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El Culto Moderno A Los Monumentos

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Laura de Alvear

EL CULTO MODERNO A LOS MONUMENTOS

Jesusa Vega.
Universidad autónoma de Madrid.
Laura de Alvear.
Grupo 210.

1
Laura de Alvear

Aloïs Riegl es el presidente de la comisión de Monumentos Históricos. Este libro trata la


conservación del patrimonio artístico desde el punto de vista objetivo y principal de las políticas
culturales. Trata de plantear la problemática de los monumentos con dos aspectos, el culto a los
monumentos actualmente y la voluntad de forma.

Será entre los años 1902 y 1905 cuando dirigirá un proyecto para reorganizar y cuidar los
monumentos históricos de su país, Austria. Fue nombrado presidente de la Comisión Central
Imperial y Real de Monumentos Históricos de Austria. Es aquí donde figura cronológicamente el
texto que nos ocupa, el culto moderno a los monumentos, 1903.

El culto moderno a los monumentos.

El libro se divide en tres apartados; los valores monumentales y su evolución histórica, los
valores rememorativos en relación con el culto a los monumentos y los valores de contemporaneidad
en relación con el culto a los monumentos.

El libro comienza tratando los valores monumentales y su evolución histórica. Se define el concepto
de monumento, que tiene el fin de mantener sucesos en concreto. Diferencia los tipos de
monumentos, de tipo artístico o escrito, dependiendo del grado de conservación en la memoria que
se intente llevar a cabo en ese momento. En cuanto al tipo de obras, se puede excluir aquellas obras
que estén dirigidas al oído y hacer caso únicamente a las que están dirigidas al tacto y a la vista. Se
diferencian dos valores, el artístico y el histórico. El histórico es el más amplio, se refiere a todos y
cada uno de los acontecimientos que ha tenido la historia y nos sentimos obligados a elegir aquellos
que más han marcado más la evolución del ser humano.

Aun así, todo monumento artístico es histórico debido a que representa una parte de la evolución de
las artes plásticas. Inversamente, ocurre igual debido a que cualquier manifiesto evidencia una parte
del arte, y que nos dictaminan los rasgos de aquel momento. Obras de arte que no resultan de un
largo proceso de creación, como puede serlo un trozo de papel, si resulta ser el único documento de
una etapa en cuestión de la historia, pasaría a ser un eslabón esencial en la historia y la historia del
arte.

Es entonces cuando surge la duda de si es únicamente el valor histórico es el que define el


valor artístico. Si fuera así, en realidad se deberían valorar todas las obras de arte de la misma
manera. A veces, al contrario, se valoran obras de arte más recientes debido a su forma o ejecución.

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Laura de Alvear

Se diferencian dos posturas, una antigua y una moderna. En el renacimiento, se abogaba por un arte
que estuviera dentro de los límites de un único canon artístico al que todos los artistas intentan llegar
y nadie consigue alcanzar. No será hasta el siglo XIX, donde se descarte el intento de alcanzar
únicamente la Antigüedad Clásica. En el siglo XX se ha comprendido que todo arte producido en un
momento es irredimible. Así, se van a valorar tanto las obras antiguas como las modernas, debido a
que ambas son testigos de la evolución humana artística. Es por eso por lo que no hay un valor
artístico definido sino un valor relativo, que se va a aplicar dependiendo de la situación.

A partir de aquí, la definición de valor artístico cambia. Según la antigua, se tendrá valor artístico de
una obra cuando tenga respuesta a las exigencias de una estética que aparentemente es objetiva y que
nunca ha sido puesta en duda. Según la otra opinión y la moderna, tendrá valor artístico cuando
cumpla las exigencias del arte moderno y que están muy lejos de ser claras debido a que cambian
debido al sujeto y el monumento en cuestión.

En la definición de histórico, se incluyen los elementos que formaron parte del pasado y que hoy en
día no configuran el presente. Aún así, rasgos del pasado como la religión o ciertas costumbres si que
están presentes de alguna forma actualmente. En la definición de histórico entonces, deberíamos
poder incluir aquellos elementos que configuran nuestro presente de alguna forma todavía. Todo este
proceso de cambio y de desajustes se debe a una falta de beneplácito y necesidad de adecuar a cada
trozo de la historia un nombre. Un monumento despierta en nosotros dos aspectos, el histórico de
aquel momento y el efecto que el paso del tiempo ha tenido sobre el objeto en cuestión, es decir, es
una parte inevitable para producir en el espectador una impresión que provoca en el hombre el
conocimiento del ciclo natural del hombre, de nacimiento y muerte y lo que conlleva. En la historia,
ha habido distintas acepciones sobre el concepto y el valor de los monumentos, denominado como
valor evolutivo que dependiendo de la corriente y las fuentes de las que parta, tendrán una
importancia u otra en el momento exacto.

Del concepto de monumento derivan tres clases de monumentos, los intencionados, los históricos y
los antiguos. Los intencionados son aquellos que se realizaron por voluntad de sus creadores. Los
históricos son los que se refieren a un momento determinado y su elección sólo se basa
subjetivamente. Por último, los antiguos son aquellos que han sido realizado por los humanos con tal
de que sea un ejemplo de manifiesto de la mano humana en la historia. Son en conjunto estadios
subsiguientes de un proceso de ampliación de la definición de monumento.

La segunda parte del libro se refiere a los valores rememorativos de los monumentos y las
exigencias de cada uno que los compone.

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Laura de Alvear

El valor de antigüedad se considera siempre y cuando una obra no sea moderna. Se contará siempre y
cuando el tiempo haya erosionado en sus rasgos generales, que supone un atractivo en obras
únicamente antiguas. Es entonces cuando el dilema de que si una obra moderna está desgastada no
gusta, ¿Qué ocurrirá cuando una obra antigua se haya podido conservar perfectamente?

El propio ser humano prefiere ver el paso del tiempo en las obras antiguas y la apreciación de casi
todos los elementos en las nuevas. Si el objeto en cuestión sufre cualquier tipo de cambio que no
pertenezca al ciclo de vida de la obra, será percibido como aberrante, fingido o artificial (deterioro
prematuro y restauraciones exageradas1). Es uno de los pocos objetivos a los que todo ser humano
ha llegado a un consenso y resulta un proceso natural.

En segundo lugar, el valor histórico es un valor rememorativo que representa un momento de la


historia y que por eso debe de estar en el mejor estado posible. La función del historiador es rellenar
aquellos huecos que faltan por el deterioro del tiempo (policromías griegas en el Partenón). Desde el
punto de vista histórico, todo signo del valor de la antigüedad debe ser eliminado sin alterar el
original para poder abarcarlo mejor. Hay que manejarse con una obra lo menos falsificada posible y
todo cambio producido en ella hasta el momento es irremediable, pero a partir de su descubrimiento,
desde el punto de vista histórico, debe mantenerse lo más cuidado posible para los estudios de
investigación y científicos, por lo que es contrario al valor de antigüedad. Es entonces cuando surge
la duda de que valor ha de prevalecer sobre el otro. En un primer momento, podría decirse que lo
habitual sería que el valor histórico cediera sobre el de antigüedad por ser estar más anticuado. Aún
así, hay partidarios del valor de antigüedad que reconocen el valor histórico como distinguidor de los
estilos, es una fuente de placer estético. El valor de antigüedad le debe al valor histórico su estudio
completo. El valor histórico es comúnmente empleado sobre todo por la población, que distingue de
un monumento antiguo, medieval y moderno. Es por eso, que el valor de antigüedad no se puede
separar por completo del valor histórico, pero este último nunca podrá ``ganar a las masas´´ 2 y sólo
será el liberador del concepto de evolución. El valor histórico es incluso debido del desarrollo de
valor de antigüedad.

Los conflictos entre ambos suelen ser en cuanto a monumentos intencionados, donde el valor de
antigüedad debe dejar al histórico que aprecia objetivamente y de forma más honesta, pareciendo
más importante que incluso la propia evolución. Finalmente, Riegl plantea como decisión, si el valor
documental de una obra es irrelevante, sino transmite nada dentro del terreno histórico deberá pasar

1
RIEGL, Aloïs, El culto moderno a los monumentos, La balsa de la Medusa, Madrid, 2008, pp. 49.
2
RIEGL, Aloïs, El culto moderno a los monumentos, La balsa de la Medusa, Madrid, 2008, pp.58.

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Laura de Alvear

al valor de antigüedad para que esa obra pueda así continuar con su proceso de degradación mediante
los agentes de la naturaleza. Inversamente, si la obra sirve (tratado más adelante) el valor de
antigüedad deberá ser el que deje paso al histórico.

En la parte final del segundo capítulo, Riegl menciona la intervención del hombre como parte
de la naturaleza. Alega que, si un monumento se encuentra en el entredicho de ser destrozado, el ser
humano podría intervenir para evitar que los agentes de la naturaleza lo destruyan de forma
prematura, algo que en cualquier otra situación no sería admitido porque estaría interviniendo en la
evolución del monumento en el tiempo. Es el punto que podrían tener en común valor de antigüedad
y de historia, en todo caso de que el de antigüedad diera más importancia al ser humano como parte
de la naturaleza. Es más, el ser humano ha intervenido siempre en la conservación de monumentos
de forma impasible por momentos en los que, a lo mejor, no había ningún tipo de interés por
conservar obras de arte.

El último valor rememorativo es el valor rememorativo intencionado, que trata desde el inicio del
monumento que se mantenga presente y vivo para el porvenir, eterno en el presente y permaneciendo
en la inmortalidad. Es por eso por lo que va a ser el valor intermediario con los valores de
contemporaneidad. Se busca el cuidado y restauración de todo monumento que pueda estar en
peligro de desaparecer, es decir, monumentos intencionados. Este valor está en continuo conflicto
con el valor de antigüedad, debido a que un monumento no restaurado dejaría de ser intencionado.
Aún estando en conflicto, no tienen en la práctica mucha disputa ya que hay muchos menos
monumentos no intencionados que intencionados.

El último capitulo del libro hace referencia a los valores de contemporaneidad. Afecta a
aquellas obras que se realizaron en el pasado y son aplicadas a la modernidad. Se opta por la obra sin
ningún efecto de la naturaleza, por lo que se presenta en conflicto con el valor de antigüedad. Es por
eso por lo que uno de los dos valores cederá respecto al otro, y es esa la razón de que haya dos
valores de contemporaneidad, el instrumental y el artístico. El valor instrumental trata de tener a
disposición del ser humano el uso que su momento el monumento tuvo, por lo que se llevarían a
cabo distintas restauraciones. Actualmente este valor no se encuentra en tal conflicto con el valor de
la antigüedad debido a que como se ha mencionado antes, el ser humano forma parte de la naturaleza
y es el origen y efecto de las obras. Es por eso por lo que en ocasiones el valor de antigüedad cede en
favor de este valor por darle una funcionalidad a aquellos monumentos que necesiten de
restauraciones menores para que puedan volver a ponerse en uso.

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Laura de Alvear

El otro valor de contemporaneidad; el valor artístico, concierne a aquellas obras que ``responden a
las exigencias de la moderna voluntad de arte3´´. Hay, por consiguiente, dos clases, que un
monumento no puede acatarse a ninguna de las dos de modo completo, el valor artístico de novedad
y el relativo.

El valor artístico de novedad se aplica a aquellas obras nuevas que no han entrado en ningún proceso
de deterioro por la naturaleza. Es por eso, que ninguna obra de arte adquiere un nivel cerrado en su
descomposición por la naturaleza y en caso de someterse a una limpieza de los rasgos de vejez,
estaría en contra de nuevo con el valor de antigüedad y es en realidad, el mayor adversario de este
último. Riegl afirma que este valor de novedad es el de las grandes masas, sin formación cultural,
que aprecian más una obra en estado completamente nuevo porque es así la única forma de que sea
bello, prefieren admirar una obra restaurada y en apariencia actual que una que, con el paso de los
años, ha ido añadiendo historia a su composición. Esta concepción moderna fue aplicada en su
mayoría a lo largo de todo el siglo XIX, buscaban la génesis en apariencia del monumento hasta la
aparición del valor de antigüedad a finales del siglo XIX. Este conflicto no es notorio en
monumentos que no tienen valor instrumental, pero en aquellos que sí, el valor de antigüedad se
enfrenta sin éxito al valor artístico de novedad. La aplicación del valor artístico de novedad se les
niega a aquellas obras con un determinado valor rememorativo, y a aquellas nuevas se les incluso
exige su restauración, eliminación de signos de la edad y su completa diferencia en aspecto con obras
de la antigüedad, tratando de buscar una separación entre ambos valores. Además, el hombre como
agente de la naturaleza erosiona los monumentos bajo una normativa. El abandono de un monumento
provoca en nosotros un aumento de la edad sin quererlo, es por eso por lo que al valor de la
antigüedad se le exige dar paso al valor de novedad y restaurar aquellas obras que no pertenecen al
pasado tan lejano y que sean susceptibles de ser usadas hoy en día.

Este choque de ideas también se manifiesta en el terreno religioso de los monumentos. La iglesia
católica defiende al hombre como ser sagrado, por lo que trabaja junto con el valor de novedad y el
histórico por mantener los monumentos religiosos, que son en muchas ocasiones elementos
constitucionales para llevar a cabo las fiestas religiosas. En contraposición, el valor de la antigüedad
una vez más trata de excluir al hombre y en consecuencia a Dios como elemento de la naturaleza y
en consecuencia como no merecedor de mantener como nuevo los monumentos dedicados al culto.
En esta situación, como muchos monumentos religiosos son empleados para la peregrinación y el
culto, es decir, son instrumentales, el valor de la antigüedad va a ceder en la medida que el de

3
RIEGL, Aloïs, El culto moderno a los monumentos, La balsa de la Medusa, Madrid, 2008, pp. 75.

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novedad decida hacerlo. Riegl termina esta sucesión de ideas calificando que las masas y el clero, al
no ser cultos van a ser partidarios únicamente de lo nuevo y propone la formación para llevar a cabo
el mejor cuidado posible de los monumentos.

Por último, el valor artístico relativo aboga por la apreciación de las obras más que por su historia,
por su forma color y constitución. Desde la modernidad, no existe ningún canon para diferenciar los
monumentos, no poseen un valor artístico para el hombre moderno. En realidad, cuanto más antiguo
y más distancia con lo actual tenga pero que pueda captarnos, será mayormente apreciado, incluso a
veces monumentos que en su tiempo no se apreciaron (Riegl pone de ejemplo la pintura holandesa
del siglo XVII4). Esta situación en un primer momento se justificó alegando que los artistas llegaron
a un valor artístico que hoy en día no se puede alcanzar. Finalmente, en el siglo XX se ha admitido
que no existe un valor artístico absoluto y por lo tanto es inalcanzable.

Hay entonces dos valoraciones de este valor artístico relativo, la positiva que trata de conservarla por
la apreciación que le tenemos, y la negativa, que no merece la pena restaurar porque en su origen no
se consideró como bella. Pero entonces, estaríamos en contraposición con el valor de antigüedad por
un mero valor relativo y no aplicable a todos.

Como última reflexión, Riegl menciona a la Iglesia católica de nuevo. El arte religioso se
fundamenta sobre todo en lo antiguo, sin alegar que no sea arte moderno y por lo tanto aplicable al
valor de novedad. La iglesia se fija sobre todo en lo que representan y trata de defenderse basándose
sobre todo en aquellos períodos donde lo religioso primaba (hasta el Romanticismo). Es por eso por
lo que las principales restauraciones religiosas, sean de períodos donde lo religioso y lo profano no
estaban separados. Riegl, por último, media de darle una libertad a la Iglesia de restaurar obras
pertenecientes al período medieval o gótico entre otros porque debajo de todo ello, hay un arte
moderno y emancipado siempre y cuando la iglesia no entre en conflicto con los intereses públicos.

Conclusión.

Podemos concluir con que este libro trata de acercarnos a una visión completa inalcanzable de las
diferentes posturas respecto a los monumentos, sin determinar cual es la absolutamente correcta,
puesto que no la hay. El ser humano, como agente de la naturaleza, debería ser consciente del resto
de fuerzas de la naturaleza, que afectan de una manera u otra a los monumentos. Es por eso por lo

4
RIEGL, Aloïs, El culto moderno a los monumentos, La balsa de la Medusa, Madrid, 2008, pp. 87.

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que el ser humano, tiene la capacidad de mantenerlos y cuidarlos, con la obligación moral de dejar la
mejor imagen posible para futuras generaciones y permitiendo que sea objeto de estudio.

BIBLIOGRAFÍA.

RIEGL, Aloïs, El culto moderno a los monumentos, La balsa de la Medusa, Madrid, 2008.

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