0% encontró este documento útil (0 votos)
5K vistas240 páginas

El Duque Malvado - Austen, Anne K

Imagina un amor tan intenso y tan prohibido que incluso el tiempo intenta separarlo. Esta es la historia de Astrid, una mujer apasionada y audaz cuyo destino está en manos de un príncipe y un duque... y el flujo incontrolable del tiempo.

Cargado por

Alany Red
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
5K vistas240 páginas

El Duque Malvado - Austen, Anne K

Imagina un amor tan intenso y tan prohibido que incluso el tiempo intenta separarlo. Esta es la historia de Astrid, una mujer apasionada y audaz cuyo destino está en manos de un príncipe y un duque... y el flujo incontrolable del tiempo.

Cargado por

Alany Red
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

A mi tía Ana,

que llenó mi casa de libros de fantasía


que me hicieron soñar con magia y dragones

Sit tibi terra levis


El duque malvado
(Leyendas de Eldegarth I)

© Anne K. Austen
Título: El duque malvado
ISBN: 9798837129278
Sello: Independently published

Diseño de cubierta: Anne K. Austen


Corrección: Sonia Martínez
Maquetación y composición: Anne K. Austen

@annekausten
annekausten@[Link]
[Link]

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la


autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones
establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el
tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante
alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún
fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO ([Link]).
Contenido
Nota de la autora
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Ya a la venta
Nota de la autora
Se exigen más novelas de caballeras y menos de princesas… Hay
mujeres que hoy en día aún mueren porque se resisten a contraer
matrimonios forzados o se les niega el derecho a luchar o decidir. ¿De qué
sirve ponerse una venda e ignorar que esto ha ocurrido con anterioridad y
sigue ocurriendo?
A veces, es más fácil comprender lo que no se quiere que lo que nos
gustaría, sobre todo si se ignora. No hay nada que me produzca más
satisfacción que el que mi hija de once años aprenda a leer con mentalidad
crítica y sepa reconocer esos comportamientos no deseables en libros,
películas, a su alrededor…
Siempre me he considerado feminista, no detractora de los hombres, pero
sí una defensora de la igualdad. También creo que debe haber un equilibrio
en el que podamos sentirnos todos cómodos sin atender a etiquetas, normas o
imposiciones. No obstante, también soy una defensora de llamar a las cosas
por su nombre y de respetar la historia.
Nunca hubo caballeras, pero sí mujeres sin voz ni voto a las que
silenciaba una sociedad machista y opresiva, donde la mujer no era más que
un vehículo de adorno y sumisión. Estoy segura de que muchas de ellas
quisieron y trataron de revelarse contra esto y esas son las historias que
deben ser contadas. Ahora parece que querer ser princesas es malo y las
demonizamos y pretendemos ridiculizarlas, sin darnos cuenta de que
lanzamos piedras sobre nuestro propio tejado.
Este libro es totalmente ficticio y los toques fantásticos me han permitido
moldear un poco la historia a mis intereses, pero está basado en la época
medieval y he tratado de ser lo más fiel posible a ese tiempo de la historia,
pero, sobre todo, he creado un mundo que sirve para dejar impresas unas
realidades que existieron y siguen ahí todavía en muchos países. Puede que
esté equivocada, pero mi percepción personal es que no tiene sentido que se
disfrace la realidad o que se modifiquen y escondan los cuentos que la
representan, lo que se debe cambiar es nuestro pensamiento.
«La teoría de la reencarnación es el punto de partida de la historia
del hombre».

Friedrich Nietzsche
Capítulo 1

Hoy he muerto. Aún lo recuerdo y lo siento hasta el último de mis huesos,


músculos y piel. Me atraviesa y me recorre esa sensación por el cuerpo de
que se me escapa la vida con un dolor incomparable físico y mental. Sin
embargo, aquí estoy, de nuevo. Una segunda oportunidad que no aspiro a
malgastar. Esta vez no seré yo la que sufra.
―¿Quién eres? Muéstrate o… te mataré.
Mi corazón martillea en mi pecho como creía que no lo volvería a hacer.
Dos pequeños y ligeros pasos revelan mi posición tras el tronco de un árbol
en un robledal. Mi intención no es la de ocultarme o resultar una amenaza
para él. Solo lo observo, como se hace con las criaturas más peligrosas e
impredecibles. Todavía no sé si es seguro pedirle ayuda a él, pero es la
única alternativa a la que recurrir para evitar mi muerte. Otra vez.
No se vuelve. Es difícil entender cómo es capaz de advertir mi presencia
a su espalda. Es de noche y aunque la luz de la luna se refleja en el agua de
esa laguna que colinda con sus propiedades parece como si su vaga luz solo
quisiera alumbrarle a él y a su espada. La mueve en un movimiento hipnótico
y salvaje. Lucha contra enemigos invisibles de aire y oscuridad y aun así él
parece mortífero y despiadado.
Me bajo la capucha de la capa que me cubre el rostro y el pelo y solo
entonces se gira para observarme. Su mirada fría y desconfiada se clava en
mí, afilada e inquisitiva. Si conoce mi identidad, no lo revela, aunque es
difícil que alguien próximo a la corte no sepa que soy la prometida del
príncipe heredero, la hija mayor del duque de Hedwigde.
No es la primera vez que nuestros caminos se cruzan. Y sabía, no solo
por los rumores, que este hombre da más miedo que el veneno de mil
serpientes sobre la piel. Se le conoce como el duque aterrador, el último
descendiente del Dragón. Y no parece tan descabellado dado su aspecto,
aunque hay algo hermoso en esa apariencia brutal y feroz. Su pelo oscuro,
ondulado y brillante cae sobre su frente con rebeldía y los ojos de un azul
zafiro claro caen sobre mí severos y serios. Reconozco en mi
comportamiento ciertos tintes de desesperación. Él es el único que puede
garantizarme seguridad y también venganza. No voy a desperdiciar esta vida,
esta segunda oportunidad, persiguiendo el amor de un príncipe infiel, desleal
y caprichoso.
Debo huir de las intrigas palaciegas, de la codicia de mi padre, del
desamor del que se convertirá en mi marido y, finalmente, de mi ejecución
por un crimen no cometido.
―Habla ―me urge con ese tono de voz imperativo que acostumbra a
usar una persona que es obedecida de forma inmediata.
Deja de lado cualquier norma protocolaria. Algo me dice que todo eso le
importa muy poco.
Vuelve a levantar la espada y a embestir con ella a rivales imaginarios
que huirían despavoridos de existir. Él es el mariscal del imperio, uno de los
grandes y caballero de la insigne orden del halcón de oro. Todas ellas
distinciones obtenidas por sus logros excepcionales en las múltiples batallas
en las que se ha visto envuelto.
Es tan extraño encontrarle en la capital y no defendiendo un territorio o
en su castillo en el frío norte, como bastión inquebrantable de la frontera,
que he tenido que apresurarme para forzar este encuentro. No puedo perder
esta oportunidad.
―He venido a ofreceros un trato, excelencia.
Mis palabras le detienen bruscamente y vuelve a observarme de nuevo
con esa expresión impertérrita e indescifrable que logra que la sangre se
congele en cualquier figura. Eso, si los demonios jugaran con hielo y no con
fuego.
―Lothringer ―me responde con fastidio―. No hace falta que utilicéis
los tratamientos de cortesía conmigo. Llamadme Lothringer sin más.
Es la frase más larga que me ha dicho nunca. Estoy un poco impresionada
por su voz profunda y cavernosa. Como si no estuviera muy acostumbrado a
utilizarla o la arrojara desde lo más hondo de su pecho, con todo su cuerpo.
Clava la espada en el suelo a su lado y cruza los brazos mientras ladea la
cabeza para estudiarme más detenidamente. Sus ojos entrecerrados se pasean
por mi cara con un descaro impropio. Observa mi frente, mis cejas, la nariz,
los labios, la barbilla y el pelo ondulado y rebelde en dos extraños tonos de
oscuro a claro que acaba en filos de oro para luego volver a mis ojos, de un
dorado tan claro y brillante que resulta inquietante para la mayoría.
Los suyos son del color del océano. De un azul tan profundo e intenso
que siento que podrían hundir y ahogar embarcaciones enteras y a mí con
ellas, con probabilidad, si lo que tengo que decirle le resulta ofensivo o le
disgusta.
Traga saliva con los labios tirantes y eleva las cejas ligeramente como si
comenzara a cansarse de mi conversación o la falta de ella.
―Quiero proponeros matrimonio ―le suelto a bocajarro.
Ahora sí que sus cejas se elevan de manera evidente.
―Por supuesto ―me apresuro a explicar―, sería un matrimonio sobre
el papel que podríamos anular cuando se pueda considerar conveniente.
Podríamos realizarlo de manera que nos fuera beneficioso a ambos. Mi dote
es generosa. Me gustaría recuperar parte de ella al romper el acuerdo, pero
el monto monetario pasaría a su excelencia por completo. Estoy segura de
que esa cantidad serviría para financiar cualesquiera que sean las
necesidades de vuestro ejército o propiedades.
―Un momento ―me detiene con una leve inflexión de burla en la voz
que no esperaba. Incluso puedo atisbar cómo las comisuras de sus labios se
curvan de manera sutil en una sonrisa que no puedo llegar a considerar como
tal debido a la imprecisión de su expresión y tono―. Debo estar perdiendo
facultades porque creía que en este mundo ya nadie era capaz de
sorprenderme. Pero he de suponer que hay una buena razón para que la
prometida del príncipe heredero, bien conocida por su sincero y profundo
amor por él, me esté ofreciendo matrimonio a mí. ―Resopla con fuerza en
un evidente desdén―. Perdonadme, pero debo preguntároslo: ¿habéis
perdido el juicio? O ¿Es acaso alguna broma del propio Bernhard?
―¿Y si os dijera que he descubierto que la única manera de mantenerme
con vida es evitando el matrimonio con Bernhard? Debo partir lejos del
palacio y de la capital.
Me mira como lo deben hacer los halcones con sus presas, con la cabeza
ladeada y los ojos moviéndose rápidos por todas las expresiones de mi
rostro.
―¿Incluso lejos de su familia?
Asiento con la cabeza.
―Lejos de mi padre más que de cualquiera.
Eso produce en él un pequeño cambio. Es casi imperceptible para
cualquier otra persona que no fuera yo y mi sexto sentido agudizado durante
los conflictos y las traiciones veladas dentro del palacio.
―Y de acceder, que no estoy diciendo que sea el caso, ¿cómo se supone
que conseguiremos la anulación?
Me parece tan obvio que me resulta irrisible que pregunte por ello.
―Alegaremos lo evidente, que no hubo consumación. Solo será un
matrimonio sobre el papel.
―Ah. ―Ahora sí que está sorprendido y no tiene reparos en mostrarlo.
―Por supuesto, declararé que la falta está en mí y mis deficiencias.
Nadie pondrá en duda vuestras capacidades… de… Vuestro buen hacer en
la… La hombría.
Se ríe. Me parece tan sorprendente e inusitado que me quedo con la boca
abierta. ¿Quién iba a suponer que el duque terrorífico podría reírse tan
magnifica y abiertamente?
―Las incertidumbres que puedan surgir sobre mi… hombría no me
preocupan en absoluto. Tampoco me tienta vuestra dote o lo que podáis
ofrecerme. La respuesta es no. Ahora, si me disculpáis.
Me hace un gesto como si me despidiera. El corazón se me para dentro
del pecho. Ni siquiera considera pensárselo un poco. Todo resulta
sumamente grosero y poco educado. No es a lo que estoy acostumbrada, a la
cortesía artificial y calculada, pero correcta, al fin y al cabo.
Esa es una de las razones por las que es considerado un bárbaro. Su
presencia no suele ser apreciada del todo dentro de los círculos más
notables, pese a sus numerosas distinciones y títulos, incluso una apariencia
bien parecida, misteriosa y ruda, que en algunas damas despierta miradas
ardientes.
Sé todo eso y también que es mi única oportunidad. Nadie más es capaz
de enfrentarse o contradecir a mi padre o al mismísimo emperador sin temor.
No se me ha educado para sobrevivir, sino para ser la sombra del soberano.
No sé hacer nada sumamente aprovechable, excepto bordar, cantar, bailar y
otras absurdas actividades más propias de un bufón que de una persona con
probabilidades de valerse por sí misma. Por si fuera poco, las redes de mi
padre llegan a gran distancia. De ninguna forma podría llegar muy lejos si
decidiera huir. Solo necesito tiempo, tiempo para que el príncipe se busque
otra esposa, para que el asesinato de su amante y el favorito del rey me
encuentren muy lejos y nada pueda implicarme.
Le sujeto de la manga, aprieto su antebrazo tan rígido y duro que parece
hecho de acero. Estoy desesperada. El contacto con un hombre lejos de los
salones de baile me resulta extraño, pero suplicaré si es necesario.
Nada en esta vida va a impedir que sobreviva y me deshaga de los
errores del pasado.
―¿Cuál es el precio que estaríais dispuesto a aceptar?
―No lo entendéis. Supongo que estáis demasiado acostumbrada a
obtener todo lo que deseáis y a que los hombres os nieguen poco, pero
habéis ido a parar con el que menos interesado está en la dama o en el
matrimonio.
Me decepciona que su percepción de mí sea la misma que la de todos.
Los que solo ven a la hija de un duque rica y consentida que coge rabietas
cada vez que su prometido tiene una nueva amante. Solo soy una marioneta
movida por los hilos que maneja mi padre. Pensé que estaba enamorada, sí,
lo creí, y cada traición del príncipe hizo añicos mi corazón. Mi naturaleza
indómita me convirtió en una bruja resentida y vengativa que iba cazando a
las amantes del príncipe como si fueran moscas que debía espantar con mi
lengua bífida y mis tretas de dama de salón. Como dijo mi padre en aquella
ocasión antes de darme la espalda y abandonarme a la muerte: soy
demasiado visceral para frenar mis impulsos y simplemente quedarme
quieta. Si eso me convierte en una villana, lo acepto. Lo seré. Sin embargo,
nunca pasó por mi cabeza la idea de acabar con la vida de alguna de ellas o
cualquier otra persona. No obstante, mi fama traspasó las puertas de
cualquier casa importante y era tema de conversación en todos los salones
sociales. Astrid, la harpía sin corazón, la desairada prometida del príncipe
que hacía rechinar sus dientes y se vengaba de las amantes de él. Pero sí
tenía corazón, claro que lo tenía, estaba roto, pero aún latía.
Hasta que alguien se encontró con ese espectáculo dantesco de
casualidad: Arabella, mi doncella, y Pier Gavernon asesinados cruelmente.
Todos me culparon. Nadie me defendió o puso en duda mi culpabilidad. Me
dieron la espalda, incluido mi padre y Bernhard, mi marido, y dejaron que
muriera por ello.
Pero eso, no ocurrirá de nuevo. No en esta vida y con esta oportunidad
concedida para que mis decisiones sean mejores.
―Soy la señora del condado de Edelgarth. En esas tierras hay una mina
de peletelio. Ese material es moldeable, pero mucho más resistente y ligero
que el acero. Puede utilizarse para forjar armas capaces de traspasar la
coraza de cualquier bestia. Os concedo libre acceso a la explotación de la
mina si consentís casaros conmigo y llevarme lejos de aquí.
―¿Peletelio? ―repite confundido―. ¿De qué estáis hablando? Esta
conversación ha terminado.
Entiendo que pueda sonar descabellado, pero es absolutamente cierto,
solo que aún no se ha descubierto. No puedo decirle que lo sé porque mis
conocimientos sobre él provienen de mi vida anterior, de una regresión.
―¡Puedo demostrarlo! Se os lo enseñaré yo misma. Está en un lugar
difícil de encontrar, pero sé exactamente dónde es. Ese material os hará
invencibles a vos y a vuestro ejército.
―Y, exactamente ¿por qué el duque de Hedwigde no está haciendo uso
aún de ello?
―Porque no lo sabe.
La incredulidad se refleja más en su postura que en su cara. Introduce su
espada en la vaina de su cinturón con un golpe seco y se seca el sudor que
cae por su frente con el antebrazo. Le observo con un leve atisbo de
admiración. Dentro de su salvajismo hay también cierta armonía, elegante y
poderosa. Una rudeza refinada en cada movimiento de su cuerpo. Pero no me
engaño, Werner es un guerrero, no un caballero. Alguien muy difícil de
manipular o engatusar.
―Me resulta muy difícil de creer ―sentencia sin dejar de
observarme―. Será mejor que os vayáis por dónde habéis venido, antes de
que alguien os encuentre y saque conclusiones erróneas o no tan erróneas de
lo que estáis haciendo aquí.
Aprieto la mandíbula con fuerza y levanto la barbilla. No suplicaré más.
Ya encontraré otra forma. No me daré por vencida. Ahora soy libre. Aquel
año entre rejas con las garras de la muerte siempre pendiente sobre mi
cabeza y sin ninguna posibilidad de escapar, supusieron interminables horas
para pensar en mis errores y en lo que cambiaría de tener la oportunidad. No
volveré a pasar por aquello cueste lo que me cueste.
Vuelvo a cubrirme con la capucha de la capa y me oculto entre sus
sombras para que él no sea capaz de atisbar ni una sola expresión más en mi
rostro, ya que parece entretenerle tanto.
―Siento haberos resultado una molestia. No volverá a ocurrir.
Me alejo de él y cuando estoy a una distancia prudente, me recojo la
falda del vestido y hago un nudo en mis pantorrillas con ella para volver a
trepar, sin que sea un estorbo, a uno de esos robles cerca del muro que
bordea el jardín.
Siempre he sido ágil y me gustan los árboles. Desde muy niña trepaba a
ellos para huir de mi padre. En su copa, sobre una rama, encontraba paz y
llenaba un anhelo que siempre me corroía por dentro y al que no sabía
encontrar sentido o solución.
De esa forma, he conseguido entrar en las dependencias del duque sin ser
vista y así salgo de nuevo sin haber conseguido mi propósito.
Capítulo 2

―¿Por qué demonios la has dejado entrar sin detenerla? ―increpa el


duque de Lothringer a su capitán con un tono nada amigable.
Nasser sonríe poco impresionado por el despliegue de mal humor de su
señor.
―Me sorprendió. No todos los días puedo ver las piernas a una dama de
alta alcurnia y mucho menos observar cómo se remanga el vestido para
trepar a un árbol con la habilidad de un gato montés. La curiosidad me ganó.
Tenía que saber cuáles eran sus intenciones.
Werner deja que una sonrisa aflore en sus labios.
―Es peculiar, ¿no? ―pregunta ligeramente complacido. Nasser asiente
con la cabeza. Luego su rostro adquiere seriedad.
―Es una trampa ―confirma sin ningún atisbo de duda.
Werner asiente impertérrito. Se frota la barbilla con una mano en un gesto
pensativo.
―Es lo que parece, pero ¿de quién? El duque tiene demasiado interés en
que su hija se despose con el príncipe heredero y el emperador parece
desesperado por acceder a los deseos de Hedwigde, así que ¿quién?
¿Bernhard, el príncipe?
―Ni siquiera parece necesario que la desposes para caer en sus
argucias. Si la sigues a esas minas, caerás en una emboscada.
―Saben que no soy presa fácil. Es lógico pensar que estaría preparado.
―A no ser que realmente consideren que la dama podría seducirte.
Encantos no le faltan. Al menos, en apariencia.
Una pausa acompaña a esa declaración y Nasser espera sin prisas a que
su señor saque alguna conclusión.
―Investiga si hay alguna prueba de que ella realmente esté en peligro.
―Creía que partiríamos mañana.
―Lo haremos en una semana. Es el tiempo que te doy para que descubras
algo.
―En mi humilde opinión esto es una pérdida de tiempo. Astrid Eldan
ambiciona el trono o al heredero tanto como su padre. Los rumores sobre
ella no la dejan en muy buen lugar. Dicen que ya se ha entregado a él, que se
ha valido de astucias para deshacerse de sus contrincantes, que es vil y
despiadada. Una perfecta sucesora de su padre.
―Tú más que nadie deberías saber que no hay que fiarse de las
habladurías. Haré mis propios juicios de valor si no te importa.
Nasser entiende que acaba de ser puesto en su sitio e inclina la cabeza en
reconocimiento hacia su superior y amigo.
―Por supuesto. Haré lo que me pides.
―Envía también a Kaliss al condado de Edelgarth. Que averigüe si
realmente hay una mina con un material así. Que busque cerca del bosque y
que sea discreto.
―¿La crees?
―Puede ser ―responde Werner sin querer implicarse del todo. Lo cierto
es que solía jactarse de reconocer la verdad y la mentira con facilidad. Y en
este caso, ella había parecido sincera.
Capítulo 3

―Cuenta la leyenda ―comienza el trovador― que hubo una vez entre


las gentes del clan del bosque una mujer menuda que quedó atrapada en la
tela de una bestia con forma de arácnido y cola de serpiente.
Me fijo en la mujer con tela vaporosa que aparece en escena e interpreta
una danza sinuosa que la envuelve. Desde el público se oyen exclamaciones
de aprobación. Al emperador le encantan las representaciones durante sus
banquetes.
―La doncella se negó a rendirse y trató de rebelarse contra la pegajosa
viscosidad que la mantenía prisionera. A lo lejos, un Dragón formidable y
amenazante planeaba sobre el bosque en busca de una víctima que saciara su
inagotable sed de venganza. Era bien sabido que a todos ellos les corroía un
ardoroso y cruel descontento que les hacía hervir las entrañas y echar fuego
por la boca. ―Aparece en el escenario un hombre bajo un disfraz de papel
de colores y alas de madera que simulan al Dragón―. Cuando vio a la joven
del clan del bosque desvalida y vulnerable su vuelo se dirigió veloz e
implacable hacia ella ―continúa el narrador mientras el resto interpreta sus
palabras―. La mujer, peleó, pataleo y luchó con todas sus fuerzas, pero
inútilmente porque solo conseguía enredarse más. Sin embargo, estaba en el
espíritu de la gente del bosque no rendirse jamás, aunque la muerte les
llegara en su contienda. Al Dragón, su temperamento inquebrantable, le
pareció admirable y a medida que se acercaba a ella, su espíritu depredador
se iba amortiguando.
»El vuelo del Dragón levantó la hojarasca alrededor de la telaraña. La
joven lo miró desafiante, sin miedo o incomodidad. La bestia, nunca había
visto a nadie enfrentarse así a la muerte y quedó impresionado. Cuando
acercó sus enormes garras hasta ella, la arrancó de su trampa, pero no se la
llevó, tampoco la devoró. Dejó que sus pequeños y delicados pies desnudos
tomaran el suelo con gracia y allí la soltó. Lejos del peligro y cualquier
amenaza que no fuera él mismo.
»La joven del clan del bosque reconociéndose libre y a salvo por el
majestuoso Dragón, inclinó la cabeza en señal de respeto y agradecimiento
hacia él. El Dragón respiró su dulce olor a boscaje, musgo y savia, y dejó
que le impregnara en su nariz y en sus fauces para nunca olvidarla. Bien era
sabido que la gente del bosque vivía durante siglos sin sucumbir a la
enfermedad o la vejez, pero para él era difícil recordar las apariencias con
tan sutiles diferencias entre ellos.
»La joven que el Dragón había salvado era descendiente de la reina del
bosque. Fue en gratitud a ese gesto, que su gente siempre protegió a los
dragones nobles de la cacería indiscriminada de los que moraban fuera del
soto para probar su valía.
Para dar más verosimilitud a la obra representada, dos actores vestidos
de caballero lanzan flechas de mentira sobre el hombre-Dragón haciéndole
caer y fingir una muerte larga y agónica. Los espectadores rompen en
aplausos. He visto esta obra mil y una veces y la muerte del Dragón siempre
me parece injusta y vil.
Los actores se inclinan varias veces antes de desaparecer por las puertas
del salón. Antes soy capaz de advertir el brillo de Bernhard al detener su
mirada sobre la actriz que interpreta a la mujer del bosque. Sé a ciencia
cierta que, si más tarde me acerco a una de las alcobas que dan al jardín
oriental, los encontraré enredados en un abrazo lujurioso. Lo sé porque la
vez anterior, una dama de lengua viperina me susurró que había visto al
príncipe desaparecer tras unas faldas por ahí y yo le perseguí afectada por
unos celos profundos y dolorosos. Acabé arrastrando a la actriz de su larga
cabellera y sus gritos alertaron a media corte.
Rasco ahora mismo en mi interior en busca de alguna emoción y solo
encuentro indiferencia. La mirada de Bernhard se cruza con la mía y me
regala una falsa sonrisa que ignoro como lo hago con él. Su estampa es la de
un príncipe de cuento con su pelo dorado y sus ojos color aciano. No
obstante, ya no hay ningún esplendor en él que me ciegue y me haga caer
rendida a sus pies. A parte de su apariencia, no hay nada bello en él y ya ni
eso me parece tan fuera de lo común, como si su interior en ruinas
descubierto arrastrase en su caída el exterior.
Hoy anunciaré que quiero romper el compromiso. Le abordaré primero a
él. Luego enfrentaré la indignación de mi padre cuando ya no se pueda hacer
nada. Mi mirada lo busca sin poder evitarlo. Está sentado cerca del
emperador, hablando de tú a tú con él, en una pose regia, con una sonrisa
soberbia y un rastro de ira que siempre parece permanecer en él como si
fuera incapaz de estar satisfecho. «Como si absolutamente todo le
produjera disgusto». Sé qué es lo que le enerva tanto en ese preciso
momento. El favorito del emperador está sentado entre ellos. La relación de
Pier Ravegnon y el mandatario es incierta y está llena de controversia.
Algunos dicen que son familia en realidad, otros que amigos y algunos más
osados que amantes. La influencia de Ravegnon sobre las decisiones de
gobierno del imperio y sus orígenes plebeyos tienen profundamente
descontentos a los barones.
En cualquier caso, parece que alguien quiere encargarse de él y así lo
hizo en mi vida anterior. En ese momento, la ira del emperador cayó sobre
mí como una lluvia de agua hirviendo sobre la piel. Es evidente que lo tiene
en gran estima sea cual sea la razón.
En realidad, yo no siento ningún tipo de antipatía hacia él, excepto la
ambición de la que pecan todos dentro de este circo de títeres y bufones.
La opulencia de las mesas solo deja constancia de la insensatez que nos
gobierna. Mientras en otros lugares, los soldados mueren por su país y el
hambre llega a las fronteras, dentro de palacio los manteles de seda están
bordados de hilo de plata y los cubiertos son de oro. Los sirvientes se
pasean entre los comensales ofreciendo bandejas desbordantes de sopa de
nabo y tocino, guisantes cocidos en leche de cabra, anguilas con salsa de
ostras, capones y corzos asados en sus jugos, lechones y cabritos con hongos
y queso batido en nata mientras los invitados comen sin mesura,
desperdiciando lo que su saciedad no puede albergar.
Me levanto con rigidez. Mi padre me mira con el ceño fruncido. Una
dama debería esperar a que los varones lo hicieran primero. Lo sé, pero soy
incapaz de tolerar ni un segundo más esta situación.
No cuando conozco el hambre y la desesperación a la que lleva un
estómago vacío que solo es alimentado en días alternos e irregulares de
mendrugos duros de pan y agua de origen incierto. Cuando sé lo que es que
la piel bese los huesos en un espectáculo grotesco de aristas y surcos.
Un verdugo más benévolo hubiera acortado mi tiempo en prisión y me
hubiera ejecutado antes, pero me dejaron agonizar en una oscura y
desesperada pestilencia de lágrimas y rabia.
Los miro con odio. No puedo evitarlo. Reprimo las ganas de tirarles todo
a la cara, de recriminarles su minúscula grandeza y el poder acumulado
sobre traiciones, asesinatos y actos reprobables. Ya he aprendido que el
precio a pagar por estar en lo alto es demasiado oneroso. Solo quiero salir
de aquí y vivir mi vida de forma muy diferente.
Bernhard alza una ceja en mi dirección, sorprendido, como si mi actitud,
tan alejada de lo que se espera de mí, fuera inesperada e incluso interesante.
Le hago una seña para que me siga y él sonríe complacido. Le encantan
las travesuras. Hubo un tiempo en que fuimos amigos, cuando éramos niños,
antes de que yo adoptara el papel que tan concienzudamente se me inculcaba
y dejara de divertirle. El príncipe heredero se inclina demasiado por el
jolgorio y la diversión. Suele apartar de su lado todo lo que no le resulte
entretenido.
Camino rápido entre las columnas revestidas de filigranas de pan de oro
y las paredes adornadas con telares de damasco. Lo hago sin dejar de oír sus
pasos, sintiéndolos cada vez más cerca, como si él fuera el cazador y yo su
presa. Apuesto a que está extasiado por esta pequeña aventura. Puede que
crea que lo estoy induciendo a un encuentro ilícito que implique caricias y
besos, pero no volveré a otorgarle ni un solo afecto más.
Me detengo en el patio del protocolo bajo las balconadas de arcos. Lo
suficientemente lejos de otras conversaciones, pero sin que la intimidad dé
pie a ninguna indiscreción.
Apoyo mi espalda contra una columna y él desliza su brazo por mi
cintura cuando me da alcance con el brillo del depredador en sus ojos.
―¿Hoy quieres ser traviesa, Astrid? ―me pregunta con una sonrisa
ladina.
Le miro sin dolor, pero con un eco apagado de rabia. Nunca fui más que
un juguete para él. Una muñeca modelada que él desechaba cuando le
aburría. Apoyo una mano sobre su jubón de terciopelo tan rojo como el
propio vino burdeos que ahora se desliza por las copas en el salón de
banquetes, tan oscuro como la sangre que derramé tras ser golpeada por el
interrogador del palacio y que él vio verter sin pestañear si quiera.
Lo empujo con fuerza y lo alejo de mí. Retrocede dos pasos para
mantener el equilibro y me mira estupefacto. No es propio de una dama, de
una noble y de nadie en su sano juicio humillar de esa forma al príncipe
heredero.
―¿Qué pretendes? ¿Vas a hacerte la ofendida cuando me has obsequiado
con tus besos en más de una ocasión?
―Hay algo importante que quiero decirte.
Su cara de intriga es rápidamente trocada por el gesto de hastío que le
produce el cambio de planes.
―Si vas a empezar a hablarme otra vez del dolor que te inflijo con mis
deslealtades, moriré de aburrimiento. Te he dicho muchas veces que eso
nada tiene que ver contigo. Tú serás mi emperatriz y te respeto como tal,
pero soy un hombre de muchos apetitos ―se justifica con una sonrisa
socarrona que no muestra nada de arrepentimiento.
―No seré tu emperatriz, Bernhard. Quiero romper el compromiso.
Hace un gesto de incredulidad.
―¿Es otra de tus tretas para despertar mi interés, Astrid? ¿Quieres jugar
a la indiferencia?
Frunce el ceño y elimina en segundos los dos pasos de distancia que
había conseguido.
Niego con la cabeza.
―No es ningún juego. Quería que fueras el primero en saberlo. En
cuanto entre de nuevo al salón se lo comunicaré al emperador y a mi padre
frente a testigos que atestigüen mis deseos.
Me coge la mano con fuerza y tira de ella hasta su pecho, llevándome a
mí con ella.
―¿De qué demonios estás hablando? Tú eres mía desde que diste tu
primera bocanada de aire. Nadie aceptará tu petición y tu padre te matará
antes de permitir esa anulación.
Vuelve a tirar de la mano que retiene con la suya y me estrella contra su
pecho. Es un hombre alto que se entrena constantemente con la espada por lo
que me parece estar siendo lanzada contra un muro.
He sido su mujer y debería conocer muy bien su cuerpo y las
ondulaciones de sus músculos, pero los encuentros conyugales entre ambos
se convirtieron en una obligación esporádica sin emoción ni afecto. Como si
me castigara por el poco control que tenía en su vida. Era frío y agresivo
conmigo.
―No me importa lo que tú o él penséis. Estoy harta de acatar vuestros
deseos sin derecho a opinar o decidir.
―¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? ¿Acaso has
confraternizado con esas brujas que adoran a la diosa de la tierra? Astrid, tu
obligación es obedecer a tu padre y a tu futuro esposo, que soy yo.
―Tú no me quieres, Bernhard. Estás dolido como lo estaría un niño al
que acaban de arrebatarle un postre. Déjame libre. ¿No puedes hacer un
esfuerzo por entenderme?
Una sonrisa sardónica cruza su rostro y una chispa de ira brilla en sus
ojos cuando avanza y me obliga a estrellar la espalda contra la columna tras
de mí. Me aprieta con su cuerpo contra el mármol de manera brutal.
―¿Quieres ser libre? ¿Deshacerte de mí? Escúchame bien, Astrid. No
soy yo el que tiene la llave de tu libertad ni de la mía. Los dos bailamos al
son que tocan todas esas personas que ahora mismo se sonríen dentro de ese
salón mientras esconden bajo el mantel el cuchillo con el que desollarían a
todos y cada uno con tal de obtener más poder o más tierras o más de lo que
sea. Y tú llevas toda la vida jugando a esto también. Siguiendo las
directrices que te imponía tu padre. Tratando de atarme a ti por el cuello y
apretando tan fuerte que a veces consigues que te odie. Estoy seguro de que
si tú no fueras la hija del duque y yo no fuera el príncipe heredero nuestra
amistad hubiera florecido en un amor sano y sincero, pero somos quienes
somos y eso no se puede cambiar. No importa todo lo que crea odiarte a
veces, eres mía y los dos viviremos lo mejor que podamos en esta jaula
dorada.
―Te equivocas. No voy a resignarme y vivir de acuerdo con lo que se
espera de mí. No voy a dejar que el destino decida de nuevo. No soy tuya ni
de mi padre. Voy a tomar las riendas de mi vida y mi primera decisión es
romper este compromiso y alejarme de ti.
―No, no lo harás. Ni siquiera podrás intentarlo. En cuanto pronuncies
una sola palabra de anulación dentro de ese salón, dirán que tuviste un
momento de enajenación mental, que habías bebido demasiado, que tuviste
un ataque de histerismo llevada por los celos. Tu reputación volverá a ser
puesta en entredicho, los dos padeceremos los rumores, pero nadie pondrá
en duda tu derecho a ser emperatriz porque tu padre se asegurará de ello.
Muerdo mi labio y un gemido sale de mi pecho.
―¿Por qué me haces esto? Yo no te importo ni un poco. Me verías morir
sin emoción alguna si llegara el momento. Déjame. Anula tú mismo el
compromiso. Eres el futuro emperador.
Me observa con interés. Si no lo conociera, pensaría que mis palabras le
han afectado de alguna manera. Sus ojos se clavan en los míos como si
intentara descifrar algo en ellos.
―Ni siquiera el emperador tiene libertad para elegir con quien casarse.
No es más que otra consideración de estado. Lo sabes.
Pego un tirón a mi mano para intentar recuperarla, pero me la sujeta con
férrea determinación.
―Por eso me castigas ―le reprocho.
―Los dos sufrimos las consecuencias de ser quienes somos. Que no te
confundan mis actos de rebeldía. Te amaría con locura por tu belleza
singular, por el espíritu indomable que late en ti, por cómo tu sonrisa brilla
más que el sol, pero se oculta como la luna y por esa preocupación por el
bien ajeno que tratas de esconder y tanto te hace sufrir. ¿Crees que no te he
observado? ¿Que no te conozco? He tenido toda una vida para hacerlo. Ojalá
no lo ocultaras, ojalá pudieras ser tú misma y yo también, pero no es nuestro
destino.
―¡¡Basta!! Me niego a escucharte más. No quiero que me envenenes con
tu toxicidad y tu resignación. No soy como tú. He cometido errores, pero soy
consciente de ellos y voy a repararlos. Te quejas, pero en realidad no
renunciarías a ninguno de tus privilegios a cambio de lo que dices querer. Yo
sí, estoy dispuesta a ello. No quiero nada de lo que me ofrece esta vida.
Antes nunca tuve capacidad de decisión, pero ahora escarbaré en la peor
inmundicia si es necesario para poder tomarla.
―No, no lo harás ―afirma con crueldad en la voz y en el gesto con el
que me mira.
No soy capaz de replicar porque su boca se estrella contra la mía con
ferocidad. Pierdo la respiración por un momento. No soy capaz de
reaccionar. Luego la furia me invade y me recorre como la sangre por todo
mi cuerpo.
Es injusto y abusivo. Solo siento necesidad de gritar y luchar contra
demonios invisibles. Tal vez como él mismo lo hace. Me toma como
vehículo para su frustración sin consideración alguna por mí y eso es
totalmente inmerecido.
Pataleo y trato de zafarme de su grueso abrazo sin que se mueva ni un
poco. No me han enseñado a pelear o a defenderme y eso solo me frustra aún
más. Le pateo, le clavo las uñas en el dorso de la mano con la que sujeta mi
mejilla. Parece no ser consciente del dolor, como un fantasma sin vida que
ya no es capaz de sentir.
―Os agradecería que soltaseis a mi prometida, alteza ―dice una voz
dura y firme tras la espalda de Bernhard.
No soy capaz de atisbar el origen de esa voz porque su cuerpo cernido
sobre mí oculta cualquier visión, pero la reconocería en cualquier parte,
aunque apenas haya cruzado un par de frases con él. Lo más inexplicable de
todo es el profundo alivio que siento de repente.
Bernhard suelta mi boca y se gira apenas para mirar con desdén tras su
espalda.
―Estáis equivocado, duque. No sabía que teníais una prometida, pero os
garantizo que esta es la mía.
―¿No es Lady Astrid Eldan a quién puedo ver luchando contra su acoso?
―Sí, es Astrid, pero esto es meramente una discusión de enamorados.
No os metáis.
―Es difícil que no lo haga cuando ya os he asegurado que es mi
prometida.
El agarre de Bernhard pierde fuerza cuando se gira para enfrentar al
duque de Lothringer con una mal disimilada ira e incredulidad.
―¿De qué estáis hablando?
―He dicho que Lady Astrid es mi prometida. Me propuse hace unos días
y ella me aceptó ―lo dice tan alto y contundentemente que su voz retumba
por toda la sala y hace eco en los oídos de algunas personas dispersas por la
puerta del salón de banquetes.
Bernhard me suelta completamente y me deja a su espalda como si de esa
forma pudiera evitar que el duque me viera o sus palabras tomaran forma.
―¿Acaso sabéis dónde os estáis metiendo? Soy el príncipe heredero. No
podéis afirmar semejante patraña sin enfrentar las consecuencias.
―No hay nada de incierto en lo que digo, ¿verdad, lady Astrid?
Me adelanto con un paso y dejo el cuerpo de Bernhard a un lado. Ahora
puedo ver a algunas damas, mirando en nuestra dirección y al duque de
Lothringer ataviado con una simple camisa de tosca tela negra atada con
cordones de cuero al pecho y a la cintura y largos pantalones estrechos y
también oscuros a las piernas como si la etiqueta de palacio no fuera con él
y fuera un montaraz lúgubre y tenebroso.
―Es cierto ―respondo intentando mantener en la voz un tono neutro.
Hago una ligera inclinación con la cabeza y cuando el duque me ofrece su
mano con el brazo extendido hacia mí, la alcanzo en dos pasos y la sujeto
como si fuera mi tabla de salvación. Tiene las palmas ásperas y curtidas. Sus
dedos son tan firmes y grandes que me parece estar prendida de una garra.
Bernhard mira incrédulo la unión de nuestras manos entre los dos y
levanta los ojos hacia mí con escepticismo.
―¿Es por esto por lo que querías la anulación de nuestro compromiso?
¿Para unirte a él? ¡¡Su posición es inferior a la mía!! Yo te ofrezco un
imperio, ¿qué te ha prometido él? ¿Guerras continuas, soledad, una viudedad
temprana, un territorio frío y basto? ¡No puedes hablar en serio!
―Ni siquiera sé por dónde empezar a enumerar todo lo que él puede
proporcionarme que tú no. ¡Lealtad, honor, seguridad y respeto, por ejemplo!
―¡Dices tonterías! ¿Desde cuándo lo tienes en tan alta estima? Apenas le
conoces.
―Lo hago. No hablo con palabras vacías.
―No tenéis que justificaros, lady Astrid ―añade tajante el duque de
Lothringer.
―Claro que sí debe hacerlo, y lo hará ahora mismo ―interviene con
hosquedad y una mirada asesina mi padre.
―Hemos llegado a un acuerdo ―le responde Lothringer con un tono frío
y mortífero alargando las palabras como si fueran armas para arrojar contra
él―. Nos unen intereses comunes que de seguro serán fructíferos para
ambos. Con todo mi respeto, duque, no hay mucho más que debamos
explicar.
―Esto es muy irregular y lo sabéis. Para empezar yo no os he concedido
su mano.
―Pero es que no es a vos a quién se la he solicitado, sino a ella.
―¡Cómo os atrevéis! Ella es mi hija. Yo tomo las decisiones sobre su
vida.
―Precisamente es sobre su vida lo que versa todo esto. Seguro que usted
nunca pondría a su hija en peligro.
―El único peligro que detecto es el que viene de vos.
La rabia hace que la cara de mi padre se torne del color de las granadas,
pero su magnanimidad y su autoridad se ven seriamente mermadas junto al
duque de Lothringer. Para empezar, le saca una cabeza, por lo que debe
mirarle hacia arriba y junto al cuerpo robusto y ejercitado, él parece
marchitado y blando.
―Estoy seguro de que cambiareis de opinión con el tiempo y llegaréis a
apreciarme como un buen yerno ―le responde Lothringer con un tono
impregnado de mofa.
Lo cierto es que su atención no está puesta solo en la conversación. Su
mirada está pendiente de los hombres que se van colocando en posiciones
estratégicas, con la mano en las empuñaduras de sus espadas en una clara
amenaza. Son caballeros de su orden. Soldados de su ejército que saltarían
sobre el mismísimo duque de Hedwigde si advirtieran que su señor está en
peligro.
―¿Y el emperador? ¿Dónde está mi padre? ―pregunta Bernhardt
recurriendo a la fuerza de mayor poder.
―Se ha retirado. Estaba cansado ―le responde la emperatriz.
Se desliza sibilina desde el centro de su sequito de doncellas del que es
probable que haya estado observando la trifulca. Adopta una postura
aplacadora y diplomática, pero su mirada especulativa se desplaza a mí con
algo similar a la confusión, pero también respeto.
―Este no es el momento y el lugar para discutir este desacuerdo, hijo
mío. Mañana con más calma y solo las personas implicadas, sin curiosos,
seguro que podremos entender mejor lo que ocurre.
Sujeta al príncipe por su brazo y tira sin fuerza, pero con una orden
directa implícita en su gesto. Él se suelta y se pone a la altura del duque.
―Pagareis por vuestra insolencia ―le amenaza con su cara muy cerca
de la suya. Después me mira sin ocultar su rabia y su ira.
Inclino la cabeza en señal de respeto hacia la emperatriz y esta me
devuelve otro gesto similar. Ella siempre ha sido un misterio para mí. Es una
mujer sencilla, con un rostro bello y sereno y una seriedad tan brusca que
golpea en cualquier conversación extinguiendo los comentarios jocosos.
Es probable que no sintiera ningún afecto por mí, pero creo que no lo
profesa por nadie, como si se hubiera rodeado de una capa de inapetencia
dura e impenetrable que no deja entrar ninguna emoción, pero tampoco da
lugar a que salgan. Ni siquiera por sus hijos. Solo Bernhardt, de los diez que
tuvo, ha sobrevivido.
Se dice que su fertilidad es irregular, que sus vástagos son delicados y
apenas sobreviven por culpa de su frialdad, porque no es capaz de
profesarles cariño. La realidad y lo que se sospecha por los lugares más
indiscretos es que la semilla del emperador es la que resulta incierta y que
sus pérdidas son las que la han apagado hasta convertirla en una polilla
desorientada que ya no puede encontrar la luz.
Levanto la mirada hacia el duque Lothringer. Nuestras manos aún están
unidas. La verdad es que mi cuerpo tiembla violentamente y aprieto sus
dedos con tanta fuerza para mantener las convulsiones a raya que podría
romperlos. Me mira con los labios apretados y luego a mi padre por encima
de mi cabeza. Ni siquiera se me ocurre o tengo oportunidad de darle las
gracias. No solo ha accedido a mi propuesta, también me ha evitado el
bochorno asegurando que él ha sido el propulsor de este compromiso.
―Reduciré la cuantía de la dote. No os llevaréis la ganga que creéis
haber conseguido.
Miro al suelo y escondo mi expresión de victoria. Mi padre no es ningún
ingenuo. Sabe que no le conviene enfrentarse a Lothringer. La caballería de
los dragones le es leal y también lo son el resto de las guardias. Es el
mariscal del imperio.
Lothringer se pone tenso. Si piensa que ha perdido la mina que le había
prometido que pierda cuidado. Esas tierras pasaron a mí de mi abuelo
materno. Mi padre no puede poner sus zarpas sobre ellas. Los Eldan se
aseguraron muy bien de que ninguna posesión de mi madre pasara a manos
del duque después del fallecimiento de mi abuelo. Es por eso por lo que
conservo mi apellido materno. Lo que resulta una auténtica conmoción para
la mayoría.
―Haced lo que creáis conveniente. No retiraré mi petición.
―Astrid, nos vamos ―ladra mi padre en mi dirección sin mirarme si
quiera.
Me deshago de los dedos que me sujetan, con parsimonia. Sé lo que me
espera ahora y me resisto a enfrentarlo. Lothringer y yo nos miramos durante
un momento con demasiadas cuestiones atascadas en los ojos.
Me inclino grácilmente en su dirección con mucho ímpetu y él ladea la
cabeza con lo que parece un principio de sonrisa. Supongo que mi
agradecimiento ha quedado bastante latente.
Me giro para seguir las largas zancadas de mi padre. Tengo que
reconocer que cuando se es pequeña y delicada todo parece largo y alto,
pero en este caso, la vastedad de su ira parece acorde con la amplitud de sus
pasos y me resulta infinita.
Capítulo 4

Espero el primer golpe creyendo que estoy preparada y eso amortiguará


el impacto, pero nunca es así.
―¿Tienes idea de lo que has hecho? ¡Me estás haciendo faltar a mi
palabra con el emperador! ¡A mí! ¡Tu padre! Se llegó a este acuerdo desde
que tenías siete años. Y todo lo has hecho a mis espaldas y sin mi
consentimiento.
»Te mantuve en esta casa en vez de enviarte lejos como cortesana al
servicio de la Emperatriz, como era mi deber, para tenerte estrechamente
vigilada porque sabía que por tus venas correría la misma sangre indómita
que en tu madre y ¡¡de nada ha servido!! ¿Quién demonios te crees para
tomar tus propias decisiones? ¡¡En esta casa mando yo!!
El segundo golpe duele menos que el primero. No sé por qué. Tal vez
porque la piel se adormece o el cuerpo se prepara para defenderse.
Retuerzo mi boca al notar el hormigueo de los labios y giro la cara para
enfrentar la de mi padre de nuevo.
―Lo que os molesta es salir perjudicado en esta transacción, pero
¿cuánto tiempo más creéis que el emperador seguirá ostentando tanto poder,
padre?
―¿Cómo te atreves? Eso es traición.
―Solo tiene el apoyo de la nueva nobleza que él mismo se ha encargado
de sobornar, pero esa nueva nobleza se está volviendo exigente. Ya existen
rumores de que le obligarán a firmar un decreto para limitar su poder y
desterrar a su favorito. Quién sabe si todos estos conflictos no nos lleven a
una guerra interna, y de ser así ¿quién vencerá?
No le estoy dando ninguna información nueva o que no se propague a
estas alturas por los pasillos de las casas nobles; sin embargo, mis
referencias son más fidedignas que simple rumorología.
―Tiene más posibilidades el que tenga la lealtad y el control del ejército
más fuerte ―resuelve él pensativo.
―Estáis poniendo vuestras miras en el eslabón más débil. El duque de
Lothringer también tiene derechos de sucesión sobre el trono.
―¿Acaso te ha insinuado que podría reclamarlos?
―No ―me apresuro a responder―. Pero ¿no es más sensato cobijarse
bajo las sombras de los olmos que más altos son?
Mi corazón late a mil por hora mientras me felicito a mí misma por la
estrategia que he ingeniado para aplacarle. En ningún momento ha pasado
por mi cabeza nada de lo que estoy exponiendo mientras le hacía al duque mi
proposición y tampoco mi intención es aprovecharme de él de esa manera,
ya que en cuanto sea conveniente el matrimonio será anulado, pero para
entonces ya tendré otra vía de escape ideada y a mi padre muy lejos.
Este me mira con nuevos ojos. Estoy lejos de haberlo impresionado, pero
es evidente que no me creía capaz de entrar en el juego de las intrigas
políticas. Puede que no lo fuera antes, pero tuve que hacerlo para intentar
sobrevivir y aun así…
―Vete y que alguien te cure esas heridas. Si tu futuro esposo te pregunta,
le dirás que te caíste por las escaleras en un descuido. Y no hables de nada
de esto con tu madre.
―Madrastra ―corrijo.
―No me tomes la medida, Astrid. Volveré a golpearte sin contenerme si
tu lengua así lo exige.

Inclino la cabeza dolorida en un gesto de respeto que no siento y


retrocedo sin volverme hasta la puerta. A mi padre nunca hay que darle la
espalda. Es una lección que he aprendido muy bien con anterioridad.
Baylor abre los ojos con sorpresa cuando entra en mi alcoba, luego los
cierra con fuerza mientras sus labios se mueven con el baile de unas
palabras que no soy capaz de comprender.
―Trae ahora mismo un emplaste de extracto de opio, beleño y
mandrágora ―le ladra a alguien que pasa en ese momento por el largo y
sinuoso pasillo tras la puerta.
Se acerca hasta mí con mirada afectuosa. Baylor lleva toda una vida
conmigo. Sus padres la trajeron a palacio como aprendiz a la edad de seis
años. Tenían demasiadas bocas que alimentar y pocos recursos. Ceder su
asistencia al señor fue un desahogo para ellos, una responsabilidad menos.
Desde entonces, ha estado al servicio de los Hedwigde.
Se puede decir sin mentir que Baylor y mi antigua nodriza fueron las
personas que realmente me criaron y todo el afecto recibido en mi vida
provino de ellas.
―¿Cuál es su nueva excusa? ―pregunta con voz condenatoria.
―Puede que esta vez tuviera de verdad motivos para enfadarse.
―Ah, ¿sí? Dudo que la diosa contemple ninguna justificación para
maltratar de esta forma un rostro tan finamente moldeado para representarla.
Baylor siempre habla así. Y tiene ese aire místico y espiritual. Es una
ferviente creyente de la diosa del norte, la protectora de los dragones y la
tierra. En cierta ocasión, le pregunté por qué no viajaba allí y se convertía en
una sacerdotisa, pero ella me respondió que su forma de servir a la diosa era
estar a mi lado.
En el sur, esa diosa no tiene casi influencia. El templo del dios Freyr con
su doctrinas vengativas, abusivas y dominantes gana cada día más adeptos,
haciendo que los templos de los dioses más benévolos se vacíen.
―Baylor, he hecho algo descabellado.
―¿Más que escaparos a medianoche? ¿Que poner un laxante en el té de
lady Mariam o fingir que no sabíais por qué el pelo de vuestra madrastra se
había vuelto verde?
Contengo una carcajada. La boca me duele al hacerlo y gimoteo mientras
trato de llevarme la mano al labio que mi padre me ha partido con uno de sus
golpes.
―Peor. He roto el compromiso con el príncipe heredero y voy a casarme
con el duque de Lothringer.
Primero me mira con la boca abierta en una mueca llena de sorpresa,
luego su expresión va menguando hasta adquirir el leve atisbo de una
sonrisa.
―¿El duque del norte?
Afirmo con la cabeza.
―Nos iremos a Lothringer, Baylor. Tú podrás visitar el templo de la
diosa Amarith siempre que quieras. Nos distanciaremos de palacio y estaré
protegida lejos de las zarpas de mi padre. Hoy, el duque se ha enfrentado a
él y al príncipe heredero sin pestañear si quiera. Ha sido… emocionante.
―Por algo es el último descendiente del Dragón, Astrid. Seguro que
hace temblar a hombres y bestias por igual.
―Vamos, Baylor, eso no son más que supersticiones y fruslerías. ¿Cómo
un hombre puede descender de un Dragón?
―¿Es que no habéis oído la historia? Hubo un tiempo en que a los
dragones se les otorgó la capacidad de convertirse en humanos una vez al
año durante el solsticio de verano.
―¿Y un Dragón tuvo relaciones carnales con la madre del duque? ―me
mofo.
―Son historias tan antiguas como los orígenes de la tierra. Es imposible
que la madre del duque fuera tan vieja ―me recrimina con paciencia fingida.
―¿Crees que tendrá escamas o que echará fuego por la nariz cuando se
enfada? ―continúo, demasiado complacida con mi ingeniosidad como para
saber cuándo detenerme.
Las leyendas y la realidad se confunden la mayoría de las veces haciendo
difícil diferenciar unas de otras.
―Espero que no. Aunque he oído rumores sobre lo bien parecido que es.
¿Es cierto?
―No es encantador como el príncipe Bernhard. No hay nada suave en el
duque. Al contrario, hay algo primitivo. Su apariencia es salvaje, pero
también estimulante. Es demasiado inquietante para considerarlo bello y sin
embargo…
―¿Sin embargo?
Sonrío sin intención de terminar esa frase. No soy capaz de decir en voz
alta todavía lo que realmente pienso de él.
―Sin embargo, ha accedido a la petición más inaudita sin apenas
preguntas y ahora es mi prometido. Siento que acabo de atrapar a un león y
no sé cómo reaccionará.
Llaman a la puerta y uno de los criados tiende a Baylor una jofaina con
vino destilado y unas cuantas gasas, además del emplasto.
―Espero que esta sea la última vez ―me dice y comienza a
desinfectarme las heridas antes de aplicarme las compresas para bajarme la
hinchazón en el labio y la ceja.
Capítulo 5

Abro los ojos a la oscuridad más densa y opaca que existe, a esa que
asfixia como si fuera una gruesa manta sobre la cara que sofoca y deforma el
aire que llena el cuerpo. Divido los labios con ansiedad, aspirando una
enorme bocanada de aire que me devuelva a la vida y me encuentro con la
nada. No hay aire, no hay luz, no hay esperanza, solo hambre y un silencio
que tortura mis oídos con un fino timbre que no cesa, pero tampoco llega a
algo a lo que pueda agarrarme.
Por un momento, creo que todo ha sido un sueño y sigo encerrada en lo
alto de la torre esperando a que el emperador, mi esposo o mi padre tengan
compasión de mí y ejecuten ya mi sentencia antes de que la cordura me
abandone completamente. La sensación de ser emparedada en vida me
persigue con una inquietud que no soy capaz de denominar y araña por
debajo de mi piel con un hormigueo incesante lleno de amargura. Me encojo,
adopto una posición fetal y me cubro la cabeza mientras los sollozos sacuden
mi cuerpo. Los odio, los odio a todos.
Luego de nuevo me veo sobre el cadalso y siento la espada del verdugo
tras mi espalda amenazando mi cuello.
Grito ahora toda la congoja y el temor que no pude gritar en ese
momento. Morir no es una travesía sencilla o serena. No hay nada de
apacible en ello. Es doloroso, implacable y solitario.
Me llevo el puño a la boca y contengo la rabia. Noto una mano gentil
sobre mi pelo. La sensación es similar a aquella primera vez tras mi muerte
cuando desperté en mi cama, en el palacio de mi padre, de nuevo, dos años
atrás, como si nada hubiera ocurrido.
No voy a negar que traté de justificarlo como una pesadilla, pero en ese
momento mis venas parecían congeladas, no había latido en el corazón ni
color en mi piel que delatara que pertenecía al mundo de los vivos. Baylor
me dijo que había estado enferma, muy enferma durante días y que me había
recuperado milagrosamente. No recuerdo haber estado enferma ni un solo
día en mi anterior vida hasta que me encarcelaron y en ese momento fue mi
alma la que padeció.
―Mi niña ―susurra Baylor a los pies de mi cama―. Tanto sufrimiento
tendrá su recompensa algún día. Te lo prometo. Ahora eres más fuerte. Estás
preparada para el destino.
Abro los ojos como lo hice aquel día y la misma luz entra jugando con
los colores de las vidrieras de cristal que adornan las ventanas. Mis ojos
empañados en lágrimas sufren con la claridad del sol, pero recibo ese dolor
como una señal de vida. Lo acepto, como aceptaré cualquier propósito o
conducta que deba llevar a cabo para sobrevivir.
Capítulo 6

―Un cambio de opinión apresurado ―le aborda su capitán antes si


quiera de que Werner tenga tiempo de entrar en su residencia en Maladia, la
capital.
El duque no le responde. Ni siquiera le mira mientras atraviesa las
puertas y se deshace de sus guanteletes, la capa y el cinturón con la espada.
―La situación requería medidas drásticas.
―Parece que desde el momento que la dama te solicitó su ayuda, te has
sentido en el deber de aceptar su requerimientos cuando no tendría por qué
ser así.
―No tiene tanta importancia. De todas formas, podría salir más
beneficiado que perjudicado con este acuerdo. Ella misma aseguró que con
el tiempo lo extinguiríamos, así que no veo dónde está el problema.
―¿De verdad? ¿Te recuerdo de quién es hija? Es probable que el
propósito de toda esta actuación sea la de operar como espía.
―Eso suponiendo que el duque de Hedwigde sospeche algo, que es
mucho suponer.
―El duque de Hedwigde desconfía de todo y de todos y sabes lo que eso
significa. ―No espera su respuesta antes de seguir―: Que él es el primero
en tener algo entre manos.
―Pues a lo mejor su hija nos sirva de puente para destaparlo. ¿Qué has
descubierto de ella hasta ahora?
―¿No hubiera sido más correcto preguntar antes de asegurar ante el
mismísimo príncipe heredero que era tu prometida?
―No estás contento con esto, Nasser. Vale. Has dejado muy clara tu
postura. Ahora, por favor, infórmame.
Nasser resopla con frustración.
―Nadie tiene constancia de la existencia de una mina con ese material
tan asombroso en alguna parte de su territorio. Podría perfectamente haber
mentido sobre ello.
―Es pronto para sacar conclusiones. Dale tiempo a Kaliss para
descubrir algo. ¿Qué más?
―Astrid no es hija de la actual duquesa. Eso ya lo sabías, claro. Su
madre murió poco después de dar a luz. Los orígenes maternos provienen de
las tierras que colindan con el territorio norte oriental en los bosques de
Eldergarth. No le queda familia con vida en esa rama, por lo que el condado
y todas esas tierras le pertenecen. El viejo conde tuvo bien cuidado de que
así fuera y nadie tocara la heredad de su hija o su nieta, lo que no sentó muy
bien al duque, aunque hasta ahora ha hecho uso de ello sin ningún tipo de
consideración. Tendrá que renunciar ahora que lady Astrid deja de estar a su
cuidado. Tenía un acuerdo con el emperador para seguir explotando entre
ambos la propiedad ya que es muy fértil y rica en madera y minerales. No sé
qué intenciones tiene para con ella lady Astrid, además de cederte la
explotación de la mina. Esa heredad es una perita en dulce y puede que el
motivo del duque para desposar a la madre.
»Lady Astrid ha sido educada desde que nació para servir al príncipe
heredero y ser su esposa. Su propósito en la vida nunca ha sido otro que ese.
Todo el mundo comenta que es imposible obviar el profundo enamoramiento
que siente por su prometido. Este cambio de sentimientos no tiene ningún
sentido. Es cierto que ella se ha dejado muchas veces dominar por los celos
y es astuta dejando en evidencia a sus rivales. Es muy posible que, en el
fondo, el príncipe sienta cierto afecto por ella.
»No se la conocen apegos más allá de su doncella y algún criado. La
duquesa tiene un hijo, el futuro duque que ahora mismo es aprendiz de
caballero en la casa del marqués Kramer.
―El marqués sabe de caballería lo mismo que yo de volantes ―se burla
con desdén Wenner.
―Apenas han forjado lazos que se sepa. La madrastra no tiene en alta
consideración a Astrid.
―Entonces ―comienza a enumerar el duque―, tenemos a una mujer con
un importante y codiciado legado a la que se ha adoctrinado para obviar su
valía y se utiliza como una propiedad de intercambio. No le gusta crear lazos
afectivos, excepto su arrobamiento por el príncipe. De alguna forma, toda
esa información parece desmentir su aparente temperamento, su astucia e
intrepidez. Es como si los hombres de su vida se empeñaran en subyugarla y
ella buscara una llave para escapar.
―Veo que la tienes en alta consideración.
―Lo tengo en las personas que son capaces de mirarme a los ojos sin
rastro de miedo mientras empuño una espada.
―Por no hacer hincapié en su hermosa apariencia y en su seductora
propuesta.
―Como ya he dicho, creo que el ducado y nuestros planes pueden salir
altamente beneficiados de este acuerdo.
―Ha habido antes sobre la mesa propuestas muy ventajosas a las que no
has concedido ni una mirada.
―Nasser, estoy seguro de que detrás de todos esos argumentos, hay algo
muy perspicaz e inteligente que tratas de insinuar, pero no soy capaz de
interpretarlo.
―Más bien no quieres.
―O no concibo que mi segundo insinúe que mis decisiones han sido
tomadas sin meditación alguna llevado por un arrebato, ¿de qué?, ¿amoroso?
¿Crees que he sido cegado por la aparente belleza de la dama? ¿Que soy un
hombre tan pasional e impulsivo?
―No, efectivamente no lo eres. Un trozo de madera hueca suele
demostrar más emociones.
―No sé si tomármelo como un halago o un insulto, la verdad, Nasser.
―Yo tampoco tengo claro en qué grado lo he dicho. En cualquier caso,
tendré una estrecha vigilancia sobre la dama. No me fío.
―Espero que no sea muy estrecha.
―¡Oh! Huele a envidia. ¿Son esos los primeros celos que nacen de su
excelencia? ¿Ha sido el parto doloroso?
Werner da por concluida su infinita paciencia con su capitán y le mira
airado.
―¡Fuera, Nasser! No quiero verte a ti y a tu ironía en dos días al menos.
Él sale riéndose del despacho del duque. Sus lazos son muy profundos y
no solo porque se guarden la espalda en el campo de batalla. No hay línea
que deban guardar entre ellos como señor y vasallo.
Capítulo 7

La sala del trono, pese a su paredes en paneles en color crema y oro y


sus grandes ventanales, tiene un aire oscuro. Tal vez está influenciado por
los frescos pintados en el techo de travesías tormentosas de espuma y
profundo índigo y monstruos marinos devorando embarcaciones donde la
luna es el único reflejo de luz o esperanza.
Las enormes lámparas de araña, con las velas ahora apagadas,
sobrevuelan nuestras cabezas como espeluznantes guillotinas que amenazan
con caer de un momento a otro por influjo del emperador Otto V el
usurpador. Así es como se le nombra entre susurros en los turbios callejones
donde sus habitantes enfrentan cada vez más una mayor falta de recursos y
también en los salones de oro y seda donde su política no contenta a la
aristocracia.
Todos saben que consiguió el trono al forzar la abdicación de su sobrino,
tras erigir una nueva nobleza a su favor a la que prometió privilegios
ilimitados. La excusa fue la pérdida de unos territorios al oeste junto a la
costa de Ystolo y con ello la destrucción de parte de la flota militar, pero lo
cierto es que apenas hubo tiempo de confirmar las noticias que llegaban de
la guerra y, al final, no eran apenas ciertas. El duque de Lothringer recuperó
hasta el último centímetro perdido para el reino por orden del rey depuesto,
aunque fue el actual emperador el que se adjudicó el mérito y su poder se
afianzó. Lo que los nobles no supieron prever fue que su política se vería
influenciada por el hombre que se sienta a su derecha y que la avaricia de
ambos impediría que cumpliera sus promesas. Dos años después, cuando
perdí la cabeza, los ánimos estaban exaltados y la silla del trono en serio
peligro. Por eso, el asesinato del favorito del rey y la amante de Bernhard
era propicio para los detractores y mi culpabilidad conveniente para todos.
Averiguaré quién estuvo detrás de ese crimen. He de suponer que fue
largamente planeado y yo tengo dos años para investigar.
El emperador nos espera sentado sobre un trono forrado de tela dorada
de damasco con su peculiar atavío níveo desde las calzas ajustadas a las
piernas hasta la camisa bordada y un Kolbe de piel en un impoluto blanco.
La corona en forma octagonal es de oro, remachada con roblones en la
parte superior. Tiene incrustaciones de piedras preciosas y perlas,
doscientas para ser exactos, y están pulidas y colocadas de manera
estratégica para que, al recibir luz, se tenga la impresión de que las gemas
brillan desde el interior.
El emperador nos mira con esa ilusión que ha creado a su alrededor y un
rostro adusto y casi cadavérico que le aporta una expresión severa. A su
lado, Pier Ravegnon se inclina sobre su hombro para susurrarle algo al oído
cuando llegamos al estrado. Al otro lado, la emperatriz Roanna evita
mirarlos con una contención que es más evidente gracias a la fuerza con la
que trata de encubrirla. Bernhard mueve inquieto su peso de una pierna a
otra.
Mantengo la cabeza baja en todo momento. Hago una perfecta y gentil
genuflexión delante de los soberanos cuando unos pasos rápidos y acusados
rompen el silencio tenso de la sala.
Desde mi posición observo el calzado de cada uno, desde las blancas
babuchas del emperador a las botas oscuras y robustas que acaban de
aparecer a mi lado, sin obviar los botines cubiertos de seda de mi padre.
Todos ellos a mi alrededor como columnas férreas que solo inclinan la
cabeza en señal de respeto mientras mi mirada y mi cuerpo deben
permanecer en esa posición sumisa y cortés cerca del suelo, a sus pies, hasta
que el emperador decida que puedo levantarme.
―Lady Astrid ―me llama al fin, y yo me levanto. Es entonces cuando
noto gestos de sorpresa sobre mi rostro. Puede que incluso Bernhard haya
proferido una exclamación consternada. Sé que se debe al mapa de
moratones y heridas que trazan los golpes recibidos de mi padre
―¿A qué se deben esas feas marcas en vuestra cara?
―A veces tropiezo en las escaleras, majestad.
―Tenéis tendencia a ese tipo de lances, joven dama. Deberíais ser más
cuidadosa consigo misma ―me aconseja con un tono casi paternalista.
Lo cierto es que, en esa sala, todos, excepto el duque de Lothringer,
saben que mi padre tiene dificultades para contener la ira y suele estallar
sobre mí en forma de golpes en demasiadas ocasiones. No obstante, nadie
osaría echárselo en cara o recriminarle tal actuación. Soy su hija y está en su
derecho educarme o reconducirme como él crea conveniente.
Siento la mirada del duque de Lothringer quemando sobre mí, pero no
soy capaz de devolvérsela y mantengo la mía fija sobre el emperador.
―Estoy un poco confuso con ciertas noticias que han llegado hasta mí.
Siempre os he tenido en gran estima y he llegado a consideraros una hija.
Ahora me cuentan que ya no queréis pertenecer a mi familia.
No podría haber elegido una elección mejor de palabras para obligarme
a dar una respuesta que puede resultar insultante.
―Es un honor, que no merezco, pertenecer a vuestra familia, majestad
―comienzo con tiento.
―¡Entonces poco más hay que hablar ya que ese honor os ha sido
concedido! ―me interrumpe con una palmada.
Me tenso. Miento tan mal que a veces me pregunto si realmente soy capaz
de hacerlo. En el palacio quien no es un audaz maestro en el arte de la
falsedad, acaba condenado. Yo he tenido que aprender a jugar con la verdad
y siempre con el esfuerzo de convencerme a mí misma de que lo que digo es
real, aunque no forme parte de mis emociones.
―Pero debéis entender que el amor es un sentimiento totalmente
irracional sin explicación que lo justifique. Cuando alguien se enamora,
olvida lo que le conviene y poco sabe de honor y gloria.
―¿Tratáis de decir que os habéis enamorado del duque de Lothringer?
―Se ríe y yo evito de nuevo mirar al duque. De alguna forma, sé que él
sigue observándome―. ¿Qué tiene que ver el matrimonio con el amor?
―añade y eso me ahorra tener que responder a su pregunta. Miro con
levedad a la emperatriz que se muestra impasible sobre su sillón―. Y,
¿acaso mi hijo no es digno de vuestro amor?
―Su alteza es merecedor de muchas cosas ―respondo evitando
especificar―. Y estoy segura de que él también tiene mucho amor para dar y
repartir.
Pier Ravegnon contiene una carcajada poco disimulada y el emperador le
mira cómplice.
―De eso no hay duda, pero ha venido a mí solicitando que impidiera la
ruptura de su compromiso. No está dispuesto a renunciar a vos. Como padre
¿qué puedo hacer, lady Astrid, más que escuchar los ruegos de mi hijo?
Voy a responder, pero cuando abro la boca alza una mano para acallarme.
―Ya que vuestro sentido está tan ciegamente afectado por la sinrazón del
amor, vamos a escuchar a las partes implicadas más coherentes.
Me muerdo los labios con rabia. No hay nada sobre mi opinión que le
interese más que la oportunidad de ridiculizarme.
―Duque Lothringer, ¿qué es lo que os ha impulsado a pedir en mano a
lady Astrid sabiendo que era la prometida del príncipe heredero?
―Puede que mis razones también os parezcan injustificadas, ya que de
igual manera están influenciadas por el deseo de hacer a lady Astrid mi
esposa.
―¿Con deseo os referís a vuestros apetitos carnales, duque Lothringer?
―se burla el emperador, después de recibir los susurros de su favorito en el
oído con una sonrisa―. ¿Es vuestra lascivia la que os empuja a tal
menosprecio a la familia imperial? Os tenía por alguien más contenido.
¿Acaso no se dice que sois tan frío que es probable que fuerais concedido
por un témpano de hielo?
―En realidad, presumo de tener un carácter bastante templado, a lo que
doy gracias. No sé qué tipo de impulsos me sobrevendrían de dejarme llevar
por mis emociones o la falta de escrúpulos.
La sonrisa del emperador se borra. No hace falta ser muy astuto para
interpretar una amenaza velada en esas palabras. Mi padre se remueve
inquieto a mi lado.
―Con vuestro permiso, majestad ―comienza a hablar―, debo decir
que, a mi pesar, soy capaz de entender los sentimientos que han impulsado al
duque a tal acto. Yo también caí bajo los embrujos de la madre de lady
Astrid, una criatura tan fascinante y bella que nublaba la razón. Entiendo que
la estirpe imperial y su tan evidente divinidad están por encima de esto, pero
la familia de mi difunta mujer eran descendiente directa de una tribu
reconocida por sus sortilegios y hechicerías.
Aprieto la mandíbula. Debo aparentar serenidad y calma en todo
momento, aunque me resulte difícil. Aprieto los puños.
―¡Oh, lady Emma! Una criatura frágil, pero muy hermosa ―reconoce el
emperador, pero su gesto ceñudo evidencia que no esperaba que mi padre
tomara partido por el duque―. Claro que suponía que su fascinación por
ella, Hedwigde, era del tipo más bien económico.
―Eso solo fue un beneficio más de nuestra unión.
―Y he de suponer que ese beneficio ahora acompañará a vuestra hija en
su nuevo matrimonio ―comenta con una mueca como si le estuvieran
extirpando una muela de forma dolorosa.
―¿¡Qué?! ―interrumpe Bernhard incrédulo―. ¿Acaso lo estáis
considerando, padre?
―No puedo ir en contra de los deseos del amor ―sentencia él con una
alegría falsa y poco convincente.
Su favorito y él vuelven a comunicarse en susurros, pero hay poco que
puedan decir. No hay forma de que se arriesguen a perder el favor del duque
de Lothringer y tampoco el de mi padre, que sorpresivamente ha hablado en
favor de este matrimonio.
―Y ¿cuándo será la feliz unión? ―pregunta de nuevo con su
contrariedad revestida de indiferencia.
―Parto a mis tierras en una semana y quiero llevarme a lady Astrid
conmigo ―le responde Lothringer sin ambages.
―Entonces la ceremonia debe realizarse lo antes posible ―concluye el
emperador Otto.
―Astrid ―me llama suavemente Bernhard con una mirada cargada de
demanda.
Es muy similar a la misma que yo le dirigí durante días tras mi acusación
y que él enfrentó sin emoción. Su padre le profiere una mirada disgustada
por su interrupción y yo le ignoro.
―Quisiera hablar con lady Astrid a solas, padre.
―No hay ninguna necesidad, alteza ―intervengo―. Si lo que queréis es
desearme felicidad, podéis hacerlo aquí.
Es difícil entender como la casi indiferencia del anterior príncipe ahora
parece haberse trasmutado en esta obstinada intención de retenerme a su
lado. ¿Es siempre así? ¿Nos cuesta valorar lo que disfrutamos hasta que
dejamos de conservarlo? ¿Eso es lo que le ocurre?
―¿Felicidad? ¿Junto a él? Jamás llegarás a conseguirla. Estás
desperdiciando la oportunidad de arreglarlo todo.
Los oídos se me llenan de silencio roto. Me quedo mirando cómo sale
airado de la sala, con grandes pasos, un poco sorprendida por su afirmación.
Me pregunto si es plausible que Bernhard recuerde algo de nuestra anterior
vida al igual que yo. ¿Es una posibilidad? ¿Cambiaría algo eso? ¿Podrían
mis sentimientos por él volver tras saber que está arrepentido de su conducta
anterior?
No, no y no. Y está equivocado. No pretendo perseguir mi felicidad al
lado del duque, sino por mí y para mí.
―Creo que hay poco más que discutir. Esta unión tiene mi bendición.
Espero que sea fructífera para el imperio y pronto nos brinde retoños sanos y
fuertes ―concluye el emperador, y se levanta para unirse en su salida a su
favorito sin detenerse en una sola atención a su emperatriz.
Ella se levanta muy digna, pero con aire cansado.
―Que los dioses os acompañen en vuestra decisión y os guíen por el
buen camino ―comenta con ese tono neutro que es difícil de descifrar.
Su forma de hablar, sus movimientos, su expresión son tan anodinos que
parece haber perdido su espíritu. Me pregunto si yo vagaba de igual forma
por el palacio tras casarme o si hubiera llegado a eso si se hubieran dado las
circunstancias.
En el fondo creo poder advertir en sus palabras un deseo verdadero de
buena esperanza, como si se alegrara porque no voy a compartir su desdicha,
pero puede que solo sean interpretaciones mías.
Cuando nos quedamos solos, el duque de Lothringer se vuelve iracundo
hacia mi padre.
―¿Qué demonios significa eso? ―dice señalándome con una voz fría
que baja varios grados la temperatura de la estancia―. ¿Castiga a su hija
con sus puños?
―¿No habéis oído la explicación de sus propios labios? Tuvo un
incidente con las escaleras.
Él me mira con esa expresión que parece colarse hasta el interior de mi
cabeza. No sé si es consciente de que en realidad esas no han sido mis
palabras. Mi respuesta al emperador ha sido un poco imprecisa y en
absoluto he mentido. Claro que tampoco estaba interesado en descubrir la
verdad.
―Procurad que no vuelva a ocurrir, duque. No quiero llevar al altar a
una novia desfigurada.
―Por supuesto ―conviene mi padre con un inclinación de su cabeza.
Ese motivo es mucho más aceptable para él que la idea de que Lothringer se
preocupe por mí y tal vez tenga razón.
Capítulo 8

Marlhalion era un imperio próspero bajo el mandato del emperador


Carob casi al comienzo de los siglos cuando sobre la tierra y bajo el mar
convivían todas las razas. Carob era la mezcla perfecta de pensador y
guerrero. Se acercaba a otras grandes culturas con la idea de enriquecer su
reinado de arte y filosofía a la vez que manejaba la guerra y las revueltas
con mano muy dura.
Entonces, los posibles gobernantes eran sometidos a pruebas de valor,
ingenio y fuerza antes de ser elegidos. El poder no era hereditario por la
línea de sangre y los emperadores debían demostrar que eran competentes.
Un imperio multicultural, multireligioso y multiétnico tan extenso exigía a
grandes emperadores con conocimientos, capacidad, reconocimiento e
implicación a la altura de las circunstancias.
A la muerte de Carob, su hijo se hizo con el trono por la fuerza y gracias
al apoyo de un grupo de desalmados, ávidos de poder, que luego formarían
la nobleza actual. Turgon era un irresponsable, un vividor demasiado
interesado en satisfacer sus vicios y colmarse de placeres. Tenía pocas
aptitudes para la responsabilidad y la exigencia que requiere un imperio.
El descontento se expandió como una ola de fuego y comenzaron los
primeros alzamientos en algunos reinos. Ante la pérdida de aliados, Turgon
comenzó a masacrarlos. Se llenó de odio, recelo, hostilidad y rechazo, anuló
cualquier oportunidad de diversidad. En su reinado se vetó el libre
pensamiento, las costumbres de otras etnias y se suprimieron ideologías o
creencias distintas a las que él asignó. Abogaba por mantener una identidad
propia que él mismo imponía y llenó su reinado de violencia, excesos y
pobreza intelectual.
A Turgon le siguió su hijo Turgon II y a Turgon II, Carorlia, que subió al
trono por falta de herederos varones tal y como imponían las leyes de
Turgon. Era demasiado joven para gobernar o tener aliados fuertes. Carorlia
perdió su poder tras una sublevación militar y se hizo con el mando del
imperio el comandante del ejército, Gavorond.
La mayor preocupación de Gavorond fue intentar contener todas las
acometidas de los pueblos sublevados, defender las fronteras y exterminar
un número de bestias cada vez mayor a consecuencia de la falta de equilibrio
natural que el exterminio de las razas que Turgon I había provocado. En su
cruzada se olvidó de las necesidades de su pueblo. El hambre, la pobreza y
la miseria llenaron los cuatro reinos que aún formaban parte del imperio.
Marlhalion no volvió a conocer un periodo de esplendor. Ningún otro
emperador consiguió ese equilibrio entre pensamiento y capacidad de
liderazgo, cultura y eficiencia, honestidad y competencia, justicia y
coherencia.
Uno a uno, los emperadores que ostentaban el poder lo hacían con
mezquindad y sumían al imperio en oscuridad y penurias. Ni uno solo
mereció el trono. Ni uno solo vio más allá de su férrea intención de
mantenerse en lo alto e intentó hacer algo bueno por su pueblo. Para ellos
solo eran marionetas que servían a sus intenciones. Subordinados a los que
poder manipular. El padre de Bernhard, Otto, no es distinto y es bien sabido
que es un usurpador. Todos sospechan que asesinó al emperador Erik, tras
forzar su renuncia, para evitar competencia porque nadie volvió a verlo.
Desapareció de la faz de la tierra. Los cercanos al emperador y el propio
emperador aseguran que fue desterrado, pero toda cabeza pensante sabe que
eso no es posible. Tampoco se llevó a nadie de su séquito, como era usual.
Lo más probable es que, una vez más, el gobernante actual se siente en el
trono sobre la sangre de su antecesor, su sobrino. Gracias a un
ajusticiamiento sin ley ni honra.

Recorro las avenidas de Maladia con pasos presurosos. Desde la zona


residencial de grandes mansiones hasta las calles de lúgubres casas, olores
pestilentes y miseria.
Voy ataviada con ropa de doncella y una capa cubre mi cara y mi pelo.
Debo pasar desapercibida para conseguir mi cometido. Estoy segura de
adónde debo ir. No es la primera vez. El gremio de información es como uno
de esos cuentos que hablan de brujas o hadas. Todo el mundo los conoce,
pero nadie está seguro de su verdadera existencia. Claro que para mí resulta
una valiosa cooperación.
Me llevo la mano al medallón que llevo bajo el vestido. La única joya
que nunca vendería.
Voy dando tumbos mientras esquivo a las personas que se acercan
demasiado a mí con intenciones poco precisas.
Me encuentro con una reyerta en un oscuro callejón en el que el olor a
orines y sangre es tan intenso que debo cubrir mi nariz con la manga de mi
vestido. Mendigos de piel sucia y harapos insuficientes pueblan los
adoquines del suelo. Le ofrezco unas monedas a un hombre que me devuelve
una sonrisa sin dientes y una mirada enloquecida.
He rogado en mil ocasiones a Bernhardt una acción inmediata contra las
penurias de su pueblo sin resultados, una distribución más equitativa,
orfanatos y centros que alivien el infortunio. El hambre y la desdicha infestan
las calles del imperio como una plaga de tumores y sarpullidos.
En muchas ocasiones, enviaba a Baylor con mi reserva de joyas para que
las vendiera y repartiera el dinero adquirido entre estas almas miserables
porque yo bajo la custodia de mi padre, no tengo derecho a ninguna cantidad
monetaria. Las joyas eran regalos de Bernhardt en su mayoría. Generalmente
pagaba ese descaro con los golpes airados de mi padre y su rabia
incontenible. Alguna vez traté de ganarme su afecto hasta descubrir que no
había nada que pudiera hacer. Todo lo que yo hacía o pensaba le resultaba
una molestia y motivo de desagrado. Era un estorbo imperfecto.
Giro en una esquina y me encuentro con un grupo de niños armando
alboroto en una infortunada pelea de tres contra uno. El más pequeño tirado
en el suelo en posición fetal recibe patadas y golpes con palos de los otros.
―¿Qué demonios creéis que estáis haciendo, panda de mocosos? ―les
increpo mientras arranco de la mano del más grande una de las varas y les
amenazo con ella.
Huyen despavoridos sin detenerse a mirarme ni un momento. Cualquiera
de los que pasaban por allí podrían haberlos detenido, pero ni un solo
transeúnte lo ha intentado siquiera.
Me acerco al chico que aún está tendido sobre el suelo con
preocupación. Está inmóvil y me pregunto si el daño habrá sido irreparable.
Pongo una rodilla en el suelo y toco su frente y mis dedos bajan hasta su
cuello donde late un pulso acelerado.
Abre un solo ojo con reticencia. El otro está hinchado y amoratado, pero
algo me dice que tampoco lo desplegaría de estar sano. De esa pequeña
rendija atisbo un color pardo y opaco de una pupila.
―¿Qué es lo quieres de mí? ―me pregunta a media voz sin moverse.
Frunzo el ceño un poco confundida.
―Nada ―respondo con sencillez―. Solo ayudarte. ¿Puedes ponerte en
pie?
―No te creo. En este lugar nadie ofrece ayuda a cambio de nada.
―Pues qué lugar más triste y ruin ―le respondo. Le tiendo una mano que
él mira con dudas.
―¿Cuál es el trato? ―insiste resistiéndose a aceptar apoyo sin una
contribución.
―Está bien. Llévame hasta el gremio de información.
―Lo sabía ―responde con un deje resabido. Ahora sí coge mi mano e
incluso parece tomar confianza al levantarse y mirarme, como si se moviera
más cómodo en este espacio de intercambio que solo recibiendo.
«¿En qué clase de mundo crecen estos niños?».
Cojea y se lleva una mano a las costillas, pero no suelta mi mano
mientras me adentra por una calle más concurrida.
―¿Por qué te pegaban? ―le pregunto con suavidad como si un tono más
brusco pudiera deshacer este débil equilibrio.
―Porque querían y podían.
―¿Y tus padres?
―Me vendieron a un carnicero, pero me escapé. Me miraba como lo
hacen esos hombres a las mujeres de los burdeles ―contesta sin alterarse.
Yo aprieto los dientes y trato de controlar el desasosiego que se instala en
mis tripas.
―No vuelvas allí nunca más.
Él resopla con desdén.
―Ni por todo el oro del mundo.
Me lleva hasta la puerta de una taberna desvencijada y cerrada a cal y
canto y me anima a entrar. No nos soltamos las manos mientras entramos en
ese lugar infestado de suciedad y perdición. Las mesas están llenas de
hombres medio borrachos, soltando eructos y otras memeces menos sonoras.
Las esquinas huelen a orina y cosas peores. La humedad puebla las paredes y
los suelos, y el moho se cuela por el tejado. El aroma de la comida y la
bebida rancia atrofia mis fosas nasales y tengo que torcer la nariz.
―Espera aquí ―me dice mi nuevo amigo con entusiasmo―. Buscaré al
jefe.
Me sienta en un banco casi al fondo de la estancia. Le observo correr
hasta la barra del local y luego miro al frente. Me encuentro con un hombre
de mirada torva. Está tapado con una capucha y la oscuridad engulle la
mayoría de sus facciones. Me mira con atención a la vez que chupa de una
pipa y absorbe de ella exhalando un humo denso y de color turbio.
―Solo una dama noble torcería la nariz al entrar en este local ―Enarco
las cejas con sorpresa y trato de ver algo dentro de esas sombras densas.
Adivina mis intenciones y sacude su cabeza para hacer caer su capucha.
Me encuentro con un hombre joven de piel oscura y pelo corto con un
pendiente en la oreja y una sonrisa torva. Pertenece al reino Udaka, aunque
por su aspecto podría confundirse con un pirata.
―¿Por información tal vez? ―me aventuro.
Su sonrisa blanca resplandece bajo la luz de una llama dorada.
―¿Por qué no saludáis correctamente primero y luego preguntáis por esa
información, querida?
―Soy la rosa de los vientos ―le respondo con una voz cargada de
impaciencia.
―¿Y qué viento os trae?
―El viento del sur, Conrad. Lo sabéis de sobra. ¿Por qué me hacéis
montar este numerito cada vez que vengo?
―Porque pertenezco a un gremio secreto y vos podríais no ser vos. He
oído que algunas criaturas despellejan la cara de sus víctimas y la utilizan
para hacerse pasar por ellas.
―Bromeáis, ¿verdad?
Su mirada adquiere un cariz malicioso.
―Por supuesto, nunca os daría información tan valiosa de manera
gratuita. Y, decidme, ¿qué os trae esta vez? ¿Una nueva carta?
―Primero nos preocuparemos de que el caballero que me ha
acompañado tenga un plato de comida caliente.
―Lo tendrá.
―¿Siempre que lo necesite?
―Siempre que quiera mientras prometa serme útil.
Asiento con la cabeza.
Hace una seña a alguien a mi espalda y estoy segura de que está
cumpliendo con su palabra.
―Y ahora, ¿qué necesitáis, querida?
Capítulo 9

Antes de que pueda realizarse cualquier unión, una mujer debe someterse
a un intrincado rito. El dios Freyr considera a las mujeres impuras, por lo
que para ser entregadas a un hombre deben llevar a cabo varios rituales de
purificación durante tres días. Los distintos procesos se llevan a cabo en el
templo de Coventia, diosa de las aguas, de la abundancia y la fecundidad.
Serán tres días de ayuno diurno. Solo podré pegar pequeños bocados a la
fruta que las sacerdotisas coloquen en mi austera estancia por la noche. Ya
descubrí con anterioridad que el verdadero milagro está en conseguir dormir
con el estómago vacío. Claro que eso fue antes de padecer verdaderas
penurias durante mi encierro. Durante el día debo ofrecer oraciones y
ofrendas a la diosa en forma de oro, seda y canela. Además de poner mi
cuerpo a disposición de las devotas para que lo limpien, lo restrieguen, lo
depilen y lo unten de aceites hidratantes y nutritivos para la piel. Si
demuestro voluntad y una correcta sumisión será un buen augurio para mi
matrimonio.
No puede importarme menos.
No estoy ahí para ser una buena esposa ni para obedecer a capricho las
exigencias de un esposo que solo lo será sobre el papel y en tiempo
limitado.
Me doy largos paseos por los jardines del templo entre caléndulas y
damasquinos y capturo la fruta gorda llena de jugosos zumos de un árbol de
duraznos.
Soy consciente que más que ninguno este supone un momento único para
mí, de paz, tranquilidad y exento de las responsabilidades adquiridas durante
esta segunda vida.
Observo a las novicias mirarme con caras compungidas mientras muerdo
sin disimulo otro trozo de fruta. Les sonrío con los carrillos aún llenos. Esto
no hará más que aumentar los rumores sobre mi mal carácter, pero me
importa tan poco que supone una auténtica liberación.
Estoy segura de que le llegarán informes a mi futuro esposo sobre mi
poca disposición a colaborar u ofrecer docilidad. Lo que supone un alivio y
me ahorrará próximas sorpresas. No voy a ser una devota esposa, voy a
descubrir quién o quiénes planean el asesinato del favorito del rey y que tan
resueltamente decidieron aplastarme con el peso de esa responsabilidad.
Luego me iré a mis tierras, a los bosque de Edelgarth, a vivir como mejor me
parezca sin que ningún tipo de esposo, padre o emperador me diga qué debo
hacer.
Me vuelvo ante las exclamaciones airadas y los pisotones
desconsiderados. Este es un templo de silencio, paz y oración. Es difícil que
alguien sea lo suficiente osado para perturbar esta armonía… A no ser que
sea el príncipe heredero. Claro. Se abre paso entre las sacerdotisas seguido
por su guardia personal como si nada en el mundo fuera capaz de detenerle.
Estoy aún junto al durazno, con sus enclenques y retorcidas ramas
rozando mi espalda, cuando veo cómo la sacerdotisa que habla con
Bernhardt señala en mi dirección.
En cuanto me descubre, se acerca decidido. Cada paso suyo pesa en mi
estómago como una losa que se va sepultando hasta mis pies.
―Estoy cansado y enfermo de esperar a que rectifiques y comprendas la
estupidez que vas a cometer, Astrid. Te necesito a mi lado. Probablemente
seas la única a mi alrededor con un mínimo de ingenio y perspicacia.
Pretendo que asistas conmigo a…
―No quiero ―suelto abruptamente antes de darle oportunidad a que
diga más palabras.
―Ni siquiera te he dicho a dónde…
―Quieres que te acompañe al banquete de las flores, pero te olvidas de
que para entonces ya seré una mujer casada.
―¡Basta! ¡Me está volviendo loco el hecho de que aún continues con
esta farsa! Tus sentimientos no han podido cambiar de forma tan definitiva.
Suspiro con fuerza y trato de amasar una mentira que no deja de ser
verdad, pero se retuerce en mi lengua dejándome un sabor de boca amargo y
desagradable.
―Recibí una especie de predicción del futuro. Decía que si me
enamoraba de ti estaría en peligro.
―¿Un oráculo? ¿Toda esta subversión es debida a un oráculo? ¿En qué
templo la recibiste? ¿Qué dios quiere castigarme? ¡No lo aceptaré!
―Escúchame, Bernhardt. No voy a casarme contigo.
«¿Qué demonios está ocurriendo? Este bastardo antes no tenía ningún
interés en mí».
―Por favor, márchate.
―Su alteza ―intercede la voz de la suma sacerdotisa a su espalda―.
Está interviniendo en el periodo de purificación de una futura esposa. No
puede hacer eso. Una mujer debe librarse de todas sus impurezas antes de
contraer matrimonio y no verse alterada por otro varón.
―¿Cree que me importan sus estúpidas supersticiones? Cuando sea
emperador desharé este templo ladrillo a ladrillo por su insolencia.
―Su… su… al… teza ―tartamudea la pobre mujer. Es probable que
ella ya no sea capaz de verlo dada su edad avanzada y los años de vida que
acaba de quitarle el shock―. Las tradiciones son importantes para nuestro
pueblo.
―Para sus arcas querrá decir ―le responde iracundo descargando su
enfado en la pobre mujer.
―Voy a retirarme a mis aposentos ―convengo viendo que es la única
forma de detenerle.
―¡No! No lo harás. No hemos terminado esta conversación.
―Sí, su alteza, se ha terminado. Esto es el fin.
―Se pueden perder mil batallas sin perder la guerra, Astrid. No tienes ni
idea de todo lo que soy capaz de hacer.
La boca se me seca por alguna razón. Trago saliva como si fueran
espinas que se clavan en mi garganta mientras me detengo para verle partir
con paso apresurado.
Mis ojos se cruzan con los de la suma sacerdotisa. Estoy segura de que
considera que soy la causante de todos sus infortunios.
―Preparaos para las termas ―me solicita con autoridad―. De nuevo.
Debe creer que tengo muchas impurezas que purgar. Puede que pase a la
historia a través del boca a boca como la mujer más impía que jamás ha
pisado este templo y con el tiempo se me llegue a considerar como la
mujerzuela que tentó al emperador. Eso sí que tendría gracia. Al menos no
sería una asesina.
O puede que ella sea de ese tipo de personas que usa un lenguaje
autoritario de manera habitual porque necesita imponer su voluntad sobre la
de los demás tal como lo hace su diosa o el supremo al que sirve.

Recibo mi segunda visita masculina al tercer día. El que se supone el


último. Puedo sentir cómo los ojos de la suma sacerdotisa taladran mi
cráneo, pero es difícil para ella imponerse también a los deseos del duque
de Lothringer. Eso debe hacer que le hierva la sangre.
―¿Me ha llamado? ―me pregunta con su rostro impertérrito.
Le he hecho llegar una nota con una de las jóvenes criadas. Es de suma
relevancia que él y yo firmemos nuestro contrato matrimonial antes de que
comience la ceremonia. Todo este ritual para mantener alejados a los
esposos no tiene sentido alguno, excepto por la conveniencia de que no haya
discusiones o arrepentimientos tras verse las caras antes de que se selle el
matrimonio.
―Aquí no. A solas ―le respondo.
―Esto es sumamente irregular, lady Astrid. Las mujeres no deben
alternar con hombres durante su periodo de purificación. Lo sabe. Ya hice
muchas concesiones con la visita del príncipe heredero ―deja caer la mujer
fingiendo una inocencia en el comentario que nada tiene de inofensivo.
El duque lanza una mirada helada hacia la mujer sin transmitir emoción
alguna que hace que esta enmudezca sin oportunidad de réplica de nuevo.
―Prepárese para las termas de nuevo cuando termine ―me ordena antes
de girarse para marchar y dejarnos solos en la pequeña estancia que sirve
para recibir a los más privilegiados súbditos.
―A este paso me saldrá una cola de pez ―me quejo cuando la suma
sacerdotisa cierra la puerta tras ella.
Atisbo un leve sonrisa en sus labios, pero siempre son tan exiguas y
endebles que son difíciles de confirmar, sobre todo porque el hielo de sus
ojos parece no derretirse jamás.
―¿Qué quería el príncipe heredero? ―pregunta directo y sin rodeos.
―A mí ―le respondo llanamente.
―¿Por eso me ha llamado? ¿Acaso ha cambiado de opinión? ¿Otra vez?
Vuelve a observarme como si tratara de leer mis pensamientos a través
de mis expresiones. Siento como si hasta mi espíritu hubiese sido
descubierto bajo su mirada.
Entorno los ojos y le devuelvo el mismo tipo de escrutinio. Excepto que,
aunque puede que a él le sea de utilidad, para mí es infructuoso. No hay nada
predecible o fácil de interpretar en su rostro.
―¿Tan voluble parezco?
―Aún no me he formado una opinión. Cualquiera al respecto sería
apresurada o prejuiciosa y aunque no soy un hombre muy comprensivo, sí
soy paciente. Llegaré a una conclusión a su debido tiempo.
―Esperemos por el bien de los dos que sea más comprensivo de lo que
presupone.
Ahora sí que sonríe ampliamente.
―Esperemos que no ponga a prueba los límites de mi tolerancia. Muchos
de los que lo han intentado ya no pueden hablar de ello.
―Su excelencia es muy sutil haciendo amenazas, pero ¿debe hacérselas
también a su futura esposa?
―Esposa solo sobre el papel. Me lo dejó en claro en varias ocasiones o
¿también ha cambiado de opinión sobre ello?
―¿También? ¿Por qué insiste en reforzar esa opinión sobre lo oscilante
que soy? Que yo sepa, solo es consciente de un pequeño cambio.
―¿Pequeño? ¿Rechazar a un miembro de la familia imperial le parece
una frugalidad?
―Yo no he dicho que lo fuera.
―Y ¿a qué se debe realmente?
Me giro y miro por la ventana que casi roza el suelo y el techo de la
habitación con un ligero arco en su cúspide como una espada amenazante
lista para cercenar cabezas.
―He tenido que vivir con la sensación de caminar sobre vidrios rotos
día a día. Es extenuante.
―Y ¿por qué supone que a mi lado eso podría cambiar? La llevaré al
norte en cuanto termine la ceremonia. Puede que no acabe de adaptarse al
clima frío y al carácter menos apacible de la gente de allí, por no hacer
hincapié en los muchísimos peligros que enfrentará por el camino y en su
estancia. Verá bestias que revolverán su estómago. Los enemigos siempre
están a las puertas en la frontera buscando debilidades. No habrá veladas
con té y pastas ni banquetes sociales. Solo una lucha cruel y constante por
sobrevivir. Por otro lado, dudo mucho que llegue a ser un buen esposo, ni
siquiera soy un buen ser humano.
―¿Está tratando de infundirme miedo?
―Solo la pongo en antecedentes.
―No quiero un esposo. Ya le he dicho que solo será temporal. Solo
quiero poder disponer de libertad para elegir los designios de mi propia
vida ―le respondo con contundencia―. Y de eso precisamente quería
hablarle. Del contrato matrimonial. He redactado algunas cláusulas que he
supuesto beneficiosas para ambos. Puede leerlo y añadir las que considere
necesarias, aunque las establecidas son inamovibles.
Desenrollo el documento que llevo oculto bajo la manga de la túnica
blanca y sencilla que me hacen llevar en el templo y que representa la pureza
que necesito alcanzar para mi matrimonio.
Lo extiendo sobre la mesa redonda que sirve de brasero los días más
fríos, aunque realmente el clima de esta zona invite poco a su uso.
El duque se inclina sobre la mesa mientras mantiene el documento
extendido con sus dos dedos en cabestrillo sobre el pergamino sin sentarse.
―¿Dos años? ¿Ese es el tiempo que estima durará nuestro matrimonio?
―Sí, creo que será suficiente y no creo necesario alargar un acuerdo que
al final puede perjudicarnos. Sobre todo, a usted si con el tiempo decide
contraer nupcias reales y necesita un heredero.
Levanta la mirada hacia mí.
«¿Por qué esta persona tiene que observar tanto a los demás?».
―Pero la concesión de la mina será mía de pleno, aunque el acuerdo se
restrinja.
―Eso es. También la cantidad monetaria estipulada de la dote. Si no la
desea se lo donaremos a las familias que lo necesiten.
El duque asiente con la cabeza sin expresión alguna.
―Las tierras que pertenecen al condado de la familia de mi madre nunca
pasarán a su poder. Existe una predisposición especial en ellas que
desciende de una larga tradición de reinas en las que los herederos en caso
de ser mujeres nunca renunciaban a su legado en favor de los esposos. Ni
siquiera el emperador puede hacer nada en contra de esos fueros.
―¿Por qué no?
―Se habla de una maldición.
―¿Es eso cierto? ¿Cree el duque en esas supersticiones?
―Mi padre cree en lo que le dijo mi abuelo fuera lo que fuese y no tiene
intenciones de ir en contra de los edictos sobre mis tierras. Además, muy
pocos son los osados que se atreven a perturbar la paz de los bosques de
Eldelgarth.
―Un momento, ¿acaso la mina está dentro del bosque?
―No, al otro lado del río, en la montaña, pero sí se debe atravesar para
llegar a él.
―Nadie que entra allí sale vivo.
―Los árboles están vivos y tienen mucha ira contenida entre sus raíces.
Son siglos de rencor acumulado. Odian a los hombres, pero a mí me
respetan; además, sí que hay formas de atravesarlo. Debe hacerse mientras
duermen y sin perturbar su sueño.
―¿Qué a vos os respetan? Es lo más absurdo que os he oído decir y
creedme si os aseguro que empiezo a poder elaborar una lista sustanciosa.
Sospecho que jugáis conmigo y lo de la mina es solo una jugarreta.
―¡Mi familia puebla los alrededores de ese bosque desde el comienzo
de los tiempos! ¡Existe un acuerdo inviolable! Además, ya os he dicho que
hay formas de cruzarlo que estoy dispuesta a compartir con vos, siempre que
acordéis no divulgar ningún secreto que os trasmita.
―¿O qué?
―O vuestro ducado se quedará sin heredero, al menos, vos no podréis
concebirlo.
―¿Me estáis amenazando? ¿Con mi virilidad acaso? ¿Es que habéis
perdido el juicio?
―No estoy diciendo que yo… Yo no tocaría vuestro… No es a mí a
quién debéis temer, sino a los encantamientos que pueblan esas tierras. Se
dice que se seca como el trigo al sol y se queda reducido a…
―¿Encantamientos? Maleficios diréis más bien ―me interrumpe con un
tono mordaz nada complacido. Luego duda y se lleva una mano para frotarse
la barbilla mientras cambia el peso de su cuerpo de una pierna a otra antes
de echarme un vistazo rápido―. Ya que toca el tema… o más bien evitaríais
tocarlo, tengo que hacer un leve inciso sobre el asunto de las relaciones
conyugales.
―No hay debate posible sobre esa cuestión. Ya os dije que sería el
vehículo para nuestra anulación. Podéis perfectamente alegar que soy una
mujer cerrada, que no podemos alcanzar plenitud en nuestros encuentros.
Lo que no puedo confesarle es que no quiero volver a pasar por aquello.
No hay nada grato o placentero en el acto sexual, al menos para la mujer. Los
pocos encuentros con el príncipe fueron fríos y agresivos. Me sentí invadida
y ultrajada. Resultaba sucio y doloroso. Lo único que deseaba en esos
momentos era que el alivio de mi esposo llegara pronto para que aquello
acabara cuanto antes.
―Sí, ese punto lo tengo muy claro. Más aún con la clase de sortilegios
que se gastan en vuestra familia, aunque hasta el momento de la separación,
habrá noches en que tendré que visitar vuestra alcoba, no para cumplir con
mis deberes de esposo, pero sí para que el personal del castillo lo crea así.
No quiero que los rumores malintencionados comiencen antes del tiempo
establecido y el príncipe heredero pueda crearse expectativas para una
anulación.
―Tenéis razón y me daría de cabezazos por no haberlo pensado yo
misma. Podéis acudir a mi alcoba una vez cada tres o cuatro meses.
Me mira anonado.
―Es una broma ¿verdad?
Ahora soy yo la que le devuelve una mirada contrariada.
―Mis soldados me tomarían por un eunuco si no acudo a vos al menos
una vez a la semana.
―¿Es realmente importante lo que sus hombres piensen sobre sus
pretensiones de reproducirse?
―¿Qué demonios os han enseñado? ¿Acaso nadie os ha hablado del
deseo, lady Astrid? Cuando un hombre y una mujer… A ver… lo normal es
que una pareja sana de recién casados quiera estar juntos, en la intimidad.
Hay mucho que descubrir y por conocer el uno del otro y el deseo…
―resopla y se lleva una mano a la nuca―. No se trata solo de engendrar,
trata sobre el placer y la satisfacción que nace entre ellos, con el disfrute de
sus cuerpos. Si se desean querrán muchos encuentros. ¿Lo entiende?
Cojo aire porque se me acaba de olvidar respirar.
―Entiendo que entre vos y yo no lo hay, así que tampoco es necesario
demostrar un arrobamiento excesivo. Al fin y al cabo, este es un matrimonio
apresurado. Nadie esperará que entre los dos surja un afecto inmediato.
―El deseo no siempre está relacionado con el afecto, lady Astrid.
―Por favor, no me deis más explicaciones ni me vengáis ahora a hablar
de los apetitos masculinos. Esa conversación me revolverá el estómago más
que cualquiera de vuestras criaturas. Una vez al mes, excelencia. No se
hable más.
―Cada quince días y me parece una concesión excesiva.
―Si vos sentís la necesidad de reforzar vuestra virilidad frente a los
vasallos, podéis visitar cualquier otra alcoba que consideréis oportuna.
Se yergue en toda su estatura y me mira desde los cielos con una mirada
metálica y gélida.
―No habrá relaciones extramatrimoniales por ninguna de las partes
mientras seamos marido y mujer a ojos de los demás. Ni a mí me tildarán de
desleal, ni a la dama de traicionera. ¡Qué clase de mensaje les estaría dando
a mis hombres o a mi gente si no fuera capaz de honrar un juramento dado a
mi esposa! No habrá concesión ninguna al respecto. Si vuestra intención es
buscaros un amante, no habrá acuerdo.
―No lo es. Solo quería que para su excelencia esta alianza fuera más
llevadera.
―No penséis por mí y me atribuyáis cualidades que desconocéis. Yo no
soy como el príncipe heredero.
―Perfecto ―digo demasiado tajante.
Él me mira ceñudo.
―Tendréis que amoldaros a los costumbres en el norte. Tal vez os
resulten cómodas en un principio. Sin duda serán distintas a lo que estáis
acostumbrada, pero distaréis mucho de censurar a mi gente por su forma de
vida.
―No voy en calidad de juez, su excelencia, pero gracias por el consejo.
¿Algo más?
―Llevaos ropa de abrigo ―sentencia antes de alcanzar una pluma
apoyada en un soporte y dejar su garabato sobre el documento―. Debéis
saber que lo hago como simple formalidad porque mi palabra vale más que
cualquier rubrica sobre un papel.
Hace una leve inclinación de cabeza con la mano al pecho en una etiqueta
impropia que más parece una burla. Me da la espalda para salir por la puerta
sin más despedida. Me parece un comportamiento un tanto rudo, pero no es
nada que me sorprenda en él. Si reflexiono sobre sus palabras debo
reconocer que sí he sido tomada con la guardia baja. Para mi desconcierto el
asombro ha dejado que se atisbe un poco de admiración como lo hacen los
rayos del sol a través de la hojarasca.
Sonrío al pergamino. Esto está siendo más fácil de lo que había
sospechado. Ni el duque terrorífico da tanto miedo ni su carácter es tan
inalterable como se rumorea.
Capítulo 10

Me despiertan a altas horas de la madrugada con sacudidas imperiosas.


No he podido borrar por completo el recuerdo de aquel terrorífico día de la
ejecución y la similitud me deja sin respiración. Escucho su voz. La de esa
otra mujer de la celda contigua que solloza desconsolada. Solo que ahora no
parece lloriquear, aunque sí está igual de frustrada. Tengo miedo. Puedo
reconstruir pieza por pieza la sensación de ser asesinada sin vacilación.
Abro los ojos a una sacerdotisa. Es la misma que me untó de aceites por la
mañana y que fui capaz de reconocer de otra vida y otro lugar. A su lado, hay
un caballero que no conozco.
―Felicitaciones a la futura esposa del duque ―me escupe el hombre con
pocas ganas de confraternizar de forma amable―. Apenas hay tiempo para
explicaciones, mi señora, pero debéis saber que el príncipe heredero tiene
intenciones de sabotear la ceremonia, por lo que su excelencia considera que
es más prudente adelantarla y mantenerla en privado. Prudente… ―repite
con una expresión hosca y llena de incredulidad―. Como si ese hombre
supiera algo de prudencia.
Hace el amago de retirar mi sábana a lo que la sacerdotisa clama con
absoluta indignación.
―Caballero, por favor. Yo me ocuparé de la dama.
―Bien, pero que sea rápido. No parecen entender que el duque me ha
pedido que proceda con la novia con urgencia y él no es un hombre paciente.
Eso me recuerda algo, al propio duque confirmando lo contrario.
―¿Cómo puedo saber que realmente sois un caballero de Lothringer y no
me estáis engañando?
El hombre se promulga en una serie de improperios que vuelven a
escandalizar a la sacerdotisa.
―¡Maldita sea! ¿La señora quiere pruebas?
―Sí, y un poco de educación tampoco estaría mal
―¿Creéis que si alguien viniera a secuestraros lo haría de forma cortés?
―¿Entonces reconocéis que tratáis de secuestrarme?
―¡¡No!!
―Estáis perdiendo un tiempo valioso.
―Está en lo cierto ―conviene con una sonrisa maliciosa y antes de
poder saber a qué es debida, me veo expulsada de mi lecho y arrojada contra
su hombro como un saco de patatas sin consideración alguna.
―¡Maldito bastardo, bájame ahora mismo! ―vocifero mientras golpeo
su espalda con mis puños―. ¡¡Pedazo de sinvergüenza, haragán de piel
velluda, bestia de tres piernas…!!
Suelta una risotada.
―¿Tres piernas? Veo que su futuro esposo os ha hablado de mí.
Prefiero ignorar la insinuación.
―¿Cómo iba a saberlo si ni siquiera habéis tenido la cortesía de
presentaros y decirme vuestro nombre?
―¡Ay, madre! Tenéis razón. Soy el capitán Nasser de Sahlyrria. El
segundo al mando de la caballería del duque de Lothringer, a su servicio.
―¿Y ese servicio no os da ocupación suficiente que tenéis que
secuestrar mujeres en su tiempo libre?
Vuelve a reírse sacudiendo sus hombros y haciendo que mi equilibrio
sobre él peligre.
―Creía que vuestra mayor virtud sería trepar a los árboles como un gato,
pero veo que vuestra ilimitada capacidad lingüística nos proporcionará más
diversión de la que suponía.
―Si creéis que soy una especie de mono de feria que gastará una sola
palabra para su divertimiento estáis muy equivocado.
―Está por ver si la dama será capaz de contener su lengua.
Me muerdo los labios para evitar hablar. Además, la postura es
incómoda y la sangre se empieza a acumular en mi cabeza.
―Bajadme de una vez.
Él suelta una carcajada muy sonora y masculina que sin duda
escandalizará a todas las sacerdotisas que ahora mismo tienen la oreja
puesta en la puerta de sus lechos.
―¡Capitán Nasser! Eso que llevas ahí no será a mi futura esposa
¿verdad? ¿Es que no tienes un poco de consideración?
―Mis disculpas, Wenner, pero a tu lado he aprendido mucha más
descortesía que buena educación.
―¡Cállate y bájala ahora mismo!
Soy vapuleada y gimo de dolor antes de que unas manos firmes me
sujeten por los codos ayudándome a mantenerme en pie sobre el suelo.
Suelto una mirada llena de dardos al capitán Nasser, ahora frente a mí
con esa expresión jocosa que no revela ni un solo atisbo de disculpa o
remordimientos por lo hecho.
―No quería venir ―le comenta a la persona que aún me sujeta a la
espalda.
Por supuesto que sé quién es. Me vuelvo airada hacia él sin quitar el ojo
de encima al capitán Nasser y su ridícula expresión de complacencia.
―Ni siquiera se identificó. Me despertó de malos modos y me obligó a
irme con él.
―Os expliqué a la perfección cuál era la situación y la necesidad de
urgencia.
―¡Me sacasteis de mi lecho a la fuerza y me cargasteis como un bestia!
―De tres piernas, sí.
―¡Eh! ¿Podéis dejar de comportaros como unos niños y considerar la
situación de extrema prudencia que debemos enfrentar?
―Prudencia… ―vuelve a repetir el capitán Nasser con incredulidad y
mal humor.
―¿Puedo pedir su cabeza como regalo de bodas? ―inquiero con el ceño
fruncido dando la espalda completamente al capitán y centrando mi atención
en el duque de Lothringer.
―Por supuesto ―me responde él complaciente y no sé si habla con
seriedad o no, pero vuelvo a sentir ese leve alzamiento en la comisura de su
labio izquierdo. Los dos ignoramos la protesta de Nasser deliberadamente.
Nos miramos durante unos segundos cada uno perdido dentro de su
neblina de pensamientos. Resulta bastante extraño todo, aunque las prisas
evitan que podamos pensar demasiado en lo que se nos viene encima. Al
menos, esta vez he podido elegir yo. No es que tuviera muchas más
opciones, pero la decisión hasta ahora parece correcta.
Él no va vestido adecuadamente para una ceremonia de unión. Sigue con
su acostumbrado atuendo oscuro, con su sobre camisa protegida con
tachuelas metálicas sobre hombros y costados y sus pantalones estrechos de
tela tosca. Nada de bordados en hilo de oro o intrincadas filigranas en paños
de seda. Solo una capa. Miro lo que yo misma llevo para la ocasión.
―¿Voy a casarme en camisón?
―¿Acaso importa? ―me responde el duque, pero hace una seña a la
sacerdotisa que nos ha seguido hasta aquí―. Traiga una capa para la señora
y recuerde que no puede ni debe alertar a las demás.
Ella asiente con un miedo desproporcionado reflejado en su bonito rostro
como una máscara griega con una mueca de espanto.
―Todo está dispuesto en el exterior. No disponemos de mucho tiempo
antes de que alguien alerte al príncipe. En esta ciudad hasta las ratas tienen
oídos.
Coge la capa de tela de damasco en color marfil que le tiende la joven y
él mismo la coloca sobre mis hombros. Sus manos se detienen en mi brazos.
―¿Está lista, lady Astrid?
Asiento con la cabeza y cojo aire con fuerza. Una sonrisa incrédula surge
de mis labios.
«Voy a casarme en camisón y en plena noche».
En mi boda con el príncipe tuve hasta diez vestidos de novia diferentes
para cada ocasión. Entonces, de verdad creía que aquello era importante y
me hacía parecer respetable. Ahora no hay nada que me importe menos que
mi atuendo o mi cabello sin recoger y alborotado.
El duque coge mi mano y la coloca entre su antebrazo y su cuerpo
mientras la retiene con la suya libre. Es un gesto tierno y cortés que no
esperaba, pero lo aprecio porque mi cuerpo está temblando y su solidez me
ayuda a mantenerme estable.
Me guía con cuidado hacia el exterior, como si de repente la prisa
anterior no fuera relevante ahora.
―Nasser ―pronuncia mirando a mi espalda a un enmudecido capitán.
Lo que me resulta increíble y apenas lo conozco.
Este nos adelanta en dos zancadas y le pierdo de vista.
―Siento no poder ofrecerte una boda más legendaria o fastuosa.
―No la necesito. Es mejor así ―le respondo con absoluta sinceridad y
levanto la cara para poder obsequiarle una leve sonrisa, pero dejo de
mirarle al momento.
Hay algo peculiar e intimidante en él en esta proximidad tan poco
atenuada, con el contacto de su mano en la mía con incomodidad, pero de
forma afectuosa y con la consciencia de que, aun siendo desconocidos,
dentro de un momento estaremos unidos de la forma más íntima y estrecha
posible.
No esperaba el circulo de flores. De alguna forma creía que la
precipitación y la poca disposición de mi futuro esposo por llevar a cabo la
ceremonia de forma tradicional, no incluiría un altar.
Pero alguien se ha molestado en hacer un círculo de enormes y floreadas
hortensias blancas. Entro en él junto al duque y solo en ese momento suelta
mi mano para dirigirse con un gesto al sacerdote para que comience. Hay
cuatro velas encendidas y orientadas hacia los cuatro puntos cardinales. La
dorada, que simboliza el fuego; la plateada, el viento; la roja, la sangre; y la
blanca, la carne. Hay dos cuencos, uno con sal que representa la tierra y
ahuyenta los malos espíritus y las maldiciones sobre el matrimonio y otro
con agua que simboliza el cuarto elemento y termina de purificar el enlace.
―Dos almas se unen para ser compensadas. Con la unión se duplican sus
fortalezas y enterezas y se reparan sus debilidades y deficiencias mediante el
apoyo y aprendizaje del uno en el otro… ―comienza a hablar el oficiador
de ceremonias sin apenas tiempo de reclamo. Con una larga barba gris y
ataviado con una túnica blanca hasta los pies parece un druida más que un
sacerdote del dios Freyr.
Cuando llega el momento de unión de las manos, entrelazamos nuestros
dedos y palmas en forma de cruz y el druida nos ata una cuerda de esparto
recubierto de rosas blancas y de sus tallos llenos de espinas punzantes y
gruesas.
El oficiador aprieta el nudo con fuerza y las espinas se me clavan en la
piel. Algunos hilos de sangre se deslizan desde nuestras manos unidas a los
pétalos de las rosas que cuelgan bajo ellas tiñéndolos de un rojo excepcional
y anómalo.
Levanto los ojos hacia mi exuberante esposo y me encuentro con su
mirada en mi rostro.
Las velas proporcionan poca claridad dentro de esta oscura noche y él
parece oculto en tinieblas. Es difícil descifrar su estado de ánimo en ese
momento. Solo sé que mis manos se pierden níveas y pequeñas entre las
suyas demasiado grandes y encallecidas tras las largas expediciones y la
luchas de espada. Apenas muevo las mías para que las espinas no se claven
demasiado, pero él parece estar esculpido en piedra, ni un solo movimiento
delata que esté respirando. Se siente como una oscuridad amenazante que,
ingrávida sobre mi cabeza, espera el momento para lanzarse sin piedad, pero
de alguna forma siento o tengo una vaga certeza de que ese peligro no está
dirigido hacia mí y nunca sería así.
―La unión de la sangre y la carne bajo la atenta mirada de nuestros
dioses consagra este matrimonio. Que los designios venideros os alcancen
llenos de felicidad y dicha y que los anillos bendecidos curen vuestras
heridas ahora y siempre.
Cuando nuestras manos son desligadas, el capitán Nasser entrega los
anillos a su señor. Sé que hay más testigos de la unión. Puedo notar su
presencia alrededor del altar de flores, aunque no pueda identificar sus
rostros. Lo más probable es que se trate de los hombres del duque y tal vez
algún druida más y la sacerdotisa temerosa.
El duque desliza el anillo por mi dedo. Lo siento dolorido e inflamado,
pero es grande o mi dedo pequeño y entra sin problemas. No ha habido
mucho tiempo para hacer los preparativos de forma correcta. El suyo se
ajusta a la perfección. Son sencillos. Simples aros de plata con algunas runas
que identifico como símbolos del norte.
Sé que no son nuevos, que probablemente han sido usados por otras
personas, puede que sus padres, los anteriores duques. Este obsequio tiene
un significado valioso o lo tendría si realmente yo fuera la duquesa de
verdad.
No suelta mis manos y sus dedos se deslizan suaves por ellas hasta mis
muñecas donde se detienen. Sé lo que viene ahora. El beso. Los primeros
son emocionantes, pero en algún momento dejan de serlo y ya no se ansían.
Sobre todo, cuando saben a alcohol o alguna comida demasiado especiada
como le gustaban al príncipe.
Debe inclinarse bastante para que su cara se ponga a la altura de la mía
porque la diferencia de altura es muy notable y todo ese intervalo de tiempo
utilizado para ello me parece interminable. Elevo mi cara hacia él para
acortar el tiempo de espera y acabar rápido con los rituales, pero no son los
labios del duque lo que siento, sino su frente sobre la mía.
―Desde ahora y siempre ―susurra, pero con un tono tan solemne que
toma el cariz de juramento y hace que mi piel se estremezca―, cuando sople
el viento, dejarás que te acaricie la cara; cuando caiga la lluvia, inclinarás tu
cuerpo hacia el cielo; cuando el sol salga, dejarás que caliente tu espíritu y
que la tierra arraigue en tus raíces que serán las mías mientras me quede un
aliento de vida porque tu paz será mi paz y tu tormento el mío. Tómame
como esposo y concédeme el derecho a ser tu dueño y tu siervo para
siempre.
Contengo el aliento y puede que hasta mi corazón vuelva a pararse
durante un momento. Su frente resbala de la mía y su mejilla se desliza por
mi barbilla y roza la mandíbula como arrullos que saben a caricias hasta que
al fin sus labios atrapan los míos y los envuelven con una ligera y blanda
presión hasta soltarlos.
Ha resultado demasiado intenso para un hombre que se jacta de tener un
corazón de hielo y escarcha. No era lo que esperaba. Me remuevo inquieta.
―¿En Maladia no hay juramentos, ni en Edelgarth? ―me pregunta con
suavidad con su cara aún muy cerca y sus manos afianzadas en mis muñecas.
―No ―respondo sin aliento.
―Entonces ya hemos terminado, lady Astrid. Somos marido y mujer
―declara con un tono que parece envuelto en vientos y mareas.
―¿Y ahora qué?
―Ahora te llevaré a mi casa. Es el momento de evitar que el príncipe
tenga motivos para poner en duda la autenticidad de este enlace.
Otro sobresalto y un crujido en mi base torácica que es más doloroso que
placentero.
―¿Qué? ¿Qué quieres decir?
―Será mejor que nos vayamos antes de que llegue Bernhardt a buscarte.
―Pero…
―Luego ―repone en voz baja.
Capítulo 11

―Nasser, pon un par de hombres en la entrada del templo y vigila que


nadie nos siga ―ordena Wenner a su segundo.
El capitán asiente con la cabeza. Echa un vistazo a la flamante esposa
colgada del brazo de su señor con su atuendo blanco y su tez tan pálida que
parece un fantasma. Toda esa languidez desaparece y el fuego que ha visto en
ella solo hace unos momentos vuelve cuando sus miradas se cruzan y sus
ojos se entornan para dejarle bien en claro que no le agrada.
Tiene que esconder una sonrisa y su humor desaparece del todo cuando
siente que Werner le observa con el semblante serio.
―¿Hay noticias del hombre que vigila la puerta de palacio?
―Hay movimiento en el patio de armas, pero nadie ha salido aún.
―La ceremonia estaba programada para el mediodía, pero lo lógico es
que las buenas noticias lleguen antes a sus oídos. Asegúrate de que un
heraldo lo pregone en cuanto salga el sol ―ordena Werner y luego se vuelve
hacia su esposa―. Si nos ha de encontrar, que lo haga en nuestra alcoba.
Nasser levanta las cejas y mira a la dama. Puesto que él pudo escuchar
toda la conversación aquella noche, sabe que lady Astrid no tiene
intenciones de consumar el matrimonio, se pregunta si las circunstancias han
cambiado y, de ser así, cómo se resolverán más adelante.
Observa a Wenner. Después de una vida juntos, lo lógico es que lo
hubiera llegado a conocer como su hermano, pero sus decisiones y lo que le
mueve a ellas siguen siendo un misterio para él la mayor parte del tiempo.
―Mi padre… ―susurra lady Astrid.
Cualquier referencia a ese hombre hace que a Werner le hierva la sangre,
pero en ese momento se controla y no deja que le dominen las emociones. Se
vuelve hacia su esposa con semblante serio, pero un leve atisbo de blandura
que no es propia de él.
―Estará al corriente en cuanto salga el sol, lady Astrid, ahora está bajo
mi protección, no volverá a poneros una mano encima. Será recompensado
para aplacar la desilusión de no haber podido presenciar el enlace de su
hija.
―No lo hagáis. No hay nada por lo que debáis resarcirle. Él le teme y no
se lo exigirá. Que se siga creyendo incapaz de demandarle o lo hará para
cualquier frugalidad.
Los dos hombres la miran con curiosidad. Si todo es una actuación, ella
es realmente buena. Aunque Werner duda de que esa animadversión que tiñe
la voz de su esposa al hablar de su padre pueda ser fingida.
―¿Sabe montar a caballo? ―le pregunta.
―Lo justo para aparentar. No se me permitió aprender, pero los animales
se me dan bien y aprendo rápido ―le responde ella resuelta en cuanto uno
de sus hombres le acerca su corcel.
Wenner acepta complacido. No había forma de incluir un carruaje en su
precipitada y secreta incursión al templo, así que no habrá más remedio que
llevar a lady Astrid sobre la montura de su caballo.
Le alcanza la cintura con las manos y a través de la tela del camisón que
no hay mucho que oculte a su tacto. Carraspea y ella aguanta estoica más
preocupada por susurrarle carantoñas a su indómito y terco corcel
convertido en un dócil cachorro ante las atenciones de la dama. No mentía
cuando aseguraba que los animales se le daban bien.
La alza con demasiado ímpetu para sorpresa de ambos. Es demasiado
pequeña y delicada y considera poco apropiado mantener sus manos de esa
forma durante mucho tiempo. Su fuerza y su torpeza no están acostumbradas
a lidiar con algo tan liviano. La sienta sobre la silla de montar con lo que
trata de que sea un poco más de delicadeza, pero ya es tarde. Está seguro de
que ella pensará que ha sido brusco y poco considerado y su ceño fruncido
no hace más que confirmar que sus suposiciones son acertadas.
Se sienta tras ella sobre la montura y la nota más tiesa que un palo. Si
van a ser marido y mujer tendrá que empezar a tolerar su proximidad con
más naturalidad, con la misma que tenía con el príncipe y que él mismo ha
podido constatar en varias ocasiones.
Sus bailes en las celebraciones y conmemoraciones eran legendarios. No
había nadie que no dejara lo que estaba haciendo para poder admirarles.
Eran una pareja sumamente atractiva rodeada de demasiado brillo y
expectación. No le extraña en absoluto que él no renuncie tan fácilmente a
ella, pero tras ver el trato recibido, entiende que Astrid no estuviera
complacida con ese compromiso. Aún no sabe por qué cree estar en peligro
o cómo su matrimonio con el príncipe podría causarle la muerte, pero como
ya le dijo, es un hombre paciente y todo llegará a su debido momento.
Nota el instante exacto en el que ella cambia de actitud y modera su
incomodidad. Deja que su espalda se apoye contra su pecho, provocando en
él el efecto contrario.
Eleva dos dedos por encima de su cabeza y los mueve en un gesto corto y
brusco hacia delante para indicar a sus hombres que es el momento de
cabalgar a galope.
Inclina su cuerpo hacia delante obligando a su señora a hacer lo mismo y
con una sacudida de sus talones impulsa al caballo. Es de suma importancia
que lleguen pronto a la mansión.
El pelo de ella revolotea bajo su barbilla y alrededor como una suave
seda con olor a flores y algo más oscuro y profundo, hojas o musgo. No está
seguro y eso parece volverle loco. Su brazo se afianza alrededor de la
cintura de ella con más fuerza y Astrid enrosca sus dedos alrededor de él
como si el lazo nupcial aún flotara entre ellos manteniéndolos unidos.
Wenner es un guerrero y como todo buen guerrero se debe a la lucha que
en este caso; además, tiene motivos personales y con tantos tintes de
venganza que no hay luz que pueda filtrarse entre toda esa oscuridad que ha
dejado que conduzca su vida. No hay forma de que lady Astrid pueda
perturbar esa razón de ser.
Espolea su caballo de nuevo. Ya poco importa que su caballería perturbe
la paz de los que duermen.
Capítulo 12

Entramos como un vendaval de ruido de cascos y resoplidos de caballos


en el patio de la mansión del duque.
Varios mozos se acercan para encargarse de los animales y mi nuevo
esposo se baja de un salto de la montura. Antes de que nadie se ofrezca a
ayudarme pongo los pies en el suelo sin más ceremonias. Ya he sido
demasiado alzada con rudeza por hoy.
―Mi señora, acompáñeme por aquí, por favor ―me pide el duque con
urgencia, aunque sin perder la cordialidad que le ha acompañado desde que
ha venido a buscarme.
Dejo que me guie con su mano en el codo. Apenas soy capaz de ver la
entrada con las grandes escalinatas al centro y el resto de las puertas como
un borrón de color castaño hasta detenernos delante de una ellas. Lothringer
extiende un brazo para hacer girar el gozne y tira de ella para hacerme entrar
sin muchas ceremonias.
Me encuentro en el centro de una habitación sencilla en comparación con
la ostentación y el lujo que me he acostumbrado a ver en palacio o en casa
de mi padre. La estructura de la cama con dosel es un poco tosca. Está
cubierta con una manta de piel hecha de retazos y los suelos de madera
carecen de alfombras. Entiendo que al duque no le interesa la pompa y el
alarde de riquezas que otros nobles consideran tan necesarios para dejar
constancia de su status.
Es refrescante. Siempre me he sentido más cómoda lejos de lo artificioso
con que la aristocracia encumbra sus palacios.
―Quítese la capa y tiéndase en el lecho, lady Astrid.
―¿Qué? ―pregunto aún distraída y concentrada en estudiar lo que esa
estancia puede decirme de su dueño. Me vuelvo hacia él… Y me lo
encuentro deshaciéndose de su ropa de manera apresurada.
―Parecéis un cervatillo asustado, mi señora. No voy a comeros, si eso
es lo que os preocupa ―explica y esta vez su sonrisa no tiene nada de leve o
esquiva―. Solo preparo la escena apropiada para que nadie dude de que
este matrimonio ha sido consumado.
Entiendo lo que propone y yo también dibujo una sonrisa cómplice. Es
una idea excelente.
Me deshago de la capa y la dejo mal tirada sobre el suelo. Salto sobre la
cama como el cervatillo que él ha creído ver con el camisón apenas
remangado y creo oírlo reír, pero de forma tan sutil que no estoy segura. Me
dejo caer sobre la piel.
Lo siento a mi lado y mis ojos encuentran los suyos cuando giro mi
cabeza hacia él. Está apoyado sobre un codo, tiene el pecho desnudo y se ha
deshecho de las botas, pero no de los pantalones.
Mis ojos se resbalan desde los suyos por su nariz, por su barbilla y por
su cuello. Su nuez hace un movimiento oscilante cuando traga saliva. Sigo
bajando y me encuentro con un pecho bien entramado debajo de una
clavícula recta y sobresaliente y aún más abajo unos firmes y magros
abdominales en los que no se perciben nada de blandura. Su piel es morena y
la surcan varias cicatrices que cuentan que sus batallas no han sido baladíes.
―Mi señora… ―susurra él con un tono ronco y profundo que me parece
arrebatadoramente íntimo. Como si estuviera reservado solo para mí y ese
momento―. ¿Acaso no sois consciente de lo que podéis despertar en un
hombre con una mirada así?
Mis ojos vuelven a su cara con sorpresa.
―No, no lo soy.
―¿El príncipe heredero y…?
―¿Me estáis preguntando si soy virgen? Lo soy.
―No es que me importe.
―No debería. ¿Lo es mi señor?
―No.
―Tampoco me importa.
―Estamos de acuerdo en algo. Ya tenemos unos sólidos cimientos para
que nuestro matrimonio sea fructífero.
―Me temo que se necesita algo más que eso.
―Habláis como una experta.
―Puede que lo sea.
―Sin embargo, no parece muy optimista al respecto.
―¿En cuánto a los beneficios del matrimonio? ¿Para una mujer que no
tiene ninguna decisión al respeto, que es evaluada como en una transacción
comercial o política? ¿De la que se espera sumisión y obediencia? ¿Cuyos
talentos o capacidades quedarán subyugados a los de su marido? Y ¿qué
probablemente tenga que soportar un desfile de amantes visitando el lecho
de su señor?
Me mira con esa expresión que parece despojarme de todas mis capas.
―Tal vez se adapte al norte mejor de lo que había previsto. En cualquier
caso, no deja de sorprenderme. Sabía que tenía carácter, pero no esperaba
que la prometida del príncipe heredero fuera en realidad una inconformista
de espíritu subversivo.
―No soy la prometida del príncipe. Pronto olvida que soy su esposa.
―No, mi señora. No es algo que pueda olvidar fácilmente ―objeta
enseguida―. Ahora es la duquesa de Lothringer, no es simplemente la
esposa de alguien y desde luego no espero que sea sumisa y obediente,
aunque me aterroriza esperar otras cosas.
Ahora es él el que deja vagar su mirada por el cuello de mi camisón y se
desliza por la curva de mis pechos, apenas atenuados por la fina tela. No se
detiene ahí y su expedición sigue su camino por mi cintura, por los muslos
hasta la punta de los pies.
―Estoy segura de que el duque con corazón de hielo sabrá sortear
cualquier inconveniente que le suponga su esposa sin problemas.
―El duque de hielo y la duquesa de fuego… Yo estoy seguro de que me
causará muchos dolores de cabeza.
―Apenas me notará. Se lo prometo. Y antes de que se dé cuenta habré
desaparecido de su vida.
Se inclina hacia mí y su cara acorta la distancia a la mía mientras su
mano se desliza por mi nuca entre mi pelo. Miro sus labios. Una distancia
muy corta los separa de los míos y espero a que me bese pensando si
realmente va a hacerlo y por qué lo deseo tanto. Sin embargo, él solo
arrastra un mechón de mi pelo entre sus dedos y se lo acerca a su nariz.
Inspira con fuerza.
―¿Qué es este olor? Me está volviendo loco. ¿Acaso le han untado
aceites perfumados en el cabello?
―Claro que no. ¿Cuándo creéis que tuvieron tiempo para untarme algo?
¿Mientras su capitán me cargaba en su hombro o cuando me casaba en
camisón?
―Tenéis razón. Siento las formas.
―No tenéis que disculparos. Lo que es increíble es que Bernhardt nos
empujará a ello. ¿De verdad creéis que podría evitar esta boda?
―Al menos, podría poner impedimentos, ganar tiempo para tratar de
convencer al emperador. Él sabe muy bien que yo no puedo aplazar más mi
partida y en el momento que tuviera que dejaros aquí, podría recurrir a mil
tretas para reteneros.
―Bien pensado ―le felicito. Es interesante comprobar que su mente se
mueve a la velocidad de su espada.
La comisura de su labio oscila en su boca, tal vez en una sonrisa o en un
gesto que ya empiezo a relacionar con él y con su buen estado de ánimo.
Al momento su expresión cambia y tanto su cara como su cuerpo se
llenan de inquietud. Oye algo que yo no, que le hace entrecerrar los ojos.
Mira alrededor, a mí, mi camisón, la cama, todo, como si comprobara el
estado del escenario.
Entonces lo oigo yo. El revuelo de la puerta y la voz del príncipe
exigiendo entrar.
―El señor está muy ocupado ahora mismo. Sería desconsiderado
arrancarle de los brazos de su esposa en su noche de bodas ―le grita
alguien, creo que es el capitán.
―Rápido. Desnudaos ―le exijo muy alterada mientras yo misma
desabrocho los botones de mi camisón, dejando al descubierto las cumbres
de mis pechos y el medallón que descansa entre ellos. La mirada de Werner
cae durante un breve momento sobre él―. Mi señor lo dijo, que no podrá
alegar nada si probamos que hubo consumación.
―Mis hombres lo contendrán y el servicio corroborará que compartimos
lecho.
―¿Y si no es así? ¿Y si no es suficiente?
―Yo saldré y lo detendré, mi señora.
―No, el príncipe no es el emperador. No os tiene ningún respeto o
miedo. Lo único que le detendrá serán las pruebas. Mi señor… Debe romper
mi himen. Si pide una prueba de castidad, no puede haber dudas.
―Pero…
―Con los dedos. Podéis hacerlo.
―Dolerá.
―No temo al dolor. Estoy acostumbrada a él. Por favor…
Se levanta y me ayuda a mí a hacerlo sujetando mi mano con la suya.
Retira la manta de piel de la cama y deja al descubierto una sábana nupcial
blanca y limpia.
Me mira durante un leve momento de tiempo como si dudase de lo que
debe hacer. Dejo que el camisón se deslice por mis hombros y caiga
alrededor de mis pies.
Tenemos demasiada prisa como para detenernos demasiado el uno en el
otro, pero cuando se deshace de sus pantalones soy capaz de atisbar algo
muy considerable.
Nos deslizamos en la cama de nuevo y cubrimos nuestra desnudez con la
manta.
―Mi señora, no quiero hacer esto más difícil de lo que está resultando.
―A veces, las dificultades las inventamos nosotros mismos con nuestra
resistencia a aceptar las cosas de la manera que son o cómo vienen.
Se tumba a mi lado. Puedo notar su pecho en mi hombro y algunos de sus
vellos juegan con el dorso de mi mano. Desliza sus dedos por el interior de
mi muslo con una delicadeza que no procede. Abro las piernas para él. Sus
labios recorren mi sien, mi mejilla, la comisura de mi boca. Llega a mi sexo
y sus dedos se deslizan a lo largo buscando la apertura. Se mueven en
circulo alrededor como si dudara o tratara de prepararme, pero se oyen unos
pasos por el pasillo y unos gritos atropellados.
Su boca encuentra la mía y me besa. Estoy tan sorprendida que abro la
boca en una exclamación. Mete su lengua haciendo que mi vientre explote
con mil hormigueos y al momento sus dedos irrumpen en mi vagina con
fuerza y tan profundamente que puedo sentir cómo alcanzan su objetivo.
Siento que me rompen otra vez, pero no de manera física, lo hace mi mente,
mi orgullo y mi dignidad al comprender a lo que me veo abocada para
librarme de ellos.
―Lo siento, lo siento ―se disculpa Wenner, mientras amortiguo el dolor
con las piernas tan rígidas que su mano queda atrapada entre ellas.
Ninguno nos movemos, pese al tumulto que se forma fuera de la puerta.
―No ―le respondo―. Gracias por hacerlo.
Mis piernas se relajan y él saca sus dedos despacio y suavemente.
―Esto no debería ser así. La virtud de una mujer no está en su virginidad
o la falta de ella.
No me da tiempo a responderle porque la puerta casi es desencajada de
sus goznes cuando el príncipe irrumpe en la habitación.
―¡¡¿Qué demonios significa esto??!! ―vocifera el duque como si de
verdad no hubiera estado preparado. Lo cierto es que su enfado es tan real
como la sangre que sus dedos dejan sobre la sábana.
―¿Sois un maldito perro en celo? No podíais esperar para hacerla
vuestra ¿verdad?
―¿Cómo os atrevéis a entrar en mis aposentos sin permiso?
Se incorpora totalmente desnudo sin ningún tipo de pudor. Solo soy capaz
de ver su espalda y unas nalgas muy bien contorneadas. Se pone de nuevo los
pantalones antes de recoger una bata dejada sobre una silla para
entregármela.
―Astrid, dime que no te has entregado a él. ¡Maldita sea! Júrame que no
has yacido con él.
Me pongo la bata sin salir de la manta, oculta tras la parte posterior del
duque frente a mí haciendo de escudo para los curiosos que en la puerta
lanzan miradas furtivas al interior y del propio Bernhardt.
―Soy su esposa. ¿Por qué no debería hacerlo? ―le respondo fríamente.
Horrorizada por toda esta situación y sus consecuencias.
Me incorporo y mientras camino hacia los pies del lecho arrastro
conmigo de una mano la manta que oculta la sábana.
La mancha de sangre destaca entre el pálido tejido como una lama de
fuego en un cerro cubierto de nieve.
Bernhardt mira la mancha y luego a mí como si hubiera urdido la peor
traición jamás cometida.
―No hay nada que tengáis que hacer aquí, su alteza ―interviene
Lothringer. Tiene los dedos de las manos tan estirados que parece que
estuviera haciendo esfuerzos por no cerrarlos en puños―. Este es el lecho
conyugal de una pareja de recién casados. Debéis marcharos. Estáis
incomodando a mi esposa y la estáis exponiendo al escarnio público. ¿No ha
soportado ya bastante por vuestra causa? ―Noto que el tono de él se
endurece con cada palabra―. ¡Alejaos de ella! Es la última vez que os lo
pido sin acero de por medio.
Una sombra negra e inestable se cierne sobre nosotros. Los ojos de
Bernhardt de vuelven duros y despiadados. Da dos pasos hacia Lothringer.
―No, no ―me apresuro a interrumpir y me coloco delante del duque
frente a Bernhardt, pero este mira a Lothringer por encima de mi coronilla.
―¿Me estáis amenazando? ¿A mí? ¿Al príncipe heredero? ¿Acaso sabe
lo que significa?
―Bernhardt ―le llamo con voz suave y calmada. Surte efecto, porque
baja la mirada hasta mí―, ¿eres consciente de lo que estás provocando?
¿Por una mujer por la que apenas sientes afecto? Levantarás un conflicto que
nadie desea y que a nadie beneficiará. El emperador te culpará de todos los
problemas que deriven de este trance. Sabes que Lothringer no ha querido
insinuar lo que ha dicho. Has interrumpido en nuestro lecho conyugal y él ha
reaccionado como el hombre beligerante que es. No debes tenérselo en
cuenta.
―¿Por qué no? Te convertiré en una joven viuda y podré desposarte sin
inconvenientes.
―¿Sin inconvenientes? El ejército entero se levantará en armas y la
seguridad del trono se tambaleará.
―No tiene el favor de todo el ejército.
―El suficiente.
Bernhardt abre mucho los ojos, como si hubiera tenido una revelación.
―Por eso lo elegiste. No fue él el que se te propuso. Todo esto fue un
ardid tuyo para librarte de mí. ―Su voz suena rota y su mirada se vuelve
mortecina. Trastabilla hacia atrás como si le hubiera herido físicamente―.
Solo podía confiar en ti. Fuiste la única que me era leal de verdad y cuyo
propósito de vida consistía en mantenerse a mi lado pasara lo que pasara.
Todos los días tengo que mirar tras mi espalda para asegurarme de que nadie
me clavará un puñal, pero tú… Estaba seguro de que nunca me traicionarías.
Y lo has hecho. Me abandonas.
Cierro los ojos un segundo. Mi corazón se retuerce por dentro. Hago
esfuerzos para borrar esa imagen dolida de él de mi mente y evocar esa otra
en la que la que era yo la desamparada. Revivo su mirada indiferente, su
renuncia a defenderme y la ira me domina cuando vuelvo a mirarle.
―Fuiste el primero en abandonarme, Bernhardt. La lealtad no es un
obsequio que se recibe sin méritos, debe merecerse. No tienes derecho a la
mía. Nunca hiciste nada para ganártela. Debes irte, y hazlo en paz. Tus
agravios en esta casa han sido mayores que los recibidos.
Sus ojos se clavan en los míos dolidos, atormentados y con un brillo que
irradia rabia e ira. Se dibuja en su boca una mueca cruel. Se da la vuelta y se
abre paso a empujones entre su guardia y el personal del duque, compuesto
por el servicio y parte de sus hombres, que se han acercado como
observadores o para defender a su señor de ser necesario.
―Asegúrate de que se aleja de mi casa sin más contienda ―le pide
Lothringer a su capitán cuando este se adelanta para cerrar la puerta y
procurarnos una intimidad antinatural e innecesaria a estas alturas.
No me vuelvo cuando él continúa hablando a mi espalda con esa voz
dura y raspante que ha adquirido durante el conflicto.
―No volváis a interponeros entre mi oponente y yo. No soy tan
desconsiderado como para no entender vuestro propósito de apaciguarnos,
pero si yo decido que su impertinencia merece probar mi espada, enfrentaré
yo solo las consecuencias.
―No soy uno de vuestros siervos ―le respondo igual de iracunda que
él―. Haré lo que crea conveniente cuando me afecte de manera directa.
―Precisamente, sois mi esposa, y debido a ello no tomaré medidas
disciplinarias que harían que aprendierais rápidamente lo peligroso que
supone interponerse entre dos adversarios.
―Yo era el motivo de la contienda. Era justo que la detuviera.
―No. El príncipe heredero ha entrado en mis dominios y hasta mi alcoba
sin autorización o solicitud. Lo ha hecho de forma arrolladora y tiránica.
¡¿Qué clase de autoridad estaría yo mostrando si permitiera ese tipo de
tropelía sin consecuencia alguna?
―¡¡Estaríais mostrando sentido común!! Que en demasiadas ocasiones es
más valioso que cualquier autoridad o soberbia ―sostengo, girándome para
enfrentarme a su mirada helada y perturbadora.
―¡¡Confundís la soberbia con el honor!! ―me responde en el mismo
tono airado.
―¡Y vos el honor con el orgullo!
―No es mi honor el que siento herido, sino el vuestro, mi señora
―declara con contundencia y tan consternado que no puede evitar que su voz
refleje toda su indignación y su ira.
Le observo sin decir palabra mientras recoge su camisa y se la echa por
la cabeza de manera descuidada. Ni siquiera se pone las botas, sino que las
lleva en la mano y en dos pasos enérgicos ya está en la puerta y sale por ella
sin mirar atrás.
Capítulo 13

Wenner se pasea de un lado a otro. Le gusta esa habitación especialmente


porque está llena de libros, aunque ahora siente que podrían arder todos con
el fuego que corre por sus entrañas.
Una sirvienta entra en la estancia con una jofaina de agua y la deja sobre
la mesa que utiliza cuando se entierra entre papeleo. Es joven y le mira con
terror antes de abandonar la estancia apresuradamente. No la culpa del todo
porque en esos momentos su aspecto debe ser atemorizante y pocas personas
son capaces de hacerle frente cuando su estado de ánimo es pésimo, excepto
Nasser y, al parecer, su flamante nueva esposa.
Introduce las manos dentro del agua y se frota los dedos para desprender
los restos de sangre que aún impregnan su piel. Durante las batallas ha
llegado a tomar decisiones y acciones salvajes y bárbaras. La guerra es algo
que puede destruir el lado humano de cualquiera. Sin embargo, nunca
ninguno de esos actos le ha hecho sentir tanta injusticia y reprobación como
el que acaba de infligirle a su esposa.
Y, de alguna forma, siente que acaba de cerrarse un portón que ni siquiera
había abierto todavía.
La puerta se abre tras dos golpes en la madera y aparece el capitán
Nasser. Mira a su señor como si tratara de sondear su talante.
―El mochuelo ya está en su nido. Dado que la dama ya ha dejado clara
su postura y de que hay pruebas de que la unión ha sido completa delante de
varios testigos, no creo que le queden ganas de seguir humillándose.
El duque no dice nada. Saca las manos de la jofaina y estira el brazo para
alcanzar una paño en el que secarse.
―Entonces… Hubo consumación ―insiste el capitán.
―No, no la hubo ―le responde Wenner para su sorpresa.
Le observa atónito mientras deja el paño a un lado, junto al recipiente
que contiene el agua, y se deja caer sobre uno de los sillones frente a una
chimenea que jamás se ha encendido.
―Pero estabais desnudos y toda esa sangre… ―insiste ceñudo tomando
asiento en la butaca gemela.
―Era mía ―le responde el duque cortante.
―¿Acaso fuiste tú el desvirgado?
―No eres nada gracioso, Nasser. No sé por qué insistes con tus pueriles
ocurrencias.
El capitán ignora la pulla y sin disimulo observa a su señor.
―Aunque vuestra herida estaba bien oculta dado que no se advertía por
ninguna parte, pese a tu desnudez, os arriesgasteis demasiado. Con la
vesania que se apoderó del príncipe podría haberos exigido una prueba de
castidad.
―Pero no lo hizo ―vuelve a contestar Wenner de forma seca sin dejar
de mirar a un frente sin el interés que parece poseerle a él.
―¿A eso se debe tu mal humor?
―¿A qué?
―A tu evidente dolor de huevos.
Al fin le mira a la cara tras proferir un largo suspiro.
―Nasser, a veces me arrepiento mucho de haberme dejado partir la cara
por ti.
―¿Te refieres a algún día especifico o a las doscientas mil veces que
ocurrieron antes y después?
―A todas y cada una de ellas.
―Hieres mis sentimientos, Wenner.
―Tus sentimientos me importan muy poco.
―Porque tú no los tienes y no comprendes el daño que haces.
Otra gran exhalación pone a Nasser en preaviso. Es posible que Wenner
esté al límite ya.
―Tengo que decir que la osadía y la destreza vocal de la dama me han
sorprendido gratamente. Es difícil seguir manteniendo que todo es teatro
dadas las circunstancias. No ha dudado en enfrentarse al príncipe heredero
por ti…
―No debería haberlo hecho, Nasser. Se interpuso entre dos hombres
furiosos, ¿y si él hubiera atacado con la espada en ese momento?
―Esa posibilidad solo engrandece el valor de mi señora, Wenner, y
ensalza su preocupación por ti.
―Dudo mucho que la señora sienta esa inquietud por mi bienestar en
apenas una semana, más bien soy una especie de tabla salvavidas que le
servirá para conseguir el tipo de vida que desea y ello incluye deshacerse de
mí en cuanto tenga ocasión.
―Wenner…
―¿¡Qué!? ―casi le ladra él.
―Tal vez para otra ocasión en la que estés más receptivo.
Wenner le ignora. Luego se levanta con renovada resolución.
―Voy a asearme. En una hora salimos hacia la casa del duque de
Hedwigde. Lady Astrid dejó estipulado en nuestro acuerdo que su doncella
personal le acompañaría al norte. Una tal Baylor. Iremos a buscarla y
transmitiré al duque las buenas nuevas.
―¿De verdad debo ir?
―Lo que no deberías es preguntar.
Capítulo 14

Baylor me abraza fuerte y yo me dejo envolver por sus brazos.


―Se acabó, mi niña, se acabó. Salgamos de este avispero.
No, no se ha terminado. Muy al contrario, apenas comienza, pero me
consuela saber que sí que he cerrado una etapa de mi vida que no estaba
dispuesta a repetir. Al menos, estaba vez he podido sortear esta piedra, solo
espero no encontrarme ahora con un monolito.
Me reprocho a mí misma tener una leve esperanza en que mi padre se
acerque a despedirse. Al fin y al cabo, ya he cumplido a su propósito. Me he
casado en lo que él considera un trato favorable. Wenner no me comenta qué
es lo que ha hablado con él y yo tampoco se lo pregunto. Aún.
Cuando salgo de la mansión, él reparte órdenes a diestro y siniestro a sus
hombres, a los mozos que suben los baúles con la ropa que ha traído de casa
de mi padre al carruaje y a las doncellas que reúnen los víveres.
Observo su perfil adusto y serio mientras él examina que todo se lleve a
cabo con la precisión de un halcón. Apenas se mueve para echarme un
vistazo de soslayo mientras me acerco, pero sé perfectamente que detecta mi
presencia.
―¿Está bien, mi señora? ―me pregunta cuando paso a su lado. Vuelve al
trato de cortesía que impone un distanciamiento entre ambos de nuevo.
No ha dormido. Estoy segura. Desde que salió de la alcoba no ha parado
un solo momento hasta tener todo listo para el viaje y ahí está fresco como
una lechuga sin un solo rastro de cansancio, preocupándose de mi bienestar.
Es realmente insólito para mí. Algo a lo que no estoy acostumbrada.
―¿Lo está mi señor?
Él parece sorprendido o eso adivino bajo su inexpresividad.
―Mi noche no ha sido tan accidentada como la vuestra.
―Yo diría que sí.
Lothringer mira alrededor, a su capitán y su poco disimulado interés en
nuestra conversación y decide cambiar de estrategia.
―Si en algún momento se siente indispuesta durante el viaje, dígamelo
para que podamos parar.
―No será necesario. No se preocupe por mí, puede ser fiel al itinerario
que tenía dispuesto.
―No siempre podremos alojarnos en posadas y cuando el camino se
vuelva más agreste, tendremos que dejar el carruaje atrás. Tendrá que montar
a caballo. Dejaremos atrás a las mulas que cargarán el equipaje y tendremos
que prescindir de algunas comodidades.
―No es la primera vez que viajo, mi señor.
―Pero sí será su primer viaje al norte. No será un camino amable y nos
encontraremos con un buen número de bestias de distintas especies.
No respondo. No tiene sentido insistir en algo que desconozco.
Extiende el brazo y me ofrece su mano. De alguna forma, me parece que
todo el mundo alrededor está pendiente de nosotros y la conducta que
mantenemos el uno con el otro.
Apoyo mis dedos apenas sobre su palma y él los sujeta con fuerza
mientras me ayuda a subir los escalones del carruaje.
Hace lo mismo con Baylor y esta le devuelve una sonrisa azorada y
agradecida. Al parecer, mi esposo está resultando mucho más caballeroso y
atento de lo que suponíamos. Apenas se asoma por la ventanilla cuando
cierra la puerta.
―Estaré montando a caballo junto al carruaje, mi señora.
Da unos golpes contra el pescante y este se pone en marcha.
El interior no es confortable del todo. Es un simple vehículo de
transporte construido para tener resistencia durante los altibajos del camino.
Los carruajes a los que acostumbraba estaban forrados de terciopelo y
borlas y engalanados en el exterior con pintura de oro en los ricos tallajes
con que se modelaba la madera. Se utilizaban para los paseos de exhibición
cortos y seguros que solía hacer la familia imperial o para cambios de
residencia de pocos días.
No obstante, no me molesta. No hay nada que me importe excepto el
hecho de que estoy consiguiendo mi propósito y mi muerte parece no rondar
ya sobre mi cabeza.
―Señora, ¡una limosna! Tengo hermanos pequeños que alimentar ―grita
un niño desde el exterior.
Me asomo por la ventanilla y lo reconozco al momento. Es el pilluelo de
los callejones. El mismo que salvé de una inmerecida reprimenda y me
acompañó hasta el jefe del gremio de información.
Cojo una moneda de oro y extiendo el brazo por el hueco de la ventana.
Él la coge al vuelo con una habilidad pasmosa. Cierro los dedos
rápidamente sobre el papel que ha dejado dentro de mi mano.
―Mi señora es muy generosa ―susurra con desparpajo.
Mantengo una expresión neutra o, al menos, eso intento. Guardo mi botín
dentro del bolsillo interior de mi vestido. En algún momento, cuando no
tenga cien ojos sobre mí, podré leerlo.
Me asomo y miro hacia atrás, pero el polluelo ya ha desaparecido. Mis
ojos se cruzan con los del duque. Me observa desde la grupa de su caballo.
Tengo la sensación de que no hay nada que se le escape. Pero tampoco es
como si tuviera que hacerle una exposición detallada de todo lo que hago o
pienso. Tengo derecho a mis secretos. Le aguanto la mirada, una mirada que
dice: «Sé que lo has visto y no me importa».
Me giro hacia Baylor. Ella me mira con regocijo.
―Es guapo y aguerrido ―me susurra con picardía al oído.
―Y testarudo y malhumorado, aunque reconozco que tiene un lado gentil.
―Muchos matrimonios comienzan con cimientos menos firmes.
―Y ya sabemos cómo acaban, Baylor. Lo más improbable es que alguno
de los esposos acabe tomándose afecto.
―Es lógico que pienses así cuando el ejemplo más cercano que tienes es
el de tu padre y esa mujer que siempre languidece y nunca sale de su
habitación. Apenas cruzan una palabra o se ven.
―No siento lástima por ninguno de los dos, pero cuéntame, ¿cómo han
sentado las noticias de mi enlace precipitado en casa del duque?
―Adelaida dice que es lo más romántico que ha presenciado nunca. En
la cocina todas las muchachas soltaban suspiros afectados como si en
realidad ellas hubieran sido las doncellas abordadas a medianoche para ser
salvadas y desposadas.
―Me refería más concretamente a mi padre, Baylor.
―Bueno… Ya le conoces. Cuando el heraldo y sus muchachos
comenzaron a extender la noticia, montó en colera. Pero el joven duque
apareció en la casa con ese capitán tan alto y atractivo y supo aplacarle.
―No tuvo más remedio, mejor dicho ―comento pensativa y añado con
una sonrisa al repasar su comentario―: Baylor, pareces una jovenzuela
enamoradiza.
Nos reímos de su ocurrencia con sonoras carcajadas que ella trata de
contener con su mano sobre la boca.
Capítulo 15

Hacemos una pequeña parada en medio de un llano para dar agua a los
caballos y descanso a los hombres. No suele haber bestias durante el día tan
al sur y el camino no está resultando accidentado más allá de algún bote
brusco o el trasero endurecido.
Me alejo un poco del campamento improvisado para aliviar mi vejiga.
Cuando doy dos pasos mientras me recompongo el vestuario me encuentro
con la espalda de mi nuevo esposo a una distancia prudente para que pueda
mantener la intimidad, pero no lo suficiente como para que no entienda que
está velando por mí.
―¿Mi señor?
Se gira hacia mí y me echa un vistazo corto antes de mover sus ojos hacia
el horizonte.
―No deberíais aventuraros sola.
―Mis más sinceras disculpas, pero hay ciertas actividades que prefiero
realizar en solitario.
Se cruza de brazos y equilibra su peso sobre una sola pierna para
mirarme de forma ladeada como el rapaz que es, solo que esta vez detecto
cierto aire burlón.
―Los basiliscos también prefieren atacar a viandantes distraídos y
aislados.
Entrecierro los ojos.
―Empiezo a pensar que en verdad os gusta atemorizarme.
―Solo intento que seáis más precavida y prudente, lady Astrid.
―Por supuesto, a partir de ahora haré que uno de sus hombres me
acompañe en todo momento. Incluso cuando decida darme un baño.
El rastro burlón desaparece.
―Eso no será necesario. Será suficiente con que me avise a mí.
―Pero, su excelencia, es un hombre muy ocupado. No quiero
importunarle con las simples necesidades fisiológicas de una dama.
―No existe tal inconveniente cuando la dama en cuestión es mi esposa.
―Esposa por contrato, duque. No hace falta que hondemos en un grado
de intimidad demasiado profundo.
―El caso es que no quiero tener que emplear el título de viudo tan
pronto, así que tendrá que fastidiarse y adaptarse a los inconvenientes del
camino. A no ser que el origen de toda esta discusión provenga de su interés
en leer esa nota recibida en absoluta privacidad, con lo que le aseguro que
no la encontrará en todo el viaje.
―Su preocupación es excesiva, mi señor. Ya he hecho todo lo que tenía
que hacer, así que con su permiso me dispongo a comer.
Al momento, su cuerpo se queda quieto y puedo sentir la tensión que
refleja su rostro ladeado captando algo que yo no soy capaz de percibir. Me
sujeta del brazo y con un movimiento brusco y rápido me coloca tras él. Saca
su espada del cinturón de un tirón y profiere un silbido con los labios que
más bien parece un siseo o un gruñido animal.
Poco después oigo los ladridos enfurecidos de los perros que nos
acompañan en el viaje. La pestilencia llega a mí antes que cualquier otro
indicio de que hay una bestia cerca, luego los resoplidos furiosos y el ruido
ensordecedor de un centenar de bestias al galope.
Miro en una dirección y otra, buscando el origen y tratando de adivinar
su dirección.
Lothringer vuelve a meter su espada en la vaina y se gira para hacerme
una señal de que me mantenga en silencio. Coge mi mano y tira de mí hacia
él mientras estampa su espalda contra el tronco de un árbol gigantesco. Me
estrello contra su pecho en el mismo momento en que la cuadrilla
exploradora de caballos oscuros aparece casi a nuestra altura sin detener su
galope infernal rabioso y sanguinario. Nunca se detienen ante nada ni ante
nadie. Los caballos oscuros, no tienen ni una gota de vida. Son armazones de
esqueletos negros y fauces sangrientas y doloridas que nunca dejan de correr.
Sus huesos apenas conservan carne desgarrada y podrida. Sus ojos son
cuencas vacías y oscuras. Las crines flotan espinosas y tan afiladas que
cortan el aire. Algunos dicen que eran unicornios, otros que corceles libres
torturados con la idea de servir al hombre… Fueran lo que fuesen, ahora
solo son sombras diabólicas de lo que una vez fueron.
Escondo el rostro en la tela oscura del duque soportando las náuseas que
el olor de esa manada mortífera provoca en mi cuerpo. Entierro mi nariz en
el ligero olor que desprende la tela y que es mucho más agradable. Una de
mis manos agarra el tejido con fuerza a su espalda mientras las bestias
corren enloquecidas a nuestro alrededor levantando fuertes ráfagas de
viento, tierra y hedor. Mi pelo se suelta y revolotea junto a nosotros mientras
mi vestido toma vuelo y parece querer escapar. Si no me estuviera sujetando
con fuerza contra él bien podría salir volando para ser arrollada por esas
bestias. Cierro los ojos porque el movimiento alienante me aturde. Las
criaturas saltan troncos, esquivan matorrales densos y arboles grandes
mientras se llevan por delante los más pequeños, los animales que no tienen
tiempo de esquivarlos y cualquier otro obstáculo que impida su marcha. Pero
lo más ilógico de todo me parece el ritmo acompasado y tranquilo del
corazón de Lothringer bajo la palma de mi mano cuando el mío parece poder
salírseme del pecho en cualquier momento.
Su barbilla roza la coronilla de mi cabeza cuando la suya se mueve
controlando el posible movimiento de la manada y uno de sus brazos en mis
hombros me estrecha firmemente mientras su otra mano sujeta la empuñadura
de su espada.
Pasan unos momentos interminables en los que siento que debo estar
preparada para perder la vida de nuevo, pero ningún caballo oscuro se
acerca demasiado y su loca carrera transcurre a nuestro alrededor.
Seguimos quietos aun cuando hace tiempo que he oído el último animal a
galope. Algunas personas han encontrado la muerte por culpa de la
impaciencia cuando los rezagados les arrollaron sin piedad. Esas son las
historias que siempre llegan de tierras lejanas.
Me recuesto sobre el duque. Una vez la tensión me va abandonando, la
rigidez de mi cuerpo da paso a la flojedad.
El hedor disminuye y solo el olor de Lothringer impregna mis fosas
nasales con una mezcla de sudor, cuero, caballo y ese sutil aroma que he
percibido en él cada vez que ha estado cerca.
―¿Se encuentra bien, Astrid?
Asiento con la cabeza. Estoy esperando a que me reproche la acertada
sensatez de su advertencia anterior y mi comportamiento imprudente y
arrogante, pero debo decir en mi defensa que nunca hay bestias de este tipo
en estas tierras. Su brazo afloja su compresión sobre mis hombros y soy
capaz de separarme un poco para mirarle a la cara.
Ni un solo rastro o expresión en su tez revela que haya padecido tensión
o una mínima preocupación.
―Nunca se había visto la manada tan al sur y mucho menos a plena luz
del día.
―¿De verdad? ―Es su única respuesta y es más bien una pregunta―.
Puede que lo hayan hecho con la intención de otorgarme la razón sobre los
peligros que pueden acechar a una dama en su búsqueda de intimidad.
―Por un breve momento, he tenido absoluta fe en su caballerosidad y he
creído que ganaría sobre su arrogancia y no sacaría ese tema a colación.
―Nunca he dicho que fuera un caballero. Es más, creo que ya le advertí
que ni siquiera soy un buen ser humano, ¿qué le hace suponer lo contrario?
―Nada en absoluto ―le respondo. Busco mi medallón bajo el vestido
de seda y me alejo de él sin encontrar resistencia―. Quiero asegurarme de
que Baylor está bien lo antes posible.
―Lo estará. Esta manada era pequeña y no ha atravesado el
campamento.
«¿Pequeña?».
Mira a un lado y a otro y sus ojos otean el horizonte como si pudiera ver
más allá de lo que un humano normal podría. También soy consciente de que
su oído es más aguzado de lo normal.
―¿Disfrutáis de más cualidades de sabueso? ¿El olfato tal vez?
―¿Perdón? ―me pregunta totalmente confundido.
―Solo pensaba en voz alta.
―Puede que el sentido olfativo de mi señora esté más desarrollado que
el mío, ya que el hedor de la manada parece haberle afectado más.
―Que en apariencia lo soportéis, no quiere decir que no os afecte.
―Acabáis de dar con la clave de mi vida, Astrid.
Vuelve a hacer ese sonido con la boca y los perros le responden en la
distancia. Me sobrepasa y sigue caminando hacia el campamento, mientras
yo observo su espalda recta y amplia desaparecer tras el tronco de un
avellano.

El campamento está más o menos tranquilo. Menos Baylor, que se


apresura a acudir junto a mí y abrazarme con alivio. Los silbidos de
Lothringer sirven para comunicarse con sus hombres, incluso con los canes.
Un sabueso de raza imprecisa se suelta del muchacho que trata de retener
al menos a media docena de ellos y se acerca a su señor. Olfatea su mano y
este le acaricia el hocico distraído. Después se acerca a mí meneando el
rabo. Baylor se echa hacia atrás, asustada por el tamaño y el aspecto
amenazador del can, pero él solo parece buscar atención.
―Tened cuidado, Astrid. No es especialmente conciliador con los
extraños ―me advierte el duque y su afirmación queda constatada cuando
gruñe a Baylor, pero me palmotea la mano con su hocico en busca de mimos
y le rasco tras las orejas y el cuello para su placer y regocijo.
―Tenéis un don para los animales, mi señora ―comenta el capitán
Nasser, sin evitar inmiscuirse en la conversación―. Ese chucho no me deja
acercarme a menos de dos metros de él sin amenazarme con sus dientes.
―No le culpo por tolerarle poco, capitán ―le increpo todavía irritada
con él.
―Tanto resentimiento en un recipiente tan pequeño no puede ser bueno,
mi señora ―me responde con un brillo malicioso en los ojos.
―Se equivoca en la amplitud de las emociones que despierta en mí. La
indiferencia es mucho menos pesada y apenas ocupa espacio.
―Si manejara la espada como la lengua, sería una esgrimista imbatible,
mi señora ―interviene el duque, con un toque de humor. El primer rastro de
él que percibo desde los acontecimientos de la noche.
Su comentario provoca una carcajada en el capitán y una sonrisa
avergonzada en Baylor.
―Vamos, Lima, huyamos de estos aprendices de bufones y encontremos
algo para llenarnos el buche ―le digo al recién bautizado cachorro sin mirar
a ningún otro, absolutamente encantada de que me siga sin dejar de mover el
rabo.
―¡Se llama Mugre, mi señora! ¡Y es macho! ―me corrige mi flamante
esposo, aun cuando ya le he dejado a unos pasos de distancia y su alto tono
llama la atención de varios de sus hombres.
―No le escuches, Lima. Hoy está de un humor pésimo ―le digo a mi nuevo
mejor amigo.
Capítulo 16

―Ese jodido chucho me ha traicionado ―comenta Wener a su capitán,


mientras observa cómo su esposa se mueve con soltura entre sus hombres
seguida de su nueva mascota.
―Y puede que no sea el único que acabe prefiriendo la compañía de la
dama ―le responde Nasser.
Están sentados sobre un tronco caído, como improvisado asiento,
mientras observan como Avo, el cocinero eventual en los viajes y salidas,
debate con la dama posibles aderezos para el puchero en el que se hierven
los trozos de carne obtenidos en una pequeña batida de caza organizada por
tres de sus hombres.
Avo añade al caldo el puré de membrillo, que Astrid extrae de la pulpa,
sin mucha convicción, pero luego sonríe ante algún comentario de su esposa.
―Y, ¿qué os tomó tanto tiempo en la espesura? ¿Descubriste el contenido
de la nota?
―No, pero tampoco era mi intención al seguirla. ¿Hay noticias de la
retaguardia?
―Sí, no hay indicios de que alguien nos siga.
―Que se mantengan vigilantes.
―¿Crees que tendremos que enfrentar una emboscada? ¿Qué lady Astrid
desea enviudar cuanto antes?
―No, no lo creo. Estoy seguro de que quería alejarse de su padre y el
príncipe.
―Y ¿eso por qué?
―Porque vi su desesperación.
Su amigo le mira sorprendido, pero él no le devuelve la mirada. No deja
de observar a su esposa. Como uno más de sus hombres se acerca a los
caballos y les ofrece agua y zanahorias que ellos aceptan como si fuera un
dulce. Mientras Mugre se sienta sobre sus patas traseras, esperando su
atención.
―Le gustan los animales ―comenta Nasser.
―No es solo que le gusten los animales. Mírala. En el palacio, en la
capital, entre las calles, siempre parecía tensa y fuera de lugar, como un
pajarillo dentro de una jaula, pero aquí, en medio de este bosque, parece
iluminarse como una vela. Está radiante y cómoda.
―Crees que no se adaptará al paisaje estéril y blanco del norte ―afirma
su capitán.
―No es que importe. Se irá en dos años ―le responde Wenner, y se
remueve de su asiento cuando estira una pierna y lanza un guijarro, que
intercambiaba de una mano a otra, al suelo, con rudeza.
―Nuestros planes tienen un plazo más corto y le afectan directamente.
Que lady Astrid se encuentre más cómoda fuera de palacio, no quiere decir
que llegue a estar de acuerdo con ellos, Wenner.
Él suspira largamente. No hace falta que Nasser se lo recuerde. No es
como si pudiera olvidarlo. Y su objetivo principal no ha cambiado con su
enlace. Solo tiene que estudiar cómo combinarlos o aceptar la imposibilidad
de hacerlo y que su señora le odie de por vida, lo que solo le afectará hasta
que ella decida poner fin a su acuerdo.
―Solo es un matrimonio pactado que no durará demasiado tiempo ―le
responde con tono neutro―. Puede que incluso menos de lo acordado.
―Sobre todo si te mata.
―Sería interesante verla intentándolo ―le responde con media sonrisa
misteriosa.
Nasser le observa intrigado.
―Debo confesar que la idea de tu matrimonio tal vez no sea tan
desastrosa como había aventurado en un principio. Creo no haberte visto
sonreír tanto en… Nunca.
―¿Has pensado que puede ser tu presencia la que me lo impida?
―¿Insinúas que mi compañía no es grata para mi señor? Reconozco que
no tengo el encanto de la dama… Ni sus curvas…
―Nasser…
―¿Vas a fingir que no te has dado cuenta? Porque podrías ser el único.
―¿Es eso lo que comentan los demás? ¿No ponen objeciones ante la
elección de su nueva señora?
―Es pronto para hacer un balance, aunque… ¿Está mi señora sirviendo
la comida a tus hombres como una simple criada?
Wenner le dedica la mirada más atónita de la historia de su vida. ¿Dónde
está la mujer altanera y caprichosa de la que todo el mundo hablaba? ¿Qué
dama de alta alcurnia iría llenando los platos de unos simples y toscos
guerreros en mitad de un páramo? Y ¿por qué todos ellos parecen encantados
con sus atenciones?
Capítulo 17

Si algo aprendí en mi largo encierro en las mazmorras, es que ningún


hombre está por encima de otro. En un momento tenía grandes manjares con
los que deleitarme, y días después luchaba contra las ratas por un mendrugo
de pan. Cuando estás en el extremo de la pirámide, en el más bajo escalafón,
donde en el mejor de los casos se es invisible y no despreciado, hay asuntos
que toman otro cariz. Por ejemplo: no se forman lideres para ser servidos,
son estos los que deben servir a los intereses de sus subordinados. No hay
ninguna liviandad en dar comida a un hambriento, en saciar la sed de los
animales, en repartir el guiso de un puchero entre los hombres hambrientos
que velan por mi seguridad en el viaje, en acercar un plato a quien lo
necesita.
Tuve mucho tiempo para reflexionar sobre los errores cometidos en mi
vida, sobre cómo me hubiera gustado actuar, de cuáles debían ser los
verdaderos propósitos. Y ante mi antigua falta de humildad, en esta vida
quiero ser altruista, cambiar mi indiferencia por interés, mi frialdad por
afecto y mi sumisión… por rebelión.

Nuestra primera noche trascurre a la intemperie. Apenas cuatro horas de


sueño que deberían ser insuficientes para unos viajantes que han cabalgado
durante todo el día, pero que sin embargo se levantan entre risas perezosas y
una interminable actividad para ponernos en camino de nuevo.
Saco la nota del mochuelo de la capital. Baylor, frente a mí, se ha
recostado sobre los duros asientos del carruaje y parece dormir
plácidamente. La luz de la luna entra por la ventana y despliego la hoja
cuarteada bajo ella para leerla.
«Desconfiad de vuestro esposo, el duque de Lothringer».
Aprieto el puño con esa advertencia atrapada dentro. Si fuera de cristal
ahora mismo estaría hecha añicos, pero el dolor de sus puntas afiladas no me
haría más daño.
«¿Es posible que me haya equivocado tanto? ¿Pudo ser Lothringer el
artífice del asesinato del favorito del rey? ¿Fue él mismo el que consintió
que cargara con la culpa? ¿Es esa clase de hombre?».
Me muerdo los labios con angustia. Los aprieto tanto que siento el sabor
de la sangre en la punta de mi lengua.
«En la guarida del Dragón, para sobrevivir, hay que mantener la calma».

La lluvia comienza a arreciar con fuerza al tercer día y no parece


dispuesta a parar, los hombres se abrigan en sus capas untadas en grasa de
caballo para impermeabilizar la tela. Algunos, como el duque, parecen
impávidos ante el agua goteando desde su pelo o la punta de la nariz.
El sendero embarrado dificulta el avance de nuestro carruaje y debemos
parar constantemente para poder sacar las ruedas. Progresamos tan poco que
decido salir de él y caminar. Suplico a Baylor que se quede dentro al
entender que su intención es acompañarme. Su paso resulta menos grácil que
el mío y sus huesos se cansan antes.
Lo cierto es que disfruto de esa pequeña libertad y mis piernas agradecen
poder estirarse y el ejercicio. Hago un recipiente improvisado con la hoja de
un álamo negro y lo inclino para poder saborear el agua de lluvia.
―Mi señora, con mucho gusto os cedo mi montura para que viajéis más
cómodamente ―me ofrece probablemente el más joven de todos ellos con
preocupación.
Tiene una rizada mata de pelo castaña que ahora mismo parece
convertida en un grupo de pequeños caracolillos aplastados a su nuca y
frente.
―No se preocupe, caballero Verein, no estoy incómoda en absoluto.
Él parece sorprendido. Incluso las puntas de sus orejas se tornan de un
color carmesí.
―¿Estáis segura, mi señora?
Asiento con la cabeza y una sonrisa.
Es verdad que los bordes de mi falda y mi capa empiezan a llenarse de
barro y cogen peso, pero siento ligereza al caminar sobre la hojarasca
mojada.
―Le habéis honrado recordando su nombre y ascendiéndole de grado.
Verein aún es un aprendiz de caballero ―me explica el duque.
Se cuela a mi lado sin el caballo y yo levanto la mirada para encontrar a
su terco corcel negro llevado de las riendas por uno de los mozos.
―Ha sido caballeroso y por eso lo trato como tal ―respondo
escuetamente.
―¿Es posible que estéis siguiendo mi consejo?
Enarco una ceja.
―Es curioso que yo solo recuerde advertencias y no consejos, pero ¿a
cuál os referís?
―Estos días la noto más hostil de lo habitual, mi señora. Y es curioso
que esa antipatía solo parece dirigida a mí, así que he de preguntar si he
hecho algo para merecérmela.
―No, en realidad. Al menos en esta vida.
―¿Creéis en la reencarnación que predican nuestros dioses? ¿En la
capacidad de volver a la matriz primigenia?
―¿Y mi señor? ¿Qué opina? ―le pregunto con verdadero interés.
―Estáis evadiendo mi pregunta, pero os responderé. Es difícil tener fe
en lo que no se puede probar, pero pienso que la misma magia que renueva
las estaciones, que abona una tierra yerma para que dé frutos o revive cada
día con el amanecer también tenga influjo en los hombres y por eso nuestros
cuerpos necesitan fecundar, para devolver a la vida a los que han muerto.
―Me mira con intensa concentración y creo que será capaz de descifrar la
impresión que me producen sus palabras―. ¿No tenéis, a veces, esa
impresión de haber pasado con anterioridad una situación que os ocurre por
primera vez? ¿La sensación de haber vivido sino siempre, sí en otros
momentos o lugares con los que experimentáis una afinidad especial? O…
¿con una persona?
―¿Cómo si perduraran algunas memorias como ecos del pasado? ¿A eso
os referís?
Asiente con la cabeza.
―¿Me responderéis ahora? ¿Creéis en ello?
―No siento ninguna necesidad de ser fecundada.
―¿Se supone que eso es una respuesta? ―pregunta y suelta una
carcajada. Una verdadera, armoniosa y profunda carcajada que hace que sus
hombres le miren extrañados.
Sonrío sin poder evitarlo, pero sacudo los hombros como toda respuesta.
Soy tan mala mentirosa que temo sincerarme y decir más de lo que pretendo.
―A lo mejor es porque no habéis encontrado a esa persona capaz de
despertar ese deseo en su cuerpo.
―No debéis olvidar que algunos esparcen su semilla por cualquier
campo.
―Puede que tengan muchos muertos que revivir.
―Bonita justificación.
Me sorprendo cruzando una expresión divertida con él, pero no quiero
que me duelan más traiciones, así que la retiro inmediatamente y doy dos
pasos hacia el carruaje.
―Me aseguraré de que Baylor esté bien ―me disculpo antes de alejarme
de él.
Ella me mira escandalizada cuando me asomo por la ventana.
―¡Lady Astrid, estáis empapada! El frío entrará en vuestros huesos si no
os ponéis ropa seca.
―Baylor, nadie se ha muerto por estar mojado. Los hombres a caballo
también lo están y yo no enfermo nunca.
―Esta noche nos hospedaremos en una posada que está a pocas cuadras
de aquí. ―Me sobresalto al oír la voz del duque a mi espalda.
―¡Es una idea estupenda, mi señor! ―responde Baylor por mí.
―De todas formas, tendremos que dejar el carruaje en la posada. A
partir de ahora el camino se hace más angosto e inestable. Utilizaremos
mulas para la carga y las señoras deberán viajar a caballo.
Baylor pone cara afectada. No le gusta demasiado la idea.
―Lady Astrid, si lo deseáis, podríamos cabalgar sobre mi montura y
avanzar más rápido para llegar antes a la posada. Podríais daros un baño y
poneros ropa seca antes de la cena.
No hay nada que pueda rebatir contra la idea de poder darme un baño,
así que asiento con la cabeza.
―Sí, por favor ―respondo con una voz que no puede enmascarar su
cariz suplicante.
Baylor me hace un gesto con la mano para despacharme y le sonrío antes
de seguir al duque hasta su caballo.
―A lo mejor, mi señora, ahora que estamos lejos de la capital, prefiere
montar como una verdadera amazona y no como una dama ―me sugiere con
una expresión neutra. Me vuelvo a mirarle con sorpresa, pero su cara no
revela absolutamente nada, excepto una paciencia infinita que utiliza para
examinar mi rostro y estudiar mi reacción―. ¿Lo habéis hecho alguna vez?
Me muerdo el labio para contener mi regocijo.
«Por supuesto». Siempre que nadie mirara.
―Debía suponer que era poca intrepidez para un dama que trepa árboles.
―¿Cómo sabéis eso?
―¿Acaso no es así cómo pudisteis entrar en mi casa?
―¿Tenéis pájaros espía?
―No, y me daría de cabezazos por no haber pensado antes en ello.
―Muy bien. No me lo digáis. Podéis guardar vuestros secretos y yo
guardaré los míos.
―No me cabe ninguna duda, mi señora. Ahora dejad que os ayude a…
Antes de que termine la frase ya me he remangado el vestido para poner
el pie en el estribo y rodeo el caballo con mi pierna para sentarme a
horcajadas sobre él.
―Creía que mi señora no tenía destreza montando ―comenta el duque
extendiendo el brazo para recoger las bridas.
―Es cierto. Mi padre consideraba que no era un deporte adecuado para
una dama y apenas he podido practicar. Nunca me concedía permiso para
hacerlo.
Me mira desde el suelo con una mano sobre el cuello del animal.
―Puede que el duque de Hedwigde tuviera miedo de que su hija probara
un poco de libertad.
―Y con ello solo consiguió que la ansiara.
El duque se sube tras de mí con una agilidad pasmosa sin utilizar el
estribo siquiera, pese a que el tamaño del animal es más que considerable.
―He oído que la ansiedad es la peor de las angustias. Deberíamos poner
remedio a tal estado de tormento en mi señora.
Doy un pequeño giro a mi cuello para poder mirarle a los ojos. Una
pequeña sonrisa baila en mis labios, aunque él se reviste de una seriedad
totalmente ajena al tono juguetón que ha adquirido.
―Y ¿cómo consideráis hacerlo?
―¿Recordáis mi juramento? Cuando sople el viento, dejarás que te
acaricie la cara; cuando caiga la lluvia, inclinarás tu cuerpo hacia el cielo…
―Asiento con la cabeza mientras me pregunto quién es este hombre y por
qué el desorden de mi cuerpo parece encontrar su sitio cuando estoy con
él―. Ahora, atenta. La primera regla para montar bien es no tener miedo.
Espolea los flancos del semental y me sujeta con fuerza por la cintura sin
soltar las bridas. El caballo se pone en marcha con un ritmo endiablado. Se
inclina sobre el cuello del animal y pega su pecho a mi espalda.
Sorteamos a toda velocidad árboles, arroyos, y piedras que percibo por
la periferia de mi ojo como un borrón impreciso. Siento cómo la presión de
sus muslos varia junto a mis piernas a medida que obliga al animal a
cambiar de dirección o saltar un matorral. La primera vez que ocurre, mi
estómago hace una voltereta dentro de mi cuerpo y creo que todo su
contenido saldrá por mi boca, así que la cierro con una exhalación para
evitarlo.
La capucha se desprende de mi cabeza y las gotas de lluvia empapan mi
cara, pero no me protejo de ellas. Hago exactamente lo que el duque me ha
aconsejado. Saboreo la sensación del viento y el aguacero despejando mi
mente de pensamientos atribulados y tormentosos con absoluta libertad y
deleite.
La segunda vez que el caballo elude un obstáculo saltando por encima
estoy más preparada para la sensación de vértigo y me rio con una mezcla de
nerviosismo y diversión.
Apoyo mis manos en el pomo delantero de la silla sobre la que
Lothringer mantiene libre para manejar las bridas y noto como la posición de
sus dedos cambia para que algunos queden entrelazados con los míos y
pueda sujetarlos con más seguridad.
No sé cuánto tiempo llevamos cabalgando a este ritmo cuando empiezo a
detectar a lo lejos las primeras luces de algunos farillos encendidos en el
exterior de las casas de un poblado. El duque vira el caballo hacia el camino
y dejamos la espesura del bosque, pero no aminora el paso. Lo hace
cabalgar bordeando la tierra aplastada por el tránsito de hombres y carretas.
El barro que levantan las patas del caballo nos salpica hasta el pelo y lo
siento dejarme un rastro en la cara que atraviesa mi frente y mi nariz.
Cuando estamos llegando al pueblo y el duque aminora el paso, estoy
segura de que los dos debemos de parecer unos auténticos salvajes, pero el
resto del mundo y lo que piensa deja de tener importancia cuando uno es
feliz.
Me apoyo en el pecho de Lothringer mientras guía el caballo a la puerta
de la posada. Lo siento como algo muy sólido y firme a mi espalda. La
seguridad que trasmite no tiene nada de simple. No es un reflejo de su
carácter regio y dominante o su habitual costumbre de dirigir a los demás y
su deber de estar por encima, hay algo en él implícito que tiene cierto aire de
majestuosidad, de autoridad y guarda. Soy muy consciente de que por sus
venas no transita nada congelado como muchos creen, sino fuego. Se dice
que es el último descendiente del Dragón y estoy segura de que así es, solo
que está dormido. Tal vez hibernando en su norte helado. Solo espero poder
estar lejos cuando al final despierte.
Capítulo 18

Es una suerte que reconozcan al duque. Se deshacen en atenciones y le


prodigan un sinfín de adulaciones. No nos toman por dos errantes
asilvestrados que es el aspecto que ofrecemos los dos.
―Compartiremos habitación para que pueda haber hospedaje para todos
y además porque se supone que es lo que haría una pareja recién casada
―me explica con seriedad, mostrándome una llave que agita entre sus
manos.
―De acuerdo ―convengo.
Hace días que duermo junto a veinte hombres. Y de todas formas, él y yo
compartiremos cama cada quince días. No es algo que deba evitar.
Me tiende la llave.
―Pediré que preparen un baño y le proporcionaré mucho tiempo para
que disfrute de él.
Sonrío. En ninguna historia, el Dragón feroz es tan considerado con la
doncella.
Cuando le libero de la llave, su mano no se aleja y la aproxima a mí. Sus
dedos revolotean por mi rostro, por la frente y la nariz.
―Mi señora tendrá que restregarse con empeño la cara ―susurra―. La
sexta puerta al fondo ―menciona luego y se da la vuelta y se va a la zona
más concurrida donde varios lugareños beben jarras de hidromiel y vino
aguado.

Estoy dentro del agua en cuanto una muchacha termina de llenar la tina de
madera redonda. Profiero una exclamación de placer cuando la temperatura
del agua calienta mi cuerpo y lo relaja hasta cotas indescriptibles de
amodorramiento.
Cojo un paño y sigo el consejo del duque. Lo introduzco en la bañera y
me restriego la cara con él. Cojo aire y me sumerjo hasta mojar el pelo.
Cuando saco la cabeza del agua, humedezco los polvos de pétalos de rosa
que encuentro en un recipiente y formo una mezcla pastosa con la que froto
mi cuero cabelludo y las puntas del cabello. Lo llevo todo a cabo sin alma
apenas, con una somnolencia tan acentuada que no soy capaz ni de abrir los
ojos, por lo que lo hago en completa oscuridad.
Apenas hay mucho que ver en la sencilla habitación: un lecho no muy
grande con dosel, una chimenea encendida y una alfombra sobre el suelo de
piedra.
En algún momento pierdo la consciencia. El agotamiento invade todo mi
cuerpo y no soy capaz de luchar contra él. Me duermo dentro de la bañera.
Por eso no me sobresalta la llegada de Lothringer hasta que este sacude
ligeramente mi hombro para despertarme.
―Mi señora, os quedaréis como una pasa si seguís mucho más tiempo
dentro del agua ―se burla, mientras yo hago un fuerzo para abrir un ojo,
pero no soy capaz y solo murmuro palabras incoherentes.
Me coge en brazos. Soy capaz de percibirlo en mi estado de
semiinconsciencia sin que pueda hacer nada contra ello. El agua chorrea de
mi cuerpo y del suyo. Me cubre con algo cuando me deposita sobre las
pieles de la cama y hago un esfuerzo titánico para poder abrir los ojos. Una
vez conseguido, ningún poder superior conseguiría que los volviera a cerrar.
Lothringer se deshace de su camisa justo frente a mi campo de visión y luego
hace lo propio con los pantalones.
Le observo mientras la luz que desprende el fuego de la chimenea lanza
sombras y luces sobre él y hace muy visible su desnudez. Tiene una cicatriz
más profunda y acusada que el resto que le atraviesa la mitad de la espalda.
Probablemente, alguna estocada a traición por detrás. Me pregunto cuántas
historias contarán las memorias impresas en su cuerpo como un mapa
cronológico de sus batallas.
¿Por qué debe ser siempre él el que acuda a defender el imperio y a
combatir en todas las batallas? No lo había pensado hasta entonces, ni me
había parecido injusto, pero lo es. Puede que sea el mejor y el más indicado,
pero su vida está puesta en peligro continuamente. Ningún título o merito
puede compensar eso.
Se agacha ligeramente para comprobar la temperatura del baño y mis
ojos bajan hasta las líneas fuertes de sus nalgas, los obligo a subir, pero
desobedecen y vuelven con curiosidad al centro de sus desvelos. Su cuerpo
podría servir de inspiración para el modelaje de las esculturas de los dioses
que se encuentran en los templos y no, no tiene escamas.
El agua suena con un ligero chapoteo cuando se introduce en la tina y le
oigo suspirar audiblemente. Dibujo una sonrisa y con ella me vuelvo a
dormir.
Capítulo 19

Wenner oye llegar a sus hombres a través de la ventana de la habitación.


Se despereza y se estira como un gran gato sobre la cama. Apenas ha
dormitado unas horas sobre las mantas que a ella le cubren. Observa la
curva de su cadera como una colina de suaves laderas y el cabello ya seco y
desparramado sobre la almohada. Está en la misma posición en la que la
encontró tras su baño. Como si hubiera caído en un profundo sueño al
momento y, en realidad, Wenner no supusiera ninguna amenaza para ella.
Como si no prestara atención a todo lo que se dice sobre él: el monstruo
de la frontera, el lobo negro de la batalla, una persona tan violenta y
belicosa que toma acciones antes que palabras y golpes por ley.
Una vez su padre le dijo que eligiera entre la obsesión y la indiferencia.
Con el tiempo entendió perfectamente lo que quiso decir. Los hombres más
peligrosos son los que no sienten nada y los que se mueven con un propósito
tan firme y obstinado que no hay nada más que les importe.
Él eligió la indiferencia y está muy cómodo en ella. Sus intereses suelen
ser leves e imperceptibles. Nunca le obligan a improvisar o tomar
decisiones precipitadas. Apenas le restan atención ni le suponen esfuerzo.
Ese es su credo. Lo que nunca debe cambiar.
Se levanta y coge de su zurrón ropa limpia con la que vestirse. Cierra la
puerta tras de sí sin mirar ni una sola vez atrás.

―Eso ha sido muy poco tiempo para dejar satisfecha a un dama ―se
burla Nasser cuando llega a su altura y se sienta en la mesa junto a él.
Wenner le ignora y se sirve un poco del estofado que rebosa de una
sopera de barro en el plato que una moza le pone delante.
―¿No eran esas las razones para volar hasta la posada con tu
encantadora esposa? ―insiste su capitán.
―¿Qué demonios hacía una manada oscura tan al sur? ―pregunta
―¿Galopar?
―Recuérdame por qué te nombre mi segundo, capitán Nasser.
―Porque soy el mejor ―le responde con engreimiento―. Después de su
excelencia, por supuesto ―se apresura a añadir con burla―, y para muestra
un botón.
Arroja delante de Werner una carta con el sello de lacre roto.
―¿Esto qué es?
―Una carta rescatada de los mismísimos refajos de la dama. La
guardaba bien oculta en lo baúles.
―¿Has estado hurgando entre su ropa?
―Ya sabes que soy capaz de cualquier cosa por la prosperidad y
seguridad del gran duque.
―Es mi esposa, Nasser.
―No lo es en pleno derecho y ser desconfiado y vigilante es la virtud
más básica para poder sobrevivir.
―Muy bien y ¿de quién y qué dice la carta que tanto me debe interesar?
―Ni zorra idea. Está escrita con un sistema de cifrado realmente
sofisticado que no he sido capaz de comprender. Hay más como esta.
―¿Y el sello?
―Unas raras florituras que no reconozco. No pertenece a ninguna casa
noble ni reino ni gremio ni comerciante que yo conozca.
Wenner se queda pensativo. Que no reconozcan el sello no es motivo de
sospecha, pero sí es curioso que mantenga correspondencia codificada con
alguien.
―Es probable que su intención fuera ocultarla de su padre.
―Claro que lo he pensado y en ese caso ¿podría tratarse de un amante?
¿Tal vez tenga un enamorado en un escalafón social más bajo con el que el
duque jamás le permitiría contraer nupcias y su intención es reunirse con él
tras romper el acuerdo contigo?
―¿Un amante? ―repite el duque incrédulo.
―Échale un ojo al texto. Hay algo que es claramente descifrable en la
carta y se repite en todas.
Wenner abre el documento con una sola mano y trata de entender lo que
está leyendo, pero no son más que frases insulsas e incoherentes la mayor
parte del tiempo. El final de la carta lleva una frase claramente camuflada
para cualquier buen ojo.
«Cuando el cielo arda y el bosque llore…».
Existe una sonata infantil que los niños suelen tararear cuando juegan.

«Al amanecer un monstruo surca el cielo.


A media mañana nadie le quiere.
A mediodía un hada se siente sola.
Al llegar la tarde el monstruo lanza llamas de ira y fuego.
Al atardecer el hada del bosque llora.
Al anochecer la diosa Amarith sopla las lágrimas del hada y estas
apagan el fuego.
Al llegar la noche el hada está menos sola y el monstruo
encuentra el amor».
―¿Todas acaban con la misma frase?
Nasser asiente.
―Devuélvelas a su sitio, Nasser.
―¿No deberíamos intentar descifrarlas?
―No.
―Wenner, ¿tengo que recordarte que tal vez sea una espía? ―insiste
bajando la voz cuando Lamel y Rian se sientan a la mesa con ellos.
―Nasser, a partir de ahora me ocuparé yo solo de los temas que
incumban a mi esposa ―le increpa sin bajar un ápice la voz.
―Es una pena ―le responde él.
Rian y Lamel se ríen entre dientes, con probabilidad malinterpretando la
situación o con intenciones de hacerlo. Los dos hombres pertenecen a su
círculo de confianza, pero en absoluto se toman las mismas libertades que
Nasser para hablar a su señor.
―La nueva situación complica todo un poco, ¿no? ―se aventura a
comentar Lamel.
―No ―niega Wenner sin concederles ninguna oportunidad de réplica―.
Vosotros ―dice dirigiéndose a los dos hombres que se han unido más
tarde― marcharéis hacia el norte y convocaréis a los talashí, los zaharines y
los nobles del norte. Nasser, tú y yo nos desviaremos un poco hacia el este
con un grupo reducido de hombres y buscaremos la mina que mi esposa tan
generosamente nos ha ofrecido antes de volver a casa. Si de verdad existe
ese material, nos será muy útil. Espero llegar a la reunión sin
complicaciones.
―Sí, mi señor ―responde Lamel solicito. No hay nadie más al que
confiaría su vida. Tiene su absoluta confianza. Si el duque cree que su mujer
es de fiar, no hay nada que él pueda objetar. En realidad, pese a sus
reticencias iniciales ha podido observar un cambio en el comportamiento
esencialmente taciturno y hosco de su señor durante el viaje.
No le culpa. La amabilidad y buen talante de la mujer han despertado
simpatías entre algunos menos recelosos o más blandos ante los encantos
femeninos. No es que su señor entre en esa categoría. Nunca lo hubiera
imaginado casado por voluntad propia y eso le hace preguntarse si siente el
influjo de esta dama en concreto.
Observa su semblante serio y concentrado. Su aparente indiferencia
cuando Lamel sabe que no hay nada que se le pase desapercibido. Está
seguro de que ahora mismo ya tiene en la cabeza un recuento de todas las
personas que están dentro de la posada, cuántas han salido, qué comen, qué
conversaciones son importantes atender y de qué pie cojea cada uno. El
duque de Lothringer tiene una mente muy aguda y un poder de observación
que no parece humano. Sería un emperador excepcional.
Capítulo 20

Me despierto con los primeros rayos del sol colándose por la tela
traslucida que tapa la ventana de la habitación de la posada.
Estoy sola, pero hay una bandeja en un rincón sobre una mesa con pan
recién hecho, gruesa mantequilla y mermelada de higo. Mis tripas gruñen
entusiasmadas por el festín que van a recibir.
Me precipito fuera de la cama con una manta de piel envolviendo mi
desnudez. Hay una silla con un vestido de terciopelo azul oscuro y una capa
gris de algodón grueso. Más abrigado para el frío que se avecina, pero de
corte sencillo para viajar con comodidad.
Baylor me trenza el pelo cuando se encuentra conmigo en la habitación y
juntas salimos al exterior. Es evidente que la gente del pueblo no está
acostumbrada a ver una mujer noble y me observan con curiosidad mal
disimulada.
―¿Eres una princesa? ―me pregunta un niño mocoso y sucio que apenas
debe rondar los cinco años.
―No, no lo soy ―le respondo. Parece un poco decepcionado―. Las
princesas siempre están aburridas y solas. Las encierran en torres muy altas
y no las dejan salir nunca.
―¡Hasta que un caballero mata al Dragón que la vigila y la salva!
―¿Qué carajos te ha hecho el pobre Dragón para tener que morir,
mocoso? ―pregunta el capitán Nasser acercándose a nosotros.
Lothringer pasa a nuestro lado sin apenas un vistazo y se dirige a su
caballo para ajustar las cinchas.
―¡Los dragones secuestran hermosas doncellas! ―le responde sin
vergüenza alguna.
Nasser se acuclilla para ponerse a su altura y le da un leve capón en la
nuca.
―A ver si aprendes, chaval, que los dragones no secuestran, lo que
hacen es comerse a las doncellas que se lo merecen.
Clava sus ojos en mí de manera intencionada después de su absurda
lección.
―Nasser ―le llama Lothringer con lo que a mí me parece un tono de
reprimenda.
No hace falta ser muy audaz para comprender que algo ha ocurrido
mientras yo dormía plácidamente.
―Deja de perder el tiempo y busca montura adecuada para las señoras
―le ordena.
Da un tirón brusco a una de las cinchas que hace que sus hombros y
brazos se sacudan. Me mira por encima del lomo de su caballo y me saluda
con una leve inclinación de cabeza antes de seguir con su, al parecer, intensa
labor.
No es hasta que casi nos ponemos en marcha que me informan del cambio
de planes y ruta. Baylor y su nueva y mansa montura irán con unos cuantos
hombres al norte mientras mi esposo, Nasser, cuatro hombres y yo nos
desviaremos hacia mis tierras.
Baylor no está de acuerdo, pero su presencia retrasaría nuestro viaje y el
duque no parece tener tiempo para contratiempos.
No tiene más remedio que aceptar y yo también. Nasser me acerca un
caballo que bien podría rivalizar con la altura y la envergadura de un grifo y
que, además, se mueve muy nervioso.
―Es lo único que he encontrado ―se excusa con regocijo cuando me
observa mirar a la bestia con incredulidad―. La ayudaré a subir, mi señora.
―¿Sobre su hombro? No, gracias, capitán. Vaya a molestar a otra parte.
Se lleva la mano al corazón como si le hubiera herido.
Primero rodeo el cuerpo del animal. La verdad es que es un ejemplar
magnifico: blanco con las crines casi doradas y el hocico perlado. Me
pregunto qué hacía en una aldea tan sencilla y cuánto le habrá costado
conseguirlo. Le acaricio entre las orejas y levanta la cabeza complacido. Le
susurro palabras suaves que solo se oyen en los alrededores del bosque
oriental. Dejo que huela mis manos y su hocico se aventura por mi cara y mi
pelo sin dejar de absorber mi olor. Peino su cuello y me muevo despacio
hasta el estribo. Todos los habitantes del bosque oriental saben cómo cantar
baladas que amansan a los animales. Existe una simbiosis especial entre
nosotros. Nos mimetizamos con la naturaleza mejor que cualquier otro
habitante del imperio y es nuestro mejor medio, el que nos hace felices y en
el que quiero vivir cuando pueda ser libre.
Me subo al animal y lo vuelvo a tranquilizar con caricias en lo alto de su
coronilla.
―¿Estáis lista, mi señora? ―me pregunta Lothringer.
Son las primeras palabras que me dirige directamente, así que yo solo
asiento con la cabeza como única respuesta.
―Iremos al trote la mayor parte del camino. No se retrase ―me explica
con seriedad y una expresión tan neutra que parece una máscara de
indiferencia puesta ahí a propósito.
No mentía cuando dije que aprendía rápido. Tal vez no pueda
considerarme una amazona experta, pero a medida que avanzamos me voy
valiendo mejor sobre la montura y Carambola resulta un caballo ejemplar,
seguro y firme.
―Siempre hacéis una elección curiosa de nombres. No deberíais ponerle
un nombre tan largo, mi señora. Los animales responden mejor a apelativos
cortos.
―Ah, ¿sí? ¿Acaso os lo han dicho ellos mismos, capitán?
―No, mi señora. Todo el mundo lo sabe ―me responde acentuando y
alargando la O con insistencia.
Resoplo con desprecio.
―Os asombraría la cantidad de conocimientos erróneos que todo el
mundo cree a pies juntillas ―objeto imitando sus palabras remarcadas―.
¿Verdad, Carambola?
El caballo mueve la cabeza y resopla como si me entendiera y Nasser
murmura un:
―Simple suerte ―que oigo muy bien―. Mi señora, sé que no me veis de
una manera positiva y que puede que me estéis mostrando vuestra faceta
menos tolerante, pero debéis saber que estoy dispuesto a limar asperezas y
que podéis confiar en mí completamente. Lo cierto es que soy una persona
muy confiable. Podéis hacerme partícipe de vuestros secretos más íntimos
―noto la burla en su voz como si la sonrisa que llevara en su cara no fuera
suficiente señal de su regocijo.
―¿Sabéis cuál es la mejor manera de guardar un secreto, capitán?
―Seguro que mi señora sí ―dice, y es indudable que su respuesta tiene
una doble intención.
Asiento con la cabeza y le ofrezco una sonrisa tirante.
―La mejor manera de guardar un secreto es matar a todos aquellos que
lo saben. ¿Estáis dispuesto a morir por mis secretos, capitán?
Parece sorprendido.
―Es un precio muy alto, mi señora. ¿Tanto valen? Morir debe doler.
―No sabéis cuánto, capitán Nasser ―le respondo y él me mira
intrigado.
No obstante, me muerdo la lengua con la intención de no hablar más.
Puedo ver con claridad absoluta sus intenciones. No confía en mí y puede
que haya sido el mismísimo duque el que le haya enviado a sacarme
información, por lo que deduzco que ninguno me tiene en gran consideración.
La expresión de Nasser cambia en cuanto ambos oímos ese leve
chasquido que Lothringer ya hiciera con la boca antes de que apareciera la
manada oscura.
Otea el horizonte aguzando el oído. Yo vuelvo la cabeza hacia el duque
que cabalga a nuestra espalda a tres caballos de distancia. Se ha detenido y
parece absolutamente concentrado en algo que percibe y que escapa a los
sentidos del resto.
―¿Wenner? ―pregunta Nasser.
―Tratemos de dejarlos atrás y deprisa. ¡Ahora!
Pone recta su montura y la dirige hacia nosotros. Todo transcurre muy
deprisa. Él se mueve como la sombra que juega con el contraluz de una
hoguera cuando cobra vida.
Le tiende las riendas a uno de los hombres que nos acompañan, el
pelirrojo de grandes pecas, y salta a mi caballo con una agilidad casi
inhumana tras de mí. Espolea los flancos del animal y este entiende al
momento la necesidad acuciante de su jinete de ponerse en marcha. Se
levanta sobre las patas delanteras antes de precipitarse al camino en una
carrera endiablada. Me veo arrojada contra el pecho del duque y luego hacia
adelante con una brusquedad que hace que mis dientes castañeen y casi me
arranque la lengua, pero no puedo detenerme a pensar en ello demasiado
tiempo. No hay nada de similar en la carrera a la posada y la velocidad de
huida que marca ahora sobre el caballo. Apenas soy capaz de mantenerme
sobre la montura. Si él no estuviera a mi espalda presionando sobre mí hacia
el caballo y sus muslos no sujetaran los míos, a estas alturas ya me habría
visto lanzada hacia uno de los flancos del animal. No sé qué es lo que nos
persigue, pero todos sentimos en nuestras entrañas el inminente peligro.
De repente lo noto, ese leve olor a sangre que trae el viento y un silencio
antinatural que solo entiendo un poco. Uno de los caballos relincha asustado,
pero su jinete no le da ninguna posibilidad de rebeldía.
Estos guerreros son los más temidos y se les considera la fortaleza del
imperio. Unidos y sin dejar un solo resquicio indefenso para el enemigo
avanzan como si fueran un muro de contención a una velocidad despiadada.
El camino es abrupto. Apenas cabemos dos jinetes y está rodeado de
árboles y vegetación que a la velocidad a la que nos movemos se convierten
en trampas afiladas y sorteamos como bien podemos.
Dentro del círculo que el duque hace sobre mí, estoy más protegida que
ninguno, pero a ellos les rozan y sacuden ramas que les abren heridas, pero a
las que no prestan ninguna atención.
Soy muy consciente del lastre que supongo. Nuestro caballo no avanza
más despacio porque es un animal fuera de lo común en tamaño y
resistencia, pero lo razonable sería asumir que el peso añadido ralentizaría
la huida y tampoco seré útil en caso de tener que confrontar alguna bestia.
No puedo evitar pensar que debo valerme por mí misma, que mi intención es
sobrevivir sola en el futuro, que tengo mucho que aprender, pero tengo valor,
al fin y al cabo, tengo poco que perder.
Siento justo el momento en que el duque se presiona con más fuerza
sobre mí y hace un giro brusco que controla desde las riendas del animal
para esquivar algo que pasa sobre nosotros.
―¡¡Thornghos!! ―grita alguien delante de nosotros.
Los he visto antes. Yo permanecí protegida dentro del carruaje, pero los
oí sobre el techo y uno de ellos intentó atravesar la puerta. El príncipe y sus
soldados acabaron con ellos.
Parecen lobos demoniacos. Sus espaldas están grotescamente encorvadas
y tienen una mandíbula tan afilada y pronunciada que sus belfos no son
capaces de capturarla. Las extremidades son anormalmente alargadas, con
garras que son capaces de destripar a un hombre de un solo golpe. Lo he
podido comprobar en primera persona.
―¡No os detengáis! ―grita Lothringer sobre mí, pero uno de ellos se
estrella sobre un caballo y lo derriba junto a su jinete.
Otros tres nos esperan delante impidiéndonos el paso y el duque frena en
seco.
―¡Keillan! ¡Protege a la duquesa! ―le ladra a uno de sus hombres.
Al instante el aludido me saca del caballo por la cintura como si fuera
una simple muñeca y me lleva con él a la retaguardia, espada en mano. Los
otros cinco hombres luchan contra los thornghos. Son seis y la lucha es de
uno a uno, excepto para Lothringer que debe enfrentarse a dos de ellos
porque ha ordenado al caballero Keillan que permanezca a mi lado.
No es una lucha desigual. Al menos para el duque. He visto a muchos
hombres luchar contra otros, en enfrentamientos, justas o batallas y a bestias
sanguinarias con la intrepidez que provoca la necesidad de sobrevivir, pero
nunca, jamás, había visto a nadie hacerlo como él.
Le observo danzar con la espada, moverse de un lado a otro como si
predijera el movimiento de su oponente antes que él y aplicar una fuerza y
habilidad que no es de humanos. Es fascinante y aterrador a la vez.
Mientras sus hombres resoplan y sus caras y sudor reflejan el esfuerzo, él
parece tranquilo, equilibrado sin un solo rastro de dificultad.
Frunzo el ceño. Miro a Keillan a mi lado para comprobar si ve lo mismo
que yo y compruebo que sí. Mira a su señor con una mezcla de admiración y
deslumbramiento, como aquel que presencia algo sobrecogedor e
inverosímil. Solo que sé que él no siente la misma sorpresa que yo.
Se deshace de sus dos thornghos y se mueve en dos pasos, que bien
podrían ser hacia un salón de baile, hasta la bestia que hostiga a Verein, el
joven que aún no es caballero. La cabeza del demonio vuela tras una limpia
cercenada y yo miro a mi señor como si por primera vez me diera cuenta de
con quién me he casado en realidad, que las historias sobre él nada tienen de
ínfulas o exageraciones.
―¡Mi señora! ―me advierte Keillan con un grito y me pone a su espalda
con un empujón. Lo que él no sabe es que detrás de él otra bestia me mira
con ojos rojos y desorbitados. Parece reírse de mí mientras bate sus
mandíbulas en dentelladas. Keillan profiere un lamento desgarrador y
cuando le echo un vistazo, veo que ha perdido la espada y se sujeta el brazo
del que cae un hilo de sangre.
La bestia frente a mí lanza una zarpa sobre nosotros y soy capaz de
tirarme al suelo y arrastrar a Keillan conmigo para que pueda esquivar el
ataque. La espada reluce a mi lado y la cojo sin pensar demasiado en ello.
―¡Keillan! ―le grito desesperada.
―Mi señora, manténgala bien sujeta con las dos manos contra su cuerpo.
Estamos sentados en el suelo. Espalda contra espalda y un enemigo cada
uno al frente.
―¡¡Mi señor!! ―grita tras de mí, pero no es necesario, porque
Lothringer ya está sobre la bestia que me acecha.
Me giro sin alejarme del suelo y le pongo a Keillan la espada en la mano
izquierda sin soltarla. Es una espada enorme y muy pesada. Keillan
incorpora toda su fuerza en ella y yo la dirijo hacia el vientre del animal que
se abalanza sobre nosotros.
La hoja no entra de forma limpia, sino a trompicones y es tanta la presión
que debo hacer que mis brazos tiemblan como si fueran a romperse. Esa
vibración se extiende por todo mi cuerpo. Suelto la empuñadura cuando la
cabeza del animal se despega de su cuello por obra de la estocada de
Lothringer.
Me dejo caer y mi costado cae sobre el hombro sano de Keillan. Este me
sujeta con un brazo por la cintura, pese a que el herido es él.
―¡¡A los caballos!! ¡Ahora! ―ordena el duque sin darnos tregua y me
levanta por el brazo―. Hay algo que los atrae a nosotros ―advierte y
vuelve a hacer ese gesto de olerme mientras acerca su cara a mi cuello―.
¡Dispersaos! ―grita a sus hombres después. Nos encontraremos en la laguna
del ruiseñor.
Todos los thornghos están muertos a nuestro alrededor, pero comprendo
que él ve y oye más allá de lo que puede hacerlo un ser humano normal, por
lo que, si cree que aún existe peligro, no tengo ninguna duda de que está en
lo cierto.
―Rojo, llévate mi caballo. Verein, tú ve con el capitán Nasser ―vuelve
a ordenar con una voz que no admite replica.
Y el hombre que ha caído primero y perdido su montura asiente con la
cabeza al momento que se sube a la silla de montar y sale disparado en
alguna dirección.
Capítulo 21

Soy arrastrada hacia Carambola del brazo y subida sin ceremonias hasta
su grupa. Soy consciente de la urgencia que le arrastra, así que estoy
preparada para su salto tras mi espalda y la brusquedad con la que pone el
caballo en marcha. Tomamos otro camino totalmente distinto al resto y nos
adentramos por la espesura del bosque entre senderos casi inexistentes. Me
siento casi volar. No me extrañaría nada mirar hacia abajo y darme cuenta de
que Carambola no posa sus patas sobre el suelo y le han salido alas.
El perfil del duque aparece en la periferia de mi ojo. Está tan
concentrado en lo que puede ver u oír que no se da cuenta de que me sujeta
con demasiada fuerza y estoy tan pegada a su cuerpo que bien podríamos
parecer siameses.
Llega un momento en que la pendiente se vuelve demasiado encrespada y
los riscos nos dificultan avanzar sobre la montura, así que bajamos de ella y
avanzamos a pie mientras él tira del caballo. Su gesto adusto y su silencio
impuesto no cambian mientras avanzamos.
Piso el borde de mi vestido y lo oigo rajarse antes de perder el
equilibrio. Lothringer me estabiliza con una mano en el codo y tira de mí
hacia arriba con las riendas al otro lado.
Cuando veo la entrada a una cueva, me doy cuenta de que no nos
dirigimos a la laguna del ruiseñor como ha indicado a sus hombres. Le miro
con una expresión llena de dudas, pero él me ignora.
No me suelta hasta que hemos llegado a la boca de la cueva. Aunque aún
es de día, dentro de ella no hay un solo resquicio de luz y la oscuridad
parece comerse todo a su alrededor.
―A dentro ―me ordena, mientras tira del caballo para que nos siga
hacia el interior.
Resoplando escalo sobre las rocas que en el suelo parecen escalones
para gigantes y más que facilitarme la subida, parecen estar ahí para
ayudarme a despeñar.
En la cueva, Lothringer me arranca de un tirón el trozo de vestido que ha
quedado desgarrado y me hace saltar sorprendida y proferir una
exclamación. Solo observa mi reacción exagerada sin disculparse o hacer
comentarios. Con él forra una rama caída que coloca sobre el suelo. Con un
pedernal de jaspe y un eslabón provoca una fuerte chispa que prende
enseguida en la tela y abandona el caballo en la entrada mientras me arrastra
al interior de la cueva sin una sola explicación.
Se me pasa por la cabeza la idea de que quiera matarme, pero si lo
pienso detenidamente esa posibilidad no tiene ningún sentido. Ha tenido un
sinfín de oportunidades para hacerlo y de pretenderlo tampoco hubiera
malgastado tiempo o esfuerzo en protegerme. Así que ¿qué demonios ocurre?
―¡Desnudaos! ―exige después de bajar por una empinada cuesta que
desemboca en una sala caldeada y profunda.
Coloca la antorcha en un saliente y se vuelve para mirar la estatua en la
que me acabo de convertir.
―¡Deprisa! No tenemos mucho tiempo. Las bestias nos acechan ―me
urge. Se acerca en dos grandes pasos mientras yo los doy en menor medida
hacia atrás.
«¿Esto tiene algo que ver con la batalla? ¿Se siente vigorizado tras
sobrevivir y necesita descargar esa vitalidad?».
Al fin me mira, a mí, mi reacción y mi estado de ánimo y no lo que
demonios le empuje a actuar sin consideración.
―Hay algo en vos que los atrae. No pude percibirlo antes porque hay un
olor en vuestro cuerpo que me confunde, pero a medida que avanzamos
cobra fuerza y se hace más evidente. Puede que sea un rastro. Necesito
encontrarlo para poder anularlo.
―¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo?
―Las respuestas después, mi señora. Desnudaos. La tela del vestido
solo obstaculizará mi búsqueda.
Las manos me tiemblan mientras me deshago de las botas y de los nudos
de mi cinturón. Él mismo me ayuda a deslizar el vestido por los hombros con
urgencia y poco decoro.
El tejido cae con un ruido sordo sobre el suelo de roca.
―No os asustéis, Astrid. Necesito captar el olor para saber dónde está.
¿De acuerdo? Sino acabaremos muertos.
Lo dice en plural. Se incluye como si ni siquiera se planteara la idea de
abandonarme a mi suerte y ponerse él a salvo. Eso me da más confianza y
seguridad que cualquier otro gesto que haya tenido hasta ahora.
Cierro los ojos cuando acerca su cara a mis hombros e inhala en
profundas y cortas respiraciones. La barba de su mandíbula de apenas tres
días roza mi piel bajo la clavícula cuando se mueve hacia el otro hombro. Su
nariz acaricia mi brazo, coge mi mano y la vuelve una y otra vez sin dejar de
respirar en ella. Luego hace lo mismo con el otro. Los suelta con prisas.
Demasiado concentrado en su búsqueda para darse cuenta de que yo aprieto
los puños.
Abro los ojos de golpe cuando lo noto sobrevolar mi pecho. Él nota mi
cambio de respiración y me echa un rápido vistazo antes de seguir su
inspección por la piel ahora erizada de mis senos. Su aliento acaricia mi
desnudez y su pelo hace cosquillas en mi barbilla.
Pone una rodilla en el suelo y flexiona la otra a un lado de mi muslo
mientras su exhaustiva exploración continúa por mi estómago. Sus manos se
apoyan en mis caderas y sus dedos llegan hasta la parte superior de mis
nalgas tan calientes que creo que podrían dejarme sus huellas en carne viva
sobre la piel. Los labios me rozan con un leve caricia el vientre bajo el
ombligo por pura casualidad. Puede que él ni sea consciente, pero a mí me
producen un calambre que viaja desde mi pecho hasta mis piernas y me hace
sacudir los dedos con la afanosa intención de liberarme de todos esos
hormigueos que se deslizan bajo mi piel.
―Daos la vuelta ―me ordena con voz muy baja y suave.
Es curiosa la forma en que dulcifica sus gestos y su tono. No queda nada
del guerrero severo e inflexible en ese Wenner que trata de atenuar mi
incomodidad. Hago lo que me pide y me vuelvo de espaldas mientras él
espera con una paciencia engañosa.
Olfatea mi cintura con fuerza. Extiende una mano por mi vientre tan
descomunal y amplia que sus dedos rozan la carne bajo mis senos. Tira de
mí más cerca de él. Su nariz y su boca se estrellan contra ese punto bajo mi
cintura y sobre el centro de las nalgas. Doy un respingo cuando noto la
humedad de su lengua en la piel.
―Es aquí. Os han puesto un rastro. Tengo que cauterizarlo para borrarlo,
sino no podremos avanzar dos pasos sin encontrarnos con una bestia.
Asiento con la cabeza. Cierro los ojos. La información llega a mí de
golpe y no soy capaz de asimilarla al momento.
―Mi señora, ¿a quién habéis dejado tocar vuestro cuerpo? ―me
pregunta con voz dura.
«Nadie ha estado tan cerca de él como tú, idiota», estoy a punto de
responder cuando me doy cuenta de que no es verdad.
―Las sacerdotisas del templo. Ellas me depilaron y me dieron masajes
con aceites ―respondo.
―¿Nadie más? ―insiste. Lo noto levantarse y en su camino levanta mi
vestido del suelo cubriéndome con él hasta las caderas.
―Y Baylor, pero ella nunca haría nada para perjudicarme.
―Perjudicarnos. Ahora somos esposos. Lo de uno atañe al otro, así que
puede que esto fuera una jugada contra mí. ¿Estáis completamente segura de
que no hay nadie más, Astrid?
―¿Por quién me tomáis? ¡Claro que estoy segura!
―¿Tampoco el príncipe? Fue a veros al templo ―subraya con una
obstinación molesta.
Me vuelvo ligeramente para mirarle a la cara.
―¡No! Estuvimos en todo momento rodeados por su guardia y la suma
sacerdotisa y fue a plena luz del día en el exterior.
Me atraviesa con su mirada de un azul tormentoso con los ojos
entrecerrados y luego exhala con fuerza.
Saca un cuchillo de su bota y coge la antorcha de la pared para tirarla al
suelo sobre un montón de hojas secas, estopa, viruta de madera y paja que
parecen haber sido reunida anteriormente para una fogata.
―Esto va a doler ―me advierte colocando la hoja de su cuchillo sobre
el fuego. Parece tranquilo, pero algo me dice que su expresión no concuerda
con su verdadero estado de ánimo.
Puede que su cuerpo no revele mucho, pero sus ojos rivalizan en
ferocidad con las llamas.
Me extiende un trozo de cuero que me indica que muerda mientras espera
que el rojo vivo del acero mengue un poco.
Apoyo la frente contra la pared escarbada de la cueva mientras me sujeto
el vestido contra el estómago dejando al descubierto el trozo de piel
mancillado.
No soy capaz de ahogar el grito que me sobreviene cuando el fuego
quema mi carne. Muerdo el cuero hasta que mis mandíbulas crujen con dolor,
sin dejar de gemir con la voz rota y rasgada. Las lágrimas descienden por
mis mejillas y clavo las uñas en la palma de mi mano, tratando de equilibrar
el dolor y que no se concentre tan escarbado y lacerante en un solo lugar.
El olor a carne quemada impregna mi nariz de manera desagradable y
repulsiva. No soy capaz de mantener la respiración estable.
―Lo siento, pero era la única manera sin un sanador cerca ―dice
Lothringer y esta vez su voz sí que refleja cierta afección―. Ese rastro ya no
atraerá más bestias. Debemos dar gracias a que ha sido puesto de manera
apresurada y poco precisa, pero mi señora debería prestar más atención
cuando se desnude.
― Muchas gracias por vuestro consejo, pero no suelo desnudarme
descuidadamente delante de nadie.
―Estoy seguro de que vuestro maltratado instinto de supervivencia os lo
agradecerá.
―Fue mi instinto de supervivencia el que me empujó a hacer un trato con
el duque.
―Y ¿qué hay detrás de ese trato? ¿Cuál es la verdadera razón de que no
quisierais casaros con el príncipe heredero?
―Ya os lo dije. Mi vida corría peligro.
―No parece que vuestra situación haya mejorado. Os han convertido en
un cepo para bestias.
―Y aun así sigo viva. ¿Cuántas posibilidades hubiera tenido de estarlo
si mi nuevo esposo no fuera una especie de sabueso?
Se detiene y me mira con una ceja alzada.
―¿Qué posibilidades de supervivencia tiene alguien temerario y lo
suficiente audaz para llamar al duque de Lothringer sabueso?
―¿Y si ese temerario es su esposa? ¿No existe alguna especie de
concesión?
―Por vos, Astrid, he tenido impensables concesiones. Esto va a escocer
―me avisa antes de poner sobre mi quemadura un emplasto que previamente
ha elaborado con hierbas y una sustancia untuosa que no reconozco.
Me coloca una tela que enrolla alrededor de mi cintura con cuidado de
no rozarme demasiado, lo que resulta una locura teniendo en cuenta que su
nariz ha estado recorriendo hace poco toda mi piel.
―¿A qué se deben vuestros sentidos tan desarrollados? ―le pregunto,
mientras a mi espalda aún me ayuda a recolocarme el vestido por los
hombros.
Exhala con fuerza y no me mira durante el tiempo que vuelve a introducir
en el zurrón, que lleva con una cuerda cruzada al pecho, todos los utensilios
que ha utilizado para curarme.
―¿No habéis oído la explicación ya muchas veces? Soy el duque
aterrador. Un monstruo.
―Entonces yo también quiero ser un monstruo. ¿Hay algo que podríais
hacer para ayudarme a conseguirlo?
Las comisuras de sus labios se elevan apenas, pero ahora sé que ese es el
máximo vestigio de sonrisa que es capaz de ofrecer la mayoría de las veces.
―¿Cómo daros un mordisco o algo así?
―Bueno, ya me habéis chamuscado, no creo que un mordisco sea mucho
peor.
―Lady Astrid… Si jugáis conmigo debéis estar dispuesta a quemaros de
verdad.
―¿Qué…?
Se mueve con la rapidez de un depredador. Me coge desprevenida y no
soy capaz de anteponerme a sus movimientos. Sus manos enmarcan mi cara e
inclina mi cabeza hacia él, pegando mi pecho al suyo como si yo fuera una
rama que se pliega bajo su voluntad.
―¿Dónde queréis el bocado, mi señora? ―me pregunta, con sus labios
tan cerca de los míos que puedo sentir su aliento como oleadas de algo
altamente irresistible que se aloja en la punta de mi lengua como el sabor del
que nunca se siente uno saciado.
―Donde corresponda, mi señor.
Sus labios tocan los míos con suavidad y yo me pongo de puntillas para
presionarlos con más fuerza, pero los retira y los desliza por mi barbilla. Sé
que sonríe ante mi avidez frustrada porque sus dientes dejan un rastro filoso
por mi piel. Su pulgar bajo mi mentón levanta mi mandíbula facilitando el
paso de su boca por mi cuello se detiene bajo el lóbulo de la oreja y
entonces lo noto, el leve empuje de sus dientes donde laten mis venas. La
presión se convierte en una combinación de dolor y placer que provoca un
gemido en mi garganta. El calor se dispara por todo mi cuerpo y baja entre
mis piernas, donde despiertan un impulso hasta ahora dormido.
El dolor de la quemadura a mi espalda parece disolverse y cuando su
lengua se desliza por el mismo lugar que sus dientes han marcado, mi
respiración ya no es mía, no me pertenece como parecen no hacerlo las
extremidades de mi cuerpo.
Pongo mis manos sobre su pecho y noto su latido apresurado. Ese que
parecía no alterarse cuando acechaba el peligro.
Tenía razón al advertirme de que no debía jugar con fuego. Él es como
una lengua de lava enterrada en cenizas oscuras esperando dispersarse a la
mínima ráfaga de brisa. No hay nada congelado o frío en el duque de
Lothringer. Lo siento en la forma en que sus manos envuelven mi cara y mi
cuello con ternura, en cómo su cuerpo parece arder traspasando nuestras
capas de ropa y en cómo sus labios parecen querer dejar huella en la piel
sensibilizada de mi garganta.
Levanta la cabeza con los ojos entrecerrados ladeándola cómo si le fuera
útil para agudizar sus oídos.
―Tenemos que irnos ―interviene con urgencia, y luego sacude la cabeza
como si necesitara despejarse―. Todavía están cerca, aunque no puedan
detectar el rastro.
Afirmo con la cabeza un poco aturdida. Me siento como si alguien me
hubiera sacado de una habitación llena de tentaciones deliciosas y lo
hubieran hecho con una sacudida cerrándome la puerta delante de las
narices.
Me mira desde su altura con esos ojos succionadores de mentes.
―Ya tenéis un don muy peligroso, mi señora. Me pregunto si alguien os
ha enviado con esa intención precisamente.
Vuelve a la indiferente cortesía. La utiliza como una capa que se pone
mientras hace frío y se quita cuando siente más calor.
―No confiáis en mí ―afirmo. No es en absoluto una realidad que me
sorprenda. Yo también tengo el hábito de ser precavida.
―Luego ―me dice, y me coge de la mano para hacerme salir
apresurados de la cueva donde nos espera Carambola nervioso.
―Me temo que será difícil no provocarle dolor en la quemadura si voy a
su espalda y la silla de montar será igualmente una tortura si va detrás.
―Ya le he dicho que soporto bien el dolor, Lothringer.
Afirma con la cabeza y me da la opción de elegir. Me subo a la silla y me
coloco delante. Él se sube después detrás de mí y esta vez el ritmo es más
lento y evita pegarse a mi espalda.
Capítulo 22

En la laguna del ruiseñor, Keillan es el primero en acercase a los duques


con el brazo vendado en cabestrillo. Tiene una herida desde el hombro al
codo producida por una de las garras. Afortunadamente, las aguas de esta
laguna son curativas. Están protegidas por un círculo de magia que evita que
las bestias se adentren y sus aguas sanan y curan heridas.
―¿Qué os ha entretenido tanto, mi señor? Estábamos preocupados.
―Ha surgido un pequeño percance ―musita Wenner e ignora la sonrisa
socarrona de Rojo y el codazo que le da a Keillan en el estómago.
Keillan también le ignora y se adelanta a Astrid cuando esta intenta
bajarse del caballo con un evidente gesto de dolor.
Es ridículo que Keillan intenté ayudarla con un brazo básicamente inútil,
pero parece su intención.
Sin embargo, ella niega con la cabeza apuntando lo evidente. Al final, es
Rojo el que se apresura a ayudarla con tan mala suerte que pone su mano
sobre la zona herida y ella suelta un respingo.
―¿Estáis herida, mi señora? ―pregunta Keillan.
―Tenía un rastro que atraía a los monstruos. He tenido que cauterizarlo
―explica él.
Los hombres le miran sorprendidos y tal vez un poco escandalizados.
―En la laguna podría… ―comienza a decir Keillan.
―No hubiéramos llegado. Los teníamos encima ―informa de forma
escueta y cortante.
Luego se vuelve hacia ella y se la encuentra tratando de comprobar el
estado de la herida del caballero. Por un segundo le sobreviene la idea de
que Keillan es el artífice de esa carta secreta de su esposa y ese esperado
amante. Luego se recrimina ese pensamiento tan absurdo e impropio de él.
Además, no es asunto suyo.
―Mi señora, las aguas curativas del lago sanarán su herida, así que
cuando lo desee puede utilizarlas ―le explica Verein con entusiasmo.
Parecen abejas rodeando la miel.
Otea los alrededores y percibe los chapoteos en el agua que revelan la
posición de su capitán. Enseguida sale del agua y camina por la orilla hacia
ellos completamente desnudo.
Se echa su camisa al hombro y saluda con la mano. La conversación de
lady Astrid se extingue justo delante de él y la oye contener una exclamación
sin dejar de mirar hacia el lugar por el que avanza su capitán.
Puede contar con los dedos de su mano todas las veces de su vida en la
que ha sido impulsivo y ha hecho algo sin pensar. La mitad de ellas han sido
debido a su nueva esposa y siempre ha encontrado después una razón sensata
para justificarse, tal vez cada vez menos. Mientras cubre los ojos de lady
Astrid con su mano se recrimina su irracionalidad.
―¿Tienes miedo a las comparaciones, Wenner? No deberían
preocuparte.
―No tienes vergüenza, Nasser ―le recrimina Keillan―. La señora es
una dama. Una recién casada. Puedes herir su sensibilidad.
―Estoy seguro de que la señora se ha acostumbrado a ver cosas peores
durante el camino que a mi anguila a nado.
Rojo se ríe enseñando la separación entre sus dientes y un hueco donde
debía estar uno de los molares que perdió durante una pelea.
―Cierra la boca, Nasser ―le ordena Wenner, y él hace lo que le pide
porque puede reconocer la seriedad en el tono de su señor―. Informadme,
¿habéis encontrado más bestias por el camino?
Ellos niegan con la cabeza.
―Eso solo confirma que era ella la que los atraía. No ha aumentado su
actividad tan lejos del norte.
―Y ¿quién era el objetivo? ¿Ella? ¿o eras tú y lady Astrid el mal menor?
―pregunta Nasser.
―Más importante, ¿quién? ―resuelve Keillan.
―Tenía el rastro en la espalda, bajo la cintura.
―Un rastro no es algo que pueda ponerse rápidamente y sin contacto
―indica Nasser dando a entender lo que es evidente para todos.
―Ella dice que solo su doncella y las sacerdotisa del templo han tocado
su cuerpo e insiste en exculpar a Baylor. Yo también creo que ella es
inocente.
―Y ¿no ha podido acudir ella a alguien? ―opina Nasser.
―¿Crees que pondría su vida en peligro?
―Es probable que supusiera que tú la protegerías incluso a riesgo de
perder la tuya.
―Eso es mucho suponer, capitán ―le recrimina Keillan. Está claro que
es partidario de mantener la inocencia de la señora―. Me salvó la vida. Si
hubiera querido acabar con todos, ¿por qué lo habría hecho? Y además,
¿para qué? ¿Para encontrarse sola ante las bestias? No tiene ningún sentido.
―¡Oye! Yo solo barajo todas las posibilidades. Alguien tiene que
hacerlo.
―Pero parece que lo haces siempre pensando lo peor de lady Astrid.
―Antes tú también desconfiabas de ella. ¿Te ofrece unos platos de
comida a ti y a tu caballo y claváis una espada juntos en las tripas de un saco
de mierda y ya sois mejores amigos, Keillan?
―¡Basta! ¿Qué demonios hacéis discutiendo entre vosotros?
―Eso es lo que consiguen las mujeres, que los hombres peleen por ellas.
―Porque algunos miserables siempre encuentran a una mujer a quién
culpar de sus propias fechorías ―dice lady Astrid a la espalda de Nasser,
conteniendo a duras penas la cólera y el malestar―. Bien, voy a ser muy
franca y clara respecto a este tema. No sabía que tenía esa señal en mi
cuerpo. La únicas personas que han estado cerca de mí o mi espalda
desnuda, aparte de mi esposo, han sido las sacerdotisas. Mi intención no es,
ni será nunca, perjudicar al duque, al ducado o las personas que dependen de
él. Toda mi vida me han dicho lo que debo ser, cómo serlo y para quién. Lo
que yo pensara, deseara o necesitara no valía nada y si no lo aprendía por
las buenas, tenía que aceptarlo por las malas, muy malas. Este es mi pasaje a
la libertad. Me pregunto, ¿qué no daríais vosotros por conservar vuestra
dignidad, por una oportunidad de vivir cómo deseáis? Si me veis de la
misma forma que lo hacían ellos, como un títere que no merece ningún
respeto ni oportunidad, no sois mejores que ellos. Y ahora, si me disculpan,
me voy a descansar.
Se gira y se aleja con la cabeza bien alta y la espalda bien erguida. El
pelo aún le chorrea después del largo baño en la laguna y sus ondas doradas
parecen anillos de oro envejecido sobre la espalda de su vestido en color
musgo.
―Sabías que estaba a mi espalda ―le recrimina Nasser a Lothringer.
Wenner oculta una sonrisa.
―Te mereces la reprimenda ―opina Keillan lanzándole un palo
pequeño que encuentra a sus pies.
Wenner coge un platillo con unas uvas y unas ciruelas pasas y se levanta
sin decir nada. Todos saben que no son para él.
Capítulo 23

Pongo mi capa sobre la hierba. Aquí el suelo es más benigno con el


viajante cansado y su cuerpo dolorido. La humedad de la laguna hace que la
tierra esté blanda y esponjosa.
Me tumbo de costado. Es cierto que el agua del lago es curativa y ha
aliviado hasta cierto punto la quemadura a mi espalda, pero el viaje en
caballo ha sido torturador. Cada roce y cada salto lo notaba cómo agujas
clavándose en mi piel magullada. Aún no soy lo suficientemente valiente
para apoyarme con todo mi peso sobre la herida.
Lamento mi pequeña rabieta. Hubiera sido bochornoso sentarme con
ellos, después de mi discurso, a cenar y ahora mi estómago parece hundirse
hasta mi espalda. Tengo hambre.
En realidad, no culpo al capitán Nasser por desconfiar de mí. Tiene
razón en hacerlo. Pude comprobar en mi anterior vida que la absoluta fe en
las personas que te rodean se paga muy cara. No existe algo así como la
lealtad incondicional.
Y sé que el valor que me otorga el duque es proporcional al beneficio
que pueda adquirir de nuestro acuerdo.
Tanto en esta vida como en la otra solo hay una persona con la que
arriesgo mi seguridad sin vacilación, pero con la certeza grabada en mi
cabeza de que nada es para siempre y que el corazón de las personas se
enciende y se apaga a conveniencia como una llama mal conservada.
―Come ―me ordena mi señor con ese ademán imperativo tan
acostumbrado a ser obedecido.
Se acuclilla a mi lado con desenfado y coloca un plato de viandas junto a
mi cara. Al ver que no respondo se vuelve a incorporar y me cubre con una
tela de lana gorda.
―Gracias ―musito cuando comienza a alejarse. Duda un momento y se
detiene. Luego sigue su camino hasta el lugar donde sus hombres charlan.

―¿Qué demonios es eso? ―pregunta Rojo como si hubiera encontrado


algo molesto.
―Silencio ―ordena Nasser.
Se oye lejano y apagado un cantico como un lamento triste de algún ave
nocturna que destaca como ninguno entre el silencio casi perpetuo de la
laguna.
―Es un ruiseñor ―comenta el joven Verein―. ¿De ahí le viene el
nombre a la laguna?
―¿Es que esta juventud no sabe nada sobre las antiguas historias? ―le
increpa Rojo―. Este territorio pertenecía a las hadas. Su nombre en
realidad es princesa ruiseñor porque en este lugar se reunían la hija de la
reina hada y su amado. Ambos tenían una relación ilícita que no era vista con
buenos ojos. Por eso sus encuentros eran secretos y fortuitos. Aunque su
amor era tan puro y primigenio que sus encuentros consiguieron bendecir el
lugar y sus aguas.
―¿De verdad crees que un poco de sexo puede obrar este tipo de magia?
―se burla Nasser―. Le das mucho valor al acto de un par de desaforados
buscando satisfacer su apetito carnal.
Tengo que reprimir una sonrisa.
―No deberías bromear con las antiguas leyendas. Dicen que su amante
aún vaga por el mundo buscándola después de que fueran separados y que no
tiene buen talante precisamente.
―Yo tampoco lo tendría si llevara años y años en busca de un revolcón
sin resultado. No quiero ni imaginarme el dolor de huevos que estará
experimentando ese buen hombre ―añade con una carcajada que es
secundada por los demás hombres.

En algún momento mi cuerpo tiembla con un poco de frío. La temperatura


por la noche en el centro es más baja y la humedad de la laguna hace que la
sienta hasta en los huesos. La frazada gruesa con la que Lothringer me ha
cubierto no es suficiente y no puedo dormir profundamente hasta que no
siento otra cobija más cálida y confortable a mi lado con forma de hombre y
un olor tan reconocible como el mío propio que, mezclado con el frescor del
agua de la laguna, me evoca una añoranza esquiva y profunda. Envuelve un
brazo a mi alrededor y me pega a su pecho mientras apoya su barbilla sobre
lo alto de mi cabeza en un gesto que, según las historias, se ha debido de
repetir incontables veces junto a estas aguas. Dejo de temblar.
Capítulo 24

Levanto la vista desde el promontorio que tantas veces he visitado con


mi abuelo. Desde ahí, él me enseñaba a vista de pájaro todas las tierras que
alcanzábamos a ver y que pertenecían al condado.
Al fondo, el bosque con forma de tiara parece coronar la estepa de
productivas tierras y servir de faldón vegetal a los picos que dividen este
territorio del norte oriental.
Lo observo todo como uno de esos cuadros que de alguna forma
perturban el alma. Sé que este es mi lugar, lo siento en el cuerpo, en la
felicidad que levanta mi ánimo, en la energía que me vigoriza y hace latir mi
corazón con más fuerza.
El sol brilla en el horizonte, pero sin esa fuerza abrasadora que me
adormece en Maladia y la brisa se mueve fresca por mi cara trayendo los
olores de los almendros, los robles y la fruta madura que ha caído de los
árboles extendiendo sus jugos y la pulpa por el suelo como el rocío de un
perfume.
A lo lejos, la casa condal es una obra magnifica de arquitectura diseñada
por verdaderos artistas a los que mi abuelo siempre estaba dispuesto a
promocionar. Una construcción de luces y color en la que las vidrieras
predominan y cubren el puente que separa un ala de la otra sobre el río. Ese
es el secreto de la mansión: la forma en que se funde con el paisaje como si
fuera parte de ella y la dejara entrar convirtiendo su centro en parte de la
naturaleza.
―¡Vamos! ―le pido al duque tras de mí sobre Carambola.
Estoy impaciente por llegar. Desde que murió mi abuelo, mi padre
siempre ha encontrado razones para ir espaciando mis visitas hasta hacerlas
desaparecer.
El caballo baja al trote el camino hacia el valle seguido de los demás
jinetes.
Pasamos junto a unos campos de labranza y las personas que trabajan en
ellas levantan la cabeza con curiosidad para observarnos. Soy consciente de
la imagen que damos y estoy segura de que, en apariencia, no parecemos una
comitiva muy amistosa o accesible. Los hombres descomunales y fornidos,
armados hasta las trancas, sobre gigantescos caballos de guerra y con
miradas un tanto atemorizantes nunca lo son.
―¿Es la niña Astrid? ―oigo que una mujer pregunta a nuestro paso.
Levanto la mano y saludo con una sonrisa a un par de ancianos.
―¡Por la diosa! ¡Es la niña Astrid! ―grita esta vez.
―No, es la dama Astrid. ¿Es que no ves que ya es una mujer?
―¡Ay, calla! Para mí siempre será la niña Astrid.
―Decías lo mismo de su madre. Lo que pasa es que eres más vieja que
las piedras de este río.
―Deja de parlotear y toca la campana. Nuestra señora ha vuelto a casa.
Miro hacia atrás y veo al anciano subir con agilidad pasmosa por el
tronco de un árbol pelado hasta lo alto de una plataforma. El tintineo repica
en todo el valle con eco.
―¡Lady Astrid! ¡Bienvenida!
―¡Mi señora!
Respondo con una sonrisa pegada a la cara imborrable mientras mucha
gente se acerca al camino para poder ver la comitiva y saludar.
Cuando llegamos a las puertas de la casa, hay un buen número de
personas reunidas para recibirme, llevadas por la curiosidad o con otro tipo
de intención que se me escapa en ese momento.
―¿¡Qué demonios ocurre aquí!? ¿Quién ha tocado la campana y por qué?
―dice Roger, el aguacil que mi padre ha puesto como guardia y custodio del
condado.
Nos mira con el ceño fruncido y un recibimiento más bien frío.
―¿Quiénes son? Es una descortesía cruzar territorio ajeno sin solicitar
un permiso previo y tengan por seguro que tan poco se lo hubiera concedido.
―¿Insinuáis que la señora del bosque de Edelgarth no es bien recibida,
sir Roger? ―le pregunto con el tono frío y autoritario que aprendí a utilizar
como futura emperatriz y que silenciaba las conversaciones especulativas en
los salones sociales.
―¿Lady Astrid? ―pregunta poniendo su mano a modo de sombrilla
sobre la frente para poder verme mejor.
El duque baja del caballo y me tiende una mano para ayudarme. Cuando
mis pies tocan suelo, mis piernas se quejan un poco. Parecen hechas de
pudin tras las largas jornadas a caballo y me tambaleo, pero Lothringer me
sujeta con fuerza por el codo también.
―Su padre no me avisó de vuestra llegada ―se excusa el aguacil.
―Mi padre no os avisó porque no sabía que vendría. Quería enseñarle el
territorio a mi esposo.
―¿Su esposo? ―repite y lo mira con desconfianza y desconcierto.
―Os presento al duque de Lothringer ―le informo con un ademan hacia
él.
Los ojos de sir Roger se salen de sus orbitas o casi. Es cierto que su
fama le precede y no de forma muy halagüeña.
―Esto es precipitado y desafortunado. ¿Y su compromiso con el
príncipe heredero? ―pregunta de manera grosera.
―Basta de preguntas ―interviene Lothringer―. Hemos tenido un largo
viaje y mi señora está cansada, sir. ¿Dónde está vuestra consideración?
Unos mozos se adelantan para hacerse cargo de los caballos tras
echarnos un vistazo sorprendido poco disimulado.
―¿Y Altzibar? ―pregunto por el jefe de caballerizas.
―No está aquí. Tuve que amonestarlo por una insubordinación ―me
informa Roger.
―¿A Altzibar? Él y su familia llevan ocupándose de este trabajo durante
generaciones.
―Pero el más joven no es como los otros. Era un vago y tenía la mala
costumbre de hablar más de la cuenta. No hice nada que vuestro padre, el
duque de Hedwigde, no consintiera ―me avisa con tono recio y me indica
con poca gracia y mucha menos convicción que le siga al interior de la casa.
Cruzo las puertas y me aborda una sensación completa de estar en casa.
Una percepción inigualable de pertenencia a ese lugar.
Miro el amplio techo de cristal de la entrada en el que se apoyan las
ramas de los altos robles, los eucaliptos y los fresnos haciendo sombra
sobre los suelos de madera y piedra natural.
Sé que los cinco hombres que han llegado conmigo miran todo con
asombro mientras dan vueltas sobre sí mismos para abarcar la exuberante
peculiaridad de este lugar. Y sin embargo…
―¿Dónde están las glicinas? ―pregunto con brusquedad.
―Las arranqué, mi señora. Era terriblemente molesto tener tanta planta
dentro de la casa. Esas trepadoras llegaron a alcanzar el techo y sus flores
moradas cubrían todo el suelo al desprenderse.
―Esas plantas tenían más de 500 años, Roger.
Noto más carencias con un solo vistazo.
―¿Y el cuadro de mi madre? ―inquiero al comprobar que en su lugar
está una representación de una cacería.
―A su padre le producía dolor verlo cada vez que venía a comprobar el
estado de sus tierras.
―Roger, este lugar nunca ha pertenecido a mi padre. Los señores del
condado de Edelgarth siempre hemos sido los Eldan.
―Claro, disculpe, mi señora. Ha sido una desatinada elección de
palabras.
―Y no quiero más sorpresas. Quiero que todo vuelva a estar como
siempre. ¿Dónde está Allende?
―Tuve que despedirla. La encontré robando.
―¿A Allende? ¿Qué disparate es ese? ―Me vuelvo hacia el duque, que
sigue la conversación atentamente con rostro impertérrito y paciente―. Mi
señor, me temo que no seré capaz de descansar hasta que no haya atendido
algunos asuntos primero. Están en su casa. Pueden disponer de todas las
instalaciones como gusten.
Lothringer asiente con la cabeza sin pronunciar palabra. Es como si le
resultara muy entretenida mi situación y la estuviera disfrutando como un
simple espectador.
―¡Roger! Convocad una audición.
―¿Una audición, mi señora? ¿Cuándo?
―¡Ahora! De todas formas, la puerta está llena de personas. Estoy
segura de que tienen mucho que decir.
―¡Lady Astrid! ―me llama una voz femenina, y me giro para
encontrarme con una cara que soy capaz de reconocer pese al paso de los
años.
―¿Saein? ―Ella afirma con la cabeza y tiendo las manos para sujetar
las suyas.
Su madre es la cocinera. Ella y yo jugábamos juntas de niñas.
―¿Y tu madre y Dirta?
Ella niega con la cabeza tras echar un vistazo a Sir Roger. Mis ojos se
cruzan con Lothringer. Aquí ocurre algo. Lo peor es que he dejado que se
desarrollara delante de mis ojos sin ninguna clase de impedimento.
―Avisad al heraldo, que anuncie que la señora está aquí y que convoca
una asamblea.
Capítulo 25

Soy incapaz de esperar a que desalojen la estancia principal que ahora


ocupa el aguacil, y en mi antigua habitación me doy un corto baño. Saein me
trae un vestido de seda blanco con mangas de mariposa que debió pertenecer
a mi madre y me ayuda a ponérmelo.
―Saein, ¿dónde están todos?
Me mira con dudas.
―No tienes nada que temer. Puedes contármelo. Mi padre ya no puede
poner un solo dedo sobre estas tierras. Estoy casada con el duque de
Lothringer y tengo su respaldo. No importa qué linaje gobierne o cuánto
cambie, los Lothringer siempre protegen el imperio y a los suyos.
―Tuvieron que huir, mi señora. sir Roger gobierna de manera injusta y
con mano dura y todos los que se revelan corren peligro.
―¿Mi padre lo sabe?
―No lo sé, mi señora.
―Aunque no fuera así, que lo dudo, nunca debió poner al mando a
alguien ajeno a los Eldan. Esto es culpa mía, Saein.
―¡Claro que no, mi señora! Confió en su padre como una buena hija.
¿Qué más podía hacer?
No seré como en el pasado. No me quedaré quieta mientras el mundo se
derrumba a mi alrededor. No solo he vuelto para cambiar mi vida, sino la de
todos los que dependen de mí. Mi padre apenas me dejó cumplir con una
ceremonia rápida y apresurada en la que aceptaba mi título de condesa que
lejos de cumplir con las condiciones del fuero de los señores de Edelgarth,
le cedía a él todo el poder. Esta vez cumpliré con mi deber cueste lo que
cueste.

―Lady Astrid ―me llama Lothringer de camino a la sala de audiencias.


Se ha aseado también y cambiado su oscura ropa por un gabán azul noche
que aporta una luz distinta a sus ojos. Los hace parecer más fríos, más claros
y peligrosamente profundos.
―No os torturéis por lo ocurrido. Todo señor ha cometido alguna vez el
error de elegir a un bastardo como sustituto ―me dice sujetándome el brazo
para detenerme.
―¿Mi señor también?
―No hay nadie más perverso que yo.
―Empiezo a pensar que, el origen de los rumores poco halagadores
sobre el duque, provienen de él mismo.
―No, pero tampoco pongo esfuerzo en desmentirlos.
―Entiendo que pueda obtener cierto beneficio de ellos… ¿Me
acompaña?
―Solo si queréis.
―¿No acabo de pedirlo?
―¿Podéis ser más explícita? No he sentido un verdadero deseo.
Resoplo con impaciencia y me cruzo de brazos.
―Mi señor, me haríais un gran honor si me acompañarais y me dejarais
beneficiarme de sus grandes dotes de ¿perversidad?
―El honor es mío, mi señora. Trataré de ser altamente perverso solo
para su satisfacción.
Me tiende su brazo flexionado y yo lo sujeto por el interior mientras
entramos en el salón como un par de señores bien avenidos.
―Debería añadir canalla a los rumores sobre su personalidad.
―Perverso y canalla. Suena muy bien para mí.
No puedo evitar sonreír. Luego inspiro con fuerza y tomo mi mascara
desdibujada imperial antes de cruzar las puertas.
No son pocos los vasallos que se han reunido para la audiencia con su
señora. Todas y cada una de las quejas que atiendo están dirigidas contra Sir
Roger.
Las primeras veces sus intentos de defenderse suenan furiosos y en un
tono demasiado desequilibrado, pero a medida que su autoridad va
menguando y la mía aumenta, sus quejidos empiezan a sonar temblorosos y
poco certeros. Por no hablar de la presencia amenazante y silenciosa que
supone el duque a mi lado. No ha abierto la boca ni una sola vez, pero
tampoco le hace falta. Algunas personas le miran de soslayo con gesto
atemorizado mientras él permanece impasible con una actitud casi indolente,
una mano sujetando su cabeza y el tobillo cruzado sobre su rodilla. De vez
en cuando sus dedos tamborilean sobre su pierna como si estuviera aburrido,
pero su fría mirada no deja de perseguir al aguacil y este se va consumiendo
poco a poco bajo ella hasta adoptar la apariencia de una ratón asustado.
Las querellas y las acusaciones contra él son suficientes para despojarle
de su cargo y desterrarle de mis tierras: desde confiscación indebida de
bienes, falsos reclamos, abuso de autoridad y despotismo. Presencio atónita
las declaraciones de las doncellas y las vejaciones a las que se han visto
arrastradas para poder conservar su puesto, pero es cuando me hablan sobre
las ejecuciones sin base alguna en el momento que mi ira no conoce límites.
Por eso, se deshizo de Allende, Geaxi y Dirta.
A esas alturas sé que el castigo no puede ser simple si quiero ser
respetada e imponer mi autoridad como señora. Además, tienen derecho a
recibir justicia.
Me inclino hacia mi señor para hablarle al oído.
―No estoy segura de que cuál debería ser mi veredicto ―le susurro.
Él no se aparta y su mejilla cosquillea en la mía cuando me responde en
igual tono:
―Mi señora, no tenéis que decidirlo ahora. Haced que lo encierren y
después os tomáis un tiempo para pensarlo.
―Aquí no hay mazmorras.
―¿Qué no…? ¿No hay ninguna celda?
―Para los habitantes de Edelgarth el encierro es más cruel que cualquier
castigo. No conciben la falta de libertad como algo inmediato que se
solucionará con el tiempo. Para ellos es peor que la muerte, así que, de
merecerlo, prefieren morir.
Apenas se separa para observarme con una expresión un tanto misteriosa.
Su nariz roza mi cara cuando vuelve a acercarse a mi oído.
―Pues que lo aíslen en algún lugar poco acogedor, mi señora.
―¿Debería matarlo y ya está?
―Estoy seguro de que, si mi señora lo estipula así, bien solventado
estará.
―No creo que sea menester alargar su agonía. De todas formas, merece
morir.
―Mi señora quiere que yo…
―¿Podríais?
―Si es lo que deseáis… ¿Queréis que sea rápido y limpio o lento y
escandaloso? ―me pregunta como si en realidad me estuviera consultando
de qué sabor me apetece el té.
―No. Zanjemos el tema cuanto antes ―le respondo a media voz.
Asiente con la cabeza y se pone en pie con parsimonia mientras saca su
espada de la vaina sin prisas y baja los dos escalones que nos separan del
centro de salón con pasos largos y deliberadamente lentos. Parece el
auténtico duque, canalla y perverso, que él mismo se atribuye. Es mucho más
alto que cualquiera dentro de ese recinto y tiene que bajar la mirada para
enfrentar la de los demás tan silenciosos y quietos como estatuas.
―¡Tú! ―Señala a un muchacho con la punta de la espada. Este pega un
respingo sobresaltado y empalidece hasta adquirir el color del papiro más
deslucido―. ¿Puedes repetir lo que sir Roger dijo sobre la señora?
El mozo tiembla como una hoja ante la figura erguida e imponente del
duque.
―Dijo que la señora lo único útil que podría hacer por el imperio es
utilizar la boca para chupar… chuparle… el rabo al príncipe heredero.
Su comentario vuelve a levantar los mismos improperios disgustados y
en contra que antes, pero menos elevados en tono y más amortiguados por la
impresión de la furia del duque. Es una agradable mañana de primavera,
pero el aire en la sala se siente sofocado y tórrido y todo ese calor parece
provenir del mismo Lothringer.
―¡Yo no dije eso! ―se defiende el aguacil―. Ese niño ingrato solo
quiere vengarse porque tuve que ahorcar a su padre por insurrección.
―Silencio ―le ordena Lothringer.
Luego me mira en busca de mi consentimiento.
―Sir Roger, en virtud de la autoridad que ostento y por justicia y honra
del pueblo de Edelgarth, le condeno a muerte ―sentencio, y me obligo a
mantener la mirada sobre él, a capturar la expresión del hombre que morirá
bajo mi potestad. A soportarlo. No quiero que se convierta en algo fácil y
alguna vez llegar a imponer mi voluntad con indiferencia y sin conciencia
alguna de lo que estoy haciendo.
―¡No! ―grita el aguacil, y es lo único que le da tiempo a hacer antes de
que la espada de Lothringer atraviese su pecho, justo en el centro. La muerte
es súbita. sir Roger ya está muerto antes de caer al suelo.
Mi señor esposo retira su espada y vuelve a introducirla en su vaina sin
muchas más ceremonias. La multitud parece conmocionada, luego los
susurros complacidos aumentan y algunas personas incluso sonríen. Un
chiquillo se acerca al cuerpo sir Roger y escupe en su pecho ensangrentado.
―Él hizo lo mismo con mi hermano mayor ―le explica a Lothringer
levantando la cabeza hacia él.
―Entonces ha sido una venganza justa ―le responde con esa voz que
hace temblar al hombre más pinto, pero el niño le sonríe satisfecho.
Capítulo 26

―Saein, ¿y tu padre? ―le pregunto ya que él solía encargarse de las


cuentas y la administración de la propiedad.
―Los que huyeron están todos escondidos en el bosque, mi señora.
―Quiero a todos los mercenarios de sir Roger fuera de mis tierras ahora
mismo ―les digo a seis hombres jóvenes y fuertes que se han mantenido
unidos con los puños apretados durante toda la reunión como si formaran un
grupo―. Estoy segura de que los caballeros del duque no pondrán
objeciones si les pedís ayuda ―les digo, y Lothringer asiente con
conformidad.
―Con mucho gusto, mi señora ―me responde uno de ellos, y salen
envalentonados por la puerta de acceso a la casa.
―Vamos al bosque a buscar a mi gente.
―Creía que el bosque de Edelgarth estaba maldito ―comenta
Lothringer.
―Solo junto al río. Y no está maldito. Sus árboles son muy viejos, tienen
memoria y están enfadados.
―Y estoy seguro de que no les falta razón.
―De todas formas, yo no recomendaría a ningún foráneo adentrarse solo
en ninguna parte de él. Tienden a perderse.
―Tengo buena orientación, mi señora.
―Le haría falta algo más que eso me temo, pero mi señor tiene suerte de
que su esposa esté dispuesta a guiarle.
―Mi esposa es muy generosa. Soy muy afortunado.
―Y mi esposo tiene todos mis respetos por darse cuenta de ello.
No vamos solos. La mayoría de las personas que se han acercado a la
gran casa para presenciar la audiencia nos siguen entre los árboles.
A medida que me deslizo por los interminables senderos, la espesura de
los arbustos y los troncos de alturas imposibles, me siento más yo, más libre,
más en mi medio natural.
Una señora mayor, a la que recuerdo muy bien, me va contando historias
sobre mi madre y, a su lado, su sobrino echa miradas cautelosas al duque.
Este ladea la cabeza y escucha algo que nadie más puede con esa
concentración tan intensa que parece alejarle de este mundo, pero que en
realidad le hace ser más consciente de él que a ninguno.
Cuando la vegetación se dispersa nos encontramos con el caudal de un
pequeño riachuelo que nos lleva al centro mismo del poblado improvisado
al que se han tenido que adaptar muchos de los habitantes de la casa y los
alrededores.
Enseguida veo a Allende y a Geaxi. Salen de sus chozas de madera y
follaje y se acercan corriendo a conocer las nuevas noticias.
Abrazo a Allende porque es lo más parecido a una segunda madre que he
tenido y porque en el bosque los afectos se intensifican. Siempre es así. La
mayoría del tiempo, en el exterior, los de Edelgarth nos cubrimos con una
manta de cortesía y artificial insensibilidad hasta que nos adentramos en el
bosque y nos convertimos en niños traviesos que no tienen control alguno
sobre sus emociones.
―Mi niña Astrid es ya una mujer. Tan bella y encantadora como su
madre, pero por tus venas corre más sangre Eldan que en cualquiera. Lo noto
en mis huesos. El bosque siempre lo ha sabido y te reciben con un murmullo
muy diferente, como si te reconocieran. Hoy lo he notado terriblemente
alterado.
Entonces sus ojos encuentran a Lothringer y se abren asombrados.
―Tú… ―empieza a decir señalándolo con el dedo.
Él me mira a mí buscando una explicación a ese tú tan impreciso incluso
para mí. Tratándose de Allende es probable que se trate de uno de sus
misticismos.
―Este es el duque Lothringer, mi esposo.
Se lleva una mano a la boca y contiene una risa infantil.
«¿Puede que Allende se haya vuelto un poco loca?».
No deja de reírse y contengo una carcajada. Su risa continúa hilarante y
contagia una en mí. No puedo evitarlo. La locura es contagiosa y la cara
impertérrita de Lothringer me causa aún más regocijo.
―Lo siento… ―soy capaz de pronunciar entre carcajadas―. No sé por
qué se ríe. No hay nada de gracioso en vos. Lo juro ―le garantizo, y luego
me contradigo explotando de nuevo en una serie interminable de carcajadas.
No parece enfadado en absoluto, más bien perplejo, y puede que sea la
primera emoción totalmente traslucida que advierto en él. Parece fuera de
lugar. Un gigante entre gente pequeña. Se frota la nuca un poco incómodo.
―Este recibimiento es una tanto peculiar ―musita―. Creo que es la
primera vez que se ríen de mí en la cara.
―Pero no nos reímos de mi señor, expresamos nuestra felicidad ―le
explica Allende―. Venid conmigo, señor duque. Hay historias importantes
que deben contarse para que nunca se pierdan. Nosotros somos los
descendientes del clan del bosque y es nuestro deber contar lo ocurrido en el
principio de los tiempos.
Me acomodo en unas sillas que colocan para el duque y para mí y recibo
los cordiales saludos de muchas personas con rostro reconocible y sin él.
Alguien coloca sobre mi mano un vaso de hidromiel y otro sobre la de
Lothringer. No me sorprende que sea el propio Lakel, el administrador, el
que se aventura al centro de la multitud y comienza una historia tras una
reverencia exagerada hacia nosotros.

«Hubo una vez un Dragón que salvó la vida de una valiente hada. La
reina honró a ese Dragón y a su clan permitiendo su entrada en el bosque
por siempre. Sin embargo, los humanos eran viles y hostiles con todas la
razas y exterminaban a los dragones. Un día juraron que uno de ellos
había raptado a una doncella y se la había llevado a lo profundo del
bosque. Pidieron permiso a las hadas para entrar y asesinarlo, pero estas
se negaron. Ese día murieron cientos de hadas protegiendo la entrada a su
hogar. Durante generaciones se libraron guerras cruentas entre las dos
razas hasta que el humano dio por concluido el fin de la estirpe de las
hadas, pero eso no era cierto del todo. Algunas hadas se mezclaron con los
hombres de las lindes y formaron el clan del bosque».

Todo el mundo aplaude entusiasmado, pero él no ha acabado.

«Poco se sabe sobre el clan del bosque fuera de este territorio. Se dice
que posee un carácter distintivo y peculiar marcado por una fuerte
identidad cultural y una forma de entender la vida genuina.
Y tienen razón, aunque no acaben de entender por qué o cómo. Puede
que tampoco nosotros lo hagamos, excepto por esa seguridad esencial en
lo importante, que es mantener nuestras arraigadas tradiciones. Estamos
muy orgullosos de lo que somos, de dónde venimos y de nuestro carácter
autóctono, de nuestras risas hilarantes, de nuestra dificultad para mentir,
de nuestra asociación con la naturaleza, nuestras travesuras y la pasión
por el baile, la comida y la bebida».

Ahora sí que encuentra entusiastas adeptos que dan palmas y baten sus
pies sobre el suelo en apoyo.
Ahora es Allende la que pide el turno y se pone en pie en el centro
desigual que hemos formado.
«Las leyendas cuentan que el Dragón se enamoró de esa hada que, en
realidad, era una princesa y durante 365 días con sus noches la estuvo
cortejando para enamorarla, pero el hada se resistía porque ambos
pertenecían a distintas razas y nunca podrían compartir su amor de forma
carnal. Sin embargo, con el tiempo, la nobleza y la tenacidad del Dragón
consiguieron hacer mella en el corazón del hada. Su madre, la reina hada,
se apiadó y obró una magia ancestral y prohibida para ellos. Una vez al
año el Dragón se convertía en humano y se reunía con su amada para
estar juntos. De esa unión, surgió la estirpe del Dragón».

Miro a Lothringer. Él parece tan seducido por la historia y el ambiente


como yo. He escuchado esta historia en multitud de ocasiones sin darle
nunca un significado muy profundo, pero, ahora, por alguna razón me parece
fascinante.
Miro su perfil. Es muy hermoso. No es la primera vez que lo pienso, pero
de alguna forma, a medida que paso más tiempo con él y le conozco en
profundidad, más llamativo y seductor me parece.
Sabe que lo estoy mirando, por supuesto, y vuelve sus ojos lentamente
hacia mí.
―¿Un hada y un Dragón?
Me encojo de hombros.
―Peores cosas se han visto. Si hubierais visto la relación entre mi padre
y mi madrastra entonces si os estaríais preguntando si eso es realmente
posible, Wenner ―le respondo y vuelvo a llevarme a los labios el vaso de
hidromiel que alguien me ha rellenado.
Sus ojos brillan y no por el reflejo del fuego de las hogueras.
―¿Wenner? ―repite.
―¿Acaso no es ese vuestro nombre? O ¿Debería decir Dragón Wenner?
¿o duque Dragón? O ¿Dragnner? ―suelto y me rio sin contención de mi
ocurrencia.
―¿Cuántos vasos de esos lleva la señora del Dragón?
―La señora del Dragón ―paladeo en mi boca―. Me gusta. Agresivo y
consistente. ¿Creéis que me dará más respetabilidad?
―Yo considero muy respetable a mi señora. No necesitáis más.
―Puede que ahora no, pero ¿veis a ese grupo que baila de manera tan
bochornosa? Pues me voy a unir a ellos y mucho me temo que pierda toda mi
respetabilidad mientras lo hago, así que no os olvidéis de llamarme después,
señora del Dragón. Muchas veces.
Se ríe de nuevo. Solo es la tercera vez que le veo hacerlo en muchos días
y ahora mismo pienso que daría lo que fuera por hacerle reír siempre. Sus
dientes blancos y perfectamente alineados contrastan con su tez morena y el
anochecer que nos rodea. Le miro fascinada. Es lo más atractivo que he visto
en mi vida.
―¿Señora del Dragón? ¿Habéis perdido el rumbo de vuestra misión?
―De forma absoluta.
Me bebo de un tirón el líquido de mi vaso y me levanto para unirme a la
fila de bailarines desbocados e hilarantes.
Capítulo 27

Nasser se sienta junto a su señor en cuanto lo ve libre. Mira fascinado la


intrincada estructura de las ligeras chozas de madera ancladas en las ramas y
bajo estas, unida con cuerdas, puentes inestables y escaleras imposibles.
Resulta muy difícil de asimilar la forma en que un poblado de humanos se
funde con el bosque de manera tan armoniosa.
―¿Cómo ha ido? ―le pregunta Wenner, sin apartar los ojos de su
señora.
―Ha sido fácil. Los muchachos de Edelgarth estaban muy determinados.
Se calla durante un breve segundo, pero Wenner lo conoce y sabe que
tiene mucho que decir.
―Así que… ¿el clan de bosque? ―comienza con escepticismo―. Creía
que eran cuentos y fábulas irreales.
―¿Y de dónde crees que proceden todas las leyendas, Nasser?
―Pero algunas parecen más verosímiles que otras.
―Supongo que depende de quién las cuente ―puntualiza Wenner.
―¿Y de qué bando esté?
―Eso más que nada ―le responde sin mirarle ni una sola vez.
Nasser sigue la dirección de los ojos de su señor, aunque ya sabe a
dónde le llevarán.
La sonrisa de lady Astrid es como una llama dentro de un pozo de
oscuridad: luminosa, llena de calor e irresistible. Su vestido ligero y blanco
flota a su alrededor como una balsa en una tranquila marea y el extraño pelo
a dos colores que entre su gente no resulta tan peculiar, parece de seda. lady
Astrid brilla en este lugar. No existe ninguna otra forma mejor de
describirlo.
―¿Has observado si hay algún hombre con el que haya mostrado alguna
especial deferencia? ―le pregunta a Wenner al ver que un joven bien
parecido coge a su señora de las manos y la hace girar con un arrobamiento
muy evidente.
―Nasser, eso no es asunto nuestro.
―¿Acaso no te importa que te utilice para llegar a otro hombre? ¿Que
pueda ser el origen de su traición?
―Deja de imaginar conspiraciones, Nasser ―le ordena, llevándose el
vaso de licor a los labios para beber―. ¿Sabías que los del Edelgarth
prefieren morir que ser encerrados?
―He oído esas historias en las hadas. Se dice que sus vidas eran tan
largas que se olvidaron de pensar en lo venidero. No distinguían el hoy del
mañana. Si las encerraban, creían que era para siempre. No alcanzaban a
comprender que en algún momento podían ser liberadas, así que morían
porque nada era tan importante para ellas como su libertad.
―¿Crees que a eso se refería cuando dijo que moriría si se casaba con
Bernhardt?
―Puedo apreciar los cambios que se producen en lady Astrid en este
lugar y por qué tiene tantos deseos de volver a él.
―Y es posible que nunca se adapte al norte.
―Solo serán dos años, Wenner, y su situación mejorará ostensiblemente
respecto a la que padecía en la capital. A no ser que…
―Dejaremos aquí a Keillan ―le interrumpe Wenner al mismo tiempo
que observan como el aludido es alcanzado por lady Astrid y obligado a
danzar de manera torpe y rígida con ella―. Solo como defensa sin intervenir
en los asuntos del condado hasta que el orden vuelva a instaurarse o mi
señora prefiera prescindir de su ayuda.
―Son muy cercanos. Tal vez nunca quiera prescindir de él, y deja que te
diga que a Keillan eso le complacería enormemente. De todas formas,
tendrán que venir más guardianes para proteger la mina si lo que contiene es
tan valioso.
―Eso es algo que tendré que debatir con lady Astrid.
―Eras menos de hablar y más de acción antes.
―¿Antes de qué, Nasser? ―le pregunta, volviendo la fría mirada a él al
fin.
El capitán prefiere callar, pero en su cara se dibuja una amplía una
sonrisa. Observa al duque levantarse, pero no advierte su movimiento hasta
que no da con el culo en el suelo. Wenner le mira satisfecho desde arriba tras
el golpe seco sobre una de las patas de la silla que ha hecho caer a su
capitán.
Nasser le mira estupefacto.
―¿No querías más acción y menos palabrería, capitán? ―le dice con
burla.
Ahora está seguro de que Wenner también ha sido poseído por el espíritu
travieso que gobierna este bosque.
―Tomad uno de estos, mi señor ―le ofrece un envalentonado hombre
joven al duque mientras Nasser se pone de pie de un salto y se apresura a
cogerlo para llevárselo a la nariz. Bebe un poco de él y luego se lo pasa a
Wenner.
―¡Oh! No se preocupe por su contenido, sir. Es hidromiel con un poco
de raíz de jengibre ―explica otro de ellos a su espalda, y ambos se ríen
mientras el duque da cuenta de unos cuantos tragos.
―Tengo la sensación de que soy el hazmerreír de este lugar ―se queja
Wenner mirando el contenido que aún queda en el vaso.
Nasser también lanza una carcajada.
―Yo diría que quieren pequeños dragoncitos, Wenner. La raíz de
jengibre estimula el deseo sexual y pone a los hombres duros como piedras,
hermano.
El duque alza las cejas. Antes de poder pensar en algo, lady Astrid
aparece frente a él alborozada, inquieta y risueña.
―Si no bailáis conmigo, mi gente se sentirá decepcionada. Os tienen en
gran estima. ¡Vamos! ―le ordena. Le quita el vaso de las manos y
comprendiendo sus intenciones, Wenner y Nasser tratan de advertirla, pero
se bebe todo el contenido antes de desecharlo a una lado.
―Mi señora… ―comienza a decir Wenner.
―Señora del Dragón ―le corrige ella―. No habéis podido olvidaros de
ello tan pronto.
Wenner lanza una mirada disimulada a su capitán. Nasser solo espera que
le dejen solo pronto para poder reírse a mandíbula batiente.
Capítulo 28

Cojo las manos del duque y tiro de él cerca de los demás danzarines y
los músicos. Tocan alegres melodías con un laúd, una chirimía de tonos
agudos, una pandereta y un tambor. A su lado, una niña mueve unas tejoletas
sin mucho acierto, pero a nadie parece importarle.
―Mi señora, me temo que no sé bailar ―se excusa Lothringer mientras
le arrastro prácticamente tras de mí.
―¿Cómo podéis ser tan modesto? Os he visto danzar como un maestro
con una espada.
―Yo no llamaría a eso un baile precisamente.
Me giro hacia él y pongo mi mano libre sobre su torso masculino.
―Pensad en mí como…
―¿Cómo mi vaina? ―pregunta con una sonrisa perezosa y traviesa.
―Iba a decir como su espada, mi señor ―respondo y no puedo evitar
reír con regocijo.
―Eso es del todo imposible, lady Astrid. Puede que ahora mismo ni
siquiera sea capaz de pensar. ¿Qué carajos le echan a ese hidromiel?
―No es el hidromiel, mi señor. Es la magia. ¿Podéis notarla, no es
cierto? Está dormida dentro de cada raíz y cada espiga porque nunca se fue.
Solo espera aletargada el momento de hacer de las suyas. Puede que mi
señor sea una de esas personas que se sienten afectadas en mayor medida
por ella. Se dice que todos llevamos un receptáculo en nuestro interior hueco
que antes era llenado por la capacidad de utilizar esa magia, el maná.
Algunos tienen recipientes muy grandes, porque sus antepasados eran
capaces de acumular una cantidad enorme de ella y por eso ahora sienten un
vacío dentro de ellos mayor y más difícil de sobrellevar que el resto. Debéis
comprender que de igual manera cualquier rastro de ella, por leve que sea,
impacta de manera eufórica llenando un poco ese vacío ―explico bajo su
atenta mirada―. Algunos lo llaman locura, desvaríos, desánimos o
desequilibrios, pero es pura magia.
No bailamos, pero de alguna forma estamos lo suficientemente juntos
como para hacerlo.
―Y ¿mi señora? ¿Qué es lo que siente ahora?
Cojo aire y este se me retuerce en el pecho. Su mano sube hasta la mía
sobre su torso y me acerca un poco más a él. Su frente baja hasta la mía y
siento el peso de sus desvaríos y los míos entrelazándose y flotando entre
ambos huyendo de cualquier sensatez.
―Fiebre y falta de juicio, pero echaré la culpa a la magia.
―Hagamos locuras entonces y responsabilicemos de ello a toda esta
hechicería ―resuelve él.
Se vuelve y busca una salida entre el gentío mientras las tornas han
girado y tira de mí tras él. Dejamos atrás las risas, los cantos y las historias
en boca de otros mientras nosotros huimos de sus ojos.
Se escabulle tras un árbol y me lleva con él hasta chocar mi espalda
contra el tronco. Me mira con esa capacidad suya de leer mentes. Sus ojos
recorren mi frente, mi nariz, mis cejas, mis ojos y mis labios. Me observa
con una intensidad que nunca había experimentado antes. Se apodera de mí
una emoción tan anhelante que duele y clava en mi cuerpo una impaciencia
tan angustiosa que hace surgir y latir el vacío de mi interior gritando y
suplicando que haga algo por llenarlo. Los ojos se me empañan de lágrimas
y no entiendo qué estoy sintiendo, solo sé que, aunque es abrumador no es
suficiente.
Percibo en él el mismo anhelo. Una tortura con la que parece batallar con
miedo a la derrota y a la victoria al mismo tiempo.
Se inclina sobre mí. Apoya una mano en el tronco del árbol sobre mi
cabeza y con la otra sujeta mi cintura. Flexiona una rodilla, que acerca su
cuerpo más al mío. Todo se mueve demasiado lento para mí. Su serenidad y
estoicismo en oposición a mi desesperación.
Busco sus labios con los míos. Cuando los encuentro una multitud de
sensaciones rebotan por todo mi cuerpo. Los siento tan míos como los
propios. Un anhelo largamente deseado y necesitado que se recupera. Sujeto
sus mejillas mientras mi boca presiona la suya como si fuera lo único que
necesito para vivir. Mis lágrimas se deslizan por mi cara y pruebo el sabor
salado de ellas en la lengua cuando separo los labios para dejarle entrar. Me
lame con una ferocidad que me arrastra a esa locura que nos ha traído aquí y
que ahora parece irrefrenable.
Su mano sube hasta mi nuca y ladea mi cabeza para tener mayor acceso,
para devorarme entera y despertar aún más ansiedad, más necesidad, algo
que podría aumentar sin límites y nunca ser suficiente para ninguno de los
dos.
―Astrid… ―le oigo susurrar sin dejar mi boca.
No puedo dejar de llorar. Es este bosque encantado y su capacidad de
ahondar en las más íntimas carencias y extrapolarlas aumentadas mil veces
más.
Me entierro en su cuerpo, en su boca, en su lengua, en la necesidad de
trasmitirle algo sin palabras, algo que solo entiende mi corazón.
―No lloréis, mi señora ―dice, separando su boca de la mía y
recorriendo con ella mi mejilla―. También me duele en todo el cuerpo la
necesidad de poseeros, pero no será así y aquí. Sé que primero debo
ganarme ese derecho.
―Solo abrázame fuerte, Wenner. Siento algo muy profundo y doloroso
que no se calma. Por favor, no dejes de hacerlo hasta que se apacigüe mi
sufrimiento.
Me entierro en su pecho y sus brazos me rodean con la fuerza de mil
hombres mientras mis manos se anclan a su espalda como trampas mortíferas
de las que no podré salir sin heridas.

―Despierta ―oigo que alguien susurra en sueños, pero no es una voz


que reconozca―. Despierta, Elanor, despierta.
Abro los ojos y me encuentro con la sonrisa de Allende, pero no es entre
sus brazos en los que encuentro.
Lothringer está sentado sobre el suelo con la espalda apoyada en el
tronco del árbol que fue testigo de nuestra zozobra y me tiene acurrucada
entre sus piernas flexionadas y contra su pecho.
Levanto la mirada hacia su cara. Tiene la cabeza apoyada contra la
corteza, pero la inclina de forma ladeada para que pueda encontrarme con
sus ojos somnolientos de un color cerúleo brillante. Era mucho esperar que
el hombre de los cien mil sentidos permaneciera dormido con el más leve
estímulo a su alrededor.
―Hay bollos con canela recién hechos y té especiado para los señores.
―Ahora vamos, Allende. Gracias.
Asiente sin borrar la sonrisa de su cara y vuelve a dejarnos solos.
Me muevo y los brazos de Lothringer me sueltan sin resistencia. Me
incorporo con suavidad sin dejar de observarle.
―¿Habéis dormido, mi señor?
―Poco y ligero.
―Podríais haber buscado un lecho más cómodo.
―Yo no he dicho que estuviera incómodo.
Me muerdo el labio y bajo la mirada. No sé cómo explicar la magnitud
de las emociones que me abordaron ayer. Aún brotan como un aroma dentro
de ese bosque.
―Raíz de jengibre ―dice él.
―¿Qué?
―La hidromiel que nos dieron tenía raíz de jengibre. No sé cuánto de
ella bebimos, pero es más que plausible que nos sintiéramos afectados por
ella.
―Creía que culparíamos a la magia.
―Eso depende de cuántas justificaciones necesitéis, mi señora. ―Su
expresión adopta una maliciosa satisfacción que sin embargo suena a
sinsabor en su voz.
―Ninguna en realidad. ―Me incorporo, aceptando su escrutinio con
dignidad y sin ningún sentimiento de culpa.

Echo un ojo al movimiento creciente del poblado.


―Desayunemos y vayamos después a la mina.
―Id primero. Ahora os sigo, mi señora.
Asiento con la cabeza con un poco de extrañeza y comienzo a bajar la
pequeña pendiente al claro con un encogimiento de hombros.
Puede que ahora el influjo de la magia esté dormido y que el hidromiel
también contribuyera, pero estoy segura de algo: nunca un beso con
Bernhardt me había hecho sentir tanto y tan profundamente. Como si
arrancara con fuerza todas las raíces de mi consistencia. No soy capaz de
dejar de pensar en ello.
«¿Qué demonios ocurrió? ¿Es que los malditos dragones besan así? Debe
ser el fuego que corre por sus venas».
Me encuentro con el capitán Nasser y sus zarpas dentro de la bandeja de
bollos con la ansiedad propia de un asno hambriento.
―¿Mi señora? ¿Habéis dormido sobre la hierba? Tenéis hojas y herbaje
por todo el pelo y el vestido.
―No, en realidad. He descansado sobre algo firme ―le respondo y justo
en el momento en que veo su sonrisa burlona me arrepiento de la mala
elección de palabras.
―No tenéis vergüenza, capitán ―le recrimino.
―Me preguntaba si el brebaje ese funcionaba.
―Deberíais experimentarlo en vos mismo para comprobarlo.
―Desgraciadamente, mi deber de soldado me impide relajarme en esos
menesteres mientras estoy de servicio. Yo siempre guardo las espaldas de mi
señor. Cuando la espada viene desde atrás nunca se sabe de quién puede ser
―me lo dice como si me lo recriminara, con una mirada llena de una extraña
mezcla de desagrado y regocijo.
―Me aburrís solemnemente con vuestra absurda suspicacia, capitán.
Vuestro rencor es contra el duque de Hedwigde, no contra mí. No sé cuál es
el origen, pero yo no soy responsable de los errores de mi padre. Buscad
venganza donde corresponda ―le digo, arrojándole mis palabras con hastío.
―¿Cómo sabéis eso?
―No sois solapado precisamente. Y yo tengo experiencia. Os
sorprendería saber con cuántos enemigos de mi padre he tenido que lidiar en
mi vida.
―No es que no os tenga estima, mi señora…
―Ahorraos la palabrería, capitán, y dejadme desayunar tranquila o juro
que haré que un ciprés os cuelgue boca abajo hasta que olvidéis que se
camina con los pies.
―Algo me dice que podríais, así que, con vuestro permiso, iré en busca
de mi señor.
Por primera vez me pregunto si la persona que permitió que el peso de la
culpa del asesinato del favorito del rey cayera sobre mí pudo haber sido un
enemigo de mi padre buscando resarcirse de alguna injuria.
Me apresuro a terminar mi bollo. Si queremos atravesar lo profundo de
Edelgarth debemos hacerlo durante el día cuando los árboles duermen.
«Aquel que quiere entrar en lo profundo de Edelgarth debe pagar un
tributo. Todo el mundo que ha conseguido salir de él con vida lo sabe, pero
no todos los que lo han hecho han conseguido sobrevivir.
En su acceso se alzan dos árboles de enorme calibre con un tallo
leñoso lleno de espinas que rodea su tronco. Antes de dar un solo paso
dentro hay que presionar la huella del dedo sobre una de las astillas hasta
dejar brotar una gota de sangre. Es la manera en la que el bosque sabe
que es un fae el que pide paso».
Capítulo 29

Siempre que me encuentro a los dos centinelas de Edelgarth lo hago con


un respeto solemne. Son troncos con más años que la propia historia del
mundo. El tiempo los ha despojado de corteza y hojas y sus troncos con más
del doble del grosor de seis personas aparecen contorsionados como si un
gigante los hubiera retorcido hasta hacerles lagrimear su última gota de vida,
pero están vivos. Puedo notarlo en mi cuerpo. Respiran mi mismo aire,
sacuden mis entrañas con sus emociones.
A mi espalda, Keillan y Nasser se remueven inquietos. Solo Lothringer
se mantiene impasible, pero sin dejar de observar con minuciosa
concentración todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Nos acompaña Ransar
con un pico. Si alguien entiende de cavar minas es él, aunque pocos han
entrado tan profundamente a la que nos dirigimos y es difícil distinguir el
mineral si no se sabe qué se está buscando. Afortunadamente, yo lo he visto
en incontables veces. Bernhardt estaba muy orgulloso de él, como si hubiera
sido el artífice de su descubrimiento.
Alzo una mano y presiono la huella de mi dedo contra una de las espinas
que rodean uno de los troncos como el tallo trepador de un rosal. Noto el
pinchazo sin apenas dolor. Una gota de sangre brota de mi carne y el árbol la
bebe con una sed codiciosa.
El ambiente a nuestro alrededor cambia. El murmullo de las hojas se alza
en lo alto de las copas de los árboles más jóvenes como si les azotara una
ventisca, un calor húmedo se extiende por nosotros, haciendo que la ropa se
nos pegue a la piel y un ligero olor a sangre y putrefacción nos envuelve con
una textura viscosa que atrofia nuestra nariz.
―¿Qué demonios…? ―comienza a decir el capitán Nasser.
―¡Silencio! ―le ordeno―. Debéis manteneros callados o perturbaréis
su sueño.
Pongo un pie entre los dos centinelas y mis manos acarician sus tortuosos
troncos como si con ese gesto pudiera aliviar la agonía implícita en los
detalles de su aspecto.
Entro en la espesura del bosque y enseguida el olor y la densidad del aire
se recrudecen. Todo se vuelve más opresivo y pesado. La humedad nos
envuelve como una capa mojada y deja nuestra piel brillante y pegajosa. El
suelo está lleno de hojas podridas y negras que crujen bajo nuestros pies y
alojan en nuestras fosas nasales un olor rancio.
No siempre fue así, pero el odio y el resentimiento envenenan este
bosque y Edelgarth se niega a olvidar.
Miro hacia atrás cuando oigo una exclamación queda. Los tres caballeros
rodean lo que parece un cráneo humano aplastado con una curvatura irreal.
Dentro de este bosque, ellos, con sus largas capas oscuras, sus espadas y su
inmensidad parecen más amenazantes que cualquier hueso suelto, pero la
inquietud en sus semblantes muestra que el miedo a lo desconocido es mucho
más intimidante y aterrador.
―Vamos ―les azuzo sin levantar demasiado la voz.
―Wenner ―habla Nasser con intranquilidad―, si parece, suena, y huele
mal, es que lo es. No deberíamos dar ni un solo paso más.
Lothringer levanta la vista del suelo hacia él con esa calculada lentitud
por la que viajan mil pensamientos y luego me mira a mí.
―Confío en mi señora ―responde con voz queda con sus ojos anclados
a los míos. Mis labios se curvan un poco en una sonrisa que trato de
contener.
―Eso fue lo último que dijo Klaus Daeneiros antes de ser envenenado
por su esposa.
Pongo un dedo en mis labios para obligarlo a callar. Me mira con el ceño
fruncido y yo le dedico la espléndida sonrisa que retenía hace un momento.
Me giro y continúo andando con pies ligeros, pero controlados. Sin intención
de perturbar a la oscuridad con un alboroto innecesario.
A mi espalda se oye un golpe y un batir de hojas seguido de una serie de
profundos improperios del capitán.
Me lo encuentro tumbado en el suelo boca abajo con la cara magullada
en la frente de donde se desliza un reguero de sangre.
Se pone de rodillas y se sienta sobre sus talones para observar a su
alrededor.
―Juro que salió una raíz de la nada que me hizo tropezar ―se queja con
un tono un poco desquiciado.
―Conseguiréis algo más definitivo que una simple zancadilla como no
os calléis de una vez ―le increpo, y miro hacia las copas de los árboles
donde las hojas parecen murmurar y comunicarnos su desaprobación y
malestar.
Me lanzo hacia Nasser anticipándome a sus intenciones y con una rodilla
en el suelo frente a él, cubro su boca con mi mano. Sus ojos se amplían y se
quedan atorados en mi cara mientras yo continúo tratando de interpretar las
señales. Los troncos de los árboles crujen como carillones de viento huecos.
Los sonidos son cada vez más fuertes y parecen provenir de todas partes.
No suelto a Nasser mientras me inclino para mirar tras su espalda. Siento
el odio. Se me clava en la piel como gemidos y lamentos que arañan y me
desuellan desde dentro. Mi corazón late desbocado y casi puedo sentir el de
Nasser en mi mano.
Canto en voz tenue. Es una vieja canción en una lengua vieja que nadie
entiende, pero que se ha trasmitido por generaciones entre los de Edelgarth
para saber aplacar la furia del bosque.
Nasser también se relaja a mi lado y tras mi mano, mientras los ruidos
ensordecedores de los troncos se espacian y bajan su volumen amenazante.
Miro hacia atrás, hacia Lothringer. Tiene la mano sobre la empuñadura
de su espada dispuesto a sacarla ante cualquier amenaza, aunque ahora
mismo él parece la más probable para Nasser.
―¿Seréis capaz de mantener la boca cerrada si retiro mi mano, capitán?
―le susurro al oído.
Él asiente con la cabeza sin dejar de mirarme con inquietud. Le dejo
libre y me incorporo. Retengo las ganas de sacudirme las hojas muertas de
mi vestido y continúo caminando. El bosque no tolera demasiado tiempo a
los intrusos.
El último tramo es menos denso y opresivo. Al final nos espera un puente
de tablones de madera y lianas que conduce a la falda de una de las
montañas.
―Mi señora, si todos los hombres del Dragón son como ese charlatán,
me temo que no durarán ni dos días atravesando el bosque ―me dice Ransar
mientras sube el sendero de la ladera a mi lado.
―Por eso serán los mineros de Edelgarth los que se ocupen de extraer el
mineral a cambio de una generosa remuneración por parte de mi señor dada
la especialización del trabajo y los riesgos añadidos.
―Si el trato es justo puede ser incluso ventajoso para el valle. Sir Roger
y el duque de Hedwigde se han dedicado a vaciar las arcas. Nuestras
herramientas envejecen o se estropean. Ellos se empeñaron en cultivar lino,
mi señora. El alguacil dijo que nos haría ricos. Nos obligó a cambiar
nuestros métodos de producción y a romper nuestras tradiciones.
Ahora entiendo por qué dejaron de llegar a la capital la miel de brezo, el
tejido en seda que solo los gusanos de Edelgarth son capaces de elaborar,
las nueces, las avellanas y las almendras, el queso blanco o las verduras con
el distintivo color purpura de esta tierra. Lo único que nunca faltó fueron los
caldos rojos prensados de las uvas y lo que probablemente mantuvo la
riqueza antes de que fuera descubierto el peletelio de forma casual por un
niño. En realidad, la cueva de este mineral siempre fue utilizada como un
lugar en el que poner a prueba el valor infantil.
―Se harán las inversiones que sean necesarias para abasteceros con
herramientas y materia prima. Recuperar la producción y volver a nuestras
elaboraciones tradicionales será uno de nuestros propósitos más
importantes. El lino se puede ir por donde vino. Este acuerdo con mi señor
nos proporcionará lo necesario.
―Perdone, mi señora, pero ¿está el duque de acuerdo?
―El señor de Lothringer no es tonto. Sabe que no tiene más alternativas
si quiere el mineral.
―Y la señora de Edelgarth es muy valiente. Él es aterrador.
―No, no lo es, Ransar. En realidad, es un hombre gentil y respetuoso.
―Sospecho que desde vuestra posición se ve distinto. Mi cuerpo tiembla
solo con una de sus miradas, aunque si lo que dice mi señora es cierto
acabaré acostumbrándome a él con el tiempo.
―Sí, supongo que podría hacerlo―respondo con poca convicción y le
dirijo una sonrisa un poco tirante.
La entrada a la cueva es grande y tiene una llana plataforma en su centro
que es la que sirve de recreo. Para encontrar el peletelio hay que bajar por
una hendidura estrecha y profunda del fondo. Oí hablar a Bernhardt y a mi
padre sobre ello y en seguida supe a qué grieta se referían.
―Tenemos que bajar ―les explico.
Los cuatro miran la oscuridad del agujero sin mucha convicción.
―¿Mi señora también? ―me pregunta Lothringer.
―Soy la única que sabe cómo es.
Asiente con la cabeza y luego declara que él será el primero en bajar.
Soy muy consciente de lo extraño que resulta todo y de los pocos detalles
que he dado sobre mi conocimiento de este hallazgo. Estoy segura de que
Lothringer sabe que oculto algo, pero no pregunta sobre ello y eso es
altamente gratificante. No me siento presionada en absoluto ni me veo
forzada a dar explicaciones inverosímiles. Él no parece predispuesto a
tergiversar o mal pensar de mí. Eso me hace sentir a su lado más tranquila
que alrededor de nadie más. Como si me dejara ser yo misma sin
condiciones ni exigencias. Creo que es la primera vez que puedo sentirme
así.
Le observo deshacerse de la capa y arrojar el cinturón de la espada a un
lado.
Nasser arroja una antorcha encendida por la hendidura al suelo sin dejar
de observar lo que se puede apreciar. La iluminación es suficiente para
descubrir una sala pequeña de paredes escarbadas. Parece satisfecho y se
gira para informar al duque que parece todo normal, sin dejar de mirarme
con una expresión extraña.
Lothringer agarra el brazo de su capitán con una mano mientras se
asegura al filo del agujero para desaparecer por él. Me acerco al borde para
observarle descender mientras apoya la punta de sus botas en los pequeños
salientes y se sujeta con los dedos a cualquier pequeña hendidura que, en
realidad, parece insuficiente para tomar como soporte. Casi al final, se
balancea con la única sujeción de apenas dos dedos y salta hasta el suelo.
Me recojo el vestido como he hecho otras tantas veces en las que nadie
podía verme o detenerme para subirme a los árboles o saltar por lianas.
Me deshago del calzado y hago un nudo sobre la cadera con la tela para
que no me estorbe. Levanto la cabeza para encontrarme con que Keillan se
mira la punta de los zapatos intensamente y Nasser parece realmente
incómodo mientras parece obsesionado con las uñas de sus dedos.
Ransar oculta una sonrisa y yo me encojo de hombros. No parecen los
mismos hombres que hace unas semanas permanecían impasibles mientras yo
me casaba en camisón.
―¿Vais a ayudarme, capitán, u os viene mejor arreglaros ahora las uñas?
―Tengo la sospecha de que podríais hacerlo sin ninguna ayuda ―me
responde con una falsa y tirante sonrisa vacía de toda diversión.
Pongo mis manos sobre la cintura un poco picada con su comportamiento.
―Yo os ayudaré, mi señora ―se ofrece Keillan al momento, pero
Nasser le detiene con una mano sobre el pecho y extiende el brazo hacia mí.
―¿Estáis seguro de ser capaz de controlar vuestras ganas de dejarme
caer? ―le espeto con una mirada ácida.
―Mi señora, me tenéis en muy baja consideración. Yo nunca haría nada
que os pusiera en peligro. Os lo juro por mi honor de caballero. Soy vuestro
más humilde y entregado servidor.
Keillan resopla a nuestro lado con ironía y Nasser vuelve la cabeza hacia
él con una dureza que pocas ocasiones le he visto utilizar.
A veces, es fácil olvidar que Nasser es el capitán y que está por encima
de los demás porque su uso de la autoridad es limitado y le gusta
mimetizarse entre los demás hombres como uno más, pero lo cierto es que
tiene el respeto del resto y sabe cómo ganárselo.
Sujeto su antebrazo con fuerza con mis dos manos y recupero su atención.
―Llegará el día en que os demuestre lo equivocado que estáis conmigo y
tendréis que tragaros todo ese sarcasmo, capitán.
Él no pronuncia más palabras, mientras se inclina para ayudarme a
buscar asidero con los pies en las protuberancias de la roca. Suelto una
mano cuando encuentro soporte para ella y luego la otra. Conozco bien las
formaciones de esta pared. He escalado por ellas en un sinfín de ocasiones.
Nuestra gente conserva un gen atávico que nos aporta ligereza y la habilidad
para encaramarnos a las superficies con desenvoltura.
Toco el suelo con suavidad y me vuelvo a Lothringer, que está
mirándome con apreciación, sin ningún rastro de su habitual indiferencia.
―Sois jodidamente ágil, mi señora ―comenta con absoluta seriedad y
yo contengo una carcajada.
―Mi señor tampoco lo hace mal.
―Es seguro que entre los dos podríais concebir una nueva especie de
cabra montesa ―interviene Nasser saltando tras de mí. Lothringer ladea la
cabeza para mirarle con ira―. Sin duda bella como mi señora y fuerte como
mi señor ―añade rápidamente.
―Sin duda más inteligente que tú, Nasser ―le reprocha el duque.
―Eso sería muy fácil, Wenner. Pero deja que te diga que me agrada
darme cuenta de que ya hemos puesto sobre la palestra la posibilidad de
aumentar la familia. ¿Mi señor cree que la raíz de jengibre ha podido
funcionar?
―Capitán Nasser… ―empieza Lothringer a decir con un tono
confundido.
―¡Aquí! ―casi grito. Creía que me costaría un triunfo dar con ella
porque su color y textura son muy parecidos al de la roca, excepto por una
veta negra que como un sistema de nervios se deja entrever por toda la
galería. Esa franja es la que hace posible que el peletelio no necesite carbón
vegetal para alcanzar su temperatura de fusión como el mineral de hierro
para la obtención del acero. Al no tener carbono en su composición, la
pureza del mineral permite forjar, sin necesidad de ningún otro
procedimiento, las hojas de espada más refinadas, resistentes y afiladas
jamás conocidas hasta ahora. Es incluso capaz de atravesar la dura piel de
un morthol, tan prolíferos en el norte y difíciles de eliminar.
―¿Qué demonios pasa contigo? ―murmura Lothringer con los dientes
apretados sin dejar de mirar a su capitán.
―¿Te escandalizas más que ella?
―Caballeros, por favor, ¿puedo exigir vuestra atención en este
momento?
Noto un salto a mi lado.
―¡Ah! Ransar. Al fin un poco de cordura. ¿Cuánto puede extraer para
poder probarlo?
―¿Le vendría bien una daga a mi señora?
―Sí, estupendo.
Capítulo 30

Wenner camina rápido, sujetando la vaina de la espada a su costado para


que no interfiera en su marcha mientras busca a su segundo. Todo el mundo
se aparta de su camino como si fuera un demonio de la noche, y él no frena
ante nadie.
Nasser está agachado junto a una hoguera y se levanta en cuanto ve a su
señor. Conoce su talante mejor que nadie y sabe que está furioso, con él para
ser más exactos.
Le sigue sin decir una sola palabra lejos de la herrería donde se está
obrando el milagro y todo el mundo se reúne sin disfrazar una curiosidad
creciente.
―¿Cómo te atreves a hacer un comentario así delante de ella, Nasser? Tu
descaro y tu insolencia deben tener un límite. Eres muy consciente de cuáles
son los términos de nuestro acuerdo ―le reprocha Wenner, con ira
contenida.
Su ceño está claramente fruncido y sus ojos entornados y fríos harían
encogerse a gigantes más audaces que Nasser. Él, sin embargo, mantiene una
actitud tranquila y paciente.
―Ella no sabe que estoy al corriente. ¿Eso es lo que te molesta tanto?
¿Qué me vaya de la lengua y ella se dé cuenta de que lo sé todo y deje de
confiar en ti? Porque no veo otra razón para que te afecte tanto. Astrid ni
siquiera se ofendió. Sabe que soy un charlatán y un quisquilloso. Los dioses
saben que tiene capacidad suficiente para replicarme con osadía cada una de
mis mordacidades.
―Lady Astrid ―le corrige Wenner con voz dura.
―Sí, de acuerdo, lady Astrid, lo siento.
―No hay motivo para que ella no sepa que estás al tanto de nuestro
acuerdo. Se lo diré.
―Ella también tiene sus propios secretos, Wenner.
―Pero nunca miente.
―Todo el mundo lo hace.
―¿Sabías que el corazón de una persona se acelera cuando no dice la
verdad?
―Ahora me estás dando escalofríos.
―Soy capaz de advertir el cambio de latido. Sé cuándo alguien miente,
tiene miedo o se altera por otras circunstancias.
―¿Qué tipo de circunstancias, Wenner? ―pregunta Nasser con tono
vacilante, desaparecido todo su humor.
―Todas y cada una de ellas.
La hoja de peletelio forjada se diferencia del acero común en que forma
un patrón visible como el acero de damasco, pero en un color mucho más
oscuro: gris humo y azabache.
En Edelgarth no solemos fabricar armas, pero tenemos una forjadora con
más tino y especialización que el herrero usual y es Silima, su hija. Por si
fuera poco, los ornamentos con los que embellece la empuñadura están
llenos de detalles únicos y hermosos, que hacen referencia a nuestra
identidad y cultura con gemas e insignias propias, con lo que cuando ponen
la nueva daga frente a mí, me encuentro con un arma no solo superior, sino
extraordinaria en toda su envergadura y jamás antes forjada. La cojo con
mucho tiento porque sé que está realmente afilada y se la tiendo a Lothringer.
Este la sujeta desde la empuñadura tras echarme un largo vistazo y comienza
a examinarla con ojo crítico.
La hace girar y sopesa su peso. Luego pasa el filo por su dedo haciendo
que un reguero de sangre surja de su piel.
―Una buena arma de combate debe ser maleable, para deformarse sin
romperse, pero para conseguirlo se pierde firmeza con lo que su durabilidad
e impacto se resiente ―explica la joven Silima sin pestañear al duque―. Lo
increíble de este material es que aun siendo de una enorme dureza sigue
siendo un material muy dúctil. Nunca había trabajado con nada igual.
―¿Puede atravesar el acero de una espada entonces? ―pregunta
Lothringer.
Ella asiente sin ninguna duda.
―Capitán, por favor.
Nasser acude enseguida a la llamada de su señor. Solo con un gesto de
cabeza entiende cuál es su petición. Saca su espada de la vaina y se coloca
de medio lado con ella en lo alto mientras la sujeta con ambos manos.
Todo las personas que han acudido expectantes se apartan de ambos con
la seguridad de que su integridad de otra forma se vería seriamente afectada.
Nadie es capaz de seguir el movimiento vertiginoso y audaz de la mano
de Lothringer cuando lanza la daga, ni a esta atravesando el acero de la
espada de Nasser y clavándola contra el obelisco de piedra a su espalda.
El capitán mira tras él con cara de espanto y los espectadores levantan
una ovación, incluso hay aplausos. Nasser se dirige hasta el lugar donde se
anclan ambas armas. La espada se rompe en dos desde el lugar en el que ha
sido atravesada limpiamente por la daga, pero no consigue sacarla, ya que ha
quedado fuertemente incrustada en la columna. Apoya un pie en la base y tira
con todo su cuerpo, pero de ninguna forma sale.
Mira a Lothringer con frustración. Se acerca para tratar de sacarla él
mismo. Tiene que dar varios tirones bruscos antes de poder recuperarla. La
columna queda agujereada y trocitos de grava caen al suelo, pero la daga
está intacta. Tan afilada como al comienzo y sin una sola fisura. Lothringer
se la ofrece a Nasser.
―Parece magia ―murmura él, sin dejar de hacerla oscilar entre sus
dedos.
―Y puede que así sea ―le responde, luego se gira a mirarme y en sus
ojos reluce algo que no soy capaz de descifrar, pero que es mucho más
elocuente que su inexpresividad habitual.
Yo tenía razón y he sido capaz de demostrarlo. Ahora nuestro trato
adquiere significado de manera bilateral. En un principio no se podrán
fabricar armas en grandes cantidades, pero sí se podrá abastecer al ejército
del duque en poco tiempo. Dada su durabilidad y resistencia, tampoco será
necesario un constante abastecimiento.
Sonrío satisfecha. A mi lado, Allende, Altzibar, Dirta, Goaxi, Saein y
Lakel, así como otros miembros importantes del condado, parecen haber
hecho piña a mi alrededor. Solo espero poder estar a la altura de su lealtad
esta vez.
Capítulo 31

Me tiendo sobre el blando colchón de la alcoba principal boca abajo con


las piernas flexionadas y los pies bailando en el aire en pasos de danza
invisibles. Es una habitación casi mágica ahora que ha vuelto a ser lo que
era antes de Sir Roger, con su abundante vegetación, sus lianas suspendidas
en las ventanas con tul, sus jarrones llenos de flores y su fuente natural
empedrada. Tengo delante los libros de cuentas abiertos que he repasado
detalladamente con Lakel. Es la primera vez que tengo la oportunidad de
estudiar sobre la administración de una finca y me resulta complicado
entender todos los conceptos. Es mucha información de golpe y un montón de
números que bailan desordenados en mi cabeza.
―Adelante ―respondo ante los golpes en la puerta. Nuain, el hermano
de Saoin, se ha ofrecido a subirme un poco de fruta.
En Edelgarth, cuando mi abuelo era el señor, ambos géneros estaban
cualificados para todos los trabajos. Me sorprendía muchísimo ver a Silima
aprendiendo el oficio de su padre o a Nuain moviéndose entre los calderos
de su madre. En la casa de mi padre ningún hombre entraba en la cocina y
las mujeres solo podían elegir trabajar como doncellas, cocineras o
nodrizas.
Sigue existiendo una barrera importante entre ambos sexos porque la
mayoría de las mujeres se retiran para cuidar de su amplia prole mientras
que ellos se parten el lomo para alimentarlos, pero es una elección
consensuada, no una imposición como en el sur. Soy muy consciente de que
en Edelgarth las mujeres gozan de un estatus muy distinto, tal vez porque
descendemos de un pueblo al que lideraba una reina y en el que no existían
los roles de género. Las hadas no buscaban imponerse sobre otros. Eran
juguetonas y alocadas, tal vez demasiado traviesas y poco realistas, pero eso
les convertía en un pueblo altamente tolerante y flexible que solo buscaba la
felicidad, pero no la felicidad individual. Bien sabían ellos que no había
plenitud en conseguir solo el bienestar propio. La verdadera dicha está en la
felicidad compartida con los que te rodean. Con la destrucción de ese
pensamiento, la civilización solo puede perder y corromperse.
―Mi señora ―dice Lothringer desde la puerta que acaba de abrir―.
Hay algunos asuntos que me gustaría discutir si la ocasión es apropiada.
―Por supuesto.
Me incorporo y me siento sobre el lecho. Echo un vistazo a mi escueto
atuendo. Un negligé de raso y encaje, fresco y liviano, para dormir, pero
poco apropiado para reuniones formales con dragones muy vestidos y
armados.
―¿Hay algún problema con vuestro alojamiento?
Los ojos del duque se mueven con rapidez por la habitación, absorbiendo
cada uno de los detalles, sonidos y olores. Luego se fijan en mis libros
abiertos sobre la cama y finalmente en mí. Su mirada hace un rápido
reconocimiento por mi cuerpo, desde mi coronilla hasta la punta de mis
dedos y de nuevo hacia arriba, hasta mi cara, donde se detiene con esa
seriedad y una concentración impropia de un ser humano. Traga saliva y su
nuez pronunciada sube y baja con fuerza.
―No. Todo está dispuesto de forma acogedora. Me causa pesar que
tengamos que salir apresuradamente hacia el norte. Está claro que mi señora
disfruta de su estancia en el condado.
―En Edelgarth no hay soldados. Ya ha visto que mi padre les ha
despojado de cualquier oportunidad de resistirse. Si me quedo aquí y ellos
vienen…
―De eso quería hablaros precisamente, mi señora. He pensado que
Keillan podría quedarse como guardián. Incluso podría instruir a algunos
hombres para que aprendan a luchar. He visto que algunos tienen cualidades
y ganas, y su puntería con el arco es más que atinada.
Le miro fijamente con los ojos entrecerrados.
―Keillan no se inmiscuirá en los asuntos de la administración. Lo
conocéis y sabéis que os aprecia. Él lo haría por vos. Yo tampoco albergo
intenciones de arrebataros lo que os pertenece por derecho propio, mi
señora. Solo estoy ofreciendo protección. Cuando los rumores sobre el
peletelio se extiendan, habrá rufianes codiciosos y sin escrúpulos que
quieran apropiarse de él.
―El bosque protegerá la mina.
―Pero ¿quién salvaguardará a los mineros y a los forjadores? Os oí
decir que serán los pobladores de Edelgarth los que se encarguen de la
extracción y la producción y me parece lo más sensato y justo. Estoy
dispuesto a ofrecer una remuneración meritoria, pero debéis entender que
ahora mismo están indefensos y necesitarán guerreros que puedan
protegerles.
―Y ¿qué detendrá a esos caballeros de tomarlo todo por la fuerza?
―Yo, mi señora. Tenemos un trato y yo nunca falto a mi palabra.
Ninguno de mis hombres se atrevería nunca a despertar mi ira. La han visto
muy de cerca.
Saca la espada y aunque debería reaccionar con miedo, estoy tranquila y
quieta cuando se adelanta con ella sobre sus manos y pone una rodilla en el
suelo frente a mí. Inclina la cabeza sobre la hoja.
―Juro ante mi espada y con mi vida que mi intención es absolutamente
honesta y que mis acciones nunca serán ejercidas con la intención de
perjudicar a mi señora. Si falto a este juramento que ella misma, lady Astrid
Eldan, clave en mi pecho esta misma espada hasta que se lleve mi último
suspiro.
Miro la cumbre de su cabeza junto a mí, con su pelo oscuro alborotado y
quizá demasiado largo en la nuca en ondas desiguales y rebeldes, con
ternura. Este hombre no se inclina ante nada y ante nadie. Es la persona más
temida de todo el imperio y ahora se arrodilla ante mí de forma casual e
improvisada, otorgando a mi confianza, con su juramento, un valor
inconmensurable. Me siento conmovida.
Bajo mi mano hasta su cabello. Está fresco y suave, como hebras de hilo
de seda cruda y salvaje. Lo acaricio y su pelo se enrosca entre mis dedos.
―Astrid…
―Debéis callar. Es una muestra de agradecimiento.
―Y para ello me acariciáis como si fuera vuestro caballo.
―No deberíais quejaros Carambola lo aprecia mucho.
―No dudo de ello. Es un bastardo afortunado solo por tener permitido
ser vuestra montura.
Detengo el movimiento de mi mano sin entender qué sentido dar a esas
palabras.
―Lothringer…
―Wenner ―corrige él. Deja la espada a un lado junto a su rodilla
clavada al suelo y coge mi mano entre las suyas―. Ya lo dijisteis una vez.
Soy vuestro esposo. ¿Tan difícil os resulta llamarme por mi nombre?
Sus dedos se sienten pesados y firmes alrededor de mi piel. Puedo sentir
las durezas de su palma por el continuo uso de la espada, la descoyuntura de
su dedo gordo amoldado a la sujeción de la empuñadura y, aun así, pese a la
rudeza, no noto tosquedad en su agarre, sino una melosidad que me agrada
enormemente.
―Solo lo sois por acuerdo.
―No se me olvida, Astrid. ¿Tenéis intenciones de romperlo ahora
mismo?
―No.
―Entonces debéis intentarlo. En el norte se sentirá extraño si no lo
hacéis.
Lleva mi mano a sus labios y el cosquilleo que siento en mis dedos se
extiende por todo mi cuerpo. Siento que todos los anhelos que despierta en
mi cuerpo me oprimen con tanta fuerza que me empujan a buscar algo que no
entiendo qué es ni dónde debe estar.
―Wenner ―susurro.
Mi mano rodea un lado de su cara y acuna su mejilla cuando ladea la
cabeza hacia ella. La suya sigue sobre el dorso y la presiona sobre sus
labios cuando deposita un beso sobre la palma.
―¿Qué haréis en el futuro cuando no se pueda demostrar que no hubo
consumación?
―¿Es una pregunta que puedo responder o que me atrevería a responder?
Confío en que no sea necesario revelar evidencias.
―Os causé dolor y temo que os llevéis una impresión desafortunada de
lo que conlleva la intimidad conyugal o… de mí.
No puedo decirle que no soy ninguna doncella ni que mi única
experiencia sexual no se basa solo en lo ocurrido aquella fatídica noche. En
sus dedos rompiendo de forma apresurada mi himen.
―No fue vuestra culpa. Yo os lo pedí. Mi señor trató de ser lo más gentil
posible. Lo que agradezco enormemente. No tiene tanta importancia, no
pretendo ser una experta en tales menesteres, Wenner.
―Ni yo insinúo que deberíais serlo ―responde enseguida, y podría
jurar que sus orejas han tomado un color más carmesí―. Aunque estoy
seguro de que algún día encontraréis a alguien con quién buscaréis esa
intimidad.
―Tengo poco interés y no estoy tan segura de que resulte placentero. Al
menos para una mujer.
―Puedo demostrar que estáis equivocada.
Contengo la respiración.
―¿Cómo podríais?
Separa mi mano de su mejilla y la inclina para poder besarme la muñeca
en donde mi pulso late con fuerza.
―¿Os gusta esto? ―pregunta, y yo afirmo con la cabeza porque no tengo
talento para las mentiras―. Si algo no es de vuestro agrado, solo tenéis que
pedirme que me detenga.
Se incorpora y desde mi posición parece enorme e intimidante. Le
observo con el corazón en la mano mientras se quita el cinturón de su vaina,
la nueva daga de su bota y otros dos cuchillos tras su espalda.
―¿Los besos fueron agradables? ―vuelve a preguntar cuándo se ha
deshecho de todo el arsenal.
―Lo fueron, mi señor.
Se inclina sobre mí con su rodilla sobre la cama junto a mis caderas. Mis
piernas están recogidas y flexionadas hacia atrás por el lado contrario. Pone
su mano en mi nuca mientras acerca su boca a la mía.
―Para mí también, mi señora.
Sus labios capturan mi labio inferior y lo estiran hacia él hasta soltarlo.
Cuando vuelven lo hacen para presionarse. Los noto suaves y blandos.
Mucho más dulces de lo que parecen a simple vista. Los abre y atrapa mi
boca entera. Desliza su lengua entre mis labios para obligarlos a abrirse
para él y choca con la parte roma de mis dientes cuando penetra al interior
de mi boca.
Mis manos suben por sus hombros y hasta su cuello mientras mi espalda
resbala hasta la manta de piel, arrastrándolo conmigo.
Me falta el aire, pero no parece importante cuando comparto el suyo en
mi boca respirando con alientos pesados como golosinas para el más
lamerón.
Lamo su boca y él devora la mía sin prisas como si pudiéramos seguir
con esto un tiempo infinito.
Noto el peso de su pecho sobre el mío sin presión alguna, pero como si
creyera que puedo romperme sin el apoyo de su brazo para sostenerse sobre
la cama.
Su mano resbala desde mi cuello a mis hombros y por la clavícula como
el paso de una bola de fuego que me deshace de mi piel y mi carne para
adentrarse en lo más profundo de mi cuerpo para jugar con mis emociones.
Gimo cuando sus dedos se arrastran por encima de mi pecho.
Abro mucho los ojos y él se detiene para estudiar mi reacción. Por su
rostro se asoma una emoción tan fugaz que no soy capaz de interpretarla. Nos
observamos con las respiraciones aceleradas y con algo muy parecido al
vértigo. Una sensación que parece nueva para los dos y nos resulta dura e
incluso melancólica.
―¿Todo bien? ―pregunta a media voz.
Asiento con la cabeza despacio. Más que bien en realidad. La yema de su
pulgar se entretiene sobre un pezón. Gira sobre él y lo acaricia despacio,
como si amasara pan, dejándolo duro y dolorido. Mi espalda se arquea
mientras reprimo un suspiro. Me pregunto cómo unas manos que parecen
forjadas para la batalla pueden mostrarse tan cálidas y agradables en ese
momento.
Es extraño. Apenas puedo respirar. Nunca fue así antes. Mi piel no se
llenaba de expectación y mi lujuria no crecía por debajo de mi vientre hasta
convertirse en un deseo que necesita ser saciado.
Enrosco mis dedos dentro de su pelo y lo atraigo con más fuerza a mi
boca, a mí y todo él, como si quisiera fundirlo conmigo.
Su mano sigue su lento recorrido hacia abajo, como si me diera tiempo
para asimilarlo, por mis costillas y bajo el ombligo, por mis caderas y hasta
mi rodilla para poder flexionarla y alcanzar el dobladillo de mi negligé. Lo
arrastra junto a sus caricias ascendentes por la parte interna de mi muslo.
―Esta vez será distinto, Astrid ―murmura sobre mi boca cuando
alcanza el triángulo entre mis piernas.
Mis cuerpo tiembla ligeramente y gimo cuando sus dedos caminan como
un hombrecillo de dos piernas bajo mi pubis. Se deslizan como lo harían a
través de las cuerdas de un arpa para hacerla vibrar de arriba abajo,
extendiendo la humedad que se forma bajo sus caricias alrededor de la boca
de mi vagina y por mi pubis. Subo mis caderas en busca de sus dedos. Es tan
maravilloso y al mismo tiempo tan doloroso. Definitivamente no fue así
antes. Y todo se concentra ahí, en sus dedos rozando mis labios, despertando
deseos dormidos y jugando con mi cuerpo como si lo conociera mejor que
yo.
―No os haré daño ―susurra y entonces su dedo se mueve hacia dentro y
penetra en mi interior con suavidad.
Aspiro aire con fuerza y cierro los ojos. No lo siento como una invasión
de mi cuerpo ni tiene que ver con su búsqueda de placer a través de mí. Esto
lo hace para mí y yo solo puedo responder moviendo mis caderas para sentir
su dedo más adentro y el roce de sus nudillos por fuera en la parte superior
de mi sexo. Los aprieta con firmeza contra mi piel y mi excitación se
dispara. Me rozo contra él. Su dedo busca dentro de mi sexo, se mueve por
la concavidad y lo dobla haciéndome lanzar gemidos que no soy capaz de
controlar. Entra y sale con energía cuando entiende que estoy en el límite.
Lo abrazo tan fuerte que puede que ni siquiera le deje respirar, pero
necesito agarrarme a algo sólido y estable mientras todo explota dentro de
mi cuerpo. Mis gemidos se convierten en llantos o quejidos que ni siquiera
pueden describir una pequeña parte de lo que estoy sintiendo.
Ahora lo entiendo. Esto es el deseo y no hay nada comparable.
Mi cuerpo languidece como una muñeca desmadejada que ha perdido su
relleno de paja y lana tras alcanzar su plenitud.
Sigo reteniéndole sobre mí con mis dedos entrelazados con las ondas de
su pelo y mi otra mano sobre su mejilla mientras sus labios recorren mi
cuello.
―¿Ha sido placentero, mi señora?
―Ha sido increíble ―reconozco con una sinceridad que se me escapa
de la boca.
Se detiene y levanta la cabeza para mirarme con un brillo malicioso en
los ojos que resulta extraordinario por lo inusual.
―¿Entonces dejamos zanjado el tema de lo conveniente que es conocer
el lado satisfactorio de la intimidad conyugal?
―¿Desea mi señor zanjarlo?
―¿Acaso mi señora ha cambiado de opinión y ya no le resulta tan ajena
la posibilidad de aprendizaje?
―¿Se refiere a si estoy considerando el asunto de convertirme en una
experta?
―Me temo que mis habilidades son pocas y rudimentarias para lograr
que mi señora alcance tal nivel de maestría.
―No es lo que ha parecido.
―Eso es porque mi entusiasmo suple mis carencias.
―¿Cómo logra uno ser un maestro con la espada, Wenner?
―Practicando mucho, mi señora. Me temo que una vez cada quince días
sea insuficiente.
―Nunca dije que el acuerdo no pudiera ser modificado en favor de
nuestros intereses comunes. Siempre que tengamos en cuenta que nuestras
prácticas no nos pueden conducir a algo irreversible que no se pueda
deshacer después.
No puedo concebir. Durante los casi dos años que estuve con Bernhardt
en aquella otra vida no fue imposible quedarme embarazada y los médicos
me lo confirmaron. No soy fértil. El problema es que no podría admitir
libremente ante un tribunal de anulación que no hubo consumación con
Lothringer de ser al contrario. En la vida todo tiene un valor o supone un
sacrificio y mi libertad para elegir cómo o dónde vivir está por encima de
todo. Este es mi lugar.
Llaman a la puerta y Wenner salta como un gato montés hacia un lado de
la cama. Rápido y ágil como ninguno, pese al lío que sus largas y esbeltas
piernas provocan con la tela de mi camisón. No entiendo cómo ha
conseguido alcanzar la daga que esconde bajo su mano o si es que ya la tenía
escondida en la manga y yo no me he dado cuenta.
No puedo evitar reír mientras me recoloco mi atuendo para mostrar un
aspecto más decente.
Nuain entra con mi permiso con una bandeja en la mano. Lleva una
sonrisa en la cara al verme, que se borra de golpe cuando sus ojos
encuentran a Wenner.
―No sabía que estabas acompañada, Astrid. Me temo que solo traigo
refrigerio para uno.
He crecido con Nuain igual que con Naoin y nos sentimos demasiado
cercanos para tratarnos con cortesía. Nuain ha recibido un montón de
capones por parte de su madre por no saber mostrarme el respeto debido,
pero eso a él le da igual y yo he disfrutado con risas cada coscorrón recibido
en su nuca.
―No importa, Nuain. Seguro que es más que suficiente.
―De acuerdo ―conviene, y parece dudar un poco.
―Mi padre estaba seguro de que estarías con la nariz entre los libros y
me ha pedido que te dijera que lo dejaras por hoy, pero veo que no es el
caso, así que…
―En realidad, tenía intención de ponerme ahora con ellos y nada de lo
que podáis decirme tu padre o tú me hará cambiar de opinión.
―No cambiarás nunca, Astrid.
―En realidad lo hice y es lo que intento arreglar.
―Nadie te reprocha lo ocurrido y tampoco debes cargar con la culpa de
la muerte de Sir Roger. Se lo merecía, Astrid.
―Lo sé… Es lo que no quiero, que la vida de otra persona dependa solo
de mi decisión de nuevo. Creo que lo justo sería formar una especie de
tribunal y que las decisiones importantes se tomaran bajo consenso.
―Como antaño…
―Como antaño, sí.
―Puedo ayudarte, Astrid. Ya lo sabes. Con los números también si lo
necesitas. Sabes que se me dan bien.
―Pero los odias, Nuain. Lo tuyo es la cocina.
―Por ti lo haría.
Los dos nos volvemos hacia el sonido que resuena en la habitación.
Wenner ha cogido una manzana de la bandeja y le propicia un enorme
mordisco que la hace crujir con fuerza. Se ha movido sin que nos demos
cuenta y se ha hecho con mi comida como si fuera propia mientras nos mira
atentamente.
―Volverás pronto del norte, ¿verdad? ―continúa Nuain ignorando a
duras penas a Wenner―. Te necesitamos aquí.
―Al amanecer un monstruo surca el cielo. A media mañana nadie le
quiere… ―empieza a tatarear en voz baja Wenner con un sorprendente tono
musical.
Los dos volvemos de nuevo nuestra mirada a él con pasmo.
«¿Está de buen humor y por eso le da por cantar? ¿O es todo lo
contrario?».
Porque por raro que parezca esa vieja tonadilla infantil suena
espeluznante en sus labios.
Le observo detenidamente. Es la primera vez que le oigo tatarear algo y
es precisamente esa canción. Ya he descubierto que Wenner no deja las
cosas al azar. Siempre hay un motivo detrás de cada una de sus acciones. Es
evidente que no le importa que yo descubra que él lo sabe.
―Volveré en cuanto tenga ocasión, Nuain. Ahora, si nos disculpas, hay
algo que tengo que hablar con mi esposo con urgencia.
Nuain nos mira a uno y a otro con el ceño fruncido y luego asiente con la
cabeza.
Capítulo 32

―Dame las cartas ―le dice Wenner a Nasser, acercándose a él por la


espalda.
―¿Qué cartas? ―le pregunta, tras casi saltar por la sorpresa.
Está en una de las terrazas de la gran casa, con un pie en la baranda y sus
brazos apoyados en su pierna alzada. Se supone que está alerta por muy
enfrascado que esté en sus pensamientos, pero el demonio de Wenner se
mueve con el sigilo de una pantera.
―Las que extrajiste de la pertenencias de lady Astrid.
―Todavía no las he descifrado. ¿Se lo has dicho? ―le pregunta
indignado.
―Sí. Sabe que estás al corriente de nuestro acuerdo y que tu
desconfianza te llevó a registrar sus cosas.
―Y ¿cómo se lo ha tomado?
―No está contenta del todo.
―Ya supongo y ¿a qué demonios ha venido tu arranque de sinceridad
súbita?
―Tenía curiosidad por algo.
―¿El qué, Wenner?
―Su relación con el muchacho de la cocina. Parecen cercanos, bailaron
juntos durante mucho tiempo y hoy… Quería saber si era él el remitente de la
carta.
―Creía que no era asunto nuestro, Wenner.
―Y no lo es. Tienes razón.
―Me va a odiar.
―Tampoco parecía tenerte en gran estima antes, Nasser.
―No te beneficia estar rodeado de esta gente, Wenner. Te ves
influenciado y ¡te dan ataques de sincericidio!
―No suelo hacer uso de las mentiras.
―Pero eras más reservado antes.
Ambos hombres se vuelven hacia la noche. Hay un montón de luciérnagas
iluminando como pequeñas motas de oro el cielo.
―¿Y bien? ―pregunta el capitán tras un corto silencio―. ¿Era él?
―No.
―No sabes quién es.
―No.
El de los monosílabos se parece más al Wenner usual. Eso tranquiliza a
Nasser.
―Le he hecho un juramento sobre mi espada y con mi vida de que nunca
la perjudicaría con mis acciones.
Nasser se vuelve a él escandalizado.
―¡¿Qué has hecho qué?! ¿¡Estás loco!? ¿Has tenido en cuenta cuáles son
nuestros planes?
―Nuestro propósito no tiene por qué afectarla.
―Y ¿cómo vas a poder evitarlo? ¿Qué demonios te está ocurriendo,
Wenner? Teníamos un objetivo muy claro.
―Y el objetivo no ha cambiado. Ella está fuera de esto y no hay más que
hablar.
―Lo mejor para todos será que este acuerdo termine cuanto antes.
Todavía no entiendo qué te empujó a aceptarlo.
―¿No te parece suficiente valioso ese material?
―¿Te refieres al peletelio o a la dama?
―Dímelo tú.
Capítulo 33

No estoy resentida con ellos. Lo estoy conmigo misma por relajarme, por
continuar caminando siempre un paso por detrás de los demás, por seguir
confiando en quién no debo. Mi necesidad de huir y poner mi vida a salvo
me ha hecho olvidar que hay enemigos por todas partes. No quiero aflojar,
no puedo distraerme ni debo olvidar.
Hay una razón por la que esa carta está en clave y es que está trazada de
su puño y letra por la única persona que anida en mi corazón y cuya vida
valoro tanto como la mía. Él fue el único que golpeó casi cada día las
puertas de mi celda proclamando mi inocencia y sus lágrimas se mezclaron
con las mías el día de mi ejecución.
Él es mi debilidad y yo soy la suya. Debo salvaguardar su identidad hasta
que pueda estar segura de que ambos podemos estar a salvo. Para ganar al
enemigo se debe saber de él tanto como de un mejor amigo. Nasser tenía
motivos al registrar mis cosas, soy yo la que debo estar en guardia y no
olvidar que alguien me envió al cadalso sin deferencia alguna.
Miro hacia atrás desde la loma del camino, hacia mi valle. Saoin, Nuain,
Allende… Me ha costado despedirme de todos una vez más. Ellos son mi
familia y este es mi sitio. Ese es mi propósito a largo plazo. Es hora de
profundizar en mi búsqueda.
Levanto la vista al bosque de Edelgarth, a su oscuridad, su cólera y su
magia, que forman parte de mí como mi propia piel y espoleo a Carambola
para seguir a los cuatro caballeros que cabalgan hacia lo alto del sendero.
Keillan ha aceptado de buen grado permanecer en Edelgarth como guardián
hasta que lleguen los refuerzos.
En cuánto los alcanzo, Wenner, en cabeza, nos impulsa a un galope del
infierno en el que los caballos resoplan y sueltan espumarajos de su boca. Él
ha recuperado a su gran semental, que parece tan incansable como su dueño.
Desde que sale el sol hasta que se oculta, Lothringer nunca muestra signos de
cansancio. Menos aun cuando el norte está cerca y empieza a oler a invierno.
Eso parece tirar de mi señor con una fuerza sobrenatural.
Carambola y yo hemos conseguido una buena compenetración. Tenemos
un acuerdo tácito: yo le dejo absoluta libertad y él hace lo posible para no
tirarme de su lomo. Bajo esta premisa soy capaz de mantener el ritmo de los
demás e ir dos pasos por delante del capitán Nasser, que cierra la comitiva.
A medida que avanzamos la temperatura baja de manera ostensible y
debo cubrirme mejor con la capa. En algún momento, mis manos comienzan
a dolerme y mis mejillas parecen en carne viva, pero Wenner lidera el
avance con mano dura y no nos permite ningún alto. Rojo, a mi lado, me
tiende unos guantes que alcanzo a duras penas sin besar el suelo. Son de
cuero y suave lana de borrego en su interior. Me quedan enormes, pero
devuelven un poco de vida a mis manos maltratadas, al menos, hasta que
empieza a llover y las gotas parecen esquirlas de hielo que traspasan mi
ropa y perforan mi piel. El frío intenso duele. Jamás lo hubiera imaginado.
Nunca seré capaz de acostumbrarme a él.
Es noche cerrada cuando llegamos al primer poblado. Está situado en la
frontera que divide el ducado del resto de la región. Es un asentamiento
parco de pequeñas casas de madera oscura sin laminar, con tejados muy
empinados.
Hace frío y no es un frío que se alivie bajo el rebujo de una capa
abrigada. La gelidez del ambiente se me cuela hasta las huesos y provoca
una tirantez en mi cuerpo que hace que tiemble y me castañeen los dientes.
Me he convertido en un témpano de hielo sobre el caballo incapaz de
sacudirse el frío.
―Vamos, Astrid. Tenéis que moveros ―me dice Wenner al mismo
tiempo que pone sus manos en mi cintura y tira de mí para bajarme. De su
boca, el vapor de agua sale en volandas de humo blanco al condensarse con
el frío del aire―. Verein, busca ropa de abrigo para la señora. Se está
congelando. Lo que lleva no es suficiente.
No soy capaz de hablar o quejarme cuando me coge en brazos y me carga
junto a su pecho. Ni siquiera es invierno y no hay nieve. ¿Cómo será
entonces?
Nasser y Rojo se ocupan de los caballos mientras el duque me lleva
hasta la puerta de una de las casas más grandes. Allí enseguida nos recibe un
hombre enorme, con una barba encrespada y oscura, que parecía esperar tras
la puerta a que nos acercáramos.
―Bienvenido, mi señor. Sus hombres pasaron por aquí hace unos días
apenas. Me dijeron que tuvieron que separarse y también traían algunas
noticias un tanto inesperadas.
―Luego, Lanlos. Lady Astrid necesita entrar en calor.
―Pueden ocupar la habitación principal. Hay mantas de sobra y el
brasero está encendido.
Wenner abre la puerta con un puntapié y solo me suelta cuando estamos
junto a una cama. Comienza a deshacer el nudo de mi capa con rapidez. Me
quito los guantes e intento ayudarle, pero mis dedos no obedecen. No soy
capaz de subir mis brazos.
―Hay que quitar toda la indumentaria mojada ―dice mientras empieza a
desatar mi cinturón―. Debí darme cuenta de que no soportaríais el frío con
facilidad. Vuestra ropa no es adecuada ni suficiente, pero… ¿Tanto os afecta,
Astrid?
―Duele ―le respondo sin que los dientes aflojen su temblor. Me siento
somnolienta y no quiero dar más explicaciones.
Desliza mi vestido por los hombros dejándome completamente desnuda,
lo que empieza a parecer demasiado habitual, y me guía levemente para que
pueda recostarme sobre el lecho cubierto con pieles. Me envuelvo baja
capas y capas de suaves mantas, con los ojos cerrados, concentrada en
devolver un poco de calor a mi cuerpo.
―Debisteis decírmelo ―manifiesta con un leve rastro de ira.
―No lo sabía. No conocía esta región ―le respondo molesta. Solo
quiero que me deje dormir.
―No me refiero a eso. Digo durante el camino. Debisteis obligarme a
parar o avisarme de vuestra situación. Estuvisteis cabalgando bajo la helada
lluvia padeciendo un infierno sin que yo lo supiera ―explica, y su tono
suena más airado con cada frase.
Abro los ojos para revisar hasta qué punto su rostro refleja su enfado y
me encuentro con su espalda desnuda cuando se sienta en el borde del lecho.
―¿Qué hacéis? ―pregunto con asombro. Mi mente está confundida y no
estoy segura de poder ordenar mis pensamientos.
―Vuestro pulso es débil, estáis muy pálida y fría y ni siquiera podéis
moveros, Astrid. Lo más seguro es que tengáis una pequeña hipotermia. Es
algo que ocurre cuando el organismo pierde calor con más rapidez de lo que
lo produce. Me tenderé a vuestro lado para compartir mi calor corporal con
vos y poder subir la temperatura de vuestro cuerpo.
―Ah, vale. ―Es lo único que soy capaz de pronunciar. No es que en mi
cabeza tenga mucho sentido, pero ahora mismo cualquier fuente de calor es
bien recibida.
Lo siento enseguida junto a mí. Su cuerpo contra el mío mucho más
confortable y cálido que cualquier manta. Tan caliente… y suave, pero firme
y plano en cada ángulo con un montón de piel bien adherida a mi pecho, a mi
vientre y a mis piernas.
Escondo mi cara en su clavícula y restriego mi nariz congelada y mis
mejilla ardientes contra su cuello. Sus brazos rodean mi cuerpo atrapando
los míos entre los dos. Una de sus manos descansa en mi espalda a la altura
de los omoplatos y la otra baja hasta mi cadera, pero no con la intención de
pegarme a él, sino con una leve presión que mantiene esa parte de mi cuerpo
alejada del suyo.
Ahora que he encontrado un foco de calor tan efectivo mi interés solo
encauza la forma de conseguir más cobijo. A ciegas, sin poder abrir los ojos,
ignoro esa mano y me adhiero a su cuerpo como una segunda piel. Mis
piernas se deslizan entre las suyas y mis caderas besan las suyas. Le oigo
quejarse levemente, un hondo gemido con voz casi inaudible, antes de
quedarme dormida por completo con la sensación de mecerme entre llamas.

Cuando despierto, el frío adherido a mis huesos parece haber


desaparecido. Estoy sola. Es fácil darse cuenta cuando la persona que se ha
tenido al lado funciona como un brasero encendido, pero hay movimiento
dentro de la habitación, así que abro los ojos. Me encuentro con la mirada de
una mujer de ojos extrañamente claros que me observa con curiosidad.
―Mi nombre es Rosanne, mi señora. ¿Cómo os encontráis?
Me incorporo un poco y las mantas se me deslizan hasta la cintura.
―Me siento bien. Lamento haberos despojado de vuestro lecho ―añado
al mirar alrededor.
Es una habitación muy sencilla, pero con esos detalles que revelan que es
usualmente utilizada por sus dueños.
―No os preocupéis por eso. Dejad que os ayude a vestiros. Hay un plato
caliente en el comedor, esperando por mi señora.
―Seguro que puedo hacerlo sola ―me adelanto enseguida a decir. No
quiero ser tratada como una noble inútil y engreída sin autonomía alguna.
―Mi señor me ha dicho que tal vez no estéis familiarizada con este tipo
de vestimenta ―me explica enseguida, y me muestra los pantalones de piel
de cabritilla.
Alzo las cejas con sorpresa, pero sonrío divertida, porque la idea de
llevar las piernas abrigadas me parece de lo más razonable.
―Fantástico ―susurro tocando la suave piel. La mujer parece
complacida con mi reacción.
―Aquí las mujeres usamos pantalones tanto como los hombres, así que
no se sentirá fuera de lugar. Se lo prometo. Se acostumbrará a ello.
Meto las dos piernas por las perneras de los pantalones y me los subo
hasta la cintura donde los sujeto con un fuerte cordón. Después Rosanne me
ayuda a introducir una sobre camisa de mangas ajustadas y tela fina, pero
abrigada como la lana, por la cabeza que me queda a la altura de la cintura y
luego de nuevo una pieza de cuero pulido que parece un corsé y queda
ajustado a la cintura, pero que sujeta con un cinturón ancho y de doble
hebilla que sin duda se utiliza para poder llevar armas.
Luego me ofrece unas calzas que se estiran hasta casi las rodillas y
finalmente las botas que las cubren.
―¿Estáis cómoda?
Me muevo con mi nuevo atuendo por la habitación probando su
movilidad y la mía y me vuelvo a ella con una mirada de regocijo.
―Ahora entiendo por qué ellos nunca tienen frío y corren más rápido,
Rosanne.
Ella acepta el comentario con una sonrisa muy leve, como si tratara de
contenerla o no estuviera dispuesta del todo a que yo fuera de su agrado.
Me recojo el pelo en una cola alta y desenfadada que horrorizaría a
Baylor, pero que ahora mismo me resulta muy práctica.
Rosanne asiente con la cabeza y me hace gesto para que la siga.
―Por aquí, mi señora.
La sigo por un angosto y corto pasillo hasta la estancia que representa el
comedor. El sol se cuela por las ventanas con poca luz como si todavía
estuviera desperezándose.
A la mesa están los tres caballeros del duque, el hombre de la gruesa
barba que nos recibió en la puerta y también una señora muy mayor de pelo
cano que inclina su cabeza cuando nos oye entrar. Sus ojos están velados y
blanquecinos, y aunque no fijen en ningún lugar concreto su atención,
parecen enfocados en mí como si pudiera ahondar hasta en mis extrañas.
―Buenos días, mi señora ―me saluda Nasser con una inclinación de
cabeza.
Sigo manteniendo una pose más fría de lo habitual con él. Que entienda
sus motivos no quiere decir que no me molesten. No voy a darle razones
para que considere que meter su nariz en mis asuntos conlleva impunidad.
Wenner se mueve en el otro lado, junto al fuego del hogar del que solo
quedan brasas. Se adelanta hasta colocarse a solo un paso de mí y sin decir
nada saca la daga de peletelio de algún lugar oculto de su cuerpo que no soy
capaz de percibir tras su rápido movimiento. Con el mismo mutismo lo
introduce dentro del cinturón de mi nuevo atuendo prácticamente levantando
mis pies del suelo al tirar de él.
―Es vuestro y debéis llevarlo encima ―dice al fin―. Ahora desayunad
algo caliente.
No le respondo lo que pienso, que él le daría mejor uso que yo porque no
he utilizado una daga en mi vida.
Le observo sentarse a la mesa y coger un plato de estofado y yo hago lo
propio junto a Verein, lo más lejos posible de Nasser.
―Ahora mi señora parece una mujer del norte ―comenta el joven
risueño.
―Puedo oler la esencia de un hada en ti ―dice la mujer anciana con voz
rota, pero lo suficientemente alta para que todos en la sala puedan oírla. Su
mirada me traspasa desde el otro lado de la mesa, pero sé que estoy siendo
estudiada―. También llevas impregnado el olor de la sangre en ti… Estás
maldita.
Todas las cucharas, en camino a ser vaciadas en buches ansiosos, son
detenidas a mitad de trayecto. Mi semblante se vuelve de piedra. Sé que
tengo muchos ojos pendientes de mi respuesta.
―¿Por qué? ―pregunto con un susurro.
―Eso no lo sé, niña.
―No hagáis caso de Rosanne, la vieja. Desde que ha perdido la vista
dice cosas extrañas.
―¿Extrañas? Pues parecías muy seguro de mis capacidades cuando
viniste a pedirme una pócima de amor. Si llego a saber que la utilizarías
para mi hija… Te hubiera dado cuerno de toro.
Los tres caballeros de Lothringer contienen la risa.
―Mi ceguera me ha abierto a otra clase de visiones vedadas para los
demás ―explica ella con absoluta seguridad.
―¿Y por qué no predijiste que me amargarías la existencia durante
años? ―le espeta su yerno, provocando más sonrisas en los hombres.
―Porque cuando mi hija me dijo que se casaría contigo la ciega era ella,
no yo. No hubo nada que pudiera hacer para que cambiara de opinión.
Los hombres se ríen, incluso los dos aludidos, pero yo estoy demasiado
impresionada como para poder compartir su júbilo. La cuchara tiembla en
mi mano y parece tan lejos de mi boca como el cielo de la tierra.
Trago saliva y alzo la cabeza. Mis ojos se cruzan con los de Wenner.
Sabe que no me he tomado las palabras de la anciana como simples
desvaríos ¿Puede haber algo de verdad en lo que ha dicho?
Capítulo 34

Nos ponemos en marcha tras el desayuno. Rosanne me alcanza una capa


gruesa y oscura con un manto de piel sobre los hombros y unos guantes de
tamaño apropiado para mis manos. Intento mantener contacto visual con ella
para agradecerle el gesto, pero me rehúye y su actitud es esquiva y
reservada. Ella sí cree en las palabras de su madre.
Todos los hombres se han hecho con capas y atuendos más apropiados
para el frío, cubiertos de piel y gruesos tejidos. Con un último vistazo,
Wenner comprueba que esté lista sobre el caballo y cuando verifica que es
así espolea el suyo.
Los caminos del norte son escarpados y espinosos. El frío intenso se
cuela por mi ropa cuando ascendemos. Siento mis cejas congeladas y el pelo
me cruje pese a llevar la capucha puesta.
La mirada de Wenner cae sobre mí con asiduidad. La ropa abrigada me
ayuda a conservar el calor en el cuerpo, pero el frío sigue siendo muy
intenso y difícil de sobrellevar para mí. Pone su caballo a la altura del mío y
coge mis riendas para detenernos a los dos a la vez.
―Se avecina una ventisca. Subid a mi espalda, Astrid. Mi cuerpo os
protegerá del viento hasta que encontremos refugio.
―Lo siento ―murmuro con el alma hundida hasta los pies. Me siento
una inútil, un auténtico estorbo.
―No es fácil soportar este frío cuando no se está acostumbrado a él, mi
señora. Hombres de más envergadura y recursos han sucumbido a él. Sois
fuerte y lo estáis haciendo bien.
Asiento con la cabeza nada convencida, pero agradecida profundamente
por su aliento. Sujeto su mano y tira de mí para ayudarme a subir a su
montura. Prácticamente me sostiene a pulso con un solo brazo mientras yo
encajo mi piernas al otro lado del animal.
«Y aquí estamos de nuevo», pienso.
Rodeo su cintura con mis manos y estrello mi cara contra su espalda. Es
imposible que él sepa lo que es el frío con esa temperatura corporal. Desde
luego no da evidencias de padecerlo.
Cuando la ventisca llega nuestro avance se retrasa y los caballos avanzan
a duras penas. Rojo y Nasser deben bajarse de ellos para tirar de las
riendas. En las cumbres las montañas están llenas de nieve y los lagos
parecen espejos líquidos con su reflejo de las orillas.
Nunca había visto un paisaje lleno de macizos y lagos como este. Pese a
la ventisca, puedo distinguir los prados salpicados de verdes de distinto
tono, los árboles de hojas disformes moviéndose como pequeñas bailarinas
con trajes de distintos colores y el cielo infinito de un gris plomizo que
parece aún más inalcanzable y lejano que al sur.
Atravesamos un sendero estrecho salpicado de rocas y piedras entre dos
picos que parecen abrazarse y de repente la ventisca parece calmarse al otro
lado. Rayos débiles de sol se cuelan por algún lugar que mis ojos no son
capaces de percibir porque las nubes son densas y no dejan espacio. Al
fondo una descarga eléctrica atraviesa el cielo, tras ella estalla otro rayo con
un fulgor violáceo. Está demasiado lejos para que nos afecte, pero resulta un
extraño fenómeno para mí y me giro para poder observarlo.
Me encuentro con la mirada de Nasser. Levanta las cejas en un gesto
difícil de descifrar, pero lo ignoro. Tira de las riendas de Carambola y lo
lleva a su lado con soltura.
Cuando llegamos a unas laderas, Wenner vuelve a incrementar nuestro
paso. Atravesamos casuchas de pescadores junto a ríos de aguas azules y
turquesas y algún que otro poblado. Estoy convencida de que estamos
llegando a nuestro destino. Mis sospechas se confirman cuando las casas
desperdigadas comienzan a agruparse y se divisa a lo lejos dos grandes y
altas cúpulas blancas rodeadas de torrecillas de igual color de un castillo.
Atravesamos la amplia puerta de arco, dejando atrás las casas de los
guardias. Los soldados enseguida reconocen a su señor y lo reciben con
solemnidad.
Tras las murallas se agrupan viviendas, talleres y comercios de blancas
paredes con osamentas de madera sobre plintos de piedra. Dejamos muchas
atrás mientras nos adentramos por las empedradas calles hasta la cornisa
donde se asienta el castillo con sus dos grandes torres y su forma
rectangular.
Entramos en un amplio patio donde los mozos de caballeriza ya han
debido ser advertidos de nuestra llegada y están preparados para atender a
los caballos. Un ejército de sirvientes y lacayos se despliega para recibir a
su señor y a los caballeros. Todos con rostros adustos y preocupados. Una
mujer se acerca a Nasser y estrecha sus mejillas con ternura, un niño
pelirrojo con igual número de pecas que Rojo se acerca corriendo y se echa
a sus brazos y Lamel se adelanta para hablar con Wenner. Los miro y me
quedo quieta mientras me voy quedando desparejada en esa recepción.
―¡Lady Astrid! ¡Mi señora! ―requiere una voz conocida. Me vuelvo
para recibir a Baylor. Ella me estrecha entre sus brazos―. Está a salvo.
Menos mal. Creía que no lo contaba.
―¿No estabas deseando visitar el norte, Baylor?
―Creo que hubiera sido mejor elección hacerlo en una época más
cálida.
―Me temo que no entiendan de eso.
―Pero, miraos podríais pasar por otra mujer guerrera del norte.
―Podría si fuera capaz de sacar una daga sin clavármela en el pie.
Baylor sonríe y luego mira a mi espalda con una expresión más neutra.
―Bienvenido, mi señor.
―Espero que el viaje haya trascurrido sin muchos inconvenientes para ti,
Baylor ―le responde Wenner colocándose a mi lado.
―No es lo que escogería para disfrutar de unos días de asueto, pero
puedo contarlo que ya es mucho.
Yo sonrío, pero él se mantiene impasible mientras le pregunta si mi
habitación está lista. Cuando ella asiente, me dirige hasta la puerta con una
mano en mi espalda.
Hago un pequeño barrido con la mirada sobre la entrada y los largos
pasillos. Pese al esplendor del exterior, el interior del castillo aparece más
bien lúgubre y oscuro. Corrientes de aire se filtran por todos los corredores
haciendo que la poca luz desperdigada aquí y allá tiemble en sus soportes,
aportando todavía un aspecto más mortecino a toda la estructura.
―Vamos, Astrid. Deberíais descansar un poco antes de la cena.
Cruzamos un patio más pequeño que da acceso a una gran escalinata por
la que ascendemos. Nos cruzamos a distintas personas que saludan al señor
con complacencia y me echan miradas curiosas. Algunas más cálidas, otras
sorprendidas y algunas demasiado escépticas.
―Mi señor, no hace falta que me acompañéis ―le digo al ver toda la
expectación que estamos levantando.
―Si dejara a mi señora sola el primer día en nuestra casa y no fuera
servicial con ella, ofrecería una imagen distorsionada de nuestra relación.
―¿Qué relación? ¿Acaso olvidáis que ni siquiera somos dignos de
confianza?
Se detiene bruscamente, frenándome con una mano en el brazo.
―¿Eso pensáis? ¿Después de mi juramento?
―¿Podéis asegurar sin engaños que habéis sido y sois absolutamente
franco conmigo?
Mi pregunta le silencia y esa es toda la respuesta que necesito.
―No preciso saberlo todo de vos para fiarme, Astrid.
―Pues no lo hagáis, Wenner. No confiéis absolutamente en nadie. Yo
tampoco lo haré.
―¿Ni en la persona que os escribió esa carta?
Suspiro con fuerza.
―No, en él sí.
Voy a seguir andando, pero vuelve a retenerme durante un breve
momento. Levanto los ojos a él. Nos miramos con fuerza. No hay otra forma
de describir ese intercambio oscilante entre nosotros como si fuera el filo de
una espada en movimiento sobre los miles de pensamientos que se acumulan
en nuestra cabeza. Él contribuyendo al sentido propio de las palabras
grande, aterrador, silencioso.
―Es esta puerta ―dice al fin, apuntando con un dedo tras mi espalda.
Giro mi cabeza hacia la puerta lobulada con una forma de cruz en el
centro y cuatro paneles entablados. Se parece a aquel portón que cerró sobre
mí cualquier esperanza de cordura o excarcelación. Un escalofrío recorre mi
espalda y me quedo inmóvil.
Wenner sortea mi cuerpo y estira el brazo para tirar de la manilla que la
abre. Doy unos pasos hacia ella sin dejar de observarla. No hay un bastidor
exterior que pueda enterrarme en vida dentro. Me apoyo con unos dedos
temblorosos en el dintel.
―¿Astrid? ¿Os encontráis enferma?
Niego con la cabeza y hago un ademan de indiferencia con la mano en su
dirección. El interior de la estancia es menos frío que el resto sin llegar a
tener el toque de sofisticación o brillantez de las mansiones de la capital.
El techo es una obra maestra de talla oscura con filigranas en cuadriculas
y cadenetas. La cama tiene un rico entramado con un dosel de cuatro
columnas de las que cuelgan oscuros y pardos cortinajes como centinelas
altos y sombríos. En una chimenea arde un enérgico fuego que caldea toda la
habitación. Mis baúles y los enseres que han debido de llegar con Baylor ya
están dispuestos dentro de la habitación como si siempre hubieran
pertenecido a esa lugar.
―¿Puedo contar con la presencia de mi señora en la cena? Se organizará
una pequeña recepción para celebrar nuestra vuelta y para conocer a la
nueva duquesa de Lothringer.
―Sí, claro ―le respondo. Un título que me viene grande y que no
merezco. Espero, con sinceridad, que en el futuro Wenner encuentre una
esposa digna. Lo que me han enseñado y repetido hasta la saciedad es que la
virtud de una esposa noble está en no abandonar nunca el territorio de su
esposo, en protegerlo junto a los intereses del dueño y por encima de los
propios y en morir en él.
―Vendré a buscaros un poco antes. Ahora tengo que atender algunos
asuntos que no puedo retrasar.
Se me forma una sonrisa incrédula.
―No son necesarias tantas explicaciones o deferencias, mi señor. Le
aseguro que no estoy habituada a ellas y no notaré su falta.
Él me mira con sombras azules bailando en sus pupilas y una máscara sin
suavidad alguna en su rostro.
―Dejad de compararme con quién sea que lo hagáis, lady Astrid. Yo he
decidido ser cortés con mi esposa y eso es lo que hago.
―Muy bien, duque de Lothringer. Contaré los días que os dure vuestra
sincera cortesía y cuando se os agote, os volveré a decir lo mismo.
―¿Cuándo se me agote?
―¡Sí! ¡Como a todos!
―Al parecer estáis muy versada en comportamientos masculinos, mi
señora.
―Algunos asuntos no requieren tanta práctica. Se vuelven muy
predecibles cuando son tan repetitivos.
―Trataré de ser lo más imaginativo posible para que nuestras prácticas
no caigan en lo tedioso, mi señora ―me responde entrecerrando los ojos.
Alzo las cejas. Es probable que se muevan solas sin que yo pueda hacer
nada por evitarlo. Lo más desconcertante de todo es que ni su expresión ni su
tono varían en absoluto, así que perfectamente podría seguir hablando con
seriedad.
―Yo no hablaba de esa clase de prácticas.
―¿Cuáles, mi señora? Creo que no os comprendo.
Cojo aire y dibujo una sonrisa tirante en mi rostro.
―¿No eran tan urgentes esos asuntos que os esperan?
Ahora sí que tiembla la comisura de su labio de manera muy sutil,
formando una tentativa de hoyuelo en su mejilla.
―Lo son y eso os libera de esta interesante tertulia, aunque la
recuperaría más adelante con gusto.
―Corred. No perdáis más tiempo, mi señor ―le despacho con una
alegría injustificada.
Da un paso hacia atrás y se detiene como si hubiera cambiado de
opinión, luego está a mi lado en dos rápidas y largas zancadas, desliza una
mano por mi nuca y levanta mi cabeza para acercar mis labios a los suyos.
Ladea su cabeza y los presiona con su boca ligeramente abierta, para poder
atraparlos y moldear este beso a su voluntad.
Un par de doncellas jóvenes, que deambulan a su espalda, se ríen y se
tapan la boca mientras observan incrédulas el comportamiento descarado de
su señor antes de alejarse apresuradas.
Nuestros labios se separan y apoya su frente sobre la mía con una larga
inspiración.
Se separa y desaparece como por arte de magia, dejándome sin aliento,
con el corazón encendido y el alma abierta.
Capítulo 35

Se supone que debería descansar, esperar o algo similar que no aplaque


en absoluto esta inquietud que recorre mi cuerpo, así que salgo de mi
habitación justo detrás de Baylor.
He podido bañarme y cambiarme de ropa mientras observaba un desfile
de doncellas y mozos entrando y saliendo de mis aposentos con una libertad
que envidio. Tras sobrellevar el intenso escrutinio de cada uno de ellos sin
siquiera pestañear, creo que me he ganado el derecho a ser yo la indagadora
ahora.
Además, necesito contactar con mi enlace del gremio de información sin
tener que recurrir a nadie del castillo. Me deslizo por los pasillos oscuros,
tratando de entender por qué nadie se hace cargo de encender los candiles de
aceite que cuelgan de las anillas de la pared.
Apenas se cuela el resplandor de la luna por las galerías del patio. Hace
un frío de mil demonios y me envuelvo en la capa y en la capucha. A lo
lejos, distingo la llama de una linterna y corrijo mi rumbo hacia ella con la
intención de solicitar una vela o algo con lo que orientarme, pero a medida
que me acerco las voces y sus comentarios me obligan ralentizar los pasos
hasta detenerlos tras una columna que me sirve de parapeto.
―Yo, por mi parte, no pienso servirla y nadie puede obligarme. ¿Has
visto su aspecto? Debe ser una lamia con pies de pato que ha hechizado al
señor ―dice una mujer con voz cargada de resentimiento y burla.
―Yo lo que no entiendo es por qué se ha casado con el duque cuando iba
a ser la emperatriz ―dice otra voz más joven.
―Dicen que el príncipe la despreciaba y que se rodeaba de amantes. Es
una mujer ruin y caprichosa a la que seguro despechó y por eso sedujo al
segundo hombre más importante del imperio soltero.
―Me pregunto qué es lo que puede hacer cambiar de opinión a un
hombre que miraba a las mujeres como si fueran una piedra en su zapato
―añade una voz masculina.
―¿Cómo puedes hablar así del señor? Él siempre ha sido correcto y
educado. Solo da un poco de miedo porque es muy serio.
―Y su mirada puede convertir a los hombres en ratones. El caso es…
que debe tener algún arma amatoria bajo la manga ¿no? ¿Cómo si no iba a
conseguir atraer al duque? ―le responde el hombre.
―Lo que pasa es que tú eres un pervertido y ya estás imaginando cosas
extrañas ―le reprocha la primera voz.
―Mi primo dice que ella fue amable durante el viaje y que incluso sirvió
comida a los caballeros ―dice de nuevo el hombre.
―¿Qué? Pero ¿no has visto lo altiva qué es? Nos miró a todos por
encima del hombro como si fuéramos poco más que basura ―le contesta
ella. Trato de memorizar el tono de su voz para poder reconocerla y darle un
lugar en mi lista de personas que debo evitar.
―Es muy bonita… ―dice la más joven.
―Con pies de pato. Te lo digo yo. No robes su peine porque te echará
una maldición. A lo mejor por eso el príncipe la ha repudiado.
―¿Te imaginas la sorpresa del señor? ¡Qué asco! Ninguna cara angelical
puede suplir esa atrocidad ―dice otro hombre que se ha mantenido callado
hasta el momento.
―Yo no pienso lavar su ropa. Podría ser contagioso ―se mofa la voz
más cruel de todas, la de mi lista.
Noto una mano sobre mi espalda que me hace saltar como un gato bufado.
Una mano sobre mi boca y un empujón contra la pared me detiene de lanzar
un grito que rebote en cada una de las paredes del castillo.
―Cambiamos las tornas, mi señora ―me susurra el capitán Nasser al
oído. Puedo notar su pulso de la muñeca contra mi mejilla―. ¿Queréis que
les reprenda o preferís seguir espiando desde las sombras?
Niego con la cabeza llevándome su mano con ella. Flexiono mis brazos y
estiro mis dedos hasta ella para arrancármela de la cara.
―Me habéis dado un susto de muerte.
―Eso es porque estabais haciendo travesuras. ¿Nunca os han dicho que
es impropio de una dama escuchar a hurtadillas?
―Es en realidad desternillante que precisamente el que me sermonee
sobre eso sea el capitán.
―Yo no pierdo el tiempo con cotilleos, mi señora, lo mío es
investigación de campo.
―Devolvedme mis cartas, Nasser.
Incluso en la oscuridad total puedo percibir su sorpresa en la forma en
que contiene el aire al mirar hacia el lugar del que provienen las voces.
―¿Has oído algo? ―dice una de ellas.
―Vámonos, Agatha. Hoy nos toca servir muchos platos.
Ruego que su rumbo esté en la dirección contraria cuando oigo cómo sus
pasos se acercan. Miro alarmada una forma de ocultarme.
Nasser estrella mi cuerpo con el suyo más fuerte contra la pared y opaca
mi figura con sus hombros y sus antebrazos contra el muro a la altura de mi
cara. Inclina su cara hacia la mía sin llegar a tocarme, pero lo
suficientemente cerca para que note su respiración sobre mi boca y su
corazón latiendo contra mi pecho.
Pone un dedo en mis labios cuando intentó quejarme y se aquieta
completamente mientras las voces llegan a nuestra altura.
―¡Oh, mierda! ¿Quién anda ahí? ―pronuncia uno de los hombres
acercando la linterna a nosotros.
―Si no os importa estoy un poco ocupado aquí ―les dice el capitán sin
apenas moverse, ocultándome por completo de las miradas de los otros.
―¡Disculpe, capitán Nasser! No sabíamos… Ya nos vamos.
Los oigo reírse y murmurar a ellas comentarios sobre lo guapo que es el
capitán y lo mujeriego que es.
Aguanto su peso, su piel y su respiración sobre mí mientras la ira
comienza a extenderse como una ola que se forma desde mis entrañas y se
extiende por mi pecho hasta mi cabeza. Cuando estoy segura de que ya nadie
puede vernos, lo empujo por el torso con todas mis fuerzas.
―¿Cómo demonios se os ocurre hacer algo así? ¿Y si llegan a verme y
se lo dicen a Wenner?
―Mi señora, es imposible que lo hicieran con esta luz y con mi cuerpo
ocultándoos. Hubiera sido peor si no os cubro y os reconocen junto a mí de
manera furtiva en la oscuridad. Eso sí hubiera dado lugar a rumores.
―¡No hacíamos nada! Y vos habéis dado a entender que sí. Eso es peor,
capitán.
Me mira con una sonrisa ladeada consternada.
―¡Vuestro matrimonio no es real, mi señora! Tiene fecha de
vencimiento. ¿Por qué le importaría al duque de todas formas?
―Él impuso una cláusula de fidelidad en el contrato que ambos debemos
cumplir mientras dure nuestro matrimonio.
Levanta las cejas sorprendido. Después utiliza un pedernal para encender
el candil que cuelga junto a mi cabeza. Lo mueve hacia mi cara una vez la
mecha prende y comienza a iluminar la zona.
―¿Me tomáis el pelo? ¿Por qué siquiera Wenner pensaría en algo así?
―Porque yo le sugerí que no pondría ninguna objeción a sus actividades
extramatrimoniales.
Ahora se ríe. Lo hace tan alto y fuerte que estoy segura de que alertará a
todos los sirvientes.
―¡Silencio, capitán! ―le exijo―. No sé qué encuentra tan gracioso.
―¿Mi señora no pone objeciones, pero él sí? ¿Por qué nadie me había
contado esto antes? Tanta diversión echada a perder.
―Me alegra resultaros tan entretenida.
―No, no os entusiasma, pero no podéis evitarlo.
―Y decidme, ¿a dónde os dirigíais tan sigilosamente? ¿A husmear de
nuevo entre mis sayas?
―Sí que lo pone interesante, mi señora, pero no ―me responde y mete
una mano bajo su capa. La saca con un par de pergaminos arrugados y
maltratados―. Venía a devolveros esto.
―Supongo ya han sido transcritas a otra superficie para que podáis
seguir intentando descifrarlas.
―Intentando es la palabra justa, mi señora.
―Dejad que os ahorre trabajo. No encontrareis ninguna información de
interés.
―Pueden estar dándola sin que vos os deis cuenta. Incluso aunque
carezca de importancia para mi señora, pueden aportar datos muy relevantes,
pero es el hecho de que esté en código lo que me atrae más.
―Os deseo mucha suerte con eso, capitán.
―¿No podríais darme una pequeña pista? No os estoy pidiendo la
descodificación exacta. Eso le restaría emoción al inminente
esclarecimiento, pero tal vez un leve indicio que me empuje en la dirección
correcta.
―Hagamos un trato, capitán.
Sus labios dibujan otra sonrisa. Es como atraer un abeja a la miel.
―¿Vais a proponerme un acuerdo a mí también, mi señora?
―Sí.
―Muy bien. ¿Cuánto me costará esa clave? No tengo ninguna mina en mi
poder con un mineral extraordinario y un bosque espeluznante.
―Cállese. Necesito encontrar a una persona.
Él me mira con los ojos entornados.
―¿Y por qué precisamente confiáis en mí para ello?
―Porque estáis interesado en mi cartas, sé que no lo dejareis pasar y ese
hombre es el que facilitará mis correos.
―¿Por qué no queréis utilizar el método usual? Tenemos mensajeros
responsables.
―Esa información no está incluida en el trato.
―Muy bien. ¿Cómo queréis que sellemos el acuerdo?
―Bastará con un simple apretón de manos, capitán. Confío en su palabra
de caballero.
Chasquea los dientes, pero su boca se abre en una amplia sonrisa que
muestra dos hoyuelos esquivos. De repente, lo veo clarísimo. Supongo que
se debe a la forma en que la luz cae sobre su mandíbula y el arco de sus
cejas.
―Sois familia.
Parece sorprendido y hace un gesto contrariado.
―Wenner y vos.
―¡Ah! Habéis tardado en daros cuenta, mi señora. Otros captan antes el
parecido. Somos primos. Su madre y la mía eran hermanas ―me explica―.
Eso me convierte en familiar de mi señora también. Temporalmente al
menos.
―Lo que me faltaba. El duque debería haberme advertido antes de ello.
Mis condiciones hubieran sido menos favorables para él.
Suelta una carcajada que sacude su cabeza hacia atrás y despeja su
garganta proporcionándome una clara visión del vaivén de su nuez.
―No os equivocáis al pensar que, hasta el momento, el acuerdo ha sido
muy favorable para él, mi señora.
Extiende el brazo y me tiende su mano sin dejar la sonrisa. Dejo que la
mía se pierda dentro de su manaza y la estreche con una fuerza calculada.
―Tenemos trato entonces ―dice sin soltarme e inclinándose ligeramente
para mirarme directamente a los ojos―. ¿Cuándo me daréis esa pista?
―Cuando me llevéis hasta la puerta de ese hombre.
―Eso no es justo, mi señora.
―Claro que lo es. Yo tampoco me fío de usted, capitán.
―Os doy mi palabra de caballero, lady Astrid. Os ayudaré a buscar a
ese hombre ―dice ocultando su sonrisa sin dejar de mirarme. Gira la
muñeca de la mano que encierra la mía y se la lleva a los labios para
depositar un suave beso.
―Buenas noches ―saluda Wenner. Mis ojos lo encuentran saliendo de
las sombras con su sigilo extraordinario. Le miro y su atención viaja de uno
a otro y a las manos entrelazadas. Luego sus ojos helados se clavan en
Nasser. Entiendo por qué el servicio lo considera aterrador cuando está
serio.
Capítulo 36

Una gaita se lamenta con una melodía aguda y vibrante y acompaña los
cantos de un juglar que narra una triste historia sobre una criatura mágica que
se atrevió a convocar a espíritus maléficos para formular viejos y
prohibidos sortilegios que atrajeron la ruina sobre los suyos y su
descendencia. Wenner se lleva una copa de vino a los labios mientras
observa el embeleso con el que Astrid escucha la canción. Parece tan atraída
por sus notas y las letras que parece estar muy lejos de la mesa del comedor
en realidad. Su cara revela todas las emociones que siente. Sus cejas se
fruncen y sus ojos se entrecierran. Se muerde los labios con fuerza y luego su
cara adquiere una expresión de asombro invaluable. Wenner nunca había
conocido a una persona con tan poco talento para ocultar sus emociones. Su
rostro es como un libro abierto del que se puede leer todo.
Y cada una de esas emociones se le quedan grabadas a Wenner a fuego.
A él, que apenas nota que tiene corazón.
La sala de comedor es pequeña porque apenas hay banquetes en el
castillo. Wenner suele aliviar su hambre en cualquier lugar u hora. Lo normal
es que lo haga con sus hombres en el campo de entrenamiento. Las
celebraciones son pocas, pero hoy está abarrotado. Son muchos los que han
querido acercarse a conocer a la nueva duquesa y observar el
comportamiento de su señor con ella.
Astrid escucha fascinada la canción sin darse cuenta de que ese
deslumbramiento hechiza a los que la miran a ella. Sobre todo, cuando sus
ojos se cristalizan de emoción.
Wenner baja la vista hacia su propio hombro, donde su capitán se sienta e
inclina el torso sobre la mesa para contemplar a Astrid a su izquierda.
―Aunque estoy seguro de que lo has oído todo, sé que estás deseando
hacerme preguntas, Wenner. No deberías reprimirlas. No creo que sea sano
―le murmura con voz queda y muy consciente de que solo él es capaz de
escuchar su voz.
―No tendría por qué hacerlas. Confío en que mi mano derecha me tenga
al tanto de cualquier percance importante ―le responde Wenner,
volviéndose hacia él de manera que la conversación quede entre ellos.
―¿Incluso si la dama me pide discreción?
―Ni siquiera sabía que conocías esa palabra, mucho menos lo que
conlleva.
―Somos como un matrimonio bien avenido con capacidad para
sorprendernos aún, Wenner. Leales el uno con el otro… sin cláusulas que lo
impongan ―menciona con sorna y una mirada divertida.
El duque le echa una mirada que a cualquier otro le hubiera hecho perder
el control de sus esfínteres. Se inclina aún más hacia él para cerrar la
conversación entre ellos sin fuga alguna.
―Es curioso que lo menciones, ya que mientras iba en busca de mi
esposa, escuché comentar a una parte del servicio que habían atrapado al
capitán Nasser besuqueándose con una mujer en una esquina oscura.
―Y tú no les creerías, ¿verdad? ―se burla él con una amplia sonrisa―.
Sabes que no me gustan las esquinas oscuras.
―Nasser…
―Ese mismo servicio cotilleaba sin dejar en buen lugar a tu esposa
mientras ella lo escuchaba agazapada en las sombras. Solo la cubrí para que
no fuera descubierta.
―Si lo hubieran hecho entre tus brazos, el agravio hubiera sido peor. Tú
más que nadie sabes el daño que acarrea ese tipo de acciones.
―¿Estás perdiendo confianza en mí? Me aseguré de que no fuera así.
―No sé si eso aumenta mi confianza o la empeora, Nasser. No quiero
que se levanten rumores y cotilleos innecesarios a costa de lady Astrid que
puedan perjudicarla.
―Es un poco tarde para eso. Los dos escuchamos cómo la llamaban
lamia ―le responde Nasser sin ocultar el descontento―. Aunque me
pregunto si esa preocupación tuya es la razón de que las doncellas también
murmuren sobre los besos apasionados que el señor prodiga a su esposa.
―Quiero fuera del castillo a todo aquel que pierda el tiempo con
chismorreos innecesarios. Hablaré con Nasthos y Ziorna.
―¿Vas a obligar al administrador y al ama de llaves a escuchar detrás de
las puertas?
―No, tú lo harás, ya que se te da tan bien ocultarte en los rincones
oscuros.
―Pero te he dicho que no me gustaban ―se queja, y luego levanta los
ojos.
Wenner sabe qué es lo que llama su atención. Astrid se levanta de su
asiento y se acerca a los músicos cuando han terminado su canción. Les
felicita con entusiasmo y les hace preguntas sobre la melodía y sus orígenes
que ellos aceptan gustosos. Luego se acerca a la mujer del arpa y mientras se
interesa por su habilidad, acaricia las cuerdas distraídamente.
No es lo usual. Los preceptos dictan que sean los trovadores los que
busquen la aprobación de los señores del castillo y es lo que Astrid hubiera
tenido que hacer como futura emperatriz. Contenerse la ganas, pero ya no
está por la labor de reprimir ningún deseo.
Les pregunta si conocen alguna canción de Edelgarth. Son trovadores
itinerantes con una amplio repertorio y asienten con la cabeza. Hasta los
criados que esa noche atienden la mesa se detienen para observar qué es lo
que hace su señora.
Cuando la música comienza de nuevo. Astrid se recoge la sobrefalda del
vestido por delante hasta la cintura, dejando a la vista una saya de sarga en
color más claro y a la altura de sus tobillos, y lo deja liado a su cinturón. Se
quita el calzado y revela sus pies: delgados, pálidos y hermosos.
Nasser sonríe al lado del duque y echa un vistazo a la sirvienta que se
llama Agatha que mira a su señora con gesto adusto.
Astrid comienza a bailar siguiendo el ritmo de la música mediante el
paso de una estampie con los brazos en alto moviéndolos como ramas de
árboles y girando en una pavana. Su danza es hermosa, ella lo es y mientras
anima a otros comensales a unirse a ella y bailar, Wenner se da cuenta de que
es el primer baile en el castillo desde que sus padres fueron asesinados.
―A mi señora le gusta mucho bailar.
―Me doy cuenta, Nasser.
―Y es orgullosa. Nos muestra sus pies.
―Ya lo hizo así en Edelgarth.
―Pero no es lo mismo sobre la fría y dura piedra del castillo. Se le
congelarán los pies.
― Pues pondremos alfombras para que eso no vuelva a ocurrir y que ella
pueda bailar descalza siempre que lo desee.
―Y ¿qué más haréis para que ella soporte bien el frío? Es más sensible
a él de lo que imaginaba.
―Puede revestir la fortaleza entera de pieles si es lo que necesita.
Mañana hablaré con Nasthos y le diré que se ponga al servicio de lady
Astrid para que pueda adecuar el castillo a sus exigencias. Hace tiempo que
no resulta muy acogedor.
―Wenner…
―Lo sé, Nasser, jamás se acostumbrará a este lugar o a la necesidad de
estar encerrados durante la época más fría. Es temporal. Se irá. Lo recuerdo
sin que ambos me lo recordéis constantemente. Solo trato de que su estancia
aquí transcurra lo más plácida posible.
―Solo te iba a preguntar cuándo comenzarán a llegar los nobles del
norte y qué explicación le darás a ella.
Wenner le echa una mirada seca.
―Lady Astrid tampoco ofrece muchas aclaraciones. ¿Por qué las
exigiría?
Ambos enmudecen sin mirarse a los ojos. La observan a ella. Hay
muchas palabras no dichas entre ellos, algunas urgentes que se deben
explicar, pero el baile de Astrid los atrapa como una tela de araña. De algún
recóndito lugar de la mente aflora una certeza, él también tiene deseos,
anhelos que se le desprenden del pecho.
―Es un tipo que hará de enlace para entregar esas cartas. A cambio me
dará una pista para resolver la clave en la que están escritas.
―Nasser.
―Tú no has preguntado. Yo te lo he dicho. ¿De verdad crees que ella me
revelaría esa información sin comprender que acabaría en tus manos? Eres
mi señor y mi familia. Tengo la sensación de que le importa muy poco lo que
pensemos o hagamos con sus asuntos. Solo somos el agua turbia de un río
salpicando las piedras del camino, pero sin fuerza para moverlas.
―Como si tuviera ventaja… ¿No te preguntas cómo descubrió lo de la
mina? Hacía años que no visitaba el condado y nadie más allí era consciente
de la utilidad de ese material. Es… extraño.
―Wenner, te lo estoy diciendo desde el principio. Todo en ella es
extremadamente inusual, pero empiezo a pensar que no es su intención
perjudicaros.
―Y ¿a qué se debe ese cambio de opinión?
―Llámalo instinto, capacidad de apreciación, talento para rectificar.
Wenner lo mira con profundidad. En realidad, no hacía falta que le
explicara el tema del enlace. Lo sabía como es capaz de percibir muchas
otros asuntos que son inalcanzables para el resto.
Nasser centra su atención en la puerta. Se está formando un pequeño
revuelo a la entrada del comedor. Lady Astrid detiene su baile. Wenner se
levanta cuando aparece un niño de apenas seis años en el centro del salón.
Está mugriento, asustado y parte de su ropa tiene restos de unas manchas
oscuras que bien podrían ser sangre.
―¡Mi señor! ¡Bestias asolan el pueblo de Amrion!
El pueblo de Amrion está en la frontera noroeste junto al mar. Son un
pueblo sencillo de pescadores, pero defienden su puerto con uñas y dientes.
―¿Hace cuántos días y cuántos eran? ―pregunta un caballero.
―Llevo dos días y una noche caminando. Desde que mi madre me obligó
a escapar por el gallinero y salió a luchar contra ellos.
Lady Astrid es la primera en llegar al niño. Toca su cara, su frente y sus
mejillas con dulzura mientras él le observa desorientado.
―¡¡Lamel!! Reúne a una veintena de hombres dispuestos a salir ahora
mismo ―grita el duque mientras ladra al caballerizo que tenga los caballos
preparados.
Se cruza en el camino con el capitán Nasser tan voluntario para unirse a
la expedición como cualquiera, y lo detiene con una mano.
―Tú te quedas ―le ordena sin más explicaciones.
Se vuelve una sola vez hacia atrás, sin frenar su rumbo apresurado, para
mirarla. El niño sujeta su mano como si fuera lo único que le da estabilidad
dentro del caos que se acaba de organizar en el castillo. Ella le habla con
esa delicadeza que solo utiliza para amansar a bestias, árboles furiosos o
personas inquietas. Levanta la cabeza y sus miradas se cruzan durante un
momento que podría parecer eterno para otros, pero que resulta insuficiente
para ellos dos. Wenner abandona el comedor y se dirige a la armería donde
la mayoría de sus hombres ya calzan acero hasta casi los dientes.
Capítulo 37

―¿Acaso no estáis preocupada, mi señora? Los zegren son bestias


difíciles de combatir ―apuntilla Nasser, mientras me acompaña a la salida
del castillo.
Parece una avispa rodeándome con su molesto zumbido mientras trata de
picarme. No estoy preocupada en absoluto. El duque es el Dragón negro de
la batalla. Son los zegren los que deben estar atemorizados. Cuando vivía en
palacio nos llegaban constantes noticias de sus victorias. No hay nada de lo
que tenga que preocuparme porque es difícil que mi intromisión cambie tanto
el curso de su historia ¿verdad?
―¿Han llegado noticias? ―le pregunto, aunque sé que es pronto aún.
―Ningún caballo del infierno es tan rápido, lady Astrid.
―Un simple no, capitán, es suficiente.
Él se ríe mientras me cede el paso con galantería por la puerta de salida
del castillo.
―¿Y bien? ¿Me diréis a quién buscamos ahora?
―Luris Dorcan.
Me mira con los ojos entrecerrados.
―¿Luris Dorcan? ¿Estáis segura?
―Lo estoy. ¿Sabéis quién es?
―No ―responde secamente.
Huelo su mentira sin duda alguna.
―En el único lugar qué se podría preguntar con resultado es El cuerno
de plata.
―Perfecto. Pues adelante. Llevadme.
―¿Al cuerno de plata? ¿Os habéis vuelto loca? ¿Acaso tenéis alguna
idea de qué clase de lugar es ese?
―Capitán Nasser, por favor, ahórrese el drama. Sin llegar a verlo, puedo
asegurarle que he estado en agujeros mucho peores.
Él me mira con una expresión perpleja desde lo alto, con una estatura que
sigue imponiendo diferencia con la mía, pese a que está un par de escalones
por debajo.
―La señora manda. Si es capaz de atravesar un bosque maldito, supongo
que un par de borrachos y un poco de comportamiento desvergonzado no
supone ningún impedimento.
Estiro una sonrisa en mi boca y le sigo por el jardín descuidado que
gobierna el antepecho del castillo. Es mediodía y en cualquier otra parte del
imperio, el sol ya estaría en lo alto caldeando la temperatura templada de la
mañana, pero en Lothringer los débiles rayos apenas se vislumbran y mucho
menos parecen capaces de calentar esa helada tierra. El frío descarna mis
mejillas.
Le sigo hasta la parte norte de los muros. Allí nos colamos por un
boquete entre las piedras que parece de todo menos un saliente formal.
Atravesamos un campo en barbecho y tras él llegamos a nuestro destino. El
cartel sobre la puerta no deja lugar a dudas.
―¿Es posible que el capitán Nasser odie el silencio? ―le pregunto con
sorna tras atender su continúa cháchara sobre esto y aquello como si fuera un
maestro dando lecciones a su pupilo sobre la ciudad.
―¿He sido muy parlanchín? Mis disculpas. Estoy acostumbrado a tener
por compañía a mi sigiloso y reservado duque y a llevar el peso de las
conversaciones.
―No siento que Lothringer sea tan silencioso. Tal vez sea su continúo
parloteo el que le obligue a callar.
―Mi señora apunta sus armas a mi corazón.
―Lo haría si me enseñarais cómo hacerlo.
Él aprieta los labios como si hubiera decidido que ese es un buen
momento para ahorrarse sus respuestas.
―Cúbrase, mi señora, e intente andar con menos gracia ―me pide y
sube la capucha de mi capa, para cobijarme, sobre mi cabeza.
―¿Andar con menos gracia? ¿Qué significa eso, capitán?
―Bueno, es evidente que os educaron para ser emperatriz. Tenéis esa
forma de haceros notar cuando entráis en una habitación que no deja lugar a
dudas de que sois de la realeza. ¿No podéis encorvaros un poco? ¿Como si
padecieseis una joroba severa? También podríamos untaros la cara con lodo
y poneros un parche para que el oro líquido de sus ojos no brille bajo la luz.
―No sé si amonestaros por idiota o por poeta deficiente, capitán. No
pienso hacer nada de eso. Quedaos aquí fuera. Seguro que llamaré menos la
atención si no entro en compañía del capitán de los caballeros del duque.
―Mi presencia aquí con una dama no será tan sorpresiva, mi señora.
―Ya me voy haciendo una idea de la clase de rufianes que frecuentan
este lugar.
Suelta una carcajada tan ligera y fresca como la brisa que arremolina el
bajo de mi capa entre mis piernas.
―Vamos, mi señora. Encontremos los dos lo que vinimos a buscar.
Una gruesa puerta de madera separa El cuerno de plata de la calle
adoquinada. El centro es una gran sala cuadrada de techo alto con apenas luz
natural. Tiene mesas de madera y barriles colocados muy juntos alrededor
del mostrador y de la chimenea encendida. Los olores nauseabundos de
orines, comida mohosa y sudor me golpean en las fosas nasales junto al de la
madera quemada y la cera de las velas.
Hay más personas de las que esperaba dado el momento del día. Algunos
parecen llevar toda una vida sobre el mismo banco bebiendo hasta hartarse
de su jarra de cerveza rancia.
―Esperadme ahí ―le pido a Nasser señalando una alejada mesa.
―Muy bien, pero no os alejéis demasiado.
Me acerco al mostrador, donde un hombre con unos antebrazos del
tamaño de mis muslos me mira con ojos calculadores.
―Estoy buscando a Luris Dorcan ―le digo, y pongo una moneda de oro
sobre el mostrador.
Sus ojos brillan codiciosos, pero no se mueve y sus puños siguen
extendidos sobre la tarima hacia delante con actitud indiferente.
―¿Y quién le busca?
―La rosa de los vientos ―le respondo.
Espero a ver si reconoce la contraseña o me mira sin tener pajolera idea
de a qué me refiero. Coge la moneda con dedos hábiles sin cambiar de
posición.
―Ah, ¿sí? Y ¿Qué viento te trae?
―El viento del sur. Conrad, la rata.
El hombre me echa un vistazo y luego al capitán, dubitativo. No debería
haber venido con Nasser. Aunque estoy segura de que él ya sabía que el
hombre que busco opera aquí y por eso ha insistido en acompañarme. Es
hasta probable que esté al tanto de que la actividad de Luris no es la de
desenvolverse como correo precisamente, sino que pertenece al gremio de
información. Pero lo importante es ir un paso por delante, no lo que
descubran después.
El mesero me hace un gesto con la cabeza para que le siga. Me vuelvo
hacia el capitán cuando le oigo levantarse y sacudo la cabeza con fuerza para
obligarle a detenerse.
Hace un gesto con las manos, extendiéndolas como si no acabara de
comprender por qué le retengo y da un paso. Yo entrecierro los ojos y niego
de nuevo con la cabeza.
«¡Qué hombre más terco!».
Subo unas escaleras empinadas que crujen con cada paso de mi guía
hasta una puerta desvencijada cerrada a cal y canto.
La toca con unos ligeros golpes mientras se da la vuelta para observarme
mejor. Me mira de arriba abajo y trata de echar un ojo dentro de mi capucha.
―¡¡¿Qué?!! ―grita alguien desde detrás de la puerta.
―La rosa de los vientos está aquí ―le responde el hombre.
Enseguida se abre la puerta y aparece…
―¿Conrad?
―Silencio ―me ordena y me coge del brazo para introducirme dentro de
la habitación con un tirón. Cierra tras mi espalda y delante de las narices del
mesero.
Le miro anonadada sin comprender. Luego advierto las pequeñas
diferencias. Soy una fisonomista horrible. Todas las personas me parecen
similares. Todos tenemos una nariz, dos ojos, cejas, boca. Las diferencias, a
veces, son demasiado sutiles para mí. Además, este hombre tiene la misma
piel oscura, los mismos rizos indomables.
―No eres Conrad. ¿Gemelos? ―pregunto.
La habitación es más amplia y está en mejor estado de lo que hubiera
imaginado en una lugar como este.
―¿Dónde está la exquisita educación de la nobleza? ¿Por qué no me
saludas correctamente primero y luego preguntas por esa información tan
cara, querida?
―No hay duda de que sois familia.
―Te lo confirmaré por una moneda de oro ―requiere y da la vuelta a
una mesa de despacho para sentarse tras ella y colocar la cabeza sobre sus
manos para observarme.
―Ese es un alto precio por algo que no me interesa.
―Toda información puede tener utilidad, querida, y resultar provechosa
para alguien.
―Buena observación, señor Dorcan. Lo recordaré para mis próximas
vidas. ¿Podemos ahora centrarnos en el tema que me ha traído aquí? Temo
que el hombre que me acompaña se impaciente si no me ve salir con
brevedad por esa puerta.
―Todo el mundo tiene prisa hoy en día y prescinden de los beneficios de
una buena y lenta conversación.
―Que te dará un montón de información.
Él me dedica la misma sonrisa pícara y engreída de su hermano.
―Muy bien. Tengo algo para ti, querida. Recién horneado desde el sur.
Supongo que habrás traído contigo una carta ¿no es cierto?
Saco el pergamino arrugado del bolso que llevo al pecho con un cinturón
cruzado y un buen puñado de monedas en una bolsa de peregrino.
―Ya sabes que la información no solo cuesta dinero. ¿Estás dispuesta a
responder a mis preguntas?
―Adelante.
Él estira su boca aún más en una gran sonrisa que levanta las comisuras
de sus labios hasta casi los lóbulos de sus orejas.
―Cinco preguntas, tres respuestas.
Asiento con la cabeza.
―¿Sabe el duque sobre el intercambio de cartas y a quién van dirigidas?
―Esas son dos preguntas. Además, la información debe ser sobre mí.
―Es una, pero dividida en dos apartados para que entiendas que quiero
algo más que un simple sí o no. Lo tomas o lo dejas.
―Conoce la existencia de las cartas, pero no para quién son.
―¿Por qué habéis llegado días después que el resto de los caballeros?
―Porque fuimos a Edelgarth antes de venir al castillo.
Se muerde los labios y entrecierra los ojos. Noto cómo los engranajes de
su cabeza giran con la intención de encajar las piezas.
―¿A qué fuisteis a Edelgarth?
―No responderé a esa aún.
―Deja que te lo pregunte de otra forma. ¿Tomará el duque posesión de
las tierras de Edelgarth?
―No, ni él ni ningún otro. El condado es mío por derecho propio.
―Muy bien, querida. Te lo has ganado. Esto es tuyo ―conviene tras una
larga reflexión alargándome una diminuta hoja doblada en cuatro trozos―.
Ahí tienes una lista con los nombres de los nobles que están conspirando
contra el emperador y podrían estar planeando una traición ―conviene
bajando la voz hasta cotas casi inaudibles―. Tu correspondencia llegará a
su destino como siempre también. Es un placer poder hacer negocios con la
duquesa de Lothringer.
Apenas lo escucho. Solo presto atención al papel doblado. Creo que no
esperaré. Necesito conocer esos nombres ya. Lo desenvuelvo y leo su
contenido hasta ese nombre que se me clava como un puñal en el corazón,
pero no de forma limpia y certera. Lo hace como si hurgara dentro en busca
de un dolor más profundo y destructor. Levanto los ojos hacia Luris Dorcan.
Él me estudia con curiosidad poco disimulada.
―¿Sabía Conrad que el duque de Lothringer estaba entre los
conspiradores antes de mi enlace? ―le pregunto con rudeza.
―Sabes que las respuestas cuestan dinero, querida.
No insisto. ¿Qué me importa? Sé perfectamente cómo funcionan. No hay
lealtad, camaradería o solidaridad que tenga más valor que la información
para ellos. Jamás la sueltan si no es por un precio.
Me giro y salgo de la habitación con el pecho oprimido. Bajo las
escaleras y salgo de la taberna sin esperar a Nasser siquiera.
¿Es posible que me haya casado con el instigador de mi ejecución? ¿Con
uno de esos traidores que no tuvo ningún escrúpulo a la hora de señalarme
como la culpable de un asesinato perpetrado por ellos mismos?
―¡Mi señora! ―me llama Nasser a mi espalda, pero no quiero
esperarle. Él es probablemente tan culpable como Wenner―. ¡Lady Astrid!
―vuelve a gritar y esta vez lo hace casi a mi altura.
Me detiene con una mano en el brazo y le miro con ira.
―Soltadme ―le exijo.
Él parece confuso y continúa reteniéndome.
―No lo voy a repetir más veces, capitán Nasser.
―¿Qué demonios ha pasado ahí dentro? ¿Qué os ha dicho para que os
prodiguéis en esta conducta tan hostil?
Tiro de mi brazo con fuerza y él aparta su mano con sorpresa. Me mira
estupefacto, con las cejas alzadas.
―Está cifrado con un sistema de rejilla. Jamás podrás averiguar su
contenido sin ella.
Cierro los ojos apenas unos segundos para calmarme, para borrar de mi
mente las imágenes que tantas veces me castigan. El calabozo, el camino
hasta el cadalso con la ropa desvencijada, la suciedad, las costras de sangre
y los hematomas en la piel por la falta de higiene, las picaduras de las pulgas
,los piojos y los golpes, el olor impregnado en mi cuerpo de mis propios
deshechos, el sufrimiento en el estómago por un calambre de hambre
interminable y los gritos de la gente llenos de injurias e insultos, los huevos
y los tomates lanzados junto a las flemas que muchas veces hacían diana en
mí mientras mi verdugo sonreía. A todo eso me condenaron los nombres de
esta lista: al ostracismo, al desprecio, a la tortura. Morir fue lo de menos.
«Los haré caer a todos».

Fin

(Continúa en La duquesa rebelde)


Ya a la venta
EL DUQUE REBELDE
Astrid resuelve que no puede confiar en nadie, ni siquiera en su esposo.
El duque de Lothringer es uno de los instigadores que planean traicionar al
emperador, lo que podría haberla conducido a la muerte. Astrid quiere
venganza. Ningún sentimiento que haya podido surgir por él, tras el acuerdo
que les encaminó al altar, podrá evitar que la consiga.

Sin embargo, cuando las circunstancias resulten totalmente inesperadas,


deberá resolver los entresijos del pasado y su significado.

También podría gustarte