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En las ruinas de un reactor olvidado, donde el tiempo y la radiación se

entrelazan, un microbio mutante emergía, su forma distorsionada por el

desastre. Sus ojos, dos puntos de luz fosforescente, reflejaban la furia de la

catástrofe, y su cuerpo, una amalgama de sombras, era el terror de los

científicos y exploradores. Hércules, el héroe de fuerza inmortal, caminaba con

paso decidido, su corazón lleno de coraje, y su mente, de recuerdos de victorias.

El destino los había unido, en una danza de guerra y honor, donde solo uno

saldría victorioso, y el otro, caería en el olvido. El microbio mutante se deslizó

desde las sombras, sus tentáculos irradiando energía, y con un rugido que

resonó en las ruinas, se lanzó hacia Hércules, el invencible. Hércules levantó su

escudo, y con un grito de guerra, se enfrentó a la criatura radiactiva, en una

batalla que sacudiría los cimientos del mundo. Los golpes resonaban como

truenos, y las chispas volaban como estrellas fugaces, mientras el microbio y el

héroe, luchaban con una furia desatada. El microbio atacaba con toxinas y

radiación, intentando derribar a Hércules, pero el héroe, con su fuerza titánica,

resistía cada embate con valentía. La luna llena iluminaba el campo de batalla,

y las estrellas observaban en silencio, mientras la lucha continuaba, sin un claro

vencedor. Finalmente, con un último esfuerzo, Hércules levantó su espada, y

con un golpe certero, atravesó el corazón del microbio. La criatura cayó al

suelo, sus tentáculos perdiendo su brillo, y con un suspiro final, cerró sus ojos

para siempre. Pero la victoria tuvo un precio, pues Hércules, herido de muerte,

cayó de rodillas, su vida desvaneciéndose lentamente. Con su último aliento,


miró al cielo estrellado, y sonrió, sabiendo que su nombre, viviría por siempre

en las leyendas

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