Desde la conquista (1524) y durante la colonia, independencia (1821) y los
albores de la vida republicana, conquistadores, frailes —Diego de Landa,
Francisco Ximénez, Pedro Cortes y Larrraz, etc, escribanos, cronistas Bernal Díaz
del Castillo, viajeros John L. Stephens, etc., y otros estudiosos dejaron valiosos
documentos en los que se hacía especial referencia a la población indígena de
Guatemala. Ésta se convirtió en el motor más importante de la construcción y
desarrollo del país a partir del régimen de encomiendas y tributos establecido
durante la colonia, y luego a través de la formulación de nuevas figuras como el
reglamento de jornaleros en la revolución liberal (1871). Mientras se constituía en
principal sostén del Estado guatemalteco, socialmente se consolidó una visión del
indígena que permitió justificar ese oprobioso sistema de explotación marcado por
un profundo racismo que permanece hasta nuestros días.
En la visión de lo indígena por parte de la sociedad y del Estado
guatemaltecos ha tenido mucho que ver la antropología. Desde finales del siglo
XIX los trabajos de los etnólogos alemanes Otto Stoll, Carl Saper, Franz Temer,
hicieron visible al indígena y le ubicaron en un mapa étnico. Ya entrado el siglo
XX, la producción de literatura antropológica sobre este sector de la población en
Guatemala fue abundante. Los altos de Chiapas, Guatemala o Bolivia, entre otros
países de América, se convirtieron en focos de atención para la antropología
estadounidense hasta los albores del conflicto armado interno. En ésta tuvo una
importancia especial la cultura, reduciendo a este único aspecto la concepción de
lo indígena
Durante el conflicto armado (1962-1997) se consolidó de manera
sorprendente la antropología guatemalteca. Aunque existían otras experiencias y
logros, la puesta en práctica de una escuela de antropología nacional no se había
consolidado hasta este momento. Los estudios sobre lo indígena fueron
influenciados por las lecturas marxistas, considerando la clase social como factor
determinante. Más adelante se consideró lo étnico-nacional como una forma
nueva de integrar lo indígena en lo nacional. Se explicaba como un componente
central en la constitución del territorio que daría paso a la nación.
El indio y lo nacional
En 1797, la Sociedad Económica de Amigos del País puso a concurso el
mejor método para que los indígenas se calzaran y se vistieran, lo que suponía el
primer paso para civilizarlos y para su integración en la sociedad guatemalteca.
Cimentada la independencia de Guatemala, y a partir de ésta, los intelectuales, el
sector económico y las artes, música, literatura, pintura, intentaron situar al indio
dentro de la nación desde diversas perspectivas y en diferentes momentos. El
pasado monumental arqueológico influyó en estos análisis, y se plantearon
preguntas en torno al origen de los indios y la identidad de los creadores de las
grandes ciudades de las tierras bajas zona selvática de Guatemala donde se
sitúan las zonas arqueológicas más monumentales. El intelectual José Cecilio del
Valle (1982), en sus trabajos de historia, puso atención a la etapa prehispánica,
período que consideraba el origen de la nación guatemalteca. Veía a los antiguos
indígenas como los "padres" de los guatemaltecos actuales y como ejemplo para
organizar la nueva nación. Paradójicamente, al mismo tiempo se refería a los
indios contemporáneos como descendientes de degenerados. Otros autores más
radicales se negaban a ver a los indígenas como los antiguos creadores de las
ciudades arqueológicas, que muchas veces se atribuyeron a cartagineses y
romanos. Incluso se sugirió que los indígenas actuales eran los culpables de la
destrucción de dichas ciudades.
La tendencia actual es despojar del indígena toda identificación étnica que
no sea la de ser maya
Los antecedentes del indigenismo en Guatemala se remiten a la creación
del Instituto Indigenista Interamericano (III), a partir de la reunión realizada en
Pátzcuaro (México) en 1940. El asistente por Guatemala, Antonio Goubaud
Carrera, sería el primer director de esta institución fundada cuatro años después.
A partir de ese momento, y hasta casi finales de la década de los ochenta, en el
país prevaleció una política indigenista, con muchos errores, destinada a borrar a
largo plazo al indio de la geografía nacional. La tendencia actual, sin embargo, es
despojar del indígena toda identificación étnica que no sea la de ser maya. En esta
ocasión, la idea ha sido impulsada por la intelectualidad maya y algunas de sus
organizaciones. Independientemente de la identificación con los autores de las
majestuosas zonas arqueológicas, este razonamiento ser sólo maya y no un grupo
étnico de filiación maya se utiliza como mecanismo de resistencia.
Hoy, como desde la independencia de Guatemala, el país se plantea cómo
incorporar al indio en la esfera nacional. Sin embargo, pasados los siglos, la
reivindicación por parte de los indígenas sigue siendo la misma: la búsqueda de
un lugar digno en la sociedad
La población indígena de Guatemala, como la de otras zonas de América, recurrió
a mecanismos de etnorresistencia para conservar su identidad frente a los otros.
El prolongado proceso de sometimiento y rebelión definió dichos mecanismos
complejos permitiendo la pervivencia de una identidad que hoy se reivindica como
ancestral, y en algunos movimientos como originaria. Instituciones como las
cofradías indígenas, con su complejo sistema de cargos, y el calendario ritual,
fueron un refugio preciso para su etnicidad, a la que los mayas de hoy prefieren
llamar "costumbre" y que la intelectualidad maya define como "cosmovisión".
La historia de la construcción de la nación está marcada por profundas
contradicciones de explotación y sometimiento en el marco de una sociedad
racista basada en la riqueza de un pequeño grupo. Después de la frustrada
experiencia de la revolución burguesa nacionalista de 1944-1954, el país vivió un
violento conflicto armado. Durante esta prolongada guerra, que a partir de 1961 se
desarrolló durante más de tres décadas, la población indígena fue sometida a una
represión genocida. El involucramiento en el conflicto armado significó una
plataforma de despegue para sus posteriores reivindicaciones, pero el alzamiento
en armas de una parte de la población no supuso la construcción de un
movimiento indígena en particular. El desarrollo de la guerra acrecentó la reflexión
sobre el papel y el protagonismo que debería tener y que alcanzaba la población
indígena. El balance de esos años se traduce en una fuerte embestida contra esta
población, un modelo represivo que alcanzó las dimensiones de etnocidio hacia la
población indígena en su mayoría, pero de la que no escaparon los ladinos pobres
y otros sectores de las clases populares.
Durante la guerra, y debido a la persecución y genocidio contra los indígenas, los
propios indios negaban su identidad. Por el contrario, tras la firma de la paz y por
la afluencia masiva de ONG y de cooperación internacional en la década de 1980,
muchos no indígenas se reconocieron como tales para recibir la ayuda destinada a
esta población. Esto demuestra que, en ocasiones el autorreconocimiento como
indio se ha visto condicionado por el contexto histórico y social.
El conflicto armado interno
En la historia guatemalteca se encuentran las causas del conflicto armado que
vivió el país desde 1962 hasta la firma de la paz en 1997: desde la conformación
de un Estado anti- democrático dirigido por una elite que sistemáticamente excluyó
y explotó a la población india, hasta la posesión de los bienes productivos. No
obstante, los tratos deshumanizados y de corte racista no fueron considerados
móviles sino hasta recientemente, a pesar de que, sin duda, fueron el motivo por
el que se involucraron muchos indígenas. En las bases de este proyecto de
exclusión se crearon las condiciones que llevaron al conflicto armado. El
enfrentamiento del grupo de poder contra una serie de organizaciones guerrilleras,
que se opusieron por la vía armada y política a la construcción de un Estado
explotador y excluyente, alimentó una espiral imparable de confrontación y
violencia.
Los actores que recibieron los embates de la guerra variaron en los diferentes
períodos del conflicto de 1962-1970, 1971-1977 y 1978- 1985. Esta última fue la
etapa más cruenta, y los operativos militares se concentraron en los
departamentos de Quiché, Huehuetenango, Chimaltenango, Alta y Baja Verapaz,
la costa sur y la capital del país. La mayoría de la población reprimida fue maya, y
dentro de estos un alto porcentaje de niños y mujeres. De esta guerra se dice que
"fue intencionalmente exagerada por el Estado que, apoyándose en tradicionales
prejuicios racistas, se sirvió de esta identificación para eliminar las posibilidades
presentes y futuras de que la población prestara ayuda o se incorporara a
cualquier proyecto insurgente".
Repercusión del conflicto en las comunidades mayas
Durante la guerra, la población maya recibió los embates más fuertes de la
represión. Se arremetió contra los indígenas de muchas formas, y se llegó a
considerar al pueblo maya como el principal enemigo del Estado. Las
comunidades mayas se convirtieron en objetivos militares, lo que les obligó a
ocultar su identidad, idioma y modo de vestir. Los ciclos ceremoniales y rituales
pasaron a la clandestinidad. El ataque contra sus plantaciones de maíz no solo
buscaba quitarles el alimento, sino también golpear su importancia simbólica. Que
el ejército utilizara nombres y símbolos mayas para la denominación de sus
fuerzas o para otras estructuras da muestra de la manipulación que se hizo de los
elementos simbólicos rituales.
Entre otras prácticas, se crearon las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC), que
forzaron a participar "de modo especial en las comunidades mayas, a gran parte
de la población masculina mayor de 15 años (...). Trastocó valores y patrones de
conducta al normalizar la violencia como método para enfrentar situaciones de
conflicto y al fomentar el desprecio por la vida de los otros"; los otros, que eran sus
propios hermanos. Además del ejército y las PAC, los "escuadrones de la muerte"
contaron con la tolerancia y encubrimiento del Estado. Muchas de las ejecuciones
se dieron de manera arbitraria y sin ningún tipo de piedad. Dentro de este marco
existe una constante y sistemática denegación de justicia, omisiones y corrupción
de procedimientos, tribunales de fuero especial, jueces sin rostro, etc., que hasta
hoy no han permitido la construcción de una justicia no excluyente, a pesar de las
recomendaciones de la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH). Esta
comisión fue parte de los compromisos adquiridos por el Estado como resultado
de los Acuerdos de Paz suscritos con la guerrilla. A ellos se llegó después de un
largo proceso de negociaciones que dio como resultado la firma de varios
acuerdos, entre los que destacan para la población indígena el Acuerdo de
Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas, firmado el 31 de marzo de 1995, y
el Acuerdo de Aspectos Socioeconómicos y Situación Agraria del 6 de marzo de
1996. La Misión de Verificación de Naciones Unidas en Guatemala (MINUGUA)
destaca, en su informe de verificación de septiembre de 2001, que los
compromisos relativos a los pueblos indígenas se encuentran entre los de mayor
incumplimiento.
La militarización y las masacres perpetradas por el ejército provocaron el
desplazamiento forzado de una gran parte de la población. En su mayoría
buscaron refugio en el territorio mexicano, también los hubo en Belice y en
Honduras, y otros viajaron a Estados Unidos, como es el caso de miles de
indígenas q’an- job’ales (El pueblo q’anjob’al habitó históricamente en la región guatemalteca
conocida por Los Altos Cuchumatanes, en el departamento de Huehuetenango, una zona que
también comparten otras etnias de la región, como son los chujes, mames, ixiles y jacaltecos, lo
que los relaciona no sólo geográficamente sino también en costumbres y forma de vida).
Las cifras oficiales sitúan entre 500.000 y 1.500.000 el número de desplazados
tanto internos como externos. A pesar de que buena parte de esta población fue
atendida por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados
(ACNUR), miles de personas no recibieron ningún tipo de asistencia, como
sucedió con los desplazados internos, un contingente que por su difícil
identificación ha recibido poca atención.
La lucha por el derecho a organizarse
A pesar del perjuicio que el conflicto armado causó a la población indígena, la
sociedad y el Estado guatemaltecos fueron testigos de un intenso resurgir del
indígena, o de lo maya termino que usaron como parte de su bandera de
diferenciación y de reivindicación.
Durante la guerra todo tipo de organización era mal vista, lo que provocó la
desarticulación de la vida comunal. Fueron perseguidos: personas, trajes, idiomas,
costumbres, y el mismo ciclo agrícola. Con un laborioso mecanismo de
resistencia, los mayas supieron guardar la lengua, vestimenta, tradiciones
ancestrales, formas de organización y consenso. Su misma cosmovisión ayudó a
resistir ese holocausto: lo profético de su calendario anunciaba una era de
oscuridad y un futuro nuevo sol. Hasta ese momento, lo indio sólo tenía cabida
desde la visión prehispánica, un indio glorioso y monumental, autor de grandes
ciudades; o un indio folklórico, de danzas, música, trajes, colorido, exotismo; un
indio sumiso y fiel. Lo maya tuvo que adoptar estas reglas del juego para poder
filtrar su despertar a nuevas organizaciones y espacios que le permitieran una
nueva reivindicación, un desarrollo con identidad, como han dicho algunos de sus
líderes. De esta forma, parámetros como la cultura, el idioma y la educación
pasaron a jugar un papel importante en sus líneas reivindicadoras, y adquirieron
un matiz político. Exigieron ser reconocidos como mayas y no como indios.
A diferencia de otros países de América Latina, donde los movimientos indígenas
eran muy activos políticamente, en Guatemala el ámbito de la cultura fue su
principal espacio de reivindicación. Su primera lucha formal a nivel del Estado fue
el reconocimiento de su idioma y la creación de una Academia de la Lengua Maya.
La actividad principal de ésta fue la promoción de la unificación del alfabeto maya.
A partir de ahí se consolidaron centros dedicados a la documentación, a la
educación bilingüe e intercultural, y al estudio de la cultura maya. La identificación
de actores claves, una nueva generación de intelectuales profesionales mayas,
abogados, periodistas, lingüistas, pedagogos, acompaña- dos de un nuevo
discurso y construcción ritual, ganaron espacio y seguidores. La cooperación
internacional fue determinante en esta consolidación: ONG, colectivos y
asociaciones civiles apoyaron por diversos flancos la creación de organizaciones
mayas. Todas estas iniciativas mostraron un sustrato común en sus acciones: el
reconocimiento de una espiritualidad específica, y una visón particular del mundo y
de su territorio.
El surgimiento de organizaciones mayas con diferentes figuras legales —
fundaciones, sociedades civiles, asociaciones, etc., fue sorprendente, igual que su
capacidad para captar fondos. Quizá solo otro renglón de la cooperación ha sido
mayor que la asistencia a los pueblos indígenas: la conservación de los recursos
naturales. Muchos intelectuales mayas detentaron importantes puestos de
dirección de programas internacionales y de Naciones Unidas, lo que consolidó
canales de comunicación entre la cooperación, las políticas de desarrollo y las
entidades encargadas de poner- las en práctica. Se dieron importantes avances a
pesar del riesgo que suponía que los mismos dirigentes mayas se encontraran
tanto en las agencias que donaban el dinero como en las ONG y grupos de base
que lo administraban, es decir, tanto en las políticas como en la propia asistencia.
Paralelamente a estos acontecimientos, se instaló un profundo sentido de
sacralización. La espiritualidad maya adquirió un nuevo protagonismo y pasó a
regir gran parte de la actividad. Surgió además una nueva generación de
intelectuales mayas, muchos de los cuales estudiaron en el extranjero. Algunos
ocuparon puestos importantes en organismos de Naciones Unidas y en el Estado.
La contribución editorial de algunos intelectuales indígenas en prensa escrita
suscitó el debate. En las comunidades resucitaron la música, bailes y ceremonias
que habían dejado de practicarse, y un nuevo reconocimiento de estas
manifestaciones ganaba la admiración principalmente en el extranjero. La
candidatura al Nobel de la Paz de Rigoberta Menchú fue un duro catalizador de
tensión entre ladinos de las elites de poder y los pobres e indios, una tensión que
parecieran haber ganado los mayas. Así, hoy vemos nuevas organizaciones
mayas articuladas según las más diversas ideas y tendencias con un denominador
común: la constitución de la espiritualidad como un paso hacia lo político.
Reivindicaciones indígenas
Un país subdesarrollado, amenazado por una serie de indicadores
socioeconómicos y una empobrecida cultura democrática, unilateral y excluyente,
explica el sufrimiento y la situación socioeconómica en la que viven los indígenas.
La discriminación, el trabajo forzado y la pobreza extrema tienen su causa en un
proceso histórico. Los indígenas mayas, recuperados de la exagerada baja
demográfica durante la conquista, han tenido que soportar un sistema de trabajo
infrahumano y tratos discriminatorios para permanecer, según el ideal de nación
del grupo dominante, como grupo diferenciado, sumiso y fiel. Sin embargo, estas y
otras medidas han modelado el marco en el que emergen la lucha y los logros del
movimiento maya y, en muy poca medida, de la sensibilidad del Estado.
El principal actor de las reivindicaciones indígenas en Guatemala es el pueblo
maya. En su lucha está presente de manera importante la espiritualidad. Algunos
sectores indígenas hacen una ritualización excesiva de su costumbre, acción que
agrada a los cooperantes e implementadores de programas, un rito convertido en
gestión de fondos. La puesta en práctica de los Acuerdos de Paz ha creado una
atmósfera propicia para este resurgir de la población maya y para dar cabida al
desarrollo de experiencias que pueden ser determinantes en la construcción de
una nueva nación multilingüe e intercultural, que pueda permitir su propio
desarrollo. En términos generales, éstas son las principales reivindicaciones
indígenas que con el tiempo han evolucionado en diferentes aspectos.
Lengua y educación
Lo cultural, y específicamente la lengua, fueron los primeros espacios
reivindicados y desde los que partieron las demás demandas. Posteriormente se
habló de educación bilingüe e intercultural. Aunque el Estado ya lo había previsto
en la década de 1980, los programas de este tipo avanzaron lentamente. El apoyo
de las agencias cooperantes y la decidida participación de la Universidad Católica
Rafael Landívar, que hoy puede ver interesantes resultados en algunas
comunidades del altiplano, han sido determinantes. Sin duda, el alto nivel de
analfabetismo fue el principal freno para el desarrollo de una política certera y
efectiva en materia educativa. En este contexto, destaca la claridad que tienen
muchas organizaciones mayas en materia de educación. Una de sus principales
prioridades es el rescate, valoración y pervivencia de su idioma, así como la
posibilidad de acceder a otras lenguas que les permitan la convivencia en ámbitos
interculturales diferentes. El informe de verificación de MINUGUA, afirma que "uno
de los instrumentos de la asimilación y discriminación de los pueblos indígenas es
el uso exclusivo del español como idioma oficial". Así mismo, señala a la barrera
lingüística como el principal obstáculo que dificulta o impide el acceso a la justicia
estatal de los pueblos indígenas. Aunque lo ordena la ley, no se traducen las actas
a los idiomas indígenas.