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Medicamentos en la Eutanasia

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Qué es la eutanasia

La Red de cuidados, derechos y decisiones en el final de la vida, integrada por


investigadores del Conicet, entiende a la eutanasia como “el procedimiento médico
que consiste en poner fin a la vida de una persona que padece una condición de
salud irreversible que le provoca un sufrimiento físico o psicológico profundo y
persistente, y que solicita de manera clara e inequívoca la aplicación de este
procedimiento”.

Los proyectos presentados en el Congreso nacional regulan el acceso a la práctica


para las personas con una enfermedad grave o incurable o un padecimiento grave,
crónico e imposibilitante.

Además, las iniciativas contemplan tanto la administración directa, por parte de un


profesional de la salud, de una sustancia que provoque la muerte del paciente;
como también la prescripción o el suministro de esta sustancia para que el paciente
se la autoadministre, lo que se conoce como el suicidio médicamente asistido.

“Los proyectos que están en el Congreso son sustancialmente similares”, señaló


a Chequeado Ignacio Maglio, jefe del Departamento de Riesgo Médico Legal del
Hospital Muñiz, coordinador del área de Promoción de Derechos de la Fundación
Huésped y Director del Comité de Ética del Sanatorio Finochietto; y agregó
que tienen en cuenta protocolos para dar “seguridad y garantías” en el acceso a la
práctica.

En relación con los debates morales que se plantean ante la eutanasia, el doctor en
filosofía e integrante de la red de investigadores académicos mencionada
previamente, Eduardo Riviera López, explicó a este medio que son múltiples los
valores que se enfrentan, tanto religiosos como laicos.

Entre ellos, se presenta la autonomía, es decir, “el derecho de las personas de ser
artífices dueños de su propia vida; que además incluye su fin”, como describió el
especialista en bioética. También existe “el deber moral deontológico, en especial
de los médicos, de no causar la muerte de manera activa”, agregó.

Este término ha significado cosas muy diferentes a través de la historia y hoy


mismo las personas lo entienden de formas distintas. Por una parte, se puede
decir que se usa de manera habitual para referirse a una gama muy amplia de
acciones que tienen en común el hecho de poner fin a la vida 1 de un ser humano
que sufre. Sin embargo, este uso no ayuda nada al debate porque no establece
diferencias entre acciones que sí implican diferencias éticas muy importantes y
que dependen de las circunstancias en que se produce un acto que causa la
muerte de un enfermo. Por tal razón, es necesario definir la eutanasia de una
manera más precisa: es el acto o procedimiento, por parte de un médico para
producir la muerte de un paciente, sin dolor, y a petición de éste, para terminar con
su sufrimiento.
Esta definición, que se inspira en la que se utiliza en los Países Bajos, tiene el
mérito de ser muy específica. Desde que en 1984 se despenalizó la eutanasia en
ese país fue necesario establecer muy claramente los límites de lo que podía
permitirse legalmente, de manera que se requirió mucha precisión al definir su
práctica, la cual se legalizó en 2002.
Esta definición excluye muchas acciones con las que, equivocadamente, se
confunde la eutanasia. Resulta inexacto llamar así una acción que provoca la
muerte si la persona que la realiza no es un médico, si la persona que muere no
padece una enfermedad o una condición médica que le cause un sufrimiento
intolerable, si la acción que causa la muerte va acompañada de dolor, y, sobre
todo, si la muerte no se produce en respuesta a la solicitud de quien fallece. Es
importante mencionar que la eutanasia es una acción excepcional que se
considera una vez que se han agotado todas las formas posibles de ayuda para
evitar el sufrimiento del enfermo.
Los avances científicos han permitido curar enfermedades que antes eran
incurables; también han proporcionado los medios necesarios para que el hombre
y la mujer puedan vivir más años.
En la actualidad, la mayoría de las personas no mueren de una manera brusca e
inesperada, sino que lo hacen en las camas de los hospitales o en su domicilio,
siendo tratadas por profesionales de la salud. Las causas más frecuentes de
muerte son las enfermedades crónicas, degenerativas y tumorales –como las
enfermedades del corazón, las enfermedades cerebro-vasculares o el cáncer-,
que se presentan en personas de edad, suelen ser progresivas durante varios
años antes de la muerte y son susceptibles de diversos tratamientos que
prolongan a veces la vida por largos periodos.
Estos hechos han originado una serie de problemas ético-médicos que antes eran
impensables. Los médicos y las enfermeras muchas veces tendrán que hacer uso
de sus conocimientos científicos y éticos para enfrentarse con soltura a
situaciones de trato con pacientes en estado terminal. Siendo pues un hecho
frecuente la atención sanitaria de los pacientes terminales, generalmente en
centros hospitalarios, sorprende la incomodidad del médico y de la enfermera ante
este tipo de pacientes. Ciertamente, cuando la actuación no está orientada a curar
la enfermedad o prolongar la vida, el personal sanitario parece encontrarse sin
contenido. Se invocan diversas razones para explicar esta actitud frente al
enfermo terminal: ausencia de preparación, reacciones personales (ansiedad,
sentimiento de culpa, rechazo personal, incapacidad vocacional) y dedicación
preferente a otros enfermos con mejores perspectivas.

También contribuyen factores institucionales como la relación coste-resultados, la


planificación social, etc. De esta manera se produce un vacío asistencial en la
atención a estos enfermos, originándose un grave problema para la Medicina
actual, no siempre bien resuelto. No es de extrañar que se hayan presentado
diversas soluciones. Una de ellas ha sido la de reclamar la legalización de la
eutanasia, que puede considerarse como la acción u omisión que, por su propia
naturaleza, o en sus intenciones, procura la muerte, con la finalidad de eliminar
todo dolor y sufrimiento.
Por definición la enfermedad terminal está irreversiblemente unida a la muerte;
esto implica que médicos y enfermeras, además de administrar los cuidados
físicos y psicológicos necesarios, han de esmerarse en evitar el sufrimiento y la
inseguridad, así como acompañar hasta el final al enfermo agonizante.
Los seres humanos tienen pues una idéntica y permanente dignidad personal;
siempre y hasta su final, el ser humano ha de ser tratado y respetado como tal,
como merece su dignidad, y, por tanto, reconociéndole los derechos personales.
En resumen, observamos que si no se admite la dignidad personal del ser humano
y el valor de cada vida humana, desde su comienzo hasta la muerte natural, no
habría una línea racional a través de la que se pueda defender y respetar al
enfermo en situación terminal. Se señalan cinco valores que fundamentan la ética
de la atención al enfermo:
1. La dignidad de la persona y de su vida
2. El bien personal de la salud
3. El principio terapéutico o de beneficencia
4. La libertad/responsabilidad del enfermo y del médico o principio de autonomía
5. El valor de la solidaridad social o principio de justicia Ahondando en lo anterior,
podemos decir que la finalidad de la asistencia médica es la promoción de la vida
y de la salud. La vida es el valor fundamental de la persona, en el que se fundan
los demás valores personales y sociales del individuo. La salud es un bien
inherente a la vida y a la persona, expresión cualitativa de ésta, y, junto a la vida
física, forma parte de los bienes o valores "penúltimos" inherentes al bien último y
definitivo de la persona. Derecho a la vida y dignidad de la persona Morir con
dignidad.
Quién puede ser el médico responsable?

Puede ser cualquier médico del equipo asistencial de la persona que solicita la
ayuda para morir, que conoce y lleva su caso, elegido por la persona solicitante.
Puede ser tanto del ámbito de la atención primaria como de la hospitalaria y del
ámbito público o privado.
Según el 'Manual de buenas prácticas' «el paciente podrá elegir al médico/a
responsable en el proceso de la prestación de ayuda para morir. Podrá ser su
médico/a de atención primaria o de atención hospitalaria. En la mayoría de los
casos, es previsible que sea el médico/a habitual o de confianza del paciente
Por vía oral o intravenosa

En el supuesto de que la eutanasia se realice mediante la toma por parte del


paciente de un medicamento (vía oral), el médico responsable, así como el resto
de profesionales sanitarios, tras prescribir y entregar la sustancia que el propio
paciente se autoadministrará, mantendrá la debida tarea de observación y apoyo a
éste hasta el momento de su fallecimiento.

En el caso de una situación de incapacidad de hecho, sería recomendable utilizar


la vía intravenosa siempre que el paciente no haya manifestado la elección de
modalidad en el documento de instrucciones previas o equivalente. Para eliminar
el riesgo de errores de medicación que podrían dar lugar a infradosis, las
recomendaciones recogidas en este documento se basan en dosis fijas (salvo
premedicación) siendo el objetivo principal garantizar el fallecimiento del paciente
en el menor tiempo posible, evitando sufrimiento innecesario.

Dosis y pasos para la inducción a la muerte

Las dosis para inducir la muerte se recomiendan sobre la base de 5 a 10 veces la


ED95 de cada fármaco para individuos de 70 Kg para garantizar el efecto
terapéutico y una duración de acción prolongada en 31 una amplia población de
pacientes de diferentes edades y pesos. La ED95 es la dosis necesaria para
conseguir el efecto deseado en el 95 por ciento de la población.

Entre otros aspectos, se recomienda administrar premedicación intravenosa para


disminuir el nivel de consciencia previamente a la inducción del coma. El
medicamento recomendado es midazolam 5mg-20mg IV (3,6,9). La dosis de
midazolam dependerá de la situación clínica del enfermo y de la toma habitual
previa de benzodiacepinas.

Los medicamentos inductores del coma pueden causar dolor cuando se


administran por vía intravenosa. Para evitar este dolor se recomienda la
administración previa de 40mg de lidocaína IV. La administración debe hacerse de
forma lenta, en 30 segundos, para asegurar una adecuada impregnación de la vía
venosa.

Tras la premedicación y el anestésico se administra el medicamento inductor del


coma. El medicamento de elección es propofol 1000 mg (IV) (3,6,9). Se
recomienda la utilización de propofol en emulsión con triglicéridos de cadena
media. La administración debe realizarse mediante inyección lenta durante 2.5-5
minutos.

Asimismo y entre otros elementos, el manual fija que, tras comprobar que el
paciente está en un coma profundo, se administra el medicamento bloqueante
neuromuscular. El bloqueante neuromuscular se administra siempre, incluso si el
paciente ha muerto tras la administración de la medicación de inducción del coma.
Los medicamentos de elección son atracurio 100 mg (IV) (3,6,9), cisatracurio
30mg2 (IV) (6) o rocuronio 150mg3 (IV) (6).

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