismo adquirió mayor
influencia y gradualmente logró posicionarse como una tribuna relevante para
diagnosticar y emitir propuestas sobre todo lo vinculado a la salud de la población.
Desde esa plataforma de legitimidad, sus representantes atendieron uno de los
problemas más acuciantes en Argentina, particularmente en algunas provincias del
interior, como Tucumán: la mortalidad infantil. Alarmados por sus elevados índices y
la presencia de conductas consideradas inmorales y desviadas, como el abandono, el
aborto y el infanticidio, los médicos higienistas prestaron especial atención al tema de
la crianza y cuidado de los niños, prescribiendo un conjunto de reglas y conductas a
seguir en pro de una maternidad higiénica y moderna.

66
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 41-68

Los sujetos principales de estas políticas médico-higienistas eran las madres,


exhortadas a instruirse en los principios y métodos de la higiene. En especial, sus
discursos aludían a las progenitoras humildes, quienes, se entendía, enfrentaban los
obstáculos mayores para cumplir con sus obligaciones de educación y cuidado de los
hijos, básicamente por sus compromisos laborales que las llevaban a descuidar sus
labores como madres. Por supuesto, no eran ajenas a estas recomendaciones y
explicaciones un amplio abanico de ideas y prejuicios acerca de las clases populares,
descriptas como ignorantes, viciosas y en su faceta más extrema, irracionales,
percepción nada inusual en las miradas de los grupos de poder en la Argentina del
entresiglo. Así, sin desconocer el valor e influencia de los postulados de la ciencia en
las preocupaciones higienistas, resulta difícil distinguir en su retórica las
consideraciones basadas en propósitos científicos, morales e ideológicos. Desde esta
óptica, que, por otra parte, irradiaba y permeaba los discursos de otros profesionales de
la época, podemos interpretar los discursos del higienismo sobre las causas de la
mortalidad infantil y sus exhortaciones para fomentar la legitimidad y el matrimonio en
las mujeres.
Otro destinatario clave de la prédica higienista eran las autoridades, a quienes
se convocaba a atender y resolver mediante leyes, instituciones y recursos económicos
la situación de las mujeres trabajadoras y su prole. Si bien se enfatizaba la importancia
del Estado en esta tarea, también las sociedades de beneficencia, encargadas
tradicionalmente de la asistencia y protección a los pobres adquirían influencia en estas
labores.
Desde una postura de corte filantrópico, que se suponía debía reemplazar las
antiguas nociones de caridad y ayuda, y en las cuales jugaría un rol clave la figura del
profesional y la intervención del poder político correspondiente, los higienistas se
ocuparon también de lo que para ellos era un tema crucial: el hacinamiento, la
precariedad e insalubridad habitacional. De acuerdo con las teorías ambientalistas, se
entendía que la propagación de enfermedades infecto- contagiosas y el surgimiento de
brotes epidémicos, así como un extenso conjunto de males sociales y perjuicios,
encontraban su origen en los ambientes viciados, insanos, sucios y hacinados. En tal
sentido, y de manera casi natural, la vivienda obrera se convirtió en una de las
preocupaciones por excelencia del higienismo. A partir de las observaciones sobre las
condiciones de vida en las clases populares, permeadas no sólo por las premisas de la
ciencia sino también por el enjuiciamiento y descalificación que sobre sus conductas
y hábitos poblaban las miradas de las elites, este tópico concitó el interés de un extenso
y heterogéneo conjunto de voces que denunciaron las condiciones insalubres y
antihigiénicas de las habitaciones populares. En el trabajo analizamos, en particular, el
discurso de la prensa, puntualmente del diario El Orden que elaboró y difundió una
campaña o “propaganda” como la denominaba desde sus columnas, a favor de la
construcción de casas para trabajadores. A través de abundantes artículos, publicados
sobre todo desde comienzos de 1906, este periódico reclamó el apoyo de las autoridades
políticas y la participación de empresarios en este proyecto. Sus descripciones negativas
sobre el estado de las viviendas populares evidenciaban la influencia del discurso

67
Anuario IEHS 24 (2009)

higienista que combinaba, como sugerimos, prerrogativas de distinto signo. De esta


manera, ideas fundadas en las nociones de moralidad, postulados de la ciencia, valores
sociales se revelaban en estos discursos periodísticos que alertaban sobre los peligros
ocasionados por la falta de higiene, el hacinamiento y la pobreza de estos espacios.
En buena medida, las propuestas de la prensa sobre las casas obreras contaron
con el respaldo de las autoridades municipales y provinciales que inscribieron esta
temática dentro de sus proyectos de salud e higiene pública. No es mi pretensión
exagerar el alcance de estas políticas durante el periodo bajo estudio; ciertamente sus
logros fueron más bien escasos, sin embargo, interesa señalar la importancia de los
primeros proyectos y pasos emprendidos en esa dirección.
Hacia el Centenario, un año antes de que iniciaran los festejos para conmemorar
la Independencia, se inauguraron las primeras edificaciones obreras. Para entonces, los
proyectos oficiales destinados a mejorar las condiciones de salubridad en los espacios
de vida y de trabajo de la población habían cambiado sensiblemente. Ante el
crecimiento y la extensión de las tensiones y los conflictos obreros, asociados
mayoritariamente en Tucumán con la organización y los reclamos de los peones del
azúcar, salud, vivienda y protesta fueron tópicos cada vez más interrelacionados. Así,
las iniciativas dirigidas al mejoramiento social de los trabajadores reconocían viejos
anhelos, pero integraban cada vez más el afán de control, vigilancia y prevención de los
conflictos sociales, especialmente visibles en esa primera década del siglo XX.

68
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 69-87

LA CULTURA EN EL EXILIO ALEMÁN ANTINAZI


EL Freie Deutsche Bühne DE BUENOS AIRES, 1940-1948
Germán C. Friedmann1

Resumen:

Este artículo describe la composición, funcionamiento y actividades del Freie Deutsche Bühne (Teatro Libre
Alemán), conformado en 1940 por algunos integrantes de Das Andere Deutschland (La Otra Alemania),
un grupo de germanoparlantes opositores al régimen nacionalsocialista. Entre ellos se encontraban políticos,
dirigentes sindicales, artistas e intelectuales, que constituyeron el ala alemana de un movimiento antifascista
que en la Argentina sirvió como el elemento aglutinante y dio cierta coherencia programática a un grupo
de personas que provenían de diversos sectores y abarcaban un amplio espectro político y cultural. Las
actividades de la compañía teatral, su naturaleza, y la realidad y el deber ser de su repertorio fueron objeto
de diversas interpretaciones por parte de distintos miembros del heterogéneo frente alemán antinazi, a través
de las cuales el presente trabajo se propone analizar las relaciones complejas y cambiantes entre el Freie
Deutsche Bühne y Das Andere Deutschland. La indagación nos permite además repasar las variables
apreciaciones que los exiliados antinazis tenían sobre los alemanes residentes en la Argentina y resaltar que,
más allá de su diversidad temática y de su calidad artística, las representaciones teatrales conformaron un
ámbito de socialización común a los exiliados del régimen nacionalsocialista y a los antiguos
germanoparlantes residentes en la Argentina, que influyó en la conformación de una identidad que era a la
vez antinazi y alemana.

Palabras clave: Exilio, Antinazi, Identidad, Teatro.

Abstract:

This article describes the composition, workings and activities of the Freie Deutsche Bühne (Free German
Theatre), founded in 1940 by some members of Das Andere Deutschland (The Other Germany), a group
of German-speaking opposers to the National Socialist régime. Among them were politicians, union leaders,
artists and intellectuals, which made up the German wing of an anti-Fascist movement that in Argentina
served as a uniting factor and gave a certain programmatic coherence to a group of people that arose from
different sectors and covered a wide political and cultural range. The theatrical company’s activities, its
nature, and both its expected and actual repertoire were the subject of different interpretations by diverse
members of the heterogeneous anti-Nazi German front. Through these, this paper attempts to analize the
complex and changing relations between the Freie Deutsche Bühne and Das Andere Deutschland. The
search also allows us to go over the various opinions that anti-Nazi exiles had on German residents in
Argentina and remark that beyond their thematic diversity and artistic quality, theatrical representations
formed a social common ground to Nazi regime exiles and German speakers who had previously resided
in Argentina, and thus contributed to the formation of an identity that was both anti-Nazi and German.

Key Words: Exile, Anti-Nazi, Identity, Theatre.

1
Instituto Ravignani, Facultad de Filosofía y Letras, UBA; Centro de Estudios de Historia Política,
UNSAM; CONICET. Scalabrini Ortiz 3020 28 B, (1425) Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Correo
electrónico: gerfriedmann@[Link]

69
Anuario IEHS 24 (2009)

Este artículo describe la composición, funcionamiento y actividades del Freie


Deutsche Bühne (Teatro Libre Alemán), conformado en 1940 por algunos integrantes
de Das Andere Deutschland (La Otra Alemania), una asociación de germanoparlantes
opositores al régimen nacionalsocialista. Entre ellos se encontraban políticos, dirigentes
sindicales, artistas e intelectuales, que constituyeron el ala alemana de un movimiento
antifascista que en la Argentina sirvió como el elemento aglutinante y dio cierta
coherencia programática a un grupo de personas que provenían de diversos sectores y
abarcaban un amplio espectro político y cultural.
Las actividades de la compañía teatral, su naturaleza, y la realidad y el deber
ser de su repertorio fueron objeto de diversas interpretaciones por parte de distintos
miembros del heterogéneo frente alemán antinazi, a través de las cuales el presente
trabajo se propone analizar las relaciones complejas y cambiantes entre este último y
el Freie Deutsche Bühne. La indagación permite además repasar las variables
apreciaciones que los exiliados antinazis tenían sobre los alemanes residentes en la
Argentina y resaltar que, más allá de su diversidad temática y de su calidad artística, las
representaciones teatrales conformaron un ámbito de socialización común a los
exiliados del régimen nacionalsocialista y a los antiguos germanoparlantes residentes
en la Argentina, que influyó en la conformación de una identidad que era a la vez
antinazi y alemana.

La Otra Alemania va al teatro

En 1937 se fundó en Buenos Aires la organización Das Andere Deutschland


(DAD), integrada por un grupo de exiliados políticos alemanes y austríacos opositores
al régimen nacionalsocialista que pertenecían a una amplia constelación de fuerzas de
izquierda, y por germanoparlantes establecidos en la Argentina de distintas extracciones
políticas, sociales y religiosas. Sus integrantes se postulaban como portavoces de la
“verdadera” Alemania, representada en el imaginario de la agrupación como la patria
tolerante, pacífica y humanista de Goethe, Lessing, Schiller y Beethoven, portadora de
los valores democráticos y emancipadores de la Revolución Francesa. Los miembros
del grupo apelaban a la conciencia y responsabilidad de “los alemanes de buena
voluntad” para defender la cultura y los valores de la “verdadera” Alemania.
Organizaron y dirigieron una amplia red de actividades, entre las que se destacaba la
ayuda económica y laboral destinada tanto a los refugiados de la Alemania nazi como
a los alemanes residentes en la Argentina que fueron apartados de las diferentes
asociaciones de la comunidad alineadas tras el Tercer Reich. Se destacaron también por
ejercer una intensa difusión de las atrocidades cometidas por el nazismo en Europa y
de las acciones de diversas agrupaciones nazis en la Argentina.2 Además de las
actividades de carácter político y solidario, dentro de DAD tuvieron también gran

2
Para esta agrupación, véase Germán C. Friedmann, “Das Andere Deutschland. La Otra Alemania en la
Argentina. Germanoparlantes antinazis en Buenos Aires, 1937-1948.”, Tesis doctoral, Facultad de Filosofía
y Letras, UBA, 2007.

70
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importancia las de orden cultural, que eran concebidas en la tradición política del
socialismo alemán –en la cual se habían formado gran cantidad de sus militantes– como
otras tantas dimensiones del trabajo más específicamente político.3
A mediados de 1938 algunos miembros de DAD conformaron un pequeño grupo
de teatro que se llamó Truppe 38, cuya estética estaba influida por el “arte de agitación
y propaganda”, estilo muy en boga en las agrupaciones culturales del movimiento
obrero alemán durante la república de Weimar. Dirigido por el artista gráfico Carl
Meffert/Clément Moreau, representó fundamentalmente escenas y diálogos de Kurt
Tucholsky y Bertolt Brecht con canciones de Kurt Eisler y de Kurt Weil. Con ayuda de
juegos, música y danza, la Truppe 38 intentó llegar a un público lo más extenso posible
con el propósito de ofrecer un trabajo cultural de esclarecimiento antinacionalsocialista
y mostrar de manera satírica las flaquezas de la época. Su elenco estaba integrado por
una docena de jóvenes inmigrantes que se desempeñaron como músicos, bailarines y
actores, muchos de los cuales a la postre se insertarían notablemente en el arte
argentino. Entre ellos se encontraban: el pianista Walter E. Rosenberg, el cantante
Hellmuth Jacoby, Ernesto Epstein, quien en 1946 sería uno de los fundadores del
Collegium Musicum, el director artístico Wolfgang Vacano, el oboísta Herrmann
Ehrenhaus, el coreógrafo vienés Otto Werberg y la bailarina Renate Schottelius, quien
se destacaría posteriormente como una de las pioneras de la danza contemporánea
nacional.4
La presentación de la Truppe 38 tuvo lugar en la asociación Vorwärts5 y fue
precedida por una gran campaña publicitaria emprendida por el Argentinisches
Tageblatt,6 diario que además brindó un muy elogioso comentario de su primera puesta
en escena.7 El dinero recaudado en sus presentaciones era destinado a subvencionar las

3
Véase Vernon L. Lidtke, The Alternative Culture. Socialist Labor in Imperial Germany, Oxford
University Press, New York, 1985.
4
Véase Pieter Siemsen, Erinnerungen eines Anderen Deutschen. Stationen eines politischen Lebens:
Weimarer Republik, NS-Deutschland, Argentinien, DDR und BRD, autobiografía inédita, p. 81.
5
La asociación Vorwärts fue fundada en 1882 por exiliados políticos alemanes que escaparon de las “leyes
antisocialistas” de Bismarck. Desde sus inicios tuvo un inmenso protagonismo en la actividad política
argentina. Durante las décadas de 1930 y 1940 diversos exiliados alemanes de izquierda se incorporaron
a su comisión directiva y se opusieron con éxito a la presión nacionalsocialista hacia la alineación. Para los
orígenes del Club Vorwärts, véase Jan Klima "La Asociación bonaerense Vorwärts en los años ochenta del
siglo pasado", Ibero-Americana Pragensia, a. VIII, Praga, 1974. Para un desarrollo más amplio, desde sus
comienzos hasta la década de 1980, véase Alfredo Bauer, La Asociación Vorwärts y la lucha democrática
en la Argentina, Buenos Aires, Legasa, 1989.
6
Establecido en 1889, el periódico tuvo una tendencia marcadamente liberal y republicana. Durante las
décadas de 1930 y 1940 adoptó una decidida orientación antinazi. Su director de entonces, Ernesto F.
Alemann, militaba activamente en diversas asociaciones antifascistas locales y mantenía estrechas relaciones
con destacadas personalidades de la política nacional. Véase Hendrik Groth, Das Argentinische Tageblatt.
Sprachrohr der demokratischen Deutschen und der deutsch-jüdischen Emigration, Hamburgo, LIT
Verlag, 1996; y Sebastian Schoepp, Das Argentinische Tageblatt 1933 bis 1945. Ein Forum
antinationalisozialistischen Emigranten, Berlín, Wissenschaftlicher Verlag, 1996.
7
Bárbara Hertzfelde, "Truppe 38- Vorwärts", en Argentinisches Tageblatt, 3 de julio de 1938, p. 10; y
"Truppe 38", en Argentinisches Tageblatt, 10 de julio de 1938, p. 11.

71
Anuario IEHS 24 (2009)

actividades realizadas por el comité de asistencia DAD. Con su “arte de agitación y


propaganda” así como con la interpretación de textos y canciones “impertinentes” que
mantenían la tradición teatral progresista de los años de entreguerras esta agrupación
se constituyó en un acotado, pero no por eso menos importante, ámbito de diversión y
socialización para el público antinazi de habla alemana.
En la puesta en escena de la Truppe 38, que incluía coros, baladas y consignas
pintadas, tuvo un papel importante el conjunto vocal masculino de la Asociación
Vorwärts, cuyo director era Paul Walter Jacob, quien había tenido una destacada
participación en la actividad teatral alemana durante la república de Weimar. Nacido
en 1905, en la ciudad de Duisburg en el seno de una familia de comerciantes de religión
judía, Jacob se desempeñó como actor, dramaturgo y director de escena en distintos
teatros de Alemania. En marzo de 1933 debió abandonar su patria por supuestos
“motivos raciales”, y a partir de entonces emprendió un exilio que luego de muchas
vicisitudes lo llevó a emigrar, junto a su futura mujer de nacionalidad argentina a
Buenos Aires, donde arribó en enero de 1939.8 Apenas llegado a la ciudad porteña Paul
Walter Jacob se abocó a la organización de un teatro que se fijó como objetivos
fundamentales “ofrecer a los actores profesionales exiliados en la Argentina
oportunidades de volver a trabajar en su oficio, proveer un teatro germanoparlante
antifascista a los alemanes democráticos locales y demostrar, sobre todo, la existencia
de otra Alemania”.9
Esta empresa contó con el apoyo de diversas instituciones antinazis de habla
alemana de Buenos Aires. La iniciativa para formar la compañía fue apoyada por el
Argentinisches Tageblattt, periódico que publicó diversos avisos en los que se
convocaban a actores profesionales y al público en general a sumarse al futuro teatro.
La sociedad Pestalozzi organizó una serie de eventos destinados a recaudar fondos para
el nuevo emprendimiento; y la asociación Vorwärts facilitó sus instalaciones para los
ensayos y muchos de sus socios se desempeñaron como extras. Posteriormente, el teatro
ofrecería funciones que podían ser visitadas por los alumnos de la escuela Pestalozzi
en el marco de las clases de alemán del Colegio. Del mismo modo, los integrantes del
elenco teatral brindaron conferencias en el Vorwärts y se presentaron en muchos de sus
actos culturales. La revista de la asociación DAD convocó a sus lectores a la
presentación del nuevo grupo teatral, cuyas funciones -según deseaban los integrantes
de aquel movimiento- deberían cumplir con un doble objetivo: “se empeñarán en obrar
conforme al espíritu cultural de aquella otra Alemania que actualmente es perseguida,
pisada y maltratada en la misma Alemania [...] y además de puro teatro de

8
Durante su estadía en la Argentina, Jacob redactó alrededor de doscientos artículos en el Argentinisches
Tageblatt, Das Andere Deutschland, Jüdische Wochenschau y La Nación. Además escribió varios libros
y ensayos sobre teatro y música. Sobre la vida de Paul Walter Jacob, véase Uwe Naumann (ed.), Ein
Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, Hamburgo, Ernst Kabel Verlag, 1985; y Arnold Spitta, “Paul
Walter Jacob”, en Argentinisches Tageblatt, 29 de abril de 1985, p. 17.
9
Paul Walter Jacob, Theater. Sieben Jahre Freie Deutsche Bühne in Buenos Aires. Ein Brevier, Buenos
Aires, Júpiter, 1946, p. 8.

72
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 69-87

entretenimiento [...] se representarán también obras de opinión de valor pedagógico e


ideológico”.10
De este modo, con el sustento de distintas organizaciones germanoargentinas
antinazis, el Freie Deutsche Bühne (Teatro Libre Alemán) inició, el 20 de abril de 1940,
con el estreno de la comedia Jean de Ladislao Bus-Fekete, una serie de más de
setecientas cincuenta representaciones llevadas a cabo en la primera década de su
existencia.11 Aunque enfatizó las comedias y piezas populares, el repertorio del teatro
resultó extremadamente variado. Se representaron casi en su totalidad las comedias
sociales de George Bernard Shaw, así como el teatro de boulevard de Somerset
Maugham y de Noel Coward. También fueron interpretadas, entre otras, obras de
Friedrich Schiller, Henrik Ibsen, Máximo Gorki, Oscar Wilde, Luigi Pirandello, Frank
Wedekind y Franz Werfel. La mayoría de las puestas en escena que trataban asuntos
políticos se referían a problemas de la república de Weimar y del período precedente
a la guerra, como las de Hans Rehfisch y Max Alsberg, o trataban asuntos
contemporáneos de manera elíptica, como las compuestas por Karl Capek, Frantisek
Langer o Vilem Werner.12 Como se evidencia a partir del heterogéneo conjunto de
autores escogidos para componer su repertorio, el teatro no se limitó a la puesta en
escena de obras escritas originalmente en idioma alemán. Por el contrario, sus
integrantes tradujeron, para el público germanoparlante, composiciones de orígenes
muy variados.13 Si bien se exhibieron pocas piezas dramáticas elaboradas en el exilio,
fueron interpretadas muchas obras de autores que debieron emigrar por cuestiones
políticas o que estaban prohibidos en Alemania. Cerca de cuarenta presentaciones –de
las casi ciento cincuenta realizadas entre 1940 y 1945– fueron escritas por exiliados,
entre los que se destacaron Bruno Frank, Curt Goetz, Carl Rössler y Wilhelm
Lichtenberg.
Cada semana la compañía dirigida por Paul Walter Jacob brindaba tres
representaciones de una pieza a la que concurrían entre trescientos y cuatrocientos
espectadores. La mayor parte de los asistentes a las representaciones del Freie Deutsche
Bühne eran emigrados judíos de habla alemana, exiliados políticos alemanes residentes
en Buenos Aires, o germanoparlantes radicados en la capital argentina que habían
llegado antes de 1933 y que se oponían al nacionalsocialismo. Una parte muy pequeña

10
“es sich zur Aufgabe machen wird, kulturell im Sinne jenes anderen Deutschlands zu wirken, das
gegenwärtig in Deutschland selber vervolgt, getreten und zerschunden wird […] (und) neben reinem
Unterhaltungstheater […] werden auch Gesinnungsstücke von erzieherischem und ideellem Wert zur
Aufführung kommen”. “Freie Deutsche Bühne”, en DAD, Nº 25, 15 de abril de 1940, p. 24.
11
Las funciones del Freie Deutsche Bühne tuvieron lugar en la Casa del Teatro, el Casal de Cataluña, el
Teatro Nacional, la asociación Unione e Benevolenza y el teatro Lasalle. Al finalizar la temporada porteña,
la compañía realizó, entre 1940 y 1943, presentaciones en la ciudad de Montevideo con el fin de
complementar sus entradas y extender su público.
12
Para una detallada descripción del repertorio del Freie Deutsche Bühne, véase Uwe Naumann (ed.), Ein
Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., pp. 122-143.
13
Paul Walter Jacob, “Wissenschaft-Kunst-Theater”, en 10 Jahre Aufbauarbeit in Südamerika 1933-
1943. 10 años de Obra Constructiva en América del Sud 1933-1943, editado por la Hilfsverein
deutschsprechender Juden / Asociación Filantrópica Israelita, Buenos Aires, 1943, p. 140.

73
Anuario IEHS 24 (2009)

del público estaba constituida por argentinos que querían aprender alemán y
presenciaban las funciones del teatro porque era antifascista.14 Muchos fueron los
actores profesionales que integraron la compañía teatral. Entre ellos, el mismo Paul
Walter Jacob, quien aparte de dirigir cerca de sesenta puestas en escena, interpretó más
de ciento treinta papeles. Además del actor Ernst Wurmser, que contaba con una
vastísima experiencia en el teatro y en el cine europeos, se destacaron Liselott Reger-
Jacob,15 y los vieneses Hedwig Schlichter16 y Jacques Arndt,17 quienes tendrían
posteriormente una importante inserción en el ámbito teatral y cinematográfico
argentino.
Las presentaciones del Freie Deutsche Bühne tuvieron una gran repercusión y
fueron objeto de elogiosos comentarios en las principales publicaciones antifascistas
de Buenos Aires. El Argentinisches Tageblatt destacó que “desde hace muchos años que
en Buenos Aires no se veía una representación de tan alto nivel como la ofrecida por
los miembros del Freie Deutsche Bühne”.18 El Jüdische Wochenschau consideró al
teatro como “un ensemble en la verdadera acepción de esa palabra, con actores que se
complementan mutuamente de forma tal, que apenas puede resaltarse un rendimiento
más que otro”.19 También el periódico Volksblatt, editado desde 1941 en Buenos Aires
por los comunistas de habla alemana, realizó una crítica muy elogiosa de la agrupación

14
Véase Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., p. 120.
15
Liselott Reger-Jacob nació en Buenos Aires en 1899. Estudió teatro en Alemania. Trabajó en
Checoslovaquia, en el Stadtheater Teplitz-Schönau, donde conoció a Paul Walter Jacob, con quien se
casaría en marzo de 1939, poco después de arribar a la Argentina. Liselott Reger-Jacob se retiró de la
agrupación en 1944 –se separaría de Jacob dos años más tarde- para actuar en Montevideo como recitadora
y locutora de radio y, desde entonces, sólo tuvo apariciones especiales en el Freie Deutsche Bühne. Véase
Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., pp. 116-119.
16
Hedwig Schlichter (Hedy Crilla) nació en Viena en 1898 y tuvo una enorme actividad teatral en Europa.
Entre 1923 y 1932 filmó ocho películas en Alemania. En 1937 se dirigió a París donde, además de trabajar
en teatro, fue autora de programas infantiles para radio y continuó haciendo cine. Al llegar a la Argentina,
en 1940, se puso en contacto con Ernesto Alemann, quien la invitó a escribir una serie de artículos en el
Argentinisches Tageblatt y la contactó para integrarse al Freie Deutsche Bühne. Véase Cora Roca, Días de
Teatro/ Hedy Crilla, Buenos Aires, Alianza, 2000.
17
Jacques Arndt nació en Viena en 1914, y se desempeñó como actor aficionado en el teatro Komödie de
Luxemburgo, donde conoció a Paul Walter Jacob. Arribó a Montevideo en 1939, y allí trabajó como locutor
y director de radio. En 1941 llegó a Buenos Aires y se incorporó al teatro. También conformaron el elenco
Max Wächter, Hermann Geiger-Torel, Rudolf Baer, Oscar Beregi Jr, Siegmund Breslauer, Hanna Danszky,
Maria Hollman, Susy Mayer, Lilli Rones, Hansi Schottenfels, Lilly Wichter, Heinz Widetzky, Gerti
Hellmer-Wurmse. Desde 1946 se incorporaron: Lotte Clemens, Esther Lipsky, Edith Obersky. Véase Paul
Walter Jacob, Theater. Sieben Jahre Freie Deutsche Bühne in Buenos Aires. Ein Brevier, op. cit., pp. 279-
289; y Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., pp. 116-119.
18
"Seit recht vielen Jahren war in Buenos Aires keine Aufführung mit so hohen Niveau mehr zu sehen, wie
es von den Mitgliedern der Freien Deutschen Bühne geboten wird […]", Argentinisches Tageblatt, 21 de
abril de 1940.
19
“[...] ein Ensemble im eigentlichen Sinne dieses Wortes, von völlig aufeinander eingespielten
Schauspielern, sodas man kaum eine Leistung mehr als die andere hervorheben kann”, Jüdische
Wochenschau, 3 de mayo de 1940. Esta nota se refiere a la segunda presentación del Freie Deutsche Bühne,
la obra Sturm im Wasserglas de Bruno Frank.

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dirigida por Jacob, en la que apelaba a los jóvenes emigrantes a asistir porque el “Freie
Deutsche Bühne es nuestro teatro”.20 De esta manera los comunistas alemanes radicados
en Buenos Aires se transformaron en fervientes defensores del repertorio de un teatro
que, en opinión de su director, buscaba la conservación de una tradición de la cultura
teatral burguesa orientada hacia el republicanismo y el humanismo que se habría
encontrado en riesgo de desaparecer ante la amenaza del nacionalsocialismo.21
La aceptación no se limitó a las publicaciones en idioma alemán. La Nación,
Noticias Gráficas y el Buenos Aires Herald dedicaron un espacio considerable a críticas
siempre favorables de las obras representadas por la agrupación.22 Esto no es extraño
si se tiene en cuenta la presencia de importantes figuras de DAD en la prensa local así
como la militancia de muchos de sus miembros en diversas asociaciones antifascistas
argentinas.
A fines de la década de 1930 y principios de la de 1940 se constituyó una
amplia y heterogénea coalición que encontró un elemento aglutinante en el
antifascismo, en un contexto de enorme polarización del escenario político donde las
disputas internas eran vistas bajo la lente de los acontecimientos europeos
contemporáneos. En la Argentina de entonces el antifascismo actuó como un importante
organizador del espectro político, nucleando a un grupo de militantes e intelectuales
provenientes de diversos sectores políticos y culturales, y dando origen a varias
agrupaciones. Entre ellas se destacaron la Asociación de Intelectuales, Artistas,
Periodistas y Escritores, el Comité contra el Racismo y el Antisemitismo, y Acción
Argentina.23 En el seno de estas instituciones colaboraron exiliados germanoparlantes
antinazis que les aportaron la experiencia de quienes habían enfrentado directamente
a la “bestia nazifascista” y encontraron en ellas un importante espacio en el cual
continuar su lucha contra ella. Así, conformaron el ala alemana de un vasto movimiento
antifascista internacional, en cuyo surgimiento y desarrollo tuvieron entonces una
decisiva influencia el inicio de la Guerra Civil Española y la estrategia de la Tercera
Internacional, que a partir de 1935 impulsó la formación de frentes populares.
Los integrantes de DAD combatieron al “nazifascismo” de las más diversas
maneras, entre ellas alertando sobre la amenaza contra la integridad nacional no sólo
desde el punto de vista territorial sino también desde el “espiritual”. Una parte

20
Volksblatt, Nº 7, mayo de 1942.
21
Véase Uwe Naumann, Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., p. 123.
22
Paul Walter Jacob, Theater, sieben Jahre Freie Deutsche Bühne in Buenos Aires. Ein Brevier, op. cit.,
pp. 200-273.
23
Véase Ricardo Pasolini, "El nacimiento de una sensibilidad política. Cultura antifascista, comunismo y
nación en la Argentina: Entre la AIAPE y el Congreso Argentino de la Cultura, 1935-1955", en Desarrollo
Económico- Revista de Ciencias Sociales. IDES, Buenos Aires, vol. 45, Nº 179, octubre-diciembre 2005,
pp. 403-433; y James Cane, "Unity for the Defense of Culture: The AIAPE and the Cultural Politics of
Argentine Antifascism, 1935-1943", en The Hispanic American Historical Review, Vol. 77, Nº 3, agosto
de 1997, pp. 443-482. Sobre el Comité contra el racismo y el antisemitismo, Véase Leonardo Senkman,
Argentina, la segunda guerra mundial y los refugiados, Buenos Aires, GEL, 1991, pp. 140-149. Para
Acción Argentina, véase Andrés Bisso, Acción Argentina. Un antifascismo nacional en tiempos de
guerra mundial, Buenos Aires, Prometeo, 2005.

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importante de este espacio se configuró alrededor de denuncias sobre actividades de


infiltración nacionalsocialista en la Argentina que, originadas en publicaciones
realizadas por miembros de DAD, tuvieron luego una fuerte repercusión en los medios
de prensa nacionales e instalaron un debate en la opinión pública que se trasladó al
Congreso Nacional.24
Diversos integrantes de DAD escribieron en periódicos de amplia difusión
nacional. Pueden destacarse, entre muchas otras, las colaboraciones de Paul Walter
Jacob y Johann Luzian en el diario La Nación, los artículos y trabajos de August
Siemsen y Oda Olberg Lerda Clément Moreau en Crítica, así como las notas de Ernesto
Alemann en La Prensa. Asimismo, los redactores de Crítica y del Argentinisches
Tageblatt se reunían ocasionalmente y discutían cuáles eran las noticias que, según su
parecer, valía la pena dar a conocer a la opinión pública. Otro miembro de DAD, el
caricaturista Clément Moreau, tuvo un estrecho contacto con el ambiente político e
intelectual porteño. Sus ilustraciones para diarios y semanarios nacionales –entre otros:
Crítica, Fastrás, La Vanguardia, Argentina Libre y Noticias Gráficas– alcanzaron una
gran repercusión.25
Además, el director del Freie Deutsche Bühne estableció una muy cordial
relación con destacadas personalidades del mundo del espectáculo argentino.26 Los
contactos del teatro con el amplio espectro de artistas e intelectuales “antifascistas”
locales, se estrecharían aún más cuando muchos de ellos equipararon al gobierno
originado en 1943, y fundamentalmente a la figura emergente del mismo, con el
nacionalsocialismo. Un indicio de la concepción que la emigración alemana antinazi –y
gran parte de los integrantes de la Unión Democrática- tenía acerca de la figura de Juan
Domingo Perón, puede percibirse en el repertorio del teatro dirigido por Paul Walter
Jacob. Tres días después de la “Marcha por la Constitución y la Libertad” el Freie
Deutsche Bühne presentó –en homenaje al autor Franz Werfel, muerto el 26 de agosto
de aquél año– la pieza dramática Jacobobwsky und der Oberst (Jacobowsky y el
Coronel), centrada en la temática de la persecución nazi y la emigración forzada.27

24
Véase Germán C. Friedmann, “La política guerrera. La investigación de las Actividades Antiargentinas”,
en Lilia Ana Bertoni y Luciano De Privitellio (comps.), Conflictos en democracia. La política en la
Argentina, 1852-1943, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2009, pp. 191-212.
25
Véase Hendrik Groth, Das Argentinische Tageblatt…, op. cit., p. 113; y Martin Zingg, “Carl Meffert/
Clément Moreau. Ein Leben als Emigrant-Stationen zwischen Kaiserreich, Faschismus und Dritter Welt”,
en AA. VV., Clément Moreau. Carl Meffert. Grafik für den Mitmenschen. Deutschland-Schweiz-
Argentinien, Berlín, Neue Gesellschaft für bildende Kunst und Kunstamt Kreuzberg, 1978, pp. 8-23.
26
Entre otros, expresaron opiniones muy elogiosas sobre las actividades del teatro, los actores Delia Garcés,
Ángel Magaña y Enrique Muiño, el escritor y director del Teatro del Pueblo Leónidas Barletta, el cronista
cinematográfico Chas de la Cruz, el director Alberto de Zavalía, el periodista y autor teatral Eliseo
Montaine, y el novelista Ulises Petit de Murat, íbid., pp. 276-277.
27
La obra ya había sido presentada con gran éxito en Broadway. Sin embargo, mientras que aquella versión
norteamericana era una adaptación realizada por S. N. Behrman, la puesta en escena del Freie Deutsche
Bühne fue la primera representación teatral en el continente americano -y la tercera en el mundo entero,
después de Suiza y Suecia- que siguió el guión original escrito por Werfel. Véase Uwe Naumann, Ein
Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., p. 154.

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Aquella obra, la última escrita por Werfel, narra la historia de la común huída de un
emigrante judío y un coronel antisemita polaco que ambicionaban llegar al otro lado del
Atlántico en los días de la caída de París. El argumento de la pieza representada por el
Freie Deutsche Bühne no sólo facilitó la identificación del público alemán que para
arribar a las costas del Plata, había atravesado unas peripecias semejantes a las del
protagonista, sino que también habría servido como una advertencia al público
argentino acerca de lo que podría suceder en el caso de un triunfo del coronel. En el mes
de octubre, la compañía dirigida por Narciso Ibáñez Menta presentó en el Teatro El
Nacional una versión castellana de la obra, que fue protagonizada entre otros por
Santiago Gómez Cou, Francisco Álvarez y Silvana Roth.28 La revista norteamericana
Variety remarcó lo oportuno de la representación castellana de la obra de Werfel, la cual
habría mostrado al público local las similitudes entre la vida europea bajo la ocupación
nazi y la situación experimentada con la dictadura en la Argentina. Cuando la Gestapo
irrumpió en el escenario blandiendo las ametralladoras, señalaba la crítica de la
publicación neoyorkina, “los argentinos vieron una réplica exacta de su propia policía
federal”.29

Relaciones conflictivas

Se ha señalado que, desde sus inicios, el Freie Deutsche Bühne fue objeto de
elogiosos comentarios por parte numerosas publicaciones de Buenos Aires. Las críticas
realizadas por el conjunto de los periódicos autodefinidos como antifascistas a las
presentaciones del Freie Deutsche Bühne continuaron siendo favorables. Sin embargo,
dentro del amplio y variado espectro de habla alemana que no estaba alineado al
nacionalsocialismo, puede percibirse también la existencia de ciertas discrepancias con
respecto al papel del Freie Deutsche Bühne. Desde la fundación de la compañía teatral,
Paul Walter Jacob debió encontrar un compromiso entre las diversas exigencias de
distintas instituciones germanoparlantes.
Las relaciones entre Jacob y la asociación Vorwärts se deterioraron luego de
que éste abandonara la dirección de su coro masculino para organizar el Freie Deutsche
Bühne.30 No obstante las tensiones se fueron diluyendo. A mediados de mayo de 1941
el Freie Deutsche Bühne ofreció en la asociación Vorwärts una representación de la

28
También participaron en el reparto Gloria Ferrándiz, Diego Martínez, Amelia Senisterra, Enrique Chaico,
Olimpio Bobbio, Lalo Malcolm. Además, fue una de las primeras presentaciones del actor Iván Grondona.
Véase La Nación, 9 de noviembre de 1945.
29
“Jacobowsky and the Colonel”, en Variety, 21 de diciembre de 1945. Citado en Hans Chistof Wächter,
Theater im Exil. Sozialgeschichte des deutschen Exiltheaters 1933–1945, Múnich, Hanser, p. 210.
30
Jacob intentó apaciguar el conflicto por intermediación de Hans Lehmann, miembro del Vorwärts y de
DAD. Señalaba Jacob que el Vorwärts comprendía muy poco las necesidades de los comediantes
profesionales y que las críticas conducidas al repertorio eran injustas. Véase, carta de Paul Walter Jacob
a Hans Lehmann, del 11 de agosto de 1940. Citada en Fritz Pohle“Paul Walter Jacob am Rio de la Plata.
Rahmenbedingungen und Bestimmungsfaktoren eines exilpolitischen Engagements”, en Exil. 1933-1945.
Forschung Erkenntnisse Ergebnisse, Hamburgo, Cuaderno 1, 1987, p. 44.

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obra Menschen auf der Eisscholle (Gente a la deriva) de Vilem Werner en colaboración
con DAD, con el objetivo de apoyar a la acción emprendida por el Comité de socorro
para Gurs, que recaudaba fondos para enviar a los alemanes antifascistas internados en
aquel campo francés.31 Aquella puesta en escena fue la primera de una serie de
representaciones realizadas de manera conjunta por el teatro y DAD en el club
Vorwärts, y hacia 1943 Paul Walter Jacob se transformó oficialmente en miembro de
esta última asociación.
También los vínculos entre Paul Walter Jacob y el líder de DAD, August
Siemsen,32 atravesaron por diferentes etapas y no siempre fueron fáciles. Como Siemsen
apoyaba el establecimiento de un teatro puramente político, Jacob sostuvo varias
discusiones para que aquél terminara aceptando la fundación de una compañía que
comenzara por realizar obras de diversión para “introducir durante la marcha” piezas
comprometidas en el repertorio. El director del Freie Deutsche Bühne mantuvo además
largas negociaciones con los representantes de la Jüdische Kultur Gemeinschaft
(posteriormente Asociación Cultural Israelita) quienes finalizaron por aceptar que, en
un inicio, aquella agrupación comenzara como un teatro alemán, pero deseaban que en
un plazo no muy lejano deviniera en una compañía teatral que presentara sus obras en
idioma castellano o en hebreo, pero con una temática judía. Así, mientras que para DAD
las obras de entretenimiento debían constituir una fase transitoria hacia un claro
compromiso político con la izquierda alemana, en la concepción de la Jüdische Kultur
Gemeinschaft el “carácter alemán” era el momento transicional que constituía un mal
necesario para desembocar en una etapa superadora judaica. De esta manera, el Freie
Deutsche Bühne fue objeto de constantes tironeos por parte de quienes pretendían hacer
de su escenario un ámbito de socialización judía o alemana de izquierda.
El mismo tono adoptó la evolución de las críticas realizadas al Freie Deutsche
Bühne en el semanario Jüdiche Wochenschau. Desde sus páginas resultó constante la
demanda de más obras relacionadas con la vida judía y la consideración de que los
artistas judíos de la agrupación teatral debían incorporarse a instituciones israelitas. A
partir de estos reclamos, el teatro introdujo en sus presentaciones un cierto número de
obras que abordaban diversas temáticas relacionadas con el judaísmo, entre ellas, Das
Neue Ghetto (El nuevo Ghetto) de Theodor Herzl y Vater und Sohn (Padre e Hijo), una
obra escrita por el autor radicado en Montevideo, Hanan Ayalti. En noviembre de 1942,
la compañía organizó en la Casa del Teatro, conjuntamente con el Forum Sionista de
Buenos Aires, tres funciones especiales de In jener Nacht (Aquella noche) de Nathan

31
Sobre los centros de detención del sur de Francia, véase Jean-Michel Palmier, Weimar en Exil. Exil en
Europe. Exil en Amérique, París, Payot, 1990, pp. 638-653.
32
August Siemsen (1884-1958) fue un docente y periodista nacido en Westfalia. Luego de una dilatada
trayectoria política en la izquierda alemana, en 1930 fue elegido diputado en el Reichstag por el Partido
Socialdemócrata alemán (SPD). Tras el ascenso del nacionalsocialismo al poder estuvo exiliado en Suiza
y Francia. En 1936 se estableció en Buenos Aires, donde trabajó en la escuela Pestalozzi como profesor de
Alemán e Historia. Fue el líder de la agrupación Das Andere Deutschland y director de la revista
homónima.

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Bistritzsky, en memoria de la Kristallnacht.33 No obstante, la adaptación de la obra


dramática de la autora norteamericana Lilian Hellmann The Watch on the Rhine (La
vigilancia sobre el Rin) que, bajo el título Die Unbesiegten (Los invictos) fue estrenada
el 29 de agosto de 1942, generó una seria controversia.34 Actuada y dirigida por
Lisellote Reger Jacob, quien tradujo el guión del inglés al alemán con expresa
autorización de la autora, Die Unbesiegten estuvo interpretada también, entre otros, por
Hedwig Schlichter, que además de integrar la agrupación DAD trabajaba en el teatro
infantil de la Jüdische Kulturgemeinschaft (Asociación Cultural Israelita). La pieza, que
contaba la historia de un heroico militante de la resistencia alemana antinazi, obtuvo
una crítica positiva en muchas publicaciones del exilio.35 Sin embargo, el Jüdische
Wochenschau reprochó su contenido señalando la inexistencia de alemanes opuestos
al nazismo, lo que fortaleció aún más su polémica con DAD.36 Ésta, que excedía al Freie
Deutsche Bühne, se vio sensiblemente incrementada hacia finales de 1942 y principios
de 1943, cuando comenzaron a conocerse las primeras noticias acerca del genocidio y
se consolidó el resentimiento antialemán entre los núcleos de judíos emigrados,
dirigiéndose también a los exiliados germanos antinazis que pretendían representar a
una Alemania distinta a la nacionalsocialista.
En este contexto, entre el 29 y el 31 de enero de 1943, con motivo del décimo
aniversario de la toma del poder por los nazis en Alemania, DAD organizó en la ciudad
de Montevideo el “Congreso de los Alemanes Antifascistas de América del Sur”, que
entre sus objetivos pretendía manifestar a la opinión pública continental la existencia
de alemanes activamente opuestos al nazismo. El congreso fue inaugurado por un
discurso del director del Freie Deutsche Bühne que señalaba que el nacionalsocialismo
había interrumpido una tendencia secularmente universalista del arte, la ciencia y la
filosofía alemana, que hasta entonces había colaborado en las grandes creaciones de la
civilización. En su alocución Jacob expresó su convicción de que, mediante una

33
Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter Jacob, op. cit., p. 121.
34
Representada durante más de un año en Broadway, la puesta en escena de The Watch on the Rhine del
Freie Deutsche Bühne porteño fue la primera realizada en Sudamérica y la única, hasta entonces, en el
mundo entero en idioma alemán. En los Estados Unidos, The Watch on the Rhine fue llevada al cine en
1943 y estuvo protagonizada, entre otros, por Bette Davis, Paul Lukas, Geraldine Fitzgerald y Lucile
Watson. La película, dirigida por Herman Shumlin y Hal Mohr, fue una adaptación del guión original
realizada por Dashiell Hammett y la misma Lillian Hellman.
35
Argentinisches Tageblatt, 31 de agosto de 1942; y Buenos Aires Herald, 18 de septiembre de 1942.
36
Las relaciones entre DAD y la Jüdische Kultur Gemeinschaft fueron un tanto más cordiales. La afinidad
entre las dos instituciones pareció reforzarse aún más cuando en mayo de 1943 el mismo director del teatro,
Paul Walter Jacob, se transformó en miembro de aquella asociación cultural judía. Sin embargo, poco
después surgieron una serie de tensiones que finalizarían llevando a una ruptura definitiva. En agosto del
mismo año, Jacob envió una protesta formal a la dirección de la Jüdische Kultur Gemeinschaft quejándose
de las afirmaciones de algunos de sus miembros que caracterizaban al Freie Deutsche Bühne como un teatro
“antijudío”, señalando que había demasiados no judíos en sus filas y que las simpatías de Jacob y de su
mujer por DAD explicaban la falta de cooperación entre el teatro y la asociación israelita. Un año más tarde,
en el mes de julio de 1944, Paul Walter Jacob renunció a la Jüdische Kultur Gemeinschaft. Véase Fritz
Pohle, “Paul Walter Jacob am Rio de la Plata. Rahmenbedingungen und Bestimmungsfaktoren eines
exilpolitischen Engagements”, en Exil. 1933-1945. Forschung Erkenntnisse Ergebnisse, op. cit.

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“revolución” que extirpara “aquella fuerza bruta que hace diez años llegó al poder”,
podían crearse las condiciones necesarias para la “reconstrucción de lo que el mundo
conocía y admiraba como la verdadera cultura alemana”.37
Diversos representantes del exilio germano y organizaciones políticas de todo
el mundo enviaron sus palabras de adhesión a este acontecimiento. Muchas de estas
expresiones de apoyo fueron publicadas en la revista de la agrupación DAD que, no
obstante, no se limitó a divulgar solamente las referencias solidarias. Así, en una
sección titulada “Las voces de los enemigos” se reprodujeron extractos de notas y
comentarios realizados por diversos opositores al encuentro montevideano. Junto a una
declaración de Joseph Goebbels, que caracterizaba despectivamente al congreso de los
alemanes antinazis como una reunión de “emigrantes judeocomunistas”, DAD destacaba
entre “las voces enemigas” a un muy duro artículo publicado por el Jüdische
Wochenschau, el 5 de febrero de 1943, que expresaba:

“En Montevideo se desarrolla un congreso denominado ‘Congreso de las alemanes


antifascistas’ […] Grupitos de treinta miembros judíos y dos no judíos se comportan
repentinamente como representantes de la verdadera Alemania […] ¿Quién puede
mirar a los ojos a un alemán sin sospechar que también él es uno de los asesinos?
¿Que él, como todos los demás, ha violado a mujeres judías delante de sus hijos y
esposos? [… ] ¿Quién puede darle la mano a un alemán sin sospechar que nuestra
sangre esté pegada a ella? […]¿Con esta gente debemos construir una vez más una
vida en común? […]. Les aconsejamos (a los judíos participantes del congreso):
Permanezcan en Montevideo y pronuncien discursos tan largos como gusten. Pero no
se atrevan a volver a Europa [… ] Y no olviden: También nosotros, judíos alemanes,
llegaremos al extremo de tratar a nuestros traidores como ellos lo merecen”.38

Las principales objeciones al repertorio del Freie Deutsche Bühne tuvieron


lugar en la revista de la agrupación DAD, en cuyas páginas comenzaría a observarse un
cambio en la percepción de aquél teatro, al que paulatinamente se empezó a cuestionar.
La primera nota posterior a la presentación de la agrupación teatral reconoció la
dedicación y el esfuerzo realizado por sus integrantes al estrenar una nueva obra cada
semana pese a las limitaciones económicas que los obligaban a tener un segundo empleo

37
Conferencia dictada el 29 de enero de 1943 en Montevideo y reproducida en “Zur Frage der Deutschen
Kultur/ La cultura alemana”, DAD, No. 60, febrero de 1943, pp. 28-29.
38
“In Montevideo tragt ein Kongress, der sich ‘Kongress der antifaschisten Deutschen’ nennt […]
Grüppchen mit dreissig jüdischen und zwei nichtjüdichen Mitgliedern gebärden sich da plötzlich als
Vertreter des wahren Deutschland […]Wer könnte einem Deutschen in die Augen sehen ohne den Verdacht,
dass auch er einer der Mörder ist? Dass er, wie alle anderen, jüdische Frauen im Angesicht ihrer Kinder und
ihere Männer schändete? […] Wer kann einem Deutschen noch die Hand geben ohne die Angst, dass unser
Blut an dieser Hand klebt? […]Mit diesem Menschen sollen wir noch einmal ein gemeinsamenes Leben
aufbauen? […] Wir raten ihnen (d.h. den jüdischen Teilnehmern des Kongresses): bleibt in Montevideo und
haltet dort so lange Reden, wie euch Spass macht. Lasst es euch aber nicht einfallen, etwa nach Europa
zurückzukehren […] Und vergesst nicht: auch wir deutschen Juden werden noch so weit kommen, unsere
Verträter so zu behandeln, wie sie es verdienen”, “Die Stimmen der Gegner”, DAD, No. 61, 20 de Marzo
de 1943, p. 15.

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(tal como lo señalara en reiteradas oportunidades el director del teatro con el doble
objetivo de hacer más heroico su esfuerzo y escudarse frente a posibles críticas a la
calidad de las puestas en escena).39 DAD también caracterizó al surgimiento del teatro
como una “victoria en el frente cultural” contra el Tercer Reich. No obstante, resaltó
que mientras el Freie Deutsche Bühne “no es mantenido por la totalidad de los
germanoparlantes de Buenos Aires, sino sólo por los más pobres y humildes [...]
nosotros, integrantes de la otra Alemania, percibimos a menudo con mucho pesar que
en el teatro existen tan pocos problemas y obras de opinión”.40
En los años siguientes se evidenciaría un creciente descontento con la dirección
del Freie Deutsche Bühne por la representación de títulos que no habrían mostrado
compromiso alguno con la actualidad política y social. Sin embargo, puede observarse
un paulatino desplazamiento en la responsabilidad asignada en la elección del
repertorio, pues para mantener sus bases financieras “un teatro con un círculo de
público restringido como el Freie Deutsche Bühne de Buenos Aires, que sólo puede
sustentarse en el estrato de espectadores germanoparlantes independientes, debe hacer
en su repertorio más de una concesión a las necesidades de distracción y
entretenimiento”.41 En este sentido es muy ilustrativo el marcado tono pesimista con el
que August Siemsen señalaba que “los alemanes del exterior tienen en gran parte las
características de la pequeña burguesía con sus restricciones intelectuales y sus
modestas pretensiones culturales”.42
La ausencia de mención alguna a las actividades desplegadas por el Freie
Deutsche Bühne que durante más de dos años mantuvo la revista de DAD generó una
tirante relación entre los directores de ambas agrupaciones. Esta situación se vio
reflejada claramente en un intercambio epistolar en el cual Paul Walter Jacob la
reclamaba al director de DAD por la falta de atención de su revista para con el teatro,
en tanto Siemsen anunciaba un próximo comentario referido a la celebración de las 500
representaciones del Freie Deutsche Bühne.43 En el prometido artículo, publicado en

39
Jacob resaltó que para sobrevivir la mayoría de los integrantes del teatro desempeñó una labor adicional
a la del Freie Deutsche Bühne, trabajando como vendedores, cadetes, serenos en fábricas alemanas o
negocios de emigrantes recientes, cocinando, cuidando chicos; o desempeñándose como traductores y
redactores de cartas o de artículos para algunos periódicos.
40
“nicht von der Gesamtheit der Deutschsprechenden in Buenos Aires unterhalten wird, sondern nur von
der kleineren und ärmeren […] wir vom Anderen Deutschland empfinden es oft schmerzlich, dass das
Theater so wenig Problem- und Gesinnungstheater ist”, “Ein Sieg auf der Kulturfront”, en DAD, No. 29,
15 de agosto de 1940, p. 14.
41
“ein Theater mit einem beschränkten Publikumskrei wie die Freie Deutsche Bühne in Buenos Aires, die
sich nur auf die Besucherschicht des unabhändigen detschsprachigen Publikums stützen kann, in ihrem
Spielplan mehr als eine Konzession an das Unterhaltungs- und Zerstreuungsbedürfnis der Theaterbesucher
machen muss”, “5 Jahre Freie Deutsche Bühne”, en DAD, No. 81, 25 de abril de 1944, p. 18.
42
"Das Auslandsdeutschtum trägt zum grösseren Teil die Charakterzüge des kleinen Kleinbürgentums mit
seiner geistigen Beschränktheil, und seiner kulturellen Anspruchlossigkeit", August Siemsen, "Die
antifaschistischen Deutschen in Südamerika", en DAD, No. 58, enero de 1943, p. 10.
43
Correspondencia entre August Siemsen y Paul Walter Jacob, Cartas del 25 de mayo de 1946; 31 de mayo
de 1946; 29 de junio de 1946; y 16 de junio de 1947.

81
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junio de 1946, Siemsen realizó una breve recapitulación en tono heroico de los
innumerables problemas a los que se sobrepusieron los actores y el director de la
compañía a “pesar de todas las inevitables concesiones al mediocre gusto del público”.44
Sin embargo, un mes más tarde DAD se lamentó de “que no se pueda ver al menos una
obra que se relacione más directamente con los problemas, las necesidades y la
revolución de nuestro tiempo”.45 El explícito reconocimiento de August Siemsen en
cargar con la responsabilidad en la elección del repertorio teatral a la actitud apolítica
de los espectadores no se diferenciaba mucho de la interpretación sostenida por Paul
Walter Jacob. El director del Freie Deutsche Bühne aseguraba que la agrupación
artística se había propuesto incluir en sus presentaciones tanto comedias y piezas
populares como obras antifascistas, pues consideraba que todo teatro debía tener entre
sus objetivos el de fortalecer internamente a las masas y proporcionarles nuevas fuerzas
que sirvan “a la lucha por las convicciones de nuestro tiempo”. Sin embargo, sostenía
Jacob que la falta de interés del público había incidido decisivamente en que los temas
específicos del exilio y los asuntos políticos fueran tratados en muy pocas
oportunidades, pues en última instancia “el sentido y objeto de nuestra profesión es la
interpretación ante los espectadores. Sin público el teatro pierde sus fundamentos. Los
espectadores deciden sobre la existencia y posibilidad de cada teatro”.46
De este modo, para el director del Freie Deutsche Bühne, la preponderancia de
obras ligeras y de entretenimiento habría representado una concesión al gusto, a las
necesidades y a la visión política de los espectadores, quienes habrían esperado que el
teatro fuera un centro de socialización libre de agitación política.47 La clara evidencia
de la implantación del mercado como institución rectora del repertorio teatral se reflejó
en un artículo de DAD que, ante la imposibilidad de superar una situación que
desbordaba la capacidad de los integrantes del Freie Deutsche Bühne, señalaba que “el
teatro forma parte inevitablemente de la crisis y decadencia de la totalidad de la cultura
burguesa, y que sólo en la sociedad socialista que se conseguirá luchando puede llegar

44
“trotz aller unvermeidlichen Konzessionen an den durchschnittlichen Publikumsgeschmack”, “Deutsches
Theater in Buenos Aires”, en DAD, Nº 120, 15 de junio 1946, p. 13.
45
"dass man nicht wenigstens ein Stück zu sehen bekam, das etwas mehr mit den Problemen, der Not und
der Revolution unserer Zeit zu tun hat”, “Theater in Buenos Aires”, en DAD, No. 121, 1 de julio 1946, p.
5.
46
“Sinn und Zweck unseres Berufes ist Spiel vor Zuschauern. Ohne Publikum verliert das Theater seine
Grudlage. Der Zuschauer entscheidet über existenz und Möglichkeit jeder Bühne”, Paul Walter Jacob
Theater. Sieben Jahre Frei Deutsche Bühne in Buenos Aires. Ein Brevier, op. cit., p. 27.
47
Ha señalado el mismo Jacob que para comprender la composición del repertorio debía tomarse en
consideración el hecho de que el Freie Deutsche Bühne se adecuaba a las características de un público que
no era políticamente comprometido. Véase Carta de Paul Walter Jacob a Paul Zech, fechada en Buenos
Aires, el 24 de diciembre de 1941. Citada en Uwe Naumann (ed.), Ein Theatermann in Exil: P. Walter
Jacob, op. cit., p. 149.

82
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 69-87

a ser nuevamente una ‘institución moral’ en el sentido de Schiller y del antiguo teatro
griego”.48
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, DAD explicitó la continuidad de la
lucha contra el fascismo. Si bien aquella debía tener el mismo nivel de intensidad que
en el momento de la fundación de DAD, se nota no obstante un paulatino pero no por
ello menos relevante cambio en un elemento sustancial del discurso de la agrupación
con respecto a los alemanes residentes en la Argentina. Desde su origen DAD resaltó
que, pese a los múltiples intentos y a las diversas presiones ejercidas por los nazis
locales para ganar su adhesión, una parte importante de los alemanes se opuso
fervientemente al nacionalsocialismo. Sin embargo, hacia el final de la década de 1940
la visión pesimista que se evidenciaba en las descripciones de la Alemania ocupada se
extendió también en forma explícita hacia un número considerable de los
germanoparlantes locales.
A principios de 1948, un artículo de DAD titulado Vom Wiederaufleben des
Nationalismus in Südamerika (acerca del resurgimiento del nacionalismo en
Sudamérica) advirtió que los nazis continuaban vigentes, aunque se encontraban por
entonces “camuflados de antibolcheviques”.49 Hacia finales del mismo año, la
publicación realizó un destacado informe sobre el renacer de la opinión
nacionalsocialista entre los alemanes residentes en el exterior que, desde luego, incluía
el caso de la Argentina.50 Dos meses antes de su disolución,51 DAD publicó el último
comentario sobre el Freie Deutsche Bühne, contra el que volvió a cargar en forma
explícita. De manera coherente con la interpretación que compartían muchos de sus
miembros de relegar el fenómeno nacionalsocialista a la condición de agente del
capitalismo e instrumento de los intereses de los grandes negocios y de sus dirigentes,
la revista denunció la resurrección del nazismo entre los alemanes de Sudamérica a
partir del renovado intercambio comercial con las zonas del oeste alemán. En este
contexto, señaló sus insalvables diferencias con los integrantes del teatro, quienes
adherían a la conformación de una unidad cultural de los germanoparlantes del Río de
la Plata que habría cobijado a quienes fueron simpatizantes del nazismo: “nosotros no
queremos ninguna comunidad ‘independiente de cuestiones raciales o disputas
políticas’ con la gente que estuvo de parte de los criminales que torturaron y asesinaron
a nuestros amigos y camaradas, que arruinaron a Alemania y precipitaron al pueblo
alemán y a Europa a la más terrible desgracia”.52

48
“dass das Theater unauswiechlich an Krise und Verfall der gesmten bürgerlichen Kultur teilnimmt, und
dass es erst in der erkämpfenden sozialistischen Gesellschaft wieder eine ‘moralische Anstallt’ im Sinne
Schillers und des antikes griechischen Theaters werden kann”, “Neue Bücher”, en DAD, No. 140, 15 de
abril 1947, p. 13.
49
“Vom Wiederaufleben des Nationalismus in Südamerika”, en DAD, No. 158, 15 de enero de 1948, p. 9.
50
“Das Deutschtum in Südamerika”, en DAD, No. 172, 1 de octubre de 1948, p. 2.
51
El último número de la revista fue fechado el 1º de enero de 1949.
52
“Wir wollen keinerlei Gemeinschaft ‘Unabhängig von allen Rassenfragen und politischen Gegensätzen’
mit den Menschen, die auf der Seite der Verbrechen standen, die unsere Freunde und Genossen gefoltert
und ermordet und die Deutschland ruiniert und das deutsche Volk und Europa ins furchtbarste Unglück

83
Anuario IEHS 24 (2009)

Detrás del lamento presente en la páginas de la revista de DAD acerca del


funcionamiento del Freie Deutsche Bühne y de su posterior colaboración con supuestos
nazis pueden percibirse dos procesos distintos: la decepción ante la presunta aceptación
de la ideología nacionalsocialista entre los alemanes locales, y la incorporación de
quienes contaban con un pasado deshonroso a una institución creada por los “buenos
alemanes”. Esto último se observa también en la queja de la actriz vienesa Hedy Crilla,
al señalar que, luego de la finalización de la guerra, muchos nazis alemanes y austríacos
“asistían sin ningún complejo a las funciones del Teatro Libre Alemán olvidándose de
su pasado”.53 En efecto, luego de la Segunda Guerra Mundial, el Freie Deutsche Bühne
constituyó un espacio en el que participaron abiertamente no sólo los germanoparlantes
antinazis, sino que además permitió sumarse tanto a quienes habían simpatizado
previamente con el movimiento nacionalsocialista como a aquellos que no habían
militado explícitamente en su contra.54

Un ámbito de sociabilidad alemana

Aunque levemente diferentes entre sí, las interpretaciones de Siemsen y Jacob


sobre las limitaciones del Freie Deutsche Bühne se asemejan a las conclusiones a las
que han arribado distintos investigadores del teatro alemán del exilio en otros lugares
del mundo, quienes sostienen que éste, debido fundamentalmente a las barreras
idiomáticas, tuvo lugar en el limitado espacio de una subcultura germanoparlante
formada por emigrantes, cuya heterogénea composición hacía que estuvieran más
interesados en el entretenimiento que en la política. Por este motivo, el teatro del exilio
no habría sido un “teatro contra Hitler”, sino sólo un “teatro sin Hitler”.55 Esta
interpretación, compartida por estudiosos y protagonistas, puede ser comprendida no
sólo por las razones inherentes al exilio alemán, sino también haciendo referencia a un
problema más amplio: la brecha existente entre una intelectualidad que se reivindicaba
como portavoz de los “verdaderos alemanes”; y los alemanes reales, a los que aquella
pretendía transformar en militantes antifascistas con una conciencia revolucionaria de
izquierda.

gestürzt haben”. “Das Deutschtum in Südamerika”, en DAD, No. 172, 1º de octubre de 1948, p. 1.
53
Véase Cora Roca, Días de Teatro/ Hedy Crilla, op. cit, p. 229.
54
En diciembre de 1949 Paul Walter Jacob se estableció en la República Federal de Alemania, donde
continuó ejerciendo su profesión de director teatral con un notable reconocimiento. Después de su partida,
la agrupación teatral por él fundada fue dirigida, por Sigmund Breslauer; luego por Jacques Arndt y
finalmente por Kurt Julius Schwarz. Cambió su nombre a Deutsches Theater (Teatro Alemán), y desde 1964
se denominó Deutscher Schauspielhaus in Buenos Aires (Teatro de Comedia Alemana de Buenos Aires).
Véase Wilhelm Lütge, Werner Hoffmann, Karl Körner y Karl Klingenfuss, Deutsche in Argentinien 1520-
1980, Buenos Aires, Alemann, 1981, p. 279.
55
Véase Michael Phillip, Nicht einmal einen Thespiskarren. Exiltheater in Shangai 1939-1947,
Hamburgo, 1996. Para el caso del exilio alemán en los Estados Unidos y Europa, véase Jean-Michel
Palmier, Weimar en Exil. Exil en Europe. Exil en Amérique, París, Payot, 1990.

84
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 69-87

Los directores del Freie Deutsche Bühne y DAD aceptaban la heterogeneidad


de las personas a las que dirigían su mensaje, en tanto coincidían en el reconocimiento
de que las obras del teatro alemán se presentaban ante públicos diversos que, al no
poseer necesariamente experiencias comunes, no las percibían de la misma manera. Sin
embargo, coincidían también en desconocer la legitimidad de las recepciones diversas,
pues justamente esta interpretación propia de los espectadores, lejos de erigirse en una
actividad creadora, habría introducido una falla en la decodificación del mensaje que
les habría impedido descifrar el “verdadero” significado de las obras, asequible
solamente a un grupo de especialistas.56 En el caso del Freie Deutsche Bühne la única
interpretación válida que debía bajar al público era la basada en la cientificidad del
marxismo, certificada por los intelectuales de DAD, quienes se percibían como una
intelligentsia portadora de la misión de esclarecer y guiar a los exiliados
germanoparlantes en la defensa de sus propios intereses. Es posible que su
desconocimiento de la legitimidad de las interpretaciones alternativas a las propias les
impidiera ver cuáles eran las tácticas y modalidades de lectura que realizaban los
espectadores del Freie Deutsche Bühne.
La fuerte crítica de August Siemsen a la actitud apolítica de los alemanes de la
Argentina habría reflejado no sólo la decepción provocada porque el grueso de los
espectadores del teatro no se comportaba como “debería hacerlo”, sino también el
fracaso de los objetivos principales fijados por DAD en el “frente cultural” abierto por
el Freie Deutsche Bühne, en tanto no se produjo una condena total y abierta al nazismo
por parte de la comunidad alemana.57 La indignada desilusión motivada por la actitud
apolítica de los alemanes de la Argentina, presente en los artículos de DAD, no se
limitó, sin embargo, a la constatación de la ausencia de un público que estuviera
activamente comprometido en la lucha contra el nacionalsocialismo y la organización
capitalista de la sociedad. Muchos integrantes de DAD veían en la flamante República
Federal de Alemania el resurgimiento del nazismo y extendían esa visión pesimista
también a gran parte de los alemanes locales. Desde la perspectiva del ala izquierda de
los redactores de la revista DAD, quien no hubiera estado activamente comprometido
en la lucha contra el nacionalsocialismo y la organización capitalista de la sociedad
pasaba rápidamente a ser sospechoso de simpatizar con el nazismo. Así como en sus
inicios los integrantes de DAD caracterizaron a un grupo extremadamente heterogéneo
de personas -cuyo único punto en común era el de oponerse al nacionalsocialismo o
simplemente ser considerados por los nazis como un elemento extraño a la nación
alemana- como parte de una “otra Alemania”, del mismo modo, y en forma más
evidente luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, consideraron que todos

56
Los miembros de DAD habrían integrado aquellos grupos descriptos por Michel De Certeau, que
cuestionan la asimilación de la “lectura” a la pasividad, entendiendo que al modificar aquella su objeto, el
lector estaría elaborando una producción propia del lector, pero que consideran sin embargo que ésta sería
sólo una actividad reservada legítimamente a la categoría de los intelectuales. Véase Michel de Certeau, La
invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer, México, Universidad Iberoamericana, 2000, p. 184.
57
Ni mucho menos el esclarecimiento de la clase obrera germana del exilio, lo que constituía, desde su
perspectiva, una condición necesaria para lo anterior.

85
Anuario IEHS 24 (2009)

aquellos que no expresaban un proyecto socialista representaban en mayor o menor


medida una ideología nazi o emparentada con aquel movimiento. Probablemente esta
impresión de los integrantes de DAD se vio reforzada al percibir que mientras las
condiciones para mantener a su publicación resultaban cada vez más difíciles, crecía el
número de lectores y publicistas de la revista Der Weg que, establecida en Buenos Aires
en 1947, nucleaba a muchos de los que fueran seguidores del nacionalsocialismo.58 En
este marco, el “fracaso en el frente cultural” fue interpretado como la contracara del
éxito del nacionalsocialismo que, a través de una exitosa estrategia de manipulación,
habría logrado impedir el “natural” desarrollo de la conciencia revolucionaria de los
alemanes de la Argentina.
La falta de comprensión de los usos del arte realizados por el público del Freie
Deutsche Bühne podría explicar por qué los militantes de DAD dieron por sentado la
imposición del mensaje del nazismo sobre la comunidad alemana. Para entender qué y
cómo “leían” los sectores a los que iba dirigido el repertorio del teatro es necesario
sumergirse en un campo siempre escabroso y difícil de sondear: el análisis de las
tácticas de lectura realizadas por un heterogéneo conjunto de personas frente a la
recepción de bienes simbólicos producidos por la industria cultural, y el impacto que
estos tienen en las identidades populares/colectivas. Resulta verosímil pensar que
aunque en un número considerable no hubieran tomado el mensaje de un activo
compromiso antifascista, pudieron, a través de las obras representada por el Freie
Deutsche Bühne, conservar, fortalecer (y en algunos casos crear) sus lazos culturales
con la “patria europea”.
Algunos estudiosos del exilio alemán en la Argentina han considerado que el
Freie Deutsche Bühne jugó un importante papel como ámbito de diversión y
socialización para el público antinazi de habla alemana y sirvió, al mismo tiempo, como
respuesta al "alineado" Deutsches Theater (Teatro Alemán), fundado por el comediante
alemán Ludwig Ney en 1938, bajo los auspicios de la Bund der Schaffenden Deutschen
(Federación de los Trabajadores Alemanes). El teatro de Ludwig Ney estaba
conformado por una mezcla de aficionados y actores profesionales que, en sus quince
años de existencia, presentó un repertorio muy variado que además de obras “ligeras“
de entretenimiento incluyó un amplio abanico de autores clásicos y contemporáneos.
Del mismo modo que los integrantes del teatro dirigido por Paul Walter Jacob, las
personas que conformaron el alineado Deutsches Theater consideraban que mantenían
la verdadera tradición cultural alemana, independientemente del significado y del
contenido que a la misma le otorgaran. Además en muchas oportunidades representaron
las mismas obras. En este sentido, los repertorios de las dos agrupaciones teatrales
incluyeron piezas de Johann Wolfgang Goethe y Friedrich Schiller. Utilizados como
representantes de la “verdadera Alemania” para denunciar a la barbarie nacional-
socialista por los opositores al régimen de Hitler, ambos poetas también fueron elevados
a la categoría de gloria nacional durante el Tercer Reich como parte del empeño

58
Sobre esta última publicación, véase Holger Meding, La ruta de los nazis en tiempos de Perón, Buenos
Aires, Emecé, 1999, pp. 341-363.

86
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 69-87

propagandístico nazi de hacer suyos a los principales personajes simbólicos e históricos


que constituían los pilares de la “alemanidad”.59 Si bien la apropiación de Goethe y
Schiller requirió una profunda reinterpretación de sus vidas y de sus obras para
adecuarlas a la cosmovisión que el nazismo defendía, este esfuerzo no necesariamente
resultó más pronunciado que el realizado por los antinazis.
Independientemente de si la instrumentación de los referentes culturales hacía
hincapié en el carácter humanista, individualista, cosmopolita, panteísta, romántico o
colectivista de los poetas, las figuras de Johann Christoph Friedrich von Schiller y
Johann Wolfgang von Goethe eran percibidas por la totalidad de los germanoparlantes
como parte del “espíritu alemán”. Sin dudas, este hecho contribuyó a allanar las
evidentes dificultades existentes para intercambiar espectadores entre los dos teatros de
habla alemana radicados en Buenos Aires y ayuda además a explicar la relativa
facilidad con la que el Freie Deutsche Bühne pudo recibir, en un número importante,
a un nuevo público luego de la caída del nacionalsocialismo y del desmantelamiento del
Deutsches Theater.60
Se debe tener en cuenta que, aunque de suma importancia, la activa militancia
antinazi no era la única característica que compartían los opositores al
nacionalsocialismo pertenecientes a la asociación DAD (y específicamente los
agrupados alrededor del Freie Deutsche Bühne). Por el contrario, sus miembros
manifestaban, de igual modo, un fuerte compromiso con la identificación alemana. Las
diversas presentaciones del Freie Deutsche Bühne, así como muchas de las actividades
de carácter social y cultural emprendidas por los integrantes de DAD, conformaron un
ámbito de socialización que fue compartido por los exiliados del régimen
nacionalsocialista y por los antiguos germanoparlantes residentes en la Argentina -
abarcando en muchos casos incluso a aquellos que no se opusieron al
nacionalsocialismo- que influyó en la conformación de una identidad que era a la vez
antinazi y alemana. De este modo, las actividades desplegadas por el Freie Deutsche
Bühne desempeñaron un importante papel en la creación de espacios a través de los
cuales algunos alemanes que no se habían comprometido activamente contra el nazismo
o incluso quienes adhirieron a aquel régimen pudieron integrarse legítimamente en tanto
que alemanes a diversas instituciones después de la Segunda Guerra Mundial.

59
Para la imagen de Goethe y Schiller en la Alemania nazi, véase Rosa Sala Rose, Diccionario crítico de
mitos y símbolos del nazismo, Barcelona, Acantilado, 2004, pp. 171-178; y 344-348.
60
Sobre los ex nazis que acudieron en la posguerra a las funciones del Freie Deutsche Bühne, véase Cora
Roca, Días de Teatro/ Hedy Crilla, op. cit., p. 229.

87
L A CIUDAD EN EL MUNDO MODERNO

P RIMERA PARTE:
CIUDADES E IMAGINARIOS URBANOS
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 91-94

P RESENTACIÓN
Tomás A. Mantecón Movellán1

Este análisis colectivo sobre La ciudad en el mundo moderno parte de la


concepción weberiana de la ciudad como un espacio de integración y exclusión, de
relación y dominación social, un espacio político de poder y autoridad, históricamente
construído, aunque concretado con diversas morfologías y que, en todo caso, se ha
expresado en diferentes contextos históricos construyendo también sus formas de
representación y autoidentificación. En esta primera sección del dossier se atiende a los
elementos cuyas combinaciones y configuraciones hacían reconocible la ciudad y lo
urbano en las sociedades del Antiguo Régimen, así como aquellos que la permitían
reconocer y representarse como una identidad corporativa ciudadana y aquellos que
otorgaban elementos y argumentos de identificación a las propias élites ciudadanas en
estas sociedades preindustriales, particularmente en el mundo hispánico sobre la base
del establecimiento de barreras culturales que se concretaban en prejuicios y
presunciones con epicentro en el debate sobre la limpieza o pureza de sangre. En una
segunda sección de este dossier se profundiza en el análisis de las formas de
integración, desviación y control social desplegadas en esos mismos espacios
ciudadanos y que otorgaban caracteres especiales a las concreciones de cuanto
significaba la ciudadanía y la policía urbana, materias en torno a las que desde muy
diversos ángulos se concentran los estudios de Leonida Tedoldi, Tamar Herzog, Tomás
A. Mantecón, Julia Benito de la Gala y Marina Torres Arce en el siguiente número de
esta revista, sumándose a los de esta sección para presentar los rasgos más
sobresalientes de la ciudad preindustrial pero, obviamente, sin pretender cerrar, sino
todo lo contrario, tratando de mostrar caminos abiertos para futuras indagaciones
comparativas entre las sociedades de ambos hemisferios a los dos lados del Atlántico,
particularmente aquellas que, como era el caso del universo hispánico –a pesar de la
indudable diversidad– compartían muchos encuadres institucionales, normativos y
consuetudinarios.

Las formas de ciudad y los imaginarios urbanos en el Antiguo Régimen

Analizar las formas de ciudad y los imaginarios urbanos en el Antiguo Régimen


supone estudiar construcciones materiales y culturales en torno a la noción de ciudad
en el mundo moderno. No obstante, las fronteras entre ambas esferas analíticas no son
tan nítidas como pudieran parecer a priori ya que tan material eran las murallas,
edificios emblemáticos, instalaciones eclesiásticas o gubernativas, iglesias catedrales

1
Grupo de Historia Moderna, Universidad de Cantabria, Av. Los Castros s/nº, 39.005, Santander, España.
Correo electrónico: mantecot@[Link]

91
Anuario IEHS 24 (2009)

y conventos o cabildos, plazas, calles y edificaciones levantadas en altura, esa esfera de


realidad cívica arquitectónica que configuraba los rasgos más sobresalientes de la urbs,
como lo eran también los privilegios, funciones y estatutos reconocidos también por
instancias de poder dentro de las que se integraban las ciudades y que otorgaban a cada
una de éstas personalidades específicas, diferenciadas. Este rasgo también acababa por
componer una identidad y formar parte de la cultura producida por y en torno a la
ciudad. Del mismo modo, la ciudad se expresaba y representaba a sí misma a través de
emblemas, alegorías, celebraciones de todo tipo, devociones religiosas, costumbres
asentadas por la experiencia histórica... imágenes de la propia personalidad urbana,
compuesta, como se ve, no sólo por privilegios y derechos reconocidos por la Corona
o por el desarrollo de funciones económicas, institucionales o culturales vinculadas a
necesidades de la propia sociedad urbana. Si Bolonia se expresó, por ejemplo, para
coronar a Carlos I como rey de romanos, cada ciudad se manifestaba en cada una de las
ocasiones en que los eventos relevantes, las fiestas o los avatares lo hacían necesario.
También se expresaba representándose, en tales circunstancias, y en el arte, como una
sociedad ordenada y titular de derechos propios, una civitas.
Estas facetas, constituyen una preocupación en los artículos que se articulan a
continuación, con los que no se pretende cerrar debates sino ofrecer un amplio escenario
para una historia comparada del fenómeno urbano a ambos lados del Atlántico. El
dossier se abre con dos artículos concentrados en el análisis de la definición y
representación del fenómeno urbano en la España Moderna dentro de su contexto
europeo. José I. Fortea insiste en la necesidad de considerar lo urbano bajo una
perspectiva compleja e integradora que permita superar puntos de vista que han ocluído
muchas facetas del mismo a lo largo del tiempo histórico. No bastan los números, las
cifras de población o la concesión o presunción del título de ciudad. Deben cruzarse
informaciones multifacéticas y analizar la urbanización bajo una perspectiva
necesariamente comparativa y diacrónica, de larga duración. Bajo este punto de vista
cobran protagonismo analítico las morfologías y funciones urbanas tanto como las
formas de constituir ciudad y los usos que los habitantes de las ciudades hicieron de los
espacios y derechos cívicos. La ciudad, además de una compleja realidad en sí misma,
también era una realidad contemplada y representada como un paisaje por medio del
que se autoidentificaba la sociedad urbana pero del que también se servían los poderes
locales –las élites urbanas– y englobantes –ya fuera la Monarquía Hispánica u otras, la
República de Venecia o la de Holanda– para expresarse en términos de posesión,
dominio y civilidad. Esta construcción de lo urbano entendido como entorno autónomo,
cohesionado y unitario, con su propia personalidad e identidad, pero dominado y
formando parte de una entidad política integrada de rango superior queda analizada y
subrayada particularmente en la aportación de Richard L. Kagan a partir de su
minucioso estudio de la significación de los paisajes urbanos encargados por Felipe II
a Wyngaerde. Otras lecturas menos ligadas a la noción de poder y autoridad pueden
hacerse de paisajes urbanos de otra naturaleza, como demuestran para contextos muy
diversos Begoña Alonso y Luis Sazatornil.

92
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 91-94

Los paisajes urbanos tanto los que adornaban los palacios de las familias
elitistas en la Italia del Renacimiento como los que trazó Wyngaerde para el monarca
español en cuyos dominios no llegaba a ponerse el Sol, expresaban también la
diversidad del fenómeno urbano y permitían jerarquizar las ciudades representadas tanto
por su morfología como por su peso económico, político, cultural o por su grandeza y
posición dentro de la Monarquía Hispánica elementos que dotaban de personalidad a
las ciudades a ambos lados del Atlántico. En este campo de investigación hay excelentes
perspectivas para una historia comparada de las dos riberas del Charco. La ciudad
portuaria atlántica se construyó en la Península Ibérica como un arquetipo a partir de
elementos como los descritos en la investigación de Begoña Alonso y Luis Sazatornil
que muestran cómo el arte logró expresarlos históricamente con toda nitidez en los
siglos de la Edad Moderna y durante la época del Romanticismo. Esta investigación
permiten identificar la existencia de configuraciones específicas participadas por las
ciudades del Atlántico europeo cuya morfología y caracterización aún requiere nutridas
investigaciones comparativas.
Parece probado que la ciudad se autoidentificaba y expresaba de múltiples
formas. También lo hacían sus élites. Ya se ha aludido a la presencia en rituales y
ceremoniales ciudadanos, generalmente mostrando bien visiblemente la jerarquía social.
Hay toda una historia por hacer sobre estas materias en encuadres y configuraciones
elitistas –no sólo cortesanas- variadas. Uno de los elementos más recurrentes como
pretexto para la integración y exclusión dentro de las élites fue el prejuicio de la
limpieza de sangre, que también se proyectó fuera de esos entornos elitistas
impregnando incluso los lenguajes literarios y acuñando el arquetipo de cristiano viejo.
Tanto en el mundo americano como en el peninsular hispánico de la Edad Moderna las
presunciones de sangre limpia o pura, “sin mancha”, es decir, no la razón étnica en sí
misma, sino los prejuicios en torno a la pureza de sangre –un producto más cultural que
otra cosa– se convirtieron en pretextos para reforzar ordenamientos sociales inspirados
por otros factores principalmente. Esto era algo realmente importante para las élites
ciudadanas. En España se puede decir que el Tribunal de Inquisición gozaba en la
segunda mitad del siglo XVIII de lo que podíamos sintetizar como una pésima buena
salud, puesto que se mantenía inquebrantable, a pesar de las aceradas críticas y las
reformas que se habían ido produciendo a iniciativa de los gobiernos ilustrados.
La investigación sobre el protagonismo creciente que al parecer tuvo el tribunal
de Inquisicion en su faceta de examen de la pureza de sangre a lo largo del siglo XVIII
fortaleció esta institución en esta etapa histórica llamada a hacerse eco de las críticas
contra el Santo Oficio. Fundamentalmente quedó reforzada la faceta de la Inquisición
para el reconocimiento de honor por vía de estatuto de limpieza de sangre o, por el
contrario, para enfatizar los mecanismos de exclusión dentro de las élites de la sociedad
urbana castellana. La vitalidad de esta actividad, según demuestra Roberto López Vela,
contribuyó a fortalecer a la institución paradójicamente en un contexto en que
formalmente se expresaban con más acento las críticas ilustradas. Si las élites urbanas
se veían y expresaban corporativamente por medio de valores como la pureza de sangre,
la ciudad también podía mostrarse en su esplendor y grandeza o cuando menos con su
personalidad a través de las representaciones globales de sus paisajes urbanos. Unos y

93
Anuario IEHS 24 (2009)

otros, la pureza de sangre, como la nobleza y lealtad o la grandeza de las ciudades


constituía imaginarios urbanos.

94
Anuario IEHS 24 (2009), pp. 95-110

F ELIPE II Y EL ARTE DE LA REPRESENTACIÓN


DE PAISAJES URBANOS1
Richard L. Kagan2

Resumen

La ciudad en las sociedades de la Edad Moderna era, además de una realidad en sí misma, una realidad
representada, principalmente a través de la expresión peculiar de un paisaje ordenado con ciertos criterios.
Semejante expresión paisajística del fenómeno urbano llegó a despertar la curiosidad de los artistas que
también trataron de captar y representar la ciudad como un paisaje que ocupaba centralidad en las vistas
que se representaron en centros de decisión política, residencias de miembros de las élites de la sociedad
del Renacimiento –desde la Toscana italiana hasta la Corte del imperio español en Madrid, pasando por la
propia corte pontificia–. Felipe II no estuvo desconectado de estas preocupaciones que, en el fondo, daban
ocasión de mostrar en grabados, pinturas y tapices elementos de la variedad de sus dominios así como de
la civilidad con que se ordenaban bajo un mismo cetro. El análisis de las vistas urbanas de Anton Van den
Wyngaerde permite recomponer las referencias políticas que subyacían a la representación del lo urbano
como paisaje en los momentos dorados del imperio español.

Palabras clave: Paisaje urbano, Morfología urbana, Vistas de ciudades, Representación urbana, Felipe II,
Anton Van den Wyngaerde.

Abstract

In early modern societies the city was not only a fact itself but also a fact created and shown as a
representation of a material reality. These urban representations or artistically created cityscapes expressed
urban spaces morphologies ordered according to specific criteria. Several artists tried to get and represent
the city as a vista that concentrated institutions and buildings that expressed government and civilization;
the space where the social elite families had their main residences. In the ages of Renaissance, from the
Italian Toscana up to the Spanish empire court of Madrid and even in the Pope court of Rome there was
a great elite preoccupation about the art of showing cityscapes. Philip II took part of this cultural
environment that gave him the chance of showing –throughout engravings, drawing, paintings etc.– the
lands under the Crown rule and also the civility with which all those territories were ordered under the same
king. In this article the analysis of Anton Van den Wyngaerde cityscapes allows the author the explanation
of the political implications underneath the representation of urban features in those cityscapes in the golden
ages of the Spanish empire.

Key Words: Cityscape, Urban Morphology, City Representations, Philip II, Anton Van den Wyngaerde.

Tan mundanas como parecían ser, las vistas urbanas ocuparon un lugar
importante en el arte y la arquitectura del Renacimiento. El número y variedad de estas

1
Esta versión castellana es una ampliación y adaptación de la publicada en Journal of Interdisciplinary
History (XVII:I, 1986, pp 115-135), traducida por Tomás A. Mantecón con la autorización y revisión del
autor.
2
Departamento de Historia, John Hopkins University, Dell House 1501, 2850 N. Charles Street, Baltimore,
MD 21218. Correo electrónico: kagan@[Link]

95
Anuario IEHS 24 (2009)

vistas se multiplicaron rápidamente durante la primera mitad del siglo XVI y a la altura
de 1550 las representaciones del paisaje urbano se habían desarrollado ya como un
género artístico independiente, reclamación de numerosos artistas para los que la
representación de ciudades era una especialidad particular. Poniendo énfasis en este
impulso se encontraba una creciente demanda de panorámicas de variados tipos.
Paisajes urbanos, incluso con mapas, llegaron a convertirse en una forma popular de
decoración mural; pontífices, monarcas, nobles y burgueses gustaban de encargar a los
artistas el adorno de sus residencias con pinturas de ciudades, individualizadas o
componiendo series. Existía también un mercado barato de este tipo de imágenes,
incluso más amplio que el anterior. Eran sencillos grabados de ciudades particulares.
También había otro para los atlas urbanos; los más ambiciosos de los cuales asumían
el reto no sólo de mostrar el aspecto de ciudades europeas, sino también de aquellas de
África, Asia y el Nuevo Mundo. A pesar de su importante número e interés, las vistas
de ciudades han despertado relativamente poca atención de los estudiosos. En general,
han sido consideradas como una respuesta cultural al desarrollo de las ciudades y villas
europeas a la vez que como una faceta del creciente interés por la geografía que
eclosionó con el descubrimiento de las Indias Occidentales. Del mismo modo han sido
interpretadas como una expresión del interés de los europeos por trazar el mapa del
mundo de la manera más fiel y precisa posible. En algunos casos también las vistas
urbanas sirvieron como expresiones de patriotismo local y orgullo regional; en otros,
fueron utilizadas como demostraciones de soberanía urbana, secular y espiritual. Sin
embargo, los usos personales y políticos de estas panorámicas han sido raramente
tenidos en cuenta y esta es la principal preocupación de este análisis, que se concentra
sobre una serie de comisiones ofrecidas por Felipe II de España (1556-1598) a Anton
Van den Wyngaerde (c. 1512-1571), un artista flamenco que se especializó en la
confección de vistas topográficas.3
Van den Wyngaerde ya era muy conocido por sus realistas representaciones de
varias ciudades holandesas, flamencas, francesas e italianas cuando, en 1557, ingresó
en el servicio de Felipe II, que entonces residía en Bruselas. El año siguiente el artista
viajó a Inglaterra donde preparó dibujos de lugares que Felipe II había visitado en el
tiempo en que estuvo casado con María Tudor, en 1555. Van Wyngaerde estaba
probablemente todavía en Inglaterra en 1561 cuando el soberano le reclamó en Madrid.
Pronto fue nombrado pintor de cámara, una importante posición que le procuraba
asiento en la corte, además de un estipendio importante. Como artista cortesano, las
preocupaciones de Van den Wyngaerde cambiaron considerablemente, no obstante,
parece haber empleado la mayor parte de su tiempo al arte que mejor conocía: las vistas
topográficas.4

3
Para informaciones biográficas del artista puede consultarse E. Haverkamp-Begemann, “The Spanish
views of Anton van den Wyngaerde”, Master Drawings, VII, 1969, pp. 375-399.
4
Algunas referencias sobre los salarios pagados a van den Wyngaerde en 1565-1566 pueden verse en
Archivo General de Simancas (de aquí en más AGS), Casas y Sitios Reales, leg. 82, nº 95 y leg. 275, pt.
2, f. 54.

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La más temprana vista española de Van den Wyngaerde data de 1562,


representa el hospedaje de caza real en Valsaín, cerca de Segovia. Otras mostrando
Madrid, Toledo y Segovia siguieron en rápida sucesión, sugiriendo que inicialmente el
artista no se aventuraba lejos de la corte regia. Al inicio de 1563, sin embargo, el rey
le ordenó desarrollar una serie de viajes programados para obtener vistas topográficas
de ciudades en varias partes del reino. Su primer viaje le llevó al reino de Aragón y en
1564 fue a La Mancha (Ilustración 1). Más tarde, ese año, estuvo en Málaga y el Norte
de África y en 1567 emprendió un prolijo viaje por Andalucía y Castilla-La Mancha.
Su siguiente excursión fue un viaje por la Castilla septentrional que tuvo lugar en 1570.
Este viaje fue definitivamente bajo protección regia. En un documento del 8 agosto de
1570 el monarca pidió a los oficiales castellanos dar toda la asistencia que fuera posible
a “nuestro pintor Antonio de las Viñas”, que estaba viajando “bajo nuestras órdenes
para pintar la descripción de algunas de las más importantes ciudades”.5

Ilustración 1. Vista de Cuenca (desde el Este), Anton van den Wyngaerde, 1565.

Fuente: Oesterreichische Nationabibliothek, cod. Min. 41, f. 31.

En el curso de estos viajes Van den Wyngaerde fue capaz de ejecutar vistas de
no menos de sesenta y dos ciudades y villas importantes, cada una de las cuales se basó
en apuntes tomados del natural, como el propio artista anotó en sus dibujos: facit ad
vivum. Esta colección compone un conjunto impresionante. Con la excepción del
prolífico Joris Hoefnagle, de ningún otro artista del siglo XVI se conoce haber
completado tantas vistas topográficas.6 Haverkamp-Begemann ha defendido que con
estas vistas el rey buscaba formar la base de un atlas urbano español, puesto que Felipe
II, justo después de la muerte de Van den Wyngaerde en 1571, planeó enviar los dibujos
a la imprenta de Plantin en Amberes, para componer grabados. Por alguna razón el atlas

5
E. Haverkamp-Begemann, “Spanish views…”, op. cit., p. 378.
6
Hoefnagle, sin embargo, no es conocido por la precisión de sus dibujos. La mayor parte de su trabajo fue
reproducido en G. Braun, y F. Hogenburg, Civitates Orbis Terrarum, Amberes, 1572-1617, 6 vols.
También ha conocido ulteriores ediciones. Para un listado de las vistas españolas de Hoefnagle ver la
edición facsimilar de Raleigh A. Skelton, Cleveland, 1966, I, Apéndice B.

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no fue nunca completado. En lugar de esto, las vistas urbanas españolas de Van den
Wyngaerde fueron dispersadas, posiblemente por los impresores belgas. La mayoría de
los dibujos recalaron en la corte de Praga y luego en la Biblioteca Nacional Austriaca
en Viena; el resto se abrió camino a Inglaterra donde se acabaron por custodiar en el
Ashmolean y el Victoria & Albert Museum. Aunque un número de dibujos han sido
publicados por separado en los últimos cien años, sólo ahora, unos cuatrocientos años
más tarde, el corpus de las vistas españolas de Van den Wyngaerde ha sido editado
como una colección completa.7
Aunque los dibujos de Van den Wyngaerde parece que no fueron ampliamente
difundidos, lo cierto es que su maestría artística pudo ser admirada de primera mano por
los visitantes de la corte de Felipe II. Testimonios contemporáneos indican que el rey
hizo decorar muros y corredores de varios palacios con pinturas de mapas y vistas
urbanas, algunas de las cuales podrían ser versiones a mayor escala de los dibujos que
el artista previamente había ejecutado fruto de sus diversos viajes por España y en otros
países europeos. En un libro editado en 1582, Argote de Molina escribe que El Pardo,
la residencia de caza que el rey construyó cerca de Madrid, tenía un corredor en que
podían verse “pintadas sobre lienzo, por la mano de Antonio de las Viñas, un notado
pintor flamenco, las principales islas y tierra de Zelanda, con sus ciudades, puertos, ríos,
riberas y diques, así como el mar prolongándose hacia el gran reino de Inglaterra”.8 En
1599, Cuelbis, un visitante alemán, dio cuenta de que en el salón de acceso al Alcázar
–el palacio real madrileño– se podían admirar, colgadas, vistas de Ámsterdam,
Dordrecht, Gante, Gravelines y Lisboa, además de otras de un buen número de ciudades
españolas. El propio Cuelbis relató que la sala grande de este palacio estaba decorada
con vistas de numerosas ciudades españolas, incluyendo Antequera, Barcelona, Burgos,
Córdoba, Granada, Lérida, Segovia, Sevilla, Toledo, Valencia y Zaragoza. Aunque el
visitante germánico no mencionó el nombre de ningún artista parece razonable pensar
que estas vistas, si no ejecutadas directamente por Van den Wyngaerde, al menos
reproducían en parte previos trabajos suyos. Un inventario de 1686 de los bienes del
Alcázar especifica que muchas de estas vistas todavía estaban allí, aunque en diferentes
partes del palacio aún a fines del siglo XVII. Sin embargo, aparentemente, fueron
destruidas, entre otros cuadros de la colección real española, en el devastador incendio
de 1734.9
Las razones por las que Felipe II comisionó a Van de Wyngaerde para pintar
las ciudades de España permanecen oscuras. ¿Sirvieron estos paisajes urbanos para

7
R. L. Kagan (ed.), Ciudades del siglo de oro: las vistas del Anton Van den Wyngaerde, Madrid,
Ediciones El Viso, 1986. Hay una edición corregida y revisada de esta obra en lengua española, publicada
por la misma editorial en el año 2008.
8
G. Artote de Molina, Libro de montería, Sevilla, 1582, cap. 47.
9
BN (Biblioteca Nacional de Madrid), Ms. 18.472. Y. Bottineau, “L’Alcázar de Madrid et l’inventaire de
1686”, Bulletin Hispanique, LX, 1958, pp. 456-481. Aunque el inventario no indica el artista que produjo
estas vistas alguna referencia para las que colgaban en el tránsito de las viviendas de los capellanes de La
Encarnación sugiere que algunas fueron manufactura de Van den Wyngaerde, ibid. p. 469. Como en el caso
del Alcázar, las vistas de Van den Wyngaerde que estuvieran en El Pardo habrían sido destruidas por el
fuego que consumió el palacio en 1603.

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demostrar lo extenso de los dominios regios y expresar visualmente el poder y autoridad


del soberano o tuvieron una función puramente decorativa: vistas topográficas carentes
de un significado particular, que simplemente reflejaban la curiosidad de la época por
la geografía y los mapas? Estas cuestiones nos llevan a considerar los intereses
científicos y artísticos del monarca.

Felipe II y los geógrafos

La atracción que tenía Felipe II por la geografía parece haber sido estimulada
por su padre, el emperador Carlos V, que había recibido una instrucción en geografía,
astrología, astronomía y materias afines por algunos de los eruditos más notables de su
tiempo. Le había enseñado Petrus Apianus, un conocido matemático, y un pupilo de
Apianus, Gemma Frisius, un geógrafo ptolemaico, así como Gerard Mercator y
Hieronymous Cock, los famosos cartógrafos. La geografía también había sido un
entretenimiento para la madre de Felipe II, la emperatriz Isabela de Portugal. Hija de
Manuel I de Portugal, que asimismo estuvo fascinado por la geografía, la emperatriz
regularmente encargaba mapas y vistas del Nuevo Mundo, aparentemente sólo para su
puro entretenimiento privado.10 Con estas inclinaciones familiares no es extraño pensar
que Felipe II estuviera familiarizado con la geografía desde temprana edad. Sus
primeros contactos formales con la materia parecen, no obstante, haberse producido en
1545 cuando sus tutores seleccionaron varios libros convenientes para su educación,
entre los cuales se incluían los trabajos de dos influyentes geógrafos antiguos como eran
Claudius Ptolomeo y Pomponius Mela. Los intereses del príncipe en la geografía se
ensancharon durante un viaje realizado a Italia y los Países Bajos en 1548 y en otro a
Inglaterra y Flandes en 1555. Dos años después Federico Bodoaro, el embajador
veneciano, informó desde Bruselas que “Su Majestad ama aprender y lee historia;
también sabe mucho de geografía y algo de escultura y pintura”.11
Las inclinaciones del soberano por la geografía fueron manifestadas a través de
varios encargos importantes. El primero de ellos fue a Deventer, un cartógrafo
flamenco, a quien el rey pidió en 1558 una serie de planos detallados de las ciudades
de Flandes y Holanda, un proyecto ambicioso que requirió casi dos décadas para
completarse. A su retorno a España en 1559, Felipe otorgó protección a un equipo de
cartógrafos encabezado por Pedro Esquivel, que estuvo preparando un nuevo mapa de
la Península Ibérica basado en los últimos avances matemáticos y técnicos. Los
esfuerzos del grupo de Esquivel cuajaron en un conjunto de mapas, copia de alguno de
los cuales aún sobrevive en la biblioteca real de El Escorial.12

10
Más información sobre esta materia en R. L. Kagan: Spanish cities…, op. cit., cap. 2.
11
L. P. Gachard, Relations des ambassadeurs vénetiens sur Charles-Quint et Philippe II, Bruselas, 1856,
p. 40.
12
B. Ver Van ‘THoff, Jacob van Deventer, Gravenhage, 1953, p. 36; J. Deventer, Atlas des villes de la
Belgique aux XVIe siècle, Bruselas, 1884-1929, 2 vols. Biblioteca de El Escorial, Ms. K.I.i. Sobre el amparo
monárquico a este proyecto ver F. Picatoste y Rodríguez, Apuntes para una biblioteca científica española
del siglo XVI, Madrid, 1891, pp. 86-88.

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Otro de los proyectos favoritos de Felipe fue la compilación de una descripción


topográfica detallada de cada aldea y ciudad española sobre la base de un estandarizado
cuestionario. Esta colección estaba destinada a sustituir el desproporcionado Libro de
las grandezas de España de Pedro de Medina (Sevilla, 1548) y ser el contrapunto a las
historias topográficas que se habían ya producido en Alemania, Austria e Italia.
Conocido como las Relaciones histórico-geográfico-topográficas, el proyecto comenzó
en 1575 y permitió recopilar información de más de seis centenares de núcleos en
Extremadura, La Mancha y Castilla. Una empresa similar se pensó para otras partes del
reino, pero quedó inconclusa.13 Finalmente, en 1582, el rey auspició el establecimiento
por el arquitecto real, Juan de Herrera, de una academia científica en Madrid, una
institución que ofrecía instrucción en cosmografía y geografía entre otras materias. Las
debilidades del monarca por estas disciplinas se manifestaban incluso en la sala del
trono de El Escorial que, en 1591, incorporaba una serie de mapas dibujados a partir del
Theatrum Orbis Terrarum de Abraham Ortelius, cuya primera edición era de 1570. Un
viajero italiano, incluso, también llegó a dejar la impresión de haber visto maquetas en
madera de las principales ciudades españolas en el Alcázar de Madrid.14

Vistas urbanas del siglo XVII

La pasión filipina por la geografía no era extraña en su tiempo. Otros


gobernantes europeos del siglo XVI como Cosimo I de Medici, el Papa Pío IV o Isabel
I de Inglaterra la compartían. El interés regio sobre la materia parece haber comenzado
en su caso tras el contacto con la Cosmographia ptolemaica después de su traducción
del griego al latín en 1406, pero era un fenómeno creciente entre los gobernantes ya a
fines del siglo XV merced a los descubrimientos luso-españoles en África, Asia y el
Nuevo Mundo. La curiosidad sobre los territorios lejanos se incrementaba en cuanto se
conocían relatos de viajeros o se disponía de descripciones más o menos detalladas. El
contrapunto eran los asuntos más cercanos y los problemas del momento –la invasión
de Italia por Luis XI, las batallas de Carlos V contra los luteranos o las guerras
Habsburgo-Valois-; en este contexto los generales con responsabilidades en los campos
de batalla se procuraban los mapas más precisos que lograran, con el propósito de

13
Para la historia de las Relaciones ver M. Miguelez, “Las relaciones histórico-geográficas de España”, en
Catálogo de los códices españoles de la biblioteca del Escorial. Relaciones históricas, Madrid, 1917, pp.
249-332. También, J.M. López Piñero, Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y
XCII, Madrid, 1979, pp. 216-219. Aunque las Relaciones nunca fueron completadas, están depositadas en
la biblioteca de El Escorial y disponibles para los estudiosos. Podrían haber sido utilizadas por Diego Pérez
de Mesa, que editó una revisión de la historia topográfica de Pedro de Medina en 1595. P. Medina, Primera
y segunda parte de las grandezas y cosas notables de España, Alcalá de Henares, 1595.
14
Sobre esta academia ver A. Ruiz de Arcuate, Juan de Herrera, Madrid, 1936, p. 98. J. L’Hermite, (ed.
Ch. Ruelens): Le Passetemps, Amberes, 1890, II, p. 68. Se dijo que las maquetas estaban ahí ya en 1571,
ver C. Justi, Velásquez y su siglo, Madrid, 1953, pp. 184-185.

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conocer las ciudades que debían someter.15 Cualquiera que fuese el impulso concreto,
en los inicios del siglo XVI la confección de mapas se convirtió en una industria al alza
en Alemania, los Países Bajos y Portugal. Paralelamente a los avances de la
trigonometría, de modo que la confección cartográfica, inicialmente un asunto de
artistas, crecientemente hacía preciso contar con una cualificación matemática y con el
uso de otros tipos de instrumentos técnicos. Los cartógrafos del siglo XVI cada vez más
debían emplear los recursos que inicialmente habían empeñado los peritos en trazar
portulanos y cartas de navegación, así como recurrir a la observación directa y las
proyecciones matemáticas. Un signo de los nuevos tiempos fue la desaparición de los
monstruos marinos, sirenas y detalles por el estilo, así como la aparición de precisas
escalas matemáticas para dar idea de las distancias. La cartografía se había convertido
en una ciencia y los mapas más valiosos eran aquellos que ofrecían al observador una
información más precisa y cuidada.
Algo similar a todo esto ocurrió por entonces con el arte de representar
ciudades. El profesor Schulz ha distinguido dos tradiciones artísticas que pueden
encajar bien tanto a la cartografía como a la representación de ciudades. De acuerdo con
sus planteamientos la primera y más antigua de las dos tradiciones es aquella en que
domina un enfoque encomiástico o emblemático. En esta tradición, la fidelidad
topográfica estaba subordinada a la intención de propiciar una más rica información que
la que debían comunicar las vistas urbanas. La época medieval ofrece buenos ejemplos
de este tipo, incluyendo la vista de Siena de Ambrosio Lorenzatti, de 1344, que aparece
en el centro de un hoy desaparecido mapamundi para el edificio del ayuntamiento de
la ciudad. El aparente propósito de la vista confeccionada por Lorenzetti era significar
la unidad de urbs y orbis y, así, expresar la universalidad de Siena.16 Otro ejemplo de
este enfoque emblemático es la imagen de Roma de Taddeo di Bartola (1413) que
también se ubicaba en el ayuntamiento de Siena. En este caso la vista de la Ciudad
Eterna, que formaba parte de un enorme ciclo mural centrado sobre las virtudes
esenciales para el justo gobierno, estaba exhortando a los gobernantes municipales de
Siena a seguir el ejemplo de la Roma antigua. La epítome de esta tradición es la
mayestática vista a ojo de pájaro de Venecia de Jacobo de Barberi, primeramente
publicada como grabado en 1500 con el propósito, en palabras de su impresor, Anton
Kolb, “principalmente para la gloria [fama] de esta ilustre ciudad”. Aunque su propósito
concreto permanece indefinido, el grabado aparentemente trataba de expresar Venecia
como un gran emporio marítimo.17

15
Un ejemplo de la relación entre objetivos militares y vistas urbanas es el libro de apuntes preparado por
Francisco de Holanda para el rey Juan III de Portugal. En 1536 el monarca envió a este hombre a Italia
“para ver y hacer algunos dibujos de las fortalezas y las cosas más notables y famosas del país”. Holanda
volvió en 1541 con una rica serie de vistas que enfatizaban el punto de las fortificaciones erigidas en las
ciudades italianas. Sobre este asunto ver J. Bury, “Francisco de Holanda: a little known source for the
history of fortification in the sixteenth century”, Arquivos do Centro Cultural Portugues, XIV, 1979, pp.
163-220.
16
J. Schulz, “Jacopo de’ Barberi’s view of Venice: map making, city views and moralizad geography befote
the year 1500”, Art Bulletin, LX, 1978, pp. 425-474.
17
Ibid, pp. 462 y 472.

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La segunda tradición definida por Schulz emergió a principios del siglo XVI.
Esta tradición científica o topográfica, que premiaba la precisión y exactitud realista,
fue inspirada por el redescubrimiento de la cartografía ptolemaica, así como de la
geografía de Strabón y Pomponius Mela entre otros clásicos; por los avances en el arte
para la confección de portulanos y cartas basadas en la observación y por propósitos
humanistas de comprensión del mundo natural en términos racionales. Uno de estos
pioneros fue Leonardo da Vinci, quien ayudó a desarrollar la visión iconográfica según
la cual la representación de una ciudad está basada en múltiples reglas abstractas y
matemáticas. Esta tradición topográfica, sin embargo, es comúnmente relacionada con
la producción de artistas y cartógrafos del norte de los Alpes, especialmente,
germánicos y flamencos.18 Hay algunos argumentos a favor de considerar los orígenes
septentrionales de esta tradición. Por un lado, hay evidencias históricas para amparar
el argumento de que los Países Bajos contaban con impulsos para estimular el avance
topográfico de los que se carecía en Italia. Por otro lado, existían factores políticos en
la Europa del Norte que favorecían entonces este desarrollo. Los emperadores
Maximiliano I y Carlos V intentaron extender su autoridad e instituciones imperiales
a expensas de la autonomía y privilegios locales. Las ciudades flamencas y germánicas
resistían estas iniciativas y en el curso de esta tensión política muchas desarrollaron
nuevas proyecciones de ellas mismas como una communitas perfecta, cada una con una
historia, unas instituciones de gobierno y unas tradiciones consideradas propias y
únicas. El resultado fue la germinación de patriotismo local y de un renovado sentido
de orgullo cívico que encontraba expresión verbal en trabajos como Norimberga de
Konrad Celtis, un panegírico originalmente presentado al gobierno municipal de
Nuremberg en 1495, o el Tractatus de civitate ulmensi de Felix Fabri, publicado en
1488, parte de un nuevo género de historias topográficas locales. 9 1
Estas mismas ideas encontraban una expresión visual en los grabados de vistas
singulares de ciudades que estaban basadas en observaciones directas y personales. Sus
autores tomaron especial cuidado en reflejar la topografía local, los edificios singulares
y otros detalles tan fielmente como fuera posible. Ejemplos de este tipo de observación
topográfica van desde las vistas de Innsbruck y Trento de Durero (1495), la de Bruselas
de Cornelius Massy (1540), la vista a vuelo de pájaro de Ámsterdam de Cornelius
Antoniszoon (1544) o la vista de ojo de pez de Estrasburgo realizada por Conrad
Morant en 1548 hasta las de Ámsterdam (1544), Dorcrecht (1544) y Génova (1553)
propiamente realizadas por Van den Wyngaerde. Aunque esta particular tradición
pronto se difundió en el sur, la demanda de esta variedad de representación urbana se
desarrolló rápidamente en Flandes, la cuenca del Rhin y otras regiones de Alemania e
Italia. Consecuentemente, artistas de estas regiones septentrionales comenzaron a
especializarse en la producción de estas vistas en una época en que los artistas italianos

18
J.A. Pinto, “Origins and development of the ichnographic city plan”, Journal of the Society of
Architectural Historians, XXXV, 1976, pp. 35-50.
19
S. Alpers, The art of describing: Dutch art in the seventeenth century, Chicago, 1983, pp. 119-168.
G. Strauss, Sixteenth-century Germany, its topography and topographers, Madison, 1959. El libro de
Strauss es valioso para entender estos desarrollos.

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estaban todavía sujetos a lo que Schulz ha descrito como percepciones morales. En


contraste, el propio Van den Wyngaerde resumía el objetivo y metas puramente visuales
del nuevo género de captación topográfica en una inscripción incluida en su grabado de
Génova de 1553: “de todos los placeres ofrecidos por el encantador e ingenioso [arte
de] pintar, ninguno estimo más que la representación de plazas”.20
Esta nueva tradición topográfica también encontró expresión en colecciones de
atlas urbanos, gacetas geográficas y libros de viajes. De forma análoga a las antiguas
periegesis en que los autores utilizaban palabras para transportar a los lectores de lugar
en lugar, estos libros utilizaban las vistas urbanas para lograr un efecto similar. Este tipo
de publicaciones se conocieron ya en la Edad Media, pero el primero que incluía
adecuados retratos urbanos fue probablemente el Sanctarum peregrinationum…
Opusculum (Mainz, 1486), con ilustraciones de Erhard Reuwich. El Liber Cronicarum,
de Hartmann Schedel, publicado en Nuremberg en 1493, fue un auténtico atlas urbano,
con vistas de 116 ciudades, de las que 23 era reconocibles como representaciones de
ciudades singularizadas, las demás eran intercambiables y fueron dibujadas
simplemente para ilustrar el concepto de ciudad, más que para referir a una en
particular. A pesar de todo, esta obra fue posteriormente sobrevalorada –en términos de
su precisión y realismo de acuerdo con su dimensión geográfica– en la Cosmographia
de Sebastián Munster, publicada en Basilea en 1544 y, entonces, por el compendio
multivolumen aparecido inicialmente en 1572 y editado por Braun y Hogenburg o en
la colección de mapas, vistas y escenas de batallas que publicó Lafréry en Roma
alrededor de 1572. El proceso llegaba a su término.21
La comisión que Felipe II había encargado a Van den Wyngaerde era parte de
una demanda ciudadana y europea de más precisos mapas y vistas urbanas. Antes de
este encargo las únicas vistas urbanas españolas eran más toscas y descuidadas,
similares a las publicadas en el Libro de las grandezas de España de Medina. Las
inexactitudes de estos trabajos ayudan a entender las razones de Felipe II para llevar a
van den Wyngaerde a España. El rey primeramente contempló esta comisión como una
empresa científica pensada para completar otros proyectos geográficos. Estas iniciativas
ponían en evidencia los esfuerzos de Felipe II para obtener una panorámica, una
corografía comprehensiva de España, esto es: una detallada vista de primer plano de
cada uno de las ciudades y villas que componían el reino. “El fin de la corografía”,
escribía Ptolomeo “es tratar por separado cada parte de un todo, como si se tratara de
pintar sólo un ojo o la oreja en sí misma [...] de acuerdo con esto, por lo tanto, no
desmerece de la corografía, aparte de su provincia, describir los más pequeños detalles
de las plazas, mientras la geografía se encarga sólo de las regiones y sus rasgos
generales”. La corografía también difiere de la geografía porque al “seleccionar ciertas

20
El comentario de Vasari sobre la vista pintada por Pinturicchio para el Papa Alejandro VI en el Belvedere
Vaticano en 1487 sugiere que las vistas urbanas “al estilo flamenco” habían hecho su aparición en Roma
antes de fines del siglo XV. G. Vasari (ed. por G. Milanesi): Opere, Florencia, 1973, III, p. 498. Para otros
ejemplos de vistas de ciudades italianas del siglo XV, sobre todo, las de Francesco Roselli, ver J. Schulz,
“Barberi’s view of Venice…”, op. cit., pp. 429-430. La cita de Van den Wyngaerde en Ibid, p. 472.
21
A. Lafréry, Tavole moderne di geographia de la maggior parte del mondo…, Roma, 1572?

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plazas del todo, trata más profusamente los particulares de cada uno de ellos –incluso
al tratar de las más pequeñas localidades concebibles, como los puertos, granjas, aldeas,
riberas y puestos de este tipo”. Según Ptolomeo, además, “la corografía precisa de un
artista y ninguno otro le sirve igual”.22
La cualidad corográfica de las vistas urbanas de Van den Wyngaerde no precisa
demostración. Mantenía los embellecimientos particulares en un mínimo, esquivaba los
emblemas, las figuras alegóricas, las inscripciones y otras facetas que los artistas que
trabajaban dentro de la tradición encomiástica o emblemática usaban para otorgar a los
paisajes urbanos más profundos significados y, generalmente, limitadas inscripciones
para etiquetar los principales monumentos, emplazamientos importantes y rasgos
topográficos notables. Además, en lugar de las vistas perfiladas y enjuta topografía que
caracterizaba la mayor parte de las representaciones urbanas medievales, Van den
Wyngaerde o “Juan de las Viñas” usaba la perspectiva para dar sentido de profundidad
y mostrar la relación de la ciudad con el campo. También empleó una perspectiva
elevada, oblicua que simultáneamente posibilitaba mostrar las fachadas de los
principales monumentos a la vez que el trazado de las calles. El uso de esta perspectiva
oblicua es evidente en particular en su vista de Barcelona (Ilustración 2), presentada
desde un punto imaginario de observación en el mar, o su panorámica de Zaragoza vista
desde el Este de la ciudad.23
El compromiso de Van den Wyngaerde con la precisión se revela también por
su propio método de trabajo. Normalmente comenzaba con trazos sobre puntos
concretos y edificios singulares que más tarde incorporaría a la vista general ya acabada
de la ciudad. Su vista de Granada, por ejemplo, era el resultado final de no menos de
cuatro o cinco apuntes previos. Van den Wyngaerde, sin embargo, a menudo exageraba
el tamaño o proporción de los edificios más cercanos al punto de observación, una
práctica que es ineludible cuando se utiliza la perspectiva caballera. Tendía también a
incrementar la relevancia de las iglesias, posiblemente para llamar la atención de la
ciudad como civitas cristiana, una tradición que era ampliamente compartida dentro de
la Europa septentrional. Así, pues, los ajustes de escala y la distorsión de los edificios
tenían una dimensión semántica. Incluso la elección de las ciudades representadas
gráficamente parece haber tenido algún punto de aleatoriedad, a pesar de que la
selección pudiera haber sido dictada por el rey. Además de las vistas de las mayores
ciudades españolas, bajo el cetro regio directamente, Van den Wyngaerde también se
ocupó de ciudades señoriales como Alba de Tormes, Chinchilla y Sanlúcar de
Barrameda y, ocasionalmente, dibujó algunas pequeñas aldeas como Ojen, cerca de
Marbella. Si hubiera habido algún tipo de esquema o planteamiento previo en la
selección sería en todo caso en un intento de incluir ciudades representativas de cada
una de las grandes divisiones políticas relevantes dentro de la Monarquía Hispánica

22
E.L. Stevenson (trans.), Geograpy of Claudius Ptolemy, New York, 1932, pp. 26-27.
23
En sus primeras vistas de España cada edificio importante fue considerado individualmente, pero en
beneficio de la claridad, comenzando con las vistas realizadas en su viaje a Andalucía en 1567, Van den
Wyngaerde ofrecía una clave alfabética para que sirviera de guía a los más importantes monumentos y
emplazamientos relevantes.

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–Aragón, las dos Castillas, Valencia, etc.– en un esfuerzo por compilar la coreografía
comprehensiva que Felipe II aparentemente había contemplado.24

Ilustración 2. Vista de Barcelona (desde el Este), Anton van den Wyngaerde, 1563.

Fuente: Oesterreichische Nationabibliothek, cod. Min. 41, f. 3.

La España de Van den Wyngaerde también era una España fragmentada. Su


visión era la de un flamenco cuyas lealtades políticas fueron en mayor medida locales.
Consecuentemente, su España componía una colección de ciudades autónomas más que
un cuerpo cohesionado. Así, su visión era también la de un observador objetivo: un
corógrafo cuya tarea era primeramente registrar lo que veía. Su compromiso científico
era evidente en sus dibujos de ruinas clásicas como las de Itálica en Sevilla o las de
Sagunto en Valencia, donde quedó satisfecho simplemente con la preparación de un
catálogo visual, dando nota de importantes inscripciones y material histórico. El
propósito de una objetividad similar constataba su retrato de la almadraba de la gran
pesca del atún en Zahara, en la costa del suroeste español. En este grabado, tenían esa
finalidad las inscripciones insertas en el mismo sobre el número y tipo de trabajadores
empleados y para ofrecer una guía en que se exhibieran las diversas actividades variadas
en torno al desarrollo de la almadraba: “aquí están los depósitos para secar el atún”;
“aquí está el lugar de reunión de los mercaderes”; etc. (Ilustración 3). La vista
contemporáneamente realizada por Hoefnagle sobre la almadraba en el lugar vecino de
Conil reflejaba más interés por las escenas de género que precisión topográfica. En
contraste, en el dibujo de Van den Wyngaerde se mostraba un interés etnográfico que
sugiere que ese era precisamente el tipo de información detallada que pretendía el
monarca cuando encargaba al artista “pintar la descripción de algunas de las más
importantes ciudades”.25

24
Sin un inventario contemporáneo del trabajo de Van den Wyngaerde no hay modo de saber si realizó
vistas de otras ciudades distintas de las que están representadas en las colecciones de Viena, Londres y
Oxford. Para una lista de esas ciudades y un mapa trazando sus itinerarios a través de España ver, R.L.
Kagan, Spanish cities… op. cit.
25
La vista de Hoefnagle quedó publicada en la colección de Braun y Hogenberg (Civitates... op. cit., II, pl.
6).

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Ilustración 3. Vista de la Almadraba en Zahara de los Atunes (desde el Este), Anton


van den Wyngaerde, 1567.

Fuente: Oesterreichische Nationabibliothek, cod. Min. 41, f. 74.

Como resultado de todos estos factores, Van den Wyngaerde compiló un


registro de ciudades españolas que era único y, al mismo tiempo, no era ni remotamente
comparable con cuanto existía para otros ámbitos de Europa, de manera que el rey
Felipe podía apostar ser el primer gobernante europeo que disponía de una cuidada,
precisa y completa “descripción” de sus espacios urbanos. Además de esto, otros
proyectos geográficos de Felipe II se impulsaron para hacer posible a los estudiosos –a
los de entonces y a los futuros– disponer de las vistas corográficas de las ciudades
españolas de Van den Wyngaerde, un compendio que constituye un rico filón de
información sobre la España moderna que aún requiere mayor análisis. Los
historiadores de la arquitectura podrán por medio de estos recursos reconstruir la traza
de monumentos que hace tiempo desaparecieron. Del mismo modo los estudiosos
interesados en la historia urbana podrán utilizar estas vistas para esbozar el desarrollo
de las ciudades españolas en una época en que muchas estaban comenzando a modificar
sus morfologías medievales y dar paso a planteamientos de diseño y planificación
renacentistas. Los historiadores económicos podrían explotar la interesante información
que provee Van den Wyngaerde sobre barcos y navegación, construcción e industrias
textiles, así como sobre las interrelaciones entre ciudad y espacios rurales. Incluso los
historiadores sociales encontrarán importante información en estas imágenes. Los
detallados esbozos del juego de cañas que Van den Wyngaerde incluyó en una de sus
vistas de Jerez de la Frontera se cuentan entre las más prontas representaciones de este
importante entretenimiento temprano-moderno.

Felipe y la posteridad

¿Fue la corografía lo único que tenía en mente Felipe II cuando invitó a Van
den Wyngaerde a su corte? Ya en 1560 Felipe de Guevara, uno de los cortesanos del rey
Felipe, advirtió al monarca que su apoyo al proyecto cartográfico de Esquivel podría
representar una gracia del rey a la erudición y una acción que añadiría gloria y fama
perpetua a su buen nombre e imagen como gobernante. Ya antes su propia educación

106
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humanista, así como la misma necesidad de los príncipes de rodearse de hombres de


ciencia y arte, podrían haber dado esta valiosa lección al rey Felipe. Ciertamente, estos
principios fueron algunos de los que asumió el monarca: apoyó numerosos proyectos
artísticos y científicos, promocionó la construcción y tomó un interés personal en los
proyectos y diseños arquitectónicos. También llegó a colocarse como uno de los
mayores coleccionistas de su tiempo, gustando del sofisticado placer estético de aves
y plantas extrañas para los diseños de monedas y medallas, así como saboreando los
trabajos de Titiano, Jacopo Bassano, Roger Van der Weyden y Hieronymus Bosco. Con
la ayuda de Benito Arias Montano, un notable humanista, estableció simultáneamente
en El Escorial una de las más grandes y mejor surtidas bibliotecas de libros y
manuscritos de su época; una colección de más de 14.000 volúmenes entre los que se
contaban obras en árabe, caldeo y hebreo, además de en latín y griego. En este entorno,
el encargo a Van den Wyngaerde también puede ser entendido como parte del deseo del
rey para ser recordado como patrono y protector de las artes liberales.26
La apuesta de Felipe II por la posteridad también se expresaba a través de su
deseo de impresionar a sus contemporáneos con la extensión de su poder y la
magnificencia de sus acciones. Había sido el gran promotor de la confección de tapices
conmemorativos de las victorias de su padre contra los turcos y tunecinos que fueron
colgados en 1555 en la nave de la catedral de Brujas; asimismo, se responsabilizó de
lograr los grabados que recordaran las victorias españolas contra los franceses en 1557
y 1558. En su obsesión por el verismo llegó a encargar a Van den Wyngaerde que
acompañara a una flota enviada para romper el control musulmán del Peñón de Vélez
de Gomera en el Norte de África en 1564. Cartografiar “eventos corrientes” fue un
género popular a mediados del siglo XVI y en este caso fue tarea de Van den
Wyngaerde registrar las varias fases de la batalla. Los dibujos resultantes servirían para
registrar un pequeño episodio de un gran triunfo de la Cristiandad sobre el Islam e
incluían divisas que proclamaban la victoria como un triunfo personal de Felipe II. El
rey también contaba con otros artistas, entre los cuales se hallaba Rodrigo de Holanda,
yerno de Van den Wyngaerde, que se encargaron de la decoración de El Escorial con
escenas correspondientes a otras victorias de las tropas españolas.27
¿No tenían los mismos propósitos los paisajes urbanos mostrados en El Pardo
y el Alcázar madrileño? Aunque habían sido ejecutados respondiendo a la tradición
topográfica a que se asociaba Van den Wyngaerde, estas vistas también se vinculaban
en parte a la vieja tradición encomiástica o emblemática en la que los retratos urbanos
apropiaban significaciones más profundas, como los ciclos murales de ciudades que
habían servido a estos propósitos en la Italia de finales del siglo XV. El prototipo de
este modelo lo ofrecía sin ningún género de dudas el que pintó Pinturicchio para
Inocencio VIII en la logia del Belvedere Vaticano en torno a 1487. El objetivo concreto

26
F. de Guevara, “Comentarios de la pintura”, en F. J. Sánchez Cantón (ed.), Fuentes literarias para la
historia de arte en España, Madrid, 1923, I, p. 174.
27
Más información sobre los tapices de Carlos V puede encontrarse en W. Eisler, “Arte y Estado bajo
Carlos V”, Fragmentos, III, 1984, pp. 21-39; A. Lafréry, Tavole... op. cit., ff. 93-97; J. Zarco Cuevas,
Pintores españoles en San Lorenzo el Real de El Escorial, Madrid, 1931, p. 231.

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Anuario IEHS 24 (2009)

de este ciclo particular es aún controvertido, pero la logia parece haberse inspirado en
los salones del consejo urbano (camere della città) cuyo modelo posteriormente se fue
introduciendo en muchos de los palacios construidos en el Cinquecento, incluyendo la
Villa Farnesina, la Villa Giulia y la Villa Medici, además del palacio Farnese en
Caprarola. Algunas de estas cámaras palaciegas, en armonía con los propósitos
humanistas de vita contemplativa, podrían responder a una intención de recreo visual
e intelectual, pero la mayor parte eran expresión de la autoridad y poder económico de
la familia asociada a cada una de estas villas. Así ocurría en Caprarola en una logia que
incorporaba vistas de diez territorios bajo control de la familia Farnese -incluyendo
Caprarola- y se detenía especialmente en las panorámicas de Parma y Piacenza, dos
joyas bajo el control Farnese. Del mismo modo, en la villa Medici, las vistas decorando
las estancias ocupadas por el cardenal Alessandro de Medici en los años noventa del
siglo XVI expresaban el esplendor de las más notables ciudades de Toscana, el corazón
de los dominios mediceos.28
Motivaciones similares explican la incorporación a los palacios italianos de la
misma inspiración que latía en los salones urbanos (camere della città), como ocurría
en el Palacio Viejo de Florencia, donde el programa decorativo de las estancias de León
X construidas por Cosimo I de Medici incluía series de vistas urbanas que expresaban
los triunfos mediceos. Diseñadas por Vasari en los inicios de 1555, las vistas en
cuestión fueron finalmente ejecutadas por Hans von der Straat, originario de Brujas, que
bajo el nombre de Giovanni Stradano hizo de Florencia su ciudad adoptiva. Los frescos
de la Sala de Cosimo I incluían vistas de ciudades toscanas que habían sido fortificadas
por el propio Cosimo. Aunque se hallaban en la sala de Clemente VII honraban las
victorias militares de Cosimo. Vasari y Stradano también unieron esfuerzos para
decorar la sala de Gualdralda con series de vistas de Florencia, también dedicadas a
honrar a los Medici. El primer patio de este mismo palacio acogió también otras series
de vistas urbanas en 1565. Ejecutado por artistas del norte de Italia, la colección, que
representaba imágenes de ciudades imperiales alemanas, fue seleccionada para celebrar
el matrimonio de Francisco de Medici y Giovanna de Austria.29

28
Para una lectura política del ciclo representado por Pinturicchio ver S. Sandström, “The programme for
the decoration of the Belvedere of Innocent VIII”, Konsthistorisk Tidskrift, XXIX, 1960, pp. 35-60. Este
punto de vista es discutido en D.P. Coffin, The villa in the life of Renaissance Rome, Princeton, 1979, p.
75. Ver también J. Schulz, “Pinturicchio and the revival of antiquity”, Journal of the Warburg and
Courtauld Institutes, XXV, 1962, p. 36. Sobre el mantenimiento de estas cámaras palaciegas urbanas para
propósitos contemplativos insistió Paolo Cortese –autor de De Cardinaltu (1510)- quien específicamente
recomendaba “una imagen pintada del mundo o la representación de sus partes” como idóneas para la
decoración interior de habitaciones veraniegas de los palacios. Ver K. Weil-Garris, J.F. D’Amico, “The
Renaissance Cardinal’s ideal palace: a chapter from Cortese’s De Cardinalatu”, en H.A. Millon (ed.),
Studies in Italian art and architecture, fifteenth through eighteenth centuries, Roma, 1980, p. 95. D.P.
Coffin, The villa... op. cit., p. 294. G.M. Andres, The villa Medici in Rome, New York, 1976, I, p. 321.
29
Sobre la reconstrucción de la camera della città que Francisco II Gonzaga, Duque de Mantua, incluyó
en su villa de Gonzaga en la última década del siglo XV ver C.W. Brown, “Francesco Bonsignori: painter
to the Gonzaga court. New docments”, Academia Virgiliana di Mantova. Tai e Memorie, XLVII, 1979,
pp. 81-85. En opinión de Schulz (“Barberi’s view...”, op. cit., pp. 465-466) esta cámara, con sus alternantes
vistas de ciudades marítimas e interiores podría no tener un profundo sentido político. Sin embargo, la

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Aunque la precisión y fidelidad topográfica llegara a ser reconocidas como una


parte integrante del modelo de representación al estilo camera della città italiano, las
vistas urbanas en cuestión estuvieron subordinadas tradicionalmente a esquemas
decorativos previstos para honrar y mostrar el poder y majestad de una familia
particular. Así, estas vistas, de acuerdo con la llamada tradición encomiástica, sirvieron
principalmente como iconos o emblemas de fama. La fidelidad topográfica, aunque
importante, era una meta secundaria. La analogía entre estos salones urbanos y las vistas
que adornaban las paredes del Alcázar de Madrid adquiere otra dimensión atendiendo
a las razones que llevaron a Felipe II a trasladar a Van den Wyngaerde a España. El rey
Felipe fue el primer gobernante español que interpretó las vistas urbanas de esta
manera. No hay testimonio de que las vistas de ciudades hubieran sido usadas
previamente como elemento ornamental en ningún palacio español antes de la llegada
de Van den Wyngaerde. El monarca español podría haber sabido sobre la tradición
mural de camera della città a través de sus agentes y embajadores en Italia, pero no se
dispone de evidencias sobre este parecer; lo que es cierto es que el soberano, en ruta a
los Países Bajos, en 1548, vistió el castillo de San Giacomo de Medici en Melegnano,
una pequeña villa cerca de Milán. El anfitrión, que había servido para las tropas
imperiales en Alemania, redecoró el castillo antes de la visita del rey y, entre otras
cosas, renombró como sala dell’Imperatore la sala de acceso al edificio, comisionando
a varios artistas para copiar en sus paredes vistas de siete ciudades imperiales (Basilea,
Spira, Worms, Colonia, Erfurt, Fulda y Frankfurt-on-the-Oder), que, previamente,
habían sido reproducidas en la Cosmographia universalis de Munster. Posteriormente,
Felipe II no encontraría nada –ni remotamente- similar en sus viajes a Alemania ni a los
Países Bajos o en Inglaterra, por lo que parece plausible que fuera la sala de acceso a
la casa de Melegnano la que sirvió de modelo para la colección de vistas que el rey
posteriormente hizo ejecutar y colocar en el Alcázar de Madrid.30

saletta della città que Gonzaga incorporó a su palacio de Mantua en la última década del siglo XV parece
haber contenido un programa iconográfico representando las glorias familiares. Ver G. Paccagnini, Il
palazzo dúchale di Mantova, Turín, 1969, pp. 152-156, figura 151. Detalladas descripciones de los varios
ciclos de las vistas urbanas que pueden verse en el Palacio Viejo en E. Allegri, A. Cecchi, Palazzo Vecchio
e i Medici. Guida storica, Florencia, 1980, pp. 143-149, 166-174, 208-212 y 277-281. La descripción de
Vasari (Opere, VIII, pp. 174-175) sobre cómo tuvo que subir varias colinas para obtener apuntes
panorámicos de la ciudad que sería posteriormente representada en las paredes de la sala de guardralda
respondería a lo que consideraba un “ragionamento primo”.
30
El otro único palacio con vistas urbanas que formaran parte de su ornato interior contemporáneamente
en España fue el del Marqués de Santa Cruz en El Viso, adornado también durante la década siguiente a
1570 con paisajes ciudadanos. Para el palacio de Melegnano ver G.B. Sannazzaro, “For a sutdy of some
woodcuts in the Cosmographia Universalis: comparison with Lombardy frescoes of the sixteenth century”,
Print Collector, XLIX,1979, pp. 10-29. Sobre la visita de Felipe II a este palacio ver J.C. Calvete de
Estrella, El felicísimo viaje del muy alto y muy poderoso príncipe don Felipe, Madrid, 1930, I, pp. 91-92;
V. Álvarez (ed. M.T. Dovillé), Relation du beau voyage que fit aux Pays-Bas, en 1548, le prince
Philippe d’Espagne, notre seigneur, Bruselas, 1964, p. 48. De acuerdo con Álvarez, Felipe II, durante su
estancia en Mantua visitó “una placentera mansión” perteneciente al duque de Mantua. Podría haber sido
el palacio Gonzaga en Marimolo, donde habría visto otra camera della città. S. Munster, Cosmographia
universalis, Basilea, 1544.

109
Anuario IEHS 24 (2009)

Felipe II parece haber tenido motivaciones diversas para invitar a Van den
Wyngaerde a España. Las inquietudes científicas en su caso confluían con una tradición
familiar y dinástica, además de los propósitos propagandísticos políticos. Todo esto
actuó en conjunción con el desarrollo de las técnicas topográficas en los artistas. El
resultado fueron estas vistas que subrayaban la intención de retratar el estado del siglo
XVI. Gracias a estos dibujos el aspecto de las ciudades españolas del siglo XVI pudo
conocerse y analizarse mejor de lo que nunca antes se había logrado. Las producciones
de vistas urbanas confeccionadas por Van den Wyngaerde, fruto del encargo del
monarca español, son de una considerable importancia histórica también porque
representaron la síntesis de dos grandes tradiciones artísticas en el campo de las vistas
de ciudades: la encomiástica y la topográfica. A mediados del siglo XVI esta fusión era
un producto relativamente novedoso y eso quizá fuera porque Felipe II era un
gobernante y patrono nada común. Como gobernante de ciudades ampliamente
dispersas –desde Nápoles y Bruselas hasta Madrid y Milán– estaba en una posición
extraordinaria, única, para combinar la italianizante perspectiva de representaciones
urbanas de la camera della città con el punto de vista topográfico característico de la
Europa del norte de los Alpes. La habilidad del monarca para fusionar estos dos géneros
en un solo proyecto no era accidental. En cierto modo, reflejaba a la perfección el buen
gusto y sofisticación de los paladares artísticos bien cultivados.

110
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L A CIUDAD Y EL FENÓMENO URBANO EN EL MUNDO


MODERNO: ESPAÑA EN SU ENTORNO EUROPEO
José I. Fortea Pérez1

Resumen:

Aún los debates historiográficos sobre las expresiones históricas de lo urbano evidencian la gran
heterogeneidad con que este fenómeno se ha manifestado en las sociedades del pasado. A las
caracterizaciones más formales, se sumaban en la España Moderna las jurídicas, económicas, sociales y
culturales. El peso de la ciudad y de lo urbano se expresaba por todas esas dimensiones y por la peculiar
combinación de los rasgos y funciones urbanas desarrolladas en cada núcleo y entorno, dando muestra de
la intensidad del fenómeno urbano. Se analizan aquí –además del vocabulario sobre ciudades y villas- estas
cuestiones participando en el debate sobre la definición de lo urbano en la España Moderna, dentro de su
entorno europeo de referencia; un fenómeno dinámico y afectado por factores de diversa naturaleza en el
tiempo histórico.

Palabras clave: Ciudad, Historia urbana, Funciones urbanas, Europa preindustrial, Red urbana.

Abstract:

Still, there is a great debate on the historical meaning and features of the city and urban worlds that prove
the great diversity of the phenomenon in past societies. Those definitions rooted on the basis of formal
characteristics frequently are insufficient. In early modern Spain demographical, economical, social,
juridical and cultural features built city as well as urban morphology and architecture. Every city was the
result of the specific combination of urban features and functions. These showed how intense the urban
presence was for the building of every city. All these points are analyzed in this article that also deals with
the historical lexicon on the matter to take part in the debates on the definition of the urban presence in early
modern Spain, but within the European context. This was at those times a dynamic phenomenon affected
by features different in nature and in the long run historical perspective.

Key Words: City, Urban History, Urban Functions, Preindustrial Spain and Europe, Urban Network.

Hablar de la ciudad en el Antiguo Régimen nos introduce en un tema complejo.


Todos los historiadores han intentado definir qué es lo que podemos entender por
ciudad en aquélla época y para ello han combinado elementos de diversa naturaleza,
aunque el resultado al que se ha llegado nunca se ha visto libre de polémicas. Si
empleamos el criterio más restrictivo, el jurídico, ciudad es aquel núcleo de población
que había recibido de la autoridad competente el privilegio de ser considerado como tal.
En España no eran muchas.2 A la altura de 1787 había en el conjunto del país,
incluyendo a las islas y a Ceuta y Melilla, 147 ciudades, frente a las 4.370 villas, 9.017

1
Grupo de Historia Moderna, Universidad de Cantabria, Av. Los Castros s/nº, 39.005, Santander, España.
Correo electrónico: forteaj@[Link]
2
Tomo los datos del Censo de 1787 “Floridablanca”, Madrid, 1987-1991, 6 vols.

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Anuario IEHS 24 (2009)

lugares y algo más de 6.000 entidades de población de otra naturaleza que también
pueden contabilizarse en el censo de Floridablanca. Por lo que respecta a su localización
110 de estas ciudades se emplazaban en la Corona de Castilla y 37 en la de Aragón. En
su mayor parte eran núcleos de realengo, hasta un total de 117, pero también podían
contarse otras 18 ciudades de señorío laico, 7 de señorío eclesiástico y 3 de Órdenes.
Las ciudades coronaban una jerarquía de comunidades compuesta también por villas y
lugares cuya distinción puede fundamentarse en una mezcla de criterios jurisdiccionales
y preeminenciales. Francisco Suárez señalaba a este respecto en su De Legibus la
existencia de tres tipos ciudades, que él llamaba máximas, mayores y menores. Las
primeras eran las sedes arzobispales y las segundas las episcopales. Las últimas, en
cambio, se caracterizaban por carecer de tribunales propios y, por lo tanto, por depender
jurisdiccionalmente de las anteriores. Parece claro, entonces, que para Suárez el criterio
que permitía distinguirlas era el jurisdiccional y que, en su opinión, sólo podían
considerarse propiamente ciudades a las sedes de los obispados y de los arzobispados.
No obstante, advertía también que "no es esencial a la ciudad, ni siquiera a la
propiamente dicha, que tenga obispo". "Las ciudades –continuaba afirmando– son más
antiguas que los obispos. Luego la existencia de obispo presupone la ciudad, no la
constituye. Es más, antiguamente, –concluía– en muchas ciudades no había obispos,
sino sólo en las más populosas".3
Las observaciones de Suárez son completamente pertinentes a los efectos que
ahora nos ocupan, pues, si bien es cierto que en España todas las sedes episcopales
tenían jurídicamente la condición de ciudad, no todas las ciudades eran sedes
episcopales. En 1787 había 63 poblaciones en las que se daban los dos supuestos. El
primero es, desde luego, el caso de las urbes más antiguas, en las que casi siempre es
difícil saber cuál de las dos situaciones a las que aludía Suárez precedió a la otra. Parece
ser que ambos procesos fueron a la par y así ocurrió durante las fases más expansivas
de la Reconquista. De hecho, 49 de los 63 núcleos de población en los que se daban esas
dos circunstancias en 1787 gozaban ya de ellas antes de 1300 y otras 5 lo consiguieron
en el transcurso de la Guerra de Granada. Lo normal fue entonces que los pontífices
procedieran a la restauración de antiguas sedes episcopales situadas en lugares que ya
habían sido civitates en el periodo tardorromano o visigodo, o que las crearon de nuevo
en otros emplazamientos que se convirtieron por ello mismo en ciudades.
Ahora bien, en torno a 1787 existían asimismo en España 84 ciudades que no
eran sedes episcopales y que, por lo tanto, surgieron como tales por la sola voluntad de
los soberanos ya fuera por necesidades defensivas, en recompensa a servicios prestados
o, simplemente, por precio. Unas pocas, en torno a la decena, aparecieron antes de
1400. Más –hasta 35– fueron las instituidas en el siglo XV, sobre todo en Castilla, de
la mano de monarcas como Juan II, Enrique IV o los Reyes Católicos y las demás se
irían incorporando con posterioridad, sobre todo, durante el reinado de Felipe IV. Los
Borbones no modificaron de forma significativa la jerarquía de comunidades sobre la

3
De Legibus, III, ix, 16, p. 125-126. En Italia, sin embargo, la conexión entre ambas variables parece más
estrecha. Vid. G. Chittolini, "‘Quasi-città’. Borghi e terre in area lombarda nel tardo medioevo". Società
e Storia, 47, 1990, p. 3-26.

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que se estructuraba el Reino. A lo largo del siglo XVIII sólo 4 villas se convirtieron en
ciudades en la Corona de Castilla –10 en el conjunto de España–, mientras que el
número de lugares que pasaron a ser villas en ese mismo territorio se limitó a 48, de
entre las cuales 37 lo consiguieron en tan sólo un año: 1789.4 Los motivos de esa
promoción fueron muy variados. Santander e Ibiza la consiguieron en 1755 y 1782
respectivamente, después de que los pontífices las hubieran constituido en cabezas de
los respectivos obispados. Mataró, Cervera, Jijona, Fraga y Peñíscola, sin embargo, la
debieron a la fidelidad que mostraron a la causa de Felipe V durante la guerra de
Sucesión. Por su parte, San Roque, fundada por la población que huyó de Gibraltar
cuando la plaza fue tomada por los ingleses, recibió de manos del mismo monarca en
1708 todos sus honores y privilegios y, con ellos, el título de “muy noble y más leal
ciudad de San Roque, donde reside la de Gibraltar”. Algeciras, conquistada en 1344 y
abandonada veinticinco años después, volvería a poblarse en 1704, también con vecinos
procedentes de Gibraltar y como lugar dependiente de San Roque, hasta que se le
concedió en 1755 el título de ciudad. Almansa, finalmente, lo conseguiría en 1778 de
manos de Carlos III.
La conversión de una villa en ciudad no provocaba cambios sustanciales en su
condición jurídica fuera del ámbito eclesiástico. Es obvio, sin embargo, que las
poblaciones beneficiadas recibían con ello un honor muy particular. Así había ocurrido
siempre. Clemente VIII al convertir a Valladolid en nueva sede episcopal con su bula
Pro excellenti, emitida en 1595, decidió también que la villa fuera “ennoblecida con el
nombre de ciudad y su dicha iglesia colegiata con el título y honor de catedral”,5 lo que
forzó a Felipe II a concederle aquella misma distinción acto seguido. Siglo y medio
después se repetiría idéntica secuencia de acontecimientos. La bula Romanus Pontificex,
librada por orden de Benedicto XIV el 12 de diciembre de 1754, daba a Santander el
título de ciudad tras erigirla en cabeza de Obispado. Meses después, Fernando VI,
alegando que era “correspondiente y conforme a la práctica que el lugar destinado para
villa episcopal se distinga con el título de ciudad”, decidía “condecorar” con esa
preeminencia a la hasta entonces villa de Santander.6 Podríamos decir, por lo tanto, que
ser ciudad ennoblecía a la población que gozaba de semejante privilegio, por lo que la
presión que tantas comunidades mostraron desde fines del siglo XIV por conseguir ese
status podría equipararse, mutatis mutandis, al afán que la sociedad de la época
mostraba por diferenciar rangos en el seno de estamentos y corporaciones con el objeto
de escalar posiciones en las jerarquías del honor. Tanto esa así que las propias ciudades
trataban de diferenciarse entre sí. Desde luego, no era igual tener obispo que carecer de
4
H. Nader, Liberty in absolutist Spain. The Habsburg sale of towns, Baltimore, 1990 (Appendix A,
Group 4), p. 222. J.E. Gelabert, “Cities, towns and small towns in Castile, 1500-1800”, en P. Clark (ed.),
Small towns in Early Modern Europe, Cambridge, 1995, p. 272.
5
M. Sangrador Vitores, Historia de la muy noble y muy leal ciudad de Valladolid, desde su más remota
antigüedad hasta la muerte de Fernando VII, Valladolid, 1854, p.106.
6
J. Simón Cabarga, Santander, biografía de una ciudad, Santander, 1979 (4ª ed.), p. 421-422. J.E.
Gelabert, “Caesaris Caesari et Dei Deo. La concesión del título de ciudad a Santander por Benedicto XIV
(12, diciembre, 1754)”, en M.R. García Hurtado (ed.), Modernitas. Estudios en homenaje al profesor
Baudilio Barreiro Mallón, A Coruña, 2008, p. 329-349.

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él, ser ciudad “cabeza de Reino” que no serlo, tener voto en Cortes que no disponer de
él, aunque a ellas pudieran acudir también villas, como de hecho lo hizo Valladolid, que
lo fue hasta 1595 y que, como Madrid, villa y Corte durante todo el periodo que
estamos analizando, tuvo siempre voto en el parlamento castellano. Es más, los
regimientos de las ciudades que eran metrópolis y cabeza de provincia tenían
reconocida autoridad de grande y como a tales les escribían los reyes dándoles cuenta
de los negocios “grandes y arduos” y ningún señor de título, que no fuera grande, podía
precederle en el asiento. Es más, Felipe II en su famosa pragmática de las cortesías de
1586 reservaba únicamente a las ciudades castellanas que fueran cabeza de Reino el
tratamiento de señoría, provocando con ello el descontento que cabe imaginar entre las
que no lo eran.7
Castillo de Bovadilla, cuando equiparaba en su conocida obra a las ciudades de
Castilla que eran “cabeças de Reyno” con las metrópolis y cabezas de provincia
mencionando expresamente a Burgos, León Granada, Sevilla, Murcia, Córdoba, Jaén,
y Toledo y situaba tras ellas a las demás de voto en Cortes8 , no hacía sino hacerse eco
de la existencia de una jerarquía urbana que estaba refrendada por la costumbre y por
cuya conservación o adquisición pugnaban todas ellas.9 Baste señalar, para recordarlo,
las querellas de precedencia que en cada apertura de Cortes enfrentaban entre sí a
Burgos y a Toledo, a las que se añadieron ocasionalmente León, Sevilla y Granada, que
se complicaría enormemente cuando se hizo espacio en las nuevas Cortes de los
Borbones a algunas ciudades de la Corona de Aragón. A las celebradas en 1724, por
ejemplo, acudieron dos del reino de Valencia –la propia capital y Peñíscola–, cinco del
de Aragón –Zaragoza, Tarazona, Calatayud, Borja y Fraga– y otras seis del principado
de Cataluña –Barcelona, Tarragona, Lérida, Gerona, Tortosa y Cervera–. A la lista se
añadiría Teruel en 1773, mientras que otras ciudades catalanas –Vic o Mataró–,
aragonesas –Huesca– y valencianas –Alicante– vieron frustradas sus pretensiones a este
respecto.10
Pues bien, la incorporación de las que lo consiguieron se produjo según un
orden preestablecido contra el que reclamarían todas, tanto las castellanas como las
aragonesas, las catalanas o las valencianas. Prueba adicional de esa tensión por la
precedencia es el hecho de que las ciudades de la Corona de Aragón pugnaran también
por conseguir una quinta plaza en la Comisión de Millones, que tras la desaparición de
la Diputación de las Alcabalas en 1694 había pasado a convertirse en el órgano de

7
J. Castillo de Bovadilla, Política para corregidores y señores de vasallos [Estudio preliminar por
Benjamín González Alonso], Madrid, 1978 (2 vols. Reprod. facs. de la ed. de Amberes de 1704), Vol. 2,
Lib. III, Cap. VIII, n. 20, p. 122. Vid. la “Premática en que se da la orden y forma que se ha de tener y
guardaren los tratamientos y cortesias... y en traer coroneles y ponellos en cualesquier partes y lugares”,
Madrid, Archivo Histórico Nacional, Biblioteca Auxiliar, 1464 (10), Fol. ms., 50-53, Actas de las Cortes
de Castilla, tomo. IX, petición LXII, pp. 457-58.
8
J. Castillo de Bovadilla, Política… op. cit., Vol. I, Lib. I, Cap. II, p. 15.
9
E. Benito Ruano, La prelación ciudadana. Las disputas de precedencia entre las ciudades de la
Corona de Castilla, Toledo, 1972.
10
P. Molas Ribalta, “Las Cortes de Castilla y de León en el siglo XVIII”, en Las Cortes de Castilla y León
en la Edad Moderna, Valladolid, 1989, p. 147.

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representación del Reino en el hueco de Cortes, esto es, en los periodos entre sesiones.
Cierto es que en la Corona de Aragón no se pagaban millones, pero sus ciudades
argumentaron que contribuían con otros servicios equivalentes, lo que les daba derecho,
en su opinión, a participar en la Comisión, lo que finalmente les fue concedido en 1712.
No era una mera cuestión protocolaria. Ocupar el primer puesto a la derecha del rey en
las solemnes aperturas de las Cortes, tener en ellas el primer voto, disponer de un
asiento fijo en las salas donde se celebraba sus sesiones o gozar en los grandes
acontecimientos y celebraciones oficiales de honores que se reconocían a los grandes
no eran, desde luego, cosas de menor importancia para la mentalidad de la época.11
El título de ciudad, en cualquier caso, encubría situaciones de muy diversa
naturaleza. Dejando de lado el caso de las poblaciones que se convertían en ciudades
por haber sido promovidas a la condición de sedes episcopales, parece claro que los
monarcas concedían semejante título sin prestar atención a consideraciones de otra
naturaleza, como la potencia demográfica o económica de la población beneficiada. Ser
ciudad era esencialmente un honor, por lo que su concesión se explicaba en principio
dentro de la lógica del intercambio de servicios por privilegios que era tan característica
de la mentalidad de la época. No puede sorprendernos, entonces, que hubiera ciudades
muy pequeñas –Osma tenía 712 habitantes en 1787, Alcudia 938 y Purchena 949– y
que, inversamente, pudiera haber villas muy grandes. Madrid, desde luego, era la
mayor, con los 190.000 habitantes que pudo llegar a tener, según Carbajo Isla, a fines
del siglo XVIII.12 Tampoco puede extrañar que el título de ciudad se concediera a
poblaciones que se acababan de fundar, como San Roque, o de refundar, como
Algeciras. El tamaño, en realidad, no tuvo originariamente demasiada importancia en
la reflexión sobre la ciudad, que se definía más bien por su antigüedad, por ser sede de
un obispado, por la nobleza de los linajes que la habitaban o por sus privilegios y que
se reconocía sobre todo por sus murallas, pero tener un cierto peso mínimo es
consustancial a toda ciudad. Determinar su nivel constituye, en cualquier caso, un
clásico tema de debate entre los científicos sociales. En su estudio sobre las ciudades
inglesas entre 1500 y 1700 Peter Clark o Paul Slack situaron el umbral de urbanización
en los 2.000 habitantes13 y lo mismo hizo Bernard Lepetit en sus trabajos sobre la
Francia urbana de fines del Antiguo Régimen, siguiendo en esto el criterio elegido por
las autoridades francesas cuando se confeccionó en ese país el censo de 1806 que le
sirvió de base para sus investigaciones.14 Los valores más utilizados oscilan, sin
embargo, entre los 5.000 y los 10.000 habitantes y a ellos nos atendremos.
Pues bien, aplicando este último criterio nos encontraríamos con que 94
poblaciones de las 147 que gozaban en España del título de ciudad en 1787 tenían más
de 5.000 habitantes, cifra ésta a la que habría que añadir otras 100 villas que también

11
P. Molas Ribalta, “Las Cortes ….”, op. cit., p. 149.
12
M. F. Carbajo Isla, La población de la villa de Madrid: desde finales del siglo XVI hasta mediados
del siglo XIX, Madrid, 1987, p. 227.
13
P. Clark, P. Slack, English Towns in transition 1500-1700, Londres, 1979.
14
B. Lepetit, “In search of the small town in early nineteenth-century France”, en P. Clark (ed.), Small
towns in Early Modern Europe, Cambridge, 1995, p. 50-76.

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superaban ese nivel. Si el umbral de urbanización lo situáramos en los 10.000


habitantes, el número de ciudades se reduciría a 44, a las que se habría que añadir otras
12 villas que se encontraban en el mismo caso. En definitiva a fines del Antiguo
Régimen habrían existido en España entre 56 y 194 poblaciones que podríamos
considerar ciudades atendiendo a sus dimensiones. El criterio es, desde luego, arbitrario
y, por ello mismo, discutible. Como es bien sabido, historiadores, sociólogos y
economistas han subrayado dos órdenes de problemas a este respecto. El primero apunta
al hecho de que retener cualquiera de las magnitudes señaladas más arriba como
umbrales de urbanización, cuanto más la segunda, nos llevaría a negar hasta fechas muy
recientes la existencia de verdaderos rasgos de mundo urbano en el norte de España, del
País Vasco a Galicia. El segundo, por el contrario, advierte de que su aplicación
mecánica conduciría a una valoración por exceso de la urbanización de otros territorios,
como Andalucía, donde es posible encontrarnos con tasas de urbanización, medidas con
criterios exclusivamente cuantitativos, superiores a un 50% de la población total, pero
que se reducirían enormemente si los combináramos con otras variables, esta vez
funcionales. En definitiva, si nos atuviéramos a la ocupación mayoritaria de sus
habitantes, muchas de las grandes poblaciones de Andalucía no serían verdaderas
ciudades, sino agro-ciudades, esto es, concentraciones de jornaleros y trabajadores del
campo en núcleos de población de considerables dimensiones.15
Tal conclusión plantea, sin embargo, algunas reservas. De hecho, la discusión
en torno a la naturaleza del fenómeno urbano en el Antiguo Régimen merece un
planteamiento más complejo. Max Weber, por ejemplo, consideraba que la ciudad se
definía por la combinación de elementos tales como tener murallas, mercado, tribunal
propio y derecho, por lo menos, parcialmente privativo, carácter de comunidad y
autonomía y autocefalia propia.16 Podría argüírseme, sin embargo, que la ciudad de la
que hablaba Weber era la ciudad medieval y que algunos de sus elementos constitutivos,
como la muralla, habían perdido valor probatorio a la altura del siglo XVIII, por mucho
que los diccionarios y enciclopedias de la época, incluyendo la de Diderot y
D’Alambert, se siguieran refiriendo a ellas en sus definiciones de ciudad.17 La muralla,

15
Sobre la tasa de urbanización en el norte de España, vid. R. Lanza, “L’urbanisation du Nord de l’Espagne
à la fin de l’Ancien Régime, 1752-1857”, en G. Saupin (ed.), Villes Atlantiques dans l’Europe
Occidentale du Moyen Âge au XXe siècle, Rennes, 2004, pp. 101-120 y “Ciudades y villas de la cornisa
cantábrica en la época moderna”, en J.I. Fortea Pérez (ed.), Imágenes de la diversidad. El mundo urbano
en la Corona de Castilla (siglos XVI-XVIII), Santander, 1997, pp. 165-200. Vid. también del mismo
autor, “Auge y declive de las cuatro villas de la costa de la mar en la época de los Austrias”, en J.I. Fortea
Pérez (ed.), Transiciones. Castro Urdiales y las Cuatro villas de la Costa de la Mar en la Historia,
Santander, 2002, p. 93-138. Sobre las agro-ciudades, vid. E. Llopis Agelan, M. González Mariscal, “La tasa
de urbanización en España a finales del siglo XVIII: el problema de las agrociudades”, Asociación
Española de Historia Económica. Documentos de Trabajo, AEHE-DT 0602, Madrid, 2006
[[Link]
16
M. Weber, Economía y Sociedad. Esbozo de sociología comprensiva, México, II, p. 949 y 1014-1018.
17
En la Encyclopédie se comienza definiendo la ciudad –la ville- como “un assemblage de plusiers maisons
disposées par rues & fermées d’une clôture commune, qui est ordinairement de murs & de fossés. Mais pour
définir une ville plus exactement, c’est une enceinte fermée de murailles qui renferme plusiers quartiers,
des rues, des places publiques & d’autres édifices”. Así es como puede ser definida la ciudad en sus

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en cualquier caso, apenas si se adivina, por ejemplo, en la Vista de Madrid desde la


pradera de San Isidro que pintó Goya en 1788, mientras que prácticamente es casi lo
único que se ve de la villa en el dibujo que Jan de Wyngaerde hizo de ella en 1561. 8 1
Por su parte, Clark y Slack señalaron hace ya algún tiempo hasta cinco rasgos
definitorios de las ciudades inglesas en el periodo pre-industrial: el carácter concentrado
de la población, una función económica especializada, una estructura social compleja,
un sistema sofisticado de gobierno y una cierta capacidad de influencia sobre su entorno
más inmediato.19 Esta vez la objeción podría venir del hecho de que el marco
cronológico en el que se sitúan termina en 1700. No obstante, en fechas más recientes
Lepetit trazó un completo panorama del mundo urbano sobre Francia entre 1740 y 1840,
en el que las ciudades quedaban identificadas y jerarquizadas como resultado de un
análisis factorial que combinaba 29 variables distintas. Pues bien, 12 de entre ellas se
referían al “armazón administrativo” de cada ciudad, es decir, a la presencia o no de
instituciones de la administración civil, religiosa o militar, 10 a su equipamiento cultural
y a sus facilidades de comunicación o de intercambio en sentido amplio, medidas en
cada caso a través de la existencia o inexistencia de universidades o colegios,
consulados mercantiles o ferias, servicios de correos y de postas, acceso a vías de
navegación, etc. y otras 7 específicamente relacionadas con las actividades de
producción propiamente dichas.20
De hecho, el uso de criterios demográficos o económicos para definir la ciudad
en el Antiguo Régimen, siendo de indudable utilidad, obedece más a los intereses de los
historiadores que a las preocupaciones de los contemporáneos. El tamaño, por ejemplo,
tardó en imponerse como criterio y cuando empezó a valorarse su importancia no
siempre mereció una aprobación unánime. Ciertamente, los tratadistas de la época,
sobre todo los de formación aristotélica, hablaban con frecuencia de la grandeza de una
ciudad, pero, al hacerlo, no se referían tanto a su populosidad como a la facultad y
potencia de sus habitantes para lograr el fin por el que cualquier ciudad existía, que no
era otro que lograr el bien común de todos ellos. Ahora bien, la consecución de tal
objetivo era normalmente entendida como un problema de gobierno para cuya solución
el tamaño podía ser una dificultad añadida. La variable crítica para definir la grandeza

aspectos materiales o arquitectónicos, lo que, como señalaba Diego de Covarrubias en su Tesoro de la


lengua castellana o española (Madrid, 1977) responde al término latino urbs por oposición al de civitas,
que hace referencia a la ciudad en tanto que comunidad política provista de privilegios y autoridades
propias. También el Diccionario de Autoridades (Madrid, 1976) decía que “materialmente significa los
muros, torres y demás edificios de que se compone”. Obviamente esos dos diccionarios y con mucha más
extensión la Encyclopédie se extendían también en la consideración de la ciudad, como civitas. La mención
a la muralla es, en cualquier caso, general hasta fechas muy tardías.
18
En los diccionarios históricos de fines del siglo XVIII los muros dejan de ser consustanciales a la ciudad.
En uno de ellos se decía, por ejemplo, que la ciudad es “un agregado de casas, plazas y barrios, tanto si este
conjunto está cerrado por un recinto de murallas y bastiones que impiden su crecimiento, o si ocupa un
territorio abierto”. A. Quatremere de Quincy, Dictionnaire historique d'architecture comprenant dans
son plan les notions historiques, descriptives, archéologiques... de cet art, Paris, 1832, Cit. por R. Pavia,
L’idea di città. XV-XVIII secolo, Milán, 1982, p. 178-179.
19
P. Clark, P. Slack, English towns…, op. cit., p. 5.
20
B. Lepetit, Les villes dans la France Moderne (1740-1840), Paris, 1988.

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de una ciudad no era en realidad la abundancia de sus habitantes, sino la de sus


ciudadanos, entendiendo por tales, en la tradición aristotélica, a aquellas personas que
pudieran intervenir directa o indirectamente en sus instituciones gubernativas o en sus
tribunales de justicia en pos de ese recto gobierno a cuya consecución aspiraba toda
comunidad política.21 Desde este punto de vista Sevilla, por ejemplo, podía ser
considerada una ciudad más grande que Madrid, y no por otra razón sino porque en esta
última, “fuera de la Corte, no hay tantos (tribunales), aunque haya mayor número de
gente”. Así se expresaba Pérez de Mesa hacia 1630.22 Definitivamente, pues, “gran
ciudad” no quería decir lo mismo que “populosa ciudad”. Antes al contrario, tener
abundancia de magistrados y oficios públicos, ser “suficiente” en todas las cosas
necesarias para la vida y gozar sus habitantes de un adecuado conocimiento mutuo era,
y no su número, lo que hacía verdaderamente grande a una ciudad. En definitiva, la
ciudad mediana de tamaño era la que reproducía en la tradición aristotélica el modelo
ideal de ciudad.
No quiere esto decir que los criterios cuantitativos fueran ignorados. La
abundancia de población es muchas veces citada en las historias urbanas de los siglos
XVI y XVII como signo de la importancia de una ciudad.23 Por otro lado, cuando en
1595 Clemente VIII convirtió a Valladolid en sede episcopal apelaba para justificar su
decisión, entre otros motivos, a que era “tan populosa [...] y tan calificada que excede
en mucho a muchísimas ciudades del Reino de España”. Por su parte, Giovanni Botero
definía la ciudad en su famosa e innovadora obra Delle cause della grandezza delle
cittá, publicada por primera vez en 1598, como una “raggunanza d’huomini, ridotti
insieme per vivere felicemente, e grandezza di cittá si chiama, non lo spazio del sito, ó
il giro delle mura, ma la moltitudine de gli habitanti e la possanza loro”.24
La cuestión del tamaño cobraba, en concreto, singular importancia en el caso
de las capitales. Todas ellas, sin excepción, mostraban como rasgo más llamativo el ser
ciudades grandes, en el sentido de muy populosas. Se trataba, además, de ciudades que

21
Aristóteles, Política, Edición de Julián Marías y María Araujo, Madrid, 1983, Libro III, Caps. 1-5, p. 67
y ss. Repite casi literalmente estas ideas D. Pérez de Mesa, Política o razón de estado; edición crítica por
L. Pereña y C. Baciero y la colaboración de V. Abril, A. García y F. Maseda, Madrid, 1980, p. 40. Sabido
es que semejante concepto de ciudadano fue rechazado por Bodino. Para éste, el verdadero ciudadano es
“el súbdito libre que depende de la soberanía de otro”. A otro nivel se situaría el ciudadano entendido como
aquél habitante de la ciudad “que tiene derechos de cuerpo o de colegio u otros privilegios semejantes que
no comparte con los habitantes de los campos”. El concepto clave es el de soberanía. Todos los ciudadanos
son súbditos del soberano. De esta relación surgen obligaciones mutuas, obediencia y fidelidad en el caso
de los súbditos ciudadanos; “justicia, consejo, ayuda y protección” en el del soberano. Bodino establecía,
así, una dualidad en la concepción de ciudadano. Todos eran igualmente súbditos del soberano, pero cada
uno dependía de él diferentemente en razón del status de que gozara. Vid. J. Bodin, Los seis libros de la
República. Selección, traducción y estudio preliminar de Pedro Bravo Gala, Madrid, 2006 (especialmente
Cap. I, Libro I, p. 34 y ss.). Vid. también P. Costa, Civitas. Storia della cittadinanza in Europa. 1. Dalla
civiltá comunale al Settecento, Bari, 1999, p. 73-80.
22
D. Pérez de Mesa, Política… op. cit., p. 279.
23
S. Quesada, La idea de ciudad en la cultura hispana de la Edad Moderna, Barcelona, 1992.
24
G. Botero, Della ragion di stato e delle cause della grandezza delle città, Venecia, 1598 (Bolonia:
Arnaldo Forni, imp. 1990), p. 309 y ss.

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experimentaron a lo largo del periodo de tiempo considerado un crecimiento


demográfico bastante intenso. Ahora bien, esta circunstancia y, sobre todo, las
consecuencias derivadas de la forma en la que habían crecido y del tipo de población
que habían atraído, las convirtieron en objeto de reprobación entre muchos tratadistas
de la época y no por otra razón sino porque, debido sobre todo a su tamaño, eran muy
difíciles de gobernar. Para un aristotélico como Diego Pérez de Mesa, por ejemplo, las
reservas que planteaba la gobernabilidad de las grandes ciudades tenían una base moral.
La muchedumbre de habitantes que había en ellas dificultaba el mutuo conocimiento,
y servía de tapadera al vicio y al delito. Sólo las ciudades medianas y sustentadas en la
virtud podían ser, en su opinión, bien gobernadas. Los problemas que causaba el tamaño
de la ciudad cobraban, desde luego, dimensiones más concretas en ámbitos tales como
el del abastecimiento de sus mercados, el de la higiene, el de la vialidad y la
construcción o el del orden público. Se trata de cuestiones todas ellas sobre las que
especularía ampliamente una ciencia que por entonces estaba en vías de constitución.
Me refiero a la de la policía. Pues bien, uno de sus fundadores, el francés Nicolás
Delamare, autor de un Traité de la Police, publicado en 4 volúmenes entre 1707 y 1738
y que tuvo amplio impacto en la España del siglo XVIII, mostraba una marcada
preferencia sobre las ciudades de mediano tamaño. Las muy pequeñas eran
comunidades en extremo dependientes y las muy grandes resultaban difíciles de
disciplinar. No era, desde luego, fácil librarse de la influencia de los clásicos, sobre todo
de Platón y de Aristóteles, a la hora de hablar de la ciudad.25
Dicho esto es obvio, sin embargo, que las cosas comenzaban a cambiar. El
crecimiento de las ciudades se iba imponiendo como un hecho irreversible y, por tanto,
variaba la actitud de los tratadistas ante los problemas que planteaban las dimensiones
que podían alcanzar. Ya en 1733 Charles Irenée Castel de Saint Pierre o, más
simplemente, el abbé de Saint Pierre, escribía un opúsculo titulado Avantages que doit
produire l’agrandissement continuel de la ville capitale d’un État en la que se hacía una
encendida defensa del tamaño de las capitales. “Il est de l’intérêt du roi et de l’État
–decía– de favoriser toujours l’agrandissement de la capitale y de n’y mettre de bornes
que celles qu’y peut mettre la difficulté d’y subsister aussi commodément et aussi
agréablement à tout prendre que dans les autres lieux”.26 No importa que las razones que
invocara en apoyo para justificar su postura fueran, a veces, harto polémicas, como
cuando afirmaba que las grandes capitales eran más sumisas a la autoridad que las
pequeñas, o que protegían mejor contra las guerras civiles. Es más, los problemas de
orden público que se solían asociar a las ciudades populosas alimentando las reticencias
que los tratadistas mostraban habitualmente hacia ellas no le hacían moderar el muy
positivo juicio que le merecían. En su opinión, bastaba para solucionarlos con que se

25
N. de Delamare, Traité de la police: ou l'on trouvera l'histoire de son établissement, les fonctions et
les prérogatives de ses magistrats, toutes les lois et tous les reglemens qui la concernent, on y a joint
une description historique et topographique de Paris ..., avec un recueil de tous les statuts et reglemens
des six corps des marchands ..., París, 1707. El último volumen apareció después de su muerte.
26
Ch.I. (abad de) Castel de Saint Pierre, Ouvrages de Politique, vol. 4, Amsterdam, 1733, pp. 102-164.
Cit. por M.G. de Molinari, L’Abbé de Saint Pierre. Sa vie et ses œuvres, París, 1857, p. 178.

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aumentaran las dimensiones de las fuerzas de orden en proporción al número de


habitantes del lugar considerado.27 El escrito del abbé de Saint Pierre revela, por tanto,
hasta que punto el concepto de ciudad iba cambiando y con él el del orden social y el
de los medios que había que emplear para mantenerlo. Bernard Lepetit observó hace ya
algún tiempo en relación a este punto que en las enciclopedias francesas de fines del
siglo XVIII dejó de concebirse el mundo urbano como un continuum para empezar a
establecer en su seno una superposición de niveles en el que las dimensiones de la
ciudad cobraban singular importancia a la hora de establecerla.28 Se coronaba, de esta
forma, una evolución que se había iniciado aun antes, entre los llamados aritméticos
políticos, entre los cuales ocupa una posición destacada William Petty. Pues bien, sus
Two Essays in Political Arithmetic concerning the People, Housing, Hospitals &c. of
London and Paris, aplicaban una por entonces todavía novedosa sociología cuantitativa
que se basaba en los principios del “number, weight and mesure” para demostrar la
superioridad demográfica de Londres sobre París y sobre cualquier otra ciudad europea
de la época.29
Con todo, es preciso relativizar esta cuestión a la hora de acercarnos a la
comprensión del fenómeno urbano. Gregory King, por ejemplo, otro aritmético político,
consideraba al filo de 1700, que el tamaño era lo que permitía distinguir entre las
ciudades y los demás núcleos que no lo eran, pero incluía entre las primeras a las
market-towns, que, en sus niveles inferiores, podían llegar a tener tan sólo unos 600
habitantes.30 Valorar lo que Braudel llamaba el peso mínimo de cualquier ciudad es, por
tanto, una cuestión delicada.31 En efecto, en la ciudad no se valora sólo la abundancia
de su población, sino también la contigüidad de su caserío, rasgos todos ellos que
parecen determinar de por sí un tipo de comportamiento demográfico que es
específicamente urbano.32 Las ciudades, además, por su propio tamaño, presuponen la
existencia en su seno de una cierta heterogeneidad social que las distingue de las aldeas
y que es, a su vez, fruto de la multiplicidad de funciones que asumen y causa de unas
formas de sociabilidad que también le son propias. El criterio demográfico, por tanto,
no puede usarse de forma aislada. Ha de asociarse a otros y, en concreto, al funcional.
Ahora bien, ¿qué es lo que podemos entender por funciones urbanas? La
pregunta puede ser considerada superflua, pero las respuestas que se han dado a esta
cuestión son más diversas de lo que cabría imaginar. Para un pensador aristotélico las

27
Cit. por P. Clark, Capital cities and their hinterlands in early modern Europe, Hants, 1996, p. 11.
28
B. Lepetit, “La noción de ciudad: su evolución (1650-1850) en los cuadros y descripciones geográficas
de Francia”, en ib., Las ciudades…, op. cit., p. 13-27.
29
Sobre la filiación intelectual de este planteamiento, que aplicaba al estudio de la sociedad el modelo de
las ciencias de la naturaleza y, en concreto, sobre la influencia de Bacon y Hartlib, vid. S. Reungoat,
William Petty, observateur des Îles Britanniques, París, 2004, p. 46 y ss.
30
P. Clark, P. Slack, English towns…, op. cit., p. 5.
31
F. Braudel, Civilisation matérielle, économie et capitalisme, XVe - XVIIIe siècles, París, 1979, 3 vols.,
T. 1: “Les structures du quotidien, le possible et l'impossible”, p. 423.
32
V. Pérez Moreda, D.S. Reher, “Hacia una definición de la demografía urbana: España, 1787”, Revista
de demografía histórica, XXI, I, 2003, segunda época, pp. 113-140.

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cosas estaban claras. La función última de la ciudad era conseguir el bien común de sus
habitantes. Por eso es por lo que aquélla era idealmente concebida según el modelo de
la comunidad perfecta, esto es, autosuficiente y, como tal, se la consideraba provista de
todo lo necesario para conseguir tan elevado fin. Se trata, como vemos, de un concepto
de ciudad bastante abstracto. Las cosas, sin embargo, podían ser planteadas de otra
manera. Carl Shorschke ha subrayado a este respecto que en el siglo XVIII se difundió
también por toda Europa la idea de la ciudad-virtud,33 concepto éste con el que el
historiador americano pretendía enfatizar, lejos de cualquier consideración moralizante,
la capacidad de civilización que, desde su punto de vista, los philosophes atribuían a las
ciudades. Voltaire, por ejemplo, destacaba de ellas tres elementos fundamentales: la
libertad, el comercio y la cultura. Ahora bien, no era el industrioso burgués el impulsor
de esos valores de cuya conjunción surgía la civilización, sino el aristócrata pródigo
que con sus refinados modos de vida daba trabajo a multitud de artesanos, favorecía el
comercio y difundía entre las clases inferiores unos ideales de vida que fomentaban el
gusto por el trabajo y la frugalidad como único medio con el que ascender socialmente
y poder disfrutar de los lujos de las clases superiores. De esta forma, la aristocracia
había hecho de la ciudad, de sus formas de vida y de sociabilidad, incluso de su propia
red viaria y del aspecto de sus edificios, una extensión de la cultura palaciega con la que
se identificaba.34 Había sido, en definitiva, el asentamiento de la aristocracia en la
ciudad –hecho éste indisolublemente unido, en la opinión de Voltaire, a la acción del
Estado, circunstancia que no podemos olvidar– lo que había convertido a la ciudad en
un espacio civilizador desde el que era posible difundir el dictado de la razón y los
refinamientos de la civilización.
Voltaire estaba haciendo, en realidad, un elogio del lujo, que los tratadistas del
siglo XVIII vinculaban a las ciudades y, en concreto, a las capitales.35 Obviamente, los
juicios que merecía tal asociación no eran siempre positivos. Los fisiócratas, por
ejemplo, mostraban muchas más reticencias hacia los efectos nocivos que para la
agricultura –el único sector de la economía que consideraban verdaderamente
productivo– podía tener el excesivo crecimiento de las capitales y la concentración en
ellas de los propietarios. Baste para comprobarlo con acercarse a la obra de Quesnay
o de Mirabeau.36 No obstante, a los efectos que ahora nos ocupan, compartían con
muchos de sus coetáneos la idea de que la aristocracia había tenido un papel
fundamental en los orígenes de toda ciudad. Cantillon, por ejemplo, señalaba hacia 1735
en su Ensayo sobre la naturaleza del comercio que “si un príncipe o un señor fija su
33
C. E. Schorske, “The idea of city in European thought”, en O. Handlin, J. Burchard (eds.), The Historian
and the City, The Massachusetts Institute of Technology and Harvard University, 1970, pp. 96-98. Se
inspira en obras como “Le Mondain”, publicadas en 1733.
34
C. E. Schorske, “The idea…”, op. cit., passim. Obviamente este planteamiento es el que retomará Norbert
Elias en su famosa obra, La sociedad cortesana (Madrid, 1993).
35
Vid. a este respecto las observaciones de W. Sombart, Lujo y Capitalismo, Madrid, 1979, pp. 41-44.
36
Vid. F. Quesnay, Questions interessantes sur la population, l’agriculture et le commerce proposées
aux Académies & autres Sociétés savantes des Provinces, en V. de Riquette (marqués de) Mirabeau,
L’ami des hommes ou traité de la Population, vol. 2, partie IV (Reimpresión de la edición de Avignon,
1756-1760), Scientia Verlag Aalen, Darmstadt, 1970, p. 67-72.

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lugar de residencia en algún lugar agradable y otros nobles deciden ir también a vivir
allí a visitarse con frecuencia y a gozar de una agradable sociedad, ese lugar se
convertirá en una ciudad [...] porque el servicio de esos señores precisará de panaderos,
carniceros, cerveceros, comerciantes de vino y de artesanos de todas las clases [...]”.
Había, además, un tipo de ciudad que experimentó un desarrollo extraordinario en los
siglos XVII y XVIII en el que este proceso adquirió, con peculiaridades propias, la
máxima intensidad. Me refiero una vez más a las capitales. El mismo Cantillon
subrayaba al respecto que

“una capital se forma de la misma manera que una ciudad de provincias, pero con una
diferencia: que los mayores terratenientes viven en la ciudad, que el rey y el gobierno
supremo residen allí y allí gastan todas las rentas del estado; que los tribunales
superiores de justicia también tienen allí su sede; que (la capital) es el centro de la
moda que sirve de modelo a todo el país, que los propietarios que viven en provincias
no dejan de acudir ocasionalmente a la capital a pasar una temporada y que allí
envían a sus hijos a que reciban una educación más esmerada, que todas las tierras del
reino contribuyen más o menos al mantenimiento de los que residen en la capital”.37

Un componente burocrático se añadía, por tanto, al propiamente nobiliario


como causa del crecimiento de toda capital.38
Cantillon consideraba, en definitiva, que la vida de cualquier ciudad descansaba
en tres pilares fundamentales: la propiedad de la tierra y, por tanto, la renta, la
administración y determinadas actividades económicas que, en cualquier caso, tienen
más que ver con los intercambios que con la producción propiamente dicha. Es, por lo
tanto, entre los propietarios, los magistrados y, por extensión, los oficiales de la
administración, y los burgueses, en donde hay que encontrar los fundamentos de la
ciudad en el Antiguo Régimen. No se trata, además, de grupos que estuvieran
escindidos entre sí. Antes al contrario; todos ellos estaban unidos por el común
denominador de la propiedad. Todos ellos eran propietarios y, por tanto, todos ellos
eran rentistas o estaban en proceso de serlo. Claro está que, por cuanto esas actividades
no mostraban el mismo nivel de desarrollo en todas las ciudades podremos hablar de
diferencias de potencial urbano entre unas y otras. Pero lo que interesa subrayar a los
efectos que ahora nos ocupan es que, para los contemporáneos, fue la acumulación de
propietarios, la presencia de actividades económicas ligadas al comercio más que a la
producción, y, sobre todo, las funciones administrativas y las formas de cultura y de
sociabilidad a ellas anejas, las que mejor definían el fenómeno urbano en el Antiguo
Régimen. Planteado así el problema, es obvio que el tamaño tiene en principio una
importancia relativa en la determinación de lo que teóricamente puede entenderse por
ciudad, pues las funciones socioeconómicas y socioculturales que se le consideraban
propias podrían ser encontradas incluso en poblaciones de reducidas dimensiones.

37
R. Cantillon, Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general (con un estudio de W.S. Jevons),
México, 1950 (1978 reimp.), p. 20-23.
38
La expresión es de M. Berengo, “La città di Antico Regime”, en A. Caracciolo, Dalla cittá preindustriale
alla cittá del capitalismo, Bolonia, cop. 1975, p. 25-54.

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Agulhon39 y Lepetit40 han podido analizar a este respecto la ubicuidad del fenómeno
urbano en la Baja Provenza en el primer caso, y en el conjunto de la Francia
mediterránea en el segundo, hasta fines del Antiguo Régimen. Será sólo a partir de
mediados del siglo XVIII –en Inglaterra aun antes– cuando los criterios cuantitativos
empiecen a cobrar mayor importancia y será, por tanto, desde entonces, cuando el
número y la intensidad de la función acaben por reemplazar a la visión cualitativa de
la ciudad que había predominado durante tanto tiempo.
No existe, a mi conocimiento, ningún trabajo que aplique a las ciudades de la
España Moderna con carácter general una metodología semejante. El debate en torno
al mundo urbano en nuestro país está en exceso polarizado en la consideración del
tamaño o de las funciones económicas desarrolladas por las ciudades, minusvalorando
las propiamente administrativas y culturales en el sentido que los antropólogos dan a
la palabra.41 Parece claro, sin embargo, que la consideración de variables como las
descritas introduciría matices de interés en la comprensión del fenómeno de las agro-
ciudades o ayudaría a replantear el debatido problema de la desurbanización de Castilla
en el siglo XVII, entendida a menudo como consecuencia directa de su coetánea
desindustrialización. Quiero decir con ello que el esquema smithiano de desarrollo
urbano en la España del Antiguo Régimen merece cierta revisión. Algunas sugerencias
a este respecto se van acumulando en los últimos años.42 Y es que, en definitiva, el
modelo de ciudad que surja como consecuencia de la revolución industrial –esa ciudad-
vicio que, por seguir utilizando la interpretación de Schorske, habría reemplazado en
la mentalidad de los contemporáneos y, entre ellos en la de Rousseau, a la ciudad-virtud
de los ilustrados– o los criterios que se utilicen para caracterizarlo, no deberían ser
aplicados sin reservas para definir el fenómeno urbano en sociedades perfiladas en
función de sus propios valores.
El siglo XVIII es, por tanto, un momento de transición que iba introduciendo
tensiones en un mundo urbano en proceso de transformación por todas partes. También
en España nuevas realidades se imponían sin por ello desplazar a las antiguas en un
mapa urbano que muestra signos de continuidad con respecto al pasado, pero en el que
también apuntan algunos elementos de cambio. Concretar esta imagen deja, sin
embargo, un amplio margen para la incertidumbre, pues es preciso para ello retomar
convenciones al uso sobre los umbrales de urbanización y transigir con muchas de las
deficiencias que muestran fuentes que a menudo son incompletas, que normalmente

39
M. Agulhon, “La notion de village en Basse Provence vers la fin de l’Ancien Régime”, Actes du 90e
Congrès national des Sociétés savantes (Nice, 1965), Section d’Histoire Moderne et Contemporaine,
vol. I, París, 1966, p. 277-301.
40
B. Lepetit, Les villes…, op. cit., p. 123-172.
41
R.G. Fox, Urban Anthropology. Cities in their cultural settings, New Jersey, 1977.
42
Vid. la reconsideración de sus propias interpretaciones hechas por D. Ringrose, “Historia urbana y
urbanización en la España Moderna”, Hispania, LVIII/2, 199 (1998), p. 489-512. Vid. también J.I. Fortea
“Les villes de la Couronne de Castille sous l’Ancien Régime: une histoire inachevée”, Revue d’Histoire
Moderne et Contemporaine, 41-42, p. 290-312 (1994) [Trad. esp. “Las ciudades de la Corona de Castilla
en el Antiguo Régimen: una revisión historiográfica” (1995), Boletín de la Asociación Española de
Demografía Histórica, XIII, 3, p. 19-59].

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Anuario IEHS 24 (2009)

resultan poco homogéneas y que están siempre demasiado distantes en el tiempo. Con
todo, merece la pena intentarlo, a condición, naturalmente, de renunciar a una exactitud
engañosa para centrar la atención más en las tendencias que sugieren las fuentes que en
los niveles que establecen. Se trataría, más bien, de contabilizar los puntos de
concentración de la población existentes entre las fechas extremas que hayamos elegido
y observar el sentido de su evolución. El resultado es claro. Hacia 1787 esos puntos de
concentración eran más numerosos que antaño o, dicho de otra forma, en España había
entonces más ciudades que en el siglo XVI y, en su conjunto, estaban más pobladas.
También parece que la población tendió a concentrarse en las poblaciones más grandes,
al menos en algunas regiones.43 Ahora bien, como la población total también había
crecido, la tasa de urbanización resultante se mantuvo aproximadamente estable y,
además, esos puntos de concentración demográfica no eran en 1787 los mismos que dos
siglos antes, ni tampoco se repartían uniformemente por todo el territorio.
En efecto, 55 ciudades de las 98 que superaban los 5.000 habitantes en 1591 en
la Corona de Castilla se situaban en 1787 por debajo de ese nivel. No obstante, otras 43
estaban más pobladas en la última de las fechas citadas y a ellas habría que añadir 55
más que superaron ese umbral en algún momento después de 1591, presumiblemente,
pero no siempre, en el transcurso del siglo XVIII. La población urbana total había
aumentado, por tanto, pero hubo lugares en donde este proceso no tuvo lugar. En
Castilla-León y en Extremadura disminuyó en términos absolutos y relativos. De entre
las ciudades castellanas sólo Burgos, Palencia y Salamanca estaban más pobladas en
1787 de lo que habían estado en 1591. Tres más superaron los 5.000 habitantes por
primera vez entre ambas fechas, pero otras ocho se habían despoblado, a veces de forma
notable.44 En Extremadura, las pérdidas de población afectaron a ocho ciudades y las
ganancias sólo a dos, no siendo más de otras tres las que aparecen por primera vez en
1787 con más de 5.000 habitantes. La población urbana creció en las demás regiones,
singularmente en Murcia y en la cornisa cantábrica, zona esta última donde a fines del
siglo XVIII podían situarse ya hasta ocho ciudades que superaban ese volumen de
población, cuando dos siglos antes no había ninguna. Resumiendo, la tasa de
urbanización había descendido en 1787 respecto a los niveles alcanzados en 1591 en
Castilla-León y en Extremadura, se había mantenido en Andalucía, había crecido de
forma moderada en Castilla-La