Una defensa del viaje en bicicleta desde la reflexión acerca de los límites del turismo y las
identidades que genera, una reivindicación de la calma frente a la enajenación del progreso
fosilista.
Hay algo profundamente humano en la pulsión de conocer y explorar nuevos lugares; no en vano
la historia de la humanidad ha sido esencialmente nómada. También es profundamente humana la
necesidad de estar en movimiento, nuestro sofisticado sistema nervioso está directamente
relacionado con la complejidad de las actividades motrices que potencialmente podemos
desarrollar y, además, se beneficia del cambio continuo del paisaje que supone estar en marcha.
No es de extrañar entonces que, en nuestra sociedad opulenta, millones de personas, buscadoras
de paisajes, construyan su identidad en torno al viaje; identidades construidas en carbono.
De las necesidades y las tecnologías
Qué duda cabe que es el capitalismo y el mercado, con el soporte de los hidrocarburos, los que
pervierten, amplifican y patologizan estas necesidades. El turismo es, de hecho, uno de los
sectores socioeconómicos de mayor impacto, responsable de gran parte de las emisiones de CO2,
destructor del territorio y responsable de esa epidemia global que es la generalización de la
cultura occidental en detrimento de la identidad y la diversidad multicultural de infinidad de
pueblos. La sombra de los combustibles fósiles es alargada, y algo tan hermoso como abrir una
ventana a otros mundos, a otros paisajes, a otras gentes, se convierte por obra y gracia de la
combustión ―y como otro ejemplo más de la tragedia de los comunes― en uno de esos pesos
insoportables que depositamos sobre los hombros de nuestra Gaia.
No es de extrañar entonces que, en nuestra sociedad opulenta, millones de personas,
buscadoras de paisajes, construyan su identidad en torno al viaje; identidades construidas en
carbono
Así pues, si queremos ahondar en este asunto es necesario reflexionar sobre el uso de la energía y
la tecnología para satisfacer las necesidades humanas. Tan justo es el deseo de viajar como
imprescindible preguntarse de qué manera lo hacemos, ya que movernos a velocidades
sobrehumanas tiene una enorme huella socioecológica. Los coches, los trenes de alta velocidad,
los grandes cruceros y los aviones ―a la velocidad de un suspiro gaiano― colonizan la atmósfera
del planeta con el carbono atrapado en las entrañas de la tierra procedente de procesos
geológicos inabarcables con nuestra imaginación humana. Fracturan los espacios naturales
convirtiéndose en barreras infranqueables para miles de seres vivos y emponzoñan el aire que
respiramos. Son, además, tecnologías producto de complejos procesos de fabricación, que
requieren de muchísima energía y dependientes de materiales escasos y raros. Procesos que como
privilegios tienen costes ocultos que no asumimos y que imponemos a la biosfera, a las
generaciones futuras o a miles de pueblos mermando sus posibilidades de vida buena. Y, por si
esto fuera poco, también colonizan nuestro imaginario, nos desvinculan de nuestro territorio más
próximo y adulteran y deforman nuestra percepción del tiempo, la distancia y el espacio que
siempre debiera estar ligada a los límites de nuestro cuerpo.
Tan justo es el deseo de viajar como imprescindible preguntarse de qué manera lo hacemos, ya
que movernos a velocidades sobrehumanas tiene una enorme huella socioecológica
Así que vuelvo a la pregunta antes planteada para responderme que es perfectamente posible
satisfacer las necesidades humanas de libertad y entendimiento ―según desarrolló Max-Neef
(3)― a través de la bicicleta y el cicloturismo. Pero además es importante definir el cicloviaje no
solo como un instrumento para satisfacer estas necesidades sino también como una verdadera
herramienta de transformación cultural e individual. En una sociedad ineludiblemente abocada a
lo local, pero sumamente adicta a las posibilidades suprahumanas de los combustibles fósiles, la
transformación de los imaginarios colectivos e individuales es una de las grandes dificultades y uno
de los mayores desafíos. Y a caminar se aprende andando, así que en las próximas líneas sostendré
una verdadera apología del viaje en bici como medio y como fin.
El cicloviaje
No nos confundamos, no voy a defender en estas líneas un ciclismo de competición, donde los
tiempos y la velocidad son el eje del viaje. Voy a defender el cicloturismo de un caracol, de una
viajera que lleva todos sus enseres a cuestas y que con determinación asciende lentamente por los
puertos de montaña. La medida del tiempo siempre es la posición del sol. La distancia que puedes
recorrer se calcula con una fórmula que implica las horas de luz y la fuerza de tus propias piernas.
La energía es el desayuno y el motor es la simbiosis de las bielas y los gemelos.
Pudiera parecer que viajar a borde de un coche o de un avión te protege, pero lo cierto es que te
aísla y te desvincula del medio y de tu propia esencia. Sin embargo, frente al ritmo enajenado y a
la aceleración continua, el cicloturismo te inicia en el arte de la contemplación. El viaje en bici es
un viaje sensorial que, despojado de la velocidad, te ata al territorio mostrándote sus mejores
colores, el perfume de la camomila o la suavidad arenosa y dulce de los madroños deshaciéndose
en tu boca, la variación de la luz en el paisaje cuando se sumerge en los violetas del crespúsculo, el
sonido de un arroyo que te invita a meter los pies o la tranquilidad expectante de las rapaces que
te sobrevuelan. Te ofrece un conocimiento profundo, casi corporal, de la geografía y te devuelve al
modesto lugar que ocupamos en nuestra Gaia. Pero no nos engañemos, nadie ascendería por la
montaña si arriba no obtuviese dos recompensas: la belleza aérea de un paisaje y la levedad alada
del descenso ―y a veces también un abrazo estrecho y reconfortante―. El cicloturismo es un viaje
sensorial y profundamente vital. En bici te sientes libre, fuerte, conectada a tu materia a través de
los sentidos y por añadidura conectada a la naturaleza.
El viaje en bici es un viaje sensorial que, despojado de la velocidad, te ata al territorio mostrándote
sus mejores colores, el perfume de la camomila o la suavidad arenosa y dulce de los madroños
deshaciéndose en tu boca
Pero si hay algo transformador en el cicloviaje es el reconocimiento certero de los límites de tu
cuerpo y de los límites del entorno. El peso que puedes llevar, la velocidad que te permiten las
pendientes exigentes de ese puerto de montaña, un viento en contra, el sol del mediodía
abrasador que te deja sin fuerza, controlar en todo momento el suministro de agua, conocer las
señales atmosféricas y las de tu propio organismo. Saber cuándo debes parar y cuándo no debes
hacerlo. Además, toda cicloviajera experimentada desarrolla cierta actitud zen ante las
incertidumbres que atesora el camino. Una aceptación casi espiritual que entrena tu paciencia, tu
capacidad de esforzarte o la capacidad de posponer la recompensa. Un sentimiento que te pone
enfrente de tu vulnerabilidad y te arrebata esa ilusión de control que impregna nuestra sociedad.
Viajar en bici es prefigurarnos en ese futuro pospetróleo y por lo tanto es fortalecer aquellas
habilidades físicas y psicológicas que nos serán sumamente necesarias.
Una mañana te levantas en una ciudad de Europa y por la noche, como por arte de magia, te
acuestas en otra cama diferente al otro lado de un océano, y así, tristemente coleccionamos
nuevos destinos casi como cromos en los sellos de nuestro pasaporte. Lo que sucede entre
medias, los territorios que dejamos atrás, no importan, solo importa el destino, solo importa
llegar. El cicloviaje, por el contrario, es la pura materialización del camino como fin y nos enseña a
vivir y a viajar de otro modo. Una buena cicloturista nunca tiene prisa, siempre encuentra el
momento para disfrutar de todos los hallazgos que el camino le entrega. Demorarte en las plazas
de aquellas iglesias, disfrutar de un baño en ese río que acoge, calma y tonifica tu desnudez, un
paraje fresco y sombreado donde dormir la siesta o una buena conversación con algún paisano.
Cada kilómetro recorrido cuenta y te deja una herencia en la retina y en los sentidos. Viajando en
bici retomamos el tiempo del disfrute con intensidad, en ese Carpe Diem tan inspirador que Emilio
Santiago Muiño y Héctor Tejero (4) refundan y recogen de aquella visión del Horacio epicúreo, ese
antiguo y nuevo Carpe Diem que nos invita disfrutar de los frutos del presente sin comprometer
los del mañana ―eso sí― acompañados de nuestros amigos.
Voy a recapitular para defender el cicloturismo como un viaje ecológico (5) ―y por lo tanto, algo
más ético―. Lo es desde el punto de vista de la velocidad, recordemos otra vez que desplazarse a
100 km por hora tiene costes ambientales y sociales que no solemos asumir ni percibir. Hacer las
alforjas, además, es un ejercicio de sobriedad y renuncias, en el que tienes que dirimir entre lo
superfluo y lo imprescindible. Asimismo, la cicloturista es resistente y resiliente. El viaje en sí es un
entrenamiento físico y mental, obligatoriamente desarrollas una actitud estoica frente a las
incógnitas que te prepara el camino, entrenando la paciencia y la capacidad de posponer la
recompensa. Pero, además, viajando en bici hacemos nuestro el territorio, aprendemos geografía
y nos conectamos a través de los sentidos a las estaciones, a los cambios de luz y a la naturaleza.
La cicloturista es consciente del lugar que ocupa en el mundo.
Viajando en bici hacemos nuestro el territorio, aprendemos geografía y nos conectamos a través
de los sentidos a las estaciones, a los cambios de luz y a la naturaleza. La cicloturista es consciente
del lugar que ocupa en el mundo
Todas estas son razones fundamentales para escoger el viaje en bici. Pero voy a insistir en una
cuestión que considero primordial: el cicloviaje es transformador, no solo tenemos motivos de
peso para hacerlo, además el viaje en bici nos transforma. Y aquí voy a acudir a este revelador
texto (6) de Luis González Reyes en el que nos cuenta que nuestras acciones individuales nos
empoderan y nos devuelven una imagen de individuos más autónomos y capaces. Así sucede con
el cicloturismo; viajando de esta manera nos transformamos en personas más seguras, más
conscientes de los límites, más fuertes en el amplio sentido de la palabra y más preparadas para
asumir el descenso paulatino de la energía neta en nuestras sociedades. Pero, además, tenemos
que recordar como nos recuerda Luis González Reyes, que pensamos como actuamos. Aquello de
que el hábito hace al monje, se resume en que nuestras formas de estar en la vida son las que
conforman nuestro sistema de valores. Es la práctica la que crea nuevos imaginarios. Y tampoco
podemos obviar la importancia del ejemplo. Yo, con mis piernas delgaduchas, mi escaso fondo y
mi manía de entretenerme mirando pajaritos soy un ejemplo encarnado de que podemos viajar (y
vivir) de otra manera, sin pesarle al mundo. Pero hay que ser realistas y conscientes de que la
verdadera disputa en la cosmovisión colectiva es la derogación de ese relato del progreso fosilista
asentado en la ley del mínimo esfuerzo. Viajando en bici ―y mucho más con nuestra tribu―
demostramos que el esfuerzo merece la pena, que nos hace profundamente felices y que,
sintiendo el corazón en nuestras piernas, conectamos con una parte esencial de nuestra historia
nómada.
En este presente nuestro en el que como Prometeo ―todavía― no alcanzamos a asumir las
trágicas repercusiones de nuestras frenéticas vidas fosilistas y en el que una de las tareas primarias
será interrogarnos sobre cómo satisfacer las necesidades humanas sin traspasar los límites
biofísicos del planeta; en este siglo de quiebras en el suministro mundial de petróleo, que
inexorablemente será el de la autocontención, el de lo local y el de lo lento, podemos afirmar que
el viaje en bici es una de las metáforas de la verdadera autonomía humana. Esa que nos devuelve
una imagen digna de nosotras, libres y mucho más justas. Esa que nos devuelve tiempo para la
vida en toda su dimensión ―la del presente y la del futuro― sin arrebatárselo al resto de la familia
gaiana a la que pertenecemos y con la que propiciamos la mismísima biosfera.
1. Herrero, Y., Cembranos, F., & Rodríguez, M. P. (2019). Cambiar las gafas para mirar el mundo:
una nueva cultura de la sostenibilidad. Libros en acción.
2. Illich, I. (2014). Energía y equidad. Boletín CF+ S, (28).
3. Max-Neef, M. A., Elizalde, A., & Hopenhayn, M. (2006). Desarrollo a escala humana: conceptos,
aplicaciones y algunas reflexiones (Vol. 66). Icaria Editorial.
4. Tejero, H., & Santiago, E. (2019). ¿Qué hacer en caso de incendio?: Manifiesto por el Green
New Deal. Capitán Swing.
5. En mi blog: [Link]
vista-de-la-ecologia/
acciones-individuales
[Link] El cicloviaje: entre la autonomía y
los límites