Un mundo helado Naomi Novik
La familia de Miryem se halla al borde de la pobreza, hasta
que ella se hace cargo de la situación y no tarda en ganarse
la reputación de ser capaz de convertir la plata en oro.
Cuando el rey de los staryk, unas criaturas hechas de hielo
que amenazan con llevarse el verano para siempre, se ente-
ra de tal hazaña le impone una tarea que parece imposible
y que hará que Miryem descubra que tiene poderes. Tejerá
una telaraña en la que quedarán atrapadas una joven cam-
pesina, Wanda, y la desdichada hija de un noble local que
pretende casarla con el joven y apuesto zar Mir natius.
Miryem y sus dos inesperadas aliadas se embarcarán en
una desesperada odisea que las llevará hasta los límites del
sacrificio, el poder y el amor.
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Un mundo helado Naomi Novik
Capítulo 1
La verdadera historia no es ni la mitad de bonita de lo que
te han contado. Dice la verdadera historia que la hija del
molinero, con sus largos cabellos de oro, quiere atrapar a
un príncipe, a un señor o al hijo de un hombre rico, así que
va a ver al prestamista, le pide dinero para comprarse un
collar y un anillo y se acicala para el festival. Y la muchacha
es bastante guapa, de modo que ese príncipe, señor o hijo
del hombre rico se fija en ella, baila con ella, se revuelca
con ella en un pajar después del baile, se marcha a su casa
y se desposa con la mujer rica que su familia ha elegido pa-
ra él. A continuación, la mancillada hija del molinero le
cuenta a todo el mundo que el prestamista se ha confabu-
lado con el diablo, y el pueblo lo echa de allí a patadas o
quizá incluso lo apedrea, de for ma que ella, al menos, se
queda con sus joyas como dote, y el herrero se casa con
ella antes de que aquel primogénito llegue un poco más
pronto de lo que le correspondía.
Porque de eso trata la historia en verdad, de librarse de
pagar las deudas. No es así como te lo cuentan, pero yo ya
lo sabía. Sí, mi padre era prestamista.
No se le daba muy bien. Cuando alguien no le pagaba
a tiempo, él jamás se lo mencionaba siquiera. Solo cuando
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teníamos la despensa bien vacía, o cuando se nos caían a
pedazos los zapatos y mi madre hablaba con él entre susu-
rros después de que yo me hubiese ido a la cama, enton-
ces salía él, infeliz, llamaba a algunas puertas y se las arre-
glaba para que pareciese que se estaba disculpando por
pedir lo que le debían. Y cuando había dinero en casa y ve-
nía alguien a pedir un préstamo, odiaba decir que no, aun-
que no tuviéramos lo suficiente para nosotros mismos. De
for ma que todo su dinero, la mayor parte del cual era de mi
madre —su dote—, fue a parar a las casas de los demás. Y
a todo el mundo le gustaba que las cosas fueran así por
mucho que supieran que deberían avergonzarse de sí mis-
mos, de manera que contaban aquella historia con mucha
frecuencia, incluso o especialmente cuando yo podía oírla.
El padre de mi madre también fue prestamista, pero él
era muy bueno. Vivía en Vysnia, a doce leguas por ese viejo
y bacheado camino que culebreaba de pueblo en pueblo
como un cordel lleno de nudos pequeños y sucios. Mamá
solía llevar me de visita, cuando se podía per mitir pagar
unas monedas para que nos hicieran hueco en la parte de
atrás de la carreta de un buhonero, o en un trineo, con cin-
co o seis cambios en el trayecto. En ocasiones veíamos el
otro camino fugazmente, entre los árboles, aquella senda
que pertenecía a los staryk, reluciente como la capa supe-
rior de un río en invierno, cuando soplaba el viento y se lle-
vaba la nieve. «No mires, Miryem», me decía mi madre, pe-
ro yo no lo perdía nunca de vista con el rabillo del ojo, con
la esperanza de mantenerlo cerca, porque eso suponía un
viaje más rápido: quien fuera que llevase las riendas de la
carreta azotaría a los caballos para azuzarlos hasta que
aquel sendero volviese a desaparecer.
Una vez, oímos los cascos a nuestra espalda, cuando los
staryk salieron de su camino, un ruido como el crujido del
hielo, y el hombre a las riendas apremió a los caballos para
meter la carreta detrás de un árbol; todos nos acurrucamos
en la parte de atrás del carro, entre los sacos, y mi madre
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me rodeó la cabeza con el brazo para mantenerla baja y
que no sintiera la tentación de echar un vistazo. Pasaron de
largo por delante de nosotros y no se detuvieron. Era la ca-
rreta de un pobre buhonero, llena de cacerolas de latón
deslucido, y los caballeros staryk solo iban en busca de oro.
El tintineo de los cascos se fue apagando, y nos envolvió
un viento cortante, así que, cuando me incorporé, tenía
blanco de escarcha el extremo de la trenza fina que llevaba
en el pelo, igual que la manga de mi madre, con la que me
había cubierto, y también la espalda. Pero la escarcha se
deshizo y, en cuanto desapareció, le dijo el buhonero a mi
madre:
—Bueno, pues ya hemos descansado, ¿verdad? —Co-
mo si no recordara el motivo por el que nos habíamos de-
tenido.
—Sí —dijo mi madre al tiempo que asentía, como si ella
tampoco lo recordara.
El hombre se puso en pie, se volvió a subir al pescante
de la carreta y chasqueó la lengua a los caballos para po-
ner nos otra vez en marcha. Era demasiado pequeña como
para recordar gran cosa de aquello más adelante, y tampo-
co era lo bastante mayor como para preocupar me tanto
por los staryk como por ese frío tan común que me atrave-
saba la ropa y por el pellizco que sentía en el estómago.
No quería decir nada que hiciese que la carreta se detuvie-
ra de nuevo, impaciente como estaba por llegar a la ciudad
y a la casa de mi abuelo.
Mi abuela siempre tenía un vestido nuevo para mí, liso y
de un pardo poco llamativo, pero cálido y bien hecho, y,
cada invierno, un par de zapatos de cuero que no me ha-
cían daño en los pies, ni estaban remendados ni rajados
por los bordes. Me daba de comer tres veces al día, hasta
reventar, y la última noche antes de marchar nos siempre
preparaba una tarta de queso, su tarta de queso, dorada al
horno por fuera, pero blanca, gruesa y que se desmigajaba
por dentro, con una pizca de sabor a manzana y decorada
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con pasas dulces y doradas en lo alto. Después de haber-
me comido lenta y pausadamente hasta el último bocado
de una porción más ancha que la palma de mi mano, me
metían en la cama en el piso de arriba, en el dor mitorio
grande y acogedor donde dor mían mi madre y sus her ma-
nas cuando eran niñas, en la misma cama estrecha de ma-
dera tallada con palomas. Mi madre se sentaba con la
abuela junto a la chimenea y le apoyaba la cabeza en el
hombro. No decían nada, pero cuando fui algo más mayor,
cuando ya no me quedaba dor mida de inmediato, podía
ver a la luz de la chimenea que a las dos les rodaba por la
cara el leve y húmedo rastro de las lágrimas.
Podríamos haber nos quedado. Había sitio en la casa de
mi abuelo, y allí nos recibían con los brazos abiertos, aun-
que siempre regresábamos a casa, porque queríamos a mi
padre. Era un desastre con el dinero, pero cariñoso y ama-
ble hasta lo indecible, e intentaba compensar sus defectos:
se pasaba prácticamente todos los días en el frío del bos-
que, cazando para comer y buscando leña, y cuando esta-
ba en casa, no había nada que no hiciese con tal de ayudar
a mi madre. En mi casa no se hablaba de tareas de muje-
res, y cuando pasábamos hambre, él era el que más ham-
bre pasaba y nos ponía de su comida en nuestro plato, a
escondidas. Cuando se sentaba junto al fuego por la no-
che, siempre tenía algún trabajo en las manos, tallando al-
gún juguetito para mí, o algo para mi madre, algo para de-
corar una silla o una cuchara de madera.
Pero el invierno era siempre largo y muy frío, y desde
que tenía edad para recordar cada año era peor que el an-
terior. Nuestro pueblo carecía de murallas y prácticamente
de nombre; algunos decían que se llamaba Pakel, por estar
cerca del sendero, y aquellos a los que no les gustaba eso
porque les recordaba la proximidad del camino de los star-
yk los acallaban a voces y decían que se llamaba Pavys por
su cercanía al río, pero nadie se molestaba en situarlo en un
mapa, así que nunca se llegó a tomar decisión alguna al
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respecto. Al hablar, todos lo llamábamos «el pueblo», sin
más. Resultaba de fácil acceso para los viajeros, a un tercio
del camino entre Vysnia y Minask, y un riachuelo cruzaba el
camino desde el este, en dirección al oeste. Muchos cam-
pesinos traían su género en barca, de manera que siempre
había ajetreo en nuestro día de mercado. Pero hasta ahí lle-
gaba nuestra relevancia. Ningún señor se preocupaba de-
masiado por nosotros, y menos aún el zar de Koron, que no
se preocupaba en absoluto. No te podría haber contado
para quién trabajaba el recaudador de impuestos hasta
que, en una visita a la casa de mi abuelo, me enteré de for-
ma accidental de que el duque de Vysnia se había enfada-
do porque los ingresos de nuestro pueblo no dejaban de
menguar constantemente, año tras año. El frío que surgía
del bosque se filtraba más y más temprano cada vez y ata-
caba nuestras cosechas.
Y el año en que cumplí los dieciséis, además, vinieron
los staryk durante la que debería haber sido la última sema-
na del otoño, antes de que se hubiera recogido toda la ce-
bada tardía. Desde siempre, venían de cuando en cuando a
saquear el oro. La gente contaba historias sobre algún epi-
sodio breve que creían recordar, y sobre los muertos que
dejaban a su paso. En el transcurso de los últimos siete
años, sin embargo, confor me los invier nos iban empeoran-
do, los staryk se habían vuelto más codiciosos. Aún queda-
ban algunas hojas en los árboles cuando salieron cabalgan-
do de su camino y entraron en el nuestro, y llegaron a unas
tres leguas más allá de nuestro pueblo, hasta el rico monas-
terio que había por la vereda, y allí mataron a decenas de
monjes y se llevaron los candelabros, el cáliz de oro y todos
los iconos pintados con pan de oro, un tesoro dorado que
se llevaron al reino que había al final de su camino, fuera
cual fuese aquel reino.
Aquella noche se congeló el suelo por completo a su
paso, y del bosque surgió un continuo viento cortante, to-
dos los días después de aquel, con unos remolinos de nie-
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ve que hacían daño. Nuestra pequeña casa estaba aparta-
da en uno de los extremos del pueblo, sin ningún muro cer-
cano que colaborase en la tarea de cortar el viento, y noso-
tros estábamos cada vez más delgados, más hambrientos y
con más tiritonas. Mi padre continuaba poniendo excusas y
evitando un trabajo que no podía soportar, pero incluso
cuando mi madre por fin ejerció un día su presión y él lo in-
tentó, apenas regresó con un triste puñado de monedas y
dijo como disculpa: «Es un invierno muy malo. Un invierno
muy duro para todos», cuando ellos ni siquiera se hubieran
molestado en ofrecerle a él tal excusa, creo yo. Al día si-
guiente, atravesé el pueblo para ir al panadero a buscar
nuestra hogaza y oí a unas mujeres que nos debían dinero y
hablaban de los banquetes que pensaban preparar, los ca-
prichos que pensaban comprar en el mercado. Nos aproxi-
mábamos al solsticio de invierno, y todo el mundo quería
servir algo bueno en su mesa, algo especial para la celebra-
ción de las fiestas, sus fiestas.
De manera que habían hecho que mi padre se marchara
con las manos vacías cuando en sus casas brillaba la luz so-
bre la nieve y el olor de la car ne asada se escapaba por las
rendijas, y otra vez caminaba yo con paso lento a ver al pa-
nadero para darle un triste penique a cambio de una hoga-
za basta y medio quemada que, desde luego, no sería la
que yo hubiera hecho. A una de sus otras clientas le había
dado una buena, pero a nosotros nos guardaba una estro-
peada. En casa, mi madre estaba haciendo un caldo agua-
do de repollo, sacaba de donde podía el aceite usado de
cocina para encender el quinqué en la tercera noche de
nuestra celebración y no dejaba de toser mientras trabaja-
ba: otra ola de frío glacial había llegado del bosque y se
había colado por cada rendija y por cada hueco de nuestra
destartalada casita. Habíamos conseguido mantener encen-
dido el quinqué durante unos minutos antes de que llegara
una ráfaga de viento y nos lo apagase, cuando mi padre di-
jo: «Bueno, quizá eso significa que ya es la hora de irse a la
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cama», en lugar de volver a encenderlo, porque ya casi nos
habíamos quedado sin aceite.
Llegado el octavo día, mi madre estaba demasiado can-
sada de tanto toser como para salir de la cama siquiera.
—Enseguida se pondrá bien —dijo mi padre mientras
evitaba mirar me—. Este frío pasará pronto. Ya está durando
mucho.
Estaba tallando velas de madera, unos palitos finos para
quemarlos, porque ya habíamos gastado las últimas gotas
de aceite la noche previa. En nuestra casa no se iba a hacer
el milagro de la luz.
Salió a buscar la poca leña que quedase bajo la nieve.
Nuestra leñera también se estaba quedando vacía.
—Miryem —me llamó mi madre con la voz ronca cuan-
do mi padre salió.
Le llevé una taza de té aguado con una pizca de miel,
todo cuanto tenía para que se sintiese mejor. Le dio unos
sorbos, se volvió a recostar y dijo:
—Cuando pase el invierno, quiero que vayas a la casa
de mi padre. Que él te lleve a la casa de mi padre.
La última vez que fuimos a visitar a mi abuelo, las her-
manas de mi madre vinieron una noche a cenar con sus ma-
ridos y sus hijos. Todos vestían prendas de lana gruesa y
habían dejado en la entrada de la casa unas capas de pie-
les, llevaban anillos de oro en los dedos y pulseras de oro
también. Rieron y cantaron, y toda la habitación se notaba
caldeada pese a estar en lo más crudo del invierno; toma-
mos pan tierno, pollo asado y un caldo de aspecto dorado,
muy sabroso y salado, cuyo vapor me ascendía hasta la ca-
ra. Cuando mi madre me habló de ese modo, aspiré todo
el calor de aquel recuerdo junto con sus palabras y lo anhe-
lé con los puños dolorosamente apretados. Pensé en mar-
char me para no quedar me allí como un mendigo, en dejar
a mi padre solo y en abandonar para siempre el oro de mi
madre en las casas de nuestros vecinos.
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Apreté los labios con fuerza, le di un beso a mi madre
en la frente, le dije que descansara y, cuando se quedó dor-
mitando, me fui hasta el cajón junto a la chimenea donde
mi padre guardaba su libro grande de cuentas. Lo saqué y
tomé también la pluma desgastada de su soporte, mezclé
un poco de tinta con las cenizas de la chimenea e hice una
lista. La hija de un prestamista —incluso la de un mal pres-
tamista— aprende a hacer cuentas. Escribí y calculé, volví a
escribir y volví a calcular los intereses y los plazos que que-
daban cancelados con todos aquellos pagos tan ridículos y
desperdigados sin orden ni concierto que habíamos recibi-
do. Mi padre los tenía todos meticulosamente anotados,
tan escrupuloso con todos los prestatarios como ellos no lo
habían sido nunca con él. Cuando tuve mi lista ter minada,
saqué de mi bolsa todo el género de punto, me puse el
chal y salí al frío de la madrugada.
Fui a todas las casas que nos debían dinero y aporreé
cada puerta. Era temprano, muy temprano, no había ama-
necido aún, porque la tos de mi madre nos había desperta-
do en plena noche. Nadie había salido de casa todavía, así
que los hombres me abrían la puerta y me miraban sor-
prendidos, y yo los miraba a ellos a la cara y les decía:
—He venido a liquidar tus cuentas.
Intentaban poner me excusas, por supuesto; algunos de
ellos se reían de mí. Oleg, el carretero, apretó sus manazas
con fuerza, se apoyó los puños en las caderas y me miró
desafiante mientras su pequeña esposa con el aspecto de
una ardillita no levantaba la cabeza del fuego y me lanzaba
miradas breves y rápidas. Kajus, que había pedido presta-
das dos piezas de oro un año antes de que yo naciese y ha-
bía conseguido una buena clientela para el krupnik que
preparaba y destilaba en unos grandes calderos de cobre
comprados con nuestro dinero, me sonrió, me dijo que pa-
sara y me quitase el frío de encima, y me ofreció una bebi-
da caliente. Lo rechacé. No quería que me hiciesen entrar
en calor. Me quedaba en sus umbrales y sacaba mi lista, y
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les decía cuánto habían pedido prestado, lo poco que ha-
bían devuelto y cuántos intereses añadidos debían ya.
Ellos resoplaban, discutían y algunos me gritaban. Na-
die me había gritado jamás en mi vida: ni mi madre, con su
voz tan callada, ni mi amable padre. Pero hallé algo amargo
en mi interior, algo de aquel invierno que me había llegado
al corazón: el sonido de la tos de mi madre y el recuerdo
de esa historia que tantas y tantas veces contaban en la
plaza del pueblo, la historia de la muchacha que llegó a
convertirse en reina con el oro de otro y que jamás pagó
sus deudas. Per manecía en sus umbrales y no me movía.
Mis números eran correctos, y todos lo sabíamos, tanto
ellos como yo. Y cuando se cansaban de gritar, yo les pre-
guntaba:
—¿Tienes el dinero?
Lo veían como una escapatoria. Decían que no, por su-
puesto que no; nunca tenían tales sumas.
—Entonces me pagarás un poco ahora, y otro poco ca-
da semana hasta que tus deudas queden saldadas —decía
yo—, y abonarás los intereses de los pagos que no has rea-
lizado, si no quieres que lo ponga en manos de mi abuelo
para que lleve todo esto ante la ley.
Ninguno de ellos viajaba mucho. Sabían que el padre
de mi madre era rico y que vivía en una gran casa en Vys-
nia, que había hecho préstamos a caballeros e incluso a un
señor, según se rumoreaba. Así que me daban algo, poco,
a regañadientes, apenas unos peniques en algunas casas,
pero en todas me dieron algo. También les per mitía que
me entregasen bienes: catorce varas de un cálido paño de
lana teñido de un rojo granate, una jarra de aceite, dos do-
cenas de buenas velas, largas, de cera blanca, un cuchillo
de cocina nuevo del herrero. A todos los objetos les adjudi-
caba un valor justo —el precio que le habrían cobrado a
cualquier otro que lo comprase en el mercado, y no a mí—,
anotaba los números delante de ellos y les decía que volve-
ría a verlos la semana siguiente.
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De camino a casa, me detuve en la de Lyudmila. Aque-
lla mujer no pedía dinero en préstamo; es más, podría ha-
berlo prestado ella sin cobrar intereses y, aun así, nadie en
el pueblo habría sido tan tonto como para pedir un présta-
mo a alguien que no fuese mi padre, quien les dejaba pa-
gar como quisieran o no devolverlo siquiera. Me abrió la
puerta con esa sonrisa suya tan ensayada: daba cobijo a los
viajeros durante la noche. La sonrisa se le borró nada más
ver me.
—¿Y bien? —me espetó cortante, convencida de que
había venido a mendigar.
—Panova, mi madre está enfer ma —le dije, con cor-
tesía, para que siguiera pensándolo un poquito más y se
sintiera aliviada cuando añadiese—: He venido a comprar
algo de comer. ¿Cuánto pides por la sopa?
Después le pregunté el precio de los huevos, y del pan,
como si estuviera tratando de cuadrar lo poco que llevase
en el monedero, y como ella no tenía conocimiento de que
las cosas fuesen de otra manera, se limitó a soltar me los
precios con brusquedad en lugar de inflarlos y doblarlos.
Luego se sintió molesta cuando por fin conté los seis peni-
ques de una cazuela de sopa caliente con medio pollo den-
tro, tres huevos frescos, una hogaza tier na y un cuenco de
miel de panal cubierto con una servilleta. Aun así, me lo dio
a regañadientes, y me lo llevé todo por el largo camino
hasta mi casa.
Mi padre ya había regresado antes que yo; estaba ce-
bando el fuego, y alzó una mirada de preocupación cuando
empujé la puerta con el hombro para entrar. Se quedó mi-
rando la comida y la lana roja que traía en los brazos. Dejé
toda mi carga y puse el resto de los peniques y un kopek
de plata en la jarra que teníamos junto al hogar, donde, de
otro modo, solo quedaría un par de peniques. Le entregué
la lista con las anotaciones de los pagos. Acto seguido, me
di la vuelta y me dediqué a cuidar de mi madre.
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Después de aquello, fui yo la prestamista del pueblo. Era
una buena prestamista, y mucha gente nos debía dinero,
así que la paja que teníamos en el suelo de la casa no tardó
en convertirse en unos tablones lisos de una madera exce-
lente, rellenamos las grietas de la chimenea con una buena
arcilla, renovamos la paja del techo, y mi madre tuvo una
capa de pieles con la que taparse para dor mir, o para po-
nérsela, para mantener el calor del pecho. A ella no le gus-
taba todo aquello, en absoluto, ni tampoco a mi padre,
que salió fuera a llorar en silencio y a solas el día en que
traje la capa a casa. Odeta, la mujer del panadero, me la
había ofrecido como pago por toda la deuda de su familia.
Era muy bonita, de tonos oscuros y pardos claros; la había
traído consigo cuando se casó, hecha con los ar miños que
su padre había cazado en los bosques del boyardo.
Aquella parte de la vieja historia resultó ser cierta: tienes
que ser cruel para ser una buena prestamista, pero yo esta-
ba dispuesta a ser tan inmisericorde con nuestros vecinos
como ellos lo habían sido con mi padre. Tampoco es que
les arrebatase a sus primogénitos, pero, una semana hacia
el final de la primavera, cuando los caminos quedaron por
fin despejados de nuevo, me acerqué caminando a ver a
uno de los agricultores de los campos más alejados, un
hombre que no tenía nada con lo que pagar me, ni siquiera
una barra de pan de sobra. Gorek había pedido prestados
seis kopeks de plata, una suma que jamás podría devolver
ni aunque recogiera una buena cosecha todos los años has-
ta el final de sus días; es más, no me parecía que aquel
hombre hubiera tenido nunca en la mano más de cinco pe-
niques a la vez. En un principio, trató de echar me de la ca-
sa a base de maldiciones, con toda tranquilidad, como tan-
tos de ellos hacían, pero cuando me mantuve fir me y le dije
que la justicia vendría a por él, la voz se le llenó de verda-
dera desesperación.
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—Tengo cuatro bocas que alimentar —me dijo—. No
puedo sacarlo de debajo de las piedras.
Supongo que debería haber me sentido mal por él. Mi
padre lo habría hecho, y mi madre también, pero yo, en-
vuelta en mi frialdad, lo único que sentía era el peligro del
momento. Si se lo perdonaba y aceptaba sus excusas, todo
el mundo tendría una excusa una semana después; vi cómo
se volvía a desbaratar todo a partir de ahí.
En ese instante entró su hija tambaleándose, muy alta,
con las trenzas rubias cubiertas con un pañuelo y un pesa-
do yugo sobre los hombros, cargada con dos cubos de
agua, el doble de lo que yo era capaz de llevar cuando iba
al pozo.
—Entonces, tu hija vendrá a mi casa a trabajar para li-
quidar la deuda, por medio penique al día —le dije, y me
marché más ancha que larga, e incluso hice un par de pa-
sos de baile por el camino, sola, bajo los árboles.
La hija se llamaba Wanda. Silenciosa, vino a casa al ama-
necer del día siguiente, trabajó como una mula hasta la ce-
na y después se marchó en silencio; mantuvo todo el rato
la cabeza baja. Era muy fuerte, y cargó prácticamente con
todas las tareas del hogar en apenas la mitad de aquel día.
Llevó el agua y cortó la leña, atendió el pequeño grupo de
gallinas que teníamos ahora rebuscando por el patio y fre-
gó los suelos, la chimenea y todas las cacerolas, y yo quedé
muy satisfecha con mi solución.
Cuando se marchó, por primera vez en mi vida oí a mi
madre hablar a mi padre con tono airado, culpándole como
nunca lo había hecho, ni siquiera cuando más resfriada y
enfer ma estaba.
—¿Es que no te importa lo que le está haciendo eso? —
oí que gritaba a mi padre con una voz todavía ronca mien-
tras me quitaba el barro de los tacones de las botas en la
puerta del jardín.
Al no tener que hacer el trabajo matinal, había pedido
prestado un borrico y me había marchado hasta las aldeas
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más lejanas a recaudar el dinero de una gente que quizá
pensaba que nadie acudiría jamás a reclamarlo. Ya se había
recogido el centeno del invierno, y tenía dos sacos enteros
de grano, otros dos de lana y una bolsa grande de las ave-
llanas preferidas de mi madre, que se habían mantenido
frescas durante el invierno al frío de la intemperie, además
de un cascanueces viejo pero de buena calidad, hecho de
hierro, de manera que ya no tendríamos que pelar las ave-
llanas con el martillo.
—¿Y qué le tengo que decir? —le respondió él a gritos
—. ¿Qué le digo? No, tú te tienes que morir de hambre;
no, tú tienes que pasar frío y tienes que vestir harapos,
¿no?
—Si tuvieras la sangre fría necesaria para hacerlo tú,
también per mitirías que lo hiciera ella —le soltó mi madre
—. ¡Es nuestra hija, Josef!
Aquella noche, mi padre trató de decir me algo sin le-
vantar la voz, atropellándose con las palabras: que ya había
hecho bastante, que no era mi trabajo, que mañana me
quedaría en casa. No aparté la mirada de las avellanas que
estaba pelando, ni tampoco le respondí, y me guardé
aquel nudo de frío bajo las costillas. Pensé en la voz ronca
de mi madre, y no en las palabras que ella había dicho. Po-
co después, la voz de mi padre se fue apagando. Mi frial-
dad salió a su encuentro y lo rechazó igual que en aquella
ocasión en que me vio en el pueblo pidiendo lo que le de-
bían a él.
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FIN DEL FRAGMENTO
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