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Independencia de Brasil en el Siglo XIX

Independencia de Brasil

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Bethel Cap-6 Tomo 5

Historia argentina del siglo XIX (Instituto Superior de Formación Docente Nº 41)

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Unidad 1- Texto 5: Bethel (capitulo 6)

LA INDEPENDENCIA DE BRASIL

A finales del siglo xv, Portugal era un país pequeño, atrasado economicamente y
culturalmente aislado, en el extremo de Europa occidental, con escasos recursos naturales
y con una modesta fuerza naval y militar, pero, al menos en apariencia, con una gran
ventaja: un imperio mundial que se extendía por tres continentes, incluyendo la inmensa y
potencialmente rica colonia de Brasil. Los territorios de Portugal en ultramar. Constituían
una fuente importante de rentas para la corona. Los impuestos sobre la producción, el
consumo y el comercio doméstico, los monopolios del reino, las donaciones voluntarias
(algunas más voluntarias que otras), y los derechos de importación y exportación,
proporcionaban ingresos superiores a los que se necesitaban para administrar y sostener el
imperio. Hasta donde le fue posible, Portugal mantuvo el monopolio del comercio dentro de
su imperio. Y Lisboa y Oporto, además de ser los centros comerciales de los productos
portugueses, servían de puerto para los bienes no portugueses que se exportaban a las
colonias, así como para las importaciones de las colonias que se reexportaban al resto de
Europa. (El oro brasileño también fue un importante artículo del comercio anglo-portugués,
legal e ilegal, durante las tres primeras cuartas partes del siglo xvm.) Iniciaron y pusieron en
práctica una serie de medidas económicas y administrativas destinadas a superar el atraso
cultural y económico de Portugal y a reducir su dependencia económica y política de
Inglaterra. Esto significó para el Brasil, en primer lugar, el establecimiento de mayores con-
troles y en alguna medida la centralización de la administración. El Estado de Grao Para e
Maranhao, un Estado aparte desde 1621, se integró al ampliado Estado do Brasil en 1774
bajo un mismo virrey (cuya sede había sido trasladada de Salvador a Río de Janeiro en
1763). En la práctica, sin embargo, el virrey sólo tenía poderes restringidos fuera de la
capitanía general de Río de Janeiro y sus capitanías subordinadas. La autoridad de los
jueces de distrito y municipales de la corona (ouvidores y juízes de f ora), quienes tenían
funciones tanto judiciales como administrativas, fue fortalecida a expensas, por ejemplo, de
los electos senados da cámara (concejos municipales). Y en particular se mejoraron los
métodos para recaudar impuestos. Pomba y sus sucesores no consiguieron que la industria
minera del interior se recuperara, pero en la década de 1780, en parte como resultado de
sus esfuerzos, la zona costera de Brasil comenzó a gozar de un renacimiento agrícola. 1
Esta recuperación se vio reforzada a finales del siglo xvm por la expansión constante del
mercado de alimentos — el azúcar incluido — y de materias primas — especialmente
algodón, como resultado del crecimiento de la población, de la urbanización y de los inicios
de la industrialización en Europa occidental. Bahía siguió exportando tabaco y azúcar. Y
nuevas exportaciones florecieron en diferentes partes de Brasil; por ejemplo: cacao en Para,
arroz en Maranhao, Para y Río de Janeiro, trigo en Rio Grande do Sul. A finales de la
década de 1790, se exportaban por primera vez significativas cantidades de café desde Río
de Janeiro. (Las exportaciones de café de Río se multiplicaron por siete entre 1798 y 1807,
indicio de los modestos comienzos del ciclo cafetero en la economía brasileña que duraría
más de un siglo.) El comercio de Portugal con el resto del mundo arrojó excedentes durante
todo el período 1791-1807, con la excepción de dos años, y de forma aún más notable, su
comercio con Inglaterra estuvo en superávit desde 1798. El crecimiento económico del
Brasil entre 1780 y 1800, sin embargo, coincidió con, y fue en parte el resultado de, la
Revolución industrial en Gran Bretaña y, especialmente, del desarrollo sin precedentes de
las industrias británicas de textiles y siderúrgica. Algunos historiadores consideran que las

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raíces de la conciencia nacionalista brasileña se encuentran a mediados del siglo xvn, en la


derrota a los holandeses en 1654 — quienes ocuparon el noreste durante un cuarto de siglo
— o aún antes, en las exploraciones de los bandeirantes de Sao Paulo en el interior del
Brasil y los primeros conflictos con España en el Río de la Plata. Un número mayor de
brasileños se educaba en Coimbra y en otras universidades europeas como Montpellier,
Edimburgo y París. comenzaron a escucharse críticas en escala significante, primero, al
sistema mercantilista y a las restricciones que imponía al comercio colonial y, por
consiguiente, a la producción agrícola; en segundo lugar, a los impuestos excesivos; y por
último, a la escasez y a los altos precios de los bienes manufacturados de importación.
Existía así en Brasil una conciencia creciente de los conflictos de interés con la metrópoli —
económicos y políticos, reales y en potencia — y al mismo tiempo conciencia tanto del
relativo atraso económico de Portugal vis á vis su más importante colonia como también de
su debilidad política y militar. Su poder militar era, sin embargo, limitado. Aún en 1800, el
ejército de Brasil consistía sólo en 2.000 soldados, tropas da linha o tropa paga,
comparados, por ejemplo, con los 6.000 que había en Nueva España. Más aún, muchos de
los oficiales eran oriundos de Brasil, miembros de prominentes familias de terratenientes y
militares, y la mayoría de la soldadesca era reclutada en la colonia. La tercera formación
militar, corpos de ordenancas (unidades territoriales), responsables del orden interno y del
reclutamiento del ejército regular, también estaba dominada por la clase terrateniente
brasileña. El descontento por el control económico y político ejercido desde Lisboa y la
hostilidad entre los nativos de Brasil y los portugueses residentes en esta colonia, quienes
monopolizaban la mayoría de los altos cargos oficiales y quienes dominaban el comercio del
Atlántico, adquirió, indudablemente, mayor extensión e intensidad a finales del siglo xvm.
Pero no debería exagerarse. Los brasileños mantenían lazos más estrechos con la
metrópoli y tenían menos motivos de descontento que los criollos de la América española, y
por muchas diferentes razones. Se podía encontrar brasileños trabajando en todos los
rangos medios y bajos de la burocracia, e inclusive en los cargos de magistrados de la
corona y gobernadores, no sólo en Brasil sino en otras partes del imperio portugués, tales
como Goa y Angola, y en el mismo Portugal habían accedido a altos puestos
administrativos. En mucha mayor medida que España, Portugal gobernaba a través de una
clase dominante local directamente comprometida si no en la formulación por lo menos en
la puesta en práctica de las políticas; los atrincherados intereses coloniales rara vez eran
desafiados. En tercer lugar, los lazos familiares y personales que existían entre los
miembros de las élites portuguesa y brasileña se mantenían y reforzaban a través de una
formación intelectual común —predominantemente en la Universidad de Coimbra.
A diferencia de la América española, Brasil no tuvo universidades —ni siquiera imprentas—
durante el período colonial. A diferencia de la mayoría de los hacendados
hispanoamericanos, los senhores de engenho y demás plantadores de Brasil mantenían
fuertes lazos con los comerciantes de la metrópoli, con el comercio del Atlántico y, a través
de los puertos metropolitanos de Lisboa y Oporto, con los mercados europeos. Finalmente,
el reajuste que hizo Portugal de sus relaciones políticas y económicas con sus colonias y la
reorganización imperial que se llevó a cabo durante la segunda mitad del siglo xvm no
tuvieron el alcance de las reformas españolas y no significaron una amenaza directa para el
statu quo ni para los intereses de la élite colonial. La inconfidencia mineira fue sin lugar a
dudas el más serio de los movimientos antiportugueses de finales de siglo xvm. Minas
Gerais era una de las capitanías más importantes y pobladas de Brasil en la década de
1780, pero estaba sufriendo una seria recesión económica mientras se acomodaba a la
caída de la industria minera desde mediados del decenio de 1750 y a la transición a una

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economía mixta de agricultura y ganadería. Era también una capitanía con una rica vida
cultural e intelectual. Algunas de las personas más acomodadas e influyentes de la región
— jueces de la corona, fazendeiros, mercaderes, recaudadores de impuestos, abogados,
sacerdotes, oficiales del ejército— participaron en la conspiración. Eran en su mayoría
brasileños, aunque algunos también eran portugueses. La conspiración, sin embargo, fue
un fracaso. Tras su descubrimiento, sus principales dirigentes fueron arresta- dos, juzgados,
desterrados, y en el caso de Joaquim José da Silva Xavier (conocido como «Tiradentes», el
Sacamuelas) condenado a la horca. La conspiración que se llevó a cabo en Bahía diez años
más tarde fue predominantemente urbana y dio lugar a un movimiento mucho más radical
dirigido a provocar el levantamiento de los mulatos, los negros libres y los esclavos. Sus
líderes eran en su mayoría artesanos (sastres en particular) y soldados. Un pequeño grupo
de jóvenes brasileños, blancos y educados — de modo especial Cipriano Barata de
Almeida— también estuvo involucrado en la conspiración. La clase dominante de Bahía, sin
embargo, no estaba dispuesta a escuchar las exigencias de cambios políticos. La
insurrección de los affranchis (negros libres) y esclavos en Saint-Domingue había servido
de severa advertencia a los dueños de esclavos en toda América de las consecuencias de
la propagación de las ideas del liberalismo, las doctrinas de la igualdad y los derechos del
hombre en las sociedades esclavistas —y el desafío al control metropolitano por parte de
elementos revolucionarios entre la población blanca. Cualquiera que fuese la fuerza de los
lazos que unían a Brasil con Portugal, existía ahora un conflicto fundamental de intereses,
finalmente irreconciliable, entre colonia y metrópoli. Y para Portugal existía siempre el
peligro que las exigencias de unos vínculos económicos más relajados desembocaran algún
día también en exigencias de independencia política. brasileños, como Manuel Ferreira de
Cámara y José Bonifacio de Andrada e Silva, en altos cargos de la administración
metropolitana y colonial. Al mismo tiempo, Sousa e Coutinho fue lo suficientemente
inteligente para darse cuenta que las reformas sólo podrían retardar, y hasta podrían
precipitar, lo inevitable. Además, las futuras relaciones de Portugal con Brasil estaban de
alguna manera a merced de factores externos. Si Portugal era arrastrada a la guerra, en
caso de una invasión por parte de Napoleón (y desde 1801 había indicios de que esto
podría suceder), dom Rodrigo había recomendado, antes de su dimisión a finales de 1803,
que en vez de correr el riesgo de perder Brasil, como resultado ya de una revolución interna
o de la ocupación de una colonia rival, el príncipe regente dom Joáo podría y debería como
último recurso abandonar Portugal, trasladarse a Brasil y establecer «un gran y poderoso
imperio» en Suramérica. Después de todo, Portugal no era «ni la mejor parte ni la más
esencial de la monarquía». Por otra parte, el gobierno británico, debido a una combinación
de razones estratégicas y comerciales, estaba a favor del traslado portugués a Brasil frente
a las circunstancias de una invasión francesa. Ya en 1801, lord Hawkesbury, secretario de
Asuntos Exteriores británico, había dado instrucciones al embajador británico en Lisboa
para que se hiciera saber que, de tomarse la decisión de irse a Brasil, Gran Bretaña estaba
lista para «garantizar la expedición y coordinar con (el príncipe regente) los medios más
eficaces para extender y consolidar sus dominios en Suramérica».
Fue después de Tilsit (el 25 de junio de 1807) cuando Napoleón tomó finalmente la
determinación de consolidar el régimen continental que había diseñado para destruir el
comercio británico con Europa. El 12 de agosto de 1807, Napoleón emitió un ultimátum al
ministro de Asuntos Exteriores portugués, Antonio de Araujo de Azevedo: el príncipe
regente debía cerrar sus puertos a los barcos ingleses, encarcelar a los ingleses residentes
en Portugal y confiscarles sus propiedades, o afrontar las consecuencias de una invasión
francesa. en septiembre la flota danesa en Copenhague) y apoderarse de las colonias de

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Portugal, incluyendo Brasil, mientras que, por otro lado, Canning prometió renovar los
compromisos británicos de defender la Casa de Braganza y sus dominios contra ataques
externos si el príncipe regente se mantenía firme. Por algún tiempo, dom Joáo intentó
satisfacer a Napoleón mediante la adopción de unas medidas antibritánicas sin enemistarse
del todo con Gran Bretaña para evitar así una alternativa agonizante. El 23 de noviembre se
recibieron noticias de que cuatro días antes el ejército francés había cruzado la frontera
portuguesa con España y que sólo se encontraba ahora a cuatro días de marcha forzada de
Lisboa. Al día siguiente, dom Joáo tomó la decisión de abandonar el reino que no podía
conservar a no ser como vasallo de Francia (en efecto, la supervivencia de la Casa de
Braganza estaba puesta en serias dudas), y retirarse, cruzando el Atlántico, a su colonia
más importante. Para la población local, la decisión de trasladar la corte a Brasil fue una
cobarde deserción, una fuga desordenada e ignominiosa, un sauve-qui-peut. Es evidente
que dom Joao se vio forzado a ello, y hubo elementos de confusión, incluso de farsa. Tan
pronto como los vientos fueron favorables, el 29 de noviembre (el día anterior a la llegada
de Junot), los barcos levantaron anclas, descendieron por el Tajo e iniciaron la travesía del
Atlántico hacia Brasil —escoltados por cuatro navios de guerra británicos. El viaje fue una
pesadilla: la flota se dividió a causa de una tormenta; el grupo real sufrió de
congestionamiento, falta de alimentación y bebida, piojos (las damas tuvieron que cortarse
los cabellos), e infecciones; se improvisaron nuevos vestuarios con sábanas y mantas
proporcionadas por la marina británica. Aun así, la travesía se llevó a cabo con buen éxito y
el 22 de enero de 1808 la realeza fugitiva arribaba a Bahía, donde le esperaba un cálido
recibimiento: fue la primera vez que un monarca reinante pisaba el Nuevo Mundo.
Cualesquiera que fuesen las conclusiones sobre la condición política y económica de Brasil,
sus relaciones con la madre patria y los proyectos de su futura independencia desde de
1808, no existen dudas sobre el profundo impacto que tuvo en Brasil, y especialmente en
Río de Janeiro, el arribo de la corte portuguesa. Se dejó la administración provincial y local
en manos de los gobernadores de capitanía y jueces nombrados por la corona (muchos de
ellos brasileños), aunque la misma presencia del rey portugués y del gobierno portugués —
en lugar del virrey — en Río de Janeiro aseguraron un mayor grado de centralización del
poder. Pero tampoco era un país independiente ni podía controlar su propio destino. Sin
embargo, el traslado de la corte portuguesa a Río ha sido considerado generalmente como
una de las más importantes etapas en la evolución de Brasil hacia la independencia ya que,
como veremos, probó ser imposible restaurar el statu quo ante. Futuro vizconde de Cairú,
natural de Bahía y licenciado en Coimbra, un distinguido especialista en política económica
y autor de Principios de Economía Política (1804), obra que había recibido la marcada
influencia de los escritos de Adam Smith. Así, casi por casualidad, dom Joáo se identificó
inmediatamente de su llegada a Brasil con los intereses de los grandes terratenientes
brasileños y concedió lo que los críticos del viejo sistema colonial habían exigido con mayor
afán. En la práctica, por lo menos hasta que la guerra concluyó, el comercio directo con
todas las naciones amigas se identificó con Inglaterra. Tal como Canning lo había previsto,
Río de Janeiro se convirtió en «un emporio para los productos británicos destinados al
consumo de toda Suramérica» 8 —no sólo Brasil sino también el Río de la Plata y la costa
pacífica de Hispanoamérica. Las exportaciones brasileñas de azúcar, algodón y café que
siguieron creciendo después de 1808 —y los precios de los productos básicos fueron altos
durante toda la duración de la guerra — eran ahora transportadas en su mayoría a Europa
en barcos ingleses. Gran Bretaña, sin embargo, no se contentó con tener un comercio de
puertas abiertas con Brasil. Aspiraba también a la clase de derechos preferenciales que
había disfrutado en Portugal durante siglos. Y dom Joáo no podía rechazar ni esta ni otras

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exigencias: dependía por completo de las tropas y del armamento británicos para derrotar a
los franceses en Portugal y de la armada inglesa para la defensa de Brasil y del imperio
portugués en ultramar. El único comercio con Brasil aún bajo el dominio portugués era el
tráfico de esclavos desde el África portuguesa. Al mismo tiempo las ya baratas mercancías
británicas se abarataron aún más, y socavaron así en gran medida los esfuerzos realizados
después de 1808 para establecer industrias brasileñas. Huelga decir que Gran Bretaña no
estableció medidas recíprocas, y no rebajó los impuestos de aduana, prácticamente
prohibitivos, que pesaban sobre el azúcar y el café brasileños — aunque no sobre el
algodón en rama— destinados al mercado británico. En 1810, el príncipe regente también
concedió oficialmente a los comerciantes británicos el derecho a residir en Brasil y a
ocuparse en las actividades de comercio, tanto mayorista como minorista. Además, el
gobierno británico obtuvo el derecho de nombrar judges conservators, es decir, magistrados
especiales encargados de asuntos que concerniesen a los subditos británicos en Brasil. De
acuerdo con el artículo 10 del tratado de alianza, el príncipe regente se comprometió por
primera vez internacionalmente a reducir y eventualmente acabar con el tráfico de esclavos.
En abril de 1807, a las tres semanas de haberlo abolido ella misma, Gran Bretaña había
invitado a Portugal a que siguiera su ejemplo — no es de sorprender que no hubiese tenido
éxito. Las nuevas circunstancias de la residencia del príncipe regente en Brasil ofrecían a
Gran Bretaña una oportunidad para extraer también concesiones en este campo. El traslado
de la corte portuguesa a Río de Janeiro en 1808 no sólo abrió la economía brasileña sino
que terminó asimismo con el aislamiento cultural e intelectual de Brasil. Nueva gente y
nuevas ideas llegaron a Brasil. En mayo de 1808 se estableció por primera vez una
imprenta en la capital (seguida de otras más en Salvador en 1811 y Recife en 1817); y
comenzaron a publicarse libros y periódicos. Se inauguraron bibliotecas públicas,
academias filosóficas, científicas y literarias, escuelas y teatros. Generalmente se había
esperado que, tras la liberación de Portugal y el fin de la guerra en Europa, el príncipe
regente regresaría a Lisboa. En septiembre de 1814, lord Castlereagh, entonces secretario
de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, envió al contralmirante sir John Beresford a Río de
Janeiro con dos navios de alto bordo y una fragata para que condujeran a dom Joáo de
regreso a casa. A su arribo a fines de diciembre de 1814, Beresford puso el HMS Achules a
disposición del príncipe regente para su viaje de retorno. Pero dom Joáo había disfrutado su
residencia en Brasil. No era simplemente un rey en el exilio; dom Joáo había traído consigo
todo el aparato del Estado portugués, así como a varios millares de miembros de la clase
gobernante portuguesa, muchos de los cuales, aunque de ninguna manera todos, habían
echado raíces en Brasil y se negaban a regresar. Es verdad que, por un lado, los lazos
entre la corona y la élite terrateniente brasileña se habían fortalecido después de 1808, ya
que ambos encontraron un interés común en el librecambio. En particular, tanto Río de
Janeiro, en realidad la región sur-central en su conjunto, como Bahía bajo la gobernación
«ilustrada» del conde de Arcos (1810- 1818) habían visto crecer sus exportaciones de
azúcar, algodón y, en el caso de Río, de café, aunque durante la posguerra los precios
internacionales, especialmente del algodón (tras el crecimiento de la producción en Estados
Unidos) y del azúcar (con la aceleración de la producción cubana), comenzaron a
descender. Pero la política económica de la monarquía no estaba aún completamente libre
de privilegios y monopolios mercantilistas irritantes, ya que dom Joáo hacía lo que podía
para proteger los intereses de los comerciantes portugueses residentes en Brasil y en
Portugal. Además, los brasileños sabían en el fondo que todavía existía la posibilidad de
que se restaurase su condición colonial, y se perdiesen todos los logros posteriores a 1808,
si dom Joao tomara la decisión de regresar a Lisboa. En el fondo, sin embargo, acechaban

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las aspiraciones políticas liberales y, aún más acérrimas, antiportuguesas. Con el gobierno
portugués absolutista en Río, se sintió más de cerca el dominio metropolitano. El camino
hacia alguna forma limitada de poder compartido se había cerrado. La discriminación en
favor de los portugueses fue más pronunciada ahora que su número se había
incrementado. La carga fiscal fue también más pesada ya que los brasileños estaban ahora
obligados a mantener solos la corte y una mayor nómina burocrática y militar. Además, los
brasileños se vieron llamados a pagar por las ambiciones dinásticas de dom Joáo y de su
esposa Carlota Joaquina (así como por los intereses de los esíancieiros del sur de Brasil)
en el Río de la Plata. Las revoluciones de independencia en Hispanoamérica, y
especialmente la lucha entre Artigas y Buenos Aires, le habían ofrecido a Portugal la
oportunidad de recobrar el control sobre Colonia do Sacramento, la que finalmente había
sido cedida a España en 1778 tras un siglo de conflictos. Ya en 1811 tropas portuguesas
habían cruzado la frontera española, pero entonces se habían retirado.
Hubo otros ejemplos de sacrificios de los intereses brasileños en beneficio del Estado
portugués por parte del gobierno en Río. Entre ellos, el más obvio fue el tratado comercial
angloportugués, pero también los varios tratados con Inglaterra para la abolición del tráfico
transatlántico de esclavos. Por algún tiempo, la armada británica malinterpretó el tratado de
1810 — que estipulaba la restricción del comercio portugués de esclavos a los territorios
portugueses — mientras consideró que tal tráfico era ilegal al norte del ecuador. Así, hasta
1813, cuando se les impidió seguir haciéndolo, los barcos de guerra británicos capturaron
varios buques negreros portugueses. Comerciantes de Pernambuco y Bahía, dedicados al
tráfico de esclavos, sufrieron fuertes pérdidas, y los precios de los esclavos se
incrementaron. Aunque indudablemente existió, y quizá estaba aumentando, el descontento
brasileño hacia el régimen portugués, que ahora parecía haberse instalado definitivamente
en Río de Janeiro, no debería exagerarse. Aún no existían fuertes demandas, ni mucho
menos generalizadas, de cambios políticos. La crítica más persistente al absolutismo
portugués y al sistema político impuesto en Brasil provino de Hipólito José da Costa, quien
entre junio de 1808 y 1822 publicó en Londres un periódico liberal sumamente influyente —
el Correiro Brasiliense. Sólo hubo una franca rebelión, y ésta se produjo tanto contra la
subordinación política —y fiscal— a Río como contra el propio dominio portugués. No
obstante, en marzo de 1817, una revuelta militar a la que se unieron plantadores y dueños
de esclavos — cuyos ingresos económicos habían mermado a consecuencia de bajas en
las exportaciones de azúcar y aldogón y los altos precios de los esclavos algunos
comerciantes prós- peros, jueces de la corona y sacerdotes, así como moradores
(pequeños granjeros inquilinos y colonos), y artesanos, desembocó en la proclamación de la
república de Pernambuco. Dos navios mercantes convertidos en barcos de guerra
bloquearon Recife desde el mar. Finalmente, se congregó un ejército procedente de Bahía
que permaneció leal bajo la gobernación de Arcos— y de Río de Janeiro, y el 20 de mayo
de 1817 los rebeldes se rendían. La república del noreste había durado dos meses y medio.
El resto de Brasil permaneció tranquilo. Sin embargo, la revolución de 1817 había revelado
la existencia de ideas liberales y nacionalistas, incluso dentro del ejército. Se trajeron ahora
tropas de Portugal para guarnecer las principales ciudades y, dentro de las unidades ya
existentes, por ejemplo en Bahía, los portugueses recibieron a menudo promociones por
encima de los brasileños. La rápida evolución de las revoluciones de independencia en
ambos extremos de la Suramérica española sirvió de advertencia a los portugueses, cuyo
régimen dio señales de volverse más represivo. Thomaz A. Villa Nova Portugal (1817-1820)
fue ciertamente el más reaccionario y proportugués de todos los primeros ministros de dom
Joáo durante su residencia en Brasil. La independencia de Brasil fue precipitada, después

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de todo, por los acontecimientos que tuvieron lugar en Portugal en 1820-1821. El 24 de


agosto de 1820, estalló en Oporto una rebelión liberal y nacionalista, seguida de otra en
Lisboa el 15 de octubre. Provocadas por los militares, recibieron el apoyo de muchos
sectores de la sociedad portuguesa, pero especialmente de la burguesía, profundamente
insatisfecha con las condiciones económica y política de Portugal tras la guerra. El monarca
absolutista Joao VI seguía en Río de Janeiro, al parecer insensible a los problemas de
Portugal; los papeles de la metrópoli y la colonia se habían invertido. Ante la continua
ausencia de dom Joáo, el gobierno de Portugal estaba en manos de un Consejo de
Regencia presidido por un inglés, el mariscal Beresford, quien después de la guerra
permaneció como comandante en jefe del ejército portugués. vigente otra vez en España
tras la revolución liberal que allí tuvo lugar en enero-marzo de 1829 — mientras se
redactaba una nueva constitución portuguesa, para cuyo propósito se convocaron
precipitadamente unas Cortes Gerais Extraordinarias e Constituintes. De acuerdo con una
orden de 22 de noviembre, las Cortes serían elegidas —para todo el mundo portugués—
sobre la base de un diputado por cada 30.000 subditos libres. (A Brasil le adjudicaron entre
70 y 75 escaños en una asamblea de más de 200.) En las varias capitanías (ahora
provincias) de Brasil se establecerían juntas governativas provisionales, leales a la
revolución portuguesa, destinadas a supervisar las elecciones para las Cortes de Lisboa.
Sin embargo, detrás de estas medidas liberales y antiabsolutistas se manifestaba también
una decisión portuguesa de restituir la condición colonial que pesó sobre Brasil antes de
1808. Las noticias de la revolución de los constitucionalistas liberales en Portugal provocó
disturbios de importancia secundaria en muchos pueblos de Brasil. Pero, como en Portugal,
fueron los militares quienes en Brasil dieron los primeros pasos significativos contra el
absolutismo. El 1 de enero de 1821, las tropas portuguesas en Belém se rebelaron y
establecieron una junta governativa liberal en Para, a la que posteriormente se adhirieron
Maranháo (el 3 de abril) y Piauí (el 24 de mayo); la junta se declaró inmediatamente
dispuesta a organizar las elecciones para las Cortes de Lisboa. En Bahía, el 10 de febrero,
una conspiración militar similar, de tropas liberales contra sus oficiales absolutistas, produjo
la remoción del gobernador, el conde de Palma, y el establecimiento de una junta
provisional que propugnó una constitución liberal para el Reino Unido de Portugal y Brasil.
Un serio conflicto político surgió, sin embargo, al exigir las Cortes el regreso del rey a
Lisboa. Una facción portuguesa en Río de Janeiro, compuesta de oficiales de alto rango del
ejército, burócratas de importancia y comerciantes que dependían todavía
fundamentalmente de Portugal, y estaban ansiosos de recuperar su condición monopólica,
favorecía naturalmente el regreso del rey, aunque muchos de sus integrantes eran más
absolutistas o antibrasileños que liberales. De otro lado, una facción o partido «brasileño»
surgió ahora en oposición al regreso. Sus principales integrantes eran los grandes
terratenientes a todo lo largo y ancho de Brasil, pero especialmente en las capitanías más
cercanas a la capital, y los burócratas naturales de Brasil y miembros de la rama judicial. La
clase dominante brasileña era en su mayor parte conservadora, o a lo sumo
liberalconservadora. Aspiraba a conservar la estructura social y económica de la colonia
basada en el sistema de plantación, la esclavitud y la exportación de productos agrícolas
tropicales al mercado europeo. Pero también había liberales, incluso liberales radicales, y
algunos revolucionarios auténticos en la ciudad de Río de Janeiro y en Sao Paulo, así como
en Salvador y Recife. La mayoría de ellos trabajaba en las profesiones liberales — abogacía
y periodismo, especialmente — o eran artesanos — sastres, barberos, mecánicos— y
también pequeños comerciantes, soldados y sacerdotes. Eran blancos en su mayoría,
aunque muchos eran mulatos y negros libres. Esperaban cambios profundos en la sociedad

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y en la política: soberanía popular, democracia e incluso una república; igualdad social y


racial, hasta reforma agraria y abolición de la esclavitud. Mantenían una posición ambigua
sobre si dom Joáo debía regresar a Portugal o permanecer en Brasil. Los «brasileños» no
tuvieron ahora alternativa sino organizarse para la defensa de los intereses brasileños en
las Cortes. Las elecciones tuvieron lugar, en su mayor parte, entre mayo y septiembre. Se
destacaron por el hecho de que los elegidos eran casi todos oriundos de Brasil, incluidos
varios radicales eminentes que habían participado en la revolución de 1817: por ejemplo,
Cipriano Barata (Bahía), Muniz Tavares (Pernambuco), Antonio Carlos Ribeiro de Andrada
Machado e Silva (Sao Paulo). Entre los seis diputados elegidos por Sao Paulo, se
encontraban, además de Antonio Carlos, el padre Diogo A. Feijó, Francisco de Paula Sousa
e Meló y el Dr. Nicolau Pereira de Campos Vergueiro, quienes llegaron a ser distinguidos
políticos liberales después de la independencia. Las elecciones —y las instrucciones dadas
a los diputados elegidos— también se destacaron porque, aparentemente, la independencia
para el Brasil no fue considerada como un punto serio en la agenda política. La burguesía
portuguesa, en su determinación de reestablecer su hegemonía sobre Brasil y en particular
de negarle a Gran Bretaña acceso directo a Brasil, no pudo darse cuenta de las dificultades
del pacto colonial tras el desarrollo político, económico y demográfico de Brasil, ante todo
después de 1808, y de los cambios económicos, políticos e ideológicos que habían tenido
lugar en Europa y en América. Era bastante improbable que Portugal fuese la única
potencia europea capaz de conservar sus colonias en el continente americano. Y el 1 de
octubre se anunció el nombramiento de gobernadores militares para cada provincia con
poderes independientes de las juntas provinciales y directamente responsables ante Lisboa.
Por último, el 18 de octubre, se le ordenó al mismísimo príncipe regente regresar a casa.
Tan pronto como los diputados brasileños comenzaron por fin a llegar a Lisboa, durante los
últimos meses de 1821 y la primera mitad de 1822, fueron recibidos —o así lo adujeron
(podría quizá argüirse que estuvieron muy celosos de su rango)— con ridiculizaciones,
insultos, amenazas, y una buena dosis de abierto antagonismo. En las famosas palabras de
Manoel Fernandez Thomas, uno de los líderes de la revolución liberal portuguesa, Brasil era
una «térra de macacos, de negrinhos apanhados na costa da África, e de bananas». No es
de sorprender que las exigencias brasileñas presentadas, por ejemplo, por Antonio Carlos,
en marzo de 1822 en los Apontamentos e Lembrangas de la junta de Sao Paulo, de
igualdad económica y política con Portugal y de órganos paralelos de gobierno, con una
monarquía que quizá alternase su sede entre Lisboa y Río de Janeiro, encontraran pocas
respuestas. Los acontecimientos en Brasil estaban avanzando veloz e inexorablemente
hacia una ruptura definitiva con Portugal. En octubre de 1822, siete diputados brasileños —
cuatro paulistas, incluido Antonio Carlos, y tres bahianos, incluido Cipriano Barata —
abandonaron ilegalmente Lisboa, primero rumbo a Londres y después a Brasil, antes de
jurar fidelidad a la constitución de 1822 y pasar a ser miembros de las Cortes ordinarias que
debían reunirse por primera vez en diciembre. Y pronto les siguieron los otros diputados
brasileños, muchos de ellos dispuestos a asumir posiciones políticas radicales a causa de
su desafortunada experiencia en Lisboa. Como consecuencia, se produjo un realineamiento
significativo en las fuerzas políticas de Brasil. La facción «portuguesa» (lo que quedaba de
ella tras el regreso a Lisboa de dom Joáo) y la facción «brasileña» se dividieron final y
definitivamente. Las fuerzas divergentes del partido «brasileño» en la región centro-sur
—portugueses nacidos en Río de Janeiro con intereses en Brasil, brasileños tanto
conservadores como liberales moderados, especialmente en Sao Paulo y Río de Janeiro,
liberales de extrema brasileños y radicales en Río de Janeiro — cerraron filas para hacerle
oposición conjunta a las Cortes portuguesas. Como era evidente qué el rey no podía

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garantizar la continuidad de los acuerdos de 1808, los brasileños, cada vez más seguros de
sí mismos, retiraron sus lealtades al rey Joáo VI, que trasladaron al príncipe regente dom
Pedro. En abril de 1821 se había perdido la batalla para conservar a dom Joáo en Brasil. La
clave de la futura autonomía de Brasil era ahora persuadir a dom Pedro para que se
quedara. En la correspondencia privada entre dom Joáo y dom Pedro existen algunos
indicios para pensar que el primero, al prever el curso de los acontecimientos a su regreso
de Brasil a Portugal, le habría aconsejado a su hijo que se comprometiera con los
brasileños para que así por lo menos la Casa de Braganza pudiese conservar las dos partes
del imperio con la posibilidad de su futura reunificación. Dom Pedro, por su parte, le escribió
francamente a dom Joáo ya en Lisboa: «Portugal es hoy un Estado de cuarta categoría,
lleno de necesidades y, por tanto, dependiente; Brasil lo es de primera clase e
independiente»." Podría también interpretarse que, dada la amenaza de los liberales
brasileños, dom Pedro — cuyas inclinaciones políticas eran decididamente autoritarias —
decidió dirigir él mismo el proceso antes de dejarse arrollar por un movimiento que cada vez
se asimilaba más a un movimiento de independencia. A comienzos de 1822, José Bonifacio
era sin lugar a dudas el personaje central del proceso político en Brasil. Sus opiniones sobre
temas de interés social eran extraordinariamente progresistas — estaba a favor de la
abolición gradual del comercio de esclavos e incluso de la esclavitud, de la libre inmigración
europea y de la reforma agraria — pero, políticamente, José Bonifacio era conservador y
profundamente hostil a la democracia. Apenas triunfó la campaña para que dom Pedro se
quedara en Brasil —lo que había motivado, temporal y artificialmente, la unificación del
partido brasileño — , José Bonifacio se distanció de inmediato no sólo de los liberales y
demócratas de extrema (les llamaba «anarquistas e demagogos»), algunos de ellos
republicanos, sino también de muchos liberales más moderados y emprendió la tarea de
conseguir el apoyo de los terratenientes conservadores y liberales-conservadores,
burócratas de alto rango y jueces (muchos licenciados en Coimbra) y comerciantes de Río
de Janeiro, Sao Paulo y Minas Gerais para el establecimiento de una monarquía
independiente en Brasil. Si la lucha por el poder tuvo un elemento ideológico, éste se
concentró en el interrogante de si se debía o no convocar una asamblea constituyente. El
16 de febrero de 1822, José Bonifacio, quien se oponía fuertemente a la representación
popular en una asamblea nacional por elección, persuadió a dom Pedro de que todo lo que
se necesitaba era un Conselho de Procuradores da Provincia formado de homens bons y
designados por medio de procedimientos tradicionales. El movimiento brasileño por la
independencia de Portugal había basado su fortaleza en las más importantes provincias del
centro-sur —Río de Janeiro, Sao Paulo, Minas Gerais— y especialmente de la capital, Río
de Janeiro. Pernambuco, donde la clase dominante brasileña era antiportuguesa pero
recordaba la revolución de 1817 y los intentos de establecer una república, y donde la
guarnición militar, en cualquier caso relativamente pequeña, mostró pronta disposición de
trasladar su lealtad a dom Pedro, aceptó en seguida la autoridad del imperio independiente
de Brasil. Las otras provincias del noreste y del norte, donde — por lo menos en las
ciudades costeñas — aún existían una presencia militar portuguesa considerable, una
comunidad numerosa de comerciantes portugueses y una buena dosis de sentimiento pro
portugués, permanecieron leales a las Cortes de Lisboa. A comienzos de 1823, Bahía sufrió
una cruda división, en términos generales, entre el Recóncavo y la ciudad de Salvador. Esta
división se originó por el nombramiento de Ignacio Luís Madeira de Mello, un coronel
portugués y conservador, como gobernador militar de la provincia en febrero de 1822, que
fue rechazado por miembros de la junta de gobierno, oficiales del ejército brasileño,
senhores de engenho del Recóncavo y por radicales de extracción urbana. El movimiento

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de resistencia fracasó y Madeira de Mello había conseguido establecerse en el poder. En


marzo arribaban a Salvador las tropas portuguesas que habían sido expulsadas de Río en
enero, las que posteriormente se vieron reforzadas desde Portugal. Madeira de Mello tenía
entonces en Salvador a su disposición una guarnición de 2.000 soldados del ejército regular
además de una milicia de 1.500 — la mayor concentración de fuerzas militares portuguesas
en Brasil. Pero primero en Santo Amaro el 22 de junio, y posteriormente en Cachoeira, los
barones conservadores del azúcar en el Recóncavo se rebelaron en contra de los intentos
de recolonizar Brasil. Retiraron su lealtad hacia Joao VI y, conjuntamente con un grupo de
jueces brasileños, establecieron en Cachoeira un Consejo Interino de Gobierno, para todo
Bahía, leal a dom Pedro y al gobierno de Río de Janeiro. Las fuerzas militares brasileñas,
inferiores en número, mandos y equipos, no fueron, sin embargo, suficientemente fuertes
para expulsar al ejército portugués, aunque sí iniciaron el sitio de la ciudad de Salvador. Por
su parte, Madeira de Mello en dos oportunidades el 8 de noviembre de 1822 y el 6 de enero
de 1823 fracasó en romper el cerco sobre Salvador. El juego estaba en tablas. Fue en estas
circunstancias cuando dom Pedro se dirigió a lord Cochrane, el futuro 10.° conde de
Dundonald. Arrogante, malhumorado, atravesado, belicoso, Cochrane fue uno de los más
osados y afortunados capitanes de fragata de su época. Había sido excluido de la nómina
de la marina británica tras un escándalo en la Bolsa de valores en 1814, pero pocos años
después comenzó una nueva carrera como mercenario, vendiendo sus servicios al mejor
postor, aunque generalmente, es cierto, del lado de la libertad y de la independencia
nacional. En 1818, Cochrane ya había organizado la marina chilena y, con San Martín,
había jugado un papel principal en la obtención de la independencia de Chile y en la
liberación de por lo menos las áreas costeñas de Perú del dominio español. Temporalmente
semirretirado en su estancia en Quintera, Chile, ahora recibía la invitación de dom Pedro
para estar al servicio de Brasil. Una vez que el convoy portugués — 13 barcos de guerra y
cerca de 70 veleros mercantes y de transporte con 5.000 soldados, vastas cantidades de
provisiones militares y cierto número de prestantes familias portuguesas — abandonó el
puerto, Cochrane lo persiguió implacablemente hasta las Canarias, hundiendo noche tras
noche barcos de la retaguardia hasta reducir su número a menos de una cuarta parte.
Además, la fragata brasileña Nitheroy, bajo el mando de otro inglés, John Taylor, quien
había servido con Nelson en Trafalgar y que había desertado en Río para unirse a
Cochrane a comienzos de año, siguió tras los restos del convoy portugués hasta la
desembocadura del Tajo y quemó allí otros cuatro veleros bajo la misma artillería del Dom
Joño VI, el orgullo de la armada portuguesa. El nuevo gobierno brasileño, sin embargo,
estaba todavía ansioso de obtener el reconocimiento internacional de la independencia
defacto de Brasil. Y ello por dos razones principales: en primer lugar, prevenir un último
intento de ataque por parte de Portugal, la que una vez más — como resultados de la
Vilafrancada (mayo de 1823) — estaba gobernada por un Joáo VI absolutista, alentado, y
posiblemente aconsejado por los poderes reaccionarios de la Santa Alianza en Europa, a
reafirmar de todas maneras su autoridad sobre Brasil; en segundo lugar, y lo que era más
importante, fortalecer la propia autoridad del emperador en Brasil contra legitimistas,
separatistas y republicanos. Es evidente que la actitud de Gran Bretaña —cuya armada
dominaba el Atlántico, y que tras las guerras napoleónicas había adquirido preeminencia no
sólo en Europa sino en todo el mundo, además de su notoria influencia en Lisboa— sería
decisiva. En julio de 1813, Felisberto Caldeira Brant Pontes (futuro marqués de Barbacena),
agente de dom Pedro en Londres desde julio de 1821, escribía: «con la amistad de
Inglaterra, podemos olvidarnos del resto del mundo no será necesario mendigar más el
reconocimiento de ninguna otra potencia porque todos querrán nuestra amistad». En

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circunstancias normales, habría podido pensarse que era imposible persuadir al nuevo
Brasil independiente (uno de los mayores importadores de esclavos del África al Nuevo
Mundo; «el niño y campeón del comercio de esclavos, es más, el comercio de esclavos
personificado», a los ojos de Wilberforce) que aboliera dicho comercio. Pero así como Gran
Bretaña había logrado concesiones, aunque limitadas, de un Portugal reticente en pago por
el apoyo británico durante la guerra y los años inmediatos que le sucedieron, de la misma
forma Canning no tardó en darse cuenta de la ansiedad brasileña por el inmediato
reconocimiento británico. En cualquier caso, el transporte de esclavos a territorios fuera del
imperio portugués había sido ya prohibido por la legislación portuguesa desde 1761, así
como por recientes tratados anglo-portugueses. Además, los miembros ultra tories del
gabinete y el rey Jorge IV impidieron que Canning tomara decisión alguna demasiado
apresurada respecto de Brasil. A pesar del mantenimiento de la monarquía, el régimen
brasileño era, después de todo, revolucionario, y la coronación de dom Pedro como
emperador tenía connotaciones populares y napoleónicas. (En realidad el título provino
sobre todo de la tradición liberal masónica y, a los ojos de José Bonifacio, reflejaba
simplemente el tamaño de Brasil.) Además, Gran Bretaña tenía que tener en consideración
sus tradicionales intereses económicos y estratégicos en Portugal. Por su parte, Brant no
podía acceder a la immediate abolición del comercio de esclavos. Aunque tanto dom Pedro
como José Bonifacio aborrecían personalmente el tráfico de esclavos — y muchos
miembros de la Asamblea Constituyente que se congregó en mayo de 1823 se opusieron a
él—, no se atrevían a enajenar a los grandes terratenientes brasileños, los principales
soportes de la monarquía independiente de Brasil, quienes no contaban con una fuente de
mano de obra alternativa. Los peligros políticos — y económicos — que podían surgir de
una abolición prematura eran mayores que los que podrían derivarse del no reconocimiento.
Lo máximo que los brasileños podían ofrecer, por consiguiente, era una abolición gradual
—en cuatro o cinco años— a cambio del inmediato reconocimiento británico. En septiembre
de 1823, Portugal solicitó los buenos oficios de Gran Bretaña para establecer relaciones con
Brasil, y Canning aceptó intermediar. Sin embargo, Canning dejó bien claro que no estaba
preparado para esperar indefinidamente por el reconocimiento portugués de la
independencia brasileña: de ser así se pondrían en peligro los intereses comerciales y la
influencia política de Gran Bretaña en Brasil. En particular, Canning sabía que en 1825
debería renovarse el tratado comercial angloportugués de 1810, que había sido aceptado
por el nuevo gobierno brasileño, y sería entonces imposible seguir eludiendo las
negociaciones directas con Brasil. Cuanto más se aplazara el reconocimiento internacional,
mayores serían las dificultades de obtener de un Brasil agradecido la contraprestación no
sólo de privilegios comerciales para Gran Bretaña en Brasil, sino también la abolición del
comercio brasileño de esclavos. Las conversaciones entre Brasil y Portugal, fomentadas por
Gran Bretaña y Austria, se iniciaron en Londres en julio de 1824, se suspendieron en
noviembre y, finalmente, se rompieron en febrero de 1825. Canning decidió entonces que
para Gran Bretaña era el momento de actuar sola. Stuart llegó a Río el 18 de julio y el 29 de
agosto firmaba el tratado por medio del cual Portugal reconocía la independencia de Brasil.
15 A cambio, Brasil acordó pagarle a Portugal una compensación de 2 millones de libras
esterlinas. Dom Pedro también prometió defender la integridad del resto del imperio
portugués y de no permitir nunca que ninguna otra colonia portuguesa — por ejemplo,
Luanda y Benguelea en el África portuguesa, que históricamente habían mantenido lazos
estrechos con Brasil — se uniera al imperio brasileño. (En febrero de 1823, José Bonifacio
ya le había expresado al chargé británico en Río, «respecto de las colonias en la costa de
África, no queremos ninguna, ni en ninguna otra parte; Brasil es lo suficientemente grande y

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productivo para nosotros, y nosotros estamos contentos con lo que la Providencia nos ha
dado».) 16 Por otra parte, dom Pedro conservó los derechos de sucesión al trono portugués
— dejando abierta la posibilidad, tal como fue la intención de Canning, de que algún día
Brasil y Portugal pudiesen reunificarse pacíficamente bajo la Casa de Braganza. Concluía
así el proceso iniciado en 1808: Gran Bretaña había trasladado con buen éxito la posición
económica que gozaba en Portugal, sumamente privilegiada, a Brasil. La separación
brasileña de Portugal, así como la de las colonias norteamericanas de Inglaterra y la de las
hispanoamericanas de España, puede en cierta medida explicarse en términos de la crisis
general — económica, política e ideológica — del viejo sistema colonial en todo el mundo
del Atlántico a finales del siglo xvm y comienzos del xix. La independencia de Brasil, aun
más que la de Hispanoamérica, fue también el resultado de una combinación fortuita de
acontecimientos políticos y militares acaecidos en Europa durante el primer cuarto del siglo
xix y de su repercusión en el Nuevo Mundo. La clase dominante brasileña (que incluía
muchos portugueses de nacimiento) se vio forzada a seguir el camino de la independencia
por las revoluciones portuguesas de 1820, el regreso de la corte portuguesa a Lisboa en
1821 y la determinación portuguesa de revertir los logros políticos y económicos
conquistados para Brasil desde 1808. Y en todo esto, José Bonifacio de Andrada e Silva,
quien había pasado casi toda su vida de adulto en Portugal, jugó un papel crucial. La
existencia en Brasil de un príncipe de la Casa de Braganza dispuesto a asumir gustoso el
liderazgo del movimiento de independencia, fue aquí decisivo. Dom Pedro era un símbolo
de autoridad legítima y un instrumento poderoso de estabilidad política y social y de unidad
nacional. El país también se mantuvo unido debido a su sistema burocrático y judicial
sumamente centralizado.
Sin embargo, puede decirse que en 1822-1823 la independencia brasileña era incompleta.
Al emperador Pedro I pronto le granjeó el recelo de los brasileños, sobre todo por negarse a
cortar los lazos con la facción portuguesa en Brasil e incluso con Portugal. Fue sólo con la
abdicación de dom Pedro el 7 de abril de 1831 a favor de su hijo de cinco años nacido en
Brasil, el futuro Pedro II, cuando se concluyó Finalmente el proceso de separarse Brasil
totalmente de Portugal.

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