El Marxismo
El Marxismo
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El uso
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Título original en inglés: Using politlcalldeas.
© John Wiley & Sons Ltd. , 1987 .
La presente edición se publicó por vez prim era en 1988,
en la colección «H omo Sociologicus», y se reim prim ió en 1993 .
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po que han caído en el olvido. En un primer momento, Marx se
entabló en lucha contra los «Jóvenes Hegelianos », quienes esta-
ban obsesionados con la oscura idea de la «negación absoluta» y
a quienes Marx condenaba por «idealistas » en virtud de la fe
que manifestaban en el poder de las ideas. En particular, Marx
rechazaba la visión simplista de la revolución que tenia Bauer:
« ... una vez que estalla la revolución en el reino de las ideas, la
realidad ya no puede sostenerse ». En los tempranos manuscritos
de París de 1844, se contienen las críticas de Marx a Hegel y a los
economistas Smith, Say y Ricardo, quienes , no obstante, influye-
ron en sus propias ideas económicas. En el plano político, enar-
bolando su propio socialismo «científico», Marx se opuso al socia-
lismo «utópico » entonces predominante, otra doctrina idealista
que, según él temía, habría de producir el quietismo político que
habría de acallar la actividad revolucionaria. Por consiguiente,
para comprender del todo a Marx es necesario estar al tanto de
la obra de los muchos autores a los que él se refiere, o al menos
tener cierta idea acerca de sus teorías.
Una complicación adicional es la actual controversia que se
plantea en torno a los «dos Marx». Según recientes e influyentes
interpretaciones occidentales de Marx, existe una clara separación
entre la obra del joven Marx y la obra del Marx maduro, hipó-
tesis que ha nacido como consecuencia de la publicación tardía, en
traducciones, de algunos de sus primeros escritos, que parecen
suavizar la teoría económica impersonal expuesta en El Capital.
Se afirma que sus escritos presentan dos períodos, unidos por un
vínculo transicional que constituye su Introducción a la Crítica
de la Economía Política (los Grundrisse), escritos en los años 1857
y 1858, pero no publicados hasta 1953. Esta obra se presenta como
una especie de puente que combina la ética y el humanismo con
la teoría política. Comentadores tales como McLellan sostienen
que el joven «humanista» Marx que analiza la alienación, la na-
turaleza humana y la moral, está más cerca del individualismo
liberal que de su propia versión madura.' Sin embargo, comunis-
tas ortodoxos como Althusser, desechan las obras iniciales como
obras juveniles, negando la presencia del humanismo en los traba-
jos de Marx, y sostienen que sólo los textos económicos tardíos,
como El Capital, son importantes para la ciencia marxista. Esta
controversia se apoya, en parte, en el supuesto fácil de que los
grandes pensadores deben manifestar una consistencia -o al
menos una progresión lineal- a lo largo de su vida intelectual.
No obstante, quien se aproxime al lnarxismo debe estar al tanto
de la existencia de esta controversia, de lo contrario encontrará
que estas interpretaciones diametralmente opuestas de Marx gene-
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ran confusiones. Otra de las complicaciones que presenta el estu-
dio de la obra de Marx es la colaboración de éste con Engels.
En la exposición que sigue, las concepciones de Engels quedan sub-
sumidas bajo las de Marx, si bien en los escritos de Engels pos-
teriores a la muerte de Marx se observa que éste tomó distancia
en algunos aspectos con respecto a las posiciones de su amigo.
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ción puede ser examinada desde el punto de vista de cada uno
de los elementos en juego. Se puede examinar el proceso de pro-
ducción capitalista desde el punto de vista del trabaJo , uno de los
tactores que intervienen en la producción , o desde el punto de
vista de [Link], el otro factor en un modelo simplificado. El
trabajo (el obrero) se ve a sí mismo como sujeto, y ve al capital
como un objeto, algo exterior a él y diferente de sí mismo, pese
a que el capital ha sido creado por el trabajo. De modo similar,
el capital ve al trabajo como una fuerza que se le opone, distinta
de él, pese a que no podría funcionar sin trabajo. Como cada
uno es esencial al otro dentro ¡geLEroceso económico,\ la polari-
dad que ambos perciben es falsa y aparece como el resultado de
observar el proceso desde un solo punto de vista. Debido a la
relación simbiótica que se establece entre ltrabajo y capital,-" Ma~
decía que la burguesía, al crear una clase de trabajadores asa-
lariados que trabajan para su capital , daba vida a quienes habrían
de enterrarla: Todas las divisiones políticas y sociales de la socie-
dad capitalísta son el resultado de esta polaridad entre el capital
y el trabajo, pero la revolución socialista, según predecía Marx,
habría de abolir est'! oQosición y trascend_e.Üa, dando nacimiento
a una sociedad sin clases, en la que os elementos anteriores se-
r Ian conservados, puesto que la producción industrial continuaría
bajo el socialismo.
Hay que añadir una advertencia contra cualquier tentativa de
traducir a la inglesa la dialéctica, parafraseándola en términos
de tesis, antítesis y síntesis, como lo hace Berlin: J esta formula-
ción no consigue captar la sutileza del proceso dialéctico de la
Aufhebung o la coexistencia de elementos contradictorios en un
determinado estado de cosas, y sugiere que el todo puede ser
visto como análogo a un argumento semejante a los que se em-
plean en la lógica formal, lo cual habría sido rechazado por Marx.
La consecuencia del empleo por Marx de la dialéctica es su con-
clusión en el sentido de que en la historia humana tiene lugar un
proceso causal, predecible, de tipo dialéctico.
Algunos de los demás términos y definiciones empleados por
Marx necesitan de clarificación. El capital, al que también se
refiere como propiedad privada, era riqueza empleada productiva-
mente para producir más riqueza, que más tarde es reinvertida
en más bienes de capital. En las sociedades precapitalistas, la ri-
queza, por lo general, era empleada para propósitos de consumo
inmediato, o simplemente atesorada, y, por consiguiente, no se
convertía en capital. El trabajo puede ser productivo, en el senti-
do de que produce capital, o improductivo. Marx da el ejemplo
del fabricante de pianos, que es productivo, y el pianista, que
no crea nueva riqueza sino que simplemente cambia sus servicios
por dinero. Los términos subjetivo y objetivo son también a
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menudo contrastados por Marx. La clase obrera es objetivamente
la clase revolucionaria, pese a que subjetivamente no lo es. Es
decir, considerada desde el punto de vista de la Historia, el prole-
tariado es la clase que posee el potencial para hacer la revolu-
ción, aunque puede no sentirse revolucionario o tener la auto-
conciencia de tal, es decir, la conciencia de clase. Un punto de
vista subjetivo de clase puede diferir de su realidad objetiva por-
que, en el contexto de una situación contradictoria, constituye tan
sólo una visión parcial de la totalidad . Una teoría científica, como
pensaba Marx que era su propia teoría, capaz de explicar el
todo, puede explicar por consiguiente la posición objetiva de cla-
se. Los comentadores occidentales que acusan a Marx de haber
olvidado los aspectos psicológicos de la vida humana tal vez vean
en este reconocimiento de los puntos de vista subjetivos un ges-
to en esta dirección. Los otros dos términos clave en el análisis de
Marx son apropiación y expropiación. Desde el punto de vista del
capitalista que se dedica a acumular ganancias , su actividad con-
siste en apropiarse de la propiedad privada, poniéndola a un lado,
separándola para sí mismo. Pero desde el punto de vista del traba-
jador, lo que hace el capitalista es expropiarlo, apoderándose de
bienes que el trabajador ha producido y despojándolo de una
adecuada recompensa por su trabajo.
Marx tomó prestado el término objetivación (que algunos tra-
ductores traducen como «modelación» o «cosificación») de Hegel,
para quien formaba parte del movimiento dialéctico de la con-
ciencia individual. La dialéctica comienza con un sujeto pensante,
y la objetivación significa que algo que es en realidad parte del
sujeto mismo es colocado fuera de la mente de éste y considerado
como un objeto, lo cual hace que la visión del sujeto de la situa-
ción se distorsione. Para Marx, una de las principales causas de
la alienación del trabajador bajo el capitalismo es que está obli-
gado a objetivar sus propias creaciones, los productos que hace,
para, más adelante, ver que ya no forman parte de él mismo, o
como si no le pertenecieran, de tal modo que sus productos se
le aparecen como ajenos, como objetos hostiles, que han sido apro-
piados por el capitalista. En este caso, es posible que Marx con-
funda lo que parece ser el resultado de cualquier actividad crea-
tiva, tal como lo reconocería cualquier autor, con una propiedad
característica de la producción capitalista. Sin embargo, la ex-
plicación acerca de la alienación es importante para su crítica
general del modo de vida capitalista.
A menudo se habla del pensamiento de Marx llamándolo ma-
terialismo dialéctico, término que necesita una explicación. El
materialismo es una posición filosófica basada en el axioma de
que todos los acontecimientos que tienen lugar en el mundo feno-
ménico pueden ser explicados adecuadamente en términos de
otros acontecimientos o causas que se dan en el mundo. Una de las
principales influencias en el desarrollo del materialismo fue la
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concepción, debida a Locke, de que todas nuestras ideas están
causadas por las percepciones del mundo exterior, las cuales nos
llegan a través de nuestros cinco sentidos y por nuestras refle-
xiones sobre estas percepciones. Al afirmar esto, rechazaba la
opinión de Descartes cuando éste afirmaba que las personas nacían
con ideas innatas acerca de Dios y de otras verdades absolutas,
tales como los enunciados de la geometría, a partir de los cuales
se construía el conocimiento. Para Marx, como para Locke, las
ideas no existen sin causas que las antecedan en el mundo exte-
rior, pero mientras que Locke sostenía esta doctrina contra aque-
llos que afirmaban que el conocimiento estaba producido en última
instancia por la intervención divina y otras influencias metafísicas
(literalmente, «más allá de lo físico »), Marx se valía de ella contra
los filósofos del siglo XVIII, quienes habían usado ficciones tales
como «la naturaleza humana» o ,da razón pura » en sus explica-
ciones sobre la sociedad. Sobre todo, discutía la tesis de los idea-
listas alemanes en el sentido de que las ideas pueden surgir inde-
pendientemente del contexto social y actuar como causas en la
sociedad. Sostenía que todos los fenómenos sociales y la propia
conciencia humana son el producto de causas materiales, y que
estas causas se encuentran en última instancia en los dispositivos
económicos de la sociedad, que él llamaba modo de producción .
• El hombre », sus pensamientos y sus actividades están, por' consi-
guiente, determinados por la sociedad, un axioma que deliberada-
mente rompe con el supuesto liberal de la autonomía individual
y la libre voluntad. «Mi propia existencia es una actividad socia¡",
decía Marx, y añadía: «Tanto la actividad como el pensamiento son
sociales por su contenido tanto como por su origen; son actividad
social y pensamiento social.»'
Relacionando esta tesis general con su teoría económica, afir-
maba también que «aquello que son (los individuos) es su pro-
ducción, coincide con aquello que producen y cómo lo producen».'
Por supuesto, se puede suscribir el materialismo sin estar de
acuerdo con la tesis de Marx de que las causas últimas de los
acontecimientos sociales son económicas. Muchos filósofos de la
Ilustración aceptaban que los individuos están determinados por
el medio social, sin por ello reconocer esta hipótesis adicional.
Marx no fue tan original por haber adoptado la epistemología ma-
terialista como por haber postulado que la actividad económica
constituía su base (algo que, sin embargo, algunos de los prime-
ros socialistas también propusieron) y construir sistemáticamente
sobre ella una teoría coherente de las relaciones políticas y so-
ciales y de la ideología. No obstante, su materialismo y su afirma-
ción de que las personas son formadas por la sociedad no quiere
4. El más importante análisis de las causas materiales de la conciencia apa-
rece en K. MARX Y F . E NGELS, T/¡e Germarz Ideology , en . Selected Works», Pro-
gress Publishers, 1969, vol. 1.
5. MARX-ENGELS, The Germarz Ideology, p . 20.
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decir, en modo alguno, que seamos criaturas pasivamente deter-
minadas e incapaces de producir cambios sociales. No obstante,
Marx sostenía que tales cambios no llegarían a producirse por
efecto de la fu erza de las ideas concebidas in vaCilO, como los
utópicos esperaban que sucediese, o a través de la mera voluntad
de poder, sino por la vía de ideas y circunstancias que surgen del
mundo material y social.
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modos de producción, pero el punto central de toda su obra era
el modo de producción capitalista y esto fue crucial para s~oría
política. Por consiguienté, sólo nos referiremos aquí a su expli-
caClOn del capita lismo. La economía capitalista se apoya en la
dicotomía fundamental entre el capital y el trabajo, los dos lados
de la «contradicción » del capitalismo y esto se transfiere al nivel
de las relaciones sociales para conformar las relaciones antagó-
nicas y potencialmente conflictivas entre la burguesía y el prole-
tariado. En primer lugar, Marx define el trabajo productivo por
su singular cualidad de ser capaz de crear nuevos valores. El
trabajo es la fuente, en última instancia, de todos los valores
(esta afirmación implica un supuesto simplificador acerca de los
recursos naturales, que muchos considerarán valiosos en sí mis-
mos, y que Marx analiza más adelante en El Capital), y el capital
es meramente trabajo acumulado u «objetivado » -el resultado de
la explotación de generaciones pasadas- en forma de maquina-
ria, fábricas y otros aparatos que contribuyen al proceso produc-
tivo. La manufactura capitalista se basa en la propiedad privada,
capital acumulado que, concentrado en las manos del capitalista,
le permite a éste contratar «trabajo viviente», el trabajador asa-
lariado, cuya posición en el proceso productivo se define por no
poseer los medios de producción. La contradicción entre el capital
y el trabajo se manifiesta en el curso del proceso productivo. Al
igual que otros economistas de la época, Marx supone que a los
trabajadores se les pagan salarios de subsistencia. Las mercancías
que éstos producen tienen cierto valor de cambio que se mide en
términos de dinero, determinado por la cantidad de trabajo que
requieren y que también puede variar de acuerdo con la coyun-
tura del mercado. Por ejemplo, el obrero trabaja, digamos, diez
horas al día. En seis horas produce bienes cuyo valor de cambio
(precio) es igual a los salarios que gana en una jornada. Marx
llama a estas seis horas «trabajo necesario », el trabajo necesario\ V"
para que sobreviva el obrero y su familia, la siguiente generación )
de trabajadores. Pero no se le pagan las restantes cuatro horas
que trabaja y su va.~ expropiado por el capitalista. Marx de-
nomina a esto ¡plusvalía y que sirve como vara de medir para
evaluar el grado de explotación del trabajador. El remanente de
la plusvalía, una vez que han sido descontados el alquiler, los
dividendos y otros costos, se convierte en la ganancia del capita-
lista, que Marx supone que debe ser reinvertida en la producción,
con cada nueva inyección de capital aumenta el poder del capita-
lista para contratar (<<apropiarse ») más trabajo, y expandir así
su negocio.
«La apropiación de trabajo ajeno en el pasado es así la condi-
ción simple para una renovada apropiación de trabajo ajeno.» 7
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El proceso es, de esta manera, continuo y dinámico para cada
capitalista individual y se mantendrá con seguridad en virtud de
su propia inercia a menos que el incentivo del capitalista, la tasa
de ganancia, decaiga. (Una definición simplificada de la tasa de
ganancia es la siguiente: la razón entre los salarios pagados· y la
plusvalía producida.) Y lo que es verdad sobre las firmas indi-
viduales es verdad también acerca del capitalismo en su conjun-
to: necesita expandirse para sobrevivir. Pero, como el capitalismo
supone la competencia, Marx pensaba que los capitalistas menos
eficaces serían eliminados de los negocios y predijo la aparición
de los monopolios y los grandes cartels lo que finalmente dio
lugar a la formación de las gigantescas corporaciones que cono-
cemos en la actualidad.
Marx demuestra que el capitalismo está amenazado por varios
procesos que conllevan la reducción de la tasa de ganancia. En
primer lugar, se da una contradicción interna en el proceso pro-
ductivo. A medida que continúan la expansión y la reinversión, la
proporción de máquinas (<<capital constante ») con respecto al nú-
mero de trabajadores (<<capital variable») aumentará, en el su-
puesto de que esta maquinaria sea cada vez más sofisticada. En
otras palabras, las industrias serán más intensivas en términos
de capital. Pero, dado que el trabajo es el único componente que
genera plusvalía, cuantas más máquinas y menos hombres se
empleen menor será la plusvalía y menor, por consiguiente, la
tasa de ganancia. Marx supone que la principal motivación del
capitalista es mantener su tasa de ganancia a toda costa, pese a
que los economists modernos sugieren que mientras el negocio se
expanda a un ritmo suficientemente alto como para producir
dividendos y la cantidad de ganancia permanezca constante, o
crezca, la tasa real de ganancia no es importante. No obstante,
según el análisis realizado por Marx, si cae la tasa de ganancia,
la reacción del capitalista será recortar los salarios para restau-
rar la plusvalía y sus beneficios. Esto necesariamente habrá de
empobrecer a la clase obrera, especialmente porque la presencia
de un «fondo de parados» servirá para asegurarse que los obre-
ros no tengan más remedio que aceptar lo que se les ofrece, con
lo cual los salarios no subirán por encima del nivel de subsisten-
cia. Hemos de observar que los análisis preliminares de Marx
omiten factores tales como los sindicatos, que pueden impedir el
recorte de salarios. Pero el caso es que Marx se refería delibera-
damente a una situación de mercado libre como la que describen
los economistas clásicos, en la cual los empleadores individuales
y los obreros negocian en un régimen de «competencia perfecta».
Hay otros factores externos que pueden hacer caer la tasa
de ganancia. La sindicalización tiene el efecto de presionar, hacia
el alza, el nivel de los salarios y disminuir las ganancias. Si los
precios en el mercado descienden por efecto de una saturación o
de una caída en la demanda, el obrero necesita más tiempo para
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ganar su salario (en términos del precio de los bienes que produ-
ce) y por consiguiente, una vez más, se exprime m ás plusvalía.
Cabe también la posibilidad de que los mercados se saturen de
modo permanente, con resultados semejantes. Cuando los emplea-
dores recortan masivamente los salarios, tiene lugar una depre-
sión. Marx esperaba que el ciclo industrial de auge y crisis osci-
lara en forma cada vez más violenta hasta que una depresión muy
severa produjera la revolución. El mecanismo causal era la paupe- I
rización del proletariado. Por efecto de ello, los obreros tomarían
conciencia de su condición de oprimidos y explotados y de su
condición de clase y comenzarían a comprometerse en actividades
políticas para remediarla, invadiendo así la esfera política, que
hasta entonces había salvaguardado los intereses de los capitalis-
tas. La principal contradicción del capitalismo es que cuanto más
se expande más aumenta su tendencia a derrumbarse.
~ste es, pues, el modelo económico de Marx, muy simplificado.
No obstante, El Capital y el resto de sus obras son ricas en obser-
vaciones acerca de cómo afecta la organización económica al con-
junto de la vida social. La naturaleza del capitalismo da lugali-
a dos paradojas. En primer lugar, el capitalismo sólo puede flol
recer creando situaciones extremas de riqueza y de pobreza. El
capitali~ta se hace c.a da vez más r~co. mientras "lo ~nic~ 9- ue I.e3)
es propIO es el creciente empobrecimiento del trabajo vlvlente ~ ·
Los primeros socialistas observaron esto también, y señalaron
lo anómalo en el hecho de que los trabajadores no pudieran com-
prar los bienes de lujo que producían para otros. La segunda de
las paradojas es que, dialécticamente, por antagónicos que sean
los intereses de los trabajadores y los capitalistas, ninguno de
los dos puede sobrevivir sin su oponente. "El proletariado y la
riqueza son opuestos; y como tales forman un único todo.» 8 Esta
fórmula hegeliana conlleva la intuición optimista de los econo-
mistas clásicos en el sentido de que .el logro de los intereses indi-
viduales conduce al beneficio de todos, pese a que Marx dio a
la doctrina un giro pesimista porque estaba convencido de que
las contradicciones que llevaba dentro el capitalismo habrían de
provocar su desaparición.
El sistema de mercado que da valor de cambio a los objetos
manufacturados pervierte nuestra percepción de ellos, la cual
debería basarse en su valor de uso, esto es, en su utilidad para la
humanidad. "A esto llamo yo el carácter fetichi sta que se asigna a
los productos del trabajo, en cuanto son producidos en forma de
mercancías. »' Como las relaciones sociales reflejan las relaciones
que se plantean en el ámbito económico, otras cosas empiezan a
verse como simples mercancías, en particular el propio trabaja-
dor. La sociedad se impregna de lo que hoy en día llamamos "re-
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laciones instrumentales»: el hombre burgués considera a su esposa
y su familia como formas de la propiedad privada, un hecho que
hizo que Marx y Engels criticaran la familia nuclear. En el mer-
cado libre, el dinero asume un papel dominante como principal
medio de intercambio.
«Cuanto mayor sea la producción que se organiza de acuerdo
con este esquema, de tal modo que todo productor dependa del
valor de cambio de sus mercancías, más deben desarrollarse las
relaciones de dinero.» JO El dinero se hace omnipotente y su poder
distorsiona las cualidades humanas. «Todo lo que tengo gracias
al dinero .. . es lo que yo mismo, el poseedor de mi dinero, soy .. .
Soy feo, pero puedo comprarme las mujeres más bellas. En con-
secuencia no soy feo ... [el dinero] convierte la fidelidad en infide-
lidad, el amor en odio, el odio en amor, la virtud en vicio.» 11 Los
individuos y las relaciones son así pervertidas por este «ser todo-
poderoso», el dinero, y esto contribuye a la alienación de quienes
viven en el capitalismo. Pese a que Marx disecciona y deplora
estas distorsiones, condena el sistema capitalista por lo que tiene
de explotación, en primer lugar, por la extracción de plusvalía al
trabajador, quien no es justamente recompensado por los valores
que crea, y además por la manipulación que realiza el capita-
lista con las necesidades del pueblo (que le asegura su mercado)
lo cual tiene el efecto paradójico de que «el crecimiento de las
necesidades y de los medios de satisfacerlas resulta en una caren-
cia de necesidades . y de medios »." Desde luego, el análisis econó-
mico de Marx se basaba en sus observaciones del sistema inglés,
donde el capitalismo había avanzado relativamente, pero lo consi-
deraba aplicable a todos los países capitalistas. Los vínculos cau-
, sales entre lo económico y lo político hacen que sea importante
comprender la economía de Marx para entender su teoría de la
revolución.
92
en decadencia. Los «elementos» de la burguesía han de hallarse
entre los habitantes de los burgos medievales y la burguesía mo-
derna es «ella misma el producto de un largo proceso de desa-
ITollo». Con el avance de la tecnología y los cambios en el modo
de producción por efecto de la Revolución Industrial, la burgue-
sía «dio nacimiento» al proletariado, cuyos miembros sólo pueden
vivir en la medida en que venden su trabajo. La industrialización
se difundió y las relaciones sociales se armonizaron de acuerdo
con el nuevo estado de las relaciones económicas. Estos cambios
no se improvisaron: la burguesía ha estado «envuelta en una
constante batalla», primero contra la aristocracia, después contra
secciones de sí misma y con las burguesías de países extranjeros.
En efecto, la fuerza que motiva el capitalismo, la competencia,
divide internamente a la burguesía. «Los individuos por separa-
do forman una clase sólo en la medida en que deben embarcarse
en una batalla común contra otra clase.» lJ Por consiguiente, en
su relación con el proletariado, la burguesía se convirtió en clase
dominante en virtud de su posición dominante dentro del proceso
económico. Al igual que todas las clases dominantes, poco a poco
fue creando una sociedad a su imagen y semejanza, estableciendo
un sistema político y legal que sostiene su propia h egemonía. Se
sancionaron leyes que protegían la propiedad privada y que tra-
taban todas las relaciones sociales como si fueran relaciones de
dinero. Políticamente, la burguesía se convierte en la clase gober- /
nante: «El poder ejecutivo del Estado moderno no es más que V
un consejo de administración de los asuntos en común que afec-
tan a la totalidad de la burguesía.» 14 Debido a los antagonismos
de clase implícitos en la sociedad capitalista, aun cuando no se
expres~l Estado se desarrolla como un aparato cuya función
'eS oprimir al proletariado, con su panoplia de armas: la policía, /
el ejército y el sistema judicial diseñado para ejecutar las leyes
de la [Link]& Una vez más, Marx apoyaba sus análisis sociales
i en pruebas empíricas sacadas de la situación imperante en In-
93
sus críticas más adelante, en el capítulo sobre la libertad y los
derechos.
No sólo controla la burguesía la totalidad de las relaciones
sociales, también domina la sociedad en el nivel del pensamiento.
La ideología burguesa refleja el ascendente de la burguesía y rei-
vindica el capitalismo. Marx daba como ejemplos la teoría eco-
nómica clásica, con su justificación del laissez-faire y la compe-
tencia, y la ética utilitaria, que propone el interés propio como
base de toda acción y refleja la actividad del capitalista que sólo
se preocupa por maximizar sus ganancias. También pensaba que
el cristianismo, con sus doctrinas de la humildad, la pobreza terre-
nal y su afirmación de la necesidad de las jerarquías sociales,
servía a los intereses de la burguesía, aunque la religión haya
sido siempre «el opio de los pueblos». La concepción de Marx
acerca de cómo surge la ideología, analizada en el capítulo n, no
necesita ser recapitulada aquí. Pero hay que señalar que al des-
cribir la creación de la ideología y el Estado burgueses, Marx no
proponía una teoría conspirativista tal como lo han sugerido algu-
nos de sus críticos. Las ideas y las instituciones son el producto
de los dispositivos fundamentales económicos que presenta la so-
ciedad, sin que necesariamente deba existir alguien que desee que
aparezcan. Por esta razón, Marx no condena moralmente a la
burguesía o a los miembros individuales de esta clase. Su inten-
ción es llevar a cabo un análisis científico, no moral, y, cuando
su indignación contra el sistema capitalista se expresa con mayor
vigor, como sucede en el Manifiesto Comunista, admite que la
burguesía ha introducido importantes innovaciones y ha reali-
zado una contribución valiosa al liquidar los resabios del feuda-
lismo. «Desde un punto de vista histórico, la burguesía ha jugado
un papel revolucionario.» Lo que sucede es que, simplemente, se
ha cumplido su ciclo. Esto no quiere decir que Marx no deplorara
las crueldades y la injusticia social propias del sistema capita-
lista, sino que no culpaba a ningún individuo en particular por
esto, porque hacer a los individuos responsables de haber nacido
en el seno de cierta clase o de actuar de acuerdo con los dictados
de su posición social y su ideología hubiese supuesto una con-
tradicción respecto a su explicación materialista de la formación
de los individuos en función de las condiciones sociales.
Marx condenaba el capitalismo debido a los malos efectos que
tenía en' el pueblo, no sólo en los miembros del proletariado, sino
también en los miembros de la burguesía. El empobrecimiento de
los obreros y las atroces condiciones bajo las cuales muchos de
ellos trabajaban era la principal acusación que pl an~eaba sobre el
sistema. También lo era la perversión de las relac:ollE" sociales a
través de la prevalencia de las relaciones m onetarias y del feti-
chismo de la mercancía. En algunos aspectos, Marx pensaba que
la humanidad estaba peor bajo el capitalismo de lo que había
estado bajo el feudalismo, pese a los avances tecnológicos. Esto
94
se ve con claridad en sus primeros escritos sobre la alienación,
en los cuales formula posiciones muy cercanas a las de Hegel. (Si
bien los psicólogos y los sociólogos actuales emplean libremente
la idea de alienación, el análisis de Marx, como el de Hegel, es
más filosófico que una tentativa de psicologizar.) En circunstan-
cias ideales, el hombre creativo, el obrero, «se apropia» del mun-
do exterior por medio de su trabajo, convirtiendo materia prima
en artefactos propios. Pero bajo el capitalismo, su producto, la
mercancía, es en cambio apropiada por el capitalista.
«El obrero se relaciona con el producto de su trabajo como si
se tratara de un objeto ajeno ... El obrero pone su vida en el
objeto y esto significa que ésta ya no le pertenece, sino que per-
tenece al objeto.»"
y el objeto pertenece a l patrón.
Como resultado de ello, el obrero está alienado: de sí mismo,
de su producto, de sus semejantes y de su «ser-especie».16 Pero el
capitalista sufre también, puesto que él también tiene una rela-
ción poco ideal con el mundo material y con sus semejantes. Esto
recuerda la famosa dialéctica de «el amo y el esclavo» en la Feno-
menología del Espíritu de Hegel, en la que se demuestra que el
amo no obtiene una verdadera satisfacción por dominar al escla-
vo, su inferior, y mantiene una relación viciada con otras personas
y con la naturaleza. Del mismo modo, el capitalismo no signi-
fica un beneficio para nadie: espiritualmente, empobrece incluso
a los ricos. La alienación es, pues, una de las principales razones
para la condena moral del capitalismo.
Historia y Revolución
9S
social a gran escala. El factor que originó todos los cambios his-
tóricos es la innovación económica y técnica que cambia el modo
de producción y crea nuevas relaciones económicas: las rela-
ciones sociales tienen que adaptarse a estas nuevas relaciones eco-
nómicas, que cambian más lentamente, y esto conlleva una trans-
formación de la superestructura socio-política. Así, el sistema feu-
dal jerárquico fue desmantelado y gradualmente sustituido por
el Estado-Nación burgués. La historia es un proceso dialéctico en
el sentido de que procede de acuerdo con contradicciones: la con-
tradicción entre las relaciones económicas y sociales y los anta-
gonismos entre las dos principales clases que se desarrollan en
cada nuevo período histórico. Cada nueva forma de sociedad que
emerge niega y trasciende la forma anterior, aunque conserva mu-
chos de sus elementos.
:Bste es el esqueleto de la doctrina de Marx, a menudo mencio-
nada como «materialismo histórico» o «determinismo histórico».
Marx no era el único en proponer una teoría de la historia: en
los siglos XVIII y XIX abundaban tales teorías y muchas de ellas
se proponían demostrar tendenciosamente que la humanidad pro-
gresaba siempre a niveles cada vez más altos. Muchas de estas
teorías eran teleológicas y planteaban conjeturas acerca de cuál
sería el Estado perfecto, final, de la sociedad; para Hegel, esto
quedaba marcado por la autorrealización del «Espíritu Absoluto»
a través de la sociedad. Fourier y Saint-Simon también se valían
de teorías de la historia para probar que sus versiones del socia-
lismo constituían estadios más elevados en el desarrollo social y
más tarde influyeron considerablemente en Marx pese a que éste
rechazó el socialismo utópico. Pero Marx difería de otros filósofos
de la historia en muchos aspectos. En primer lugar, rechazaba la
idea de progreso como una noción idealista. Como hemos visto,
pensaba que la sociedad podía progresar materialmente y, al mis-
mo tiempo, retroceder espiritualmente, por lo que no cabía pensar
que la humanidad avanzara inevitablemente hacia la perfección
o la felicidad. También se abstenía de las fórmulas te leo lógicas
en su explicación de la historia, rechazando la postulación de un
objetivo final: pese a lo cual mantenía su punto de vista dialéct~co
sobre la sociedad. Si cada sociedad desarrolla contradicciones que
deben superarse, no hay fin para el proceso, y pensar que la histo-
ria un día u otro llegará al final y que dejarán de producirse cam-
bios es otra noción idealista y contradice la naturaleza creativa
del hombre, que constantemente transforma su entorno. Si bien
Marx no especulaba acerca del tipo de sociedad que habría de
seguir a la sociedad socialista, no hubiese negado que, ella tam-
bién, en última instancia, sería finalmente superada. Marx consi-
deraba su propia teoría de la historia como científica en un sen-
tido que no podía aplicarse a las teorías rivales, puesto que se
fundaba en el postulado de que los cambios económicos, reales,
producían avances en todas las demás esferas de la vida de una
96
manera determinada y predecible. Acusaba a los demás filósofos
de no haber conseguido presentar causas materiales para explicar
el movimiento de una etapa de la sociedad a la siguiente. Pero si
bien abjuraba de los contenidos idealistas, se valía de localizar su
ideal político, el comunismo, en la siguiente etapa, más elevada,
dentro de lo que sin lugar a dudas era una teoría progresista de
la historia. Al fin de cuentas, afirmar que la forma de sociedad
por la que uno aboga surgirá inevitablemente es, sin duda, una
buena propaganda y el centro de su alegato en el Manifiesto.
La revolución es la dínamo de la historia en la versión dada
por Marx, y su doctrina de la revolución socialista produjo más
esperanzas y miedos, quizás, que cualquier otra teoría política.
Hemos visto ya cuáles son los determinantes económicos de la
revolución: las contradicciones internas y externas en el capita-
lismo conducen a una cada vez mayor pauperización de los obre-
ros, lo cual obliga a aumentar sin cesar la severa opresión para
acallar la voz de los descontentos. En el nivel social, Marx pensa-
ta que las crisis sucesivas polarizarían las dos clase principales,
desplazando a otras clases subsidiarias y obligándolas a incorpo-
rarse al proletariado, que absorbería a la pequeña burguesía y a
los capitalistas fracasados, aplastados por la competencia. Marx
esperaba que los intelectuales se unirían al bando del proletariado
por efecto de la polarización. Con esta nueva aportación aumen-
taría el grado de autoconciencia y solidaridad en el seno del pro-
letariado. De esta manera, los sentimientos subjetivos de los obre-
ros se corresponderían finalmente con su situación objetiva, lo cual
los convertiría, subjetiva y objetivamente, en «la más revolu-
cionaria de las clases».
Marx no se comprometió en la predicción de la naturaleza pre-
cisa de la revolución proletaria o de los medios exactos que ha-
brían de emplearse para derrocar a la burguesía. Contemplaba la
violencia, pero no justificaba ni glorificaba el derramamiento de
sangre y la venganza. Por el contrario, la violencia sería un ins-
trumento necesario porque la burguesía no renunciaría a sus pri-
vilegios sin luchar. Por otra parte, pensaba que la transición al
socialismo tendría lugar pacíficamente en Inglaterra, que era en-
tonces el país capitalista más avanzado, puesto que los obreros
tenían ya representación en el Parlamento. Las afirmaciones de
Marx acerca del tiempo, el lugar y la forma que adoptaría la re-
volución, indicaban tendencias, no eran una profecía. El regocijo
con que sus adversarios reciben la noticia de que no se han cum-
plido las "predicciones» de Marx no está, por lo tanto, bien orien-
tado. Lo que sí predijo Marx fueron los pasos necesarios para la
victoria del proletariado. El primero sería establecer una demo-
cracia que automáticamente elevaría la condición de los obreros,
que conforman la mayoría, al status de clase dominante.
97
«El proletariado utilizará su supremacía política para arran-
car gradualmente todo el capital de la burguesía, para concen-
trar todos los instrumentos de producción en manos del Estado,
es decir, del proletariado organizado como clase dominante.» 11
Vale la pena citar in extenso las medidas inmediatas que Marx
pensaba que serían «generalmente aplicables » después de una
revolución semejante: 19
1. Abolición de la propiedad de la tierra y aplicación de todas
las rentas de la tierra en obras públicas.
2. Un gravosamente progresivo o gradual impuesto sobre la
renta.
3. Abolición de todo derecho a la herencia.
4. Confiscación de la propiedad de todos los emigrantes y re-
beldes.
S. Centralización del crédito en manos del Estado, por medio
de un banco nacional con capital estatal y con monopolio exclu-
sivo.
6. Centralización de los medios de comunicación y transporte
en manos del Estado.
7. Extensión de las fábricas e instrumentos de producción en
propiedad del Estado ...
8. Igual obligación de todos al trabajo. Establecimiento de
ejércitos industriales, especialmente para la agricultura.
9. Combinación de agricultura con industrias manufactureras .. .
10. Educación libre para todos los niños en escuelas públicas .. .
Algo que vale la pena señalar aquí (pero que a menudo se ig-
nora) es que, si bien Marx consideraba que 1a abolición de la
propiedad privada (capital) era el objetivo y la precondición del
socialismo, este programa no recomienda la expropiación instan-
tánea de todos los capitalistas, sino que propone una progresión
hacia la propiedad colectiva de los medios de producción, que se
extendería con el correr del tiempo y se alcanzaría por medio de
un pesado impuesto sobre la renta y la extensión de la propiedad
estatal. Un programa como éste podía ser desarrollado incluso
por medios democráticos en un país donde estuviera vigente el
sufragio universal, sin necesidad de una revolución violenta. El
proyecto gradualista es subrayado cuando Marx continúa:
«Cuando, en el curso del desarrollo, las distinciones de clases
hayan desaparecido ... el poder público perderá su carácter políti
ca. El poder político ... no es más que el poder organizado de una
clase para oprimir a otra.» lO
98
~sta es otra de las fonnulaciones características de Marx, que
coinciden con su creencia de que el Estado se «extinguirá». Está
claro, entonces., que cualquier opinión que describa la concepción
marxista de la revolución como si se tratase de un cambio vio-
lento radical e inmediato, traiciona las verdaderas recomenda-
ciones del autor.
El futuro del Estado después de la revolución quedaba aun
más claro en las críticas propuestas por Marx al programa pre-
sentado en 1875 por los socialistas alemanes. Puesto que los socia-
listas alemanes planeaban tomar el Estado sin transfonnarlo ra-
dicalmente, Marx los acusaba de tratar el Estado como si «fuese
una entidad independiente que posee sus propias partes intelec-
tuales, éticas y libertarias» (¡un error excusable para quienes fue-
ron educados sobre la base de las ideas de Hegel!) y volvía a se-
ñalar la naturaleza clasista y opresiva del Estado. Una revolución
exitosa implicaría «un período de transición política, en el cual
el Estado no puede ser otra cosa que la dictadura r evolucionaria
del proletariado»." Sin embargo, no se trata de que el Estado, en
última instancia, cambie de mano, sino que al final sea destruido.
Marx veía la naturaleza opresiva del Estado como una barrera
contra el acceso gradual al poder por parte de los partidos social-
demócratas, pero no consiguió distinguir adecuadamente entre el
Estado como dictadura revolucionaria y el Estado burgués. Qui-
zás haya sido ésta la principal área en la que Marx se equivocó,
al no haberle dedicado un análisis profundo.
Los peligros que supone limitarse a capturar y utilizar el apara-
to represivo del Estado quedaron de manifiesto con la revolución
rusa. De modo que Marx era escéptico con respecto a las espe-
ranzas de los partidos socialdemócratas de obtener gradualmente
el acceso al poder en los marcos del sistema existente.
Ahora es posible considerar algunos de los problemas que plan-
tea la teoría revolucionaria e histórica de Marx, y las distintas
críticas que se les hacen. Una de las principales cuestiones es cómo
han de reconciliarse los elementos deterministas y voluntaristas
de la teoría. Las consecuencias de mantener que la revolución se-
ría el efecto de los factores económicos supondrían el quietis-
mo político. De hecho, una sección de la Segunda Internacional
afirmaba que los socialistas debían limitarse a esperar que el ca-
pitalismo se derrumbara por efecto de su dinámica interna. En-
gels sobrevivió a Marx y participó en el debate de esta tesis des-
pués de la muerte de éste. Luchó por rechazar el cargo de que
. Marx era un determinista económico para quien la revolución
llegaría automáticamente, a la vez que defendió la doctrina de
que antes de que el proletariado pueda crear una revolución es
necesario que se cumplan ciertos objetivos económicos y políticos.
21. MARX, Critique o{ the Gotha Programme, en Marx and Engels: Basic Writ·
ings (ed. L. Feuer), Doub1eday·Anchor, 1959, p . 127.
99
«Las revoluciones no se hacen deliberada o arbitrariamente,
sino que en todas partes y en todas las épocas han sido el resul-
tado esencial de circunstancias que en absoluto dependen de la
voluntad y del liderazgo de un partido en particular o de la tota-
lidad de las clases.»
100
puesto que Marx no ignoraba las complejas interacciones con las
demás partes de la sociedad.
En cuanto a este aspecto de la teoría de Marx, se plantean mu-
chas otras críticas. La revolución socialista no es estrictamente
análoga a la revolución burguesa que desbancó el feudalismo,
puesto que no está provocada por el progreso tecnológico, sino
por el agotamiento del sistema económico existente. Y por otra
parte, la revolución socialista no cambiará, en cierto sentido, el
modo de producción, puesto que Marx preveía que el sistema in-
dustrial continuaría, sino que se limitará a cambiar la propiedad
de los medios de producción. Por lo tanto, la revolución socialista
no es un ejemplo del paradigma formulado por Marx. Él esca-
paba a esta objeción diciendo que la distribución es una «carac-
terística» del modo de producción: por consiguiente, la producción
socialista es un modo diferente del industrialismo capitalista.
Algunos comentaristas encuentran curioso que Marx pensara
que el proletariado, la más fragmentada y alienada de las clases,
pudiera encabezar la revolución." Ésta era una objeción más bien
práctica que teórica y hay que decir que el pesimismo acerca de
la capacidad de los obreros y su inclinación a hacer la revolución
condujo a la teoría del partido de vanguardia de Lenin. Para Marx,
el proletariado, en su condición de principal clase oprimida bajo
d capitalismo y mitad del todo contradictorio, era objetivamente
la clase revolucionaria, por lejos que estuviera, subjetivamente,
de comprenderlo. Pero Marx no suscribía la idea de una revolu-
ción gloriosa y de una violencia heroica, así como tampoco reco-
nocía el papel de los individuos carismáticos. La falta de perspi-
cacia política o de coraje personal en el obrero le parecía algo
irrelevante: la precondición de la revolución era la condición
desesperada de éste, no su arrojo personal. Por supuesto, Marx
esperaba que surgieran líderes, pese al estado oprimido de la
mayoría de los obreros. Contra lo que afirman sus críticos, su des-
cripción de la condición general de la clase no supone que cada
uno de sus miembros sea igualmente ignorante y oprimido. La
otra importante objeción planteada contra Marx, el hecho de que
su teoría ha sido desacreditada por el fracaso de sus predicciones,
se analiza en una sección posterior.
La sociedad comunista
101
características formales de la sociedad comunista se ven clara-
mente a partir de sus obras, tanto como los principios sobre los
cuales habría de funcionar. En esencia, el comunismo implica la
abolición de la propiedad privada, del modo capitalista de produc-
ción y el trabajo alienado. Establece la apropiación de la natura-
leza por el hombre y para el hombre, en contraste con la apro-
piación de la vida humana por el capitalista. Después que la exa-
cerbación de los conflictos de clase hubieran producido la revo-
lución proletaria y la dictadura revolucionaria del proletariado
se hubiese establecido, Marx predecía que el comunismo se desa-
rrollaría en dos etapas. En la primera etapa, bajo la dictadura
revolucionaria, cuando el Estado retiene su naturaleza opresiva
pero se vuelve contra los revolucionarios burgueses, siguen exis-
tiendo las clases, el trabajo asalariado y la división del trabajo.
Pero en las nuevas condiciones el capital habrá de ser una pro-
piedad colectiva, lo cual cambiará el modo de producción y pon-
drá en marcha un nuevo principio de distribución, «a cada cual de
acuerdo con su contribución ». Pero, «pese a que esto significa un
avance, este derecho igualitario sigue estando constantemente es-
tigmatizado por una limitación burguesa», dado que los obreros
tienen diferentes habilidades y talentos. De modo que si bien se
les paga en proporción al valor de su trabajo, sin que esto supon-
ga explotación, se mantienen las desigualdades." Los salarios re-
flejarán el tiempo de trabajo, con pequeñas deducciones que se
destinarán a obras públicas y programas de bienestar social. No
se extraerá ninguna plusvalía. La segunda etapa, «el comunismo
superior», al que Marx se refiere tambi én llamándolo «el verdadero
socialismo», es la sociedad sin clases. En esta condición la división
entre el trabajo intelectual y el trabajo físico se ha desvanecido
y nadie tiene una esfera exclusiva de actividad, sino que puede
capacitarse para realizar cualquier trabajo que desee.
102
sa, puesto que parece idealizar el trabajo no industrial mientras
que en otros escritos da a entender que el trabajo industrial será
la base del comunismo. En los Grundrisse afirma que el capitalis-
mo ha proporcionado las condiciones para una amplia difusión
del ocio en la sociedad socialista, puesto que explota al máximo
la plusvalía que más tarde será devuelta al trabajador.
«Lo nuevo en el capital es que también aumenta el tiempo de
plustrabajo de las masas por todos los medios artísticos y cien-
tíficos posibles ... De modo que, pese a sí mismo, resulta un buen
instrumento para crear los medios de tiempo socialmente dispo-
nible y, por lo tanto, para reducir al mínimo el tiempo de traba-
jo de la totalidad de la sociedad, con lo cual hace que cada uno
tenga más tiempo para el propio desarrollo.» la
De modo que, si bien el comunismo supera al capitalismo,
preserva en su seno muchas de las valiosas innovaciones introdu-
cidas por éste.
En la etapa final del comunismo, el Estado, que representa el
poder opresivo, «político», se extinguirá, si bien el gobierno con-
tinuará siendo necesario. La forma que Marx suponía adoptaría
este proceso puede deducirse a partir de su ensayo sobre la Co-
muna de París de 1871, donde alaba la organización concebida por
los comuneros. El gobierno de la Comuna estaba constituido por
concejos municipales, provenientes en su mayoría de la clase
obrera, elegidos por sufragio universal, responsables ante sus elec-
tores y sujetos a un rápido recambio de acuerdo con la opinión
de éstos. La Comuna era tanto ejecutiva como legislativa: en una
democracia verdaderamente representa tiva y fiel al mandato del
electorado, la separación liberal de los poderes, con objeto de
proteger los derechos individuales, es innecesaria. Al igual que
los concejales, la policía y los demás funcionarios eran delegados
responsables y revocables ante la Comuna, y todos ellos recibían
salarios equivalentes a los obreros, lo cual impedía el desarrollo
de una jerarquía con intereses de grupo. Marx calificó al gobierno
de la Comuna como una forma «expansiva » o no represiva de
gobierno, y sin duda esperaba que la soberanía popular se encar-
naría en algún esquema semejante a éste en el marco de la socie-
dad comunista.
«Su verdadero secreto era éste: se trataba, en esencia, de un
. gobierno de la clase obrera, el producto de la lucha de los
productores contra la clase poseedora, la forma política... bajo
la cual podría desarrollarse la emancipación económica del tra-
bajo.,. "
103
El ideal marxista de la soberanía popular se compara a me-
nudo con la visión rousseauniana de la democracia directa. Los
liberales ven en al1lbos casos tendencias potencialmente totalita-
rias debido a la ausencia de limitaciones en los poderes acorda-
dos al gobierno. La respuesta de Marx sería que los «controles
y equilibrios» de la democracia representativa son innecesarios
allí donde la responsabilidad es fuerte y los representantes no
tienen privilegios especiales o un status que defender. Por otra
parte, la sociedad sin clases de la etapa final del comunismo no
se caracterizará por presentar voluntades en conflicto que nece-
siten ser reconciliadas mediante una división de la soberanía: el
pueblo tendrá una única voluntad.
¿Hasta qué punto será ideal una sociedad comunista para
quienes habiten en ella? ¿Cómo serán estos habitantes? Marx ha-
bla de plenitud o de satisfacción, y no tanto de felicidad o de
utilidad. Bajo el comunismo, el hombre es un individuo que se ha
desarrollado por completo, que goza de muchas formas de acti-
vidad, y ya no es un «ser que se limita a cumplir una función
social en particulan>, un trabajador especializado. Experimenta la
verdadera libertad que puede alcanzarse en una sociedad coope-
rativa, comunista. En términos hegelianos, Marx deCÍa que el comu-
nismo realizaba la apropiación de la esencia humana del hombre
para el hombre, que emancipaba todas las cualidades y sen-
tidos del hombre, y que lograba la unión del hombre con la na-
turaleza. El hombre reasume su ser-especie como trabajador crea-
tivo en cooperación con sus semejantes. Desaparece la alienación
a medida que se restablece la relación adecuada entre el traba-
jador y aquello que produce: si bien sus productos siguen siendo
todavía para ser utilizados por otros, como debe ocurrir en cual-
quier sociedad en donde haya división del trabajo, el obrero o el
trabajador en general siente que su trabajo es socialmente nece-
sario y valioso para satisfacer las necesidades de los demás. De
la misma manera que otros socialistas creían en la cooperación,
Marx suponía que ésta fusionaría los impulsos egoístas y altruis-
tas. Como creía en una naturaleza humana determinada por la
forma de la sociedad, esperaba -como es lógico- que la forma
comunista de organización social produciría finalmente un «hom-
bre cooperativo», en nada equiparable a su antecesor, ese hombre
competitivo del capitalismo que sólo busca obtener la máxima
utilidad. El debate entre los marxistas y quienes creen en que la
naturaleza humana es inexorablemente competitiva y codiciosa no
puede resolverse científicamente, pero la idea de que el medio
y el ambiente en que se vive determinan en gran medida el ca-
rácter de la persona, idea que hoy en día tiene una aceptación
generalizada, presta cierto apoyo al optimismo de Marx.
104
Criticar a Marx
105
sica implícita. lO Por lo visto, no hay manera satisfactoria de ele-
gir entre estas dos teorías del conocimiento rivales, de acuerdo
con sus respectivas concepciones acerca de qué es 10 que hace a
una doctrina científica, puesto que cada una de ellas invalida
la otra, así como la concepción marxista de la política invalida la
concepción liberal y viceversa. Los empiristas afirman que su
propio sistema está abierto a la refutación, afirmando que el mar-
xismo es un sistema cerrado sobre sí mismo que se convalida a
sí mismo igual que ciertas teologías. Ciertamente, el marxismo se
representa a sí mismo como una filosofía privilegiada, puesto que
puede explicar la existencia de filosofías rivales y refutarlas. Si
no se cuenta con una teoría del conocimiento «superior», capaz de
abarcar tanto al marxismo como al empirismo y considerarlos
según un criterio de validez exterior a ambas doctrinas , no hay
aparentemente un medio filosófico para justificar la adhesión a una
o a otra: por lo cual, la única solución es la preferencia personal.
Sin embargo, podría afirmarse que es preferible aquella teoría que
es capaz de explicar un mayor número de cosas y que tiene un
alcance más universal. Estas observaciones tiepen por objeto
alertar al lector acerca de las contra dicciones insolubles que se
plantean entre ideologías opuestas y no se propone como un inten-
to de resolver estas contradicciones.
Sin embargo, podemos preguntarnos por qué consideraba Marx
que su propia teoría era científica, y si se ajusta a su propio cri-
terio de ciencia. Marx definía su propia doctrina como socialismo
científico, en contraste con el socialismo utópico que, en su opi-
nión, se trataba de una tentativa de imponer realizaciones con-
cretas de las ideas utópicas en el mundo. Fourier, Owen y Saint-
Simon, decía Marx, habían inventado temerariamente «leyes socia-
les» para explicar la necesidad del socialismo antes de que «hu-
biesen surgido las condiciones materiales para la emancipación
del proletariado»." Estaban desfasados con respecto a su época
y, por lo tanto, no habían llegado a comprender adecuadamente
la verdadera índole de la clase: soñaban con la unidad de las
clases y no con su abolición. Marx criticaba a los utopistas afir-
mando que eran unos idealistas ilustrados trasnochados, convenci-
dos de que podían simplemente imponer al mundo sus fantasías.
Los condenaba también políticamente por obstaculizar la acción
de la clase obrera con sus teorías ilusorias. Al m ismo tiempo,
tanto él como Engels admiraban las críticas de los utopistas al
capitalismo originario y coincidían con muchos de los ideales
enarbolados por éstos, tales como la cooper ación y la distribu-
ción de acuerdo con las necesidades .
Las diferencias entre la concepción de Marx acerca del socialis-
30. Véase, por ejemplo, R . Blackburn (ed.l, Ideology in Social Science, Fon-
tana/Collins , 1972.
31. MARX-ENGI!LS, Communist Manifesto , pp. 134·136.
106
mo y la de los utopistas no se planteaban en torno a la idea del
socialismo, sino más bien acerca de cómo habría de alcanzarse
el socialismo. Marx daba una explicación materialista y, por lo
tanto, «científica», sobre la transición, mientras que los utópicos
imaginaban que el socialismo se impondría súbitamente en la so-
ciedad, como caído del cielo. De ahí que la teoría y la práctica
deban contemplarse siempre relacionadas entre sí, con objeto de
controlar las desviaciones del idealismo utópico. Al reconocer la ne-
cesidad de pasar por un período de transición, Marx se anticipó
a la crítica de Popper, aquella que dice que Platón, Marx y otros
enemigos de la «sociedad abierta» quieren hacer tabla rasa con
el pasado, lo cual supone purgar, desterrar o asesinar a todos
aquellos que suscriben el viejo estilo de vida." El período de tran-
sición consistirá en un habituarse gradualmente al nuevo modo
de vida: la sociedad ideal no se alcanzará de un solo golpe. Con
respecto al liberalismo, Marx sostenía que su propia teoría era
más científica, puesto que suministraba una explicación precisa
sobre las relaciones sociales y económicas, mientras que la teoría
liberal daba una versión distorsionada y unilateral de estas mis-
mas relaciones. Era más científica también porque se encuadraba
en el marco de . una teoría de la historía, que los liberales no po-
dían proporcionar puesto que consideraban al capitalismo como
una utopía realizada, como la culminación del progreso histórico,
un sistema que se perpetuaba a sí mismo. Marx afirmaba su ver-
dad contra la de su rival sobre la base de la naturaleza científica
de su propia teoría y su comprensión de la totalidad del movi-
miento dialéctico de la sociedad y la historia.
Por lo general, la validez de las teorías científicas se mide por
el éxito de sus predicciones. La teoría de Marx, y lo que dice de
sí misma, es vulnerable en este aspecto porque muchas de sus
predicciones no se han cumplido y muchas de sus hipótesis no
parecen ser aplicables en la actualidad. Con respecto a esto, hay
una gran variedad de respuestas: los liberales se sienten aliviados
por el hecho de que la historia no ha «validado» las tesis de Marx.
Popper sostiene que la teoría de Marx no es científica, puesto que
ha sido reinterpretada para explicar predicciones falsificadas: una
teoría que puede amoldarse de modo que pueda explicarlo todo
carece de poder explicacitvo, el criterio que permite establecer
la buena ciencia. Popper ha dicho que, puesto que el marxismo
no es falsable, en principio no puede ser científico. En contraste
con ello, los marxistas constantemente han revisado la teoría de
Marx para explicar las circunstancias cambiantes que no se ajus-
tan a las predicciones de éste y siguen considerándola científica.
Algunas de estas rvvisiones son examinadas en la parte final de
este capítulo. ¿Cuáles son entonces las previsiones que han falla-
32. K. POPPER , The Open Society and Its Enemies , Routledge and Kegan Paul,
1962. vol. 1, pp . 157·168.
107
do? ¿Se deben considerar estos fallos como refutaciones de la
teoría de Marx?
El hecho es que el capitalismo no se ha derrumbado, incluso en
aquellos países de Europa que Marx pensaba habrían de sucúm-
bir a la revolución proletaria. Paradójicamente, la mayoría de las
revoluciones comunistas han tenido lugar en países no industria-
lizados y en los cuales predomina el campesinado, que Marx no
consideraba como clase revolucionaria: Rusia, la China, Cuba e
Indochina. Por otra parte, el capitalismo evolucionó hacia el capi-
tal monopolista, tal como lo predijo, pero elevó el nivel de vida
de los obreros de un modo que él no podía imaginar. Pese a la
actual recesión mundial, el grado de opulencia alcanzado en Occi-
dente en el período de posguerra no tiene precedentes. ¿Es ésta
una refutación de las predicciones de Marx y, por lo tanto, de la
totalidad de su teoría? En primer lugar, debe recordarse que Marx
no dio un límite de tiempo a sus predicciones, aunque se afanó
para que se cumplieran a lo largo de su vida. Además, hablaba
de tendencias y no de leyes. Podría objetarse que una predicción
que aún no se ha cumplido es diferente de una predicción no
cumplida, y los marxistas dirían que las precondiciones de la revo-
lución aún no se dan en el mundo capitalista, pese a los cada vez
más evidentes indicios de una crisis general. El propio Marx per-
feccionó de muchas maneras su teoría básica, enumerando facto-
res exógenos que podían llegar a postergar la crisis final. El pe-
ligro de los mercados saturados, por ejemplo, podría alentarse
a medida que el capitalismo creara nuevas necesidades y, por lo
tanto, nuevos mercados. La burguesía es célebre por su inventiva
y crea nuevas industrias con tasas de ganancia más elevadas a
medida que caen las viejas industrias. El crecimiento de la indus-
tria electrónica, informática y de ordenadores , un proceso simul-
táneo a la decadencia de las industrias pesadas como el acero y
el carbón, es un ejemplo actual de esta tendencia. Por otra parte,
la capacidad de las industrias muy automatizadas para elevar las
tasas de ganancia cuestiona la afirmación de Marx de que la plus-
valía es creada solamente por el trabajo, lo cual implica que las
industrias tendrían bajas tasas de ganancias.
La muerte del empresario capitalista individual y la amplia dis-
persión del capital también parecen cuestionar ciertas afirmacio-
nes básicas de Marx. Los obreros son propietarios de acciones o
participan en esquemas de reparto de beneficios, por consiguiente
¿pueden mantenerse las distinciones de clase entre el capitalista y
el obrero? Desde un punto de vista purista sí, puesto que el obrero
que participa en los beneficios de una empresa sigue sin poseer
los medios de producción: sus beneficios pueden ser considerados
por el capitalista como una prenda de la fortuna, tal como otras
características de la sociedad moderna que mitigan la explota-
ción del proletariado, el Estado del Bienestar por ejemplo. No
obstante, los marxistas tienen que admitir que este nuevo capi-
108
talismo paternalista, junto a otros elementos ideológicos y super-
estructurales, ha impedido el empobrecimiento y la aguda polari-
zación de las clases predicha por Marx. Pero el no cumplimiento
de esta predicción puede explicarse en términos marxistas y no
constituye una condena lisa y llana de la teoría. Está también
la posibilidad de que el marxismo sea una teoría contraproducente
en la medida en que los capitalistas han reconocido a su enemigo
y han dado pasos y tomado medidas para protegerse a sí mismos:
muchas teorías sociales corren este riesgo. Sin duda, si Marx hu-
biese vivido otros cien años, habría perfeccionado su propia teoría
en muchos aspectos para explicar los desarrollos modernos. Quizás
la fortaleza ideológica de la clase dominante y la capacidad del
capitalismo para innovarse a sí mismo le permita postergar inde-
finidamente la revolución socialista, de manera que el cambio
sobrevendrá, finalmente, bajo una forma totalmente diferente.
Quienes cifran sus esperanzas en la muerte del capitalismo, apo-
yándose en el agotamiento de los recursos naturales, seguramente
se equivocan, puesto que esta circunstancia provocaría una calami-
dad universal y daría lugar a un tipo de revolución muy di-
ferente.
El juicio de que la teoría de Marx es científica, por lo tanto,
debe verse como una afirmación hecha en una época en que la
mayoría de las teorías sociales no eran científicas y, en parte,
con el objetivo táctico de ganar mayor credibilidad para ella. Si
bien gran parte de su teoría de la historia es tan idealista como
las teorías que Marx rechazaba, su materialismo y la sofisticación
de su teoría económica lo acreditan como un economista político
tan científico como cualquier otro, dado que la ciencia social no
puede alcanzar la certeza y la universalidad de las ciencias natu-
rales. Su teoría de la política y de la revolución es un catecismo
optimista, añadido a la teoría de la historia, que hace muchas
afirmaciones válidas acerca del conflicto y del cambio en la socie-
dad, pero es menos científica que su economía. Como teórico de
la política, M<.rx merece nuestro respeto por la precisión de su
análisis, que hace sistemática su teoría, aunque no sea científica
en sí misma. Muchos lectores encontrarán in digerible a Marx en
sus traducciones, pero esto en parte se debe a que utilizaba los
términos de un modo preciso, técnico, y acuñaba nuevas palabras
que tienen extrañas connotaciones para nosotros. Un ejemplo de
ello es el modo en que emplea la palabra «clase» para describir
categoras de personas de acuerdo con su papel en el proceso pro-
ductivo. Nuestros usos actuales de la palabra son muchos y di-
versos: puede significar status, prestigio, grupo de ingresos o gru-
po de ocupación, y los sociólogos emplean el término de modo que
implica categorías económicas. Un individuo que Marx conside-
raría un trabajador, podría ser que tuviese un status social eleva-
do, elevados ingresos, valores burgueses, y votara por los conser-
vadores, como lo hace aproximadamente la tercera parte de la
109
población trabajadora británica. Marx diría que esa persona se-
guiría siendo un explotado por mucho que su condición fuese ali-
viada por elementos superestructurales. Por lo tanto, su idea de
clase no debe equipararse a la nuestra.
En última instancia, la fuerza de la teoría de Marx reside en la
precisión de su terminología teórica, razón por la cual se debe
adoptar su lenguaje para representar adecuadamente su teoría.
Por lo general, los intentos de parafrasear a Marx terminan en
desastre. Si resumiéramos su teoría diciendo que «Marx dijo
que la historia era una serie de luchas entre opresores y oprimi-
dos », perderíamos el sentido de una lucha de clases, lo cual rela-
ciona conflicto social con la base económica y acabaríamos con
algo parecido a la teoría de Bakunin, basada en los sentimientos,
en su identificación con los oprimidos, en lugar de apoyarse en
el análisis. La voluntad de Marx de ser objetivo, su intención de
describir la dialéctica de la sociedad desde una posición exterior,
ajena a las dos principales clases, refuerza también su voluntad de
ser científico, pese a que éste es su flanco débil, por donde lo
atacan sus críticos. Si las ideas de Marx, como las de cualquiera,
están determinadas por su posición de clase, ¿en qué se basa su
objetividad? Esta aparente inconsistencia es probable que tam-
poco escapara al propio Marx. Tal como hemos dicho anterior-
mente, su hipótesis de que los hombres estaban determinados por
su posición de clase no quiere decir que estén totalm ente deter-
minados. Experiencias diferentes y, en el caso de intelectuales
como Marx, la movilidad social y la libertad de crítica, así como
diferencias naturales de inteligencia, permiten que los individuos
produzcan teorías que trascienden su posición y su ideología de
clase.
La cientificidad de Marx, al igual que otros aspectos de su doc-
trina, son parte de una amplia controversia sobre la naturaleza
de la ciencia social: hoy en día también se cuestiona a menudo
la certeza y la objetividad de las ciencias naturales.
Por consiguiente, no cabe prever una respuesta concluyente
acerca de la cientificidad de las ideas de Marx, si bien los marxis-
tas dogmáticos siguen considerando que «marxismo» y «ciencia»
son sinónimos. Es más racional suscribir el marxismo porque
coincide con las propias convicciones -o debido a su potencial-
por lo que toca a la producción de cambios sociales, que hacerlo
por su carácter científico.
110
una teoría es adoptada por un movimiento, comienza a cambiar.
La Primera Internacional estuvo dominada por el propio Marx y
por las querellas entre sus partidarios y los de Bakunin. La Se-
gunda Internacional (1889-1914) estaba compuesta por socialistas
europeos, apoyados a menudo por movimientos obreros que co-
menzaban a ganar escaños en los parlamentos, especialmente en
Francia y Alemania. Los remanentes del anarquismo fueron muy
pronto expulsados, y los grupos restantes, dominados por la so-
cialdemocracia alemana, se enfrentaron a cuestiones tales como de-
terminar si era correcto cooperar con los partidos burgueses y
aceptar carteras ministeriales. Estas cuestiones se analizan en el
capítulo V. Las principales contribuciones de Lenin a la teoría
marxista se realizaron en medio de estas disputas en la Segunda
Internacional y en el contexto de una falta de condiciones obje-
tivas en Rusia para realizar la revolución socialista. Enfrentán-
dose a socialistas que abogaban por una concepción «evolucionis-
ta» en la marcha hacia el socialismo, entre ellos Bernstein, Lenin
subrayó que un acto voluntario necesariamente crearía las condi-
ciones para la revolución, es decir, abogaba por un voluntarismo
contrario al determinismo imperante. Lenin sostenía que, dada
la ausencia de un proletariado políticamente consciente, se nece-
sitaba un partido revolucionario de vanguardia, adecuadamente
pertrechado de teoría, que iniciara una revolución y, en el caso
de Rusia, guiara a lo que entonces no era más que una clase
obrera en estado embrionario. Proponía la creación de un partido
de revolucionarios profesionales secre to y pequeño : el secreto era
esencial en la policía estatal rusa. Lukács caracterizó el leninismo
como una «doble ruptura» con la teoría mecanicista de la revo-
lución expuesta por algunos marxistas . La revolución dejaba de
ser considerada como el resultado automático de los acontecimien-
tos económicos y se suponía que la conciencia de los obreros no
surgiría espontáneamente: el partido debía funcionar como motor
de ese proceso. Desde luego, éste fue el papel cumplido por Le-
nin y el principal de sus logros como líder del partido bolchevique.
El impulso dado por el líder ruso al papel del partido de van-
guardia fue duramente condenado por la socialista alemana Rosa
Luxemburg. La activista alemana pensaba que la acción indepen-
diente y directa por parte de la masa era una parte necesaria de
la lucha de clases : Rosa Luxemburg se anticipó a los acontecimien-
tos al criticar el centralismo y el elitismo impuesto por el leninis-
mo en la URSS .
Lenin también asignaba un papel revolucionario al campesina-
do, un sector que Marx consideraba como una clase esencialmente
conservadora, un residuo del feudalismo, irrelevante para la lucha
socialista, pese a ser explotado por los terratenientes. La inclusión
de los campesinos rusos en el proceso revolucionario, por parte de
Lenin, se nos representa como un gesto de oportunismo y no tanto
como el resultado de una elaboración teórica sobre la verdadera
111
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t /
importancia de éstos en el proceso. Llegado el momento, los cam-
pesinos desertaron rápidamente de la causa bolchevique, toda vez
que vieron satisfechas su demandas de tierras. Lenin reafirmaba
la importancia del Estado, transformado en una dictadura revolu-
cionaria como primera etapa del comunismo, momento en que se
convertiría en un instnlmento para la opresión de la ex burgue-
sía, pero también formulaba advertencias proféticas acerca de la
necesidad de contar con cierta forma estatal. Los sueños acerca
de la abolición de la Administración eran utópicos y «sirven para
anular la revolución socialista ... hasta que la naturaleza humana
sea diferente», mientras que, «la propia naturaleza humana no
puede desenvolverse sin estar subordinada, sin administradores y
funcionarios». Lenin no creía que el Estado o cualquier otro apa-
rato semejante se extinguiera totalmente.
La mayoría de las contribuciones de Lenin al marxismo fueron
el resultado de adaptar la teoría a las circunstancias, y su tesis
sobre el imperialismo no es una excepción a la regla. El imperia-
lismo, «la etapa superior del capitalismo », era una nueva forma
de capitalismo monopolista, en la que los países avanzados inva-
den a los menos desarrollados exportando capital e instalando
industrias, por lo general, con objeto de extraer los recursos na-
turales, lo cual produce fabulosos beneficios.
112
y después a Polonia. Pero en 1924, ante el fracaso de la sublevación
de los obreros alemanes en 1919 y la reorganización de la oposi-
ción de los países capitalistas a la URSS, Stalin propuso la doc-
trina del «socialismo en un solo país» para explicar y justificar la
posición de Rusia como enclave comunista en un mundo hostil.
En efecto, esta doctrina negaba la necesidad de una revolución
mundial y afirmaba que un país comunista que se bastara a sí
mismo era suficiente para desarrollarse de modo satisfactorio.
Trotsky condenó las tesis de Stalin en su obra La revolución per-
manente, donde reafirmaba la inevitabilidad de la revolución mun-
dial. Trotsky sostenía que la revolución debía ser «permanente»
en tres sentidos. En primer lugar, el proletariado, una vez en el
poder, no se podía detener después de realizar la revolución demo-
crático-burguesa, que había dado a los obreros la voz mayoritaria
-se refería en este punto al régimen liberal establecido en Rusia
después de la primera revolución de 1917- y debía, por lo tanto,
continuar hasta destruir la ilusión democrática.
«[El proletariado] debe adoptar la táctica de la revolución per-
manente, es decir, debe destruir las barreras entre el programa
máximo y el programa mínimo que impone la socialdemocracia,
continuar imponiendo reformas cada vez más radicales y buscar
el apoyo directo e inmediato para la revolución en la Europa oc-
cidental.» ,.
Los países atrasados añadía Trotsky, realizarían el socialismo
a través de la dictadura, pasando por alto el proceso de la revo-
lución democrático-burguesa. En segundo lugar, la revolución se-
ría mundial. Para un país aislado como Rusia
«la vía de escape consiste en la victoria del proletariado en
los países avanzados ... una revolución nacional no es un todo
autosuficiente, sino tan sólo un eslabón dentro de una cadena
internacional»."
Esta afirmación ad hominem no puso en buena posición a
Trotsky frente a Stalin. Finalmente, la sociedad socialista debe
revolucionarse a sí misma e iniciar innovaciones técnicas y socia-
les: el comunismo no debe ser considerado como el final de la
historia. La sociedad cambia constantemente de piel, «en esto resi-
de el carácter permanente de la revolución socialista como tal».
Esta afirmación, dirigida contra la osificación del régimen bol-
chevique bajo Stalin, bien puede ser citada como una justificación
de la «revolución cultural» de Mao Zedong, dirigida principalmen-
113
te contra la burocracia del partido. Trotsky sostenía que él había
sido consciente de los peligros que acarrea la burocracia desde los
primeros tiempos de la revolución bolchevique, y en La revolución
tradicional (1937) criticó la estructura jerárquica del partido y el
«sistema de castas» establecido por Stalin, que era la antítesis del
socialismo igualitario. Caracterizó el sistema soviético como un
«capitalismo de Estado», un calificativo hoy ampliamente acep-
tado. El capitalismo de Estado significa un modo de producción
explotador en el cual se sigue extrayendo plusvalía a los obreros
por parte del Estado que, en consecuencia, se fortalece y no tien-
de a desaparecer, debido a su papel dominante en la economía.
Marx había reconocido que la propiedad colectiva de los medios
de producción supondría cierta centralización, pero no se había
apercibido de la posibilidad de que el Estado llegara a convertirse
en un nuevo explotador.
Aquello que el propio Trotsky llamaba «el pecado del trotskis-
mo» continúa teniendo adherentes en Europa. La principal razón
de la nostalgia por el trotskismo es que muchos marxistas, moles-
tos por el compromiso adoptado por los partidos comunistas en
el momento de la invasión de Rusia a Hungría, en 1956, se pasaron
a los grupos trotskistas como lo hicieron quienes escaparon al
pecado del stalinismo. No está del todo claro qué es lo que repre-
senta hoy en día el trotskismo para sus diversos partidarios, más
allá de un rechazo del capitalismo de Estado soviético y de la
burocracia y un compromiso con la revolución internacional. En-
tre los distintos grupos, unos son intelectuales y elitistas, otros
son «obreristas», hombres que se dedican a comprometer a los
obreros en la lucha política y económica, mientras que otros son
acusados de «entrismo», o sea, de infiltrarse en partidos social-
demócratas como el Partido Laborista en Gran Bretaña, donde
se aglutinan en la llamada Tendencia Militante. Lo cierto es que el
trotskismo contemporáneo goza de amplio predicamento entre
los izquierdistas que critican a la URSS , pero carece de una única
posición teórica identificable, salvo en lo que toca a la crítica de
este sistema como una desviación del verdadero socialismo.
El problema para los marxistas en Occidente ha sido modificar
su teoría para explicar la continua fortaleza del capitalismo y la
falta de entusiasmo revolucionario entre las clases obreras. Un
síntoma de esto lo constituye el predominio de los partidos social-
demócratas que, por lo general, apoyan el sistema capitalista.
Acerca de esta cuestión, se han formulado muchas teorías, pero
sólo podemos mencionar unas pocas. El teórico del Partido Co-
munista Francés, Althusser, afirma que los «aparatos ideológicos
del Estado» se desarrollan de acuerdo con su propia inercia y
apoyan el sistema, incluyendo a los sindicatos.'- Esto explica la
36. L. ALTHUSSER, Lenin and Philosophy (trad . inglesa de B. Brewster), New
Left Books, 1m, pp . 122-173. Véanse también sus Essays on Ideology, Verso, 1984.
114
persistencia del sistema, incluso en tiempos difíciles. Los filósofos
de la Escuela de Francfort, que desarrollaron en los años treinta
en Alemania una fuerte oposición a los marxistas; también han
dado un sutil análisis sobre el capitalismo monopolista avanzado.
Habermas ha formulado importantes tesis acerca de cómo el
conocimiento es «fabricado » para sostener el sisma." Entre los
representantes de la Escuela de Francfort, el filósofo más conocido
es probablemente Marcuse. Dado el «aburguesamiento», la asimi-
lación de los obreros al sistema burgués y la adopción por
parte de éstos de los valores burgueses en tiempos de prosperi-
dad, Marcuse descartó a la clase obrera como fuerza revolucio-
naria y reclamó la necesidad de una «Nueva Oposición», formada
por los oprimidos de todas partes. Entre éstos estaban los estu-
diantes, los intelectuales, los grupos étnicos oprimidos y los habi-
tantes del Tercer Mundo. El problema es ahora determinar cómo
hacen estos distintos grupos para desarrollar un sentido de soli-
daridad que les permita convertirse en fuerza revolucionaria. No
cabe duda que es cierto que los intereses del proletariado occi-
dental se oponen a los de los obreros del Tercer Mundo, en la
medida en que su prosperidad depende de la pobreza de éstos,
hechos que ha llevado a muchos marxistas a ver en la explota-
ción un fenómeno global, algo que se manifiesta entre los países
tanto como entre las clases. Marcuse analizó los mecanismos
superestructurales que emplea el capitalismo avanzado para defen-
derse a sí mismo, entre éstos, la «tolerancia represiva » y la per-
versión del lenguaje para impedir el desarrollo de la crítica. Abo-
gaba por un «Gran Rechazo », la destrucción de todas las insti-
tuciones de la sociedad represiva." Marcuse empleaba ideas de
Hegel y Freud , lo cual lo convirtió en un marxista muy poco
ortodoxo, no obstante lo cual alcanzó una enorme popularidad
después de los acontecimientos de 1968 en Francia, especialmente
entre los estudiantes. Para muchos marxistas como Marcuse, el
problema es que las condiciones objetivas para la revolución no
han llegado a materializarse y en cambio sí se ha llegado a una
maduración de las condiciones subj etivas, al desarrollo de la con-
ciencia de clase. La solución propuesta es el regreso a la teoría
y un impulso por ganar a los conversos intelectuales procedentes
de todas las clases.
Otro problema que afrontaron los comunistas occidentales fue
el comportamiento tiránico de la Unión Soviética hacia Hungría
(1956), Checoslovaquia (1968) y sus intervenciones en Polonia para
asegurar la eliminación del movimiento de sindicatos libres, Soli-
daridad (1980-1981). Los partidos comunistas en Europa preferian
mantenerse alejados de tales actividades y liberarse a sí mismos
37. J . HABERMAS. Kn owledge and Hunwn In!eres! (trad . inglesa de J . Shapiro),
Heinemann, 1972. Véase también M . JAY, The Dialec/ical Imagina/ion, Heinemann,
1973.
38. H . MARCUSB, An Essay on Libera/ion, Penguin. 1969.
115
de la dominación ejercida por Moscú. Las tesis eurocomunistas
fueron enunciadas a finales de los años sesenta y comienzos de
los setenta. Su más importante representante, el comunista italia-
no Berlinguer, se apoyó en la idea de «hegemonía» o liderazgo
de Gramsci.J9 La noción leninista de la dictadura del proletariado
fue sustituida por la noción de que una mayoría popular de amplia
base (que incluye a miembros de la burguesía) debe explotar las
contradicciones actuales del capitalismo, que se manifiestan en la
recesión de los años setenta contando con el liderazgo (pero no la
dictadura) del proletariado. Esta estrategia era compatible con
la preservación de los derechos democráticos y con la «vía parla-
mentaria al socialismo». Al igual que sucedió con muchos otros
desarrollos dentro del marxismo, es discutible si el «Eurocomu-
nismo» ha sido una decisión táctica o una innovación auténtica-
mente teórica, y lo cierto es que ha tenido pocos efectos y resul-
tados electorales.
Los problemas que enfrentan los marxistas en el Tercer Mundo
son totalmente diferentes. Los partidos marxistas han sido aso-
ciados en todas partes con el nacionalismo y con la lucha contra
el colonialismo. A veces, cuando se había alcanzado la indepen-
dencia, el partido revolucionario resultaba ser más nacionalista
que marxista. Se desarrollaban teorías revolucionarias para diri-
gir estas empresas. En la mayoría de estos países el proletariado
es pequeño o prácticamente no existe, y el campesinado constituye
la principal clase oprimida. Estos pueblos tienen dos enemigos,
los países capitalistas y la «burguesía nacional», aliada autóctona
de los imperialistas que persigue sus propios intereses fomentan-
do un neocolonialismo, una forma de capitalismo que se apoya en
la exportación de capital, disfrazada a menudo como «ayuda»
para los países en vías de desarrollo. Con referencia a la Argelia
colonial, Fenon desarrolló una teoría de la revolución que se apoya
en el campesinado y en el lumpenproletariado (los marginados
de la sociedad): a diferencia de Marx, Fanon subrayaba la nece-
sidad de la violencia que permitiría a los pueblos colonizados
redimirse a sí mismos de su condición humillante.'" El che Gueva-
ra escribió La guerra de guerrillas, sobre la base de su experiencia
de la revolución cubana a finales de los años cincuenta. Más ade-
lante, Debray utilizó las experiencias de la guerra de guerrillas
de Guevara en Bolivia, en los años sesenta, para adaptar el mar-
xismo a la situación latinoamericana donde no se da una coloni-
zación directa. Los opresores son los militares autóctonos e, indi-
rectamente, los Estados Unidos (como sucede en El Salvador y
116
en Guatemala en la actualidad). Debray también considera que
los campesinos son la clase potencialmente revolucionaria y reco-
mienda la táctica de la guerrilla. La vanguardia revolucionaria
consiste en guerrillas que operan desde las zonas rurales, ganán-
dose el favor del campesinado y actuando independientemente de
los partidos políticos. Debray condena los partidos comunistas
urbanos ya establecidos que no apoyaron los esfuerzos de Gueva-
ra." Una vez más, esta obra se parece más a tm manual de guerra
de guerrillas que a una teoría política. El modo en que el comu-
nismo es considerado en los países del Tercer Mundo va"r ía con-
siderablemente. En Africa, los líderes socialistas dudan de la im-
portancia del marxismo y de la experiencia europea para la crea-
ción del socialismo en el continente africano. Sin embargo, algunos
de ellos se vuelven hacia la China en busca de ayuda y consejo,
con la confianza de que la vía china al socialismo se aproxima
más a la propia que a la soviética.
La figura de Mao Zedong, líder muerto en 1976, está insepara-
blemente asociada con la Revolución China, pese a que muchas de
sus realizaciones han sido anuladas y su recuerdo borrado de la
memoria del pueblo. Sus voluminosos escritos ofrecen tanto con-
sejos tácticos como innovaciones teóricas. Seguir las sinuosas
trayectorias de la política exterior china con respecto a Moscú
y a Occidente sería una tarea demasiado larga: nos basta con
apuntar los principales temas de la teoría revolucionaria de Mao.
La revolución que él encabezó fue al mismo tiempo anticolonialis-
ta y nacionalista: Mao la concebía como una lucha de clases, con
el campesinado como clase revolucionaria. Dada la ausencia de
un proletariado industrial y de las condiciones económicas que
Marx consideraba esenciales para el estallido de la revolución,
Mao expuso una teoría de la revolución que era rotundamente vo-
luntarista cuando escribió que «el pueblo chino es pobre y vacío»,
pero tiene la voluntad de hacer una revolución. El verdadero re-
volucionario es el hombre que quiere, y no tanto el hombre que
sabe. El partido de Mao, por tanto, difería en gran medida del
grupo de Lenin, formado por expertos teóricos, e hizo todo lo
posible para impedir el fortalecimiento del Partido Comunista
Chino a la manera del soviético. En tiempos de la Revolución
Cultural (de 1965 en adelante), se separó del aparato del partido
y,"pasando por encima de la cúpula partidaria, se dirigió resuelta-
mente al pueblo. La Re'Jolución Cultural se pensó inicialmente
para acabar con la estratificación en la sociedad, destruyendo el
respeto de que gozaban los miembros del partido o los expertos,
puesto que Mao sostenía que la autoridad política residía en las
masas." Evidentemente, ésta es una forma muy diferente de socia-
117
lismo, comparada con la que se practica en la Unión Soviética,
pese a que tiene orígenes teóricos comunes.
En términos generales, el énfasis nacionalista del comunismo
tercermundista y las condiciones no capitalistas en que éste se
crea hacen que estas variedades de comunismo difieran del pro-
puesto por Marx. Su nacionalismo no necesariamente entra en
conflicto con las aspiraciones internacionalistas del marxismo,
pero sí supone una concepción de la revolución semejante a la
aplicada por Stalin con su doctrina del «socialismo en un solo
país ». De modo similar, para alcanzar el comunismo en un país
donde predomina el campesinado se necesita un modo de pro-
ducción socialista diferente de aquel que se da en los países
socialistas industrializados. Éste fue el sistema de las comunas
agrícolas chinas. En estos países, las oportunidades para el ocio
y el autodesarrollo que según Marx establece el capitalismo, no se
dan. Aquí el comunismo a menudo significa la oportunidad de
compartir la pobreza más igualitariamente y acabar con la opre-
sión semifeudal.
¿Revisionismo o retractación?
Los marxistas que han introducido enmiendas a la teoría de
Marx, y que hemos analizado hasta ahora, comentan en esencia
las condiciones que tuvieron que enfrentar en sus r espectivas épo-
cas, tal corno en su momento lo hizo Marx con la suya. Esto sig-
nifica que su teoría, por autosuficiente, científica y universal que
se considere a sí misma, no debe ser tratada como un texto canó-
nico para el cual cualquier revisión constituye una herejía. A su
vez, esto significa que quien se asuma como m arxista no está
obligado a adoptar la teoría de Marx en su totalidad, sino que
puede adaptar u omitir aspectos de ella sin pensar por ello que
sus propias ideas son falsas porque son incompletas. No cabe
duda de que esta sugerencia de aceptar el marxismo parcialmente
resultaría anatema para los teóricos de la URSS , que se autocali-
fican como guardianes del marxismo «puro », o para los miembros
del partido comunista de cualquier país. Pero afirmar que una teo-
ría que se vanagloria de basarse sobre las circunstancias materia-
les no se adapte a los cambios en las condici ones materiales sería
un burdo dogmatismo. Lo que parece estar implicado en estas
disputas acerca de la pureza del marxismo es la sensación de que
«lo mío son revisiones, lo tuyo es herej ía», actitud autoritaria que
debe ser evitada si el marxismo se propone m an tenerse como una
fuerza política viva. Quizás la última palabra con respecto al
tema sea aqt¡ella expresión de Marx: «Todo lo que yo sé es que
no soy marxista.» 41
118
Si los marxistas aceptan que la revisión no constituye el aban-
dono o una disminución de las verdades centrales de la teoría de
Marx, se ahorrarán muchos de los problemas acerca de cuál ha
de ser el curso de acción adecuado en ciertos casos. Por ejemplo,
en el Tercer Mundo se plantea una cuestión obsoleta acerca de si
todos los países deben pasar por una revolución democrático-bur-
guesa antes de que sea posible la revolución comunista, dado que
esta era la secuencia histórica descrita por Marx (con Inglaterra,
Francia y Alemania en mente). Si su teoría es considerada como
un conjunto de extrapolaciones sacadas de la historia reciente en
lugar de una serie de verdades necesarias, tales controversias pue-
den evitarse y los acontecimientos anómalos no necesitan ser rein-
terpretados para adecuarse a las categorías de Marx. Pero si los
propios marxistas aceptaran que el marxismo no constituye una
doctrina auto suficiente, impermeable, eternamente opuesta a cual-
quier cuestión que se le plantee desde la ideología liberal, serán
mayores sus posibilidades de convencer a los demás de que, en
muchos aspectos, es verdadera.
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