O’Higgins a Bernardino Rivadavia (Extracto)
Archivo de don Bernardo O’Higgins, XXXI, 133-171
Lima, 18 de septiembre de 1826
Señ or:
Hace tiempo que estoy familiarizado con las bajezas de mis contrarios, de modo que sus
malignos ataques no pueden ya sorprenderme y los considero con el despre- cio que se
merecen. Tales ataques son la justa recompensa que espera todo hombre honesto al
entrar en la vida pú blica durante un período de guerra civil, un período en el que se
desencadenan todas las malas pasiones que alienta el corazó n humano. Es entonces
cuando son estimuladas y, en vez de controlar esos sentimientos, los hombres se ven
arrastrados por sus innobles impulsos –cometiendo las peores vi- lezas–. De ahí que
suceda tan a menudo, durante tales é pocas, que aquel que má s servicios presta a su
patria, es el má s calumniado. Ya las pá ginas de la historia nos han proporcionado
demasiados ejemplos de esta naturaleza, para que yo tenga la menor duda acerca de la
recompensa que podía esperar. Lo pensé cuando desenvai- né mi espada para libertar
a mi país, y no estoy desilusionado.
Desde el comienzo de mi carrera pú blica siempre creí que mis servicios, cual- quiera
fuere su importancia, serían retribuidos con las mayores ingratitudes, y a ello debo,
como al amparo de la Divina Providencia, que el é xito haya coronado mis esfuerzos por
la salvació n de mi país, porque sin ese conocimiento acaso me hubiera faltado la
perseverancia necesaria para alcanzar tales victorias.
Es por ello que me hallaba dispuesto a resistir los ataques de quienes han go- bernado
mi infortunado país desde que me retirara del silló n directorial. Ellos recibieron de mí
los má s grandes favores y me han correspondido con la má s negra ingratitud. Les
perdonaré su ruindad aunque no me perdonen jamá s por mis bon- dades. ¡Así es el
hombre! ¡El hombre corrompido! Por tanto, no só lo esperaba las viles e infundadas
calumnias que se han fabricado y hecho circular en Chile, sino que me parecían
inevitables.
Pero esparcidas ellas en otros países merecen considerarse seriamente y deberá n ser
tratadas en forma diferente. De ahí que haya yo leído con mucha atenció n las siguientes
observaciones publicadas en Buenos Aires el 30 de junio pasado, en un perió dico
llamado La Gaceta Mercantil:
Por el correo de Chile, que llegó antes de ayer a esta capital, hemos sabido que ciertos
emisarios del ex Director de esa Repú blica, O’Higgins, combinados con quien hacía de
Gobernador del archipié lago de Chiloé , por ausencia del propie- tario, se han apoderado
de é l y, aú n má s, que O’Higgins había desembarcado en
Talcahuano al mando de 3.000 colombianos. En la Repú blica de Chile, que por su
fertilidad y por todas las ventajas que la naturaleza le ha concedido, libre enteramen-
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te de la opresió n de una metró poli, era digna de mejor suerte, acaba de encenderse la
tea de la discordia entre sus hijos, discordia que indudablemente traerá funestas
consecuencias si se toma en consideració n su estado actual político y la situació n
desastrosa a que va a quedar reducida por las pretensiones de O’Higgins. Si no
conocié semos a este caudillo, este hijo desnaturalizado que por espacio de cinco añ os
no só lo tiranizó al país sino que lo redujo a tal estado de desmoralizació n que, despué s
del transcurso de hace cuatro añ os que fue depuesto, todavía no ha podido recobrar
aquella energía propia de un pueblo que verdaderamente aspira a ascender al rango de
una nació n civilizada; sería en vano ocuparse por má s tiempo de un hombre del cual los
perió dicos de esa Repú blica han hecho la cró nica má s escan- dalosa, descubriendo los
hechos de su infame Directorio e inicua administració n. Só lo bastará decir que sería de
lo má s sensible que este revoltoso, protegido por las miras ambiciosas de alguien,
empuñ ase el bastó n del mando de un país que el 28 de enero de 1823 le arrojó de sí
ignominiosamente, llevando consigo la execració n de todo el pueblo, excepto de
algunos dignos compañ eros suyos que, lamentando su desgracia por estar faltos de
medios para subsistir y dar pá bulo a sus vicios, le fueron siguiendo con el fin de
ayudarle a disipar las penas y dilapidar lo acumulado del haber de esa Repú blica, y con
las esperanzas de ser protegidos en caso de volver é l a dominarla y ensangrentarla.
Es de desear que la energía del Director Freire y demá s autoridades disuelvan
enteramente las fuerzas de ese faccioso y hagan expirar en un cadalso los crímenes de
que se ha hecho reo, para que por este medio se disipen las aspiraciones que tan a las
claras se muestran.
No ignoro los motivos que impulsan al partido del que emanan estas observa- ciones,
aunque se oculte, empleando como su instrumento de ataque a un perió dico
aparentemente mercantil y publicado por un extranjero. Tampoco desconoce este
partido mi conducta en la vida pú blica, y a la verdad, está tan enterado de los hechos
que me atrevo a decir que el autor de tales observaciones sabía muy bien, al momento
de escribirlas, que cada acto de mi vida contradecía sus aseveraciones y desaprobaba
sus conclusiones.
El autor sabe perfectamente bien que, desde mi regreso a Chile en el añ o 1817 hasta el
té rmino de la campañ a de 1824, no hubo sacrificio pecuniario, ni peligro o sufrimiento
corporal al que no me sometiera gustosamente con tal de asegurar la independencia de
mi patria, y a los cuales volvería a someterme si fuere preciso para asegurar su
bienestar.
Tambié n está enterado que desde aquel día de junio de 1810, cuando el Capitá n General
españ ol dejó de gobernar a Chile, hasta el 6 de octubre de 1814 en que reasumió el
mando, no só lo no buscaba colocarme como la cabeza del gobierno de mi país, sino me
negué en repetidas ocasiones a las proposiciones que se me hicieron al respecto, y que
los ú nicos privilegios que busqué y que, debo confesar, obtuve, fueron los de sacrificar
una fortuna principesca y una constitució n robusta en servicio de mi país. Nada diré de
mis heridas, ya que ello podría interpretarse como que formo parte de aquella tribu de
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valientes guerreros que hablan constan- temente de los torrentes de sangre que han
vertido, sin que jamá s hayan recibido un rasguñ o en el campo de batalla.
Sabe tambié n el autor que el gobierno que existía en Buenos Aires a fines de 1816,
convencido que Chile se había perdido en el añ o 1814 y que la indepen- dencia
sudamericana podía peligrar por la corrupció n, la ignorancia y la cobardía del partido
que hasta entonces predominara en aquel desgraciado país (en los tres añ os
precedentes), había acordado, antes de comenzar la campañ a de 1817, que, en caso de
resultar victorioso el Ejé rcito de los Andes, el gobierno de Chile debía ser entregado en
mis manos y a ningú n otro, por lo que hube de aceptar en 1817 lo que siempre rehusara
antes de 1814. Estas fueron las razones.
El autor tampoco desconoce que en el momento en que yo determinaba re- nunciar al
mando supremo, en enero de 1823, poseía todos los medios para retener mi autoridad;
que si yo hubiera accedido a apropiarme en forma muy peculiar de cien mil dó lares (de
cinco millones) entonces a mi disposició n, tal como me apre- miaban, y si le concedía
tanto valor al poder o a la banda directorial, pude haber aprovechado la oportunidad.
Tambié n podían haber caído en mis manos, cargados de cadenas, esos mal agradecidos
y traidores, quienes só lo pensaban arrojar a mi entonces feliz patria en los horrores de
una guerra civil.
Si yo hubiese aceptado repetidas ofertas que se me han hecho desde mi partida de Chile,
hace tiempo que estaría ocupando el silló n directorial, no por medio de las bayonetas
colombianas, sino por aquellas de esos valientes soldados a quienes tantas veces llevé
a la victoria.
Este escritor no puede ignorar que no só lo me negué sin vacilar a cada pro- posició n de
tal naturaleza, sino que no fue hasta que vi violada toda ley humana y divina, y
perpetrados los actos má s viles de corrupció n y de opresió n sin límites en mi país (que
ni el mismo Fernando VII se habría atrevido a cometer) como el destierro de los mejores
patriotas chilenos que habían colaborado a su indepen- dencia, que me convencí que la
libertad nacional, por la que había hecho tales sacrificios, se hallaba al borde de la
destrucció n. Entonces admití la posibilidad de abandonar mi retiro para ayudar a mi
infeliz país a escapar de la ruina que le amenazaba y a arrancarse un yugo má s
intolerable aun que aquel de sus opresores españ oles. El autor tampoco ignora que por
mucho que trate con indiferencia los errores e injusticias que me alcanzaban, no
quedaría impasible si ellos se volcaran contra quienes por tanto tiempo y en forma tan
leal me habían acompañ ado en aquella difícil empresa, que al fin concedió a nuestro
país una de las principales bendiciones del cielo.
Pese a todo esto, este escritor tiene la mala fe de asegurar que: “O’Higgins ha
desembarcado en Talcahuano, al frente de 3.000 colombianos”, agregando que, “es de
lamentar que este revolucionario, apoyado por las miras ambiciosas de alguien, pueda
tomar el gobierno por la fuerza, a un país que el 28 de enero de 1823 le arrojó de sí en
forma ignominiosa”.
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¿Pero qué dirá el lado honrado del mismo escritor? ¿Qué pensará su partido recto e
imparcial? Cuá n grande debe ser su vergü enza –si es que tiene alguna– cuando
descubran que esas calumnias hechas contra mí en Buenos Aires el 13 de junio pasado,
han sido contestadas y rechazadas del modo má s amplio con mis sú plicas a los chilotes
y chilenos, escritas en Perú a mediados de junio y principios de julio pasado. Con orgullo
puedo apelar a las solemnes declaraciones que hice en ambas, en orden a que nada me
induciría a volver al silló n directorial. Ello es una prueba decisiva de que mientras he
estado retirado en el Perú , como tambié n durante mi actuació n pú blica en Chile, mi
conducta jamá s se ha dejado influir por el amor al poder, y como mis má s acé rrimos
enemigos no se han aventurado a afirmar que mi conducta se haya regido por el amor
al dinero, tengo derecho a que se crea que só lo la mueve el ú nico motivo que puede
impulsar a un ser racional a los mayores sacrificios, como los que he hecho, es decir, el
amor a la patria. Tengo igualmente derecho a que se me crea que la ú nica recompensa
a que siempre aspiré es a la aprobació n de mi propia conciencia.
El silencio que he mantenido, las injusticias que he debido soportar durante los diecisé is
añ os transcurridos, enseñ an que soy hombre de cierta paciencia, por má s penosos que
hayan sido mis sufrimientos. Si la independencia de mi país, por la que he sufrido tanto,
no fuera puesta en duda, habría continuado por otros die- cisiete añ os dejando a la
posteridad que haga la justicia que jamá s niega.
Ahora ya no existe razó n alguna para que mantenga mi silencio y no exprese mis
sentimientos, porque gracias a Dios, ha llegado el momento en que la causa nacional no
me exige permanecer con las manos atadas, como víctima doblegada y silenciosa a la
que cualquier mercenario de algú n partido, cualquier instrumento de Fernando VII,
todo pícaro, todo ruin colló n, todo asesino nocturno y saqueador de mi país, puede sin
temor lanzar sus venenosos dardos desde su cobarde escondite. Me persuado que en
ninguna ocasió n anterior, ni aú n en Chile, he sido atacado en forma má s baja o maliciosa
que en la publicació n a que me refiero, la que me ha indignado. Presiento que ella es
obra de un partido que –tengo mis razones para creerlo– constituye el verdadero
gobierno del que V. es la cabeza. Es, por tanto, justo y necesario que sea interrumpida
toda relació n entre mi persona y un país con tal gobierno. Bajo de este principio le ruego
ahora aceptar la devolució n de mis despachos como Brigadier del Ejé rcito de las
Provincias Unidas del Río de la Plata, con lo que solicito sea borrado mi nombre de su
lista.
Deberá perdonarse que se vanaglorie de esto quien, durante toda su vida, evitó hablar
de sí mismo porque no es adicto a la vanidad, pero que se ve forzado a ha- cerlo para
ejercer el má s importante de todos los derechos: el de defensa propia. Por este motivo
quiero destacar ahora algunos de los servicios a que hace menció n el nombramiento
adjunto y por los que el gobierno de Buenos Aires me confiriera el generalato.
En los añ os entre 1806 y 1809 fui miembro activo de cierto selecto grupo (formado
primeramente en Cá diz en el añ o 1802) cuyo fin era liberar no só lo a Chile de aquel
odioso yugo españ ol, convirtié ndolo en Estado independiente, sino tambié n cooperar
con Buenos Aires en el logro de ideales afines. Escapé a los calabozos de la inquisició n
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porque al intendente españ ol Á lava6 le faltó coraje para prenderme. Pero desplegó má s
valor contra mis bienes, pues en el añ o 1807 se apo- deró de grandes rebañ os de mi
propiedad en la isla de Quiriquina, con el pretexto de que esperaba de un día para otro
a la escuadra inglesa en el Pacífico y era preciso privarla de víveres. Así comenzaron los
sacrificios pecuniarios que he hecho por mi país por casi 20 añ os y que alcanzan a una
suma que jamá s denunciaré , porque ella parecerá increíble a los hombres corrompidos
y avaros y sonará a ostentació n de mi parte entre gente modesta y liberal.
En 1810, los patriotas de Chile pudieron garantizar a sus hermanos de Buenos Aires la
prosecució n de su glorioso plan de libertad, sin temor a ser atacados por el ejé rcito
españ ol de veteranos (entonces en la frontera de Chile), fuerza que los porteñ os solos
no podían resistir y que temían.
Permítaseme agregar que é sta no fue la ú nica oportunidad en que Chile salvó a Buenos
Aires de ser tratada como una provincia rebelde por el ejé rcito real, pues en 1811 la
salvó ademá s de una desgracia no menos temible: los horrores de la anarquía. En aquel
añ o, Chile envió 300 veteranos y 700 reclutas para ayuda del gobierno porteñ o, en un
momento en que é ste se veía amenazado con la destruc- ció n por una horda de
enemigos extranjeros y domé sticos, con lo que mi país no só lo permitió al suyo salvar
con é xito aquella amenaza formidable, sino tambié n evitar las conmociones civiles que
surgirían necesariamente.
En 1812, en seguida, como lo había sido en parte del añ o 1811 y lo fue en 1813, Chile
estuvo gobernado por un bando sin principios, destructor de la moral del pueblo y
dilapidador de los recursos del país que siguió una línea de extrava- gancias y
libertinajes. Chile fue incapaz, durante este gobierno inmoral, de prestar a Buenos Aires
la ayuda que reclamó en el Alto Perú y que los patriotas chilenos deseaban darle. Pero
en cambio, en 1813, le prestó un servicio que probablemente la salvó de ser saqueada
por los conquistadores de Vilcapugio y Ayohuma. Con la decisiva y crítica victoria de El
Roble, el 17 de octubre de ese añ o, Chile frustró por completo los planes de Pezuela,
segú n los cuales, si el ejé rcito españ ol resultaba vic- torioso en aquel día, sería reforzado
desde Lima, Chiloé y Valdivia hasta reunir unos 5.000 hombres que serían enviados a
travé s de los Andes a Mendoza y a Có rdoba, mientras Pezuela avanzaba hacia este punto
desde el Alto Perú . Ambos ejé rcitos unidos marcharían sobre Buenos Aires para
ocuparla. V. no puede desconocer que el principal objetivo de los virreyes del Perú ha
sido siempre la conquista de esa capital, como se ha visto desde el comienzo de la
revolució n, y V. deberá admitir la gran posibilidad que tuvo Pezuela, con su gran talento
militar, de haber logrado tal hazañ a pocos meses despué s de su victoria en Ayohuma, si
hubiere sido reforzado, como se pretendió , por una divisió n de 5.000 hombres. No cabe
duda que habría recibido tales refuerzos si no se hubiere interpuesto la victoria de El
Roble.