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Tema 3 Rel Cul Val

religion cultura y valores

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Tema 3: El cristianismo y el diálogo con la cultura, raíces cristianas de la civilización

occidental

3.2. El diálogo, el primer paso para la unión entre los pueblos

La Declaración de la Iglesia sobre las religiones no cristianas, Nostra Aetate, fue promulgada en
el Concilio Vaticano II por el papa Pablo VI. Se trató de un hecho histórico, puesto que era la
primera vez que la Iglesia tomaba partido para abordar esta cuestión acerca de otras profesiones
de fe. Este documento recoge las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas,
extendiéndose en su parte central en la escisión del judaísmo. Sirve para comprender la
revelación de Jesucristo e iniciar el diálogo con otras religiones no cristianas, partiendo desde lo
que todas ellas puedan tener de verdad y bien.

Este diálogo entre las diversas creencias busca, en definitiva, encontrar al hombre en su esencia
para trabajar desde esa perspectiva, la paz entre los pueblos. La diversidad religiosa se asienta
sobre la base de que toda creencia o religión debe aprender de las otras, cuestionarse
recíprocamente y cooperar mutuamente.

El Concilio Vaticano II, además del documento Nostra Aetate, promulgó la constitución
dogmática Lumen Gentium la cual reflexiona sobre la misión de la Iglesia respecto a las religiones
no cristianas.

Algunas veces resulta un tanto difícil distinguir entre religiones propiamente dichas y creencias
y establecer una clasificación entre ellas no resulta una labor sencilla.

Hay religiones claramente definidas como el cristianismo, el judaísmo, el Islam, el budismo. Pero
hay otras que más bien las podemos definir como filosofías de vida como el hinduísmo, el
bahmanismo, el sintoismo, el taoismo, el animismo y otras son perversiones religiosas como el
satanismo, el vudú, el budismo tibetano, la hechicería, la santería, el reiki, el yoga, la New Age,
sectas destructivas, masonería, etc. Por tanto, nuestro trato debe ser muy prudente para evitar
errores que tienen efectos muy peligrosos. Y creencias políticas y económicas que quieren
imponerse como dogmas de fe: cambio climático, reducción de la población, inmigración
incontrolada, Agenda 2030 y sus ODS, la ideología de Género, animalismo… que responde a
otros intereses ateos, ONU, OMS etc…

La necesidad de un diálogo interreligioso e intercultural


«La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la
Iglesia se hace mensaje; la iglesia se hace coloquio» (Pablo VI, 1964a). Con estas palabras, Pablo
VI actualiza el mensaje de Jesucristo de llevar la buena noticia a todas las naciones.

Nostra aetate exhorta de nuevo a que «con prudencia y caridad, mediante el diálogo y
colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana,
reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores
socioculturales que en ellos existen» (Pablo VI, 1965).

Conviene diferenciar entre el ecumenismo y el diálogo con los no cristianos. El ecumenismo


busca la unidad entre las Iglesias y comunidades cristianas, mientras que el diálogo con los no
cristianos no pretende esa incorporación o unión, sino que a través del principio de libertad
religiosa se respeta la adhesión a cualquier creencia como un derecho del hombre y anhela
trabajar conjuntamente en solucionar los grandes problemas de la humanidad.

El término “ecumenismo” se ha entendido como diálogo a favor de la unidad de los cristianos


(Iglesia católica y Hermanos separados o Iglesias cristianas). El Concilio Vaticano II elaboró un
documento sobre el ecumenismo titulado Unitatis redintegratio con el objeto de fomentar dicha
unidad. Complemento a este término tenemos el de “diálogo interreligioso”, que busca el trato
recíproco constructivo entre las religiones o movimientos espirituales que no tienen una raíz
cristiana en común. No pretende la incorporación o la unión bajo la forma de una religión única
valida para todos.

Los cristianos tienen la obligación de tender la mano al diálogo y a la búsqueda de la verdad.

¿Podemos decir que todas las religiones son igualmente válidas o verdaderas?

No. Pero la Iglesia nos impulsa por un lado a buscar en otras religiones, culturas y confesiones
las “semillas de Verdad” y, por otro lado, trata de abrir en diálogo con dichas religiones, culturas
y confesiones, a la búsqueda y encuentro de la Verdad Absoluta y Plena revelada en Cristo
“Metafísico por excelencia”, en la religión católica.

El Concilio Vaticano II afirma que “La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas
religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir,
los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña,
no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia
y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la
Vida" (Jn., 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios
reconcilió consigo todas las cosas” (Nostra aetate, 2).
¿Hay que conceder el mismo valor a todas las religiones? No todas las religiones tienen el
mismo valor

- Tolerancia dogmática. El dogma no se puede rebajar ni suprimir. Esta supondría rebajar


el dogma o no tener en cuenta ciertos dogmas con el objeto de fomentar una supuesta
conversión. Si se da el mismo valor a todas las religiones…. Se larva el indiferentismo- La
Iglesia condena la “tolerancia dogmática”, pues la verdad no es más que una sola.

- Tolerancia civil. Pero la Iglesia si es defensora de la “tolerancia civil”, pues predica el


amor a todos los hombres, incluso a los que yerran. Lo que hay que hacer es procurar
como Cristo, ganarse al otro. Cristo viene a salvar, no a condenar. Creer que el
cristianismo es la religión verdadera no implica imponerla a los demás, ni menospreciar
la fe de los otros, ni nada parecido. Es más, la fe cristiana que confiesa a Cristo, como
verdadero Dios y verdadero hombre, respeta como hace el mismo Cristo, la libertad de
los demás. No se puede imponer la religión a alguien que no la desea. La gracia supone
la libertad.

3.3. Acercamiento a las distintas tradiciones y creencias religiosas; el cristianismo, el judaísmo,


el islam y el budismo

Cristo y los demás fundadores de religión:

1. Jesús de Nazareth afirma su condición divina. Esto de absolutamente único en la


historia de la humanidad. Es el único hombre, que en su sano juicio, ha afirmado de sí
mismo ser Dios. Los grandes fundadores como Confucio, Lao-Tse, Buda, Mahoma e
incluso los profetas del A.T, como Moisés y Elías… jamás confesaron ser Dios o igual a
Dios. Mahoma se revela como profeta de Alá, Buda afirma que había sido iluminado,
Confucio y Lao-Tse predicaron una sabiduría. Sin embargo, Jesucristo afirma ser Dios.

2. Los gestos de Jesucristo eran propiamente divinos. Lo que de entrada sorprendía y


tocaba a las gentes era la autoridad con que Cristo hablaba, por encima de cualquier
otra autoridad, aun de la más alta que tenían, que era la de Moisés. (Curaba, expulsaba
demonios, resucitaba muertos, multiplicaba panes, peces, vino; Calmaba tempestades,
caminaba sobre las aguas, Y sobre todo muere por nosotros y resucita de entre los
muertos) Nadie más ha sido capaz de hacer estas obras divinas.
3. Los fundadores de religión – Mahoma, Buda, Confucio – lanzan un movimiento
espiritual que una vez puesto en marcha, puede desarrollarse con independencia de
ellos. Sin embargo, la religión cristiana no puede nunca desarrollarse sin la presencia
activa de Jesucristo en todos y cada uno de los redimidos. Cristo no indica simplemente
un camino, ni tampoco es portador de una verdad, como cualquier otro profeta, sino
que es Él mismo el “Camino, la Verdad y la Vida”. Adherirse a Él es adherirse a Dios
mismo.

El cristiano no aprende las verdades cristianas en abstracto, y cumple unas normas


dictadas, no es una mera ética, una moral o una filosofía de vida. No se trata de hacer
meros actos rituales o acciones delimitadas, sino que se encuentra con la persona de
Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y a través de Él, y con Él, descubre la
intimidad divina de un Padre que es concelebrado por el Hijo y el Espíritu Santo, tres
Personas Divinas, que constituyen único Dios verdadero. Es más, en Cristo, como afirma
san Pedro, llegamos “a ser participantes de la naturaleza divinas” (2 Pe 1, 4).

3.4.El cristianismo, el gran legado de Europa:

El legado cultural que Europa ha recibido de los primeros cristianos sienta sus bases entre los
siglos I y IX. Las grandes obras surgen en un ambiente de apertura hacia un horizonte
sobrenatural por descubrir.

La herencia de las culturas grecolatinas fue integrando la fe cristiana, dando lugar a un amplio
marco cultural europeo que se desarrollará hasta nuestros días. El cristianismo configuró las
mentes y estableció la vida social de occidente.

En los primeros siglos del cristianismo, los monasterios ejercían la labor de difusión de la fe
recogida en expresiones culturales como la arquitectura, el canto religioso, la lengua latina y el
pensamiento humanista. Podemos afirmar que la singularidad de occidente pervive gracias a la
herencia cultural cristiana.

No pocos historiadores consideran que Europa nace con el Edicto de Milán, firmado por
Constantino el año 313. Siglo y medio más tarde, cuando el viejo Imperio sea desbordado y
troceado por los bárbaros, la Iglesia permanecerá en pie como una institución autónoma, no
política, con sus propios principios de pensamiento y régimen interno. Esa autonomía le
permitirá mantener la unidad espiritual y cultural en el mundo latino, y ser maestra y guía de
los nuevos pueblos. De hecho, la gran prueba de romanización de los reyes germanos, desde
Clodoveo, fue su conversión al Cristianismo. La religión común logró entonces que el nuevo
conglomerado político se reconociera a sí mismo en el término y en el concepto Cristiandad,
vigente hasta que en el Renacimiento se empezó a hablar de Europa.

Los monjes benedictinos fueron hombres de oración, pero también de libro y arado. Progreso
intelectual y progreso técnico en tiempos de los bárbaros. Los monasterios, organizados como
explotaciones agrícolas y ganaderas, llegaron a ser las unidades económicas más rentables de
Europa, y quizá del mundo. De su ejemplo aprendieron los campesinos que su trabajo podía ser
un ejercicio de virtud, y se adaptaron en lo posible al ritmo de vida monacal, en torno al trabajo,
la oración y el descanso. Así, con la adopción de esos criterios se fue forjando Europa, obra de
la oración, la técnica y el trabajo de cristianos que centraban sus vidas en Dios.

Cuando Roma se hunde, la Iglesia –dice Chesterton– transforma el barco hundido en un


submarino que atraviesa los Siglos Oscuros, hasta resurgir recién pintado y deslumbrante, con
la Cruz en alto. Exprimiendo esa imagen, podemos añadir que los monasterios serán también –
en ese mundo atomizado, inseguro y rural– submarinos que llevarán a cabo una incomparable
labor educadora.

La fe cristiana y el nuevo canon de estética:

Los primeros cristianos llegados a Europa desde Asia abrieron nuevos horizontes que inspiraron
un concepto nuevo (respecto a lo que había anteriormente) del ser supremo que trasciende lo
creado, dando lugar a un nuevo concepto estético y ético: lo sublime. A partir de ahí, la cultura
se entiende como un diálogo entre el hombre y el ser supremo que deja de ser abstracto y se
convierte en concreto y personal.

Sentido profundo de la vida religiosa:

El nuevo concepto de trascendencia generó un nuevo canon estético alejado del mundo griego
y ajustado al criterio de bondad ética como baremo de nuestra conducta. «Por tanto, sed
perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo, 5).

Fueron san Agustín de Hipona y santo Tomás de Aquino quienes supieron fusionar la herencia
platónica de los griegos con la idea cristiana del ser absoluto. Este influjo del cristianismo se
plasmó en las diferentes artes, representando la trascendencia y configurando la vida social.

La idea de trascendencia, unida a la de infinitud, enriqueció la experiencia estética con el


concepto de lo sublime. El criterio de bondad ética se fundamenta en la perfección absoluta del
Ser Infinito, considerada como la medida de nuestra conducta…. Santidad como fin del
cristianismo.

Arquitectura:

La evolución de la arquitectura a través de los siglos transcurrió en función de las necesidades


espirituales de las comunidades cristianas. Así pues, podemos entender los movimientos
culturales a través de los siglos:

Paleocristiano: Baptisterio San Juan de Letrán - Románico: Iglesia Santísima Trinidad - Gótico:
Notre Dame - Renacentista: Vaticano - Barroco: Basílica Sta. María de la Salud - Rococó: Palacio
Catalina Pushkin - Neoclásico: Puerta de Alcalá

Las primeras construcciones propiamente cristianas fueron las basílicas que, aunque de
concepción romana, cambiaron su ordenación de manera que prevaleciera la horizontalidad en
el plano para dirigir la mirada y el corazón hacia el altar. El arte europeo no se entiende sin el
cristianismo, por los temas y por su espíritu. Evolucionó en función de las necesidades de la
comunidad cristiana y del tipo de espiritualidad, expresada en diferentes formas plásticas. Se
extendió junto con otras manifestaciones culturales a través de las peregrinaciones y de la
expansión de las órdenes religiosas.

Artes plásticas: Las artes plásticas reflejan también el sentir del pueblo cristiano, la figura
paternal de Dios, la figura amable de Jesucristo y los símbolos principales del Espíritu Santo
(paloma, llama, nube, viento, etc.).

Música: La música llega a occidente a través del canto gregoriano en los monasterios.

Ciencia: Las leyes del universo pivotan en torno a la idea de la creación del mundo de manera
ordenada por Dios, sometida a leyes.

Literatura: Es muy grande el legado literario que recurre conscientemente al horizonte


sobrenatural en busca de una trascendencia.

3.5. Construyendo una Europa de ideales

Recordemos que las raíces de la cultura cristiana europea se asientan sobre la tradición
grecolatina, así como el inmenso patrimonio judío. Por ello, los grandes centros del saber cómo
las escuelas y universidades tienen lugar en las catedrales, donde, en sus inicios, los grandes
pensadores cristianos transmitían sus estudios filosóficos, basados en las ideas árabes y judías y
siempre al amparo de la Iglesia. Notables pensadores cristianos pusieron las bases de una
filosofía bien articulada y transmitieron a Occidente el pensamiento árabe y judío. Escuela de
Traductores de Toledo. Maimónides, Avicena, Averroes…

La labor cultural de las misiones en América:

La Europa medieval contribuyó de sobremanera a la expansión de la fe cristiana por los


diferentes pueblos. Fueron los misioneros quienes, además de transmitir las enseñanzas del
Evangelio, supieron hacer llegar el amplio patrimonio cultural al nuevo continente.

Durante el Siglo de Oro, y como fruto del esplendor de las universidades, religiosos de la
Universidad de Salamanca sometieron la conquista de América a una revisión desde el punto de
vista moral y jurídico. Y de esta forma sentaron, sobre las bases del derecho romano de gentes,
una doctrina que defendiera la libertad del hombre, así como sus derechos naturales. Francisco
de Vitoria es considerado el padre del derecho internacional y fundador de la Escuela de
Salamanca.

Reivindicación y defensa de los derechos humanos:

Desde una mirada al Evangelio y en aras de una coherencia espiritual, la Iglesia siempre ha sido
una firme defensora de los derechos humanos en todas las etapas de su historia. Así acometió:

La defensa de la vida naciente y declinante. La abolición de la esclavitud. La enseñanza de la


importancia de perdonar y ayudar a los enemigos tras la Segunda Guerra Mundial. La defensa
de la dignidad de la mujer y la igualdad de los seres humanos. La recta ordenación del trabajo.

3.6. Una mirada al pasado para construir el futuro:

Tenemos un pasado cristiano, fuente inagotable de energía para configurar el presente de forma
creativa y legarlo enriqueciendo a las generaciones futuras.

Necesitamos tener una idea clara del tipo de ser humano que queremos formar. La asunción del
humanismo cristiano y la apertura a la trascendencia no es una concesión a las Iglesias, sino un
reconocimiento de las fuentes que han hecho de Occidente lo que hoy es y lo que puede llegar
a ser si se desarrolla según los valores del humanismo cristiano, configuradores culturales de la
sociedad europea.

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