Tácito
Tácito
Biografía
Se sabe poco de la biografía de Cornelio Tácito; ni
siquiera se conocen las fechas y lugares de su
nacimiento y muerte o su primer nombre o
praenomen, aunque se le han atribuido sin
suficientes pruebas los de Cayo y Publio. La
mayoría de las referencias sobre su vida que se
poseen se han extraído de su correspondencia con
Plinio el Joven o de sus propias obras.
Se cree que su familia era de origen ecuestre, pues se lo relaciona con un Cornelio Tácito de esa clase
social al que menciona Plinio el Viejo (7.76) como procurador en la Galia Bélgica. Por su edad este no
podría ser el historiador, pero sí su padre o su tío.
Carrera política
Hacia el año 77 inicia su carrera política, que habría de ser muy regular. Él mismo cuenta que la comenzó
con Vespasiano y fue favorecida sucesivamente por Tito y Domiciano.4
En el año 78 se casó con la hija de Cneo Julio Agrícola, el gobernador de Britannia,5 al que habría de
dedicar tras su muerte una monografía. Siendo emperador Domiciano, en el año 88, fue pretor y
quindecenviro responsable del culto y en ese mismo año participó en la celebración de los Ludi
Saeculares. El año 93 falleció Agrícola cuando Tácito y su esposa estaban ausentes de la ciudad y como
Tácito afirma que la ausencia duró cuatro años,6 algunos piensan que desempeñaba algún cargo
administrativo en provincias, en torno a lo cual se han hecho varias conjeturas carentes de solidez.
Fue consul suffectus en el año 97 bajo Nerva para sustituir al cónsul Lucio Verginio Rufo, muerto durante
su mandato,7 cuyo encomio fúnebre se encargó de pronunciar; más tarde, en 112-113, ya bajo el imperio
de Trajano, fue procónsul, es decir, gobernador de la provincia de Asia, según una inscripción hallada en
Mylasa (Turquía).8
Orador e historiador
Su dedicación a la oratoria le ganó muy pronto un alto renombre gracias a su elocuencia; se había
formado en contacto con los mejores abogados de su tiempo, pues él mismo afirmó en su Diálogo sobre
los oradores, 2, que en su juventud había escuchado con una pasión propia de la edad, y tanto en público
como en privado, a Marco Apro y a Julio Segundo, luminarias del foro en esos momentos. No han faltado
quienes piensen en la posibilidad de que de la misma manera que Plinio el Joven hubiera podido ser
alumno de Quintiliano, pero no hay dato alguno que permita asegurarlo, si bien no cabe duda de que los
rasgos del propio Diálogo..., muy diferentes de los que él mismo cultivó en sus obras históricas,
corresponden al pensamiento y estilo del gran rétor, cuya influencia, unida a la de Cicerón, es indudable.
Pero la autoría de a Tácito sobre esta obra ha sido discutida.
No se dedicó a la historia hasta después del año 97, cuando la muerte de Domiciano le permitió
expresarse sin temor. Y esta aplicación al género en su madurez, tras culminar una importante carrera
civil, así como el hecho de que su ideología política esté en el fundamento de su obra, lo aproximan al
perfil de algunos historiadores republicanos como César o Salustio. Para un hombre noble había varias
formas de servir al Estado: la actividad política y la milicia fundamentalmente y, una vez desempeñadas
esas actividades, era beneficioso prestar servicios de otro tipo, como explicar los hechos y situaciones por
los que había pasado Roma. Era lo que afirmaba Salustio (Guerra de Catilina, 3): «Es hermoso obrar
bien con el Estado, sin embargo no carece de sentido hablar bien de él además. Es lícito llegar a destacar
en la guerra y en la paz». La virtus, el conjunto de características que hacen bueno a un hombre, durante
la guerra se basa en el valor. En la paz, escribir historia puede ser también manifestación de esa misma
virtus. Tácito, por su pensamiento y biografía, concuerda en gran medida con estos rasgos.
Obra
Las copias manuscritas que contienen parte de sus obras —apenas un tercio de todo lo que escribió—
derivan de dos manuscritos principales, conocidos como los manuscritos mediceos por haber sido
propiedad de los Médici, la famosa familia patricia de Florencia, famosa por su mecenazgo, y es en la
Biblioteca Laurenciana de esta ciudad donde se custodian. El más antiguo es del siglo xi, y ambos
proceden de la abadía benedictina de Monte Cassino.
Fuera de los textos estragados y perdidos de sus obras históricas, no se han conservado discursos de
Tácito, excepto los que se incluyen en sus obras, a la manera de Tucídides, y de las ideas que exprime su
Diálogo de los oradores. Pero existen algunas referencias indirectas. A propósito del discurso fúnebre en
honor de Verginio Rufo que se ha citado más arriba, Plinio el Joven (Cartas, 2.1.6) afirmaba que el hecho
de que Tácito hubiera hecho muy elocuentemente su alabanza colmaba la fortuna del difunto. Por otra
parte, en tiempos de Trajano se le encomendó junto a Plinio el Joven la acusación por concusión contra
Mario Prisco, quien había sido procónsul de África, y, en una sesión del Senado que presidía el
emperador Trajano, en el desempeño de su tercer consulado, pronunció un discurso al parecer no solo
elocuente, sino solemne (Plinio el Joven, Cartas, 2.11.17).
Obras mayores
Las Historias
Las Historiæ (Historias) narran el periodo que va desde el inicio del segundo consulado de Galba en 69
hasta la muerte de Domiciano en 96. El término historiæ designa la obra historiográfica que relata
acontecimientos de una época más o menos dilatada que acaba en los tiempos en que vive el propio autor.
Desde los reinados justos y florecientes de Nerva y Trajano, tiempos «en que se permite pensar lo que
quieras y decir lo que pienses» (Historiæ, 1.1), se anima Tácito a pasar revista a una época ominosa llena
de infamia. Sabemos que Tácito trabajaba en ellas durante la primera década del siglo ii.
Probablemente constaban de catorce libros. Se han conservado los cuatro primeros y aproximadamente la
mitad del quinto. Tienen su origen en el segundo consulado de Galba (1 de enero de 69), durante cuyo
año el imperio pasa por las manos de tres emperadores, Galba, Otón y Vitelio, hasta que la victoria militar
de Vespasiano estabiliza la situación con la inauguración de la dinastía Flavia. Lo conservado finaliza con
las campañas de Tito contra Jerusalén.
Estos libros primeros parecen contener la base de pensamiento de toda la obra. Fija su atención en el
intento de renovación de la libertad tras la muerte de Nerón, pero no se deja arrastrar por el optimismo al
juzgar la actitud de las legiones. No cabe pensar que tomaran partido por convertir a sus generales en
emperadores por limpio y desinteresado amor a la libertad, sino por afanes más materiales y bastardos.
Presenta la influencia política de la corte de Nerón en los hechos que siguieron a su muerte y el empeño
de ciertos personajes para no perder situaciones privilegiadas.
Destaca la ceguera y crueldad de la lucha civil en este año, hasta el
punto de que se violó la santidad del Capitolio que acabó
destruido a manos de ciudadanos.
Los Anales
Los Anales tienen como título completo Ab Excessu divi Augusti C. Corn. Tacitus et in eum M.Z.
Historiarum Libri (Libros de historias desde la muerte del divino Boxhornii, etc. H. Grotii
Augusto). San Jerónimo escribe de Tácito que «refirió la vida de observationes, Venetiis, apud
los césares en treinta libros desde Augusto a Domiciano». De ello Nicolaum Pezzana, 1672
De los Anales se conservan los cuatro primeros libros, el principio del quinto, el sexto, con excepción de
su comienzo, y luego los libros XI a XVI con lagunas a principio y fin. Los seis primeros están dedicados
al reinado de Tiberio. En la segunda parte conservada se incluyen los reinados de Claudio desde el año 47
y de Nerón hasta el 66.
Como género historiográfico, los Anales se caracterizaban por referirse a hechos alejados del tiempo
vivido por su autor. Los hechos se disponían anualmente, de ahí su nombre. Aunque los Anales de Tácito
se organicen de esta manera, trascienden el género analístico, pues se plantean miras muchos más
amplias, relacionadas con las causas y efectos de los acontecimientos y la influencia en ellos de los rasgos
de carácter y las pasiones de sus protagonistas. En este sentido, tienen mucho de biografía, ya que el
retrato psicológico ocupa un espacio importante en la obra. La primera parte contiene un soberbio —y
tendencioso— retrato de Tiberio. En la parte final los personajes de Nerón y Agripina compiten por el
poder y crean una situación en la que ya no caben hombres como Lucio Anneo Séneca, quien con sus
doctrinas estoicas tanto había contribuido a atemperar las conductas del emperador.
Obras menores
Al comienzo de la obra, en casa de Curiacio Materno, poeta, aparecen reunidos con él otros dos
personajes: el orador Marco Apro, y Vipstano Mesala, experto en retórica. La acción se sitúa claramente
(capítulo 17) en el año 75. Esta fecha es el término post quem para la datación de la obra. Hay quienes
tienden a considerar a partir de este dato que el Diálogo... es obra de juventud o pocos años posterior. Sin
embargo, por sus relaciones estilísticas y de contenido con las Institutiones oratoriæ de Quintiliano y con
el Panegírico de Trajano, no faltan quienes opten por una datación más tardía en los primeros años del
siglo ii.
Materno discute con Apro sobre la primacía de la poesía sobre la oratoria. Luego la discusión se centra
exclusivamente sobre la oratoria. Apro defiende la modernidad y asegura que los oradores de su tiempo
no tienen que hacer concesiones al antiguo estilo de la oratoria republicana, pues los tiempos han
cambiado. Mesala, en cambio, cree en el valor imperecedero de Cicerón y sus contemporáneos. Según él,
en el presente la oratoria está en decadencia a causa del abandono del estudio de los viejos oradores en la
educación de los jóvenes.
El diálogo acaba con una intervención de Materno, el poeta, quien zanja la cuestión con un acertado
criterio histórico: es la diferencia de régimen político la que determina la decadencia de la oratoria. En la
República, una época más agitada, era precisa la elocuencia para hacer carrera política y conseguir
apoyos en las actividades públicas. Desde que Roma vive en una larga paz y estabilidad gracias al
gobierno de los emperadores, no hacen falta buenos oradores. No se puede asegurar que este fuera el
punto de vista del propio Tácito, pero, si así fuera, estaría expresado a la vez con una buena dosis de
ironía y de prudencia para no irritar al emperador. Lo que entre líneas se dice es que, sin un régimen
político libre, la oratoria pierde su función.
La obra fue redactada tras la muerte de Agrícola a los 53 años de edad. Por ello sigue en gran medida la
tradición del elogio fúnebre (laudatio funebris) tradicional que pronunciaba un familiar en el entierro de
los personajes destacados según la tradición romana. Pone su énfasis en las conductas y actuaciones
personales de Agrícola que encajan en el marco de la vieja virtus aristocrática.
Tácito no se limita a tratar de la vida, cualidades y hazañas de su suegro. Siempre está presente su propio
pensamiento, por lo que nos aporta un reflejo de sí mismo. También dedica su atención a lo que supuso el
terrible periodo de gobierno de Domiciano, cuyas ignominias destaca. El final de la obra (cap. 43), en el
que Tácito, aunque no lo suscriba, se hace eco del rumor según el cual la causa de la muerte de Agrícola
había sido un envenenamiento que podía ser atribuido a Domiciano, sirve para completar la imagen
perversa del emperador.
La obra es en general muy objetiva. De sus fuentes literarias Tácito solo menciona a César, pero hay que
añadir a Plinio el Viejo y a otros historiadores y geógrafos. Además de la información literaria, Tácito, de
quien no consta que tuviera conocimiento directo de los pueblos que habitaban Germania, debió de
recopilar las narraciones orales de soldados, mercaderes y viajeros que regresaban del otro lado del Rin.
Una primera parte del librito se dedica al estudio global de los germanos: geografía física, instituciones,
vida privada y cotidiana, aspectos militares, etc. Luego, de forma más detallada, se describen las
peculiaridades de cada etnia por separado. Pero no todo es objetividad en la obra.
Tácito no renuncia a reflejar su visión personal de los germanos y sus relaciones con Roma. Su intención
es mostrar cómo entre aquellos se seguían cultivando virtudes que en otro tiempo imperaron en Roma.
Creía reconocer en ellos los viejos valores de austeridad, dignidad y valor militar que en otro tiempo
poseyeron los romanos, pero que habían venido a menos en tiempos posteriores. Tácito ve con simpatía
ciertas características de estos pueblos: su primitivismo,
proximidad a la naturaleza, pureza y rusticidad. La comparación
con la Roma del momento está siempre presente de forma
explícita o implícita. Y la vieja Roma no sale bien parada por su
espíritu decadente. Sin embargo, no hay que pensar que el autor
profesa una admiración acrítica por los germanos: es consciente de
sus defectos principales, como eran la afición a la bebida y el
juego, la tendencia a la inactividad en tiempos de paz y la
tremenda indisciplina militar.
Las historias de Tiberio, Cayo, Claudio y Nerón, mientras estaban en el poder, fueron
falsificadas por el terror, y, después de su muerte, fueron escritas bajo la irritación de un
odio reciente. Por tanto, mi propósito es relatar algunos hechos sobre Augusto, más
particularmente sus últimos actos, luego el reinado de Tiberio y todo lo que sigue, sin
enfado ni afición, pasiones de cuyas causas estoy muy alejado9 .
Con todo, los componentes filosóficos (sobre todo estoicos) e ideológicos acaban siempre por teñir
cuanto narra. Pero al principio de sus Historias declara cuál es su guía:
«La verdad se veía alterada de muchos modos, en primer lugar por desconocimiento del
Estado, al que sentían como si fuera ajeno; después por el deseo de halagar o, por el
contrario, por el odio contra los poderosos. Y así, entre enemigos y sometidos, nadie se
ha preocupado de la posteridad» (Hist. I, 1)10
Casi toda su obra está dominada por el empeño de destacar las infamias cometidas por la mayoría de los
emperadores desde la muerte de Augusto a la de Domiciano. Este recurso le sirve para resaltar más los
méritos de los modélicos y más recientes Nerva y Trajano. En Tácito impera la ética; no es un buen
conocedor de la milicia, ni de la administración, ni de la economía. No en vano, en su carrera política no
le fueron nunca encomendadas actividades bélicas. Por ello su estudio es desigual: se interesa sobre todo
por los aspectos psicológicos y dramáticos, y se ocupa de la corte imperial, que ofrece una rica materia de
caracteres para el análisis moral; al contrario que Suetonio, al que el horror que describe le parece una
mera curiosidad sensacionalista que no se permite admirar ni condenar, Tácito se ve implicado, quizá a su
pesar, en lo que cuenta: para él sí existen los modelos de virtud.
Su filosofía política presenta vacilaciones. No se decide a escoger entre la antigua noción romana del
estado senatorial oligárquico, dirigido por «los mejores», y la idea helenística de un estado regido por un
monarca. Con todo, sus tendencias estoicas parecen llevarlo a desconfiar de la solidez moral de un
modelo político basado en las decisiones (y, por tanto, la arbitrariedad) de un solo hombre. En numerosas
ocasiones parece añorar la vieja república y su concepto de libertad, aunque sus pronunciamientos en este
sentido estén camuflados lo necesario para no resultar molestos al régimen imperial. Su interés y respeto
por las consistentes virtudes de los bárbaros germanos y britanos está en consonancia con esta
melancolía.
Estilo
Es característico de Tácito el extremo cuidado del estilo. Su lenguaje es acerado, de construcción breve,
muy sintético, dado a la braquilogía. Huye de los periodos cuidadosamente organizados y busca la
asimetría. Todo ello hace muy densa su expresión, de un barroquismo conceptista en el que la agudeza de
la idea prima sobre cualquier tendencia ornamental. No duda en emplear neologismos. Su principal
modelo estilístico es Salustio, y, como este, admira la oscura concisión de Tucídides; aunque, en contra de
lo que hacía aquel, esquiva cualquier rasgo de arcaísmos: muy al contrario, su intención artística se
canaliza en una consciente búsqueda de la modernidad. Los rasgos del lenguaje de Tácito mencionados lo
llevan en ocasiones a un tipo de narración de pincelada grande y suelta, donde se estimula la imaginación
del lector para que supla lo no explicitado.
Tácito considera que los depositarios del poder son los protagonistas de la historia. En consecuencia, da
gran importancia al retrato, en el que destaca los componentes psicológicos y morales. Es poderosísimo,
por ejemplo, el retrato de Tiberio contenido en la primera parte de los Anales. Tácito ha sido capaz de
imponer, a veces por encima de los propios hechos, su visión del personaje.
Siempre trata de crear un clima dramático, para lo que usa las acciones humanas individuales y los
hechos producto del azar. Aunque trate de documentarse y en general respete los hechos, su interés
siempre tiende a la creación de imágenes poderosas, en las que impone sus propias convicciones. No
duda para lograr el efecto deseado en reproducir rumores que él mismo asegura que no tiene
comprobados. Aunque establezca una duda sobre ciertos datos, el simple hecho de mencionarlos está
influyendo en el lector, cuya posición se ahorma según las intenciones del autor. La imagen, pues, se
instala por encima de los argumentos racionales y permanece. Por ejemplo, la que transmitió del incendio
de Roma, la conducta de Nerón y la ulterior y primera persecución de los cristianos (Anales, XV, 44) ha
creado la iconografía más arraigada para estos hechos: la que se ha instalado en la literatura y en el cine.
Tácito no se entretiene en probar la perversidad de Nerón: bastan unas pocas pinceladas tremendistas,
solamente media página, para cubrirlo de oprobio.
No obstante, algunos historiadores consideran a la narración de la persecución de Nerón una
interpolación posterior, introducida probablemente por Sulpicio Severo.11
Aunque su trabajo es nuestra fuente más fiable sobre la historia de su era, la precisión de los hechos que
describe es cuestionada ocasionalmente. Los Anales se basan parcialmente en fuentes secundarias, y hay
algunos errores obvios, por ejemplo la confusión de las dos hijas de Marco Antonio y Octavia la Menor,
llamadas ambas Antonia. Sin embargo, las Historias están escritas sobre la base de documentos primarios
y conocimientos íntimos del período Flavio, y, por lo tanto, se cree que son más precisas. Es más, algunas
de sus monografías son fuentes casi únicas para el estudio de las primitivas tribus germánicas y britanas.
Traducciones al español
Las obras de Tácito fueron divulgadas hacia 1499. Fuera de la traducción inédita y parcial de las
Historias por Antonio de Toledo (1590), entre los traductores antiguos de Tácito al español el primero fue
el caballero flamenco, de origen portugués, Emanuel Sueyro (Las obras de Caio Cornelio Tácito,
Amberes: por los herederos de Pedro Bellero, 1613, reimpresa en Madrid: Viuda de Alonso Martín, 1614
y 1619). Luego Baltasar Álamos de Barrientos (Tácito Español illustrado con aforismos, 1614) tradujo
todas sus obras, acompañándolas de comentarios a los pasajes difíciles; su versión estaba ya acabada,
aunque no impresa, en 1594; posterior fue la muy alabada y difundida, reimpresa incluso en la actualidad,
de Carlos Coloma (1629). Otras muchas fueron menos extensas u ocasionales, por ejemplo, la de Los
cinco libros primeros de los Annales de Cornelio Tacito: que comienzan desde el fin del Imperio de
Augusto hasta la muerte de Tiberio... (Madrid, 1615) de Antonio de Herrera y Tordesillas o, de Juan
Alfonso de Lancina, Comentarios políticos a los Anales de Tacito (Madrid, 1687). Diego Clemencín
publicó Ensayo de traducciones... (Madrid: Benito Cano, 1798) que incluye la Germania, la Vida de
Agrícola y algunos fragmentos de Tácito con un discurso preliminar, en todo lo cual le ayudó José Mor
de Fuentes (aunque este pretendió tras la muerte de Clemencín que la mayor parte de las traducciones era
suya, sin que a fecha actual se pueda dilucidar el problema). Sobre la calidad de estas versiones escribió
Marcelino Menéndez Pelayo en el prólogo de su edición de los Anales (1890) para la Biblioteca Clásica
(pp. 96-97):
En 1957 la Editorial Aguilar imprimió en español las Obras completas de Tácito (dirigida por V. Blanco
García). En 1979 y 1980 la Editorial Gredos publicó la traducción de los Anales (libros I-XVI) realizada
por José Luis Moralejo Álvarez (reeditada en 2001), autor asimismo de una traducción de las Historias
publicada por Akal en 1990 ([Link]
Eponimia
El cráter lunar Tacitus lleva este nombre en su memoria.14
El asteroide (3097) Tacitus también conmemora su nombre.15
Véase también
Suetonio
Notas
a. En latín, P. Cornelius Tacitus.1
Referencias
neque amore quisquam et sine odio
1. PIR2 C 1467. dicendus est. quod si vita suppeditet,
2. Plinio el Joven, Ep.", IX.23.2: Frequenter e principatum divi Nervae et imperium
senatu famam qualem maxime optaveram Traiani, uberiorem securioremque
rettuli: numquam tamen maiorem cepi materiam, senectuti seposui, rara
voluptatem, quam nuper ex sermone temporum felicitate ubi sentire quae velis et
Corneli Taciti. Narrabat sedisse secum quae sentias dicere licet.
circensibus proximis equitem Romanum. 5. Agricola, 9.
Hunc post varios eruditosque sermones 6. Tácito, Agric., 45.3-5: Tu vero felix,
requisisse: 'Italicus es an provincialis?' Se Agricola, non vitae tantum claritate, sed
respondisse: 'Nosti me, et quidem ex etiam opportunitate mortis. Ut perhibent qui
studiis.' Ad hoc illum: 'Tacitus es an interfuere novissimis sermonibus tuis,
Plinius?' constans et libens fatum excepisti,
3. «Encyclopædia Britannica: Publius tamquam pro virili portione innocentiam
Cornelius Tacitus» ([Link] principi donares. Sed mihi filiaeque eius
om/biography/Tacitus-Roman-historian). praeter acerbitatem parentis erepti auget
4. Tácito, Hist. I.1.3-4: Dignitatem nostram a maestitiam, quod adsidere valetudini,
Vespasiano inchoatam, a Tito auctam, a fovere deficientem, satiari vultu
Domitiano longius provectam non complexuque non contigit. Excepissemus
abnuerim: sed incorruptam fidem professis certe mandata vocesque, quas penitus
animo figeremus. Noster hic dolor, nostrum libidine adsentandi aut rursus odio
vulnus, nobis tam longae absentiae aduersus dominantis: ita neutris cura
condicione ante quadriennium amissus est. posteritatis interinfensos uel obnoxios,
Omnia sine dubio, optime parentum, Tácito, Hist. I, 1.
adsidente amantissima uxore superfuere 11. Mordillat, Gérard; Prieur, Jérôme (2008).
honori tuo: paucioribus tamen lacrimis Jésus sans Jésus: la christianisation de
comploratus es, et novissima in luce l'Empire romain ([Link]
desideravere aliquid oculi tui. esussansjesusla0000mord) (en francés).
7. Pliny, Letters, 2.1 (English); Benario in his Éd. du Seuil Arte éd. pp. 44 ([Link]
Introduction to Tacitus, Germany, pp. 1–2. org/details/jesussansjesusla0000mord/pag
8. Inschriften von Mylasa 365, Z. 2 ([Link] e/44)-46. ISBN 978-2-02-079656-9. Consultado
[Link]/inscriptions/oi?ikey=26 el 5 de marzo de 2024.
1172&bookid=512®ion=8): [ἀνθυπά]τω 12. Mellor 2010, p. 3
Κορνηλίω Τακίτω, Trad.: ...bajo el 13. Burke, 1969, pp. 162–163
Procónsul Cornelio Tácitus. 14. «Tacitus» ([Link]
9. Tácito, Anales, I, 1: Tiberii Gaique et gov/Feature/5814). Gazetteer of Planetary
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recentibus odiis compositae sunt. Inde OCLC 44396779 ([Link]
consilium mihi pauca de Augusto et 96779).
extrema tradere, mox Tiberii principatum et 15. «(3097) Tacitus» ([Link]
cetera, sine ira et studio, quorum causas [Link]?sstr=3097) (en inglés). Jet
procul habeo. Propulsion Laboratory. Consultado el 3 de
10. Simul ueritas pluribus modis infracta, septiembre de 2015.
primum inscitia rei publicae ut alienae, mox
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Enlaces externos
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[Link]/Cornelio_T%C3%A1cito) de la Enciclopedia Libre Universal, publicada en
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