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Dignidad Humana

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La Dignidad Humana y el derecho de disposición sobre el propio cuerpo.

Reflexiones a partir del rechazo de tratamientos médicos y los acuerdos de

maternidad subrogada

Resumen

En este artículo se abordan las implicaciones prácticas de la noción de

dignidad humana como elemento intrínseco del concepto de persona y

fundante de los derechos humanos. Estas implicaciones se proyectan sobre las

decisiones referidas al rechazo de terapias y a los acuerdos de alquiler de

vientres para valorar su ordenación o contradicción con la noción de dignidad

humana ensayada. En primer lugar, se ensaya una definición con base en

instrumentos legales internacionales, europeos y argentinos. Se hace una

revisión histórica de la fundamentación de los derechos y la dignidad del ser

humano en la filosofía clásica. A partir de esas conclusiones, se abordan los

casos de negativa a tratamientos médicos o disposición sobre el propio cuerpo

en virtud de una objeción de conciencia, y los supuestos de madres

subrogantes tanto en casos altruistas como de alquiler comercial de vientres.

En el primer caso, se analiza la coherencia con un sentido de dignidad

fundante; en el segundo, se entiende contrario a la afirmación de la dignidad

humana. La gestación por sustitución se concibe como un estereotipo de

género que reduce a la mujer y al niño a objetos de derechos de terceros.

Introducción

El debate contemporáneo en materia de derechos humanos y filosofía

del derecho ha visto un renovado interés en el estudio de la dignidad humana,


sus implicaciones, exigencias y rol en la fundamentación y el desarrollo de los

derechos. El presente trabajo pretende reflexionar en torno a un caso concreto

de aplicación de este concepto en situaciones en las que se ha analizado el

alcance de la potestad jurídica de disposición sobre el propio cuerpo a la luz de

la autonomía y el desarrollo de la personalidad. Para ello, se han tomado

ejemplos en materia de rechazo de terapéuticas médicas en el contexto de

riesgo para la vida del paciente, y precedentes recientes en materia de

maternidad subrogada.

Para abordar el análisis de las situaciones descritas, se explicita primero

el entendimiento de la dignidad humana, su alcance y lugar en la elaboración

de los derechos fundamentales, en los que se fundamenta el presente trabajo.

A partir de estos presupuestos es que se aborda la temática con la finalidad de

contribuir en la dilucidación de un concepto fuerte que realce la centralidad de

la persona en el ordenamiento jurídico nacional e internacional. En este

sentido, el trabajo aplicará una metodología descriptiva y de lógica deductiva.

Se procederá a la elaboración de una definición de “dignidad humana” para

postular el carácter fundante de los derechos humanos. Seguidamente, se

elaborarán tres criterios de consideración de la aplicación del estándar de

dignidad al accionar humano. A la luz de la definición alcanzada y los criterios

desarrollados, se evaluará la negativa a ciertos tratamientos médicos sobre la

base de creencias personales y el uso del propio cuerpo para un acuerdo de

gestación subrogada. Finalmente, se postularán las conclusiones del

desarrollo.
La dignidad humana en un sentido completo e inherente

La reflexión en torno a la dignidad como fundamento de los derechos y,

más concretamente, en su articulación como fundamento y límite para el libre

desarrollo de la personalidad a través de la disposición sobre el propio cuerpo

comienza con la Declaración Universal de Derechos del Hombre (DUDH). Este

instrumento configura a la dignidad como piedra angular de su sistema y

fundamento de todos los derechos. Lo mismo hace el Pacto Internacional de

Derechos Civiles y Políticos (PIDCP) que afirma, en su Preámbulo, que los

derechos tutelados se derivan de la dignidad inherente a la persona humana.

La Unión Europea ha incluido a la dignidad en el articulado de la Carta

de Derechos Fundamentales en su artículo II-61. Se trata, entonces, de uno de

los valores sobre los cuales se asienta la UE, de acuerdo con el artículo 2 del

Tratado de Lisboa.

También se podría citar el ejemplo de la Constitución Española de 1978,

que consagró como fundamento del orden público y la paz social el libre

desarrollo de la personalidad y la dignidad de la persona.1 Asimismo, es

frecuente citar en este tópico el artículo 1.1 de la Ley Fundamental de Bonn2

en tanto, en la teoría tradicionalmente sostenida por diversos autores

alemanes, esta norma contiene un “derecho a la dignidad” que se traduce en la

existencia conjunta de un “derecho general de la personalidad” junto con

aquellos de la personalidad particulares o especiales. Este primer derecho

general es el fundamento de todos los derechos subjetivos y su objeto es una

parte destacada de la esfera de la personalidad.


Los valores de libertad e igualdad sobre los que se asienta la primacía

de los derechos fundamentales en un Estado de derecho aparecen vinculados

a la consideración del hombre como persona. Esto se traduce en la supremacía

del valor de la dignidad humana como elemento central en los tratados de

derechos humanos y en la constitución de gran número de Estados. Este

reconocimiento de la dignidad esencial o inherente de todo ser humano implica

su derecho a ser tratado de forma igual y sin discriminaciones.

No obstante, la dificultad radica, como ocurre con los estándares

jurídicos abiertos, en definir qué se entiende por dignidad. Ningún texto legal lo

define y queda, entonces, en el prudente entender y la intuición del intérprete

develar cuáles son sus exigencias en cada caso concreto. Haciendo nuestra la

elaboración del Tribunal Constitucional Español, se podría conceptualizar a la

dignidad como: “un valor espiritual y moral inherente a todas las personas,

un mínimo que debe preservarse de las vulneraciones por parte de los

poderes públicos y los particulares. Se manifiesta en la

autodeterminación consciente y responsable de la propia vida, en la

autonomía individual y constituye el punto de partida para la existencia y

especificidad de los demás derechos fundamentales”.

En una metavisión de los particulares instrumentos positivos que puedan

servir de ejemplos, el concepto de dignidad que se acoge en las normas

fundantes hace alusión a lo que en términos metafísicos se denomina dignidad

completa e inherente (full inherent dignity). Ello en tanto se trata de una

cualidad o valor de carácter permanente, incondicionado, indivisible e inviolable

y que puede ser predicada de todo ser humano. Se entiende, entonces, que

inherente es intercambiable con la noción de intrínseco y, por ende, hace


alusión a lo que no puede ser separado de la sustancia en la que se da. En

este caso, la dignidad es una cualidad que no hace al accidente de la persona,

sino a su sustancia, en términos del pensamiento de la razón práctica.

Fundamentalmente, la calidad de inherente o intrínseco del concepto de

dignidad tiene dos grandes vertientes de exigencias deónticas: la primera, que

no debe ser violentada, y la segunda, que no puede ser dañada y que es

imposible disociarla de la noción de persona. Ambas exigencias se proyectan

hacia la sociedad, en la forma del Estado y los poderes públicos, e

internamente hacia el portador que no puede desprenderse de su calidad de

digno.

Es una referencia que enmarca al sistema legal, y que exige que el

Estado respete y promocione todo aquello que la haga posible, a la vez que

remueva todos los obstáculos para su pleno desarrollo. El constituyente de más

de 150 países del mundo consideró suficiente la referencia a la dignidad

humana para basar en ella derechos que quiere reconocer, a fin de garantizar

los atributos de la personalidad.

El carácter intrínseco de la dignidad en relación con lo humano es

considerado con independencia de los supuestos en los que ciertos miembros

de la especie humana carezcan en el acto de la plenitud de los elementos que

se utilizan para describir a la dignidad, principalmente, en razón de su edad o

salud. No obstante, se asume la visión de que aquellos que se ven disminuidos

en estos aspectos (la autodeterminación consciente y responsable de la propia

vida) son sujetos de especial protección en virtud de su vulnerabilidad que en

nada menoscaba su dignidad.


Un breve recorrido histórico filosófico por la noción de dignidad

El concepto de “dignidad” es abierto. Ha sido objeto de discusión y

estudio desde la Antigüedad clásica. Es, en simultáneo, uno de los grandes

tópicos del pensamiento actual y también uno de sus grandes enigmas. Si bien,

a los fines del trabajo que se presenta, se ha optado por una definición extraída

de la jurisprudencia del máximo tribunal Constitucional Español, se hace a

continuación una somera relación de antecedentes históricos en el devenir de

las ideas de Occidente.

El primer antecedente del que se tiene noción es del sánscrito, el

vocablo dec, que vendría a significar “ser conveniente” o “adecuado” a algo.

Este término fue latinizado con el sufijo mus para formar el término decmus que

derivó en dignus. De allí el castellano “dignidad” que, conforme la Real

Academia Española, nos refiere a la cualidad de “digno”, que es “merecedor de

algo”.

A partir de la Antigüedad podemos dividir el significado histórico del

término en dos grandes temáticas: la consideración social y una cualidad

intrínseca al ser. La primera es propia de Roma, en la que la dignidad se refería

al posicionamiento social y a la función pública del sujeto. Así, se habla de la

dignidad de determinados funcionarios; noción que luego es adoptada en el

tratamiento de la realeza y de ciertos cargos en la misma Iglesia católica (así la

dignidad máxima del Sumo Pontífice y de los cardenales y obispos). La

segunda es propia del judeo-cristianismo a partir del helenismo, que consiste

en una forma de ver al hombre como el centro del universo. Se lo ve como una
criatura dotada de una particular esencia, fruto de haber sido creada por Dios a

su imagen y semejanza, ser imago Dei. A partir del renacimiento de la filosofía

humanista, con autores como Picco della Mirandola y Giordano Bruno, el

concepto de la dignidad como una cualidad propia del hombre e intrínseca a su

naturaleza pasa a ser un tópico recurrente. Aunque, cabe señalar, la noción de

dignidad conserva una fuerte impronta religiosa ya que, en el abanico de

autores, se la entiende como un don recibido del Creador.

El concepto de dignidad se seculariza, por así decirlo, con la perenne

contribución de Immanuel Kant que enriquece la historia de la filosofía

occidental con la noción de lo digno como aquello que no tiene precio y la

noción de que la cualidad de humano es en sí misma una dignidad.18 A partir

de entonces, adentrándonos hacia la modernidad y posmodernidad,

encontramos cada vez más nítidas dos corrientes de pensamiento. La una que

estima que la dignidad hace referencia a “el valor intrínseco de la persona,

derivado de una serie de rasgos que la hacen única e irrepetible, que es el

centro del mundo y está centrada en el mundo”. Y la otra que entiende a esta

cualidad en un sentido relacional, es decir que varía en función de los

acontecimientos y es diferente para cada ser humano.

La dignidad humana como fundamento de los derechos

Proclamada abstractamente, la dignidad no dice nada en términos

legales, pero se refiere a todos los derechos, lo que llama a reflexionar en

cuanto a su función en el plexo normativo. En palabras de Spaemann: “este

concepto [la dignidad] no indica de modo inmediato un derecho humano


específico, sino que contiene la fundamentación de lo que puede ser

considerado como derecho humano en general”.

Es a partir de la misma vaguedad con que se sitúa el concepto de

dignidad, tanto en los instrumentos internacionales como en las cartas

fundacionales paradigmáticas, que se ha postulado que poseería un doble

carácter como el fundamento de los derechos y como derecho en sí. Por un

lado, se presenta como valor de los sistemas normativos que la acogen y como

principio de acción del Estado de derecho, vinculando a todos los poderes y

organismos públicos. Por otro, la dignidad humana también se postula como

derecho fundamental autónomo, aunque sin especificar en qué consiste este

derecho.

En relación con la segunda postulación, no puede obviarse que en la

práctica legislativa y de los tribunales, lo que entendemos por dignidad humana

se concreta en el contenido de cada uno de los derechos fundamentales que

en ella encuentran su justificación. Los derechos inviolables les son

reconocidos al hombre y a la mujer en virtud de su dignidad inherente y en pro

del libre desarrollo de su personalidad. Esto tiene una gran virtualidad práctica

en tanto, al ser la dignidad un principio absoluto e inderogable, es un coralario

lógico que no cabe atentar contra ella con el pretexto de defender otros

derechos. Desde esta óptica, no cabría realizar una ponderación o balance de

la dignidad en hipotético conflicto con algún derecho fundamental. Al ser su

fuente u origen, se encuentra ontológica y lógicamente en otro plano de

análisis.

En este sentido, se afirma que la dignidad ocupa un rango fundamental y

posee eficacia legitimadora, iluminadora y propulsora para afianzar


instituciones, esclarecer ambigüedades, cubrir lagunas e integrar nuevas

potencialidades. En otras palabras, la dignidad hace las veces de título de

dominio de derechos que son inherentes a la condición de persona y que, de

acuerdo con el momento histórico, el legislador o tribunal, se han denominado

“humanos”, “fundamentales” o “esenciales”.

En resumidas cuentas, la dignidad humana actúa como fuente de validez

y legitimidad del ordenamiento jurídico en los aspectos que conciernen a los

derechos fundamentales. Reconocer su carácter inherente y fundante nos

recuerda que dichos derechos no existen en virtud de su reconocimiento por el

Estado o cualquier autoridad externa.

Los derechos fundamentales son el núcleo esencial e inviolable de

derechos derivados de la misma naturaleza humana, que nadie ni nada debe

cohibir, y que el Estado debe ayudar a preservar, ofreciendo las condiciones

necesarias para su realización. Deben ser respetados por los poderes políticos

y también por las actividades individuales de los sujetos humanos. Son

“aquellos derechos de la persona humana –considerada tanto en su aspecto

individual como comunitario– que corresponden a esta por razón de su propia

naturaleza […] y que deben ser reconocidos y respetados por todo Poder o

autoridad y toda norma jurídica positiva”.

Más allá de las notas y los caracteres propios de la dignidad humana

recién listadas, y que podrían ser consideradas como clásicas en la tópica,

cabe resaltar que la noción de fundante implica también un baremo de juicio

para derivar derechos fundamentales a partir de ella. En otras palabras, al serla

dignidad humana el título fuente de los derechos fundamentales, todo derecho

que se pretenda derivar de ella tendrá como criterios delimitadores la propia


dignidad. La dignidad de la persona y sus derechos inviolables no son

realidades estáticas en el mundo del derecho, sino que evolucionan de acuerdo

con las exigencias sociales y los nuevos desafíos en un proceso histórico de

gradual despliegue de potencialidades.

El concepto de dignidad como fundamento de los derechos hace las

veces de fuente de inspiración para el legislador y, como tal, debe ser

entendida como una pauta orientadora para los poderes públicos. Se trata de

una pauta programática que sirve de punto de enlace entre los valores ético-

sociales y las normas positivas que conforman el Estado. Pero, a su vez, posee

peso vinculante y exigencia de ejecución en cada uno de los derechos que de

ella fluyen, aunque precisa de desarrollo legal. Esta vinculación se predica para

todo operador del derecho, en especial el juez que debe asumir que el orden

político y la paz social solo se fundan en el respeto a la dignidad de la persona.

Libre desarrollo de la personalidad: el cauce de la dignidad humana

La función principal de la lucha por reconocer y consagrar jurídicamente

una serie de derechos a favor del individuo y exigibles frente al Estado y los

poderes públicos ha sido la de configurar y proteger una esfera de libertad

individual en la que cada persona pueda decidir, con plena autonomía, cómo

conformar sus opciones vitales. Los derechos fundamentales son concreciones

del valor de la dignidad y esta, a su vez, goza de pleno respeto y eficacia

cuando los derechos son honrados. Los derechos fundamentales, en definitiva,

garantizan al sujeto su señorío sobre alguna parte esencial de su propia


persona, y el ejercicio concreto de las proyecciones materiales y espirituales de

diversas caras del todo integral que es la persona humana.

Desde esta óptica, quizás uno de los más claros ejemplos normativos de

cómo la dignidad humana actúa como fuente de derechos y exigencias propias

de la naturaleza humana sea el artículo 19 de la Constitución Argentina. Existe

una larga elaboración jurisprudencial con base en el reconocimiento y la

protección de esferas de acción del individuo desde esta disposición

constitucional, que abarca desde la interioridad del sujeto, hasta sus relaciones

de familia. En línea con ello, vale mencionar el ejemplo de la Constitución

Española de 1978 en su artículo 10.1 que menciona como fundamento del

orden político y la paz social, la dignidad y el libre desarrollo de la personalidad.

En cuanto a la vinculación del concepto de dignidad con el de libre

desarrollo de la personalidad, cabe señalar que la personalidad es el aspecto

dinámico de la dignidad humana. El libre desarrollo de la personalidad se

alcanza mediante la plena realización de las potencialidades humanas y el

ejercicio de los derechos, especialmente los fundamentales. El reconocimiento

y respeto de estos derechos se asienta, a su vez, en el reconocimiento y

respeto de la dignidad. Es decir, la dignidad es la cualidad de la cual derivan

los derechos fundamentales y el ejercicio de estos implica el desarrollo de la

personalidad. La dignidad contiene, en potencia, aquello que se despliega, en

acto, con el proceso de perfeccionamiento y desenvolvimiento de la

personalidad.

El libre desarrollo de la personalidad se integra también con el respeto a

la autonomía individual. Tal vez detrás de este enunciado se encuentre la

noción moral kantiana de tratar al hombre como fin y nunca como medio: el
respeto a la dignidad humana implica el reconocimiento de la persona como ser

independiente y, con ello, el respeto de su personalidad e identidad.

El libre desarrollo de la personalidad se potencia y alcanza haciendo

valer los derechos inviolables e inherentes a la persona. Estos derechos, más

allá de la denominación que se les otorgue, son manifestaciones concretas del

valor de la personalidad.

Dada la diversidad en la que puede manifestarse el derecho al libre

desarrollo de la personalidad, y la multiplicidad de situaciones en las que la

dignidad humana puede exigir su respeto y promoción, es que no puede

crearse una lista cerrada que enumere taxativamente los derechos

fundamentales. Asimismo, los derechos en concreto exigen esferas delimitadas

y un alcance definido por cuanto implican zonas concretas de autonomía, lo

que llama a analizar su contenido.

En virtud de estas razones es que el libre desarrollo de la personalidad,

más que una cláusula de cierre de los derechos, actúa como una cláusula de

reintegración que permite adaptar la lectura de las garantías constitucionales a

la luz de los hechos y el devenir social con sus nuevas exigencias y desafíos.

Siempre con la fuente y coto de la dignidad humana. Será la fuerza impulsora

del cambio subjetivo y personal, en relación dialéctica con el cambio social y

las concreciones históricas, las que irán delimitando la medida de la fórmula del

“libre desarrollo de la personalidad”.

La dignidad y la disposición sobre el propio cuerpo


La dignidad del hombre se despliega y manifiesta en diversos niveles,

todos ellos bajo el paraguas del libre desarrollo de la personalidad. De cada

uno de estos cuatro niveles de despliegue derivan las libertades y los derechos

reconocidos a las personas, tales como la libertad política y de expresión, la

protección de la integridad física y psíquica, la intimidad y privacidad, la libertad

religiosa, de creencias y de educación.

Para empezar, la dignidad de la persona humana, en cuanto ser racional

con capacidad de volición y autodeterminación, ha sido una constante en el

pensamiento antropológico y filosófico de diversas culturas, con exponentes

prístinos en la tradición judeo-cristiana. En segundo lugar, la dignidad se

despliega en la pregunta por el origen y la finalidad de la propia existencia. Es

la dimensión de lo religioso, con independencia de la creencia particular o

respuesta que se dé a ese interrogante. En tercer lugar, otra manifestación de

la dignidad humana se estima en la vida de relación y social de los individuos,

en todo lo relacionado con su consideración y honor. En cuarto lugar, la

dignidad es la dimensión moral o ética del hombre y de la mujer en cuanto a la

valoración de los propios actos y sus consecuencias en relación con sí mismos

y con terceros.

Esta cuarta acepción lleva al análisis de la disposición de una persona

sobre su propio cuerpo, materia que habita y que constituye el sostén sobre el

cual desarrolla su personalidad. En definitiva, toda persona alcanza su modelo

de ser humano o ideal de vida en los confines de su cuerpo. El valor intrínseco

de la vida es asequible por la sola experiencia, se presenta al entendimiento

como deseable per se y, en el plano del actuar ético, como razón suficiente

para actuar.
Y la importancia de la integridad física de ese cuerpo en el que se

desarrolla la vida surge claramente como derivación necesaria del respeto a la

vida misma.

Desde una perspectiva, la vida puede caracterizarse como el objeto de

un derecho que cae dentro de los considerados básicos o fundamentales, y

que revisten ciertas notas esenciales, entre ellas las de inviolabilidad e

inalienabilidad. Estas cualidades son igualmente predicables del derecho a la

integridad física por cuanto su respeto aparece inescindible de la preservación

de la vida.

Mientras que el reconocimiento de esta categoría de derechos como

inviolable tiende a asegurarlos frente al Estado y a los particulares, su

conceptualización como inalienables busca subsanar la escisión entre derecho

y deber provocada por el voluntarismo, y los salvaguarda frente al propio

sujeto. En virtud de esta cualidad, el sujeto titular tiene vedados todos los actos

de disposición física o jurídica, temporales o permanentes que suspendan o

hagan imposible el ejercicio del derecho o bien signifiquen un atentado contra

la dignidad, que es su fundamento y origen.

La objeción de conciencia y el rechazo de tratamientos médicos

Tomando las consideraciones anteriores, cabe analizar si la disposición

que una persona hace sobre su propio cuerpo (en tanto manifestación concreta

y tangible de su existencia) puede ser aceptada por el derecho en casos en

que de esa decisión puedan derivarse consecuencias irremediables. Vale


aclarar que el término irremediable se utiliza para significar algo de lo cual no

existe vuelta al estado anterior de las cosas.

Como primer tramo de análisis, se trae a consideración el supuesto en

que una persona adulta y con plena capacidad manifiesta su negativa a recibir

o proseguir un tratamiento médico. Ello en tanto expresa que el inicio o la

prosecución de ese tratamiento le significaría un dilema ético o, directamente,

incurrir en un acto contrario a su creencia religiosa. Se trata de una situación

que el máximo tribunal argentino ha tenido ocasión de considerar en dos

oportunidades, separadas entre sí por dos décadas. En concreto, los

precedentes “Bahamóndez” y “Albarracini Nieves”.

Una relación sucinta del precedente “Bahamóndez” indica que este

ingresa a un hospital público, siendo mayor de edad y en pleno uso de sus

facultades, con una severa hemorragia cuyo tratamiento debe ser una

inmediata transfusión de sangre. El paciente se rehúsa, con total conocimiento

de las posibles consecuencias fatales de su negativa, y aduce profesar el culto

de los Testigos de Jehová. En sus propias palabras, asegura que no desea

morir, pero tampoco vivir de manera contraria a sus íntimas convicciones. La

situación es judicializada a partir del pedido de los profesionales médicos

intervinientes.

El caso anterior difiere de “Albarracini Nieves” en que, en este segundo

pre cedente, del año 2012, el paciente es una persona mayor de edad que

ingresa en estado inconsciente a una guardia tras sufrir una agresión con arma

de fuego que lo deja al borde de la muerte. Los galenos prescriben

transfusiones de sangre y la cónyuge del Sr. Albarracini produce un documento

en que, bajo el instituto de las directivas anticipadas de la Ley 26.529, el


paciente ha dejado asentada su negativa a toda terapéutica contraria a los

preceptos del culto de los Testigos de Jehová.

En el primer precedente, la Corte Suprema de Justicia de la Nación

(CSJN) afirmó que … la posibilidad de que los individuos adultos puedan

aceptar o rechazar libremente toda interferencia en el ámbito de su intimidad

corporal es un requisito indispensable para la existencia […] de la autonomía

individual [excepto en el caso de] que exista algún interés público relevante en

juego y que la restricción al derecho individual sea la única forma de tutelar

dicho interés.

Siguiendo este razonamiento, veinte años después, la Corte afirma que

“aceptar o rechazar un tratamiento específico, o de seleccionar una forma

alternativa de tratamiento hace a la autonomía y autodeterminación; que los

pacientes tienen derecho a hacer de acuerdo con sus propios valores o puntos

de vista”. Reitera los mismos límites explicados en el año 1993. En ambos

supuestos, el tribunal es claro en afirmar que no se trata de un permiso para el

suicidio, sino del ejercicio de las convicciones personales en una esfera que,

incluso en un espacio público como es un centro sanitario, sigue permeada del

carácter de privado del artículo 19 de la Constitución Nacional.

Adentrándonos en los límites, las diferencias entre tratamientos médicos

(respiradores artificiales, nutrición artificial, diálisis o un simple tratamiento para

la gripe), ya sea en lo que hace a su aplicabilidad como a sus resultados, son

evidentes. No puede sostenerse, razonablemente, que todas las terapéuticas

son equiparables. Calificar una conducta depende de la: i) intencionalidad del

agente; ii) del nexo de causalidad que la une con el resultado y, en el caso de

los tratamientos médicos; iii) si importa o no la abstención de medios


proporcionados o desproporcionados al respeto por la dignidad del paciente. Es

necesario, entonces, analizar las diferencias tanto objetivas como subjetivas

que existen en cada caso para así poder distinguir entre un acto dirigido a

terminar la vida y el rechazo de una terapéutica que resulta una afrenta a

alguna de las dimensiones del libre desarrollo de la personalidad del paciente.

En el plano de la intención, cabe considerar la conciencia del paciente;

así, el que se niega a un tratamiento argumentando convicciones religiosas

tiene por objeto alinear su vida interior e integridad espiritual con su existencia

corporal. No busca la consecución del resultado muerte, y la disminución física

que pueda eventualmente derivarse de su decisión no es el fin de su acción,

sino una consecuencia tolerada. La mira de su actuar está centrada en el pleno

des pliegue de todas las facetas de su personalidad en la mayor extensión

posible.

Desde la dimensión objetiva del actuar, la negativa a proseguir una

terapéutica en un caso terminal –o potencialmente irreversible– exige, en

sentido material, la existencia de un proceso subyacente que esté siendo

frenado por el trata miento en cuestión. La causa eficiente del daño no está

dada por la ausencia del tratamiento, sino por un factor anterior al que el sujeto

ha sido ajeno. Al retirarse o no oponerse las barreras médicas, el curso que ya

había comenzado prosigue su natural desenvolvimiento.

Este segundo factor o consideración objetiva de lo que implica la

disposición del propio cuerpo mediante la negativa a recibir o proseguir una

terapéutica encuentra su fundamento en la noción de dignidad inherente y

fundante analizada en los apartados anteriores. Ello conduce a un análisis de

proporcionalidad en relación con la dignidad del sujeto sobre el cual se propone


la terapéutica en cuestión. Un claro ejemplo de esto lo brindan los incisos g) y

h) del actual artículo 59 del Código Civil y Comercial argentino. Es necesario

tener en cuenta la integridad del ser humano, cuya vida no implica ni una mera

persistencia biológica ni únicamente puede ser reducida a algunas funciones

corporales. No debe perderse de vista que el paciente es un todo, el cual exige

que una terapia se valore teniendo en cuenta una serie de factores. Y, más

aún, la consideración de la dignidad y derechos de los terceros.

En otras palabras, la disposición que se hace del cuerpo por parte del

sujeto no significa un menoscabo a su dignidad en tanto la acción no consiste

en una mediatización de sí mismo o de terceros. La vivencia de las elecciones

interiores –las más libres de todas– por parte de la persona conlleva –como

efecto no deseado, pero factible– un riesgo para la salud o la vida. El sujeto no

origina ese riesgo, no busca menoscabar su integridad física, sino dar plena

exaltación a su vida interior que es aquello más característico de lo humano

entendido como Digno. Si tomamos la definición previamente estipulada,

vemos que en el obrar de Bahamóndez y Albarracini Nieves hay una

autodeterminación consciente de la propia vida.

Maternidad subrogada y extensión de la libre disponibilidad sobre el cuerpo

propio

La maternidad subrogada es una de las figuras más discutidas en el

campo de la reproducción humana con auxilio de técnicas médicas. Si bien es

usual la referencia a la práctica de la maternidad subrogada como una técnica

de reproducción humana asistida (TRHA), su estructura hace que se acerque


más a un supuesto de voluntariedad en la supresión y atribución de la filiación

materna que a un caso típico de reproducción asistida. Aunque la maternidad

subrogada como práctica tiene en común con las TRHA de tipo heterólogo el

involucrar la cooperación de un tercero –la madre sustituta o gestante–

presenta dos notas que la diferencian esencialmente de la donación de

gametos o embriones. En la maternidad subrogada están ausentes la nota de

fungibilidad del aporte del tercero a la concepción de la criatura, y la

colaboración de quien aporta el elemento heterólogo al proceso de gestación y

alumbramiento es continuada y no reducida a un solo acto de disposición del

material genético.

Esto se traduce en que no hay posibilidad de fragmentación física,

psicológica y afectiva de la participación de la mujer gestante. A diferencia del

donante de gametos que separa de su cuerpo un producto, la gestante pone la

integridad de su cuerpo de mujer para la anidación, la gestación y el parto.

Al sancionarse la Ley 26.994, el legislador argentino optó por excluir del

nuevo articulado civil la figura de la maternidad subrogada y su encuadre

normativo. Con anterioridad a la entrada en vigencia del Código Civil y

Comercial de la Nación, el Primer Juzgado de Familia, Primera Circunscripción

Judicial de la provincia de Mendoza atribuyó la maternidad sobre una criatura a

la mujer que aportó sus óvulos para que el niño fuera gestado por una tercera.

La decisión judicial fue favorable a la pretensión de los actores en tanto declaró

inaplicable al caso en cuestión el entonces vigente artículo 242 del Código

Civil, y que la filiación debía determinarse de acuerdo con su origen genético y,

fundamentalmente, la voluntad procreacional manifestada por los comitentes.

El fundamento de la decisión estribó, principalmente, en el elemento de la


voluntad procreacional manifestada que se sumó a la disposición de lo que

consideró era “el propio útero” con la finalidad de llevar adelante una gestación.

Con posterioridad a la entrada en vigencia del Código Civil y Comercial

el 30 de diciembre de 2015, el Juzgado de Familia 7 de Lomas de Zamora,

provincia de Buenos Aires, declaró la inconstitucionalidad y

anticonvencionalidad del artículo 562 del Código Civil y Comercial argentino.

Ello en virtud de no reconocer la maternidad de la mujer que hubiere expresado

su voluntad pro creacional mediante consentimiento informado y determinar la

maternidad por el hecho del parto en todos los casos.

Entre la jurisprudencia que cita el Juzgado de Familia que toma

conocimiento del caso cita se encuentran los precedentes Menesson c. Francia

y Labasse c. Francia resueltos por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos

(TEDH) en el año 2014. Los extremos fácticos en los dos casos guardaban

estrecha similitud ya que se trataba del reclamo de reconocimiento del vínculo

filial –y con ello la ciudadanía y los derechos conexos– de menores de edad

nacidas en Estados Unidos mediante acuerdos de gestación. En el país de

nacimiento la filiación había sido determinada a favor de los comitentes, de

forma contraria a las disposiciones de orden público francés. Por este motivo,

la República de Francia se oponía a la inscripción registral de los menores

como hijos de los comitentes. En el litigio contra el Estado francés, ambos

grupos de demandantes alegaron violación del artículo 8 del Convenio Europeo

de Derechos Humanos (CEDH) en cuanto protege la vida familiar.

Lo cierto es que en Menesson y Labasee el TEDH encontró que el

Estado francés había violado la protección de la vida familiar de los menores,

no así de los adultos. Es decir, la visión del TEDH se centró en la situación que
en los hechos se había provocado con respecto de las menores. En ningún

momento se afirmó que el no reconocimiento de la figura de la gestación por

sustitución fuese violatorio del derecho a la vida familiar de los adultos que

desean recurrir a ella. Es más, en los considerandos del fallo Menesson se

releva un dato objetivo y elocuente en materia de la falta de consenso sobre

esta figura: de 35 estados relevados únicamente siete permiten de manera

expresa la maternidad subrogada. Ambos precedentes afirmaron la libertad de

cada estado parte del CEDH para legislar en materia de gestación por

subrogación.

Es importante destacar que, tanto en las sentencias locales como en las

del TEDH, se presentaron ante los tribunales supuestos post facto o hechos

con sumados: niños ya concebidos y nacidos –o a pocas semanas de nacer–

en situación potencial o actual de total vulnerabilidad jurídica (ausencia de

madre dispuesta a asumir la responsabilidad parental, problemas de

nacionalidad y apatridia, etc.). En los cuatro precedentes está patente la

necesidad de proteger al niño. La jurisprudencia europea es clara en cuanto a

que la salvaguardia del niño no legitima el origen de su nacimiento.

Asimismo, en el espacio europeo, en su Resolución de 17 de diciembre

de 2015, el Parlamento ha afirmado que la práctica de gestación por sustitución

es contraria a la dignidad humana de la mujer, ya que su cuerpo y sus

funciones reproductivas se utilizan como una materia prima [por lo que] debe

prohibirse esta práctica, que implica la explotación de las funciones

reproductivas y la utilización del cuerpo con fines financieros o de otro tipo, en

particular en el caso de mujeres vulnerables en los países en desarrollo.


Esta decisión es concordante con la Resolución del Parlamento Europeo

del 5 de abril de 2011 sobre prioridades y esquema del nuevo marco de

políticas de la Unión Europea para luchar contra la violencia contra la mujer. En

ella se llamó a los Estados miembros a reflexionar sobre “el serio problema de

la subrogación que constituye una explotación del cuerpo femenino y sus

órganos reproductivos”, y enfatizaba que “las mujeres y los niños están sujetos

a las mismas formas de explotación y ambos pueden ser vistos como

commodities”.

En el marco de análisis propuesto al examinar el acto de negativa a

recibir tratamiento médico, incluso cuando de ello dependiera la propia

subsistencia, cabe preguntarse si el empleo que una mujer hace de su propia

persona bajo un acuerdo de maternidad subrogada se encuentra abarcado

dentro de la disposición del propio cuerpo que se sustenta en la dignidad

humana. Ello desde la triple perspectiva propuesta: objetiva, subjetiva y de

proporcionalidad.

Desde la dimensión objetiva del actuar, la gestación por subrogación

exige que la totalidad del ser humano sea puesta a disposición del triple

objetivo de concebir, gestar y parir. La medicina y la experiencia humana ponen

de manifiesto que el proceso de embarazo no involucra un órgano aislado del

cuerpo de la mujer gestante –su útero–, sino que las dimensiones físicas y

psíquicas se vuelcan en su totalidad a la gestación del embrión, posterior feto y

luego niño. Estudios recientes han demostrado, incluso, que el ADN del feto

pue de ser encontrado en el cerebro materno décadas después del nacimiento.

Esa disposición total no tiene por resultado la cura de la esterilidad o

patología padecida por la mujer que es sustituida como gestante, sino la


generación de un niño vivo. En otras palabras, concluido el acuerdo, la mujer

imposibilita da para gestar no habrá superado su patología. La intervención

médica no ha resuelto una carencia, sino que habrá entregado un resultado.

En el plano de la intención, cabe considerar la motivación de la mujer

que presta su persona para la gestación de un niño que será entregado a un

tercero. La práctica internacional de los países en los que la gestación por

subrogación se encuentra regulada, ejemplifica que las transacciones que se

llevan a cabo suelen tener una motivación económica por parte de la gestante.

Es decir que la gestación es considerada como una locación de un servicio que

implica a la casi totalidad de la propia persona con una finalidad

eminentemente lucrativa. La mujer no acepta un embarazo con la finalidad de

desarrollar su identidad en el plano de la maternidad: busca gestar un niño para

entregarlo al cuidado y responsabilidad parental de otro.

Finalmente, desde la óptica de la dignidad, vale reiterar que esta implica

las dimensiones biológica y afectiva del sujeto gestante. La mujer que presta su

cuerpo a la gestación de un niño para otro, es un todo personal. No pareciera

forzarse la fórmula kantiana de respeto por la persona al afirmar que la locación

de ese todo que es la persona de la gestante significa la mediatización del

sujeto. Por ello, todo lo opuesto a la afirmación del valor de la dignidad como

fundamento de los derechos, incluyendo el de disposición del propio cuerpo. Y,

más aún, la consideración de la dignidad y los derechos de los terceros, en

particular del niño que resulta de la gestación.

La negación de la dignidad ocurre en los dos sujetos principalmente

involucrados: la gestante y el niño o la niña por nacer o por ser concebido. En

la mujer, esta es vista como un medio para la obtención de un fin: la


satisfacción de cierta comprensión del derecho a la reproducción del o los

comitentes. La prestación del propio cuerpo para la reproducción de otro,

usualmente además a partir de la recepción de un precio, significa la reducción

del ser humano gestante a una maquinaria. Por otra parte, en lo que concierne

a la persona por ser concebida y gestada, esta se reduce al resultado de un

proceso. Es conceptualizada como el objeto de un derecho subjetivo: el

derecho a la reproducción de los padres intencionales.

No existe un “derecho al hijo” bajo los estándares de derecho

internacional; ello en tanto un hijo no es un bien, servicio o potestad que pueda

ser objeto de un derecho tutelado por el Estado. El hijo es un sujeto de

derecho. Por ende “proveer de un derecho al hijo sería una negación

fundamental de los iguales derechos humanos del hijo. La aproximación del

‘derecho al hijo’ debe ser resistida vigorosamente, ya que socaba la premisa

fundamental de que los niños son personas con derechos humanos”.

Existen, a su vez, diversas objeciones desde el plano principialista ius

filosófico –en las que confluyen diferentes vertientes de pensamiento– por las

cuales los acuerdos de maternidad subrogada no deberían ser aceptables

dentro del plano de la autonomía personal y alcance del derecho a la

reproducción. Ello por cuanto se trata de actos de la voluntad que sujetan a

determinadas personas –la mujer gestante y el potencial hijo– a la calidad de

objeto de derecho. Esto adquiere mayor relevancia cuanto mayor es la sujeción

de unos a la potestad de otros: en casos como el que se analiza, se confiere a

un sujeto de adulto el “derecho” a decidir la existencia de otro ser humano y

controlar de forma absoluta su inicio, desarrollo y hasta su ADN.


Conclusiones

El concepto de dignidad es de difícil determinación y continúa siendo

fuente de ricos debates en el campo de la filosofía, la ética y el derecho. En

este trabajo se abordó y definió desde una filiación kantiana en el sentido de la

capacidad inherente a todo ser humano de autodeterminarse de manera

consciente y conforme la propia comprensión ética. La dignidad como título o

fundamento de los derechos encuentra un cauce adecuado en la elaboración

del “libre desarrollo de la personalidad”. Los derechos tienen causa en la

dignidad, pero también encuentran en ella sus límites. Es decir, aquello que es

fuente es también patrón de medida: no puede afirmarse la extensión de un

derecho en actos que representen la negación de los elementos propios de la

dignidad humana.

La elaboración que hacen la bioética y la jurisprudencia constitucional

del derecho al desarrollo de la personalidad a través de las acciones que

implican una disposición –total o parcial– del propio cuerpo sirve para ilustrar el

sutil equilibrio entre la fundamentación y la limitación que es la dignidad

humana. Tal es el caso del derecho a disponer del propio cuerpo mediante la

negativa a someterse a ciertas terapéuticas que ofrece la ciencia médica con

fundamento en las creencias del sujeto sobre cuya corporeidad deberían

efectuarse. La ex tensión de este derecho se valora desde la subjetividad de la

persona en cuanto concreta creencias y vivencias internas del sujeto; y también

desde la objetividad en la medida en que los actos a los que aspira la persona

no son causa eficiente de daños o perjuicios a sí mismo, a intereses públicos o

a terceros. Reafirmar la dignidad inherente al titular del derecho estriba en

considerar al ser humano como esa unidad indisoluble de biología y espíritu.


Por el contrario, en el caso de la disposición que una mujer hace de sí

misma en el acuerdo de maternidad subrogada, no existe una afirmación de la

dignidad humana, sino una objetivización de su persona y de la persona que

habrá de gestar: se coloca en la posición de una maquinaria al servicio de un

proceso que deberá entregar un producto que cumpla con las especificaciones

deseadas por los comitentes. Implica la utilización del cuerpo y la psique para

obtener un resultado que queda fuera de la vida de la mujer al entregar al ser

humano, fruto de su vientre, a terceros en el contexto de una transacción. Se

trata de actos negatorios de la dignidad en tanto cualidad del ser humano de

ser fin en sí mismo.

La razón última de las notas de inviolabilidad e indisponibilidad de los

derechos humanos se encuentra en su mismo fundamento: la dignidad de su

titular, que Kant traduce en la exigencia de no mediatización del hombre,

extensible tanto a los otros como al mismo sujeto, y que estriba en su carácter

personal, es decir, racional y libre.

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