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Comunicacion

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PRIMER CUENTO:AL filo de la hora

faltan 30 minutos exactamente queda media hora para que ataquen. Según el plan, entrarán
por la puerta trasera, la que colinda con la pequen habitación, ahí donde el general lleva a sus
hembras para divertirse. Justo cuando esté con una de ellas daremos el golpe decisivo. Ese
huevón ni se dará cuenta; además, le mandaremos una de las chibolas más ricas de la ciudad;
así como le gustan al adefesio.
Ella sabrá lo que tiene que hacer durante el tiempo que permanezca en el lugar, pues ya lo hizo
en ocasiones simila-res, y esta vez no será la excepción.
Faltan 20 minutos
Han transcurrido casi diez minutos y yo aquí bañado en sudor hasta los calzoncillos, mis piernas
están adormecidas por la posición, ni las puedo mover. ¡Carajo!, ¿que estarán haciendo los
demás en el jardín de la casa?, seguramente están reptando hasta las ventanas de los cuartos
de invitados.
Lo peor es que no puedo comunicarme sigilosamente con este aparato de mierda porque hace
tremenda bulla.
Faltan 10 minutos
El general la está pasando bien, menos mal que por este agujero puedo ver algo. Este es un
desgraciado, ató los pies y manos de la chiquilla contra la cama y la está vistiendo con el
uniforme militar que utilizan para campaña en los desiertos. Ella está en silencio, se nota un
poco asustada y temerosa. Está temblado y sus ojos se muestran llorosos. linterna con luigi
tiene la habitacion,
Parece que ya se dio cuenta.
no puedo vet, y los gritos de la chiquilla son insoportable. se calló. Un disparo. Golpean
bruscamente la puerta. Miche da!, ¿qué hago?
Faltan 8 minutos
Se callaron.
Faltan 6 minutos
Este lugar es pequeño, llevo dieciocho horas sobre este cielorraso de triplay, menos mal que
está reforzado con fic-rros. Si me muevo, seguramente me descubren.
Parece que él salió de la habitación, solo logro escuchar algo de llanto de ella.
Faltan 4 minutos
Están disparando, han hecho detonar las granadas que pusimos en cada marco de los portones
de metal. Oigo que rompen las puertas de los cuartos cercanos al suyo. Ya están todos en la
casa. Claro, ya pasó más de un minuto.
Faltan 2 minutos
Ella está desesperada y grita que la saquen de la habita-ción, pero nadie la escucha, ahora
intenta golpear con fuerza la puerta, pero no se abre, coge una silla y se dirige al otro lado que
yo no logro ver. Suenan los vidrios, acaba de romper la ventana que da con el pasadizo. Ella
está sangrando, su rostro desfigurado rebela la brutalidad de este maldito militar. Sale
corriendo mientras se encuentra con uno de mis amigos. Se dirigen hacia la salida. Ya nos los
veo.
Falta 1 minuto
Aún no puedo entrar, no puedo bajar ahora, tienen qué darme la señal para poder hacerlo. El
Capitán fue muy claro al darme las indicaciones: cuando todos se hayan marchado de la casa
presidencial, desciendes de tu posición y te diriges hacia la bóveda, es una cámara grande de
cinco metros cuadrados -sitio preferido del General porque, según datos, siempre se va a
descansar en ese lugar-, donde guarda una tonelada de cocaína pura. Para llegar a ella, retiras
la única alfombra roja que se encuentra bajo una vieja cama. Cuando estés frente al motín,
digita la clave que ya conoces, la que hemos ensayado muchas veces, y apenas se abra la
puerta de acero, introduce la pequeña granada y ciérrala con tanta fuerza que impida que este
sinvergüenza pueda salir. Recuerda que tienes treinta segundos para huir del lugar; sino lo
haces, morirás junto a él.

SEGUNDO CUENTO: DESTINO

Me contestó una llamada por teléfono, una voz ronca y desabrida le indicaba que tenía que
recoger una parte del dinero pendiente que le iban a pagar por hacer el mismo trabajo de
antes.
Ahora tendré algo para solventar los servicios de hospitalización de mi padre, mi único familiar,
que vace desde seis largos meses en ese olidado nosocomio de la ciudad por la grave lesión en
la columna que le produjo una balacera entre faites y policías durante la fiesta patronal de mi
pueblo.
Era la oportunidad para sacar a su progenitor de ese maldito hospital, cuyos médicos le habían
desahuciado, insistiendo que lo retirara de ahí y lo llevara a su casa para que pase sus últimos
días. La última vez que les escuchó decir el mismo argumento hizo un escándalo en el pasadizo
princi-pal, rompió algunas sillas y mesas hasta que se vio rodeado de periodistas y curiosos.
Fue trasladado a la comisaría más cercana para explicar sus razones y motivos, y después,
liberado por el mismo Capitán. Esta escena fue transmitida a través de los medios de
comunicación a nivel nacional. La presión que sintieron las autoridades y galenos los llevó a dar
la orden de que su padre siga en el lugar.
Desde que murió mi mamá, él es todo para mí y nadie va a impedir que se recupere.
Guardó el celular y se dirigió apresurado a la vuelta de su casa, pateó con mucha fuerza una
puerta de calamina que daba paso a un pequeño depósito lleno de latas y botellas vacías que
recogía durante la caminata que hacía todos regresar de la universidad donde estudiaba Co.
manicación Social, gracias a una beca del gobierno de turno.
Entre estos objetos, escondía la moto Honda que le dio su padre por haber sido el primero de
su promoción en aquel colegio mixto de la sierra donde terminó su secundaria. La limpió con
un trapo húmedo y subió rápidamente al vehícu-1o, dirigiéndose por el único camino de
piedras y ripio que construyó el Alcalde reelegido por segunda vez. Fue hasta el otro lado de la
urbe, el nuevo asentamiento humano, aquel lugar que invadieron los simpatizantes del
Gobernador Re-gional, un arenal improvisado que lleva el nombre del padre del Presidente. Allí
recibiría la última orden que debía cumplir una hora después.
Llegó al lugar unos minutos antes de lo acordado, miró a su alrededor sigilosamente antes de
bajar de la moto. A unos diez metros, junto a una casa de esteras hecha de palos de caña seca
que parecía que trataba de cogerse a la arena para que el viento no se la lleve, pudo ver a un
señor de avanzada edad que le agitaba la mano indicándole que se acercara un poco más. Este
amigo del "Jefe", era el mismo que le había solicitado el servicio en tres oportunidades, lo
reconoció por el timbre de voz. Después de recibir el dinero en una bolsa negra, de las manos
del individuo, fue en busca de su mejor amigo con quien había realizado todos los encargos
anteriores; además el hermano, que también era su paisano, le había donado un terrenito para
poder vivir con su padre.
Tenía que ir a buscarlo, era su mano derecha, su "pata"; desde que eran niños allá en su tierra
cuando jugaban a la guerrita, al tiro al blanco o a las escondidas con otros amigos del barrio. Lo
buscó en su casa, a la salida de la ciudad, pequeño cuarto que le construyó el hermano mayor
después que lo trajo para que continuara sus estudios.
Paró la moto, el chibolo ya le esperaba en la puerta de entrada de la casa, llevaba una casaca
de color verde que le regaló su hermano mayor, aquel que le pagaba sus estudios y le daba una
buena propina. Lo abrazó, susurrándole al oído de que todo estaba listo para dar el siguiente
paso.
Hizo una señal de aprobación y salieron para subirse nuevamente a la moto y perderse entre el
polvo seco del arenal y el interminable caserío de esteras y palos. Los dos sabían que lo que
iban a realizar era rápido y fácil.
Chamba es chamba. Este será el último trabajo que haremos juntos, tú sabes que necesito el
dinero con urgencia.
Claro, lo sé perfectamente -le respondió, mientras la motocicleta avanzaba.
No tenía otra opción, debía conseguir este dinero lo más rápido posible, aunque me había
prometido a mí mismo no hacerlo.
No te preocupes, este será el último, nadie sospechará. Mi hermano tiene otros planes para
mí, quiere mandarme a la capital para terminar mis estudios.
El viento silbaba a su alrededor como si le llamara para que regrese y no continúe. La senda por
momentos parecía interminable. Max sabía muy bien a dónde tenían que ir, después regresaría
a casa para pagar todas las deudas acu-muladas. Aceleró la moto lo más rápido que pudo,
cruzó dos avenidas principales sin mirar los semáforos "inteligentes" que no funcionaban ese
día, nadie podía impedir que llegara puntual al sitio indicado. Cruzaron otra avenida, esta se
encontraba supuestamente en remodelación por la cantidad de esteras que lo rodeaban y
parecía estar abandonada por los ferros doblados y oxidados que eran muy notorios. El caos
veroulat era evidente, hora punta. Siguieron su camino y divisaron el viejo semáforo, habían
llegado al lugar indica-do, era una esquina maloliente y olvidada, llena de basura y pintas sobre
las paredes, servía como baño para alcohólicos y meretrices. Ahí, en aquel sitio que a nadie le
importaba a pesar de estar en una de las avenidas principales del centro de la ciudad,
estacionó su Honda y esperaron.
Para Emiliano, la noche fue un completo desperdicio, no pudo conciliar el anhelado sueño por
las constantes pesadillas que tenía. Estas lo atormentaban desde que tenía seis o siete años.
Siempre eran lo mismo, en casi todas se revelaba la imagen de un hombre encapuchado,
vestido de negro, que lo perseguía por un camino sin salida, como un laberinto oscuro y
desconocido para él, y mientras quería correr más rápido no podía hacerlo ya que sus pasos
eran lentos y torpes; en casi todos, soñaba que era atrapado con mucha fuerza por unos brazos
largos que parecían tentáculos que le envolvían todo el cuerpo cubriéndolo con una manta
gruesa y pesada, hasta sentirse asfixiado, para luego caer por un abismo sin fondo después de
una larga y penosa lucha que terminaba con un grito desgarrador. Siempre se levantaba
asustado, con la respiración agitada y con la ropa bañada en sudor. Ese día se levantó más
temprano de lo habitual, siempre con la misma interrogante: ¿cuál será el significado de este
sueño? Al llegar a la cocina se preparó el desayuno, recordando la receta que su mamá le
enseñó cuando era pequeño. Era el desayuno favorito, un caldo de huevos con papa saila
sancochada, con el cual lo engreía su mamá siempre que a isaba cada seis meses, cuando
viajaba a su tierra, un pequeño pueblo de la sierra del norte del país. Abrió el a, un gerador y se
dio con la sorpresa que estaba vacía, no había nada para llevarse a la boca. Salió corriendo a la
bodega de la esquina para comprar los ingredientes, pero, al fin y al cabo, el buen desayuno ya
no importaba, solo era necesario un par de huevos fritos y una pequeña taza de café. De
regreso al departamento, por el pasillo del cuarto piso, una sensación extraña le invadió todo el
cuerpo, se tocó las manos, los brazos y su rostro; tenía mucho frío, sintió miedo, algo
inexplicable; un escalofrío se apoderó de él inmovilizándolo por unos instantes, avanzó
lentamente sin dejar de mirar atrás, entró y cerró la puerta con mucha fuerza como para
sentirse seguro, respiró, -ya pasó susurró un poco agitado.
Mientras preparaba sus alimentos miraba el noticiero ma-tutino: otro juez del distrito
asesinado a sangre fría, era el tercero en lo que iba del mes. Para él era natural escuchar este
tipo de noticias desde que se comenzó a licitar algunas obras de infraestructura en toda la
Región. Se vistió rápi-damente, debía continuar con el trabajo de todos los días.
Esta vez utilizaría su blue jean y sus zapatos "todo terreno" porque iría fuera de la ciudad.
Cogió una manzana grande, la única en el estante, para comerla durante el camino. Miró a su
alrededor y cerró con mucha precaución asegurando la puerta del departamento que su jefe le
alquiló para que se quedara por un par de meses, mientras duraban las negociaciones con
algunos empresarios; además, tenía que cuidar el dinero producto de la venta de algunos
terrenos agrícolas de la sierra, a una minera cuyos dueños peruanos radicaban en el extranjero.
El dinero, unos cinco millones de soles que estalan dentro de bolsas negras bajo el colchón en
don. estabrmí. Vilizó el ascensor del dificio para desplazarse: ncendió la Aamante camioneta
Toyota F-Cruiser de su
¡efe, traída de Brasil, y se dirigió a la tan esperada reunión. Fil cerel único que debía dar el visto
bueno si es que se donaban para la construcción de un nuevo hospital o se le daba a una
empresa de construcción de casas y departamentos.
Lo bueno de todo esto, por el pequeño trabajito, si es que el resultado iba en favor de la
segunda propuesta, es que le habían ofrecido pagarle, como siempre, con un cargo de
confianza dentro de la región y con unos cuantos terrenos a nombre de algunos amigos
cercanos o familiares para no generar sospechas.
Mientras manejaba el esplendoroso vehículo, envidia de amigos y vecinos, con una mano en el
volante y el brazo descansando sobre la ventana, Emiliano evocó su maravillosa niñez. Recordó
cuando jugaba con unas latas de conservas en las que amarraba unas pitas para luego jalarlas,
simulando ser unos carros, y sobre ellas, unas pilas viejas y gastadas que daban la sensación de
una carga. Recordó las batallas, con niños de otros barrios, con palos de escoba que servían
como caballos y sables. Recordó cómo ataban con alambres las bisagras de las puertas de las
casas de los veci-nos, mientras estos dormían, para luego tocar fuertemente y salir corriendo.
Recordó la noche fría en que tuvo que dejar su casa, a sus padres y hermanos, sobre todo al
más pequeño de ellos, a su cuarto hermano que ahora le cuidaba una de las propiedades que
le obsequió el Jefe por su fidelidad al partido y por cumplir con su función. Extrañaba su
pueblo, a mios del bario que tomason tumbos diferentes So
Sin de su pueblo, part, es sus estudios en la crudas so
the que as, ti tene que ser propiciona li da, au faia momento pones, hemos trabajado mucho
din u mamá para darte lo mejor, recordó con ligimas en coni su Való a la ciudad donde sería
profesional. Lo hizo porque d era la esperanza de la familia. El tenía que lleva porque hermanos
cuando terminara su carrera para que tuviera sus misma oportunidad que a él le dieron. Viajó
de madrugada en el único vehículo que solo una vez, durante la semana, bajaba a la costa.
Mientras se limpiaba los ojos de las lágri-mas, ya no había más espacio en las calles; la
congestión vehicular era bárbara, más el ruido de las bocinas y la gente cruzando en luz roja.
Era insoportable.
Quiso acelerar para ganar tiempo, no quería ser castigado por su impuntualidad en aquel
importante acuerdo, tenía que hacer su trabajo muy bien, sentía que era el hombre de
confianza del jefe por la responsabilidad que le había dado; no debía defraudarlo, como su
amigo que no cumplió con su labor, un error que pagó con su vida. Se le venía a la mente cómo
planificaron desaparecer su cuerpo. Lo envolvieron en una malla de acero para luego arrojarlo
al mar. Él no quería ser el siguiente a pesar de que sabía mucho, conocía todos los movimientos
económicos, todos los pagos que se hacían a los colaboradores: entre autoridades militares,
eclesiásticas, ediles, funcionarios, jueces y fiscales, periodistas, amigos y familiares del Jefe. A
veces se sentía un hombre importante por eso tenía la seguridad de que jamás le pasaría algo.
El vehículo avanzaba con normalidad, pero el semáforo cambió en rojo. Detuvo el vehículo azul
que despedía un olor nauseabundo, venía de la esquina de la derecha. por tercera vez, un
escalofrío en todo el cuer po, nuevamente esa maldita sensación que lo inmovilizaba.
Co, a vez que le pasaba esto rememoraba algo impottante de su niñez o juventud. Se le vino a
la mente el momento que logró, después de varios intentos, conquistar a la chica más bonita
del colegio. Su primer beso en el salón de clase a la hora de recreo y las interminables
conversaciones con ella haciendo planes para el futuro. La última vez que la vio fue antes de
subir al bus que lo traería a la ciudad. Esa noche fue el final de una bella historia ya que unos
meses después resultó que se casaba con un empresario millonario que invirtió en un negocio
en el pueblo. Nunca llegó a entender tal decisión. Por eso juró que algún día tendría el dinero
suficiente para comprar lo que desearía y conquistar así a
cualquier mujer.
Se miró en el espejo retrovisor, justo sobre el timón del carro. Yacía cabizbajo, observó su
cabello castaño bañado en sangre que caía por su cuello para terminar en el fino asiento de
cuero negro del vehículo. Volteó rápidamente, asustado, estupefacto, y pidió ayuda; gritó y
gritó lo más fuerte que pudo, en todas las direcciones, no sabía qué ha-cer, si ponerse a llorar
en medio de toda la gente o hacer un escándalo en medio de toda la pista. Suplicó de rodillas
desesperadamente que alguien lo auxiliara; nadie le tomaba importancia, nadie lo escuchaba,
era como pedirle favores a la nada, al vacío. Solo un sujeto aceleraba a toda prisa su vehículo,
una moto. Vestía de negro, conducía la moto color rojo; y otro, de mediana estatura y vestido
con una casaca muy familiar para él, corría sin mirar atrás para subirse a la máquina. Al instante
reconoció a uno de ellos, no lo podía creer. Amigo Max le dijo muy fuerte, pero no lo escuchó-.
Ma: Max -volviế a decir, pero todo fue en vano.
Max se alejaba a mucha velocidad, como si hubiese cometido algún delito.
La moto desapareció por un pasaje oscuro.
Volvió a gritar desesperadamente en todas las direccio-nes, la calle parecía no estar ocupada.
Otra vez se sorprendió de que no lo escucharan, las respuestas eran nulas; para los transeúntes
aquello parecía normal.
Las bocinas eran cada vez más fuertes. La gente se acercaba con mucha curiosidad para
observar a la víctima que se encontraba sobre el timón de la camioneta, que unos pocos
minutos antes había sido baleada en la cabeza, tres orificios se notaban sobre ella, los
proyectiles le impactaron en se-gundos, matándolo al instante. Se quedó mirando sorpren-
dido, atónito, confundido, en pleno silencio. No podía creer lo que ocurría, muy confundido
golpeó el vidrio del para-brisas; pero, nuevamente, a nadie le interesaba. La misma indiferencia
que al principio. Pensó por un instante y entendió perfectamente lo que había sucedido: su
mejor amigo en compañía de su hermano, lo habían matado.
Perplejo, desconcertado por la escena, se miraba tirado sobre el timón del vehículo. La gente
se aglomeró a su alrededor murmurando lo de siempre: «Otro más, seguro tiene que ver con el
tráfico de terrenos y la nueva invasión».
Alrededor de la ciudad los comentarios eran diversos, algunos aseguraban que lo habían visto
con el Jefe, y otros, en las portadas de los diarios. Max aceleró la moto sin importarle nada, al
fin cumplió con el encargo, un peso menos, aquel había sido su último traba-jo, tal como se
prometió. El chibolo lo hizo bien, la próxima parada sería fuera de la ciudad en donde los
esperaba el Capitán con el resto del dinero que le serviría para curar a su papá, y una
camioneta policial para trasladarlos a otro lugar, hasta que todo volviese a la normalidad. Pero
esa noche se comunicaría con su mejor amigo, Miliano, para indicarle que su pequeño
hermano estaba con él y que el fin de semana lo visitaría para celebrar su buena suerte.

TERCER CUENTO: TODO POR TI

Todos salieron corriendo de las aulas del colegio. El grito vino desde el baño. Dos de mis
mejores amigas estaban peleando. l auxiliar corrió con mucha prisa. Los gritos no paraban,
cada vez eran más fuertes. Para sorpresa mía, entre tantas palabras que se decían una a la otra,
escuché mi nombre.
-¿Oíste eso, Flaco? -me dijo Luis-. Están peleando por ti.
Bajé la cabeza y no pronuncié palabra.
Desde lo alto pude ver cómo se las llevaban a la oficina
del director.
Recuerdo que hacía una semana Mariela me pidió que a la hora de salida la acompañara hasta
su casa. No me negué ya que aún era temprano para llegar hasta la mía. Caminamos casi seis
cuadras y cuando estábamos por llegar, ella me dijo que tenía algo importante que decirme.
Entonces decidimos voltear a la derecha con dirección a un parque. Yo notaba algo raro en ella,
nunca le había visto ese tipo de comporta-miento. No le di importancia. Nos sentamos en una
de las bancas. Me miró muy seria. Yo reí al verla en esa actitud.
No te burles —me dijo.
No lo estoy haciendo.
Escucha -increpó.
Está bien -le dije.
Me cogió de la mano y balbuceó algo que no entendí
¿Qué? —le dije-. ¿Qué dices? -le repetí.
Estoy enamorada de ti.... Sí, estoy enamorada de ti
me repitió. Me quedé sorprendido por unos minutos sin mencionas
palabra alguna.
—Me gustas mucho -volvió a decir.
Creo que estás confundida o equivocada conmigo. Ya pa-sará, es cuestión de tiempo o de que
lo pienses bien te respondi
Estoy segura de lo que siento, me gustas hace mucho tiempo, solo que no te lo dije - enfatizó.
Me miró fijamente y derramó unas cuantas lágrimas.
Me sentí en una situación bochornosa y complicada.
Solo callé y volví a aclarar -ya te pasará-, y caminamos con dirección a su casa, en silencio. Me
despedí.
Ayer vi a Baly y me contó que estaba enamorada, pero que no se atrevía a decírselo porque,
como era uno de sus mejores amigos, tal vez lo iba a rechazar.
Tengo miedo de decirle que me gusta mucho —me dijo.
Solo dile, quizá también tú le gustas y termine aceptándote -le respondí-. Aunque creo que
debes buscar un in-termediario, alguien que lo conozca, eso facilitaría las cosas.
Eso haré -me dijo.
Camino a la dirección, ellas seguían discutiendo, volví a escuchar mi nombre.
—Tú sabías que me gustaba -le dijo Baly a Mariela-. Por eso yo confié en ti para que se lo
dijeras; pero decidiste declararte tú.
Las dos entraron a la dirección, las esperaban el director y la psicóloga.
Nunca pensé que esto sucedería, ambas son importantes para mí, y solo las quiero como
amigas.

CUARTO CUENTO: UN SER EXTRAÑO EN EL CAMINO

Ni abuelo y yo, con nuestros burritos cargando nuestras mer-cancías, decidimos ir a Santiago
de Chuco. Salimos del pueblo a las diez de la noche con la intención de llegar a nuestro destino
junto con la luz del Sol. Caminamos por la pendiente surcando las rocas y atravesando el río.
Después de cuatro horas de viaje a pie, se nos cruzó un cerdo. Era un animal grande y colorado.
Se paró frente a nosotros y nos miró con mucha furia, como queriéndonos atacar. Mi abuelo no
lo pensó dos veces y sacó su cinturón, estampándolo con toda su fuerza sobre el cuerpo del
animal. Le dio tal golpiza que le abrió la piel, dejándole heridas sangrantes por doquier. Para
sorpresa y admiración nuestra, el animal habló. Le dijo que le dejara de pegar, que era a otro a
quien estaba esperando.
Aclaró que le habían pagado para que le hiciera daño a otro individuo, y que este pasaría por
aquel lugar. Le rogó tanto que yo, totalmente sorprendido, intercedí por él.
Mi abuelo lo dejó que se marchara. Él me contó que hay personas que se dedican a este tipo
de oficio a cambio de unas cuantas monedas. Además, que esta gente se convierte en
cualquier tipo de animal para cumplir con su recado y que los conocen como brujos.
Seguimos nuestro camino y yo temblaba de miedo por lo sucedido. Llegamos al destino
programado y a medida que avanzábamos a la plaza de armas, escuchamos rumores de que a
una señora le habían golpeado mucho, que estaba agonizando.
QUINTO CUENTO: CONFESIÓN

Mejor le digo que la espero a la hora de salida, a eso de las site de la noche; será el único
momento después de mucho tiempo y la gran oportunidad para realizar lo que tanto deseo
hacer. Caminaré hasta la esquina de la próxima avenida,
¡unto al poste de cemento, al lado del único quiosco que sobrevive a la última demolición que
hizo el alcalde de la ciudad. Desde allí podré ver cuando salga del colegio. No me atrevo a
decirle lo que pienso y siento, ¿y si me dice que no?, estaré perdido, ¡estaré perdido como
huevo en cebiche!
Ven, apúrate, te espero desde hace dos horas, pensé que saldrías temprano. Me miró
fijamente y me dijo que tenía algo que contarme.
Tuve una relación con un tipo mayor, me gustaba tanto que llegué a escaparme de mi casa para
verlo a escondi-das. Nuestra relación iba muy bien. Hacíamos planes para el futuro, él debía
terminar su profesión y yo por lo menos la secundaria. Ambos nos citábamos en los lugares
más extraños de la ciudad, detrás del albergue San Pedrito, en Nuevo Chimbote o detrás del
Instituto Tecnológico, en ese sitio donde guardan los vehículos de la municipalidad. Todo
marchaba excelente hasta que supe que estaba embarazada, todo fue tan fortuito. Cierto día
me sentía muy mal, tenía mareos, vomité dos veces en el baño del cole. Mi mejor amiga me
acompañó a la única farmacia del barrio. El diagnóstico de la prueba de embarazo fue positivo.
Me dirigí hasta su casa y le expliqué lo que pasaba. Me tiró la puerta en la cara con tanta fuerza
que me rompió la nariz, caí al césped mal cortado y seco por el calor del Sol y la falta de agua.
Sangraba. Ese día casi pierdo a mi bebé. Tenía tres meses gestando. Me dijo que no le mintiera
porque él no soportaba las bromas de ese tipo, y que, además, yo era una cualquiera.
Supuestamente sus amigos le habían contado que él era mi sexto enamorado y que yo ya no
era virgen. Me grito tan fuerte que toda su familia salió a ver lo que pasaba y se enteró de lo
sucedido. Decidieron echarme de la casa, amenazándome con denunciarme si nuevamente
intentaba buscarlo.
Me quedé perplejo, atónito, un poco confundido al es-cucharla. Guardé silencio un momento.
Sus lágrimas bañaron su hermoso y lozano rostro. Sentí compasión y decidí callar y seguir
escuchándola.
Esa noche no pude dormir, fue la más larga de mi vida; claro, después del día en que mis
padres decidieron viajar al extranjero, según ellos para buscar un mejor porvenir. Quería
desaparecer, no tenía a nadie en quién confiar y contarle.
Mis padres estaban muy lejos de mi soledad, de mis sueños.
No quería causar molestias, por eso lo hice. Por eso decidí hacerlo. ¡Cómo me arrepiento, Dios
mío! Como quisiera retroceder el tiempo para aferrarme a esa pequeña vida que se desprendía
de mí. Qué tonta fui. Dios mío, perdóname.
Después de verla llorar mucho, como una niña a quien le quitan lo que más le gusta, después
de que mojara su blusa celeste de colegiala juguetona e inocente, atiné en acariciarla y
calmarla.
Lo que tenía planeado decirle solo se quedó en mi pen-samiento, nunca le dije lo que sentía
por ella, que trabajé varios días por las mañanas y tardes para comprarle lo que a ella más le
gustaba. Desde ese día es mi hermana menor, la hija que mis padres en algún momento
quisieron tener.
SEXTO CUENTO: ENTRENAMIENTO FORTUITO

Se paró de la cama, exaltado, sin mirar el reloj. Supuestamente eran las cinco de la mañana.
Tenía que levantarse. El día anterior habían acordado ir al estadio del pueblo para iniciar con su
entrenamiento para el campeonato que comenzaría en unos días, y él había sido elegido como
responsable para avisar a cada uno de los seleccionados. Salió apre-surado. Silbó cerca de cada
casa de sus amigos. Nadie salió.
Decidió ir solo, por un momento pensó que era tarde y que lo habían dejado. Corrió y corrió sin
mirar atrás. Al llegar a su destino pudo ver a una persona vestida con uniforme deportivo color
negro deslizándose alrededor del campo, sus manitas eran gruesas como si llevara guantes; sin
embargo, su rostro no era visible, no tenía forma. Sobándose los ojos fue tras él, trotando
lentamente, deseando alcanzarlo. Faltaba poco para llegar hasta él. A cierta distancia le
preguntó quién era; como no le respondía, mencionó los nombres de sus amigos. El individuo
seguía corriendo y no contestaba.
Entonces, Mario se percató que aquello era una sombra de silueta humana deslizándose en el
aire. La radiante luz de la media Luna la hacía ver perfectamente. Sin pensarlo dos veces se
detuvo, se quedó perplejo y atónito; retrocedió unos pasos, los pelos se le pusieron de punta,
el corazón se le aceleró y corrió de vuelta a casa como nunca lo había hecho.
Al llegar miró el reloj y este marcaba las 3:30 de la mañana.
Se quedó despierto mientras sentía cómo temblaba su frío cuerpo. Desde ese entonces, todos
los días a esa misma hora escucha un agudo silbido que lo invita a salir a entrenar.
DE ACUERDO CON LA INFORMACIÓN DADA DE LOS 6 [Link] DESARROLLA A LAS
PREGUNTAS DEL CUADRO,CONTESTANDO A CADA UNA DE ELLAS DE ACUERDO AL CUENTO
QUE LE PERTENECE

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