MÉXICO SOCIAL Y POLÍTICO♣
II
Un partido conservador, dotado de bastante sentido histórico para aceptar
serenamente las ideas que informan la sociedad moderna, emancipado
suficientemente de las aspiraciones teocráticas del clero para obrar como grupo
político plenamente dueño de sí mismo y no como grupo católico subordinado, aunque
sus miembros todos o en gran mayoría profesasen el catolicismo;1 un partido
conservador que, profesando sistemático respeto a las tradiciones y creencias, se
propusiera aclimatar en un país las instituciones libres, producto de toda la civilización,
transformando normalmente las instituciones históricas, es, sin suda, un factor de
progreso eminentemente benéfico; personificaría la doctrina que considera al progreso
como la evolución del orden,2 y estaría más autorizado por la ciencia que el partido de
los innovadores a todo trance, que parten teórica y prácticamente de la destrucción de
todo lo existente, y profesan que en sociología debe prevalecer la doctrina de las
revoluciones sucesivas, expulsada definitivamente de las ciencias naturales. Pero este
partido conservador ideal es totalmente distinto del que, o por interés o por error,
enamorado de lo pasado, niega toda bondad a las ideas nuevas, o subordina su
acción política a las necesidades de la Iglesia, convirtiéndose en agente de
regresiones imposibles, complicando los intereses religiosos y los laicales, y
poniéndose en el caso, para prestar o resistir a lo que llama la revolución, de apelar a
la contrarrevolución, que es la violencia en sentido contrario a la corriente. Entonces
se trata (por buena fe y patriotismo que se suponga en los caudillos, y estas
cualidades no siempre les han faltado) de una facción reactora, de un elemento
perturbador, de esos que las sociedades eliminan en su marcha, indefectiblemente.
Las líneas que anteceden resumen, en sentir nuestro, toda la filosofía de la historia del
partido reaccionario en general, y del reaccionario mexicano en particular.
♣
Justo Sierra, "México social y político", en Ensayos y textos elementales de historia, en Obras
completas, vol. IX, México, UNAM, 1977, p. 155 y ss.
1
A los hombres de la generación naciente parecerá un anacronismo lo de las aspiraciones teocráticas del
clero; el anacronismo no está, sin embargo, de nuestra parte; aún después del fracaso de la grandiosa
tentativa teocrática de la Edad Media, el programa eclesiástico es el mismo, lo decimos no en tono de
censura, sino con el fin de testificar un hecho; la supremacía de la Iglesia sobre el poder civil es una idea
que yace en el fondo de la lucha entre el clero y el Estado todavía en nuestra época; esto puede
comprobarse absolutamente con la historia nacional. (Véase la notabilísima introducción al V volumen de
México a través de los siglos, del señor Vigil.) Hasta en la última alocución del venerable León XIII se
puede observar que libertad de la Iglesia y dominio de a Iglesia sobre la sociedad civil, son sinónimos.
(Nota del original.)
2
Éste fue el principio de la política positiva preconizada por Sierra. Cf. Periodismo político, t. IV de estas
Obras completas. [Notas de la edición citada.]
La arraigadísima fe católica de nuestros padres, su intransigencia con todo
aquello que de las ideas liberales trascendía a heterodoxia o disidencia religiosa,3
hubieran colocado al partido liberal mexicano en un estado de prolongada inferioridad
respecto del que tenía en su favor la tradición y la Iglesia, si un elemento nuevo no lo
hubiese separado, en el terreno netamente político, de los principios sostenidos por los
reactores. Hubo un grupo de liberales en quienes, por hijos de la filosofía del siglo
pasado, dominaba cierto sentido práctico y el amor a los programas claros: en primer
término figuraba, entre ellos, el eminente repúblico yucateco don Lorenzo Zavala,
hombre que, tanto la energía de sus pasiones políticas como cierto estado de espíritu
proveniente de la dificultad con que se precisaba en las conciencias la idea de una
patria superior a los fines de los partidos, condujeron, hacia el fin de su vida, hasta la
infidencia. Aclimatar la Constitución americana entre nosotros fué el ideal de este
grupo, de donde tomó su origen el partido que luego se llamó "puro"; el innovador.
Muchos intereses, facticios la mayor parte, pero tenaces ya, favorecían en diversas
fracciones del país esta tendencia. Lo que se prefería de la Constitución de los
Estados Unidos del Norte, poco bien comprendida, fuera de lo más saliente de su
régimen gubernamental, era el sistema de Federación. Poco tiempo después de la
caída de Iturbide, resultó (gracias al eclipse del poder central que se había verificado
en el último trastorno) que los grupos provinciales se juzgaron bastante fuertes para
imponer su volumen, y que los políticos probos se creyeron obligados a favorecer esta
tendencia en vista del éxito admirable de la Constitución norteamericana; de todo ello
resultó la irresistible corriente de que fluyó la Constitución de 1824. Desde entonces
conservatismo y centralismo quedaron contrapuestos a liberalismo y federalismo [ ... ]
Una generación heroica fundó en México las instituciones libres; otra ha
fundado la paz sin la que esas instituciones no eran viables. ¿La que nos ha de
suceder encontrará un pueblo definitivamente familiarizado con una sana alimentación
del cuerpo y el espíritu, y ésa organizará la práctica de la libertad en un medio ya
difícilmente accesible a la influencia duradera de una revolución militar? El camino de
esta generación es el que precisa preparar; para ello el partido liberal, su fracción
adicta a la conservación social, por lo menos, necesita llegar a un acuerdo sobre un
programa, si cree, como nosotros creemos, que es necesario fundar la política sobre la
ciencia social; si cree, como nosotros creemos, que la libertad política es la condición
precisa de todo derecho racional y de toda actividad normal.
Hay que partir de esta base: en pueblos de tan incoherente estado social, de
tan peligrosa situación geográfica, de tan dividida organización constitucional como el
3
Tal fue el tipo de liberalismo que resultó del odio a los excesos de la Revolución francesa y al
despotismo imperial, combinado con el renacimiento.
nuestro, el poder administrativo, es decir, el órgano esencialmente activo del Estado,
necesita, a trueque de convertirse en puramente pasivo e invertir su función y perecer,
de una suma de facultades superiores a las que la Constitución le otorga: de aquí
proviene que la necesidad de vivir lo condena a disponer de los parlamentos y a
procurarse delegaciones constantes de facultades legislativas. Es necesario, si
queremos que el gobierno parlamentario sea un hecho, aumentar las atribuciones
legales del Ejecutivo en la Constitución, para que no las busque en la práctica, aun
fuera de la Constitución. Pero es preciso pensar en que este gobierno legalmente
fuerte no se cambie en tiranía, y en que encuentre límites infranqueable. Uno de ellos
debe ser el Poder Legislativo, si es éste un producto cada vez más genuino del
sufragio: grandes medidas hay que tomar para ello; una de las más eficaces es, en
nuestro concepto, la sanción penal que falta en el Pacto federativo a la fracción III del
artículo 36, a la obligación de votar que tienen los ciudadanos. La instrucción
obligatoria y el voto obligatorio son dos necesidades magnas de las democracias
hispanoamericanas: todo adulto debe saber leer y escribir, todo ciudadano que sepa
leer y escribir debe votar.
Si creemos radicalmente falsa la teoría de las autonomías de los tres poderes,
tal como las formula, en términos absolutos, nuestra Constitución, siguiendo a la
Constitución norteamericana que se inspiró en Montesquieu; si tenemos por
evidentemente justa esta reflexión de Holtzendorff: "Si se entiende la teoría de los tres
poderes en el sentido de que cada uno de ellos es independiente de los otros, está al
abrigo de toda injerencia de los otros dos y en la imposibilidad de encargarse de un
acto fuera de su competencia propia, no sólo se rompe la unidad ideal del Estado, sino
que se crea teóricamente la base de un conflicto de Estado en permanencia";4
sociológicamente hablando, esta división debe ser puramente relativa, y si, aunque
parezca inconsecuencia, tiene este carácter aún en las Constituciones de México y los
Estados Unidos (véase Vallarta, Cuestiones constitucionales, y Boutrny, Etudes de
droit constitutionel) , es innegable que en esta esfera relativa la acción de cada poder
es independiente. El Poder Judicial debe tener este carácter para llenar su fin de
garantizar el derecho social o individual, de definido, de realizado. Mientras el
organismo judicial dependa del cuerpo electoral y no sea inamovible, ese fin, y no hay
otro que le sea superior, no se podrá cumplir. La inamovilidad de los jueces y
magistrados federales o comunes debe ser una cláusula obligatoria en el programa de
un partido liberal de gobierno.
4
La Política, por F: Holtzendorff, eminente profesor en la Universidad de Munich. [Nota del original.]
No hemos querido ni podido hacer aquí otra cosa que un esbozo tenue de las
consideraciones en que un plan de conducta conservador, para hacer práctica la
política liberal, se funda. Adivinamos que cuando un partido con tal base se organice
(y alguna vez se organizará, o la vitalidad de la democracia mexicana habrá sido un
mito), tendrá enfrente una fracción radical que, probablemente de buena fe y para
realizar los artículos igualitarios del credo democrático, pretendería la omnipotencia
absoluta del Poder Legislativo, a riesgo de contentarse con una sombra; la movilidad
absoluta del Poder Judicial y su dependencia del sufragio, a riesgo de hacer de la
justicia un sueño y, sobre todo -que extremando, con un espíritu de completa
intolerancia las prohibiciones de la legislación reformista, y olvidando esta máxima
fundamental y sapientísima de la política de los partidos en la nación vecina: nunca se
debe apurar el derecho-, trataría de convertir la ley en un instrumento de persecución
religiosa. En esta obra el radicalismo será secundado con idéntico espíritu, aunque
con dogmas distintos, por el clericalismo revolucionario que injuria, fanatiza y maldice.
Estas luchas informan a los partidos de gobierno, depuran los programas científicos de
libertad y de justicia. Ellas demostrarán en lo porvenir que el partido liberal no ha
abdicado, sino que ha esperado, colaborando en la consolidación de la paz en la
plenitud de la conciencia de su obra y de su responsabilidad.5 […]
(Citado en ROVIRA GASPAR, María del Carmen (Coordinadora). Pensamiento
filosófico mexicano del siglo XIX y primeros años del XX / coordinadora, Maria del
Carmen Rovira ; compiladores, Arturo Almaguer ... [et al.], Tomo I, UNAM,
Coordinación de Humanidades, Programa Editorial, México, 1998-, pp. 482-486.
ISBN 968-36-6643-4).
5
Revista Nacional de Letras y Ciencias. México, 1889, t. I, pp. 13, 170, 213, 328 y 371. [Nota de la
edición citada.]