Enfoque humanista para una educación integral
En el contexto educativo, podemos entender las bases antropológicas de la
Pedagogía de la Interioridad, como aquel modelo de persona en el que ésta se
sustenta. La idea que se tiene del ser humano es importante en todas las
profesiones que implican un contacto más o menos directo de persona a persona.
Quienes nos dedicamos a la educación, con mayor razón si cabe, no podemos
obviar, porque, aunque intencionadamente nunca nos hayamos parado a pensarlo,
o en el quehacer diario no reflexionemos explícitamente sobre ello, nuestra
concepción más o menos consciente de lo que somos está implícita en el mismo,
e indudablemente condiciona nuestras metas y nuestro quehacer. Tomar en serio
la educación de nuestros alumnos o de nuestros hijos implica necesariamente
reflexionar sobre lo anterior no dándolo por hecho, comprobar en qué medida lo
que hacemos está de acuerdo con aquello que creemos o pensamos y, como
consecuencia, ver sus posibles implicaciones en las materias curriculares y más
allá de ellas. Nadie pone en duda que el fin de la educación es la educación
integral de la persona, pero al decir «integral» ¿a qué integridad nos estamos
refiriendo realmente? ¿Qué entendemos cada educador o educadora por
integridad de la persona o educación integral de la misma? Al referirnos a la
educación integral como la educación de todas las dimensiones de la persona
¿estamos de acuerdo en la consideración equitativa de todas ellas? ¿Cómo y de
qué manera la realizamos diariamente en el aula de acuerdo con nuestra
consideración? Nuestra reflexión personal sobre ello es más importante de lo que
parece, porque del resultado de la misma puede que surja el planteamiento
principal que nos haga optar o no por una Educación de la Interioridad, por verla
innecesaria, o por considerarla urgente. Dimensiones humanas Constituido por
diferentes dimensiones, el ser humano forma en sí mismo una unidad, un
potencial lleno de recursos que se despliega y repercute en su conducta. A cada
dimensión corresponde una forma de conocer la realidad y una forma de
interactuar con ella, sin nuestras sensaciones, sentimientos, pensamientos e
intuiciones. Sin dejar de constituir una unidad manifestada en nuestro cuerpo, las
dimensiones están relacionadas entre sí, de modo que lo que se gesta en cada
una de ellas repercute de una forma u otra en las demás. Crecer como persona
implica abrirnos a las posibilidades de todas ellas dando lugar así a un proceso de
transformación personal llevado a cabo por la realización plena de las
potencialidades y facultades innatas que residen en cada una. El fin último será
pues, lograr el pleno desarrollo físico, psicológico, espiritual y social de la persona,
que se llevará a cabo a través de los diferentes procesos de maduración y
aprendizaje. A continuación profundizamos brevemente en las características de
cada una de estas dimensiones: relacional , física , psicológica y espiritual, de
modo que, comprendiendo su funcionamiento y repercusiones, podamos extraer
pistas para desarrollar el programa pedagógico del que estamos hablando.
Dimensión relacional, interpersonal o social Nuestra dimensión relacional es
aquella que nos proporciona la capacidad de poder establecer relaciones con el
entorno y con los otros y de llegar a crear vínculos de responsabilidad y calidad en
la interacción con ambos. Desde el momento mismo de nuestro nacimiento
entramos en interrelación con un entorno —absolutamente nuevo— al que nos
tenemos que ir abriendo y con el que vamos interactuando, de tal modo que éste,
junto con nuestros programas genéticos irá determinando lo que llegaremos a ser.
Durante los primeros años de vida, en nuestra indefensión primigenia, vivimos
totalmente a expensas del entorno, hasta el punto de que si éste, por la razón que
sea, no responde a la satisfacción de nuestras necesidades básicas, podemos
llegar a desaparecer como individuos —en el peor de los casos—, o puede que,
quedemos mermados en alguna de nuestras capacidades si éstas no han recibido
la atención suficiente, en otros. No hemos nacido por tanto para vivir aislados,
pero sí en cambio, con una identidad que el paso del tiempo nos tiene que ir
ayudando a desvelar y llevar progresivamente a su máxima expansión. A medida
que crecemos la responsabilidad del entorno va decayendo en uno mismo; es
entonces cuando, de alguna forma, no dependemos de él para sobrevivir, somos
nosotros quienes a través de un proceso de aprendizaje o sin él, hemos de llegar
a saber quiénes somos y hemos de crecer sabiéndolo. Si en los primeros años
vivimos a expensas del entorno, en adelante, somos también nosotros quienes
vamos a configurar ese entorno y, dependiendo de nuestros progresos así será
nuestra contribución a él. Nuestras experiencias de vida son una imitación a tomar
en serio el descubrimiento de nuestra propia identidad que, sin dejar de saberse
parte de un todo interrelacionado, ha de hacer lo posible por desplegarse en lo
más genuino de sí, y contribuir con sus cualidades al enriquecimiento y mejora del
entorno. Querámoslo o no, con el entorno interactuamos hasta que nos morimos,
mediante el ejercicio de nuestra propia identidad. Si desconocemos nuestra
identidad, el hecho puede llevar a confusión e inclinarnos a buscar en sistemas
sociales aquello que creemos que nos falta. En nuestras relaciones manifestamos
y revelamos actitudes profundas que delatan algo de nosotros mismos, y el nivel
de profundidad o superficialidad con que las vivimos es de alguna manera el
reflejo de cómo nos vivimos y experimentamos a nosotros mismos. Desde este
enfoque y teniendo en cuenta lo dicho, consideramos entonces que observar y
aprender a cuestionarse la propia conducta es un paso importante para crecer
como persona, porque todo ello siempre nos revela alguna información sobre
nosotros mismos y sobre aquello que nos puede estar sucediendo o no a otros
niveles. Dimensión física Nuestra dimensión física es nuestra corporalidad, la
forma singular y única de manifestar nuestra presencia ante el entorno. A través
de nuestro cuerpo nos relacionamos y percibimos la información del mundo
exterior por medio de las sensaciones, y es también a través suyo, como
expresamos la realidad de otro mundo, nuestro mundo interior que, con
consciencia o sin ella, se manifiesta en todo cuanto hacemos y en cómo lo
hacemos. A través de nuestro cuerpo también, y como respuesta a lo que sucede
en ambos, mantenemos una conducta determinada. Se suele decir que «el cuerpo
no engaña» porque es la transparencia más profunda de cuanto somos, todo él
habla de nosotros, y aún cuando nos opongamos a ello, el cuerpo nos revela, y
nuestra oposición pasa factura. El cuerpo envuelve y contiene todas las demás
dimensiones, de manera que manifiesta como unidad o fragmentación la
conjunción de todas ellas; así, la coherencia o incoherencia de nuestros mensajes
verbales, gestos, posturas, etc., revela, entre otras cosas, nuestra autenticidad o
falta de ella. Escuchar nuestros mensajes corporales, observarnos a nosotros
mismos en aquello que expresamos y cómo lo hacemos, así como escuchar de
vez en cuando a los otros cuando reciben aquello que con intención o sin ella les
estamos transmitiendo, puede ayudarnos a detectar nuestras propias coherencias
o incoherencias, y como consecuencia —siempre que queramos— invitarnos a
reflexionar acerca de por qué nos sucede.
Dimensión psicológica • Afectiva Incluye el complejo mundo de nuestras
emociones y sentimientos. Tiene referencia y relación directa con el cuerpo, ya
que existen mecanismos fisiológicos a los que están asociados, y es a través suyo
cómo vivenciamos ambos. Las emociones son conocidas como el sistema más
antiguo de cognición destinado a mejorar la supervivencia. Las emociones surgen
habitualmente como respuesta a un acontecimiento externo o interno que provoca
en el organismo un estado y lo predispone a dar una respuesta. Son por tanto,
universales y necesariamente positivas. Influyen en el pensamiento y dirigen la
atención, estableciendo las metas que nos son prioritarias y nos organizan para
llevar a cabo acciones concretas. Contienen y expresan valores, indican qué
cuestiones nos preocupan y qué es realmente significativo para nosotros; cómo
vemos la realidad y qué valores tenemos. Son parte de quiénes somos y de cómo
nos vemos. No obstante, el hecho de vivir en una cultura determinada nos
condiciona para vivir algunas emociones de una forma concreta y no de otra. Los
sentimientos , en cambio, se aprenden como resultado de la cristalización y
elaboración de varias emociones. Varían de una persona a otra y muchos de ellos
también son producto del proceso de culturización seguido por cada una. Conocer
qué nos emociona y por qué, y la manera cómo nos sentimos ante determinados
sucesos, acontecimientos o situaciones nos ayuda a reconocer una parte
importante de nuestra identidad única, que puede tener mucho en común con la
de otros, pero nunca ser igual. Acceder al trasfondo de nuestras emociones y
sentimientos, puede delatar principios y valores que nos mueven por debajo de los
mismos y ayudarnos a reconocer nuestra verdadera identidad que está más allá
de todos ellos. Por otro lado, aceptarlos, aprender a manejarlos e interactuar
adecuadamente con ellos, nos permitirá vivir con mayor libertad, elegir nuestras
conductas y el momento más adecuado para llevarlas a término; en definitiva,
dirigir nuestra propia vida. • La dimensión intelectual comprende el mundo de
nuestras ideas, pensamientos e imágenes, saberes e informaciones que nos
permiten conceptualizar la realidad. Los pensamientos, que emergen del almacén
de experiencias que hay en nuestra memoria, o que se crean en base a la
información que procede del exterior, influyen en nuestras emociones, cuerpo y
relaciones de manera que determinan el modo en que nos sentimos y nuestro
modo de actuar. Razonar, pensar, reflexionar…, son tareas específicamente
humanas. Nuestro pensamiento posee tal potencial de energía que es capaz de
determinar el modo en que sentimos y nos comportamos en un determinado
momento; la manera cómo orientemos éste, determinará en gran medida la
calidad de nuestra vida, no haciéndola depender de aquello que nos sucede, sino
del significado que ello tenga para nosotros. Cuando el pensamiento no se
controla bien, vivimos a merced de las circunstancias —internas o externas— sin
tomar las riendas de nuestra propia vida. Así, se suele decir que «no piensa»
aquel que actúa atolondradamente dejándose llevar por los impulsos del
momento; o lo que es lo mismo, aquel que actúa sin tener en cuenta previamente
cuáles son sus pensamientos. Nuestro pensamiento es variable, y lo que hoy
pensamos puede no ser lo mismo que lo que pensaremos mañana, de igual forma,
que lo pensamos ayer puede no ser lo que pensamos hoy. La propia experiencia
vivida desde la conciencia y la reflexión, puede hacernos cambiar de manera de
pensar, y así sucede muchas veces a lo largo de la vida. Lo importante no es
aferrarse a un pensamiento, sino a la capacidad de pensar con flexibilidad y sin
límites, de manera que pueda fluir aquello que nace desde la propia identidad en
cada momento concreto de la vida. Pensar por uno mismo no es tomar ideas del
exterior y hacerlas propias, no es sumarse a un pensamiento colectivo por muy
razonable que éste sea, sino que más bien consiste en ser capaz de observar y
auto-observarse, escuchar y escucharse y, como consecuencia, gestar
interiormente una respuesta de sentido desde y para uno mismo, que más tarde
puede coincidir o no con la de los otros. En ocasiones, puede resultar complicado
ser fiel al modo en que uno piensa y actuar en consecuencia, de tal forma que hay
quienes han preferido o prefieren dejar de hacerlo. De este modo la identidad
personal, manifestada en un pensamiento original y creativo, queda relegada a un
segundo plano, y el bienestar personal confundido con un conformismo
aparentemente liberador. Aprender a pensar es, en definitiva, aprender a estar
siempre aprendiendo, porque todo cuanto sucede además de ser aceptado,
debería hacernos reflexionar sobre su porqué. No oponernos a lo que nos sucede,
aceptando todo aquello que no podemos cambiar, aprender a ver el lado bueno de
las cosas y saber que nada es absoluto, es pensar en positivo. Lograrlo generará
en nosotros aquellas habilidades emocionales necesarias para hacer frente a
situaciones difíciles, contribuirá a que nuestro cuerpo esté más relajado y nos pre
dispondrá a mantener unas relaciones más armoniosas; nuestras elecciones serán
entonces, como consecuencia, más conscientes y no el resultado de las
circunstancias que nos rodean. Dimensión espiritual Nuestro cuerpo, lo que
pensamos y lo que sentimos va cambiando con el paso del tiempo y de acuerdo
con las experiencias y circunstancias de la vida. Nuestra dimensión espiritual, en
cambio, permanece estable en nosotros y se desarrolla en lo más íntimo de cada
uno. Nuestra dimensión espiritual es aquella de donde emana la capacidad de
intuir, de lograr ver más allá de las apariencias, de experimentar lo infinito y de
poder encontrar sentido y valor a lo que hacemos y vivimos. De ella procede la
demanda interna de querer ser felices y la capacidad de realizar actividades
«improductivas» y gratuitas, como disfrutar de una puesta de sol, del aroma de un
ramo de flores, de acariciar un niño, del deleitarnos escuchando una obra musical
o contemplando una obra de arte.
Aquello que es gestado desde nuestra dimensión espiritual se ejecuta y expresa a
través de las demás dimensiones mediante ideas, sentimientos, actitudes y
conductas de unidad e integridad hacia uno mismo y hacia el entorno. Para Viktor
Frankl es precisamente la dimensión espiritual la que garantiza y constituye la
unicidad y plenitud del ser humano. Esta, tiene un centro o núcleo situado más allá
de toda forma, con el que todo ser humano puede llegar a encontrarse.
Conscientes o no, podemos estar en contacto con él; y cuando lo hacemos, es allí,
donde para Frankl tienen lugar fenómenos como la conciencia, el amor o el arte.
La experiencia de este contacto, se caracteriza por un sentimiento de
trascendencia y unidad en uno mismo que, si es procurada y mantenida, conduce
a una progresiva transformación personal mediante la toma de conciencia de
quiénes somos y de la interconexión existente entre todo lo creado. Todo ello
repercute en la conducta inclinándose a actuar desde la escucha de nuestro
interior, que para unos puede ser la propia conciencia, el yo profundo, o las
mociones del Espíritu para otros. El resultado siempre será una vida
comprometida en el propio crecimiento, el establecimiento de unas relaciones de
calidad, respeto y compasión hacia los otros y hacia el entorno, y en una apertura
al misterio que se esconde detrás de todo ello. Dadas sus características, se
considera que el reconocimiento de esta dimensión humana es un factor
indispensable para nuestro bienestar. Quienes a lo largo de la historia de la
humanidad así lo han reconocido, habitualmente se han relacionado con ella
mediante la cultura y las propias tradiciones espirituales, pero también hay
quienes, dejándose llevar por las demandas de la misma, han hecho su propio
camino en solitario. En los últimos años, los avances de las neurociencias han
intensificado el abordaje científico de algunas características de la dimensión
espiritual, de modo que hoy ya no hay duda en considerar ésta como
genuinamente humana, cuyo cuidado y desarrollo merece ser tenido en cuenta en
todos los ámbitos del desarrollo de la persona.
Referencia:
Alonso, Sánchez, Ana. Pedagogía de la interioridad : Aprender a "ser" desde uno
mismo, Narcea, S.A. de Ediciones, 2012. ProQuest Ebook Central,
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