La Misión del Pueblo que Sufre
Carlos Mesters
Los cánticos del siervo de Dios
en el Libro del Profeta Isaías
El libro se abre con una desgarradora historia del dolor del pueblo. Una
de esas historias que acaecen todos los días, a las que nos vamos haciendo
casi insensibles por nuestra limitada capacidad de simpatía y solidaridad,
pero que siguen levantando hasta el cielo, más claro, creciente, impetuoso y
amenazante, “el grito de un pueblo que sufre y que demanda justicia, libertad,
respeto a los derechos fundamentales del hombre y de los pueblos” (Cf.
Puebla 87-89).
Aconsejado por un amigo sacerdote que sufría indeciblemente en su
lecho con la columna desbaratada, el autor se puso a reflexionar sobre los
cánticos de Isaías teniendo como fondo el dolor de su pueblo. “Este
sufrimiento tienen que tener un sentido. En la lucha por la justicia y la
fraternidad debe haber lugar para todos! Aun para el canceroso que muere
solo en una cama, abandonado por todos! Si no fuera así, entonces, ¿qué es lo
que estoy haciendo yo en esta cama?”, le comentó su amigo, invitándolo a
estudiar los cánticos. Durante cinco años se dedicó a su estudio; “caminaré
por las calles del Brasil y de la Biblia. Y ahora estoy aquí, de regreso en la
casa del Padre Alfredo, para contarle lo que encontré.
Estas bellas y profundas reflexiones sobre el Siervo sufriente ofrecen al
pueblo que sufre un modelo para ayudarle a descubrir en la figura doliente
del siervo su misión como Pueblo de Dios en la historia presente. Los
cánticos le indican los cuatro grandes pasos de su camino de liberación como
siervo sufriente de Dios.
El autor propone al final de la obra algunas claves de lectura para los
textos de Isaías Junior (capítulos 40-66), con el fin de ayudar a descubrir y a
sentir en ellos la preocupación y el amor de Dios para con su pueblo, con el
cual camina en la historia, animándolo a no desistir en su lucha.
El objetivo de la obra es, pues, mostrar a un pueblo abandonado por los
hombres —y que a veces se siente también abandonado y condenado hasta
por el mismo Dios— que la Buena Nueva de la liberación para el pueblo del
cautiverio fe, más que nada, la revelación del auténtico rostro del dios vivo y
verdadero que se esconde detrás de los hechos de la historia. La fe revela allí
sus rasgos: Dios es un amor concreto, visible en los hechos, sensible a la
debilidad de su pueblo, paciente para acompañarlo en su lento caminar,
celoso y fiero para defenderlo contra el opresor. Dios libera al pueblo de la
esclavitud con un poder creador que utiliza todo cuanto tienen a mano. Es
una presencia amiga y fiel que no falló nunca ni fallará jamás. Es un Dios
santo, que pide justicia, exige compromiso y envía a la misión. Conocerlo es
practicar la justicia (Cf. Jer. 22: 15-16).
Es la revelación de este rostro del Dios liberador lo que eficazmente
fortalece al pueblo dentro y debilita el poder opresor que ataca desde fuera.
Ese rostro desencadenó una mayor conciencia crítica y una nueva práctica de
liberación que hizo del pueblo elegido y sufriente el portador de la Buena
Nueva. El pueblo es el siervo que, por su vida, debe revelar a todos los
hombres el dios liberador, cercano y amigo.
Ojalá la lectura de este libro, ahora traducido al español, contribuya a
que las comunidades cristianas de habla hispana en América Latina,
vigoricen su fe en la presencia amiga que camina con ellas en este paso
histórico de su cautiverio hacia la liberación integral.
Javier Osuna S.J.
1. La Tierra del Sufrimiento
Entrando en el motivo de nuestra conversación
UNA HISTORIA
Teresita vino de Minas a la Bajada Fulminense. Vino con el marido y
el hijo de pocos meses, y fue a vivir con la hermana casada. Cierto día, el
hijo se enfermó muy gravemente. El marido no estaba en la casa. Ella no
sabía qué hacer. Llamó al cuñado y juntos fueron al puesto medico más
cercano. No los atendieron. Parece que faltaban algunos papeles. fueron al
centro de la ciudad; caminaron toda la tarde de hospital en hospital.
Entrada la noche, tomaron el bus de vuelta. Por suerte encontraron un
lugar para sentarse. El niño empeoraba. De vez en cuando, la mamá
levantaba el pañolón y miraba al niño, preocupada. El parecía dormir.
Cuando el bus paró debajo de una lámpara, ella miró de nuevo y se dio
cuenta asustada que el niño se estaba muriendo. Se llenó de pánico.
—“Juan, se esta muriendo!”, casi gritó con voz sofocada. El cuñado miró de
reojo y vio al niño desfallecido en los brazos de la madre. el también quedó
asustado pero por otra razón. Tenía miedo de los pasajeros. Cuando vio que
nadie les estaba poniendo atención, habló bajito: “Quita mujer! Manténgase
firme! No deje percibir nada! Si no, la policía nos prende y vamos presos!”.
El pavor los transformó a los dos en estatuas. Ella ya no tuvo coraje de
mirar el rostro del hijo. Alguien podría desconfiar! Lo apretó un poco más
contra su seno y, debajo del pañolón, agarraba la manito. Ya estaba fría. De
repente, sintió un temblor pasar por el cuerpo del pequeño. Un estertor! Tres
o cuatro veces.. Después la calma total en el cuerpo helado. Ella sabía: la
vida se fue. Su hijo acaba de morir! Estaba segura —“El murió”,, dijo bajito
al cuñado— “Quieta Teresita! No deje percibir nada! Por el amor de Dios!”
Habló casi llorando.
El bus corría alocado. Teresita no se mecía. Se mantenía firme.
Aseguraba el hijo, mirando al frente como todo el mundo, sacudida por el bus
que trataba de evitar los huecos de la carretera. Así se quedó hasta que
llegaron, más de veinte minutos. El hijo muerto en los brazos!
Al día siguiente, el hijo fue enterrado, y la vida siguió como antes.
Nada cambió. Sólo el dolor aumentó. Aun así, quedó la esperanza, uno no
sabe cómo.
Teresita guardó el secreto de la muerte del hijo casi dos años. Tenía
miedo. Sólo sufría. Por fin, le contó la historia a una hermana, y ésta
preguntó: “Cómo es que usted aguanta sufrir tanto?” Ella respondió: “No sé
hermana. Uno es pobre. No sabe nada. La única cosa que sobra para
nosotros en este mundo es sufrir. Sólo eso es lo que uno sabe. Pero no se
incomode hermana. Un día eso va a cambiar! Dios lo ayuda uno!”.
“A pesar del hambre aguda
y de la suerte que no cambia,
Sin casa para vivir
y sin dónde emplearse,
este pueblo todavía espera tu venida!
Ven Señor, ven Señor,
ven a liberar a tu pueblo!”
(canto litúrgico popular)
UNA PREGUNTA
Teresita pertenece a los millones de los que sólo sufren, sin un por qué
y sin saber por qué. Viven para sufrir, sufren para vivir, en el cautiverio del
dolor. El pueblo sufre callado, resiste con los dientes apretados. No le gusta
hablar de su dolor. pero el dolor no logra quedar escondido. sin querer,
aparece en una frase dicha por acaso en medio de una conversación. Y
mirando por la brecha de la frase, usted descubre un mar de sufrimiento.
Sufrimiento tan grande, que casi no cabe en una vida humana. Quiere oír
algunas de esas frases que yo oí?.
Una madre de familia me dice: “En la sequía del setenta, en un mes,
perdí tres hijos entre los cuatro y nueve años. Murieron de hambre. Quedé
casi enferma”.
Un padre de familia me contó: “Pasamos la noche debajo de la mesa,
yo, mi esposa, y los cuatro hijos. La lona que servía de tejado en mi rancho
no aguantó más y el peso de la lluvia la reventó toda”.
Un obrero se desahogó: “La policía me agarró y me golpeó toda la
noche, yo no sabía nada. No hice nada ni soy perro para aguantar de esta
manera. Será que es crimen decir a los compañeros que el salario mínimo no
alcanza para vivir?”.
Un agricultor me habló: “El patrón derribó la cerca de mi sembrado,
echó el ganado y quemó el resto que sobró de la plantación. Ahora no tengo
nada. Ya no sé qué hacer. Tengo mujer y nueve hijos.”
Un amigo me contó: “Desde 1931 hasta hoy, mi padre cambió de casa
veintidós veces con toda la familia en busca de un terreno para poder plantar.
Sin eso, íbamos a morir de hambre”.
Un conocido me soltó esta frase: “La semana pasada fui despedido del
trabajo, perdí mi hija que murió de tuberculosis y me botaron de la casa a la
calle. Todo en la misma semana ¡Vea si eso es vida para uno!”.
¿Es necesario continuar? Siga usted mismo recordando los casos que
conoce o vive. ¿Si los juntase todos, cuántos casos serían? ¿Cien? ¿Mil?
¿Cuántos? No se pueden contar, como no se pueden contar las estrellas del
cielo ni los granos de arena que quedan en la playa del mar. Es todo un
pueblo que sufre callado, en el cautiverio del dolor.
¿Por qué existe tanto dolor en el mundo? Para qué sirve tanto
sufrimiento? ¿Por qué son siempre los pequeños, los pobres y los inocentes
los que deben cargar la mayor parte de la cruz? Y de dónde este pueblo saca
la fuerza para poder aguantar tanto dolor y resistir durante tanto tiempo, sin
perder la esperanza y la voluntad de luchar? Usted sabe la respuesta?
“El Pueblo de Dios sigue gimiendo,
Una vida de esclavo él esta viviendo.
Grita atormentado ya casi muriendo:
Quién es, quién es, quien es, quién es,
Quién va a liberar este pueblo, ¿José?”
(canto popular).
UNA PISTA
Cierto día, fui a visitar al padre Alfredo. El estaba enfermo en la casa.
Sufría mucho. Al levantar dos latas llenas de agua, su columna no aguantó el
peso y se salió de su sitio. Un dolor terrible se apoderó de todo su cuerpo.
No había remedio que aliviara su sufrimiento. El dolor entró en él como
entra el agua en una esponja. Eso ya duraba cinco días y cinco noches, sin
parar un solo instante. Acostado en la cama, me dijo: “Estos días he pensado
mucho en el sufrimiento. Qué sentido le voy a dar a este dolor, del cual no
escapo ni veo el ¿por qué? ¿Usted sabe? Le garantizó a usted que en este
Brasil hay mucha gente como yo. Gente que apenas sufre, sin un por qué y
sin saber el por qué!”
Continuó: “Todo eso me hace pensar en el dolor del Siervo de Dios del
que habla el profeta Isaías. usted sabe, aquel hombre de la Biblia que sufrió
tanto allá en el cautiverio de Babilonia y que, por su sufrimiento, libertó al
pueblo. El supo transformar la paciencia en pasión, y condujo al pueblo a la
resurrección”.
Y Alfredo concluyó: “Me parece que nuestro pueblo pobre y
sufrimiento está llamado a ser hoy el Siervo de dios que por su sufrimiento,
trae para todos la justicia y la liberación! ¿Usted entiende lo que quiero
decir?”
Se calló, me miró y me dijo: “Su cara me dice que no me entendió. Es
que usted no está sufriendo lo que yo sufro ni lo que el pueblo sufre. Usted
sólo tiene ideas sobre el sufrimiento, no tiene el sufrimiento. Lo que acabo
de decir puede parecer locura y escándalo, como fue locura y escándalo la
cruz de Cristo. Pero el sufrimiento tiene que tener sentido! En la lucha por la
justicia y la fraternidad debe haber lugar para todos! Aun para el canceroso
que muere solo en una cama, abandonado por todos! Si no fuera así, ¿qué es
lo que estoy haciendo yo en esta cama? ¿Ahora entiende?
Y sin esperar una respuesta, Alfredo insistió: “Dele una mirada a
aquellos cuatro cánticos del Profeta Isaías que hablan del Siervo Sufriente.
Haga un estudio, y después, usted me cuenta lo que encontró. Quién sabe si
la Palabra de Dios nos trae alguna luz para aclarar el problema del
sufrimiento, del sufrimiento del pueblo. Pero tenga cuidado. No entre nunca
solo a la Biblia. Usted se perdería y no encontraría nada. Lleve consigo en
su recuerdo el dolor del pueblo al que pertenece!”
Fui a hacer lo que el Padre Alfredo pidió, y comencé a estudiar los
cuatro cánticos del profeta Isaías. Lo hice a la manera que él lo pidió; llevé
conmigo, en mi recuerdo, el sufrimiento de nuestro pueblo y fui andando.
Durante cinco años caminé por las calles del Brasil y de la Biblia. Y ahora
estoy aquí, de regreso en la casa del Padre Alfredo, para contarle lo que
encontré. Antes, sin embargo, quiero dar tres breves informaciones sobre los
cuatro cánticos de que hablaba Alfredo. Es para ayudar a entender la historia
que voy a contar.
Tres breves informaciones sobre los cuatro cánticos
1. ¿Quién escribió?
Los cuatro cánticos del Siervo de Dios están esparcidos por la segunda
parte del Libro de Isaías, es decir, por los capítulos 40 hasta el 55. Esta parte
del libro fue escrita por un discípulo de Isaías. El vivía junto al pueblo en el
cautiverio de Babilonia, alrededor del año 500 antes de Cristo, mucho
después de la muerte del profeta Isaías. No sabemos el nombre de este
discípulo. Algunos lo llaman Segundo Isaías. Nosotros lo vamos a llamar
Isaías Junior.
2. ¿Quién es el Siervo de Dios?
Mucha gente se pregunta: ¿quién es el Siervo? ¿Es el pueblo? Es
Jesucristo? ¿Somos nosotros? Es alguno de los profetas? En quién estaba
pensando Isaías Junior cuando escribió los cuatro cánticos? La respuesta más
probable es la siguiente: La idea del Siervo la sacó Isaías Junior de la vida
del profeta Jeremías, el gran Sufriente, que nunca bajó la cabeza delante de
sus opresores y que hizo tanto para mantener en el pueblo la esperanza.
Isaías Junior vio en él un ideal para el pueblo sufriente del cautiverio y se
inspiró en él para hacer los cuatro cánticos. Pero al hacer los cánticos, la
preocupación mayor de Isaías Junior ya no era escribir la vida de Jesús, sino
presentar al pueblo del cautiverio un modelo que lo ayudara a descubrir en la
figura del Siervo, su misión como Pueblo de Dios. Por tanto, para Isaías
Junior, el Siervo de Dios es el pueblo del cautiverio! Más tarde, Jesús se
inspiró en los cuatro cánticos del Siervo para realizar su misión aquí en la
tierra. Por eso, el Siervo es también Jesús.
3. ¿Qué es lo que nos dicen los cuatro cánticos?
Los cuatro cánticos son una especie de cartilla o itinerario. Indican los
cuatro pasos del caminar del pueblo como Siervo de Dios. Son un espejo
para que el pueblo pueda tomar conciencia de su misión. Son un ideal para
ser realizado por todos los que quieren pertenecer al pueblo de Dios.
Más adelante serán dados los argumentos para probar estas tres
afirmaciones. Por ahora, basta la brevedad de la información. Dicho esto,
pido su permiso para empezar a contar la historia del Siervo de Dios.
Voy a contar una Historia
“Voy a contar una historia.
Es del Siervo Sufriente.
Está en la Biblia, está en la vida.
Es la de quien sabe lo que es el dolor.
El profeta Isaías
fue quien primero la contó,
Pero el pobre de este mundo
con su vida la completó.
El cántico del profeta
nos indica y nos conduce.
Ese Siervo de quien habla
es Nuestro Señor Jesús!”
Este canto tan bonito, viniendo de allá de Paraíba, nos presenta el fruto
de una larga reflexión. El dice claramente que el Siervo es Jesús; y es
también nuestro pueblo, este pueblo sufriente, que imita a Jesucristo,
resistiendo contra el dolor. Pero hasta llegar a este fruto, costó lucha y
sufrimiento. Llevó tiempo, mucho tiempo, llevó siglos de dolor.
Primero había sólo la tierra, tierra de sufrimiento. Después apareció la
semilla, semilla de resistencia. De la semilla nació un tallito verde de la
esperanza, esperanza de liberación. De aquel hilito verde del tamaño del
césped, surgió la espiga que se fue llenando en la paciencia del tiempo,
tiempo de lucha y de espera. Sólo después de todo esto, bien al final del
crecimiento, apareció el fruto maduro que, hasta hoy, alimenta el pueblo y lo
ilumina en su caminar. Y el fruto es éste: El Siervo es Jesús, pero es también
el pueblo este pueblo sufriente, que imita a Jesucristo resistiendo contra el
dolor.
Voy a contar la larga historia de este Siervo Sufriente, desde la tierra
del sufrimiento que recibe la semilla, hasta el fruto maduro que nos revela la
misión del pueblo que sufre. Como itinerario voy a seguir los cuatro pasos
indicados por los cuatro cánticos de Isaías Junior.
2. La Semilla de la Resistencia
Primer canto - Primer paso
Isaías 42, 1-9
Dios escoge a su siervo y lo presenta al mundo
“He aquí a mi siervo a quien yo sostengo,
mi elegido, el preferido de mi corazón.
He puesto mi espíritu sobre él.
El les enseñará mis juicios a las naciones”.
(Isaías 42, 1).
Con estas palabras solemnes, dirigidas por Dios a todas las naciones del
mundo y transmitidas hasta nosotros por el discípulo del profeta Isaías, el
primer cántico abre la historia del siervo de Dios.
Dios es quien toma la iniciativa. El escoge al pueblo del cautiverio para
ser su Siervo y le confía una misión importante. El dice al pueblo:
“Yo, Yavé, te he llamado para cumplir mi justicia,
te he formado y tomado de la mano,
te he destinado para que unas a mi pueblo
y seas luz para todas las naciones.
Para abrir los ojos a los cielos,
para sacar a los presos de la cárcel,
y del calabozo a los que estaban en la oscuridad”.
(Isaías 42, 6-7)
Al oír estas palabras, uno se pregunta: “¿Cuál es el pueblo de esta tierra
capaz de realizar una misión tan grande?” Uno se imagina inmediatamente
un pueblo organizado, bien preparado, de grandes cualidades. Imagina un
pueblo consciente, lleno de fe y de esperanza, dispuesto a aceptar
inmediatamente el llamado de Dios. Pero nada. Nos engañamos. El
proceder de Dios es otro. La realidad fue muy diferente.
La Situación del Pueblo que fue escogido para ser el Siervo de Dios
El pueblo escogido por Dios para realizar aquella misión tan importante
era un pueblo sufrido y oprimido, casi sin fe y sin esperanza. Un pueblo que,
de tanto sufrir, se entregó finalmente diciendo: “Estoy al fin de mis fuerzas,
se acabó mi esperanza que venía de Dios” (Lam. 3, 18). Un pueblo casi sin
conciencia, sin iniciativa y sin salida (Lam. 3, 7.9). Un pueblo explotado,
“que conoció de cerca el dolor” (Lam 3, 1). No era ni pueblo, apenas un
resto de pueblo, el “deshecho de las naciones” (Lam. 3,45). Era la sobra del
mundo, esclavizado por el rey Nabucodonosor.
¿Qué fue lo que ocurrió para que el pueblo quedase de esa manera? La
historia cuenta lo siguiente. En el mes de julio del 587 antes de Cristo,
Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino con un gran ejército e invadió
Palestina, la tierra donde vivía el pueblo de Israel. Cercó la ciudad de
Jerusalén, destruyó todo con el fuego, mató mucha gente, y parte del pueblo
que quedó de la matanza fue llevado como esclavo al cautiverio en Babilonia
(cf. 2 Re 24 y 25). Entre ellos estaba Isaías Junior.
Isaías Junior comparó al pueblo del cautiverio con una de aquellas
plantas secas del desierto. Pedazo de raíz reseca, enterrado en un sueldo
desierto. (Is 53, 2). Quien ve el sertao en época de sequía dice: “Aquí ya no
crece nada!”. Quien veía al pueblo en aquella situación decía: “De este
pueblo ya no sale nada bueno. Es el fin”. Y no era exagerado. Era
realmente una situación de muerte. El propio pueblo decía: “Dios me hace
vivir en las tinieblas, como un difunto enterrado hace mucho tiempo. Las
aguas me cubrieron la cabeza y yo grité: Estoy perdido!” (Lam. 3,6.54).
Perdieron todo. La única cosa que quedaba para el pueblo era sufrir el dolor
que lo aplastaba. “Lo que sobra para nosotros en este mundo es sufrir”, decía
Teresita.
Oyendo todo esto, uno se pregunta con curiosidad: “Cómo era entonces
la situación de aquel pueblo cuando Dios lo llamó para ser su Siervo?” En la
Biblia existen cinco Lamentaciones, atribuidas al profeta Jeremías, en que el
pueblo llora su desgracia, ellas describen la desnutrición de Jerusalén, la
masacre del pueblo y la esclavitud del cautiverio, y permiten hacer una
comparación entre el dolor del cautiverio ayer y el cautiverio del dolor de
hoy. Voy a dar un resumen de estas cinco Lamentaciones. No se asusten.
Fue un dolor terrible. Casi no se puede creer!
La tercera Lamentación empieza así: “Yo soy el hombre que conoció el
dolor de cerca” (Lam 3,1). Cuál fue el dolor que él conoció? El responde:
¡Yo vi el hambre!
Vi a todo el pueblo gimiendo de hambre,
buscando pan (Lam. 1,11);
niños pidiendo comida,
y no había (Lam 4,4);
criaturas muriendo de hambre en los brazos
de sus madres,
mientras preguntaban:
“Mamá, dónde hay pan?” (Lam. 2,12);
niños y lactantes, caídos por las calles
de la ciudad
como si fueran heridos de guerras
(Lam. 2,11);
el pueblo saliendo de casa con riesgo de la vida
en busca de alimentos (Lam. 5,9);
ancianos y sacerdotes asesinados brutalmente
mientras buscaban alguna cosa para comer (Lam. 1,19).
gente ofreciendo sus joyas
a cambio de un poco de comida (Lam. 1,11).
El hambre los torturaba a todos. (Lam. 5,10)
Yo vi la miseria!
Vi al pueblo pagando a precio de oro
el agua que bebía,
y gastando mucho dinero
por la leña que usaba (Lam. 5,4);
los que antes se alimentaban
con manjares deliciosos,
desfallecen de hambre por las calles (Lam. 4,5);
los que fueron criados en medio del lujo
dormían en camas de estiércol (Lam. 4,5);
los de piel suave quedaron reducidos
a piel y hueso,
secos como madera (Lam. 4,7-8);
fuimos forzados a extender la mano a Egipto
y a Asiria
para conseguir el pan que comíamos (Lam. 5,6);
quedamos sin ayuda, y todo el mundo
se burlaba de nosotros (Lam 1,7.21; 2,16).
Era mucho mejor morir por la espada
que morir de muerte lenta por el hambre! (Lam. 4,9)
¡Yo vi el terror!
Vi mujeres violadas en la ciudad
de Jerusalén,
y muchachas deshonradas en todo el país
(Lam. 5,11);
cadáveres de viejos y niños,
de muchachos y muchachas,
tirados por todas partes
en las calles de la ciudad (Lam. 2,21);
sacerdotes y profetas asesinados
dentro del propio templo del Señor
(Lam. 2,20);
los líderes del pueblo ejecutados
por la mano de los enemigos,
sin ningún respeto por su vejez
(Lam. 5,12).
en la calle, la espada mataba a los hijos,
y en la casa, la muerte reinaba (Lam. 1,20);
vi madres que llegaron al punto
de comer sus propios hijos (Lam. 2,20);
mujeres de manos delicadas
que cocinaban sus niños
y, enseguida, los servían
como comida en la mesa (Lam. 4,10).
Fue un verdadero festival de terror! (Lam. 2,22).
Yo vi la destrucción!
Vi la ciudad toda destruida;
nada quedó en pie (Lam. 2,1-9);
las casas del pueblo y el lugar
de sus reuniones (Lam. 2,2.6),
las fortalezas, las murallas
y las puertas de la ciudad (Lam. 2,2.9).
el altar, el santuario y los palacios (Lam. 2,5.7),
todo fue destruido por el fuego (Lam. 2,3; 4,11).
La fuerza del pueblo fue quebrada (Lam. 2,3).
Profanaron todo, y quedamos sin nada:
sin rey y sin príncipes (Lam. 2,2.6.9)
sin sacerdotes y sin profetas (Lam. 2,6.9),
sin fiestas y sin nuestros sábados,
sin ley y sin profecías (Lam. 2,6.9);
el Templo de dios, la Gloria de Israel,
fue invadido, robado y destruido
(Lam. 1,10; 2,1.7).
Grande como el mar fue nuestra desgracia! (Lam. 2,13).
¡Yo vi la tristeza de la muerte!
La ciudad perdió su belleza (Lam. 1,6),
Jerusalén, Hija de Sión, quedó desnuda;
ella gime y esconde el rostro de vergüenza (Lam. 1,8);
llena de amargura, ella llora día y noche (Lam. 1,2.4).
Se acabó la alegría (Lam. 5,15):
nadie más se presenta en los días de fiesta (Lam. 1,4),
Los sacerdotes gimen,
los jóvenes no cantan más (Lam. 1,4) (5,14),
las muchachas bajaron la cabeza,
mudas de tristeza (Lam. 1,4; 2,10);
hasta los ancianos callaron
y no conversan más (Lam. 2,10),
ni se reúnen más
junto a las puertas de la ciudad (Lam. 5,14);
los bailes se transformaron en velorios (Lam. 5,15);
todo se volvió una gran ruina,
llena de luto (Lam. 1,4).
Nadie nos viene a consolar,
las lágrimas corren (Lam. 1,9.16),
ya no hay consuelo para nuestro dolor!
(Lam. 1,2;2,13).
¡Yo veo la esclavitud!
Nuestra juventud fue llevada
al cautiverio (Lam. 1,18):
los muchachos tienen que arrastrar
la piedra de molino
y las muchachas andan caídas
bajo las cargas de leña (Lam. 5,13).
Un pueblo de esclavos nos domina (Lam. 5,8),
y no hay nadie que nos pueda liberar (Lam. 4,17);
vivimos acosados, con el yugo al cuello (Lam. 5,5),
estamos agotados
por los trabajos forzados,
oprimidos en dura esclavitud,
y no nos dan el mínimo descanso (Lam. 1,3; 5,5);
traída por los amigos, amantes de otrora (Lam. 1,2)
la ciudad libre se volvió esclava (Lam. 1,1);
nuestra herencia cayó en manos de desconocidos (Lam. 5,2),
pues nuestros jefes son como ganado de pasto,
empujado por el arriero (Lam. 1,6).
vi el desastre de la Capital,
Hija de mi pueblo (Lam. 2,11),
pueblo desterrado, humillado y esclavizado!
(Lam. 1,3).
Realmente, quien presenció todo esto podía decir en verdad: “Yo soy el
hombre que conoció el dolor de cerca!” (Lam. 3,1). Podría gritar a los cuatro
vientos:
“Ustedes todos que pasan por la calle,
paren y miren para ver si,
en algún lugar,
exista un dolor semejante a mi dolor!” (Lam. 1,12).
Después de este resumen de las Lamentaciones, ya se puede entender
por qué Isaías Junior comparó al pueblo del cautiverio con el “Hombre de
Dolores” (Isaías 53,3). Hombre desfigurado, sin un mínimo de condición
humana, sin gracia ni belleza, despreciado, lleno de sufrimiento, evitado por
los otros como si fuese un leproso, herido por Dios, humillado y castigado
por El, aplastado y maltratado por los hombres, condenado como un criminal,
sin ley, sin justicia, sin defensa (Is. 53,2-9).
La manera de actuar de Dios es diferente a nuestra manera de actuar
Fue este el pueblo que Dios escogió para ser su Siervo y realizar aquella
misión de justicia y de liberación. Uno imaginaba un pueblo altamente
preparado, bien organizado, de grandes cualidades. Imaginaba a un pueblo
consciente, lleno de fe y de esperanza. Pero fue un engaño nuestro. La
lectura de la Biblia nos ayudó a percibir que la manera de actuar de Dios es
otra, y probó que la realidad fue bien diferente.
Nadie más creía en aquel pueblo ni él mismo, sólo Dios. Dios seguía
creyendo en el pueblo del cautiverio y lo llamaba diciendo:
“Tú eres mi Siervo.
Yo te escogí y no te rechacé.
No tengas miedo, porque yo estoy contigo.
No te angusties pues yo soy tu Dios.
Yo te doy fuerzas, yo soy tu auxilio.
Yo te sostengo con el poder de mi brazo”
(Isaías 41, 9-10).
Esta es la manera de Dios que la Biblia enseña y la vida nos confirma.
Es diferente, bien diferente de nuestra manera. Quién de nosotros iría a
escoger un pueblo así y apoyarse en él para arreglar el mundo? ¡Sólo Dios
mismo! Y Dios no cambió de esa época para acá.
Por medio de esta elección, Dios mostró su preferencia. Se quedó al
lado de los oprimidos. Los poderosos, los dueños del mundo, los que
masacraban al pueblo y de él se mofaban, ésos, ahora, tienen que inclinarse
ante este mismo pueblo para recibir de él el servicio de Dios. Se invirtió la
situación.
Así, desde el inicio del primer cántico, Dios llama la atención del
mundo entero hacia los pequeños y los oprimidos, sus Siervos. Dios quiere
que todos miren hacia los pobres y descubran ahí la Buena Noticia que, por
medio de ellos, ofrece a todos.
¿Por qué Dios escoge justamente a los pobres? ¿Qué es lo que ellos
tienen de especial para merecer la preferencia del corazón de Dios? ¿Cuál es
la Buena Noticia de Dios que ellos anuncian? La respuesta a estas preguntas
sigue enseguida en el primer cántico, donde Isaías Junior nos ofrece un
retrato hablado del Siervo de Dios.
El retrato hablado del Siervo de Dios
“El no clamará, no gritará,
ni alzará en las calles su voz.
No romperá la caña quebrada
ni aplastará la mecha
que está por apagarse.
Enseñará mis juicios según la verdad,
sin dejarse quebrar ni aplastar,
hasta que reine el derecho en la tierra.
Los países lejanos
esperan sus ordenanzas”
(Isaías 42,2-4).
Este texto fue usado muchas veces para enseñar a los pequeños la
humildad, la paciencia y la mansedumbre. Pero no es precisamente éste su
sentido. Es lo contrario. El texto describe la manera de vivir de aquel pueblo
oprimido allá en el cautiverio y quiere llamar la atención de todos hacia el
derecho y la justicia que él ya estaba practicando.
El Siervo, el pueblo, es presentado como alguien que “no rompe la caña
quebrada, ni aplasta la mecha que está por apagarse”. Es decir, él no aplasta
ni ofende a los más débiles que él. Se dice también que el pueblo “no grita,
no clama, no alza en las calles su voz”. Es decir, él no usa ni propaganda ni
demagogia, como hacían los grandes. Pero ya en frente, insistente y fiel, sin
desanimarse ni desfallecer, hasta establecer el derecho sobre la tierra.
En este retrato hablado se transparenta el valor de aquel pueblo: a pesar
de lo aplastado, él no aplastaba; a pesar de lo oprimido, no oprimía; a pesar
de recibir injusticias, no respondía con injusticias. A pesar de todo su
sufrimiento y desánimo, el pueblo resistía y no se dejaba contaminar por la
manera de vivir de sus opresores. No permitió que Nabucodonosor le robara
el ideal que Dios soñaba para todos, a saber, el ideal de una sociedad fundada
sobre el derecho, sin opresores ni oprimidos.
Ahora, quien vive así, aunque no sepa nada, es un anuncio vivo de la
Buena Noticia que Dios tiene para todos. Quien vive así, aún sin saber,
promueve el derecho y es semilla de resistencia contra la opresión. El merece
la preferencia del corazón de Dios. Así, aun sin darse cuenta de la
importancia de su testimonio, el pueblo del cautiverio ya prestaba al mundo
el servicio de Dios. ¡Ya era Siervo de Dios! ¡Y Dios lo reconoce y lo
asume! Apuntando al pueblo, él declara a todos:
“He aquí a mi Siervo
a quien yo sostengo,
mi elegido
el preferido de mi corazón!”
(Isaías 42,1).
Pero no todos los pobres viven así. Muchos de ellos se dejan
contaminar por la manera de vivir de sus opresores. Prefieren imitar a
Nabucodonosor. A pesar de ser los oprimidos tienen cabeza de opresor. Dan
cama y comida a los que los explotan. Pierden así su dignidad de gente y
dejan podrir dentro de sí la semilla del futuro que está escondida en el suelo
de su vida. Esto fue lo que ocurrió allá en el cautiverio de Babilonia.
Muchos abandonaron la pequeña comunidad, se adhirieron al sistema
montado por Nabucodonosor y empezaron a enriquecerse. Para ellos, el
cautiverio no fue tan penoso, pero no nació de ellos el futuro.
El futuro nació del pueblo pobre, oprimido y desanimado, que, a pesar
de toda la desgracia, continuó fiel al derecho y a la justicia y no se dejó
contaminar por la mentalidad de sus opresores. Aun sin saberlo, este pueblo
estaba siendo, de hecho, el Siervo de Dios. Y a él Dios le va a entregar una
misión importante.
La Misión del Pueblo que sufre
Después de haber presentado a su Siervo a las naciones del mundo,
Dios se dirige ahora al propio Siervo y lo destina para su misión:
“Así habla Yavé,
el que creó los cielos y los estiró,
que puso firmes cimientos a la tierra
y produjo todas sus plantas,
que dio alimento a sus habitantes
y respiración a los seres
que se mueven en ella.
Yo, Yavé,
¡Te he llamado para cumplir mi justicia!”
(Isaías 42, 5-6).
Isaías Junior usa el modo de presentar a Dios como el Creador del
universo y de la vida (Is. 42,5). El muestra así la importancia de la misión
que el pueblo va a recibir, y garantiza que el pueblo puede contar siempre con
el poder creador de Dios para realizar su misión.
Enseguida, el propio Dios toma la palabra y se presenta al pueblo: “Yo,
Yavé, ¡te he llamado para cumplir mi justicia!” (Is. 42,6). En estas pocas
palabras, Dios esclarece dos cosas de extrema importancia:
1. “¡Yo soy el Señor!” La palabra Señor traduce el nombre Yavé. El
nombre Yavé quiere decir “presencia liberadora en medio del pueblo”. El
expresa el compromiso que Dios asumió en el pasado de estar con el pueblo
para liberarlo de la esclavitud de Egipto (Ex. 3,13-15). Y ahora, El invoca
este mismo Nombre para expresar su compromiso de estar con el pueblo del
cautiverio y de ayudarlo en su misión. Como Moisés, el pueblo puede contar
siempre con la presencia liberadora de Dios en medio suyo!.
2. “Te he llamado para cumplir mi justicia!” Algunos entienden esta
afirmación así: “Yo te llamé, para que tu estés de acuerdo con la justicia”.
Pero éste no es el sentido verdadero. Es el propio Dios que quiere cumplir su
deber de justicia y, por eso, El llama al pueblo del cautiverio para ser su
Por un lado, estaba Nabucodonosor que pisoteó los derechos de los pueblos,
despedazó la justicia y creó un sistema que mantenía el mundo en la
esclavitud. Por otro lado estaba el pueblo por él esclavizado que, a pesar de
oprimido, no oprimía; a pesar de sufrir la injusticia, no respondía con
injusticias. Cuál de estos dos debía ser llamado para promover el derecho y
la justicia sobre la tierra: Nabucodonosor, el sabio, el fuerte, el rico, más
injusto y opresor, o el pueblo ignorante débil y pobre, más justo y fiel? La
respuesta es evidente. “De acuerdo con la justicia”, quién debía ser llamado
era el pueblo! Y Dios quiso ser justo. Llamó “de acuerdo con la justicia”.
Llamó a los pobres. Con otras palabras, la opción por los pobres y oprimidos
no es facultativa, sino que es un deber de justicia, de justicia divina!
Enseguida, Dios define la misión del pueblo del cautiverio y dice:
“Yo, te he formado y tomado de la mano,
te he destinado para que unas a mi pueblo
y seas luz para todas las naciones.
Para abrir los ojos a los ciegos,
para sacar a los presos de la cárcel,
y del calabozo a los que estaban
en la oscuridad”.
(Isaías 42,6-7).
De acuerdo con la voluntad de Dios que aquí se expresa, la misión
como Siervo va a tener que dar rumbo y sentido a la vida, a la lucha y al
sufrimiento del pueblo. Pues fue para esta misión para la que Dios lo formó
y lo destinó, y El continúa tomando la mano de su pueblo (Is. 42,6), como un
padre asegura la mano de su hijo.
La misión es muy concreta. Es de liberación. Al recorrer los otros
cánticos va a quedar más claro en qué consiste esta misión y cómo debe ser
realizada. De cualquier manera, conviene destacar dos puntos:
• El pueblo debe unirse entre sí y, así, servir a los otros; no puede
cerrarse sobre sí mismo, sino que debe ser “luz de las naciones”.
• El pueblo recibe su misión no de los hombres ni de las autoridades del
pueblo, sino del propio Dios: esto le da libertad para afirmarse delante de
aquellos que, en nombre de una autoridad humana, lo oprimen y explotan.
Los Recursos que garantizan el éxito de la Misión del Siervo
Para poder realizar su misión, el pueblo oprimido no está solo. El
puede contar con muchos recursos. Recursos diferentes de los normales. El
puede contar con el apoyo y la preferencia de Dios (Is. 42,1), con el don del
Espíritu (Is. 42,1) con el poder Creador (Is. 42,5), con la certeza de la
presencia liberadora de Dios expresada en el nombre Yavé (Is. 42,6), con el
compromiso que Dios asumió con la justicia (Is. 42,6), y con el constante
acompañamiento de la mano divina (Is. 42,6). El puede contar todavía con la
certeza de que ésta es su misión, recibida del propio Dios (Is. 42,6).
Finalmente, él puede contar con la certeza de que los pueblos más lejanos
están a la espera de sus ordenanzas (Is. 42,4). Entonces, su mensaje viene al
encuentro de las aspiraciones más profundas de los hombres. El siervo no es
un extraño. El es bienvenido.
Y ahora al final del primer cántico, Dios empeña todo su prestigio y
toda su honra en la misión del pueblo oprimido. El dice:
“¡Yo soy el Señor! ¡Este es mi Nombre!
no dará mi gloria a otros,
ni mi honor a los ídolos.
Las profecías del pasado
ya se realizaron,
ahora anuncio cosas nuevas,
antes que pasen
se las doy a conocer!”
(Isaías 42,8-9).
“¡Yo soy el Señor! ¡Este es mi nombre!” Dios renueva su compromiso
de estar con el pueblo oprimido y de ser en medio de él una presencia
liberadora. La gloria de Dios es ver a su pueblo libre, fraterno y feliz! La
raíz de la libertad, de la fraternidad y de la felicidad es el propio Dios. El no
va a permitir que Nabucodonosor, apoyado en falsos dioses oprima a su
pueblo y le impida realizar su gran sueño para todos los hombres.
El compromiso con el que Dios asume la misión y el caminar del
pueblo es tan grande que El llega a decir: “Ahora anuncio cosas nuevas!
Antes que pasen se las doy a conocer!” (Is. 42,9). Como Señor de la historia,
Dios garantiza desde ya, el suceso de la misión de su Siervo.
En una palabra los recursos con que los pobres cuentan para realizar su
misión, no son los bienes materiales. No son la riqueza y el prestigio, ni el
poder y la fuerza pero sí la conciencia clara de tener el apoyo de Dios, de
estar actuando en Nombre de Dios y de estar respondiendo a las ansias más
profundas de los hombres. De ahí nace su autoridad para hablar y actuar,
para organizarse y ejercer su creatividad.
La solemnidad y la seriedad con que las cosas son dichas en este primer
cántico ya dejan entrever que se trata de una misión difícil y arriesgada que
va a encontrar mucha represión por parte de los grandes y a provocar mucho
sufrimiento en los pequeños.
Primer Canto, Primer Paso
Hicimos lo que el Padre Alfredo pidió. Acabamos de ver el primer paso
del caminar del pueblo oprimido como Siervo de Dios. El primer paso es
éste: no dejarse contaminar por la manera de vivir de los opresores del
pueblo; no imitar a Nabucodonosor que esclaviza a los hermanos más débiles
y los explota. Este primer paso es el valor escondido del pueblo oprimido, es
la semilla de la resistencia contra la opresión, es la base escogida por Dios
para una nueva sociedad sin opresores ni oprimidos. Es el comienzo de un
futuro mejor, pues rehusa radicalmente la opresión del hermano. Los que dan
este paso ya son Siervos de Dios, ya ejecutan la misión de Dios, aunque no lo
sepan. ¡Todos están invitados a dar este paso!
En el primer cántico, oímos a Dios diciendo al pueblo: “¡Yo te llamé!”
. En el segundo cántico, ya va a aparecer la nueva conciencia que el llamado
de Dios produjo en el pueblo. Pero entre el llamar y despertar de la
conciencia va un largo y penoso camino. Es la historia de este largo y penoso
camino la que yo voy a contar ahora, entrando en el segundo cántico del
Siervo de Dios. De la semilla de resistencia, que despertó dentro de la tierra
de sufrimiento, va a nacer el hilito verde de la esperanza que se revela en la
nueva conciencia del pueblo.
3. Un tallito verde de Esperanza
Segundo canto - Segundo paso
Isaías 49, 1-6
Entre el primero y el segundo paso
Dios amaba al pueblo y lo llamaba para ser su Siervo. Quería que el
pueblo tomase conciencia de su misión. Pero el pueblo que sufría en el
cautiverio tenía dificultad de creer en el llamado. Quedaba suspendido entre
Dios que lo llamaba y la realidad que lo oprimía. Dios decía una cosa, y la
realidad parecía decir lo contrario.
Dios lo llamaba para establecer el derecho sobre la tierra (Is. 42,1.4),
pero la realidad llevaba al pueblo a decir: “Dios desconoce mi derecho!” (Is.
42, 6), pero el pueblo se sentía tratado sin justicia por el propio Dios y
gritaba: “Hazme justicia!” (Lam. 3,59).
Dios lo llamaba para unir a su pueblo (Is. 42,6), pero los hechos
llevaban al pueblo a decir: “Como ganado que se lleva al matadero, tu nos
entregas para ser desparramados entre los pueblos” (Sal. 43,12). Dios lo
escogió para ser la luz de las naciones (Is. 42,6), pero el pueblo decía: “Dios
me hace vivir en las tinieblas como un difunto enterrado hace mucho
tiempo!” (Lam. 3,6).
Dios lo llamaba para abrir los ojos a los ciegos (Is. 42,7), pero al propio
pueblo le faltaba la luz en los ojos: “¿Quién es ciego, sino mi Siervo?” (Is.
42,19). Dios lo llamaba para liberar a los prisioneros (Is. 42,7), pero el
propio pueblo gemía en la esclavitud y decía: ““Cargando el yugo al cuello,
somos perseguidos, sin que nos sea dado el mínimo descanso!” (Lam. 5,5).
Dios lo convidaba para cantar de alegría (Is. 54,1), pero el pueblo se
perdía en la tristeza y decía: “La paz me fue robada, ya yo no sé lo que es ser
feliz” (Lam. 3,17). Dios decía: “No tengas miedo, porque yo estoy contigo!”
(Is. 41,10), pero el pueblo rezaba: “Dios mío, Dios mío, por qué me has
abandonaste?” (Sal. 21, 1).
Dios mandaba que el pueblo observara los hechos para descubrir en
ellos las señales de su presencia (Is. 41,1-5); (42,18-25), pero el pueblo no
percibía nada y tenía que oír el insulto de los otros que decían: “Entonces
dónde está ese Dios de ustedes?” (Sal. 41,11). Dios pedía que mirase hacia
el frente y confiara en el futuro (Is. 42,9), pero el pueblo se encerraba en su
pasado y lloraba de nostalgia: “Vivo hoy de nostalgias que me conmueven
profundamente” (Sal 41,5).
La dificultad del pueblo para creer en el llamado de Dios
Realmente, no era fácil creer en el llamado de Dios. Todo parecía
indicar lo contrario. Extraño llamado. Oprimido por el dolor, el pueblo
debía anunciar el fin del sufrimiento; con sus derechos pisoteados, debía
establecer el derecho sobre la tierra; despreciado por los pueblos, debía ser
luz de las naciones; ciego, debía iluminar; preso, debía liberar; triste, debía
alegrar; casi muerto, debía anunciar la vida; viviendo en las tinieblas, debía
ser luz!.
¿Es posible una cosa semejante? ¿Entiende usted eso? ¿Qué haría
usted si estuviese en aquella situación? ¿Lo creería?
La manera de Dios es muy diferente. Parece “locura y escándalo” (1 Cor.
1,23).
En un primer momento, el pueblo del cautiverio reaccionó contra el
llamado de Dios. En vez de llamado, se sentía rechazado por Dios (Is.
49,14). El Salmo 43, escrito probablemente en la misma época, expresa bien
este sentimiento de rechazo. En este Salmo el pueblo dice:
“Hoy, tú nos rechazas e insultas,
no asumes el liderazgo de nuestras batallas.
Tú nos haces retroceder delante de nuestros enemigos.
Estamos siendo explotados por los que nos odian.
Como ganado llevado al matadero, tú nos entregas,
para ser desparramados entre los pueblos.
Si! Vendiste tu gente por poco dinero,
y sin querer lucro alguno en el precio de la venta!”
(Salmo 43, 10-13).
Llevó tiempo, mucho tiempo, para que el pueblo se convenciera de que
Dios lo llamaba. La tentación de imitar a los opresores era grande. Muchos
cedieron abandonaron la comunidad y vivían felices, “Haciendo crecer cada
vez más su capital” (Sal. 72,12). Estos tenían hasta la osadía de decir: “Qué
es lo que tiene que ver Dios con todo eso, si es que El sabe que pasa con
nosotros?” (Sal. 72,12). Y el propio pueblo llegaba a pensar: “Entonces, ¿de
qué me sirve vivir en la honestidad? ¿Para qué sirve conservar limpias mis
manos? Sólo para recibir injurias todo el día y recibir reproches cada
mañana?” (Sal. 72,13-14). Y venía el deseo de decir: “¡Es mi oportunidad!
¡Voy a seguir el ejemplo de ellos!” (Sal. 72,15). Pero la fe aunque débil, lo
que ayudaba a resistir y le impedía seguir la manera de vivir de los
opresores. El continuaba fiel y decía: “Hablar así sería romper contigo,
¡Señor y negar la fe de mis hermanos!” (Sal. 72,15).
Fue una lucha. Los hechos decían: “¡Dios nos abandonó!” (Is. 49,14;
40,27), pero la fe seguía diciendo: “¡Dios nos escogió para ser su Siervo.
¡Tenemos una misión que cumplir! Creer en quién: en Dios o en los hechos,
en el corazón o en los ojos, en Isaías Junior o en el sufrimiento? No fue fácil
creer en el llamado de Dios. Y había motivo para eso. ¡Había culpa!
La imagen de Dios que se distorsionó en la cabeza del pueblo
La vida del pueblo es como una balanza de dos brazos, uno para afuera
y otro para adentro. El brazo de afuera es la realidad, la historia, los hechos.
El brazo de adentro es la fe en Dios y en sí mismo. Los dos brazos están
ligados entre sí: Cuando uno desciende, el otro sube. Ahora, el brazo de
afuera recibió la carga violenta de la desgracia del cautiverio y descendió. En
consecuencia el brazo de adentro quedó más liviano, subió y perdió su fuerza
de resistir. O sea, la fe en Dios quedó abatida, el pueblo perdió la confianza
en sí mismo, olvidó las cosas grandes de su propio pasado, quedó sin
memoria, perdido, en medio de la historia.
Y ¿por qué la fe no tuvo peso suficiente para contrarrestar el peso de la
desgracia? Porque debía tenerlo. La fe es como un tejado: en época de sol y
de sequía el dueño no lo cuida ni lo mira y por eso, no percibe el comején que
va comiendo la madera por dentro. Cuando viene la tempestad, el tejado no
resiste, el viento se lo lleva y el dueño queda en lo mojado, sin protección.
Ahora bien, una idea errada sobre Dios fue comiendo por dentro la fe
del pueblo, hecho comején. Pero el pueblo no miro ni tuvo cuidado. Cuando
vino la tempestad de la desgracia, la fe no tenía peso ni fuerza para enfrentar
la situación y voló como cosa sin valor, dejando al pueblo sin protección. Y
el pueblo qué hizo? Hizo como el dueño de la casa de repente quedó mojado:
echó la culpa al carpintero y dijo: “¡El me engaño! Hizo un mal trabajo!” El
pueblo echó la culpa a Dios y dijo: “¡el Señor me abandonó!”.
¿Cuál fue la idea errada sobre Dios que desequilibró la vida del
pueblo?. Fue la idea de un Dios cuyo favor y protección pueden ser
comprados por medio de promesas, ritos y sacrificios; un Dios que la gente
sólo usa mientras sea útil y fácil. Una idea así es como un comején: va
comiendo la fe por dentro. A la hora de la desgracia, lo que queda de ella en
la cabeza del pueblo, es la imagen muerta y distorsionada de un Dios distante
que se aparta del pueblo y no se incomoda más con él (Lam. 3,42-44); un
Dios sin amor por su pueblo (Is. 49,14), sin fuerza para liberarlo (Is. 40,27);
un Dios que no se molesta ni incomoda. Fe en un Dios así no tiene peso ni
fuerza, no sostiene nadie, desequilibra la balanza de la vida y hace al pueblo
perder su fuerza. ¡Es tóxico para el pueblo!
De hecho, el pueblo puede ser vencido por fuera por la desgracia,
porque antes ya se ha dejado vencer por dentro por esta idea errada sobre
Dios. Por eso mismo, el pueblo se acomodó en la desgracia con la disciplina
fácil: “El Señor me abandonó. Dios se olvidó de mí” (Is. 49,14).
¿Y hoy? ¿Cuál es el Dios en quién creemos? ¿En un Dios fabricado por
nosotros mismos, por el sistema del mundo? ¡un Dios así no sirve para nada,
a no ser para mantener y aprobar la explotación que los propios hombres
inventaron!
Corromper por las ideas falsas, para poder vencer por la fuerza de las
armas
No era Dios quien se olvidaba del pueblo. Era el pueblo el que había
olvidado el verdadero rostro de su Dios (Is. 59, 1-2). Dios continuaba
presente en medio del pueblo, muy cerca de él (Is. 55, 6), pero el pueblo no lo
notaba. Era ciego (Is. 42, 19). Sin darse cuenta de la gravedad de lo que
hacía, había cambiado al Dios vivo y verdadero por falsos dioses. Jerusalén
llegó a tener tantos dioses, cuantas calles había (Jer. 11, 13). Isaías Junior
no se cansaba en denunciar y criticar el uso de los falsos dioses prestados por
Babilonia (Is. 44, 9-20; 40, 19-20; 41, 6-7). El pueblo no era inocente.
Tenía culpa! (Is. 50, 1). Unos treinta años antes, Dios ya había dado aviso
por boca del profeta Jeremías:
“Doble falta ha cometido mi pueblo:
me abandonaron a mi que soy manantial de agua viva,
y se han cavado pozos,
pozos agrietados que no retendrán el agua”.
(Jer. 2, 13).
En efecto, los opresores, antes de venir a combatir al pueblo abiertamente
por la fuerza de las armas, habían conseguido para esto el apoyo de muchos
líderes corruptos del propio pueblo: de sabios (Jer. 5, 5; 8, 8-9), pastores (Jer.
10, 21), sacerdotes (Jer. 5, 30-31), profetas (Jer. 2, 8:6, 13; 8, 10; 23,
11.14) y hasta del propio rey (Jer. 22,13-17). El pueblo creyó en la
propaganda de sus líderes y se perdió (Jer. 23, 1-2). De nada servían las
críticas y denuncias que Jeremías hacía contra los falsos dioses importados de
afuera (Jer. 10, 1-16).
Las ideas de moda, propagadas por los grandes para defender sus propios
intereses, lograron quebrar la fuerza del pueblo, arrancando de él,
lentamente, la fe en Dios y en sí mismo. El pueblo no vio ni puso cuidado.
Dejó que el comején se comiera su fe por dentro. Y cuando vino la
desgracia por la fuerza de las armas de Nabuconodosor, apenas manifestó
hacia afuera la dolencia escondida que ya había hecho estragos en todo el
organismo, por dentro.
De hecho, el pueblo tenía la culpa. No era inocente. Daba comida y lecho
a sus opresores. No supo escuchar los avisos contra el peligro de los falsos
dioses, importados por los grandes. Basta escuchar lo que dice el Salmo 113:
“Ellos (los grandes) también tienen allá sus dioses: dinero, poder,
placeres,
cosas que ellos mismos hacen o desean;
objetos apenas, que no oyen ni hablan,
no ofrecen seguridad;
su valor es aparente.
Iguales a ellos son los hombres
que lo buscan
y que ellos confían.
Pueblo de Dios, confía en el Señor
busca en El tu auxilio y tu protección!"
(Salmo 113,12-17).
"YA NO VEO NINGUNA SALIDA!"
Todo esto muestra que la crisis de fe era realmente muy grande. El
profeta Jeremías todavía trató de animar al pueblo por medio de una carta.
Decía que Dios los había llevado al cautiverio, con el fin de abrirles a un
nuevo futuro y nueva esperanza (Jer. 29, 11). Pero cómo creer en estas
palabras, cuando los hechos parecían decir lo contrario? Cómo creer aún en la
bondad, en el poder, en la justicia y en la fidelidad de Dios con tantas heridas
en el alma?
Las nubes que quedaban entre el sol y la tierra eran tan oscuras, que la
luz desapareció. Los hechos que quedaban entre Dios y los ojos de la fe eran
tan terribles, que llegaron a esconder la luz de la presencia de Dios.
Transformaron el día en noche. El pueblo no explicar estos hechos a la luz
de su fe disminuida, y se perdió.
Parecía el ! Sálvese quien pueda! Miraban al pasado: ña desgracia !
Miraban al presente: el abandono! Miraban al futuro: el desespero! Miraban
hacia afuera: la esclavitud! Miraban hacia adentro: El desánimo ! Miraban
sobre la tierra : nada! Ninguna señal! Dios no se manifestaba! Faltaba la luz
de un posible camino. Todo oscuro. Noche total! "Dios me hace vivir en las
tinieblas! Ya no veo ninguna salida" (Lam. 3,6.7). El hombre de las
Lamentaciones cantó la pura verdad. Así será!.
Así lejos de la patria, en aquella misma tierra de Babilonia, donde
Abraham había escuchado la voz de Dios por primera vez y de donde él
había salido lleno de esperanza en busca de la tierra, de un pueblo y de
bendición (Gen. 12, 1-4), era allá donde el pueblo estaba de regreso, pero
ahora sin esperanza, sin tierra, sin bendición y sin ser pueblo! La historia fue
a terminar allá donde había comenzado. Sólo quedó el dolor y la nostalgia!
"Sentados al borde de los ríos de Babilonia,
llorábamos de nostalgia por nuestra tierra.
En los árboles que se encontraban allí,
habíamos colgado nuestras arpas.
Pues los que nos habían llevado al cautiverio,
tuvieron la osadía de pedirnos un canto.
Esos, que nos hacían llorar de amargura
querían oír de nosotros una canción de alegría:
"Cántennos un canto de su tierra!"
Pero cómo podríamos entonar cantos
de nuestro Dios,
lejos de El, en una tierra extranjera?"
(Salmo 136, 1-4).
EL SECRETO DEL LLAMADO DE DIOS
Esta era la situación del pueblo en el cautiverio. Si ya era grande la
desgracia que, de afuera, cayó sobre él, mayor era el vació sin cura que se
abrió en su alma. Todo era muy confuso. La misma persona que decía: "Se
acabó mi esperanza que venía de Dios" (Lam. 3,18)m también decía: "A
pesar de todo, hay en el corazón algo que me hace tener esperanza" (Lam
3,21). Hoy, uno encuentra la misma situación. Doña Teresita decía: "La
única cosa que queda para nosotros en este mundo es sufrir!" Pero también
decía: "Un día, eso va a cambiar! Dios lo ayuda a uno!".
Por un lado, a pesar de todas sus fallas, errores y desengaños, había en el
pueblo una semilla buena que no se corrompió: oprimido, el no oprimía;
aplastado, no aplastaba; tratado injustamente, no respondía con injusticias; se
mantenía fiel al derecho y a la justicia, y resistía contra la opresión.
Por otro lado, a causa de aquella imagen muerta y tergiversada de Dios,
los ojos del pueblo estaban ciegos y no observaban la semilla de resistencia y
de esperanza que en él existía (Is. 42,19). El pueblo no veía ningún valor en
este modo de vivir suyo, de sufrir y de resistir allá en el cautiverio. Aquello
le parecía una vida sin sentido y sin futuro (Is. 49,4). Pensaba que los hechos
habían escapado de la mano de Dios. (IS. 40,27). No era capaz de percibir las
señales de la presencia de Dios en los hecho de su vida (Is. 43, 19).
No se daba cuenta de que , en todo , Dios lo conducía, Buscaba a Dios fuera
de la vida, fuera de la historia, y no lo encontraba (Is. 55,6-7): (Sal. 41,40).
Sólo encontraba las ilusiones de los falsos dioses importados de afuera (Is.
48,5). No era capaz de darse cuenta de lo positivo que existía en su propia
vida, y se perdió.
Realmente, en la cabeza del pueblo la confusión era muy grande. Con
los pies practicaba una cosa, con la cabeza pensaba otra. Dios seguía
presente en la práctica de los pies, pero no estaba otra. Dios seguía presente
en la práctica de los pies, pero estaba casi ausente del corazón y de la cabeza.
Fue sustituido por aquella imagen muerta y tergiversada de los dioses
importados que sólo servían para apoyar a los opresores del pueblo.
El pueblo parecía una raíz viva, enterrada en un suelo seco, sin tronco y sin
ramas. Parecía una brasa escondida debajo de las cenizas de la desgracia,
donde no se sabe si el fuego está prendido o apagado. Todo era muy
confuso: mezcla de tinieblas y de luz, de desespero y esperanza, de
incredulidad y de fe, de opresión y de justicia.
Pero este fue el secreto del llamado de Dios. El supo llegar a aquella
pequeñita semilla de resistencia y de esperanza, escondida dentro del pueblo.
Sopló sobre las cenizas de la desgracia e hizo que la braza apagada se
convirtiera en llama de nuevo. Y aquello que parecía el triste final de un
incendio arrasador, se convirtió en el comienzo de una hoguera de fiesta, de
alegría y de purificación.
Cercado por todos lados, el pueblo del cautiverio ya no veía ninguna
salida. Parecía el sertao en época de sequía. Pero la esperanza de una buena
lluvia no muere nunca! Y la lluvia cuando cae no necesita de entrada ni de
salida. Cae de lo alto entra en el suelo, despierta la semilla y, de la tierra,
hace brotar la planta que mata el hambre del pueblo (Is. 55, 10-11). Eso fue
lo que pasó! Aquel pueblo desterrado recibió la lluvia invisible del llamado
de Dios y, de aquella semilla pequeñita, nació el hilito verde de la
esperanza. Nació la nueva conciencia, tan bien expresada en el segundo
cántico que vamos a leer ahora.
EL PUEBLO CUENTA COMO DESCUBRIO SU VALOR
'Escúchenme islas,
pongan atención, pueblos lejanos!
Todavía estaba en el seno de mi madre
y el Señor ya me llamaba;
desde las entrañas maternas
E l ya pronunciaba mi nombre.
Hizo de mi boca una espada cortante
y me guardó al alcance de su mano.
Hizo de mí una flecha puntiaguda
y me escondió en la caja de sus flechas
El me dijo: "Tu eres mi Siervo!
Tu me das mucha satisfacción!"
Y yo andaba diciendo:
"me cansé en vano!
para nada he gastado mis fuerzas!"
En realidad, mi derecho,
el Señor lo defendía
y mi salario, Dios lo aseguraba!
Fui tomado en serio a los ojos del Señor,
Dios se hizo mi fuerza!"
(Isaías 49, 1-4).
Vale la pena leer este testimonio unas dos o tres veces y preguntarse:
"Qué fue lo que produjo un cambio tan grande en aquel pueblo confundido y
desanimado?" No parece el mismo pueblo! Parece una nueva creación!
Detrás de este testimonio tan vivo, se esconde el secreto del Siervo de Dios.
Voy a llamar la atención sobre algunos puntos:
A pesar de ser poca gente, perdida en medio del imperio de Babilonia,
este pueblo tiene el coraje de afirmarse delante de todas las naciones:
"Escúchenme islas, pongan atención pueblos lejanos!" (Is. 49, 1). El Siervo
perdió el miedo! Se reencontró consigo mismo y con su misión. Sabe quien
es El y cómo debe y hablar.
Antes de descubrir el llamado de Dios, al pueblo le aprecia que su
resistencia contra la opresión no tenía ningún valor, y decía: "Me cansé en
vano, para nada he gastado mis fuerzas!" (Is. 49, 4). Pero ahora descubre que
es precisamente esta vida suya prolongada y sufrida que hace de él el Siervo
de Dios: "Tu eres mi Siervo! Tu me das mucha satisfacción!" (Is. 49, 3).
Aquellos mismos hechos que antes causaban desánimo y tristeza, empiezan a
ser ahora motivo de esperanza y de alegría. El pueblo empieza a observar el
otro lado de los hechos.
Empieza a releer su propia historia y descubre que el llamado de Dios
ya venía de antes del nacimiento. Ya era su destino, desde el seno materno.
"Desde las entrañas maternas, El ya pronunciaba mi nombre. Todavía estaba
en el seno de mi madre y el Señor ya me llamaba!" (Is., 49, 1). Descubrir el
llamado de Dios fue para él lo mismo que descubrir el sentido de su vida y de
su historia.
Más todavía. El sabe ahora que su vida es un arma peligrosa en la mano
de Dios, lista para ser usada contra los opresores; "espada cortante y flecha
puntiaguda" (Is. 49, 2). Pero es Dios el que guarda el arma. El se encarga y
determina su uso en vista de la misión.
Este es el testimonio del pueblo del cautiverio! De la confusión y el
desespero no quedó nada! Parece otro pueblo el que está halando. ¿Qué fue lo
que produjo un cambio tan grande? Cual es el secreto del Siervo de Dios?
EL SECRETO DEL SIERVO DE DIOS
Lo que más llama la atención en el testimonio del Siervo es la certeza
que él tiene de la presencia de Dios en su vida. El redescubrir al Dios vivo y
verdadero produjo un estallido que hizo al pueblo renacer y lo llenó de
gratitud: "Fui tomado en serio a los ojos del Señor! Dios se hizo mi fuerza!
(Is. 49, 4). Dios entró, y el pueblo cambió! Cambió de patrón y empezó a
observar todo de otra manera. No quedó nada de aquella imagen muerta y
tergiversada de Dios que le impedía observar la situación. El pueblo se echó
colirio en los ojos, hizo una revisión total y arrojó fuera lo que quedaba en él
de las ideas falsas de sus opresores. El Salmo 72, que no se sabe bien en qué
época fue escrito, da una idea del cambio que se produjo en el pueblo y
levanta un poco el velo que encubre el secreto del Siervo de Dios. Dice así:
"Ahora me doy cuenta que la existencia
de esos hombres
está asentada sobre arena.
Tu, Señor, lo harás caer en la ruina.
En un instante, todo estará destruido,
parecerán consumidos por el terror.
Pues Tú no lo tratas como una pesadilla,
cuyo recuerdo se esfuma al despertar.
Realmente, en medio de mi amargura
y rebeldía, yo me comportaba
como un ignorante,
como un animal
sin tener conciencia de estar cerca de ti
Señor.
Ahora sé que estoy siempre cerca de ti:
Tu mano me ampara,
tu providencia me guía,
para llevarme a la felicidad.
Pues, qué puede satisfacerme,
tanto en el cielo como en la tierra,
si yo estuviera lejos de ti, Señor?
Pueden golpear mi cuerpo
y hasta despedazar mi corazón.
Mi vida tiene otro fundamento,
el futuro que me espera es el Dios eterno!
Lejos de Ti es imposible vivir!
Las infidelidad para contigo
es el principio de la muerte.
La felicidad yo la encuentro en el camino
hacia el Señor.
La seguridad de mi vida
es Dios para siempre!" (Sal. 72, 18-28).
Este salmo no necesita comentario. Habla por sí mismo y esclarece el
descubrimiento hecho por el pueblo que decía: "En realidad, mi derecho el
Señor lo defendía y mi salario,. Dios lo aseguraba!" (Is. 49, 4). Las cosas que
antes lo preocupaban ya no lo preocupan. Dios me encargó, y el pueblo está
libre para asumir su misión.
EL PUEBLO CUENTA COMO ENTIENDE LA MISION QUE
RECIBIO DE DIOS
"Y ahora Dios habla,
El que me formó, como su Siervo,
desde el seno materno,
para que le traiga a su pueblo de regreso
y lo reúna de nuevo en torno a él;
El me dice:
Es muy poco que seas mi Siervo
solo para restablecer las tribus
de mi pueblo
y reconducir a los sobrevivientes de Israel.
Voy a hacer de ti la luz de las naciones,
para que mi salvación
llegue hasta el fin del mundo!" (Is. 49, 5-6)
Por este testimonio del propio Siervo, uno percibe que el
descubrimiento de la misión no se dio de una sola vez, sino que fue un largo
proceso. Primero, el Siervo pensaba que su misión era sólo con el pueblo de
Israel. Después, descubrió que esto no bastaba. Su misión debía alcanzar a
todos los pueblos. El debía ser "luz de las naciones" (Is. 49, 6).
En este segundo cántico la misión del Siervo aparece más clara que en
el primero, La tarea de "unir al pueblo" o de "ser la alianza del pueblo" (Is.
42, 6) asume ahora la forma concreta de un proyecto: reconducir a los
sobrevivientes de Israel y traerlos de regreso, organizarlos nuevamente en
tribus y reunirlos en torno a Dios. (Is. 49, 5-6). O sea que el Siervo es
llamada para restablecer la Alianza de Dios con su pueblo como hiciera
Moisés y Josué en el comienzo de la historia. Moisés y Josué organizaron las
doce tribus en una sociedad igualitaria, reglamentada por la Ley de los diez
Mandamientos, sin opresores ni oprimidos.
Todo eso también aclara mejor como se dio el llamado de Dios "Desde el
seno materno" (Is. 49, 1.5). Cuándo el pueblo estuvo en el seno materno?
Fue en la época en que esta siendo formado como Pueblo de Dios, es decir,
en la época de Moisés y de Josué. Desde aquel remoto inicio, "desde el seno
materno", venía el llamado de Dios para que ellos se organizaran como un
pueblo fraterno en una sociedad igualitaria, donde no hubiese ni opresor ni
oprimido. Muchas veces olvidado y abandonado, este ideal igualitario
despertaba siempre de nuevo en la memoria del pueblo y le recordaba su
misión. Eso fue lo que pasó allá en el cautiverio. El antiguo ideal renació,
nuevo y actual, y el pueblo reencontró ahí su misión como Siervo de Dios:
"Dios me formó, como su Siervo, desde el seno materno, para que trajera a su
pueblo de regreso y lo reuniera de nuevo en torno a El!" (Is. 49, 5).
Ejecutando esta misión, el pueblo descubre que el "Proyecto de Dios"
es más amplio que el pueblo de Israel (Is. 49,6). Cómo se dio esta apertura
hacia los otros pueblos? El pueblo vivía fuera de su tierra, esclavizado por el
rey de Babilonia. Vivía perdido en un inmenso imperio, donde la mayoría de
los pueblos eran explotados para servir a los intereses de Nabucodonosor.
Ahora, cómo crear un nuevo proyecto de vida comunitaria sin despertar los
intereses de los otros pueblos oprimidos, ansiosos de liberación? Cómo crear
una convivencia igualitaria entre los miembros del pueblo de Israel, sin
perjudicar los intereses del rey de Babilonia? Cómo, al mismo tiempo, creer
en un Dios único, Padre de todos y creador del Universo, y seguir ignorando
a los otros pueblos oprimidos? En la nueva situación en la que estaba el
pueblo, allá en el cautiverio, el "Proyecto de Dios" ya no podía ser sólo para
el pueblo de Israel. Tenía que alcanzar, necesariamente, a los otros pueblos.
La situación en que vivían los ayudó a entender mejor su misión.
Descubrieron que debían ser "Luz de las naciones" para que la salvación de
Dios pudiese llegar hasta el fin del mundo (Is. 49, 6)
SEGUNDO CANTO, SEGUNDO PASO
Este fue el segundo cántico, el segundo paso. Dios supo comprender la
dificultad de su pueblo. Como un novio obstinado que no abandona
fácilmente su primer amor. (Is. 62, 5), El siguió insistiendo. Al fin, acabó
venciendo. El pueblo se convenció y se rindió al llamado. Empezó a
despertar, dio el segundo paso y asumió su misión como Siervo de Dios.
Sólo puede dar el segundo paso a quien dio el primero. O sea que el pueblo
sólo puede entender el llamado de Dios, porque antes ya practicaba el
derecho y la justicia. Ya estaba resistiendo contra la opresión. Sin esta
práctica del primer paso, jamás habría dado el segundo, ni lo habría
entendido. El tallito de la esperanza sólo nace de la semilla de resistencia,
escondida dentro del terreno de sufrimiento del pueblo oprimido. El primer
paso alcanza a los pies del pueblo, el segundo ya alcanza el corazón y la
cabeza.
El segundo paso es éste: asumir conscientemente la práctica del derecho
y de la justicia; convencerse de que esta práctica humilde y dolorosa es el
comienzo del futuro que Dios quiere crear para todos; convencerse de que
ésta es la misión que Dios nos pide; tratar de expresar todo esto en un
proyecto concreto y viable, que tenga en cuenta la historia y la tradición del
pueblo; tener conciencia de que la realización de este proyecto va a tener
repercusión sobre la sociedad y va a ser una señal y una luz también para
aquellos que no pertenecen a la comunidad.
Continuando con lo que el padre Alfredo me pidió, voy a contar ahora
la historia del tercer paso, siguiendo el derrotero del tercer cántico.
4.- La espiga de la historia: tiempo de lucha y de espera
Tercer canto - Tercer paso
Isaías 50, 4-9
ENTRE EL SEGUNDO Y EL TERCERO PASO
Para ayudar a entender el segundo cántico, conté la larga historia del
desánimo y del cansancio del pueblo. Ahora, para ayudar a entender el
tercero, me gustaría hacerles una preguntas a Isaías Junior sobre su manera de
trabajar con el pueblo oprimido.
"Isaías Junior, cuál fue la manera que usted encontró la manera que
usted encontró para ayudar a aquel pueblo del cautiverio a descubrir la
presencia de Dios en su vida? Es fácil para uno decirle a un oprimido que
sufre: "Valor! Dios está con usted! "Nabucodonosor, el opresor, también
decía!" Cuáles son los rasgos del rostro de nuestro Dios, para poder
distinguirlo de los falsos dioses? Cómo hace usted para destruir aquella
imagen muerta y desvirtuada de Dios que el pueblo alimentaba dentro de sí
para desgracia suya y para felicidad de sus opresores? Cómo hizo para llevar
al pueblo a creer nuevamente en sí mismo? Cómo hizo para que el pueblo
asumiese aquella su ida sufrida como expresión de su misión? Son muchas
las preguntas. Lo sé. Pero todas son importantes para nosotros porque hay
enfrentamos el mismo problema en nuestras comunidades. Si usted pudiera
darnos una orientación, sería una buena ayuda para nosotros!".