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Textos Sobre Salud Mental de Los Adolescentes

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¿Por qué la adolescencia es un factor de

riesgo para la salud mental?


Ser joven suele ser un factor positivo al hablar de salud, pero
esta perspectiva se modifica significativamente cuando se
centra la atención en la salud mental

Según el último estudio de UNICEF España (2024), un 40% de los adolescentes presenta
problemas más o menos serios de salud mental.

Enrique Echeburúa
31 OCT 2024
Hay dos momentos clave en el proceso evolutivo: los siete primeros años, en los que el cariño
y el desarrollo de la autoestima resultan cruciales para un desarrollo sano, y la adolescencia,
que supone la adquisición de una identidad personal y social. Es entonces cuando la persona
empieza a crear un estilo de vida propio y a dotarse de un sistema de valores. Al resultar
fundamental la aceptación por el grupo de iguales, la imagen corporal y el éxito social
modulan la autoestima de los jóvenes.
Según el último estudio de UNICEF España (2024), un 40% de los adolescentes presenta
problemas más o menos serios de salud mental, con la particularidad de que más del 50% de
los trastornos mentales graves en la vida adulta se inician en la adolescencia. Las razones
pueden ser diversas. A un nivel neurológico, los lóbulos frontales —el equivalente biológico
del director de orquesta— tienen como función regular la planificación y toma de decisiones,
la consolidación de la conciencia moral y el control de las emociones. Pero esta corteza
prefrontal no acaba de desarrollarse hasta los 18-25 años. Por ello, los adolescentes pueden
tener más dificultades para encauzar la impulsividad y la atracción por el riesgo, así como
para regular el autocontrol y aprender a posponer la gratificación inmediata. De este modo,
aparecen las tormentas emocionales y los cambios de humor tan típicos de esta etapa
evolutiva. Y a un nivel hormonal, el paso de la infancia a la vida adulta implica una
transformación de la imagen corporal, más acentuada en las chicas por los estereotipos de
género, y un desarrollo de la sexualidad, que implica una asunción de la identidad y
orientación sexual. La conformidad con la imagen física y con la identidad personal son un
elemento clave en la salud mental de los adolescentes.
Estos cambios físicos corren en paralelo habitualmente con el despegue de la familia, la
creación de grupos de amigos, la mayor o menor integración en la escuela, el acceso a
internet y las redes sociales, las primeras relaciones sexuales y los consumos iniciales de
alcohol o drogas. La evolución saludable de la adolescencia puede estar favorecida por la
integración familiar, el apoyo social de las amistades y la obtención de las metas propuestas a
nivel escolar, deportivo o de otras aficiones.
Pero hay adolescentes que ven interferido su equilibrio emocional por la existencia de abusos
sexuales intrafamiliares, de los que un 10-15% de las chicas son o han sido víctimas, por el
acoso escolar o por un uso excesivo o inadecuado de las pantallas. A su vez, hay una
exigencia de la cultura dominante entre los jóvenes de alcanzar el éxito social, que es una
mezcla de popularidad y de atractivo físico, no siempre fácil de conseguir. El tipo de felicidad
mostrado en TikTok o en Instagram puede resultar desalentador para quien no se parece en
nada a esos estereotipos. Los adolescentes, sobre todo quienes han crecido en un entorno de
sobreprotección y no han aprendido a hacer frente a las contrariedades de la vida, son muy
sensibles al rechazo social y les importa mucho no sentirse diferentes de los demás. En este
proceso de construcción de la identidad pueden surgir los complejos y las inseguridades.
Así, la presión social hacia la imagen corporal puede provocar en adolescentes vulnerables
—sobre todo en chicas— trastornos de la conducta alimentaria en la búsqueda de un ideal de
belleza inalcanzable y distorsionado o autolesiones no suicidas, que pueden producir
paradójicamente sentimientos de alivio en lugar de dolor y reducen temporalmente el
malestar emocional, lo que facilita su repetición.
Los trastornos de ansiedad y la depresión, más frecuentes también en chicas, surgen en la
adolescencia como reacción a la sensación general de incertidumbre ante el futuro y a las
exigencias de un entorno muy competitivo para las que no cuentan con recursos adecuados de
afrontamiento. Con este desánimo y con la impulsividad propia de la edad, la ideación suicida
y las tentativas de suicidio, habitualmente no letales, han aumentado de forma considerable
en los adolescentes, sin minusvalorar el riesgo de suicidios consumados —en este caso, más
frecuentes en varones—.
Sin embargo, el riesgo de adicción es mayor en los chicos. La sobreexposición a las pantallas
puede surgir en la adolescencia y generar consecuencias negativas: adicción —a las redes
sociales, a las apuestas online o a los videojuegos— o mal uso, como el ciberacoso, el recurso
a la pornografía violenta o machista, problemas atencionales a causa de la multitarea,
tendencias exhibicionistas o, lo que es más grave, la pérdida del concepto de intimidad. A su
vez, el consumo temprano de alcohol y drogas, como el hachís, está propiciado por su fácil
accesibilidad, la desinhibición generada y su vinculación al ocio nocturno, así como por
constituirse en rito de iniciación a la vida adulta. Pero el consumo habitual de cannabis,
además de generar déficits atencionales y alteraciones de memoria relacionadas con el
fracaso escolar, puede ser en personas vulnerables un factor desencadenante de primeros
episodios psicóticos, sobre todo cuando se comienza a una edad temprana —antes de los 16
años— y se mantiene de una forma prolongada.
Tampoco se puede soslayar la importancia de la soledad no deseada en adolescentes de uno y
otro sexo. En España, según el último barómetro de la Fundación ONCE (2024), el 34,6% de
jóvenes entre 18 y 24 años dice sufrirla de algún modo. Los adolescentes no solo se sienten
solos cuando no tienen compañía, sino también cuando carecen de conexión emocional y
afectiva con sus acompañantes, por lo que se refugian en las redes sociales, a modo de
ermitaños digitales. La digitalización ofrece más contactos, pero no más vínculos. Las causas
suelen ser múltiples: carecer de autoestima, haber sufrido acoso escolar, mostrar dificultades
para relacionarse con los demás, sentir que no se encaja con el grupo o que no se responde a
las expectativas de belleza, popularidad o éxito académico.
Que la vida no es fácil de afrontar es algo que han experimentado muchas generaciones. Pero
los cambios sociales y familiares vividos en las últimas décadas han adelantado la entrada en
la adolescencia y han supuesto unos retos para la salud mental. En concreto, se debe prestar
atención a la presencia de ciertas señales de alarma, como el aislamiento excesivo, la
depresión, el cambio drástico en el rendimiento escolar, la insatisfacción con la imagen
corporal y los hábitos alimenticios anómalos, las conductas violentas, la volubilidad
emocional y la baja autoestima, que pueden denotar la existencia de un trastorno mental. La
ausencia de estigmatización, la detección temprana y, en su caso, la ayuda profesional
requerida, junto con el apoyo familiar y social y un estilo de vida saludable, pueden hacer
frente adecuadamente a los problemas planteados.

Cinco consejos para ayudar a tu hijo


adolescente a hacer frente a sus miedos
El temor puede perturbar al joven, enturbiar su juicio, dañar
su autoestima, condicionar sus relaciones y debilitar su
capacidad para enfrentarse a las dificultades. Los padres
deben legitimar lo que siente sin sobreprotegerle
Sonia López Iglesias
- 14 OCT 2024

Miedo a la presión social, a no ser aceptado por los iguales, a la soledad, a no ser
correspondido en el amor, a que el cuerpo no se desarrolle según los cánones establecidos en
la sociedad, a no ser capaz de conseguir los objetivos, a decepcionar a los demás, a perder a
un ser querido o a tomar malas decisiones. Estos son algunos de los temores que experimenta
un adolescente en esta etapa evolutiva tan convulsa, repleta de cambios y desafíos que le
generan mucha inseguridad e incerteza. Un período de desarrollo en el que el joven debe
construir su nueva identidad y aprender a vivir con más autonomía y libertad.
El miedo es una de las emociones más poderosas que experimenta el ser humano. Una
emoción básica, universal y adaptativa necesaria en el desarrollo evolutivo que tiene la
función de advertir de la presencia de un peligro y permite a la persona protegerse, huir o
combatir. Cumple una función de supervivencia y adaptación a las situaciones de riesgo real.

El miedo comienza en la amígdala, una región del cerebro que forma parte del sistema
límbico encargado de regular las emociones y funciones de conservación del individuo. Una
emoción considerada como desagradable que secuestra, abruma y limita el comportamiento
cuando no se gestiona bien. Puede también producir mucho malestar o generar una alarma
desmesurada, infiriendo en el desarrollo o condicionando las conductas de la persona que lo
experimenta, reprimiendo el instinto lúdico y frenando la iniciativa personal y la creatividad.
Si el miedo se apodera de un adolescente su cuerpo reaccionará activando el eje del estrés y
liberando, a través de las glándulas suprarrenales, una gran cantidad de cortisol afectando su
calidad de sueño, su capacidad de concentración, su estado anímico y de energía a la hora de
realizar las actividades. Así que esta es una emoción que puede perturbar al joven, enturbiar
su juicio, dañar su autoestima, condicionar sus relaciones y debilitar su capacidad a la hora de
enfrentarse a las dificultades y superar los obstáculos.

Pero que un adolescente sienta miedo no es algo malo, siempre que este sea apropiado y
controlado. Si el adulto considera el miedo del joven como algo absurdo o le resta
importancia, este se sentirá incomprendido y poco escuchado y no mostrará interés por
compartir con él todo aquello que le preocupa o molesta. El miedo es una emoción normal y
necesaria en el desarrollo del adolescente que le posibilitará a adaptarse a los cambios,
percibir los posibles peligros y calibrar mejor sus conductas. Si el adulto acompaña ese miedo
con respeto, afecto y serenidad, ayudará al joven a sentirse apoyado y con la libertad de
expresar sus inseguridades sin sentirse cuestionado o juzgado. Sabrá que sus progenitores
continúan siendo un lugar seguro al que acudir siempre que lo necesite, un apoyo a la hora de
enfrentarse a esta etapa tan compleja que transita.

Claves para ayudar al adolescente a hacer frente a sus miedos:


1. Para poder ofrecer al adolescente un apoyo adecuado, el adulto deberá comprender y aceptar
el miedo que este siente, brindándole apoyo incondicional, haciéndole saber que está a su
lado, pase lo que pase, ofreciéndole toda la tranquilidad y seguridad que necesita. Una
comunicación respetuosa basada en la confianza será clave para conseguirlo.
2. Es fundamental permitir que exprese el miedo con libertad, escuchándole con atención, sin
realizar juicios de valor y animándole a hablar de él para poder identificarlo y buscar
soluciones conjuntas a la situación. Reconocer el valor que tiene el miedo como una emoción
normal y necesaria le ayudará a desarrollar su valentía y resiliencia para poder hacerle frente
de manera paulatina y a una intensidad adecuada.
3. Legitimar los miedos y las emociones asociadas a él permitirá que el joven sienta que el
adulto le entiende y le muestra su cariño y empatía. Si siente que se le ridiculiza o se le
regaña, provocará que aumente su inseguridad y desconfianza hacia el adulto, afectando y
dañando mucho el vínculo emocional entre ellos.
4. Sobreproteger al adolescente cuando tiene miedo no le permitirá desarrollar las habilidades
necesarias para hacerle frente. Una excesiva protección le convertirá en un joven inseguro,
débil y dependiente, incapaz de resolver sus propias dificultades. El adulto debe asegurarse
que no le contagia sus propios miedos y que potencia su autonomía y toma de decisiones.
5. Enseñarle a calmarse y afrontar el miedo utilizando técnicas como la respiración profunda y la
relajación muscular le ayudará a desarrollar estrategias de autocontrol y gestión emocional.
La práctica del mindfulness, por ejemplo, le puede ayudar a tomar consciencia de sus propias
emociones y a construir una autoestima sana y robusta que le ayude a aumentar la confianza
en sí mismo.
Entender que el joven no tiene control sobre sus propios miedos y
que lo que más necesita en esta etapa tan difícil es amor
incondicional y grandes dosis de comprensión y empatía ayudará al
adulto a dar respuesta a las nuevas y particulares necesidades que
aparecen en este período. Como decía el poeta griego Sófocles:
“Para quien tiene miedo, todo son ruidos”. El adolescente necesita
que le ayudemos a entenderlos y silenciados.

Los niños han dejado de usar y disfrutar de


las calles, por qué esto es un error

Ana Camarero
Madrid - 29 NOV 2023 -
Aproximadamente, 1.000 millones de menores de edad viven en ciudades, según datos de Unicef.
Entornos que, pese a las posibilidades de desarrollo y protección que podrían ofrecer a la población
infantil, no cumplen con las expectativas puestas en ellas. Así lo traslada el pensador y psicopedagogo
Francesco Tonucci cuando asegura que las ciudades están pensadas y proyectadas tomando a los
adultos como referencia, quien propone que los menores puedan salir solos a la calle en entornos
seguros, porque si esto es así, serán también lugares más seguros para los adultos.
Ante la desconexión existente entre las ciudades y la infancia, son muchos los que consideran
necesario lograr de nuevo su unión, desconocedores de en qué momento se perdió el vínculo entre
ambos. “Durante mucho tiempo este colectivo [la población infantil] ha permanecido invisible para
diversas disciplinas y agentes”, asegura Ana Novella Cámara, coordinadora del Proyecto Europeo
IMCITIZEN, un programa que fomenta la identidad de ciudadanía democrática de los niños como
miembros activos y comprometidos.

A partir de la década de los noventa, con la aprobación de la Convención de los Derechos del Niño en
noviembre de 1989, se visibilizó la infancia como un sujeto con derechos a promover, garantizar y
defender. El movimiento internacional de Ciudades Educadoras, en esa misma década, desencadenó
un cambio en la concepción de la ciudad como un agente de formación integral y espacio educativo
definido colaborativamente por toda la ciudadanía. Esta modificación del criterio coincidió con la
denuncia de Tonucci de la hostilidad de las urbes hacia la infancia en su libro La ciudad de los niños
(1996). “El autor apunta directamente a la responsabilidad de políticos y arquitectos de prestar
atención a las perspectivas de la infancia al definir los espacios de juego y organizar la ciudad. La
premisa fundamental es reconocer a los niños como agentes activos en la planificación urbana y en la
configuración de la ciudad, fomentando un enfoque más inclusivo y sensible a sus necesidades”,
explica Novella.
El arquitecto Fernando Chueca, en su libro Breve historia del urbanismo, afirmaba que la ciudad es
una organización física con alma. “Los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de aportar esa alma,
alimentada desde la sensibilidad humana. ¿Y la infancia? Su papel en la ideación de la ciudad es muy
conveniente, aunque históricamente haya sido menospreciado”, asegura Pablo Campos Calvo-Sotelo,
catedrático de Composición Arquitectónica de la Universidad San Pablo-CEU. La participación de los
niños y niñas en la configuración de la urbe es imprescindible. “Son usuarios, singulares, pero
autorizadísimos, y serán los encargados de vivirla y mejorarla en su madurez”, asegura Campos.
Además, según el experto, tienen la capacidad de ofrecer miradas diferentes que inspiren para
reinventarla: “Como escenario público, la ciudad es la proyección macroescalar del hogar familiar;
por ello, los más jóvenes, con su modo de vivir y percibir psicológicamente el espacio, han de ser
escuchados. La ciudad es la metáfora construida de una sociedad que nos acoge a todos”.
El cambio más profundo que ha sufrido la urbe en relación con la presencia de menores en sus
espacios es la pérdida de autonomía en el uso y disfrute de sus calles. “Se ha pasado de una infancia
visible que formaba parte del paisaje urbano, a una infancia confinada, bien en casa o en espacios
acotados y exclusivos, y siempre bajo vigilancia adulta”, apunta Marta Román, geógrafa y fundadora
de Gea21, empresa de consultoría ambiental y social. Este proceso silencioso de invisibilización
infantil se apoya en “aspectos urbanísticos —dominio del tráfico y explosión de las distancias—;
demográficos —bajísimas tasas de natalidad—; y sociales —un cambio profundo en la manera de
concebir y tratar a los menores—. La hiperprotección atenta contra sus derechos básicos y está en el
origen de muchos de los problemas que asolan a la infancia y a la adolescencia en la actualidad”,
sostiene Román.
El cambio de paradigma en relación con el binomio ciudad-infancia ha hecho que la urbe pase de ser
un patrimonio común, donde la vecindad contribuía a su cuidado porque poblaban las calles, a
convertirse en “un bien privado donde la familia es la única referencia legitimada”, asegura Román.
El vaciamiento del espacio público —cada vez con menos actividades y usos—, los modelos de
vivienda que dan la espalda a la calle y el predominio de los coches y otros usos privados ocupando el
espacio común, “han ido expulsando poco a poco a la infancia y a los jóvenes de las calles”, afirma.
Por eso, hay que convertir de nuevo la ciudad en un escenario de convivencia, donde integrar a los
niños, como un lugar seguro, “en el que puedan moverse con autonomía y desarrollen conductas
responsables y de valores, porque la ciudad también educa”, añade por su parte Campos.
Los progenitores desempeñan un papel crucial para que los niños no se limiten a habitar la ciudad,
sino a convivir de forma plena en ella. “Establecer un vínculo corresponsable y emocional con las
calles de los municipios se revela como un pilar fundamental para su desarrollo integral, evitando
tanto la sobreprotección que limita su presencia en la calle como trasladar nuestros propios miedos e
inseguridades con el espacio público”, opina Novella. Para conseguir esa aproximación, la
coordinadora del proyecto IMCITIZEN aconseja:
1. Transmitir emociones y sentimientos positivos en relación con el espacio público.
2. Ocupar las calles como espacio de juego y descubrimiento. Usar el espacio de la calle para
pasarlo bien con otras niñas y niños.
3. Explorar juntos los espacios. Acompañar a nuestras hijas y nuestros hijos mientras exploran
los diferentes rincones del barrio, y de forma progresiva retirarnos para fomentar su
autonomía, libertad y sensación de seguridad.
4. Disfrutar de los espacios públicos como espacios de relación y cultura.
5. Participar en espacios comunitarios donde involucrarse en eventos e iniciativas que dinamicen
la comunidad.
6. Tejer una red de proximidad basada en la confianza. Reconocer y fortalecer la confianza
mutua con el entorno y la comunidad.
El barrio y el municipio se configuran así como un elemento esencial en el desarrollo de la niñez. “La
infancia que se desarrolla ajena al barrio carece de lazos que contribuyan a establecer una conexión
sólida con el entorno”, afirma Novella. Ese distanciamiento puede generar sentimientos de
desafección y poco interés por lo que pase en la localidad. Por eso, es esencial tejer los vínculos de
pertenencia desde edades tempranas para favorecer el desarrollo de la identidad de manera conectada
y activada. Porque, según declara esta experta, que un niño o niña crezca ajeno al espacio en el que
vive tiene sus consecuencias:
● Se le priva de oportunidades de vivencias diversas y significativas con la comunidad y con
otras infancias.
● Carece de referentes sociales y comunitarios. Es más fácil que tenga dificultades para
establecer amistades.
● Aumenta el uso de pantallas y en consecuencia los hábitos sedentarios.
● Desarrolla competencias sociales por debajo de lo óptimo que le disponen a relacionarse con
otras personas y a liderar iniciativas comunitarias que dinamicen el entorno.
● Reduce su conocimiento de servicios y entidades del barrio y de las actividades y tradiciones
del territorio.
Por el contrario, cuando la infancia vive integrada en el barrio:
● Aumenta su sentido de pertenencia y construcción de identidad cultural arraigados en un
entorno.
● Posee un amplio horizonte de oportunidades y experiencias diversas que amplían su
autonomía y libertad.
● Desarrolla competencias ciudadanas de alta intensidad que le conectan con otros y lidera
iniciativas comunitarias.
● Amplía su círculo social, tejiendo un grupo de amigos y conocidos más amplio con el que
poder relacionarse en diversas acciones o actividades.
● Posee una buena autoestima al tener un grupo amplio que le permite hacer cosas juntos por su
comunidad.
● Fomenta hábitos saludables, porque se mueve constantemente por el territorio. Disminuye la
sensación de soledad y, por ello, puede reducir también los problemas de salud mental.
Otro de los factores que ayudan a que los niños y niñas “experimenten” con su ciudad es el juego. “El
componente lúdico debe cobrar protagonismo”, prosigue Campos, “la urbe debe ofrecer al niño
diversidad funcional y arquitectónica para que pueda construir, al igual que en el hogar familiar,
sentimientos de pertenencia”.

Lo mejor que le puede pasar a un niño es que


le dejen equivocarse
Allanar el camino o sobreproteger es la peor manera de
formar jóvenes valientes, resilientes y con una buena
autonomía personal para enfrentarse a las dificultades
Sonia López Iglesias
- 18 DIC 2023
Si hay algo que desean las familias es que sus hijos triunfen en la vida y no sufran. Que consigan todo
aquello que se proponen y tengan mucho éxito en sus proyectos. Que destaquen en la escuela,
realizando algún deporte o tocando un instrumento musical. No resulta nada fácil ver cómo un hijo se
equivoca o toma malas decisiones en su día a día. Observar cómo le cuesta esforzarse cuando las
cosas no le salen a la primera, no sabe solucionar sus conflictos sin ayuda o hacer frente a los
problemas con determinación. La vida es un continuo de altibajos, de trances que crean mucha
confusión y golpean seriamente la autoestima. Un camino repleto de baches y curvas que se deben
aprender a superar. Vivir es un auténtico enredo donde, a veces, todo se complica y hay que aprender
a recalcular la ruta una y otra vez.
Los niños y jóvenes deben saber lo complicado que resulta, en ocasiones, conseguir aquello que
quieren, lograr exactamente lo que se habían propuesto, hacer frente a los imprevistos. Las familias
deben enseñar a sus hijos, desde bien pequeños, a superar las dificultades que se vayan encontrando
en el camino con optimismo y grandes dosis de paciencia. Siendo conscientes de que muchas veces no
serán capaces de conseguir aquello que esperaban y que eso no significa que hayan fracasado o que
jamás lo vayan a lograr.
Más información

Alberto Soler, psicólogo: “La carga mental sigue totalmente escorada hacia el lado de las
madres”
Si las familias intentan evitar constantemente que sus hijos se equivoquen o sientan frustración
únicamente conseguirán que sean niños o jóvenes dependientes, con poca capacidad para enfrentarse a
las dificultades de forma autónoma y para pedir ayuda cuando la necesitan. Allanar el camino o
sobreproteger es la peor manera de formar niños y jóvenes valientes, resilientes y con una buena
autonomía personal. Si un niño crece en un entorno demasiado proteccionista, junto a unos padres que
le solucionan siempre sus contratiempos en el colegio, en el parque o con los amigos, se convertirá en
un adolescente inseguro, con muchas dificultades para hacer frente a los cambios y los contratiempos
que vayan apareciendo. Será una persona con un bajo autoconcepto, pasiva, que dependerá siempre de
los demás para conseguir aquello que desea. Será incapaz de asumir sus responsabilidades y culpará
siempre a los demás de sus tropiezos.
En cambio, un niño que ha aprendido progresivamente a hacer frente a las adversidades y a trabajar de
forma firme sabrá que los logros y el éxito no dependen de la buena suerte, sino del esfuerzo, del
trabajo y de la perseverancia. Establecerá buenas relaciones en su entorno y mostrará interés por
ayudar a los demás cuando lo necesiten.

Claves para enseñar a los niños estrategias para poder hacer frente a las
adversidades
1. Hacer sentir al niño o joven capaz y competente, ayudándole a adquirir las destrezas y
aprendizajes necesarios para ir ganando confianza en sí mismo. Una seguridad que le ayudará
a construir una autoestima robusta y a identificar sus fortalezas. Ofreciéndole el tiempo que
necesite para aprender sin establecer sobre él unas expectativas demasiado elevadas que le
limiten y cultivando en él la curiosidad, la creatividad y la perspicacia, permitiéndole
experimentar sin miedo.
2. Enseñar las estrategias necesarias para gestionar y validar las emociones que despiertan los
errores o fracasos. Para poder hacer frente a la frustración, el miedo, la rabia o la tristeza
desde la calma y la aceptación. Unas emociones que si no se modulan correctamente pueden
crear mucho malestar interior y condicionar las ganas de volverlo a intentar.
3. Demostrar a diario que pueden contar con el afecto, el apoyo y la comprensión del adulto que
les acompaña en aquellos momentos en los que la vida se complica, aparecen los problemas o
se sienten tristes, incapaces o desanimados. Sentir que el adulto les acompaña con empatía y
mucho respeto les reconfortará y les ayudará a ser valientes.
4. Enseñar al niño o adolescente a marcarse metas razonables y realistas, a dar pequeños pasos
hasta lograr el objetivo. Convirtiendo sus luchas en oportunidades diarias de aprendizaje y en
motivos para estar orgulloso de sí mismo. Ir consiguiendo pequeñas metas hará que quiera
seguir esforzándose para mejorar día a día
Los niños y jóvenes deben entender y aceptar que los obstáculos son parte de la vida y superarlos
constructivamente exigirá en ellos un esfuerzo y mucha paciencia. Si aprenden a enfrentarse a las
dificultades o problemas de forma sana serán mucho más felices. Un niño feliz será capaz de trabajar
con constancia para conseguir sus objetivos, establecer relaciones sanas y gestionar correctamente sus
emociones o deseos. Como decía San Francisco de Asís: “Empieza haciendo lo necesario, después lo
posible y de repente te encontrarás haciendo lo imposible”

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