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ROMANTICISMO

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ROMANTICISMO

Con el siglo XIX comienza la época contemporánea, que en realidad se fragua ya en el último
decenio del siglo XVIII como consecuencia de la Revolución Francesa y de la Revolución
Industrial, lo que convierte a Francia y a Inglaterra en los focos europeos más importantes
tanto a nivel histórico como artístico. Desde el punto de vista político, los nuevos regímenes
absolutistas europeos se sienten seriamente amenazados por las revoluciones burguesas de
1830 y 1848, que consiguen sus máximas aspiraciones en Francia e Inglaterra, pero se tiñen de
nacionalismo en Alemania e Italia, o se frenan en España y Portugal por el poder monárquico.
Estos acontecimientos se relacionan directamente con la Revolución Industrial, que se inicia a
finales del siglo XVIII en Inglaterra a partir de un conjunto de avances técnicos que, en lo textil
y en lo siderúrgico, permiten la producción mecanizada en serie.

Se sientan entonces los pilares para una expansión colonial de tipo imperialista en la segunda
mitad del siglo XIX, pues ya no sólo se explotan económicamente nuevos territorios, sino que
también se dominan desde el punto de vista político para engendrar grandes potencias
mundiales. Europa y América se reparten Asia, África y Oceanía, de manera que Inglaterra,
Francia, Rusia y Estados Unidos se convierten en ricos imperios coloniales.

Los acontecimientos sociales y políticos de la época se acompañan también de cambios


importantes en el pensamiento, comenzando con Immanuel Kant (1724-1804), quien culmina
la filosofía del siglo XVIII dentro del idealismo alemán, y, por tanto, hay que entenderlo dentro
de la Ilustración, aunque influye fundamentalmente en la primera mitad del siglo XIX, cuando
se desarrolla el Romanticismo. Sostiene que la razón debe someterse a juicio para que el
hombre llegue a ser más libre, lo que implica considerar cuestiones que afectan tanto a lo
moral y a lo religioso como a lo estético, pues es imposible comprender los últimos principios
del ser, como el alma o la inmortalidad, por lo que el conocimiento debe ser sólo subjetivo e
individual.

Todos los cambios ocasionados por la Revolución Francesa y por la Revolución Industrial
conllevan una nueva manera de vivir y de pensar, en lo que también influyen inventos tan
decisivos como la fotografía en 1839, lo que trastoca los hábitos de la percepción visual y
constituye un gran auxilio para muchos artistas, pero también, a veces, un poderoso rival. El
resultado final es una ruptura generalizada y definitiva con la tradición en aras del progreso,
idea que nace en el siglo XVIII pero que ahora asume un carácter internacional para
manifestarse en una serie de movimientos, que, bien definidos sobre todo en la pintura, se
Suceden con rapidez compitiendo entre sí o también llegando a fundirse unos con otros. Los
artistas suelen pertenecer a una burguesía para la que trabajan con el propósito consciente de
lograr una libertad artística que los enfrenta a lo oficialmente establecido. París se convierte en
la capital cultural europea del siglo XIX, un auténtico reclamo para arquitectos, pintores,
escultores, escritores y músicos, pues allí se fraguan las tendencias que, una tras otra,
modifican la concepción del arte.

El Romanticismo es un movimiento artístico de la primera mitad del siglo XIX que, igual que el
Neoclasicismo, supone un cambio trascendental en la manera de entender el arte, aunque
anteponiendo siempre el sentimiento a la razón, por lo que tiende a romper las trabas
convencionales. La obra de arte se convierte en la expresión del único punto de vista de su
creador, quien ahora se deja llevar por la imaginación, la intuición, las emociones, la
originalidad y, por encima de todo, lo individual. No se puede entonces hablar de un estilo
único, pues coexisten muchos y muy diferentes entre sí, en contraposición a los neoclásicos,
que instauran uno solo con validez universal. También frente a ellos surge la idea de la obra de
arte total, que borra los límites entre las diversas artes para llegar a su fusión. Nace también
un nuevo concepto de artista que, guiado sólo por su vocación, se considera a sí mismo como
genio incomprendido que busca voluntariamente la soledad para huir del gusto mediocre de la
mayoría.

El protagonismo absoluto de la sensibilidad personal tiene consecuencias importantes: el


boceto se valora como plasmación espontánea e inmediata de lo que el artista lleva dentro; se
deja patente el “toque” del pintor o del escultor manipulando libremente la materia; por su
carácter íntimo, la obra posee un sentido autobiográfico; frente a la jerarquía artística
tradicional, ahora la música y la pintura, y dentro de ésta, el paisaje, son los medios más
adecuados para manifestar el mundo anímicos.

El primer pintor romántico importante en Francia es Théodore Géricault (1791-1824), quien


trabaja durante los últimos años del gobierno napoleónico y, sobre todo, durante la
Restauración de Luis XVIII. Muestra una gran independencia en cuanto a lo iconográfico, pues
se interesa por los hechos contemporáneos y, dentro de éstos, ya no por el héroe de siempre,
el poderoso y vencedor, sino por la víctima, que es el desconocido que sufre. Introduce nuevos
temas hasta ahora irrelevantes, como militares a las órdenes de Napoleón, caballos, dementes
o catástrofes ocurridas en su época. Por esto es novedoso, pero también por la actitud
diferente como artista, pues quiere reproducir la realidad fielmente escogiendo asuntos que
nada tienen que ver con el enfoque oficial de la pintura de historia, género indispensable para
triunfar en los Salones. Con ello, sus obras constituyen en su momento una provocación y, en
algunos casos, se juzgaron por su posible contenido político en contra del recién régimen
monárquico instaurado (La balsa de la Medusa).

*La balsa de la Medusa* _ Théodore Géricault


También lejos de David se encuentra Eugéne Délacroix (1798-1863), el típico artista romántico,
con un carácter difícil y una constante rebeldía contra los dictámenes académicos. Délacroix
deja de abordar la pintura de historia antigua para afrontar asuntos de su época con la misma
grandiosidad que se daba a la primera, lo que molestó a los más conservadores. Sus fuentes de
inspiración son la literatura (La muerte de Sardanápalo) y los acontecimientos políticos de su
época, tanto los referidos a las causas de independencia nacional como a los conflictos
evolucionarios (La libertad guiando al pueblo). Sin embargo, su máxima aportación es formal,
pues sustituye el dibujo correcto y la imitación de las estatuas clásicas por el color, ahora
vehículo de la imaginación, para él mucho más importante que la inteligencia. Sus tonos
fuertes, con reminiscencias de los venecianos y de Rubens, provocan el rechazo del público y
de los críticos, aún acostumbrados a las normas neoclásicas, aunque logra el éxito en los
certámenes oficiales desde el principio y el Estado compra sus cuadros (La barca de Dante) En
vez de contornos precisos, composiciones equilibradas y cuerpos modelados con cuidado a
través de la luz y de la sombra, encontramos un dibujo torcido y deslizado, mucho movimiento
y pequeñas pinceladas que, aplicadas con rapidez para no perder espontaneidad ni emoción,
dan a la obra un aspecto inacabado. En su búsqueda de la intensidad cromática llega incluso a
jugar con la oposición de los colores complementarios que se exaltan entre sí, lo que el
químico Michel-Eugène Chevreul (1786-1889) descubre en la década de los veinte (Mujeres
argelinas en sus habitaciones). Por todo ello, Délacroix es un punto de referencia muy
importante para los impresionistas y los postimpresionistas, especialmente para Vicent van
Gogh y Paul Cézanne, así como para los pintores del siglo XX.

La muerte de Sardanápalo _ Eugenie Delacroix


De la misma generación de Délacroix y muy admirado por éste es Jean-Baptiste-Camille Corot
(1796-1875), el más importante paisajista francés del siglo XIX. La nueva libertad que el
Romanticismo ofrece en todos los sentidos atañe también a la elección de los temas.

El paisaje romántico alcanza importancia es en Inglaterra, Corot sobresale en Francia, teniendo


en cuenta que aquí esto no supone una escisión con lo establecido, pues la misma Academia
Francesa en Roma instituye en 1817 una beca para pintores de “paisajes históricos.

En Inglaterra, el Romanticismo se manifiesta ya en William Blake (1757-1827), un pintor


contemporáneo de Goya que, al igual que éste, se permite plena libertad para verter sus
visiones más personales. , la más completa expresión de la pintura romántica inglesa es el
paisaje que, como en Alemania, recibe un enfoque protestante que da a la naturaleza un
carácter divino, como prueba de la bondad de Dios. En este sentido, destaca John Constable
(1776-1837), que parte de su admiración por Lorena, punto de referencia de todos los
paisajistas hasta entonces, pero que no está dispuesto a imitarlo. Su intención ya no es
entregarse a un mundo imaginado, sino ser completamente sincero y pintar sólo lo que ve con
sus propios ojos.

Su propósito es expresar sus diferentes estados de ánimo en paisajes que sean lo más
convincentes posible y que desprendan un sentimiento, presente sobre todo en el contraste
entre luces y sombras que se origina en el cielo con las nubes pesadas que lo atraviesan.

También dentro del paisaje romántico inglés se encuentra Joseph Mallord William Turner
(1775-1851), quien parte igualmente de Lorena, pero con la intención de superarlo y, de este
modo, deslumbrar al público con sus atrevimientos, con lo que consigue el reconocimiento
oficial mucho antes que Constable.

El último viaje del *Temerario* _ JOSEPH Mallord William Turner

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