4.
El jardín de los espejos
En un pueblo escondido entre colinas, había un jardín mágico conocido como el
Jardín de los Espejos. Se decía que cada espejo en el jardín reflejaba no solo la
apariencia, sino también los sueños y deseos de quienes se miraban en él. La
leyenda atraía a muchos visitantes, pero solo aquellos que realmente buscaban algo
en su interior lograban ver más allá de su reflejo.
Una joven llamada Elena decidió visitar el jardín después de perder su trabajo y
sentirse perdida. Al entrar, quedó maravillada por la belleza del lugar, pero
pronto se sintió abrumada por la multitud de espejos. Se acercó a uno, y al verse
reflejada, lo único que vio fue su tristeza y frustración. Sin embargo, en el fondo
de su corazón, deseaba recuperar su pasión por la pintura.
Determinada, se alejó de la multitud y encontró un espejo en un rincón apartado. Al
mirarse, en lugar de su imagen, vio un paisaje vibrante: un campo lleno de flores y
colores, y en el centro, ella misma pintando con alegría. Las imágenes comenzaron a
moverse, y la sensación de felicidad la envolvió.
Elena comprendió que su deseo de volver a crear era más fuerte que sus miedos.
Regresó a casa con una nueva perspectiva. Comenzó a pintar cada día, dejando fluir
su creatividad. Su arte se convirtió en un reflejo de su viaje interior, y pronto
organizó una exposición que atrajo a muchas personas. El jardín le había mostrado
que, a veces, los espejos no solo reflejan lo que somos, sino también lo que
podemos llegar a ser.